HOLA

julio 20, 2014

   Saludos, mis amigos:

   Lo siento, ando sin computadora. Regreso pronto. 

Julio César.

PRUEBA NO SUPERADA

julio 18, 2014

FUEGO DE JUVENTUD

DEDOS MAGICOS

   Cuando el suegro le retó a aceptarle un masaje para saber si de verdad no era gay, el chico creyó que lo pasaría; pero ahora…

Julio César.

APARIENCIAS A GUARDAR

julio 18, 2014

DEBILIDADES DE UN DURO

GOLOSO!

   El honor se protege.

   Habían descubierto que uno de los compañeros gustaba de lamerlos después de las clases de Educación Física cuando todos estaban más transpirados, recorriéndolo todo con su lengua. ¡Todo! Y como era algo tan sucio y prohibido, y había la oportunidad que la boca cayera en el falo, algunos se dejaban, aunque las dudas atormentaban, como al chico de la derecha que se vuelve hacia su mejor amigo:

   -Oye, esto no nos convierte en maricas, ¿verdad?

   -Hummm… claro que no; pero anda, dame otro besito.

Julio César.

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 20

julio 17, 2014

… SERVIR                         … 19

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

UN HOMBRE EN SU PANTALETA ROJA

   Hay hombres que nacen para esto…

……

   Nada más llegar esa mañana a su oficina, todavía disgustado por tener que asistir (había perdido hace tiempo el amor por su trabajo, si es que alguna vez lo tuvo), Johan Monroe supo que algo malo pasaba. Lo vio en el rostro de su asistente, una mujer delgada, cara caballuna, ojos claros que nadaban tras los gruesos cristales de sus gafas. La asistente que su mujer le permitió, celosa como era de su marido, un rudo y fornido hombre llegando a los cincuenta, cabello corto y acerado, rostro de piedra, que soñaba con tomar sus cosas y escapar de su vida profesional y personal.

   -Buenos días, Alcaide. –comienza ella, acercándole una taza de café.

   -Buenos días, señorita Lamas. –responde, tomándola, probando el brebaje. Era bueno. Un punto a favor de la muy poco agraciada mujer. Bien, era hora de sufrir- ¿Alguna novedad?

   -Sí, señor. El abogado del convicto Pierce, Daniel Pierce, está pidiendo noticias sobre su cliente. –el tono abiertamente reprobador se deja sentir en su voz.- Y usted sabe lo… delicado que eso puede ser, ya que ese señor está compartiendo celda con un reo condenado a muerte.

   ¡Joder!, pensó el hombre, alarmado, el convicto iba a perder su juguete.

   -¿Quedó en venir o amenaza con venir? –tomas asiento, rostro imperturbable, mente en caos.

   -Vendrá, con su esposa. –informa la mujer, puntualizando lo último, esperando ver una reacción en aquella cara cincelada en acero, algo cómo por qué se encerró a un hombre condenado por malversación con un sicópata condenado a muerte.

   -Vaya novedad. La familia no había dado señales de vida. –saborea su café, frente levemente fruncida.- Me encargaré de ello. Téngame al tanto de la visita.

   -Sí, señor. –no era lo que esperaba, pero era algo. No le gustaba lo que estaba ocurriendo, se dice mientras sale.

   Una vez a solas, el alcaide Monroe se echa hacia atrás en su cómoda silla, la próximas visitas eran una inconveniencia, pero no su problema. Ese convicto tendría que resolverlo, aunque sabe que tendrá que dar algunas explicaciones. Recostado del respaldo, cerrando los ojos y saboreando lo que queda del café, se dice que sería una bendición si le apartaran del Sistema Penal, que alguien decidiera por él sacarle de todo eso. Claro, no que le condenaran. Menos a esa prisión. Pero no estaría mal partir. La vida, últimamente, no le apetecía.

……

   -Vamos, Tiffany, despierta, amor, debes ir a trabajar. –Read, desnudo, velludo, de pie, zarandea al rubio en su cama, este despierta sobresaltado, alejándose de su mano, sintiéndose adolorido y también algo mareado.- No me gusta que me rechaces, Tiff. –le recuerda, enderezándose y buscando algo en la litera superior, la gruesa verga en reposo ocupa la visión de Daniel que desvía la mirada.- Tus vitaminas. –reaparece con un bote de agua y dos pastillas.

   Daniel traga en seco, no quiere hacerlo. Esas pastillas le aterrorizan. Teme lo que ese hombre pueda estar haciéndole, pero la mirada brillante y terrible del otro, le reducen. Read espera que se niegue, que se resista… para darle una tunda. La tunda que merece toda mujer a veces a manos de su hombre. Lo sabe. Con manos inciertas las toma, las lleva a su boca y toma agua, sintiéndose derrotado.

   -Debo… debo… -se siente sucio, pegostoso, entre sus nalgas siente la molestia del semen seco, casi endureciendo la tirita del hilo dental.

   -No, Tiff, desayunarás e irás a tu trabajo sin ducharte.

   -¿Qué? –abre mucho los ojos, alarmado. ¿Oler a semen, culo y sexo todo el día? No, eso no.- ¡No puedo! ¡Debo ducharme ahora! –el bofetón que temía llega.

   -¡Silencio! -es rudo, luego parece aflojarse, acariciándole la mejilla golpeada.- Mira lo que me obligas a hacer, Tiffany. Cariño, no quiero hacerte daño, eres mi dulce y hermosa princesa, pero no me gusta cuando me contrarías. Te quiero sonriéndome siempre y abriendo tu coño amoroso. Nada más. Pasarás el día así, te ducharás por la tarde… después de que yo te vea. Usando esa misma pantaleta. ¡Vamos! –medio aúpa golpeándose las palmas.- Sal de la cama, tienes mucho por hacer.

   Con un nudo en la garganta, cohibido, Daniel se pone de pie, alto, esbelto, atractivo, con aquella tanga de mujer toda manchada. Le asusta la mirada rapaz del otro.

   -Eres tan hermosa, Tiffany. No recuerdo a otra más bella. –le informa, y como en trance alza sus dedos y con los dorsos recorre una de aquellas tetillas rojizas marrones, alzada, vistosa, como más grande. Sonríe al notar el estremecimiento involuntario del otro, tan sensible como estaba a sus senos ahora.- Espera… -busca y saca el tubo de crema blanca, lo unta en sus dedos y los aplica a sus pezones.- Ahora estás lista, nena.

   Alejándose, pero intentado que no lo parezca, con toda la incomodidad del mundo al vestirse con su braga naranja, sucio de semen, propio y de aquel sujeto, teme más salir de esa celda. Los otros sabían…

   Se oye un chasquido-alarma y las celdas se abren, un ya vestido Read, cayendo sobre la litera inferior, sonriendo, le mira salir. Casi ríe para sí al escuchar los silbidos burlones que reciben al otro afuera, hasta que alguien grita un seco: “Silencio, malditos convictos”.

   Para Daniel Pierce no es fácil salir de aquella cerda que los primeros días le asfixiaba y ahora añoraba; ojos al piso, y aún así nota todas esas sonrisas burlonas, las miradas terribles, le toca enfrentar los tropezones de desafío, las tocadas a su culo, los siseados “quiero cogerte, puta”. Y todos parecían rodearle en un momento dado. Un infierno. Su desayuno fue silencioso, deprimido, sabiendo que muchas de las sonrisas y comentarios bajitos que circulaban se debían a él. Ir a la lavandería, a solas, fue una bendición. Por un momento se detuvo, tembloroso, alcanzado por todo el horror de lo vivido, lo que le había sucedido. Lo mucho que todo había cambiado, incluso él, en tan poco tiempo. No sólo no era dueño de su vida, de sus decisiones y deseos, ya no sólo le forzaban a cosas terribles, ahora también… respondía.

   A veces.

   Recuerda entre brumas la noche pasada, todavía mareado por la intensidad de ese clímax condicionado que había tenido contra la pared de la celda, sus piernas apenas sosteniéndole cuando el hombretón le hizo bajar de su verga, sintiendo el semen chorrear de su culo. Avergonzado todo volvió de repente en ese momento, escuchaba fuera gruñidos, silbidos, bajos y furiosos llamados para que abrieran la cortina. Los sujetos que habían visto su actuación.

   -Toma… -le tendió Read una botellita de licor, que miró con sed. Sabía que no debía pero… la bebió con ansiedad, necesitado del alcohol; la garganta resecándosele, el mareo un poco más intenso, uno grato, como cuando se tomaba cierta cantidad de alcohol, pero también su piel erizada, su verga hormigueante, su culo y bolas como con fiebre.- Espera… -le gruñó el sujeto cuando iba a sentarse de culo sobre la cama.

   Le miró abrir un pequeño bote tipo crema, untándose el blanco y lechoso productor en los dedos, mirándole a los ojos a los ojos en todo momento. Quiso saber qué era, qué pretendía, pero lo vivido minutos antes, saberse atrapado por ese oso, la botellita ingerida que le mareaba, todo conspiraba contra él. Contuvo un jadeo cuando Read llevó el índice y pulgar a su tetilla izquierda, untándola de eso, y tragó, porque se sentía extrañamente bien cuando le halaba y pellizcaba. Nunca antes había sido tan consiente al toque de sus pezones, pero ahora sí. Y algo enrojecido bajó la mirada cuando entendió que el otro lo sabía. Su otro pezón corrió igual suerte, fue untado y frotado, erectado. Cuando Read se dispuso a guardar sus cosas, dándole la espalda, contuvo un jadeo. ¡Sus pezones! Sintió un frío enorme, tanto que se llevó las manos al torso, luego fue un hormigueo y un calor que se incrementó contra sus palmas. Apretó y le ardió de una manera inquietante, alzó la mirada y encontró a ese sujeto frente a él, despojándose totalmente de sus ropas, grueso, fornido, velludo, brutal, su verga empapada de su propia leche, medio morcillona.

   -Vamos a la cama, Tiff. –le avisa, echándose sobre el camastrón inferior, la de Daniel, quien le mira levemente perdido. Era demasiado pequeña y no cabrían los dos. Eso era seguro, pero el otro abrió los fuertes brazos, invitándole.- Ven, amor.

   Rojo de vergüenza y humillación fue, intento volverse de lado pero el oso le atrapó y manipuló como si de una pluma se tratara y quedó acostado de espaldas sobre el velludo sujeto. Era intimidante, aterrador, humillante y extraño sentir a ese sujeto grande bajo él, sus piernas lampiñas por el depilado entre las suyas, peludas. Su baja espalda sobre esa panza firme. El pecho subía y bajaba, profundo, su respiración pesada le bañaba el cuello y una oreja.

   -¿Sabes, amor?, me gustaría llegar y verte con una hermosa pantaleta de encajes, blanca, pequeña e insinuante… -le susurró, ronco y profundo, sus brazos rodeándole, haciéndole sentir pequeño, atrapado, las enormes manos recorriéndole una el plano abdomen, bajando casi hasta el borde de la pantaleta, subiendo y bajando de manera circular con los dedos abiertos, erizándole, la otra hacia sus pectorales.- …Con unas medias de seda hasta tus muslos, oscuras, y unos relucientes tacones altos, algo delicado y caro como mereces tú, nena. –gruñó bajito a su oído, torturándole, mientras las dos manos cayeron sobre su torso, y con los dorsos, pasó arriba y abajo sobre las tetillas, acariciante, haciéndole gemir. Daniel no lo entendía, la sensación en sus tetillas era intensa, deseaba… no lo sabe, pero su respiración se espesó, su verga dentro de la pantaleta mojó un poco, sus nalgas, sin que él lo deseara, iban y venían sobre la traca morcillona del sujeto que le manipulaba con sus dedos.- Tú esperándome, echada sobre esta camastro, en cuatro patas, tus medias negras, tus tacones relucientes, abierto tu coño perfumado y dulce bajo la pantaletica, tu clítoris ardiendo, ansiosa por mí, llamándome para que te llene de amor… -le susurra más ronco, las uñas rascando para ese momento sobre los muy erectos y sensibles pezones, Daniel jadeando contenido, mareado, excitándose, sabiendo que era por lo que sea que hubiera en el licor.- Y yo haciéndolo, claro, ¿quién se resistiría a tus encantos, Tiffany? Nadie. Te daría todo mi amor, te dejaría tan abierta, tan ocupada, tan llena de mi palpitante lujuria que gritarías como una nena enloquecida, caliente, algo llorosa de puro placer… -los pezones fueron atrapados por índices y pulgares, los frotó suave, y Daniel gimió ronco, consciente de su cuerpo ardiendo.- Te daría una y otra vez, adentro y afuera, duro, sin detenerme, y tú gimiendo como ahora, con tu tono ronco de putita viciosa, como tiene que hacer toda mujer que ame a su hombre y este la atiende; tu coño mojado y ardiente abriéndose y cerrándose sobre mi verga, succionándola, amasándola, yo tocando tus tetas maravillosas así… -y los índices y pulgares aprietan duro.

   Y Daniel estalló en calor, arqueando su espalda, deseando aquellas manos, rechazando, pero también deseando, el imaginarse en esa situación, él siendo tomado y pidiendo por más. Flotaba en hormonas sexuales pero todavía pudo escuchar a los lejos risitas, los: “escuchen, Tiffany quiere más”. Y nada le importó, porque no supo cómo ocurrió, debió ser Read quien le soltó los pezones por un momento, alzándole las caderas, apartándole la empegostada pantaleta y obligándole a caer de culo sobre su verga. Tenía que ser, porque de lo contrario no entendería jamás como terminó empalado nuevamente, su estimulado agujero tragándolo todo, casi hasta las bolas, y gimiendo al sentirse así…

   No lo supo, no quiso pensar en ello, tan sólo consiente de la enorme verga fibrosa que le quemaba mientras se abría paso en sus entrañas, sobre su camastro de la cárcel, una donde entró como un hombre y ahora era la puta caliente de ese horrible sujeto. No sabría decir qué fue, seguramente las cosas que le hizo tomar o le untó, pero mientras Read le apretaba las tetillas, lengüeteándole un oído, susurrándole que era la puta más caliente que había conocido jamás, el hombre rubio fue consciente de sus caderas ir y venir de manera frenética, de subir y bajar su culo muy abierto sobre la dura y gruesa barra de carne masculina, tragándola, teniéndola toda muy adentro, llenándole, frotándole, rozándole, enloqueciéndole. Iba y venía de manera intensa, y sospechaba que gimoteando de placer, de lujuria, por las risitas que escuchaba en el silencio de la noche.

   ¡Dios, ¿qué le pasaba?!, intentó preguntarse cayendo sobre Read, la verga de este bien metida en su dilatado, rojo y lampiño culo, la suave tirita de la pantaleta apartada de la raja interglútea por el tolete del otro. Cuatro días y ya estaba comportándose como un marica total, participando en los perversos juegos de aquel sujeto. ¡No!, ¡él no era ningún marica! Tragó en seco, deteniéndose, buscando calmarse, su culo cerrándose y abriéndose sobre el rígido tolete venoso que le estimulaba sin hacer nada. Y Read sonreía siniestro, jadeando, era increíblemente bueno tener a ese carajo bonito sobre sí, su peso era excitante, pero nada como su culo palpitante, uno que le ordeñaba de manera intensa la verga sin moverse. Sabía que el hombre rubio estaba teniendo una lucha con su conciencia, demostrando que era fuerte a pesar de su cobardía. Todavía faltaba amansarle más. Pero tenía tiempo. Llegaría el momento cuando Tiffany buscaría por sí misma su verga, prácticamente sacándosela donde fuera para montársele, pero no tenía paciencia en esos momentos. Quería su coño ya.

   Mientras una de sus manos fue a la tetilla izquierda del rubio, apretándola de suave a intenso, haciéndole jadear, la otra bajó por su cuerpo esbelto y lampiño, y con la punta de los dedos, las uñas un tanto largas, rascó el pene del otro, oculto, tenso y babeante bajo la pantaleta. Sabía lo que provocaría el paso de sus dedos. Daniel gimió, arqueándose de espaldas, casi sacándose la verga del culo unos diez o doce centímetros, sintiéndolo increíblemente sabroso. Esos dedos rascaron una y otra vez, bajaron y frotaron sus bolas que se contrajeron en el saco, y casi ahogado de lujuria volvió a subir y bajar su culo, empalándose, cogiéndose a sí mismo sobre la dura barra de aquel hombre, boca muy abierta, babeando un poco, sintiéndola increíblemente buena dentro de sus entrañas trabajadas.

   -Tu clítoris está tan inflamado, amor… -se burló, cruel, metiendo la mano grande dentro de la pantaleta, atrapándole el pene, sin sacarlo, sus nudillos contra la telita, cerrando su puño, subiéndolo y bajándolo.

   Y fue todo para Daniel Pierce, quien gritó, gimió, se revolvió contra su cuerpo, y subió y bajó sobre aquella barra dura que calentaba sus entrañas y golpeaba su próstata de manera enloquecedora, pero también de aquella mano que jugaba con su clítoris inflamado. Así lo pensó aunque luego no lo recordaría. Entre jadeos que no pudo contener, escuchó risitas y burlas que lo confirmaban, se corrió otra vez, intensamente, sobre la mano de Read, quien para ese momento casi le alzaba del colchón subiendo y bajando su culo peludo, cogiéndole de rebote, sacando la mano de la pantaleta, los dedos con semen, llevándolo a su rostro, untándole los labios, obligándole a abrir la boca, metiéndoselos allí. Daniel, su culo siendo invadido una y otra vez, saboreó por primera vez su propio semen mientras el oso le gruñía que era la putita más bella y caliente que había conocido jamás, con un tono de orgullo que fue intoxicarte, mientras se corría a su vez. Y eso fue casi tan intenso como su propio clímax, pesó extrañado de lo mucho que fue consciente de esos disparos en sus entrañas, mientras lamía lo que quedaba de su semen, entre jadeos y casi goloso, de esos dedos gruesos y velludos.

   Y terminando de hacerlo, su culo sobre la gruesa verga pero aún así dejando escapar esperma, con los dos dedos del delincuente todavía en su boca, Daniel Pierce fue desconectándose del mundo, totalmente agotado, tanto física como mentalmente. Ignorando que el otro todavía le retiene así, sonriendo satisfecho, medio ladeándole para desmontarle, el tolete saliendo, la pantaleta metiéndose entre las nalgas, el semen mojándola otra vez. Read sonrió al escucharle gruñir, más dormido que despierto, montándole sobre su cuerpo, casi arropándose con él, cubriéndole con sus brazos fibrosos y velludos. La respiración aquietándose en el rubio, durmiéndose, así, en pantaleta, su culo lleno de esperma, acostado sobre el cruel sujeto. Agotado y momentáneamente satisfecho sexualmente por el uso del velludo tipo. Las manos que le acarician, con codicia y propiedad, gozándose de su juguete sexual, le brindaban consuelo.

   Daniel no lo supo, claro, pero allí, también cayendo en el sueño, el cruel sujeto se decía que era hora de la segunda parte de su plan: conseguir su venganza. Eso le hizo feliz; sonriendo más, una de sus manos recorriendo una de las redondas y firmes nalgas de su Tiffany, uno de sus dedos entrando en la raja, tocando el hinchado culo sobre la pantaleta, medio apartándola, metiendo media falange, encontrando su semen, sintiéndola todavía caliente. Había algo increíblemente poderoso en correrse dentro de otro carajo, en su culo apretado y luego ver manar su semen, el suyo metido allí. Y Tiffany estaba así, toda empapada de su amor. Todo era perfecto. Todo salía como lo esperaba.

   Se durmió, feliz, con aquel dedo en ese culo de donde manaba su leche…

   Esa parte la ignora el joven hombre rubio, mortificado como estaba por todo lo vivido. Un brusco “a trabajar, convicto”, le hizo despertar de sus recuerdos y se concentra en sus labores. Carga bultos de ropas, uno tras otro y las horas pasan. Almuerza solitariamente, esquivando miradas lascivas, burlonas o las llenas de desprecio. O peor, piedad. Como tiene prohibido salir al patio y llevar sol, le permiten ejercitarse bajo techo. Por la tarde, rojo de vergüenza y humillación, regresa a la celda, Read le revisa, como a un caballo, cerciorándose de que ha cumplido sus órdenes, permitiéndole el ducharse ahora.

   Era extraño encontrar todo aquel lugar solitario, seguramente gracias a las influencias que el sujeto tenía, aunque se preguntaba cómo lo hacía, de qué se valía para que sus capiruchos se cumplieran, pero agradeciéndolo en esos instantes. El agua no está caliente pero se siente bien sobre su cuerpo agotado y transpirado… también lleno de fluidos. Se frotó todo, sus pectorales se sentían extrañamente sensibles, así que los dejó en paz, bajando las manos hacía su trasero, notando lo durito de sus glúteos. Nunca fue flácido, pero ahora parecían más alzados. Fue cuando ocurrió. Al meter la mano, enjabonándose, limpiándose la leche de Read, sintió un escalofrío fuerte, y casi sin darse cuenta tardó algo más de la cuenta enjabonándoselo, frotándoselo, la mano casi toda entre sus nalgas, abierto de piernas, algo echado hacia adelante el torso, tratando de entender todos esos temblores que…

   -¡Vaya, vaya!, miren qué tenemos aquí, perros. –una voz burlona y fuerte, con acentos hispanos le hizo pegar un bote, abriendo mucho los ojos y aterrándose.- ¿Te sientes solito y necesitado, pequeño? He oído cuentos sobre tu macho… -se burla el sujeto que poco tiempo atrás le había violado en esas duchas.

   Estaba ahí, desnudo, envuelto en una toalla, acompañado de otros tres sujetos, no los dos que le acompañaron la vez pasada, pero todos mirándole, sonriendo lascivos y crueles. Todos dejando caer las toallas, las vergas llenándose a simple vista, codiciosas del hermoso rubio desnudo que frotaba su culo como si necesitara algo entre ellas.

   Todas esas barras apuntándole mientras los sujetos van hacia él.

……

   Si Daniel Pierce no tuvo un final de jornada fácil la noche anterior, y si un despertar sobre el cual no deseaba pensar, no fue el único. Jeffrey Spencer llegó tarde esa noche al edificio donde vivía, bajando del auto y vomitando antes de entrar a los estacionamientos. Temblando, no queriendo pensar o cuestionarse nada, subió, fue al cuarto de baño fuera del dormitorio principal y tomó una corta pero casi desinfectante ducha. También durmió en el pequeño sofá de su despacho. No podía compartir la cama con su mujer, no después de lo que le pasó… las penetradas, las mamadas que dio… Toda la leche que eyaculó mientras gritaba de lujuria teniendo su culo lleno con aquella verga negra. A su mujer le inventó que llegó tarde y contracturado y no quiso molestarle. Ella lo aceptó fácilmente, ya no le prestaba atención.

   Después de un desayuno sin apetito, Jeffrey hizo algo que debió hacer mucho antes, cuando su suegro le ordenó encargarse del caso Robert Read: saber de qué iba. Llamó al bufete, se reportó enfermo y pidió que le enviaran el expediente. Este llegó a media mañana, mintió a la cara del mensajero al que conocía y echándose en el sofá de su despacho se dispuso a leerlo. Había una fotografía de un edificio alto aunque sólo de dos plantas, largo, que ocupaba tres paredes de un callejón que terminaba en una entrada para camiones de despacho; era un lugar oscuro, las ventanas están cerradas y parece que cegadas desde adentro. Había algo inquietante en él. El matadero. Robert Read manejaba uno, trataba y procesaba carne fresca, de res, puerco o bovinos. Le metía a todo.

   Allí había cometido sus crímenes…

   Lee y aleja la tercera taza de café que la señora que atiende la casa le lleva, preocupada siempre por hacerle las cosas fáciles al estar casado con una mujer tan mala. La deja sobre la mesita porque el pulso le tiembla. No había leído nada de aquello, no era necesario. La noticia nunca le importó, fue desagradable, y no participó en la defensa. Incluso ahora, para intentar conmutar la pena de muerte, no creyó necesario revisarlo, pero ahora que ese sujeto quería que investigara un mal manejo de su caso a nivel policial, debía conocer los detalles. Y eran repugnantes. ¡Dios, ¿acaso ese hombre hizo todo eso?! De ser así era un monstruo… un caso real de vampirismo, piensa afectado mirando uno de los pocos cuerpos encontrados, una chica pelirroja, ojos vidriosos y nublados, el cuello destrozado…

   Los cuerpos. Se suponía que hubo más. Se sospechaba… Y, automáticamente, su mirada recae sobre lo que llamó la atención de todos en el caso: la procesadora de carne… El gran molino. ¿Se deshizo así de sus víctimas? ¿Las empaquetó? Tiembla, cierra los ojos y le parece verle sonreído, sereno, mirándole a los ojos:

   -Me tendieron una trampa, abogado. Soy inocente y debes sembrar así sea la duda y que no me ejecuten. Comienza con el policía que llevó el caso… -le recuerda tendiéndose hacia adelante.- Quiero tener la esperanza de salir de aquí algún día… volver al mundo, recorrer las calles con todos los demás. ¿Crees poder lograrlo?

……

     -¿Qué haces? ¿Te volviste loco? –graznó Nolan Curtis, sus oscuros, hermosos y dolidos ojos muy abiertos, mejillas rojas, de pánico. Viéndose adorablemente patético y débil.

   -Vamos, chico… Quieres comértela. A los putos como tú les encanta… -le sonríe sardónico Lomis, cruel, la gruesa y larga verga rojiza y pecosa emergiendo del pantalón de su uniforme, decidido a conseguir una buena mamada del muchacho, algo que siempre alegra el día, ver la suave cabellera de un jovencito mientras te la chupa, pero también buscaba romperle la voluntad.

   Ya le quiere como su perrito fardero.

CONTINUARÁ…

Julio César.

RIHANNA, EL MUNDIAL Y EL RODAR DE BOLAS

julio 17, 2014

SERGIO ROMERO

   A la caza del portero.

   Artistas, deportistas y algunos políticos siempre entran fácilmente dentro del genérico  mote de farándula y con el recientemente finalizado Mundial Brasil 2014, todo se mezcló genialmente. Comentan por ahí que mientras casi el cien por ciento de la selección argentina padecía el ratón moral de la derrota, dejándolo notar con bastante falta de elegancia (hay que saber perder, señores), “Chiquito” Romero, Sergio Romero, el arquero de la selección albiceleste que estuvo gigantesco frente a su portería, se fue de farra con los teutones y la pasó divinamente. Dicen. Como debieron hacer todos, carajo, que para eso se jugó bastante. Y en ellos, jugar es trabajo, y uno duro. ¿Pueden imaginarlo?, con la fama de parranderos que tienen los alemanes, o por lo menos de bebedores de cerveza, debe haber sido algo épico.

RIHANNA

   Pero no fue Romero el único, parece que en la celebración también terminó apareciendo la cantante Rihanna. Y en ella hay algo que hace imaginar alocadas fiestas (me pregunto si Piqué, mirando a Shakira a veces, no pensará en una divertida salida para tres). Bien, cito algo leído en la prensa venezolana, de un diario populero, EL PROPIO, en su sección de farándula:

EL PROPIO   “Una que estuvo el domingo desfrutando de la final del Mundial de Futbol en Brasil fue la RIHANNA… la cantante además ha estado muy activa publicando imágenes de la Copa del Mundo, y dejó ver la atracción que sintió por el arquero de la selección de Argentina, SERGIO ROMERO. Cuentan que mientras disfrutaba del partido fue invitada por uno de los patrocinadores de Brasil 2014; la cantante disfrutó de algunas cervezas antes de salir de fiesta por la noche. Rihanna se declaró fanática del equipo porteño y se dedicó a comentar los partidos y enviar piropos a los jugadores, en especifico a su favorito, Sergio Romero, al que le dijo “ESTAS A PUNTO”. El mensaje de la cantante llegó hasta la esposa de Romero, quien aseguró que “si salimos campeones, le presto mi marido a Rihanna por una semana”. ¿Qué talco? ¡JAA! Pero la que te conté se quedó con ganas del argentino…”

……

   Vaya, suena tan mundano, ¿verdad? Y pícaro. Me pregunto si alguna lo haría, si prestaría así a su marido. Sólo como promesa a los santos, como parecía el caso, aunque en broma; con otras sería peligroso, después te la cobrarían haciendo lo mismo. Me hizo recordar aquella película El Reencuentro, unos ex compañeros de universidad que se reúnen años después y una está soltera, quiere un hijo y va con la idea de acostarse con cualquiera de tres de los disponibles cuatro hombres en la casa, ya que el cuarto es el marido de su mejor amiga, a quien le cuenta el plan; pero por alguna razón la cosa no funciona con los tres primeros y en una escena ella, algo nerviosa, espera y entra el marido de la amiga, también su amigo, y lo hacen. No veo a las latinas permitiéndolo. Pero suena interesante.

RIHANNA Y LOS TEUTONES TRAVIESOS

   Como sea, fuera porque perdieron o la señora no era tan comprensiva y cariñosa con su marido como quiso hacernos creer, cuentan que el señor Romero se le escapó a Rihanna en la reunión, quien se conformó festejando con los alemanes. Y me hizo recordar otro cuento, de la amiga con quien vi el juego el domingo, echados en mi cama, cuando precisamente nos conocimos iniciando la universidad poco después del Mundial USA 94, y ella suspirando decía que soñaba con colarse en los vestuarios de alemanes y daneses y terminar con todos los tabúes. Eso siempre me hizo reír, aunque ella, riendo y azorada, odia que lo cuente hoy en día.

ANGELA EN LAS DUCHAS ALEMANAS

   Por cierto, también los alemanes fueron visitados en las duchas por la canciller alemana Angela Merkel…

ANGELA EN LOS VESTUARIOS CON LOS MUCHACHOS

ANGELA Y OZIL

   …La cual como que no es la primera vez que lo hace, la muy pilla.

CUASI BESO TEUTON

   ¿El conato de beso? Aseguran que fue un reto, que perdieron; en algún momento los alemanes, así como los rusos, abandonaron esa manera de saludo entre los hombres. Aunque era divertido por la de comentarios que levantaban, todos divertidamente escandalizados.

Julio César.

UNO DE ESOS PLACERES DE LA VIDA

julio 17, 2014

FUEGO DE JUVENTUD

FELIZ ENTRE MACHOS

   Temblando de emoción, piensa que sería genial encontrar las palabras para explicarle a su mujer por qué le gustaba tanto ese juego.

PRUEBA NO SUPERADA

Julio César.

PUNTUAL

julio 15, 2014

PUCHERO

MUSCULOSO EN TANGA AZUL

   Te mira e, inocente, te felicita por llegar siempre temprano para el cambio de guardia mientras se cambia.

Julio César.

SE NOS ACABÓ EL MUNDIAL… ¡NOOOOO!

julio 15, 2014

NO AL PIZZO

DEPRESION

   Ahora sólo nos queda ocuparnos de nuestras vidas.

   La verdad es que esperamos demasiado tiempo, el evento transcurre durante todo un mes pero es como muy poco, y una tarde todo acaba. Quedan las alegrías, desencantos y un tanto las reminiscencias. Me gustó mucho el Mundial que se montaron los brasileños, me sorprendió lo que les pasó, ganó el mejor equipo aunque Argentina se les alzó como los buenos y casi pudo. Los alemanes suman otro éxito a su modo de vida, la señora Merkel tenía muchas razones para sonreír, abrazar y besar a esos sudorosos carajos (una amiga con quien pasé buena parte de la tarde viendo el juego, suspiró con aquello de quién fuera Angela). Contrastando con el pucherito de Dilma y los intentos de pita que no se dieron porque el publicó respetó a los ganadores. Bien por los brasileños. Mal por las caras del equipo argentino. “Regresa Pelé”, eso debió doler. Y tanto más por hablar, pero hoy una arepa en un cafetín cuesta sesenta y cinco bolos, setenta si es con queso amarillo, y la canilla de pan vale un bolívar más.

Julio César.

PATRIOTICO

julio 15, 2014

DEBILIDADES DE UN DURO

MACHO, SUSPENSORIO Y MARINEROS

   Su deber.

   -Chicos… -llama con voz muy mórbida, abriéndose, llevando unos dedos a su boca y ensalivándolos.- ¡Llegué! –canta y con esos dedos se lo toca, uno entrando, y los jóvenes marineros recién bajados de la fragata se dan un gusto del carajo.

APARIENCIAS A GUARDAR

Julio César.

NI IDEA

julio 15, 2014

BROCHA GORDA

EL TIO DEL HILO DENTAL AMARILLO

   Hablaba, reía, y ni cuenta se daba…

   El nuevo profesor de Educación Física tenía a todos los chicos del colegio de cabeza, aunque lo ignoraba. A pesar de ser muy heterosexual y con varias novias, el hombre gustaba de sus hilos dentales, y tan normal le parecía que se sentaba como fuera, ignorando las calenturas de los muchachos que soñaban con meter la mano y tocarla, por robarla y llevarla a sus camas. No, no se fijaba en nada. Siempre hay gente así.

Julio César.


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