
En ese taller mecánico, cada tarde era una agonía para los aprendices, esos muchachitos que dejaban la escuela y querían vivir sus vidas. Cada tarde, al terminar las faenas de trabajo, los veteranos se dedicaban a faenas más gratas de piel contra piel, de gemidos y gruñidos mientras saborean la dulce y tierna carne joven. Tinito chilla, como chillan los otros que miran como Pepe lo carga. Aunque Tinito chilla de gusto anticipado, sabe que le darán duro y sabroso. Los otros gimen de desilusión. Bueno, esperan tener más suerte el próximo día.

Los alientos caen uno sobre el otro, los duros cuerpos se frotan, las manos recorren cada palmo, exigentes, posesivos. Explorando uno o dos dedos entran en la dulce y tierna materia que titila sobre sus yemas. Las bocas callan al unirse. Y el chico siente que la varilla al rojo vivo lo quema. Y quiere quemarse…
Julio César.







