Archivo de Noviembre 2007

HEATH AND JAKE

Noviembre 27, 2007

DEBERES  Y  DEPRESIÓN

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   Dios, ¿no hacen una bella pareja?   

   Saludos, amigos; sí es que hay alguien leyendo, gente perezosa incapaz de enviar un comentario para saber que leen. Como admirador de cierta película, he llegado a querer también a dos actores muy conocidos ahora, al menos para mí. Esta hermosa fotografía la encontré en uno de esos foros donde todavía hoy, casi dos años después, siguen reuniéndose los que quieren a esta pareja que tanto se quiso. Cuando la tomé, leí una leyenda a pie de página donde el que la exponía decía que se la habían enviado aunque no estaba seguro de que fuera real; ¡pueden hacerse tantas cosas hoy en día con las computadoras!   

   Bien, me gusta pensar que es genuina, y no llego a los extremos de creer que ‘se quieren mucho’, como lo insinuaban en el foro, tan sólo que son amigos… aunque los amigos que tengo, si a alguno le diera por caerle a uno encima así para decirle algo, uno lo apartaría de un codazo. Claro, yo no lo haría con Heath Ledger o Jake Gyllenhaal, como no apartaría a Angelina Jolie o Cristina Aguilera si les diera por hablarme de esta forma.   

   Cónchale, ya estoy divagando, deseaba usar esta fotografía con otro tipo de comentario, pero quise utilizarla ahora en lo que será una despedida por poco tiempo, al menos eso espero. Tal vez no lo sepan pero mi país, Venezuela, pasa por momentos de dura prueba nuevamente; el autócrata que nos desgobierna pretende crearse una constitución a la medida, una que le permita controlar definitivamente todos los poderes y reelegirse indefinidamente, como lo hacían las joyitas de Sadam Hussein y Fidel Castro, que en paz descanen esos dos, si es que pueden. Por lo tanto paro para hacer campaña final por el NO, aunque sin muchas esperanzas. La gente encargada de contar los votos fue nombrada por el Gobierno, así que no tengo fe de que nada claro salga de ello. El último directorio electoral, ‘imparcial’ en palabras de Argentina, Brasil, Chile, España y la OEA, dejó como vicepresidente de la república al tipo que compró las máquinas electorales, pero eso, al parecer, no debe llamar a suspicacias, a menos que uno sea muy mal pensado (perdóname Señor de un mal pensamiento inspirado por Satán, cuando vi a la monja salir con el capellán…).   

   Haré campaña, seré testigo de mesa y votaré por el NO, pero… Si todo sale como el autócrata espera, y a las tres de la madrugada dan el boletín de su triunfo, caeré en la vieja depresión, o saldremos todos a las calles, a la ucraniana; como sea, algo de tiempo estaré ausente. Ojalá tengamos suerte. Por eso me gusta esta foto y quise despedirme, por ahora, con ella, es divertida, atrevida, insinuante y sugestiva. En pocas palabras: me gusta lo que muestra y la que deja a la imaginación. Si es real, tanto las poses como la fotografía en sí, es obra de gente que sabe lo que hace. Esperemos que en Venezuela también sepamos qué hacer. Dios, de la que se salvaron los mexicanos… en cuanto a Bolivia, Ecuador y Nicaragua, ellos se lo buscaron, sabían lo que pasaba en mi país y aún así gritaron y corrieron para echarse esa vaina. Termino como dicen las viejas en mi tierra cuando algo es muy malo: que brille para todos ellos (nosotros) la luz perpetua… 

Julio César.

UN DÍA, MUCHOS AÑOS DESPUÉS… (2)

Noviembre 24, 2007

   Ahora volvemos con una historia sobre Ennis del Mar, a quien habíamos dejado recordando el momento exacto cuando conoció a su nuevo amor, Ed. Para mí, la cosa es hasta anatema. Él no tenía ningún derecho a olvidar a Jack Twist, pero digamos en beneficio de otros, que si; bueno, qué se le hace. Pero esta es sólo una trama marginal.   

   La historia de esos dos, Ennis y Jack, sí era definitivamente una historia de amor. Supongamos que no el primer encuentro cuando Jack decide mandarlo todo al diablo y aproximarse a ese carajo tosco y hermoso que estaba a su lado, enloqueciéndolo, y se entrega a él, necesitándolo, deseándolo tanto, lleno de ganas porque el otro fuera su hombre. Acordemos que hasta ese momento la cosa había sido carne, lujuria, el deseo de dos jóvenes calientes que deseban sexo, dándose latazos y frotes. Pero una vez que Ennis decide que todo eso, toda esa locura de los sentidos, no volverá a ocurrir porque no es ningún marica y todo eso para él había sido un feo trauma que lo enfrentaba a todo lo que era y deseaba ser, pero obligado por algo más fuerte que él mismo a regresar esa noche a la tienda donde un Jack “con el joven torso desnudo y los ojos llenos de estrellas”, lo espera, y cada uno constata en la mirada del otro la intensidad de lo que sienten, allí la cosa cambia.   

   Aún el escéptico más grande al respecto no puede encontrar otra explicación como no sea un ataque de pánico y desesperación, la agresión de la que Ennis hace víctima a Jack cuando están a punto de bajar de la montaña. Era la única forma en que ese hombre cerrado en sí mismo podía dejar salir lo que sentía, la rabia, la impotencia y desesperación al ver que la estación terminaba y Jack se iría de su vida y no había forma de detener nada de eso; o como la escena que sigue al enfrentamiento con Alma cuando ella le grita que sabía de todas sus cochinadas con el tal Jack, y sale tan mal que ataca y golpea al tipo del camión, buscando al mismo tiempo ser agredido, tal vez castigado por sus ‘pecados’. Ennis era complejo, amaba a Jack pero no podía permitirse amarlo, por lo que condenaba a todo el mundo a la infelicidad: a Alma, sus hijas, a Jack y hasta la mujer de Jack.   

   Pero, a pesar del rechazo a los sentimientos y a lo que se es, Ennis del Mar no puede dejar de pensar en Jack Twist, de extrañarlo, de añorarlo, entendiendo que su vida vacía, sin felicidad, sin ternura, era así porque el otro no estaba a su lado. Es por ello la escena del reencuentro, de los besos imprudentes a los pies de unas escaleras, o la ida al motel, o los celos terribles que hacen que Ennis casi amenace de muerte a Jack si sabe que va a México a entregarse a otros hombres. Para mucha gente eso puede parecer ridículo, o idiota. La idea de una necesidad tan grande, de una añoranza por un cuerpo, una boca, unos brazos y unos besos que ni el tiempo ni la distancia pueden apagar, o el que se viva soñando con eso todo el tiempo sin poder sentirse jamás feliz, o tranquilo, puede parecer algo tonto a demasiados. Muchas personas parecen encontrar alivio o una razón de ser en cada encuentro fortuito, en algo rápido e indoloro. 

   Pero tal vez para otros no sea así, hay quienes aman de tal manera que a veces asustan. Tal vez para algunos no baste con cualquiera, no puede ser este o aquel, sino esa persona en especial, a la que ‘miran’ en cada rincón sin que esté, a veces como una sombra vaga captada por el rabillo del ojo que acelera el corazón y luego lo deja dolido al ver que todo era una ilusión. Tal vez por eso hay personas que sin ninguna razón aparente, ni ningún motivo para rechazar, dicen no. U otros, que en la soledad e intimidad de sus casas, sencillamente deciden que ya no pueden continuar, que ya no pueden soportar un día más en esa forma, y toman resoluciones mortales; y luego todos se preguntan por qué hizo eso. Creo que la cantante mexicana Amanda Miguel, tenía una canción que hablaba de eso: ella no salía con cualquiera, cualquiera no la hacía feliz, ella quería esperar la primavera. Tal vez Ennis del Mar, y el mismo Jack, eran de ese tipo. Me gusta creer que realmente hay personas así…

  UN DÍA, MUCHOS AÑOS DESPUES DE BROKEBACK MOUNTAIN…

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   Dime Heath, ¿dónde está tu amigo del alma…?


   Mientras arrancaba la furgoneta, alejándose de la cabaña, Ennis se pregunta por qué tantos recuerdos justo esa mañana, después de todo sólo una más de tantas que ha tenido durante muchos años. De tarde en tarde recordaba algo del pasado pero nunca todo de golpe. Su mirada, bajo el sombrero, se eleva y mira el firmamento a través del parabrisas.   

   “Es por el cielo. Es por este cielo con el color de los ojos de Jack Twist”. Y pensar en él le eriza la piel una vez más. “Jack, si yo hubiera sido un hombre de verdad con el valor para enfrentar mi vida, quizás hubiera sido tu imagen, amable y amada, siempre con esa tristeza suave en tus ojos cuando yo partía, y no la de Ed la que habría visto despidiéndome con un gesto por el espejo retrovisor”, reconoce, sintiendo como el corazón se le encogía en el pecho. Pensar en Jack y en Ed, lo lastimaba, cuestión que siempre había estado allí, latente. El dolor que había sentido por la muerte de Jack, algo que pensó que lo enloquecería de tanto sufrimiento y que finalmente lo mataría también, por su ida definitiva (nunca como en ese momento entendió lo terrible que era la muerte), se había mitigado un poco con los años y la llegada de Ed, que lo había cubierto con su entrega y cariño, tanto que en determinados momentos podía olvidar la herida, o que Jack alguna vez había estado ahí.   

   “Pero basta sólo con un cielo azul y claro como el de hoy para que vuelva a ver sus ojos grandes y su sonrisa traviesa, fanfarrona, alegre y hermosa, como lo vi el primer día que le conocí, cuando tuve que bajar la mirada ante su presencia, porque sentí que se me ponía roja la cara, la piel se me erizó y me costaba respirar, y temí que él lo notara. El momento más extraño de mi vida hasta ese instante. Cómo me asusté cuando lo miré”. Ahora una imagen copaba totalmente su mente y sus recuerdos: Jack agotado frente a un fuego casi apagado. Y el tiempo desapareció, Ennis lo sintió en la piel, todos esos años no habían transcurrido, porque ahora, muchos años después, pudo volver a sentir contra sí ese cuerpo fuerte, joven y amado, que él había abrazado y acunado desde atrás; podía percibir otra vez el suave aroma a hombre saludable y aseado que le llenó las fosas nasales al apoyar la nariz en su nuca que se eriza levemente ante su contacto, su piel siempre respondía a sus toques, a su proximidad, y era otra cosa que le encantaba de Jack Twist, por lo que tuvo que soltar un rápido y leve beso en esa piel tibia y amada, antes de susurrarle: “Eh, amigo… te duermes de pie como los caballos…”. Ahora, años después, Ennis notó como su mirada se nublaba… justo antes del accidente.   

   El súbito estallido lo regresó a la realidad, pero de un modo extraño, uno que le hizo entender que tal vez una vieja conocida había venido por él al fin; todo parecía desplazarse en cámara lenta. Entendió que un neumático había estallado y que ya no tenía control sobre la furgoneta que había comenzado a derrapar. Y con un escalofrío, sintiéndose algo culpable, supo que ya no estaba sólo.   

   -Cuidado, vaquero. –parecía vibrar una advertencia en la cálida voz.    -¡Jack!   

   -¿A quién esperabas en este momento, Ennis?   

   Ennis miró. Sentado a su derecha estaba él, con su camisa azul preferida, con su sombrero negro de ala ancha, con su mirada hermosa y su sonrisa de siempre; joven y fuerte, como lo vio un día a la entrada del trailer de un carajo al que ya no recordaba, al pie de Brokeback Mountain. El hombre hundió el pie en el freno sin ningún resultado sobre el vehiculo que derrapaba más y más hacia el abismo.   

   -¡Jack! –lo miró suplicante, como asustado, y el otro lo miró largamente.   

   -¿Pasa algo, Ennis? Creí que estabas listo…   

   -Así no, Jack. –casi gimoteó en voz alta, y todo se detuvo en seco: el giro enloquecido que describían, el polvo en el aire, el paisaje rodando a su alrededor, todo paró en el acto. Tragando saliva se volvió hacia Jack, y pronunció palabras que lo sorprendieron mientras iban saliendo de su boca, como si fueran algo ajeno a él.- Ahora no, Jack… -repitió.   

   -¿Pasa algo, vaquero?   

   -No puedo irme así, Jack… Quiero despedirme antes de Ed; quiero poder decirle adiós y que lo extrañaré, decirle que el tiempo juntos fue bueno, y agradecérselo. No quiero que él pase y viva, lo que pasé y viví yo cuando te fuiste, sin que pudiera verte antes. –le dolía decir eso, por lo que le extrañó notar ensancharse la sonrisa de Jack, quien miraba hacia arriba por el parabrisas.   

   -Eso no depende de mí, Ennis. Nunca ha dependido de mí. Es sólo la fuerza de tu amor, de tu dolor, de tus recuerdos y nostalgias lo que me retienen aquí, lo que me hace aparecer de vez en cuando… y no deja que yo parta a otro lugar. –lo dice y parece escrutar el cielo en busca de una señal, tal vez de ese ‘lugar’.   

   -De mi amor y del tuyo, ¿verdad, Jack? Porque tú me… amabas, ¿verdad, Jack? –suena preocupado, como el niño que espera ver en los ojos de su padre, viejo y cansado después de toda una vida de contacto seco y distante, la aprobación y el afecto. Jack lo mira largamente a los ojos.   

   -Mi amor por ti nunca estuvo en discusión, Ennis del Mar. De mi devoción por ti nunca has podido dudar, tan sólo quizás del tuyo. –callan y se miran.- ¿Vas a hacerlo ahora? Yo sigo esperando, estoy aquí esperando por ti… -y el viejo dolor que lo había acompañado toda su vida, le golpeó de nuevo el pecho a Ennis del Mar. ¡Una salida, había una salida!, Jack le hablaba de un lugar, de un paso, de ir a otro sitio, un punto donde estarían juntos, pero aún así, tuvo que responder.   

   -Quiero a Ed, sin él no habría encontrado fuerzas para continuar viviendo. Me gustaría… -y la mirada se le nubla, y le duele detectar tristeza en Jack; porque sabía que era por su culpa, aún después de tantos años seguía lastimándolo.   

   -¿…poder decirle lo que sientes? –terminó por él, Jack, y la sombra oscura de dolor que cruzó su azulada mirada hizo que Ennis se deshiciera en lágrimas.- Entiendo, es importante oírlo decir… -remachó con voz queda.   

   Ennis cerró los ojos incapaz de soportar continuar mirándolo, arrasado por el arrepentimiento y la culpa. Cuántas veces esas palabras no pronunciadas habían abrazado su boca y garganta como el trago más amargo (te amor, Jack Twist) al tenerlo entre sus brazos, a la luz de las estrellas. Habría sido tan fácil decírselo mientras él reposaba contra su pecho, hablando soñadora y alegremente de comprar un rancho, algo para los dos, donde estarían juntos y serían felices. Cuántas veces no se mordió los labios hasta sangrar, al ver partir a Jack en una de mil despedidas, con esa luz que brillaba en sus ojos, luz de espera, de esperanza por oírle decir (te amo, Jack Twist) algo. Soltando una mano del volante, Ennis la lleva a su rostro, intentando sofocar el llanto que subía por su garganta y lo ahogaba, uno que era bilioso, el sabor de la culpa.   

   -Perdóname, Jack, perdóname mi dulce Jack Twist… -gimoteó incontrolable, al tiempo que sintió sobre su hombro la cálida, fuerte y joven mano del otro que lo zarandeaba un poco, con aire animoso.- Perdóname por todas esas despedidas áridas, por todas las cosas que no te dije y que merecías oír. Perdóname por no decirte cuan feliz, vivo y dichoso me hiciste en esos días que…   

   -Joder, Ennis del Mar, toma el volante, ¿o es que quieres matarte?   

   Y sin más, se vio haciendo girar noventa grados el vehiculo, hasta detenerlo a un par de metros del precipicio. Aún lloraba cuando apagó el motor y apoyó la frente sobre el volante, y no necesitó mirar a su lado para saber que estaba solo otra vez, y eso también dolía. Jack había hecho su parte, y se iba, como el dulce ángel de la guarda en que se había convertido, quisiera o no, desde que él se aferraba a su recuerdo de forma desesperada y desolada, temeroso de olvidar algo de su cara, de su risa, de su ternura y que el recuerdo desapareciera finalmente en la nada, eso, lo único real que un día lo hizo sentir y vivir. Jack había cumplido y se marchaba, y al hombre le asustaba eso, ¿por cuánto tiempo se había ido? ¿Por un rato? ¿Volvería mañana cuando lo invocara al despertar, como cada mañana? ¿O estaba dirigiéndose a otro lugar, uno donde siempre había luz, paz, tranquilidad, y se recostaría en el verde pasto, sonriendo dulcemente, mordiendo una brizna de paja, somnoliento, acogido por suaves rayos de sol que no calentarían sino lo justo, disponiéndose a descansar un rato, a esperar, a esperarlo a él hasta el momento en que cayera nuevamente en sus brazos?   

   Ed acababa de atender a los caballos y salía entrecerrando los ojos por el deslumbrante sol de la mañana cuando vio acercarse la furgoneta de Ennis, renqueando con uno de los neumáticos pinchados. Fue a sonreír y a bromear sobre algo, pero al ver bajar al otro con expresión turbada, sombría, dejó caer lo que tenía en las manos y corrió junto a él. Rozó con sus dedos el rostro ceniciento, y lo encaró preocupado.   

   -Ennis, ¿qué tienes? ¿Te encuentras bien? –pero por toda respuesta, el otro lo miró en forma desvalida, abrazándolo luego muy fuerte y durante mucho tiempo, hasta que al fin le oyó en un murmullo corto, entrecortado.   

   -Quería decirte que… -y no puede.   

   -¿Decirme qué? ¿Estás bien? ¿Qué te pasó? –y lo miró a los ojos, extrañamente brillantes y húmedos, cuando Ennis se separó un poco de él.   

   -No es nada malo, sólo que… creo que nunca te he dicho… -y la cara se le contrae en un puchero de vergüenza, de temor a expresar lo que siente.- …cuánto significas para mí. Te quiero mucho, pero no te lo he dicho, ¿verdad? –y calla, notando la sorpresa del otro y como su mirada se ilumina (así habría resplandecido Jack, piensa y le duele, le duele mucho). El otro había enmudecido de emoción, y sólo pudo abrazarlo con más fuerzas, reteniéndolo contra sí, acunándolo.   

   -No hace falta que digas nada, Ennis. –respondió Ed, al fin.- Hay cosas que se sienten, que se saben, que no hace falta decirlas. Yo lo sé. Sé que me quieres, que me tienes mucho cariño. –termina con voz soñadora, algo hueca.    

   Luego sintió las lágrimas ardientes de Ennis en su cuello, y no pudo decir nada más. Volvió a abrazarlo con fuerza y los dos estuvieron mucho tiempo así, enlazados, unidos, corazón contra corazón, con la gran extensión de terreno agreste, con la cabaña, la caballeriza y una lejana montaña azulada al fondo, como únicos testigos del cariño de esos dos hombres que habían decidido compartir una vida porque se necesitaban y eran felices estando juntos como no lo habían sido en mucho tiempo, cada uno por su propia historia; aunque sabiendo que sus familias no lo entendían, y que otros los mirarían con repulsa, burla, agresividad o desprecio.   

   Ed lo abraza y siente un leve deseo de llorar también. De felicidad, de sentir a Ennis así, ese hombre rudo y tosco que una noche lo sedujo con su mirada ardiente, de tortura, sabiendo que escondía un alma hermosa, apasionada. Sin embargo, Ed sabía que Ennis lo ‘quería’, le tenía mucho ‘afecto’ y ‘cariño’, pero amor no se había pronunciado. A él no le importaba, porque nadie podía tener a Ennis del Mar para sí más de lo que él lo sentía ahora. Comprendía que esas lágrimas del otro eran en parte por sus sentimientos hacia él, pero también una tardía confesión de culpa por cosas que no dijo antes. Eran palabras y lágrimas dirigidas a un silente y amable fantasma que a Ed le constaba que existía. El recuerdo de un tal Jack Twist. De tarde en tarde, cuando cenaba con Ennis a la mesa, y hablaban, Ed podía percibir con el rabillo del ojo, algo retirado en la mecedora de la esquina, la presencia del amable espectro que convivía con ellos. “Yo lo amo, Jack”, se había visto obligado a recitar con urgencia más de una noche, cuando al entrar en el dormitorio principal encontraba a Ennis sentado en la cama, con una almohada aferrada contra sí (¿soñando con otro cuerpo?) mirando por la ventana, hacia la lejana montaña, alejado en el tiempo, con los ojos llenos de ayer, brillantes de nostalgia y amor. “Yo también lo amo, Jack. Deja que se quede conmigo un tiempo más, por favor; luego será tuyo, como siempre lo ha sido”.   

   Ennis gimotea todavía, quieto, recostado del otro, sintiendo su aroma, su calidez. Lo quiere, lo quiere mucho, pero su mente era un caos. “Jack… Jack… ¿estás aquí? No te vayas todavía…”. Y le avergonzaba pensarlo. Nunca estaría seguro de si fue el extraño y cálido viento que se levantó meciendo los viejos árboles, que susurraron a tranquilidad, o una voz en su corazón torturado, pero le pareció oír un timbre amado, lejano: “Deja de llorar, Ennis del Mar. Nunca me dijiste que me amabas, y aunque deseaba oírlo de tarde en tarde, cuando me reflejaba en tus ojos después de beber en tu pasión, siempre lo supe. En el fondo lo sabía. Desde el primer momento, cuando te vi y tú levantaste tu mirada huidiza y la bajaste, en ese momento lo supe, que eras mi dueño y yo el tuyo. Como lo supe ante tu llanto cuando temías que me fuera a México a olvidarte. Lo supe desde el principio y hasta el final, ese día, en esa carretera, mientras me… marchaba, pensaba en ti y sabía de tu amor. Nunca dudé de eso, aunque tú lo hiciste. Todo está bien, ¿ahora quieres hacerme el puto favor de seguir con tu vida un tiempo más? Déjame ir a descansar un rato. Te estaré esperando, de alguna manera sé que sí hay un lugar de miel y frutas, de césped verde y mullido, y cielos altos y hermosos en montañas eternas, donde el tiempo no pasa. Vive un poco más Ennis, yo te espero…”

……….   

   Bien, fuera de una que otra libertad poética, o literaria, la historia es más o menos como la leí en aquel blog, del que espero alguien sepa cuál es y nos lo haga saber a todos. Realmente disfrutarán leer todas esos relatos como lo hice yo el año pasado.   

   En cuanto a la historia, creo que debo decir que la gente da demasiadas cosas por sentadas, y eso es arriesgado. Nunca se le dice a la mamá gracias por todo lo que hiciste, por todo lo que te preocupaste, por todo lo que amaste, por tus miedos por mi felicidad. No nos preocupamos a veces de si está triste, o anda molesta, o si se ve infeliz, ni le buscamos una explicación; como si de tonterías de viejas se tratara. Lo mismo pasa con el padre, o los hermanos. Hay gente que se pelea con sus hermanos por tonterías, malos entendidos o discusiones pequeñas y mezquinas y pierden meses y años de vida que no se habló con ellos, no se tomó algo de caña, se hizo una parrilla o se jugó dominó. A veces los sobrinos van perdiendo el interés o el cariño en esas separaciones que son idiotas y las familias terminan alejándose como extraños. Nada cuesta de ve en cuando mirar a todas esas personas a nuestro alrededor y decirles eso, que los queremos; o un: discúlpame por eso que te dije un día. Realmente hay palabras que tienen magia.   

   Por alguna razón la gente siempre cree que hay tiempo para remediar esto o aquello, para hacerle la vida más fácil a esta o aquella persona que tanto nos dio, para reconciliarse, para ayudar, para reunirse y amar otra vez; pero el Ennis del Mar viejo en su trailer, viendo la camisa de Jack sobre la suya con sus ojos llenos de amargura, remordimiento, dolor y amor frustrado debería servir de advertencia: nunca demos nada por hecho, ni siquiera el que tendremos el tiempo para cambiar y ser felices después. ¡Cuidado! 

Julio César.

ALÓ, ALÓ, PROBANDO…

Noviembre 24, 2007

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   -Yo te ayudo…   

   Soplaba levemente, admirado ante el titileo del ojito, un ojito que se abría y cerraba, como siempre ocurre cuando le cae aire así. La boca se le secó, cosa rara ya que sentía la lengua llena de saliva. Sabe que esta correrá camino abajo, espesa, caliente, cuando finalmente pegara la punta de esa boquita que lo atraía de una manera increíble, algo que jamás imaginó hacer un día. Pero sí él estaba excitado, lo del otro era peor. Tenso, temblando, sentía el aliento sobre sí, y sabe que algo baboso, caliente y móvil pronto caería sobre él (¡la cosa!), y sabe que gritará, se agitará y pedirá más, como puta loca en carretera, porque ya estaba mal y eso que todavía no había sentido en verdad esa lengua en su c… 

Julio César.

DESPUÉS DE LA PRÁCTICA

Noviembre 24, 2007

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   Si las mujeres supieran lo que pasa…   

   Como camarógrafo de SPEN, Jhonny amaba y sufría al cubrir las entrevistas en los vestuarios luego de una práctica o un partido. Lomis, con su sombra de barba, y Tube, con su cara redonda de muchacho malo, eran sus jugadores preferidos de rugby. Al verlos saetaditos allí, con los mínimos suspensorios tipo tangas, forrados en músculos, sudores y aromas, le temblaban las piernas. Imaginaba a Lomis montando su piernota sobre la del amigo, quien se la sobaría, deleitándose en la dura piel masculina; eso antes de que ambos se pusieran de pie, y él cayera de rodillas buscando… lo que no se le había perdido. Cuánto trabajo le darían aseándolos como los gatos, a fuerza de lengua que lamería con gula y entre gemidos en cada parte. Imaginaba a esos dos cabrios llenos de adrenalina por el juego y la competencia, deseando desahogarse, corriendo los dos entre gritos animales… y él ahí, con la boca abierta… de sorpresa, compartiendo con ellos, el estallido de jubilo. Sabía que se daría un buen gusto de… camarería entre machos. 

Julio César.

LA LOCURA DE LA ERA… (2)

Noviembre 24, 2007

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   Sin que se resolviera ninguno de los problemas de los setenta, referentes casi todos a los peligros ambientales, pero relegados al olvidado de alguna manera, entramos sin darnos cuenta en la década siguiente. Los ochenta trajeron a colación una crisis gigantesca que el mundo desconocía, que terminaría con la caída de los países soviéticos. Algo que era impensable para muchos. Por ser latino, y haber recibido una educación socialista, desde la escuela hasta en la iglesia por lo de amar al prójimo y haz el bien, uno tendía a tenerle más aprecio a la Unión Soviética con su revolución del proletariado, que a los Estados Unidos. Claro, ignorábamos la mega estafa, el engaño monumental de una casta demente y cruel que se aseguró el poder para sí, y el vivir como jeques mientras el resto padecían, igualito que ahora cuando pretenden engañar al iluso con la palabra REVOLUCIÓN. No sabíamos de los millones de asesinados, por el hambre provocado o los ajusticiamientos.   

   No sabíamos de los gulags, los campos de muerte llamados de reeducación, de donde pocos salían y escapaban a Occidente, para ser atacados allí por la recua de sanguijuelas al servicio de la Unión Soviética, que se ocultaban bajo el título de intelectuales, sobretodo en Francia donde parecían una mala imitación de Cruela de Vil, y cuya única misión era ridiculizar, perseguir y destruir a todo el que hablara de los horrores tras el telón, o como lo que pasa en Cuba y una que otra nación deslizándose a la africanización en América Latina, pero que suelta billete para que sigan sus vidas parasitarias e inútiles. Aunque viéndolo bien, ¿dónde se anota uno para parásito? Me gusta la plata y sí no hay que hacer nada sino taparear vagabunderías, aquí estoy a la orden.   

   Bien, nada de eso lo sabíamos en los inicios de los ochenta. Sólo oíamos que Estados Unidos y la Unión Soviética extremaban sus fichas sobre el tablero nuclear. Había escaramuzas, peleas y amenazas, veladas una y otras no tanto. Había una sensación de incertidumbre. De miedo. Todos temíamos oír que en tal o cual sitio había estallado un arma nuclear y bajo su hongo de muerte todo había desaparecido. Leer un periódico era saber sobre la tensión entre las alemanias, o en el Oriente Medio, o en el Báltico. La palabra se repetían como un eco de pesadilla: guerra… guerra… Había una sensación de fragilidad dentro de todo aquel que podía sumar dos más dos. Muchos estaban convencidos de que el mundo terminaría en medio de un holocausto nuclear, con un único y fenomenal grito de miedo. Una película que retrató todo ese horror, y de forma muy convincente, fue AL DÍA SIGUIENTE; que en Venezuela completaban con aquello de Al Día Siguiente del Apocalipsis Nuclear, para hacerla sonar más dramática, como si hiciera falta. Ese filme marcó a mucha gente de mi generación. Terminaba la primaria cuando logré verla (no soy tan viejo como dicen mis enemigos), con dos amigas, una de ella con la copia de la película, que vimos en un aparato que estaba de moda en esos días, la última sensación en tecnología, y que no había desaparecido junto con los dinosaurios como dicen los insolentes: el Betamax.   

   Todo era angustiante en esa película: la mirada de la mujer del médico cuando oye las noticias y se le nota el miedo; o el joven que está en la barbería y oye a los otros hablando de guerra y él pregunta como esperanzado: pero no atacarán aquí, ¿verdad?, ¿que objetivo tendría? O la joven en la universidad que entra a un salón de clases gritando que arrojaron las bombas (todavía se me eriza la piel); o cuando el ranchero manda a todos al sótano y sube por la mujer y esta se aferra a tender las camas, a lo que conoce, a su vida ordinaria, y grita que no y llora cuando él dice que eso ya es inútil y la arrastra al refugio. Todo fue terrible, lleno de significado. Aquí en Venezuela las promociones eran angustiantes: Al Día Siguiente… y la humanidad caerá víctima de su propia maldad. O la otra: Al Día Siguiente… cuando los vivos envidiarán a los muertos. Fue una locura en su época, porque reflejaba nuestros temores más primitivos, algo que sabíamos que ocurriría tarde o temprano, estábamos seguros de eso. Hay una guerra nuclear, ¿qué se puede hacer? ¿Huir, esconderse, reunirse con la familia y esperar a que llegue el final? ¿Qué más queda?   

   Pero, cosa rara, la crisis pareció desaparecer por sí misma. Un día la Unión Soviética parecía que iba a durar mil años, y al otro ya había caído como moneda devaluada de país en crisis. Muchos conocidos míos quedaron en el aire, como preguntándose: ¿y ahora que hacemos sí sólo nos hemos preparado para el final? La humanidad se había salvado nuevamente de perecer, bajo el calor del fuego atómico, o de padecer el largo invierno nuclear, como se salvó antes de los augurios de hambrunas, cataclismos climáticos y amenazas del cosmos. Sabemos que hubo presiones para que tan monstruoso sistema sucumbiera al final, eran demasiados millones de esclavos los que padecían, incluso se hablaba de la decidida participación del antiguo Papa, el polaco, en esa batalla; pero a uno le queda la duda sobre sí eso fue todo. Sería fácil decir que tuvimos suerte, pero tal vez sea como en esa historia de Isaac Asimos, el gran autor de ficción, LA FUNDACIÓN, y cada cierto tiempo la humanidad debe padecer estas crisis para que algo mejor surja, o no, como parece indicar la experiencia, y que éstas se resuelven por su propia dinámica. Y la verdad es que eso no brinda tranquilidad ni seguridad, a menos que uno sea de los que deja hasta lo que comerá o beberá en manos de la suerte o de fuerzas superiores.   

   De los noventa y el dos mil, hablamos después… 

Julio César.

¿EN QUÉ PIENSAS?

Noviembre 24, 2007

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   ¿Dónde quedará ese gimnasio…? 

   A Tony le disgusta últimamente su gimnasio, no se podía hacer nada sin que hubiera un gentío mirándolo. Sabía que todos esos tipos esperaban su turno en la máquina, ¿pero tenían que quedarse viendo mientras la usaba? Y a algunos como que les emocionaba la idea de ejercitarse ya, porque se les marcaban los paquetes bajo los shorts, incluso había humedad en algunos que no sabía si era sudor o no; aunque eso también le pasaba a él cuando se exigía al máximo. Carajo, el de la derecha como que encontró una falla entre sus muslos, lo estudiaba como si hubiera algo no del todo bien… ¡Que mortificante!, pensaba el inocente Tony.

Julio César.

FORZA MEN

Noviembre 24, 2007

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Me encanta que mis amigos me vean así, no dejan de tocar para ver si todo es verdad, y yo los dejo, son panitas… ¿Quieres ser mi pana y ver? 

Julio César. 

NOTA: Todas las fotografías han sido tomadas de portales gratuitos; que nadie se moleste, por favor…

LUCHAS INTERNAS… (4)

Noviembre 10, 2007

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   Era tan creído… pero, ¡tenía motivos!   

   Cuarenta y cinco minutos después, Irene deja a Lesbia, quien se ve algo agitada, como envejecida, se dice Eric mirándola desde la cancha; y va hacia él. Sam se les acerca también.  

   -¿Nos vemos entonces esta noche en casa de tus padres? -le sonríe ella, besándolo, sintiéndolo sudado y agitado; en cierta forma, eso era estimulante, lo encontraba sexy, y Eric lo sintió en su lengua cuando lo besó.  

   -Claro. Lleva tu antídoto contra mordeduras de serpientes. -sonríe. Ella igual.  

   -A tu madre no le gusta tu broma de llamar a la casona, la Casa de las Serpientes.  

   -Si supieras lo que ella dice de ti. -bromea Sam. Ella lo mira fría.  

   -Basta, Sam. Deja tus celos. Eric nunca será para ti. -aunque bromea, la frase tiene tantas connotaciones que Eric y Sam, que entienden un poco más que ella, sienten embarazo. Eric la mira sonriendo apenado.  

   -¿Y Lesbia? -mira hacia las gradas, donde ya no se encuentra la mujer. Irene bota aire.  

   -Está mal. Parece que… William la dejó. O por lo menos abandonó la casa. -los impacta. Los dos hombres cruzan una mirada.- Pasó para ver sí alguien sabía algo. ¿Qué les estará pasando?  

   -Muchos maridos escapan de sus mujeres, es cuestión casi de supervivencia. -dice Néstor Lobo acercándose. Oyó lo que hablaban.  

   -No todos se casan con mujeres como la tuya, medicucho. -bromea Lucas.  

   -Ay, ojalá la mía se fuera. -responde él.- Yo creo que de la alegría, me daría un infarto.  

   -Y quedarías cuadrapléjico y ella tendría que regresar a lavarte el culo en la cama. -ríe Lucas.  

   -Hummm, ésa me envenenaría para salir de eso. O se buscaría otro marido y tirarían a mi lado.  

   Y así comienza una de esas interminables conversaciones entre hombres sobre lo malas que son las mujeres en general, las esposas y suegras en particular, y de lo felices que serían sí se fueran todas. Alirio y Renato Mijares se unen también a la charla. Irene bota aire, resignada, hasta que dándole otro beso a Eric se marcha. Renato saca de una cavita unas cervezas y beben, cayendo todos sentados sobre la grama, hablando aún de las mujeres malas. Es un rato ameno al final de un duro día de trabajo. Sam y Eric se despiden, Néstor va hacia su carro, despidiéndose también, y Lucas se queda allí, tomando otra cerveza con Alirio y Renato.  

   -¿William Bandre, desaparecido? -le comenta Eric a Sam, mientras se alejan.  

   -Curioso. No lo había notado, pero en verdad lleva días sin aparecer por La Torre. -lo mira fijamente.- Tú sabes que es un agente de Ricardo Gotta, ¿no? -el otro asiente.  

   -Trata de averiguar en qué andaba. Sería bueno tener algo contra Ricardo, aunque eso parece imposible. Ese carajo tiene más trucos y recursos que un político viejo en campaña. –en ese momento no podía imaginar lo lejos que la vida iba a llevarlos siguiendo la pista de ese tipo.

…..   

   Es casi de noche cuando Eric llega por fin a la casa paterna después de pasar por su apartamento, ducharse y cambiarse de ropa. La propiedad es magnifica, protegida, bien cuidada y hermosa. El joven detiene su carro cerca de la entrada. Nota que el de Irene ya está ahí. Pobre, seguramente estaba aguantando lo mejor que podía a su madre, resistiéndose a atacarla con un tenedor o algo así, se dice sonriente. Va hacia la casona cuando oye unos alegres silbidos. Mira hacia los estacionamientos y se impacta tremendamente. Allí se encuentra Pedro Correa, el joven chofer de su madre, el hijo de un antiguo empleado a quien su padre le daba trabajo casi como una obligación de honor. El carajo lavaba el carro de la mujer.     

   Es un joven veinteañero, atractivo, de piel algo amarillenta cobriza. Pero lo más impactante en ese momento es que usa únicamente un pequeño short de tela jeans, cortado muy por encima del borde del nacimiento de las nalgas, dejando al descubierto un cuerpo lampiño. La tela se hundía ricamente entre las firmes y jóvenes masas. Pero lo más enloquecedor es una tirita muy delgada, de una tanga licra morada que subía mucho en una de sus caderas. El joven le da el perfil y es posible verle los pectorales, pero también el bulto entre las piernas, que resalta  contra la tela. El paquete se ve desafiante, listo a encenderse, a endurecerse. En alguien de su edad, el tolete estaba siempre listo para una erección. Y para la acción. Al darle la espalda, montándose casi sobre el capote para enjabonarlo, los músculos resaltan bajo la piel. Y el jeans se mete más dentro de las nalgas. Esa visión enloquece a Eric, quien repara en como el güevo le crece abultando contra la tela del pantalón. Siente unos deseos horribles de ir tras el joven, caer de rodillas y enterrar el rostro dentro de la rica raja. Seguro que olería bien, y que estaría tibia y hambrienta de mimos y caricias que él le brindaría gustoso.  

   Caliente, hace un movimiento como sí realmente fuera a ir hacia él, cuando nota que alguien viene de la parte posterior de la casona. Es Pancho, un joven universitario que a veces hacía trabajos en la propiedad, desde traer café hasta reparar  mobiliario, o restaurarlo, como le gustaba decir a su madre porque sonaba mejor. Pancho es un joven catirón y atractivo, que se ve caliente dentro de su jeans desteñido y su franela negra que hace resaltar su torso. Sus nalgas muerden la tela del pantalón. El joven mira a Pedro, quien parece no haber reparado en él, y mira hacia la casona. Eric se medio oculta mientras tanto, tras unos setos del jardín. Con pasos sigilosos, Pancho va hacia él, que aún enjabona el carro. Eric ve que extiende una mano que hunde con fuerza, con ganas, con deseo de hacerlo, dentro de esas nalgas de macho. Pancho sonríe en forma mórbida, empujando su mano contra ese culito; se nota como la agita, queriendo ganar espacio. Casi todas las falanges de su mano desaparecen entre las tibias nalgas. Pedro se impacta, y se revuelve, dándole un leve manotón y soltándose.  

   -Pancho, ¿qué coño haces? -pregunta como quien mira a alguien juguetón.   

   -¿Qué crees tú, maricón? Jurungándote el culo. Lo tienes caliente, cabrón. -sonríe libertino, esa mano vuelve hacia las nalgas, hundiéndose en la tibia raja. Palpando lento pero con maestría.  

   -¡Deja! -jadea alarmado el otro. Pero esa mano no sólo no sale, como nota Eric, sino que se mueve de arriba abajo, sobando y hurgando más, queriendo entrar toda.  

   -No te resistas, güevón. Todo el mundo sabe que lo que tú quieres es güevo. Sexo duro y caliente por ese rabo… -dice libidinoso, apretando los dientes, sintiendo la calidez de esa raja contra sus dedos. Es un calor húmedo.  

   -¡Eso es mentira! Estar cogiéndote a todos esos viejos maricas con real, te tiene loco. -jadea ronco, pero sintiendo un calorcito extraño que sube de su culo, de esa mano firme y joven que hurga y soba su raja. Casi gime, pero se contiene.  

   -¿De qué hablas? Todos saben que en la fiesta de Dominga te rascaste y estuviste en el cuarto del hermano, oliendo un calzoncillo usado y mordiéndolo. ¡Que vergüenza! Y que arrechera, sí querías güevo por ese culo, ¿por qué no me buscaste a mí que te conozco desde hace años? Yo te lo habría dejado ahíto de esperma; para esos son los amigos, ¿no? -se burla, pero siente como su güevo va endureciéndose contra el jeans.  

   -¡Es mentira! No es verdad eso que andan diciendo, que yo y que quería mamarle el güevo…  

   -Te encontraron acostado en su cama, boca abajo, con la cara metida dentro del calzoncillo y meneando el rabo. Lo único que te faltó fue bajarte el pantalón y meterte una vela en el culo diciendo: sí, papito, cógeme… -finge su voz.- ¿Por qué lo niegas? Tú lo que quieres es…  

   No dice más, pero le da la vuelta a Pedro, casi montándolo otra vez de panza sobre el capote, pegando las caderas de esas nalgotas. Su güevo erecto, caliente, con ganas de culo, se frota contra la raja. Lo maraquea sabroso de adelante atrás. Se queda totalmente pegado a él, y al que los mira le parece una visión fascinante de erotismo gay. Sonriendo, el catirón comienza a frotar su tolete de arriba abajo, como serruchándole el rabo.  

   Ese macho tras él, sentir el duro tolete que palpita caliente casi entre sus nalgas, hacen que Pedro jadee aunque no quiere. Su culo ahora sube y baja un poquito, casi imperceptible, frotándose contra la dura barra, delatando las ganas que siente y tienes. Pancho sonríe, excitado. Pedro le estaba dando permiso, se rendía. Sus manos caen en la tibia espalda del otro, sobándolo.  

   -Estás que ardes, Pedrito. Tienes ese culo deseoso de güevo de macho. Y yo te lo voy a llenar todo. -le susurra en la pata de una oreja, casi tendido sobre él, dominándolo.  

   -No. Yo no hago… eso. -jadea mal.  

   -Se ve que te mueres porque te enculen. Vas a saber lo que es rico. -dice maraqueándolo de adelante atrás con fuerza, estremeciéndolo con las embestidas. Esa pelvis parece firmemente pegada a esas nalgas. El calor que se genera en ese punto es grande.- Vamos para tu cuarto…  

   -Pero… pero… -aún intenta resistirse, mirándolo sobre su hombro derecho.  

   -No digas maricadas. Estás caliente. -y con una mano le da un apretón en una tetilla.- La tienes paradita, lista para que te la muerdan. -luego le atrapa el güevo sobre el short jeans.- Y éste está caliente también. -lo aprieta y Pedro jadea. Eric siente la boca muy seca.- Y éste… -le abre el botón del short, lo hala un poco y mete una mano allí, en la parte de atrás, sonriendo lascivo, mostrando la lengua. Esa mano hurga más abajo.- …tienes el culo caliente y mojado. Quieres güevo, panita. Y yo te lo voy a dar. Te voy a dejar llenito de rica leche. Te voy a poner ese culito como baño de deportistas… todo mojado y empegostado… -lanza una risotada.  

   Pedro ya no puede más, se vuelve a verlo, excitado más allá del límite del sentido común. Eric puede ver su tolete casi saliendo de la suave tela morada. Una manota de Pancho cae sobre una de sus nalgas y casi lo lleva empujado hacia la habitación que está cerca de los estacionamientos. Eric casi no puede aguantar la palpitante erección, siente como ya le babea un poco el tolete. Es increíble lo que vio. Allí, en pleno patio de sus padres, un carajote maraqueó a otro y le prometió llenarle el culo con güevo y hacerlo chillar de gusto y de placer. Fue tan gráfico que Eric no puede dejar de imaginarse los dos bellos cuerpos, sudados y gimientes, cabalgando uno contra el otro en una danza de sexo caliente y vital. Y ese Pancho tenía cara de ocioso, seguro que conocería las técnicas secretas para hacer sollozar de placer sobre su cama a Pedro. Y la necesidad de verlos, de masturbarse o de entrar y participar, se apoderan con urgencia de él. Mira hacia el camino por donde se fue la parejita y piensa seguirlos, abrir la puerta y entrar, cayendo sobre ellos en la cama.  

   -Eric, al fin apareces. -oye la fría voz de una mujer. Casi con un gemido de chasco, el joven se vuelve hacia la casona, donde una mujer bajita, de cabellos entrecanos y mirar altivo, lo observa.- Irene lleva casi una hora aquí. -y lo dice como si ya no pudiera aguantarla más.  

   -Lo siento, madre. El tráfico… -se disculpa con la excusa universal del venezolano para llegar escandalosamente tarde a cualquier acontecimiento: boda o funeral. Cierra firmemente su saco, ocultando la escandalosa y dolorosa erección de su güevo palpitante. Coño, ya no vería sexo caliente y en vivo sino tendría que aguantar un chaparrón familiar. Y su madre salía a recibirlo…  

   -Pasa. Tu padre quiere hablarte. -dice fría, besándolo en una mejilla y mirándolo como si fuera un tonto que fracasó en algo sencillo. Él entiende, es por la firma. Sabe que sus padres lo quieren, (o eso quiere creer, se dice irónico), y que no desean que fracase, pero lo esperan. Temen que fracase. La mujer recorre el patio con los ojos.- ¿No has visto a Pedro? -su voz es dura. Muy dura. Eric se sobresalta un momento.  

   -Eh, no; debe estar por ahí… ocupado en algo importante. -dice evasivo. Sí, en llenarse el culo de güevo, piensa con un estremecimiento, eso impide que note la mirada gélida de Norma, quien sigue mirando los patios, molesta. La mujer se ve peligrosa, como si algo muy feo cruzara por su mente, algo relacionado con el tal Pedrito.  

   -Si… debe estar ocupado. -suena feroz; y eso lo intriga un poco.

…..   

   Dentro de la pequeña sala donde reciben a las amistades, como se sentía él siempre que iba de visita aunque había pasado su niñez, adolescencia y juventud atrapado ahí, Eric e Irene aceptan una copa ofrecida por el fiel Jaime, un viejo servidor de los años más azarosos de la vida de Germán. El hombre está en un sillón, mal encarado. Norma le dirige algunas secas miradas mientras habla con la joven pareja, como pidiéndole calma y que actúe, para variar, con inteligencia, quitando esa cara de quien olfatea un pozo séptico. La mujer le dice  a la pareja que todas sus amigas preguntan cuándo es que se van a casar por fin, que ya ha pasado mucho tiempo y la gente no sabe qué esperan. Es realmente incómodo para Irene y Eric. Germán se pone de pie, como si tampoco él soportara tanta tiradera de puntas, nada sutiles por cierto.  

   -Eric, quiero hablar contigo un momento. ¿Me acompañas? -Eric se pone de pie aliviado, es mejor enfrentar a su padre que los reclamos de su madre. ¡Y cómo se engañaba el pobre tonto!  

   -Bien. -le hace una mueca a Irene, quien lo mira en forma… ¿compasiva? Intrigado, sale con su padre. Las dos mujeres se miran.  

   -¿No le avisaron nada? -interroga Irene a Norma. La mujer toma de su copa.  

   -No. Germán piensa que es preferible enfrentarlo al hecho en sí. -suena molesta. Odia lo que está a punto de pasar pero no pudo evitarlo. Tenían enemigos, eso estaba claro. Dentro de la firma había gente que conspiraba contra ellos. Bota aire, odia la palabrita conspiración. Odia… Intentando calmarse, mira a la joven.- Irene querida, no quiero meterme en sus vidas… -comienza. La joven hace una mueca de incredulidad, claro que quiere meterse, se dice.- …pero creo que Eric y tú están exagerando con esto de conocerse mejor. Por Dios, duermen juntos, ¿qué más esperan? Deben casase de una vez y estabilizarse. -suena urgida.  

   -Es que… no quiero presionar a Eric. No quiero que sienta que lo obligo. Estoy esperando que él… -suena evasiva e incómoda. No entiende a la mujer. Sabe que la odia, pero parece transada a lograr ese matrimonio. La mujer, sentada a su lado en el sofá, le palmea una rodilla, en un gesto que intenta sea amable, pero la joven no lo siente así.  

   -Querida, ese es tu error. -la desconcierta con su agresividad.- Tienes que admitirlo: algo pasa que no terminan de cuajar… -la mira como sí creyera que la falla estaba en ella.- Debes solucionar esto. Llevan cinco años de novios; en ese tiempo una mujer ya hubiera tenido hijos, o podrías haber hecho otra carrera universitaria. En cinco años una mujer dueña de su destino compra una casa, o se muda un par de veces. Viaja y ve mundo… En ese tiempo una mujer puede casarse, divorciarse y encontrar a alguien más. ¡Por Dios, son cinco años! Y créeme, no te estás haciendo más joven cada día, por lo menos no en esta dimensión. Debes pensar en los hijos, en qué edad quieres tener cuando lleguen, y cuál cuando tengan quince, dieciocho o veintiún años. Todas esas cosas hay que pensarlas y tenerlas en cuenta.  

   -Lo se, Norma, pero… -se ve molesta y confusa.  

   Dios, como odia a esta mujer impositiva, que la criticaba abiertamente algunas veces, y otras de forma solapada; que se burlaba de ella cuando decía algo que la otra consideraba tonto, que la corregía frene a terceros. Era una mujer imposible y detestable. Imagina lo horrible que debió ser para Eric crecer con una madre así, y se hace el firme propósito de que en cuanto se casen, intentará disminuir al mínimo las visitas a esta casa; pero en esto, la vieja loba tenía razón. También su madre, Mirna, sacaba esas cuentas…  

   -A mí me preocupa… porque te tengo mucho cariño… -y lo dice sin ruborizarse ni atragantarse con saliva, mostrando algo que intenta que parezca una sonrisa; pero que no lo es.- No me gustaría que al final del cuento, todo terminara y quedaras así, en el aire, después de cinco largos años. -suena tan aterrador que la joven se inquieta más.- La gente va a comenzar a decir que hay algo que falla entre ustedes, y que esa relación no va para ningún lado. -es dura, toma su copa, mirándola.- Y esas son profecías que se cumplen solas.

…..   

   Eric y Germán caminan lentamente por los terrenos posteriores de la mansión, cerca del área de la piscina. La noche es tibia, pero la brisa refrescaba. Germán, seco, le dice que ha recibido queja de varios socios, no dice quienes pero Eric imagina que de Ricardo y Aníbal.  

   -Papá, cada nueva dirección recibe quejas. La gente se resiste a los cambios, aunque sean para bien. Hay que darle tiempo al tiempo. -se defiende.- Déjame trabajar. -exige.  

   -Lo mismo dice el Presidente… -suena hosco y Eric lo resiente. Era verdad.  

   -Yo no estoy loco. -se defiende. Germán bota aire y sigue caminando; siempre evitaba hablar de política, al menos con él, se dice el joven para sus adentro.  

   -Eric, eres mi hijo y quería que triunfaras en la dirección de la firma, pero no soy sólo yo. Me debo a los socios. Ellos también tienen voz y voto. -se para y lo mira.- Y sí sólo se tratara de los socios menores, podría… pasarlos por alto. Pero se han comunicado con Manuel Caracciolo en Niza, y él no es tan optimista ni tan paciente contigo como yo. No es tu padre y no tiene por qué guardarte consideraciones. -lo deja de una pieza.  

   -¿Llamaron a los Caracciolo? -ya es posible ver la piscina y notar que alguien la cruza a nado, aunque él no le presta atención.  

   -Y Manuel envió una respuesta. Deberás compartir las responsabilidades de La Torre con su enviado… -mira hacia la alberca.  

   -¿Qué? -grazna, mirando las azules aguas.  

   En ellas se encuentra un hombre casi treintón, de cabellos cobrizos y ojos azulados, fríos, burlones y crueles: Franklin Caracciolo, hijo de Manuel, abogado y enemigo jurado de Eric desde hacía años. Un ser atractivo pero malvado.  

   -Frank y tú trabajarán juntos. -dice Germán, cansado, odiando hacer eso, pero sin fuerzas.  

   -¡Debes estar bromeando! No voy a trabajar con Frank. -casi grita, furioso.  

   -Eric, Eric… me lastimas, flaco. -se burla con su voz recia, el tipo, quien nada hacia ellos y con un impulso poderoso de sus brazos, sale de las azuladas aguas.  

   Es un hombre enorme, muy alto, musculoso y atractivo. Una cadena algo gruesa, de oro, cruza su cuello recio. Y ese cuerpo tan grande, semilampiño, va cubierto únicamente por una tanguita roja, de suave tela mojada que enmarca su tolete que se nota mucho. Germán hace una leve mueca de desagrado ante eso; hombres en tangas, ¡que horror!  

   -No digas idioteces, Frank. -ruge Eric. Es tanto su virulento odio por ese carajo, que ni verlo así, semidesnudo y sensual, lo afecta. Se vuelve hacia Germán.- Tú me dejaste a cargo y…  

   -…Y tú la cagaste. -se burla Frank, halando la parte superior de la tanga, para acomodársela mejor. Por un momento se ven sus dorados pelos púbicos.  

   Germán desvía el rostro, no entiende a esos carajos que intentan ser tan bonitos como una mujer. Una buena hembra en tanga era una cosa, pero, ¿un tipo? Nunca le han gustado los hombres ‘coquetos’. Dentro de La Torre iba deshaciéndose de tipos con colitas, cabellos teñidos, aretes y cosas así. Claro que a Frank no podía echarlo. Él y su padre, Manuel, tenían casi tanto peso como él dentro de la sociedad. Y los tiempos no estaban como para que mono cargara a su hijo, ni siquiera por un ratico. Eric no sabía de la espada de Damocles que pendía sobre ellos. Los Caracciolo podían hacerles mucho daño, porque así eran: crueles, vengativos, tenaces e implacables. Eso los hacía enemigos terribles dentro y fuera de los tribunales.  

   -Basta. Por un tiempo los dos trabajaran juntos. Es mejor que aprendan a llevarse bien desde ahora. -dice dando por terminado el tema y se aleja. Casi escapa a decir verdad. Eric va a seguirlo, pero se detiene volviéndose hacia el otro, que lo mira burlón.  

   -¿Qué está pasando aquí? -le exige saber a Frank. El otro toma una toalla y se frota el cuerpo, con un gesto indolente de quien sabe que está buenote y es quien domina la escena.  

   -¿No es obvio? Nos van a  probar. Van a decidir quien es mejor al frente de La Torre. Espero que no te hallas encariñado mucho con la silla de la presidencia; de todas maneras pienso cambiarla. Nunca pondría mi culo donde sentabas el tuyo. -se burla. Eric lo encara.  

   -No creas que te va a resultar tan fácil sacarme de allí, Franklin…  

   -No creo que sea muy difícil, Eric… -luego sonríe.- Tómalo con calma, no vine a pelear contigo, sólo a corregir tus errores. Mira, hasta te traje un regalito de Niza. -señala sobre una mesita una caja alargada, como donde se llevaría una botella de licor, pero algo más ancha.- Disfrútalo… -se burla, mirándolo cruel y se aleja.  

   Eric lo mira con un profundo odio, pero ahora nota el porte felino del gran carajo ese. Esa tanguita era muy chica para un cuerpo tan grande y poderoso. La tela quedaba algo atrapada entre las nalgas, que se bamboleaban desafiantes, como queriendo ver qué mano se atrevería a meterse entre ellas, para sacar la roja y húmeda tela, y tenderla sobre los glúteos. 

CONTINUARÁ… 

Julio César.

JUEGOS DE MANOS… JUEGO DE TREMENDOS…

Noviembre 10, 2007

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   Hay juegos peligrosos… y no sólo la ouija…   

   Mientras posaban para una fotografía que enviarían a sus novias, y que claro mirarían los panas, Jairo y Nelson comenzaron un jueguito para escandalizar, cada uno apretó el bulto ajeno. No podían imaginar que la cosa terminaría en palancas de cambios que necesitaban mucha fuerza para moverlas. Chicos al fin, pudieron dejarlo así y darlo por olvidado, pero prefirieron apagar la cámara, poner una cinta caliente y dejar que manuela resolviera. Lamentablemente Nelson parecido tener problemas para llegar a un punto y quiso que Jairo lo ayudara, cosa que este hizo, dándole una mano, porque es un buen pana… y por saber sí era tan resistente como se veía. El pobre tonto la tocó sin saber que era de fuego y ahora intentaba apagarla con saliva, quemándose la lengua en el proceso… Cosa que parecía lastimar a Nelson,  quien gemía quedamente… 

Julio César.

JAKE GYLLENHAAL Y EL TAMAÑO…

Noviembre 10, 2007

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   Desde aquí se ve bien. Todo perfección…   

   En una de las páginas de opinión sobre la película y los actores de esa joya maravillosa que fue, y es, Brokeback Mountain, se especulaba que Jake Gyllenhaal no había hecho la escena del desnudo frontal cuando Heath Ledger y él corren hacia el lago, por razones extrañas. Decían que si esto, que si aquello. En sí el comentario, malintencionado, era que lo hacía por alguna falta, o falla de tipo físico. No lo creo realmente, porque en Jarhead, la que refleja la vida de un marine en la primera Guerra del Golfo, hizo escenas bien subidas de tono, y por la naturaleza de esas tomas, debió quedar totalmente desnudo cuando las filmaban. La escena de ese diciembre en que está con ese hilito dental rojo era… vaya, Dios mío; igual que aquellas donde se da la ducha y se le nota no sólo la espaldota, sino un buen par de nalgas. Un hombre de pene pequeño, no se arriesgaría así, no con todos esos camarógrafos sacando pequeñas tomas extras para consumo propio.   

   Tal vez no quiso hacerlo y punto, al parecer el lugar donde filmaban era frío y ya andaba mal de salud. Hay que cuidarse, coño; ¿imaginan que algo le pasara a ese muchachón de apenas veintisiete añitos? Y en últimas instancias, si la cosa fuera medio cierta y llegara yo a encontrármelo por ahí, no le haría el fo. Por cierto, hace tiempo encontré una fotografía montaje, de alguien que evidentemente lo quiere tanto como uno, y lo mostraban desnudo con una vaina que parecía un bate. Por ahí debo tenerla, pero no la encuentro. Seguramente lo haré; pero es curioso como ahora todo sobre él, interesa. Pero a mí me molesta cuando dicen algo negativo, soy un fanático de la vieja escuela.    

   Otra cosa, Heath Ledger se vio algo raro en esas fotos del desnudo, y todo el mundo las manipula en la Web; por suerte parece un tipo centrado a quien esas tonterías lo tienen sin cuidado. También él es muy guapo, y esta cinta le ha dado cierta patente de corzo que hace su vida menos forzada desde Brokeback Mountain. Ahora Hollywood y el mundo todo saben que realmente que es un señor actor, no solamente otra carita medio bonita. 

Julio César.