
-Cómetela toda… ¡Hummm!
La vida tiene sus momentos malos, pero también los buenos, cuando todo es ganancia… tanto para uno como para el otro. Y los buenos amigos pueden descubrirlo, y saborearlo, una tarde cualquiera.
Julio César.

-Cómetela toda… ¡Hummm!
La vida tiene sus momentos malos, pero también los buenos, cuando todo es ganancia… tanto para uno como para el otro. Y los buenos amigos pueden descubrirlo, y saborearlo, una tarde cualquiera.
Julio César.

El chico, tragón como él sólo, se esforzaba entre jadeos de gusto…
Competir por un lugar en el equipo, llevaba a esos carajos a querer comerse vivos… y muchas veces, a solas mientas practican, alejados de la vista de todos, lo hacían. Las bocas subían y bajaban golosas sobre esas duras barras calientes de machos.
Julio César.

-Bueno… agárralo.
Uno estaba ansioso por ver qué escondía allí… y el otro estaba loquito por enseñárselo. Lo que vendría después sería saborear puros descubrimientos.
Julio César.

-¡Julián! ¡Deja de mamarlo!
-Pero Teresa, dijiste que había que probar algo nuevo. Y tu saborcito ya lo conozco…
Julio César.

-Pues… a mí sí me encanta recibir a mis amigos y ser cariñoso con ellos, ¿qué tiene de malo un abrazo, unos besitos o jugar un ratito a luchar sobre una cama? Nada. ¿No quieres ser amigo de nosotros y jugar también?
Julio César.

-Hummm… -sólo gemía medio meciéndose entre sus piernas.
A Sebastian, flojo de siempre, ahora le encantaba el gym y su entrenador personal, quien siempre lo ponía a punto de caramelo… y le daba más. Mucho más… en las duchas.
Julio César.

-Ah pues, mamá, deje la vaina, ¿qué voy a estar haciendo con ese catálogo de tíos musculosos y viriles en bikinis?
Julio César.

-Hummm… ay, jefe, tenemos que trabajar, coño…
-Este es tu trabajo, pendejo, así que hazlo bien. Muérelo y aprieta bien la pieza.
Julio César.

No se rendirían sin reventar algunos culos…
-No se preocupe, general Sherman; no nos rendiremos sin pelear, señor.
-¡Tenemos los rifles bien cargados! Deje que esos norteños enseñen sus culos, señor.
Julio César.

-Hummm… ¡Sí! Sí se podía… -jadea Manuel.
-Te lo dije. –sonríe el otro, pomposo y satisfecho. Era lo bueno de ser gimnastas.
Julio César.