Ese chiquillo estaba enloqueciéndolo…
……
Frank Caracciolo vivía unos días extraños; él que debía ser el hombre más feliz de este mundo, no lo era. Hacía siete días desde, que al fin, Eric Roche había salido de La Torre. Ahora él era el jefe indiscutible del universo conocido. Y Rita había entrado en su vida y en su cama. La mujer era buena en ella, sabía moverse y era apasionada. Contiene una leve sonrisa al sentir el escozor de un arañazo que tiene en la espalda. ¡Heridas de guerra! Y sin embargo, no estaba contento. Algo, un sentimiento vago de malestar, no lo dejaba en paz. Eric se fue, sí, pero no como él hubiera querido. Él deseaba sacarlo como a una basura, que todos vieran que era un inútil, y para colmo, un maricón; deseaba verle el rostro a la vieja loba, cuando se lo gritara. Pero no, el malintencionado ese se había ido sin darle ese gusto. Lo otro que lo tenía alterado, era el increíble odio que sentía hacia Nicolás Medina.
Mientras entra en su oficina, se fija en el muchacho está agachado cerca del archivero, buscando algo. El joven le lanza un frío buenos días, al que él ni se toma la molestia de responder. Cara de culo, piensa Nicolás, volviendo a revisar las carpetas. Frank, casi a su lado, parece percibir ese pensamiento y siente unos horribles deseos de darle una buena patada por el culo y enviarlo al otro lado del cuarto, provocándole un buen dolor. También nota algo más, algo en lo que no quiere reparar y sigue hacia su oficina, que cierra con un portazo tal, que la puerta vuelve a abrirse. No entiende qué lo molestó tanto tan rápido. Él venía de buen humor hasta que entró allí. Era esa ratica quien lo molestaba. Tenía que irse, era indispensable. Con el ceño muy fruncido lo mira a través de la puerta, recordando lo que vio en el otro, más molesto todavía al perder el tiempo dedicándole un pensamiento, ¿por qué lo hacía?
Eso que notó fue que… al estar agachado, el saco (que seguramente era prestado por lo mal que le quedaba) y el cuello de la camisa caían un poco hacia atrás. Y Frank reparó en su nuca y en parte de un hombro lleno de pecas, así como una finísima cadenita, que tal vez intentaba hacer pasar por oro, pero que parecía una baratija, alrededor de su cuello. Eso lo desasosiega y desconcentra. Tenía que salir de él, echarlo de La Torre, pero lastimándolo…
Eso lo consuela un poco. Frank no es un hombre acostumbrado al autoanálisis o a la introspección, se regodea en el placer de los sentidos y en las emociones que conoce y le gustan: seducir, sexo, competir y ganar, destruir a sus enemigos. Y para él, Nicolás era un enemigo y la cosa ya era personal. No es que sólo fuera el espía en su oficina de Norma o Aníbal, sino que esa ratica se había atrevido a enfrentarlo. Primero fue lo del dinero que le rechazó, cuando él, en un momento de buena gente, de debilidad, se lo había regalado; eso lo descontroló. No tenía nada en la mente cuando se lo dio, y era cierto; lo que era incapaz de recordar o reconocer, aún ante él mismo, fue la forma grosera, injusta y humillante en que trató al otro. Todo eso se había borrado de su mente. Lo único que quedaba en ella es que fue una buena persona y el cretinito lo rechazó. Lo otro fue lo que sucedió el día que el marica de Eric dejó La Torre. Para él fue una sorpresa cuando Aníbal entró en su oficina, con cara grave, como si hubiera muerto un buen amigo (que, seguramente, no los tenía), para decirle que Eric Roche estaba a punto de irse de la firma.
-Recogió sus cosas y está saliendo ya.
-Al fin, carajo. -estalló contento, luego lo miró desconcertado.- ¿Por qué?
-Lo ignoro. –respondió, pero Frank no le creyó.
-Como sea, es una buena noticia. Hay que celebrar. -pero medita; no era así que quería que saliera.- Creo que debemos despedirlo, ¿no te parece? -sonrió ruinmente.
Aníbal lo miró desconcertado, pero lo siguió cuando el otro dejó a buen paso la oficina. Por el pasillo encontraron a Nicolás Medina, quien intentó pararlo para decirle algo. No lo dejó, pero le dijo que lo siguiera. Una vena cruel se desató en él; quería que Nicolás viera lo malvado que podía ser, lo importante que era; deseaba, por alguna razón oscura, que el muchacho comprendiera que él era el jefe. El trío llega cerca de las oficinas de Eric y Sam, y ven a los dos hombres que vienen. Eric, pálido y muy deprimido, cargaba una caja. Sam, agitado le decía algo. No repararon en el trío que se acercaba.
-No puedes irte así. Estarían ganando. Nada lograrás escapando. -le ruge.
-Ya lo decidí. –replica, sin ánimos, Eric.
-Déjalo, Sam. Si quiere irse que se vaya, aquí no hace ninguna falta. -sonríe Frank, cerrándoles el paso.- Vete a gozar tu vida. -le dice cruel, sonriéndole más.- Pero esas cosas que llevas ahí pertenecen a la firma. No puedes llevártelas.
-Son cosas mías, Frank. Apártate ya. -dice Eric, bajito, con ojos llameantes.
-Por mí puedes irte al infierno o a Isla Pato, pero eso se queda aquí.
-Déjalo en paz, Frank. -estalla Sam. Nicolás se siente incómodo, esa basura de Frank…
-Señores, no hay que discutir por esto. Somos abogados y podemos llegar a un acuerdo. -dice Aníbal, algo preocupado por la situación.
-Ya no tengo nada que ver con ustedes, Aníbal. Espero que estés recibiendo todo lo que quieres. Haces un gran trabajo. Trabajas duro por lo tuyo. -le dice Eric, agudo, con ojos centelleantes. Aníbal lo resiente.
-Eric… -intenta explicar algo, tal vez su vida, sus acciones; pero Frank estalla.
-No hay que discutir con este maricón, que deje la caja y…
-Apártate, coño’e madre. -le grita Eric y con una mano lo empuja por el pecho, aplastándolo contra una pared.
-¡Hijo de puta! -Frank no es hombre para soportar eso, y menos ahora que nota la mirada de asombrada admiración de Nicolás por Eric.
Eso es demasiado para él. Con rabia se le va a ir encima, pero Sam, grande y fuerte como es, le monta el brazo derecho cruzándole el pecho y lo aplasta otra vez contra la pared.
-Contrólate o te jodo -le ordena. Eric ni los mira mientras se aleja. Frank le grita que se pare y quiere soltarse de Sam, quien lo retiene contra la pared.- Quédate quieto, papá, que yo no soy uno de tus empleaditos que se mean cuando gritas. Sigue molestando y voy a darte de patadas por ese culo por todo el pasillo. -lo mira feroz al rostro. Se ven con un odio intenso.
-Suéltame. -le ruge sintiéndose torpe, imbécil. Nota que Nicolás sonríe con alegría, pero eso muere pronto cuando Aníbal lo mira y le hace señas de que deje de hacerlo. Frank siente una rabia homicida.- Sam, yo te voy a… -casi no puede hablar.- Esto lo vamos a resolver, maldito hijo de puta. No me importa cuanto defiendas a tu novio. -intenta ser cruel. Sam lo mira en forma casi tierna.
-Oh, Frank, supéralo ya. Nunca, óyelo bien, nunca habrá nada entre tú y yo. Deja tu obsesión. Nunca me has gustado, ni vas a gustarme…
Frank lo mira todo rojo de rabia. Sam lo suelta y se aleja, en pos de Eric, sin molestarse en ver qué hace el otro, o si le salta encima. Nicolás miró a Sam con admiración abierta; ¡como hubiera querido ser él quien pusiera en su sitio al grandísimo hijo de puta! Frank notó esa mirada franca y abierta. Y odió más al joven… porque la ratica fue testigo de su humillación, vio cuando dos tipos lo empujaron y carcajearon. Y lo peor, lo disfrutó. Le gustó ver cuando lo humillaron y ofendieron. Eso no se lo perdonaría nunca. El abogado mira al joven, quien casi se arrodilla en el piso, buscando algo con afán en el archivero y siente que el odio crece como una llamarada dentro de él. Pero, ¿qué lo había molestado tanto hoy? Seguro era esa colonia horrible que usaba, con la que seguramente anestesiaba ratas y cucarachas en su pieza (sabía que vivía en una casa de habitaciones), para que no lo atacaran de noche. Y eso lo llevó a otro pensamiento, uno muy desagradable: no le gustó imaginarse al joven matando cucarachas en un oscuro cuartucho, de noche, cansado como debía estar después de todo un día de trabajo.
¡Deja de pensar. Deja de pensar!, se dice con rabia. No le gusta la rabia extraña que siente, ni el estado de insatisfacción en que anda. Debería ser feliz. Y mucho. Intenta pensar en Rita y en el almuerzo que tiene a la una de la tarde con unos poderosos editores que quieren utilizar al bufete de intermediarios con el Régimen. Eso siempre significaba dinero. Busca las llaves de su cajón privado y no las encuentra. Eso lo irrita de manera terrible.
-¿Dónde están mis llaves? -grita. Nicolás se medio vuelve a verlo.
-Deben estar donde siempre, en la gaveta central. -suena cortante. Frank estalla.
-Si estuvieran ahí, las habría visito, ¿no?
-Ayer no encontraba su lapicero de oro e insinuó que yo me lo había robado. Y estaba en su maletín, como yo le dije. -suena acusador y exasperado.- No tengo por costumbre andar tomando la basura de otros.
Frank lo mira asombrado. Para un ser con un mal genio tan terrible como suyo, encontrar a alguien que le replicara en términos duros era algo que lo sacaba de sus casillas. Se pone de pie de un salto, como una fiera, no piensa, sólo mira a ese joven casi sentado en el piso, buscando algo en el archivero. A lo que siente une la acción: ganas de matar. Nicolás, tarde, lo ve venir. A decir verdad, ni en sus peores pesadillas hubiera esperado algo así. Frank con una mano le atrapa la nuca y va a aplastarle la frente contra el archivero, pero como Nicolás se medio volvía, es el lado derecho de su cabeza, casi la sien, casi el cabello, la que golpea el metal, sonando feamente. El joven lanza un ahogado grito, primero de sorpresa ante el ataque, luego de dolor cuando siente que unas luces estallan en su cráneo ante sus ojos. Por un momento no sabe dónde está, sintiendo el horrible dolor que parte de su cabeza y lo marea. Los ojos se le llenan de lágrimas. Mira atontado a Frank quien está de pie frente a él, después de ese ataque irracional.
-Nunca vuelvas a hablarme de esa manera, ratica. A mi nadie me habla así.
-¡Coño’e madre! -estalla Nicolás, sorprendido, pero furioso. Su pie escapa como por su cuenta y le da una patada en la espinilla izquierda, sentado en el suelo como está.
Frank chilla, mirando sorprendido al muchacho. En su vida de abusos, que han sido bastante, ha golpeado a más de una persona, hombres y mujeres, aunque a cada uno por cuestiones distintas, y nadie le había regresado el ataque físico, hasta ahora. Lo que Nicolás hizo lo tomó por sorpresa. Jadea con dolor, y lo mira todo rojo, con una rabia suprema, ¿cómo se atrevía ese ratón a tocarlo? Con un alarido se echa sobre él, quien ahora lo mira aterrado. Hay un no se qué de loco en esa mirada, se dice asustado, ¡como de loco de carretera!
El abogado lo alza con facilidad de la pechera del saco y lo aplasta contra la pared, gritándole que va a matarlo, qué cómo se atreve a tocarlo. Se ve tan desencajado e irracional, que Nicolás, cuya cabeza ya le duele, choca dos veces de la pared, le grita que lo suelte, y de manera mecánica, y afortunada ya que esos golpes nunca funcionan en la vida real, le da un rodillazo en las bolas. Frank boquea, sintiendo un estallido sordo y feroz de dolor en los cojones. Sus manos pierden fuerzas y Nicolás escapa, gritándole, agudo, que nunca más vuelva a tocarlo. Sale casi corriendo, mientras Frank no puede dar ni un paso, pero le grita, con las pocas fuerzas que logra robarle al dolor sordo y palpitante que siente, que vuelva.
……
Hacía calor en esa primorosa mañana de sol brillante y cielo azul eléctrico; pero aún más hacía en la vacía habitación donde Eric dormía hasta hace poco sobre una colchoneta. El joven está sudando a mares, caliente por el calor y por el deseo que siente mientras está arrodillado sobre el colchón, abrazándose y besándose con el también desnudo y sudoroso William Bandre. Sus bocas se unen una y otra vez, con las lenguas ávidas que luchan mordelonamente. Parecen decididos a tragarse el uno al otro. Eric retira su rostro y lo mira intensamente, notando su delgadez, su palidez, su cuerpo brillante y caliente, su cabello fino cayéndole en la frente, pegado allí por la transpiración, su respiración agitada.
El joven apoya, sonriendo, una manota en el pecho de William, empujándolo suavemente. El otro cae de espaldas sobre el colchón, sin saber qué ocurrirá, pero excitado, deseando ser tocado, besado, mordido y amado por el carajo ese. Eric le abre las piernas, fascinado por su tolete pálido, largo y surcado de venitas rojas y azules, con la cabeza color púrpura. Lentamente se inclina sobre él; su mirada se enfoca en el ojete del güevo donde mana una espesa gota de licor. Siente la boca seca, nunca antes había hecho eso, pero sacando la lengua, la apoya suavemente sobre el ojete, que titila. Oye el gemido del otro. Retira la lengua y paladea la gota que atrapó. La siente agridulce, salada, deliciosa. Su boca se llena de saliva. Sus labios, después de un leve titubeo, caen sobre la roja corona, sintiéndola suave, tibia y dura como una roca pulida.
Mueve sus labios, besándola, lamiéndola suavemente, y nota como William se estremece todo, sudando más, gimiendo agónico. Los labios caen metiéndose la cálida cabeza dentro de la boca. La siente agitarse, palpitar, quemar y crecer más. El cuerpo de William se tensa y levanta un poco las caderas metiéndole más del güevo en la boca. Cerrando los ojos, en un intento por olvidar todo escrúpulo y sólo dejarse llevar por las nuevas sensaciones, Eric siente como la dura y cálida tranca se atasca en su boca, golpeándole una mejilla; la dirige hacia su garganta, pero se ahoga y le molesta cuando la siente golpear contra la pared posterior de la boca, en las amígdalas. Sus mandíbulas están casi desencajadas. Arquea los labios y guapea hasta que la traga, sintiendo nauseas y ganas de toser. Pero la deja allí, no la saca, no retira su boca.
El güevo comienza a palpitar más, caliente, duro y suave, dejando escapar sus jugos sexuales. El calor de la tranca excita y marea a Eric, quien con los ojos cerrados la deja salir un poco, saboreándola, mamándola como quien prueba algo sabroso. La traga nuevamente, desmañado, pero con ganas. El güevo se tensa y palpita otra vez, provocándole placer y ansiedad al mamarlo. Lo deja salir buscando aire. Lo mira temblar, erguido, brillante de saliva, recto. Su lengua lo lame, sintiéndolo agitarse más. Lo atrapa con el puño, sobándolo, sintiéndolo duro y caliente. Su boca cae sobre la tranca, tragándola hasta la mitad, ahora la chupa con furia, mamándola con ganas.
La boca sube y baja frenéticamente. William chilla y jadea agónico, levantando el rostro y mirando a Eric, pidiéndole que se la trague, que se la coma toda. La boca de Eric baja decidida, atrapándola, dejándola en su garganta caliente, que la atrapa, halándola y amasándola. Percibe como tiembla dentro de su boca. Ahora sube y baja con más libertad, tragándola. William chilla, sus caderas suben y bajan ahora levemente, cogiendo a Eric por la boca. El joven le atrapa las bolas bamboleantes con una mano y las aprieta, las amasa, sintiéndolas caliente y grandes. Los apretones provocan gruñidos y gemidos de placer al otro, que suda mucho.
Eric mira esas bolas, y loco de lujuria deja el güevo, su lengua roja y exploradora cae sobre ellas, que se retraen dentro del saco. Su lengua las ensaliva, las lame. Su boca atrapa una y la saborea como vieja comiendo mamón, moviéndola dentro de ella. William chilla agónico, subiendo y bajando sus caderas, dominado por unas ansias que lo enloquecen, es así como Eric se fija en los pliegues que llevan a las nalgas y al culo. Mientras mama esa bola, con la otra apoyada sobre su labio superior y el güevo golpeándole sobre la nariz, sintiendo el olor a bolas y a macho del otro, su dedo va hacia ese pliegue rojizo, sobándolo suavemente. Encuentra la canalita tibia y oye el alarido del otro ante la rica caricia, quien gime como adolorido.
El abogado se mete, acostado boca abajo, entre las piernas de William y se las abre aún más, flexionándole las rodillas, cosa que alza un poco sus caderas. Ahora Eric puede ver la entrada del rojo y lampiño culo. Con avidez su rostro se hunde ahí, aspirándolo. Su aliento le provoca temblores de lujuria al otro. Eric ya no piensa, sólo quiere sentir, y lo que experimenta es lo más delicioso que ha probado nunca. Sus labios caen sobre el culito, besándolo lentamente; abriéndole más las nalgas, y sacando la lengua, lo lame. Lame la pequeña porción de raja interglútea y le entrada del culo. La lengua titila sobre el agujero; le da lengüetazos que ponen al otro casi a llorar de gusto, intentando mirarlo. Esos gemidos excitan más a Eric, quien sonriendo, hunde su boca allí, metiéndole la suave y babosa lengua dentro del culito, empujando el anillo del esfínter.
-Hummm. Hummm… -sólo puede jadear William temblando y sudando, retorciéndose sobre la colchoneta ante la lengua ávida que lo penetra.- Oh, Dios, sí…
Esos gemidos enloquecen a Eric, quien frota casi con violencia su rostro de ese culito, azotándolo con su lengua ágil y móvil. Le toma las piernas, alzándoselas, elevándole más el culo y lo lame, lo chupa. Clava su lengua allí, sintiendo como ese culo palpita, hambriento, queriendo atraparle la lengua. Extendiendo lo más que puede su lengua, la deja sobre el culito que se abre y cierra, desesperado, mientras alza su dedo índice derecho, frotándolo allí, moviéndolo rápida y rudamente. Eso le provoca oleadas terribles de calor, lujuria y deseo al otro, que casi grita. Eric deja el dedo allí, mirándolo.
-Hummm, cómeme el culo… Hummm…
-Estás caliente, putico. ¿Quieres que te lo meta? ¿Quieres que te coja con mi dedo? -y lo agita sobre la entrada secreta del otro hombre.
-Hummm, si. Cógeme con tu dedo. Métemelo ya. -le grita con el rostro contraído, la frente arrugada, ansioso y desesperado.
-¡Puto!
Lentamente Eric clava su dedo dentro del titilante agujerito, que se abre, aceptándolo gustoso. El dedo se hunde con ganas. El joven siente como el culo se tensa, se cierra y se lo atrapa. Oye el gemido del otro, que se tensa y casi se sienta, para verlo. El dedo entra y sale lentamente; se mete agitándose allí, hondo. Ese culo se estremece más. Eric está fascinado, mira el güevo que babea y su boca cae sobre él, bebiéndose el delicioso licor, mientras su dedo encula y enloquece de lujuria al otro. Lo estaba trabajando bien.
-Hummm, cógeme, Eric. Cógeme. No aguanto más. -le suplica William, con el culo echo una sopa, caliente y mojado, como siente Eric al clavarle el dedo.- Oh, Dios… Hummm.
-Te gusta, ¿verdad? Lo quieres, ¿verdad?
-Sí. Sí, cógeme. Métemelo ya. -casi solloza, mirándolo suplicante.
Eric se arrodilla, con el güevo como una lanza horizontalizada, babeando ya, entre las piernas del otro. Le toma los tobillos, abriéndolo y alzándolo más. William casi se dobla sobre su cadera, su culo palpitante, titilante, hambriento y deseoso queda viendo hacia arriba. Eric se monta el tobillo derecho del otro sobre su recio hombro, con la otra mano le separa más las piernas. Con su mano libre agarra su güevote y lo enfila sobre el culito. Al frotarlo contra la entrada, su güevo echa candela y el agujerito se estremece todo. William lo siente suave, duro y caliente. Apretando los dientes y empujando su tranca contra el orificio, Eric no piensa en ninguna otra cosa, ni en SIDA, profilácticos ni nada, en el colmo de la imprudencia. El güevo va abriéndose camino, empujando el agujero, forzando el anillo que se resiste. William chilla. Eric aprieta los labios con fuerza y empuja más. El culo resiste el asalto, pero termina abriéndose y tragándose la hinchada cabeza. El otro grita adolorido, siente el rasgón y el dolor que lo recorre todo.
-Relájate, William, y podrás gozar de mi güevo en tu culo como tu mujer con el tuyo.
Tomando una larga bocanada de aire, William se tiende sobre el colchón, sus tobillos dejan de presionar contra los hombros de Eric y los músculos de su ano parecen aflojarse alrededor de la tranca, que sale un poco y vuelve a encularlo. William jadea, brillante de sudor, sintiendo como la rígida tranca entra hondo, palpitante, pulsando, ardiente y soltando pequeñas cantidades de algo líquido y caliente como el fuego. Todas esas sensaciones recorren el cuerpo del hombre joven, desde sus entrañas hasta su cabeza. Siente que el güevo al retirarse y clavarse luego, lo estimula, lo excita. Ese calor, ese líquido, esa dureza en su culo lo hace gemir largamente; pero ahora es un gemido de deseo, de lujuria. Siente que su cuerpo despierta de un largo letargo emocional, liberándose al fin.
CONTINUARÁ…
Julio César.











