
Condenados como estamos a compartir una amplia frontera con un país igual en lengua y credo, y aún con un pasado similar, nos movemos entre el cariño, el respeto y es desdén hacia la nación vecina unas veces, hermana otras, Colombia.
Era yo tan sólo un muchacho cuando con calor de rabia en la cara presencié una cadena televisiva donde el Presidente de la República, el doctor Jaime Lusinchi, con voz enérgica y movimientos tajantes, anunciaba que ante la injustificada agresión del ejército colombiano, representada por la penetración de la corbeta “Caldas” en aguas territoriales, el pueblo de Venezuela les daba doce horas para retroceder o esta sería hundida. Fue corto, conciso. No se usaban las cadenas presidenciales para insultar, delirar, mascar hojas de coca o pasear la vulgaridad personal. En mi casa estábamos indignados, ¿cómo era posible que Colombia nos agrediera?
Recuerdo que no habían pasado doce horas cuando Jaime Lusinchi repitió la cadena nacional, con palabras que hoy resultan estremecedoras (qué democracia, qué gente había antes en los cargos públicos, qué decencia y clase). Con voz categórica, Jaime Lusinchi dijo que el estado venezolano, garante del bienestar personal de los colombianos en Venezuela, prohibía cualquier ataque contra los nacionales del otro país, garantizando que se utilizaría todo el peso de la ley contra quienes agredieran colombianos en las calles o atacaran sus propiedades. Qué no habría excusas ni atenuantes. El Estado les garantizaba la vida. ¿Por qué aquello? Porque el ataque del Caldas revolvió el nacionalismo, Colombia, sin justificación, nos agredía y los venezolanos nos arrechamos.
Fueron días extraños. Papá hablaba de las tanquetas que se habían movilizado hacia el Zulia, el Táchira y Mérida. De los F-16 que habían partido de Puerto Cabello, rumbo a la entrada del Golfo de Venezuela. Le hablaba a mamá de la alarma en la OEA, de los llamados a la sensatez que hacían los gobiernos de la región, temerosos de una guerra fraticida. El Caldas se detuvo y regresó a Colombia. El peligro se había conjurado. Lo demás fueron las historias y cuentos que se tejieron sobre el caso.
Ahora, muchos años después, el gobierno bolivariano, y Hugo Chávez, lleva tiempo tratando de sembrar un sentimiento anti colombiano. Lleva años gritando, insultando e intentando fomentar el odio de nuestro pueblo contra el vecino. Desde que intentaron y fallaron en la operación de lavarle la cara a las FARC brindándole beligerancia política, y luego del golpe de la muerte de Raúl Reyes, enloquecieron. Desde hace dos años intentan crear el conflicto, una guerrita. Y vuelven por sus fueros. Primero fue por las bases americanas en suelo neogranadino, ahora por la extraña muerte de un equipo de futbol de colombianos en Venezuela, que según el Vicepresidente Carrizales, eran paramilitares enviados para matar y crear violencia en Caracas; para finalizar con la detención de dos miembros del DAS colombiano en maniobras de “espionaje”. Desean un conflicto que no llega… porque la gente no les cree nada de lo que dicen o inventan desde las pantallas de VTV.
El hombre y la mujer de esta tierra, el que no cobra por la Asamblea o una nómina del PSUV, no se traga el cuento. Por ello tienen que salir los tarifados de las nóminas oficiales, los altos personeros, diputados y ministros, fingiendo que creen en la especie de que Colombia es nuestra enemiga. En la región miran el problema con inquietud. Todo el mundo sabe que los locos son peligrosos si cargan una cabilla en las manos. Pero pueden estar tranquilos. No habrá conflicto armado con Colombia.
La gente común no les cree el cuento y no van a marchar hacia la frontera ofreciendo el pecho, arrasando a los vecinos como si de un río crecido se tratara. No habrá guerra porque el Alto Gobierno ha demostrado lo sensible que tiene el pellejo, jamás se pondrían en la línea de fuego, sólo tal vez detrás de algún sacerdote. Los reservistas saben que enfrentados a un ejercito de verdad, con generales reales y no vende pollos o hala mecates, con órdenes de contenerlos, no tienen vida. El ejército regular conoce mejor que nadie el estado de las vías de comunicación, el de las tanquetas y el armamento, saben que la escaramuza sería corta. Y lamentable para ello. Rodríguez Zapatero y Lula Da Silva, fuera de medrar con hambre y rapiña vendiéndonos chucherías, nos dejarían solos. Eso también lo saben en Miraflores, por eso necesitaban a los venezolanos en las calles, como perros enloquecidos, gritando contra Colombia. Necesitaban que el pueblo creyera la patraña y se volviera contra los vecinos.
El anti colombianismo pregonado desde el Gobierno fracasó cuando fue denunciado en VTV, un canal de televisión que nadie ve y del cual se desconfía como un medio que inventa, calumnia y no se preocupa por la verdad. Fracasó cuando la Asamblea chavista y la Fiscal General del chavismo, intentaron unirlo todo a un nuevo intento magnicida, el número mil treinta y siete… sin que los mil treinta y seis anteriores se demostrarán. Fracasó porque la gente sabe que es un burdo intento para acallar los verdaderos problemas y reclamos del país, como la violencia desatada donde matan a cualquiera en cualquier esquina mientras el ministro del Interior, Al Aissaime, persigue a Globovisión, a los estudiantes y a la dirigencia opositora.
Fracasó porque eso nada tiene que ver con la falta de alimentos en los anaqueles, lo que fue advertido de que ocurriría cuando se comenzó a invadir tierras cultivadas, fábricas y empresas, para que sólo el entorno íntimo y la cúpula podrida del PSUV tuviera fortuna, y mientras el ministro Jaua, inepto e incompetente como pocos, continúa culpando al Imperio o a la crisis mundial del desastre que él creó. Fracasó porque los ingenieros venezolanos llevan años alertando sobre el colapso de autopistas y puentes por falta de mantenimiento al desparecer todo en la corrupción. Ahora no hay electricidad ni agua, y hablan de racionar, porque en diez años desoyendo a los expertos, no se realizaron mantenimientos o reparaciones y no se construyó nada nuevo. Tres años atrás se alertó sobre el estado del tendido eléctrico y como no fuera en mantener a Zelaya y a sus ministros, nada se gastó en eso. La gente los oye gemir excusas (la izquierda es buena en eso), pero por dentro piensa “coño, menos mal que los cuarenta años algo hicieron, sino no habría energía ni para oírles los cuentos”.
Iris Valero, diputada nacional por el estado Táchira, obviando su responsabilidad y culpa de la penetración del territorio nacional por grupos violentos, cosa que fue advertida cuando cedularon y le otorgaron la nacionalización a cuanto bicho de uña en rabo que por ahí pasara, no va a lanzarse al Metro después de confesar llorando su participación. No. Acusa a otros aunque sabe que la gente no le cree nada, como no sea que es una cínica. El Vicepresidente acusa a Colombia de la violencia en Caracas por la llegada de grupos irregulares, pero entonces, señor ¿quién manda en este país? ¿Quién debía impedir que entraran? ¿Quién tiene la responsabilidad de evitar que salieran de Colombia y llegaran a Pinto Salinas? ¿Quién debió impedirlo? ¿Uribe? ¿Bush? Y la gente lo oye, y lo sabe mentiroso aunque él jura que engaña.
El Gobierno grita y acusa a Colombia. Insulta y difama. “Son ellos, ellos tienen la culpa de que nada sirva, de que nada funcione, de que la revolución sea un desastre de pillaje y corruptela”, escupen desde las televisoras. La gente los oye, aprieta los labios, se arrecha con ellos, y sigue. No se reúnen, no gritan “mueran los colombianos”, porque en el fondo sospechan que el desastre venezolano, tal vez (¡tal vez!), es responsabilidad de Venezuela. Y eso es lo peor que podría pasarle a Hugo Chávez. Necesita distraer la atención del hampa, la violencia, los muertos diarios, el desabastecimiento, la falta de luz y agua, es decir, de los logros de sus diez años en el poder… pero no puede hacerlo para siempre sólo gritando. Necesita al pueblo siguiéndolo como un gigantesco mar en sus delirios… pero la gente no sale. Porque la gente no odia a Colombia.
Julio César.









