Archive for the ‘RELATOS GAY DE MALDITOS…’ Category

ADICTO A LA LECHE FRESCA… 9

agosto 27, 2014

ADICTO A LA LECHE FRESCA                         … 8

   La presente es otra historia “maldita”, aunque no tanto. Un chico descubre, porque le llevan a eso, que le gusta mucho el sabor del semen. La historia NO ES MÍA, que no se moleste el autor si llega a saber que la estoy reproduciendo aquí.

……

Swallows milk

by Lexicode

LA ESPERMA EN LA CARA

  Agotado, satisfecho, cara chorreada… feliz.

……

   Las llamadas se repiten una y otra vez. Envuelto en una toalla, medio húmedo todavía, molesto por la insistencia, grita un “¡voy!”, y abre.

   -Señor… -jadea un enrojecido y jadeante Alex.- Por favor… por favor, déjeme chupar su verga… -pide como si la vida le fuera en ello a su señor Milo.

   Este le mira, severo, notando su alterado estado de ánimo. Una mano grande sube y le atrapa la nuca, casi afectuoso, el otro se estremece.

   -¿Has estado negándote lo que quieres? ¡Niño tonto!, vamos, entra y podrás chupármela todo lo que quieras… Pero te lo advierto, no estoy solo.

   ¿Acompañado?, con el corazón latiéndole con fuerza, de frustración y algo de celos, penetra en el apartamento; el hombre cierra la puerta a sus espaldas y va a un mueble. No era fácil que se pusiera a mamar si allí había alguien más y… jadea ahogado. Mirándole a los ojos, sentándose muy abierto en el sofá, el señor Milo le espera. Al joven la boca se le seca a la vista de los musculosos muslos bajo la tela del pantalón, el entrepiernas totalmente ajustado y el bulto que se distingue de manera evidente, o imagina, ahí. Ya no piensa, la verdad es que no puede. La masturbada pasada, las cosas que le contó el entrenador y las que hicieron juntos, le tienen a punto de estallar. Va y cae entre sus piernas, ansioso.

   -¿Tanto la quieres? –le pregunta el hombre, ojos entrecerrados.

   -Si. –es la dócil y clara respuesta. Sus ojos se encuentran, algo parece esconderse en las profundidades de las pupilas de su profesor de Matemáticas, pero este bota aire finalmente y parece mandarlo todo al coño. De momento.

   -Bien, es toda tuya, muchacho.

   Habría querido distraer con alguna charla banal, tal vez recorrerle los muslos con las manos, los sabe firmes, duros, a él le encantaba cuando las muchachas, hablándole, le tocaban así, indicándole que querían mucho más, pero no tiene cabeza para nada. Necesita verle la verga, tocarla. Desea con una desesperación que casi parece vicio, tenerla en la boca y chuparla, cubrirla toda y succionarla. Lleva rato sin mamar una. Con dificultad abre el pantalón, aparta lo suficiente de la bragueta y mete la mano. Traga, el hombre sonríe. No usa ropa interior, la encuentra, suave, caliente, consistente. La atrapa y tiembla de lujuria al sentir como endurece contra su joven palma.

   La saca, lentamente, hipnotizado, disfrutando de verla emerger de la bragueta abierta, por encima de los pelos púbicos del hombre donde algunas canas brillan. Está rojiza y morcillona todavía, pero la amasa, la soba descubriéndole la cabecita y lleva su rostro a ella, con la lengua toca el ojete y una poderosa corriente le recorre. No está totalmente erecta pero la traga, cálida, salina, suave. Y succiona. De rodillas entre sus piernas, la traga toda, sorbiéndola, la lengua pegada a ella, igual sus mejillas, satisfecho de oírle jadear bajo, ronco, del tensar del poderoso cuerpo masculino. Lo estaba haciendo bien.

   Él mismo suspira con total satisfacción, bañándole los pelos dentro de la bragueta, cuando la pieza pulsa más, endureciendo, creciendo, ensanchándose, ardiente. La siente ir contra su garganta, gruñe ahogadamente cuando, echándose hacia adelante en el sofá, una ruda mano del señor Milo atrapa su nuca, reteniéndole allí mientras su verga de macho cabrío gana toda su gloria. Alex medio tose, asfixiado, con arcadas, totalmente excitado, sus bonitos, brillantes y jóvenes ojos se llenan de lágrimas por el esfuerzo, igual que sus mejillas se tiñen de rojo.

   -Mírate, el hermoso rostro de un chico saludable y guapo que gusta de comer vergas… -le sonríe el profesor.

   Ahora, con las dos manos, atrapa su nuca, los dedos entre los sedosos cabellos del muchacho, comenzando a cogerle la boca al subir y bajar su culo del mueble; lo hace lentamente, dientes apretados, sacándola centímetro a centímetro, mojada y brillante mientras el chico se la succiona con la lengua y las mejillas, casi hasta el glande, para luego enterrársela otra vez, con un bajo y rudo “trágatela toda, muchacho, trágate tu biberón lleno de leche tibia”, sintiéndola succionada por la garganta joven, metiéndosela toda, aplastándole la nariz contra su pubis, reteniéndole allí. La sensación de control sobre el otro hombre era casi tan placentera como la mamada misma. La saca y la mete, cada vez con mayor velocidad, ahora atrapándole con un solo puño sobre la cabeza, el cabello halado, mientras con la otra mano le acaricia rudo las majillas, la garganta, sonriendo al sentir las idas y venidas de la manzana de Adán, también su propia tranca bajando. Se la deja allí, empujando más, gozando los ahogados jadeos del muchacho a quien le faltaba el aire, pero era tan bueno tenerla así, bien enterrada, sintiéndola bajo su palma en aquel cuello armonioso, que no le deja ir por un segundo.

   -Vaya, ¿hay alguien a quien no jodas en la escuela? –una burlona voz se deja oír y Alex casi muerde a su profesor, abriendo mucho los ojos y mirando hacia un lado, los rojos labios totalmente abiertos sobre la gruesa tranca que tiene atorada en su esófago, pegado al pubis de su maestro, gozando como llevaba días sin hacer.

   -Siempre te he dicho que la vida académica es muy estimulante. –se burla el hombre, soltando el puño y casi amoroso acariciándole la nuca al joven.- Lowell, te presento a mi hijo, Jason.

   ¡Oh, Dios!, jadeó internamente, recordando todo lo contado por el entrenador.

   -Mucho gusto. –dice este, caminando hacia ellos, cayendo sentado muy cerca de su padre, mirándole de manera perversa y acariciándose justo en el entrepiernas.- Coño, ¿cómo no se ahoga con tu verga en la garganta?

   -Es bueno en lo que hace, joven pero entusiasta. –elogia el hombre, totalmente indiferente al hecho de estar allí, en la sala de su apartamento metiéndole la verga hasta los pelos en la boca a uno de sus alumnos, con su hijo al lado. Uno que se acaricia mirando vicioso a los ojos a Alex.- Le gusta mamar; tener una buena verga de hombre enterrada en su boquita de muchacho, le enloquece. Casi tanto como el sabor de la leche. –más gentilmente le hace ir y venir sobre su tolete, halándole por el cabello, dejándole respirar, para sonreír mientras Jason ríe cuando Alex sorbe de manera entusiasta y muy ruidosa.

   -¿Me dejarás?

   -Claro, hijo. Creo que a Lowell le agrada la perspectiva de chupar otra.

   Era tan vergonzosa la manera en que se referían a él, como si no estuviera, pero la verdad es que todo él zumbaba de emoción mientras subía y bajaba sus labios color rosa sobre la dura y nervuda barra caliente que tanto le gustaba, mirando como el hijo de su señor Milo luchaba por sacar la suya, una pieza ya dura, no tan larga o gruesa como la de su padre, pero que en ese camino iba.

   -Tócala, Lowell, chupa la mía y acaricia la de mi hijo. –el joven, casi temblando de pura lujuria, lo hace. Su boca va y viene mientras atrapa la del muchacho, apretándola, estaba tan dura y caliente, y pulsó contra su palma de manera intensa. Le gusto verle sonreír y tomar aire con pesadez.

   No pasa mucho tiempo antes de que la mano del señor Milo, mientras le mira a los ojos, le separe lentamente de su verga, dejándola brillante y mojada mientras va retirándose, dejándole con la boca abierta, respirando pesado y con labios mojados, le dirigirle al entrepiernas de su hijo, que sonríe con ojos brillantes, la joven verga pulsando ya, gozando por anticipado lo que viene. El aliento bañándola la hace temblar más, y Alex la recorre, de abajo arriba con su lengua, como el señor Milo le ha dicho que les gusta a los hombres que le hagan otros, mostrando su deseo por esa verga que se le ofrecía. La recorre lento, llenándose la lengua con su calor y sabor, viéndole tensarse. Con la punta azota y recorre la cabecita, los rojos labios caen sobre el ojete, donde besa y chupa. Jason casi pega un bote de lo bien que se siente. Con el rabillo del ojo, el chico ve que el señor Milo sonríe aprobándole. Saber que le hace feliz le llenó de una cálida sensación de dicha, una que le obliga a tragar lentamente el güevo de su hijo; le daría una mamada tremenda y el señor Milo estaría orgulloso.

   La boca va y viene mientras cierra los ojos, algo mareado. Estaba saboreando su segunda verga del día, en pocos minutos, y la sensación de la vibrante barra mojada sobre su lengua le hace desear más, sorber, chupar; la atrapa con sus mejillas, la lleva contra sus amígdalas, labios contra el joven pubis dentro de la bragueta, y la succiona como un chivito, con lengua y garganta, entendiendo que esos gemidos roncos, esos jadeos, los leves saltos de caderas se debían a él, estaba haciendo gozar como nunca al muchacho con su boca, y mientras lo hacía se sentía en la gloria. Estaba resollándole también en los cortos pelos púbicos, pero ahora, antes de retirarse, aspira profundamente, necesitándolo, llenándose las fosa nasales con el fuerte aroma del muchacho, un almizclado perfume que estimula sus sentidos aún más; la verga sobre su lengua, mientras la chupa al ir retirándose, parece saber aún mejor. Va y viene, con gila, oyéndoles hablar lejanamente.

   -Mierda, cómo mama, papá… -el más joven, casi agónico.

   -Nació para tener una verga en la boca. Es su vida y hay que darle las gracias a Dios por ello. –informa el más viejo, antes de atrapar la joven  nuca empapada de sudor y empujarle arriba y abajo sobre la pieza de su muchacho.

   Alex no oye más, ¡si, le gusta mamar güevos, carajo! Adora sentir sobre su lengua eso que los hombres guardan bajo sus pantalones y que siempre quieren usar. Él deseaba que le dejaran, todos, trabajarlas así. Hace tiempo que lo sabe, pero ahora su mundo se expande más. Ama la verga del señor Milo, larga y gruesa, la de un hombre maduro y poderoso, esa tranca tenía un encanto para él tal que no sabe si podrá escapar alguna vez de su embrujo. Pero mamar al entrenador Lewis le hizo saber que otras también sabían bien, que el mundo era un enorme bufete de hombres y vergas erectas, calientes y gruesas que desearían entrar en su boca joven y golosa, pero ahora… La del muchacho, un casi contemporáneo, se sentía increíblemente bien, de ella manaba un calor casi enfermizo, de fiebre, y jugos y jugos, parecía más presta a soltar su preciosa carga.

   Y la idea le hace redoblar sus esfuerzos, tragándola toda y todavía menando la cabeza de un lado a otro, subiendo sorbiéndola, dejándola salir y lamerla una y otra vez, besándole la punta, devorándola nuevamente, deseando con una desesperación febril su preciosa carga de leche espesa, ardiente y abundante; la quiere ya, cubriéndole la lengua y estimulando cada una de sus papilas gustativa. ¿Sabría tan rica como la de su padre? ¿Qué pensará cuando le vea beber el semen de Jason? ¿Le dejará el señor Milo tragársela también a él, la lengua todavía cubierta con la esperma de su hijo? Las dos cargas se mezclarían, sus sabores. Y gime, de sorpresa. Jason se ha tendido hacia adelante en el sofá, y metiendo una mano dentro de su chemi, recorre su torso, y la caricia de otro chico, de esa manera, le hace arder la piel.

   -Creo que está listo para más, papá. Es como una fruta madura pidiendo ser comida…

   -No. –la respuesta es seca.- Aún es virgen… abajo, claro.

   -Pero quiere… Mira cómo responde… -insiste, algo impaciente, atrapando uno de los pezones, encontrándolo increíblemente erecto y duro, y aprieta suave, tirando de él, y Alex deja salir una bocanada de saliva y jugos cuando gime, sintiéndolo increíblemente bien.- Quiere más. –repite.

   -Aún no. –es tajante, atrapando al chico por el cabello, halándole, logrando un doble gemido de frustración, tanto Alex como Jason lamentan el fin del contacto, el doble contacto, pero Alex no tiene tiempo para lamentarlo mucho más cuando ya va cayendo sobre la verga de su maestro de Matemáticas, tragándola febril. ¡Le encantaba mamarle el güevo de ese hombre hecho y derecho!

   Y lo hace, sube y baja, perdiéndose en las sensaciones, en lo mucho que le gusta sentirla penetrar su boca, cubrir su lengua, quemar sus mejillas. Cada gota que logra sacarle, con avidez y lujuria, le hace vivir. Lejos oye los gruñidos gemidos de Jason, no sabe por qué, pero pronto se ve apartado de la gloria, y casi jadea, ojitos brillantes y suplicantes, barbilla manchada de saliva y jugos, siendo guiado hacia el tolete rojizo de aquel hijo desobediente de su padre, tragándola con igual hambre. Ama la del señor Milo, pero con la calentura que tiene se tragaría la de quien fuera (y cómo gozaría cuando partiera a la universidad, en las fiestas de su fraternidad). Sube y baja, rítmicamente, trabajándola a conciencia. Le siente tensare, le oye gruñir, nota como le retiene y ese algo hirviente que recorre la pulsante pieza en su garganta, corriéndose entre gemidos agónicos. Uno, dos trallazos, y luchando, Alex se retira lo sufriente para recibir el resto sobre su lengua, llenándosela con ella, saboreándola de manera intensa, afanosa, encontrándola tan deliciosa que cree nunca saboreará algo mejor, y tragándola, encontrándola sublime, fresca y maravillosa. Dios, ¡cómo le gustaba el semen! Succiona y succiona aún, negándose a soltarla. Deseando más.

   -¿Sabroso? –la voz del señor Milo le medio trae al presente, apartándole tirando de su cabello, mirándole, joven, rojo de cara, labios hinchados, algo de esperma haciéndolos brillar. Una imagen hermosa. Todo chico debe verse así en un momento de su vida, piensa.- Como ves, el sabor de las vergas y el de sus leches, varía, y no hay problema. Todas te gustan, unas y otras… -en sus ojos brilla algo que le hace entender que sabe muy bien lo del entrenador Lewis.- Ahora comprendes que todas son buenas llenando tu boca. Que no hay problema en que vivas tu vida; andar por ahí y gozando todas las que quieras tragar. Créeme, siempre habrán hombres deseando clavártela para sentir cómo las mamas. Ven, ordeña la mía ahora…

   Y como en trance, respiración agitada, abriendo más su dulce boca joven, notándose todavía la esperma de Jason, Alex cubre el mojado glande de la verga del padre de este, tragándola, dejando escapar, sin saber, un leve maullido de gusto total. Si, le gustaban las vergas. Amaba el enloquecedor sabor del semen sobre su lengua.

   Pero lo dicho por Jason…

……

   Esa tarde Alex Lowell regresó saciado y contento a su casa. Tomó una larga ducha, una abundante cena temprana y durmió. Mucho y bien. Ni siquiera con calenturas. Desnudo, dorada y hermosamente desnudo en su juventud, medio envuelto por una manta, sus redondas nalgas afuera, boca abajo, medio ladeado al estar abrazado a una almohada. Una leve sonrosa en sus labios. Un cuadro maravilloso que cualquier amigo gustaría de encontrar. Las pajas comenzaron al otro día, era estarse quieto un segundo y recordar la doble mamadas, el señor Milo y su hijo Jason, para correr a masturbarse. Casi gritando de gusto, lamentando no estar saboreándolas en verdad. Horas después comenzaría a preguntare, nuevamente qué quiso decir Jason con aquello de que estaba como fruta madura listo a ser tomado. Recordar las palabras, y el toque de su mano en el tórax, le afecta. Le excita pero también le preocupa.

   A la hora del almuerzo, su padre, de buen humor (no así su madre), le comunicó.

   -Te quiero en casa este fin de semana, Alex. Vamos a reunirnos los muchachos a jugar algo de futbol, disfrutar la barbacoa en la piscina y tomar unas copas. Tú no. –aclara rápido.- Por cierto, hijo, vendrá tu profesor, Milo.

CONTINÚA…

Julio César.

NOTA: Lo siento, esta es una de las que no tengo la dirección. Está el nombre original y el autor, sírvanse buscarlo a ver si hay suerte. Y me avisan. Queda poco, a lo sumo dos entradas. Y lo que viene será candela, el chico se descuida y le pillan en casa de sus padres.

SER O NO SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 19

agosto 23, 2014

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…                         … 18

   La siguiente es una historia que NO ES MÍA. Pertenece totalmente al señor capricornio1967. Tan sólo la reproduzco, tal vez cambiando una que otra coma, aunque la historia ya está por ahí, completa. Es un relato maldito en toda la regla, un hombre maduro decide tomar, controlar y dominar a su joven pupilo, transformándole en algo que no quiere, ni soñaba, aunque se resiste. Lo repito, es un cuento muy maldito. Disfrútenlo:

……

EL DILEMA

Autor: capricornio1967

Capítulo V “EL ENTRENAMIENTO”

CHICO MUSCULOLSO EN HILO DENTAL BLANCO

   Se iniciará en todo…

……

   Después de estar bastante rato en la regadera, se pone la toalla alrededor de la cintura, sale a su recamara donde lo esperan sus padres. Apenado baja la cabeza, sabe que ellos se dieron cuenta de que había tomado alcohol, aunque no saben por qué lo hizo. Luis, severo, avanza hasta donde está de pie, con la toalla enredada en la cintura, mirando al suelo apenado, desnudo de la cintura para abajo, y con las gotas de agua resbalando por su musculoso tórax.

   -Lo siento. -dice sin atreverse a mirarlos a la cara.

   Antes de que Daniel continuara hablando, Luis descarga su ira y su decepción como padre, dándole una fuerte cachetada. ¡Plaf!

   -No tienes vergüenza, ¿cómo pudiste hacer esto?

   Los ojos de Daniel se llenan de lágrimas, jamás ha querido lastimar a sus padres, de hecho todo lo que ha hecho es para que ellos no sufran, así que ha permitido a Franco que lo viole repetidamente, que abuse de él y lo torture; todo por no verlos sufrir. Las lágrimas caen en su musculoso pecho mezclándose con las gotas de agua que resbalan aun.

   -Perdónenme, se que no debí beber; no sé que me paso, pero no volverá a suceder. -sin dejar de llorar ni de ver al suelo les promete.

   -¿Beber? ¿Solo beber? ¿Y qué nos dices del sexo? –acusa, y al muchacho todo le da vueltas. No puede levantar la mirada que le arde más.

   -¿Ya lo saben? Oh, por Dios… -sabían lo que había estado haciendo con el otro hombre. Estaba perdido.

   -Si, ¿cómo se te ocurre meter mujeres para tener sexo aquí cuando tu madre y yo estamos ausente? ¡En nuestra casa!

   La cara de Daniel se ve realmente sorprendida; sabía lo del tequila, ¿pero lo del sexo? ¿Cuál sexo? Eso no lo recuerda, levanta la mirada y su rostro se enrojece.

   -Papá, yo… -no sabe qué decir, su vista cae sobre el preservativo que aun está donde Franco lo dejó. Ni Adriana ni Luis han movido nada.

   -¿Qué vas a decir? ¿Es así como pagas lo que hacemos por ti? -le reclama furioso.

   -No, no, papá, perdónenme, no supe lo que hacía, perdón. Les juro que no sucederá nunca más. -el golpe en la cara que le dio su padre no le duele tanto como el hecho en sí, por lo que significa, nunca antes su padre le había corregido a golpes, es la primera vez.

   -Las cosas van a cambiar de ahora en adelante, Daniel. Has defraudado la confianza que tu madre y yo hemos puesto en ti, y arriesgas tu futuro. ¿Qué pasaría si el entrenador sabe que bebiste alcohol? Pones en riesgo hasta tu participación en las olimpiadas.

   El joven baja el rostro, no sabe qué decir para defenderse ante lo obvio frente a sus padres.

   -De ahora en adelante estarás castigado y no podrás…

   Daniel apenas puede escuchar lo que su enojado papá le dice, sabe que todo fue planeado por Franco para desacreditarlo ante sus propios padres, pero ¿con que fin?

   No puede ni imaginar lo que se le viene encima. A él y a su familia.

……

Capítulo VI “CASTIGO”

   Mientras Daniel escucha los gritos de su padre, por su mente pasan los hechos que han cambiado su vida radicalmente. Hace apenas unas cuantas semanas era el chico más sobresaliente de la escuela, con su novia y la natación. Las materias aprobadas en el curso y su casi segura participación en las olimpíadas, y ahora, todos eso parece que esta por ser destruido definitivamente. Era un hijo modelo y Franco se ha encargado de desprestigiarlo ante sus padres, para poder tener más control sobre el joven nadador y clavadista del equipo.

   Franco aprovechó muy bien cuando junto con la ex novia de Daniel y unos compañeros del musculoso joven le tendieron una muy bien estructurada trampa que le colocó en sus garras. Un hombre vil, quien para colmo había sido compañero en la facultad de los padres del joven deportista; un sujeto que tomando hechos del pasado y su obsesión por poseer a Daniel, pero también mantenerlo sometido y dominado en todos los aspectos, había entretejido una perfecta maraña de la cual el joven no puede liberarse. Al contrario cada vez se enreda más y más en ella.

   Cuando sus padres regresaron lo hallaron bebido, en su habitación estaba la botella de tequila que Franco había dejado premeditadamente, y un preservativo que Franco había usado para masturbarle, haciendo creer que el joven había aprovechado la ausencia de sus padres para hacer una fiesta desenfrenada.

   Tanto Luis como Adriana, los padres de Daniel, están furiosos porque jamás habían tenido ese tipo de problemas con su hijo. Siempre ha sido un hijo modelo, deportista sano, de buna conducta, estudioso, pero en tan sólo unos días ha cambiado tanto que no le reconocen. Quizá le han dado demasiadas libertades; piensan que en algo están fallando con su hijo, pero no dejaran que se vaya por el mal camino, para eso están ellos, para corregirlo y aplicar mano dura cuando sea necesario.

   -No tienes permiso de salir, solo a la escuela y a entrenar. Fuera de ahí estarás en tu habitación, Daniel. Usarás el carro solo para ir de la casa a la escuela o a entrenar, tus tarjetas están canceladas y solo saldrás de aquí con Franco cuando sea necesario pare entrenar, ¿comprendes? -le pregunta Luis, casi escupiéndole en la cara a ese hijo de pronto rebelde, quien está aun semidesnudo, usando solamente la toalla alrededor de su cintura.

   Las lagrimas de impotencia y rabia por no poder demostrar su inocencia, han mojado parte de su musculoso pecho, las pocas gotas que quedaban de la reciente ducha se han secado ya en esa bronceada piel que cubre ese perfecto físico del joven Hércules de la natación.

   Sin atreverse a mirar de frente a su padre, solo asiente con la cabeza baja, su mentón se une a su amplio tórax de gladiador. Su madre solo está presente como mudo espectador de lo que ha pasado, no lo creería sino hubiera visto ella misma todo lo que pasó.

   -Franco llamó, iré a hablar con él. Te quedarás en casa hasta mi regreso. -sin decir una palabra más, ambos progenitores salen de la recamara de Daniel.

   El joven queda aun atónito, frustrado, sabiéndose en la trampa, en la perfecta prisión que Franco ha creado para él. Solo faltan unos días para que inicien las olimpiadas, y en un mes más terminaran, así que será libre de nuevo. Nada lo hará estar sometido a los deseos de Franco después de eso, solo tiene que soportar un poco más y todo habrá terminado.

……

   -¿Qué le dirás a Franco? -le pregunta Adriana a Luis, mientras lo acompaña al coche.

   -No lo sé todavía. Espero que Franco no sepa lo que pasó aquí anoche o será el fin de la carrera de Daniel.

   -¡Por Dios, Luis, eso no puede ser!, está ya casi con un pie en el avión.

   -Esperemos a ver qué sabe Franco. -dándole un beso en los labios se despide de ella.- Nos veremos en la noche, no vendré a comer. Recuerda, Daniel no puede salir de la casa.

   -No te preocupes por eso.

   Con la mirada, Adriana sigue el auto de Luis hasta que desaparece, sin saber qué sucederá con la carrera deportiva de Daniel. Cabizbaja regresa a la casa.

……

   Mientras Luis va rumbo a la facultad en donde Daniel entrena bajo la batuta de Franco, recuerda cuando ellos fueron compañeros en la facultad. Ambos competían por ir a las olimpiadas también, siendo Luis el que obtuvo ese privilegio por ser mejor deportista que Franco. Ellos también estaban en la categoría de clavadistas, aunque a unos cuantos días de salir rumbo a las olimpiadas tuvo un accidente que lo imposibilito de ir a las competencias como se lo había ganado. Para colmo de males, su lugar no fue ocupado por nadie, pues ya no pudieron hacerse los arreglos necesarios para que Franco fuera en lugar de Luis.

   Ahora Luis espera que Franco haya superado eso y no vaya a tomar represalias contra Daniel por ser su hijo. Nunca antes lo ha hecho, al menos eso es lo que cree, y no tienen por qué revivir el pasado.

   Tanto Luis como Adriana, su esposa, que siempre han practicado la natación, han albergado la esperanza de que sus hijos pudieran cumplir el sueño que se quedó inconcluso en ellos, que sieguen practicando ese deporte y se mantienen en perfectas condiciones físicas. Luis es un hombre maduro, apenas pasa de los 40 años, pero su físico es perfecto, que combinado con su madurez le dan un atractivo especial. Ese día, usando un traje deportivo que marca perfectamente su aun bien cuidado cuerpo, sus piernas musculosas, su estrecha cintura y amplio tórax, es posible ver las similitudes que hay entre padre e hijo. En casi media hora cubre el trayecto.

   Cuando Luis llega hasta la alberca, Franco esta aun terminando el entrenamiento con los jóvenes clavadistas, tiene que esperar casi media hora en la oficina de este mientras se desocupa. Franco, al ver a Luis esperándolo para hablar con él, sabe de lo que se trata. Sabía que Luis actuaría de esa forma en cuanto viera el estado en el que Daniel se encontraba. Verlo pensativo, preocupado por el futuro de su hijo, al hombre que le arrebató al oportunidad de estar en una competencia mundial, y el parecido de Luis con Daniel, le hace revivir todo el pasado. El placer de tener dominado sexualmente a Daniel es excesivo, satisfactorio para Franco, pero el ver a Luis así, ahí, le recuerda el rencor que le tenía. Lentamente avanza hacia donde esta esperándolo, admirando al preocupado macho maduro. ¡Sería tan fácil destruirle, causarle daño, mucho daño usando a su hijo!

   -Pensé que era Daniel quien me esperaba. -le dice mientras le extiende la mano para saludarlo.-  ¿Cómo estás? Pasa, por aquí.

   -Estoy bien… Necesito hablar contigo, Franco.

   -Y yo contigo; como su padre hay algo acerca de Daniel que debes saber.

   Luis pasa saliva, presiente que Franco sabe que Daniel ha estado bebiendo o quizá haciendo cosas peores que pongan en peligro su participación en las inminentes olimpiadas. ¡El fin!

   -¿Qué es lo que quieres decirme de Daniel? -pregunta algo temeroso de oír la respuesta.

   -Luis… -Franco hace una pausa mientras respira profundamente simulando una preocupación que está muy lejos de sentir.- Daniel está prácticamente fuera del equipo olímpico.

   -¡¡¡¿Cómo?!!! -pregunta sorprendido y abrumado poniéndose de pie; no esperaba una respuesta tan directa de parte del otro.

   -En las últimas semanas he estado protegiendo a Daniel, haciéndome el que no venía que ha estado bebiendo, distrayéndose en el entrenamiento, que no cumple como debe de ser; pero es demasiado, ya no puedo seguir ignorando que Daniel está poniendo el mal ejemplo entre los demás compañeros. Si le permito que siga en el equipo, no tendré autoridad.

   -Franco, piensa bien las cosas; sabes que mi hijo es el mejor del grupo. Lo sabes, no puedes dejarlo fuera, dale otra oportunidad.

   -Le ha dado ya varias oportunidades, ¿por qué crees que estuve en tu casa?, ¿por qué crees que lo llevé conmigo para mantenerlo vigilado?, pero no se ha corregido, Luis, es inútil. Anoche mismo sé que estuvo bebiendo y con chicas. ¿Qué diré si alguien, dentro del equipo, me lo reclama?

   -Pero… -Luis no termina la frase, sabe que Franco conoce perfectamente la situación. Quizá mejor que él y Adriana.- Amigo, es joven, es natural que tenga ese tipo de conducta, pero debemos ayudarlo. Te repito, sabes que es el mejor, que fácilmente podría obtener una medalla.

   -¿Y qué sugieres tu que hagamos? Ni tú ni Adriana pueden estarlo vigilando, y yo no vivo con él. Faltan solo unos días para salir rumbo a Grecia, ¿cómo podríamos controlarlo y castigarlo a la vez, para que entienda que todo es por su bien? -Franco ha hecho la pregunta perfecta esperando que Luis le dé la respuesta que espera.

   -Podría estar bajo tu tutela, ¿podrías encargarte de vigilarlo y reprenderlo estos días hasta que sea la competencia? ¿Harías eso por Daniel? –Luis no sabe que con eso está colocando a Daniel en las garras del lobo, un lobo muy astuto que sabe aprovechar las oportunidades que se le presentan o él mismo fabricarlas para satisfacer sus necesidades.

   -No es solo eso… -Franco voltea la cara para que Luis no vea la satisfacción que le causó lo que había sugerido, ese día las cosas para Franco se ven de forma distinta. Desde el comienzo, desde que se hizo cargo del equipo de natación y vio a Daniel, se le hizo familiar, por su parecido con Luis. Después supo que era su hijo y en parte por eso deseó someterlo, dominarlo y humillarlo. A ambos. Tanto a Daniel como a Luis, usando a su hijo como objeto. Quería al chico, pero ahora… al ver a Luis, tan atractivo y tan viril, tan preocupado por el futuro de su hijo, sabe que puede tomar ventaja también de eso y no solo satisfacer su venganza en Daniel sino en el principal causante.

   -¿Hay más? -pregunta Luis, asombrado de desconocer la conducta de su hijo.

   -La situación es muy difícil. No es solo la conducta de Daniel de hoy en adelante, sino lo que ha estado haciendo estas semanas. Me están presionando mucho, Luis, es muy difícil que logre que tu hijo se quede… A menos que… -deja la frase en el aire.

   -¿A menos que qué?, ¿hay algo que se pueda hacer? ¿Qué es, Franco?, dímelo. –pregunta ansioso mirando fijamente a Franco.

   -Ehhh… si, tú podrías hacer algo por Daniel; la cosa es, ¿estarías dispuesto a ayudarlo?

   -¿Yo?, por supuesto. ¿Qué es lo que debo hacer? Dime, Franco, haré lo que sea necesario. -dice mientras se pone de pie.

   -No es fácil…

   -Haré lo que sea. Habla, ¿qué puedo hacer para que Daniel no pierda esta oportunidad?

   -Luis… -Franco se coloca frente al otro, el varonil rostro del padre de Daniel queda justo frente al suyo, y pone su mano sobre el hombro de ese hombre maduro, viril y musculoso.- Lo UNICO que puedes hacer para que Daniel vaya a las olimpiadas, a pesar de su conducta, es…

……

   Ajeno a lo que sucede en la oficina de Franco, Daniel está en su habitación pensando en lo que le espera si es que el entrenador decide suspenderlo a pesar de todo; aunque sabe que ha cumplido con todo lo que le ha ordenado, que ese fue el pacto, el trato. No puede echarse para atrás. Usando solamente un short y una camiseta sin mangas, desatascándose sus musculosos bíceps, sus bien formados hombros resaltan, además de sus piernas de músculos largos y marcados por la natación, todo coronado con un rostro de atractivo felino y viril heredado de su padre. Sabe que Franco pretende manejarlo totalmente, hacer que sus padres estén de acuerdo en que pase más tiempo con él y en que le den más autoridad sobre lo que debe hacer para estar en mejores condiciones para la competencia. Quiere más control sobre su vida.

   Camina de un lado a otro de su cuarto, inquieto por todo lo que ha tenido que hacer ya. ¿Qué puede decirle Franco a su padre, en esa entrevista? Sin pensarlo más se cambia poniéndose solamente el traje de baño y baja de su habitación. El traje de baño de color negro se ajusta perfectamente en su entrepierna dejando ver su largo y grueso miembro en reposo y su gran trasero definido y duro, sus piernas largas se mueven rítmicamente al igual que sus musculosos brazos. Casi sin ver algo a su derredor llega hasta la piscina, se mete en ella y empieza nadar vigorosamente para tratar de bajar las tensiones acumuladas durante todo el día. La zozobra lo tiene así tenso, sin poder descansar, el rendimiento ha sido bueno pero…

   Las horas pasan rápidamente sin que se dé cuenta de todo el tiempo que ha estado nadando, se siente agotado, pero aun así no quiere dejar de hacerlo, eso le relaja y le impide pensar más en el problema en el que se encuentra. Ya, después de que cae la tarde, regresa, su piel le arde por la exposición al sol pero aun así esa molestia es mínima, al menos ha tratado de no encontrarse con su madre, no se atrevería a verla de frente. Es hasta que escucha que su padre ha regresado después de estar recostado y tratando de domar, el oír su voz, que recuerda en toda su gravedad toda la situación.

   -¿Puedo entrar? -pregunta la voz de su madre después de tocar la puerta.

   -Pasa, mamá. -responde de manera autónoma.

   -Ya regreso tu padre, y quiere hablar contigo. Baja por favor.

   -Está bien. Solo déjame cambiarme de ropa.

   Adriana sale dejando que Daniel se cambie de ropa, usando una camiseta de algodón y un pantalón deportivo baja lo más pronto posible. En la sala están sus padres. Sin poder ver de frente a Luis, Daniel se sienta frente a ellos.

   -Me dijo mamá que quieres hablar conmigo, papá. Lo siento, sé que los he defraudado, pero les juro que no volverá a repetirse, se los prometo.

   -Pon algo de ropa en una maleta, estos días que faltan para que viajes a Grecia, te quedaras bajo la supervisión, las 24 horas del día, de Franco. Tienes 15 minutos para preparar todo, es la única forma de que no seas expulsado del equipo de natación. –informa este, monocorde.

   -¡¡¡PERO!!! -la sorpresa lo traiciona, aquello era horrible, ¿estar totalmente a la merced de ese monstruo que quiere esclavizarle sexualmente?- Papá, te aseguro que no es necesario, yo…

   -¡Silencio! Eso no está a discusión, Franco me ha dicho que esa es tu última oportunidad, o accedes y no irás con el equipo olímpico. Así que no repetiré la orden, haz tu maleta.

   -Papá, ya estuve entrenando con él, todo el fin de semana, yo creo que…

   -Tu harás lo que te ordeno, Daniel, has estado fallándonos a tu madre, a mí y a tu entrenador, ¿cierto? Ahora afróntalo. -le pregunta viéndole fijamente a los ojos.

   -Está bien, lo haré. -jadea resignado; lo haría para salir de todo ese problema. Además de una forma para que sus padres recobren la confianza en él, ya solo son unos días para emprender el viaje a Grecia, después de eso solo el tiempo que duren las olimpiadas, aproximadamente 4 semanas, y será libre. Al finalizar las competencias ya no tendrá Franco ningún poder para obligarle a ser su esclavo sexual. Un poco mas de paciencia, ya habrá tiempo de que Franco pague por lo que le ha hecho.- Iré a preparar mi maleta.

   El joven sube rápidamente las escaleras hacia su habitación, mientras Luis y Adriana se miran a los ojos, preguntándose si estarán haciendo lo correcto.

   -¿Tú lo llevarás a la casa de Franco? -pregunta Adriana.

   -No, Franco pasaré por él.

   -Esperaremos a Franco entonces. -responde mientras se recarga en el pecho de Luis, quien evita besarla en la boca cuando ella intentaba hacerlo.

   -Estoy algo cansado, querida; ha sido un día terrible. Me iré a dormir, que Daniel espera Franco, no debe tardar.

   -¿No esperaras a Franco? ¿No vas a despedirte de Daniel? ¿No crees que exageras?  –pregunta ya en un tono algo molesta.

   -Adriana, por favor, no discutamos; estuvimos de acuerdo en esto. Solo Franco podrá mantener vigilado a Daniel, son solo unos días. Pero no quiero estar aquí cuando Franco llegue por él. Por favor.

   -Está bien, yo esperaré a Franco y despediré a Daniel.

   Mientras tanto, Daniel llega a su recamara furioso. Sabe que todo es obra de Franco, a quien no le bastó con haberlo tenido el fin de semana a su disposición, sino que ahora desea tenerlo de nuevo. Golpea las paredes, de impotencia, de rabia, de no poder hacer nada, de no poder rebelarse para no defraudar a sus padres.

   Unos minutos más tarde, Daniel estaba vistiendo su traje deportivo, pantalones holgados de elástico, camiseta de algodón y la sudadera deportiva del mismo material que el pantalón. Aun entre la ropa suelta su perfecto cuerpo se dibujada claramente, su altura y los movimientos felino de su cuerpo de musculatura torneada y largos, daban como perfecto marco su varonil rostro a pesar de ser tan joven, ese atractivo tan viril heredado de su padre.

   -Estoy listo. -dice a su madre, extrañándose de que su padre no esté ahí con ella. En su lugar esta Franco. Se entiende su mirada de sorpresa, pensó que sería su padre quien lo llevaría a la casa de Franco.

   -Saldívar, que gusto verlo de nuevo. ¿Preparado para lo que le viene? –sus ojos relucen.- ¿Nos vamos ya? -pregunta mientras se pone de pie dando por terminada la conversación que tenía con la madre del joven. Impaciente por comenzar a “entrenarle” un poco más.

CONTINÚA (el relato no es mío)…

Julio César.

NOTA: El relato comienza algo lento, y como no tengo intensiones de apurarme más, quien lo desee puede buscarlo en esta dirección: http://www.todorelatos.com/relato/16991/

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 21

agosto 19, 2014

… SERVIR                         … 20

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

UN CHICO SOMETIDO EN SU JAULA

El tiempo para tenerle en su jaula se le hace eterno.

……

     -¿Qué haces? ¿Te volviste loco? –graznó Nolan Curtis, sus oscuros, hermosos y dolidos ojos muy abiertos, mejillas rojas, de pánico. Viéndose adorablemente patético y débil.

   -Vamos, chico… Quieres comértela. A los putos como tú les encanta… -le sonríe sardónico Lomis, cruel, la gruesa y larga verga rojiza y pecosa emergiendo del pantalón de su uniforme, decidido a conseguir una buena mamada del muchacho, algo que siempre alegra el día, ver la suave cabellera de un jovencito mientras te la chupa, pero también buscaba romperle la voluntad.

   Ya le quiere como su perrito fardero.

……

   Todos los temores que Nolan Curtis había estado albergando, robándole la paz desde dos días antes cuando se reportó enfermo, estallaban ahora frente a su cara.

   No quería volver a la prisión, no podía. No después de lo sucedido. Lo del perro, el convicto, incluso los dos sujetos que le sodomizaron, todo había sido terrible, pero no tanto como haber sido sorprendido de esa manera por su compañero de trabajo, Lomis; aunque, técnicamente, este había sido el responsable de los dos violadores. Sin embargo no podía culparle. Entiende bien que ante la sorpresa de encontrar a un colega de trabajo sirviéndole de puto a un convicto, un hombre decente se habría molestado. A cualquiera le habría pasado. Él se buscó lo que ocurrió luego con Lomis, admite con pesadumbre y vergüenza.

   Por eso se ocultó en su apartamento, incapaz aún de llegarse a hablar con sus padres. No tenía cara para enfrentar a nadie. Incluso se ocultaba de Laura, su prometida, una joven hermosa, pícara y sexy que siempre estaba allí para escucharle y quererle… pero esta vez no pudo contarle. No a Laura, no a su familia. Dios, él la amaba, y quería a esa familia política que le había abierto sus brazos de manera amorosa. Los padres de la joven eran las mejores personas del mundo, él era como otro hijo para ellos… y ocurría esto. Deprimido, no había salido debajo de su techo hasta que ella prácticamente le arrastró a su casa, una bonita vivienda de dos plantas en las afueras, una construcción solida, próspera y acogedora que servía de hogar a gente no adinerada pero si resuelta. Desde allí llamó, por segunda vez, al jefe Slater para informar que no podía asistir. No quería.

   Les costó mostrar normalidad ante todos al responder y escuchar, intentó que la angustia no se dibujara en su cara, y era agotador, como lo era no dormir ni comer bien. Pensando en lo que había hecho. Dios, ¿cómo permitió que sucediera? Era un hombre adulto, un carajo hecho y derecho, nunca debió dejarse someter de aquella manera por ese sujeto enfermo y vil, Robert Read. Pero le dejó. En lugar de luchar, de gritar, de resistirse, defenderse o denunciarle, se había comportado como una víctima de maltrato familiar. Y eso era lo que más le afligía y torturaba, junto a las cogidas, claro; el saber que actuó débil y cobardemente.

   Fue mala suerte que cuando Lomis, precisamente él, llamara preocupado para saber qué le ocurría, fuera Laura quien le respondiera, diciéndole donde estaba. La joven lo había hecho con buena intensión, le veía deprimido y abatido a pesar de sus esfuerzos por disimular, y creyó que un compañero de trabajo le reanimaría. Por eso, rojo de vergüenza, no encontrando una excusa plausible para no verle, ojos oscuros ardientes de aprensión, delgado dentro de su pantalón oscuro y una camisa igual, fuera de sus pantalones, salió de la bonita vivienda donde se sentía relativamente a salvo para encontrarse con el otro, que le llamó desde la cabina de su Hummer. El encuentro fue terriblemente incómodo para el muchacho. Tragando en seco, corazón enloquecido, brazos cruzados, encaró al otro, tras el volante de su espacioso auto, lentes oscuros, rostro severo.

   -¿Cómo estás?

   -Bien. –graznó, tomando aire.- Aunque no creo que pueda ir a…

   -Sube. Debemos hablar. –fue una orden tipo invitación, y aunque Nolan batalló feamente en su interior, resistiéndose al tono, todo no duró más de un segundo y fue, cabizbajo, a la otra portezuela, subiendo y cerrando, mirando al frente.

   -He estado indispuesto y…

   -¡¿Acaso te volviste loco?! ¡No puedes faltar así al trabajo! ¿Crees que es fácil encontrar ocupación con esta maldita economía jodida por los genios de la bolsa y las finanzas? ¿Vas a casarte con una buena chica de suburbios, con padres trabajadores, y quieres terminar formando parte de una fila de desempleados esperando ayuda oficial? –le grita leve, sermoneador como un padre.

   -Lomis, no puedo; no puedo volver a…

   -¿Qué? ¿Muy mal ahora? ¿Acaso no puedes conciliar que eres un puto amante de las vergas? –le gruñe, menos amistoso, quitándose los anteojos y mirándole severo.- ¡Eso eres! Te vi. Fue asqueroso verte y oírte gritando y saltando sobre la verga de ese sujeto, pero, hey, si es lo tuyo, si es lo que te gusta, bien puedes ser el puto más puto del estado, pero no puedes faltar a tus labores. –abre los brazos, como diciendo “entiendo tus rarezas, amigos, pero madura”.

   -¡No soy un puto! –le ruge, mirándole alterado, casi conteniéndose en las últimas palabras, mirando alrededor, hacia la casa. La ventanilla estaba arriba, pero alguien que pasara pudo haberle escuchado.- ¡Ahhh! –el bofetón le sorprende, no duele pero si le toma totalmente con la guardia baja. Mira a su camarada, boca abierta, cubriéndose la mejilla.- ¿Qué haces?, ¿te volviste loco? –gime agudo, el pánico nadando en su tono, sabe que está perdiendo el control de la situación. Otra vez.

   -¡No me alces la voz, muchacho! –eleva un dedo y le advierte, duro, controlador, como Read le dijo que hiciera, sonriendo apenas, torvo, al ver al chico escogerse en el asiento.- Un putito no puede hablarle así a un hombre, muchacho. Y sí eres un puto, recuerda que me la mamaste, que me la chupaste hasta tragarte todo mi semen; con la boca llena de güevo y leche ronroneabas como un cachorrito feliz. Te bebiste el mío y el de otros. –le ve enrojecer, ojos oscuros y ardientes llenándose de humedad, de lágrimas no derramadas, un puchero luchando en sus bonitos labios rojos y brillantes. Y se veía tan lindo, que sintió como se le ponía dura en segundos, llenándole los pantalones. Quería romperlo en pedazos. Sus pedazos.

   -Me obligaron… -jadea bajo, y cierra los ojos y medio ladea la cara con otra bofetada.

   -¡Puto mentiroso! Yo estaba ahí, la tenías dura y te babeaba mientras tu culo estaba lleno de vergas. ¡Gemiste cuando te abrí el culo con la mía! –le señala, sabiendo que en el estado que el joven estaba en ese momento, no recordaría totalmente todos los detalles. La idea era rebajarle, hacerle sentir responsable de lo que le ocurrió.

   -No… -todavía menea la cabeza, mirando su propio regazo, luchando con el llanto.

   -¡Genial! –es la dura respuesta.- ¿Por qué con los maricas reprimidos todo tiene que ser tan difícil? Me sorprendiste con tu homosexualidad, está bien, pero si lo eres, si te gustan las vergas, ¡vívelas!

   -No… no… -niega nuevamente, pero suena atrapado en un pozo de angustias e incertidumbres, lamentando todo “lo que había hecho”, eso tan malo que le expuso a todo eso. Era su culpa y ahora…

   -A la mierda contigo, estoy cansado de escucharte. –le ruge, haciéndole gritar cuando con una firme mano le atrapa el cuello, obligándole a ir sobre su regazo.- No quiero escucharte decir nada más, mejor usa la boca para lo que te gusta. –y le refriega el rostro en su regazo, de la silueta de su verga pulsante. Alarmado, Nolan intentó alejarse, resistirse, pero la mano era fuerte.- Vas a comer güevo, muchacho…

   -No, Lomis, por favor, ¿estás loco? –es la desesperada réplica, convertida en grito cuando el puño se enreda en su sedoso y fino cabello negro, alzándole un poco, mirando con ojos desorbitados como con la otra mano su colega se abría la bragueta, luchaba por sacársela y emergía esa verga que ya conocía, larga, gruesa, surcada de venitas azuladas, pulsante. El calor y el olor le llenan en pleno al estar tan cerca.

   -¡Mámala, becerro! –le ordena, halándole el cabello, rudo, obligándole a mirarlo.

   -¡No! –es el desafío, uno que sale bajito, roto y ronco, pero desafío al fin. Lo que Lomis esperaba, Read había sido muy claro en ese punto. Era el momento de machacarle.

   -Comienza a comértela, perra, o voy a entrar en esa casa a contarle a todos los que hiciste, de cómo entre varios, por puto y regalado, te llenaron la boca y el culo con sus vergas. Hablaré de tu lunar en forma de corazón rosa en la raja de tu culo, y me creerán. Y luego iré con tus padres y con todos en la prisión. Todos sabrán que eres un sucio puto de los convictos y que te sorprendí y quise darte una lección para enderezarte. –amenaza, la verga pulsando a simple vista, mojando ya de pura emoción al tratarle así, ¿se sometería o resistiría escapando al control?

   -Lomis, por favor… -jadea totalmente vencido, tragando, ojos suplicantes.

   -¡A la mierda! –repite y lleva la mano a la portezuela, abriéndola un poco, la rojiza y pecosa verga afuera, temblando de ganas.- Veremos qué dicen…

   -¡No! –brama totalmente horrorizado el muchacho.- No, por favor… -repite cuando el otro le mira.

   -¿No quieres que vaya a contarles cómo se te ve la cara llena de esperma? ¿Qué harás entonces? –pregunta, cruel, portezuela medio abierta, su verga afuera, gente pasando del otro lado, por la acera.

   -Te… Te la chuparé. –es bajito, agónico. Lomis le mira duro.

   -¡Pídemelo, muchacho! –le ordena, cruel, sintiéndose inmenso, embargado de increíble poder. Podía hacer lo que le diera la gana con el joven colega. Le ve angustiarse, frustrarse. Ya lo tenía prácticamente mamándosela, pero quiere más. Alza las cejas y muy claro se lee en sus ojo: “¿lo haces o no?”, llevando la mano a la manivela de la puerta otra vez.

   -Por favor… -traga feo.- …Déjame chupártela. –la voz está totalmente rota.

   -¿Qué? –le tortura aún.

   -¡Déjame chupártela! –grita desesperado.

   -Okay, okay… aquí la tienes, qué goloso. –alza las manos, como rindiéndose. Y lo disfruta.

   Le ve dudar un segundo, sintiéndose atrapado, parecía un bagre debatiéndose con el anzuelo clavado en su boca, pero cuando lleva la delgada mano de dedos largos a su miembro, extrañamente fría, atrapándoselo, se erizó. Percibió el aliento del joven acercándose a la cabeza, desesperado y ruidoso, los delgados labios abiertos a centímetros, dudando. Quería atraparle por la nunca y obligarle a caer, que se la tragara toda, llevándosela a la garganta y obligándole a quedarse allí, ahogándolo, gozando con la idea de tenerla bien metida dentro de su boca, poseyéndosela, pero no podía. El chico tenía que hacerlo por su cuenta. Someterse.

   Y gime contenido al sentir esos labios caer sobre su glande rojo, liso y húmedo, cuando se lo recorre, regando sus jugos con saliva, antes de tragarlo, frente arrugada, ojos sufridos. Lo tenía, sentado, boca abierta, jadeando de gusto por la sensación de poder que le recorre, mira a su joven y apuesto colega cubrir con su boquita de rosa la enorme cabeza. Se veía tan caliente que no aguanta y alza un poco el culo, metiéndosela, sintiendo la presión de los labios, la lengua caliente pegándosele de la cara inferior, sobre su vena, las mejillas cerrándose. Jadea fuerte, cerrando los ojos, con la boca totalmente pegada a su miembro, que baja un tanto por su garganta, estaba en la gloria. La boca sube y baja desmañadamente, chupa un poco, y es delicioso, pero lo que le calienta más es saber que le tiene atrapado, que puede obligarle a hacer cosas que no quiere.

   -Ahhh… si, chúpala, muchacho, es toda tuya… -le ruge, ahora si atrapándole la nuca, porque todo carajo a quien otro está mamándosela dentro de un auto, tiene que atraparle así el cabello, en un puño, guiándole, subiéndole y bajándole sobre la barra que tiene que mamarse.- Oh, sí, sabía que querías… -le dice cuando los rojos labios se fruncen sobre su barra caliente.- ¿Era tan difícil, muchacho? ¿Ves lo mucho que te gusta?

   Una lágrima sale de uno de aquellos oscuros y apasionados ojos mientras el joven se hunde en el pesar. Su boca va y viene sobre el tolete, sorbiéndolo, temblando de miedo, convencido de que serán sorprendidos en cualquier momento. Es muy consciente de que sube y baja su boca, chupándosela, mientras hay personas que cruzan la acera. Por Dios, estaban en la calle, estaba dándole un mamada a la verga de otro sujeto en una esquina, ¿y si llegaba la policía? ¿Y si alguien salía de la casa de su novia?

   -Oh, si… me gusta así pero… -le hala del cabello, alejándole, separándole de su verga mojada y brillante, roja, atrapada aún en la base por los dedos del joven.

   -Por Dios, Lomis, ¡estamos en la calle!

   -¿No te excita eso? ¿Imaginar que quienes pasen, como esa señora, puede estar mirándote?

   -¡No! –jadea, aterrorizado, creyendo percibir que la buena mujer parece notar algo extraño, frunciendo el ceño pero alejándose.

   -Vamos, muchacho, concéntrate… Mamas bien, pero debes… Anda, bésame la cabecita. –le ordena, llevándole a su tolete, y Nolan quiere gritar, escapar, pero ya no tiene fuerzas para luchar y lo besa, sus labios rojos y muy brillantes de saliva y jugos de macho recorre el liso glande mientras lo medio atrapa.- Eso es… Ah, un chico besándote la cabeza de la verga se siente increíble, muchacho, es algo que debes aprender. El placer que puedes darle a tus hombres es grande. Ahora, con la lengua, azota mi ojete… Hummm, si, así. Duro. Ahora recorre toda la cabeza, toda, si, así… suave, toda, cada rugosidad. Ahora aprieta más mi verga, sube el puño y vuelve a azotar levemente sobre mi ojete, recoge todo ese jugo de macho, es tuyo. Es mi regalo… -y se tensa de gusto.- Si, así… ¡mira como la baba forma un hilo espeso del ojete a tu lengua! –y ríe.- Ahora baja por el tronco, por la vena. Anda, azótala, ahora lamela, de arriba abajo, así… ¡Joder, me tienes las bolas llenas de leche! –parece felicitarle. Mientras sonríe y saluda a un sujeto que va conduciendo en sentido contrario, y les mira sorprendido.

   Mientras va y viene sobre el increíblemente duro tolete ardiente, el muchacho se aleja mentalmente de aquella pesadilla, por ello le sobresalta, y feo, cuando una manota de Lomis cae sobre su trasero, palmeándole sobre el pantalón. ¡Dios, no! Quiere correr, aquello era tan humillante que quiere morir, fuera de que alguien podría salir de la casa, su prometida o uno de sus padres y…

   La mano de Lomis recorre lentamente su firme trasero sobre el jeans, sabiendo lo que piensa y padece, disfrutándolo más. Sus dedos entran en la raja entre ellas, empujando la tela, notando los saltitos del chico, su incomodidad… pero sin poder negarse. Tocarle así, recorrer de arriba abajo esa raja cubierta, una donde sabe que encontrará un culito joven, firme, cerrado todavía, que atrapará, masajeará y chupará su verga si se la metiera, le pone a mil; de su tranca sale una gran cantidad de líquidos que cubren la boca del muchacho, quien siente todo su sabor y debe tragarlo.

   -Ábrete el pantalón. –le ordena, notando su resistencia, el tensar de su cuerpo, pero reteniéndole con la mano sobre su tranca.- Hazlo, pequeño puto, o llamo a todo el mundo para que te vean con mi verga en tu garganta. –amenaza.- Á.bre.te el pan.ta.lón.

   La idea le pone increíblemente cachondo, metérsela allí, en plena calle, frente a la casa de su novia. Hacerle gritar cuando se la meta mientras la gente cruza la acera.

……

   -¡Aléjense de mí! –grazna Daniel Pierce, retrocediendo, mirando en todas direcciones como una rata acorralada. Si le tocaba pelear, acción en la que nunca ha sido muy bueno, llevaría las de perder frente al número de sus atacantes, esos sujetos que le miran con ojos codiciosos, sonrisas torvas, vergas totalmente erectas, disfrutando por anticipado del fácil bocado que tragarán.

   -Vamos, mi amor, no te pongas así. Dame cariñito. Te va a gustar. –se burla el hombre que robó su virginidad propiamente dicha.- Sé qué te gusta que te hagan y cómo. Y hasta cuántos. Te vamos a hacer muy feliz, bonita.

   -¡No! –grita ronco, y mirando entre ellos parece encogerse, derrotado, los otros sonríen más.

   Pero es un engaño, arrojándose hacia adelante, con rapidez, busca cruzar entre dos de los sujetos que sonríen confiados; pero dos pares de manos le retienen por los brazos, mientras ríen, controlándole, llevándole nuevamente contra la pared. Las manos tocan, le alzan en peso y aún así sigue luchando, intentando dar manotazos y patadas, y todo eso parece excitar más a sus atacantes, sus vergas estaban goteando copiosamente mientras le dominan. Le derriban obligándole a caer de rodillas, y mientras uno, a sus espaldas, le retiene los brazos hacia atrás, lastimándole, el líder le abofetea, duro, para luego cubrirle la boca con la palma de la mano.

   -Tranquila, mi amor. –le dice en español, burlón, pero también loco de lujuria.- Ah, esa boca, ya quiero llenártela, pero estoy muy caliente, creo que primero atenderé tu culo, te daré duro, güerito, y luego, mientras mis socios te lo calman, te llenaré la boca. Todos vamos a darte mucho amor…

   Daniel abre muchos los ojos, aterrado, debatiéndose pero retenido, indefenso, esas manos tocándole de forma ruda, sus tetillas pellizcadas; sus nalgas abiertas, le obligan a separar las rodillas, son palmeada, su culo lampiño, muy comentado entre burlas, es acariciado. Todos quieren tocárselo, compiten por acercar sus dedos. Y grita, no, por Dios, eso no podía pasarle. Otra vez.

   -¿Qué coño hacen? ¡Suéltalo si sabes lo que te conviene, hijo de puta! –ruge una voz autoritaria en la entrada, severa.

   Por un momento todos se congelan, mirándole, Daniel se ve totalmente aterrorizado. No, no puede pasar por todo eso otra vez.

   -Vete, o también a ti te daremos duro, nazi de mierda. –amenaza el jefe del grupo, alzándose, dominado por la testosterona.- A ti parece que también te hace falta un macho. ¿Qué tal, amigos?, ¿nos gozamos a dos perras en una sola sentada? –y sonríe mostrando los dientes.

CONTINUARÁ…

Julio César.

DE AMOS Y ESCLAVOS… 7

agosto 13, 2014

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 6

MORENO CALIENTE

  Así cualquiera se mete en problemas…

……

   -De rodillas, negro cabrón. –le ordena, feo, y Roberto quiere resistir, de verdad, pero el tono, la vista del tolete, todo le marea y debilita al tiempo que le llena de calor, con todos los recuerdos arropándole de pronto, de lo muy sorpresivo que fue hacerlo la primera vez, y lo mucho que le gustó.

   Sin decir nada, cae de rodillas frente a la pieza todavía no dura, y avergonzándose más nota que separa sus gruesos labios y los dirige a la cabecita que pende, casi saboreándola ya. El bofetón le hace retroceder y gemir, sorprendido, mirándole desde sus rodillas. Y no se levanta, no le grita o reclama. Ni siquiera se le ocurre, y eso que siempre ha sido un chico levantisco y camorrero.

   -Jamás vuelvas a hablarme delante de nadie como lo hiciste a las puertas del ascensor, negro; no eres nadie para discutirme o llevarme la contraria. Tan sólo eres un puto maricón que no quiere más que chuparme el güevo durante horas. –le informa, duro.- Tu lugar es ese, de rodillas, muriéndote de ganas por comértelo. –es duro, y Roberto siente como el calor lo embarga, como su propio tolete endurece de manera impresionante bajo las ropas, al tiempo que la verga del muchacho se llena de sangre, crece, se pone gruesa, levantándose, erectándose frente a sus ojos.- ¿Está claro, negro puto? –le grita, feo, seguramente medio edificio le escuchó y Roberto aparta la mirada de esa verga, sin saber que la tenía perdida en ella.

   -Si… -suena bajito, derrotado, muriéndose de vergüenza y rabia, pero necesitado. El nuevo bofetón, la dura palma del chico blanco recorriendo su mejilla de ébano, le despierta.- Sí, señor. –se corrige. Dios, ¿qué hace?, no lo sabe, tan sólo una idea ocupa claramente su mente, que si se somete, Hank le dejará mamársela, y reconocerlo le marea de lujuria. Nuevamente acerca los labios a ese tolete que se alza, pero una mano firme sobre su frente le detiene.

   -¿Qué quieres?

   -Tú sabes… -jadea y traga, preguntándose por qué se resistía tanto, o por qué era aquello importante para el otro.

   -¿Qué quieres, negro puto?

   -Quiero chupártela. –reconoce, mejillas ardiéndole.- Quiero tragarme tu güevo hasta tus pelos castaños… -tiembla al decirlo, preguntándose por qué le parecía tan sucio y a un tiempo incitante.

   -¿Lo quieres de verdad? –todavía deteniéndole por la frente, su palma ardiendo, con la otra mano se agarra el tolete por la base, más duro ahora, frotándoselo de las mejillas y nariz.- ¿Lo quieres mucho? Cuéntame… -la pieza de carne dura quema al otro en su roce.

   -¡Quiero mamar tu güevo blanco! –estalla, desesperado, moviendo sus labios como intentando cazarlo.- ¡Por favor, déjame chupártelo! –pide, odiándose pero ardiendo, resintiendo la mirada de desprecio del otro.

   -¡Negro puto! –le lanza un escupitajo que choca de su frente, que ha liberado previamente, haciéndole gemir ante el inusitado insulto, la terrible humillación para un hombre como él, instante cuando el desgraciadito se lo empuja y se lo mete hasta la garganta.- Entonces trágatelo, negro maricón, trágate mi güevo y ahógate con él para que te mueras feliz, sucio puto. –y se la empuja y empuja, cortándole el aire.

   Ojos desorbitados, Roberto casi arquea cuando la enorme y gruesa mole cruza sobre su lengua, quemándola y mojándola de sus ricos jugos, golpeándole las amígdalas sin piedad, negándole el oxígeno. Como si fuera un individuo sino sólo una boca para ser ocupada por aquel güevo. Verse asaltado así, retenido de aquella manera por las jóvenes y blancas manos, escucharle gritar sus obscenidades, todo le calentaba de manera horrible. Debería ser humillante, lo era, lo sabe, pero le excita, le duele el tolete dentro del jeans que usa de lo duro que lo tiene.

   -Vamos, puto, cométela, cométela toda. –le grita Hank, casi violento, de manera muy audible, gozándose en escucharse decirlo, empujándosela todavía más, ahogándole contra su pubis de pelos castaños claros, su fuerte olor a bolas y sudor inundándole, mareándole.- Te gusta, puto. ¡Mira cómo te gusta, negro de mierda! –le grita ofensivo, cruel, sorprendiendo a una buena mujer que cruza frente a su puerta, que abre mucho la boca y se aleja corriendo. Del otro lado, dentro de la sala, es audible en un momento dado, cuando el chico blanco calla, escuchaban los gorgojaos de las succionadas, sonido que también las mujeres conocen.

   Porque si, Roberto no ha dejado de mamar ni por un momento, enloquecido de lujuria al tener la fibrosa mole de carne salada en su boca, todo erizado ante el sueño que se cumplía; ahora iba y venía, poco, lo que le permitían las manos blancas, succionando, chupando como puede, tragando y excitándose más. De sus labios gruesos mana saliva espesa, que corre por el blanco rojizo tolete mojándole las bolas escasamente velludas, también su propio mentón. Había algo increíblemente erótico en aquel sujeto negro, alto y musculoso, firme y sólido, viril, subiendo y bajando con desesperación sobre cuatro o cinco centímetros de grueso güevo blanco, lo único que le permiten las manos que sostienen en su posición.

   -Te gusta, ¿verdad, puto? Te encanta tener mi güevo en tu boca, llenándotela, dejándote empapada de mis jugos, los de tu hombre. –le gruñe, voz alta y autoritaria, llevándole y trayéndole ahora con sus manos.- Te morías por comértela, ¿verdad? Te lo noto, puto, ¡no mientas! –le grita feo cuando sus ojos se encuentran, uno de pie, dominante, el otro de rodillas, elevando las pupilas marrones oscuras, su barbilla llena de saliva mientras los gruesos labios recorren una y otra vez sobre unos pocos centímetros de güevo blanco, brillantes de saliva, mientras lo succiona desesperadamente con su lengua y garganta.- Mírate, puto, ¡estás todo mojado! –es burlón. Avergonzado, atrapando hasta el último pedacito de güevo y sorbiéndolo, Roberto reconoce para sí que es verdad, lo sentía, la humedad contra su piel bajo las ropas.

   Afuera, el marido de la conserje, mal encarado, entra al pasillo. Odia barrer esos pisos, sobre todo cuando los vecinos van y vienen, mirándole. Tal vez juzgándole. No era un trabajo para un hombre que pasaba las noches vigilando depósitos, carajo, pero su mujer vivía enferma y le tocaba cumplir con esas tareas que sospecha le expone a los comentarios de algunos de los propietarios. Va a comenzar cuando oye tras una de las puertas…

   -¡Vamos, puto, cométetelo!, ¡cómete todo mi güevo y te regalo mi leche! –es un gruñido joven, impertinente, voluntarioso y dominante. ¡Y lo otro son sonidos desesperados de succión!, chupadas viciosas y desesperadas, reconoce bien los sonidos porque le encanta cuando su mujer se lo mama. Alguien, un puto, estaba dándole una buena chupada al carajito ese coño’e madre. Y la idea le despertó el interés, como le ocurre a todo hombre.

   -Ejem… -deliciosamente escandalizado, toca a la puerta.- ¿Ocurre algo allí?

   -Nada, pendejo, ¡que un negro está dándome una buena mamada al güevo! –es la respuesta, una que le deja con la boca abierta… deslizándose y pegando la oreja de la puerta. Para escuchar mejor.

   ¡Dios mío!, gimió para sí, Roberto, alarmado, ¿qué hacía ese carajito odioso?, se preguntó, incapaz de negarse que su salida, sus palabras, la manera en la que se la clavó en la boca mientras respondía, y le miraba mientras lo decía, le hizo casi correrse de pura calentura.

   -Vamos, quítate la ropa, negro puto. –le ordena, sacándosela de la garganta, agarrándosela y golpeándole, fuerte, el rostro con ella.

   Temblando por el cariz que tomaban las cosas, pero sabiendo que no puede resistirse, disyuntiva que le hizo temblar con un deseo que no entiende, Roberto se desviste. Lentamente, porque sabe que es grande, fornido, muy bien constituido, muchas miradas, algunas de envidia, otras de profundo deseo en otros ojos, se lo habían confirmado. Quiere mostrarse ante el carajito, que este sepa que también tiene lo suyo, bíceps grandes, torso ancho, pectorales fornidos, tetillas erectas de una manera que ni él reconoce. Zapatos, medias y pantalán también salen. Se sofoca de emoción, estaba bueno, lo sabe, y cree encontrar ese reconocimiento en la mirada del otro, a quien enfrenta, semi desnudo, en bóxer negro, uno totalmente deformado por la erección que tiene. Y algo mojado por su emoción. Sonríe por primera vez, ¡le haba impresionado! El chico, aunque guapo y caliente, a pesar de su pieza titánica, no podía compararse con su…

   -Sácate ese calzoncillo de hombre y usa el que robaste de otro. –le ordena, ojos brillándole de burla malévola. Reduciéndole a su tamaño.

……

   Gregory Landaeta sale de su casa en La Pastora, donde nació y se crió, casi heredándola, decidido a reunirse nuevamente con su mejor amigo, Yamal, y salir en busca de putas. Está contento, la tanda en el gimnasio le vigorizó y llenó de ganas. Viste sobre su impresionante cuerpo una camiseta ajustada al torso pero muy abierta por los brazos, gris, de malla, que casi parecía una segunda piel sobre su torso y abdomen forrado de músculos. Una chaqueta marrón, abierta, completaba por arriba. De su cintura para abajo, un ajustadísimo jeans azul desteñido parecía casi pornográfico sobre sus muslos, caderas y trasero, el cual se notaba totalmente redondo y parado, atrapando algo de la tela… Y sí por si fuera poco, el muy exhibicionista, quien mientras camina hacia la parada del Metro goza las miradas que recibe, por la parte trasera el pantalón se le baja un tanto, sólo un poco, y se ve la cintura de su bóxer azul claro cuando alzaba una mano o algo así.

   Estaba listo para cazar.

   Baja las escaleras de la estación, lento, poderoso, piernas abiertas, reclamando su espacio, dueño del mundo. Sonríe sintiéndose íntimamente muy feliz, ha captado una buena cantidad de miradas apreciativas, y en su vida común y corriente como taxista, de allí su amistad con Roberto Garantón, verse bien y que se le reconozca eso, le brinda consuelo, alegrías y un sentido de logro. Sube al atestado vagón, hay muchas personas pero no le importa, aunque pone cara de fastidio; cuando se tiene una pinta como la suya, no era raro que le miraran, que se le acercaran, incluso que le tocaran “accidentalmente”. Era el tributo a su facha, lo sabía. O que una bonita joven, roja de cara, mirando insistentemente por una ventana, pretendiera ignorar su cercanía casi de acoso, pero sus pezones notándose erectos bajo la blusa. Se veía bien, carajo.

   Esta vez, sin embargo…

   Hay muchas personas, lo entiende, pero alguien se le encimaba deliberadamente. Podía notar la diferencia, él lo hacía cuando quería “intimidar” sexualmente. De pie, entre dos puertas, sosteniéndose del tubo, de frente a una pareja mayor que parece aburrida del mundo, nota la presencia a sus espaldas. Es un hombre, lo sabe por la misma intuición con la cual un tipo cualquiera sabe que a una mujer se le ven las pantaletas al cruzar descuidadamente las piernas, o que no lleva sostén. Son cosas que se saben. Hay muchas personas a sus costados, pegados, pero esta presencia… Una mano grande, joven, de dedos agiles, cae al lado de la suya junto al tubo. Es blanca, en la muñeca sobresale un enorme y costosos reloj deportivo, negro de correa, de colores azules y grises metalizados bajo el grueso cristal. Poco después comienza una manga verdosa de alguna camisa o franela mangas largas. No lo sabe, lo que nota es el agarre firme y decidido sobre el tubo de alguien que controla igual una moto acuática que las riendas de un caballo. No sabe cómo, pero está seguro. Y la colonia… Es grata, huele a sol y brisa en la playa. Le gusta la fragancia, aunque le molesta reconocerlo.

   No pasa nada más, pero los pelos de la nuca se le erizan, no sabe si lo imagina pero un leve soplo de aliento le llega, sutil, cálido, y la maldita mano, en un giro de la ruta, se mueve al tensarse y al relajarse queda pegada a la suya. El contacto es caliente, firme, y traga, no sabe si molesto por el abuso, alejándola un poco. Quiere volver la mirada. Saber quién está ahí. Pedirle que despeje su maldito espacio, pero no puede. Por alguna razón no quiere llamar la atención con reclamos de acoso (maldita sea, ¡no era una nena!). El vagón se detiene, respira aliviado, saldrá gente y… Si, bajan, se mueven, pero aunque sus costados se alivian un poco, la presencia no se aleja, la mano blanca no se aparta. Quiere volverse, reclamar algo, pero más gente entra, por las dos puertas, y queda casi totalmente atrapado entre personas que escuchan música con sus audífonos, otros que hablan escandalosamente por celulares, o revisan correos, o cotorrean entre ellos, la pareja mayor indiferente a todo. Estaba totalmente rodeando de humanidad y, sin embargo, aislado. Solo. Y si, un aliento cálido le está bañando la nuca, puede sentirla, escucharla con más claridad. Más cerca. Salen de la estación, la oscuridad del túnel les cubre y…

   Pega un bote, el dorso de una mano, ¡sabe que es una mano!, se frota como al descuido de su nalga izquierda. Parece casual, pero la recorre de aquí para allá con los vaivenes, ¡y Gregory ahora sí que gritará y armará el peo de su vida!

   -Dios, qué culo tan rico tienes, pana… Se siente tan sabroso como se ve. Provoca tocártelo todo. Esto sí que es un culo caliente… -le susurra muy bajito, ronco y atrevido, un sujeto al oído, tensándole, casi provocándole un infarto, la mano abriéndose y la palma ahora sí que totalmente pegada.- Coño, pana, sólo tu culo hace soportable este viaje de mierda. Desde que te vi quise… -le informa, moviéndose a sus espaldas, y Gregory pela los ojos y abre mucho la boca cuando el tipo le pega el entrepiernas de las nalgas.

   ¡Y estaba duro! ¡Bien duro y caliente!

   ¿Pero qué coño?, alarmado y sorprendido, casi no puede ni enojarse del desconcierto, ¡ese carajo estaba pegando sus bolas de él! Intenta alejarse pero no hay espacio, tendría que armar el peo y…

   -¿Verdad que tiene un buen culo? –oye a ese tipo preguntar, bajito. ¿Con quién carajo estaría hablando?, y casi pega otro bote cuando una nueva voz masculina se suma a la situación.

   -Si, tiene un culo que calienta las braguetas. –susurra alguien muy cerca, a su izquierda, y sabe, lo sabe porque sí, que el dedo de otra mano, la de otro sujeto, recorre la curva de sus nalgas que no ocupa el primero con su bragueta totalmente pegada a él.

   ¡Dios, ¿qué estaba pasando?!, se preguntó alarmado de pronto.

   No podía saber que ahora era la presa de otros cazadores, unos que no parecían encontrar problemas en compartir una buena pieza disponible dentro del vagón del Metro. Tampoco puede saber que terminaría descubriendo algo impresionante en ese lugar y que cambiaría el curso de su vida.

……

   En cuanto le dijo eso, que se pusiera el bóxer del otro, la verga de Roberto casi saltó de excitación, avergonzándose un tanto mientras el otro reía.

   -No te avergüences de responder como un puto, negro. Tu cuerpo sabe cómo quiere que lo traten. –martilló Hank, mirándole.

   Tomar de su chaqueta el bóxer que un chico en el gimnasio le arrojó a la cara, transpirado y caliente en ese momento, provocó que las manos le temblaran. Le costó tener la suficiente sangre fría para meter sus piernas dentro de la prenda, subiéndola. Todo él erizado. El roce contra su piel de la suave tela del calzoncillo de otro hombre, uno usado, era enloquecedor, ¿cómo no lo había probado antes? Claro, porque antes no hacía eso, someterse así. La prenda le quedó algo chica, muy corto en los muslos, sus pelos púbicos viéndose, el tolete abultándolo feo, mojándolo ya, y sus nalgas casi reventándolo por detrás.

   -¿Cómo lo sientes? ¡Sé sincero! –le advierte Hank, despojándose de la camiseta, dejando al descubierto el joven, esbelto y musculoso torso, casi lampiño a no ser por una hilera de castaños pelos claros que bajan del ombligo, el tatuaje en su hombro era extrañamente excitante.

   -Bien. –admite, jadeando ante la leve palmada en su cara.

   -¡Negro mentiroso!, ardes con calor de puta sintiéndola sobre tu cuerpo. Te sientes sucio y puto, tú mismo lo reconoces, y te excita. ¿Te gustó el tío? –se baja todo lo demás, incluyendo el bóxer, dejando al desnudo la larga, gruesa y rojiza verga blanca, mojada de saliva y jugos, las bolas colgando, los pelos púbicos no muy altos, los muslos levemente velludos… y una cruz gamada tatuada en su cadera izquierdo. Sonríe al notar la mirada de Roberto sobre la marca.- ¿Te gusta, negro? Si te portas como debes te marcaré una en una nalga. Bien, de rodillas. –le ordena, viéndole tragar ávido, ojos relucientes, cayendo inclinado, acercando los gruesos labios a su verga tiesa.- No, negro. –le detiene con una ruda palmada en la frente.- Es hora de que amplíes tu repertorio. A los hombres nos gusta que nuestros putos sean ingeniosos y juguetones, traviesos y que sepan complacer en todos los frentes. –culo pelado se deja caer en el sofá, muy abierto de piernas, la hermosa pieza de joder cayendo contra su ombligo.- ¡Chúpame las bolas!

   -Pe… Pero… -la mente de Roberto queda en blanco.

   -¡A trabajar, negro maricón! –le ruge, echándose hacia delante, rodeándole la nuca con una mano y tirando de él.

   Jadeando, Roberto termina metido entre sus piernas, casi en cuatro patas, el rostro ladeado, prácticamente aplastado contra las bolas castañas rojizas del otro hombre, elevando la mirada, sus ojos encontrándose con los del chico blanco que le domina… al tiempo que abre sus gruesos labios contra el rugoso cuero.

   -Vamos, negro de mierda, demuestra cuánto quieres satisfacer a tu señor…

CONTINÚA…

Julio César.

EL SUEGRO LO ENVICIA… 35

agosto 4, 2014

…LO ENVICIA                         … 34

   Este relato me lo envía por correo un conocido de la casa, LeRoy, y es bueno, aunque es una mala traducción que me tomará tiempo medio hilar. Este relato que NO ES MÍO, lo llevo más bien como una pequeña adaptación. Que el autor no se moleste, por favor. Bien, la trama: un chico muy joven sueña con ser físico culturista y se casa con la hija de un ex culturista, el cual termina convirtiéndole en el juguete sexual de todos los hombres. Disfrútenlo.

……

Título: Muscle Pussy

De: hgenyc9261@gmail.com

PUSSY BOY

  Reuniendo fuerzas… para otra fiesta.

……

   -Dios, fue… -jadea Bill, sacándosela lentamente, la pieza aún dura, amoratada, brillante de su propio semen y el de Mark, intensificando aún más el olor de machos.

   Todos siguieron el movimiento, y con las gargantas secas y ojos muy abiertos ven como el hilo dental cae sobre el orificio, no cubriendo un carajo, viéndose mojada enseguida por el semen que mana de allí. Bobby ya tenía la esperma de dos hombres grandes, amigos del alma entre sí, en sus entrañas, nadando en su interior todos esos espermatozoides. Y la idea era increíblemente estimulante, por lo prohibido.

   O así se lo parece a Tom, quien toma la silla traída del comedor y se deja caer de culo, su grueso tolete rojizo y babeante descansando en su regazo, y mirando al rubio culturista, flexiona un dedo, llamándole. Todavía jadeante, recuperando el aliento, Bobby se sienta, avergonzándose un poco por el semen que mana de su culo rojizo e hinchado, pero la mirada fija en la gruesa pieza de aquel hombre que le recordaba vagamente a su suegro. Deseándola, tiene que admitir avergonzado. Con piernas un tanto inseguras, va hacia él.

   -Es mi turno, Bobby. ¿Por qué no te sientas como un buen chico en mi regazo? Voy a contarte un cuento antes de dormir, bebé. –ofrece abriendo sus piernas, sosteniéndose la verga por la base, una verga que atrae de manera hipnótica la mirada del joven culturista, enviciado como está por los machos.

   Hay desafío en los ojos de Tom, y el muchacho, picado (se dice él), eleva una pierna y se monta de hojarasca sobre sus muslos, cara a cara, apartando con el pulgar la tirita del hilo dental empapado por todos lados de semen, de varias espermas cuyos olores llenan el ambiente, y con pericia, ya la tiene, baja su culo rojo sobre la cabezota del nuevo tolete, lisa y húmeda de lujuria, que pega de su entrada empapada y les hace contener un jadeo. Sin apartar la mirada brillante, el culturista baja más, su culo se abre y lentamente va devorando palmo a palmo el grueso y nervudo instrumento del hombre maduro. Sonríe al verle tensarse y jadear, de puro placer. Parecía que Tom había esperado mucho para esto, meter su gran erección en su culito caliente, así que mientras va bajando, muy lentamente, le regala las mejores apretadas que ha dado jamás, metiéndosela sin parar, hasta que sus nalgas caen sobre los muslos, la tranca casi toda enterrada en sus entrenas, visible únicamente un centímetro o dos que se ven frenados por los globos firmes que son sus glúteos. Y así, totalmente empalado por aquella verga, el joven y el hombre se miran, calientes, contentos, lujuriosos.

   -Joder, Bobby, esto es incluso mucho mejor de lo que había imaginado todo este tiempo. Tu coño está tan caliente, es tan estrecho y firme cuando chupa que… ¡Ahhhh! -jadea cuando el travieso rubio se la succiona con sus entrañas.- Oh, Dios, muchacho, eres todo un pecado. Sé que tienes a tu papi, chico, pero desde este momento cuentas con otro; otro papi que se ocupará de tus necesidades. –tensa sus muslos y sube y baja un tanto sus caderas, sosteniendo a Bobby en todo momento, metiéndosela y sacándosela solo centímetros, pero es suficiente para que el rubio gima con abandono de putilla, su culo halando todavía más.- Cómo envidio a ese hijo de puta de Ben, que tiene a su dulce nena musculosa en casa para llenar su coño cada vez que lo desea… -le coge una y otra vez, recorriéndole el torso fornido con las manos, pellizcando sus pezones.- Cómo quisiera que fueras mi nena, llegar cada noche a casa y encontrarte de panza sobre mi cama, sonriendo hacia la puerta, con una pantaletica sexy y mínima metida entre tus nalgas alzadas, dándome la bienvenida, tu coño ya mojado por la espera, y llenártelo una y otra vez, follándote hasta que lloraras de gusto y placer… Dime, Bobby, ¿no quieres ser mi nena? ¿No quieres que Frank sea tu hermanito amoroso y yo tu papi y que cada noche te llenemos de güevos este coñito caliente y hambriento que tienes?

   Su risa le evita al gimiente chico tener que contestar, su enorme cuerpo joven, dorado y brillante de transpiración iba y venía sobre los muslos del cuarentón que le empujaba la verga hasta los pelos, llenándole el redondo y afeitado anillo con su pulsante miembro. Tom, por su parte, estaba trastornado de lujuria, sintiéndose aplastado por el sólido peso del muchacho, cosa increíblemente excitante, pero era ese culo ardiente, apretado y mojado que le succionaba la verga con fuerza, como si mil pequeñas ventosa se pegaran de él, apretándolo y halándolo, lo que estaba enloqueciéndole. Y el semen de los chicos…

   Lo mete y saca con facilidad por toda la esperma que ya hay depositada allí, la del tatuado Mark y el del enorme chico calvo y negro, Bill. La sentía lubricarle la tranca, la notaba cuando salía del ojete del culo mojándole la bola, y la idea de que la tiene metida allí, donde poco antes estuvieron los amigos de su hijo, donde se corrieron, que su verga se refregaba y frotaba de las entrañas bañadas con sus leches, le tenía a mil.

   -Qué coño tan increíble, Bobby… -jadea, echándose hacia atrás contra la silla, su ancho torso subiendo y bajando, su cincelado rostro masculino con un aire de satisfacción y lujuria mientras empuja una y otra vez su verga contra el culo del muchacho que se retuerce sobre sus piernas evidentemente disfrutando, como todo joven sano, de tener una bien enterrada en sus hambrientas entrañas. Si le gustaban, debía dársele güevo, pensaba de pasada.

   Para Bobby es una locura, ese hombre grande, maduro, atractivo, elegante y forzudo le recordaba tanto a su suegro que le hacía desear más. Su culo parecía padecer una comezón que no podía aliviar por mucho que subiera y bajara sobre el grueso falo del padre de Kyle, quien les miraba con los ojos muy abiertos y la verga goteándole, imagen sucia y perversa que le obligaba a moverse todavía más. Gozó la verga de Mark, la de Bill la amó, pero esta… echa la cabeza hacia atrás, el sudor corriendo por sus sienes, su rubio cabello pegado al cráneo, su grueso cuello expuesto, sus pectorales enrojecidos por toda la acción, y quedándose quieto sobre la tranca, sigue succionándola con sus entrañas. Estaba ordeñándosela sin hacer otra cosa, su anillo abriéndose y cerrándose sobre el falo, sorprendido a todos los presentes, comenzando por Tom. Cosa que quiere, desea sorprender, agradar y satisfacer al rudo ex marine.

   -Puta… -le susurra el hombre, voz ahogada, ronca, viciosa, y Bobby, congelándose, abre los ojos, le mira y finalmente rodeándole el cuello le cubre la boca con la suya, sus lenguas se encuentran, se lamen y chupan de una manera ruidosa y mordelona. ¡Dos hombres enormes dándose un jamón frente a conocidos y amigos!

   -Mierda, papá, estás jodiendo bien jodido a este chico. –Bobby escucha la voz de Kyle.- Quiero un poco de eso también. –el rubio culturista le siente llegar tras él, casi sentándose sobre los muslos de su padre, a quien le nota los ojos brillantes de sucia lujuria, para luego notar la lisa y ardiente cabeza de la verga más joven presionando contra la de su padre clavada en su culo, luchando por meterla, respiración pesada y agitada bañándole una oreja, hasta que logra entrar venciendo la resistencia de su vicioso agujero, metiéndosela también, lentamente, centímetro a centímetro, rodando sobre la de su padre, ambas enormes, duras, calientes y palpitantes.

   -¡AHHH…! -jadean Bobby y Tom a un tiempo.

   El rubio culturista se tensa un poco, abriendo su boca de labios rojizos y húmedos, ojos nublados de lujuria y deseo, sintiéndolas en sus entrañas, las dos, presionando fuerte en su entrada, pero increíblemente estimulante en su interior, estremeciéndose por la fuerte sensación de tener dos buenas vergas llenando las sensibles paredes de su recto. Un padre y un hijo, ambos de enormes toletes, estaban totalmente metidos en su interior, abriéndole bastante el agujero. Y la idea de por sí era increíblemente estimulante.

   -Mierda, ¡mira ese coño! –grazna Mark, verga llena otra vez.- ¡Los labios de su vagina están arropando las dos trancas!

   -Oh, sí, lo siento, su cuño caliente… -grazna Tom, pero ojos clavados en Kyle, que cruza la mirada con la suya.- También puedo sentir tu enorme verga deslizándose contra la mía, hijo. Tan caliente y dura. Gózalo, muchacho, goza de este coño que cobija tu masculinidad; esta será la última oportunidad que tendrás de gozar de un buen coño antes de que te cases, y este es de los mejores. Bobby tiene otra boca en ese coño.

   El chico rubio gime otra vez, porque esos dos hombres se mueven, al tiempo que Kyle le atrapa desde atrás los pectorales con sus manos, clavándole los dedos sobre la piel, y Tom atrapa sus caderas, comienzan a cogerle con fuerza, entrando y saliendo, alternativamente, uno se la mete hasta los pelos, deslizándose contra sus muy abiertas entrañas y el tolete del otro, al tiempo que este se retira, frotando y rozando. Los gruesos toletes nervudos van y vienen, con embestidas poderosas, llenando a aquel muchacho musculoso y guapo con ellas, logrando que transpire más, que jadee más, que se mueve de adelante atrás, contribuyendo, buscando los güevos erectos de los machos que estaban brindándole tanto placer mientras se los exprime. En un momento dado, sintiendo un primer espasmo de ese goce que le derrota y que viene de su culo, aprieta las paredes de su recto sobre ellas de una manera salvaje, y casi sonríe al oírles gemir de puro gusto. Alcanza ese clímax de culo, uno que sus hombres parecen sentir y desear, flotando medio mareado en gozo.

   Era un cuadro extraño, cuatro sujetos enormes, amantes de las mujeres y sus dulces coños, que goteaban de pura calentura ante el joven, rubio y musculoso culturista de culo ávido, caliente y apretado que evidentemente adoraba ser llenado con la masculinidad de ellos. Pero era más, había algo increíblemente sucio en ver a Kyle sentado sobre los muslos abiertos de su padre, compartiendo con este el culo del muchacho que gemía y se estremecía pidiendo más, casi entre sollozos de lujuria, unos que obligaban a darle más y más, totalmente enloquecido de placer como podría estarlo cualquier tía a quien le daban duro en el clítoris, sabiendo todos, aún los involucrados que… la gruesa verga de Kyle, al estar arriba, se movía con mayor facilidad, rozándose de la nervuda tranca de su padre, que quemaba y palpitaba contra la suya, rozándose una y otra vez las enormes grandes venas de sus caras inferiores.

   Tom ábrela boca cuando su mirada queda atrapada en las bellas pupilas de su hijo, quien parece preguntarle sin hablar si le gusta eso, tener la verga pegada de la suya, frotándolas así. Y Tom parece responder al desafío, casi medio alzando a los dos jóvenes musculosos sobre sus piernas, intensificando las cogidas del ávido coño, también las rozadas con su hijo, a quien atrapa ahora de las caderas, clavando los dedos en la firme piel de su muchacho. Apretando los dientes, Kyle se le encima más a Bobby, obligándole a caer de pecho sobre Tom, y así, los tres, muy juntos, jadeando como bestias dos de ellos, ronco y putón el tercero, continúan jodiendo de lo lindo, güevos que van y vienen contra el joven que lo goza, los dedos de Tom acariciando rudo a Kyle, las manos de este sobre el tórax del rubio, pegadas de su padre.

   El agujero parecía demasiado pequeño para las dos gruesas y rojizas trancas que lo abren y penetran, pero Bobby puede con cualquiera; cada golpe, ahora coordinados, los dos toletes iban y venían a un tiempo, parecía estimular más al musculoso chico rubio que casi babea, su frente cayendo sobre la de Tom, totalmente superado por todo ese placer que siente y lo recorre; agradecidamente vencido por el máximo goce de estar siendo usado y llenado por los dos recios machos. El hombre traga, las apretadas del culo sobre su verga era increíble, pero rozándola a un tiempo con la de su hijo, era todavía mejor. Empuja, saca, mete, coge y lo siente, su verga se endurece todavía más, pulsando de manera intensa.

   -Oh, mierda… Tómala toda, puto musculoso, toma toda mi esperma en tu apretado coño… –grazna mientras de su tolete sale disparada la cremosa e hirviente leche, carga que el musculoso muchacho ha llegado a amar tanto, haciéndole gemir mientras siente latir y correrse el duro tolete. Algo delicioso que se potencia cuando el hombre se queda quieto, jadeante, pero su hijo le mira, sorprendido al sentir la corrida de su papá bañando y llenando esas entrañas, untándole el tolete también… incrementando sus cogidas.

   Bobby, notándolo, se siente estimulado. Suciamente excitado. Mientras Kyle sigue cogiéndole, continúa subiendo y bajando su culo hambriento sobre esa tranca, pero también sobre la de Tom, ya vaciada pero todavía dura y aún en sus entrañas. El rubio culturista deseaba darles la experiencia de sus vidas, las paredes de su recto se dilatan y expanden, succionándoles, y Kyle gime entre dientes, increíblemente excitado. Tom deja caer la cabeza hacia atrás, casi desmayado de placer, por el clímax, por vaciar sus bola, por sentir esas apretadas sobre su verga, pero seguramente también por el roce que su hijo, impetuoso, continúa dándole con su grueso tolete.

   -Ahhh, maldita putita, tienes ese coño tan apretado y tan lleno de vergas. –ladra Kyle contra su oreja, cerrando los dedos sobre sus pectorales, casi pellizcándole las duras tetillas cuando se tensa más, empujándosela hasta el fondo, corriéndose también, entre gritos de puro placer.- ¡Qué culo tiene esta puta, papá! ¡Qué culo! –ruge mientras se corre en aquel agujero ocupado también por su padre, sus leches mezclándose, batiéndose con la de sus amigos poco antes. Dios, pensarlo, que se corría en el culo de otro carajo, uno lleno con las leches de sus amigos y la verga de su padre, casi le provoca un aneurisma.

   Y mientras se corre, mientras alcanza aquel poderoso clímax, Bobby no afloja y sigue subiendo y bajando, apretando y exprimiendo hasta la última gota del delicioso néctar de los hombres, tensándose a su vez, su propia verga latiendo dentro de la muy mojada prenda femenina, totalmente pegada al abdomen del tío mayor, mientras todo él, verga y culo mismo, alcanzan nuevamente sus respectivos clímax, casi desmayándose también de placer. Su cara roja, ojos nublados, labios hundidos de saliva y baba ante tanto goce, le hacen increíblemente atractivo a ojos de Tom, que le rodea el cuello con una de sus recias manos, halándole, acercándole el rostro y uniendo sus bocas en otro beso sucio y succionado, con mucha lenguas y saliva.

   Mareado, agotado de tanto placer, Bobby siente como la verga de Tyler sale de su culo, oye las risitas cuando hablan sobre “toda la leche que cubre su miembro”, así como la que corre desde el dilatado agujero bañando el de su padre aún enterrado, mojándole otra vez las bolas, leche que mana con más fuerza cuando el hombre también retira su miembro. La tirita del hilo dental rodando, como con esfuerzo, se mete entre las nalgas, cubriendo la rojiza y rasurada raja, no impidiendo que del agujero usado y saciado continúe manando el semen de los cuatro hombres que hicieron uso de él.    De alguna manera el joven se pone de pie, piernas temblorosas, cayendo en el sofá, medio recostándose de lado, rostro contra el respaldo, dándoles la espalda mientras les escucha moverse a su alrededor.

   -Chicos, llamé un taxi, llega dentro de un minuto. –oye a Mark.- No podemos conducir así. Alguien pude venir por el auto mañana.

   Todos comenzaron a vestirse, mirándole, Bobby, ladeado, observándoles también, mientras de su culo continúan manando las cuatro leches. Un bocinazo se deja escuchar y todos se acercan a despedirse y agradecerle la fiesta memorable.

   -Eres un caliente putito musculoso, Bobby. Tu coño es insaciable e increíble. –comenta Tom, sonriendo, acariciándole las nalgas, un dedo recorriendo la raja bañada de semen, recogiendo un poco.- Volveré pronto a verte, chico. –asegura, mirando hacia los otros que salen, llevándose el dedo untado con todas esas leches a la boca y saboreándolo. Sus miradas enlazadas.

   Fielmente sale también, cerrando la puerta detrás de ellos. Cerrando los ojos, Bobby sonríe leve, fue su primera despedida de solteros, pero realmente era algo que nunca olvidaría.

   -Vamos, cuñado, no puedes dormir aquí. –rato más tarde le despierta una joven y burlona voz masculina, abre los ojos y ve sobre su hombro a su cuñado.- Veo que andabas de fiesta… -comenta lujurioso, llevando dos dedos a sus nalgas, apartando la tirita del hilo dental, metiéndoselos por el culo. Las falanges entran suave y lentamente, ganando terreno, abriéndole, metiéndoselos todo, tijereando luego. Y ríe cuando ve a su cuñadito, el musculoso culturista rubio, el marido de su hermana Alice, estremecerse y gemir al ritmo de los dedos que van y vienen.- A tu cama, musculosa puta… -le ordena con voz oscura.

……

   Cuando despierta al día siguiente, con la peor resaca de toda su vida en sus veintiún años (en verdad la primera), a Bobby le parece que fue golpeado por un camión. O varios. Por unos musculosos, muy calientes y muy bien dotados camiones de carne. Pero camiones, al fin y al cabo. Está sobre su panza, y extrañado, mirando hacia atrás; nota que tiene la tanga de mujer enrolladla bajo sus glúteos, cosa que no recordaba haber hecho… aunque a decir verdad lo último que podía recordar era a su cuñado, Tony, ayudándole a salir de la sala.

   Mirando hacia su mesa de noche, ve que son las once de la mañana. Agotado, y algo enfermo, agradece no tener que ir a ninguna otra parte. Finalmente se pone de pie, terminando de bajarse las pantaletas, saliendo del dormitorio totalmente desnudo, joven, guapo y musculoso, rumbo a la cocina, preguntándose dónde estaría su suegro. O su cuñadito. No encuentra a nadie mientras se toma una taza de café muy negro. Aparentemente Ben y Tony habían partido al trabajo.

   Terminado el café entró a la ducha. Enjabonó a conciencia su enorme y firme cuerpo de muchacho, prestando especial cuidado y atenciones a su culo. Al pasar sus dedos sobre él, lo notó hinchado todavía. Luego de refregarse el cuerpo con una aconchada toalla, secándose, regresa a la cocina por más café y algo de comer. Quiere comenzar a funcionar con todos sus sentidos.

   El resto de la mañana, aún desnudo, ya desinhibido totalmente, se dedica a mirar televisión pero no hay nada bueno que ver, aburriéndose rápidamente. Pensando en tomar una siesta, sale al patio y cae de culo sobre una silla plegable, bajo la sombrilla, el cálido viento acariciándole y adormeciéndole al recostarse. Se tiende sobre la toalla, totalmente desnudo, respirando pesadamente, ojos cerrado, luchando para dejar de sentirse levemente mareado. Por supuesto, no pasó mucho tiempo antes de que su mente vagara sobre lo ocurrido la noche anterior.

   Parecía que habían pasado sólo minutos desde que en el sofá de la sala estaba el musculoso Bill, alzándose sobré él, teniéndole atrapado por los tobillos y penetrando su culo caliente con la pulsante verga negra. El recuerdo le eriza la pile, que enrojece algo afiebrada, y afincando los pies sobre el mueble, separa sus algas de la toalla, abriéndolas, acariciándose la raja de su culo con los dedos. Con uno recorre la entrada, los todavía hinchados labios, reconociendo con un estremeciendo mezcla un poco de vergüenza y mucho de putez, que todos esos hombres tenían razón. La entrada de su culo afeitado, era liso y suave como el coño de una chica, como el de su esposa, Alice. Pensar en ella le hace recordar a Tony, el pilluelo que tiene de cuñado, burlón y sardónico, cogiéndole, así como a Ben, su suegro, el fornido macho que le había guiado a descubrir sus nuevos gustos y placeres, habiéndole descubrir que amaba ser tomado por los hombres grandes y fuertes que llenaban su culo de…

   Casi inconscientemente su dedo sube y baja sobre la raja de su culo cerrado, eso si, todavía maravillándose de recordar que fue capaz de tener metido en él dos de las vergas más gruesas que ha visto jamás. Ojos cerrados, traga, el dedo entra muy levemente, sus caderas se menean, alzadas sus nalgas de la silla, deseando con todas sus fuerzas que Ben, su suegro, estuviera allí, jugando con su “coño”; tocándolo, estimulándolo, calentándolo y logrando que se le mojara, latiendo por una buena verga, la del padre de Alice. Entre culpa, vergüenza, pero también mucha lujuria, el muchacho reconoce que quiere a su suegro allí, tocándole así, diciéndole que quería tomar, llenar y poseer totalmente su coño rosado y lampiño.

   -¿Bobby? –la pregunta le sobresalta, tomado por sorpresa… desnudo y tocándose el culo.

CONTINÚA…

Julio César.

NOTA: Un amigo de la casa, Apolo, logró encontrar la página original de donde viene esta historia, que notarán fue versionada. Gracias, amigos. Quien quiera saber de qué va o cómo termina, que vaya a: http://www.nifty.org/nifty/gay/incest/muscle-pussy/

NOTA 2: Ya no queda mucho.

SER O NO SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 18

julio 29, 2014

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…                         … 17

   La siguiente es una historia que NO ES MÍA. Pertenece totalmente al señor capricornio1967. Tan sólo la reproduzco, tal vez cambiando una que otra coma, aunque la historia ya está por ahí, completa. Es un relato maldito en toda la regla, un hombre maduro decide tomar, controlar y dominar a su joven pupilo, transformándole en algo que no quiere, ni soñaba, aunque se resiste. Lo repito, es un cuento muy maldito. Disfrútenlo:

……

EL DILEMA

Autor: capricornio1967

Capítulo V “EL ENTRENAMIENTO”

SEXY AND MUSCLE BOY

   Ahora era tan sólo un juguete a usar…

……

   Por la mañana Franco vuelve a ordenarle que se encargue del desayuno, lo mismo que el día anterior. La rutina del entrenamiento. Aunque Daniel sabe que Franco puede cogérselo cuando desee, que lo ha mantenido desnudo los dos días, parece que Franco lo ignora. No le busca, no le toca, solo haciéndole saber que en cualquier momento puede poseerlo, pero sin llevarlo a cabo, le controla.

   El joven se siente cansado, tiene ojeras marcadas en su varonil rostro y su agotamiento es mayor; la noche anterior no ha podido dormir bien por la zozobra que tiene de que Franco se lo pueda coger; la falta de sueño lo tiene sumamente embotado. Nuevamente esa noche del domingo tiene que poner abundante lubricante en su culo, para Daniel ha sido una sorpresa el que Franco solo se lo haya cogido una vez, teniéndole al alcance de su manos y no aprovecharlo. Ha sido un alivio el que no haya sucedido, aunque no por eso ha dejado de estar bajo la tortura mental de estar a disposición sexual de Franco.

   Una noche más de intranquilidad en la que a cada momento le parece que será abusado sexualmente por Franco, pero no sucede; el sueño intranquilo no lo deja encontrar paz, no le permite recuperar las energías, aunque dentro de todo, Franco ha cumplido su promesa de entrenarlo también como deportista.

   El lunes por la mañana no hay mucha variación en cuanto a los otros días, y justo ese día deben regresar. Daniel debe estar en su casa el lunes como les dijo a sus padres, para estar ahí cuando ellos regresen. Después del entrenamiento en la alberca ya por la tarde, termina nuevamente agotado

   -Vega acá, Saldívar. -le ordena Franco, quien lo espera en la cocina con una silla en el centro del cuarto.

   -Si, señor. -Daniel se extraña de encontrar esa silla esperando ser ocupada.

   -Siéntese, Saldívar. –le ordena como si tal cosa, cuando en verdad estaba por comenzar su jugada más siniestra en su plan control sobre el muchacho, destruirle moralmente frente a todos, dejándole totalmente en sus manos, aún más allá de las olimpiadas. Para que sea su esclavo sexual para siempre.

   Y Daniel no sospechaba nada. Tan sólo le mira, sabe que no debe oponerse.

   -Si, señor. -responde como siempre mientras toma asiento en la fuerte silla de madera sólida con descansa brazos. Pone sus brazos a los lados, su musculoso cuerpo desnudo a la disposición de Franco.

   -Ponga las manos atrás de la silla. -le ordena.

   Daniel no comprende que es lo que Franco se propone pero pone sus brazos por detrás de la silla, marcando mas sus perfecto desarrollo muscular. Nota como Franco amarra sus muñecas para mantenerlo con las manos atadas detrás de la silla. El musculoso pecho se marca más, haciendo más prominente sus desarrollados músculos pectorales. Las fuertes ataduras mantienen sus brazos inutilizados, está más indefenso que antes frente a su depravado captor.

   -Antes de regresar, Saldívar, debe beberse esta botella. -dice mostrándole una botella de tequila.

   -Señor, yo no bebo, por favor. -responde algo asustado.

   -Ya lo sé, Saldívar, usted no toma alcohol, pero hoy si lo hará. -le responde mientras destapa la botella de un litro.

   -Señor, por favor, no. -los fuertes brazos del joven nadador se mueven tratando de liberarse de sus ataduras, sus músculos se agrandan para aumentar la fuerza que ejercen para poder reventar las fuertes cuerdas que mantienen sus brazos inmóviles, con sus manos atadas a la espalda, inútilmente. Su desesperaron va en aumento al ver que Franco empieza a servir el primer vaso de tequila, acercándosele peligrosamente.

   -No se resista, Saldívar. -le dice mientras le acerca el vaso a la boca.

   -Nogggggg, mhm. Mgggg. -Daniel mueve su atractiva cara hacia uno y otro lado, haciendo que Franco derrame parte del tequila que había servido. ¡Plaf! La mano de Franco descarga una fuerte cachetada en su juvenil pero varonil rostro.

   -Quédese quieto. -le ordena con firmeza.

   Daniel, después de reponerse de la cachetada, trata de evitar beber el tequila o de escupirlo, lo que enfurece mas a Franco, quien pensó que no tendría ningún problema para hacerlo beber. Afortunadamente, para él, se preparó y le ató las manos, así lo tiene indefenso. Viendo la rebeldía en el joven, refuerza las cuerdas para mantenerlo sometido físicamente. Va hacia la cocina y regresa con una sonda que se utiliza para purgar a los caballos. Franco es experto en colocar la sonda, Daniel le mira y no comprende. El cruel hombre cubre con cinta la nariz del muchacho, para que no pueda respirar por ella.

   -Nggggg. -Daniel se resiste, pero inmovilizado como está es inútil cualquier lucha. Su nariz queda sellada y sin poder respirar más que por la boca, la tiene que mantener abierta.- ¡Aghhhhhh! —un fuerte golpe dado por el puño de Franco en sus músculos abdominales lo hacen expulsar el aire de sus pulmones.- Ahhhhh… -abre la boca desmesuradamente para poder tomar aire.

   Franco aprovecha, sujetando con una de sus fuertes manos el varonil rostro del joven, apretando las mandíbulas para evitar que cierre la boca, poniendo sus fuertes dedos sobre las mejillas de Daniel presionando entre los dientes, así no podrá cerrar la boca, además de que esta reponiéndose de la falta de aire y su única vía es esa. Usando la otra mano, Franco mete la firme sonda en la boca y con diestros y hábiles movimientos, rápidamente la pasa hasta la garganta del joven.

   -Aghhhhh, ghhhhh… -gemidos de asco se dejan oír al sentir como la sonda pasa su paladar blando, casi ganas de vomitar se presentan mientras la sonda sigue su camino hacia su estómago, sin detenerse, estando más ocupado en respirar, descuidó y no pudo evitar el ingreso de la sonda.

   En menos de dos minutos, Franco logra que la sonda llegue hasta el estómago, del asustado joven, quien aun no se repone totalmente de la falta de oxigenación de su cuerpo.

   -Así, así Saldívar, sea buen chico. -le habla en un tono más suave para tranquilizarlo. Una vez puesta la sonsa hasta el estómago, le quita la cinta de la nariz, para que pueda respirar libremente.- Ya está listo, Saldívar. -fija el extremo de la sonsa en la boca del clavadista con más cinta mientras une ese extremo al embudo en el cual va a vaciar el tequila que llegara directamente hasta el estómago del musculoso nadador.

   -Nggghhhhh, ghhhhhhh, mggmhhhhh… -los gemido de Daniel no lo detienen.

   -Será cuestión de segundos, Saldívar. -le repite mientras empieza a vaciar el tequila en el indefenso joven.

   Daniel siente como su estómago está recibiendo lentamente una cantidad de tequila como jamás en toda su vida había ingerido; no sabe con qué intención Franco lo hace, mas a unas horas de regresar a la cuidad.

   Franco, lentamente, vacía el contenido de la fuerte bebida en el cada vez más ebrio deportista. Daniel siente como el alcohol empieza a hacer efecto, nota que la vista se le nubla, todo le va dando vueltas; a medida que el tequila va llenando su estómago su cuerpo deja de resistirse, sus músculos pierden fuerza, deja de luchar de oponerse. Su cuerpo se afloja mientras todo gira a su alrededor, el perverso rostro de Franco esta frente a él, quien disfruta la mirada idiotizada del muchacho, por el efecto del exceso de alcohol que su organismo está recibiendo y absorbiendo. Franco, de manera eficaz, en unos cuantos minutos, ha vaciado el contenido de la botella en el ya casi inconsciente clavadista, quien aun está desnudo. Después de terminar retira la sonda lentamente, la barbilla de Daniel está apoyada en su musculoso pecho; el joven no está consciente de lo que sucede a su alrededor, su cabeza no puede mantenerse erguida, siete que todo gira rápidamente.

   -Aaaaahhhhh, ahhhhh… -Daniel gime sin poder mantener siquiera su cabeza levantada, esos días de mala alimentación y fatiga lo han dejado más susceptible a los efectos del alcohol, así que Franco tiene al joven totalmente ebrio y casi inconsciente, es solo cuestión de minutos para que termine de perder el sentido. Lo desata de la silla.

   -Saldívar, debemos regresar ahora mismo. -le dice mientras lo carga en sus hombros, desnudo aun.

   La cintura de Daniel está en el hombro de Franco, sus brazos cuelgan, sus piernas son sujetas por las manos del pervertido coach, quien aprovecha para acariciar su duro y redondo trasero mientras lo lleva así hasta la camioneta, aventándolo en el camper. Después de recoger las pertenencias de ambos, emprende el viaje de regreso para dejar a Daniel en su casa y finiquitar los detalles de su plan, uno que le asegurará total control sobre el muchacho por años y años.

   Es de noche cuando Daniel y Franco llegan a la casa del joven, quien permanece dormido por la borrachera a la que fue invitado de maneara forzada. La oscuridad los libra de miradas indiscretas, así que Franco saca el cuerpo de Daniel del camper, lo vuelve a cargar sobre su hombro y lo lleva hasta la recamara y lo deja sobre la cama. Daniel apenas si gime, por el movimiento, pero está sin sentido, sin saber dónde está, ni lo que sucede.

   Franco deja la ropa de Daniel en la recamara, la botella vacía de tequila la pone sobre el buró en la recamara del jovencito y después saca un condón. Lo abre, mientras empieza a despertar a Daniel.

   -Saldívar, despierte, Saldívar. -poco a poco trata de hacerlo volver a la conciencia, mientras con una de sus manos empieza a friccionar su grueso y largo miembro.

   -Mhm, hmmhhhmm… -Daniel no despierta, pero siente placer en su miembro al sentir la fricción de la mano de Franco presionándolo, masturbándolo.

   Son ya varias semanas las que lleva sin poder coger, sin poder masturbarse, así que no es difícil que Franco logre una espectacular erección aun y cuando el joven está semidormido. La mano de Franco le pone el condón mientras sigue masturbándolo. La grotesca boca del hombre se posesiona de los definidos y varoniles labios del joven para darle un profundo beso mientras Daniel no se da cuenta por su estado, buceando en ella. Un leve “mhm” se deja oír, tal vez piensa el muchacho sea una de sus ex novias. Solo se deja besar sin saber que es a otro hombre, uno que mete su lengua viciosa y lo lame todo mientras sus puño va y viene, fuerte, agarrándole bien hasta que su verga empieza a disparar el semen en el condón. Una y otra vez el látex del preservativo se tiñe de blanco por la abundante corrida que es disparada por el inconsciente deportista.

   -Así, así, Saldívar… -le dice levemente, casi contra sus labios, para que continué semi dormido.

   -Mhhmmmmm… -Daniel quiere recobrar la conciencia, pero el efecto del tequila es fuerte, más aun por la cantidad y por la falta de costumbre.

   -Tome esto, Saldívar. -Franco le da a beber otro vaso de tequila, que Daniel, en su estado, toma.

   -Mhm. -el sediento joven no sabe que está tomando más tequila, la ingiere toda hasta quedarse otra vez profundamente dormido, alcoholizado.

   Franco deja dos vasos en la recamara, servidos con poco tequila, a Daniel lo cubre con la sábana, pero lo deja de tal forma que se vea de inmediato que está desnudo, dormido, desnudo y ebrio. Luego tira al lado de la cama el preservativo que uso para masturbarlo, lleno de semen. Después deja la puerta de la recamara abierta y sale, no sin antes voltear a ver el perfecto cuadro que verán los padres de Daniel cuando regresen. Finalmente, con una enorme sonrisa de satisfacción y triunfo, sale de la casa.

……

   Daniel está dormido profundamente, ajeno a todo lo que sucede alrededor, así que casi al amanecer, cuando llegan sus padres, no escucha ni el carro ni que abren la puerta.

   Luis y Adriana, regresan de su viaje, saben que Daniel debe estar en casa, según ellos debería haber llegado la mañana del lunes, así que no les sorprende ver la puerta de la recamara de Daniel abierta. Es Adriana la que, como toda mamá, antes de irse a recostar unas horas pasa a ver cómo está su hijo. Ya que la luz de la recamara está encendida, no es difícil ver el cuadro.

   -Hijo, ya llegamos, ¿estas despier…? ¡DANIEL! -el grito de sorpresa de Adriana hace que Luis se una a ella inmediatamente

   -¿Qué sucede? –llega y pregunta para encontrar el cuadro que dejó Franco.

   Ante el asombro de ambos, quienes se acercan a la cama, notan el fuerte olor del tequila, la botella vacía, los vasos, el preservativo tirado y el profundo sueño de su alcoholizado hijo. Eso los toma por sorpresa, nunca antes Daniel había bebido, jamás había metido a alguna chica a su casa. Luis trata de despertarlo, de exigirle una explicaron, pero es inútil. Adriana le da a beber café negro, para reanimarlo, pero es poco lo que consiguen. Daniel permanece apenas consiente unos minutos sin darse cuenta de su realidad, solo para dormirse profundamente de nuevo, para desesperación de sus padres. Daniel siempre ha sido un hijo ejemplar, ellos le tienen toda la confianza, pero esto es demasiado, jamás imaginaron que su único hijo vivo les diera esos disgustos, mas aun tan cerca de las olimpiadas. ¿Qué pasaría si el comité se entera?, Daniel perdería su participación en la delegación. Tanto Luis como Adriana están furiosos con Daniel, pero no pueden hacer nada por el momento. El timbre del teléfono en esas primeras horas de la mañana sobresalta a la mujer.

   -Hola. -responde insegura.

   -Señora Saldívar. -la voz de Franco se deja oír- Buenos días, perdone, pero quiero informarles de una situación irregular; ayer que dejé a Daniel en su casa en la mañana, me dijo que tenía una fiesta por la noche. Le recomendé que no se desvelara, pero no sé si me escuchó.

   -¿Una fiesta? ¿Ayer? -pregunta extrañada.

   -Si, me dijo que saldría, ¿sucede algo? Quedamos en vernos al amanecer. -pregunta divertido; por la forma cómo contesta Adriana al teléfono sabe que ya descubrieron al muchacho.

   -Noo, no, todo está bien. Daniel se está bañando. -miente para que no sospeche que está borracho. Sin saber que él fue quien lo emborracho.

   -Recuérdele nuestra cita, y que quiero verlo en mi oficina en dos horas, por favor. Gusto en saludarla, señora Saldívar.

   -Se lo diré, no se preocupe. Bye.

   -Bye

   Afectada, Adriana va al cuarto de su hijo, quien continúa profundamente dormido. Debe despertarle, Franco desea verle en dos horas y si no está allá, sabrá que algo le sucedió en esa dichosa fiesta.

   Tanto ella como su marido no desean que Daniel pierda esa oportunidad de ir a las olimpiadas, así que entre los dos lo despiertan con mucho esfuerzo, dándole más café y metiéndolo a bañar con agua fría. Daniel apenas si recuerda lo que sucedió. Después de que Luis lo deja bajo la regadera de agua fría por más de media hora, su mente se empieza a estabilizar. Recuerda que Franco lo obligó a beber el tequila, después ya no supo nada más.

   Después de estar bastante rato en la regadera, se pone la toalla alrededor de la cintura, sale a su recamara donde lo esperan sus padres. Apenado baja la cabeza, sabe que ellos se dieron cuenta de que había tomado alcohol, aunque no saben por qué lo hizo. Luis, severo, avanza hasta donde está de pie, con la toalla enredada en la cintura, mirando al suelo apenado, desnudo de la cintura para abajo, y con las gotas de agua resbalando por su musculoso tórax.

   -Lo siento. -dice sin atreverse a mirarlos a la cara.

   Antes de que Daniel continuara hablando, Luis descarga su ira y su decepción como padre, dándole una fuerte cachetada. ¡Plaf!

   -No tienes vergüenza, ¿cómo pudiste hacer esto?

   Los ojos de Daniel se llenan de lágrimas, jamás ha querido lastimar a sus padres, de hecho todo lo que ha hecho es para que ellos no sufran, así que ha permitido a Franco que lo viole repetidamente, que abuse de él y lo torture; todo por no verlos sufrir. Las lágrimas caen en su musculoso pecho mezclándose con las gotas de agua que resbalan aun.

   -Perdónenme, se que no debí beber; no sé que me paso, pero no volverá a suceder. -sin dejar de llorar ni de ver al suelo les promete.

   -¿Beber? ¿Solo beber? ¿Y qué nos dices del sexo? –acusa, y al muchacho todo le da vueltas. No puede levantar la mirada que le arde más.

   -¿Ya lo saben? Oh, por Dios… -sabían lo que había estado haciendo con el otro hombre. Estaba perdido.

   -Si, ¿cómo se te ocurre meter mujeres para tener sexo aquí cuando tu madre y yo estamos ausente? ¡En nuestra casa!

   La cara de Daniel se ve realmente sorprendida; sabía lo del tequila, ¿pero lo del sexo? ¿Cuál sexo? Eso no lo recuerda, levanta la mirada y su rostro se enrojece.

   -Papá, yo… -no sabe qué decir, su vista cae sobre el preservativo que aun está donde Franco lo dejó. Ni Adriana ni Luis han movido nada.

   -¿Qué vas a decir? ¿Es así como pagas lo que hacemos por ti? -le reclama furioso.

   -No, no, papá, perdónenme, no supe lo que hacía, perdón. Les juro que no sucederá nunca más. -el golpe en la cara que le dio su padre no le duele tanto como el hecho en sí, por lo que significa, nunca antes su padre le había corregido a golpes, es la primera vez.

   -Las cosas van a cambiar de ahora en adelante, Daniel. Has defraudado la confianza que tu madre y yo hemos puesto en ti, y arriesgas tu futuro. ¿Qué pasaría si el entrenador sabe que bebiste alcohol? Pones en riesgo hasta tu participación en las olimpiadas.

   El joven baja el rostro, no sabe qué decir para defenderse ante lo obvio frente a sus padres.

   -De ahora en adelante estarás castigado y no podrás…

   Daniel apenas puede escuchar lo que su enojado papá le dice, sabe que todo fue planeado por Franco para desacreditarlo ante sus propios padres, pero ¿con que fin?

   No puede ni imaginar lo que se le viene encima. A él y a su familia.

CONTINÚA (el relato no es mío) … 19

Julio César.

NOTA: El relato comienza algo lento, y como no tengo intensiones de apurarme más, quien lo desee puede buscarlo en esta dirección: http://www.todorelatos.com/relato/16991/

DE AMOS Y ESCLAVOS… 6

julio 27, 2014

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 5

BLACK HOT

   -Estoy para servirte, maestro…

……

   Se sentía bien, como él mismo otra vez, fuera del apartamento con su aire viciado y su cama transpirada y algo rancia. Tomar una ducha, ponerse el mono, la camiseta sin mangas, muy abierta para dejar ver sus hombros y brazos musculosos, comer algo ligero, tomar dos cervezas y luego ir al gimnasio, fue como regresar a su vida. Allí, semi reclinado halando la guaya que sube las pesas, se siente bien, concentrado, tenso de cuerpo, sus venas marcándose en el brazo, su bíceps subiendo y bajando, notando que algunas mujeres le miran. Bonitas, bien cuidadas, figuras atractiva de tetas sospechosamente redondas y paradas.

   Si, se sentía bien, allí estaba en su ambiente. Destacaba, era llamativo, aunque no tenía un tatuaje como el sujeto de la trotadora, que subía desde su codo en forma helicoidal, abriéndose en su hombro en dos ramales como zarpas, una cruzando parte del torso desnudo hacia su pectoral derecho, la otra hacia la espalda; se veía bien, el pectoral abultaba de manera llamativa, el sudor destacando los músculos, las tetillas erectas, el abdomen marcado en seis toletes, el hilillo de pelos… ¿Pero qué coño?, se tensa desviando la mirada, hormigueándole el cuerpo. Intenta concentrarse, pero vuelve a mirarle, es un tipo joven, alto, fornido pero no exageradamente, hombros anchos, cintura delgada, el bermudas a media pierna de tela suave se agita mientras sus fuertes piernas corren sobre la cinta. Y en el entrepiernas… si, allí está presente la silueta del paquete masculino, destacándose de una manera que le parece escandalosa, pero tal vez no lo era, sino que ahora se fijaba más en ciertas cosas. Tragando en seco, habiendo dejado de flexionar su torso, le miraba… a ese chico apuesto, corte de cabello bajo, militar, semi desnudo, desafiante en su juventud y armonía.

   Se desconcierta cuando repara en la mirada del chico, quien le observa, ceño levemente fruncido, una leve mueca de burla en los labios. Totalmente avergonzado baja los ojos y se aleja, tomando su toalla, rumbo a los vestuarios. En esa mirada se leía un claro: “¿Te gusté, marico?”. Evitando a todo el mundo llega a los vestuarios desiertos, dejándose caer en uno de los bancos, cubriéndose el rostro con la toalla. ¿Qué le pasaba? ¡Él no se fijaba en otros hombres! Nunca lo hizo. No era… ningún marica. Debía… debía…

   Intenta controlarse al escuchar pasos, Yamal y Gregory debían estarle buscando para tomar una ducha e irse de putas. Y tal vez eso era lo que necesitaba. Abre los ojos y allí está ese chico, insolente en sus movimientos, sacando cosas de un locker, su espalda brillante, sus músculos marcándose. Bajando el bermudas y quedándose con un bóxer blanco corto, transpirado, se vuelve y le pilla mirándole, parece preguntarle “¿qué coño ves?”. ¡Mierda!, otra vez se cubre la cara, muerto de pena.

   -Toma, creo que te ayudará un poco. –oye una voz burlona, eleva los ojos, el chico está ahí, envuelto en una toalla, hermosos y soberbio en su juventud sana y atlética, arrojándole algo que le pega de su cara.

   ¡Su bóxer sudado!

   ¡Ese hijo de puta!, brama silente, boca muy abierta, recorrido por un escalofrío cálido que no era para nada disgusto. O totalmente. El indolente y hermoso muchacho continua su camino hacía las duchas, indiferente, mientras la prenda resbala increíblemente lenta por su cara y cae en su regazo. Estaba caliente y mojada, olía fuerte, y sobre su rostro, ese olor, fue devastador. Siente un hormigueo allí donde…

   Pero ¿qué se creía ese coño’e madre?, ruge, su puño cerrándose alrededor de la pequeña prenda blanca, la cual quema contra su palma. La abre y mira, quiere soltarla, arrojarla, ir tras el chico y restregársela de su atractivo rostro, y la sola conciencia de pensar en el otro en esos términos, o la prenda quemándole aún más en la palma, le tenía loco. Le abulta, se erecta en segundos mientras lucha con todas las fuerzas para no llevarlo a la cara y…

   Dios, ¿qué le estaba pasando? Traga alarmado, intentando disimular la erección. La mirada, el tono, el gesto insolente con el que fue tratado por el otro le erizaba la piel. Temblando lucha para secarse la cara con la toalla, manteniendo baja la mano que aferra el bóxer del muchacho, intentando alejar las imágenes, al chico sonriente llegado a su lado y cubriéndole la cabeza con su bóxer, dejando contra su nariz y boca la parte delantera, olorosa a bolas y masculinidad, diciéndole que lo goce.

   ¡No puede continuar allí!, sin ducharse se cambia de ropas, ocultando en un bolsillo de su chaqueta la prenda masculina, una que no se decide a botar. Tiene que escapar, no puede esperar a que el chico regrese, joven y altanero, piel cubierta con gotitas de agua, un hermoso ejemplar masculino envuelto con la toalla alrededor de la delgada cintura, mirándole burlón, preguntándole qué hizo con su bóxer. Y estaba seguro que se lo preguntaría, cómo no si lo estaba ocultando para… No, no quiere pensar, no era cierto que se lo llevaba para mirarlo en su apartamento, para recordar al chico, el sudor y el calorcito prendido de la corta prenda cuando se la arrojó, mientras la olía. La idea de eso, de llevarla a su cara y olfatear, le hace temblar, enfermo de rechazo pero también de calenturas.

   -¡Nos vamos! –le anuncia a Gregory, quien jadeaba, levemente transpirado, mientras hacía lo que más le gustaba.

   A su amigo le gustaba que le vieran las tías. Metido dentro de la corta y ajustada camiseta sin mangas que casi dejaba fuera sus pectorales, y el mono largo casi de neopreno, demarcando sus muslos, su bulto y sus nalgas, unas realmente redondas y alzadas de las que estaba muy orgulloso, adoraba las miradas que las mujeres lazaban sobre él, que se exhibía un tanto al tomar asiento en ciertos momento dejando que la camiseta y el borde del monos se separen y se note más de su cuerpo, uno bien trabajado, armonioso que muchas piernas femeninas le habían abierto.

   A Roberto le costó convencer al par de amigos, que ya tenían sus ojos puestos en algunas chicas, de abandonar el lugar, pero lo logró. Fueron por unas cervezas, que tomó afiebrado, levemente molesto por la sensación del sudor seco sobre su cuerpo, muy consciente de la masculina prenda interior en el bolsillo de su chaqueta. No pudo comer mucho, estuvo tan apartado y trastornado que sus amigos le riñeron, ahora si preocupados por él. Que no les viviera comiendo, bebiendo y a lo mejor hasta brindándole la puta, no era normal.

   -Estoy cansado. Creo que voy a volver a mi apartamento. –farfulló al fin después de la tercera cerveza, que le mareó de una manera leve, sabroso, pero también le hizo desear llegar a su cama y ocultar su vida patética en ella.

   Los amigos le reclamaron el corte de nota, pero al final cedieron, llevándole. Preocupados y amoscados. No se molestaron en disimularlo, pero a Roberto Garantón no podía importarle menos. Necesitaba soledad. Paz. No, no un momento para acariciar el maldito bóxer en su bolsillo, ¿okay?

   -¡Estás perdido de maricón! –acusa Gregory, eso mientras miraba el reflejo de su imagen en el espejo a las puertas del ascensor, una vez llegados al edificio, ignorando cuánto inquietaba esa palabra a su amigo. No podía notarlo, no mirándose como estaba. Incluso llegó a medio volverse para admirar el reflejo de su culo bajo el jeans, esponjándose cuando del ascensor salen dos chicas que le miran y ríen levemente excitadas, así como recibe la mirada ceñuda del chico flaco, desgarbado, no muy alto, paliducho, que sin saludar entra en el ascensor y sube sin esperar a nadie.

   -¡Buenas tardes, cara de culo! –le sigue el saludo de Yamal.- En este edificio todos están jodidos, comenzando por ti.

   -Deja de joder, coño. No me siento bien. Salgan ustedes de perreo y…

   -Entendimos. –termina este, botando aire, tendiéndole una mano, chocándolas y medio abrazándole.- Mejórate, amigo, no entiendo qué te pasa, pero no me gusta.

   Se intercambian frases y por fin se van, Roberto se siente increíblemente culpable de sentir alivio. Cuando va a oprimir el botón, el ascensor llega, las puertas se abren y las risas jóvenes escapan. Hank está allí, de primero, joven y guapo, una camiseta larga, sin mangas, un bermudas a media piernas, tras él está un chica de cabellos falsamente amarillos, de parpados purpura, así como el chico flaco que acababa de subir y quien todavía dice:

   -¿Y qué diferencia hay entre una blanca de tetas grandes desnuda y una negra? Que la blanca sale en Playboy y la negra en el National Geographic. –y estallan en carcajadas.

   Roberto siente que el estómago se le revuelve de rabia, pero la mirada burlona que Hank le lanza, le desarma. Se leía clarito en ella el “hola, mamagüevo”. Bajando la vista, sometiéndola, cruza entre ellos… y se le cae, lo nota más que verlo, de su bolsillo, y termina en el piso… El bóxer del chico en el gimnasio.

   -¿Y esto? –pregunta burlón Hank mientras sus acompañantes sonríen feo. Y la toma, aunque ningún carajo en su lugar lo haría, y eso no parece sorprender a los otros.- ¿Se lo robaste a alguien? Coño, ¡estos negros son de cuidado!, te roban el calzoncillo cuando todavía lo llevas puesto. –hay risas y Roberto se quiere morir.

   -¡Es mío! –jadea. Y tiene que soportar la mirada del otro.

   -¿En serio, negro? ¿No lo llevaba algún otro chico, alguien blanco y buenote y te provocó tomarlo? ¿O te lo dieron como recompensa?

   -¡Deja la vaina, coño! –casi grita, arrebatándoselo, temblando, encogiéndose ante la fría mirada del chico.

   -¡Sube y espérame frente a mi puerta! ¡Y no se te ocurra moverte de allí! –le ordena, molesto, alejándose sin esperar respuesta, seguido de sus amigos que miran burlones al joven hombre negro.

   Morado de cara entra al ascensor. Furioso. ¿Qué se creía ese imbécil? ¿De verdad pensaría que le esperaría como le ordenó? Y jadea botando aire, cerrando los ojos y medio rotando la cabeza para aliviar el cuello, sintiéndose profundamente molesto porque… está levemente excitado. Coño, ¿pero cómo? No lo entiende, pero la mirada, el tono, la orden impartida por Hank delante de los otros dos, todo le hizo estremecer. No tenía nada que ver con sexo o erotismo, y sin embargo estaba medio duro bajo sus pantalones. Pero no, no se quedaría a esperarle. Baja en su piso, mira la puerta de su apartamento y se congela. Quiere pero no puede recorrer los pocos pasos que le separan de su refugio. La lucha mental y física contra un cuerpo que no quiere obedecerle, le espesa la respiración. Tragando, con pasos casi vacilantes, se detiene frente a la puerta de Hank y allí tiembla.

   ¡Lo está esperando!, ni él mismo puede creerlo, ni los temblores y calores que recorren todo su cuerpo. Lucha contra las imágenes mentales que se hace, su boca grande de gruesos labios corriendo de arriba abajo sobre la gruesa verga blanco rojiza del muchacho, succionándola, la cual palpitaba de manera maravillosa contra su lengua, pulsando con fuerza, llenándosela con esos jugos que le parecía recordar exquisitos y…

   Casi grita de frustración. Tiene que irse, alejarse de allí. Sabe que tiene que hacerlo, pero no lo hace. Y baja la mirada cuando la gente pasa de un lado a otro, saludándole, extrañados al verle frente a esa puerta, seguramente con ganas de preguntarle algo, como ¿algún problema con el vecino? Era lógico, pero al hombre negro le parece que todos le adivinan, que saben que está allí esperando porque un carajo se lo ordenó. Pasan diez minutos, quince… media hora y ya estaba molesto, frustrado, más consigo mismo que no terminaba de decidirse a marcharse. El ascensor llega y su corazón tiembla, Hank sale silbando alegremente, mejillas rojizas cuando pega los labios del pitillo para sorber de un helado que lleva. ¡Estaba divirtiéndose con sus amigos y él esperándole frente a su puerta!

   Cuando el joven llega a su altura, deja de silbar y le mira fijamente, y Roberto se inquieta, luchando contra las ganas de medio bailotear un pie. Era insoportable.

   -Te esperaba. –grazna, pero no desafiante, más bien frustrado y dolido.

   -Estaba ocupado. –es indiferente y sorbe del helado.

   -Creo que… me voy… -croa, encogiéndose cuando el otro sonríe duro.

   -¿Qué?, ¿sin bebértela? –procaz se lleva la mano al entrepiernas, atrapándose la silueta del tolete que se nota, apretándolo y agitándolo un poco.

   Un hormigueo le ataca el tolete y un terrible escalofrió recorre la espalda del joven hombre negro, más alto, musculoso, más poderoso y viril que el muchacho que agita frente a sus ojos el bulto que oculta bajo sus ropas. Baja la mirada, claudicando, diciéndole que estaba bien. Las palabras del otro parecen ácido a sus oídos.

   -Imagino que estás hambriento después de tantos días sin güevo, puto. –abre la puerta, señalándole el camino.

   Cabeza baja, Roberto entra, Hank le sigue, cierra la puerta y apoya en ella la espalda. Cuando reúne el valor de enfrentarle, Roberto alza la mirada, quiere saber a qué juega, qué le hace, qué hacen allí, pero el muchacho, mirada helada, sin apartarla de sus ojos, abre el velcro de su bermudas, y la mirada del hombre negro cae automáticamente, clavándose como dardos del tolete pálido y medio morcillón que emerge.

   -De rodillas, negro cabrón. –le ordena, feo, y Roberto quiere resistir, de verdad, pero el tono, la vista del tolete, todo le marea y debilita al tiempo que le llena de calor, con todos los recuerdos arropándole de pronto, de lo muy sorpresivo que fue hacerlo la primera vez, y lo mucho que le gustó.

   Sin decir nada, cae de rodillas frente a la pieza todavía no dura, y avergonzándose más nota que separa sus gruesos labios y los dirige a la cabecita que pende, casi saboreándola ya. El bofetón le hace retroceder y gemir, sorprendido, mirándole desde sus rodillas. Y no se levanta, no le grita o reclama. Ni siquiera se le ocurre, y eso que siempre ha sido un chico levantisco y camorrero.

   -Jamás vuelvas a hablarme delante de nadie como lo hiciste a las puertas del ascensor, negro; no eres nadie para discutirme o llevarme la contraria. Tan sólo eres un puto maricón que no quiere más que chuparme el güevo durante horas. –le informa, duro.- Tu lugar es ese, de rodillas, muriéndote de ganas por comértelo. –es duro, y Roberto siente como el calor lo embarga, como su propio tolete endurece de manera impresionante bajo las ropas, al tiempo que la verga del muchacho se llena de sangre, crece, se pone gruesa, levantándose, erectándose frente a sus ojos.- ¿Está claro, negro puto? –le grita, feo, seguramente medio edificio le escuchó y Roberto aparta la mirada de esa verga, sin saber que la tenía perdida en ella.

   -Si… -suena bajito, derrotado, muriéndose de vergüenza y rabia, pero necesitado. El nuevo bofetón, la dura palma del chico blanco recorriendo su mejilla de ébano, le despierta.- Sí, señor. –se corrige. Dios, ¿qué hace?, no lo sabe, tan sólo una idea ocupa claramente su mente, que si se somete, Hank le dejará mamársela, y reconocerlo le marea de lujuria. Nuevamente acerca los labios a ese tolete que se alza, pero una mano firme sobre su frente le detiene.

   -¿Qué quieres?

   -Tú sabes… -jadea y traga, preguntándose por qué se resistía tanto, o por qué era aquello importante para el otro.

   -¿Qué quieres, negro puto?

   -Quiero chupártela. –reconoce, mejillas ardiéndole.- Quiero tragarme tu güevo hasta tus pelos castaños… -tiembla al decirlo, preguntándose por qué le parecía tan sucio y a un tiempo incitante.

   -¿Lo quieres de verdad? –todavía deteniéndole por la frente, su palma ardiendo, con la otra mano se agarra el tolete por la base, más duro ahora, frotándoselo de las mejillas y nariz.- ¿Lo quieres mucho? Cuéntame… -la pieza de carne dura quema al otro en su roce.

   -¡Quiero mamar tu güevo blanco! –estalla, desesperado, moviendo sus labios como intentando cazarlo.- ¡Por favor, déjame chupártelo! –pide, odiándose pero ardiendo, resintiendo la mirada de desprecio del otro.

   -¡Negro puto! –le lanza un escupitajo que choca de su frente, que ha liberado previamente, haciéndole gemir ante el inusitado insulto, la terrible humillación para un hombre como él, instante cuando el desgraciadito se lo empuja y se lo mete hasta la garganta.- Entonces trágatelo, negro maricón, trágate mi güevo y ahógate con él para que te mueras feliz, sucio puto. –y se la empuja y empuja, cortándole el aire.

CONTINÚA … 7

Julio César.

NOTA: Los comentarios racistas son para crear ambiente, ¿okay?

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 20

julio 17, 2014

… SERVIR                         … 19

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

UN HOMBRE EN SU PANTALETA ROJA

   Hay hombres que nacen para esto…

……

   Nada más llegar esa mañana a su oficina, todavía disgustado por tener que asistir (había perdido hace tiempo el amor por su trabajo, si es que alguna vez lo tuvo), Johan Monroe supo que algo malo pasaba. Lo vio en el rostro de su asistente, una mujer delgada, cara caballuna, ojos claros que nadaban tras los gruesos cristales de sus gafas. La asistente que su mujer le permitió, celosa como era de su marido, un rudo y fornido hombre llegando a los cincuenta, cabello corto y acerado, rostro de piedra, que soñaba con tomar sus cosas y escapar de su vida profesional y personal.

   -Buenos días, Alcaide. –comienza ella, acercándole una taza de café.

   -Buenos días, señorita Lamas. –responde, tomándola, probando el brebaje. Era bueno. Un punto a favor de la muy poco agraciada mujer. Bien, era hora de sufrir- ¿Alguna novedad?

   -Sí, señor. El abogado del convicto Pierce, Daniel Pierce, está pidiendo noticias sobre su cliente. –el tono abiertamente reprobador se deja sentir en su voz.- Y usted sabe lo… delicado que eso puede ser, ya que ese señor está compartiendo celda con un reo condenado a muerte.

   ¡Joder!, pensó el hombre, alarmado, el convicto iba a perder su juguete.

   -¿Quedó en venir o amenaza con venir? –tomas asiento, rostro imperturbable, mente en caos.

   -Vendrá, con su esposa. –informa la mujer, puntualizando lo último, esperando ver una reacción en aquella cara cincelada en acero, algo cómo por qué se encerró a un hombre condenado por malversación con un sicópata condenado a muerte.

   -Vaya novedad. La familia no había dado señales de vida. –saborea su café, frente levemente fruncida.- Me encargaré de ello. Téngame al tanto de la visita.

   -Sí, señor. –no era lo que esperaba, pero era algo. No le gustaba lo que estaba ocurriendo, se dice mientras sale.

   Una vez a solas, el alcaide Monroe se echa hacia atrás en su cómoda silla, la próximas visitas eran una inconveniencia, pero no su problema. Ese convicto tendría que resolverlo, aunque sabe que tendrá que dar algunas explicaciones. Recostado del respaldo, cerrando los ojos y saboreando lo que queda del café, se dice que sería una bendición si le apartaran del Sistema Penal, que alguien decidiera por él sacarle de todo eso. Claro, no que le condenaran. Menos a esa prisión. Pero no estaría mal partir. La vida, últimamente, no le apetecía.

……

   -Vamos, Tiffany, despierta, amor, debes ir a trabajar. –Read, desnudo, velludo, de pie, zarandea al rubio en su cama, este despierta sobresaltado, alejándose de su mano, sintiéndose adolorido y también algo mareado.- No me gusta que me rechaces, Tiff. –le recuerda, enderezándose y buscando algo en la litera superior, la gruesa verga en reposo ocupa la visión de Daniel que desvía la mirada.- Tus vitaminas. –reaparece con un bote de agua y dos pastillas.

   Daniel traga en seco, no quiere hacerlo. Esas pastillas le aterrorizan. Teme lo que ese hombre pueda estar haciéndole, pero la mirada brillante y terrible del otro, le reducen. Read espera que se niegue, que se resista… para darle una tunda. La tunda que merece toda mujer a veces a manos de su hombre. Lo sabe. Con manos inciertas las toma, las lleva a su boca y toma agua, sintiéndose derrotado.

   -Debo… debo… -se siente sucio, pegostoso, entre sus nalgas siente la molestia del semen seco, casi endureciendo la tirita del hilo dental.

   -No, Tiff, desayunarás e irás a tu trabajo sin ducharte.

   -¿Qué? –abre mucho los ojos, alarmado. ¿Oler a semen, culo y sexo todo el día? No, eso no.- ¡No puedo! ¡Debo ducharme ahora! –el bofetón que temía llega.

   -¡Silencio! -es rudo, luego parece aflojarse, acariciándole la mejilla golpeada.- Mira lo que me obligas a hacer, Tiffany. Cariño, no quiero hacerte daño, eres mi dulce y hermosa princesa, pero no me gusta cuando me contrarías. Te quiero sonriéndome siempre y abriendo tu coño amoroso. Nada más. Pasarás el día así, te ducharás por la tarde… después de que yo te vea. Usando esa misma pantaleta. ¡Vamos! –medio aúpa golpeándose las palmas.- Sal de la cama, tienes mucho por hacer.

   Con un nudo en la garganta, cohibido, Daniel se pone de pie, alto, esbelto, atractivo, con aquella tanga de mujer toda manchada. Le asusta la mirada rapaz del otro.

   -Eres tan hermosa, Tiffany. No recuerdo a otra más bella. –le informa, y como en trance alza sus dedos y con los dorsos recorre una de aquellas tetillas rojizas marrones, alzada, vistosa, como más grande. Sonríe al notar el estremecimiento involuntario del otro, tan sensible como estaba a sus senos ahora.- Espera… -busca y saca el tubo de crema blanca, lo unta en sus dedos y los aplica a sus pezones.- Ahora estás lista, nena.

   Alejándose, pero intentado que no lo parezca, con toda la incomodidad del mundo al vestirse con su braga naranja, sucio de semen, propio y de aquel sujeto, teme más salir de esa celda. Los otros sabían…

   Se oye un chasquido-alarma y las celdas se abren, un ya vestido Read, cayendo sobre la litera inferior, sonriendo, le mira salir. Casi ríe para sí al escuchar los silbidos burlones que reciben al otro afuera, hasta que alguien grita un seco: “Silencio, malditos convictos”.

   Para Daniel Pierce no es fácil salir de aquella cerda que los primeros días le asfixiaba y ahora añoraba; ojos al piso, y aún así nota todas esas sonrisas burlonas, las miradas terribles, le toca enfrentar los tropezones de desafío, las tocadas a su culo, los siseados “quiero cogerte, puta”. Y todos parecían rodearle en un momento dado. Un infierno. Su desayuno fue silencioso, deprimido, sabiendo que muchas de las sonrisas y comentarios bajitos que circulaban se debían a él. Ir a la lavandería, a solas, fue una bendición. Por un momento se detuvo, tembloroso, alcanzado por todo el horror de lo vivido, lo que le había sucedido. Lo mucho que todo había cambiado, incluso él, en tan poco tiempo. No sólo no era dueño de su vida, de sus decisiones y deseos, ya no sólo le forzaban a cosas terribles, ahora también… respondía.

   A veces.

   Recuerda entre brumas la noche pasada, todavía mareado por la intensidad de ese clímax condicionado que había tenido contra la pared de la celda, sus piernas apenas sosteniéndole cuando el hombretón le hizo bajar de su verga, sintiendo el semen chorrear de su culo. Avergonzado todo volvió de repente en ese momento, escuchaba fuera gruñidos, silbidos, bajos y furiosos llamados para que abrieran la cortina. Los sujetos que habían visto su actuación.

   -Toma… -le tendió Read una botellita de licor, que miró con sed. Sabía que no debía pero… la bebió con ansiedad, necesitado del alcohol; la garganta resecándosele, el mareo un poco más intenso, uno grato, como cuando se tomaba cierta cantidad de alcohol, pero también su piel erizada, su verga hormigueante, su culo y bolas como con fiebre.- Espera… -le gruñó el sujeto cuando iba a sentarse de culo sobre la cama.

   Le miró abrir un pequeño bote tipo crema, untándose el blanco y lechoso productor en los dedos, mirándole a los ojos a los ojos en todo momento. Quiso saber qué era, qué pretendía, pero lo vivido minutos antes, saberse atrapado por ese oso, la botellita ingerida que le mareaba, todo conspiraba contra él. Contuvo un jadeo cuando Read llevó el índice y pulgar a su tetilla izquierda, untándola de eso, y tragó, porque se sentía extrañamente bien cuando le halaba y pellizcaba. Nunca antes había sido tan consiente al toque de sus pezones, pero ahora sí. Y algo enrojecido bajó la mirada cuando entendió que el otro lo sabía. Su otro pezón corrió igual suerte, fue untado y frotado, erectado. Cuando Read se dispuso a guardar sus cosas, dándole la espalda, contuvo un jadeo. ¡Sus pezones! Sintió un frío enorme, tanto que se llevó las manos al torso, luego fue un hormigueo y un calor que se incrementó contra sus palmas. Apretó y le ardió de una manera inquietante, alzó la mirada y encontró a ese sujeto frente a él, despojándose totalmente de sus ropas, grueso, fornido, velludo, brutal, su verga empapada de su propia leche, medio morcillona.

   -Vamos a la cama, Tiff. –le avisa, echándose sobre el camastrón inferior, la de Daniel, quien le mira levemente perdido. Era demasiado pequeña y no cabrían los dos. Eso era seguro, pero el otro abrió los fuertes brazos, invitándole.- Ven, amor.

   Rojo de vergüenza y humillación fue, intento volverse de lado pero el oso le atrapó y manipuló como si de una pluma se tratara y quedó acostado de espaldas sobre el velludo sujeto. Era intimidante, aterrador, humillante y extraño sentir a ese sujeto grande bajo él, sus piernas lampiñas por el depilado entre las suyas, peludas. Su baja espalda sobre esa panza firme. El pecho subía y bajaba, profundo, su respiración pesada le bañaba el cuello y una oreja.

   -¿Sabes, amor?, me gustaría llegar y verte con una hermosa pantaleta de encajes, blanca, pequeña e insinuante… -le susurró, ronco y profundo, sus brazos rodeándole, haciéndole sentir pequeño, atrapado, las enormes manos recorriéndole una el plano abdomen, bajando casi hasta el borde de la pantaleta, subiendo y bajando de manera circular con los dedos abiertos, erizándole, la otra hacia sus pectorales.- …Con unas medias de seda hasta tus muslos, oscuras, y unos relucientes tacones altos, algo delicado y caro como mereces tú, nena. –gruñó bajito a su oído, torturándole, mientras las dos manos cayeron sobre su torso, y con los dorsos, pasó arriba y abajo sobre las tetillas, acariciante, haciéndole gemir. Daniel no lo entendía, la sensación en sus tetillas era intensa, deseaba… no lo sabe, pero su respiración se espesó, su verga dentro de la pantaleta mojó un poco, sus nalgas, sin que él lo deseara, iban y venían sobre la traca morcillona del sujeto que le manipulaba con sus dedos.- Tú esperándome, echada sobre esta camastro, en cuatro patas, tus medias negras, tus tacones relucientes, abierto tu coño perfumado y dulce bajo la pantaletica, tu clítoris ardiendo, ansiosa por mí, llamándome para que te llene de amor… -le susurra más ronco, las uñas rascando para ese momento sobre los muy erectos y sensibles pezones, Daniel jadeando contenido, mareado, excitándose, sabiendo que era por lo que sea que hubiera en el licor.- Y yo haciéndolo, claro, ¿quién se resistiría a tus encantos, Tiffany? Nadie. Te daría todo mi amor, te dejaría tan abierta, tan ocupada, tan llena de mi palpitante lujuria que gritarías como una nena enloquecida, caliente, algo llorosa de puro placer… -los pezones fueron atrapados por índices y pulgares, los frotó suave, y Daniel gimió ronco, consciente de su cuerpo ardiendo.- Te daría una y otra vez, adentro y afuera, duro, sin detenerme, y tú gimiendo como ahora, con tu tono ronco de putita viciosa, como tiene que hacer toda mujer que ame a su hombre y este la atiende; tu coño mojado y ardiente abriéndose y cerrándose sobre mi verga, succionándola, amasándola, yo tocando tus tetas maravillosas así… -y los índices y pulgares aprietan duro.

   Y Daniel estalló en calor, arqueando su espalda, deseando aquellas manos, rechazando, pero también deseando, el imaginarse en esa situación, él siendo tomado y pidiendo por más. Flotaba en hormonas sexuales pero todavía pudo escuchar a los lejos risitas, los: “escuchen, Tiffany quiere más”. Y nada le importó, porque no supo cómo ocurrió, debió ser Read quien le soltó los pezones por un momento, alzándole las caderas, apartándole la empegostada pantaleta y obligándole a caer de culo sobre su verga. Tenía que ser, porque de lo contrario no entendería jamás como terminó empalado nuevamente, su estimulado agujero tragándolo todo, casi hasta las bolas, y gimiendo al sentirse así…

   No lo supo, no quiso pensar en ello, tan sólo consiente de la enorme verga fibrosa que le quemaba mientras se abría paso en sus entrañas, sobre su camastro de la cárcel, una donde entró como un hombre y ahora era la puta caliente de ese horrible sujeto. No sabría decir qué fue, seguramente las cosas que le hizo tomar o le untó, pero mientras Read le apretaba las tetillas, lengüeteándole un oído, susurrándole que era la puta más caliente que había conocido jamás, el hombre rubio fue consciente de sus caderas ir y venir de manera frenética, de subir y bajar su culo muy abierto sobre la dura y gruesa barra de carne masculina, tragándola, teniéndola toda muy adentro, llenándole, frotándole, rozándole, enloqueciéndole. Iba y venía de manera intensa, y sospechaba que gimoteando de placer, de lujuria, por las risitas que escuchaba en el silencio de la noche.

   ¡Dios, ¿qué le pasaba?!, intentó preguntarse cayendo sobre Read, la verga de este bien metida en su dilatado, rojo y lampiño culo, la suave tirita de la pantaleta apartada de la raja interglútea por el tolete del otro. Cuatro días y ya estaba comportándose como un marica total, participando en los perversos juegos de aquel sujeto. ¡No!, ¡él no era ningún marica! Tragó en seco, deteniéndose, buscando calmarse, su culo cerrándose y abriéndose sobre el rígido tolete venoso que le estimulaba sin hacer nada. Y Read sonreía siniestro, jadeando, era increíblemente bueno tener a ese carajo bonito sobre sí, su peso era excitante, pero nada como su culo palpitante, uno que le ordeñaba de manera intensa la verga sin moverse. Sabía que el hombre rubio estaba teniendo una lucha con su conciencia, demostrando que era fuerte a pesar de su cobardía. Todavía faltaba amansarle más. Pero tenía tiempo. Llegaría el momento cuando Tiffany buscaría por sí misma su verga, prácticamente sacándosela donde fuera para montársele, pero no tenía paciencia en esos momentos. Quería su coño ya.

   Mientras una de sus manos fue a la tetilla izquierda del rubio, apretándola de suave a intenso, haciéndole jadear, la otra bajó por su cuerpo esbelto y lampiño, y con la punta de los dedos, las uñas un tanto largas, rascó el pene del otro, oculto, tenso y babeante bajo la pantaleta. Sabía lo que provocaría el paso de sus dedos. Daniel gimió, arqueándose de espaldas, casi sacándose la verga del culo unos diez o doce centímetros, sintiéndolo increíblemente sabroso. Esos dedos rascaron una y otra vez, bajaron y frotaron sus bolas que se contrajeron en el saco, y casi ahogado de lujuria volvió a subir y bajar su culo, empalándose, cogiéndose a sí mismo sobre la dura barra de aquel hombre, boca muy abierta, babeando un poco, sintiéndola increíblemente buena dentro de sus entrañas trabajadas.

   -Tu clítoris está tan inflamado, amor… -se burló, cruel, metiendo la mano grande dentro de la pantaleta, atrapándole el pene, sin sacarlo, sus nudillos contra la telita, cerrando su puño, subiéndolo y bajándolo.

   Y fue todo para Daniel Pierce, quien gritó, gimió, se revolvió contra su cuerpo, y subió y bajó sobre aquella barra dura que calentaba sus entrañas y golpeaba su próstata de manera enloquecedora, pero también de aquella mano que jugaba con su clítoris inflamado. Así lo pensó aunque luego no lo recordaría. Entre jadeos que no pudo contener, escuchó risitas y burlas que lo confirmaban, se corrió otra vez, intensamente, sobre la mano de Read, quien para ese momento casi le alzaba del colchón subiendo y bajando su culo peludo, cogiéndole de rebote, sacando la mano de la pantaleta, los dedos con semen, llevándolo a su rostro, untándole los labios, obligándole a abrir la boca, metiéndoselos allí. Daniel, su culo siendo invadido una y otra vez, saboreó por primera vez su propio semen mientras el oso le gruñía que era la putita más bella y caliente que había conocido jamás, con un tono de orgullo que fue intoxicarte, mientras se corría a su vez. Y eso fue casi tan intenso como su propio clímax, pesó extrañado de lo mucho que fue consciente de esos disparos en sus entrañas, mientras lamía lo que quedaba de su semen, entre jadeos y casi goloso, de esos dedos gruesos y velludos.

   Y terminando de hacerlo, su culo sobre la gruesa verga pero aún así dejando escapar esperma, con los dos dedos del delincuente todavía en su boca, Daniel Pierce fue desconectándose del mundo, totalmente agotado, tanto física como mentalmente. Ignorando que el otro todavía le retiene así, sonriendo satisfecho, medio ladeándole para desmontarle, el tolete saliendo, la pantaleta metiéndose entre las nalgas, el semen mojándola otra vez. Read sonrió al escucharle gruñir, más dormido que despierto, montándole sobre su cuerpo, casi arropándose con él, cubriéndole con sus brazos fibrosos y velludos. La respiración aquietándose en el rubio, durmiéndose, así, en pantaleta, su culo lleno de esperma, acostado sobre el cruel sujeto. Agotado y momentáneamente satisfecho sexualmente por el uso del velludo tipo. Las manos que le acarician, con codicia y propiedad, gozándose de su juguete sexual, le brindaban consuelo.

   Daniel no lo supo, claro, pero allí, también cayendo en el sueño, el cruel sujeto se decía que era hora de la segunda parte de su plan: conseguir su venganza. Eso le hizo feliz; sonriendo más, una de sus manos recorriendo una de las redondas y firmes nalgas de su Tiffany, uno de sus dedos entrando en la raja, tocando el hinchado culo sobre la pantaleta, medio apartándola, metiendo media falange, encontrando su semen, sintiéndola todavía caliente. Había algo increíblemente poderoso en correrse dentro de otro carajo, en su culo apretado y luego ver manar su semen, el suyo metido allí. Y Tiffany estaba así, toda empapada de su amor. Todo era perfecto. Todo salía como lo esperaba.

   Se durmió, feliz, con aquel dedo en ese culo de donde manaba su leche…

   Esa parte la ignora el joven hombre rubio, mortificado como estaba por todo lo vivido. Un brusco “a trabajar, convicto”, le hizo despertar de sus recuerdos y se concentra en sus labores. Carga bultos de ropas, uno tras otro y las horas pasan. Almuerza solitariamente, esquivando miradas lascivas, burlonas o las llenas de desprecio. O peor, piedad. Como tiene prohibido salir al patio y llevar sol, le permiten ejercitarse bajo techo. Por la tarde, rojo de vergüenza y humillación, regresa a la celda, Read le revisa, como a un caballo, cerciorándose de que ha cumplido sus órdenes, permitiéndole el ducharse ahora.

   Era extraño encontrar todo aquel lugar solitario, seguramente gracias a las influencias que el sujeto tenía, aunque se preguntaba cómo lo hacía, de qué se valía para que sus capiruchos se cumplieran, pero agradeciéndolo en esos instantes. El agua no está caliente pero se siente bien sobre su cuerpo agotado y transpirado… también lleno de fluidos. Se frotó todo, sus pectorales se sentían extrañamente sensibles, así que los dejó en paz, bajando las manos hacía su trasero, notando lo durito de sus glúteos. Nunca fue flácido, pero ahora parecían más alzados. Fue cuando ocurrió. Al meter la mano, enjabonándose, limpiándose la leche de Read, sintió un escalofrío fuerte, y casi sin darse cuenta tardó algo más de la cuenta enjabonándoselo, frotándoselo, la mano casi toda entre sus nalgas, abierto de piernas, algo echado hacia adelante el torso, tratando de entender todos esos temblores que…

   -¡Vaya, vaya!, miren qué tenemos aquí, perros. –una voz burlona y fuerte, con acentos hispanos le hizo pegar un bote, abriendo mucho los ojos y aterrándose.- ¿Te sientes solito y necesitado, pequeño? He oído cuentos sobre tu macho… -se burla el sujeto que poco tiempo atrás le había violado en esas duchas.

   Estaba ahí, desnudo, envuelto en una toalla, acompañado de otros tres sujetos, no los dos que le acompañaron la vez pasada, pero todos mirándole, sonriendo lascivos y crueles. Todos dejando caer las toallas, las vergas llenándose a simple vista, codiciosas del hermoso rubio desnudo que frotaba su culo como si necesitara algo entre ellas.

   Todas esas barras apuntándole mientras los sujetos van hacia él.

……

   Si Daniel Pierce no tuvo un final de jornada fácil la noche anterior, y si un despertar sobre el cual no deseaba pensar, no fue el único. Jeffrey Spencer llegó tarde esa noche al edificio donde vivía, bajando del auto y vomitando antes de entrar a los estacionamientos. Temblando, no queriendo pensar o cuestionarse nada, subió, fue al cuarto de baño fuera del dormitorio principal y tomó una corta pero casi desinfectante ducha. También durmió en el pequeño sofá de su despacho. No podía compartir la cama con su mujer, no después de lo que le pasó… las penetradas, las mamadas que dio… Toda la leche que eyaculó mientras gritaba de lujuria teniendo su culo lleno con aquella verga negra. A su mujer le inventó que llegó tarde y contracturado y no quiso molestarle. Ella lo aceptó fácilmente, ya no le prestaba atención.

   Después de un desayuno sin apetito, Jeffrey hizo algo que debió hacer mucho antes, cuando su suegro le ordenó encargarse del caso Robert Read: saber de qué iba. Llamó al bufete, se reportó enfermo y pidió que le enviaran el expediente. Este llegó a media mañana, mintió a la cara del mensajero al que conocía y echándose en el sofá de su despacho se dispuso a leerlo. Había una fotografía de un edificio alto aunque sólo de dos plantas, largo, que ocupaba tres paredes de un callejón que terminaba en una entrada para camiones de despacho; era un lugar oscuro, las ventanas están cerradas y parece que cegadas desde adentro. Había algo inquietante en él. El matadero. Robert Read manejaba uno, trataba y procesaba carne fresca, de res, puerco o bovinos. Le metía a todo.

   Allí había cometido sus crímenes…

   Lee y aleja la tercera taza de café que la señora que atiende la casa le lleva, preocupada siempre por hacerle las cosas fáciles al estar casado con una mujer tan mala. La deja sobre la mesita porque el pulso le tiembla. No había leído nada de aquello, no era necesario. La noticia nunca le importó, fue desagradable, y no participó en la defensa. Incluso ahora, para intentar conmutar la pena de muerte, no creyó necesario revisarlo, pero ahora que ese sujeto quería que investigara un mal manejo de su caso a nivel policial, debía conocer los detalles. Y eran repugnantes. ¡Dios, ¿acaso ese hombre hizo todo eso?! De ser así era un monstruo… un caso real de vampirismo, piensa afectado mirando uno de los pocos cuerpos encontrados, una chica pelirroja, ojos vidriosos y nublados, el cuello destrozado…

   Los cuerpos. Se suponía que hubo más. Se sospechaba… Y, automáticamente, su mirada recae sobre lo que llamó la atención de todos en el caso: la procesadora de carne… El gran molino. ¿Se deshizo así de sus víctimas? ¿Las empaquetó? Tiembla, cierra los ojos y le parece verle sonreído, sereno, mirándole a los ojos:

   -Me tendieron una trampa, abogado. Soy inocente y debes sembrar así sea la duda y que no me ejecuten. Comienza con el policía que llevó el caso… -le recuerda tendiéndose hacia adelante.- Quiero tener la esperanza de salir de aquí algún día… volver al mundo, recorrer las calles con todos los demás. ¿Crees poder lograrlo?

……

     -¿Qué haces? ¿Te volviste loco? –graznó Nolan Curtis, sus oscuros, hermosos y dolidos ojos muy abiertos, mejillas rojas, de pánico. Viéndose adorablemente patético y débil.

   -Vamos, chico… Quieres comértela. A los putos como tú les encanta… -le sonríe sardónico Lomis, cruel, la gruesa y larga verga rojiza y pecosa emergiendo del pantalón de su uniforme, decidido a conseguir una buena mamada del muchacho, algo que siempre alegra el día, ver la suave cabellera de un jovencito mientras te la chupa, pero también buscaba romperle la voluntad.

   Ya le quiere como su perrito fardero.

CONTINUARÁ … 21

Julio César.

ADICTO A LA LECHE FRESCA… 8

julio 3, 2014

ADICTO A LA LECHE FRESCA                         … 7

   La presente es otra historia “maldita”, aunque no tanto. Un chico descubre, porque le llevan a eso, que le gusta mucho el sabor del semen. La historia NO ES MÍA, que no se moleste el autor si llega a saber que la estoy reproduciendo aquí.

……

Swallows milk

by Lexicode

CON LECHE EN LA CARA

   Si, quiere ser totalmente feliz… así.

……

   -Eh, hola, hijo, ¿está tu papa? –el muchacho no se apartaba de la entrada.

   -No, entrenador. –esas palabras le sumieron en la depresión.- Y no creo que regrese pronto.

   -Oh… -fue el jadeo de decepción, se sintió perdido y ansioso.

   -Pero estoy yo y tengo un rato libre, entrenador… -dijo con burla.- Si quiere comerme el culo a mí…

   La declaración le paralizó y aterrorizó. ¡El muchacho lo sabía!, ¿quién o cuántos más? ¿Milo le dijo? Su miedo era grande, pero cando el sonreído chico se volvió, dejando la puerta abierta, notándole el insolente vaivén del culo bajo el muy ajustado jeans que se metía un poco entre sus nalgas, aquel pobre hombre calenturiento, controlado toda su vida para ser despertado de golpe a una lujuria que no entendía, no pudo resistirlo. Además, aquel chico había sido uno de sus alumnos dos años antes. Y era el hijo de Milo.

   Entró, el chico, sonreído, le dio la espalda y bajó con esfuerzo su pantalón, el bóxer era corto, blanco, lleno con dos jóvenes y turgentes nalgas. Unas que tocó con las manos, para recibir pronto un azotón.

  -Nada de manos. –bajó su bóxer dejándole sin aliento.

   Y el hombre tembló, reconociendo en el tono el mismo de Milo, y perdida toda cordura, cayó de rodillas y refregó su rostro grueso y algo velludo, masculino, de las turgentes nalgas duras, lisas, depiladas ya que el chico practicaba con la bicicleta. Olía diferente, embriagador, se dijo cuando introdujo la nariz en la raja interglútea, con dificultad ya que eran dos masas firmes. Y cuando la recorrió, de abajo arriba, lentamente, con la lengua temblorosa, caliente, salivosa y reptante, creyó correrse allí mismo, siendo recompensado por un gemido de gusto del chico.

   -Mierda, eres tan puta, entrenador…

   Y eso le hizo temblar más, decidiéndose a enterrar totalmente la cara, boca sobre el culo, chupándolo, el muchacho gimiente, ojos cerrados, cayendo sobre su cara. Igual que su papa. Y darle lengua, una y otra vez, sintiendo los temblores del cerrado botón que a veces le dejaba entrar, le tenían en la gloria. Tal vez por eso olvidó dónde estaba, qué hacía y a quién, porque le sorprendió cuando la puerta de la calle se abrió y un muy sorprendido, y molesto Milo, le pilló.

   Mientras Alex sigue masturbándose, flexionando una pierna inconscientemente y llevando los dedos de su otra mano a su joven culo, frotándolo por fuera, ignora que el señor Milo le había roto el culo, en ese momento, al entrenador, quien gritó y se revolvió como una puta lujuriosa, entre el fornido profesor y el joven hijo de este, que llenaron su boca y culo en ese raro momento de calentura sexual. Ambos, padre e hijo, gozando del vicioso y totalmente entregado entrenador. De haberlo sabido, tal vez la intensidad de orgasmo de Alex se habría intensificado mientras gime y balbucea, pero es suficiente para correrse, arqueándose sobre la cama y mojarse con el semen el tórax.

   -Hijo, ¿pasa algo?

   Oye un toque a la puerta, la voz preocupada de su padre… y ve como el picaporte comienza a girar, mientras él jadea, casi desmayado todavía de placer, el semen bañándole el joven torso bien definido.

   ¡Joder!

   Todavía perdido como se está en esos momentos, embotado por el clímax, se tarda un segundo en responder pero pronto se revuelve en la cama, con la agilidad de los pocos años, y se medio cubre con la manta, hasta el cuello, justo cuando la puerta se abre y aparece su progenitor, algo preocupado, únicamente con el pantalón del pijama y sin camisa. Una vez dentro, este entiende, con su muchacho totalmente enrojecido de cara, visible a pesar de la suave penumbra, pecho subiendo y descendiendo bajo la manta, donde es posible ver la silueta de su pene erecto… mojando la tela. Es embarazoso para ambos.

   -Veo que todo está bien. –gruñe el hombre, conteniendo una sonrisa de diversión; Dios, pillar a un hijo en eso debía estar en la lista de las cosas que uno debería evitarse.

   -Si, papá… -la voz le falla un poco, mortalmente rojo. Agradeciendo que el hombre no diga nada más mientras va saliendo.- No es nada.

   -Como escuché gruñidos y jadeos… -sonríe al verle bajar la mirada.- Si terminaste, descansa.

   -Si, papá… -se quiere morir.

   -Y abre la ventana… -dice, por pura maldad, antes de cruzar la puerta; el olor a semen de su muchacho era fuerte. Pero se detiene, medio volviéndose, picado por algo.- ¿Acaso…? ¿Acaso gruñiste algo sobre tu profesor, el señor Milo?

   -¡¿Qué?! ¡No! –jadea, tragando.- Recordaba a… Nelly… una amiga que…

   -¡Okay! –alza una mano, aliviado. Y sale.

   ¡Dios!, jadea el muchacho cayendo de espaldas, estuvo tan cerca de un desastre que… Se lleva las manos al rostro, para quitare el hipotético sudor… manchándose de semen. ¡Mierda!

……

   Como siempre ocurre con los muchachos después de un percance que vieron muy cerca, y que podría dejar al descubierto algo que no desean frente a sus padres, Alex pensó alejarse por un tiempo de los problemas, dedicándose a estudiar y practicar. Nada más. Por suerte, el señor Lewis, el entrenador del equipo, por cuestiones personales, debió faltar unos días. En sus clases, el señor Milo era didáctico, exigente con todos, y totalmente distante con él. Al principio no. Le buscaba con la mirada, se le encimaba en medio de un problema a resolver, le hacía consciente de su presencia. Pero le evitó. Entendiéndolo al fin, el maestro también hizo lo propio. Cosa que agradeció, pero dos días después, de abstinencia porque hasta masturbarse le costaba por alguna asociación de culpa, mirar al recio hombre ir de un lado a otro dentro del salón de clases, recostándose de su escritorio, dictando sus lecciones, volviéndose hacia la pizarra, esos jeans horriblemente ajustados, la tela demarcándole de manera clara, le tenían mal.

   Quería resistir el llamado de la carne, del sexo, pero era un chico, su sangre vivía caliente. Antes, todos los días se masturbaba, todos, hasta los de fiestas de guardar; a veces más de una vez. Desde que comenzó a salir con chicas, lo hacía con ellas cada vez que podía. Ahora este cesar de funciones le tenía inquieto. Todo le parecía insinuante, llamativo y provocativo. Y lo peor de todo era su profesor de Matemáticas. Tal vez el señor Milo no estuviera mostrándose descaradamente, sus muslos llenos contra la tela, su bulto destacando, sus nalgas firmes atrapando algo del jeans, sus bíceps abultados, el tatuaje en uno de ellos totalmente visible; tal vez todo ello era algo normal en un sujeto cualquiera, maduro pero guapo, que otros no notaba, pero a él le parecía que el hombre deseaba que ellos, sus alumnos, vivieran calientes, soñando con él, masturbándose soñando con su increíble masculinidad.

   Tuvo que luchar contra la imagen del hombre sacándose la verga, dura, gruesa, ofreciéndola a alguno que resolviera una complicada ecuación, él haciéndolo y permitiéndosele chupársela allí, de rodilla, gimiendo con gusto mientras la traga toda, atrapándola con su lengua y mejillas, frente a sus compañeros de estadios que lo tomarían como algo muy normal. Boca seca tuvo que enfrentar las ganas de perderse, de buscar un tío que le dejara tomársela. Debía controlarse. Y lo lograba… por ratos. Pero estaba caliente, se estaba quemando… Quería mamar una verga, chuparla toda, llenarse la lengua con sus jugos… y tragar toda su leche. No podía engañarse: ¡necesitaba un hombre! La abstinencia parecía acrecentar su nerviosismo y ligera irritabilidad, afectándole nuevamente.

   Por las tardes, después de clases, alejándose de todo el mundo, corría durante mucho tiempo bajo ese cielo azul claro que declinaba en uno más oscuro al atardecer, pisoteando la grama de la cancha de futbol, totalmente transpirado, deseando cansar el cuerpo para controlar la libido. Un chico joven, guapo y saludable que, tontamente, luchaba contra sus deseos naturales, tomar con su boca los güevos de otros hombres y disfrutarlos hasta las últimas gotas. Por la edad no había entendido que podía disfrutar de su sexualidad si iba con cuidado y sensatez, que no tenía por qué negarse una cálida y babeante verga si tanto la deseaba. No era malo quererla, pero eso no lo entendía y se atormentaba. Por alguna razón, en esos años, muchos chicos se torturaban así.

   Después de correr toma una ducha en la escuela, asegurándose de estar totalmente a solas. En su estado, el recuerdo de esos vestuarios llenos de chicos con vergas a veces medio morcillonas, le afecta, como le afecta todo el tema ahora. Se apresura y sale. Mochila al hombro va hacia su casa, le parece que hay como muchos carajos de buenos cuerpos ocupando las aceras, policías, marineros, incluso dos jóvenes bomberos que salían de una tienda, riendo y empujándose. Sus entrepiernas… ¡Joder!

   Sube a uno de los buses que salen hacia los suburbios. Se le nota algo serio, lejano, ignorando lo guapo que se ve, joven y atractivo, cutis suave, cabello negro algo ensortijado en el cuello, debía recortarlo. La camiseta cerrada dejaba ver sus bíceps que abultan al moverse. Sus piernas, dentro de la pantaloneta a media pierna, se ven firmes. Exuda el encanto de la salud. Una curva del camino le hace sostenerse, fijándose al fin en dos muchachas que le miran y ríen bajito entre ellas, obviamente encontrándole muy atractivo. Eso le sube el ánimo por un segundo, hasta que repara en un sujeto maduro, de saco y corbata, sentado más allá y que también le ve; pero en su mirada brilla no la admiración abierta, es una observación furtiva. El hombre le miraba con codicia, recreándose en cada musculo y curva de su cuerpo, pero disimuladamente, como no deseando hacerlo. No queriendo mostrar al mundo que encontraba al muchacho increíblemente apetecible, deseando tocarle, acariciarle, recorrer su piel cálida y firme…

   Alex desvía el rostro, mejillas rojas y pelillos alzados en su nuca. No puede evitarlo y mira al sujeto otra vez, y nota un leve cambio en él, parece gratamente sorprendido, reconociendo su reacción, y como si no quisiera lleva una mano grande a su entrepiernas, un anillo matrimonial brillando en su nudillo cuando medio aprieta sobre su pantalón. Y ahora sí que el chico tiene calenturas, intenta no demostrarlo pero no puede dejar de mirarle. En un momento dado, el bus se detiene y el sujeto se pone de pie, cerrando su saco, pasando junto a él, mirándole, pero es incapaz de corresponderle. Y sin embargo se tensa y casi pega un bote, mientras cruza tras él, el dorso de aquella mano roza muy sutilmente su trasero firme y redondo bajo la pantaloneta, y la sutil caricia le eriza todo. Espera llegar a otra parada y baja. Era más seguro caminar a su casa.

……

   Otros dos días pasan, el mundo giraba, pero las cosas no cambian mucho. Si acaso lo hacen alguna vez. Estudiar, o intentarlo, se le complicaba ahora que el señor Milo le ignoraba abiertamente; no podía concentrarse en las charlas fáciles o amistosas, en las salidas en grupo como insistían sus amigos Beck y Martin. Ni aceptaba, porque no podía, otras “invitaciones” de las porristas. Lo intentaba, de verdad, resistir algo que nadie le estaba pidiendo que hiciera, aunque se le hacía difícil. Una tarde, todo frustrado, regresó del colegio y encontró a su padre jugando con otros dos vecinos en el aro de básquet en la entrada del estacionamiento. Eso le divirtió, verles empujarse y saltar decididos pero desmañadamente.

   -Hey, ven, un dos para dos… -le llama su papá.

   Bien, eso le ayudaría a distraerse por un rato. Hacen dupla y luchan por el balón, su esbelto cuerpo destaca entre los tres hombres más fornidos, uno algo panzón, todos fuertes, llenos con esa vitalidad de la medianía de los cuarenta. Transpiran, jadean, empujan, se roban el balón, maldicen mucho.

   Y se rozan.

   Alex se tensa porque no sabe si algo ocurre o lo imagina dado su estado mental de perpetua excitación. Pero le parece notar algo extraño cuando el vecino y amigo de su casa, Caleb, encaraba a su papá; le manoseaba demasiado para detenerle, su mano grande de nudillos velludos se quedaba demasiado tiempo en la panza de su progenitor, franela adherida a su cuerpo por el sudor. La mano que tardaba en retirarse de su espalda cuando este le esquivaba, como acariciándole, le turbaba. Sofocado, toma aire, ¿no podía ser, verdad? Ese tío grande y peludo no podía tenerle ganas a su papá, desear caer de rodillas y… ¡Mierda!, se horroriza al sentir un hormigueo en las pelotas ante la idea. Ese tipo sometiéndosele a su papá.

   -¿Ya te quedaste sin aliento? No aguantas nada, muchacho. –le gruñe Peter, el otro vecino, dándole una nalgada firme y seca…

   Y al muchacho le parece que la palma tarda un segundo más de la cuenta en retirarse de su trasero.

   -Estoy… Yo… Lo siento, debo estudiar. –grazna y se aleja, casi huyendo, seguido por las miradas extrañadas de todos.

……

   Intenta concentrarse, pero no puede. Todo se le vuelve sexo, todo gira alrededor de él, su cuerpo bulle de hormonas y ganas. En su cama, esa noche, oye al final del pasillo a su madre reír abiertamente, ¿qué estarían haciendo? Y la idea era mortificante e inquietante. Dormita por un segundo y despierta, con sed. En bóxer largo cruza el pasillo y oye a su padre gruñir tras esa puerta…

   -No es nada malo. ¡Es sexo! Nunca quiere complacerme… -quejándose, lastimero, y se aleja a la carrera.

   Mierda, estaba enfermo. Tenía que ser, se dice entrando a la cocina, sirviéndose un vaso de agua, bebiéndolo frente a la ventana, notando que en la casa vecina, en otra cocina, Peter, el vecino algo panzón, refriega algo en el lavaplatos y su mujer llega, abrazándole por detrás, diciéndole algo, haciéndole reír… y las manos femeninas van al torso abultado, los dedos atrapando y apretado las tetillas, haciendo que el hombre comience a reír. Le acariciaba y apretaba de una manera que…

   Jadeando, ya duro, escapa rumbo a su cuarto.

……

   Las llamadas se repiten una y otra vez. Envuelto en una toalla, medio húmedo todavía, molesto por la insistencia, grita un “¡voy!”, y abre.

   -Señor… -jadea un enrojecido y jadeante Alex.- Por favor… por favor, déjeme chupar su verga… -pide como si la vida le fuera en ello a su señor Milo.

   Este le mira, severo, notando su alterado estado de ánimo. Una mano grande sube y le atrapa la nuca, casi afectuoso, el otro se estremece.

   -¿Has estado negándote lo que quieres? ¡Niño tonto!, vamos, entra y podrás chupármela todo lo que quieras… Pero te lo advierto, no estoy solo.

CONTINÚA … 9

Julio César.

NOTA: Lo siento, esta es una de las que no tengo la dirección. Está el nombre original y el autor, sírvanse buscarlo a ver si hay suerte. Y me avisan. La imprimí hace tiempo y está en unas hojas que debo transcribir. Cosa algo pesada.

SER O NO SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 17

julio 2, 2014

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…                         … 16

   La siguiente es una historia que NO ES MÍA. Pertenece totalmente al señor capricornio1967. Tan sólo la reproduzco, tal vez cambiando una que otra coma, aunque la historia ya está por ahí, completa. Es un relato maldito en toda la regla, un hombre maduro decide tomar, controlar y dominar a su joven pupilo, transformándole en algo que no quiere, ni soñaba, aunque se resiste. Lo repito, es un cuento muy maldito. Disfrútenlo:

……

EL DILEMA

Autor: capricornio1967

Capítulo V “EL ENTRENAMIENTO”

JOVEN, MUSCULOSO Y EN SUSPENSORIO

   ¿Su plan? Tenerle cogido para siempre…

……

   Franco espera hasta casi la madrugada, despierta y escucha la respiración profunda del agotado Daniel, se recuesta sobre la cama, levantando de la cintura hacia arriba y se asoma a un lado de la cama para ver que el muchacho está profundamente dormido, boca abajo y con las piernas abiertas. El agotamiento físico ha dado el resultado deseado, y la fatiga ha sumido al atlético joven en un profundo sueño reparador de energías. Indefenso. Aun permanece en la posición en que le ordenó que estuviera. También le había ordenado ponerse abundante lubricante antes de acostarse, así que estaba listo. Tratando de hacer el menor ruido posible, se levanta de la cama, parándose del lado contrario en el que Daniel se encuentra dormido en el suelo, se quita la ropa que usó para dormir sin quitar la vista de ese perfecto cuerpo que con la claridad del amanecer se muestra como un perfecto espectáculo erótico, ajeno a lo que pueda sucederle, confiado en que estar a salvo, en que nada le pasara.

   Desnudo ya, Franco separa suavemente los tobillos de Daniel.

   -Mhm… -un leve gemido escapa del profundamente dormido joven. Por lo que Franco tiene más cuidado al moverlo, para que no despierte, el cansancio del joven le ayudan a que el sueño sea así de pesado.

   Las redondas nalgas de Daniel se separan un poco, brillando por la presencia del lubricante alrededor del ano del atractivo joven. Franco se arrodilla en el espacio que entre ambas piernas, sin que el joven haga el menor movimiento, continúa ajeno, dormido. El miembro de Franco escurre por la excitación, el deseo ya de poseer ese oven y prieto culo, de llenarlo y despertar bruscamente al clavadista. La fuerza está presente, quiere ser rudo, listo para ingresar a es culo que lo trastorna, para domar a ese joven macho que lo excita de sobremanera y del cual ha tomado control total, tanto mental como sexual.

   El hombre se inclina lentamente, tomando con una de sus manos la punta de su verga para dirigirla directamente hacia el hermético culo de Daniel, colocando la cabeza de su enorme tranca en los bordes anales del joven clavadista, quien tiene en su rostro una expresión de cansancio y fatiga, su respiración es tranquila, porque ignora la inminente realidad que su culo va a experimentar una vez más. Franco empieza a meter lentamente la cabeza de su verga en ese culo redondo y joven, frotarla allí se siente demasiado bien, la abundante lubricación ayuda, a pasar rápidamente, sin provocar una molestia excesiva en el dormido joven, solo un leve gesto en su varonil rostro cuando esa carne empieza a entrar en su desflorado ano.

   El perverso hombre sonríe, victorioso y lujurioso mientras va metiendo, centímetro a centímetro, su verga gruesa y larga, nervuda y llena de sangre dentro del todavía apretado orificio anal del muchacho, poseyéndole, haciéndole suyo. Porque era suyo.

   Conteniendo un jadeo se deja caer sobre la espalda del muchacho, sonriendo, para poder penetrarle de una vez, comenzando a subir y bajar su culo peludo en vaivén, para que su grueso miembro penetre una y otra vez el ya desflorado culo del muchacho.

   El peso del hombre, y el sentir que su culo está siendo ocupado como cuando era dedeado en la tarde, hacen que Daniel tenga una pesadilla reviviendo lo que vivió en la tarde mientras conducía hacia la quinta del entrenador. Agotado como está, aun permanece profundamente dormido por la energía perdida; su cuerpo y mente le gritan que debe reponer fuerzas y estar listo el día siguiente, para poder resistir lo que Franco le tiene planeado. Mientras la gruesa verga entra y sale de su redondo culo, abriéndolo, las bolas golpeándole, el muchacho siente cada vez más real su pesadilla, esa en la que su culo está siendo utilizado. El dolor aunque no es tan intenso, si es molesto, le hace empezar a salir de su profundo sueño.

   -Aaaagh… -el dolor es tan real, que le hace despertar finalmente, casi bruscamente, tratando de reincorporarse, para darse cuenta que no puede hacerlo, tiene sobre sí el peso de un cuerpo, y el dolor en su culo no es solo en el sueño, sino en la realidad. Franco esta penetrándolo, metiendo y sacando su dura y gruesa verga de su todavía estrecho agujero.

   -No se mueva, Saldívar. -le ordena Franco al oído, atrapándole los hombros mientras sigue con sus movimientos de vaivén en el interior del indefenso culo del joven. Tenerle así, a su merced, a lo que se le ocurra, a usarle cuando le viniera en gana era demasiado bueno para contenerse. Su verga sale casi toda y vuelve a clavarse de un solo golpe.

   Daniel siente como las paredes de su recto son dilatadas la máximo, como su agujero debe estirarse al límite, el duro miembro separa una vez más las estrechez de sus entrañas.

   -Mmmhhhhm… -ahoga el gemido de dolor e impotencia al sentir como su cuerpo es nuevamente ultrajado. Ahora comprende por qué Franco le ordenó ponerse abundante lubricante, para poder poseerlo fácilmente en el transcurso de la noche. Le es casi imposible saber qué horas serán pero por la claridad que entra por la ventana de la habitación, supone que ya casi va a amanecer.

   Su adolorido culo, que estuvo siendo torturado por el cruel dedo de Franco, ahora está siendo sodomizado una vez más. El hombre clava los dedos en sus hombros, presa de gran excitación, poseyéndolo, penetrándolo, demostrándole que lo tiene en sus manos y hará con él lo que desee. Los golpes en sus entrañas se suceden sin detenerse, quemándole. El dolor en sus entrañas es cada vez mayor, tiene que apretar sus labios para no gritar, para no brindarle ese placer. Ya bastante humillante era tener que permitir que ese velludo pervertido penetre una vez más en su cuerpo y lo someta sexualmente una vez mas, sentir como Franco jadea mientras mueve su cuerpo rítmicamente para hacerle sentir el mas puto de los hombres, el más sodomizado, esclavizándole física y mentalmente, demostrándole que no vale nada, que tan solo un culo para usarse, para que apriete la gruesa verga del demente sujeto. El muchacho lo sabe, mientras resiente las cogidas sabe que era su puto.

   Las piernas de Franco están entre las musculosas piernas de Daniel, impidiéndole así poder cerrarlas, por lo que no puede evitar que su cuerpo sea usado, al menos mientras está en juego su participación en las olimpiadas. El jadeo de Franco al meter mas y mas la verga en el varonil cuerpo del joven nadador es cada vez más intenso, el placer que le provoca sentir como los pliegues anales del culo de Daniel se ajustan perfectamente contra su barra, presionando placenteramente su miembro viril de una manera que todos los hombres aman; ese anillo anal que se desliza, recorriendo toda la longitud de esa gruesa verga cada vez que entra y sale, le daba los halones de su vida.

   -Aaghhhh… -Daniel resiente como la estrechez de su culo es forzada a dilatarse mas y mas; la cantidad abundante de lubricante que había aplicado anteriormente facilita que el miembro resbale por su interior con soltura, así el dolor es menos que en la primera ocasión. No así la humillación y la vergüenza de sentirse penetrado, poseído, de haber despertado cuando estaba siendo cogido, el sueño profundo lo mantuvo ajeno a la penetración inicial.

   Solo cuando el miembro estuvo dentro despertó, para darse cuenta de la realidad que su culo experimentaba no era una pesadilla sino una “dura” verdad para el joven clavadista y su apetecible trasero.

   -Mmhhhm. -lo gemidos de Franco se coordinan perfectamente con el vaivén de su miembro en ese apretado orificio, sus manos están sobre la espalda ancha del deportista, acariciándola, tocándole todo mientras cabalga su apetecible culo de hombre.

   El exceso de vello en su cuerpo fricciona la tersa piel de Daniel, quien es lampiño, y ya presenta una leve irritación por la fricción del grueso vello del pecho de Franco sobre su espalda, asó como sobre sus nalgas, mas aun el sentir como Franco le demuestra una y otra vez el control tan fuerte que ejerce sobre él, el hacer uso del acuerdo al que llegaron y aprovecharlo al máximo, tomando como instrumento de placer el atlético y varonil cuerpo del clavadista, así como la voluntad y estabilidad mental del joven, jugando con él, tratándolo como una mascota sexual, que no tiene ningún derecho más que satisfacer a su dueño, obedecerlo y pertenecerle por completo.

   Para Daniel la penetración se hace eterna, puede sentirla entrando, llenando su recto, golpeándole internamente, luego saliendo; aunque es menos la molestia de sentir esa verga explorándole las entrañas en esta ocasión, que en la primera, cuando Franco lo desfloro. Aun así no deja de hacerlo sentir sucio, usado, violado. El pensar en lo que está comprando con su culo es lo único que le obliga a seguir bajo las órdenes de ese perverso sujeto; después de que pasen las olimpiadas será libre, ya no tendrá que soportar las caricias, el control y las cogidas de Franco. Aunque no sabe cómo podrá volver a ser el mismo después de esa vida sexual que le han obligado a vivir. ¿Cómo podrá regresar a su vida heterosexual, en donde hay muchas mujeres que lo esperan, que desean ser cogidas por él, que se le insinúan o se le ofrecen descaradamente, por su físico? Eso es lo que Daniel siempre ha hecho y lo que desea seguir haciendo, no estar soportando los ingresos de carne dura y masculina en su culo.

   Perdido en sus pensamientos, Daniel no sabe exactamente cuánto tiempo ha pasado desde que Franco empezó a cogérselo. El dolor inicial en su culo lo despertó, pero no se mueve, algunos gemido escapan de sus apretados labios, que permanecen apretados, tratando de ahogar cada gemido de vergüenza y humillación de dolor, por sentir como las paredes rectales son estiradas al máximo por esa dura y jugosa carne que somete una y otra vez sus entrañas; esa dura carne que le demuestra su rol sexual en esa relación. Esa firme carne, la verga de su dueño, que le ha cambiado la vida en unas cuantas semanas.

   El joven siente como la cabeza de la verga de Franco se interna mas y mas en sus entrañas, adentrándose en las profundidades mientras el peso del cuerpo sobre el de él, lo mantiene inmóvil, le evita que pueda hacer cualquier movimiento, solo apretar la almohada con las manos, apretar las mandíbulas para no gritar, y dejar sus fuertes nalgas lo más relajadas posibles así como su culo para no experimentar más dolor del necesario con esa carne.

   Para Franco, el ver como Daniel está imposibilitado de dejarse coger, de moverse, le provoca que su miembro se endurezca mas, estaba sometiéndole totalmente a sus caprichos sexuales, hasta ser una sólida roca dentro de las elásticas entrañas del clavadita.

   El duro miembro, después de una extensa fricción contra el esfínter anal de Daniel y las paredes de su recto, empieza a prepararse para eyacular, para sembrar su semilla en el sometido cuerpo del joven, quien se siente cada vez más humillado y utilizado. El joven siente en sus entrañas como el grueso y enorme miembro del entrenador se contrae empezando a disparar las primeras descargas de semen en sus entrañas. Es abundante esa secreción caliente que es expulsada con fuerza, con una furia sexual por parte del macho dominante en de las indefensas entrañas del joven que es totalmente normal. Daniel siente el caliente liquido estrellándose en las paredes de su recto, puede imaginarse la blanca secreción lechosa que se estrella repetidamente contra las paredes de sus entrañas, dejando dentro de él esas células reproductoras que germinan en su interior; el sello del control que Franco le imprime a todas sus acciones. Para Daniel ha sido más duro de lo que pensó que sería el estar bajo las órdenes de Franco.

   -Ahhhhhhhh… -el gemido grave intenso de Franco se deja oír al sentir como sus bolas se pegan más a la base de su miembro para poder vaciarse totalmente, para que su miembro sea ordeñado por ese apretado culo que actúa como receptor sexual, erótico y placentero. Todavía bombea un poco más, saboreando la idea maravillosa, ese culo de macho rebelde estaba rebosante con su esperma caliente.

   Para Daniel los disparos de la verga de Franco se hacen eternos, siente como si sus entrañas estuvieran siendo fusiladas por una potente arma sexual que acribilla con disparos sexuales las paredes de su recto. Era necesario, el entrenador lo sabe. El culo del muchacho debía recibir las proteínas necesarias de semen que nutrieran y adecuaran su recto. Y lo mantiene ocupado por su gruesa, jugosa y dura carne para darle tiempo a la asimilación.

   Después de terminar de coger y llenar de leche ese apretado culo, todavía disfrutando el estrecho estuche, Franco saca su aun dura verga del apretado agujero, y se levanta dejando adolorido a Daniel por la brusca penetración. Y regresa a dormir.

   -Levántese ya, Saldívar, y prepare el desayuno. -le ordena sin voltear a verlo.

   -Si, ahhh, señor. -aun sintiendo que sus entrañas laten por la excesiva dilatación que paso por la sorpresiva penetración, se levanta con dolor en las piernas y el culo, para obedecer a Franco. El dolor en su trasero al caminar va desapareciendo poco a poco en el transcurso de la mañana.

   Franco sabe que el atleta debe volver el lunes a su casa y que sus padres estarán fuera, llegaran hasta la madrugada del martes a más tardar por la mañana. Tanto Luis como Adriana están confiados en que Daniel está siendo entrenado por él para hacer un excelente papel dentro de las olimpiadas, como se los ha hecho creer el muy desgraciado. Tiene tiempo. Mucho tiempo para ejecutar sus planes.

   Ese día que es sábado, Franco cumple parte de su promesa, al entrenar a Daniel en la alberca de la quinta, que tiene las dimensiones de la de la facultad. La variación en esta parte del entrenamiento, es que lo obliga a permanecer desnudo durante todo el día, le prohíbe que use traje de baño, o cualquier otro tipo de ropa

   Todo el día lo pasan entrenando los diferentes tipos de clavados que Daniel ejecuta mejor, para él es bastante extraño el hacerlos completamente desnudo. Aunque al estar solos, le apena menos que ser dedeado mientras manejaba, por ejemplo.

   Por la tarde, Franco vuelve a bañar a Daniel como si fuera un caballo y a secarlo y ejercitarlo en el rehilete, para mantenerlo agotado. La dieta de carbohidratos y proteínas mantienen el nivel energético adecuado en el joven esclavo. Nuevamente en la noche, Daniel está agotado, aunque Franco no lo ha tocado, ni ha tratado de cogérselo nuevamente, lo ha hecho sentir como un puto todo el tiempo, como un objeto o una mascota humana que solo está destinada a obedecer. En la recamara, otra vez a punto de dormir, Franco le ordena a Daniel que vuelva a ponerse abundante lubricante.

   -Si, señor. -responde resignado el musculoso joven.

   Daniel toma entre sus dedos abundante cantidad de lubricante y empieza a colocarlo dentro y alrededor de su culo, sabiendo que entre más lubricante se ponga el dolor de la penetración será menor, en esta ocasión pone más que en la anterior.

   -Acuéstese boca abajo con las piernas abiertas.

   -Si señor. –responde maquinal mientras vuelve a adoptar la misma posición de la noche anterior, boca abajo con las piernas abiertas con el culo esperando que sea menos molesto el soportar la dura carne de Franco en su culo.

   El joven espera que en cualquier momento Franco decida cogérselo como la noche anterior, a cada momento que se queda dormido se sobresalta pensando que el otro está apunto de cogérselo, pero no sucede. El sueño de Daniel se torna intranquilo, sobresaltado, mas aun cuando escucha que Franco se levanta varias veces, piensa que es para ir a meterle la verga en el culo, pero no es así, solo va al baño o a la cocina por un vaso de agua. Finalmente entiende que la espera es una fuerte tortura para él, le evita que descanse, que reponga las energías que ha gastado el día anterior y en ese mismo día. Cada vez que escucha que Franco se mueve sobre la cama, se tensa porque sabe que puede ser ese el momento en el que será penetrado; lo sucedido la noche anterior lo tiene a la expectativa de lo que a su culo le puede pasar.

   Durante toda la noche son muchas las veces que despierta pero sin que suceda nada. Franco realmente piensa en mantener en tensión a Daniel. Ese ha sido su objetivo desde que empezaron, demostrarle su superioridad, su dominio y su control sobre el. Pero no el solo cogérselo, sino el dominarlo, el mantenerlo con el pie en el cuello, sabe que tiene la forma de hacerlo.

   Por la mañana Franco vuelve a ordenarle que se encargue del desayuno, lo mismo que el día anterior. La rutina del entrenamiento. Aunque Daniel sabe que Franco puede cogérselo cuando desee, que lo ha mantenido desnudo los dos días, parece que Franco lo ignora. No le busca, no le toca, solo haciéndole saber que en cualquier momento puede poseerlo, pero sin llevarlo a cabo, le controla.

   El joven se siente cansado, tiene ojeras marcadas en su varonil rostro y su agotamiento es mayor; la noche anterior no ha podido dormir bien por la zozobra que tiene de que Franco se lo pueda coger; la falta de sueño lo tiene sumamente embotado. Nuevamente esa noche del domingo tiene que poner abundante lubricante en su culo, para Daniel ha sido una sorpresa el que Franco solo se lo haya cogido una vez, teniéndole al alcance de su manos y no aprovecharlo. Ha sido un alivio el que no haya sucedido, aunque no por eso ha dejado de estar bajo la tortura mental de estar a disposición sexual de Franco.

   Una noche más de intranquilidad en la que a cada momento le parece que será abusado sexualmente por Franco, pero no sucede; el sueño intranquilo no lo deja encontrar paz, no le permite recuperar las energías, aunque dentro de todo, Franco ha cumplido su promesa de entrenarlo también como deportista.

   El lunes por la mañana no hay mucha variación en cuanto a los otros días, y justo ese día deben regresar. Daniel debe estar en su casa el lunes como les dijo a sus padres, para estar ahí cuando ellos regresen. Después del entrenamiento en la alberca ya por la tarde, termina nuevamente agotado

   -Vega acá, Saldívar. -le ordena Franco, quien lo espera en la cocina con una silla en el centro del cuarto.

   -Si, señor. -Daniel se extraña de encontrar esa silla esperando ser ocupada.

   -Siéntese, Saldívar. –le ordena como si tal cosa, cuando en verdad estaba por comenzar su jugada más siniestra en su plan control sobre el muchacho, destruirle moralmente frente a todos, dejándole totalmente en sus manos, aún más allá de las olimpiadas. Para que sea su esclavo sexual para siempre.

   Y Daniel no sospechaba nada.

CONTINÚA (el relato no es mío) … 18

Julio César.

NOTA: El relato comienza algo lento, y como no tengo intensiones de apurarme más, quien lo desee puede buscarlo en esta dirección: http://www.todorelatos.com/relato/16991/


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