CASS VS DEAN

   Busqué la página de donde saqué Correrías en Boston, y la encontré; pero no puedo ubicar el dichoso relato. Sin embargo, y de entrada, me topé con esta historia. Qué me agradó porque ya me había extrañado no encontrar nada al respecto. No sé en qué momento la escribió esta mujer, pero se ve bien. Castiel ha decidido “castigar” a Dean por oponérsele en su lucha contra Rafael. Y lo hace, pero las cosas no le salen tan bien. ¿Que por qué me gusta? Dean, despertando pasiones como siempre, es sometido, pero no es un juguete sin voluntad. También él hará sufrir a Castiel.

……

Titulo: The penitente’s Mark

Autor: yeya-wc

Tema: Dean/Cass

Estado: en proceso

Rating: PG-17

Resumen: Castiel castigará a Dean por oponérsele, y este sabrá porqué lleva su marca.

   El olor a sangre es intenso, inquietante como siempre, pero no es eso lo que tiene de punta cada cabello de las nucas de Sam y Dean Winchester mientras cruzan una mirada, antes de volverla hacia Bobby. Castiel, todo soberbio y confiado se alza en medio de la habitación baldía, el suelo y las paredes cubiertos aún con la sangre de Rafael.

   -Soy su nuevo dios. Seré uno mejor que el anterior. –repite Castiel con una leve sonrisa de suficiencia en su rostro generalmente inexpresivo.- Deben postrarse ante mí o les destruiré. –se dirige a los tres cazadores, pero sus gélidos ojos azules están clavados en Dean Winchester.

   -Castiel… -Sam intenta razonar, pero calla sintiendo un nudo apretando su cuello cuando el ángel le mira, lo siente metiéndose en su cabeza y es desagradable.

   -M alegra que hallas sobrevivido a la experiencia de tus recuerdos en el Infierno, Samuel. Eres fuerte. Más de lo que imaginé. Te has convertido en un gran cazador… Es por ello que no quiero matarte. A pesar de que tú lo intentaste conmigo. Híncate ante mí y lo olvidaré.

   -¡Basta, Castiel! –la voz de Dean, aunque intenta que suene firme, falla un poco. Le mira con intensidad.- Estás intoxicado, Cass; es todo el poder de esas almas. No eres tú mismo. Por favor, amigo, regresa… -pide, y Sam le mira algo sorprendido, realmente nunca ha escuchado ese tono mendicante en su hermano, ni siquiera cuando le pedía que dejara a Ruby.

   -¡No soy tu amigo!

   -¡Cass! –Dean parece sorprendido, y algo herido.

   -Tengo cosas que hacer… -el tono vuelve a ser frío mientras recorre a todos con su mirada.- Arrodíllense y júrenme lealtad… o perezcan. –es tajante. Y nuevamente clava sus ojos en Dean.

   Cuando deja de hablar y cierra uno de sus puños, Sam puede sentir como el aire se llena de electricidad, casi huele a ozono, un sabor amargo y cobrizo cubre su lengua. Castiel lanzará contra ellos todo su poder. La ira del nuevo dios. Y el más joven entiende por la mirada huidiza de Bobby, la que tiene cuando busca desesperadamente una salida aunque no le guste, que este también lo entiende. Si, se arrodillarán y adoraran al nuevo dios, hasta que encuentren la manera de detenerle. O matarle. Una vez decidido, encontrando en los ojos de Bobby la misma resolución, Sam se vuelve hacia Dean, intentando comunicarse. Este parece no notarlo, atrapado como está en su juego de mirarse con Castiel, como si nada más existiera.

   -No. –es la respuesta simple de Dean, toda desafíos.

   -¡Dean! -exclaman Sam y Bobby a un tiempo. Castiel alza un poco el mentón y ahora es posible percibir un sonido agudo y rasposo en el aire, mientras los ojos del ángel relucen de furia.

   -Híncate o muere. –la voz es ronca. Ya no mira nada ni a nadie más.

   -¡No!

   -¡Obedece o te destruiré! –la voz es dura y las lámparas parpadean y estallan. Dean no deja de mirarle.

   -No.

   -Dean… -advierte Sam, con el corazón martillándole en el pecho, ¿acaso el cabezotas de su hermano no entiende que este Castiel posiblemente sí le destruirá para probar que es el nuevo jefe?

   -¿Crees que no lo haré? –Castiel entrecierra los ojos, realmente furioso. Una emoción que, como todas, Dean le llevó a descubrir, siendo él, generalmente, el causante.

  -Sé que si quieres lo harás, ahora eres un enfermo intoxicado, como una vez lo estuvo Sam con la sangre de demonio.

   Por un momento Castiel no sabe qué responder, tanto así es su furia. ¿Desaparece o se mueve demasiado aprisa? Nadie sabría decirlo. Un momento estaba en el centro de la habitación y al otro Dean es empujado por los aires contra la pared, golpeándose, y allí está Castiel sosteniéndole por el cuello con una mano, sus alas extendidas, pero ahora eran de un color blanco casi cremoso. Dean gruñe de dolor, por el golpe, por la mano que le atenaza, por la falta de oxígeno.

   -¡Dean! -exclaman Sam y Bobby, y no piensan, tan sólo se arrojan contra Castiel, quien ni se vuelve a mirarles cuando salen cada uno despedidos desde sus propios pies y aterrizan en la esquina más alejada de la habitación, llevándose un buen tortazo también.

   Castiel mira a Dean con furia, desea apretar y apretar ese cuello cálido que se agita bajo sus dedos. Es muy consiente de su movimiento cuando Dean intenta tomar aire desesperadamente, puede sentir su pulso acelerándose, el correr su sangre, el calor de su vida. Si apretaba tan sólo un poco más…

   El mayor de los Winchester se ahoga, sus manos aferran la muñeca de Castiel pero sabe que nada logrará. Sin embargo lucha por soltarse. Que escriban eso en su epitafio, que luchó hasta el final, piensa, mientras deja escapar una tos que parece sonrisa mientras su mirada se nubla, sin dejar de notarse irreverente y chulo.

   -Ahhh… -aspira aire ruidosamente cuando Castiel afloja su agarre, dejándole sobre sus pies pero sin soltarle, cosa que le conviene por el momento al tener las piernas tan flojas.

   -¿Tu epitafio? –el ángel pregunta, iracundo, Dean puede notarlo.

   -¿No te gustó la frase, Cass? Puedes acuñar una si quieres, pero que se hable del tamaño de mis bo…. –reta, jadeando.

   -¡Me tienes miedo! –acusa, y Sam está seguro de que Dean lo negará.

   -Si, porque en estos momentos eres otro monstruo sobrenatural. Uno que ha repetido varias veces que me matará.

   -¿Alguna vez te he hecho daño, Dean? ¿No he corrido a tu encuentro cada vez que me has llamado? ¿No hice una y otra vez todo lo que me pedías aunque eso fuera contra los míos y aún contra el Cielo? –exige, rojo de furia, y a todos les parece notar un feo retumbar bajo sus pies, ¿tal vez un terremoto a punto de estallar?- ¿En verdad… en verdad crees que te lastimaría?

   -¡Me estabas lastimando! –acusa Dean, fruncida las cejas, desafiante hasta el fin.

   Castiel no responde, no mueve un sólo músculo de su rostro cuando alza el brazo echándolo hacia la derecha, sosteniendo al rubio todavía por el cuello. Le suelta y Dean vuela por los aires y aterriza feamente sobre el mesón metálico, casi abollándolo todo. Dean, gimiendo ahogadamente, sintiendo sus costillas fracturarse, cae semi inconciente, lo cual es lo mejor que puede ocurrirle ahora que sus costillas se desplazan y una se le clava en un pulmón.

   -¡Dean! –estalla un magullado Sam, desesperado, viendo la sangre que sale de la boca de su hermano cuando tose.

   El castaño corre a su lado, igual que Bobby, el cual no descuida del todo a Castiel, que se vuelve hacia ellos alzando una mano abierta. La luz es intensa, cálida pero no desagradable. Parece estallar frente a sus ojos. Los dos hombres cierran sus parpados al tiempo que sienten que el mundo parece tambalearse feamente.

   Abren los ojos cuando todo se estabiliza. Y Sam grita llevándose las manos a la cabeza. Están en medio de la noche, en el taller de Bobby, transportados kilómetros y kilómetros de distancias.

   -¡Dean! –estalla nuevamente Sam, girando sobre sí mismo, buscando el caído cuerpo de su hermano; necesita encontrarle y correr hacia un hospital para que le curaran. Pero sólo están él y Bobby.- ¡No! ¡No! ¡Dean! –grita a la noche.- No le hagas más daño, Castiel. ¡Regrésame a mi hermano!

……

   Castiel puede oírle, pero no le hace caso. No mientras tiembla de furia, una que no había sentido jamás, ni siquiera cuando fue llamado al Cielo y torturado, o cuando entendió que Dios no respondería a sus llamados, o cuando Dean pensó realmente en entregarse a Miguel en su lucha contra Lucifer. Le mira, caído, medio agitándose, tosiendo sangre. Todo roto. Y ni aún así su ira desciende mientras va a su lado.

   Todo. Todo lo había dado por él, todo lo arriesgó, siempre, sin pedir nada a cambio, ni un miserable “gracias, Castiel”, y Dean, la única vez que le pide que le entienda, que se aparte y le deje cumplir con su deber, detener a Rafael y sus seguidores, este se ponía en su contra. Traicionándole. Conspirando contra él.

   El ángel ladea la cabeza, una nueva tos ahogada, que mancha de sangre el sucio piso, se deja oír antes del jadeo de dolor. Y se inclina, sin desear detenerse a pensar que Dean no quiso escucharle, ni rendirle pleitesía. Se agacha y le mira, un parpado se agita, un ojo se abre, verdoso, velado, y Castiel desea atraparle nuevamente del cuello y apretar.

   Dean, todo aporreado como está, sintiendo que respirar le apuñala el pecho, reconoce la ira en la mirada azulada e intenta arrastrarse, alejándose de él.

   -¿Tanto me temes?

   -Cass… -jadea entre dientes.

   -Quisiera poder lastimarte en verdad, Dean Winchester. Mucho. Hacer algo que te lastime como me duele a mí el que… -traga aire.- Enfrenté a mis hermanos y a Lucifer por ti; fui con Chuck, aún sabiendo que moriría, cuando intentaste impedir que Sam comenzara el Apocalipsis, también cuando te interpusiste entre Miguel y Lucifer, aunque lo creí una locura. Una y otra vez he intentado protegerte y ayudarte, pero tú nunca me has correspondido. –y le atrapa un hombro y aprieta, casi oyéndose el chasquido del hueso.

   El grito del rubio penetra al fin en su cerebro, pero no se detiene. Dean siente que se muere, aprieta los dientes e intenta zafarse, pero no hay caso. Cass oprime y oprime hasta que el dolor es sordo y caliente, recorriendo todo su cuerpo, tanto que se orina encima y finalmente llega la inconciencia bendita.

   El ángel respira con dificultad mientras se pone de pie. Quiere… no sabe qué. Debe partir, regresar al Paraíso y castigar ejemplarmente a los seguidores de Rafael, destruyéndoles a todo. Debe ir contra los demonios. Luego contra los inicuos enla Tierra. Debecastigar a los que han actuado mal. Y… Dean era uno de ellos. Por oponérsele.

   Le mira, caído, bañado en transpiración por el dolor, una lágrima todavía visible. Orinado. Debía someterle. Castigarle. Eso se dice mientras baja nuevamente tocando la mejilla rasposa con el rastrojo de barba e, instantáneamente, el rostro queda limpio de toda magulladura. Dean parpadea confuso. El cuerpo reparado.

   Nuevamente la rabia le invade. Tuvo que curarle. Odiaba verle herido, lastimado. Ahora estaba allí, débil, mirándole todavía confuso y asustado. La mano del ángel le hace perder el sentido antes de abandona su mejilla, atrapándole otra vez un hombro. Lo toma en sus brazos y le alza. Es fácil. Dean no pesa para él. La cabeza del rubio gira y cae contra su pecho, inconciente. Vulnerable. Y Castiel le mira intensamente, pálido y aún con gestos de dolor a pesar de su curación, respirando con pesadez en su desmayo. No era necesario que le tomara en sus brazos para llevarle a su suplicio, pero…

   ¿Qué haría con él? ¿Cómo castigaría al mayor de los Winchester? Sonríe levemente, alzándole un poco más, teniendo el rostro del rubio muy cerca de su hombro. Sabe qué hacer. Algo que debió hacer mucho tiempo atrás. Después de todo… Dean le pertenecía.

……

   Dean no abre aún los ojos pero estira su cuerpo con un bufido de satisfacción cuando recobra la conciencia. Se siente increíblemente bien, descansado y de lo más cómodo en aquel colchón bajo él. Era suavemente firme. Parece que cada músculo de su cuerpo se almohada a él. No hace frío ni calor, tan sólo hay una corriente fresca que le hace agradecer estar semi cubierto con una sábana de lo más suave. Oye a lo lejos el correr del agua, el gorgojeo de las aves, el viento meciendo algunas ramas de árboles y…

   Abre los ojos con fuerza. ¿Donde carajo estaba? Se sienta en la cama, la sábana corre descubriendo su dorado torso desnudo. Es una habitación espaciosa, hermosa, cómoda. Hay una pequeña mesa con dos sillas, un enorme televisor en una pared, cuadros de paisajes, una chimenea en una esquina. Y un amplio ventanal mitad abierto. El cristal ocupa toda una pared y la mirada del rubio queda atrapada en ella, con la boca abierta. No reconoce nada, pero eso tiene que ser…

   Joder, ¡el puto Paraíso!

   Parece que el día comienza, el cielo que ve desde la cama es de un azul pálido hermoso, el sol no era visible pero sus rayos parecían suaves. Un colorido jardín adornaba la salida del ventanal, más allá era visible el pasto más verde que nunca había visto. Y el arrollo, joder, se dice el rubio casi girando los ojos, dos pequeños ciervos parecen beber antes de alejarse a la carrera hacia unos arbustos cercanos. ¿Ciervos? ¿En serio?

  ¿Pero cómo? ¡Castiel! Claro, debió ser él, se dice confundido, buscando posibles dolores corporales. Las manos sobre las costillas, antes de llevar una al hombro aferrado por el ángel, le confirman que este le curó. ¡Demonios!

   -No, ninguno de ellos tuvo nada que ver. –aclara la voz monocorde desde el otro lado de la cama.

   ¡¡¡Joder!!!

   -¿Cass? –lógicamente es él, sin embargo debe preguntar, porque el ángel no parece el de siempre. Lleva esos pantalones que usa usualmente, pero no la corbata ni la gabardina. También la camisa ha desaparecido. Tan sólo lleva una corta franela blanca, una que se amolda bien a su cuerpo, reconoce de pasada, y sin saber a santo de qué, el rubio.- ¿Qué ocurre? ¿Dónde estoy? ¡Llévame con Sam y Bobby! –exige, sintiendo la llegada de la siempre presente ira.

   -No. –ahora es el ángel quien juega a la resistencia, sin apartar los ojos de él.

   A Dean no le pasa desapercibido el brillo de sus ojos azules cuando baja por sus mejillas y cuello, cayendo sobre su tórax. Casi parecía tocarle y era una sensación de lo más inquietante. Ese calorcillo que sentía en su estómago…

   -Deja tus juegos, Cass. Llévame con Sam y Bobby.

   -No, Dean, debes olvidarte de ellos. Ahora estás donde debes estar.

   -¿Qué diablos te ocurre? –grita, saltando de la cama como un enorme y hermoso felino cuando Castiel se acerca. Es cuando nota que lleva tan sólo sus boxer negros, una pieza no muy grande y que debería estar olorosa a orina, eso lo recuerda, pero que parece limpio, como todo él a decir verdad.- Tú… Tú…

   -Te curé, te traje aquí y te quite tus ropas sucias. Limpié músculo por músculo. Lavé cada parte de tu cuerpo. Te vestí con eso y te deposité en la cama. Sonreías como un bebé mientras lo hacía, casi ronroneabas. -informa con su voz ronca, su postura de siempre, pero con ese brillo nuevo en la mirada.

   -¿Que tú me tocaste…? -se ahoga y desea creer que es enfado, pero es confusión.

   -Tranquilízate, Dean. No pasa nada. Tengo perfecto derecho a tocarte. A traerte aquí.

   -¿De qué carajo estás hablando? ¿Acaso todas esas almas que consumiste te frieron el cerebro?

   -¿Tienes que hablar de eso nuevamente? Sabes que me molesta. Me recuerda tu oposición a mí. –bota aire el ángel.

   Casi sonaría exasperado si no fuera por la forma en la que recorre el torso del rubio, bajando por el abdomen. Y Dean podría jurar que casi siente sus manos sobre el boxer, tocándole, clavándole dedos fantasmas en su trasero, apretándole.

   -Castiel, si esto es una broma… -se atraganta y retrocede, él que jamás rehúye una pelea, cuando el ángel comienza a bordear la ancha cama de blancas sábanas.

   -Nunca bromeo. Tú lo sabes.

   -Cass, déjate de vainas. ¿Qué tienes? No me gusta tu mirada. –termina de encolerizarse. Sabe que es peligroso, que este Castiel podía hacerle estallar o freírle las carnes sobre el cuerpo, pero no era Dean Winchester un hombre paciente, ni prudente. No retrocede ahora; rojo de mejillas y ojos llameante espera por Castiel.

   -Hablas demasiado, Dean. –comenta suave, entrecerrando un tanto los ojos, fija la mirada en los carnosos labios del rubio, quien controla a duras penas las ganas de pasarse la lengua sobre ellos.

   -Me pongo así cuando una criatura sobrenatural intenta convertirme en su prisionero. –joder, ahora sí me mata, pensó de pasada, pero elevando la mirada, los ojos cubiertos de terquedad y valor, uno que le dice a Castiel que Dean se preparaba para soportar torturas y golpes. Incluso la muerte.

   -No, Dean, no lo entiendes todavía. No eres mi prisionero. Ni voy a hacerte daño. Al contrario.

   -¡Estoy aquí contra mi voluntad!

   -Así es, porque es mi voluntad. Te lo repito, Dean, me perteneces. Eres mi humano. En ti está mi marca. La del brazo cuando te rescaté dela Perdición, donde sufrías, gritabas y llorabas. Estabas tan lleno de dolor, tan roto… que quise protegerte. Por ello te marqué. No necesitaba hacerlo para sacarte de los Infiernos, pero lo hice. Cuando te toqué te desmayaste y debí cargarte en mis brazos y acunándote contra mi pecho, y ahí me prometí que te cuidaría de todo peligro, para siempre, así se cerró el trato. Allí te convertiste en mi propiedad, de cara a los Cielos y los Infiernos. Mi marca les decía a todos que me pertenecías. –Dean boquea, sintiendo los pelos de punta, esa confesión le dejaba desarmado y aún más desnudo.- Por ello me dolió tanto tu incomprensión; tú, de entre todas las criaturas dela Tierradebiste entenderme. Por ello sólo ante ti me expliqué y… rogué por comprensión. –suena aburrido, como si tal cosa fuera lo más absurdo del mundo.- Pedí en lugar de exigirte gratitud y entrega. Supliqué cuando tú, simplemente, debías obedecerme y adorarme, como algo que es mío y es feliz con mi atención.

   -Cass… amigo, hermano… -intenta una sonrisa nerviosa. No sabe a dónde quiere llegar el ángel, pero le da miedo.

   -No, Dean. No soy tu hermano. –suena a bofetada, alza la barbilla y sus ojos relampaguean.- Nunca lo he sido. Nunca te he visto como tal. –le aclara.

   -¿Qué mierda hablas? Claro que eres mi hermano. Te quiero como tal. Hemos pasado por tanto juntos… –tiene que gritar, todo furor.- Mira, Cass, no sé qué tienes en mente, pero yo no le pertenezco a nadie. Ni a ti, ni al Cielo ni a nadie. Yo…

   -Dean… -exhala Castiel agotado, bajando la mirada, elevándola luego, acercándose rápidamente al rubio, tocándole con esa mano extrañamente cálida (¿Cass siempre la ha tenido así?), en el rostro, la otra sobre su torso, encima del corazón, y el mayor de los Winchester siente que cada nervio de su cuerpo es atravesado por una cálida corriente que le hace responder, casi deseando frotar la mejilla de esa mano.

   -¡Cass! –jadea temeroso. Castiel le estudia fijamente, sonriendo levemente.

   -No temas, Dean. ¿Recuerdas cuando le dije a Sam que acudía a tus llamadas porque entre los dos había una conexión más íntima? Es esto. Tu alma recuerda el toque curativo y generoso de mis manos. Ahora estás aquí, a salvo de todo, de los monstruos, demonios y peligros. Aún de Sam, llevándote siempre por amargos callejones emotivos. Nunca has tenido a nadie. Sólo a tu madre y ella murió muy joven. Fuiste sólo un soldado para tu padre y el guardián de tu hermano; nadie ha querido nunca anteponer su bienestar al tuyo, a pesar de que te has entregado por todos, buscando aprobación y afecto. Has deseado dar amor tantas veces, a tu manera, pero nadie ha querido aceptarlo. Ni siquiera Lisa. Has sufrido tanto, mi pobre Dean, has estado tan solo… Pero eso acabó.

   -No soy una cosa. –grazna, indefenso, molesto consigo mismo por no apartarse, por desear, en una parte de su cabeza, cederle el control a Castiel.

   -Eres mío; tan sólo eso. El humano que reclamé y quien me debe adoración. –los dedos se clavan un poco en Dean.- En los viejos tiempos la humanidad nos adoraba. La mayor bendición era ser visitado y servir a un ángel del Señor. Ahora ese honor es tuyo. Estás aquí para servirme y adorarme. –termina, con resolución.

   Y Dean tiene miedo, porque si, porque desea ceder.

CONTINUARÁ … 2

Julio César.

NOTA: La bonita imagen no es de mi autoria tampoco, ¿okay?

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