ALLÁ EN EL RANCHO NO TAN GRANDE… 2

ALLÁ EN EL RANCHO NO TAN GRANDE

   Esta historia, que NO ES MÍA, es un Padackles. Un cuento sobre Jensen Ackles y Jared Padalecki, pero no de ellos como actores grabando la serie. Es divertido, la autora, marianfc, es brillante manejando la comedia y la acción. Es ligeramente atrevido, pero no tanto. Disfrútenlo:

……

Titulo: Zafarrancho en el Rancho  (JP/JA – RPS AU)

Autor: marianfc

Pairing/Characters: Jared/Jensen con apariciones de todos los personajes del doblejotaverso 

Idea: Podéis echarle toda la culpa del resultado a  luxbella  pues ella propuso la idea y una servidora se ha limitado a darle la forma de dos vaqueros con sombrero de cowboy, botas y, en el caso de Jared, una calentura más grande que el propio estado de Texas.

   -¿Se puede saber cuál es el problema de ese hombre? –pregunta a duras penas mientras se endereza.– No puedo creer que esto haya sido porque hace quince años entré en sus tierras, sinceramente.

   -¿Usted no sabe una mierda de nada verdad? –contesta el vaquero con otra pregunta, que le deja de piedra.

   ¿Pero es que en ese pueblo a todo el mundo le falta un aire?

   -¿Perdona?

   -Veo que se ha quedado con el rancho del Sr. Morgan sin saber la vaina que se le avecina.

   -No entiendo una palabra de lo que me estás diciendo, amigo.

   -En primer lugar, usted y yo no somos amigos. Resulta que voy a ser su capataz y usted me va a pagar un buen sueldo por ello, porque me imagino que un chico de ciudad como usted sólo ha visto un rancho en las películas, así que tendré mucho trabajo por delante.

   -¿Y en segundo lugar? –la verdad es que a Jared no le hace mucha gracia el tono con el que le habla el vaquero, como si fuera una especie de damisela en apuros y él un caballero de brillante armadura. En realidad él no ha pedido su ayuda, y tampoco recuerda haberle contratado, así que su condescendencia empieza a cargarle un poco.

   -Ya le diré lo segundo cuando a mí me apetezca. –cortante como una navaja.– Ahora compre lo que necesite y le espero fuera, aunque le advierto que Melinda no tiene utensilios para el té ni velas aromáticas en la tienda. Por cierto, soy Jensen Ackles.

   Dicho esto, sale del local con una sonrisa burlona en los labios. Mientras saca un paquete de tabaco, se apoya en una camioneta destartalada aparcada enfrente y enciende un cigarro, todo ello sin dejar de sonreír.

   Jared no puede creerse lo que le acaba de pasar. Recapitulando, le han amenazado, insultado y empujado sin comerlo ni beberlo, ha conseguido un capataz para el rancho sin siquiera abrir la boca y se acaba de dar cuenta de que un hombre le ha movido los cimientos como ninguna chica lo había hecho hasta ahora, y ni siquiera han sido presentados formalmente. Debería enviarlo a la porra y… Pero, Dios, se veía tan bien bajo el sol de Ruidoso. Seguramente sin aquella ropa… No, déjalo así o llamarás la atención por otra cosa.

   No está mal para sus primeras horas como ranchero.

……

   Surrealista es el calificativo que define mejor lo que acontece a raíz de ese día. Y no sólo porque Jensen toma sus cosas de algún lado y se instale en el rancho de forma inmediata, sin hacer alusión alguna a lo destartalado de la vivienda, pero escupiendo maldiciones cuando ve el establo y el abrevadero. No puede ser normal que la primera mañana le despierte a las cinco en punto, bramando que las vacas no se van a ordeñar solas y que mueva el culo para alimentar al ganado. Es ridículo que no le permita tomarse ni un café primero o colgar  las cortinas que ha comprado para la casa, con lo bonitas que son. Y a las cinco de la mañana no es ni medio aceptable que Jensen tenga ESE aspecto tan caliente y excitante, y que Jared parezca que se acaba de levantar de una cama de clavos.

   Y lo peor de todo es que, cuando el vaquero le ve con sus jeans de diseño, su camisa de marca arremangadita, su sombrero nuevo a estrenar y sus botas de piel de potro, se descojona de la risa, ¡¡¡de él!!!, ¡en su cara!, diciéndole que está hecho un pincel y que los animales no le van a tomar en serio. Lo cual no deja de ser cierto, porque a la primera de cambio, en cuanto le agarra una ubre, “Daisy” pega tal coz a Jared, que acaba en un suelo lleno de boñigas de vaca y su modelito se va a tomar por el saco.

   Está un poco harto de que su capataz le dé órdenes como si los papeles estuvieran invertidos. ¡Es SU rancho! Es cierto que no ha habido contrato, ni han hablado de sueldo ni de horarios ni de nada en realidad, porque Jensen se limita a monosílabos y gruñidos, excepto para gritarle lo que está haciendo mal cada cinco minutos. Pero aquí sólo hay un patrón y el vaquero va a tener que empezar a respetarle si quiere seguir trabajando para él. O Jensen Ackles cambia de actitud, o Jared le echa.

   El único problema es que las cosas sólo funcionan cuando Ackles está cerca y Jared no tarda en darse cuenta.

   Después de varios días de intenso trabajo, que empiezan al alba y acaban al caer la noche, a Jared le duelen hasta los lóbulos de las orejas y, lo que es peor, lleva varios días sin hidratarse la piel como Dios manda y teme que le estén empezando a salir escamas. Ackles no le permite bajar la guardia ni un segundo, presionándole, agobiándole y exigiéndole más y más esfuerzo a cada momento, sin reconocer ni por asomo que, día a día, Jared le va agarrando el truco a los pequeños menesteres de la vida de ranchero y que el aspecto del sitio está mejorando considerablemente… y eso que aún no ha colgado las cortinas.

   Ya tienen electricidad, con lo cual Jared ya puede cargar su Ipod y escuchar a Rufus Wainwright mientras trabaja, oyendo los alaridos del capataz como muy lejanos, lo que es un beneficio extra. El agua del grifo empieza a parecerse al líquido incoloro que debe ser y llega el equipaje que faltaba, con lo cual Jared puede prepararse sus ansiadas infusiones y comer verduras cocinadas en su wok.

   Cuando el capataz se va al pueblo a comprar provisiones y todo lo necesario para una nueva empalizada, Jared aprovecha para entrar en la casa y protegerse del sol de justicia que cae sobre el rancho. Piensa en preparar algo de comida para Jensen, que no aprecia las verduras cocidas al estilo oriental como debiera, y abre un par de latas de lo que parece ser un guiso de judías en la foto del envoltorio, pero que al volcar sobre el cazo adquiere el aspecto de un accidente evolutivo. Entonces oye lo que indudablemente es un disparo muy cerca, demasiado cerca. Justo detrás de él en realidad.

   Cuando se gira, ve a Patterson DENTRO DE SU CASA con un rifle humeante apuntando al ya de por sí agujereado techo y cree que sus ojos le están engañando, porque: “esto no me puede estar pasando a mí”.

   -¿Preparando la comida para tu maridito, Padalecki? Parece que el vaquero te ha ensillado pronto, ¿eh? –la sorna en su tono es tan insultante que parece vinagre en una herida.

   -Patterson… -murmura Jared.

   -No me mires con esa cara de susto preciosa, sólo he venido a hacer una visita a mis nuevos vecinos. –sonríe el otro sin simpatía alguna.

   -¿No me trae una tarta de bienvenida o algo? –no es que Jared sea muy chistoso, pero los nervios hay que paliarlos de alguna manera.

   -¿Dónde está tu novio, Padalecki? ¿Está en tu cama?

   -¿Disculpe?

   -Ese capataz tuyo que responde al ridículo nombre de Jensen. –explica sin necesidad.– Veo que ya están en su nidito de amor, la mar de felices y contentos.

   -Jensen ha ido al pueblo pero regresará enseguida.

   -¿A comprarte algo bonito?

   -¿Cuál es tu problema, Patterson? No me conoces y no has dejado de insultarme desde el momento en el que me viste. –lo encara.

   -¿Qué cuál es mi problema, Padalecki? –el otro se acerca amenazadoramente a él.– Tú eres mi problema. Tú y el cabezón de tu tío, que no quiso venderme sus tierras antes de estirar la pata.

   El corazón de Jared late a doscientas pulsaciones por minuto. Empieza a comprenderlo todo y la expresión de Patterson a escasos centímetros de su cara y armado, no le gusta nada.

   -Estuve años ofreciéndole cantidades ridículas por este rancho de mala muerte, pero tu tío se emperró en que permaneciera en la familia por no sé qué patochadas… El maldito Jeffrey Dean Morgan y sus estupideces… Dejándoselo en herencia a un crío de ciudad sin la más mínima idea del aspecto que tiene una vaca más que por los libros… Pero ya estoy harto de ser un caballero. Me vas a vender tus tierras Padalecki o…

   -¿O qué? –le interrumpe el aludido.- ¿Me vas a pegar un tiro entre ceja y ceja? ¿Vas a tirar mi cuerpo al río esperando que nadie me busque?

   Inmediatamente Jared se arrepiente de haberle dado tantas ideas pero ya es demasiado tarde. Cuando ve la expresión de Patterson e intuye que va a levantar el rifle y dispararle, agarra el cazo de la lumbre y le arrea en la cabeza con todas sus fuerzas, mientras las judías acaban decorando las paredes de la cocina y Jared sale corriendo como alma que lleva el diablo.

   Tropieza con Jensen nada más dejar el porche, haciendo que vuelen las bolsas de papel llenas de comida que lleva y dejando a un rubio y guapo vaquero en el suelo, con cara de pocos amigos.

   -Desde luego es usted patoso de bolas. –le murmura ignorando su aterrada expresión y sin percatarse de la presencia de Patterson tras él.

   -Tu chica es una fierecilla, Jensen. –brama el otro acercándose a ellos rifle en mano.– Me acaba de atizar con lo que creo iba a ser tu comida, pero te aseguro que esta me la va a pagar con intereses.

   -¿Eso has hecho, cielo? –le pregunta Jensen a un Jared que asiente, alucinado de oírle dirigirse de esa forma a él, tratándole en un segundo de usted para, al instante, llamarle “cielo” y quedarse tan pancho.- ¡Bien hecho! No te preocupes por la cena, ¡esta noche salimos para celebrarlo! ¡Ponte algo bonito!

   La cara de Patterson es un poema -aunque Jared no sabe decir si de Yeats o de Whitman, pero un poema al fin y al cabo-, con la yugular a punto de explotarle de pura furia e indignación por la actitud chulesca de Jensen, quien añade pausadamente:

   -Saca tu sucio culo del rancho, Patterson, si no quieres que te lo deje como un colador. Y me demostrarías que no eres tan zopenco como aparentas, si no vuelves por aquí nunca más.

   A pesar de los temores de Jared, aquello no termina en plan ensalada de tiros y Patterson se monta en su caballo, largándose por donde ha venido, mascullando amenazas e improperios contra ambos.

   -Esto no puede seguir así, Padalecki. –sentencia Jensen, seco, olvidándose del “cielo”, para desazón de Jared.– Ya veo que con un cazo a mano sabes defenderte, pero es hora de que te agenciemos un revólver.

   -Me serviría de poco, no he disparado en mi vida ni sé usar un arma.

   -¡Por Dios bendito! Pero… ¿tú estás seguro que eres tejano, hombre?

……

   Cuando era pequeño, Jared nunca se disfrazó de vaquero por Halloween. Ni una sola vez. Un año se disfrazó de Luke Skywalker. La única arma que ha empuñado es una espada láser de juguete, a la que se le acabaron las pilas nada más estrenarla, por lo que era básicamente un trozo de plástico de color verde. Recuerda ese año con especial cariño, porque la cantidad de caramelos que le dieron esa noche le duraron semanas. De acuerdo, un par de días en realidad.

   Es decir, que la primera vez que Jared empuña un Colt 45, alias “el Pacificador”, es su primera vez.

   -Siéntete cómodo con la sensación de tenerla en tus manos antes de disparar. –le dice Jensen.– Tu mano tiene que amoldarse a su forma.

   -Pesa bastante. –se sorprende Jared.

   -¡No me salgas nenaza que aún está descargada! A la hora de apuntar podrás apoyarte con la izquierda. ¡Levanta el brazo!

   Jensen ha colocado unas cuantas botellas de cerveza sobre la cerca a modo de blancos y no puede menos que alegrarse de no haber cargado el arma, porque Jared la levanta directamente hacia su cara mientras le obedece.

   -¡Wow! ¡Ten cuidado, que las armas las carga el Diablo! ¡Apunta hacia las botellas, mendrugo!

   Jared levanta nuevamente el revólver, de forma lenta, esta vez en la dirección correcta y emula un disparo, imitando el ruido de la detonación con la lengua. Se ríe de su propia tontería, girándose para mirar a Jensen con la expresión de un niño al que acaban de regalar un juguete nuevo. Pero Jensen no de ríe. En absoluto.

   -Esto no es un juego, Padalecki. –le recrimina. Jared se siente como un auténtico cretino en ese momento.- Un arma sólo hay que usarla cuando es necesario, pero tienes que aprender a utilizarla correctamente. –añade muy serio.– Tal y como has apuntado no habrías acertado ni a una vaca en el culo a medio metro. -le quita el arma y saca un puñado de balas del bolsillo.- El martillo tiene dos posiciones. –le dice como si Jared supiera lo que es “el martillo”.-  Para cargar el revólver tienes que colocarlo en la primera posición. ¿Entendido?

   Jared asiente lentamente, mientras observa al vaquero cargar el arma con los pequeños proyectiles.

   -Colocas el martillo en la segunda posición y está listo para disparar. –le enseña antes de girarse, apuntar hacia las botellas y destrozar una con un disparo certero, que queda en los oídos de Jared retumbando un buen rato.– Ahora prueba tú, y trata de no matar a ningún pobre pájaro en el intento. Ni a mí. O a tu pie.

   Jared asiente mientras retoma el arma, que ahora sabe cargada y lentamente levanta el brazo apuntando hacia el objetivo. Es una sensación muy poderosa, pero nada comparable a cuando coloca el martillo como Jensen le ha enseñado y dispara. El efecto del retroceso es brutal, haciéndole incluso perder un poco el equilibrio.

   -No te has acercado, Jared. –le dice Jensen en todo burlón, aparentemente sin notar que lo tutea.– Pero ni de lejos, hombre. Has levantado el cañón antes de disparar y juraría que has cerrado los ojos.

   -No me he dado cuenta. –contesta el otro avergonzado.- Es más difícil de lo que pensaba.

   Jensen se acerca a él y se coloca delante.

   -Esto sería más fácil si no fueras tan condenadamente alto, Padalecki. –dice.– Levanta tus brazos y apóyalos en mis hombros.

   – ¿Cómo? –pregunta Jared tragando saliva.

   -Ya me has oído. Levanta los brazos y apóyalos en mis hombros. –repite.- Yo te ayudaré a apuntar.

   Jared obedece, mirándole la nuca mientras el otro le da la espalda (Dios, pecas), lo suficientemente lejos del cuerpo de Jensen como para que sólo sus muñecas cumplan con lo requerido.

   -Acércate más. –la voz de Jensen se torna ronca y profunda cuando le ordena lo que Jared se estaba temiendo.– Tus manazas tienen que estar a mi alcance.

   Jared respira hondo y se aproxima. No rozar con su estómago la espalda de Jensen es una cuestión de milímetros, y sin embargo oleadas de la tibieza exhalada por ese dorado cuerpo, lo alcanzan.

   -Relaja los brazos. –le dice éste mientras lo toma de las muñecas y le coloca el revólver correctamente.

   “Relajarse” no es algo que Jared esté muy propenso a hacer en esos momentos, porque cierta parte de su anatomía está empezando a reaccionar ante la cercanía del cuerpo de Jensen, de su calor y firmeza. La cabeza de su capataz casi roza su barbilla (¿sí frotara su quijada allí esos cabellos se sentirían tan suaves como parecen?, ¿se molestaría Jensen si enterrara la nariz en su nuca y aspirara?), y el contacto de esas manos firmes en sus brazos está empezando a ponerle realmente nervioso.  

   -Afloja un poco la presión sobre la culata y el gatillo. –le aconseja.– No es cuestión de estrangularla. Eso es. Y ahora déjame a mí hacer el resto.

   Jared no entiende muy bien cómo es posible que Jensen huela tan bien. Porque huele a gloria. Sabe que no utiliza ninguno de los champúes y geles que hay en el baño, y ya ni hablemos de las cremas hidratantes. Además el olor que desprende es distinto al del propio Jared. Pero es embriagador. Huele a… lujuria. Si, desea cerrar los ojos y enterrar su rostro en ese cabello. Tal vez en su cuello y aspirar ese aroma tan varonil que… “Cielos, ¿he dicho eso en voz alta? ¿No? ¡Gracias a Dios!”.

   Jensen coloca sus manos sobre las de Jared y ahí empieza todo. O acaba. No está muy seguro. ¿De dónde viene ese repentino calor? Porque sí, hace calor pero no como para provocar una combustión espontánea, que es lo que Jared siente cuando Jensen le toca. Siente que se está derritiendo lentamente y el corazón se le dispara como si estuviese corriendo a mil por hora hacia ninguna parte. Es que ni siquiera siente el arma disparándose, no la oye, no se percata de que ha derribado una botella hasta que Jensen se gira y le mira sonriendo. Cuatro de julio. Año Nuevo chino. Dos mil fuegos artificiales verdes y dorados en su mirada. Y él quiere perderse en ella. Y esos labios llenos, rojos, húmedos y…

   Bastaría tan sólo bajar unos cuantos centímetros su rostro y besarlos. E imaginar cubrirlos con los suyos y entrar en la boca de Jensen Ackles, le está friendo el cerebro. Pero si no lo hace… Qué coño, ¡lo hará!

CONTINÚA … 3

Julio César.

Una respuesta to “ALLÁ EN EL RANCHO NO TAN GRANDE… 2”

  1. visit Says:

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