LUCHAS INTERNAS… 30

Enero 6, 2010 por jcqt1213

   Ese chiquillo estaba enloqueciéndolo…

……

   Frank Caracciolo vivía unos días extraños; él que debía ser el hombre más feliz de este mundo, no lo era. Hacía siete días desde, que al fin, Eric Roche había salido de La Torre. Ahora él era el jefe indiscutible del universo conocido. Y Rita había entrado en su vida y en su cama. La mujer era buena en ella, sabía moverse y era apasionada. Contiene una leve sonrisa al sentir el escozor de un arañazo que tiene en la espalda. ¡Heridas de guerra! Y sin embargo, no estaba contento. Algo, un sentimiento vago de malestar, no lo dejaba en paz. Eric se fue, sí, pero no como él hubiera querido. Él deseaba sacarlo como a una basura, que todos vieran que era un inútil, y para colmo, un maricón; deseaba verle el rostro a la vieja loba, cuando se lo gritara. Pero no, el malintencionado ese se había ido sin darle ese gusto. Lo otro que lo tenía alterado, era el increíble odio que sentía hacia Nicolás Medina.

   Mientras entra en su oficina, se fija en el muchacho está agachado cerca del archivero, buscando algo. El joven le lanza un frío buenos días, al que él ni se toma la molestia de responder. Cara de culo, piensa Nicolás, volviendo a revisar las carpetas. Frank, casi a su lado, parece percibir ese pensamiento y siente unos horribles deseos de darle una buena patada por el culo y enviarlo al otro lado del cuarto, provocándole un buen dolor. También nota algo más, algo en lo que no quiere reparar y sigue hacia su oficina, que cierra con un portazo tal, que la puerta vuelve a abrirse. No entiende qué lo molestó tanto tan rápido. Él venía de buen humor hasta que entró allí. Era esa ratica quien lo molestaba. Tenía que irse, era indispensable. Con el ceño muy fruncido lo mira a través de la puerta, recordando lo que vio en el otro, más molesto todavía al perder el tiempo dedicándole un pensamiento, ¿por qué lo hacía?

   Eso que notó fue que… al estar agachado, el saco (que seguramente era prestado por lo mal que le quedaba) y el cuello de la camisa caían un poco hacia atrás. Y Frank reparó en su nuca y en parte de un hombro lleno de pecas, así como una finísima cadenita, que tal vez intentaba hacer pasar por oro, pero que parecía una baratija, alrededor de su cuello. Eso lo desasosiega y desconcentra. Tenía que salir de él, echarlo de La Torre, pero lastimándolo…

   Eso lo consuela un poco. Frank no es un hombre acostumbrado al autoanálisis o a la introspección, se regodea en el placer de los sentidos y en las emociones que conoce y le gustan: seducir, sexo, competir y ganar, destruir a sus enemigos. Y para él, Nicolás era un enemigo y la cosa ya era personal. No es que sólo fuera el espía en su oficina de Norma o Aníbal, sino que esa ratica se había atrevido a enfrentarlo. Primero fue lo del dinero que le rechazó, cuando él, en un momento de buena gente, de debilidad, se lo había regalado; eso lo descontroló. No tenía nada en la mente cuando se lo dio, y era cierto; lo que era incapaz de recordar o reconocer, aún ante él mismo, fue la forma grosera, injusta y humillante en que trató al otro. Todo eso se había borrado de su mente. Lo único que quedaba en ella es que fue una buena persona y el cretinito lo rechazó. Lo otro fue lo que sucedió el día que el marica de Eric dejó La Torre. Para él fue una sorpresa cuando Aníbal entró en su oficina, con cara grave, como si hubiera muerto un buen amigo (que, seguramente, no los tenía), para decirle que Eric Roche estaba a punto de irse de la firma.

   -Recogió sus cosas y está saliendo ya.

   -Al fin, carajo. -estalló contento, luego lo miró desconcertado.- ¿Por qué?

   -Lo ignoro. –respondió, pero Frank no le creyó.

   -Como sea, es una buena noticia. Hay que celebrar. -pero medita; no era así que quería que saliera.- Creo que debemos despedirlo, ¿no te parece? -sonrió ruinmente.

   Aníbal lo miró desconcertado, pero lo siguió cuando el otro dejó a buen paso la oficina. Por el pasillo encontraron a Nicolás Medina, quien intentó pararlo para decirle algo. No lo dejó, pero le dijo que lo siguiera. Una vena cruel se desató en él; quería que Nicolás viera lo malvado que podía ser, lo importante que era; deseaba, por alguna razón oscura, que el muchacho comprendiera que él era el jefe. El trío llega cerca de las oficinas de Eric y Sam, y ven a los dos hombres que vienen. Eric, pálido y muy deprimido, cargaba una caja. Sam, agitado le decía algo. No repararon en el trío que se acercaba.

   -No puedes irte así. Estarían ganando. Nada lograrás escapando. -le ruge.

   -Ya lo decidí. –replica, sin ánimos, Eric.

   -Déjalo, Sam. Si quiere irse que se vaya, aquí no hace ninguna falta. -sonríe Frank, cerrándoles el paso.- Vete a gozar tu vida. -le dice cruel, sonriéndole más.- Pero esas cosas que llevas ahí pertenecen a la firma. No puedes llevártelas.

   -Son cosas mías, Frank. Apártate ya. -dice Eric, bajito, con ojos llameantes.

   -Por mí puedes irte al infierno o a Isla Pato, pero eso se queda aquí.

   -Déjalo en paz, Frank. -estalla Sam. Nicolás se siente incómodo, esa basura de Frank…

   -Señores, no hay que discutir por esto. Somos abogados y podemos llegar a un acuerdo. -dice Aníbal, algo preocupado por la situación.

   -Ya no tengo nada que ver con ustedes, Aníbal. Espero que estés recibiendo todo lo que quieres. Haces un gran trabajo. Trabajas duro por lo tuyo. -le dice Eric, agudo, con ojos centelleantes. Aníbal lo resiente.

   -Eric… -intenta explicar algo, tal vez su vida, sus acciones; pero Frank estalla.

   -No hay que discutir con este maricón, que deje la caja y…

   -Apártate, coño’e madre. -le grita Eric y con una mano lo empuja por el pecho, aplastándolo contra una pared.

   -¡Hijo de puta! -Frank no es hombre para soportar eso, y menos ahora que nota la mirada de asombrada admiración de Nicolás por Eric.

Eso es demasiado para él. Con rabia se le va a ir encima, pero Sam, grande y fuerte como es, le monta el brazo derecho cruzándole el pecho y lo aplasta otra vez contra la pared.

   -Contrólate o te jodo -le ordena. Eric ni los mira mientras se aleja. Frank le grita que se pare y quiere soltarse de Sam, quien lo retiene contra la pared.- Quédate quieto, papá, que yo no soy uno de tus empleaditos que se mean cuando gritas. Sigue molestando y voy a darte de patadas por ese culo por todo el pasillo. -lo mira feroz al rostro. Se ven con un odio intenso.

   -Suéltame. -le ruge sintiéndose torpe, imbécil. Nota que Nicolás sonríe con alegría, pero eso muere pronto cuando Aníbal lo mira y le hace señas de que deje de hacerlo. Frank siente una rabia homicida.- Sam, yo te voy a… -casi no puede hablar.- Esto lo vamos a resolver, maldito hijo de puta. No me importa cuanto defiendas a tu novio. -intenta ser cruel. Sam lo mira en forma casi tierna.

   -Oh, Frank, supéralo ya. Nunca, óyelo bien, nunca habrá nada entre tú y yo. Deja tu obsesión. Nunca me has gustado, ni vas a gustarme…

   Frank lo mira todo rojo de rabia. Sam lo suelta y se aleja, en pos de Eric, sin molestarse en ver qué hace el otro, o si le salta encima. Nicolás miró a Sam con admiración abierta; ¡como hubiera querido ser él quien pusiera en su sitio al grandísimo hijo de puta! Frank notó esa mirada franca y abierta. Y odió más al joven… porque la ratica fue testigo de su humillación, vio cuando dos tipos lo empujaron y carcajearon. Y lo peor, lo disfrutó. Le gustó ver cuando lo humillaron y ofendieron. Eso no se lo perdonaría nunca. El abogado mira al joven, quien casi se arrodilla en el piso, buscando algo con afán en el archivero y siente que el odio crece como una llamarada dentro de él. Pero, ¿qué lo había molestado tanto hoy? Seguro era esa colonia horrible que usaba, con la que seguramente anestesiaba ratas y cucarachas en su pieza (sabía que vivía en una casa de habitaciones), para que no lo atacaran de noche. Y eso lo llevó a otro pensamiento, uno muy desagradable: no le gustó imaginarse al joven matando cucarachas en un oscuro cuartucho, de noche, cansado como debía estar después de todo un día de trabajo.

   ¡Deja de pensar. Deja de pensar!, se dice con rabia. No le gusta la rabia extraña que siente, ni el estado de insatisfacción en que anda. Debería ser feliz. Y mucho. Intenta pensar en Rita y en el almuerzo que tiene a la una de la tarde con unos poderosos editores que quieren utilizar al bufete de intermediarios con el Régimen. Eso siempre significaba dinero. Busca las llaves de su cajón privado y no las encuentra. Eso lo irrita de manera terrible.

   -¿Dónde están mis llaves? -grita. Nicolás se medio vuelve a verlo.

   -Deben estar donde siempre, en la gaveta central. -suena cortante. Frank estalla.

   -Si estuvieran ahí, las habría visito, ¿no?

   -Ayer no encontraba su lapicero de oro e insinuó que yo me lo había robado. Y estaba en su maletín, como yo le dije. -suena acusador y exasperado.- No tengo por costumbre andar tomando la basura de otros.

   Frank lo mira asombrado. Para un ser con un mal genio tan terrible como suyo, encontrar a alguien que le replicara en términos duros era algo que lo sacaba de sus casillas. Se pone de pie de un salto, como una fiera, no piensa, sólo mira a ese joven casi sentado en el piso, buscando algo en el archivero. A lo que siente une la acción: ganas de matar. Nicolás, tarde, lo ve venir. A decir verdad, ni en sus peores pesadillas hubiera esperado algo así. Frank con una mano le atrapa la nuca y va a aplastarle la frente contra el archivero, pero como Nicolás se medio volvía, es el lado derecho de su cabeza, casi la sien, casi el cabello, la que golpea el metal, sonando feamente. El joven lanza un ahogado grito, primero de sorpresa ante el ataque, luego de dolor cuando siente que unas luces estallan en su cráneo ante sus ojos. Por un momento no sabe dónde está, sintiendo el horrible dolor que parte de su cabeza y lo marea. Los ojos se le llenan de lágrimas. Mira atontado a Frank quien está de pie frente a él, después de ese ataque irracional.

   -Nunca vuelvas a hablarme de esa manera, ratica. A mi nadie me habla así.

   -¡Coño’e madre! -estalla Nicolás, sorprendido, pero furioso. Su pie escapa como por su cuenta y le da una patada en la espinilla izquierda, sentado en el suelo como está.

   Frank chilla, mirando sorprendido al muchacho. En su vida de abusos, que han sido bastante, ha golpeado a más de una persona, hombres y mujeres, aunque a cada uno por cuestiones distintas, y nadie le había regresado el ataque físico, hasta ahora. Lo que Nicolás hizo lo tomó por sorpresa. Jadea con dolor, y lo mira todo rojo, con una rabia suprema, ¿cómo se atrevía ese ratón a tocarlo? Con un alarido se echa sobre él, quien ahora lo mira aterrado. Hay un no se qué de loco en esa mirada, se dice asustado, ¡como de loco de carretera!

   El abogado lo alza con facilidad de la pechera del saco y lo aplasta contra la pared, gritándole que va a matarlo, qué cómo se atreve a tocarlo. Se ve tan desencajado e irracional, que Nicolás, cuya cabeza ya le duele, choca dos veces de la pared, le grita que lo suelte, y de manera mecánica, y afortunada ya que esos golpes nunca funcionan en la vida real, le da un rodillazo en las bolas. Frank boquea, sintiendo un estallido sordo y feroz de dolor en los cojones. Sus manos pierden fuerzas y Nicolás escapa, gritándole, agudo, que nunca más vuelva a tocarlo. Sale casi corriendo, mientras Frank no puede dar ni un paso, pero le grita, con las pocas fuerzas que logra robarle al dolor sordo y palpitante que siente, que vuelva.

……

   Hacía calor en esa primorosa mañana de sol brillante y cielo azul eléctrico; pero aún más hacía en la vacía habitación donde Eric dormía hasta hace poco sobre una colchoneta. El joven está sudando a mares, caliente por el calor y por el deseo que siente mientras está arrodillado sobre el colchón, abrazándose y besándose con el también desnudo y sudoroso William Bandre. Sus bocas se unen una y otra vez, con las lenguas ávidas que luchan mordelonamente. Parecen decididos a tragarse el uno al otro. Eric retira su rostro y lo mira intensamente, notando su delgadez, su palidez, su cuerpo brillante y caliente, su cabello fino cayéndole en la frente, pegado allí por la transpiración, su respiración agitada.

   El joven apoya, sonriendo, una manota en el pecho de William, empujándolo suavemente. El otro cae de espaldas sobre el colchón, sin saber qué ocurrirá, pero excitado, deseando ser tocado, besado, mordido y amado por el carajo ese. Eric le abre las piernas, fascinado por su tolete pálido, largo y surcado de venitas rojas y azules, con la cabeza color púrpura. Lentamente se inclina sobre él; su mirada se enfoca en el ojete del güevo donde mana una espesa gota de licor. Siente la boca seca, nunca antes había hecho eso, pero sacando la lengua, la apoya suavemente sobre el ojete, que titila. Oye el gemido del otro. Retira la lengua y paladea la gota que atrapó. La siente agridulce, salada, deliciosa. Su boca se llena de saliva. Sus labios, después de un leve titubeo, caen sobre la roja corona, sintiéndola suave, tibia y dura como una roca pulida.

   Mueve sus labios, besándola, lamiéndola suavemente, y nota como William se estremece todo, sudando más, gimiendo agónico. Los labios caen metiéndose la cálida cabeza dentro de la boca. La siente agitarse, palpitar, quemar y crecer más. El cuerpo de William se tensa y levanta un poco las caderas metiéndole más del güevo en la boca. Cerrando los ojos, en un intento por olvidar todo escrúpulo y sólo dejarse llevar por las nuevas sensaciones, Eric siente como la dura y cálida tranca se atasca en su boca, golpeándole una mejilla; la dirige hacia su garganta, pero se ahoga y le molesta cuando la siente golpear contra la pared posterior de la boca, en las amígdalas. Sus mandíbulas están casi desencajadas. Arquea los labios y guapea hasta que la traga, sintiendo nauseas y ganas de toser. Pero la deja allí, no la saca, no retira su boca.

   El güevo comienza a palpitar más, caliente, duro y suave, dejando escapar sus jugos sexuales. El calor de la tranca excita y marea a Eric, quien con los ojos cerrados la deja salir un poco, saboreándola, mamándola como quien prueba algo sabroso. La traga nuevamente, desmañado, pero con ganas. El güevo se tensa y palpita otra vez, provocándole placer y ansiedad al mamarlo. Lo deja salir buscando aire. Lo mira temblar, erguido, brillante de saliva, recto. Su lengua lo lame, sintiéndolo agitarse más. Lo atrapa con el puño, sobándolo, sintiéndolo duro y caliente. Su boca cae sobre la tranca, tragándola hasta la mitad, ahora la chupa con furia, mamándola con ganas.

   La boca sube y baja frenéticamente. William chilla y jadea agónico, levantando el rostro y mirando a Eric, pidiéndole que se la trague, que se la coma toda. La boca de Eric baja decidida, atrapándola, dejándola en su garganta caliente, que la atrapa, halándola y amasándola. Percibe como tiembla dentro de su boca. Ahora sube y baja con más libertad, tragándola. William chilla, sus caderas suben y bajan ahora levemente, cogiendo a Eric por la boca. El joven le atrapa las bolas bamboleantes con una mano y las aprieta, las amasa, sintiéndolas caliente y grandes. Los apretones provocan gruñidos y gemidos de placer al otro, que suda mucho.

   Eric mira esas bolas, y loco de lujuria deja el güevo, su lengua roja y exploradora cae sobre ellas, que se retraen dentro del saco. Su lengua las ensaliva, las lame. Su boca atrapa una y la saborea como vieja comiendo mamón, moviéndola dentro de ella. William chilla agónico, subiendo y bajando sus caderas, dominado por unas ansias que lo enloquecen, es así como Eric se fija en los pliegues que llevan a las nalgas y al culo. Mientras mama esa bola, con la otra apoyada sobre su labio superior y el güevo golpeándole sobre la nariz, sintiendo el olor a bolas y a macho del otro, su dedo va hacia ese pliegue rojizo, sobándolo suavemente. Encuentra la canalita tibia y oye el alarido del otro ante la rica caricia, quien gime como adolorido.

   El abogado se mete, acostado boca abajo, entre las piernas de William y se las abre aún más, flexionándole las rodillas, cosa que alza un poco sus caderas. Ahora Eric puede ver la entrada del rojo y lampiño culo. Con avidez su rostro se hunde ahí, aspirándolo. Su aliento le provoca temblores de lujuria al otro. Eric ya no piensa, sólo quiere sentir, y lo que experimenta es lo más delicioso que ha probado nunca. Sus labios caen sobre el culito, besándolo lentamente; abriéndole más las nalgas, y sacando la lengua, lo lame. Lame la pequeña porción de raja interglútea y le entrada del culo. La lengua titila sobre el agujero; le da lengüetazos que ponen al otro casi a llorar de gusto, intentando mirarlo. Esos gemidos excitan más a Eric, quien sonriendo, hunde su boca allí, metiéndole la suave y babosa lengua dentro del culito, empujando el anillo del esfínter.

   -Hummm. Hummm… -sólo puede jadear William temblando y sudando, retorciéndose sobre la colchoneta ante la lengua ávida que lo penetra.- Oh, Dios, sí…

   Esos gemidos enloquecen a Eric, quien frota casi con violencia su rostro de ese culito, azotándolo con su lengua ágil y móvil. Le toma las piernas, alzándoselas, elevándole más el culo y lo lame, lo chupa. Clava su lengua allí, sintiendo como ese culo palpita, hambriento, queriendo atraparle la lengua. Extendiendo lo más que puede su lengua, la deja sobre el culito que se abre y cierra, desesperado, mientras alza su dedo índice derecho, frotándolo allí, moviéndolo rápida y rudamente. Eso le provoca oleadas terribles de calor, lujuria y deseo al otro, que casi grita. Eric deja el dedo allí, mirándolo.

   -Hummm, cómeme el culo… Hummm…

   -Estás caliente, putico. ¿Quieres que te lo meta? ¿Quieres que te coja con mi dedo? -y lo agita sobre la entrada secreta del otro hombre.

   -Hummm, si. Cógeme con tu dedo. Métemelo ya. -le grita con el rostro contraído, la frente arrugada, ansioso y desesperado.

   -¡Puto!

   Lentamente Eric clava su dedo dentro del titilante agujerito, que se abre, aceptándolo gustoso. El dedo se hunde con ganas. El joven siente como el culo se tensa, se cierra y se lo atrapa. Oye el gemido del otro, que se tensa y casi se sienta, para verlo. El dedo entra y sale lentamente; se mete agitándose allí, hondo. Ese culo se estremece más. Eric está fascinado, mira el güevo que babea y su boca cae sobre él, bebiéndose el delicioso licor, mientras su dedo encula y enloquece de lujuria al otro. Lo estaba trabajando bien.

   -Hummm, cógeme, Eric. Cógeme. No aguanto más. -le suplica William, con el culo echo una sopa, caliente y mojado, como siente Eric al clavarle el dedo.- Oh, Dios… Hummm.

   -Te gusta, ¿verdad? Lo quieres, ¿verdad?

   -Sí. Sí, cógeme. Métemelo ya. -casi solloza, mirándolo suplicante.

   Eric se arrodilla, con el güevo como una lanza horizontalizada, babeando ya, entre las piernas del otro. Le toma los tobillos, abriéndolo y alzándolo más. William casi se dobla sobre su cadera, su culo palpitante, titilante, hambriento y deseoso queda viendo hacia arriba. Eric se monta el tobillo derecho del otro sobre su recio hombro, con la otra mano le separa más las piernas. Con su mano libre agarra su güevote y lo enfila sobre el culito. Al frotarlo contra la entrada, su güevo echa candela y el agujerito se estremece todo. William lo siente suave, duro y caliente. Apretando los dientes y empujando su tranca contra el orificio, Eric no piensa en ninguna otra cosa, ni en SIDA, profilácticos ni nada, en el colmo de la imprudencia. El güevo va abriéndose camino, empujando el agujero, forzando el anillo que se resiste. William chilla. Eric aprieta los labios con fuerza y empuja más. El culo resiste el asalto, pero termina abriéndose y tragándose la hinchada cabeza. El otro grita adolorido, siente el rasgón y el dolor que lo recorre todo.

   -Relájate, William, y podrás gozar de mi güevo en tu culo como tu mujer con el tuyo.

   Tomando una larga bocanada de aire, William se tiende sobre el colchón, sus tobillos dejan de presionar contra los hombros de Eric y los músculos de su ano parecen aflojarse alrededor de la tranca, que sale un poco y vuelve a encularlo. William jadea, brillante de sudor, sintiendo como la rígida tranca entra hondo, palpitante, pulsando, ardiente y soltando pequeñas cantidades de algo líquido y caliente como el fuego. Todas esas sensaciones recorren el cuerpo del hombre joven, desde sus entrañas hasta su cabeza. Siente que el güevo al retirarse y clavarse luego, lo estimula, lo excita. Ese calor, ese líquido, esa dureza en su culo lo hace gemir largamente; pero ahora es un gemido de deseo, de lujuria. Siente que su cuerpo despierta de un largo letargo emocional, liberándose al fin.

CONTINUARÁ…

Julio César.

JOSE VICENTE RANGEL GRAZNA SOBRE EL FUNERAL DEL DOCTOR CALDERA CON ESE VIEJO ODIO DE LA IZQUIERDA

Enero 6, 2010 por jcqt1213

   José Vicente Rangel, haciéndose llamar Marciano, expone en el diario oficialista VEA, lo que considera su verdad. El que esté reñido con la realidad no debe tomarse como un signo de senilidad en un anciano impúdico… ya era así hace veinticinco años, cuando llegó a los sesenta y tantos. Veamos lo que dijo sobre las honras fúnebres de este gran venezolano…

……

NO SE MERECÍA esas honras fúnebres. Seguramente que de haber podido influir las habría rechazado. O, cuando menos, con un dejo de impotencia, hubiera expresado muy quedo, con ese sonido que a duras penas brotaba de su garganta nonagenaria -en otros tiempos poderosa, de tribuno esclarecido-, la molestia que le causaban. Porque para él lo primero siempre fue la estética. La estética estatuaria. La de un Manolete erguido ante el toro de la política. Sin desplantes. Consciente de que su fuerte era la sobriedad. Esa apolínea concepción de la palabra para la cual el exceso está vedado. A diferencia de lo que sucedía con otros de su generación.

……

   Aquí Marciano da claras muestras de jamás haber conocido realmente a ese gran hombre de la política venezolana que se llamó Rafael Caldera, padre del social cristianismo y cofundador de la era democrática en el país. Ni después de muerto se le habría expuesto a un hombre como él a algo que no deseara. Su esposa, doña Alicia, y sus hijos, no lo habrían permitido. No era el doctor Caldera hombre de andarse por las ramas, cuando Chávez, en su muy lejana toma de posesión en el 99, soltó imbecilidades como que juraba sobre la moribunda, la Constitución de 61, que agoniza como esta misma que es violada todo los días, el presidente Caldera, con malas caras dijo: “Haga como quiera”, casi le arroja la banda presidencial, y se fue. Así de claro, y valiente, era en su proceder. Pero el viejo mentiroso, José Vicente, continúa con sus trapacerías…

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NO TENIA LA CALIDAD del ideólogo. Ejemplo: el vuelo doctrinario del chileno Frei Montalva, pero sí el tesón cotidiano para asimilar derrotas y sacar partido de ellas. Careció del carisma de otros, pero supo perseverar en la acción. Distante del calor del pueblo fue capaz de transmitir un cálido sentimiento de solidaridad en el desamparo. Su periplo vital, como gustaba decir, fue una proeza de coherencia flexible. Arrancó como falangista, admirando la Cruzada franquista, la derecha española y la Iglesia fundamentalista. No escapó a la característica de esa tendencia: la violencia, que él y su gente descargaron -en aciago momento- sobre la espalda de un anciano humorista, pero tuvo claro sentido de lo social que supo plasmar en su vocación laboralista y en la enseñanza de la sociología. Jugó al centro político y, más adelante, se inclinó ligeramente hacia el progresismo. ¿Lo sentía? ¿O fue una hábil treta para colarse como opción?

……

   Hay que estar de acuerdo en la primera parte cuando describe su temperamento duro, seco. Una vez se dijo que a Rómulo Betancourt, el gran adeco, el pueblo lo miraba como a un padre, y al doctor Caldera como al tío acomodado. Luego, y aquí entra en juego su edad, Marciano se confunde al comparar al doctor Caldera con un hombre dado a la violencia, como si no hubieran sido los viejos reductos de la izquierda, seniles pero ávidos en el mando actual, quienes enviaban carajitos de escuelas a la muerte, o mataban policías de pueblo en un infantil afán de alcanzar el poder por asalto. Tal vez cree Marciano que habla del funeral de cierto presidente comandante que bañó de sangre al país en su deseo de hacerse con Miraflores. Es posible, porque aunque siempre ha sido así de manipulador, la momia ya tiene su edad, las ideas se mezclan. Pero volvamos con él…

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SIEMPRE FUE UNA INCÓGNITA. De los barones del puntofijismo fue el que demostró más capacidad para el manejo de las claves del sistema. Su casa de habitación bautizó el pacto que le dio soporte. Disputó con habilidad a Betancourt el liderazgo haciéndole creer que lo utilizaba cuando fue todo lo contrario, y, al final, se impuso al fundador de AD. A diferencia del guatireño no contó con el apoyo decidido de la derecha y los grupos económicos, ya que éstos confiaron más en el tránsfuga que en él, que solía despertar sospechas por sus veleidades con figuras de la izquierda. Pretendió salvar el sistema que encarnó, pero falló en el intento por las circunstancias. Indultó con audacia a rebeldes y defendió a los alzados del 4-F en el Congreso. Eso le abrió la puerta a la segunda presidencia. Para nada: el destino estaba escrito. Le correspondió el papel de sepulturero, y lo cierto es que lo cumplió con dignidad.

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   Ruin hasta el final. Él, José Vicente Rangel, quien siempre utilizó el sistema para lucrar (desde que amenazaba con denunciar a fulano y mengano de corrupto a cambio de una tajada, y después el pillaje del hijo desde la alcaldía de Petare), condena a Rafael Caldera como a un político oportunista. Esta piltrafa de hombre jamás le perdonó a Rómulo Betancourt y a Caldera que se dieran el gusto de calentar la silla de Miraflores que a él siempre se le negó. También es malagradecido porque, él y Chávez, que mantienen una enorme cantidad de presos políticos, casi desdeñan a Caldera por indultar a una gente que todo el mundo, para ese momento, quería en las calles. Hay que recordar que no sabíamos, en aquel tiempo, que algunos padecían taras mentales. Es curioso como los Cuarenta Años, perdonaron, y la autocracia socialista y demente, con José Vicente a la cabeza, persigue con saña. Pero finalicemos con Marciano…

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TRISTE ESPECTÁCULO el de ese funeral organizado por los perversos albaceas que vivieron de él. Los que en el cementerio dejaron caer sobre sus despojos mortales palabras impregnadas de falsedad. En nombre de la paz proclamaron con impudicia la revancha. En nombre de la unidad reivindicaron la brutalidad del blanco y negro. En nombre de la lucha contra la corrupción asomaron la cara bien lavada los pimentones que tantos dolores de cabeza le ocasionaron. Aquéllos que lo escarnecieron; que profirieron contra él, en vida, las peores infamias, derramaron lágrimas de cocodrilo. Una escuálida asistencia -no la multitud que él hubiera deseado- lo acompañó en la ceremonia de inhumación. Al fondo ondeaba una solitaria bandera de siete estrellas. No hay derecho: su cadáver convertido en frustrado ícono de insensatas pasiones; en negación absurda del espíritu de lo que consignó en su mensaje final. Fueron incapaces de respetar su historia.

……

   Ah caramba, ¿falsedad y verborrea inútil sobre la tumba de Caldera? Ignoraba yo que José Vicente Rangel o el presidente Chávez habían estado presente. Lo que no perdona el régimen es que desde hace mucho tiempo Rafael Caldera, ¡el doctor Caldera!, expresó que consideraba a esta gente una plaga de delincuentes que se alzarían con los dineros y el destino de la república, y exigió que ningún homenaje oficial le fuera rendido por gente de su calaña. A sus funerales asistieron quienes lo admiraban y profesaban cariño sincero, no ese que se compra con “prestamos”, donativos o limosnas. Despreciado y desdeñado, a José Vicente no le queda más que intentar injuriarlo, así como a su memoria, aún después de muerto. Es el problema con estos ancianos insanos que viven en sus prisiones mentales forjadas por ideales de izquierda, ya no reconocen límites.

Julio César.

SAM EL DURO, DEAN EL SEXY… (5)

Enero 3, 2010 por jcqt1213

   Siempre quería más y más…

……

   Continúa el caliente relato que dos chicas, fans como ningunas, escribieron sobre los hermanitos Winchester, Sam y Dean (aunque en este relato no son hermanos); donde Sam, un agente de policía, detiene a Dean en una carretera, se llena de mala leche, calor y lujuria y tiene sexo salvaje con él (lo que es totalmente comprensible), casi casi forzado. Fue un relato bien guarro, y ahora encontré la continuación, Sam y Dean se van a convertir en familia. En hermanos nada más y nada menos… aunque Sam sigue muy caliente por él. Disfruten la continuación.

……

TÍTULO: ¿Qué desea agente?

AUTOR: chicarvil y Parker = duendenocturno

FANDOM: Supernatural of course

PAREJA: Sam/Dean ¿hay otra?

   ¡CRISTO!

   – ¿Dean?… ¿Te encuentras bien? -Ellen sonaba preocupada, y no es para menos porque el bote que dio en la silla fue digno de Spiderman. Por un momento Dean creyó que terminaría enganchado en la lámpara de araña que colgaba sobre ellos.

   -Claro que si, Ellen… Es que me ha sonado el móvil. -sonrió saliéndose por la tangente.

   -No he oído ningún móvil. ¿Y tú, John? -¡mierda, mierda, mierda…!

   -Lo tengo en modo vibración… en el bolsillo trasero. -se apresuro a informar… sin imaginar en la que se metería por culpa de Sam.

   -¿Qué has dicho? -preguntó Ellen con el ceño fruncido ya que prácticamente había hablado en susurros.

   -Qué lo tiene metido en el culo, mama. -respondió Sam, haciendo que le dieran varios ataques cardiacos. Joder, no debería de sonar tan erótico cuando está en la mesa con su madre. Pero imaginar a Jensen…

   -No entiendo toda esa jerga de las nuevas tecnologías… -refunfuña Ellen al no comprender lo que su hijo le dice.- Eso de apretar un botón y que te vibre algo cerca de tus partes… No debe de ser sano, ¿verdad, Johnny?

   No es normal que su futura madrastra hable de las nuevas tecnologías y él vea desfilara ante sus ojos el catalogo de vibradores de la sexshop más grande del mundo… y en su imaginación su futuro hermanastro le hace una demostración práctica con cada modelo, mientras él gime y se estremece.

   Dean notó como se le fue el color de la cara cuando sintió una ligera presión en su pie. Sam le estaba tocando con los pies… GLUP… Por Dios, por Dios que se acabara aquello pronto.

   La tarde pasó con John y Ellen hablando sobre la boda, con Sam, todo sonrisas, interesándose hasta en el más mínimo detalle, impidiéndoles dejar la mesa, mientras le metía mano por debajo de misma, con su mano grande que tocaba y acariciaba, y con Dean haciendo esfuerzos sobrehumanos para que no se le notara en la cara.

 

Dean sintió como se le fue el color de la cara cuando sintió una ligera presión en su pie. Sam lo estaba tocando con los pies… GLUP… por Dios, por Dios, qué se acabara aquello pronto.

   La tarde pasó con John y Ellen hablando sobre la boda, con Sam, interesándose hasta por el más mínimo detalle (para dicha de su madre), no los deja levantar de la mesa, mientras le metía mano por debajo de esta, mientras Dean hacía esfuerzos sobre humanos para que no se le notara en la cara, y mordiéndose los labios cuando John le pedía el mismo entusiasmo que el de Sam. ¡El muy hijo de puta!… con perdón de Ellen.

……

   En cuanto puede, Dean va al baño, necesita un baño de agua fría por su cara, pero apenas entra, Sam se cola detrás de él y le aplasta contra la pared, enfadado, tan enfadado como estaba en la carretera, pero Dean ahora no está asustado. No. Está rabioso, tanto o más que Sam y no está dispuesto a dejarse avasallar. El tío será más grande, pero él no es un niño indefenso así que le empuja separándole de su cuerpo.

   -¿Se puede saber que haces?

   -No me has llamado. Esperé y esperé como idiota tu llamada y nada.

   No es una pregunta, es una afirmación. Enfadado, iracundo, con la voz temblorosa de pura rabia.

   -No, lo siento. Estos días han sido un verdadero lío.

   -¿Pensabas hacerlo? ¿Discar ni número y ya?

   -No lo sé.

   Dean aparta la mirada de sus ojos entrecerrados y frustrados, le gustaría poder decir otra cosa, realmente ha estado muy tentado de llamar, demasiado, y no ha querido. Le parece que Sam es demasiado intenso para su bien.

   Sam recorre con las yemas de los dedos la cara de Dean, despacio, detallando su lisa y dorada piel, hasta llegar a sus labios, los roza suavemente y antes de que el rubio pueda reaccionar le roba un beso. Dios, lo necesitaba. Es una caricia inocente, pero Dean responde mudándolo en un beso húmedo y obsceno arrancándole un gruñido bajo. Juegan sus labios, sus lenguas, sus dientes, antes de que se den cuenta ya se soban descaradamente sobre las ropas. Las caderas se buscan, sus duras vergas también. Dean reacciona primero intentando parar al moreno.

   -Quieto, quieto, ¿es qué no recuerdas dónde estamos? ¿Quieres que nos descubran? ¿Tu mamá y mi papá?

   Sam tarda unos segundos en reaccionar, respirando pesadamente, sin apartar sus ojos de los rojos e hinchados labios, y no lo hace como el rubio espera. Mete una rodilla entre sus piernas separándoselas y empieza a desabrocharle los pantalones.

   -Realmente, “hermanito”, no quiero que nos descubran, así que no perdamos tiempo discutiendo.

   -¡¿Estás loco?! ¡Para! No voy a tirar contigo en el cuarto de baño de tu madre.

   -¿No? ¿Sabes?, no me dio la sensación de que fueras tan remilgado el otro día, de hecho me dio la impresión que eres de los que no sabe negarse a una buena cogida, pequeño calienta braguetas.

   -¡Imbécil! Aparta tus manos de mí. No estoy dispuesto a aguantarte lecciones de moralidad. –se molesta, pero seguramente sonaría mucho más convincente si no estuviera frotándose contra la mano que le ha pedido que aparte. Dios, esa mano grande, caliente y fuerte es lo que su cuerpo desea.

   La enorme mano sabe como tocarle (cómo para no saberlo después de la última vez que estuvieron juntos), pero coño, no puede hacerlo con su padre al otro lado de la puerta; tiene que resistirse, además, él no es una chica indefensa a la que se la pueden tirar en cualquier momento. Y lo de calienta braguetas estuvo de más, ¿qué se creía el idiota ese?

   -Para, coño… Mi padre, tu madre… Pueden oírnos… -susurra con fuerza y vehemencia para evitar gritar mientras cierra la mano sobre la que amenaza con meterse dentro de sus pantalones.

   Pero Sam no parece el tipo de persona que sabe aceptar un no por respuesta, además su cuerpo recuerda el otro y eso basta para que la cabeza (las dos) se le llene de sangre, así que le busca la boca con la suya besándole con tanta posesión que Dean ya no sabe si lo hace para marcarle como suyo (sólo suyo) o para evitar que siga hablando… Posiblemente más para lo segundo porque ha logrado distraerle tanto que ya tiene los pantalones por las rodillas.

   Tiene que aprender a decirle que no a ese tipo.

   Aunque la palabra “No” ahora mismo queda muy lejos de su vocabulario ya que este tipo… ESTE TIPO que a simple vista parece un buenazo le ha agarrado de las manos y se las ha puesto por encima de la cabeza, cerrando una de sus grandes manos sobre sus muñecas mientras que con la otra empieza a frotar su verga que llevaba dura desde que empezó la comida… y como todo el mundo sabe, no hay nada que le guste más a una verga dura y urgida, que la toquen. Un fuerte jadeo se le escapa al sentir la mano subir y bajar con rapidez, al igual que el gesto de dolor. Joder con Sam, podría tener más cuidado que a este paso iba a arrancársela.

   -Con cuidado, Sammy, que es muy sensible. -susurra con la boca abierta y los ojos entrecerrados.

   -Deja de protestar, calienta braguetas, mira como me tienes; y si no quieres que se enteren nuestros padres de lo que hacemos no hagas tanto ruido.

   En lugar de bajar el ritmo Sam lo aumenta, masturbándole violentamente, al tiempo que le lame y muerde dejando rastros te saliva por toda su piel. Baja por su cuello, saboreando esa deliciosa piel, y le suelta las manos porque no puede tocarle y necesita tocarlo, desabotonarle la camisa y sujetarle al mismo tiempo. Sigue bajando y siente que el momento de la agresividad ya ha pasado, Dean ya no se revuelve entre sus brazos, levanta su barbilla con un ronco gemido ronroneo que le eriza la piel, hasta dejar sus bocas a la misma altura y se funden uno en el otro. Dean se entrega. Sam le toma, y se siente grande, poderoso. Le besa posesivamente marcándole con su cuerpo, arrastrándole en una caída libre sin fin. Está tan caliente, ese carajo lo pone tan mal, que por un momento teme asustarle y siente la necesidad de tranquilizarle, necesita la adoración del chico, necesita todo de él. Le necesitaba y le iba a tener.

   Sus manos recorren la ardiente piel del rubio. Le va desnudando lentamente y disfrutando el sublime espectáculo que se revelaba bajo la ropa.

   Cuando termina de desnudarle lo mira y se recrea en lo que ve; se lame los dedos y le separa las piernas, casi suave, con una ternura que no recuerda haberle dedicado nunca. Y le habla todo el tiempo, en un tono suave y monocorde, intentando tranquilizarle y que no se revele. Dos dedos van a su culo, y entran. Dean oprime los labios y él los besa. Sus dedos entran, lentamente, profundo, muy dentro de él, dilatándole, al mismo tiempo que lo masturba. No piensa en su madre, John o en lo que hace. No se cuestiona su proceder, tiene la seguridad absoluta de que está haciendo lo correcto. Es chico hermoso y caliente es suyo y nadie se lo va a arrebatar nunca.

   -Vamos, Dean, dámelo; córrete para mí.

   La orden lo toma de sorpresa, tanto por el tono juguetón como por el deseo en que están impregnadas. Dean puede sentir todos y cada uno de los azulejos contra su espalda; aplastándose contra sus músculos por un lado y por el otro siente todo el cuerpo de Sammy, su correa abierta clavándosele en la cadera, los ardientes muslos cerrándose con fuerza sobre su arqueada pierna; la ruda respiración mezclándose con la suya acelerada y esa jodida mano que no paraba de subir y bajar con fuerza sobre su verga roja y tiesa, y que… La boca se le abre en un grito que no es grito; es algo entre maullido, gemido femenino y sollozo, excitando aún más a Sam. Los ojos debatiéndose entre abrirse y cerrarse. Abrirlos porque no quiere perderse esa expresión de vicioso que se dibuja en el rostro de Sammy o cerrarlos para concentrarse en ese orgasmo que se le esta formando en el bajo vientre. Los músculos de las piernas se tensan y el simple hecho de sentir como se tensan bajo la presión de las piernas de su futuro hermanastro es de lo más erótico. Todo eso sumado a como le temblaba todo el cuerpo era de lo mas intoxicante.

   Tanto que Dean estaba seguro que de esa se moría. No era normal sentir todo eso con un tipo que te está masturbando mientras te mete dos dedos en el culo y… y… Dean abre los ojos de tal manera que por un momento cree que se le van a salir de las cuencas cuando ese… Maldito vuelve a tocar ese puto punto con sus dedos que le hace correrse con un fuerte estertor y cerrando los dedos sobre los hombros de la camisa arrugando así la fina tela. Pero o se agarraba o caía.

   -¡Cristo! -es lo único que puede jadear sin dejar de sentir como el último chorro de esperma se escapa de su cuerpo.

   No podía creerlo… ¿Había vuelto a hacerlo? Dos putas semanas recriminándose por haberse dejado encular por un desconocido; jurándose y perjurándose que no iba a volver a pasar nada de eso y va ahora y se deja hacer… Y lo peor no es eso… lo peor es que… HA SIDO EN EL CUARTO DE BAÑO CON SU PADRE EN LA MISMA CASA. Y para colmo de males el otro tipo con quien lo había hecho en breve iba a convertirse en su hermanastro.

   Joder, Dean, sin duda eres un pervertido de los peores.

   Las rodillas aún le tiemblan por culpa del fortísimo orgasmo mientras piensa en toda esa mierda. Se regaña como nunca lo ha hecho. No es ni medio normal que pierda los papeles cada vez que Sam lo toca. Sobre todo porque aunque sea bisexual y tenga una larga lista de sujetos que lo han “amado”, nunca nadie le ha hecho perder la cabeza de esa forma. Sin embargo… ahora…. Se sube los pantalones dispuesto a salir huyendo de allí, no sólo de ese minúsculo baño que Sam abarcaba por completo, sino de la casa e incluso del planeta y habría salido victorioso de no ser porque nada más abrir la puerta se encuentra a su padre pasando por delante con… ¿Eso que carga son sus maletas?

   -Ah… Hola, hijo. -dice con la mejor de sus sonrisas.

   -¿Esas son mis maletas? -pregunta de mal modo y al hablar siente como la piel alrededor de la boca le pica debido a la escasa barba de Sam.

   -Sí, Ellen y yo hemos pensado que ya que nos ha costado tanto trabajo que vinieras, y que vives tan lejos, podrías quedarte aquí hasta la boda.

   ¿¿QUEEEEE??

   -¿Acaso enloqueciste? –grazna.

   -No, sólo te queremos aquí. –suena algo turbado, como diciéndole me haría feliz tenerte a mi lado en estos momentos.

   No puede, no puede quedarse allí. No. Ni de vaina. Si no ha durado con los pantalones en su sitio ni dos horas y con su padre en la misma casa, ¿qué pasaría cuando Sam supiera que están solos y que lo tendría de forma indefinida durante dos semanas? ¡Dos malditas semanas!

   Tuvo que mandar a callar a su mente cuando esta se regocijo recordándole lo bien que se lo pasaron en el coche.

   -No. Lo siento, papá, pero no puedo…

   -¿No puedes qué? ¿Qué pasa? -Sam salió del baño con el ceño interrogante.

   A Dean casi le da un derrame cerebral cuando gira sobre sus talones y se da cuenta que el muy malparido se está metiendo la camisa por dentro del pantalón sin importarle que John pudiera unir los puntos, ya que su hijo y futuro hijastro habían salido del MISMO BAÑO donde los dos estaban juntos.

   Fijó la vista en su padre, quien de seguro se ponía a gritar lo pervertido que era su hijo, pero (¡¡sorpresa, sorpresa!!) Papa Winchester debía de vivir en la parra porque sólo miro a su hermanastro y le dijo:

   -Hemos decidido que Dean se quede a vivir aquí. -el mayor de los hermanos casi se rompe la mandíbula cuando esta cayo abierta al oír eso.

   -¡No! No hemos decidido nada. A mí nadie me preguntó nada.

   -Es una idea estupenda. -y encima iba Sam y le apoyaba.

   -Un momento… Un momento… No pienso quedarme a vivir aquí. -soltó de mal modo moviendo los brazos con rapidez para dejar claro que ni en un millón de años iba a dar su brazo a torcer.

   -Vaya, si que estás pejiguera, hijo. ¿Y se puede saber porque no quieres?

   -¡Porque está no es mi casa! Tengo la mía, ¿sabes? Ah, no, nunca me has visitado. –se le escapa y le molesta notar la zozobra de John, y a sus espaldas siente la tensión de Sam.- Yo…

   La cagó. No debió decir eso y atenerse a la respuesta fácil: Porque el pervertido de tu hijastro aprovecha la más mínima oportunidad no sólo para meterme mano sino para cogerme cuando tiene ocasión. ¿Y sabes lo más duro? Qué me encanta que lo haga.

   Bueno… tal vez no era una respuesta tan fácil de decir a un padre. Como no era fácil notar su desilusión mientras lo mira, cargando aún sus maletas.

   -Es decir, no puedo porque… Porque… -¡¡joder!!- Está bien… ¿Dónde duermo? -se rindió, odiando la sonrisa aliviada de John.

   -¿Dónde va a ser hijo? En la habitación de Sam.

   -¿¿¿QUEEEEEE???

   -Dentro de dos semanas serán hermanos, así que tienen que ir conociéndose. -resolvió su padre con una sonrisa que le hizo desear romperle la cara.

   -Ahora sí que estás de atar, John. –puede notar el tono histérico.- No somos chicos en edad de campamento para que nos conozcamos a la luz de la hoguera. Sam es un adulto y tal vez tenga algo que decir al respecto. ¡No puedes disponer así de la gente!

   -No hay problema. –interviene Sam, ganándose una mirada de odio del “hermano”. Dios, ¿acaso estaba entre dementes?

   -Pero… pero… no… No puedo… yo… yo… -tartamudeó viendo como John se alejaba cargando con sus dos maletas. ¡Maldita sea! Decidió que lo mejor para poder salvar la poca reputación que le quedaba era salir de allí, a la carrera, así que se dispuso a arrebatarle las maletas y poner pies en polvorosa.

   Una pena que Sammy fuera más rápido.

   Cabrón.

   -Yo las llevaré, Sr. Winchester. -se ofreció todo buenas intenciones y ojos de cachorro, como si hace menos de cinco minutos no lo hubiera medio violado en el baño.- ¿Cómo es que traes tus maletas, Dean? Que yo sepa sólo venías a comer.

   Iba a responderle como merecía, qué mierda te importa, cuando John respondió diciendo:

   -El niño que me ha salido golfo, y como no sabe dónde o en qué cama se va a levantar siempre lleva una maleta preparada con ropa limpia.

   La cara con la que le mira Sam, como disgustado, le puso todos los vellos del cuerpo de punta.

   -Necesitas un verdadero hogar… Dean.

CONTINUARÁ (no es mío)

Julio César.

DE TODO UN POCO…

Enero 3, 2010 por jcqt1213

   -Así que te gusta el voleibol playero, debe ser el uniforme… Bueno, llámame esta tarde y te clavo varios remates de balón…

   Definitivamente no hay nada más excitante que un exitoso hombre de negocios, ¿o no?

   Decidido a hacer plata montó un gimnasio prácticamente casero donde enseña a los vecinos y chicos de la cuadra a boxear. Y eso vive lleno, aunque son algo flojos… a todos les encantan los amarres como técnica, estando sudorosos, cuando todavía no han terminado ni el primer asalto.

Julio César.

EL VIDEO DEL PRINCIPE

Enero 3, 2010 por jcqt1213

   ¿No se ve increíble?

   A principios de diciembre me atrapó un pestón horrible. Me dolía toda vaina, así que hice lo que siempre hago, me encerré en mi apartamento a sufrir en silencio y soledad. Algo que es casi un placer culpable. Odio estar enfermo y que me visiten. El caso fue que Mario, un vecino entrometido, tocó y tocó el timbre de mi puerta hasta que gritándole del mal que iba a morirse, abrí la puerta. Me permití mirarlo como quien ve a una fea cucaracha salir debajo de la cama a la que se dirigía a dormir (qué asco). Pero sin darse por enterado dijo que me sabía enfermo y venía a animarme; y pensaba hacerlo quisiera yo o no. Lo miré de manera asesina dándole a entender que lo dudaba mucho, pero viendo que no se iba, lo dejé pasar. No estaba yo tan presentable como para estar mucho tiempo frente a mi puerta, y sin fuerzas para echarlo de una patada.

   Habló y habló de mil cosas mientras encendía mi computadora para: “Enseñarme algo que me haría gritar como una chica”. Ah, es cierto lo que dicen, sí las miradas mataran el mundo no estaría tan poblado. Buscó una dirección que fijo como favorita y… se cargó un corto video. La música sonaba genial, majestuosa, las tomas del desierto, de acantilados y de ciudades de ensueño eran magnificas. Y después de que se presentara el siniestro grupo Disney, apareció: El Príncipe de Persia y Las Arenas del Tiempo. Y allí estaba Jake Gyllenhaal, más acuerpado, con cabello largo y rebelde, con barba, con esa sonrisa de medio lado y los ojos tan luminosos como siempre (sí, como niña, casi grito). Y habían saltos acrobáticos, de luchas vistosas, hablaban de grandes villanos y peligros, de la daga mágica, y con sonrisa idiota yo lo miraba encarar a la bella y exótica princesa que lo acompañaba, medio enfrentándolo, pero sabiendo yo que al final estaría rendida ante él (como tiene que ser; Dios, es terrible ser un fanboy, ¿cómo hay quienes lo sobreviven?).

   Recuerdo una escena en especial, donde están disfrazado, él y su princesa, para entrar en algún lugar y ella le pregunta por la daga, y él responde que está en un lugar donde difícilmente alguien la encuentre si los revisan. Y reí, y estoy seguro que será un éxito de esos que sorprenden. O lo será si de mí depende. La verdad fue que el videito logró animarme, sí hasta fui amable con Mario, hasta que dijo algo que no recuerdo y casi lo eché otra vez.

   He visto el video varias veces, pero desde el jueves, no abre. Es mi suerte. Pero no importa, ya llegó el 2010 y esa película no me la pierdo por nada del mundo… aunque ¿no son esas las palabras que siempre traen problemas? No, como dice mi hermana, cancelado y transmutado.

Julio César.

NOTA: Por ahí oí un rumor desagradable aunque no confirmado (al menos para mí), donde dicen que Jake y Reese Whiterspoon se separaron. Ay no, espero que no, por Jake. Y sí es cierto, que haya sido algo buscado por los dos. Aunque imagino que Alicia y Carmen andarán felices, para ellas, la catirita nunca fue digna de él. Sí, parece que las fangirls son peores.

CÓNCAVO Y CONVEXO

Enero 3, 2010 por jcqt1213

   Hay momentos en la vida cuando todo calza, cuando todo es cómo debe ser, perfecto. Y están los que tienen la suerte de vivirlo…

Julio César.

ASHTON, EL TAMAÑO ES COMO DE LOS SETENTA…

Enero 3, 2010 por jcqt1213

   -Quien me mira bien, me ama; hasta Bruce…

   Este muchachito, Ashton Kutcher, tiene ángel. En verdad. No es precisamente uno de mis preferidos, pero cae bien. En la serie El Show de los Setenta, fue uno de los grandes ganadores, aunque personalmente Fez, Donna y en especial Eric, eran mucho mejores; pero Ashton salió consolidado como chico guapo y bueno para la comedia. De ahí que terminara en esa terrible película Hey, ¿Dónde está mi auto? Dios, qué mala fue. Para rescatar queda ese beso de lenguas que se dio con Seann William Scott, creando un momento interesante (caliente, pues). Fue un latazo en toda la regla.

   Pero lo que más destaca de él, y que me perdone, es su matrimonio con Demi Moore. No negaré que me dio mal sabor de boca cuando se separó de Bruce Willis, y más para irse con ese carajito, pero qué se le hace. Recuerdo hace tiempo un reportaje donde ella y los hijos (que tuvo con Bruce) iban de vacaciones, junto a Ashton, y Bruce Willis también. Me gustó porque habla de gente sensata y civilizada. O será que el chico tiene muchas más cualidades de las que uno imagina.

   ¿Tal vez una enorme… confianza?

Julio César.

NOTA: Eh, saben que es un montaje, ¿no? O eso creo.

EL 2010

Enero 3, 2010 por jcqt1213

   Lo normal sería decir cuanto los quiero y lo mucho que espero que sean felices y que reciban bendiciones para el venidero año. Y nos hace falta, pero es que pasan cada cosa…

   Qué año este que finalizó. Fuera de uno que otro buen momento (una chica que se fue de Caracas y amigos nuevos, divertidos aunque exasperantes), no fue este el mejor año en el catalogo de la década que comenzó con el 2000. Y qué década: mueren Heath Ledger y Michael Jackson; el ataque a las Torres Gemelas; las dos guerras en Oriente; el ataque al Metro en Inglaterra (que le costó la vida a un joven brasileño porque a la policía inglesa le dio la gana), y al Metro en España que trajo la pesadilla de Rodríguez Zapatero (y su alianza con todo régimen autócrata); la gripe aviar y la gripe porcina (que asustó bastante); Obama gana en lugar de la Clinton (un negro presidente, hasta en eso marcan pauta los gringos para rabia de tantos); maremotos, terremotos, lluvias torrenciales, tornados como el Katrina, sequías de pronósticos reservados; Chávez mandando desde el 99 pero con ganas de continuar como el viejo sátrapa cubano; Ricardo, mi amigo, continúa muerto… Y algo que nos tocó a todos, la crisis financiera.

   El año que pasó fue duro, el de la angustia del que no sabía sí podía conservar su techo, su carro, sus ahorros, su vida. El desempleo, el cierre de empresas, los despidos masivos, el corte en ayudas a organismos humanitarios. Todo se dio. Fue un año infame, pero estamos obligados a esperar, y ligar, porque este nuevo año sea menos malo. Porque lo necesitamos, porque somos humanos y debemos continuar esperando algo mejor mientras aún soportamos lo peor.

   Y no todo fue malo. Hubo bebés que nacieron, niños que nos miraron y sonrieron con inocencia y ternura. Alguien nos miró a los ojos y nos dijo que nos quería, o que nos deseaba, o que nos esperaba hace tiempo. Pudimos tocar en otra piel nuestro propio reflejo. Los seres queridos continúan ahí, y los que no, se les lloró con dolor, pero también se recordó lo bueno. Feliz quien llevó una copa a sus labios, quienes pudieron compartir el pan con otros, quienes al sonido de las campanadas pudieron abrazar a los suyos, entre risas y besitos como dice la eterna canción de la Billo’s, Año Nuevo, Vida Nueva. ¿Cómo describir toda esa gama de emociones mientras fuimos de brazos en brazos, apretando fuerte como a veces no se hace el resto del año? Alegría de que estén ahí, vivos, felicidad de saberlos tuyos, dichoso porque otro año se fue y la vida aún alcanza para decir o hacer lo que sientes que aún tienes pendiente.

   Mirando atrás, a ese año, me sorprende ver cuánto he dejado de publicar de lo que antes me gustaba. Por flojera, apatía. He estado tentado tantas veces a dejarlo todo así, después de todo sólo seis o siete personas leen algo, pero recibiendo un comentario de tarde en tarde me animo. Intentaré volver al camino, a lo que deseaba, a hablar de aquellas obsesiones que me gustan tanto y a criticar a mis “enemigos” (el espacio es mío, puedo darme ese lujo). Pero este año, con el favor de Dios, debe haber cambios. Seremos (no sólo yo, todo el mundo debe ser) más militantes, más activista y resuelto en aquello que debemos hacer. Hay tareas, trabajos que únicamente nos atañen a cada uno de nosotros y así debemos encararlo. Comenzando por la familia, hoy mismo…

   A veces nos distanciamos de la gente que deberíamos amar por confusiones, malos entendidos, por rencores personales, por idioteces de otros y necedades propias. Pero cargar con esas maletas cuesta demasiado. Cargamos con ese rencor como el hombre aquel que cargaba con el fantasma de una mujer a la que había asesinado, sentada en sus hombros, aplastándolo, pesándole, horrorizado de verla allí. Así me imagino el rencor, y sé de lo que hablo, soy rencoroso, pero como suelo soltar lo que pienso, a veces de forma desagradable, las heridas curan. Hay que dejar de sentir ese odio, ese pensamiento enfermo de “no me acercaré hasta que ella se vaya”, “no comeré de eso aunque me guste porque él lo trajo y así lo lastimo aunque me duela a mí también”. A la gente no se le disculpa de un momento a otro, ni se le abraza, pero los adultos podemos ser mejores, podemos dejar sanar el corazón. Es mejor escuchar una tontería y sonreír, sin malestar, a vivir con el rostro seco del rencor. Hay que recordar siempre que nadie es perfecto, aún cada uno de nosotros, y que cualquiera se equivoca; un momento de rabia gritada es preferible a una vida de silencios amargos.

   Pero en fin, basta de solemnidad… FELIZ AÑO 2010, amigos, y que nos traiga todo lo que todavía esperamos y soñamos.

   Feliz año nueva 2010.

Julio César.

AH, COÑO, ESO PASA…

Enero 3, 2010 por jcqt1213

   Cuando hay hambre de… saber.

   Realmente no sabe cómo ocurrió. De ir a ese gimnasio, casi sin darse cuenta, se encontró anhelando saber a qué olían los calzoncillos sudados de otros. Le horrorizó notarlo, pero una tarde tomó un calzoncillo del suelo, lo olfateó y casi se desmaya. Cada tarde tomaba dos o tres, y los olía, con los ojos cerrados, mareado, mordiéndolos. Luego notó que le atraía la idea de saber otra cosa… y un chico que se masturbaba y dejaba encharcado su calzón, le dio la oportunidad. Lo tomó en cuanto pudo, y ese olor, y sabor, lo volvieron loco. Ahora Tony, su amigo Tony, después de una práctica se paseaba con la ropa sudada, con una erección que mojaba de forma sospechosa y… ahora sabe que así sabe mejor. Pero todavía no entiende cómo llegó a eso, aunque cuando Tony le atrapó la nuca, algo en sus palabras le dio una indicación…

   -Ahhh… así, hazlo así, putico…

Julio César.

LUCHAS INTERNAS… 29

Diciembre 30, 2009 por jcqt1213

   Soñar y despertar a veces era la misma cosa…

……

   William sonríe débilmente, un aire de melancolía lo envuelve, confiriéndole un suave atractivo. Es un hombre más o menos de la edad de Eric, pero más alto y delgado. No era un flaco desgarbado, sino un carajo esbelto. De rostro pálido y cabellos muy negros y finos, sus ojos castaños lo hacían un hombre muy atractivo; eso cautivaba a las mujeres, así como el aire de abandono que lo rodeaba, ese algo de muchacho perdido que habitualmente se reflejaba en sus ojos. Su aire de infelicidad se había acentuado en los últimos meses, desde que abandonó su lugar en La Torre. Por qué se fue y de quién huía, son cuestiones sobre las que muchos le preguntaban, pero él nada respondía. Llevaba dos mese ya viviendo en Tacarigua de la Laguna, tomando caña por las tardes y noches, y durmiendo durante las mañana en una pensión del poblado, uno regenteado por la dueña de uno de los bares, cosa que le parecía muy conveniente. Si el bar no cerrara, viviría ahí.

   Mira a Eric, quien duerme vestido con una franela y un bermuda, aún con los zapatos de goma puestos, y se pregunta sí le dijo algo al otro. No lo creía, pero… ¡ahora bebía tanto! Y muchas veces no recordaba todo lo que decía o hacía. Era un hombre joven, culto, preparado y con un futuro brillante, quien un buen día decidió morirse de una manera lenta pero segura: de borracho. Lo mejor era pararse e irse antes de que el otro despierte, piensa. Mientras bebían caña y hablaban de mil cosas (pero jamás de lo que los había hecho huir), Eric era divertido y hasta paciente para oírlo; pero al estar sobrio podría preguntarle por su trabajo, su mujer y sus dos hijas. William estaba cansado, mucho. Agotado. Sólo vivía para beber, ya ni comía bien. Otras veces cenaba y antes de dos horas lo vomitaba en un mar de lava gallo o algún otro aguardiente barato y desagradable. Tenía cuentas bancarias y tarjetas de crédito, pero nada era eterno, y llevaba tiempo gastando como un loco: se le acabaron los reales.

   Tal vez era por estar aún algo borracho, o agotado y confuso, o porque Eric había sido amable con él (últimamente la gente le sacaba el cuerpo al borrachito del pueblo), fue que se le quedó mirando fijamente. Eric se veía cómodo, en paz. Su pecho subía y bajaba acompasadamente, con una mano sobre la barriga. William lo detalló con cuidado, le recordaba a alguien más, pero no lo había notado hasta ahora. A decir verdad, Eric no era su amigo, como tampoco Samuel Mattos; al contrario, los dos lo detestaban por pertenecer al grupito de Ricardo Gotta dentro de la salvaje y soterrada lucha interna que se libraba dentro de la firma.

   Una oleada de rabia y depresión lo recorre al pensar en Ricardo, por lo que se obliga a pensar en otra cosa. Cualquiera con tal de alejarse mentalmente de la siniestra y terrible Torre. Eric y su parecido con (o como lo fue hace años su amigo del liceo) Onésimo, ocuparon su mente algo confundida aún. William sonríe con cierta vergüenza al recordarlo. Fue una época extraña de calenturas, de sexualidad, en que sólo se quería hablar de eso, ver eso; de las revisticas de mujeres cogidas, de las películas, no tan buenas, de mujeres que recibían al plomero o al que entregaba una caja que nunca abrían y terminaban cogidas y sodomizadas duramente. A esa edad sólo podían pensar en sexo, en cómo hacerlo y con quién. No era extraño que tantos muchachos embarazaran a la primera novia, o que las muchachas metieran de tal forma la pata. A esa edad no se pensaba, sólo se calculaba.

   En el liceo, él fue un galancito, todas estaban pendientes de él. Tenía algo que se podía llamar no gallardía o galanura, sino belleza; algo que lo hacía verse un tanto andrógino. Pero en esa época no lo sabía aún, sólo que las muchachas le abrían las piernas y los muchachos querían ser sus amigos, a veces con tocaderas de muslos y cosas así. Pero todo muy normal, todo muy en regla, hasta que una tarde, en cuarto año, al esperar que llegara el profesor de Matemáticas, él estaba sentado en su pupitre, con tres carajos más alrededor, hablando de la última revista porno que andaba rodando por ahí, en colores, sin letras, donde una mujer mamaba a un carajo y otro la cogía. Todos reían alegremente excitados comentándolo. Era la primera gran revista porno en verdad, algo de calidad.

   Onésimo, un joven de cabellos castaños, fortachón, amigo de todos, se paró tras él y metiéndole la mano por entre el cuello del chemmi, le pellizcó una tetilla, gritando riente que estaba caliente. Todos rieron, incluso William, con la broma. Unos chillaban: miren a Onésimo manoseando a William. Y se divertían. Pero algo estaba pasando; sentir a Onésimo tras él, casi inclinado, respirándole en la nuca, con el calor de su cuerpo contra el suyo, con el cálido brazo entrándole dentro del chemmi y la manota pellizcándole la tetilla, lo afectó un poco. El maldito pezón comenzó a hincharse, a erguirse. Onésimo lo miró con ojos brillantes, ya no lo pellizcaba, el pulgar y el índice comenzaron a frotárselo, acariciándolo, dándole leves halones que William encontró mareantes y excitantes. Sentía como su tolete crecía bajo su jeans.

   La manota de Onésimo se abrió, cubriéndole la tetilla, frotándola con ganas, con deseo. Obviamente el juego no pudo durar mucho más; Onésimo retiró su mano y William contuvo un jadeo, deseando aún esa mano grande allí. Al enderezarse, Onésimo pegó, como sin querer, la pelvis en su hombro derecho, y William sintió la cálida y palpitante erección de su güevo. El joven pasó saliva y tuvo que hacer un esfuerzo increíble para no jadear con excitación. Después de eso, evitó encontrarse con el otro en todas partes. Sentía vergüenza y un miedo de muerte a que el otro contara algo. Pero también anhelaba verlo. Lo rehuía y lo buscaba. Onésimo, por su parte, siempre lo seguía con la mirada, callado, sin contarle nada a nadie. Parecía… esperarlo.

   Dentro de las muchas actividades físicas que se impartían en ese liceo, estaba la lucha (con todo y su decidida carga de homo erotismo), actividad que le medio gustaba a William y la cual practicaba de vez en vez; pero ahora, viendo como lo ejecutaba Onésimo, le parecía algo sensual y excitante. Una tarde, después de clases, se quedó un grupito de cinco, practicando, intercambiando información y groserías. Antonio, un compañero, iba a enseñarle unas llaves, pero tenía que irse, la novia lo esperaba con ojos brillantes. A la chica le excitaba verlo practicando, revolcándose con otros tipos.

   Onésimo se ofreció a enseñarle y William no encontró manera de decir no con los otros ahí. Todos se fueron dejándolos solos. Onésimo se cuadró, le dio unas indicaciones y al rato estaban enlazados, midiendo fuerzas. Pero Onésimo era más fornido y fuerte. William cayó sobre la colchoneta y Onésimo sobre él. Caliente, pesado y viril. William riente, nervioso, le pidió que se parara. Pero Onésimo no quería, no sabía por qué, pero William lo afectaba, lo veía bonito y delicado y hasta olía bien. Todo eso lo excitaba, y al tenerlo ahora así, debajo de él, forcejeando por soltarse, hacía que su sangre hirviera; no iba a dejarlo. Los dos muchachos se miraron a los ojos, eran pozos oscuros, húmedos y secretos.

   William dejó de forcejear y apoyó la nuca en la colchoneta respirando agitado, sintiendo como su cuerpo se llenaba de un calor que lo asustaba y que le gustaba. Onésimo pesaba, pero era algo… sabroso. Onésimo lo sentía bajo él, atractivo. Su respiración cálida también era entrecortada. Se miraron fijamente a los ojos. Onésimo le miraba la boca de labios finos y rojos, casi húmedos. Sin saber lo que hacía, sin haberlo hecho antes, su cara descendió hacia la del otro, y sus labios rozaron los de William quien gimió asustado. Onésimo, quien había besado a muchas muchachas en el liceo y en su barrio siendo un galancito como era, encontró esos labios tibios y suaves, pero a un tiempo, rudos. Era la boca de otro chico. Con un gemido su boca descendió, abriéndose sobre la del amigo, lamiendo con su lengua y labios, los de William. Esa boca exploró, su lengua se proyectó y abrió los labios del otro. William gimió, su cuerpo se tensó y se estremeció todo cuando esa lengua penetró al fin en su boca. Cálida, babosa, móvil. Explorándolo todo, atrapándole la lengua a él y mordiéndola levemente, halándola y chupándola

   En ese momento los brazos de William rodearon a Onésimo, quien sonrió sin dejar de bucear en su boca. Los dos jadearon, pegando al máximo sus cuerpos, chapoteando en saliva. Gruñeron y quisieron más, algo que no sabían qué era ni entendían. Onésimo meneó su cadera sobre la del otro. Cada uno sintió como su güevo crecía, endureciendo y se calentaba, hasta chocar y frotarse con el del otro. Esos los enloqueció más. Onésimo le bebió la saliva, le tragó la lengua. Dejó su boca y lo miró, con codicia. Echó el cuerpo de medio lado, sólo un poco y cada uno miró la escandalosa erección del otro sobre los shorts deportivos. Jadearon asustados por lo que sentían. Una mano de Onésimo se le metió dentro de la franela, sobándole la panza. Los músculos se encogieron de excitación y cosquillas. Esa mano sobó ruda y exigente los pectorales del compañerito, hasta alcanzar una tetilla y pellizcarla casi con ternura entre el pulgar y el índice.

   El cuerpo de William se tensó ante tan rica caricia, echando la cabeza hacia atrás. Gimiendo. Onésimo aprovechó y se apoderó nuevamente de su boca. Quería más. William se asustó, quiso acabar con eso. No era normal. No debía ser. Onésimo no pensaba en eso, nada lo turbaba, sólo quería saborear, sobar, pellizcar y penetrar ese delicioso y hermoso cuerpo. Con miedo pero con decisión, William se lo quitó de encima de un empujón. Discutieron y no le quedó más remedio que huir a la carrera, cuando Onésimo, excitadísimo y loco de pasión, arrodillado, le haló el short como para bajárselo, molesto por la resistencia. William atrapó el short con una mano, lo subió y huyó. Después de eso, hizo de todo por evitar a Onésimo, quien tampoco parecía buscarlo ahora, al salir con Irma Ceballos. Eso le alegró, lo alivió… y le dolió. De noche, sin saber muy bien qué sentía, se masturbaba soñando con Onésimo, quien estaba a su lado, besándolo, exigiéndole más. Con los años intentó olvidarlo y hacer como que nada había pasado, ya que al crecer, la mujer de Onésimo y Lesbia se conocieron y de vez en cuando salían como parejas amigas.

   Onésimo, algo más obeso y calvo, aunque atractivo y fuerte aún, parecía haber olvidado igual toda aquella locura de juventud; al menos hasta hace dos años en una fiesta de fin de año, cuando lo atrapó en los jardines de la casona donde celebraban, y para darle el feliz años, lo abrazó y lo besó en la boca. Exigente y hambriento, jamón que hablaba de deseos no saciados entre los dos. Fue algo impactante que William decidió interpretar como un error, como algo no entendido. Nunca más cayó en eso, no con Lesbia que lo asfixiaba y con las niñas a las que adoraba. Todo eso era pasado. Era parte de otra vida, de la vida de otro carajo, un tal William Bandre, abogado, litigante, miembro del bufete La Torre; un tipo con una profesión, un futuro y que iba ganando plata de la buena… antes de la caída.

   No quiere pensar en eso, y un ronquido de Eric, quien parece una bolsa de piedras, lo trae de nuevo al presente. ¿Qué andará haciendo Eric por estos lados alejados de la mano de Dios? Aunque debía estarle agradecido de andar por ahí, después de lo que pasó en la taguara de Alicia con aquel sujeto. La cosa pudo terminar mal, gracias a Eric no pasó a mayores; pero le temía a sus preguntas. William sabe que anda mal, que tiene que detener su carro que va rumbo al abismo, pero no puede. Sonríe al notar la rasca del otro. Aunque él bebió más que Eric, el otro parecía más borracho, al menos anoche. La verdad es que él estaba desarrollando resistencia a la caña. Pero eso sólo sería al principio, se dice con un leve temor, con el remordimiento del borracho que cae cada vez aunque jura que nunca más pasaría. Como decían las mujeres casadas con ebrios: promesas de borracho que nada valen.

   No quiere caer en la trampa de la depresión, ya no. Mira al otro. Era un carajo lindo, se dice como intrigado. Lo oye respirar en forma algo ruidosa por la boca semiabierta. Aunque se la pasaba borracho, Eric se veía bronceado, algo tostado ya por el sol. Su tórax, que parece ancho bajo la franela, sube y baja rítmicamente. El abdomen es plano. El bermuda llama su atención, porque allí la bragueta esta algo abierta y es posible ver el blanco calzoncillo del joven, con la silueta de su tolete en reposo que sobresale un poco, envuelto en la suave tela. La mano de William, moviéndose casi por voluntad propia, cae sobre esa bragueta abriéndola un poco más, sintiendo la suave tela del calzoncillo y el calor que mana de ahí, del tolete. William duda, pasando saliva. Los dedos entran, hurgando, dentro de la bragueta, rodeado el bulto, sintiéndolo consistente, caliente. Lo aprieta, y aunque el otro duerme, el tolete responde ante la caricia. William se inclina un poco más sobre él, apoyando un codo en la colchoneta, cerca de las caderas de Eric, y mete totalmente la mano en la bragueta, sobando y apretando la tranca. Ésta responde, se calienta, crece y endurece.

   Fascinado, William mira como se levanta, creciendo como un árbol recto, el calzoncillo lo enmarca como un guante, destacando la forma cilíndrica, el rugoso cuello y la cabeza hinchada del mismo. La mano lo aferra, apretándolo, sobándolo. William siente como endurece, calentándose al llenarse de sangre. Lo siente palpitar. Ese calor lo estimula, lo siente delicioso. Lo mira en forma hipnótica. Baja el rostro y olisquea cerca del tronco. Su boca semiabierta se acerca a la tranca, su aliento cae sobre ella que parece agitarse un poco. Eric, sonriendo leve, lanza un sonoro suspiro, sin despertar. William lo mira sonriendo, excitado. Siente la boca seca. Aferra el güevo, lo hala un poco sacándolo aún envuelto dentro del calzoncillo y su boca baja lentamente, pero dudando aún, a escasos centímetros, sintiendo a esa distancia su calor. Sus labios rojos, entre abiertos, se posan sobre la cabeza oculta por la tela. La encuentra caliente, firme y palpitante. Se queda allí, respirando como loco, su corazón palpita a mil por segundo.

   Frota una y otra vez sus labios del la cabeza oculta, como no decidiéndose aún. Finalmente abre más la boca, rodeando la cabeza del instrumento y cerrándola sobre ella. Oye jadear en sueños a Eric. Encuentra esa corona suave y caliente. Eso le gusta, siente como su boca se llena de saliva y deseos, y como su propio güevo abulta con ganas. Cierra los ojos asustado, y cierra también los labios sobre el capullo, lo atrapa dentro de su cálida boca, sintiéndolo grande, duro y sabroso. Su boca se ahueca al chuparlo un poco. La tela se siente bien al tacto, mojándose. La boca se cierra sobre el glande del pene, sintiéndolo palpitar.

   La boca lo mama y lo chupan, ensalivándolo. Perdida toda cordura, William libra el tolete del calzoncillo y jadea excitado. Es grande, grueso, blanquirrojo y nervudo, una gran vena lo cruza en la cara inferior. La cabeza se ve amoratada, brillante y limpia. Con renovado temor, el hombre saca la lengua y con ella palpa titilante sobre el ojete del güevo, que se estremece visiblemente. Eric bota una nueva bocanada de aire, abriéndose de brazos y piernas, sonriendo leve. La cálida y húmeda lengua cae una y otra vez sobre la roja cabeza, lengüeteándola con furia, ensalivándola. Hilos de pegajosa saliva parten de esa lengua ávida aunque inexperta, y el güevo deja escapar sus jugos en gotas.

   Con un bramido ronco, la boca cae rodeando la cabeza, moviéndola como quien saborea uvas dentro de ella. La siente dura y suave, agreste, con unas gotas de algo que sale de allí, algo agrio y dulce y salobre, que hace que su lengua se llene de más saliva, tragándolo todo al fin, goloso. Cerrando los ojos, la boca del abogado desciende sobre la rígida barra, empalándosela, sintiendo como esa dura tranca choca de su mejilla, abombándola, para luego dirigirse, ahogándolo un poco, contra sus amígdalas, asfixiándolo. La siente dura y suave, caliente, palpitante y vital. Su garganta y mejillas se cierran sobre ella, queriendo mamarla, tragársela, ordeñarla. Ahora que la tiene allí, enloquece, sintiéndola sabrosa. Su lengua, como puede, lame la cara posterior de la barra. Siente como una ola de deseo, de excitación, lo embarga todo, haciendo que su propio güevo palpite, así como siente hormigueo en su garganta, tetillas, bolas y… culo.

   Su boca sube, deslizándose sobre el falo, chupándolo con ansiedad, mientras su mano derecha le atrapa en un puño las bolas que cuelgan y que sacó de la bragueta. Su boca roja deja escapar un ronco gemido, mientras se la entierra en la garganta, donde la siente palpitar más, inundándole la boca de un delicioso licor de macho. Eric lanza un profundo suspiro y hasta un jadeo. Arrodillándose frente a la barra, la boca de William sube y baja, con ganas, comiéndosela, apretándola con su garganta, queriendo metérsela hondo. Lo becerrea con ganas. Ante tanto placer, Eric despierta al fin…

   Al principio el dormilón no sabe dónde está, todo se ve algo nublado. La rasca de la noche anterior fue algo de padre y señor nuestro. Pero ahora siente un calambre sabroso que viene de su entrepierna. Asombrado enfoca la mirada y ve una espesa mata de cabellos negros, muy finos y lustrosos que suben y bajan ocultando una boca que también sube y baja golosa sobre su güevo. Ese rostro se medio vuelve y ve a William, mirándolo con lujuria, mientras saca el tolete de sus rojos labios, para darle lengüetazos y besos a la roja cabeza, con los labios y la barbilla llenos de saliva.

   -William, ¿qué coño haces? -pregunta ronco, jadeando ante la mano del otro que lo masturba.

   -Probando la mercancía. ¿Quieres que pare? –y se miran en un momento que pudo cambiarlo todo.

   -Nada de eso, amiguito. Vuelve al trabajo, niño flojo. -gruñe Eric, excitado, montando su mano derecha sobre esa nuca de cabellos sedosos, empujando esa boca contra su tolete. La boca se abre y con un gemido de gozo, se lo traga.

   Eric cierra los ojos y jadea largamente ante la boca cálida que baja toda sobre su güevo, atrapándolo en lo más profundo de su garganta, halándolo, apretándolo. Quieto allí, con sus labios pegados al pubis del otro, la boca de William lo chupa y mama ávidamente, queriendo tragárselo. El joven no piensa en nada, nada recuerda o lo turba, sólo puede sentir la rica sensación de la boca cálida que lo mama, con urgencia, con ganas. No puede creer que William le haga eso. Abre los ojos y lo mira fijamente. Lo ve subir y bajar sobre la enorme tranca, tragándola, dejándola llena de saliva, brillante. Sus movimientos son rápidos, frenéticos. Era obvio que le encantaba tenerla en su boca.

   -Hummm, lo chupas rico, güevón… -jadea Eric, como buscando de sentarse.

   -Todo lo que hago intento hacerlo bien, jefe. -lo mira William, con ojos lujuriosos, sobándole la mojada tranca con su mano derecha.

   Eric aprovecha y se pone de pie. William se medio arrodilla, mirándolo desde abajo; la tranca se balancea de un lado a otro, horizontalizada, tiesa. La mira fascinado y la soba, para luego darle lengüetazos sobre la roja, delicada y sensible cabeza hinchada. Sabía tan rico… Nunca imaginó algo así. Con voz gruesa, Eric le ordena que se abra el pantalón, lo cual obedece, mientras se abre la camisa y se traga nuevamente el enorme falo. Arroja la camisa a un lado. El otro lo mira, con su cabello muy negro, su piel enrojecida pero paliducha. William era un hombre flaco, como si no comiera muy bien, y sin embargo esbelto, lampiño de pecho, con unos pectorales no muy grande, pero de tetillas marrones erectas, así como con los hombros llenos de pecas. Fascinado Eric mira esa espalda, ese cabello y esa boca que va y viene tragándose su manduco.

   Eric baja una mano por esa espalda, sintiéndola caliente, mucho, como si una fiebre secreta dominara a William. Tal vez la fiebre del güevo. Mira su mano que baja, hacia la cintura del pantalón, halándolo hacia atrás, mostrando un calzoncillo blanco, chico. Con un jadeo de deseo soba sobre el calzoncillo esas masas tibias, firmes y musculosas. Nalgas de hombre. Una mano se mete dentro del interior, sobándole la tersa y cálida piel. Los dos jadean.

   -Tienes unas bonitas nalgas. Y seguro que tienes un culito hambriento. -ronco mete un dedo entre las nalgas, recorriendo la deliciosa raja, buscando el orificio más secreto de todo hombre.- Este culo va a ser mío, putico. ¡Mío! -y un dedo frota el ojito, que titila, mientras William gruñe y gime, con el palpitante güevo del otro clavado en su garganta; listo para más.

   -¡Uggg! -sólo puede jadear, con el güevote bajándole visiblemente por la garganta.

   -Este culito es mío, ¿verdad? ¿Verdad que me lo vas a dar, puto loco? -grazna excitado el otro, penetrándolo muy hondo con su dedo.

……

   Frank Caracciolo vivía unos días extraños; él que debía ser el hombre más feliz de este mundo, no lo era. Hacía siete días desde, que al fin, Eric Roche había salido de La Torre. Ahora él era el jefe indiscutible del universo conocido. Y Rita había entrado en su vida y en su cama. La mujer era buena en ella, sabía moverse y era apasionada. Contiene una leve sonrisa al sentir el escozor de un arañazo que tiene en la espalda. ¡Heridas de guerra! Y sin embargo, no estaba contento. Algo, un sentimiento vago de malestar, no lo dejaba en paz. Eric se fue, sí, pero no como él hubiera querido. Él deseaba sacarlo como a una basura, que todos vieran que era un inútil, y para colmo, un maricón; deseaba verle el rostro a la vieja loba, cuando se lo gritara. Pero no, el malintencionado ese se había ido sin darle ese gusto. Lo otro que lo tenía alterado, era el increíble odio que sentía hacia Nicolás Medina.

   Mientras entra en su oficina, se fija en el muchacho está agachado cerca del archivero, buscando algo. El joven le lanza un frío buenos días, al que él ni se toma la molestia de responder. Cara de culo, piensa Nicolás, volviendo a revisar las carpetas. Frank, casi a su lado, parece percibir ese pensamiento y siente unos horribles deseos de darle una buena patada por el culo y enviarlo al otro lado del cuarto, provocándole un buen dolor. También nota algo más, algo en lo que no quiere reparar y sigue hacia su oficina, que cierra con un portazo tal, que la puerta vuelve a abrirse. No entiende qué lo molestó tanto tan rápido. Él venía de buen humor hasta que entró allí. Era esa ratica quien lo molestaba. Tenía que irse, era indispensable. Con el ceño muy fruncido lo mira a través de la puerta, recordando lo que vio en el otro, más molesto todavía al perder el tiempo dedicándole un pensamiento, ¿por qué lo hacía?

   Eso que notó fue que… al estar agachado, el saco (que seguramente era prestado por lo mal que le quedaba) y el cuello de la camisa caían un poco hacia atrás. Y Frank reparó en su nuca y en parte de un hombro lleno de pecas, así como una finísima cadenita, que tal vez intentaba hacer pasar por oro, pero que parecía una baratija, alrededor de su cuello. Eso lo desasosiega y desconcentra. Tenía que salir de él, echarlo de La Torre, pero lastimándolo…

CONTINUARÁ…

Julio César.