
Cuentan quienes con él fueron, que cuando Hugo Chávez, presidente de la república bolivariana de Venezuela, realizó su primer viaje largo al viejo continente, en un vuelo sobre Alemania, este miraba totalmente extrañado hacia abajo y preguntó dónde estaban los cerros, dónde estaban las barriadas pobres. Creo que a nuestro Presidente le pasó como a mí cuando fui a Bogota y a Quito, la primera vez, aunque no exterioricé lo pensado. Me preguntaba yo dónde están los buhoneros con sus tarantines, ensuciando, obstruyendo el paso peatonal, ocupando las aceras. Al parecer los cerros cuajados de ranchitos miserables es tan fenómeno de ciertos países, como la buhonería lo es de Venezuela. Este comercio ‘informal’ tiene explicaciones: en Venezuela ya nada se produce, todo lo compramos, las fábricas han cerrado y ya nadie invierte por la costumbre del Gobierno de apropiarse de lo que sirve, sin pagar, incapaz como es de hacer funcionar nada. También le sirve para enviar cifras al mundo de la disminución del desempleo. Todo un éxito revolucionario, como se observa.
Pero el punto es ese, son nuestros pueblos, estos de la America Latina, quienes parecen padecer en embate de la miseria que obliga a seres humanos a vivir como tejones en cuevas, o en racimos a punto de caerse en los cerros. No sé cómo será en otras partes, pero gran cantidad diaria de las víctimas de la violencia (desde atracos a peleas, o golpizas familiares) tienen su asiento en tales lugares. Hay zonas en Caracas donde las autoridades no se atreven a penetrar, siendo que se recogen los cadáveres de esa violencia que a nadie importa (en cierta forma se deja que la naturaleza corrija como pueda el problema de esos ‘pobres’; que mueran) cuando son llevados por familiares a las entradas de las barriadas. En muchos lugares sólo impera la ley de los caciques: “este es mi cerro y a mi gente no me la tocan”; o “este vino a echar vaina, dale plomo”.
Muchas veces jóvenes, que en otras circunstancias tal vez se habrían dedicado al deporte, o a montar un tarantín por su cuenta, termina uniéndose a la pandilla, a la banda, adoptando la violencia, las drogas y el crimen como medio de vida para protegerse. O estoy sólo y soy una víctima (de robo, golpizas e incluso abusos de tipo físico y sexual), o soy parte de los que mandan. Muchas jóvenes, como mecanismo de defensa, de ellas y de la familia, terminan siendo queridas de malandros y asesinos… por protección en la esquina, en las escaleras que llevan al quinto círculo. Esto explica algo que muchas personas de buena voluntad no entienden: ¿cómo esa carajita se metió a vivir con ese malandro? O ¿por qué ese muchacho cuya madre tanto buscó de ayudarlo, termina en las drogas atracando gente? Por una parte está la necesidad de pertenecer y ser fuerte, por el otro… la marginalidad.
Es problema es que ya es una subcultura, la de la miseria, y ella dicta sus propias reglas. La violencia del cerro que le resta divinidad a la vida, dando la sensación de futilidad, de “en cualquier calleja me matan”; lo duro de la pobreza extrema que roba sueños o que no deja tiempo para fantasear; y la falta de guías, conspiran para destruir, generación tras generación, los sueños de millones. La muchachita que llega a los ochos años en un cerro, que no se preocupa por estudiar o hacer oficios (porque nadie le dijo que lo hiciera, y porque no es divertido, y es trabajoso), en cuanto siente que le crecen los senos ya se cree una mujercita, que se está poniendo buena y tiene que exhibirlo con orgullo. Esas niñas, de once y doce, reconocen las miradas de codicia de hombres viejos, y de chamitos, y lo aceptan como un tributo a lo que son, hembras, mujeres. Una cosa lleva a otra hasta que terminan recostada en algún lugar. Si tienen suerte se casan con algún muchacho bolsa, o se va a vivir con él, hasta que paren. Uno, dos, tres… pero falta real, los muchachos gritan, ellas son jóvenes y ‘necesitan vivir sus vidas’ y mientras el marido anda por ahí, trabajando en cualquier tontería que nunca aporta suficiente, o malandreando, esas mujeres notan las miradas del que tiene un carro, un negocio o una banda. No es raro que se enrede con uno u otro, que destruyan eso que llaman hogar y le para hijos a otro sujeto. Y a otro.
Y allí está, pariendo y al cuidado de una casa precaria, cuando la tiene. O arrimada en casa de otros, soportando gritos, o insultando a otros ella misma. Fue lo suficientemente mujer para conseguir un marido e hijos, pero no tanto como para que se le diera puesto, pero eso no lo entiende ni aún cuando va llegando a los treinta y tantos, y todavía cree que puede, abriendo la piernas, encontrar una solución. El problema está en la casa sin mucho de nada, en los muchachos que crecen, el varoncito que se echa a la calle a buscar algo de comer, dónde fumar o beber, a buscar su gente, y las hembras que crecen gritándose con la madre por los oficios, o notando sobre ellas, niñas como fue su madre, la mirada del marido de turno. Nadie le explicó que había otro mundo, ni a ella ni al muchacho. No pasará mucho antes de que la nueva camada de niñas se lance por su ‘lugar’, sonriendo con suficiencia y necedad ante las voces de advertencia, tal vez de alguien que sí quiere bien para ellas, alertándolas a no repetir la historia. Pero ya tiene teticas, ya es una hembra y “sabe cómo conseguir lo que quiere’; lo que nadie le diga se lo dictará la herencia, los genes que recibió de una y otra y otra que ha repetido la historia.
Claro que llevo la cosa a los extremos, de cinco muchachas tal vez dos quieran estudiar, una sea sensata y aprenda a cocer, o sepa entender que quiere ‘una vida estable, su hogar’. Pero las estadísticas de la miseria se tragan esos casos en la masa bruta del problema. Tenemos barriadas enteras que únicamente sirven para existir, exigiendo comida, casas, electricidad, servicios… sin aportar nada. No hay médicos, mecánicos, agricultores, peluqueras ni nada en sus filas. Sólo sirven para estar, para ocupar el presupuesto de países siempre deficitarios que simplemente no pueden darle la espalda y cercarlos en cerros para que no salgan. Ah, pero son eficientes para traer más y más muchachos. Es que están programados, sólo eso saben.
Por otro lado, este no es un problema de pobreza, es de marginalidad. La marginalidad que se manifiesta en irresponsabilidad y superficialidad para encarar la vida, dando legiones de personas incapaces de responsabilizarse ni de sus actos, siempre inconformes y molestos con los demás ‘por lo que me pasó’. Es muchas urbanizaciones de clase media y media alta, se observa al mismo muchacho bueno para nada, tan solo presto a la vagancia, y la muchachita que ‘ya está sobrada’; simplemente que ellos resuelven sus problemas de otras maneras. Para una está el aborto en clínicas, para el otro las ventajas del dinero. Si supieran todo lo que se ha luchado para que el vago que mató a Rafael Vidal, pague por su crimen.
Como habrán notado soy terriblemente simplista en un problema que es muy complejo, y así mismo lo soy en la manera que veo de solucionar o al menos intentar paliar la situación. Psicólogos y sociólogos seguro ya han conceptualizado los problemas y sus causas, dando soluciones, pero yo no las he leído. ¿Qué hacer? Lo primero que hay que lograr es detener esa fábrica de marginalidad, tratar con lo que ya se tiene mientras se intenta reducir el número de la masa. En otras palabras, que vengan menos muchachos. Hay que atacar la cadena que pone en movimiento ese círculo de miseria: “nací pobre, sin educación ni guía, hago lo que mejor me parece, salgo a buscar mi vida, paro de uno, de otro, no tengo casa, ni un trabajo que cubra enfermedades, comidas completas, pero sí muchos muchachos, déjame buscar otro marido para ver si tengo suerte”, mientras los muchachos van creciendo pobres, sin educación porque no quisieron estudiar, y sin guía.
En cada buena urbanización de este país, a pesar de sus muchachos marginales y negligentes; en cada barriada alejada y miserable; en cada caserío pobre… la mayoría de los muchachos tienen que pasar por la escuela, aprendiendo al menos las primeras letras. Los cuarenta años de democracia se encargaron de que hubiera escuelas y maestros, y que tal cosa se viera como mecanismo para aprender y acceder a una vida más fácil y mejor, mediante la preparación y la ambición. Pero para que el mensaje llegue, el muchacho debía quedarse durante los once años, lo que no funciona en casos de niños que hacen lo que les da la gana por falta de guía paterna, o que deben abandonar para ir a trabajar; estos no disponen de tiempo para escuchar lo que se les diría siete años más tarde. Es por eso que se impone una reforma radical de los programa educativos, que todo niño de seis y siete años sepa que el mundo no es simplemente su barriada, su calle, el cerro, el jeep, los malandros, que el mundo es grande y puede ser bonito, que más allá hay otra gente, parques, edificios, catedrales. Que quien aprende y se prepara se convierte en dueño de su vida, de su destino y puede hacer lo que quiera con ella, sin tener que vivir durmiendo en el suelo, rebuscando en la basura o mendigando. Se debe hablar claro y duro para que el mensaje llegue, ya que estos muchachos van a sufrir un choque cultural, lo que se les quiere decir y lo que observan en sus casas.
Ya a muchachos, niños y niñas, de diez y once años, hay que hablarles del peligro de pensar que ya son hombres y mujeres. Decirle claramente a las muchachas que los cambios de sus cuerpos las harán víctimas propicias de cualquier sádico de la treintena para arriba o de muchachos caliente que quieran pasar el rato; y que tener sexo no es decir, ni sentir, que se quiere a nadie ya que hasta los perros lo hacen sin que signifique mayor compromiso (porque, para colmo, hay que enfrentar las ideas ‘románticas’). A cada muchacho y jovencita, después de los doce (es necesario) hay que decirles sin ambages qué son los embarazos precoces y sus consecuencias sobre la vida de los padres (hablando de la carga si es gente que no tiene ni para comer); hay que decirles claramente que “niña preñada es igual a muchacho escapado o desinteresado”; hay que hablarles de los peligros del aborto en un tugurio, del gancho de ropa. Que entiendan que si se acuestan y tienen sexo PUEDEN quedar embarazados, sin misterios, sin sorpresas: sexo puede terminar en una barriga sí no se tiene cuidado (hay que aclararle tonterías como las del biorritmo). Aclaro que no tengo nada contra las mujeres que desean embarazarse, si una persona ama la idea de la maternidad y puede darle amor y protección, bienvenido sea; ahora sí los quiere pero estos van a pasar hambre, padecer enfermedades y terminar como víctimas de un malandro, a esa mujer deberían practicarle una lobotomía para ayudarla.
Aquí soy un poco más radical todavía, pero creo en verdad que a todo muchacho mayor de trece años debe decírsele que el sexo puede ser muy rico y lo más placentero del mundo, pero que se debe tener en cuenta que los hijos vienen de allí… aclarándole que no todo el que se acuesta para pasar un buen rato, debe terminar necesariamente embarazado. Que se puede tener sexo, mucho, mucho, mucho sexo, sin necesidad de que vengan los hijos (promiscuidad y enfermedades son un tema aparte, aquí se habla de detener la fábrica de miseria). A un muchacho se le tiene que decir que ahora es que está comenzando, que se entiende que la sangre y la carne le arden, pero eso no significa que tiene que salir corriendo como perro en celo sin pensar en barrigas. Que no tiene por qué embarazar a la primera con la que se acuesta, teniendo que cargar con ella y el muchacho por el resto de su vida. Que fuera de su barriada, y en los años que todavía le faltan, conocerá más y más mujeres. Que si decide tener sexo (qué lo tendrá, ¿quién se detiene en artículos a la hora de la verdad?), y lo hace sin preñar, tiene las manos libres para salir con la hija de fulano, la sobrina de mengano, la hermana de zutano (repito, promiscuidad es otra vaina, también lo que pueda pasarle con los familiares masculinos de esas chicas. Después de todo ese tipo de valores, en jóvenes y muchachas, vienen del hogar).
Lo que se busca es que ese joven, vigoroso gañán, sepa que puede probar de muchos platos, disfrutándolo, siempre y cuando tenga cuidado de no dejar marcas en el plato. Igual las muchachas (todavía hay quienes creen que sólo los varones sienten ‘ganas’), deben ser advertidas. Te acuesta, viene la barriga. Pero también hay que terminar con cierto axioma que ha resultado más falso que billete de a tres: que con una barriga una mujer amarra a un hombre (Dios, cómo me río); aunque la historia de cada barriada demuestra la inexactitud de esto, aún se considera como posibilidad. No, a las muchachas después de los doce años hay que hablarles de otro mundo, que hay uno donde pueden ser tratadas como reinas, que no tienen por qué parirle al primero que pasa y terminar viviendo en una pieza de la casa de la mamá, gritándose y peleando con el cuñado y el suegro, o el padrastro. Que una joven que se prepara conoce a otro tipo de gente, en el instituto o la universidad, que una mujer que tiene un oficio que le de para casa y comida, pero también seguridad en casos de enfermedad o muertes de familiares, es dueña de su vida. Que una joven bonita, dueña de su vida porque no necesita ser mantenida, libre y sn compromisos, puede reunirse con otra e irse para Margarita, a parrandear, y en tangas pasearse por allá, siendo atendida por los gañanes. Puede soñar con ir a Bogotá a pasar una noche de rico frío abrazada de la persona que le de a gana; o ir asolearse a Miami, donde dicen que están la gente más hermosa físicamente del mundo. Que una joven que se empeña puede ir a Roma, pasearse por París, porque para quien quiere el mundo no tiene límites, y que el mundo no es el callejón, el cerro, el final de las escaleras.
Ojalá fuera así de fácil, ¿verdad? Pero lo que se busca es crearles inquietudes; si diez niñas de doce van a parir dos o tres muchachos antes de llegar a los quince, y se evita que cinco lo hagan, ya es un logro. Por eso hay que sembrar la inquietud en sus mentes jóvenes “¿por qué tengo que terminar así?”. Y se dan casos, en las pasadas elecciones municipales en lo que se llama la Gran Caracas, el Gobierno perdió el bastión de Petare, una zona que alberga los barrios más coloridos de este país. Y los sociólogos alegan que el cambio vino porque quienes viven en Petare deben cruzar media Caracas para llegar al Centro a trabajar, y que mientras lo hacen, cruzan por Baruta y Chacao, zonas hermosas y ordenadas donde lo primero no es la política sino el trabajo comunitario, cosa que llevó a muchos petareños a cuestionarse: ¿por qué ellos sí pueden y nosotros no?
Así sea por observación y envidia, la gente quiere cambiar, mejorar. Tan sólo es necesario encausar esas fuerzas y tal vez se logre eso, un cambio. Y lo dejo así, esto quedó demasiado largo.
Julio César.