Si hay algo que odian los contratistas que trabajan para el Estado, es la horda de recomendados que cada jefe político quiere meter. Son sabandijas inútiles a las que hay que contratar por venir de parte de alguien. El señor Rolo, capataz de la obra, sabía tasarlos en su justa medida:

Lo primero era saber si eran gente de bien, o besa traseros. Si descubría a alguno, con una sonrisa de superioridad, atrapándole la nuca y revolcándole el rostro en su… verdad, se le imponía. Al menos servían para algo.

Eran los eternos mamones que hacían lo que se les decía, aunque se les gritara que eran esto y aquello.

Pero para que entendieran cabalmente qué eran, no vacilaba en darles palo, palo duro, palo del bueno. Tan sólo para que supieran a que atenerse. Y le resultaba.
Julio César.






