
Y eso que no lo vio usando una de estas…
……
El hombre se encuentra en la gloria, cierra los ojos y su lengua se frota, aplastándose, contra la dura tranca, lamiéndola, chupándola y sacándole los jugos pre-eyaculares que saben deliciosos a su vicioso paladar. Siente que lo quema. El carajo lo deja atrapado sobre el güevo con su mano, la otra baja por la espalda del abogado, sobándolo, arrugándole la ropa con rudeza. La mano cae en sus nalgas, que pellizca y hala en forma brusca. Cecilio jadea ante esa ruda caricia. Siente que el culo lo tiene hecho una sopa, listo para consumo, caliente y húmedo. Sabe para dónde va la cosa, ese güevote va a terminar allí. El carajo le ordena desnudarse, Cecilio se incorpora, con los labios y barbilla llenos de baba. Lo hace con dedos febriles, de excitación. El saco y la camisa salen rápidamente. El tórax esta cubierto por una fina capa de pelos. Se quita los zapatos y el pantalón luego. Enrojece un poco cuando el carajo lanza una sonrisa despectiva al ver su tanguita rosa, chica y sensual.
-Déjatela… -ordena rudo el carajo, mostrándole el güevo.- Y vuelve aquí.
Ansioso, Cecilio se inclina otra vez y su boca cae sobre la dura tranca tragando todo lo que puede, dándole cálidas mamadas, dejándola brillante de saliva. Una manota del carajo cae sobre sus nalgas, se mete dentro de la suave tela de la tanga y amasa las tibias carnes. Las pellizca rudamente, arrancándole gemidos de placer. Cecilio, putón, menea el culo, desesperado ante los enormes dedos tibios que lo amasan, se clavan en su carne y lo pellizcan. El tipo sonríe: vaya que era una puta caliente ese abogado, pero él sabía tratar a los putos así.
-Párate aquí, y deja de becerrear o me vas a sacar toda la leche. -le dice grave, parándose.
Cecilio, temblando de lujuria ante el asalto que sabe inminente, se apoya del escritorio apenas conteniéndose. El carajote, con el güevo que parece una barra de acero, se para a su lado. Se inclina como para verle mejor las nalgas. Su manota recorre las masas sobre la tanga. Sonríe metiendo toda la suave tela dentro de la raja. Es una visión erótica. Le da un feo azotón y Cecilio gime, sintiendo como le pica y arde la nalga. El técnico le rasga la tanguita, sintiéndose fuerte, sádico y morboso. Le gusta hacer eso, que sientan su violencia y su fuerza. Un puto como éste seguro que se pondría más caliente.
Y no se equivocaba, Cecilio suda y jadea, su culo titila abriéndose y cerrándose con ansiedad, muy excitado, deseando ya a ese machote dentro de sí. Siente la raja húmeda, como si le bajara agua tibia. El tipo le sonríe, colocando su rostro, tras los lentes, a la altura del suyo mientras su manota bajaba hacia la raja, hurgándola, sobándola. Cebándose en el culito tembloroso.
-Lo quieres adentro, ¿verdad? Ya estás caliente. Ese culo tiene ganas… -el dedo se hunde un poco, cogiéndolo lentamente.
-Hummm, sí, lo quiero. Cógeme ya… -dice abatido, sintiéndose bajo y ruin, pero incapaz de contenerse.- Métemelo todo, cógeme. Cabálgame.
Sin desvestirse, el carajo se coloca tras él, con una manota le da por la espalda, obligándolo a caer sobre el mesón, a un lado del terminal de la computadora. Le abre las piernas, casi lanzando una para acá y otra para allá, abriéndole las nalgas al máximo. Pero quiere más. Quiere ver, así que sus manotas caen sobre las sonrosadas, temblorosas y calientes masas, abriéndolas con rudeza. Cecilio chilla, siente que va a partirlo. El carajo se deleita viendo el culo arrugadito, que se agita, abriéndose y cerrándose un poco, hambriento. Había que alimentarlo, se dijo.
La roja cabezota se frota a lo largo de la raja, degustando su textura. Los dos lo sienten delicioso. Produce cosquillas eróticas. Cecilio gime, acostado sobre el mesón, casi desfalleciente, esperando y deseando. Su culo tiembla más, como queriendo su premio de consuelo ya. El otro sonríe, se agarra el tolete y lo enfila hacia la entrada. Lo presiona allí, va abriéndolo y enterrándose. Cecilio gime y se tensa. Sus nalgas endurecen y el culito se resiste. Alex, sí ése es su nombre, sonríe, así será más rico. Con brusquedad lo clava todo. Cecilio casi se para, chillando, sintiendo que eso lo quema y lo desgarra. Pero con un grito de ‘quieto’, el carajo lo atrapa por la nuca y lo obliga a tenderse en el mesón, rudo, manteniéndolo clavado hasta el fondo. Su pelvis aplasta las nalgas del otro.
El carajo goza oyendo los gemidos adoloridos de Cecilio, sintiendo como su enorme tranca era rodeada, atrapada y chupada por ese culo. Tal vez a Cecilio le dolía, pero su culo se estremecía, titilando sobre la tranca, con ganas locas. Casi imperceptiblemente el culito va y viene, buscando ese güevote. El sujeto sonríe, sabía que pasaría. Saca casi toda su tranca y vuelve a enterrarla, cogiéndolo con rudeza, con violencia. El güevote entra todo aplastándolo contra la mesa. Cecilio gime, ahora no es dolor, es deseo. Siente que todo el cuerpo le arde, despertando del letargo y la angustia del día. Presiones, problemas, ansiedades, amarguras, todo quedaba olvidado por la tranca que ahora lo cabalgaba, por el salvaje que le atrapaba las caderas, obligándolo a moverlas, mientras lo bombeaba con furia animal, queriendo desgarrarlo. El güevote salía de la abertura que formaban el culito y el nacimiento de las nalgas, dando la impresión de que la larga y nervuda masa era demasiado grande para eso. Pero sale y entra con fuerza, mientras sus testículos chocan con los de Cecilio, que se agitan por la fuerza con que el otro lo embiste.
-¿Te gusta, doctor maricón? ¿Te gusta que te coja así? ¿Lo quieres hondo?
Los dos cuerpos se mesen al compás del deseo. El culo de Cecilio va y viene contra el largo y rojizo tolete, que se ve más grueso por la gran vena que lo cruza por la parte inferior. Los pelos púbicos del tipo, pocos, como si se los rasurara, se frotan contra el nacimiento de las nalgas del otro, produciéndole cosquillas. Las embestidas van y vienen con fuerza, parece que quiere metérselo todo, hasta los pelos. Y como siempre pasa cuando alguien está gozando mucho, mientras el carajo encula con fuerza a Cecilio, azotándole una nalga, con una sonrisa sádica, gozando del culo que le aprieta y chupa con rabiosos espasmos el güevo, y viendo como la nalga enrojece, como se agita el tipo ante la golpiza; no nota como alguien, atraído por sus jadeos, abre con sigilo la puerta y se asoma. Es Jerry, quien queda con la boca abierta, mirando el agitado rostro del doctor Cecilio Linares, que se estremece todo, con los ojos cerrados, el rostro bañado en sudor y la boca jadeante muy abierta ante las embestidas de un carajote tras él, que le bombea su gran pistón dentro del agujerito.
Vaya con el doctor, se dice Jerry, mirando con mórbida fascinación como los dos carajos gimen, sudan, se estremecen, como un cuerpo va contra el otro, poderoso, fuerte. Por la forma en que el carajo aprieta los dientes y atrapa con furia las nalgas de Cecilio, Jerry sabe que dentro de muy poco le inundará el culo de tibio y pegostozo semen. Y Cecilio va a gozarlo mucho, lo nota por la forma en que jadea, estremeciéndose, con las tetillas muy erectas y rojas, y por el tolete duro como un palo. Sonriendo, el carajote se tiende un poco sobre la espalda de Cecilio, quien cae despatarrado sobre el mesón, sintiendo el rico peso y calor del otro contra su espalda. El tipo sólo menea sus caderas, experto, sacando y metiendo su manduco a punto de caramelo, de caramelo de leche, del rico, húmedo y cálido hueco…
……
Ya es de noche cuando Eric llega a Hoyo de la Puerta, a una zona algo apartada, no al caserío; hay casas grandes, propiedades enrejadas y bien cuidadas. Abre la puerta del taxi y sale a la tibia noche. Mirando en un papel, verifica la dirección. Mira la propiedad más cercana y por descarte sabe que la indicada es la que está un poco más alejada, ocupando toda una esquina. Hacia allá se dirige. Se detiene frente a una reja amplia y solitaria, no parece haber vigilantes. Pero hay una cámara enfocándolo todo, y parece fija en él.
-Buenas noches. -dice una voz metálica, impersonal, desde un intercomunicador.
-Buenas noches. Soy Eric Roche y tengo una cita… -se siente tonto al no saber con quién. No entiende por qué Marsella no le dijo claramente quién vivía allí.
-¿Viene de parte de…?
-Marsella Salas.
Se oye un chasquido y la reja se abre. Sólo un poco, como para que pase un hombre. La propiedad se encuentra en penumbras. El joven no tiene tiempo de ver mucho, tras él se cierra la reja en el mismo instante en que dos hombres altos y fornidos, uno de ellos con un atractivo bigote dice la parte maricona de Eric, llegan a su lado; impersonales y profesionales. El hombre entiende: son vigilantes. De forma mecánica le desean buenas noches y proceden a recorrerlo con un aparato que busca armas, explosivos y metales. Lo medio cachean y el del bigote, de ojos amarillos que también le parecen bonitos, le dice que lo siga. Eric va tras él y por un momento creyó ver en esos ojos algo más humano, como si hubiera notado que a él, le pareció atractivo y eso lo halagara. El abogado observa que en los jardines hay puntos rojos que se activan en el aire. Cigarrillos. ¡Había otros vigilantes! Quien fuera el que vivía ahí, se cuidaba bien. Debía ser alguien con muchos enemigos, se dice.
Llegan ante la fachada de una quinta normal, nada del otro mundo y el vigilante abre una puerta y le indica que pase. Eric le da las gracias y penetra en una sala amplia, decorada con muebles viejos, pero fuertes, funcionales, cuidados. Hay estantes con libros. Muchos. Y en un sillón, está él. Al principio el joven no entiende, sorprendido. No esperaba eso.
-No soy una aparición. Aún no. -oye una voz cascada, que sale ahogada desde atrás de una mascarilla de oxígeno. Burlona.- Acérquese un poco más, joven. -le ordena.
Eric va hacia el anciano, con una mezcla de sentimientos encontrados. ¡Lo odia! Siente un profundo, poderoso y terrible resentimiento contra ese sujeto; pero al mismo tiempo, le tiene cierta admiración. Allí, sentado en un mullido sillón, conectado a una bombona de oxígeno, se encontraba don Luís Maquís, el otrora hombre fuerte del Gobierno; el padre putativo del gobernante, el hombre al que decía, tiempo atrás, amar como a un padre; antes de que todos supieran lo poco que valían sus afectos o sus lealtades para con aquellos que lo acompañaban. A don Luis se ve envejecido. Mucho. Agotado. Cansado. Pero sus ojos relucen astutos, inteligentes, vitales, tras los gruesos cristales de sus lentes.
-Don Luís, señor, yo… -Eric se ve muy confuso. ¿Qué significaba esto? ¿Qué hacía él allí? ¿Por qué esa mujer lo había enviado? ¿Por qué había aceptado don Luís hablarle?
-Tome asiento, joven. -dice apartando un poco la máscara.- Me agota verlo ahí, de pie.
Eric lo hace, casi sin darse cuenta. No piensa con claridad. Está frente al hombre que organizó un partido político aluvional, lleno de paracaidistas, de eternos inconformes, pero sobretodo de delincuentes, malandros, resentidos y enfermos mentales; todos con ansias de poder, gente nueva con hambres viejas, montando un aparato electoral a nivel nacional para aprovechar la popularidad de un tipo gritón, que prometía prudencia, decencia y ahorro. Era el hombre que encumbró a un pichón de déspota, con la convicción de que alcanzaría el poder por medio de los votos y la estupidez de la gente. Aunque (Eric tenía que reconocerlo, sólo para sí, que también él votó por el déspota), ¿cómo saber en esos momentos que se trataba de un enfermo mental, de un sujeto movido por una pasión sucia y desleal por el viejo dictador antillano a quien entregaría la soberanía de su país?
Pero este hombre sí debió saberlo, se dice Eric. Él lo encumbró. Lo llevó al poder. Pero tal vez no le importó que fuera inestable y potencialmente peligroso. Tal vez imaginó que podían controlarlo, como en el pasado se hizo con otros presidentes a través de los entornos íntimos. Y por eso ató, descaradamente, todas las instituciones a la voluntad y deseos del déspota; destruyó a la oposición, ofreciendo coimas, chantajeando e intimidando a los más cobardes. Ayudó a su socio de toda la vida, que toda la vida vivió de la política, como ministro de los gobiernos demócratas-cristianos, Manuit Quijaranda, a prostituir lo que quedaba de la justicia hasta unos límites que nunca jamás se habían visto en un país inmoral como éste; algo sólo comparable a la que había en algunos países tribales y salvajes del África Negra. Y sin embargo, viéndolo ahí, era difícil odiarlo como merecía en toda su extensión.
Pero llegó un momento en que todo estalló, demasiado visible, demasiado feo, y este hombre se había dado cuenta de la insania y maldad del dirigente, y lo abandonó. No como otros, enloquecidos a su vez, que para seguir disfrutando las mieles del poder no les importaba la destrucción física, moral y real de la República. Sus mieles ya no las hacían de néctar y polen, sino de sangre. Sangre de gente en las calles, bajo puentes, bajo azoteas. Pero este anciano, con esa rudeza típica en él, le dio la espalda. Había charcos en los que no valía la pena chapalear, como hacían Aristófanes desde su ministerio, temeroso de volver a quedar apartado de la teta del Estado; o Isaac desde La Fiscalía, abyecto y cómplice en todos y cada uno de los crímenes que se cometían. Este anciano era un combatiente, un luchador de toda la vida. Había sobrevivido a miles, había sobrevivido a todos, y ahora que el régimen parecía destinado a sepultar nombres y fama de gente sucia e indigna, que una vez engañaron a todos pareciendo personas decentes, parecía que también sobreviviría a eso.
Tal vez sólo la muerte pudiera detenerlo, pero viéndolo aún así, débil, cascado, falto de aliento, Eric tenía la impresión de que eso podía tardar. Y mucho. Estos viejos eran duros, tenían tabaco en la vejiga. Tal vez estaba allí, como el anciano expresidente, el doctor Rafael Calderón, tramando su sensacional regreso al candelero. Y de manera irracional, el joven quería aferrarse a la idea de que esos viejos, don Luís o Calderón, podrían salir de las sombras y devolverle la cordura y la paz a la República. Traer nuevamente el orden tan necesario a todo el territorio nacional, convulsionado ahora en manos de vividores y malandros.
-La señora Marsella Salas me… dijo que era posible que usted tuviera información para mí, señor -dice ronco.
-Creo que esa buena mujer lo que quiere es que tú le lleves información. Sobre todo de mí. Me odia, ¿lo sabía? Como muchos, tal vez como tú. Todas ellas, las llamadas Chicas Superpoderosas sueñan con ir a bailar sobre mi tumba. Tal vez quiera saber cómo estoy, si ya me estoy muriendo, ¡al fin! -sonríe en forma astuta.- Hazme un favor, muchacho, no le digas nada. O dile que estaba sanote como un toro, caminando en una trotadora. Eso la volverá loca. -medio ríe. Sufre un acceso de tos. Eric nada dice.- ¿Vienes de parte de tu padre? Germán Roche siempre fue un tonto. Y Manuel Caracciolo, un pillo.
-No. No sabe que estoy aquí. -dice tenso ante la mención de su padre.
-¿Y qué quieres saber?
-Sólo verdades.
-¿Nada más? –es irónico.
-¿Qué une a La Torre con… el general Bittar y el diputado Guzmán Rojas? -el anciano entrecierra los ojos.
-Lo que quieres saber es sobre lo que pasó en abril, ¿no? -lo impacta feamente. Eric intenta poner cara de circunstancia, no quiere revelarle su juego a ese astuto anciano. No quiere que lo manipulen.- Creo que deberías dejar eso así, hijo. No es muy bueno saber ciertas cosas, aún aquellas que creas debes saber. La vida es… dura.
CONTINUARÁ
Julio César.