LO QUE LE GUSTA AL NIÑO

Julio 15, 2009 por jcqt1213

SEXY BOY

   -Claro, uno boxers… porque es lo que se espera. Pero cuando voy a esos momentos especiales, me pongo mi tanguita, suave, chiquitita y que abulta rico. Me abro la camisa para que sus ojos se recreen, casi siento como me tocan las tetillas, me soban los pectorales y me pasan las lenguas ávidas por el abdomen. Es cuando abro el cierre, y veo como abren los ojos y las bocas, y escucho que contienen la respiración con tan sólo ver la telita. A veces les doy la espalda, para que gocen de mirar la tanga casi metida entre mis nalgas, sabiendo que eso les hace desear caer y tocarla, acomodándomela, o metiéndola, o quitándola con los dientes. Mira, ese vestuario del equipo de básquet en la escuela es una locura cuando uso, por ejemplo, mi tanga atigrada.

TIO MUSCULOSO

   -Le dije, “te esperaba”, y me respondió con pesar “tú no me quieres, o me estarías esperando con un hilito dental bien metido entre las nalgas”. Había tal dolor en su voz que le dije rápidamente “no, papi, la tengo debajo, quítame esto y ven por lo tuyo”.

Julio César.

¿ARMAGEDDON? ¡LO QUE NOS FALTABA!

Julio 15, 2009 por jcqt1213

ASTEROIDE APOFIS

   Seguro que vieron esa película, Armageddon, con Bruce Willie, quien estuvo en su punto como siempre, divertido, duro y hasta mortal (el tipo desenfadado que personifica en casi en todos sus papeles); pero concordaran que las escenas más impresionantes de la cinta fueron el ataque a Nueva York y la destrucción de París. Qué bien quedaron esas secuencias. Pero ya teníamos referencias anteriores de desastres parecidos (cosas que caían del cielo arrasando a cuanto bicho viviente encontraban), aunque reales: la extinción de los dinosaurios.

   Esos enormes seres que reinaron durante casi sesenta millones de años, tiempo que demuestra que ni eso garantiza el éxito de una especie, desaparecieron así. Supuestamente un asteroide caído en lo que ahora es el golfo de México (de hecho lo formó el impacto), desató tanta energía que cambio el clima mundial en cuestión de días, y fuera de todo lo que mató con la potencia del impacto, exterminó lo que quedaba cuando causó aquellos cambios climáticos que hicieron irrespirable la atmosfera y el paso de los rayos solares. Llegó una era de hielo y la muerte del reino vegetal, lo que afectó la cadena alimenticia. Toda esa destrucción y muerte fue causada por una roca que cayó del espacio, algo que los seres humanos ni con toda nuestra tecnología y ciencia, podemos impedir.

   Aunque sí pueden ser detectarlos, y aún, trazarse sus rutas. Actualmente un grupo internacional de astrónomos ha advertido que la fuerza de gravedad de nuestro planeta podría estar atrayendo un enorme asteroide que debe cruzarse con nosotros en el 2029, modificando su órbita, lo que podría provocar una terrible colisión entre ambos unos años después. Aclaran que dicho asteroide, llamado 2004MN4 (también conocido como Apofis), y que pasará a una buena distancia de entre 24 mil y 40 mil kilómetros de la Tierra (qué tampoco me parece tanto, más lejos sería mejor), no representa ningún peligro “por el momento”, pero que sí su órbita resulta alterada por la gravedad terrestre, es posible que sí choque contra nosotros en el 2034 (a ver, yo tendría cuántos años…).

   Aunque intentan sonar agoreros pero tranquilizadores, la NASA le adjudica a 2004MN4 un 1 sobre 10 en la escala de Torino, que determina la posibilidad de un impacto de algún cuerpo sólido contra la Tierra. Los científicos desesperan ante la imposibilidad, por ahora, de predecir el comportamiento del asteroide que flota en su recorrido frío e impersonal en la soledad del espacio, pero amenazante. El saber su futuro desplazamiento nos permitiría, en teoría, tomar medidas para prevenir el choque, que de producirse sería de gran impacto y sus consecuencias serían de un daño masivo a nivel local; han llegado a estimar que el escenario más probable de impacto ocurrirá en el 2036, frente a las costas norteamericanas del Pacífico, con el potencial de generar un tsunami de 10 metros de altura que podría golpear el sur de California.

   Lo expertos sostienen: “No sabemos de qué está hecho el asteroide y en qué medida su órbita se verá modificada por la fuerza de gravedad de la Tierra”, explica a ‘The Times’, Benny Peiser, experto en asteroides de la Universidad de Liverpool. Ante esa incapacidad de predecir el peligro, algunos científicos han señalado que sería útil identificar al asteroide colocándole un radio-faro de respuesta, que indique su posición en todo momento y permita tomar medidas rápidas en caso de emergencia.

   Según dijo Peiser al diario británico, sería posible mandar una misión de astronautas al espacio para “marcar” el asteroide en 2012, cuando éste se encuentre a una distancia de cerca de 17 mil kilómetros de la Tierra. “Esta misión no es muy complicada ni costosa y podría ofrecernos información vital”, explicó el experto de la Universidad de Liverpool.

   ¿No se parece esto increíblemente al argumento de la película? ¡Y eso es tecnología!, lo que es notable. Mientras en algunas zonas la ciencia avanza, en otros todavía se pelea con los caudillos tribales de hace cien años que quieren volver al poder y no soltarlo jamás.

   Bien, ya sabemos, Apofis anda por ahí y justo el 13 de abril de 2029, pasará a 36 350 kilómetros de la Tierra, tan cerca que cruzará el anillo de satélites geosincrónicos en órbita y será visible a simple vista como un punto en movimiento parecido a una estrella fugaz (habrá que pedir como deseo que no choque). Los astrónomos estiman que el asteroide mide unos 300 metros de diámetro, posee una masa de 46 millones de toneladas y tiene un poder de impacto equivalente a 850 millones de toneladas de TNT, o sea 4 veces la energía liberada cuando el volcán indonesio de Krakatoa entró en erupción en 1883 (o 60 mil bombas atómicas tipo Hiroshima, si se desea otra comparación).

   Pero esto no es todo, según los astrónomos, en su girar alrededor de el Sol, la Tierra cruza una zona rica en rocas flotantes, y cualquiera podría ser desviada de su orbita por el astro rey, Júpiter, Marte o nuestra propia Luna. Estamos, al parecer, corriendo el mismo peligro que un perro cruzando una cancha de bolas.

Julio César.

SE LE CAYÓ…

Julio 15, 2009 por jcqt1213

ENJABONADO Y CALIENTE

   Necesitaba una mano y yo iba a metérsela…

   En cuanto terminamos de pintar la cocina, cobrábamos por hora así que tardamos bastante, Jacinto entró a bañarse. Mientras esperaba, acalorado y cansado de ese duro día de trabajo, lo escuché maldecir mucho. Entrando a ver qué pasaba, me llevé esta sorpresota hermosa… verle el tatuaje. Me gustan los tatuajes. Ronco le pregunté qué pasaba…

   -Se me cayó el jabón y no lo encuentro. Dame una mano, ¿no?

   Y le di las dos, recorriéndole los cachetes con ganas, estaban turgentes, redonditos. Sorprendido me miró sin entender, hasta que con mi lengua ávida, titilándole sobre el ojete, le di todas las explicaciones que necesitaba; y sin necesidad de meter un dedo (que luego lo hice), él entendió. Y se dejó.

Julio César.

LOVERMAN

Julio 15, 2009 por jcqt1213

MARINO HOT

   Está satisfecho, sus hombres atendieron sus requerimientos… bien y duro.

Julio César.

GLORIA MACAPAGAL, ESCÁNDALO DE TETAS

Julio 15, 2009 por jcqt1213

GLORIA MACAPAGAL

   Creo que ya les he hablado de un amigo que tengo, Abelardo, que trabaja aquí en el ministerio, y que es un perro. Sí, lo es, casi ladra. Está estudiando en una universidad bolivariana, aunque odia a esta gente, derecho. Según él, los profesores son sensatos y tratan de corregir hasta la forma de hablar malandreado de algunos estudiantes que suponen que por ser bolivariana los graduarán obligatoriamente. Según él, no; yo tengo mis dudas. En fin, habla de que los tienen estudiando por grupos y a él le tocaron tres muchachas. Que son bellas, pero, en sus palabras, brutas. Pendientes del celular, fiestas, paseos y tipos (no de él, creo que eso le molesta). De forma grosera se refiere a ellas como: Titina, Muñeca y Princesa; y que aunque los profesores dicen “estudien esto que va para la evaluación”, casi subrayándolos, a las chicas las toman por sorpresa en las pruebas; no estudian.

   Bien, una de ellas, según él, la más bruta de las tres, faltó tres semanas a clases y ya iban a darle por perdido el semestre cuando apareció con un justificativo médico donde constaba que estuvo de reposo por dengue, luciendo una muy corta blusita con escote… y unos senos rehechos. Aparentemente se aumento dos tallas. Ahora la joven, toda llorosa, anda metida en problemas legales con la universidad. Los profesores, desconfiados, no le creen lo del dengue. Pero, aparentemente, cosas así les pasan a la joven estudiante de un colegio que creía paupérrimo, y a la gran mandataria de una nación…

   La presidenta de Filipinas, Gloria Macapagal, fue pillada de la misma manera. Qué vergüenza, para ella, claro; seguro la prensa hizo fiesta. La mujer ha perdido mucha credibilidad al descubrirse que una cuarentena voluntaria a la que dijo someterse para dar ejemplo de lucha y prevención contra la llamada gripe porcina, durante toda una semana que no se dejó ver, era una cortina de humo para ocultar una operación de senos (tetas o lolas como las llaman por aquí). Todo se descubrió de la manera más desastrosa para ella, comenzando el 29 de junio con una nota de prensa donde se resaltaba el ejemplo de responsabilidad social ofrecido por la señora Presidenta a su pueblo, Gloria Macapagal, al aislarse por motu propio, como una medida de lucha contra la enfermedad. Sin embargo la olla fue destapada por el diario The Star, donde se dijo: “La cuarentena es una tapadera. La Presidenta necesitaba reparar los implantes de siliconas mamarios que se hizo en los años ochenta. Aprovechó también para hacerse la depilación láser en la ingle…”.

   Dios, de qué cosas se enteran, hasta de eso supieron. La verdad es que la mujer pecó de ingenuidad. Debía saber que en este mundo ya nada es secreto, que siempre hay alguien dispuesto a contar lo que vio y lo que no, como en el viejo chiste de “él lo sabe todo y lo que no, lo inventa”. Imagino que debe serle difícil encarar ahora a los reporteros que indagan. Debe estar rogando que suceda algo que aleje de ella la atención. Por otro lado, ¿verdad que son curiosos esos nombres en un lugar que queda al otro lado del mundo, Corazón, Ismelda, Gloria? Seguro los españoles tienen algo que ver. También de resaltar es el protagonismo femenino en la presidencia filipina, cuando no está una mujer mandando directamente, como la señora Aquino o esta señora Gloria, manda desde ‘atrás’, como la Ismelda. Bien visto, no es malo.

Julio César.

MOMENTO MAGICO

Julio 15, 2009 por jcqt1213

KISS MEN

   Siempre lo había estimado mucho…

   Acababa de pasar por un gran problema, una operación familiar no cubierto por el seguro médico, pero todo se había resuelto felizmente. Sus amigos ayudaron, sobretodo Gerardo. Y allí, a la puesta del sol, recibiendo la tibia brisa, teniéndolo cerca, se siente embargado de emoción, enrojecido, mirándolo. Y sus rostros se acercan, sus alientos chocan, los labios se rozan. Las bocas se unen. Sorpresivo, pero grato. ¡Es Gerardo, su amigo de siempre!, pero se siente bien el toque de su lengua mientras las manos acarician y frotan. Y no hay apuro por terminarlo.

Julio César.

MEMORIAS DE DESGRACIADOS… (5)

Julio 12, 2009 por jcqt1213

TIO EN BIKINI

   -¿Un marinerito caliente para que me atienda? ¡Yuuupiii…!

……

   Una vez agotado el chorro, Martín se siente mal. Molesto. Culpable. Valente lo sabe y le deja el güevo, dándole un último mamón, quedando sentado de culo en el suelo. Tembloroso el joven se pone de pie y sube sus ropas como puede. Ahora sólo quiere salir de ahí. Y Valente, sonriente, lo sabe.

   -¿Te gustó? –lo provoca.

   -¡Sucio marica! –es casi un escupitajo, de rabia ante lo que hizo. Valente le sonríe irónico, todavía sentado sobre el piso.

   -¿Sí? ¡Y mira que lo gozaste! –reta, y encara su mirada de odio.- Una cosa debo advertirte, Martín… no me molesta mamártelo de tarde en tarde, siempre estaré a la orden para ordeñarte ese rico güevo… pero si le cuentas alguna cosa a alguien, hablo de ese lunar que tienes cerquita del hueco del culo, y de cómo te lo tape con un güevo. –lo ve palidecer.- Yo no digo nada, si tú no cuentas nada.

   -¡Marica! –le repite, incapaz de pensar en nada más y sale casi a la carrera… olvidando sobre el sofá el boxer que fue a buscar.

   Tanto mejor, se dice Valente, poniéndose de pie, mojada su pelvis de sus propios jugos. Debía hacerse una paja ya o reventaba. Fue cuando sonó el teléfono. Con un bufido lo toma, ¿sería su mamá?

   -¿Aló? –es impersonal.

   -Hola, tío Valente. –escucha una muy joven voz, y el hombre arruga la cara.

   -Hola, Matías… ¿Dime?

   -Oye, suenas como si no te alegra oír de tu sobrino. –suena irónico y desenfadado.- Mira, necesito un favor, ¿puedo pasar por tu casa? Si quieres me puedes chupar el culo como tanto te gusta hacer…

   -Déjate de vainas, sobrino. No quiero problemas contigo. –conoce bien al pequeño desgraciadito.- ¿Qué quieres? –gruñe tomando asiento.

   -¡Odioso! –finge amaneramiento.- Y ahora no te cuento nada. Te vas a quedar con la duda y sí me meto en un peo tendrás la culpa. –y colgó.

   Mejor, piensa el hombre, colgando también. El muchacho era problemático. Un pequeño degenerado. Lo recordaba a los catorce años, cuando sedujo a varios compañeritos de clases, muchachos que literalmente enloquecieron por él. ¡Sí su hermano supiera! Bota aire, y tomando nuevamente el boxer olvidado por Martins, se dispone a masturbarse para terminar con la calentura que tiene. Pero suena nuevamente el teléfono. ¡Ese mariquito fastidioso!, se dice descolgando. Seco.

   -¿Qué quieres? –ladra.

   -Oye, oye, sin violencia. –escucha la modulada voz de Salvador Gutiérrez, un buen amigo. Eso aligera el humor de Valente, a quien hasta la erección por la mamada dada a Martín, ya se le había bajado por hablar con Matías.

   -Épale, Salvador. Disculpa el tono. Creí que era… -bota aire.- ¿Y esta llamada? Hace días que no hablamos.

   -Pues… esta noche podemos solucionar eso. Tengo que cenar con Nora. –y al decir el nombre de la mujer a quien ama tanto, se tensa.- También va a estar el hermanito, llegó ayer de Apure, y con la novia.

   -Ah, me quieres de aliado por si intentan lavarte el flux entre todos.

   -Sí, panita. Nora se transforma en una verdadera perra cuando está con la familia. Y tú sabes que esa gente no me quiere.

   -Claro, por chavista; tú eres un loco. –ríe Valente, preguntándose aún, con esa moral laxa y acomodaticia de hacedor de imperios que tiene, por qué un hombre decente y buena gente como Salvador, era chavista. O amigo suyo, sí al caso íbamos.- Está bien, cuenta conmigo…

……

   Debajo de aquellas acacias, dentro de la camioneta van, aún con los pantalones en los tobillos y la mano del aquel carajo metida dentro de su… pantaleta amarilla, mientras le sobaba la raja del culo. Larry Marcano, pálido de miedo, mira el rostro de un carajo que lo detesta, quien es también el jefe de su mujer, Gabriel Santana, quien lo mira con franco asombro. Y asco.

   -¡Gabriel…! Yo… yo… -jadea imposibilitado de pensar.

   Únicamente puede imaginar el escándalo; en su patio estaba reunida una buena cantidad de personas invitadas por él a una parrillada. Amigos, conocidos, socios de trabajo, algunos familiares. Y Sandra, su mujer. Y ese carajo lo había pillado dándose un latazo con ese otro tipo, quien todavía le tiene una mano metida entre las nalgas. Casi puede ver a Santana llegando frente a todos, gritando y gesticulando como actor de opera, denunciando sus infamias. Larry siente que el corazón quiere detenérsele dentro del pecho al imaginar el rostro horrorizado de Sandra, el gesto de asco y repudio de los allí reunidos.

   -No puedo creerlo… -susurra Santana, mirando luego al otro carajo.- ¡Tenemos un trato!

   -Bien. Sí pagas, tendrás lo que quieras de esta puta rica. –contesta el otro, y Larry siente que la cabeza va a estallarle. No entiende nada.

   -¿Qué? ¿Qué pasa…? –mira al moreno.- ¿Qué pasa aquí, Wilfredo?

   -Este digno señor requiere de tus servicios, putico. Y pagará por ellos. Y muy bien. Pero quería antes una prueba de la mercancía… -y su mano grande se mueve, con evidencia, bajo la pantaletica.

  -¡No! Déjame. –le grita rompiendo el abrazo forzado que lo mantenía de medio lado. Mira a Santana.- No creas que haré lo que tú…

   -¿Quieres que llame a Sandra y le consulte?

   -¿Y cómo quedarías tú?

   -¿Qué he hecho yo? Nada. ¿Llamo a Sandra para que revise si la falta una pantaleta de su gaveta? –es cruel, sonríe duro, sintiendo mucho asco por ese tipito al que piensa lastimar mucho.- Creo que no, ¿verdad?

   -Ríndete, Larry, sabes que estás metido de un peo de donde sólo se sale con el culo. –sonríe Wilfredo, disfrutando casi tanto como Santana, a quien mira.- Nos vemos a las ocho, Larry estará listo para calentar braguetas…

……

   Era difícil para quien viera a Valente Fernández entrar en aquel restorán, elegante, pulcro, indiscutiblemente viril y atractivamente seductor, cuando cede el paso a una bella mujer, imaginar que era una porquería de gente. O que la noche anterior, borracho, le mamaba el culo de un carajo en un baño, y esa misma tarde se tomó toda la leche de otro. Pero así era. Sonriendo mira a su amigo Salvador Gutiérrez en una mesa, también apuesto y atractivo, de piel más tostada, cabello castaño algo recio, de ojos muy oscuros. Nora, a su lado, está bella, con su cabello muy negro y corto, labios rojos, piel pálida, ojos grandes y expresivos, que en este momento parecían decir “deja el fastidio”, viendo a Salvador que contaba algo. Es una llamativa mujer de éxito.

   Pero quien atrapa la mirada de Valente, es el cuñadito de Salvador, un carajo indiscutiblemente joven, tal vez diecinueve o veinte años, alto, medio fornido de practicar pesas, de cabello negro muy fino, ojos también expresivos, marrones, facciones viriles pero suaves, tal vez por la edad. La novia, a quien sólo dedica una mirada, parece bajita, algo llena y de cabello sin gracia.

   Valente llega y saluda. Salvador parece alegrarse de verlo, más bien se ve aliviado. Nora mira a Valente con un gesto algo desdeñoso. No le agrada. Ella tampoco a él. Cuando lo presentan con el joven, Esteban, cree detectar algo de admiración en el joven, cosa que no era indicativa de nada. Valente tenía una pinta que atraía miradas, tal vez por ese algo de corsario peligroso que lo rodeaba. Incluso ahora, recién duchado y aseado, parecía contar ya con una leve sombra de barba. Sin embargo, a Valente le gusta pensar que sí, que el chico podría estar interesado en que lo rodeara con sus brazos y le metiera la lengua en esa boquita roja.

   La velada transcurre entre cuentos de amistades comunes, pero con jocosos comentarios odiosos. Esteban dice algo sobre el béisbol y hay una pequeña discrepancia. Valente cena y lo mira, intrigado, Salvador le había hablado una vez de él, como de un muchacho gordito, de anteojos y odioso al extremo. Pero era todo un bomboncito rico, uno al que provocaba lamer y dar una mordidita. Sonriendo para sí, con el güevo tieso bajo las ropas, lo oye dirigirse a Salvador con deferencia, como sí le agradara el cuñado. Qué raro, no era nada de lo que Salvador había dicho. Y mira a Nora, pensativa. Lejana. Molesta. ¿Qué se traerían Salvador y ella? Algo grave pasaba entre los dos, se dice animado. Tal vez se divorciaban y su amigo se salvaba de esa perra.

……

   La temprana cena terminó por un dolor de cabeza de Nora. Y una vez en el apartamento de la pareja, en el enorme dormitorio matrimonial, la mujer, en sostén y pantaletica, se pasea de un lado a otro, reclamándole a Salvador su falta de tacto al invitar a un extraño a una cena de familia, le reprocha sus silencios durante la velada, para terminar en lo que realmente le molesta: su falta de iniciativa en el trabajo, el dinero que le enviaba a su madre mientras los hermanos no la ayudaban, y el que no quisiera aceptar un carro que ella le ofrecía, prefiriendo viajar por media Caracas en aquel horno bota gases venenosos tan sólo para molestarla. Mirándolo en boxer, de los holgados, en la cama, ella le ruge que se lo quiso dar porque lo quiere, y porque conduce una porquería.

   -No necesito que me regales nada, Nora. Sé que te va mucho mejor que a mí, no tienes que echármelo en cara. –suelta con rencor.

   Molesta, tal vez porque había dado en el clavo, Nora le aclara que ella sí tiene ambiciones, que quiere más, una casa grande, jardines, piscina. Él calla, resentido, pero mirándole las tetas grandes, los muslos llenos, la pantaletica metida entre sus nalgas redondas, y ese pequeño triangulo de tela que llevaba a su sexo. Sabe que ella lo manipula. Le reclama que no sirve para nada, mientras lo excita, para condicionarlo. ¡Y era tan irritante! Cuando ella repite lo de su falta de bolas para pedir un ascenso, él salta de la cama, enrojecido de rostro, con una gran erección bajo el boxer.

   -Déjame en paz, coño. –y sale dando un portazo; todavía la oye gritarle que es un imbécil.

   Cansado de la semana, del día y de su vida, Salvador llega a la salita oscura y se deja caer en el sofá, con ese palo alzando el bermudas como el mástil de un barco. No la soportaba. Sabía que esa discusión llegaría en cuanto supiera que ascendieron a Comisario Jefe al hala bolas de Rondón en lugar de a él, justo ahora que le habían frenado una promoción a ella por una sospecha de embarazo, que resultó falsa. Sabía que ella lo culpaba a él. De todo. Por eso invitó a Valente a la cena, la sabía muy capaz de armarle ese atajaperros en el restorán a pesar de la presencia de su hermano y la novia. Pero ahora todo estallaba. La odiaba… casi tanto como le gusta. Con un jadeo se lleva la mano al tolete sobre el boxer, no para masturbarse aunque habría sido rico, sino para acomodárselo…

   -Verga, cuñado, no te irás a hacer la paja en la sala, ¿verdad? –lo sobresalta la riente voz de Esteban que sale sabe Dios de dónde, mirándole divertido el boxer abultado.

……

   Pensó no asistir, por supuesto. Pero sabía que no podía. Con Wilfredo Laredo no se podía jugar. Recordaba, meses atrás, cuando se negó a atenderlo, un correo que llegó a su nombre a la laptop de Sandra. Asustado lo aceptó para descubrir fotos suyas… nada edificantes. Sabía que era una amenaza. Sandra no se dio cuenta de nada, pero…

   El hotel era para citas. Nadie miraba a nadie. Nadie se fijaba. No había cámaras. Lógico, Gabriel Santana no se arriesgaría a ser pillado así. El hombre, joven y atractivo, con su cabello alzado con gel, y ese traje de etiqueta negro, se veía imponente. Pero por dentro temblaba de miedo, sin saber qué le esperaba. Mira la habitación, la treinta y dos. Llama y oye el apagado ‘adelante’. Entra y encuentra una habitación normal. Hasta bonita. Amplia. Con una gran cama. Sentado en un butacón en una esquina, estaba Santana. Mirándolo con burla y asco. Con odio. Esperando el momento de gozar con su humillación. En otra estaba Wilfredo, como siempre.

   -Adelante, Larry, siéntete en tu cas… -es él quien atiende.

   No ve a nadie más pero oye un chorro de algo en el pequeño cuarto de baño, había alguien allí. Claro. Y espera. La puerta se abre y sale un carajo joven, fornido y ancho de pecho, de piel canela clara y cabello negro, o eso parece bajo la gorra blanca de marinero, la cual completa el atuendo de casaca blanca y pantalón igual. ¡Un marinero! Un marinero ebrio, dado su medio tambaleo y mirada turbia. El joven lo mira, cerrándose aún la bragueta, para después, lenta y elocuentemente, agarrarse el güevo tras la ropa y apretarlo, ofreciéndolo.

   -¿Y este es el mariquito bonito que me lo va a mamar sacándome la leche? –pregunta ebrio, grosero, ramplón.

   Vaya, ¡un marinero! Parece que a Larry le tienen preparado un torpedo directo al culo, ¿qué trama realmente el tal Santana? ¿Por qué Larry se somete a eso? ¿Qué poder tiene Wilfredo sobre él? Y Salvador Gutiérrez, así como el cuñado, ¿qué pintan en esta historia? Cada vez hay más preguntas.

CONTINUARÁ

Julio César.

GRAN DETECTIVE

Julio 9, 2009 por jcqt1213

EHHH!

   Sabueso incansable tras su dulce presa…

……

   El salón estaba lleno de agentes y de asomados que venían por los cachitos, y Germán Gutiérrez no podía disimular su orgullo. Todos estaban allí para agasajarlo a él, el gran detective joven que se había transformado en la gran revelación de la temporada. Sentado en el podio oye sobre su valor y su sangre fría a la hora de afrontar los hechos. Recuerda cuando entró en ese cuarto de motel barato, que era de lo último, las rameras, casi todas viejas y cansadas, parecían hombre mal disfrazados. Pero él, joven y con ganas de lucirse, era el primero en llegar a la escena del crimen. Dándose importancia le ordenó al encargado abrir la puerta del cuarto 69 (tan a propósito para esos fines, pensó creyéndose ingenioso). Una vez adentro todo fue un caos.

   -Su temple y el dominio de sus emociones fue el detonante para llevar acabo una investigación exhaustiva y científica en medio del caos… -continuaba el comisario jefe describiéndolo.

   En cuanto entró en el pequeño cuarto, oscuro y oliendo a moho, se desconcertó, se había quedado pegado al piso. Al bajar la vista notó que había pisado una gran mancha de sangre. Con un alarido, no tanto por pisar evidencia como por ensuciarse de sangre (qué asco), medio dio un salto, resbalando, llevándose con zapatos, pantalón, mano derecha y culo casi toda la sangre. Con un alarido quedo allí, sentado. Fue cuando reparó en el cadáver; un hombre mayor, calvo, cuya cabeza girada a la izquierda, lo miraba fijamente. Gritó poco varonilmente, llevándose la mano ensangrentada a la cara para cubrirse la boca. El olor a cobre lo hizo gemir más, pataleando sobre la sangre, poniéndose de pie, resbalando nuevamente y cayendo sobre el cadáver, derribando dos copas sobre la mesita y haciendo añico los cristales. Su pecho pega del sujeto, su mano desvía el rostro muerto. Cabellos, pestañas, uñas, sangre ajena, caspa y posibles lentes de contacto olvidados por el criminal, quedaron pegados a él, que comenzó a sacudirlos del cuerpo a manotazos y con gemidos ahogados.

   -El asesinato cometido contra el concejal Rojas, ese pivote de la comunidad, mientras visitaba a los enfermos, no quedó sin castigo. Su asesino fue capturado por este hombre implacable, de sangre helada, de nervios de acero… -lo señala el comisario jefe, en medio de los aplausos.

   Todo embarrado de sangre, como convulso, fue hacia el baño, pegando de las paredes, del espejo, del pomo de la puerta, contaminando las posibles huellas del homicida y dejando únicamente las suyas. Una vez en el baño, vomita copiosamente dentro, sobre y fuera del inodoro, jadeando sin fuerzas, halando la cadena, reparando, tardíamente, en que vio unos condones flotando en las aguas, con posible material genético capaz de llevar al criminal. Con un lloriqueo mira y mete la mano dentro de la revuelta agua, pero ya todo se ha ido. Queda ahí, laxo, indefenso, y es cuando oye como se acercan las sirenas policiales. Dios, ¿qué hacer?

   -Hoy honramos a un gran detective…

   Corrió hacia la ventana, pero esta estaba enrejada. Debía salir de ahí, y cubrir su rastro, por lo que tomando una toalla caída, previamente llena de sangre, tal vez del homicida, corre a la habitación e intenta borrar sus huellas, pero estaban en todas partes. Jadeando con miedo, ya imaginaba lo que dirían. Decide que lo mejor es huir, escapar al inframundo y vivir con los hombres topos. Con paso rápido llega a la puerta, abre y queda cegado por la luz del pasillo, pero aún así grita alarmado por una imagen aterradora al final del mismo, tal vez la Sayona. Cuando mira nuevamente repara en que se trata de una mujer semi desnuda, con rostro demacrado y pálido, cubierta de sangre.

   -Algún día este modesto agente del orden nos dirá exactamente cómo llegó a la verdad, cómo supo quién era el culpable. -invita el comisario jefe, orgulloso, mirándolo.

   -¡Fui yo! ¡Yo lo maté… yo lo maté…! -gritó esa mujer al final del pasillo.- Llame a la policía, señor. Yo maté a ese hombre. Fui yo. Yo lo maté con ese cuchillo que está allí…

Julio César.

LUCHAS INTERNAS… (18)

Julio 9, 2009 por jcqt1213

PANITA DESCUIDADO

   Y eso que no lo vio usando una de estas…

……

   El hombre se encuentra en la gloria, cierra los ojos y su lengua se frota, aplastándose, contra la dura tranca, lamiéndola, chupándola y sacándole los jugos pre-eyaculares que saben deliciosos a su vicioso paladar. Siente que lo quema. El carajo lo deja atrapado sobre el güevo con su mano, la otra baja por la espalda del abogado, sobándolo,  arrugándole la ropa con rudeza. La mano cae en sus nalgas, que pellizca y hala en forma brusca. Cecilio jadea ante esa ruda caricia. Siente que el culo lo tiene hecho una sopa, listo para consumo, caliente y húmedo. Sabe para dónde va la cosa, ese güevote va a terminar allí. El carajo le ordena desnudarse, Cecilio se incorpora, con los labios y barbilla llenos de baba. Lo hace con dedos febriles, de excitación. El saco y la camisa salen rápidamente. El tórax esta cubierto por una fina capa de pelos. Se quita los zapatos y el pantalón luego. Enrojece un poco cuando el carajo lanza una sonrisa despectiva al ver su tanguita rosa, chica y sensual.

   -Déjatela… -ordena rudo el carajo, mostrándole el güevo.- Y vuelve aquí.

   Ansioso, Cecilio se inclina otra vez y su boca cae sobre la dura tranca tragando todo lo que puede, dándole cálidas mamadas, dejándola brillante de saliva. Una manota del carajo cae sobre sus nalgas, se mete dentro de la suave tela de la tanga y amasa las tibias carnes. Las pellizca rudamente, arrancándole gemidos de placer. Cecilio, putón, menea el culo, desesperado ante los enormes dedos tibios que lo amasan,  se clavan en su carne y lo pellizcan. El tipo sonríe: vaya que era una puta caliente ese abogado, pero él sabía tratar a los putos así.

   -Párate aquí, y deja de becerrear o me vas a sacar toda la leche. -le dice grave, parándose.

   Cecilio, temblando de lujuria ante el asalto que sabe inminente, se apoya del escritorio apenas conteniéndose. El carajote, con el güevo que parece una barra de acero, se para a su lado. Se inclina como para verle mejor las nalgas. Su manota recorre las masas sobre la tanga. Sonríe metiendo toda la suave tela dentro de la raja. Es una visión erótica. Le da un feo azotón y Cecilio gime, sintiendo como le pica y arde la nalga. El técnico le rasga la tanguita, sintiéndose fuerte, sádico y morboso. Le gusta hacer eso, que sientan su violencia y su fuerza. Un puto como éste seguro que se pondría más caliente.

   Y no se equivocaba, Cecilio suda y jadea, su culo titila abriéndose y cerrándose con ansiedad, muy excitado, deseando ya a ese machote dentro de sí. Siente la raja húmeda, como si le bajara agua tibia. El tipo le sonríe, colocando su rostro, tras los lentes, a la altura del suyo mientras su manota bajaba hacia la raja, hurgándola, sobándola. Cebándose en el culito tembloroso.

   -Lo quieres adentro, ¿verdad? Ya estás caliente. Ese culo tiene ganas… -el dedo se hunde un poco, cogiéndolo lentamente.

   -Hummm, sí, lo quiero. Cógeme ya… -dice abatido, sintiéndose bajo y ruin, pero incapaz de contenerse.- Métemelo todo, cógeme. Cabálgame.

   Sin desvestirse, el carajo se coloca tras él, con una manota le da por la espalda, obligándolo a caer sobre el mesón, a un lado del terminal de la computadora. Le abre las piernas, casi lanzando una para acá y otra para allá, abriéndole las nalgas al máximo. Pero quiere más. Quiere ver, así que sus manotas caen sobre las sonrosadas, temblorosas y calientes masas, abriéndolas con rudeza. Cecilio chilla, siente que va a partirlo. El carajo se deleita viendo el culo arrugadito, que se agita, abriéndose y cerrándose un poco, hambriento. Había que alimentarlo, se dijo.

   La roja cabezota se frota a lo largo de la raja, degustando su textura. Los dos lo sienten delicioso. Produce cosquillas eróticas. Cecilio gime, acostado sobre el mesón, casi desfalleciente, esperando y deseando. Su culo tiembla más, como queriendo su premio de consuelo ya. El otro sonríe, se agarra el tolete y lo enfila hacia la entrada. Lo presiona allí, va abriéndolo y enterrándose. Cecilio gime y se tensa. Sus nalgas endurecen y el culito se resiste. Alex, sí ése es su nombre, sonríe, así será más rico. Con brusquedad lo clava todo. Cecilio casi se para, chillando, sintiendo que eso lo quema y lo desgarra. Pero con un grito de ‘quieto’, el carajo lo atrapa por la nuca y lo obliga a tenderse en el mesón, rudo, manteniéndolo clavado hasta el fondo. Su pelvis aplasta las nalgas del otro.

   El carajo goza oyendo los gemidos adoloridos de Cecilio, sintiendo como su enorme tranca era rodeada, atrapada y chupada por ese culo. Tal vez a Cecilio le dolía, pero su culo se estremecía, titilando sobre la tranca, con ganas locas. Casi imperceptiblemente el culito va y viene, buscando ese güevote. El sujeto sonríe, sabía que pasaría. Saca casi toda su tranca y vuelve a enterrarla, cogiéndolo con rudeza, con violencia. El güevote entra todo aplastándolo contra la mesa. Cecilio gime, ahora no es dolor, es deseo. Siente que todo el cuerpo le arde, despertando del letargo y la angustia del día. Presiones, problemas, ansiedades, amarguras, todo quedaba olvidado por la tranca que ahora lo cabalgaba, por el salvaje que le atrapaba las caderas, obligándolo a moverlas, mientras lo bombeaba con furia animal, queriendo desgarrarlo. El güevote salía de la abertura que formaban el culito y el nacimiento de las nalgas, dando la impresión de que la larga y nervuda masa era demasiado grande para eso. Pero sale y entra con fuerza, mientras sus testículos chocan con los de Cecilio, que se agitan por la fuerza con que el otro lo embiste.

   -¿Te gusta, doctor maricón? ¿Te gusta que te coja así? ¿Lo quieres hondo?

   Los dos cuerpos se mesen al compás del deseo. El culo de Cecilio va y viene contra el largo y rojizo tolete, que se ve más grueso por la gran vena que lo cruza por la parte inferior. Los pelos púbicos del tipo, pocos, como si se los rasurara, se frotan contra el nacimiento de las nalgas del otro, produciéndole cosquillas. Las embestidas van y vienen con fuerza, parece que quiere metérselo todo, hasta los pelos. Y como siempre pasa cuando alguien está gozando mucho, mientras el carajo encula con fuerza a Cecilio, azotándole una nalga, con una sonrisa sádica, gozando del culo que le aprieta y chupa con rabiosos espasmos el güevo, y viendo como la nalga enrojece, como se agita el tipo ante la golpiza; no nota como alguien, atraído por sus jadeos, abre con sigilo la puerta y se asoma. Es Jerry, quien queda con la boca abierta, mirando el agitado rostro del doctor Cecilio Linares, que se estremece todo, con los ojos cerrados, el rostro bañado en sudor y la boca jadeante muy abierta ante las embestidas de un carajote tras él, que le bombea su gran pistón dentro del agujerito.

   Vaya con el doctor, se dice Jerry, mirando con mórbida fascinación como los dos carajos gimen, sudan, se estremecen, como un cuerpo va contra el otro, poderoso, fuerte. Por la forma en que el carajo aprieta los dientes y atrapa con furia las nalgas de Cecilio, Jerry sabe que dentro de muy poco le inundará el culo de tibio y pegostozo semen. Y Cecilio va a gozarlo mucho, lo nota por la forma en que jadea, estremeciéndose, con las tetillas muy erectas y rojas, y por el tolete duro como un palo. Sonriendo, el carajote se tiende un poco sobre la espalda de Cecilio, quien cae despatarrado sobre el mesón, sintiendo el rico peso y calor del otro contra su espalda. El tipo sólo menea sus caderas, experto, sacando y metiendo su manduco a punto de caramelo, de caramelo de leche, del rico, húmedo y cálido hueco…

……

   Ya es de noche cuando Eric llega a Hoyo de la Puerta, a una zona algo apartada, no al caserío; hay casas grandes, propiedades enrejadas y bien cuidadas. Abre la puerta del taxi y sale a la tibia noche. Mirando en un papel, verifica la dirección. Mira la propiedad más cercana y por descarte sabe que la indicada es la que está un poco más alejada, ocupando toda una esquina. Hacia allá se dirige. Se detiene frente a una reja amplia y solitaria, no parece haber vigilantes. Pero hay una cámara enfocándolo todo, y parece fija en él.

   -Buenas noches. -dice una voz metálica, impersonal, desde un intercomunicador.

   -Buenas noches. Soy Eric Roche y tengo una cita… -se siente tonto al no saber con quién. No entiende por qué Marsella no le dijo claramente quién vivía allí.

   -¿Viene de parte de…?

   -Marsella Salas.

   Se oye un chasquido y la reja se abre. Sólo un poco, como para que pase un hombre. La propiedad se encuentra en penumbras. El joven no tiene tiempo de ver mucho, tras él se cierra la reja en el mismo instante en que dos hombres altos y fornidos, uno de ellos con un atractivo bigote dice la parte maricona de Eric, llegan a su lado; impersonales y profesionales. El hombre entiende: son vigilantes. De forma mecánica le desean buenas noches y proceden a recorrerlo con un aparato que busca armas, explosivos y metales. Lo medio cachean y el del bigote, de ojos amarillos que también le parecen bonitos, le dice que lo siga. Eric va tras él y por un momento creyó ver en esos ojos algo más humano, como si hubiera notado que a él, le pareció atractivo y eso lo halagara. El abogado observa que en los jardines hay puntos rojos que se activan en el aire. Cigarrillos. ¡Había otros vigilantes! Quien fuera el que vivía ahí, se cuidaba bien. Debía ser alguien con muchos enemigos, se dice.

   Llegan ante la fachada de una quinta normal, nada del otro mundo y el vigilante abre una puerta y le indica que pase. Eric le da las gracias y penetra en una sala amplia, decorada con muebles viejos, pero fuertes, funcionales, cuidados. Hay estantes con libros. Muchos. Y en un sillón, está él. Al principio el joven no entiende, sorprendido. No esperaba eso.

   -No soy una aparición. Aún no. -oye una voz cascada, que sale ahogada desde atrás de una mascarilla de oxígeno. Burlona.- Acérquese un poco más, joven. -le ordena.

   Eric va hacia el anciano, con una mezcla de sentimientos encontrados. ¡Lo odia! Siente un profundo, poderoso y terrible resentimiento contra ese sujeto; pero al mismo tiempo, le tiene cierta admiración. Allí, sentado en un mullido sillón, conectado a una bombona de oxígeno, se encontraba don Luís Maquís, el otrora hombre fuerte del Gobierno; el padre putativo del gobernante, el hombre al que decía, tiempo atrás, amar como a un padre; antes de que todos supieran lo poco que valían sus afectos o sus lealtades para con aquellos que lo acompañaban. A don Luis se ve envejecido. Mucho. Agotado. Cansado. Pero sus ojos relucen astutos, inteligentes, vitales, tras los gruesos cristales de sus lentes.

   -Don Luís, señor, yo… -Eric se ve muy confuso. ¿Qué significaba esto? ¿Qué hacía él allí? ¿Por qué esa mujer lo había enviado? ¿Por qué había aceptado don Luís hablarle?

   -Tome asiento, joven. -dice apartando un poco la máscara.- Me agota verlo ahí, de pie.

   Eric lo hace, casi sin darse cuenta. No piensa con claridad. Está frente al hombre que organizó un partido político aluvional, lleno de paracaidistas, de eternos inconformes, pero sobretodo de delincuentes, malandros, resentidos y enfermos mentales; todos con ansias de poder, gente nueva con hambres viejas, montando un aparato electoral a nivel nacional para aprovechar la popularidad de un tipo gritón, que prometía prudencia, decencia y ahorro. Era el hombre que encumbró a un pichón de déspota, con la convicción de que alcanzaría el poder por medio de los votos y la estupidez de la gente. Aunque (Eric tenía que reconocerlo, sólo para sí, que también él votó por el déspota), ¿cómo saber en esos momentos que se trataba de un enfermo mental, de un sujeto movido por una pasión sucia y desleal por el viejo dictador antillano a quien entregaría la soberanía de su país?

   Pero este hombre sí debió saberlo, se dice Eric. Él lo encumbró. Lo llevó al poder. Pero tal vez no le importó que fuera inestable y potencialmente peligroso. Tal vez imaginó que podían controlarlo, como en el pasado se hizo con otros presidentes a través de los entornos íntimos. Y por eso ató, descaradamente, todas las instituciones a la voluntad y deseos del déspota; destruyó a la oposición, ofreciendo coimas, chantajeando e intimidando a los más cobardes. Ayudó a su socio de toda la vida, que toda la vida vivió de la política, como ministro de los gobiernos demócratas-cristianos, Manuit Quijaranda, a prostituir lo que quedaba de la  justicia hasta unos límites que nunca jamás se habían visto en un país inmoral como éste; algo sólo comparable a la que había en algunos países tribales y salvajes del África Negra. Y sin embargo, viéndolo ahí, era difícil odiarlo como merecía en toda su extensión.

   Pero llegó un momento en que todo estalló, demasiado visible, demasiado feo, y este hombre se había dado cuenta de la insania y maldad del dirigente, y lo abandonó. No como otros, enloquecidos a su vez, que para seguir disfrutando las mieles del poder no les importaba la destrucción física, moral y real de la República. Sus mieles ya no las hacían de néctar y polen, sino de sangre. Sangre de gente en las calles, bajo puentes, bajo azoteas. Pero este anciano, con esa rudeza típica en él, le dio la espalda. Había charcos en los que no valía la pena chapalear, como hacían Aristófanes desde su ministerio, temeroso de volver a quedar apartado de la teta del Estado; o Isaac desde La Fiscalía, abyecto y cómplice en todos y cada uno de los crímenes que se cometían. Este anciano era un combatiente, un luchador de toda la vida. Había sobrevivido a miles, había sobrevivido a todos, y ahora que el régimen parecía destinado a sepultar nombres y fama de gente sucia e indigna, que una vez engañaron a todos pareciendo personas decentes, parecía que también sobreviviría a eso.

   Tal vez sólo la muerte pudiera detenerlo, pero viéndolo aún así, débil, cascado, falto de aliento, Eric tenía la impresión de que eso podía tardar. Y mucho. Estos viejos eran duros, tenían tabaco en la vejiga. Tal vez estaba allí, como el anciano expresidente, el doctor Rafael Calderón, tramando su sensacional regreso al candelero. Y de manera irracional, el joven quería aferrarse a la idea de que esos viejos, don Luís o Calderón, podrían salir de las sombras y devolverle la cordura y la paz a la República. Traer nuevamente el orden tan necesario a todo el territorio nacional, convulsionado ahora en manos de vividores y malandros.

   -La señora Marsella Salas me… dijo que era posible que usted tuviera información para mí, señor -dice ronco.

   -Creo que esa buena mujer lo que quiere es que tú le lleves información. Sobre todo de mí. Me odia, ¿lo sabía? Como muchos, tal vez como tú. Todas ellas, las llamadas Chicas Superpoderosas sueñan con ir a bailar sobre mi tumba. Tal vez quiera saber cómo estoy, si ya me estoy muriendo, ¡al fin! -sonríe en forma astuta.- Hazme un favor, muchacho, no le digas nada. O dile que  estaba sanote como un toro, caminando en una trotadora. Eso la volverá loca. -medio ríe. Sufre un acceso de tos. Eric nada dice.- ¿Vienes de parte de tu padre? Germán Roche siempre fue un tonto. Y Manuel Caracciolo, un pillo.

   -No. No sabe que estoy aquí. -dice tenso ante la mención de su padre.

   -¿Y qué quieres saber?

   -Sólo verdades.

   -¿Nada más? –es irónico.

   -¿Qué une a La Torre con… el general Bittar y el diputado Guzmán Rojas? -el anciano entrecierra los ojos.

   -Lo que quieres saber es sobre lo que pasó en  abril, ¿no? -lo impacta feamente. Eric intenta poner cara de circunstancia, no quiere revelarle su juego a ese astuto anciano. No quiere que lo manipulen.- Creo que deberías dejar eso así, hijo. No es muy bueno saber ciertas cosas, aún aquellas que creas debes saber. La vida es… dura.

CONTINUARÁ

Julio César.

OCASIÓN CALVA… Y LISITA

Julio 9, 2009 por jcqt1213

TIOS CALIENTES

   Sabía que ya los tenía engarzados… o muy pronto los tendría.

   Llevaban tiempo sin acción al no poder salir de la base, así que pensaban aprovechar muy bien esta. Sin embargo la mujer de Ted no estaba, ni las amiguitas que ésta había ofrecido, así que el hombre para no quedarle tan mal a los panas lo llevó a ver cintas porno en su cuarto. Estaban tan calientes que la cosa se puso tensa rápido. Los sobos y las miradas de unos a otros, tíos grandes, jóvenes y guapos, calientan al máximo a Ted, quien baja sus ropas justo cuando en la pantalla una hermosa catira come de lo lindo. Sus amigos, paralizados, lo miran… muy poco ya que sus ojos caen como dardos sobre el falo.

   -¿Quieren de verdad gozar…? ¡Vengan a mamar! –iba a ofrecerlo por turnos, pero los marines siempre atacan en grupo, así que dos lenguas, dos bocas ávidas, se lanzan sobre lo suyo.

Julio César.