
¿Un consejo? Acoge bien a tus vecinos…
Si vives solo en un apartamento bien llevado, vistes bien, te ves aseado y en buena forma… y reparas de tarde en tarde (sin que otros vean, ojo) en los traseros o bultos de tus vecinos, y ellos lo notan de refilón, no faltará el que vaya de tarde en tarde a tu puerta a pedir algo (cuando sus novias, mujeres o muchachos están fuera). Renato lo hizo y con él usé una fórmula corriente en estos casos; vino con su pañoleta, una camisetica que dejaba ver sus pectorales, un bermudas corto viéndose sus pantorrillas con un tatuaje en una. Venía a regresarme algo que le había prestado a su mujer esa mañana que se quedaron sin nada para el desayuno: un pedazo de salchichón. Sonriéndole pícaro, sabes qué está ahí intentando tantear (ahí tienes que mirarlo como si quisieras comértelo a él, no al salchichón), le preguntas si le gustó o estaba muy saladito y grueso. Enrojecido te dice que no le gusta mucho. Tú, ladino, le dices que para probarlo y disfrutarlo hay que ser lo suficientemente macho. Se picará. Entiéndelo, es un carajote guapo y sexy en la plenitud de sus ganas, está solo, ahí estás tú que tanto lo has buceado, seguramente se dice: no hay nada que hacer, vamos a ver si este maricón gusta de comerse… mi salchichón. Le invitas una cerveza fría por el calor y le aclaras que te gusta, que te encanta tener tu lengua sobre un buen salchichón. Se lo dices al tenerlo sentado en tu sofá, abiertote de piernas, con la cerveza de su mano.
Yo lo hago así: digo, si, me encanta, sobretodo si está calentito. Y lo tocas y manoseas. Él se revuelve inquieto, queriendo y no. En ese momento bajas un poco el rostro y muerdes un cachito. Pasas la lengua y eso lo convence de dejarse a ver qué tal es… eso de ver a otro tipo comer salchichón. Sacas el pedazote que te encanta y lo saboreas (debes aplicar la receta total para los nuevos: besitos, azotes de lengua en la punta, recorrido de arriba abajo, tragado total). Aprietas al bajar, succionas al subir. Le quitas toda las… envolturas; pellizcas aquí y allá, con la punta de tus dedos tocas allí, frotas, sobas, dilatas sin enterrarlos en la… tersa materia. Eso los asusta y caliente. Sobas el salchichón todavía mientras saboreas más abajo. Pero bien, con gula y lengüeteado. Tanteas y dedo adentro, suave, hondo, constatando la textura del… manjar. Eso los asusta, pero les gusta y lo toleran si lo trabajas otra vez con la lengua. Tal vez tarde una o dos tardes, pero luego esos vecinos bellos terminan adictos al salchichón. Acaban comiéndolo con hambre, o cayéndole encima con todo su peso. Y el que tú les das parece gustarles más. Te aseguro que con los días, tratándolo como un secretito de maridos de edificio, algo privado, en cuanto saques tu salchichón, como te gusta, grueso y largo para que dure… esos carajos le saltarán encima, apretándolo, subiendo y bajando sobre él y chillando como si nunca hubiera probado nada más rico. Me encanta verlos agitados por el placer del salchichón, pidiendo más y más, que les de otro pedazo más. Así lo hago yo. Se envician. Créeme.
Julio César.