Este relato también me lo enviaron por correo. Repito, qué gente tan oficiosa. Es bueno a su manera, por eso lo reproduzco… aunque cambié una que otra coma. Me gustaría, que de ser posible, enviaran igualmente el nombre del autor. No quiero que piense que lo estoy robando o plagiando si cambio una que otra coma. Léanlo, bien vale la pena, y no es mío, ¿okay?
POR LA LEY Y EL ORDEN

Después, claro, fue más fácil…
Por razones que espero les sea obvias, no doy mi verdadero nombre, ni mayores datos. Desde hace unos cuantos años presto servicios en el cuerpo de la policía. Mis precauciones, quizás para algunos sean algo exageradas pero tengan en cuenta que, supuestamente, no hay homosexuales dentro de la policía y ahora eso soy. Aunque en mi trabajo, siempre he creído presentar una imagen de hombre serio, dicho como es, de heterosexual, aparentemente hubo quien no me creyó.
Después de varias solicitudes para entrar a la unidad de detectives finalmente me aceptaron, sólo que tuve que realizar muchas investigaciones en misiones encubiertas, sin armas ni identificación alguna. Por lo general entraba en contacto con la persona o grupo de delincuentes investigados, como si fuera uno de ellos, y de esa forma recogía suficiente evidencias para llevar a esas personas a juicio. Hasta que un día nuestro supervisor, en una de las reuniones en las que nos asignan los casos, pidió un voluntario para que se vistiera de mujer.
Yo, al igual que el resto de mis compañeros, pensé que se trataba de una broma, por lo que le dije en tono de chanza que me apuntara. Pero cuando me di cuenta que eso era en serio inútilmente procuré renunciar a la misión. Pero cuando el supervisor me dijo que si renunciaba a ese caso mi siguiente labor dentro de la policía sería la de dirigir el transito, ¡pero por el resto de mi vida como policía!, no vi salida. Así que finalmente acepté.
Bueno en realidad no era disfrazarme de mujer, sino hacerme pasar por un transvesti, ya que el caso que tenía que investigar era uno de múltiples agresiones realizadas supuestamente por un único individuo, y todas sus víctimas habían sido transvestis que trabajaban como prostitutas en las calles. Lo cierto es que cuando comencé la investigación me tuve que vestir con ropas de mujer, y de las peores, de las llamativas, aparentando que era del ‘negocio’. Era incómodo y desagradable, pero era el trabajo. Regresando a los hechos les diré que estando en la calle vestido de mujer debía dejar que otros de mis compañeros haciéndose pasar por clientes, me tocasen las nalgas, o fingieran salir conmigo en sus autos. Era parte de mi pantalla. Era increíble la manera en que se me acercaban para decirme, bajito, que debía ir a presentar mi informe, mientras sus manos traviesas se metían bajo mi falda, tocándome de forma procaz mis nalgas sobre la suave tela de la ropa interior. Era… inquietante, aunque terminaba, después, reclamándole a los compañeros, que sonreían “pero dijeron que había que tocarte”, “sí, pero no darme esa sobada sobre el culo”. Pero no me hacían caso, la siguiente vez llegaban riendo bajito, como una broma, y volvían a tocarme, uno hasta metió su mano dentro de la pantaleta, dándome una buena apretada. Yo les gruñía que se detuvieran, pero aquello era tan extraño que me dejaba inquieto.
Eventualmente se atrapó al agresor y el caso se dio por concluido, pero mi supervisor en las semanas previas a que eso finalmente sucediera, se presentó una noche en la calle en la que yo, junto a un sin número de otros trasvestis, caminaba supuestamente buscando clientes. Al verme se dirigió directamente a mí, expresándose como si fuera mi chulo, pidiéndome cuentas de lo que había hecho durante esa noche. Yo de inmediato pensé que eso era para consolidar mi pantalla ante el resto de las putas y transvesti, por lo que le seguí la corriente.
Pero cuando ya estaba frente a mí, sin aviso alguno, me tomó de la cadera, atrayéndome contra él, y me ha plantado tremendo beso en la boca, metiéndome su lengua, al mismo tiempo ha dado un profundo y tremendo apretón a mis nalgas con sus dos manos. Todo eso me dejó entre turbado y sorprendido, paralizado, pero en esos momentos, cuando ya iba a apartarlo de un empujón, lo escuché decirme en un tono de voz apenas audible, “tranquilo, sígueme la corriente”. Seguí pensando que era parte del teatro que estábamos montando. Por lo que yo continué también actuando, pero seguía yo atrapado en sus brazos, aplastado contra su cuerpo enorme, sintiendo una de sus manos prácticamente entre mis nalgas, recorriéndolas, acariciándolas, mientras que con la otra mano, me subía la corta falda que yo estaba usando y descaradamente me acariciaba los muslos, frente a las putas y travestis que se encontraban cerca de mí.
Lo cierto es que en medio de todo, que el teniente me hiciera eso, y de la manera en que lo estaba haciendo, me comenzó a subir la temperatura, y mucho, tanto que sin querer dejé escapar un profundo suspiro cuando su mano cálida y fuerte entró dentro de la pantaletica, recorriendo mi piel. Yo realmente estaba como mareado, sin saber qué hacía, flotando en las nubes. El teniente, mi supervisor, es un negrote de cuerpo atlético, más alto que yo, con su cabeza completamente rapada, y con sus gruesos brazos me tenía sujeto contra su cuerpo.
Lo que hasta el momento en que comencé a sentir sobre mi descubierto ombligo, su grueso y duro miembro oculto bajo la tela de su pantalón, estuve pensando que todo era parte del montaje, tomaba visos más serios. Al bajar mis manos y palparlo, me di cuenta de que sus intenciones eran otras, y muy serias. Y eso me hizo estremecer más. Me atrajo nuevamente, y el calor de esa tranca contra mi cuerpo me hizo estremecer, ¿qué me pasaba? No lo entendía, pero todo yo temblaba. Cuando el teniente me dijo al oído, que me agachase, detrás de su auto, supe de inmediato cuáles eran sus deseos. Creo que me pude negar, pero no lo hice, no podía pensar con claridad. Así que ante la vista de algunas de las chicas, coqueta y seductoramente me agaché, y con toda la calma del mundo bajé la cremallera de su pantalón y como por arte de magia apareció su erecto güevo. El que sin vergüenza alguna de mi parte, tomé entre mis dedos, y lentamente comencé a juguetear con él.
Con lo parado y duro que se encontraba su verga no valía la pena perder mucho tiempo jugueteando con eso entre mis dedos, por muy extraño y estimulante que fuera aferrar ese tolete de carne dura, caliente y palpitante, por lo que sin pensarlo mucho, lo primero que comencé hacer fue pasar mi lengua lentamente sobre su colorado glande. Sentir su sabor, su aroma a macho, su calor, me turbaron. Pensé que retrocedería, que me daría el asco que deseaba, pero no, era maravilloso y me torné goloso, por lo que después de esas primeras lamidas, introduje casi por completo su verga dentro de mi boca. No sé cómo lo hice, era enorme y jamás había hecho eso, aunque las había disfrutado de mis novias, y ahora entendía, mientras mi boca subía y bajaba, chupando y mamando con ganas, por qué les encantaba tanto. Sentí que esa vainota me llegaba hasta la garganta, por lo que moviendo mi cabeza de adelante hacia atrás continué dándole una tremenda mamada, sin pensar en las consecuencias de mis actos, chupando, deseando esa cosa salina y dulce que manaba de él. Estaba cada vez más duro, grueso y caliente, y me encantaba sentirlo sobre mi lengua. Y mientras yo se lo mamaba profundamente, mi supervisor colocó sus manos sobre la peluca rubia que usaba, guiando mi cabeza, y continuó disfrutando de lo que yo tan sabrosamente con mi boca le hacía. Lo oía gemir y susurrarme “Si, puta, comételo todo, te encanta comer güevos, ¿verdad?”, excitándome de forma extraña.
Una que otra puta así como uno que otro transvesti, que se encontraban cercanos a nosotros, comenzaron a decirnos que nos fuéramos a un motel, que espantábamos a los clientes, que de ver un miembro como ese, de seguro se acomplejarían. Cuando mi teniente me indicó que lo seguiríamos a solas, me emocioné de forma viciosa, y cuando me ordenó secamente que me detuviera, sumisamente lo obedecí, y sin decir palabra lo seguí, hasta el asiento del auto después de que ocultó su miembro dentro del pantalón.
Ya en el auto no me atreví a decir una sola palabra, la vergüenza me mataba, pero también el temor de decir algo que arruinara el momento. Guardé silencio hasta que llegamos a un motel. Una vez que traspasamos la puerta de la habitación, el teniente volvió a tomarme entre sus musculosos y fuertes brazos y comenzó a besarme de manera desesperada, aparentemente tan deseoso de eso como yo, hasta que me dijo: “Nena, no sabes lo mucho que he esperado este momento desde que te vi por primera vez con tu carita dulce y tu boquita rica”. Yo no había salido de mis primeros asombros cuando escuché semejante cosa. Por mi parte reaccioné con deseo y respondí a sus besos y caricias como si fuera su hembra.
Mi supervisor continuó acariciando mi cuerpo sin quitarme la ropa, tocando mis nalgas, besándome por casi todas partes, mientras que yo me moría ya por sentir su miembro trabajando en mí. Así que lentamente le fui dando la espalda hasta que mis nalga quedaron frente a su verga; sentí sus ardientes manos subirme la falda y posteriormente bajarme las pantis, dejando mis nalgas al aire y bajo su total control. Sus dedos exploraban mi esfínter una y otra vez, sentí como untaba algo grasoso e intentaba penetrarme con un dedo mientras su boca me mordisqueaba el cuello, todo ello produciendo en mi cuerpo un enorme y desconocido placer. De pronto sentí su güevo caliente comenzando a traspasar mi esfínter mientras sus manos apretaban mis planos pechos, como si realmente fueran un buen par de tetas.
Yo estaba que me moría, pero de la felicidad, no estaba pensando en que él era mi supervisor, y que ambos éramos policías. O dos hombres. No pensaba en nada, sólo sentía. A medida que sentía como ese buen pedazo de carne se abría paso entre mis nalgas, mis gemidos y profundos suspiros se dejaron oír, así como las palabras que le fui diciendo con afeminada voz, a medida que él continuaba enterrándome su tranca. Todo eso lo excitó más todavía y dejando mis pechos, me tomó por las caderas y con una divina fuerza, terminó de penetrarme. Me imagino que mis ojos casi se salen de sus orbitas, no grité. Pero de que lo sentí lo sentí bien adentro de mí.
Por un largo rato ambos nos quedamos quietos, hasta que yo, no sé cómo ni de dónde saqué las fuerzas necesarias y comencé a mover mis caderas, y a los pocos segundos él comenzó a meter y sacar casi todo su miembro de mi culo. En mi vida nunca me habían dado por el chiquito, pero como lo hizo mi supervisor me enloqueció, y creo que eso fue lo que terminó de joderme. Y mientras gritaba como una hembra, restregando mis nalgas de su pubis, subiendo y bajando, frotándome, enculándome, yo deseaba que no terminase nunca. A medida que él metía y sacaba su verga de mi culo ardiente, estrecho y sedoso que lo halaba, no dejaba de decirme lo puta que yo era, que desde que llegué a la unidad mi manera de ver, hablar y caminar lo tenía loco. Yo ignoraba todo eso hasta esos momentos, pero escuchar su ronca voz hablarme de esa manera y decirme eso, me derretía.
No sé cuanto tiempo permanecimos en la habitación de ese motel, pero fue la locura. Echado de espaldas, lo vi meterse entre mis piernas, gritándome nena bella, mientras me cabalgaba. Luego él de espaldas sonreía mientras yo saltaba en sus caderas, subiendo y bajando ansiosamente sobre su negra mole de carne dura que me clavaba hasta el fondo en mi culito ávido. Cuando finalmente salimos, él me dejó y yo regresé a la esquina donde se supone me mantuviera, pero mi mente era un caos. Una fiebre extraña se había apoderado de mí. Pasó un hombre con pinta de ejecutivo, treintón, elegante y atractivo y tras preguntarme cuánto cobraba, y yo responderle, me fui con él. El culo me ardía todavía, quería volver a ser sometido, cogido, llamado puta. Sí, me fui con él, y con el siguiente, y con otros las noches que siguieron. ¡Estaba tan caliente!
Ah, al delincuente que agredía a mis hermanas lo capturaron. Pero yo no he dejado de mantenerme yendo a esa esquina, sólo que con el dinero extra que he ganado, discretamente estoy en un tratamiento de estrógeno, hormonas femeninas. Ahora soy una puta. Mis compañeros lo saben, de noche en noche llega uno y lo atiendo mientras me gritan, halándome del cabello, enculándome con fuerza. Me llaman la perra de la guardia. Pienso que cuando ya mis senos sean más evidentes, quizás me den de baja en el cuerpo, pero mientras tanto mi supervisor se hace de la vista gorda con ese pequeño detalle. Después de todo… fue su culpa por despertar a la hembra en mí.
FIN (no es mío)
Julio César.