
¿Por qué no lo miraba? Estaba allí, sentado, joven y fortachón, tomando de su botella, con la gorra de marinero sobre sus ojos, y el muchacho se estremece soñando con esa boca sobre la suya, tomando de él. “Víctor”, lo llama ronco, “mírame…”, le pide. Y su corazón late con fuerza, Víctor sonríe, se medio arrodilla, toma sus caderas y esa boca soñada cae sobre la piel ofrecida. Y el chico, sonriendo, sabe que tendrá lo que tanto deseaba.

No soy gay, pero verlo llegar al vestuario para prepararse, me hacía temblar. Su cuerpo era sólido, atlético. Hermoso. Siempre parecía distante, jugando con su bate, uno que, sorprendiéndome, deseaba tocar con mis manos. Aunque guardaba silencio, me miraba, desnudando su cuerpo increíble, quedándose en aquel suspensorio rojo que me robaba las fuerzas. Quería verlo llegar a mi lado, notar el interés en sus ojos, oírlo decir: “mete la copa en mi suspensorio y te lo dejo morder después del juego”. Y nada más imaginarlo perdía todo mis deseos héteros. Era una locura, pero juraría que… me estaba mirando justo ahora.
Julio César.





