RECOMPENSA

noviembre 23, 2014

EXPRESION

SABOREANDOLA

   Se le notaba lo satisfecho.

   El entrenador era exigente con todos esos chicos a quienes reñía para que rindieran más en la cancha, en las prácticas y ejercicios. Luego del juego, cuando lo ganaban, agradecidos como estaban por todo lo que les aportaba, los muchachos lo cercaban en los vestuarios, empujándole de culo sobre el montón de sucios suspensorios, lo rodeaban en círculo y le ofrecían, cada uno a su manera, una modesta muestra de gratitud. Aunque no eran nada modestas como es siempre a esa edad. Muestras que el hombre, conmovido por todo el afecto, se encarga de recolectar y tomarlas, una a una, yendo y viniendo sin detenerse hasta que estallaban en su boca y cara en forma de ardientes y espesas compensaciones. Era lindo saber que esos jóvenes gañanes, saludables y voluntariosos apreciaban lo que hacía por ellos. Eran recueros que saboreaba, acostado junto a su esposa, aún en la cama.

Julio César.

CUANDO LOS CHICO VAN AL CAMPO

noviembre 23, 2014

LA TIERNA CARNE DEBIL

UN CHICO Y SU GRUESA MAZORCA

   A la comunión con la naturaleza.

   ¿Han escuchado aquello de que las plantas sienten, hablan, temen y ríen? Pues el chico podría jurar, nada más llegar en el autobús escolar para un encuentro con los del colegio campirano, que al pasear por allí ese maíz le había hablado. Le contó cositas sucias, tanto que, casi en transe, peló la mazorca y su trasero. Era tierna, gruesa, larga y totalmente granulada, pero lo insólito era que la rama iba y venía por su cuenta, haciéndole chillar. Podría tratarse del viento meciendo el maizal, pero… Ojos nublados nota, a la distancia, que tres amigos más también están tragándose sus vegetales.

Julio César.

DE AMOS Y ESCLAVOS… 11

noviembre 22, 2014

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 10

MUSCLE HOT

   ¿Cómo llegó a eso? ¿Cómo le redujo a ser su juguete?

……

   El calvo sujeto, lleno de tatuajes y piercing en cejas, nariz y un lado de la boca, parece mayor de lo que es realmente. El lugar es largo pero estrecho, el techo bajo y la iluminación indirecta en casi todas partes, lo hace ver algo chico y sofocante; desde la barra, donde habla con otros dos tíos, pelones también (por elección), mira tatuajes en folios, mientras otras personas recorren la especie de galería, viendo tatuajes y piercing en fotos de personas. Algunas realmente grotescas.

   -¿Galdo? –pregunta una voz estrangulada.- Vengo de parte de Hank… -el hombre, con mirada indolente, se vuelve hacia el joven hombre negro.

   -¿Eres la futura perra de Hank? Me dijo que vendrías, tal vez la semana que viene. Veo que tienes prisa por servirle. Eso es bueno, chico, que te mueras por satisfacer a tu hombre. –le dispara a boca jarrón, frente a los otros dos, que también le miran.

   Y Roberto desea caerse muerto.

   -Creo que me equivoqué de lugar. –grazna, intentando la retirada robándole fuerzas a sus debilidades. En cuanto le sonríe, odia a ese sujeto flaco y feo al que podría vencer de un solo carajazo.

   -¿Seguro? ¿No se te hizo una oferta condicionada? Conozco a ese carajito, debes estar corriendo contra reloj, y él no espera por nadie.

   -Bien, yo… -no sabe qué decir, ¿cómo explicar lo que siente si él mismo no lo entiende? Y esos sujetos mirándole, todos con cierto aire de superioridad, no ayudaban.

   -¿Por qué no pasas, ves y hablamos? –ofrece, sonriendo otra vez.- Prepararte para ser su perra sumisa y bien acondicionada llevará tiempo. –y Roberto se estremece violentamente antes las palabras, las sonrisas y las miradas de los otros.

   Quiere escapar, pero sus hombros caen y sigue la dirección que el brazo del sujeto le señala. Reparando, y odiándole otra vez, en su sonrisa satisfecha al ser obedecido. Cruza la barra y una puerta tras ella. Un pasillo minúsculo, oscuro, una luz rojiza bañándolo todo, cruza frente a puertas abiertas, cubiertas con collares de abalorios como únicas “puertas”. Entran en uno, mejor iluminado. Y Roberto se estremece otra vez. Hay una mesa tipo para masajes, con extremos móviles, con apoyadores para brazos y piernas. Las paredes están decoradas con látigos, correas, cadenas. Fustas. Consoladores. Lo mira todo con desconcierto. Y sus ojos caen sobre la imagen.

   Su corazón late con fuerza, dolorosamente, la boca muy seca. Hay un afiche a todo color, visible a pesar de la luz rojiza. Un musculoso y joven hombre negro está usando un ball gag, rojo, que muerde con expresión de gozo aunque su rostro está ladeado contra el suelo, sus brazos en la espalda, sus muñecas atadas, una bota negra y lustrosa se apoya entre sus omoplatos desnudos, reteniéndole allí, sometiéndole. Un tío blanco, de expresión marcial y prepotente, es quien lleva la bota. Hay una nota escrita con letras góticas, sabe que rojas también: Un negro feliz ocupando su lugar.

   La imagen es ofensiva, molesta; si la policía llegara… pero no puede dejar de verla. A sus espaldas, recorriéndole con la mirada, como un tasador que comprueba la calidad de un gallo de pelea, Galdo cruza los brazos sobre el pecho.

   -Cuando dije “prepararte para ser una perra sumisa”, te molestaste. Lo noté… pero estoy seguro de que también te gustó. Juraría que una parte de ti respondió a ello. –sentencia, sorprendiéndole. Se miran.- Esa imagen… te pone caliente, ¿verdad? Te imaginaste allí, cara al piso, la bota de Hank sobre ti…

   -Yo… yo no… No sé cómo… -se ve realmente agitado, casi atrapado. Desea gritar, pelear, huir. Entender.

   -Dime… ¿no has sentido que algo falta en tu día a día? ¿Qué en tu vida no todo es satisfactorio? ¿Eres exitoso? ¿Tienes pareja? ¿Emprendes algo y lo consigues, o lo terminas al menos? –le estudia.- Seguro que no. Ni sabes qué tienes, aunque te provoca enojo. Te has acostumbrado a vivir sin estar completo.

   -¿De qué coño hablas? ¡Soy un hombre completo! –ruge, luego parece confuso.- O lo era hasta que…

   -No, Hank no te hizo nada. Él tan sólo lo notó… Tu  vacio. Tu anhelo. Tu… deseo de ser sometido.

   -¡No! Yo…

   -¡Silencio, perra! –le ruge y Roberto calla automáticamente, casi como un reflejo.- No hay nada malo en ti, amigo. No estás enfermo ni eres un anormal. Tan sólo… tienes deseos diferentes. Otros apetitos. Deseas, y sospecho que necesitas, sentirte controlado, ser llevado, usado. Una parte de ti precisa ser humillada en sus remilgos… tomada a la fuerza. Expuesta a otros. –le mira a los ojos.- ¿Te imaginas en cuatro patas, frente a Hank, y este mostrándote a sus amigos? –la idea era horriblemente sucia y caliente.- Quieres eso. -alza un dedo hacia el afiche, sonriendo.- Incluso ser atado. Sentirte y saberte atrapado por tu superior. Tu dueño. Tu amo. –baja a voz.- Tu hombre. Porque eso quieres, servir a un hombre. Tener a uno que te controle y te tome cuando quiera. Que incluso te monte en sus piernas y te azote.

   -Eso suena… horrible. Una persona que desee eso…

   -No. No es una enfermedad ni una aberración; no estás mal, sólo… quieres sentir algo más. Fuerte. Extremo. Es parte de ti. –su mirada es casi hipnótica.- Quieres jugar a pertenecerle a un macho.

   -¡No! –jadea otra vez. Nunca dejaría que le pasara eso. Llegar a eso.

   -Okay, okay, no perdamos tiempo. Aquí siempre tengo mucho trabajo y no hablo de tatuar o perforar para piercing, hablo de los que quieren ser iniciados para sus amos. Desnúdate. –ordena dándole la espalda, encendiendo lámparas cerca de la mesa.

   Roberto libra una dura batalla interna. Todo lo dicho por ese sujeto sonaba horrible, degradante. Si, enfermo. Debía escapar, pero… sabía que el tiempo era su enemigo. Entiende que si no enfrenta eso ahora, esa… necesidad de saber, nunca se libraría de la duda. Una que atormentará y amargará toda su vida. Casi no nota que se quita la chaqueta y que hala los faldones de la franela mostrando su torso recio, musculoso, sus pectorales poderosos, sus pezones oscuros rodeados de gruesos pelos, así como los hay en la parte central de su pecho y que bajan. Temblando se abre el pantalón, sale de los zapatos pero aún duda. El tipo no le mira, pero lo sabe.

   -Dime, ¿no quieres llegar y que él te mire con aprobación, encontrándote deseable para satisfacer sus apetitos con tu cuerpo, lo que, irónicamente, es lo que más deseas? –las palabras le alarman, ese hombre parecía estar mirando en su mente, se dice mientras baja el pantalón; terminando con las dudas sale del bóxer algo largo (se resistía a usarlo chico como rebelándose contra lo que Hank le hacía sentir), y enfrenta la mirada del otro.- Nada mal, negro… -le aprueba como quien revisa un caballo.

   ¿Lo peor de esa mirada y esas palabras despectivas?, es el estremecimiento de excitación y agrado que le recorren. Sabe que tiene un buen cuerpo, que sus bolas grandes cuelgan bajo, pero su verga, en reposo, gorda, llega más abajo aún. Todo rodeado de los crespos pelos enrollados. Traga cuando el otro golpea la mesa con su palma. Con pasos lentos se acerca y sube, el culo sobre el frío y aparentemente esterilizado cuero. Era extraño, pero el cuero contra su piel se sentía…

   -Debes mostrarle a tu dueño todo lo que tienes para ofrecerle. –dice el sujeto, empujándola por el pecho haciéndole caer de espaldas. Abriendo un chorro y mojando su mano le recorre el torso. La mano delgada y fría era molesta. Una pastilla de jabón, azul, así de barata, se frota contra la oscura piel, fabricando algo de espuma.- Tu hombre querrá ver tus tetas, negro; deseará tocarlas, acariciarlas, pellizcarlas. Tal vez morderlas. Nada como unas tetas sensibles; si al clavar sus dientes en las tuyas, él nota que te mojas y gimes de lujuria, estará complacido. -con una afeitadora desechable, va depilándole. Se lleva sus buenos minutos.- Voy a recortar… -hunde los dedos y hala sobre los pelos púbicos.

   -Oye, no lo sé… -se agita otra vez, todavía muerto de nervios y dudas. Galdo le mira, ligeramente exasperado.

   -Aún ahora, ¿no se te hace agua la boca, se te pone duro el güevo y el culo te tiembla un poco ante la posibilidad de tener otra vez la verga de burro que tiene Hank en la boca, llamándote zorrita sucia y puta? ¿No te has imaginado siendo manipulado para caer de panza, tu culo descubierto, su tranca quemándote, tú resistiéndote, negándote, pero él posicionándola, metiéndotela mientras te grita que toda perra negra quiere un güevo blanco llenándola, y tú casi ya corriéndote al oírle? Nada de eso no ocurrirá si no haces esto. Y no hacerlo sería un error porque parte de ti lo necesita desesperadamente. –Roberto no puede contener un jadeo.- Sentirlo, desearlo, querer sometértele puede parecerte horrible porque te entregas, pero no hacerlo puede ser peor. Imagina una vida de insatisfacciones, de furias, de sentirte frustrado, ¿no es peor? Deja salir toda esa necesidad que tienes de ser tomado por un hombre, de servirle como su sumiso juguete. No eres el único, chico. –habla y recorta con una afeitadora eléctrica. Lo deja bajito, el miembro se ve más grande.- Conozco a tipos que lo tienen todo, que compiten en todo como salvajes, negocios, deportes, hasta mujeres, que se vuelven mantequilla cuando un tipo les atrapa por el cuello con una mano y le amenazan con que si no dejan de joder le cogerán duro y le harán llorar. No imaginas cuántos se ponen mal con eso. O cómo disfruta el tipo grande que bajándose de un autobús lleno de amigos siente la mano de otro de ellos metiéndose en su culo, jurungándoselo frente a todos, que ríen. Muchos desean eso, ser tocados así… Tomados.

   Habla y habla, pero ya Roberto no le oye, perdido en sensaciones como está. Sus muslos y piernas son depilados. Sus axilas igualmente, y el paso de la afeitadora por ellas era casi sensual. Su espalda y nalgas corren igual destino.

  -La gente verá que no tengo pelos…

   -Diles que practicas natación por las nenas en la piscina.

   Sin embargo, ese temor a ser descubierto lampiño, le parece la menor de sus preocupaciones. Lo que teme es lo que ocurre en su cabeza, el imaginar lo que Hank puede hacerle con esa enorme, blanca y gruesa pieza de carne palpitante entre sus piernas, metiéndola allí, en su redondo y cerrado culo que es frotado con jabón, mucho, halado con un pulgar para ser recorrió con la afeitadora, una y otra vez, luego enjuagado.

   -Ahora el enema.

   -¿Qué? –logra escapar de esa nube de sensaciones oscuras. Alarmado otra vez.

   -Necesitas un enema para limpiarte, y debes hacértelos tú mismo antes de ir con tu hombre. Usa esta solución. –le muestra una bolsa como de suero.- A muchos carajos que gustan de dominar y someter, aunque no lo admitan, les encanta saborear los coños calientes de sus putas. Meterles las lenguas muy hondo para oírles gemir. Dicen que no para darles placer sino para que las patéticas perras vean que son unas putitas calientes; aunque, personalmente, creo que hay algo de una cosa y la otra. Por eso debes llevarlo muy limpio. –y lo dice mientras ya trae la bolsa terminada en la delgada cánula de boca chica, la cual aceita y mete, logrando que el semental negro en cuatro patas se tense y arquee la espalda ante la invasión. Sorprendiéndose, joder, un espejo que no había visto. Allí está él mismo, mirándose mientras le aplican un enema por si otro carajo quiere “comer su coño”. Aprieta los dientes cuando el líquido entra, cálido, mililitro a mililitro, llenándole. Y allí lo deja. Jadea, esa vaina arde un poco ahora.- Aguanta. –es un ardor desesperante, la cánula sale y la entrada le molesta como si picara.- Suéltalo. –y si pudiera habría enrojecido al verse allí, en el espejo, en cuatro patas, desnudo y depilado, de su culo manando un chorrito con potencia que cae dentro de un balde.- Bien. –aprueba el otro, sonriéndole horriblemente sardónico y alejándose.

   Esa mirada era… la línea de pensamiento es interrumpida por otro jadeo del hombre negro. ¡Su culo ardía! Sentía la entrada como más irritada. Y sin pensarlo llevó una mano a su trasero y tocó su entrada, estremeciéndose, erizándose. Joder, ¡se sentía tan bien al tacto!, graznó al pasarse el dedo una y otra vez.

   -Hay que hacer algo con tus ropas. –le oye decir y casi con violencia aleja la mano de allí, el dedo de la entrada de su culo donde estuvo a punto de penetrar. Abre los ojos, que no sabía había cerrado, con un leve y vergonzoso jadeo cuando tres dedos vuelven, aceitados en algo, frotándole de manera acariciante la entrada misma de su agujero.- Hidrátalo para que no parezca cuero seco. Vamos… -nalguea sobre la redonda masa de carne, indicándole que se ponga de pie.

   Más avergonzado, Roberto obedece, su tolete medio alzado. El otro sonríe leve pero no comenta nada.

   -Debes mostrar… -saca de una gaveta un bóxer corto que al joven negro se le antoja dos tallas menos de las que le toca. La prenda es suave.- Hank se ocupará de esto, no te preocupes. Póntelo.

  Obedece. La tela es increíblemente suave, elástica, buena. Sobre sus muslos en una caricia… y le cuesta meterse en ella.

   -Es pequeña. –grazna.

   -Es el tamaño justo para juguetes como tú.

   Las manos del otro se mueven terminando el trabajo y Roberto, totalmente avergonzado pero también estimulado, cierra los ojos otra vez, estremeciéndose. Termina y se mira en el opaco espejo de cuerpo entero. Una poderosa ola de calor le recorre. Mierda, se ve del carajo. Hasta a él le gustaría ver a otros así. Si, es una pieza pequeña que parece apenas cubrir sus caderas, por donde la tela parece subir un poco más que al frente, donde se ve el nacimiento de sus recortados y putones pelos púbicos. Su tolete fabrica un buen bulto, que hala hacia adelante y abajo. Temblando más, expectante ante lo que espera ver, se medio vuelve. Dios… sus nalgas redondas y musculosas se ven tersas, grandes, la tela las cubre valientemente aunque una poca se hunde en el centro, haciéndole ver más provocativo. También se ve el nacimiento de la hendidura entre sus nalgas. Por abajo casi deja el final de los glúteos fuera.

   -Te ves bien. Hank sabe elegir sus juguetes. –oye la aprobación.

   -No creo que pueda usar algo así.

   -Quieres hacerlo. Vamos, hazlo. Ve para su casa y se un buen negrito para tu amo. Muéstrate, que vea lo que haces para satisfacerle. Vivir para servirle puede ser tu destino. –va hacia la puerta.- Ya nos volveremos a ver. Aún no terminas tu preparación. Te faltan los aros y tatuajes.

……

   Y si de piezas íntimas blancas se trataba, Gregory Landaeta también pasaba sus sofocones con ellas. Atacado de una fiebre exhibicionista que ni él mismo entiende, o creía padecer, entra en aquellas tres mínimas paredes de material sintético, con una cortinita que cubre la entrada, que sirve de probador. Entrar, quitarse los zapatos, bajarse el pantalón, despojarse de su bóxer ajustado y entrar en aquella basurita de licra blanca, una tanguita que nunca en su vida usaría ni en una cita, es una sola cosa. No piensa, va en automático. Al igual que Roberto, se mira al espejo y no se cree. La tanga se ve tan pequeña, tan elástica, ajustada y putona que siente calorones recorrerle por todos lados. Volviéndose ve sus nalgas alzadas, medio glúteos afuera, y la visión era calentorra. Uno leves toques a un lado de la entrada le tensan, pero es ese vendedor cuarentón, bajito, algo obeso, con cara y figura muy poco atractiva, pero cuyos ojos se iluminan ante la visión del enorme y guapo tío negro con la franela alzada, sus cortas medias de paño y la tanguita blanca.

   -Si, se le ve fantástica. Haría ovular a las mujeres en la calle si saliera vistiendo así. –dice, intuyendo lo que el otro quiere escuchar, sabiendo que acierta al verle expandir el tórax con satisfacción.- Es una pena la diferencia de pieles bronceadas. Debería ir a la playa y tenderse con esto… -y de su hombro toma una tela aún más mínima, también elástica, licra, un hilo dental blanco.

   -No creo…

   -Pruébesela. –reta y ofrece.- Nada más ver el resultado valdría la pena del trabajo así no compre nada. ¿Por qué no se quita la franela?

   Esas palabras le marean. El sujeto da media vuelta mientras, todavía dudando un segundo, Gregory se despoja de la mínima prenda, tomando la aún más chica de la mano alzada del tipo que le da la espalda. No sabe si quitarse la franela, pero al intercambiar las prendas con el sujeto, verle tomarla sin volverse, llevándosela al rostro, le hizo perderse. Se la quita.

   -¿Qué tal? –pregunta, alto, joven, fuerte, musculoso, negro, con sus medias de paño y el mínimo hilo dental, apenas un pequeño triangulo muy deformado por su güevo y bolas, dos tiritas difíciles de ver que suben por sus caderas.

   -Maravilloso… -grazna embobado, pero se rehace.- Le queda maravillosa. ¿Y atrás?

   Gregory no duda ya, se vuelve, su espalda ancha y recia, su cintura delgada, los huesos de las caderas visibles, las tiritas que las rodean y se unen en un pequeño triangulo que desaparece en otro hilo antes de perderse dentro de esas increíbles moles de carnes negras y firmes. Volviendo la vista sobre un hombro, mira al vendedor. Y jadea. La expresión embotada de ese sujeto le mantenía casi hipnotizado. Saber que le gustaba, que le gustaba mucho, que estaba rendido ante su atractivo, le debilita. Sin embargo da un bote cuando le ve caer, gimiendo un poco por el esfuerzo, sobre una rodilla. Se miran, uno de pie, mirando sobre su hombro, el otro inclinado.

   -¿Qué haces? –pregunta con voz rota.

   -La etiqueta… -dice como si tal cosa. Y aunque Gregory sabe que está mal, que no debería, permite que el sujeto con sus dedos cortos y gruesos, lenta, muy lentamente, le acomode la etiqueta de la pieza, metiéndola dentro del pequeño triangulo, rozándole la piel de la baja espalda.- Es… maravilloso. –grazna, totalmente entregado. Y sus palabras marean otra vez al hombre más alto.

   Por ello no es raro que se quede quieto cuando el vendedor acerca más el rostro, bañándole con el aliento de su respiración pesada, o que, trémulamente primero, luego con más osadía al no ser rechazado, cubriera, o lo intentara, con las manos abiertas las duras y redondas nalgas. Separándolas y notándose la visión de aquella tirita blanca entre las negras masas, ensanchándose más abajo para cubrir las bolas, a cualquiera le habría provocado un infarto.

   Gregory no sabe qué esperar, o qué espera a secas, pero traga y se queda quieto cuando el bigote del tipo le cepilla la raja al acercar más la cara, estremeciéndose al oírle aspirar ruidosamente, aparentemente deseando intoxicándose con el olor a macho. Y la punta de la nariz frota de sus nalgas, luego los labios, el bigote. El tipo, como un poseso, mete la cara entre sus nalgas, llevándola de adelante atrás, subiendo un poco, frotándole con todo.

   Esa vaina estaba mal, un hombre no debía dejarse hacer eso, piensa Gregory, olvidando intencionadamente todo lo ocurrido ya. Pero echándose un poco hacia atrás, separando también las piernas, prácticamente queda sentado sobre la cara de ese tío que ahora lengüeteaba en su parte más íntima y privada de su ser. La idea, la visión ante el espejo, todo era de una locura caliente. Su pecho musculoso de buenos pectorales sube y baja, entregado a las sensaciones que lo recorren, al hombre que le está sorbiendo ruidosamente el culo sobre el hilo dental. Mira como su propio tolete, apuntando hacia abajo, se levanta, endereza la tela, halándola, bajándose en la cintura, los pelos púbicos escapando, la raíz de su gruesa verga negra dejándose ver.

   -¿Ocupado? –le sobresalta una voz, y casi grita con el corazón a punto de un infarto. La cortina es corrida y un carajo delgado y alto, les mira con sorpresa.

   -¿Está ocupado? –pregunta alguien a sus espaldas y el corazón de Gregory cae a sus pies. Dios, iban a descubrirle en esa vaina de maricones.

   -Mucho. –es la respuesta del joven, mirando fijamente al tío grande, entrando y corriendo la cortina tras él.

CONTINÚA…

Julio César.

UN RUIDO EN LA CASA

noviembre 22, 2014

ESCALOSFRÍOS

MIEDO EN LA CAMA DE NOCHE

   A solas, cuando las inquietudes susurran y ríen.

   Me encantan los relatos de miedo, esos de Stephen King que durante páginas y páginas te mantienen pegado al libro (IT, eso es poesía oscura); pero, sorprendentemente, hay cuentos cortos que son increíblemente bueno también. Porque causan la inquietud de lo inmediato. Es como leer una historia de Quiroga, donde al final queda un mal sabor de boca. La mujer que duerme y desmejora y desmejora, descubriéndose luego que un horrible parásito estaba en su cama alimentándose de ella. O el hijo que sale a solas de cacería, con ese padre afiebrado y enloquecido que siente miedo por él, a perderlo, aterrándose a cada hora que pasa sin que vuelva y este llega, como siempre, tranquilizándole, para que luego supiéramos que delira, que el muchacho no está ahí, que murió en cuanto salió. Son trabajos de pocas cuartillas que logran atraparte.

   Este relato, que encontré por pura suerte en la red, tiene esa virtud. Algo sencillo, corto, una vida bajo análisis que termina con una pesadilla. Y trata de un miedo conocido, la soledad, la casa desierta, saber que no hay nadie más que pueda tender una mano así sea de consuelo. Aunque al final el autor le deja cabida a la esperanza (soy cruel, no le habría dado ese desenlace). Disfrútenlos:

……

Martes, 11 de noviembre de 2014

Atrapado

   Los ruidos comenzaron sutilmente, pero de a poco la actividad fue aumentando. Rubén no les dio importancia los primeros días.  Acababa de pasar por una época muy complicada, por eso aquellos ruidos que creía oír a veces eran triviales para él. Ni estaba seguro si se originaban dentro de la casa o fuera. Le preocupaba mas otra cosa, una fobia que estaba desarrollando; miedo a salir a la calle.

   Cuando estuvo seguro que los ruidos venían de adentro, pensó que su vida iba de mal en peor.   Recientemente había caído enfermo, estuvo días en un hospital, y cuando le dieron el alta, resultó que se habían apurado, y tuvo una recaída en su hogar. Ahora escuchaba ruidos raros que parecían no tener una explicación lógica.

   ¿Cómo podía estar pasando aquello? Hacía muchos años que vivía allí y nunca había sentido nada raro, ¿y ahora, su casa se había embrujado de la nada?  Cuando el asunto se puso peor pasó a ser aterrador. Y como si todo eso fuera poco, aún no se sentía bien, aunque no tenía ningún malestar concreto. También dormía mucho, y casi todos los días tenía episodios de lo que él razonó era algún tipo de sonambulismo. 

   En una ocasión, estaba parado en medio del baño cuando de pronto algo lo hizo girar hacia la puerta entreabierta, y su mirada se encontró con los ojos claros de una cara peluda y barbuda que le enseñó los dientes. Aquel suceso solo duró un instante, la cara desapareció enseguida.  Mas la impresión que le causó no se le fue así nomás. Cuando finalmente pudo recordarla sin sentir tanto terror, se dio cuenta que era la cara de un perro. “¿Hay perros fantasmas?”, se preguntó.      Otra vez, estando acostado en su habitación, empezó a experimentar algo aterrador: la sensación de no estar solo allí, después algo peor; pasos apagados que iban rumbo a la cama, y seguidamente, que alguien se subía en ella.    No lo soportó mas, se levantó de un salto y se precipitó hacia la puerta. Casi en el mismo momento, detrás de él emitieron un grito muy agudo, un grito de terror que parecía ser de una niña. 

   No podía creer lo que le estaba pasando, era absurdo, ¿por qué un hogar como cualquier otro, normal en todo sentido, ahora era un lugar de pesadilla para él?  Él la mandó a construir, la casa no tenía historia, y la levantaron sobre un terreno hermoso donde nunca antes habían construido. Pensó que si alguien hubiera muerto allí podría entenderse aquella actividad, pero nadie lo había hecho. ¿Nadie? Repentinamente se dio cuenta. Recordaba haber desmejorado tras volver del hospital, pero después todo era confuso. ¿Cuánto tiempo había pasado?, ¿y los amigos y familiares, por qué nadie lo visitaba? No recordó la última vez que comió. Solo andaba por la casa, hundiéndose en una especie de sueño por horas, para después aparecer en cualquier habitación. Y su fobia a salir a la calle no era tal; no salía porque no podía: era un fantasma atrapado allí. Al comprenderlo pudo abandonar el lugar, y la familia que vivía ahora en la casa dejó de sentir y escuchar cosas raras.

Autor Jorge Leal en 11:42 23 comentarios:

……

   ¿No fue bueno? Más que horror a lo sobrenatural es un miedo personal, eso que nos causa inquietud; el niño que ve una horrible y enorme cucaracha que entra a su cuarto y que por más que la buscan sus padres no aparece pero él debe acostarse sabiendo que está allí, mirándole, tal vez esperando acercarse mientras duerme y entrar por uno de sus oídos como escuchó a un chico en la escuela decir que hacen (qué idea tan horrible). El protagonista está atrapado en su miedo primero, en su realidad después. Me recordó un tanto la cinta Los Otros, pero antes ya había visto un episodio de la Dimensión Desconocida, en blanco y negro, donde una mujer del Sur, después de la Guerra Civil, ve pasar gente por un camino, camino al que teme y por donde todos se han ido ya; un soldado herido se queda unos días pero al final entiende que es el camino que todos deben seguir. Ella se resiste desesperada a tomarlo porque sería aceptar que está muerta. Fue impresiónate porque termina con el mismísimo Abrahán Lincoln pasando, sosteniéndola y diciéndole que no tenga miedo. Finalmente ella también toma el camino.

   Este cuento cae en esa categoría. Es curioso como tanta gente teme a una casa de noche, a solas. Creo que ya lo conté, no recuerdo bien el sueño, pero “veía” que el Diablo mismo me estaba persiguiendo y desperté realmente aterrado en mi cama, con la absurda idea de que el Señor del Infierno estaba en mi sala, esperándome. Me costó un mundo, pero prácticamente me obligué a hacerlo, salir de mi colchón e ir a tomar agua, cruzando por la sala camino a la cocina.

   Jorge Leal es un autor interesante. Vale la pena buscar más sobre su trabajo. Y esperar que elabore algo más largo. No es fácil escribir sobre conflictos y temores internos, y lo logró en media cuartilla.

Julio César.

PETICION

noviembre 22, 2014

RESIGNACION

PELUDO Y SEXY

   Un trabajo para toda la vida.

   Un vecino que sabe cómo soy, vino a pedirme un favor. Para sorprender a su novia quiere usar un hilo dental pero antes se tiene que depilar. Y así me lo dijo: “Ayúdeme, vecino, quíteme hasta el último pelo. Trabájemelo”. Y si, pretendo trabajárselo, trabajárselo muy bien, comenzando con los dedos. Sé que puedo hacérselo.

Julio César.

NOTA: Coño, si, es difícil escribir en primera persona.

DE SOLIDOS GEOMETRICOS

noviembre 21, 2014

DEMANDANTES

MILITARY HOT

   -Vamos, marine, voy a enseñarle otro tipo de lucha cuerpo a cuero… ¿trajo el lubricante?

CULO REDONDO

   Mi amigo y yo entramos y vimos a papá buscando un jabón. Este jadeó sin palabras, pero luego las encontró: “Oye, ¿tu papa no lo reparte?”.

EL MUSCULOSO Y EL FLACO

   El atleta y el nerd, una ley de la naturaleza… siempre hay algo que quieren. En este caso, ¿quién de cuál?

Julio César.

LA IMPACIENCIA DE ANGELA MERKEL

noviembre 21, 2014

QUERIDA VIRGEN DEL VALLE

MERKEL CONTRA PUTIN

   -¡Te me sales de aquí! (¿La imagen será real?)

   La noticia que titulaban ¿Pierde la paciencia Ángela Merkel con Vladimir Putin?, vino con esta imagen. Me pregunté ¿será que lo regañó? La doña parece muy capaz. Leí el artículo pero no aclaran; hace referencias a expresiones de la mujer sobre las maneras absolutistas e imperialistas de actuar del mandatario ruso en el caso de Ucrania, soñando con los idos días de grandeza. En Australia, la dama señaló que Rusia estaba “violando la integridad territorial y la soberanía de Ucrania” y que Europa debía continuar ejerciendo presión. “La canciller cree que desde hace tiempo hay una enorme discrepancia entre lo que Putin dice y lo que Putin hace”, apareció en Der Spiegel. No extraña tal actitud, es la misma desde los días de Catalina La Grande, con la expansión rusa, que continuó con el comunismo; pero como buena alemana, Ángela Merkel sabe el desastre en que puede terminar un conflicto en los “Nuevos Balcanes”, con otro loco delirante de gloria. Y no sólo en lo económico. ¿Será que nada se aprende?

Julio César.

LUCHAS INTERNAS… 138

noviembre 20, 2014

LUCHAS INTERNAS                        … 137

SEXY BOY

   ¿Puedes imaginarlo en una playa de los Mares del Sur?

……

   Y mientras un hombre planea escapar físicamente, otro, Samuel Mattos, intenta hacerlo espiritualmente. Perdido en su dolor, depresión y angustia, terminaría besando a uno de sus mejores amigos, Renato, sin sospechar el infierno que desataría en el alma del mismo.

   Sentado a solas en una apartada mesa en una pequeña tasca, el abogado catire toma grandes cantidades de whisky, uno añejo de buen color y sabor, sintiéndose solitario y apartado. Pero eso estaba bien, no quería a nadie cerca de él. Ni a Eric, que ya era decir bastante. Mientras bebe, con el rostro enrojecido y los ojos aletargados, su mente divaga por senderos parecidos a los recorridos poco antes por Eric Roche. Alguien manipuló a Linda para que hiciera lo que hizo. La mujer estaba mal, llevaba tiempo así, sus tratamientos y medicamentos parecían no controlarla del todo; y él la había descuidado sabiendo lo delicado que eso podría ser. No supo cuidarla. O no la amó lo suficiente como para que le preocupara, le gritaba una molesta voz en su cabeza. Le había fallado y por eso mató a ese sujeto ruin y despreciable, condenándose a terminar encerrada.

   Linda.

   La adoró, al principio, pero luego todo se volvió compromiso, obligación y deber; mientras la relación avanzaba en tiempo, la vio perder estabilidad, seguridad. Le pareció cada vez más una niña a quien debía cuidar. No sentía que debía compartir y disfrutar con ella, a su lado, sino que tenía que protegerla. La cabeza del abogado, atormentada y llorosa, volvía una y otra vez sobre el mismo punto. Ella estaba mal y él la abandonó cuando más lo necesitaba. Ese pensamiento mortificante, torturante y masoquista fue lo único que dominó su mente durante toda esa tarde que bebió y farfulló necedades. Afuera llovía.

   Cuando finalmente le dijeron que no podían servirle más tragos, y mucho menos dejarle manejar en ese estado, el hombre, molesto, se puso de pie, pagó, dejando la tarjeta allí y salió del lugar con borracha dignidad, erguido, cabeza en alto, aunque en verdad iba tambaleándose. De nada sirvió que lo llamaran, que le pidieran que esperara por el taxi. El hombre, ofendido como sólo saben ponerse los borrachos, salió a la calle oscura y llena de charcos, bajo la lluvia. De forma vaga sabía que no estaba lejos de su edificio y no le importó mojarse con el chubasco. Algo de agua no mataría a nadie, una bala si, se dijo, aunque aquello no era una simple lluvia más bien parecía el segundo diluvio. Mareado e inseguro, caminó acera abajo, mojándose los pies en los riachuelos que corrían ya con increíble velocidad.

   Turbiamente mira hacia el otro lado de la calle, al llegar al final de la cuadra y enfocar con esfuerzo el edificio donde vive, donde vivía con Linda, con su Linda, con la pobre y loca Linda a la que era más fácil cuidar como a una mochita, una cieguita, una loquita, que como a una mujer entera. Casi grita, allí, totalmente empapado: llevaba tiempo sin sentir amor por ella. No sabe en qué momento dejó de amarla. Meneando la cabeza, para alejar esos pensamientos, sólo logra que toda la calle gire ante sus ojos. La rápida y vertiginosa sensación lo obliga a buscar apoyo con la mano, tanteando y encontrando el respaldo frío y mojado de un banco de cemento, donde cae despatarrado, sintiendo el agua en el culo y las bolas. Sentarse sólo hace que todo gire más rápido, necesita enfocarse, pero entrecerrando un poco los ojos siente que va adormilándose, ¿y por qué no? Podía cerrar un rato los ojos y descansar, sintiendo la no muy fría lluvia sobre sí. Al despertar estaría mejor.

   Confusamente, a la distancia, nota como la reja del edificio se abre al otro lado de la calle, y una figura alta y delgada se asoma, abriendo un ancho paraguas con un donaire increíble, con la elegancia de un caballero inglés. Esa persona cruza la calle, cubriéndose del agua y de su mirada confusa, con el paraguas, hasta detenerse frente a él.

   -¿Estás buscando una pulmonía? Eso ya no es romántico desde que Bolívar murió. -acota Renato, mirándole fijamente. Preocupado.- ¿Qué haces aquí?

   ¡Renato Mijares! Tenía que ser él, se dice confuso, sonriendo tontamente, Samuel. Renato, ceñudo, nota que no está en sus cinco sentidos, y alargando un brazo lo atrapa por el codo derecho, halándolo, firme e inflexible. Podía ser delgado, y guapo como el infierno, piensa confusamente el otro, pero era fuerte también.

   -Nos vamos a mojar… -balbucea.

   -No creo que puedas más. Vamos, ayúdame, Sam. Se nota que has ganado algo de peso.

   -Imbécil… -suelta una risita.

   Sam se medio para, su culo deja la banca, pero está mareado y es pesado, no puede levantarse. Sentarse lo puso peor. Con determinación, Renato se inclina hacia él, rodeándole con un brazo la mojada cintura, atenazándolo y usando su propio cuerpo como polea, levantándole, sin importarle lo empapado que esté o que algo de lluvia le esté cayendo también. Pero pesa mucho, así que soltándole la cintura, hace que el otro monte el brazo, pesado y húmedo, sobre sus hombros, sosteniéndose. Es un peso mojado pero caliente, fuerte y viril.

   Renato casi lo arrastra cruzando la calle hacia el edificio, cargándolo y cubriéndose de la persistente lluvia lo más que puede. Cruzan la reja y mojan la recepción mientras van hacia el ascensor, que se abre casi en seguida. Renato mete a Sam, apoyándolo contra la pared mientras estudia los botones. Con un jadeo, el catire va como deslizándose hacia un lado, mirándole.

   -No te caigas, porque del suelo no podré levantarte. –le ve cerrar los ojos y ablandarse.- ¡No te duermas! –la demanda le hace dar un leve respingo, mirada nublada.

   -Renato, ¿no sabes si ya llegó Linda? -suena confuso, borracho.

   -No la he visto. -le dice cálidamente, mirándolo con fijeza, preguntándose dónde coño estaría Eric. Qué Sam se embriagara un día como ese, era algo que medio mundo debió esperar. También Eric.

   El ascensor se detiene en el piso de Sam, y nuevamente Renato tiene que cargar prácticamente con él, sacándolo de allí y arrastrándolo por el pasillo, deteniéndolo contra la pared al lado de la puerta. Otra vez Sam parece rodar, pero ahora no sólo lo parece sino que se viene hacia adelante, como una versión humana de la torre inclinada. Renato tiene que lanzar la mano abierta contra su pecho para enderezarlo y retenerlo. Como el saco estaba abierto, la mano entra, sin premeditación, directamente contra la camisa, contra el musculoso pectoral izquierdo. Renato siente esa piel firme, cálida y húmeda, donde el corazón late con calma, pero con fuerza. ¿Siente algo? Es difícil saberlo.

   -Dame tus llaves. -le pide, pero Sam sólo cierra los ojos.- Sam, las llaves. -le pide, alzando algo la voz, medio zarandeándolo, sosteniendo por el pecho aún. Las pide una y otra vez, pero Sam parece dormido.

   Botando aire, ¿de disgusto?, es difícil saberlo con Renato; el hombre lleva su otra mano al bolsillo del pantalón del abogado, hurgando y metiéndose hasta el fondo, cerrándola sobre el llavero. Y lo siente, allí, al final, pegando contra el dorso de su mano. Y parecía aún más caliente que su pecho. Saca la mano, tal vez no muy rápidamente, y es posible que algo enrojecido de cara, pero finalmente abre la puerta. Al intentar meterlo, Sam parece tropezar consigo mismo y ambos hombres casi caen aparatosamente. Tiene que echar mano de todas sus fuerzas para sostenerlo y enderezarlo, rodeándole le cintura con los brazos, acunándole contra sí.

   -Vamos, borracho idiota. Tienes que acostarte. -le gruñe Renato, sonrojado.

   -Humo…

   Lo lleva hacia su dormitorio, sabe donde es. Abre la puerta, enciende la luz, la tarde nublada es oscura, todo eso sosteniéndolo todavía contra sí; y al hacerle cruzar la puerta vuelven a trastabillar y casi caen. Intenta servirle de un mejor apoyo atrapándole ahora por bajo los brazos, lo intenta, porque esta vez Sam, con un jadeo y ojos en blanco cae hacia atrás, sobre la cama, de espaldas, arrastrándolo a él en su caída, como un mal amigo. Los dos hombres caen en la cama. Sam cierra los ojos y Renato, sobre él, lo mira fijamente, sin moverse. Saca su mano derecha del sobaco de Sam, y lentamente la pasa sobre la frente del otro, echando hacia atrás los cabellos mojados y despejándosela. Sam murmura algo, tomando aire, movilizando sus brazos y rodeándole la cintura al amigo. Renato, agitado, siente como todo ese corpachón se mueve, bajo él.

   -Sam, despierta. No puedes dormir así. Estás empapado. Te va a dar una vaina rara y te vas a morir como La Dama de las Camelias. -le gruñe, luchando por soltarse del agarre del catire, lográndolo y poniéndose de pie, zarandeándolo por el pecho y dándole palmadas en un cachete.

   -Deja, coño. -gruñe borracho, sin abrir los ojos.

   Botando aire, Renato le toma una pierna que cuelga fuera de la cama, apoyado el pie en el suelo. Lo alza y le quita el mocasín oscuro, luego la fina media negra, asombrándose ante el bien cuidado pie del otro. Seguro que era cosa de Linda; seguro que si se lo acercara a la cara no apestaría, se dice, pero sin pensar en hacerlo. Le quita el otro zapato. Serio, se endereza y mira al hermoso y sensual borrachín, ¿quién no aprovecharía para acariciarlo teniéndole así, débil, inconsciente, ebrio? Renato Mijares.

   Le aparta las solapas del saco, aflojándole el nudo de la corbata y abriéndola. Desabotona cada botón de la amarilla camisa, halándola y sacándola del pantalón. Abre todo y mira ese tórax musculoso y ancho, de pectorales desarrollados y tetillas marrones algo levantadas, desafiantes. Su abdomen era plano y la cintura delgada. Qué fácil era imaginar las manos de alguien acariciando esos pectorales, pellizcando esos pezones, o una boca ansiosa y enamorada recorriendo ese abdomen, besándolo y lamiéndolo cada músculo, sintiendo su calor y su sabor. Excepto, tal vez, a Renato.

   Sentándose a su lado en la cama, mete una mano bajo su húmeda y cálida nuca, empujándolo hacia arriba, sentándolo a duras penas, quitándole de encima el saco, la corbata y la camisa. Pero antes de terminar con la camisa, la cabeza de Sam rueda, como todo él, apoyándose del otro. cálido, guapo, a un tiempo indefenso, vulnerable pero sensual.

   -¿Renato, eres tú? ¿Hueles como tú? Dime, amigo, ¿dónde está Linda? Es tarde, es muy tarde ya. No debe andar sola por las calles. Hay gente mala, gente muy mala.- susurra dolido y borracho.

   Su cara, caliente, cae sobre el hombro de Renato, quien siente su aliento, su respiración, y su peste a whisky. ¡Pesaba el carajo ese!

   -Debe estar al llegar. Descansa.

   El delgado, algo y guapo hombre se pone de pie, ayudándolo a caer nuevamente de espaldas sobre la cama, mirándolo grandote, como un atractivo niño. Le mira las caderas y sólo duda un momento. Abre la correa y el botón del pantalón. Sus dedos se mueven ágilmente bajando el cierre; que vaina tan rara estaba haciendo, le dio tiempo de pensar mientras tomaba los faldones del pantalón y comienza a bajarlo, descubriendo la cadera, muslos y piernas donde brillan los claros pelillos, quitándoselo.

   Allí estaba Sam, adormilado, semidesnudo, casi en la mitad de la cama, en calzoncillo, no una tanguita, pero si un calzoncillo pequeño, azul, mostrando el bojote del tolete que abulta hacia un lado. La halada del pantalón lo hizo descender un poco y algunos pelos amarillentos oscuros se dejan ver.

   Renato lo mira un momento y luego se inclina sobre él, hundiendo una rodilla sobre el colchón a su lado, llamándolo y zarandeándolo para que suba hacia la cabecera; tomándolo por las axilas, lo hala como rodándolo sobre la cama. No es fácil, ese carajo pesaba una barbaridad; y como piensan muchos hombre, que por una causa u otra les ha tocado cargar con otros, como el hombre del bacalao al hombro, Renato se preguntó, ¿cómo hacían las mujeres para soporta todo ese peso sobre ellas en la cama sin asfixiarse? Misterios del amor. ¿Cómo hacía Linda para calarse a Sam sobre ella, jodiéndola cada noche? Mientras lo hala, arrastrándolo hacia las almohadas, lo oye reír ebrio y se sorprende cuando el otro le atrapa la cara entre las manotas, riéndose más, halándolo hasta casi tocarse sus narices.

   -Linda, ¿dónde estabas? Dame mi besito de buenas noches… –la boca húmeda, el olor a alcohol escapando como aliento de dragón, quema al otro cuando sobre la suya, la lengua luchando por entrar.

   Renato se congela, ojos muy abiertos, totalmente paralizado; la mente le queda en blanco con esa boca contra la suya, la lengua luchando contra sus labios, oyéndole gemidos de quejas como preguntándose por qué no le respondía. Le empuja hacia abajo y va a gritarle, juraría ante Dios que esa era su intensión, pero cuando separa un tanto los labios la lengua del catire penetra, buscando, explorando, lamiendo. Es un beso húmedo, demandante. Maravilloso.

   Las manos sobre los desnudos y recios hombros de Sam se tensan más, empujando; Renato tuvo que echar la cara hacia un lado para escapar del contacto de esa boca. Gimiendo y quejándose, Sam cae sobre las almohadas. Pero sólo duró un momento, ya que el gigantón se durmió y sus manos cayeron de golpe. O se desmayó. O se murió. Algo alarmado, Renato le monta una mano en el pectoral izquierdo, ese corazón aún latía. Esa piel estaba dura y caliente. Y al hombre le costó todo un largo segundo retirar su palma. Le acomoda la nuca sobre las almohadas, por si le daba por vomitar no se regresara, lo cubre con una sábana y va hacia la puerta del baño.

   Mira el botiquín de primeros auxilios y saca un frasquito con aspirinas para adultos. Regresa al dormitorio dejándolo junto a la cama. Sale del cuarto rumbo a la cocina, donde abre la ancha nevera, buscando entre unas botellas de cervezas y envases plásticos donde Linda, en otras eras, guardaba alimentos para calentar rápidamente en el microondas. Saca una botella de Gatorade y regresa junto al bello durmiente, dejándola al lado de las aspirinas. Nuevamente va saliendo, apagando las luces. Se vuelve a mirarlo un momento, sereno, preocupado por la suerte del carajo a quien tanto estimaba.

   -Buenas noches, Sam. Descansa cuerpo y alma. Mañana será otro día.

   Apaga la luz, deja la puerta entornada y regresa a la cocina donde, con una paciencia y una entrega extraña, arma una cafetera eléctrica con bastante café en polvo, negro como conciencia de izquierdista en el poder. Va hacia la sala, abre la puerta y apagando las luces, sale del apartamento, dejando en su cama, arropado y atendido, a Sam Mattos…

   Regresará a su piso a tomar una ducha y comer algo, asuntos retrasados desde que asomándose a su balcón vio al abogado bajo la lluvia. Y sobre su cama, cerrando los ojos y entreabriendo los labios, recorriéndolos con sus dedos, recordará aquel beso. Uno que le mantendrá en vela, soñando y temiendo mil posibilidades… ignorando la separación dolorosa que el otro día traería.

                                      ………………..

   Echado sobre la ancha y muy cómoda cama de Frank, Nicolás, en un aún más cómodo mono deportivo y holgada franela, todo salido sólo Dios sabía de dónde, sigue con mirada asombrada todos los acontecimientos que terminaron con la muerte del abogado Ricardo Gotta. Le fascina como a cualquiera que escucha que a un lejano conocido, alguien que vio una vez sin sentirse realmente cercano, le acontecía algo extraño. O grave. Que le asesinaran en los estacionamientos de La Torre le parecía menos extraño (en su capa social la inseguridad es el día a día, lo común), que el hecho de que fuera su asesina la esposa del doctor Mattos. Qué horrible, piensa al escuchar sobre los problemas mentales de la mujer, cayendo en aquello que a veces parecía cierto: el dinero no garantizaba todo. Con una mujer así, el docto Mattos, con todo lo apuesto, triunfador y realizado como parecía, no debía ser dichoso.

   Timbra el teléfono y lo toma sin mirar.

   -¿Aló?

   -Hola… -sonríe a pesar de sí mismo de esa voz intencionadamente baja, respiración pesada.- ¿Estás solo? ¿Qué llevas puesto? ¿Juegas con tu cuerpo?

   -Idiota… -ríe leve, sintiéndose intrigado como siempre cuando respondía así a la voz de Franklin Caracciolo. El abogado tuvo que salir a la carrera a una reunión urgente con algunos socios misteriosos que Ricardo Gotta llevaba. Escuchar la risita del otro lado le eriza totalmente la piel de una manera cálida y grata.

   -¿Qué haces?

   -Veía las noticias sobre la muerte del doctor Gotta… Qué horrible, ¿verdad?

   -Mucho. Estoy devastado. –la réplica le intriga.

   -Se te nota en el tono. Frank…

   -Lo sé, está mal que diga algo porque se murió. Pero él era malo.

   -Si, pero…

   -Oye, ¿por qué no te pones bonito, más bonito, paso por ti y salimos por una buena barbacoa? Ya sabes, mucha carne de todos los tipos, mucha salsa y ensalada de aguacate. Lo necesario para ir a la cama y dormir ligeritos.

   -¿No tienes que trabajar? Pensé que esos socios…

   -Hay un paro cívico, ¿por qué siempre lo olvidas cuando tratas conmigo? Vives predicando sobre ello. –Nicolás no puede evitar la sonrisa, que se transforma en lago mas cuando oye.- Quiero verte. –es simple, tono ligero, pero la frase pareció llenar su cerebro.

   -Okay… -al diablo todo lo demás.

   -Ratita… -hay algo contenido en el tono que inquieta al joven sobre la ancha cama.- ¿No te gustaría conocer Miami? ¿O Singapur, Wellington, o Varsovia? ¿Has escuchado la frase “los Mares del Sur son un paraíso”? Es cierto…

   -Frank…

   -El mundo es grande, hermoso, lleno de cosas buenas, Nick. No es esta tumba de miseria y rapiña, de carestía y penurias hacia donde dirigen al país. –aguarda, pero fuera de tragar en seco, Nicolás nada agrega.- Piénsalo, ¿no? Ay, ratita, si vieras los atardeceres sobre las playas de la Polinesia… Te hace entender que vivimos para un propósito. Y te hace desear querer vivir más. Para siempre.

……

   La horrible tragedia que se abatió, y se abatía aún sobre Venezuela, que nadie nunca imaginó posible que sucedería, continuaba su marcha. Un país se resistía a las hordas que querían regresarla a la barbarie, a la fuerza del grupo que linchaba y que gritaba y que por lo tanto tenían la razón y debían mandar. Eran fuerzas que deseaban hundir a todos en el atraso de los años cincuenta, el conuco, a las aguas negras corriendo frente a las casas, al trueque por lo que había y no por lo que se quería; al faculto y yerbatero en lugar del médico, a la recitadora del partido que le gritaba a unos niños sumidos en la ignorancia y la miseria creada por ellos mismos, que todo era culpa del Vaticano, de Estados Unidos y del Marcado, un carajo, según ellos, que no cejaba en tramar contra los pobres revolucionarios. Era la izquierda en toda su dimensión, en todo lo que era, actuando y causando daños tanto en el Tercer Mundo, como en el Primero.

   Pero sería injusto decir que nadie lo previó. Todo lo que ocurría sí fue advertido, casi vaticinado por gente que parecía, a los eventos posteriores, poseer el don de ver entre las nieblas del tiempo. Sólo así era posible explicar los llamados de atención, desesperados y desoídos hechos por gente como el periodista Rafael Poletto, que avisaba sobre un proyecto fascista de gente que ni siquiera sabía que lo era, ignorantes como eran para todo entendimiento de política, historia o economía. Fue él uno de esos hombres que ya en fechas tan tempranas como febrero del año noventa y nueve, cuando la pesadilla apenas comenzaba, cuando aún se esperaba (la mayoría lo esperaba), un cambio hacia la decencia, la justicia, el ahorro, la desburocratización de un Estado atrofiado y el trabajo honrado, quien decretó lo que sería un infierno autoritario con ambiciones de llegar a una tiranía.

   Ese febrero, apenas tomada la presidencia de la república mediante unas elecciones populares, secretas y libres, Poletto alertó sobre los peligros de un hombre impreparado pero lleno de ambición por el poder, enfermo de poder, necesitado de adulantes que le cantarían lo maravilloso que era mientras le secundaban cualquier locura, cuan Calígula tropical, que luego, siguiendo las enseñanzas de su viejo maestro, el feroz y sanguinario dictador antillano, luego no querría soltar el mando. Llamó la atención Poletto, sobre los peligros de que un Presidente mesiánico e ignorante controlara en su totalidad todos los Poderes del Estado y sus Instituciones, y que buscara retenerlos para sí todo el tiempo que pudiera, aunque no supiera qué hacer con él.

   El hombre dijo que la sociedad civil en todo su conjunto, traicionada mil veces (por políticos, clases dirigentes y hasta por los medios de comunicación capaces de aliarse con un delincuente como Carlos Arturo Téllez para salvarlos de un juicio público, político y moral), pero al mismo tiempo cobarde y negligente de sus deberes cívicos durante décadas (ni siquiera capaz de explicarle a los hijos la importancia del voto y de vigilar a los políticos), terminaría siendo agredida, vapuleada y cercana por hordas gritonas. Que se necesitaría, para que el proyecto totalitario se impusiera, que la clase media, profesionales y técnicos desaparecieran como grupo social. Nadie le creyó. La gente pensó que se trataban de tremendismos de Poletto.

   En ese febrero del noventa y nueve, ya había hecho las comparaciones entre la mentalidad del caudillo oligárquico y fascista en quien terminaría convirtiéndose el Presidente, quien para controlar el país aplastaría toda forma de disidencia política, parlamentaria, sindical, gremial, intelectual y hasta humorística (hasta sobre el ataque a los humoristas alertó en ese año tempranero), y la forma desquiciada en que Hitler amasó todo el poder en la Alemania de los años treinta, usándolo para destruir sin detenerse hasta ver convertida en escombros humeantes, arrasadas y llenas de dolor a las antiguas y hermosas ciudades europeas. Los pocos venezolanos comunes, quienes se tomaban la molestia de oír lo que otro dice y no sólo lo que sale de su propia boca, pensaron, sin embargo, que Poletto lo atacaba porque le caía mal.

   Venezuela era, es y muy seguramente continuará siendo un país donde sus ciudadanos, altos, bajos y medios, ignoran todo sobre política, economía e historia, por lo que no podían relacionar lo que pasaría con lo ocurrido con esa gente que vivía en la feliz ignorancia del bobo en que vivía el alemán promedio de la era nazi. No sabían los de ahora, como no supieron los de antes, que uno de las primeros pasos para ascender al poder total sería elaborarse una Constitución nueva, acomodaticia a los deseos del loco homicida que regaría de muertos, miseria y atraso al mundo, pero que le daba una fachada de legalidad que liberaba la conciencia de los necios que se negaban a ver lo que se les venía encima, dentro y fuera de Berlín. El demente genocida reunía masivas concentraciones humanas, sazonándolas con discursos violentos e intimidatorios, donde retaba y amenazaba a los factores de poder de la época; alternándolo además con referéndum a sus medidas y necesidades.

   Cuando aquel enfermo mental quería algo, llamaba a elecciones, ¡tan democrático era! Toda oposición fue eliminada, muchas veces con brutalidad, con palizas y agresiones personales, y con asesinatos en las calles, a la vista de todos, gritándolo en las plazas para aterrar a toda una clase con sus gritos de: sí, matamos ¿y qué? Los sindicatos fueron sometidos por la violencia. Empresarios y medios de comunicación, así como aquellos que se llamaban a sí mismos intelectuales, temblorosos, creyendo que aún podían salvarse de algo que ellos mismo ayudaron a crear, pensaron que podían controlar con halagos y adulancia al amo, quien ante el mundo mostraba una faceta jocosa y jovial, de líder popular, mientras perseguía, sometía y aplastaba toda forma de individualidad y de pensamiento propio. Fue le pesadilla que se derramó sobre Alemania y de ella a todo el mundo conocido. Fue la brutal fórmula soviética para aplastar a las naciones del Báltico y los Balcanes, la usada por el viejo y cruel dictador antillano. Ejemplos de donde sólo salió miseria, dolor y atraso. La misma que se comenzaba en Venezuela en años tan tempranos como el noventa y nueve.

   El mundo cambiaba, pero la gente no lo hacía tan rápido. De lo que fue antes, y de lo que resultara ahora, sólo dependería de la voluntad de un pueblo que luchaba por cambiar la historia y no dejar que, como siempre, se repitiera. Y luchaban a pesar de los generales eruptantes, de los choferes del transporte público y de la gente del transporte Subterráneo, a pesar de los árabes y de los portugueses. Luchaban contra la fuerza del pasado, de la barbarie y de la locura homicida siempre oculta entre los más bajos y ruines, los incapaces de crear algo.

   Y sin embargo en la Venezuela del dosmil dos era posible mirar nuevamente a las figuras siniestras del la galería del terror que bañaron al mundo de sangre y muerte en los treinta y cuarenta del siglo pasado. En sus maratónicos programas, huecos e inútiles “aló”, hechos sólo para halagar la vanidad de ese pobre enfermo, era posible ver, rodeando al Presidente, riéndole las gracias, gritando y gesticulando como simios, a ministros, militares, a dizque empresarios, artistas, sindicalistas, a adulantes y aventureros. Era posible entrever entre ellos, nuevamente, a Göring, a Heydrich, a Himmler, al patético Goebbels, a Röhm, a Bormann; a von Papen, a Rosenberg, a Hess, sonriendo, aplaudiendo, felices de esta segunda oportunidad para destruir y hacer daño. Más tarde perseguirían, encarcelarían, torturarían y asesinarían.

   ¿Qué quienes eran esos de nombres tan extraños? Pocos en Venezuela podrían decirlo, así de fraudulenta había sido y era la educación en el país, y espantosa la falta de cultura de toda una nación que se arrojaba a los brazos de una hiena que les gritaba lo que querían oír. Samuel Mattos sí sabía quiénes eran porque le encantaban las películas sobre la Segunda Guerra Mundial. Eric también, porque le encantaba leer sobre Historia Universal. Y sin embargo, ninguno de los dos creyó lo que advertía, públicamente, a veces gritado desde un canal de televisión, Rafael Poletto. Nadie le creyó que se llegaría al militarismo, que vendrían las persecuciones, que se crearían los escuadrones pagados por el Estado para apalear y matar, para que agredieran e intimidaran. Y todo eso ocurrió.

   Ahora sólo quedaba la batalla sorda y desesperada de un país para volver a ser gente y contarse entre los pueblos civilizados del mundo. Pero estaban solos, horriblemente solos, como lo estuvieron los kurdos en Irak, los bosnios en Serbia o los cubanos en Latinoamérica. La gente seguía en las calles, en pie de lucha, pero ese muy adelantado diciembre del dosmil dos presagiaba que sería una Navidad sin juguetes y sin estrenos, sin hallaca o pan de jamón y, coño, sin cerveza. Pero lo peor era la horrible sensación de que tal vez no se librarían de esos delincuentes. Que el Paro fracasaría.

   Y eso era lo que comenzaba a atormentar a tanta gente en todas partes.

CONTINUARÁ…

Julio César.

NOTA: Releyendo ahora lo que escribí hace tanto (más de doce años), resulta inquietantemente sorprendente, aún para mí, ver lo muy acertado que eran los análisis del señor Rafael Poleo. Esos nombres de la galería del terror que cité, incluso el orden, los tomé de una revista ZETA de la época, donde el viejo reportero comparaba a personeros actuales del régimen con aquellos peligrosos y enfermos sujetos de la Alemania nazi. Lo notable es que el régimen terminara siendo fascista, aún sin saberlo; lo destacable es la destrucción de las instituciones para perpetrarse en el poder, como ocurrió; pero lo más increíble es que se diera eso, sentenciado por el señor Poleo en sus revistas de la época, que se terminaría encarcelando, exiliando, torturando y matando. Y todavía hay quienes hablan imbecilidades de este señor que, como él mismo ha sostenido con la falta de modestia que le corresponde por tener razón, siempre le ha advertido a este país de qué mal se va a morir. ¿Lo demás?, sólo hablan pendejadas.

LA CONFUSA OFERTA EN LA FERIA ALIMENTICIA

noviembre 18, 2014

LA VENGANZA DEL MAL PADRINO

SEXY EN LECHE

   -Hey, ¿no quieres probar un poco de mi leche?

Julio César.

UN ENTRENADOR DE HOMBRES SABE

noviembre 18, 2014

EXPRESION

EXPLORADO, USADO Y GOZADO

   ¿Cómo engañarles con esa cara?

   Nada más entrar en ese gimnasio para ponerse en forma “’para sus chicas”, como les anunció a los tipos presentes, el rudo entrenador con pinta de ex marine experto en torturas, sonrió diciéndole que ya verían para qué, realmente, es que servía. Al hombre le gustaba comenzar los ejercicios con la lucha grecorromana porque, según, sacaba el verdadero carácter y el novicio cometió el error de aceptar. De ponerse en sus manos, ser derribado, inmovilizado y sujetado por el fuerte y poderoso macho; terminando aplastado de cara contra la colchoneta, su culo alzado y ese tipo sobre su espalda, rugiéndole al oído que en verdad no es más que un putito que quiere encontrar su lugar entre los hombres para ser feliz. Lo negó, se resistió, pero que cerrara los ojos, abriera la boca y refregara su trasero a ninguno de los que miraba convenció. Manos grandes y rudas que desnudaron, que le abrieron el trasero, lengua y dedos trabajando y explorando, caído, flotando, dejándose llevar, sabe que le gustará dejarse hacer. Y todos parecen notarlo, entre risas y frotes de sus entrepiernas; las malas intenciones en las muecas le hacen estremecer, tanto como el grito de uno: “¡todos al gang bang!”.

RECOMPENSA

Julio César.


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