
La llave a las tetillas se veía… caliente.
Nunca me había gustado esa vaina de la lucha libre, o del club de la pelea, pero cuando Román me invitó, fui por curiosidad. Verlo sin camisa, brillante de aceite, enlazando su cuerpo contra Martín, seboso también, era inquietante. Verlos enroscados en el piso, manos tocando, brazos apretando, piernas atenazando… bultos destacándose, frotándose, me aclaró qué era lo que a la gente tanto le gusta de la fulana lucha. Contuve la respiración cuando el carajo, Martín, derribo de panza a Román en la colchoneta, y su mano atrapó el borde del pantaloncillo, bajándolo. Supe que la lucha tomaría más cuerpo.
Julio César.





