VIVIENDO Y DEJANDO VIVIR

agosto 22, 2014

PLAYA SUCIA

UN CHICO EN HILO DENTAL EN UNA PISCINA

   Bajo el sol todo es mejor…

   Cuando el sexy y caliente chico se paseaba con sus diminutos hilos dentales por las piscinas del resort, no es que nadie se quejara, sino que eso se llenaba. Curiosamente de tipos maduros, algo obesos, que se bebían cada uno de sus movimientos, sobre todo cuando salía de las aguas, todo empapado, y se ofrecían, en cambote, a ayudarle con las toallas.

Julio César.

GRANDE Y RAPIDO

agosto 22, 2014

SEDÍA

MUSCULOSO EN BIKINI ROJO

   Desde que entrena ligero de ropas por el calor, renace el amor de los chicos por el atletismo.

Julio César.

ALEMANIA Y LAS DOS GRANDES GUERRAS

agosto 22, 2014

 

LA VIDA, EL ORIGEN DE LAS ESPECIES, CIENCIA Y RELIGION…

ALEMANIA BONITA

   Todos los días se aprende algo, ¿no es emocionante?

EL TRATADO DE VERSALLES

   Cada vez que uno ve un documental, o lee algo sobre los inicios de la Segunda Guerra Mundial, hay un detalle que resalta y desconcierta: la ira de los alemanes tras el final de la Primera Guerra, y el deseo de retaliación. Comienzan sus movimientos bélicos para “cobrar” deudas y afrentas. En los treinta, en las fronteras alemanas, reducidas por el reparto del Tratado de Versalles, se leía: “Alemán, no olvides nunca lo que el odio ciego te robó. Espera la hora que vengue el sangriento crimen de la frontera”. Muchos germanos vieron en Hitler el cumplimiento de la “promesa” y se lanzaron a seguirle y secundarle.

DIANA URIBE   Siempre pensé que era una premisa idiota, o que los alemanes actuaban de manera caprichosa, porque siempre creí que eran majaderías o ligerezas de estos cuando decían sentirse así. Si comenzaron la Gran Guerra y la perdieron, tenían que pagar. Y esta máxima funciona para todo, si desde tu casa atacas al vecino, no puedes luego llorar y reclamar cuando te va mal, tú convertiste tu casa, y la de tus allegados, en objetivos militares, ¿para qué carajo lo haces si no estás seguro de vencer o luego lloras por las represalias? Esto no se quiso aprender después de la Primera, y llegó la Segunda Guerra. Y todavía no se entiende, por ello parecemos condenados al sufrimiento, porque no aprendemos nada de las Lecciones de la Historia. A los alemanes, después de la guerra de principio del siglo XX, les fue, pensé, como se lo merecían, ¿entonces de qué se quejaban?… No es hasta que escucho de una historiadora colombiana, la señora Diana Uribe, que la Primera Guerra Mundial no fue iniciada por Alemania, y que por el contrario, esta tardó en reaccionar, como tenía que hacerlo obligada por tratados de linajes, apoyando a los que realmente comenzaron todo, los austro húngaros (Austria y Hungría reunidos bajo un mismo emperador), por, y aquí si entramos en un terreno conocido, el tristemente célebre asesinato del Archiduque Francisco Fernando de Austria, y su esposa Sofía, el último señor de la casa de los Habsburgo.

ASESINATO DEL ARCHIDUQUE EN SARAJEVO

   Era el último de una casta imperial que llegaba a su final, y fue asesinado por serbios, el conocido Atentado de Sarajevo, población que décadas más tarde también sonaría con dolor. Austria quería castigar a Serbia por ello, pero no sólo por lo del Archiduque, lo que parecía en verdad es que deseaban hacerles desaparecer de la faz de la Tierra, comenzando los conflictos por los Balcanes. Los austro húngaros deseaban ocupar las pequeñas naciones dejadas por los turcos en su retirada, pero Serbia tenía sus propio planes hegemónicos, que décadas más tarde también conocimos, que no terminaron hasta ser aplastados por Estados Unidos y la OTAN (si Bill Clinton no mete la mano habrían exterminado hasta el último musulmán). Allí, en ese mundo de archiduques y emperadores, todo el mundo metió las manos, potencias emergentes y viejos imperios querían luchar por lo que quedaba, repartirse el mundo conocido con todo y pobladores, pero una vez derrotadas Austria y Hungría, a Alemania no le quedó más remedio que luchar hasta el amargo final, no podían permitirse la derrota, Francia quería sacarle las vísceras, como se notó luego con el Tratado de Versalles. Al final, Alemania cargó con toda la culpa, con todas las obligaciones, tuvo que entregar territorios, pagar indemnizaciones y ver su país sometido a reglas restrictivas de zonas ocupadas. De allí el resentimiento de los alemanes que debieron pagar lo que no tenían, únicos señalados de una culpa que fue de todos.

   En la escuela uno aprende de la Gran Guerra por encima, el asunto de los Balcanes no lo entendió nadie, y este conflicto, aunque global y terrible, no fue tan conocido para nosotros en la alejada Venezuela como la Segunda Guerra Mundial, donde un ser demente y terrible, Hitler, juró esclavizar al mundo y el mundo se alistó para enfrentarle y detenerle, aunque al principio parecía que ganaría, como siempre ocurre con el mal en su expresión más pura (finalmente se le detiene, pero cuánto daño causa antes). Así como una vez creí, por asociación, que cuando Cristóbal Colón llega en su tercer viaje a Venezuela en tres calaveras, estás eran La Niña, La Pinta y La Santa María, con las cuales hizo el primer viaje, siempre supuse que como Hitler en la Segunda Guerra Mundial, los alemanes, locos belicosos, también habían desatado la Primera. Pero, en un caso y el otro, no fue así. ¿Qué tal?

FASCISTAS DE AYER

Tal vez eso explique tanto. A Hitler se la pusieron fácil, un pueblo agotado, empobrecido, endeudado, ni siquiera dueño de su destino, sintiendo o sabiendo que eran víctimas del odio extranjero, se lanzaron en brazos de un demagogo peligroso y demente que les prometía incendiar el mundo para regresarles lo que les robaron. La promesa vacía y hasta estúpida por insensata de los falsos mesías. Que al final ese mismo loco pretendiera que hasta el último alemán muriera, ya que no habían podido ganar la guerra no eran dignos de vivir ni de su führer, sólo habla del poco sentido común de la gente, en todas partes y en todos los tiempos. O antes de la televisión masificada y el internet. Qué la gente crea pendejadas en estos momentos, o se deje engañar por habladores de tonterías, deja muy mal parado al que escucha. Pero si no se quiere aprender de la Historia, todo debe repetirse. Una y otra vez. Con iguales resultados. Lo extraño es la gente que se sorprende con los hechos.

Julio César.

EL NEGOCITO DE DEAN… 6

agosto 22, 2014

EL NEGOCITO DE DEAN                         … 5

DEAN WINCHESTER HOT

  -¿Se te antoja algo, Samantha?

……

   ¡Tenía que ayudar a su hermano!, piensa Sam, intentando llenar su mente sólo con esa idea y no otras. Tal vez debería denunciar al entrenador Werth, aunque no cree que Dean se lo agradezca, y no se resuelve a pasarle por encima. Imaginar al pecoso teniendo que contar lo que el otro le hizo, le provoca un escalofrió de miedo… ¡le mataría sin dudarlo!

   No le encuentra. Quiere hablar, preguntarle, decirle que lo sabe todo y que tal vez puedan denunciar anónimamente al depravado ese. Pero nada. Con pasos largos y un tanto molestos, sube las escaleritas que le llevan al segundo piso del edificio y se asoma, aunque en realidad no espera encontrarle…

   ¡Mierda! ¡Pero qué puto!

   Allí estaba Dean, de rodillas frente a Clark Kent, ambos dándole el perfil, por lo que puede ver de manera clara los rojos labios del puto de su hermano tragándose la blanco rojiza verga erecta, mientras Clark jadea perdido en sus sensaciones, porque aquel chico estaba mamándosela de una manera intensa que parecía succionarle la vida por allí, como si de un vampiro se tratara.

   El disgusto del menor es grande. ¿Pero es que acaso no tenía límites ese idiota? Nada más el día anterior, en ese mismo lugar, un profesor le había pillado y abusado de él, y hoy volvía. ¿No entendía con su cabeza dura que podía quedar atrapado otra vez en esa pesadilla? Se desconcierta cuando le ve abandonar lentamente la verga de Clark, la tenía tomada hasta la base y los labios rojos fueron retirándose de la nervuda pieza centímetro a centímetro, dejándola brillante de saliva y jugos. Clark también parece desconcertado, y algo alarmado, sabe que cuando Dean hace esas cosas, poniéndose de pie, es porque intentará uno de sus juegos. Desde donde está, no escucha lo que hablan, pero Clark abre mucho los ojos y puede verle la tranca temblar en la nada, por las pulsadas, los jugos cayendo.

   -¿Pero qué coño…? –se le escapa a Sam, ojos muy abiertos.

   Dean se abre el pantalón, algo frenético lo baja, también su bóxer, y sosteniéndose de la reja metálica expone su culo al apuesto chico de cabellos negros, cuya verga parece ir con vida propia hacia la maravillosa entrada abierta. Sam siente la garganta seca mientras ve a Dean tensar el cuerpo, la verga enterrándosele, Clark metiéndola toda y casi gritando, seguramente sintiéndola apretada y halada por las entrañas del catire.

   -Joder, Winchester… -oye una tercera voz, clara aunque lejana. Un sonreído Lex Luthor aparece ante ellos, mientras Clark le cabalga ahora.

   Y Sam cree que se morirá, allí estaba su hermano entre los dos más populares atletas del colegio, uno metiéndosela por el culo, el otro por la boca, las dos a fondo… y Dean gimiendo como si estuviera punto de correrse de puro gusto.

   ¡Ese hijo de puta, se había pasado de la raya!, jadea para sí el muchacho. Ah, pero eso no se quedaría así, ¡se lo haría pagar!

……

   -¿Estás bien, Sam? –le pregunta John a la hora de la cena, inquieto.

   -Si, papá. –responde frunciendo un tanto el ceño, ¿qué estaba haciendo mal? No se había quejado, estaba comiéndose aquel grasoso bistec y no exhalaba, o eso creía, hiel. Ignora que eso es justamente lo que extraña a su padre.

   -Eres tan voluble, hermanito. –sonríe Dean, entendiendo cabalmente a su progenitor, terminando de limpiar el plato de todo resto sobrante de salsa con un pedazo de pan, seguramente conteniendo el deseo de pasarle la lengua, piensa la siempre presente vena venenosa del menor.- No me esperen despiertos. –anuncia poniéndose de pie.

   -¿Qué? ¡Nada de eso! Mañana es día de escuela. –interviene John, iniciando la vieja rutina que Sam conoce bien. Dean empujará hasta los extremos el límite de tiempo y John cederá un tanto. Les funcionaba para llevarse bien.

   Una vez retirado al dormitorio que comparte con su hermano mayor, Sam no puede centrar la mente en nada. Sabe que no podrá dormir, no lo lograría ni tomando cervezas o alguna pastilla. No puede. Como no puede concentrarse en la lectura o mirar algo en la pequeña televisión. Bueno, no podía ni masturbarse. Eso daba una clara medida de su agitación.

   Se pregunta si no sería una locura la lección que pensaba darle a su hermano. Denunciar al entrenador Werth ya no tenía sentido, no cuando el muy puto parecía haberle tomado el gusto a las vergas por el culo. Lo que quedaba era hablar con John… Su padre podría intentar meter algo de cordura en su rubia cabeza dura, aunque algo le decía al menor que ya era tarde, que Dean Winchester sería genio y figura hasta el final de sus días.

   En bóxer holgado, más cómodo le parecieron siempre que esos ajustados que usaba su hermano, se tiende en la cama, boca arriba, en medio de las penumbras, su mente en dicotomía, por un lado todavía considerando las consecuencias de las acciones que tomaría, su padre a tan sólo unos pocos pasos de allí acudiría de prisa… Y lo bien que se veía Dean con sus bóxers ajustados. Tenía uno azul que parecía abrazar sus nalgas de una manera que…

   ¡Mierda!

   Las diez de la noche, faltaba poco, pero bostezando piensa que está cansado, aunque imagina que puede ser toda la tensión vivida esos días, desde que descubrió a Dean… Las diez y cinco. Debió intentar la masturbación, eso siempre le relajaba. Bueno, antes. ¿Las diez y diez?, maldita sea, ¿el tiempo se congeló? Cierra los ojos, parpadeando los abre con sobresalto y son las once. ¡Vaya parpadeo!, se recrimina. Dean no podía tardar mucho ya, se dice bostezando. Hablaría con él, le amenazaría con denunciarle con John y le exigiría…

   Un ronquido propio le despierta, y sobresaltado. Molestándole un poco, de paso; odiaba que Dean se burlara de él acusándole de roncar como oso. Joder, se había quedado totalmente dormido y…

   Otros ronquidos, leves, llaman su atención. Dean había regresado, se había duchado, lo sabía por la toalla arrojada de cualquier manera por la habitación, y se había quedado dormido, boca abajo. ¡Mierda! Frustrado respira agitado sobre su cama, de una patada arroja la sábana lejos y se pone de pie, dirigiéndose hacia la cama del otro, arrojándosele encima y cubriéndole la boca con una mano.

   Dean despierta sobresaltado, dos cervezas sólo le habían achispado, pero también amodorrado, siente el peso caliente sobre su espalda, la mano contra su boca y no sabe si está soñando, de hecho le divierte el ataque. Pero, poco a poco, va comprendiendo que si es algo real, sobre todo cuando oye el “shihhh” contra su oído. ¡Sam!

   -Sé lo que haces, Dean. Sé que eres un puto, que se la mamas a todos en la escuela por dinero. –le informa ronco, decidido, domínate y a un tiempo implorante.

   Dean abre mucho más los ojos, rodándose de lado, derribándole, Sam luchando por no soltarle, pero quedando de espaldas sobre la cama, en holgado bóxer de cuadritos, con Dean sobre él, joven, firme, vibrante, con su bóxer corto, ajustado y suave de color azul. No sabe por qué pero continúa revolviéndose contra el mayor aunque sabe que perdió la ventaja, tal vez porque el roce de piel contra piel, de entrepiernas contra entrepiernas, era extrañamente excitante.

   -¿De qué hablas? –le pregunta Dean, ojos brillantes como un gato, un tinte rojo en sus mejillas.

   -Que sé que se la comes a todos, que te tragas todas las vergas que cruzan cerca de ti, que te bebes todos sus jugos y corridas. Que Clark Kent vive para metértela en la boca y ahora por el culo. Que el entrenador… -enumera y es silenciado.

   -¿Quién te lo dijo?

   -¡Te vi! –acusa, sus ojos atrapados, sus cuerpos ardiendo, sus entrepiernas totalmente unidas.- Gimes y ronroneas como un gato cuando comes vergas, pero cuando el entrenador te la clavó por el culo…

   -¿Qué quieres en verdad, Sam? –le pregunta bajando el rostro, voz ronca y sexy, ojos hipnotizantes.

   -¡Quiero que me la chupes a mí! –reclama, pide, ¿suplica?

   -Eres mi hermano. –le recuerda, pero el pequeño hijo de puta comienza un leve vaivén, su entrepiernas frotándose del otro, su verga despertando.- Eso sería tan… tan malo, Sam. –baja el rostro y lo dice casi contra sus labios.- Y tú eres un chico bueno. No haces esas cosas.

   Tragando saliva, no sabiendo de dónde saca fuerzas, el castaño eleva los brazos y rodea el cuello de Dean, alzándose a un tiempo, sus bocas se encuentran, le cubre y aunque el rubio no responde, no le importa y mete su lengua. Tiembla al entrar en la cálida y húmeda cavidad de su hermano; recorrerla con la lengua, algo tan íntimo y tan prohibido, le erizaba todo. Tanteó sobre su lengua y ya estaba totalmente duro, o eso creyó hasta que Dean se dejó caer, respondiendo al fin, su lengua encontrándose con la suya en un beso mordelón, chupado y lleno de saliva. Todo da vueltas alrededor de esa cama, a sus quince años, Sam Winchester temió morir ahogado de puras hormonas calientes, pero sin dejar de besar ni una sola vez la boca de su hermano mayor.

   Dean, caliente, saboreó la frescura y casi virginidad de la caricia, ladeándose otra vez, arrastrándole; mientras va girando a Sam, con una mano atrapa la cintura de su bóxer, halándolo hacia abajo. Y Sam cree que se muere, gira sobre Dean mientras las manos de este van desnudándole. Ya totalmente sin ropas, largo y flaco, queda sobre el rubio, que le besa una y otra vez y con las manos firmes y algo callosas (por trabajar en el motor de la camioneta), va recorriéndole la espalda, bajando de manera enloquecedora hacia sus nalgas, cada centímetro ardiendo bajo su roce. Allí las palmas recorren, los dedos aprisionan y se clavan.

   -Sube. –le ordena ronco, Dean.

   Y por el resto de su vida, por lejos que esta le llevara, Sam recordaría ese primer momento, excitándose de inmediato, utilizando el recuerdo como un recurso para responder a otros, añorando de manera intensa y desesperante a su hermano. Esta sentado de culo sobre el torso del mayor, a hojarasca, enmarcándole el pecoso y hermoso rostro con sus muslos. Pero es sentir sus bolas sobre la mandíbula del otro, su verga totalmente erecta haciéndole sombra, lo que le enloquece. Jadeando, la mirada atrapada en la de Dean, le ve abrir los labios, la lengua emerger y pegar de la cara inferior de su miembro, recorriéndolo desesperantemente lento, haciéndolo estallar en llamas, erizándolo, estremeciéndolo. El recorrido, sobre cada venita, parece durar eternamente. La lengua llega a su glande, y titila sobre su ojete, recogiendo la gota que sabe tiene ahí, saboreándola. Y era tan erótico que apenas puede contenerse.

   Dean alza el rostro, abre más los sensuales labios y la atrapa, la cabeza, sorbiendo de ella mientras la azota con la punta de la lengua, y Sam cree que se muere. Los labios bajan lentamente, las mejillas atrapan, la lengua va de adelante atrás, pegada a su falo, y el más joven entiende por qué tantos han enloquecido por su hermano, todos esos ruegos, toda la urgencia porque acepte mamarles a pesar de que le pagan por ello… La boca de Dean Winchester parecía hecha para adorar y satisfacer las vergas.

   Va y viene, sorbiendo y apretando, ladeando el rostro, y Sam no sabe en cuál sensación concentrarse, porque mientras le mama, pegándole los labios del pubis, resollándole en los pelos, le atrapa las nalgas obligándole a ir y venir, cogiéndose él mismo la boca. A Sam le parece que nunca antes su hermano se había visto tan bien, y miren que es guapo.

   El castaño es macilla en las manos de Dean, quien le chupa la verga con fuerza, es cierto, pero también le acaricia las nalgas que van y vienen. Los dedos de su mano derecha entran en la raja entre ellas y el menor se tensa, eso era… sencillamente despernarte de lo bueno que se sentía. El joven, fuera de enjabonarse el culo en la ducha, jamás se ha tocado allí, no con ideas sensuales al menos, pero sentir los dedos de su hermano ir de arriba abajo, mientras le abulta una mejilla con su tolete, uno que succiona de manera hambrienta, era el colmo de lo erótico. Grita, contenido, cuando Dean se la come hasta los pelos otra vez, casi la siente bajándole por la garganta, succionando únicamente con esta y su lengua (le de experiencias que debió tener para hacerlo, pensó fugaz, entre maravillado y celoso), y con el dedo índice frota la entrada de su culo, de manera circular, masajeando, estimulando. Siente por todos lados, todo le gusta. Casi salta sobre su hermano, quiere eso, quiere más. Lo quiere todo.

   -Está bien, Sam, lo tendrás. –seguramente lo dijo en voz alta, porque Dean le responde, sacando su tolete de la boca, el cual le moja el rostro, a un tiempo que lleva no uno sino dos dedos a su boca lujuriosa, y los empapa de saliva.

   Sam Winchester está cabalgando sobre su hermano, no hay otra manera de describirlo al tiempo que lleva y llena con la verga esa boca golosa, enterrándosela, mientras va y viene contra dos dedos que su hermano ha logrado meterle por el culo. Llevó rato, pero allí estaban. El largo y joven muchacho echa la cabeza hacia atrás, que le zumba, cierra los ojos y notas luces estallando tras sus parpados mientras los labios de Dean le cubren la verga, succionándosela con fuerza, al tiempo que esos dos dedos le penetran profundo, golpeándole en algún punto que le parece casi tan bueno como la mamada misma. No sabe cuánto podrá contenerse, pero va aprendiendo el juego, mientras sus nalgas bajan sobre los dos dedos de Dean, que tijerean en su interior, le saca la verga de la boca y le azota el hermoso rostro dejándoselo lleno de babas y jugos; notando que eso le gusta y excita al intentar atrapar la cabecita mientras golpea de frente sobre sus labios. Se la mete otra vez, esos dedos están totalmente clavados, y tensándose entre jadeos desmayados, se corre. Siente su propio semen hirviente mientras recorre su tranca, y la dispara en la garganta de su hermano, luego, fascinado, mira su Manzana de Adán ir y venir, tragándolo, saboreándolo, el rostro retrocediendo y recibiendo los otros trallazos sobre la lengua para poder degustar el sabor. Y esos dos dedos, en todo momento, bien metidos en su culo.

   Ahíto, tembloroso, Sam cae sobre la cama, luchando por respirar, mareado de tanto placer, y aún así se las ingenia para llevar la mano hacia el entrepiernas de Dean, atrapándole la dura verga sobre su suave bóxer, metiéndola, jadeando al sentirla dura, suave, caliente y pulsante contra su palma, masturbándole. Cierra los ojos, sonriendo, casi dormido, oyéndole gruñir bajito a su lado, con la respiración fuerte. La mano en puño que va y viene, el pulgar que le recorre el mojado glande, parece brindarle placer a ambos. Cierra los ojos, somnoliento y caliente, su mano subiendo y bajando, medio ladeando el rostro ve ahora a su hermano muy abierto de piernas, su pecho subiendo y bajando, la cabeza sobre la almohada, el cabello cayéndole en la frente, ojos cerrados como si también estuviera deslizándose hacia el sueño. Lo siente, la barra pulsa feo contra su palma, se pone dura y ardiente, y estalla, una y otra y otra vez, bañando el abdomen de su hermano, bajando por el tronco, empapándole la mano que todavía le atiza.

   Y así, todavía tocándole, el olor a semen llenándolo todo, Sam Winchester se duerme en la gloria.

……

   Despiertan en algún momento antes de la mañana y se separan. Sam está loco por lo ocurrido, por las implicaciones. Dean era un chico. Y su hermano. Y su padre estuvo cerca toda la noche, pudo escuchar algo y… Pero también era su obsesión. La vida continuaba igual, al menos Dean podía, era el de siempre frente a su padre y otros. El no podía. Desde esa primera noche todo cambió. No todo como quería. Dean continuaba mamando vergas y dando ocasionalmente el culo cerca de la biblioteca. Le gustaba eso. Y muerto de celos, después de reclamarle y llorar, Sam debió entender que era parte de la vida de su hermano. A Dean le gustaba tanto el sexo como controlar con juegos enloquecedores. Para él eran las noches, los jóvenes cuerpos enlazados sobre una de las camas, los besos desesperados, las caricias y sonrisas dulces, el sexo lento o rápido, las increíbles mamadas que Dean le daba. Y las que luego él le proporcionó, inquieto y receloso al principio, voraz más tarde. Dean era su vida… pero este tenía a sus amigos.

   Una tarde discutieron, feo, porque Clark Kent le prohibió algo, dándole un violento empujón, celoso también, y eso enfureció al menor. Era horrible tener que compartirle. Rabioso regresó esa tarde a casa, no se fue con su hermano. Con molestia fue al cuarto, abrió la puerta y casi muere de un infarto. Sobre su cama, totalmente desnudo, doradamente desnudo, en cuatro patas, Dean le ofrecía su culo, mirándole sobre un hombro. En cualquier otra circunstancia, Sam le habría preguntado, gritando, si estaba loco, que su padre pudo haber entrado… pero no pudo. Sólo fue consciente de lo que Dean le ofrecía, lo que estaba regalándole, y entre mareos y subidas hormonales recuerda que fue y atrapó esas nalgas púberes y rojizas, que enterró su rostro entre ellas y que con su boca buceó en las interioridades del pecoso Winchester. Y que le hizo suyo y creyó que se le caería de lo erecto que lo tenía, de lo apretado que fue, de lo maravilloso.

   La relación fue más intensa, parecían buscarse con desesperación. Para Sam, ver a su hermano, o escucharle hablar o reír, le ponía duro, fuera donde fuera. Fue así en la boda de John, dos años más tarde, con una bonita viuda, Ellen, quien tenía una hija. Se separaron cuando le tocó ir a la universidad, y allí conoció a una chica bella, dulce y sexy, Jessica, que de alguna manera le recordaba a Dean. La amaba, pero también extrañaba al otro, tanto que a veces no podía responderle a la chica, como no fuera recordando aquella primera noche entre los dos, Dean mamándole y enterrándole dos dedos a un tiempo. O lo apretado, sedoso y caliente que era su culo.

   -¡Papa! –saluda alegre, tomando a Jessica de una mano al bajar del auto, llegando para pasar las fiestas de Navidad, alegrándose de lo mucho que a la joven pareció agradarle su padre, y este parecía encandilado por ella. Ellen estaba allí, contenta de recibirlos, esperando por su hija Jo. Hablaron, rieron, comieron algo preparado por Ellen, y finalmente tuvo que preguntar.- ¿Y Dean?

   -¿En vísperas de Navidad? De parranda o trabajando. –sentenció John, con exasperación y afecto.

   Le vería más tarde, podía esperarle; hablaban a veces por teléfono, pero era algo sin intimidad, la última vez que se vieron fue para el cumpleaños de John, y no pudieron estar a solas ni cinco minutos. Si, le esperaría y… pero no pudo. Disculpándose con Jessica, dejándola al cuidado de todos, cruzó las pocas calles que le separaban de su hermano, notando el viejo taller algo desierto, tal vez por la temporada, pero topándose con ese sujeto, un amigo y colega de trabajo de Dean, que no le agradaba ni un poquito a pesar de su carita de ángel, Castiel, de quien estaba seguro que amaba a pecoso.

   Iba tan sólo a saludarle, a reportar que llegó, a interesarse en su vida, pero nada más ver a Dean secarse las manos algo grasosas en una sucia toalla, vistiendo una braga de taller, ennegrecida, algo abierta sobre su torso, cabellos más cortos y revueltos, todo lo olvidó. Fue como un autómata a su encuentro.

   -¿Samantha? –fue la pregunta sorprendida y feliz de su hermano, para ser silenciado por la boca del menor cubriendo la suya en un beso vehemente, necesitado, las lenguas encontrándose, siendo atadas y chupadas, saboreándose uno al otro, las manos moviéndose con vida propia, las del castaño sobre las nalgas del rubio, duro ya, tocando y recorriendo. Sam sintiéndose vivo.

   Separan sus bocas, jadeantes, alcanzados de pronto por todo el ayer, de tantos recuerdos compartidos, y por un segundo las palabras “Te he extrañado, Dean; te amo tanto, hijo de perra, vayámonos juntos y no nos separemos jamás”, nadan en la lengua del castaño, quien con voz ronca, algo seca, dice sin embargo.

   -La boca te sabe a semen, ¿de Castiel? Joder, ¿nunca te cansas?

Julio César.

NOTA: No, no quedé conforme con este relato. Creo que voy a intentarlo con un Padackles.

DULCE JUVENTUD

agosto 21, 2014

FUEGO DE JUVENTUD

UN HOMBRE SABOREANDO A SU CHICO

   Como bien sabe el entrenador, no había nada mejor que probar a un chico… antes de cada juego.

Julio César.

CITA SORPRESIVA

agosto 20, 2014

CEBADO

UN MACHO Y SU SISSY BOY

  Gato por libre.

   Ricky era un tipo necio, gustaba del gimnasio casi tanto para ejercitarse como para lucir su torso esbelto a las chicas del lugar. Caminar con su shorts licra le producía un inmenso placer, tanto lo adherido de la tela a sus muslos como las miradas femeninas que se comían su trasero redondo y paradito. Sabía que las tenía locas. Y entre las más locas estaba Sissy, una catirita mórbida que le sonreía mordiéndose los labios y saboreándole. Le agradaba, pero era muy regalada. Ninguna de esas putas le gustaba en verdad, pero tenía que sonreírles, mirarlas. No era cosa de desairarlas, pero nadie le gustaba tanto como él mismo. Al comentario de los amigos de que lleva tiempo sin acción, cae en cuenta que era cierto… y que podían hablar de él. Por ello, para no molestarse buscando mucho, invitó a Sissy a comerse unos perros calientes en Plaza Venezuela e ir a un autocinema (todo un príncipe), donde molestó bastante con su vieja camioneta. No desentonaba ella, allí, con la blusa corta y la falda más corta que usaba, así como con sus botas negras altas. Eso resolvía el problema, aunque tuvo que aguantarla…

   Sissy le tocaba, lo acariciaba, le recorría muslos y entrepiernas con deleite; le besaba y mordía el mentón, restregándole las tetas del brazo, diciéndole en todo momento lo lindo y caliente que era, cosa que le gustaba porque le halagaba. Le sobó una teta, le dio un beso, y aunque la lengua de la joven se movía sucio y rico, no le excitaba. Nada, hasta que esta le gimió bajito al oído, tomándole una mano y llevándola dentro de su corta falda…

   -Hola, cariño, me llano Saúl… -le ronroneó con voz ronca, masculina, mordiéndole la oreja, y la dura y larga pieza bajo una suave tela elástica tipo tanga que encontró, le enloqueció.

   Ricky, jadeando, sorprendido, le miró con ojos muy abiertos, antes de arrojársele encima y meterla la lengua hasta la garganta, atándose ambas, tragándose saliva y gemidos, mientras con su fuerte mano, metida dentro de la tanga, le sobaba el güevo grande con unas ganas que aún él mismo desconocía.

   Ahora, en su casa, no puede dejar de tocarla y besarla, siempre volviendo a ese güevo caliente que ya mojaba de ganas entre sus palmas, estremeciéndose cuando ella, mórbida, le dijo:

   -Ya quiero saborear tu culo apretado con mi lengua, bebé. ¿Me preñas tú o te preño yo? Creo que te gustaría sentir esta pieza bien metida, ¿verdad?

Julio César.

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 21

agosto 19, 2014

… SERVIR                         … 20

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

UN CHICO SOMETIDO EN SU JAULA

El tiempo para tenerle en su jaula se le hace eterno.

……

     -¿Qué haces? ¿Te volviste loco? –graznó Nolan Curtis, sus oscuros, hermosos y dolidos ojos muy abiertos, mejillas rojas, de pánico. Viéndose adorablemente patético y débil.

   -Vamos, chico… Quieres comértela. A los putos como tú les encanta… -le sonríe sardónico Lomis, cruel, la gruesa y larga verga rojiza y pecosa emergiendo del pantalón de su uniforme, decidido a conseguir una buena mamada del muchacho, algo que siempre alegra el día, ver la suave cabellera de un jovencito mientras te la chupa, pero también buscaba romperle la voluntad.

   Ya le quiere como su perrito fardero.

……

   Todos los temores que Nolan Curtis había estado albergando, robándole la paz desde dos días antes cuando se reportó enfermo, estallaban ahora frente a su cara.

   No quería volver a la prisión, no podía. No después de lo sucedido. Lo del perro, el convicto, incluso los dos sujetos que le sodomizaron, todo había sido terrible, pero no tanto como haber sido sorprendido de esa manera por su compañero de trabajo, Lomis; aunque, técnicamente, este había sido el responsable de los dos violadores. Sin embargo no podía culparle. Entiende bien que ante la sorpresa de encontrar a un colega de trabajo sirviéndole de puto a un convicto, un hombre decente se habría molestado. A cualquiera le habría pasado. Él se buscó lo que ocurrió luego con Lomis, admite con pesadumbre y vergüenza.

   Por eso se ocultó en su apartamento, incapaz aún de llegarse a hablar con sus padres. No tenía cara para enfrentar a nadie. Incluso se ocultaba de Laura, su prometida, una joven hermosa, pícara y sexy que siempre estaba allí para escucharle y quererle… pero esta vez no pudo contarle. No a Laura, no a su familia. Dios, él la amaba, y quería a esa familia política que le había abierto sus brazos de manera amorosa. Los padres de la joven eran las mejores personas del mundo, él era como otro hijo para ellos… y ocurría esto. Deprimido, no había salido debajo de su techo hasta que ella prácticamente le arrastró a su casa, una bonita vivienda de dos plantas en las afueras, una construcción solida, próspera y acogedora que servía de hogar a gente no adinerada pero si resuelta. Desde allí llamó, por segunda vez, al jefe Slater para informar que no podía asistir. No quería.

   Les costó mostrar normalidad ante todos al responder y escuchar, intentó que la angustia no se dibujara en su cara, y era agotador, como lo era no dormir ni comer bien. Pensando en lo que había hecho. Dios, ¿cómo permitió que sucediera? Era un hombre adulto, un carajo hecho y derecho, nunca debió dejarse someter de aquella manera por ese sujeto enfermo y vil, Robert Read. Pero le dejó. En lugar de luchar, de gritar, de resistirse, defenderse o denunciarle, se había comportado como una víctima de maltrato familiar. Y eso era lo que más le afligía y torturaba, junto a las cogidas, claro; el saber que actuó débil y cobardemente.

   Fue mala suerte que cuando Lomis, precisamente él, llamara preocupado para saber qué le ocurría, fuera Laura quien le respondiera, diciéndole donde estaba. La joven lo había hecho con buena intensión, le veía deprimido y abatido a pesar de sus esfuerzos por disimular, y creyó que un compañero de trabajo le reanimaría. Por eso, rojo de vergüenza, no encontrando una excusa plausible para no verle, ojos oscuros ardientes de aprensión, delgado dentro de su pantalón oscuro y una camisa igual, fuera de sus pantalones, salió de la bonita vivienda donde se sentía relativamente a salvo para encontrarse con el otro, que le llamó desde la cabina de su Hummer. El encuentro fue terriblemente incómodo para el muchacho. Tragando en seco, corazón enloquecido, brazos cruzados, encaró al otro, tras el volante de su espacioso auto, lentes oscuros, rostro severo.

   -¿Cómo estás?

   -Bien. –graznó, tomando aire.- Aunque no creo que pueda ir a…

   -Sube. Debemos hablar. –fue una orden tipo invitación, y aunque Nolan batalló feamente en su interior, resistiéndose al tono, todo no duró más de un segundo y fue, cabizbajo, a la otra portezuela, subiendo y cerrando, mirando al frente.

   -He estado indispuesto y…

   -¡¿Acaso te volviste loco?! ¡No puedes faltar así al trabajo! ¿Crees que es fácil encontrar ocupación con esta maldita economía jodida por los genios de la bolsa y las finanzas? ¿Vas a casarte con una buena chica de suburbios, con padres trabajadores, y quieres terminar formando parte de una fila de desempleados esperando ayuda oficial? –le grita leve, sermoneador como un padre.

   -Lomis, no puedo; no puedo volver a…

   -¿Qué? ¿Muy mal ahora? ¿Acaso no puedes conciliar que eres un puto amante de las vergas? –le gruñe, menos amistoso, quitándose los anteojos y mirándole severo.- ¡Eso eres! Te vi. Fue asqueroso verte y oírte gritando y saltando sobre la verga de ese sujeto, pero, hey, si es lo tuyo, si es lo que te gusta, bien puedes ser el puto más puto del estado, pero no puedes faltar a tus labores. –abre los brazos, como diciendo “entiendo tus rarezas, amigos, pero madura”.

   -¡No soy un puto! –le ruge, mirándole alterado, casi conteniéndose en las últimas palabras, mirando alrededor, hacia la casa. La ventanilla estaba arriba, pero alguien que pasara pudo haberle escuchado.- ¡Ahhh! –el bofetón le sorprende, no duele pero si le toma totalmente con la guardia baja. Mira a su camarada, boca abierta, cubriéndose la mejilla.- ¿Qué haces?, ¿te volviste loco? –gime agudo, el pánico nadando en su tono, sabe que está perdiendo el control de la situación. Otra vez.

   -¡No me alces la voz, muchacho! –eleva un dedo y le advierte, duro, controlador, como Read le dijo que hiciera, sonriendo apenas, torvo, al ver al chico escogerse en el asiento.- Un putito no puede hablarle así a un hombre, muchacho. Y sí eres un puto, recuerda que me la mamaste, que me la chupaste hasta tragarte todo mi semen; con la boca llena de güevo y leche ronroneabas como un cachorrito feliz. Te bebiste el mío y el de otros. –le ve enrojecer, ojos oscuros y ardientes llenándose de humedad, de lágrimas no derramadas, un puchero luchando en sus bonitos labios rojos y brillantes. Y se veía tan lindo, que sintió como se le ponía dura en segundos, llenándole los pantalones. Quería romperlo en pedazos. Sus pedazos.

   -Me obligaron… -jadea bajo, y cierra los ojos y medio ladea la cara con otra bofetada.

   -¡Puto mentiroso! Yo estaba ahí, la tenías dura y te babeaba mientras tu culo estaba lleno de vergas. ¡Gemiste cuando te abrí el culo con la mía! –le señala, sabiendo que en el estado que el joven estaba en ese momento, no recordaría totalmente todos los detalles. La idea era rebajarle, hacerle sentir responsable de lo que le ocurrió.

   -No… -todavía menea la cabeza, mirando su propio regazo, luchando con el llanto.

   -¡Genial! –es la dura respuesta.- ¿Por qué con los maricas reprimidos todo tiene que ser tan difícil? Me sorprendiste con tu homosexualidad, está bien, pero si lo eres, si te gustan las vergas, ¡vívelas!

   -No… no… -niega nuevamente, pero suena atrapado en un pozo de angustias e incertidumbres, lamentando todo “lo que había hecho”, eso tan malo que le expuso a todo eso. Era su culpa y ahora…

   -A la mierda contigo, estoy cansado de escucharte. –le ruge, haciéndole gritar cuando con una firme mano le atrapa el cuello, obligándole a ir sobre su regazo.- No quiero escucharte decir nada más, mejor usa la boca para lo que te gusta. –y le refriega el rostro en su regazo, de la silueta de su verga pulsante. Alarmado, Nolan intentó alejarse, resistirse, pero la mano era fuerte.- Vas a comer güevo, muchacho…

   -No, Lomis, por favor, ¿estás loco? –es la desesperada réplica, convertida en grito cuando el puño se enreda en su sedoso y fino cabello negro, alzándole un poco, mirando con ojos desorbitados como con la otra mano su colega se abría la bragueta, luchaba por sacársela y emergía esa verga que ya conocía, larga, gruesa, surcada de venitas azuladas, pulsante. El calor y el olor le llenan en pleno al estar tan cerca.

   -¡Mámala, becerro! –le ordena, halándole el cabello, rudo, obligándole a mirarlo.

   -¡No! –es el desafío, uno que sale bajito, roto y ronco, pero desafío al fin. Lo que Lomis esperaba, Read había sido muy claro en ese punto. Era el momento de machacarle.

   -Comienza a comértela, perra, o voy a entrar en esa casa a contarle a todos los que hiciste, de cómo entre varios, por puto y regalado, te llenaron la boca y el culo con sus vergas. Hablaré de tu lunar en forma de corazón rosa en la raja de tu culo, y me creerán. Y luego iré con tus padres y con todos en la prisión. Todos sabrán que eres un sucio puto de los convictos y que te sorprendí y quise darte una lección para enderezarte. –amenaza, la verga pulsando a simple vista, mojando ya de pura emoción al tratarle así, ¿se sometería o resistiría escapando al control?

   -Lomis, por favor… -jadea totalmente vencido, tragando, ojos suplicantes.

   -¡A la mierda! –repite y lleva la mano a la portezuela, abriéndola un poco, la rojiza y pecosa verga afuera, temblando de ganas.- Veremos qué dicen…

   -¡No! –brama totalmente horrorizado el muchacho.- No, por favor… -repite cuando el otro le mira.

   -¿No quieres que vaya a contarles cómo se te ve la cara llena de esperma? ¿Qué harás entonces? –pregunta, cruel, portezuela medio abierta, su verga afuera, gente pasando del otro lado, por la acera.

   -Te… Te la chuparé. –es bajito, agónico. Lomis le mira duro.

   -¡Pídemelo, muchacho! –le ordena, cruel, sintiéndose inmenso, embargado de increíble poder. Podía hacer lo que le diera la gana con el joven colega. Le ve angustiarse, frustrarse. Ya lo tenía prácticamente mamándosela, pero quiere más. Alza las cejas y muy claro se lee en sus ojo: “¿lo haces o no?”, llevando la mano a la manivela de la puerta otra vez.

   -Por favor… -traga feo.- …Déjame chupártela. –la voz está totalmente rota.

   -¿Qué? –le tortura aún.

   -¡Déjame chupártela! –grita desesperado.

   -Okay, okay… aquí la tienes, qué goloso. –alza las manos, como rindiéndose. Y lo disfruta.

   Le ve dudar un segundo, sintiéndose atrapado, parecía un bagre debatiéndose con el anzuelo clavado en su boca, pero cuando lleva la delgada mano de dedos largos a su miembro, extrañamente fría, atrapándoselo, se erizó. Percibió el aliento del joven acercándose a la cabeza, desesperado y ruidoso, los delgados labios abiertos a centímetros, dudando. Quería atraparle por la nunca y obligarle a caer, que se la tragara toda, llevándosela a la garganta y obligándole a quedarse allí, ahogándolo, gozando con la idea de tenerla bien metida dentro de su boca, poseyéndosela, pero no podía. El chico tenía que hacerlo por su cuenta. Someterse.

   Y gime contenido al sentir esos labios caer sobre su glande rojo, liso y húmedo, cuando se lo recorre, regando sus jugos con saliva, antes de tragarlo, frente arrugada, ojos sufridos. Lo tenía, sentado, boca abierta, jadeando de gusto por la sensación de poder que le recorre, mira a su joven y apuesto colega cubrir con su boquita de rosa la enorme cabeza. Se veía tan caliente que no aguanta y alza un poco el culo, metiéndosela, sintiendo la presión de los labios, la lengua caliente pegándosele de la cara inferior, sobre su vena, las mejillas cerrándose. Jadea fuerte, cerrando los ojos, con la boca totalmente pegada a su miembro, que baja un tanto por su garganta, estaba en la gloria. La boca sube y baja desmañadamente, chupa un poco, y es delicioso, pero lo que le calienta más es saber que le tiene atrapado, que puede obligarle a hacer cosas que no quiere.

   -Ahhh… si, chúpala, muchacho, es toda tuya… -le ruge, ahora si atrapándole la nuca, porque todo carajo a quien otro está mamándosela dentro de un auto, tiene que atraparle así el cabello, en un puño, guiándole, subiéndole y bajándole sobre la barra que tiene que mamarse.- Oh, sí, sabía que querías… -le dice cuando los rojos labios se fruncen sobre su barra caliente.- ¿Era tan difícil, muchacho? ¿Ves lo mucho que te gusta?

   Una lágrima sale de uno de aquellos oscuros y apasionados ojos mientras el joven se hunde en el pesar. Su boca va y viene sobre el tolete, sorbiéndolo, temblando de miedo, convencido de que serán sorprendidos en cualquier momento. Es muy consciente de que sube y baja su boca, chupándosela, mientras hay personas que cruzan la acera. Por Dios, estaban en la calle, estaba dándole un mamada a la verga de otro sujeto en una esquina, ¿y si llegaba la policía? ¿Y si alguien salía de la casa de su novia?

   -Oh, si… me gusta así pero… -le hala del cabello, alejándole, separándole de su verga mojada y brillante, roja, atrapada aún en la base por los dedos del joven.

   -Por Dios, Lomis, ¡estamos en la calle!

   -¿No te excita eso? ¿Imaginar que quienes pasen, como esa señora, puede estar mirándote?

   -¡No! –jadea, aterrorizado, creyendo percibir que la buena mujer parece notar algo extraño, frunciendo el ceño pero alejándose.

   -Vamos, muchacho, concéntrate… Mamas bien, pero debes… Anda, bésame la cabecita. –le ordena, llevándole a su tolete, y Nolan quiere gritar, escapar, pero ya no tiene fuerzas para luchar y lo besa, sus labios rojos y muy brillantes de saliva y jugos de macho recorre el liso glande mientras lo medio atrapa.- Eso es… Ah, un chico besándote la cabeza de la verga se siente increíble, muchacho, es algo que debes aprender. El placer que puedes darle a tus hombres es grande. Ahora, con la lengua, azota mi ojete… Hummm, si, así. Duro. Ahora recorre toda la cabeza, toda, si, así… suave, toda, cada rugosidad. Ahora aprieta más mi verga, sube el puño y vuelve a azotar levemente sobre mi ojete, recoge todo ese jugo de macho, es tuyo. Es mi regalo… -y se tensa de gusto.- Si, así… ¡mira como la baba forma un hilo espeso del ojete a tu lengua! –y ríe.- Ahora baja por el tronco, por la vena. Anda, azótala, ahora lamela, de arriba abajo, así… ¡Joder, me tienes las bolas llenas de leche! –parece felicitarle. Mientras sonríe y saluda a un sujeto que va conduciendo en sentido contrario, y les mira sorprendido.

   Mientras va y viene sobre el increíblemente duro tolete ardiente, el muchacho se aleja mentalmente de aquella pesadilla, por ello le sobresalta, y feo, cuando una manota de Lomis cae sobre su trasero, palmeándole sobre el pantalón. ¡Dios, no! Quiere correr, aquello era tan humillante que quiere morir, fuera de que alguien podría salir de la casa, su prometida o uno de sus padres y…

   La mano de Lomis recorre lentamente su firme trasero sobre el jeans, sabiendo lo que piensa y padece, disfrutándolo más. Sus dedos entran en la raja entre ellas, empujando la tela, notando los saltitos del chico, su incomodidad… pero sin poder negarse. Tocarle así, recorrer de arriba abajo esa raja cubierta, una donde sabe que encontrará un culito joven, firme, cerrado todavía, que atrapará, masajeará y chupará su verga si se la metiera, le pone a mil; de su tranca sale una gran cantidad de líquidos que cubren la boca del muchacho, quien siente todo su sabor y debe tragarlo.

   -Ábrete el pantalón. –le ordena, notando su resistencia, el tensar de su cuerpo, pero reteniéndole con la mano sobre su tranca.- Hazlo, pequeño puto, o llamo a todo el mundo para que te vean con mi verga en tu garganta. –amenaza.- Á.bre.te el pan.ta.lón.

   La idea le pone increíblemente cachondo, metérsela allí, en plena calle, frente a la casa de su novia. Hacerle gritar cuando se la meta mientras la gente cruza la acera.

……

   -¡Aléjense de mí! –grazna Daniel Pierce, retrocediendo, mirando en todas direcciones como una rata acorralada. Si le tocaba pelear, acción en la que nunca ha sido muy bueno, llevaría las de perder frente al número de sus atacantes, esos sujetos que le miran con ojos codiciosos, sonrisas torvas, vergas totalmente erectas, disfrutando por anticipado del fácil bocado que tragarán.

   -Vamos, mi amor, no te pongas así. Dame cariñito. Te va a gustar. –se burla el hombre que robó su virginidad propiamente dicha.- Sé qué te gusta que te hagan y cómo. Y hasta cuántos. Te vamos a hacer muy feliz, bonita.

   -¡No! –grita ronco, y mirando entre ellos parece encogerse, derrotado, los otros sonríen más.

   Pero es un engaño, arrojándose hacia adelante, con rapidez, busca cruzar entre dos de los sujetos que sonríen confiados; pero dos pares de manos le retienen por los brazos, mientras ríen, controlándole, llevándole nuevamente contra la pared. Las manos tocan, le alzan en peso y aún así sigue luchando, intentando dar manotazos y patadas, y todo eso parece excitar más a sus atacantes, sus vergas estaban goteando copiosamente mientras le dominan. Le derriban obligándole a caer de rodillas, y mientras uno, a sus espaldas, le retiene los brazos hacia atrás, lastimándole, el líder le abofetea, duro, para luego cubrirle la boca con la palma de la mano.

   -Tranquila, mi amor. –le dice en español, burlón, pero también loco de lujuria.- Ah, esa boca, ya quiero llenártela, pero estoy muy caliente, creo que primero atenderé tu culo, te daré duro, güerito, y luego, mientras mis socios te lo calman, te llenaré la boca. Todos vamos a darte mucho amor…

   Daniel abre muchos los ojos, aterrado, debatiéndose pero retenido, indefenso, esas manos tocándole de forma ruda, sus tetillas pellizcadas; sus nalgas abiertas, le obligan a separar las rodillas, son palmeada, su culo lampiño, muy comentado entre burlas, es acariciado. Todos quieren tocárselo, compiten por acercar sus dedos. Y grita, no, por Dios, eso no podía pasarle. Otra vez.

   -¿Qué coño hacen? ¡Suéltalo si sabes lo que te conviene, hijo de puta! –ruge una voz autoritaria en la entrada, severa.

   Por un momento todos se congelan, mirándole, Daniel se ve totalmente aterrorizado. No, no puede pasar por todo eso otra vez.

   -Vete, o también a ti te daremos duro, nazi de mierda. –amenaza el jefe del grupo, alzándose, dominado por la testosterona.- A ti parece que también te hace falta un macho. ¿Qué tal, amigos?, ¿nos gozamos a dos perras en una sola sentada? –y sonríe mostrando los dientes.

CONTINUARÁ…

Julio César.

HACE UN AÑO GLOBOVISIÓN SE DESBARATÓ

agosto 19, 2014

SE NOS ACABÓ EL MUNDIAL… ¡NOOOOO!

GLOBOVISION ACABADA

  Y cayó tan rápido…

JESUS TORREALBA   Hace justo un año y tres días, del canal de noticias veinticuatro horas, Globovisión, salieron tres señores en toda la extensión de la palabra; con Jesús Torrealba desaparecía DEL DICHO AL HECHO, con Leopoldo Castillo cerraba su señal ALO, CIUDADO, de NOTICIAS GLOBOVISION, con asco, se iba LEOPOLDO CASTILLOuno de sus mejores moderadores, Román Lozinski. Los tres debieron apartarse porque quedarse era secundar la infamia. Globovisión se convirtió en esto, una pantalla ciega que le oculta al país la brutal represión contra la población, los bombardeos, los hogares allanados sin formulismos, la gente arrastrada para ser torturada. Había que silenciarles, había que ROMAN LOZINSKIdestruir el canal de noticias que mucha gente tenía como única señal sintonizada. Pero lo pagaron, nadie ve esa vaina, ni siquiera por la gente decente que quedó. Es tan repugnante saber lo que se hizo, que los “dueños” se prestaron para perseguir, torturar y matar personas, que es imposible perdonarles.

Julio César.

NITU PEREZ OSUNANOTA: Este mismo día, viernes pasado,  cumpliéndose un año de la infamia señalada arriba, CONATEL, órgano gobiernero encargado de censurar noticias y perseguir medios privados, sacó del aire el programa de la combativa Nitu Pérez Osuna, por Radio Caracas Radio, por “perturbar el orden y llamar al odio”, cuando nunca se hizo o ha hecho nada con esas cloacas abiertas que hay en VTV (Cubana de Televisión, mal escrito), donde todo delito tuvo y tiene su asiento. Aquí hemos visto a un ministro de Información y a las hijas de un ex presidente ahora difunto, difundiendo fotografías de este riendo, para engañar al país y ocultarle su gravedad; vimos al señor Diosdado Cabello insultar y amenazar explícitamente; a niños uniformados y encapuchados, con fusiles en sus manos en el 23 de Enero, en apología descarada de la violencia; supimos de niños llevados en un “plan vacacional” para luego difundir la imagen de “niños con SIDA atendidos por el Gobierno”; vimos hordas violentas y armadas cercando medios de comunicación y gritando todo su odio contra otros, y jamás se hizo nada. Es la realidad de los totalitarismos fascistas: mientras más corrupto e incompetente el régimen, más violento y represor de los derechos humanos básicos.

PAYASITO PREOCUPADO

agosto 19, 2014

SEDÍA

ASSIAN HOT

   -¿Quiere una coreografía con los saltos de los Power Rangers usando esto? ¿Exactamente qué edad tienen esos chicos?

GRANDE Y RAPIDO

Julio César.

LUCHAS INTERNAS… 133

agosto 19, 2014

LUCHAS INTERNAS                         … 132

SANTA HOT

  Sólo se ocupa de los chicos cuando son malos…

……

   -¡Maldito hijo de puta!, no podrán librarse de mí tan fácilmente. También tú caerás. -Frank sonríe.

   -¿Hablas de tus conspiraciones de hotel? No te angusties por mí, Ricardo Gotta, pronto la prensa señalará nuevos datos y quedaré como un príncipe; algo sucio, pero viril. Tus amigos en La Campana llevan tiempo vigilados. Pronto habrá sorpresas para ti, tus amigos y el Caballero Asesino, el lusitano.

   -¿Cómo puedes hacerme esto después de que te confié tantas cosas? Sin mi ayuda contra los Roche…

   -No pierdas nuestro tiempo con tus cuentos de amistad. -endurece el rostro.- Nunca creí en tus carantoñas, sabía que me preparabas algo. Y tomé precauciones. Cuando fui a esa cita, noté que alguien tomaba notas de lo hablado. Y Aníbal lo sabe también. Creo que… que saldré de esta, Ricardo. Algo tocado pero más renombrado. Tú, no estaría tan seguro de dónde acabarás al final.

   -No podrán destruirme. –grazna, sin fuerzas. Frank sonríe con desprecio.

   -Se que desarrollas una buena campaña para servir al Régimen como nadie ha servido, ofreciéndote a lo más bajo y ruin. Pero eso en nada va a ayudarte. Retener esa carta, amenazar con su existencia fue un grave error que te costará mucho. -va hacia la puerta.- Abandona La Torre con algo de dignidad, o tendré que hacer que te echen, tal vez con tu ayudantillo, Nelson Barrios; ese tiene ganas de darte una patada por el culo. O lo hará Aníbal. O Norma.

   Cuando el abogado sale, Ricardo se deja caer nuevamente sobre su sillón. No se engaña. La junta podía salir de él, y lo estaban haciendo. ¿Qué precauciones habría tomado Frank en su contra? Pronto lo sabría, sí hubiera tenido tiempo, cuando se difundiera el video que mostraba al pistolero Joao, días antes del ataque en Altamira, en la sede de La Petrolera en La Campana, al lado de Félix Bermúdez y José Barroeta. Él ya no estaría allí; como muchos, sabe que si todo fallaba, estaba la Carlota y una avioneta a rumbo a Panamá.

   El abogado aún seguía ahí, perdido en sus pensamientos y mirando la televisión, cuando ve a su ex mujer declarando para Global, denunciando sus vicios y crueldades, las cosas que le hizo, y como la usó y botó, ante la aprobación del gran mundo capitalino. ¿Cómo podía hacerle aquello?

   Ricardo cierra los ojos, ojalá sus hijos no vieran eso. Y ese hombre ruin y despreciable, siente por primera vez un ramalazo de dolor extraño ante el posible juicio de sus hijos. Pero, ¿qué derecho tendrían para juzgarle? Fue un niño pobre que creció en una casa inmunda, sin sueños ni esperanzas como no fuera continuar el ciclo de trabajos mediocres al terminar la primaria, preñar a una putilla y tener hijos, allí en Macarao. Esa pudo ser su vida, terminada al comenzar. Pero él quería más que eso, y para subir peldaños pisó y se apoyó en otros, aún a costa de hundirlos en el fango y acabarlos. Sin moral. Sin remordimientos. Con crueldad.

   De adolescente entrevió un mundo de estudios, universidades y títulos, de buenas ropas, de verse atractivo. Un mundo manejado por el dinero, donde tanto tenías, tanto valías. Y él quería mucho. Por eso hizo lo que tocaba, desde trabajar cargando bolsas y cajas en un mercado, a dejarse manosear y chupar por algún carajo, de esos que furtivamente seguían a un muchacho en las calles y ofrecían, cohibidos y apenados, pero sedientos de eso, que les dejaran mamarle el güevo, regalándole algo después. Se dejaba, y otras veces tuvo que mamar. Siempre sintió asco, de dejarse usar, de hacer esas mierdas. Y el odio hacia el mundo en general creció dentro de él, nublándole la mente. Estudió Derecho y cultivó una imagen de tipo con clase y buenas maneras, con apariencia triunfadora, con un aire de galán. Su atractivo lo ayudó a victimizar mediante el sexo a los que necesitaba de su lado.

   Uniéndose a gente como él, seres ruines y sin moral, protegió a quien pagara y atacó a quienes se fijaban en sus clientes, por plata, creando las tribus que le servían y a sus intereses. Se casó dos veces, y bien casado, pero ese deseo innato de dañar, de ensuciarlo todo, de hacer ver que todo el mundo era rastrero, sobre todo los ricos y la gente bonita, lo limitó. Era un resentido social y sus traumas sexuales tampoco lo ayudaron. Era un sociópata, alguien incapaz de integrarse a un mundo y a una sociedad normal.

   Estaba destinado al éxito, a ser rico y poderoso, atractivo y con prestigio; pero su otra naturaleza, esa que era abyecta y malvada, lo alcanzó. Pudo haberlo intentado, pudo evitar sodomizar a sus cuñadas, drogar a sus mujeres para prostituirlas, grabándolas en cintas, o violándolas y golpeándolas. Pero no quiso. Y otros lo supieron. ¡La maldita cinta! Eso le había destruido, porque en ese momento de amargura se sabe caído. El único consuelo sería destruir a los Roche, en especial a Eric, también a Franklin Caracciolo, y si podía, a Aníbal López. Por un segundo se deja llevar por la fantasía, verlos a todos tan jodidos como él. Aunque, contra los Roche, no era tan difícil… Eric podía ver su vida caer a pedazos, justo como la suya.

   Mierda, ¿cómo pudo pasarle esto?, se lamenta, casi dolido ante la vida. ¡¿Por qué a él, Dios mío?!

   Si tan sólo hubiera sido el escándalo entre los conocidos, los rumores, podría haber sobrevivido, y el país hasta lo habría entendido, y admirado en cierta forma oscura, primitiva y perversa. El que golpeara a sus mujeres, se pegara a las cuñadas o vendiera a quien fuera por sobrevivir, parecería hasta normal a mucha gente. Había algo torcido en una nación donde se admiraba la bellaquería, al pillo, al que violaba la ley y sacaba provecho de ello. Venezuela era un país que había elegido dos veces presidente a Carlos Arturo Téllez, un hombre al que sabían corrupto y ladrón, pero que votó por él no a pesar de, sino a causa de eso.

   Ricardo conocía a su pueblo. Al hombre decente, al serio que no andaba rascándose por ahí, gritando y gastándose los reales de otro, al que trabajaba y era severo consigo, su familia y los demás, era desdeñado y apartado. Se le odiaba. Él pudo sobrevivir al escándalo si no fuera por el dichoso video de la violación. Eso no se lo perdonarían las mujeres de este país, tal vez sólo las seguidoras del régimen si el Presidente se los ordenara; y ellas lo harían, por ignorancia y por ir degenerando hacia algo primitivo y ruin.

   Mirando por el ventanal recuerda todas las veces que se cuadró con los gobiernos de turno, viviendo de todos, renegando de ellos después. Gracias a la gente de Falcón, al viejo Maquís, y a la de Maracay, trabó conocimiento con el régimen. Eran ladrones simplones, bellacos baratos y bataclanos, gente que robaba sin pudor, y sin disimulo, por lo que necesitaban protección legal. Mucha. Él les ofreció esa protección, pero cuando vio que el final llegaba, poco antes de abril, asistió a las reuniones de la gente que se oponía al Gobierno, llevado de la mano de los viejos traficantes de la política; Lalo Téllez, un carajo capaz de darle una puñalada al viejo que lo hizo lo que era en el partido donde ambos militaban cien años atrás; y Darío Ramos, quien sepultó al histórico partido demócrata-cristiano, vendiendo lo que quedaba al mejor postor, desde su puesto de Secretario General.

   Él los vio fallar y vendió al resto, no a los traficantes, esos estaban plenamente identificados, se sabía que no luchaban con el Gobierno, simplemente se posicionaban para pedir más y más real. Lo de la carta de la renuncia fue algo que le deparó Dios. Él soñaba con La Procuraduría, y por ese sueño hizo lo que hizo. Por un tiempo más necesitó todo el poder de La Torre, por eso llamó a los Caracciolo para meterles chismes de los Roche; sobre todo de Eric quien le estorbaba. Cuando el joven se acercaba demasiado, y demasiado pronto a la verdad sobre las armas traficadas por Guzmán Rojas y Bittar, atentó contra su vida. Un escándalo era lo menos que necesitaba en esos momentos, cuando la procuradora, una mujercita insignificante, pero falaz y servil, cometía tantos errores que terminarían sacándola de su cargo.

   Su error estuvo en retener tanto poder. El Gobierno terminó temiéndole, y conspirando contra él. Otro error fue confiar la carta a Amelia, pero por esos días la necesitaba. Sabía que el Presidente, Dagoberto Cermeño y Juan V. Rojas buscaban hasta con adivinos ese documento. Tenía que ocultarlo en un sitio insospechado, ¿dónde mejor que en las bóvedas del Banco Central? El suegro tenía un lugarcito allí. Ahora todo se volvía contra él. La rata miserable de Frank tenía razón, el Presidente no le perdonaría lo de la carta. La forma en que atacó al Cardenal Vázquez cuando agonizaba, después de que llorando le llamó esa noche para que lo salvara cuando, ‘esos muchachos me quieren matar, santo padre’, escondiéndose bajo su sotana, no auguraba nada bueno. Todos lo evitaban, nadie respondía sus llamadas. Sabía que dos de sus asistentes ya estaban contándole todos sus secretos a Aníbal López, ese maldito hombre al que tanto odiaba.

   Ah, pero él aún podía hacer daño. Lograr que los Roche lo perdieran todo, que Eric Roche se muriera, y que Frank terminara investigado por golpista o por conspirador, igual que Norma Cabrera de Roche; que de La Torre no quedara nada y Aníbal se arruinara. Él se las arreglaría para que todos pagaran. Y mucho. Al final tendrían que pactar un alto al fuego, se marcharía un tiempo. Y regresaría.

……

   Había mucha gente arrecha con La Torre, y uno de ellos era Jerry Arteaga, quien aún andaba al garete sin un trabajo fijo. Cuando conspiró (palabrita de moda), con Aníbal López para reunir a Nicolás Medina con Frank Caracciolo, pensó que su reingreso al bufete era cosa segura. Pero los días habían transcurrido lenta y desesperantemente sin ningún beneficio para él; ni si quiera el hecho hermoso y transcendental de que esos dos maravillosos y atractivos hombres estuvieran viviendo su amor en toda su plenitud (era un romántico), daba reposo a su alma. Él quería un trabajo. Estabilidad. Posición, estar donde fuera bien considerado. Quería volver a La Torre, creyó haberlo conseguido y ahora Aníbal se le escondía.

   Había que comer, por lo que en esos momentos viste un chillón traje de malla verde, lleno de campanitas y cascabeles, con una gorra terminada en cascabel mayor y unos zapatos grande, curvos en la punta, era su uniforme de duende ayudante de San Nicolás, en una pequeña tienda que, hambreadoramente, no se había unido al paro y que él esperaba se arruinara pronto (como ocurriría con muchos de esos pequeños negocios años después, recibiendo el pago que merecían).

   El lugar era chico, atestado de niños gritones y chillones, por quienes no sentía ningún aprecio. No podía entender cómo había gente que se llevaban niños ajenos de paseo y cosas así, con lo difíciles e insoportable que eran. Sin embargo, su figura delgada, atractiva, le daba un aire de duende bueno. Lo único que le encantaba de esa tienda, y ese trabajito, era el San Nicolás mismo, Trino, un carajote alto, joven, fornido, de pecho y muslos musculosos, de panza plana y forrada de músculos, de piel oscurita y cabello muy negro. Sus ojos eran oscuros y su voz muy ronca y profunda, le provocaba escalofríos cuando reía, pero que lograba sacar una carcajada alegre para los niños, quienes se le montaba encima (que envidia, pensaba Jerry), y le pedían cosas en cantidades industriales. Al parecer esos niños no sabían que había una crisis y que esa sería una de las Navidades más tristonas que el país se aprestaba a vivir, sólo comparable a la del noventa y nueve, cuanto miles murieron en los deslaves del estado Vargas, destruido aún.

   Jerry se pasaba horas viéndolo a Trino reír y atender a los muchachos, imaginándoselo desnudo, con el güevote erecto, que debía ser titánico como todo él. Algunos en la tienda lo notaban, divertidos o incómodos, Jerry era tan marica que hasta los gatos lo notaban, y bromeaban con él, sobre cómo quería comerle la barquilla a San Nicolás. Al joven no le alteraban esas bromas. Él, sencillamente, tenía el culo derretido por ese carajote; quien jamás le daba una indicación clara de rechazo como sería ‘zape, marico’el coño’, o ‘ven por tu barquillita’, siguiendo en la onda de los compañeros. ¡Era tan desesperante!

   Ese día, en particular, fue largo, agotador y caluroso. A Jerry le pareció que cientos de personas pasaron por allí y que todos los niños se le guindaban del traje.

   El dueño, un árabe que no cree en nada de eso, sólo en hacer plata, deja encargada a la secretaria, su amante, y sale a buscar más mercancía al caer la tarde. Con el paro estaba haciendo su agosto en diciembre. En cuanto se fue, los empleados que quedaban abrieron botellas de ponche crema y cortaron pan de jamón, que sabía un poco seco por la harina que usaron para elaborarlo.

   Todos se sentían contentos, los bonos serían buenos y podrían tomar regalos y juguetes para sus niños. Todos bebieron un poquito más de la cuenta, y cada quien le preguntaba al otro qué quería para el infaltable intercambio de regalos, que cada año dejaba a la gente arrecha e inconforme, pero que, sin embargo, nunca dejaban de hacer (masoquismo puro). Hablando con un carrizo, rojo por el ponche crema, que sí rascaba un poco cuando ya se han tomado seis botellas un grupito de ocho personas, Jerry oye lo que el otro cree es una broma.

   -A ti no voy a preguntarte qué quieres, puedes tenerlo ahora mismo. -le dijo entre risas, empujándolo por el pecho, bruscamente hacia atrás.

    El joven chilla y mece los brazos como aspas de molino, pero termina cayendo nada más y nada menos que sobre las piernas abiertas de San Nicolás, sobre su regazo, por lo que Jerry enrojece aún más, de vergüenza y placer.

   -Lo siento. -grazna, mirándolo sobre un hombro. Todos medio ríen y chillan.

   -¿Has sido un niño bueno, duendecillo? .le pregunta Trino, algo tomado también, provocando risas.

   -Dile a San Nicolás lo que quieres para la noche de Navidad. -le gruñe ronco el tipo.

   Jerry va a nombrarle a su mamá cuando calla y pela los ojos, sorprendido, mirando al sonriente Santa, bajo el rojo uniforme siente una barra que endurece titánicamente, frotándose de sus nalgas. Con un leve jadeo, el joven bailotea levemente su trasero, cerciorándose de la tranca dura bajo él. Sus miradas chocan, húmedas y lujuriosas, hasta que el otro le empuja, parándole, alejándolo de sí. Había mucha gente mirando por allí, aunque tomados.

   Media hora más tarde, terminando el ponche crema, todos iban emigrando. La joven con las llaves, que le saca fiesta a uno de los carajos del almacén, que tiene un cuello de toro y unos bíceps increíbles, le tiende las llaves a Trino, el hermano, para que apague las luces y cierre. Este le responde que después de quitarse el disfraz de San Nicolás, lo hará.

   -¿Quieres que te de una mano? -le pregunta Jerry, que obviamente se ha quedado también, voz mórbida, el culo mojado, brillándole los ojos.

   -Bueno. -replica seco el tipo, después de una larga pausa. Nada halagüeña, piensa el chico de los anteojos.

   Mientras apaga las luces de los baños, y revisa que las del almacén también lo estén, Jerry se pregunta qué hacer para llevar las cosas a donde las quiere, el güevo del chico bien enterrado en su culo ardiente. Era difícil. Verdad que le había dado una sobadita cuando cayó en sus piernas, pero por experiencias, amargas, dolorosas y humillantes, sabía que eso no siempre terminaba bien. Vuelve al salón principal, llamándole.

   -Jo, jo, jo… -oye una ronca voz, y Jerry lo mira sonriendo con ternura, ternura de marica.

   El carajo estaba sobre el sillón donde recibió a los niños toda esa tarde, vistiendo el saco rojo de San Nicolás, abierto sobre un torso ancho y moreno, de lisos vellos negros, con su gorra, botas y una mínima tanguita negra, casi brillante, que no contiene el güevote nervudo y cabezón que sale por arriba, invitador, desafiante.

   -¡Santa! –gimotea putón y con la boca realmente seca.

   -Ven por tu regalito, niño maricón. -ofrece el tipo, sonriente, amistoso, abriéndose más de piernas.

   Con un jadeo, Jerry va hacia él, con tantos ánimos que casi tropieza con la pata de otro mueble y cae junto al tipo que ríe como San Nicolás de televisión, de rodillas, mirando de frente el increíblemente erecto y enorme tolete casi fuera de la tanga. Con la mano izquierda, pequeña en toda esa grandeza, le soba el poderoso muslo izquierdo, caliente y firme, abriéndolo más. Con la derecha le agarra el güevote, calibrándolo estremecido, ¡era enorme en verdad!, y su boca ávida se abre, cayendo con ganas sobre la amoratada cabezota brillante. Estaba lisa, dura y caliente, agridulce. Cuando la tragó, con esfuerzo, arqueando los labios, sintió que lo quemaba.

   Esa boca atrapa la cabezota y baja con esfuerzo, sintiendo que se ahoga cuando la tranca cruza sobre su lengua, separándole las dentaduras, golpeando su mejilla izquierda, hinchándola eróticamente, para luego bajar por entre sus amígdalas. Allí pareció atascarse ya que el delgado ayudante no puede tragar ni un centímetro más de la imponente verga. Trino le atrapa la cara con sus manotas, aferrándolo y comienza a subir y bajar sus caderas sobre el sillón, metiendo y sacándole el güevote de la garganta, hasta donde la lleva con empujones bruscos, con roncos ‘trágatela, güevón’.

   Ese San Nicolás, grande y erótico, casi desnudo, en su sillón, cogiéndole la boca al delgado ayudante que parece más joven de lo que es, es una imagen enloquecedora. Que se incrementa por los audibles sonidos de succiones de Jerry, babeando sobre la gruesa mole de carne, así como por los roncos y ahogados gemidos de placer que escapaban de su boca llena de güevo, disfrutando como siempre teniendo uno dentro de ella, sorbiendo, dándole placer al mismo tiempo al macho de turno; así como los ‘cométela, maricón; cómete mi güevo’, que le grita el otro, ronco y caliente, hasta que le retiene contra su tolete, casi todo clavado en su boca y se miran.

   -Quiero que me des el culo. -le gruñe.- Voy a reventártelo con mi güevo grande.

   ¡Oh, Dios!, pensó Jerry; Navidad se había adelantado y tendría su noche buena.

   Poco después el tipo, con la gorra de San Nicolás y las botas, sentado sobre el sillón, sonríe y gruñe roncamente cuando el desnudo, delgado, caliente y sudoroso Jerry se encula sobre su tolete, sentado sobre él, dándole la espalda. El delgado joven chilla agónicamente, putón, gozando la entrada de ese monumental tolete que lo taladra y entra muy hondo en su mojado y cálido culo. El tolete queda casi todo atrapado cuando esas nalgas caen sobre él, clavado hondo, y los dos se estremecen, Trino sintiéndose apretado y succionado, Jerry lleno. Esa tranca abre ese agujero una y otra vez mientras el culo va y viene cuando salta sobre él, restregando sus nalgas sobre ese pubis, frotándose allí, con el tolete enterrado, dándose más gusto.

   -Por Dios, qué culo… -jadea Trino, atrapándole la delgada cintura.

   -Llénamelo, Santa, ¡dame mi regalote! –grita el muchacho de anteojos, sudoroso, subiendo y bajando otra vez su agujero sobre la mole.

   Su cuerpo todo sube y baja cuando se empala, gimiendo putón cruza con un brazo los hombros del macho, restregándose de él. Sus delgados y rojos labios buscan los del otro, quien le mete la lengua con avidez en la babosa boca, mientras sus manotas le soban y pellizcan las tetillas al afeminado muchacho. Dios, pensó sólo pasar un rato, conseguir una mamada así fuera del mariquito, pero esto era… Los dedotes aprisionan los pezones y los hala, haciendo que Jerry chille en su boca, sus lenguas unidas, atadas, chupándose ruidosamente, cada uno bebiéndose la saliva del otro. Justo en el momento cuando Jerry deja caer todo su peso sobre esas caderas, atesorando el cálido y palpitante tronco en sus entrañas, se oye el timbrazo de su celular. Le cuesta un momento enfocar la vista y la atención, todo él recorrido por el placer de aquella lengua bebiéndose su saliva, las enormes manos acariciándole todo, el güevo estimulando sus entrañas, golpeándole la próstata, reparando finalmente en que alguien lo llama.

   -Espera un momento, Santa. -le sonríe al carajo que lo coge, se inclina y su culo hala el güevote del tipo que jadea de gusto. Toma el teléfono.- ¿Aló? -suena fastidiado, pero fascinado al sentir la verga clavada en su culo, imaginándose la cara de quien le llamara si pudiera verle.

   -Jerry…

   -¿Doctor López? –jadea la sorpresa cuando el otro pellizca otra vez sus tetillas.

   -Si, ¿es un buen momento? –pregunta levemente extrañado.

   -¡Oh, si! ¡Oh, si! –gime su respuesta cuando el otro le atrapa las caderas, medio levantándose, dejándole totalmente enchufado en peso de su güevo caliente y pulsante.- Di… Dígame, doctor… -le cuesta hilar, Trino medio baila sus caderas y cree morirse de puro gusto.

   -Es hora de que vuelvas a La Torre. -se oye la fría voz del abogado, y el culo de Jerry, sorprendido y feliz, emocionado, da un violento tirón al güevo de Trino, haciéndole chillar, mientras suelta calorones y jugos de macho dentro del hueco loco del delgado joven.

   -Oh, Dios, que bueno… -jadea el chico, subiendo y bajando otra vez sobre ese tolete, con el teléfono en su oreja, enculándose.- ¿Cuándo? Ahhh…

   -Lo antes posible. –es la seca respuesta antes de cortar.

   El joven sonrió, ¡el doctor López era tan listo!

   -Prepárate, niño bueno, Santa va a darte su regalo. –le gruñó al oído Trino, su verga increíblemente tiesa y caliente.

   Y Jerry, gritando de gusto, se dispone a recibirlo; si, ha sido un niño bueno y merece que le den su regalo. Aunque, momentos más tarde y respondiendo a una fantasía del otro, cuando Santa le colocara sobre su regazo, boca abajo, y le nalgueara antes de darle otra vez por el culo, le parecería que ser travieso y ser un chico malo, también era divertido.

   Todo le parecía maravilloso… Jerry Arteaga regresaba a La Torre.

……

   Mientras el escándalo de las conspiraciones y contra conspiraciones sigue su curso en un país convulso, y Ricardo Gotta ve como merman sus fuerzas poco a poco, el juicio que los Caracciolo mantienen contra los Roche, sigue su marcha.

   Eric Roche sabe que alguien más lo impulsa, alguien muy poderoso, y no puede creer que se trate de Franklin. Mientras sale de la oficina de la fiscal que lleva el caso sobre el asesinato en abril de Roger Santos, el cual también sigue su camino, el joven se deprime. Nada se sabe aún de los asesinos ni de los asesinatos de ese mes. Era insólito. Mientras cruza el pasillo, oye una cantarina voz de mujer que ríe, de alguien joven, y pasando frente a una puerta, encuentra a un elegante y atractivo Edward Sanabria contarle algo a una mujer, bonita en verdad, que lo mira medio embobada. Edward, cosa rara en él, sonríe, viéndose realmente atractivo.

   El joven abogado siente emociones encontradas al verlo, a decir verdad venía con la firme y sana intensión de evitarlo. Desde que habló con él, dos días antes, no había vuelto a saber del hombre. Y tampoco de Jorge Ávalos, se dice con una leve angustia. ¿Dónde estaría? Mira como Edward, riente, como nunca reía frente a él, se inclina hacia la joven y dice algo que hace que ella chille pelando los ojos entre divertida y escandalizada. Eric siente un repeluzco de algo desagradable, que no puede identificar como celos ya que nunca los ha sentido. Pero no le gusta la forma en que ella mira a Edward, o éste a ella.

   -¿Desea algo? -le pregunta la joven, al toparse con su mirada. Edward se vuelve, viéndole fijamente y frunciendo el ceño. Eric enrojece.

   -No, nada. Gracias. -y sigue su camino, sintiéndose increíblemente tonto.

   -Roche, espera. -grazna tras él, Edward, alcanzándolo.- Quiero hablarte.

   -¿Para qué? -lo mira cansinamente.

   El otro endurece el rostro, lo toma por un brazo y casi lo empuja contra una puerta que se abre hacia una oficina pulcra, llena de libros y carpetas, sin adornos, cuadros o retratos. Eric lo mira todo, y a él, quien cierra la puerta a sus espaldas.

   -Es mi oficina. -aclara, extendiendo los brazos, abarcándola.- Mi nido.

   -Es fría. E impersonal. -lo mira y calla.

   -¿Cómo yo? -lo reta, acercándosele e inquietándolo.- ¿Qué pasa contigo, Eric Roche?

   -Nada, estoy bien. Todo está bien. -jadea, encogiéndose de hombros, sintiéndose vacío. Edward lo mira, lentamente lo atrapa por las solapas del traje y lo aplasta contra la pared, cerca de él.

   -Hace dos días me cortaste la nota cuando te invité a comer, casi diciéndome que no podías salir conmigo porque te acostabas con alguien, como si yo te hubiera propuesto tener sexo. -es duro, tajante, sonríe frío.- Y no era así, maricón. Sólo quería hablar, no sé, del pasado, de nuestros problemas, de tus problemas de la actualidad. Fuiste arrogante y soberbio, y ahora estás aquí, viéndote como mierda de perro pisada por un carro. ¿Qué pasó? ¿Malas noticias aquí? ¿No te gustó mi amiga? ¿Se te fue tu querer? -es burlón, por alguna razón tenía que ser cruel.

   -No es asunto tuyo, güevón.

   -¡Güevón! Eso es como tener el güevo grande, ¿acaso te preguntas cosas sobre mí? -lo reta.- Te lo pregunté una vez, y no respondiste, no con la boca al menos, pero si con el cuerpo. Eres homosexual y andas mal.

   -¿Qué pasa contigo, Sanabria? -le ladra casi en la cara.- Esas no son cosas de macho, si hablamos del beso que me diste. Compórtate como un hombrecito o la gente va a comenzar a hablar. -le ruge burlón, intentando alejarlo.- No creo que quieras que tus amigos hablen de ti, ¿verdad?

   Edward lo mira furioso, sus labios endurecen y su cara se pone roja. Siente unas ganas horribles de golpearlo, de borrarle la estúpida e insolente risita de un coñazo. Con un alarido ronco, de frustración, le aplasta las manos contra el pecho, empujándolo contra la pared. Su boca busca y cubre esa otra, insolente y tonta. No lo planeó, no lo quiso, pero así le salió. A veces, cuando ya no se podía hacer o decir nada más, o había que precipitar algo para saber si sería chicha o limonada, tenía que actuarse de esa manera. Y lo hizo. Estaba besando, metiéndole la lengua en la boca, a Eric Roche.

CONTINUARÁ…

Julio César.


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