
Lo iba a meter todo… en el negocio bursátil.
-Amigo, su problema es que anda falto de hombres grandes y fuertes que le den lo que necesita… en el manejo de su empresa. –dijo rudamente, sonriendo, el asesor financiero al conocerlo.
Vicente se quedó frío al oírlo, pero sí, la imprenta no marcha por falta de personal capacitado, aunque podría salvarse invirtiendo en la bolsa de valores. El hombre (dudando, no conoce nada de eso), fue ‘víctima’ de una demostración de la capacidad de ese tipo enorme, quien cayéndole encima gruñó que sabía bien lo que le hacía falta. Gimió, débil, pero la poderosa personalidad del otro lo llevó por nuevos derroteros. Y ahora, tenso y enrojecido sobre una silla, abierto de piernas, oye al otro tras él, que le explica cómo se invierte.
-Bien, así es como se inyectan valores en la bolsa. –sonrió, metiéndolo lentamente, sintiéndolo estremecerse.- Ahhh… estás caliente y suavecito, así será mejor para ti. –baja el rostro.- En este negocito todos ganamos, créeme. Yo siempre mamo bastante… de las ganancias. -y su boca recorre y su lengua lame alabanzas de su método frente al tembloroso nuevo miembro.
-Hummm… -Vicente no puede evitar que se le escape.- Sí, anda, inyéctamelo todo… mételo todo, por favor, clávalo hasta el fondo y luego menéalo. –y chilla al sentirlo deslizándose, cálido y duro, sobándolo.- Ahhh… sí…
-¿Viste? Esto era lo que necesitabas, un buen macho que te guiara en los negocios. Y esto es apenas una pequeña inyección de efectivo, ahora viene la grande, la que te va a resolver tus problemas haciéndote sentir mejor. –dijo poniéndose de pie, golpeándole con la cálida, dura, rojiza y babeante respuesta.- Cuando terminemos de tratar vas a quedar llenito de gratitud, y más contento que una puta loca en fiesta de futbolistas… -y comienza a meter la nueva inversión haciendo gritar al otro, quien piensa que de saber que eso era tan bueno, lo habría intentado antes.
Vicente era un carajo decidido, una vez inyectado a fondo, con esa vaina caliente que palpitaba y lo llenaba, decidió proceder, subiendo y bajando sobre el solucionador de problemas, con gritos y jadeos, pidiendo más y más. El asesor sonríe, aferrándolo por los hombros para que no se cayera de emoción; esos carajos siempre eran iguales, tímidos al comenzar a invertir, y fieros cuando ya los tenía clavados en la bolsa.
Julio César.