
Era de los que tragaba de todo…
……
Dominante, gozándolo como nunca lo imaginó, Clemente le atrapa la nuca a Larry inmovilizándolo, con la otra atrapa la base de su tranca y con ella azota esos labios, esas mejillas. Los güevazos son pesados. Santana se estremece en su asiento, con el güevo palpitante también bajo sus ropas, asqueado y fascinado. Jadeando, mirándolo a sus pies, todo ojos, todo rojo, recibiendo los frotes de su tranca, Clemente descubre el goce de frotar su tranca del rostro de otro carajo, un macho como él. Era tan sucio y prohibido que la leche casi se le sale.
No puede aguantar más, lo enfila, empuja y se lo va clavando en la boca. Es tan grande que Larry gime al tener que abrir tanto sus mandíbulas. Está caliente, pero sobretodo salino, gotas de orina caen en su lengua, amargas, y debe tragarlas. Wilfredo lo sabe y sonríe, disfrutando su humillación. Y ese tolete canela va enterrándose, entre gemidos, centímetro a centímetro dentro de esa boca, cruzando entre los labios rojos, abultándole las mejillas, frotándole la lengua. Entra, caliente, palpitante, y esa humedad cavidad que chupa (en busca de aire), hace gemir a Clemente. Se la clava todo. La nariz de Larry está dentro de su bragueta, pegada a su pubis. Resollándole desesperado ante barra tal que lo ahoga. Ese aliento caliente, esa boca que mama, esa nuca fuerte de hombre bajo su mano, todo hace gemir otra vez a Clemente, quien, emocionado, trata a Larry con el mismo cariño que a la mujercita que tiene en Cumaná, la santa madre de sus dos hijos.
-Ahhh… sí, así, puta mamagüevos, chúpalo así, mámatelo todo, maldita puta. Hummm… cómo te gusta, zorra. –suelta sus insultos sin dejarlo moverse. Y Larry percibe su olor a sudor y a bolas, horrible.
-Méalo… -ordena Wilfredo, cruel.
Pero no quiere. Clemente no quiere ensuciar, todavía, ese atractivo rostro de carajo bien papiado, rico. Y su güevo enorme, de cuyo ojete mana un espeso líquido pre-eyacular, sigue recorriendo esa cara, frotándose, golpeándolo, mojándolo y empegostándolo. Y sonríe, cruel, produciéndole un escalofrió de temor a Larry. Ese güevo, erecto, derecho, apunta a sus rojos labios, y se frota. Dios, qué mierda, jadea el catire. Pero sabe qué sigue. Esa vaina se frota y frota, empujando.
-Trágate ese güevo, marica. –le grita Wilfredo, caliente a pesar de que sólo eran negocios. O eso se dice.
Larry cierra los ojos, con asco, como siempre, cuando el tolete va entrando. Ese cilindro grueso, duro y ardiente pasa entre sus rojos labios obligándolo a abrir más la boca. Esa vaina se desliza sobre su lengua, y aunque no hace nada, la presión de sus labios y el tacto sobre la lengua tibia, hacen gemir a Clemente, ¡Dios, era tan sabroso! Era rico meterle el güevo en la boca a otro carajo, y más si este no lo deseaba.
El catire arruga la frente. El grueso tronco entra todo, ahogándolo, provocándole arcadas. Su rostro entra en aquella bragueta, huele a sudor, a bolas, y es desagradable, y agradece al cielo cuando el tolete va saliendo, deteniéndose y… gruñe y va a retirarse, pero el marinero, sonriendo sádico, lo atrapa por la nuca, reteniéndolo en un punto fijo. ¡Está orinando! Mea poco a poco dentro de esa boca cerrada y llena de güevo. Larry bufa, intenta librarse, pero no lo deja. Y se ahoga con ese ardiente líquido de horrible sabor. Con un asco infinito traga el primer buche de cálida, salina y rancia orina.
Y Clemente gime más, sabiendo que se lo está tragando. ¡Se lo estaba tragando! ¡Su orina! Totalmente enloquecido de lujuria, le clava el güevo hasta la garganta, mientras mea (conserva algo de cordura para no soltar un chorro salvaje), y lo retira dos o tres centímetros, le coge la boca mientras lo orina. Y con un gemido de locura, de angustia, Larry tiene que tragar ese salino líquido que le quema la garganta y calienta el estómago.
-¡Ahhh! Pero qué puta eres, catire. Hummm… bébetelo. Te gusta, ¿verdad? Te gusta el meado de tus machos, ¿no es así, puta barata? –jadea el joven marinero.
Gabriel Santana, el hombre que paga por ver la degradación del odiado marido de una colega, está fascinado… y totalmente excitado. Ver a Larry obligado a mamar ese güevo que le disgustaba, y ahora a beberse toda esa orina, lo tienen caliente.
Larry tose, ahogado, con algo de orina amarga y caliente chorreando de su boca. Intenta librarse, pero el marinero le atrapa nuevamente la nuca, ardiendo, y sigue meando mientras lanza un largo “ahhh”, como de alivio mientras vacía su vejiga en la boca de ese carajo bonito. Se oye la risita de Clemente.
-Vamos, Larry, trágatelo todo. Sabes que te encanta, que eres una puta hecha para brindar placer. Y que te excita que te traten como la zorra que eres. –acota, mortificante, degradándolo más.
-¡Dios! –bufa el marinero, orinando poco a poco, viéndolo tragar.- Sí que eres una perra, catire… Y estás en celo. Se te huele que quieres machos…
……
Valente sigue tomando en el mismo restarán piano bar donde cenó con su amigo y socio, Salvador Gutiérrez, su atractivo cuñadito, Esteban, y la perra pre menopáusica de Nora. Le desagradaba esa mujer, así como sabía que él le caía mal a ella. Pensó en marcharse, pero la noche era joven, él estaba solo… y había jóvenes meseros de culitos respingones pasando de aquí para allá. Tal vez podría llevar a uno hasta los estacionamientos, echarlo de espaldas en un capote, mamarle bien la pepita caliente del culo, oírlo gemir cuando le clavara su lengua ávida, verlo sudar y estremecerse cuando el primer dedo lo cogiera, hasta que le ardiera tanto que le pidiera que se la metiera, que le clavara su grueso y duro güevo para calmarlo. ¡Maldita sea!
Justo en ese momento nota como entran al local Mario Giorgio, un tipo treintón, alto, velludo aunque se rasuraba, fornido, algo ebrio ya, acompañado de su asistente, un carajo cercano a los treinta, de cabello castaño claros, ojos ávidos y sonrisa fácil. Un lamebotas que le halaba bolas a Giorgio y a todos, con tal de llegar. Giorgio era un amigo-cliente de Valente, pero no algo cercano, había algo prepotente y nefasto en ese hombre que le molestaba. Lo ve reconocerlo, sonreír e ir hacia él con una mano en la nalga de la joven que lo acompaña. Una veinteañera que sonríe algo incómoda, toda enrojecida. Seguro una secretaria o una pasante que decidió acortar el camino laboral con algo seguro: abriéndole las piernas al jefe. Pobre tonta, pensó Valente. Sabía el camino que seguían todas esas jóvenes.
Hay saludos, la joven tensa, Rigoberto Altube, el asistente, incómodo, Mario todo bocón y Valente algo lejano pero amistoso. Toman asiento y Mario continúa bebiendo, mientras comenta que necesitaba salir de su casa, que su esposa lo atormenta, y que sólo se calla cuando la obliga a mamarle el güevo, y ríe de esa vaina. Rigoberto, todo rojo, finge una risita. La joven se tensa. Valente lo ignora. Lo oye sin oírlo. Está molesto, esos güevones le han arruinado sus planes de saborear el rico culito de alguno de los camareros. Pero es cuando ocurre. No, no es que Mario le esté metiendo la mano a la joven por el vestido, delante de todos, grosero y posesivo, apretándole una teta (lo está haciendo, pero Valente ni repara en ello), es cuando el camarero viene por la orden. Es un chico alto, de bigotillo, piel canela… y un buen bulto destacándose contra el negro y lustroso pantalón. Y Valente lo nota.
Rigoberto, con mirada ladeada, disimulada, mira ese bulto. Sus ojos suben, con esfuerzo (dejar de ver ese bulto era difícil) al rostro del chico, que no repara en ello, y baja (a toda prisa, por suerte es de bajada), deseosa y soñadora hacia el entrepiernas. Valente, que es un maldito zorro viejo, sonríe para sus adentros. Adivina el estremecimiento que debe recorrer al joven asistente de Mario frente al otro. Imagina cuánto desea clavar sus dientes, por así decirlo, en el rico lomito que el camarero guarda bajo sus ropas. Vaya con el putico… ahora era tan sólo cuestión de esperar, se promete. Sonriendo cruel.
A Valente le alcanza el tiempo para tomar un trago de whisky más, mientras Mario toma tres casi sin respirar, y prácticamente está manoseándole la cuchara a su joven acompañante bajo el vestido y la mesa (ella intenta sonreír, pero se le nota pálida, alarmada de tanto salvajismo social), cuando Mario se pone de pie, sin decirlo pero dando a entender que va al baño. Valente espera cuarenta segundos, y se pone de pie, disculpándose, cerrándose rápidamente el saco. La erección de su tolete ávido de aventuras calientes, le atormenta. Sonríe mientras va a los sanitarios, de seguir así, terminaría comiéndose todos los culos de Caracas en un baño… Y de que iba a comerse ese, iba a comérselo. Sonríe cruel, con la lengua pidiéndole acción ya.
……
Al fin todo termina, piensa lleno de asco y humillación, de rodillas, Larry Marcano. Entre jadeos agónicos, Clemente, atrapándole la nuca con una mano, teniéndolo clavado sobre su güevo caliente que tiembla, se corre una y otra vez (los disparos de leche contra su garganta lo enferman), al tiempo que le grita “trágatelo, perra, trágatelo todo”. Al fin se había corrido. Sí, todo terminaba. Fue cuando se oyeron unos golpes a la puerta.
-Adelante. –ordena, sereno, Wilfredo, sonriendo leve, mientras Larry, rojo y sudoroso, con el rostro algo mojado de orina y semen, lo mira aterrado.
¿Qué planeaba ese coño’e madre? No tiene mucho tiempo para mantenerse en la duda. La puerta se abre y aparecen dos tambaleantes jóvenes vestidos de marineros también. En ellos alarman los tamaños, lo jóvenes, lo ebrios y rientes. Los dos miran fascinado al colega, jadeante, sonriendo dichoso, con el güevo fuera de aquella boquita roja.
-Al fin llegan. –dice este. Le habían ofrecido algo de plata si lograba llevar a unos socios a la sesión de humillación y degradación de Larry.
-¡Verga, marico! –gruñe uno, mirando fascinado al catire mamagüevos, estremeciéndose de alegre excitación.
-¡Wilfredo, ¿qué…?! –se alarma Larry, mirándolo suplicante. ¡Esto era el colmo! Lleno de indignación intenta ponerse de pie. Sabes que es bien peligroso estar allí arrodillado, de culo abierto a pesar de la tirita del hilo dental, con esos carajos tan tomados.
-Comenzó la fiesta. –anuncia Clemente, a sus amigos y ríe, atrapándole nuevamente la nuca a Larry, y violentamente obligándolo a caer de rodillas otra vez.- Hay que gozar de esta putica caliente.
Riendo los carajos lo rodean. Ahora Larry está en cuatro patas, sobre manos y rodillas, intentando ponerse de pie, gritando que lo dejen en paz, mientras esos sujetos lo medio empujan, lo nalguean diciendo “esto sí está gordo”. Larry mira, asustado, hacia Wilfredo, ingenuamente esperando ayuda. Sabe, en su interior, que es imposible esperar nada de ese saco de mierda, pero…
Y la ayuda no se da. Wilfredo lo mira con ojos brillantes, excitado en tu tormento, en su humillación. Él, Larry Marcano, un carajo hasta ayer aventurero, mujeriego, rico, educado y exitoso, era ahora una puta barata. Una puta que estaba allí para hacer ganar dinero a un vividor como él.
Larry nada puede hacer, tres enormes y babeantes güevos, aún el de Clemente, se frotan de su rostro, mojándolo, embarrándolo. Los carajos lo llaman marico recogido, remamagüevos, y le clavan los güevos en la boca. Les excita ver esos labios rojos bajar sobre sus trancas, o en la del compañero. Caliente como el infierno, Clemente va tras Larry y cae de rodillas. Mira esas nalgas redondas, plenas, musculosas y lampiñas. Mira la tirita del hilo dental entre ellas, nota el saco de las bolas, y pierde la cabeza. Su mano sube y baja, azotándolo de una nalga a la otra. Fuerte. Larry chilla, se estremece e intenta detenerlo, pero un brazo le rodea el cuello para asegurar que siga mamando. Al “a mí”, es obligado, con asco, sintiéndose horrible, a ir de una güevo babeante al otro, comiéndolos, sintiéndolos sobre su lengua, la cual es mojada con sus jugos agrios y salinos.
Clemente, totalmente caliente, mete su pulgar en la parte superior del hilo, es tan suave y Larry tan caliente, que se estremece. Sabe que comete demasiadas mariqueras, pero no puede contenerse. Su dedo baja, eleva el hilo dental, y la raja rojiza y lampiña queda al descubierto. Y Larry cierra los ojos con ganas de llorar. ¡Su culo! Sabe que tiene el culo expuesto. Y Clemente respira pesadamente viéndoselo. Redondito. Cerrado. Y la cabeza de su pulgar va, lo toca y se quema. Los otros lo miran, miran esas nalgas mientras turnan sus vergas enormes en la boquita del carajo.
Ese pulgar oprime, y va abriéndose camino. Lo entierra de un golpe, hasta chocar con la palma de las nalgas. Y grita, ¡qué caliente, qué sedoso, qué apretado! Ese culo le aprieta sabroso el dedo… halándolo. Tal vez Larry no lo quería, pero el culo halaba. El dedo entra y sale, cogiéndolo, y Clemente lo ve todo rojo ya. Saca el pulgar y mete los dedos índice y medio de su mano derecha. Hasta el fondo, venciendo la resistencia, lastimando a Larry que gime.
-¡No muerdas, güevón! –brama uno de los marineros, sacando su tranca y abofeteándolo, sonriendo, sintiéndose poderoso al hacerlo.
Larry queda algo atontado, pero eso pasa pronto cuando los dedos, demasiado gruesos y rígidos, comienzan a cogerlo, con fuerza, duro. Salen y entran, sin importar que lo lastiman, lanza un “ahhh” apretando los dientes, cuando Clemente, perdido de ocioso, clava sus dedos, empuja más y luego los flexiona como un gancho, duro, una y otra vez. Larry gime porque aquello es horrible, porque está siendo humillado, vendido. Prostituido. Pero ese roce oprime algo que lo desequilibra. No quiere sentir, al menos nada grato, pero…
Y los morenos dedos, ahora tres, entran y salen de las blancas y muy abiertas nalgas, cogiéndolo una y otra vez. Los otros dos marineros han dejado la boca de Larry, quien sudoroso, todo rojo, intenta resistir el deseo de gemir, sabe que eso lo rebajaría más delante de Wilfredo y Gabriel. Los marineritos miran esos dedos canela entrando dentro del redondo culito, para salir y entrar otra vez. Wilfredo sonríe mirando el rostro tenso de Larry. Sabe que el hijo de putas odia eso, que se resiste, pero el frote de la próstata debía estarle dando problemas. Mira a los marineros.
-Bien, chicos, ¿quién quiere cogérselo de primero, llenándole el culo de leche?
¡Vaya oferta! Pero ¿la aceptarán? ¿Por qué Larry permite todo eso? ¿Por qué Wilfredo parece odiarlo tanto? Y Valente, ¿comerá culito caliente en ese baño?
CONTINUARÁ…
Julio César.





