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MEMORIAS DE DESGRACIADOS… (16)

septiembre 8, 2011

…DESGRACIADOS                         … (15)

   Las sorpresas que ocultaba.

……

   Pero a la gente nunca la dejan hacer lo que quiere, y la interrupción llegó en la forma de una llamada a la puerta. Maldiciendo, Matías, todo enrojecido, bañado de babas y de jugo de güevo, así como terriblemente erecto dentro del bikini, fue a ver quién era y qué coño quería ya que no habían dejado de llamar con el puño.

   -¡Ya, carajo! –gritó abriendo, siendo recibido por un puñetazo que lo envía hacia atrás, con un grito, mareándolo, cayendo de culo.

   -¿Qué coño…? –brama el carajo de las pizzas, quien en cuanto oyó la llamada escondió su güevo, viendo al sujeto maduro, de aire acerado, que sonríe con una mueca de asco.

   -Lárgate. –le ordena este.

   -Nada de eso, ¿quién…? –inicia, echándosele encima, para ser recibido por un pie del sujeto.

   Es un movimiento simple y hasta hermoso. El hombre alza un poco la pierna, la lleva tras la pierna del repartidor y hala con fuerza; el repartidor cae de culo también, para ser pateado, duramente, en las bolas, que al estar hinchadas de semen por la mamada que le daban, le hace gritar ahogado.

   -¿Quién es usted? –jadea Matías, asustado por primera vez en su vida, sin levantarse todavía del piso.

   -Tenemos que hablar, amiguito… -responde el tipo maduro, volviéndose hacia el repartidor.- Agarra tus bolas y sal de aquí antes de que te las machuque con el tacón. –es una amenaza fría y el sujeto, tembloroso, bañado en sudor y adolorido, se medio arrastra hacia la puerta.

   Mierda, piensa Matías, estaba a solas con ese loco. Tal vez…

   -Eres duro, eso me gusta. –sonríe mórbido.

   -Y tú una basura asquerosa. –responde el otro, atrapándole el cabello en un puño, alzándolo, haciéndole gritar y arrojándole de culo en el sofá.- Tenemos que hablar de tu amigo Rosendo Murzi, y de algo que él te entregó.

   -Yo no sé… estaba drogado y no recuerdo nada. –grita agudo, asustado por primera vez en su vida.

   El sujeto le mira fijamente, irguiéndose frente a él. El feo puñetazo le impacta en el pómulo derecho y le deja viendo oscuro. Con un grito cae hacia atrás y termina gimiendo lastimeramente.

   -¡Silencio! –ladra, acercándosele y Matías Galindo casi se ahoga tragándose sus gemidos; caído de espaldas se arrastra, de culo, contra el sofá, deseando meterse bajo él. El tipo le mira fijamente.- ¿Cuántos años tienes?

   -Dieciséis.

   -Y ya tan puto. –ladra con disgusto.- Óyeme bien, pedazo de mierda, aquí no rigen las leyes sociales que pueden protegerte ordinariamente. No soy tu tío maricón que puede sacarte de una celda con argumentos seudo legales. No soy tu madre que siente debe quererte y protegerte a pesar de todo. –se inclina un poco.- Yo puedo enterrarte un cuchillo en las bolas, provocándote un dolor horrible, y retorcértelo dentro por horas, hasta que me cuentes lo que quiero y luego dejarte aquí a que te mueras. Nadie va a tocarme. No por ti. No por lo que estoy buscando. ¿Entiendes? –esa férrea mano le atrapa el cuello y aprieta, y Matías casi se orina de miedo.- Te lo preguntaré una vez más… ¿qué pasó con ese sobre que tu amigo, ese otro maricón de Murzi, te dio antes de que… alguien le lavara el flux?

   Matías quiere contestar. En serio. Pero tiene tanto miedo y su mente está tan llena por el zumbido de su sangre que no puede. La mano se cierra más, mientras el sujeto busca algo en la parte trasera de su pantalón. Una navaja delgada y pequeña, unos ocho centímetros de hoja, brilla siniestramente cuando recibe un rayo de luz. Y Matías ahora sí se orina.

   -Yo… yo estaba en casa de Alicia. En una fiesta. Y tenía el sobre, luego no. Lo perdí allí. –jadea entrecortadamente, temblando feo.- No me haga nada, señor, por favor… -y lloriquea amargamente. Rosetti le suelta como si apestara.

   -¿Alicia qué?

   -Rumano. Alicia Rumano.

   -Por tu bien espero que estés diciendo la verdad. –se endereza en toda su estatura.- Debería hacerle un favor al mundo y terminar de joderte, pero no lo haré, por ahora. Te aconsejo que no le cuentes esto a nadie. Verás, una denuncia así no llegará a ninguna parte; aún si me detuvieran y encerrarán, una noche te encontrarás con unos tipos que te cortaran las bolas y la verga y te las meterán en la boca mientras te desangras. Y eso dalo por hecho si me estorbas. –guarda la navaja, sin decirle que le deja porque si no encuentra el sobre donde la tal Alicia, volverá.

   Se marcha, cerrando cuidadosamente la puerta y Matías se abraza y tiembla violentamente, sollozando. Dios, tiene tanto miedo, ¿quién era ese tipo que hablaba con tanta seguridad sobre mutilar, lastimar y matar? ¿En qué coño se había metido Rosendo Murzi? Cierra los ojos  y deja caer la cabeza contra el sofá.

   Se siente… violado.

……

   Sandy (nacido Andrés), jadea mientras corre gimiendo y agitando sus manos de uñas largas nacaradas de rojo. La ceñida mini falda y los tacones le impiden al joven travesti correr con la velocidad que desea para escapar del perro. Su tez morena brilla de transpiración, también de miedo, cuando se vuelve a mirar la entrada de la calleja tras varios restoranes de mala muerte en San Agustín, tierra de prostitutas, putos y travestis (aunque ellas/ellos menos queridos que todos los demás).

   El auto cruza, es una camioneta nuevecita donde se ven los logos dela Metro, con el lema “servir y proteger” en una puerta que se abre al llegar a su altura, golpeándole feamente, haciéndole gritar, perder el paso y cae sobre unos cubos de basura que se derraman. El auto se detiene y Sandy intenta ponerse de pie, arrojando lejos los tacones (que por ahí debió comenzar), despatarradamente, sin cuidarse de dejar ver sus rojas pantaletas tangas. No había tiempo para el cuidado y recato femenino. Debía escapar del perro.

   Un portazo le indica que este ya está cerca, así que grita toda maricona, en cuatro patas, intentando salir disparada. Casi lo logra, dejando bolso y tacones cuando una mano enorme atrapa su cabello negro rizado y abundante, halándola feamente hacia arriba y atrás. Grita de dolor y sorpresa, cuando queda tambaleándose de pie, casi sentada sobre la capota de la camioneta.

   -¡No me la ensucies con tu culo vicioso! –ladra una voz masculina, cargada de desprecio, y que le hala nuevamente por el cabello, lastimándole.

   -¡No! –gimotea con el rostro distorsionado por el mido.

   Reinaldo Cortéz, un policía enorme de anchos hombros, muslos musculosos y brazos fornidos, tórax recio y rostro atractivo en su viril rudeza, le mira entre divertido y… había algo más en sus ojos que siempre era difícil de entender, pero no era nada bueno. El hombre era una basura, así de simple. Era un tipejo vestido de azul (aunque se veía del carajo con el uniforme de policía), que abusaba de su autoridad. Aprovechando la hora de almorzar había dejado al compañero en el centro Lido, para que mirara como marica a la distancia a una chica que le gustaba pero con quien no intentaba nada, mientras él iba a cobrar protección y peaje. Si una puta, puto o tranx, quería transitar por ahí, debían pagar. Y cobraba con furia y presteza. Pero sólo con los vividores del sexo. No se metía con malandros o drogadictos, esos podían joderle, pero a nadie parecía importarle que asediara a los trabajadores sexuales.

   El agente era violento, cruel, corrupto y miserable. No dudaba en halar bolas a los jefes si eso le ayudaba a subir, o denunciar a otros para salvarse. Estaba decidido a hacer una pequeña fortuna y dejar el cuerpo, pero no aún. Necesitaba de… sus otros jefes para establecerse; y ya estaba ganándose su espacio. Por eso persiguió a Sandy, porque le debía. No pagó y se le escondía. Dejarle hacer como quisiera podría costarle prestigio y respeto, por eso la aleccionaría. Bueno, también porque le excita. No los maricas o los transexuales. Lo que le gusta es…

   Le golpea el estómago. Sandy grita ahogada, para recibir en seguida un derechazo al rostro, cayendo sobre la capota, cosa que le molesta al policía. Gritándole cuidado con la carrocería, perra, le agarró del cabello, halándole violentamente. Algunos mechones quedaron en su mano. La oye gritar, la ve llorar de dolor y miedo y la abofetea una y otra vez, de una mejilla a la otra, sosteniéndola por el cabello. Están muy cerca, quiere sentir su miedo, su angustia, cada jadeo de desesperación. Cada cachetada de su mano grande contra la oscura piel es más gratificante.

   Lo hace una y otra vez aunque ella/él grita que basta, que la perdone, tambaleándose. ¡Paff! El sonido era seco, y cada bofetón que propinaba era seguido de una oleada de lujuria que le llenaba. Quiere partirle el labio, oírla lloriquear como una mujerzuela débil, hacerle sentir su fuerza, su poder. Su hombría. Le grita llamándola sucio marica, que no era nada, que era sólo sucio, mierda de perro, que debía entender su lugar, la puta a la que le llenan el culo de güevos y que paga por protección, que la próxima vez que no pague se busca a unos convictos para que le rompan el culo metiéndole dos güevos a un tiempo, mientras le arrancan los pezones a mordiscos y se le orinen en la boca.

   Habla y golpea. Oírla gemir, lloriquear, ver la sangre manar ahora de su boca y nariz, le tiene a punto de correrse dentro del ajustado uniforme. De un empujón la obliga a caer nuevamente sobre la basura. Jadeando, contento, toma el bolso y saca todos los billetes. Son pocos. Eso le molesta y le suelta una patada en un costado, sonriendo.

   -Trata de no retrasarte, perra; estas cosas me duelen más a mí que a ti. –se burla, arrojando lejos la cartera.

   Sube al auto y arranca con velocidad. Y alguna luz debió encenderse en la cabeza de Sandy, antes Andrés, que apartó las piernas, recogiéndose contra los botes, viendo como las llantas cruzan por donde estuvo echada hasta hace un momento. El auto se aleja y ella/él, llora. De rabia y miedo. También de dolor.

   Por su parte, Reinaldo sonríe divertido. Está caliente. Se buscará a una hembra de verdad, una sucia puta como lo son todas las mujeres, y se la clavará duro por el culo para hacerla gritar. Tal vez le de uno que otro toque técnico en la cara, para que siempre recuerde su lugar.

……

   El Doctor espera sentado en una celda. Parece tranquilo, con mirada serena encara a los uniformados que pasan y ríen, sabiendo cómo le atraparon. Valente Fernández se detiene frente a las rejas. Los dos hombres se miran.

   -Buenas tardes, mi nombre es…

   -Sé bien quién es, doctor Fernández. –responde el otro, entrecerrando los ojos.- Ahora entiendo…

   Y por un segundo Valente se desconcierta, cosa que no le ocurre muy seguido. Esperaba “tratar” con un hombre avergonzado, incómodo por haber sido pillado metiéndole mano a un prostituto, no imaginó que le encontraría tan sereno.

   -¿Entiende?

   -Si. El por qué la policía realizó esa sui generis redada. Imagino que el comisario Gutiérrez es amigo suyo y le ayudó. Es… bueno saberlo.

   -Oiga, creo que no comprende bien… -se altera, la cosa no iba como esperaba cuando urdió la trama. El Doctor se pone de pie, sereno.

   -¿No? Es el tío de Matías Galindo, un jovencito alocado que se ha colocado en una situación delicada en lo referente a una investigación de homicidio. O eso me han dicho, desconozco todo de su vida. Pero, usted, esta tarde vino a ver al comisario que lleva el caso, y… ¿qué? ¿Le pidió a su amigo que interceptara su llamada y me ubicara? ¿Pretendía detenerme… en delicada situación y hacerme “favorable” a su punto de vista? ¿Qué desea? ¿Qué a su sobrino se le deje en paz? Creo que… -mira su reloj.- …A estas horas ya se habló con el.

   -Si lo tocaron… -enrojece de furia y preocupación. Ese hombre era extraño, no podía clasificarlo, pero él era bueno tratando con gente dañada.- Mire, amigo, si le tocan, se arrepentirá. Usted es un ginecólogo de fama, doctor Torcatt, imagino que no quiere verse…. ¿cómo decirlo?, metido en problemas sensacionalistas.

   -Oh, no, doctor Fernández, eso no funciona conmigo. No tenemos ningún interés en su sobrino, más allá de que tuvo en sus manos cierto sobre. Si lo recuperamos y él no estorba, nada le ocurrirá. –sus ojos relampaguean.- Ahora que en lo referente a usted y su amigo el comisario Gutiérrez… -deja flotar las intensiones.

   -¡No me amenace! Ni a él. No querrá vérselas conmigo.

   -Lamento decirle que quien pifió en este asunto fue usted. –calla cuando un muy serio Salvador Gutiérrez se acerca. El Doctor sonríe al abogado.- Creo que esta conversación acabó por ahora.

   -Oiga…

   -Déjalo, Valente. –dice el policía, lívido y controlado, abriendo la celda.- El Doctor se va.

   -Tardaron bastante. –es cortante mientras sale y se detiene.- Espero que los señores Marcano y Laredo también hallan sido dejados en libertad. Y que este pequeño incidente no transcienda de ninguna manera.

   -Así es. –aclara el policía, mientras Valente le mira con la boca abierta. El Doctor le mira fríamente.

   -Ya nos veremos. –y se aleja.

   -¿Qué coño fue todo esto? ¿Por qué le dejas ir así? –se molesta Valente.

   -La orden vino del Ministerio. Ni siquiera sé cómo lo supieron. Nadie llamó, ni siquiera él, pero hace media hora que estoy recibiendo leña por teléfono. –bota aire.- Joder, ¿en qué problema me metiste?

   -No estoy seguro. Aunque parece que el viejito libidinoso es más interesante de lo que parecía a simple vista. –saca el teléfono móvil y marca.- ¿Matías? –hay una pausa.

   -¿Tío?

   -¿Ocurrió algo? ¿Estás bien?

   -¿Cómo carajo lo su…? –el muchacho se sorprende.- Vino un sujeto a… interrogarme. Un cincuentón medio panzón, de cara, pelo y voz acerada. Parecía policía. Me… golpeó. Pero estoy bien. –asegura rápidamente, callando lo que tuvo que contar.

   -Bien. Hablamos luego. –coño, debió ser Rossetti; mira al policía.- ¿Quiénes coño son estas personas?

   -Ni idea.

   Un recuerdo se filtra en la mente del abogado. Uno que logra trazar un profundo surco en su frente. Mario Giorgio… ¿será qué…?

……

   Un enorme y elegante auto, blindado y oscuro se desplaza por las calles de Caracas rumbo a Las Mercedes. Tres hombres comparten la parte posterior. Dándole la espalda al chofer, se encuentran el detective Alberto Rossetti, muy ceñudo y preocupado; a su lado está el uniformado Reinaldo Cortéz, sereno y algo displicente. Frente a ellos, temblando de rabia todavía, está el Doctor.

   -No puede culparme de esto. –se defiende, entre bravucón y obsequioso, Rossetti.

   -¡Tú me llamaste! –exclama el otro, mirándole de manera salvaje.- ¿No te extrañó que Valente Fernández fuera a hablarte de su sobrino? A mí si, cuando me lo contaste. Me pregunté el por qué lo haría. –se echa hacia delante y luego ruge.- ¡Lo hizo para rastrear tu llamada hasta mí!

   -No podía saber, como no lo sabía yo, que usted estaría… -enrojece violentamente. No le gustaba ser vergajeado por nadie, pero él conocía bien al infernal e infame Doctor. Mejor que mucha otra gente.

   -¡Imbécil! Él tan sólo deseaba saber quién podía estar interesado en lo que el muchacho escondía. El pillarme debió ser una manera de asegurarse mi “buena voluntad”, y de eso se encargó alguien más. –masca las palabras, mirando a Cortéz.

   -No podía adivinar que se trataba de usted. El comisario Gutiérrez me pidió rastrear un número, no sabía que era el suyo. Quería estar en la buena con él, ya vienen las evaluaciones.

   -¿No será que lo hiciste para que se lo piense mejor cuando investiguen tu cobro de protecciones? –achica los ojos el Doctor. El otro se tensa y luego sonríe.

   -Todos somos hombres de negocios. Y todos nos hemos cubiertos las espaldas.

   Parece decirlo al voleo, pero tanto el Doctor como Rossetti se tensan imperceptiblemente.

   -Quiero… neutralizar a Fernández. –señala el Doctor; cuando los otros cruzan una mirada, aclara rápido.- No… matarle. Él juega cierto papel en un pequeño drama que se está montando. Tan sólo deseo… llenarle de tanta mierda momentánea que no tenga tiempo para mí.

   -Es fácil. Conozco a ese sucio maricón. –sonríe con burla Reinaldo Cortéz, como olvidándose de con quien habla (el Doctor oprime los labios, Rossetti se pregunta si no estará drogado).- Déjemelo a mí.

   -Espero resultados. ¿Y el sobre? –el más viejo se vuelve hacia Rossetti.

   -Tengo una buena pista.

   -¿Qué hay en el fulano sobre? –se intriga Cortéz.- ¿Drogas? ¿Una lista de clientes ricos? ¿Una relación de traficantes?

   -Ojalá fuera algo tan inocente como eso. –suelta aire el Doctor, diciéndolo casi como sin desearlo, mirando a través de la ventanilla ahumada. Muy preocupado. Sí no tenía cuidado…

……

   Parece que, al fin, comienza la historia.

CONTINUARÁ…

Julio César.

MEMORIAS DE DESGRACIADOS… (15)

junio 10, 2011

…DESGRACIADOS                         … (14)

   Quiere… cariño.

……

   La sede central de la policía científica en Parque Carabobo, estaba llena como siempre. Venezuela era un país cundido de problemas de seguridad, por decirlo caritativamente, y de la mayor incompetencia gubernamental a la hora de enfrentar dichos problemas. Mucha gente ya sospechaba una estrecha complicidad entre varios santones del régimen y las fuerzas del hampa. De otra manera era incomprensible tanta imbecilidad y mal manejo. Y no porque las policías fueran totalmente ineptas, de tarde en tarde, cuando se lo proponían y la víctima del delito era más o menos conocida, resolvían un caso, para sorpresa de todo el mundo.

   Valente Fernández, elegantemente trajeado, viéndose realmente alto, fuerte, varonil y sensual, cruza la recepción, seguido por miradas de interés, tanto de féminas como de chicos un tanto… delicados, que aunque nunca habían enfrentado ciertos asuntos, intuían que ese carajo era capaz de darles lo que necesitaban. Cosa en la que no se equivocaban.

   El hombre encuentra, sentado sobre su escritorio, con aire ausente, a la persona que busca. A su amigo Salvador Gutiérrez.

   -Un centavo por tus pensamientos. –dice al acercarse, sobresaltándole.

   -Épale. –el otro compone una sonrisa, tendiendo la mano, sonriendo. Pero Valente le estudia.

   -¿Ocurre algo en la cueva con la leona? –nunca ha sentido muchas simpatías por Nora, y de corazón piensa que el peor error que ha cometido Salvador en su vida fue casarse con ella.

   -No, todo bien. –sonríe más, encogiéndose de hombros. Sin engañar al abogado. Lo sabe, ¡era Valente un carajo tan difícil! Con una mano señala un mesón donde una cafetera vieja se deja ver. Se encaminan hacia ella.

   -¿Qué haces por aquí? –se intriga Salvador después de servir dos vasitos plásticos con el negro brebaje.

   -Carajo, ¿no pueden encontrar vasos más chicos? –se queja Valente. Como buen venezolano le encanta el café. Negro y algo amargo. Y definitivamente no en ese vasito que parece dedal de uña.

   -Economías, Fernández, ¿no has oído que el país está quebrado? –sonríe Salvador, mirándolo. Valente prueba el café. Malo, por supuesto, y le sonríe.

   -¿No puede un carajo llegar donde un amigo y saludarle?

   -No si ese amigo que visita, eres tú.

   -Idiota. –medio ríe Valente, formándosele arruguitas alrededor de los ojos, y de una manera totalmente no gay, Salvador reconoce que ese sujeto es peligrosamente atractivo.- Bien, si, estoy interesado en cierta información. Un chico que apareció muerto. Rosendo Murzi. –Salvador le mira fijamente.

   -¿Es personal o laboral?

   -¿Habría diferencia?

   -Ese chico parece que se involucró en algo malo. De entrada te digo que no fue suicidio, a menos que fuera uno particularmente complicado e imaginativo. Estaba de cabeza en un bote de basura y le dispararon cuando estaba allí.

   -Vaya. Debió estar bien asustado.

   -Mucho. Se ensució encima. Cómo maldijo el forense. El, o los asesinos, se divirtieron antes… encontramos impactos de balas en el bote que no le alcanzaron. O era para interrogarle…

   -O para torturarlo. O una mezcla de ambas cosas. –frunce el ceño Valente. Una imanten peligrosa va conformándose en su mente. Un psicópata.

   Y el idiota de su sobrino estaba metido en todo ello.

   -Cómo sea, no te será fácil meter las narices.

   -¿Por qué lo dices?

   -Rossetti lleva el caso. –responde, mirando hacia el piso. Esa mañana le costaba concentrarse en todo, y todo por culpa de su joven cuñado. Esa mañana…

   -¿Se puede saber qué coño tienes que pareces un tanto ido hoy? ¿Nora te confesó que te monta los cachos con todos? Amigo, te lo habría dicho, pero…

   -¡Guevón! –lo corta, sin molestarse, pero toma aire.- No es nada.

   -Bien, déjame hablar con Rossetti. Lástima que ese mojón esté llevando la investigación. Es tan… Amigo, voy a necesitar un favor.

   -Ah no, si es lo que estoy pensando, te jodiste, abogaducho.

   -Vamos; mira que muchas veces te he cubierto.

   -¿Cuándo? –demanda.

   -¿Recuerda esa cabaretera que decía que eras el padre de su muchacho? Yo la hice desistir de irle con el cuento a Nora, quien te habría capado con la tapa de una lata oxidada.

   -¡Ese muchacho no era mío! ¡Era asiático!

   -Ah, claro, la verdad, bonito te iba a ir contándola; cómo si eso habría servido para algo si esa mujer hubiera decidido ir a Globovisión y contar la historia del policía acosador. –sonríe burlón.

……

   Dentro de una pequeña oficina que más parece cubículo, el comisario Alberto Rossetti termina de hablar por teléfono. Es un hombre cincuentón, alto, de ralo cabello algo canoso, de panza un tanto abultada, aunque nada en él da apariencia de suavidad o flacidez. Al contrario, su rostro serio, mandíbula cuadrada y ojos cargados de desden, sospecha e inteligencia, le hacían formidable.

   -Adelante… -permisa sin alzar la vista cuando alguien llama a su puerta. Valente entra y el otro le mira con acritud.- Fernández… ¿no te equivocaste de lugar? Si buscas los sanitarios para dar mamadas…

   -Rossetti… -finge una risita, manos en los bolsillos del pantalón, viéndose próspero, seguro de sí, y sexy, lo sabe aunque intuye que eso no afecta al policía. Es un rudo heterosexual, o alguna vaina parecida. Bien, él había domado a varios así, pero algo le decía que con este, fallaría.- Ya veo por qué tus ex esposas te aguantaron hasta seis meses después del matrimonio antes de pedir la separación, contigo todo es diversión.

   -Cómo si supieras de mujeres. –es la pronta réplica, sin animosidad real. Al policía ese carajo le desagrada y punto, no le odia.- ¿Vienes por algo o tan sólo para mostrar tu ingenio de piano bar frecuentado por marineritos borrachos? –le señala una silla frente al escritorio.

   -Es sobre el asesinato de Rosendo Murzi.

   -¿Y tú qué interés tienes en eso? Eres abogado de ricachones, ¿no? Esa ratica no tenía donde caerse muerto.  –le estudia.

   -Es… Era un conocido de la familia. Quiero saber cómo van las investigaciones y sí ya tienes algún nombre relacionado con el caso… -alza rápido las manos.- No quiero nombres, sólo saber que tienes algo.

   Rossetti le estudia y deja caer el lapicero que tenía en la mano.

   -No, no puedo ni voy a decirte nada. Y ahora que recuerdo… tienes un sobrino todo putico, drogo y loquito, ¿no? Más o menos de la edad de Murzi… de quien era curruña. –Valente se tensa.

   -Si… se conocen… se conocían, pero…

   -¿Qué es esto, Fernández? Me parece extraño que vengas a hacerme pregunta a mí, sabiendo que nada te diré y que haré la conexión entre la víctima y tu sobrino. Sabes que no se ha descartado el móvil de una lucha entre drogadictos, ¿verdad?

   -Rossetti…

   -Creo que es mejor que te vayas.

   Se estudian, pétreos. Valente bota aire y se pone de pie.

   -Gracias, por nada. –y sale, sin reparar en la mirada curiosa del policía ni en su sonrisa burlona.

   Claro que mientras Rossetti toma un teléfono y marca, tampoco repara en la leve mirada que Valente le lanza. Ni es su sonrisa de triunfo.

   -Oye, soy yo. Si, carajo, yo. –gruñe.- Hay un nombre que no hemos considerado, un mariconcito al que vale la pena llegarle. Matías Galindo. –lee el policía en una carpeta.

……

   -Wilfredo, por favor… -Larry Marcano tiembla violentamente frente a la puerta del bonito penthouse.

   Hace apenas una hora se disponía a almorzar saliendo de la oficina cuando el cuñado le llamó diciéndole que tenía trabajo. Botando aire, rindiéndose, aceptó. Sabía que no tenía caso luchar contra el cruel hombre joven.

   -Deja la lloradera. Sabes que el Doctor paga muy bien… le encanta tu dulce culo.

   -No, no lo haré. No con ese tipo. –traga, con angustia y rebeldía. El bofetón no se hace esperar. Es más humillante que doloroso, es un recordatorio para el rubio de cuál es su lugar.

   -¡Mira lo que me haces hacerte!

   Wilfredo, sonriendo para sus adentros al notar la rendición en la palidez y temblor de su bonito cuñado, llama suavemente a la puerta. Se oye un “adelante”. Larry traga saliva. La habitación es un acogedor, iluminado y hermosos apartamentico con un enorme ventanal que lo baña todo de luz. Un hombre sesentón, bajito, de cabello escaso, entre cano y negro, peinado hacia atrás, nariz algo bulbosa y con pequeña verruguitas, ojos agrandados por unos anteojos, algo acuosos, panza albo visible y bastante ajado dentro de un feo traje gris, les sonríe.

   -Wilfredo. –y sus ojos viciosos van hacia el catire.- Larry, siempre tan… -y traga saliva, codicioso.

   -Se cuida para usted, Doctor. Siempre me pregunta cuándo le llamará otra vez. –se burla Wilfredo.

   -Oh, gracias. Y eres tan hermoso. –casi traga el hombre, alzando sus manos arrugadas y manchadas, algo temblorosas, atrapando el joven rostro, acariciándole con sus pulgares.

   Larry se estremece, y no de lujuria, esas manos son frías, le atrae e intenta besarle con esa boca de labios secos, con su aliento algo agrio, apestando. Larry aleja el rostro aunque el hombre le atrae y susurra un “vamos”.

   -No, nada de besos. –corta Wilfredo, posesivo.

   -Quiero probar esos labios de fresas… te daré el doble. –ofrece al cuñado. Este mira al aterrorizado catire.

   -Okay.

   Y Larry va a decir algo, a quejarse o discutir, cuando esa boca fría, con aliento metálico como a acidez estomacal, atrapa la suya. La lengua babeante roza la suya y casi siente nauseas mientras ese tipo chasquea y chupa de su boca. El doctor recorre con sus manos ahora el cuerpo firme y joven sobre el traje caro.

   Pero eso no es todo, el viejo le arroja de culo sobre un sofá, e indiferente a que Wilfredo se sirve un whisky y toma asiento en un sillón, mirándoles, se inclina frente al joven, sonriendo (babeando un poco), mientras le acaricia los firmes y musculosos muslos, abriéndole el cinturón y el pantalón. Jadeando, rojo de rabia, vergüenza y humillación, Larry le mira… y no le encuentra para nada agradable. El hombre le urge y el joven, suspirando, se pone de pie, el pantalón cae y debe subirse los faldones de la camisa y el saco, mostrando una ridículamente chica prenda interior, una tanga atigrada donde su miembro abulta.

   Los ojos lacrimosos del Doctor brillan, lujuriosos. Pero también Wilfredo se estremece al reparar en lo realmente bien que se ve el marido de su hermana con la fulana prenda. Él se la compró. Atrapándole los muslos, gimiendo, el hombre mayor entierra el rostro, besando y lamiendo la piel fuera de la tanga, frotando el rostro de la prenda, gozando el pase contra el miembro.

   Larry tiene los ojos fieramente cerrados, echado nuevamente sobre el sofá, sin pantalones, con la breve tanga enrollada en un tobillo, esa pierna está extendida y llega al piso, el otro pie descansa sobre el sofá, mientras el Doctor lame y traga repetidamente ese blanco güevo que no termina de ponerse duro. Pero aún así lo chupa, con unos chasquidos realmente feos, mientras el joven, con el corazón palpitante, debe soltar unas cuentas gotas que orina que el hombre recibe con gruñidos de gusto mientras las traga. Es una de las mil cosas que le disgustan del Doctor, el que deba orinar en su boca cuando terminan. Mientras le chupa, un dedo del sujeto juega con la entrada de su culo, frotándolo. La punta recorre el redondo anillo, sin penetrar, alisándolo, halándolo, casi dando golpecitos contra él.

   Larry no desea sentir nada, pero ese dedo…

   Entra lentamente, suave, como cuchillo caliente cortando mantequilla, y por primera vez Larry se estremece. La tocadera a su dulce botón producía los efectos esperando. Se tensó y alzó un tanto el culo, meciéndolo aún contra su voluntad, mientras la mirada vidriosa de Wilfredo no perdía detalle. Verle estremecerse y gemir mientras dos dedos ahora, le entraban hondo, tijereando. Sabía que, técnicamente, Larry no era gay, pero ya no podía escapar al control que su propio cuerpo ejercía.

   Es cuando se oyen unos rudos toques a la puerta… desconcertándoles a todos.

   -¡Abran, la policía! –ladra una voz autoritaria, un segundo después la puerta estalla y tres hombres entran, dos de ellos uniformados de azul, armas en manos. Un tercero, entre ellos, vestido de paisano.

   -Pero ¿qué coño…? –ladra el Doctor, lívido, poniéndose de pie. Wilfredo y Larry, por otra parte, están pálidos y temblorosos.

  -Señores, no es lo que… -tartajea Larry.

   -No tienen ningún derecho a entrar así. –brama el viejo, con dominio sobre sí. Extrañamente indiferente a ver sido pillado mamando un güevo y con dos dedos metidos en el culo de otro carajo.- ¿Quién es usted y qué busca?

   -Soy el comisario Salvador Gutiérrez. –responde el paisano.- E investigamos una denuncia por prostitución. Y me temo que todos tendrán que acompañarme a la jefatura. Y tú, amigo, vístete.

   -Oh, por Dios. –gime Larry, rojo de vergüenza, deseando morirse al imaginar el escándalo que viene.

……

   Matías Galindo no fue al colegio esa tarde, después de perder toda una mañana intentando recordar qué hacía semanas atrás (o dónde botó el maldito sobre que le entregó el difunto Rosendo), regresó a la casona para entretenerse. Esperaba encontrarse con papi (como mentalmente le decía al padrastro), pero este, cosa desacostumbrada, no estaba llevando sol en la piscina vistiendo únicamente un bikini caliente. Algo decepcionado, aunque pícaro, entró al cuarto de su madre, y después de olisquear un poco un calzoncillo de papi, tomó uno de sus bikinis y se puso a llevar sol. Aunque menos fornido que el padrastro, el muchacho se encuentra con que esa vaina tenía bastante poca tela. Sonriendo no pudo dejar de sobarse sobre la tela, sintiéndose sexy y putón, como todo hombre que usa una tanga o un bikini y está a solas.

   Muerto de hambre, media hora más tarde, pidió una pizza, que llegó treinta minutos después, aunque se supone que llegaría en diez, aunque quedó olvidada sobre una mesa. El carajo que la entregó era un bachaco alto y fornido de piel oscura y cabellos ensortijados, que lo recorrió con la vista cuando abrió la puerta. Matías lo notó, aunque hizo la prueba de reglamento… inclinándose como para buscar el dinero caído, levantó sus nalgas redondas medio cubiertas con el bikini, y el otro sujeto debió entender cabalmente porque pronto estuvo sobándole esas nalgas antes de pegarle el entrepiernas, con la barra dura bajo el jeans, contra el culo, frotándose como si le cogiera.

   El depravado jovencito no tenía ninguna intención de ser cogido, a él sólo le iba la caza, coger y domar héteros, pero sí se permitió darle una buena mamada al sujeto en plena sala de la casa de su madre. De rodillas, con los labios muy rojos y húmedos, subió y bajó sobre la gruesa tranca que botaba líquidos, calorones y temblores mientras la chupaba, tragando cada bocado con ganas. Su lengua, mientas la lamía, sonriéndole, era cálida, babeante y viciosa, y el sujeto de las pizzas, todo tenso y duro de las ganas, imagina que ese cerdito debía ser bien guarro.

   Pero a la gente nunca la dejan hacer lo que quiere, y la interrupción llegó en la forma de una llamada a la puerta. Maldiciendo, Matías, todo enrojecido, bañado de babas y de jugo de güevo, así como terriblemente erecto dentro del bikini, fue a ver quién era y qué coño quería ya que no habían dejado de llamar con el puño.

   -¡Ya, carajo! –gritó abriendo, siendo recibido por un puñetazo que lo envía hacia atrás, con un grito, mareándolo, cayendo de culo.

   -¿Qué coño…? –brama el carajo de las pizzas, quien en cuanto oyó la llamada escondió su güevo, viendo al sujeto maduro, de aire acerado, que sonríe con una mueca de asco.

   -Lárgate. –le ordena este.

   -Nada de eso, ¿quién…? –inicia, echándosele encima, para ser recibido por un pie del sujeto.

   Es un movimiento simple y hasta hermoso. El hombre alza un poco la pierna, la lleva tras la pierna del repartidor y hala con fuerza; el repartidor cae de culo también, para ser pateado, duramente, en las bolas, que al estar hinchadas de semen por la mamada que le daban, le hace gritar ahogado.

   -¿Quién es usted? –jadea Matías, asustado por primera vez en su vida, sin levantarse todavía del piso.

   -Tenemos que hablar, amiguito… -responde el tipo maduro, volviéndose hacia el repartidor.- Agarra tus bolas y sal de aquí antes de que te las machuque con el tacón. –es una amenaza fría y el sujeto, tembloroso, bañado en sudor y adolorido, se medio arrastra hacia la puerta.

   Mierda, piensa Matías, estaba a solas con ese loco. Tal vez…

   -Eres duro, eso me gusta. –sonríe mórbido.

   -Y tú una basura asquerosa. –responde el otro, atrapándole el cabello en un puño, alzándolo, haciéndole gritar y arrojándole de culo en el sofá.- Tenemos que hablar de tu amigo Rosendo Murzi, y de algo que él te entregó.

……

   Son como muchas interrupciones, ¿verdad? ¿A quién se enfrenta Matías? ¿Y qué es lo que quieren de él, sino es su culo? ¿Qué le espera a Larry ahora que todo está por saberse?

CONTINUARÁ … (16)

Julio César.

MEMORIAS DE DESGRACIADOS… (14)

febrero 25, 2011

…DESGRACIADOS                         … (13)

   Lo bueno estaba por llegar…

……

   El muchacho casi llora de decepción cuando esa boca sube, lenta, deformada por su verga, hasta dejarla libre, brillante de saliva y jugos, pero rápidamente es atrapada en un puño que lo masturba, mientras ese aliento cae sobre sus bolas que se contraen en el saco, de gozo anticipado. Esa lengua las recorre, las moja, esa boca las besa y chupa, y es casi doloroso de lo delicioso que es. Martín gime que sí, que se coma sus bolas, mientras agita sus caderas para lograr una masturbada más a fondo. Sin embargo su cerebro se congela.

   -Épale… -lanza un gemido de advertencia.

   La boca de Valente deja sus bolas, y esa lengua flexible, semi enrollada, choca de la entrada de su culo. Eso es tan prohibido para un heterosexual, que Martín casi logra ponerse de pie. Pero tan sólo puede gritar, agónico, sorprendido… y excitado, cuando esa boca se cierra sobre su culito, besándolo, chupándolo, metiéndole esa lengua caliente y móvil que repta como una serpiente. Grita cuando siente que su esfínter, tembloroso, deja pasar la calida, babosa y enloquecedora lengua. Sentir ese calorcito húmedo le hace ver estrellas.

   Esa lengua lo coge una y otra vez, y se estremece. No debería dejarle hacerle eso. Está mal. No es de hombres… ¡pero se sentía tan bien! Estaba tan excitado que únicamente podía estremecerse. Las mejillas del otro rozan sus nalgas, la lengua entra y sale, golosa. Martín siente que su culo arde como nunca, que palpita y titila sobre esa lengua. Es cuando, sin retirar del todo la lengua, un dedo se frota de su ensalivada entrada, metiéndose lentamente.

   -¡No! ¡Eso no! –grita a pesar de la excitación y del mareo, intentando bajar el pie, cerrar las piernas y ponerse de pie, todo al mismo tiempo.

   Pero Valente no ha sido un desgraciado únicamente por un año. O sólo ese año. Lleva años disfrutando del sexo caliente y rico, desde que a los catorce sedujo a un profesor. Su boca sube rápida y atrapa el palpitante güevo, tragándolo de forma ruda, dándole una succionada de campeonato, mientras ese dedo largo y grueso, que lastimó al muchacho mientras entraba, se curva hacia arriba, en sus entrañas, buscando, encontrando y sobando la próstata. Sabía dónde localizarla. En todos.

   Ese dedo entra y sale rítmicamente mientras todo su güevo es comido y chupado. Su próstata es tocada una y otra vez, haciéndole temblar las piernas, cayendo desfallecido contra el mueble, dejando escapar un gritico agónico cuando dos dedos se abren paso ahora y tijerean sobre su próstata, haciendo que mil luces estallen frente a sus ojos. Tiembla sin control… y Valente, subiendo su boca sobre el tolete, dejándolo afuera, hinchado y duro, sonríe mientras sus dedos van y vienen, cogiéndolo, mirándolo sudar, enrojecer y estremecerse… sabiendo que poco a poco estaba conduciéndolo a lo que deseaba… convertirlo en uno de sus putitos…

   Martín no piensa, no repara en esos momentos en lo extraño e inconveniente de sus actos, porque no puede. Tan sólo le quedan neuronas para moverse. Y lo hace. Alzando sus nalgas, va y viene, descaradamente, contra esos dos dedos que lo cogen, que entran y se mueven en sus entrañas que arden, y lo frotan hondo. Su mente intenta gritarle “párate, coño, que no eres un marica”, pero su culo sólo gime “si, si, si. Ay, qué rico”. Pero de pronto…

   Mareado, Martín mira a Valente, quien le sonríe socarrón, como diciéndole “así que muy machito, ¿eh?”. Y una cálida ola de vergüenza lo recorre. Porque Valente ya no le mama el güevo. Y si no le mamaban el güevo, tan sólo era un carajo que se dejaba meter dos dedos en el culo. Y que lo disfrutaba como una puta barata en fiesta de marineros.

   -Vecino… -jadea ronco, su pecho agitado, rojo de cara, bañado en transpiración. No sabe qué pide.

   -¿Te gusta sentir mis dedos en tu culo? –le pregunta, y Martín enrojece ferozmente, pero calla.- Oh, sí, veo que te encanta, tu culo late sobre mis dedos… -se burla cuando ese culito atravesado por los gruesos dedos aún va y viene. Un poco. Pero va y viene.

   Los dedos salen, los hombres se miran, Martín, con los labios rojos de lujuria, Valente con la mirada brillante de maldad. Tres dedos se apoyan y Martín jadea esperando. Valente sabe que es el momento de la verdad, si el muchacho tiene aguante de macho, escapará… Pero si quiere esos dedos…

   Se van metiendo, lentamente, forzándolo, le duele… hasta que las yemas, hábilmente, encuentran su próstata otra vez. Esos dedos caliente parecen abrirse y cerrarse en sus entrañas, y Martín jadea, afincando los pies, alzando el culo, cerrándolo con fiereza sobre esos dedos. Quiere huir, correr y gritar y bañarse y caer muerto por la vergüenza a su masculinidad… pero su culo va y viene nuevamente. Y las cosas qué le dice Valente…

   No quiere oírlas, son terribles, pero también suciamente atractivas. Y no es como si pudiera evitarlo tampoco, no estando como está, caliente, jadeante, empalándose de esos dedotes y temblándole todo el cuerpo con las ganas de correrse.

   -Eso es, nene. Mueve ese culo como te gusta. Métete hondo esos dedos que tanto placer te dan. ¿Te gusta así? ¿Te gusta cuando los meto todo y giro un poco mi puño así? –le oye gemir mientras lo hace.- ¿Te gusta cuando lanzo tijerazos dentro de tu culo hambriento?

   Dios, ¡está tan caliente! Y su güevo tiembla, babea… y necesita atenciones. Su mano sube y quiere atraparlo, pero un manotazo de Valente se lo impide. Dos veces más, frustrado en lugar de molesto (no tiene fuerzas para ello), gimotea al no conseguirlo. Necesita masturbarse o se morirá. Eso cree realmente. Pero Valente, sonriendo, no deja de cogerlo con sus dedos, pasando una sola vez la lengua a lo largo del duro y palpitante tronco que se estremece todo, mientras se masturba él mismo.

   -Por favor… déjame que… -suplica Martín, olvidada toda vergüenza, deseando tocarse cuando Valente aparta su lengua caliente y viciosa.

   -Nada de eso, señorito. –se burla el hombre mayor.

   El hombre lo mira estremecerse, agitarse sobre el mueble recorrido como está por el placer y la necesidad de tocarse. Para correrse a chorros, unos que Valente ya desea saborear sobre su lengua, paladeándolos bien y luego tragarlos (irse a trabajar después de tragar una buena carga de semen caliente era lo mejor del mundo); pero no le dejará tocarse. Martín tiene que llegar sin tocarse, sólo así se amariconearía más rápido. Lo siente tensarse, hervir, apretar los dientes y cerrar los ojos mientras los dedos van y vienen, se clavan todo y medio se revuelven. De la verga de Martín manan chorros de líquidos blancos, temblando en el aire mientras los dedos siguen cogiéndolo.

   -¡Ahhh…! –grita el joven, tensándose más, echando la cabeza hacia atrás.

   Y sin sacarle los dedos del culo, al contrario, moviéndolos más, Valente apresura su propia paja mientras se coloca frente al hermoso güevo babeante, abriendo mucho la boca, recibiendo el primer trillazo, mitad dentro de su boca, la otra cruzándole sobre la nariz y la ceja izquierda. Se acomoda mejor y, casi ronroneando de gusto, atrapa los otros tres disparos de hirviente leche de macho con su boca. Esta es espesa, salina y cubre su lengua, donde la saborea con morbo y deleite, mirando fijamente a Martín, quien ahora también le observa. Y se la traga casi gimiendo de gusto mientras él mismo estalla en semen.

   Y en cuanto se corre, Martín se llena de pánico, de rabia, y casi salta del mueble. Tiembla de furia y vergüenza cuando le parece notar que al hacerlo, su culo deja oír un plop cuando los dedos salieron. Tanto así los chupaba con sus entrañas. Valente, sentándose en el piso, lo mira. No sonríe, al menos no con los labios. Los ojos son otro cuento.

   -Yo… yo… -el joven, tembloroso, incapaz de mirarle, recoge sus cosas. Valente ahora si se permite una sonrisa.

   -De nada. Vuelve cuando quieras.

……

   La sede central de la policía científica en Parque Carabobo, estaba llena como siempre. Venezuela era un país cundido de problemas de seguridad, por decirlo caritativamente, y de la mayor incompetencia gubernamental a la hora de enfrentar dichos problemas. Mucha gente ya sospechaba una estrecha complicidad entre varios santones del régimen y las fuerzas del hampa. De otra manera era incomprensible tanta imbecilidad y mal manejo. Y no porque las policías fueran totalmente ineptas, de tarde en tarde, cuando se lo proponían y la víctima del delito era más o menos conocida, resolvían un caso, para sorpresa de todo el mundo.

   Valente Fernández, elegantemente trajeado, viéndose realmente alto, fuerte, varonil y sensual, cruza la recepción, seguido por miradas de interés, tanto de féminas como de chicos un tanto… delicados, que aunque nunca habían enfrentado ciertos asuntos, intuían que ese carajo era capaz de darles lo que necesitaban. Cosa en la que no se equivocaban.

   El hombre encuentra, sentado sobre su escritorio, con aire ausente, a la persona que busca. A su amigo Salvador Gutiérrez.

   -Un centavo por tus pensamientos. –dice al acercarse, sobresaltándole.

   -Épale. –el otro compone una sonrisa, tendiendo la mano, sonriendo. Pero Valente le estudia.

   -¿Ocurre algo en la cueva con la leona? –nunca ha sentido muchas simpatías por Nora, y de corazón piensa que el peor error que ha cometido Salvador en su vida fue casarse con ella.

   -No, todo bien. –sonríe más, encogiéndose de hombros. Sin engañar al abogado. Lo sabe, ¡era Valente un carajo tan difícil! Con una mano señala un mesón donde una cafetera vieja se deja ver. Se encaminan hacia ella.

   -¿Qué haces por aquí? –se intriga Salvador después de servir dos vasitos plásticos con el negro brebaje.

   -Carajo, ¿no pueden encontrar vasos más chicos? –se queja Valente. Como buen venezolano le encanta el café. Negro y algo amargo. Y definitivamente no en ese vasito que parece dedal de uña.

   -Economías, Fernández, ¿no has oído que el país está quebrado? –sonríe Salvador, mirándolo. Valente prueba el café. Malo, por supuesto, y le sonríe.

   -¿No puede un carajo llegar donde un amigo y saludarle?

   -No si ese amigo que visita, eres tú.

   -Idiota. –medio ríe Valente, formándosele arruguitas alrededor de los ojos, y de una manera totalmente no gay, Salvador reconoce que ese sujeto es peligrosamente atractivo.- Bien, si, estoy interesado en cierta información. Un chico que apareció muerto. Rosendo Murzi. –Salvador le mira fijamente.

   -¿Es personal o laboral?

   -¿Habría diferencia?

   -Ese chico parece que se involucró en algo malo. De entrada te digo que no fue suicidio, a menos que fuera uno particularmente complicado e imaginativo. Estaba de cabeza en un bote de basura y le dispararon cuando estaba allí.

   -Vaya. Debió estar bien asustado.

   -Mucho. Se ensució encima. Cómo maldijo el forense. El, o los asesinos, se divirtieron antes… encontramos impactos de balas en el bote que no le alcanzaron. O era para interrogarle…

   -O para torturarlo. O una mezcla de ambas cosas. –frunce el ceño Valente. Una imanten peligrosa va conformándose en su mente. Un psicópata.

   Y el idiota de su sobrino estaba metido en todo ello.

CONTINUARÁ … (15)

Julio César.

MEMORIAS DE DESGRACIADOS… (13)

diciembre 16, 2010

…DESGRACIADOS                         … (12)

   Quiere cariñito…

……

   Si, a esas alturas, Martín debía estar un poco más que obsesionado por el marica treintón que gustaba de saborear güevos, que mamaba con ganas, pero que ahora no le tocaba. Ni le miraba. Lo ve dar algunos saltitos, sin alejarse. Por un segundo (el deseo de pasarle la lengua por la raja del culo, así como estaba, se hizo grande), pensó llamarle, fue cuando reparó en una puerta que se abría más allá. La del maldito desgraciado de Guillermo Rontara, un carajo que discutía con todos, que de todo se quejaba, quien le tenía el ojo puesto por considerarlo una influencia peligrosa cerca de tantos jóvenes.

   La homofobia del otro, un carajo alto, delgado y medio calvo, de rostro avinagrado, le llevaba a imaginar que porque era gay, debía tener tendencia pedófilas. Siempre prevenía a todos, discretamente, al respecto.

   Por eso entra, para que no fuera a verlo en boxer y hablar después sus vainas. No tuvo necesidad de mirar a Martín para adivinar su desencanto. Sonriendo malignamente, arrojando el diario sobre la mesita de la sala, Valente se promete que pronto Martín Serrano va a recibir todo lo que espera… aunque jamás haya querido detenerse a meditarlo. O lo imaginara. Seguro que el cabroncito se calentaba cuando lo recordaba tragándose su semen, aunque no quería profundizar en ello. Un día, pronto, lo enfrentaría a ese hecho. Después de todo… para desgraciado, él.

   -Hola tío Valente. Guaooo… ¿me esperabas? –aparece frente a él, sonriente y todo chulo, Matías Galindo, mirándole con ojos brillantes de codicia el bulto bajo el boxer.

   -Matías, ¿qué haces en mi casa? ¿Cómo entraste? –se incomoda casi tanto como se molesta. El otro sonríe divertido.

   -Robé la llave de mamá. Necesitaba hablar contigo y te me niegas por teléfono. –finge una carita dulce.- ¿Por qué, tío? ¿Ya no me quieres? ¿Por qué no me sientas en tus piernas y me cuentas un cuento?

   -Déjate de vainas. Puede que sea un perro, pero no tanto.

   -Te pones aburrido, tío.

   -¿Qué quieres?

   -Hablar. Tengo un problema arrecho. Creo que… sé de alguien que cometió un delito. Un asesinato.

   -¿Que tú qué? –brama, descorazonado. Sabe que la gente es una mierda y que los jóvenes no servían para un coño de la madre. Era un hecho científico mejor demostrado que la teoría de la evolución, pero cuando la cosa incluía a su familia…- ¿Sabes de un asesino?

   -Hummm… no, más de la víctima, mejor dicho.

   -Ay, Dios…

   -No lo maté yo.

   -Eso me alegra. –ironiza. Cae de culo sobre el mueble, incómodo de la manera en la cual el sobrinito le mira los muslos y el entrepiernas.- ¿Quieres dejar de bucearme y contar qué coño pasa?

   -Es difícil viendo esas piernas musculosas y velludas, tío. –sonríe el otro, sabiendo que le molesta. No entendía al hombre, lo sabía un puto reputo, pero con él siempre se cortaba.- Fue mi amigo Rosendo, un día tenía el negocio del siglo, ganaba plata, gastaba más, siempre con porros o algo de ácido para regalar… imaginarás lo popular que era. Y un día vino asustado a decirme que andaban cazándolo. Que unos carajos querían hacerle daño. Creí que… eran desvarío de drogo. Esa mierda se le subió a la cabeza. Ya no hacía nada, ni en el colegio, ni con sus perras… Antes no podía ver un culito de chica porque le caía encima. Hasta eso lo dejó. No comía ni se bañaba. Tan sólo…

   -¿Lo mataron o se mató?

   -Estaba echado de cabeza en un bote de basura, amarrado de manos y piernas, con el cuello abierto en tajo. Dudo mucho que fuera suicidio.

  -¿Y? –está bien, era horrible imaginar que un chico idiota se había metido en tantos problemas y había muerto, pero no era la primera vez. Seguramente tampoco sería el último, el mundo estaba lleno de retrasados mentales. Pero eso no tenía nada que ver con él. No iba a perder tiempo o sueño lamentándose por un pobre imbécil que se buscó lo que le ocurrió.

   Matías lo mira fijamente, pasándose la lengua por los labios, nerviosos, y por primera vez en bastante tiempo, parece tan sólo un muchacho, no esa cosa horrorosa que Valente sabe oculta en su interior.

   -Alguien me sigue, tío.

   -¿Qué? -jadea, pasándose la lengua por los labios de la misma forma nerviosa que hizo el otro.- ¿Estás seguro o también tú te metes tu chute y…?

   -Estoy seguro. –se molesta levemente.

   -¿Por qué? ¿Por qué te seguirían a ti? –abre mucho los ojos.- ¿Estás metido en esa vaina del tráfico?

   -¡No! Ni sé porqué me siguen. Verás… -sonríe tenso.- …En una fiesta, Rosendo me entregó un sobre. Una vaina de manila amarilla. Pensé que era polvo o hierbas, lo tanteé pero nada. Tan sólo papales. Y… ese sobre se me perdió. –saca su teléfono móvil, tendiéndoselo a Valente, fijándose de pasada en sus brazos musculosos.

   El hombre, ignorando la miradera del sobrino, toma el teléfono y lee un mensaje: “c q’ tiene el sobre marik entrégalo”. Se miran. La mente de Valente trabaja a toda mecha.

   -¿No abriste el sobre?

   -No.

   -¿Ni por curiosidad? ¡No te creo!

   -¡En serio! Cuando entendí que no era… droga, lo… dejé por ahí. Hace cuatro días. Fue una fiesta brutal y no recuerdo casi nada.

   -¿Qué logras recordar?

   -Que ese día desperté y desayuné. Salí y que para la universidad, pero no llegué… y más nada.

   -¡Carajo, eres tan idiota! –grazna.- Seguramente en ese papel hay algún tipo de lista, de clientes o contactos, y seguramente temen que tú y el difunto estuvieran planeando algo.

   -¡Yo no me metería a narcotraficante! No conozco a nadie en ese mundo. Sin contactos no llegaría lejos.

   -¡No te meterías a narco porque eres decente! –corrige seco.

   -Si, claro. -sonríe triste.- Estoy tan asustado, tío. Abrázame…

   El joven se le va encima, pero Valente extiende un brazo deteniéndolo.

   -Déjate de tonterías.

   -No entiendo tus remilgos. Se las clavaste por el culo a dos amigos míos, y a mí no me dejas ni acercarme.

   -Esos muchachos eran un problema. –responde enrojeciendo un tanto, mirándole fijamente. En esos casos había hecho un favor. Uno bien desgraciado.- Y ahora que lo pienso también tú lo eres. Un enorme y estúpido problema.

   -¡Tío! Vas a perjudicarme mental y emocionalmente con tus palabras. –se burla, pero le mira intenso.- ¿Qué hago?

   -Déjame investigar un poco, ¿okay? Mantente a salvo. ¡Y encuentra el maldito sobre!

……

   Aún sin vestirse, y sin decidirse a salir para el trabajo, Valente camina de arriba abajo por la sala de su casa. ¡Maldito muchacho!, ¿quién sabe en qué problema se había metido? Le enfurece porque sabe que la pequeña y amoral sabandija estaba contando con que él, su tío abogado y con conexiones dentro de los cuerpos policiales, para que le resolviera el problema y continuar adelante con su despreocupada y disipada vida de vicios. ¡Cómo se parecía a él!

   Pero tenía que hacerlo. No podía permitir que el muchacho imbécil, y el más o menos conservado nombre de la familia, se vieran envuelto en un problema de drogas, tráfico y asesinato. También por su hermana, la necia mujer que profesional y preparada, era totalmente insensata en la manera que llevaba su vida. Dándole todo a un muchacho egoísta que cree merecerlo todo por derecho, y buscándose un carajito flojo y sin oficio de marido, tan sólo porque “ella lo amaba, él a ella, y se merecía ser feliz”. Eran todo tan absurdo, pero eso era su hermana, y también a ella debía lanzarle una soga. Aunque fuera tentador la idea de que terminaran ahorcándose ella y Matías.

   La ira lo llena de adrenalina, de energías, y con mirada torva ve por la ventana cruzar frente al patio vecino al muchacho ese, Martín Serrano, todavía trotando (seguramente quemando deseo sexual también, porque si no es por frustración ¿por qué alguien correría tanto?).

   Casi moviéndose por impulso abre la puerta y sale a la entrada, ya más clara al despuntar totalmente el día. No pensaba hacerlo todavía. Por una parte tenía asuntos pendientes por atender, por el otro esperaba que el joven calienta braguetas se cocinara un poco más en su jugo, pero la urgencia de descargar tensiones le obliga. O eso se dice. Sabe que está a punto de cometer una perrada, y eso es lo que más le excita. Haciendo lo que hará, se siente bien. Lo cual era perfecto, aunque para otros resultara terrible.

   -Oye, ¿no quieres tomar un café? –llama de forma claro, todo expuesto a excepción del boxer mientras se pasa la lengua por el labio inferior. Vicioso.

    Martín se frena bruscamente, todo enrojecido, mirando en todas direcciones antes de clavar la vista en ese sujeto musculado, velludo y varonil… que gustaba de mamar güevos. Valente sabe de la lucha interna del muchacho, las ganas de ser atendido por una boca ansiosa, cálida y hambrienta que le chupe el güevo, la repulsa por la idea de que se trate de otro hombre y el miedo a que alguien se entere de algo.

   Pero también sabe qué urgencia ganará.

   -Claro. –responde, ronco, dirigiéndose a buen paso hacia la casa.

   Valente sonríe y se hace a un lado para dejar pasar al jadeante, transpirado y joven machito. Sabía que las ganas de una mamada vencerían, era lógico. Después de todo, ¿en dónde está el hombre que no desea otra mano sobándole la tranca cuando la tiene bien dura, palpitante y sensible, o una lengua cálida recorriéndosela, o los labios que se la traguen dándole la chupada de su vida, apretándola con lengua y mejillas mientras la succionan hasta que se venga en leche caliente?

   Martín entra, todo cortado. Quiere y no quiere, pero toma asiento cuando el otro se lo indica, saliendo por la taza de café. No sabe qué hace ahí. Debería…

   -Aquí tienes… -sonríe regresando el otro, torvo, cargando dos tazas.- Negro y amargo… -le mira codicioso las piernas musculosas.- Yo lo quiero con leche.

   Y mientras Martín lanza un jadeo, agarrando la taza con manos temblorosas, Valente cae de rodillas frente a él, abriéndole los muslos, recreándose en tocar las rodillas sudadas. Sin esperar más (debía pasar por otra parte antes de llegar a su oficina), baja el rostro y besa el muslo derecho, que se contrae bajo la piel. Besa ruidoso, medio mordiendo, sin dejar de mirarle. Sus ojos viciosos brillan, atrapan y fascinan a Martín. Cuando la hábil lengua sale y comienza a recorrerle la cara interna de un muslo al otro, recogiendo el sudor, paladeándolo y tragándolo con leves gemidos, Martín tiembla todo. Su verga está imposiblemente erecta bajo el shorts, aunque por un momento pensó que no podría. Valente deja de trabajar para las galerías y cierra los ojos recorriendo uno de los muslos otra vez con su lengua, gozando de ese sudor fuerte. Y olfatea, llenándose las fosas nasales con el aroma del machito caliente.

   Cuando muerde el entrepiernas, el otro gime, casi cerrando las piernas. La boca cae sobre la silueta del güevo atrapado por la tela, mordisqueándolo, recorriéndolo, sintiéndolo palpitar y estremecerse como hace todo tolete al intuir que será tragado. Esa verga quiere ser mamada. Muerde más fuerte mientras enreda sus dedos en la cintura de la prenda, comenzando a bajarla. Ambos gimen cuando los pelos púbicos aparecen y la tranca se insinúa. Alzándose un poco, con la punta de la lengua, Valente lametea la base del blanquirrojo tolete y Martín cierra los ojos, ganado por la lujuria.

   Valente sonríe, desnudándolo. No es que baja el short y el boxer del muchacho, es que se los quita, mientras da lengüetazos sobre la amoratada cabeza de ese tolete que cae sobre el abdomen del joven de lo tieso que está. La mano de Valente lo atrapa en un puño, rudo, subiendo y bajando un poco, con el pulgar sobre el ojete del glande, sobando, mientras lametea la base. Y Martín gime agudo.

   La lengua recorre la nervuda cara posterior de ese güevo, lenta y ansiosamente, encontrándolo salado y rico, para cerrar los labios sobre la cabecita, dándole leves chupadas que provocan oleadas eléctricas de placer que recorren el joven cuerpo del otro. La boca traga, los labios bajan, cubriéndolo, resollándole encima, apretándolo y succionando a un tiempo, y el chico se tensa en el sillón, alzando un tanto sus caderas, dándole a saber a Valente qué tan calentorro era.

   La boca sube y baja lentamente a veces, otras rápidas. Baja apretando, sube chupando. Ladea la cara y la lengua lo frota. Ese güevo sabe delicioso mientras lo lleva a su garganta, y es algo increíblemente placentero (una verga palpitante y caliente que suelta sus jugos), pero Valente es un desgraciado que necesita más. Y mientras lo traga todo, resollándole en el pubis, haciéndolo gritar roncamente, le atrapa una rodilla alzándola, apoyando el pie sobre el sillón. Mareado, Martín nota algo, pero no puede reaccionar, no cuando esa boca que parecía chupón de desagüe, sin dejar salir un centímetro de su tranca, continuaba tragándola, masajeándosela de una forma salvaje con la garganta.

   El muchacho casi llora de decepción cuando esa boca sube, lenta, deformada por su verga, hasta dejarla libre, brillante de saliva y jugos, pero rápidamente es atrapada en un puño que lo masturba, mientras ese aliento cae sobre sus bolas que se contraen en el saco, de gozo anticipado. Esa lengua las recorre, las moja, esa boca las besa y chupa, y es casi doloroso de lo delicioso que es. Martín gime que sí, que se coma sus bolas, mientras agita sus caderas para lograr una masturbada más a fondo. Sin embargo su cerebro se congela.

   -Épale… -lanza un gemido de advertencia.

   La boca de Valente deja sus bolas, y esa lengua flexible, semi enrollada, choca de la entrada de su culo. Eso es tan prohibido para un heterosexual, que Martín casi logra ponerse de pie. Pero tan sólo puede gritar, agónico, sorprendido… y excitado, cuando esa boca se cierra sobre su culito, besándolo, chupándolo, metiéndole esa lengua caliente y móvil que repta como una serpiente. Grita cuando siente que su esfínter, tembloroso, deja pasar la calida, babosa y enloquecedora lengua. Sentir ese calorcito húmedo le hace ver estrellas.

   Esa lengua lo coge una y otra vez, y se estremece. No debería dejarle hacerle eso. Está mal. No es de hombres… ¡pero se sentía tan bien! Estaba tan excitado que únicamente podía estremecerse. Las mejillas del otro rozan sus nalgas, la lengua entra y sale, golosa. Martín siente que su culo arde como nunca, que palpita y titila sobre esa lengua. Es cuando, sin retirar del todo la lengua, un dedo se frota de su ensalivada entrada, metiéndose lentamente.

   -¡No! ¡Eso no! –grita a pesar de la excitación y del mareo, intentando bajar el pie, cerrar las piernas y ponerse de pie, todo al mismo tiempo.

   Pero Valente no ha sido un desgraciado únicamente por un año. O sólo ese año. Lleva años disfrutando del sexo caliente y rico, desde que a los catorce sedujo a un profesor. Su boca sube rápida y atrapa el palpitante güevo, tragándolo de forma ruda, dándole una succionada de campeonato, mientras ese dedo largo y grueso, que lastimó al muchacho mientras entraba, se curva hacia arriba, en sus entrañas, buscando, encontrando y sobando la próstata. Sabía dónde localizarla. En todos.

   Ese dedo entra y sale rítmicamente mientras todo su güevo es comido y chupado. Su próstata es tocada una y otra vez, haciéndole temblar las piernas, cayendo desfallecido contra el mueble, dejando escapar un gritico agónico cuando dos dedos se abren paso ahora y tijerean sobre su próstata, haciendo que mil luces estallen frente a sus ojos. Tiembla sin control… y Valente, subiendo su boca sobre el tolete, dejándolo afuera, hinchado y duro, sonríe mientras sus dedos van y vienen, cogiéndolo, mirándolo sudar, enrojecer y estremecerse… sabiendo que poco a poco estaba conduciéndolo a lo que deseaba… convertirlo en uno de sus putitos…

   Vaya con el abogado, parece tener talento. ¿Logrará cebar al muchacho? Y Matías, ¿en qué negocios anda? ¿Qué le sabe Valente, su tío, para considerarlo un degeneradito? Su historia debe ser buena, ¿verdad?

CONTINUARÁ … (14)

Julio César.

MEMORIAS DE DESGRACIADOS… (12)

octubre 16, 2010

…DESGRACIADOS                        … (11)

   Estaba maduro para lo que fuera…

……

   Loco de lujuria, Antón se abre el botón y el cierre del pantalón. Un güevo tieso y rojizo escapa de allí. Una verga realmente grande. Y ese güevote se enfila hacia el pequeño culo, frotándose de la raja entre las nalgas. El hombre jadea de gusto cuando comienza a meterlo. Larry chilla en sueños, intenta pararse pero una mano grande y ruda cae entre sus omoplatos arrojándolo sobre el colchón. La cabezota roja logra entrar y Larry lloriquea en sueños. Eso dolía.

   Jadeando largamente a cada palmo, el otro entierra, lento pero seguro su verga en ese culo. Hasta los dientes del cierre. Y grita cuando ese culito masculino sufre de espasmos y tirones, intentando librarse de él, atenazándole la verga de una manera maravillosa. La deja ahí, caliente y palpitante, dura, disfrutando de cada halón. La saca tan sólo unos centímetros y vuelve a clavarla. Con todo su peso y fuerza.

   Su verga sale y entra de ese culo mientras lo coge con buen ritmo, rudo. Anton suda y gime mientras cabalga al tipo semi inconciente. Lo encula duramente y el catire sólo jadea e intenta como despertar. Tendiéndose sobre él, después de permitirle a Wilfredo una pequeña toma de quince segundos donde se aprecia bien ese culo cogido y el rostro del catire, el hombre le clava los dedos en un hombro, subiendo y bajando con fuerza sus caderas, haciendo chillar la cama. Lo coge duro y a fondo, la deja clavada y sigue empujando, mientras gruñe que ese culito si está rico, que Larry estaba hecho para ser una perra.

   Y aunque Larry gimotea, con gestos de dolor, la niebla que cubre su cerebro no lo deja actuar ni reaccionar.

   -Eso es, Antón, dale a la perra. Cógelo y conviértelo en tu puta. –grazna, fascinado y totalmente mojado dentro de su pantalón, Wilfredo.- Mira, le duele…

   -Las putas siempre lo dan a entender, pero esto les encanta… -ruge el otro, sonriéndole, medio arrodillándose otra vez, cogiéndolo ininterrumpidamente.- Este culo vale oro… -le clava los dedos en una cadera mientra lo nalguea rudamente con la otra mano.

   -Y se lo estás rompiendo.

   -Calma, la leche se lo curará… ¡Ahhh…! Pero qué culo más rico tiene tu cuñadito, Wilfredo, tienes que probarlo.

   No respondió. No sabría cómo. Pero el güevo le ardía de ganas. Mirarlo así, sometido a los caprichos y deseos de un macho que se saciaba en él, era demasiado. Verle humillado, caído. ¡Cogido! Eso lo excitaba terriblemente. Mira como Anton clava sus dedos en sus carnes trémulas, mientras saca casi todo su tolete, largo y grueso, antes de volver a clavárselo hasta lo hondo. Larry tan sólo gemía, ahogado, de mal humor. O lastimado.

   -Ahhh… sí, Ahhh… -gritó Anton, temblando todo, y disparando su abundante y espesa carga de leche en lo más hondo de su cuñadito imbécil. Gemía mientras se vaciaba, bombeando aún su tranca un poco, dejándole el hueco bien lleno de semen caliente.- Ahhh… ¡Dios! Te lo repito, Wilfredo, ¡qué culo! Vale oro. Hala el güevo de una manera que… ¡Ahhh!

   Poco después el dinero cambió de manos. Tan contento andaba Anton con ese culito virgen que se había gozado, que fue muy generoso. Eso dejó desconcertado, y contento, a Wilfredo, quien miraba al ahora dormido cuñado caído sobre el camastro. Debía sacarlo de ahí antes de que alguien notara algo y sus nombres rodaran de boca en boca como corrido llanero. Fue difícil ayudarle a vestirse, pero por un momento, mientras le subía el bikini por las fuertes piernas, el hombre, aunque esas vainas no iban con él, se sintió caliente. Enrojecido de vergüenza hizo algo que jamás le confesaría ni confiaría a nadie: bajó nuevamente aquella prenda putona y la guardó en un bolsillo.

   Como pudo lo subió al carro, le oyó gruñir aún adormilado. Wilfredo sonrió, seguramente ese culo bien macheteado le dolía. Condujo en silencio, sin música ni nada. No por consideración a ese cuñado coño’e madre, sino porque necesitaba pensar. Una idea trataba de tomar forma, y aunque podía concebirla en su totalidad, no veía aún la manera de ponerla en marcha: prostituir a su cuñado. Qué fuera su puta y le brindara ganancias. Sonríe viendo el teléfono móvil, recordando la corta grabación, sabiendo que tenía armas que podía usar.

   Sandra gritó molesta cuando lo vio entrar a la salita del apartamento (donde vivían antes de dar el gran salto a aquella bonita casa con patio y todo). Larry no podía sostenerse. Ella quería saber qué había pasado, qué había tomado. Y Wilfredo respondía a todo que no sabía. Gritándole que ella tenía una cita con unas amigas y no podía quedarse cuidando borrachos, se fue, diciéndole antes:

   -Todo esto seguro que es tu culpa.

   -Maldita estúpida. –gruñó, molesto con su hermana.

   ¡Qué tonta podía ser esa mujer! ¿Acaso no veía que el marido no era más que una enorme pila de mierda que no la quería ni servía para nada? Y mientras lo empuja en dirección al dormitorio, sonríe cruel, bueno, si servía para algo, para que su culo fuera deseado por hombres dispuestos a pagar por él. Y aparentemente era un culito de los ricos.

   Llegando al cuarto matrimonial lo arroja de largo sobre la cama, con bastante falta de delicadeza. Larry gimió ahogadamente. Pensaba dejarlo allí, pero… con manos febriles, diciéndose que no era por nada malo, fue quitándole las ropas, cosa que le costó ya que era un  borracho peso muerto. Cuando lo tuvo desnudo, tragó grueso, recordando cuando lo enculaban, cuando se la clavaban hondo por ese culo, y se sintió caliente. Se excitó. Debía irse, pero ya, sin embargo…

   Fue cuando Larry, en sueños, rodó sobre su estómago, quedando boca abajo, abierto de piernas. Una extendida, la otra algo recogida, dejando a la vista esas nalgas redondas, duras, casi lampiñas, y la raja que dejaba a la vista su culito rojo e irritado de la cogida anterior. Wilfredo tembló. Quería irse pero…

   ¡Qué coño!, tan sólo era el sucio marica de su cuñado que lastimaba a su hermana y a la familia. No le debía nada. Se dejó caer sentado en la cama, y lo nalgueó. Duro, su mano ardió. Le oyó gruñir. Los dedos se marcaron en la turgente piel. Tragó saliva, recorrió ese duro glúteo, estremeciéndose. Llegó a la raja, metió sus dedos y la recorrió de arriba abajo, tembloroso, sintiendo bajo las yemas de sus dedos el cerrado culo. Pronto un dedo estuvo tanteando, antes de meterse, rudo. Hondo. Casi gritó. Ese culo ardía, mucho, y halaba con unas ganas que no entendía. Y estaba suave y pegostozo, de la leche de Anton, algo que debió provocarle asco, pero no. Y todo eso mientras Larry gruñía con disgusto. El dedo salió casi hasta la uña, allí frotó la entrada, notando como esas nalga se contraían un poco. Y lo metió de nuevo, totalmente intoxicado de lujuria.

   Pronto fueron dos dedos, y tres. Costó clavarlos, pero era excitante luchar con la resistencia de ese ano, era divertido verlos entrar y agitarlos. Era extraño oír los jadeos roncos de Larry, y más ver como sus nalgas se movían. ¿Era posible que esa vaina le gustara? No lo supo, tal vez era por la manipulación de la próstata, porque sabía que sus dedos frotaban algo allí adentro, y que cada vez que lo hacía ese culito se cerraba y halaba sus dedos como deseándolos.

   ¿Puede alguien realmente culparlo por bajar su cierre, sacar su verga amoratada, caliente y cruzada de venas, frotar la roja cabezota de la raja que quemaba y del ojete que se resistía? Tal vez sí. Después de todo Larry estaba borracho y drogado. Pero nada de eso importaba mientras, víctima de la fuerte fiebre, Wilfredo empujó. Gritó cuando la cabeza de su verga se abrió paso, dejándola allí, sintiendo los tirones de ese culo. La fue clavando lentamente, centímetro a centímetro, disfrutando de cada templada que recibía. Lo oyó gemir, sintió como se revolvió como intentado levantarse, y como hizo Anton menos de una hora antes, con una mano en su espalda, lo detuvo. Su güevo se enterró todo, y esas entrañas ardientes le enloquecían casi tanto como la chupada que estaban dando sobre él.

   Comenzó a sacarlo y a metérselo, hondo, con golpes de cadera, cogiéndoselo en toda la regla, haciéndolo gemir lloroso. Pero no le importaba, aún vestido, con los zapatos puestos, alzándole un poco las caderas al otro, y arrodillado tras él, fue cogiéndolo una y otra vez, cabalgándolo con fuerza, gimiendo de gusto cuando iba sacándolo y el culo lo halaba como deseando no soltarlo, para luego enterrárselo y sentirlo ricamente apretado. Larry era tan estrecho que el vaivén era enloquecedor. Las bolas de Larry se bamboleaban mientras un poco más arriba su redondo culo era penetrado una y otra vez por la enorme verga dura de su cuñado, allí, en la cama que compartía con su mujer… la hermana menor de ese sujeto que lo llamaba “perra, tómalo todo, perra caliente, apriétalo más, puta, eres mi puta”, nalgueándolo, halándole los cabellos.

   Wilfredo no podía contenerse, le gritaba “tómalo todo, puta, goza del güevo que te gusta, es lo que te gusta, ¿verdad?”, sin dejar de clavárselo ni una vez, sin detenerse, sudando a mares mientras cataba por primera vez el rico orificio de su atractivo cuñado. Un cuñado que estaba bien jodido… Y no por lo que le hacía en ese momento, sino por lo que vendría después.

   -Puto. Eres un maldito puto… -le gritó agónico, cayendo sobre él, clavándosela hasta los pelos, dejándole nuevamente ese culo embarrado de semen.

   Cuando salió un poco más tarde, sin remordimientos o vergüenzas, un alegre Wilfredo sabía lo que tenía que hacer. Aunque aún faltaba un poco…

…………………

   Es temprano en la mañana cuando un renuente Valente Fernández sale al porche de su casa, vistiendo únicamente un pequeño boxer blanco ajustadísimo, a recoger el diario. Coño, ya bastante hace levantándose a esas horas de mierda como para andar preocupándose por los vecinos. Lo lógico era que no hubiera nadie por allí. Pero si lo había.

   Trotando lentamente, totalmente transpirado y sexy dentro de una camiseta sin mangas, un short del medio muslo para arriba y unos zapatos deportivos sin medias, Martín Serrano, pasa por ahí. Rojito de cara y respirando por la boca, en su doceava vuelta a la cuadra. Valente lo mira, serio, y saluda con un gesto de cabeza al cual responde el otro, deteniéndose un momento, doblando la cintura, apoyando las manos en sus rodillas y respirando. A Valente le arde la lengua por las ganas que siente de acercársele y restregársela de una de sus clavículas y subir por su cuello, recogiendo ese sudor caliente. Sin embargo no lo demuestra, tan sólo mira los titulares.

   Pero sabe que lo mira. El joven lo mira fijamente, casi enviándole un mensaje telepático. El hombre de más edad comprende, porque sabe de esas cosas. Después de aquella mamada de antología que le había dado, Martín lo evitó. No le miraba, respondía con monosílabos al saludo y se alejaba en seguida. Avergonzado como estaba por haberse dejado tocar por otro hombre; siendo un macho tan macho, haberse dejado mamar por un tipo era una pesadilla. Y peor, por ese tipo que vivía en su cuadra, un marica reconocido. Ese disgusto, y remordimiento, Valente sabía que terminaría pasando. Que el joven sólo recordaría una cosa: su boca golosa, húmeda y caliente atrapándole todo el güevo, mamándole hasta la médula, dejándolo viendo estrellas.

   Por eso sabe que esa parada era intencional. Martín esperaba que le saludara cálidamente, le sonriera, le invitara un café… y se tragara nuevamente su güevo joven y babeante, que, debía reconocer, sabía bien rico. Tanto que tan sólo de recordarlo contra su lengua, el como temblaba y palpitaba cuando lo recorría, le provoca un calentamiento de bolas. Posiblemente a Martín no le gustaba lo que estaba ocurriéndole, esa dualidad entre el disgusto por el marica y las ganas de que el marica le mamara, pero Valente ya ha tratado antes con hombres como él. Jóvenes, guapos, todo calientes y seductores, que gustan de disfrutar del sexo (¿y quién no?), que se deja tocar por un tipito, cosa que le asquea luego; pero más tarde, en algún momento entre ese instante y el ahora, una noche a solas en su cama, o en la ducha cuando enjabonan sus cuerpos, logrando que sus vergas se le pararas, debías racionar que dejarse mamar, sin importar por quién, era tan rico, satisfactorio y bueno que no valía la pena poner reparos.

   Si, a esas alturas, Martín debía estar un poco más que obsesionado por el marica treintón que gustaba de saborear güevos, que mamaba con ganas, pero que ahora no le tocaba. Ni le miraba. Lo ve dar algunos saltitos, sin alejarse. Por un segundo (el deseo de pasarle la lengua por la raja del culo, así como estaba, se hizo grande), pensó llamarle, fue cuando reparó en una puerta que se abría más allá. La del maldito desgraciado de Guillermo Rontara, un carajo que discutía con todos, que de todo se quejaba, quien le tenía el ojo puesto por considerarlo una influencia peligrosa cerca de tantos jóvenes.

   La homofobia del otro, un carajo alto, delgado y medio calvo, de rostro avinagrado, le llevaba a imaginar que porque era gay, debía tener tendencia pedófilas. Siempre prevenía a todos, discretamente, al respecto.

   Por eso entra, para que no fuera a verlo en boxer y hablar después sus vainas. No tuvo necesidad de mirar a Martín para adivinar su desencanto. Sonriendo malignamente, arrojando el diario sobre la mesita de la sala, Valente se promete que pronto Martín Serrano va a recibir todo lo que espera… aunque jamás haya querido detenerse a meditarlo. O lo imaginara. Seguro que el cabroncito se calentaba cuando lo recordaba tragándose su semen, aunque no quería profundizar en ello. Un día, pronto, lo enfrentaría a ese hecho. Después de todo… para desgraciado, él.

   -Hola tío Valente. Guaooo… ¿me esperabas? –aparece frente a él, sonriente y todo chulo, Matías Galindo, mirándole con ojos brillantes de codicia el bulto bajo el boxer.

   -Matías, ¿qué haces en mi casa? ¿Cómo entraste? –se incomoda casi tanto como se molesta. El otro sonríe divertido.

   -Robé la llave de mamá. Necesitaba hablar contigo y te me niegas por teléfono. –finge una carita dulce.- ¿Por qué, tío? ¿Ya no me quieres? ¿Por qué no me sientas en tus piernas y me cuentas un cuento?

   -Déjate de vainas. Puede que sea un perro, pero no tanto.

   -Te pones aburrido, tío.

   -¿Qué quieres?

   -Hablar. Tengo un problema arrecho. Creo que… sé de alguien que cometió un delito. Un asesinato.

   Vaya con el sobrinito, ¿qué pinta este chico en la historia? ¿Será un cuento o habrá algo de verdad? Y Larry Marcano, ¿cómo terminó realmente de puta regenteado, y usado, por su cuñado? Dato que vale la pena conocer.

CONTINUARÁ … (13)

Julio César.

NOTA: Saben que todo estos son cuentos, ¿no? Por eso no pasa nada malo. En la vida real a la fiesta no se puede ir sin guantes. A cargar cada quien con su condón.

MEMORIAS DE DESGRACIADOS… (11)

agosto 6, 2010

…DESGRACIADOS                         … (10)

   -Te quiero obedecer…

…… 

   Más tarde, duchado, arregladito con un jeans negro súper apretado que le marca paquete y culo, así como una franelita apretada y corta, Matías corta camino por el patio rumbo al estacionamiento, en búsqueda de su moto. Al pasar junto a la piscinita, una que podía pagarse una abogado arrecha que trabajaba bastante, saludo con un movimiento indiferente de cabeza a su flamante padrastro, un chico alto, fibroso y musculoso, el cual estaba de lo más tranquilote levando sol, vistiendo un traje de baño no tan chico pero que se le veía del carajo, admite Matías aunque el hombre no sea de su agrado. Gregory es un tipo de cabellos negros lisos, piel algo cobriza, buen pecho, cintura estrecha y piernas que provocaban meterle mano, aunque no como el culito redondo y parado que se gastaba.

   -Hueles a marihuana. –acusa Gregory, mirándolo ceñudo, sin moverse.

   -Medio porro. –responde sin rollos el otro, metiendo la mano dentro del bolsillo del pantalón. Algo difícil dado lo ajustado que está, sacando algo y lanzándoselo.- Disfrútalo.

   -Oye… -se corta Gregory como siempre ante ese chico tan zumbado, mirando el porro.- Gracias. ¿No deberías ir al colegio? Esa no es la ropa.

   -¿No deberías estar buscando trabajo? ¿O ese bañador es parte del equipo de un gigoló que busca clientas?

   -¡Touché! –sonríe el otro, cerrando los ojos y concentrándose en las caricias del sol.

   Si será cabrón, piensa divertido Matías, alejándose. Su madre había sabido escoger toda una buena joyita. Aunque tenía un cuerpo rico, tal vez un día…

   Rato más tarde llega al Gym Gya, un tonto juego de palabras del dueño que se creía muy listo y sutil. Necesitaba encontrar a Roberto, era necesario ahora que el cabrón de su tío Valente se había negado a ayudarlo. Estaba metido en un buen lío, y temía cómo pudiera acabar todo. Tan distraído va que choca de alguien sin darse cuenta.

   -Lo siento. –se disculpa mecánico.

   -No hay problema. –sonríe el otro joven, alejándose.

   Bonita sonrisa, reconoció el muchacho, quien a pesar de su tamaño era claramente identificado como un menor, o como él gustaba decir: cara de niño con güevo de hombre. El otro tenía buena pinta, alto, musculoso sin llegar a la exageración. Sería lindo conocerlo, se dice sonriendo.

   Y Esteban Meléndez, cuñado de Salvador Gutiérrez, quien es amigo de Valente Fernández, continúa su camino sin imaginar que detrás queda un muchacho soñando… con convertirlo en su puta. Porque aquel niño, Matías Galindo, era un desalmadito hijo de putas que mucho tendrá que ver en esta historia…

…………………

                              – 2 -

   Sandra Laredo era una buena chica, hermana e hija. Era la única hija hembra de Hernán y Piedad de Laredo, la niña de sus ojos como dirían por ahí. Y una mañana, al comenzar la universidad, todo cambió. Faltaba a clases, reprobaba materias, salía a parrandear toda la noche y volvía tomada. Cuando intentaban hablar con ella, gritaba que la dejaran en paz, que era su vida y la vivía como le daba la gana. A Wilfredo, su hermano menor, le provocaba partirle los dientes de un golpe cuando se ponía así. De ser por él, la habría arrojado a la calle. Sus padres no se atrevieron y soportaron. Más tarde se supo que actuaba así influenciada por un novio que tenía, un chico de buena familia, bonito y con recursos. En cuanto Larry Marcano llegó a la casa Laredo, el odio fue instantáneo y reciproco. Se notaba que al catire le fastidiaban, y ellos sólo veían necedad y estupidez en él.

   Para colmo, trataba mal a Sandra. Más de una vez le gritó delante de ellos, o la hacía menos con cometarios como “cállate, que no fue así”, cuando la otra relataba algo. Al principio eso causó conmoción y rabia. Wilfredo y sus hermanos incluso pensaron en darle una paliza, Hernán quería correrlo, pero ella caía en histérica defensa del muchacho, a quien amaba, “ustedes no entienden, él me quiere y yo lo amo, no se metan”. A Wilfredo le consolaba saber que eso no duraría. A ese carajo se le iban los ojos detrás de cada carajita que le pasaba por el frente, aún sentado al lado de Sandra. Un día se iría y se librarían de él….

   Pero no pasó. Sandra se preñó, la familia del muchacho no quiso oír de aborto y tuvieron que casarse. Larry estaba furioso e inconsolable. Wilfredo, y la familia, lo detestaron hasta límites homicidas cuando lo oyeron decir que no gastaría en una boda por la iglesia para casarse con una tipa como esa. La depresión de Sandra, a quien se le notaba la barriga ya, conmovió a la familia (convirtiéndola en cabrona, como no se cansaba de pensar Wilfredo). Ellos pagaron, con sacrificio, por la boda, tan sólo para ver y oír al catire, ebrio, contándole a todo el mundo que se casaban por una barriga e intentando meterles mano a las madrinas.

   Wilfredo estaba considerando, seriamente, darle una puñalada en alguna parte oscura del patio (incluso llegó a preguntarse dónde encontraría un impermeable y unos guantes de goma para evitar la sangre), pero con varias copitas de whisky se tragó su arrechera. Después de todo, Sandra se lo había buscado por idiota. Ahora lo tenía, qué lo disfrutara. Bastante que se lo advirtieron.

   Las cosas no mejoraron después de la boda. Ella perdió al bebé y Larry parecía culparla de haberle tendido una trampa. Un domingo en la tarde, la familia debió escuchar las horribles acusaciones mientras él salía dando un portazo, y ella llorando iba tras él a pesar de que Hernán y Piedad le rogaron que se quedara. Pero ella lo quería, era su marido y ellos no iban a separarlos.

   Los golpes llegaron después. Al principio ella lo ocultaba, luego alegó que él no quería hacerlo sino que tenía muchos problemas. Y los tenía, por andar de borracho, el papá lo había sacado de la oficina donde el joven ejercía el derecho. Ahora estaba casado, sin trabajo y con una creciente afición a la botella. Es decir, toda una joya.

   Sin embargo, Wilfredo supo ver más allá de su patanería. Él sabía lo que pretendía Larry con sus maricadas: hartar a Sandra y obligarla a irse. Y si no podía, humillarlos a ellos dejando que notaran la forma en la cual la trataba. ¡Era un desgraciado total!

   Una tarde, en la propiedad de un productor musical, Wilfredo la pasaba bien. Manejaba un grupito que intentaba meterse entre las mejores bandas caraqueñas, aunque la cosa era difícil, y esa fiesta lo acercaba a los contactos. La reunión era buena, se desarrollaba en toda la casa, la sala, el porche, el patio, la piscina y los pisos superiores. El alcohol corría como un río. La gente consumía cómodamente sentada, mientras se manoseaban casi todos.

   Bebiendo, también aspirando algo de coca, Wilfredo le sonreía a una joven tetona y con cara de viciosita, cuando reparó en Larry Marcano, su cuñadito, totalmente borracho y drogado también. Coño, ¿hasta aquí?

   Lo vio trastabillar feamente, casi cayéndose, cuando Anton, el dueño de la casa, lo sostuvo por un hombro. Anton era un carajo alto y sólido, con cierto abdomen, pero bien conservado físicamente a sus cuarenta y tantos. A Wilfredo le extrañó la mirada apreciativa que Anton le dedicaba a su cuñado, la manera furtiva que miró en todas direcciones y la manera algo imperiosa con la cual iba guiándolo hacia el segundo piso mientras le decía algo. Qué coño…

   Echado boca abajo sobre una cama baja, Larry farfullaba algo, casi inconsciente, mientras Anton, arrodillado sobre la cama, con Larry, entre sus piernas, le recorría todo el cuerpo con las manos, sobándolo. Wilfredo vio como ese carajo lo miraba con morbo, sonriendo torcido, mientras una mano le sobaba el culo que daba gusto sobre el pantalón. Y mira que era nalgón el cuñado, pensó.

   Anton siseándole que se calmara, le dio la vuelta, sobándole el pecho con una mano, bajando la otra y sobándole con ganas el blando bulto sobre el pantalón. Esa mano tenía hipnotizado a Wilfredo, a él no le gustan esas vainas gay, pero… ¡Qué sucio era Anton!, reconoció. El sujeto le había metido una mano debajo de la camisa y lo sobaba, mientras la otra abría el cierre del pantalón y también se metía. Loco de lujuria.

   -Oye, eso es violación. –gruñe ronco, entrando, extrañándose de su propia calma. Allí estaba un carajo metiéndole mano al borracho casi dormido que era el marido de su hermana, y realmente no estaba molesto.

   -¡Wilfredo! -jadea Antón, asustado. No de una agresión ya que es alto y fuerte. De un escándalo.- Mira, hermano, sé que es tu cuñado, pero está sabrosito y no pude…

   -No me importa lo que le hagas a ese cabrón. –sonríe torvo, tomando asiento en un sofá, casi en una esquina.- Pero no te saldrá gratis.

   Anton pareció sorprendido. ¡Vaya desgraciado…!

   -Está bien. –sonríe sádico mirando a Larry.- Está tan bonito que pago por ver y tocar…

   Y gruñe abriéndole la camisa, recorriéndole el torso, atrapando sus tetillas marrones y apretándolas. Wilfredo se inquieta cuando Larry gime, pero debe reconocer que no es por eso. Cuando Antón baja el rostro y comienza a besar y lamer elocuentemente de una tetilla a la otra, siente un calocillo extraño, que se convierte en llamas cuando esa boca atrapa uno de los pezones y le da tremenda mamada. Anton gime ronco sin apartarse.

   Luchando con el peso muerto le quita la camisa, los zapatos y medias, le baja el pantalón y Wilfredo siente un arrebato de ira: mira que era bonito, realmente, su cuñado. Era un tipo dorado, esbelto, casi lampiño, con una pelusa amarillenta en las piernas. Sus labios rojizos, entre abiertos mientras gruñe con disgusto, invitan a la suciedad. Pero es verlo con ese calzoncillo bikini, azul, breve, lo que le eriza los pelos del cuerpo.

   -Dios, es tan bonito… -se regodea Antón, sobándolo, su manota baja por el pecho, el plano abdomen, acaricia la breve tela azul, atrapa el bojote flácido, y mete la mano.

   Wilfredo traga saliva en ese momento. Era tan extraño y… sucio ver a su cuñado así, dormido, gruñendo malencarado, casi desnudo, mientras otro sujeto le mete una manota dentro del bikini, sobándolo rudo. Nuevamente le da la vuelta, y ver esas nalgas casi tragarse el bikini, hace que Wilfredo sienta un espasmo en el güevo, duro ya. Las manos de Antón soban esas nalgas, las aprieta; las mete bajo la tela subiendo por las piernas, susurrando que está tan caliente esa joven piel.

   Nuevamente baja el rostro y lo mete entre las nalgas, y frota, olisquea y casi parece desear cogerlo con la cara. Wilfredo contiene la respiración, casi igual que Antón, cuando este finalmente mete los dedos por el borde del calzoncillo, halándolo, bajándolo. Quitándoselo. Esas nalgas son redondas, firmes, algo rosadas, cubiertas de una fina pelambre amarillenta. Anton traga, baja las manos y entierra los dedos en la carne tersa.

   -Está tan duro… -jadea. Casi gime, con la boca abierta, al separar las nalgas.- Ven, mira que maravilla… -invita.

   Y Wilfredo lo cree una locura, ni de vaina irá a… Pero traga saliva cuando Antón baja el rostro y besa entre las nalgas, hociqueando entre ellas. Su güevo sufre un nuevo espasmo y se pone de pie sin importarle que se le note o que esté mojando un poco el pantalón. Mirar como Antón besuquea, oírlo gemir de gusto, lo calientan demasiado. Cuando llega a su lado, Antón sonríe, con ojos brillantes, labios rojos y barbilla mojada de saliva. El hombre separa las piernas de Larry…

   Ese culo redondito y rojo parece cerrado, mojado de saliva, algo peludo. Y cuando Antón lo azota con la punta de la lengua, y Larry gruñe que lo dejen dormir, Wilfredo casi se corre dentro de los pantalones. Anton gruñe mientras chupa y mama ese culito, la lengua, caliente y viciosa se abre camino, y Wilfredo está fascinado. Cuando el otro se separa, abriendo más las nalgas con sus pulgares y soplando sobre el ojete, lo ve titilar.

   -Creo que este culito está hambriento y hay que darle carne. –gruñe el cuarentón, bajando otra vez el rostro, mordiendo las nalgas, lamiéndole la raja del culo.

   El hombre se arrodilla en la cama, lamiéndose con elocuencia un dedo, y Wilfredo sabe lo que vendrá. Un escupitajo cae en esa raja, un pulgar lo riega, el índice frota la entrada de forma circular, rápido, y Larry gruñe. El dedo entra, el catire se tensa y parece que va a despertar, pero Antón le soba un hombro y sisea. Ese dedo está totalmente clavado en ese culo que lo hala fuerte. Lo mueve y agita, su puño rota un poco.

   El dedo sale del redondo hoyito, halando un poco la entrada. Sin reparos (¡es un cerdo!, piensa Wilfredo), Antón lame dos de sus dedotes, los frota y forza su entrada. Larry gime, la cara se le contrae en sueños, el culo se cierra, las nalgas se elevan un poco, y esa resistencia le encanta a Antón. Empuja y empuja, lo vence, lentamente los dos dedos entran haciendo del anillo del culo un ovalo ahora. Ese culo arde.

   Entretenido como estaba, tijereando con sus dedos dentro del estrecho ano, Antón no repara en Wilfredo, ni sabe del momento exacto cuando tuvo enfocada la escena con su celular, grabando todo.

   -¡Oye, no! –jadea alarmado.

   -Cállate guevón. –gruñe y borra dejándole ver.- No me interesa tu cara fea. –y enciende de nuevo.

   El cuarentón sonríe cruel, entendiendo. Sus dedos entran y salen, cogiéndolo, y la cámara enfoca, desde atrás, esas nalgas abiertas, ese culo penetrado, la espalda y el rostro ladeado de Larry, quien gruñe adormilado. Wilfredo lo enfoca bien, no quiere dudas. Para la grabación un segundo.

   -¡Larry! ¡Larry! –le grita.

   Perdido del mundo, el catire abre los ojos, intentando moverse, y la pequeña cámara lo enfoca, esos abiertos mientras dos enormes dedos se clavan en su culo. Pero entre la caña y las drogas, Larry no puede mantenerse despierto y cae nuevamente. Wilfredo sonríe, ya tenía lo que quería, y apaga el video.

   Loco de lujuria, Antón se abre el botón y el cierre del pantalón. Un güevo tieso y rojizo escapa de allí. Una verga realmente grande. Y ese güevote se enfila hacia el pequeño culo, frotándose de la raja entre las nalgas. El hombre jadea de gusto cuando comienza a meterlo. Larry chilla en sueños, intenta pararse pero una mano grande y ruda cae entre sus omoplatos arrojándolo sobre el colchón. La cabezota roja logra entrar y Larry lloriquea en sueños. Eso dolía.

   Jadeando largamente a cada palmo, el otro entierra, lento pero seguro su verga en ese culo. Hasta los dientes del cierre. Y grita cuando ese culito masculino sufre de espasmos y tirones, intentando librarse de él, atenazándole la verga de una manera maravillosa. La deja ahí, caliente y palpitante, dura, disfrutando de cada halón. La saca tan sólo unos centímetros y vuelve a clavarla. Con todo su peso y fuerza.

   Su verga sale y entra de ese culo mientras lo coge con buen ritmo, rudo. Anton suda y gime mientras cabalga al tipo semi inconciente. Lo encula duramente y el catire sólo jadea e intenta como despertar. Tendiéndose sobre él, después de permitirle a Wilfredo una pequeña toma de quince segundos donde se aprecia bien ese culo cogido y el rostro del catire, el hombre le clava los dedos en un hombro, subiendo y bajando con fuerza sus caderas, haciendo chillar la cama. Lo coge duro y a fondo, la deja clavada y sigue empujando, mientras gruñe que ese culito si está rico, que Larry estaba hecho para ser una perra.

   Y aunque Larry gimotea, con gestos de dolor, la niebla que cubre su cerebro no lo deja actuar ni reaccionar.

   -Eso es, Antón, dale a la perra. Cógelo y conviértelo en tu puta. –grazna, fascinado y totalmente mojado dentro de su pantalón, Wilfredo.- Mira, le duele…

   -Las putas siempre lo dan a entender, pero esto les encanta… -ruge el otro, sonriéndole, medio arrodillándose otra vez, cogiéndolo ininterrumpidamente.- Este culo vale oro… -le clava los dedos en una cadera mientra lo nalguea rudamente con la otra mano.

   -Y se lo estás rompiendo.

   -Calma, la leche se lo curará… ¡Ahhh…! Pero qué culo más rico tiene tu cuñadito, Wilfredo, tienes que probarlo.

   Vaya, ¿así se hace? ¿Fue así realmente como Larry  Marcano comenzó su camino a la perdición terminando como la puta de lujo de su propio cuñado? Falta poco, pero lo sabremos…

CONTINUARÁ … (12)

Julio César.

MEMORIAS DE DESGRACIADOS… (10)

junio 11, 2010

…DESGRACIADOS                         … (9)

   Enviciado con leche…

……

   -Ya es tarde y mañana hay que ir a la escuela, muchachos, vayan terminado.

   Y lo rodean, cierra los ojos, sabe qué viene ahora. Todo carajo, hétero, cuando tira al lado de amigos, a una caraja o a un marica, siempre terminaba así, rodeándolo, cada uno sobándose y masturbando el dolido güevo, para bañarlo de esperma. Los gruñidos de “toma, tómala toda, cabrón”, se dejaron oír antes de que los cálidos chorros de leche lo bañaran por el rostro, el cabello, su cuello. Los tres quieren cubrirlo de semen, es como si demarcaran su territorio. Y lo hicieron. Acabaron sobre él. Larry cierra los ojos. Ahora si que todo había terminado. Al fin.

   -Ah, qué rico tenía ese culo este pato. –oye.

   -Ese culo está hecho para los güevos. –exclama otro.

   -Míralo, está satisfecho de machos. –ríe Clemente, el marinero.

   Y Larry intenta no escuchar nada más. Humillado. Agotado. Oye entre brumas como Gabriel Santana paga, también dos de los marinos. Qué puta estaba hecho, se dijo con pesar. Casi se duerme cuando una palmada ruda en sus nalgas lo despierta con un quejido. Levanta el rostro hacia Wilfredo Laredo, todo sonreído.

   -Nada de dormir aquí, Larry; eres realmente un tipo asqueroso, estás todo bañado de esperma. Ve a darte una ducha y te llevo a tu casa. Mi hermana debe estarse preguntando dónde está su maridito. –y ríe cruel, mientras Larry deja caer su cabeza, derrotado, sometido, con ganas de llorar.- Anda… ¿o quieres que termine yo la faenita? Bañado como estás en tres leches, se me antoja cogerte también, como te gusta… -gruñe ronco, sobándole una nalga con codicia…

……

   Los rojos labios suben y bajan golosamente sobre el grueso y tieso güevo que babea sus jugos calientes sobre la ávida lengua del joven. Cerrando los ojos, Rigoberto Altube continúa becerreando, recreándose en las poderosas sensaciones que lo recorrían. Nunca antes había sido tan conciente de su cuerpo, de cuánto placer podía brindarle, de cuánto podía arderle como ahora que ese sujeto de rostro sardónico (lo sabe sometido y dominado al dios güevo), le enterraba su verga hasta la garganta, donde la atrapaba y mamaba de manera desesperada. ¡Le encantaba mamarse un güevo!

   A Valente le agradaban esos maricas que pasaban la vida resistiéndose a sentir, muriéndose por meterle mano a otro carajo sin atreverse, porque una vez que se desataban, ¡se desataban! La boca de Rigoberto le estaba chupando la vida. El güevo, caliente como una plancha china, entraba y salía, siendo lamida, mamada, apretada. No había nada mejor que una buena mamada, y si te la daba un carajito bonito, altivo momentos antes, ansioso de güevo ahora, era todavía mejor.

   -Hummm… Así, eso es, perra… lo haces tan bien. Has nacido para mamar güevos… Sáciate, pequeño.

   Tal vez fueron esas palabras o los jadeos de Rigoberto, el caso es que la puerta del privado en aquel sanitario de hombres, se abrió, y dos carajos en la treintena, los miraron con sonrisas de burlas en sus rostros, pero con pupilas brillantes. A los ojos de un tipo como Valente no escapa el hecho de los bultos muy visibles en sus pantalones.

   -¡Búsquense un hotel! –grazna ronco uno de los carajos.

   En verdad simplemente pensaban en abrir la puerta, gritar “ajá”, entre burlones y agresivos, y terminar con todo. Pero ese sujeto del traje no pareció sorprendido o avergonzado, al contrario, le atrapa la nuca al otro y lo obliga a volver a la mamada. Y ver a ese otro tipo, joven y con pinta de ejecutivo, tragándose palmo a palmo la gruesa verga, los estaba poniendo mal.

   -¿Por qué no pasan y se las sacan? A mi amigo le encantan los güevos duros que ya babean, y creo que los de ustedes están así.

   -Oye, no… -inicia el que aconsejó que fueran a un hotel.

   -¡Mámamela! –jadea el otro, el más joven, entrando y manipulando con mucha dificultad su güevo tieso fuera de la bragueta y el calzoncillo.

   -¿Pero qué…? –se impacta el amigo, mientras Valente sonríe.

   -Amigo, ¿a quién no le gusta que se la mame un tipo como este, en un baño público… y más si hay un panita mirando? –resume el cruel Valente, ese desgraciado que ha visto tanta agua correr bajo el puente, y mucha leche derramada sobre carajitos ansiosos.

   Como sea, Rigoberto se inquieta, parece que quiere detener todo, sacar el güevo de Valente de su boca, ponerse de pie e irse, y más cuando Valente, mirándolo desafiante, le suelta la nuca. Era el momento de terminar con todo… pero no puede. El joven ejecutivo está tan caliente que quema, y ese güevo sabía demasiado rico, y él había soñado con eso durante mucho tiempo, así que lo traga todo, incluyendo su orgullo, metiendo la nariz dentro de la bragueta de Valente, ganándose la risa de los otros. Mama y mama con ganas hasta que siente otro güevo ardiente frotándosele de una mejilla. Retira su boquita viciosa de ese tolete que se agita en el aire, mojado de saliva, dejando caer una lenta gota de líquido pre-eyacular, y dejando escapar un gemido, recorre con la lengua la verga del otro, que chilla sorprendido. Esa lengua le produce un rico corrientazo que lo estremece y cando la traga, cuando Rigoberto le cubre todo el tolete, el hombre cierra los ojos cayendo contra una pared divisoria, comenzando a cogerle la boca con furia, sacándosela y metiéndosela hasta los pelos.

   Dios, ¡ese tipo tenía razón! Qué sabroso era que te la mamara así otro carajo, un desconocido, una boca viciosa que tragaba todo, que chupaba y halaba. Pero contiene la respiración y abre los ojos cuando siente algo más. En una de sus mamadas, el ya vicioso Rigoberto había atrapado la tranca contra su mejilla izquierda, abultándola, fue cuando el carajo sintió la verga del amigo frotándose de esa mejilla. Güevo con güevo, separados por la fina mejilla. Abre los ojos, justo a tiempo para ver al mamagüevos dejar el suyo y atrapar el de su amigo del alma, tragándolo toda, gimiendo de gusto al saborearlo.

   Valente sonríe, sabe que Rigoberto ya está atrapado. Mamar esas vergas apresurará aun más su mariconeidad, y despertará en él el… “hambre” de güevos. Ya estaba listo para que le hicieran lo que fuera. Sonriendo lo mira, tal vez es un juego, pero los tres carajos, güevos afuera, lo rodean. Cada uno toma su propio tolete imposiblemente tieso y caliente y lo frota de esa cara ávida que abre la boca intentando mamar o morder de aquí para allá, pero no lo dejan. Cada uno lo mira, sonriendo mórbido, el macho dominante sobre el sumiso, y le recorren la frente, la nariz, las mejillas y barbillas, cada uno manchándolo de saliva y jugos espesos. Como poniéndose de acuerdo, cada uno golpea con su tranca en o cerca de la boca que deja salir gemidos deseosos de más. Esos carajos lo disfrutan (¿y quién no lo haría?), mientras Rigoberto siente que se muere de ganas, nunca antes en su vida había estado tan caliente.

……

   La camioneta tipo Van de Wilfredo Laredo se detiene frente a la casa donde esa misma tarde, Larry Marcano tenía una parrillada con sus amigos. El tosco hombre se vuelve para mirar al catire alicaído, algo pálido, con el cabello aún húmedo de la ducha que tuvo que tomar para lavar de sus cabellos y cuerpo la gran cantidad de semen que esos tres tipos derramaron sobre él.

   -Toma tu parte… -gruñe Wilfredo, sin mirarlo ahora, tendiéndole unos billetes sospechosamente parecidos a dólares.- Lo hiciste bien esta noche, cada vez eres mejor. Eres la mejor puta de mi plantilla. –agrega, deseando lastimarlo, y siente un ramalazo de júbilo al oírlo gimotear. Dios, ¡como odiaba a Larry Marcano!

   -Wilfredo… -lloriquea suplicante, y mentalmente el otro bota aire.- …Termina con esto, por favor. Déjame ir. No me obligues a hacer estas cosas. Por favor. Te lo suplico. –casi al borde de las lágrimas, pide.

   -Deja tus lloriqueos. Esto son negocios… Sabes que tengo un tren de vida caro, y no voy a salir de mi mejor puta.

   -Por favor… te lo pido… No me obligues a…

   -¡Cállate de una vez, maldita sea! –le grita, volviéndose furioso y soltándole un bofetón. Larry bizquea, sorprendido, llevándose una mano ala mejilla, sin reaccionar como no sea bajando la vidriosa mirada. El otro suelta aire.- ¡Coño! ¿Ves lo que me obligas a hacerte?

   -Wilfredo…

   -Deja de gimotear. Ya estoy cansado de tus quejas, de tus: “No me obligues… no quiero hacer eso”. ¡Te gusta! ¡Eres una puta de culo caliente…! Y te gusta que te consiga machos porque eres sucio. –acusa.- ¡Eres mi puta! –le grita posesivo, atrapándolo por el cuello y halándolo. No lo besa, más bien le muerde el labio inferior, duro, y cuando Larry medio gime, mete su  lengua reptante, lamiéndolo todo, saboreándolo. Dios, ¡cómo odiaba a Larry Marcano!, se dice, aunque su verga está dura ya. Casi de un empujón termina la caricia.- Recomponte y ve con tu mujer. Dile a mi querida hermanita que mamá y papá la esperan este domingo en la casa. Te quiero ahí… y lleva pantaletas. Sabes cómo me gustan, tangas…

……

   Eran las  nueve de la mañana cuando el último desgraciado que faltaba por llegar, despertó en su cama grande. Botando aire y cerrando los ojos un momento para alejar el malestar de la resaca, Matías Galindo mira el techo. Otro día de mierda. Odiaba el día, no había nada que hacer como no fuera soportar los reclamos de su madre, e ir al colegio. Si no fuera por las noches y sus parrandas, ya se habría ahorcado para variar la rutina. El chico, delgado pero alto, de piel blanca cobriza y espeso cabello castaño claro, se sienta. No tenía tiempo, ni ganas, para una rápida paja. Debía salir antes de que…

   -¡Llegaste a las tres de la mañana! ¡Otra vez! –le gritó Susana, su madre, atrapándolo en el pasillo cuando casi corría hacia el baño para escapar de sus regaños.- ¿Se puede saber qué tanto hace un muchazo de quince años en la calle a esas horas? –él se detiene y calla un soez “bebiendo y tirando con la primera persona que pasa”.

   -Mami, no me gusta estar aquí y verte en arrumacos con ese muchacho.

   -¡No es un muchacho! –suelta enrojeciendo y a la defensiva.- Gregory tiene veinticuatro años.

   -Y tú cuarenta.

   -¡Baja la voz!

   -¿Por qué? ¿Cuántos dijiste que tenías? Si te creyó menos de cuarenta es porque es más tonto de lo que parece. Y mira que resulta difícil de imaginar.

   -¡Basta! –lo silencia, sintiéndose mortificada en muchos niveles. Quiere corregir a ese hijo díscolo, pero estando atrapada en su relación con Gregory, se le hacía difícil confrontarlo.- Es mi marido.

   -¿Asistió alguien de Protección al Menor a ese matrimonio?

   -¡Deja de molestarme!

   -Eso es lo que quería, pero tú me paraste. Y te dejo, me estoy cagando. –y sonriendo, corre hacia el cuarto de baños, donde se alivia por primera vez e el día… fumándose medio porro de marihuana.

   Más tarde, duchado, arregladito con un jeans negro súper apretado que le marca paquete y culo, así como una franelita apretada y corta, Matías corta camino por el patio rumbo al estacionamiento, en búsqueda de su moto. Al pasar junto a la piscinita, una que podía pagarse una abogado arrecha que trabajaba bastante, saludo con un movimiento indiferente de cabeza a su flamante padrastro, un chico alto, fibroso y musculoso, el cual estaba de lo más tranquilote levando sol, vistiendo un traje de baño no tan chico pero que se le veía del carajo, admite Matías aunque el hombre no sea de su agrado. Gregory es un tipo de cabellos negros lisos, piel algo cobriza, buen pecho, cintura estrecha y piernas que provocaban meterle mano, aunque no como el culito redondo y parado que se gastaba.

   -Hueles a marihuana. –acusa Gregory, mirándolo ceñudo, sin moverse.

   -Medio porro. –responde sin rollos el otro, metiendo la mano dentro del bolsillo del pantalón. Algo difícil dado lo ajustado que está, sacando algo y lanzándoselo.- Disfrútalo.

   -Oye… -se corta Gregory como siempre ante ese chico tan zumbado, mirando el porro.- Gracias. ¿No deberías ir al colegio? Esa no es la ropa.

   -¿No deberías estar buscando trabajo? ¿O ese bañador es parte del equipo de un gigoló que busca clientas?

   -¡Touché! –sonríe el otro, cerrando los ojos y concentrándose en las caricias del sol.

   Si será cabrón, piensa divertido Matías, alejándose. Su madre había sabido escoger toda una buena joyita. Aunque tenía un cuerpo rico, tal vez un día…

   Rato más tarde llega al Gym Gya, un tonto juego de palabras del dueño que se creía muy listo y sutil. Necesitaba encontrar a Roberto, era necesario ahora que el cabrón de su tío Valente se había negado a ayudarlo. Estaba metido en un buen lío, y temía cómo pudiera acabar todo. Tan distraído va que choca de alguien sin darse cuenta.

   -Lo siento. –se disculpa mecánico.

   -No hay problema. –sonríe el otro joven, alejándose.

   Bonita sonrisa, reconoció el muchacho, quien a pesar de su tamaño era claramente identificado como un menor, o como él gustaba decir: cara de niño con güevo de hombre. El otro tenía buena pinta, alto, musculoso sin llegar a la exageración. Sería lindo conocerlo, se dice sonriendo.

   Y Esteban Meléndez, cuñado de Salvador Gutiérrez, quien es amigo de Valente Fernández, continúa su camino sin imaginar que detrás queda un muchacho soñando… con convertirlo en su puta. Porque aquel niño, Matías Galindo, era un desalmadito hijo de putas que mucho tendrá que ver en esta historia…

   ¿Quién es este niñato? Parece de cuidado, lamentablemente tardaremos en saberlo ya que primero deberemos conocer las circunstancias que transformaron a Larry Marcano, de atractivo ganador mujeriego, en una de las putas a sueldo de Wilfredo Laredo, quien es además, su cuñado. Veremos cómo lo hizo y veremos sí nos sirve el dato…

CONTINUARÁ … (11)

Julio César.

MEMORIAS DE DESGRACIADOS… (9)

abril 12, 2010

…DESGRACIADOS                         … (8)

   Todos deseaban cubrirlo de leche…

……

   Siente la garganta seca. Será mejor tomar algo y volver a dormir. Hará el viaje para asegurarse de poner tiempo entre el sueño anterior y cualquier otro que pueda llegar. No desea que Esteban, el cuñadito, aparezca nuevamente en ellos. Necesita agua. O una ducha. Pero si se ducha y Nora oye, exigiría explicaciones. Y no es que él no se bañe cuando le da la gana, o que lo haga raramente, es que ella es así. Lo conoce. Entra en la cocina en penumbras medio dormido, pero se detiene bruscamente, la puerta de la nevera está abierta y Esteban, sin camisa y con el pantalón flojo de un pijama, busca algo dentro. Sobre la mesa ve un vaso medio lleno de leche. Salvador se estremece.

   El chico es alto, delgado pero bien formando. La espalda es ancha, una mano tardaría su tiempo recorriéndola. Y lo imagina, otra vez, en una competencia. Con su trusa chica, minima, bañado en aceites, y dos manos grandes y fuertes aplicándolo. ¡Coño!, jadea para sí. Y cuando el chico se vuelve, con un paquetito de queso amarillo, de esos en rebanadas, casi grita. Calma, se dice; ni que fuera a leerte la mente. Aunque… algo hay, lo ve sonreír divertido, con un bigotillo de leche en su labio superior que le parece adorable. ¡¿Adorable?! ¡Ay, coño!

   -¿Te desperté? –pregunta, mirándolo fijamente.

  -No, tenía sed.

   -Sí, se nota que andas acalorado. –repite con una sonrisa. Y casi chillando Salvador recuerda su vistosa erección.- ¿Siempre andas así?

   -Es por tu hermana. –cree que ya se lo dijo, y aprovecha que el chico se sienta a comer, para ir a la nevera, tomar una botellita de algo que parece jugo y dar la vuelta. Va a salir pero Esteban lo mira, mordiéndose los labios.

   -Me dio hambre. –informa quién sabe a santo de qué.- Es por los entrenamientos. –y cuando Salvador se vuelve, le muestra el queso y la leche.- Lo siento, debí pedir permiso…

   -No hay problema, Esteban. –grazna con una mueca; caramba, pero que sonrisa tan bonita, parece un niño, se dice extrañado. Bota aire y va a salir.

   -Salvador… -lo llama, suave.

   Parece que no quiere dejarlo ir. Y así, por extraño que suene, le parece a Salvador. Pero él no debería detenerse, era mejor salir de allí, corriendo de ser posible. Esteban era muy joven, muy atractivo, muy… Pero se vuelve, nota, acalorado como el chico mira fugazmente esa erección de mierda que no se quiere ir. Y le gusta que la mire. Y le asusta.

   -¿Qué quieres… Esteban? –pregunta ronco, como si muchas cosas estuvieran en juego.- ¿Qué quieres de mí?

   -¿Todavía me odias? –pregunta como un niño que espera oír que no. Y desconcierta al hombre.

   -¿Qué? ¿Odiarte? No, yo nunca… -se deja caer en una de las sillas.- Claro que no, muchacho.

   -Nunca nos has querido. A ninguno de la familia.

   -Un momento, Esteban, fueron ustedes quienes se pusieron contra mí desde que fui a los Andes, por Nora. Incluso tú.

   -Lo siento. Era un muchacho, no le agradabas a mamá y creo que cernamos filas alrededor de ella. –toma su leche, y Salvador hace esfuerzos por no mirarlo tragar, por no notar los contornos de su pecho, sus tetillas marrones claras. ¿Qué coño le pasaba? Él nunca se había fijado en esas vainas.

   -Yo… bueno, tampoco fui muy amable contigo.

   -Es cierto. –reconoce simple y a Salvador le sienta mal.

   -¿Qué haces aquí en verdad, Esteban? –lo mira desconfiado. Su instinto lo previene contra el muchacho, aunque se veía tan dulce e inocente en ese momento tomándose su leche con los ojos tan abiertos, que se siente tonto.

   -Nada. –responde, pasándose la lengua por los labios, y Salvador siente un calor abrazador y desconocido en su vientre.- Vengo a unas pruebas del gimnasio. –mira su vaso.- En cuanto pueda me iré a casa de Amanda, una prima. No quiero molestar.

   -Creo que… estaría bien. –le cuesta hablar, pero lo dice. Porque lo siente. Es mejor que ese muchachito bonito esté lejos de su vista. Se retira intentando no fijarse en el puchero de Esteban, quien parece dolido y decepcionado.

   -Buenas noches… -oye su susurro, suave, cálido.

……

   Caliente, Valente tiene cubierta la boca del jadeante Rigoberto Altube con una mano mientras oyen como Mario Giorgio aún los llama. Rigoberto siente que su corazón quiere estallar de miedo. Dios, estaba encerrado con otro carajo en un baño, y ese tipo lo tocaba, lo jamoneaba, le frotaba ese güevo caliente que tenía, de la barriga, mojándole un poco la camisa y el saco con sus jugos. Era inconcebible. Él no era un marica. Era un hombre como todos… Eso se repetía cada mañana.

   -Maldita sea, ¿dónde está ese guevón? –oyen el ladrido de Mario y el como se aleja con un partazo al salir.

   -Debo… debo irme. –jadea totalmente aterrado, Rigoberto, mientras mira suplicante a Valente pegado a él. Valente sonríe cruel, con un brillo sádico en sus ojos.

   -No vas para ningún lado, bebito… No hasta que te tomes tu lechita.

   -Señor Fernández… -jadea e intenta alejarlo.

   Pero el otro sonríe más, antes de atraparle la boca con la suya y lamerle el labio inferior, mordérselo y entrando en esa otra boca. Rigoberto gime putonamente, estremeciéndose todo. No quiere eso, a un nivel intelectual desea escapar, pero su cuerpo se derrite cuando esa lengua lo lame, lo chupa, esa lengua de macho que se ata a la suya en un sucio beso donde hay mucha succión y saliva. También quiere esas manos grandes, calientes y rudas que atrapan sus nalgas, posesivo, casi alzándolo. Pero sobre todo, por encima de todo, desea esa verga dura y caliente que se frota de su abdomen. Ese güevo lo marea casi tanto como la boca que lo come.

   -Señor Fernández… -jadea agónico, casi desmayado en brazos del macho de más edad que lo sostiene para que no caiga.

   -Muchacho, mira cómo estás. Se ves que has soñado por mucho tiempo con el macho que te ponga preparo. Pobre, tan guapetón y tan desperdiciado. No has vivido nada aún cuando muchos carajos seguramente habrán deseado convertirte en su putica caliente. –saca su lengua, vicioso, y la clava en la boca del otro; apretándole rudo una nalga, su otra mano atrapa el suave cabello, halándolo, rudo.

   -No puedo hacer esto… Yo no soy gay… -jadea cuando el otro lo empotra contra la pared, con todo el cuerpo, y le muerde, lame y chupa el cuello.

   -Cállate, marica; sé de esto. Eres tan marica que relumbras. Creo que eres el marica más marica que he conocido jamás.

   -¡No! –intenta negarse, alejarlo, pero sin fuerzas.

   -Claro que lo eres, bebé. –se frota de él, un güevo afuera contra otro bajo las ropas.- Dímelo… Cuéntale a papito… ¿te excitas en los vestuarios de tu gimnasio mirando a todos esos machos musculosos y sudados en suspensorios diminutos? ¿No has deseado gritar que eres la reina perdida de los maricas y caer de rodillas mamándolos a todos mientras te rodean y frotan sus güevos babeantes de ti? ¿No sueñas con que un carajo que conoces te arroje en tu cama y te penetre toda la noche haciéndote gritar como la puta ocultas que eres?

   -¡No! –pero traga, casi gimiendo cuando la boca de Valente le atrapa el lóbulo de la oreja, mordiéndolo suave, intentando meterle la lengua en el canal auditivo.

   -Eres un marica… Es lo que eres… Un marica caliente en busca de güevos. –le repite mirándolo a los ojos, atrapándolo por un hombro y guiándolo, haciéndolo caer de culo sobre la tapa del inodoro.

   Rigoberto tiembla de miedo y excitación, mirándolo a los ojos. El otro sonríe socarrón, con ese güevo tieso, amoratado de ganas, con un leve hilillo de transparente líquido pre-eyacular colgando sin caer.

   -Señor Fernández…

   -Shisssttt. –lo calla y agita su lanza dura de carne.- Tómala bebé, atrápala con esa boquita rica que fue hecha por Dios para mamar todos los güevos del mundo.

   -No.

   -La quieres. Tómala. Es tuya. Es lo que tanto has deseado y soñado en tus noches solitarias de muchachito que crecía reprimido haciéndose pasar por hombre. Trágala, sabes que la deseas, que el corazón te duele de las ganas que tienes.

   Y era cierto, a Rigoberto todo le daba vueltas mientras mira el ojete rojizo soltar su baba clara. La boca se le seca. Valente sonríe, agita el tolete y este choca y se frota de las delgadas mejillas del otrora altivo joven, ahora todo enrojecido, ojos brillantes y labios hinchados. Cuando el glande choca de sus labios, empegostándolo, Rigoberto, con un gemido, no puede evitar entre abrir los labios, pasar la lengua y… jadear agónico. ¡Esa vaina sabía deliciosa! No la besa, no lame, no la recorre con la lengua. Cerrando los ojos, y con un gemido de angustia, Rigoberto se traga medio tolete, ahogándose, tosiendo un poco, cerrando los labio sobre él, lamiéndolo con la lengua y quemándose.

   -Si, eso es… -gruñe totalmente excitado Valente, mirándolo, viendo como la roja, golosa y gimiente boca sube y baja sobre medio tolete.

   Pudo habérsela metido a juro, pero sabía que el acomplejado y reprimido chico necesitaba descubrir su mariconeidad por sí mismo. Eso lo enloquecería totalmente. Así se convertiría más rápidamente en una putica golosa. Valente lo sabe, y lo comprueba. Mientras más mama y chupa, más desea el ansioso joven. Su boca sube y baja con mayor vigor. Su boquita es una gran “o” donde el grueso y nervudo güevo va y viene, dejándolo brillante de saliva, mientras las dos bolas lo golpean en la mandíbula, porque ahora Rigoberto está tragándoselo todo.

   -Ah, sí… Así, perrita… -le gruñe ronco y grosero atrapándole al fin la fina cabellera, guiándolo arriba y abajo sobre su tranca.- Sabía que te gustaría, tienes carita de mamagüevo. Hummm… -y comienza a cogerle la boca, empuja sus caderas y el grueso güevo entra y sale de la ansiosa boca.

   Rigoberto llevaba demasiado tiempo soñando con hombres como para detenerse ahora. Mientras más mama, más quiere… y lo más extraño es que siente algo… en su culo, que se calienta, que arde, que pica… que necesita otra cosa. Cierra los ojos y se deja llevar, disfrutando de chupar una buena verga caliente y dura, saboreándola al fin, descubriendo que es lo más rico del mundo.

   -Vamos, maricón de mierda, sácame la leche, sé que quieres tragártela. –le gruñe grosero, y Rigoberto gime aguda y audiblemente. Esas palabras lo excitan.- Comételo puta, comételo todo. Ah, si tu padre te viera, Rigoberto, comiéndole el güevo a otro hombre. Seguro que hasta él se excitaría con la pinta que tienes, de marica caliente, de marica que goza de una buena verga, de marica que desea ser cogido y reventado a fuerza de güevos. ¿Te gusta? ¿Te gusta? –casi le grita, pero el otro calla. Sonriendo, saca su tolete, que babea jugos y saliva.

   -Yo… ¿qué…? –Rigoberto palidece, mirar ese güevo lo marea, intenta tocarlo y comerlo, pero el otro lo aleja.

   -¿Quieres mi güevo? ¿Deseas tragártelo todo, hasta los pelos?

   -Si… -jadea avergonzado, pero también excitado.

   -Pídemelo como una buena putica y tal vez te complazca.

   -Yo… Dámelo. Déjame mamarte el güevo, por favor. –lloriquea.

   -Está bien. Eres un buen chico, por eso lo haré… -y se la clava toda, pronto los gemidos de gusto de Rigoberto se dejan oír nuevamente.

   Y vaya que se oyen. Hace como cinco minutos que un carajo entró a mear y escuchó las primeras escaramuzas. No era gay, pero las palabras, jadeos, gemidos y succiones lo calentaron. Enrojeció cuando un pana que tomaba caña con él, entró y lo pilló oyendo a pocos pasos de la puerta. El amigo entendió qué pasaba, e iba a burlarse cuando escucharon a Valente ordenarle al otro que rogara, y al otro rogar; eso puso duro a esos dos carajos que jamás soñaron con el sexo gay. Ahora estaban ahí, cerca. Oyéndolo todo. Y alguien lo sabe… Valente lo sabe…

……

   En cuatro patas sobre esa cama, rodeado de carajotes de güevos tiesos y largos que se meten por su boca y culo, Larry Marcano intenta no pensar. Esos titánicos toletes de carne dura y caliente se clavan uno tras otro en su redondo y liso culito que se abre y los traga cuando los rudos machos lo embisten. Uno de ellos, no sabe ya ni quién es, se enchufa totalmente a él, las caderas aplastándole las nalgas, el güevo bien enterrado en sus entrañas donde se corre mientras lo nalguea, le hala el cabello amarillento y le grita “tómalo todo, putica”. Y le baña las entrañas nuevamente de leche, como ya han hecho varias veces en la noche. Cuando el carajo le saca la verga, cae de lado sobre la cama, sin fuerzas. A lo lejos le parece oír un:

   -Ya es tarde y mañana hay que ir a la escuela, muchachos, vayan terminado.

   Y lo rodean, cierra los ojos, sabe qué viene ahora. Todo carajo, hétero, cuando tira al lado de amigos, a una caraja o a un marica, siempre terminaba así, rodeándolo, cada uno sobándose y masturbando el dolido güevo, para bañarlo de esperma. Los gruñidos de “toma, tómala toda, cabrón”, se dejaron oír antes de que los cálidos chorros de leche lo bañaran por el rostro, el cabello, su cuello. Los tres quieren cubrirlo de semen, es como si demarcaran su territorio. Y lo hicieron. Acabaron sobre él. Larry cierra los ojos. Ahora si que todo había terminado. Al fin.

   -Ah, qué rico tenía ese culo este pato. –oye.

   -Ese culo está hecho para los güevos. –exclama otro.

   -Míralo, está satisfecho de machos. –ríe Clemente, el marinero.

   Y Larry intenta no escuchar nada más. Humillado. Agotado. Oye entre brumas como Gabriel Santana paga, también dos de los marinos. Qué puta estaba hecho, se dijo con pesar. Casi se duerme cuando una palmada ruda en sus nalgas lo despierta con un quejido. Levanta el rostro hacia Wilfredo Laredo, todo sonreído.

   -Nada de dormir aquí, Larry; eres realmente un tipo asqueroso, estás todo bañado de esperma. Ve a darte una ducha y te llevo a tu casa. Mi hermana debe estarse preguntando dónde está su maridito. –y ríe cruel, mientras Larry deja caer su cabeza, derrotado, sometido, con ganas de llorar.- Anda… ¿o quieres que termine yo la faenita? Bañado como estás en tres leches, se me antoja cogerte también, como te gusta… -gruñe ronco, sobándole una nalga con codicia…

   Pero, ¿qué cuñado es este? ¿Vendiendo al marido de su hermana? ¿Cómo llegó Larry a eso? ¿Qué trama Valente en ese baño donde le abre los ojos al pobre marica reprimido sobre lo que en verdad quiere? Y Esteban, ¿a qué ha venido realmente a Caracas? Y todavía falta un desgraciadito que está a punto de aparecer…

CONTINUARÁ … (10)

Julio César.

MEMORIAS DE DESGRACIADOS… (8)

febrero 27, 2010

…DESGRACIADOS                         … (7)

   A veces… la gente es linda y uno no lo entiende…

……

   -Comenzó la fiesta. –anuncia Clemente, a sus amigos y ríe, atrapándole nuevamente la nuca a Larry, y violentamente obligándolo a caer de rodillas otra vez.- Hay que gozar de esta putica caliente.

   Riendo los carajos lo rodean. Ahora Larry está en cuatro patas, sobre manos y rodillas, intentando ponerse de pie, gritando que lo dejen en paz, mientras esos sujetos lo medio empujan, lo nalguean diciendo “esto sí está gordo”. Larry mira, asustado, hacia Wilfredo, ingenuamente esperando ayuda. Sabe, en su interior, que es imposible esperar nada de ese saco de mierda, pero…

   Y la ayuda no se da. Wilfredo lo mira con ojos brillantes, excitado en tu tormento, en su humillación. Él, Larry Marcano, un carajo hasta ayer aventurero, mujeriego, rico, educado y exitoso, era ahora una puta barata. Una puta que estaba allí para hacer ganar dinero a un vividor como él.

   Larry nada puede hacer, tres enormes y babeantes güevos, aún el de Clemente, se frotan de su rostro, mojándolo, embarrándolo. Los carajos lo llaman marico recogido, remamagüevos, y le clavan los güevos en la boca. Les excita ver esos labios rojos bajar sobre sus trancas, o en la del compañero. Caliente como el infierno, Clemente va tras Larry y cae de rodillas. Mira esas nalgas redondas, plenas, musculosas y lampiñas. Mira la tirita del hilo dental entre ellas, nota el saco de las bolas, y pierde la cabeza. Su mano sube y baja, azotándolo de una nalga a la otra. Fuerte. Larry chilla, se estremece e intenta detenerlo, pero un brazo le rodea el cuello para asegurar que siga mamando. Al “a mí”, es obligado, con asco, sintiéndose horrible, a ir de una güevo babeante al otro, comiéndolos, sintiéndolos sobre su lengua, la cual es mojada con sus jugos agrios y salinos.

   Clemente, totalmente caliente, mete su pulgar en la parte superior del hilo, es tan suave y Larry tan caliente, que se estremece. Sabe que comete demasiadas mariqueras, pero no puede contenerse. Su dedo baja, eleva el hilo dental, y la raja rojiza y lampiña queda al descubierto. Y Larry cierra los ojos con ganas de llorar. ¡Su culo! Sabe que tiene el culo expuesto. Y Clemente respira pesadamente viéndoselo. Redondito. Cerrado. Y la cabeza de su pulgar va, lo toca y se quema. Los otros lo miran, miran esas nalgas mientras turnan sus vergas enormes en la boquita del carajo.

   Ese pulgar oprime, y va abriéndose camino. Lo entierra de un golpe, hasta chocar con la palma de las nalgas. Y grita, ¡qué caliente, qué sedoso, qué apretado! Ese culo le aprieta sabroso el dedo… halándolo. Tal vez Larry no lo quería, pero el culo halaba. El dedo entra y sale, cogiéndolo, y Clemente lo ve todo rojo ya. Saca el pulgar y mete los dedos índice y medio de su mano derecha. Hasta el fondo, venciendo la resistencia, lastimando a Larry que gime.

   -¡No muerdas, güevón! –brama uno de los marineros, sacando su tranca y abofeteándolo, sonriendo, sintiéndose poderoso al hacerlo.

   Larry queda algo atontado, pero eso pasa pronto cuando los dedos, demasiado gruesos y rígidos, comienzan a cogerlo, con fuerza, duro. Salen y entran, sin importar que lo lastiman, lanza un “ahhh” apretando los dientes, cuando Clemente, perdido de ocioso, clava sus dedos, empuja más y luego los flexiona como un gancho, duro, una y otra vez. Larry gime porque aquello es horrible, porque está siendo humillado, vendido. Prostituido. Pero ese roce oprime algo que lo desequilibra. No quiere sentir, al menos nada grato, pero…

   Y los morenos dedos, ahora tres, entran y salen de las blancas y muy abiertas nalgas, cogiéndolo una y otra vez. Los otros dos marineros han dejado la boca de Larry, quien sudoroso, todo rojo, intenta resistir el deseo de gemir, sabe que eso lo rebajaría más delante de Wilfredo y Gabriel. Los marineritos miran esos dedos canela entrando dentro del redondo culito, para salir y entrar otra vez. Wilfredo sonríe mirando el rostro tenso de Larry. Sabe que el hijo de putas odia eso, que se resiste, pero el frote de la próstata debía estarle dando problemas. Mira a los marineros.

   -Bien, chicos, ¿quién quiere cogérselo de primero, llenándole el culo de leche?

……

   El sanitario está bien iluminado, colores grises, aséptico. Rigoberto Altube mea en el largo urinal del centro. Valente entra, sonriente, recorriéndole con la mirada los anchos hombros, recreándose en las nalgas paraditas. Se estremece de lujuria cuando va hacia él, preguntándose si estas nalgas estarán medio envueltas en alguna tanguita, sintiendo como se le endurece ya el güevo bajo la ropa. El cabello de Rigoberto es sedoso, abundante aunque bien peinado. Será rico enterrar los dedos en él y halárselo duro mientras le cabalga el culito.

   Llega a su lado. El urinal es largo pero él se detiene casi hombro con hombro, lanzándole una fugaz mirada al miembro blancuzco y pequeño del otro. Saca el suyo y con toda calma, mea. Un buen chorro, lo sabe. Rigoberto, nada más llegar el otro a su lado, se incomodó. Le desagradaba el sujeto, y ¿por qué tenía que estar tan cerca? Y, aunque no quería, le vio el tolete. Blanco rojizo, consistente, nada chico. Un calorcillo traidor lo recorre.

   -Un buen güevo, ¿no te parece? –oye la voz del otro, burlona y arrogante.

   -¡¿Cómo?! Y yo… ¿qué voy a saber? –grazna alarmado, como siempre que su sexualidad sojuzgada y reprimida, sale a relucir.

   Dejando de mear, y de meneárselo para que bote hasta la última pesada gota de orine, Valente se vuelve hacia él, sonriendo leve, atractivo, con su verga al aire… la cual va ganando consistencia, repara alarmado el otro.

   -Pensé que te gustaban. No sé, me da la impresión que no puedes ver un carajo de buena pinta sin imaginarte como será su güevo, qué tanto crecería si lo tocaras… o lo lamieras. ¿Has soñado con mamarte un buen güevo de hombre, Altube? ¿Has fantaseado con mamar hasta que te bañen la cara con leche caliente?

   -¡No! –exclama de forma aguda, horrorizado, mirando en todas direcciones, temeroso de que alguien esté escuchando, o que entre y los encuentre así y que piensen que es un marica y que todos se rían y lo llamen “marica, chúpate un güevo, marica”.

   -Oye… oye… no tienes por qué alterarte, ¿bien? A mí me encantan los machos, así que no juzgo. Aquí no hay nadie más, sólo tú, yo, mi verga más dura… y tus ganas de tocarla. No pasa nada. –intenta tranquilizar la conciencia y excitar las carnes, y sabe cómo hacerlo.

   Su güevo está ahora medio erecto, grueso, llamativo. Y Rigoberto, angustiado, lo mira, mareado. Tiene miedo de ceder, peor, de que lo sepan marica, pero ese tolete que se alza palpitante… Valente sonríe cruel, sabe lo que un carajo joven, saludable, atlético y reprimido de lo que tanto quiere, sufre a la visión de una buena verga erecta que se le ofrece.

   -Yo… yo no…

   -Tranquilo, no es tan malo… -dice ronco, sonriente como el demonio mismo, agarrándosela con una mano, jadeando leve, qué rico era tocarse la tranca cuando estaba caliente. Y con ella, acercándose un poco más, frota el dorso de la mano derecha de Rigoberto que se estremece, mirándolo aterrado… pero sin alejarse. Valente sonríe confiado, acercándosele más, como si fuera a contarle un muy delicado secreto, frotando su dura barra de esa mano que ya arde.

   -Vamos a uno de los privados y te haré gozar como nunca, Rigoberto.

   -Pe… Pero mi jefe…

   -Ese ni cuenta se dará, esta masturbando a esa chica en pleno restorán, eso le llevará su tiempo. –dice firme, sabiendo que es hora de pasar a la segunda fase con esos chicos indecisos, lo atrapa por un codo, firme, como un macho.- Vamos ahora que ya te tengo ganas. –ordena, halándolo… y Rigoberto Altube va, sin pensarlo.

   Valente abre uno de los privados y casi lo arroja dentro. Autoritario. Sonríe cruel, y Rigoberto siente algo de miedo, allí, de espalda contra las baldosas. Eso no estaba bien, debía resistirse, mandarlo al coño e irse de ahí gritándole que él no era un marica. Pero Valente no sería el desgraciado que es si no supiera conjurar esos momentos delicados cuando sus “juguetitos sexuales” creen que pueden resistirse. Sin cerrar la portezuela entra, le monta una manota en un hombro, lo aplasta más contra la pared y pega su cuerpo de él.

   -Eres bonito, cabrón, seguro que te la pasan calentando braguetas por ahí…

   Rigoberto gime al sentirse atrapado, agarrado, pero sobre todo al notar ese güevo caliente contra su barriga. Va a decir algo cuando la boca de Valente atrapa la suya, mordiéndole el labio, chapándoselo, metiendo de forma obscena, chupando y lamiendo, su lengua. Rigoberto gime agónico cuando esa lengua y esos dientes atrapan la suya, halándola, chapándola ruidosamente. Se marea y debe sostenerse de la pared cuando ese sujeto lo aprieta más, y mese las caderas, y el güevote, de su abdomen, mientras se traga su aliento, sus gemidos y su saliva.

   Está perdido, esa boca ansiosa y experta, con un deje de menta y whisky, lo tiene a su merced. Era el pobre chico reprimido que se encuentra con un hombre total, un macho que le come la boca. Valente besa, frota bragueta contra bragueta y lleva su otra mano a la espalda del chico, acariciándole las nalgas; sabe que lo tiene, que Rigoberto será otra putica en su harem. Y es en ese momento cuando oyen un demandante…

   -¿Rigoberto? –la voz, borracha, de Mario Giorgio.

……

   -¡No, eso no! –grita Larry, pero Clemente, el marinero riente, ya lo empuja para que continúe en cuatro patas.

   -Quieres güevo, catire. Tú sabes que sí. –le asegura borracho, totalmente caliente, con la mirada perdida en ese sedoso y redondo culo que aún tiene atrapado sus dedos.

   Gabriel Santana, inquieto parece querer decir algo, tal vez que la vaina va muy lejos. Todo esto se parecía, demasiado, a una violación. Larry se opone, esos tipos lo posicionan y… si, carajo, parecía violación. Pero calla cuando Wilfredo levanta una mano, sin mirarlo, ordenándole quedarse quieto. Duda, pero lo hace. Después de todo… ese mariconcito se lo merecía.

   Larry todavía grita que no, con las mejillas rojas y los ojos desencajados, mirando a Wilfredo, implorando por ayuda, que diga algo, que lo salve de eso… sabiendo que es inútil. Ese carajo nada hará por él y…

   -¡Ahhh! –grita y aprieta los labios cuando le gruesa y larga tranca entra de golpe en su culo. Quemándolo. Lastimándolo.

   El güevote se mete todo y al pegar sus pelos púbicos de esas nalgas, Clemente jadea de gusto, ese huequito caliente le apretaba el tolete de una forma salvaje que le daba un gusto increíble; jamás imaginó que encularse a un hombre, abrirle el culo con su machete, fuera tan sabroso. Lo retira casi todo, de golpe, lo oye pujar, y se lo clava otra vez, casi derribándolo. Gozando de oírlo gemir y chillar que no. Lo bombea fuerte, rápido, coge con ganas, enterrándole los dedos en las caderas. Coge duro, se lo clava hasta el fondo, hasta que ya solo se ve un centímetro de güevo afuera, y eso parado por las nalgas. Y aún así, sigue empujando. La gruesa tranca va y viene contra el redondo culo mientras las bolas del marinero golpean al otro con fuerza.

   -Callen a este maricón, dale güevo… -ordena a uno de los socios.

   Pronto la roja boca es invadida por otro güevo, tan caliente, duro y babeante como ese que le destroza el culo. Tiene que mamar y esforzarse por respirar. Siente que va a desencajarse las mandíbulas cuando ese sujeto le atrapa la nuca dejándolo clavado de su verga. Los pelos se le meten por la nariz, huele mucho a bolas sudadas y el güevo babea su cálido y salino jugo. Lo enculan duro, el otro le coge la boca, el tercero le frota el rostro con su güevo húmedo que lo embarra de todo ese líquido pre-eyacular. Y Wilfredo jadea bajito, gozando de su humillación. Sí, quiere que lo reviente a fuerza de güevazos, quiere verlo mamarlos todos, ser cogido por todos, bañado por todas esas leches calientes.

   Larry intenta escapar mentalmente de toda esa vaina, del cuarto donde tres carajos lo cogen, lo llenan de güevos mientras lo llaman marica rico, putica sabrosa, y otros dos sujetos miran. Quiere alejarse de toda esa humillación, al momento que dos vergas duras intentan entrar en su boca, lastimándolo. Pero no llega lejos. Era difícil cuando el enorme y casi cilíndrico güevo de Clemente entraba todo, hondo, mientras él botaba aire con gusto al sentirse pillado por ese esfínter, sacándolo hasta la cabezota y cogiéndolo otra vez.

   -Ahhh… me corro… Tómalo todo, putica rica… Toma toda mi leche en tu culito… -grita, con ojos casi en blanco de éxtasis y la boca muy abierta, Clemente.

   -Verga, mírate… -ríe uno de los marineros.

   -No es raro que se vea tan satisfecho. –dice Wilfredo, mirando fijamente al catire que lo observa a su vez, todo rojo, con un güevo deformándole la mejilla izquierda, mientras otro lo llena de semen.- Larry es la puta con mejor culo de toda Caracas. Con ese culito es capaz de sacarle la leche a los cocos. –anuncia y todos ríen la gracia.

   Menos Larry, claro, tiene la boca llena. Ni los chorros calientes y abundantes de esperma en su culo pueden calmar el dolor de la cogida. Y lanza un gemido cuando el güevote que lo dejaba sin aire lo deja libre, y más cuando Clemente saca, al fin, el güevo de su culo ardiente. Parece que le cuesta dejarlo. O no quiere. Un poco trastornado por el trato, Larry se pregunta si será cierto que tiene el mejor culo de todos. Pues, ¡vaya talento de mierda!

   Al menos ahora sí todo terminó. Ahora podrá irse. Aunque… Wilfredo lo mira, sonriendo cruel, como adivinándolo.

   -Bueno, muchachos, ¿están contentos o quieren más culo? –pregunta, frío.

   -¡¡¡Más culo!!! –claro.

   Y entre los tres, riendo, lo alzan casi en peso y lo llevan a la cama, aunque Larry se opone fieramente. Dios, ¿cómo cayó en eso?, se pregunta a sí mismo.

   Siempre fue un carajo con suerte, bonito, joven, masculino. Un tipo que enamoraba a todas. Hasta que se comprometido con Sandra, ella lo adoraba al extremo del exceso. Era celosa, le reclamaba, tanto que más de una vez le dio un bofetón… y una que otra cosita peor. Lo malo era la familia, siempre lo odiaron y querían que ella lo dejara. Pero Sandra lo adoraba. Y lo adora. Y lo soportaba todo. Encaraba y gritaba a sus padres y hermanos, por él. Aún cuando lo pilló en la cama con su mejor amiga. Ella gritó, le reclamó, él la golpeó, sólo un poco. Ella se fue, él nada hizo. Y ella volvió, sumisa, buscando su lugar. Y él la perdonó. Lo que no sabía era que estaba en salsa. Y en una fiesta donde se rascó, le tendieron una trampa. Se la tendió él. Y mira a Wilfredo.

   ¡Wilfredo! El hermano de Sandra… su mujer. ¡El cuñado lo había atrapado… y lo tenía cogido por los pelos del culo!

……

   Salvador Gutiérrez despierta, aturdido, acalorado y caliente. También extraviado, había olvidado que dormía en el sofá después de su discusión con Nora y cae sentado de culo en el suelo. Maldice por lo bajo, sentándose. Está mortificado y erecto. Su verga parece un palo bajo su bermudas. Soñaba con Nora… pero, ceñudo, admite que el sueño se mezclaba con algo más. Su cuñado en esas trusas con las cuales los culturistas desfilaban. Y el maldito muchacho estaba practicando esa vaina. Se siente confuso. Y molesto. Es esa incomodidad que sufre todo hombre heterosexual, sin ningún tipo de fetiches, cuando sueña que se acostó con la mamá (algo escalofriante)… u otro carajo, como en este caso.

   Siente la garganta seca. Será mejor tomar algo y volver a dormir. Hará el viaje para asegurarse de poner tiempo entre el sueño anterior y cualquier otro que pueda llegar. No desea que Esteban, el cuñadito, aparezca nuevamente en ellos. Necesita agua. O una ducha. Pero si se ducha y Nora oye, exigiría explicaciones. Y no es que él no se bañe cuando le da la gana, o que lo haga raramente, es que ella es así. Lo conoce. Entra en la cocina en penumbras medio dormido, pero se detiene bruscamente, la puerta de la nevera está abierta y Esteban, sin camisa y con el pantalón flojo de un pijama, busca algo dentro. Sobre la mesa ve un vaso medio lleno de leche. Salvador se estremece.

   El chico es alto, delgado pero bien formando. La espalda es ancha, una mano tardaría su tiempo recorriéndola. Y lo imagina, otra vez, en una competencia. Con su trusa chica, minima, bañado en aceites, y dos manos grandes y fuertes aplicándolo. ¡Coño!, jadea para sí. Y cuando el chico se vuelve, con un paquetito de queso amarillo, de esos en rebanadas, casi grita. Calma, se dice; ni que fuera a leerte la mente. Aunque… algo hay, lo ve sonreír divertido, con un bigotillo de leche en su labio superior que le parece adorable. ¡¿Adorable?! ¡Ay, coño!

   -¿Te desperté? –pregunta, mirándolo fijamente.

  -No, tenía sed.

   -Sí, se nota que andas acalorado. –repite con una sonrisa. Y casi chillando Salvador recuerda su vistosa erección.- ¿Siempre andas así?

   -Es por tu hermana. –cree que ya se lo dijo, y aprovecha que el chico se sienta a comer, para ir a la nevera, tomar una botellita de algo que parece jugo y dar la vuelta. Va a salir pero Esteban lo mira, mordiéndose los labios.

   -Me dio hambre. –informa quién sabe a santo de qué.- Es por los entrenamientos. –y cuando Salvador se vuelve, le muestra el queso y la leche.- Lo siento, debí pedir permiso…

   -No hay problema, Esteban. –grazna con una mueca; caramba, pero que sonrisa tan bonita, parece un niño, se dice extrañado. Bota aire y va a salir.

   -Salvador… -lo llama, suave.

   Parece que no quiere dejarlo ir. Y así, por extraño que suene, le parece a Salvador. Pero él no debería detenerse, era mejor salir de allí, corriendo de ser posible. Esteban era muy joven, muy atractivo, muy… Pero se vuelve, nota, acalorado como el chico mira fugazmente esa erección de mierda que no se quiere ir. Y le gusta que la mire. Y le asusta.

   -¿Qué quieres… Esteban? –pregunta ronco, como si muchas cosas estuvieran en juego.- ¿Qué quieres de mí?

   Vaya noche, Valente está a punto de coronar en un baño mientras otro carajo lo busca, ¿qué planea para el pobre, caliente y reprimido marica que es Rigoberto? ¿Cómo es eso de que el hombre que esclavizó y emputeció a Larry, Wilfredo, es su propio cuñado? ¿Cómo lo hizo, para ver si uno también puede? Y Salvador y Esteban, ¿a qué juegan? Esto se pone algo interesante, ¿no?

CONTINUARÁ … (9)

Julio César.

MEMORIAS DE DESGRACIADOS… (7)

octubre 25, 2009

…DESGRACIADOS                         … (6)

TIO EN BIKINI

   Era de los que tragaba de todo…

……

   Dominante, gozándolo como nunca lo imaginó, Clemente le atrapa la nuca a Larry inmovilizándolo, con la otra atrapa la base de su tranca y con ella azota esos labios, esas mejillas. Los güevazos son pesados. Santana se estremece en su asiento, con el güevo palpitante también bajo sus ropas, asqueado y fascinado. Jadeando, mirándolo a sus pies, todo ojos, todo rojo, recibiendo los frotes de su tranca, Clemente descubre el goce de frotar su tranca del rostro de otro carajo, un macho como él. Era tan sucio y prohibido que la leche casi se le sale.

   No puede aguantar más, lo enfila, empuja y se lo va clavando en la boca. Es tan grande que Larry gime al tener que abrir tanto sus mandíbulas. Está caliente, pero sobretodo salino, gotas de orina caen en su lengua, amargas, y debe tragarlas. Wilfredo lo sabe y sonríe, disfrutando su humillación. Y ese tolete canela va enterrándose, entre gemidos, centímetro a centímetro dentro de esa boca, cruzando entre los labios rojos, abultándole las mejillas, frotándole la lengua. Entra, caliente, palpitante, y esa humedad cavidad que chupa (en busca de aire), hace gemir a Clemente. Se la clava todo. La nariz de Larry está dentro de su bragueta, pegada a su pubis. Resollándole desesperado ante barra tal que lo ahoga. Ese aliento caliente, esa boca que mama, esa nuca fuerte de hombre bajo su mano, todo hace gemir otra vez a Clemente, quien, emocionado, trata a Larry con el mismo cariño que a la mujercita que tiene en Cumaná, la santa madre de sus dos hijos.

   -Ahhh… sí, así, puta mamagüevos, chúpalo así, mámatelo todo, maldita puta. Hummm… cómo te gusta, zorra. –suelta sus insultos sin dejarlo moverse. Y Larry percibe su olor a sudor y a bolas, horrible.

   -Méalo… -ordena Wilfredo, cruel.

    Pero no quiere. Clemente no quiere ensuciar, todavía, ese atractivo rostro de carajo bien papiado, rico. Y su güevo enorme, de cuyo ojete mana un espeso líquido pre-eyacular, sigue recorriendo esa cara, frotándose, golpeándolo, mojándolo y empegostándolo. Y sonríe, cruel, produciéndole un escalofrió de temor a Larry. Ese güevo, erecto, derecho, apunta a sus rojos labios, y se frota. Dios, qué mierda, jadea el catire. Pero sabe qué sigue. Esa vaina se frota y frota, empujando.

   -Trágate ese güevo, marica. –le grita Wilfredo, caliente a pesar de que sólo eran negocios. O eso se dice.

   Larry cierra los ojos, con asco, como siempre, cuando el tolete va entrando. Ese cilindro grueso, duro y ardiente pasa entre sus rojos labios obligándolo a abrir más la boca. Esa vaina se desliza sobre su lengua, y aunque no hace nada, la presión de sus labios y el tacto sobre la lengua tibia, hacen gemir a Clemente, ¡Dios, era tan sabroso! Era rico meterle el güevo en la boca a otro carajo, y más si este no lo deseaba.

   El catire arruga la frente. El grueso tronco entra todo, ahogándolo, provocándole arcadas. Su rostro entra en aquella bragueta, huele a sudor, a bolas, y es desagradable, y agradece al cielo cuando el tolete va saliendo, deteniéndose y… gruñe y va a retirarse, pero el marinero, sonriendo sádico, lo atrapa por la nuca, reteniéndolo en un punto fijo. ¡Está orinando! Mea poco a poco dentro de esa boca cerrada y llena de güevo. Larry bufa, intenta librarse, pero no lo deja. Y se ahoga con ese ardiente líquido de horrible sabor. Con un asco infinito traga el primer buche de cálida, salina y rancia orina.

   Y Clemente gime más, sabiendo que se lo está tragando. ¡Se lo estaba tragando! ¡Su orina! Totalmente enloquecido de lujuria, le clava el güevo hasta la garganta, mientras mea (conserva algo de cordura para no soltar un chorro salvaje), y lo retira dos o tres centímetros, le coge la boca mientras lo orina. Y con un gemido de locura, de angustia, Larry tiene que tragar ese salino líquido que le quema la garganta y calienta el estómago.

   -¡Ahhh! Pero qué puta eres, catire. Hummm… bébetelo. Te gusta, ¿verdad? Te gusta el meado de tus machos, ¿no es así, puta barata? –jadea el joven marinero.

   Gabriel Santana, el hombre que paga por ver la degradación del odiado marido de una colega, está fascinado… y totalmente excitado. Ver a Larry obligado a mamar ese güevo que le disgustaba, y ahora a beberse toda esa orina, lo tienen caliente.

   Larry tose, ahogado, con algo de orina amarga y caliente chorreando de su boca. Intenta librarse, pero el marinero le atrapa nuevamente la nuca, ardiendo, y sigue meando mientras lanza un largo “ahhh”, como de alivio mientras vacía su vejiga en la boca de ese carajo bonito. Se oye la risita de Clemente.

   -Vamos, Larry, trágatelo todo. Sabes que te encanta, que eres una puta hecha para brindar placer. Y que te excita que te traten como la zorra que eres. –acota, mortificante, degradándolo más.

   -¡Dios! –bufa el marinero, orinando poco a poco, viéndolo tragar.- Sí que eres una perra, catire… Y estás en celo. Se te huele que quieres machos…

……

   Valente sigue tomando en el mismo restarán piano bar donde cenó con su amigo y socio, Salvador Gutiérrez, su atractivo cuñadito, Esteban, y la perra pre menopáusica de Nora. Le desagradaba esa mujer, así como sabía que él le caía mal a ella. Pensó en marcharse, pero la noche era joven, él estaba solo… y había jóvenes meseros de culitos respingones pasando de aquí para allá. Tal vez podría llevar a uno hasta los estacionamientos, echarlo de espaldas en un capote, mamarle bien la pepita caliente del culo, oírlo gemir cuando le clavara su lengua ávida, verlo sudar y estremecerse cuando el primer dedo lo cogiera, hasta que le ardiera tanto que le pidiera que se la metiera, que le clavara su grueso y duro güevo para calmarlo. ¡Maldita sea!

   Justo en ese momento nota como entran al local Mario Giorgio, un tipo treintón, alto, velludo aunque se rasuraba, fornido, algo ebrio ya, acompañado de su asistente, un carajo cercano a los treinta, de cabello castaño claros, ojos ávidos y sonrisa fácil. Un lamebotas que le halaba bolas a Giorgio y a todos, con tal de llegar. Giorgio era un amigo-cliente de Valente, pero no algo cercano, había algo prepotente y nefasto en ese hombre que le molestaba. Lo ve reconocerlo, sonreír e ir hacia él con una mano en la nalga de la joven que lo acompaña. Una veinteañera que sonríe algo incómoda, toda enrojecida. Seguro una secretaria o una pasante que decidió acortar el camino laboral con algo seguro: abriéndole las piernas al jefe. Pobre tonta, pensó Valente. Sabía el camino que seguían todas esas jóvenes.

   Hay saludos, la joven tensa, Rigoberto Altube, el asistente, incómodo, Mario todo bocón y Valente algo lejano pero amistoso. Toman asiento y Mario continúa bebiendo, mientras comenta que necesitaba salir de su casa, que su esposa lo atormenta, y que sólo se calla cuando la obliga a mamarle el güevo, y ríe de esa vaina. Rigoberto, todo rojo, finge una risita. La joven se tensa. Valente lo ignora. Lo oye sin oírlo. Está molesto, esos güevones le han arruinado sus planes de saborear el rico culito de alguno de los camareros. Pero es cuando ocurre. No, no es que Mario le esté metiendo la mano a la joven por el vestido, delante de todos, grosero y posesivo, apretándole una teta (lo está haciendo, pero Valente ni repara en ello), es cuando el camarero viene por la orden. Es un chico alto, de bigotillo, piel canela… y un buen bulto destacándose contra el negro y lustroso pantalón. Y Valente lo nota.

   Rigoberto, con mirada ladeada, disimulada, mira ese bulto. Sus ojos suben, con esfuerzo (dejar de ver ese bulto era difícil) al rostro del chico, que no repara en ello, y baja (a toda prisa, por suerte es de bajada), deseosa y soñadora hacia el entrepiernas. Valente, que es un maldito zorro viejo, sonríe para sus adentros. Adivina el estremecimiento que debe recorrer al joven asistente de Mario frente al otro. Imagina cuánto desea clavar sus dientes, por así decirlo, en el rico lomito que el camarero guarda bajo sus ropas. Vaya con el putico… ahora era tan sólo cuestión de esperar, se promete. Sonriendo cruel.

   A Valente le alcanza el tiempo para tomar un trago de whisky más, mientras Mario toma tres casi sin respirar, y prácticamente está manoseándole la cuchara a su joven acompañante bajo el vestido y la mesa (ella intenta sonreír, pero se le nota pálida, alarmada de tanto salvajismo social), cuando Mario se pone de pie, sin decirlo pero dando a entender que va al baño. Valente espera cuarenta segundos, y se pone de pie, disculpándose, cerrándose rápidamente el saco. La erección de su tolete ávido de aventuras calientes, le atormenta. Sonríe mientras va a los sanitarios, de seguir así, terminaría comiéndose todos los culos de Caracas en un baño… Y de que iba a comerse ese, iba a comérselo. Sonríe cruel, con la lengua pidiéndole acción ya.

……

   Al fin todo termina, piensa lleno de asco y humillación, de rodillas, Larry Marcano. Entre jadeos agónicos, Clemente, atrapándole la nuca con una mano, teniéndolo clavado sobre su güevo caliente que tiembla, se corre una y otra vez (los disparos de leche contra su garganta lo enferman), al tiempo que le grita “trágatelo, perra, trágatelo todo”. Al fin se había corrido. Sí, todo terminaba. Fue cuando se oyeron unos golpes a la puerta.

   -Adelante. –ordena, sereno, Wilfredo, sonriendo leve, mientras Larry, rojo y sudoroso, con el rostro algo mojado de orina y semen, lo mira aterrado.

   ¿Qué planeaba ese coño’e madre? No tiene mucho tiempo para mantenerse en la duda. La puerta se abre y aparecen dos tambaleantes jóvenes vestidos de marineros también. En ellos alarman los tamaños, lo jóvenes, lo ebrios y rientes. Los dos miran fascinado al colega, jadeante, sonriendo dichoso, con el güevo fuera de aquella boquita roja.

   -Al fin llegan. –dice este. Le habían ofrecido algo de plata si lograba llevar a unos socios a la sesión de humillación y degradación de Larry.

   -¡Verga, marico! –gruñe uno, mirando fascinado al catire mamagüevos, estremeciéndose de alegre excitación.

   -¡Wilfredo, ¿qué…?! –se alarma Larry, mirándolo suplicante. ¡Esto era el colmo! Lleno de indignación intenta ponerse de pie. Sabes que es bien peligroso estar allí arrodillado, de culo abierto a pesar de la tirita del hilo dental, con esos carajos tan tomados.

   -Comenzó la fiesta. –anuncia Clemente, a sus amigos y ríe, atrapándole nuevamente la nuca a Larry, y violentamente obligándolo a caer de rodillas otra vez.- Hay que gozar de esta putica caliente.

   Riendo los carajos lo rodean. Ahora Larry está en cuatro patas, sobre manos y rodillas, intentando ponerse de pie, gritando que lo dejen en paz, mientras esos sujetos lo medio empujan, lo nalguean diciendo “esto sí está gordo”. Larry mira, asustado, hacia Wilfredo, ingenuamente esperando ayuda. Sabe, en su interior, que es imposible esperar nada de ese saco de mierda, pero…

   Y la ayuda no se da. Wilfredo lo mira con ojos brillantes, excitado en tu tormento, en su humillación. Él, Larry Marcano, un carajo hasta ayer aventurero, mujeriego, rico, educado y exitoso, era ahora una puta barata. Una puta que estaba allí para hacer ganar dinero a un vividor como él.

   Larry nada puede hacer, tres enormes y babeantes güevos, aún el de Clemente, se frotan de su rostro, mojándolo, embarrándolo. Los carajos lo llaman marico recogido, remamagüevos, y le clavan los güevos en la boca. Les excita ver esos labios rojos bajar sobre sus trancas, o en la del compañero. Caliente como el infierno, Clemente va tras Larry y cae de rodillas. Mira esas nalgas redondas, plenas, musculosas y lampiñas. Mira la tirita del hilo dental entre ellas, nota el saco de las bolas, y pierde la cabeza. Su mano sube y baja, azotándolo de una nalga a la otra. Fuerte. Larry chilla, se estremece e intenta detenerlo, pero un brazo le rodea el cuello para asegurar que siga mamando. Al “a mí”, es obligado, con asco, sintiéndose horrible, a ir de una güevo babeante al otro, comiéndolos, sintiéndolos sobre su lengua, la cual es mojada con sus jugos agrios y salinos.

   Clemente, totalmente caliente, mete su pulgar en la parte superior del hilo, es tan suave y Larry tan caliente, que se estremece. Sabe que comete demasiadas mariqueras, pero no puede contenerse. Su dedo baja, eleva el hilo dental, y la raja rojiza y lampiña queda al descubierto. Y Larry cierra los ojos con ganas de llorar. ¡Su culo! Sabe que tiene el culo expuesto. Y Clemente respira pesadamente viéndoselo. Redondito. Cerrado. Y la cabeza de su pulgar va, lo toca y se quema. Los otros lo miran, miran esas nalgas mientras turnan sus vergas enormes en la boquita del carajo.

   Ese pulgar oprime, y va abriéndose camino. Lo entierra de un golpe, hasta chocar con la palma de las nalgas. Y grita, ¡qué caliente, qué sedoso, qué apretado! Ese culo le aprieta sabroso el dedo… halándolo. Tal vez Larry no lo quería, pero el culo halaba. El dedo entra y sale, cogiéndolo, y Clemente lo ve todo rojo ya. Saca el pulgar y mete los dedos índice y medio de su mano derecha. Hasta el fondo, venciendo la resistencia, lastimando a Larry que gime.

   -¡No muerdas, güevón! –brama uno de los marineros, sacando su tranca y abofeteándolo, sonriendo, sintiéndose poderoso al hacerlo.

   Larry queda algo atontado, pero eso pasa pronto cuando los dedos, demasiado gruesos y rígidos, comienzan a cogerlo, con fuerza, duro. Salen y entran, sin importar que lo lastiman, lanza un “ahhh” apretando los dientes, cuando Clemente, perdido de ocioso, clava sus dedos, empuja más y luego los flexiona como un gancho, duro, una y otra vez. Larry gime porque aquello es horrible, porque está siendo humillado, vendido. Prostituido. Pero ese roce oprime algo que lo desequilibra. No quiere sentir, al menos nada grato, pero…

   Y los morenos dedos, ahora tres, entran y salen de las blancas y muy abiertas nalgas, cogiéndolo una y otra vez. Los otros dos marineros han dejado la boca de Larry, quien sudoroso, todo rojo, intenta resistir el deseo de gemir, sabe que eso lo rebajaría más delante de Wilfredo y Gabriel. Los marineritos miran esos dedos canela entrando dentro del redondo culito, para salir y entrar otra vez. Wilfredo sonríe mirando el rostro tenso de Larry. Sabe que el hijo de putas odia eso, que se resiste, pero el frote de la próstata debía estarle dando problemas. Mira a los marineros.

   -Bien, chicos, ¿quién quiere cogérselo de primero, llenándole el culo de leche?

   ¡Vaya oferta! Pero ¿la aceptarán? ¿Por qué Larry permite todo eso? ¿Por qué Wilfredo parece odiarlo tanto? Y Valente, ¿comerá culito caliente en ese baño?

CONTINUARÁ … (8)

Julio César.


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