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DE AMOS Y ESCLAVOS… 11

noviembre 22, 2014

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 10

MUSCLE HOT

   ¿Cómo llegó a eso? ¿Cómo le redujo a ser su juguete?

……

   El calvo sujeto, lleno de tatuajes y piercing en cejas, nariz y un lado de la boca, parece mayor de lo que es realmente. El lugar es largo pero estrecho, el techo bajo y la iluminación indirecta en casi todas partes, lo hace ver algo chico y sofocante; desde la barra, donde habla con otros dos tíos, pelones también (por elección), mira tatuajes en folios, mientras otras personas recorren la especie de galería, viendo tatuajes y piercing en fotos de personas. Algunas realmente grotescas.

   -¿Galdo? –pregunta una voz estrangulada.- Vengo de parte de Hank… -el hombre, con mirada indolente, se vuelve hacia el joven hombre negro.

   -¿Eres la futura perra de Hank? Me dijo que vendrías, tal vez la semana que viene. Veo que tienes prisa por servirle. Eso es bueno, chico, que te mueras por satisfacer a tu hombre. –le dispara a boca jarrón, frente a los otros dos, que también le miran.

   Y Roberto desea caerse muerto.

   -Creo que me equivoqué de lugar. –grazna, intentando la retirada robándole fuerzas a sus debilidades. En cuanto le sonríe, odia a ese sujeto flaco y feo al que podría vencer de un solo carajazo.

   -¿Seguro? ¿No se te hizo una oferta condicionada? Conozco a ese carajito, debes estar corriendo contra reloj, y él no espera por nadie.

   -Bien, yo… -no sabe qué decir, ¿cómo explicar lo que siente si él mismo no lo entiende? Y esos sujetos mirándole, todos con cierto aire de superioridad, no ayudaban.

   -¿Por qué no pasas, ves y hablamos? –ofrece, sonriendo otra vez.- Prepararte para ser su perra sumisa y bien acondicionada llevará tiempo. –y Roberto se estremece violentamente antes las palabras, las sonrisas y las miradas de los otros.

   Quiere escapar, pero sus hombros caen y sigue la dirección que el brazo del sujeto le señala. Reparando, y odiándole otra vez, en su sonrisa satisfecha al ser obedecido. Cruza la barra y una puerta tras ella. Un pasillo minúsculo, oscuro, una luz rojiza bañándolo todo, cruza frente a puertas abiertas, cubiertas con collares de abalorios como únicas “puertas”. Entran en uno, mejor iluminado. Y Roberto se estremece otra vez. Hay una mesa tipo para masajes, con extremos móviles, con apoyadores para brazos y piernas. Las paredes están decoradas con látigos, correas, cadenas. Fustas. Consoladores. Lo mira todo con desconcierto. Y sus ojos caen sobre la imagen.

   Su corazón late con fuerza, dolorosamente, la boca muy seca. Hay un afiche a todo color, visible a pesar de la luz rojiza. Un musculoso y joven hombre negro está usando un ball gag, rojo, que muerde con expresión de gozo aunque su rostro está ladeado contra el suelo, sus brazos en la espalda, sus muñecas atadas, una bota negra y lustrosa se apoya entre sus omoplatos desnudos, reteniéndole allí, sometiéndole. Un tío blanco, de expresión marcial y prepotente, es quien lleva la bota. Hay una nota escrita con letras góticas, sabe que rojas también: Un negro feliz ocupando su lugar.

   La imagen es ofensiva, molesta; si la policía llegara… pero no puede dejar de verla. A sus espaldas, recorriéndole con la mirada, como un tasador que comprueba la calidad de un gallo de pelea, Galdo cruza los brazos sobre el pecho.

   -Cuando dije “prepararte para ser una perra sumisa”, te molestaste. Lo noté… pero estoy seguro de que también te gustó. Juraría que una parte de ti respondió a ello. –sentencia, sorprendiéndole. Se miran.- Esa imagen… te pone caliente, ¿verdad? Te imaginaste allí, cara al piso, la bota de Hank sobre ti…

   -Yo… yo no… No sé cómo… -se ve realmente agitado, casi atrapado. Desea gritar, pelear, huir. Entender.

   -Dime… ¿no has sentido que algo falta en tu día a día? ¿Qué en tu vida no todo es satisfactorio? ¿Eres exitoso? ¿Tienes pareja? ¿Emprendes algo y lo consigues, o lo terminas al menos? –le estudia.- Seguro que no. Ni sabes qué tienes, aunque te provoca enojo. Te has acostumbrado a vivir sin estar completo.

   -¿De qué coño hablas? ¡Soy un hombre completo! –ruge, luego parece confuso.- O lo era hasta que…

   -No, Hank no te hizo nada. Él tan sólo lo notó… Tu  vacio. Tu anhelo. Tu… deseo de ser sometido.

   -¡No! Yo…

   -¡Silencio, perra! –le ruge y Roberto calla automáticamente, casi como un reflejo.- No hay nada malo en ti, amigo. No estás enfermo ni eres un anormal. Tan sólo… tienes deseos diferentes. Otros apetitos. Deseas, y sospecho que necesitas, sentirte controlado, ser llevado, usado. Una parte de ti precisa ser humillada en sus remilgos… tomada a la fuerza. Expuesta a otros. –le mira a los ojos.- ¿Te imaginas en cuatro patas, frente a Hank, y este mostrándote a sus amigos? –la idea era horriblemente sucia y caliente.- Quieres eso. -alza un dedo hacia el afiche, sonriendo.- Incluso ser atado. Sentirte y saberte atrapado por tu superior. Tu dueño. Tu amo. –baja a voz.- Tu hombre. Porque eso quieres, servir a un hombre. Tener a uno que te controle y te tome cuando quiera. Que incluso te monte en sus piernas y te azote.

   -Eso suena… horrible. Una persona que desee eso…

   -No. No es una enfermedad ni una aberración; no estás mal, sólo… quieres sentir algo más. Fuerte. Extremo. Es parte de ti. –su mirada es casi hipnótica.- Quieres jugar a pertenecerle a un macho.

   -¡No! –jadea otra vez. Nunca dejaría que le pasara eso. Llegar a eso.

   -Okay, okay, no perdamos tiempo. Aquí siempre tengo mucho trabajo y no hablo de tatuar o perforar para piercing, hablo de los que quieren ser iniciados para sus amos. Desnúdate. –ordena dándole la espalda, encendiendo lámparas cerca de la mesa.

   Roberto libra una dura batalla interna. Todo lo dicho por ese sujeto sonaba horrible, degradante. Si, enfermo. Debía escapar, pero… sabía que el tiempo era su enemigo. Entiende que si no enfrenta eso ahora, esa… necesidad de saber, nunca se libraría de la duda. Una que atormentará y amargará toda su vida. Casi no nota que se quita la chaqueta y que hala los faldones de la franela mostrando su torso recio, musculoso, sus pectorales poderosos, sus pezones oscuros rodeados de gruesos pelos, así como los hay en la parte central de su pecho y que bajan. Temblando se abre el pantalón, sale de los zapatos pero aún duda. El tipo no le mira, pero lo sabe.

   -Dime, ¿no quieres llegar y que él te mire con aprobación, encontrándote deseable para satisfacer sus apetitos con tu cuerpo, lo que, irónicamente, es lo que más deseas? –las palabras le alarman, ese hombre parecía estar mirando en su mente, se dice mientras baja el pantalón; terminando con las dudas sale del bóxer algo largo (se resistía a usarlo chico como rebelándose contra lo que Hank le hacía sentir), y enfrenta la mirada del otro.- Nada mal, negro… -le aprueba como quien revisa un caballo.

   ¿Lo peor de esa mirada y esas palabras despectivas?, es el estremecimiento de excitación y agrado que le recorren. Sabe que tiene un buen cuerpo, que sus bolas grandes cuelgan bajo, pero su verga, en reposo, gorda, llega más abajo aún. Todo rodeado de los crespos pelos enrollados. Traga cuando el otro golpea la mesa con su palma. Con pasos lentos se acerca y sube, el culo sobre el frío y aparentemente esterilizado cuero. Era extraño, pero el cuero contra su piel se sentía…

   -Debes mostrarle a tu dueño todo lo que tienes para ofrecerle. –dice el sujeto, empujándola por el pecho haciéndole caer de espaldas. Abriendo un chorro y mojando su mano le recorre el torso. La mano delgada y fría era molesta. Una pastilla de jabón, azul, así de barata, se frota contra la oscura piel, fabricando algo de espuma.- Tu hombre querrá ver tus tetas, negro; deseará tocarlas, acariciarlas, pellizcarlas. Tal vez morderlas. Nada como unas tetas sensibles; si al clavar sus dientes en las tuyas, él nota que te mojas y gimes de lujuria, estará complacido. -con una afeitadora desechable, va depilándole. Se lleva sus buenos minutos.- Voy a recortar… -hunde los dedos y hala sobre los pelos púbicos.

   -Oye, no lo sé… -se agita otra vez, todavía muerto de nervios y dudas. Galdo le mira, ligeramente exasperado.

   -Aún ahora, ¿no se te hace agua la boca, se te pone duro el güevo y el culo te tiembla un poco ante la posibilidad de tener otra vez la verga de burro que tiene Hank en la boca, llamándote zorrita sucia y puta? ¿No te has imaginado siendo manipulado para caer de panza, tu culo descubierto, su tranca quemándote, tú resistiéndote, negándote, pero él posicionándola, metiéndotela mientras te grita que toda perra negra quiere un güevo blanco llenándola, y tú casi ya corriéndote al oírle? Nada de eso no ocurrirá si no haces esto. Y no hacerlo sería un error porque parte de ti lo necesita desesperadamente. –Roberto no puede contener un jadeo.- Sentirlo, desearlo, querer sometértele puede parecerte horrible porque te entregas, pero no hacerlo puede ser peor. Imagina una vida de insatisfacciones, de furias, de sentirte frustrado, ¿no es peor? Deja salir toda esa necesidad que tienes de ser tomado por un hombre, de servirle como su sumiso juguete. No eres el único, chico. –habla y recorta con una afeitadora eléctrica. Lo deja bajito, el miembro se ve más grande.- Conozco a tipos que lo tienen todo, que compiten en todo como salvajes, negocios, deportes, hasta mujeres, que se vuelven mantequilla cuando un tipo les atrapa por el cuello con una mano y le amenazan con que si no dejan de joder le cogerán duro y le harán llorar. No imaginas cuántos se ponen mal con eso. O cómo disfruta el tipo grande que bajándose de un autobús lleno de amigos siente la mano de otro de ellos metiéndose en su culo, jurungándoselo frente a todos, que ríen. Muchos desean eso, ser tocados así… Tomados.

   Habla y habla, pero ya Roberto no le oye, perdido en sensaciones como está. Sus muslos y piernas son depilados. Sus axilas igualmente, y el paso de la afeitadora por ellas era casi sensual. Su espalda y nalgas corren igual destino.

  -La gente verá que no tengo pelos…

   -Diles que practicas natación por las nenas en la piscina.

   Sin embargo, ese temor a ser descubierto lampiño, le parece la menor de sus preocupaciones. Lo que teme es lo que ocurre en su cabeza, el imaginar lo que Hank puede hacerle con esa enorme, blanca y gruesa pieza de carne palpitante entre sus piernas, metiéndola allí, en su redondo y cerrado culo que es frotado con jabón, mucho, halado con un pulgar para ser recorrió con la afeitadora, una y otra vez, luego enjuagado.

   -Ahora el enema.

   -¿Qué? –logra escapar de esa nube de sensaciones oscuras. Alarmado otra vez.

   -Necesitas un enema para limpiarte, y debes hacértelos tú mismo antes de ir con tu hombre. Usa esta solución. –le muestra una bolsa como de suero.- A muchos carajos que gustan de dominar y someter, aunque no lo admitan, les encanta saborear los coños calientes de sus putas. Meterles las lenguas muy hondo para oírles gemir. Dicen que no para darles placer sino para que las patéticas perras vean que son unas putitas calientes; aunque, personalmente, creo que hay algo de una cosa y la otra. Por eso debes llevarlo muy limpio. –y lo dice mientras ya trae la bolsa terminada en la delgada cánula de boca chica, la cual aceita y mete, logrando que el semental negro en cuatro patas se tense y arquee la espalda ante la invasión. Sorprendiéndose, joder, un espejo que no había visto. Allí está él mismo, mirándose mientras le aplican un enema por si otro carajo quiere “comer su coño”. Aprieta los dientes cuando el líquido entra, cálido, mililitro a mililitro, llenándole. Y allí lo deja. Jadea, esa vaina arde un poco ahora.- Aguanta. –es un ardor desesperante, la cánula sale y la entrada le molesta como si picara.- Suéltalo. –y si pudiera habría enrojecido al verse allí, en el espejo, en cuatro patas, desnudo y depilado, de su culo manando un chorrito con potencia que cae dentro de un balde.- Bien. –aprueba el otro, sonriéndole horriblemente sardónico y alejándose.

   Esa mirada era… la línea de pensamiento es interrumpida por otro jadeo del hombre negro. ¡Su culo ardía! Sentía la entrada como más irritada. Y sin pensarlo llevó una mano a su trasero y tocó su entrada, estremeciéndose, erizándose. Joder, ¡se sentía tan bien al tacto!, graznó al pasarse el dedo una y otra vez.

   -Hay que hacer algo con tus ropas. –le oye decir y casi con violencia aleja la mano de allí, el dedo de la entrada de su culo donde estuvo a punto de penetrar. Abre los ojos, que no sabía había cerrado, con un leve y vergonzoso jadeo cuando tres dedos vuelven, aceitados en algo, frotándole de manera acariciante la entrada misma de su agujero.- Hidrátalo para que no parezca cuero seco. Vamos… -nalguea sobre la redonda masa de carne, indicándole que se ponga de pie.

   Más avergonzado, Roberto obedece, su tolete medio alzado. El otro sonríe leve pero no comenta nada.

   -Debes mostrar… -saca de una gaveta un bóxer corto que al joven negro se le antoja dos tallas menos de las que le toca. La prenda es suave.- Hank se ocupará de esto, no te preocupes. Póntelo.

  Obedece. La tela es increíblemente suave, elástica, buena. Sobre sus muslos en una caricia… y le cuesta meterse en ella.

   -Es pequeña. –grazna.

   -Es el tamaño justo para juguetes como tú.

   Las manos del otro se mueven terminando el trabajo y Roberto, totalmente avergonzado pero también estimulado, cierra los ojos otra vez, estremeciéndose. Termina y se mira en el opaco espejo de cuerpo entero. Una poderosa ola de calor le recorre. Mierda, se ve del carajo. Hasta a él le gustaría ver a otros así. Si, es una pieza pequeña que parece apenas cubrir sus caderas, por donde la tela parece subir un poco más que al frente, donde se ve el nacimiento de sus recortados y putones pelos púbicos. Su tolete fabrica un buen bulto, que hala hacia adelante y abajo. Temblando más, expectante ante lo que espera ver, se medio vuelve. Dios… sus nalgas redondas y musculosas se ven tersas, grandes, la tela las cubre valientemente aunque una poca se hunde en el centro, haciéndole ver más provocativo. También se ve el nacimiento de la hendidura entre sus nalgas. Por abajo casi deja el final de los glúteos fuera.

   -Te ves bien. Hank sabe elegir sus juguetes. –oye la aprobación.

   -No creo que pueda usar algo así.

   -Quieres hacerlo. Vamos, hazlo. Ve para su casa y se un buen negrito para tu amo. Muéstrate, que vea lo que haces para satisfacerle. Vivir para servirle puede ser tu destino. –va hacia la puerta.- Ya nos volveremos a ver. Aún no terminas tu preparación. Te faltan los aros y tatuajes.

……

   Y si de piezas íntimas blancas se trataba, Gregory Landaeta también pasaba sus sofocones con ellas. Atacado de una fiebre exhibicionista que ni él mismo entiende, o creía padecer, entra en aquellas tres mínimas paredes de material sintético, con una cortinita que cubre la entrada, que sirve de probador. Entrar, quitarse los zapatos, bajarse el pantalón, despojarse de su bóxer ajustado y entrar en aquella basurita de licra blanca, una tanguita que nunca en su vida usaría ni en una cita, es una sola cosa. No piensa, va en automático. Al igual que Roberto, se mira al espejo y no se cree. La tanga se ve tan pequeña, tan elástica, ajustada y putona que siente calorones recorrerle por todos lados. Volviéndose ve sus nalgas alzadas, medio glúteos afuera, y la visión era calentorra. Uno leves toques a un lado de la entrada le tensan, pero es ese vendedor cuarentón, bajito, algo obeso, con cara y figura muy poco atractiva, pero cuyos ojos se iluminan ante la visión del enorme y guapo tío negro con la franela alzada, sus cortas medias de paño y la tanguita blanca.

   -Si, se le ve fantástica. Haría ovular a las mujeres en la calle si saliera vistiendo así. –dice, intuyendo lo que el otro quiere escuchar, sabiendo que acierta al verle expandir el tórax con satisfacción.- Es una pena la diferencia de pieles bronceadas. Debería ir a la playa y tenderse con esto… -y de su hombro toma una tela aún más mínima, también elástica, licra, un hilo dental blanco.

   -No creo…

   -Pruébesela. –reta y ofrece.- Nada más ver el resultado valdría la pena del trabajo así no compre nada. ¿Por qué no se quita la franela?

   Esas palabras le marean. El sujeto da media vuelta mientras, todavía dudando un segundo, Gregory se despoja de la mínima prenda, tomando la aún más chica de la mano alzada del tipo que le da la espalda. No sabe si quitarse la franela, pero al intercambiar las prendas con el sujeto, verle tomarla sin volverse, llevándosela al rostro, le hizo perderse. Se la quita.

   -¿Qué tal? –pregunta, alto, joven, fuerte, musculoso, negro, con sus medias de paño y el mínimo hilo dental, apenas un pequeño triangulo muy deformado por su güevo y bolas, dos tiritas difíciles de ver que suben por sus caderas.

   -Maravilloso… -grazna embobado, pero se rehace.- Le queda maravillosa. ¿Y atrás?

   Gregory no duda ya, se vuelve, su espalda ancha y recia, su cintura delgada, los huesos de las caderas visibles, las tiritas que las rodean y se unen en un pequeño triangulo que desaparece en otro hilo antes de perderse dentro de esas increíbles moles de carnes negras y firmes. Volviendo la vista sobre un hombro, mira al vendedor. Y jadea. La expresión embotada de ese sujeto le mantenía casi hipnotizado. Saber que le gustaba, que le gustaba mucho, que estaba rendido ante su atractivo, le debilita. Sin embargo da un bote cuando le ve caer, gimiendo un poco por el esfuerzo, sobre una rodilla. Se miran, uno de pie, mirando sobre su hombro, el otro inclinado.

   -¿Qué haces? –pregunta con voz rota.

   -La etiqueta… -dice como si tal cosa. Y aunque Gregory sabe que está mal, que no debería, permite que el sujeto con sus dedos cortos y gruesos, lenta, muy lentamente, le acomode la etiqueta de la pieza, metiéndola dentro del pequeño triangulo, rozándole la piel de la baja espalda.- Es… maravilloso. –grazna, totalmente entregado. Y sus palabras marean otra vez al hombre más alto.

   Por ello no es raro que se quede quieto cuando el vendedor acerca más el rostro, bañándole con el aliento de su respiración pesada, o que, trémulamente primero, luego con más osadía al no ser rechazado, cubriera, o lo intentara, con las manos abiertas las duras y redondas nalgas. Separándolas y notándose la visión de aquella tirita blanca entre las negras masas, ensanchándose más abajo para cubrir las bolas, a cualquiera le habría provocado un infarto.

   Gregory no sabe qué esperar, o qué espera a secas, pero traga y se queda quieto cuando el bigote del tipo le cepilla la raja al acercar más la cara, estremeciéndose al oírle aspirar ruidosamente, aparentemente deseando intoxicándose con el olor a macho. Y la punta de la nariz frota de sus nalgas, luego los labios, el bigote. El tipo, como un poseso, mete la cara entre sus nalgas, llevándola de adelante atrás, subiendo un poco, frotándole con todo.

   Esa vaina estaba mal, un hombre no debía dejarse hacer eso, piensa Gregory, olvidando intencionadamente todo lo ocurrido ya. Pero echándose un poco hacia atrás, separando también las piernas, prácticamente queda sentado sobre la cara de ese tío que ahora lengüeteaba en su parte más íntima y privada de su ser. La idea, la visión ante el espejo, todo era de una locura caliente. Su pecho musculoso de buenos pectorales sube y baja, entregado a las sensaciones que lo recorren, al hombre que le está sorbiendo ruidosamente el culo sobre el hilo dental. Mira como su propio tolete, apuntando hacia abajo, se levanta, endereza la tela, halándola, bajándose en la cintura, los pelos púbicos escapando, la raíz de su gruesa verga negra dejándose ver.

   -¿Ocupado? –le sobresalta una voz, y casi grita con el corazón a punto de un infarto. La cortina es corrida y un carajo delgado y alto, les mira con sorpresa.

   -¿Está ocupado? –pregunta alguien a sus espaldas y el corazón de Gregory cae a sus pies. Dios, iban a descubrirle en esa vaina de maricones.

   -Mucho. –es la respuesta del joven, mirando fijamente al tío grande, entrando y corriendo la cortina tras él.

CONTINÚA…

Julio César.

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 25

noviembre 17, 2014

… SERVIR                         … 24

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

OSO GAY

Todo chico busca, lo sepa o no, su osito cariñosito…

……

   El timbrado del teléfono despierta a Jeffrey Spencer de manera brusca, casi haciéndole caer del sofá donde se adormiló leyendo algo, perdido momentáneamente entre lo que soñaba y la realidad. Se sienta y se tiende hacia la mesita del centro, tomando el móvil… presionándose con la panza el abultado pene dentro de su bermudas holgado. Había estado soñando con lo ocurrido con el jefe Slater tres noches antes, siendo tomado otra vez por el inmenso hombre de ébano de verga titánica, reviviendo como en una película cada detalle, apareciendo luego, de la nada porque no estuvo, ese otro hombre apuesto, musculoso, desnudo y erecto…

   -¿Si? –responde todavía confuso.

   -¿Abogado? Soy el detective Selby. –responde una voz profunda y varonil, la de ese hombre con quien soñaba poco antes, desnudo y de verga tiesa, caminando hacia él.- Necesito verle… ¡Ahora!

   -Oye, no sé… -duda, sus instintos quieren prevenirle de algo.- Estoy esperando a mi esposa para cenar y…

   -Es importante, abogado. Es sobre Marie Gibson. –el nombre le hace tragar saliva y decidirse.

   -Okay…

   -Perfecto, te espero en… -le tiene que repetir las señas tres veces porque esos nombres no le suenan de nada, y cuelga.

   Ahora, algo ofuscado, Jeffrey se pregunta por qué aceptó tan pronto. Marie Gibson, por ella, claro. El nombre le inquieta. Toma una rápida ducha, se viste y toma un taxi para asegurarse de no perderse por el camino, recostándose del asiento.

   Marie Gibson. La ex mujer de Robert Read. Esa tarde, leyendo sobre el Matadero, asó como algunas declaraciones de vecinos, encontró que todos hablaban de “un mal aire” en el lugar. Un “ambiente” hostil. Lo entiende, nada más ver las fotografías del expediente se le erizó la piel ante la realmente imponente fachada. Y recordó cuando, de chico gustaba leer cuentos e historias sensacionales, supo de la última de los Winchester, heredera de un imperio hecho con el arma que mató a tantas personas, de quien se decía que había enloquecido construyendo una casa siniestra y laberíntica para alojar a los fantasmas que la atormentaban. Contaban que la casa era realmente inquietante. Así era el Matadero. Claro, eso era lo que pensaba mientras leía, recostado en su sofá, adormilándose. ¿Y a dónde fue al caer en el sueño? ¿Al horrible lugar? No, al regazo del jefe Slater.

   Se revuelve incómodo en el asiento, había sido un vívido sueño de las cosas que habían pasado en aquel cuarto de entrevistas dentro de la prisión. El poderoso y musculoso hombre negro, aunque algo obeso, una panza dura, sentado muy abierto de piernas sobre la silla metálica, con su pantalón y largo bóxer en los tobillos, y él, Jeffrey Spencer, sin el saco, sin sus pantalones, vistiendo únicamente la pantaleta de su mujer, que subía y bajaba el culo de su pelvis, atrapando y soltando con sus entrañas el grueso y largo güevo de ébano que le abría imposiblemente mucho, llenándole con su dureza, sus rugosidades, su calor y su casi afiebrado pulsar. Sentirla adentro, llenándole las paredes del recto, dándole en la próstata, le hacía gritar, ronco y babeado de pura lujuria.

   El otro hombre no hacía nada, recuerda con vergüenza, era él, las manos en los respaldos del asiento, los pies sobre el piso, también muy abierto de piernas, quien subía y bajaba su urgido y muy abierto culo sobre el falo, cogiéndose, atrapándolo todo y todavía meneándose un poco, impúdico, sin poder controlarse, para sentirlo agitarse en su interior. No podía pensar, no con ese güevo en sus entrañas, sino en rozarse de él. En un momento dado, transpirado, totalmente controlado por las endorfinas en su sangre, se dejó caer contra el sujeto, cerrando los ojos, gimiendo, su pecho agitado, quieto, la pantaleta algo apartada de un lado, su culo muy blanco totalmente abierto por una de las piezas masculinas más oscuras y gruesas que alguien pudiera imaginar. Y allí, así, Jeffrey casi convulsionó de placer y más ganas, con ese tolete duro que palpitaba con fuerza, mojándole.

   -Mierda… -el jefe Slater gruñó casi contra su oreja, tono ronco y oscuro, una voz preñada de sorpresa pero también de lujuria, pudo reconocerla y eso estremeció más a Jeffrey, quien podría jurar que el hombre negro lo sintió, con su recto sufriendo poderosos espasmos que sobaban, apretaban y halaban del tolete metido en su interior.- Casi todos mis amigos son negros, abogado, y de tarde en tarde, entre borracheras, escuchaba a alguno comentar lo mucho que gozaban los chicos blancos montados sobre un buen güevo oscuro; de cómo les enloquecía ver uno endureciendo frente a sus ojos; que lo sepan o no, todos deseaban mamarlos, saborear sus leches, tenerlos bien metidos en sus culos mojados y calientes que se transformaban en ardientes coños para los hombres de color… Mi mejor amigo me contó que una tarde, cuando su hermana menor iba a casarse con un tío blanco, mientras se duchaban todos apresuradamente para ir a la iglesia, ese crío se le quedó viendo la tranca, que creció, sorprendiéndole, mareándole. Y el muy sucio hizo que se la tragara. -le contó mientras movía las anchas y ásperas manos por su torso algo suave, quemándole, erizándole, el tolete palpitándole más en las entrañas.- Siempre creí que era algo… sucio, de ociosos. De hombres que se ponen con mariconerías con dos cervezas. Pero tu culo, abogado… -le atrapó las tetillas y suavemente apretó, expertamente, como hacía con su propia mujer, y sonrió excitado al verle tensarse, arqueándose, sus pezones erectos.- Ordéñame la leche con tu culo… ¿No quieres tenerlo lleno con el semen de un negro? Imagínalo, un buen pedazo de macho de ébano llenando tu delicado culo rosa con sus espermatozoides…

   Sonaba tan sucio, los toques eran tan estimulantes, la palpitante pieza en su interior era tan obscena que todo ello enloqueció a Jeffrey Spencer, tanto que empezó otro sube y baja fuerte, rápido, rítmico, pero gritó todavía más cuando el hombre comenzó a acompañarle subiendo y bajando sus caderas, el impresionante tolete entrándole y saliéndole del culo con tal empuje que el abogado casi cae desmayado y es agitado y ensartado por la fuerza del hombre. Los blancos muslos caen sobre los de color, que lo llevan de aquí pata allá. El joven gime, sus pezones son apretados más fuertes, de su propia verga dentro de la suave pantaleta que le aprisiona y acaricia, mana un río de jugo.

   -Sácame la leche, abogado. Sácame la leche, chico blanco. –le gruñó al oído.

   Y Jeffrey cayó otra vez sobre la verga, los pliegues de sus nalgas, muy pálidos, contrastando con la oscura piel de la lustrosa verga metida. Y sube, muy lentamente, el anillo del culo fieramente cerrado dándole la apretada de su vida al otro mientras siente en las paredes de su recto todo el paso de la nervuda pieza. Se la hala y chupa, y baja, apretando más. Sube y baja.

   -Ahhh… -es lo único que puede gritar en todo momento.

   -¿Te gusta, chico blanco? ¿Te gusta sentir esta enorme verga negra en tu rosado culo? Tómala. Tómala toda. Es una verga hecha para los chicos blancos. –le gritaba mientras sumaba también sus embestidas.

   El hombre de color rugió, casi blanqueando los ojos, tensando los muslos, doblando los dedos dentro de las botas. Ese culo apretado y sedoso lo cubrió otra vez, y lo sintió, como de sus bolas manó un rio de lava que recorrió su pieza, tan caliente que también Jeffrey lo notó, volviéndose a mirarle. Y disparó entre jadeos agónicos de placer indescriptible, mientras su verga temblaba. Las cargas chocaron una y otra vez en las entrañas del abogado, quien se tensó también, sintiéndose desbordado, perdido, y sin tocarse su propio tolete soltó su carga también. Una y otra vez, empapando la pantaleta de su mujer. El aire se llenó con el fuerte olor del semen, del que goteaba de la pantaleta y el que chorreaba con dificultad de su culo totalmente lleno aún por la pieza de aquel hombre que lo había tomado.

   Por razones obvias, perdido en esos recuerdos (el jefe alzándose con él en peso, dejándole caer de espaldas sobre el mesón, metiéndosele entre las piernas e iniciando otra cogida poderosa, agitándole, casi meciendo la metálica mesa, gruñéndole putita blanca en todo momento), el viaje le parece desconcertantemente breve. Llega y baja aunque el taxista se queja de las vueltas dadas, el tráfico y la zona. Silenciándole con el pago y la propina, Jeffrey recorre la calle estrecha con la mirada, observando a mujeres en la esquina, evidentemente dedicadas al viejo oficio, también a uno que otro sujeto, en las penumbras, recostados de las paredes. Vaya lugar.

   Enfoca la entrada del bar señalado y penetra. Huele un tanto a rancio, cervezas, alitas de pollo y salsa picante. También a cuero y sudor. La barra es larga, hay unas cuentas mesitas y tres mesas de billar que son usadas en esos momentos. Y todos, dentro, aunque no muchos, son hombre de color. Tíos calvos, algunos de afros, barbas, de variadas edades, de muy jóvenes a maduros de cuarenta. Sólidos, mal encarados en ese momentos, todos volviendo la mirada hacia el algo bajo sujeto, muy blanco, que traga en seco y abre mucho los ojos tras los lentes.

   -Vaya, al fin. –oye un poco más allá, detectando al detective Selby, quien le hace señas con la mano.

   Con un intento de sonrisa, medio saludando con movimientos de cabeza mientras cruza, Jeffrey Spencer es totalmente consciente de lo menudo y debilucho que debe parecer frente a esos sujetos altos y musculosos, vigorosos. Negros. Todos con sus ojos clavados en él. Siente un desasosiego que le hace palpitar el corazón de forme acelerada.

   -Detective. –grazna a forma de saludo y cae sentado.

   -No es necesario anunciarlo, abogado. –le corrige el otro, tendiéndose sobre la mesita donde reposa un botellín de cervezas.- ¡Rick! –llama al de la barra y hace una señas de “dos”, sin preguntar, asumiendo que aceptará y la tomará, cosa que hace, se recrimina Jeffrey, dándole un trago a su botellín cuando llega.

   -Parece cliente conocido.

   -Es un buen lugar donde pasar el tiempo, tomar algo o jugar una partida de billar. ¿Le gusta el billar?

   -Detective… -comienza y enrojece cuando el otro le mira con intensión.- Lo siento. Pero mi esposa…

   -Creí que querría hablar con la mismísima Marie Gibson. –sonríe socarrón de su cara de sorpresa.- Y preguntarle, ¿mataste tú a esas personas? Claro, si no le interesa…

   -Si. Sí, claro que quiero hablarle. ¿Vendrá?

   -No, ella no sabe que la busco. Pero tengo a alguien que la localizó. Y aquí llega mi informante. –anuncia luchando con una sonrisa.

   Curioso, Jeffrey se vuelve y enfoca a un joven negro, algo bajo de estatura y menos musculado que el resto de los presentes. Cabeza brillante, una barbita en candado rodeando sus labios. Este sonríe algo obsequioso.

   -Llegas tarde. –gruñe Selby.

   -Iba saliendo cuando vi esto… -saca un reloj de pulsera.- Creo que lo dejaste olvidado anoche en mi casa…

   Y Jeffrey recuerda una conversación telefónica del detective, “¿Estás con vida? ¿Puedes caminar después de lo de anoche? –y rió escuchando la respuesta al otro lado del teléfono.- Tal vez deba esforzarme más la próxima vez. –amenazó con un claro matiz sexual”. Con mano trémula, el abogado toma su cerveza, el detective, ocupado como está poniéndose de pie, chocando palmas de manos con aquel sujeto, nada nota.

   Ese hombre inmenso, guapo y masculino… ¿era gay?

……

   ¿Qué quieres en verdad?, Daniel Pierce todavía se lo pregunta, aunque su mente es una vorágine, una que quiere achacar únicamente a esas botellitas de licor que sabe el peligroso Robert Read le da a tomar con cosas que le estimulan y hacen muy consciente de su propio cuerpo; pero ¿acaso eso explica por qué está de rodillas entre las piernas de ese sujeto sentado en el camastro y que su boca vaya y venga golosa sobre el enorme tolete? Porque es lo que ocurre, a la pregunta de Read, ¿qué quería en verdad?, no pudo responder, porque en ese momento no podía. Quería… quería algo que no se atrevía a imaginar y mucho menos poner en palabras.

   Quería algo que ese sujeto le hacía toda las noches y mañanas desde que le había sometido y esclavizado a sus deseos, sexo. Por el disgusto de días antes, no le había tocado, aunque le hacía tomar cosas, le aplicaba cremas a sus tetillas, le estimulaba dejándole caliente pero sin permitirle tocarse… Joder, ¡quería sexo! La idea era clara y aterradora, porque, ¿acaso no diferenciaba lo que sucedía? Aparentemente no podía, no cuando siente la inmensa mole de carne dura y palpitante atravesar sus rojos labios, aplastando su lengua y dejándola untada de los jugos que escupe por el ojete, y que sorbe y le parecen extrañamente deliciosos. Su lengua es un campo minado donde cada papila gustativa parece estallar de alegría y lujuria ante la invasión.

   El rubio cabello cae sobre su frente, ocultándole un ojo, y de rodillas, desnudo a excepción del hilo dental rosa, guapo como el Infierno, subiendo y bajando sobre la mole más oscura de carne erecta, Daniel Pierce es la viva imagen de la putez, de la entrega, del más marica de los maricas, ese que sólo vive para esos momentos, para atender y ser atendido por un hombre. Y desde las celdas opuestas es visto con burlas, con risas, pero también con lujuria. Todos lo desean, eso lo sabe mientras sube sobre el falo, succionado, dejándolo brillante de saliva y jugos, antes de volver a tragarlo, palmo a palmo, disfrutando de cada pulsada de la dura carne que agradece las atenciones de sus mejillas y su lengua que aletea ya con cierta experticia, gratificándola con más gotas salinas y deliciosas a su paladar que iba siendo educado por el sujeto. La tiene atrapada toda y cierra los ojos con fuerza, la recta y apuesta nariz enterrada entre los crespos y negros pelos púbicos del otro, que luchan por entrar en sus fosas, así como el fuerte olor del macho, la verga atravesado su garganta, pulsando más y más caliente como el fuego del Infierno.

   -¿Es lo que quieres, Tiffany, el amor de tu hombre? –oye la pregunta burlona, dicha lo suficientemente alto para ser escuchada por muchos.- ¿Es la verga de tu hombre suficiente para hacerte feliz, pequeña princesa? –no responde, ¿qué diría?, mientras los labios se contraen, un pequeño lunar destacándose en una de las comisuras, mientras devora palmo a palmo el enrojecido miembro; pero se tensa cuando una ruda mano atrapa suavemente su sedoso y brillante cabello, halando leve, por lo que abre los ojos y le mira.- ¿Sorprendida, pequeña? –y sabe que habla del placer que siente mamándole el güevo.- Ya estás listo para probar algo que te gustará casi tanto… -y le retira de su tranca, que emerge gruesa y nervuda, mojada de saliva espesa y jugos de su ojete.

   Todos contienen la respiración al verle ponerse de pie y guiar al tipo rubio y en pantaleta, cara manchada de saliva y líquidos pre-eyaculares, obligándole a caer de pecho sobre el camastro, piernas muy separadas. El peligroso reo goza el momento, disfruta su sumisión, su esperar entre asustado y ansioso, así como las vidriosas miradas de lujurias de los otros prisioneros, quienes literalmente arden de ganas de tener a su Tiffany a mano, de tocarla y hacerle a la bella putita todo lo que quieren. Agarrándose la verga, totalmente tiesa, baja mirando esas nalgas rojizas de vergüenza y excitación, redondas y paradas, donde destaca increíblemente erótica la tirita del hilo dental.

   -¡Cógelo! ¡Cógelo duro! –grita uno, ronco, manos enroscadas en la reja de su celda.

   -Préñalo. ¡Préñalo con tu leche! –brama otro, casi babeando.

   -Hazlo gritar y llorar. Entiérrasela duro y que llore. –interviene un tercero.

   Todas esas voces marean a Daniel, quien se eriza y aguarda, preguntándose por qué coño no intenta escapar, ¿qué espera? Las enormes, rudas y callosas manos del oso caen sobre sus nalgas y jadea ruidosamente, ya incapaz de controlarse.

   -¿Tu coño arde, Tiffany? ¿Gotea de lujuria? ¿Ya desea ser llenado de amor, cariño? –le pregunta burlón, pero también diciéndole que sabe lo que ocurre con su cuerpo más de lo que el propio Daniel puede imaginar siquiera.

   El hombre inca las rodillas para estar cómodo, acercando el rostro a las redondas nalgas abiertas, sus manos cubriendo las firmes carnes, la nariz haciendo contacto con la raja cubierta por la tela y Daniel abre los ojos, no sabiendo qué espera que ocurra; y Read aspira ruidosamente mientras su cara sube y baja, labios, nariz y mentón frotándose de su cuerpo.

   -Dios, Tiffany, tu coño… Tu coño caliente es capaz de volver loco a cualquier hombre. –y muerde la tierna carne cercana, suave, y lame lentamente, degustando su sabor y calor.

   Y el paso de su lengua hace estremecer al hombre rubio, que se tensa cuando la tirita del hilo dental es apartada, su rojo, depilado y titilante culo expuesto. Sabe que le tiembla aunque no sabe por qué. Un pulgar cae sobre el ojete mientras Read sonríe mirándole la cara sobre la cama, y lo frota, fuerte, de manera circular, sin entrar, y el rubio flexiona los dedos de sus pies, sintiendo cada roce, cada movimiento como una enloquecedora ola de corriente cálida que lo recorre, algo jamás antes experimentado. Medio pulgar se presiona, abre y penetra, y allí, sin ir más lejos, el peligroso convicto vuelve a moverlo, masajeándolo de manera circular el esfínter, y Daniel gime, ese medio dedo en su entrada se sentía tan extraño como increíblemente bien.

   Maestro en esas ardides, sonriendo cruel, guiñándole un ojo a los tipos fuera de la celda, Read sopla suavemente sobre aquella enrojecida y trémula entrada, la cual se estremece totalmente, abriéndose y cerrándose; y cuando abre un poco y el aire penetra, Daniel se tensa y jadea, abriendo y cerrando los puños sobre la colcha crespa que cubre la cama. Read sopla y sopla, atormentando y excitando a todos los que ven aquel vivido cuadro de lujuria, como al mismo Daniel, quien finalmente eleva el rostro, mirando al frente.

   La boca de Read cae sobre su orificio anal, cubriéndolo, soplando aún. Y el roce de los labios, como también la barba que raspa un poco, se siente indescriptiblemente obsceno. Mirando las redondas nalgas, la recia espalda que se estremece y tensa, abriendo los labios, la lengua del peligroso reo sale y aletea sobre el ojete, arriba y abajo, una y otra vez, saboreándole pero también excitándole. Daniel cierra los ojos, su cara cae sobre el colchón y gime largamente, esa lengua babosa, reptante, húmeda y caliente era sencillamente enloquecedora. No sabe por qué, o cómo, pero cuando la enfila y busca de penetrarle con ella, se siente morir de gusto.

   Lo tenía totalmente estimulado, bien, se dice Read, admirándose como siempre con lo útil que eran ciertas drogas de transformación. Separa los labios, ver el rojizo y tembloroso capullo ensalivado le encanta, con sus pulgares separa la entrada y ahora sí que pega la boca y le mete la lengua, atravesando su esfínter, aleteando con la punta en su interior. Y Daniel Pierce se siente morir de vergüenza, porque gime de puro deseo; se agita, sus nalgas se abren y cierran, sus mulos se tensas, no sabe de dónde agarrarse para controla la poderosa ola de lujuria y placer que le recorren todo. Siente que su culo está en llamas, unas que lo consumen pero que también le encantan. Esa boca que chupa viciosa le obliga a arquear la espalda; la lengua que le entra y sale del agujero le hace cae sobre el colchón sin fuerzas. La boca se separa lentamente, la barbilla barbuda dejando el rojizo y lampiño agujero, con hilillos espesos de saliva que se dejan ver antes de caer, para volver y repartir besitos ruidosos. Y Daniel cierra los ojos, tiene que hacerlo, para no gemir, para no pedir por más; ¡por Dios, ¿qué era eso?! Necesitaba esa lengua en su culo otra vez.

   -¿Te arde, Tiffany? ¿Tu coño ahora sí que está hecho agua? –le oye, ronco y dominante, mientras le acaricia las nalgas de manera posesiva disfrutando tocar lo que le pertenece, todo ese bonito carajo en tanga, semi desnudo y totalmente caliente.- A todas las nenas les gusta. El hombre que sabe lo que hace tiene que trabajarlos, metiéndoles la lengua para ponerlas ruin, y mientras tanto… -casi suena a una amenaza y Daniel se asusta, ¿qué planeaba?- …También hay que jugar con sus clítoris.

   El mundo se viene abajo para Daniel Pierce cuando grita como una verdadera puta, con la frente fruncida, la boca muy abierta, avergonzado y humillado frente a una buena cantidad de tipos que le gritan vainas, que lo llaman puta, que incluso han sacado sus miembros y se masturban. Perdió todo control cuando el rostro caliente se acercó a sus nalgas, cuando esos labios besaron repetidamente su culo tembloroso, antes de cubrirlo, la lengua larga y caliente penetrándole, una y otra vez, cogiéndole con ella, al tiempo que una mano del oso se mete entre sus piernas y con la punta de los dedos recorre el espacio que va de su culo a sus bolas, acariciando sutil, como en cosquillas, repetidamente. Y ese toque es terriblemente erótico, tanto que el hombre rubio gime y se revuelve en la cama, agitándose todo, como buscando dónde meter tanta excitación, todo su cuerpo es una tensa cuerda que ese sujeto estaba afinando.

   En su mente nublada, torturada, trabajada, esa lengua que entra, que abre su culo, el cual casi lo hace solo para dejarle penetrar, para sentirlo cogerle, se suma al increíble gozo de esos dedos que le acarician allí, nunca imaginó que ese pedazo bajo sus bolas fuera tan sensible; sabiéndose imposiblemente duro dentro de la breve tanga tipo hilo dental, donde su tolete babea y se estremece, se sabe perdido. No lo nota, o no quiere, pero su culo va y viene contra esa cara, buscando esa lengua, pero también contra esos dedos, de donde se frota casi de forma circular. Necesitaba de todo.

   Separando el rostro, enrollando su lengua, Read le apuñala una y otra vez el orificio, mientras atrapa el duro y palpitante falo de su princesa con una mano, sobre el hilo dental, y le da leves frotadas de arriba abajo, muy lentas para torturarle; sabe que su nena está a punto, que quiere correrse, pero no le deja acabar. Lo soba, le excita, pero no lo deja llegar. Y el hombre rubio gime, en voz alta, ronco, desesperado. Y todos le miran, ojos casi saliéndose de sus órbitas. Y ocurre, Read lo esperaba, pero sería una sorpresa para todos los demás, comenzando por Daniel.

   -Por favor… por favor… -gime y echa el culo hacia atrás cuando la lengua casi le llega al estomago por ahí. Read sonríe sigue tocándole, sigue metiéndosela.- ¡Por favor, cógeme! –pide todo tenso, para terminar gritando a todo pulmón.- ¡CÓGEME! ¡CÓGEME, POR FAVOR!

CONTINUARÁ…

Julio César.

NOTA: Les recuerdo que es un relato de malditos. Pobre Daniel.

SER O NO SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 22

noviembre 11, 2014

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…                         … 21

   La siguiente es una historia que NO ES MÍA. Pertenece totalmente al señor capricornio1967. Tan sólo la reproduzco, tal vez cambiando una que otra coma, aunque la historia ya está por ahí, completa. Es un relato maldito en toda la regla, un hombre maduro decide tomar, controlar y dominar a su joven pupilo, transformándole en algo que no quiere, ni soñaba, aunque se resiste. Lo repito, es un cuento muy maldito. Disfrútenlo:

……

EL DILEMA

Autor: capricornio1967

Capítulo VI “CASTIGO”

SEXY BOY

   ¿Terminará aprendiendo? Tal vez practicando más…

……

   -Llévese sus porquerías, Saldívar. No quiero verlo de nuevo en el equipo.

   -Señor, pero espere, yo…

   Sin dejar que Daniel termine la frase la puerta de madera es cerrada de golpe por Franco. La entrada de la casa no queda a la vista del exterior así que nadie se da cuenta de que el muchacho esta en el suelo desnudo. Viendo hacia todos los lados, el clavadista en unos segundos piensa en lo que sucedería si llegara con sus padres con la noticia de que Franco lo echó del equipo, sobre todo después de lo sucedido, además ya ha sacrificado mucho, como dijo Franco “un hombre jamás hubiera aceptado esa proposición”.

   En cierto modo es verdad, ¿por qué no rechazó el chantaje de Franco? Ahora ya es tarde.

   -No… aun soy hombre, aun soy hombre… -se repite en voz baja mientras permanece viendo la puerta de fina madera cerrada a unos pasos. Sin embargo todo está en su contra, no hay salida, no hay opciones. Someterse únicamente. Pero con sólo recordar el sabor al solo sentir un leve roce del miembro de Franco con sus labios, la repulsión vuelve. ¿Cómo podría hacerlo? Por otro lado el regresar a su casa y enfrentar a sus padres, perder esa oportunidad única en la vida también, ¿cómo podría hacerlo?

   Lo único cierto es que Franco lo tiene en sus manos y que ha manejado perfectamente bien sus cartas conduciéndolo hasta el punto en donde hasta sus padres han desconfiado de él. Tan solo en unos segundos todos los últimos acontecimientos pasan por su mente de manera vertiginosa. Apretando las mandíbulas y los puños, comprende que Franco lo tiene dominado, no puede desobedecerlo. No debe hacerlo. Se levanta acercándose a la puerta de madera y toca con los nudillos fuertemente, para que Franco lo escuche.

   Los segundos pasan lentamente sin que reciba alguna respuesta, vuelve a golpear la puerta con la mano, desnudo aun. La desesperación del joven aumenta, nadie responde a su llamado. Empieza a llamar a Franco mientras aumenta la intensidad de los golpes en la puerta.

   -Coach, señor, por favor, coach… -repite incesantemente.

   Después de unos largos minutos de estar gritando y tocando la puerta se oye la voz grave de Franco, quien contesta sin abrir la puerta.

   -¡Lárguese, Saldívar!

   -¡Por favor, señor! ¡Deme una oportunidad! –suplica, vencido, entregado totalmente mientras recarga la frente contra la puerta.

   -¿Oportunidad de qué? -Franco no puede ocultar la sonrisa siniestra mientras toma su miembro en sus manos y empieza a masturbarse oyendo al muchacho suplicarle.

   -Yo… -sus palabras se cortan, trata de controlarse y de someterse pero le cuesta.

   -Solo hay una oportunidad y USTED sabe cuál es. ¿Está dispuesto a TODO?

   Antes de responder, Daniel hace una pausa sin despegar la frente de la puerta, las lágrimas resbalan por su varonil rostro antes de contestar.

   -Si, señor.

   El miembro de Franco se endurece el escuchar la respuesta, algo que sabía de antemano que tenía ganado; sin embargo, el placer de vencer la resistencia y de humillar a Daniel es exquisito.

   Cuando el joven escucha que la puerta se abre despega su frente; la puerta lentamente se desliza hasta abrirse del todo. Daniel, desnudo al igual que Franco, espera en el marco mientras Franco está ya en el lugar donde se encontraban.

   -Pase, Saldívar, y póngase de rodillas aquí. -le señala el lugar donde tragaría la primera verga de lo que sería su nueva vida.

   -Señor… -todavía intenta, pero en sus ojos lo ve: la última oportunidad.

   Resignado el joven camina hasta el lugar donde Franco le aguarda; sin querer pensar en lo que le espera, se arrodilla mientras el hombre se coloca directamente al frente y mirándole al rostro, avanza acercándose más. Daniel tiene frente a su boca la enorme verga dura, babeante, roja, erecta en toda su magnitud, así como la visión del espeso vello que cubre la base de la verga y el vientre. El clavadista tiene la boca seca, sabe que debe hacerlo pero le falta lo principal: el valor.

   Sin dejar de ver su objetivo y sintiendo la impaciencia por parte de Franco, acerca lentamente sus labios a la caliente carne, puede muy bien sentir la temperatura tan alta de ese largo trozo sin siquiera tocarlo. Se detiene, necesita armarse de valor para dar ese paso decisivo, mamarle el güevo a otro sujeto.

   -¡Hágalo, Saldívar! Abra la boca.

   -Si, señor. -responde automáticamente al ver que la impaciencia de Franco está en aumento.

   Cierra los ojos mientras abre la boca, tratando de que el calibre de su boca sea mayor al de la verga del entrenador, acercándose haciendo que esa verga pase a su boca, aunque aun sin tocarla, manteniendo abierta la boca de manera considerable para no tocar esa dura carne. Una parte del grueso tolete está ya en la boca del muchacho, aunque la boca del musculoso nadador aun no se cierra para ajustarla, tocar la verga y empezar a succionarla, a saborearla.

   Las mandíbulas de Daniel empiezan a dolerle por mantenerlas abiertas en esa magnitud, sin atreverse a ajustar sus labios y boca al diámetro de la verga, siente que no podrá hacerlo, ni chuparla ni mantener la posición. El musculoso nadador se ve grotesco con las mandíbulas abiertas al máximo para no tocar el instrumento de su entrenador que esta ya tiene una parte dentro. No puede, sin atreverse empieza a retroceder, hasta que la verga está fuera de nuevo.

   -Le ayudaré, Saldívar, es obvio que necesita ayuda para aprender técnicas nuevas. -le dice Franco, tomando el cinto de sus pantalones y sujetando los brazos de Daniel en la espalda del joven, pasando el cinto por los fuertes bíceps del atlético nadador, ajustando fuertemente el cinto entre los musculosos brazos.

   Daniel queda imposibilitado de usar sus brazos y su nerviosismo aumenta; con los brazos sujetos fuertemente en su espalda, a la altura de sus bíceps, su tórax se marca más, sus músculos pectorales se hacen más prominentes y sus pezones sobresalen mas, como invitando a ser saboreados, tocados, estimulados. El muchacho trata de flexionar los brazos de manera inconsciente pero comprueba la resistencia del cinto. Está atado.

   Franco se coloca de nuevo frente al arrodillado joven.

   -Saldívar, abra la boca, meteré poco a poco mi verga en ella y usted decida cuando esté listo para empezar a saborearla. Le daré el tiempo que necesite. Pero le advierto que ocurrirá. Tarde o temprano ocurriría, a decir verdad, tiene algo de chupapollas. –nota que resiente sus palabras, pero se controla.

   -Si, señor. -Daniel respira profundo y vuelve a abrir la boca lo más que puede.

   El ruin sujeto toma con las manos la cara de del joven, sujetándolo y dirige su miembro para ensartar esa perfecta boca, lentamente ingresa la punta de la verga sin que haya contacto aun, ya que el joven permanece como la vez anterior con las mandíbulas abiertas al máximo. Las manos del hombre sujetan sutilmente la cara de Daniel, para darle confianza al deportista, dejando que transcurran unos segundos así, notando que el muchacho no se decide a dar el paso.

   -No se preocupe, Saldívar, tómese todo el tiempo que necesite. -le repite mientras sus manos aflojan un poco la presión.

   Daniel, que está con los ojos cerrados, escucha a Franco y piensa en lo que le dice para darle confianza de que se someta. Sin que espere la acción de Franco, este sujeta fuertemente su cara y empuja la verga que choca contra su paladar.

   -Mghgh. -un gemido de repulsión al sentir como esa verga choca con su paladar instintivamente cierra la boca y su lengua toca la caliente pieza del entrenador, sus labios tocan el cuerpo de la misma; trata de empujarla fuera pero Franco lo mantiene sujeto empujándole la cara contra su duro miembro. Daniel trata de retroceder aunque los muebles se lo impiden , está cercado, sus fuertes brazos tratan de liberarse, sin conseguirlo, se agrandan provocándole a Franco el placer de ver como todos sus esfuerzo por soltarse son inútiles, y como la rápida acción lo tomó desprevenido, está en una posición muy incómoda para poder defenderse o liberarse.- ¡¡¡MHMg!!! -sus gemido de protesta de nada sirven, Franco lo mantiene mamándole la verga aunque no lo quiera.

   La lengua de Daniel se mueve furiosa para tratar de empujar esa verga fuera pero solo logra recorrer el duro tronco de carne, por más esfuerzos que hace nada logra y la verga de Franco se interna más y más en su garganta.

   -Así, ¿ves, cabrón?; así aprenderás más rápido, puto.

   -NMNHHMG. –el musculoso cuerpo de Daniel forcejea, por momentos parece que sus musculosos brazos van a poder romper el fuerte cinto que los sujeta, pero el estar arrodillado lo imposibilita de usar toda su fuerza, además con los brazos atados es mucho más difícil. Franco disfruta mientras ve ese juvenil cuerpo atlético rebelándose y luchando sin posibilidades de lograr nada.

   -ASI, SALDÍVAR, APRENDA A MAMARME LA VERGA, jejejejejejeje… -le dice Franco con su voz gruesa mientras empuja mas su verga en la garganta del indefenso macho.- Así, así… ¿la sientes?

   ¡Daniel la siente! Siente como la cabeza de esa verga trata de internarse en su garganta, nunca antes había comprendido como las mujeres o los maricas pueden hacer eso sin sentir asfixia, varias veces le habían hecho a Daniel sexo oral, pero nunca había sido violento ni agresivo con esas chicas, no como el que lo estaba obligando a hacerle al entrenador. La dura verga de Franco no retrocede, más bien avanza lentamente deslizándose por entre su garganta tocándole las anginas con su glande; por más esfuerzos que el clavadista hace nada detiene el paso de la dura carne, ni siquiera puede morderla, siente como si sus mandíbulas fueran a desprenderse cuando la verga avanza.

   La desesperación en el musculoso nadador aumenta cuando siente que esa dura carne le obstruye la respiración; siente como le falta el aire por la firmeza de esa carne taponando su garganta, separando su faringe al máximo. El rostro varonil de Daniel enrojece y sus manos se crispan al sentir la angustia, ya no solo de la humillación de estar mamando su primera verga, sino de la falta de aire por la falta de práctica para hacerlo. El sudor cubre por completo su cuerpo, las gruesas gotas de transpiración resbalan por su rostro cayendo en su musculoso pecho para seguir su descenso al suelo o al abdomen. El vigoroso forcejeo aunado a la falta de aire, hace que las fuerzas del atlético nadador se agoten rápidamente. Franco disfruta viendo como tiene reducido al antes arrogante estrella del equipo, sometido a tortura física, sexual y mental, su verga disfruta un mundo la cavidad que se abre mas y mas.

   Mientras las fuerzas para Daniel se agotan, siente como todo se nubla, apenas si puede respirar, los movimientos de su cuerpo se hacen más lentos, le cuesta más trabajo responder, defenderse, tratar de evitar que esa dura carne lo asfixie completamente, pero Franco, experto en ese tipo de trances, mantiene firme su verga, atorada en esa garganta, deslizándola cada vez más profundo, mas y mas como desea hacer todo hombre alguna vez. El cuello del joven nadador se agranda, engordando repentinamente, enrojeciéndose; cuando Franco siente que las fuerzas de Daniel disminuyen empieza a deslizar su verga para dejar libre un resquicio y que pueda respirar un poco, aunque solo retrocede unos cuantos centímetros.

   Daniel siente como el aire llega de nuevo en cantidades normales a sus pulmones, siente la verga de Franco aun en su boca y en la parte inicial de su garganta, pero no le importa, toma aire y traga saliva; Franco solo le permite unos segundos de recuperación antes de volver a meterle la verga de golpe cerrándole de nuevo la garganta.

   -Mhmhm… -los gemidos de Daniel menos intensos por la falta de aire terminan cuando su garganta se ajusta al diámetro de la carne de Franco, solo que en ésta ocasión, el entrenador no la deja que permanezca obstruyéndole la garganta sino que empieza un mete y saca que permite a Daniel respirar más frecuentemente… también mamar.

   -Relaje su garganta, Saldívar, para que le quepa toda mi verga. Debe aprender cómo mamar un güevo. -le dice mientras lo mantiene sujeto de la cabeza para poder mantenerlo ensartado

   Los labios de Daniel se cierran ajustándose al diámetro de la verga, la repulsión de sentir esa carne, de sentir el sabor algo salino de ese miembro, como los vellos de Franco chocan con su nariz cada vez que este empuja todo el miembro en su garganta joven, trata de relajarla lo mas que puede, para no sentir la desesperación de la asfixia, aunque pocas gargantas tendrían la capacidad adecuada para poder recibir un miembro de esas dimensiones.

   El miembro de Franco se desliza una y otra vez dentro de su boca, sobre su lengua, aunque para Daniel ya no es tan angustiante por no sentir asfixia. La relajación le ayuda, siente como la dura carne entra y sale de su garganta y resbala por su paladar blando, para adentrarse en su faringe sin atascarse; está agotado, coloca su cuello de manera que la penetración oral sea lo menos sofocante para él, el sabor de ese miembro y tener en su nariz esa mata de vellos sigue siendo repugnante, pero al menos las ganas de vomitar han cesado. Se somete a la humillación tratando de que el momento sea lo más breve posible, en sus labios quedan algunos de los vellos púbicos de Franco, que se adhieren a su húmeda boca, la verga está empapada por la saliva que el muchacho está secretando en abundancia, por lo que escurre también por las comisuras de sus labios y algunas gotas caen al suelo.

   Franco experimenta el placer no sólo de sentirla rodeada por unos labios y pegadas a una lengua joven, sino de tener su miembro en las fauces de la estrella del equipo, el que una vez fue el más galán y conquistador, y que ahora es solo un receptor de su verga. Verlo ahí, de rodillas haciendo esfuerzos por relajar lo más posible su garganta, sin aceptarlo del todo, lo excita más. Sentir como su verga se cubre una y otra vez de la saliva de Daniel, al deslizarse hasta su garganta le causa tanto placer que gruñe, siente como el dominio sobre Daniel es mayor cada vez, aunque sabe que solo durará lo que tarden las olimpiadas, para lo que falta solo unos días. Claro, eso cree el muchacho. El hombre cierra los ojos al sentir excitación cuando su verga siente la presión de las paredes de la garganta joven, su cuerpo entero se estremece de satisfacción mientras el de Daniel de repulsión… a punto de correrse. Las bolas de Franco están llenas, duras a unos minutos de vaciar su contenido; para Daniel será la primera vez que reciba el semen de un macho en su boca, garganta y estómago, nutriéndole y cambiándole.

   -Ghhg… -los gemidos de Daniel cada vez que la enorme verga se desliza dentro de su boca y garganta, quemándole y mojándole, son constantes; aunque el forcejo ha cesado, las fuerzas van recuperándose pero no puede ni debe de luchar por lo inevitable.– ¡Ghhm! -siente como la verga de Franco se engruesa más de lo que ya está, probablemente esta lista para eyacular en su garganta, ¡no, eso no!, sus brazos están entumecidos por la fuerte ligadura del cinto en ellos, trata de moverlos pero casi no le responde.

   -¡AHHHHHHHHHHH! -los gemidos de Franco llenan la sala al sentir como sus bolas se pegan a su cuerpo antes de iniciar las fuertes descargas de semen.

   El primer disparo de semen es intenso justo cuando la verga de Franco está en lo más profundo de la garganta de Daniel; luego la desliza hacia la boca, así que el segundo disparo, igual de intenso, encuentra su blanco en el paladar del joven.

   -¡GHHGH! -Daniel siente como el viscoso líquido se pega a su paladar blando y como empieza deslizarse hacia su esófago, lentamente, ¡el semen de otro hombre! La reacción de repulsión regresa de imaginar ese líquido blanco y espeso resbalando y dejado impregnado de semen cada parte que toca al deslizarse. Sus brazos tratan de moverse con más fuerza, sin embargo Franco aumenta la fuerza con la que lo mantiene sujeto para evitar que logre liberarse. Era importante que su primera tragada de leche fuera completa. El tercer disparo de su verga es ya en la boca del joven, así como los subsecuentes. Si sentir el semen resbalando en su interior ha sido asqueroso para el joven, el sentirlo en su boca, sentir el sabor característico llenando su lengua es desagradable al máximo; los últimos disparos de semen son allí, sin darle tiempo a reponerse. Siente como su boca es castigada a quemarropa por esa verga.- ¡Ghgh! -el asco se apodera del Hércules arrodillado.

   -¡Trágueselo todo, Saldívar! -le ordena Franco mientras termina de vaciar el contenido de sus bolas en la boca del muchacho. Rápidamente saca su verga de esa boca para inmediatamente cubrírsela fuertemente con una de sus manos. – Trágueselo todo, Saldívar, si lo escupe lo tendrá que lamer del suelo.

   -Mgmhmghh… Nghnmg… -los gemido de protesta de Daniel se intensifican al sentir como su saliva se está mezclando con el semen que aún permanece en su boca; mientras se rehúsa a pasarlo, Franco lo mantiene sujeto, el forcejeo se vuelve de nuevo intenso, sin que pueda lograr que el entrenador deje libre su boca para que pueda escupir el semen.

   -Le dije que lo tragara, Saldívar, y lo hará. -le dice mientras le empuja la cabeza hasta el borde de uno de los sillones, manteniéndolo así para taparle la nariz con su otra mano.- Trágueselo, cabrón.

   -NHHGg. -los gemido de Daniel regresan, sus musculosos brazos inutilizados para oponer resistencia sólo se hinchan una y otra vez sin lograr liberarse, mientras tanto los segundos sin oxígeno son determinantes, de nuevo siente la angustia de la asfixia, sus ojos, suplicantes por la asfixia y la humillación, se encuentran con la mirada encendida de Franco, ambos machos mantienen la mirada fija en el otro, la furia y la rebeldía, el dominio y el control el vencedor y el vencido. Sentir como todos los músculos del juvenil y atlético macho tratan de liberarse de esa humillación, producen placer el más viejo.

   -No podrá aguantar más tiempo, Saldívar. Tragará. -le dice sin dejar de mirarle a los ojos. Sabiendo que la falta de aire vence cualquier resistencia, acaba con cualquier rebeldía. La sonrisa cínica se dibuja en su rostro.- Tragará.

   -¡Ghmghmg! -Daniel sabe que Franco, como siempre, tiene la razón, que tiene todos los ases bajo la manga y las oportunidades de ganarle por el momento son nulas, la desventaja es evidente y el tiempo no perdona. Está ahogándose y la agonía que ello produce es terrible.- Mghm… -los últimos gemidos de rebeldía se deja oír antes de que sienta la imperiosa necesidad de respirar. Sin dejar de mirar a Franco, multiplicando por mil su humillación, no le queda más opción que tragar el semen, pasarlo haciéndolo lo más rápidamente posible y bajando la mirada en señal de sumisión y derrota.

   -Todo, Saldívar, hasta la última gota.

   Aun viendo que Daniel ha cumplido, Franco no lo libera para que pueda respirar; temiendo que sea solo un truco, deja pasar unos segundo mas, que para Daniel parecen eternos, la mirada vuelve a nublársele, mientras el otro disfruta de ver cómo ha reducido a ese musculoso y joven macho a un perfecto juguete sexual. Solo libera la nariz cuando siente que el musculoso cuerpo se afloja por la falta de aire.

   -¡Ahhhhhhhhh! -una inspiración profunda por parte de Daniel, es seguida de tomas más superficiales y más frecuentes para tratar de reponer el oxígeno perdido.

   -Jejejejeje, así, Saldívar, repóngase, termine de pasar el sabor de mi semen en su boca. Y ahora, ¿me va a decir que sigue siendo hombre?, jejejejejejeje… – le dice sarcásticamente viéndolo mientras se repone de la asfixia.

   La rabia se apodera de Daniel por la burla a su “hombría”, y se lanza contra Franco sin lograr hacerle nada, el hombre estaba preparado para eso.

   -Jejejeje, quieto, Saldívar. -Franco detiene el ataque y aprovechando el impulso carga a Daniel en uno de sus hombros.- Aun no terminamos, no se desespere, jejejeje… -camina con el musculoso nadador en hombros mientras aprovecha para tocarle las duras y grandes nalgas.

   -Suélteme, bájeme. -se revuelve sin éxito, sus brazos siguen aun entumecidos, ignorando que ese roce excita aún más a su torturador.

   -No, quiero más.

CONTINÚA (el relato no es mío)…

Julio César.

NOTA: El relato comienza algo lento, y como no tengo intensiones de apurarme más, quien lo desee puede buscarlo en esta dirección: http://www.todorelatos.com/relato/16991/

EL SUEGRO LO ENVICIA… 37

noviembre 8, 2014

…LO ENVICIA                         … 36

   Este relato me lo envía por correo un conocido de la casa, LeRoy, y es bueno, aunque es una mala traducción que me tomará tiempo medio hilar. Este relato que NO ES MÍO, lo llevo más bien como una pequeña adaptación. Que el autor no se moleste, por favor. Bien, la trama: un chico muy joven sueña con ser físico culturista y se casa con la hija de un ex culturista, el cual termina convirtiéndole en el juguete sexual de todos los hombres. Disfrútenlo.

……

Título: Muscle Pussy

De: hgenyc9261@gmail.com

HOMBRE EN TANGAS DE MUJER

   Es lo que espera al final.

……

   Ned deja escapar un silbido ahora que ese trasero está más abierto, y en el espejo, temblando de ganas, deseándole, totalmente enviciado al encanto de los hombres grandes de vergas duras que se mueren por meterlas en su culo joven que comienza a vivir, Bobby nota cómo bajo su suspensorio la verga la tiene completamente dura, forzando la tela tejida y amenazando con rasgarla. Sus miradas, en el espejo, se encuentran, y como para que entienda que la cosa es seria, lentamente, Ned baja la parte delantera de la breve prenda deportiva por debajo de sus bolas, una gruesa y larga verga casi amoratada de sangre y ganas salta golpeándole el estómago. Y los ojos del muchacho se nublan, sus labios brillan de humedad, sus mejilla enrojecen y, lo sabe, su culo titila de manera intensa, llamando aquella magnifica pieza de macho que ya desea sentir metiéndosele, abriéndole, llegándole y pulsándole bien adentro.

   -Maldita sea, si vas a ponerte cómodo, creo que también yo lo haré. –anuncia Walt, antes de salir de su camiseta y dejar caer sus pantalones. Y conteniendo un jadeo, Bobby comprueba que se parece a su hermano más de lo que imaginaba, una lanza de carne dura y enrojecida flotaba frente a él, con algo de humedad en el ojete.

   -Vamos, Walt, ayudemos al chico… -sonríe Ned, rociando un poco de crema de afeitar en sus dedos antes de inclinarse y aplicarla, extendiéndola, sobre la raja interglútea y su culo, sus ojos atados en el espejo cuando con un dedo frota y frota la entrada antes de meterlo, centímetro a centímetro, penetrándole, frotándole alrededor, el redondo capullo de ese ano abrazándolo casi alzándose. Lo hizo durante varios minutos, su dedo adentro y afuera, untándole pero también tirando de él, abriéndole, mirándole enrojecer la espalda, tensar sus hombros, su respiración más frenética, las pruebas visibles de lo mucho que un chico disfruta cuando un hombre le mete y saca el dedo de su culo caliente de muchacho con ganas. Notando cómo se arquea un poco, el hombre sabe que ese cuerpo responde totalmente a las atenciones de un macho. La crema de afeitar se expande, se espesa, lechosa, y entra y sale de ese agujero vicioso.

   -Esto sólo tomará un segundo, hijo… -las palabras estremece al muchacho, casi creyendo ver a su suegro, a su amado suegro de verga grande y caliente que le llena cuando le apetece.- En realidad no tienes mucho pelo.

   Eso lo sabía el joven muy bien, se lo había afeitado un día antes para atender a su suegro antes de que llegaran sus amigos para la despedida de soltero, pero no lo dice. Si aquel poderoso y atractivo macho maduro quiere ayudarle, bien puede dejarle. El paso de la afeitadora nunca se sintió mejor, era lento, suave, siempre bañado por los alientos de Ned y Walt, y a Bobby todo le daba vueltas, ojos cerrados, boca abierta, cabeza sobre la cama, dejándose hacer.

   -Ya vuelvo. –anuncia Ned, rumbo al cuarto de baño y regresando con una toalla mojada y una botella de loción, lanzando las dos cosas sobre la cama.- Encontré esto. Imagino que sabes que debes utilizarlos para mantener la suavidad, ¿no? –informa mientras toma la toalla, secando y eliminando lo poco que quedaba de la crema de afeitar antes de abrir la botella de loción y dejar caer un prologando goteo por encima de su culo. Es todo un espectáculo ver como la piel se abrillanta un tanto, como el pequeño arroyo cubre el agujero, como este se cierra por lo frío.

   -Aplicaste mucho. –comenta Walt, voz ronca y ojos oscuros de lujuria.

   -Sí, hay que regarlo un poco. –concuerda, colocándose tras el rubio joven, con una mano atrapado su tolete y con la cabeza enrojecida le unta la loción, de arriba abajo.

   Y Bobby aprieta los dientes, ardiendo, el toque de esa esponjosa pieza contra la entrada de su culo es enloquecedor; pero nada a lo que siente y jadea cuando el glande, quieto, empuja hacia adelante, contra los labios de su agujero. Ese culo ya está entrenado, tiene experiencia, pero aún así es forzado un poco a permitirle la entrada a la gruesa corona. Lentamente, centímetro a centímetro, el largo y grueso tolete va penetrándole, rozándole las sensibles paredes del recto. Un hombre estaba llenando su culo hambriento de atenciones con su titánica herramienta. Y cada pedazo de esa pieza hace temblar de puro placer al rubio y musculoso culturista… cuya vista empañada cae, oh, desgracia, sobre un retrato sonriente de su mujer en una mesita. La recuerda, con algo de vergüenza, estaba en la cama que compartía con ella, el lecho que juró respetar ante Dios. Alice no merecía…

   La verga le entra toda, y pulsa de manera intensa, a la par que ardiente, contra las paredes de su recto.

   -¡Oh, Dios, si! Si… Cógeme… -se le escapa.- ¡Cógeme duro, papi!

   -Tranquilo, bebé, toda es para ti… -es la ronca y gozosa respuesta.

   -Joder, ¡se la metiste toda! –se asombra Walt, ojos muy abiertos.

   -Oh, mierda, si, sabe cómo acomodarla… -ruge bajito Ned, las rudas manos atrapando las caderas del muchacho, su güevo enterrado hasta los pelos en aquellas entrañas calientes y suave que le succionan y halan de manera intensa.- Tu hermano estaba en lo cierto, este es un coño increíble dulce y apretado. –suspira ruidosamente.- Dios, ¡cómo aprieta y chupa! –su panza va de adelante atrás, sin moverla de sus entrañas, pero la siente más aprisionada.

   Jadeando quedo, boca abierta y ojos nublados, Bobby mira el reflejo en el espacio, su cara de puto caliente y los dos enormes hombres detrás de él, uno de ellos aferrando sus caderas mientras le embiste, de adelante atrás, medio ladeado, cogiéndole con fuerza, estimulando sus entrañas, dándole donde es. Y por sus gestos, el joven culturista entiende que eso era lo que fueron a buscar. No el auto. Seguramente Tom, hermano de Walt, les habría contado sobre toda la loca diversión que tuvieron la noche anterior y se habían acercado buscando obtener un poco para sí mismos; tener y encular por todos lados al guapo y joven culturista rubio que adora las vergas en su culo sedoso.

   La idea debería ser degradante, considera por un segundo Bobby, su musculoso cuerpo estremeciéndose con fuerza sobre el colchón por los ímpetus de las embestidas del grueso y tieso tronco en su agujero, pero no se queja. No puede porque está totalmente enviciado. Había pasado toda la mañana caliente soñando con lo ocurrido la noche anterior, aquellas cuatro enormes piezas masculinas enterrándose en sus entrañas, jodiéndolas y dejándolas llenas de semen caliente, y eso le tenía a punto para recibir más, admite sonriendo un momento, cerrando los ojos, quedándose muy quieto, apretando mucho sus nalgas, siendo totalmente consciente de la nervuda y rugosa tranca que se desliza en su recto, estimulándole, calentándole, excitándole de manera intensa, dándole en ese aparente clítoris de culo que tiene y sobre la próstata. Estaba nadando en hormonas y ganas, y el enorme sujeto maduro a sus espaldas estaba totalmente dispuesto a gozar del rubio y hermoso muchacho culón.

   Le daría algo en qué pensar, se dice el joven culturista, totalmente abierto y lleno por la enorme y gruesa verga que dilata intensamente su esfínter, las bolas de este descansando contra su piel, así que prensó aún más sus nalgas y su agujero, de alguna manera, se abrió y cerró como unos labios sobre un helado pero sobre el cilíndrico tolete, ordeñándolo con fuerza.

   -¡Coño! –grazna maravillado Walt, mirando, su verga goteando.

   -Oh, Dios, es…-Ned enrojece todo, volviéndose hacía su compinche mientras siente que ese agujero va a arrancarle la verga con sus haladas.- Amigo, espera hasta que sientas este coño apretado trabajándote la verga. Este chico es una putita de lo más talentoso. –se la saca un poco, la membrana totalmente unida a ella, empujando otra vez, su venosa y palpitante moles rozándole las paredes del recto, haciéndole gemir.- ¿Te gusta sentir mi enorme verga en tu coño, muchacho? ¿Tu coño de puto musculoso disfruta de la buena verga de un hombre, hijo?

   -Hummm… sí, señor. –jadea el chico rubio, cara roja, brillantes los ojos lujuriosos cuando ese tolete sale y regresa, dándole sabroso.- ¿Podría… podría darme más fuerte, por favor? –oye risas.

   -Pero qué puto. –es la respuesta del hombre, así como una nalgada y el incremento de las cogidas, un frenético mete y saca que le arranca otro gemido mórbido de lujuria al musculoso joven.

   Las nuevas embestidas le hacen gemir de una forma tan entregada a ese uso, que Walt se acerca más, acariciándose la verga y viéndole el agujero tan lleno de masculinidad. Cuando Ned saca su tolete, lentamente para que el chico disfrute de su paso, Walt extiende la mano y con los dedos recorre el agujero rojizo, abierto, hundiendo uno de ellos en su ardiente interioridad.

   -De verdad que parece un coño caliente. –susurra con asombro.- Mira esos labios hinchados.

   -Y es un coño de los buenos, de los deseosos de hombres. –gruñe Ned, tendiéndose sobre el muchacho, la punta de su verga rojiza pegando del agujero ya ocupado por un dedo, que se retira.

   Atrapándole al joven culturista los fornidos brazos, empujándolos hacia su cabeza, quitándole todo apoyo, presionándole los hombros sobre el colchón mientras su gruesa y dura verga, que quema con fuerza, Ned se abre camino en su sedoso culo ávido de más, porque era un culo realmente necesitado de eso, del consuelo que sólo la verga de un macho puede ofrecer. Y así, inmovilizándole, obligándole a tensar cada musculo (cosa que excita a Bobby quien se mira de costado en el espejo), le coge, sacándosela y metiéndosela con fuerza, cabalgándole duro, sin piedad, como todo hombre desea coger a sus perras, haciéndolas gemir de gusto en el proceso.

   Y justo en ese momento es perfectamente audible, a pesar de los quejidos de la cama, de los gemidos de Bobby y los gruñidos de Ned, la puerta de la calle abriéndose y alguien silbando alegremente que entra y lega al pasillo.

   -Bobby, estoy en casa, ¿dónde estás, muchacho? –oyen la voz de Ben. Y aunque tanto Walt como él vuelven las miradas a la puerta cerrada, Ned no se detiene, no puede, no con ese culo ardiente y succionante que estaba dándole las haladas y apretadas de su vida, por lo que sigue metiéndola y sacándosela rítmicamente.

   -¡ESTOY EN MI HABITACIÓN! –grita el joven, voz estrangulada, todo tenso por la posición, todo tembloroso por el placer que siente.

   -Okay, muchacho. Voy a tomar una ducha. Tal vez luego podamos salir, ¿no? –oyen la respuesta, momentos después la ducha corriendo.

   Sabiendo que estaba cogiéndose a aquel musculoso muchacho mientras su suegro estaba en la otra habitación, pareció enloquecer a Ned, quien incrementó de manera entusiasta, rítmica y fuerte sus embestidas sobre el rojizo culo abierto. Su tranca casi amoratada de sangre entraba y salía con propiedad, rozándole, llenándole, dándole duro, y Bobby sólo podía gemir quedo, ojos cerrados, rostro ladeado, sonriendo para sus adentros, suponiendo acertadamente qué era lo que excitaba tanto al otro, cogerse al yerno de un tío que andaba por ahí, seguramente imaginando que hacía algo muy eróticamente sucio y secreto, ¡gozar del culo del marido de la hija de otro! Obviamente ignoraba que Ben le había visto siendo jodido una y otra vez.

   El colchón se agitaba todo, y endureciendo su agujero alrededor de la rígida barra pulsante, Bobby abre los ojos, casi bizcos, mientras sufre uno de esos clímax de culo que no entiende, pero tan reales como intensos y maravillosos, uno que le llena de infinito placer, tanto que su agujero es como una verdadera ventosa cerrada sobre la pieza que le penetra. Y Ned lo siente, abriendo muchos los ojos y bocas, mirando ese atractivo y emputecido rostro contra la cama, sintiendo su miembro increíblemente halado, sobado y trabajado. Sin embargo, aunque Bobby podía estar sufriendo un orgasmo, su culo no afloja su presa… quería ordeñar la esperma caliente de ese macho rudo tras él. Y quería hasta la última gota de ese semen que se estaba ganando.

   -¡OH, MIERDA! –ruge el hombre, olvidada toda precaución.- ¡Qué coño! –y la empuja toda, casi cayéndole encima, reteniéndole por las muñecas, hundiéndole en el colchón aún más.- Tómala toda, nena grande. Toma toda mi esperma en tu coño caliente de putita. –y gruñe bizqueando también, su verga imposiblemente dura disparando carga tras carga de semen dentro del apretado, sedoso y succionante agujero que parece movilizarse cuando lo percibe, a lo lejos oye los gemidos quedos del musculoso chico al sentirlo, su leche ardiente llenándole todo.- Si, tómala, goza toda mi leche en tu coño de musculosa puta.

   Cada disparo lanzado por la violenta pulsada de la verga se sintió de forma intensa en las estimuladas entrañas del rubio muchacho, casi golpeándole sobre la próstata, llenándole totalmente. Dios, cómo le gustaba eso, sentir la semilla de los hombres nutriéndole así, sus espermatozoides nadando.

   -Ah, fue… fue… -graznas Ned tras el muchacho, soltándole las muñecas, deslizando fuera, suave, su inmensa verga todavía medio morcillona empapada en su propio semen que regó un poco antes de abandonar el sedoso estuche del muchacho. Se pone de pie, y todavía gotea algo de esperma.

   -Vaya, hijito, ¿otra reunión con chicos? Estás volviéndose muy parrandero. –se oye una voz desde la puerta, que fue abierta sin que nadie lo notara, y tres pares de ojos se vuelven para encarar a Ben, desnudo a excepción de una corta toalla alrededor de su cintura, sus enormes pectorales, hombros y brazos húmedos de la ducha.

   -Oye… -grazna Ned, algo confuso ahora.

   -¿Te gustó disfrutar del culo del marido de mi hija? –pregunta irónico, y los tres sujetos madurones se miran.

   -Mucho. –ríe Ned y Walt le imita.- No quisimos faltar al respeto. Pero este chico… -abre los ojos y toma aire, recordando cómo le encontraron al llegar, desnudo y acariciándose el culo en la piscina.- Espero que no te moleste que… nos tomáramos algunas libertades.

   Ben les mira por un segundo y luego ríe también, acabando con la poca tensión presente; después de todo no había nada qué discutir, eran tres machos alfa en presencia de un sumiso chico guapo y saludable que necesitaba ser tomado, que disfrutaba ser tomado, que exhalaba un aroma que enloquecía a los hombres.

   -Por supuesto que no. Me gusta que mi yerno se divierta. Es un chico dulce que ha vivido mucho tiempo sin ejercer su sexualidad, cosa que no es sana. Ahora sí. Y no los culpo, mi muchacho tiene el coño más bonito, caliente y suave que jamás se verá. –tranquiliza, acercándose a la cama, recorriendo con un dedo la raja de su yerno, recogiendo algo de semen y empujándoselo en el agujero ávido, que titila sobre la punta de su dedo.- ¿No se siente genial cuando se la empujas duro y hondo por el coño? –pregunta y Walt le mira con sorpresa.

   -¡Gran Dios, ¿has jodido el culo de tu yerno, el marido de tu hija?! ¡Me gustaría ver eso!

   -Te gustaría, ¿eh? –contesta Ben, antes de renunciar a la toalla y dejar ver en toda su grandeza la venosa, dura y brillante verga. Siempre estaba lista la pieza de ese hombre para coger.- Vamos, hijito… los señores quieren ver.

   Mirándole sobre un hombro, Bobby, cuyo culo sufre un violento espasmo, por fin iba a recibir lo que llevaba días esperando (la verga de su “papi”), se moviliza sobre manos y rodillas, elevando su agujero y acercándolo al poderoso macho, rumbo a sus caderas, hasta que su goteante ano, abriéndose y cerrando, presiona contra el glande del grueso y largo tolete, roce increíble, mientras Ben permanecía muy quieto, manos en las caderas, mirándole con una sonrisa de orgullo y lujuria (bien sabía que sería así de putito cuando comenzó a trabajarle).

   Mirando a los otros dos, fascinados ante el espectáculo, Ben siente como Bobby empuja más las nalgas y como los labios de ese culo parecen abrazar la punta de su verga, casi halándola, metiéndosela centímetro a centímetro dentro del usado agujero caliente lleno de esperma. Y mientras se la va metiendo, por fin después de tantos días de abandono, Bobby, totalmente enrojecido, gime con total pasión, atrapándola toda, sintiéndola pulsar y llenarle de calor y jugos las entrañas. Se retira un poco, apretándola, y regresa succionándola con todo, antes de comenzar un ir y venir de locura, deseando el roce, la auto cogida, llenando el ambiente con sus gemidos roncos y las palmadas de sus nalgas contra las caderas de su suegro, ofreciendo a la visita un espectáculo caliente y sucio.

   -Este chico… -granza Walt, ojos lujuriosos clavados en ese redondo agujero que se abría de alguna manera para tragar la gruesa mole de carne que lo penetraba.

   -Es un gran chico… mi chico… -asiente Ben, dándole una fuerte palmada y Bobby alza la cabeza dejando escapar un gemido totalmente lleno de lujuria.- ¿Y cómo van los preparativos para la boda? –les pregunta mientras el muchacho va y viene sobre él, enculándose con fuerza sobre la dura, larga y gruesa verga de su suegro. Y así comienzan a hablar, mientras la visita miraba al rubio y musculoso culturista empalarse a sí mismo.

   Y nuevamente, con lo muy putito, o muy viciado o apasionado que había terminado siendo, Bobby decide que quiere más. Si, puede satisfacer a esos hombres con su musculoso culo, puede brindarles un gran espectáculo mientras va y viene sobre la gruesa verga de Ben, pero también quiere que este se sienta satisfecho. Ahora sabe que también tiene dones, no es sólo un coño caliente (así lo pensó, un “coño”), necesitado y urgido de ser llenado por los hombres. También podía dar…

   Muy lentamente va ascendiendo sobre la larga tranca de su suegro, palmo a palmo, apretando con fuerza, sintiendo contra las increíblemente sensibles paredes de su recto el pulsar de cada vena de la dura y ardiente lanza de carne. Cuando llega a la punta, sintiendo el engrosamiento del glande, tira de él con los labios hinchados de su culo. Tomándose su tiempo, dándole apretadas con el esfínter, comienza a descender lentamente, nuevamente sintiéndolo recorrer sus entrañas, rozándose, abriendo, llenándole de pulsante carne, tomándolo todo. Ben gruñe de satisfacción y eso hace sonreír al joven, quien comienza a ir y venir sobre ella de manera frenética, dándole las apretadas de su vida, para hacerle gozar, pero también para disfrutar el roce y las pulsaciones de la titánica barra contra las paredes de su recto. Es todo un espectáculo verle tomar y soltar ese instrumento enorme. pero, sobre todo, comprobar lo puto que es, lo mucho que necesita de un güevo caliente y duro en sus entrañas.

   Walt, mirada fija, se acerca más, su tieso tolete muy erecto y goteante frente a él, bajando una mano de dedos abiertos, posándolos a los lados del muy abierto agujero, cuya membrana sale y entra mientras continúa empalándose, y aprieta, atrapando levemente el tolete de Ben, el cual latía con fuerza mientras aparecía y desaparecía dentro del rubio y musculoso culturista.

   -¿Hay esperma tuya en el coño de mi muchacho? –Ben le pregunta.

   -No, todavía no. –responde Walt. Ben, dando un paso atrás, retira su tranca del titilante agujero abierto de su yerno.

   -Anda, toma tu turno. Vale la pena. –se lo ofrece.

   Estaba “prestándole” a otro carajo, se dice Bobby, cara roja y transpirada, sabiendo que debería sentirse muy humillado, pero su culo sólo puede palpitar más a la vista de la tercera tranca que puede tomar en esos momentos. El tercer güevo grande y babeante que llenará su coño hambriento. Vuelve la clara y bella mirada al frente, y por el espejo ve al hermano de Tom agarrándose la verga, colocándose detrás de él, y empujársela toda, de golpe, en las entrañas. Se desliza, dura y caliente, y las paredes de ese recto sedoso y apretado lo cubren, halan y aprietan.

   Walt, quien parecía un hombre algo callado hasta ese entonces, al sentir ese culo cerrarse hambrientamente sobre su falo, dándole semejante chupada, deja escapar un ronco gemido de sorpresa y gusto. Por Dios, el culo de ese muchacho rubio y musculoso era algo realmente serio, podía sentir cada palmo de su tranca totalmente estimulada y trabajada. ¿Serían así los culos de todos los chicos deportistas?

   -Oh, mierda, ¡pero qué coño! –ruge, atrapándole con manos firmes las caderas, sacándola y metiéndosela duro, halándola casi hasta el glande para luego enterrarle cada palmo de gruesa y nervuda barra en las entrañas, una y otra vez, sintiéndose en la gloria, amando, como hace todo hombre, cuando oye al chico gemir de placer, arqueando la recia espalda, gozando sus cogidas.- Tómala toda, putita de coño alegre, toma toda mi verga. ¿Te gusta, chico grande? ¿Te gusta sentir mi hombría llenándote y dándote gusto? Eres un culturista de músculos grandes pero tienes un coño ávido de machos bien caliente, muchacho. –y embiste, una y otra vez, llenando el cuarto de las bofetadas pelvis contra nalgas.- Tómala, nena, tómala toda por tu coño dulce…

   Ben, le mira a través del espejo, sus ojos se encuentran, sonríe leve, va y toma asiento en un sillón al tiempo que acaricia su erección. El chico rubio entiende, su suegro, su hombre, quiere un espectáculo; comienza a ir y venir contra la pelvis de Walt, machacándole la verga con su culo, atrapándola de manera intensa, ladeando sus nalgas para sentirla por todos lados, como sólo saben hacerlo unos cuantos.

   -Joder, amigo, tu yerno es… -Walt se la clava duro, empujando más, mirando a Ben.- ¿No te molesta que a tu yerno…?

   -No, amigo, me gusta ver que mi muchacho la está pasando bien. Pasó mucho tiempo con un complejo de heterosexual, ahora es libre para ser una putita que goza de las vergas de los verdaderos machos. Su coño dulce y caliente, siempre mojado, necesita de mucha masculinidad. –informa.

   -Mierda, si, es tan puto. –ladra Ned, escuchando lo que hablan, viendo el hermoso cuadro del atractivo, saludable y musculoso joven rubio moviéndose entusiasta mientras su culo es abierto una y otra vez por la gruesa verga de su amigo.- Quiero más de eso… vamos, Walt, haz espacio y vamos a clavárnoslo entre los dos. Le sacaremos la mierda de tantos güevazos… -amenaza.

   Y Bobby gime, tensándose sobre la cama, presa de otro clímax anal, exhalando su aroma a perra en celo que termina con los escrúpulos de Walt, quien asiente. Iban a cogerlo entre los dos. Dos machos para él, y la idea le hace nadar en endorfinas como siempre. Las ordeñaría para su suegro, las trabajaría y las agotaría y Ben miraría su culo abierto manando un verdadero río de semen caliente.

   Ben sonríe, como si le adivinara; si, Bobby era una puta. Su putita. Y lo sería para siempre.

   -Vamos, señores, menos charlas y más movimientos. Llénenle el coño de vergas a esa putita caliente… -les anima.

CONTINÚA…

Julio César.

NOTA: Un amigo de la casa, Apolo, logró encontrar la página original de donde viene esta historia, que notarán fue versionada. Gracias, amigos. Quien quiera saber de qué va o cómo termina, que vaya a: http://www.nifty.org/nifty/gay/incest/muscle-pussy/

DE AMOS Y ESCLAVOS… 10

octubre 24, 2014

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 9

HOT BLACK

¿Tanga o hilo? ¿Cómo lo quieres?

……

   Tarda casi veinte minutos en salir del apartamento del chico blanco, todo ajado, sudoroso, oliendo intensamente a esperma, en su lengua todavía el sabor de la de Hank y la suya propia. Da un paso fuera del apartamento, cierra la puerta a sus espaldas y se lleva un susto de muerte.

   -Mucho cachondeo, ¿no? –comenta, unos pasos más allá, el marido de la conserje, escoba en manos, ojos llenos de maldad y algo más.- ¡Vaya negro maricón que resultó! –casi ríe.

   -¿De qué coño hablas? –intenta fingir desconocimiento, incluso ira; el otro sonríe más, mirando hacia la puerta cerrada a sus espaldas.

   -De nada, amigo. De nada. –y ríe mientras se aleja barriendo.- Límpiate el mentón.

   Roberto traga en seco, pasándose las manos sobre la cara y luego el cabello grueso. Joder, ¿en qué estaba metiéndose? ¡Ese carajo sabía! Y las cosas que había hecho eran terribles. Debía terminar con toda esa mierda, ¡era un hombre, carajo! No podía convertirse en el sumiso y dócil juguete sexual de ese carajito insolente.

……

   Gregory Landaeta entra al amplio sanitario masculino, totalmente cerrado de ventanas, con baldosas blancas y paredes amarillas. Hay carajos que mean al tiempo que otros se lavan las manos. Algunos no lo hacen, salen tan panchos. Y mientras está ahí, de pie, la verga latiéndole dolorosamente dentro de sus pantalones, les ve ir y venir. Hombres como él, pero sin esa urgencia extraña que se le ha despertado. Mira el orinal de pared…

   Dos tíos mean sin hablar, los chorros son ruidosos. Entra al privado al lado, cayendo casi como un fardo sobre la tapa del inodoro, oyéndoles orinar, algo a lo que jamás le prestó atención antes. Pero bueno, nunca antes se había dejado tocar el culo, menos que otro sujeto frotara su verga de él, o… tocar él la de otro. Se estremece totalmente, asustado, inquieto, molesto y profundamente caliente. Si, recordarlo todo se la pone más dura contra la áspera y ajustada tela del jeans que le aprisiona sabroso y dolorosamente. Se la toca y el roce de su propia mano casi le hace gemir de puro placer. Oye voces, toses, meadas, lavados que se abren, agua que corre, y todo le marea. Le parecen sonidos eróticos, todavía no lo asocia a que son signos de personas que están cerca y pueden pillarle. Va cayendo hacia atrás mientras con manos febriles abre su bragueta, sacando de la suave tela del bóxer su enorme güevo negro, grueso, lleno de sangre y ganas. Y mirárselo así, sentir el frío del aire acondicionado, sabiendo que está en un sanitario donde podrían darse cuenta de lo que hace, todo tan prohibido y peligroso, casi le hace correrse.

   Sabe que no durará mucho, pero lo necesita de una manera casi febril, así que rodea el grueso, caliente y palpitante tronco con su mano, en puño, y lo sube y lo baja, arriba y abajo, apretando y aflojando un poco, masturbándose, y la sensación es mil veces mejor de lo que cree recordar jamás haber sentido. Cierra los ojos, deja que su cabeza ruede contra la pared metálica y se hace la paja mientras oye a otros carajos entrar y salir. Y mear. Una y otra vez. Gente que saca sus piezas y lanzan sus chorros de orina amarillenta, caliente y olorosa. Cuando le parece que la huele, de su tolete mana gran cantidad de jugos.

   Oye a dos sujetos hablar bajito, uno le cuenta al otro que salió con la puta de Susana, y comenta las cosas que esta le hizo con la boca. Las meadas, las risitas bajas, saber que eran tíos casi a su lado, le marean. Su mano sube y baja sabroso, dándose gusto, mucho, y sin embargo… Con una súbita inspiración lleva su mano libre a su plano abdomen, el roce le eriza, y la sube y baja, acariciándose, metiéndose dentro de la franela, subiendo más, llegando a sus tetillas duras, que al ser tocadas, allí, en ese sanitario donde se hace la paja al lado de otros tipos que mean, le parece la cosa más increíble del mundo. Su puño va y viene, frenético, con el pulgar se presionándose el ojete de su miembro, su otra mano aprieta duro una tetilla y tiene que morderse los labios para no comenzar a gemir de puro placer.

   Su mente gira de manera enloquecida, casi no es consciente de lo que hace. Y menos cuando recuerda a los tipos en el vagón, y como es su mente y es fantasía y en ese momento puede abandonarse a lo que quiere aunque le asuste o inquiete, se ve a sí mismo subiendo y bajando el culo sobre el güevo a sus espaldas, casi metido verticalizado entre sus nalgas redondas y dura, mientras el tipo le dice eso, que tiene un culo de locura. Al tiempo que frota la del otro bajo su pantalón, de manera entusiasta, la gente ocupada en lo suyo. Y el chico sentado que les miraba…

   Recordarle mirándole casi le hace saltar de la tapa del inodoro, teniendo que tensar las piernas para no temblar como gelatina y lograr retardar un poco más el goce. En su mente calenturienta, tanto que oscuros y pesados silbidos escapan de sus labios, el chico, en el Metro, saca su tolete y comienza a masturbarse, todo caliente, mirándole a él, excitado con la visión de su cuerpo grande, musculoso, sexy… siendo tocado, tocando y frotándose. Tiene que bailotear sus muslos de lo sabroso que siente cuando su puño va y viene sobre su güevo caliente, su otra mano de una tetilla a la otra, sabiendo o imaginando que el chico gozaba de verle.

   -¿Qué pasa ahí? –gruñe una voz antes de que la puerta del privado se abra y un joven y pecoso vigilante aparezca, quien abre mucho los ojos. Había entrado siguiéndole temiendo alguna conducta delictiva y… bueno, eso lo era, ¿no?- Pero, ¿qué coño…?

   -Yo… yo….

   Gregory casi salta sobre el inodoro, se ve totalmente alarmado, como tiene que estarlo todo el que es pillado haciendo aquello en un lugar público y para colmo por un vigilante. Nota la mirada curiosa del joven sobre su tolete atrapado, sobre su otra mano que sube dentro de su franela; no parece haber nada sexual en ello, tan sólo sorpresa y desconcierto. Y algo arde dentro del joven hombre negro, la mano bajo su franela sube, mostrando parte de su torso, del pronunciado pectoral, de la tetilla dura, pellizcándola, mientras el puño vuelve a sus movimientos, subiendo y bajando. Viendo aumentar la sorpresa del otro, quien no puede dejar de mirar, su propia lujuria aumenta a niveles escandalosos.

   Turbado, encontrando el espectáculo grotesco, pero a un tiempo fascinante, el joven vigilante duda, pero cierra la puerta. A sus espaldas. No quiere que nadie le encuentre mirando a ese tipo que se está haciéndose una paja, pero es que…

   -Te gusta que te vean, ¿verdad? –juega al malo, y su voz, la pregunta, hace que el otro jadee, esponjándose.- ¿Te sientas de noche en el balcón de tu apartamento a machacártela sabiendo que te miran? –tragando, Gregory niega con la cabeza, pero encontrando la idea increíblemente perversa y caliente.- Y el culo… ¿te pasas los dedos por el culo cuando sabes que te mira un tío de esos que gustan de llenar los huecos con su güevo? –niega otra vez, pero puede imaginarlo, no siendo tomado por un hombre, su agujero dilatado, abierto y muy lleno por la masculinidad de otro, pero si viéndole, y era enloquecedor.- Anda, enséñame el culo…

   Dios, Gregory se estremece violentamente, el otro, gay o no, tenía una mirada oscura, febril, y en su entrepiernas algo se levantaba. Homosexual o no, el sexo siempre llamaba. Soltando su tetilla, bajado más el jeans ajustado, ladeándose sobre la tapa del inodoro al montar un pie sobre el mismo, se masturba mientras enseña su raja peluda.

   -Acaríciate… -pide el chico, temblando. Él no era gay, pero…

   Y Gregory tiene que cerrar los ojos, no puede evitarlo, cuando sus dedos recorren la peluda raja íntima, tocándose la entrada del culo, y al hacerlo su verga mana más jugos. La punta de su índice recorre la entrada, sólo eso.

   -Puto. –oye bajito, y tiene que abrir los ojos, sonriendo complacido, tiene al chico súper caliente, ¿pero para qué? Él mismo no lo sabe. Tan sólo que…

   Echa la cabeza hacia atrás, brusco, y aprieta su verga para impedir un desastre de leche que llegue hasta el techo, soltándose de paso el culo, aún así corriéndose entre poderosos y deliciosos temblores de lujuria, un clímax intenso alcanzado porque estaba siendo mirado. Del ojete de su amoratada verga mana el río de leche, que no sata por la apretada, pero que sigue fluyendo, llenándolo todo con su poderoso olor a semen fresco.

   -¡Marico! –le gruñe el otro, acomodándose la gorra, cerrando la chaqueta sobre sus caderas y saliendo al tiempo que agrega.- Lárgate pronto.

   Desfallecido de gusto, insensible a las palabras, Gregory asiente, recostado de la pared… levemente preocupado. El carajo dejó la puerta entre abierta y un joven delgado, cara picada de acné, se asoma, ojos brillantes.

   -Joder, tío, ¿las chupas? –parece muy esperanzado.

……

   Como el mundo sigue girando, Roberto y Gregory deben regresar a sus vidas. Eso quiere decir al trabajo, a tratar con los colegas en el parada de taxis, con familiares, con amigos fuera de ese círculo… y alguna que otra chica que les busca. Gente del pasado. Uno no tan distante, emocionalmente, para Gregory, como sí para Roberto, quien sí ha cruzado ciertos límites. Ha mamado, ha tragado semen. Y le ha gustado y deseado. Mientras a Gregory le calienta recordar lo vivido, que le miraban, todavía preguntándose por qué, a Roberto la cosa le pegaba más. Porque ese muchacho que le controlaba le trataba como a un ser inferior, con desprecio, de manera autocrática. Y eso le gusta, ser tratado como un menor, un sujeto sometido a otro. Le gusta tanto que se oculta del otro.

   No quiere pensar en nada, quiere olvidar, así que evita a Hank, y al marido de la conserje. Sale con sus amigos, pero no puede ser como antes, algo que hace notar, molesto, Yamal, quejándose de lo extraño que andan ambos. Y lo decía un sujeto que cada miércoles desaparecía con una hermosa e impresionante catira que venía a buscarle. Y que jamás ha contado algo al respecto, como no sea mostrar una enorme sonrisa de satisfacción que le duraba hasta el sábado. Gregory y Roberto siempre han discutido qué tanto se divertía en la cama con la tipa esa.

   Como fuera, Roberto pensó que podía resistir. En el día, haciendo mil cosas, casi lo lograba. De noche era otra historia. Intentaba no pensar, evadirse, pero no pudiendo estar con nadie, no podía, realmente no conseguía ni siquiera imaginarlo, los recuerdos volvían. Poderosos. El chico diciéndole negro sucio, que se hincara, que se tragara su güevo… Cuando le decía con ese tono cruel, asegurándole como si lo supiera, lo mucho que le gustaría mamársela, le excitaba en segundos. Su propio tolete endurecía feo en la cama. Había algo en el trato, en el tono, en saber que le dominaba, que le calentaba. No podía negárselo. Era dar media vuelta en la cama, cerrar los ojos y sentir la textura lisa y fibrosa de la dura y caliente verga joven, muy blanca, contra su rostro, azotándole como hace un hombre que posee a su puto, mojándole, untándole con sus jugos, ahogándole con su aroma a machito joven. Y tragarla. No quiere, aprieta los dientes, pero tiene que reconocer que le encanta cubrir con sus labios gruesos el gordo tolete palpitante, uno que temblaba dentro de su boca cuando lo lamía, que le regalaba sus jugos, unos que tragaba con avidez mientras escuchaba que era un negro puto que gusta de los güevos blancos. Y el semen…

   Tragando en seco se tiraba de espaldas, su pecho subiendo y bajando, casi saboreándolo en ese momentos, disparo tras disparo de hirviente esperma, babosa, espesa… Totalmente deliciosa.

   Los días se le volvieron un infierno, andaba nervioso, molesto, huraño. Nadie sabía qué le ocurría. Dos veces había visto de lejos a Hank, quien le correspondió con indiferencia, mientras seguía con los ojos el culo de un carajo negro que vivía en las residencias de al lado. Indicándole que podía conseguir lo que deseaba en cualquier lugar. Que él, Roberto, no era tan especial. Y eso le atormentaba, irritaba y desesperaba. Pero, ¿qué hacer? ¿Sometérsele totalmente? Sabía lo que seguía, piensa estremeciéndose, intentando no temblar ante la imagen de la gruesa, larga, nervuda y palpitante verga del muchacho luchando contra su cerrado agujero negro, forzándolo, abriéndose camino, la pálida mole de carne desapareciendo en sus entrañas. Una idea que temía por muchas causas. Por lo que significaría, que ya no era un hombre (como si mamar güevo o tragar leche no lo dijera todo),  y el dolor que seguramente sentiría en su entrada. Sin embargo, y de eso estaba también muy consciente, el tiempo transcurría y se le agotaba. Hank le abandonaría.

   ¿Qué hacer?

……

   Ahora vivía extrañamente semi erecto, siempre, piensa Gregory, aún más consiente ahora de otras miradas sobre su cuerpo. Extrañándole que las que más busque fueran la de otros carajos; tíos que tenían que admitir que estaba buenote, tal vez con envidia. O deseo. La idea siempre le producía escalofríos. No era gay ni nada de eso (se repetía), pero…

   La cosa era a veces incómoda. Y peligrosa. Entraba en las duchas del gimnasio, a solas, medio morcillón, mirarse de pasada en el espejo siempre le producía ese efecto. Su cuerpo era sólido, esbelto, bien trabajado. Estaba bueno, pues. El agua corría sobre su enorme humanidad cuando notaba que alguien más entraba también al área, y aún con los ojos cerrados, dándole la espalda, podía sentirlo, la mirada ocasional sobre su ancha y recia espalda, en el agua que bajaba hasta cubrir y meterse entre sus nalgas redondas, firmes, paraditas. Algo leve, una mirada que lanzaría cualquiera a otro, en un espacio cerrado o apartado, para estar seguro de no estar frente a un delincuente, por ejemplo. Pero a Roberto le afecta, lo siente en el cosquilleos en sus bolas, volviéndose, mostrando su buen tolete medio morcillón aunque no tieso. Y reparaba en la mirada del otro, el sujeto ocasional, que de pronto notaba el cambio en el ambiente. Que aquel no era simplemente otro sujeto, sino uno atractivo, bien proporcionado, de güevo seguramente insolente por saberse de buen tamaño. Era un reconocimiento innato de un tío a otro, y que a él le gustaba demasiado.

   Aquel tío solía darle la espalda, otros le miraban con disimulo, lo notaba aunque aparentaba que no. Y estaban quienes miraban su cuerpo grande y oscuro, con más interés. Uno casi descarado, que le obligaba a volverse, erectándose, enjabonándose, su mano untada de espuma metiéndose entre sus nalgas, restregando, frotando, sabiendo que le mira, que ese sujeto le tiene los ojos clavados en la mano en su culo. Generalmente terminaba si alguien más entraba. La magia se rompía.

   Pero esos cambios los había notado. Los cambios en él. Deseaba ser mirado y admirado. Siempre fue así, pero ahora está peor. ¡Necesitaba llamar la atención! Casi no se atreve a decirlo, pero quiere calentar braguetas.

   ¡Necesitaba ropas nuevas!, se dijo esa tarde al terminar en el gimnasio, cuando casi estuvo a punto de masturbarse siendo mirado por un chicuelo que seguramente apenas llegaba a la mayoría de edad. El joven, mejillas rojas y ojos muy abiertos, le miró con tal calor, deseo y lujuria bajo la ducha, que le costó no llegarse junto a él, hacerle caer de rodillas y masturbarse para bañarle la cara de leche. Pero había más gente por ahí… No era uno de esos gimnasios que había escuchado en cuentos cuando se burlaba de los maricos. Pero así, todavía afectado, con toda esa testosterona dando vuelta en su torrente sanguíneo, decide que necesita un cambio. Tomó el taxi hacia el Centro, y por pura casualidad, cuando abordaba la zona desde la avenida Baralt, ve la unidad de Yamal deteniéndose frente a un motel horrible. Le vio salir, también a la espectacular catira que a veces le buscaba, parecía una gata de ojos brillantes de lujuria, lo notó a pesar de la distancia. Sonrió, vaya, su amigo debía hacérselo muy bien para que esa mujer estuviera ovulando ya.

   Pero no tiene tiempo para eso. Se detiene en el Centro Simón Bolívar, en un estacionamiento oscuro y con pinta de inseguro a pesar de todos los organismos públicos que funcionaban cerca, y fue a una cercana tienda amplia, de cosas para caballeros, donde atendían hombres que no acosaban con el “¿dese algo, señor?”, que molestaba tanto. Es ropa barata, pero de buenos cortes algunas, reconoce viendo los jeans, las franelas. Por pura casualidad se detiene frente a una enorme mesa-caja llena desordenadamente con ropa interior. Sus ojos caen sobre las prendas de colores llamativos, así que toma unos bóxer rojos, otros amarillos, algo casi ofensivo, pero que por lo corto y brillante le produjeron un escalofrío. Traga, se vería tan puto metido en una de esas vainas, hasta dudaba poder entrar. Repara en un sujeto cuarentón, algo obeso y bajo, con una fea chaquetilla azul que indicaba que era un vendedor. Se veía tan poco atractivo y tan poco en forma, que casi sintió pena por él.

   -¿Busca algo en especial? –le pregunta, voz opaca, aburrida. Ya está, pensó el joven hombre negro.

   -Estoy mirando. –es la respuesta que da todo el mundo, metiendo la mano, tomando un bóxer más corto todavía. Sus labios entre abriéndose, el tipo mirándole fijamente.

   -Es algo corto, pero en un cuerpo como el suyo, se vería increíble. –comenta el sujeto como si tal cosa y Gregory traga, estremeciéndose.- Sería todo un espectáculo. –continúa con el mismo tono neutro, metiendo también la mano dentro de las prendas.

   -¿Usted cree? –pregunta al fin, aunque sabe que no debió hacerlo. No seguir ese camino.

   -Si yo tuviera su cuerpo, usaría algo como esto, para pasearme así por toda la casa con todas las ventanas abiertas… -saca una vaina barata, sosteniéndolo entre sus índices, una pieza chillona en azul eléctrico, tipo bikini, notando el oscurecer de los otros ojos.- O esto, para parar el tráfico… -continúa, buscando otra vez y mostrándole ahora, del mismo material, una tanga blanca, pequeña.

   -Yo… no…-sonríe sofocado, nada más metiéndose en esa vaina se correría.- No creo que sea mi estilo…

   -Tonterías. Con ese cuerpo debe lucirlas. A todos se les alegraría la vista. Es casi un deber…

   -No creo que me quede… -intenta escaparse, ronco y con el pecho agitado, deseando tomar aquella vaina ya.

   -¿Por qué no se la prueba allá? –le indica y el corazón de Gregory late pesadamente.- Yo iré y le llevaré otras prendas que han llegado… Y veré cómo le quedan. Seguramente de manera regia.

   Todo Gregory se estremece feamente, sabiéndose atrapado, tomando con mano insegura la pequeña prenda, dirigiéndose al probador, sintiendo la mirada del obeso sujeto sobre su cuerpo. ¿Qué estaba haciendo? ¡Estaba perdido de puto!

……

   El calvo sujeto, lleno de tatuajes y piercing en cejas, nariz y un lado de la boca, parece mayor de lo que es realmente. El lugar es largo pero estrecho, el techo bajo y la iluminación indirecta en casi todas partes, lo hace ver algo chico y sofocante; desde la barra, donde habla con otros dos tíos, pelones también (por elección), mira tatuajes en folios, mientras otras personas recorren la especie de galería, viendo tatuajes y piercing en fotos de personas. Algunas realmente grotescas.

   -¿Galdo? –pregunta una voz estrangulada.- Vengo de parte de Hank… -el hombre, con mirada indolente, se vuelve hacia el joven hombre negro.

   -¿Eres la futura perra de Hank? Me dijo que vendrías, tal vez la semana que viene. Veo que tienes prisa por servirle. Eso es bueno, chico, que te mueras por satisfacer a tu hombre. –le dispara a boca jarrón, frente a los otros dos, que también le miran.

   Y Roberto desea caerse muerto.

CONTINÚA … 11

Julio César.

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 24

octubre 8, 2014

… SERVIR                         … 23

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

OSO CALIENTE

Un oso que siempre come las fresas de caperucitos rojos…

……

   Cada día que ha pasado en prisión, Antonio Rivera sólo ha estado planeando su venganza contra la puta que le denuncio con Narcóticos. El hombre es un matón de poca monta de un barrio latino, a quienes no se ha cansado de causar daño, especializado en la venta y distribución de drogas. Nada muy grande ni muy llamativo, excepto por aquel chiquillo de padres ricos que murió por sobredosis en una fiesta, usando su producto. ¿Era culpa suya que fuera tan imbécil? ¿Atiborrarse de drogas? ¿En serio? Merecía morir. Pudo haber capeado el asunto de no ser porque Lina, la zorra, le encontró con su hermana en la cama, contándole a la policía lo que sabía y lo que no. Le encerraron, pero el caso no era muy sólido, y aunque siendo un delincuente sin muchos recursos, tenía amigos que estaban ayudándole. Saldría, oh, sí, y Lina sabría lo que era bueno. Así como los cuates que habían tomado sus calles. Una vez afuera le pagarían ese año preso, las requisas, lo gritos de los guardias. El tener que cargar basura, como hace ahora, las enormes bolsas negras desde el “carrito recolector” al contenedor. ¡Santa mierda, allí todo era una peste!, se dice con mala cara. Sabe que es el castigo impuesto por el vigilante gordo. También él se las pagaría.

   -Cholo. –oye a sus espaldas y se eriza, volviéndose con rapidez.

   -Maestro Read… -intenta una sonrisa de broma, una que muere al mirar sus ojos vacío.- ¿Algún problema, señor? -retrocede medio paso, chocando con el contenedor a sus espaldas.

   -No debiste tocar lo mío, hijo de puta.

   -Oye, pero antes…

   -Te pagué por ello. –se le acerca, paso a paso.- Y te lo dije, sólo esa vez, que nunca lo intentaras de nuevo.

   -Tu puto lo quería, maestro… -sonríe, tenso, midiendo el espacio para correr o lanzársele encima al otro. Se decide por una combinación, caerle encima, apartarle y escapar. Se arroja.

   Read le espera, de pie, sólido, abriendo los brazos y atrapándole por los hombros, golpeándole violentamente de espaldas contra el contenedor de metal, lastimándole, despojándole del aire y peor, golpeándole la nuca, feo. El grito ahogado se deja escuchar.

   -Tu puto se lo buscaba… Se acariciaba el culo y… -balbucea asustado y frenético.

   Grave error. Grita otra vez cuando una enorme mano cae en su cara, medio cubriéndola, empujándole con terrible fuerza hacia atrás. Mil luces estallan frente a sus ojos cuando golpea el contenedor. Duro. Tanto que algunos cabellos quedan pegados del metal gris, así como una manchita de sangre. Las piernas no le sostienen, casi cae, pero Read le agarra, volviéndole, golpeándole la cara ahora del maloliente contenedor.

   -Te entiendo, Cholo, ¿quién puede resistirse a un buen culo? Un culo gordo siempre llama. –le gruñe al oído, y el hombre grita, medio luchando contra las manos del otro que abren su braga naranja.- A mí me gusta romper culos, Cholo… me gusta escuchar los gritos de las perras cuando son desvirgadas de golpe, llenadas por un hombre, cuando entienden que son eso, putas…

   -¡No!, no, hijo de puta enfermo… -balbucea y grita quedo, medio inconsciente, cuando su frente choca nuevamente del metal, totalmente mareado, adolorido y aterrado cuando la braga es sacada de su cuerpo, quedando enrollada en sus tobillos y una mano grande va a su trasero, metiéndose entre sus nalgas gordas pero algo flácidas de quien no se ejercita mucho, con todo y la tela del calzoncillo, hurgando de manera terrible y soez.- No, no, por favor… -jadea, aterrado.

   -No tienes que suplicar por cariño, te lo daré todo, Cholo de mierda. –le gruñe al oído, con un tono que hiela la sangre, es la voz del feroz depredador sexual y emocional que es.

   Y boqueando, sangrando por la frente, ojos muy abiertos pero desenfocados, Antonio Rivera cae en cuatro patas, arrojado, gimiendo que no, intentando gatear y alejarse, pero totalmente mareado por esos golpes. Tras él, Robert Read sonríe más, ojos brillantes de maldad, abriéndose la braga, lentamente, un sonido chirriante que aterra aún más al delincuente latino. La prenda cae, y el enorme oso baja, de rodillas, tras el mexicano que todavía le mira.

   -No, por favor, no. Lo siento. Lo siento mucho, señor. Perdóneme, maestro Read…

   -Nunca debiste tocarla, hijo de puta. -le responde con una sonrisa cruel, una verga titánica que se alza bajo un calzoncillo holgado, una mano que vuelve a su trasero y se mete otra vez dentro de sus nalgas, hurgando, indicándole lo que iba a sucederle.

   Y Antonio Rivera grita, ¡Robert Read iba a violarle!

   Esos gritos y estremecimientos de pánico y repudio hacen sonreír al peligroso convicto, la verga temblándole de pura emoción ante la presa indefensa, sus gruesos dedos frotando aquel culo peludo, haciéndole my consciente de que puede y lo hace; finalmente uno de ellos entrando hondo, rápido, cruel. El grito del caído no se hace esperar y sonríe más, estremecido de un gozo cruel. Lo mete y saca, rítmico, mientras con la otra mano eleva un pequeño empaque a sus labios, que rasga, llevándolo a su miembro y, expertamente, colocándose el condón, extendiéndolo lentamente sobre su miembro. Se frota su pieza dejándole al otro el dedo bien adentro y flexionando su falange más distal.

   -¿Lo sientes, perra? Ahora serás mi puta, ¿te gusta eso? –le pregunta, toda tortura es poca para sus víctimas, y sonríe casi mojando dentro del condón cuando le oye llorar.

   -No, maestro, Read… ¡Lo siento! ¡Lo siento! –suplica todavía.

   Es todo lo que quiere escuchar, sonriendo torvamente, sobándose la tranca un segundo más, saca el dedo del cerrado culo. Se posiciona detrás del latino y este lloriquea feo, con lágrimas y babas, mientras enloquece de temor ante lo que sabe que viene. Con mueca de tiburón, Read le atrapa las caderas, su grueso tolete, como una tabla de carne caliente, golpea en la baja espalda del otro, sobre las velludas nalgas. El caliente manduco logra que el sometido hombre chille. Retrocediendo sus nalgas el tolete de Read baja, recorriendo la piel del otro, la cabeza queda apuntando hacia el cerrando culo. Y todavía lo frota con su glande, con leves idas y venidas para que lo sienta y se desespere. Y lo logra. Le oye gritar e intentar gatear, alejándose.

   Riendo bajo, ronco, realmente ruin, el hombre hala con fuerza las caderas del otro, obligándole a caer de un solo golpe sobre su gruesa verga, que desaparece totalmente en sus entrañas rasgando toda resistencia. Por un segundo, a Antonio Rivera se le pasa el mareo, la debilidad. Justo cuando grita agónicamente, sintiéndose partido a la mitad, como si dos ganchos hubieran entrado en su culo, halando en sentidos contrarios y rompiéndole. Sus ojos se llenan de nuevas lágrimas, pero también de furor cuando intenta escapar de eso que le quema horriblemente, provocándole un dolor como jamás soñó… a él, que ha violado a tantos desde su llegada a prisión.

   Es un dolor tan terrible que se revuelve, se echa hacia adelante, aprovechando que una mano de Read le suelta, para intentar escapar. Grita, por partida doble, cuando ese hombre cae sobre él, derribándole las rodillas, cayendo de panza, aporreándose las bolas contra el piso de paso, mientras a sus espaldas la terriblemente larga y gruesa barra del sujeto se le clava totalmente, el tiempo que este le atrapa el cabello mojado de sudor con la mano que abandonó su cadera, golpeándole feamente la cara contra el recipiente de ropas. La agonía estalla frente a sus ojos, otra vez, sometido a la crudeza de dos padecimientos terribles que no se neutralizan entre sí, sino que parecen potenciarse. Dios, ¿por qué le pasaba eso?, todavía lloriqueó para sus adentros, antes de dejar cae el ensangrentado rostro contra el piso, recorrido de terribles dolores y llanto silente. Resignándose a lo que viene.

   Y Read lo entiende, gruñendo casi como un animal victorioso, sacándosela casi toda, volviendo a metérsela, clavándosela totalmente, sin piedad por el sufrimiento que sabe que le causa. Adentro y afuera, abriéndole, cogiéndole, lastimándole, rasgándole. Tiene que tomar aire por la boca por el increíble placer que siente, esas nalgas enrojecidas y peludas, temblorosas, ocultan el agujero rico que aprieta y masajea su verga cuando la mete y saca. Coger era rico, pero en esos momentos goza aún más el dolor del otro, su humillación, la del que sabe que ya no es un macho latino sino su puta, una que estaba siendo cogida. Read goza su derrota. Pero le falta un poco… que llegaría antes del final.

   Sin preocuparse de pensar por un rato, ¡era un hombre tan ocupado!, Read se balancea de adelante atrás, como un perro cachondo, semi acostado sobre el otro, su verga gruesa y cilíndrica entrando y saliendo del enrojecido ojete abierto violentamente, halándole la roja membrana donde los pelos entran y salen también. Bufa con disfrute sintiéndole estremecerse, encogerse, intentar relajarse otra vez. Sabiendo que le lastima, que al cholo de mierda le duele. Se medio levanta, sobre sus rodillas, halándole consigo con una mano bajo la panza, la otra todavía aferrándole de manera feroz el cabello grueso, arrancándole algunos, tragando de placer cuando le oye gritar otra vez.

   -Tienes un buen coño, cholo. –le ruge bajito, para humillarle, sacándosela del culo enrojecido y algo sangrante en la membrana, y arruga la frente.- Estás tan lleno de mierda… -ríe.- Y es literal. –el tolete envuelto en el sucio suspensorio donde la mierda y la sangre se notan, penetra otra vez.- ¿Te gusta, cholo? ¿Te gusta cómo debió gustarle a quienes se lo hacías? ¿Verdad que es divertido y que se goza bastante? –le pregunta falso, hipócrita, burla grotesca, mientras le embiste a un ritmo increíble, lastimándole más, recibiendo como toda respuesta los lloriqueos lastimeros del otro hombre, de cabeza baja, derrotado y humillado en su masculinidad, su virilidad robada por ese sujeto.- Este culo hará historia en este penal, cholo. Cuando todos sepan lo rico que es, el cómo aprieta sabroso las vergas no podrás quitarte a todos de encima… -se burla cruel, metiéndosela toda y todavía empujando más.

   -Hijo de puta… -oye el leve eco de rebeldía, y es lo que quería.

   Vuelve a sacarle la verga del culo, más sucio ahora, y escupe un chorro espeso de saliva sobre el rojizo agujero, uno que llena otra vez, lentamente, centímetro a centímetro, con su tolete, para retirarlo y regresarlo, de a poco, adaptándole. Se la mete toda, ladeándola en todos los sentidos, guiándosela arriba y abajo, buscando hasta que le golpea en la próstata; no le es difícil, sabe de esas cosas. Ahora, con ese dato, le coge duro, a fondo, la mete y saca dándole justo allí. Y Antonio abre mucho los ojos, entre las lágrimas y la sangre, esa vaina le estaba afectando de una manera que le enferma. Ya no dolía.

   -¿Te gusta, cholo? Creo que sí, tu coño me lo abraza.

   -¡No! ¡No! –ruge angustiado, sintiendo como su agujero se abre y cierra, como espera el masaje interno. El cómo le calienta.- ¡No! –grita como única defensa.

   -Si, te gusta, cholo puto. Te gusta, porque eres un pobre marica reprimido que toda la vida ha querido engañarse. Pero sólo a ti te mientes, cholo. –le ruge casi al oído, teniéndosela bien metida, agitándola así en su culo lleno.- Todos saben lo muy marica que eres. –le mira negar con la cabeza, gimoteando, mitad dolor, mitad otra casa que provenía de la manipulación de su próstata.- Piénsalo, choclo de mierda… Tal vez si tu padre te hubiera desvirgado en tu cama de niño, convirtiéndote en su nena a la que visitaba cada noche, llevándote tus pequeñas pantaletas que luego te quitaría con sus dientes, una nena que luego pasaría a otro y otro, no habrías terminado siendo el sucio delincuente que eres. Serías la satisfecha putita de un hombre que habría cuidado de ti, comprándote pantaletas de satén… -casi le muerde la oreja.- O como puta en un burdel, atendiendo a mil marinos cada noche… llena de machos y satisfecha sexualmente. Lejos de aquí.

   El grito final que lanza, ese “¡no!” de rabia, no se sabe si es de odio, oposición al hombre que le somete sexualmente, o una negativa a lo que va sintiendo en esos momentos. No quiere eso, no le gusta, pero sabe que está erecto, caliente, la tiene dura, casi a punto de correrse, no puede ocultárselo. Pero tiene mala suerte. Robert Read brama como un animal y se corre abundantemente, puede sentirlo perfectamente, el cómo la verga se puso más dura y ardiente, recorrida por algo increíblemente caliente que estalla y sale llenando el pequeño globo del condón.

   Es por eso, por ese clímax alcanzado de primero por Robert Read, quien bufa satisfecho y gozoso, contento de lo que hizo, que Antonio no conoce el suyo, el primero que iba a tener mientras el güevo de otro hombre ocupaba todo su culo. Cuando este sale de sus entrañas, Read vuelve a lastimarle, pero no es por eso que cae sobre el piso, lloroso. La verdad es que se siente destruido. Le siente caer a su lado, pero no quiere verle.

   Terrible error.

   Una mano de Robert Read atrapa nuevamente su cabello y le estrella la cara otra vez contra el recipiente metálico, de manera salvaje.

   -Nunca debiste tocar lo que era mío, cholo. –le oye lejano, mareado y adolorido por el nuevo golpe, sangra aún más por la nariz, sabe que tiene el tabique desviado y el labio inferior partido. Sin embargo se tensa y gime cuando el peligroso convicto, con algo, corta sobre su nalga derecha. Rápido, ágil, experto. Y luego le deja allí, caído, mientras se pone de pie.

   -Déjame… -farfulla.- Lo siento, maestro Read… No volveré a hacerlo.

   -¡Cuanta mierda! –le oye gruñir como si no le hubiera escuchado, sabiendo que habla del condón, que parece lavar un poco con la gruesa manguera que se conecta a las enormes lavadoras, abriéndola al mínimo.

   Borrosamente le mira subirse las ropas, sin quitarse el suspensorio. Le nota volverse y siente un frío de miedo. Tardío de reflejos, entendiendo que es por la confusión de los golpes y de lo ocurrido (el ataque sexual), intenta gatear para escapar, pero Read llega a su lado y se inclina, mete una mano por su brazo derecho y le atrapa casi en el hombro, mientras la otra mano le atrapa por detrás de la rodilla del mismo lado, alzándole en peso como si fuera un muñeco roto, y con un único impulso le arroja dentro del pipote metálico, de cabeza, golpeándole en la caída, quedando atascado, adolorido. Aún así grita cuando siente que algo baña sus nalgas abiertas, goteando hacia abajo, un líquido poderosamente oloroso que le quema la nariz y los ojos cuando cae. Cloro. El chorro cae y cae, siente como la garganta se le quema, lo mismo que los pulmones, tosiendo de manera frenética… No puede detenerse, toser agónicamente, hasta que cae, a su lado, la boca de la gruesa manguera que alimenta las lavadoras. Y de ella el agua comienza a fluir, un potente chorro que rápidamente lo va llenando todo.

   Antonio entiende y abre mucho unos ojos casi ciegos por el cloro. Grita y grita, le llama, le pide que le ayude, que le deje salir, que lo perdone, pero el agua sube mojando su cabeza y frente, lo que está más al fondo. El agua le cubre y tiene que contener la respiración mientras intenta estirarse, bajar los brazos e impulsarse hacia arriba, o usar las caderas para reptar y subir. Pero no puede. Todo le duele, está semi atorado, el cloro le dejó sin aire y ahora el agua le cubre. Todavía farfulla y se debate, llamando mentalmente alguien, a quien sea. Necesita ayuda. ¡Alguien tiene que ayudarle, por Dios!, es lo que piensa, luchando, ojos muy abiertos, quemándose más con el agua con cloro. Pero no le importa. Es difícil aguantar la respiración. Siente que explotará. Necesita tomar aire. Respirar. Pero no puede. No puede. No debe… y quiere gritar. Lo hace. Grita y el agua entra por su boca y nariz, el choque parece golpearle el cerebro, intenta repelerla, escupirla, toserla, pero esta entra y entra, ahogándole. Se iba a morir ahogado en un recipiente de basura.

   Read recorre todo con la vista. No ha dejado nada visible alrededor, el agua con cloro se desborda del pipote donde unas piernas emergen al fin, pataleando, y moja el piso, las paredes del recipiente, todo el lugar. Llevándose todo material orgánico. Sale sin volverse, dejando que el agua ocupe su espacio, ni siquiera se queda para ver esas piernas agitándose frenéticamente, muy tensas, aflojándose finalmente.

   Antonio Rivera ya no saldría de prisión ni se vengaría de nadie.

……

   La muerte de Rivera, descubierta media horas más tarde de ocurrida, provocará un verdadero revuelo de tinte racial y étnico. El Alcaide enloqueció de rabia, ¿cómo pudo ocurrir eso en un lugar vigilado las veinticuatro horas del día? ¡Bajo el control de los carceleros! También le afectó, como a todos los que supieron del asunto, el grado de violencia al que fue sometido, su violación como tal, y el símbolo tallado con una navaja en su glúteo derecho, la cruz gamada.

   -¿Los nazis? ¡¿Esos hijos de puta?! –se repetían la pregunta, unos a otros, unos iracundos latinos.- ¡Esta mierda no se puede quedar así!

   Nazis, negros, musulmanes, todos lo comentaron. Nadie negó nada, ni dijo creer algo. Realmente a Antonio Rivera no le apreciaba nadie, ni sus compañeros, pero había que dar la parada.

   Adams, el vigilante obeso, nada dice, aunque sospechas cosas. Y teme. Sería fácil contar lo que vio en las duchas, al sujeto ese llegando para impedir la violación en grupo de la puta de Read. Pero también estaba Read. Y este la asustaba, algo que jamás confesaría a nadie, pero era cierto. Debía hablar con Lomis, ese hijo de puta le había metido en muchos problemas.

   Pero nadie se preocupó más que Daniel Pierce, quien temeroso vio llegar a Read esa tarde y dándole la espalda arrojó algo al inodoro, bajando la palanca; pero alcanzó a ver un condón lleno. También ocultar la delgada navaja tipo bisturí, bajo el colchón de su litera. Al escuchar del ahogado, recordó lo que casi le ocurre a él en el sucio inodoro. Sentado sobre su camastro le vio con una luz nueva, terrible. Read presintiéndole, se volvió y le miró, alto, velludo, algo barbudo. Peligroso. ¿En manos de quién estaba? Imagina que comenzará una investigación, de vigilantes, policías, forenses… ¿llegaría hasta esa celda? Algo de decía que no debía ilusionarse.

……

   Después de ser atacado por Read cuando se le enfrentó por la visita de Diana, siendo casi medio sumergido en el inodoro, Daniel no sabía qué esperar de la situación que vivía con el otro dentro de la celda. Y mucho menos después de la muerte de aquel tipo que le atacara en los baños, Rivera. No sabía cómo comportarse y el enorme oso no le daba indicaciones. Llevaba dos noches sin tocarle, justo desde el ataque. El peligroso criminal despertaba, salía, regresaba, se acostaba y no hacía uso de él. Y no lo entiende, ni la ansiedad que siente por ello. Bien, eso sí, al otro día llegaría Diana… y le tenían prohibido verla.

   No se atrevía a desobedecerle… aunque ahora no sabía qué hacer, qué lugar ocupaba allí. ¿Seguía siendo su perra? No está seguro. Eso sí, se rasura, cepilla su cabello, algo largo, terminando recogiéndolo en coleta corta con una liga; toma largas duchas y se asegura de usar el suave desodorante, el talco perfumado… y las tangas. Ya las usa sin detenerse a pensar en ello. De manera natural se rasura, se ducha, se perfuma y entra dentro de alguna de las suaves y acariciantes prendas. Casi todas presionándole de forma sedosa por delante, por detrás metida entre sus nalgas. Ya es algo maquinal. Estaba cambiando, estremeciéndose, lo notaba. Tal vez eran esas pastillas que debía seguir tomando, que sensibilizaban su piel, o la crema que ardía en sus pezones, los cuales casi no podía tocar sin sentir cálidos toques de placer. Mirándose al espejo comprueba que sus tetillas han crecido. Las aprieta y casi gime de gusto.

   La primera noche de abstinencia casi temió un ataque del oso, pero este leía sobre su cama, aunque le dedicó una mirada de admiración cuando se desnudó para acostarse, detallando su cuerpo marfileño, esbelto, firme, enfundado en la pequeña pantaleta aguamarina. Tal vez por eso se animó a aceptarle un trago, una de esas botellitas de whisky que no sabe de dónde las saca, pero que toma porque lo necesita, el licor, aunque sospecha que tiene algún otro añadido. Lo bebió con rapidez, facilitando dos pastillas también, y esa noche sintió calenturas sexuales. Su verga creció contra la suave tela y el menor movimiento le pareció excitante, y no sólo sobre su tolete, también contra el culo. Sus tetillas estaban imposiblemente duras. Sin hacer ruido se tocó un pezón y casi gimió, mientras bajó la otra mano, dentro de la pantaleta y…

   -No se te ocurra, Tiffany; aparta las manos de tu clítoris. No tienes permiso para tocarte o masturbarte. –oyó en medio de la noche la voz de mando, seca y fría, proveniente de la cama superior.

   Se contuvo, congelado de miedo por un segundo, pero quedando luego frustrado y caliente sobre la cama. Cerró los ojos intentando escapar al mundo de los sueños, y lo consiguió a medias, pero sus ensueños estuvieron llenos de imágenes, unas donde se duchaba, desnudo, lento, el agua tibia en forma de lluvia recorría y acariciaba su piel, y alguien llegaba por detrás, rodeaba su cintura, le abraza, chocaba de un cuerpo firme… de hombre. Y lo deseaba.

   Se revolvió en la cama, molesto, angustiado por esas fantasías. Fue una mala noche. Al día siguiente, ese día en la mañana, todo continuó igual. Trabajó, escuchó sobre el muerto, las mil teorías que había. Y mantuvo sus manos el mayor tiempo posible alejadas de su verga o tetillas, temiendo que Read se enterara.

   Diana. Su mujer iría al otro día y…

   Dios, necesita verla, hablarle. Debe intentar pedirle ayude, que intente lo que pueda por él. Tiene que salir de allí, alejarse de ese hombre que terminará matándole como hizo con el latino. Pero no puede desobedecerle, ahora menos que antes. Le tiene miedo. Mucho miedo. Sin embargo, debe intentarlo. Convencerle de permitirle verla.

   Así llegó a ese momento dentro de la celda, la cortina corrida porque es temprano en la noche; sentado en su camastrón con su braga naranja, recién duchado y perfumado, cabello recogido en coleta de nuevo, le mira al caer de su litera, dos botellitas abiertas en las manos otra vez.

   -Ten… -le tiende una, recorriéndole con la mirada.

   Daniel, tomándola y tragando en seco, entiende que el otro le desea.

   -Gracias. –croa y bebe, el licor ardiente se siente bien bajando por su garganta, calentando su estomago, fuego que se riega por todo su cuerpo de una manera embriagadora, obligándole a suspirar. Le ve darle la espalda, arrojar todo a la basura (aunque alguien debía darse cuenta de las botellitas de licor ilegal, ¿verdad?), disponiéndose a volver a su camastro.- Espera… -jadea suplicante. Enrojeciendo cuando Read le mira.

   -¿Si?

   -Yo… quiero hablar.

   -No estoy de humor para charlas de chicas, Tiffany. –suena fastidiado y va a subir, pero el hombre rubio le atrapa una muñeca gruesa con sus manos.

   -Por favor… -suplica con una voz suave, ronca y baja, respirando pesadamente, su cuerpo más consiente de sí. El hombre se medio dobla y le mira, ceñudo.

   -¿Quieres algo de mí, Tiffany? –le pregunta ronco, directo, envolviéndole con la mirada.

   No sabe por qué, pero ese tono y esa mirada le erizan, piensa Daniel. Y justo en ese momento la cabeza le queda en blanco, todo da vueltas. Quiere rogarle, suplicarle de rodillas que le deje ver a su mujer. ¡Necesita hablar con ella!, pero, imagina que por el alcohol aliñado, no parece capaz de hilar dos ideas coherentes, tan sólo consiente de la firmeza y calor de esa muñeca que todavía retiene.

   -Tócame… -le pide, y en cuanto lo dice se estremece envuelto por una calidez procaz. Siente sus tetillas muy erectas, así como su miembro aprisionado contra la suave tela de la tanga, la tirita sobre su culo parece desesperarle, su boca está seca.

   -¿Qué quieres en verdad, Tiffany? –le pregunta de nuevo, voz alta, alzándose en todo su tamaño, brazos cruzados sobre el pecho. Mirándole dominante. Y Daniel parece agitarse más, la cabeza muy confusa.

   -Quiero chupártela… -casi jadea con la boca más seca, su verga babeando un poco, su culo titilante bajo la tirita suave del hilo dental. Olvidado de lo otro. Porque si, necesita, justo en esos momentos… otra cosa.

   -¿Cómo dices, pequeña? –finge no escuchar, ladeando la cabeza.

   -¡Quiero chupártela! –brama, sonrojándose al escuchar risitas fuera de la celda, cosa que, sin embargo, le eriza más.

   -¿Quieres chupar mi verga, Tiffany? ¿Tragarla toda y beber hasta la última gota de mi semen caliente?

   -Si… -casi lloriquea suplicante, él mismo odiándose un poco pero sin poder controlarse.

   -Pídemelo bien. –es cruel, pero indudablemente feliz. Su Tiffany al fin despertaba a la vida.

-Por favor, señor, déjeme chupársela. La quiero en mí. –no puede contenerse, y escucharse le aterra y excita.

   Las risas de afuera responden a sus palabras, no así Read. Agitado se pone de pie y suelta la liga de su cabello, que cae casi sobre sus hombros, agitándolo con cierta coquetería, saliendo de la braga lentamente, estremeciéndose cuando nota la mirada de Read sobre sus tetillas, unas que arden con fuerza, necesitadas de ser chupadas y mordidas, lo sabe. La braga cae y queda en la breve tanga rosa, totalmente erecto, alto, suavemente musculoso, esbelto, su trasero redondo tragando la tela, provocando los jadeos que intentan ser de burlas de los reos que miran desde el otro lado del pasillo, pero que son de lujuria ante la increíblemente erótica imagen de ese hombre joven y decididamente guapo ofreciéndose en aquella tanga que todos desea tocar y recorrer con sus dedos, especialmente entre sus nalgas, pidiendo mamarle el tolete al enorme oso feo y malo.

   -¿Quiere que te tome, Tiffany? –aún pregunta Read, voz estrangulada de deseos oscuros.

   -Si.

   -¿Por qué? ¿Por qué tendría que responder a tus caprichos de niña rica? –le reta mirándole a los ojos.

   -Porque eres mi señor… -grazna lo que sabe que el otro quiere escuchar, pero pasando al ataque.

   Daniel Pierce, el hasta hace poco exitoso corredor de bolsa, seductor y medio canalla sexualmente, se arrodilla frente a ese hombre, frotando el bello rostro del enorme bulto que destaca allí, sumiso y solícito, como le gusta a todo carajo que esté con quien quiera comérsela. Abriendo los labios rojizos y mordisqueando la pieza con sus dientes blancos y parejos de chico rico y exitoso ahora convertido en perra de ese sujeto, intenta convencerle. Y afuera todos chillan, ríen, casi agitan los barrotes ante la visión de esa espalda ancha y blanca, esa cintura estrecha y las musculosas nalgas abiertas, la tirita rosa cubriendo la raja, las bolas envueltas más abajo; un tío ofreciéndose a la lujuria de su macho. Quieren verlo, abierto por la verga del otro mientras chilla como una putita feliz.

   -¿Que quieres en verdad, Tiffany? –todavía reta el hombre, mirándole, controlándole.- Habla o esto se acaba…

……

   El timbrado del teléfono despierta a Jeffrey Spencer de manera brusca, casi haciéndole caer del sofá donde se adormiló leyendo algo, perdido momentáneamente entre lo que soñaba y la realidad. Se sienta y se tiende hacia la mesita del centro, tomando el móvil… presionándose con la panza el abultado pene dentro de su bermudas holgado. Había estado soñando con lo ocurrido con el jefe Slater tres noches antes, siendo tomado otra vez por el inmenso hombre de ébano de verga titánica, reviviendo como en una película cada detalle, apareciendo luego, de la nada porque no estuvo, ese otro hombre apuesto, musculoso, desnudo y erecto…

   -¿Si? –responde todavía confuso.

   -¿Abogado? Soy el detective Selby. –responde una voz profunda y varonil, la de ese hombre con quien soñaba poco antes, desnudo y de verga tiesa, caminando hacia él.- Necesito verle… ¡Ahora!

CONTINUARÁ … 25

Julio César.

NOTA: Lo dicho, Robert Read es un monstruo.

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 23

septiembre 18, 2014

… SERVIR                         … 22

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

HOMBRES ATADOS

¿Cuántos caerán para satisfacerle?

……

   Todavía temblando por todo el peligro que corrió, sólo eso, ¿okay?, Daniel Pierce regresa escoltado a su celda, cruzándose con hombres que le sonríen lascivamente, todos los que le saben “la caliente puta” de Read. Agradece la soledad de la celda, aunque se pregunta de pasada dónde estaría ese horrible hombre. Cómo era posible que un condenado a muerte (y se estremece al recordarlo) pudiera movilizarse así, como le daba la gana y con tanto desparpajo. Se sienta en su litera, inquieto, llevándose una mano al suave cabello rubio oscuro, algo largo, le caía sobre el cuello y la frente. Debía hacer algo al respecto. Y allí, quieto y a solas, intenta con todas sus fuerzas no pensar en su reacción cuando ese joven y atractivo convicto le tuvo entre sus brazos. Geri Rostov. Siente sus mejillas arder, rojas de vergüenza, molesto consigo mismo. El sólo nombre le afectaba. ¿Qué estaba ocurriéndole? Está bien, ese hombre horrible le dominaba y usaba sexualmente, ¡pero él no era un marica!

   La reja se abre, casi con violencia, y sobresaltado como está, casi culpable por sus propios pensamientos, se pone de pie y encara a Robert Read, que entra muy serio.

   -¿No fuiste a trabajar, Tiffany? –le pregunta, caminando hacia su litera.

   -No, yo… no me sentí bien.

   -¿La menstruación? –se burla, achicando los ojos al verle bajar la mirada.- ¿Ocurre algo, princesa? –le ve dudar.

   -No… nada… ¡Ahhh! –no puede evitar el grito.

   Robert Read, endureciendo el rostro, le cruza la cara con el dorso de su mano derecha, con fuerza, haciéndole retroceder.

   -¿Por qué mientes, Tiffany? ¡Sé lo que ocurrió en las duchas! -es tajante, indiferente a la gente que pasa y escucha.- ¡Intentaste seducir a varios carajos! –le acusa.- Y vas a pagármela, pequeña zorra. –otro bofetón derriba sobre su litera a un totalmente aterrorizado Daniel.- Si quieres comportarte como una cualquiera, te venderé al prostíbulo de los armenios, para que seas la perra de cientos cada noche. –sentencia, encimándosele, esperando su reacción.

   En sus ojos brilla una rabia infinita… y homicida.

……

   Mientras sube las escaleras, después de asegurarse de que estaba ahí, hablando con la encargada de la consejería, Jeffrey Spencer, recuerda algo de lo dicho la noche anterior por el jefe Slater, cuando estuvo sobre sus gruesas y poderosas piernas, la titánica pieza negra que poseía bien clavada en sus entrañas, sobre lo que sus amigos decían de los culos de los chicos blancos. Meneando la cabeza lo aparta, no quiere pensar en eso. Ni recordarlo. Debía concentrarse en su trabajo, y parte de eso era entrevistarse con el detective que llevó a cabo la investigación contra Robert Read. Toca al timbre. Nada. Otra vez. Igual resultado. Le dijeron que estaba, así que insiste llamando con los nudillos.

   -¡Un momento! –escucha el rugido de una voz irritada. La puerta se abre y a Jeffrey Spencer la boca se le abre tanto como los ojos.

   Frente a él se encuentra un sujeto de casi dos metros de altura, atlético y fibroso, treintón, llevando una camisa abierta que deja al descubierto su torso ancho y de buenos pectorales, el pantalón del pijama, bajo en la cintura y de tela suave, permite ver parte de sus pelos púbicos y la silueta suelta de un miembro morcillón.

   El detective Owen Selby era un atractivo, poderoso y aparentemente muy bien dotado hombre negro.

……

   Daniel Pierce se siente atrapado en una horrible pesadilla, una que dura y dura sin parecer terminar jamás. Al terror vivido en las duchas, le sigue esto, la violencia y las amenazas de Read. Tiembla, abrumado, imaginando ante sí un horrible futuro donde es tocado, violado, marcado con armas blancas y… Grita, cerrando los ojos.

   -¡Yo no hice nada! Ellos me atacaron. ¡Me atacaron! –llora, apesadumbrado, rompiéndose, ¿qué tanto se esperaba que resistiera semejante calvario?

   -Lo sé. –la leve y profunda frase le impacta, se vuelve a mirarle.

   -¿Lo sabes? ¿Y entonces…? –no lo entiende, ¿por qué le gritó y amenazó de esa manera? ¿Y los bofetones? Se lleva una mano a la mejilla y casi pega un bote cuando el sujeto cae sentado a su lado en la litera.

   -Debiste contármelo en cuanto llegué. Debiste buscarme en cuanto ocurrió. ¡Eres mi chica y fuiste atacada! –parece ser la simple respuesta. Eleva una mano y el hombre rubio se agita, pero la enorme y callosa palma acaricia una de las mejillas abofeteadas.- Mira lo que me obligas a hacerte, ¿tanto te cuesta comportarte como mi nena obediente y sumisa? Nadie debe tocarte ni lastimarte, Tiffany… -le gruñe bajo, acercándose, metiendo su cara larga en el cuello del otro, olfateando.- Eres tan hermosa y sexy que entiendo que esos perros te busquen, pero no pueden poner sus manos inmundas en ti. –los gruesos labios caen sobre la sensible piel, mientras la mano baja, metiéndose entre la braga naranja del uniforme, cayendo sobre el torso del helado hombre, acariciando en un leve abaniqueo de arriba abajo una de sus tetillas.

   En cuanto los dedos tocan y rozan, un todavía enmudecido Daniel Pierce se estremece, una poderosa corriente de placer y excitación le recorre, su pezón endurece tanto que casi duele de una manera deliciosa. Read sonríe, sabe bien por qué responde así, y eso que apenas comenzaba.

   -No debemos discutir… -le susurra al cuello, mordiéndole un poco, al tiempo que con pulgar e índice atrapa el erecto pezón y aprieta.

   Daniel quiere resistir, de verdad, pero la oleada de calor y lujuria que le recorre no se lo permite y gime. No quiere pero echa la cabeza hacia atrás cuando la rasposa y babosa lengua del peligroso convicto cae muy abierta sobre su piel, lamiéndole lenta y deliberadamente desde la orquestilla esternal a la barbilla, que mordisquea, mientras sigue manipulándole el pezón con sus dedos. Bajando, dejando un reguero de saliva, el enorme oso llega hasta su torso, abriéndole la braga, sonriendo con lujuria frente a sus pezones muy vistosos, salientes, casi del largo de una uña. Y su boca cae sobre una de las tetillas, cubriéndola, bañándola en cálida saliva, mordiendo levemente, succionando luego, tocándola todo el tiempo con su lengua, mientras manipula con los dedos el otro. Y Daniel gime, sabe que lo hace porque oye risitas en el pasillo, pero no puede contenerse. Sus pezones estaban ardiendo, estaba totalmente perdido, por lo que no pudo detener la enorme mano velluda que se metía entre la braga, recorriendo su espalda, de arriba abajo, con propiedad. El pezón es dejado en libertad, brillante de saliva, duro, rojizo.

   -Tu piel es tan suave, Tiffany… -le oye susurrar antes de caer sobre su otra tetilla, repitiendo la dosis, chupando con fuerza, ruidoso, masajeándole de manera intensa, pero ahora mirándole, viéndole cerrar los ojos, boca abierta, jadeando con sus pómulos rojos. El cruel hombre no puede evitar sonreír, le tenía en sus manos, pero también estaba caliente. Baja la mano acariciando la realmente suave piel del otro hombre, lisa, llevándola hacia una cadera, estremeciéndose al encontrar la suave y diminuta telita de la pantaleta de mujer que usa, algo seguramente muy chico y sensual. Recorre, vicioso y posesivo, la cadera, el muslo, sobre la pelvis, encontrándole totalmente erecto, casi levantando la breve tanga.- Estás caliente, Tiffany… -aprieta y masajea, haciéndole gemir.- Tu clítoris palpita. –medio ríe, mordiéndole el pezón.- Eres tan ardiente, nena… Toda una mujer.

   -No, yo… -quiere resistirse a pesar de sentirse sin fuerzas y totalmente mareado por todas esas poderosas sensaciones que le recorren. Porque si, la mano del convicto, casi tanto como su boca, hacen responder su cuerpo.

   -Te gusta, mami. Y, ¡oye!, está bien. Está bien que te guste el sexo, que un hombre te excite. Eres una hembra joven, saludable y hermosa… -le mira a los ojos, respirándole sobre la tetilla que recibe su aliento.

   Cuando el peligroso convicto nota que el otro va a protestar, cubre nuevamente la tetilla con su boca, muy abierta, y succiona de manera ruidosa, haciéndole tensarse, estremecerse, gemir; pero nada a cuando su mano va rumbo a ese trasero, recorriendo la firme piel de las nalgas redondas y depiladas, gozándose el rudo hombre en tocarle sobre la pequeña porción de la tanga, antes de meterse y dirigirse a la raja. Daniel quiere resistirse, pero no puede, está atrapado en las reacciones de su cuerpo, alzándose un poco, todo erizado al sentir el roce de los gruesos dedos sobre su culo titilante, porque sabe que le titila. Y cuando uno de los dedos se pega de él, frotándole la entrada, casi le hace gritar, y no sabe si ocurre, si es Read quien eleva un poco el dedo o él echa su culo hacia atrás, pero el esfínter se abre y medio dedo del peligroso convicto penetra.

   -No, por favor… -todavía jadea, totalmente mareado e indefenso, atrapado por esa lujuria que no entiende, pero aferrándose a lo que es, o era, un hombre; Read deja sus tetillas, subiendo, sentándose a su lado, ese medio dedo todavía enterrado.

   -Tiffany, ¿de qué hablas? ¿No? Pero tu dulce coño está totalmente mojado. Necesita esto. –mete y saca su dedo, lento, tan sólo un poco.- Necesitas que te penetre, que te llene con mi hombría. Necesitas sentirme, sentirte tomada por una verga pulsante que te haga vivir. –casi la anuncia a la cara. Y Daniel cierra los ojos, no queriendo evocar las imágenes que tales palabras conjuran.

   -¡Convicto! –grazna una voz que se acerca, y mientras Daniel se impacta, avergonzado, Read, molesto, mira hacia la reja, sacándole el dedo del culo como si tal cosa, encarando al obeso vigilante Adams, que parece algo sobresaltado de verles así.

   -¿Qué quieres, cerdo?

   -¡Maldito convicto! –es la réplica común a la pregunta de siempre, pero se controla.- Me “pidieron” decirte que tu amigo quiere verte. –le informa al peligroso criminal, preguntándose de qué va todo ello; unos cuantos billetes habían asegurado el envió del mansaje, pero no puede evitar preguntarse en qué anda ese convicto que debería estar encerrado en solitario en el Pabellón de la Muerte.

   -Bien. –sonríe Read.

   -Y a ti te viene visita. –le avisa a Daniel Pierce.- Tu abogado y tu mujer. Pasado mañana. Y qué sorpresa se llevará la pobre. No uses labial, ¿okay? –anuncia, ríe y se aleja.

   Ante las palabras, un cubo de agua fría parece bañar el cuerpo del hombre rubio que se medio compone en esa litera, cubriéndose. Su mujer, Diana, ¿allí? Su corazón palpita con fuerza y no puede evitar sentir un ramalazo de esperanza por todo su ser. De ser ayudado, que su caso se reabra… Traga. Salir de esa celda. Ir a otro penal. Escapar de…

   -No la verás. –le informa Read, simple y firme.

   -¿Qué? –por un segundo no le entiende. ¡No podía hacer eso!- ¡Voy a verla! –ruge, poniéndose de pie, envalentonado y desesperado. La esperanza anida en su pecho. Podía escapar…

   Lentamente Read se pone de pie también, imponente, alto, fuerte, algo fornido. Encarándole.

   -¡No la verás! Y no me hagas repetírtelo otra vez. –ruge feo.

   -¡No!, yo… -se opone.

   Debió esperarlo, el puñetazo al estómago que le deja sin aire, mareándole, tanto que alarmado, pero como flotando indefenso, nota que Read le atrapa el cabello y le guía hacia el inodoro, el agua algo amarillenta de orina, empujándole allí. Intenta oponerse, aferrarle las manos, pero un nuevo puñetazo a un costado le deja adolorido, cayendo de rodillas sin poder evitarlo. Y la pesadilla comienza. Read le hunde la cara en esa agua hedionda, lucha, ojos muy abiertos, siente que ya no aguanta, que explotará, y el hombre le deja salir, gritándole que nunca podrá hacer nada que no le ordene porque él es su macho y tiene que obedecerle. Y la rutina se repite tres desesperantes veces más, algo de agua entra por su nariz y boca, antes de ser liberado, cayendo a un lado del inodoro, tosiendo, aterrado y llorando en el piso. Vencido. No, no podía dejarle… Y berrea como un niño, roto.

   -¡Silencio! –le brama, obligándole a encogerse sobre sí.- No verás a nadie, no tienes mi permiso. ¿No lo entiendes, Tiffany? Me perteneces. Eres mía. Mi hembra.

……

   -¿Si? –el hombre negro parece algo cabreado frente al sujet que le mira de manera tonta.

   Jeffrey debe hacer un esfuerzo sobrehumano para volver a recuperar el control. No era que estuviera viéndole la silueta de la verga, ni el tamaño al realmente apuesto tipo que le recordaba vagamente al actor Will Smith, sino que… ¡Un impresionante tío negro frente a sus ojos! ¿Acaso estaba siendo manipulado aún más allá de lo que imaginaba por Robert Read? Fue él quien le envió a hablar con ese hombre en especial… un atractivo hombre negro, bien dotado (aparentemente), después de guiarle en esa dirección con el jefe Slater.

   -Yo… si… -traga en seco, se acomoda los anteojos y se recompone tendiéndole la mano para presentarse.- Lamento molestarle, detective Selby, me llamo Jeffrey Spencer. Soy abogado.

   -¿Abogado? –le ve hacer una mueca cuando le atrapa la mano tendida y aprieta. Con fuerza pero no intencionada, cubriéndose luego un poco con la camisa, de pronto consciente de su facha.- Estaba… bien, regresé tarde de una fiesta. ¿Nos conocemos de alguna investigación, abogado?

   -No, eh… represento a Robert Read. Un hombre que…

   -Sé muy bien quién es. –es cortante, desaparecida toda su adorable confusión de borracho atrapado durmiendo y medio desnudo. Se ve alerta. Inquieto. Y molesto, algo que apena a Jeffrey.

   -Si es un mal momento…

   -Con ese sujeto siempre lo es. ¿Qué quiere? No me malinterprete, pero creí que nunca más tendría que saber de él.

   -Necesito algunos datos. Aclarar… cosas. –se ve incómodo, como no queriendo decir que desea, o intenta, defenderle, porque no quiere, pero que lo hará porque es su deber; que a pesar de que el hombre sea una porquería, tenía que intentarlo.

   -Es una pila de mierda. Eso debería terminar con el tema. –es tajante, luego toma aire, mano sobre su torso, cerrando la camisa abierta.- Okay, pase. –se hace a un lado.

   El abogado entra y mira la pequeña pieza, amueblada con un gusto un tarto espartano, como si su ocupante acostumbrara a estar fuera y sólo buscara cosas por su utilidad más que comodidad o armonía. Había un algo de mucha masculinidad flotando en el ambiente, tal vez por los cuadros o los adornos. Toma asiento cuando el hombre le indica un sillón, rechazando un café, sentándose el otro frente a él, piernas abiertas, la silueta de la verga cayendo, empujando hacia abajo la suave tela, la camisa cerrada por la mano. Aparentemente el hombre tenía un gran concepto de sí, pensó el abogado algo sofocado.

   -¿Qué quiere ese bastardo?

   -Parece tenerle inquina. –se amosca Jeffrey.

   -Sí, pero no como para manipular un expediente o una investigación. –le aclara sin acritud.- Ese sujeto intentó, con artimañas, ensuciar mi nombre, para desacreditarme. Pero fuera de eso… -se ve concentrado, olvidándose de la camisa que se abre dejando ver el torso ancho y musculoso de tetillas oscuras, perfiladas, algunos pelos rodeándolas.- Robert Read es un monstruo. –parece no encontrar palabras mejores y Jeffrey se revuelve en su silla, apartando la mirada de la silueta de la verga, donde cayó al querer dejar de mirarle los pectorales; joder, ¿por qué le obsesionaba eso ahora?

   -¿No cree…? ¿No tuvo nunca ninguna duda sobre lo ocurrido? –intenta concentrarse.

   -Jamás. –es tajante. Se echa hacia atrás en el mueble, su cuerpo exhibiéndose más.- Cuando llegué al matadero, lo sentí. Había un aire de vicio, de torcido, y recordé cuentos de castillos medievales donde se torturó gente durante la Inquisición. Los pelos de la nuca se me pararon. Los mataderos tienen su fama, la gente suele decir que de noche se escuchan cosas… -sonríe para sí.- ¿El alma de los animales sacrificados? ¿Tienen almas los animales? ¿Acaso será tanta sangre derramada? Como sea, lo sentí. Quise irme en cuanto llegué, aunque tal vez era porque sabía qué encontraría. Era un edificio grande en forma de C cuadrada, dos pisos, desde afuera era fácilmente creíble imaginar que te vigilaban y que sus muros ocultaban secretos. Había un mal ambiente, abogado. Techos altos, mala iluminación, pasillos largos y estrechos. Y estaban los cadáveres, claro. Fue como comenzó todo, uno de los asistentes echó de menos a una joven recién llegada, indagó… y la encontró. Muerta, asfixiada. Fue Read. Los forenses hicieron sus pruebas, ADN, las huellas alrededor del cuello coincidían con el tamaño de sus dedos; pero yo no necesitaba escucharles. Lo vi en sus ojos, entre dos uniformados, esposado con las manos atrás, frente al cadáver. Arrogante, cruel, creído de sí, demasiado inteligente para nosotros. –se echa hacia adelante.- ¿Conoce su historia? Fue un chico precoz, un genio en la escuela, pero también con un largo historial de crueldad hacia los animales y otros compañeros, y sus padres encubriéndole. Médico clínico se decidió por la sociología. Y no es difícil entender el por qué; la posibilidad de influir y sugestionar a otros debieron ser determinante. Para lastimar, para herir mentalmente. Es un sádico de ese tipo. Un hombre inteligente, fuerte de carácter y presencia que disfrutaba controlando y manipulando… -detalla y cada palabra eriza la piel de Jeffrey.- Él… juega a ser el diablo. Y le gusta. Por eso dejó la práctica sanitaria. Para invisibilizarse y cazar en la oscuridad. Hablando con los trabajadores del matadero supe de un joven afeminado que se cortó una mano con una sierra, frente a todos, llorando mientras lo hacía; todos dijeron que fue su culpa. Read lo indujo. Y un suicidio. Esa joven muerta, Victoria Hart, fue un daño colateral. Era dura, carismática y fuerte de carácter, y ella vio lo que hacía con otros. Sobre todo con el joven afeminado que desapareció en los días cuando ella llegó. No se creyó eso de “se fue”. La señorita Hart hizo sonar las alarmas y Read las escuchó, matándole, pero otros ya iban tras las pistas. Buscamos y la encontramos. A ella. También a cinco personas más, sepultadas tras la propiedad, el chico entre ellas. Cinco, no, seis cadáveres bajo su techo. ¿Por qué lo hizo? ¿Qué les hizo? No se sabe. Pero fue él.

   -El señor Read sostiene que fue una trampa. La principal implicada era una señorita… -revisa sus notas.

   -Gibson, Marie Gibson, lo sé. Ella vivía aterrada bajo su sombra; había sido su mujer durante años. Conocía de su maldad y le temía, pero al final habló.

   -El señor Read sostiene que… ella era la culpable. Qué estaba trastornada y esas personas no habían sido sus primeras víctimas…

-Dijo muchas cosas. Pero nosotros encontramos muchas más entre sus pertenencias. Grabaciones de charlas con gente a la que atormentaba sociológicamente, cuadernos de notas detallando miserias mentales a las que sometió… -cierra los ojos y recita.- “Es una persona patética que sabe nadie le ama, que estorba, que es un error en el diseño de Dios, una ofensa, una abominación, que todos estarían mucho mejor sin él, ¿por qué no se matado?”. –toma aire y sigue, con otro, el chico de la mano cercenada.- “Le duele, mucho, su vida de marica reprimido le carcome como el cáncer, se odia demasiado, y el dolor se vuelve toxico; pero responde a las heridas, cortarse la piel, sangrar, le alivia; pero se le va la mano, las heridas son profundas. Quiere llegar a la raíz de su mal, ¿qué pasaría si su peor temor, que su padre le vea como el marica que es, se cumpliera?”. Eso lo escribió de ese chico afeminado. Y su cuerpo mostraba…

   -Si, lo entiendo. –es rápido deteniéndole, corazón acelerado, pero su mente ágil se agarra a un filón.- Detective, ¿mató Robert Read a toda esa gente? –se miran.

   -¿Mató a Victoria Hart para encubrir y proteger a otra, a la asesina real? –lo dice, con el tono de a quien se lo ha preguntado muchas veces.- ¿La verdad?, siempre la creí una víctima más. Incluso de las manipulaciones de ese sujeto que quería llevarnos a ella. Tal vez era parte de su juego, fabricar a una “asesina”.

   -Entiendo. –jadea, y era cierto, casi podría simpatizar y aceptar la idea, pero no era lo correcto, cabían dudas. ¿Detener a un monstruo a riesgo de dejar libre a un asesino?- ¿Qué sabe de ella?

   -Sigue en Baltimore, pero… se oculta. Con lo del caso Read y el matadero del horror, se entiende. ¿Quién quiere esa fama? –le mira.- Escuché que se estudia abolir la pena de muerte en el estado, ¿es lo que busca Read reabriendo el caso? ¿Darle tiempo al tiempo?

   -No… yo… Tal vez. Es un hombre de recursos. Por mi parte… -sonríe amargo.- Ahora necesito saber la verdad y para ello tengo que hablar con la señorita Gibson. –pide y siente que ese sujeto le estudia fijamente, pero antes de responderle, el teléfono timbra sobre la mesita del centro.

   -Disculpe. –lo toma con una sonrisa, y el aire de incomodidad, la ponzoña que el hombre de Read introdujo en la pequeña pieza, se aligera mientras responde.- ¿Estás con vida? ¿Puedes caminar después de lo de anoche? –y ríe leve, levantándose y alejándose un poco.- Tal vez deba esforzarme más la próxima vez. –amenaza en voz baja con un claro matiz sexual que eriza a Jeffrey, quien parpadea y se acomoda los anteojos.- Estoy algo ocupado ahora, te llamo luego… -baja aún más la voz.- Dime, ¿qué llevas puesto sobre tu enorme trasero? ¿Ya te duchaste o…? –y ríe, le han colgado, se serena y mira al abogado.- Es… alguien. –casi se disculpa.

   -Okay… -grazna Jeffrey, ojos sobre el entrepiernas del detective donde la pieza ha crecido con evidencia.- Sobre la señorita Gibson…

   -La buscaré. Y le avisaré, abogado. –va hacia él, el pantalón baja más, muchos más pelos púbicos, ensortijados, se dejan ver, así como casi el nacimiento de la verga, que abulta. Y a Jeffrey la cara se le colorea, luchando por no verla, alzando los ojos, encontrando la sonrisa algo burlona del otro, que le tiende la mano.- Espera mi llamada… Jeffrey… -y el otro no sabe si imagina cierto ronroneo en el tono.

……

   Cada día que ha pasado en prisión, Antonio Rivera sólo ha estado planeando su venganza contra la puta que le denuncio con Narcóticos. El hombre es un matón de poca monta de un barrio latino, a quienes no se ha cansado de causar daño, especializado en la venta y distribución de drogas. Nada muy grande ni muy llamativo, excepto por aquel chiquillo de padres ricos que murió por sobredosis en una fiesta, usando su producto. ¿Era culpa suya que fuera tan imbécil? ¿Atiborrarse de drogas? ¿En serio? Merecía morir. Pudo haber capeado el asunto de no ser porque Lina, la zorra, le encontró con su hermana en la cama, contándole a la policía lo que sabía y lo que no. Le encerraron, pero el caso no era muy sólido, y aunque siendo un delincuente sin muchos recursos, tenía amigos que estaban ayudándole. Saldría, oh, sí, y Lina sabría lo que era bueno. Así como los cuates que habían tomado sus calles. Una vez afuera le pagarían ese año preso, las requisas, lo gritos de los guardias. El tener que cargar basura, como hace ahora, las enormes bolsas negras desde el “carrito recolector” al contenedor. ¡Santa mierda, allí todo era una peste!, se dice con mala cara. Sabe que es el castigo impuesto por el vigilante gordo. También él se las pagaría.

   -Cholo. –oye a sus espaldas y se eriza, volviéndose con rapidez.

   -Maestro Read… -intenta una sonrisa de broma, una que muere al mirar sus ojos vacío.- ¿Algún problema, señor? -retrocede medio paso, chocando con el contenedor a sus espaldas.

   -No debiste tocar lo mío, hijo de puta.

   -Oye, pero antes…

   -Te pagué por ello. –se le acerca, paso a paso.- Y te lo dije, sólo esa vez, que nunca lo intentaras de nuevo.

   -Tu puto lo quería, maestro… -sonríe, tenso, midiendo el espacio para correr o lanzársele encima al otro. Se decide por una combinación, caerle encima, apartarle y escapar. Se arroja.

   Read le espera, de pie, sólido, abriendo los brazos y atrapándole por los hombros, golpeándole violentamente de espaldas contra el contenedor de metal, lastimándole, despojándole del aire y peor, golpeándole la nuca, feo. El grito ahogado se deja escuchar.

   -Tu puto se lo buscaba… Se acariciaba el culo y… -balbucea asustado y frenético.

   Grave error. Grita otra vez cuando una enorme mano cae en su cara, medio cubriéndola, empujándole con terrible fuerza hacia atrás. Mil luces estallan frente a sus ojos cuando golpea el contenedor. Duro. Tanto que algunos cabellos quedan pegados del metal gris, así como una manchita de sangre. Las piernas no le sostienen, casi cae, pero Read le agarra, volviéndole, golpeándole la cara ahora del maloliente contenedor.

   -Te entiendo, Cholo, ¿quién puede resistirse a un buen culo? Un culo gordo siempre llama. –le gruñe al oído, y el hombre grita, medio luchando contra las manos del otro que abren su braga naranja.- A mí me gusta romper culos, Cholo… me gusta escuchar los gritos de las perras cuando son desvirgadas de golpe, llenadas por un hombre, cuando entienden que son eso, putas…

   -¡No!, no, hijo de puta enfermo… -balbucea y grita quedo, medio inconsciente, cuando su frente choca nuevamente del metal, totalmente mareado, adolorido y aterrado cuando la braga es sacada de su cuerpo, quedando enrollada en sus tobillos y una mano grande va a su trasero, metiéndose entre sus nalgas gordas pero algo flácidas de quien no se ejercita mucho, con todo y la tela del calzoncillo, hurgando de manera terrible y soez.- No, no, por favor… -jadea, aterrado.

   -No tienes que suplicar por cariño, te lo daré todo, Cholo de mierda. –le gruñe al oído, con un tono que hiela la sangre, es la voz del feroz depredador sexual y emocional que es.

   Y boqueando, sangrando por la frente, ojos muy abiertos pero desenfocados, Antonio Rivera cae en cuatro patas, arrojado, gimiendo que no, intentando gatear y alejarse, pero totalmente mareado por esos golpes. Tras él, Robert Read sonríe más, ojos brillantes de maldad, abriéndose la braga, lentamente, un sonido chirriante que aterra aún más al delincuente latino. La prenda cae, y el enorme oso baja, de rodillas, tras el mexicano que todavía le mira.

   -No, por favor, no. Lo siento. Lo siento mucho, señor. Perdóneme, maestro Read…

   -Nunca debiste tocarla, hijo de puta. -le responde con una sonrisa cruel, una verga titánica que se alza bajo un calzoncillo holgado, una mano que vuelve a su trasero y se mete otra vez dentro de sus nalgas, hurgando, indicándole lo que iba a sucederle.

   Y Antonio Rivera grita, ¡Robert Read iba a violarle!

CONTINUARÁ … 24

Julio César.

NOTA: Ah, la historia del matadero, ahora es que comienza a dejarse ver. Fue algo que me llamó la atención. Lo otro es que la próxima escena será algo brutal, no lo recordaba bien porque cuando leí pasé por encimita. Pero si, Robert Read es una porquería.

ADICTO A LA LECHE FRESCA… 10

septiembre 15, 2014

ADICTO A LA LECHE FRESCA                         … 9

   La presente es otra historia “maldita”, aunque no tanto. Un chico descubre, porque le llevan a eso, que le gusta mucho el sabor del semen. La historia NO ES MÍA, que no se moleste el autor si llega a saber que la estoy reproduciendo aquí.

……

Swallows milk

by Lexicode

LECHE EN LA CARA

  Sentirla era vivir.

……

   Esa tarde Alex Lowell regresó saciado y contento a su casa. Tomó una larga ducha, una abundante cena temprana y durmió. Mucho y bien. Ni siquiera con calenturas. Desnudo, dorada y hermosamente desnudo en su juventud, medio envuelto por una manta, sus redondas nalgas afuera, boca abajo, medio ladeado al estar abrazado a una almohada. Una leve sonrosa en sus labios. Un cuadro maravilloso que cualquier amigo gustaría de encontrar. Las pajas comenzaron al otro día, era estarse quieto un segundo y recordar la doble mamadas, el señor Milo y su hijo Jason, para correr a masturbarse. Casi gritando de gusto, lamentando no estar saboreándolas en verdad. Horas después comenzaría a preguntare, nuevamente qué quiso decir Jason con aquello de que estaba como fruta madura listo a ser tomado. Recordar las palabras, y el toque de su mano en el tórax, le afecta. Le excita pero también le preocupa.

   A la hora del almuerzo, su padre, de buen humor (no así su madre), le comunicó.

   -Te quiero en casa este fin de semana, Alex. Vamos a reunirnos los muchachos a jugar algo de futbol, disfrutar la barbacoa en la piscina y tomar unas copas. Tú no. –aclara rápido.- Por cierto, hijo, vendrá tu profesor, Milo.

……

   Y mientras lo que queda de semana, dos días, transcurre lentamente, Alex no puede estar más nervioso. ¿El señor Milo ahí? La idea le parecía extrañamente perversa, excitante y peligrosa. Cada noche, desde el encuentro con este y su hijo, sólo podía soñar con los dos machos obligándole a comer sus vergas, ambos compitiendo por ver quien se la hunde más, las dos piezas azotando y recorriendo su cara; a veces también aparecía el entrenador Lewis, en una fantasía que le dejaba totalmente hirviendo, casi a punto de estallar de pura calentura sexual. Se veía chupando las cercanas vergas erectas del señor Milo y su hijo, de una a la otra, sorbiéndolas, juntándolas, viéndolas chorrear saliva y jugos, mientras el entrenador, estando él desnudo, le azotaba las bolas con su lengua antes de ir al culo y chupárselo, metiéndosela como la vez anterior.

   No era raro que el joven amaneciera agitado, totalmente erecto… y bañado en esperma. Aunque le alcazaba la concentración suficiente para notar todos los preparativos que hacía su padre para la barbacoa, comprando carbón, carnes y cervezas, mientras su mamá refunfuña por todo ese gasto para unos borrachos que nunca les invitan a sus casas. Cosa cierta. El joven, mientras desayuna, sonríe; las quejas de su madre sobre los “amigos” de su papá eran siempre iguales. Le apenaba un poco verle la cara de fastidio a este cuando intentaba decirle que casi nunca lo hacía, la decepción cuando ella no escuchaba. Casi frustrado. Era extraño, piensa el joven, que su madre no pudiera entender que a veces su padre deseara reunirse con esos carajos tan parecidos a él, los vecinos con quienes se llevaba bien, con quienes hablaba a veces sólo de pasada, a quienes de tarde en tarde ayudaba con el motor de algún vehículo averiado, que se quejaran del precio de las herramientas de trabajo, que amaban el futbol, la carne asada y las cervezas frías. No buscaba hermandad, o profundidad, tan sólo pasar un rato con sujetos como él. El muchacho lo entiende, salir con sus amigos era así de divertido.

   La vida de casados era dura, pensó, preguntándose, ceñudo, si se casará alguna vez. Enrojeciendo al caer en cuenta que las chicas no tenían una verga entre sus piernas. Al menos no la mayoría. Y las que sí, seguramente no serían del agrado de su madre. Aún menos que los amigos de su padre.

……

   El día fue claro, soleado y cálido, muy a propósito para que Alex estuviera como está, gritando y riendo en el patio delantero de su casa bajo la sombra de las acacias, luchando contra otros chicos de la barriada por el balón de rugby, vistiendo sus zapatos de goma sin calcetines, un shorts a media pierna, algo suelto de cintura, y sin camisa. Los otros chicos con parecida indumentaria, las chicas mirándoles desde lejos, comentando y riendo por lo bajo, levemente excitadas. Los jóvenes ríen y luchan, así se atacan, se derriban y se insultan mientras sus padres miran, gritan indicaciones, hacen comentarios y ríen también.

   El joven no quiere cruzar al patio trasero, hacia la piscina, donde hay otros sujetos llevando sol en la orilla, o dentro del agua, gritando y peleando por un balón también. Varias mujeres están presente, pero parecen hacer tiempo para largarse y dedicarse a otras cosas. No se les ocurre ponerse a interactuar con esos sujetos, así como no dejaron que sus hijas jóvenes asistieran, y las que salen vigilan a las que están afuera (¿chicos y tíos maduros sin camisas queriendo exhibirse, con alcohol presente?, no, gracias). Aunque no les ve, Alex imagina a su padre alzándose frente a la parrillera, y a su madre, algo seca, sirviendo bolos con jugos o ensaladas, sabiendo que nadie las probará. La música, los gritos y risas, los insultos amables, los “tráeme otra”, pidiendo cervezas, llenan el ambiente. Y también estaba el señor Milo…

   El hombre tenía algo que llamaba la atención y atraía las miradas. Alex era muy consciente de ello, de la manera que le seguían los ojos de algunas mujeres, aún su madre… así como muchos jóvenes y uno que otro carajo, reconoce algo celoso. Hay algo en su rostro sereno, su mirada altiva, su cuerpo fornido dentro de la pantaloneta a media pierna y la camiseta totalmente veraniega, los tatuajes visibles, que no pasa desapercibido, aunque el joven sospecha que tiene mucho que ver con su poder sexual. Porque lo tiene, el hombre era capaz de exhalar algo que influía en las hormonas de otros. Verle quitarse la franela, bajar la pantaloneta y quedar en un traje de baño holgado para lanzarse a las aguas, fue demasiado para él. Escapó al jardín frontal donde los chicos le reclamaban e intentó alejarle de la mente.

   Comen, juegan, ven un partido de futbol, luego los chicos y sus padres compiten, y todo parece normal, festivo, una reunión de vecinos, de hombre, en suburbios. Pero tal vez fuera por una de las tres cervezas que tomó, o por todo lo que ha vivido últimamente, que al joven le parece ver señales extrañas. Como Ronald, su joven vecino, con su padre echado en la grama y riendo ruidosamente de lo ebrio que está, tocando siempre al señor Milo mientras hacen equipo. O el señor Caleb, un vecino y amigo de la casa que no pierde tiempo en arrojarse sobre su padre, derribándole y cayéndole encima, entre gritos, falsas peleas y risas. Todo le parecía levemente sensual. Así como el mismo señor Caleb cruzando miradas con el señor Milo, quien también ha estado bebiendo bastante. En un momento dado, cruzándole por detrás, le parece que el maestro de Matemáticas se toma su tiempo para soltar la espalda transpirada del hombre, la cual resbala y baja hasta el trasero.

   Llega la noche, todavía hay música, risas, charlas. Y ebrios. Alex, algo achispado, mira a su profesor casi dormido sobre un sillón, y no es el único, aunque como muchos son vecinos cercanos, son llevados por la familia a sus casas sin mayor problema. Su profesor, por otro lado, vivía lejos, y en ese estado… se en dice en camino por algo de comer.

   -¡Está ebrio! –grazna su padre desde la cocina.

   -¡No me gusta que gente extraña pase la noche en casa! –replica incisiva su madre.

   -Es un profesor de nuestro hijo, ¿qué temes? ¿Qué sea un asesino serial?

   -Es un atrevido. Le vi coqueteándoles a dos mujeres casadas, casi frente a sus maridos borrachos.

   -Oye, eso es asunto de ellos. No soy policía moral de nadie. –escucha la disculpa sonreída, luego el medio juego de insinuaciones que inicia cada vez que quiere sexo.- ¿No coqueteó contigo?

   -¡No digas tonterías! –la voz fue realmente acre, y Alex, aún medio achispado como está, entiende que su papá está a punto de meter la pata. Su madre usaba su voz, últimamente muy frecuente, de “esta noche te la pelas a solas”.

   -¿No intentó nada? Tal vez si hubieras usado el bikini que Marga… -sigue con el juego.

   -¡Imbécil! –le respondió feo y cortante.- Haz como quieras. Que se quede y ya. –el joven la ve salir, realmente molesta, seguramente pensando en todo lo que tendría que recoger, barrer, lavar y fregar después de la reunión.

……

   Se retira temprano a su cama después de una buena ducha, saciado y agotado físicamente por todo lo vivido. Pero caliente sexualmente. Allí, en su cama, le alcanza todo lo vivido durante el día. Cerrando los ojos, endureciéndose dentro de su bóxer negro corto, recrea a los chicos con quienes jugó, a Ronald mirándole, como le pilló dos veces, con los verdes ojos clavados en su trasero después de luchar un balón y que su pantaloneta bajara bastante, dejando ver su bóxer gris claro que se le medio metía entre las nalgas. Recuerda a todos los que tocó y que ahora lo siente como algo sexual. Imagina al señor Caleb, de rodillas, mamando con gusto y totalmente entregado al placer a su señor Milo, vicioso como todo un puto, como si fuera él mismo saboreando la maravillosa pieza del profesor, le hace arder más… Y tiene que hacer un esfuerzo sobrehumano para cerrarle el paso a un cambio de actores, para no ver a su papá, tranca afuera y el señor Caleb, gruñendo como un chivito, succionándosela con ganas.

   Botando aire se sienta sobre la cama, superado por la calentura, tanto que no aguanta estar acostado. Su pecho sube y baja. Oye con atención, la casa está silenciosa, hace casi cuarenta minutos que escuchó la puerta cerrarse tras el último auto que se retiró. También desde que escuchó voces duras entre su madre y su padre, por el señor Milo, a quien el hombre casi tuvo que llevar a rastras al cuarto de invitados. El que estaba allí, justo al lado del suyo. Mira hacia la pared, el señor Milo, su increíble señor Milo estaba allí, ebrio, grande, fuerte, masculino… su verga siempre llena de ganas y de leche caliente y deliciosa. Una esperma que adora. Traga en seco, tiene que hacerlo, se dice casi temblando de calenturas. Era una locura, lo piensa poniéndose de pie, todo su joven y bonito cuerpo erizado, exhalando calor a borbotones; sus padres estaban al final del pasillo, pero no puede contenerse. Va hacia la puerta, no queriendo considerar el que si le descubrían sería un shock terrible. No puede ni quiere detenerse, únicamente puede visualizar aquella verga de hombre, tiesa, larga, dura, gruesa, llena de sangre y calor, su ojete babeando, pulsando de ganas de ser atrapada por la boca der un bonito chico que le rindiera los honores que merecía. La boca de un chico que amara las vergas.

   Dios, ¡era un mamagüevo!, reconoce exhalando aire, abriendo la puerta y escuchando con cuidado. Afina el oído y le parece que llega un silencio sepulcral del dormitorio de sus padres, y lo lamenta por él. Deberían, por la forma en que miraba a su madre, estar haciendo el amor. Qué complicada era la vida. Pero no tiene tiempo para concentrarse en ello, de la habitación de al lado sale una respiración rítmica, pesada, masculina. El señor Milo estaba allí… y su enorme y deliciosa verga también. Traga nuevamente, ahora la boca echa agua, conteniendo una sonrisa al imaginar la cara del hombre cuando su lengua se la esté recorriendo, aleteando sobre la gran vena inferior, haciéndole contener un jadeo de placer. Chico al fin, no imagina que algo pueda salir mal y que realmente todo estalle frente a su cara. O que se sepa de las actividades extracurriculares a las que el señor Milo “obliga” a sus alumnos.

   Conteniendo la respiración hace girar el pomo, el suave ronroneo del aire acondicionado le recibe, así como la pesada respiración de un sueño tranquilo. Todo está en penumbras, pero el largo y fornido cuerpo se destaca sobre la cama, sobre las mantas, boca arriba, una mano en el abdomen, el pecho subiendo y bajando, la cabeza ladeada entre las almohadas. Está oscuro, pero al chico se le acelera el corazón y la mirada se le dilata, el hombre usa un bóxer corto, no está seguro del color… pero si de la silueta enorme aunque en reposo, que se destaca bajo el mismo. Ya no piensa, simplemente cierra la puerta a sus espaldas, con cuidado, y va hacia el hombre que le tiene sorbido los sesos, y que se los sorbe justamente cuando le está chupando la verga. Le lanza una rápida mirada y cae de rodillas al lado de la cama. La mano le tiembla en medio de las penumbras cuando la alza y cae leve, palma abierta, sobre la silueta de la virilidad masculina. Espera, y toca y aprieta un poco más, y sonríe al oírle gruñir, agitado, pero sin despertar. Eso sí, la verga bajo su mano, dentro del bóxer, cobra vida, se alarga, y más cuando cierra el puño y aprieta. Le oye suspirar, de gusto y excitación; al señor Milo le gustaba que le adoraran la verga. Y lo merecía.

La toca un poco más, la siente consistente, tibia, la promesa de todo el goce que puede darle a un chico goloso. Abre la mano y recorre las bolas un poco más abajo, una caricia que eriza a todo carajo; su rostro descendiendo hacia el bóxer, casi gimiendo cuando frota la barbilla de la pieza masculina, así como sus mejillas, sus labios abiertos, dándole pequeños besos al ahora abultado promontorio de carne. Su mano se mete entre los musculosos muslos, y le acaricia; tiene que recorrer a ese macho con sus manos, de aquí allá, descendiendo casi a medio muslo, regresando lento, encontrando la piel de gallina a su toque, mientras lengüetea ávido sobre la pieza, el olor a macho mareándole. Sus dedos llegan nuevamente a las bolas, y con la punta, como le enseñó el entrenador, rasca levemente, sonriendo complacido al sentirlo estremecerse, poderoso, sus caderas agitándose ante la caricia. Y cubre la cabecita del miembro con sus labios, sobre la tela, besándola y chupándola, mojándola, saboreándola por anticipado.

Abandonándola, con pesar, deposita besos en la pelvis, su otra mano sube y atrapa la ahora medio dura verga, sobre la tela, apretándola, el puño de arriba abajo, mientras la otra sigue sobándole las bolas, pero ahora con fuerza, ya no son caricias leves, es un chico manoseando como se debe a un hombre caliente y sexy, al tiempo que le besa el ombligo, sus dientes blancos, parejos y brillantes de muchacho saludable sobre la oscura silueta del macho que duerme pero gime y se estremece presa de tan deliciosos estímulos. La mano que aferra el tolete lo deja, se mete dentro de la tela, y lo atrapa en vivo. El joven siente una poderosa corriente de deseos recorriéndole, anticipándose a lo que viene, a la buena mamada que le dará, los jugos que le sacará, la leche que beberá hasta la última deliciosa gota; por su lado, el miembro, en cuanto cae en la joven y firme palma del muchacho, endurece como por arte de magia, deseoso como siempre están de ser tocados, mimados y atendidos. Le masturba, le oye gruñir jadeante, y ya no aguanta más.

   Baja un poco el bóxer, exponiendo la pieza visible a pesar de las penumbras, la levanta, la recorre con su puño, una y otra vez, caliente y dura, pulsante contra su palma, poderosa pero agradeciendo la atención, tan sólo para disfrutar los gruñidos bajos del señor Milo. Cerrando los ojos con adoración lleva su rostro a la pieza que le quema antes de tocarla, y su lengua la recorre, lentamente, saboreándola, llenándose cada papila gustativa con su esencia, dejando una hilera de saliva de la base, casi entre las bolas, a la punta, siguiendo el camino de la gran vena que parece atravesada de fuego. La punta de su lengua recorre el ojete, así como cada rugosidad, la cabecita toda, y tiene que tragarla. No se sabe quien jadea más, ahogado, cuando los jóvenes labios cubren el glande que desaparece. Cerrando otra vez los ojos, un alerta suena en la cabeza de Alex, oye claramente una lejana tos que proviene del cuarto de sus padres. Los conoce, también sus sonidos, pero no puede detenerse. No ahora.

   Con el glande sobre su lengua, pulsando, manando su calor y un juguito salino, Alex está totalmente perdido. Ahueca sus labios y va cubriéndola, lentamente cada pedazo de la verga rugosa y nervuda, surcada de azulados y rojizos vasos, desaparece dentro de su boca. Las mejillas la rodean, la lengua se le pega, caliente, a la cara inferior, y traga más, casi la mitad, y succiona ruidosa y hambrientamente. Sus sonidos llenan el cuarto y es imposible determinar quién de los dos se agita más. Con los ojos cerrados lo siente, saborea cada pulsada, chupa un poco más y es recompensado por jugos totalmente deliciosos y calorones. Baja otro poco sobre la pieza, tragándola casi toda en una escena que enloquecería a quien entrara y encendiera la luz (como a su padre, por ejemplo), el apuesto chico en bóxer, su tolete totalmente duro y babeante, con las mejillas enrojecidas al tener el güevo de un hombre adulto y grande en su garganta, con la cual continúa mamándosela.

   Sube lentamente, sorbiendo más, y baja otra vez. Va y viene, agitando la dura carne, halándola y chupándola con sus mejillas, cada centímetro de su boca trabajándola, estimulándola, haciéndola gozar como lo hace siempre una boca sobre ella, cosa que explica totalmente por qué a los hombres les gustan las mamadas. Recibirlas, y en el caso de Alex, darlas. Gruñe y babea mientras sube y baja, sorbiéndola toda, consciente de que en ningún otro momento es tan feliz como cuando mama un güevo, dejándolo brillante de saliva espesa y jugos, maravillándose oyéndole gruñir, sintiéndole estremecerse. Esas caderas se agitan ahora, van y vienen, cogiéndole la boca, y al muchacho casi se le sale la leche de puro gusto. Mete la mano y le atrapa las bolas, mientras la deja fuera de su boca, chocando, caliente, contra sus labios, lamiéndola otra vez, estimulándola, sabiendo ya por experiencia que los hombres aman que les hagan eso, que se enrolle la lengua y se les azote levemente con ella, especialmente sobre el glande, que se pegue los labios del ojete y se chupe de él, que se intente meter la lengua por allí.

   La traga otra vez, gruñendo de gusto hace rato, siendo acompañado por el bello durmiente que también jadea de puro cachondeo, aún en brazos de Morfeo, aunque ya no tanto. Siente sus manos grandes y masculinas atraparle la nuca, los dedos entre sus cabellos, reteniéndole en su lugar mientras le embiste la boca, obviamente disfrutando como nada en el mundo el poder hacer aquello, el tener para sí la dulce boca de ese muchacho ávido de las vergas, que ama chuparlas y que ama aún más el sabor del semen caliente sobre su lengua. El tolete entra, choca de sus mejillas, baja por su garganta y ese hombre lo siente.

   -¿Qué coño…? –se oye de pronto el brusco gruñido y el joven abre mucho los ojos, totalmente impactado cuando una mano se mueve a tientas y de una lámpara parte un chorro de luz que le baña.- ¡¿Alex?!

   ¡¡¡Oh, por Dios!!!, grita su mente, dejando salir la verga de su boca y volviéndose hacia la voz.

   -¡¿Papa?! –grazna, cara roja, mentón bañado de saliva, la mano sobre el tolete.

   ¡¡¡Se la había estado mamando a su papá!!!

CONTINÚA…

Julio César.

NOTA: Lo siento, esta es una de las que no tengo la dirección. Está el nombre original y el autor, sírvanse buscarlo a ver si hay suerte.

SER O NO SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 21

septiembre 11, 2014

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…                         … 20

   La siguiente es una historia que NO ES MÍA. Pertenece totalmente al señor capricornio1967. Tan sólo la reproduzco, tal vez cambiando una que otra coma, aunque la historia ya está por ahí, completa. Es un relato maldito en toda la regla, un hombre maduro decide tomar, controlar y dominar a su joven pupilo, transformándole en algo que no quiere, ni soñaba, aunque se resiste. Lo repito, es un cuento muy maldito. Disfrútenlo:

……

EL DILEMA

Autor: capricornio1967

Capítulo VI “CASTIGO”

ESTUDIANTE SOMETIDO A SU MAESTRO

  Sometido y entregado, así quiere todo macho a su chico…

……

   -Termine de una vez, Saldívar. -le ordena Franco al verlo titubear.

   Sin decir una sola palabra, Daniel toma el elástico de la trusa y empieza a hacerla descender para dejar a la vista las grandes y peludas nalgas del entrenador, así como el miembro que parece de piedra, durísimo, emergiendo por entre una espesa mata de gruesos y largos vellos. Daniel tiene precaución de no tocar ese miembro. Aunque Franco lo ha poseído en varias ocasiones, el joven jamás ha tocado su verga. Cuando hace descender la trusa por entre las gruesas piernas, dos grandes bolas cuelgan, bolas de tamaño muy por encima de lo normal. Los segundos le parecen eternos al clavadista mientras recorre con la trusa las largas piernas de su violador. Cuando le ha dejado desnudo se pone de pie, frente al entrenador, esperando órdenes.

   Ambos macho desnudos, el maduro dominante, y el joven musculoso, dominado, chantajeado, sometido a reglas sexuales a cambio no ser eliminado del equipo olímpico, frente a frente, ambos de una altura similar, aunque de complexión distinta. Daniel no se atreve a ver de frente a Franco; quizá hasta sería preferible que Franco lo penetrara de una vez y lo dejara descansar después, para no prolongar el encuentro, la tortura. El joven sabe que debe someterse a sus caprichos, pero no por eso deja de sentir repulsión.

   Mientras la verga de Daniel está flácida, la de Franco está paralela al suelo, durísima, larga y gruesa. Son solo unos centímetros los que separan a Daniel de Franco, éste, sabiéndose dueño de la situación, avanza hasta quedar casi en contacto con el otro, su verga topa con el otro cuerpo y roza el flácido miembro del atlético nadador. El leve temblor vuelve a surgir en Daniel, Franco se acerca y pone la mano en su nuca, tomándole fuertemente de la nuca y metiendo sus gruesos dedos entre sus cabellos, empieza a empujarle la cara hacia delante.

   Daniel piensa que Franco pretende besarle como lo hizo cuando lo desfloró en su propia casa, pero por repugnante que le parezca sabe que es inútil resistirse, así que se deja conducir, aceptando, resignándose. Controlando la repulsión.

   Cuando Franco siente que Daniel no opone resistencia, presiona fuertemente la parte posterior de su nuca, pero en lugar de dirigirle hacia su boca, lo hace hacia uno de sus pezones. Con un movimiento rápido, duro y firme, logra que los labios de Daniel caigan sobre su tórax, la boca abierta de sorpresa, rodeando su pectoral velludo, saboreando su pezón.

   Es cuestión de segundos lo que lleva el cambiar la dirección de los labios de Daniel hacia el velludo pecho del entrenador, donde ahora, por primera vez, prueba su piel velluda y transpirada de macho dominante.

   -Mghhgm… -Daniel se sorprende al sentir el salado sabor del sudor mezclado en el vello de Franco, el sentir el duro pezón rozándole los labios.

   Tomado por sorpresa por la acción de Franco, el joven instintivamente lo rechaza, empujándolo con los brazos y limpiándose la boca como si quisiera quitarse el salado y humillante sabor del sudor de ese siniestro oso macho. Se aleja unos pasos de Franco poniéndose a salvo, sin decir nada, solo con la expresión de asombro, no entendiendo qué pasa. Ha sido cogido por Franco varias veces, besado también, pero nunca había besado alguna otra parte de su cuerpo. Ha sido más bien Franco el que lo posee cuando quiere.

   -¿Qué le pasa, Saldívar? -pregunta molesto Franco.-  ¿Por qué se rebela?

   Daniel no sabe que decir y en su mente el caos se origina; la repulsión de recorrer con su boca el velludo y sudoroso cuerpo de Franco es enorme, no puede controlarla, sin embargo es el hombre quien decide, él no tiene voz ni voto.

   -Yo… -no atina a decir algo coherente.

   -Acérquese Saldívar, ¡AHORA! -le ordena Franco.- Mis pezones son tan sensibles como los suyos. Quiero que USTED los saboree.

   Daniel permanece quieto sin saber cómo actuar, queriendo salir de ahí a toda la carrera, pero sabiendo que eso es imposible.

   -Le di una orden, Saldívar. –le recuerda Franco mientras avanza hacia él.- ¡OBEDEZCA!

   Nuevamente el joven es sujetado por la nuca y Franco le empuja la cara contra su pezón, para que su boca quede justo en uno de los pezones, apretándolo fuertemente. Para que los varoniles labios del joven atleta estén en íntimo contacto con el velludo pezón.

   -MGHM… -Daniel gime como protesta, no puede hablar, la presión de Franco en su cabeza por mantenerlo unido al pezón es intensa. A pesar de que trata de separar sus labios del velludo pecho no puede, el entrenador es lo suficiente mente fuerte y con más peso. El forcejeo no es intenso pero si hay resistencia evidente por parte del muchacho.

   -Obedezca, Saldívar, o me veré obligado a sacarlo del equipo.

   Las palabras le recuerdan a Daniel su situación; no puede desobedecer, está la competencia y sus padres. Por mas repulsión que le cause tiene que hacerlo, obedecerle, su mente reacciona y controla los impulsos de su cuerpo que rechaza la humillación y el forcejeo termina. Daniel acepta, aunque permanece con los labios cerrados solamente los apoya contra el pezón. La presión de Franco en la cabeza del musculoso nadador disminuye.

   -Use su lengua, Saldívar. -le ordena Franco cuando siente que la resistencia de Daniel termina. Lo toma con ambas manos a cada lado de la varonil cara y lo retira un poco de su velludo y sudoroso pecho.– Use su lengua, Saldívar; recórralo con él, aprenda a darme placer, es su trabajo y usted es mi PUTO ESCLAVO, recuérdelo. Un puto esclavo sólo debe vivir para satisfacer a su amo.

   Daniel, sin oponer resistencia, permitiendo que Franco lo guíe tomándolo de los lados de la cara, se deja conducir dócilmente hacia el velludo pecho masculino, cuando su boca queda justo frente a uno de los pezones, a un centímetro de distancia, el clavadista puede percibir el olor a sudor del velludo grandulón. Tiembla, quieto, y mantiene los ojos cerrados esperando ordenes, sabe que está cerca, casi puede sentir los vellos de Franco tocándole los labios.

   -Saque su lengua, Saldívar. -le ordena Franco mientras mantiene sujeta su cara.- Toque con ella y recorra todo.

   Controlando la repulsión que le causa hacerlo y teniendo en su mente la imagen de sus padres, Daniel obedece, saca la lengua dirigiéndola hasta tocar con el borde de la punta el vello de Franco y el botón del pezón; y se detiene un momento, el salado sabor del sudor vuelve a su boca, pero después de unos segundo mientras se acostumbra, y sin dejar de visualizar a sus padres, empieza a recorrer el pezón que endurece, internando su lengua entre el espeso vello del entrenador, mezclando su saliva con el sudor, recorriéndolo lentamente y tratando de que la repulsión no lo domine.

   -Así, Saldívar, así, haga círculos con su lengua. –le ordena y guía. Aunque de todos modos mantiene sujeta la cara del joven. Lo va guiando hacia donde se desplace la lengua.

   Daniel siente como la humedad en su lengua se termina por la fricción del vello de Franco en ella, así que la introduce en su boca a intervalos para mantenerla húmeda, saboreando y tragando la esencia del otro. Cuando Franco siente que Daniel ha humedecido bastante su pezón y toda el área alrededor de él, presiona un poco más la cara del joven contra su tetilla para que la succione.

   -Chúpelo, Saldívar.

   Temblando de repulsa, Daniel tímidamente presiona sus labios contra ese redondo, duro y velludo pezón, sus musculosos brazos se mantiene quietos, así como su atlético cuerpo, sudoroso también por la situación, está casi de rodillas para poder satisfacer al hombre. Las piernas le tiemblan por la posición, pero se mantiene firme cumpliendo con su castigo. Succiona el pezón primero tímidamente pero la presión de las grandes manos de Franco a los lados de su cara le indican que debe hacerlo con más intensidad, así que tratando de olvidarse de qué es lo que hace, pretende hacerlo de manera automática, sin pensar, empieza a succionar más fuerte, más intenso. Sus rojos labios fruncidos van y vienen levemente, succionando.

   -Ahhhhhhhhh, ahhhhhhhhhh, así, Saldívar, así; mas, mas, mas. –gime y le repite Franco al sentir como su pezón es mamado por el varonil nadador, una joven boca masculina brindándole todo ese placer, casi tan intenso como ver a ese viril y joven macho obligado a satisfacerle, tan sólo un instrumento de placer sexual bajo su dominio.

   Una vez que se siente satisfecho por esa tetilla, mueve la cabeza de Daniel a su otro pezón para que haga lo mismo, empezando por saborear primero el pezón para después succionarlo como un lactante hasta dejarlo rojo. Aunque son solo segundos, para Daniel es una eternidad el tiempo que está saboreando el pecho de Franco. Siente, con repulsa, como algunos vellos se adhieren a su lengua, pero no puede meter las manos, así que tiene que seguir con su trabajo, tratando de no oír los gemidos de placer del entrenador cada vez que succiona.

   Para Franco, sentir como el musculoso cuerpo de Daniel tiembla entre sus manos mientras es obligado a mamarle los pezones, es excitante de manera increíble, su miembro se mantiene de una dureza metálica en toda su extensión y grosor.

   Sutilmente, casi tierno, separa la cara de Daniel de su pezón.

   -Híncate. –le ordena.

   Daniel no puede dejar de ver el duro miembro que Franco tiene entre las piernas para sospechar lo que sigue, de hecho no es necesario ser un genio para saber qué es lo que el depravado hombre tiene en mente. Pero ya está agotado, así que automáticamente obedece, hincándose frente al enorme oso.

   Franco toma las manos de Daniel, usando cada una de las suyas, y las dirige hacia su miembro. El joven cierra los ojos, jamás antes ha tocado otro miembro que no sea el suyo, jamás imaginó hacerlo. Y aunque está a punto de pasar, aun así piensa que eso no sucede, que eso no pasa, que no tocará ese miembro, que nada de eso ocurre. Las manos de Franco dirigen las suyas hacia su verga, la verga del entrenador. Lentamente siente la dureza de esa caliente verga, sin atreverse a tocar solo siente el roce de esa dura carne en la palma de sus manos. El hombre hace que presione una de sus manos alrededor de la verga y empieza a deslizarla desde la base hasta la punta, una y otra vez.

   Daniel siente los vellos de Franco rozándole la mano cuando recorre la base de la verga, y el viscoso líquido seminal cuando su mano llega al glande; es una pieza larga y gruesa. La suya es parecida, le parece, pero aleja la idea de las vergas, trata de pensar que no es una distinta a la suya la que tiene entre sus manos. Controlando el rechazo, siente que si saborear los pezones del velludo hombre fue desagradable, esto es peor, más humillante. Siempre, desde que conoció a Franco como entrenador, ha sabido perfectamente de su habilidad para explorar las sensaciones humanas, sabe cómo hacer rendir mas a un deportista, como emocionarlo y estimularlo deportivamente hablando, y ahora demuestra que también sabe cómo hacer sentir humillación y vergüenza y cómo llevar a cabo una perfecta tortura mental para un musculoso joven como él.

   La piel bronceada de Daniel está cubierta en sudor que resbala en gruesas gotas por su atlético cuerpo, al igual que el velludo y grueso cuerpo de Franco. Ambos machos están empapados, el dominante y el dominado, el dueño y el objeto.

   Al deslizar su mano por todo el largo de la gruesa verga de Franco, Daniel comprende mejor por qué le duele tanto el culo cada vez que lo penetra. El miembro del entrenador endurece mas, parece que se solidificara definitivamente, la gruesa cabeza de ese miembro también aumenta su diámetro mucho más que el resto de la tranca, sin que Daniel deje de mover su mano a todo lo largo de la verga de Franco. Era inmensa, reconoce con su mano guiada por la de Franco, que mantiene presionada contra la suya para mostrarle la forma en que debe de hacerlo. Usando la otra mano, el entrenador lleva a Daniel a que toque sus grandes bolas mientras lo masturba. El joven apenas puede con la repulsa cuando siente como su otra mano se interna en una selva de vellos, antes de llegar a dos grandes y duras bolas que cuelgan de esa enorme verga.

   Alejándose mentalmente de la escena, Daniel solo se deja conducir tratando de mantener su repulsión y humillación de lado. Pero le cuesta. Cuando Franco siente que su miembro está listo, usando una de sus manos vuelve a presionar la parte trasera de la cabeza del muchacho, dirigiéndola hacia su enorme verga, dándole a entender lo que espera que haga. Daniel trata de no pensar, de obedecer, de someterse, sabe las consecuencias que una rebelión traería, sin embargo al sentir como sus labios tocan esa húmeda cabeza se pone de pie, rebelándose. Su repulsión es más fuerte que su razón, alejándose de Franco rápidamente.

   -¡No puedo, señor! ¡No puedo! – repite mientras se mantiene alejado de Franco.

   -¡REGRESE AQUÍ, SALDÍVAR, DE INMEDIATO! – le ordena Franco gritándole.

   -No puedo, señor. ¡Por favor!, no puedo hacer eso, SOY HOMBRE, señor. -le dice mientras se mantiene inmóvil, lejos de entrenador, quien enfurece por lo que escucha.

   -USTED YA NO ES HOMBRE, SALDÍVAR. –le grita.- ¿Acaso no ha tenido mi verga en su culo, no lo he llenado con mi hombría? ¿No le he metido mi lengua, mis dedos y mi verga en su culo una y otra vez? ¿A eso le llama usted ser un hombre? ¡Déjese de pendejadas, USTED, ya JAMAS será HOMBRE, Saldívar!

   -Lo soy, señor, usted sabe por qué acepté eso. Pero no quiere decir que…

   -Mire Saldívar… -le interrumpe Franco mientras se acerca hasta donde está, tomándole con su fuerte mano por el cuello, sin que Daniel pueda evitarlo.- Un hombre JAMAS hubiera aceptado lo que yo le propuse. Un hombre se hubiera defendido, pelado, pero no entregaría el culo por chantaje como usted lo hizo.

   -Es por mis, padres, señor; no puedo defraudarlos.

   -¿Y qué está haciendo ahora, Saldívar?, si no acepta tener mi verga en su boca, ya sabe lo que sucederá.

   -Señor, ¡por favor!, ¡por favor!, no me obligue a eso; no puedo, ¡por favor!, haré cualquier otra cosa, señor.

   Sin que se note el placer que siente de ver el terror en el varonil rostro del muchacho, Franco sigue sujetándole por el cuello, manteniendo su cara frente a Daniel; gotas de su saliva caen en el joven rostro cuando le grita.

   -NO quiero otra cosa, Saldívar, quiero metérsela en el hocico, ¿entendió? -dice mirándole fijamente.

   El rostro de Daniel, sudoroso sin dejar de mirar a Franco, pensando que quizá se apiade de él y no le exija que le haga el sexo oral, lo intenta aún.

   -¡Por favor, señor!, ¡eso no! -le repite suplicante, tratando de conmover al malvado oso macho que lo tiene aun sujetado por el cuello.

   -Mire, Saldívar, ¡lárguese!, si no va a complacerme es mejor que se vaya. -sin dejar de sujetarlo por el cuello, lo lleva a fuerza hacia la puerta de la casa que está a solo unos metros.

   -Señor, no puedo hacer eso, ¡por favor!, deme tiempo para acostumbrarme, ¡por favor! -le suplica mientras Franco sin detenerse, aun con la verga erecta, le conduce hacia la salida.

   Franco abre la puerta y con toda su fuerza arroja al musculoso joven desnudo fuera de su casa; es tan fuerte en empujón que Daniel cae de bruces en el suelo.

   -¡Lárguese, Saldívar! Y olvídese de las olimpiadas, a ver cómo explica esto a sus padres.

   -Señor…

   Daniel gira sin levantarse del suelo, aun desnudo a unos pasos de la puerta de entrada, sin saber qué hacer, siente el frió del piso en sus nalgas y miembro, mientras Franco, quien ha regresado dentro de la casa, toma sus ropas, vuelve y las avienta al rostro del musculoso joven.

   -Llévese sus porquerías, Saldívar. No quiero verlo de nuevo en el equipo.

    Señor, pero espere, yo…

   Sin dejar que Daniel termine la frase la puerta de madera es cerrada de golpe por Franco. La entrada de la casa no queda a la vista del exterior así que nadie se da cuenta de que el muchacho esta en el suelo desnudo. Viendo hacia todos los lados, el clavadista en unos segundos piensa en lo que sucedería si llegara con sus padres con la noticia de que Franco lo echó del equipo, sobre todo después de lo sucedido, además ya ha sacrificado mucho, como dijo Franco “un hombre jamás hubiera aceptado esa proposición”.

   En cierto modo es verdad, ¿por qué no rechazó el chantaje de Franco? Ahora ya es tarde.

   -No… aun soy hombre, aun soy hombre… -se repite en voz baja mientras permanece viendo la puerta de fina madera cerrada a unos pasos. Sin embargo todo está en su contra, no hay salida, no hay opciones. Someterse únicamente. Pero con sólo recordar el sabor al solo sentir un leve roce del miembro de Franco con sus labios, la repulsión vuelve. ¿Cómo podría hacerlo? Por otro lado el regresar a su casa y enfrentar a sus padres, perder esa oportunidad única en la vida también, ¿cómo podría hacerlo?

   Lo único cierto es que Franco lo tiene en sus manos y que ha manejado perfectamente bien sus cartas conduciéndolo hasta el punto en donde hasta sus padres han desconfiado de él. Tan solo en unos segundos todos los últimos acontecimientos pasan por su mente de manera vertiginosa. Apretando las mandíbulas y los puños, comprende que Franco lo tiene dominado, no puede desobedecerlo. No debe hacerlo. Se levanta acercándose a la puerta de madera y toca con los nudillos fuertemente, para que Franco lo escuche.

   Los segundos pasan lentamente sin que reciba alguna respuesta, vuelve a golpear la puerta con la mano, desnudo aun. La desesperación del joven aumenta, nadie responde a su llamado. Empieza a llamar a Franco mientras aumenta la intensidad de los golpes en la puerta.

   -Coach, señor, por favor, coach… -repite incesantemente.

   Después de unos largos minutos de estar gritando y tocando la puerta se oye la voz grave de Franco, quien contesta sin abrir la puerta.

   -¡Lárguese, Saldívar!

   -¡Por favor, señor! ¡Deme una oportunidad! –suplica, vencido, entregado totalmente mientras recarga la frente contra la puerta.

   -¿Oportunidad de qué? -Franco no puede ocultar la sonrisa siniestra mientras toma su miembro en sus manos y empieza a masturbarse oyendo al muchacho suplicarle.

   -Yo… -sus palabras se cortan, trata de controlarse y de someterse pero le cuesta.

   -Solo hay una oportunidad y USTED sabe cuál es. ¿Está dispuesto a TODO?

   Antes de responder, Daniel hace una pausa sin despegar la frente de la puerta, las lágrimas resbalan por su varonil rostro antes de contestar.

   -Si, señor.

   El miembro de Franco se endurece el escuchar la respuesta, algo que sabía de antemano que tenía ganado; sin embargo, el placer de vencer la resistencia y de humillar a Daniel es exquisito.

   Cuando el joven escucha que la puerta se abre despega su frente; la puerta lentamente se desliza hasta abrirse del todo. Daniel, desnudo al igual que Franco, espera en el marco mientras Franco está ya en el lugar donde se encontraban.

   -Pase, Saldívar, y póngase de rodillas aquí. -le señala el lugar donde tragaría la primera verga de lo que sería su nueva vida.

CONTINÚA (el relato no es mío) … 22

Julio César.

NOTA: El relato comienza algo lento, y como no tengo intensiones de apurarme más, quien lo desee puede buscarlo en esta dirección: http://www.todorelatos.com/relato/16991/

DE AMOS Y ESCLAVOS… 9

septiembre 9, 2014

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 8

UN NEGRO CON LECHE EN LA CARA

Así le gustaba a su hombre…

……

   ¡Era una maldita locura!, no dejaba de pensar Gregory Landaeta, congelado y erizado, la boca seca, el corazón latiendo feo en su pecho… con ese sujeto, fuera quien fuera, pegando la pelvis de su culo, allí, en plena oscuridad de un vagón del Metro. ¡Y su verga! La notaba muy claramente, dura, caliente, totalmente parada, frotándose lentamente de sus nalgas redondas y firmes, mientras otro sujeto, al lado de ese, ¿vienen juntos o cada quien por su lado, le vieron y le atacaron?, no lo sabe, sólo que también está allí, tocándole, cuidándose de no rozar con el otro, como si le diera repulsa el contacto con el otro hombre… pero no con su nalga. Siente la mano caliente tocarle cuando el otro dejaba un pedazo libre. ¡Y lo hacían en ese vagón lleno de personas! Estaba rodeado de gente, y allí, frente a todos, uno le manoseaba, el otro frotaba una y otra vez, ahora de arriba abajo con un leve vaivén, la verga de su culo.

   Lo peor era que una idea le asaltó, erizándole más, haciéndole contener un jadeo pero hinchándole el pecho: ese carajo la tenía bien dura… por él. Su culo lo tenía así, cometiendo aquella locura. Sus nalgas. Lo otro, y lo cual era más desconcertante, era que no se apartaba. No, ya no intentaba detenerles, mirando su reflejo, ocultos los otros por su propia imagen, puede verse, muy quieto, rostro de piedra, las dos manos en el tubo, aunque…

   Mierda, era una locura. ¿Qué estaba pasándole? ¿Cómo podía excitarle tener a esos sujetos tocándole así?, pero era. Se estaba erectando bajo sus ropas y es perfectamente consciente de que se concentra en su región glútea, como para comprobar cada cambio, cada roce, cada sensación. El vagón se mueve, jura por Dios que se trata de eso, no de su culo yendo levemente de adelante atrás, refregándose de la pieza del otro macho, imaginando esa verga blanca totalmente parada, a lo largo dentro de las ropas del otro, frotándose de la raja de su culo bajo el jeans ajustado que lleva. No, no quiere pensar en eso, y no, no es que se mece y se frota del hombre a sus espaldas.

   Salen del túnel, la luz vuelve y con ella sus temores. Esos carajos no se apartan, ¡uno le frota con el güevo, el otro con la mano! El vagón de detiene y ahora si se apartan; el joven hombre negro baja la mirada hacia la pareja mayor sentada al frente, imperturbable al mundo… casi lamentándolo. Le sorprende y molesta sentirse un tanto decepcionado cuando la mano y la pelvis de esos sujetos se apartaron. Y eso le altera, no debería sentirlo. Joder, él no era ningún marica. Pero siente el hormigueo sobre sus nalgas, allí donde la dura verga y la mano firme le tocaban y frotaban. Su piel lo extraña. Se queda quieto. Mucha gente baja, otros suben. Un asiento se desocupa momentáneamente en el más externo de los dos que forman la ele con los que pegan de la pared del vagón. Y no lo toma. Se queda donde está viendo a un carajo joven que se sienta, audífonos al oído, morral al suelo, tomando un libro. Otro que se perdería en su mundo aparte y que no notarían si algo extraño…

   El vagón arranca, y vagamente cae en cuenta que debió bajar en esa estación, pero lo olvida por aquella mano que vuelve junto a la suya en el tubo. Joven, blanca, fuerte. Y cierra los ojos un segundo antes de sentirle nuevamente; aún antes de entrar al túnel, esa pelvis vuelve contra sus nalgas, y tiene que contener un jadeo, sabiendo que tiene la piel de sus glúteos totalmente erizados. Y, maldita sea, echa el culo un poco para atrás, abriéndolo, permitiéndole encajar a lo largo, y casi sufre un desmayo cuando lo nota, el sujeto empujándoselo. Un güevo que estaba bien tieso. Lo siente en toda su dureza, calor y hasta pulsadas. El tipo va de adelante atrás, frotándose, usándole para darse placer, manoseándole de manera vulgar dentro de un vagón lleno de gente, y la idea le marea. Tragando abre los ojos, las luces de seguridad forman sombras, y volviendo el rostro hacia un lado se encuentra con la mirada del chico que acaba de subir, ojos muy abiertos, boca también, el libro cerrado en su muslo; un chico que notaba perfectamente que ese otro sujeto estaba restregándole el güevo del culo, y que él se deja, que más bien lo buscaba.

   ¡El chico le había pillado!

   La idea es como lava ardiente en sus venas, aterradora, todo él se eriza y altera. Está muy quieto mirando al chico que subió hace poco, y que desde su asiento le observa mientras a sus espaldas el sujeto que se frota de su culo continúa con lo suyo, de adelante atrás, de arriba abajo, su güevo verticalizado dentro de la ropa siguiendo el curso entre sus nalgas, sintiéndolo. El chico les mira, dice nada, no avisa, sólo mira… cubriéndose en entrepiernas con el libro que llevaba. Tapándose sin dejar de verles.

   Y a Gregory le parece que va a correrse de pura lujuria consciente de que le mira, de que es observado. Con los ojos clavados en los del chico, comienza a ir también de adelante atrás, su culo de arriba abajo frotándose de esa verga dura que pulsaba contra su trasero. Sin pensar en nada, sólo consciente de lo mucho que le gusta eso, de estar siendo tratado así en ese vagón atestado de personas que no saben qué ocurre, mientras un tío le mira. Que le mira siendo toqueteado así por otro hombre, que le mira dejándose hacer, recibiéndole, que le mira moviendo su culo ahora casi como si quiera atrapar y frotar ese güevo que ya comienza a calentarle el jeans a través de las telas. Ese chico le mira y casi se muerde los labios porque siente el temblor horrible de su propio miembro, sabiendo que está mojando su bóxer y el pantalón de puras ganas.

   El sujete le deja el güevo pegado, y así empuja y empuja como si quisiera elevarle del piso, como soñando con alzarle y hacerle caer sobre su güevo, clavándole y sosteniéndole en peso, o eso piensa un mareado Gregory que contiene un jadeo mientras su pecho sube y baja violentamente, totalmente ahogado de lujuria. Mientras mira al joven que lleva una mano a su entrepiernas, bajo el libro. Seguramente tocándose, duro y excitado mirándole a él. La idea hace que su sangre se vuelva espuma, casi tanto como, al fijarse bien, al nota que el chico, sonriendo, forma la silente palabra “puta”. Entenderlo le hace temblar más. Si, puta. Un puto total. Se comportaba como… No quiere pensar, tan sólo mover su culo de arriba abajo sobre la bragueta de su anónimo sobador, disfrutando al oírle respirar muy pesadamente.

   -Tiene razón… -oye otra vez la voz joven y profunda de hombre cuyo aliento le quema el cuello, en tono muy bajito e íntimo en medio del ruido del tren y la gente hablando sus cosas.- Eres una puta. Mira cómo estás, todo caliente porque ese carajo ve como te refriego el culo con mi güevo. –y empuja más, Gregory aguantándose para no gemir de verdad como una perra, así de extrañamente caliente se siente.- Seguro que tienes el culo vuelto un caldo espeso esperando un buen pedazo de carne dura.

   Gregory no sabe qué decir, cómo reaccionar o qué sentir. Él no era marica, pero todo eso que estaba ocurriendo lo tenía literalmente ardiendo de lujuria. El roce de la barra dura contra su culo, algo que jamás le habría permitido a nadie, las palabras que podrían sonar soeces, insultantes, pero que tan sólo le hacen desear escuchar más, mientras ese otro carajo le mira, sobándose, le tienen de a toque.

   -Yo también quiero, coño. –oye otra voz, a su derecha, exigiendo.

   -Olvídalo, pana. –responde el primero, totalmente pegado a su culo.

   Y el enorme hombre negro siente más jugos saliendo de su güevo, ¡estaban discutiendo por él!, pero nada a cuando siente unos dedos rozar su mano. Eso era demasiado, lucha pero es atrapado, su mano abierta, tomada por los dedos, es guiada a otro entrepiernas y pegada a esa pelvis… sobre un güevo que abulta de manera escandalosa. ¡Dios!, jadea, ahora si alarmado. ¡Todo estaba saliéndose de control! La gente iba a darse cuenta de que un hombre estaba refregándole el güevo contra las nalgas y que otro le obligaba a llevar la mano a su entrepiernas, donde recorre leve la silueta de una tranca dura, muy dura y caliente, antes de comenzar a acariciarla. Porque lo hace, no sabe por qué pero lo hace. Cierra su puño sobre ese tolete duro, el güevo de otro carajo, halándole un poco. ¡Estaba tocándole el güevo a otro hombre!, una idea de por sí terrible y aterradora, como lo era el tío que parecía que en cualquier momento le bajaría los pantalones y le metería el tolete, allí mismo, por el culo. Y tal vez se dejara hacer. Tal vez se lo permitiría, abrirle con la cabeza de su tranca, llenándole, así como acariciarle la verga al otro fuera de sus pantalones, porque en ese momento siente que las hormonas y la testosterona estaban ahogándole de ganas y es capaz de cualquier cosa.

   Se anuncia la llegada a la estación, y la voz, el leve frenar, el aproximar de las luces al salir del túnel, logran darle a Gregory algo de serenidad… para encontrarse con la muy ceñuda mirada de la señora mayor sentada justo al frente, la cual se vuelve hacia su marido. Como por arte de magia el tipo se despega de su culo, al tiempo que retira la mano del tolete del otro y el chico en el asiento saca la mano de su entrepiernas. Todos quietos, pero el joven hombre negro es muy consciente de la dura mirada de la doña, así como de esos sujetos, los tres, que no se apartan mucho. Ni salen. ¡Estaban esperando volver al túnel y caer sobre él! Machos tras la perra.

   Traga saliva, acomodándose bien sobre la pelvis la chaqueta cerrada. La gente sale y entra, se oye el pitido anunciando que se cerraran las puertas y…

   -¡Permiso! –gruñe ronco, moviéndose con esfuerzo, no tanto por la gran cantidad de personas sino porque sus piernas no parecen querer obedecerle. Pero lucha y sale, a pesar de las malas caras de las personas que arrolla.

   A sus espaldas las puertas se cierran, el tren pita y se aleja. No pudo volverse, y alejarse, ahora, le cuesta un mundo. De una manera desconcertante su cuerpo parece no poder asimilar todo lo ocurrido… que se alejó de sus manoseadores. La idea le hace exhalar una bocanada de aire. Va hacia las escaleras mecánicas y sube, no sabe si saldrá o tomará el tren contrario para volver a la estación que se le pasó, aunque no se cree con fuerzas para verse rodeado de personas otra vez. Su piel arde, su sangre zumba en los oídos, el güevo lo tiene imposiblemente duro, pulsante y mojado contra sus ropas. Dar un paso, sentir el bóxer y el jean sobre la erecta carne le da calambres. ¡No puede seguir así!

   ¡Los sanitarios!

   Tragando en seco, otra vez, metiendo las manos en los bolsillos de la chaqueta, sintiendo cosquilleos sobre su tranca bajo las ropas, el joven y apuesto hombre negro se dirige hacia los baños, imaginando que tal vez sea un error. Pero no puede pensar.

   Ignora que un joven vigilante le ha visto, con mucho recelo por su manera de actuar, un chico flaco de cabellos rojizos y piel pecosa. Siguiéndole a los baños. Lugar donde le pillaría.

……

   -Oye, chico… -Roberto duda, estremeciéndose seguidamente por la fuerte palmada en su trasero.

   -¡Sobre el sofá! –es la tajante orden del joven de mirada dura y despectiva.

   Más de lo que Roberto puede soportar, subiéndose de frente al sofá, arrodillándose sobre él, las manos en el respaldo, las piernas abierta. Su trasero apenas cubierto por el bóxer del chico del gimnasio, alzado y hacia afuera. Ofreciéndose.

   -¡Mira qué culo! Apenas cabe allí. Dime, ¿cómo lo sientes? Tener sobre tu piel el bóxer usado de otro hombre, que sudó, dejó algo de orina y tal vez hasta de jugos de su hombría en ella. –sonríe Hank, despectivo, nalgueándole suave, la mano recorriendo de una dura mejilla a la otra, casi admirado. Y codicioso, todo eso era suyo, idea que le trastorna.- Con semejante culo debes volver locos a todos, todos queriendo tocarlo así… -los dedos de la mano se abren mientras le refriega duro. Lo siente estremecerse, la turgente piel erizada, el culo más atrás. Y ríe.- Si, te gusta, ¿verdad?, sentir el fuerte roce de la mano de un hombre acariciándote el lomo. Te ofreces como puta barata… -la mano sube a la fuerte espalda y Roberto cierra los ojos, recorrido por mil sensaciones placenteras y estimulantes mientras le oye; joder, ¿cómo podía excitarle tanto escucharle decirle eso?- Seguro que tienes el coño mojado… -la mano vuelve a su trasero, sobre el bóxer, casi empujando la tela en su culo.- Porque tienes un coño, lo sabes, ¿no? –se tiende sobre él para decirle eso, la mano subiendo otra vez y ahora descendiendo al contrario, la punta de los dedos rozando el elástico del suave bóxer de buena tela, blanco, que casi se ve obsceno sobre la lustrosa piel negra. Roberto, boca abierta, contiene un jadeo al sentir el roce de esos dedos. La mano se mete dentro de la prenda, caliente y firme contra sus carnes, recorriéndole, amasando, pellizcando leve, notándose las ganas de hacerlo, lo complacido que estaba de tenerle así. Y se le escapa un jadeo, avergonzado baja el rostro contra el respaldo, pero no para ocultarse.- Si, negro puto, eso que sientes es el placer de la anticipación de saber que tu hombre te usa, que quiere jugar con tu coño, uno que le pertenece. –le informa, y el otro sabe que es verdad a cierto nivel que ni él mismo entiende, porque bajar el rostro y cerrar los ojos es para concentrare en las mil sensaciones que lo recorren de manera agradable.

   Le oye, pero como desde muy lejos, sobre lo muy puto que son los negros, mientras la mano va y viene de una nalga a la otra, metida en el bóxer, recorriéndola circularmente de arriba abajo y regresando, cruzando por la raja entre ellas, rozando su culo y haciéndole contener el aire en los pulmones. El bóxer baja, desesperante y torturantemente lento, sus redondas nalgas morenas al descubierto, brillantes de transpiración. Roberto traga y traga, haciendo mil esfuerzos para no menear el culo contra las manos del muchacho, no queriendo parecer tan puto.

   -¡Estás sudado! –oye la acusación, la voz dura, antes de estremecerse, tensar sus nalgas y gemir al caer la fuerte palmada contra su glúteo derecho. Pica y arde, y le alarma.- Siempre debes llegar limpio ante mí, negro puto. –le ruge, otro azote, duro, en la otra nalga se deja oír y sentir.- Debes bañarte bien, afeitar tu coño y perfumar tu pubis, ocultando así tu olor a puto barato. –le explica, nalgada tras nalgada. No era tímido dando azotes.

   Roberto se estremece ahora sí que mal, la mente girando a toda velocidad, sintiéndose infinitamente humillado y ofendido en su dignidad y su hombría, pero también caliente, la verga botándole un río de líquidos, algo caliente estallando dentro de su culo, agitándolo, picándole, algo que necesitaba…

   -¡Debes depilarte el coño! –le repite el joven, enfilando un dedo y metiéndoselo lentamente por el orificio cerrado y virgen de su culo prieto.

   Roberto se tensa y casi se incorpora. ¡Estaba metiéndole un dedo por el culo! ¡Estaba dejando que otro carajo le metiera un dedo! ¡Por el culo! Su mente es una masa caliente de temores, incertidumbres y dudas. Vuelve el rostro, para gritarle que lo saque (en lugar de saltar y escapar), pero se contiene. El joven le sonríe ahora, casi amistoso, maravillado.

   -Joder, negro, qué culo tan estrecho y suavecito. –saca medio dedo y lo mete otra vez, increíble contraste de su puño pálido contra la firme pared de carne oscura.- Dios, se siente tan bien meterte el dedo así… -y parece un atractivo y pícaro niño contento que juega con el caro regalo de Navidad. Y a Roberto le parece simplemente hermoso. Si eso le hacía tan feliz…

   Quiere complacerle. Las redondas y negras nalgas van y vienen sobre ese dedo, apretándolo, el hombre estremeciéndose cuando le oye reír feliz. Esa risa le marea, y sonriendo tontamente, Roberto vuelve el rostro al respaldo, meciendo su culo de aquí para allá, apretando y soltando el dedo del muchacho. Uno que le mira ahora con expresión sarcástica, sabiendo que le ganó la batalla. ¡Pobre negro tonto!

   El largo y delgado dedo blanco entra y sale de entre las dos firmes masas negras que son esas nalgas realmente apetitosas que ya quiere morder, azotar otra vez hasta hacerle gritar. Marcarlas. Si, quiere que lleven su marca. El dedo va y viene al encuentro del orificio que se expone y que le busca, cogiéndose a sí mismo. Se ve tan entusiasta ahora, que le sorprende. Roberto abre mucho la boca y los ojos, pero decide no hacer nada, sólo apretar los dientes y aguantar, relajándose para facilitarlo todo, cuando otro dedo se suma. ¡Ahora tiene metido dos dedos de hombre en su culo virgen hasta hace dos minutos! Los dos dedos de Hank van y vienen, penetrándole, abriéndole, frotando las paredes de su recto, vencida la resistencia e incomodidad inicial. Los mete, todo, y tijerea con ellos, y aunque algo molesto pues no es totalmente placentero, Roberto aguanta. Hasta que…

   -¡Ahhh…! -jadea, el chico tocó algo dentro de él que hizo explotar luces frente a sus ojos.

   Hank se muerde el labio inferior y casi sacando sus dedos, los enfila hacia abajo, metiéndolos, rozándole otra vez. La siente, la próstata. La toca, la acaricia, la soba, y ve como el negro y poderoso cuerpo de ese joven hombre brilla nuevamente de transpiración, mientras el vaivén de s culo ahora es más intenso, decididamente disfrutándolo ahora, no simplemente para complacerle a él, y todo eso mientras jadea de forma ronca y baja.

   -¿Te gusta, negro puto? ¿Te gustan mis dedos en tu coño suave y caliente? Apuesto a que sí. –le mete los dedos y todavía empuja más.- Quiero que veas a un conocido mío, en el Centro Lido. Hace tatuajes y piercing, pero no irás por eso. Todavía no lo mereces… -le informa mientras le coge con mayor rapidez el culo, sonriendo al verle el espeso y claro hilillo de jugos que salen de su grueso güevo negro, bañándole el sofá.- Se llama Galdo, es un hijo de puta loco, dile que te envío yo y que quieres el primer tratamiento. Él sabe de qué se trata. –aunque totalmente mareado de lujuria y placer con esos dos dedos penetrando su entrada más secreta y prohibida, a Roberto nada de eso le suena muy bien.- Si no vas… esto se acaba. –amenaza, incrementando las metidas de sus dedos en ese culo que arde como brasas, que le hala los dedos con ganas, que se abre buscándolos, al tiempo que le atrapa el tolete negro que pulsa en su palma. Es sólo un toque y Roberto casi se muere de ganas, botando más jugos.- Cuanto termines con Galdo, ven aquí, sólo hasta entonces, y ya verás, negro de mierda, lo que será para ti el verdadero placer sexual. –le garantiza, cogiéndole rudamente con los dedos, soltándole el tolete y raspando con las uñas sobre sus testículos.- Sabrás que vives de verdad cuando me estés sirviendo como la más puta de las putas; arrastrándote por el piso para que te tome, será tu mejor momento. Llorarás para que te toque, me rogarás para que te deje comer mi güevo… -va diciéndole, tendido sobre él, metiéndole sin parar los dedos, golpeándole la próstata, rascándole los testículos en una suave caricia que tiene al hombre negro a punto de saltar de impaciencia y placer.- Me suplicarás de rodillas, y eso te lo aseguro, para que te entierre mi güevo blanco en tu sucio culo negro, momento cuando te sentirás totalmente realizado. –y para terminar, le mete los dedos, tijereándolos en lo profundo, sus uñas recorriendo otra vez los testículos y la cara inferior del grueso tolete que se pone imposiblemente duro.

   Roberto casi cae del sofá mientras se corre, entre escandalosos gemidos que a todo el mundo le sonarían a los de una puta feliz, con una fuerza y una potencia que le hacen alcanzar la gloria suprema del orgasmo. De su ojete manan disparos tras disparos de semen, hasta que tembloroso y sin fuerzas se queda como está, casi echado sobre el respaldo del sofá, respiración pesada. Su culo es liberado y Hank se aparta, sonriendo.

   -Si no ves a Galdo, se acabó. Y ahora lame toda esa esperma con tu lengua. No me dejes el mueble sucio. –le ordena, despectivo.

   Ojos cerrados, jadeante, el joven hombre negro todavía se estremece, tendrá que lamer su propia esperma, ¿sabría tan bien como la de Hank?

……

   Tarda casi veinte minutos en salir del apartamento del chico blanco, todo ajado, sudoroso, oliendo intensamente a esperma, en su lengua todavía el sabor de la de Hank y la suya propia. Da un paso fuera del apartamento, cierra la puerta a sus espaldas y se lleva un susto de muerte.

   -Mucho cachondeo, ¿no? –comenta, unos pasos más allá, el marido de la conserje, escoba en manos, ojos llenos de maldad y algo más.- ¡Vaya negro maricón que resultó! –casi ríe.

   ¡Mierda!

CONTINÚA … 10

Julio César.


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