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DE AMOS Y ESCLAVOS… 10

octubre 24, 2014

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 9

HOT BLACK

¿Tanga o hilo? ¿Cómo lo quieres?

……

   Tarda casi veinte minutos en salir del apartamento del chico blanco, todo ajado, sudoroso, oliendo intensamente a esperma, en su lengua todavía el sabor de la de Hank y la suya propia. Da un paso fuera del apartamento, cierra la puerta a sus espaldas y se lleva un susto de muerte.

   -Mucho cachondeo, ¿no? –comenta, unos pasos más allá, el marido de la conserje, escoba en manos, ojos llenos de maldad y algo más.- ¡Vaya negro maricón que resultó! –casi ríe.

   -¿De qué coño hablas? –intenta fingir desconocimiento, incluso ira; el otro sonríe más, mirando hacia la puerta cerrada a sus espaldas.

   -De nada, amigo. De nada. –y ríe mientras se aleja barriendo.- Límpiate el mentón.

   Roberto traga en seco, pasándose las manos sobre la cara y luego el cabello grueso. Joder, ¿en qué estaba metiéndose? ¡Ese carajo sabía! Y las cosas que había hecho eran terribles. Debía terminar con toda esa mierda, ¡era un hombre, carajo! No podía convertirse en el sumiso y dócil juguete sexual de ese carajito insolente.

……

   Gregory Landaeta entra al amplio sanitario masculino, totalmente cerrado de ventanas, con baldosas blancas y paredes amarillas. Hay carajos que mean al tiempo que otros se lavan las manos. Algunos no lo hacen, salen tan panchos. Y mientras está ahí, de pie, la verga latiéndole dolorosamente dentro de sus pantalones, les ve ir y venir. Hombres como él, pero sin esa urgencia extraña que se le ha despertado. Mira el orinal de pared…

   Dos tíos mean sin hablar, los chorros son ruidosos. Entra al privado al lado, cayendo casi como un fardo sobre la tapa del inodoro, oyéndoles orinar, algo a lo que jamás le prestó atención antes. Pero bueno, nunca antes se había dejado tocar el culo, menos que otro sujeto frotara su verga de él, o… tocar él la de otro. Se estremece totalmente, asustado, inquieto, molesto y profundamente caliente. Si, recordarlo todo se la pone más dura contra la áspera y ajustada tela del jeans que le aprisiona sabroso y dolorosamente. Se la toca y el roce de su propia mano casi le hace gemir de puro placer. Oye voces, toses, meadas, lavados que se abren, agua que corre, y todo le marea. Le parecen sonidos eróticos, todavía no lo asocia a que son signos de personas que están cerca y pueden pillarle. Va cayendo hacia atrás mientras con manos febriles abre su bragueta, sacando de la suave tela del bóxer su enorme güevo negro, grueso, lleno de sangre y ganas. Y mirárselo así, sentir el frío del aire acondicionado, sabiendo que está en un sanitario donde podrían darse cuenta de lo que hace, todo tan prohibido y peligroso, casi le hace correrse.

   Sabe que no durará mucho, pero lo necesita de una manera casi febril, así que rodea el grueso, caliente y palpitante tronco con su mano, en puño, y lo sube y lo baja, arriba y abajo, apretando y aflojando un poco, masturbándose, y la sensación es mil veces mejor de lo que cree recordar jamás haber sentido. Cierra los ojos, deja que su cabeza ruede contra la pared metálica y se hace la paja mientras oye a otros carajos entrar y salir. Y mear. Una y otra vez. Gente que saca sus piezas y lanzan sus chorros de orina amarillenta, caliente y olorosa. Cuando le parece que la huele, de su tolete mana gran cantidad de jugos.

   Oye a dos sujetos hablar bajito, uno le cuenta al otro que salió con la puta de Susana, y comenta las cosas que esta le hizo con la boca. Las meadas, las risitas bajas, saber que eran tíos casi a su lado, le marean. Su mano sube y baja sabroso, dándose gusto, mucho, y sin embargo… Con una súbita inspiración lleva su mano libre a su plano abdomen, el roce le eriza, y la sube y baja, acariciándose, metiéndose dentro de la franela, subiendo más, llegando a sus tetillas duras, que al ser tocadas, allí, en ese sanitario donde se hace la paja al lado de otros tipos que mean, le parece la cosa más increíble del mundo. Su puño va y viene, frenético, con el pulgar se presionándose el ojete de su miembro, su otra mano aprieta duro una tetilla y tiene que morderse los labios para no comenzar a gemir de puro placer.

   Su mente gira de manera enloquecida, casi no es consciente de lo que hace. Y menos cuando recuerda a los tipos en el vagón, y como es su mente y es fantasía y en ese momento puede abandonarse a lo que quiere aunque le asuste o inquiete, se ve a sí mismo subiendo y bajando el culo sobre el güevo a sus espaldas, casi metido verticalizado entre sus nalgas redondas y dura, mientras el tipo le dice eso, que tiene un culo de locura. Al tiempo que frota la del otro bajo su pantalón, de manera entusiasta, la gente ocupada en lo suyo. Y el chico sentado que les miraba…

   Recordarle mirándole casi le hace saltar de la tapa del inodoro, teniendo que tensar las piernas para no temblar como gelatina y lograr retardar un poco más el goce. En su mente calenturienta, tanto que oscuros y pesados silbidos escapan de sus labios, el chico, en el Metro, saca su tolete y comienza a masturbarse, todo caliente, mirándole a él, excitado con la visión de su cuerpo grande, musculoso, sexy… siendo tocado, tocando y frotándose. Tiene que bailotear sus muslos de lo sabroso que siente cuando su puño va y viene sobre su güevo caliente, su otra mano de una tetilla a la otra, sabiendo o imaginando que el chico gozaba de verle.

   -¿Qué pasa ahí? –gruñe una voz antes de que la puerta del privado se abra y un joven y pecoso vigilante aparezca, quien abre mucho los ojos. Había entrado siguiéndole temiendo alguna conducta delictiva y… bueno, eso lo era, ¿no?- Pero, ¿qué coño…?

   -Yo… yo….

   Gregory casi salta sobre el inodoro, se ve totalmente alarmado, como tiene que estarlo todo el que es pillado haciendo aquello en un lugar público y para colmo por un vigilante. Nota la mirada curiosa del joven sobre su tolete atrapado, sobre su otra mano que sube dentro de su franela; no parece haber nada sexual en ello, tan sólo sorpresa y desconcierto. Y algo arde dentro del joven hombre negro, la mano bajo su franela sube, mostrando parte de su torso, del pronunciado pectoral, de la tetilla dura, pellizcándola, mientras el puño vuelve a sus movimientos, subiendo y bajando. Viendo aumentar la sorpresa del otro, quien no puede dejar de mirar, su propia lujuria aumenta a niveles escandalosos.

   Turbado, encontrando el espectáculo grotesco, pero a un tiempo fascinante, el joven vigilante duda, pero cierra la puerta. A sus espaldas. No quiere que nadie le encuentre mirando a ese tipo que se está haciéndose una paja, pero es que…

   -Te gusta que te vean, ¿verdad? –juega al malo, y su voz, la pregunta, hace que el otro jadee, esponjándose.- ¿Te sientas de noche en el balcón de tu apartamento a machacártela sabiendo que te miran? –tragando, Gregory niega con la cabeza, pero encontrando la idea increíblemente perversa y caliente.- Y el culo… ¿te pasas los dedos por el culo cuando sabes que te mira un tío de esos que gustan de llenar los huecos con su güevo? –niega otra vez, pero puede imaginarlo, no siendo tomado por un hombre, su agujero dilatado, abierto y muy lleno por la masculinidad de otro, pero si viéndole, y era enloquecedor.- Anda, enséñame el culo…

   Dios, Gregory se estremece violentamente, el otro, gay o no, tenía una mirada oscura, febril, y en su entrepiernas algo se levantaba. Homosexual o no, el sexo siempre llamaba. Soltando su tetilla, bajado más el jeans ajustado, ladeándose sobre la tapa del inodoro al montar un pie sobre el mismo, se masturba mientras enseña su raja peluda.

   -Acaríciate… -pide el chico, temblando. Él no era gay, pero…

   Y Gregory tiene que cerrar los ojos, no puede evitarlo, cuando sus dedos recorren la peluda raja íntima, tocándose la entrada del culo, y al hacerlo su verga mana más jugos. La punta de su índice recorre la entrada, sólo eso.

   -Puto. –oye bajito, y tiene que abrir los ojos, sonriendo complacido, tiene al chico súper caliente, ¿pero para qué? Él mismo no lo sabe. Tan sólo que…

   Echa la cabeza hacia atrás, brusco, y aprieta su verga para impedir un desastre de leche que llegue hasta el techo, soltándose de paso el culo, aún así corriéndose entre poderosos y deliciosos temblores de lujuria, un clímax intenso alcanzado porque estaba siendo mirado. Del ojete de su amoratada verga mana el río de leche, que no sata por la apretada, pero que sigue fluyendo, llenándolo todo con su poderoso olor a semen fresco.

   -¡Marico! –le gruñe el otro, acomodándose la gorra, cerrando la chaqueta sobre sus caderas y saliendo al tiempo que agrega.- Lárgate pronto.

   Desfallecido de gusto, insensible a las palabras, Gregory asiente, recostado de la pared… levemente preocupado. El carajo dejó la puerta entre abierta y un joven delgado, cara picada de acné, se asoma, ojos brillantes.

   -Joder, tío, ¿las chupas? –parece muy esperanzado.

……

   Como el mundo sigue girando, Roberto y Gregory deben regresar a sus vidas. Eso quiere decir al trabajo, a tratar con los colegas en el parada de taxis, con familiares, con amigos fuera de ese círculo… y alguna que otra chica que les busca. Gente del pasado. Uno no tan distante, emocionalmente, para Gregory, como sí para Roberto, quien sí ha cruzado ciertos límites. Ha mamado, ha tragado semen. Y le ha gustado y deseado. Mientras a Gregory le calienta recordar lo vivido, que le miraban, todavía preguntándose por qué, a Roberto la cosa le pegaba más. Porque ese muchacho que le controlaba le trataba como a un ser inferior, con desprecio, de manera autocrática. Y eso le gusta, ser tratado como un menor, un sujeto sometido a otro. Le gusta tanto que se oculta del otro.

   No quiere pensar en nada, quiere olvidar, así que evita a Hank, y al marido de la conserje. Sale con sus amigos, pero no puede ser como antes, algo que hace notar, molesto, Yamal, quejándose de lo extraño que andan ambos. Y lo decía un sujeto que cada miércoles desaparecía con una hermosa e impresionante catira que venía a buscarle. Y que jamás ha contado algo al respecto, como no sea mostrar una enorme sonrisa de satisfacción que le duraba hasta el sábado. Gregory y Roberto siempre han discutido qué tanto se divertía en la cama con la tipa esa.

   Como fuera, Roberto pensó que podía resistir. En el día, haciendo mil cosas, casi lo lograba. De noche era otra historia. Intentaba no pensar, evadirse, pero no pudiendo estar con nadie, no podía, realmente no conseguía ni siquiera imaginarlo, los recuerdos volvían. Poderosos. El chico diciéndole negro sucio, que se hincara, que se tragara su güevo… Cuando le decía con ese tono cruel, asegurándole como si lo supiera, lo mucho que le gustaría mamársela, le excitaba en segundos. Su propio tolete endurecía feo en la cama. Había algo en el trato, en el tono, en saber que le dominaba, que le calentaba. No podía negárselo. Era dar media vuelta en la cama, cerrar los ojos y sentir la textura lisa y fibrosa de la dura y caliente verga joven, muy blanca, contra su rostro, azotándole como hace un hombre que posee a su puto, mojándole, untándole con sus jugos, ahogándole con su aroma a machito joven. Y tragarla. No quiere, aprieta los dientes, pero tiene que reconocer que le encanta cubrir con sus labios gruesos el gordo tolete palpitante, uno que temblaba dentro de su boca cuando lo lamía, que le regalaba sus jugos, unos que tragaba con avidez mientras escuchaba que era un negro puto que gusta de los güevos blancos. Y el semen…

   Tragando en seco se tiraba de espaldas, su pecho subiendo y bajando, casi saboreándolo en ese momentos, disparo tras disparo de hirviente esperma, babosa, espesa… Totalmente deliciosa.

   Los días se le volvieron un infierno, andaba nervioso, molesto, huraño. Nadie sabía qué le ocurría. Dos veces había visto de lejos a Hank, quien le correspondió con indiferencia, mientras seguía con los ojos el culo de un carajo negro que vivía en las residencias de al lado. Indicándole que podía conseguir lo que deseaba en cualquier lugar. Que él, Roberto, no era tan especial. Y eso le atormentaba, irritaba y desesperaba. Pero, ¿qué hacer? ¿Sometérsele totalmente? Sabía lo que seguía, piensa estremeciéndose, intentando no temblar ante la imagen de la gruesa, larga, nervuda y palpitante verga del muchacho luchando contra su cerrado agujero negro, forzándolo, abriéndose camino, la pálida mole de carne desapareciendo en sus entrañas. Una idea que temía por muchas causas. Por lo que significaría, que ya no era un hombre (como si mamar güevo o tragar leche no lo dijera todo),  y el dolor que seguramente sentiría en su entrada. Sin embargo, y de eso estaba también muy consciente, el tiempo transcurría y se le agotaba. Hank le abandonaría.

   ¿Qué hacer?

……

   Ahora vivía extrañamente semi erecto, siempre, piensa Gregory, aún más consiente ahora de otras miradas sobre su cuerpo. Extrañándole que las que más busque fueran la de otros carajos; tíos que tenían que admitir que estaba buenote, tal vez con envidia. O deseo. La idea siempre le producía escalofríos. No era gay ni nada de eso (se repetía), pero…

   La cosa era a veces incómoda. Y peligrosa. Entraba en las duchas del gimnasio, a solas, medio morcillón, mirarse de pasada en el espejo siempre le producía ese efecto. Su cuerpo era sólido, esbelto, bien trabajado. Estaba bueno, pues. El agua corría sobre su enorme humanidad cuando notaba que alguien más entraba también al área, y aún con los ojos cerrados, dándole la espalda, podía sentirlo, la mirada ocasional sobre su ancha y recia espalda, en el agua que bajaba hasta cubrir y meterse entre sus nalgas redondas, firmes, paraditas. Algo leve, una mirada que lanzaría cualquiera a otro, en un espacio cerrado o apartado, para estar seguro de no estar frente a un delincuente, por ejemplo. Pero a Roberto le afecta, lo siente en el cosquilleos en sus bolas, volviéndose, mostrando su buen tolete medio morcillón aunque no tieso. Y reparaba en la mirada del otro, el sujeto ocasional, que de pronto notaba el cambio en el ambiente. Que aquel no era simplemente otro sujeto, sino uno atractivo, bien proporcionado, de güevo seguramente insolente por saberse de buen tamaño. Era un reconocimiento innato de un tío a otro, y que a él le gustaba demasiado.

   Aquel tío solía darle la espalda, otros le miraban con disimulo, lo notaba aunque aparentaba que no. Y estaban quienes miraban su cuerpo grande y oscuro, con más interés. Uno casi descarado, que le obligaba a volverse, erectándose, enjabonándose, su mano untada de espuma metiéndose entre sus nalgas, restregando, frotando, sabiendo que le mira, que ese sujeto le tiene los ojos clavados en la mano en su culo. Generalmente terminaba si alguien más entraba. La magia se rompía.

   Pero esos cambios los había notado. Los cambios en él. Deseaba ser mirado y admirado. Siempre fue así, pero ahora está peor. ¡Necesitaba llamar la atención! Casi no se atreve a decirlo, pero quiere calentar braguetas.

   ¡Necesitaba ropas nuevas!, se dijo esa tarde al terminar en el gimnasio, cuando casi estuvo a punto de masturbarse siendo mirado por un chicuelo que seguramente apenas llegaba a la mayoría de edad. El joven, mejillas rojas y ojos muy abiertos, le miró con tal calor, deseo y lujuria bajo la ducha, que le costó no llegarse junto a él, hacerle caer de rodillas y masturbarse para bañarle la cara de leche. Pero había más gente por ahí… No era uno de esos gimnasios que había escuchado en cuentos cuando se burlaba de los maricos. Pero así, todavía afectado, con toda esa testosterona dando vuelta en su torrente sanguíneo, decide que necesita un cambio. Tomó el taxi hacia el Centro, y por pura casualidad, cuando abordaba la zona desde la avenida Baralt, ve la unidad de Yamal deteniéndose frente a un motel horrible. Le vio salir, también a la espectacular catira que a veces le buscaba, parecía una gata de ojos brillantes de lujuria, lo notó a pesar de la distancia. Sonrió, vaya, su amigo debía hacérselo muy bien para que esa mujer estuviera ovulando ya.

   Pero no tiene tiempo para eso. Se detiene en el Centro Simón Bolívar, en un estacionamiento oscuro y con pinta de inseguro a pesar de todos los organismos públicos que funcionaban cerca, y fue a una cercana tienda amplia, de cosas para caballeros, donde atendían hombres que no acosaban con el “¿dese algo, señor?”, que molestaba tanto. Es ropa barata, pero de buenos cortes algunas, reconoce viendo los jeans, las franelas. Por pura casualidad se detiene frente a una enorme mesa-caja llena desordenadamente con ropa interior. Sus ojos caen sobre las prendas de colores llamativos, así que toma unos bóxer rojos, otros amarillos, algo casi ofensivo, pero que por lo corto y brillante le produjeron un escalofrío. Traga, se vería tan puto metido en una de esas vainas, hasta dudaba poder entrar. Repara en un sujeto cuarentón, algo obeso y bajo, con una fea chaquetilla azul que indicaba que era un vendedor. Se veía tan poco atractivo y tan poco en forma, que casi sintió pena por él.

   -¿Busca algo en especial? –le pregunta, voz opaca, aburrida. Ya está, pensó el joven hombre negro.

   -Estoy mirando. –es la respuesta que da todo el mundo, metiendo la mano, tomando un bóxer más corto todavía. Sus labios entre abriéndose, el tipo mirándole fijamente.

   -Es algo corto, pero en un cuerpo como el suyo, se vería increíble. –comenta el sujeto como si tal cosa y Gregory traga, estremeciéndose.- Sería todo un espectáculo. –continúa con el mismo tono neutro, metiendo también la mano dentro de las prendas.

   -¿Usted cree? –pregunta al fin, aunque sabe que no debió hacerlo. No seguir ese camino.

   -Si yo tuviera su cuerpo, usaría algo como esto, para pasearme así por toda la casa con todas las ventanas abiertas… -saca una vaina barata, sosteniéndolo entre sus índices, una pieza chillona en azul eléctrico, tipo bikini, notando el oscurecer de los otros ojos.- O esto, para parar el tráfico… -continúa, buscando otra vez y mostrándole ahora, del mismo material, una tanga blanca, pequeña.

   -Yo… no…-sonríe sofocado, nada más metiéndose en esa vaina se correría.- No creo que sea mi estilo…

   -Tonterías. Con ese cuerpo debe lucirlas. A todos se les alegraría la vista. Es casi un deber…

   -No creo que me quede… -intenta escaparse, ronco y con el pecho agitado, deseando tomar aquella vaina ya.

   -¿Por qué no se la prueba allá? –le indica y el corazón de Gregory late pesadamente.- Yo iré y le llevaré otras prendas que han llegado… Y veré cómo le quedan. Seguramente de manera regia.

   Todo Gregory se estremece feamente, sabiéndose atrapado, tomando con mano insegura la pequeña prenda, dirigiéndose al probador, sintiendo la mirada del obeso sujeto sobre su cuerpo. ¿Qué estaba haciendo? ¡Estaba perdido de puto!

……

   El calvo sujeto, lleno de tatuajes y piercing en cejas, nariz y un lado de la boca, parece mayor de lo que es realmente. El lugar es largo pero estrecho, el techo bajo y la iluminación indirecta en casi todas partes, lo hace ver algo chico y sofocante; desde la barra, donde habla con otros dos tíos, pelones también (por elección), mira tatuajes en folios, mientras otras personas recorren la especie de galería, viendo tatuajes y piercing en fotos de personas. Algunas realmente grotescas.

   -¿Galdo? –pregunta una voz estrangulada.- Vengo de parte de Hank… -el hombre, con mirada indolente, se vuelve hacia el joven hombre negro.

   -¿Eres la futura perra de Hank? Me dijo que vendrías, tal vez la semana que viene. Veo que tienes prisa por servirle. Eso es bueno, chico, que te mueras por satisfacer a tu hombre. –le dispara a boca jarrón, frente a los otros dos, que también le miran.

   Y Roberto desea caerse muerto.

CONTINÚA…

Julio César.

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 24

octubre 8, 2014

… SERVIR                         … 23

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

OSO CALIENTE

Un oso que siempre come las fresas de caperucitos rojos…

……

   Cada día que ha pasado en prisión, Antonio Rivera sólo ha estado planeando su venganza contra la puta que le denuncio con Narcóticos. El hombre es un matón de poca monta de un barrio latino, a quienes no se ha cansado de causar daño, especializado en la venta y distribución de drogas. Nada muy grande ni muy llamativo, excepto por aquel chiquillo de padres ricos que murió por sobredosis en una fiesta, usando su producto. ¿Era culpa suya que fuera tan imbécil? ¿Atiborrarse de drogas? ¿En serio? Merecía morir. Pudo haber capeado el asunto de no ser porque Lina, la zorra, le encontró con su hermana en la cama, contándole a la policía lo que sabía y lo que no. Le encerraron, pero el caso no era muy sólido, y aunque siendo un delincuente sin muchos recursos, tenía amigos que estaban ayudándole. Saldría, oh, sí, y Lina sabría lo que era bueno. Así como los cuates que habían tomado sus calles. Una vez afuera le pagarían ese año preso, las requisas, lo gritos de los guardias. El tener que cargar basura, como hace ahora, las enormes bolsas negras desde el “carrito recolector” al contenedor. ¡Santa mierda, allí todo era una peste!, se dice con mala cara. Sabe que es el castigo impuesto por el vigilante gordo. También él se las pagaría.

   -Cholo. –oye a sus espaldas y se eriza, volviéndose con rapidez.

   -Maestro Read… -intenta una sonrisa de broma, una que muere al mirar sus ojos vacío.- ¿Algún problema, señor? -retrocede medio paso, chocando con el contenedor a sus espaldas.

   -No debiste tocar lo mío, hijo de puta.

   -Oye, pero antes…

   -Te pagué por ello. –se le acerca, paso a paso.- Y te lo dije, sólo esa vez, que nunca lo intentaras de nuevo.

   -Tu puto lo quería, maestro… -sonríe, tenso, midiendo el espacio para correr o lanzársele encima al otro. Se decide por una combinación, caerle encima, apartarle y escapar. Se arroja.

   Read le espera, de pie, sólido, abriendo los brazos y atrapándole por los hombros, golpeándole violentamente de espaldas contra el contenedor de metal, lastimándole, despojándole del aire y peor, golpeándole la nuca, feo. El grito ahogado se deja escuchar.

   -Tu puto se lo buscaba… Se acariciaba el culo y… -balbucea asustado y frenético.

   Grave error. Grita otra vez cuando una enorme mano cae en su cara, medio cubriéndola, empujándole con terrible fuerza hacia atrás. Mil luces estallan frente a sus ojos cuando golpea el contenedor. Duro. Tanto que algunos cabellos quedan pegados del metal gris, así como una manchita de sangre. Las piernas no le sostienen, casi cae, pero Read le agarra, volviéndole, golpeándole la cara ahora del maloliente contenedor.

   -Te entiendo, Cholo, ¿quién puede resistirse a un buen culo? Un culo gordo siempre llama. –le gruñe al oído, y el hombre grita, medio luchando contra las manos del otro que abren su braga naranja.- A mí me gusta romper culos, Cholo… me gusta escuchar los gritos de las perras cuando son desvirgadas de golpe, llenadas por un hombre, cuando entienden que son eso, putas…

   -¡No!, no, hijo de puta enfermo… -balbucea y grita quedo, medio inconsciente, cuando su frente choca nuevamente del metal, totalmente mareado, adolorido y aterrado cuando la braga es sacada de su cuerpo, quedando enrollada en sus tobillos y una mano grande va a su trasero, metiéndose entre sus nalgas gordas pero algo flácidas de quien no se ejercita mucho, con todo y la tela del calzoncillo, hurgando de manera terrible y soez.- No, no, por favor… -jadea, aterrado.

   -No tienes que suplicar por cariño, te lo daré todo, Cholo de mierda. –le gruñe al oído, con un tono que hiela la sangre, es la voz del feroz depredador sexual y emocional que es.

   Y boqueando, sangrando por la frente, ojos muy abiertos pero desenfocados, Antonio Rivera cae en cuatro patas, arrojado, gimiendo que no, intentando gatear y alejarse, pero totalmente mareado por esos golpes. Tras él, Robert Read sonríe más, ojos brillantes de maldad, abriéndose la braga, lentamente, un sonido chirriante que aterra aún más al delincuente latino. La prenda cae, y el enorme oso baja, de rodillas, tras el mexicano que todavía le mira.

   -No, por favor, no. Lo siento. Lo siento mucho, señor. Perdóneme, maestro Read…

   -Nunca debiste tocarla, hijo de puta. -le responde con una sonrisa cruel, una verga titánica que se alza bajo un calzoncillo holgado, una mano que vuelve a su trasero y se mete otra vez dentro de sus nalgas, hurgando, indicándole lo que iba a sucederle.

   Y Antonio Rivera grita, ¡Robert Read iba a violarle!

   Esos gritos y estremecimientos de pánico y repudio hacen sonreír al peligroso convicto, la verga temblándole de pura emoción ante la presa indefensa, sus gruesos dedos frotando aquel culo peludo, haciéndole my consciente de que puede y lo hace; finalmente uno de ellos entrando hondo, rápido, cruel. El grito del caído no se hace esperar y sonríe más, estremecido de un gozo cruel. Lo mete y saca, rítmico, mientras con la otra mano eleva un pequeño empaque a sus labios, que rasga, llevándolo a su miembro y, expertamente, colocándose el condón, extendiéndolo lentamente sobre su miembro. Se frota su pieza dejándole al otro el dedo bien adentro y flexionando su falange más distal.

   -¿Lo sientes, perra? Ahora serás mi puta, ¿te gusta eso? –le pregunta, toda tortura es poca para sus víctimas, y sonríe casi mojando dentro del condón cuando le oye llorar.

   -No, maestro, Read… ¡Lo siento! ¡Lo siento! –suplica todavía.

   Es todo lo que quiere escuchar, sonriendo torvamente, sobándose la tranca un segundo más, saca el dedo del cerrado culo. Se posiciona detrás del latino y este lloriquea feo, con lágrimas y babas, mientras enloquece de temor ante lo que sabe que viene. Con mueca de tiburón, Read le atrapa las caderas, su grueso tolete, como una tabla de carne caliente, golpea en la baja espalda del otro, sobre las velludas nalgas. El caliente manduco logra que el sometido hombre chille. Retrocediendo sus nalgas el tolete de Read baja, recorriendo la piel del otro, la cabeza queda apuntando hacia el cerrando culo. Y todavía lo frota con su glande, con leves idas y venidas para que lo sienta y se desespere. Y lo logra. Le oye gritar e intentar gatear, alejándose.

   Riendo bajo, ronco, realmente ruin, el hombre hala con fuerza las caderas del otro, obligándole a caer de un solo golpe sobre su gruesa verga, que desaparece totalmente en sus entrañas rasgando toda resistencia. Por un segundo, a Antonio Rivera se le pasa el mareo, la debilidad. Justo cuando grita agónicamente, sintiéndose partido a la mitad, como si dos ganchos hubieran entrado en su culo, halando en sentidos contrarios y rompiéndole. Sus ojos se llenan de nuevas lágrimas, pero también de furor cuando intenta escapar de eso que le quema horriblemente, provocándole un dolor como jamás soñó… a él, que ha violado a tantos desde su llegada a prisión.

   Es un dolor tan terrible que se revuelve, se echa hacia adelante, aprovechando que una mano de Read le suelta, para intentar escapar. Grita, por partida doble, cuando ese hombre cae sobre él, derribándole las rodillas, cayendo de panza, aporreándose las bolas contra el piso de paso, mientras a sus espaldas la terriblemente larga y gruesa barra del sujeto se le clava totalmente, el tiempo que este le atrapa el cabello mojado de sudor con la mano que abandonó su cadera, golpeándole feamente la cara contra el recipiente de ropas. La agonía estalla frente a sus ojos, otra vez, sometido a la crudeza de dos padecimientos terribles que no se neutralizan entre sí, sino que parecen potenciarse. Dios, ¿por qué le pasaba eso?, todavía lloriqueó para sus adentros, antes de dejar cae el ensangrentado rostro contra el piso, recorrido de terribles dolores y llanto silente. Resignándose a lo que viene.

   Y Read lo entiende, gruñendo casi como un animal victorioso, sacándosela casi toda, volviendo a metérsela, clavándosela totalmente, sin piedad por el sufrimiento que sabe que le causa. Adentro y afuera, abriéndole, cogiéndole, lastimándole, rasgándole. Tiene que tomar aire por la boca por el increíble placer que siente, esas nalgas enrojecidas y peludas, temblorosas, ocultan el agujero rico que aprieta y masajea su verga cuando la mete y saca. Coger era rico, pero en esos momentos goza aún más el dolor del otro, su humillación, la del que sabe que ya no es un macho latino sino su puta, una que estaba siendo cogida. Read goza su derrota. Pero le falta un poco… que llegaría antes del final.

   Sin preocuparse de pensar por un rato, ¡era un hombre tan ocupado!, Read se balancea de adelante atrás, como un perro cachondo, semi acostado sobre el otro, su verga gruesa y cilíndrica entrando y saliendo del enrojecido ojete abierto violentamente, halándole la roja membrana donde los pelos entran y salen también. Bufa con disfrute sintiéndole estremecerse, encogerse, intentar relajarse otra vez. Sabiendo que le lastima, que al cholo de mierda le duele. Se medio levanta, sobre sus rodillas, halándole consigo con una mano bajo la panza, la otra todavía aferrándole de manera feroz el cabello grueso, arrancándole algunos, tragando de placer cuando le oye gritar otra vez.

   -Tienes un buen coño, cholo. –le ruge bajito, para humillarle, sacándosela del culo enrojecido y algo sangrante en la membrana, y arruga la frente.- Estás tan lleno de mierda… -ríe.- Y es literal. –el tolete envuelto en el sucio suspensorio donde la mierda y la sangre se notan, penetra otra vez.- ¿Te gusta, cholo? ¿Te gusta cómo debió gustarle a quienes se lo hacías? ¿Verdad que es divertido y que se goza bastante? –le pregunta falso, hipócrita, burla grotesca, mientras le embiste a un ritmo increíble, lastimándole más, recibiendo como toda respuesta los lloriqueos lastimeros del otro hombre, de cabeza baja, derrotado y humillado en su masculinidad, su virilidad robada por ese sujeto.- Este culo hará historia en este penal, cholo. Cuando todos sepan lo rico que es, el cómo aprieta sabroso las vergas no podrás quitarte a todos de encima… -se burla cruel, metiéndosela toda y todavía empujando más.

   -Hijo de puta… -oye el leve eco de rebeldía, y es lo que quería.

   Vuelve a sacarle la verga del culo, más sucio ahora, y escupe un chorro espeso de saliva sobre el rojizo agujero, uno que llena otra vez, lentamente, centímetro a centímetro, con su tolete, para retirarlo y regresarlo, de a poco, adaptándole. Se la mete toda, ladeándola en todos los sentidos, guiándosela arriba y abajo, buscando hasta que le golpea en la próstata; no le es difícil, sabe de esas cosas. Ahora, con ese dato, le coge duro, a fondo, la mete y saca dándole justo allí. Y Antonio abre mucho los ojos, entre las lágrimas y la sangre, esa vaina le estaba afectando de una manera que le enferma. Ya no dolía.

   -¿Te gusta, cholo? Creo que sí, tu coño me lo abraza.

   -¡No! ¡No! –ruge angustiado, sintiendo como su agujero se abre y cierra, como espera el masaje interno. El cómo le calienta.- ¡No! –grita como única defensa.

   -Si, te gusta, cholo puto. Te gusta, porque eres un pobre marica reprimido que toda la vida ha querido engañarse. Pero sólo a ti te mientes, cholo. –le ruge casi al oído, teniéndosela bien metida, agitándola así en su culo lleno.- Todos saben lo muy marica que eres. –le mira negar con la cabeza, gimoteando, mitad dolor, mitad otra casa que provenía de la manipulación de su próstata.- Piénsalo, choclo de mierda… Tal vez si tu padre te hubiera desvirgado en tu cama de niño, convirtiéndote en su nena a la que visitaba cada noche, llevándote tus pequeñas pantaletas que luego te quitaría con sus dientes, una nena que luego pasaría a otro y otro, no habrías terminado siendo el sucio delincuente que eres. Serías la satisfecha putita de un hombre que habría cuidado de ti, comprándote pantaletas de satén… -casi le muerde la oreja.- O como puta en un burdel, atendiendo a mil marinos cada noche… llena de machos y satisfecha sexualmente. Lejos de aquí.

   El grito final que lanza, ese “¡no!” de rabia, no se sabe si es de odio, oposición al hombre que le somete sexualmente, o una negativa a lo que va sintiendo en esos momentos. No quiere eso, no le gusta, pero sabe que está erecto, caliente, la tiene dura, casi a punto de correrse, no puede ocultárselo. Pero tiene mala suerte. Robert Read brama como un animal y se corre abundantemente, puede sentirlo perfectamente, el cómo la verga se puso más dura y ardiente, recorrida por algo increíblemente caliente que estalla y sale llenando el pequeño globo del condón.

   Es por eso, por ese clímax alcanzado de primero por Robert Read, quien bufa satisfecho y gozoso, contento de lo que hizo, que Antonio no conoce el suyo, el primero que iba a tener mientras el güevo de otro hombre ocupaba todo su culo. Cuando este sale de sus entrañas, Read vuelve a lastimarle, pero no es por eso que cae sobre el piso, lloroso. La verdad es que se siente destruido. Le siente caer a su lado, pero no quiere verle.

   Terrible error.

   Una mano de Robert Read atrapa nuevamente su cabello y le estrella la cara otra vez contra el recipiente metálico, de manera salvaje.

   -Nunca debiste tocar lo que era mío, cholo. –le oye lejano, mareado y adolorido por el nuevo golpe, sangra aún más por la nariz, sabe que tiene el tabique desviado y el labio inferior partido. Sin embargo se tensa y gime cuando el peligroso convicto, con algo, corta sobre su nalga derecha. Rápido, ágil, experto. Y luego le deja allí, caído, mientras se pone de pie.

   -Déjame… -farfulla.- Lo siento, maestro Read… No volveré a hacerlo.

   -¡Cuanta mierda! –le oye gruñir como si no le hubiera escuchado, sabiendo que habla del condón, que parece lavar un poco con la gruesa manguera que se conecta a las enormes lavadoras, abriéndola al mínimo.

   Borrosamente le mira subirse las ropas, sin quitarse el suspensorio. Le nota volverse y siente un frío de miedo. Tardío de reflejos, entendiendo que es por la confusión de los golpes y de lo ocurrido (el ataque sexual), intenta gatear para escapar, pero Read llega a su lado y se inclina, mete una mano por su brazo derecho y le atrapa casi en el hombro, mientras la otra mano le atrapa por detrás de la rodilla del mismo lado, alzándole en peso como si fuera un muñeco roto, y con un único impulso le arroja dentro del pipote metálico, de cabeza, golpeándole en la caída, quedando atascado, adolorido. Aún así grita cuando siente que algo baña sus nalgas abiertas, goteando hacia abajo, un líquido poderosamente oloroso que le quema la nariz y los ojos cuando cae. Cloro. El chorro cae y cae, siente como la garganta se le quema, lo mismo que los pulmones, tosiendo de manera frenética… No puede detenerse, toser agónicamente, hasta que cae, a su lado, la boca de la gruesa manguera que alimenta las lavadoras. Y de ella el agua comienza a fluir, un potente chorro que rápidamente lo va llenando todo.

   Antonio entiende y abre mucho unos ojos casi ciegos por el cloro. Grita y grita, le llama, le pide que le ayude, que le deje salir, que lo perdone, pero el agua sube mojando su cabeza y frente, lo que está más al fondo. El agua le cubre y tiene que contener la respiración mientras intenta estirarse, bajar los brazos e impulsarse hacia arriba, o usar las caderas para reptar y subir. Pero no puede. Todo le duele, está semi atorado, el cloro le dejó sin aire y ahora el agua le cubre. Todavía farfulla y se debate, llamando mentalmente alguien, a quien sea. Necesita ayuda. ¡Alguien tiene que ayudarle, por Dios!, es lo que piensa, luchando, ojos muy abiertos, quemándose más con el agua con cloro. Pero no le importa. Es difícil aguantar la respiración. Siente que explotará. Necesita tomar aire. Respirar. Pero no puede. No puede. No debe… y quiere gritar. Lo hace. Grita y el agua entra por su boca y nariz, el choque parece golpearle el cerebro, intenta repelerla, escupirla, toserla, pero esta entra y entra, ahogándole. Se iba a morir ahogado en un recipiente de basura.

   Read recorre todo con la vista. No ha dejado nada visible alrededor, el agua con cloro se desborda del pipote donde unas piernas emergen al fin, pataleando, y moja el piso, las paredes del recipiente, todo el lugar. Llevándose todo material orgánico. Sale sin volverse, dejando que el agua ocupe su espacio, ni siquiera se queda para ver esas piernas agitándose frenéticamente, muy tensas, aflojándose finalmente.

   Antonio Rivera ya no saldría de prisión ni se vengaría de nadie.

……

   La muerte de Rivera, descubierta media horas más tarde de ocurrida, provocará un verdadero revuelo de tinte racial y étnico. El Alcaide enloqueció de rabia, ¿cómo pudo ocurrir eso en un lugar vigilado las veinticuatro horas del día? ¡Bajo el control de los carceleros! También le afectó, como a todos los que supieron del asunto, el grado de violencia al que fue sometido, su violación como tal, y el símbolo tallado con una navaja en su glúteo derecho, la cruz gamada.

   -¿Los nazis? ¡¿Esos hijos de puta?! –se repetían la pregunta, unos a otros, unos iracundos latinos.- ¡Esta mierda no se puede quedar así!

   Nazis, negros, musulmanes, todos lo comentaron. Nadie negó nada, ni dijo creer algo. Realmente a Antonio Rivera no le apreciaba nadie, ni sus compañeros, pero había que dar la parada.

   Adams, el vigilante obeso, nada dice, aunque sospechas cosas. Y teme. Sería fácil contar lo que vio en las duchas, al sujeto ese llegando para impedir la violación en grupo de la puta de Read. Pero también estaba Read. Y este la asustaba, algo que jamás confesaría a nadie, pero era cierto. Debía hablar con Lomis, ese hijo de puta le había metido en muchos problemas.

   Pero nadie se preocupó más que Daniel Pierce, quien temeroso vio llegar a Read esa tarde y dándole la espalda arrojó algo al inodoro, bajando la palanca; pero alcanzó a ver un condón lleno. También ocultar la delgada navaja tipo bisturí, bajo el colchón de su litera. Al escuchar del ahogado, recordó lo que casi le ocurre a él en el sucio inodoro. Sentado sobre su camastro le vio con una luz nueva, terrible. Read presintiéndole, se volvió y le miró, alto, velludo, algo barbudo. Peligroso. ¿En manos de quién estaba? Imagina que comenzará una investigación, de vigilantes, policías, forenses… ¿llegaría hasta esa celda? Algo de decía que no debía ilusionarse.

……

   Después de ser atacado por Read cuando se le enfrentó por la visita de Diana, siendo casi medio sumergido en el inodoro, Daniel no sabía qué esperar de la situación que vivía con el otro dentro de la celda. Y mucho menos después de la muerte de aquel tipo que le atacara en los baños, Rivera. No sabía cómo comportarse y el enorme oso no le daba indicaciones. Llevaba dos noches sin tocarle, justo desde el ataque. El peligroso criminal despertaba, salía, regresaba, se acostaba y no hacía uso de él. Y no lo entiende, ni la ansiedad que siente por ello. Bien, eso sí, al otro día llegaría Diana… y le tenían prohibido verla.

   No se atrevía a desobedecerle… aunque ahora no sabía qué hacer, qué lugar ocupaba allí. ¿Seguía siendo su perra? No está seguro. Eso sí, se rasura, cepilla su cabello, algo largo, terminando recogiéndolo en coleta corta con una liga; toma largas duchas y se asegura de usar el suave desodorante, el talco perfumado… y las tangas. Ya las usa sin detenerse a pensar en ello. De manera natural se rasura, se ducha, se perfuma y entra dentro de alguna de las suaves y acariciantes prendas. Casi todas presionándole de forma sedosa por delante, por detrás metida entre sus nalgas. Ya es algo maquinal. Estaba cambiando, estremeciéndose, lo notaba. Tal vez eran esas pastillas que debía seguir tomando, que sensibilizaban su piel, o la crema que ardía en sus pezones, los cuales casi no podía tocar sin sentir cálidos toques de placer. Mirándose al espejo comprueba que sus tetillas han crecido. Las aprieta y casi gime de gusto.

   La primera noche de abstinencia casi temió un ataque del oso, pero este leía sobre su cama, aunque le dedicó una mirada de admiración cuando se desnudó para acostarse, detallando su cuerpo marfileño, esbelto, firme, enfundado en la pequeña pantaleta aguamarina. Tal vez por eso se animó a aceptarle un trago, una de esas botellitas de whisky que no sabe de dónde las saca, pero que toma porque lo necesita, el licor, aunque sospecha que tiene algún otro añadido. Lo bebió con rapidez, facilitando dos pastillas también, y esa noche sintió calenturas sexuales. Su verga creció contra la suave tela y el menor movimiento le pareció excitante, y no sólo sobre su tolete, también contra el culo. Sus tetillas estaban imposiblemente duras. Sin hacer ruido se tocó un pezón y casi gimió, mientras bajó la otra mano, dentro de la pantaleta y…

   -No se te ocurra, Tiffany; aparta las manos de tu clítoris. No tienes permiso para tocarte o masturbarte. –oyó en medio de la noche la voz de mando, seca y fría, proveniente de la cama superior.

   Se contuvo, congelado de miedo por un segundo, pero quedando luego frustrado y caliente sobre la cama. Cerró los ojos intentando escapar al mundo de los sueños, y lo consiguió a medias, pero sus ensueños estuvieron llenos de imágenes, unas donde se duchaba, desnudo, lento, el agua tibia en forma de lluvia recorría y acariciaba su piel, y alguien llegaba por detrás, rodeaba su cintura, le abraza, chocaba de un cuerpo firme… de hombre. Y lo deseaba.

   Se revolvió en la cama, molesto, angustiado por esas fantasías. Fue una mala noche. Al día siguiente, ese día en la mañana, todo continuó igual. Trabajó, escuchó sobre el muerto, las mil teorías que había. Y mantuvo sus manos el mayor tiempo posible alejadas de su verga o tetillas, temiendo que Read se enterara.

   Diana. Su mujer iría al otro día y…

   Dios, necesita verla, hablarle. Debe intentar pedirle ayude, que intente lo que pueda por él. Tiene que salir de allí, alejarse de ese hombre que terminará matándole como hizo con el latino. Pero no puede desobedecerle, ahora menos que antes. Le tiene miedo. Mucho miedo. Sin embargo, debe intentarlo. Convencerle de permitirle verla.

   Así llegó a ese momento dentro de la celda, la cortina corrida porque es temprano en la noche; sentado en su camastrón con su braga naranja, recién duchado y perfumado, cabello recogido en coleta de nuevo, le mira al caer de su litera, dos botellitas abiertas en las manos otra vez.

   -Ten… -le tiende una, recorriéndole con la mirada.

   Daniel, tomándola y tragando en seco, entiende que el otro le desea.

   -Gracias. –croa y bebe, el licor ardiente se siente bien bajando por su garganta, calentando su estomago, fuego que se riega por todo su cuerpo de una manera embriagadora, obligándole a suspirar. Le ve darle la espalda, arrojar todo a la basura (aunque alguien debía darse cuenta de las botellitas de licor ilegal, ¿verdad?), disponiéndose a volver a su camastro.- Espera… -jadea suplicante. Enrojeciendo cuando Read le mira.

   -¿Si?

   -Yo… quiero hablar.

   -No estoy de humor para charlas de chicas, Tiffany. –suena fastidiado y va a subir, pero el hombre rubio le atrapa una muñeca gruesa con sus manos.

   -Por favor… -suplica con una voz suave, ronca y baja, respirando pesadamente, su cuerpo más consiente de sí. El hombre se medio dobla y le mira, ceñudo.

   -¿Quieres algo de mí, Tiffany? –le pregunta ronco, directo, envolviéndole con la mirada.

   No sabe por qué, pero ese tono y esa mirada le erizan, piensa Daniel. Y justo en ese momento la cabeza le queda en blanco, todo da vueltas. Quiere rogarle, suplicarle de rodillas que le deje ver a su mujer. ¡Necesita hablar con ella!, pero, imagina que por el alcohol aliñado, no parece capaz de hilar dos ideas coherentes, tan sólo consiente de la firmeza y calor de esa muñeca que todavía retiene.

   -Tócame… -le pide, y en cuanto lo dice se estremece envuelto por una calidez procaz. Siente sus tetillas muy erectas, así como su miembro aprisionado contra la suave tela de la tanga, la tirita sobre su culo parece desesperarle, su boca está seca.

   -¿Qué quieres en verdad, Tiffany? –le pregunta de nuevo, voz alta, alzándose en todo su tamaño, brazos cruzados sobre el pecho. Mirándole dominante. Y Daniel parece agitarse más, la cabeza muy confusa.

   -Quiero chupártela… -casi jadea con la boca más seca, su verga babeando un poco, su culo titilante bajo la tirita suave del hilo dental. Olvidado de lo otro. Porque si, necesita, justo en esos momentos… otra cosa.

   -¿Cómo dices, pequeña? –finge no escuchar, ladeando la cabeza.

   -¡Quiero chupártela! –brama, sonrojándose al escuchar risitas fuera de la celda, cosa que, sin embargo, le eriza más.

   -¿Quieres chupar mi verga, Tiffany? ¿Tragarla toda y beber hasta la última gota de mi semen caliente?

   -Si… -casi lloriquea suplicante, él mismo odiándose un poco pero sin poder controlarse.

   -Pídemelo bien. –es cruel, pero indudablemente feliz. Su Tiffany al fin despertaba a la vida.

-Por favor, señor, déjeme chupársela. La quiero en mí. –no puede contenerse, y escucharse le aterra y excita.

   Las risas de afuera responden a sus palabras, no así Read. Agitado se pone de pie y suelta la liga de su cabello, que cae casi sobre sus hombros, agitándolo con cierta coquetería, saliendo de la braga lentamente, estremeciéndose cuando nota la mirada de Read sobre sus tetillas, unas que arden con fuerza, necesitadas de ser chupadas y mordidas, lo sabe. La braga cae y queda en la breve tanga rosa, totalmente erecto, alto, suavemente musculoso, esbelto, su trasero redondo tragando la tela, provocando los jadeos que intentan ser de burlas de los reos que miran desde el otro lado del pasillo, pero que son de lujuria ante la increíblemente erótica imagen de ese hombre joven y decididamente guapo ofreciéndose en aquella tanga que todos desea tocar y recorrer con sus dedos, especialmente entre sus nalgas, pidiendo mamarle el tolete al enorme oso feo y malo.

   -¿Quiere que te tome, Tiffany? –aún pregunta Read, voz estrangulada de deseos oscuros.

   -Si.

   -¿Por qué? ¿Por qué tendría que responder a tus caprichos de niña rica? –le reta mirándole a los ojos.

   -Porque eres mi señor… -grazna lo que sabe que el otro quiere escuchar, pero pasando al ataque.

   Daniel Pierce, el hasta hace poco exitoso corredor de bolsa, seductor y medio canalla sexualmente, se arrodilla frente a ese hombre, frotando el bello rostro del enorme bulto que destaca allí, sumiso y solícito, como le gusta a todo carajo que esté con quien quiera comérsela. Abriendo los labios rojizos y mordisqueando la pieza con sus dientes blancos y parejos de chico rico y exitoso ahora convertido en perra de ese sujeto, intenta convencerle. Y afuera todos chillan, ríen, casi agitan los barrotes ante la visión de esa espalda ancha y blanca, esa cintura estrecha y las musculosas nalgas abiertas, la tirita rosa cubriendo la raja, las bolas envueltas más abajo; un tío ofreciéndose a la lujuria de su macho. Quieren verlo, abierto por la verga del otro mientras chilla como una putita feliz.

   -¿Que quieres en verdad, Tiffany? –todavía reta el hombre, mirándole, controlándole.- Habla o esto se acaba…

……

   El timbrado del teléfono despierta a Jeffrey Spencer de manera brusca, casi haciéndole caer del sofá donde se adormiló leyendo algo, perdido momentáneamente entre lo que soñaba y la realidad. Se sienta y se tiende hacia la mesita del centro, tomando el móvil… presionándose con la panza el abultado pene dentro de su bermudas holgado. Había estado soñando con lo ocurrido con el jefe Slater tres noches antes, siendo tomado otra vez por el inmenso hombre de ébano de verga titánica, reviviendo como en una película cada detalle, apareciendo luego, de la nada porque no estuvo, ese otro hombre apuesto, musculoso, desnudo y erecto…

   -¿Si? –responde todavía confuso.

   -¿Abogado? Soy el detective Selby. –responde una voz profunda y varonil, la de ese hombre con quien soñaba poco antes, desnudo y de verga tiesa, caminando hacia él.- Necesito verle… ¡Ahora!

CONTINUARÁ…

Julio César.

NOTA: Lo dicho, Robert Read es un monstruo.

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 23

septiembre 18, 2014

… SERVIR                         … 22

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

HOMBRES ATADOS

¿Cuántos caerán para satisfacerle?

……

   Todavía temblando por todo el peligro que corrió, sólo eso, ¿okay?, Daniel Pierce regresa escoltado a su celda, cruzándose con hombres que le sonríen lascivamente, todos los que le saben “la caliente puta” de Read. Agradece la soledad de la celda, aunque se pregunta de pasada dónde estaría ese horrible hombre. Cómo era posible que un condenado a muerte (y se estremece al recordarlo) pudiera movilizarse así, como le daba la gana y con tanto desparpajo. Se sienta en su litera, inquieto, llevándose una mano al suave cabello rubio oscuro, algo largo, le caía sobre el cuello y la frente. Debía hacer algo al respecto. Y allí, quieto y a solas, intenta con todas sus fuerzas no pensar en su reacción cuando ese joven y atractivo convicto le tuvo entre sus brazos. Geri Rostov. Siente sus mejillas arder, rojas de vergüenza, molesto consigo mismo. El sólo nombre le afectaba. ¿Qué estaba ocurriéndole? Está bien, ese hombre horrible le dominaba y usaba sexualmente, ¡pero él no era un marica!

   La reja se abre, casi con violencia, y sobresaltado como está, casi culpable por sus propios pensamientos, se pone de pie y encara a Robert Read, que entra muy serio.

   -¿No fuiste a trabajar, Tiffany? –le pregunta, caminando hacia su litera.

   -No, yo… no me sentí bien.

   -¿La menstruación? –se burla, achicando los ojos al verle bajar la mirada.- ¿Ocurre algo, princesa? –le ve dudar.

   -No… nada… ¡Ahhh! –no puede evitar el grito.

   Robert Read, endureciendo el rostro, le cruza la cara con el dorso de su mano derecha, con fuerza, haciéndole retroceder.

   -¿Por qué mientes, Tiffany? ¡Sé lo que ocurrió en las duchas! -es tajante, indiferente a la gente que pasa y escucha.- ¡Intentaste seducir a varios carajos! –le acusa.- Y vas a pagármela, pequeña zorra. –otro bofetón derriba sobre su litera a un totalmente aterrorizado Daniel.- Si quieres comportarte como una cualquiera, te venderé al prostíbulo de los armenios, para que seas la perra de cientos cada noche. –sentencia, encimándosele, esperando su reacción.

   En sus ojos brilla una rabia infinita… y homicida.

……

   Mientras sube las escaleras, después de asegurarse de que estaba ahí, hablando con la encargada de la consejería, Jeffrey Spencer, recuerda algo de lo dicho la noche anterior por el jefe Slater, cuando estuvo sobre sus gruesas y poderosas piernas, la titánica pieza negra que poseía bien clavada en sus entrañas, sobre lo que sus amigos decían de los culos de los chicos blancos. Meneando la cabeza lo aparta, no quiere pensar en eso. Ni recordarlo. Debía concentrarse en su trabajo, y parte de eso era entrevistarse con el detective que llevó a cabo la investigación contra Robert Read. Toca al timbre. Nada. Otra vez. Igual resultado. Le dijeron que estaba, así que insiste llamando con los nudillos.

   -¡Un momento! –escucha el rugido de una voz irritada. La puerta se abre y a Jeffrey Spencer la boca se le abre tanto como los ojos.

   Frente a él se encuentra un sujeto de casi dos metros de altura, atlético y fibroso, treintón, llevando una camisa abierta que deja al descubierto su torso ancho y de buenos pectorales, el pantalón del pijama, bajo en la cintura y de tela suave, permite ver parte de sus pelos púbicos y la silueta suelta de un miembro morcillón.

   El detective Owen Selby era un atractivo, poderoso y aparentemente muy bien dotado hombre negro.

……

   Daniel Pierce se siente atrapado en una horrible pesadilla, una que dura y dura sin parecer terminar jamás. Al terror vivido en las duchas, le sigue esto, la violencia y las amenazas de Read. Tiembla, abrumado, imaginando ante sí un horrible futuro donde es tocado, violado, marcado con armas blancas y… Grita, cerrando los ojos.

   -¡Yo no hice nada! Ellos me atacaron. ¡Me atacaron! –llora, apesadumbrado, rompiéndose, ¿qué tanto se esperaba que resistiera semejante calvario?

   -Lo sé. –la leve y profunda frase le impacta, se vuelve a mirarle.

   -¿Lo sabes? ¿Y entonces…? –no lo entiende, ¿por qué le gritó y amenazó de esa manera? ¿Y los bofetones? Se lleva una mano a la mejilla y casi pega un bote cuando el sujeto cae sentado a su lado en la litera.

   -Debiste contármelo en cuanto llegué. Debiste buscarme en cuanto ocurrió. ¡Eres mi chica y fuiste atacada! –parece ser la simple respuesta. Eleva una mano y el hombre rubio se agita, pero la enorme y callosa palma acaricia una de las mejillas abofeteadas.- Mira lo que me obligas a hacerte, ¿tanto te cuesta comportarte como mi nena obediente y sumisa? Nadie debe tocarte ni lastimarte, Tiffany… -le gruñe bajo, acercándose, metiendo su cara larga en el cuello del otro, olfateando.- Eres tan hermosa y sexy que entiendo que esos perros te busquen, pero no pueden poner sus manos inmundas en ti. –los gruesos labios caen sobre la sensible piel, mientras la mano baja, metiéndose entre la braga naranja del uniforme, cayendo sobre el torso del helado hombre, acariciando en un leve abaniqueo de arriba abajo una de sus tetillas.

   En cuanto los dedos tocan y rozan, un todavía enmudecido Daniel Pierce se estremece, una poderosa corriente de placer y excitación le recorre, su pezón endurece tanto que casi duele de una manera deliciosa. Read sonríe, sabe bien por qué responde así, y eso que apenas comenzaba.

   -No debemos discutir… -le susurra al cuello, mordiéndole un poco, al tiempo que con pulgar e índice atrapa el erecto pezón y aprieta.

   Daniel quiere resistir, de verdad, pero la oleada de calor y lujuria que le recorre no se lo permite y gime. No quiere pero echa la cabeza hacia atrás cuando la rasposa y babosa lengua del peligroso convicto cae muy abierta sobre su piel, lamiéndole lenta y deliberadamente desde la orquestilla esternal a la barbilla, que mordisquea, mientras sigue manipulándole el pezón con sus dedos. Bajando, dejando un reguero de saliva, el enorme oso llega hasta su torso, abriéndole la braga, sonriendo con lujuria frente a sus pezones muy vistosos, salientes, casi del largo de una uña. Y su boca cae sobre una de las tetillas, cubriéndola, bañándola en cálida saliva, mordiendo levemente, succionando luego, tocándola todo el tiempo con su lengua, mientras manipula con los dedos el otro. Y Daniel gime, sabe que lo hace porque oye risitas en el pasillo, pero no puede contenerse. Sus pezones estaban ardiendo, estaba totalmente perdido, por lo que no pudo detener la enorme mano velluda que se metía entre la braga, recorriendo su espalda, de arriba abajo, con propiedad. El pezón es dejado en libertad, brillante de saliva, duro, rojizo.

   -Tu piel es tan suave, Tiffany… -le oye susurrar antes de caer sobre su otra tetilla, repitiendo la dosis, chupando con fuerza, ruidoso, masajeándole de manera intensa, pero ahora mirándole, viéndole cerrar los ojos, boca abierta, jadeando con sus pómulos rojos. El cruel hombre no puede evitar sonreír, le tenía en sus manos, pero también estaba caliente. Baja la mano acariciando la realmente suave piel del otro hombre, lisa, llevándola hacia una cadera, estremeciéndose al encontrar la suave y diminuta telita de la pantaleta de mujer que usa, algo seguramente muy chico y sensual. Recorre, vicioso y posesivo, la cadera, el muslo, sobre la pelvis, encontrándole totalmente erecto, casi levantando la breve tanga.- Estás caliente, Tiffany… -aprieta y masajea, haciéndole gemir.- Tu clítoris palpita. –medio ríe, mordiéndole el pezón.- Eres tan ardiente, nena… Toda una mujer.

   -No, yo… -quiere resistirse a pesar de sentirse sin fuerzas y totalmente mareado por todas esas poderosas sensaciones que le recorren. Porque si, la mano del convicto, casi tanto como su boca, hacen responder su cuerpo.

   -Te gusta, mami. Y, ¡oye!, está bien. Está bien que te guste el sexo, que un hombre te excite. Eres una hembra joven, saludable y hermosa… -le mira a los ojos, respirándole sobre la tetilla que recibe su aliento.

   Cuando el peligroso convicto nota que el otro va a protestar, cubre nuevamente la tetilla con su boca, muy abierta, y succiona de manera ruidosa, haciéndole tensarse, estremecerse, gemir; pero nada a cuando su mano va rumbo a ese trasero, recorriendo la firme piel de las nalgas redondas y depiladas, gozándose el rudo hombre en tocarle sobre la pequeña porción de la tanga, antes de meterse y dirigirse a la raja. Daniel quiere resistirse, pero no puede, está atrapado en las reacciones de su cuerpo, alzándose un poco, todo erizado al sentir el roce de los gruesos dedos sobre su culo titilante, porque sabe que le titila. Y cuando uno de los dedos se pega de él, frotándole la entrada, casi le hace gritar, y no sabe si ocurre, si es Read quien eleva un poco el dedo o él echa su culo hacia atrás, pero el esfínter se abre y medio dedo del peligroso convicto penetra.

   -No, por favor… -todavía jadea, totalmente mareado e indefenso, atrapado por esa lujuria que no entiende, pero aferrándose a lo que es, o era, un hombre; Read deja sus tetillas, subiendo, sentándose a su lado, ese medio dedo todavía enterrado.

   -Tiffany, ¿de qué hablas? ¿No? Pero tu dulce coño está totalmente mojado. Necesita esto. –mete y saca su dedo, lento, tan sólo un poco.- Necesitas que te penetre, que te llene con mi hombría. Necesitas sentirme, sentirte tomada por una verga pulsante que te haga vivir. –casi la anuncia a la cara. Y Daniel cierra los ojos, no queriendo evocar las imágenes que tales palabras conjuran.

   -¡Convicto! –grazna una voz que se acerca, y mientras Daniel se impacta, avergonzado, Read, molesto, mira hacia la reja, sacándole el dedo del culo como si tal cosa, encarando al obeso vigilante Adams, que parece algo sobresaltado de verles así.

   -¿Qué quieres, cerdo?

   -¡Maldito convicto! –es la réplica común a la pregunta de siempre, pero se controla.- Me “pidieron” decirte que tu amigo quiere verte. –le informa al peligroso criminal, preguntándose de qué va todo ello; unos cuantos billetes habían asegurado el envió del mansaje, pero no puede evitar preguntarse en qué anda ese convicto que debería estar encerrado en solitario en el Pabellón de la Muerte.

   -Bien. –sonríe Read.

   -Y a ti te viene visita. –le avisa a Daniel Pierce.- Tu abogado y tu mujer. Pasado mañana. Y qué sorpresa se llevará la pobre. No uses labial, ¿okay? –anuncia, ríe y se aleja.

   Ante las palabras, un cubo de agua fría parece bañar el cuerpo del hombre rubio que se medio compone en esa litera, cubriéndose. Su mujer, Diana, ¿allí? Su corazón palpita con fuerza y no puede evitar sentir un ramalazo de esperanza por todo su ser. De ser ayudado, que su caso se reabra… Traga. Salir de esa celda. Ir a otro penal. Escapar de…

   -No la verás. –le informa Read, simple y firme.

   -¿Qué? –por un segundo no le entiende. ¡No podía hacer eso!- ¡Voy a verla! –ruge, poniéndose de pie, envalentonado y desesperado. La esperanza anida en su pecho. Podía escapar…

   Lentamente Read se pone de pie también, imponente, alto, fuerte, algo fornido. Encarándole.

   -¡No la verás! Y no me hagas repetírtelo otra vez. –ruge feo.

   -¡No!, yo… -se opone.

   Debió esperarlo, el puñetazo al estómago que le deja sin aire, mareándole, tanto que alarmado, pero como flotando indefenso, nota que Read le atrapa el cabello y le guía hacia el inodoro, el agua algo amarillenta de orina, empujándole allí. Intenta oponerse, aferrarle las manos, pero un nuevo puñetazo a un costado le deja adolorido, cayendo de rodillas sin poder evitarlo. Y la pesadilla comienza. Read le hunde la cara en esa agua hedionda, lucha, ojos muy abiertos, siente que ya no aguanta, que explotará, y el hombre le deja salir, gritándole que nunca podrá hacer nada que no le ordene porque él es su macho y tiene que obedecerle. Y la rutina se repite tres desesperantes veces más, algo de agua entra por su nariz y boca, antes de ser liberado, cayendo a un lado del inodoro, tosiendo, aterrado y llorando en el piso. Vencido. No, no podía dejarle… Y berrea como un niño, roto.

   -¡Silencio! –le brama, obligándole a encogerse sobre sí.- No verás a nadie, no tienes mi permiso. ¿No lo entiendes, Tiffany? Me perteneces. Eres mía. Mi hembra.

……

   -¿Si? –el hombre negro parece algo cabreado frente al sujet que le mira de manera tonta.

   Jeffrey debe hacer un esfuerzo sobrehumano para volver a recuperar el control. No era que estuviera viéndole la silueta de la verga, ni el tamaño al realmente apuesto tipo que le recordaba vagamente al actor Will Smith, sino que… ¡Un impresionante tío negro frente a sus ojos! ¿Acaso estaba siendo manipulado aún más allá de lo que imaginaba por Robert Read? Fue él quien le envió a hablar con ese hombre en especial… un atractivo hombre negro, bien dotado (aparentemente), después de guiarle en esa dirección con el jefe Slater.

   -Yo… si… -traga en seco, se acomoda los anteojos y se recompone tendiéndole la mano para presentarse.- Lamento molestarle, detective Selby, me llamo Jeffrey Spencer. Soy abogado.

   -¿Abogado? –le ve hacer una mueca cuando le atrapa la mano tendida y aprieta. Con fuerza pero no intencionada, cubriéndose luego un poco con la camisa, de pronto consciente de su facha.- Estaba… bien, regresé tarde de una fiesta. ¿Nos conocemos de alguna investigación, abogado?

   -No, eh… represento a Robert Read. Un hombre que…

   -Sé muy bien quién es. –es cortante, desaparecida toda su adorable confusión de borracho atrapado durmiendo y medio desnudo. Se ve alerta. Inquieto. Y molesto, algo que apena a Jeffrey.

   -Si es un mal momento…

   -Con ese sujeto siempre lo es. ¿Qué quiere? No me malinterprete, pero creí que nunca más tendría que saber de él.

   -Necesito algunos datos. Aclarar… cosas. –se ve incómodo, como no queriendo decir que desea, o intenta, defenderle, porque no quiere, pero que lo hará porque es su deber; que a pesar de que el hombre sea una porquería, tenía que intentarlo.

   -Es una pila de mierda. Eso debería terminar con el tema. –es tajante, luego toma aire, mano sobre su torso, cerrando la camisa abierta.- Okay, pase. –se hace a un lado.

   El abogado entra y mira la pequeña pieza, amueblada con un gusto un tarto espartano, como si su ocupante acostumbrara a estar fuera y sólo buscara cosas por su utilidad más que comodidad o armonía. Había un algo de mucha masculinidad flotando en el ambiente, tal vez por los cuadros o los adornos. Toma asiento cuando el hombre le indica un sillón, rechazando un café, sentándose el otro frente a él, piernas abiertas, la silueta de la verga cayendo, empujando hacia abajo la suave tela, la camisa cerrada por la mano. Aparentemente el hombre tenía un gran concepto de sí, pensó el abogado algo sofocado.

   -¿Qué quiere ese bastardo?

   -Parece tenerle inquina. –se amosca Jeffrey.

   -Sí, pero no como para manipular un expediente o una investigación. –le aclara sin acritud.- Ese sujeto intentó, con artimañas, ensuciar mi nombre, para desacreditarme. Pero fuera de eso… -se ve concentrado, olvidándose de la camisa que se abre dejando ver el torso ancho y musculoso de tetillas oscuras, perfiladas, algunos pelos rodeándolas.- Robert Read es un monstruo. –parece no encontrar palabras mejores y Jeffrey se revuelve en su silla, apartando la mirada de la silueta de la verga, donde cayó al querer dejar de mirarle los pectorales; joder, ¿por qué le obsesionaba eso ahora?

   -¿No cree…? ¿No tuvo nunca ninguna duda sobre lo ocurrido? –intenta concentrarse.

   -Jamás. –es tajante. Se echa hacia atrás en el mueble, su cuerpo exhibiéndose más.- Cuando llegué al matadero, lo sentí. Había un aire de vicio, de torcido, y recordé cuentos de castillos medievales donde se torturó gente durante la Inquisición. Los pelos de la nuca se me pararon. Los mataderos tienen su fama, la gente suele decir que de noche se escuchan cosas… -sonríe para sí.- ¿El alma de los animales sacrificados? ¿Tienen almas los animales? ¿Acaso será tanta sangre derramada? Como sea, lo sentí. Quise irme en cuanto llegué, aunque tal vez era porque sabía qué encontraría. Era un edificio grande en forma de C cuadrada, dos pisos, desde afuera era fácilmente creíble imaginar que te vigilaban y que sus muros ocultaban secretos. Había un mal ambiente, abogado. Techos altos, mala iluminación, pasillos largos y estrechos. Y estaban los cadáveres, claro. Fue como comenzó todo, uno de los asistentes echó de menos a una joven recién llegada, indagó… y la encontró. Muerta, asfixiada. Fue Read. Los forenses hicieron sus pruebas, ADN, las huellas alrededor del cuello coincidían con el tamaño de sus dedos; pero yo no necesitaba escucharles. Lo vi en sus ojos, entre dos uniformados, esposado con las manos atrás, frente al cadáver. Arrogante, cruel, creído de sí, demasiado inteligente para nosotros. –se echa hacia adelante.- ¿Conoce su historia? Fue un chico precoz, un genio en la escuela, pero también con un largo historial de crueldad hacia los animales y otros compañeros, y sus padres encubriéndole. Médico clínico se decidió por la sociología. Y no es difícil entender el por qué; la posibilidad de influir y sugestionar a otros debieron ser determinante. Para lastimar, para herir mentalmente. Es un sádico de ese tipo. Un hombre inteligente, fuerte de carácter y presencia que disfrutaba controlando y manipulando… -detalla y cada palabra eriza la piel de Jeffrey.- Él… juega a ser el diablo. Y le gusta. Por eso dejó la práctica sanitaria. Para invisibilizarse y cazar en la oscuridad. Hablando con los trabajadores del matadero supe de un joven afeminado que se cortó una mano con una sierra, frente a todos, llorando mientras lo hacía; todos dijeron que fue su culpa. Read lo indujo. Y un suicidio. Esa joven muerta, Victoria Hart, fue un daño colateral. Era dura, carismática y fuerte de carácter, y ella vio lo que hacía con otros. Sobre todo con el joven afeminado que desapareció en los días cuando ella llegó. No se creyó eso de “se fue”. La señorita Hart hizo sonar las alarmas y Read las escuchó, matándole, pero otros ya iban tras las pistas. Buscamos y la encontramos. A ella. También a cinco personas más, sepultadas tras la propiedad, el chico entre ellas. Cinco, no, seis cadáveres bajo su techo. ¿Por qué lo hizo? ¿Qué les hizo? No se sabe. Pero fue él.

   -El señor Read sostiene que fue una trampa. La principal implicada era una señorita… -revisa sus notas.

   -Gibson, Marie Gibson, lo sé. Ella vivía aterrada bajo su sombra; había sido su mujer durante años. Conocía de su maldad y le temía, pero al final habló.

   -El señor Read sostiene que… ella era la culpable. Qué estaba trastornada y esas personas no habían sido sus primeras víctimas…

-Dijo muchas cosas. Pero nosotros encontramos muchas más entre sus pertenencias. Grabaciones de charlas con gente a la que atormentaba sociológicamente, cuadernos de notas detallando miserias mentales a las que sometió… -cierra los ojos y recita.- “Es una persona patética que sabe nadie le ama, que estorba, que es un error en el diseño de Dios, una ofensa, una abominación, que todos estarían mucho mejor sin él, ¿por qué no se matado?”. –toma aire y sigue, con otro, el chico de la mano cercenada.- “Le duele, mucho, su vida de marica reprimido le carcome como el cáncer, se odia demasiado, y el dolor se vuelve toxico; pero responde a las heridas, cortarse la piel, sangrar, le alivia; pero se le va la mano, las heridas son profundas. Quiere llegar a la raíz de su mal, ¿qué pasaría si su peor temor, que su padre le vea como el marica que es, se cumpliera?”. Eso lo escribió de ese chico afeminado. Y su cuerpo mostraba…

   -Si, lo entiendo. –es rápido deteniéndole, corazón acelerado, pero su mente ágil se agarra a un filón.- Detective, ¿mató Robert Read a toda esa gente? –se miran.

   -¿Mató a Victoria Hart para encubrir y proteger a otra, a la asesina real? –lo dice, con el tono de a quien se lo ha preguntado muchas veces.- ¿La verdad?, siempre la creí una víctima más. Incluso de las manipulaciones de ese sujeto que quería llevarnos a ella. Tal vez era parte de su juego, fabricar a una “asesina”.

   -Entiendo. –jadea, y era cierto, casi podría simpatizar y aceptar la idea, pero no era lo correcto, cabían dudas. ¿Detener a un monstruo a riesgo de dejar libre a un asesino?- ¿Qué sabe de ella?

   -Sigue en Baltimore, pero… se oculta. Con lo del caso Read y el matadero del horror, se entiende. ¿Quién quiere esa fama? –le mira.- Escuché que se estudia abolir la pena de muerte en el estado, ¿es lo que busca Read reabriendo el caso? ¿Darle tiempo al tiempo?

   -No… yo… Tal vez. Es un hombre de recursos. Por mi parte… -sonríe amargo.- Ahora necesito saber la verdad y para ello tengo que hablar con la señorita Gibson. –pide y siente que ese sujeto le estudia fijamente, pero antes de responderle, el teléfono timbra sobre la mesita del centro.

   -Disculpe. –lo toma con una sonrisa, y el aire de incomodidad, la ponzoña que el hombre de Read introdujo en la pequeña pieza, se aligera mientras responde.- ¿Estás con vida? ¿Puedes caminar después de lo de anoche? –y ríe leve, levantándose y alejándose un poco.- Tal vez deba esforzarme más la próxima vez. –amenaza en voz baja con un claro matiz sexual que eriza a Jeffrey, quien parpadea y se acomoda los anteojos.- Estoy algo ocupado ahora, te llamo luego… -baja aún más la voz.- Dime, ¿qué llevas puesto sobre tu enorme trasero? ¿Ya te duchaste o…? –y ríe, le han colgado, se serena y mira al abogado.- Es… alguien. –casi se disculpa.

   -Okay… -grazna Jeffrey, ojos sobre el entrepiernas del detective donde la pieza ha crecido con evidencia.- Sobre la señorita Gibson…

   -La buscaré. Y le avisaré, abogado. –va hacia él, el pantalón baja más, muchos más pelos púbicos, ensortijados, se dejan ver, así como casi el nacimiento de la verga, que abulta. Y a Jeffrey la cara se le colorea, luchando por no verla, alzando los ojos, encontrando la sonrisa algo burlona del otro, que le tiende la mano.- Espera mi llamada… Jeffrey… -y el otro no sabe si imagina cierto ronroneo en el tono.

……

   Cada día que ha pasado en prisión, Antonio Rivera sólo ha estado planeando su venganza contra la puta que le denuncio con Narcóticos. El hombre es un matón de poca monta de un barrio latino, a quienes no se ha cansado de causar daño, especializado en la venta y distribución de drogas. Nada muy grande ni muy llamativo, excepto por aquel chiquillo de padres ricos que murió por sobredosis en una fiesta, usando su producto. ¿Era culpa suya que fuera tan imbécil? ¿Atiborrarse de drogas? ¿En serio? Merecía morir. Pudo haber capeado el asunto de no ser porque Lina, la zorra, le encontró con su hermana en la cama, contándole a la policía lo que sabía y lo que no. Le encerraron, pero el caso no era muy sólido, y aunque siendo un delincuente sin muchos recursos, tenía amigos que estaban ayudándole. Saldría, oh, sí, y Lina sabría lo que era bueno. Así como los cuates que habían tomado sus calles. Una vez afuera le pagarían ese año preso, las requisas, lo gritos de los guardias. El tener que cargar basura, como hace ahora, las enormes bolsas negras desde el “carrito recolector” al contenedor. ¡Santa mierda, allí todo era una peste!, se dice con mala cara. Sabe que es el castigo impuesto por el vigilante gordo. También él se las pagaría.

   -Cholo. –oye a sus espaldas y se eriza, volviéndose con rapidez.

   -Maestro Read… -intenta una sonrisa de broma, una que muere al mirar sus ojos vacío.- ¿Algún problema, señor? -retrocede medio paso, chocando con el contenedor a sus espaldas.

   -No debiste tocar lo mío, hijo de puta.

   -Oye, pero antes…

   -Te pagué por ello. –se le acerca, paso a paso.- Y te lo dije, sólo esa vez, que nunca lo intentaras de nuevo.

   -Tu puto lo quería, maestro… -sonríe, tenso, midiendo el espacio para correr o lanzársele encima al otro. Se decide por una combinación, caerle encima, apartarle y escapar. Se arroja.

   Read le espera, de pie, sólido, abriendo los brazos y atrapándole por los hombros, golpeándole violentamente de espaldas contra el contenedor de metal, lastimándole, despojándole del aire y peor, golpeándole la nuca, feo. El grito ahogado se deja escuchar.

   -Tu puto se lo buscaba… Se acariciaba el culo y… -balbucea asustado y frenético.

   Grave error. Grita otra vez cuando una enorme mano cae en su cara, medio cubriéndola, empujándole con terrible fuerza hacia atrás. Mil luces estallan frente a sus ojos cuando golpea el contenedor. Duro. Tanto que algunos cabellos quedan pegados del metal gris, así como una manchita de sangre. Las piernas no le sostienen, casi cae, pero Read le agarra, volviéndole, golpeándole la cara ahora del maloliente contenedor.

   -Te entiendo, Cholo, ¿quién puede resistirse a un buen culo? Un culo gordo siempre llama. –le gruñe al oído, y el hombre grita, medio luchando contra las manos del otro que abren su braga naranja.- A mí me gusta romper culos, Cholo… me gusta escuchar los gritos de las perras cuando son desvirgadas de golpe, llenadas por un hombre, cuando entienden que son eso, putas…

   -¡No!, no, hijo de puta enfermo… -balbucea y grita quedo, medio inconsciente, cuando su frente choca nuevamente del metal, totalmente mareado, adolorido y aterrado cuando la braga es sacada de su cuerpo, quedando enrollada en sus tobillos y una mano grande va a su trasero, metiéndose entre sus nalgas gordas pero algo flácidas de quien no se ejercita mucho, con todo y la tela del calzoncillo, hurgando de manera terrible y soez.- No, no, por favor… -jadea, aterrado.

   -No tienes que suplicar por cariño, te lo daré todo, Cholo de mierda. –le gruñe al oído, con un tono que hiela la sangre, es la voz del feroz depredador sexual y emocional que es.

   Y boqueando, sangrando por la frente, ojos muy abiertos pero desenfocados, Antonio Rivera cae en cuatro patas, arrojado, gimiendo que no, intentando gatear y alejarse, pero totalmente mareado por esos golpes. Tras él, Robert Read sonríe más, ojos brillantes de maldad, abriéndose la braga, lentamente, un sonido chirriante que aterra aún más al delincuente latino. La prenda cae, y el enorme oso baja, de rodillas, tras el mexicano que todavía le mira.

   -No, por favor, no. Lo siento. Lo siento mucho, señor. Perdóneme, maestro Read…

   -Nunca debiste tocarla, hijo de puta. -le responde con una sonrisa cruel, una verga titánica que se alza bajo un calzoncillo holgado, una mano que vuelve a su trasero y se mete otra vez dentro de sus nalgas, hurgando, indicándole lo que iba a sucederle.

   Y Antonio Rivera grita, ¡Robert Read iba a violarle!

CONTINUARÁ … 24

Julio César.

NOTA: Ah, la historia del matadero, ahora es que comienza a dejarse ver. Fue algo que me llamó la atención. Lo otro es que la próxima escena será algo brutal, no lo recordaba bien porque cuando leí pasé por encimita. Pero si, Robert Read es una porquería.

ADICTO A LA LECHE FRESCA… 10

septiembre 15, 2014

ADICTO A LA LECHE FRESCA                         … 9

   La presente es otra historia “maldita”, aunque no tanto. Un chico descubre, porque le llevan a eso, que le gusta mucho el sabor del semen. La historia NO ES MÍA, que no se moleste el autor si llega a saber que la estoy reproduciendo aquí.

……

Swallows milk

by Lexicode

LECHE EN LA CARA

  Sentirla era vivir.

……

   Esa tarde Alex Lowell regresó saciado y contento a su casa. Tomó una larga ducha, una abundante cena temprana y durmió. Mucho y bien. Ni siquiera con calenturas. Desnudo, dorada y hermosamente desnudo en su juventud, medio envuelto por una manta, sus redondas nalgas afuera, boca abajo, medio ladeado al estar abrazado a una almohada. Una leve sonrosa en sus labios. Un cuadro maravilloso que cualquier amigo gustaría de encontrar. Las pajas comenzaron al otro día, era estarse quieto un segundo y recordar la doble mamadas, el señor Milo y su hijo Jason, para correr a masturbarse. Casi gritando de gusto, lamentando no estar saboreándolas en verdad. Horas después comenzaría a preguntare, nuevamente qué quiso decir Jason con aquello de que estaba como fruta madura listo a ser tomado. Recordar las palabras, y el toque de su mano en el tórax, le afecta. Le excita pero también le preocupa.

   A la hora del almuerzo, su padre, de buen humor (no así su madre), le comunicó.

   -Te quiero en casa este fin de semana, Alex. Vamos a reunirnos los muchachos a jugar algo de futbol, disfrutar la barbacoa en la piscina y tomar unas copas. Tú no. –aclara rápido.- Por cierto, hijo, vendrá tu profesor, Milo.

……

   Y mientras lo que queda de semana, dos días, transcurre lentamente, Alex no puede estar más nervioso. ¿El señor Milo ahí? La idea le parecía extrañamente perversa, excitante y peligrosa. Cada noche, desde el encuentro con este y su hijo, sólo podía soñar con los dos machos obligándole a comer sus vergas, ambos compitiendo por ver quien se la hunde más, las dos piezas azotando y recorriendo su cara; a veces también aparecía el entrenador Lewis, en una fantasía que le dejaba totalmente hirviendo, casi a punto de estallar de pura calentura sexual. Se veía chupando las cercanas vergas erectas del señor Milo y su hijo, de una a la otra, sorbiéndolas, juntándolas, viéndolas chorrear saliva y jugos, mientras el entrenador, estando él desnudo, le azotaba las bolas con su lengua antes de ir al culo y chupárselo, metiéndosela como la vez anterior.

   No era raro que el joven amaneciera agitado, totalmente erecto… y bañado en esperma. Aunque le alcazaba la concentración suficiente para notar todos los preparativos que hacía su padre para la barbacoa, comprando carbón, carnes y cervezas, mientras su mamá refunfuña por todo ese gasto para unos borrachos que nunca les invitan a sus casas. Cosa cierta. El joven, mientras desayuna, sonríe; las quejas de su madre sobre los “amigos” de su papá eran siempre iguales. Le apenaba un poco verle la cara de fastidio a este cuando intentaba decirle que casi nunca lo hacía, la decepción cuando ella no escuchaba. Casi frustrado. Era extraño, piensa el joven, que su madre no pudiera entender que a veces su padre deseara reunirse con esos carajos tan parecidos a él, los vecinos con quienes se llevaba bien, con quienes hablaba a veces sólo de pasada, a quienes de tarde en tarde ayudaba con el motor de algún vehículo averiado, que se quejaran del precio de las herramientas de trabajo, que amaban el futbol, la carne asada y las cervezas frías. No buscaba hermandad, o profundidad, tan sólo pasar un rato con sujetos como él. El muchacho lo entiende, salir con sus amigos era así de divertido.

   La vida de casados era dura, pensó, preguntándose, ceñudo, si se casará alguna vez. Enrojeciendo al caer en cuenta que las chicas no tenían una verga entre sus piernas. Al menos no la mayoría. Y las que sí, seguramente no serían del agrado de su madre. Aún menos que los amigos de su padre.

……

   El día fue claro, soleado y cálido, muy a propósito para que Alex estuviera como está, gritando y riendo en el patio delantero de su casa bajo la sombra de las acacias, luchando contra otros chicos de la barriada por el balón de rugby, vistiendo sus zapatos de goma sin calcetines, un shorts a media pierna, algo suelto de cintura, y sin camisa. Los otros chicos con parecida indumentaria, las chicas mirándoles desde lejos, comentando y riendo por lo bajo, levemente excitadas. Los jóvenes ríen y luchan, así se atacan, se derriban y se insultan mientras sus padres miran, gritan indicaciones, hacen comentarios y ríen también.

   El joven no quiere cruzar al patio trasero, hacia la piscina, donde hay otros sujetos llevando sol en la orilla, o dentro del agua, gritando y peleando por un balón también. Varias mujeres están presente, pero parecen hacer tiempo para largarse y dedicarse a otras cosas. No se les ocurre ponerse a interactuar con esos sujetos, así como no dejaron que sus hijas jóvenes asistieran, y las que salen vigilan a las que están afuera (¿chicos y tíos maduros sin camisas queriendo exhibirse, con alcohol presente?, no, gracias). Aunque no les ve, Alex imagina a su padre alzándose frente a la parrillera, y a su madre, algo seca, sirviendo bolos con jugos o ensaladas, sabiendo que nadie las probará. La música, los gritos y risas, los insultos amables, los “tráeme otra”, pidiendo cervezas, llenan el ambiente. Y también estaba el señor Milo…

   El hombre tenía algo que llamaba la atención y atraía las miradas. Alex era muy consciente de ello, de la manera que le seguían los ojos de algunas mujeres, aún su madre… así como muchos jóvenes y uno que otro carajo, reconoce algo celoso. Hay algo en su rostro sereno, su mirada altiva, su cuerpo fornido dentro de la pantaloneta a media pierna y la camiseta totalmente veraniega, los tatuajes visibles, que no pasa desapercibido, aunque el joven sospecha que tiene mucho que ver con su poder sexual. Porque lo tiene, el hombre era capaz de exhalar algo que influía en las hormonas de otros. Verle quitarse la franela, bajar la pantaloneta y quedar en un traje de baño holgado para lanzarse a las aguas, fue demasiado para él. Escapó al jardín frontal donde los chicos le reclamaban e intentó alejarle de la mente.

   Comen, juegan, ven un partido de futbol, luego los chicos y sus padres compiten, y todo parece normal, festivo, una reunión de vecinos, de hombre, en suburbios. Pero tal vez fuera por una de las tres cervezas que tomó, o por todo lo que ha vivido últimamente, que al joven le parece ver señales extrañas. Como Ronald, su joven vecino, con su padre echado en la grama y riendo ruidosamente de lo ebrio que está, tocando siempre al señor Milo mientras hacen equipo. O el señor Caleb, un vecino y amigo de la casa que no pierde tiempo en arrojarse sobre su padre, derribándole y cayéndole encima, entre gritos, falsas peleas y risas. Todo le parecía levemente sensual. Así como el mismo señor Caleb cruzando miradas con el señor Milo, quien también ha estado bebiendo bastante. En un momento dado, cruzándole por detrás, le parece que el maestro de Matemáticas se toma su tiempo para soltar la espalda transpirada del hombre, la cual resbala y baja hasta el trasero.

   Llega la noche, todavía hay música, risas, charlas. Y ebrios. Alex, algo achispado, mira a su profesor casi dormido sobre un sillón, y no es el único, aunque como muchos son vecinos cercanos, son llevados por la familia a sus casas sin mayor problema. Su profesor, por otro lado, vivía lejos, y en ese estado… se en dice en camino por algo de comer.

   -¡Está ebrio! –grazna su padre desde la cocina.

   -¡No me gusta que gente extraña pase la noche en casa! –replica incisiva su madre.

   -Es un profesor de nuestro hijo, ¿qué temes? ¿Qué sea un asesino serial?

   -Es un atrevido. Le vi coqueteándoles a dos mujeres casadas, casi frente a sus maridos borrachos.

   -Oye, eso es asunto de ellos. No soy policía moral de nadie. –escucha la disculpa sonreída, luego el medio juego de insinuaciones que inicia cada vez que quiere sexo.- ¿No coqueteó contigo?

   -¡No digas tonterías! –la voz fue realmente acre, y Alex, aún medio achispado como está, entiende que su papá está a punto de meter la pata. Su madre usaba su voz, últimamente muy frecuente, de “esta noche te la pelas a solas”.

   -¿No intentó nada? Tal vez si hubieras usado el bikini que Marga… -sigue con el juego.

   -¡Imbécil! –le respondió feo y cortante.- Haz como quieras. Que se quede y ya. –el joven la ve salir, realmente molesta, seguramente pensando en todo lo que tendría que recoger, barrer, lavar y fregar después de la reunión.

……

   Se retira temprano a su cama después de una buena ducha, saciado y agotado físicamente por todo lo vivido. Pero caliente sexualmente. Allí, en su cama, le alcanza todo lo vivido durante el día. Cerrando los ojos, endureciéndose dentro de su bóxer negro corto, recrea a los chicos con quienes jugó, a Ronald mirándole, como le pilló dos veces, con los verdes ojos clavados en su trasero después de luchar un balón y que su pantaloneta bajara bastante, dejando ver su bóxer gris claro que se le medio metía entre las nalgas. Recuerda a todos los que tocó y que ahora lo siente como algo sexual. Imagina al señor Caleb, de rodillas, mamando con gusto y totalmente entregado al placer a su señor Milo, vicioso como todo un puto, como si fuera él mismo saboreando la maravillosa pieza del profesor, le hace arder más… Y tiene que hacer un esfuerzo sobrehumano para cerrarle el paso a un cambio de actores, para no ver a su papá, tranca afuera y el señor Caleb, gruñendo como un chivito, succionándosela con ganas.

   Botando aire se sienta sobre la cama, superado por la calentura, tanto que no aguanta estar acostado. Su pecho sube y baja. Oye con atención, la casa está silenciosa, hace casi cuarenta minutos que escuchó la puerta cerrarse tras el último auto que se retiró. También desde que escuchó voces duras entre su madre y su padre, por el señor Milo, a quien el hombre casi tuvo que llevar a rastras al cuarto de invitados. El que estaba allí, justo al lado del suyo. Mira hacia la pared, el señor Milo, su increíble señor Milo estaba allí, ebrio, grande, fuerte, masculino… su verga siempre llena de ganas y de leche caliente y deliciosa. Una esperma que adora. Traga en seco, tiene que hacerlo, se dice casi temblando de calenturas. Era una locura, lo piensa poniéndose de pie, todo su joven y bonito cuerpo erizado, exhalando calor a borbotones; sus padres estaban al final del pasillo, pero no puede contenerse. Va hacia la puerta, no queriendo considerar el que si le descubrían sería un shock terrible. No puede ni quiere detenerse, únicamente puede visualizar aquella verga de hombre, tiesa, larga, dura, gruesa, llena de sangre y calor, su ojete babeando, pulsando de ganas de ser atrapada por la boca der un bonito chico que le rindiera los honores que merecía. La boca de un chico que amara las vergas.

   Dios, ¡era un mamagüevo!, reconoce exhalando aire, abriendo la puerta y escuchando con cuidado. Afina el oído y le parece que llega un silencio sepulcral del dormitorio de sus padres, y lo lamenta por él. Deberían, por la forma en que miraba a su madre, estar haciendo el amor. Qué complicada era la vida. Pero no tiene tiempo para concentrarse en ello, de la habitación de al lado sale una respiración rítmica, pesada, masculina. El señor Milo estaba allí… y su enorme y deliciosa verga también. Traga nuevamente, ahora la boca echa agua, conteniendo una sonrisa al imaginar la cara del hombre cuando su lengua se la esté recorriendo, aleteando sobre la gran vena inferior, haciéndole contener un jadeo de placer. Chico al fin, no imagina que algo pueda salir mal y que realmente todo estalle frente a su cara. O que se sepa de las actividades extracurriculares a las que el señor Milo “obliga” a sus alumnos.

   Conteniendo la respiración hace girar el pomo, el suave ronroneo del aire acondicionado le recibe, así como la pesada respiración de un sueño tranquilo. Todo está en penumbras, pero el largo y fornido cuerpo se destaca sobre la cama, sobre las mantas, boca arriba, una mano en el abdomen, el pecho subiendo y bajando, la cabeza ladeada entre las almohadas. Está oscuro, pero al chico se le acelera el corazón y la mirada se le dilata, el hombre usa un bóxer corto, no está seguro del color… pero si de la silueta enorme aunque en reposo, que se destaca bajo el mismo. Ya no piensa, simplemente cierra la puerta a sus espaldas, con cuidado, y va hacia el hombre que le tiene sorbido los sesos, y que se los sorbe justamente cuando le está chupando la verga. Le lanza una rápida mirada y cae de rodillas al lado de la cama. La mano le tiembla en medio de las penumbras cuando la alza y cae leve, palma abierta, sobre la silueta de la virilidad masculina. Espera, y toca y aprieta un poco más, y sonríe al oírle gruñir, agitado, pero sin despertar. Eso sí, la verga bajo su mano, dentro del bóxer, cobra vida, se alarga, y más cuando cierra el puño y aprieta. Le oye suspirar, de gusto y excitación; al señor Milo le gustaba que le adoraran la verga. Y lo merecía.

La toca un poco más, la siente consistente, tibia, la promesa de todo el goce que puede darle a un chico goloso. Abre la mano y recorre las bolas un poco más abajo, una caricia que eriza a todo carajo; su rostro descendiendo hacia el bóxer, casi gimiendo cuando frota la barbilla de la pieza masculina, así como sus mejillas, sus labios abiertos, dándole pequeños besos al ahora abultado promontorio de carne. Su mano se mete entre los musculosos muslos, y le acaricia; tiene que recorrer a ese macho con sus manos, de aquí allá, descendiendo casi a medio muslo, regresando lento, encontrando la piel de gallina a su toque, mientras lengüetea ávido sobre la pieza, el olor a macho mareándole. Sus dedos llegan nuevamente a las bolas, y con la punta, como le enseñó el entrenador, rasca levemente, sonriendo complacido al sentirlo estremecerse, poderoso, sus caderas agitándose ante la caricia. Y cubre la cabecita del miembro con sus labios, sobre la tela, besándola y chupándola, mojándola, saboreándola por anticipado.

Abandonándola, con pesar, deposita besos en la pelvis, su otra mano sube y atrapa la ahora medio dura verga, sobre la tela, apretándola, el puño de arriba abajo, mientras la otra sigue sobándole las bolas, pero ahora con fuerza, ya no son caricias leves, es un chico manoseando como se debe a un hombre caliente y sexy, al tiempo que le besa el ombligo, sus dientes blancos, parejos y brillantes de muchacho saludable sobre la oscura silueta del macho que duerme pero gime y se estremece presa de tan deliciosos estímulos. La mano que aferra el tolete lo deja, se mete dentro de la tela, y lo atrapa en vivo. El joven siente una poderosa corriente de deseos recorriéndole, anticipándose a lo que viene, a la buena mamada que le dará, los jugos que le sacará, la leche que beberá hasta la última deliciosa gota; por su lado, el miembro, en cuanto cae en la joven y firme palma del muchacho, endurece como por arte de magia, deseoso como siempre están de ser tocados, mimados y atendidos. Le masturba, le oye gruñir jadeante, y ya no aguanta más.

   Baja un poco el bóxer, exponiendo la pieza visible a pesar de las penumbras, la levanta, la recorre con su puño, una y otra vez, caliente y dura, pulsante contra su palma, poderosa pero agradeciendo la atención, tan sólo para disfrutar los gruñidos bajos del señor Milo. Cerrando los ojos con adoración lleva su rostro a la pieza que le quema antes de tocarla, y su lengua la recorre, lentamente, saboreándola, llenándose cada papila gustativa con su esencia, dejando una hilera de saliva de la base, casi entre las bolas, a la punta, siguiendo el camino de la gran vena que parece atravesada de fuego. La punta de su lengua recorre el ojete, así como cada rugosidad, la cabecita toda, y tiene que tragarla. No se sabe quien jadea más, ahogado, cuando los jóvenes labios cubren el glande que desaparece. Cerrando otra vez los ojos, un alerta suena en la cabeza de Alex, oye claramente una lejana tos que proviene del cuarto de sus padres. Los conoce, también sus sonidos, pero no puede detenerse. No ahora.

   Con el glande sobre su lengua, pulsando, manando su calor y un juguito salino, Alex está totalmente perdido. Ahueca sus labios y va cubriéndola, lentamente cada pedazo de la verga rugosa y nervuda, surcada de azulados y rojizos vasos, desaparece dentro de su boca. Las mejillas la rodean, la lengua se le pega, caliente, a la cara inferior, y traga más, casi la mitad, y succiona ruidosa y hambrientamente. Sus sonidos llenan el cuarto y es imposible determinar quién de los dos se agita más. Con los ojos cerrados lo siente, saborea cada pulsada, chupa un poco más y es recompensado por jugos totalmente deliciosos y calorones. Baja otro poco sobre la pieza, tragándola casi toda en una escena que enloquecería a quien entrara y encendiera la luz (como a su padre, por ejemplo), el apuesto chico en bóxer, su tolete totalmente duro y babeante, con las mejillas enrojecidas al tener el güevo de un hombre adulto y grande en su garganta, con la cual continúa mamándosela.

   Sube lentamente, sorbiendo más, y baja otra vez. Va y viene, agitando la dura carne, halándola y chupándola con sus mejillas, cada centímetro de su boca trabajándola, estimulándola, haciéndola gozar como lo hace siempre una boca sobre ella, cosa que explica totalmente por qué a los hombres les gustan las mamadas. Recibirlas, y en el caso de Alex, darlas. Gruñe y babea mientras sube y baja, sorbiéndola toda, consciente de que en ningún otro momento es tan feliz como cuando mama un güevo, dejándolo brillante de saliva espesa y jugos, maravillándose oyéndole gruñir, sintiéndole estremecerse. Esas caderas se agitan ahora, van y vienen, cogiéndole la boca, y al muchacho casi se le sale la leche de puro gusto. Mete la mano y le atrapa las bolas, mientras la deja fuera de su boca, chocando, caliente, contra sus labios, lamiéndola otra vez, estimulándola, sabiendo ya por experiencia que los hombres aman que les hagan eso, que se enrolle la lengua y se les azote levemente con ella, especialmente sobre el glande, que se pegue los labios del ojete y se chupe de él, que se intente meter la lengua por allí.

   La traga otra vez, gruñendo de gusto hace rato, siendo acompañado por el bello durmiente que también jadea de puro cachondeo, aún en brazos de Morfeo, aunque ya no tanto. Siente sus manos grandes y masculinas atraparle la nuca, los dedos entre sus cabellos, reteniéndole en su lugar mientras le embiste la boca, obviamente disfrutando como nada en el mundo el poder hacer aquello, el tener para sí la dulce boca de ese muchacho ávido de las vergas, que ama chuparlas y que ama aún más el sabor del semen caliente sobre su lengua. El tolete entra, choca de sus mejillas, baja por su garganta y ese hombre lo siente.

   -¿Qué coño…? –se oye de pronto el brusco gruñido y el joven abre mucho los ojos, totalmente impactado cuando una mano se mueve a tientas y de una lámpara parte un chorro de luz que le baña.- ¡¿Alex?!

   ¡¡¡Oh, por Dios!!!, grita su mente, dejando salir la verga de su boca y volviéndose hacia la voz.

   -¡¿Papa?! –grazna, cara roja, mentón bañado de saliva, la mano sobre el tolete.

   ¡¡¡Se la había estado mamando a su papá!!!

CONTINÚA…

Julio César.

NOTA: Lo siento, esta es una de las que no tengo la dirección. Está el nombre original y el autor, sírvanse buscarlo a ver si hay suerte.

SER O NO SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 21

septiembre 11, 2014

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…                         … 20

   La siguiente es una historia que NO ES MÍA. Pertenece totalmente al señor capricornio1967. Tan sólo la reproduzco, tal vez cambiando una que otra coma, aunque la historia ya está por ahí, completa. Es un relato maldito en toda la regla, un hombre maduro decide tomar, controlar y dominar a su joven pupilo, transformándole en algo que no quiere, ni soñaba, aunque se resiste. Lo repito, es un cuento muy maldito. Disfrútenlo:

……

EL DILEMA

Autor: capricornio1967

Capítulo VI “CASTIGO”

ESTUDIANTE SOMETIDO A SU MAESTRO

  Sometido y entregado, así quiere todo macho a su chico…

……

   -Termine de una vez, Saldívar. -le ordena Franco al verlo titubear.

   Sin decir una sola palabra, Daniel toma el elástico de la trusa y empieza a hacerla descender para dejar a la vista las grandes y peludas nalgas del entrenador, así como el miembro que parece de piedra, durísimo, emergiendo por entre una espesa mata de gruesos y largos vellos. Daniel tiene precaución de no tocar ese miembro. Aunque Franco lo ha poseído en varias ocasiones, el joven jamás ha tocado su verga. Cuando hace descender la trusa por entre las gruesas piernas, dos grandes bolas cuelgan, bolas de tamaño muy por encima de lo normal. Los segundos le parecen eternos al clavadista mientras recorre con la trusa las largas piernas de su violador. Cuando le ha dejado desnudo se pone de pie, frente al entrenador, esperando órdenes.

   Ambos macho desnudos, el maduro dominante, y el joven musculoso, dominado, chantajeado, sometido a reglas sexuales a cambio no ser eliminado del equipo olímpico, frente a frente, ambos de una altura similar, aunque de complexión distinta. Daniel no se atreve a ver de frente a Franco; quizá hasta sería preferible que Franco lo penetrara de una vez y lo dejara descansar después, para no prolongar el encuentro, la tortura. El joven sabe que debe someterse a sus caprichos, pero no por eso deja de sentir repulsión.

   Mientras la verga de Daniel está flácida, la de Franco está paralela al suelo, durísima, larga y gruesa. Son solo unos centímetros los que separan a Daniel de Franco, éste, sabiéndose dueño de la situación, avanza hasta quedar casi en contacto con el otro, su verga topa con el otro cuerpo y roza el flácido miembro del atlético nadador. El leve temblor vuelve a surgir en Daniel, Franco se acerca y pone la mano en su nuca, tomándole fuertemente de la nuca y metiendo sus gruesos dedos entre sus cabellos, empieza a empujarle la cara hacia delante.

   Daniel piensa que Franco pretende besarle como lo hizo cuando lo desfloró en su propia casa, pero por repugnante que le parezca sabe que es inútil resistirse, así que se deja conducir, aceptando, resignándose. Controlando la repulsión.

   Cuando Franco siente que Daniel no opone resistencia, presiona fuertemente la parte posterior de su nuca, pero en lugar de dirigirle hacia su boca, lo hace hacia uno de sus pezones. Con un movimiento rápido, duro y firme, logra que los labios de Daniel caigan sobre su tórax, la boca abierta de sorpresa, rodeando su pectoral velludo, saboreando su pezón.

   Es cuestión de segundos lo que lleva el cambiar la dirección de los labios de Daniel hacia el velludo pecho del entrenador, donde ahora, por primera vez, prueba su piel velluda y transpirada de macho dominante.

   -Mghhgm… -Daniel se sorprende al sentir el salado sabor del sudor mezclado en el vello de Franco, el sentir el duro pezón rozándole los labios.

   Tomado por sorpresa por la acción de Franco, el joven instintivamente lo rechaza, empujándolo con los brazos y limpiándose la boca como si quisiera quitarse el salado y humillante sabor del sudor de ese siniestro oso macho. Se aleja unos pasos de Franco poniéndose a salvo, sin decir nada, solo con la expresión de asombro, no entendiendo qué pasa. Ha sido cogido por Franco varias veces, besado también, pero nunca había besado alguna otra parte de su cuerpo. Ha sido más bien Franco el que lo posee cuando quiere.

   -¿Qué le pasa, Saldívar? -pregunta molesto Franco.-  ¿Por qué se rebela?

   Daniel no sabe que decir y en su mente el caos se origina; la repulsión de recorrer con su boca el velludo y sudoroso cuerpo de Franco es enorme, no puede controlarla, sin embargo es el hombre quien decide, él no tiene voz ni voto.

   -Yo… -no atina a decir algo coherente.

   -Acérquese Saldívar, ¡AHORA! -le ordena Franco.- Mis pezones son tan sensibles como los suyos. Quiero que USTED los saboree.

   Daniel permanece quieto sin saber cómo actuar, queriendo salir de ahí a toda la carrera, pero sabiendo que eso es imposible.

   -Le di una orden, Saldívar. –le recuerda Franco mientras avanza hacia él.- ¡OBEDEZCA!

   Nuevamente el joven es sujetado por la nuca y Franco le empuja la cara contra su pezón, para que su boca quede justo en uno de los pezones, apretándolo fuertemente. Para que los varoniles labios del joven atleta estén en íntimo contacto con el velludo pezón.

   -MGHM… -Daniel gime como protesta, no puede hablar, la presión de Franco en su cabeza por mantenerlo unido al pezón es intensa. A pesar de que trata de separar sus labios del velludo pecho no puede, el entrenador es lo suficiente mente fuerte y con más peso. El forcejeo no es intenso pero si hay resistencia evidente por parte del muchacho.

   -Obedezca, Saldívar, o me veré obligado a sacarlo del equipo.

   Las palabras le recuerdan a Daniel su situación; no puede desobedecer, está la competencia y sus padres. Por mas repulsión que le cause tiene que hacerlo, obedecerle, su mente reacciona y controla los impulsos de su cuerpo que rechaza la humillación y el forcejeo termina. Daniel acepta, aunque permanece con los labios cerrados solamente los apoya contra el pezón. La presión de Franco en la cabeza del musculoso nadador disminuye.

   -Use su lengua, Saldívar. -le ordena Franco cuando siente que la resistencia de Daniel termina. Lo toma con ambas manos a cada lado de la varonil cara y lo retira un poco de su velludo y sudoroso pecho.– Use su lengua, Saldívar; recórralo con él, aprenda a darme placer, es su trabajo y usted es mi PUTO ESCLAVO, recuérdelo. Un puto esclavo sólo debe vivir para satisfacer a su amo.

   Daniel, sin oponer resistencia, permitiendo que Franco lo guíe tomándolo de los lados de la cara, se deja conducir dócilmente hacia el velludo pecho masculino, cuando su boca queda justo frente a uno de los pezones, a un centímetro de distancia, el clavadista puede percibir el olor a sudor del velludo grandulón. Tiembla, quieto, y mantiene los ojos cerrados esperando ordenes, sabe que está cerca, casi puede sentir los vellos de Franco tocándole los labios.

   -Saque su lengua, Saldívar. -le ordena Franco mientras mantiene sujeta su cara.- Toque con ella y recorra todo.

   Controlando la repulsión que le causa hacerlo y teniendo en su mente la imagen de sus padres, Daniel obedece, saca la lengua dirigiéndola hasta tocar con el borde de la punta el vello de Franco y el botón del pezón; y se detiene un momento, el salado sabor del sudor vuelve a su boca, pero después de unos segundo mientras se acostumbra, y sin dejar de visualizar a sus padres, empieza a recorrer el pezón que endurece, internando su lengua entre el espeso vello del entrenador, mezclando su saliva con el sudor, recorriéndolo lentamente y tratando de que la repulsión no lo domine.

   -Así, Saldívar, así, haga círculos con su lengua. –le ordena y guía. Aunque de todos modos mantiene sujeta la cara del joven. Lo va guiando hacia donde se desplace la lengua.

   Daniel siente como la humedad en su lengua se termina por la fricción del vello de Franco en ella, así que la introduce en su boca a intervalos para mantenerla húmeda, saboreando y tragando la esencia del otro. Cuando Franco siente que Daniel ha humedecido bastante su pezón y toda el área alrededor de él, presiona un poco más la cara del joven contra su tetilla para que la succione.

   -Chúpelo, Saldívar.

   Temblando de repulsa, Daniel tímidamente presiona sus labios contra ese redondo, duro y velludo pezón, sus musculosos brazos se mantiene quietos, así como su atlético cuerpo, sudoroso también por la situación, está casi de rodillas para poder satisfacer al hombre. Las piernas le tiemblan por la posición, pero se mantiene firme cumpliendo con su castigo. Succiona el pezón primero tímidamente pero la presión de las grandes manos de Franco a los lados de su cara le indican que debe hacerlo con más intensidad, así que tratando de olvidarse de qué es lo que hace, pretende hacerlo de manera automática, sin pensar, empieza a succionar más fuerte, más intenso. Sus rojos labios fruncidos van y vienen levemente, succionando.

   -Ahhhhhhhhh, ahhhhhhhhhh, así, Saldívar, así; mas, mas, mas. –gime y le repite Franco al sentir como su pezón es mamado por el varonil nadador, una joven boca masculina brindándole todo ese placer, casi tan intenso como ver a ese viril y joven macho obligado a satisfacerle, tan sólo un instrumento de placer sexual bajo su dominio.

   Una vez que se siente satisfecho por esa tetilla, mueve la cabeza de Daniel a su otro pezón para que haga lo mismo, empezando por saborear primero el pezón para después succionarlo como un lactante hasta dejarlo rojo. Aunque son solo segundos, para Daniel es una eternidad el tiempo que está saboreando el pecho de Franco. Siente, con repulsa, como algunos vellos se adhieren a su lengua, pero no puede meter las manos, así que tiene que seguir con su trabajo, tratando de no oír los gemidos de placer del entrenador cada vez que succiona.

   Para Franco, sentir como el musculoso cuerpo de Daniel tiembla entre sus manos mientras es obligado a mamarle los pezones, es excitante de manera increíble, su miembro se mantiene de una dureza metálica en toda su extensión y grosor.

   Sutilmente, casi tierno, separa la cara de Daniel de su pezón.

   -Híncate. –le ordena.

   Daniel no puede dejar de ver el duro miembro que Franco tiene entre las piernas para sospechar lo que sigue, de hecho no es necesario ser un genio para saber qué es lo que el depravado hombre tiene en mente. Pero ya está agotado, así que automáticamente obedece, hincándose frente al enorme oso.

   Franco toma las manos de Daniel, usando cada una de las suyas, y las dirige hacia su miembro. El joven cierra los ojos, jamás antes ha tocado otro miembro que no sea el suyo, jamás imaginó hacerlo. Y aunque está a punto de pasar, aun así piensa que eso no sucede, que eso no pasa, que no tocará ese miembro, que nada de eso ocurre. Las manos de Franco dirigen las suyas hacia su verga, la verga del entrenador. Lentamente siente la dureza de esa caliente verga, sin atreverse a tocar solo siente el roce de esa dura carne en la palma de sus manos. El hombre hace que presione una de sus manos alrededor de la verga y empieza a deslizarla desde la base hasta la punta, una y otra vez.

   Daniel siente los vellos de Franco rozándole la mano cuando recorre la base de la verga, y el viscoso líquido seminal cuando su mano llega al glande; es una pieza larga y gruesa. La suya es parecida, le parece, pero aleja la idea de las vergas, trata de pensar que no es una distinta a la suya la que tiene entre sus manos. Controlando el rechazo, siente que si saborear los pezones del velludo hombre fue desagradable, esto es peor, más humillante. Siempre, desde que conoció a Franco como entrenador, ha sabido perfectamente de su habilidad para explorar las sensaciones humanas, sabe cómo hacer rendir mas a un deportista, como emocionarlo y estimularlo deportivamente hablando, y ahora demuestra que también sabe cómo hacer sentir humillación y vergüenza y cómo llevar a cabo una perfecta tortura mental para un musculoso joven como él.

   La piel bronceada de Daniel está cubierta en sudor que resbala en gruesas gotas por su atlético cuerpo, al igual que el velludo y grueso cuerpo de Franco. Ambos machos están empapados, el dominante y el dominado, el dueño y el objeto.

   Al deslizar su mano por todo el largo de la gruesa verga de Franco, Daniel comprende mejor por qué le duele tanto el culo cada vez que lo penetra. El miembro del entrenador endurece mas, parece que se solidificara definitivamente, la gruesa cabeza de ese miembro también aumenta su diámetro mucho más que el resto de la tranca, sin que Daniel deje de mover su mano a todo lo largo de la verga de Franco. Era inmensa, reconoce con su mano guiada por la de Franco, que mantiene presionada contra la suya para mostrarle la forma en que debe de hacerlo. Usando la otra mano, el entrenador lleva a Daniel a que toque sus grandes bolas mientras lo masturba. El joven apenas puede con la repulsa cuando siente como su otra mano se interna en una selva de vellos, antes de llegar a dos grandes y duras bolas que cuelgan de esa enorme verga.

   Alejándose mentalmente de la escena, Daniel solo se deja conducir tratando de mantener su repulsión y humillación de lado. Pero le cuesta. Cuando Franco siente que su miembro está listo, usando una de sus manos vuelve a presionar la parte trasera de la cabeza del muchacho, dirigiéndola hacia su enorme verga, dándole a entender lo que espera que haga. Daniel trata de no pensar, de obedecer, de someterse, sabe las consecuencias que una rebelión traería, sin embargo al sentir como sus labios tocan esa húmeda cabeza se pone de pie, rebelándose. Su repulsión es más fuerte que su razón, alejándose de Franco rápidamente.

   -¡No puedo, señor! ¡No puedo! – repite mientras se mantiene alejado de Franco.

   -¡REGRESE AQUÍ, SALDÍVAR, DE INMEDIATO! – le ordena Franco gritándole.

   -No puedo, señor. ¡Por favor!, no puedo hacer eso, SOY HOMBRE, señor. -le dice mientras se mantiene inmóvil, lejos de entrenador, quien enfurece por lo que escucha.

   -USTED YA NO ES HOMBRE, SALDÍVAR. –le grita.- ¿Acaso no ha tenido mi verga en su culo, no lo he llenado con mi hombría? ¿No le he metido mi lengua, mis dedos y mi verga en su culo una y otra vez? ¿A eso le llama usted ser un hombre? ¡Déjese de pendejadas, USTED, ya JAMAS será HOMBRE, Saldívar!

   -Lo soy, señor, usted sabe por qué acepté eso. Pero no quiere decir que…

   -Mire Saldívar… -le interrumpe Franco mientras se acerca hasta donde está, tomándole con su fuerte mano por el cuello, sin que Daniel pueda evitarlo.- Un hombre JAMAS hubiera aceptado lo que yo le propuse. Un hombre se hubiera defendido, pelado, pero no entregaría el culo por chantaje como usted lo hizo.

   -Es por mis, padres, señor; no puedo defraudarlos.

   -¿Y qué está haciendo ahora, Saldívar?, si no acepta tener mi verga en su boca, ya sabe lo que sucederá.

   -Señor, ¡por favor!, ¡por favor!, no me obligue a eso; no puedo, ¡por favor!, haré cualquier otra cosa, señor.

   Sin que se note el placer que siente de ver el terror en el varonil rostro del muchacho, Franco sigue sujetándole por el cuello, manteniendo su cara frente a Daniel; gotas de su saliva caen en el joven rostro cuando le grita.

   -NO quiero otra cosa, Saldívar, quiero metérsela en el hocico, ¿entendió? -dice mirándole fijamente.

   El rostro de Daniel, sudoroso sin dejar de mirar a Franco, pensando que quizá se apiade de él y no le exija que le haga el sexo oral, lo intenta aún.

   -¡Por favor, señor!, ¡eso no! -le repite suplicante, tratando de conmover al malvado oso macho que lo tiene aun sujetado por el cuello.

   -Mire, Saldívar, ¡lárguese!, si no va a complacerme es mejor que se vaya. -sin dejar de sujetarlo por el cuello, lo lleva a fuerza hacia la puerta de la casa que está a solo unos metros.

   -Señor, no puedo hacer eso, ¡por favor!, deme tiempo para acostumbrarme, ¡por favor! -le suplica mientras Franco sin detenerse, aun con la verga erecta, le conduce hacia la salida.

   Franco abre la puerta y con toda su fuerza arroja al musculoso joven desnudo fuera de su casa; es tan fuerte en empujón que Daniel cae de bruces en el suelo.

   -¡Lárguese, Saldívar! Y olvídese de las olimpiadas, a ver cómo explica esto a sus padres.

   -Señor…

   Daniel gira sin levantarse del suelo, aun desnudo a unos pasos de la puerta de entrada, sin saber qué hacer, siente el frió del piso en sus nalgas y miembro, mientras Franco, quien ha regresado dentro de la casa, toma sus ropas, vuelve y las avienta al rostro del musculoso joven.

   -Llévese sus porquerías, Saldívar. No quiero verlo de nuevo en el equipo.

    Señor, pero espere, yo…

   Sin dejar que Daniel termine la frase la puerta de madera es cerrada de golpe por Franco. La entrada de la casa no queda a la vista del exterior así que nadie se da cuenta de que el muchacho esta en el suelo desnudo. Viendo hacia todos los lados, el clavadista en unos segundos piensa en lo que sucedería si llegara con sus padres con la noticia de que Franco lo echó del equipo, sobre todo después de lo sucedido, además ya ha sacrificado mucho, como dijo Franco “un hombre jamás hubiera aceptado esa proposición”.

   En cierto modo es verdad, ¿por qué no rechazó el chantaje de Franco? Ahora ya es tarde.

   -No… aun soy hombre, aun soy hombre… -se repite en voz baja mientras permanece viendo la puerta de fina madera cerrada a unos pasos. Sin embargo todo está en su contra, no hay salida, no hay opciones. Someterse únicamente. Pero con sólo recordar el sabor al solo sentir un leve roce del miembro de Franco con sus labios, la repulsión vuelve. ¿Cómo podría hacerlo? Por otro lado el regresar a su casa y enfrentar a sus padres, perder esa oportunidad única en la vida también, ¿cómo podría hacerlo?

   Lo único cierto es que Franco lo tiene en sus manos y que ha manejado perfectamente bien sus cartas conduciéndolo hasta el punto en donde hasta sus padres han desconfiado de él. Tan solo en unos segundos todos los últimos acontecimientos pasan por su mente de manera vertiginosa. Apretando las mandíbulas y los puños, comprende que Franco lo tiene dominado, no puede desobedecerlo. No debe hacerlo. Se levanta acercándose a la puerta de madera y toca con los nudillos fuertemente, para que Franco lo escuche.

   Los segundos pasan lentamente sin que reciba alguna respuesta, vuelve a golpear la puerta con la mano, desnudo aun. La desesperación del joven aumenta, nadie responde a su llamado. Empieza a llamar a Franco mientras aumenta la intensidad de los golpes en la puerta.

   -Coach, señor, por favor, coach… -repite incesantemente.

   Después de unos largos minutos de estar gritando y tocando la puerta se oye la voz grave de Franco, quien contesta sin abrir la puerta.

   -¡Lárguese, Saldívar!

   -¡Por favor, señor! ¡Deme una oportunidad! –suplica, vencido, entregado totalmente mientras recarga la frente contra la puerta.

   -¿Oportunidad de qué? -Franco no puede ocultar la sonrisa siniestra mientras toma su miembro en sus manos y empieza a masturbarse oyendo al muchacho suplicarle.

   -Yo… -sus palabras se cortan, trata de controlarse y de someterse pero le cuesta.

   -Solo hay una oportunidad y USTED sabe cuál es. ¿Está dispuesto a TODO?

   Antes de responder, Daniel hace una pausa sin despegar la frente de la puerta, las lágrimas resbalan por su varonil rostro antes de contestar.

   -Si, señor.

   El miembro de Franco se endurece el escuchar la respuesta, algo que sabía de antemano que tenía ganado; sin embargo, el placer de vencer la resistencia y de humillar a Daniel es exquisito.

   Cuando el joven escucha que la puerta se abre despega su frente; la puerta lentamente se desliza hasta abrirse del todo. Daniel, desnudo al igual que Franco, espera en el marco mientras Franco está ya en el lugar donde se encontraban.

   -Pase, Saldívar, y póngase de rodillas aquí. -le señala el lugar donde tragaría la primera verga de lo que sería su nueva vida.

CONTINÚA (el relato no es mío)…

Julio César.

NOTA: El relato comienza algo lento, y como no tengo intensiones de apurarme más, quien lo desee puede buscarlo en esta dirección: http://www.todorelatos.com/relato/16991/

DE AMOS Y ESCLAVOS… 9

septiembre 9, 2014

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 8

UN NEGRO CON LECHE EN LA CARA

Así le gustaba a su hombre…

……

   ¡Era una maldita locura!, no dejaba de pensar Gregory Landaeta, congelado y erizado, la boca seca, el corazón latiendo feo en su pecho… con ese sujeto, fuera quien fuera, pegando la pelvis de su culo, allí, en plena oscuridad de un vagón del Metro. ¡Y su verga! La notaba muy claramente, dura, caliente, totalmente parada, frotándose lentamente de sus nalgas redondas y firmes, mientras otro sujeto, al lado de ese, ¿vienen juntos o cada quien por su lado, le vieron y le atacaron?, no lo sabe, sólo que también está allí, tocándole, cuidándose de no rozar con el otro, como si le diera repulsa el contacto con el otro hombre… pero no con su nalga. Siente la mano caliente tocarle cuando el otro dejaba un pedazo libre. ¡Y lo hacían en ese vagón lleno de personas! Estaba rodeado de gente, y allí, frente a todos, uno le manoseaba, el otro frotaba una y otra vez, ahora de arriba abajo con un leve vaivén, la verga de su culo.

   Lo peor era que una idea le asaltó, erizándole más, haciéndole contener un jadeo pero hinchándole el pecho: ese carajo la tenía bien dura… por él. Su culo lo tenía así, cometiendo aquella locura. Sus nalgas. Lo otro, y lo cual era más desconcertante, era que no se apartaba. No, ya no intentaba detenerles, mirando su reflejo, ocultos los otros por su propia imagen, puede verse, muy quieto, rostro de piedra, las dos manos en el tubo, aunque…

   Mierda, era una locura. ¿Qué estaba pasándole? ¿Cómo podía excitarle tener a esos sujetos tocándole así?, pero era. Se estaba erectando bajo sus ropas y es perfectamente consciente de que se concentra en su región glútea, como para comprobar cada cambio, cada roce, cada sensación. El vagón se mueve, jura por Dios que se trata de eso, no de su culo yendo levemente de adelante atrás, refregándose de la pieza del otro macho, imaginando esa verga blanca totalmente parada, a lo largo dentro de las ropas del otro, frotándose de la raja de su culo bajo el jeans ajustado que lleva. No, no quiere pensar en eso, y no, no es que se mece y se frota del hombre a sus espaldas.

   Salen del túnel, la luz vuelve y con ella sus temores. Esos carajos no se apartan, ¡uno le frota con el güevo, el otro con la mano! El vagón de detiene y ahora si se apartan; el joven hombre negro baja la mirada hacia la pareja mayor sentada al frente, imperturbable al mundo… casi lamentándolo. Le sorprende y molesta sentirse un tanto decepcionado cuando la mano y la pelvis de esos sujetos se apartaron. Y eso le altera, no debería sentirlo. Joder, él no era ningún marica. Pero siente el hormigueo sobre sus nalgas, allí donde la dura verga y la mano firme le tocaban y frotaban. Su piel lo extraña. Se queda quieto. Mucha gente baja, otros suben. Un asiento se desocupa momentáneamente en el más externo de los dos que forman la ele con los que pegan de la pared del vagón. Y no lo toma. Se queda donde está viendo a un carajo joven que se sienta, audífonos al oído, morral al suelo, tomando un libro. Otro que se perdería en su mundo aparte y que no notarían si algo extraño…

   El vagón arranca, y vagamente cae en cuenta que debió bajar en esa estación, pero lo olvida por aquella mano que vuelve junto a la suya en el tubo. Joven, blanca, fuerte. Y cierra los ojos un segundo antes de sentirle nuevamente; aún antes de entrar al túnel, esa pelvis vuelve contra sus nalgas, y tiene que contener un jadeo, sabiendo que tiene la piel de sus glúteos totalmente erizados. Y, maldita sea, echa el culo un poco para atrás, abriéndolo, permitiéndole encajar a lo largo, y casi sufre un desmayo cuando lo nota, el sujeto empujándoselo. Un güevo que estaba bien tieso. Lo siente en toda su dureza, calor y hasta pulsadas. El tipo va de adelante atrás, frotándose, usándole para darse placer, manoseándole de manera vulgar dentro de un vagón lleno de gente, y la idea le marea. Tragando abre los ojos, las luces de seguridad forman sombras, y volviendo el rostro hacia un lado se encuentra con la mirada del chico que acaba de subir, ojos muy abiertos, boca también, el libro cerrado en su muslo; un chico que notaba perfectamente que ese otro sujeto estaba restregándole el güevo del culo, y que él se deja, que más bien lo buscaba.

   ¡El chico le había pillado!

   La idea es como lava ardiente en sus venas, aterradora, todo él se eriza y altera. Está muy quieto mirando al chico que subió hace poco, y que desde su asiento le observa mientras a sus espaldas el sujeto que se frota de su culo continúa con lo suyo, de adelante atrás, de arriba abajo, su güevo verticalizado dentro de la ropa siguiendo el curso entre sus nalgas, sintiéndolo. El chico les mira, dice nada, no avisa, sólo mira… cubriéndose en entrepiernas con el libro que llevaba. Tapándose sin dejar de verles.

   Y a Gregory le parece que va a correrse de pura lujuria consciente de que le mira, de que es observado. Con los ojos clavados en los del chico, comienza a ir también de adelante atrás, su culo de arriba abajo frotándose de esa verga dura que pulsaba contra su trasero. Sin pensar en nada, sólo consciente de lo mucho que le gusta eso, de estar siendo tratado así en ese vagón atestado de personas que no saben qué ocurre, mientras un tío le mira. Que le mira siendo toqueteado así por otro hombre, que le mira dejándose hacer, recibiéndole, que le mira moviendo su culo ahora casi como si quiera atrapar y frotar ese güevo que ya comienza a calentarle el jeans a través de las telas. Ese chico le mira y casi se muerde los labios porque siente el temblor horrible de su propio miembro, sabiendo que está mojando su bóxer y el pantalón de puras ganas.

   El sujete le deja el güevo pegado, y así empuja y empuja como si quisiera elevarle del piso, como soñando con alzarle y hacerle caer sobre su güevo, clavándole y sosteniéndole en peso, o eso piensa un mareado Gregory que contiene un jadeo mientras su pecho sube y baja violentamente, totalmente ahogado de lujuria. Mientras mira al joven que lleva una mano a su entrepiernas, bajo el libro. Seguramente tocándose, duro y excitado mirándole a él. La idea hace que su sangre se vuelva espuma, casi tanto como, al fijarse bien, al nota que el chico, sonriendo, forma la silente palabra “puta”. Entenderlo le hace temblar más. Si, puta. Un puto total. Se comportaba como… No quiere pensar, tan sólo mover su culo de arriba abajo sobre la bragueta de su anónimo sobador, disfrutando al oírle respirar muy pesadamente.

   -Tiene razón… -oye otra vez la voz joven y profunda de hombre cuyo aliento le quema el cuello, en tono muy bajito e íntimo en medio del ruido del tren y la gente hablando sus cosas.- Eres una puta. Mira cómo estás, todo caliente porque ese carajo ve como te refriego el culo con mi güevo. –y empuja más, Gregory aguantándose para no gemir de verdad como una perra, así de extrañamente caliente se siente.- Seguro que tienes el culo vuelto un caldo espeso esperando un buen pedazo de carne dura.

   Gregory no sabe qué decir, cómo reaccionar o qué sentir. Él no era marica, pero todo eso que estaba ocurriendo lo tenía literalmente ardiendo de lujuria. El roce de la barra dura contra su culo, algo que jamás le habría permitido a nadie, las palabras que podrían sonar soeces, insultantes, pero que tan sólo le hacen desear escuchar más, mientras ese otro carajo le mira, sobándose, le tienen de a toque.

   -Yo también quiero, coño. –oye otra voz, a su derecha, exigiendo.

   -Olvídalo, pana. –responde el primero, totalmente pegado a su culo.

   Y el enorme hombre negro siente más jugos saliendo de su güevo, ¡estaban discutiendo por él!, pero nada a cuando siente unos dedos rozar su mano. Eso era demasiado, lucha pero es atrapado, su mano abierta, tomada por los dedos, es guiada a otro entrepiernas y pegada a esa pelvis… sobre un güevo que abulta de manera escandalosa. ¡Dios!, jadea, ahora si alarmado. ¡Todo estaba saliéndose de control! La gente iba a darse cuenta de que un hombre estaba refregándole el güevo contra las nalgas y que otro le obligaba a llevar la mano a su entrepiernas, donde recorre leve la silueta de una tranca dura, muy dura y caliente, antes de comenzar a acariciarla. Porque lo hace, no sabe por qué pero lo hace. Cierra su puño sobre ese tolete duro, el güevo de otro carajo, halándole un poco. ¡Estaba tocándole el güevo a otro hombre!, una idea de por sí terrible y aterradora, como lo era el tío que parecía que en cualquier momento le bajaría los pantalones y le metería el tolete, allí mismo, por el culo. Y tal vez se dejara hacer. Tal vez se lo permitiría, abrirle con la cabeza de su tranca, llenándole, así como acariciarle la verga al otro fuera de sus pantalones, porque en ese momento siente que las hormonas y la testosterona estaban ahogándole de ganas y es capaz de cualquier cosa.

   Se anuncia la llegada a la estación, y la voz, el leve frenar, el aproximar de las luces al salir del túnel, logran darle a Gregory algo de serenidad… para encontrarse con la muy ceñuda mirada de la señora mayor sentada justo al frente, la cual se vuelve hacia su marido. Como por arte de magia el tipo se despega de su culo, al tiempo que retira la mano del tolete del otro y el chico en el asiento saca la mano de su entrepiernas. Todos quietos, pero el joven hombre negro es muy consciente de la dura mirada de la doña, así como de esos sujetos, los tres, que no se apartan mucho. Ni salen. ¡Estaban esperando volver al túnel y caer sobre él! Machos tras la perra.

   Traga saliva, acomodándose bien sobre la pelvis la chaqueta cerrada. La gente sale y entra, se oye el pitido anunciando que se cerraran las puertas y…

   -¡Permiso! –gruñe ronco, moviéndose con esfuerzo, no tanto por la gran cantidad de personas sino porque sus piernas no parecen querer obedecerle. Pero lucha y sale, a pesar de las malas caras de las personas que arrolla.

   A sus espaldas las puertas se cierran, el tren pita y se aleja. No pudo volverse, y alejarse, ahora, le cuesta un mundo. De una manera desconcertante su cuerpo parece no poder asimilar todo lo ocurrido… que se alejó de sus manoseadores. La idea le hace exhalar una bocanada de aire. Va hacia las escaleras mecánicas y sube, no sabe si saldrá o tomará el tren contrario para volver a la estación que se le pasó, aunque no se cree con fuerzas para verse rodeado de personas otra vez. Su piel arde, su sangre zumba en los oídos, el güevo lo tiene imposiblemente duro, pulsante y mojado contra sus ropas. Dar un paso, sentir el bóxer y el jean sobre la erecta carne le da calambres. ¡No puede seguir así!

   ¡Los sanitarios!

   Tragando en seco, otra vez, metiendo las manos en los bolsillos de la chaqueta, sintiendo cosquilleos sobre su tranca bajo las ropas, el joven y apuesto hombre negro se dirige hacia los baños, imaginando que tal vez sea un error. Pero no puede pensar.

   Ignora que un joven vigilante le ha visto, con mucho recelo por su manera de actuar, un chico flaco de cabellos rojizos y piel pecosa. Siguiéndole a los baños. Lugar donde le pillaría.

……

   -Oye, chico… -Roberto duda, estremeciéndose seguidamente por la fuerte palmada en su trasero.

   -¡Sobre el sofá! –es la tajante orden del joven de mirada dura y despectiva.

   Más de lo que Roberto puede soportar, subiéndose de frente al sofá, arrodillándose sobre él, las manos en el respaldo, las piernas abierta. Su trasero apenas cubierto por el bóxer del chico del gimnasio, alzado y hacia afuera. Ofreciéndose.

   -¡Mira qué culo! Apenas cabe allí. Dime, ¿cómo lo sientes? Tener sobre tu piel el bóxer usado de otro hombre, que sudó, dejó algo de orina y tal vez hasta de jugos de su hombría en ella. –sonríe Hank, despectivo, nalgueándole suave, la mano recorriendo de una dura mejilla a la otra, casi admirado. Y codicioso, todo eso era suyo, idea que le trastorna.- Con semejante culo debes volver locos a todos, todos queriendo tocarlo así… -los dedos de la mano se abren mientras le refriega duro. Lo siente estremecerse, la turgente piel erizada, el culo más atrás. Y ríe.- Si, te gusta, ¿verdad?, sentir el fuerte roce de la mano de un hombre acariciándote el lomo. Te ofreces como puta barata… -la mano sube a la fuerte espalda y Roberto cierra los ojos, recorrido por mil sensaciones placenteras y estimulantes mientras le oye; joder, ¿cómo podía excitarle tanto escucharle decirle eso?- Seguro que tienes el coño mojado… -la mano vuelve a su trasero, sobre el bóxer, casi empujando la tela en su culo.- Porque tienes un coño, lo sabes, ¿no? –se tiende sobre él para decirle eso, la mano subiendo otra vez y ahora descendiendo al contrario, la punta de los dedos rozando el elástico del suave bóxer de buena tela, blanco, que casi se ve obsceno sobre la lustrosa piel negra. Roberto, boca abierta, contiene un jadeo al sentir el roce de esos dedos. La mano se mete dentro de la prenda, caliente y firme contra sus carnes, recorriéndole, amasando, pellizcando leve, notándose las ganas de hacerlo, lo complacido que estaba de tenerle así. Y se le escapa un jadeo, avergonzado baja el rostro contra el respaldo, pero no para ocultarse.- Si, negro puto, eso que sientes es el placer de la anticipación de saber que tu hombre te usa, que quiere jugar con tu coño, uno que le pertenece. –le informa, y el otro sabe que es verdad a cierto nivel que ni él mismo entiende, porque bajar el rostro y cerrar los ojos es para concentrare en las mil sensaciones que lo recorren de manera agradable.

   Le oye, pero como desde muy lejos, sobre lo muy puto que son los negros, mientras la mano va y viene de una nalga a la otra, metida en el bóxer, recorriéndola circularmente de arriba abajo y regresando, cruzando por la raja entre ellas, rozando su culo y haciéndole contener el aire en los pulmones. El bóxer baja, desesperante y torturantemente lento, sus redondas nalgas morenas al descubierto, brillantes de transpiración. Roberto traga y traga, haciendo mil esfuerzos para no menear el culo contra las manos del muchacho, no queriendo parecer tan puto.

   -¡Estás sudado! –oye la acusación, la voz dura, antes de estremecerse, tensar sus nalgas y gemir al caer la fuerte palmada contra su glúteo derecho. Pica y arde, y le alarma.- Siempre debes llegar limpio ante mí, negro puto. –le ruge, otro azote, duro, en la otra nalga se deja oír y sentir.- Debes bañarte bien, afeitar tu coño y perfumar tu pubis, ocultando así tu olor a puto barato. –le explica, nalgada tras nalgada. No era tímido dando azotes.

   Roberto se estremece ahora sí que mal, la mente girando a toda velocidad, sintiéndose infinitamente humillado y ofendido en su dignidad y su hombría, pero también caliente, la verga botándole un río de líquidos, algo caliente estallando dentro de su culo, agitándolo, picándole, algo que necesitaba…

   -¡Debes depilarte el coño! –le repite el joven, enfilando un dedo y metiéndoselo lentamente por el orificio cerrado y virgen de su culo prieto.

   Roberto se tensa y casi se incorpora. ¡Estaba metiéndole un dedo por el culo! ¡Estaba dejando que otro carajo le metiera un dedo! ¡Por el culo! Su mente es una masa caliente de temores, incertidumbres y dudas. Vuelve el rostro, para gritarle que lo saque (en lugar de saltar y escapar), pero se contiene. El joven le sonríe ahora, casi amistoso, maravillado.

   -Joder, negro, qué culo tan estrecho y suavecito. –saca medio dedo y lo mete otra vez, increíble contraste de su puño pálido contra la firme pared de carne oscura.- Dios, se siente tan bien meterte el dedo así… -y parece un atractivo y pícaro niño contento que juega con el caro regalo de Navidad. Y a Roberto le parece simplemente hermoso. Si eso le hacía tan feliz…

   Quiere complacerle. Las redondas y negras nalgas van y vienen sobre ese dedo, apretándolo, el hombre estremeciéndose cuando le oye reír feliz. Esa risa le marea, y sonriendo tontamente, Roberto vuelve el rostro al respaldo, meciendo su culo de aquí para allá, apretando y soltando el dedo del muchacho. Uno que le mira ahora con expresión sarcástica, sabiendo que le ganó la batalla. ¡Pobre negro tonto!

   El largo y delgado dedo blanco entra y sale de entre las dos firmes masas negras que son esas nalgas realmente apetitosas que ya quiere morder, azotar otra vez hasta hacerle gritar. Marcarlas. Si, quiere que lleven su marca. El dedo va y viene al encuentro del orificio que se expone y que le busca, cogiéndose a sí mismo. Se ve tan entusiasta ahora, que le sorprende. Roberto abre mucho la boca y los ojos, pero decide no hacer nada, sólo apretar los dientes y aguantar, relajándose para facilitarlo todo, cuando otro dedo se suma. ¡Ahora tiene metido dos dedos de hombre en su culo virgen hasta hace dos minutos! Los dos dedos de Hank van y vienen, penetrándole, abriéndole, frotando las paredes de su recto, vencida la resistencia e incomodidad inicial. Los mete, todo, y tijerea con ellos, y aunque algo molesto pues no es totalmente placentero, Roberto aguanta. Hasta que…

   -¡Ahhh…! -jadea, el chico tocó algo dentro de él que hizo explotar luces frente a sus ojos.

   Hank se muerde el labio inferior y casi sacando sus dedos, los enfila hacia abajo, metiéndolos, rozándole otra vez. La siente, la próstata. La toca, la acaricia, la soba, y ve como el negro y poderoso cuerpo de ese joven hombre brilla nuevamente de transpiración, mientras el vaivén de s culo ahora es más intenso, decididamente disfrutándolo ahora, no simplemente para complacerle a él, y todo eso mientras jadea de forma ronca y baja.

   -¿Te gusta, negro puto? ¿Te gustan mis dedos en tu coño suave y caliente? Apuesto a que sí. –le mete los dedos y todavía empuja más.- Quiero que veas a un conocido mío, en el Centro Lido. Hace tatuajes y piercing, pero no irás por eso. Todavía no lo mereces… -le informa mientras le coge con mayor rapidez el culo, sonriendo al verle el espeso y claro hilillo de jugos que salen de su grueso güevo negro, bañándole el sofá.- Se llama Galdo, es un hijo de puta loco, dile que te envío yo y que quieres el primer tratamiento. Él sabe de qué se trata. –aunque totalmente mareado de lujuria y placer con esos dos dedos penetrando su entrada más secreta y prohibida, a Roberto nada de eso le suena muy bien.- Si no vas… esto se acaba. –amenaza, incrementando las metidas de sus dedos en ese culo que arde como brasas, que le hala los dedos con ganas, que se abre buscándolos, al tiempo que le atrapa el tolete negro que pulsa en su palma. Es sólo un toque y Roberto casi se muere de ganas, botando más jugos.- Cuanto termines con Galdo, ven aquí, sólo hasta entonces, y ya verás, negro de mierda, lo que será para ti el verdadero placer sexual. –le garantiza, cogiéndole rudamente con los dedos, soltándole el tolete y raspando con las uñas sobre sus testículos.- Sabrás que vives de verdad cuando me estés sirviendo como la más puta de las putas; arrastrándote por el piso para que te tome, será tu mejor momento. Llorarás para que te toque, me rogarás para que te deje comer mi güevo… -va diciéndole, tendido sobre él, metiéndole sin parar los dedos, golpeándole la próstata, rascándole los testículos en una suave caricia que tiene al hombre negro a punto de saltar de impaciencia y placer.- Me suplicarás de rodillas, y eso te lo aseguro, para que te entierre mi güevo blanco en tu sucio culo negro, momento cuando te sentirás totalmente realizado. –y para terminar, le mete los dedos, tijereándolos en lo profundo, sus uñas recorriendo otra vez los testículos y la cara inferior del grueso tolete que se pone imposiblemente duro.

   Roberto casi cae del sofá mientras se corre, entre escandalosos gemidos que a todo el mundo le sonarían a los de una puta feliz, con una fuerza y una potencia que le hacen alcanzar la gloria suprema del orgasmo. De su ojete manan disparos tras disparos de semen, hasta que tembloroso y sin fuerzas se queda como está, casi echado sobre el respaldo del sofá, respiración pesada. Su culo es liberado y Hank se aparta, sonriendo.

   -Si no ves a Galdo, se acabó. Y ahora lame toda esa esperma con tu lengua. No me dejes el mueble sucio. –le ordena, despectivo.

   Ojos cerrados, jadeante, el joven hombre negro todavía se estremece, tendrá que lamer su propia esperma, ¿sabría tan bien como la de Hank?

……

   Tarda casi veinte minutos en salir del apartamento del chico blanco, todo ajado, sudoroso, oliendo intensamente a esperma, en su lengua todavía el sabor de la de Hank y la suya propia. Da un paso fuera del apartamento, cierra la puerta a sus espaldas y se lleva un susto de muerte.

   -Mucho cachondeo, ¿no? –comenta, unos pasos más allá, el marido de la conserje, escoba en manos, ojos llenos de maldad y algo más.- ¡Vaya negro maricón que resultó! –casi ríe.

   ¡Mierda!

CONTINÚA … 10

Julio César.

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 22

septiembre 6, 2014

… SERVIR                         … 21

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

BLACK HOT

-¿Así me ves, pequeño puto?

……

   -¡Aléjense de mí! –grazna Daniel Pierce, retrocediendo, mirando en todas direcciones como una rata acorralada. Si le tocaba pelear, acción en la que nunca ha sido muy bueno, llevaría las de perder frente al número de sus atacantes, esos sujetos que le miran con ojos codiciosos, sonrisas torvas, vergas totalmente erectas, disfrutando por anticipado del fácil bocado que tragarán.

   -Vamos, mi amor, no te pongas así. Dame cariñito. Te va a gustar. –se burla el hombre que robó su virginidad propiamente dicha.- Sé qué te gusta que te hagan y cómo. Y hasta cuántos. Te vamos a hacer muy feliz, bonita.

   -¡No! –grita ronco, y mirando entre ellos parece encogerse, derrotado, los otros sonríen más.

   Pero es un engaño, arrojándose hacia adelante, con rapidez, busca cruzar entre dos de los sujetos que sonríen confiados; pero dos pares de manos le retienen por los brazos, mientras ríen, controlándole, llevándole nuevamente contra la pared. Las manos tocan, le alzan en peso y aún así sigue luchando, intentando dar manotazos y patadas, y todo eso parece excitar más a sus atacantes, sus vergas estaban goteando copiosamente mientras le dominan. Le derriban obligándole a caer de rodillas, y mientras uno, a sus espaldas, le retiene los brazos hacia atrás, lastimándole, el líder le abofetea, duro, para luego cubrirle la boca con la palma de la mano.

   -Tranquila, mi amor. –le dice en español, burlón, pero también loco de lujuria.- Ah, esa boca, ya quiero llenártela, pero estoy muy caliente, creo que primero atenderé tu culo, te daré duro, güerito, y luego, mientras mis socios te lo calman, te llenaré la boca. Todos vamos a darte mucho amor…

   Daniel abre muchos los ojos, aterrado, debatiéndose pero retenido, indefenso, esas manos tocándole de forma ruda, sus tetillas pellizcadas; sus nalgas abiertas, le obligan a separar las rodillas, son palmeada, su culo lampiño, muy comentado entre burlas, es acariciado. Todos quieren tocárselo, compiten por acercar sus dedos. Y grita, no, por Dios, eso no podía pasarle. Otra vez.

   -¿Qué coño hacen? ¡Suéltalo si sabes lo que te conviene, hijo de puta! –ruge una voz autoritaria en la entrada, severa.

   Por un momento todos se congelan, mirándole, Daniel se ve totalmente aterrorizado. No, no puede pasar por todo eso otra vez.

   -Vete, o también a ti te daremos duro, nazi de mierda. –amenaza el jefe del grupo, alzándose, dominado por la testosterona.- A ti parece que también te hace falta un macho. ¿Qué tal, amigos?, ¿nos gozamos a dos perras en una sola sentada? –y sonríe mostrando los dientes.

   -¿Crees poder conmigo, cholo de mierda? –le reta sereno, cruzando los brazos sobre su torso de braga abierta. Y a Daniel le impresiona todo él, su aire de confianza y serenidad al enfrentar a esos sujetos realmente peligrosos. Varios en número, para colmo. Es el hombre a quien ya había encontrado una vez en esas duchas y que dijo que olía…

   -Vete, marica. –insiste, duro, perdiendo la paciencia. El sujeto sonríe y medio vuelve el rostro.

   -¡Guardias! –grita a todo pulmón.

   -¿Qué diablos…? –ruge una voz afuera y Daniel casi jadea de alivio, encogiéndose en el piso, culo desnudo en el frío cemento. ¡Alguien viene!

   -Esto vas a lamentarlo, maldito nazi. –amenaza el latino, medio cabeceando y saliendo con sus amigos.

   -¿Qué pasa? –Adams, el vigilante obeso y de cara ruin, aparece casi tropezando a los latinos en su salida, mirando al sujeto joven y alto, blanco bronceado, seguro de sí, y al otro, caído en el piso.- ¿Qué coño pasa, convictos?

   -Nada, guardia. –sabiendo que es mejor no meterse en honduras, el convicto recién llegado le resta importancia al asunto.

   -Okay… okay… -Adams cabecea y sonríe lascivo.- ¿Sorprendiste una fiesta de putas? –y la sonrisa se congela cuando el hombre se vuelve a mirarle, sin decir nada, los ojos un poco más claros. Eso parece molestarle al uniformado que se arregla la cachucha.- ¡Terminen y salgan, convictos de mierda! –grita y sale.

   Con movimientos lentos, terriblemente aliviado, pero aún más avergonzado, Daniel se pone de pie, notando que el otro se acerca. Toma con rapidez su toalla caída, cubriéndose, manos temblorosas.

   -¿Estás bien? ¿Te hicieron daño? –se interesa, voz baja y algo ronca.

   -Si… no… Estoy bien, gracias…

   Daniel no puede verle a los ojos, no puede procesar que estuvo a punto de ser violado por varios sujetos, que luchó y pataleó pero no pudo hacer nada para escapar de eso, pero luego este sujeto llega, sin amilanarse, sin retroceder, y controla la situación haciéndose obedecer. ¿Por qué no puede él controlar su vida? ¿Cómo hacía el otro? Abatido, molesto y confuso consigo mismo, intenta alejarse, tropezándose, casi cayendo de no ser por ese sujeto que le recibe entre sus brazos abiertos, las manos grandes y firmes cerrándose en su baja espalda, sosteniéndole y estabilizándole. Sus torsos chocando, uno desnudo, el otro con una braga abierta, el primero de piel depilada, suave y blanca; el otro algo velludito, bronceado y firme.

   Y a Daniel la vida parece tambaleársele, el contacto de su cuerpo contra ese otro es eléctrico, sus pectorales chocan del torso masculino y siente como sus tetillas hormiguean de manera espantosa, respondiendo al toque, erectándose, ambos pezones proyectándose hacia adelante, las puntas contra la piel ardiente del joven macho.

   ¿Qué coño…?, jadea el convicto sometido, confuso por la respuesta de su cuerpo, alzando la mirada de manera impulsiva y encontrando esos ojos castaños algo oscurecidos. Ese sujeto había notado y reconocido la respuesta de su cuerpo. Lo sabe por la manera en que ese torso velludito se expande, subiendo y bajando poderoso (rozándole más los pezones), el cómo las manos que simplemente estaban allí, se cierran ahora sobre su piel, los dedos largos y fuertes cebándose en su piel, atrayéndole más. Y ese toque le parece de fuego, estimulante, debilitante, tal vez por eso cae un poco más contra el sujeto, sus rostros muy cercanos, la boca del otro, rodeada de una leve sombra de barba castaña, se abre un poco. Y algo, puede sentirlo contra sí, se levanta y endurece entre las piernas de ese hombre atractivo.

   -Yo… yo tengo que… irme. –grazna Daniel, tragando en seco, rostro muy rojo, su cuerpo erizado. Le aparta y casi corre, sin importar que se note que huye.

   -Rostov, me llamo Geri Rostov. –le oye todavía.

   La masculina voz le produce al joven hombre rubio un escalofrío por toda la columna mientras se aleja. Dios, ¿qué le pasa? Por un segundo… Mierda, si, por un instante quiso besarle, sentir su boca, su lengua explorándole mientras sus manos…

   ¡No, coño, no!

……

   -Ahhh… tienes ese culo caliente, cabrón. –chasqueando la lengua, bufando con ordinariez y cachondez, para afectarle, Lomis continua obligando a Nolan Curtis a mamarle la verga mientras le mete un dedo por el ano, dentro de su camioneta estacionada en la calle, cristales levemente ahumados, pero donde algo debe llamar la atención porque uno que otro, que pasa por la acera, forza la mirada antes de continuar su camino.

   Para Nolan es una pesadilla, allí estaba él, mamándole el güevo a uno de sus compañeros de trabajo, el mismo que le vio siendo sodomizado y controlado por un convicto horrible que le usó, creyéndole un puto, molestándose con él y haciéndole todo eso en castigo. En su inocencia, el joven cree que Lomis hace todo aquello porque lo imagina puto. Pero él no lo era, era un hombre normal, como todos, atrapado en aquella pesadilla, una que le tenía ahora la rojiza y pecosa verga de su colega atorada en la garganta, donde tiene que sorberla para tragarse la saliva y poder respirar. Siente ganas de llorar, él no se había buscado eso, piensa mientras su rojos y brillantes labios cubren toda la gruesa pieza masculina para luego permitirle salir, dejándola mojada, cuando Lomis le hala del cabello, llevándole y trayéndole, exigente y dominante, no dejándole otro camino. Pero es la mano en su trasero…

   Echado de panza sobre el asiento, bucea sobre el regazo del otro, quien tiende sobre sí un brazo, la mano metiéndose dentro de su pantalón y calzoncillo. Era una mano grande, velluda y ruda que acariciaba y clavaba los dedos en su tierna carne, hasta que llevó un dedo a su culo, metiéndoselo. Allí, ¡en la calle! ¡Frente a la casa de su novia y su familia! Quería gritar, escapar… pero estaba atrapado. A la merced de ese colega que le hacía todo eso. Y la idea, o el dedo en su culo, que salía muy lentamente de su redondo y poco peludo anillo, frotando circularmente sin salir del todo, halando y abriendo, antes de volver a enterrarse, hondo, todo, arqueándose, rozándole, le tienen mareado, confuso y levemente caliente. El dedo baja en su interior y choca de algo que le hace tensarse sobre el asiento. Y Lomis sonríe ruin.

   Empujándole la cabeza, metiéndosela hasta la garganta, sintiendo su resuello en los pelos púbicos y la pelvis, el pelirrojo saca y mete ese dedo del joven culo de su colega, rápido, frotándole internamente, todo en el mismo punto. Le oye gemir, le siente estremecerse, seguramente avergonzado de su respuesta, y forza la situación. Saca el dedo y le empuja la cintura del pantalón y el bóxer negro, exponiéndole el pálido trasero, y venciendo la resistencia del anillo le mete dos dedos, buscando el punto, dándole allí. Los saca y los mete, rítmicamente, y le golpea una y otra vez sobre la próstata, viéndole enrojecer todo, su culo estremeciéndose como si quisiera controlarlo, por lo que acelera las cogidas de dedos. Es impresionante como el redondo orificio se deforma, como alargado ovoide, para permitir que los dos dedos del macho abusador penetren, controlándole, reclamando su lugar. Los dedos están bien metidos ahora y todavía empuja más. Había algo en meterle dos dedos así a un tipo, que enloquecía a cualquiera.

   -Dios, eres tan marica, Curtis. –le ruge bajito.- Puedes decir lo que quieras, pero tu culo parece que va a arrancarme los dedos. Lo tienes muy caliente y deseoso, muchacho. –le acusa, sacando totalmente sus dedos y metiéndolos otra vez.- No se te calma…

   Extrayendo los dedos se tiende hacia la guantera, obligándole a tragar totalmente el rojo tolete, sacando de allí un pequeño pero grueso consolador de goma blanda, de un rosa chillón. Mirándola, con ojos muy abiertos y alarmados, Nolan intenta retirarse, pero la mano en su nuca es fuerte, aunque luego le retira, halándole del cabello. Adolorido, el muchacho, boca libre de ese tolete grueso que cae contra el vientre del pelirrojo, le encara.

   -Por favor, Lomis, no hagas esto. Eso no. –pide. Y grita cuando se incrementa la presión sobre su cabello.

   -¡Dime, “señor”, pedazo de mierda! No eres un hombre como yo, muchacho. Eres un maldito mamagüevo que gusta de los convictos. Hago esto por tu bien. Para que no vayas por ahí calentándole las braguetas a los reos. Tu culo necesita esto… -le ruge, y Nolan, aterrado, nota que algunas personas parecen escuchar y forzar la vista, tal vez por andar preocupado por eso se descuida y ahogadamente termina con el consolador en la boca.- Ensalívalo. –le ordena feo, dedos fieros enredados en su suave cabello, y el muchacho lo hace, justo como si chupara de una mamila. Y mientras lo hace, sometido, humillado, sus miradas se cruzan, le suplica piedad, que no haga eso, pero el otro sólo sonríe.- Por Dios, si tu padre te viera así, te ves tan marica… -se lo saca de la boca.

   -Lomis…

   -¡Señor, para ti! –le ruge otra vez, halándole más del cabello, casi haciéndole llorar.

   -Lo… lo siento, señor; pero no quiero…

   -Deja de chillar, becerro, mejor ocúpate de esto. –y le guía, con fuerza, a su tolete, obligándolo a tragarlo otra vez, gozando el instante, como todos, cuando los suaves labios lo abrazan y va entrando chocando contra su lengua.

   Sin perder el tiempo enfila el mojado consolador hacia ese trasero, notando las nalgas contraída, sonriendo al enfilar la rosa punta contra el cerrado culo, frotándola allí para desesperarle, para angustiarle, empujando más, abriéndose paso, muy lentamente para torturarle. Le nota arrugar la frente, las nalgas más tensas, pero va metiéndoselo. El juguete es suave y muy a propósito para chicos principiantes. Lo hace, lo mete todo y aleja su mano.

   Mierda, pero qué bien se veía ese chico con la base ancha del rosado consolador en su culo. Atrapa la base otra vez y comienza a sacarlo y meterlo, lentamente, casi dejándolo afuera, luego metiéndoselo todo, centímetro a centímetro, ladeando la mano para llevar la punta enterrada hacia abajo, hacia el asiento y la próstata del muchacho boca abajo. Y sabe que la encuentra cuando lo siente tensarse y gruñir bajo. Ya le tiene, piensa, cogiéndole ahora con más rapidez y rudeza, gozando el verle estremecerse, arquearse y transpirar al meterle y sacarle el juguete erótico de su agujero. Joder, había algo en meterle eso a ese chico por el culo que le tenía la verga a punto de caramelo, uno que el joven saboreaba ahora que succionaba, seguramente sin darse cuenta que lo hacía. Nolan se estaba excitando a pesar de sí. Sacar el juguete del culo abierto que se cierra, y luego metérselo, cogiéndolo, estimulándole, le parece el colmo de lo erótico… ¿o no? No, quiere más.

   Lágrimas ruedan nuevamente de los ojos del muchacho, sabiendo para donde iba todo. A la vergüenza de estar siendo sometido sexualmente por un compañero de trabajo, cuya dura y gruesa verga tiene que tragar, sabiendo que la está succionando mientras su culo es penetrado por el corto pero gruesos juguete sexual, lo peor es notar cómo despertaba un deseo que le hace desear caer muerto allí mismo. No tiene manera de saber que estimulada la próstata a conciencia, buscándose una reacción, casi siempre se termina así. Pero que le esté ocurriendo es horrible, que sea en la calle, mucho peor, con el rabillo del ojo nota que algunos intentan forzar la mirada por el parabrisas, ¡y frente a la casa de su novia!

   -Fuera. –le gruñe Lomis, sacándosela de la boca, la verga babeándole saliva espesa y jugos, algunos rodando por la barbilla del chico, mientras le retira el consolador del culo, obligándole a sentarse, moviéndose él mismo hacia el centro del asiento.- Súbete y dómalo. -le ordena, sentado con piernas muy abiertas dentro del espacioso vehículo, la verga rojiza y tiesa levantada como una lanza.

   -Lomis… -jadea, lloroso, tragando al verle la intensión.- Señor, no puedes hacerme esto, estamos frente a la casa de mi novia… ¡Ahhh! –la leve bofetada, más como demostración de control que violencia, le calla mientras baja la mirada.

   -Silencio, perra. Estás maluca y necesitas macho. –le informa, estremeciéndose él mismo con el juego de palabras que hace con las aconsejadas por Robert Read.- Sube o… -lo deja así.

   Ambos contienen el aliento cuando las sonrojadas nalgas abiertas, casi lampiñas y púberes, descienden, la rojiza, lisa y brillante cabeza de un güevo, quieto, a punto de impactar con un redondo culo cerrado que se acerca. Lomis traga en seco cuando colisionan. A Nolan le parece horrible, pero nada puede hacer, el otro no le apura, parece querer que sea él quien lo resuelva.

   -Apúrate, perra, alguien puede salir a buscarte; y encontrarte cabalgando sobre mi verga tal vez les sorprenda.

   Cerrando los ojos con ira, Nolan se deja caer, castigándose por haberse dejado llevar a eso. Grita contenido cuando la gruesa y ardiente mole le abre, llenándole. Es casi insoportable sentirla así, y eso que ya le han ocurrido cosas. Por su lado, Lomis casi se desmaya de puro placer. Sentir el roce con la entrada del ano era increíble, pero cuando cae, apretando por reflejo, rozándole intensamente su instrumento, dando un apretón feo al caer, fue casi insoportablemente grato… casi tanto como tenerle allí, en la cabina de su auto, metiéndosela por el culo al muchacho que se resistía todavía.

   Se quedan quietos, ambas respiraciones jadeantes, Lomis vestido y con la verga afuera, o bien, metida dentro del chico; este con su franela, los pantalones en los tobillos y el bóxer únicamente bajo atrás, en su culo ahora lleno, expuesto, alzado por delante y cubrirle un poco. De las miradas de cualquiera que intentara saber qué ocurría en esa camioneta detenida… Como de Lomis. No lo entiende, pero su verga está medio morcillona, aunque le parece aterrador. Casi pega un bote cuando el torso de Lomis se pega de su espalda y la voz ronca del sujeto, teñida de burla, le dice:

   -¿Lo sientes? Tu culo ávido está trabajándome la verga, sabiendo lo que quiere. Lo que tú quieres. –le asegura, metiendo las manos dentro de la camiseta, recorriendo el joven y firme torso, gozándolo; tocarle así, sabiéndole suyo, le excita más. Sube y cubre sus tetillas, que atrapa con índices y pulgares, halando y rotando, estimulándole, consiguiendo que se estremezca y suspire.

   Lomis sonríe más, le tenía en sus manos, le provocaba reacciones a pesar de sus deseos. Y es cierto, el joven guardia de cárcel siente que la piel le arde cuando esas manos horribles le toca y le recorren la piel, atrapan sus pezones y los estimula de esa manera tan extraña.

   -Sube, hazlo, apúrate, cada segundo perdido puede costarte ser descubierto empalado sobre mi verga por tu novia o sus padres. –le susurra burlón al oído, apretando un poco más sus tetillas, olfateando el olor a champú en el suave cabello algo húmedo del muchacho, cerrando los ojos y embriagándose con el delicioso y dulce aroma de su chico.

   ¡Dios, Dios!, jadea internamente Nolan, desesperado. Si, debía terminar toda esa pesadilla, acabar con él y alejarse de toda esa vaina, así fuera renunciando a su cargo en la prisión. Llevando las manos al tablero, afincando los pies en el piso del vehículo, sube su culo, lentamente, el anillo muy cerrado sobre el grueso tolete rojizo al que hala, y baja, apretando más. Duele pero ya no tanto, así que va y viene, ganando ritmo y velocidad, decidido a exprimirlo a toda prisa y acabar. Sube y baja cogiéndose, metiéndoselo todo en cada caída. Lomis, a sus espaldas, sonriendo con la boca mu abierta, echa la cabeza hacia atrás, gozando el peso del muchacho cuando cae sobre su pelvis, disfrutando la suave y cálida apretada que el sedoso estuche le da a su miembro, pero gozando más la idea. Está cogiéndole en su auto, a las afuera de la casa de su novia. Está tan caliente que teme arder literalmente, pero todavía tiene que seguir el guion de Robert Read y saber si el chico responde.

   Mientras tensa sus muslos, también embistiéndole, sintiendo más intensamente los halones y apretadas del joven culo sobre su verga, el pelirrojo vigilante cruza su brazo izquierdo, atrapando con esa mano la tetilla derecha del muchacho, rascando el pezón, acariciándolo, halándolo, mientras lleva su mano derecha al entrepierna del chico, metiéndola dentro del bóxer y encontrándole el tolete medio duro. Lo atrapa con su mano firme y aprieta, y a Nolan la cabeza le da vueltas por tantas sensaciones. Quiere que termine, pero siente lujuria, ese güevo le da donde es, esa mano tiene su pezón de a toque, jamás imaginó que le pudiera provocar tanto placer el manoseo a sus tetillas. Y la mano sobre su verga… Esa mano en puño sube y baja con firmeza, como sólo un hombre sabe que gusta, mientras él mismo se encula, totalmente consciente de que salta sobre la pelvis de su colega, sobre su verga dura y babeante, y la sensación es totalmente enloquecedora.

   -Eso es, muchacho, date gusto. Gózalo todo… -le gruñe Lomis casi sobre el cuello, tocándole, sobándole, manipulándole, mordisqueándole una oreja.

   Nolan ya no piensa, se estremece violentamente y jadea de manera intensa olvidando todo, hasta el dónde está, sorprendiéndose al notar a dos jóvenes que con sus manos hacen viseras para interna ver dentro de la camioneta, imaginar qué dirían si pudieran verle, le marea. La idea es tan horrible, tan mortificante, que temblando cae totalmente sentado sobre esa verga que se le mete toda, honda, dura, caliente, pulsante, y se corre de manera intensa y abundante, él mismo sorprendido. Moja la mano de Lomis, quien sonríe excitado al notar sus temblores, la carga hirviente que atravesaba el joven tolete, y la babosa mojada en su mano. Y mientras se corre, Nolan ignora que su culo, quieto sobre la verga, está apretando y halando de manera feroz. El hombre que le encula lo siente, que él mismo se tensa, y sacando su mano bañada en leche, mirando el rostro del joven en el espejo, se la unta con su propia carga. Y verle, rojo de mejillas, con el cruce de leche sobre su nariz y mejillas, le hace correrse.

   Lomis aprieta los dientes, tensando los muslos, pies bien asentados en el piso del auto, empujando su verga hacia arriba, más adentro del muchacho, corriéndose con fuerza, llenándole el culo a ese hombre joven con su semen, un hecho en sí que ya bastaba para querer más, mientras le ve la cara enlechada. Este, jadeando todavía agobiado por la intensidad y goce de su propio clímax, siendo llenado por aquella verga y manipulado por ese hombre, sintió los disparos muy adentro, golpeándole en ese punto que todavía rozaba la gruesa pieza.

   -¿Te gustó tanto como a mí, perrita? –le pregunta bajito, ronco, jadeante.

   Nolan va a replicar, pero, horrorizado nota que la puerta de la casa de su novia se abre y que esta, bella y joven, cabello castaño y largo, suelto, su corta cota blanca y su jeans azul oscuro, se asoma. Mirando hacia el auto. Salta, no le importa que Lomis ría cuando de su culo, al abandonar la verga, mane leche, subiéndose el bóxer mojado ahora por delante y por atrás, así como su pantalón.

   -Límpiate la cara, perrita. –le aconseja Lomis, mirando a la joven salir por el jardincito.- Preséntamela, ¿no?

……

   Todavía temblando por todo el peligro que corrió, sólo eso, ¿okay?, Daniel Pierce regresa escoltado a su celda, cruzándose con hombres que le sonríen lascivamente, todos los que le saben “la caliente puta” de Read. Agradece la soledad de la celda, aunque se pregunta de pasada dónde estaría ese horrible hombre. Cómo era posible que un condenado a muerte (y se estremece al recordarlo) pudiera movilizarse así, como le daba la gana y con tanto desparpajo. Se sienta en su litera, inquieto, llevándose una mano al suave cabello rubio oscuro, algo largo, le caía sobre el cuello y la frente. Debía hacer algo al respecto. Y allí, quieto y a solas, intenta con todas sus fuerzas no pensar en su reacción cuando ese joven y atractivo convicto le tuvo entre sus brazos. Geri Rostov. Siente sus mejillas arder, rojas de vergüenza, molesto consigo mismo. El sólo nombre le afectaba. ¿Qué estaba ocurriéndole? Está bien, ese hombre horrible le dominaba y usaba sexualmente, ¡pero él no era un marica!

   La reja se abre, casi con violencia, y sobresaltado como está, casi culpable por sus propios pensamientos, se pone de pie y encara a Robert Read, que entra muy serio.

   -¿No fuiste a trabajar, Tiffany? –le pregunta, caminando hacia su litera.

   -No, yo… no me sentí bien.

   -¿La menstruación? –se burla, achicando los ojos al verle bajar la mirada.- ¿Ocurre algo, princesa? –le ve dudar.

   -No… nada… ¡Ahhh! –no puede evitar el grito.

   Robert Read, endureciendo el rostro, le cruza la cara con el dorso de su mano derecha, con fuerza, haciéndole retroceder.

   -¿Por qué mientes, Tiffany? ¡Sé lo que ocurrió en las duchas! -es tajante, indiferente a la gente que pasa y escucha.- ¡Intentaste seducir a varios carajos! –le acusa.- Y vas a pagármela, pequeña zorra. –otro bofetón derriba sobre su litera a un totalmente aterrorizado Daniel.- Si quieres comportarte como una cualquiera, te venderé al prostíbulo de los armenios, para que seas la perra de cientos cada noche. –sentencia, encimándosele, esperando su reacción.

   En sus ojos brilla una rabia infinita… y homicida.

……

   Mientras sube las escaleras, después de asegurarse de que estaba ahí, hablando con la encargada de la consejería, Jeffrey Spencer, recuerda algo de lo dicho la noche anterior por el jefe Slater, cuando estuvo sobre sus gruesas y poderosas piernas, la titánica pieza negra que poseía bien clavada en sus entrañas, sobre lo que sus amigos decían de los culos de los chicos blancos. Meneando la cabeza lo aparta, no quiere pensar en eso. Ni recordarlo. Debía concentrarse en su trabajo, y parte de eso era entrevistarse con el detective que llevó a cabo la investigación contra Robert Read. Toca al timbre. Nada. Otra vez. Igual resultado. Le dijeron que estaba, así que insiste llamando con los nudillos.

   -¡Un momento! –escucha el rugido de una voz irritada. La puerta se abre y a Jeffrey Spencer la boca se le abre tanto como los ojos.

   Frente a él se encuentra un sujeto de casi dos metros de altura, atlético y fibroso, treintón, llevando una camisa abierta que deja al descubierto su torso ancho y de buenos pectorales, el pantalón del pijama, bajo en la cintura y de tela suave, permite ver parte de sus pelos púbicos y la silueta suelta de un miembro morcillón.

   El detective Owen Selby era un atractivo, poderoso y aparentemente muy bien dotado hombre negro.

CONTINUARÁ … 23

Julio César.

EL SUEGRO LO ENVICIA… 36

septiembre 3, 2014

…LO ENVICIA                         … 35

   Este relato me lo envía por correo un conocido de la casa, LeRoy, y es bueno, aunque es una mala traducción que me tomará tiempo medio hilar. Este relato que NO ES MÍO, lo llevo más bien como una pequeña adaptación. Que el autor no se moleste, por favor. Bien, la trama: un chico muy joven sueña con ser físico culturista y se casa con la hija de un ex culturista, el cual termina convirtiéndole en el juguete sexual de todos los hombres. Disfrútenlo.

……

Título: Muscle Pussy

De: hgenyc9261@gmail.com

LA SEXY TANGA ROJA

Lo quiere todo.

……

   Cuando despierta al día siguiente, con la peor resaca de toda su vida en sus veintiún años (en verdad la primera), a Bobby le parece que fue golpeado por un camión. O varios. Por unos musculosos, muy calientes y muy bien dotados camiones de carne. Pero camiones, al fin y al cabo. Está sobre su panza, y extrañado, mirando hacia atrás; nota que tiene la tanga de mujer enrolladla bajo sus glúteos, cosa que no recordaba haber hecho… aunque a decir verdad lo último que podía recordar era a su cuñado, Tony, ayudándole a salir de la sala.

   Mirando hacia su mesa de noche, ve que son las once de la mañana. Agotado, y algo enfermo, agradece no tener que ir a ninguna otra parte. Finalmente se pone de pie, terminando de bajarse las pantaletas, saliendo del dormitorio totalmente desnudo, joven, guapo y musculoso, rumbo a la cocina, preguntándose dónde estaría su suegro. O su cuñadito. No encuentra a nadie mientras se toma una taza de café muy negro. Aparentemente Ben y Tony habían partido al trabajo.

   Terminado el café entró a la ducha. Enjabonó a conciencia su enorme y firme cuerpo de muchacho, prestando especial cuidado y atenciones a su culo. Al pasar sus dedos sobre él, lo notó hinchado todavía. Luego de refregarse el cuerpo con una aconchada toalla, secándose, regresa a la cocina por más café y algo de comer. Quiere comenzar a funcionar con todos sus sentidos.

   El resto de la mañana, aún desnudo, ya desinhibido totalmente, se dedica a mirar televisión pero no hay nada bueno que ver, aburriéndose rápidamente. Pensando en tomar una siesta, sale al patio y cae de culo sobre una silla plegable, bajo la sombrilla, el cálido viento acariciándole y adormeciéndole al recostarse. Se tiende sobre la toalla, totalmente desnudo, respirando pesadamente, ojos cerrado, luchando para dejar de sentirse levemente mareado. Por supuesto, no pasó mucho tiempo antes de que su mente vagara sobre lo ocurrido la noche anterior.

   Parecía que habían pasado sólo minutos desde que en el sofá de la sala estaba el musculoso Bill, alzándose sobré él, teniéndole atrapado por los tobillos y penetrando su culo caliente con la pulsante verga negra. El recuerdo le eriza la pile, que enrojece algo afiebrada, y afincando los pies sobre el mueble, separa sus algas de la toalla, abriéndolas, acariciándose la raja de su culo con los dedos. Con uno recorre la entrada, los todavía hinchados labios, reconociendo con un estremeciendo mezcla un poco de vergüenza y mucho de putez, que todos esos hombres tenían razón. La entrada de su culo afeitado, era liso y suave como el coño de una chica, como el de su esposa, Alice. Pensar en ella le hace recordar a Tony, el pilluelo que tiene de cuñado, burlón y sardónico, cogiéndole, así como a Ben, su suegro, el fornido macho que le había guiado a descubrir sus nuevos gustos y placeres, habiéndole descubrir que amaba ser tomado por los hombres grandes y fuertes que llenaban su culo de…

   Casi inconscientemente su dedo sube y baja sobre la raja de su culo cerrado, eso si, todavía maravillándose de recordar que fue capaz de tener metido en él dos de las vergas más gruesas que ha visto jamás. Ojos cerrados, traga, el dedo entra muy levemente, sus caderas se menean, alzadas sus nalgas de la silla, deseando con todas sus fuerzas que Ben, su suegro, estuviera allí, jugando con su “coño”; tocándolo, estimulándolo, calentándolo y logrando que se le mojara, latiendo por una buena verga, la del padre de Alice. Entre culpa, vergüenza, pero también mucha lujuria, el muchacho reconoce que quiere a su suegro allí, tocándole así, diciéndole que quería tomar, llenar y poseer totalmente su coño rosado y lampiño.

   -¿Bobby? –la pregunta le sobresalta, tomado por sorpresa… desnudo y tocándose el culo.

   Muy alarmado vuelve el rostro y ve en la entrada que lleva del patio a la casa a Tom, acompañado de otro sujeto, uno tan enorme como él. Mierda, ¿pero qué hacía de regreso tan pronto en casa?

   -Eres Bobby, ¿no? –la pregunta le hace caer en cuenta al rubio culturista que no se trata de Tom, sino de un hombre prácticamente idéntico.

   -Eh, sí, yo…

   -No fue mi intensión alarmarte. Y perdona que entráramos así. Soy Walt, hermano de Tom, y este es Ned, el entrenador de lucha de Tyler en la universidad, aquí presente para la boda. Llamamos a tu suegro y le dijimos que vendríamos a recoger el auto que dejaron anoche, después de la fiesta de despedida de soltero. Dicen que fue increíble y sentí perdérmela, pero mi esposa y yo ya teníamos planes para cenar fuera. Tu suegro dijo que podíamos entrar, tomar algo fresco y retirar el auto. Lo siento si te incomodamos. –informa viéndole fijamente, todavía abierto de piernas y los dedos sobre la entrada de su culo.

   Walt, el hermano de Tom, tenía el mismo cuerpo musculoso y poderoso, pero había algo en sus gestos y movimientos, como más avispado, que le dan a entender al chico rubio que es algo menor de edad que el padre de Tyler. Ned parecía mayor, pero si había un ideal para mostrar como modelo de un culturista dedicado luego a la lucha, ese era él. Era enorme y su cuerpo estaba sólidamente constituido, con el cabello oscuro algo canoso por los lados, ojos grises y unas líneas que le hizo recordar aquello de “perfil griego”. Había algo severo en él que le hizo recordar al musculoso muchacho desnudo a su propio entrenador en la secundaria. Joder, no le habría sorprendido verle un silbato alrededor del cuello de toro que tenía.

   -Oh, no, no molestan, yo… -enrojece, desnudo y con las piernas flexionadas, unos dedos sobre la entrada de su culo.- Yo… yo… comprobaba mi afeitado. Que estuviera lampiño por todos lados, ya saben, tengo una exhibición de culturismo pronto y… -comenzó con lo primero que se le ocurrió, no sonando convincente ni a él mismo.

   -Culturismo, ¿eh? Tienes un buen cuerpo para exhibirlo en trusas chicas. –comenta Ned.- Creo haberle escuchado decir a Tom que practicaste la lucha en la secundaria también. Mi equipo no se afeita, pero sé que entre los culturistas si se estila. Tal vez podamos ayudarte. –ofrece, ojos severos y mandíbula dura, acercándose a donde yace el chico rubio, mirándole a los ojos, controlándole como un buen entrenador, uno grande y fuerte, maduro y viril, recorriéndole con la punta de los dedos sobre un muslo dorado y lisito, provocándole escalofríos, calorones y casi jadeos al joven desnudo y musculoso.

   Sus ojos, fascinados, caen ahora sobre los dedos del chico, esos que todavía están colocados en el afeitado culo, y totalmente enviciado, caliente ante el fortachón y poderoso hombre mayor que le recordaba a su entrenador, también a su suegro, y mientras los ojos de ese sujeto están clavado allí, Bobby levanta un poco sus dedos y los deja caer, medio dándose una caricia. Mirándole nuevamente a los ojos, el severo rostro de Ned se aligera con un asomo de sonrisa mueca, la del tiburón que planea saborear un delicado y sabroso bocado, al tiempo que con puño de hierro le atrapa un tobillo, alzándolo, casi obligándole a girar sobre la silla, echado hacía atrás, elevando y exponiendo su culo que todavía es toqueteado por sus propios dedos. Despegando con esfuerzo los ojos de ese sonrosado culo lampiño que es acariciado, clavándolos en los del chico para controlarle con la mirada, la otra mano de Ned se extiende y la punta de sus dedos también recorren los alrededores del hinchado y enrojecido agujero de amor. Y Bobby, su pecho subiendo y bajando con esfuerzo, mejillas rojas, cierra los ojos, entregándose cuando el sujeto deja de mirarle para contemplar su agujero otra vez, que titila con vida propia mientras aparta su mano dejando la del hombre mayor.

   -Si… -gruñe bajito.- Vaya que lo tienes suavecito… -los dedos cruzan sobre el pulsante agujero que parece pedirle que entre.- …Pero creo que siento un poco de vellos. –se vuelve hacia su amigo.- Walt, acércate, toca y dime qué piensas. –y eso hizo tragar en seco al rubio culturista. El otro hombre se acerca también, mirando al chico, luego llevando los dedos juntos a los de su amigo, recorriendo los pliegues del tembloroso culo expuesto a sus miradas de machos cabríos y calentorros.

   El chico deja caer la cabeza y abre la boca, sintiendo a esos dos tíos enormes tocándole la entrada, tirando de sus labios, alisándole los pliegues… estimulándole el culo. Y era increíble, allí estaba él, soñando hace poco con hombres poderosos que le usaban, con su suegro que jugaba con su agujero, y ahora estaban esos dos carajos acariciándole de manera tan íntima. No sabe que sus nalgas enrojecen, que su culo se abre y cierra, que exhala putez en poderosas oleadas, pero los dos hombres si lo notan, miradas fijas en él, mientras sus dedos acarician alrededor, sin entrar, abriéndole otro poco tirando con los pulgares. La caricia era tan intensa, la idea de los machos tocándole, saberse expuesto a ellos, todo eso logra que un gemido ronco y muy excitado escape de sus labios, ganándole miradas sorprendidas de los otros dos, que luego se miran entre ellos y deciden algo, con leves sonrisas sardónicas y predadoras en sus atractivos y viriles rostros.

   -¿Por qué no entramos para ver si podemos afeitar esto mejor? –pregunta Ned, antes de soltar su tobillo, casi obligándole a ponerse de pie y encaminándole hacia la casa, ellos dos siguiéndole, detallando el enorme y joven cuerpo desnudo.- Apuesto que tienes tus cosas de rasurar en el baño, ¿eh?

   -Yo… si. –concede el rubio culturista, conduciéndoles por el pasillo hasta su dormitorio, una vez allí penetran en el cuarto de baño. El hombre abre el armario y saca un bote de crema y la afeitadora.

   -Hay como poco espacio aquí, ¿verdad? –señala con los utensilios en sus manos.- Tal vez deberíamos ir a donde haya más espacio.

   -Me parece bien. –concede Walt.

   Los tres salen rumbo al dormitorio, hacia la cama grande que compartía el joven con su esposa hasta no hace mucho tiempo. Enormes como eran los tres, incluso la habitación parecía totalmente copada aunque contiene poco más fuera de la cama grande, las dos mesitas de noche, el televisor de pared y un armario grande donde faltan muchas de las cosas de su mujer, cuyo espejo enfoca a los tres musculosos hombres.

   -Vamos, chico, lo necesitas… -comenta Ned, mirando al rubio joven a los ojos, alzando los afeites, pero refiriéndose a mucho más.

   Tragando en seco, Bobby va hacia su cama, sentándose; sosteniendo todo con una mano, en medio del silencio de Walt, Ned le aferra un recio hombro y le obliga a caer de panza sobre el colchón, antes de colocar dos de la almohadas bajo su cintura, para elevar su redondo, macizo y magnifico trasero, sonrosado lo que no está bronceado (la breve piel cubierta con la chica ropa de las exhibiciones). Volviéndose para verles sobre un hombro, los dos con rostros concentrados mirando su culo, el joven tiembla de lujuria. Dirigiendo luego los ojos al frente, al espejo, ve la manera en la cual sus glúteos destacaban.

   Bobby tiene que contener un jadeo cuando las enormes y firmes manos de Ned caen sobre sus nalgas, erizándolas, palpándolas y separándolas un poco, y como dotado de voluntad independiente fuera de su cerebro, el chico flexiona una de sus rodillas, ayudando a separarlas, cosa que le gana una sonrisa del hombre que le mira en el espejo, mientras recorre de manera emocionada las duras y redondas masas de carne joven.

   -A la mierda, Walt… -murmura ronco.- Mira este enorme culo redondo… esos labios hinchados… mira como pulsa…

   El joven tiembla de orgullo y gozo, en el espejo ve a esos dos enormes hombres maduros paralizados de sorpresa y lujuria mirando su trasero, su culo que sabe que si, que titila ya despierto y deseoso de lo que sabe que viene. Todo caliente y putón, flexiona más la rodilla, exponiendo aún más su agujero ávido de amor.

   -Esto será todo un trabajo, creo que me pondré cómodo. –anuncia Ned, enderezándose, sonriendo al encontrar los hermosos y brillantes ojos de Bobby fijos en el increíble paquete que abulta sus pantalones.

   El muchacho le ve sacar la camiseta por su cabeza, exponiendo su recio y musculoso torso, antes de arrojarla al piso, luego desabrochando sus pantalones y dejándolos caer. Sus muslos gruesos, firmes y velludos enmarcan un corto suspensorio blanco, muy ajustado, que apenas puede contener la mole que emerge de su ingle. Y allí se pierde la dulce mirada del muchacho que adora esas vergas grandes.

   -Ayúdame a abrir mejor su culo… para afeitarle. –le pide a Walt, quien no ha podido apartar sus ojos ni un momento del redondo agujero rosa del muchacho sobre la cama, todo expuesto.

   El joven fortachón cierra los ojos y sus nalgas se tensan un poco cuando las manos del otro macho, tan parecido a Tom, le acarician las nalgas, abriéndolas aún más, su aliento caliente y algo jadeante bañando su hinchada entrada masculina, algo que obliga al rubio a contener un jadeo.

   Ned deja escapar un silbido ahora que ese trasero está más abierto, y en el espejo, temblando de ganas, deseándole, totalmente enviciado al encanto de los hombres grandes de vergas duras que se mueren por meterlas en su culo joven que comienza a vivir, Bobby nota cómo bajo su suspensorio la verga la tiene completamente dura, forzando la tela tejida y amenazando con rasgarla. Sus miradas, en el espejo, se encuentran, y como para que entienda que la cosa es seria, lentamente, Ned baja la parte delantera de la breve prenda deportiva por debajo de sus bolas, una gruesa y larga verga casi amoratada de sangre y ganas salta golpeándole el estómago. Y los ojos del muchacho se nublan, sus labios brillan de humedad, sus mejilla enrojecen y, lo sabe, su culo titila de manera intensa, llamando aquella magnifica pieza de macho que ya desea sentir metiéndosele, abriéndole, llegándole y pulsándole bien adentro.

   -Maldita sea, si vas a ponerte cómodo, creo que también yo lo haré. –anuncia Walt, antes de salir de su camiseta y dejar caer sus pantalones. Y conteniendo un jadeo, Bobby comprueba que se parece a su hermano más de lo que imaginaba, una lanza de carne dura y enrojecida flotaba frente a él, con algo de humedad en el ojete.

   -Vamos, Walt, ayudemos al chico… -sonríe Ned, rociando un poco de crema de afeitar en sus dedos antes de inclinarse y aplicarla, extendiéndola, sobre la raja interglútea y su culo, sus ojos atados en el espejo cuando con un dedo frota y frota la entrada antes de meterlo, centímetro a centímetro, penetrándole, frotándole alrededor, el redondo capullo de ese ano abrazándolo casi alzándose. Lo hizo durante varios minutos, su dedo adentro y afuera, untándole pero también tirando de él, abriéndole, mirándole enrojecer la espalda, tensar sus hombros, su respiración más frenética, las pruebas visibles de lo mucho que un chico disfruta cuando un hombre le mete y saca el dedo de su culo caliente de muchacho con ganas. Notando cómo se arquea un poco, el hombre sabe que ese cuerpo responde totalmente a las atenciones de un macho. La crema de afeitar se expande, se espesa, lechosa, y entra y sale de ese agujero vicioso.

   -Esto sólo tomará un segundo, hijo… -las palabras estremece al muchacho, casi creyendo ver a su suegro, a su amado suegro de verga grande y caliente que le llena cuando le apetece.- En realidad no tienes mucho pelo.

   Eso lo sabía el joven muy bien, se lo había afeitado un día antes para atender a su suegro antes de que llegaran sus amigos para la despedida de soltero, pero no lo dice. Si aquel poderoso y atractivo macho maduro quiere ayudarle, bien puede dejarle. El paso de la afeitadora nunca se sintió mejor, era lento, suave, siempre bañado por los alientos de Ned y Walt, y a Bobby todo le daba vueltas, ojos cerrados, boca abierta, cabeza sobre la cama, dejándose hacer.

   -Ya vuelvo. –anuncia Ned, rumbo al cuarto de baño y regresando con una toalla mojada y una botella de loción, lanzando las dos cosas sobre la cama.- Encontré esto. Imagino que sabes que debes utilizarlos para mantener la suavidad, ¿no? –informa mientras toma la toalla, secando y eliminando lo poco que quedaba de la crema de afeitar antes de abrir la botella de loción y dejar caer un prologando goteo por encima de su culo. Es todo un espectáculo ver como la piel se abrillanta un tanto, como el pequeño arroyo cubre el agujero, como este se cierra por lo frío.

   -Aplicaste mucho. –comenta Walt, voz ronca y ojos oscuros de lujuria.

   -Sí, hay que regarlo un poco. –concuerda, colocándose tras el rubio joven, con una mano atrapado su tolete y con la cabeza enrojecida le unta la loción, de arriba abajo.

   Y Bobby aprieta los dientes, ardiendo, el toque de esa esponjosa pieza contra la entrada de su culo es enloquecedor; pero nada a lo que siente y jadea cuando el glande, quieto, empuja hacia adelante, contra los labios de su agujero. Ese culo ya está entrenado, tiene experiencia, pero aún así es forzado un poco a permitirle la entrada a la gruesa corona. Lentamente, centímetro a centímetro, el largo y grueso tolete va penetrándole, rozándole las sensibles paredes del recto. Un hombre estaba llenando su culo hambriento de atenciones con su titánica herramienta. Y cada pedazo de esa pieza hace temblar de puro placer al rubio y musculoso culturista… cuya vista empañada cae, oh, desgracia, sobre un retrato sonriente de su mujer en una mesita. La recuerda, con algo de vergüenza, estaba en la cama que compartía con ella, el lecho que juró respetar ante Dios. Alice no merecía…

   La verga le entra toda, y pulsa de manera intensa, a la par que ardiente, contra las paredes de su recto.

   -¡Oh, Dios, si! Si… Cógeme… -se le escapa.- ¡Cógeme duro, papi!

CONTINÚA…

Julio César.

NOTA: Un amigo de la casa, Apolo, logró encontrar la página original de donde viene esta historia, que notarán fue versionada. Gracias, amigos. Quien quiera saber de qué va o cómo termina, que vaya a: http://www.nifty.org/nifty/gay/incest/muscle-pussy/

NOTA 2: Joder, pero qué puto anda Bobby, ¿no? Se le pasa un poquito la mano con el culantro.

DE AMOS Y ESCLAVOS… 8

agosto 31, 2014

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 7

NEGRO MUSCULOSO EN TANGA DE LUNARES

  Buscando amo…

……

   En cuanto le dijo eso, que se pusiera el bóxer del otro, la verga de Roberto casi saltó de excitación, avergonzándose un tanto mientras el otro reía.

   -No te avergüences de responder como un puto, negro. Tu cuerpo sabe cómo quiere que lo traten. –martilló Hank, mirándole.

   Tomar de su chaqueta el bóxer que un chico en el gimnasio le arrojó a la cara, transpirado y caliente en ese momento, provocó que las manos le temblaran. Le costó tener la suficiente sangre fría para meter sus piernas dentro de la prenda, subiéndola. Todo él erizado. El roce contra su piel de la suave tela del calzoncillo de otro hombre, uno usado, era enloquecedor, ¿cómo no lo había probado antes? Claro, porque antes no hacía eso, someterse así. La prenda le quedó algo chica, muy corto en los muslos, sus pelos púbicos viéndose, el tolete abultándolo feo, mojándolo ya, y sus nalgas casi reventándolo por detrás.

   -¿Cómo lo sientes? ¡Sé sincero! –le advierte Hank, despojándose de la camiseta, dejando al descubierto el joven, esbelto y musculoso torso, casi lampiño a no ser por una hilera de castaños pelos claros que bajan del ombligo, el tatuaje en su hombro era extrañamente excitante.

   -Bien. –admite, jadeando ante la leve palmada en su cara.

   -¡Negro mentiroso!, ardes con calor de puta sintiéndola sobre tu cuerpo. Te sientes sucio y puto, tú mismo lo reconoces, y te excita. ¿Te gustó el tío? –se baja todo lo demás, incluyendo el bóxer, dejando al desnudo la larga, gruesa y rojiza verga blanca, mojada de saliva y jugos, las bolas colgando, los pelos púbicos no muy altos, los muslos levemente velludos… y una cruz gamada tatuada en su cadera izquierdo. Sonríe al notar la mirada de Roberto sobre la marca.- ¿Te gusta, negro? Si te portas como debes te marcaré una en una nalga. Bien, de rodillas. –le ordena, viéndole tragar ávido, ojos relucientes, cayendo inclinado, acercando los gruesos labios a su verga tiesa.- No, negro. –le detiene con una ruda palmada en la frente.- Es hora de que amplíes tu repertorio. A los hombres nos gusta que nuestros putos sean ingeniosos y juguetones, traviesos y que sepan complacer en todos los frentes. –culo pelado se deja caer en el sofá, muy abierto de piernas, la hermosa pieza de joder cayendo contra su ombligo.- ¡Chúpame las bolas!

   -Pe… Pero… -la mente de Roberto queda en blanco.

   -¡A trabajar, negro maricón! –le ruge, echándose hacia delante, rodeándole la nuca con una mano y tirando de él.

   Jadeando, Roberto termina metido entre sus piernas, casi en cuatro patas, el rostro ladeado, prácticamente aplastado contra las bolas castañas rojizas del otro hombre, elevando la mirada, sus ojos encontrándose con los del chico blanco que le domina… al tiempo que abre sus gruesos labios contra el rugoso cuero.

   -Vamos, negro de mierda, demuestra cuánto quieres satisfacer a tu señor…

   Corazón enloquecido, las fosas nasales sofocadas de bolas y su olor, Roberto obedeció, sus labios abriéndose y atrapando la joven piel, su lengua tocándolos, estremeciéndose de puro gusto y lujuria cuando le oye suspirar complacido, la mano tras su nuca firmemente sosteniéndole en su lugar.

   -Eso es, negro puto, lámelos. Recórrelos con tu lengua… Ahhh, si, se nota que te gusta. Anda, métetelo en la boca, succiona, bátelo contra tu lengua… Ahhh… -se tensa y casi salta del sofá cuando ve desaparecer su testículo derecho dentro de los gruesos labios, siendo amasado, chupado, mimado. Sus miradas enlazadas.- Si, así, puto; te ves tan bien arrodillado comiéndote mis bolas, es tu lugar, negro. Sigue, ¿lo sabes, verdad?, ahí se produce esa leche tan rica de hombre que te gustó beber hasta la última gota. Ahí hay más para ti, negro de mierda, pero tienes que ganártela, así que deja la pereza.

   Chupó uno, luego el otro, tragándolo, sorprendiéndose él mismo de lo mucho que disfrutaba sus palabras ofensivas, degradantes, casi gritadas, así como ese aroma fuerte de hombre que viene de la calle, por no hablar de la sensación de las bolas contra su lengua. Lo deja salir, buscando aire, y lengüetea de uno al otro.

   -Oh, sí, eso es… adóralos, chico. Trabájalos con tu lengua, te informo que a un hombre le gusta mucho cuando su puto, su marico caliente por sus atenciones, le lame las bolas. Si quieres ser un buen chico de los hombres blancos, debes saberlo. Sorpréndeme… -reta.- ¡Ahhh! –cierra los ojos por un segundo, sonriendo leve, los dos testículos apretados, lamidos y succionados dentro de la boca de labios gruesos del hombre más grande entre sus piernas.

   Con entusiasmo, por estar dándole todo ese gusto, idea que le era importante por alguna razón, Roberto, su boca muy ocupada, chupa los dos testículos mirando al bello rostro de Hank… Luego a su hermoso, largo, grueso, rojizo y nervudo tolete que pulsa con fuerza, con un hilillo de delicioso néctar colgando de su ojete. Y le avergüenza, mucho, las ganas que tiene de cubrir el glande con sus labios, tomar la gota con su lengua y llenársela con su sabor antes de tragarla. Y buscar más. Perdida toda vergüenza por el deseo que le posee, se moviliza un poco, succionando las bolas y rozando con su frente, brillante de oleosa transpiración, la magnífica pieza masculina, ganándose una risita de gusto y burla del carajito blanco.

   -Sé lo que quieres, negro mamagüevo, pero estando ahí, ocúpate de otra cosa… -le informa el joven, atrapándole la nuca, empujándole más abajo.

   Sorprendido, y caliente, Roberto entiende, y lentamente pasa la lengua de las bolas al mueble, cruzando sobre los pliegues que llevan a las nalgas, y del culo que se expone por la forma en que está sentado Hank. No queriendo pensar en lo que hace, el joven hombre negro cruza una y otra vez con la punta de su lengua sobre la entrada cerrada del poco velludo culo masculino.

   -Oooooh, sí, negro de mierdaaaaa… adóralo. Cómete mi culo, puto. –le ordena gritado, gozándolo, atrapándole ahora con las dos manos y reteniéndole sobre su agujero que titila salvajemente al paso de la húmeda, cálida y totalmente reptante lengua. Se tensa más cuando al estar detenido en un lugar, siente como el hombre intenta, de verdad, medio enrollando la lengua, penetrarle con ella.- Ohhh… -jadea casi desfallecido, sus dedos moviéndose tensamente dentro de sus zapatos, la caricia de esa lengua en su culo era demasiado buena para poder procesarla.- Eso es, negro de mierda… así, méteme la lengua, limpia bien a tu señor… -ordena gozoso, meciendo levemente las caderas de adelante atrás, sobre su boca, contra su lengua, oyéndole chasquear y chupar ávidamente.

   Fuera de ese apartamento, boca muy abierta, totalmente sorprendido y deliciosamente escandalizado, un hombre escucha, oreja pegada a la puerta, todo lo que ocurre. El marido de la conserje. Las voces, las órdenes. El “lame mis bolas”, “cómete mi culo”, le tienen duro a pesar de no ser gay ni gustarle aquello. ¿A quién estaría haciéndole todo aquello ese carajito aterrador? Lo que sigue le pone los pelos de punta…

   -Coño, negro de mierdaaaaa, si, ¡cómete mi cuuuuulo así! –lo grita, con dureza y hasta crueldad.- Sabía que te gustaría comer culo, como güevos y bolas, negro de mierda. Naciste para buscar esto. Y lo haces bien, te sale natural porque eres una puta que quiere un macho de grueso, largo y tieso güevo blanco para que lo meta en tu culo negro. –las palabras son increíblemente insultantes y poderosas.

   Roberto lo sabía, porque era escucharle y que de su miembro manara una gran cantidad de líquidos. Pero, un momento, ¿qué pasa? Él no era quien seguía el juego de nadie, ¿no? Separándose un poco, a pesar de la resistencia de Hank que no quiere que esa boca que succiona abandone su culo, como nunca lo quiere ningún hombre cuando tiene a otro carajo sometido haciéndole eso, con los pulgares toma los pliegues, halando, exponiéndole más de la entrada. Y la boca vuelve, con la lengua afuera, penetrando ahora sí, logrando que Hank gima y se tense todo, casi arqueando la espalda en el sofá. La siente, la móvil, suave y reptante lengua entrándole en el culo, azotando, acariciando, penetrando, lamiendo, mientras los gruesos labios, con leves sombras de barbas que raspan sus pliegues, se sellan sobre el agujero. Lo lame, se la mete, lo ensaliva y lo chupa, y Roberto, ojos cerrados, expresión suprema de gozo en lo poco que se ve de su rostro con las marrones bolas del chico sobre su nariz, casi se corre de gusto sabiendo que complace al carajito ese. Le estaba dando placer y eso le encanta, pero… Le come el culo y ve la rojiza verga agitándose sobre su frente prácticamente. La quiere, pero aguanta porque no le han dicho que la tome (aunque no sabe él mismo que es por eso), hasta que una gota espesa que forma un hilo de telaraña se desprende y cae sobre su frente, caliente, olorosa. Enloqueciéndole.

   Abandonando el culo de Hank, sube, todavía rozando la nariz, boca y barbilla de sus bolas, para recorrer con la lengua el rojizo y hermoso tolete de abajo arriba, recogiendo cualquier gotita que haya rodado, cayendo hambriento sobre la punta y tragándola, gimiendo ahogadamente por el placer más intenso que le recorre cuando su lengua se moja con esos líquidos maravillosos.

   -¡Negro puto, ¿quién te dijo que podías mamármelo?! –oye el regaño brutal, y sorprendido eleva la mirada para encontrar realmente molesto a Hank, quien cierra los muslos alrededor de su cuello, ahorcándole.- No puedes dejar de hacer nada que te ordene, ¿lo entiendes, puto de mierda? ¡Nunca! No eres más que una mierda nacida para obedecer. –le grita apretando más.- ¡Y no puedes tocarme si no te lo ordeno!

   Dios, estaba loco, piensa Roberto, realmente alarmado, sintiendo la presión alrededor de su cuello, pero no el muchacho. No, el loco era él, maravillándose de excitarse por sus muslos alrededor del cuello, por el tono con el que le hablaba. Por el sabor increíblemente delicioso de su verga… ¿Cómo pudo vivir tanto años sin probar una?

   Como con fastidio, Hank aparta sus muslos, mal encarado, dándole por la frente y apartándole de su güevo mojado.

   -¡Lárgate!

   -¿Qué? Oye…

   -Me molestaste, coño. ¡Vete! –le grita feo.

   Y Robert siente que se muere, caído de lado ahora en el suelo, frente al muchacho, la insolente verga balanceándose, todavía deseándola. Siente que se muere porque casi teme que va a echarse a llorar. No, no quiere irse así. No quiere que Hank esté molesto con él, quiere alegrarle. Quiere mamárselo con fuerza, chupar como un buen becerro hasta lograr que se corra para que se contente. O bien, quiere contentarle, pero también saborear esa leche. Y la admisión, saberlo, le ahoga.

   -Por favor, no… discúlpame.

   -Ve.te. –repite.

   -No, por favor; déjame chupártelo, por favor… Voy a contentarte. –y afuera un hombre le oye, bajito, asombrándose.

   -¡Eres una pila de mierda! Sal de mi casa. –Hank es duro y parece que va a ponerse de pie, pero cae cuando Roberto, de rodillas, le atrapa los musculosos muslos muy blancos con sus enormes y negras manos.

   -Por favor, señor, déjame chupar tu güevo. Quiere comérmelo hasta que te corras sobre mi lengua. –suplica, desesperado, no sabiendo qué hará si es rechazado. Ignorando que afuera alguien le oye, quedamente, boca muy abierta, aunque no le identifica todavía, tan sólo sabe que quien se la mamaba al carajito antipático era una verdadera puta.

   -Puto. Eres como todos. Todos los negros son así, codiciosos, lo quieren todo sin comprometerse o respetar las reglas. –es insolente, pero abre más las piernas.- Me molesta verte tan regalado y arrastrado… anda, sáciate, puto.

   No le enorgullece, en verdad, pero no puede importarle menos a Roberto cuando casi jadeante cae sobre la pieza. Sus labios gruesos y amoratados cubren la muy pálida cabeza, tragándola, va devorándola otra vez, centímetro a centímetro, apretándola con sus mejillas, rozándola con su lengua, esforzándose y haciéndola desaparecer toda, sintiéndose increíblemente feliz. Por la pieza pulsante dentro de su boca, llenándole de ganas, pero también por el tensar de Hank, quien gruñe de gusto. Sube teniéndola muy apretada, succionando feo, sin retirar los labios azota el glande y se lo come de nuevo, gimiendo quedamente de gusto al hacerlo, al tenerla otra vez.

   -Oh, sí, trágatela así, puuuuutaaaaa de mieeeeerda… -el tono ido de Hank era de dominante gozo cuando le grita. Atrapándole la cabeza con las manos le obliga a ir y venir con más rapidez.- Así, fuerte, chupa como una puta grande; chúpala como te morías por chuparla, negro de mieeeeerda…

   El cuadro es increíble, de jadeos, de succiones, de gruñidos de placer, uno mama con fuerza, su bocota amoratada subiendo y bajando sobre el blanco falo que abulta por momentos sus negras mejillas. Notándose en su rostro lo mucho que está gozando de mamar aquel güevo, el placer que siente de tenerlo dentro de su boca, contra su lengua, succionándola, dándole placer a su hombre al tiempo que saborea esas gotas que le saben a gloria mientras piensa que quien no ha saboreado una buena verga no sabe de lo que se pierde. Y el chico blanco, rostro altivo, gritándole de manera soez y vulgar que no es más que un negro puto, un negro puto que gusta de los güevos blancos. Era verle atraparle la nuca y mecer sus caderas, cogiéndole la boca mientras le  rugía “cométela, negro; chúpala, puto, chuuuuupalaaaaa”, clavándosela hasta la garganta. Todo giraba alrededor de Roberto mientras sorbía y apretaba con sus mejillas, lengua y garganta, perdido de gusto en la gloria.

   Cuando el tolete se pone duro enteramente, temblando luego y disparando chorros abundantes e hirvientes en su garganta, casi le hace correrse también dentro del bóxer de aquel tipo que se lo arrojó en el gimnasio. Hank, bondadoso, le permite retirarse unos centímetros y los últimos trallazos de semen caliente y espeso bañan y cubren su lengua, enloqueciéndole de lujuria, el sabor era intoxicarte, tanto que succiona y traga con desesperación; y mientras lo hace, sin notarlo, se corre dentro del bóxer, con espasmos violentos. Riendo, agitado, Hank si se percata, apartándole de un empujón, Roberto cayendo sobre la alfombra, respiración agitada, mareado y débil por el intenso placer de su clímax… Paladeando aún el sabor de esa leche en su boca. Los espermatozoides de ese chico. El semen de otro hombre. La esperma que tragó y disfrutó… La semilla de su hombre.

   -Eres tan puto. –parece acusarle desde arriba. De pie. Se miran a los ojos.- Sube al sofá, de rodillas… culo al aire, negro de mierda. Quiero ver lo que me pertenece… Quiero hacer usar de lo que es mío por derecho: tu coño negro.

……

   ¡Era una maldita locura!, no dejaba de pensar Gregory Landaeta, congelado y erizado, la boca seca, el corazón latiendo feo en su pecho… con ese sujeto, fuera quien fuera, pegando la pelvis de su culo, allí, en plena oscuridad de un vagón del Metro. ¡Y su verga! La notaba muy claramente, dura, caliente, totalmente parada, frotándose lentamente de sus nalgas redondas y firmes, mientras otro sujeto, al lado de ese, ¿vienen juntos o cada quien por su lado, le vieron y le atacaron?, no lo sabe, sólo que también está allí, tocándole, cuidándose de no rozar con el otro, como si le diera repulsa el contacto con el otro hombre… pero no con su nalga. Siente la mano caliente tocarle cuando el otro dejaba un pedazo libre. ¡Y lo hacían en ese vagón lleno de personas! Estaba rodeado de gente, y allí, frente a todos, uno le manoseaba, el otro frotaba una y otra vez, ahora de arriba abajo con un leve vaivén, la verga de su culo.

   Lo peor era que una idea le asaltó, erizándole más, haciéndole contener un jadeo pero hinchándole el pecho: ese carajo la tenía bien dura… por él. Su culo lo tenía así, cometiendo aquella locura. Sus nalgas. Lo otro, y lo cual era más desconcertante, era que no se apartaba. No, ya no intentaba detenerles, mirando su reflejo, ocultos los otros por su propia imagen, puede verse, muy quieto, rostro de piedra, las dos manos en el tubo, aunque…

   Mierda, era una locura. ¿Qué estaba pasándole? ¿Cómo podía excitarle tener a esos sujetos tocándole así?, pero era. Se estaba erectando bajo sus ropas y es perfectamente consciente de que se concentra en su región glútea, como para comprobar cada cambio, cada roce, cada sensación. El vagón se mueve, jura por Dios que se trata de eso, no de su culo yendo levemente de adelante atrás, refregándose de la pieza del otro macho, imaginando esa verga blanca totalmente parada, a lo largo dentro de las ropas del otro, frotándose de la raja de su culo bajo el jeans ajustado que lleva. No, no quiere pensar en eso, y no, no es que se mece y se frota del hombre a sus espaldas.

   Salen del túnel, la luz vuelve y con ella sus temores. Esos carajos no se apartan, ¡uno le frota con el güevo, el otro con la mano! El vagón de detiene y ahora si se apartan; el joven hombre negro baja la mirada hacia la pareja mayor sentada al frente, imperturbable al mundo… casi lamentándolo. Le sorprende y molesta sentirse un tanto decepcionado cuando la mano y la pelvis de esos sujetos se apartaron. Y eso le altera, no debería sentirlo. Joder, él no era ningún marica. Pero siente el hormigueo sobre sus nalgas, allí donde la dura verga y la mano firme le tocaban y frotaban. Su piel lo extraña. Se queda quieto. Mucha gente baja, otros suben. Un asiento se desocupa momentáneamente en el más externo de los dos que forman la ele con los que pegan de la pared del vagón. Y no lo toma. Se queda donde está viendo a un carajo joven que se sienta, audífonos al oído, morral al suelo, tomando un libro. Otro que se perdería en su mundo aparte y que no notarían si algo extraño…

   El vagón arranca, y vagamente cae en cuenta que debió bajar en esa estación, pero lo olvida por aquella mano que vuelve junto a la suya en el tubo. Joven, blanca, fuerte. Y cierra los ojos un segundo antes de sentirle nuevamente; aún antes de entrar al túnel, esa pelvis vuelve contra sus nalgas, y tiene que contener un jadeo, sabiendo que tiene la piel de sus glúteos totalmente erizados. Y, maldita sea, echa el culo un poco para atrás, abriéndolo, permitiéndole encajar a lo largo, y casi sufre un desmayo cuando lo nota, el sujeto empujándoselo. Un güevo que estaba bien tieso. Lo siente en toda su dureza, calor y hasta pulsadas. El tipo va de adelante atrás, frotándose, usándole para darse placer, manoseándole de manera vulgar dentro de un vagón lleno de gente, y la idea le marea. Tragando abre los ojos, las luces de seguridad forman sombras, y volviendo el rostro hacia un lado se encuentra con la mirada del chico que acaba de subir, ojos muy abiertos, boca también, el libro cerrado en su muslo; un chico que notaba perfectamente que ese otro sujeto estaba restregándole el güevo del culo, y que él se deja, que más bien lo buscaba.

   ¡El chico le había pillado!

CONTINÚA … 9

Julio César.

SER O NO SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 20

agosto 30, 2014

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…                         … 19

   La siguiente es una historia que NO ES MÍA. Pertenece totalmente al señor capricornio1967. Tan sólo la reproduzco, tal vez cambiando una que otra coma, aunque la historia ya está por ahí, completa. Es un relato maldito en toda la regla, un hombre maduro decide tomar, controlar y dominar a su joven pupilo, transformándole en algo que no quiere, ni soñaba, aunque se resiste. Lo repito, es un cuento muy maldito. Disfrútenlo:

……

EL DILEMA

Autor: capricornio1967

Capítulo VI “CASTIGO”

MUCHACHON EN HILO DENTAL ROSA

  Algunos nacen para ser cogidos… en trampas.

……

   -¿Puedo entrar? -pregunta la voz de su madre después de tocar la puerta.

   -Pasa, mamá. -responde de manera autónoma.

   -Ya regreso tu padre, y quiere hablar contigo. Baja por favor.

   -Está bien. Solo déjame cambiarme de ropa.

   Adriana sale dejando que Daniel se cambie de ropa, usando una camiseta de algodón y un pantalón deportivo baja lo más pronto posible. En la sala están sus padres. Sin poder ver de frente a Luis, Daniel se sienta frente a ellos.

   -Me dijo mamá que quieres hablar conmigo, papá. Lo siento, sé que los he defraudado, pero les juro que no volverá a repetirse, se los prometo.

   -Pon algo de ropa en una maleta, estos días que faltan para que viajes a Grecia, te quedaras bajo la supervisión, las 24 horas del día, de Franco. Tienes 15 minutos para preparar todo, es la única forma de que no seas expulsado del equipo de natación. –informa este, monocorde.

   -¡¡¡PERO!!! -la sorpresa lo traiciona, aquello era horrible, ¿estar totalmente a la merced de ese monstruo que quiere esclavizarle sexualmente?- Papá, te aseguro que no es necesario, yo…

   -¡Silencio! Eso no está a discusión, Franco me ha dicho que esa es tu última oportunidad, o accedes y no irás con el equipo olímpico. Así que no repetiré la orden, haz tu maleta.

   -Papá, ya estuve entrenando con él, todo el fin de semana, yo creo que…

   -Tu harás lo que te ordeno, Daniel, has estado fallándonos a tu madre, a mí y a tu entrenador, ¿cierto? Ahora afróntalo. -le pregunta viéndole fijamente a los ojos.

   -Está bien, lo haré. -jadea resignado; lo haría para salir de todo ese problema. Además de una forma para que sus padres recobren la confianza en él, ya solo son unos días para emprender el viaje a Grecia, después de eso solo el tiempo que duren las olimpiadas, aproximadamente 4 semanas, y será libre. Al finalizar las competencias ya no tendrá Franco ningún poder para obligarle a ser su esclavo sexual. Un poco mas de paciencia, ya habrá tiempo de que Franco pague por lo que le ha hecho.- Iré a preparar mi maleta.

   El joven sube rápidamente las escaleras hacia su habitación, mientras Luis y Adriana se miran a los ojos, preguntándose si estarán haciendo lo correcto.

   -¿Tú lo llevarás a la casa de Franco? -pregunta Adriana.

   -No, Franco pasaré por él.

   -Esperaremos a Franco entonces. -responde mientras se recarga en el pecho de Luis, quien evita besarla en la boca cuando ella intentaba hacerlo.

   -Estoy algo cansado, querida; ha sido un día terrible. Me iré a dormir, que Daniel espera Franco, no debe tardar.

   -¿No esperaras a Franco? ¿No vas a despedirte de Daniel? ¿No crees que exageras?  –pregunta ya en un tono algo molesta.

   -Adriana, por favor, no discutamos; estuvimos de acuerdo en esto. Solo Franco podrá mantener vigilado a Daniel, son solo unos días. Pero no quiero estar aquí cuando Franco llegue por él. Por favor.

   -Está bien, yo esperaré a Franco y despediré a Daniel.

   Mientras tanto, Daniel llega a su recamara furioso. Sabe que todo es obra de Franco, a quien no le bastó con haberlo tenido el fin de semana a su disposición, sino que ahora desea tenerlo de nuevo. Golpea las paredes, de impotencia, de rabia, de no poder hacer nada, de no poder rebelarse para no defraudar a sus padres.

   Unos minutos más tarde, Daniel estaba vistiendo su traje deportivo, pantalones holgados de elástico, camiseta de algodón y la sudadera deportiva del mismo material que el pantalón. Aun entre la ropa suelta su perfecto cuerpo se dibujada claramente, su altura y los movimientos felino de su cuerpo de musculatura torneada y largos, daban como perfecto marco su varonil rostro a pesar de ser tan joven, ese atractivo tan viril heredado de su padre.

   -Estoy listo. -dice a su madre, extrañándose de que su padre no esté ahí con ella. En su lugar esta Franco. Se entiende su mirada de sorpresa, pensó que sería su padre quien lo llevaría a la casa de Franco.

   -Saldívar, que gusto verlo de nuevo. ¿Preparado para lo que le viene? –sus ojos relucen.- ¿Nos vamos ya? -pregunta mientras se pone de pie dando por terminada la conversación que tenía con la madre del joven. Impaciente por comenzar a “entrenarle” un poco más.

   -Si, señor. Nos vemos, mamá, te llamare por teléfono, ¿Dónde está mi papá? -pregunta al fin, extrañado.

   -Se sentía algo cansado, está dormido. -finge no darle importancia al asunto.

   -Despídeme de él. -toma su pequeña maleta y va hacia donde Franco está.- Listo señor.

   Después de darle el beso de despedida a su madre, Franco y Daniel abordan la camioneta del entrenador. Franco lleva puesta una gorra que destaca su rostro redondo, grueso de barba cerrada y bigote, aunado a su cuerpo de complexión gruesa velludo, unos kilos de más pero que no le restaban agilidad al momento de nadar, o capacidad apara dirigir al equipo.

   Daniel está sentado a su lado sin voltear a verlo, mirando únicamente al frente, sabe que Franco disfruta todo eso y, él se siente impotente de poder evitarlo. Sospecha lo que le espera en la casa del entrenador, a su merced, sin que haya algo o alguien que pueda salvarlo o impedir los sucios planes del siniestro entrenador. No le queda ni el escape de ir a casa, el refugio de sus padres.

   -¿En qué piensa, Saldívar? -le pregunta Franco sin voltear a verlo.

   -En nada, señor.

   -¿Sabe lo que le espera en mi casa, Saldívar? -pregunta esta vez con cierta burla.

   -Lo imagino, señor. -responde Daniel sin voltear a verlo, tampoco sintiéndose nervioso a pesar de que lo que sabe que sabe que Franco le hará; no puede ser nuevo para él, aun así esa situación no le gusta, lo presiona, pero ¿qué puede hacer?

   -¿Lo imagina? ¡JEJEJEJEJEJE! -la risa de Franco pone más tenso al joven deportista.

   El resto del trayecto, aunque Franco sigue conservando esa sonrisa siniestra de placer y satisfacción, Daniel permanece con la vista fija en el frente como ausente resignado a su suerte sexual. Cuando la camioneta entra en la cochera de la casa del entrenador, el joven sabe que empieza su verdadera tortura. Baja la mirada tratando de contenerse, de no echar a perder todo. Descienden del vehículo y caminan hacia la entrada de la residencia.

   -Estaremos solos, Saldívar, la servidumbre tiene estos días libres, ¡Al fin solos, mi amor! -le dice mientras busca la llave para abrir la puerta. Daniel solo lleva su maleta en las manos.

   El clavadista no responde, apenas lo escucha, como desearía que en abrir la puerta Franco se llevara muchas horas así retrasaría su tortura

   -Pase, Saldívar. -le dice Franco mientras empuja la puerta.

   Con pasos lentos, Daniel ingresa a la casa que será su prisión por los próximos días. Camina hasta la mitad del recibidor, mientras escucha que Franco entra tras de él y cierra la puerta. El joven se detiene esperando lo que Franco vaya a ordenarle, sigue así dándole la espalda mientras los pasas de Franco se acercan lentamente y se coloca a espaldas.

   -MHMMM, Saldívar, ya extrañaba estas nalgas tan redonditas. -le dice mientras con sus manos empieza a tocar el duro trasero de Daniel. Apretándolo fuertemente; recorriéndolo aun por encima del pantalón deportivo, siente la firmeza de la forma. El placer de tener ese perfecto culo a su disposición, cuando y donde quiera, ara hacerle lo que desee, le pone duro en segundos.

   Daniel siente como su trasero es fuertemente estrujado por Franco, pero permanece inmóvil mientras las grandes manos del otro recorren una y otra vez su culo, frotando sus dedos entre los turgentes glúteos, casi metiéndose entre ellos, todo para que Daniel sepa del alcance de sus dedos. Solo unos segundos bastan para que las ansiosas manos de Franco bajen de golpe el pantalón deportivo de Daniel, dejando únicamente el traje de baño que usa y que se ajusta como una segunda piel a las curvas de su trasero. Los pantalones caen hasta los tobillos del musculoso jovencito que permanece quieto soportando las grotescas manos que hacen bruscas caricias en su trasero, recorriéndolo, pellizcándolo, dominándolo sobre el ajustado bañador, una tortura que excita a Franco.

   -MHMMM, Saldívar, jamás me cansaré de tocarle este perfecto culo que tiene, está hecho para ser adorado por los hombres; y es mío, yo soy el único que lo ha poseído, soy el dueño de su culo, Saldívar, seguro que se le estremece cuando oye mi voz.

   Daniel mantiene los ojos cerrado tratando de no razonar, de no aceptar lo que Franco le dice, lo que es hasta cierto punto cierto. Ninguna verga, dedos o lengua han entrado en su culo antes, solo la de Franco y debido al chantaje que lo mantiene sometido a los deseos.

   Las manos de Franco recorren las nalgas, rompiendo el traje de baño que usaba Daniel para que no haya nada que se interponga entre sus manos y el duro trasero del atlético nadador. Daniel apenas si se mueve cuando Franco, a tirones, rompe el ajustado traje de baño arrojándolo al suelo. Es ya casi una costumbre para Franco desnudarlo de esa forma. Las manos del hombre aprietan las desnudas nalgas, fuertemente, una y otra vez. El joven trata de mantener los glúteos contraídos en un esfuerzo de poder proteger su culo, o al menos retrasar unos minutos más la tortura anal que supone Franco hará en su agujero.

   Después de explorar detenidamente las grandes, duras y redondas nalgas de Daniel, las manos de Franco suben y se dirigen hacia delante, buscando los pezones del joven, permaneciendo aun atrás del inmóvil nadador, pero esta vez pega su cuerpo al del muchacho, mientras sus manos se meten debajo de la camiseta de algodón y lentamente se dirigen hacia los objetivos deseados, los dorados botoncitos en los abultados pectorales del joven.

   Los velludos brazos raspan la bronceada piel de Daniel, quien solo separa sus brazos un poco para dejar que Franco explore su cuerpo sin obstáculos, resignado a su suerte. Las manos del hombre aprieten los pezones y los músculos alrededor de ellos como si quisiera ordeñar a su musculoso juguete sexual. Franco sabe perfectamente que una de las partes más sensibles de Daniel han sido sus pezones, la ex novia del chico, con la cual se puso de acuerdo para poder tenderle la trampa, se lo dijo, así que se aprovecha de eso para poder lograr que Daniel presente excitación, cosa que le humillará.

   -Ahhh… -un leve gemido escapa de los labios varoniles de Daniel cuando siente como sus sensibles pezones son manipulados por los expertos dedos de Franco; una y otra vez los dedos pellizcan atrapándolos, rozan y acarician cada uno de ellos, mientras el hombre se mantiene pegado a su cuerpo, por detrás, procurando que la dura verga esté presionada contra sus turgentes y redondas nalgas de atleta.

   Franco aun esta vestido, al menos, pero aun así se nota el abultado paquete, por las dimensiones de su gruesa y larga verga, que para desgracia de Daniel en poco tiempo estará moviéndose en su culo. Siente como el enorme miembro de Franco, a pesar de estar de por medio el pantalón del entrenador, se frota, ya puede hasta sentir la humedad que ha impregnado el pantalón del hombre mientras se frota duramente contra sus nalgas. El joven atleta mantiene contraídas sus nalgas, tratando de que no sean separadas, inocente e inútil resistencia que excita mas a Franco.

   Daniel siente como los fornidos brazos del entrenador le abrazan mas fuerte mientras sus manos siguen torturándole los pezones por debajo de su camisa y su verga sigue esa dura fricción en su trasero; movimientos rítmicos y sincronizados de su verga y sus manos al mismo tiempo que frota su miembro sus manos presionan los pezones de Daniel, mientras la fuerza en sus brazos aumenta para casi mantenerlo sofocado. El joven baja la cara y mantiene los ojos cerrados, luchando contra sus reacciones; en contra de su razonamiento y voluntad, su miembro empieza a responder a la estimulación de los pezones. Es quizá eso lo que más desespera al musculoso joven, que su miembro está respondiendo a la estimulación; aunque no igual que cuando estaba con su novia o alguna otra chica, además mientras el resto de su cuerpo se rebela a las sensaciones, su verga se somete fácilmente. La sangre se congestiona en su miembro a pesar de sentir la humillación en su culo, el placer en sus pezones no reconoce sexo, solo el tipo de caricias de las que está siendo objeto.

   -Dese vuelta, Saldívar. -le ordena Franco mientras sus manos empiezan a quitarle la sudadera que usa sobre la camiseta.

   -Ssi, señor. -responde titubeando, quizá avergonzado de que Franco se dé cuenta de que su miembro empieza a despertar. Mirada al suelo, gira lentamente, sin despegarla de allí un segundo.

   -Desnúdese por completo, Saldívar. -le ordena retirándose unos pasos.

   Daniel, aun con la vista al suelo, termina de quitarse los pantalones que estaban ya en sus tobillos, la camiseta que aun cubre su tórax. Su amplio torso se expande, sus pezones cafés oscuro redondos endurecidos por la manipulación parecen dos botones que sobresalen es ese perfecto tórax, sus fuertes brazos, su cuello firme y grueso, su viril rostro, su miembro grueso largo, del que cuelgan dos grandes bolas, las piernas perfectas definidas muscularmente hablando, su actitud de vergüenza de impotencia, todo eso excita a su infame dueño.

   El joven siente la penetrante mirada de Franco sobre su cuerpo, es como si pudiera sentirla mientras le recorre de arriba abajo detenidamente. A Daniel le gustaría poder hacer que su verga estuviera completamente flácida, que Franco no se de cuanta de lo que ha provocado en él, pero es inútil, aun siente el ardor en su pecho y más aun en sus pezones, por lo que Franco le hizo.

   -Hoy será algo diferente, Saldívar. -le dice mientras mantiene la vista fija en el musculoso deportista.

   -¿Diferente, señor? -pregunta extrañado, levantando un poco la mirada para ver a su dominador.

   Acercándose hasta donde está Daniel, Franco toma con una de sus manos la verga del joven, frotándola, para conseguir endurecerla. No era algo difícil ya que a la edad de Daniel el miembro responde de inmediato a la menor fricción, mas aun en la carga sexual del joven atlético, que ha estado bajo estimulación de sus sensibles pezones. El clavadista trata de mover los brazos al sentir como su miembro responde a la fuerte presión y fricción por parte de Franco.

   -Quédese quieto, Saldívar. -le ordena Franco cuando ve las intenciones del joven.

   -Ah, señor…

   -¿Sabe en qué será diferente hoy, Saldívar? -le pregunta acercándose, casi soltándolo como un murmullo frente a la cara de Daniel, que está empezando a sudar.

   -No, señor. -responde mientras siente como sus pezones endurecen de nuevo por la estimulación de su miembro. El joven se encuentra atrapado en una situación que no desea, su miembro lo traiciona y por consiguiente la excitación se apodera de sus zonas erógenas como sus pezones que siempre han respondido erectándose y poniéndose duros como piedra cuando su verga es excitada.

   Una mano de Franco sigue estimulándole los pezones ahora, mientras la otra le fricciona el miembro. Daniel muerde los labios, aprieta las mandíbulas, tensa todo su musculoso cuerpo tratando de no ceder, de no rendirse, de no demostrar placer, pero la experta mano del otro se mueve rápidamente, presionando todo el miembro del joven, haciendo que las dimensiones de su instrumento aumenten considerablemente, mientras con la otra mano sigue sin dejar descansar los pezones del deportista, que ya parecen piedras por la respuesta que tienen a la manipulación.

   -Quíteme la ropa, Saldívar. -le ordena Franco.

   -¿Cómo? -pregunta Daniel extrañado, abriendo mucho los ojos.

   -¡QUITEME LA ROPA, SALDÍVAR.! -repite en tono molesto, mirándole  fijamente.

   Daniel permanece inmóvil sin saber qué hacer, la orden de Franco lo ha tomado por sorpresa. En las ocasiones que han estado juntos es Franco quien, invariablemente, toma la iniciativa, el que desviste, el que hace todo, y Daniel es solo un juguete sexual en sus manos. No comprende que es lo que Franco se propone ese día.

   -¿QUÉ ESTÁ ESPERANDO, SALDÍVAR? -el nuevo grito saca a Daniel de su estupefacción.

   -Si, señor.

   Daniel avanza unos pasos y empieza a desabrocharle la camisa a Franco. El velludo y prominente pecho del robusto entrenador está cubierto de sudor, los pezones grandes cubiertos de grueso vello, al igual que todo el pecho, hasta el cuello. Las manos de Daniel tiemblan, es la primera vez que desviste a un hombre, nunca desde que aceptó ser esclavo sexual de Franco, lo había hecho y anteriormente solo había estado con mujeres.

   Torpemente termina de quitarle la camisa a Franco, dejándola sobre un mueble empieza a desabrochar el cinto, la gruesa cintura de Franco, firme aunque no estrecha, se deja ver. Los musculoso brazos de Daniel rozan alternadamente con esa velluda piel. El sentir el bulto en la entrepierna de Franco le pone la piel de gallina; sabe que la excitación de entrenador es extrema. El joven cierra los ojos mientras abre el pantalón del otro, que es algo ajustado así que no cae libremente sino que tiene que irlo quitando poco a poco, las gruesas piernas extremadamente peludas casi cubiertas por el mismo tipo de vello grueso y largo que tiene en el pecho, abdomen brazos y espalda. Nunca Daniel había visto tan de cerca el cuerpo de Franco, jamás lo había tocado de esa forma.

   La situación ha hecho que el miembro de Daniel regrese a su estado de reposo; flácido, cuelga de nuevo entre las piernas del musculoso joven. Trata de desvestir a Franco lo más rápido posible, le quita los zapatos, calcetines, para lo cual tiene que tomarle la pierna para que levante un poco el pie. El sudor del velludo y maduro macho impregna la mano del musculoso joven. Cuando termina de quitar los zapatos, Franco está casi desnudo, solo cubierto por la trusa, que por la humedad se le ha pegado al miembro que se nota por debajo de la delgada tela. Además de que es un paquete enorme, ya que Franco tenía un miembro largo, grueso, circuncidado. Daniel se detiene un momento, el grueso y velludo cuerpo del altísimo entrenador esta casi totalmente cubierto en sudor, sus vellos se pegan a su piel. Desnudo, el joven se detiene. Quisiera retrasar más el momento de tener desnudo a Franco frente a él.

   -Termine de una vez, Saldívar. -le ordena Franco al verlo titubear.

   Sin decir una sola palabra, Daniel toma el elástico de la trusa y empieza a hacerla descender para dejar a la vista las grandes y peludas nalgas del entrenador, así como el miembro que parece de piedra, durísimo, emergiendo por entre una espesa mata de gruesos y largos vellos. Daniel tiene precaución de no tocar ese miembro. Aunque Franco lo ha poseído en varias ocasiones, el joven jamás ha tocado su verga. Cuando hace descender la trusa por entre las gruesas piernas, dos grandes bolas cuelgan, bolas de tamaño muy por encima de lo normal. Los segundos le parecen eternos al clavadista mientras recorre con la trusa las largas piernas de su violador. Cuando le ha dejado desnudo se pone de pie, frente al entrenador, esperando órdenes.

   Ambos macho desnudos, el maduro dominante, y el joven musculoso, dominado, chantajeado, sometido a reglas sexuales a cambio no ser eliminado del equipo olímpico, frente a frente, ambos de una altura similar, aunque de complexión distinta. Daniel no se atreve a ver de frente a Franco; quizá hasta sería preferible que Franco lo penetrara de una vez y lo dejara descansar después, para no prolongar el encuentro, la tortura. El joven sabe que debe someterse a sus caprichos, pero no por eso deja de sentir repulsión.

   Mientras la verga de Daniel está flácida, la de Franco está paralela al suelo, durísima, larga y gruesa. Son solo unos centímetros los que separan a Daniel de Franco, éste, sabiéndose dueño de la situación, avanza hasta quedar casi en contacto con el otro, su verga topa con el otro cuerpo y roza el flácido miembro del atlético nadador. El leve temblor vuelve a surgir en Daniel, Franco se acerca y pone la mano en su nuca, tomándole fuertemente de la nuca y metiendo sus gruesos dedos entre sus cabellos, empieza a empujarle la cara hacia delante.

   Daniel piensa que Franco pretende besarle como lo hizo cuando lo desfloró en su propia casa, pero por repugnante que le parezca sabe que es inútil resistirse, así que se deja conducir, aceptando, resignándose. Controlando la repulsión.

   Cuando Franco siente que Daniel no opone resistencia, presiona fuertemente la parte posterior de su nuca, pero en lugar de dirigirle hacia su boca, lo hace hacia uno de sus pezones. Con un movimiento rápido, duro y firme, logra que los labios de Daniel caigan sobre su tórax, la boca abierta de sorpresa, rodeando su pectoral velludo, saboreando su pezón.

   Es cuestión de segundos lo que lleva el cambiar la dirección de los labios de Daniel hacia el velludo pecho del entrenador, donde ahora, por primera vez, prueba su piel velluda y transpirada de macho dominante.

CONTINÚA (el relato no es mío) … 21

Julio César.

NOTA: El relato comienza algo lento, y como no tengo intensiones de apurarme más, quien lo desee puede buscarlo en esta dirección: http://www.todorelatos.com/relato/16991/


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