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PEQUEÑA HISTORIA DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

Mayo 4, 2009

   En todas partes existen, se dan allí donde se reúnen los seres humanos para vivir, pequeños relatos de dolor, de amargura, de decepción. De injusticias tales que únicamente nos queda, con rabia suprema (en mi caso es rabia) y ojos llorosos, elevar la mirada al Cielo y exclamar (impíadamente): Señor, castígalos. Esta es una de esas vivencias. No la presencié. No tenía un conocimiento cabal de ella, ni de sus circunstancias. Sabía que hubo algo llamado la Guerra Civil Española, como amante de la historia universal que soy, y que sirvió de práctica para los ejércitos europeos antes de la Segunda Guerra Mundial. Poco más. Era un nombre, un sonido hasta interesante. De los iberos llegados de esos días, uno tenía la idea de gente que se vino por alejarse de un conflicto duro, preguntándose, de pasada: ‘¿Cómo pudieron dejar sus tierras y todo atrás?’. Tan sólo eso. Pero la guerra fue mucho más. Se libró contra la gente sencilla, casa a casa. Cayendo, muchas veces, de noche, como suele atacar el mal.

   Esto lo contó una de esas amistades cibernéticas. Alguien a quien he leído como si la oyera hablar, y que a veces me parece (y me gustaría) que vive en la puerta de enfrente de mi apartamento; estoy seguro que sería grato verla, reír con ella, hablar de las pequeñas cosas de todos los días. Lástima que está lejos.

   Ella me habló de esto:

……

… DE TRAICIONES Y OTROS DOLORES

   Hace un par de días vi ‘La Pasión de Cristo’. Me impactó. No la había visto todavía, y creía que una película hablada íntegramente en arameo y latín, de la que me habían dicho que tenía un exceso de sangre y crueldad, no me iba a gustar. Lejos de eso, me encantó. Me pareció que debe acercarse mucho más a la realidad histórica que otras versiones. Y sobre todo me gustó el punto de vista: la relación entre María y Jesús. Nunca me había parado a pensarlo.
Para esa madre, que al fin y al cabo es lo que era, la pasión fue ver a su hijo escarnecido, maltratado, torturado, y finalmente asesinado…

   Y creo haberte hablado ya de otra María, de aquella que dos meses después del inicio de nuestra guerra Civil, allá por el 36, recibió una llamada en su puerta en plena noche. Eran tiempos difíciles, tiempos de miedos y de venganzas. En casa estaban con ella dos de sus hijos y su única hija, también María, la que 35 años después sería mi abuela, embarazada de ocho meses de la mayor de mis tías.

   María Galera, mi bisabuela, abrió la puerta, y se sintió aliviada al ver que quien picaba era el mejor amigo de sus hijos. Ese que había compartido con ellos tantos días de siega y de campo, y que solía comer invitado a su mesa, porque la casa de mi familia era de las primeras que se encontraban al entrar en el pueblo, y María siempre le decía al verlos llegar agotados por un día de durísimo trabajo bajo el sol andaluz “¿ahora te vas a ir para arriba?, hombre, ¡quédate a comer con nosotros!”.

   Pero el alivio le duró muy poco tiempo, tan poco como él tardó en pronunciar: “diles que salgan”.

   Ella no lo podía creer, a pesar de que en la puerta también había más gente. La historia me la explicaron hace muchos años, y hará cosa de cuatro me la repitió, en una de las pocas conversaciones serias que tuvimos, María Olmo, mi abuela. No recuerdo muchos detalles. No sé cómo se llamaba el amigo de mis tíos, seguramente porque no hemos querido repetir mucho su nombre. No sé cuántos eran, pero lo que sí se es que María Galera suplicó, lloró, rogó… se arrodilló abrazando las piernas de aquel que había sido como su hijo mientras le decía: “¿tú?, ¿tú que has comido tantas veces en esta mesa?… ¿tú a quién he querido y tratado como a mi sangre?”

   En ese momento una de las armas que traían se dirigió a la frente de María, y apoyándola en ella alguien dijo: “y como no te levantes ahora mismo del suelo y ellos salgan, te llevamos a ti también”.

   Los dos muchachos, porque no eran otra cosa, salieron al oír la amenaza. Y se los llevaron.

   María Galera pasó la noche recorriendo, como loca, los campos, las acequias… todos los lugares donde creía que pudiera localizar a sus hijos. No los encontró. Al amanecer sus dos gorras estaban colgadas en la tapia del cementerio. Esa era la forma gentil en que los verdugos hacían saber a las familias de las víctimas que ya no había esperanzas. Aparecieron debajo de un puente por el que María había pasado una y otra vez esa noche… pero no miró debajo.

   Nunca se recuperó. Nunca volvió a hablar. Nunca volvió a salir de su casa. Se vistió de luto y nunca más lo abandonó.

   Durante la Guerra se vivieron muchos otros momentos duros, y al finalizar esta aún más, porque los vencedores se sintieron siempre con derechos sobre los vencidos. La familia del traidor siempre vivió cerca de la mía, pero no éramos una excepción en el pueblo.

   ¿Qué debió pasar por la cabeza de aquél hombre…? ¿Qué amenazas debió recibir para hacer aquello, si es que ese fue el motivo…? ¿Cómo siguió adelante con su vida sabiéndose responsable de la muerte de sus dos mejores amigos que habían cometido el único delito de ser simpatizantes socialistas y fieles a la República que el pueblo votó…? ¿Qué hacía cuando se cruzaba con mi abuela por la calle…? ¿Qué hacía mi abuela cuando lo veía…?

   Mi madre me ha contado muchas veces que pasó mucho tiempo con María Galera. María Olmo, mi abuela, la enviaba a hacerle compañía porque nunca más volvió a salir de su casa. Ella nunca le contó nada, ni de esa noche ni del resto de miserias de la Guerra, porque no quería inculcar en sus nietos la semilla del rencor ni el odio. Habló muy poco después de esa noche. Sólo suspiraba.
   “…Y de vez en cuando, se le escapaba un suspiro… que helaba el alma”

M.

……

   La verdad que es difícil ponerse en el lugar de una señora, y no tan sólo porque yo sea hombre y no entienda el dolor de una madre, los hombres también quieren a sus hijos. Pero ella estaba ahí esa noche, inquieta al oír el llamado a la puerta, incrédula ante la realidad, ¡venían por sus hijos! Los de ella, los que fueron el dolor de su carne un día pero que la hicieron sonreír de amor al ver sus caras de bebé; era la sangre de su sangre la que se llevaban para derramarla. Es imposible imaginar su llanto y sus gritos mientras los muchachos salían y eran arrastrados, desapareciendo en la noche. Imaginarla resulta estremecedor, desesperada, tal vez desorientada, con pasos vacilantes, buscándolos por todas partes, todavía conservando la esperanza de que estuvieran detenidos, de que todo no fuera más que un error. Una pesadilla. Pero no, estaban muertos, sus hijos le habían sido arrebatados y asesinados, en su pueblo, el lugar donde siempre vivió. ¿Qué sintió después al recorrer esos lugares? M, cuenta que salía poco, pero debió salir de tarde en tarde. ¿Se llegaba al puente? ¿Lo miraría, confundida todavía por todo lo vivido, preguntándose por qué pasó? M, no recuerda o nunca supo el nombre del “amigo”. Seguro sí lo oyó, aunque no se hablara de eso. Su abuela, y la madre de esta debieron recordar bien ese nombre, el del traidor; tal sólo ha sido relegado, como en la biblia algunos nombres, al ‘fulano de tal’, alguien que no merece otra consideración. O un día, sobre su tumba, se le reconoció al fin: aquí yace Judas.

   La Guerra Civil Española, habrá quienes cantaran epopeyas, hubo quien lloró, de noche, junto a una batea, por alguien caído mientras encendía una vela, dejando ver su dolor y lágrimas únicamente a Dios. Es una historia que no necesita de muchos estudios. Es el horror del odio desatado y sembrado en una tierra para dividir y reinar, donde unos pocos que desean el control y el poder para sí, no se detienen en comenzar matanzas, persecuciones y violencia exacerbando los odios tribales y ancestrales del hombre. “Ve, mátalos y seremos felices. Yo te haré feliz”, grita el monstruo, algunas veces lo llaman Gengis Kan, otras Napoleón, Hitler es otro nombre, también Idi Amín, Milosevic, Saddam, Al-Bashir, Fidel Castro… o alguien más nuevo, que grita y habla, y el mundo le ríe mientras persigue, acosa, encarcela y lastima.

   Es la vieja maldición bíblica que se cumple, cada vez, de vecino contra vecino, padres contra hijos; cuando enfermo de una ‘visión’ superior alguien decide que el mundo debe entrar en los cánones de su entendimiento, así deba forzar a los demás a golpes para que encajen. Pasó ya, seguramente continuará ocurriendo; los monstruos jamás son detenidos hasta que han causado mucho mal, y a muchos sólo los vence la edad, como al viejo sátrapa cubano, quien morirá cómodamente en su cama después de toda la violencia y muertes que ha causado.

   Y muy de cierto, en muchas partes del mundo, pasa ahora; por allí sufre el hombre encarcelado y el hijo perseguido por la jauría; otro que tiene que huir de una justicia entregada a los juristas del terror, y esta volviéndose contra la mujer y los hijos, sedienta siempre de más miseria, de nuevos sacrificios; y todo ante la mirada indiferente de un mundo demasiado ocupado en “ser mejor”. Vano y estúpido intento.

Julio César.

AMANECIÓ DE GOLPE

Febrero 20, 2009

   Venezuela es un país que siempre se mueve al borde del abismo, creándose problemas de forma perenne, de los cuales quiere librarse después de forma milagrosa. El actual régimen es una clara muestra de ello. Aunque voces autorizadas advirtieron que esto terminaría como la dictadura cubana, ya en años tan lejos como el noventa y siete y el noventa y ocho, nadie quiso oírlo y terminamos como estamos. Algo similar sucedió en las elecciones que ganó por segunda vez, Carlos Andrés Pérez. Muchas voces dijeron que era un error histórico, que el hombre era un ladrón, un mentiroso, un ser sin escrúpulos. Pero nadie quiso oírlo, la gente sólo recordaba que durante su primer gobierno se botó real del bueno, y eso bastaba. El resultado era previsible, y sin embargo el país pareció sorprendido e indignado con el hombre cuando hizo exactamente lo contrario de lo prometido; de donde viene aquello de que cada país tiene el gobierno y los gobernantes que se merecen. Es irrebatible.

 

   Personalmente siempre sentí desprecio por los adecos (los militantes del partido ACCIÓN DEMOCRÁTICA), en general, y de Carlos Andrés Pérez en particular. Todo ello me vino de leer, siendo muy joven, un libro corto y terrible escrito por el difunto Argenis Rodríguez, LA AMANTE DEL PRESIDENTE. Era brutal. Allí se describía no sólo a la amante del hombre, la barragana como también le dicen, sino los vicios a los que se arrastró toda la dirigencia de ACCIÓN DEMOCRÁTICA, muchos empresarios, militares e industriales de este país, por plata. Ese libro me traumatizó y esa gente me llenó de asco, creo que fueron otro motivo para que yo fuera socialista en esos años.

 

   Los delitos de ese hombre estaban tan bien documentados y descritos, que para mí fue realmente una sorpresa, una muy mala, cuando volvió a ganar. ¡Era presidente de la República otra vez! No podía creerlo. Esa noche, al saber el resultado, intercambié palabras muy feas que un muchacho no debe decir jamás a su progenitora. El país lo sabía un delincuente, pero esperaba que multiplicara peces, panes y billetes (como prometió), lo demás, no importaba. Hay que entender, por otro lado, que Venezuela nunca ha sido un país muy disciplinado, cosas como ahorro y trabajo, o trabajo sostenido, parecen dichas en un idioma como el mandarín, del que nada se entiende. Somos muy dados al golpe de suerte, a esperar que el azar resuelva las cosas, y en última instancia dejamos todo a la velita prendida a los santos, o a la consulta con la bruja.

 

   Recuerdo el momento del traspaso de poder, en el teatro Teresa Carreño, en lo que se llamó más tarde la coronación. Todo el que era alguien en el mundo, estuvo presente, ¡cómo le haló mecate Fidel Castro a Carlos Andrés Pérez ese día! ¡Y la gente del PSOE español! El mundo, y el país todo, lo amaban con furia. Ah, pero después el hombre salió con el vallenato de que no había dinero, de que las reservas internacionales estaban acabadas, que la banca internacional no nos prestaría ni para comer si no se aplicaban un conjunto de medidas tendentes a rectificar la economía. Uno no entendía muy bien de qué hablaba, pero arrugaba la cara, sospechando que el Gobierno había hecho la engañosa oferta de la abundancia, sabiendo que lo que venía era la carraplana.

 

   Las fulanas medidas económicas, llamadas el paquete, porque amarraban y ataban a todos los venezolanos, se aplicaron con el vigor de un veneno. Dos aspectos fueron dramáticos y terribles para la gente común. Uno, se liberaron las tasas de intereses de los créditos hipotecarios, y así todo el que pagaba casa, apartamento o alquiler, se vio con que si pagaba cinco mil bolívares mensuales, con esfuerzo y disciplina, debía pagar de golpe y porrazo quince y dieciocho mil, ¿cómo si los sueldos no habían sido tocados? Mucha gente perdió sus casas; las personas veían llegar el fin de mes con la angustia, la rabia y el temor de no poder pagar esa cuota del crédito, viéndose llevado frente a un abogado de cobranzas. Lo otro fue el precio del dinero, el interés que se llegó a cobrar por las tarjetas crédito llegó al sesenta y setenta por ciento, momento en que casi todo el mundo picó su tarjeta.

 

   Lo que perdió al Gobierno frente a la opinión pública fue que la gente se dio cuenta de que los muy ricos, se hacían todavía más, y que los jerarcas del régimen y sus entornos íntimos, no sólo no ahorraban o hacían sacrificios, sino que mostraban desvergonzadamente lo que pillaban, riendo mientras paseaban por las calles, viendo salivar de hambre a los demás. La apariencia de normalidad que el país aún conservaba estalló, para siempre, la madrugada del veintisiete de febrero de mil novecientos ochenta y nueve, con un tumulto popular que comenzó en la vecina ciudad de Guarenas, a pata de mingo de Caracas, llamado después, impropiamente, el CARACAZO. ¿Quién no recuerda esos días terribles, y al mismo tiempo tan… justificados? Para mí, de los saqueos, del pillaje y de la represión, quedará para siempre aquella imagen dantesca de un niño, sólo un muchacho, tirado boca abajo en el piso, en medio de un charco de sangre, muerto, con una lata de sardinas casi en la mano, lo que había logrado pillar; ¡había muerto por una lata de sardinas! Una maldita lata de sardinas y lo habían matado de un disparo por la espalda. Dios, qué arrechera…

 

   El país estaba herido y dividido. Cada día había una protesta popular de gente que sufría los rigores del hambre, el temor de perder su casa, su empleo e incluso la vida ante una nueva arremetida del hampa que salió a ganarse también el sustento, creados de la oleada de nuevos marginales sin nada, en un país donde la vida se hacía cada vez más dura; mientras tanto el entorno presidencial iba por su lado. La gente sabía, por la guerra dada por la prensa para desenmascararlos (cosa que ahora nadie recuerda con ese toque de insensatez que jamás nos ha dejado crear un país serio) de los negocios que la amante del presidente, Cecilia Matos, hacía con los perros de la guerra, donde ordenaba compra de armas y otros periquitos que no eran entregados, que estaban sobre facturadas por centenas de millones de bolívares, pero de las cuales a ella y a su gente le quedaban buenas comisiones.

 

   La gente supo de las persecuciones contra intelectuales, gente notable del país y de reporteros que criticaban esas actuaciones delictivas. Los notables, Arturo Uslar Pietri, Rafael Caldera, Castro Leiva, Maza Zabala, y muchos, muchos otros hombres y mujeres de probada decencia y patriotismo que exigían rectificaciones, sólo recibían ataques por los medios de información tarifados (al menos no estaba la sordidez y escatología de LA HOJILLA y los enfermos que la manejan actualmente). El periodista Rafael Poleo, crítico y opositor de todos los gobiernos desde la Independencia para acá, fue acusado de esto y aquello, su casa fue allanada y se le quería detener. Muchos diarios fueron allanados y sus articulistas asediados. Un país se llenaba de rabia, de arrechera, y una clase política dominante hasta ese momento, borracha en sus vicios y estupidez, no se daba cuenta del cambio de la marea (como no lo hacen ahora tampoco, cuando arrecian en sus desmanes y abusos para mantenerse en el poder contando con el apoyo y complicidad de gobiernos promilitaristas como Brasil, Argentina, Chile y España).

 

   Recuerdo muy bien ese cuatro de febrero de mil novecientos noventa y dos. Mirando hacia atrás, intentaré transmitirlo como lo sentí, sin dejarme llevar por lo que ahora sé y pienso. Para esa fecha, un día martes, desperté a las cinco y media de la mañana, ya que vivía fuera de Caracas y debía subir a la capital para llegar antes de las siete de la mañana al trabajo. Entiendo, porque me lo han dicho aunque no lo crea, que hay personas que despiertan agradeciéndole a Dios por un nuevo día, e incluso encienden una velita al ángel de la guarda. Por mi parte, cuando ese despertador sonaba a las cinco y algo, siempre tenía el mismo pensamiento: maldita sea, ya amaneció. Abría los ojos y dejaba la cama, pero mi mente seguía ahí. Tomaba café, me duchaba, más café, me vestía, más café, y salía, pero con el cerebro dormido. No escuchaba noticias ni nada, así que ignoraba lo que sucedía ese día en especial.

 

   Sin embargo, no tardé en darme cuenta de que algo extraño ocurría; a esa hora tan temprana notaba que había muchas casas iluminadas y que la gente se movía de aquí para allá en sus interiores, como presas de gran excitación. Otra cosa curiosa era que todos parecían sintonizar las televisoras. Las calles estaban solitarias, cuando lo común eran los carros y busetas que iban de aquí para allá, con sus tempraneros viajeros. Llegué al Terminal y ahí no había gente ni vehículos. Intentando saber qué sucedía, caminé hasta un céntrico puesto de periódicos donde siempre había alguien, y ahí lo escuché: ¡el Ejército estaba dando un golpe de estado!

 

   No sé como decirles esto, como explicarlo para que lo entiendan, ¿cómo podría comprender un ciudadano de un país serio y demócrata que tal cosa me emocionara de esa forma? Para ello deberían imaginar un sistema de vida que al ciudadano común le diera asco, le repugnara. Pero sí, cuando escuché lo del golpe de estado, sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas, que me estremecía, que la piel se me erizaba. ¡Estaban dando un golpe de estado! Por fin. ¡Estaban tumbando al degenerado de Carlos Andrés Pérez! No cabía en mí de felicidad. Un hombre que estaba allí dijo algo duro y extremo, pero nadie lo censuró: ojalá atrapen al ladrón ese y le peguen tres tiros por la calva. Huelga decir que salí corriendo para mi casa para saber exactamente qué ocurría.

 

   Al parecer un comando de tanquetas había salido de Maracay, en la noche del tres de febrero, reclutando a jóvenes conscriptos. Según versiones dadas más tarde por los soldados, algunos oficiales les dijeron a los muchachos que en Caracas ocurría una situación irregular y que Miraflores, el palacio presidencial, había sido tomado por delincuentes que debían ser desalojados, detenidos y encarcelados. La caravana partió de noche, al parecer nadie les preguntó para dónde iban o hacer qué. Nadie los detuvo al entrar a Caracas, bordeando Fuerte Tiuna. Todo esto hizo suponer que muchos generales sabían lo que ocurría, pero lo dejaron hacer. Las humillaciones que el Ejecutivo y su círculo íntimo había infligido a los uniformados había sido terrible, llegándose a los extremos de que coroneles y capitanes debían cargar las maletas de la amante del presidente, o usar aviones de las fuerza aérea para ir comprar hielo y llevarlo a fiestas del entorno presidencial en la isla de La Orchila, como en las bacanales de la decadente Roma imperial (o como ahora, cuando Huguito, el hijo de quien les conté, hace sus fiestas allí, tan revolucionario él).

 

   Los generales sabían de la conspiración, de la asonada y la dejaron correr. Carlos Andrés Pérez llegó esa noche de Brasil, y en Maiquetía lo recibió el Ministro de la Defensa, advirtiéndole que se gestaba un golpe. Carlos Andrés Pérez, soberbio y creyéndose un predestinado, mal del que parece sufren todos, se negó a oírlo o creerle. ¡Él era Carlos Andrés Pérez,  nadie se le alzaba, carajo! Horas después, metido en Miraflores, enfrentó los primeros disparos y el empuje de las tanquetas que se abatían contra el venerable edificio. ¡Estaban allí! ¡Habían ido por él! Aterrado, contando únicamente con la Guardia de Honor, el Presidente intentó comunicarse con Fuerte Tiuna y con el Ministro de la Defensa, sin que nadie lo atendiera.

 

   En medio del caos, del desorden, de gritos de muchachos heridos en un absurdo enfrentamiento fraticida, un viejo caudillo de ACCIÓN DEMOCRÁTICA, de los viejos, de los que tienen tabaco en la vedija, Alfaro Ucero, cruzó entre las tanquetas, lo alzados y los que defendían al Presidente. Llegó donde Carlos Andrés y le dijo que debía salir y huir, pues el que lo capturaran sería terrible, que fuera a una de las televisoras y denunciara el golpe, llamando a la gente a las calles, a defender el Sistema Democrático. Con lo que queda dicho que ni aquel señor sabía realmente lo qué ocurría en Venezuela para ese momento. Años después, cuando abusando de su poder de forma dictatorial, el presidente Chávez ordena el cierre de RCTV, y al enfrentar las protestas estudiantiles, el hombre llamó a las barriadas a salir a las calles a enfrentar a los jóvenes y apalearlos, para que los ‘pobres’ defendieran su revolución. El resultado, antes y ahora, fue el mismo, nadie acudió al llamado.

 

   Acompañado del general Carratú, Carlos Andrés Pérez abandona Miraflores por los sótanos y corrió hacía VENEVISIÓN, canal de televisión que debió acogerlo. Desde allí, todo ojos, con rabia y temor denunció el golpe. La gente, que lo odiaba como un día lo quiso, decía que la camisita blanca le temblaba del miedo que tenía. Dentro de Miraflores, todo era caos. Los atacantes no podían entrar y sus defensores no podían expulsarlos, sólo iban quedando los heridos y muertos de uno y otro bando, cayendo los tontos para que los líderes gozaran su momento de gloria. Alfaro Ucero, en el salón presidencial, impartía órdenes: Miraflores no debía caer. Doña Blanca (Blanquita) Rodríguez de Pérez, esposa legítima de Carlos Andrés, una matrona estimada y respetada por el pueblo venezolano, se vio de pronto rodeada de jóvenes de la Casa Militar que le preguntaban: ¿qué hacemos, señora, ahora que hacemos?

 

   Según testigos que más tarde echaron el cuento, la doña dijo que había que resistir, repitiendo tal vez sin saberlo, que Miraflores no debía caer. Tal vez leyenda ya sea la parte en la que pidió un arma para defender el palacio ella misma. Pero tal vez no, doña Blanquita estaba en palacio con sus hijas, de las cuales una estaba muy enferma, y no hay leona más peligrosa que la que lucha por su prole; por otro lado, ella venía del mismo molde de donde salieron doña Menca de Leoni, o doña Alicia de Caldera, mujeres que sabían muy bien cuál era su lugar, prestándole brillo, prestigio y dignidad al cargo de primera Dama de la Republica, tan distintas a las barraganas o a esta última que padecimos.

 

   Eduardo Fernández, secretario general del mayor partido opositor, COPEI, se lanzó a la defensa del Sistema Democrático, haciendo desesperados llamados a la ciudadanía para que entendieran que ese no era el camino, pero cometiendo el error fatal que le costaría la vida entera jamás ser el presidente de Venezuela, cuando ya olía a eso unos meses antes, el de amarrar el destino de su partido no a las instituciones, sino al presidente Pérez, apuntalando todo lo que la gente percibía como sucio, ruin y delictivo en la República. Porque ni él, ni los otros, entendieron realmente lo que sucedía. Pensaban que la gente se asustaría ante palabras como dictadura o fin del hilo democrático. No entendían que la población estaba cansada de vicios, crímenes y mañas desde el poder. Ni siquiera el hecho de que la gente no salió a defender al Gobierno, copando aceras, calles y avenidas, o se lanzaran a censurar a los alzados, les dijo nada. Eran una clase obsoleta y necia, destinada a desaparecer aunque hicieron esfuerzos inauditos para que eso no ocurriera, impidiendo los cambios y acuerdos que hubieran hecho de Venezuela una nación más sana democráticamente, con los anticuerpos necesarios para resistir a los bárbaros. Cerraron toda puerta, todo escape, y democracia, partidos, políticos y Sistema, se convirtieron en sinónimos de basura, de porquería.

 

   Poco a poco las fuerzas institucionalitas fueron imponiéndose sobre los alzados en los dos grandes núcleos de ataque capitalino, Miraflores y el puesto aéreo de La Carlota. Yo me sentía desanimado, aunque ver a tanta gente corriendo, gritando, llorando, era terrible y uno deseaba que también terminara. Luego llegaron nuevas noticias. Arias Cárdenas, otro de los comandantes alzados, había tomado el Zulia, controlándolo totalmente, habiendo puesto preso al gobernador, todo dentro del orden y el respeto que logra una persona capaz. Las noticias que venían de Valencia eran aún más emocionantes. Urdaneta no había logrado apoderarse del estado, y replegándose con su gente tuvo que atrincherarse en la universidad de Carabobo. Luego se supo que gran cantidad de personas, mayoritariamente estudiantes, habían saltados los muros de la casa de estudio, pidiendo armas y uniéndose a la asonada.

 

   Venezuela era eso, entre la sorpresa y el desconcierto, el país supo que a Carlos Andrés Pérez habían intentado tumbarlo, y quienes no se alegraron decididamente, lo miraron con simpatía; porque a ese hombre que un día se le amó, ahora se le odiaba demasiado. Por ladrón, por mentiroso, por haber dejado a sus secuaces solazarse en las carnes de la patria de forma grosera y abusiva. Pero de cierta forma la gente deseaba que todo terminara de una vez. Las imágenes eran dolorosas. El joven herido que gritaba echado contra un muro cerca de La Carlota, mientras un grupo atacaba al suyo, donde todo se detenía porque un compañero del herido salía corriendo, lo cargaba y lo sacaba de la línea de fuego, fueron momentos dramáticos que nos tocó ver gracias al increíble trabajo de los periodistas, quienes más tarde serían satanizados por un dizque régimen revolucionario. Más tarde se sabría de las balas que entraron por techos y ventanas, de los muertos en casas humildes, del llanto sin consuelo de las madres que miraron a sus hijos sangrando dentro de sus uniformes en una calle.

 

   Todo terminó cuando un hombre de tez morena, rostro limpio, delgado, de voz gruesa, llanera, apareció flanqueado por el Ministro de la Defensa. Era el comandante Hugo Rafael Chávez Frías. El hombre llamaba a sus camaradas alzados, pidiéndoles que entregaran las armas, que la asonada había fracasado por ahora. Ese hombre tomó renombre nacional, alzándose entre los demás. Y supo sacarle provecho a esos minutos de fama. Esa declaración enérgica, ese por ahora, y el haber hecho algo que en Venezuela nadie había hecho jamás hasta ese momento, ni volverían a hacerlo después, se responsabilizaba por el golpe, deslumbró al país. Los venezolanos, con las bocas abiertas de sorpresa, escucharon a un hombre que se responsabilizaba de algo, de lo que fuera, y decía que enfrentaría las consecuencias; todo eso fue suficiente para catapultarlo en los afectos de la gente. Y aunque en el fondo nos alegraba que no hubiera triunfado, lo quisimos. Ese día, Venezuela amó a Chávez Frías.

 

   Más tarde llegaron las preguntas de bocas de los opositores de siempre, los perros guardianes de la verdad, pero nadie quiso oírlas, porque iban contra el mito que deseábamos creer por encima de todo, la esperanza que deseábamos conservar. Pero los propios alzados se preguntaban, ¿por qué Chávez no encabezó el ataque contra Miraflores o La Carlota? ¿Por qué no estaba allí? ¿Dónde estuvo durante todo ese tiempo? Luego se supo que se había ocultado nada más comenzar la batalla dentro del Museo Militar, donde tuvieron que sacarlo casi a la fuerza. Sus compañeros lo acusaron de cobarde y de traidor. El historiador Manuel Caballero, con ese aire mordaz e irónico que siempre usa, lo bautizó como el héroe de la batalla del museo militar. Pero en ese momento nadie quiso escuchar nada. Sólo deseábamos oír que eran ángeles justicieros, vengadores decentes y austeros que deseaban lavar la cara de la patria herida. El nombre de Chávez se transformó en sinónimo de rectificación, de esperanza, el hombre sencillo y centrado, espartano y honrado que un día liderizaría el gran cambio. Todo lo que no era Carlos Andrés Pérez, ni los partidos políticos o las instituciones.

 

   Venezuela comenzó una carrera demente para terminar en los brazos del nuevo Mesías. Desde medios de información, grupos civiles y militares, se inició un ataque sistemático y constante contra la democracia, se le acusaba de arpía, de sucia, de mala madre; en una dura campaña de descrédito total. Todo lo que el Gobierno hacía o decía era malo, ruin, un truco (generalmente lo era). Todos estaban de acuerdo con los alzados, con sus manifiestos, con lo que quisieron decir. ¿Cuántas veces no se desplazó Napoleón Bravo, el irreverente y valiente periodista venezolano, patriota por encima de todo, hacía la cárcel de Yare ante la más pequeña denuncia de que algo se intentaba contra Chávez y su gente? Ahora Napoleón no puede aparecer en televisión, y se le mantienen juicios en una judicatura caricaturesca, perseguido por Chávez.

 

   El tiempo que Carlos Andrés Pérez pudo sostenerse en el poder, apuntalado por ACCIÓN DEMOCRÁTICA y COPEI, sólo sirvió para terminar de erosionar la fe en el Sistema. El venezolano no quería saber nada más de esa gente, y torció los ojos en otros derroteros. Pocos podíamos imaginar durante esos años toda la traición, entreguismo y horror que terminaría instalándose en el país de mano de un régimen títere, lacayo y cachorro de Cuba, con su aparato de represión y envilecimiento.

 

   Pero ese cuatro de febrero, cuando en Caracas, el Zulia y Valencia se alzaban los militares, se dejaba oír el fusil y el traquetear de las tanquetas, se pensó que podíamos escapar de la pesadilla que era Carlos Andrés Pérez y su régimen delictuoso. Nuevamente mirábamos el atajo, el golpe del azar para ver si la pegábamos y se nos resolvía la vida, corrigiendo el error de toda una población no sólo necia e irresponsable, sino sumergida en esa moral laxa de quienes creen que un delincuente puede manejar una empresa porque al parecer multiplica la plata. Carlos Andrés Pérez, y su régimen, como el que ahora padecemos, no llegaron del Cielo por un castigo, sino voto a voto en unas elecciones que todos celebraron, en tiempos donde todavía se podía creer en resultados electorales. Muchos repetíamos, tiempo después, hasta con lágrimas en los ojos o un nudo en la garganta, el estribillo de aquella canción:

 

   El cuatro de febrero, todo sucedió,

   tomamos las armas, el fusil habló.

   Dije por ahora todo fracasó…

 

Julio César.

LOS NIÑOS PERDIDOS PARA SIEMPRE

Marzo 27, 2008

   Hace poco una amiga mía pasó por una experiencia terrible. Mientras llevaba al hijo, un travieso chicuelo de ocho años, al colegio, fue interceptada por unos motorizados que la apuntaron con un arma y la secuestraron con todo y muchacho. Los ruletearon, sacaron dinero del cajero automático y se llevaron el carro, dejándolos abandonados (gracias a Dios) en una carretera secundaria a las afueras de Caracas. Antes, ella les lloró y gritó que la dejaran bajar del carro con su muchacho, o que al menos dejaran al niño en alguna esquina. Tuvo suerte, al final la dejaron ir sólo con un susto mortal, sin carro y con un muchacho que lloraba histéricamente. Fuera de eso, nada más. Una gente se detuvo y la auxiliaron, aunque ella me contó que cuando el carro frenó frente a ellos, el niño comenzó a llorar otra vez, asustado, tal vez pesando que habían regresado los malandros o que eran otros parecidos. Mientras me lo contaba, Mercedes, mi amiga, lloraba de nuevo diciéndome que tuvo mucho miedo, no de que abusaran de ella, sino de que tocaran al niño malamente, o los asesinaran. O la dejaran a ella y se llevaran al niño para pedir rescate o algo así. Para terminar su relato, soltó una frase que a mí me dejó pensativo, porque revivió un viejo dolor que ya había olvidado: 

   -Al menos no nos pasó como a los Faddoul. 

   El día 23 de febrero del 2006, a las seis de la mañana, tres muchachos, los Faddoul Diab, Bryan (el mayor), Kevin (de 14 años, con una leve parálisis motora) y Jason (el menor, ángel guardián de Kevin a quien ayudaba con su problema para caminar), salieron de su casa en la caraqueña urbanización Bella Vista rumbo al colegio, conducidos por el señor Miguel Rivas (con años de servicios con ellos, donde se había ganado un puesto de confianza con la familia). Todo parecía de lo más corriente hasta que el carro fue interceptado por una falsa acábala, donde habían oficiales de las llamadas fuerzas del orden, y todos fueron secuestrados. Hasta ese punto, nadie le prestó mayor atención como no fuera ante el desastre de tres hermanitos secuestrados al mismo tiempo, de los cuales uno tenía un leve retraso físico. Sin embargo, era sólo un caso más dentro de un país sitiado por delincuentes. Sólo un delito más, otro secuestro. 

   Venezuela es un país rumorero, nos encanta un chisme, y ya por ahí se decía que un familiar de los Faddoul estaba implicado en el secuestro. Falso. Se dijo que el chofer, el señor Rivas, era cómplice. Totalmente falso. Lo único cierto era lo que vecinos y compañeros de estudios de los muchachos decían, que eran buenas personas, y que en la fulana alcabala habían policías de verdad. Dato que no fue investigado hasta que fue demasiado tarde. Lamentablemente, en el país, policías, fiscales y jueces sólo persiguen a la gente que es atacada o señalada por el Presidente de lo que antes era la República desde sus peroratas interminables e inútiles, en especial periodistas y medios de comunicación. Para todo lo demás, no hay tiempo. Que cada quien se salve como pueda. 

   El tiempo pasaba, la familia hacía llamados para que los regresaran, los compañeros de estudios hacían marchas pidiendo la libertad de los Faddoul y del señor Rivas; se rezaban misas, se hacían vigilias, y en todo ese tiempo se establecían los contactos para pagar y recuperarlos. Hasta ese momento, nada extraño; una gente con real había sido atacada, se llevaron a los hijos, se pagaría una cantidad horrible de dinero y ya volverían. Todo como siempre. Pero no fue así. 

   Recuerdo bien esa noche del martes 4 de abril de ese mismo año; estaba yo en el apartamento de un hermano usando su computadora, cuando me paré un rato y fui a buscar algo, no recuerdo qué, y lo vi sentado en su cama, mientras veía Globovisión, el canal de noticias todo el día, mientras revisaba unos exámenes de sus alumnos, y me dijo con voz estrangulada que habían aparecido cuatro cadáveres en un botadero de basura en El Lechosal, en San Antonio de Yare. No caí en cuenta de lo que eso podía significar, y sólo solté un ¿si?, de indiferencia. Muere tanta gente en Venezuela a manos del hampa y la violencia desatada, muchas veces justificada desde los organismos e instituciones que debían controlarla, que ya uno ni se sorprende. 

   -Si, parece que son los niños Faddoul. –dijo, grave. 

   ¡Coño! Sentí una vaina fea por dentro. Dios, ¡no podía ser! ¡Mataron a los niños secuestrados! Era imposible de creer. Y uno todavía tenía la esperanza de que no fueran ellos, como que si de tratarse de otros, la cosa fuera menos terrible. Pero lo cierto es que uno lo sentía así. Porque eran tres hermanitos, eran sólo muchachos, y eran los tres hijos de una señora (y de un señor, pero Venezuela es un país marcadamente matriarcal) que iba a saber y encontrarse con que sus niños ya jamás volverían, que ahora si habían desaparecido para siempre; y pensar en eso, ponía la carne de gallina. Creo que esa noche todo el mundo siguió las noticias. Decían que llevaban más de cuarenta y ocho horas muertos, que si estaban vestidos con sus uniformes de colegio y que estaban caídos en fila, con un disparo en la sien y rematados con tiros en la nuca, tipo ejecución. Después comenzaron las noticias más escabrosas, los detalles más siniestros: que si los habían torturado, que si tenían marcas de quemadas de cigarrillo, de golpes. Que estaban desnutridos; y lo peor, que en la zona habían circulado rumores desde hacía semanas de que por ahí andaban esos muchachos, y ninguna autoridad hizo nada por buscarlos. 

   Al día siguiente todo fue un pandemonium, la población estaba como enloquecida de rabia, de dolor, de espanto. En las urbanizaciones y las barriadas populares la gente comenzó a salir, a reunirse, a comentar entre ellos tanto horror. Y se protestaba y se gritaba. ¡Cómo había personas llorando en las calles! Todos exigían justicia y seguridad. Pero sobretodo, declaraban su arrechera, su impotencia y dolor ante un crimen tan terrible, monstruoso e innecesario. Recuerdo que ese día quedé atrapado en una cola gigantesca que duró horas, porque muchas avenidas estaban trancadas con la gente que gritaba contra la violencia que se exacerbaba desde tribunas públicas por dirigentes delirantes que justificaban el crimen como medio para subsistir en lugar de crear fuentes de empleo y mandar a todos a trabajar como gente decente; y uno no podía molestarse con esa demora, el crimen había sido demasiado feo. Todo el mundo lo entendía. 

   Recuerdo que la conmoción duró semanas, aderezado con los cuentos de boca a boca, donde se decía que la mamá de los niños se había vuelto loca ante la vista de los cadáveres. Otros decían que había intentado suicidarse, y, aseguraban otros, que ya había muerto. La doña demostró tener una tenacidad y un temperamento de acero, desconcertante para nuestra naturaleza más llorona y emotiva, extrañamente resignada ante su perdida y dolor, tal vez dado sus antecedentes, una libanesa, y la gente de esos lados tiene que ser dura para subsistir entre la esperanza y la violencia de la zona y su historia. El caso es que a los días, hablándolo nuevamente del tema en mi sitio de trabajo, algunos comentaban que la cosa ya estaba durando mucho, que se usaba para atacar al Gobierno y cosas así. Recuerdo que me molesté y les dije que a mí me había parecido una desgracia terrible y pasé a contar por qué, cosa que explica la noche tan mala que había pasado ese martes. 

   Yo lo veía así: los captores habían demostrado ser brutales dado las huellas de golpes y quemaduras, de tortura física y mental. Durante todo el tiempo de cautiverio esos niños debieron sufrir mucho, no sólo por estar retenidos, sino al saberse a merced de gente capaz de herir con golpes y quemaduras, y que niños al fin tal vez lloraban y suplicaban que los dejaran ir, que no le dirían nada a nadie. Seguramente les respondían que si, que todo se solucionaría, que los liberarían. O lo arreglaban todo golpeándolos más. Y ese día, cuando los sacaron de donde estuvieron, tal vez los cuatro pensaron que la pesadilla iba a terminar. Pero imagino que el chofer, el señor Rivas, siendo más viejo, y Bryan, el mayor, al entrar al vertedero de basura (que conveniente, que simbólico) debieron imaginar por dónde venían los tiros, porque todos en este país saben para qué se utilizan ciertos lugares. Y debieron tener miedo, mucho miedo, porque la muerte no es algo que se pueda afrontar con frialdad cuando se tiene niños pequeños como el señor Miguel Rivas, o cuando se es sólo muchacho. Debieron suplicar que no los mataran, que, por favor no les hicieran nada; debieron, tal vez el muchacho, Bryan, llorar y pedir que los dejaran ir. Sé que es idiota, irreal y morboso pensar en eso, pero no puedo dejar de imaginar que el muchacho, tal vez,  pidió por sus hermanitos, para que dejaran ir a Kevin y a Jason. 

   Cuando los obligaron a arrodillarse en fila, ya todo estaba dicho; para ese momento hasta los menores debieron saber lo que pasaría. Imagino que en ese momento comenzaron a llorar desconsoladamente, mucho, de miedo, y que llamaron a su mamá, el último recurso que les quedaba en medio del miedo y la impotencia. Porque a aún a los catorce, y sobretodo cuando se tiene menos, la mamá es más grande y poderosa que Dios mismo. La madre es la que puede detener el sol en su orbita y  la tierra en su eje, vencer miedos y temores, la que acaba con los monstruos y no deja que nos ocurra nada malo. Los niños debieron llamar a su mamá en esos momentos, pero de nada les sirvió esa vez, la mágica palabra. Uno de los monstruos se colocó tras ellos. Pum, y cayó el primero, con el cráneo destrozado, sangrando, tal vez sin gritos o lamentos. Y en este punto quiero suponer que ya estaban tan aterrados que habían caído en shock, que no vieron al que temblaba agonizando en el suelo, ni sintieron miedo, ni dolor cuando le tocó el turno a cada uno, y que todo pasó rápidamente. 

   ¿Cuánto pudieron tardar en destruir a todas esas personas, todas esas vidas, todas esas promesas? Mientras les contaba lo que había pensado esa noche, con mil preguntas más, una de mis jefas chilló que me callara, que ya no siguiera. Tenía los ojos enrojecidos, pero eso era lo único que nos quedaba a todos. Dolor, rabia e impotencia. Jamás he podido pensar en los niños Faddoul, y en el señor Rivas, sin imaginar todo ese drama. ¿Cómo puede alguien hacer algo como eso sin sentir pena o remordimientos? ¿Acaso esas caras, esos gritos, ese llanto y suplicas no los persiguen para toda la vida obligándolos a vivir encerrados en el infierno que se construyeron a placer? 

   A los delincuentes materiales los atraparon, y si esto fuera Norteamérica, al menos quedaría el consuelo de que serían condenados a muerte, y que ya no tendrán jamás la oportunidad de escapar y repetir la hazaña. Me han dicho que hay quienes sostienen que la pena de muerte es cruel e inhumana; pero supongo que eso sólo ocurre cuando se aplica a seres humanos, no a perros rabiosos. Dicen que hay quienes creen que no es justo que quien pasa veinte años luchando por su libertad, que se arrepiente y cambia de vida, al final muera. No lo sé, debe ser porque nací en un país del llamado Tercer Mundo, pero a mí me parece que sólo los delincuentes que detienen, encierran y condenan, se arrepienten, se vuelven evangélicos o escriben libros de ayuda para jóvenes. Nunca ocurre que uno malandro vaya a una estación policial, llorando y diga: maté a tantos, deténganme que estoy arrepentido y no quiero hacerlo más. Siempre me ha parecido, no sé, que Dios me perdone por pensar mal de esos pobre asesinos, que es como un cuento para ver si engañan a la justicia. No es arrepentimiento real, sino miedo al castigo. 

   Claro, si alguna de las víctima, en este caso los niños Faddoul, regresa un día a su casa y le dice a la mamá, mira, me vine porque te extrañaba, yo mejor me quedo aquí; o si el señor Rivas se presenta, quince años más tarde, en el matrimonio de uno de sus hijos, sonriendo feliz, comiendo y bebiendo con ellos en ese día tan especial… entonces, tal vez, se podría reconsiderar la pena de muerte. Pero al parecer los muertos, muertos se quedan; al menos en este país, no sé en otros. Ya no pueden conocer a gente nueva, comer algo delicioso, reír con sus seres amados, enamorarse, o sufrir, o llorar por alguien que se les va, o estudiar una carrera, visitar mundo, viajar a otro país y conocer a alguien increíble y tener algo bueno. Al parecer no se casarán, no visitaran a sus padres en un hospital, no acompañaran al papá viejo, al final de sus días, haciéndole la vida más fácil. No, muertos están, y no sé si será por tercermundista, pero entre las víctimas y sus asesinos, prefiero a las víctimas. ¿Qué son productos del medio, de la violencia e injusticias? Más del sesenta por ciento de toda la población mundial podría caer bajo esta categoría; hay personas que tienen vidas duras y terribles, y son gente normal, personas decentes, y muchos hasta ayudan a otros para superar esos momentos. No, ser un delincuente, un asesino, es una dedición personal; detenerse frente a una persona indefensa, desarmada y matarla, robándole todo lo que era y pudo llegar a ser no es un mandato divino ni una obligación, no es un deber sagrado, es una decisión. Esa persona es responsable de sí, y como tal, debe responder, a pesar de quienes desean protegerlo y mimarlo movidos como están por un atrofiado instinto de supervivencia para con la sociedad, respondiendo a una atrofiada laxitud moral contra la que tanto previno el viejo Papa polaco. 

   Que descansen en paz Bryan, Kevin y Jason Faddoul Diab; así como ese hombre humilde y decente, el señor Miguel Rivas. 

Julio César.