Archive for the ‘HISTORIAS CORTAS…’ Category

DARÍO

noviembre 18, 2013

FIZGONEANDO SE SABE…

   Enviado por un amigo de la casa, Alex, disfrútenlo:

SEXY Y CALIENTE

   Apenas podía esperar…

……

   Ya no podía más. Desde que hable con él por teléfono no había dejado de pensar en él. Lo necesitaba, quería ser su hembra, quería ser su puta.
Marque nervioso su celular.

   -Hola. -me respondió con su linda y sensual voz.

   -Darío, papi, te deseo. Estoy desnudo en mi cama, deseándote, necesito que me cojas como me prometiste.

   Le di mi dirección y espere. La espera se hizo larga, pero llegó al final. Darío se presento con su figura escultural, su piel canela, sus labios tan besables y su cuerpo deseable.

   No pude contenerme una vez atravesó la puerta. Inmediatamente me abalancé sobre él chocando su espalda con la puerta. Comencé a besar su cuello lentamente y a desabotonar su camisa azul. Cuando su pecho estuvo al aire, inicie una sesión de lamidas y chupadas en sus tetillas que lo llevaron al cielo, mientras deslizaba mi mano izquierda, la menos diestra, hacia el centro de sus piernas.

   -Eres tan puto como me lo imagine. -me dijo con voz entrecortada, a la vez que me arrodillaba y comenzaba a quitarle la correa y desabrochar sus pantalones jeans. Una vez terminada esta operación, me encontré con un pequeño slip blanco, que apenas podía contener el tamaño y la bravura de un monstruoso güevo, tan grande como él me había dicho que era.- Te dije que tenía un buen güevo, putica. -me recordó Darío.

   Bajé de pronto sus slips y la punta de su inmensidad me rozo la barbilla en su viaje de abajo hacia arriba para empinarse como una torre.

   -Coño, que maldito güevo. -fue la única expresión que salió de mis labios al tener tan cerca un pene de tales dimensiones, tan duro, tan largo y tan parado.

   No perdí mi tiempo y comencé a darle besos desde la cabeza hasta los huevos, antes de pasar toda mi lengua por la gran extensión de carne que se gastaba.
Mientras usaba mi boca para los besos y mi lengua para las lamidas, mi mano no dejaba de subir y bajar por todo su paquete manteniendo la rigidez del palo.

   -Vamos cuerito, demuéstrame que lo que la playa lo deseas de verdad. –me lanzo, mientras sus ojos me observaban atentos desde su altura hasta los míos a sus pies.

   Tome su güevo por la base y tras abrir la boca desmesuradamente pude cubrir casi la mitad de la pieza carnal que estaba estrenando mis fauces. Todo mi ser, en cuerpo y alma, estaba postrado ante Darío con la sola finalidad de hacerlo disfrutar de la mamada que le daba. Una poderosa corriente como eléctrica pasó por su cuerpo al sentir el contacto del interior de mi boca en su sensible miembro y exclamó:

   -Ahhh, qué boquita de mamadora tienes Alex.

   Mi tarea apenas iniciaba. Mientras tomaba el tronco de su güevo con las dos manos, mi boca subía y bajaba por toda su extensión, tratando de abarcar todo lo que podía. Sacaba su pene de mi boca y lo masturbaba bien fuerte durante algunos segundos, le lamia la punta y luego volvía a meter lo que cabía de él dentro de mí.

   -Diablo, coño, qué perra eres. Nunca me habían mamado tan rico, me vengo, me vengo. -gritó extasiado mi amado.

   Para hacerlo más salvaje, coloque la punta de su tolete sobre mi lengua salida, mientras lo masturbaba y lamía. La corrida fue violenta, intensa y larga sobre mi cara.
   Inmediatamente lo tomé de la mano y lo llevé a mi habitación, donde lo tumbe en mi cama y comencé a repetir la exquisita mamada que le había hecho antes sin importar que su semen corría por mi rostro.

   Mientras le mamaba el güevo a Darío, tomé parte de su leche derramada en mi cara, mi saliva sobre su tolete y sus líquidos preseminales y comencé a lubricar mi culo y prepararlo para lo que venía.

   La polla de Darío, a pesar de su extraordinaria venida, rápidamente volvió a tomar un gran tamaño, a la vez que mis manos, boca, labios y lengua se combinaban para masturbar, besar, chupar y lamer toda la extensión de su carne palpitante.

   -Cuanto placer, cuanto gozo. Qué bien te tragas mi gran güevo, Alex. Eres fantástico, me encanta como me mamas la tranca, maldita perra, eres una puta vagabunda.

   Oír lo que me delia, como me llamaba perra, puta y vagabunda, me excitó mucho mas y pasé a hacer más rápida y profunda mi chupada a su mástil, mientras comenzaba a penetrar mi culo con mis dedos. De repente me detuve. Me levanté y paré a Darío a un lado de la cama. Me puse en cuatro patas, apuntando mis nalgas hacia él y mi cara hacia el espejo de mi cuarto y para que me devolvería toda la escena de mi cogida.

   -¿Con que eso es lo que quieres, mi cuerito mamador?, pues tus sueños se van a hacer realidad, perrita caliente, te voy a coger. -dijo mi amante.

   Enseguida se acercó a mí, me tomó con sus ardientes manos por mi estrecha cintura, colocó la ñema de su güevo en la entrada de mi culo y de un solo zarpazo tomó posesión del cuerpo ardiente que se le ofrecía. Sentí un gran dolor, como si me estuvieran partiendo en dos, pero Darío se quedó quieto, parecía que tenía experiencia en este tipo de cosas, mientras acariciaba mis nalgas y mi hoyo se acostumbraba a la presencia de su dueño.

   -Por fin eres mío, Alex. Todo mi güevo está dentro de ti. De ahora en adelante, él será tu dueño. Lo amarás como a ti mismo. Solo tendrás ojos y boca para él. Tu culo será su refugio cada vez que se pare.

   Lentamente inició un movimiento suave de vaivén, provocando la salida y entrada de su poderoso órgano sexual que se iba abriendo espacio entre mi virgen y estrecho hoyo trasero. Poco a poco la sensación de dolor e incomodidad que sentí al principio fue dando paso a un placer nunca antes conocido por mí, que siempre había deseado, pero al que temía. Al final, el deseo pudo más que el temor.

   -Oh, qué rico. Esto sí es bueno, Darío. Dame duro por el culo. Párteme ese agujero de puta que tengo. Destrózame el ano y toma a este cuero virgen que ofrece su cuerpo para tu placer. -le dije.

   Mis palabras, las más sucias que pude encontrar en ese placentero momento, fueron como un afrodisiaco para Darío, quien inmediatamente experimentó un reforzamiento en su erección la cual sentí en mis propias entrañas. Junto al respingo de su güevo, Darío intensificó la fuerza y velocidad con que me cogía. Su tronco salía todo, menos la punta y en un segundo ya estaba de nuevo dentro de mí.

   Levanté la cabeza y miré al espejo para asegurarme que lo que estaba pasando no era uno de mis sueños eróticos, sino la verdad de estar siendo singado y dando gozo a un hombre. La cara de Darío era un poema. Abría y cerraba los ojos de una forma sensual, su respiración se hacía entrecortada y de su boca salían pequeños gemidos. Azoto mis nalgas varias veces con sus manos, antes de venirse como un caballo dentro de mi ano estrenado.

Alex.

……

   La verdad es que nunca he entendido muy bien cómo alguien quiere contar algo y va al punto, yo me pierdo en detalles. El relato fue eso, directo e intenso. Personalmente me encantaron los diálogos, la ruda exigencia de un hombre a otro, a uno que se le entregaba con gozo y que tiembla cuando se oye llamar puta, y al ser felicitado por serlo. Felicidades, amigo, fue muy bueno. No es tan fácil, o no me lo parece a mí, escribir en primera persona, pero te quedó muy bien. Y no creo que sea el único que lo piensa, ¿verdad?

Julio César.

NOCHE DE COPAS, NOCHE LOCA…

septiembre 24, 2013

FIZGONEANDO SE SABE…

BONITA ROPA INTERIOR

   Algo en él le enloqueció…

   Mientras arrastra a Germán fuera del ascensor, Vicente hace todo lo posible por no perder la poca paciencia y gritarle que cierre su maldita boca. El alto y fornido joven, trastabillando totalmente ebrio, canta bastante desafinado; algo de Lady Gaga, para rematar. Por suerte la habitación de hotel donde fueron asignados, una doble por tacañería de la fábrica que deseaba ahorrar en gasto mientras les envía a esos simposios, estaba cerca. Una vez frente a la puerta intenta abrir pero Germán amenaza con caer.

   -Quieto, idiota. –le ruge, montándole una mano por el pecho y reteniéndole contra la pared mientras abre.

   Era el colmo que le pasara eso, tener que cuidar al favorito de la hija del dueño de la fábrica, el joven ejecutivo alto y catirón, de ojos rayados y sonrisa contagiosa, con ese aire seguro de tío bien formado, guapo y sexy a quien las puertas se le abren solas. Aunque casado, nada impedía al más joven coquetear con secretarias, colegas, clientas e incluso la hija del dueño. ¡Era un idiota total!, pensaba Vicente, quien con sus casi quince años más de edad, cuarenta y cuatro, un tanto más bajo de estatura y calvo en la coronilla, sentía que debía trabajar más para mantenerse como ejecutivo de ventas. La verdad era que resentía a Germán por frustración y algo de temor a que un chico joven y guapo, por joven y guapo, le sacara del piso doce. Tenía el idiota ese una gran personalidad, y un mejor cuerpo, y desde su llegada a la convención se había adueñado de la escena, riendo, bailando demasiado cerca y tomando mucho… Ah, y excitándose, cuando le tocó cargar con él al final de la jornada, lo notó de pasada. Seguramente esos bailen les habían afectado mucho.

   -Quiero mi cama… -le oye susurrar, borracho, colgándosele más del cuello y casi derribándole con su peso de muchacho fornido.- Llévame a la cama, por favor… -y ríe juguetón, ganándose una mirada desdeñosa del otro.

   -Maldito idiota. –le responde algo que siempre piensa de él, haciéndole hervir la sangre la risotada borracha que recibe.

   Con una ira que le desconcierta a él mismo, le empuja sobre la cama, donde este cae con un leve jadeo y un puchero, por Dios, le miraba con un puchero, cerrando rápidamente los ojos y abriendo un tanto la boca mientras iba durmiéndose. Por un segundo Vicente considera dejar las cosas así, que la pase mal, el saco, la camisa y la corbata parecían estarle ahorcando un tanto, pero… Bien, realmente no era culpa del tío ese ser un idiota de buena figura y que eso le facilitara la vida.

   Le quita los zapatos, sin pensar en lo extraño que era, notando el pie grande dentro de la suave tela de medias oscuras. Le desanuda la corbata y a pulso le medio alza, costándole, mientras se la saca igual que el saco. Su torso parecía todavía más ancho y musculoso bajo la suave camisa. Se la saca con esfuerzo del pantalón y abre los primeros botones, encontrando su cuello y parte del esternón, sin vellos. Duda, pero finalmente abre el cinturón, el botón y la cremallera de los ajustados pantalones negros de tela buena. Y mira, no puede evitarlo, una vez se abre la V de la bragueta, algo la empujada de hecho, fascinado observa el suave bóxer blanco grisáceo, debajo del cual se distingue la silueta hacia la derecha de un tolete morcillón. Algo afectado, Vicente le hace girar en la cama, metiendo almohadas bajo su cabeza, dando luego un paso atrás, apartándose. Entra al baño, se lava la cara y se moja la cabeza. Regresa, se desviste y entra en su cama, dudando si llamar a su mujer o no, era tarde. Se queda mirando el techo.

   Germán gruñe en su cama y le mira, a pesar de las penumbras le ve agitarse luchando con la camisa, apretándose el cuello, farfullando que duele. Traga, debía ser incomodo dormir con ropas; se pone de pie, para ayudarle, por Dios que si, sólo eso. Mientras se le acerca no puede dejar de verle el bulto, toma los faldones de los pantalones y hala, bajándoselos con esfuerzo. Traga ante sus piernas musculosas y lo corto del bóxer, recogido contra sus bolas que se demarcan, el bulto más visible todavía.

   -Vamos, borracho… -grazna con la respiración algo agitada, abriéndole los botones de la camisa; halándole por un lado, ladeándole, se la quita y el otro cae de panza.

   Los ojos de Vicente caen sobre esas nalgas redondas y paradas, la tela algo metida entre ellas. Se sienta a su lado, casi en transe, y con las manos atrapa los anchos y pecosos hombros, masajeándole levemente, viendo en todo momento esas nalgas, oyéndole respirar pesado y lanzando gruñidos de gusto, casi saltando cuando el otro le mira.

   -Eres un buen amigo… -le sonríe borrachín.

   -Vuélvete o te ahogarás. –deja de tocarle, necesita hacerlo o terminará haciendo algo muy malo.

   Le cuesta, pero el borracho y sonriente Germán lo hace, su torso depilado y musculoso, sus buenos pectorales terminados en tetillas marrones, le parece exagerado, aunque no tanto como la escandalosa erección que tiene bajo el bóxer, la cual toca riente.

   -Mira, es por tu culpa, por tocarme… -y Vicente mira como el puño, con torpeza, atrapa la carne dura, como intentando sacarla, fallando y terminando con otro puchero.

   Incapaz de aguantarse toma asiento otra vez en la cama, apartándole la mano y cerrando el puño sobre el güevo del hombre más joven, el cual está bien duro, muy caliente y alarmantemente palpitante cuando le aprieta. Aprieta y afloja, soba sobre la tela y no puede detenerse. Y mientras lo hace le oye respirar agitado, más pesado. Mete la mano dentro del bóxer, y tocar esa verga, la de otro hombre, impacta a Vicente; qué bien se sentía en su mano mientras sube y baja masturbándola. Le oye gemir más, revolverse, tensarse, lamerse los labios, mordiéndoselos, bello, mientras sus tetillas crecen. Las mira fascinado, y mientras su puño sube y baja sobre el grueso güevo blanco rojizo, oyéndole gozar casi tanto como a él le gusta tenerla atrapada así, baja el rostro y muerde uno de los pezones. Le oye gemir terrible, arqueando la espalda. Chupa y lame esa teta masculina, y le gusta sentirla contra su lengua, entre sus dientes, la suelta, eleva la mirada y se topa con el chico que elevó la cabeza de la almohada, labios muy rojos, ojos oscuros de lujuria. Y le besa mientras le masturba, Vicente le mete la lengua, le lame, atrapa la suya y chupa de ella, temblando de lujuria por tan prohibida caricia. Debía ser horrible pero… se traga su saliva que sabe levemente a whisky, deliciosa.

   Claro, pasar de eso a desnudarle y montarse en la cama, entre sus fuertes piernas abierta, y tragarse lentamente, experimentando, esa hermosa verga dura, que arde y bota jugos, es una sola cosa. Vicente tiene la mente en blanco mientras su boca sube y baja, atrapándola, sintiéndola quemarle la lengua y mejillas, palpitando, tan suave y lisita, tan jugosa, tan deliciosa. Sentir las manos del más joven sobre su nuca, casi sobre su coronilla calva, le anima a comérsela con más fuerza. Nunca lo ha hecho, pero mientras lengüetea sobre el ojete y los pliegues del glande, oyéndole reír y gemir feliz, se calienta más, la lame toda, besa y chupa el ojete, se la traga palmo a palmo, pega los labios de su pubis y siguen becerreándola con los ojos cerrados. Buscando aire, la deja salir… y Germán, sonriente, ojos brillantes y mejillas muy rojas, se da la vuelta, ofreciéndole a su boca golosa esas nalgas redondas abiertas, su culo medio velludo y titilante, sus bolas más abajo, así como su verga brillante de saliva. Las alza más.

   No aguanta, ni la mirada turbia del joven, ni sus nalgas ofrecidas; las atrapa con sus manos, carne dura y turgente, y clava los dedos al bajar el rostro, rozándole con la sombra de la barba, haciéndole gemir y tensarse. Le resuella sobre el ojete, no sabe qué hace pero lo frota con la punta de su nariz, algo que debería ser horrible y asqueroso pero… Lo lame, de abajo, desde las bolas, arriba. Le oye, le siente temblar, la pasa de nuevo y lengüetea, azotándole el titilante agujero que se abre y cierra. Lo repite, disfrutando de tocarle así, allí, viéndole la tensa espalda. Baja la boca, cubre el culo y lo chupa y lengüetea, lo recorre, muerde y escupe, un chorro de saliva caliente y espesa baja hacia las bolas y le cubre las mejillas. Cada vez que hace un movimiento sabe que su lengua, sombra de barba y chupadas enloquecen al otro, que sube y baja el culo de manera desesperada, dominado por una fiebre que no puede controlar. Y lo hace, mete su lengua profundo, como una serpiente reptante, cogiéndole con ella, y siente como se arquea todo, mirándole con lujuria y desesperación. Y lo entiende, ese hombre joven estaba pidiéndole más, que le diera todo. Que lo llenara y abriera. Que lo cogiera.

   Esa comprensión, tenerle allí así, abierto de nalgas y el culo titilando, le roban la poca cordura que tiene, y nunca sabrá si fue por las copitas, el ofrecimiento o la perversa idea de metérsela duro por el culo al joven y apuesto carajo que todo lo tenía más o menos fácil en la oficina. Casi gruñendo como un degenerado, se arrodilla entre sus piernas, clavándole dedos en nalgas, apretando, abriendo, viendo su culo brillar de saliva por la chupada, tan sucio, deja caer un buche de saliva sobre su propio güevo, untándolo, presionando la liza cabecita de la entrada, sintiéndole tensarse, oyéndole contener la respiración, empuja, venciendo la resistencia y hundiéndole el glande, oyéndole gemir, pies tensos sobre el colchón, apretando… Y se la mete toda, de golpe, haciéndole gritar ahogado.

   Nada más clavársela abre ojos y boca, su güevo es chupado, halado, apretado de una manera que le enloquece, el sedoso, suave y cálido estuche parece estimular cada palmo de su verga. Sale halándole la membrana del culo, empujándola otra vez al metérsela; le coge lentamente, una y otra vez, sodomizándole, llenándole de güevo. Cuando la saca intuye que el roce de las paredes de su recto le estimula, cuando le golpea profundo le oye gemir de gusto, le ve la rojiza verga botando grandes cantidades de líquidos claros. Cae sobre su espalda caliente y recia, subiendo y bajando su trasero mientras lo cabalga, metiéndola en directo en ese culo, en el culo de otro carajo, el culo de Germán, y la idea le tiene tan loco y caliente que no puede contenerse, le atrapa los hombros, le lame el cuello y olfatea su cabello mientras le coge más duro.

   Le obliga a dar media vuelta, quiere verle mientras lo coge, le alza las piernas., tiene la verga tan dura que no debe guiarla, le frota la roja cabeza y se la mete toda. Le ve arquearse, gemir, sudar y sollozar de gusto mientras va y viene, logrando que sus bolas se contraigan, que su verga palpite sobre su abdomen. Metérsela toda, chocar de su pubis, dejar las bolas sobre sus nalgas y continuar empujando le recompensan viéndole poseído, oyéndole pidiendo que se la meta más, que lo coja duro, que le reviente el culo, que se lo llene todo, que su culo necesita de su hombría. Y verle, escucharle tan entregado, a él el seductor que a todas mete mano en la oficina, morderle cuando se tiende sobre él, cogiéndole en todo momento, le tiene mal. Empuja y empuja, vicioso, sabiendo que está mal, le besa y le muerde suave la lengua, justo cuando Germán se tensa y corre ruidosamente, mojándole a los dos con su leche, y mientras se corre así, duro, el culo aprieta salvajemente sobre su güevo, corriéndose él también, llenándoselo con su esperma. Y la idea de llenárselo, de saber que sus espermatozoides nadan dentro de él, de verle gemir de gusto al sentirlo, le provocan una poderosa sensación de placer. Había sembrado su semilla en ese carajo más joven y guapo. Eso casi se la pone dura otra vez cuando se la saca, y ve el agujero abierto y manando leche. Su leche. Caen uno al lado del otro, Vicente de espaldas y tirando de él sobre su cuerpo, Germán, sonriendo y abrazándole, durmiéndose casi en el acto.

   Y en medio del cuarto en penumbras, Vicente no sabe qué pasará ahora, cómo enfrentaran eso que ocurrió entre ellos. No eran maricas, ¿verdad? Sólo una cosa la tiene clara, qué de que intentará uno mañanero, al despertar al siguiente día, lo intentará.

DARÍO

Julio César.

LO SACA POR EL AROMA

junio 11, 2012

FIZGONEANDO SE SABE…

   -¿A quién no atrapan así?

   Manolito, un apuesto y bien constituido joven comenzando los veinte, trabaja en ese gimnasio medio tiempo para usar los equipos y medio pagarse sus estudios; es uno de los pocos que acepta lavar los vestuarios a última hora de la noche. A otros les irrita, sobre todo por el olor y la hora. A él le tiene indiferente, en esa soledad nadie lo ninguneaba ni molestaba. Vistiendo su camiseta sin mangas, azul eléctrica, su bermudas negro largo, zapatillas de goma bajas, sin medias, se coloca los audífonos y escoba en mano comienza a recoger lo más visible mientras acomoda bancos, cierra papeleras, toma nota de lo que esté abierto o encuentre por ahí. Aspira, ese olor fuerte a hombres se siente por todo el cuarto pero no le molesta. Canturrea y medio baila cuando se congela frente a uno de los casilleros abiertos. Sabe bien a quién pertenece. Es del señor Andrade, un casi cincuentón bajito, medio calvo, obeso, rostro redondo, quien se veía algo ridículo en su traje y corbata de gerente de banco.

   A Manolito lo que le sorprende es ver colgando de la puerta metálica un pequeño suspensorio deportivo, blanco, realmente bajo y chico, esa vaina debía clavársele entre las carnes, se dice sonreído, imaginándose al hombrecito con aire de importancia en el banco, dentro de su saco, usando esas vainitas bajo las ropas, porque debía usarlas ya que estaba practicando boxeo con otras ropas, es decir no era el único que trajo. Llevado por la curiosidad lo toma, arrugando la cara, está algo húmedo y caliente todavía. Mierda, era tan chica… arruga más la frente al encontrar un enrollado y largo pelo púbico. Seguramente le pellizcaba entre las piernas y… Joder, ¡qué olor tan fuerte!

   Arruga la cara pero acerca más la prenda, el olor le llega fuerte. Olía a hombre, a bolas y… se lo lleva a la nariz, aspirando, disgustado, con repulsa, pero sintiendo una oleada cálida de electricidad recorriéndole. Nunca había olido algo como eso, ni los suyos, era sucio pero… lo huele, con más fuerza, llenándose los pulmones y jadea, una idea insiste en colarse en su mente: es el olor a hombre, a uno que usa eso contra sus bolas y güevo, mojándolo de orina, tal vez de jugos si se medio excitaba con algo en la calle. Pensarlo lo hace jadear, sus rojos y suaves labios frotándose de la tela, y perdida toda cordura lo toma, pegándolo de su nariz y boca, aspirándolo. Su güevo se alza con fuerza dentro del bermudas, excitado de una manera necesitada. No quiere hacerlo pero huele y con la otra mano se aprieta el tolete, sintiéndose totalmente caliente y mareado.

   -¿Te gusta eso, muchachito bonito? –una ruda y burlona voz se deja escuchar, y grita y casi da un bote, con el suspensorio contra su cara, su tolete viéndose escandaloso bajo el bermudas.- Vaya, se ve que lo tienes grande, niño bonito… -se le acerca Andrade, mojado por la ducha, tetas caídas, pelos en sus hombros, piernas delgadas, la toalla bajo la panza.

   -No, señor Andrade, yo no… -rojo de cara intenta explicarse, bajando la mirada para encontrar los ojos pequeños y porcinos del sujeto.- No estaba haciendo nada, yo…

   -Yo creo que si lo hacías. –ríe atrapándole con la regordeta mano la tranca sobre el bermudas, haciéndole gemir de gusto, por la sorpresa, el miedo y la excitación.

   El obeso sujeto sonríe, mirada torva, mientras le arrebata el suspensorio, restregándoselo de la cara, gruñéndole ronco que oliera, que se diera gusto, que así olían los hombres de verdad; y mientras lo hace mete la mano dentro del bermudas, atrapándole la larga tranca, dura como la tienen en esos momentos los muchachos, sobándosela con rudeza, y Manolito gime, estremeciéndose de lujuria, mordiendo la tela, aspirando y aspirando. El tipo le baja el bermudas a las rodillas, soltándole el güevo que rebota, alzándose como una lanza, su mano pequeña se mete bajo la franela, acariciándole el plano estómago, el definido torso, pellizcándole las tetillas, bajando la mano con el suspensorio y atrapándole la verga con ella. El puño y la tela hacen gemir a Manolito más allá de todo control, de su glande mana mucho líquido blanco que Andrade atrapa con la prenda, oliéndola, vicioso, mirándole, para luego llevarlo a su rostro. Y Manolito huele su propio jugo mezclado con el otro. Obligándole a darle la espalda, mostrándole sus deliciosas y redondas nalgas de muchacho, Andrade ríe. Aterrado pero excitado, Manolito aspira y muerde la tela, cerrando los ojos, dejando que el sujeto le acaricie, le meta mano entre las nalgas y sobe su roja entrada.

   Esas cosas no le gustaban, no le interesaban, pero no puede controlarse, ser tocado así, sin consentimiento, sin dejarle escapar ni razonar, le tiene en calenturas perennes. Riendo, Andrade le hace caer sobre manos y rodillas, el bermudas todavía en las rodillas, sus nalgas abiertas, su culo escasamente velludo al alcance de sus dedos. Y el chico se ve realmente caliente así. Frente a él, dejando caer la tolla, mostrando un pene corto, tan sólo medio duro todavía, Andrade le ordena que chupe. El muchacho quiere resistirse, eso era como demasiado, pero cuando el sujeto se tiende sobre él, azotándole el trasero suavemente con el suspensorio, haciendo que este se deslice entre sus nalgas, no puede pensar y atrapa el pequeño bocado, hundiendo la nariz en los rizados pelos que todavía olían levemente a bolas sudadas. El olor y los pelos en sus fosas nasales le calientan al extremo de la locura. Chupa y gime mientras el otro le llama basurita bonita y marica, disfrutando de estar siendo mamado así, pero también de tener en sus manos al bonito, guapo y musculoso muchacho bien dotado. Las manos le atrapan la nuca, dejándole clavado contra su pubis.

   -Te tengo una sorpresa… -le mira riente, Manolito desde abajo se ve entregado.- Esto me lo quité para ducharme… -es otro suspensorio, el de los ejercicios, más caliente y mojado, montándoselo sobre el rostro, casi como una mascara, haciéndole gemir de manera terriblemente lujuriosa cuando se siente lleno por ese aroma picante.

   Y es una suerte para Manilito que el olorcito le mareara y excitara tanto, así como que el pito del sujeto fuera chico, porque terminó siendo cogido con movimientos rudos, de golpe y sin muchas ceremonias. El guapo y joven sujeto en cuatro patas, se estremecía mientras el poco agraciado sujeto lo cabalgaba, con cortos golpes, clavándosela toda, disfrutando los halones y apretones del estrecho culo virgen, hasta bañárselo de leche, corriéndose; eso sí, bastante, notándose cuando se la saca.

   Manolito, ahora sobrecogido, en muchos aspectos, por lo que acaba de hacer, cae semi sentado, todavía los bermudas abajo, culo de medio lado en el suelo frío, mirada baja, notando su propia leche en el suelo, logrado sin tocarse. Una tarjeta a la altura de sus ojos llama su atención y eleva la mirada, rojo de mejillas.

   -Búscame mañana en el banco, para un nuevo trabajo… -sonríe cuando el muchacho va a hablar.- No, nada de aprendiz o mensajero, vivirás bajo mi escritorio, oliéndomelo y mamándomelo. Y si lo haces bien, pequeño, dejaré que huelas a otros… -aguarda y no puede dejar de sonríe cuando el muchacho toma la tarjeta.

Julio César.

NOTA: Vaya, tenía tiempo sin escribir una historia corta.

MOMENTO DE LOCURA SANITARIA

marzo 14, 2011

FIZGONEANDO SE SABE…    

   El gusto por la aventura…

   Renato Fabricci era un joven cabo de la guardia nacional puesto en aquel colegio como parte del operativo electoral. Se supone que cuidan del proceso comicial. Lleva rato pelándole el diente a unas muchachas, pero estas no le paran bola, a pesar de que es un tipo joven, alto, bien constituido, a quien la verde franela le quedaba del carajo. Era un tanto frustrante para un joven de sangre caliente y con un buen güevo listo siempre para la acción, el verse así rechazado. A media tarde, de tanta agua, refrescos y café, le dio ganas de ir a mear y subió al segundo piso, donde los baños estaban más limpios.

   Entró encontrándolo igual a todos los baño de secundaria, encerrado, falto de iluminación y ventilación. Entra en uno de los privados, el único abierto, y se impacta. En la pared de latón de la izquierda alguien logró picar el metal y creó un redondel, cuyos bordes se hallan recubiertos por una gruesa cinta adhesiva marrón, de esas que usan para armar cajas. El hombre abre mucho los ojos, aquello era lo que llamaban un glory hole, según las películas donde una chica se duchaba y alguien pasaba un güevote tieso por uno de esos. Pero, se desconcierta, se supone que ese es el baño de los varones… ¡¡¡de un colegio de secundaria!!! Es cuando lo oye, a su derecha, donde no hay agujero.

   Es una voz ronca que gruñe un eso es, trágatelo, marica, comételo todo, hummm, como mamas güevo, cabrón. Y a esa voz, grosera, le respondía un chapoteo de mamadas, así como ahogados glug y aggg, de gusto. No sería Renato un carajo hétero si la vaina no le chocara, pero al mismo tiempo no tendría sangre en las venas si no guardara silencio, olvidado de mear, y se dedicara a escuchar con una leve sonrisa de diversión.

   -Ahhh… coño, marico, cómo tragas…. Hummm… si, sigue así y te lleno esa boca de leche caliente, como tanto te gusta. –es una voz queda, sugerente, que a Renato le provoca escalofríos.- ¿Quieres tragarte toda mi leche, Martínez?

   -Si, dámela… -responde una voz joven, masculina, de muchacho, ávido. Una voz que le pone el güevo a millón al militar.

   Toma asiento sobre la tapa del inodoro, con la boca seca mientras oye la mamada, la chupada de campeonato, acompañada por los jadeos y gemidos de gusto.

   -¿Tanto te gusta?

   -Si, es tan rico mamarse un güevo así, pasarle la lengua y verlo temblar… -la aniñada voz suena en la gloria (donde debe estar, del otro lado de un agujero, piensa Renato).

   Oye golpes contra la pared, y el cómo se incrementan los gemidos. Era evidente que dos personas compartían el privado y que el culo del que era mamado pegada de la pared cuando le cogía la boca al otro. Seguramente eran muy jóvenes porque casi en seguida gritaron, los gemidos fueron mayores y un olor almizclado se dejó sentir, el del semen caliente, mientras los acompañaban las últimas succiones y chupadas.

   Y Renato queda allí sentado, apretándose el güevo dentro del pantalón camuflageado. Oye risitas de charlas, un “el miércoles te doy por el culo”, y la risita feliz del otro, todo mientras se alejan. El hombre jadea, pero ¿qué coño le pasaba? ¡Mira que estar tan caliente y duro por oír sexo de maricas! Sin embargo, sí, estaba caliente. Muy caliente. Tanto que tiene que apretar y sobarse la tranca sobre el uniforme deseando hacerse una paja. Pero se detiene cuando oye la puerta del sanitario abrirse. Alguien entra. Lo sabe aunque no oye nada más. Con cierto calambrazo de sorpresa, nota movimientos a su izquierda. Había alguien allí, tal vez meando. Y las ganas de asomarse y ver, lo que fuera (¿otro güevo?, ¿acaso estaba loco?) le paralizó el corazón.

   -¿Hay alguien ahí? –pregunta una joven voz. Y Renato traga saliva, decidido a guardar silencio.

   -Si. –a él mismo le sorprende oírse decir. Y abre mucho los ojos.

   Por el agujero hace su entrada una verga no muy larga o gruesa, pero si erecta, rojiza, nervuda. Llena de las ganas de la juventud. El corazón de Renato late con violencia, sintiéndose casi enfermo… pero no puede controlarse. La toca. La mano le quema en cuanto hace contacto con el duro y palpitante miembro del otro chico. Oye un gemidito de placer cuando aprieta. Su puño sube y baja, casi hipnotizado por la cabecita brillante y lisa de donde mana algo de jugo ya.

   -Anda, cométela… -urge, desesperado de ganas, esa voz.

   Y maldita sea sí iba a hacerlo, gritaba una voz en la cabeza de Renato. Pero acerca el rostro, siente el acre olor, el calor le pega en las mejillas. ¡Y se ve tan apetitosa! No quiere, pero frota la lisa cabeza de sus mejillas, de su nariz, estremeciéndose por lo prohibido del contacto.

   -¡Cométela! –casi suplica.

   A la mierda, nadie estaba viéndole, nadie sabría sí… se dice cuando la lengua, con timidez, titila sobre la cabecita que se estremece. Igual que él. La lengua la recorre, es salina, cálida y suave. Cuando cierra los labios sobre ella, ese jugo cae en su lengua y le parece extraño, pero no desagradable. Se inclina más hacia delante y comienza a tragarlo, bajando sus labios gruesos sobre el joven güevo, atrapándolo con sus mejillas, lamiéndolo con la lengua, la cual se le quema con esa barra de hierro al rojo vivo. Y chupa, y sabe tan bien que se estremece. No debería, pero cuando sube y baja sobre el duro tronco, casi ahoga un gemido de gusto.

   Mama, aprieta y traga toda su saliva y los líquidos que de allí salen, y le encanta, casi tanto como los gemidos del dueño. Los labios, apretados, suben lentamente, chupando, saboreando, dejando cada centímetro del rígido güevo brillante de saliva espesa. Lo saca de su boca y el tolete se mantiene vertical de lo duro que está. Lengüetea la cabecita, recorre la gran vena, pega los labios del ojete y chupa, casi quiere meterle la lengua por ahí y el muchacho lloriquea. Ahora ese güevo va y viene, su boca está siendo cogida por el güevo de otro hombre, y todo su cuerpo se tensa de lujuria. Desea tocarse, tragarla toda, masturbarse. Quiere todo.

   Y el muchacho comienza a susurrar, ronco, bajito, vicioso: “trágatela todo, marica, gózate tu güevo; es todo para ti, perra, seguro quieres que vengan mis amigos y que todos te demos a comer, ¿verdad?”.

 

   Es tan sucio que Renato cae de rodillas, gimiendo, mamándola con desesperación, abriéndose el pantalón y librando su propio güevo caliente, masajeándolo.

   -Te lo estás sobando, ¿verdad? Te encanta comer güevo; seguro no lo sabías, pero ahora si, y no vas a poder vivir sin saborear uno de vez en cuando. –era extraño oír eso en una voz tan joven, pero a Renato le encanta.- Seguro que quieres acariciarte el culo, que sueña con meterte un dedo, uno solo, despacio, frotando circularmente, gozando de esas cosquillas, hasta que te lo claves todo, y cuando lo tengas todo enterrado en el culo, empujar más. Y agitarlo como si fuera un gancho. Y luego dos o tres. –habla y le coge la boca.- Seguro que sueñas con meterte algo más, ¿verdad? El dedo de otro, o… esto… -y hala su güevo joven, haciéndolo flotar fuera del alcance de su boca, goleándole luego los pómulos y la nariz.- Si lo quiere, todo en tu boca llenándotela de leche y después en tu culo apretado, preñándote, tan sólo pídalo, cabo Frabricci, y yo lo lleno de esperma…

   Y Renato sabe que está bien jodido (o lo estará muy pronto), no sólo cuando oye su apellido, sino cuando jadea y busca con su lengua ese tolete a pesar de medio ver por el agujero, los colores de otro pantalón camuflageado.

LO SACA POR EL AROMA

Julio César.

PROBLEMAS TÍPICOS DE UN MAESTRO

julio 11, 2010

FIZGONEANDO SE SABE…

   Era por amor…

   -Debo ir a esa junta. –gruñe fingiendo mal humor, Gregorio Mendoza, siendo recompensado con una torcida de ojos de su mujer que sale del dormitorio dando un portazo.

   Bota aire, alterado. ¡Estaba metido en un buen peo!, se dice desenrollando la toalla de su cintura, evitando mirarse en el espejo. Sabe que es un tipo guapo de treinta y seis años, musculoso, delgado y fibroso, de piel cobriza blanca y algo velludo de pecho. Sus piernas, bíceps y verga son acordes: de buen ver. Y ahora entiende que esa fue su perdición. Asegurándose de que la puerta está bien cerrada y que Clara, su mujer, no va a regresar a gritarle que tiene que acompañarla al almuerzo en casa de una hermana, abre su cajón. Uno que Clara, una esposa amorosa, fiel y respetuosa, jamás revisaba. Era suya y ella lo sabía.

   De ahí, con un gemido mitad vergüenza y mitad excitación (debe admitirlo aunque sólo sea para sí), saca una prenda minima, una tanga chica que apenas cubre sus nalgas redondas y contienen su güevo en reposo. Algunos pelos, no muchos (“él” los quiere algo recortados), sobresalen. Sobre esa prenda totalmente sensual, putona y caliente, el hombre se viste de traje y corbata. Así lo quería… “él”.

   Y mientras va a su cita, el colmo de los colmos para una semana que ha sido de mierda, hace un leve recuento: la súper cogida de ayer; el choque de su carro contra el de ese policía malhumorado mientras iba distraído pensando en su desgracia (quien no pudo ganarle, aunque le dejó el carro hecho una lata abollada, porque iba hablando por celular y muchos testigos vieron al uniformado en eso, pero de todas formas él debía pagar su parte y era un realero, vaina que molestó a Clara quien estuvo atormentándolo toda la noche); y la llamada en horas nocturnas solicitando su presencia. Él sabía qué había tras esa llamada, alguna perrada.

   Tres semanas atrás era un hombre joven, guapo, casado y medianamente exitosos como profesor de matemáticas ; laborando en dos colegios privados y en aquel liceo público por las noches, a donde iba para sentir que “hacía algo” por su país. Allí, mientras dictaba clases a las que pocos prestaban atención (los chicos nunca, las chicas sí, pero para coquetearle), fue donde conoció a Ignacio, ese mocetón de dieciséis años, arrogante, altanero, con pinta de malandrito a pesar de su cara de niño travieso y canalla. Se creía un matoncito, con una pañoleta en la cabeza y todo. El joven nunca intervenía ni hacía nada. Tan sólo lo miraba, insolente, sonriente. Y Gregorio captó esas miradas en su entrepiernas, en sus nalgas. Al escribir algo en la pizarra casi podía sentirla.

   Pronto lo pilló sobándose sobre el ajustado jeans, mirándolo. Y eso le incomodaba… pero también lo intrigaba, ¿qué pretendía ese niño? Una noche, mientras todos resolvían un problema, lo vio sobándose descaradamente, una voluminosa erección. Intentó no mirarla, pero no podía. El muchacho sobaba y sobaba, mirándolo fijamente, como ofreciéndosela. Cuando revisaba los trabajos, y muchos jóvenes lo rodearon, sintió a Ignacio a su derecha, pegándole descaradamente su erección dura, caliente y palpitante, de un hombro. Sudó frío y se estremeció. Debió sacudírselo o algo, pero estaba… en shock.

   No fue una sorpresa cuando Ignacio se quedó a final de la clase; quedando los dos solos.

   -¿Quiere algo, Gómez? –preguntó sin mirarlo, intentando sonar estricto. Lo sorprendió la voz cercana.

   -Si, profe, que me la toque…

   Asombrado lo encontró a su lado, sonriente, deliciosamente rojito de cara… con una verga más roja todavía, tiesa y gruesa que se balanceaba en el aire. Boqueó, en verdad no pensaba hacer nada. Era heterosexual, un hombre hecho y derecho, casado, profesor de ese niñato… pero la atrapó. Y sentirla en su mano, palpitante de gusto como hace todo güevo cuando otro carajo lo agarra, lo enloqueció. Lo masturbó mientras Ignacio gemía y decía que apretara, que lo sobara, que más rápido, que lo hacía rico, preguntándole si le hacia la paja a todos sus amigos. Y esas palabras tenían a Gregorio excitado. No podía dejar de mirar la verga hasta que estalló en un torrente de leche que le mojó la mano, caliente y no tan espesa.

   Ignacio, jadeante, sonriente, sin quitarle los ojos de encima se inclinó y lamió su semen, atrapándolo, y el pase de esa lengua tibia y ágil le provocaba espasmos en la verga a Gregorio. Pero nada lo preparó para el momento cuando Ignacio le tomó el rostro, besándolo. Iba a protestar y sólo consiguió que esa lengua entraba, dejando cae su saliva y semen sobre la suya. Y era algo tan sucio y caliente que Gregorio gimió, respondiendo, comiéndose con su boca esa boquita joven, saboreando y paladeando esa leche, tragándola, descubriendo que era deliciosa, corriéndose en los pantalones.

   Después de eso todo fue recriminación, miedos y rabia. Se bañó largo y tendido. No durmió. No quería ir a trabajar. A la noche siguiente todo era como siempre, Ignacio no le paraba a las clases, pero lo miraba pasándose la lengua por los labios, y a cada pase, Gregorio sentía que su resolución de macho cedía un tanto. No fue sorpresa que se quedara al final de la velada. Él no lo miraba, no se movía, pero estaba tan caliente que el tolete le abultaba, y de repente una mano joven de dedos delgados se cerró sobre él, apretándolo de forma acariciante. Y Gregorio chilló, su güevo casi escupe leche cuando esa mano comenzó a masturbarlo. Cerró los ojos con la boca abierta dejando que el otro, a su lado y semi inclinado, lo tocara.

   Cuando algo liso y tibio chocó de sus labios, abrió los ojos… encontrándose con la roja cabecita de ese güevo frotándose de sus labios. No pensó, tan sólo abrió un poco y ese glande se perfiló. ¡Lo besó! Y chupó un poquito. Sentirlo temblar y quemar, así como saborear el juguito pre-eyacular, le hizo recordar el semen de la noche anterior, y lo atrapó goloso con su boca, tragándolo todo, chupándolo y mamándolo. Inexperto, con arcadas, pero gozando de cada lamida y chupada que le daba. Cuando el chico, gimiente comenzó a cogerle la boca, Gregorio enloqueció.

   -Te gusta, ¿verdad? Si, te gusta. Mira como mamas a tu alumno, mamagüevo. –lo escuchaba, burlón y grosero, y eso era más excitante todavía. Es cuando estallan las carcajadas. Aterrado abrió los ojos.

   -Me la vas a tener que mamar a mi también, profe. –rió otro de sus alumnos, Joel, un amigo de Ignacio.

   Allí, mientras Ignacio lo obligaba a seguir sobre su verga, cuatro chicos más lo miraban. Y uno grababa con la cámara de su móvil.

   ¿Qué se puede decir? Gregorio terminó de rodillas mamando de uno a otro esos cinco güevos jóvenes que se frotaban de él, mientras lo decían puta, mamagüevo, cométela marica de mierda. ¡Y los mamaba! Le encantaba, de alguna manera retorcida; estar ahí, siendo frotado su rostro por todas esas vergas jóvenes, le parecía maravilloso.

   Pero fue sólo el principio, pronto tuvo que mamar en cuatro patas mientras los muchachos se iban turnando para cogerlo, cada uno clavando su güevo hasta el fondo, duro, brusco, mientras lo nalguean, le halan el cabello y lo llaman puta golosa de machos. Mamaba de a dos, de espaldas sobre su escritorio, mientras sus caderas eran aprisionadas por el chico de turno que lo cabalgaba. Y a cada golpe sobre su próstata, el hombre sentí que se moría de gusto, arqueándose, estremeciéndose. Ahora era la perra de sus alumnos, y estos le sacaban el jugo… aunque todos terminaran dejándolo bañado en semen. Y esos muchachos lo cogían las cinco noches de la semana, pero cuando llevaron a otros cuatro amigos más, Gregorio también tuvo que estar a disposición los fines de semana, para arrechera de Clara (aunque esta nada sospechaba… aún).

   Ignacio era su novio. Lo besaba, le decía mamita rica, le compraba tangas, era quien se lo echaba en las piernas, de panza, y le daba con la regleta de clases cuando se portaba mal. Fue quien le dijo que debía aprobarlos a todos. Luego fue quien llevó al profe de química para que lo gozara también, para conseguir las notas de químicas. Gregorio se asustó, todo podía escapar de control, pero su hombre, Ignacio, no era tonto, también grabó al de química, y ahora este era la perra deseosa de Joel, su mejor amigo.

   Pero lo de ahora… Llega a la escuela solitaria y va a su salón, allí está Ignacio, muy serio.

   -Hola, bebé. Lo siento, pero mi papá lo supo todo y anda arrecho contigo… -anuncia como incómodo y Gregorio siente que el mundo se le viene encima antes de girarse hacia la persona que no había visto… alguien que sonríe, erecto bajo el pantalón, con una gruesa correa de cuero en las manos.

   -Parece que ha sido malo, profesor, así que tendré que corregirlo. ¡Venga acá! –ordena, señalando el escritorio con una mano.- ¿Así que la culpa del accidente la tuve yo por ir hablando por celular…?

MOMENTO DE LOCURA SANITARIA

Julio César.

ALEX VA DE TIENDAS

abril 12, 2010

FIZGONEANDO SE SABE…

   Se sentía él… y me gustaba…

   Los dieciséis eran una edad difícil, como bien podría atestiguar Alex Morón, delgado, no muy alto, de piel paliducha y cabello finito y muy negro. Era un chico guapillo pero las nenas no se fijaban en él por su falta de musculatura. Cosa que no le inquietaba mucho tampoco. Su sexualidad no era un problema, le gustaban las chicas pero no se angustiaba o desesperaba por ellas… excepto por sus ropas. La ropa de mujer lo hacía estremecer. Y no por vérselas puestas… sino por la fantasía que iba creciendo en su pecho de muchacho curioso y lleno de hormonas. Andaba mal, de robar las pantaletas, limpias, de la gaveta de su hermana, para tocarlas y frotarlas contra su rostro, su torso, piernas y nalgas, había terminado por probárselas. Se estremecía en la soledad de su cuarto cuando, sentado en su cama, metía las piernas dentro de la prenda.

   Recuerda su corazón palpitante cuando las subió la primera vez. Eran suaves, sedosas, como una caricia. Antes de ponerse de pie y cubrir su pelvis con ella, ya estaba duro y caliente. La pantaleta sobre su cuerpo lo hacía gemir y temblar todo. Fueron muchas las horas que pasó mirándose al espejo, con un bikini, acariciándose el güevo erecto bajo la telita, metiendo la mano y sobándose, casi corriéndose en cuanto lo hacía. Sin embargo… era difícil entrar ahora al cuarto de su hermana. La muy zorra, que le lleva dos años, pareció notar que las tocaban. Seguro lo imaginaba un pervertido. Necesitado de pantaletas, pero incapacitado de obtenerlas, andaba mal. Caliente, frenético… hormonal. Por eso fue que entró en aquella enorme tienda.

   Con paso lento fue revisando franelas en ganchos, pantalones sobre un mesón y boxers sobre una mesa baja. Miraba sin ver, vigilando en todas direcciones. Ahí estaba una mesa llena de pantaletas. Nervioso, turbado, tomó uno de los paquetitos y casi corrió hacia uno de los probadores. Jadeando, a solas, la sacó de la envoltura, gruñendo de frustración. Era una vaina enteriza, casi el doble de grande de lo que su madre utilizaría. Qué mala suerte, jadeó. Fue cuando alguien tocó a la puerta del probador casi provocándole un infarto. Ocultó la pantaleta.

   -¿Si? –se asomó y vio a un carajo vestido de vigilante, treintón, alto y fornido, de bigotillo marrón frente a él.

  -Hola, vi que te equivocaste en lo que buscabas, tal vez querías esto… -le responde ronco, mirándolo intenso, sosteniendo entre pulgares e índices, los tirantez de una pequeña y sensual tanga hilo dental, roja, de pequeños encajes. Algo putón. Alex enrojeció hasta el cabello.

   -Señor, yo no… -el corazón le palpitaba locamente dentro del pecho, mirando la sensual tanga de mujer que lo atraía.

   -Anda, no seas tímida… -le sonríe, feminizándolo, agitando la tanga.- Pruébatela… seguro que te queda regia… -le guiña un ojo, casi dejándosela en las manos.

   Tembloroso, Alex asiente y la toma. Le quema los dedos. Cierra y como en transe se quita los zapatos, el pantalón y el chemmi del colegio, quedándose con una camisetita corta. El boxer baja, la tanga sube lentamente, acariciándolo todo. La prendita lo hace gemir cuando entra entre sus nalgas blancas y turgentes, cuando la telita cubre su güevo ya duro. Le cuesta cubrirlo. Tiembla mirándose al espejo, y sus ojos se desorbitan cuando tras él aparece el vigilante, sonriente.

   -Te ves deliciosa, pequeña… -le dice llegándole por detrás. Y Alex quiere resistirse y alejarse cuando ese cuerpo sólido choca de él, caliente, duro su güevo bajo el uniforme, aplastándose contra sus nalgas, mientras las manotas del carajo le alzan la camisetita, admirándolo. Esos ojos lujurioso lo marean.- Te ves tan hermosa, nena… -le gruñe el oído, lamiéndole el lóbulo de la oreja.

   Alex gime, sintiendo que todo le da vueltas, incapaz de dejar de mirar esa pantaletica y al sujeto cuyas manos lo soban, duras, calientes, fuertes; una baja a su cadera y lo soba sobre la tanga, otra sube y le acaricia y pellizca las tetillas, mientras le besa, lame y muerde la oreja y el hombro. Alex tiembla, se estremece y se recuesta del hombrezote que la llama zorrita bella, que desde que entró supo que era una zorrita buscando novio. Su mano entra dentro de la pantaleta y lo soba, y Alex gime, tan fuerte que el sujeto debe darle la vuelta, encararlo y meterle la lengua en la boca, lamiéndolo, chupándolo de una forma que lo dejaba sin fuerzas.

   Debía medio agacharse para hacerlo ya que era grande, pero Alex no se queda atrás, el cuerpo le pide vainas y las busca. Sus manos le acarician los fuertes hombros mientras responde al beso. El tipo gruñe de gusto mientras sus manotas bajan y acarician sus nalgas, enterrando los dedos en la trémula carne joven, haciéndolo gemir. Lo soba separándoselas, dejando que se vea la tirita y Alex gime agudo. Unos dedos entran en la raja mientras cada uno frota su erección del otro. Ese dedote soba, acaricia, encuentra la entradita del culo, empuja con todo y tela, mientras el carajo lo besa, lo muerde, lo soba con una mano, llamándolo putica, que lo tiene mal, que si quiere que sea su marido, que si quiere que le quite lo virgen, y Alex sólo gime que sí, cerrando los ojos, besándolo, entregándose, empujando sus caderas, alzando y bajando sus nalgas de esos dedos que lo frotan.

   -Requena, hay un problema en el sótano. –ladra una voz por los parlantes y el vigilante ladra molesto. Separándose. Se miran enrojecidos, bocas hinchadas, güevos babeantes.

   -Me tengo que ir… Lo siento, princesa…

   -No… -jadea mal el chico, él otro sonríe, le guiña un ojo y le da un besito rápido.

   -Ven esta tarde, a las seis. Depílate todo… te voy a regalar un jueguito de pantaletas, sostén y medias que te harán delirar… y te voy a hacer mujer. Mi mujer… –va saliendo.- Quédate con esa…

PROBLEMAS TÍPICOS DE UN MAESTRO

Julio César.

FIESTAS DE LA UNIVERSIDAD

agosto 21, 2009

FIZGONEANDO SE SABE…    

MACHO EN MIS PIERNAS

   -Hazme lo que tú quieras, papi…   

   Verga, tengo que contarles lo que me pasó hace tres días en la fiesta del salón, ¡cómo habíamos bebido! Era increíble la cantidad de muchachos y chicas que había en la pequeña pieza tipo estudio que Mariana tiene cerca de la universidad. Es el lugar más popular de todos. Toda fiesta, conmemoración o acontecimiento importante lo celebrábamos ahí. Yo estaba tan tomado como el resto, ya eran las once y media y estábamos bebiendo, como desesperados desde las ocho de la noche hora en la que terminó el examen de Administración Sanitaria, una materia tan coño’e madre como el profesor. Todo me daba un poco de vueltas y me senté algo alejado para serenarme, la cola para vomitar frente al baño era larga y la cosa iba a terminar en tragedia; por eso fui junto a Roxana y Teresa, quienes gritaba y aplaudían a Néstor que había iniciado un baile erótico frente a ellas, meciéndose, mostrando su pelvis, bailándola frente a nosotros, para luego volverse, echando el culo hacia atrás y meciéndolo también. El jeans se le metía entre las nalgas y la verdad es que la vaina era caliente, a mí se me estaba poniendo duro el güevo sin darme cuenta, y lo atribuí a las bebidas. Néstor no era el único, otros chicos y chicas hacían faenitas así en diferentes puntos. Cuando se quitó la camisa, controle un jadeo.   

   Su torso era liso, musculoso, perfecto. Y sus tetillas parecían pedir manos, dedos que apretaran, bocas que… Bueno, ¿qué coño me pasa? Me inquieté. Fue cuando el muy perro se sentó sobre mis piernas, montando su culo en mi entrepiernas, justo, donde yo, disimulado mientras las chicas gemían, había movido un poco mi güevo a lo largo para que no se notara. Pero cuando cayó, pesado (carajo, cómo pesa otro hombre, pensé), sus nalgas, dentro del pantalón, prensaron mi güevo que ya estaba duro, largo, caliente y grueso. Se volvió a mirarme, sorprendido. Y me cagué de miedo, Dios, qué escándalo. Sin embargo, Néstor nada hizo, como no fuera agarrarse del respaldo de la silla y comenzar a furruquearse de mí, cepillando duramente mi güevo con sus nalgas redondas, duras, calientes, y tuve que morderme los labios para no gritar ante el placer y la corriente de excitación que me recorría. Mi güevo estaba siendo masajeado ricamente. Momento en el que ocurrió algo más…   

   Leticia, que bailaba sobre un mesón junto al mari novio, se quitó la blusa y el sostén, sus tetotas saltaron y bailotearon, poco porque parecían rocas, y Mauricio, el mari novio, rodeo un pezón con una mano y todos gritaron. Hasta Roxana y Teresa, creo que excitadas, fueron a ver. Momento en el que Néstor me miró.   

   -Rápido. –se medio paró abriendo su pantalón y bajándolo un poco por atrás, con todo y calzoncillo, Dios que nalgas más redondas y musculosas pensé, y me abrió el cierre.   

   -¿Qué haces, estás loco? –gemí aterrado… y excitado. Era una vaina tan peligrosa y prohibida…  

   Sin hacerme caso, mi mirada estaba perdida en sus castaños pelos púbicos, donde se adivinaba bajo el pantalón su erección, Néstor sacó mi güevo, erecto, grueso, rojizo y nervudo, de cuyo ojete salía agua ya. Pareció maravillado de su tamaño, bajando el rostro, su aliento me quemó, casi lo besó, sólo la punta de la lengua tocó el ojete y el líquido antes de escupirlo abundantemente. Después, dándome la espalda escupió en sus dedos como suelen hacer los vaqueros, lubricando un punto secreto entre sus nalgas. Un punto que me fascinaba y donde deseaba yo meter mis dedos, acariciando, penetrando, y hasta me imaginé acercando mi boca. Pero no me dejó tiempo para más. Pronto el muy puto bajó sobre mí, endureciendo el rostro. Mi tolete frotó de su entrada tibia y suave, abriéndolo, cogiéndolo. Me apretaba sabroso. Mientras se clavaba, cada palmo de mi tranco era mamado, sobado y chupando por algo muy caliente. Su peso sobre mis caderas me hizo gemir contenido. Qué sensación tan increíble era tenerlo así, sentado sobre mí, con su culo ardiente tragándose todo mi grueso tronco, en medio de una sala donde los panas gritaban y aplaudían a Leticia quien riente y gimiente no se dejaba agarrar ahora de Mauricio y Verónica quien también quería meterle mano, excitando mas a todos.   

   Medio volteado hacia mí, vi a Néstor apretar los dientes, agarrarse al sillón y comenzar a subir y bajar no muy alto pero si rápido y fuerte, cayendo duro empalándose rico, y lo vi gemir apretando los dientes, demostrando cuánto le gustaba y encendía tener un tolete así bien metido en sus entrañas de carajito caliente, transfigurarse. Coño, eso le gustaba, le encantaba sentir el güevo de otro macho comiéndose su culito de hombre bonitico y putico. Mi tranca era tan amasada y halada que cerré los ojos, abrí la boca para buscar aliento, sosiego y eche la nuca hacia atrás. Casi me sentí mareado ante la fuerza con la que Néstor saltaba sobre mí. Su cuerpo quemaba, pesaba más, y cuando mi tolete quedaba bien enterrado, chupándomelo con sus entrañas hambrientas, sentía que me moría de gusto. Subió y bajo con fuerza. Mis dedos tuvieron que atrapar esas tetillas paradas, y pellizcarlas y retorcerlas cuando apreté los dientes e inunde su culo con mi semen caliente, abundante y espeso. Lo vi temblar, agitarse sobre mí, mientras aún lo cogía, y note la mancha de su corrida en su pantalón. Estábamos agotados.   

   -¿Me das el culo mañana? -tuve que preguntar.   

   -Lo siento, sólo en fiestas y reuniones. –me sonrió guiñando un ojo.

ALEX VA DE TIENDAS

Julio César.

FIZGONEANDO SE SABE…

febrero 20, 2009

DESCONFÍA DE LA AYUDA EN LA AUTOPISTA

hombres-en-suspensorios

   Eran un par de bichitos…

 

   Estaba muy molesto por tener que regresar. ¿Cómo pudo olvidar sus tarjetas de crédito? Y peor, ¿cómo no se dio cuenta antes de salir del piso? Ya estaba en Maracay cuando lo notó, casi entrando al bar de Rita, una vieja puta amiga que contaba con las chicas más bellas de toda la zona, jovencitas que se iniciaban en el vicio de vender carnes. Y como amiga que era, sabía que no le fiaría nada. Entra a la sala y arruga la frente, dos cosas evidenciaban que compartía el piso con dos jóvenes atletas, los bolsos con toallas y los implementos del uniforme, y el pesado olor a pies sudados en zapatos deportivos. Zapatos que estaban arrojados de cualquier manera. ¡Manditos carajos!, se molesta. Al parecer no podían tener ni un poco de cuidado o aseo.

 

   Mientras cruza el pasillo rumbo a su dormitorio, nota la luz que sale de otro de los dormitorios, cuya puerta estaba entre abierta. Esa era otra vaina que le sorprendía que esos dos, cada uno en su dormitorio individual, que se cambiaran de ropas sin cerrar las puertas. Con rostro congestionado de malestar, el regresar cuando ya podía estar encamado con alguna putica y el desorden del apartamento, lo habían sacado de sus casillas. Se medio asoma (no le gusta encontrar a nadie en calzoncillos) para decir algo, y se queda impactado. Allí, sobre la cama, todavía con la gorra de béisbol, las largas medias rojas y el suspensorio blanco, Tomás está de espaldas, con sus nalgas sobre una almohada,  arrodillado al frente, Danny, en cuatro patas, con el rostro muy abajo, le mete una y otra vez esa larga y rojiza lengua en el culo lampiño, redondo y cerrado. La sorpresa lo deja de una pieza, abre la boca para formar el peo de su vida, pero no puede decir nada, aunque teme que el palpitar de su corazón lo delate. Pero no hay riesgo de que escuchen nada…

 

   Mientras la lengua de Danny entra una y otra vez, saboreando, lamiendo y chupando, con rostro de gozo, Tomás se revuelve en la cama, tenso su musculoso y joven cuerpo, brillando de transpiración, mientras jadea agónicamente; al parecer esa lengua caliente y babosa, comiéndole el culo lo tenía en la gloria. Los labios masculinos, con una leve sombra de barba rodeándolos, se frotan de las lisas mejillas, mientras besuquea el pequeño, titilante y ardiente agujerito.

 

   -Ahhh… hummm… -era todo lo que podía expresar, o hacer, Tomás, mientras el otro, mirándolo sonriente, reparando en su tolete enorme bajo la blanca tela, sigue pasándole la lengua, pero acompañándola ahora de un dedo largo y grueso que lentamente se lava en la dulce y trémula carne. Y Tomás se tensa más mientras va penetrándolo, falange a falange. Desde la puerta repara en como va hundiéndose, en cómo Tomás arquea la espalda y grita de júbilo.

 

   -Hummm… hermanito, tienes ese culo dulcito. Antes lo tenías saladito pero ahora sabe más rico… -gruñe Danny, saboreando como quien disfruta lo mejor de este mundo, pasándole una y otra vez la lengua a su hermano (¡a su hermano!) por el vicioso culo. Culo que adora, culo que siempre había codiciado, culo que una noche de borracheras decembrinas había probado con su lengua, sus dedos y su güevo, casi convirtiéndolo en su esclavo. Tomás, el mayor, se tensa todavía más.

 

   -Hummm… sí, méteme el dedo hermanito. Clávame tus dedos… méteme la lengua, cógeme con tu güevo de burro… Hazle caso a tu hermano mayor… -gemía totalmente putón, con las mejillas rojas, alzando el rostro y atrapándole la negra y sedosa cabellera a Danny, empujándolo contra su culo ávido.- Oh, Dios, no aguanto más…

 

   -Calma, hermanito… -le gruñe Danny, dejando su culo, arrodillándose entre sus piernas, y desde la puerta el otro repara, aterrado y fascinando, con una erección terrible bajo su pantalón, como del suspensorio escapa aquel güevote rojizo oscuro, lleno de sangre y de ganas. La joven pareja se mueve grácil, y pronto ese tolete afuera apunta hacia el tembloroso culo, frotándose, quemando a Tomás que grita que si, que se lo meta, antes de ir enterrándose poco a poco, centímetro a centímetro dentro del redondo anillo.

 

   Medio inclinándose hacia Tomás (le encanta verse en sus ojos empañados de deseo cuando lo encula), Danny le atrapa los tobillos mientras su tranca entra toda, victoriosa, siendo apretada, amasada y halada por las ardientes y húmedas entrañas de su hermano mayor, la única persona que despertaba en él esas ganas demenciales de coger. Y Tomás echa la nuca hacia atrás, y gime largamente, saciado pero hambriento, siendo llenado del palpitante güevo del macho que lo quema, domina y suelta sus jugos, pero haciéndolo desear más.

 

   Desde la entrada, jadeando, sudando, con su propia tranca afuera, masturbándose, nota como Danny va contra Tomás, cogiéndolo fuerte, cabalgándolo, gritándole putica rica, eres mi putica; mientras Tomás parece sollozar de gusto. El güevote sale casi todo y vuelve a clavarse, sale y entra de ese culito rico, golpeándolo con sus bolas. Los oye gemir, el ruido de la cama que parece va a desarmarse, es inmenso. Macho contra macho, güevo contra culo, esa era la danza sexual que encantaba a esos dos muchachos caliente, entiende el otro. Y los oye gritar, mira como Danny le chilla tómala toda, maricón, y ruge, sabiendo que se corre, que se corre llenándolo de leche caliente, de semen de macho. Y Tomás grita también, con medio güevo fuera del suspensorio, de donde brota el ardiente y oloroso semen.

 

   Sabe que va a correrse, pero debe alejarse, sería horrible que lo pillaran mirando; respira pesadamente dando un paso atrás cuando nota algo aún más sucio, Danny vuelve a arrodillarse y oculta su atractivo, pícaro y viril rostro de muchacho en las nalgas de su hermano y comienza a chuparlo otra vez, cogiendo con la lengua mientras recoge su propia esperma. Y tragando pesado, alejándose, mareado, piensa que eso debía ser rico, clavar esa lengua así en ese culito precioso, y cogerlo, y llenarlo de leche. Y lo desea… desea entrar allí y metérsela también. Desea entrar en ese dormitorio y cabalgar rudamente a Tomás… su hijo mayor.

 

FIESTAS DE LA UNIVERSIDAD

 

Julio César.

DISCIPLINA CON AMOR

noviembre 2, 2008

DESCONFÍA DE LA AYUDA EN LA AUTOPISTA

   Ahora debía usar suspensorios…

 

   Tony era un muchacho típico de clase media alta, a sus diecinueve años fingía estudiar en una universidad paga, teniendo todos sus gastos cubiertos por unos padres divorciados que se sentían culpables al no estar juntos. El muchacho parrandeaba, se drogaba, preñó a dos amigas a las que hubo que ‘sacar del problema’, no estudiaba ni hacía nada en la casa. Su madre lo consentía mucho y le daba todo, su nuevo marido, Armando, un ex militar dedicado a la seguridad personal, lo miraba feo, pero ella no dejaba que lo tocara.

 

   En un viaje que la mujer hizo fuera de Caracas, el joven se fue a casa de su padre, Héctor, para no tener que calarse a Armando. Cuando este salió a trabajar hizo una fiesta que casi destruyó el edificio, fuera de un conato de incendio que costó un realero en las áreas comunes. Héctor tuvo que ir a buscarlo a la comisaría. Lo regañó pero entendió que Tony no le paraba media bola. Angustiado llamó a Amando y le contó todo, no sabía qué hacer. Este llegó casi en seguida.

 

   -Mira, tu hijo está fuera de control y terminará mal. Puedo corregirlo pero debes dejarme hacerlo a mi manera, sin interferir, y obedeciéndome cuanto le ordene algo. –habla fuerte, golpeado y decidido.

 

   Nervioso, Héctor asiente y se sienta a esperar. Oyen un alegre silbido, es Tony quien duchadito, vistiendo de jeans y franela, se dispone a salir como si nada hubiera pasado. El joven se sorprende al ver a los dos hombres allí. Mira a Armando con resentimiento, altanero, sentado en uno de los pocos sillones que no fue dañado durante la fiesta.

 

   -¿Qué haces aquí? ¿Papa te fue con el cuento?

 

   -Está vez te pasaste, Tony, y vas a recibir una lección. –es tajante.- Bájate los pantalones y móntate aquí… voy a darte la tunda que mereces. –un silencio glaciar cae en la sala. Héctor se revuelve inquieto, pero un leve parpadeo de Armando le indica que calle.

 

   -¿Qué? ¡Te volviste loco, pila de mierda! –casi le grita.

 

   -Bájate el pantalón… quiero ese culo aquí… -ordena señalándose entre las piernas.

 

   -¡Maricón…! -sentencia como si se fuera a marchar.

 

   -Si no haces lo que te digo ya, y si sales por esa puerta, no volverás a entrar, ni aquí ni a mi casa. Te quitaremos la moto, el carro, las tarjetas, tu mesada, el celular y los reales de la universidad. Ni una camisa, una media o un zapato que no hallas comprado con tu plata saldrá de aquí o de allá. –es tajante.- Vas a quedarte sin nada… y no busques ayuda en Héctor, ya lo cansaste con tus mariqueras.

 

   -¡No pueden hacerme esto! –grita alarmado, luego eleva el mentón.- Está bien, quédense con todo. Cuando mamá regrese…

 

   -Regresará hasta dentro de diez días, y nadie sabe exactamente dónde está; y en el pasillo está mi amigo el inspector González para regresarte a una celda por lo del vandalismo. No moveremos un dedo para ayudarte… Y créeme, aunque salgas mañana o pasado, esta noche no la olvidarás por el resto de tu vida, y ten siempre presente que tú te lo buscaste. Serás la perra de muchos, ojala no te marquen la cara de una navajazo, la tienes muy bonita… -es burlón, sonriendo seco al verlo palidecer y gemir.

 

   -No, Armando… yo… -suplicante mira a Héctor.- Papá, ayúdame. No dejes que…

 

   -Está cansado de ti. –interrumpe el otro. – Ya esto tardó demasiado, me cansé. No quisiste recibir tu tunda, bien, ahora llamo a González para que…

 

   -¡No! No, espera… -jadea asustado, rojo de vergüenza, humillación y confusión al verse expuesto así.

 

   Abre su pantalón y Héctor siente vergüenza por su hijo. El muchacho, de buena estampa, lleva un bóxer blanco, no muy largo, algo enrollado en sus muslos marcándole las nalgas y el paquete. Todavía mira suplicante a Armando, luego a su padre, y no ve piedad. Casi como si subiera al caldazo, dudando todavía, va hacia el padrastro y cae de panza sobre sus piernas. Héctor, al frente, mira el extraño cuadro que conforma su joven hijo en piernas del otro sujeto.

 

   -Bonitas nalgas, muchacho. –sonríe Armando, mirando los musculosos glúteos que tragan tela. Su mano sube y baja. PLAS. Y el muchacho se estremece, enrojece y aprieta los labios, eso duele y pica. La mano sube y baja, sube y baja dura, con fuerza. PLAS. PLAS, se oyen las secas palmadas.- Si que son duritas, Héctor. Tu hijo tiene buenas nalgas. Seguro que habrían estado de fiesta en la cárcel. –y la mano sube y baja, azotándolo. La enorme palma cae, abierta, sobre el redondo trasero.

 

   El muchacho quiso resistir pero dolía, dolía y ardía mucho, se le empañó la vista, meneaba las nalgas y jadeaba. Armando lo azotaba, mirándole el rostro, gruñéndole una y otra vez “chico malo”. Y Héctor quería morirse, un calor extraño lo envolvía y tuvo que cruzar sus piernas. Ver a su joven y musculoso muchacho así, sobre las piernas de Armando, un carajo fornido y bien parecido, que lo azotaba con su manota abierta, lo estaba excitando. En un momento dado, Tony intentó zafarse, pero con una mano, Armando lo retiene, mientras le sube la franela, mostrando esa espalda ancha, bajándole el bóxer, y Héctor contiene un jadeo ante esas nalgas turgentes, redonditas, casi lampiñas, que muestran las marcas enrojecidas de una palma con sus dedos.

 

   Esa mano sube y baja duro, y Tony gime y llora, con la cara bañada en lágrimas de dolor. Armando lo nalguea y le dice que eso le duele también a él, pero que era un chico malo y debía aprender. La mano sube y baja, PLAS, y se queda allí sintiendo ese calor, esa carne joven. Héctor tiene la boca abierta, muy seca, y el güevo erecto y muy mojado. Mira esas nalgas, esa raja donde cae la palmada que castiga pero que también soba. Le parece que mientras le dice chico malo, que debe portarse bien, la punta de un dedo se mete más en la raja interglútea, acariciando. La mano sube y baja, lenta pero fuerte. Tony llora a moco tendido que se va a portar bien. Pero Armando sigue y sigue. Ese agitar de cuerpo que se estremece, el llanto, las nalgas… todo eso marea a Héctor. Armando se detiene, jadeando levemente. Con la mano sobre esas nalgas abiertas, con las puntas de dos de sus dedos sobre el culito tierno.

 

   -Has hecho sufrir mucho a tu papá con tu conducta, muchacho. Le debes una satisfacción. –le dice como un padre amoroso, indicándole que se pare, cosa que hace, enrojecido, lloroso, avergonzado, con el pantalón bajando más. Mira a Héctor.- Dale unas nalgadas. –le ordena.

 

   -¿Qué…? No, no sé sí… -jadea ronco Héctor, sintiéndose morir de algo poderoso que lo recorre todo.

 

   -Es necesario, por su bien, o no aprenderá nada. Todavía puede desoírnos.

 

   Tony gime que no, que se portará bien, pero Armando se pone de pie y Héctor repara en su erección, granítica, enorme, que babea un poco bajo la tela del pantalón. Tomando  a Tony de una oreja lo lleva hacia su padre. Y Tony lloroso se tiende sobre las piernas del otro. Héctor lo siente pesado, caliente, joven. Y su güevo se estremece. Mira esas nalgas. Su mano sube y baja. Casi jadea ante el contacto eléctrico y erótico. Sube y baja, azotando más fuerte que Armando, mientras Tony se revuelve, llora, suplica y se frota, dándole un placer increíble sobre su güevo erecto. Nalguea, soba, acaricia, mete los dedos en la raja interglútea, nalguea más… hasta que jadea ahogado, sintiéndose morir, corriéndose allí mismo. Ahora está mal, pero oye a Armando cuando le dice a Tony, quien se pone de pie y se viste, que de ahora en adelante se portará bien o será estrella del Internet… y en el celular le muestra a Tony una fotografía, son su cara llorosa y suplicante, y sus nalgas azotadas. Es todo lo que se ve. Que estudiará y trabajará para pagar lo que dañó. Y que debe obedecer siempre a su padre. El chico lloros asiente y sale. Héctor no puede moverse. Armando lo mira burlón.

 

   -De nada.

 

   Al día siguiente, Tony fue a estudiar, pasó en la tarde por la oficina de Armando y consiguió un trabajo de medio tiempo. Se le pincho una llanta y llegó pasada la hora de llegada impuesta por los otros dos, ganándose un regaño de Héctor quien no lo dejó explicarse, sentándose en uno de los sillones.

 

   -Bájate el pantalón y ven aquí. Voy a enseñarte a ser puntual. –lo miró duro; Tony quería discutir, pelear, gritar que era injusto, pero ya medio lloriqueaba al bajarse el pantalón… instante en el cual Héctor obtuvo la más grande, dolorosa y sabrosa erección de toda su vida.

 

FIZGONEANDO SE SABE…

 

Julio César.

 

NOTA: Prestado de mi otro blog.

A PELO…

julio 28, 2008

DESCONFÍA DE LA AYUDA EN LA AUTOPISTA

   Ayudándolo a encontrarse… con el bate…

 

   Silvio, con su maleta de trabajo, su bermudas largo, zapatos de goma y franela blanca que parece muy grande para él ya que es delgado casi flaco, se detiene frente a la tercera puerta a la que llama. Había descartado las dos primeras porque los carajos que habían abierto no llenaban los requisitos. No puede pensar en nada más que ‘eso’. La puerta al abrirse muestra a un tipo enorme, de piel muy bronceada, brazos de oso… cubiertos de una pelambre negra abundante. Con la camisa medio abierta mostraba dos cosas, unos pectorales grandes, y más pelambre… algo que hizo que el joven enrojeciera y se estremeciera, lujurioso. ¡Cuánto pelo…!

 

   -¿Qué quieres, muchacho? –pregunta aquel tipo, no molesto pero sí enérgico, macho, algo amoscado ante el lampiño catirito de pinta amariconada.

 

   El joven, todo turbado le dice que representa a un SPA que abre pronto y están ofreciendo masajes de prueba, que si tiene tiempo se lo demuestra. El carajo ruge que no está interesado. Pero el joven casi gime que debe hacerlo porque luego averiguan y no le dan el trabajo, y que es un estudiante que vino de Mérida y tiene que pagarse libros, escuela y alojamiento, y… El tipo, como obstinado le dice que está bien, que no entiende qué ganan porque la vaina es gratis, pero que pase, que está solo porque su mujer salió de compras. El joven entra, la casa es pulcra, mira el ancho sofá y le dice que tiene que quitarse la camisa y el pantalón. El sujeto ruge un qué, y parece que todo acaba, pero el muchacho gimotea nuevamente, que tiene que ser así, que él es un profesional y todo eso. Al carajo le parece, cada vez más, que sólo es un marica que quiere sobarlo, pero es tan macho, tan grande y masculino, tan seguro de sí que puede permitírselo. Sabe que muchos carajitos fantasean con él, por su porte imponente y su cuerpo velludo. Se quita la franela y el corazón del joven casi se detiene. Al caer zapatos y pantalones, quedándose con un ajustado bóxer negro, mínimo casi enrollado alrededor del bulto únicamente, se siente morir. Qué cuerpo, cuanto vello…

 

   Sonriendo el tipo se acuesta boca abajo como le indican. Silvio mira esa espaldota y jadea. Tiene una erección granítica. Del maletín saca un aceite, se embarra las manos, deja caer chorritos sobre el otro, que gime que está frió. Esas manos delicadas, estrechas, lo recorren. La piel es firme, dura, masculina y el joven está en el séptimo cielo. Toca, soba, y el carajo se va amodorrando, se sentía tan bien. Esas manos en sus muslos sobando, apretando, mimando, eran… extrañas. Cuando le indican que se vuelva, se sonroja un poco, el bulto le abulta un poquito, pero lo atribuye al… toque. El chico lo mira a los ojos, aplica aceite, las manos soban los pectorales firmes, los pelos se pegan de sus dedos. Las manos bajan y suben, el tipo cierra los ojos, inquieto, algo achispado. Esas manos eran… ¡Dios!, casi gimió, el chico le atrapó los pezones y los frotó entre sus índices y pulgares, antes de abrir las manos y casi clavarle los dedos en los pectorales. El carajo quería parecer de roca, pero cuando una mano le sobaba una teta y la otra un muslo eso lo puso mal, no podía disimular el bulto entre sus piernas, ni el ardor de su piel o la pesadez de su respiración; pero en fin, si el chico quería güevo…

 

   A la indicación de que se vuelva, el hombre jadea, cae de panza, cierra los ojos, estar así aprisiona rico su verga contra el mueble, y esas manos lo debilitaban. Sin quitarle los ojos de encima, atrapándolo de costado al centro de la espalda, las flacas manos aprietan y bajan, bajan a la cintura, Los dedos rozan el calzón y el carajo suelta aire, casi quiere que… Esas manos se meten bajo la prenda y el chico jadea. Esas nalgas duras se estremecen al tacto de sus manos. ¡Cuánto pelo!, piensa asombrado, quiere verlo ya… y soba y soban rumbo a la raja interglútea. Lo oye respirar entrecortado, lanzar aire y medio agitar las nalgas. Eso le da el permiso que necesita. Con una sonrisa dice que no puede trabajar así, y con mano firme comienza a bajarle el calzón. El tipo, enrojecido bajo el bronceado, no lo mira pero sube sus nalgas y se lo quitan. Esos glúteos redondos, grandes y firmes están cubiertas de vellos por todos lados. El aceite vuelve a las manos, cae en las nalgas, en la raja y el tipo cierra los ojos. Las manos soban, aprietan, pellizcan, los dedos se clavan con esfuerzo en la firme piel. Los pulgares comienzan a separar las nalgas, allí estaba el arrugado culito, totalmente rodeado de pelos negros. El chico bota aire, que al estar algo cerca cae ahí, quemándolo, y el tipo gime; era extraño sentir ese aliento allí. Los pulgares abren, soban, bajan y frotan el esfínter, alisándolo, moviéndolo. El tipo siente calambres, no puede estarse quieto y agita las nalgas, subiéndolas y bajándolas, ofreciendo sin saberlo su cuevita rica. Y grita un ronco ‘ahhh’ cuando el primer engrasado dedo se mete, lentamente, pero hasta el fondo…

 

   No podía creerlo, él tan grande, macho y peludo estaba dejándose meter el dedo así y ese dedo largo y fino entraba, salía, lo cogía y lo calentaba más, tanto que no se dio cuenta cuando comenzó a jadear, a gruñir que sí que se lo metiera bien, babeando y agitando el culo de arriba bajo, buscándolo, apretándolo. A Silvio le encantaba eso, ver a ese carajote tan caliente, y mientras lo cogía saca su güevo largo y delgado, rojo totalmente. El tipo, como trastornado, pero consiente vagamente de que su mujer ya llevaba hora y media fuera de la casa se volvió a verlo, con ojos brillantes.

 

   -¿Qué esperas, güevón? Cógeme ya… no aguanto…

 

   -Voltéate, quiero verte a los ojos cuando te culee… -le ordenó.

 

   Y el tipo obedeció, atrapado por esa fiebre que padecía. De espaldas, alzo una pierna sobre el respaldo del mueble, la otra fue atrapa por el chico que estaba semi sentado entre ellas, apuntando su güevo hacia su culo engrasado y alineado. Notar la suave cabeza, sentirlo entrar lo hizo gritar y estremecerse, echando la cabeza atrás. Cada pedazo que entraba le despertaba más y más ganas de ser poseído, cogido por ese carajito. Eso lo frotaba por dentro y lo hacía sentirse vivo, caliente, con ganas de agitarse, de apretar con el culo, con ganas de más y más sexo duro, babeante y ardiente. Y el chico comienza a cabalgarlo, expertamente, ¡lo que tenía de joven lo tenía de experimentado! Eran muchos los sujetos como ese, velludos y viriles a quienes había convertido en sus hembras. Se lo metía y sacaba casi todo, hasta la roja cabezota antes de enterrárselo otra vez, haciéndolo gritar y estremecerse sobre el sofá.

 

   Ese culo apretaba y quemaba. Su güevo entraba, cogía, lo llenaba y salía haciéndolo querer otro pedazo. Silvio lo miraba, grande, velludo, macho, y al mismo tiempo agitado, sudoroso, con ojos entrecerrados, meciendo el culo de arriba abajo contra sus caderas. El redondo agujero, rodeado de crespos pelos, se abría y recibía el cilíndrico tolete, que lo enculaba duramente. A Silvio sólo le gustaban así, ya sobre la treintena, grandes, masculinos, velludos y con complejos de héteros, engañándose a sí mismos, casados, con tipas por ahí, pero buscando eso, un güevo caliente que los pusiera en orbita alrededor de la tierra de los toletes duros, babeantes y siempre dispuestos para satisfacer las necesidades de esos medios machos… Ese era su gusto, sus profesores habían caído víctimas de él, también uno que otro padre de sus amigos. Ver a un tipo velludo, de cuerpo masculino hecho por los años, lo excitaba al punto de que se obsesionaba… y era de los que si quería algo, lo buscaba y no paraba hasta tenerlo… clavado sobre su tranca.

 

DISCIPLINA CON AMOR 

 

Julio César.

 

NOTA: Este relato de tipo fetichista es de mi otro blog, el que cerré. Sé que he utilizado antes está fotografía, pero mientras escribía el cuento sobre un amante del ‘vello’ no encontré otra al momento.


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