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ADICTO A LA LECHE FRESCA… 10

septiembre 15, 2014

ADICTO A LA LECHE FRESCA                         … 9

   La presente es otra historia “maldita”, aunque no tanto. Un chico descubre, porque le llevan a eso, que le gusta mucho el sabor del semen. La historia NO ES MÍA, que no se moleste el autor si llega a saber que la estoy reproduciendo aquí.

……

Swallows milk

by Lexicode

LECHE EN LA CARA

  Sentirla era vivir.

……

   Esa tarde Alex Lowell regresó saciado y contento a su casa. Tomó una larga ducha, una abundante cena temprana y durmió. Mucho y bien. Ni siquiera con calenturas. Desnudo, dorada y hermosamente desnudo en su juventud, medio envuelto por una manta, sus redondas nalgas afuera, boca abajo, medio ladeado al estar abrazado a una almohada. Una leve sonrosa en sus labios. Un cuadro maravilloso que cualquier amigo gustaría de encontrar. Las pajas comenzaron al otro día, era estarse quieto un segundo y recordar la doble mamadas, el señor Milo y su hijo Jason, para correr a masturbarse. Casi gritando de gusto, lamentando no estar saboreándolas en verdad. Horas después comenzaría a preguntare, nuevamente qué quiso decir Jason con aquello de que estaba como fruta madura listo a ser tomado. Recordar las palabras, y el toque de su mano en el tórax, le afecta. Le excita pero también le preocupa.

   A la hora del almuerzo, su padre, de buen humor (no así su madre), le comunicó.

   -Te quiero en casa este fin de semana, Alex. Vamos a reunirnos los muchachos a jugar algo de futbol, disfrutar la barbacoa en la piscina y tomar unas copas. Tú no. –aclara rápido.- Por cierto, hijo, vendrá tu profesor, Milo.

……

   Y mientras lo que queda de semana, dos días, transcurre lentamente, Alex no puede estar más nervioso. ¿El señor Milo ahí? La idea le parecía extrañamente perversa, excitante y peligrosa. Cada noche, desde el encuentro con este y su hijo, sólo podía soñar con los dos machos obligándole a comer sus vergas, ambos compitiendo por ver quien se la hunde más, las dos piezas azotando y recorriendo su cara; a veces también aparecía el entrenador Lewis, en una fantasía que le dejaba totalmente hirviendo, casi a punto de estallar de pura calentura sexual. Se veía chupando las cercanas vergas erectas del señor Milo y su hijo, de una a la otra, sorbiéndolas, juntándolas, viéndolas chorrear saliva y jugos, mientras el entrenador, estando él desnudo, le azotaba las bolas con su lengua antes de ir al culo y chupárselo, metiéndosela como la vez anterior.

   No era raro que el joven amaneciera agitado, totalmente erecto… y bañado en esperma. Aunque le alcazaba la concentración suficiente para notar todos los preparativos que hacía su padre para la barbacoa, comprando carbón, carnes y cervezas, mientras su mamá refunfuña por todo ese gasto para unos borrachos que nunca les invitan a sus casas. Cosa cierta. El joven, mientras desayuna, sonríe; las quejas de su madre sobre los “amigos” de su papá eran siempre iguales. Le apenaba un poco verle la cara de fastidio a este cuando intentaba decirle que casi nunca lo hacía, la decepción cuando ella no escuchaba. Casi frustrado. Era extraño, piensa el joven, que su madre no pudiera entender que a veces su padre deseara reunirse con esos carajos tan parecidos a él, los vecinos con quienes se llevaba bien, con quienes hablaba a veces sólo de pasada, a quienes de tarde en tarde ayudaba con el motor de algún vehículo averiado, que se quejaran del precio de las herramientas de trabajo, que amaban el futbol, la carne asada y las cervezas frías. No buscaba hermandad, o profundidad, tan sólo pasar un rato con sujetos como él. El muchacho lo entiende, salir con sus amigos era así de divertido.

   La vida de casados era dura, pensó, preguntándose, ceñudo, si se casará alguna vez. Enrojeciendo al caer en cuenta que las chicas no tenían una verga entre sus piernas. Al menos no la mayoría. Y las que sí, seguramente no serían del agrado de su madre. Aún menos que los amigos de su padre.

……

   El día fue claro, soleado y cálido, muy a propósito para que Alex estuviera como está, gritando y riendo en el patio delantero de su casa bajo la sombra de las acacias, luchando contra otros chicos de la barriada por el balón de rugby, vistiendo sus zapatos de goma sin calcetines, un shorts a media pierna, algo suelto de cintura, y sin camisa. Los otros chicos con parecida indumentaria, las chicas mirándoles desde lejos, comentando y riendo por lo bajo, levemente excitadas. Los jóvenes ríen y luchan, así se atacan, se derriban y se insultan mientras sus padres miran, gritan indicaciones, hacen comentarios y ríen también.

   El joven no quiere cruzar al patio trasero, hacia la piscina, donde hay otros sujetos llevando sol en la orilla, o dentro del agua, gritando y peleando por un balón también. Varias mujeres están presente, pero parecen hacer tiempo para largarse y dedicarse a otras cosas. No se les ocurre ponerse a interactuar con esos sujetos, así como no dejaron que sus hijas jóvenes asistieran, y las que salen vigilan a las que están afuera (¿chicos y tíos maduros sin camisas queriendo exhibirse, con alcohol presente?, no, gracias). Aunque no les ve, Alex imagina a su padre alzándose frente a la parrillera, y a su madre, algo seca, sirviendo bolos con jugos o ensaladas, sabiendo que nadie las probará. La música, los gritos y risas, los insultos amables, los “tráeme otra”, pidiendo cervezas, llenan el ambiente. Y también estaba el señor Milo…

   El hombre tenía algo que llamaba la atención y atraía las miradas. Alex era muy consciente de ello, de la manera que le seguían los ojos de algunas mujeres, aún su madre… así como muchos jóvenes y uno que otro carajo, reconoce algo celoso. Hay algo en su rostro sereno, su mirada altiva, su cuerpo fornido dentro de la pantaloneta a media pierna y la camiseta totalmente veraniega, los tatuajes visibles, que no pasa desapercibido, aunque el joven sospecha que tiene mucho que ver con su poder sexual. Porque lo tiene, el hombre era capaz de exhalar algo que influía en las hormonas de otros. Verle quitarse la franela, bajar la pantaloneta y quedar en un traje de baño holgado para lanzarse a las aguas, fue demasiado para él. Escapó al jardín frontal donde los chicos le reclamaban e intentó alejarle de la mente.

   Comen, juegan, ven un partido de futbol, luego los chicos y sus padres compiten, y todo parece normal, festivo, una reunión de vecinos, de hombre, en suburbios. Pero tal vez fuera por una de las tres cervezas que tomó, o por todo lo que ha vivido últimamente, que al joven le parece ver señales extrañas. Como Ronald, su joven vecino, con su padre echado en la grama y riendo ruidosamente de lo ebrio que está, tocando siempre al señor Milo mientras hacen equipo. O el señor Caleb, un vecino y amigo de la casa que no pierde tiempo en arrojarse sobre su padre, derribándole y cayéndole encima, entre gritos, falsas peleas y risas. Todo le parecía levemente sensual. Así como el mismo señor Caleb cruzando miradas con el señor Milo, quien también ha estado bebiendo bastante. En un momento dado, cruzándole por detrás, le parece que el maestro de Matemáticas se toma su tiempo para soltar la espalda transpirada del hombre, la cual resbala y baja hasta el trasero.

   Llega la noche, todavía hay música, risas, charlas. Y ebrios. Alex, algo achispado, mira a su profesor casi dormido sobre un sillón, y no es el único, aunque como muchos son vecinos cercanos, son llevados por la familia a sus casas sin mayor problema. Su profesor, por otro lado, vivía lejos, y en ese estado… se en dice en camino por algo de comer.

   -¡Está ebrio! –grazna su padre desde la cocina.

   -¡No me gusta que gente extraña pase la noche en casa! –replica incisiva su madre.

   -Es un profesor de nuestro hijo, ¿qué temes? ¿Qué sea un asesino serial?

   -Es un atrevido. Le vi coqueteándoles a dos mujeres casadas, casi frente a sus maridos borrachos.

   -Oye, eso es asunto de ellos. No soy policía moral de nadie. –escucha la disculpa sonreída, luego el medio juego de insinuaciones que inicia cada vez que quiere sexo.- ¿No coqueteó contigo?

   -¡No digas tonterías! –la voz fue realmente acre, y Alex, aún medio achispado como está, entiende que su papá está a punto de meter la pata. Su madre usaba su voz, últimamente muy frecuente, de “esta noche te la pelas a solas”.

   -¿No intentó nada? Tal vez si hubieras usado el bikini que Marga… -sigue con el juego.

   -¡Imbécil! –le respondió feo y cortante.- Haz como quieras. Que se quede y ya. –el joven la ve salir, realmente molesta, seguramente pensando en todo lo que tendría que recoger, barrer, lavar y fregar después de la reunión.

……

   Se retira temprano a su cama después de una buena ducha, saciado y agotado físicamente por todo lo vivido. Pero caliente sexualmente. Allí, en su cama, le alcanza todo lo vivido durante el día. Cerrando los ojos, endureciéndose dentro de su bóxer negro corto, recrea a los chicos con quienes jugó, a Ronald mirándole, como le pilló dos veces, con los verdes ojos clavados en su trasero después de luchar un balón y que su pantaloneta bajara bastante, dejando ver su bóxer gris claro que se le medio metía entre las nalgas. Recuerda a todos los que tocó y que ahora lo siente como algo sexual. Imagina al señor Caleb, de rodillas, mamando con gusto y totalmente entregado al placer a su señor Milo, vicioso como todo un puto, como si fuera él mismo saboreando la maravillosa pieza del profesor, le hace arder más… Y tiene que hacer un esfuerzo sobrehumano para cerrarle el paso a un cambio de actores, para no ver a su papá, tranca afuera y el señor Caleb, gruñendo como un chivito, succionándosela con ganas.

   Botando aire se sienta sobre la cama, superado por la calentura, tanto que no aguanta estar acostado. Su pecho sube y baja. Oye con atención, la casa está silenciosa, hace casi cuarenta minutos que escuchó la puerta cerrarse tras el último auto que se retiró. También desde que escuchó voces duras entre su madre y su padre, por el señor Milo, a quien el hombre casi tuvo que llevar a rastras al cuarto de invitados. El que estaba allí, justo al lado del suyo. Mira hacia la pared, el señor Milo, su increíble señor Milo estaba allí, ebrio, grande, fuerte, masculino… su verga siempre llena de ganas y de leche caliente y deliciosa. Una esperma que adora. Traga en seco, tiene que hacerlo, se dice casi temblando de calenturas. Era una locura, lo piensa poniéndose de pie, todo su joven y bonito cuerpo erizado, exhalando calor a borbotones; sus padres estaban al final del pasillo, pero no puede contenerse. Va hacia la puerta, no queriendo considerar el que si le descubrían sería un shock terrible. No puede ni quiere detenerse, únicamente puede visualizar aquella verga de hombre, tiesa, larga, dura, gruesa, llena de sangre y calor, su ojete babeando, pulsando de ganas de ser atrapada por la boca der un bonito chico que le rindiera los honores que merecía. La boca de un chico que amara las vergas.

   Dios, ¡era un mamagüevo!, reconoce exhalando aire, abriendo la puerta y escuchando con cuidado. Afina el oído y le parece que llega un silencio sepulcral del dormitorio de sus padres, y lo lamenta por él. Deberían, por la forma en que miraba a su madre, estar haciendo el amor. Qué complicada era la vida. Pero no tiene tiempo para concentrarse en ello, de la habitación de al lado sale una respiración rítmica, pesada, masculina. El señor Milo estaba allí… y su enorme y deliciosa verga también. Traga nuevamente, ahora la boca echa agua, conteniendo una sonrisa al imaginar la cara del hombre cuando su lengua se la esté recorriendo, aleteando sobre la gran vena inferior, haciéndole contener un jadeo de placer. Chico al fin, no imagina que algo pueda salir mal y que realmente todo estalle frente a su cara. O que se sepa de las actividades extracurriculares a las que el señor Milo “obliga” a sus alumnos.

   Conteniendo la respiración hace girar el pomo, el suave ronroneo del aire acondicionado le recibe, así como la pesada respiración de un sueño tranquilo. Todo está en penumbras, pero el largo y fornido cuerpo se destaca sobre la cama, sobre las mantas, boca arriba, una mano en el abdomen, el pecho subiendo y bajando, la cabeza ladeada entre las almohadas. Está oscuro, pero al chico se le acelera el corazón y la mirada se le dilata, el hombre usa un bóxer corto, no está seguro del color… pero si de la silueta enorme aunque en reposo, que se destaca bajo el mismo. Ya no piensa, simplemente cierra la puerta a sus espaldas, con cuidado, y va hacia el hombre que le tiene sorbido los sesos, y que se los sorbe justamente cuando le está chupando la verga. Le lanza una rápida mirada y cae de rodillas al lado de la cama. La mano le tiembla en medio de las penumbras cuando la alza y cae leve, palma abierta, sobre la silueta de la virilidad masculina. Espera, y toca y aprieta un poco más, y sonríe al oírle gruñir, agitado, pero sin despertar. Eso sí, la verga bajo su mano, dentro del bóxer, cobra vida, se alarga, y más cuando cierra el puño y aprieta. Le oye suspirar, de gusto y excitación; al señor Milo le gustaba que le adoraran la verga. Y lo merecía.

La toca un poco más, la siente consistente, tibia, la promesa de todo el goce que puede darle a un chico goloso. Abre la mano y recorre las bolas un poco más abajo, una caricia que eriza a todo carajo; su rostro descendiendo hacia el bóxer, casi gimiendo cuando frota la barbilla de la pieza masculina, así como sus mejillas, sus labios abiertos, dándole pequeños besos al ahora abultado promontorio de carne. Su mano se mete entre los musculosos muslos, y le acaricia; tiene que recorrer a ese macho con sus manos, de aquí allá, descendiendo casi a medio muslo, regresando lento, encontrando la piel de gallina a su toque, mientras lengüetea ávido sobre la pieza, el olor a macho mareándole. Sus dedos llegan nuevamente a las bolas, y con la punta, como le enseñó el entrenador, rasca levemente, sonriendo complacido al sentirlo estremecerse, poderoso, sus caderas agitándose ante la caricia. Y cubre la cabecita del miembro con sus labios, sobre la tela, besándola y chupándola, mojándola, saboreándola por anticipado.

Abandonándola, con pesar, deposita besos en la pelvis, su otra mano sube y atrapa la ahora medio dura verga, sobre la tela, apretándola, el puño de arriba abajo, mientras la otra sigue sobándole las bolas, pero ahora con fuerza, ya no son caricias leves, es un chico manoseando como se debe a un hombre caliente y sexy, al tiempo que le besa el ombligo, sus dientes blancos, parejos y brillantes de muchacho saludable sobre la oscura silueta del macho que duerme pero gime y se estremece presa de tan deliciosos estímulos. La mano que aferra el tolete lo deja, se mete dentro de la tela, y lo atrapa en vivo. El joven siente una poderosa corriente de deseos recorriéndole, anticipándose a lo que viene, a la buena mamada que le dará, los jugos que le sacará, la leche que beberá hasta la última deliciosa gota; por su lado, el miembro, en cuanto cae en la joven y firme palma del muchacho, endurece como por arte de magia, deseoso como siempre están de ser tocados, mimados y atendidos. Le masturba, le oye gruñir jadeante, y ya no aguanta más.

   Baja un poco el bóxer, exponiendo la pieza visible a pesar de las penumbras, la levanta, la recorre con su puño, una y otra vez, caliente y dura, pulsante contra su palma, poderosa pero agradeciendo la atención, tan sólo para disfrutar los gruñidos bajos del señor Milo. Cerrando los ojos con adoración lleva su rostro a la pieza que le quema antes de tocarla, y su lengua la recorre, lentamente, saboreándola, llenándose cada papila gustativa con su esencia, dejando una hilera de saliva de la base, casi entre las bolas, a la punta, siguiendo el camino de la gran vena que parece atravesada de fuego. La punta de su lengua recorre el ojete, así como cada rugosidad, la cabecita toda, y tiene que tragarla. No se sabe quien jadea más, ahogado, cuando los jóvenes labios cubren el glande que desaparece. Cerrando otra vez los ojos, un alerta suena en la cabeza de Alex, oye claramente una lejana tos que proviene del cuarto de sus padres. Los conoce, también sus sonidos, pero no puede detenerse. No ahora.

   Con el glande sobre su lengua, pulsando, manando su calor y un juguito salino, Alex está totalmente perdido. Ahueca sus labios y va cubriéndola, lentamente cada pedazo de la verga rugosa y nervuda, surcada de azulados y rojizos vasos, desaparece dentro de su boca. Las mejillas la rodean, la lengua se le pega, caliente, a la cara inferior, y traga más, casi la mitad, y succiona ruidosa y hambrientamente. Sus sonidos llenan el cuarto y es imposible determinar quién de los dos se agita más. Con los ojos cerrados lo siente, saborea cada pulsada, chupa un poco más y es recompensado por jugos totalmente deliciosos y calorones. Baja otro poco sobre la pieza, tragándola casi toda en una escena que enloquecería a quien entrara y encendiera la luz (como a su padre, por ejemplo), el apuesto chico en bóxer, su tolete totalmente duro y babeante, con las mejillas enrojecidas al tener el güevo de un hombre adulto y grande en su garganta, con la cual continúa mamándosela.

   Sube lentamente, sorbiendo más, y baja otra vez. Va y viene, agitando la dura carne, halándola y chupándola con sus mejillas, cada centímetro de su boca trabajándola, estimulándola, haciéndola gozar como lo hace siempre una boca sobre ella, cosa que explica totalmente por qué a los hombres les gustan las mamadas. Recibirlas, y en el caso de Alex, darlas. Gruñe y babea mientras sube y baja, sorbiéndola toda, consciente de que en ningún otro momento es tan feliz como cuando mama un güevo, dejándolo brillante de saliva espesa y jugos, maravillándose oyéndole gruñir, sintiéndole estremecerse. Esas caderas se agitan ahora, van y vienen, cogiéndole la boca, y al muchacho casi se le sale la leche de puro gusto. Mete la mano y le atrapa las bolas, mientras la deja fuera de su boca, chocando, caliente, contra sus labios, lamiéndola otra vez, estimulándola, sabiendo ya por experiencia que los hombres aman que les hagan eso, que se enrolle la lengua y se les azote levemente con ella, especialmente sobre el glande, que se pegue los labios del ojete y se chupe de él, que se intente meter la lengua por allí.

   La traga otra vez, gruñendo de gusto hace rato, siendo acompañado por el bello durmiente que también jadea de puro cachondeo, aún en brazos de Morfeo, aunque ya no tanto. Siente sus manos grandes y masculinas atraparle la nuca, los dedos entre sus cabellos, reteniéndole en su lugar mientras le embiste la boca, obviamente disfrutando como nada en el mundo el poder hacer aquello, el tener para sí la dulce boca de ese muchacho ávido de las vergas, que ama chuparlas y que ama aún más el sabor del semen caliente sobre su lengua. El tolete entra, choca de sus mejillas, baja por su garganta y ese hombre lo siente.

   -¿Qué coño…? –se oye de pronto el brusco gruñido y el joven abre mucho los ojos, totalmente impactado cuando una mano se mueve a tientas y de una lámpara parte un chorro de luz que le baña.- ¡¿Alex?!

   ¡¡¡Oh, por Dios!!!, grita su mente, dejando salir la verga de su boca y volviéndose hacia la voz.

   -¡¿Papa?! –grazna, cara roja, mentón bañado de saliva, la mano sobre el tolete.

   ¡¡¡Se la había estado mamando a su papá!!!

CONTINÚA…

Julio César.

NOTA: Lo siento, esta es una de las que no tengo la dirección. Está el nombre original y el autor, sírvanse buscarlo a ver si hay suerte.

SER O NO SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 21

septiembre 11, 2014

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…                         … 20

   La siguiente es una historia que NO ES MÍA. Pertenece totalmente al señor capricornio1967. Tan sólo la reproduzco, tal vez cambiando una que otra coma, aunque la historia ya está por ahí, completa. Es un relato maldito en toda la regla, un hombre maduro decide tomar, controlar y dominar a su joven pupilo, transformándole en algo que no quiere, ni soñaba, aunque se resiste. Lo repito, es un cuento muy maldito. Disfrútenlo:

……

EL DILEMA

Autor: capricornio1967

Capítulo VI “CASTIGO”

ESTUDIANTE SOMETIDO A SU MAESTRO

  Sometido y entregado, así quiere todo macho a su chico…

……

   -Termine de una vez, Saldívar. -le ordena Franco al verlo titubear.

   Sin decir una sola palabra, Daniel toma el elástico de la trusa y empieza a hacerla descender para dejar a la vista las grandes y peludas nalgas del entrenador, así como el miembro que parece de piedra, durísimo, emergiendo por entre una espesa mata de gruesos y largos vellos. Daniel tiene precaución de no tocar ese miembro. Aunque Franco lo ha poseído en varias ocasiones, el joven jamás ha tocado su verga. Cuando hace descender la trusa por entre las gruesas piernas, dos grandes bolas cuelgan, bolas de tamaño muy por encima de lo normal. Los segundos le parecen eternos al clavadista mientras recorre con la trusa las largas piernas de su violador. Cuando le ha dejado desnudo se pone de pie, frente al entrenador, esperando órdenes.

   Ambos macho desnudos, el maduro dominante, y el joven musculoso, dominado, chantajeado, sometido a reglas sexuales a cambio no ser eliminado del equipo olímpico, frente a frente, ambos de una altura similar, aunque de complexión distinta. Daniel no se atreve a ver de frente a Franco; quizá hasta sería preferible que Franco lo penetrara de una vez y lo dejara descansar después, para no prolongar el encuentro, la tortura. El joven sabe que debe someterse a sus caprichos, pero no por eso deja de sentir repulsión.

   Mientras la verga de Daniel está flácida, la de Franco está paralela al suelo, durísima, larga y gruesa. Son solo unos centímetros los que separan a Daniel de Franco, éste, sabiéndose dueño de la situación, avanza hasta quedar casi en contacto con el otro, su verga topa con el otro cuerpo y roza el flácido miembro del atlético nadador. El leve temblor vuelve a surgir en Daniel, Franco se acerca y pone la mano en su nuca, tomándole fuertemente de la nuca y metiendo sus gruesos dedos entre sus cabellos, empieza a empujarle la cara hacia delante.

   Daniel piensa que Franco pretende besarle como lo hizo cuando lo desfloró en su propia casa, pero por repugnante que le parezca sabe que es inútil resistirse, así que se deja conducir, aceptando, resignándose. Controlando la repulsión.

   Cuando Franco siente que Daniel no opone resistencia, presiona fuertemente la parte posterior de su nuca, pero en lugar de dirigirle hacia su boca, lo hace hacia uno de sus pezones. Con un movimiento rápido, duro y firme, logra que los labios de Daniel caigan sobre su tórax, la boca abierta de sorpresa, rodeando su pectoral velludo, saboreando su pezón.

   Es cuestión de segundos lo que lleva el cambiar la dirección de los labios de Daniel hacia el velludo pecho del entrenador, donde ahora, por primera vez, prueba su piel velluda y transpirada de macho dominante.

   -Mghhgm… -Daniel se sorprende al sentir el salado sabor del sudor mezclado en el vello de Franco, el sentir el duro pezón rozándole los labios.

   Tomado por sorpresa por la acción de Franco, el joven instintivamente lo rechaza, empujándolo con los brazos y limpiándose la boca como si quisiera quitarse el salado y humillante sabor del sudor de ese siniestro oso macho. Se aleja unos pasos de Franco poniéndose a salvo, sin decir nada, solo con la expresión de asombro, no entendiendo qué pasa. Ha sido cogido por Franco varias veces, besado también, pero nunca había besado alguna otra parte de su cuerpo. Ha sido más bien Franco el que lo posee cuando quiere.

   -¿Qué le pasa, Saldívar? -pregunta molesto Franco.-  ¿Por qué se rebela?

   Daniel no sabe que decir y en su mente el caos se origina; la repulsión de recorrer con su boca el velludo y sudoroso cuerpo de Franco es enorme, no puede controlarla, sin embargo es el hombre quien decide, él no tiene voz ni voto.

   -Yo… -no atina a decir algo coherente.

   -Acérquese Saldívar, ¡AHORA! -le ordena Franco.- Mis pezones son tan sensibles como los suyos. Quiero que USTED los saboree.

   Daniel permanece quieto sin saber cómo actuar, queriendo salir de ahí a toda la carrera, pero sabiendo que eso es imposible.

   -Le di una orden, Saldívar. –le recuerda Franco mientras avanza hacia él.- ¡OBEDEZCA!

   Nuevamente el joven es sujetado por la nuca y Franco le empuja la cara contra su pezón, para que su boca quede justo en uno de los pezones, apretándolo fuertemente. Para que los varoniles labios del joven atleta estén en íntimo contacto con el velludo pezón.

   -MGHM… -Daniel gime como protesta, no puede hablar, la presión de Franco en su cabeza por mantenerlo unido al pezón es intensa. A pesar de que trata de separar sus labios del velludo pecho no puede, el entrenador es lo suficiente mente fuerte y con más peso. El forcejeo no es intenso pero si hay resistencia evidente por parte del muchacho.

   -Obedezca, Saldívar, o me veré obligado a sacarlo del equipo.

   Las palabras le recuerdan a Daniel su situación; no puede desobedecer, está la competencia y sus padres. Por mas repulsión que le cause tiene que hacerlo, obedecerle, su mente reacciona y controla los impulsos de su cuerpo que rechaza la humillación y el forcejeo termina. Daniel acepta, aunque permanece con los labios cerrados solamente los apoya contra el pezón. La presión de Franco en la cabeza del musculoso nadador disminuye.

   -Use su lengua, Saldívar. -le ordena Franco cuando siente que la resistencia de Daniel termina. Lo toma con ambas manos a cada lado de la varonil cara y lo retira un poco de su velludo y sudoroso pecho.– Use su lengua, Saldívar; recórralo con él, aprenda a darme placer, es su trabajo y usted es mi PUTO ESCLAVO, recuérdelo. Un puto esclavo sólo debe vivir para satisfacer a su amo.

   Daniel, sin oponer resistencia, permitiendo que Franco lo guíe tomándolo de los lados de la cara, se deja conducir dócilmente hacia el velludo pecho masculino, cuando su boca queda justo frente a uno de los pezones, a un centímetro de distancia, el clavadista puede percibir el olor a sudor del velludo grandulón. Tiembla, quieto, y mantiene los ojos cerrados esperando ordenes, sabe que está cerca, casi puede sentir los vellos de Franco tocándole los labios.

   -Saque su lengua, Saldívar. -le ordena Franco mientras mantiene sujeta su cara.- Toque con ella y recorra todo.

   Controlando la repulsión que le causa hacerlo y teniendo en su mente la imagen de sus padres, Daniel obedece, saca la lengua dirigiéndola hasta tocar con el borde de la punta el vello de Franco y el botón del pezón; y se detiene un momento, el salado sabor del sudor vuelve a su boca, pero después de unos segundo mientras se acostumbra, y sin dejar de visualizar a sus padres, empieza a recorrer el pezón que endurece, internando su lengua entre el espeso vello del entrenador, mezclando su saliva con el sudor, recorriéndolo lentamente y tratando de que la repulsión no lo domine.

   -Así, Saldívar, así, haga círculos con su lengua. –le ordena y guía. Aunque de todos modos mantiene sujeta la cara del joven. Lo va guiando hacia donde se desplace la lengua.

   Daniel siente como la humedad en su lengua se termina por la fricción del vello de Franco en ella, así que la introduce en su boca a intervalos para mantenerla húmeda, saboreando y tragando la esencia del otro. Cuando Franco siente que Daniel ha humedecido bastante su pezón y toda el área alrededor de él, presiona un poco más la cara del joven contra su tetilla para que la succione.

   -Chúpelo, Saldívar.

   Temblando de repulsa, Daniel tímidamente presiona sus labios contra ese redondo, duro y velludo pezón, sus musculosos brazos se mantiene quietos, así como su atlético cuerpo, sudoroso también por la situación, está casi de rodillas para poder satisfacer al hombre. Las piernas le tiemblan por la posición, pero se mantiene firme cumpliendo con su castigo. Succiona el pezón primero tímidamente pero la presión de las grandes manos de Franco a los lados de su cara le indican que debe hacerlo con más intensidad, así que tratando de olvidarse de qué es lo que hace, pretende hacerlo de manera automática, sin pensar, empieza a succionar más fuerte, más intenso. Sus rojos labios fruncidos van y vienen levemente, succionando.

   -Ahhhhhhhhh, ahhhhhhhhhh, así, Saldívar, así; mas, mas, mas. –gime y le repite Franco al sentir como su pezón es mamado por el varonil nadador, una joven boca masculina brindándole todo ese placer, casi tan intenso como ver a ese viril y joven macho obligado a satisfacerle, tan sólo un instrumento de placer sexual bajo su dominio.

   Una vez que se siente satisfecho por esa tetilla, mueve la cabeza de Daniel a su otro pezón para que haga lo mismo, empezando por saborear primero el pezón para después succionarlo como un lactante hasta dejarlo rojo. Aunque son solo segundos, para Daniel es una eternidad el tiempo que está saboreando el pecho de Franco. Siente, con repulsa, como algunos vellos se adhieren a su lengua, pero no puede meter las manos, así que tiene que seguir con su trabajo, tratando de no oír los gemidos de placer del entrenador cada vez que succiona.

   Para Franco, sentir como el musculoso cuerpo de Daniel tiembla entre sus manos mientras es obligado a mamarle los pezones, es excitante de manera increíble, su miembro se mantiene de una dureza metálica en toda su extensión y grosor.

   Sutilmente, casi tierno, separa la cara de Daniel de su pezón.

   -Híncate. –le ordena.

   Daniel no puede dejar de ver el duro miembro que Franco tiene entre las piernas para sospechar lo que sigue, de hecho no es necesario ser un genio para saber qué es lo que el depravado hombre tiene en mente. Pero ya está agotado, así que automáticamente obedece, hincándose frente al enorme oso.

   Franco toma las manos de Daniel, usando cada una de las suyas, y las dirige hacia su miembro. El joven cierra los ojos, jamás antes ha tocado otro miembro que no sea el suyo, jamás imaginó hacerlo. Y aunque está a punto de pasar, aun así piensa que eso no sucede, que eso no pasa, que no tocará ese miembro, que nada de eso ocurre. Las manos de Franco dirigen las suyas hacia su verga, la verga del entrenador. Lentamente siente la dureza de esa caliente verga, sin atreverse a tocar solo siente el roce de esa dura carne en la palma de sus manos. El hombre hace que presione una de sus manos alrededor de la verga y empieza a deslizarla desde la base hasta la punta, una y otra vez.

   Daniel siente los vellos de Franco rozándole la mano cuando recorre la base de la verga, y el viscoso líquido seminal cuando su mano llega al glande; es una pieza larga y gruesa. La suya es parecida, le parece, pero aleja la idea de las vergas, trata de pensar que no es una distinta a la suya la que tiene entre sus manos. Controlando el rechazo, siente que si saborear los pezones del velludo hombre fue desagradable, esto es peor, más humillante. Siempre, desde que conoció a Franco como entrenador, ha sabido perfectamente de su habilidad para explorar las sensaciones humanas, sabe cómo hacer rendir mas a un deportista, como emocionarlo y estimularlo deportivamente hablando, y ahora demuestra que también sabe cómo hacer sentir humillación y vergüenza y cómo llevar a cabo una perfecta tortura mental para un musculoso joven como él.

   La piel bronceada de Daniel está cubierta en sudor que resbala en gruesas gotas por su atlético cuerpo, al igual que el velludo y grueso cuerpo de Franco. Ambos machos están empapados, el dominante y el dominado, el dueño y el objeto.

   Al deslizar su mano por todo el largo de la gruesa verga de Franco, Daniel comprende mejor por qué le duele tanto el culo cada vez que lo penetra. El miembro del entrenador endurece mas, parece que se solidificara definitivamente, la gruesa cabeza de ese miembro también aumenta su diámetro mucho más que el resto de la tranca, sin que Daniel deje de mover su mano a todo lo largo de la verga de Franco. Era inmensa, reconoce con su mano guiada por la de Franco, que mantiene presionada contra la suya para mostrarle la forma en que debe de hacerlo. Usando la otra mano, el entrenador lleva a Daniel a que toque sus grandes bolas mientras lo masturba. El joven apenas puede con la repulsa cuando siente como su otra mano se interna en una selva de vellos, antes de llegar a dos grandes y duras bolas que cuelgan de esa enorme verga.

   Alejándose mentalmente de la escena, Daniel solo se deja conducir tratando de mantener su repulsión y humillación de lado. Pero le cuesta. Cuando Franco siente que su miembro está listo, usando una de sus manos vuelve a presionar la parte trasera de la cabeza del muchacho, dirigiéndola hacia su enorme verga, dándole a entender lo que espera que haga. Daniel trata de no pensar, de obedecer, de someterse, sabe las consecuencias que una rebelión traería, sin embargo al sentir como sus labios tocan esa húmeda cabeza se pone de pie, rebelándose. Su repulsión es más fuerte que su razón, alejándose de Franco rápidamente.

   -¡No puedo, señor! ¡No puedo! – repite mientras se mantiene alejado de Franco.

   -¡REGRESE AQUÍ, SALDÍVAR, DE INMEDIATO! – le ordena Franco gritándole.

   -No puedo, señor. ¡Por favor!, no puedo hacer eso, SOY HOMBRE, señor. -le dice mientras se mantiene inmóvil, lejos de entrenador, quien enfurece por lo que escucha.

   -USTED YA NO ES HOMBRE, SALDÍVAR. –le grita.- ¿Acaso no ha tenido mi verga en su culo, no lo he llenado con mi hombría? ¿No le he metido mi lengua, mis dedos y mi verga en su culo una y otra vez? ¿A eso le llama usted ser un hombre? ¡Déjese de pendejadas, USTED, ya JAMAS será HOMBRE, Saldívar!

   -Lo soy, señor, usted sabe por qué acepté eso. Pero no quiere decir que…

   -Mire Saldívar… -le interrumpe Franco mientras se acerca hasta donde está, tomándole con su fuerte mano por el cuello, sin que Daniel pueda evitarlo.- Un hombre JAMAS hubiera aceptado lo que yo le propuse. Un hombre se hubiera defendido, pelado, pero no entregaría el culo por chantaje como usted lo hizo.

   -Es por mis, padres, señor; no puedo defraudarlos.

   -¿Y qué está haciendo ahora, Saldívar?, si no acepta tener mi verga en su boca, ya sabe lo que sucederá.

   -Señor, ¡por favor!, ¡por favor!, no me obligue a eso; no puedo, ¡por favor!, haré cualquier otra cosa, señor.

   Sin que se note el placer que siente de ver el terror en el varonil rostro del muchacho, Franco sigue sujetándole por el cuello, manteniendo su cara frente a Daniel; gotas de su saliva caen en el joven rostro cuando le grita.

   -NO quiero otra cosa, Saldívar, quiero metérsela en el hocico, ¿entendió? -dice mirándole fijamente.

   El rostro de Daniel, sudoroso sin dejar de mirar a Franco, pensando que quizá se apiade de él y no le exija que le haga el sexo oral, lo intenta aún.

   -¡Por favor, señor!, ¡eso no! -le repite suplicante, tratando de conmover al malvado oso macho que lo tiene aun sujetado por el cuello.

   -Mire, Saldívar, ¡lárguese!, si no va a complacerme es mejor que se vaya. -sin dejar de sujetarlo por el cuello, lo lleva a fuerza hacia la puerta de la casa que está a solo unos metros.

   -Señor, no puedo hacer eso, ¡por favor!, deme tiempo para acostumbrarme, ¡por favor! -le suplica mientras Franco sin detenerse, aun con la verga erecta, le conduce hacia la salida.

   Franco abre la puerta y con toda su fuerza arroja al musculoso joven desnudo fuera de su casa; es tan fuerte en empujón que Daniel cae de bruces en el suelo.

   -¡Lárguese, Saldívar! Y olvídese de las olimpiadas, a ver cómo explica esto a sus padres.

   -Señor…

   Daniel gira sin levantarse del suelo, aun desnudo a unos pasos de la puerta de entrada, sin saber qué hacer, siente el frió del piso en sus nalgas y miembro, mientras Franco, quien ha regresado dentro de la casa, toma sus ropas, vuelve y las avienta al rostro del musculoso joven.

   -Llévese sus porquerías, Saldívar. No quiero verlo de nuevo en el equipo.

    Señor, pero espere, yo…

   Sin dejar que Daniel termine la frase la puerta de madera es cerrada de golpe por Franco. La entrada de la casa no queda a la vista del exterior así que nadie se da cuenta de que el muchacho esta en el suelo desnudo. Viendo hacia todos los lados, el clavadista en unos segundos piensa en lo que sucedería si llegara con sus padres con la noticia de que Franco lo echó del equipo, sobre todo después de lo sucedido, además ya ha sacrificado mucho, como dijo Franco “un hombre jamás hubiera aceptado esa proposición”.

   En cierto modo es verdad, ¿por qué no rechazó el chantaje de Franco? Ahora ya es tarde.

   -No… aun soy hombre, aun soy hombre… -se repite en voz baja mientras permanece viendo la puerta de fina madera cerrada a unos pasos. Sin embargo todo está en su contra, no hay salida, no hay opciones. Someterse únicamente. Pero con sólo recordar el sabor al solo sentir un leve roce del miembro de Franco con sus labios, la repulsión vuelve. ¿Cómo podría hacerlo? Por otro lado el regresar a su casa y enfrentar a sus padres, perder esa oportunidad única en la vida también, ¿cómo podría hacerlo?

   Lo único cierto es que Franco lo tiene en sus manos y que ha manejado perfectamente bien sus cartas conduciéndolo hasta el punto en donde hasta sus padres han desconfiado de él. Tan solo en unos segundos todos los últimos acontecimientos pasan por su mente de manera vertiginosa. Apretando las mandíbulas y los puños, comprende que Franco lo tiene dominado, no puede desobedecerlo. No debe hacerlo. Se levanta acercándose a la puerta de madera y toca con los nudillos fuertemente, para que Franco lo escuche.

   Los segundos pasan lentamente sin que reciba alguna respuesta, vuelve a golpear la puerta con la mano, desnudo aun. La desesperación del joven aumenta, nadie responde a su llamado. Empieza a llamar a Franco mientras aumenta la intensidad de los golpes en la puerta.

   -Coach, señor, por favor, coach… -repite incesantemente.

   Después de unos largos minutos de estar gritando y tocando la puerta se oye la voz grave de Franco, quien contesta sin abrir la puerta.

   -¡Lárguese, Saldívar!

   -¡Por favor, señor! ¡Deme una oportunidad! –suplica, vencido, entregado totalmente mientras recarga la frente contra la puerta.

   -¿Oportunidad de qué? -Franco no puede ocultar la sonrisa siniestra mientras toma su miembro en sus manos y empieza a masturbarse oyendo al muchacho suplicarle.

   -Yo… -sus palabras se cortan, trata de controlarse y de someterse pero le cuesta.

   -Solo hay una oportunidad y USTED sabe cuál es. ¿Está dispuesto a TODO?

   Antes de responder, Daniel hace una pausa sin despegar la frente de la puerta, las lágrimas resbalan por su varonil rostro antes de contestar.

   -Si, señor.

   El miembro de Franco se endurece el escuchar la respuesta, algo que sabía de antemano que tenía ganado; sin embargo, el placer de vencer la resistencia y de humillar a Daniel es exquisito.

   Cuando el joven escucha que la puerta se abre despega su frente; la puerta lentamente se desliza hasta abrirse del todo. Daniel, desnudo al igual que Franco, espera en el marco mientras Franco está ya en el lugar donde se encontraban.

   -Pase, Saldívar, y póngase de rodillas aquí. -le señala el lugar donde tragaría la primera verga de lo que sería su nueva vida.

CONTINÚA (el relato no es mío)…

Julio César.

NOTA: El relato comienza algo lento, y como no tengo intensiones de apurarme más, quien lo desee puede buscarlo en esta dirección: http://www.todorelatos.com/relato/16991/

DE AMOS Y ESCLAVOS… 9

septiembre 9, 2014

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 8

UN NEGRO CON LECHE EN LA CARA

Así le gustaba a su hombre…

……

   ¡Era una maldita locura!, no dejaba de pensar Gregory Landaeta, congelado y erizado, la boca seca, el corazón latiendo feo en su pecho… con ese sujeto, fuera quien fuera, pegando la pelvis de su culo, allí, en plena oscuridad de un vagón del Metro. ¡Y su verga! La notaba muy claramente, dura, caliente, totalmente parada, frotándose lentamente de sus nalgas redondas y firmes, mientras otro sujeto, al lado de ese, ¿vienen juntos o cada quien por su lado, le vieron y le atacaron?, no lo sabe, sólo que también está allí, tocándole, cuidándose de no rozar con el otro, como si le diera repulsa el contacto con el otro hombre… pero no con su nalga. Siente la mano caliente tocarle cuando el otro dejaba un pedazo libre. ¡Y lo hacían en ese vagón lleno de personas! Estaba rodeado de gente, y allí, frente a todos, uno le manoseaba, el otro frotaba una y otra vez, ahora de arriba abajo con un leve vaivén, la verga de su culo.

   Lo peor era que una idea le asaltó, erizándole más, haciéndole contener un jadeo pero hinchándole el pecho: ese carajo la tenía bien dura… por él. Su culo lo tenía así, cometiendo aquella locura. Sus nalgas. Lo otro, y lo cual era más desconcertante, era que no se apartaba. No, ya no intentaba detenerles, mirando su reflejo, ocultos los otros por su propia imagen, puede verse, muy quieto, rostro de piedra, las dos manos en el tubo, aunque…

   Mierda, era una locura. ¿Qué estaba pasándole? ¿Cómo podía excitarle tener a esos sujetos tocándole así?, pero era. Se estaba erectando bajo sus ropas y es perfectamente consciente de que se concentra en su región glútea, como para comprobar cada cambio, cada roce, cada sensación. El vagón se mueve, jura por Dios que se trata de eso, no de su culo yendo levemente de adelante atrás, refregándose de la pieza del otro macho, imaginando esa verga blanca totalmente parada, a lo largo dentro de las ropas del otro, frotándose de la raja de su culo bajo el jeans ajustado que lleva. No, no quiere pensar en eso, y no, no es que se mece y se frota del hombre a sus espaldas.

   Salen del túnel, la luz vuelve y con ella sus temores. Esos carajos no se apartan, ¡uno le frota con el güevo, el otro con la mano! El vagón de detiene y ahora si se apartan; el joven hombre negro baja la mirada hacia la pareja mayor sentada al frente, imperturbable al mundo… casi lamentándolo. Le sorprende y molesta sentirse un tanto decepcionado cuando la mano y la pelvis de esos sujetos se apartaron. Y eso le altera, no debería sentirlo. Joder, él no era ningún marica. Pero siente el hormigueo sobre sus nalgas, allí donde la dura verga y la mano firme le tocaban y frotaban. Su piel lo extraña. Se queda quieto. Mucha gente baja, otros suben. Un asiento se desocupa momentáneamente en el más externo de los dos que forman la ele con los que pegan de la pared del vagón. Y no lo toma. Se queda donde está viendo a un carajo joven que se sienta, audífonos al oído, morral al suelo, tomando un libro. Otro que se perdería en su mundo aparte y que no notarían si algo extraño…

   El vagón arranca, y vagamente cae en cuenta que debió bajar en esa estación, pero lo olvida por aquella mano que vuelve junto a la suya en el tubo. Joven, blanca, fuerte. Y cierra los ojos un segundo antes de sentirle nuevamente; aún antes de entrar al túnel, esa pelvis vuelve contra sus nalgas, y tiene que contener un jadeo, sabiendo que tiene la piel de sus glúteos totalmente erizados. Y, maldita sea, echa el culo un poco para atrás, abriéndolo, permitiéndole encajar a lo largo, y casi sufre un desmayo cuando lo nota, el sujeto empujándoselo. Un güevo que estaba bien tieso. Lo siente en toda su dureza, calor y hasta pulsadas. El tipo va de adelante atrás, frotándose, usándole para darse placer, manoseándole de manera vulgar dentro de un vagón lleno de gente, y la idea le marea. Tragando abre los ojos, las luces de seguridad forman sombras, y volviendo el rostro hacia un lado se encuentra con la mirada del chico que acaba de subir, ojos muy abiertos, boca también, el libro cerrado en su muslo; un chico que notaba perfectamente que ese otro sujeto estaba restregándole el güevo del culo, y que él se deja, que más bien lo buscaba.

   ¡El chico le había pillado!

   La idea es como lava ardiente en sus venas, aterradora, todo él se eriza y altera. Está muy quieto mirando al chico que subió hace poco, y que desde su asiento le observa mientras a sus espaldas el sujeto que se frota de su culo continúa con lo suyo, de adelante atrás, de arriba abajo, su güevo verticalizado dentro de la ropa siguiendo el curso entre sus nalgas, sintiéndolo. El chico les mira, dice nada, no avisa, sólo mira… cubriéndose en entrepiernas con el libro que llevaba. Tapándose sin dejar de verles.

   Y a Gregory le parece que va a correrse de pura lujuria consciente de que le mira, de que es observado. Con los ojos clavados en los del chico, comienza a ir también de adelante atrás, su culo de arriba abajo frotándose de esa verga dura que pulsaba contra su trasero. Sin pensar en nada, sólo consciente de lo mucho que le gusta eso, de estar siendo tratado así en ese vagón atestado de personas que no saben qué ocurre, mientras un tío le mira. Que le mira siendo toqueteado así por otro hombre, que le mira dejándose hacer, recibiéndole, que le mira moviendo su culo ahora casi como si quiera atrapar y frotar ese güevo que ya comienza a calentarle el jeans a través de las telas. Ese chico le mira y casi se muerde los labios porque siente el temblor horrible de su propio miembro, sabiendo que está mojando su bóxer y el pantalón de puras ganas.

   El sujete le deja el güevo pegado, y así empuja y empuja como si quisiera elevarle del piso, como soñando con alzarle y hacerle caer sobre su güevo, clavándole y sosteniéndole en peso, o eso piensa un mareado Gregory que contiene un jadeo mientras su pecho sube y baja violentamente, totalmente ahogado de lujuria. Mientras mira al joven que lleva una mano a su entrepiernas, bajo el libro. Seguramente tocándose, duro y excitado mirándole a él. La idea hace que su sangre se vuelva espuma, casi tanto como, al fijarse bien, al nota que el chico, sonriendo, forma la silente palabra “puta”. Entenderlo le hace temblar más. Si, puta. Un puto total. Se comportaba como… No quiere pensar, tan sólo mover su culo de arriba abajo sobre la bragueta de su anónimo sobador, disfrutando al oírle respirar muy pesadamente.

   -Tiene razón… -oye otra vez la voz joven y profunda de hombre cuyo aliento le quema el cuello, en tono muy bajito e íntimo en medio del ruido del tren y la gente hablando sus cosas.- Eres una puta. Mira cómo estás, todo caliente porque ese carajo ve como te refriego el culo con mi güevo. –y empuja más, Gregory aguantándose para no gemir de verdad como una perra, así de extrañamente caliente se siente.- Seguro que tienes el culo vuelto un caldo espeso esperando un buen pedazo de carne dura.

   Gregory no sabe qué decir, cómo reaccionar o qué sentir. Él no era marica, pero todo eso que estaba ocurriendo lo tenía literalmente ardiendo de lujuria. El roce de la barra dura contra su culo, algo que jamás le habría permitido a nadie, las palabras que podrían sonar soeces, insultantes, pero que tan sólo le hacen desear escuchar más, mientras ese otro carajo le mira, sobándose, le tienen de a toque.

   -Yo también quiero, coño. –oye otra voz, a su derecha, exigiendo.

   -Olvídalo, pana. –responde el primero, totalmente pegado a su culo.

   Y el enorme hombre negro siente más jugos saliendo de su güevo, ¡estaban discutiendo por él!, pero nada a cuando siente unos dedos rozar su mano. Eso era demasiado, lucha pero es atrapado, su mano abierta, tomada por los dedos, es guiada a otro entrepiernas y pegada a esa pelvis… sobre un güevo que abulta de manera escandalosa. ¡Dios!, jadea, ahora si alarmado. ¡Todo estaba saliéndose de control! La gente iba a darse cuenta de que un hombre estaba refregándole el güevo contra las nalgas y que otro le obligaba a llevar la mano a su entrepiernas, donde recorre leve la silueta de una tranca dura, muy dura y caliente, antes de comenzar a acariciarla. Porque lo hace, no sabe por qué pero lo hace. Cierra su puño sobre ese tolete duro, el güevo de otro carajo, halándole un poco. ¡Estaba tocándole el güevo a otro hombre!, una idea de por sí terrible y aterradora, como lo era el tío que parecía que en cualquier momento le bajaría los pantalones y le metería el tolete, allí mismo, por el culo. Y tal vez se dejara hacer. Tal vez se lo permitiría, abrirle con la cabeza de su tranca, llenándole, así como acariciarle la verga al otro fuera de sus pantalones, porque en ese momento siente que las hormonas y la testosterona estaban ahogándole de ganas y es capaz de cualquier cosa.

   Se anuncia la llegada a la estación, y la voz, el leve frenar, el aproximar de las luces al salir del túnel, logran darle a Gregory algo de serenidad… para encontrarse con la muy ceñuda mirada de la señora mayor sentada justo al frente, la cual se vuelve hacia su marido. Como por arte de magia el tipo se despega de su culo, al tiempo que retira la mano del tolete del otro y el chico en el asiento saca la mano de su entrepiernas. Todos quietos, pero el joven hombre negro es muy consciente de la dura mirada de la doña, así como de esos sujetos, los tres, que no se apartan mucho. Ni salen. ¡Estaban esperando volver al túnel y caer sobre él! Machos tras la perra.

   Traga saliva, acomodándose bien sobre la pelvis la chaqueta cerrada. La gente sale y entra, se oye el pitido anunciando que se cerraran las puertas y…

   -¡Permiso! –gruñe ronco, moviéndose con esfuerzo, no tanto por la gran cantidad de personas sino porque sus piernas no parecen querer obedecerle. Pero lucha y sale, a pesar de las malas caras de las personas que arrolla.

   A sus espaldas las puertas se cierran, el tren pita y se aleja. No pudo volverse, y alejarse, ahora, le cuesta un mundo. De una manera desconcertante su cuerpo parece no poder asimilar todo lo ocurrido… que se alejó de sus manoseadores. La idea le hace exhalar una bocanada de aire. Va hacia las escaleras mecánicas y sube, no sabe si saldrá o tomará el tren contrario para volver a la estación que se le pasó, aunque no se cree con fuerzas para verse rodeado de personas otra vez. Su piel arde, su sangre zumba en los oídos, el güevo lo tiene imposiblemente duro, pulsante y mojado contra sus ropas. Dar un paso, sentir el bóxer y el jean sobre la erecta carne le da calambres. ¡No puede seguir así!

   ¡Los sanitarios!

   Tragando en seco, otra vez, metiendo las manos en los bolsillos de la chaqueta, sintiendo cosquilleos sobre su tranca bajo las ropas, el joven y apuesto hombre negro se dirige hacia los baños, imaginando que tal vez sea un error. Pero no puede pensar.

   Ignora que un joven vigilante le ha visto, con mucho recelo por su manera de actuar, un chico flaco de cabellos rojizos y piel pecosa. Siguiéndole a los baños. Lugar donde le pillaría.

……

   -Oye, chico… -Roberto duda, estremeciéndose seguidamente por la fuerte palmada en su trasero.

   -¡Sobre el sofá! –es la tajante orden del joven de mirada dura y despectiva.

   Más de lo que Roberto puede soportar, subiéndose de frente al sofá, arrodillándose sobre él, las manos en el respaldo, las piernas abierta. Su trasero apenas cubierto por el bóxer del chico del gimnasio, alzado y hacia afuera. Ofreciéndose.

   -¡Mira qué culo! Apenas cabe allí. Dime, ¿cómo lo sientes? Tener sobre tu piel el bóxer usado de otro hombre, que sudó, dejó algo de orina y tal vez hasta de jugos de su hombría en ella. –sonríe Hank, despectivo, nalgueándole suave, la mano recorriendo de una dura mejilla a la otra, casi admirado. Y codicioso, todo eso era suyo, idea que le trastorna.- Con semejante culo debes volver locos a todos, todos queriendo tocarlo así… -los dedos de la mano se abren mientras le refriega duro. Lo siente estremecerse, la turgente piel erizada, el culo más atrás. Y ríe.- Si, te gusta, ¿verdad?, sentir el fuerte roce de la mano de un hombre acariciándote el lomo. Te ofreces como puta barata… -la mano sube a la fuerte espalda y Roberto cierra los ojos, recorrido por mil sensaciones placenteras y estimulantes mientras le oye; joder, ¿cómo podía excitarle tanto escucharle decirle eso?- Seguro que tienes el coño mojado… -la mano vuelve a su trasero, sobre el bóxer, casi empujando la tela en su culo.- Porque tienes un coño, lo sabes, ¿no? –se tiende sobre él para decirle eso, la mano subiendo otra vez y ahora descendiendo al contrario, la punta de los dedos rozando el elástico del suave bóxer de buena tela, blanco, que casi se ve obsceno sobre la lustrosa piel negra. Roberto, boca abierta, contiene un jadeo al sentir el roce de esos dedos. La mano se mete dentro de la prenda, caliente y firme contra sus carnes, recorriéndole, amasando, pellizcando leve, notándose las ganas de hacerlo, lo complacido que estaba de tenerle así. Y se le escapa un jadeo, avergonzado baja el rostro contra el respaldo, pero no para ocultarse.- Si, negro puto, eso que sientes es el placer de la anticipación de saber que tu hombre te usa, que quiere jugar con tu coño, uno que le pertenece. –le informa, y el otro sabe que es verdad a cierto nivel que ni él mismo entiende, porque bajar el rostro y cerrar los ojos es para concentrare en las mil sensaciones que lo recorren de manera agradable.

   Le oye, pero como desde muy lejos, sobre lo muy puto que son los negros, mientras la mano va y viene de una nalga a la otra, metida en el bóxer, recorriéndola circularmente de arriba abajo y regresando, cruzando por la raja entre ellas, rozando su culo y haciéndole contener el aire en los pulmones. El bóxer baja, desesperante y torturantemente lento, sus redondas nalgas morenas al descubierto, brillantes de transpiración. Roberto traga y traga, haciendo mil esfuerzos para no menear el culo contra las manos del muchacho, no queriendo parecer tan puto.

   -¡Estás sudado! –oye la acusación, la voz dura, antes de estremecerse, tensar sus nalgas y gemir al caer la fuerte palmada contra su glúteo derecho. Pica y arde, y le alarma.- Siempre debes llegar limpio ante mí, negro puto. –le ruge, otro azote, duro, en la otra nalga se deja oír y sentir.- Debes bañarte bien, afeitar tu coño y perfumar tu pubis, ocultando así tu olor a puto barato. –le explica, nalgada tras nalgada. No era tímido dando azotes.

   Roberto se estremece ahora sí que mal, la mente girando a toda velocidad, sintiéndose infinitamente humillado y ofendido en su dignidad y su hombría, pero también caliente, la verga botándole un río de líquidos, algo caliente estallando dentro de su culo, agitándolo, picándole, algo que necesitaba…

   -¡Debes depilarte el coño! –le repite el joven, enfilando un dedo y metiéndoselo lentamente por el orificio cerrado y virgen de su culo prieto.

   Roberto se tensa y casi se incorpora. ¡Estaba metiéndole un dedo por el culo! ¡Estaba dejando que otro carajo le metiera un dedo! ¡Por el culo! Su mente es una masa caliente de temores, incertidumbres y dudas. Vuelve el rostro, para gritarle que lo saque (en lugar de saltar y escapar), pero se contiene. El joven le sonríe ahora, casi amistoso, maravillado.

   -Joder, negro, qué culo tan estrecho y suavecito. –saca medio dedo y lo mete otra vez, increíble contraste de su puño pálido contra la firme pared de carne oscura.- Dios, se siente tan bien meterte el dedo así… -y parece un atractivo y pícaro niño contento que juega con el caro regalo de Navidad. Y a Roberto le parece simplemente hermoso. Si eso le hacía tan feliz…

   Quiere complacerle. Las redondas y negras nalgas van y vienen sobre ese dedo, apretándolo, el hombre estremeciéndose cuando le oye reír feliz. Esa risa le marea, y sonriendo tontamente, Roberto vuelve el rostro al respaldo, meciendo su culo de aquí para allá, apretando y soltando el dedo del muchacho. Uno que le mira ahora con expresión sarcástica, sabiendo que le ganó la batalla. ¡Pobre negro tonto!

   El largo y delgado dedo blanco entra y sale de entre las dos firmes masas negras que son esas nalgas realmente apetitosas que ya quiere morder, azotar otra vez hasta hacerle gritar. Marcarlas. Si, quiere que lleven su marca. El dedo va y viene al encuentro del orificio que se expone y que le busca, cogiéndose a sí mismo. Se ve tan entusiasta ahora, que le sorprende. Roberto abre mucho la boca y los ojos, pero decide no hacer nada, sólo apretar los dientes y aguantar, relajándose para facilitarlo todo, cuando otro dedo se suma. ¡Ahora tiene metido dos dedos de hombre en su culo virgen hasta hace dos minutos! Los dos dedos de Hank van y vienen, penetrándole, abriéndole, frotando las paredes de su recto, vencida la resistencia e incomodidad inicial. Los mete, todo, y tijerea con ellos, y aunque algo molesto pues no es totalmente placentero, Roberto aguanta. Hasta que…

   -¡Ahhh…! -jadea, el chico tocó algo dentro de él que hizo explotar luces frente a sus ojos.

   Hank se muerde el labio inferior y casi sacando sus dedos, los enfila hacia abajo, metiéndolos, rozándole otra vez. La siente, la próstata. La toca, la acaricia, la soba, y ve como el negro y poderoso cuerpo de ese joven hombre brilla nuevamente de transpiración, mientras el vaivén de s culo ahora es más intenso, decididamente disfrutándolo ahora, no simplemente para complacerle a él, y todo eso mientras jadea de forma ronca y baja.

   -¿Te gusta, negro puto? ¿Te gustan mis dedos en tu coño suave y caliente? Apuesto a que sí. –le mete los dedos y todavía empuja más.- Quiero que veas a un conocido mío, en el Centro Lido. Hace tatuajes y piercing, pero no irás por eso. Todavía no lo mereces… -le informa mientras le coge con mayor rapidez el culo, sonriendo al verle el espeso y claro hilillo de jugos que salen de su grueso güevo negro, bañándole el sofá.- Se llama Galdo, es un hijo de puta loco, dile que te envío yo y que quieres el primer tratamiento. Él sabe de qué se trata. –aunque totalmente mareado de lujuria y placer con esos dos dedos penetrando su entrada más secreta y prohibida, a Roberto nada de eso le suena muy bien.- Si no vas… esto se acaba. –amenaza, incrementando las metidas de sus dedos en ese culo que arde como brasas, que le hala los dedos con ganas, que se abre buscándolos, al tiempo que le atrapa el tolete negro que pulsa en su palma. Es sólo un toque y Roberto casi se muere de ganas, botando más jugos.- Cuanto termines con Galdo, ven aquí, sólo hasta entonces, y ya verás, negro de mierda, lo que será para ti el verdadero placer sexual. –le garantiza, cogiéndole rudamente con los dedos, soltándole el tolete y raspando con las uñas sobre sus testículos.- Sabrás que vives de verdad cuando me estés sirviendo como la más puta de las putas; arrastrándote por el piso para que te tome, será tu mejor momento. Llorarás para que te toque, me rogarás para que te deje comer mi güevo… -va diciéndole, tendido sobre él, metiéndole sin parar los dedos, golpeándole la próstata, rascándole los testículos en una suave caricia que tiene al hombre negro a punto de saltar de impaciencia y placer.- Me suplicarás de rodillas, y eso te lo aseguro, para que te entierre mi güevo blanco en tu sucio culo negro, momento cuando te sentirás totalmente realizado. –y para terminar, le mete los dedos, tijereándolos en lo profundo, sus uñas recorriendo otra vez los testículos y la cara inferior del grueso tolete que se pone imposiblemente duro.

   Roberto casi cae del sofá mientras se corre, entre escandalosos gemidos que a todo el mundo le sonarían a los de una puta feliz, con una fuerza y una potencia que le hacen alcanzar la gloria suprema del orgasmo. De su ojete manan disparos tras disparos de semen, hasta que tembloroso y sin fuerzas se queda como está, casi echado sobre el respaldo del sofá, respiración pesada. Su culo es liberado y Hank se aparta, sonriendo.

   -Si no ves a Galdo, se acabó. Y ahora lame toda esa esperma con tu lengua. No me dejes el mueble sucio. –le ordena, despectivo.

   Ojos cerrados, jadeante, el joven hombre negro todavía se estremece, tendrá que lamer su propia esperma, ¿sabría tan bien como la de Hank?

……

   Tarda casi veinte minutos en salir del apartamento del chico blanco, todo ajado, sudoroso, oliendo intensamente a esperma, en su lengua todavía el sabor de la de Hank y la suya propia. Da un paso fuera del apartamento, cierra la puerta a sus espaldas y se lleva un susto de muerte.

   -Mucho cachondeo, ¿no? –comenta, unos pasos más allá, el marido de la conserje, escoba en manos, ojos llenos de maldad y algo más.- ¡Vaya negro maricón que resultó! –casi ríe.

   ¡Mierda!

CONTINÚA…

Julio César.

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 22

septiembre 6, 2014

… SERVIR                         … 21

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

BLACK HOT

-¿Así me ves, pequeño puto?

……

   -¡Aléjense de mí! –grazna Daniel Pierce, retrocediendo, mirando en todas direcciones como una rata acorralada. Si le tocaba pelear, acción en la que nunca ha sido muy bueno, llevaría las de perder frente al número de sus atacantes, esos sujetos que le miran con ojos codiciosos, sonrisas torvas, vergas totalmente erectas, disfrutando por anticipado del fácil bocado que tragarán.

   -Vamos, mi amor, no te pongas así. Dame cariñito. Te va a gustar. –se burla el hombre que robó su virginidad propiamente dicha.- Sé qué te gusta que te hagan y cómo. Y hasta cuántos. Te vamos a hacer muy feliz, bonita.

   -¡No! –grita ronco, y mirando entre ellos parece encogerse, derrotado, los otros sonríen más.

   Pero es un engaño, arrojándose hacia adelante, con rapidez, busca cruzar entre dos de los sujetos que sonríen confiados; pero dos pares de manos le retienen por los brazos, mientras ríen, controlándole, llevándole nuevamente contra la pared. Las manos tocan, le alzan en peso y aún así sigue luchando, intentando dar manotazos y patadas, y todo eso parece excitar más a sus atacantes, sus vergas estaban goteando copiosamente mientras le dominan. Le derriban obligándole a caer de rodillas, y mientras uno, a sus espaldas, le retiene los brazos hacia atrás, lastimándole, el líder le abofetea, duro, para luego cubrirle la boca con la palma de la mano.

   -Tranquila, mi amor. –le dice en español, burlón, pero también loco de lujuria.- Ah, esa boca, ya quiero llenártela, pero estoy muy caliente, creo que primero atenderé tu culo, te daré duro, güerito, y luego, mientras mis socios te lo calman, te llenaré la boca. Todos vamos a darte mucho amor…

   Daniel abre muchos los ojos, aterrado, debatiéndose pero retenido, indefenso, esas manos tocándole de forma ruda, sus tetillas pellizcadas; sus nalgas abiertas, le obligan a separar las rodillas, son palmeada, su culo lampiño, muy comentado entre burlas, es acariciado. Todos quieren tocárselo, compiten por acercar sus dedos. Y grita, no, por Dios, eso no podía pasarle. Otra vez.

   -¿Qué coño hacen? ¡Suéltalo si sabes lo que te conviene, hijo de puta! –ruge una voz autoritaria en la entrada, severa.

   Por un momento todos se congelan, mirándole, Daniel se ve totalmente aterrorizado. No, no puede pasar por todo eso otra vez.

   -Vete, o también a ti te daremos duro, nazi de mierda. –amenaza el jefe del grupo, alzándose, dominado por la testosterona.- A ti parece que también te hace falta un macho. ¿Qué tal, amigos?, ¿nos gozamos a dos perras en una sola sentada? –y sonríe mostrando los dientes.

   -¿Crees poder conmigo, cholo de mierda? –le reta sereno, cruzando los brazos sobre su torso de braga abierta. Y a Daniel le impresiona todo él, su aire de confianza y serenidad al enfrentar a esos sujetos realmente peligrosos. Varios en número, para colmo. Es el hombre a quien ya había encontrado una vez en esas duchas y que dijo que olía…

   -Vete, marica. –insiste, duro, perdiendo la paciencia. El sujeto sonríe y medio vuelve el rostro.

   -¡Guardias! –grita a todo pulmón.

   -¿Qué diablos…? –ruge una voz afuera y Daniel casi jadea de alivio, encogiéndose en el piso, culo desnudo en el frío cemento. ¡Alguien viene!

   -Esto vas a lamentarlo, maldito nazi. –amenaza el latino, medio cabeceando y saliendo con sus amigos.

   -¿Qué pasa? –Adams, el vigilante obeso y de cara ruin, aparece casi tropezando a los latinos en su salida, mirando al sujeto joven y alto, blanco bronceado, seguro de sí, y al otro, caído en el piso.- ¿Qué coño pasa, convictos?

   -Nada, guardia. –sabiendo que es mejor no meterse en honduras, el convicto recién llegado le resta importancia al asunto.

   -Okay… okay… -Adams cabecea y sonríe lascivo.- ¿Sorprendiste una fiesta de putas? –y la sonrisa se congela cuando el hombre se vuelve a mirarle, sin decir nada, los ojos un poco más claros. Eso parece molestarle al uniformado que se arregla la cachucha.- ¡Terminen y salgan, convictos de mierda! –grita y sale.

   Con movimientos lentos, terriblemente aliviado, pero aún más avergonzado, Daniel se pone de pie, notando que el otro se acerca. Toma con rapidez su toalla caída, cubriéndose, manos temblorosas.

   -¿Estás bien? ¿Te hicieron daño? –se interesa, voz baja y algo ronca.

   -Si… no… Estoy bien, gracias…

   Daniel no puede verle a los ojos, no puede procesar que estuvo a punto de ser violado por varios sujetos, que luchó y pataleó pero no pudo hacer nada para escapar de eso, pero luego este sujeto llega, sin amilanarse, sin retroceder, y controla la situación haciéndose obedecer. ¿Por qué no puede él controlar su vida? ¿Cómo hacía el otro? Abatido, molesto y confuso consigo mismo, intenta alejarse, tropezándose, casi cayendo de no ser por ese sujeto que le recibe entre sus brazos abiertos, las manos grandes y firmes cerrándose en su baja espalda, sosteniéndole y estabilizándole. Sus torsos chocando, uno desnudo, el otro con una braga abierta, el primero de piel depilada, suave y blanca; el otro algo velludito, bronceado y firme.

   Y a Daniel la vida parece tambaleársele, el contacto de su cuerpo contra ese otro es eléctrico, sus pectorales chocan del torso masculino y siente como sus tetillas hormiguean de manera espantosa, respondiendo al toque, erectándose, ambos pezones proyectándose hacia adelante, las puntas contra la piel ardiente del joven macho.

   ¿Qué coño…?, jadea el convicto sometido, confuso por la respuesta de su cuerpo, alzando la mirada de manera impulsiva y encontrando esos ojos castaños algo oscurecidos. Ese sujeto había notado y reconocido la respuesta de su cuerpo. Lo sabe por la manera en que ese torso velludito se expande, subiendo y bajando poderoso (rozándole más los pezones), el cómo las manos que simplemente estaban allí, se cierran ahora sobre su piel, los dedos largos y fuertes cebándose en su piel, atrayéndole más. Y ese toque le parece de fuego, estimulante, debilitante, tal vez por eso cae un poco más contra el sujeto, sus rostros muy cercanos, la boca del otro, rodeada de una leve sombra de barba castaña, se abre un poco. Y algo, puede sentirlo contra sí, se levanta y endurece entre las piernas de ese hombre atractivo.

   -Yo… yo tengo que… irme. –grazna Daniel, tragando en seco, rostro muy rojo, su cuerpo erizado. Le aparta y casi corre, sin importar que se note que huye.

   -Rostov, me llamo Geri Rostov. –le oye todavía.

   La masculina voz le produce al joven hombre rubio un escalofrío por toda la columna mientras se aleja. Dios, ¿qué le pasa? Por un segundo… Mierda, si, por un instante quiso besarle, sentir su boca, su lengua explorándole mientras sus manos…

   ¡No, coño, no!

……

   -Ahhh… tienes ese culo caliente, cabrón. –chasqueando la lengua, bufando con ordinariez y cachondez, para afectarle, Lomis continua obligando a Nolan Curtis a mamarle la verga mientras le mete un dedo por el ano, dentro de su camioneta estacionada en la calle, cristales levemente ahumados, pero donde algo debe llamar la atención porque uno que otro, que pasa por la acera, forza la mirada antes de continuar su camino.

   Para Nolan es una pesadilla, allí estaba él, mamándole el güevo a uno de sus compañeros de trabajo, el mismo que le vio siendo sodomizado y controlado por un convicto horrible que le usó, creyéndole un puto, molestándose con él y haciéndole todo eso en castigo. En su inocencia, el joven cree que Lomis hace todo aquello porque lo imagina puto. Pero él no lo era, era un hombre normal, como todos, atrapado en aquella pesadilla, una que le tenía ahora la rojiza y pecosa verga de su colega atorada en la garganta, donde tiene que sorberla para tragarse la saliva y poder respirar. Siente ganas de llorar, él no se había buscado eso, piensa mientras su rojos y brillantes labios cubren toda la gruesa pieza masculina para luego permitirle salir, dejándola mojada, cuando Lomis le hala del cabello, llevándole y trayéndole, exigente y dominante, no dejándole otro camino. Pero es la mano en su trasero…

   Echado de panza sobre el asiento, bucea sobre el regazo del otro, quien tiende sobre sí un brazo, la mano metiéndose dentro de su pantalón y calzoncillo. Era una mano grande, velluda y ruda que acariciaba y clavaba los dedos en su tierna carne, hasta que llevó un dedo a su culo, metiéndoselo. Allí, ¡en la calle! ¡Frente a la casa de su novia y su familia! Quería gritar, escapar… pero estaba atrapado. A la merced de ese colega que le hacía todo eso. Y la idea, o el dedo en su culo, que salía muy lentamente de su redondo y poco peludo anillo, frotando circularmente sin salir del todo, halando y abriendo, antes de volver a enterrarse, hondo, todo, arqueándose, rozándole, le tienen mareado, confuso y levemente caliente. El dedo baja en su interior y choca de algo que le hace tensarse sobre el asiento. Y Lomis sonríe ruin.

   Empujándole la cabeza, metiéndosela hasta la garganta, sintiendo su resuello en los pelos púbicos y la pelvis, el pelirrojo saca y mete ese dedo del joven culo de su colega, rápido, frotándole internamente, todo en el mismo punto. Le oye gemir, le siente estremecerse, seguramente avergonzado de su respuesta, y forza la situación. Saca el dedo y le empuja la cintura del pantalón y el bóxer negro, exponiéndole el pálido trasero, y venciendo la resistencia del anillo le mete dos dedos, buscando el punto, dándole allí. Los saca y los mete, rítmicamente, y le golpea una y otra vez sobre la próstata, viéndole enrojecer todo, su culo estremeciéndose como si quisiera controlarlo, por lo que acelera las cogidas de dedos. Es impresionante como el redondo orificio se deforma, como alargado ovoide, para permitir que los dos dedos del macho abusador penetren, controlándole, reclamando su lugar. Los dedos están bien metidos ahora y todavía empuja más. Había algo en meterle dos dedos así a un tipo, que enloquecía a cualquiera.

   -Dios, eres tan marica, Curtis. –le ruge bajito.- Puedes decir lo que quieras, pero tu culo parece que va a arrancarme los dedos. Lo tienes muy caliente y deseoso, muchacho. –le acusa, sacando totalmente sus dedos y metiéndolos otra vez.- No se te calma…

   Extrayendo los dedos se tiende hacia la guantera, obligándole a tragar totalmente el rojo tolete, sacando de allí un pequeño pero grueso consolador de goma blanda, de un rosa chillón. Mirándola, con ojos muy abiertos y alarmados, Nolan intenta retirarse, pero la mano en su nuca es fuerte, aunque luego le retira, halándole del cabello. Adolorido, el muchacho, boca libre de ese tolete grueso que cae contra el vientre del pelirrojo, le encara.

   -Por favor, Lomis, no hagas esto. Eso no. –pide. Y grita cuando se incrementa la presión sobre su cabello.

   -¡Dime, “señor”, pedazo de mierda! No eres un hombre como yo, muchacho. Eres un maldito mamagüevo que gusta de los convictos. Hago esto por tu bien. Para que no vayas por ahí calentándole las braguetas a los reos. Tu culo necesita esto… -le ruge, y Nolan, aterrado, nota que algunas personas parecen escuchar y forzar la vista, tal vez por andar preocupado por eso se descuida y ahogadamente termina con el consolador en la boca.- Ensalívalo. –le ordena feo, dedos fieros enredados en su suave cabello, y el muchacho lo hace, justo como si chupara de una mamila. Y mientras lo hace, sometido, humillado, sus miradas se cruzan, le suplica piedad, que no haga eso, pero el otro sólo sonríe.- Por Dios, si tu padre te viera así, te ves tan marica… -se lo saca de la boca.

   -Lomis…

   -¡Señor, para ti! –le ruge otra vez, halándole más del cabello, casi haciéndole llorar.

   -Lo… lo siento, señor; pero no quiero…

   -Deja de chillar, becerro, mejor ocúpate de esto. –y le guía, con fuerza, a su tolete, obligándolo a tragarlo otra vez, gozando el instante, como todos, cuando los suaves labios lo abrazan y va entrando chocando contra su lengua.

   Sin perder el tiempo enfila el mojado consolador hacia ese trasero, notando las nalgas contraída, sonriendo al enfilar la rosa punta contra el cerrado culo, frotándola allí para desesperarle, para angustiarle, empujando más, abriéndose paso, muy lentamente para torturarle. Le nota arrugar la frente, las nalgas más tensas, pero va metiéndoselo. El juguete es suave y muy a propósito para chicos principiantes. Lo hace, lo mete todo y aleja su mano.

   Mierda, pero qué bien se veía ese chico con la base ancha del rosado consolador en su culo. Atrapa la base otra vez y comienza a sacarlo y meterlo, lentamente, casi dejándolo afuera, luego metiéndoselo todo, centímetro a centímetro, ladeando la mano para llevar la punta enterrada hacia abajo, hacia el asiento y la próstata del muchacho boca abajo. Y sabe que la encuentra cuando lo siente tensarse y gruñir bajo. Ya le tiene, piensa, cogiéndole ahora con más rapidez y rudeza, gozando el verle estremecerse, arquearse y transpirar al meterle y sacarle el juguete erótico de su agujero. Joder, había algo en meterle eso a ese chico por el culo que le tenía la verga a punto de caramelo, uno que el joven saboreaba ahora que succionaba, seguramente sin darse cuenta que lo hacía. Nolan se estaba excitando a pesar de sí. Sacar el juguete del culo abierto que se cierra, y luego metérselo, cogiéndolo, estimulándole, le parece el colmo de lo erótico… ¿o no? No, quiere más.

   Lágrimas ruedan nuevamente de los ojos del muchacho, sabiendo para donde iba todo. A la vergüenza de estar siendo sometido sexualmente por un compañero de trabajo, cuya dura y gruesa verga tiene que tragar, sabiendo que la está succionando mientras su culo es penetrado por el corto pero gruesos juguete sexual, lo peor es notar cómo despertaba un deseo que le hace desear caer muerto allí mismo. No tiene manera de saber que estimulada la próstata a conciencia, buscándose una reacción, casi siempre se termina así. Pero que le esté ocurriendo es horrible, que sea en la calle, mucho peor, con el rabillo del ojo nota que algunos intentan forzar la mirada por el parabrisas, ¡y frente a la casa de su novia!

   -Fuera. –le gruñe Lomis, sacándosela de la boca, la verga babeándole saliva espesa y jugos, algunos rodando por la barbilla del chico, mientras le retira el consolador del culo, obligándole a sentarse, moviéndose él mismo hacia el centro del asiento.- Súbete y dómalo. -le ordena, sentado con piernas muy abiertas dentro del espacioso vehículo, la verga rojiza y tiesa levantada como una lanza.

   -Lomis… -jadea, lloroso, tragando al verle la intensión.- Señor, no puedes hacerme esto, estamos frente a la casa de mi novia… ¡Ahhh! –la leve bofetada, más como demostración de control que violencia, le calla mientras baja la mirada.

   -Silencio, perra. Estás maluca y necesitas macho. –le informa, estremeciéndose él mismo con el juego de palabras que hace con las aconsejadas por Robert Read.- Sube o… -lo deja así.

   Ambos contienen el aliento cuando las sonrojadas nalgas abiertas, casi lampiñas y púberes, descienden, la rojiza, lisa y brillante cabeza de un güevo, quieto, a punto de impactar con un redondo culo cerrado que se acerca. Lomis traga en seco cuando colisionan. A Nolan le parece horrible, pero nada puede hacer, el otro no le apura, parece querer que sea él quien lo resuelva.

   -Apúrate, perra, alguien puede salir a buscarte; y encontrarte cabalgando sobre mi verga tal vez les sorprenda.

   Cerrando los ojos con ira, Nolan se deja caer, castigándose por haberse dejado llevar a eso. Grita contenido cuando la gruesa y ardiente mole le abre, llenándole. Es casi insoportable sentirla así, y eso que ya le han ocurrido cosas. Por su lado, Lomis casi se desmaya de puro placer. Sentir el roce con la entrada del ano era increíble, pero cuando cae, apretando por reflejo, rozándole intensamente su instrumento, dando un apretón feo al caer, fue casi insoportablemente grato… casi tanto como tenerle allí, en la cabina de su auto, metiéndosela por el culo al muchacho que se resistía todavía.

   Se quedan quietos, ambas respiraciones jadeantes, Lomis vestido y con la verga afuera, o bien, metida dentro del chico; este con su franela, los pantalones en los tobillos y el bóxer únicamente bajo atrás, en su culo ahora lleno, expuesto, alzado por delante y cubrirle un poco. De las miradas de cualquiera que intentara saber qué ocurría en esa camioneta detenida… Como de Lomis. No lo entiende, pero su verga está medio morcillona, aunque le parece aterrador. Casi pega un bote cuando el torso de Lomis se pega de su espalda y la voz ronca del sujeto, teñida de burla, le dice:

   -¿Lo sientes? Tu culo ávido está trabajándome la verga, sabiendo lo que quiere. Lo que tú quieres. –le asegura, metiendo las manos dentro de la camiseta, recorriendo el joven y firme torso, gozándolo; tocarle así, sabiéndole suyo, le excita más. Sube y cubre sus tetillas, que atrapa con índices y pulgares, halando y rotando, estimulándole, consiguiendo que se estremezca y suspire.

   Lomis sonríe más, le tenía en sus manos, le provocaba reacciones a pesar de sus deseos. Y es cierto, el joven guardia de cárcel siente que la piel le arde cuando esas manos horribles le toca y le recorren la piel, atrapan sus pezones y los estimula de esa manera tan extraña.

   -Sube, hazlo, apúrate, cada segundo perdido puede costarte ser descubierto empalado sobre mi verga por tu novia o sus padres. –le susurra burlón al oído, apretando un poco más sus tetillas, olfateando el olor a champú en el suave cabello algo húmedo del muchacho, cerrando los ojos y embriagándose con el delicioso y dulce aroma de su chico.

   ¡Dios, Dios!, jadea internamente Nolan, desesperado. Si, debía terminar toda esa pesadilla, acabar con él y alejarse de toda esa vaina, así fuera renunciando a su cargo en la prisión. Llevando las manos al tablero, afincando los pies en el piso del vehículo, sube su culo, lentamente, el anillo muy cerrado sobre el grueso tolete rojizo al que hala, y baja, apretando más. Duele pero ya no tanto, así que va y viene, ganando ritmo y velocidad, decidido a exprimirlo a toda prisa y acabar. Sube y baja cogiéndose, metiéndoselo todo en cada caída. Lomis, a sus espaldas, sonriendo con la boca mu abierta, echa la cabeza hacia atrás, gozando el peso del muchacho cuando cae sobre su pelvis, disfrutando la suave y cálida apretada que el sedoso estuche le da a su miembro, pero gozando más la idea. Está cogiéndole en su auto, a las afuera de la casa de su novia. Está tan caliente que teme arder literalmente, pero todavía tiene que seguir el guion de Robert Read y saber si el chico responde.

   Mientras tensa sus muslos, también embistiéndole, sintiendo más intensamente los halones y apretadas del joven culo sobre su verga, el pelirrojo vigilante cruza su brazo izquierdo, atrapando con esa mano la tetilla derecha del muchacho, rascando el pezón, acariciándolo, halándolo, mientras lleva su mano derecha al entrepierna del chico, metiéndola dentro del bóxer y encontrándole el tolete medio duro. Lo atrapa con su mano firme y aprieta, y a Nolan la cabeza le da vueltas por tantas sensaciones. Quiere que termine, pero siente lujuria, ese güevo le da donde es, esa mano tiene su pezón de a toque, jamás imaginó que le pudiera provocar tanto placer el manoseo a sus tetillas. Y la mano sobre su verga… Esa mano en puño sube y baja con firmeza, como sólo un hombre sabe que gusta, mientras él mismo se encula, totalmente consciente de que salta sobre la pelvis de su colega, sobre su verga dura y babeante, y la sensación es totalmente enloquecedora.

   -Eso es, muchacho, date gusto. Gózalo todo… -le gruñe Lomis casi sobre el cuello, tocándole, sobándole, manipulándole, mordisqueándole una oreja.

   Nolan ya no piensa, se estremece violentamente y jadea de manera intensa olvidando todo, hasta el dónde está, sorprendiéndose al notar a dos jóvenes que con sus manos hacen viseras para interna ver dentro de la camioneta, imaginar qué dirían si pudieran verle, le marea. La idea es tan horrible, tan mortificante, que temblando cae totalmente sentado sobre esa verga que se le mete toda, honda, dura, caliente, pulsante, y se corre de manera intensa y abundante, él mismo sorprendido. Moja la mano de Lomis, quien sonríe excitado al notar sus temblores, la carga hirviente que atravesaba el joven tolete, y la babosa mojada en su mano. Y mientras se corre, Nolan ignora que su culo, quieto sobre la verga, está apretando y halando de manera feroz. El hombre que le encula lo siente, que él mismo se tensa, y sacando su mano bañada en leche, mirando el rostro del joven en el espejo, se la unta con su propia carga. Y verle, rojo de mejillas, con el cruce de leche sobre su nariz y mejillas, le hace correrse.

   Lomis aprieta los dientes, tensando los muslos, pies bien asentados en el piso del auto, empujando su verga hacia arriba, más adentro del muchacho, corriéndose con fuerza, llenándole el culo a ese hombre joven con su semen, un hecho en sí que ya bastaba para querer más, mientras le ve la cara enlechada. Este, jadeando todavía agobiado por la intensidad y goce de su propio clímax, siendo llenado por aquella verga y manipulado por ese hombre, sintió los disparos muy adentro, golpeándole en ese punto que todavía rozaba la gruesa pieza.

   -¿Te gustó tanto como a mí, perrita? –le pregunta bajito, ronco, jadeante.

   Nolan va a replicar, pero, horrorizado nota que la puerta de la casa de su novia se abre y que esta, bella y joven, cabello castaño y largo, suelto, su corta cota blanca y su jeans azul oscuro, se asoma. Mirando hacia el auto. Salta, no le importa que Lomis ría cuando de su culo, al abandonar la verga, mane leche, subiéndose el bóxer mojado ahora por delante y por atrás, así como su pantalón.

   -Límpiate la cara, perrita. –le aconseja Lomis, mirando a la joven salir por el jardincito.- Preséntamela, ¿no?

……

   Todavía temblando por todo el peligro que corrió, sólo eso, ¿okay?, Daniel Pierce regresa escoltado a su celda, cruzándose con hombres que le sonríen lascivamente, todos los que le saben “la caliente puta” de Read. Agradece la soledad de la celda, aunque se pregunta de pasada dónde estaría ese horrible hombre. Cómo era posible que un condenado a muerte (y se estremece al recordarlo) pudiera movilizarse así, como le daba la gana y con tanto desparpajo. Se sienta en su litera, inquieto, llevándose una mano al suave cabello rubio oscuro, algo largo, le caía sobre el cuello y la frente. Debía hacer algo al respecto. Y allí, quieto y a solas, intenta con todas sus fuerzas no pensar en su reacción cuando ese joven y atractivo convicto le tuvo entre sus brazos. Geri Rostov. Siente sus mejillas arder, rojas de vergüenza, molesto consigo mismo. El sólo nombre le afectaba. ¿Qué estaba ocurriéndole? Está bien, ese hombre horrible le dominaba y usaba sexualmente, ¡pero él no era un marica!

   La reja se abre, casi con violencia, y sobresaltado como está, casi culpable por sus propios pensamientos, se pone de pie y encara a Robert Read, que entra muy serio.

   -¿No fuiste a trabajar, Tiffany? –le pregunta, caminando hacia su litera.

   -No, yo… no me sentí bien.

   -¿La menstruación? –se burla, achicando los ojos al verle bajar la mirada.- ¿Ocurre algo, princesa? –le ve dudar.

   -No… nada… ¡Ahhh! –no puede evitar el grito.

   Robert Read, endureciendo el rostro, le cruza la cara con el dorso de su mano derecha, con fuerza, haciéndole retroceder.

   -¿Por qué mientes, Tiffany? ¡Sé lo que ocurrió en las duchas! -es tajante, indiferente a la gente que pasa y escucha.- ¡Intentaste seducir a varios carajos! –le acusa.- Y vas a pagármela, pequeña zorra. –otro bofetón derriba sobre su litera a un totalmente aterrorizado Daniel.- Si quieres comportarte como una cualquiera, te venderé al prostíbulo de los armenios, para que seas la perra de cientos cada noche. –sentencia, encimándosele, esperando su reacción.

   En sus ojos brilla una rabia infinita… y homicida.

……

   Mientras sube las escaleras, después de asegurarse de que estaba ahí, hablando con la encargada de la consejería, Jeffrey Spencer, recuerda algo de lo dicho la noche anterior por el jefe Slater, cuando estuvo sobre sus gruesas y poderosas piernas, la titánica pieza negra que poseía bien clavada en sus entrañas, sobre lo que sus amigos decían de los culos de los chicos blancos. Meneando la cabeza lo aparta, no quiere pensar en eso. Ni recordarlo. Debía concentrarse en su trabajo, y parte de eso era entrevistarse con el detective que llevó a cabo la investigación contra Robert Read. Toca al timbre. Nada. Otra vez. Igual resultado. Le dijeron que estaba, así que insiste llamando con los nudillos.

   -¡Un momento! –escucha el rugido de una voz irritada. La puerta se abre y a Jeffrey Spencer la boca se le abre tanto como los ojos.

   Frente a él se encuentra un sujeto de casi dos metros de altura, atlético y fibroso, treintón, llevando una camisa abierta que deja al descubierto su torso ancho y de buenos pectorales, el pantalón del pijama, bajo en la cintura y de tela suave, permite ver parte de sus pelos púbicos y la silueta suelta de un miembro morcillón.

   El detective Owen Selby era un atractivo, poderoso y aparentemente muy bien dotado hombre negro.

CONTINUARÁ…

Julio César.

EL SUEGRO LO ENVICIA… 36

septiembre 3, 2014

…LO ENVICIA                         … 35

   Este relato me lo envía por correo un conocido de la casa, LeRoy, y es bueno, aunque es una mala traducción que me tomará tiempo medio hilar. Este relato que NO ES MÍO, lo llevo más bien como una pequeña adaptación. Que el autor no se moleste, por favor. Bien, la trama: un chico muy joven sueña con ser físico culturista y se casa con la hija de un ex culturista, el cual termina convirtiéndole en el juguete sexual de todos los hombres. Disfrútenlo.

……

Título: Muscle Pussy

De: hgenyc9261@gmail.com

LA SEXY TANGA ROJA

Lo quiere todo.

……

   Cuando despierta al día siguiente, con la peor resaca de toda su vida en sus veintiún años (en verdad la primera), a Bobby le parece que fue golpeado por un camión. O varios. Por unos musculosos, muy calientes y muy bien dotados camiones de carne. Pero camiones, al fin y al cabo. Está sobre su panza, y extrañado, mirando hacia atrás; nota que tiene la tanga de mujer enrolladla bajo sus glúteos, cosa que no recordaba haber hecho… aunque a decir verdad lo último que podía recordar era a su cuñado, Tony, ayudándole a salir de la sala.

   Mirando hacia su mesa de noche, ve que son las once de la mañana. Agotado, y algo enfermo, agradece no tener que ir a ninguna otra parte. Finalmente se pone de pie, terminando de bajarse las pantaletas, saliendo del dormitorio totalmente desnudo, joven, guapo y musculoso, rumbo a la cocina, preguntándose dónde estaría su suegro. O su cuñadito. No encuentra a nadie mientras se toma una taza de café muy negro. Aparentemente Ben y Tony habían partido al trabajo.

   Terminado el café entró a la ducha. Enjabonó a conciencia su enorme y firme cuerpo de muchacho, prestando especial cuidado y atenciones a su culo. Al pasar sus dedos sobre él, lo notó hinchado todavía. Luego de refregarse el cuerpo con una aconchada toalla, secándose, regresa a la cocina por más café y algo de comer. Quiere comenzar a funcionar con todos sus sentidos.

   El resto de la mañana, aún desnudo, ya desinhibido totalmente, se dedica a mirar televisión pero no hay nada bueno que ver, aburriéndose rápidamente. Pensando en tomar una siesta, sale al patio y cae de culo sobre una silla plegable, bajo la sombrilla, el cálido viento acariciándole y adormeciéndole al recostarse. Se tiende sobre la toalla, totalmente desnudo, respirando pesadamente, ojos cerrado, luchando para dejar de sentirse levemente mareado. Por supuesto, no pasó mucho tiempo antes de que su mente vagara sobre lo ocurrido la noche anterior.

   Parecía que habían pasado sólo minutos desde que en el sofá de la sala estaba el musculoso Bill, alzándose sobré él, teniéndole atrapado por los tobillos y penetrando su culo caliente con la pulsante verga negra. El recuerdo le eriza la pile, que enrojece algo afiebrada, y afincando los pies sobre el mueble, separa sus algas de la toalla, abriéndolas, acariciándose la raja de su culo con los dedos. Con uno recorre la entrada, los todavía hinchados labios, reconociendo con un estremeciendo mezcla un poco de vergüenza y mucho de putez, que todos esos hombres tenían razón. La entrada de su culo afeitado, era liso y suave como el coño de una chica, como el de su esposa, Alice. Pensar en ella le hace recordar a Tony, el pilluelo que tiene de cuñado, burlón y sardónico, cogiéndole, así como a Ben, su suegro, el fornido macho que le había guiado a descubrir sus nuevos gustos y placeres, habiéndole descubrir que amaba ser tomado por los hombres grandes y fuertes que llenaban su culo de…

   Casi inconscientemente su dedo sube y baja sobre la raja de su culo cerrado, eso si, todavía maravillándose de recordar que fue capaz de tener metido en él dos de las vergas más gruesas que ha visto jamás. Ojos cerrados, traga, el dedo entra muy levemente, sus caderas se menean, alzadas sus nalgas de la silla, deseando con todas sus fuerzas que Ben, su suegro, estuviera allí, jugando con su “coño”; tocándolo, estimulándolo, calentándolo y logrando que se le mojara, latiendo por una buena verga, la del padre de Alice. Entre culpa, vergüenza, pero también mucha lujuria, el muchacho reconoce que quiere a su suegro allí, tocándole así, diciéndole que quería tomar, llenar y poseer totalmente su coño rosado y lampiño.

   -¿Bobby? –la pregunta le sobresalta, tomado por sorpresa… desnudo y tocándose el culo.

   Muy alarmado vuelve el rostro y ve en la entrada que lleva del patio a la casa a Tom, acompañado de otro sujeto, uno tan enorme como él. Mierda, ¿pero qué hacía de regreso tan pronto en casa?

   -Eres Bobby, ¿no? –la pregunta le hace caer en cuenta al rubio culturista que no se trata de Tom, sino de un hombre prácticamente idéntico.

   -Eh, sí, yo…

   -No fue mi intensión alarmarte. Y perdona que entráramos así. Soy Walt, hermano de Tom, y este es Ned, el entrenador de lucha de Tyler en la universidad, aquí presente para la boda. Llamamos a tu suegro y le dijimos que vendríamos a recoger el auto que dejaron anoche, después de la fiesta de despedida de soltero. Dicen que fue increíble y sentí perdérmela, pero mi esposa y yo ya teníamos planes para cenar fuera. Tu suegro dijo que podíamos entrar, tomar algo fresco y retirar el auto. Lo siento si te incomodamos. –informa viéndole fijamente, todavía abierto de piernas y los dedos sobre la entrada de su culo.

   Walt, el hermano de Tom, tenía el mismo cuerpo musculoso y poderoso, pero había algo en sus gestos y movimientos, como más avispado, que le dan a entender al chico rubio que es algo menor de edad que el padre de Tyler. Ned parecía mayor, pero si había un ideal para mostrar como modelo de un culturista dedicado luego a la lucha, ese era él. Era enorme y su cuerpo estaba sólidamente constituido, con el cabello oscuro algo canoso por los lados, ojos grises y unas líneas que le hizo recordar aquello de “perfil griego”. Había algo severo en él que le hizo recordar al musculoso muchacho desnudo a su propio entrenador en la secundaria. Joder, no le habría sorprendido verle un silbato alrededor del cuello de toro que tenía.

   -Oh, no, no molestan, yo… -enrojece, desnudo y con las piernas flexionadas, unos dedos sobre la entrada de su culo.- Yo… yo… comprobaba mi afeitado. Que estuviera lampiño por todos lados, ya saben, tengo una exhibición de culturismo pronto y… -comenzó con lo primero que se le ocurrió, no sonando convincente ni a él mismo.

   -Culturismo, ¿eh? Tienes un buen cuerpo para exhibirlo en trusas chicas. –comenta Ned.- Creo haberle escuchado decir a Tom que practicaste la lucha en la secundaria también. Mi equipo no se afeita, pero sé que entre los culturistas si se estila. Tal vez podamos ayudarte. –ofrece, ojos severos y mandíbula dura, acercándose a donde yace el chico rubio, mirándole a los ojos, controlándole como un buen entrenador, uno grande y fuerte, maduro y viril, recorriéndole con la punta de los dedos sobre un muslo dorado y lisito, provocándole escalofríos, calorones y casi jadeos al joven desnudo y musculoso.

   Sus ojos, fascinados, caen ahora sobre los dedos del chico, esos que todavía están colocados en el afeitado culo, y totalmente enviciado, caliente ante el fortachón y poderoso hombre mayor que le recordaba a su entrenador, también a su suegro, y mientras los ojos de ese sujeto están clavado allí, Bobby levanta un poco sus dedos y los deja caer, medio dándose una caricia. Mirándole nuevamente a los ojos, el severo rostro de Ned se aligera con un asomo de sonrisa mueca, la del tiburón que planea saborear un delicado y sabroso bocado, al tiempo que con puño de hierro le atrapa un tobillo, alzándolo, casi obligándole a girar sobre la silla, echado hacía atrás, elevando y exponiendo su culo que todavía es toqueteado por sus propios dedos. Despegando con esfuerzo los ojos de ese sonrosado culo lampiño que es acariciado, clavándolos en los del chico para controlarle con la mirada, la otra mano de Ned se extiende y la punta de sus dedos también recorren los alrededores del hinchado y enrojecido agujero de amor. Y Bobby, su pecho subiendo y bajando con esfuerzo, mejillas rojas, cierra los ojos, entregándose cuando el sujeto deja de mirarle para contemplar su agujero otra vez, que titila con vida propia mientras aparta su mano dejando la del hombre mayor.

   -Si… -gruñe bajito.- Vaya que lo tienes suavecito… -los dedos cruzan sobre el pulsante agujero que parece pedirle que entre.- …Pero creo que siento un poco de vellos. –se vuelve hacia su amigo.- Walt, acércate, toca y dime qué piensas. –y eso hizo tragar en seco al rubio culturista. El otro hombre se acerca también, mirando al chico, luego llevando los dedos juntos a los de su amigo, recorriendo los pliegues del tembloroso culo expuesto a sus miradas de machos cabríos y calentorros.

   El chico deja caer la cabeza y abre la boca, sintiendo a esos dos tíos enormes tocándole la entrada, tirando de sus labios, alisándole los pliegues… estimulándole el culo. Y era increíble, allí estaba él, soñando hace poco con hombres poderosos que le usaban, con su suegro que jugaba con su agujero, y ahora estaban esos dos carajos acariciándole de manera tan íntima. No sabe que sus nalgas enrojecen, que su culo se abre y cierra, que exhala putez en poderosas oleadas, pero los dos hombres si lo notan, miradas fijas en él, mientras sus dedos acarician alrededor, sin entrar, abriéndole otro poco tirando con los pulgares. La caricia era tan intensa, la idea de los machos tocándole, saberse expuesto a ellos, todo eso logra que un gemido ronco y muy excitado escape de sus labios, ganándole miradas sorprendidas de los otros dos, que luego se miran entre ellos y deciden algo, con leves sonrisas sardónicas y predadoras en sus atractivos y viriles rostros.

   -¿Por qué no entramos para ver si podemos afeitar esto mejor? –pregunta Ned, antes de soltar su tobillo, casi obligándole a ponerse de pie y encaminándole hacia la casa, ellos dos siguiéndole, detallando el enorme y joven cuerpo desnudo.- Apuesto que tienes tus cosas de rasurar en el baño, ¿eh?

   -Yo… si. –concede el rubio culturista, conduciéndoles por el pasillo hasta su dormitorio, una vez allí penetran en el cuarto de baño. El hombre abre el armario y saca un bote de crema y la afeitadora.

   -Hay como poco espacio aquí, ¿verdad? –señala con los utensilios en sus manos.- Tal vez deberíamos ir a donde haya más espacio.

   -Me parece bien. –concede Walt.

   Los tres salen rumbo al dormitorio, hacia la cama grande que compartía el joven con su esposa hasta no hace mucho tiempo. Enormes como eran los tres, incluso la habitación parecía totalmente copada aunque contiene poco más fuera de la cama grande, las dos mesitas de noche, el televisor de pared y un armario grande donde faltan muchas de las cosas de su mujer, cuyo espejo enfoca a los tres musculosos hombres.

   -Vamos, chico, lo necesitas… -comenta Ned, mirando al rubio joven a los ojos, alzando los afeites, pero refiriéndose a mucho más.

   Tragando en seco, Bobby va hacia su cama, sentándose; sosteniendo todo con una mano, en medio del silencio de Walt, Ned le aferra un recio hombro y le obliga a caer de panza sobre el colchón, antes de colocar dos de la almohadas bajo su cintura, para elevar su redondo, macizo y magnifico trasero, sonrosado lo que no está bronceado (la breve piel cubierta con la chica ropa de las exhibiciones). Volviéndose para verles sobre un hombro, los dos con rostros concentrados mirando su culo, el joven tiembla de lujuria. Dirigiendo luego los ojos al frente, al espejo, ve la manera en la cual sus glúteos destacaban.

   Bobby tiene que contener un jadeo cuando las enormes y firmes manos de Ned caen sobre sus nalgas, erizándolas, palpándolas y separándolas un poco, y como dotado de voluntad independiente fuera de su cerebro, el chico flexiona una de sus rodillas, ayudando a separarlas, cosa que le gana una sonrisa del hombre que le mira en el espejo, mientras recorre de manera emocionada las duras y redondas masas de carne joven.

   -A la mierda, Walt… -murmura ronco.- Mira este enorme culo redondo… esos labios hinchados… mira como pulsa…

   El joven tiembla de orgullo y gozo, en el espejo ve a esos dos enormes hombres maduros paralizados de sorpresa y lujuria mirando su trasero, su culo que sabe que si, que titila ya despierto y deseoso de lo que sabe que viene. Todo caliente y putón, flexiona más la rodilla, exponiendo aún más su agujero ávido de amor.

   -Esto será todo un trabajo, creo que me pondré cómodo. –anuncia Ned, enderezándose, sonriendo al encontrar los hermosos y brillantes ojos de Bobby fijos en el increíble paquete que abulta sus pantalones.

   El muchacho le ve sacar la camiseta por su cabeza, exponiendo su recio y musculoso torso, antes de arrojarla al piso, luego desabrochando sus pantalones y dejándolos caer. Sus muslos gruesos, firmes y velludos enmarcan un corto suspensorio blanco, muy ajustado, que apenas puede contener la mole que emerge de su ingle. Y allí se pierde la dulce mirada del muchacho que adora esas vergas grandes.

   -Ayúdame a abrir mejor su culo… para afeitarle. –le pide a Walt, quien no ha podido apartar sus ojos ni un momento del redondo agujero rosa del muchacho sobre la cama, todo expuesto.

   El joven fortachón cierra los ojos y sus nalgas se tensan un poco cuando las manos del otro macho, tan parecido a Tom, le acarician las nalgas, abriéndolas aún más, su aliento caliente y algo jadeante bañando su hinchada entrada masculina, algo que obliga al rubio a contener un jadeo.

   Ned deja escapar un silbido ahora que ese trasero está más abierto, y en el espejo, temblando de ganas, deseándole, totalmente enviciado al encanto de los hombres grandes de vergas duras que se mueren por meterlas en su culo joven que comienza a vivir, Bobby nota cómo bajo su suspensorio la verga la tiene completamente dura, forzando la tela tejida y amenazando con rasgarla. Sus miradas, en el espejo, se encuentran, y como para que entienda que la cosa es seria, lentamente, Ned baja la parte delantera de la breve prenda deportiva por debajo de sus bolas, una gruesa y larga verga casi amoratada de sangre y ganas salta golpeándole el estómago. Y los ojos del muchacho se nublan, sus labios brillan de humedad, sus mejilla enrojecen y, lo sabe, su culo titila de manera intensa, llamando aquella magnifica pieza de macho que ya desea sentir metiéndosele, abriéndole, llegándole y pulsándole bien adentro.

   -Maldita sea, si vas a ponerte cómodo, creo que también yo lo haré. –anuncia Walt, antes de salir de su camiseta y dejar caer sus pantalones. Y conteniendo un jadeo, Bobby comprueba que se parece a su hermano más de lo que imaginaba, una lanza de carne dura y enrojecida flotaba frente a él, con algo de humedad en el ojete.

   -Vamos, Walt, ayudemos al chico… -sonríe Ned, rociando un poco de crema de afeitar en sus dedos antes de inclinarse y aplicarla, extendiéndola, sobre la raja interglútea y su culo, sus ojos atados en el espejo cuando con un dedo frota y frota la entrada antes de meterlo, centímetro a centímetro, penetrándole, frotándole alrededor, el redondo capullo de ese ano abrazándolo casi alzándose. Lo hizo durante varios minutos, su dedo adentro y afuera, untándole pero también tirando de él, abriéndole, mirándole enrojecer la espalda, tensar sus hombros, su respiración más frenética, las pruebas visibles de lo mucho que un chico disfruta cuando un hombre le mete y saca el dedo de su culo caliente de muchacho con ganas. Notando cómo se arquea un poco, el hombre sabe que ese cuerpo responde totalmente a las atenciones de un macho. La crema de afeitar se expande, se espesa, lechosa, y entra y sale de ese agujero vicioso.

   -Esto sólo tomará un segundo, hijo… -las palabras estremece al muchacho, casi creyendo ver a su suegro, a su amado suegro de verga grande y caliente que le llena cuando le apetece.- En realidad no tienes mucho pelo.

   Eso lo sabía el joven muy bien, se lo había afeitado un día antes para atender a su suegro antes de que llegaran sus amigos para la despedida de soltero, pero no lo dice. Si aquel poderoso y atractivo macho maduro quiere ayudarle, bien puede dejarle. El paso de la afeitadora nunca se sintió mejor, era lento, suave, siempre bañado por los alientos de Ned y Walt, y a Bobby todo le daba vueltas, ojos cerrados, boca abierta, cabeza sobre la cama, dejándose hacer.

   -Ya vuelvo. –anuncia Ned, rumbo al cuarto de baño y regresando con una toalla mojada y una botella de loción, lanzando las dos cosas sobre la cama.- Encontré esto. Imagino que sabes que debes utilizarlos para mantener la suavidad, ¿no? –informa mientras toma la toalla, secando y eliminando lo poco que quedaba de la crema de afeitar antes de abrir la botella de loción y dejar caer un prologando goteo por encima de su culo. Es todo un espectáculo ver como la piel se abrillanta un tanto, como el pequeño arroyo cubre el agujero, como este se cierra por lo frío.

   -Aplicaste mucho. –comenta Walt, voz ronca y ojos oscuros de lujuria.

   -Sí, hay que regarlo un poco. –concuerda, colocándose tras el rubio joven, con una mano atrapado su tolete y con la cabeza enrojecida le unta la loción, de arriba abajo.

   Y Bobby aprieta los dientes, ardiendo, el toque de esa esponjosa pieza contra la entrada de su culo es enloquecedor; pero nada a lo que siente y jadea cuando el glande, quieto, empuja hacia adelante, contra los labios de su agujero. Ese culo ya está entrenado, tiene experiencia, pero aún así es forzado un poco a permitirle la entrada a la gruesa corona. Lentamente, centímetro a centímetro, el largo y grueso tolete va penetrándole, rozándole las sensibles paredes del recto. Un hombre estaba llenando su culo hambriento de atenciones con su titánica herramienta. Y cada pedazo de esa pieza hace temblar de puro placer al rubio y musculoso culturista… cuya vista empañada cae, oh, desgracia, sobre un retrato sonriente de su mujer en una mesita. La recuerda, con algo de vergüenza, estaba en la cama que compartía con ella, el lecho que juró respetar ante Dios. Alice no merecía…

   La verga le entra toda, y pulsa de manera intensa, a la par que ardiente, contra las paredes de su recto.

   -¡Oh, Dios, si! Si… Cógeme… -se le escapa.- ¡Cógeme duro, papi!

CONTINÚA…

Julio César.

NOTA: Un amigo de la casa, Apolo, logró encontrar la página original de donde viene esta historia, que notarán fue versionada. Gracias, amigos. Quien quiera saber de qué va o cómo termina, que vaya a: http://www.nifty.org/nifty/gay/incest/muscle-pussy/

NOTA 2: Joder, pero qué puto anda Bobby, ¿no? Se le pasa un poquito la mano con el culantro.

DE AMOS Y ESCLAVOS… 8

agosto 31, 2014

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 7

NEGRO MUSCULOSO EN TANGA DE LUNARES

  Buscando amo…

……

   En cuanto le dijo eso, que se pusiera el bóxer del otro, la verga de Roberto casi saltó de excitación, avergonzándose un tanto mientras el otro reía.

   -No te avergüences de responder como un puto, negro. Tu cuerpo sabe cómo quiere que lo traten. –martilló Hank, mirándole.

   Tomar de su chaqueta el bóxer que un chico en el gimnasio le arrojó a la cara, transpirado y caliente en ese momento, provocó que las manos le temblaran. Le costó tener la suficiente sangre fría para meter sus piernas dentro de la prenda, subiéndola. Todo él erizado. El roce contra su piel de la suave tela del calzoncillo de otro hombre, uno usado, era enloquecedor, ¿cómo no lo había probado antes? Claro, porque antes no hacía eso, someterse así. La prenda le quedó algo chica, muy corto en los muslos, sus pelos púbicos viéndose, el tolete abultándolo feo, mojándolo ya, y sus nalgas casi reventándolo por detrás.

   -¿Cómo lo sientes? ¡Sé sincero! –le advierte Hank, despojándose de la camiseta, dejando al descubierto el joven, esbelto y musculoso torso, casi lampiño a no ser por una hilera de castaños pelos claros que bajan del ombligo, el tatuaje en su hombro era extrañamente excitante.

   -Bien. –admite, jadeando ante la leve palmada en su cara.

   -¡Negro mentiroso!, ardes con calor de puta sintiéndola sobre tu cuerpo. Te sientes sucio y puto, tú mismo lo reconoces, y te excita. ¿Te gustó el tío? –se baja todo lo demás, incluyendo el bóxer, dejando al desnudo la larga, gruesa y rojiza verga blanca, mojada de saliva y jugos, las bolas colgando, los pelos púbicos no muy altos, los muslos levemente velludos… y una cruz gamada tatuada en su cadera izquierdo. Sonríe al notar la mirada de Roberto sobre la marca.- ¿Te gusta, negro? Si te portas como debes te marcaré una en una nalga. Bien, de rodillas. –le ordena, viéndole tragar ávido, ojos relucientes, cayendo inclinado, acercando los gruesos labios a su verga tiesa.- No, negro. –le detiene con una ruda palmada en la frente.- Es hora de que amplíes tu repertorio. A los hombres nos gusta que nuestros putos sean ingeniosos y juguetones, traviesos y que sepan complacer en todos los frentes. –culo pelado se deja caer en el sofá, muy abierto de piernas, la hermosa pieza de joder cayendo contra su ombligo.- ¡Chúpame las bolas!

   -Pe… Pero… -la mente de Roberto queda en blanco.

   -¡A trabajar, negro maricón! –le ruge, echándose hacia delante, rodeándole la nuca con una mano y tirando de él.

   Jadeando, Roberto termina metido entre sus piernas, casi en cuatro patas, el rostro ladeado, prácticamente aplastado contra las bolas castañas rojizas del otro hombre, elevando la mirada, sus ojos encontrándose con los del chico blanco que le domina… al tiempo que abre sus gruesos labios contra el rugoso cuero.

   -Vamos, negro de mierda, demuestra cuánto quieres satisfacer a tu señor…

   Corazón enloquecido, las fosas nasales sofocadas de bolas y su olor, Roberto obedeció, sus labios abriéndose y atrapando la joven piel, su lengua tocándolos, estremeciéndose de puro gusto y lujuria cuando le oye suspirar complacido, la mano tras su nuca firmemente sosteniéndole en su lugar.

   -Eso es, negro puto, lámelos. Recórrelos con tu lengua… Ahhh, si, se nota que te gusta. Anda, métetelo en la boca, succiona, bátelo contra tu lengua… Ahhh… -se tensa y casi salta del sofá cuando ve desaparecer su testículo derecho dentro de los gruesos labios, siendo amasado, chupado, mimado. Sus miradas enlazadas.- Si, así, puto; te ves tan bien arrodillado comiéndote mis bolas, es tu lugar, negro. Sigue, ¿lo sabes, verdad?, ahí se produce esa leche tan rica de hombre que te gustó beber hasta la última gota. Ahí hay más para ti, negro de mierda, pero tienes que ganártela, así que deja la pereza.

   Chupó uno, luego el otro, tragándolo, sorprendiéndose él mismo de lo mucho que disfrutaba sus palabras ofensivas, degradantes, casi gritadas, así como ese aroma fuerte de hombre que viene de la calle, por no hablar de la sensación de las bolas contra su lengua. Lo deja salir, buscando aire, y lengüetea de uno al otro.

   -Oh, sí, eso es… adóralos, chico. Trabájalos con tu lengua, te informo que a un hombre le gusta mucho cuando su puto, su marico caliente por sus atenciones, le lame las bolas. Si quieres ser un buen chico de los hombres blancos, debes saberlo. Sorpréndeme… -reta.- ¡Ahhh! –cierra los ojos por un segundo, sonriendo leve, los dos testículos apretados, lamidos y succionados dentro de la boca de labios gruesos del hombre más grande entre sus piernas.

   Con entusiasmo, por estar dándole todo ese gusto, idea que le era importante por alguna razón, Roberto, su boca muy ocupada, chupa los dos testículos mirando al bello rostro de Hank… Luego a su hermoso, largo, grueso, rojizo y nervudo tolete que pulsa con fuerza, con un hilillo de delicioso néctar colgando de su ojete. Y le avergüenza, mucho, las ganas que tiene de cubrir el glande con sus labios, tomar la gota con su lengua y llenársela con su sabor antes de tragarla. Y buscar más. Perdida toda vergüenza por el deseo que le posee, se moviliza un poco, succionando las bolas y rozando con su frente, brillante de oleosa transpiración, la magnífica pieza masculina, ganándose una risita de gusto y burla del carajito blanco.

   -Sé lo que quieres, negro mamagüevo, pero estando ahí, ocúpate de otra cosa… -le informa el joven, atrapándole la nuca, empujándole más abajo.

   Sorprendido, y caliente, Roberto entiende, y lentamente pasa la lengua de las bolas al mueble, cruzando sobre los pliegues que llevan a las nalgas, y del culo que se expone por la forma en que está sentado Hank. No queriendo pensar en lo que hace, el joven hombre negro cruza una y otra vez con la punta de su lengua sobre la entrada cerrada del poco velludo culo masculino.

   -Oooooh, sí, negro de mierdaaaaa… adóralo. Cómete mi culo, puto. –le ordena gritado, gozándolo, atrapándole ahora con las dos manos y reteniéndole sobre su agujero que titila salvajemente al paso de la húmeda, cálida y totalmente reptante lengua. Se tensa más cuando al estar detenido en un lugar, siente como el hombre intenta, de verdad, medio enrollando la lengua, penetrarle con ella.- Ohhh… -jadea casi desfallecido, sus dedos moviéndose tensamente dentro de sus zapatos, la caricia de esa lengua en su culo era demasiado buena para poder procesarla.- Eso es, negro de mierda… así, méteme la lengua, limpia bien a tu señor… -ordena gozoso, meciendo levemente las caderas de adelante atrás, sobre su boca, contra su lengua, oyéndole chasquear y chupar ávidamente.

   Fuera de ese apartamento, boca muy abierta, totalmente sorprendido y deliciosamente escandalizado, un hombre escucha, oreja pegada a la puerta, todo lo que ocurre. El marido de la conserje. Las voces, las órdenes. El “lame mis bolas”, “cómete mi culo”, le tienen duro a pesar de no ser gay ni gustarle aquello. ¿A quién estaría haciéndole todo aquello ese carajito aterrador? Lo que sigue le pone los pelos de punta…

   -Coño, negro de mierdaaaaa, si, ¡cómete mi cuuuuulo así! –lo grita, con dureza y hasta crueldad.- Sabía que te gustaría comer culo, como güevos y bolas, negro de mierda. Naciste para buscar esto. Y lo haces bien, te sale natural porque eres una puta que quiere un macho de grueso, largo y tieso güevo blanco para que lo meta en tu culo negro. –las palabras son increíblemente insultantes y poderosas.

   Roberto lo sabía, porque era escucharle y que de su miembro manara una gran cantidad de líquidos. Pero, un momento, ¿qué pasa? Él no era quien seguía el juego de nadie, ¿no? Separándose un poco, a pesar de la resistencia de Hank que no quiere que esa boca que succiona abandone su culo, como nunca lo quiere ningún hombre cuando tiene a otro carajo sometido haciéndole eso, con los pulgares toma los pliegues, halando, exponiéndole más de la entrada. Y la boca vuelve, con la lengua afuera, penetrando ahora sí, logrando que Hank gima y se tense todo, casi arqueando la espalda en el sofá. La siente, la móvil, suave y reptante lengua entrándole en el culo, azotando, acariciando, penetrando, lamiendo, mientras los gruesos labios, con leves sombras de barbas que raspan sus pliegues, se sellan sobre el agujero. Lo lame, se la mete, lo ensaliva y lo chupa, y Roberto, ojos cerrados, expresión suprema de gozo en lo poco que se ve de su rostro con las marrones bolas del chico sobre su nariz, casi se corre de gusto sabiendo que complace al carajito ese. Le estaba dando placer y eso le encanta, pero… Le come el culo y ve la rojiza verga agitándose sobre su frente prácticamente. La quiere, pero aguanta porque no le han dicho que la tome (aunque no sabe él mismo que es por eso), hasta que una gota espesa que forma un hilo de telaraña se desprende y cae sobre su frente, caliente, olorosa. Enloqueciéndole.

   Abandonando el culo de Hank, sube, todavía rozando la nariz, boca y barbilla de sus bolas, para recorrer con la lengua el rojizo y hermoso tolete de abajo arriba, recogiendo cualquier gotita que haya rodado, cayendo hambriento sobre la punta y tragándola, gimiendo ahogadamente por el placer más intenso que le recorre cuando su lengua se moja con esos líquidos maravillosos.

   -¡Negro puto, ¿quién te dijo que podías mamármelo?! –oye el regaño brutal, y sorprendido eleva la mirada para encontrar realmente molesto a Hank, quien cierra los muslos alrededor de su cuello, ahorcándole.- No puedes dejar de hacer nada que te ordene, ¿lo entiendes, puto de mierda? ¡Nunca! No eres más que una mierda nacida para obedecer. –le grita apretando más.- ¡Y no puedes tocarme si no te lo ordeno!

   Dios, estaba loco, piensa Roberto, realmente alarmado, sintiendo la presión alrededor de su cuello, pero no el muchacho. No, el loco era él, maravillándose de excitarse por sus muslos alrededor del cuello, por el tono con el que le hablaba. Por el sabor increíblemente delicioso de su verga… ¿Cómo pudo vivir tanto años sin probar una?

   Como con fastidio, Hank aparta sus muslos, mal encarado, dándole por la frente y apartándole de su güevo mojado.

   -¡Lárgate!

   -¿Qué? Oye…

   -Me molestaste, coño. ¡Vete! –le grita feo.

   Y Robert siente que se muere, caído de lado ahora en el suelo, frente al muchacho, la insolente verga balanceándose, todavía deseándola. Siente que se muere porque casi teme que va a echarse a llorar. No, no quiere irse así. No quiere que Hank esté molesto con él, quiere alegrarle. Quiere mamárselo con fuerza, chupar como un buen becerro hasta lograr que se corra para que se contente. O bien, quiere contentarle, pero también saborear esa leche. Y la admisión, saberlo, le ahoga.

   -Por favor, no… discúlpame.

   -Ve.te. –repite.

   -No, por favor; déjame chupártelo, por favor… Voy a contentarte. –y afuera un hombre le oye, bajito, asombrándose.

   -¡Eres una pila de mierda! Sal de mi casa. –Hank es duro y parece que va a ponerse de pie, pero cae cuando Roberto, de rodillas, le atrapa los musculosos muslos muy blancos con sus enormes y negras manos.

   -Por favor, señor, déjame chupar tu güevo. Quiere comérmelo hasta que te corras sobre mi lengua. –suplica, desesperado, no sabiendo qué hará si es rechazado. Ignorando que afuera alguien le oye, quedamente, boca muy abierta, aunque no le identifica todavía, tan sólo sabe que quien se la mamaba al carajito antipático era una verdadera puta.

   -Puto. Eres como todos. Todos los negros son así, codiciosos, lo quieren todo sin comprometerse o respetar las reglas. –es insolente, pero abre más las piernas.- Me molesta verte tan regalado y arrastrado… anda, sáciate, puto.

   No le enorgullece, en verdad, pero no puede importarle menos a Roberto cuando casi jadeante cae sobre la pieza. Sus labios gruesos y amoratados cubren la muy pálida cabeza, tragándola, va devorándola otra vez, centímetro a centímetro, apretándola con sus mejillas, rozándola con su lengua, esforzándose y haciéndola desaparecer toda, sintiéndose increíblemente feliz. Por la pieza pulsante dentro de su boca, llenándole de ganas, pero también por el tensar de Hank, quien gruñe de gusto. Sube teniéndola muy apretada, succionando feo, sin retirar los labios azota el glande y se lo come de nuevo, gimiendo quedamente de gusto al hacerlo, al tenerla otra vez.

   -Oh, sí, trágatela así, puuuuutaaaaa de mieeeeerda… -el tono ido de Hank era de dominante gozo cuando le grita. Atrapándole la cabeza con las manos le obliga a ir y venir con más rapidez.- Así, fuerte, chupa como una puta grande; chúpala como te morías por chuparla, negro de mieeeeerda…

   El cuadro es increíble, de jadeos, de succiones, de gruñidos de placer, uno mama con fuerza, su bocota amoratada subiendo y bajando sobre el blanco falo que abulta por momentos sus negras mejillas. Notándose en su rostro lo mucho que está gozando de mamar aquel güevo, el placer que siente de tenerlo dentro de su boca, contra su lengua, succionándola, dándole placer a su hombre al tiempo que saborea esas gotas que le saben a gloria mientras piensa que quien no ha saboreado una buena verga no sabe de lo que se pierde. Y el chico blanco, rostro altivo, gritándole de manera soez y vulgar que no es más que un negro puto, un negro puto que gusta de los güevos blancos. Era verle atraparle la nuca y mecer sus caderas, cogiéndole la boca mientras le  rugía “cométela, negro; chúpala, puto, chuuuuupalaaaaa”, clavándosela hasta la garganta. Todo giraba alrededor de Roberto mientras sorbía y apretaba con sus mejillas, lengua y garganta, perdido de gusto en la gloria.

   Cuando el tolete se pone duro enteramente, temblando luego y disparando chorros abundantes e hirvientes en su garganta, casi le hace correrse también dentro del bóxer de aquel tipo que se lo arrojó en el gimnasio. Hank, bondadoso, le permite retirarse unos centímetros y los últimos trallazos de semen caliente y espeso bañan y cubren su lengua, enloqueciéndole de lujuria, el sabor era intoxicarte, tanto que succiona y traga con desesperación; y mientras lo hace, sin notarlo, se corre dentro del bóxer, con espasmos violentos. Riendo, agitado, Hank si se percata, apartándole de un empujón, Roberto cayendo sobre la alfombra, respiración agitada, mareado y débil por el intenso placer de su clímax… Paladeando aún el sabor de esa leche en su boca. Los espermatozoides de ese chico. El semen de otro hombre. La esperma que tragó y disfrutó… La semilla de su hombre.

   -Eres tan puto. –parece acusarle desde arriba. De pie. Se miran a los ojos.- Sube al sofá, de rodillas… culo al aire, negro de mierda. Quiero ver lo que me pertenece… Quiero hacer usar de lo que es mío por derecho: tu coño negro.

……

   ¡Era una maldita locura!, no dejaba de pensar Gregory Landaeta, congelado y erizado, la boca seca, el corazón latiendo feo en su pecho… con ese sujeto, fuera quien fuera, pegando la pelvis de su culo, allí, en plena oscuridad de un vagón del Metro. ¡Y su verga! La notaba muy claramente, dura, caliente, totalmente parada, frotándose lentamente de sus nalgas redondas y firmes, mientras otro sujeto, al lado de ese, ¿vienen juntos o cada quien por su lado, le vieron y le atacaron?, no lo sabe, sólo que también está allí, tocándole, cuidándose de no rozar con el otro, como si le diera repulsa el contacto con el otro hombre… pero no con su nalga. Siente la mano caliente tocarle cuando el otro dejaba un pedazo libre. ¡Y lo hacían en ese vagón lleno de personas! Estaba rodeado de gente, y allí, frente a todos, uno le manoseaba, el otro frotaba una y otra vez, ahora de arriba abajo con un leve vaivén, la verga de su culo.

   Lo peor era que una idea le asaltó, erizándole más, haciéndole contener un jadeo pero hinchándole el pecho: ese carajo la tenía bien dura… por él. Su culo lo tenía así, cometiendo aquella locura. Sus nalgas. Lo otro, y lo cual era más desconcertante, era que no se apartaba. No, ya no intentaba detenerles, mirando su reflejo, ocultos los otros por su propia imagen, puede verse, muy quieto, rostro de piedra, las dos manos en el tubo, aunque…

   Mierda, era una locura. ¿Qué estaba pasándole? ¿Cómo podía excitarle tener a esos sujetos tocándole así?, pero era. Se estaba erectando bajo sus ropas y es perfectamente consciente de que se concentra en su región glútea, como para comprobar cada cambio, cada roce, cada sensación. El vagón se mueve, jura por Dios que se trata de eso, no de su culo yendo levemente de adelante atrás, refregándose de la pieza del otro macho, imaginando esa verga blanca totalmente parada, a lo largo dentro de las ropas del otro, frotándose de la raja de su culo bajo el jeans ajustado que lleva. No, no quiere pensar en eso, y no, no es que se mece y se frota del hombre a sus espaldas.

   Salen del túnel, la luz vuelve y con ella sus temores. Esos carajos no se apartan, ¡uno le frota con el güevo, el otro con la mano! El vagón de detiene y ahora si se apartan; el joven hombre negro baja la mirada hacia la pareja mayor sentada al frente, imperturbable al mundo… casi lamentándolo. Le sorprende y molesta sentirse un tanto decepcionado cuando la mano y la pelvis de esos sujetos se apartaron. Y eso le altera, no debería sentirlo. Joder, él no era ningún marica. Pero siente el hormigueo sobre sus nalgas, allí donde la dura verga y la mano firme le tocaban y frotaban. Su piel lo extraña. Se queda quieto. Mucha gente baja, otros suben. Un asiento se desocupa momentáneamente en el más externo de los dos que forman la ele con los que pegan de la pared del vagón. Y no lo toma. Se queda donde está viendo a un carajo joven que se sienta, audífonos al oído, morral al suelo, tomando un libro. Otro que se perdería en su mundo aparte y que no notarían si algo extraño…

   El vagón arranca, y vagamente cae en cuenta que debió bajar en esa estación, pero lo olvida por aquella mano que vuelve junto a la suya en el tubo. Joven, blanca, fuerte. Y cierra los ojos un segundo antes de sentirle nuevamente; aún antes de entrar al túnel, esa pelvis vuelve contra sus nalgas, y tiene que contener un jadeo, sabiendo que tiene la piel de sus glúteos totalmente erizados. Y, maldita sea, echa el culo un poco para atrás, abriéndolo, permitiéndole encajar a lo largo, y casi sufre un desmayo cuando lo nota, el sujeto empujándoselo. Un güevo que estaba bien tieso. Lo siente en toda su dureza, calor y hasta pulsadas. El tipo va de adelante atrás, frotándose, usándole para darse placer, manoseándole de manera vulgar dentro de un vagón lleno de gente, y la idea le marea. Tragando abre los ojos, las luces de seguridad forman sombras, y volviendo el rostro hacia un lado se encuentra con la mirada del chico que acaba de subir, ojos muy abiertos, boca también, el libro cerrado en su muslo; un chico que notaba perfectamente que ese otro sujeto estaba restregándole el güevo del culo, y que él se deja, que más bien lo buscaba.

   ¡El chico le había pillado!

CONTINÚA … 9

Julio César.

SER O NO SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 20

agosto 30, 2014

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…                         … 19

   La siguiente es una historia que NO ES MÍA. Pertenece totalmente al señor capricornio1967. Tan sólo la reproduzco, tal vez cambiando una que otra coma, aunque la historia ya está por ahí, completa. Es un relato maldito en toda la regla, un hombre maduro decide tomar, controlar y dominar a su joven pupilo, transformándole en algo que no quiere, ni soñaba, aunque se resiste. Lo repito, es un cuento muy maldito. Disfrútenlo:

……

EL DILEMA

Autor: capricornio1967

Capítulo VI “CASTIGO”

MUCHACHON EN HILO DENTAL ROSA

  Algunos nacen para ser cogidos… en trampas.

……

   -¿Puedo entrar? -pregunta la voz de su madre después de tocar la puerta.

   -Pasa, mamá. -responde de manera autónoma.

   -Ya regreso tu padre, y quiere hablar contigo. Baja por favor.

   -Está bien. Solo déjame cambiarme de ropa.

   Adriana sale dejando que Daniel se cambie de ropa, usando una camiseta de algodón y un pantalón deportivo baja lo más pronto posible. En la sala están sus padres. Sin poder ver de frente a Luis, Daniel se sienta frente a ellos.

   -Me dijo mamá que quieres hablar conmigo, papá. Lo siento, sé que los he defraudado, pero les juro que no volverá a repetirse, se los prometo.

   -Pon algo de ropa en una maleta, estos días que faltan para que viajes a Grecia, te quedaras bajo la supervisión, las 24 horas del día, de Franco. Tienes 15 minutos para preparar todo, es la única forma de que no seas expulsado del equipo de natación. –informa este, monocorde.

   -¡¡¡PERO!!! -la sorpresa lo traiciona, aquello era horrible, ¿estar totalmente a la merced de ese monstruo que quiere esclavizarle sexualmente?- Papá, te aseguro que no es necesario, yo…

   -¡Silencio! Eso no está a discusión, Franco me ha dicho que esa es tu última oportunidad, o accedes y no irás con el equipo olímpico. Así que no repetiré la orden, haz tu maleta.

   -Papá, ya estuve entrenando con él, todo el fin de semana, yo creo que…

   -Tu harás lo que te ordeno, Daniel, has estado fallándonos a tu madre, a mí y a tu entrenador, ¿cierto? Ahora afróntalo. -le pregunta viéndole fijamente a los ojos.

   -Está bien, lo haré. -jadea resignado; lo haría para salir de todo ese problema. Además de una forma para que sus padres recobren la confianza en él, ya solo son unos días para emprender el viaje a Grecia, después de eso solo el tiempo que duren las olimpiadas, aproximadamente 4 semanas, y será libre. Al finalizar las competencias ya no tendrá Franco ningún poder para obligarle a ser su esclavo sexual. Un poco mas de paciencia, ya habrá tiempo de que Franco pague por lo que le ha hecho.- Iré a preparar mi maleta.

   El joven sube rápidamente las escaleras hacia su habitación, mientras Luis y Adriana se miran a los ojos, preguntándose si estarán haciendo lo correcto.

   -¿Tú lo llevarás a la casa de Franco? -pregunta Adriana.

   -No, Franco pasaré por él.

   -Esperaremos a Franco entonces. -responde mientras se recarga en el pecho de Luis, quien evita besarla en la boca cuando ella intentaba hacerlo.

   -Estoy algo cansado, querida; ha sido un día terrible. Me iré a dormir, que Daniel espera Franco, no debe tardar.

   -¿No esperaras a Franco? ¿No vas a despedirte de Daniel? ¿No crees que exageras?  –pregunta ya en un tono algo molesta.

   -Adriana, por favor, no discutamos; estuvimos de acuerdo en esto. Solo Franco podrá mantener vigilado a Daniel, son solo unos días. Pero no quiero estar aquí cuando Franco llegue por él. Por favor.

   -Está bien, yo esperaré a Franco y despediré a Daniel.

   Mientras tanto, Daniel llega a su recamara furioso. Sabe que todo es obra de Franco, a quien no le bastó con haberlo tenido el fin de semana a su disposición, sino que ahora desea tenerlo de nuevo. Golpea las paredes, de impotencia, de rabia, de no poder hacer nada, de no poder rebelarse para no defraudar a sus padres.

   Unos minutos más tarde, Daniel estaba vistiendo su traje deportivo, pantalones holgados de elástico, camiseta de algodón y la sudadera deportiva del mismo material que el pantalón. Aun entre la ropa suelta su perfecto cuerpo se dibujada claramente, su altura y los movimientos felino de su cuerpo de musculatura torneada y largos, daban como perfecto marco su varonil rostro a pesar de ser tan joven, ese atractivo tan viril heredado de su padre.

   -Estoy listo. -dice a su madre, extrañándose de que su padre no esté ahí con ella. En su lugar esta Franco. Se entiende su mirada de sorpresa, pensó que sería su padre quien lo llevaría a la casa de Franco.

   -Saldívar, que gusto verlo de nuevo. ¿Preparado para lo que le viene? –sus ojos relucen.- ¿Nos vamos ya? -pregunta mientras se pone de pie dando por terminada la conversación que tenía con la madre del joven. Impaciente por comenzar a “entrenarle” un poco más.

   -Si, señor. Nos vemos, mamá, te llamare por teléfono, ¿Dónde está mi papá? -pregunta al fin, extrañado.

   -Se sentía algo cansado, está dormido. -finge no darle importancia al asunto.

   -Despídeme de él. -toma su pequeña maleta y va hacia donde Franco está.- Listo señor.

   Después de darle el beso de despedida a su madre, Franco y Daniel abordan la camioneta del entrenador. Franco lleva puesta una gorra que destaca su rostro redondo, grueso de barba cerrada y bigote, aunado a su cuerpo de complexión gruesa velludo, unos kilos de más pero que no le restaban agilidad al momento de nadar, o capacidad apara dirigir al equipo.

   Daniel está sentado a su lado sin voltear a verlo, mirando únicamente al frente, sabe que Franco disfruta todo eso y, él se siente impotente de poder evitarlo. Sospecha lo que le espera en la casa del entrenador, a su merced, sin que haya algo o alguien que pueda salvarlo o impedir los sucios planes del siniestro entrenador. No le queda ni el escape de ir a casa, el refugio de sus padres.

   -¿En qué piensa, Saldívar? -le pregunta Franco sin voltear a verlo.

   -En nada, señor.

   -¿Sabe lo que le espera en mi casa, Saldívar? -pregunta esta vez con cierta burla.

   -Lo imagino, señor. -responde Daniel sin voltear a verlo, tampoco sintiéndose nervioso a pesar de que lo que sabe que sabe que Franco le hará; no puede ser nuevo para él, aun así esa situación no le gusta, lo presiona, pero ¿qué puede hacer?

   -¿Lo imagina? ¡JEJEJEJEJEJE! -la risa de Franco pone más tenso al joven deportista.

   El resto del trayecto, aunque Franco sigue conservando esa sonrisa siniestra de placer y satisfacción, Daniel permanece con la vista fija en el frente como ausente resignado a su suerte sexual. Cuando la camioneta entra en la cochera de la casa del entrenador, el joven sabe que empieza su verdadera tortura. Baja la mirada tratando de contenerse, de no echar a perder todo. Descienden del vehículo y caminan hacia la entrada de la residencia.

   -Estaremos solos, Saldívar, la servidumbre tiene estos días libres, ¡Al fin solos, mi amor! -le dice mientras busca la llave para abrir la puerta. Daniel solo lleva su maleta en las manos.

   El clavadista no responde, apenas lo escucha, como desearía que en abrir la puerta Franco se llevara muchas horas así retrasaría su tortura

   -Pase, Saldívar. -le dice Franco mientras empuja la puerta.

   Con pasos lentos, Daniel ingresa a la casa que será su prisión por los próximos días. Camina hasta la mitad del recibidor, mientras escucha que Franco entra tras de él y cierra la puerta. El joven se detiene esperando lo que Franco vaya a ordenarle, sigue así dándole la espalda mientras los pasas de Franco se acercan lentamente y se coloca a espaldas.

   -MHMMM, Saldívar, ya extrañaba estas nalgas tan redonditas. -le dice mientras con sus manos empieza a tocar el duro trasero de Daniel. Apretándolo fuertemente; recorriéndolo aun por encima del pantalón deportivo, siente la firmeza de la forma. El placer de tener ese perfecto culo a su disposición, cuando y donde quiera, ara hacerle lo que desee, le pone duro en segundos.

   Daniel siente como su trasero es fuertemente estrujado por Franco, pero permanece inmóvil mientras las grandes manos del otro recorren una y otra vez su culo, frotando sus dedos entre los turgentes glúteos, casi metiéndose entre ellos, todo para que Daniel sepa del alcance de sus dedos. Solo unos segundos bastan para que las ansiosas manos de Franco bajen de golpe el pantalón deportivo de Daniel, dejando únicamente el traje de baño que usa y que se ajusta como una segunda piel a las curvas de su trasero. Los pantalones caen hasta los tobillos del musculoso jovencito que permanece quieto soportando las grotescas manos que hacen bruscas caricias en su trasero, recorriéndolo, pellizcándolo, dominándolo sobre el ajustado bañador, una tortura que excita a Franco.

   -MHMMM, Saldívar, jamás me cansaré de tocarle este perfecto culo que tiene, está hecho para ser adorado por los hombres; y es mío, yo soy el único que lo ha poseído, soy el dueño de su culo, Saldívar, seguro que se le estremece cuando oye mi voz.

   Daniel mantiene los ojos cerrado tratando de no razonar, de no aceptar lo que Franco le dice, lo que es hasta cierto punto cierto. Ninguna verga, dedos o lengua han entrado en su culo antes, solo la de Franco y debido al chantaje que lo mantiene sometido a los deseos.

   Las manos de Franco recorren las nalgas, rompiendo el traje de baño que usaba Daniel para que no haya nada que se interponga entre sus manos y el duro trasero del atlético nadador. Daniel apenas si se mueve cuando Franco, a tirones, rompe el ajustado traje de baño arrojándolo al suelo. Es ya casi una costumbre para Franco desnudarlo de esa forma. Las manos del hombre aprietan las desnudas nalgas, fuertemente, una y otra vez. El joven trata de mantener los glúteos contraídos en un esfuerzo de poder proteger su culo, o al menos retrasar unos minutos más la tortura anal que supone Franco hará en su agujero.

   Después de explorar detenidamente las grandes, duras y redondas nalgas de Daniel, las manos de Franco suben y se dirigen hacia delante, buscando los pezones del joven, permaneciendo aun atrás del inmóvil nadador, pero esta vez pega su cuerpo al del muchacho, mientras sus manos se meten debajo de la camiseta de algodón y lentamente se dirigen hacia los objetivos deseados, los dorados botoncitos en los abultados pectorales del joven.

   Los velludos brazos raspan la bronceada piel de Daniel, quien solo separa sus brazos un poco para dejar que Franco explore su cuerpo sin obstáculos, resignado a su suerte. Las manos del hombre aprieten los pezones y los músculos alrededor de ellos como si quisiera ordeñar a su musculoso juguete sexual. Franco sabe perfectamente que una de las partes más sensibles de Daniel han sido sus pezones, la ex novia del chico, con la cual se puso de acuerdo para poder tenderle la trampa, se lo dijo, así que se aprovecha de eso para poder lograr que Daniel presente excitación, cosa que le humillará.

   -Ahhh… -un leve gemido escapa de los labios varoniles de Daniel cuando siente como sus sensibles pezones son manipulados por los expertos dedos de Franco; una y otra vez los dedos pellizcan atrapándolos, rozan y acarician cada uno de ellos, mientras el hombre se mantiene pegado a su cuerpo, por detrás, procurando que la dura verga esté presionada contra sus turgentes y redondas nalgas de atleta.

   Franco aun esta vestido, al menos, pero aun así se nota el abultado paquete, por las dimensiones de su gruesa y larga verga, que para desgracia de Daniel en poco tiempo estará moviéndose en su culo. Siente como el enorme miembro de Franco, a pesar de estar de por medio el pantalón del entrenador, se frota, ya puede hasta sentir la humedad que ha impregnado el pantalón del hombre mientras se frota duramente contra sus nalgas. El joven atleta mantiene contraídas sus nalgas, tratando de que no sean separadas, inocente e inútil resistencia que excita mas a Franco.

   Daniel siente como los fornidos brazos del entrenador le abrazan mas fuerte mientras sus manos siguen torturándole los pezones por debajo de su camisa y su verga sigue esa dura fricción en su trasero; movimientos rítmicos y sincronizados de su verga y sus manos al mismo tiempo que frota su miembro sus manos presionan los pezones de Daniel, mientras la fuerza en sus brazos aumenta para casi mantenerlo sofocado. El joven baja la cara y mantiene los ojos cerrados, luchando contra sus reacciones; en contra de su razonamiento y voluntad, su miembro empieza a responder a la estimulación de los pezones. Es quizá eso lo que más desespera al musculoso joven, que su miembro está respondiendo a la estimulación; aunque no igual que cuando estaba con su novia o alguna otra chica, además mientras el resto de su cuerpo se rebela a las sensaciones, su verga se somete fácilmente. La sangre se congestiona en su miembro a pesar de sentir la humillación en su culo, el placer en sus pezones no reconoce sexo, solo el tipo de caricias de las que está siendo objeto.

   -Dese vuelta, Saldívar. -le ordena Franco mientras sus manos empiezan a quitarle la sudadera que usa sobre la camiseta.

   -Ssi, señor. -responde titubeando, quizá avergonzado de que Franco se dé cuenta de que su miembro empieza a despertar. Mirada al suelo, gira lentamente, sin despegarla de allí un segundo.

   -Desnúdese por completo, Saldívar. -le ordena retirándose unos pasos.

   Daniel, aun con la vista al suelo, termina de quitarse los pantalones que estaban ya en sus tobillos, la camiseta que aun cubre su tórax. Su amplio torso se expande, sus pezones cafés oscuro redondos endurecidos por la manipulación parecen dos botones que sobresalen es ese perfecto tórax, sus fuertes brazos, su cuello firme y grueso, su viril rostro, su miembro grueso largo, del que cuelgan dos grandes bolas, las piernas perfectas definidas muscularmente hablando, su actitud de vergüenza de impotencia, todo eso excita a su infame dueño.

   El joven siente la penetrante mirada de Franco sobre su cuerpo, es como si pudiera sentirla mientras le recorre de arriba abajo detenidamente. A Daniel le gustaría poder hacer que su verga estuviera completamente flácida, que Franco no se de cuanta de lo que ha provocado en él, pero es inútil, aun siente el ardor en su pecho y más aun en sus pezones, por lo que Franco le hizo.

   -Hoy será algo diferente, Saldívar. -le dice mientras mantiene la vista fija en el musculoso deportista.

   -¿Diferente, señor? -pregunta extrañado, levantando un poco la mirada para ver a su dominador.

   Acercándose hasta donde está Daniel, Franco toma con una de sus manos la verga del joven, frotándola, para conseguir endurecerla. No era algo difícil ya que a la edad de Daniel el miembro responde de inmediato a la menor fricción, mas aun en la carga sexual del joven atlético, que ha estado bajo estimulación de sus sensibles pezones. El clavadista trata de mover los brazos al sentir como su miembro responde a la fuerte presión y fricción por parte de Franco.

   -Quédese quieto, Saldívar. -le ordena Franco cuando ve las intenciones del joven.

   -Ah, señor…

   -¿Sabe en qué será diferente hoy, Saldívar? -le pregunta acercándose, casi soltándolo como un murmullo frente a la cara de Daniel, que está empezando a sudar.

   -No, señor. -responde mientras siente como sus pezones endurecen de nuevo por la estimulación de su miembro. El joven se encuentra atrapado en una situación que no desea, su miembro lo traiciona y por consiguiente la excitación se apodera de sus zonas erógenas como sus pezones que siempre han respondido erectándose y poniéndose duros como piedra cuando su verga es excitada.

   Una mano de Franco sigue estimulándole los pezones ahora, mientras la otra le fricciona el miembro. Daniel muerde los labios, aprieta las mandíbulas, tensa todo su musculoso cuerpo tratando de no ceder, de no rendirse, de no demostrar placer, pero la experta mano del otro se mueve rápidamente, presionando todo el miembro del joven, haciendo que las dimensiones de su instrumento aumenten considerablemente, mientras con la otra mano sigue sin dejar descansar los pezones del deportista, que ya parecen piedras por la respuesta que tienen a la manipulación.

   -Quíteme la ropa, Saldívar. -le ordena Franco.

   -¿Cómo? -pregunta Daniel extrañado, abriendo mucho los ojos.

   -¡QUITEME LA ROPA, SALDÍVAR.! -repite en tono molesto, mirándole  fijamente.

   Daniel permanece inmóvil sin saber qué hacer, la orden de Franco lo ha tomado por sorpresa. En las ocasiones que han estado juntos es Franco quien, invariablemente, toma la iniciativa, el que desviste, el que hace todo, y Daniel es solo un juguete sexual en sus manos. No comprende que es lo que Franco se propone ese día.

   -¿QUÉ ESTÁ ESPERANDO, SALDÍVAR? -el nuevo grito saca a Daniel de su estupefacción.

   -Si, señor.

   Daniel avanza unos pasos y empieza a desabrocharle la camisa a Franco. El velludo y prominente pecho del robusto entrenador está cubierto de sudor, los pezones grandes cubiertos de grueso vello, al igual que todo el pecho, hasta el cuello. Las manos de Daniel tiemblan, es la primera vez que desviste a un hombre, nunca desde que aceptó ser esclavo sexual de Franco, lo había hecho y anteriormente solo había estado con mujeres.

   Torpemente termina de quitarle la camisa a Franco, dejándola sobre un mueble empieza a desabrochar el cinto, la gruesa cintura de Franco, firme aunque no estrecha, se deja ver. Los musculoso brazos de Daniel rozan alternadamente con esa velluda piel. El sentir el bulto en la entrepierna de Franco le pone la piel de gallina; sabe que la excitación de entrenador es extrema. El joven cierra los ojos mientras abre el pantalón del otro, que es algo ajustado así que no cae libremente sino que tiene que irlo quitando poco a poco, las gruesas piernas extremadamente peludas casi cubiertas por el mismo tipo de vello grueso y largo que tiene en el pecho, abdomen brazos y espalda. Nunca Daniel había visto tan de cerca el cuerpo de Franco, jamás lo había tocado de esa forma.

   La situación ha hecho que el miembro de Daniel regrese a su estado de reposo; flácido, cuelga de nuevo entre las piernas del musculoso joven. Trata de desvestir a Franco lo más rápido posible, le quita los zapatos, calcetines, para lo cual tiene que tomarle la pierna para que levante un poco el pie. El sudor del velludo y maduro macho impregna la mano del musculoso joven. Cuando termina de quitar los zapatos, Franco está casi desnudo, solo cubierto por la trusa, que por la humedad se le ha pegado al miembro que se nota por debajo de la delgada tela. Además de que es un paquete enorme, ya que Franco tenía un miembro largo, grueso, circuncidado. Daniel se detiene un momento, el grueso y velludo cuerpo del altísimo entrenador esta casi totalmente cubierto en sudor, sus vellos se pegan a su piel. Desnudo, el joven se detiene. Quisiera retrasar más el momento de tener desnudo a Franco frente a él.

   -Termine de una vez, Saldívar. -le ordena Franco al verlo titubear.

   Sin decir una sola palabra, Daniel toma el elástico de la trusa y empieza a hacerla descender para dejar a la vista las grandes y peludas nalgas del entrenador, así como el miembro que parece de piedra, durísimo, emergiendo por entre una espesa mata de gruesos y largos vellos. Daniel tiene precaución de no tocar ese miembro. Aunque Franco lo ha poseído en varias ocasiones, el joven jamás ha tocado su verga. Cuando hace descender la trusa por entre las gruesas piernas, dos grandes bolas cuelgan, bolas de tamaño muy por encima de lo normal. Los segundos le parecen eternos al clavadista mientras recorre con la trusa las largas piernas de su violador. Cuando le ha dejado desnudo se pone de pie, frente al entrenador, esperando órdenes.

   Ambos macho desnudos, el maduro dominante, y el joven musculoso, dominado, chantajeado, sometido a reglas sexuales a cambio no ser eliminado del equipo olímpico, frente a frente, ambos de una altura similar, aunque de complexión distinta. Daniel no se atreve a ver de frente a Franco; quizá hasta sería preferible que Franco lo penetrara de una vez y lo dejara descansar después, para no prolongar el encuentro, la tortura. El joven sabe que debe someterse a sus caprichos, pero no por eso deja de sentir repulsión.

   Mientras la verga de Daniel está flácida, la de Franco está paralela al suelo, durísima, larga y gruesa. Son solo unos centímetros los que separan a Daniel de Franco, éste, sabiéndose dueño de la situación, avanza hasta quedar casi en contacto con el otro, su verga topa con el otro cuerpo y roza el flácido miembro del atlético nadador. El leve temblor vuelve a surgir en Daniel, Franco se acerca y pone la mano en su nuca, tomándole fuertemente de la nuca y metiendo sus gruesos dedos entre sus cabellos, empieza a empujarle la cara hacia delante.

   Daniel piensa que Franco pretende besarle como lo hizo cuando lo desfloró en su propia casa, pero por repugnante que le parezca sabe que es inútil resistirse, así que se deja conducir, aceptando, resignándose. Controlando la repulsión.

   Cuando Franco siente que Daniel no opone resistencia, presiona fuertemente la parte posterior de su nuca, pero en lugar de dirigirle hacia su boca, lo hace hacia uno de sus pezones. Con un movimiento rápido, duro y firme, logra que los labios de Daniel caigan sobre su tórax, la boca abierta de sorpresa, rodeando su pectoral velludo, saboreando su pezón.

   Es cuestión de segundos lo que lleva el cambiar la dirección de los labios de Daniel hacia el velludo pecho del entrenador, donde ahora, por primera vez, prueba su piel velluda y transpirada de macho dominante.

CONTINÚA (el relato no es mío) … 21

Julio César.

NOTA: El relato comienza algo lento, y como no tengo intensiones de apurarme más, quien lo desee puede buscarlo en esta dirección: http://www.todorelatos.com/relato/16991/

ADICTO A LA LECHE FRESCA… 9

agosto 27, 2014

ADICTO A LA LECHE FRESCA                         … 8

   La presente es otra historia “maldita”, aunque no tanto. Un chico descubre, porque le llevan a eso, que le gusta mucho el sabor del semen. La historia NO ES MÍA, que no se moleste el autor si llega a saber que la estoy reproduciendo aquí.

……

Swallows milk

by Lexicode

LA ESPERMA EN LA CARA

  Agotado, satisfecho, cara chorreada… feliz.

……

   Las llamadas se repiten una y otra vez. Envuelto en una toalla, medio húmedo todavía, molesto por la insistencia, grita un “¡voy!”, y abre.

   -Señor… -jadea un enrojecido y jadeante Alex.- Por favor… por favor, déjeme chupar su verga… -pide como si la vida le fuera en ello a su señor Milo.

   Este le mira, severo, notando su alterado estado de ánimo. Una mano grande sube y le atrapa la nuca, casi afectuoso, el otro se estremece.

   -¿Has estado negándote lo que quieres? ¡Niño tonto!, vamos, entra y podrás chupármela todo lo que quieras… Pero te lo advierto, no estoy solo.

   ¿Acompañado?, con el corazón latiéndole con fuerza, de frustración y algo de celos, penetra en el apartamento; el hombre cierra la puerta a sus espaldas y va a un mueble. No era fácil que se pusiera a mamar si allí había alguien más y… jadea ahogado. Mirándole a los ojos, sentándose muy abierto en el sofá, el señor Milo le espera. Al joven la boca se le seca a la vista de los musculosos muslos bajo la tela del pantalón, el entrepiernas totalmente ajustado y el bulto que se distingue de manera evidente, o imagina, ahí. Ya no piensa, la verdad es que no puede. La masturbada pasada, las cosas que le contó el entrenador y las que hicieron juntos, le tienen a punto de estallar. Va y cae entre sus piernas, ansioso.

   -¿Tanto la quieres? –le pregunta el hombre, ojos entrecerrados.

   -Si. –es la dócil y clara respuesta. Sus ojos se encuentran, algo parece esconderse en las profundidades de las pupilas de su profesor de Matemáticas, pero este bota aire finalmente y parece mandarlo todo al coño. De momento.

   -Bien, es toda tuya, muchacho.

   Habría querido distraer con alguna charla banal, tal vez recorrerle los muslos con las manos, los sabe firmes, duros, a él le encantaba cuando las muchachas, hablándole, le tocaban así, indicándole que querían mucho más, pero no tiene cabeza para nada. Necesita verle la verga, tocarla. Desea con una desesperación que casi parece vicio, tenerla en la boca y chuparla, cubrirla toda y succionarla. Lleva rato sin mamar una. Con dificultad abre el pantalón, aparta lo suficiente de la bragueta y mete la mano. Traga, el hombre sonríe. No usa ropa interior, la encuentra, suave, caliente, consistente. La atrapa y tiembla de lujuria al sentir como endurece contra su joven palma.

   La saca, lentamente, hipnotizado, disfrutando de verla emerger de la bragueta abierta, por encima de los pelos púbicos del hombre donde algunas canas brillan. Está rojiza y morcillona todavía, pero la amasa, la soba descubriéndole la cabecita y lleva su rostro a ella, con la lengua toca el ojete y una poderosa corriente le recorre. No está totalmente erecta pero la traga, cálida, salina, suave. Y succiona. De rodillas entre sus piernas, la traga toda, sorbiéndola, la lengua pegada a ella, igual sus mejillas, satisfecho de oírle jadear bajo, ronco, del tensar del poderoso cuerpo masculino. Lo estaba haciendo bien.

   Él mismo suspira con total satisfacción, bañándole los pelos dentro de la bragueta, cuando la pieza pulsa más, endureciendo, creciendo, ensanchándose, ardiente. La siente ir contra su garganta, gruñe ahogadamente cuando, echándose hacia adelante en el sofá, una ruda mano del señor Milo atrapa su nuca, reteniéndole allí mientras su verga de macho cabrío gana toda su gloria. Alex medio tose, asfixiado, con arcadas, totalmente excitado, sus bonitos, brillantes y jóvenes ojos se llenan de lágrimas por el esfuerzo, igual que sus mejillas se tiñen de rojo.

   -Mírate, el hermoso rostro de un chico saludable y guapo que gusta de comer vergas… -le sonríe el profesor.

   Ahora, con las dos manos, atrapa su nuca, los dedos entre los sedosos cabellos del muchacho, comenzando a cogerle la boca al subir y bajar su culo del mueble; lo hace lentamente, dientes apretados, sacándola centímetro a centímetro, mojada y brillante mientras el chico se la succiona con la lengua y las mejillas, casi hasta el glande, para luego enterrársela otra vez, con un bajo y rudo “trágatela toda, muchacho, trágate tu biberón lleno de leche tibia”, sintiéndola succionada por la garganta joven, metiéndosela toda, aplastándole la nariz contra su pubis, reteniéndole allí. La sensación de control sobre el otro hombre era casi tan placentera como la mamada misma. La saca y la mete, cada vez con mayor velocidad, ahora atrapándole con un solo puño sobre la cabeza, el cabello halado, mientras con la otra mano le acaricia rudo las majillas, la garganta, sonriendo al sentir las idas y venidas de la manzana de Adán, también su propia tranca bajando. Se la deja allí, empujando más, gozando los ahogados jadeos del muchacho a quien le faltaba el aire, pero era tan bueno tenerla así, bien enterrada, sintiéndola bajo su palma en aquel cuello armonioso, que no le deja ir por un segundo.

   -Vaya, ¿hay alguien a quien no jodas en la escuela? –una burlona voz se deja oír y Alex casi muerde a su profesor, abriendo mucho los ojos y mirando hacia un lado, los rojos labios totalmente abiertos sobre la gruesa tranca que tiene atorada en su esófago, pegado al pubis de su maestro, gozando como llevaba días sin hacer.

   -Siempre te he dicho que la vida académica es muy estimulante. –se burla el hombre, soltando el puño y casi amoroso acariciándole la nuca al joven.- Lowell, te presento a mi hijo, Jason.

   ¡Oh, Dios!, jadeó internamente, recordando todo lo contado por el entrenador.

   -Mucho gusto. –dice este, caminando hacia ellos, cayendo sentado muy cerca de su padre, mirándole de manera perversa y acariciándose justo en el entrepiernas.- Coño, ¿cómo no se ahoga con tu verga en la garganta?

   -Es bueno en lo que hace, joven pero entusiasta. –elogia el hombre, totalmente indiferente al hecho de estar allí, en la sala de su apartamento metiéndole la verga hasta los pelos en la boca a uno de sus alumnos, con su hijo al lado. Uno que se acaricia mirando vicioso a los ojos a Alex.- Le gusta mamar; tener una buena verga de hombre enterrada en su boquita de muchacho, le enloquece. Casi tanto como el sabor de la leche. –más gentilmente le hace ir y venir sobre su tolete, halándole por el cabello, dejándole respirar, para sonreír mientras Jason ríe cuando Alex sorbe de manera entusiasta y muy ruidosa.

   -¿Me dejarás?

   -Claro, hijo. Creo que a Lowell le agrada la perspectiva de chupar otra.

   Era tan vergonzosa la manera en que se referían a él, como si no estuviera, pero la verdad es que todo él zumbaba de emoción mientras subía y bajaba sus labios color rosa sobre la dura y nervuda barra caliente que tanto le gustaba, mirando como el hijo de su señor Milo luchaba por sacar la suya, una pieza ya dura, no tan larga o gruesa como la de su padre, pero que en ese camino iba.

   -Tócala, Lowell, chupa la mía y acaricia la de mi hijo. –el joven, casi temblando de pura lujuria, lo hace. Su boca va y viene mientras atrapa la del muchacho, apretándola, estaba tan dura y caliente, y pulsó contra su palma de manera intensa. Le gusto verle sonreír y tomar aire con pesadez.

   No pasa mucho tiempo antes de que la mano del señor Milo, mientras le mira a los ojos, le separe lentamente de su verga, dejándola brillante y mojada mientras va retirándose, dejándole con la boca abierta, respirando pesado y con labios mojados, le dirigirle al entrepiernas de su hijo, que sonríe con ojos brillantes, la joven verga pulsando ya, gozando por anticipado lo que viene. El aliento bañándola la hace temblar más, y Alex la recorre, de abajo arriba con su lengua, como el señor Milo le ha dicho que les gusta a los hombres que le hagan otros, mostrando su deseo por esa verga que se le ofrecía. La recorre lento, llenándose la lengua con su calor y sabor, viéndole tensarse. Con la punta azota y recorre la cabecita, los rojos labios caen sobre el ojete, donde besa y chupa. Jason casi pega un bote de lo bien que se siente. Con el rabillo del ojo, el chico ve que el señor Milo sonríe aprobándole. Saber que le hace feliz le llenó de una cálida sensación de dicha, una que le obliga a tragar lentamente el güevo de su hijo; le daría una mamada tremenda y el señor Milo estaría orgulloso.

   La boca va y viene mientras cierra los ojos, algo mareado. Estaba saboreando su segunda verga del día, en pocos minutos, y la sensación de la vibrante barra mojada sobre su lengua le hace desear más, sorber, chupar; la atrapa con sus mejillas, la lleva contra sus amígdalas, labios contra el joven pubis dentro de la bragueta, y la succiona como un chivito, con lengua y garganta, entendiendo que esos gemidos roncos, esos jadeos, los leves saltos de caderas se debían a él, estaba haciendo gozar como nunca al muchacho con su boca, y mientras lo hacía se sentía en la gloria. Estaba resollándole también en los cortos pelos púbicos, pero ahora, antes de retirarse, aspira profundamente, necesitándolo, llenándose las fosa nasales con el fuerte aroma del muchacho, un almizclado perfume que estimula sus sentidos aún más; la verga sobre su lengua, mientras la chupa al ir retirándose, parece saber aún mejor. Va y viene, con gila, oyéndoles hablar lejanamente.

   -Mierda, cómo mama, papá… -el más joven, casi agónico.

   -Nació para tener una verga en la boca. Es su vida y hay que darle las gracias a Dios por ello. –informa el más viejo, antes de atrapar la joven  nuca empapada de sudor y empujarle arriba y abajo sobre la pieza de su muchacho.

   Alex no oye más, ¡si, le gusta mamar güevos, carajo! Adora sentir sobre su lengua eso que los hombres guardan bajo sus pantalones y que siempre quieren usar. Él deseaba que le dejaran, todos, trabajarlas así. Hace tiempo que lo sabe, pero ahora su mundo se expande más. Ama la verga del señor Milo, larga y gruesa, la de un hombre maduro y poderoso, esa tranca tenía un encanto para él tal que no sabe si podrá escapar alguna vez de su embrujo. Pero mamar al entrenador Lewis le hizo saber que otras también sabían bien, que el mundo era un enorme bufete de hombres y vergas erectas, calientes y gruesas que desearían entrar en su boca joven y golosa, pero ahora… La del muchacho, un casi contemporáneo, se sentía increíblemente bien, de ella manaba un calor casi enfermizo, de fiebre, y jugos y jugos, parecía más presta a soltar su preciosa carga.

   Y la idea le hace redoblar sus esfuerzos, tragándola toda y todavía menando la cabeza de un lado a otro, subiendo sorbiéndola, dejándola salir y lamerla una y otra vez, besándole la punta, devorándola nuevamente, deseando con una desesperación febril su preciosa carga de leche espesa, ardiente y abundante; la quiere ya, cubriéndole la lengua y estimulando cada una de sus papilas gustativa. ¿Sabría tan rica como la de su padre? ¿Qué pensará cuando le vea beber el semen de Jason? ¿Le dejará el señor Milo tragársela también a él, la lengua todavía cubierta con la esperma de su hijo? Las dos cargas se mezclarían, sus sabores. Y gime, de sorpresa. Jason se ha tendido hacia adelante en el sofá, y metiendo una mano dentro de su chemi, recorre su torso, y la caricia de otro chico, de esa manera, le hace arder la piel.

   -Creo que está listo para más, papá. Es como una fruta madura pidiendo ser comida…

   -No. –la respuesta es seca.- Aún es virgen… abajo, claro.

   -Pero quiere… Mira cómo responde… -insiste, algo impaciente, atrapando uno de los pezones, encontrándolo increíblemente erecto y duro, y aprieta suave, tirando de él, y Alex deja salir una bocanada de saliva y jugos cuando gime, sintiéndolo increíblemente bien.- Quiere más. –repite.

   -Aún no. –es tajante, atrapando al chico por el cabello, halándole, logrando un doble gemido de frustración, tanto Alex como Jason lamentan el fin del contacto, el doble contacto, pero Alex no tiene tiempo para lamentarlo mucho más cuando ya va cayendo sobre la verga de su maestro de Matemáticas, tragándola febril. ¡Le encantaba mamarle el güevo de ese hombre hecho y derecho!

   Y lo hace, sube y baja, perdiéndose en las sensaciones, en lo mucho que le gusta sentirla penetrar su boca, cubrir su lengua, quemar sus mejillas. Cada gota que logra sacarle, con avidez y lujuria, le hace vivir. Lejos oye los gruñidos gemidos de Jason, no sabe por qué, pero pronto se ve apartado de la gloria, y casi jadea, ojitos brillantes y suplicantes, barbilla manchada de saliva y jugos, siendo guiado hacia el tolete rojizo de aquel hijo desobediente de su padre, tragándola con igual hambre. Ama la del señor Milo, pero con la calentura que tiene se tragaría la de quien fuera (y cómo gozaría cuando partiera a la universidad, en las fiestas de su fraternidad). Sube y baja, rítmicamente, trabajándola a conciencia. Le siente tensare, le oye gruñir, nota como le retiene y ese algo hirviente que recorre la pulsante pieza en su garganta, corriéndose entre gemidos agónicos. Uno, dos trallazos, y luchando, Alex se retira lo sufriente para recibir el resto sobre su lengua, llenándosela con ella, saboreándola de manera intensa, afanosa, encontrándola tan deliciosa que cree nunca saboreará algo mejor, y tragándola, encontrándola sublime, fresca y maravillosa. Dios, ¡cómo le gustaba el semen! Succiona y succiona aún, negándose a soltarla. Deseando más.

   -¿Sabroso? –la voz del señor Milo le medio trae al presente, apartándole tirando de su cabello, mirándole, joven, rojo de cara, labios hinchados, algo de esperma haciéndolos brillar. Una imagen hermosa. Todo chico debe verse así en un momento de su vida, piensa.- Como ves, el sabor de las vergas y el de sus leches, varía, y no hay problema. Todas te gustan, unas y otras… -en sus ojos brilla algo que le hace entender que sabe muy bien lo del entrenador Lewis.- Ahora comprendes que todas son buenas llenando tu boca. Que no hay problema en que vivas tu vida; andar por ahí y gozando todas las que quieras tragar. Créeme, siempre habrán hombres deseando clavártela para sentir cómo las mamas. Ven, ordeña la mía ahora…

   Y como en trance, respiración agitada, abriendo más su dulce boca joven, notándose todavía la esperma de Jason, Alex cubre el mojado glande de la verga del padre de este, tragándola, dejando escapar, sin saber, un leve maullido de gusto total. Si, le gustaban las vergas. Amaba el enloquecedor sabor del semen sobre su lengua.

   Pero lo dicho por Jason…

……

   Esa tarde Alex Lowell regresó saciado y contento a su casa. Tomó una larga ducha, una abundante cena temprana y durmió. Mucho y bien. Ni siquiera con calenturas. Desnudo, dorada y hermosamente desnudo en su juventud, medio envuelto por una manta, sus redondas nalgas afuera, boca abajo, medio ladeado al estar abrazado a una almohada. Una leve sonrosa en sus labios. Un cuadro maravilloso que cualquier amigo gustaría de encontrar. Las pajas comenzaron al otro día, era estarse quieto un segundo y recordar la doble mamadas, el señor Milo y su hijo Jason, para correr a masturbarse. Casi gritando de gusto, lamentando no estar saboreándolas en verdad. Horas después comenzaría a preguntare, nuevamente qué quiso decir Jason con aquello de que estaba como fruta madura listo a ser tomado. Recordar las palabras, y el toque de su mano en el tórax, le afecta. Le excita pero también le preocupa.

   A la hora del almuerzo, su padre, de buen humor (no así su madre), le comunicó.

   -Te quiero en casa este fin de semana, Alex. Vamos a reunirnos los muchachos a jugar algo de futbol, disfrutar la barbacoa en la piscina y tomar unas copas. Tú no. –aclara rápido.- Por cierto, hijo, vendrá tu profesor, Milo.

CONTINÚA … 10

Julio César.

NOTA: Lo siento, esta es una de las que no tengo la dirección. Está el nombre original y el autor, sírvanse buscarlo a ver si hay suerte. Y me avisan. Queda poco, a lo sumo dos entradas. Y lo que viene será candela, el chico se descuida y le pillan en casa de sus padres.

SER O NO SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 19

agosto 23, 2014

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…                         … 18

   La siguiente es una historia que NO ES MÍA. Pertenece totalmente al señor capricornio1967. Tan sólo la reproduzco, tal vez cambiando una que otra coma, aunque la historia ya está por ahí, completa. Es un relato maldito en toda la regla, un hombre maduro decide tomar, controlar y dominar a su joven pupilo, transformándole en algo que no quiere, ni soñaba, aunque se resiste. Lo repito, es un cuento muy maldito. Disfrútenlo:

……

EL DILEMA

Autor: capricornio1967

Capítulo V “EL ENTRENAMIENTO”

CHICO MUSCULOLSO EN HILO DENTAL BLANCO

   Se iniciará en todo…

……

   Después de estar bastante rato en la regadera, se pone la toalla alrededor de la cintura, sale a su recamara donde lo esperan sus padres. Apenado baja la cabeza, sabe que ellos se dieron cuenta de que había tomado alcohol, aunque no saben por qué lo hizo. Luis, severo, avanza hasta donde está de pie, con la toalla enredada en la cintura, mirando al suelo apenado, desnudo de la cintura para abajo, y con las gotas de agua resbalando por su musculoso tórax.

   -Lo siento. -dice sin atreverse a mirarlos a la cara.

   Antes de que Daniel continuara hablando, Luis descarga su ira y su decepción como padre, dándole una fuerte cachetada. ¡Plaf!

   -No tienes vergüenza, ¿cómo pudiste hacer esto?

   Los ojos de Daniel se llenan de lágrimas, jamás ha querido lastimar a sus padres, de hecho todo lo que ha hecho es para que ellos no sufran, así que ha permitido a Franco que lo viole repetidamente, que abuse de él y lo torture; todo por no verlos sufrir. Las lágrimas caen en su musculoso pecho mezclándose con las gotas de agua que resbalan aun.

   -Perdónenme, se que no debí beber; no sé que me paso, pero no volverá a suceder. -sin dejar de llorar ni de ver al suelo les promete.

   -¿Beber? ¿Solo beber? ¿Y qué nos dices del sexo? –acusa, y al muchacho todo le da vueltas. No puede levantar la mirada que le arde más.

   -¿Ya lo saben? Oh, por Dios… -sabían lo que había estado haciendo con el otro hombre. Estaba perdido.

   -Si, ¿cómo se te ocurre meter mujeres para tener sexo aquí cuando tu madre y yo estamos ausente? ¡En nuestra casa!

   La cara de Daniel se ve realmente sorprendida; sabía lo del tequila, ¿pero lo del sexo? ¿Cuál sexo? Eso no lo recuerda, levanta la mirada y su rostro se enrojece.

   -Papá, yo… -no sabe qué decir, su vista cae sobre el preservativo que aun está donde Franco lo dejó. Ni Adriana ni Luis han movido nada.

   -¿Qué vas a decir? ¿Es así como pagas lo que hacemos por ti? -le reclama furioso.

   -No, no, papá, perdónenme, no supe lo que hacía, perdón. Les juro que no sucederá nunca más. -el golpe en la cara que le dio su padre no le duele tanto como el hecho en sí, por lo que significa, nunca antes su padre le había corregido a golpes, es la primera vez.

   -Las cosas van a cambiar de ahora en adelante, Daniel. Has defraudado la confianza que tu madre y yo hemos puesto en ti, y arriesgas tu futuro. ¿Qué pasaría si el entrenador sabe que bebiste alcohol? Pones en riesgo hasta tu participación en las olimpiadas.

   El joven baja el rostro, no sabe qué decir para defenderse ante lo obvio frente a sus padres.

   -De ahora en adelante estarás castigado y no podrás…

   Daniel apenas puede escuchar lo que su enojado papá le dice, sabe que todo fue planeado por Franco para desacreditarlo ante sus propios padres, pero ¿con que fin?

   No puede ni imaginar lo que se le viene encima. A él y a su familia.

……

Capítulo VI “CASTIGO”

   Mientras Daniel escucha los gritos de su padre, por su mente pasan los hechos que han cambiado su vida radicalmente. Hace apenas unas cuantas semanas era el chico más sobresaliente de la escuela, con su novia y la natación. Las materias aprobadas en el curso y su casi segura participación en las olimpíadas, y ahora, todos eso parece que esta por ser destruido definitivamente. Era un hijo modelo y Franco se ha encargado de desprestigiarlo ante sus padres, para poder tener más control sobre el joven nadador y clavadista del equipo.

   Franco aprovechó muy bien cuando junto con la ex novia de Daniel y unos compañeros del musculoso joven le tendieron una muy bien estructurada trampa que le colocó en sus garras. Un hombre vil, quien para colmo había sido compañero en la facultad de los padres del joven deportista; un sujeto que tomando hechos del pasado y su obsesión por poseer a Daniel, pero también mantenerlo sometido y dominado en todos los aspectos, había entretejido una perfecta maraña de la cual el joven no puede liberarse. Al contrario cada vez se enreda más y más en ella.

   Cuando sus padres regresaron lo hallaron bebido, en su habitación estaba la botella de tequila que Franco había dejado premeditadamente, y un preservativo que Franco había usado para masturbarle, haciendo creer que el joven había aprovechado la ausencia de sus padres para hacer una fiesta desenfrenada.

   Tanto Luis como Adriana, los padres de Daniel, están furiosos porque jamás habían tenido ese tipo de problemas con su hijo. Siempre ha sido un hijo modelo, deportista sano, de buna conducta, estudioso, pero en tan sólo unos días ha cambiado tanto que no le reconocen. Quizá le han dado demasiadas libertades; piensan que en algo están fallando con su hijo, pero no dejaran que se vaya por el mal camino, para eso están ellos, para corregirlo y aplicar mano dura cuando sea necesario.

   -No tienes permiso de salir, solo a la escuela y a entrenar. Fuera de ahí estarás en tu habitación, Daniel. Usarás el carro solo para ir de la casa a la escuela o a entrenar, tus tarjetas están canceladas y solo saldrás de aquí con Franco cuando sea necesario pare entrenar, ¿comprendes? -le pregunta Luis, casi escupiéndole en la cara a ese hijo de pronto rebelde, quien está aun semidesnudo, usando solamente la toalla alrededor de su cintura.

   Las lagrimas de impotencia y rabia por no poder demostrar su inocencia, han mojado parte de su musculoso pecho, las pocas gotas que quedaban de la reciente ducha se han secado ya en esa bronceada piel que cubre ese perfecto físico del joven Hércules de la natación.

   Sin atreverse a mirar de frente a su padre, solo asiente con la cabeza baja, su mentón se une a su amplio tórax de gladiador. Su madre solo está presente como mudo espectador de lo que ha pasado, no lo creería sino hubiera visto ella misma todo lo que pasó.

   -Franco llamó, iré a hablar con él. Te quedarás en casa hasta mi regreso. -sin decir una palabra más, ambos progenitores salen de la recamara de Daniel.

   El joven queda aun atónito, frustrado, sabiéndose en la trampa, en la perfecta prisión que Franco ha creado para él. Solo faltan unos días para que inicien las olimpiadas, y en un mes más terminaran, así que será libre de nuevo. Nada lo hará estar sometido a los deseos de Franco después de eso, solo tiene que soportar un poco más y todo habrá terminado.

……

   -¿Qué le dirás a Franco? -le pregunta Adriana a Luis, mientras lo acompaña al coche.

   -No lo sé todavía. Espero que Franco no sepa lo que pasó aquí anoche o será el fin de la carrera de Daniel.

   -¡Por Dios, Luis, eso no puede ser!, está ya casi con un pie en el avión.

   -Esperemos a ver qué sabe Franco. -dándole un beso en los labios se despide de ella.- Nos veremos en la noche, no vendré a comer. Recuerda, Daniel no puede salir de la casa.

   -No te preocupes por eso.

   Con la mirada, Adriana sigue el auto de Luis hasta que desaparece, sin saber qué sucederá con la carrera deportiva de Daniel. Cabizbaja regresa a la casa.

……

   Mientras Luis va rumbo a la facultad en donde Daniel entrena bajo la batuta de Franco, recuerda cuando ellos fueron compañeros en la facultad. Ambos competían por ir a las olimpiadas también, siendo Luis el que obtuvo ese privilegio por ser mejor deportista que Franco. Ellos también estaban en la categoría de clavadistas, aunque a unos cuantos días de salir rumbo a las olimpiadas tuvo un accidente que lo imposibilito de ir a las competencias como se lo había ganado. Para colmo de males, su lugar no fue ocupado por nadie, pues ya no pudieron hacerse los arreglos necesarios para que Franco fuera en lugar de Luis.

   Ahora Luis espera que Franco haya superado eso y no vaya a tomar represalias contra Daniel por ser su hijo. Nunca antes lo ha hecho, al menos eso es lo que cree, y no tienen por qué revivir el pasado.

   Tanto Luis como Adriana, su esposa, que siempre han practicado la natación, han albergado la esperanza de que sus hijos pudieran cumplir el sueño que se quedó inconcluso en ellos, que sieguen practicando ese deporte y se mantienen en perfectas condiciones físicas. Luis es un hombre maduro, apenas pasa de los 40 años, pero su físico es perfecto, que combinado con su madurez le dan un atractivo especial. Ese día, usando un traje deportivo que marca perfectamente su aun bien cuidado cuerpo, sus piernas musculosas, su estrecha cintura y amplio tórax, es posible ver las similitudes que hay entre padre e hijo. En casi media hora cubre el trayecto.

   Cuando Luis llega hasta la alberca, Franco esta aun terminando el entrenamiento con los jóvenes clavadistas, tiene que esperar casi media hora en la oficina de este mientras se desocupa. Franco, al ver a Luis esperándolo para hablar con él, sabe de lo que se trata. Sabía que Luis actuaría de esa forma en cuanto viera el estado en el que Daniel se encontraba. Verlo pensativo, preocupado por el futuro de su hijo, al hombre que le arrebató al oportunidad de estar en una competencia mundial, y el parecido de Luis con Daniel, le hace revivir todo el pasado. El placer de tener dominado sexualmente a Daniel es excesivo, satisfactorio para Franco, pero el ver a Luis así, ahí, le recuerda el rencor que le tenía. Lentamente avanza hacia donde esta esperándolo, admirando al preocupado macho maduro. ¡Sería tan fácil destruirle, causarle daño, mucho daño usando a su hijo!

   -Pensé que era Daniel quien me esperaba. -le dice mientras le extiende la mano para saludarlo.-  ¿Cómo estás? Pasa, por aquí.

   -Estoy bien… Necesito hablar contigo, Franco.

   -Y yo contigo; como su padre hay algo acerca de Daniel que debes saber.

   Luis pasa saliva, presiente que Franco sabe que Daniel ha estado bebiendo o quizá haciendo cosas peores que pongan en peligro su participación en las inminentes olimpiadas. ¡El fin!

   -¿Qué es lo que quieres decirme de Daniel? -pregunta algo temeroso de oír la respuesta.

   -Luis… -Franco hace una pausa mientras respira profundamente simulando una preocupación que está muy lejos de sentir.- Daniel está prácticamente fuera del equipo olímpico.

   -¡¡¡¿Cómo?!!! -pregunta sorprendido y abrumado poniéndose de pie; no esperaba una respuesta tan directa de parte del otro.

   -En las últimas semanas he estado protegiendo a Daniel, haciéndome el que no venía que ha estado bebiendo, distrayéndose en el entrenamiento, que no cumple como debe de ser; pero es demasiado, ya no puedo seguir ignorando que Daniel está poniendo el mal ejemplo entre los demás compañeros. Si le permito que siga en el equipo, no tendré autoridad.

   -Franco, piensa bien las cosas; sabes que mi hijo es el mejor del grupo. Lo sabes, no puedes dejarlo fuera, dale otra oportunidad.

   -Le ha dado ya varias oportunidades, ¿por qué crees que estuve en tu casa?, ¿por qué crees que lo llevé conmigo para mantenerlo vigilado?, pero no se ha corregido, Luis, es inútil. Anoche mismo sé que estuvo bebiendo y con chicas. ¿Qué diré si alguien, dentro del equipo, me lo reclama?

   -Pero… -Luis no termina la frase, sabe que Franco conoce perfectamente la situación. Quizá mejor que él y Adriana.- Amigo, es joven, es natural que tenga ese tipo de conducta, pero debemos ayudarlo. Te repito, sabes que es el mejor, que fácilmente podría obtener una medalla.

   -¿Y qué sugieres tu que hagamos? Ni tú ni Adriana pueden estarlo vigilando, y yo no vivo con él. Faltan solo unos días para salir rumbo a Grecia, ¿cómo podríamos controlarlo y castigarlo a la vez, para que entienda que todo es por su bien? -Franco ha hecho la pregunta perfecta esperando que Luis le dé la respuesta que espera.

   -Podría estar bajo tu tutela, ¿podrías encargarte de vigilarlo y reprenderlo estos días hasta que sea la competencia? ¿Harías eso por Daniel? –Luis no sabe que con eso está colocando a Daniel en las garras del lobo, un lobo muy astuto que sabe aprovechar las oportunidades que se le presentan o él mismo fabricarlas para satisfacer sus necesidades.

   -No es solo eso… -Franco voltea la cara para que Luis no vea la satisfacción que le causó lo que había sugerido, ese día las cosas para Franco se ven de forma distinta. Desde el comienzo, desde que se hizo cargo del equipo de natación y vio a Daniel, se le hizo familiar, por su parecido con Luis. Después supo que era su hijo y en parte por eso deseó someterlo, dominarlo y humillarlo. A ambos. Tanto a Daniel como a Luis, usando a su hijo como objeto. Quería al chico, pero ahora… al ver a Luis, tan atractivo y tan viril, tan preocupado por el futuro de su hijo, sabe que puede tomar ventaja también de eso y no solo satisfacer su venganza en Daniel sino en el principal causante.

   -¿Hay más? -pregunta Luis, asombrado de desconocer la conducta de su hijo.

   -La situación es muy difícil. No es solo la conducta de Daniel de hoy en adelante, sino lo que ha estado haciendo estas semanas. Me están presionando mucho, Luis, es muy difícil que logre que tu hijo se quede… A menos que… -deja la frase en el aire.

   -¿A menos que qué?, ¿hay algo que se pueda hacer? ¿Qué es, Franco?, dímelo. –pregunta ansioso mirando fijamente a Franco.

   -Ehhh… si, tú podrías hacer algo por Daniel; la cosa es, ¿estarías dispuesto a ayudarlo?

   -¿Yo?, por supuesto. ¿Qué es lo que debo hacer? Dime, Franco, haré lo que sea necesario. -dice mientras se pone de pie.

   -No es fácil…

   -Haré lo que sea. Habla, ¿qué puedo hacer para que Daniel no pierda esta oportunidad?

   -Luis… -Franco se coloca frente al otro, el varonil rostro del padre de Daniel queda justo frente al suyo, y pone su mano sobre el hombro de ese hombre maduro, viril y musculoso.- Lo UNICO que puedes hacer para que Daniel vaya a las olimpiadas, a pesar de su conducta, es…

……

   Ajeno a lo que sucede en la oficina de Franco, Daniel está en su habitación pensando en lo que le espera si es que el entrenador decide suspenderlo a pesar de todo; aunque sabe que ha cumplido con todo lo que le ha ordenado, que ese fue el pacto, el trato. No puede echarse para atrás. Usando solamente un short y una camiseta sin mangas, desatascándose sus musculosos bíceps, sus bien formados hombros resaltan, además de sus piernas de músculos largos y marcados por la natación, todo coronado con un rostro de atractivo felino y viril heredado de su padre. Sabe que Franco pretende manejarlo totalmente, hacer que sus padres estén de acuerdo en que pase más tiempo con él y en que le den más autoridad sobre lo que debe hacer para estar en mejores condiciones para la competencia. Quiere más control sobre su vida.

   Camina de un lado a otro de su cuarto, inquieto por todo lo que ha tenido que hacer ya. ¿Qué puede decirle Franco a su padre, en esa entrevista? Sin pensarlo más se cambia poniéndose solamente el traje de baño y baja de su habitación. El traje de baño de color negro se ajusta perfectamente en su entrepierna dejando ver su largo y grueso miembro en reposo y su gran trasero definido y duro, sus piernas largas se mueven rítmicamente al igual que sus musculosos brazos. Casi sin ver algo a su derredor llega hasta la piscina, se mete en ella y empieza nadar vigorosamente para tratar de bajar las tensiones acumuladas durante todo el día. La zozobra lo tiene así tenso, sin poder descansar, el rendimiento ha sido bueno pero…

   Las horas pasan rápidamente sin que se dé cuenta de todo el tiempo que ha estado nadando, se siente agotado, pero aun así no quiere dejar de hacerlo, eso le relaja y le impide pensar más en el problema en el que se encuentra. Ya, después de que cae la tarde, regresa, su piel le arde por la exposición al sol pero aun así esa molestia es mínima, al menos ha tratado de no encontrarse con su madre, no se atrevería a verla de frente. Es hasta que escucha que su padre ha regresado después de estar recostado y tratando de domar, el oír su voz, que recuerda en toda su gravedad toda la situación.

   -¿Puedo entrar? -pregunta la voz de su madre después de tocar la puerta.

   -Pasa, mamá. -responde de manera autónoma.

   -Ya regreso tu padre, y quiere hablar contigo. Baja por favor.

   -Está bien. Solo déjame cambiarme de ropa.

   Adriana sale dejando que Daniel se cambie de ropa, usando una camiseta de algodón y un pantalón deportivo baja lo más pronto posible. En la sala están sus padres. Sin poder ver de frente a Luis, Daniel se sienta frente a ellos.

   -Me dijo mamá que quieres hablar conmigo, papá. Lo siento, sé que los he defraudado, pero les juro que no volverá a repetirse, se los prometo.

   -Pon algo de ropa en una maleta, estos días que faltan para que viajes a Grecia, te quedaras bajo la supervisión, las 24 horas del día, de Franco. Tienes 15 minutos para preparar todo, es la única forma de que no seas expulsado del equipo de natación. –informa este, monocorde.

   -¡¡¡PERO!!! -la sorpresa lo traiciona, aquello era horrible, ¿estar totalmente a la merced de ese monstruo que quiere esclavizarle sexualmente?- Papá, te aseguro que no es necesario, yo…

   -¡Silencio! Eso no está a discusión, Franco me ha dicho que esa es tu última oportunidad, o accedes y no irás con el equipo olímpico. Así que no repetiré la orden, haz tu maleta.

   -Papá, ya estuve entrenando con él, todo el fin de semana, yo creo que…

   -Tu harás lo que te ordeno, Daniel, has estado fallándonos a tu madre, a mí y a tu entrenador, ¿cierto? Ahora afróntalo. -le pregunta viéndole fijamente a los ojos.

   -Está bien, lo haré. -jadea resignado; lo haría para salir de todo ese problema. Además de una forma para que sus padres recobren la confianza en él, ya solo son unos días para emprender el viaje a Grecia, después de eso solo el tiempo que duren las olimpiadas, aproximadamente 4 semanas, y será libre. Al finalizar las competencias ya no tendrá Franco ningún poder para obligarle a ser su esclavo sexual. Un poco mas de paciencia, ya habrá tiempo de que Franco pague por lo que le ha hecho.- Iré a preparar mi maleta.

   El joven sube rápidamente las escaleras hacia su habitación, mientras Luis y Adriana se miran a los ojos, preguntándose si estarán haciendo lo correcto.

   -¿Tú lo llevarás a la casa de Franco? -pregunta Adriana.

   -No, Franco pasaré por él.

   -Esperaremos a Franco entonces. -responde mientras se recarga en el pecho de Luis, quien evita besarla en la boca cuando ella intentaba hacerlo.

   -Estoy algo cansado, querida; ha sido un día terrible. Me iré a dormir, que Daniel espera Franco, no debe tardar.

   -¿No esperaras a Franco? ¿No vas a despedirte de Daniel? ¿No crees que exageras?  –pregunta ya en un tono algo molesta.

   -Adriana, por favor, no discutamos; estuvimos de acuerdo en esto. Solo Franco podrá mantener vigilado a Daniel, son solo unos días. Pero no quiero estar aquí cuando Franco llegue por él. Por favor.

   -Está bien, yo esperaré a Franco y despediré a Daniel.

   Mientras tanto, Daniel llega a su recamara furioso. Sabe que todo es obra de Franco, a quien no le bastó con haberlo tenido el fin de semana a su disposición, sino que ahora desea tenerlo de nuevo. Golpea las paredes, de impotencia, de rabia, de no poder hacer nada, de no poder rebelarse para no defraudar a sus padres.

   Unos minutos más tarde, Daniel estaba vistiendo su traje deportivo, pantalones holgados de elástico, camiseta de algodón y la sudadera deportiva del mismo material que el pantalón. Aun entre la ropa suelta su perfecto cuerpo se dibujada claramente, su altura y los movimientos felino de su cuerpo de musculatura torneada y largos, daban como perfecto marco su varonil rostro a pesar de ser tan joven, ese atractivo tan viril heredado de su padre.

   -Estoy listo. -dice a su madre, extrañándose de que su padre no esté ahí con ella. En su lugar esta Franco. Se entiende su mirada de sorpresa, pensó que sería su padre quien lo llevaría a la casa de Franco.

   -Saldívar, que gusto verlo de nuevo. ¿Preparado para lo que le viene? –sus ojos relucen.- ¿Nos vamos ya? -pregunta mientras se pone de pie dando por terminada la conversación que tenía con la madre del joven. Impaciente por comenzar a “entrenarle” un poco más.

CONTINÚA (el relato no es mío) … 20

Julio César.

NOTA: El relato comienza algo lento, y como no tengo intensiones de apurarme más, quien lo desee puede buscarlo en esta dirección: http://www.todorelatos.com/relato/16991/

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 21

agosto 19, 2014

… SERVIR                         … 20

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

UN CHICO SOMETIDO EN SU JAULA

El tiempo para tenerle en su jaula se le hace eterno.

……

     -¿Qué haces? ¿Te volviste loco? –graznó Nolan Curtis, sus oscuros, hermosos y dolidos ojos muy abiertos, mejillas rojas, de pánico. Viéndose adorablemente patético y débil.

   -Vamos, chico… Quieres comértela. A los putos como tú les encanta… -le sonríe sardónico Lomis, cruel, la gruesa y larga verga rojiza y pecosa emergiendo del pantalón de su uniforme, decidido a conseguir una buena mamada del muchacho, algo que siempre alegra el día, ver la suave cabellera de un jovencito mientras te la chupa, pero también buscaba romperle la voluntad.

   Ya le quiere como su perrito fardero.

……

   Todos los temores que Nolan Curtis había estado albergando, robándole la paz desde dos días antes cuando se reportó enfermo, estallaban ahora frente a su cara.

   No quería volver a la prisión, no podía. No después de lo sucedido. Lo del perro, el convicto, incluso los dos sujetos que le sodomizaron, todo había sido terrible, pero no tanto como haber sido sorprendido de esa manera por su compañero de trabajo, Lomis; aunque, técnicamente, este había sido el responsable de los dos violadores. Sin embargo no podía culparle. Entiende bien que ante la sorpresa de encontrar a un colega de trabajo sirviéndole de puto a un convicto, un hombre decente se habría molestado. A cualquiera le habría pasado. Él se buscó lo que ocurrió luego con Lomis, admite con pesadumbre y vergüenza.

   Por eso se ocultó en su apartamento, incapaz aún de llegarse a hablar con sus padres. No tenía cara para enfrentar a nadie. Incluso se ocultaba de Laura, su prometida, una joven hermosa, pícara y sexy que siempre estaba allí para escucharle y quererle… pero esta vez no pudo contarle. No a Laura, no a su familia. Dios, él la amaba, y quería a esa familia política que le había abierto sus brazos de manera amorosa. Los padres de la joven eran las mejores personas del mundo, él era como otro hijo para ellos… y ocurría esto. Deprimido, no había salido debajo de su techo hasta que ella prácticamente le arrastró a su casa, una bonita vivienda de dos plantas en las afueras, una construcción solida, próspera y acogedora que servía de hogar a gente no adinerada pero si resuelta. Desde allí llamó, por segunda vez, al jefe Slater para informar que no podía asistir. No quería.

   Les costó mostrar normalidad ante todos al responder y escuchar, intentó que la angustia no se dibujara en su cara, y era agotador, como lo era no dormir ni comer bien. Pensando en lo que había hecho. Dios, ¿cómo permitió que sucediera? Era un hombre adulto, un carajo hecho y derecho, nunca debió dejarse someter de aquella manera por ese sujeto enfermo y vil, Robert Read. Pero le dejó. En lugar de luchar, de gritar, de resistirse, defenderse o denunciarle, se había comportado como una víctima de maltrato familiar. Y eso era lo que más le afligía y torturaba, junto a las cogidas, claro; el saber que actuó débil y cobardemente.

   Fue mala suerte que cuando Lomis, precisamente él, llamara preocupado para saber qué le ocurría, fuera Laura quien le respondiera, diciéndole donde estaba. La joven lo había hecho con buena intensión, le veía deprimido y abatido a pesar de sus esfuerzos por disimular, y creyó que un compañero de trabajo le reanimaría. Por eso, rojo de vergüenza, no encontrando una excusa plausible para no verle, ojos oscuros ardientes de aprensión, delgado dentro de su pantalón oscuro y una camisa igual, fuera de sus pantalones, salió de la bonita vivienda donde se sentía relativamente a salvo para encontrarse con el otro, que le llamó desde la cabina de su Hummer. El encuentro fue terriblemente incómodo para el muchacho. Tragando en seco, corazón enloquecido, brazos cruzados, encaró al otro, tras el volante de su espacioso auto, lentes oscuros, rostro severo.

   -¿Cómo estás?

   -Bien. –graznó, tomando aire.- Aunque no creo que pueda ir a…

   -Sube. Debemos hablar. –fue una orden tipo invitación, y aunque Nolan batalló feamente en su interior, resistiéndose al tono, todo no duró más de un segundo y fue, cabizbajo, a la otra portezuela, subiendo y cerrando, mirando al frente.

   -He estado indispuesto y…

   -¡¿Acaso te volviste loco?! ¡No puedes faltar así al trabajo! ¿Crees que es fácil encontrar ocupación con esta maldita economía jodida por los genios de la bolsa y las finanzas? ¿Vas a casarte con una buena chica de suburbios, con padres trabajadores, y quieres terminar formando parte de una fila de desempleados esperando ayuda oficial? –le grita leve, sermoneador como un padre.

   -Lomis, no puedo; no puedo volver a…

   -¿Qué? ¿Muy mal ahora? ¿Acaso no puedes conciliar que eres un puto amante de las vergas? –le gruñe, menos amistoso, quitándose los anteojos y mirándole severo.- ¡Eso eres! Te vi. Fue asqueroso verte y oírte gritando y saltando sobre la verga de ese sujeto, pero, hey, si es lo tuyo, si es lo que te gusta, bien puedes ser el puto más puto del estado, pero no puedes faltar a tus labores. –abre los brazos, como diciendo “entiendo tus rarezas, amigos, pero madura”.

   -¡No soy un puto! –le ruge, mirándole alterado, casi conteniéndose en las últimas palabras, mirando alrededor, hacia la casa. La ventanilla estaba arriba, pero alguien que pasara pudo haberle escuchado.- ¡Ahhh! –el bofetón le sorprende, no duele pero si le toma totalmente con la guardia baja. Mira a su camarada, boca abierta, cubriéndose la mejilla.- ¿Qué haces?, ¿te volviste loco? –gime agudo, el pánico nadando en su tono, sabe que está perdiendo el control de la situación. Otra vez.

   -¡No me alces la voz, muchacho! –eleva un dedo y le advierte, duro, controlador, como Read le dijo que hiciera, sonriendo apenas, torvo, al ver al chico escogerse en el asiento.- Un putito no puede hablarle así a un hombre, muchacho. Y sí eres un puto, recuerda que me la mamaste, que me la chupaste hasta tragarte todo mi semen; con la boca llena de güevo y leche ronroneabas como un cachorrito feliz. Te bebiste el mío y el de otros. –le ve enrojecer, ojos oscuros y ardientes llenándose de humedad, de lágrimas no derramadas, un puchero luchando en sus bonitos labios rojos y brillantes. Y se veía tan lindo, que sintió como se le ponía dura en segundos, llenándole los pantalones. Quería romperlo en pedazos. Sus pedazos.

   -Me obligaron… -jadea bajo, y cierra los ojos y medio ladea la cara con otra bofetada.

   -¡Puto mentiroso! Yo estaba ahí, la tenías dura y te babeaba mientras tu culo estaba lleno de vergas. ¡Gemiste cuando te abrí el culo con la mía! –le señala, sabiendo que en el estado que el joven estaba en ese momento, no recordaría totalmente todos los detalles. La idea era rebajarle, hacerle sentir responsable de lo que le ocurrió.

   -No… -todavía menea la cabeza, mirando su propio regazo, luchando con el llanto.

   -¡Genial! –es la dura respuesta.- ¿Por qué con los maricas reprimidos todo tiene que ser tan difícil? Me sorprendiste con tu homosexualidad, está bien, pero si lo eres, si te gustan las vergas, ¡vívelas!

   -No… no… -niega nuevamente, pero suena atrapado en un pozo de angustias e incertidumbres, lamentando todo “lo que había hecho”, eso tan malo que le expuso a todo eso. Era su culpa y ahora…

   -A la mierda contigo, estoy cansado de escucharte. –le ruge, haciéndole gritar cuando con una firme mano le atrapa el cuello, obligándole a ir sobre su regazo.- No quiero escucharte decir nada más, mejor usa la boca para lo que te gusta. –y le refriega el rostro en su regazo, de la silueta de su verga pulsante. Alarmado, Nolan intentó alejarse, resistirse, pero la mano era fuerte.- Vas a comer güevo, muchacho…

   -No, Lomis, por favor, ¿estás loco? –es la desesperada réplica, convertida en grito cuando el puño se enreda en su sedoso y fino cabello negro, alzándole un poco, mirando con ojos desorbitados como con la otra mano su colega se abría la bragueta, luchaba por sacársela y emergía esa verga que ya conocía, larga, gruesa, surcada de venitas azuladas, pulsante. El calor y el olor le llenan en pleno al estar tan cerca.

   -¡Mámala, becerro! –le ordena, halándole el cabello, rudo, obligándole a mirarlo.

   -¡No! –es el desafío, uno que sale bajito, roto y ronco, pero desafío al fin. Lo que Lomis esperaba, Read había sido muy claro en ese punto. Era el momento de machacarle.

   -Comienza a comértela, perra, o voy a entrar en esa casa a contarle a todos los que hiciste, de cómo entre varios, por puto y regalado, te llenaron la boca y el culo con sus vergas. Hablaré de tu lunar en forma de corazón rosa en la raja de tu culo, y me creerán. Y luego iré con tus padres y con todos en la prisión. Todos sabrán que eres un sucio puto de los convictos y que te sorprendí y quise darte una lección para enderezarte. –amenaza, la verga pulsando a simple vista, mojando ya de pura emoción al tratarle así, ¿se sometería o resistiría escapando al control?

   -Lomis, por favor… -jadea totalmente vencido, tragando, ojos suplicantes.

   -¡A la mierda! –repite y lleva la mano a la portezuela, abriéndola un poco, la rojiza y pecosa verga afuera, temblando de ganas.- Veremos qué dicen…

   -¡No! –brama totalmente horrorizado el muchacho.- No, por favor… -repite cuando el otro le mira.

   -¿No quieres que vaya a contarles cómo se te ve la cara llena de esperma? ¿Qué harás entonces? –pregunta, cruel, portezuela medio abierta, su verga afuera, gente pasando del otro lado, por la acera.

   -Te… Te la chuparé. –es bajito, agónico. Lomis le mira duro.

   -¡Pídemelo, muchacho! –le ordena, cruel, sintiéndose inmenso, embargado de increíble poder. Podía hacer lo que le diera la gana con el joven colega. Le ve angustiarse, frustrarse. Ya lo tenía prácticamente mamándosela, pero quiere más. Alza las cejas y muy claro se lee en sus ojo: “¿lo haces o no?”, llevando la mano a la manivela de la puerta otra vez.

   -Por favor… -traga feo.- …Déjame chupártela. –la voz está totalmente rota.

   -¿Qué? –le tortura aún.

   -¡Déjame chupártela! –grita desesperado.

   -Okay, okay… aquí la tienes, qué goloso. –alza las manos, como rindiéndose. Y lo disfruta.

   Le ve dudar un segundo, sintiéndose atrapado, parecía un bagre debatiéndose con el anzuelo clavado en su boca, pero cuando lleva la delgada mano de dedos largos a su miembro, extrañamente fría, atrapándoselo, se erizó. Percibió el aliento del joven acercándose a la cabeza, desesperado y ruidoso, los delgados labios abiertos a centímetros, dudando. Quería atraparle por la nunca y obligarle a caer, que se la tragara toda, llevándosela a la garganta y obligándole a quedarse allí, ahogándolo, gozando con la idea de tenerla bien metida dentro de su boca, poseyéndosela, pero no podía. El chico tenía que hacerlo por su cuenta. Someterse.

   Y gime contenido al sentir esos labios caer sobre su glande rojo, liso y húmedo, cuando se lo recorre, regando sus jugos con saliva, antes de tragarlo, frente arrugada, ojos sufridos. Lo tenía, sentado, boca abierta, jadeando de gusto por la sensación de poder que le recorre, mira a su joven y apuesto colega cubrir con su boquita de rosa la enorme cabeza. Se veía tan caliente que no aguanta y alza un poco el culo, metiéndosela, sintiendo la presión de los labios, la lengua caliente pegándosele de la cara inferior, sobre su vena, las mejillas cerrándose. Jadea fuerte, cerrando los ojos, con la boca totalmente pegada a su miembro, que baja un tanto por su garganta, estaba en la gloria. La boca sube y baja desmañadamente, chupa un poco, y es delicioso, pero lo que le calienta más es saber que le tiene atrapado, que puede obligarle a hacer cosas que no quiere.

   -Ahhh… si, chúpala, muchacho, es toda tuya… -le ruge, ahora si atrapándole la nuca, porque todo carajo a quien otro está mamándosela dentro de un auto, tiene que atraparle así el cabello, en un puño, guiándole, subiéndole y bajándole sobre la barra que tiene que mamarse.- Oh, sí, sabía que querías… -le dice cuando los rojos labios se fruncen sobre su barra caliente.- ¿Era tan difícil, muchacho? ¿Ves lo mucho que te gusta?

   Una lágrima sale de uno de aquellos oscuros y apasionados ojos mientras el joven se hunde en el pesar. Su boca va y viene sobre el tolete, sorbiéndolo, temblando de miedo, convencido de que serán sorprendidos en cualquier momento. Es muy consciente de que sube y baja su boca, chupándosela, mientras hay personas que cruzan la acera. Por Dios, estaban en la calle, estaba dándole un mamada a la verga de otro sujeto en una esquina, ¿y si llegaba la policía? ¿Y si alguien salía de la casa de su novia?

   -Oh, si… me gusta así pero… -le hala del cabello, alejándole, separándole de su verga mojada y brillante, roja, atrapada aún en la base por los dedos del joven.

   -Por Dios, Lomis, ¡estamos en la calle!

   -¿No te excita eso? ¿Imaginar que quienes pasen, como esa señora, puede estar mirándote?

   -¡No! –jadea, aterrorizado, creyendo percibir que la buena mujer parece notar algo extraño, frunciendo el ceño pero alejándose.

   -Vamos, muchacho, concéntrate… Mamas bien, pero debes… Anda, bésame la cabecita. –le ordena, llevándole a su tolete, y Nolan quiere gritar, escapar, pero ya no tiene fuerzas para luchar y lo besa, sus labios rojos y muy brillantes de saliva y jugos de macho recorre el liso glande mientras lo medio atrapa.- Eso es… Ah, un chico besándote la cabeza de la verga se siente increíble, muchacho, es algo que debes aprender. El placer que puedes darle a tus hombres es grande. Ahora, con la lengua, azota mi ojete… Hummm, si, así. Duro. Ahora recorre toda la cabeza, toda, si, así… suave, toda, cada rugosidad. Ahora aprieta más mi verga, sube el puño y vuelve a azotar levemente sobre mi ojete, recoge todo ese jugo de macho, es tuyo. Es mi regalo… -y se tensa de gusto.- Si, así… ¡mira como la baba forma un hilo espeso del ojete a tu lengua! –y ríe.- Ahora baja por el tronco, por la vena. Anda, azótala, ahora lamela, de arriba abajo, así… ¡Joder, me tienes las bolas llenas de leche! –parece felicitarle. Mientras sonríe y saluda a un sujeto que va conduciendo en sentido contrario, y les mira sorprendido.

   Mientras va y viene sobre el increíblemente duro tolete ardiente, el muchacho se aleja mentalmente de aquella pesadilla, por ello le sobresalta, y feo, cuando una manota de Lomis cae sobre su trasero, palmeándole sobre el pantalón. ¡Dios, no! Quiere correr, aquello era tan humillante que quiere morir, fuera de que alguien podría salir de la casa, su prometida o uno de sus padres y…

   La mano de Lomis recorre lentamente su firme trasero sobre el jeans, sabiendo lo que piensa y padece, disfrutándolo más. Sus dedos entran en la raja entre ellas, empujando la tela, notando los saltitos del chico, su incomodidad… pero sin poder negarse. Tocarle así, recorrer de arriba abajo esa raja cubierta, una donde sabe que encontrará un culito joven, firme, cerrado todavía, que atrapará, masajeará y chupará su verga si se la metiera, le pone a mil; de su tranca sale una gran cantidad de líquidos que cubren la boca del muchacho, quien siente todo su sabor y debe tragarlo.

   -Ábrete el pantalón. –le ordena, notando su resistencia, el tensar de su cuerpo, pero reteniéndole con la mano sobre su tranca.- Hazlo, pequeño puto, o llamo a todo el mundo para que te vean con mi verga en tu garganta. –amenaza.- Á.bre.te el pan.ta.lón.

   La idea le pone increíblemente cachondo, metérsela allí, en plena calle, frente a la casa de su novia. Hacerle gritar cuando se la meta mientras la gente cruza la acera.

……

   -¡Aléjense de mí! –grazna Daniel Pierce, retrocediendo, mirando en todas direcciones como una rata acorralada. Si le tocaba pelear, acción en la que nunca ha sido muy bueno, llevaría las de perder frente al número de sus atacantes, esos sujetos que le miran con ojos codiciosos, sonrisas torvas, vergas totalmente erectas, disfrutando por anticipado del fácil bocado que tragarán.

   -Vamos, mi amor, no te pongas así. Dame cariñito. Te va a gustar. –se burla el hombre que robó su virginidad propiamente dicha.- Sé qué te gusta que te hagan y cómo. Y hasta cuántos. Te vamos a hacer muy feliz, bonita.

   -¡No! –grita ronco, y mirando entre ellos parece encogerse, derrotado, los otros sonríen más.

   Pero es un engaño, arrojándose hacia adelante, con rapidez, busca cruzar entre dos de los sujetos que sonríen confiados; pero dos pares de manos le retienen por los brazos, mientras ríen, controlándole, llevándole nuevamente contra la pared. Las manos tocan, le alzan en peso y aún así sigue luchando, intentando dar manotazos y patadas, y todo eso parece excitar más a sus atacantes, sus vergas estaban goteando copiosamente mientras le dominan. Le derriban obligándole a caer de rodillas, y mientras uno, a sus espaldas, le retiene los brazos hacia atrás, lastimándole, el líder le abofetea, duro, para luego cubrirle la boca con la palma de la mano.

   -Tranquila, mi amor. –le dice en español, burlón, pero también loco de lujuria.- Ah, esa boca, ya quiero llenártela, pero estoy muy caliente, creo que primero atenderé tu culo, te daré duro, güerito, y luego, mientras mis socios te lo calman, te llenaré la boca. Todos vamos a darte mucho amor…

   Daniel abre muchos los ojos, aterrado, debatiéndose pero retenido, indefenso, esas manos tocándole de forma ruda, sus tetillas pellizcadas; sus nalgas abiertas, le obligan a separar las rodillas, son palmeada, su culo lampiño, muy comentado entre burlas, es acariciado. Todos quieren tocárselo, compiten por acercar sus dedos. Y grita, no, por Dios, eso no podía pasarle. Otra vez.

   -¿Qué coño hacen? ¡Suéltalo si sabes lo que te conviene, hijo de puta! –ruge una voz autoritaria en la entrada, severa.

   Por un momento todos se congelan, mirándole, Daniel se ve totalmente aterrorizado. No, no puede pasar por todo eso otra vez.

   -Vete, o también a ti te daremos duro, nazi de mierda. –amenaza el jefe del grupo, alzándose, dominado por la testosterona.- A ti parece que también te hace falta un macho. ¿Qué tal, amigos?, ¿nos gozamos a dos perras en una sola sentada? –y sonríe mostrando los dientes.

CONTINUARÁ … 22

Julio César.


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