-Bueno, reclutas, a atender la retaguardia. –gruñó el sargento Marshall, cayendo de espaldas.- A cavar trincheras. Quiero esas buenas palas afuera…
-¿Todos señor? –jadeó uno.- Temo que el esfuerzo sea excesivo, me preocupa. –se inquieta… sacando su enorme pala.- Tal vez debamos trabajarlo sólo unos pocos. –esas palabras provocan un murmullo de disgusto, todos querían clavar la pala también. ¡Eran marines!
-Tranquilos, marines, aquí se puede con todos… terminen de abrir este pequeño hueco. –y medio moviéndose, lo dejó totalmente expuesto a los ojos de los marines, y al alcance de sus palas levantadas.
-¿Tienen sed? Esta agua es mía, coño. Y tengo mucho calor. Y la uso como me da la gana. –porfía Jiménez, bañándose con ella, acalorado como estaba, tanto que retaba a sus tres compañeros.
-Pues yo tengo sed, carajo. –bramó Utrera, un carajote enorme y peligroso, capaz, si quería, de derribar y quitarle la cantimplora a cualquiera.
Pero era respetuoso de la propiedad ajena, así que cayendo de rodillas, abriendo a todo lo que daba su boca y sacando la lengua, grandota, y recoge toda la que puede y que chorrea en ese cuerpo. Tenía tanta sed que sabía deliciosa, piensa mientras la recoge de allí, lamiendo, posando sus labios y chupando cada gotita. Después de la sorpresa inicial, los otros dos camaradas lo imitaron. Esas tres bocas recogieron cada gotita que el sorprendido, pero ahora riente Jiménez, dejaba resbalar. Al parecer en sus pectorales había mucha agua porque dos bocas cayeron lujuriosamente sedientas y comenzaron a mamar como lactantes. El otro quería las más baja y su botón y cierre del pantalón comenzaron a bajar.
-Teniente, yo… usted dijo cuando nos hacía la revista médica que si teníamos un problema o necesitábamos algo viniéramos a buscarlo y yo… -enrojece, todo apenado.- …necesito una vacuna.
-Tranquilo, recluta, sé lo que tanto necesita. Soy médico. Yo lo atiendo. –gruñe, sonriente y jovial, acercándosele.- Noté que parecían gustarle las inyecciones. Voy a inyectarlo a fondo. –y la punta pegó, el chico gimió al sentirla, y lentamente fue entrándole, enterrándosele poco a poco. Y el chico se estremecía, era bueno contar con un médico para atender a la unidad, piensa.
Julio César.


