
Por una entrada que escribí hace tiempo, y por una mala jugada del destino (para ella y para mí), alguien a quien admiro realmente fue requerida en mis espacios, pero por malas razones: Patricia Poleo. La entrada a la que me refiero era una titulada: “Patricia Poleo, por cosas así es que la odian”. Pues, quienes entraban indagando por su nombre lo hacían desde dos buscadores, uno decía “patricia poleo XXX”, y la otra (la más desagradable) “hija de patricia poleo, videoXXX”. Ah, qué arrechera agarré, aunque al pensar más en frío no debí molestarme. Cada quien busca lo que desea encontrar, y así yo como escribo cosas duras de la gente a la que desprecio, otros lo hacen de otros individuos. Entendí que si me molestaba con todas esas personas… actuaba como un chavista: sólo yo tengo derecho y razón y quienes no piensen igual deben ser barridos. Pues bien, aprovecho para aclarar que en ninguno de mis espacios encontraran jamás una mala palabra hacia Patricia Poleo. Jamás. De hecho, del grupito de reporteras y periodistas venezolanas a las que llamaban las chicas súper poderosas (que en comiquita eran tres, pero en Venezuela son cuatro), ella es una de mis preferidas… después de Marta Colomina (quien encarnaría a la mal geniuda Bellota).
Patricia Poleo es hija de Rafael Poleo, un hombre que domina en sus escritos la política, la historia y la economía de una manera magistral, sabiendo usar esos recursos en artículos y editoriales memorables. Su hija, como hija de gato, heredó su instinto y caza ratón (y no hablo de Chávez únicamente). Pero Patricia es más brutal, más directa. Más dura. Es descarnada y hasta cruel en batalla contra sus oponentes. De antes y de ahora es enemiga de todo gobierno en el poder, vigilándolos, asechándolos, escarbando en las miserias de la corrupción. En tiempos de Carlos Andrés Pérez (un degenerado que uno creía era lo peor que le había pasado a este país… hasta la llegada de Hugo Chávez), esta mujer era seguida, grabada y espiada por los organismos de seguridad. Tal como ocurre actualmente. El mundo siempre gira y gira para caer en el mismo punto, lo que molesta es cuando hablan de cambio y de revolución. De aquellos días quedó un video caliente; Patricia Poleo fue encerrada en una celda de la DISIP… con el hombre que para el momento era su marido, padre de su única hija, Germania. Y por juventud y algo de tremendura la pareja tuvo intimidad en la celda (vamos a estar claros, ¿a quién no le habría gustado?). Por supuesto fueron grabados, como es práctica de todo gobierno porquería, y el video intentó utilizarse para amedrentarla. Al no lograrlo se difundió por algunos lados, aunque por suerte para ella, no existía el mercado escándalo de ahora. Ni los buhoneros tenían el negocio de quemar DVD como actualmente.
El caso es que llegado Hugo Chávez al poder, siendo enfermo e incompetente, amén de corrupto como pocas veces se ha visto en este país acostumbrado a los malos gobiernos, Patricia Poleo se pasó con armas y bagaje a la denuncia, fiscalización e investigación. Fue ella quien mostró las fotografías de los militares venezolanos cargándole las maletas, humildes y sometidos, a coroneles del G2 cubano. Fue ella, junto a Ibéyise Pachecho, Marianella Salazar y Marta Colomina, quien mostró el video donde militares venezolanos se reunían con los narco guerrilleros de la FARC y se hacían llamar hermanos (momento cuando Uribe y los colombianos se hicieron los locos). Fue ella quien les dio aquella batuqueada, que todavía se recuerda, a los diputados chavistas en la Asamblea Nacional, cuando montaron el sainete de la comisión de la verdad para saber quién mandó a matar a la gente que marchaba hacia Miraflores el once de abril de dos mil dos. Fue ella quien descubrió a Vladimiro Montesinos en Venezuela, persiguiéndolo de tal manera que Chávez tuvo que reconocer que estaba y entregarlo al Perú. Pero fue cuando se lanzó tras la pista de los asesinos del fiscal Danilo Anderson cando se le tuvo realmente miedo, sobretodo cuando comenzó a publicar actas e informaciones al respecto, de las que el mismísimo Fiscal General dijo que eran “demasiados exactos”. Contra ella se utilizaron todas las trampas habidas y por haber. Primero se dijo que andaba rodando un nuevo video porno de ella por la red. La cosa llegó a tal extremo que en un programa de Napoleón Bravo, la mujer, toda risas, dijo que ese video era viejo y que el hombre que está allí era su ex pareja, padre de su hija, a quien ahora trata como a un hermano, y que el video era aburrido, mal iluminado, malo de sonido, y que ella misma no se veía tan bien como se veía Roxana Díaz en su video de esos días (ah, ¡ese video!).
Como no pudieron dañarla por ese lado, se atacó a la hija. Acosta Carlez, un militar que ganó fama golpeando mujeres en Valencia, por la espalda, y erutando públicamente en televisión como burla a todo un país que tenía que calarse a semejante gorila porque contaba con armas, acusó a Patricia Poleo, por televisión, de ser una drogadicta, mujer de un famoso rufián (no el Contralor General de la República), el Hernancito, un bicho de rabo en uña que uno no entiende como salía cada tanto de prisión con la cantidad de muertos que cargaba encima. Dijo Acosta Carlez, el general eructo, que Germania, hija de Patricia, era hija de Hernancito. Así, por televisión, si pensar en el daño que semejante calumnia pudiera causarle a la menor. Y eso que las leyes venezolanas prohíbe expresamente lanzar ninguna noticia o información sin pruebas (parte de la Ley Mordaza), pero este hombre jamás fue llamado por fiscales, jueces o CONATEL a dar explicaciones. Él era revolucionario en esa época (tan chimbo resultó que al final ni Chávez lo quiso, excretándolo de su organismo). Lo curioso era que por esa época, Laureano Márquez, el humorista del diario TAL CUAL, enfrentaba un juicio por referirse a la mascota de la nieta de Chávez, con términos como “quién fuera la morocoya de Rosa Inés para vivir bien”. El comentario bastó para que tribunales del menor, fiscales, CONATEL y demás, se lanzaran a lavar el honor y honra de una niña por noticia criminis. Así funciona en regimenes barbáricos, de izquierda, la justicia, sin un asomo de vergüenza o disimulo.
Cuando Patricia comienza sus artículos sobre la muerte de Anderson, que, repito, obligaron al mismo Fiscal Genera para la época, el patético Isaías Rodríguez, a investigarla por publicar informaciones “demasiados exactos”, se puso en marcha una de las operaciones más escabrosas de las que Venezuela ha tenida noticia jamás. Hugo Chávez, José Vicente Rangel (ex vicepresidente), Isaías Rodríguez, Luisa Ortega (actual Fiscal General) y un grupito dentro de la Fiscalía se buscó un testigo de la conspiración para matar a dicho Anderson, quien juró que Patricia Poleo, y otros, se reunieron en Panamá y planearon la muerte del fiscal asesinado. Que no se pudiera probar que Patricia conociera de vista o trato a dos de los conjurados, que jamás saliera de país por esos días a planear esa muerte en Panamá, o que el testigo estuviera preso en una cárcel colombiana para el día que dijo se reunieron, ha valido de nada. Contra la mujer continúa la acusación, sin pruebas, sin testigos, sin causa probable… pero permaneciendo allí, como una amenaza latente, para que jamás regrese al país del que tuvo que huir una noche.
Pero nadie descansa, ni ella, ni esta gente. Continuando con su trabajo desde el exilio, la mujer no deja descansar a Chávez y a su gente en el rigor de sus vicios, por ello se le atacó nuevamente a nivel personal: en la persona de su hija, una beba de trece años para el momento. Dirigido desde las oficinas situacionales de Miraflores, bajo inspiración cubana, salió el video de una bonita moza morena sosteniendo relaciones más que amateur con hombres, bajo el título de “las andanzas de Germania Poleo, la hija de Patricia Poleo”, con una vaga insinuación de prostitución. ¿Imaginan semejante ataque contra el nombre y reputación de una niña de trece años, en un video con tal denominación en la red, al alcance de cualquiera? Aún sin ser encontrado o visto, está allí, presente para ser comentado a media voz, con burla, con rencor. Con odio. La verdad es que uno no puede ni imaginar el dolor que una mujer como Patricia Poleo, dura, curtida en mil batallas, pudo sentir al ser atacada así, en su hija, en su niña, en su logro más hermoso y puro. Que la moza en cuestión no se parezca a la niña, ni tenga cuerpo de niña, evita que desde los canales del Estado venezolano, y de los mil sitios Web controlados, se le atacara, con la basura que sale generalmente de esas bocas tarifadas.
En la red, en mil sitios, leyendo sobre el incidente, se dice veladamente que todo fue obra de Desireé Santos Amaral, una mujer vieja, una reportera de toda la vida, combativa (o lo simulaba), a quien antes se le creyó decente, enemiga jurada de Carlos Andrés Pérez, de sus vicios y corruptelas, defensora de los derechos humanos y de la libertad de expresión, convertida ahora en parodia chillona, agresiva y vulgar de lo que antes condenó. Sin tapujos, o disimulo, alza el garrote que antes denunciaba, pero para ella, eso está bien. Verla una noche gritando, a la entrada de un hospital, que arrojaran a Alfredo Peña, alcalde metropolitano de la época, en el suelo y lo mataran, que lo mataran allí mismo (no es que me lo contaron, las escaneas aparecieron en televisión), fue dantesco. Su rostro, transfigurado por la rabia y frustración de saberse más vieja y menos sabia, era horrible. La mueca misma del odio demente. El mismo rostro (aunque más ajado, no lo plancha antes de salir), que mostró cuando fue al MERCOSUR a atacar a Leopoldo López, un hombre que fue impedido de competir por la alcaldía metropolitana porque el Contralor General de la Republica lo inhabilitó políticamente, aunque la Constitución sostiene claramente que únicamente después de ser condenado en un juicio una persona pierde sus derechos políticos. Verla gritar toda demente, temblorosa, que esa gente no eran inhabilitados políticos sino delincuentes, sin explicar por qué ningún juicio se llevaba al respecto, la retrató de cuerpo entero. Y no era una visión muy bonita (y aquí hago un alto, conozco mujeres cercana a los setenta que se ven bien, armónicas, arregladitas, la pobre Desireé parece que vive llevando sol y agua en el patio de su casa, si no estuviera algo gordita sería difícil diferenciarla del general Rojas Müller, quien parece una momia andante).
Y es de ella de quien se sospecha que dirigió la maniobra contra la hija de Patricia Poleo, en una operación llamada Daniela (vayan a saber por qué), para lastimar a la dura reportera exiliada. Ahora, pasado los años, recordando su odio contra Carlos Andrés, uno debe detenerse un momento a pensar en si era cierto o no el rumor de que todo su odio venía de que Pérez no quiso nada con ella, por mal arreglada. Por decente y honorable sabemos que no fue. Ahora lo sabemos. En fin, suerte, Patricia. Lo siento por tu muchacha, pero llegará el día en que cada quién tenga que responder por sus acciones, ese día Desireé, y su operación Daniela (o “basura contra una niña”), responderá también.
Julio César.