Archivos de la categoría ‘CUADERNOS DE TRABAJO’

DE NIÑOS Y SUPERHEROES

Julio 30, 2009

SUPERMAN

   ¿Quién, y no siendo precisamente un niño, no ha fantaseado con tener habilidades especiales, y no digo de destapar una lata con un cuchillo sin rebanarse medio dedo, hablo de volar, por ejemplo. El poder realizar tareas extraordinarias, o tan sólo ser distinto a los demás, es una idea que ejerce tal fuerza y atractivo en tantas personas, que terminan causando trastornos. Entonces, ¿qué queda para un niño de cuatro, cinco u ocho años de edad? Son simplemente eso, niños; seres inocentes que aún no logran entender ciertas verdades, como que nadie flota, todo cae, y dependiendo de la altura, es peor. Que nadie puede detener un auto en marcha, o un tren. Que una capa de murciélago no logrará que cruces de un edificio a otro. No lo comprenden cabalmente porque son niños y creen notar a su alrededor la magia, y la desean. A diferencia del adulto, o de algunos adultos, no logran captar la diferencia. No sospechan que esas fuerzas en verdad no operan.

   Uno de mis sobrinos, de cuatro años, vivaracho y lleno de una energía feroz, en diciembre me tenía loco contándome que su mamá, mi hermana, iba a comprarle el reloj de Ben Ten, o Ben Diez. Algo así era. Era un reloj que usaba un chico que lo transformaba en lo que quisiera. Y estaba emocionado. Les decía a los primos que iba a hablar con su mamá (mi hermana), para que también se los comprara a ellos. Corría y gritaba apretándose la muñeca, ya en su mente tenía el juguete y podía transformarse. ¿Qué paso? A mi hermana se le olvidó, y cuando salimos a última hora a comprarlo (como en aquella película El Regalo Prometido) estaba agotado. Fue doloroso mirar su desencanto. De hecho me molesté mucho con ella y mi cuñado.

   Para un niño esas cosas son muy reales. Ven a sus héroes realizar proezas y desean imitarlas. De alguna manera es un primer llamado al lado bueno. Todos quieren ser el Zorro, Superman, Batman, La Mujer Maravilla, el Hombre Araña… nadie quiere ser Lex Luthor o el comandante Monasterios. Aunque con el Guasón de Heath Ledger, así como la Gatúbela de Michelle Pfeiffer, hubo sus excepciones. Sin embargo a eso aspiran en esos primeros años, como algo hay que nos invita, de niños, a desear ser policías o bomberos. En fin, metido dentro del disfraz, según estudios resientes, el niño se siente lleno de confianza, de una falsa confianza, y corre para saltar sobre sillas, se sube a árboles o intenta detener bicicletas. Porque es lo que ha visto. No se puede vigilar a un muchacho todo el tiempo, es imposible, no se puede controlar cada toma corriente o cada barandal de escaleras, pero cuando un niño lleva sobre sí el atuendo de su héroe favorito, el peligro se potencia.

   Se habla de estudios resientes, pero en antiguas revistas que he leído en el trabajo (¡guardan cada cosa!), ya se hablaba en los setenta sobre la influencia de los héroes maravillosos de la televisión. Eran documentados casos de niños que murieron arrojándose de árboles o ventanas, con una sábana atada a sus cuellos, prestos a volar. Y que imagen tan terrible, ¿verdad? El niño emocionado atando la sabana, transformándola por obra y gracia de su inocencia e imaginación en una capa roja, tal vez todo un traje, y lanzándose al vacío esperando elevarse hacia las nubes. Es algo aterrador. Y es justamente lo que el niño piensa, siente y ve, una realidad donde aquello que observa, por fantástico que sea, es posible. Un adulto sabe que bajo la cama no hay ningún monstruo, pero el niño también “sabe” que sí, que cuando sus padres están “el hombre del saco, el hombre sin cara” se oculta, para reaparecer luego atormentándolo. Para él es una verdad, por tonto e infantil que nos parezca, e ir enseñándole a ver la diferencia entre imaginación y realidad es trabajo, paciente, de los adultos.

   La recomendación para niños pequeños siempre ha sido la misma, mientras se les disfraza para una ocasión especial, se les dice que eso es tan sólo un juego, que no existen esos poderes, que eso sólo se ve en televisión, y que si se arroja o salta más allá de sus posibilidades se va a lastimar. Incluso se aconseja alzarlos un poco y dejarlos caer sobre sus pies para que sepan que ni vuelan ni flotan. Pero aquí volvemos a la lógica de otra edad: “tal vez sí me arrojo desde más alto, sí lo logre”. Por eso la vigilancia siempre es necesaria, porque aunque no se cuente con un disfraz, en sus mentes, cualquier toalla se transforma en el indestructible traje de Superman, sí a eso está jugando.

   Fantasía y realidad son límites que a veces no podemos diferenciar fácilmente, aún los adultos. A veces una persona defiende una idea que está condenada al fracaso porque no puede ver sus efectos, lo que desea que ocurra nubla la razón y sólo observa aquello que su mete espera ver, filtrando todo lo demás. Debe ser grato poder engañarse así. A veces. Pero sin ir tan lejos en el tiempo o en la sicología; allí están los que creen en la raza de gente lagarto que vive entre nosotros, y no hace mucho era documentado, en El Nuevo País, tours de asiáticos que al viajar a Estados Unidos, los niños preguntaban dónde vivía, tal vez con la esperanza de llegar y conocerlo, Bart Simpson.

Julio César.

EL CÍRCULO DE LA MISERIA

Junio 16, 2009

EMBARAZO ADOLESCENTE

   Cuentan quienes con él fueron, que cuando Hugo Chávez, presidente de la república bolivariana de Venezuela, realizó su primer viaje largo al viejo continente, en un vuelo sobre Alemania, este miraba totalmente extrañado hacia abajo y preguntó dónde estaban los cerros, dónde estaban las barriadas pobres. Creo que a nuestro Presidente le pasó como a mí cuando fui a Bogota y a Quito, la primera vez, aunque no exterioricé lo pensado. Me preguntaba yo dónde están los buhoneros con sus tarantines, ensuciando, obstruyendo el paso peatonal, ocupando las aceras. Al parecer los cerros cuajados de ranchitos miserables es tan fenómeno de ciertos países, como la buhonería lo es de Venezuela. Este comercio ‘informal’ tiene explicaciones: en Venezuela ya nada se produce, todo lo compramos, las fábricas han cerrado y ya nadie invierte por la costumbre del Gobierno de apropiarse de lo que sirve, sin pagar, incapaz como es de hacer funcionar nada. También le sirve para enviar cifras al mundo de la disminución del desempleo. Todo un éxito revolucionario, como se observa.

   Pero el punto es ese, son nuestros pueblos, estos de la America Latina, quienes parecen padecer en embate de la miseria que obliga a seres humanos a vivir como tejones en cuevas, o en racimos a punto de caerse en los cerros. No sé cómo será en otras partes, pero gran cantidad diaria de las víctimas de la violencia (desde atracos a peleas, o golpizas familiares) tienen su asiento en tales lugares. Hay zonas en Caracas donde las autoridades no se atreven a penetrar, siendo que se recogen los cadáveres de esa violencia que a nadie importa (en cierta forma se deja que la naturaleza corrija como pueda el problema de esos ‘pobres’; que mueran) cuando son llevados por familiares a las entradas de las barriadas. En muchos lugares sólo impera la ley de los caciques: “este es mi cerro y a mi gente no me la tocan”; o “este vino a echar vaina, dale plomo”.

   Muchas veces jóvenes, que en otras circunstancias tal vez se habrían dedicado al deporte, o a montar un tarantín por su cuenta, termina uniéndose a la pandilla, a la banda, adoptando la violencia, las drogas y el crimen como medio de vida para protegerse. O estoy sólo y soy una víctima (de robo, golpizas e incluso abusos de tipo físico y sexual), o soy parte de los que mandan. Muchas jóvenes, como mecanismo de defensa, de ellas y de la familia, terminan siendo queridas de malandros y asesinos… por protección en la esquina, en las escaleras que llevan al quinto círculo. Esto explica algo que muchas personas de buena voluntad no entienden: ¿cómo esa carajita se metió a vivir con ese malandro? O ¿por qué ese muchacho cuya madre tanto buscó de ayudarlo, termina en las drogas atracando gente? Por una parte está la necesidad de pertenecer y ser fuerte, por el otro… la marginalidad.

   Es problema es que ya es una subcultura, la de la miseria, y ella dicta sus propias reglas. La violencia del cerro que le resta divinidad a la vida, dando la sensación de futilidad, de “en cualquier calleja me matan”; lo duro de la pobreza extrema que roba sueños o que no deja tiempo para fantasear; y la falta de guías, conspiran para destruir, generación tras generación, los sueños de millones. La muchachita que llega a los ochos años en un cerro, que no se preocupa por estudiar o hacer oficios (porque nadie le dijo que lo hiciera, y porque no es divertido, y es trabajoso), en cuanto siente que le crecen los senos ya se cree una mujercita, que se está poniendo buena y tiene que exhibirlo con orgullo. Esas niñas, de once y doce, reconocen las miradas de codicia de hombres viejos, y de chamitos, y lo aceptan como un tributo a lo que son, hembras, mujeres. Una cosa lleva a otra hasta que terminan recostada en algún lugar. Si tienen suerte se casan con algún muchacho bolsa, o se va a vivir con él, hasta que paren. Uno, dos, tres… pero falta real, los muchachos gritan, ellas son jóvenes y ‘necesitan vivir sus vidas’ y mientras el marido anda por ahí, trabajando en cualquier tontería que nunca aporta suficiente, o malandreando, esas mujeres notan las miradas del que tiene un carro, un negocio o una banda. No es raro que se enrede con uno u otro, que destruyan eso que llaman hogar y le para hijos a otro sujeto. Y a otro.

   Y allí está, pariendo y al cuidado de una casa precaria, cuando la tiene. O arrimada en casa de otros, soportando gritos, o insultando a otros ella misma. Fue lo suficientemente mujer para conseguir un marido e hijos, pero no tanto como para que se le diera puesto, pero eso no lo entiende ni aún cuando va llegando a los treinta y tantos, y todavía cree que puede, abriendo la piernas, encontrar una solución. El problema está en la casa sin mucho de nada, en los muchachos que crecen, el varoncito que se echa a la calle a buscar algo de comer, dónde fumar o beber, a buscar su gente, y las hembras que crecen gritándose con la madre por los oficios, o notando sobre ellas, niñas como fue su madre, la mirada del marido de turno. Nadie le explicó que había otro mundo, ni a ella ni al muchacho. No pasará mucho antes de que la nueva camada de niñas se lance por su ‘lugar’, sonriendo con suficiencia y necedad ante las voces de advertencia, tal vez de alguien que sí quiere bien para ellas, alertándolas a no repetir la historia. Pero ya tiene teticas, ya es una hembra y “sabe cómo conseguir lo que quiere’; lo que nadie le diga se lo dictará la herencia, los genes que recibió de una y otra y otra que ha repetido la historia.

   Claro que llevo la cosa a los extremos, de cinco muchachas tal vez dos quieran estudiar, una sea sensata y aprenda a cocer, o sepa entender que quiere ‘una vida estable, su hogar’. Pero las estadísticas de la miseria se tragan esos casos en la masa bruta del problema. Tenemos barriadas enteras que únicamente sirven para existir, exigiendo comida, casas, electricidad, servicios… sin aportar nada. No hay médicos, mecánicos, agricultores, peluqueras ni nada en sus filas. Sólo sirven para estar, para ocupar el presupuesto de países siempre deficitarios que simplemente no pueden darle la espalda y cercarlos en cerros para que no salgan. Ah, pero son eficientes para traer más y más muchachos. Es que están programados, sólo eso saben.

   Por otro lado, este no es un problema de pobreza, es de marginalidad. La marginalidad que se manifiesta en irresponsabilidad y superficialidad para encarar la vida, dando legiones de personas incapaces de responsabilizarse ni de sus actos, siempre inconformes y molestos con los demás ‘por lo que me pasó’. Es muchas urbanizaciones de clase media y media alta, se observa al mismo muchacho bueno para nada, tan solo presto a la vagancia, y la muchachita que ‘ya está sobrada’; simplemente que ellos resuelven sus problemas de otras maneras. Para una está el aborto en clínicas, para el otro las ventajas del dinero. Si supieran todo lo que se ha luchado para que el vago que mató a Rafael Vidal, pague por su crimen.

   Como habrán notado soy terriblemente simplista en un problema que es muy complejo, y así mismo lo soy en la manera que veo de solucionar o al menos intentar paliar la situación. Psicólogos y sociólogos seguro ya han conceptualizado los problemas y sus causas, dando soluciones, pero yo no las he leído. ¿Qué hacer? Lo primero que hay que lograr es detener esa fábrica de marginalidad, tratar con lo que ya se tiene mientras se intenta reducir el número de la masa. En otras palabras, que vengan menos muchachos. Hay que atacar la cadena que pone en movimiento ese círculo de miseria: “nací pobre, sin educación ni guía, hago lo que mejor me parece, salgo a buscar mi vida, paro de uno, de otro, no tengo casa, ni un trabajo que cubra enfermedades, comidas completas, pero sí muchos muchachos, déjame buscar otro marido para ver si tengo suerte”, mientras los muchachos van creciendo pobres, sin educación porque no quisieron estudiar, y sin guía.

   En cada buena urbanización de este país, a pesar de sus muchachos marginales y negligentes; en cada barriada alejada y miserable; en cada caserío pobre… la mayoría de los muchachos tienen que pasar por la escuela, aprendiendo al menos las primeras letras. Los cuarenta años de democracia se encargaron de que hubiera escuelas y maestros, y que tal cosa se viera como mecanismo para aprender y acceder a una vida más fácil y mejor, mediante la preparación y la ambición. Pero para que el mensaje llegue, el muchacho debía quedarse durante los once años, lo que no funciona en casos de niños que hacen lo que les da la gana por falta de guía paterna, o que deben abandonar para ir a trabajar; estos no disponen de tiempo para escuchar lo que se les diría siete años más tarde. Es por eso que se impone una reforma radical de los programa educativos, que todo niño de seis y siete años sepa que el mundo no es simplemente su barriada, su calle, el cerro, el jeep, los malandros, que el mundo es grande y puede ser bonito, que más allá hay otra gente, parques, edificios, catedrales. Que quien aprende y se prepara se convierte en dueño de su vida, de su destino y puede hacer lo que quiera con ella, sin tener que vivir durmiendo en el suelo, rebuscando en la basura o mendigando. Se debe hablar claro y duro para que el mensaje llegue, ya que estos muchachos van a sufrir un choque cultural, lo que se les quiere decir y lo que observan en sus casas.

   Ya a muchachos, niños y niñas, de diez y once años, hay que hablarles del peligro de pensar que ya son hombres y mujeres. Decirle claramente a las muchachas que los cambios de sus cuerpos las harán víctimas propicias de cualquier sádico de la treintena para arriba o de muchachos caliente que quieran pasar el rato; y que tener sexo no es decir, ni sentir, que se quiere a nadie ya que hasta los perros lo hacen sin que signifique mayor compromiso (porque, para colmo, hay que enfrentar las ideas ‘románticas’). A cada muchacho y jovencita, después de los doce (es necesario) hay que decirles sin ambages qué son los embarazos precoces y sus consecuencias sobre la vida de los padres (hablando de la carga si es gente que no tiene ni para comer); hay que decirles claramente que “niña preñada es igual a muchacho escapado o desinteresado”; hay que hablarles de los peligros del aborto en un tugurio, del gancho de ropa. Que entiendan que si se acuestan y tienen sexo PUEDEN quedar embarazados, sin misterios, sin sorpresas: sexo puede terminar en una barriga sí no se tiene cuidado (hay que aclararle tonterías como las del biorritmo). Aclaro que no tengo nada contra las mujeres que desean embarazarse, si una persona ama la idea de la maternidad y puede darle amor y protección, bienvenido sea; ahora sí los quiere pero estos van a pasar hambre, padecer enfermedades y terminar como víctimas de un malandro, a esa mujer deberían practicarle una lobotomía para ayudarla.

   Aquí soy un poco más radical todavía, pero creo en verdad que a todo muchacho mayor de trece años debe decírsele que el sexo puede ser muy rico y lo más placentero del mundo, pero que se debe tener en cuenta que los hijos vienen de allí… aclarándole que no todo el que se acuesta para pasar un buen rato, debe terminar necesariamente embarazado. Que se puede tener sexo, mucho, mucho, mucho sexo, sin necesidad de que vengan los hijos (promiscuidad y enfermedades son un tema aparte, aquí se habla de detener la fábrica de miseria). A un muchacho se le tiene que decir que ahora es que está comenzando, que se entiende que la sangre y la carne le arden, pero eso no significa que tiene que salir corriendo como perro en celo sin pensar en barrigas. Que no tiene por qué embarazar a la primera con la que se acuesta, teniendo que cargar con ella y el muchacho por el resto de su vida. Que fuera de su barriada, y en los años que todavía le faltan, conocerá más y más mujeres. Que si decide tener sexo (qué lo tendrá, ¿quién se detiene en artículos a la hora de la verdad?), y lo hace sin preñar, tiene las manos libres para salir con la hija de fulano, la sobrina de mengano, la hermana de zutano (repito, promiscuidad es otra vaina, también lo que pueda pasarle con los familiares masculinos de esas chicas. Después de todo ese tipo de valores, en jóvenes y muchachas, vienen del hogar).

   Lo que se busca es que ese joven, vigoroso gañán, sepa que puede probar de muchos platos, disfrutándolo, siempre y cuando tenga cuidado de no dejar marcas en el plato. Igual las muchachas (todavía hay quienes creen que sólo los varones sienten ‘ganas’), deben ser advertidas. Te acuesta, viene la barriga. Pero también hay que terminar con cierto axioma que ha resultado más falso que billete de a tres: que con una barriga una mujer amarra a un hombre (Dios, cómo me río); aunque la historia de cada barriada demuestra la inexactitud de esto, aún se considera como posibilidad. No, a las muchachas después de los doce años hay que hablarles de otro mundo, que hay uno donde pueden ser tratadas como reinas, que no tienen por qué parirle al primero que pasa y terminar viviendo en una pieza de la casa de la mamá, gritándose y peleando con el cuñado y el suegro, o el padrastro. Que una joven que se prepara conoce a otro tipo de gente, en el instituto o la universidad, que una mujer que tiene un oficio que le de para casa y comida, pero también seguridad en casos de enfermedad o muertes de familiares, es dueña de su vida. Que una joven bonita, dueña de su vida porque no necesita ser mantenida, libre y sn compromisos, puede reunirse con otra e irse para Margarita, a parrandear, y en tangas pasearse por allá, siendo atendida por los gañanes. Puede soñar con ir a Bogotá a pasar una noche de rico frío abrazada de la persona que le de a gana; o ir asolearse a Miami, donde dicen que están la gente más hermosa físicamente del mundo. Que una joven que se empeña puede ir a Roma, pasearse por París, porque para quien quiere el mundo no tiene límites, y que el mundo no es el callejón, el cerro, el final de las escaleras.

   Ojalá fuera así de fácil, ¿verdad? Pero lo que se busca es crearles inquietudes; si diez niñas de doce van a parir dos o tres muchachos antes de llegar a los quince, y se evita que cinco lo hagan, ya es un logro. Por eso hay que sembrar la inquietud en sus mentes jóvenes “¿por qué tengo que terminar así?”. Y se dan casos, en las pasadas elecciones municipales en lo que se llama la Gran Caracas, el Gobierno perdió el bastión de Petare, una zona que alberga los barrios más coloridos de este país. Y los sociólogos alegan que el cambio vino porque quienes viven en Petare deben cruzar media Caracas para llegar al Centro a trabajar, y que mientras lo hacen, cruzan por Baruta y Chacao, zonas hermosas y ordenadas donde lo primero no es la política sino el trabajo comunitario, cosa que llevó a muchos petareños a cuestionarse: ¿por qué ellos sí pueden y nosotros no?

   Así sea por observación y envidia, la gente quiere cambiar, mejorar. Tan sólo es necesario encausar esas fuerzas y tal vez se logre eso, un cambio. Y lo dejo así, esto quedó demasiado largo.

Julio César.

PASEOS ESCOLARES… SIDA Y DROGAS

Abril 5, 2009

paseos-escolares

   ¿No amaban y odiaban esos paseos escolares? Ah, yo recuerdos dos muy especiales. Uno fue en la primaria cuando nos llevaron al Campo de Carabobo, en Valencia. Partimos del colegio a la siete de la mañana, a medio camino nos dieron un desayuno de esos que vienen en bolsitas de plástico, un sánguche, un jugo y una fruta. Manzanas, creo. Pero algo debió estar mal con esos alimentos, mucha gente se sintió indispuesta, se marearon y… cuando llegamos a Valencia todos teníamos nauseas y el autobús olía a ácido gástrico. Pobre del que le tocó asearlo.

 

   El otro viaje fue, en el bachillerato, un paseo de estudios (como pasa en las películas norteamericanas, donde a los muchachos los llevan a museos e institutos; no creo que eso se haga aquí); fuimos a la casa natal del Libertador, aquí mismo en Caracas. El lugar no era nada del otro mundo, y menos rodeado como estaba de borrachitos y gente en las calles. Lo cumbre fue cuando el guía comenzó a hacernos preguntas sobre la vida de Simón Bolívar, y del periodo independentista, y no sabíamos nada. Parecía una excursión de mudos. Cuando interrogaba sobre algo se escuchaba el croar de las ranas. Únicamente un muchacho, Cardona, colombiano para más señas, contestaba. Recuerdo a la profesora de Historia, Josefa Machado, pelándonos los ojos, toda roja de callar su sofoco. A decir verdad por esa época no me gustaba la historia de Venezuela; comparada con las guerras mundiales, las cruzadas y la revolución francesa, era como aburrida. Más tarde descubrí su belleza, justo por un libro que no era de historia historia (más bien una épica): “Venezuela Heroica”. En ese momento comenzó a gustarme.

 

   Estos viajes están bien, todo muchacho debería hacerlos; no hay momento más divertido que cuando se sale con esa gente alegre, despreocupada, sin temores del futuro ni nada de eso que luego ensombrece nuestras vidas, es decir, los condiscípulos. Todo era gritos (Dios, cómo hacíamos ruido); se iba a esas excursiones para pasarla bien, y aprender era algo que no nos parecía precisamente divertido. Aunque lo es. Pero, y me perdonan la manida frase: esos eran otros tiempos. Esos viajes, tal vez, cumplían una función, pero ahora la tarea debe ser otra. Los jóvenes (de once, trece, quince) se enfrentan a un mundo más peligroso, o que tal vez siempre estuvo allí pero ahora se exacerba a límites casi escandalosos. Y a esos nuevos individuos debemos prepararlos para, si no entenderlo, al menos conocerlo: la vida es seria, la vida es grave.

 

   La dinámica de estos tiempos, en mi opinión, impone salidas escolares menos esotéricas, y más focalizadas en problema inmediatos. Como hemos comentado, el muchacho siempre es muchacho, va descubriendo un mundo y sus posibilidades de placer y gozo, egoístamente cree que todo está para ser usado y disfrutado, cosa que lo hace temerario e irresponsable sin pensar en las ramificaciones. Simplemente eso no cabe en su mente, y es algo que los adultos, muchas veces, parecemos no entender. Para un muchacho, o una chica, es imposible entender, o creer, que para todo aquello que diga o haga, habrá consecuencias. El “eso no me pasará a mí, es imposible”, es un credo tallado en sus cerebros, y en consecuencia responden a los estímulos. Para un muchacho de trece, cansado de masturbase viendo películas o revistas, hablando de ello con otros, de presentársele la oportunidad en un callejón oscuro, con una muchacha de la que nada sepa pero que la sospeche de lo más ‘liberal’, (o una tipa, por decirlo así, a quien no conoce y jamás había visto, con pinta de haber toreado en muchas plazas miserables) no llenará su mente de consideraciones éticas o morales sí lo invitan a usar su pieza; ni habrá temor que lo detengan. Embarazos, sífilis, SIDA… nada de eso entrará jamás en su cabeza, y menos en esos momentos cuando nota que unas piernas se separan; y los adultos que no entiendan eso, están condenados a fracasar en sus intentos de prepararlos o ‘ayudarlos’ a transitar con el menor daño posible. Los deseos del joven o la muchacha siempre estarán en primer lugar, y tomar caña con amiguitos, eso que intoxica, quita los miedos, envalentona y te acerca más a otro, será algo grato que le brinda bienestar, y continuará tomándolo; tocar o ser tocado de forma que excite y de placer, seguirá practicándose. Lo demás es querer creer en imbecilidades. Y de los imbéciles, me perdonan la crudeza, es mejor alejarse.

 

   Debemos utilizar la escuela para corregir estos problemas sanitarios de carácter social. Desde el primer año del bachillerato, o séptimo año como se le dice ahora, en cada colegio de cada pueblo de cada estado de todos los países de nuestra Latinoamérica, debe hablársele a los muchachos sobre tres cosas fundamentales: sexo sin protección como causante de embarazos precoses y su relación con las enfermedades venéreas, incluyendo el SIDA; de las drogas y del alcohol. Lo de los embarazos deberá corregirse solo, fuera de alguien joven que vaya y llore de forma desgarradora contando de cómo se le jodió la vida pariendo a los trece o catorce, no se me ocurre nada para alertar a los que vienen levantándose. Y esto es grave y hasta… desconcertante. En un rancho miserable una chica de ocho años ya ve y entiende que no hay comida, ni ropas, ni nada de nada; no hay nunca nada suficiente para todos, excepto hacinamiento y pobreza. Pero al llegar a cierta edad, va y busca quien la preñe sin resolverle el dónde llevarla o de qué vivirán. Parece una maldición, y no creo que sea únicamente idiotez como muchos sostienen. El problema es más grave. Es el transitar del Círculo de la Miseria, algo dinámico y vivo, que está allí en medio de nuestras barriadas. Pero para los otros problemas si hay paliativos, efectistas y hasta alarmantes, lo sé, pero necesarios. Cada liceo de este país, desde La Guajira hasta Cumaná, como dice la canción “María Lionza”, debe coordinar viajes a hospitales donde se observen ejemplos en vivo de estos desarreglos sociales.

 

   Llegarse, en fila, silenciosos, maestro al frente, hasta el ala donde estén internados enfermos terminales de SIDA, delgados, demacrados, picados de tumoraciones, con rostros de tortura interna. Que los vean, que lo sientan, que sepan qué es el SIDA (qué si da), y su relación con trasfusiones de sangre, el uso de agujas compartidas… y el sexo no seguro. Y que se especifique que no se habla de la píldora o el diafragma, sino de los preservativos. Esto siempre es tema de controversia, hay quienes sostienen que esto es algo privado que cada familia debe decidir, y hasta cierto punto es cierto. Un enfermo de SIDA es un padecimiento de una familia. Cinco mil casos, lo son del Estado y el país, que debe estar pendiente de la llegada de medicinas, de brindar centros especializados y ‘mano de obra’ para atenderlos, entre otras cosas; ya no es algo de una familia. Cuando un país enfrenta un problema en el orden de los miles, sin saber exactamente cuántos seropositivos hay, y sí estos se cuidan de no transmitir la enfermad (a veces ni lo saben), ya se habla de un problema de salud pública, por lo tanto los correctivos deben ser implementados por la sociedad. El SIDA aún no es curable, pero sí puede evitarse o prevenirse, al menos hasta ciertos puntos.

 

   No hablo de que se les de un permiso de corso a los jóvenes para que tiren como conejos al eliminar el factor incertidumbre dándoles una falsa seguridad… eso de todas maneras va a suceder así se rece a la virgen María todas las noches; lo que debe entender el hombre o mujer de buena fe que recubre un sofá de plástico, o un colchón, para protegerlo pero se aterra de hacerlo con los hijos, es que estos únicamente oyen una parte de lo que les dicen, por muy serio o responsable que parezca. Por muy maduro que sea un joven de catorce, en una excursión a la playa, donde una compañerita de clases esa noche en la arena le diga que no quiere regresar con los demás, y le sonría, olvidará hasta el nombre de su mamá (ah, qué recuerdos, todavía no puedo ir a una playa sin sonreír).

 

   Por muy espinoso que sea el asunto del condón, es preferible tratar con él que con sus otras alternativas. No es lo mismo lidiar con una joven que se cree lista y sale con uno y con otro, que lidiar con esa misma joven y luego tener que gastar lo que se tiene y lo que no es costosos tratamientos para el SIDA, o sufriendo al verla consumirse, mancándole la vida, y de paso la de los padres. O teniendo que críale al hijo. No sé si resulte en una ‘permisividad’ más inquietantes, pero la idea es que esos jóvenes de doce y trece años vean el dolor, las llagas, la sombra de la muerte en esas personas internas en un ala de enfermos terminales, porque mucho después de que se olviden de lo que padres y maestros digan, de lo que leyeron (sí es que leyeron) o miraron en televisión, esas imágenes los perseguirán durante mucho tiempo. El SIDA es real, está allí, al igual que los embarazos precoces, y el único remedio contra uno y otro, son la prevención y el cuidado de cada muchacho o jovencita.

 

   Igual ocurre con las drogas y el alcohol. Deberían programarse excursiones a lugares especializados, pero no para hablar con ellos. No, deben llegar para observar casos puntuales, aquellos que gritan, vomitan, se orinan, insultan y se arrastran por efecto de las drogas (o su falta); que miren hasta donde pude caer una persona, hasta convertirse en un animalejo torpe, una piltrafa. Que los vean sucios, gritando, enloquecidos en garras de su vicio. Que las imágenes de esa gente revolcándose, que el sonido de sus gritos y llantos los acompañe más allá del resto de año escolar. Sí dos o tres jóvenes, destinados por la suerte a caer en ello, no lo hacen, algo se logró.

 

   SIDA y drogas, son desequilibrios costosos, que crean legiones y legiones de seres necesitados de cuidados y atenciones. Si tenemos una ciudad, un país, un mundo donde no se observan  prácticas correctivas como políticas sanitarias continuas y sostenidas, siempre tendremos más enfermos y necesitados de atenciones que médicos y recursos. Y esos recursos que podrían utilizarse en otras cosas, quedan amarrados en mantener a gente que no se sabe si mejorarán. Entonces, en lugar de lamentar el problema en casa, en lugar de confiar en que “hablé con ellos, con él y ella y entendieron”, se puede intentar algo práctico para corregir o prevenir el problema. Esto ocurre en todas partes, aunque no se hable de ello. Hace tiempo en un prestigioso colegio caraqueño, de clase media alta, se desató ese horror. Una mujer entró al baño de su casa y encontró a su hijo muerto, ahorcado. Dejó una nota: sospechaba que tenía SIDA. El drama vino cuando se supo lo promiscuos que era, él, los compañeros y las chicas dentro del instituto, mucha gente cayó bajo observación. Y muchos enfermaron.

 

   A uno sólo le queda imaginar la espantosa impresión de esa mujer que abrió la puerta y lo encontró allí, colgando, frío, muerto. Ella, que lo parió, lo acunó y lo amó mucho antes que otros. Muchos recuerdos debieron aflorar a su mente en las horas siguiente. Seguramente se culpó, o responsabilizó a otros, pero ya era tarde. Para ella y para su muchacho. La verdad es que por mucho que se dicten talleres, se miren cintas o se ordenen investigaciones en clases… todo eso parece ajeno, lejano; nadie aprende en cabeza ajena. Nadie. Por ello tantos errores se repiten. Todo joven cree que se las sabe todas, qué con él se inicia el mundo, que sabe cómo actuar y que jamás nada malo le ocurrirá. Pero eso no es verdad, los adultos lo sabemos, o deberíamos saberlo sí es que algo aprendemos mientras vivimos; entonces, muéstrale a sus ojos lo que puede ocurrir en verdad. Que tenga elementos de juicios para decidir que camino seguirá, lo que quiere.

 

Julio César.  

CONSTANCIA, ALGO QUE NO ES CONSTANTE

Noviembre 2, 2008

   Tengo una amiga notable, ya más cercana de la cuarentena que de los treinta, quien durante seis años tuvo tres ‘novios’ medio serios; de cada uno de ellos dijo era el ‘indicado’. Sin ánimos de entrar a juzgar su mentalidad o moralidad, se puede decir que no era muy acertada a la hora de elegirlos, eran sujetos que todos notaban fallos en algo. El que no era flojo era un mentiroso. Uno incluso la robó. Pero durante esos seis años, mi amiga tuvo una meta: tener su casa propia. Y la construyó. Consiguió un terreno y lo aplanó, abrió zanjas, cargó material, sembró cabillas y bases, y durante esos seis años fue levantándola. Lo sé porque cómo molestaba a familiares y amigos demandando ayuda, bastante que me tocó cargar ladrillos, grava y cemento. Pero era un trabajo… aunque duro, grato. Por suerte ninguno era flojo, comenzando por ella. Durante los seis años me tocó ver de tarde en tarde a uno de los ‘novios’ laborando allí, los vi llegar y los vi marchar. Durante seis años su vida emocional fue un desastre de inestabilidad… pero el trabajo de la casa no se detuvo jamás. Deseaba una casa, tardó, ahorró, pidió favores, obligó a los ‘novios’ en su momento a trabajar; me tocó verla desalentada por la falta de materiales, deprimida viendo un techo que no podía tender aún, pero un día estuvo lista. Cómo celebramos, y qué contenta estaba. Durante seis años no cejó, y lo logró. Porque perseveró, tuvo una meta y no se desvió de su camino.

 

   En estos monólogos “hemos” hablado de la relación que ahora se hace en el Primer Mundo sobre la necesidad de invertir la vieja tendencia de dar prioridad a la salud sobre la educación, aquello de que la gente debía estar viva y medio sana para ser educada resultó un disparate. Tal primacía resultaba falsa por el simple estudio de las estadísticas mundiales: cada día hay un número creciente de enfermos y de aquellos que necesitan de atenciones. Por ello hubo (allá, aquí en el Tercer Círculo no hemos comenzado aún) que atacar el problema sanitario desde las escuelas con la “prevención”, donde se advertía sobre esas potenciales enfermedades que siempre acechan, las que vienen de la promiscuidad (¿cómo una palabra tan sonora y exótica puede ser mala?), a los cánceres, diabetes y enfermedades coronarias. Pero al lado de estas patologías evolucionan otros problemas como la verdolaga, los desajustes sociales, como la pobreza extrema (gente que literalmente come basura cuando no mueren simplemente de hambre), la delincuencia, el cinturón de la miseria y la poca preparación para enfrentar el mercado laboral con la que sale un bachiller del colegio.

 

   Una de las atrofias mentales con la que acentuadamente se levantan nuestros países, año tras año, es ese viejo cáncer que ha minado buena parte de Latinoamérica: la carencia de sentido común para encarar el futuro por propios pies, o con los pies sobre la tierra. Nuestro suelo es rico en minerales que el Primer Mundo codicia, pero también de gente que cree que todo lo merece sin necesidad de trabajarlo; o sin tomar en sus manos la responsabilidad de lo que ocurre con sus países. Imaginamos, en nuestra simpleza intelectual, que los países industrializados llegaron a semejante lugar por magia, o ‘abusando’ del Tercer Mundo. Si tal cosa fuera cierta, simplemente nos limitaríamos a invocar a los dioses del Sorte, por nombrar únicamente a Venezuela, y explotaríamos a otros (muchos ‘presidentes’ de la zona harían lo que fuera por ser ‘presidentes’ para siempre y recibir unos cuantos dólares, no sería difícil) y nos levantaríamos industrial y técnicamente sobre ellos. Pero la verdad es que tal premisa es falsa.

 

   Nos encanta echarle la culpa a otros de nuestros fracasos, de la miseria y desigualdad, del atraso, de ‘mascar’ hoja de coca para engañar el hambre, o llevar gente engañada a haciendas en un monte lejano para explotarla como mano de obra esclava. Nos encanta odiar a Estados Unidos, y en menor medida al Canadá, porque son ellos “los culpables de lo que somos, o al menos de dónde estamos”. Nos gusta eso porque es cómodo, es fácil decirlo y creerlo, y aleja de nosotros la responsabilidad individual y grupal. No nos gusta pensar que son nuestros arranques de correr tras cada charlatán que promete incendiar la sabana, o ‘resolver’ esto, sin decir cómo o cuándo, o con la promesa de que se irá al carajo si no lo logra en tanto tiempo, pero luego no lo hace; nos encanta el que grita, el que parece “macho” y habla golpeado, aunque sea de hecho un imbécil, un delincuente o un charlatán. Por esa falta de sentido común estamos condenados a no avanzar, a no prosperar; la población aprende a conformarse con la medianía y luego cae en la mediocridad. Un cerro comienza a llenarse de ranchos horribles y nos disgusta, pero nada se hace, se llena ese, y el siguiente y el siguiente y ya ni reparamos en ello, porque se transforma en el trasfondo de nuestras vidas, un ejemplo de que no podemos resolver nuestros problemas ni planificar nuestras vidas o destinos. Entonces, ¿para qué darse mala vida pensando en eso, o intentando revolverlo, si podemos odiar y culpar a los gringos?

 

   Siempre estamos comenzando, siempre estamos de estreno, siempre vamos “a hacer”, y cuando se dice “se hizo” y se va a revisar, se ve la mala costura (casi siempre en tiempos electorales). Se nos ha ido la vida esperando comenzar, iniciar, relanzar. Hemos visto llegar uno y otro régimen y los problemas que existían, que sabíamos cuáles eran, dejaron de enfrentarse, se les permitió crecer y estos degeneraron en otros que ahora nos asfixian: ciudades cercadas por círculos de miseria que aportan malandros, crímenes, pero sobretodo gasto material, gente que necesita médicos, maestros, carreteras y servicios básicos, aunque no aporten nada en forma de trabajo, ahorro o simple esfuerzo. Está la madre adolescente con el muchachito llorando, molestándola cuando ella sólo desea pensar en el otro “novio” que le dejará otro muchacho llorón. Está la gente que espera resolverse en los botaderos de basura, peleando con perros y zamuros, pero que no consideran ni por un segundo en irse a carga cajas en un mercado, trabajando. Y están los huele pega, gente que por diversas razones rodaron hasta convertirse en un problema, como los mendigos o los enfermos mentales arrojados a las calles. El problema crece mientras escribo o ustedes leen, porque nace otro y otro y otro muchacho, ninguno planificado, en hogares donde no hay qué comer, qué vestir, y muchas veces falta hasta el techo (Dios, parece que no saben que se puede tener sexo por el simple placer de tenerlo sin embarazarse), en medio de gente que no se siente totalmente responsable de eso, ni de los que van llegando, y peor, que sienten que los demás “les deben algo”. ¿Qué país avanza con tan pesada carga social, con un pasivo humano tan grande que nada aporta?

 

   Nuestros gobiernos de forma perversa, porque no cabe otra explicación, incentivan esta manera irresponsable e irreflexiva de pensar: “No, no son ustedes responsables ni culpables de lo que ocurre, son fulano, los ricos, los oligarcas, los medios, los políticos de antes, el Imperio”. La culpa se sitúa donde conviene, según el grupo que se quiera destruir mientras se desvía la atención de los errores garrafales propios. Es desconcertante ver a gente tan disímil como la señora Cristina K, a Evo Morales o Rafael Correa caer en el exabrupto, con una total falta de imaginación, se pensaría, pero sabiendo que les funciona. Personalidades patéticas y claramente patológicas como Hugo Chávez y Daniel Ortega ni vale la pena estudiarlas.

 

   Como ya lo he expresado, un país no puede recomenzar indefinidamente, no se puede comenzar siempre, porque entonces ¿cuándo llegamos a donde queremos? Si sembramos una mata de mangos y la vamos cortando año tras año cambiando de fruto, ¿cuándo los recogemos al fin? El problema que ha afrontado América Latina es de complejos de inferioridades y traumas sociales, ya que nuestras llamadas capas intelectuales han estado muy por debajo de las capacidades y las exigencias, tal vez por la forma en que fueron ‘formados’ por las viejas escuelas marxista que obligatoriamente los hacían dependientes del imperio soviético y su forma de ver el mundo, el gran hormiguero donde unos trabajaban mucho por nada y los zánganos la pasaban sabroso. Recuerdo que cuando liberaron a Ingrid Betancourt en Colombia, ‘intelectuales’ de izquierda en Venezuela dijeron, así, con llaneza, sin ruborizarse, de corazón, que eso debió ser cosa de los norteamericanos o los israelíes, porque era imposible que el miserable ejército de un país del lamentable Tercer Mundo hiciera algo tan perfecto. Son esos complejos y traumas los que mancaron a toda la región, y de la que tanto cuesta salir, como lo es siempre de toda prisión mental.

 

   Pero nosotros no somos líderes mundiales, lo único que podemos hacer es cambiar esa realidad fabricada a nivel local, a pequeña escala, en nuestros barrios, en nuestros colegios y con nuestros muchachos. Y la tarea debemos enfrentarla nosotros mismos. Debemos intentar, en la casa y en la escuela, que todo niño entre cinco y hasta que sale a los diecisiete años del bachillerato, escuche todos los días que quien no se prepara para enfrentar el futuro está condenado a ser un sirviente en esto o aquello, doblando la espalda siempre en lo ajeno, resignado, o tal vez rabioso; que quien no aprende a pegar un bloque, o planchar una camisa al menos, está condenado a no servir para nada y suya será la culpa de su futuro. Que la suerte y el azar pueden auxiliar, pero que jamás se puede esperar que la vida se resuelva por un golpe de suerte, o por una rezadita al Cielo; que ni velas a santos o la casualidad son garantías de nada y que sólo el necio y el insensato pueden contar con ello. Pero más importante, algo que a esos niños desde el primer hasta el ultimo año de estudios, debe remachársele día a día: que en todas las cosas de esta vida, cualquiera que vayan a afrontar, desde una relación de pareja hasta un trabajo, la clave es el esfuerzo, el trabajo continuo y constante, la meta vista claramente y el camino trazado para alcanzarlo.

 

   Se les debe repetir todos los días que no se puede comenzar vez tras vez o no se llegará nunca a ninguna parte; que el futuro se planifica, que quien sueña con convertirse en el rey de la mandarina debe pensar en el terreno que quiere o necesita, pensar en cómo limpiarlo de maleza y preparar la tierra, en cuántas plantas necesita, qué tantos huecos debe cavar, cuántas sembrara por día, de dónde saldrá el agua y asegurarse que se rieguen, ir podándolas, liberándolas de insectos, recortando montes y enredaderas de tanto en tanto, y en cosechar. Que las metas se consiguen así, planificando, con esfuerzo, con tesón, trabajando día tras día. Debemos meter en esas cabecitas de nuestros suelos que nada cae realmente del Cielo, que esperar limosnas es vergonzoso, e inútil, el dinero jamás alcanza para tantos durante mucho tiempo, y el hambre siempre está allí, así como las enfermedades que se combaten con medicamentos, y que la vida puede ser buena, o al menos cómoda, cuando uno puede procurarse las cosas que le gustan con lo que ha ganado. A todo niño, varón y hembra, debe repetírsele esto hasta que lo entiendan y lo computen. Debemos terminar cortando en cada escuela de cada ranchería, poblado o ciudad de nuestra América Latina, con ese pensamiento irresponsable de que las cosas van a salir siempre bien de alguna manera sin necesidad de que enfrentemos y afrontemos nuestras vidas. O que si no resolvemos nada, al menos nos quedará el consuelo de ver jodido a los demás, bastándonos con eso, o echándole la culpa a todos los demás, a ‘ellos’ por todos nuestros males.

 

   Producir, crear bienes y fuentes de trabajo, favorecer el ahorro y la seguridad social con planes simples y sostenibles, son metas que no parece, muchas veces, el objetivo final de nuestros gobiernos; aparentemente la única es asegurar control político desde el principio, acallar a quien se queje y utilizar a discreción el poder del Estado. Pero en los gobiernos serios un presidente no puede inmiscuirse en la decisión de un tribunal federal, no hablemos ya de un tribunal supremo, sin ser reprendido; países como Inglaterra y Estados Unidos cuentan con constituciones que han cumplido más de doscientos años, pero en los nuestros estas tienen que ser remendadas como un trapo viejo según vayan asentándose cada grupo en el poder; y lo más patético es que la gente parece creer que eso basta para resolver algo. De nuestros colegios deben salir niños entre cinco y diecisiete años de edad que sean capaces de entender la diferencia que hay entre ser ciudadano y un simple habitante, o cuál sistema medio funciona y cual no. Lo demás es que creamos que en verdad hay algo en los genes que nos condena al fracaso.

 

   ¿Será soñar? ¿Será tan difícil? De nuestros hogares y escuelan deben salir niños que visualicen el futuro que quieren, el país que desean, con ciudades modernas sin cinturones de miseria; con servicios públicos que funcionen, donde los colegios sean tan buenos que no halla necesidad de invertir en la privada, ahorrando o gastando en lo que dé la gana ese dinero; abriendo fuentes de trabajo; asegurando cada país su capacidad para procurarse alimentos; determinándose qué tanto territorio será urbano y qué tanto campo, con hectáreas para cultivos y cría de ganado, asegurando incluso aquellas que serán parques nacionales intocables para asegurar la preservación de las aguas e incluso la producción de oxígeno. ¿Quimera? No, sensatez. Planificación, trabajo y constancia debe ser la máxima que se repita en cada colegio como fórmula para reorganizar cada territorio; pero únicamente será posible sí cada persona entiende que tiene una responsabilidad individual hacia sí mismo, los suyos y su tierra. No queda otra.

 

Julio César.

PADRES E HIJOS ADOLESCENTES

Julio 20, 2008

   Hace unos ocho años atrás, Esperanza, una niña del piso donde vivía para esa época, me dijo con media voz y todo apenada, que deseaba que yo fuera su padrino de bautismo. Me sorprendió saber que aún no lo estaba, y acepté. Era una niña linda y yo me llevaba bien con sus padres, sobretodo con  Nelly, la mamá, mi comadre ahora. La niña se convirtió en una muchacha espigada, toda piernas, y ahora es una joven señorita de catorce años, los quince están a la vuelta de a esquina. Ya no vivo en ese lugar pero de tanto en tanto la visito y la animo a que me llame si tiene algún problema. Hace poco una hermana mía me dijo que hablara con ella porque andaba muy rebelde y contestona, teniendo incluso problemas en el liceo. Todos dicen que está en esa edad de enfrentamientos, no quiere obedecer y se la pasa en la calle con la amigas. Ese problemón, pues.

 

   La llamé y hablamos. Nelly, la comadre, se divorció (lo sabía), quedando con tres muchachos, de los cuales Esperanza es la menor. El pequeño apartamento de tres habitaciones mínimas había quedado holgado cuando Marta, la mayor, se casó y se fue; a mí nadie me quita de la cabeza que lo hizo para no vivir más con Nelly, quien ahora salía con un muchacho que a veces se quedaba en el apartamento. Nada del otro mundo. Lo que ahora ocurre es que Marta regresó, divorciada a su vez, con un bebé. Y Esperanza tuvo que dejarle su cuarto e irse con Nelly, ya que con Esteban no podía dormir, un muchacho medio malandroso, de diecisiete años. Es por ello que Esperanza anda rebelde, molesta, inconforme, gritando y discutiendo con todo el mundo, prefiriendo estar más tiempo fuera que dentro de su casa. Y en nuestra cultura eso es peligroso, porque aunque ella me dice que no, que quiere estudiar, ya tiene su cuerpecito y muchos la miran al pasar. Me aterra pensar que alguno pueda prometerle villas y castillas, y que ella se vaya tras él para escapar de su casa en un momento de furia o depresión.

 

   Intenté hablar con Nelly, que entendiera que lo que sucedía no eran simplemente malacrianzas de una niña grande, sino algo más complejo. Dentro del pequeño apartamento, Esperanza tenía su cuarto, su lugar, su espacio, su mundo propio, uno donde podía encerrarse a estudiar, leer, hablar por teléfono o hacer lo que le diera la gana. Ahora no. Ahora lo comparte con una madre a quien puede fastidiarle el que hable por teléfono, o que vigila más de cerca la ropa que usa, el maquillaje o sus amistades. Fuera de la mayor carga de parientes. Ya no son solamente los tres, Nelly, Esteban y ella, ahora están Marta, el niño y el novio de la mamá. He comprendido que es difícil que la gente entienda que los muchachos que gritan, son propensos al llanto, al mal humor, las tristezas súbitas e incluso a la agresión, no son simplemente ‘niños’ desafiantes o exagerados frente a la vida; médicamente se habla en la adolescencia de un exceso hormonal, incuso de la adrenalina, que les imposibilita controlarse muchas veces, incapaces como son por falta de experiencia, de asimilar semejantes impulsos cuando se siente atacados o amenazados, llegando a responder con violencia.

 

   Una de las quejas más reiteradas de los muchachos es la intromisión de todos en sus vidas, sienten que no tienen descanso ni paz. Pero quien se toma la molestia de oírlos (no me gusta mucho hablar con gente menor de dieciocho, no los entiendo), comprenderán que lo que desean es un momento de tranquilidad, para pensar en lo que desean, lo que quieren. Muchas veces sólo necesitan silencio, no ser vistos ni que les hablen, que se les deje a solas. Es una aspiración normal, tienen mucho en que meditar. Cuando un joven exige a gritos más privacidad simplemente pide calma, un momento de sosiego, tal vez para pensar en qué es lo que le pasa, por qué se siente rabioso, incómodo, poco apto o capacitado, o hasta menos dotado de ‘gracias’. Una aspiración normal de un muchacho es tener su mundo, un cuarto para sí. Es posible que el llanto de un niño moleste, o el que se le deje encargado muchas veces de vigilarlo, o las discusiones con un hermano que toma sin pedirlo sus cosas… Y es aquí donde debe entrar en juego la guía de padres y maestros, a ese adolescente debe explícasele que esa es sólo una faceta de la familia, los problemitas, las incomodidades momentáneas, pero que como núcleo, este es el grupo más importante para él o ella ya que son los únicos, en últimas instancia, a quienes pueden y deben recurrir en momentos de problemas. Y estemos claro, tal vez sean los únicos que realmente se interesen en su suerte, ¿a quién otro le dolería si algo malo les pasa? (punto que debe ser machacado por padre y maestros). A estos muchachos debe hablársele claramente de los aspectos más oscuros de esas tendencias hormonales, cuando están llenos de energías y adrenalinas y no pueden o no quieren ponerse frenos, dejando aflora tendencias vandálicas, desde los muchachos que zarandean con rabia a un bebé, rompen vidrieras, arrancan teléfonos públicos o incendian una zona verde, a los que en grupito salen a cazar gente distinta, otros muchachos, para acosarlos, perseguirlos y agredirlos; sin muchas veces ni saber por qué lo hacen. No todo eso es ‘normal’, o aceptable, y eso debe metérseles en la cabeza cuando tienen seis, siete, nueve u once años de edad.

 

   Es obligación de la escuela, y de los padres, qué dudas caben, explicar la ‘naturalidad’ de ciertas conductas, pero también de las responsabilidades individuales que acarrean. No puede simplemente obviarse el ver a muchachos que golpean a otro, generalmente uno que anda solo, o intentan forzar a una muchacha como ‘tremenduras de adolescentes’, porque el día de mañana se tendrá al carajo que golpea a la mujer, con placer, dejando escapar lo que es, o al que va a un sitio público y cree que es su derecho patear en la cara a otro. Padres, escuela y maestros deben trazar claramente una línea que divida lo que es travesura del momento, de la conducta delictiva. Los muchachos, desde los nueve años en adelante, incluso antes, deben entender porque se les explica claramente que hay límites entre conductas naturales y permitidas y las que no, y que estas no pueden cruzarse sin consecuencias, que hay puntos de difícil retorno que pueden acarrear sanciones (correccionales) o consecuencias peligrosas (el chico alcohólico que conduce, manipula un arma u otras). Nadie experimenta o aprende en cabeza ajena, pero por lo menos, en busca de ‘ciudadanos’, debe hacerse un esfuerzo. Y muchas veces los problemas comienzan por cosas sencillas, un adolescente que ‘no soporta’ a su familia que lo asfixia, avergüenza o ridiculiza, obligándolo a tomar medidas extremas, como buscarse quien la o lo resuelva, cambiando un problema por otro.

 

Julio César.

HACER UN HOMERO SIMPSON

Junio 19, 2008

   Hace tiempo, en un capítulo de mis queridos Simpson, presencié uno de los momentos más hilarantes de dicha historia. A Lisa le había salido una competidora en la escuela, una niña sifrina que decía “cómo crees”, que la hizo sufrir. Pero lo realmente increíble de ese episodio fue la actitud de Homero, quien se involucró en una de sus ideas más desacertadas, locas e irresponsable: iba a hacerse rico recogiendo y vendiendo manteca usada. Grasa de cocina. En un momento gastó más dinero del que iba a ganar friendo unas tocinetas. Lisa, incrédula ante tantas tonterías, le pregunto: ¿Te harás rico vendiendo grasa? Y él, con un airecillo de quien responde a una gran bobería, replico: “No, llevaré gastos inteligentes, ahorraré y haré buenas inversiones”. Lo dijo como si la locura fuera esa, no su plan. Yo me reí largo rato ante tanta inconsecuencia. Pero esa forma disparatada de pensar la manifiestan demasiadas personas. Por un lado es bueno, porque incentiva la aparición de mercadillos que uno ni imaginaba. Hay quienes alquilan sillas frente a colas largas donde la gente espera para hacer trámites. A su manera, son útiles.

 

   En buena medida esa manera irresponsable de pensar es un mal generalizado de nuestros tiempos. Los Simpson no hacen más que colocar un enorme reflector sobre el problema (enorme como debe ser Homero en carne y hueso). Creo que por eso me gustan tanto, motivo por el que otros los detestan. Desde que aparecieron hace tantos años, los defendí diciendo que los Simpson eran gente como uno (siempre me replicaban: serán como tú). Pero el que resulte grotesco, o desagradable, no lo hace menos real (el problema de la inconsecuencia, no los Simpson). Ni va a desaparecer. Y me temo que por sí mismo tampoco se va a corregir. Por experiencia se sabe que todo camino fácil es el que se toma, así el resultado no sea el deseado, pero termina aceptándose como a todo, aún a una mala suegra. ¿Cuántas personas no arrojan la basura por la ventanilla del auto ya como algo automático, sin detenerse a pensar en ello? La maña comenzó con la prisa: no había donde botarlo y se arrojaba, sintiéndose cierta culpa. La costumbre acabó con eso. Ahora el gran basurero que terminan siendo tantas ciudades (en Venezuela) es cotidiano, por lo tanto no merecedor de una segunda mirada o análisis. Uno se acostumbra como a ver un perro en una esquina o una mata secándose.

 

   Ah, carrizo, ya divago y me aparto de lo que deseaba hablar. Es  lo que digo, se desvía uno del camino que deseaba seguir cada vez. Actualmente Venezuela Ecuador y Bolivia sufren de un mal endémico de nuestra región: olvidándose todo plan previo de trabajo, un grupo alzado con el poder cree que sólo ellos saben, sólo ellos pueden disponer de los recursos y de la manera de utilizarlos, como si el resto de la población no contara o no mereciera ser oída. Lo más preocupante es el delirio con el que parten, cada nuevo gobierno cree que es el más mejor, el bueno, que la historia y los cambios comienzan ahí, que el pasado debe ser sepultado, y por lo tanto todo plan o estrategia para enfrentar los problemas, olvidado. Cuando se analiza a fondo, encontramos que es la vieja maña de comenzar siempre de nuevo, una y otra vez, inconsecuentes, como malditos por algún designio que no nos permite prosperar. Nunca he entiendo a cabalidad por qué continuamos perpetuando tal estado de cosas.

 

   En Venezuela las tendencias a combatir son claras, no sé realmente si puede extrapolarse a otras realidades, pero aquí voy. La gente adulta, padres, representantes y ciudadanos comunes debemos hacer un esfuerzo para enderezar el entuerto que años de práctica viciada han ido creando como patrón o modelo de vida. En la escuela, desde los seis años, y desde el llamado primer año (o grado como era antes) hasta la salida misma del bachillerato, a los muchachos debe decírsele que los problemas de la vida diaria no pueden resolverse con milagrería, golpes de suerte o con brujas. Que se puede pedir ayuda al Cielo, pero moviéndose para resolver. Que los problemas no desaparecen solos, que hay que enfrentarlos y combatirlos. Debe inculcárseles una visión clara para que aprendan a asociar causas con efectos: sexo sin seguridad puede terminar en embarazos no deseados o en enfermedades. Diciéndolo claro, los niños vienen del sexo, el SIDA también; sin disfrazarlo tanto, este es un punto donde debemos enfrentar tajantemente las tendencias sociales o la vaina empeorará, por lo tanto hay que llamar al pan, pan y al vino, vino. Cuando los muchachos ya tienen cierta edad, cuando las hormonas halan en todas direcciones y ‘sabe’ que eso, el sexo, puede ser divertido, rico y satisfactorio, es difícil intentar cosa quiméricas como que abracen el celibato (ja ja ja), o ‘piensen’ en ese momento en los riesgos, pero sí que entiendan que si un muchacho se mete con una chica, o esta ‘quiere’ demasiado al novio, y caen en una cama,  puede haber consecuencias.

 

   No quiero meterme en cuestiones morales o éticas, cuando hay problemas reales e inmediatos, prácticas como dicen, esos esoterismos me parece que deben ser tratados únicamente en púlpitos y cátedras, la obligación inmediata es contener estos males: adolescentes embarazadas, peligros de abortos ilegales, paternidad irresponsable, aumento del círculo de la miseria, marginalidad y carga social pasiva, o enfermedades. Si no podemos impedir que un joven y una muchacha vayan a divertirse (o en las variadas combinaciones), por lo menos que tengan conciencia de enfermedades como el SIDA que consume y destruye, que vean y escuchen a sus víctimas; que en la casa donde no hay baño, comida o medicinas, eso puede empeorar con otro y otro y otro muchachito. Si van a tirar, como decimos por aquí, que se lleven un condón, carrizo. Que medio piensen que el sexo puede ser divertido y satisfactorio… pero más cuando no hay consecuencias con las cuales cargar toda la vida (o recostándoselas a otros). Hay que enseñarles a asociar una cosa con otra, sexo indiscriminado (sí, como si fuera tan fácil) con mayores probabilidades de problemas más tarde. Debe explicársele, día a día, que quien no se prepara para aprender un oficio termina trabajando en lo que sea, así no gane bien o le toque vivir en un lugar inundo, sin nada de lo que un día soñó o creyó merecer. Que entiendan que si toman caña y conducen puede haber un accidente, y que ello no es un castigo del Cielo ni mala suerte, que hubo una relación entre una cosa y otra. Y hay que hacerlo, porque muchos jóvenes (incluso gente más vieja) no es capaz de entender dicha correlación.

 

   Hay que terminar con ese pensamiento irresponsable, superficial y algo estúpido que nos hace creer que todo saldrá bien al final, sin que medie ningún esfuerzo propio. Desde los seis años, en cada casa y escuela, en cada ciudades y campos, y hasta que abandonen el bachillerato, se le debe explicar todo esto a los muchachos. Que entiendan que no hay una máquina mágica para hacer plata (excepto las del gobierno), que no existe algo como el negocito rápido y fácil (asaltantes, traficantes, criminales y asesinos terminan pagándolo, de una forma u otra, llevándose a la familia en los cachos muchas veces, la violencia tiene sus propias reglas), que para el futuro hay que prepararse o se terminará lamentándolo. Que quien no se prepara para encararlo puede terminar amargado cargando cajas en una fábrica, quejándose de su suerte o del italiano maldito que no paga, o envidiando al que puede viajar, comprar un carro o comer en un restorán, creyendo que la vida fue injusta con él o ella y que los demás son unos desgraciados (ah, este grupo, caldo de cultivo siempre para seguir a los revolucionarios, siempre arrechos con todos los demás. ¡Envidiosos!). Con todo esto no quiero decir que las oraciones no sirvan (como canta y defiende Vico C, bonito tema), o no se pueda encender una velita… pero como expresan por ahí: Dios dijo, ayúdate que yo te ayudaré…

 

Julio César.

ESCUELA, ¿QUÉ REALIDAD ENSEÑA?

Marzo 16, 2008

siempre-futuro.jpg

   Creo que esto ya lo he comentado, como sujeto que debe llevar estadísticas sobre salud, me toca enfrentar datos alarmantes, escandalosos en el hecho de que aún ocurran. En el ministerio debemos enfrentar realidades en el orden de: para combatir la inseguridad vamos a repartir estampitas religiosas para que los santos te cuiden. Las metas sanitarias del milenio no se cumplieron ni de cerca, La Carta de Ottawa nos estalló en la cara como petardo barato. Cosa que no debió sorprendernos. Pensar en resolver problemas aplicando lo mega grande, lo multitudinario, lo global, muchas veces no deja ver la raíz del problema. El dicho, imagino que chino (tienen dichos que suenan exóticos para todo), de que la espesura del bosque no deja ver el árbol, es muy cierto. ¿Cuántos comités no sabemos u oímos que se han instalado para atender este o aquel lío? A la gente le gusta eso, saber que hay una comisión que está estudiando ‘seriamente’ tal o cual problema, con el doctor Fulanito a la cabeza. Imagino que eso brinda una sensación de seguridad. Lamentablemente eso no me toca a mí, estando como estoy al lado de la gente que enmarca las políticas nacionales de salud; al final del día no puedo evitar sentir un escalofrío de miedo, mientras me digo: ay, Dios mío… 

   No sé si esto será únicamente en Venezuela, pero los inconvenientes parecen imposibles de resolver. Problemas graves de salud, desde el dengue al SIDA, pasando por el cáncer y los infartos, se unen a los causados por la pobreza extrema como la desnutrición y la reaparición de endemias erradicadas hace años en el país, se juntan todos para amargarle la vida a todo el mundo. Pero eso es sólo parte del problema, el otro es que no hay directrices claras, prácticas y realizables sobre las metas que deseamos alcanzar, ni cómo atacarlos, ni las dificultades colaterales que deseamos resolver en el camino, como la extensión de márgenes de miseria en cerros y quebradas, delincuencia, violencia. Vemos los cerros cundirse de ranchitos y no hay una política nacional para enfrentarlo como un problema de desigualdad social, pero también de salud pública y educación. Curiosamente todo va de la mano, por lo que una solución a implementar debe contenerlos a todos. Y como creo haber mencionado, y como dirían los políticos chanchulleros e inútiles: nuestros problemas son de educación. Es verdad. Por mucho dinero que se invierta creando ministerios y cargos, pagándole a muchos funcionarios, nada se resolverá mientras cada nueva generación esté surtiendo una enorme cantidad de personas con dolencias. 

   Para nadie es un secreto, tampoco, que en países como este, al menos, la educación deja bastante que desear. Hace sesenta años, cuando la gran mayoría de las poblaciones fuera de Caracas mantenían un estilo de vida rural, en las casas donde se almacenaba agua en tinajas, todo el mudo sabía que tal depósito debía estar aseado, que nadie podía meterle un posillo, y debía estar tapado con esmero. Los pisos, muchas veces de tierra, debían estar aseados, sin botaderos de basura alrededor. Ahora, cuando cualquiera ostenta un título de bachiller, es común que tengan que lanzarse campañas para que en barrios y poblados las personas que no cuentan con agua corriente, o con tanques, tapen los pipotes, ya que al dejarlos abiertos corren el riesgo de que se ensucie, los perros tomen de ellos, o los muchachos jueguen; mientras las aguas servidas y la basura corren por las calles, arrojadas, sin misterio en ello, por la misma gente que habita allí. Algo que un país rural, campesino, sabía y practicaba ahora se desconoce, y el dengue y las diarreas hacen su agosto. ¿Qué pasó? Es difícil responder en estos tiempos cuando contamos con Internet, el mapa del genoma humano y la posibilidad de clonar seres humanos, por qué la gente bota basura al lado de su casa. 

   ¿Desmejoró la educación? Los maestros, con tantos problemas ¿se desentendieron de su tarea? Algo de eso puede haber, pero creo, de corazón, que no es todo el problema. La verdad es que la escuela ya no prepara a los muchachos para el mundo que tienen que enfrentar. La educación fue superada por una realidad que es dinámica, cambiante, demandante, exigente, pero sobretodo avasalladora y muchas veces fea. La escuela ha ido perdiendo terreno, corriendo ahora para no dejarse sobrepasar por la situación, como el sujeto que alegremente se da un viaje a España, llega a la feria de Pamplona y de repente, en medio de la carrera, el ahogo y el sudor, entiende que los toros sí son reales y que vienen tras él resoplándole de rabia en el fondillo. 

   La escuela, ni la pública ni la privada, donde se esmeran más, preparan a los muchachos para lo que les viene encima, al menos de forma cabal, para enfrentar el mundo que les toca. Al menos en Venezuela. Y la realidad son las drogas; el SIDA; el alcoholismo y su vinculación con accidentes y violencia urbana y familiar; la miseria extrema; los niños de la calle; los recoge lata; los embarazos precoces; las enfermedades venéreas; el cáncer; la explotación sexual; ese estado mental llamado marginalidad que hace que alguien escupa por la ventanilla de un auto sin detenerse un segundo a pensar en que puede darle a alguien, o arrojar basura de forma maquinal; la poca preparación con la que el joven sale para enfrentar el mundo laboral; la perpetuación de modelos de conducta tipo ‘dejar hacer, dejar pasar’, caldo de cultivo para la permisividad; el poco reforzamiento de controles individuales, que terminan levantando generación tras generación que no se siente identificado con sus problemas ni es responsable de sus actos, desde ir a vivir en la cuenca de un río que a veces se desborda a traer camada tras camada de muchachos de los que no puede ni quiere preocuparse; el desprecio tácito por el trabajo constante y la admiración a la figura del ‘vivo’. 

   Son cuestiones básicas, del día a día, y en muchos colegios son tratados, pero de forma muy académica, me temo. O tal vez ese sea el modo indicado. No soy pedagogo, ni educador para discutirlo en sus términos; pero si deseamos atajar tantos problemas donde no funciona regalar dinero ni sirve usar la fuerza de las armas para corregirlo, las medidas no parecen estar dando resultados. Al menos no los esperados. De mi hermosa sobrina mayor, enviada a un buen colegio, me gusta que le enseñen inglés, danza, canto, computación y religión. Eso es bueno para ella a sus nueve añitos. Expande sus miras, sus objetivos, le hace ver que hay otros mundos, otros gustos e intereses. Eso está muy bien. Pero también quiero que sepa del SIDA, de los embarazos precoces, del papiloma humano. 

   Está pequeña, lo sé, pero un día tendrá la suficiente edad, tamaño y cuerpo para pensar en otras cosas, momento cuando sus intereses pueden variar. Y quiero que esté preparada para tomar la mejor decisión, o al menos que sepa cómo defenderse de la realidad; que jamás se vaya con el amiguito, a los trece o catorce, a un cine, o a una casa y se encierren y crean estar descubriendo el agua tibia, pensando que nada pasará, que se hará una vez y no habrá consecuencia. Que vaya sabiendo que sí las puede haber, que no vaya creyendo pendejadas. Deseo que mientras aprende a tocar la guitarra, que sepa que hay una enfermedad horrible que destruye, que acaba con la gente poco a poco, y que una de sus maneras de atacar es mediante la transmisión sexual, el llamado sexo inseguro. Aspiro que lo entienda, que esté al tanto de ello, que esté consiente que es algo real. 

   Individualmente se puede intentar atajar tantos desatinos que el simple sentido común debería decirnos cómo enfrentar, pero en su conjunto no funciona. Cada quien puede ‘educar y guiar a sus hijos’, pero ¿de qué le servirá si más allá se levanta un irresponsable que no vea nada malo en salir borracho a correr en su carro? ¿Qué le impedirá llevarse por el medio a medio mundo incluido nuestros muchachos bien criados? ¿Qué garantía tenemos que al salir no nos toparemos con el malandrito a quien nadie le dijo que consumir drogas, salir a robar o matar ‘es malo y no debe hacerlo’? A menos que se viva tras enormes muros y altas rejas, todos estamos expuestos a la ‘realidad’, por lo tanto es esa realidad la que hay que enfrentar. Mi jefa es una mujer que gana muy bien, y su familia tiene con qué desde hace mucho, pero ya la han atracado dos veces, metiéndosele en su carro, ¿de qué le sirvió toda la preparación anterior? ¿Qué se hace? ¿Contratar gorilas? ¿Carros blindados? ¿Llevar un revolver entre las piernas? ¿Irse a otra parte? ¿Y el qué no puede? ¡Yo no puedo!, cada vez que cobro debo decidir entre viajar alrededor del mundo o comprar azúcar y café. Es tan difícil decidir… 

   No es extraño la jovencita de la buena urbanización que a los quince años sale preñada, y eso de que “está enamorada”, que “lo hizo por amor”, me suena tan idiota como irresponsable. ¿Cómo alguien que no sabe cómo mantenerse sola y costearse casa, comida, transporte, puede realmente estar preparada para semejante decisión? Lo que parece, más bien, es que llegado el momento cuando la sangre hierve, la curiosidad y el cariñito del toque, los besos y caricias llegan, el momento se da, aunque después quiera dorarse la píldora con justificaciones. Sobre el sexo… ¡yo no lo condeno! Es rico, ¿qué se hace? Pero puede tener sus consecuencias, y para eso es que muchas veces no están preparados los muchachos. Pero eso no los detiene, y es algo que hay que entender. Es verdad, si un muchacho y una jovencita quieren hacerlo, porque les da la gana, porque estaban sentados en un sofá y no había nada mejor que hacer y la cosa se puso caliente, no habrá padres ni maestros suficientes para prevenirlo o evitarlo, no a toda hora. Y eso pasa incluso en personas de fuertes convicciones religiosas, que no morales, la moral y la ética no los relaciono directamente con  gente que tiene o gusta del sexo, no sé si será porque soy hombre, pero nunca me ha parecido malo o pecaminoso. 

   En fin, si no podemos andar tras los muchachos día y noche, a pesar de que sufrimos y nos damos mala vida, lo mejor es prepararlos para que entiendan en qué se meten, sin que ello sea un justificativo o un permiso para que lo hagan; pero en un país como este donde la gente es tan salida y bailada, todos sabemos cómo es la cosa. Prevención, eso es lo que debemos incentivar en sus cabecitas de muchachos, precaución y sentido común; pero no de forma aislada o individual. Si deseamos introducir cambios de conductas a un nivel primario, digamos la escuela, debe aplicarse al conjunto de la sociedad que deseamos construir,  levantar, o buscando el mundo que deseamos. Suena utópico, pero en verdad no es tan complicado, sin embargo requiere de perseverancia, de vigilancia… de gente a la que le importe. 

Julio César.

FUSILANDO A UN FUSILADOR

Febrero 19, 2008

rafael-poleo.jpg

   Por fusilar, en Venezuela, fuera de la connotación literal, también indicamos cuando alguien copia descaradamente a otra persona en un trabajo, y debo confesar (porque ya lo saben, de lo contrario ni abro la boca), que caigo mucho en eso. Como empleado público que lleva estadísticas sobre cuestiones sanitarias, cuando me pongo intenso, aburro a los conocidos con los problemas de las distintas zonas de la Gran Caracas, que si cáncer de cuello uterino en la zona de Petare, SIDA que juega garrote en Guatire y Guarenas, desnutrición en los Valles del Tuy. Cosa que pasa justo antes de emborracharme totalmente, y fue en uno de esos momentos de fastidiosa seriedad sobre los problemas del país cuando discutimos un grupo sobre la manera de afrontar dichos males. Fue el marido de una amiga, el de Fátima, quien nos habló sobre un trabajo que había presentado en la universidad, ya que a él le pasó como a mí, después de años de graduados nos obligaron a volver para resolver un problema de títulos. Y él odió eso más que yo. A su vez, el trabajo lo había basado en un reportaje de un distinguido periodista venezolano, Rafael poleo, por lo que digo el fusil del fusilado. He aquí lo que colegí de su trabajo, que se negó a presentar él mismo en mis páginas. 

   Cuando las universidades de los países serios hacen proyecciones anuales sobre las causas y formas de resolver los problemas en sus países en los años venideros (parece que planifican a futuro, ¡qué bárbaros!), o el rumbo político, económico y social que tomará el mundo en los próximos años (qué gente, Dios), muestran una capacidad de planeación que parece cosa de magia a otras naciones menos previsoras. Es así como en el orden de importancia de los problemas a resolver, los grandes han llegado a la conclusión de dar prioridad a la educación sobre la salud (suena a tontería politiquera, todos dicen lo mismo: lo nuestro es un problema de educación; y sin embargo no hay manera de que resolvamos nada). Cuando se hacen las previsiones de los problemas por atender en cualquier país, el primer reflejo es dar relevancia a la salud sobre la educación, ya que es necesario contar con gente viva y medianamente sana para enseñarles luego a hacer cosas, desde reparar un cohete, a operar un cerebro o a preparar Cuba Libres (no es tan fácil como se cree). Sin embargo, de los newyores nos llega la noticia de que eso ya no es así. ¡Cómo inventa esa gente! 

   Aparentemente, el hincapié ahora está en poner a la EDUCACIÓN por delante de la SALUD. Sostienen que enfrentar los problemas de salud en primer lugar es una batalla perdida, que la esperanza está en transformar a cada individuo en un guerrero de la salud, fortaleciendo la prevención sobre el tratamiento. Alegan, hasta con lógica, que la sociedad moderna está creando a un enjambre de enfermos en potencia que ni puta idea tienen de que lo son o lo serán. Están los hombres que fuman y exhalan más humo que un tubo de escape en carro viejo, sin haber iodo jamás hablar de los enfisemas o de la relación de la nicotina con los infartos; que toman aguardiente como cosacos después de una invasión (ah, la caña, que rica), sin hacer una relación directa con los accidentes viales, la violencia domestica contra la pareja y los hijos (de ahí nacen los Aníbal Lecter), o con el viejo y cansado hígado enfermo (y de este condenado sólo tenemos uno). Hombres que comen como caballos llevando una vida totalmente sedentaria, que miran con angustia, mientras tragan un pedazo de chicharrón grasiento que chorrea aceite por su brazo, como abultan sus estómagos, sin detenerse a pensar (no se les enseñó cómo) que todo eso va a las arterias, cubre el hígado de grasa y tapa el corazón. 

   Vivimos en un mundo donde una jovencita no puede llegar a los trece años, y que le crezcan un poco las teticas, sin que salga a la calle creyéndose sobrada, un mujerón que va a comerse el mundo y  lo primero es sentir que atrae machos. Y eso pasa por la mente de la niña en la gran urbanización así como en el caserío más miserable, que sale a buscar quien le eche la primera vaina porque ‘ya es una mujer’, comenzando muchas veces un vida sexual activa sin tener noticia ni de lejos de la relación que hay entre una vida promiscua (¿cómo una palabrita tan exótica puede ser mala?) sin llevar un control de la salud de sus parejas, relacionándolo a vainas como el SIDA o los problema del Papiloma Humano. La relación de este con el cáncer de cuello uterino, es algo que ignora totalmente (Dios, ¡cáncer!, eso no se trata ni cura con aspirinas o antibióticos, pero tampoco lo sabe muchas veces). Estas muchachas que se levantan un día no pensando voy a estudiar, tener una carrera, visitar mundo y tener amantes en bellas ciudades internacionales porque soy autosuficiente y puedo encargarme de mí misma, sino diciéndose: “yo puedo levantarme al que quiera, ahí está el malandro ese que no sirve para nada; voy a probar”; no puede relacionar la paridera de muchachos sin control (nunca se les ocurre practicar sexo seguro; no, meten la pata hasta lo hondo) con el agotamiento del cuerpo, con distinta infecciones e incluso con el cáncer ya mencionado. Circunstancia que en muchos casos únicamente viene a acrecentar el círculo de la miseria en grupos donde no tienen ni con que alimentar bien a un muchacho, no hablemos ya de tres, cuatro o cinco. Muchas veces por el ejemplo en casa, lo que fue la vida de los suyos antes que ella, quedan marcadas sin llegar a saber que hay otros mundos. 

   Asistimos a la cultura de las drogas, ¡las muy malditas!, desde las ilegales a los estimulantes o sedantes médicos, y los esteroides anabólicos con los que tantos muchachos bolsas creen que pueden desarrollar cuerpo y músculos, lamentablemente no más cerebro. Es una cultura donde se les inculca que la marihuana no es tan mala, que las clases chic pueden darse su piquito de coca como una inofensiva diversión en fiestas, vainas controladas de gente sofisticadas (qué tonterías se inventan estos enfermos para ocultar una falla mental y de personalidad). Son jóvenes que crecen al garete, sin una guía, tomando el camino que mejor les parece, creyéndose sobrados, muchas veces cayendo en la franca manipulación de otros que los azuzan a hacer tonterías, o que se aprovechan de ellos incentivándolos a consumir, desde productos de marcas y basura, hasta drogas para fines ilícitos o para que brillen como atletas. Muchacho no es gente, decía siempre mi abuelo, y tanto que lo odiábamos en esa época cuando lo gruñía entre dientes. Pero ahí están, muchos de ellos careciendo de una segura figura de autoridad que sirva de faro cuando tengan problemas, porque hasta el rol de ‘padre, responsable y representante’ ha sido abandonado por una generación necia y no preparada que cree que esos roles deben ser ‘negociados’, vacío familiar este que posibilita la entrada de otras influencias en la vida de los muchachos. En su conjunto es preocupante la psicopatía que va manifestándose dentro de una población joven aparentemente privilegiada como la norteamericana, ¿qué queda en estos lares donde un grupo criminal cree que puede robarse unos muchachos, darle drogas y convertirlos en guerrilla, o carne a la venta para turismos extraños? 

   Toda esta enorme masa humana que toma por donde más fácil parece, que piensa que le va bien hasta que el cuerpo le echa la vaina con dolores, disminución de facultades o el colapso total, van a conformar un ejercito igualmente enorme de enfermos, de gente que atestará clínicas y hospitales, obligando a que buena parte de los presupuestos de los países, al menos en los países serios donde los lideres no toman la plata para hacer lo que les da la gana como obras en otros países mientras su pueblo muere de enfermedades o hambre, o lo roban mientras el pueblo resiste como puede otro día. Pero los países serios ven como se incrementan los gastos sanitarios, de gastos médicos, los gastos de la seguridad social porque a toda esa gente que sufre, se queja y le duele hay que atenderlos. Lamentablemente para este enjambre de enfermos jamás alcanzaran ni las plazas médicas, los recursos sanitarios ni habrá médicos suficiente; ni alcanzará el dinero para mantener a tantos. Así de simple. Si dentro de un país cualquiera doce millones de personas se preparan para posiblemente estallar más o menos a mismo tiempo, ¿cómo se hace? Siempre la demanda será muy superior a los recursos necesitados. Es aquí donde parece obvia la indicación de las grandes universidades: cortar la cadena donde se forman los enfermos metiendo entre los engranajes la palanca de la educación sanitaria. 

   Suena fácil, ¿verdad? Hasta lógico, pero no lo es. En muchas partes hay un deprecio increíble por el sentido común, por las cosas que están de anteojito. Siempre se busca la salida extraña, la mágica, la que no da trabajo ni preocupaciones, muchas veces irreal como dejar que todo se resuelva por sí mismo; o por alguna necesidad pedestre se necesita ensayar algo ‘nuevo’ para ser distinto. Y eso cuando no hay desinterés total, algo como: bueno, que se mueran, esos reales lo vamos a enviar en una maleta para que fulano sea presidente de tal sitio (por decir cualquier locura, sin nadie en mente). El problema de este tipo de soluciones, sentase y discutir entre todos qué hacer para romper la cadena, obliga al angustiado a buscar a otros, a pensar, a hablar, tomar notar, discutir y luego implementar, y vigilar que se cumplan ciertas máximas o normativas… y es ahí dónde está el problema para enfrentar las cosas, es ahí dónde mueren las iniciativas. 

   Vamos a estar claro, es más cómodo, fácil y rico estar sentado en su casa, tomando cerveza, viendo un juego de béisbol, comiendo cerdo, a hacer todo esto, reunirse con los maestros de las escuelas de la zona y expresar que se desea que se tomen cierta medidas en el programa escolar, y exigir que se haga y cumpla. Mientras tanto crece el número de enfermos, de gente que padece y exige atención que no le llega, con barriadas que se llenan de muchachos que sólo conocen el ejemplo de la carajita que es su mamá, y que muchas veces está obstinada de ellos, porque como son cuatro ya no consigue otro marido que cargue con todos; pero lo peor es que muchas veces ya se preparan para repetir el ciclo nada más llegan a los doce. ¿Qué se le hace? ¿Nada? Suena irresponsable, ¿verdad? Es como sentarse y dejar que todo siga como va en el mundo hasta que ocurra un desastre natural real, como un deslave en Vargas o un tornado en Nueva Orleáns, y chilar que se debió hacer algo para detener el deterioro ambiental. Y sin embargo, eso hacemos, es decir: nada. Nunca es nuestro problema, eso tiene que resolverlo ‘otro’; para eso están los dirigentes y los políticos (sí, cómo no). 

   Bueno, si nos sentamos sin hacer ruido ni llamar la atención, otros se alarmarán y algo harán. O esperamos que lo hagan; pero silencio, que no nos vean o nos llaman y nos obligan a tomar la responsabilidad de nuestras vida. Qué fastidio… 

Julio César.

EL 2000 Y LOS BUENOS DESEOS

Enero 9, 2008

tipo-sentadote.jpg

   Así es más rica la vida…   

   Lamento parecer algo necio y maniático, pero siempre me ha parecido que cualquier actividad, sea leer, escribir, pasear, hablar, pensar, debe llevar consigo un fin, un propósito. Una meta, pues. Aunque no se me mal interprete, puedo ser bien vago cuando me lo propongo y hacer cosas simplemente por hacerlas… o no hacerlas. Sin embargo toda vida debe tener utilidad, como la de aquel que siembra una planta que luego será enorme, dará oxígeno y sombra bajo la que otros se cobijaran en un momento dado; o el que levanta a una familia donde existe el deseo de superación, de ser mejores, de visitar mundo, de conocer lo que fue antes que ellos, de vivir mejor de lo que se vivió antes. Creo que a eso le llaman transcender, y es un concepto bonito. Aquí, como una introducción, me voy con unos comentarios sobre cosas que me preocupan, que me afectan… y que me arrechan. A estas altura de la vida, toda persona mayor de veinte años debe saber, o sospechar, que los problemas de su comunidad, del mundo, no pueden ser dejadas en manos de los políticos, porque al parecer, y que Dios me perdone por ser tan mal pensado, estos muchas veces sólo piensan en su conveniencia… cuando no son personas rematadamente inútiles. Peor, hay locos que no lo parecen hasta que se sientan en una Silla con poder, y luego la riegan. Pero comencemos hablando del año dos mil…     

   El 2ooo, fue particularmente esperado por muchos, entre ilusiones y temores. Parecía un número grande, redondo… casi misterioso. Hacía pensar en casitas en la Luna, las que estaban debajo del mar o las colonias en Marte; pero también en desastres y desgracias. El fin del mundo, motivado por un sin fin de variantes, era algo que alarmaba a mucha gente, y no sólo en el Tercer Mundo, aún en la poderosa Norteamérica o la culta Europa. Eran miedos de las masas, los atávicos, los que cada uno guardaba en su cabeza o su corazón, y estos eran universales. El fin podía ser por una peste, una hecatombe nuclear, un desastre atmosférico que desencadenaría terremotos, maremotos y tornados. Incluso se hablaba de objetos que podían caer del cielo, al parece estamos cruzando una zona del espacio particularmente cargada con todo rastros de rocas, y la Tierra pasa por ahí como perro en cancha de bolas criollas, esperando en cualquier momento el perolazo en la cabeza. Hercobulus aterrorizó a muchas almas sencillas. Nada de eso se cumplió, pero ya anda un grupo por ahí con un libro que habla de un planeta rojo que se acerca a la Tierra, el cual hay que comprar si queremos saber cómo salvarnos. Dios, había prometido no burlarme más de los místicos…   

   Hay un aspecto de la llegada del dos mil que me inquietó como empleado publico destinado a llevar cifras, cuentas y estadísticas sanitarias, que ahora no se pueden, las cantidades que anuncia el Gobierno, no digamos que son inventadas, pero eso se le parece mucho; ahora debo trabajar únicamente con cifras pasadas. En los años previos al singular número, las Naciones Unidas todas se había abocado a la exitosa culminación de un programa de gran alcance en tiempo y lugares, destinados a combatir las enfermedades productos de la desnutrición, algo que se llamó LA CARTA DE OTTAWA, que debía mostrar todos sus triunfos en el dos mil. Pasado siete años ya es posible medir en todo su alcance el fracaso (¿fracasó un plan implementado por la ONU y sus líderes? ¡No puede ser!). No sólo no se redujeron dichas cifras, atacando sus causas, sino que no se ha tocado ninguno de los otros problemas que le van aparejados, obligación también de las Naciones Unidas, como era la reducción de armas, no solamente las de destrucción masiva, y una efectiva disminución de la contaminación ambiental.   

   ¿No es curioso como fallamos siempre en cuestiones importantes? Por suerte al fracaso no se le dice así, no a nivel de la ONU al menos, y a nadie le interesa mucho tampoco el tema. ¡Es tan aburrido pensar en problemas! Claro, un tornado en Sumatra es un asunto feo, pobre gente, pero pasa a cada rato y ya nos acostumbramos. Un hermano mío comentó en estos días, ¿y por qué esa gente no se va de ahí? Este hermano mío, Miguel, es así, muy folclórico. Recuerdo una tarde que estábamos en casa de nuestra madre, sentados a la mesa él, mi hermana Luisa y yo, comiendo. Eran granos muy sabrosos con carne de cerdo, unos bistecs a la plancha, ensalada de pollo, mucho aguacate y jugo de naranja. Él repitió… y pidió un tercer plato. Yo le dije, ¡muchacho! Luisa le preguntó si no sabía que había mucha gente muriéndose de hambre en el mundo. ¿Saben qué contestó?: Hummmju, y por qué no se vienen para acá para que coman.   

   Es realmente una pena que los problemas no puedan solucionarse así, tan fácilmente, con tan sólo cambiar de dirección, como piensan tantos que hacen un desastre de la zona donde viven y creyendo que mudándose dejarán lo que son y lo que provocaron atrás. Lamentablemente tampoco hay soluciones rápidas o sencillas a estos problemas (no, no se vayan todavía). Aunque la desnutrición, la pobreza extrema y la violencia sean problemas localizados, focales, estos son universales, aunque los grandes países quieren desentenderse del asunto. Sin embargo, la experiencia ha demostrado que las diferentes ligas de países y presidentes no sirven sino para reunirse, firmar papeles huecos que dan una falsa sensación de que algo se hace, que se sacan fotos, discuten, chismean y se atacan por allí uno que otro para mostrarse más en plan de farándula que de estadista. ¡Y con el realero que gastan en esas cumbres!, la cosa es eso, cumbre. Las Naciones Unidas han ido quedando relegadas, como lo será finalmente la OEA en su triste papel de incapaz para sostener reglas claras, justas y equilibradas que protejan a los americanos como ciudadanos de los regimenes políticos. ¿Para que le sirve a un perseguido político, que languidece en una cárcel y su familia, amigos y conciudadanos, la existencia o no del Secretario General o toda la OEA? ¡Para arrecharse! Y este, el señor Insulza, es increíblemente inepto, casi criminal en su negligencia.    

   Aunque es posible encontrar gobiernos locales capaces y responsables que deseen afrontar cambios y dar soluciones, el político en sí está controlado por las urnas. Un político no puedo sencillamente mandar a la gente a bañarse y que dejen la pedidera y se pongan a trabajar, o “pierdo a mis electores y me jodo”. A un candidato a una gobernación en Venezuela, Enrique Mendoza, se le ocurrió como slogan de campaña: trabajo, trabajo y más trabajo… y así le fue. Por otro lado, un buen gobierno puede terminar y llegar otro que no sirva ni para limpiarse la nariz con un dedo frente a un espejo; en Latinoamérica el espectro está muy copados de esa fauna de oportunistas gritones de la internacional socialista, con su ya más que demostrada incompetencia, siempre cazando un descuido de los ciudadanos para echar la vaina. La solución, aunque más difícil que encontrar o elaborar una piedra filosofal, es que los ciudadanos tomen conciencia a nivel de su región, de su calle, de su urbanización, y adopten medidas sencillas para encarar los tres puntos básicos de problemas mayores, tres desequilibrios suficientemente conocidos: 

   -Los sanitarios. 

   -Los sociales. 

   -Los ambientales.   

   Tendrá que ser la gente común la que tome el control de la situación y diga: hasta aquí, esto hay que resolverlo. Y no es tan complicado, las soluciones ya están establecidas (educar y trabajar, producir y ahorrar), serían baratas económicamente hablando, y de simple sentido común, sin embargo eso oculta el principal problema. El sentido común no es tan común como muchos creen. Y encontrar a alguien que quiera reunirse con otro para discutir el futuro de su ciudad es casi tan complicado como encontrar a dos personas que hallan atestiguado un mismo hecho y lo cuenten de igual manera, como lo sabe todo el que haya pertenecido a una junta de condominio (Dios, qué infierno). Ah, las cosas que he hecho yo mismo escapando de ellos, aunque sé que a la larga el no hacer nada me perjudica en mi edificio. Por nuestro bien, esperemos que surja la gente responsable que quiera tomar sobre sí el peso de estos problemas, sin deseos de figuración, sin que necesiten llenar un vacío patológico de protagonismo.    

   En alguna parte leí hace tiempo que el noventa por cierto de todas las ideas que mueven al mundo proviene de un diez por ciento de la población, que el resto es relleno y se conforma con que la dejen en paz en su vida de cabeza metida en la arena. Supongo que en lo tocante a la responsabilidad de luchar, echarse un problema a los hombros y trabajar para resolverlo, así lleve años, también recae sobre un número igualmente reducido. Que lástima que no seamos para trabajar como lo somos para opinar sobre el cómo deben hacer las cosas los demás. Pero en algún momento la gente común, el ciudadano de a pie, el pela bolas como decimos aquí, tendrá que botar aire, enderezar los hombros, echar la cabeza hacia atrás como diciendo “por qué yo, Dios”, y tomar la responsabilidad de pensar en su futuro, el de sus hijos y sobrinos, el de sus amigos y su país, de forma local, sin pretensiones de salvar el mundo. Como gente normal, pues… 

Julio César.