Archivos de la categoría ‘DE GAY...’

MEMORIAS DE DESGRACIADOS… (7)

Octubre 25, 2009

TIO EN BIKINI

   Era de los que tragaba de todo…

……

   Dominante, gozándolo como nunca lo imaginó, Clemente le atrapa la nuca a Larry inmovilizándolo, con la otra atrapa la base de su tranca y con ella azota esos labios, esas mejillas. Los güevazos son pesados. Santana se estremece en su asiento, con el güevo palpitante también bajo sus ropas, asqueado y fascinado. Jadeando, mirándolo a sus pies, todo ojos, todo rojo, recibiendo los frotes de su tranca, Clemente descubre el goce de frotar su tranca del rostro de otro carajo, un macho como él. Era tan sucio y prohibido que la leche casi se le sale.

   No puede aguantar más, lo enfila, empuja y se lo va clavando en la boca. Es tan grande que Larry gime al tener que abrir tanto sus mandíbulas. Está caliente, pero sobretodo salino, gotas de orina caen en su lengua, amargas, y debe tragarlas. Wilfredo lo sabe y sonríe, disfrutando su humillación. Y ese tolete canela va enterrándose, entre gemidos, centímetro a centímetro dentro de esa boca, cruzando entre los labios rojos, abultándole las mejillas, frotándole la lengua. Entra, caliente, palpitante, y esa humedad cavidad que chupa (en busca de aire), hace gemir a Clemente. Se la clava todo. La nariz de Larry está dentro de su bragueta, pegada a su pubis. Resollándole desesperado ante barra tal que lo ahoga. Ese aliento caliente, esa boca que mama, esa nuca fuerte de hombre bajo su mano, todo hace gemir otra vez a Clemente, quien, emocionado, trata a Larry con el mismo cariño que a la mujercita que tiene en Cumaná, la santa madre de sus dos hijos.

   -Ahhh… sí, así, puta mamagüevos, chúpalo así, mámatelo todo, maldita puta. Hummm… cómo te gusta, zorra. –suelta sus insultos sin dejarlo moverse. Y Larry percibe su olor a sudor y a bolas, horrible.

   -Méalo… -ordena Wilfredo, cruel.

    Pero no quiere. Clemente no quiere ensuciar, todavía, ese atractivo rostro de carajo bien papiado, rico. Y su güevo enorme, de cuyo ojete mana un espeso líquido pre-eyacular, sigue recorriendo esa cara, frotándose, golpeándolo, mojándolo y empegostándolo. Y sonríe, cruel, produciéndole un escalofrió de temor a Larry. Ese güevo, erecto, derecho, apunta a sus rojos labios, y se frota. Dios, qué mierda, jadea el catire. Pero sabe qué sigue. Esa vaina se frota y frota, empujando.

   -Trágate ese güevo, marica. –le grita Wilfredo, caliente a pesar de que sólo eran negocios. O eso se dice.

   Larry cierra los ojos, con asco, como siempre, cuando el tolete va entrando. Ese cilindro grueso, duro y ardiente pasa entre sus rojos labios obligándolo a abrir más la boca. Esa vaina se desliza sobre su lengua, y aunque no hace nada, la presión de sus labios y el tacto sobre la lengua tibia, hacen gemir a Clemente, ¡Dios, era tan sabroso! Era rico meterle el güevo en la boca a otro carajo, y más si este no lo deseaba.

   El catire arruga la frente. El grueso tronco entra todo, ahogándolo, provocándole arcadas. Su rostro entra en aquella bragueta, huele a sudor, a bolas, y es desagradable, y agradece al cielo cuando el tolete va saliendo, deteniéndose y… gruñe y va a retirarse, pero el marinero, sonriendo sádico, lo atrapa por la nuca, reteniéndolo en un punto fijo. ¡Está orinando! Mea poco a poco dentro de esa boca cerrada y llena de güevo. Larry bufa, intenta librarse, pero no lo deja. Y se ahoga con ese ardiente líquido de horrible sabor. Con un asco infinito traga el primer buche de cálida, salina y rancia orina.

   Y Clemente gime más, sabiendo que se lo está tragando. ¡Se lo estaba tragando! ¡Su orina! Totalmente enloquecido de lujuria, le clava el güevo hasta la garganta, mientras mea (conserva algo de cordura para no soltar un chorro salvaje), y lo retira dos o tres centímetros, le coge la boca mientras lo orina. Y con un gemido de locura, de angustia, Larry tiene que tragar ese salino líquido que le quema la garganta y calienta el estómago.

   -¡Ahhh! Pero qué puta eres, catire. Hummm… bébetelo. Te gusta, ¿verdad? Te gusta el meado de tus machos, ¿no es así, puta barata? –jadea el joven marinero.

   Gabriel Santana, el hombre que paga por ver la degradación del odiado marido de una colega, está fascinado… y totalmente excitado. Ver a Larry obligado a mamar ese güevo que le disgustaba, y ahora a beberse toda esa orina, lo tienen caliente.

   Larry tose, ahogado, con algo de orina amarga y caliente chorreando de su boca. Intenta librarse, pero el marinero le atrapa nuevamente la nuca, ardiendo, y sigue meando mientras lanza un largo “ahhh”, como de alivio mientras vacía su vejiga en la boca de ese carajo bonito. Se oye la risita de Clemente.

   -Vamos, Larry, trágatelo todo. Sabes que te encanta, que eres una puta hecha para brindar placer. Y que te excita que te traten como la zorra que eres. –acota, mortificante, degradándolo más.

   -¡Dios! –bufa el marinero, orinando poco a poco, viéndolo tragar.- Sí que eres una perra, catire… Y estás en celo. Se te huele que quieres machos…

……

   Valente sigue tomando en el mismo restarán piano bar donde cenó con su amigo y socio, Salvador Gutiérrez, su atractivo cuñadito, Esteban, y la perra pre menopáusica de Nora. Le desagradaba esa mujer, así como sabía que él le caía mal a ella. Pensó en marcharse, pero la noche era joven, él estaba solo… y había jóvenes meseros de culitos respingones pasando de aquí para allá. Tal vez podría llevar a uno hasta los estacionamientos, echarlo de espaldas en un capote, mamarle bien la pepita caliente del culo, oírlo gemir cuando le clavara su lengua ávida, verlo sudar y estremecerse cuando el primer dedo lo cogiera, hasta que le ardiera tanto que le pidiera que se la metiera, que le clavara su grueso y duro güevo para calmarlo. ¡Maldita sea!

   Justo en ese momento nota como entran al local Mario Giorgio, un tipo treintón, alto, velludo aunque se rasuraba, fornido, algo ebrio ya, acompañado de su asistente, un carajo cercano a los treinta, de cabello castaño claros, ojos ávidos y sonrisa fácil. Un lamebotas que le halaba bolas a Giorgio y a todos, con tal de llegar. Giorgio era un amigo-cliente de Valente, pero no algo cercano, había algo prepotente y nefasto en ese hombre que le molestaba. Lo ve reconocerlo, sonreír e ir hacia él con una mano en la nalga de la joven que lo acompaña. Una veinteañera que sonríe algo incómoda, toda enrojecida. Seguro una secretaria o una pasante que decidió acortar el camino laboral con algo seguro: abriéndole las piernas al jefe. Pobre tonta, pensó Valente. Sabía el camino que seguían todas esas jóvenes.

   Hay saludos, la joven tensa, Rigoberto Altube, el asistente, incómodo, Mario todo bocón y Valente algo lejano pero amistoso. Toman asiento y Mario continúa bebiendo, mientras comenta que necesitaba salir de su casa, que su esposa lo atormenta, y que sólo se calla cuando la obliga a mamarle el güevo, y ríe de esa vaina. Rigoberto, todo rojo, finge una risita. La joven se tensa. Valente lo ignora. Lo oye sin oírlo. Está molesto, esos güevones le han arruinado sus planes de saborear el rico culito de alguno de los camareros. Pero es cuando ocurre. No, no es que Mario le esté metiendo la mano a la joven por el vestido, delante de todos, grosero y posesivo, apretándole una teta (lo está haciendo, pero Valente ni repara en ello), es cuando el camarero viene por la orden. Es un chico alto, de bigotillo, piel canela… y un buen bulto destacándose contra el negro y lustroso pantalón. Y Valente lo nota.

   Rigoberto, con mirada ladeada, disimulada, mira ese bulto. Sus ojos suben, con esfuerzo (dejar de ver ese bulto era difícil) al rostro del chico, que no repara en ello, y baja (a toda prisa, por suerte es de bajada), deseosa y soñadora hacia el entrepiernas. Valente, que es un maldito zorro viejo, sonríe para sus adentros. Adivina el estremecimiento que debe recorrer al joven asistente de Mario frente al otro. Imagina cuánto desea clavar sus dientes, por así decirlo, en el rico lomito que el camarero guarda bajo sus ropas. Vaya con el putico… ahora era tan sólo cuestión de esperar, se promete. Sonriendo cruel.

   A Valente le alcanza el tiempo para tomar un trago de whisky más, mientras Mario toma tres casi sin respirar, y prácticamente está manoseándole la cuchara a su joven acompañante bajo el vestido y la mesa (ella intenta sonreír, pero se le nota pálida, alarmada de tanto salvajismo social), cuando Mario se pone de pie, sin decirlo pero dando a entender que va al baño. Valente espera cuarenta segundos, y se pone de pie, disculpándose, cerrándose rápidamente el saco. La erección de su tolete ávido de aventuras calientes, le atormenta. Sonríe mientras va a los sanitarios, de seguir así, terminaría comiéndose todos los culos de Caracas en un baño… Y de que iba a comerse ese, iba a comérselo. Sonríe cruel, con la lengua pidiéndole acción ya.

……

   Al fin todo termina, piensa lleno de asco y humillación, de rodillas, Larry Marcano. Entre jadeos agónicos, Clemente, atrapándole la nuca con una mano, teniéndolo clavado sobre su güevo caliente que tiembla, se corre una y otra vez (los disparos de leche contra su garganta lo enferman), al tiempo que le grita “trágatelo, perra, trágatelo todo”. Al fin se había corrido. Sí, todo terminaba. Fue cuando se oyeron unos golpes a la puerta.

   -Adelante. –ordena, sereno, Wilfredo, sonriendo leve, mientras Larry, rojo y sudoroso, con el rostro algo mojado de orina y semen, lo mira aterrado.

   ¿Qué planeaba ese coño’e madre? No tiene mucho tiempo para mantenerse en la duda. La puerta se abre y aparecen dos tambaleantes jóvenes vestidos de marineros también. En ellos alarman los tamaños, lo jóvenes, lo ebrios y rientes. Los dos miran fascinado al colega, jadeante, sonriendo dichoso, con el güevo fuera de aquella boquita roja.

   -Al fin llegan. –dice este. Le habían ofrecido algo de plata si lograba llevar a unos socios a la sesión de humillación y degradación de Larry.

   -¡Verga, marico! –gruñe uno, mirando fascinado al catire mamagüevos, estremeciéndose de alegre excitación.

   -¡Wilfredo, ¿qué…?! –se alarma Larry, mirándolo suplicante. ¡Esto era el colmo! Lleno de indignación intenta ponerse de pie. Sabes que es bien peligroso estar allí arrodillado, de culo abierto a pesar de la tirita del hilo dental, con esos carajos tan tomados.

   -Comenzó la fiesta. –anuncia Clemente, a sus amigos y ríe, atrapándole nuevamente la nuca a Larry, y violentamente obligándolo a caer de rodillas otra vez.- Hay que gozar de esta putica caliente.

   Riendo los carajos lo rodean. Ahora Larry está en cuatro patas, sobre manos y rodillas, intentando ponerse de pie, gritando que lo dejen en paz, mientras esos sujetos lo medio empujan, lo nalguean diciendo “esto sí está gordo”. Larry mira, asustado, hacia Wilfredo, ingenuamente esperando ayuda. Sabe, en su interior, que es imposible esperar nada de ese saco de mierda, pero…

   Y la ayuda no se da. Wilfredo lo mira con ojos brillantes, excitado en tu tormento, en su humillación. Él, Larry Marcano, un carajo hasta ayer aventurero, mujeriego, rico, educado y exitoso, era ahora una puta barata. Una puta que estaba allí para hacer ganar dinero a un vividor como él.

   Larry nada puede hacer, tres enormes y babeantes güevos, aún el de Clemente, se frotan de su rostro, mojándolo, embarrándolo. Los carajos lo llaman marico recogido, remamagüevos, y le clavan los güevos en la boca. Les excita ver esos labios rojos bajar sobre sus trancas, o en la del compañero. Caliente como el infierno, Clemente va tras Larry y cae de rodillas. Mira esas nalgas redondas, plenas, musculosas y lampiñas. Mira la tirita del hilo dental entre ellas, nota el saco de las bolas, y pierde la cabeza. Su mano sube y baja, azotándolo de una nalga a la otra. Fuerte. Larry chilla, se estremece e intenta detenerlo, pero un brazo le rodea el cuello para asegurar que siga mamando. Al “a mí”, es obligado, con asco, sintiéndose horrible, a ir de una güevo babeante al otro, comiéndolos, sintiéndolos sobre su lengua, la cual es mojada con sus jugos agrios y salinos.

   Clemente, totalmente caliente, mete su pulgar en la parte superior del hilo, es tan suave y Larry tan caliente, que se estremece. Sabe que comete demasiadas mariqueras, pero no puede contenerse. Su dedo baja, eleva el hilo dental, y la raja rojiza y lampiña queda al descubierto. Y Larry cierra los ojos con ganas de llorar. ¡Su culo! Sabe que tiene el culo expuesto. Y Clemente respira pesadamente viéndoselo. Redondito. Cerrado. Y la cabeza de su pulgar va, lo toca y se quema. Los otros lo miran, miran esas nalgas mientras turnan sus vergas enormes en la boquita del carajo.

   Ese pulgar oprime, y va abriéndose camino. Lo entierra de un golpe, hasta chocar con la palma de las nalgas. Y grita, ¡qué caliente, qué sedoso, qué apretado! Ese culo le aprieta sabroso el dedo… halándolo. Tal vez Larry no lo quería, pero el culo halaba. El dedo entra y sale, cogiéndolo, y Clemente lo ve todo rojo ya. Saca el pulgar y mete los dedos índice y medio de su mano derecha. Hasta el fondo, venciendo la resistencia, lastimando a Larry que gime.

   -¡No muerdas, güevón! –brama uno de los marineros, sacando su tranca y abofeteándolo, sonriendo, sintiéndose poderoso al hacerlo.

   Larry queda algo atontado, pero eso pasa pronto cuando los dedos, demasiado gruesos y rígidos, comienzan a cogerlo, con fuerza, duro. Salen y entran, sin importar que lo lastiman, lanza un “ahhh” apretando los dientes, cuando Clemente, perdido de ocioso, clava sus dedos, empuja más y luego los flexiona como un gancho, duro, una y otra vez. Larry gime porque aquello es horrible, porque está siendo humillado, vendido. Prostituido. Pero ese roce oprime algo que lo desequilibra. No quiere sentir, al menos nada grato, pero…

   Y los morenos dedos, ahora tres, entran y salen de las blancas y muy abiertas nalgas, cogiéndolo una y otra vez. Los otros dos marineros han dejado la boca de Larry, quien sudoroso, todo rojo, intenta resistir el deseo de gemir, sabe que eso lo rebajaría más delante de Wilfredo y Gabriel. Los marineritos miran esos dedos canela entrando dentro del redondo culito, para salir y entrar otra vez. Wilfredo sonríe mirando el rostro tenso de Larry. Sabe que el hijo de putas odia eso, que se resiste, pero el frote de la próstata debía estarle dando problemas. Mira a los marineros.

   -Bien, chicos, ¿quién quiere cogérselo de primero, llenándole el culo de leche?

   ¡Vaya oferta! Pero ¿la aceptarán? ¿Por qué Larry permite todo eso? ¿Por qué Wilfredo parece odiarlo tanto? Y Valente, ¿comerá culito caliente en ese baño?

CONTINUARÁ…

Julio César.

MEMORIAS DE DESGRACIADOS… (6)

Septiembre 12, 2009

TIO EN BIKINI

   ¿Y si te obligan a mamar y a…?

……

   Pensó no asistir, por supuesto. Pero sabía que no podía. Con Wilfredo Laredo no se podía jugar. Recordaba, meses atrás, cuando se negó a atenderlo, un correo que llegó a su nombre a la laptop de Sandra. Asustado lo aceptó para descubrir fotos suyas… nada edificantes. Sabía que era una amenaza. Sandra no se dio cuenta de nada, pero…

   El hotel era para citas. Nadie miraba a nadie. Nadie se fijaba. No había cámaras. Lógico, Gabriel Santana no se arriesgaría a ser pillado así. El hombre, joven y atractivo, con su cabello alzado con gel, y ese traje de etiqueta negro, se veía imponente. Pero por dentro temblaba de miedo, sin saber qué le esperaba. Mira la habitación, la treinta y dos. Llama y oye el apagado ‘adelante’. Entra y encuentra una habitación normal. Hasta bonita. Amplia. Con una gran cama. Sentado en un butacón en una esquina, estaba Santana. Mirándolo con burla y asco. Con odio. Esperando el momento de gozar con su humillación. En otra estaba Wilfredo, como siempre.

   -Adelante, Larry, siéntete en tu cas… -es él quien atiende.

   No ve a nadie más pero oye un chorro de algo en el pequeño cuarto de baño, había alguien allí. Claro. Y espera. La puerta se abre y sale un carajo joven, fornido y ancho de pecho, de piel canela clara y cabello negro, o eso parece bajo la gorra blanca de marinero, la cual completa el atuendo de casaca blanca y pantalón igual. ¡Un marinero! Un marinero ebrio, dado su medio tambaleo y mirada turbia. El joven lo mira, cerrándose aún la bragueta, para después, lenta y elocuentemente, agarrarse el güevo tras la ropa y apretarlo, ofreciéndolo.

   -¿Y este es el mariquito bonito que me lo va a mamar sacándome la leche? –pregunta ebrio, grosero, ramplón.

   Larry, todo tenso y envarada su delgada pero atlética figura, duda. No quiere hacerlo, rebajarse, él era un hombre, carajo (atrapado por Wilfredo, ¡pero un hombre!), y menos delante de Gabriel Santana, alguien que lo odia.

   -Muévete, coño’e madre, ya me arde por una mamadita, así me la de un maricón. –ladra, ebrio y ronco, el joven marinero.

   -Hazlo. –ordena, simple, Santana, quien será quien lleve la voz cantante. Quien lo humille en esta ocasión. Para eso pagaba.

   ¡Mierda!, piensa Larry acercándosele. Sus ojos marrones claros brillan con rabia en medio de su atractivo rostro, mirando al otro carajo, más bajito pero fornido. El marinero, Clemente, lo mira con morbo. Él también es heterosexual, pero andaba medio borracho y caliente, y le habían ofrecido mucho real si se dejaba mamar por aquel carajo que se veía, le cuesta reconocer pero lo hace, bonito y putón en ese elegante traje de fiesta. Con burla, sabiendo que el otro no quiere, Clemente le atrapa una muy blanca mano y la lleva a su bragueta. Los dos se estremecen, Clemente de gusto cuando esa mano ajena se cierra sobre su paquete que aunque no totalmente duro, ya abulta notándose grueso; y Larry de asco.

   -Esto no avanza. –se queja Santana, cruel, encendiendo un aromático habano.

   -Estás portándote mal, Larry; creo que tu nuevo amiguito tendrá que darte una lección. –comenta, rezumando ironía y desprecio hacia el catire, Wilfredo.

   Es una clave ya dispuesta entre los tres hombres en la habitación. Con un “Ven acá, marica”, Clemente se deja caer de culo sobre la ancha cama, llevando sus manos al saco que abre, el cinturón de Larry y los botones del pantalón. El catire tiembla, desea huir, correr, golpearlo y matar a Wilfredo, pero sabe que nada puede hacer. Enrojece más cuando su pantalón cae hasta los tobillos. Debajo lleva una pantaletica rosa, minima, de encajes, de hilo, totalmente metida entre sus nalgas redondas y firmes. Santana se revuelve en su silla, Wilfredo sonríe mórbido, y el marinero pela los ojos impactados.

   -Vaya que eres un putico… y calentorro además. –le gruñe más ronco.

   Es inútil que Larry aclare que esa prenda no fue elegida, ni comprada, por él, nadie lo escucharía. De un halón fuerte y un “Aquí, putico”, Larry termina de panza sobre los musculosos y calientes muslos del marinero, quien miraba con codicia sus nalgas, alzándole un poco el saco y la camisa. Su manota se abre y cae, paff, duro, paff, sobre la blanca nalga que se estremece. Larry se tensa, paff, se estremece. Duele y pica, paff; le arde, pero no quiere dejarlos oír su malestar.

   Esa manota sube y baja, duro, de una nalga a la otra. Golpea dos o tres veces una, luego la otra. Los glúteos enrojecen, el marinero sonríe con rostro concentrado, algo transpirado, qué rico se siente estrellar su mano de esas nalgas que queman, duritas, teniendo a ese tipo sobre sus piernas, un carajo bonito con pinta de tener real, sometido a sus deseos. Es más de lo que puede soportar, es un muchacho hétero, pero todo eso lo tiene a millón, su güevo palpita bajo el blanco uniforme, pegando y frotándose del muslo del joven, quien ahora se estremece más, arruga la cara y enrojece de rostro.

   Paff, paff, paff. Nalguea y nalguea y Larry comienza a gemir, adolorido, y Santana cruza las piernas, entre excitado y avergonzado, no deseando que se note su erección. Wilfredo, sonríe, sabe que el otro la tiene dura, como él mismo, quien muy abierto de piernas goza del bello espectáculo del rudo y joven marinero nalgueando al tipo catire, que se agita en sus piernas cuando la manota cae.

   Le duele, a Larry le duele e intenta pararse, pero el marinero ya lo esperaba y le retiene un brazo, casi doblándolo sobre su espalda, inmovilizándolo, llamándolo niño malo. No puede dejar de azotar y azotar, y cuando mira hacia Wilfredo, y este le asiente sonriendo, sabe que viene la segunda parte del tratamiento. Se detiene con su mano sobre las enrojecida y ardientes nalgas, sintiendo esa carne dura y firme de macho temblando bajo su tacto. Era extraño sentirlo así, pero excitante también.

   -¿Quieres más? –pregunta y azota. Larry gime algo lloroso.

   -No, por favor… -y sus nalgas son sobadas y recorridas por esa manota.

   -Eres una puta caliente, ¿verdad? –y azota. Y otra vez, repitiéndole la pregunta.

   -Si, soy una puta…

   -Te gusta ser una puta, ¿verdad? Naciste para ser una perra, y te encanta que tus machos te den, ¿cierto? –y nalguea.

   -Ahhh… sí, me gusta. –responde, enrojecido de vergüenza, siendo sobado otra vez por esa mano que recorre sus nalgas entrándole en la raja inter glútea.

   -Eres mi puta… -jadea pesado, el marinero, excitado, moviendo esa mano en esa raja caliente, hurgando, sobando sobre la tirita del hilo dental.- Ay, perra, ni imaginas las cosas ricas que voy a hacerte…

   Y Larry se asusta, casi tanto como Santana, asombrado y con la boca abierta, se excita.

……

   -¡Claro que no iba a masturbarme aquí! –se defiende, entre apenado y todo cortado, Salvador, mirando a su cuñado, Esteban, quien sonríe con cierta burla amistosa, mientras aún continua mirándole el paquete bajo el boxer.- Es que tu hermana estaba… -y calla. ¿Qué iba a decirle? ¿Calentándole la sopa para tentarlo y obligarlo a obedecerla?- Y tú, ¿por qué no duermes?

   -Estaba en el baño. –dice como si tal cosa, acercándose un poco, y Salvador nota su torso largo, delgado pero atlético, sus pectorales notándose, unos pezones marrones claros, una panza plana y algo marcada, con la cintura de su mono algo bajo… y una revista lustrosa, de fitnness, donde un carajo todo forrado de músculos, con una tanguita amarilla, posa.

   -¿Estabas en el baño con eso? –se asombra. Esteban mira la revista, y Salvador repara en más fotos de carajos mazacotudos. El joven ríe.

   -No me estaba haciendo la paja viendo a esos carajos en bikinis. –aclara como si tal cosa.- Aunque algunos tienen unos cuerpos increíbles. –sonríe como un niño, dejando caer la revista.- Estaba estudiando las posturas. Sabrás que estoy levantando pesas y en mi gimnasio quieren que vaya a una exhibición. –levanta los brazos, flexionándolos, y sus bíceps crecen.- Algunas personas creen que tengo una buena figura.

  Bonito, esa era la verdadera definición, piensa inquieto Salvador, más cortado ahora frente al joven, sin entender por qué, apartando la mirada de esos bíceps y de esas tetillas algo alzadas, donde cayó después.

   -No sé, creo que te ves muy jojoto para una competencia.

   -No, mira… -se pica, bajando su mono, ante la sorpresa y alarma de Salvador.

   El joven usa una minima tanguita roja, de tela sintética, y flexionado un poco una rodilla, el joven tensa los músculos de la pierna, que se marcan. Luego se vuelve, lleva sus manos a la cintura y la espalda se destaca. Pero Salvador no se fija tanto en la técnica, sus ojos, aunque no quiere ni sabe por qué, caen como dardos sobre esas nalgas redondas, jóvenes, recorriendo ese cuerpo esbelto, armonioso, sin un pelito, en tanguita.

   -Sí, sí, te ves bien… -se aclara la garganta al responder.- ¡Súbete el pantalón! –jadea como si tal cosa, pero nervioso. El joven lo hace, como si nada.

   -Estoy seguro que me va a ir bien. Hay un tipo en mi gimnasio que dice que tengo un cuerpo soñado; y me socorre mucho, es quien me ayuda con el aceite en mis salidas en el gimnasio.

   -Lo… lo imagino. –está todo rojo y ronco.

   -Bien, me voy a dormir. –le sonríe como un niño grande, y el cabello cayéndole en la frente lo hace verse… Salvador no sabe.- Buenas noches. –toma la revista.- Seguro que esta noche sueño con la exhibición.

   -Seguro.

   Y el joven sale, seguido por la mirada turbada de Salvador, cuyo güevo palpita, y no quiere meditar mucho en ello. Se deja caer de espaldas en el cómodo sofá (dormirá ahí ara darle una lección a Nora), y ocurren dos cosas: entiende que cuando el cabello le caía sobre la frente, Esteban se parecía mucho a Nora; y de forma inconciente llevó nuevamente su mano a su paquete sobre el bóxer, hasta darse cuenta, soltándolo como si le quemara… que le quemaba. Tardó en dormirse esa noche, para tener sueños confusos, unos donde Nora iba a trabajar en pantaleta y tacones, altiva y sensual, mezclándose con Esteban, en tanguita, exhibiéndose frente a muchas gentes, y con unas manos grandes que untaban su cuerpo de aceites, sobándolo, frotándolo. Inquieto, en su sueño, sospechaba que esas manos eran suyas.

……

   De pie, el sonriente marino, mirando un poco hacia arriba, encara al inerte y enrojecido Larry, ya lo tiene en medias, tanga y franelilla, la cual retira en estos momentos dejando al descubierto ese tórax bien formado, de buenos pectorales y tetillas marrones rosáceas. Santana, y Wilfredo en menor medida, miran esa espalda y esas nalgas enrojecidas con marcas dedos. Y la tirita rosa que desaparece entre ellas.

   -Déjale la tanga. –ordena Wilfredo. Y el marinero ríe, borracho.

   -Es hora mami, dale gusto a tu hombre. –brama, grosero, como necesitando de rebajarlo y feminizarlo para poder continuar.

   El catire duda, pero una mano ruda y fuerte de Clemente lo atrapa por la nuca, inflexible, obligándolo a caer de rodillas frente a esa bragueta donde abulta una macana enorme. El bonito rostro es obligado a restregarse de la barra caliente. Nariz, boca y mejillas se frotan una y otra vez, y el marinero gime contenido, era rico sentir como una cara rozaba la tranca erecta bajo las ropas, casi tan rico como… con mano febril abre su bragueta, manipula el calzoncillo y saca un güevo canela, algo oscuro, largo y grueso, nervudo, de cabeza lisita, ya húmeda de jugos. Y ese tolete enorme se frotaba de esa frente, mejillas y boca.

   Dominante, gozándolo como nunca lo imaginó, Clemente le atrapa la nuca a Larry inmovilizándolo, con la otra atrapa la base de su tranca y con ella azota esos labios, esas mejillas. Los güevazos son pesados. Santana se estremece en su asiento, con el güevo palpitante también bajo sus ropas, asqueado y fascinado. Jadeando, mirándolo a sus pies, todo ojos, todo rojo, recibiendo los frotes de su tranca, Clemente descubre el goce de frotar su tranca del rostro de otro carajo, un macho como él. Era tan sucio y prohibido que la leche casi se le sale.

   No puede aguantar más, lo enfila, empuja y se lo va clavando en la boca. Es tan grande que Larry gime al tener que abrir tanto sus mandíbulas. Está caliente, pero sobretodo salino, gotas de orina caen en su lengua, amargas, y debe tragarlas. Wilfredo lo sabe y sonríe, disfrutando su humillación. Y ese tolete canela va enterrándose, entre gemidos, centímetro a centímetro dentro de esa boca, cruzando entre los labios rojos, abultándole las mejillas, frotándole la lengua. Entra, caliente, palpitante, y esa humedad cavidad que chupa (en busca de aire), hace gemir a Clemente. Se la clava todo. La nariz de Larry está dentro de su bragueta, pegada a su pubis. Resollándole desesperado ante barra tal que lo ahoga. Ese aliento caliente, esa boca que mama, esa nuca fuerte de hombre bajo su mano, todo hace gemir otra vez a Clemente, quien, emocionado, trata a Larry con el mismo cariño que a la mujercita que tiene en Cumaná, la santa madre de sus dos hijos.

   -Ahhh… sí, así, puta mamagüevos, chúpalo así, mámatelo todo, maldita puta. Hummm… cómo te gusta, zorra. –suelta sus insultos sin dejarlo moverse. Y Larry percibe su olor a sudor y a bolas, horrible.

   -Méalo… -ordena Wilfredo, cruel.

   Dios, este sujeto odia de verdad a Larry, ¿por qué? Y Larry, ¿se tragará todo lo que sale de ese güevo caliente? ¿Cómo terminó de esclavo sexual de Wilfredo? ¿Y cómo se hace eso para que cada quien tenga el suyo? En su momento se sabrá…

CONTINUARÁ…

Julio César.

MEMORIAS DE DESGRACIADOS… (5)

Julio 12, 2009

TIO EN BIKINI

   -¿Un marinerito caliente para que me atienda? ¡Yuuupiii…!

……

   Una vez agotado el chorro, Martín se siente mal. Molesto. Culpable. Valente lo sabe y le deja el güevo, dándole un último mamón, quedando sentado de culo en el suelo. Tembloroso el joven se pone de pie y sube sus ropas como puede. Ahora sólo quiere salir de ahí. Y Valente, sonriente, lo sabe.

   -¿Te gustó? –lo provoca.

   -¡Sucio marica! –es casi un escupitajo, de rabia ante lo que hizo. Valente le sonríe irónico, todavía sentado sobre el piso.

   -¿Sí? ¡Y mira que lo gozaste! –reta, y encara su mirada de odio.- Una cosa debo advertirte, Martín… no me molesta mamártelo de tarde en tarde, siempre estaré a la orden para ordeñarte ese rico güevo… pero si le cuentas alguna cosa a alguien, hablo de ese lunar que tienes cerquita del hueco del culo, y de cómo te lo tape con un güevo. –lo ve palidecer.- Yo no digo nada, si tú no cuentas nada.

   -¡Marica! –le repite, incapaz de pensar en nada más y sale casi a la carrera… olvidando sobre el sofá el boxer que fue a buscar.

   Tanto mejor, se dice Valente, poniéndose de pie, mojada su pelvis de sus propios jugos. Debía hacerse una paja ya o reventaba. Fue cuando sonó el teléfono. Con un bufido lo toma, ¿sería su mamá?

   -¿Aló? –es impersonal.

   -Hola, tío Valente. –escucha una muy joven voz, y el hombre arruga la cara.

   -Hola, Matías… ¿Dime?

   -Oye, suenas como si no te alegra oír de tu sobrino. –suena irónico y desenfadado.- Mira, necesito un favor, ¿puedo pasar por tu casa? Si quieres me puedes chupar el culo como tanto te gusta hacer…

   -Déjate de vainas, sobrino. No quiero problemas contigo. –conoce bien al pequeño desgraciadito.- ¿Qué quieres? –gruñe tomando asiento.

   -¡Odioso! –finge amaneramiento.- Y ahora no te cuento nada. Te vas a quedar con la duda y sí me meto en un peo tendrás la culpa. –y colgó.

   Mejor, piensa el hombre, colgando también. El muchacho era problemático. Un pequeño degenerado. Lo recordaba a los catorce años, cuando sedujo a varios compañeritos de clases, muchachos que literalmente enloquecieron por él. ¡Sí su hermano supiera! Bota aire, y tomando nuevamente el boxer olvidado por Martins, se dispone a masturbarse para terminar con la calentura que tiene. Pero suena nuevamente el teléfono. ¡Ese mariquito fastidioso!, se dice descolgando. Seco.

   -¿Qué quieres? –ladra.

   -Oye, oye, sin violencia. –escucha la modulada voz de Salvador Gutiérrez, un buen amigo. Eso aligera el humor de Valente, a quien hasta la erección por la mamada dada a Martín, ya se le había bajado por hablar con Matías.

   -Épale, Salvador. Disculpa el tono. Creí que era… -bota aire.- ¿Y esta llamada? Hace días que no hablamos.

   -Pues… esta noche podemos solucionar eso. Tengo que cenar con Nora. –y al decir el nombre de la mujer a quien ama tanto, se tensa.- También va a estar el hermanito, llegó ayer de Apure, y con la novia.

   -Ah, me quieres de aliado por si intentan lavarte el flux entre todos.

   -Sí, panita. Nora se transforma en una verdadera perra cuando está con la familia. Y tú sabes que esa gente no me quiere.

   -Claro, por chavista; tú eres un loco. –ríe Valente, preguntándose aún, con esa moral laxa y acomodaticia de hacedor de imperios que tiene, por qué un hombre decente y buena gente como Salvador, era chavista. O amigo suyo, sí al caso íbamos.- Está bien, cuenta conmigo…

……

   Debajo de aquellas acacias, dentro de la camioneta van, aún con los pantalones en los tobillos y la mano del aquel carajo metida dentro de su… pantaleta amarilla, mientras le sobaba la raja del culo. Larry Marcano, pálido de miedo, mira el rostro de un carajo que lo detesta, quien es también el jefe de su mujer, Gabriel Santana, quien lo mira con franco asombro. Y asco.

   -¡Gabriel…! Yo… yo… -jadea imposibilitado de pensar.

   Únicamente puede imaginar el escándalo; en su patio estaba reunida una buena cantidad de personas invitadas por él a una parrillada. Amigos, conocidos, socios de trabajo, algunos familiares. Y Sandra, su mujer. Y ese carajo lo había pillado dándose un latazo con ese otro tipo, quien todavía le tiene una mano metida entre las nalgas. Casi puede ver a Santana llegando frente a todos, gritando y gesticulando como actor de opera, denunciando sus infamias. Larry siente que el corazón quiere detenérsele dentro del pecho al imaginar el rostro horrorizado de Sandra, el gesto de asco y repudio de los allí reunidos.

   -No puedo creerlo… -susurra Santana, mirando luego al otro carajo.- ¡Tenemos un trato!

   -Bien. Sí pagas, tendrás lo que quieras de esta puta rica. –contesta el otro, y Larry siente que la cabeza va a estallarle. No entiende nada.

   -¿Qué? ¿Qué pasa…? –mira al moreno.- ¿Qué pasa aquí, Wilfredo?

   -Este digno señor requiere de tus servicios, putico. Y pagará por ellos. Y muy bien. Pero quería antes una prueba de la mercancía… -y su mano grande se mueve, con evidencia, bajo la pantaletica.

  -¡No! Déjame. –le grita rompiendo el abrazo forzado que lo mantenía de medio lado. Mira a Santana.- No creas que haré lo que tú…

   -¿Quieres que llame a Sandra y le consulte?

   -¿Y cómo quedarías tú?

   -¿Qué he hecho yo? Nada. ¿Llamo a Sandra para que revise si la falta una pantaleta de su gaveta? –es cruel, sonríe duro, sintiendo mucho asco por ese tipito al que piensa lastimar mucho.- Creo que no, ¿verdad?

   -Ríndete, Larry, sabes que estás metido de un peo de donde sólo se sale con el culo. –sonríe Wilfredo, disfrutando casi tanto como Santana, a quien mira.- Nos vemos a las ocho, Larry estará listo para calentar braguetas…

……

   Era difícil para quien viera a Valente Fernández entrar en aquel restorán, elegante, pulcro, indiscutiblemente viril y atractivamente seductor, cuando cede el paso a una bella mujer, imaginar que era una porquería de gente. O que la noche anterior, borracho, le mamaba el culo de un carajo en un baño, y esa misma tarde se tomó toda la leche de otro. Pero así era. Sonriendo mira a su amigo Salvador Gutiérrez en una mesa, también apuesto y atractivo, de piel más tostada, cabello castaño algo recio, de ojos muy oscuros. Nora, a su lado, está bella, con su cabello muy negro y corto, labios rojos, piel pálida, ojos grandes y expresivos, que en este momento parecían decir “deja el fastidio”, viendo a Salvador que contaba algo. Es una llamativa mujer de éxito.

   Pero quien atrapa la mirada de Valente, es el cuñadito de Salvador, un carajo indiscutiblemente joven, tal vez diecinueve o veinte años, alto, medio fornido de practicar pesas, de cabello negro muy fino, ojos también expresivos, marrones, facciones viriles pero suaves, tal vez por la edad. La novia, a quien sólo dedica una mirada, parece bajita, algo llena y de cabello sin gracia.

   Valente llega y saluda. Salvador parece alegrarse de verlo, más bien se ve aliviado. Nora mira a Valente con un gesto algo desdeñoso. No le agrada. Ella tampoco a él. Cuando lo presentan con el joven, Esteban, cree detectar algo de admiración en el joven, cosa que no era indicativa de nada. Valente tenía una pinta que atraía miradas, tal vez por ese algo de corsario peligroso que lo rodeaba. Incluso ahora, recién duchado y aseado, parecía contar ya con una leve sombra de barba. Sin embargo, a Valente le gusta pensar que sí, que el chico podría estar interesado en que lo rodeara con sus brazos y le metiera la lengua en esa boquita roja.

   La velada transcurre entre cuentos de amistades comunes, pero con jocosos comentarios odiosos. Esteban dice algo sobre el béisbol y hay una pequeña discrepancia. Valente cena y lo mira, intrigado, Salvador le había hablado una vez de él, como de un muchacho gordito, de anteojos y odioso al extremo. Pero era todo un bomboncito rico, uno al que provocaba lamer y dar una mordidita. Sonriendo para sí, con el güevo tieso bajo las ropas, lo oye dirigirse a Salvador con deferencia, como sí le agradara el cuñado. Qué raro, no era nada de lo que Salvador había dicho. Y mira a Nora, pensativa. Lejana. Molesta. ¿Qué se traerían Salvador y ella? Algo grave pasaba entre los dos, se dice animado. Tal vez se divorciaban y su amigo se salvaba de esa perra.

……

   La temprana cena terminó por un dolor de cabeza de Nora. Y una vez en el apartamento de la pareja, en el enorme dormitorio matrimonial, la mujer, en sostén y pantaletica, se pasea de un lado a otro, reclamándole a Salvador su falta de tacto al invitar a un extraño a una cena de familia, le reprocha sus silencios durante la velada, para terminar en lo que realmente le molesta: su falta de iniciativa en el trabajo, el dinero que le enviaba a su madre mientras los hermanos no la ayudaban, y el que no quisiera aceptar un carro que ella le ofrecía, prefiriendo viajar por media Caracas en aquel horno bota gases venenosos tan sólo para molestarla. Mirándolo en boxer, de los holgados, en la cama, ella le ruge que se lo quiso dar porque lo quiere, y porque conduce una porquería.

   -No necesito que me regales nada, Nora. Sé que te va mucho mejor que a mí, no tienes que echármelo en cara. –suelta con rencor.

   Molesta, tal vez porque había dado en el clavo, Nora le aclara que ella sí tiene ambiciones, que quiere más, una casa grande, jardines, piscina. Él calla, resentido, pero mirándole las tetas grandes, los muslos llenos, la pantaletica metida entre sus nalgas redondas, y ese pequeño triangulo de tela que llevaba a su sexo. Sabe que ella lo manipula. Le reclama que no sirve para nada, mientras lo excita, para condicionarlo. ¡Y era tan irritante! Cuando ella repite lo de su falta de bolas para pedir un ascenso, él salta de la cama, enrojecido de rostro, con una gran erección bajo el boxer.

   -Déjame en paz, coño. –y sale dando un portazo; todavía la oye gritarle que es un imbécil.

   Cansado de la semana, del día y de su vida, Salvador llega a la salita oscura y se deja caer en el sofá, con ese palo alzando el bermudas como el mástil de un barco. No la soportaba. Sabía que esa discusión llegaría en cuanto supiera que ascendieron a Comisario Jefe al hala bolas de Rondón en lugar de a él, justo ahora que le habían frenado una promoción a ella por una sospecha de embarazo, que resultó falsa. Sabía que ella lo culpaba a él. De todo. Por eso invitó a Valente a la cena, la sabía muy capaz de armarle ese atajaperros en el restorán a pesar de la presencia de su hermano y la novia. Pero ahora todo estallaba. La odiaba… casi tanto como le gusta. Con un jadeo se lleva la mano al tolete sobre el boxer, no para masturbarse aunque habría sido rico, sino para acomodárselo…

   -Verga, cuñado, no te irás a hacer la paja en la sala, ¿verdad? –lo sobresalta la riente voz de Esteban que sale sabe Dios de dónde, mirándole divertido el boxer abultado.

……

   Pensó no asistir, por supuesto. Pero sabía que no podía. Con Wilfredo Laredo no se podía jugar. Recordaba, meses atrás, cuando se negó a atenderlo, un correo que llegó a su nombre a la laptop de Sandra. Asustado lo aceptó para descubrir fotos suyas… nada edificantes. Sabía que era una amenaza. Sandra no se dio cuenta de nada, pero…

   El hotel era para citas. Nadie miraba a nadie. Nadie se fijaba. No había cámaras. Lógico, Gabriel Santana no se arriesgaría a ser pillado así. El hombre, joven y atractivo, con su cabello alzado con gel, y ese traje de etiqueta negro, se veía imponente. Pero por dentro temblaba de miedo, sin saber qué le esperaba. Mira la habitación, la treinta y dos. Llama y oye el apagado ‘adelante’. Entra y encuentra una habitación normal. Hasta bonita. Amplia. Con una gran cama. Sentado en un butacón en una esquina, estaba Santana. Mirándolo con burla y asco. Con odio. Esperando el momento de gozar con su humillación. En otra estaba Wilfredo, como siempre.

   -Adelante, Larry, siéntete en tu cas… -es él quien atiende.

   No ve a nadie más pero oye un chorro de algo en el pequeño cuarto de baño, había alguien allí. Claro. Y espera. La puerta se abre y sale un carajo joven, fornido y ancho de pecho, de piel canela clara y cabello negro, o eso parece bajo la gorra blanca de marinero, la cual completa el atuendo de casaca blanca y pantalón igual. ¡Un marinero! Un marinero ebrio, dado su medio tambaleo y mirada turbia. El joven lo mira, cerrándose aún la bragueta, para después, lenta y elocuentemente, agarrarse el güevo tras la ropa y apretarlo, ofreciéndolo.

   -¿Y este es el mariquito bonito que me lo va a mamar sacándome la leche? –pregunta ebrio, grosero, ramplón.

   Vaya, ¡un marinero! Parece que a Larry le tienen preparado un torpedo directo al culo, ¿qué trama realmente el tal Santana? ¿Por qué Larry se somete a eso? ¿Qué poder tiene Wilfredo sobre él? Y Salvador Gutiérrez, así como el cuñado, ¿qué pintan en esta historia? Cada vez hay más preguntas.

CONTINUARÁ

Julio César.

MEMORIAS DE DESGRACIADOS… (4)

Julio 7, 2009

TIO EN BIKINI

   Ardientes y sucios secretos de machos…

……

 

   -Esto ya va a estar listo. –sonríe pomposo, Larry Marcano, acentuando su bien parecido rostro.

   Está contento, a la parrillada en la piscina de su casa, para despedir esa tarde del domingo, había asistido mucha gente. No todos los que deberían pero sí buena parte de ella. Algunos nadan y toman algo, otros hablan y ríen. Él viste con informalidad, pantalón y franela manga larga, sabe que así se ve delgado, musculoso, alto y llamativo. Sabe que Sandra, su mujer, lo mira con inquietud cada vez que una de las otras mujeres, algo tomadas, se le acercaba a decirle algo. Y esos celos le alegraban. Qué bien se sentía.

   Y justo en ese momento vibra su celular en el bolsillo del pantalón (no el de atrás, él hace chistes sobre eso). Sonriendo todavía de algunas bromas de quienes lo aprecian, desean un poco y envidian mucho, mira el identificador. Su sonrisa se congela, ahora es una mueca mientras le indica a un amigo que vigile la parrilla.

   -¿Ocurre algo, catire? –le pregunta Santana, jefe de su mujer (es pediatra), un carajo que no le agrada.

   Larry sospecha que el sujeto quería algo con Sandra, y peor, que ese tipo lo tenía por un farsante. Un día casi lo oyó decirle a la mujer: “pierdes tu tiempo con ese carajo, no sirve para nada”. De todos los presentes, era al único que en verdad detestaba.

   -No, nada, yo… -se aleja un poco de la gente, la música y el bullicio en general. Su corazón late con miedo, mucho miedo y…

   -¿Qué? –grazna bajito, temeroso.

   -Estoy en la esquina, estacionado. –oye la fría voz masculina, demandante, cruel.

   -Oye, no puedo dejar la reunión, Sandra y yo…

   -Que vengas, maldita sea. Y… -se hace un silencio que obliga a Larry a cerrar los ojos, más inquieto.- …ponte la pantaletica amarilla. Sabes cuál. Te espero. –demanda y cuelga. Él bota aire, jadeando, atormentado…

   -No puedo… -todavía se resiste.

   -Ven acá, maldito sucio, o me presentó allá. –amenaza, y eso casi hace gemir a Larry, de puro miedo. ¿Qué podía hacer? Nada. Rendirse. Estaba en las manos de ese desgraciado.

   El hombre joven, con paso lento, cruza la verja. Al final de la calle, bajo la sombra de unas acacias, está la camioneta tipo van, estacionada. Dios, cómo odiaba a ese maldito coño’e su madre, se dice mientras se acerca, vacilante. Un rostro de piel canela, cabello negro muy corto, estilo militar, con un bigotillo y barbita, aparece por la ventana del pasajero, burlón. Cruel.

   -¿Traes la pantaletica puesta? –le pregunta, gozoso, recorriendo el buen cuerpo del catire, quien asiente, tragando saliva, humillado.- Deja esa cara de dolor de cuca, que no tienes; esa pantaleta se la compraste a tu mujer porque era sexy y sucia, ¿no? A mí también me gusta… cuando la usas. Sube, quiero que me la enseñes…

   -¿Aquí? No creo…

   -Qué subas, carajo, o te bajo los pantalones allí afuera. –amenaza algo molesto de tener que hablarle tanto. Larry estaba muy desobediente, pronto debería darle un recordatorio de cuál era su lugar.

   Y mientras regresa a su asiento, Larry, como quien entra a una cueva llena de alacranes por todas partes, sube, sentándose a su lado. Odia al sujeto y esa mirada burlona y sádica que brilla en sus ojos. Con manos lentas y torpes abre su correa, botón y bragueta. No sabe sí imaginó la mirada curiosa de Sandra, su mujer, mientras dejó la reunión y entró a la vivienda a colocarse la prendita, pero eso le asusta. Como le asusta que alguien sepa en qué se ha convertido. Tomando aire sube los faldones de su franela manga larga y baja los pantalones hasta los tobillos, respirando agitado. Sus muslos, lampiños y musculosos, donde provoca meter una mano y acariciarlos, adorándolo, dan paso en sus caderas a una levísima tirita de color amarillo, así como a un pequeño triangulo de tela sobre su pubis, donde medio abulta el bojote, no por excitación sino por lo breve de la tela.

   La mirada del otro brilla, cruel. Si Larry lo odiaba, él despreciaba al catire. Y mucho.

   -Eres un cabrón calienta braguetas… -le gruñe ronco, y Larry sabe lo que viene, aunque no quiere.

   -Debo volver a casa y…

   -Cállate, puta. –le gruñe, y un leve bofetón, más para humillar y dar a entender quien manda, se estrella en el bonito rostro del otro, que enrojece y calla. Sumiso.

   Tal vez lo despreciara, pero cuando el sujeto atrapa con su mano izquierda la nuca de Larry, por su costado derecho, halándolo sobre sí, apoderándose de su boca, goloso, abriéndole los labios y metiendo su lengua caliente, ávida, viciosa, ya está muy excitado. Ese catire le calentaba hasta las cejas. Y Larry gime, con repulsa, sintiendo esa lengua lamiéndolo, esos dientes atrapando la suya y halándola, mientras la otra mano del carajo baja por su costado, acariciándolo, hacia sus nalgas, dos masas redondas, firmes, lampiñas totalmente, donde la pequeña pantaleta cubre muy poco, algo metida entre las nalgas ya. Es un espectáculo hermoso y excitante el del catire en pantaletas. Esa mano soba los glúteos sobre la tenue prenda, con lujuria, con codicia. La mano entra cuando Larry gime, restregándose del otro, con su lengua respondiendo al beso, sintiendo la caliente mano tocándolo… deseándola ahora.

   Era increíble, en un auto estacionado en plena calle, aquellos dos carajos jadean mientras se tragan en tremendo jamón, las lenguas salen, se unen, se lamen, mientras uno de ellos, un catire con los pantalones bajo, usando lo que evidentemente es una pantaleta bikini de mujer, es manoseando sobre ella por el otro, a quien parece encantarle tocarlo así. Y esa mano grande se mete dentro del bikini y los dos se estremecen; recorre la piel turgente, cálida, vital. Los dedos, viciosos ruedan hacia la raja entre las nalgas, más caliente, más lisa, medio cerrada por lo firme de los glúteos. Y la yema llega al botoncito cerrado del culo, tocándolo una y otra ver en frotes circulares, sin metérsele. Y mientras el carajo siente que se corre de gusto con solo hacerle eso, Larry gime putonamente, tenso, deseando que ese dedo le entre de una buena vez. Lo odia, no le gusta eso (se dice) pero arde y desea que el dedo lo coja.

   -¡Coño! –se oye la exclamación de sorpresa que viene de afuera.

   La pareja deja de besarse, y aunque el moreno lo toma con calma, sin retirar sus dedos de esa raja que va al culo, Larry chilla asustado, pálido como la cera. Allí afuera, mirándolo con sádica diversión, estaba Santana, un carajo que lo odiaba… y era el jefe de Sandra, su mujer, en la clínica…

……

   Por una larga carretera, solitaria a esas horas, un pequeño carro gris sale del asfalto y toma por un camino de tierra seca, que se eleva en polvareda. Escapa. Escapa de la guardia nacional que viene siguiéndolos desde un puesto de peaje. El conductor mira, con impasibilidad como la patrulla se mete en su nube de tierra. Sonriendo. Bien, con algo de suerte caería en el cráter que estaba más adelante, un hueco erosivo capar de engullir una pala mecánica con todo y pluma. Era bueno saber de esos trucos, se dice, cuando se traficaba con drogas.

……

   -Hummm… -no pudo evitar Martín que saliera de su boca, no quería pero…

   Sentado, muy abierto de piernas (Valente le subió los pies al mueble abriéndolo más), estaban mamándole el culo. Esa lengua le subía y bajaba por la raja, se detenía en su ojete y lo azotaba con rapidez titilante. Y era tan extraña esa caricia, como estimulante. Pero se estremecía en verdad cuando la boca de Valente se cerraba sobre el huequito, besándoselo, chupándolo, metiéndole literalmente la lengua y cogiéndolo con ella. No podía evitar esos gemiditos… que le apenaban. Esa caricia era tan maricona que no debería disfrutarla, pero… de su güevo mana otro chorro de líquido pre-eyacular, de lo caliente que está.

   Valente sabe que no aguantará mucho, y con un leve gruñido de pesar separa su boca del delicioso y tembloroso culo (con un poco más de trabajo le entraría un vainero), tragándose nuevamente el enorme y rojizo güevo, saladito y dulce de esos jugos que ya escapaban. Lo traga lentamente, centímetro a centímetro, de arriba abajo, dejando la nariz pegada de los recortados pelos púbicos de Martín, y con su garganta sigue mamando y mamando, apretándoselo. Hasta que el joven grita como un poseso, temblando todo, aflojándose, momento que Valente (subiendo un tanto su boca sobre el falo para recibir la rica leche sobre su lengua y paladearla), aprovecha para apoyar la yema de su pulgar de ese culito que se agita, empujando leve, sin entrar, sin frotar, pero ahí. Y Martín se corre y se corre entre temblores convulsos; su mente queda en blanco, su cuerpo gime y goza, le parece que nada es tan rico como eso (hasta él nota su semen increíblemente ardiente al manar), mientras le llena la boca a ese carajo de leche. Y Valente, cerrando los ojos, la paladea; los chorros le pegan en la garganta, pero la saborea y traga, reconociendo como siempre, que no había nada que supiera mejor que el esperma caliente de otro carajo.

   Una vez agotado el chorro, Martín se siente mal. Molesto. Culpable. Valente lo sabe y le deja el güevo, dándole un último mamón, quedando sentado de culo en el suelo. Tembloroso el joven se pone de pie y sube sus ropas como puede. Ahora sólo quiere salir de ahí. Y Valente, sonriente, lo sabe.

   -¿Te gustó? –lo provoca.

   -¡Sucio marica! –es casi un escupitajo, de rabia ante lo que hizo. Valente le sonríe irónico, todavía sentado sobre el piso.

   -¿Sí? ¡Y mira que lo gozaste! –reta, y encara su mirada de odio.- Una cosa debo advertirte, Martín… no me molesta mamártelo de tarde en tarde, siempre estaré a la orden para ordeñarte ese rico güevo… pero si le cuentas alguna cosa a alguien, hablo de ese lunar que tienes cerquita del hueco del culo, y de cómo te lo tape con un güevo. –lo ve palidecer.- Yo no digo nada, si tú no cuentas nada.

   -¡Marica! –le repite, incapaz de pensar en nada más y sale casi a la carrera… olvidando sobre el sofá el boxer que fue a buscar.

   Tanto mejor, se dice Valente, poniéndose de pie, mojada su pelvis de sus propios jugos. Debía hacerse una paja ya o reventaba. Fue cuando sonó el teléfono. Con un bufido lo toma, ¿sería su mamá?

   -¿Aló? –es impersonal.

   -Hola, tío Valente. –escucha una muy joven voz, y el hombre arruga la cara.

   -Hola, Matías… ¿Dime?

   -Oye, suenas como si no te alegra oír de tu sobrino. –suena irónico y desenfadado.- Mira, necesito un favor, ¿puedo pasar por tu casa? Si quieres me puedes chupar el culo como tanto te gusta hacer…

   Vaya, vaya, parece que la afición de Valente Fernández por mamar culos es conocida por muchos, ¿pero a su sobrino? ¿Y qué clase de sobrino es este que se expresa así? Por otro lado, ¿qué será de Larry ahora que fue descubierto por el jefe de su mujer, un tipo que lo desprecia, dándose tremendo jamón con otro hombre mientras le sobaban el culo? ¿Y ese carro que huye con drogas que significa?

CONTINUARÁ…

Julio César.

MEMORIAS DE DESGRACIADOS… (3)

Julio 3, 2009

TIO EN BIKINI

   Sabía que una lengua caliente en el culo abría todas las puertas…

……

   Confuso, Martín Serrano lo ve abrir la puerta que da a su dormitorio, y enrojece al verlo tomar la prendita de su cama, y amasarla en su puño, viéndola sonriente. ¡Qué cochino!, se dijo. Pero soportó su mirada mientras regresaba.

   -Es la que usabas cuando jugabas, ¿verdad? Huele a macho de acción. –dice, lento, sorpresivo, sin dejar de mirarlo, sonriente al acercarse a prendita al rostro y darle una larga y sonora olfateada.

   -¡Deja eso, maricón! –ladró incapaz de contenerse, Martín, estremeciéndose ante el grotesco espectáculo.- ¿Cómo puedes hacer esa vaina?

   -Oye… oye… cuidadito con el lenguaje, muchachito. –advierte, medio serio, volviendo la mirada nuevamente al boxer, olfateándolo otra vez.- A ti te gusta el físico culturismo, eso lo saben todos, y eso le parece grotesco a muchos. Ver tipotes en tanguitas calientes, untados de aceites y…

   -¡No lo hago por eso! Yo practico a levantar pesas. –se defiende rápido, temeroso como todo heterosexual de que se confundiera lo que hace.

   -Y lo haces porque te gusta. A mí me gusta este olor, y olfatearlo. –explica.- Llegarme a esos vestuarios donde todos se duchan y tomar los calzoncillos y olerlos. Paso horas ricas haciéndolo. A veces debo robarme alguna, sobretodo las más chicas y putonas, imaginando que su dueño la tiene puesta mientras la levo a mi cara. –lo mira fijamente, viéndolo desconcertado.- Tengo un amigo que practica lucha olímpica, y cada vez que compite se excita y se corre todo; descubrí que deja sus suspensorios todo llenos de leche caliente y olorosa. Y a mí me encanta… y este tuyo huele casi tan rico. –y da un paso hacia él, sonriente, con el güevo tieso bajo el short.- ¿Alguna vez alguien te ha abierto el cierre del pantalón y ha olfateado lo rico entre tus piernas?

   -¡No! –está todo rojo.

   -No lo entiendo, ¡un carajote bello como tú! Creí que todos esos tipos que jugaban contigo allá afuera, al terminar se metían entre dos autos y te lo mamaban. ¿No te atrae esa idea? ¿A uno de esos carajos a tus pies, mamándotelo sabroso, con hambre, allá afuera entre dos autos? ¿Te has preguntado que sentirías ante una mamada caliente dada por otro, mirándolo subir y bajar como un becerrito hambriento? –se juega el todo por el todo, y el otro lo mira muy serio, casi furioso.- A mí me encanta mamar, no paro hasta que la leche me baña la cara…

   -¡Eres un sucio! –jadeó ronco Martín, sintiéndose desagradablemente fascinado ante ese carajo alto y musculoso, atractivo y viril… que habla de mamar güevos. Que le dice, casi, que le quiere mamar el güevo. Y su güevo…

   -Te repito, así como a ti te gustan tus cosas, a mí las mías. Y me encanta mamar vergas duras y calientes, y oler calzoncillos usados, y beber leche cuando chupo una y el carajo se retuerce y bota semen en cantidades. –aclara, sereno, sabiendo que forza la mano.

   A Martín la garganta se le seca. Qué tipo tan sucio. ¡Qué marica! Pero le inquieta.

   Lo imagina, tan grande y macho, de rodillas, con la boca llena de güevo… y eso le produce unas cosquillas traidoras en sus bolas. Desea irse, pero… el tolete se le abulta un poquito. Anda caliente por la falta de sexo, su mujer lleva días fueras. Y las pajas no eran lo mismo. Y en todo ese tiempo Valente saca sus cuentas, sonriendo leve, seguro de tener puntos a su favor.

   -¿Te vas o te quedas? –le pregunta dando medio paso, bajando la mano, como si tal cosa, atrapando la silueta del tolete bajo las ropas, apretándolo.

   -¡No! –jadea dando un paso atrás, todo rojo.

   -Bueno… -sentencia el otro, mirándolo debatirse consigo mismos.

   Martín quiere irse, eso era sucio, asqueroso, él jamás habría pensando en… pero la misma sorpresa, y lo sucio, le parecía extrañamente excitante. Era un hombre, carajo. Y Valente, perro viejo, lo sabe. Las mujeres lo ignoraban, pero al hombre se le atrapaba apretándole el güevo.

   -Eres un niño tonto. –gruñe Valente como si tal cosa, cayendo de rodillas frente al joven, atrapándola le cintura con sus manotas y atrayéndolo, frotando vigorosamente su cara caliente de ese pubis, de la silueta del tolete que se siente suave pero consistente.

   Frota sus mejillas, su nariz mientras olfatea, sus labios se abren y cierran sobre él, provocándole escalofríos de repulsa al otro, pero también ricos corrientazos eléctricos que lo desconciertan. Bueno, no tanto… ¡quiere que se lo mamen! Desea que alguien, quien fuera, le diera una buena mamada, que le tragara sabroso el güevo hasta sacarle la leche. Así de simple era la mente masculina.

  Valente lo sabe, y mirándolo fijamente, abre su boca y atrapa el tolete, mordisqueándolo, sobándolo de un lado a otro, cerrando sus labios, chupándolo sobre la tela del short. ¡Que asco, Dios mío!, pensaba, estremeciéndose, Martín. Esas manos grandes en sus caderas se cierran con fuerza mientras su tranca abultaba al fin bajo la tela, y esa lengua viciosa, lenta, la recorre sobre las ropas, con la mirada de Valente clavada en la suya en todo momento. Cuánto vicio y placer se leía en ella. Esa boca se cierra sobre la cabeza, mordisqueándola, y los temblores y calambrazos que Martín siente, lo entregan finalmente al otro.

   Soltándolo, las manos de Valente van abriéndole el botón de latón, así como el velcro tipo cerradura mágica de aquella bragueta. El güevo emerge empujando un boxer rojo, corto. Se nota semi parado ya. La golosa boca del otro carajo se hace agua como la de cualquiera ante tan tentadora fruta, y va a la punta, tragándola, lamiéndola sólo allí, succionando sobre el boxer. Y Martín siente que se muere.

   -Eres un marica… -lo acusa, ronco.

   Valente nada responde, tan sólo baja el boxer y el güevo blanco, todavía no tieso, cae. Lo mira sonriente, atrapándolo por la base y manoseándolo. Todavía no estaba a punto, pero él sabía bien como trabajar un güevo para que se pusiera bien duro. Su boca de labios rojos se abre, la enfila sobre el tolete, y con un “hummm” de gusto, se lo traga. Todo. Pegando sus labios del pubis dentro de la bragueta, resollándole ahí. Y Martín contiene un jadeo.

   Esa boca está caliente, mojada, esas mejillas lo aprisionan, esa lengua se le pega, quemándolo, lamiéndolo, y esa garganta chupa sin moverse. Lo atrapa y hala, aprisionándole cada pedacito que responde ardiente, endureciéndose. Cuando esa boca se retira hasta medio güevo, dejándolo ver duro y nervudo ya, brillante de saliva, Martín siente que esa succión lo deja sin fuerzas. Y Valente lo traga otra vez, apretándolo más. Su boca sube y baja lentamente sobre el ahora duro palo, rojo como el fuego, lleno de ganas. Ese güevo gozaba cada halón, lamida y apretada que esa boca viciosa de hombre le daba.

   Mareado, Martín separa las piernas, sintiéndose débil, cerrando los ojos y elevando el rostro tenso. Esa mamada era rica, esa boca golosa parecía ir tragándolo pedazo a pedazo, chupando más cada vez, provocándole ganas de mear, de soltarlo todo. Valente lo mama expertamente, unas veces sólo traga el glande, mamándolo y lengüeteándolo sin sacarlo de sus labios, otras lo tragaba duro hasta la mitad, y otras, lentamente, lo engullía todo. Fue en una de esas mamadas a fondo, donde sus manos terminan de bajarle el short a Martín, quien inconcientemente continúa con los ojos cerrados (todo “hétero” que disfrutaba semejantes mamadas, parecía incapaz de mirar), pero al quedar desnudo de la cintura para abajo, se despabila.

   Y cuando se miran, Martín podría jurar que sonríe, atrapándole duro con la garganta el tolete, masajeándolo como si fuera a arrancárselo, y Martín grita bajito. ¡Qué rico era eso, qué delicioso era esa mamada dada por otro hombre! Se medio mueve, sus piernas se acalambran. Pero si Martín goza, Valente está en la gloria mientras su boca sube y baja, con hambre, sobre el rico güevo que suelta calor, dureza, palpitaciones y juguitos que traga con avidez. Mamar era tan rico que no puede pensar en nada más, como no sea recordar cuando tenía trece años e iba a la piscina del centro comunitario para aprender a nadar y se quedaba lelo mirando a esos hombres grandes, machos y viriles, exhibiéndose unos a otros en tanguitas, con sus bultos resaltando contra la suave tela mojada, y él con esas ganas de mamarlos aunque aún no lo sabía, como había visto a una tipa hacer en una revista de su papá.

   -Ahhh… exclama desfallecido, Martín, y cae, culo pelado, sobre un sillón.

   Valente le abre las piernas, halándolo por la cintura, medio recostándolo mientras le sonríe sacando la lengua y dándole pequeños azotes al ojete del glande, haciéndolo gritar agudo, para luego bajar la viciosa lengua por todo el palo que se estremece, como si degustara un helado. Ya casi lo tenía, piensa el mamador, recordando todavía sus trece años, flaquito, sin muchos músculos, pequeño, pero ávido de machos ya, acorralando al amigo de un hermano en los vestuarios de la piscina, quien casi le corría sospechándole algo, pero atrapándolo al fin bajo las duchas al caer de rodillas y atrapar su güevo también joven que se puso duro a todo mecha, tragándolo, mamándoselo rico, allí donde pudieron ser pillados. Fue su primera mamada, y la hizo a fondo, sintiendo que se moría de puro placer subiendo y bajando su carita aniñada sobre ese tolete caliente y duro, mientras el otro joven gemía contenido, sorprendido todavía de eso, hasta que con un grito de “tómatela todo, mariconcito” le había dejado la boca llena de una leche caliente, algo aguada, y no mucha tampoco. Es no le gustó mucho, aunque después le pareció mejor, y mientras fue mamando güevos y mas güevos, fue gustándole todavía más… como sospecha que terminará gustándole a Martín.

   Ahora, mientras le lame las bolas una a una, chupándolas, al tiempo que le masturba el cálido y babeante güevo con una mano y con la otra le soba de arriba abajo uno de sus muslos duros y firmes, Valente piensa que la vida era rica, y ahora venía lo mejor de todo y la prueba de fuego. Sube y le da otras cuatro o cinco mamadas al güevo, baja la lengua por el falo, lame otra vez las bolas… y bajando más, titila con su lengua en la raja que va al culito joven…

   -Epa… -brama, sobresaltado, Martín, pero ¿qué tramaba ese marica?

……

   -Esto ya va a estar listo. –sonríe pomposo, Larry Marcano, acentuando su bien parecido rostro.

   Está contento, a la parrillada en la piscina de su casa, para despedir esa tarde del domingo, había asistido mucha gente. No todos los que deberían pero sí buena parte de ella. Algunos nadan y toman algo, otros hablan y ríen. Él viste con informalidad, pantalón y franela manga larga, sabe que así se ve delgado, musculoso, alto y llamativo. Sabe que Sandra, su mujer, lo mira con inquietud cada vez que una de las otras mujeres, algo tomadas, se le acercaba a decirle algo. Y esos celos le alegraban. Qué bien se sentía.

   Y justo en ese momento vibra su celular en el bolsillo del pantalón (no el de atrás, él hace chistes sobre eso). Sonriendo todavía de algunas bromas de quienes lo aprecian, desean un poco y envidian mucho, mira el identificador. Su sonrisa se congela, ahora es una mueca mientras le indica a un amigo que vigile la parrilla.

   -¿Ocurre algo, catire? –le pregunta Santana, jefe de su mujer (es pediatra), un carajo que no le agrada.

   Larry sospecha que el sujeto quería algo con Sandra, y peor, que ese tipo lo tenía por un farsante. Un día casi lo oyó decirle a la mujer: “pierdes tu tiempo con ese carajo, no sirve para nada”. De todos los presentes, era al único que en verdad detestaba.

   -No, nada, yo… -se aleja un poco de la gente, la música y el bullicio en general. Su corazón late con miedo, mucho miedo y…

   -¿Qué? –grazna bajito, temeroso.

   -Estoy en la esquina, estacionado. –oye la fría voz masculina, demandante, cruel.

   -Oye, no puedo dejar la reunión, Sandra y yo…

   -Que vengas, maldita sea. Y… -se hace un silencio que obliga a Larry a cerrar los ojos, más inquieto.- …ponte la pantaletica amarilla. Sabes cuál. Te espero. –demanda y cuelga. Él bota aire, jadeando, atormentado…

   Pero bueno, ¿qué es esto? ¿Quién le ordena a este carajo que se ponga una pantaleta y vaya a verlo? ¿Lo hará el tal Larry? ¿Qué piensa hacerle Valente a su vecinito, el machito hétero que ya tiene una lengua lamiéndole el culo? Pronto lo sabremos…

CONTINUARÁ…

Julio César.

MEMORIAS DE DESGRACIADOS… (2)

Junio 27, 2009

TIO EN BIKINI

   ¿Te negarías a una mamada si te lo pide?

……

   Pero la sorpresa es esa, encontrarse allí a Martín, recién bañado, agitada todavía su respiración, enrojecida su piel, aseado, con el cabello pegado a su nuca. Envuelto en una toalla. Los dos hombres se miran por un momento. Sin desearlo, Valente lo recorre (¡estaba buenote el güevón ese!); Martín lo mira con la sonrisa despectiva de quien dice: “¿Te gusta lo que ves, sucio maricón?, seguro que quieres mamar, ¿verdad?””, y entra en la vivienda. Sin saludar ni un carajo. ¡Guevón, no estás tan bueno!, pensó molesto Valente, diciéndose que algún día le daría una lección; molestia que le duró hasta que…

   Allí, sobre la verja, casi donde comienza la separación de ésta de la pared que divide las dos viviendas, colgaba el calzoncillo. Valente no tuvo dudas, ni dificultades en deducirlo, era esa pequeña pieza azul eléctrica que vio poco antes. Estaba enrollada sobre sí, colgando. Y Valente era un fetichista. Le gustaba el sexo, mucho, y los hombres; morderlos, pasarles la lengua, poseerlos, era su locura. Pero sí, era fetichista. Y una prenda íntima masculina era algo que lo descontrolaba. Y allí estaba una, a su alcance. Y el deseo de tomarla era poderoso. Quería cerrar su mano sobre ella. Ese desgraciado, ¿cómo dejaba sus vainas…?

   Mejor entraba a su casa, tomaba más café o una cerveza fría ahora que se sentía menos mal, tomaba otra ducha y salía a ver a quien veía y, tal vez, acorralarlo y meterle la lengua hasta la garganta mientras lo maraqueaba contra una pared. Era mejor…

   Fue hacia la verja. Su mano subió y tembló todo él al cerrar sus dedos sobre la prendita, tomándola. Fue cuando oyó la colérica voz de Martín.

   -¡Coño’e la madre!, ¿dónde dejé esos zapatos de goma? –mientras iba saliendo.

  El corazón de Valente, de pie, en bermudas, sin camisa, con el calzoncillo ajeno en las manos, se detuvo en su pecho… La cosa fue tan inesperada y rápida, que no puedo reaccionar. Ese carajo saldría y lo encontraría con su calzoncillo en las manos. ¡Qué torta! Ya imaginaba la famita que ganaría en la cuadra.

   -Ah, carajo, ¿qué hacen aquí? Como que si caminan, ¿eh? –lo oye, seguramente encontrando los dichosos zapatos.

   El vacío de alivio casi le provoca un mareo a Valente Fernández, quien rápidamente entra en la vivienda, cerrando su puerta. Y allí, en la cocina, se detiene a admirar el calzoncillo tipo boxer, de los cortos, de los que llegaban justo bajo las bolas. ¡Las bolas de Martín Serrano!, sonríe mórbido, perverso, al llevarlo a su rostro. Da una buena olfateada. Estaba tibio y húmedo de sudor. Pero también huele acre, a bolas, a macho. “Ahhh…”, deja escapar extasiado. Ese aroma lo marea. Había algo delicioso, se dice olfateando una y otra vez extendiendo la prenda con sus dos manos teniéndola totalmente pegada de la cara, en oler calzoncillos así. Bueno, tal vez mejor era olerlos cuando todavía los tenían puestos. Y lo había hecho. Muchas veces. Sonríe pícaro, eso siempre hacía que se mojaran más. Con un alarido de perro, alegre por fin, muerde la telita, lamiéndola, encontrándola rico.

   Va hasta su cuarto, silbando, cerrando las cortinas, despojándose del bermudas y chino en pelota cae culo en la cama, acostándose sobre los almohadones, arrastrando en su mano el boxer. Cierra los ojos y lo lleva nuevamente a su rostro con una mano mientras la otra baja a su güevo tieso y grueso, enorme, duro, rojizo y lisito de cabeza; lo olfatea llenándose la nariz con el fuerte olor. Lo imagina sudoroso, sexy, guapo, jugando al básquet con los otros, y como en toda fantasía, cae y se dobla un pies. Él lo ayuda cargándolo por los hombros, excitado de su calor, de su sudor, del olor que imagina bien por el boxer que olfatea una y otra vez. Lo imagina allí, llevándolo al cuarto para buscar vendas. Lo imagina amoscado y a él, más fuerte, arrojándolo en la cama. Ahí Martín entendería que algo pasa y lucharía, pero él es más fornido y logra retenerlo, arrojándolo de panza en medio de la cama, bajándole a toda prisa el bermudas y el calzoncillo (que era ese que cae en su cara mientras olfatea como perrito), atrapándole el tolete flácido pegado al colchón, sudado y con gotitas de orina. Ahora lo tenía. De esa boquita saldrían maldiciones y acusaciones, pero lo calla con la fuerza de sus mamadas. Lo tiene allí, tibio, sudoroso, con la tranca en su boca.

   Se imagina teniéndolo de espaldas en la cama, rabioso porque se deja aunque no quiere. Se imagina recorriéndolo con su lengua, lamiéndole los cachetes, oyéndolo gruñir de asco y rechazo, antes de bajar por su cuello salado y transpirado, rico aperitivo que completa al lamerle las axilas (las tiene depiladas, lo notó). Allí lamería y lamería mientras sus manos recorren cada centímetro de ese cuerpo que se resiste. Los pectorales y las tetillas serian apretadas, haladas, la barriga se contraería bajo el paso de su mano. Podría tocarlo, lamerlo, chuparlo por cada centímetro de su cuerpo antes de atrapar goloso el flácido güevo, estimulándolo, lamiéndolo, majándolo dejando los labios pegados del pubis, resollándole ahí, trabajándoselo con la calida lengua y la garganta… hasta estimularlo.

   Lo imagina gimiendo de asco porque su güevo responde, endurece, caliente, grande. Y él majándolo, de arriba abajo, tragándolo todo, con glu glu de vicio, subiendo, dejándolo brillante de saliva, antes de besar dulcemente la roja cabecita, de lamer cada arruguita, de jugar con el ojete de donde mana algo cálido, salobre y dulce a la vez, antes de recorrer el tembloroso güevo de arriba abajo con su lengua, de lamer y ensalivarle las bolas, metiéndoselas en la boda, oyéndolo gemir. Sabe que Martín no quiere, pero que goza. Y le toma las piernas alzándolas, dejando al descubierto las nalgas rojas, la suave y lampiña raja interglútea; y más debajo de los testículos el capullito cerrado que es ese culo, tembloroso, queda expuesto a su gula ávida. Un culo que pide lengua, y lo lame suavemente, titilando sobre el hoyito, sintiendo como Martín Serrano se estremece de lujuria, como se tensa, oye como gime. Su boca caería totalmente sobre el huequito, cubriéndolo, besándolo, lengüeteándolo todo, lamiéndolo, intentando cogerlo con la lengua. Y el culo rojo temblaría, listo para el duro y largo asalto a su virginidad que…

   ¡Riiiiiinggggg! ¡Riiiiiingggggg!

   Desconcertado deja de masturbarse, su güevo erecto, enrome y grueso, surcado de venas, cae sobre su panza; está mareado todavía. Su mano que lo aferraba, subiendo y bajando sobre el rico tolete, estaba caliente. ¡Coño! Alguien llamaba a la puerta. Jadeando, maldiciendo, se pone de pie y grita ya va, cuando llaman con insistencia otra vez. Con mano torpe levanta su bermudas y se lo pone, intentando cubrirse, pero es inútil, el güevo parece un mástil de barco levantando la vela. Va a la sala.

   -¿Sí?

   -Vecino, soy yo. –oye una voz algo ruda. ¡Martín!

   El corazón de Valente vuelve a resonar con fuerza, ¿qué buscaría? ¡El boxer, claro! Tomando aire abre un poco, asomando el rostro, mirándolo. Martín está recién bañado, vistiendo una camisetica que deja al descubierto casi todo su pecho y costados, con las tetillas marrones afuera, muy sensual. Su short no es muy largo y deja al descubierto unas piernas de ciclista, levemente velludas. Los zapatos sin goma, y sin medias, completan el atuendo. Parece molesto, y eso divierte a Valente, quien dice “bueno no tengo nada mejor que hacer”; y abre totalmente la puerta, desconcertándolo.

   Allí en la puerta estaba Martín Serrano, joven y sexy, caliente, un letrero ambulante de sexualidad; del otro estaba Valente Fernández, también apuesto, sensual también, robusto, bien formado, con un güevo erectando bajo su bermudas. Martín mira ese tolete con incomodidad y algo de vergüenza; ¡ese desgraciado marica!, pensó.

   -Disculpe que lo moleste, vecino, pero ¿no ha visto un calzoncillo mío que desapareció de la barda? –pregunta seco, dándole a entender que sabe que lo tiene él.

   -Pues… sí; un perro se metió en mi patio y lo traía en los dientes. –admite, sereno, con una leve sombra de sonrisa en su atractivo y varonil rostro de hombre hecho y derecho.

   ¡Un perro!, pensó divertido Valente. ¡Un perro!, pensó molesto el otro.

   -¿Me lo puede regresar?

   -No faltaba más. –se aparta indicándole que entre, y Martín lo hace después de dudar un momento, fijándose con curiosidad en lo bien arreglado que estaba todo.- Voy por él –anuncia divertido, sabiendo que apuesta alto.

   Confuso, Martín Serrano lo ve abrir la puerta que da a su dormitorio, y enrojece al verlo tomar la prendita de su cama, y amasarla en su puño, viéndola sonriente. ¡Qué cochino!, se dijo. Pero soportó su mirada mientras regresaba.

   -Es la que usabas cuando jugabas, ¿verdad? Huele a macho de acción. –dice, lento, sorpresivo, sin dejar de mirarlo, sonriente al acercarse a prendita al rostro y darle una larga y sonora olfateada.

   -¡Deja eso, maricón! –ladró incapaz de contenerse, Martín, estremeciéndose ante el grotesco espectáculo.- ¿Cómo puedes hacer esa vaina?

   -Oye… oye… cuidadito con el lenguaje, muchachito. –advierte, medio serio, volviendo la mirada nuevamente al boxer, olfateándolo otra vez.- A ti te gusta el físico culturismo, eso lo saben todos, y eso le parece grotesco a muchos. Ver tipotes en tanguitas calientes, untados de aceites y…

   -¡No lo hago por eso! Yo practico a levantar pesas. –se defiende rápido, temeroso como todo heterosexual de que se confundiera lo que hace.

   -Y lo haces porque te gusta. A mí me gusta este olor, y olfatearlo. –explica.- Llegarme a esos vestuarios donde todos se duchan y tomar los calzoncillos y olerlos. Paso horas ricas haciéndolo. A veces debo robarme alguna, sobretodo las más chicas y putonas, imaginando que su dueño la tiene puesta mientras la levo a mi cara. –lo mira fijamente, viéndolo desconcertado.- Tengo un amigo que practica lucha olímpica, y cada vez que compite se excita y se corre todo; descubrí que deja sus suspensorios todo llenos de leche caliente y olorosa. Y a mí me encanta… y este tuyo huele casi tan rico. –y da un paso hacia él, sonriente, con el güevo tieso bajo el short.- ¿Alguna vez alguien te ha abierto el cierre del pantalón y ha olfateado lo rico entre tus piernas?

   -¡No! –está todo rojo.

   -No lo entiendo, ¡un carajote bello como tú! Creí que todos esos tipos que jugaban contigo allá afuera, al terminar se metían entre dos autos y te lo mamaban. ¿No te atrae esa idea? ¿A uno de esos carajos a tus pies, mamándotelo sabroso, con hambre, allá afuera entre dos autos? ¿Te has preguntado que sentirías ante una mamada caliente dada por otro, mirándolo subir y bajar como un becerrito hambriento? –se juega el todo por el todo, y el otro lo mira muy serio, casi furioso.- A mí me encanta mamar, no paro hasta que la leche me baña la cara…

   Valente apuesta alto, ¿le saldrá bien? ¿Quiere olfatearle los calzoncillos mientras los tiene puesto? ¿O planea echarlo en su cama? ¿Qué hará Martín Serrano? Puede marcharse, pero ¿lo hará y dejará pasar la oportunidad, tal vez, de que alguien se lo mame? ¿Qué hombre escapa de tal oportunidad, de sentir una boca becerreándolo hasta sacarle la leche?

CONTINUARÁ…

Julio César.

MEMORIAS DE DESGRACIADOS

Junio 23, 2009

TIO EN BIKINI

   De cada noche de su vida hizo una fiesta, ¿no te animas a vivirla?

……

   ¡Esos malditos coños’e mae! Aunque intentó por todos los medios aferrarse al sueño, Valente terminó abriendo los ojos, para cerrarlos rápidamente. Había olvidado cerrar las cortinas del dormitorio (que algún imbécil había diseñado al lado de la pared que daba a la calle) y la luz fue fatal para su cerebro embotado de tanta caña la noche anterior. Cierra los ojos y deja que esa primera punzada de dolor pase mientras chasquea la lengua. Y demostrando que es un hombre inteligente, piensa en dos cosas al mismo tiempo, en los desgraciados de la cuadra que juegan a algo afuera en la calle y que lo despertaron con su gritería… y en el por qué de ese sabor pastoso en su lengua: vomito. Sí, se había vomitado nada más llegando, pero… una leve sonrisa ablanda su rostro delgado de mandíbula cuadrada, saliente, de carajo terco. Los labios algo resecos (por el alcohol) se distienden un poco: la noche anterior le había dado una buena mamada al culo de alguien… y no se acordaba de a quién fue. ¡Estaba mal! Ya se le olvidaban las vainas cuando tomaba.

   Recuerda que todo mareado, con paso inseguro fue al sanitario, que estaba lejísimos de la mesa donde tomaba, y allí estaba él, en uno de los privados, meando, dándole la espalda; ¿qué hombre mea en un privado?, eso le intrigó y molestó por alguna razón (borrachera) por lo que fue a preguntarle. O reclamarle. No sabe que pasó exactamente, pero recuerda que se encontró de rodillas, bajándole los pantalones, sobando unas nalgas plenas, musculosas y duras de hombre, semi cubiertas por un calzón no bikini pero no muy grande tampoco. No recuerda quién era, pero cree recordar que el tipo se negaba a dejarse desnudar, aunque no se iba. Y sus dedos jugaban con esa carne rica, cálida, sabrosa como sabe todo el que ha manoseado el trasero de otro carajo sobre el calzoncillo; hasta que bajó la suave prenda y mordió una de las ardientes y saladita nalgas.

   Mordió, besó, lamió y oyó gemidos asustados, de alguien que no quería sentir eso, pero que tampoco se negaba. Asustado de que los pillaran o de lo que sentía. No sabe. Sólo recuerda que rudamente le dio un manotón por la espalda, inclinándolo un poco, abriéndole las nalgas y descubriendo una raja rojiza, poco peluda, donde enterró la cara y chupó sobre el huequito. Eso fue mortal para el otro, recuerda sonriendo en su cama, con el güevo amoratado de gusto, erecto ya. Frotó su cara de ese trasero, su lengua lamió, subió y bajó por esa raja degustándolo. Y se centró en ese huequito; su lengua voraz se enrollaba y entraba. Lo oía gemir, lo sentía estremecerse, rindiéndose, casi sentándosele en el rostro. Y él sonrió. Casi ahogado comió ese culo rico, como lo era siempre. Su lengua bajó lamiéndole las bolas, cosa que le dejó lugar para mover un dedo no muy firme hacia el cerrado capullito, y frotarlo, oyéndolo gemir contenido porque fuera del privado se oían voces. Sabiendo que no pueda negársele ya, Valente fue enterrándole lentamente ese dedo aunque el otro gimoteaba bajito que no. Pero se lo metió, lo sintió resistirse, pero lo clavó hondo, mordiéndole una nalga, y lo dejó allí, sintiéndolo caliente, húmedo, sintiendo como esas entrañas se lo apretaban, respondiéndole, cediendo al dedo del otro carajo dentro de él…

   Pero, ¿a quién fue que se lo mamó? No lo recuerda.

   -¡Cuidado, mamagüevo! –oye un vozarrón antes de que algo golpee su pared, alejándose al rebote.

   ¡Esos gran carajos!, pensó Valente molestándose y dejando la cama se acerca a la ventana asomándose. Ocultándose un poco, mira; era un carajo sólido de treinta y seis años, velludo de pecho, pero no exagerado, de pectorales desarrollados y brazos fuertes, de venas visibles. Luchaba a muerte con la grasa, que no se observa en su panza o cintura. Y está desnudo de bola, con el güevo bamboleándose en el aire, duro y algo babeante ante el recuerdo del suculento culo comido la noche anterior.

   Allí estaban unos siete u ochos carajos de la cuadra. San Miguel era una buena zona para vivir, las casas tenían jardines y cercas (y rejas, claro, después de todo estaban en Caracas). Era una urbanización de clase media alta, donde la gente tenía ciertos cánones de conducta. Y muchas eran parejas jóvenes, como jóvenes eran esos tipos allá afuera; muchos de ellos veinteañeros, que jugaban una caimanera de básquet, saltando contra un aro sin red. Todos eran de buen ver, pensaba la parte maricona de Valente, aunque muchos era desagradables como personas. Pero eso… ¿qué coño le importaba? No los quería de amigos, únicamente para enterrarles el güevo por esos culitos vírgenes y apretados. Ese pensamiento le hace sonreír aunque hasta eso le duele. Pero no está tan muerto, tan sólo ver esos cuerpos flexibles, poco velludos, sin camisas, con sus shorts largos muy bajos, dejando ver sus calzoncillos, lo llenan de una agradable corriente de vida. Era una buena vista de muchachos sudorosos, luchando, empujándose unos a otros, y alguien como Valente podía imaginar que se tocaban o sobaban más de la cuenta.

   Suspirando va hacia el baño; pensó en hacerse la paja, pero últimamente le parecía un ociosidad. Sonriendo frente a su espejo, mirándose detenidamente, piensa que es mejor guardar la leche y descargarla luego sobre un bonito y varonil rostro de macho que ni imaginara que un día haría eso, mamarle el güevo a otro sujeto. Su cabello negro, mucho, aunque jamás se aplica tintes ni nada tan solo acondicionador, parece algo levantado en puntas. Su frente cuadrada no muestra mayores arrugas que aquellas de cuando tenía trece años, tal vez algo más acentuadas. Su nariz no es larga, sus labios son llenos. Sus ojos, marrones oscuros a veces, claros a la luz del sol, era chispeantes, pícaros, cálidos… y desgraciados. Valente podía ser un bicho; o como dice su hermana, Nelly, “una perra”.

   Valente piensa en los carajos allá afuera, de salir lo saludarían, y si insistía tal vez jugaría con ellos; pero no lo invitarían de iniciativa propia. Esos tipitos… se metían con él, porque era el solterón de vida disoluta a cuya casa iba mucha gente, sobretodo carajos. Así que… era el marica de la cuadra. Aunque no lo dijeran. Al menos no delante de él. Mientras cepilla sus dientes, se pregunta qué hablarían entre ellos, de él. Y lo más sorprendente de este hombre, era que le importaba un carajo. Cosa que tenía su explicación…

   Duchado, sintiéndose medio humano, entra en su cocina. Necesita, urgentemente, café y un jugo de mandarinas. Con darle a un botón pone en funcionamiento la cafetera, en la nevera, agradeciendo de paso el aire frío, encuentra el jugo hecho especialmente para él por la señora Elena, la mujer que tres veces por semana dejaba esa casa en orden. Bebe un poco, del pote como corresponde, y mira por la ventana que da, coincidencialmente, a la calle. Mira a los carajos disputar una jugada y como Martín Serrano, el vecino de al lado, arrebata un balón, corre y lo encesta, irguiéndose masculino, saludable, joven y hermoso al hacerlo, y más porque uno de los otros intentó halarlo y su bermudas bajó un poco, dejando al descubierto buena parte de un boxer azul eléctrico.

   Valente bebe y lo mira fijamente. Qué guapo era ese tipito. Con sólo verlo sentía que su piel se erizaba, que las pelotas le cosquillaban, tal como cuando contaba trece años e iba a la piscina donde practicaba natación. Martín era… uno de los peores del grupito. Sabiéndose guapo con su rostro delgado, ojos claros y cabello castaño suave y algo largo, era engreído. Y grosero con Valente. Pero allí estaba, brillante de transpiración, hermoso. ¡Qué  mariquera!, se dice auto burlándose. El olor del café lo distrae. Al tomarlo estaría mucho mejor.

……

   Valente pasa la tarde entre la actividad y la flojera. El ratón no lo dejaba levantarse y salir. No se decide entre visitar a su madre o quedarse allí. Sabe que a la mujer le gusta verlo, pero luego comienza con aquello de “pero Valente, ¿cuándo te vas a conseguir tu negrita para casarte? Estás muy solo, mijo”. Pero allí al menos tendría sopa caliente. Al final gana la pereza y se queda viendo futbol, que fuera de emocionante, era grato a la vista. El control remoto, más tarde, lo pasea por cientos de canales. ¡Mierda!, tantos canales y ninguno transmitían un Mister Bikini International, con chicos bellos y musculosos corriendo al lado de una playa en tangas, o una competencia de culturismo. Nada que valiera la pena. Echadote en su cama, se termina el jugo e iba a arrojar el bote, pero se lo piensa mejor, sabe que si lo hace, no lo levantará y mañana vendría la señora Elena; no quiere que la mujer piense que es un cerdo. Pero… no encuentra el pote del baño, y ahora a su mente regresa el recuerdo: fue allí donde vomito anoche. Maldita sea, lo dejó en el patio.

   Con paso cansino sale al patio, deteniéndose por la sorpresa. Una pequeña barda separa dos corrales, el suyo y el vecino, y allí, en la entrada misma de la puerta a la cocina de los vecinos, estaba Martín Serrano sin ropas. Estos tenían unos pipotes llenos de agua para prevenir los últimos racionamientos que habían ocurrido. Valente había pensado conseguir dos pero… le dio flojera. Sólo lo recordaba, entre maldiciones, cuando el agua se iba.

   Pero la sorpresa es esa, encontrarse allí a Martín, recién bañado, agitada todavía su respiración, enrojecida su piel, aseado, con el cabello pegado a su nuca. Envuelto en una toalla. Los dos hombres se miran por un momento. Sin desearlo, Valente lo recorre (¡estaba buenote el güevón ese!); Martín lo mira con la sonrisa despectiva de quien dice: “¿Te gusta lo que ves, sucio maricón?, seguro que quieres mamar, ¿verdad?””, y entra en la vivienda. Sin saludar ni un carajo. ¡Guevón, no estás tan bueno!, pensó molesto Valente, diciéndose que algún día le daría una lección; molestia que le duró hasta que…

   Allí, sobre la verja, casi donde comienza la separación de ésta de la pared que divide las dos viviendas, colgaba el calzoncillo. Valente no tuvo dudas, ni dificultades en deducirlo, era esa pequeña pieza azul eléctrica que vio poco antes. Estaba enrollada sobre sí, colgando. Y Valente era un fetichista. Le gustaba el sexo, mucho, y los hombres; morderlos, pasarles la lengua, poseerlos, era su locura. Pero sí, era fetichista. Y una prenda íntima masculina era algo que lo descontrolaba. Y allí estaba una, a su alcance. Y el deseo de tomarla era poderoso. Quería cerrar su mano sobre ella. Ese desgraciado, ¿cómo dejaba sus vainas…?

   Mejor entraba a su casa, tomaba más café o una cerveza fría ahora que se sentía menos mal, tomaba otra ducha y salía a ver a quien veía y, tal vez, acorralarlo y meterle la lengua hasta la garganta mientras lo maraqueaba contra una pared. Era mejor…

   Fue hacia la verja. Su mano subió y tembló todo él al cerrar sus dedos sobre la prendita, tomándola. Fue cuando oyó la colérica voz de Martín.

   -¡Coño’e la madre!, ¿dónde dejé esos zapatos de goma? –mientras iba saliendo.

  El corazón de Valente, de pie, en bermudas, sin camisa, con el calzoncillo ajeno en las manos, se detuvo en su pecho…

   ¿Lo pillaría ese carajo con su calzoncillo en las manos? ¿Lograría llevársela?  ¿Qué pensaba hacer con la prenda íntima del otro sujeto? Ya lo sabremos cuando todo tome un giro inesperado…

CONTINUARÁ

Julio César.