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FIESTAS DE LA UNIVERSIDAD

Agosto 21, 2009

MACHO EN MIS PIERNAS

   -Hazme lo que tú quieras, papi…   

   Verga, tengo que contarles lo que me pasó hace tres días en la fiesta del salón, ¡cómo habíamos bebido! Era increíble la cantidad de muchachos y chicas que había en la pequeña pieza tipo estudio que Mariana tiene cerca de la universidad. Es el lugar más popular de todos. Toda fiesta, conmemoración o acontecimiento importante lo celebrábamos ahí. Yo estaba tan tomado como el resto, ya eran las once y media y estábamos bebiendo, como desesperados desde las ocho de la noche hora en la que terminó el examen de Administración Sanitaria, una materia tan coño’e madre como el profesor. Todo me daba un poco de vueltas y me senté algo alejado para serenarme, la cola para vomitar frente al baño era larga y la cosa iba a terminar en tragedia; por eso fui junto a Roxana y Teresa, quienes gritaba y aplaudían a Néstor que había iniciado un baile erótico frente a ellas, meciéndose, mostrando su pelvis, bailándola frente a nosotros, para luego volverse, echando el culo hacia atrás y meciéndolo también. El jeans se le metía entre las nalgas y la verdad es que la vaina era caliente, a mí se me estaba poniendo duro el güevo sin darme cuenta, y lo atribuí a las bebidas. Néstor no era el único, otros chicos y chicas hacían faenitas así en diferentes puntos. Cuando se quitó la camisa, controle un jadeo.   

   Su torso era liso, musculoso, perfecto. Y sus tetillas parecían pedir manos, dedos que apretaran, bocas que… Bueno, ¿qué coño me pasa? Me inquieté. Fue cuando el muy perro se sentó sobre mis piernas, montando su culo en mi entrepiernas, justo, donde yo, disimulado mientras las chicas gemían, había movido un poco mi güevo a lo largo para que no se notara. Pero cuando cayó, pesado (carajo, cómo pesa otro hombre, pensé), sus nalgas, dentro del pantalón, prensaron mi güevo que ya estaba duro, largo, caliente y grueso. Se volvió a mirarme, sorprendido. Y me cagué de miedo, Dios, qué escándalo. Sin embargo, Néstor nada hizo, como no fuera agarrarse del respaldo de la silla y comenzar a furruquearse de mí, cepillando duramente mi güevo con sus nalgas redondas, duras, calientes, y tuve que morderme los labios para no gritar ante el placer y la corriente de excitación que me recorría. Mi güevo estaba siendo masajeado ricamente. Momento en el que ocurrió algo más…   

   Leticia, que bailaba sobre un mesón junto al mari novio, se quitó la blusa y el sostén, sus tetotas saltaron y bailotearon, poco porque parecían rocas, y Mauricio, el mari novio, rodeo un pezón con una mano y todos gritaron. Hasta Roxana y Teresa, creo que excitadas, fueron a ver. Momento en el que Néstor me miró.   

   -Rápido. –se medio paró abriendo su pantalón y bajándolo un poco por atrás, con todo y calzoncillo, Dios que nalgas más redondas y musculosas pensé, y me abrió el cierre.   

   -¿Qué haces, estás loco? –gemí aterrado… y excitado. Era una vaina tan peligrosa y prohibida…  

   Sin hacerme caso, mi mirada estaba perdida en sus castaños pelos púbicos, donde se adivinaba bajo el pantalón su erección, Néstor sacó mi güevo, erecto, grueso, rojizo y nervudo, de cuyo ojete salía agua ya. Pareció maravillado de su tamaño, bajando el rostro, su aliento me quemó, casi lo besó, sólo la punta de la lengua tocó el ojete y el líquido antes de escupirlo abundantemente. Después, dándome la espalda escupió en sus dedos como suelen hacer los vaqueros, lubricando un punto secreto entre sus nalgas. Un punto que me fascinaba y donde deseaba yo meter mis dedos, acariciando, penetrando, y hasta me imaginé acercando mi boca. Pero no me dejó tiempo para más. Pronto el muy puto bajó sobre mí, endureciendo el rostro. Mi tolete frotó de su entrada tibia y suave, abriéndolo, cogiéndolo. Me apretaba sabroso. Mientras se clavaba, cada palmo de mi tranco era mamado, sobado y chupando por algo muy caliente. Su peso sobre mis caderas me hizo gemir contenido. Qué sensación tan increíble era tenerlo así, sentado sobre mí, con su culo ardiente tragándose todo mi grueso tronco, en medio de una sala donde los panas gritaban y aplaudían a Leticia quien riente y gimiente no se dejaba agarrar ahora de Mauricio y Verónica quien también quería meterle mano, excitando mas a todos.   

   Medio volteado hacia mí, vi a Néstor apretar los dientes, agarrarse al sillón y comenzar a subir y bajar no muy alto pero si rápido y fuerte, cayendo duro empalándose rico, y lo vi gemir apretando los dientes, demostrando cuánto le gustaba y encendía tener un tolete así bien metido en sus entrañas de carajito caliente, transfigurarse. Coño, eso le gustaba, le encantaba sentir el güevo de otro macho comiéndose su culito de hombre bonitico y putico. Mi tranca era tan amasada y halada que cerré los ojos, abrí la boca para buscar aliento, sosiego y eche la nuca hacia atrás. Casi me sentí mareado ante la fuerza con la que Néstor saltaba sobre mí. Su cuerpo quemaba, pesaba más, y cuando mi tolete quedaba bien enterrado, chupándomelo con sus entrañas hambrientas, sentía que me moría de gusto. Subió y bajo con fuerza. Mis dedos tuvieron que atrapar esas tetillas paradas, y pellizcarlas y retorcerlas cuando apreté los dientes e inunde su culo con mi semen caliente, abundante y espeso. Lo vi temblar, agitarse sobre mí, mientras aún lo cogía, y note la mancha de su corrida en su pantalón. Estábamos agotados.   

   -¿Me das el culo mañana? -tuve que preguntar.   

   -Lo siento, sólo en fiestas y reuniones. –me sonrió guiñando un ojo.

Julio César.

FIZGONEANDO SE SABE…

Febrero 20, 2009

hombres-en-suspensorios

   Eran un par de bichitos…

 

   Estaba muy molesto por tener que regresar. ¿Cómo pudo olvidar sus tarjetas de crédito? Y peor, ¿cómo no se dio cuenta antes de salir del piso? Ya estaba en Maracay cuando lo notó, casi entrando al bar de Rita, una vieja puta amiga que contaba con las chicas más bellas de toda la zona, jovencitas que se iniciaban en el vicio de vender carnes. Y como amiga que era, sabía que no le fiaría nada. Entra a la sala y arruga la frente, dos cosas evidenciaban que compartía el piso con dos jóvenes atletas, los bolsos con toallas y los implementos del uniforme, y el pesado olor a pies sudados en zapatos deportivos. Zapatos que estaban arrojados de cualquier manera. ¡Manditos carajos!, se molesta. Al parecer no podían tener ni un poco de cuidado o aseo.

 

   Mientras cruza el pasillo rumbo a su dormitorio, nota la luz que sale de otro de los dormitorios, cuya puerta estaba entre abierta. Esa era otra vaina que le sorprendía que esos dos, cada uno en su dormitorio individual, que se cambiaran de ropas sin cerrar las puertas. Con rostro congestionado de malestar, el regresar cuando ya podía estar encamado con alguna putica y el desorden del apartamento, lo habían sacado de sus casillas. Se medio asoma (no le gusta encontrar a nadie en calzoncillos) para decir algo, y se queda impactado. Allí, sobre la cama, todavía con la gorra de béisbol, las largas medias rojas y el suspensorio blanco, Tomás está de espaldas, con sus nalgas sobre una almohada,  arrodillado al frente, Danny, en cuatro patas, con el rostro muy abajo, le mete una y otra vez esa larga y rojiza lengua en el culo lampiño, redondo y cerrado. La sorpresa lo deja de una pieza, abre la boca para formar el peo de su vida, pero no puede decir nada, aunque teme que el palpitar de su corazón lo delate. Pero no hay riesgo de que escuchen nada…

 

   Mientras la lengua de Danny entra una y otra vez, saboreando, lamiendo y chupando, con rostro de gozo, Tomás se revuelve en la cama, tenso su musculoso y joven cuerpo, brillando de transpiración, mientras jadea agónicamente; al parecer esa lengua caliente y babosa, comiéndole el culo lo tenía en la gloria. Los labios masculinos, con una leve sombra de barba rodeándolos, se frotan de las lisas mejillas, mientras besuquea el pequeño, titilante y ardiente agujerito.

 

   -Ahhh… hummm… -era todo lo que podía expresar, o hacer, Tomás, mientras el otro, mirándolo sonriente, reparando en su tolete enorme bajo la blanca tela, sigue pasándole la lengua, pero acompañándola ahora de un dedo largo y grueso que lentamente se lava en la dulce y trémula carne. Y Tomás se tensa más mientras va penetrándolo, falange a falange. Desde la puerta repara en como va hundiéndose, en cómo Tomás arquea la espalda y grita de júbilo.

 

   -Hummm… hermanito, tienes ese culo dulcito. Antes lo tenías saladito pero ahora sabe más rico… -gruñe Danny, saboreando como quien disfruta lo mejor de este mundo, pasándole una y otra vez la lengua a su hermano (¡a su hermano!) por el vicioso culo. Culo que adora, culo que siempre había codiciado, culo que una noche de borracheras decembrinas había probado con su lengua, sus dedos y su güevo, casi convirtiéndolo en su esclavo. Tomás, el mayor, se tensa todavía más.

 

   -Hummm… sí, méteme el dedo hermanito. Clávame tus dedos… méteme la lengua, cógeme con tu güevo de burro… Hazle caso a tu hermano mayor… -gemía totalmente putón, con las mejillas rojas, alzando el rostro y atrapándole la negra y sedosa cabellera a Danny, empujándolo contra su culo ávido.- Oh, Dios, no aguanto más…

 

   -Calma, hermanito… -le gruñe Danny, dejando su culo, arrodillándose entre sus piernas, y desde la puerta el otro repara, aterrado y fascinando, con una erección terrible bajo su pantalón, como del suspensorio escapa aquel güevote rojizo oscuro, lleno de sangre y de ganas. La joven pareja se mueve grácil, y pronto ese tolete afuera apunta hacia el tembloroso culo, frotándose, quemando a Tomás que grita que si, que se lo meta, antes de ir enterrándose poco a poco, centímetro a centímetro dentro del redondo anillo.

 

   Medio inclinándose hacia Tomás (le encanta verse en sus ojos empañados de deseo cuando lo encula), Danny le atrapa los tobillos mientras su tranca entra toda, victoriosa, siendo apretada, amasada y halada por las ardientes y húmedas entrañas de su hermano mayor, la única persona que despertaba en él esas ganas demenciales de coger. Y Tomás echa la nuca hacia atrás, y gime largamente, saciado pero hambriento, siendo llenado del palpitante güevo del macho que lo quema, domina y suelta sus jugos, pero haciéndolo desear más.

 

   Desde la entrada, jadeando, sudando, con su propia tranca afuera, masturbándose, nota como Danny va contra Tomás, cogiéndolo fuerte, cabalgándolo, gritándole putica rica, eres mi putica; mientras Tomás parece sollozar de gusto. El güevote sale casi todo y vuelve a clavarse, sale y entra de ese culito rico, golpeándolo con sus bolas. Los oye gemir, el ruido de la cama que parece va a desarmarse, es inmenso. Macho contra macho, güevo contra culo, esa era la danza sexual que encantaba a esos dos muchachos caliente, entiende el otro. Y los oye gritar, mira como Danny le chilla tómala toda, maricón, y ruge, sabiendo que se corre, que se corre llenándolo de leche caliente, de semen de macho. Y Tomás grita también, con medio güevo fuera del suspensorio, de donde brota el ardiente y oloroso semen.

 

   Sabe que va a correrse, pero debe alejarse, sería horrible que lo pillaran mirando; respira pesadamente dando un paso atrás cuando nota algo aún más sucio, Danny vuelve a arrodillarse y oculta su atractivo, pícaro y viril rostro de muchacho en las nalgas de su hermano y comienza a chuparlo otra vez, cogiendo con la lengua mientras recoge su propia esperma. Y tragando pesado, alejándose, mareado, piensa que eso debía ser rico, clavar esa lengua así en ese culito precioso, y cogerlo, y llenarlo de leche. Y lo desea… desea entrar allí y metérsela también. Desea entrar en ese dormitorio y cabalgar rudamente a Tomás… su hijo mayor.

 

Julio César.

DISCIPLINA CON AMOR

Noviembre 2, 2008

   Ahora debía usar suspensorios…

 

   Tony era un muchacho típico de clase media alta, a sus diecinueve años fingía estudiar en una universidad paga, teniendo todos sus gastos cubiertos por unos padres divorciados que se sentían culpables al no estar juntos. El muchacho parrandeaba, se drogaba, preñó a dos amigas a las que hubo que ‘sacar del problema’, no estudiaba ni hacía nada en la casa. Su madre lo consentía mucho y le daba todo, su nuevo marido, Armando, un ex militar dedicado a la seguridad personal, lo miraba feo, pero ella no dejaba que lo tocara.

 

   En un viaje que la mujer hizo fuera de Caracas, el joven se fue a casa de su padre, Héctor, para no tener que calarse a Armando. Cuando este salió a trabajar hizo una fiesta que casi destruyó el edificio, fuera de un conato de incendio que costó un realero en las áreas comunes. Héctor tuvo que ir a buscarlo a la comisaría. Lo regañó pero entendió que Tony no le paraba media bola. Angustiado llamó a Amando y le contó todo, no sabía qué hacer. Este llegó casi en seguida.

 

   -Mira, tu hijo está fuera de control y terminará mal. Puedo corregirlo pero debes dejarme hacerlo a mi manera, sin interferir, y obedeciéndome cuanto le ordene algo. –habla fuerte, golpeado y decidido.

 

   Nervioso, Héctor asiente y se sienta a esperar. Oyen un alegre silbido, es Tony quien duchadito, vistiendo de jeans y franela, se dispone a salir como si nada hubiera pasado. El joven se sorprende al ver a los dos hombres allí. Mira a Armando con resentimiento, altanero, sentado en uno de los pocos sillones que no fue dañado durante la fiesta.

 

   -¿Qué haces aquí? ¿Papa te fue con el cuento?

 

   -Está vez te pasaste, Tony, y vas a recibir una lección. –es tajante.- Bájate los pantalones y móntate aquí… voy a darte la tunda que mereces. –un silencio glaciar cae en la sala. Héctor se revuelve inquieto, pero un leve parpadeo de Armando le indica que calle.

 

   -¿Qué? ¡Te volviste loco, pila de mierda! –casi le grita.

 

   -Bájate el pantalón… quiero ese culo aquí… -ordena señalándose entre las piernas.

 

   -¡Maricón…! -sentencia como si se fuera a marchar.

 

   -Si no haces lo que te digo ya, y si sales por esa puerta, no volverás a entrar, ni aquí ni a mi casa. Te quitaremos la moto, el carro, las tarjetas, tu mesada, el celular y los reales de la universidad. Ni una camisa, una media o un zapato que no hallas comprado con tu plata saldrá de aquí o de allá. –es tajante.- Vas a quedarte sin nada… y no busques ayuda en Héctor, ya lo cansaste con tus mariqueras.

 

   -¡No pueden hacerme esto! –grita alarmado, luego eleva el mentón.- Está bien, quédense con todo. Cuando mamá regrese…

 

   -Regresará hasta dentro de diez días, y nadie sabe exactamente dónde está; y en el pasillo está mi amigo el inspector González para regresarte a una celda por lo del vandalismo. No moveremos un dedo para ayudarte… Y créeme, aunque salgas mañana o pasado, esta noche no la olvidarás por el resto de tu vida, y ten siempre presente que tú te lo buscaste. Serás la perra de muchos, ojala no te marquen la cara de una navajazo, la tienes muy bonita… -es burlón, sonriendo seco al verlo palidecer y gemir.

 

   -No, Armando… yo… -suplicante mira a Héctor.- Papá, ayúdame. No dejes que…

 

   -Está cansado de ti. –interrumpe el otro. – Ya esto tardó demasiado, me cansé. No quisiste recibir tu tunda, bien, ahora llamo a González para que…

 

   -¡No! No, espera… -jadea asustado, rojo de vergüenza, humillación y confusión al verse expuesto así.

 

   Abre su pantalón y Héctor siente vergüenza por su hijo. El muchacho, de buena estampa, lleva un bóxer blanco, no muy largo, algo enrollado en sus muslos marcándole las nalgas y el paquete. Todavía mira suplicante a Armando, luego a su padre, y no ve piedad. Casi como si subiera al caldazo, dudando todavía, va hacia el padrastro y cae de panza sobre sus piernas. Héctor, al frente, mira el extraño cuadro que conforma su joven hijo en piernas del otro sujeto.

 

   -Bonitas nalgas, muchacho. –sonríe Armando, mirando los musculosos glúteos que tragan tela. Su mano sube y baja. PLAS. Y el muchacho se estremece, enrojece y aprieta los labios, eso duele y pica. La mano sube y baja, sube y baja dura, con fuerza. PLAS. PLAS, se oyen las secas palmadas.- Si que son duritas, Héctor. Tu hijo tiene buenas nalgas. Seguro que habrían estado de fiesta en la cárcel. –y la mano sube y baja, azotándolo. La enorme palma cae, abierta, sobre el redondo trasero.

 

   El muchacho quiso resistir pero dolía, dolía y ardía mucho, se le empañó la vista, meneaba las nalgas y jadeaba. Armando lo azotaba, mirándole el rostro, gruñéndole una y otra vez “chico malo”. Y Héctor quería morirse, un calor extraño lo envolvía y tuvo que cruzar sus piernas. Ver a su joven y musculoso muchacho así, sobre las piernas de Armando, un carajo fornido y bien parecido, que lo azotaba con su manota abierta, lo estaba excitando. En un momento dado, Tony intentó zafarse, pero con una mano, Armando lo retiene, mientras le sube la franela, mostrando esa espalda ancha, bajándole el bóxer, y Héctor contiene un jadeo ante esas nalgas turgentes, redonditas, casi lampiñas, que muestran las marcas enrojecidas de una palma con sus dedos.

 

   Esa mano sube y baja duro, y Tony gime y llora, con la cara bañada en lágrimas de dolor. Armando lo nalguea y le dice que eso le duele también a él, pero que era un chico malo y debía aprender. La mano sube y baja, PLAS, y se queda allí sintiendo ese calor, esa carne joven. Héctor tiene la boca abierta, muy seca, y el güevo erecto y muy mojado. Mira esas nalgas, esa raja donde cae la palmada que castiga pero que también soba. Le parece que mientras le dice chico malo, que debe portarse bien, la punta de un dedo se mete más en la raja interglútea, acariciando. La mano sube y baja, lenta pero fuerte. Tony llora a moco tendido que se va a portar bien. Pero Armando sigue y sigue. Ese agitar de cuerpo que se estremece, el llanto, las nalgas… todo eso marea a Héctor. Armando se detiene, jadeando levemente. Con la mano sobre esas nalgas abiertas, con las puntas de dos de sus dedos sobre el culito tierno.

 

   -Has hecho sufrir mucho a tu papá con tu conducta, muchacho. Le debes una satisfacción. –le dice como un padre amoroso, indicándole que se pare, cosa que hace, enrojecido, lloroso, avergonzado, con el pantalón bajando más. Mira a Héctor.- Dale unas nalgadas. –le ordena.

 

   -¿Qué…? No, no sé sí… -jadea ronco Héctor, sintiéndose morir de algo poderoso que lo recorre todo.

 

   -Es necesario, por su bien, o no aprenderá nada. Todavía puede desoírnos.

 

   Tony gime que no, que se portará bien, pero Armando se pone de pie y Héctor repara en su erección, granítica, enorme, que babea un poco bajo la tela del pantalón. Tomando  a Tony de una oreja lo lleva hacia su padre. Y Tony lloroso se tiende sobre las piernas del otro. Héctor lo siente pesado, caliente, joven. Y su güevo se estremece. Mira esas nalgas. Su mano sube y baja. Casi jadea ante el contacto eléctrico y erótico. Sube y baja, azotando más fuerte que Armando, mientras Tony se revuelve, llora, suplica y se frota, dándole un placer increíble sobre su güevo erecto. Nalguea, soba, acaricia, mete los dedos en la raja interglútea, nalguea más… hasta que jadea ahogado, sintiéndose morir, corriéndose allí mismo. Ahora está mal, pero oye a Armando cuando le dice a Tony, quien se pone de pie y se viste, que de ahora en adelante se portará bien o será estrella del Internet… y en el celular le muestra a Tony una fotografía, son su cara llorosa y suplicante, y sus nalgas azotadas. Es todo lo que se ve. Que estudiará y trabajará para pagar lo que dañó. Y que debe obedecer siempre a su padre. El chico lloros asiente y sale. Héctor no puede moverse. Armando lo mira burlón.

 

   -De nada.

 

   Al día siguiente, Tony fue a estudiar, pasó en la tarde por la oficina de Armando y consiguió un trabajo de medio tiempo. Se le pincho una llanta y llegó pasada la hora de llegada impuesta por los otros dos, ganándose un regaño de Héctor quien no lo dejó explicarse, sentándose en uno de los sillones.

 

   -Bájate el pantalón y ven aquí. Voy a enseñarte a ser puntual. –lo miró duro; Tony quería discutir, pelear, gritar que era injusto, pero ya medio lloriqueaba al bajarse el pantalón… instante en el cual Héctor obtuvo la más grande, dolorosa y sabrosa erección de toda su vida.

 

Julio César.

 

NOTA: Prestado de mi otro blog.

A PELO…

Julio 28, 2008

   Ayudándolo a encontrarse… con el bate…

 

   Silvio, con su maleta de trabajo, su bermudas largo, zapatos de goma y franela blanca que parece muy grande para él ya que es delgado casi flaco, se detiene frente a la tercera puerta a la que llama. Había descartado las dos primeras porque los carajos que habían abierto no llenaban los requisitos. No puede pensar en nada más que ‘eso’. La puerta al abrirse muestra a un tipo enorme, de piel muy bronceada, brazos de oso… cubiertos de una pelambre negra abundante. Con la camisa medio abierta mostraba dos cosas, unos pectorales grandes, y más pelambre… algo que hizo que el joven enrojeciera y se estremeciera, lujurioso. ¡Cuánto pelo…!

 

   -¿Qué quieres, muchacho? –pregunta aquel tipo, no molesto pero sí enérgico, macho, algo amoscado ante el lampiño catirito de pinta amariconada.

 

   El joven, todo turbado le dice que representa a un SPA que abre pronto y están ofreciendo masajes de prueba, que si tiene tiempo se lo demuestra. El carajo ruge que no está interesado. Pero el joven casi gime que debe hacerlo porque luego averiguan y no le dan el trabajo, y que es un estudiante que vino de Mérida y tiene que pagarse libros, escuela y alojamiento, y… El tipo, como obstinado le dice que está bien, que no entiende qué ganan porque la vaina es gratis, pero que pase, que está solo porque su mujer salió de compras. El joven entra, la casa es pulcra, mira el ancho sofá y le dice que tiene que quitarse la camisa y el pantalón. El sujeto ruge un qué, y parece que todo acaba, pero el muchacho gimotea nuevamente, que tiene que ser así, que él es un profesional y todo eso. Al carajo le parece, cada vez más, que sólo es un marica que quiere sobarlo, pero es tan macho, tan grande y masculino, tan seguro de sí que puede permitírselo. Sabe que muchos carajitos fantasean con él, por su porte imponente y su cuerpo velludo. Se quita la franela y el corazón del joven casi se detiene. Al caer zapatos y pantalones, quedándose con un ajustado bóxer negro, mínimo casi enrollado alrededor del bulto únicamente, se siente morir. Qué cuerpo, cuanto vello…

 

   Sonriendo el tipo se acuesta boca abajo como le indican. Silvio mira esa espaldota y jadea. Tiene una erección granítica. Del maletín saca un aceite, se embarra las manos, deja caer chorritos sobre el otro, que gime que está frió. Esas manos delicadas, estrechas, lo recorren. La piel es firme, dura, masculina y el joven está en el séptimo cielo. Toca, soba, y el carajo se va amodorrando, se sentía tan bien. Esas manos en sus muslos sobando, apretando, mimando, eran… extrañas. Cuando le indican que se vuelva, se sonroja un poco, el bulto le abulta un poquito, pero lo atribuye al… toque. El chico lo mira a los ojos, aplica aceite, las manos soban los pectorales firmes, los pelos se pegan de sus dedos. Las manos bajan y suben, el tipo cierra los ojos, inquieto, algo achispado. Esas manos eran… ¡Dios!, casi gimió, el chico le atrapó los pezones y los frotó entre sus índices y pulgares, antes de abrir las manos y casi clavarle los dedos en los pectorales. El carajo quería parecer de roca, pero cuando una mano le sobaba una teta y la otra un muslo eso lo puso mal, no podía disimular el bulto entre sus piernas, ni el ardor de su piel o la pesadez de su respiración; pero en fin, si el chico quería güevo…

 

   A la indicación de que se vuelva, el hombre jadea, cae de panza, cierra los ojos, estar así aprisiona rico su verga contra el mueble, y esas manos lo debilitaban. Sin quitarle los ojos de encima, atrapándolo de costado al centro de la espalda, las flacas manos aprietan y bajan, bajan a la cintura, Los dedos rozan el calzón y el carajo suelta aire, casi quiere que… Esas manos se meten bajo la prenda y el chico jadea. Esas nalgas duras se estremecen al tacto de sus manos. ¡Cuánto pelo!, piensa asombrado, quiere verlo ya… y soba y soban rumbo a la raja interglútea. Lo oye respirar entrecortado, lanzar aire y medio agitar las nalgas. Eso le da el permiso que necesita. Con una sonrisa dice que no puede trabajar así, y con mano firme comienza a bajarle el calzón. El tipo, enrojecido bajo el bronceado, no lo mira pero sube sus nalgas y se lo quitan. Esos glúteos redondos, grandes y firmes están cubiertas de vellos por todos lados. El aceite vuelve a las manos, cae en las nalgas, en la raja y el tipo cierra los ojos. Las manos soban, aprietan, pellizcan, los dedos se clavan con esfuerzo en la firme piel. Los pulgares comienzan a separar las nalgas, allí estaba el arrugado culito, totalmente rodeado de pelos negros. El chico bota aire, que al estar algo cerca cae ahí, quemándolo, y el tipo gime; era extraño sentir ese aliento allí. Los pulgares abren, soban, bajan y frotan el esfínter, alisándolo, moviéndolo. El tipo siente calambres, no puede estarse quieto y agita las nalgas, subiéndolas y bajándolas, ofreciendo sin saberlo su cuevita rica. Y grita un ronco ‘ahhh’ cuando el primer engrasado dedo se mete, lentamente, pero hasta el fondo…

 

   No podía creerlo, él tan grande, macho y peludo estaba dejándose meter el dedo así y ese dedo largo y fino entraba, salía, lo cogía y lo calentaba más, tanto que no se dio cuenta cuando comenzó a jadear, a gruñir que sí que se lo metiera bien, babeando y agitando el culo de arriba bajo, buscándolo, apretándolo. A Silvio le encantaba eso, ver a ese carajote tan caliente, y mientras lo cogía saca su güevo largo y delgado, rojo totalmente. El tipo, como trastornado, pero consiente vagamente de que su mujer ya llevaba hora y media fuera de la casa se volvió a verlo, con ojos brillantes.

 

   -¿Qué esperas, güevón? Cógeme ya… no aguanto…

 

   -Voltéate, quiero verte a los ojos cuando te culee… -le ordenó.

 

   Y el tipo obedeció, atrapado por esa fiebre que padecía. De espaldas, alzo una pierna sobre el respaldo del mueble, la otra fue atrapa por el chico que estaba semi sentado entre ellas, apuntando su güevo hacia su culo engrasado y alineado. Notar la suave cabeza, sentirlo entrar lo hizo gritar y estremecerse, echando la cabeza atrás. Cada pedazo que entraba le despertaba más y más ganas de ser poseído, cogido por ese carajito. Eso lo frotaba por dentro y lo hacía sentirse vivo, caliente, con ganas de agitarse, de apretar con el culo, con ganas de más y más sexo duro, babeante y ardiente. Y el chico comienza a cabalgarlo, expertamente, ¡lo que tenía de joven lo tenía de experimentado! Eran muchos los sujetos como ese, velludos y viriles a quienes había convertido en sus hembras. Se lo metía y sacaba casi todo, hasta la roja cabezota antes de enterrárselo otra vez, haciéndolo gritar y estremecerse sobre el sofá.

 

   Ese culo apretaba y quemaba. Su güevo entraba, cogía, lo llenaba y salía haciéndolo querer otro pedazo. Silvio lo miraba, grande, velludo, macho, y al mismo tiempo agitado, sudoroso, con ojos entrecerrados, meciendo el culo de arriba abajo contra sus caderas. El redondo agujero, rodeado de crespos pelos, se abría y recibía el cilíndrico tolete, que lo enculaba duramente. A Silvio sólo le gustaban así, ya sobre la treintena, grandes, masculinos, velludos y con complejos de héteros, engañándose a sí mismos, casados, con tipas por ahí, pero buscando eso, un güevo caliente que los pusiera en orbita alrededor de la tierra de los toletes duros, babeantes y siempre dispuestos para satisfacer las necesidades de esos medios machos… Ese era su gusto, sus profesores habían caído víctimas de él, también uno que otro padre de sus amigos. Ver a un tipo velludo, de cuerpo masculino hecho por los años, lo excitaba al punto de que se obsesionaba… y era de los que si quería algo, lo buscaba y no paraba hasta tenerlo… clavado sobre su tranca.

 

Julio César.

 

NOTA: Este relato de tipo fetichista es de mi otro blog, el que cerré. Sé que he utilizado antes está fotografía, pero mientras escribía el cuento sobre un amante del ‘vello’ no encontré otra al momento.

DESCUBRIMIENTOS

Julio 20, 2008

   Amor en el hogar…

 

   Ángel regresó molesto al apartamento. Era un muchacho de unos diecisiete años, alto, no muy fornido pero si lo suficiente para llamar la atención de todo el mundo, sobretodo de las vecinitas. Sin embargo Rubén, su hermano mayor, aunque el maricón apenas contaba veintidós años, vivía jodiéndolo, tratándolo como un muchachito tonto delante de todos. Hace poco, reunido con unos panas de la cuadra en la acera, este había pasado con unos amigos y le dijo que subiera o le contaría al papá para que le bajara los pantalones y le diera unos azotes otra vez. Subió mortificado por la pita de los otros, que era lo que Rubén buscaba, para divertirse. No puede estarse sentado, camina de un lado a otro y cuando la puerta se abre y entra Rubén, silbando, alegre, le ruge con rabia.

 

   -Maldito coño’e madre, ¿cómo me pones en ridículo delante de todo el mundo? –grita exigente, encarándolo.- No soy un muchachito para que me trates así. –a pesar de su furor, Rubén ni le paraba.

 

   -Deja los gritos, claro que eres un carajito, un culo cagado que ni se le para el güevo todavía. –se burla.

 

   -Claro que se me para, güevón, y seguro que más que a ti.

 

   -¿Ah sí?

 

   -¡Mira! –ruge llevado por la furia, bajándose el mono y el calzoncillo, mostrando un aparato flácido en reposo, pero de buen tamaño. Rubén lo mira entre sorprendido y sonriente.

 

   -No está mal.

 

   -Seguro que tú tienes uno mejor, ¿verdad? –lo reta ahora llevado por la adrenalina, consiente de que se le estaba parando y que Rubén lo miraba.

 

   -Juzga tú. –abrío su correa y bajó un poco el jeans, librando un tolete rojizo de buen tamaño, que iba creciendo. Ángel lo miraba confuso, nunca antes se lo había visto, no compartían cuarto, ni le había interesado eso, hasta ese momento sus citas eran con chicas.- No es ninguna maravilla… -se burla, teniéndola ya muy erecta.- Yo la tengo como una barra de acero… ¿quieres verlo? –propone, ronco.

 

   Y no dicen nada. Están solos en el apartamento, sus padres andaban en una parranda con amigos, y sus güevos estaban afuera y duro. Ah, qué coño, es mi hermano y no es tan serio, pensó Ángel, dando un paso al frente, bamboleándosele el tolete. Lo mira, duda, luego mira la barra y la toca. Le quema la mano. Sí, era dura, bien dura como está siempre a esa edad, pero también ardía. La tocó, apretó y sobó duro, se sentía tan bien tenerla en su mano. Y Rubén jadeaba, tenerla atrapada así por su hermano era algo tan prohibido y sucio que lo excita mucho.

 

   Más maduro alza una mano y atrapa el güevo de su hermanito, duro también, masajeándolo. Jadean roncos, en silencio. Se miran, están muy cerca, y cuando Rubén traga saliva, abriendo los labios, la boca de Ángel se abre también, invitándolo. Sus labios se unen mientras siguen masturbándose. Se sentía sabroso darse manos así, mientras sus bocas chocaban, inexpertas todavía. La lengua caliente de Rubén entra y enloquece a Ángel que gime, jadeo que el otro se traga con su saliva.

 

   Atados de boca y de manos en güevos caen en el sofá y continúan dándose lenguas y manos. Se miran a los ojos, sin decir nada, y Rubén cae sobre él, acostándolo de espalda en el sofá, maraqueándolo, revolviéndose contra su cuerpo. Se besan, se soban, los dos güevos se frotan y se sentía bien. Las manos de Rubén bajan el mono y el calzón hasta sus tobillas, y Ángel enrojece como el adolescente avergonzado que es, semi desnudo frente al otro, quien lo estudia atentamente, con una gota espesa que cuelga del ojete de su güevo. Ángel la miraba fascinado.

 

   -¿Tienes hambre, hermanito? –se burla Rubén.

 

   Con un dedo toma esa gota y le lleva a los rojos labios del otro, que la prueba después de una leve duda, encontrándola acre, salida… y rica. Chupa ese dedo, la saborea y traga entre jadeos. Verga, ¡nunca creyó eso posible! Pero Rubén también quiere probar, y más decidido baja y atrapa con su boca ese güevo no tan grueso como el suyo. Lo cubre y lo chupa haciendo gritar a Ángel, esa vaina estaba provocándole un rico y desesperante calambre de gusto cuando la boca subía y bajaba, halándolo, mamándolo. Rubén cierra los ojos y goza ese güevo, lo mama sabroso mientras con el dedo sigue recogiendo sus licores y obligando a Ángel a tragarlos. Con un jadeo le alza las piernas, con el mono en los tobillos, montándolas sobre uno de sus hombros y bajando el rostro, loco de lujuria, pasa la lengua por ese culito semi lampiño, sudado, saboreándolo. Eso hizo gritar a Ángel, tensándose sobre el sofá. Esa lengua lo lamía y chupaba, humedeciéndolo, preparándolo para ese dedo rígido y argo que entró, tanteándolo, cogiéndolo lentamente.

 

   Ese dedo exploraba, duro, sobándolo por dentro, y Ángel solo gemía, sudaba, se retorcía, sabía que Rubén ya lo tenía atrapado, que no podía salvarse. Y ahora Rubén le decía guarradas como putica caliente, que es la nena más caliente que ha conocido en tiempo. Le mete dos dedos, firmes, a fondo. Costó pero entraron. Y ahora lo cogía con ellos. El tercero costó pero entró, abriéndolo, dándole duro a la próstata. Rubén le pregunta si quiere güevo, ser su hermanita caliente. Y Ángel gemía que no, que se detuviera, pero temblaba, se estremecía, se agitaba. Sin sacarle los dedos, cogiéndolo con ellos, la cabezota de su tranca choca de esas nalgas, y eso los pone más cachondos. Es cuando sucede…

 

   Se oyen voces afuera, así como tintineo de llaves. Se miran aterrados, saltan y se acomodan. Rubén le gruñe bajito que quiere su culo. Ángel, jadeando gime que no. Cada quien corre. Más tarde discuten, Rubén no quería dejar las cosas así. Esa noche en su cama, desnudo y caliente, Rubén espera que sus padres se duerman para ir a buscarlo. Suspira, cierra sus ojos y bajando la mano se masturba, caliente, rico, pensar en Ángel lo pone mal. Su cuerpo arde, su sangre corre, su carne está bien dura, por lo que gime… cuando la boca de Ángel cae sobre su güevote, apartándole las manos, tragándolo vicioso, entregado, tanto que arrodillado sobre la cama, bajando el rostro hacia la ingle de su hermano, comiéndole el güevo, expone al rostro de este, sus nalgas abiertas y su culito firme y joven que titila.

 

   Rubén sonríe, qué rico era esa boca en su tranca. Que rico era tener un hermanito para pasar las noches en casa, se dice mientras eleva la cara y la entierra en esas nalgas, comiéndole el culito, metiéndole la lengua caliente, saboreándolo. Lo oye gemir, aparentemente una lengua en el culo era mortal para la hombría, se dice el joven, dándole más y más. Mientras besa, mordisquea y ensaliva esas nalgas, bolas y culo, se dice que lo hará sufrir, no le enterrará su güevote en el culito si no se lo pedía con humildad y llanto en los ojos…

 

Julio César.

LUCHA LIBRE

Mayo 22, 2008

   -Ahora me las pagas todas…

 

   -Jorge no es más que un güevón que gana siempre en la lucha libre porque ustedes son unos mamagüevos. –replica insolente Renato en los vestuarios, cuando le advierten que deje de molestar tanto al otro, brusco, riente, desvistiéndose, mostrando el suspensorio blanco que ya usa, antes de ponerse, con esfuerzo, el chico y ajustado traje rojo, que parece atorarse en sus muslos musculosos. Tiene veinticinco años, es alto, de piel blanca cobriza, de cabellos negros y ojos amarillentos. Un tipo guapo, de buen cuerpo, siendo su tórax bien formado, de llamativos pectorales. Es un creído, un seductor y un echador de vaina. Es bueno en la lucha y no cree que nadie sea mejor.- Ese marico tiene que mamarse uno si se enfrenta a mí… -dice en el colmo del desafío, antes de notar el silencio de los otros; volviéndose se topa con la seca mirada de un tipo un poco más alto y fornido, de rostro cuadrado, con sombra de barba, cabello corto y tono moreno de piel: Jorge.

 

   -Tú si hablas pajas, marico. Te espero esta tarde, cuando todos se vayan, y vemos quién gana. –lo señala con un dedo, duro, alejándose, viéndose grande y poderoso dentro de su traje azul.

 

   Esa tarde, algo oscuro ya, un poco sudado por una tarde de ejercicios de  prácticas, el sonriente y confiado Renato espera ya de pie sobre la lona. Todo es silencio y soledad. La puerta se abre, violenta, y entra un mal encarado Jorge, sudado también. Se miran. Jorge serio, Renato dando saltitos, sonriendo con cierta burla, tenía movimientos que lo sorprenderían sacándolo de onda. Iba a ganarle, era más chico pero con mejor técnica. Se medio ladea y alza las manos, pero el otro sólo lo mira, con cierto fastidio.

 

   -Me tienes arrecho con tus perradas, Renato. Entonces es hora de que te trate como la perra que eres. –gruñe, con voz ronca, profunda, desconcertando al otro por un instante.

 

   Momento que aprovecha Jorge para darle un sonoro y poderoso bofetón. La cosa es tan insólita, es un ataque tan ilegal, que Renato se paraliza, tiempo en el cual Jorge se le va encima, como un oso, atrapándolo por debajo de los brazos, rodeándole el torso en el abrazo del oso, alzándolo con facilidad y derribándolo de espaldas, pero no es una simple caída. Jorge va sobre él, quien cae de espaldas, con fuerza, soltando un bufido, quedándose sin resuello. El bofetón, el golpe de espaldas y el peso del otro que le sacan el aire, lo marean, quiere gritar que no vale, que así no, pero ya Jorge se medio arrodilla, viéndolo sonriendo cruel, atrapando, de forma desconcertante, los tirantes de su traje, que hala, rasgándolo con facilidad. Hala y rasga a pesar de que Renato gime y se medio revuelve, hasta desudarlo casi todo, dejándole las mangas del traje en los muslos y el blanco y sudado suspensorio.

 

   Ahora si que Renato se asusta e intenta pararse, sólo para recibir, de rodillas como estaba, otro bofetón en la cara, con el dorso de la manota del otro que lo derriba nuevamente, para ser testigo, sin aliento para gritar, de cómo Jorge se deja caer, transversal a él, con el antebrazo en su plexo, dejándolo ahora casi asfixiado. No puede moverse, sin aire, adolorido, y todavía tiene que ver la sonrisa del otro, quien atrapa con los dedos sus tetillas erectas, jóvenes y desafiantes apretándolas de forma ruda, haciéndolo gritar bajito, y revolverse un poco. Esos dedos aprietan, soban, aprietan fuerte, duele, luego acarician y Renato chilla, aterrado, mirando como una erección espantosa se levanta del entrepiernas del otro. Una mano de Jorge le atrapa la nuca, obligándolo a ir a restregar su cara de esa vaina grande, dura, caliente, que lo quemaba tras el pantaloncillo.

 

   Renato no esta seguro de qué sigue, pero no quiere saberlo, intenta golpearlo en las bolas, pero Jorge le atrapa el puño y aprieta, haciéndolo gritar, y la silueta de la tranca se frota de sus labios. Jorge le gruñe que si lo muerde le fractura los dedos, y aprieta. Renato chilla y esa vainota sigue frotándose. Pero Jorge quiere divertirse, lo atrapa por la axila derecha y la rodilla del mismo lado y lo alza un poco, dejándolo caer, brusco, de panza. Renato gime, todo le duele, no puede respirar, su cuerpo brilla de sudor, sus nalgas rojizas, altivas y redondas llaman la atención del otro que sonríe pasándose codicioso la lengua por los labios, le daría una buena lección. Se mete entre sus piernas, dándole golpecitos en los muslos que le provocan dolor y el otro se abre a lo que daba los faldones del traje, poco antes de que se lo saquen. Sus nalgas dejan abierta la roja abertura. Metido todavía allí, Jorge le atrapa y dobla, casi a punto de fracturárselo, el brazo derecho sobre su espalda, con rudeza.

 

   El joven charlatán grita y aprieta los dientes, inmovilizado, cuando la otra manota soba sus nalgas, los dedos palpan la carne dura, turgente. A Jorge le encantan esos glúteos musculosos de machito. Lo nalguea, lo ve estremecerse, lo oye quejarse bajito, mira la mancha roja, le gustó. Azota una y otra vez, de una a otra, con rudeza, la palma le arde, pero es sabroso, piensa mientras sonríe y da palmadas sonoras. Y Renato grita lloroso que lo deje ir, que se disculpa. Pero a Jorge eso le encanta. Su manota soba y recorre con codicia esas nalgas de hombre. Le gusta poseer y someter a esos carajitos arrechos. Baja el rostro y besa de una a otra, luego muerde, suave, luego fuerte. Y más fuerte. Y Renato solloza mal. La lengua titila sobre el rojizo y lampiño ojete del culo, le gusta saborear un culito virgen, sometido, que sabe será suyo. La lengua recorre, se mete, y Renato gime ante tan extraño y horrible ritual, nunca antes le habían pasado la lengua así, jamás la cálida y viciosa lengua de otro carajo se había metido en su esfínter.

 

   Jorge se endereza, no quiere darle placer. Pasa sus dedos, dos, por la espalda mojada, recogiendo sudor, y enfila hacia el culo y los mete, sin ceremonias. Los mete hondo y Renato grita, siente que se rompe. Duele y quema. Los dedos van y  vienen, cogen, Renato llora y se estremece todo, y eso encanta más al sádico, mete tres dedos, hondo, lo ve combarse, llorando a lágrimas vivas, suplicándole que lo suelte. Los agita, ese culito aprieta, calienta y hala sus dedos. No puede más, saca los dedos, con una mano baja su traje, no usa calzoncillo. Su barra titánica, cobriza oscura se enfila contra el abierto culito y aprieta. Renato grita, eso entra, rápido, al fondo, y casi se desmaya. Ahora Jorge lo suelta, semi recostado sobre él, semi arrodillado, con sus pelos pegados a esas nalgas. Retira el güevo, lo mete, saca y mete, cogiendo unas veces lentas, otras rápidas. Lo coge una y otra vez.

 

   Renato chilla, lloriquea, pero siente un calor grande y poderoso; cuando esa vaina va y viene le provoca gemir, alzar el culo y que se lo cepillen bien, había algo que lo llenaba de ganas, de paz, de gozo, que lo hacía olvidar todo el dolor. Su culo va y viene ahora, abierto como una ‘o’, tragándose el grueso tolete, nervudo, largo. Las manotas de Jorge le atenazan las nalgas, lo coge con un ritmo frenético y le gruñe que sé que te gusta, mira como meneas el culo, eres una perra, mi perra. Lo echa de espaldas, lo mira, Renato parece sin fuerzas, los ojos bañados en lágrimas mientras ese carajo le tiene las piernas montada sobre sus hombros y sigue cabalgándolo, cogiéndolo duro, metiéndole esa vainota hasta el fondo de unas entrañas calientes, mojadas, que maman ese güevote. Le duele y le gusta, y eso lo adivina el otro que grita eres mi puta… y le llena el culo de leche bien caliente, es tanta que Renato siente la ardiente lava subiéndole al estómago, corriéndose también dentro del suspensorio.

 

   -¿Satisfecho, puta barata? –pregunta Jorge parándose.

 

   -¡Coño’e madre! Esto lo vas a pagar. –gimotea, sentadote.

 

   -¿Qué, vas a decir que te cogí bien cogido y te corriste? –es cruel.- No digas idioteces. Ahora debes cuidarte de que yo no hable de cómo te meneabas, ni de tu tatuaje en la nalga o los dos lunares sobre el hueco de tu culo. Y puedo hablar, y tú no quieres eso, ¿verdad? Te gusta hacerte pasar por macho, pero ahora sabes que eres una perra caliente. ¡Mi perra! Abre la boca, quiero mear… -ordena, tajante. Renato se llena de odio, de rabia, las mejillas le enrojecen… y abre la boca.

 

Julio César.

 

NOTA: Es de mi otro blog.

VACACIONES EN LA NADA

Mayo 5, 2008

   Un mes atendiendo…

 

   Gracias a Dios una gasolinera, pensó Adrián, quien ya andaba inquieto. Regresando de Puerto la Cruz, había decidido meterse por callejas secundarias, para conocer. No tenía ninguna prisa por regresar a Caracas. Le tocaba casi un mes de vacaciones y regresaba de dejar a su esposa camino a Margarita, a cuidar a su madre algo quebrantada. Él le dijo a todo el mudo que se iría con ella, pero su propia madre lo llamó para avisarle de un quebranto de su padre, alarmado él arrancó para allá diciéndole a su mujer que la llamaría aunque los dos sabían que sería difícil pues era una zona apartada. Mientras iba, su mamá lo llamó diciéndole que se trató de indigestión y no de un infarto, aliviado, el hombre decidió volver a Caracas y pasar el mes echando vaina, sin avisarle a su mujer, ni a sus padres y sin que las amistades lo esperaran.

 

   Casi apagado, se mete en la estación y repara en los dos jóvenes, delgados pero fuerte, que atienden, debían ser hermanos, se dice, parecen andinitos por lo blanco y el cabello tan negro, tenían algo de pícaros pero de buenas gentes. Debían estar por los veinte tantos, buena edad para andar jodiendo con hembras, piensa sonriendo, bajando, delgado, fibroso por la bicicleta, de cabello negro fino y abundante, bronceado y bien parecido, sabía que lo era. Lleva un bermudas y sus piernas destacan. Si, los chicos se veían bien, pero él se sabía mejor, las miradas de las mujeres en la calle se lo decían. Habla, dice que casi se accidenta, que va para Caracas. Sin darse cuenta entablan una charla amistosa, si, son hermanos, no hay mucha gente por ahí y menos mujeres, pero se las arreglan. Uno le tiende una botella de aguardiente, duda pero no quiere parecer pretencioso y bebe, es cuando repara en alguien más, un tipo fornido, masculino, fuerte, tal vez cincuentón, muy apuesto, el padre de los chicos, que se acerca. Coño, la caña era fuerte, se siente algo mareado.

 

   -Vaya, ¿y qué tenemos aquí? –pregunta el recién llegado, sonriendo, mirándolo de forma inquietante. Quiere hablar pero no puede.

 

   -Se llama Adriana, papá, y es una bella hembrita… -replica uno de los chicos, el pecoso, que ríe de forma extraña, y Adrián repara ahora en que parece medio demente… y peligroso. Quiere alejarse pero cae sin conciencia.

 

   El hombre, en cuanto abre los ojos, comprende que su vida ha cambiado profundamente. Está atado a una columna de cemento, desnudo, arrodillado en el piso, amordazado, confuso, mirándolos reír, rodeándolo, diciendo que se ve hermosa, que será una buena hembra. Intenta gritar, desatarse, pero sólo recibe feos bofetones que lo marean y le duelen. El viejo le grita que se calle y se quede quieto o le pesará. Asustado como está, Adrián continua forcejeando y sacándose el cinturón, con puntitos metálicos, el carajo le da un correazo que se le clava en su carne desnuda del hombro y espalda, haciéndolo chillar y que le lloriquearan los ojos. El hombre, serio, bajó el rostro a su altura.

 

   -Esperemos que se comporte como una dama, señorita Adriana… si no sabe ocupar su lugar, bien… aquí donde me ve he capado a muchos toros y perros…

 

   Deja flotar la amenaza, y Adrián se siente frío, aterrado, mirando de uno a otros, los tres sonrientes, mirándolo con lujuria, con sus buenos y tiesos bultos bajo los pantalones. Al grito de ¿si entendió?; aterrado asiente que si. Riente los chicos lo liberan de sus ataduras, y entre los dos lo arrastran a u pequeño y sucio baño donde se desnudan. Están bien calientes. Adrián tiembla de miedo, pensando en escapar, pero esos tipos lo meten bajo la ducha y mientras uno le alza el brazo, afeitándole la axila, el otro lo hace con su poco peludo pecho, rebajan los púbicos, las piernas también. Le dan la vuelta y soban sus nalgas, los dedos se clavan, amasan, aprietan, nalguean, se ven calientes. Una maquina desechable lo afeita ahí cuando siente algo extraño e inquietante, la boca de uno, la del pecoso, que le mama el culo, metiéndole la lengua cálida, móvil, reptante. No quiere, pero esa caricia tan extraña lo hace abrirse un poco de piernas, cosa que los pone a gritar de gusto, gimiendo “le gusta, a la puta le gusta”, y esa lengua ardiente se mete más, cogiéndolo. Lo depilan mientras le maman el ‘coño’ por turnos, casi pelean entre ellos para meterle la lengua. Ahora son dedos los que entran. Grita, duele, queman, pero esos dedotes compiten, entran, lo cogen, lo jorungan, los menean.

 

   -Basta, dejen a su nueva mamá en paz. –gruñe el más viejo, y Adrián lo mira asustado, desnudo, firme, llevando una pantaletica roja en las manos.- Póntela, Adriana… Qué bella eres… -parecía creerlo.

 

   Totalmente avergonzado, el hombre se pone aquella vaina, sintiéndola raro cuando la suave tela aprisiona su güevo medio morcillón auque no quiere, y la presión en la raja interglútea, contra su culo. Esas manos grandes y callosas caen en ellas, las soban, el tipo le susurra obscenidades en la oreja, mordiéndolo. Una mano cae en su tetilla, apretándola, retorciéndola suave, mientras el grueso, largo y tieso güevo se frota de sus nalgas. Todo eso tiene mal a Adrián, mareado. Esa manota entra en la tirita, apartándola, exponiéndole el culito, la lisa cabezota se frota y lentamente va entrando. Adrián chilla, eso quema, lo mata. Se mete todo y el hombre bufa, jadeando mientras el estrecho culo lo aprieta, lo mama y hala. El güevo va y viene, cogiéndolo, y Adrián grita, eso suele, pero también le pone el tolete duro, aunque no lo entiende. El sujeto lo sostiene por sus caderas, lo cabalga, lo coge con fuerza, con golpes rápidos y hondos, luego otros lentos, cabalgándolo. Y Adrián gime, eso era… extraño, y su culo se calienta, chupándolo también, llevado expertamente por ese sujeto; su culito iba y venía, abriéndose y cerrándose sobre él. ¿Qué le pasaba, Dios mío?, dentro de su pantaleta, bajo la regadera, se corrió cuando aquel sujeto le llenó el culo de leche, chillándole toma todo mi semen, puta.

 

   Esa noche, como todas las siguiente, comenzó en el cuarto de los chicos, quienes lo obligaban a usar las pantaletas, medias negras y tacones, mientras lo acariciaban, le apretaban los pezones, se los mamaban y le metían dedos en el culo. Parecían competir. Adrián, avergonzado, maquillado, a veces con una franelita, su pantaleta y medias, era colocado de medio lado y mientras becerreaba a uno, subiendo su boca de arriba debajo de forma entusiasta, degustando esa joven verga, era cogido por el otro, que bramaba como fiera, que se la clavaba hondo y gritaba que qué rico, que coño tan rico, que era una perra increíble, y debía serlo, pensaba avergonzado, sintiendo como sus entrañas apretaban más y más. Luego en cuatro patas, el otro lo cabalgaba, con su joven y rojizo güevo entrando y saliendo con violencia, estremeciéndole las nalgas, con la tirita del hilo a un lado y el bojote de sus bolas más abajo. Al muchacho le excitaba verlo en pantaleta, cogerlo en pantaletas, medias y tacones.

 

   Le gritaba puta, puta reputa, y a Adrián eso lo excitaba, sin darse cuanta de cuando comenzó a menear bien ese culo, apretando sabroso, deseando esos güevo jóvenes, esa lecha caliente, mientras tragaba más y más güevo, y mucha más leche de machos. Un día los chicos quisieron cogerlo a un tiempo, y aunque gritó sentado sobre ellos, su culo los aceptó y parecía la propia puta con sus labios rojos pintados, su pantaleta amarilla de encajes, saltando sobre los muchachos que reían, que la llamaban reinita rica, y lo besaban por todos lados. Cuando los muchachos estaban ahítos, él cruzaba la vivienda oscura, ya sin pensar en escapar, con el corazón agitado e iba con el padre, quien sonreía; le gustaba posar para él con sus tacones, con su cabello suave sobre la frente.

 

   El tipo, sentado, con se güevo bien duro lo llamaba, iba, se daba la vuelta y el sujeto metía la lengua en su culo, lamiéndolo, comiéndoselo, recogiendo los vestigios de leche de sus dos hijos. Algunas veces se lo montaba boca abajo en sus piernas, luego de comerle el culo, y lo azotaba duramente con su manota, llamándola puta que cómo se entregaba así a esos carajitos. Esa manota dándole ese severo castigo era algo que hacía gemir a Adrián, excitado al límite. Su güevo nunca era tocado, siempre se corría de puro gusto, y eso tal vez había contribuido a putearlo tanto. El hombre, en su gran cama, lo acostaba boca abajo, lo lamía todo, le enterraba el rostro en el culo; lo cogía suavemente, tanto que Adrián gritaba y se agitaba, deseando más y más, amando ese güevo que lo sometía. A veces, de día, en faldita, mientras servia la comida, el hombre lo miraba vidrioso, poniéndose de pie, obligándolo a colocar las manos sobre la mesita, alzándole la falda, apartando su hilo dental y cogiendo allí mismo, haciéndolo gritar que si, que se le metiera bien hondo, que más duro, que más… delante de los muchachos que comían excitados ante el bello espectáculo. Una mañana, Adrián dormía aún en la cama del padre, cuando el pecoso entró, arrojándole todas sus ropas, celular y llaves.

 

   -Tu carro está afuera, y listo para que te vayas. –anunció. Adrián se aterró.

 

  -No, yo no…. –se sintió morir, asustado, botado, yendo hacia él.- No, yo me quiero quedar…

 

   -No, ahora queremos una negra. –y mira a un joven de piel muy oscura, de cabello corto, delgado y alto, atractivo, que detiene su carro, fuera, por a ventana.- Tenemos unas pantaleticas blancas que le quedaran del coño.

 

   -Yo no me quiero ir. –lloró desesperado, ¿cómo podían hacerle eso sus hombres a ella que tanto les había dado?

 

   -Tienes que irte, puta. –lo miró con cruel asco, estremeciéndolo.- Eres guapa, ya encontrarás mil machos en Caracas. Vete o te marcó el culo con una vela prendida… -fue la despedida.

 

Julio César.

EL ASCENSOR

Abril 27, 2008

   Haré lo que diga, señor…

 

   Coño, voy llegando tarde otra vez. La recepción de la firma está vacía, todo el mundo está en su cubículo trabajando, como abeja en panal, cada quien en su mundo. Es frustrante sentirse así. Me miro de pasada al espejo de puerta entera y me agrada lo que veo, un tipo joven, fornido, no muy alto pero atlético, de rostro cuadrado, cabello negro algo alzado en cepillo y una sombra perenne de barba en mi mentón cuadrado. El traje, azul oscuro, me sienta bien. Me veo poderoso y próspero. Voy ascendiendo dentro de la firma, aunque el jefe es un coño’e madre que me la tiene dedicada. Pero guardo silencio, ese cuarentón alto, fibroso, de rostro duro y hosco, de cabello ralo y mirada penetrante y dura, con algo de canas en su mentón que aunque limpio en la mañana ya muestra cañones en la tarde, era tan peligroso como enemigo, como lo parecía.

 

   Iba retrazado, seguro me formaba un peo, pienso inquieto, pero no tanto, llegar tarde era casi una cuestión cultural en Venezuela. Oprimo el botón del último de los ascensores, ya que todos los otros andan como por el piso veinte, cuando noto la señal de dañado, maldita sea, siempre era igual. Pero, para mi sorpresa, las puertas se abren, y lo que encuentro casi me mata de la impresión. Allí estaba el señor Morean, mi jefe, con su serio traje oscuro, camisa azul y corbata vino tinto, masculino y viril, de pie, con el pantalón abierto y un increíblemente largo y grueso güevo rojizo emergiendo, poco, ya que la boca de Jonás, el chico del ascensor se lo tragaba con gemidos de hambre y gusto, como si nunca en su vida hubiera probado una vaina tan sabrosa. El güevo brillaba de saliva y mamadas cuando esos labios rojos lo tragaban y soltaban, apretándolo, logrando que Morean bufara por lo bajo, medio inclinado sobre el muchacho catirito que está de rodillas, acariciándole las nalgas metiendo su manota bajo una telita mínima, amarilla intensa, barata como sintética, y putona que usa como calzoncillo. Impresionado miré como esa mano tocaba, ávida, avarienta, y como parecía que uno de los dedos frotaba y se metía dentro del culito aun cubierto.

 

   -¡Jefe…! -grazné.- ¿Qué haces? –demandé saber lo que ya sabía, sintiendo como mi corazón latía más de prisa, ¡y como mi güevo endurecía por segundos! Vaina que jamás me esperé.

 

   -Jonás deseaba un aumento y lo estamos discutiendo, Gutiérrez, y  debo decir que sabe usar buenos argumentos. –sonrió, sin ninguna pena o incomodidad ese tipo tan… macho, mientras la boca tragaba con gemidos su güevo y su mano tocaba con más descaro esas nalgas y ese culito.- Aún estoy considerando su grado de compromiso para con la firma… debo saber qué es capaz de hacer por nosotros. Acérquese, Gutiérrez, y saque ese güevo que ya lo tiene mojándole el pantalón. –ordenó, como siempre hace, altanero.

 

   Ese maldito maricón ¡qué se creía!, pensé molesto, agitado… mientras bajaba mi cierre y abría los botones de pantalón, ¡acercándome a ellos! Al librar mi verga, dejándola bamboleándose en el aire, casi tan larga y gruesa como la del jefe, boté aire, feliz, excitado al límite.

 

   Algo vanidoso acepté la mirada de aprobación del jefe sobre mi dura barra, mientras la tomaba masajeándola duro, era extraño y rico sentirla apretada así, por la mano de otro tipo, alguien fuerte y viril. Tomándole la nuca a Jonás, el jefe libró su tranca, que parecía una lanza, babeado saliva y jugos, y lo obligó a tragarse la mía. Grité contenido cuando ese carajito bonito abrió su boca golosa y lo tragó, apretándolo, lamiendo y chupándolo con su cálida cavidad. Era una mamada increíble, y con ojos nublados miré al jefe que se abría la camisa, mostrando su tórax fornido, de grandes pectorales cubiertos de pelos ralos, muy bronceado, casi oscuro. Hice lo mismo, y cuando pellizcó mis tetillas, grité otra vez, mientras mi barra estaba en lo más hondo de la garganta del chico del ascensor, que mamando parecía bueno. Yo estaba totalmente loco, fuera de mí, sintiendo mis pezones apretados y mi güevo comido como nunca, soltando ya juguitos de macho.

 

   Obligado a salir del pantalón y la tanguita amarilla, Jonás quedó desnudo a excepción de los zapatos negros brillantes y la casaca roja, así como el tonto gorrito que lo obligaban a llevar.  Teniéndolo en cuatro patas, con nuestros trajes puestos pero las camisas abiertas, le cogí duro esa boca mientras el jefe le enterraba el cobrizo güevo, grueso, como mucho para ese botoncito redondo y liso que había resultado el culito del muchacho, macheteándolo duro. Lo enculaba fuerte, embistiéndolo con tal poder que lo estremecía, haciéndolo gemir de puro placer. Su boca resollaba sobre mi tranca, antes de apretar, mamar y tragarlo todo. Era excitante ver a ese tipote atraparle las redondas nalgas, clavando esos dedos fuertes, embistiéndole el chiquito con su porra enorme, clavándolo todo, hasta los pelos crespos de su pubis.

 

   La locura se desató dentro de ese ascensor, y a pesar del aire frío del acondicionador del clima, sudo un poco con la espalda apoyada contra las puertas cerradas del ascensor, chocando mis piernas con las del jefe, que está frente a mí, y entre los dos, gritando como una puta loca, sin reparos, apoyándose en nuestros muslos donde caía quedando sentado y por mis manos bajo sus rodillas, el catirito Jonás sube y baja sobre nuestros dos güevos tiesos, gruesos y enormes que queman como el infierno. Lo cogíamos a dúo, y el muchacho luego de adaptarse, parecía estarlo gozando increíblemente, pues gemía, sudaba y babeaba abrazado a mi cuello, pegándose de mí, aullando que se moría, que qué vaina tan rica, que no aguantaba más. Su güevo chocaba de mi panza, su tórax contra el mío era rico, y el jefe estaba allí, pegado a su espalda. Los dos de saco, con el chico desnudo a excepción de zapatos, gorra y casaca, que subía y bajaba más, totalmente fuera de sí, transportado a otro mundo de sensaciones y placer cuando su dilatado, y vicioso culito, subía y bajaba apretando nuestros güevos; mientras nosotros agitábamos como podíamos nuestros muslos, cogiéndolo también, para mí era raro y rico sentir ese culo chupando, pero también la barra tiesa del jefe contra el mío. Fue cuando el jefe me miró directo a los ojos.

 

   -Gutiérrez, ¿usted no quería un aumento? Venga esta tarde, al final del día, a mi oficina… y depíleselo antes. –ordenó.

 

   -Si, señor Morean… -gemí casi al borde del desmayo.

 

   -¿Qué haces, Germán…? -me vuelve a la realidad la voz de Sonia, mi mujer, quien me mira en la entrada del cuarto.- Tienes ese bicho como pata de perro envenenado.

 

   -Te esperaba, mi amor. –mentí, teniendo la delicadeza de enrojecer de vergüenza al verme pillado soñando despierto con las ganas que tenía de que el jefe me atendiera…

 

Julio César.

 

NOTA: Pequeña historia de mi otro blog.

SI CALLAS, DESCUBRES…

Abril 6, 2008

   Yo conocía bien a este, la más puta del barrio…

 

   -¿Y tu mujer? –escuché la voz de mi amigo Nelson, demandante.

 

   -Salió. –grazno la voz de mi padre. Me intrigó notar cierto nerviosismo dócil en su tono. Estaba yo recostado en el sofá, se suponía que debía llegarme a recoger unas notas en la universidad pero me dio pereza. No sabían que estaba ahí. Luego lo corroboré.

 

   -¿Y Julián? –preguntó Nelson, refiriéndose a mí.

 

   -En la universidad. –respondió papá, más inquieto y urgido en su voz.

 

   -Bien. Por fin tenemos un rato para nosotros.

 

   -Sabes que no he podido… -comenzó papás, pero un seco paff, se dejó oír, silenciándolo y alarmándome. Ese carajo lo había a bofeteado.

 

   -Cállate, sube al cuarto de tu mujer y prepárate, ya voy. –ordenó Nelson.

 

   Los oí alejarse y me senté, ¿qué coño pasaba allí? Nelson, mi mejor amigo, nunca se dirigía a papá como no fuera “hola, señor Jacinto”, y ahora lo había vergajeado. Más increíble aún, mi papá que es tan arrecho, se la había calado. Realmente inquieto, pero sobretodo curioso, fui tras papá al dormitorio que comparte con mamá. Abrí la puerta con el corazón latiéndome locamente, no sé que esperaba encontrar… pero la amplia alcoba estaba vacía. Oí ruidos en el bañito y lo imaginé allí. No sabía qué hacer cuado escuché tras de mí los pasos de Nelson, así que me metí de cabeza dentro de clóset que cerré lo suficiente para ocultarme pero también para ver qué sucedía.

 

   Al mirar, me quedé de piedra. Allí estaba Nelson, mi amigo, un carajo de veintiún años, alto, fornido por su costumbre de ejercitarse, de pie, vistiendo un traje de policía que papá había comprado para una fiesta a la que nunca fue… hace tres meses, tiempo cuando él y Nelson parecieron enemistarse más por los tonos cortantes de uno y otro. Se veía recio y… bien parecido, admití. Oí una puerta abrirse, y cuando vi a papá casi grité, delatándome. Pero la sorpresa fue tal que me congelé. Papá estaba desnudo, mostrando un buen cuerpo aunque ya su pecho pintaba muchas canas, así como mostraba cierta barriguita. Pero no estaba totalmente desnudo, vestía una pantaletica negra de mamá, algo que a mí mismo me parecía muy putón (imaginarla en ella), unas medias negras altas y unos tacones de alto calibre.

 

   -Señor policía… -lo oí gemir, con voz suave, sumisa.- ¿Qué hace aquí?

 

   -Denunciaron que una puta muy caliente anda levantándose los muchachos de un liceo, y ahora veo que esa puta eres tú. –le ruge.

 

   -No soy una puta, sólo una hembra caliente. –respondió papá y sentí que me moría de la impresión, quería que la tierra me tragara.

 

   -Cállate zorra. –bramó Nelson, con ojos brillantes, abofeteándolo. Papá gimió.- Mereces un buen castigo. –le gritó, tomándolo de un brazo y arrojándolo a la cama, tendiéndose a sus espaldas, tomándole las muñeca y esposándolo expertamente.

 

   Yo los miraba paralizado. Vi como la manota de Nelson subía y bajaba azotándole las nalgas a papa, una y otra vez, golpeándolo, nalgueándolo. Lo miré sonreír fascinado, le encantaba eso, someterlo, oír sus gemiditos, mitad falsos mitad verdad, sus estremecimientos, el fruncir de su culo cuando la mano bajaba dura. Eso era… extraño, y me avergonzó sentir como mi güevo iba respondiendo. Papa gemía que lo soltara, y Nelson se detuvo.

 

   -Estoy cansado de tus chillidos, perra. –bramó, abriéndose el pantalón, exponiendo un güevo rojizo, grueso, nervudo, largo. Medio inclinándose en la cama azotó con él esas nalgas. Vi como papa se tensaba, como mecía su culo hacia ese tolete, buscándolo.- Ah, te gusta; claro, ¿a qué puta no le gusta un buen güevo de macho?

 

   -No sea abusador, señor policía… -gimió papá.

 

   -No aprendes, puta. –bramó otra vez, cayendo sentado en la cama, atrapándole el rostro y obligándolo a clavarse el tolete en la boca, todo, hasta los pelos negros.- Ahhh… sí, trágatelo, sucia perra… Hummm… que sabroso mamas mi güevo, mamita rica… Tú sí sabes atender a un hombre…

 

   Los gemidos de gozo de Nelson me tenían caliente, casi tanto como medio ver el rostro de papá subiendo y bajando con gula, con hambre y voracidad sobre el joven y tieso güevo de muchacho. Lo tragaba, lo apretaba, lo succionaba con unos ruidos increíbles. Al tenerlo hasta la garganta, deformada por él, mecía su cara de  un lado a otro, viéndose que disfrutaba de eso; que mamar ese güevo era la vaina que más feliz lo hacía en el mundo. Seguramente nadie gozaba tanto de eso como él… como no fuera Nelson que gemía, cerraba los ojos y le gritaba que mamara, que se lo chupara bien, que se lo iba a meter hasta el estómago, mientras agitaba sus caderas cogiéndole la cara. Ver y oír a papá gemir, salivar sobre ese rojizo tolete, cerrar los ojos y parecer disfrutarlo tanto, me tenía mal, casi tanto como ver sus nalgas que se habían tragado la telita, viéndose más caliente. ¡Qué puta era mi papá!

 

   -Ah, ramera, tú sí sabes darle gusto a un macho. –gimió Nelson sacándole el tolete de la boca, obligándolo a subir a cuatro en la cama, aunque sólo era a dos ya que sus manos estaban a la espalda. Colocándose tras él, acomodándose el quepis de policía, Nelson le apartó la pantaleta del culo. Podía verlos lateralizados con respecto a mí, miraba sus caras, Nelson sonriente, papá ansioso, y como el güevo de mi amigo se dirigía al culo de mi padre.

 

   -Esto es brutalidad policíaca… -gimió putonamente.

 

   -No, brutalidad es esto… -graznó Nelson, metiéndosela de un golpe.

 

   Papá gritó, arqueó la espalda, arrugó la cara. Ese güevote salió y entró feroz. Nelson lo cogía con dureza, con rapidez, como si quisiera lastimarlo, pero papá se estremecía y gemía de puro gusto, y pedía más, que le destrozaran el chiquito, mientras lo vi apretar sus nalgas, atrapando el tolete que se le clavaba hondo. Nelson lo cogió una y otra vez, nalgueándolo, llamándolo perra sucia, y papá gritaba que sí, que era una puta calentorra que necesitaba de su macho. Yo estaba enloquecido, atormentado por las fiebres y finalmente mi güevo salió, mientras me masturbaba viendo como papá subía y bajaba sus nalgas, buscando más de ese tolete para su huequito caliente y ansioso. Los oí gritar, los vi correrse. Nelson sacó por un segundo su güevo que vomitó una cálida carga en la espalda de papá, antes de clavarla otra vez y terminar de correrse adentro. Papá bañó su pantaleta. Yo mojé mi mano y unas toallas, mientras me mordía el labio. Todos jadeábamos. Nelson liberó las muñecas de papá.

 

   -¿Y mañana?

 

   -No lo sé; si Julián sale a hacer algo te llamo. –dijo papá; y yo pensé que mañana también ‘saldría’.

 

   -Si hay chance, avísame, tengo un traje del cuerpo de marines de fábula; tú serás mi prisionera en Guantánamo. Seguro que allí sí que se divierten de noche, ¿verdad?, a esos carajos les encanta ver a los otros desnudos, hasta videos les hacen. Seguro que luego los ven mientras se meten cosas por el culo.

 

    Los oí mientras iban al baño, momento que aproveché para escapar llevándome las toallas. Dios, ¡qué escena, qué revelación! Papá gustaba de ser la puta de Julián. Y ahora yo sabía que eso me gustaba, me excitaba. Saliendo, cuidando de no regar semen, me pregunté sobre mi futuro: ¿sería yo otro macho para papá… u otra hembra para Nelson?

 

Julio César.

LAS TRIBULACIONES DE MANOLITO CHOCRÓN

Enero 21, 2008

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   Sin vuelta atrás, pero sí por atrás…   

   El muchacho, a sus diecinueve años era un amante ciertamente bien considerado por las pocas chicas que lo habían catado. Hablaba, escuchaba, era tierno, considerado y nunca iba directo al punto. Le gustaba tocar. Podía pasar largos ratos tocando los tacones, acariciando una pierna enfundada en una suave medias de seda. Sus manos se cerraban alrededor de senos en sus sostenes, antes de meterse. Sus dedos podían jugar durante instantes que lograban poner frenéticas a sus amantes, sobre la suave tela de sus pantaletas sobre la entrada misma a la femineidad. Por todos esos detalles era bien tenido en cuenta por ellas… No tanto por los carajos que oían esos cuentos cuando estas lo comparaban con él, dentro de la universidad.   

   Manuel Chocrón, nuestro héroe Manolito, era él mismo bien parecido, no muy alto, delgado pero fibroso, de cabello negro muy suave que a las chicas les gustaba acariciar, de ojos marrones claros, de sonrisa amable y rostro lampiño, como su pecho, algo que a ellas si no les gustaba tanto. Por la edad querían al macho salvaje y primitivo, aunque los detallitos las enloquecieran también. En fin, era un carajo afable, sin muchas amistades, viviendo en una pensión al haber venido de Mérida a estudiar. No era muy dado a los deportes, pero le gustaba ver a otros jugando básquet y cosas así; allí conocido a Sergio Sanabria, un carajo alto y musculoso (salía con Anita, chica con la que Manolito también se acostó), riente, guapo como él sentía no ser, preferido de las féminas, que jugaba sin camisa, tetón, con una suave pelambre, de cabellos castaños y piel cobriza. Manolito no era gay, pero Sergio le parecía atractivo… y deseaba ser como él. Sergio, jugando, se pavoneaba sudado, respirando agitado, con el short algo bajo, divertido ante las miradas que caían como dardos sobre su cuerpo. De una forma inesperada, que a Manolito le agradó, Sergio quiso ser su amigo. Lo llamaba en algunas clases para que se acercara a compartir, le presentaba chicas y hasta lo invitaba a jugar una que otra partida.   

   Para el fin de año escolar se había decretado una gran fiesta de disfraces. Manolito no quería, pero Sergio lo convenció de que sí, de que pasara por su casa, conociera a sus padres y se disfrazarían, él de pirata y Manolito de astronauta, e irían a la fiesta. Manolito aceptó porque era más fácil hacerlo que negase ante la alegre insistencia del otro. Nada salió según el plan, al llegar a la bonita quinta, Sergio le dijo que sus padres habían salido, así como su hermanito menor, de quince años, Vicente. Llevaba puesto un traje de pirata, ceñido, que le quedaba de espanto, pero parecía preocupado.   

   -Coño, pana, tu disfraz no llegó, creo que se confundieron. –lo mira inquieto, llevándolo a su recamara, grande, espaciosa, mostrándole sobre la cama un conjunto de prendas.   

   -¿Qué carajo…? -se turbó Manolito, enrojeciendo mirando todo aquello. Había un vestido rojo, corto, tipo minifalda. Unas medias de seda, un conjunto de sostén y pantaletica hilo dental, rojos, descansaban sobre el colchón. Unos tacones negros completaban el atuendo.- No pensarás que voy a ponerme esa vaina… -jadeó ronco, mirando las suaves prendas.   

   -No es mi culpa, es lo que mandaron. –dijo mortificado tomando la pantaletica.- ¿Puedes imaginar algo más putón que esto? –y la estira, para pasarle los dedos, acariciante, llevándola luego a su nariz.- ¿Te imaginas si oliera a hembra…?   

   -Si, es algo… -se sentía inquieto.   

   -¿Imaginas ponerte una vaina así? –ríe, mirando la prenda con ojos perdidos. Manolito se preguntaba eso también. Se miran.- ¡Pruébatelo!   

   -¡¿Qué…?! No voy a salir de aquí…   

   -Dije que te lo probaras, no que iríamos así. –aclara, tendiéndole la pantaletica.   

   -Yo… bueno, pero rápido, tenemos que irnos. Y sal de aquí. –remacha, como si todo fuera una broma que era mejor apurar, pero temblando al tomar la prendita.   

   Sergio medio ríe travieso y sale. Manolito mira esas ropas mientras se desviste totalmente. De culo pelado cae en la cama, toma las medias negras, a medio muslo y lentamente las sube por sus piernas. El roce es electrizante, erótico. Se siente agitado, estimulado. La presión, la suavidad lo enloquecen. Meter los pies enmediados dentro de la pantaleta, y subirla por sus piernas y muslos, sentirla entrar entre sus nalgas jóvenes y firmes, así como apresar sus bolas en un saquito y atraparle el güevo medio morcillón, lo hizo gemir. De pie, tomando las tiritas de las caderas la sube más, y la franjita en su raja interglútea aprieta sabroso. Dios, que bien se sentía, tuvo que reconocer. Tomando el sostén se lo puso, buscando con la mirada. En una gaveta encontró medias y pañuelos, fuera de calzoncillos bóxer, bikinis y tangas también. Rellenó. Su mirada cayó sobre su imagen en el espejo, estremeciéndose. Esas prendas lo enloquecían. Todo le daba vueltas cuando se puso el vestido, con el que luchó un poco por falta de práctica. Se mira, es extraño verse así, un carajo joven y atractivo dentro de esas ropas. Llaman a la puerta, y dudando, autoriza la entrada. Sonriente, Sergio entra y se impacta al mirarlo. Sus ojos lo recorren con fijación.   

   -Te ves rebuena, mami… -le suelta. Manolito siente un hormigueo.   

   -Déjate de vainas. Me quito esto y…   

   -Oye, espera. Se oye música y estoy con una jevota, hay que bailar al menos una. –le sonríe, tendiéndole las manos. Se miran; Manolito sabe que no debe, pero accede.   

   La música es rápida, un merengue, y lo bailan. Ríen. Manolito está rojo, nervioso, haciendo malabares en sus tacones. La música cambia a un bolero. Se miran; sorprendido Manolito nota como Sergio lo hala contra sí, estrechándolo, rodeándole la cintura con sus brazos, con las manotas calientes sobre su espalda. Manolito está todo cortado, pero eleva sus brazos al cuello del otro. Se mesen, muy cerca. Muy calientes, rozando, sintiendo cada uno la respiración del otro. Y Manolito abre mucho los ojos cuando la boca de Sergio cae en su cuello, mordiendo, y como el güevo le abulta feo contra su pelvis. Manolito se siente mareado mientras el otro abraza, frota su güevo, le besa el cuello y le dice en la oreja que es una mamita rica, que lo tiene mal, que lo tiene caliente, que es toda una hembra.   

   Debían detenerse, piensa Manolito, pero las manos del otro caen en sus nalgas, aprietan, soban. Cuando esa boca atrapa la suya, metiéndole la lengua hasta la garganta, atrapando la suya, halándola, mordiéndola, chupándola, tomándose su saliva, a Manolito todo le da vueltas vertiginosamente. Y esas manos soban, amasan, aprietan, una baja más y se mete por debajo de la faldita, acariciando nalga desnuda, tibia, redonda y firme. Manolito gime, chilla de gusto, caliente y sin control, frotándose de ese carajo, mientras esos dedos van a su raja interglútea, acariciando, metiéndose, recorriéndola sobre la tirita del hilo, deteniéndose sobre el botoncito del culo, flotándolo en forma circular, con fuerza y rapidez pero sin penetrarlo, haciéndolo gritar más, incapaz de controlarse. El dedo empuja un poco, penetra medio centímetro.   

   -¿Te gusta, mami? ¿Te gusta que juegue con tu cosita? ¿Quieres que te lo meta? ¿Deseas darme tu virguito y que yo sea el primero en tu vida?   

   -¡Ahhh… si, métemelo…! -gimió rojo de vergüenza. Sorprendiéndose feamente cuando Sergio comienza a reír, burlón, alejándolo de un empujón, tanto que casi cae por los tacones.   

   -Grandísimo marica. Ya lo sabía. –acusa salvaje.- ¿No se los dije? –parece decirle a alguien, mirando a la puerta que daba al baño, entreabierta, de donde salen cuatro carrizos más, todos riendo, los amigos de Sergio, los que jugaban a básquet con él. Con un alarido, Manolito intenta cubrirse, bajar la falda y huir, pero Sergio lo atrapa rudo por un brazo, mirándolo con desprecio insólito.   

   -Quieta ahí, puta… ¿no te lo dije? Necesito una putica que haga ciertos trabajos para mí. Y ahora esa putica eres tú. Se acabó tu vida como Manuel, ahora eres Manolita y yo tu papi; eres mi hembra para lo que salga… -sentencia terrible, riendo, coreado por los otros, ante un Manuel que gimotea, cubriéndose.- Y si no cumples, si no obedeces, todos sabrán la gran puta que eres… comenzando por tus papitos en Mérida… ¿entendido? –ladra feroz, inmisericorde al llanto del otro.- ¿Entendiste, maldita puta? –repite y abofetea.   

   -Si… -gime bajito. Otro bofetón, fuerte, y un grito feo.   

   -¿Si, qué?   

   -Si, papi…   

   Las tribulaciones apenas comienzan para Manuel… ahora Manolita. 

Julio César.