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DE AMOS Y ESCLAVOS… 12

diciembre 13, 2014

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 11

BLACK MAN SEX

   Lo tiene casi todo… sólo necesita un dueño.

……

   Y si de piezas íntimas blancas se trataba, Gregory Landaeta también pasaba sus sofocones con ellas. Atacado de una fiebre exhibicionista que ni él mismo entiende, o creía padecer, entra en aquellas tres mínimas paredes de material sintético, con una cortinita que cubre la entrada, que sirve de probador. Entrar, quitarse los zapatos, bajarse el pantalón, despojarse de su bóxer ajustado y entrar en aquella basurita de licra blanca, una tanguita que nunca en su vida usaría ni en una cita, es una sola cosa. No piensa, va en automático. Al igual que Roberto, se mira al espejo y no se cree. La tanga se ve tan pequeña, tan elástica, ajustada y putona que siente calorones recorrerle por todos lados. Volviéndose ve sus nalgas alzadas, medio glúteos afuera, y la visión era calentorra. Uno leves toques a un lado de la entrada le tensan, pero es ese vendedor cuarentón, bajito, algo obeso, con cara y figura muy poco atractiva, pero cuyos ojos se iluminan ante la visión del enorme y guapo tío negro con la franela alzada, sus cortas medias de paño y la tanguita blanca.

   -Si, se le ve fantástica. Haría ovular a las mujeres en la calle si saliera vistiendo así. –dice, intuyendo lo que el otro quiere escuchar, sabiendo que acierta al verle expandir el tórax con satisfacción.- Es una pena la diferencia de pieles bronceadas. Debería ir a la playa y tenderse con esto… -y de su hombro toma una tela aún más mínima, también elástica, licra, un hilo dental blanco.

   -No creo…

   -Pruébesela. –reta y ofrece.- Nada más ver el resultado valdría la pena del trabajo así no compre nada. ¿Por qué no se quita la franela?

   Esas palabras le marean. El sujeto da media vuelta mientras, todavía dudando un segundo, Gregory se despoja de la mínima prenda, tomando la aún más chica de la mano alzada del tipo que le da la espalda. No sabe si quitarse la franela, pero al intercambiar las prendas con el sujeto, verle tomarla sin volverse, llevándosela al rostro, le hizo perderse. Se la quita.

   -¿Qué tal? –pregunta, alto, joven, fuerte, musculoso, negro, con sus medias de paño y el mínimo hilo dental, apenas un pequeño triangulo muy deformado por su güevo y bolas, dos tiritas difíciles de ver que suben por sus caderas.

   -Maravilloso… -grazna embobado, pero se rehace.- Le queda maravillosa. ¿Y atrás?

   Gregory no duda ya, se vuelve, su espalda ancha y recia, su cintura delgada, los huesos de las caderas visibles, las tiritas que las rodean y se unen en un pequeño triangulo que desaparece en otro hilo antes de perderse dentro de esas increíbles moles de carnes negras y firmes. Volviendo la vista sobre un hombro, mira al vendedor. Y jadea. La expresión embotada de ese sujeto le mantenía casi hipnotizado. Saber que le gustaba, que le gustaba mucho, que estaba rendido ante su atractivo, le debilita. Sin embargo da un bote cuando le ve caer, gimiendo un poco por el esfuerzo, sobre una rodilla. Se miran, uno de pie, mirando sobre su hombro, el otro inclinado.

-¿Qué haces? –pregunta con voz rota.

   -La etiqueta… -dice como si tal cosa. Y aunque Gregory sabe que está mal, que no debería, permite que el sujeto con sus dedos cortos y gruesos, lenta, muy lentamente, le acomode la etiqueta de la pieza, metiéndola dentro del pequeño triangulo, rozándole la piel de la baja espalda.- Es… maravilloso. –grazna, totalmente entregado. Y sus palabras marean otra vez al hombre más alto.

   Por ello no es raro que se quede quieto cuando el vendedor acerca más el rostro, bañándole con el aliento de su respiración pesada, o que, trémulamente primero, luego con más osadía al no ser rechazado, cubriera, o lo intentara, con las manos abiertas las duras y redondas nalgas. Separándolas y notándose la visión de aquella tirita blanca entre las negras masas, ensanchándose más abajo para cubrir las bolas, a cualquiera le habría provocado un infarto.

   Gregory no sabe qué esperar, o qué espera a secas, pero traga y se queda quieto cuando el bigote del tipo le cepilla la raja al acercar más la cara, estremeciéndose al oírle aspirar ruidosamente, aparentemente deseando intoxicándose con el olor a macho. Y la punta de la nariz frota de sus nalgas, luego los labios, el bigote. El tipo, como un poseso, mete la cara entre sus nalgas, llevándola de adelante atrás, subiendo un poco, frotándole con todo.

   Esa vaina estaba mal, un hombre no debía dejarse hacer eso, piensa Gregory, olvidando intencionadamente todo lo ocurrido ya. Pero echándose un poco hacia atrás, separando también las piernas, prácticamente queda sentado sobre la cara de ese tío que ahora lengüeteaba en su parte más íntima y privada de su ser. La idea, la visión ante el espejo, todo era de una locura caliente. Su pecho musculoso de buenos pectorales sube y baja, entregado a las sensaciones que lo recorren, al hombre que le está sorbiendo ruidosamente el culo sobre el hilo dental. Mira como su propio tolete, apuntando hacia abajo, se levanta, endereza la tela, halándola, bajándose en la cintura, los pelos púbicos escapando, la raíz de su gruesa verga negra dejándose ver.

   -¿Ocupado? –le sobresalta una voz, y casi grita con el corazón a punto de un infarto. La cortina es corrida y un carajo delgado y alto, les mira con sorpresa.

   -¿Está ocupado? –pregunta alguien a sus espaldas y el corazón de Gregory cae a sus pies. Dios, iban a descubrirle en esa vaina de maricones.

   -Mucho. –es la respuesta del joven, mirando fijamente al tío grande, entrando y corriendo la cortina tras él.

   El corazón de Gregory palpita salvajemente, pero sería falso decir que únicamente de alarma por la posibilidad de ser descubierto por otro tipo en esas vainas, justo con otro sujeto. Estaba desnudo a excepción de sus cortas medias de paño y la tanga enterrada entre sus nalgas, nalgas donde un carajo tenía la cara metida, despegándola como si le costara abandonar el sitio para mirar al recién llegado. Debería ser la muerte para cualquiera, pero en cuanto ese tipo descorrió la cortina y le miró, sabiendo que el escándalo podía estallar, el güevo se le puso más duro y babeó, mojando el hilo dental blanco. Era una situación tan escandalosa, al límite y excitante que no podía ni razonar. Por ello, en cuanto el otro entró, casi copando el lugar, aumentando la temperatura, su miembro se agitó aún más bajo la tela, de manera muy visible.

   -Vaya, señor Cáceres, qué bien le queda la tanga al cliente. –dice el recién llegado, recorriendo con la mirada al joven hombre alto, sus ojos como dardos clavándose sobre la diminuta pieza totalmente alzada por la abundante masculinidad aprisionada, una que se agita y moja la telita.

   -Así es, Gómez. –concuerda el vendedor obeso y bajito.- Pero si me disculpas…

   Y Gregory cree estar atrapado en alguna sucia fantasía sexual, una en la que no habría caído nunca antes, pero ahora… Ese tipo arrodillado a sus espaldas, que todavía le retiene la cintura con sus manos regordetas, vuelve a enterrar la cara entre sus nalgas, olisqueando ruidoso, restregando la nariz, los labios y el mentón de los redondos melones de carne oscura. Luego separa un poco con los pulgares, hipnotizado con la visión de la blanca tirita, como lo estaría cualquiera en su posición, lamiéndola otra vez. Sentirlo, saber que lo hace porque su cuerpo le excita, y que lo hace frente a un joven sujeto que les mira, tiene a Gregory Landaeta al borde de correrse, su güevo es una sola tabla pulsante. Separa más sus musculosas piernas, echa sus nalgas más hacía atrás y jadea cuando un pulgar del tipo le recorre la piel de la raja, aparta el hilo y con la lengua apuñala su agujero algo peludo, uno que se estremece de sorpresa, algo de repulsa y mucho de excitación cuando esta insiste en su tarea queriendo entrar. ¡Un carajo estaba dándole con la lengua en el culo!, la sola idea era terrible.

   Como lo era tener que mirarse de frente con ese carajo de cara granujienta, enrojecido, mirada perdida y sonrisa boba. No hablan, no hay nada que puedan decirse, pero el joven negro se estremece cuando el otro alza una mano delgada de dedos largos y con el índice recorre la silueta horizontalizada de su tranca bajo la telita. Sentirla, el roce acariciante, sobre la tanga, le hace gemir. El dedo sube y baja, el canto del mismo se pega a la mole y lo recorre por todos lados, y el otro, en todo momento, comiéndole el culo.

   -Se siente tan grande y dura, señor… -jadea desmayado el recién llegado.- ¿Quiere que se la chupe?

   La pregunta le derrite los huesos, el calor lo envuelve, tanto que el sujeto a sus espaldas, le lengua casi metida en su culo, lo nota y gime quedo. La verga le babea más, casi a punto de correrse. ¿quiere que un hombre se la chupe? La idea, que jamás había cruzado por su mente días antes, se escucha tan sucia y prohibida que le cuesta respirar de lo excitado que está. ¿Quiere o no? ¿Se dejaría o no? Esa lengua en su culo, esos labios cerrados a su agujero chupando, y otra boca comiéndole el güevo, succionándoselo, masajeándoselo, ¿no quiere eso? El debate interno acaba por sí mismo, mientras lo piensa, al tiempo que la lengua del otro realmente parece metérsele hasta la próstata (¡la siente!), y ese flaco dedo le frota una y otra vez la verga; esta se le pone imposiblemente dura, tiembla, siente como dos bolas de fuego abandonando sus testículos, que suben y recorrer su tronco. Tiene que morderse los labios para no gemir, casi cae hacia atrás, sentándose sobre la cara del cuarentón, cuando las piernas dejan de sostenerle. La fuerza del orgasmo le deja casi indefenso. Se está corriendo.

   Echa la cabeza hacia atrás, conteniendo cualquier sonido raro mientras su barra dispara una, dos, tres y cuatro trallazos de leche espesa y olorosa que le queman a él mismo. Y, horrorizado y fascinado, ve al chico caer, abrir la boca, sacar la lengua y recoger en el aire el reguero de leche que se filtra por la tela y va cayendo. Verle, oírle gemir cuando esta cae sobre su lengua, le ponen mal, pero no tanto como al verle saborearla, con chasquidos de chico goloso, tragándola, para luego pegar los labios de su glande casi visible sobre el hilo dental blanco transparentado con el semen, y beber el que aún mana de allí.

   Dios, ¿cómo podía ese chico ser tan sucio y marica?, se grita el joven negro, pero totalmente fascinado.

   -¿Quién coño ocupa tanto tiempo el…? –la ruda pregunta queda congelada cuando esa maldita cortina vuelve a abrirse y un hombre cincuentón, con pinta de árabe, se asoma, otro carajo más atrás con un pantalón en las manos para probárselo.

   Los gritos del hombre atraen las miradas cuando ya los dos vendedores salen a la carrera, uno de ellos con una chorreada de esperma en la barbilla, y seguramente más tarde despedidos también, y alucinado, con manos temblorosas, sabiéndose mirado por todos los que fueron atraídos por el escándalo, Gregory toma sus ropas y se viste, cada movimiento siendo detallado por todos esos ojos que estallan en comentarios de sabroso escándalo.

   Todos esos ojos… se la endurecen bajo el ajustado jeans.

……

   Todavía afectado por todo lo vivido, experimentado y escuchado dentro de la tienda de tatuajes, Roberto Garantón entra a buen paso al edificio donde vive. Quiere desaparecer de las miradas, le parece que la gente nota que está depilado. O que le aplicaron un enema. ¡Maldita sea!, se atraganta, al final de la recepción, hablando con otra vecina, se encontraba la conserje… y junto a ella, su marido. Sujeto que se vuelve y le mira. De hecho todos le miran. Un miedo visceral, con ninguna connotación erótica, le recorre. ¿Habría contando algo el bicho ese? Y siente un pequeño vacío de alivio, porque aunque le nota la sonrisa socarrona de “yo sé en qué andas, negro”, su mujer, así como la vecina, le sonrieron con cierta coquetería. La respuesta de mujeres saludables ante un sujeto soltero y de buen ver.

   Saluda con la cabeza y entra a toda carrera dentro del ascensor, casi retorciéndose de ansiedad, de expectativas. Era desagradable tener que dar explicaciones, más saberse en manos de otro. Ese tipo podía hacerle daño si contaba lo que sabía… Y si alguien le creyera. Pero le creerían, su mujer lo haría. El resto de los vecinos tal vez al principio no, pero con los días…

   Sale del aparato y se detiene. Duda de manera increíble. Sus ojos caen como por cuenta propia sobre la puerta de Hank. No, maldita sea. Con paso resuelto va a su entrada, abre y cierra, sintiéndose a salvo tras la puerta. Pero también insatisfecho. Come algo, casi obligándose. Pasa un buen rato mirando la televisión, impaciente, desasosegado. Va a su cuarto a ver porno, de tías, de muchas putas chillonas, y es un desastre total. Su interés gravitaba hacia las tramas algo bruscas, y su atención se fijaba en los tipos. No se había dado cuenta de que casi todos los carajos metidos a la pornografía como que eran blancos. Sus enormes, gruesas y rojizas trancas erectas…

   Terriblemente mortificado piensa en apagar la que miraba, pero se echa de espaldas, la oye; esas tipas jadeando, gimiendo, gritando, lloriqueando como si algo les doliera, pero en verdad era puro placer. Eran los sonidos del deseo siendo satisfecho, de criaturas siendo llenadas de hombrías que las hacían delirar. Hombres que satisfacían apetitos oscuros, necesidades terribles. Cierra los ojos y su pecho sube y baja con rapidez. Sexo. Sexo. Sexo rudo, duro y caliente. Sobre todo duro. Traga ahogándose. Quiere ir, coño. Desea llegarse y… Hank sonreiría y le diría que cayera de rodillas. Que abriera la boca y…

   No quiere pensar en ello, no desea cuestionarse o analizarse cuando se encierra con seguro dentro de su baño, ¡en su propia casa!, para aplicarse, nuevamente, el enema. Arde un poco otra vez, no de una manera dolorosa o preocupante, tan sólo… Mientras se ducha su mano grande pasa una y otra vez entre sus redondas nalgas, la punta de sus dedos frotando la entrada, sintiendo algo como alivio, uno que le provoca calofríos y le tiene el güevo morcillón. No quiere pensar en nada, pero… se aplica esas crema hidratantes que ese sujeto le indicó, y mientras lo hace, un pie montado sobre la cama para abrirse, intenta no mirarse al espejo. No mientras hidrata su culo para ir a ver a ese carajito blanco de güevo grande… Lo deja así cuando, inconscientemente, con un dedo pareció querer abrirse los pliegues anales.

   Ahora si se mira al espejo, mientras sube el muy ajustado bóxer blanco. Le gusta lo que ve. Un tío impresionantemente alto y musculoso dentro de él. Toma un pantalón holgado, que baja un poco en su cintura dejando ver la banda del bóxer pero también el nacimiento de la raja interglútea. Toma una muy ajustada camiseta y completa el atuendo. Es cuando alza la vista y siente la cara ardiente… Coño, qué puto se veía. Sale al pasillo después de dudar brevemente, alegrándose de encontrarlo solitario. Se detiene frente a la puerta de Hank y tomando aire, toca el timbre. Espera. Nada. Repite la llamada, y se repite la falta de respuesta. El corazón le late dolorosamente rápido, ¿no estaría? ¡Sería el colmo después de todos los arreglos hechos! Pega la oreja y le parece escuchar un ruido. Traga en seco, la oreja pegada, tocando levemente con el puño.

   -¿Señor…? Soy yo… -su voz es toda humildad.- Por favor…

   El pomo gira y ser aparta, tomando aire. El joven blanco aparece, el cabello en puntas, un bermudas a media pierna, una camiseta que se amolda a su cuerpo dejando fuera sus anchos y pecosos hombros. Sus claros ojos le recorren y Roberto se yergue en todo su tamaño.

   -¿Qué quieres? –es brusco el joven catire.

   -Yo… yo… -no puede responder, ¿acaso no era evidente?- Quería…

   -¿Si? –le mira fríamente a los ojos, cruzando los brazos sobre el pecho, recostándose del marco de la puerta, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

   -Yo… -le cuesta hablar.- Quiero chupársela, señor. –confiesa, espera y nada ocurre.- Quiero tener tu güevo blanco llenando mi boca. –sabe más o menos por dónde van los tiros. El otro se despega del marco.

   -Entra, negro. –y dándole la espalda desaparece.

   Reponiéndose, el musculoso y guapo hombre le sigue, encontrándole sentado en el sofá, mirándole burlón, las piernas muy abiertas. En la mano derecha sostiene una pequeña paleta, una raqueta de ping pong. Y la vista de la misma le produce terribles escalofríos que lo recorren de pies a cabeza.

   -Te has portado mal. Lo sabes. Y es inaceptable. Ven, sube boca abajo en mis piernas. –le indica, dejando de mirarle, tomando una cerveza que tiene al alcance de la otra mano, bebiendo.

   -¿Qué? Yo…

   -Me hiciste esperar mucho, negro, ahora debes enfrentar tu sanción. Es esto, aceptas tu castigo, o sales y te olvidas de todo. No quiero a un negrito mal portado diciendo que me sirve como juguete sexual pero que en verdad no obedece ni se comporta.

   ¿Qué carajo…?, piensa el joven negro, pero apagando esa parte de su mente, intuye más, sabe que allí y ahora se lo estaba jugando todo. Podría salir de ese apartamento sintiéndose tal vez frustrado, pero entero en su mente. Quedarse era someterse y no sabía a dónde… ¡No!, se repite internamente, moviéndose hacia el sofá, cayendo de panza entre las firmes piernas del muchacho, sintiendo el calor del vientre ajeno que choca con su brazo, lo siente caliente, vital.

   -¡Negrito malo! ¡Negrito malo! –le oye recitar al tiempo que mueve la mano.

   La paleta sube y cae, duro, sobre su glúteo derecho, sobre el jeans. Jadea, asustado especialmente, no por temor a la violencia, era la idea de que se sometía, que se entregaba, que estaba dejándole a ese chico todo el control sobre sí. La paleta sube y baja otra vez, sobre la misma nalga. El contacto pica, arde y duele ahora un tanto. La mano sube y jadea, tensando sus nalgas, esperando y afincando la punta de los pies sobre el piso. Se repite la paletada sobre su nalga derecha, y el chico, gruñéndole que era malo, se dedica a azotarle con la paleta, una y otra vez, alternando la nalga receptora. Es insólito ver al joven chico blanco, mirada turbia, sonrisa cruel, alzando la mano con la paleta de ping pong, una cinta de cuero en su muñeca, y azotando al sujeto joven y más alto, acuerpado, negro, que intenta contener los gemidos sobre sus piernas. Un chico nalgueando a otro carajo, uno que se estremece, cierra los labios para no gemir y se tensa mientras su trasero es castigado como merece.

   Roberto se muerde los labios para no gritar. Quiere que se detenga, le duele, pero no quiere mostrarse débil. Sabe que el chico lo espera, que le suplique, y casi desea hacerlo pero no puede. Su corazón enloquecido se agita cuando las manos del chico bajan y le abren el pantalón, bajándoselo con dificultad, su enorme trasero firme bajo le tela del bóxer, viéndose el nacimiento de su culo, queda expuesto. La paleta sube y baja sobre su glúteo derecho, y gime, porque pica más, jadea lloroso cuando vuelve a la izquierda. Si, dolía, joder. Inconscientemente intenta meter una mano pero Hank se la inmoviliza con la mano libre, azotándole, lentamente, una y otra vez, tomándose su tiempo en el ir y venir de la mano para angustiarle, sobándole con la áspera paleta una vez nalgueado. No sabe cuándo comienza a gimotear y pedirle que se detenga, pero eso hace sonreír más al catire que aumenta las paletadas.

   La mano deja caer la paleta al suelo y Roberto lo agradece a Dios, mirada vidriosa, aunque no había notado que los tenía llenos de lágrimas. Pero su tranquilidad y alivio dura poco, esa mano cae entre sus nalgas, sobre la tela, frotando duro, pica y arde, pero también se siente hormigueante, erizante, eléctrico. ¡Le gusta! La mano se mete dentro del bóxer y le toca en directo. La palma es firme y cálida, pero sabe que su piel quema más. Traga en seco, esa mano acariciándole es enloquecedoramente erótica, se sentía bien, tanto que separa un poco las piernas para dejarle pasar con más libertad, avergonzándose cuando le oye reír bajito. El bóxer desciende y Hank le abre las nalgas enrojecidas a pesar del oscuro color.

   -Te afeitaste el coño, qué bien. Pero te portaste mal, muy mal.

   -Hank… -una fea nalgada le hace gemir.- Señor, por favor, duele…

   -¡Aguanta como un hombre, negro de mierda! –le recrimina, sonriendo cruel.- ¿Sabes?, creo que eres una porquería de hombre. Un cerdo. Y voy a comprobarlo.

   Y la mano sube y baja, las nalgadas se reinician, los azotes regresan sobre sus glúteos redondos, ardientes, lastimados. Y Roberto gime, esa mano azota de manera seca, directa, leve, acariciándole luego de manera circular. La mano va y viene, le azota una y otra vez, pero ahora, con el culo al aire, el pantalón en sus tobillos y el bóxer en los muslos, el joven y poderoso hombre negro lo siente distinto. Y mucho. La palmada le produce un golpe directo dentro de su cerebro, su piel arde ahora toda, y es consciente de que el otro lo sabe porque soltándole la mano retenida la mete bajo su camiseta y atrapa uno de sus enormes pezones erectos. Nalguea y aprieta su tetilla, y a Roberto todo lo da vueltas. La mano sube y baja, rítmica, y toda su piel es un caos se sensaciones. Ignora que jadea levemente, ya no de dolor, que su boca se abre y cierra, que sus ojos se empañan no de llanto sino de lujuria desatada. No es totalmente consciente de la increíble erección que tiene, una se refriega del muslo del muchacho, toque que le eriza todo y que por lo tanto lo busca, lo desea, por lo que menea sus trasero todo.

   Hank sonríe leve, cruel, pellizcándole el otro pezón, que era igual de abultado y prominente, un aro se vería genial en ellos; y todo sin dejar de nalguearle duro, sintiendo rico la palmada contra la carne enrojecida, que marca sus dedos a pesar de lo oscuro de la carne; recorrer esos glúteos, de uno al otro, era excitante, porque era su derecho de propietario, ese negro era suyo; todo eso le pertenecía. Era él quien tenía a ese negrito al borde del clímax. Y está casi seguro de qué…

   Roberto arquea la espalda y alza la cabeza, esos azotes son menos fuertes, pero si aumentan en ritmo, también las sobadas, los dedos que buscan y frotan la entrada de su culo expuesto; la mano va y viene, sus nalgas se agitan, suben, bajan, se abren, busca la mano, la cual va espaciando las nalgadas, deteniéndose súbitamente; y su boca se abre para señalar el camino de su perdición.

   -Mas, dame más… -pide, enrojeciendo él mismo de vergüenza, sus nalgas tensadas. Necesita sentirlas.

   -¿Quieres mis azotes, negro? –le pregunta, la mano cae pesada, sin golpear, sobre ese trasero que arde, sobándole. Eso le produce algo como cosquillas al joven hombre negro en sus entrañas, lo que logra que su verga bote líquidos copiosamente.- ¿Has sido malo?

   -Si. –jadea entregado, sintiéndose increíblemente sorprendido de sus actos, de su rendición, pero también embriagado por la poderosa ola de endorfinas que lo envuelven cuando lo admite, que si, quiere que ese malvado chico blanco siga dándole nalgadas.

   -¿Malo? ¿Muy malo?

   -Muy malo, señor, por favor, aleccióname… -su cerebro envuelto en hormonas le dicta lo que tiene que decir mientras le mira con profunda lujuria y entrega. Escuchar su risilla ronca fue tan maravilloso como saber que bajo su bermudas, Hank está totalmente duro, lo sabe porque está sobre su regazo. Y vuelve a estremecerse, ardiendo como está, llevado casi al límite, uno de sus pezones a punto de verter leche materna de lo mucho que está siendo estimulado por esos dedos. Imaginar la hermosa, larga, gruesa, rugosa y blanquirroja verga afuera, pulsando, le hace latir el culo.

   -Siempre es igual, negro; todos saben que necesitan una mano dura…

   A las increíblemente ofensivas palabras, siguen nuevos azotes, secos, rápidos, palma abierta, y Roberto vuelve a gemir, a estremecerse, su culo sabiendo y bajando, pidiéndole que más, que le diera más fuerte, que no se detuviera, por favor; la mente nublándosele más y más. En esos momentos ignora que sus gritos son altos en volumen, que sus pedidos son cada vez más obscenos, que el otro llamándole toda clase de cosas, también a gritos, era aún más ofensivo. Roberto no puede pensar en nada como no sea esa ola de lujuria que sube y sube, cada vez más caliente, que arropa y ahoga su cuerpo todo. La mano sube una vez más, y cae con fuerza, y el joven hombre negro grita, subiendo su culo, su verga durísima, estremeciéndose, corriéndose. Cada nuevo disparo de semen va acompañado de esos azotes a su culo, y todo es una masa enloquecedora en su mente. La corrida es tan intensa como las sensaciones que le envuelven. Es tanto así que queda casi desmayado sobre ese regazo, su verga todavía goteando, una pierna sobre el mueble, la otra en el piso, su rostro contra el asiento.

   -Negro sucio, ¿mira lo que hiciste? Tienes que recoger toda esa leche con la lengua, en cuatro patas. Quiero verte tomar hasta la última gota, comienza por la que vertiste sobre mi bermudas. Y luego… -la mano se mueve, recorre una de las lastimadas nalgas y la punta de un dedo frota la entrada de su recientemente depilado culo.- …Voy a convertirte definitivamente en mi perra. Una vez que tengas mi güevo blanco en tu culo, abriéndolo, cabalgándote, llenándotelo de esperma de hombre de verdad sólo podrás soñar con eso.

CONTINÚA…

Julio César.

SER O NO SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 24

diciembre 10, 2014

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…                         … 23

   La siguiente es una historia que NO ES MÍA. Pertenece totalmente al señor capricornio1967. Tan sólo la reproduzco, tal vez cambiando una que otra coma, aunque la historia ya está por ahí, completa. Es un relato maldito en toda la regla, un hombre maduro decide tomar, controlar y dominar a su joven pupilo, transformándole en algo que no quiere, ni soñaba, aunque se resiste. Lo repito, es un cuento muy maldito. Disfrútenlo:

……

EL DILEMA

Autor: capricornio1967

Capítulo VII “EXTRAÑOS SABORES”

ESTUDIA UN CHICO EN HILO DENTAL

   Este será su destino, vivir esperando por su macho.

……

   -¡Ghghhgh! -el sentir como la cara de Franco se hunde entre sus nalgas y como la lengua de este, larga y áspera, se interna entre su esfínter, metiéndose en su culo, ¡puede sentirla adentro!, le obliga a resistir, a defenderse, a que trate de gritar, pero con un trasero peludo pegado a su boca lo único que consigue es lamer ese enorme culo que lo sofoca.

   Fuera de eso, es que Daniel la siente, en verdad, el como la lengua de Franco se interna velozmente entre sus entrañas. La siente deslizarse, recorrer su camino sensible. La práctica del entrenador en la exploración anal es de doctorado, por lo acertada y eficaz que es. Fácilmente su lengua ubica la próstata de Daniel dándole leve masaje con ella, que le sirve como un órgano sexual más.

   -Mhmh… -no tardan en oírse los gemidos placentero de Franco mientras su lengua entra y explora la cálida cavidad anal de Daniel, colocando al chico en desventaja, torturándolo más, humillándolo más; los forcejeos del joven se vuelven más intensos, pero el hombre está preparado para todo eso, sabe que la desesperación de Daniel permanecerá, pero su dominio físico sobre el joven nadador, también.

   -¡NGHHGGGGG! -los gemido de Daniel son intensos, de rabia, de furia de odio hacia su entrenador cada vez que siente su culo siendo abierto por esa experta lengua.

   Cuando siente que su próstata es tocada por la punta de ese apéndice sus gemidos de impotencia se incrementan, sus músculos se tensan y se hinchan dando batalla, tratando de liberarse, de no permitir que su hombría sea denigrada más de lo que ha sido, de dejarle bien claro a Franco que podrá poseerlo sexualmente, quebrantarlo físicamente, pero que no doblegara su virilidad, su hombría, aunque el entrenador esté empeñado en hacerlo. El reto de tener a Daniel bajo una fina y erótica tortura sexual, en donde la humillación, vergüenza y dolor estén como base de sus técnicas, es lo que a Franco da más placer.

   Cada vez que Franco siente que Daniel aumenta la lucha por liberarse, oponiéndose a su destino, embiste más fuertemente el delicioso culo del joven, los labios rodeando la entrada, la lengua reptándole entrañas adentro, arremete con fuertes penetraciones y masajes sobre la sensible próstata del deportista para crearle cierto condicionamiento. A mas forcejeo, mas tortura; a mas desesperación de Daniel, más empeño por no sentir, la próstata es una de las zonas erógenas más sensibles y en Daniel no es la excepción, el trabajo del hombre convierte su próstata en su peor enemiga ante la desventajosa lucha que libra con ese enorme oso macho, que disfruta tomando posesión de una víctima más, marcando su territorio sexual y físico. Se la saca y todo queda quieto por un segundo.

   -¿Lo siente, Saldívar, cómo va aflojándose y excitándose? –le pregunta, para dañarle. Cuando siente que el muchacho va a replicar una negativa, contra su culo peludo, vuelve al ataque; la larga y raposa lengua abriéndose camino en sus tiernas y sensibles entrañas… unas que sabe cómo trabajar para transformarle en lo que quiere: un esclavo sexual total y para siempre.

   El joven no puede responder porque Franco posa todo el peso de su cuerpo en sus nalgas, así que el joven tiene que soportar los más de cien kilos sobre su cara; una parte de las nalgas y el vello del otro cubren su nariz, incluso tapan todo su varonil rostro, que siente la asfixia de nuevo. El saber que no puede dejar de respirar es para Franco una de las herramientas para obligarle, el acelerar el forcejeo y la desesperación en Daniel tiene como objetivo hacerlo respirar más rápido, sin embargo al dejar caer todo su peso en el rostro del atleta le corta la respiración, dejándole solo la opción de que tiene que usar también su boca para intentar tomar aire; por mas que se resista, que luche, el hombre sabe que las reservas de oxígeno en el joven están casi agotadas, que el musculoso y perfecto cuerpo de Hércules de Daniel, esta agotado por el duro entrenamiento y las torturas físicas y sexuales a las que le ha sometido. Así, toda resistencia está minada por su culo tomado por aquella larga y reptante lengua, y la boca amordazada por el culo de su entrenador.

   El fuerte forcejeo de Daniel consume rápidamente las reservas de oxigeno, su nariz no puede respirar libremente así que su única opción es abrir su boca; con rabia entiende que de nuevo Franco lo domina, que lo conduce hasta donde desea, lo conoce tan bien, que busca sus puntos débiles para así conducirlo a la derrota, a la sumisión.

   -¡AHhhhhhhhhhhhhhhhhhgh! -Daniel abre su boca tratando de jalar aire pero lo único que consigue es chupar el culo de Franco que se apodera rápidamente de su boca.

   El joven, inconscientemente tiene que sacar su lengua tratando de usarla para empujar lejos el culo de Franco. ¡Qué iluso!, ¿cómo poder levantar ese pesado cuerpo usando solo su débil lengua? Sin embargo, la angustia y la desesperación de la asfixia no conocen de razonamientos sino de acciones aunque no siempre sean las correctas. La lengua de Daniel trata de empujar el culo, pero lo único que logra es internarse en ese agujero rodeado de pelos, todo grotesco, sintiendo de nuevo ese extraño sabor que emerge de las entrañas del entrenador y se impregna rápidamente en su lengua, que ante la tortura física de la asfixia sigue tratando de liberar su boca usando su lengua sin conseguirlo, logrando con eso que Franco gima de placer al sentir su joven lengua lamiéndole y penetrándole.

   -¡MMMHHHHHHHH! ¡Dios, si! -un gemido grave e intensamente fuerte escapa de la boca de Franco al sentir como Daniel mete la lengua en su culo, sus ojos se vuelven blancos por el extremo placer de sentir no solo la lengua del muchacho trabajándoselo, sino por la victoria sobre el arrogante jovencito estrella del equipo. Ahora lo tiene, lo disfruta y lo somete, demostrándole que nadie es más que Franco, nadie es mejor que él. Y que el que da las órdenes en todos los aspectos es él. Su amo. Su dueño.

   Daniel, por su parte, asqueado de sentir el sabor del culo de Franco disminuye su forcejeo; al ver que su esfuerzo de abrir la boca para respirar no resulta del todo eficaz y lo único que consigue es complacer a su violador, trata de retomar su lucha sin éxito. Ahora está más agotado, más débil, más indefenso, mas sometido, y peor aun, no puede dejar de usar su boca para intentar respirar, cosa donde no desea afanarse tampoco mucho, ya que para recibe una cantidad de aire mayor tendría que usar más su boca sobre ese culo. Y mientras tanto, para su horror, su miembro empieza a endurecerse. El sentir como su próstata es masajeada y manipulada provoca una respuesta refleja que activa la virilidad del joven, la cual despierta, su verga no sabe de quien la estimula, si es hombre o mujer, solo responde. Franco siente como la verga de Daniel esta endureciéndose, alargándose, engrosándose, cuando la punta del tolete del joven toca su cuello al mantener su cara hundida en ese culo.

   -¡NGHGh! -un nuevo gemido de rabia e impotencia se deja oír al sentir como su miembro responde a la estimulación sin tomar en cuenta que el resto de su cuerpo está siendo atormentado.

   Franco, por su parte, mantiene su culo en la boca de Daniel, quien no tiene más opción que usar su lengua, al menos eso le ayuda a respirar un poco mejor, su instinto de supervivencia es mayor que su viril y heterosexual rebeldía. La joven lengua empuja ese culo, pero lo único que consigue, sin querer, es internarse más en ese velludo agujero, separando los pliegues anales y penetrando en la húmeda y ardiente cavidad del siniestro entrenador.

   Sin embargo, aunque disfruta un mundo sentir su culo lengüeteado así, especialmente por un jovencito, para Franco el placer de la victoria es mayor, el saber cómo está conduciendo a Daniel a la rendición física y sexual; cómo está logrando, aun en contra de su voluntad, que la verga del joven responda. Es una victoria que disfruta mucho sobre el jovencito, el sentir como la impotencia de poder evitar que su sexualidad despierte, que responda, lo excita más.

   El poco oxígeno de mas que Daniel recibe ahora lo usa para mantener su forcejeo, para demostrarle a Franco que puede luchar , que no está vencido, que no permitirá que lo humille de esa forma sin darle una buena batalla. Su espíritu de deportista, de competencia, de lucha se impone, negándole la opción de dejarse dominar, de doblegarse sin resistir. Impedir que Franco tome las riendas se vuelve un círculo erótico y vicioso en el cual el entrenador disfruta con la rebeldía del muchacho y Daniel no puede dejar de ser rebelde. Qué bien lo conoce Franco, hasta puede acertar de qué manera va a responder en cada acción. El control sobre el muchacho, el saber cómo conducirlo a los extremos de desesperación y pánico, no es por arte de magia sino de una brillante y depravadamente psicológicamente preparada para sus fines, que usa su inteligencia para satisfacer sus más bajos instintos, manteniéndose en la cima, en el trono, en el reinado por el cual puede disfrutar de su súbdito, que en este caso es el musculoso Daniel.

   Mientras el forcejeo de Daniel aumenta, su lengua entra más en el palpitante culo velludo del entrenador, al tiempo que su miembro también aumenta la erección ya que Franco, en cada forcejeo, arremete con más fuerza en su indefenso culo; así que la próstata del joven al sentir esa áspera presión responde y su miembro despierta. Cuando Franco siente que el miembro de Daniel está lo suficientemente duro, y ante la desesperación de este, de no poder evitarlo, lo que el hombre hace es que saca su lengua del joven y delicioso culo, que luce lleno de saliva por la fuerte succión y las enérgicas embestidas de esa lengua, algo enrojecido por la fricción (pero que en cuanto la lengua de Franco lo abandona, el culo del clavadista vuelve a cerrarse herméticamente). Como despedida, el entrenador aún da varias lamidas sobre el rojo capullo brillante de saliva, logrando que el muchacho se estremezca de rabia al no poder liberarse y más aun al sentir como hasta su verga lo ha traicionado, y sin poder dejar de dar a Franco el placer anal que le brinda usando su lengua.

   De todos modos, el sentir que su culo está libre, le da a Daniel cierto descanso, una leve relajación, al menos ya no está siendo atacado por la retaguardia, su próstata masajeada, y su verga volverá a la flacidez de nuevo. Sin embargo la tregua es solamente por unos segundos.

   Franco tiene ante sí el duro y babeante miembro de Daniel, una pieza rojiza y hermosa, apetitosa, un glande de buen grosor y tamaño y de una longitud de dimensiones únicas, expectante pidiendo placer, el meato urinario al centro de ese grueso glande entreabierto escurriendo de él, algunas gotas de líquido seminal que caen sobre el abdomen del muchacho. Un espectáculo único.

   Sin que Daniel se lo espere, y aprovechando que tiene frente a sí ese jugoso miembro y antes de que la flacidez se apodere de la verga de Daniel, Franco usa su lengua y la pasa por toda la mucosa del glande de la todavía endurecida verga del muchacho. Tratando de que la mucosa del joven experimente la húmeda caricia erótica, y nada como una lengua caliente recorriendo los pliegues para que una verga se ponga a mil.

   -¡NGHhhhhhhhh! -un gemido de rebeldía de deja escuchar de nuevo de parte de Daniel; al sentir la inesperada caricia su miembro responde dando un respingo, deseando ser gozado. Cuánto tiempo hace que una boca experta no le da el tratamiento adecuado, alguna de sus chicas, ha sido mucho; y ahora de repente, de improviso, ocurre en tales circunstancias.

   -Jejejejejeje, le gusta, ¿verdad, Saldívar? –le pregunta burlón mientras ve fijamente como la sangre se agolpa mas en ese miembro.

   El contacto de su lengua con el joven miembro hace que la dureza de este aumente, así como el enrojecimiento es mayor y el meato urinario se abre más, ansioso, arrojando más gotas del delicioso líquido seminal. El forcejeo de Daniel vuelve, trata de echar sus caderas más atrás para evitar que esa lengua siniestra, que torturaba su culo segundos antes, vuelva a estar en contacto con su verga. Sabe que es uno de sus puntos débiles, siempre; desde que empezó con su vida sexual, su miembro ha sido extremadamente sensible a las felaciones, así que si Franco continúa atacándole de esa forma, estará perdido, dominado por su propio placer, por su propio cuerpo. El chico no quiere que eso pase, sin embargo es poco lo que puede hacer, y en todo ese tiempo su boca continúa trabajando el culo de Franco, sin poder respirar libremente no le queda otro remedio, sabiendo que hace lo que este quiere, y que le somete.

   Franco le demuestra, una y otra vez que no le deja vías de salida, no hay forma de escapar, la liberación que Daniel espera esta cada vez más lejos de ocurrir. El hecho de que falten solo unos días para las olimpiadas, le hace imaginar que su liberación está cercana, solo espera que pase y será libre, desde ese momento Franco ya no tendrá con qué chantajearlo; solo unos días más y el tiempo que tarden las olimpiadas y Franco dejara de molestarlo, de humillarlo, de poseerlo. Absorto en esos maravillosos pensamientos, siente como Franco acerca la boca a su verga. El calor del aliento hace que su desesperación aumente; sabe que en cualquier momento el hombre lo hará de nuevo. No puede hacer más físicamente para liberarse, siente el aliento bañándole ya, my lentamente, ignorando que esa espera es parte de su condicionamiento.

   La tortura psicológica es muy explotada por Franco, sabe que Daniel está desesperado por el forcejeo, pero también sabe perfectamente que el chico entiende que nada lo puede liberar. Es lo que quiere, usar su cuerpo pero también conducirlo cada vez más a los límites de la desesperación, de la derrota; como entrenador está capacitado para que psicológicamente pueda sacar de su equipo lo mejor de cada elemento, o lo peor en este caso. Años de entrenar a Daniel en el equipo de natación le han hecho saber qué es lo que siente en esos momentos, cómo reacciona, que le gusta, que le molesta y sobre todo que lo humilla, aun sin que el joven se lo haya hecho saber. De solo observarlo como se comportaba con sus compañeros, con sus novias, con su familia.

   El musculoso cuerpo de Daniel, aparte del forcejeo, empieza a temblar, a experimentar el temor de que Franco se apodere de sus sensaciones. Si el hombre logra que su verga siga así podrá manejarlo fácilmente. En verdad no esperaba que Franco le hiciera sexo oral, pero el hombre se vale de todo para poder mantener dentro de su dominio al musculoso nadador.

   Daniel siente cada vez más cerca la boca de Franco, como si solo bastara que hiciera un leve movimiento de milímetros para que su duro miembro sea capturado por la boca del siniestro entrenador. Un segundo lengüetazo, de mas duración que el anterior, hacen que su pánico aumente, su miembro caliente y tembloroso disfruta pero no su mente. Su musculoso cuerpo no le sirve de nada en esos momentos, el otro lo mantiene sujeto fuertemente y agotado, no dejándolo respirar libremente para mantenerlo débil, sin que pueda recuperar fuerzas. Cada vez que siente como la lengua de Franco entra en contacto con su glande, su lengua trata de liberarse del peludo culo que lo sofoca, sin conseguirlo, pero que el entrenador disfruta, el sentir como esa rebelde lengua trata de dar batalla pero lo que logra es darle más placer.

   -¡Ghghhghg! -los gemidos de Daniel hacen que Franco esboce una sonrisa siniestra mientras vuelve a darle a ese miembro un lengüetazo mas.

   Daniel tiembla sintiéndose enfermo, siente placer, su verga desconoce que es un placer homosexual forzado, solo responde. El chico trata de pensar en otra cosa, algo distinto que haga perder su erección lo más rápido posible mientras su boca sigue esclavizada por ese culo velludo que lo obliga a seguir dándole placer. Pero su batalla, perdida, es lo que el otro desea y disfruta más, es eróticamente placentero ver como por más esfuerzos que hace, por más que sus músculos se hinchen usando toda su fuera para soltarse, no lo logra. Sus piernas perfectamente moldeadas por la natación, su musculoso tórax, cada parte de su perfecto cuerpo están sujeto bajo el pesado cuerpo de Franco.

   El miembro de Franco también esta durísimo por sentir como la lengua de Daniel entra de vez en cuando en su culo, la lengua de un jovencito que se resiste, y es sentir ese poder sobre el otro, el dominio y el control sexual que mantiene sobre el muchacho y que le ha conducido por donde ha querido hacerlo y sin dejarle opciones, le tiene la verga manando un río de líquidos. Ahora tiene frente a sí la tranca del joven, bastante dura, jugosa, sin permitirle que pierda su dureza; después de ver cómo reacciona esa verga a los estímulos y cómo reacciona Daniel cuando esta responde, sabe que va por buen camino, así que acerca sus labios al miembro de nuevo, pero en lugar de usar su lengua recorriendo cada rincón de la roja cabeza, da un beso cálido y suave abarcando todo el diámetro de ese grueso glande, usando su lengua, pasándola repetidas veces por la sensible mucosa, llenándosela con el embriagador sabor del joven. Disfrutando el beso que da al miembro, manteniendo sujeto fuertemente al joven para evitar que pueda mover su cadera hacia atrás y se libere de esa erótica caricia, goza la vida.

   -¡MHM! -gime Franco mientras sus labios y lengua se apoderan de la cabeza de la verga, sin soltarla, ensalivándola abundantemente.

   -¡Ghhhhhhhhahhnnhghghg! -Daniel siente como esos húmedos y suaves labios se pegan en su sensible miembro, como esa lengua remata dándole varios vigorosos masajes a su glande, así que sus bolas arden en respuesta a la caricia, y como Franco lo esperaba por conocerle tan bien, el joven empieza a darle un mejor masaje a su culo, luchando por estabilidad y querer respirar mas.

   Franco mantiene ese “beso” por unos cuantos minutos más, masajeando la verga con su lengua pero después se retira de la enrojecida cabeza, dejándola libre, con ganas de mas, se notaba, mientras el tórax de Daniel lucha por expandirse más y tener respiraciones más profundas, pero el peso del otro y la posición que tienen ambos, le coloca en una situación física y sexualmente desventajosa, ya que le impide liberarse pero le ofrece a Franco sus áreas más sensibles. De todos modos siente que su verga es liberada momentáneamente, por un momento desearía que todo eso terminara de una vez, sin conseguirlo, sin correrse que sería otra derrota sobre su cuerpo; si Franco eyaculara quizá todo eso terminara, pero por lo que se ve el hombre es una “vaca” para la producción de leche.

   -¡Nghhhhhhhh! -un nuevo gemido de sorpresa y rebeldía sale de sus labios enterrados en ese culo velludo al sentir como la boca de Franco se apodera de su miembro, pero no solo en un cálido beso, sino que mete en su boca gran parte de la longitud de su duro miembro, cubriéndolo desesperantemente lento, presionando con sus mejillas, dejando al joven en un estado de placer erótico que le niega los pensamientos.

   La verga del joven atleta se estremece al sentir como encuentra y lo atiende una cavidad humedad cálida, que se ajusta perfectamente a sus dimensiones, Franco dilata la garganta y engulle mas y mas de la rígida carne dura. Ese movimiento de garganta permite la penetración del miembro de Daniel, las bolas del musculoso nadador están ahora chocando con la nariz de Franco, quien resuella pesadamente contra ellas al tiempo que sigue engullendo más y mas, sintiendo como ese miembro se desliza lentamente por su garganta. Y si tener la verga dura, caliente y palpitante de un chico en su boca, llenándola de sabores y sensaciones, el hombre disfruta más de estar conduciendo a Daniel al éxtasis en contra de su voluntad.

   El muchacho se rebela ante la presión que siente su verga en la garganta de Franco, quien al notar su lucha aumenta los masajes usando su lengua que se pega y frota el duro miembro dándole placer, mientras la garganta lo constriñe mas y mas. La sujeción ejercida por la presión de la garganta sobre el largo y grueso miembro de Daniel, es efectiva, ya que masajea eróticamente y estimula la lubricaron, el vil hombre saborea el líquido seminal que mana abundantemente. Después de haber saboreado el culo del musculoso muchacho ahora lo tiene controlado por el miembro, dándole la espalda a Daniel, quien nada puede hacer para impedir dejarse excitar placenteramente por le perfecta técnica del entrenador.

   Franco, experto en esos menesteres de mamar chicos jóvenes, logra que el miembro de del otro engorde mas cada vez, la saliva escurre por las comisuras de su boca, la cual mantiene abierta de forma grotesca introduciendo en ella la dura verga del joven.

   Es grotesco también ver como el perfecto culo de Daniel, con esas dos perfectas nalgas redondas, duras, firmes, grandes y bronceadas, se mueven rítmicamente ante el forcejeo del nadador que sigue sin rendirse ante el feroz ataque sexual del cual es víctima.

   Las bolas de Daniel hierven por la excitación constante y el aumento en las sensaciones, la impresionante mamada que está sufriendo; la lengua de Franco, los labios, la garganta todo se junta para hacer de la verga del deportista su punto débil, su talón de Aquiles. Y durante todo ese tiempo, el muchacho siegue obligado a succionar el culo del entrenador, no sabe cuántos vellos de ese culo se han metido en su boca de tanto que ha estado mamando, succionando sin poder evitarlo.

   Pero lo peor es sentir que está perdiendo la batalla, que está dejándose hacer, casi colaborando. Siente como su miembro se pone de parte de Franco y lo hace entrar en estado de excitación extrema, imponiéndole succionar de ese culo que no quiere, su lengua luchando y metiéndose, sin querer, más y más en el grotesco agujero anal de su dominador, de su dueño, mientras sus bolas se vuelven de fuego por el calor que siente de estar siendo prácticamente absorbido por esa golosa boca del entrenador. Casi tiene que luchar para no guiarla, para no sacarla y metérsela de la boca.

   Lucha por no colaborar abiertamente con su violador… pero su cuerpo no respondía.

CONTINÚA (el relato no es mío)…

Julio César.

NOTA: El relato comienza algo lento, y como no tengo intensiones de apurarme más, quien lo desee puede buscarlo en esta dirección: http://www.todorelatos.com/relato/16991/

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 26

diciembre 1, 2014

… SERVIR                         … 25

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

MACHO

-Dime, muchacho, ¿listo para servirme de rodillas?

……

   Lo tenía totalmente estimulado, bien, se dice Read, admirándose como siempre con lo útil que eran ciertas drogas de transformación. Separa los labios, ver el rojizo y tembloroso capullo ensalivado le encanta, con sus pulgares separa la entrada y ahora sí que pega la boca y le mete la lengua, atravesando su esfínter, aleteando con la punta en su interior. Y Daniel Pierce se siente morir de vergüenza, porque gime de puro deseo; se agita, sus nalgas se abren y cierran, sus mulos se tensas, no sabe de dónde agarrarse para controla la poderosa ola de lujuria y placer que le recorren todo. Siente que su culo está en llamas, unas que lo consumen pero que también le encantan. Esa boca que chupa viciosa le obliga a arquear la espalda; la lengua que le entra y sale del agujero le hace cae sobre el colchón sin fuerzas. La boca se separa lentamente, la barbilla barbuda dejando el rojizo y lampiño agujero, con hilillos espesos de saliva que se dejan ver antes de caer, para volver y repartir besitos ruidosos. Y Daniel cierra los ojos, tiene que hacerlo, para no gemir, para no pedir por más; ¡por Dios, ¿qué era eso?! Necesitaba esa lengua en su culo otra vez.

   -¿Te arde, Tiffany? ¿Tu coño ahora sí que está hecho agua? –le oye, ronco y dominante, mientras le acaricia las nalgas de manera posesiva disfrutando tocar lo que le pertenece, todo ese bonito carajo en tanga, semi desnudo y totalmente caliente.- A todas las nenas les gusta. El hombre que sabe lo que hace tiene que trabajarlos, metiéndoles la lengua para ponerlas ruin, y mientras tanto… -casi suena a una amenaza y Daniel se asusta, ¿qué planeaba?- …También hay que jugar con sus clítoris.

   El mundo se viene abajo para Daniel Pierce cuando grita como una verdadera puta, con la frente fruncida, la boca muy abierta, avergonzado y humillado frente a una buena cantidad de tipos que le gritan vainas, que lo llaman puta, que incluso han sacado sus miembros y se masturban. Perdió todo control cuando el rostro caliente se acercó a sus nalgas, cuando esos labios besaron repetidamente su culo tembloroso, antes de cubrirlo, la lengua larga y caliente penetrándole, una y otra vez, cogiéndole con ella, al tiempo que una mano del oso se mete entre sus piernas y con la punta de los dedos recorre el espacio que va de su culo a sus bolas, acariciando sutil, como en cosquillas, repetidamente. Y ese toque es terriblemente erótico, tanto que el hombre rubio gime y se revuelve en la cama, agitándose todo, como buscando dónde meter tanta excitación, todo su cuerpo es una tensa cuerda que ese sujeto estaba afinando.

   En su mente nublada, torturada, trabajada, esa lengua que entra, que abre su culo, el cual casi lo hace solo para dejarle penetrar, para sentirlo cogerle, se suma al increíble gozo de esos dedos que le acarician allí, nunca imaginó que ese pedazo bajo sus bolas fuera tan sensible; sabiéndose imposiblemente duro dentro de la breve tanga tipo hilo dental, donde su tolete babea y se estremece, se sabe perdido. No lo nota, o no quiere, pero su culo va y viene contra esa cara, buscando esa lengua, pero también contra esos dedos, de donde se frota casi de forma circular. Necesitaba de todo.

   Separando el rostro, enrollando su lengua, Read le apuñala una y otra vez el orificio, mientras atrapa el duro y palpitante falo de su princesa con una mano, sobre el hilo dental, y le da leves frotadas de arriba abajo, muy lentas para torturarle; sabe que su nena está a punto, que quiere correrse, pero no le deja acabar. Lo soba, le excita, pero no lo deja llegar. Y el hombre rubio gime, en voz alta, ronco, desesperado. Y todos le miran, ojos casi saliéndose de sus órbitas. Y ocurre, Read lo esperaba, pero sería una sorpresa para todos los demás, comenzando por Daniel.

   -Por favor… por favor… -gime y echa el culo hacia atrás cuando la lengua casi le llega al estomago por ahí. Read sonríe sigue tocándole, sigue metiéndosela.- ¡Por favor, cógeme! –pide todo tenso, para terminar gritando a todo pulmón.- ¡CÓGEME! ¡CÓGEME, POR FAVOR!

   La risa profunda de Read se deja escuchar, de gozo supremo por quebrantarle la voluntad, por tenerle agitado, caliente, entregado. Los reos que están del otro lado del pasillo, así como los que escuchan atentamente desde las celdas a los lados, lazan risotadas llenas de lujuria. Algo que termina, convirtiéndose en alaridos de quejas, cuando el peligroso delincuente, poniéndose de pie, cierra la cortina. Le gritan de todo y nada es bonito.

   -¡Silencio, convictos! –ruge una voz a lo lejos, luchando contra el coro de quejas e insultos dirigidos a Robert Read por negarles el increíble espectáculo de su “puta” toda caliente y pidiendo güevo.

   A Read no le importa, sonriendo, encontrando su mirada con la de un torturado Daniel, la desvía hacia ese culo alzado, la pantaleta de mujer recuperando su lugar entre la raja parecía no poder evitar la salida de un vaporcillo.

   -Yo… yo… -jadea este, perdido, caliente, con un fuego que lo devora. Y aún así, avergonzado de su proceder. Pero ya no puede controlarse.

   -Tienes el coño tan mojado y caliente, Tiffany… -comenta Read, volviendo tras él, cayendo, Daniel cerrando los ojos con expectativas, casi estremeciéndose y ronroneando cuando las rudas manos vuelven a sus redondas y musculosas nalgas, un pulgar metiéndose dentro de la tela, apartándola de su culo depilado, rojo y tembloroso.- Tu dulce coño está necesitado, urgido de un hombre, quién sabe desde cuándo, y ahora lo sabes. –un dedo vuelve a su agujero, entrando fácilmente porque el esfínter se abre dándole la bienvenida. Y sentirlo adentro hace lloriquear aún más fuerte al hombre rubio, sus nalgas muy rojas de emoción. El dedo entra y sale, masajea, roza y frota; otro lo sigue y le golpean hacia abajo, hacia la raíz de su pene y el joven hombre no puede contenerse. Sus nalgas van y vienen contra ellos.

   -Por favor, por favor… -gimotea, boca abierta, algo ensalivado.

   -Pídemelo otra vez, Tiffany…

   -Dios… -se estremece y baja el rostro, los dedos se retiran, su culo queda abierto, tembloroso y vacio. Y la sensación es tan horrible para el hombre que se apresura a claudicar.- Cógeme, por favor; cógeme ya…

   -¿Quieres mi amor, Tiffany?

   -¡Oh, Dios! –el joven casi llora de frustración, ardiendo totalmente.- Si, cógeme… cógeme… ¡AHHH!

   Robert Read, sonriendo malignamente, se arrodilla detrás, su enorme, gruesa y oscura mole de carne babeante apunta hacia el redondo anillito del rubio. Y se le empuja. Toda de un golpe, sin consideraciones. Se la mete hasta los pelos crespos que se pegan de aquella baja espalda. Fue desconsiderado, cruel, hasta violento, cosa que le gusta, ha roto antes culos, muchos, de chicas y chicos. Sonríe más cuando el rubio se tensa, su espalda se arquea, su cara se eleva, su boca se abre y grita… Es un largo alarido de profundo placer el que escapa de su garganta al sentirse llenado así. El palpitante tolete en sus entrañas le estaba haciendo delirar de gusto. No hubo dolor, ni traumas, lo necesitaba. El tolete se retira halándole el esfínter, y vuelve metiéndoselo todo, y Daniel jadea más, cada pasada, cada roce de la nervuda barra le estaba haciendo delirar. No sabe cómo, pero lo sabe, las paredes de su recto abrazaban y halaban codiciosas la dura pieza. ¿Cómo era posible, Dios mío?, se pregunta, atormentado, caliente, mareado, intentando reaccionar aunque parece muy difícil resistirse a toda esa embriagadora lujuria que lo recorre.

   Por otro lado, Robert Read no le da tiempo, comienza un mete y saca impresionante, su tolete sale hasta la punta y regresa, todo. Los dedos clavados en su cintura están ahí para retenerle, pero también afincándose para poder cogerle con todo, con dureza, con golpes profundos y rudos. Y cada embestida hacía delirar más al rubio, quien babea por la muy abierta boca, sus ojos empañados con el más intenso placer. Todo el cuerpo de Daniel Pierce se sentía alerta, cada terminación nerviosa parecía ser tocada, acariciada, estimulada. Su verga, sus tetillas, su boca, su culo, su piel toda estaba de atoque mientras la gruesa y larga pieza del macho entraba y salía de sus entrañas, dándole ese placer que sabe había echado un tanto de menos en esos días.

   -Oh, Tiffany… tu coño… -le ruge mientras le embiste feamente, su gruesa y rugosa pieza saliendo casi hasta el glande para luego clavarse hacia abajo, golpeándole la próstata de lleno, haciéndole chillar contenido. Sonríe, si, le tiene. Repite una y otra vez el movimiento.

   -¡AHHH! ¡AHHH! Hummm… Ohhh…

   La mente de Daniel Pierce es una sola mancha roja de fiebres. No lo entiende, pero su cuerpo le ha traicionado totalmente; todo él se eriza y desea eso. Esas embestidas duras, a fondo, sin piedad, el glande cayéndole sobre la próstata, lo sabe, le tiene mal. Pero no es sólo eso. El hombre sabía hacerlo, excitar; cuando Read agita sus caderas de lado, circularmente, embistiéndole desde diferentes ángulos, sacándosela y metiéndosela rozando y dilatando a diferente ritmo las paredes de su recto, le provocan muchos de esos gemidos de gusto. Sabe que lo hace, que gime, que su culo aprieta y afloja esa verga enorme que lo llena, que busca a ese macho que estaba haciendo uso de su “coño”, estimulándoselo, llenándoselo todo, sensación tan placentera como tan estimulante que casi le ahoga. No sabe en qué momento apuntala los dedos de su pies sobre el frío suelo, usándolos como apoyo, subiendo y bajando su culo de manera clara y manifiesta, refregándose de manera intensa contra el hombre para incrementar el goce que siente. Su culo, su culo de hombre, buscando el güevo de otro macho.

   Abandonando toda consideración de quién y qué es, un hombre, sabe que necesita eso. Está tan abierto, chilla tan quedo y ronco, su rostro es un poema tal al erotismo, ver sus piernas tensas flexionarse para mover su trasero, son la clara imagen del putito que goza de entregar su culo a los hombres; de aquellos que saben que nacieron para entregarse, para ser llenados con la masculinidad de otros. Parecía un tipo nacido para amar, buscar y satisfacer vergas, lo que estaba bien, pero la verdad es que Daniel Pierce no había nacido así, fue llevado a eso. Él mismo no lo entiende, el por qué lo quiere tanto. El cómo puede ser tan placentero sentir sus entrañas recorría por la dura, rugosa y ardiente barra. Pero lo era.

   -¿Te gusta, Tiffany? ¿Sentirte utilizada por mí te satisface como nunca antes otra cosa lo ha hecho en tu vida? –le pregunta, una gruesa mano cayendo en el cuello del rubio, sobre el sedoso cabello. Esperando.- ¿Te gusta? –pregunta otra vez, amenazante, retirándosela del agujero. La rojiza y amoratada verga queda a centímetros de ese culo que titila salvajemente.

   -¡Ahhh…! -es un choque mental poderoso y devastador. Daniel, despojado de la dura pieza masculina, lo resiente; lo horrible que es sentirse de pronto, de esa manera, sin aquel güevo en sus entrañas cuando literalmente arde en su lujuria.- ¡Oh, Dios! -gime temblando, quemándose, casi sintiendo calambres dolorosos en sus entrañas, y se agita cuando la punta lisa vuelve a su entrada. Sin penetrar.

   -¿La quieres, Tiffany?

   -Oh, sí, cógeme, por favor. –le lloriquea y pide mirándole sobre un hombro, las risitas y los jadeos fuera de la celda se dejan escuchar.- Por favor… por favor… -se está muriendo de excitación frustrada y era una sensación totalmente horrible.

   -Tómala. –le ordena, mirándole sonreído, gozando ver su sonrojo de vergüenza, pero también la decisión brillando en sus hermosos ojos claros.

   No quiere pensar, se dice, echando su culo abierto entre sus nalgas redondas y musculosas, con el hilo de la pantaleta apartada por un dedo de Read, y lo pega de la cabeza del miembro. Casi gime pero se muerde los labios para no gritar de anticipación y excitación. El simple roce hace que su agujero titile salvajemente; lo cubre, el glande, sólo ese pedazo y tiene que abrir la boca buscando aire. Va clavándosela, centímetro a centímetro, sintiendo la rugosa pieza frotarle y llenarle otra vez. Se la mete toda y tiene que arquear la espalda de manera violenta, como buscando un lugar donde meter tantas sensaciones.

   -¿Te gusta? –Read se le tiende encima, casi aplastándole contra el camastro, sus rostros muy cercanos.

   -Si. -admite casi en trance, sus labios mojados de baba, de gusto.

   -¿Mucho Tiffany? ¿Te gusta ser mi hembra? –la pregunta es clave, es de control. Y ambos lo saben.

   -Si… -es la desfallecida respuesta, porque Daniel Pierce sabe lo que ocurriría con otra, o no sabe si es porque lo acepta o no.

   Ese rostro se acerca más y mandándolo todo al coño, el rubio cubre la distancia y le besa. Los dos hombres se encuentran allí, uno con su güevo muy metido en las entrañas del otro, sus lenguas chasqueando mientras luchan, se atan, se cubren con labios y chupan. Y es justo cuando lo tiene así, la boca cubierta, que Read echa atrás su culo peludo y vuelve a cogerle, gozando y tragándose el gemido de gusto del rubio. Lo coge, lo besa y mueve sus manos recorriéndole el torso, sus dedos cruzan sobre los pezones erectos y traga otro gemido agónico del joven, sabiendo que estaba experimentando una increíble manipulación. Pero es poco a lo que gime y se estremece Daniel cuando los gruesos índices y pulgares del oso sobre su espalda atrapan sus pezones, pellizcándolos y frotándolos suavemente, como se hace con los pezones de las mujeres, incrementando poco a poco la fuerza del agarre. Eso provoca casi un corto circuito en la mente del rubio, que se agita bajo su peso, recibiendo una y otra vez esas embestidas en su culo y su lengua atrapada por aquellos dientes que se la rastrillaban.

   Pero Read es bueno en lo que hace y le quiere delirando. Lo coge con más fuerza, su verga enorme metiéndose y saliendo de su redondo culo sin parar, casi metiéndolo todo, las bolas dándole duro, mientras le come la lengua, chasqueando baboso y algo repulsivamente, pero que a Daniel no podía importarle menos ahora mientras sentía su saliva y aliento ser tragados. Y mientras eso ocurre, una de las manos sigue frotando sus tetillas, la otra baja, acariciando, erizando más, cayendo sobre la pantaletica, y los dedos frotan sobre la suave tela la silueta erecta de la verga del rubio, y las sensaciones se multiplica en este. Daniel gime, se estremece, grita, casi teme morir de puro placer, totalmente entregado al hombre grande y fuerte que le controla. Cree que nada más puede incrementar esa calentura… y chilla dentro de la boca del oso cuando la mano de este entra en la pantaleta, muy abajo, atrapándole las bolas, sobándoselas, para luego empuñar su tolete y frotar de arriba abajo cinco veces. Sólo cinco veces de ese agarre firme y duro bastan para que el rubio estalle en un terriblemente poderoso orgasmo. Read abandona su boca, bombeándole el culo, todavía acariciándole, mientras Daniel flota en el placer más intenso.

   -¡AHHH! –era el agónico grito casi desfalleciente. Siente como la gruesa verga abandona su culo y se sentía extraño, vacio, pero el temblor que todavía le recorría lo compensaba. En su mente confusa penetra la idea de lo increíblemente electrizante que fue la corrida. Todo él se volcó en satisfacción sexual.

   -¡Puta! –oye la voz gruñona y siente el feo manotazo sobre un glúteo, que le hizo gemir y que cubrió con la pantaletica la raja de su culo rojo e hinchado, todavía tembloso.- No debes alcanzar tus orgasmos sin que yo te lo permita. ¡Ven acá!

   Rudo, le hala por el cuello, obligándole a caer de rodillas, sus nalgas abiertas, y le empuja la titánica verga por la boca… después de sacársela del culo. Y le ahoga con ella, se la lleva a la garganta, y sofocado contra sus pelos púbicos, luchando por respirar, el rubio la trabaja con todo. Atrapándole la nuca con las dos manos, Read le coge la boca una y otra vez, se la mete y se la saca, gozando de sus labios, mejillas y lengua, mientras le ruge, gozando y caliente, un “nunca debes hacerlo otra vez”, que no debe correrse nunca a menos que se lo ordene. Y la voz, el trato al que es sometido, el abuso de fuerza de ese hombre, marean a Daniel… y le gusta, por horrible que le parezca.

   Read no se detiene hasta que se corre, entre temblores, dejándole en la garganta el primer disparo, retirándola un poco y cubriéndole la lengua con la caliente leche del segundo disparo, finalmente sacándosela, y medio masturbándose, le baña el bonito rostro con su semen viscoso, muy blanco y oloroso… mientras el rubio, tal vez sin saberlo, tiene la boca totalmente abierta.

   -Ahhh, buena cogida, ¿no, Tiffany? –gruñe dándole la espalda, meando y bañándolo todo de orina.- Limpia mañana esto o los vigilantes dirán algo. –se medio lava. Cuando Daniel, jadeando, se pone de pie, totalmente bañado de esperma por todos lados, excepto su “coño”, va al lavabo, le detiene.- No, dormirás así. Es tu recompensa.

   Y sin más, el oso va a la cama baja, mirándole, abriendo los brazos. Temblando, Daniel va y sube, cayendo de panza sobre él, rodando hacia un costado, quedando entre la pared y el oso.

   -Lo has hecho bien, Tiffany. Buscarme… desear tener mi verga en tu boca… tu coño ardiendo por su hombre… -le recuerda, lenta y deliberadamente, disfrutando sus estremecimiento cuando cae en cuenta que realmente lo hizo.- Me siento bueno, anda, pídeme algo… -y el momento es importante, tanto que Daniel traga en seco.

   -Yo… yo quiero ver a mi esposa. –grazna muy quedo y humilde contra su velludo pecho, la cara todavía enlechada, la mano del oso recorriéndole acariciantemente las nalgas.

   -Está bien. –concede y Daniel se estremece, de sorpresa, de dicha, de miedo. Vería a su mujer.- ¿No me lo agradeces, Tiffany?

   -Gracias, señor. –grazna quedamente.

……

   Nadie sospecha siquiera que todo está por precipitarse. Era necesario, se dice la única persona en toda la Creación que sí está al tanto, el peligroso oso que dormita ya sobre un pequeño camastro, sonreído y satisfecho, casi arropado con su princesa. Cruel y diabólico, se siente frenético sabiendo que puede cristalizar exitosamente la idea que tuvo una vez al regresar de los tribunales y escuchar la reconfirmación de su sentencia de muerte. Medio bizquea y mira dormir a su nena, boca abierta, bañándole el torso con su aliento, olorosa a semen. Cómo debe estar siempre toda hembra. Su mano grande, callosa, velludos los nudillos, entra en la pantaletica, el hilo dental, recorriendo las firmes nalgas del rubio. Se sentía tan bien tenerle así, esa belleza era suya. Ese carajo era suyo. Era lamentable lo que tendría que hacerle, le había llegado a tener afecto y le excitaba increíblemente. Pero debía comenzar la parte final de sus planes, unos donde su abogado, Lomis, el pequeño puto de Nolan y Tiffany tendrían que jugar sus cartas.

   Cuando todo se le ocurrió creyó, él mismo, que era una locura. Pero no tenía nada que perder. Iba a morir ejecutado. Ahora…

   Tendría que encargarse, de una buena vez, de Nolan Curtis. Debía entregárselo atado de pies y manos a Lomis, para que ese degenerado hiciera con el chico lo que quisiera. Y atar sus vidas, sus destinos, a un plan superior. Cierra los ojos y toma aire, satisfecho. No importaba qué ocurriera en la entrevista de Tiffany con su mujer. Eso no cambiaría nada. Los hilos tendidos rendirían sus frutos mucho antes de que algo variara. Luego llegaría la venganza.

   Nolan… el chico terminaría siendo un perro sumiso.

……

   Hace frío, piensa Jeffrey Spencer mientras el auto del detective Selby cruza unas calles de suburbios. Nada de casas clásicas, hermosas o costosas, pero si de buen mirar. Se detienen frente a una vivienda de dos plantas, angosta y no muy alta, exactamente igual a todas en esa calle donde ocupa el quinto lugar desde la entrada norte. Ambos hombres miran desde el asiento delantero, Jeffrey teniendo que mirar prácticamente sobre el otro.

   -Es aquí. –informa el policía, pero el lugar se veía tan conservador, tan normal la puerta azul, las ventanas con sus cortinas corridas, las dos macetas frente el diminuto porche, que cuesta imaginar a alguien relacionado con el Matadero habitando allí.

   -¿Seguro?

   -Eso dice Seth.

   -¿Es confiable? –por alguna razón le había disgustado el soplón. Verle sonreír distraídamente, no mejora la cosa.

   -Oh, sí, es muy confiable. Para todo.

   -¿Tiene algo con él? –se le escapa, de manera algo seca. El otro se vuelve, sereno.

   -Me la chupa. Y eso me gusta. Y su culo es de seda, se lo puede coger toda una cuadrilla de trabajadores del aseo municipal y todavía aprieta… ¿celoso, abogado? –le mira retador.

   -¡¿Qué?!

   -No tiene por qué sentir celos. Soy generoso… -se pregunta hasta dónde puede llegar con ese abogado antes de que estalle de furia, aún así se agarra el tolete cuya silueta siempre, por alguna razón que Jeffrey no entiende, parece destacarse bajo su pantalón.- Si alguien quiere comérmela, llenarse la boca con ella, le dejo. ¿Qué hombre no quiere que se la mamen hasta los pelos y ver que otro u otra se traga hasta la última gota de su esperma, ronroneando como gatito mientras lo saborea y disfruta? Si alguien está interesado… -se lo aprieta otra vez, más visible, tomando forma.- …Le dejo hacerlo. ¿Qué dice?

CONTINUARÁ…

Julio César.

SER O NO SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 23

noviembre 27, 2014

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…                         … 22

   La siguiente es una historia que NO ES MÍA. Pertenece totalmente al señor capricornio1967. Tan sólo la reproduzco, tal vez cambiando una que otra coma, aunque la historia ya está por ahí, completa. Es un relato maldito en toda la regla, un hombre maduro decide tomar, controlar y dominar a su joven pupilo, transformándole en algo que no quiere, ni soñaba, aunque se resiste. Lo repito, es un cuento muy maldito. Disfrútenlo:

……

EL DILEMA

Autor: capricornio1967

Capítulo VI “CASTIGO”

SEXY SPEEDOS BOY

   -No se lo cuentes a nadie y haré lo que quieras conmigo…

……

   -No podrá aguantar más tiempo, Saldívar. Tragará. -le dice sin dejar de mirarle a los ojos. Sabiendo que la falta de aire vence cualquier resistencia, acaba con cualquier rebeldía. La sonrisa cínica se dibuja en su rostro.- Tragará.

   -¡Ghmghmg! -Daniel sabe que Franco, como siempre, tiene la razón, que tiene todos los ases bajo la manga y las oportunidades de ganarle por el momento son nulas, la desventaja es evidente y el tiempo no perdona. Está ahogándose y la agonía que ello produce es terrible.- Mghm… -los últimos gemidos de rebeldía se deja oír antes de que sienta la imperiosa necesidad de respirar. Sin dejar de mirar a Franco, multiplicando por mil su humillación, no le queda más opción que tragar el semen, pasarlo haciéndolo lo más rápidamente posible y bajando la mirada en señal de sumisión y derrota.

   -Todo, Saldívar, hasta la última gota.

   Aun viendo que Daniel ha cumplido, Franco no lo libera para que pueda respirar; temiendo que sea solo un truco, deja pasar unos segundo mas, que para Daniel parecen eternos, la mirada vuelve a nublársele, mientras el otro disfruta de ver cómo ha reducido a ese musculoso y joven macho a un perfecto juguete sexual. Solo libera la nariz cuando siente que el musculoso cuerpo se afloja por la falta de aire.

   -¡Ahhhhhhhhh! -una inspiración profunda por parte de Daniel, es seguida de tomas más superficiales y más frecuentes para tratar de reponer el oxígeno perdido.

   -Jejejejeje, así, Saldívar, repóngase, termine de pasar el sabor de mi semen en su boca. Y ahora, ¿me va a decir que sigue siendo hombre?, jejejejejejeje… – le dice sarcásticamente viéndolo mientras se repone de la asfixia.

   La rabia se apodera de Daniel por la burla a su “hombría”, y se lanza contra Franco sin lograr hacerle nada, el hombre estaba preparado para eso.

   -Jejejeje, quieto, Saldívar. -Franco detiene el ataque y aprovechando el impulso carga a Daniel en uno de sus hombros.- Aun no terminamos, no se desespere, jejejeje… -camina con el musculoso nadador en hombros mientras aprovecha para tocarle las duras y grandes nalgas.

   -Suélteme, bájeme. -se revuelve sin éxito, sus brazos siguen aun entumecidos, ignorando que ese roce excita aún más a su torturador.

   -No, quiero más.

   Sin detenerse y sin dejar de manosearle las nalgas, Franco lo lleva hasta la recamara, haciendo caso omiso del forcejeo del joven. Entra en la alcoba y avienta sobre la cama el costal de músculos que lleva al hombro.

   -Aun no termino con usted, Saldívar, jejejejeje…

   El joven cuerpo cae pesadamente en la cama y antes que se pueda levantarse, Franco lo empuja del pecho manteniéndole acostado. La cara de Daniel queda al borde de la cama mientras el entrenador se siente sobre su musculoso pecho, que se expande con lo agitado de la respiración. El miembro del hombre queda justo frente a su cara y este teme que Franco pretenda que le vuelva a realizar sexo oral. El peso del otro sobre su pecho es enorme y le impide levantarse, sus brazos aun atados a su espalda lo dificultan más.

   -Le dije que aun no termino con usted, Saldívar. –le repite mientras Daniel trata de alejar aún la cara de esa verga.- Todavía no estoy satisfecho, Saldívar, ¿sabe lo que le falta?

   Daniel voltea a ver al oso macho que permanece sentado en su pecho.

   -No, señor…

   -Quiero saborear su culo, Saldívar; deje de poner esa cara, o esta vez no habrá otra oportunidad. USTED, aceptó obedecer en todo. ¿Cierto?

   Daniel siente como sus propias palabras, aceptando someterse, se repiten una y otra vez en su cerebro. Esta atrapado en toda esa pesadilla; debe ser el juguete sexual de Franco. Aunque no por aceptarlo signifique que le resulte fácil.

   -Si, señor. -responde aun con furia.

   -Bien, Saldívar, voy a liberarle los brazos. -se levanta de su pecho, le da media vuelta sobre la cama y le desata los brazos.

   Daniel los mueve, los siente adormecidos por la falta de circulación; solo un segundo después, Franco vuelve a la carga.

   -Quédese acostado así, boca arriba, Saldívar. -le ordena y Daniel lo hace, ¿ya qué más le puede suceder?, el recordar cómo tragó su semen le sigue causando asco.

   Franco, totalmente desnudo, sube a la cama sentándose sobre el pecho de Daniel, pero esta vez dándole la espalda a la cara del musculoso nadador que tiene ahora frente a él las grandes y peludas nalgas del entrenador, así como la espalda también bastante velluda.

   -No se mueva, Saldívar. Solo déjese guiar. -Franco tiene las piernas flexionadas, como si estuviera arrodillado, y aprovecha para pasar sus piernas sobre los musculosos y recién liberados brazos de Daniel, así los mantendrá inmóviles sin necesidad de mantenerlos atados. El joven queda con los brazos extendidos a los lados, formando un ángulo de 90 grado con cada uno de ellos en relación con su cuerpo, y sobre los bíceps tiene parte de las piernas y los pies del velludos del entrenador, el peso del agarre es suficiente para mantenerle inmóviles los brazos.- Ahora quiero saborear su culo, Saldívar, estoy ansioso.

   Al menos eso ya lo ha hecho anteriormente, piensa Daniel, preguntándose cómo podía gustarle hacerlo, pasar su lengua sobre…

   Franco le levanta las piernas hacia delante, para acercar el culo del atlético nadador a su boca, arqueándole el cuerpo, tal parece que le estuviera haciendo una llave de lucha libre. El cuerpo del joven forma una media circunferencia grotesca, elevado así el culo se acerca a la boca del hombre sin tener que dejar su asiento sobre el pecho del atleta, casi a la altura de la clavícula, y con sus gruesas piernas flexionadas sobre sus brazos logra la perfecta inmovilidad del otro.

   -Hmhm… -se relame grotesco, el lampiño culo de Daniel queda ahora justo frente a su boca y donde mete su cara barbuda, entre las perfectas nalgas del inmovilizado joven, y con su lengua empieza a saborear los pliegues anales del joven deportista.

   Daniel siente que su columna está siendo forzada al máximo, además de eso, el peso de Franco sobre su pecho también es excesivo, sus piernas sujetas por los brazos del otro, sus manos inmovilizadas por las piernas de este, le tienen indefenso, dejando a su suerte su culo, que experimenta una vez más las sensaciones de que una larga y áspera lengua lo recorra y humedezca.

   -Mghj… -Daniel gime por todo lo molesto del momento, el sentir que la lengua de Franco presiona su culo para introducirse en él, el sentir los vellos de la barba de Franco entre sus nalgas que raspan, la incómoda posición y la situación además de estar viendo solo las nalgas del otro ya que el entrenador permanece sentado sobre él.

   -Jejejejejeje… -Franco separa un poco su lengua de ese culo joven y delicioso.- ¿Le gusta? Pues, aun no es todo, Saldívar. -le informa con una sonrisa. Sin dejar de apoyar las espinillas de sus piernas en los bíceps del joven para mantenerle inmóvil los brazos, levanta su trasero para quedar hincado, sin soltar las piernas del chico, manteniéndolo en la misma posición.

   -¡Aha! -Daniel respira libremente sin el enorme peso que oprimía su pecho, aunque como su cuerpo está prácticamente doblado, no es tan cómodo.

   -Hoy aprenderá algo más, Saldívar. -le dice con una sonrisa cínica sin verlo a la cara ya que está dándole la espalda, más bien viéndole directamente el depilado culo del clavadista, quien sigue respirando libremente para reponerse.- Jejejejejeje, disfrútelo, Saldívar, después me lo agradecerá, jejejejejeje. –caza el momento justo para su movida, el más inesperado para el joven, lo mismo que cuando le metió la verga hasta el fondo de su garganta. Era ahora, así que flexiona sus rodillas para sentarse de nuevo sobre Daniel solo que en esta ocasión dirige sus nalgas hacia la cara del musculoso y joven macho inmovilizado.

   Daniel esperaba que Franco se sentara de nuevo en su pecho, pero de pronto ve venir hacia sí ese par de nalgas peludas, enormes, que en un movimiento preciso y rápido caen sobre su varonil rostro sin darle tiempo a hacer algo, ni siquiera girar la cara. Su nariz se mete entre esas nalgas y el peludo culo del entrenador queda justo sobre la boca del nadador. Solo queda exhalar un grito de pánico, terror, asco y desesperación.

   -¡NOOOOOOOGhhhhhhhh! -el alarido de desesperación es ahogado por el espeso vello que cubre el culo de Franco que se posa sobre la varonil boca del joven.

   -Jejejejejeje, le advertí, Saldívar, que hoy aprendería más cosas, jejejejejeje. –le recuerda burlón

   Daniel trata de liberar sus brazos pero todo el peso de Franco esta ahora concentrado en sus piernas, de las rodillas a los tobillos, y debajo de cada una de esas piernas están sobre los bíceps del muchacho, que tampoco están en muy buenas condiciones por lo pronto; el joven atleta hace esfuerzos por liberarse pero Franco aumente la presión en ellos; fuera de eso, las musculosas piernas del joven nadador se mueven como forcejando con los brazos de Franco que las mantiene sujetas, y parece una parodia de pedaleo en bicicleta.

   -¡Gmhm! -los gemidos de Daniel son ahogados por el culo de Franco.

   -Jejejejeje, no se podrá liberar, Saldívar, mejor empiece a disfrutar de mi culo, jejejejejeje, así como yo disfruto el suyo, “hombrecito”. -después de decir esto vuelve a meter su cara entre las nalgas de Daniel, su lengua enrollada azotándole el ojete tierno y lampiño, pegando los gruesos labios y chupando; mientras el joven que sigue en un intenso forcejeo de piernas y brazos tratando de liberarse, sin lograrlo, siente además como esa lengua caliente traspasa su culo, de nuevo, al tiempo que el culo del otro espera ser saboreado por él.

   -¡HGHgh!

   -Hmhmhmhm… Qué delicia…

   Mientras Daniel gime de impotencia y rabia, Franco lo hace de dominio, satisfacción y placer.

……

Capítulo VII “EXTRAÑOS SABORES”

   Daniel sin poder evitarlo ve venir sobre su rostro, justo sobre su boca, ese culo de espeso vello oscuro que cubre perfectamente el ano de Franco. Los movimientos de Franco al sentarse sobre el rostro de Daniel al que mantiene sujeto apoyando sus piernas sobre los fuertes brazos del aterrado nadador y sujetándole con sus brazos las fuertes piernas de musculoso deportista, inmovilizándolo, le han dejado a su merced. Nunca antes imaginó el joven que sentiría tanto pánico y terror de lo que le pasaría. Es como sentir que esa inmensa mole de redondeles, peluda y enorme, fuera a aplastarle la cabeza. Usando sus tobillos, el entrenador evita que pueda voltear la cara para eludir el anal y velludo encuentro.

   Las nalgas de Franco se entreabren lentamente a medida que el culo se acerca a la cara de Daniel, quien abre los ojos desorbitadamente. Ni el haber sido obligado a mamarle la verga apenas hace unos minutos fue tan desagradable como lo que le espera; la situación de indefensión y los gritos de rebeldía y asco, de heterosexualidad altiva que intenta mantenerse como tal, que Daniel lanza son placenteros para Franco; el sentir como entre sus brazos y piernas de debate un virilidad musculosa que se rebela y lucha, sin poder lograr nada, es tan eróticamente placentero que su verga, como firme mástil permanece de esa manera, pero goteante de ganas, mientras tortura a Daniel haciendo lenta la agonía sexual y vergonzosa de no dejarse caer de golpe sino de paulatinamente acercar su culo a la boca del joven.

   -¡NOOOOOOOGhhhhhhhh! -el grito de desesperación de Daniel es ahogado por el espeso vello que cubre el culo de Franco que se posa sobre la varonil boca del joven.

   -Jejejejejeje, le advertí, Saldívar, que hoy aprendería más cosas. -repite burlón

   Las fuertes nalgas de Franco están siendo abiertas por la cara de Daniel, quien cierra los ojos para no seguir viendo ese anal espectáculo, sin embargo el sentir como los vellos del culo y nalgas de su entrenador están cada vez más cerca, tocando ya sus labios, hasta puede captar el olor del hombre; las bolas del otro también hacen su trabajo, unas bolas grandes escondidas prácticamente en esa espesa mata de vello púbicamente rizado que las protege no del todo, así que esas bolas caen libremente sobre su mentón, siente el calor de esas gónadas sexuales que son una maquinaria interminable de producción Láctea, de leche viril.

   Los segundo que pasan entre el contacto de las nalgas de Franco con el rostro de Daniel, de sus labios con los pliegues anales del hombre, le parecen eternos. Sus músculos se hinchan una y otra vez, pero Franco, por la posición que tiene y su peso corporal de carne magra, puede fácilmente sujetarle; y cómo disfruta en entrenador de ese forcejeo, cómo disfruta Franco su victoria, el dominio, la humillación, el imponerse y salir sexualmente victorioso contra un joven macho como Daniel; el disfrutar su puesto para poder mantener chantajeado al joven atleta, el saber manejar perfectamente bien sus cartas para abastecerse de alimentos sexual, de primera, como el culo, boca y cuerpo de Daniel. El mejor elemento del equipo de natación es ahora el mejor elemento de su equipo sexual, el esclavo perfecto que Franco entrena y mantiene bajo sus órdenes sin permitirle que se libere. Pero tampoco sometiéndole al cien por ciento, es mas erótico para Franco la tortura psicología y sexual, más que el dominio total, el poder, la victoria el erguirse como el macho “jefe”, el que determina la vida de los machos jóvenes quienes los considera como de su propiedad y los usa a su antojo. Disfruta saber que el otro todavía resiste pero que es derrotado sexualmente una y otra vez.

   -¡MHGGM! -un gemido de asco y repulsión en Daniel al sentir como sus labios tocan el vello que esta alrededor del culo de Franco, es lo único que puede hacer; es inútil la lucha, la pelea, la resistencia. Sus labios saborean el extraño sabor de esos peludos pliegues anales del entrenador que lo somete y doblega de manera eficiente sin permitirle que se libere, que se oponga.- ¡Nghgggg! -trata de abrir la boca para gritar, para rebelarse, pero es inútil, lo único que consigue es que ese culo se apodere de su boca en un perfecto acoplamiento de labios y pliegues anales.- ¡GHHHHHHHHHHH! -es un nuevo gemido de rebelión destinado también al fracaso.

   -Así, Saldívar, así; use su lengua de esa manera, Saldívar. Jejejejejejeje. -la risa y satisfacción de Franco al sentir como los labios de Daniel tocan su culo, no tienen comparación; sabe que mientras más se resista, mas trate de hablar, más se lo estará estimulando; es como si le dirá un leve masaje a su culo, y eso hace que lo disfrute mas. Sin embargo no es suficiente.

   Sabiendo que Daniel no le comerá el culo de buena manera, tendrá que forzarlo, pero sabe cómo hacerlo. Tiene frente a sí el culo de muchacho, uno que se niega a ser abierto y penetrado fácilmente, permaneciendo deliciosamente hermético y firme, por lo que hunde su cara en ese par de globos de dura carne y su lengua se apodera del rosado y perfecto culo del atleta, estimulándolo de nuevo a que sienta, a que abra la boca.

   -¡Ghghhgh! -el sentir como la cara de Franco se hunde entre sus nalgas y como la lengua de este, larga y áspera, se interna entre su esfínter, metiéndose en su culo, ¡puede sentirla adentro!, le obliga a resistir, a defenderse, a que trate de gritar, pero con un trasero peludo pegado a su boca lo único que consigue es lamer ese enorme culo que lo sofoca.

   Fuera de eso, es que Daniel la siente, en verdad, el como la lengua de Franco se interna velozmente entre sus entrañas. La siente deslizarse, recorrer su camino sensible. La práctica del entrenador en la exploración anal es de doctorado, por lo acertada y eficaz que es. Fácilmente su lengua ubica la próstata de Daniel dándole leve masaje con ella, que le sirve como un órgano sexual más.

   -Mhmh… -no tardan en oírse los gemidos placentero de Franco mientras su lengua entra y explora la cálida cavidad anal de Daniel, colocando al chico en desventaja, torturándolo más, humillándolo más; los forcejeos del joven se vuelven más intensos, pero el hombre está preparado para todo eso, sabe que la desesperación de Daniel permanecerá, pero su dominio físico sobre el joven nadador, también.

   -¡NGHHGGGGG! -los gemido de Daniel son intensos, de rabia, de furia de odio hacia su entrenador cada vez que siente su culo siendo abierto por esa experta lengua.

   Cuando siente que su próstata es tocada por la punta de ese apéndice sus gemidos de impotencia se incrementan, sus músculos se tensan y se hinchan dando batalla, tratando de liberarse, de no permitir que su hombría sea denigrada más de lo que ha sido, de dejarle bien claro a Franco que podrá poseerlo sexualmente, quebrantarlo físicamente, pero que no doblegara su virilidad, su hombría, aunque el entrenador esté empeñado en hacerlo. El reto de tener a Daniel bajo una fina y erótica tortura sexual, en donde la humillación, vergüenza y dolor estén como base de sus técnicas, es lo que a Franco da más placer.

   Cada vez que Franco siente que Daniel aumenta la lucha por liberarse, oponiéndose a su destino, embiste más fuertemente el delicioso culo del joven, los labios rodeando la entrada, la lengua reptándole entrañas adentro, arremete con fuertes penetraciones y masajes sobre la sensible próstata del deportista para crearle cierto condicionamiento. A mas forcejeo, mas tortura; a mas desesperación de Daniel, más empeño por no sentir, la próstata es una de las zonas erógenas más sensibles y en Daniel no es la excepción, el trabajo del hombre convierte su próstata en su peor enemiga ante la desventajosa lucha que libra con ese enorme oso macho, que disfruta tomando posesión de una víctima más, marcando su territorio sexual y físico. Se la saca y todo queda quieto por un segundo.

   -¿Lo siente, Saldívar, cómo va aflojándose y excitándose? –le pregunta, para dañarle. Cuando siente que el muchacho va a replicar una negativa, contra su culo peludo, vuelve al ataque; la larga y raposa lengua abriéndose camino en sus tiernas y sensibles entrañas… unas que sabe cómo trabajar para transformarle en lo que quiere: un esclavo sexual total y para siempre.

CONTINÚA (el relato no es mío) … 24

Julio César.

NOTA: El relato comienza algo lento, y como no tengo intensiones de apurarme más, quien lo desee puede buscarlo en esta dirección: http://www.todorelatos.com/relato/16991/

ADICTO A LA LECHE FRESCA… 11

noviembre 25, 2014

ADICTO A LA LECHE FRESCA                         … 10

   La presente es otra historia “maldita”, aunque no tanto. Un chico descubre, porque le llevan a eso, que le gusta mucho el sabor del semen. La historia NO ES MÍA, que no se moleste el autor si llega a saber que la estoy reproduciendo aquí.

……

Swallows milk

by Lexicode

UN CHICO CON SEMEN EN LA CARA

   Sus sueños húmedos… y pegajosos.

……

   Baja un poco el bóxer, exponiendo la pieza visible a pesar de las penumbras, la levanta, la recorre con su puño, una y otra vez, caliente y dura, pulsante contra su palma, poderosa pero agradeciendo la atención, tan sólo para disfrutar los gruñidos bajos del señor Milo. Cerrando los ojos con adoración lleva su rostro a la pieza que le quema antes de tocarla, y su lengua la recorre, lentamente, saboreándola, llenándose cada papila gustativa con su esencia, dejando una hilera de saliva de la base, casi entre las bolas, a la punta, siguiendo el camino de la gran vena que parece atravesada de fuego. La punta de su lengua recorre el ojete, así como cada rugosidad, la cabecita toda, y tiene que tragarla. No se sabe quien jadea más, ahogado, cuando los jóvenes labios cubren el glande que desaparece. Cerrando otra vez los ojos, un alerta suena en la cabeza de Alex, oye claramente una lejana tos que proviene del cuarto de sus padres. Los conoce, también sus sonidos, pero no puede detenerse. No ahora.

   Con el glande sobre su lengua, pulsando, manando su calor y un juguito salino, Alex está totalmente perdido. Ahueca sus labios y va cubriéndola, lentamente cada pedazo de la verga rugosa y nervuda, surcada de azulados y rojizos vasos, desaparece dentro de su boca. Las mejillas la rodean, la lengua se le pega, caliente, a la cara inferior, y traga más, casi la mitad, y succiona ruidosa y hambrientamente. Sus sonidos llenan el cuarto y es imposible determinar quién de los dos se agita más. Con los ojos cerrados lo siente, saborea cada pulsada, chupa un poco más y es recompensado por jugos totalmente deliciosos y calorones. Baja otro poco sobre la pieza, tragándola casi toda en una escena que enloquecería a quien entrara y encendiera la luz (como a su padre, por ejemplo), el apuesto chico en bóxer, su tolete totalmente duro y babeante, con las mejillas enrojecidas al tener el güevo de un hombre adulto y grande en su garganta, con la cual continúa mamándosela.

   Sube lentamente, sorbiendo más, y baja otra vez. Va y viene, agitando la dura carne, halándola y chupándola con sus mejillas, cada centímetro de su boca trabajándola, estimulándola, haciéndola gozar como lo hace siempre una boca sobre ella, cosa que explica totalmente por qué a los hombres les gustan las mamadas. Recibirlas, y en el caso de Alex, darlas. Gruñe y babea mientras sube y baja, sorbiéndola toda, consciente de que en ningún otro momento es tan feliz como cuando mama un güevo, dejándolo brillante de saliva espesa y jugos, maravillándose oyéndole gruñir, sintiéndole estremecerse. Esas caderas se agitan ahora, van y vienen, cogiéndole la boca, y al muchacho casi se le sale la leche de puro gusto. Mete la mano y le atrapa las bolas, mientras la deja fuera de su boca, chocando, caliente, contra sus labios, lamiéndola otra vez, estimulándola, sabiendo ya por experiencia que los hombres aman que les hagan eso, que se enrolle la lengua y se les azote levemente con ella, especialmente sobre el glande, que se pegue los labios del ojete y se chupe de él, que se intente meter la lengua por allí.

   La traga otra vez, gruñendo de gusto hace rato, siendo acompañado por el bello durmiente que también jadea de puro cachondeo, aún en brazos de Morfeo, aunque ya no tanto. Siente sus manos grandes y masculinas atraparle la nuca, los dedos entre sus cabellos, reteniéndole en su lugar mientras le embiste la boca, obviamente disfrutando como nada en el mundo el poder hacer aquello, el tener para sí la dulce boca de ese muchacho ávido de las vergas, que ama chuparlas y que ama aún más el sabor del semen caliente sobre su lengua. El tolete entra, choca de sus mejillas, baja por su garganta y ese hombre lo siente.

   -¿Qué coño…? –se oye de pronto el brusco gruñido y el joven abre mucho los ojos, totalmente impactado cuando una mano se mueve a tientas y de una lámpara parte un chorro de luz que le baña.- ¡¿Alex?!

   ¡¡¡Oh, por Dios!!!, grita su mente, dejando salir la verga de su boca y volviéndose hacia la voz.

   -¡¿Papa?! –grazna, cara roja, mentón bañado de saliva, la mano sobre el tolete.

   ¡¡¡Se la había estado mamando a su papá!!!

   Por un segundo toda la fuerza de lo ocurrido, todas las implicaciones, les deja estupefactos. Padre e hijo se miran, Alex a un lado de la cama, inclinado todavía, Alan, su padre, apoyándose en los codos sobre el colchón.

   -¿Qué hacías? –le grita.

   -Yo… yo…

   -Imagino que no viniste por mí. Pensaste que era alguien más, ¿verdad? ¿Quién? –abre mucho los ojos.- Mierda, ¡entraste a mamársela a Milo! –acusa el golpe. Le ve enrojecer, compungirse, cayendo en otro asunto.- ¿Eres gay, hijo?

   -No, yo… No lo sé. Creo que sí. –jadea, sentándose, abatido, a un lado de su padre, tragando en seco y con ello el sabor de su verga, uno delicioso que le hace sentir culpable. Se la mira entre las piernas, enrojecida, erecta, brillante con su saliva mezclada con los jugos que manaron de ese ojete.

   -Milo… ¿te obligó?

   -No, yo… -duda y piensa en todo lo ocurrido hasta ahora; toma aire y recuerda cuán feliz, satisfecho, excitado y realizado se siente cuando tiene una buena verga en su boca, llenándola de ganas, como la de su padre; todo ese semen caliente, espeso y delicioso resbalando por su lengua.- Me gusta mamar güevos, papá… Y la suya me provocó. No sé si eso me hace gay o…

   -¿Lo dudas? –parece ligeramente exasperado, totalmente sorprendido por las revelaciones, muy consciente, por otro lado, de lo dura que la tiene. Hace tanto que no le daban una buena mamada que se sintió en la gloria, hasta saber que era Alex, su hijo, quien se la había estado dando. Uno que parecía caer en cuenta ahora en el tema, ¿era gay? Y sí lo era, ¿qué cambiaba entre ellos, su familia? Tal vez por eso le miraba de esa manera- Bien, muchacho, es tu vida. Si te gusta ser… -luego alza la voz.- ¡Joder, ¿estás deseando chupármela todavía?! –no puede evitar el tono de alarma. Le ve enrojecer hasta la raíz del cabello. Si, su atractivo y fornido hijito, su orgullo, deseaba tragársela aún, por eso no apartaba la vista.

   -Me gusta mamar, papá… -repite su confesión con una trémula sonrisa, disipándose el miedo a la reacción del hombre, el posible rechazo a ese hijo marica. Pero, un hijo que se la estaba comiendo. Su padre respondía mejor de lo esperado.- Lo siento. –concede finalmente, malditas cervezas, intentando ponerse de pie.

   -Ah, no, señorito, nada de eso. Si calentaste la leche, te la bebes. –no puede evitar las palabras, ni el atraparle la sedosa nuca con una mano y guiarle nuevamente hacia su tranca rojiza. Después de todo era un momento de locura, y la vida lo perdonaba, ¿no?

   -¡Papa! –jadea, sorprendido pero excitado, su rostro choca de esa dura y palpitante barra, estremeciéndole, y la recorre con los labios disfrutando de verla latir.

   El muchacho la atrapa por la base, qué dura y gruesa la tenía su papá, y pega los rojos y dulces labios del glande, besando, pero también bebiendo del ojete. Y Alan se tensa y estremece, sintiéndolo tan bien, tan caliente, tan sucio y prohibido que no aguanta y le hala de la nuca obligándole a abrir los labios, cubriéndosela, rodeándosela, aprisionándola mientras baja, la lengua pegada a ella. Su muchacho la traga toda, con gorgojeos ahogados, de manera notable, pegando los labios de su pubis y todavía ordeñándosela con la garganta, y se siete tan bien que teme morirse de puro gusto. La boca sube, succionando, dejándosela más dura todavía. Y necesitada de más.

   Alan Lowell cierra los ojos, su cuerpo grande, sólido, masculino, velludo y algo madurón echado sobre la cama, muy abierto de piernas, una mano sobre la cabeza de su muchacho, medio guiándole de arriba abajo sobre su verga, o siguiéndole, porque Alex estaba mamándosela con ganas y por cuenta propia. El hombre respira pesado, estaba gozando como nunca con aquella mamada, aquella increíble boca que apretaba, halaba y succionaba de manera intensa su verga, estimulándola, masajeándola, teniéndole al borde. Una buena mamada que le estaba dando su adorado muchacho. La sola idea le hace tensarse y de su pulsante tranca mana una gran cantidad de jugos, unos que eran sorbidos hambrientamente de manera ruidosa por el muchacho.

   No pensaba en nada, realmente en nada. Pero su otra mano, la que no tiene sobre el suave cabello de su hijo, le atrapa un hombro recio y musculoso a pesar de la poca edad; el correr de sus dedos le demuestra lo joven y suave que es su piel, puede sentir sus convulsiones, su tensar y relajar cuando va y viene sobre la tranca, al tiempo que baja y baja. Los dos se estremecen con una lujuria nueva cuando los dedos llegan al borde del bóxer, metiéndose levemente. Abriendo los ojos, Alan mira a su hijo, quien también le observa, mejillas rojas, ojos nublados de gozo, labios y mentón mojados de saliva y jugos. Espera y la respuesta llega, medio ladeando las caderas, Alex acerca más su trasero a aquella mano, que entra con todo, recorriendo la aun más tersa piel del glúteo duro y firme, los dedos marcándose bajo la tela del bóxer. Esa mano grande recorre de una nalga a la otra, los dedos se clavan en la carne, va y viene, un dedo se medio mete en la hendidura y la recorre un poco.

   Alex siente que la cabeza va a estallarle de pura presión erótica. Dios, estaba mamándosela a su papá, de quien siempre se ha sentido tan unido, a quien quería tanto, y con quien compartía tantas cosas, incluso aficiones deportivas y hasta chicas cuando no conocía esa parte de sí. Deja salir la enorme verga de su boca y gime cuando los dedos de su padre se meten aún más dentro de la raja entre sus nalgas, pasando una y otra vez, de arriba abajo, sobre la entrada de su culo, uno que sabe que está titilando de manera intensa.

   -Sigue trabajando por tu leche caliente, gatito. –ríe Alan, sintiéndose sucio al atraparle suavemente, otra vez, el sedoso cabello negro, obligándole a refregar los labios entreabiertos del manduco que reposa camino a su estómago.

   Las lengua de Alex sale y recorre la tranca de su papá de bolas a punta, disfrutándolo, gozando el verle tensarse; un hilillo de jugos pre eyaculares sale y cerrando los labios rosas sobre él, los bebe con ansiedad, sediento como parece que siempre está del néctar de los hombres. Le había gustado mucho mamar el tolete de Jason, el hijo del señor Milo, pero la de los hombres hechos y derechos… Casi grita, ojitos torturados, frente fruncida, cuando su papá comienza a frotar de manera circular la entrada de su culo, como si pensara penetrar en cualquier momento.

   El cerebro del hombre arde con fiebres intensas, la imagen de echarle sobre la cama, de panza, y abrirle el culo con su verga, llenándoselo duro, a fondo, con todo, metiéndose hondo dentro de su hijo, le pone mal. Mucho. Pero…

   -No… no, basta. –desconcertado primero, aterrado después, Alex se siente apartado del delicioso tolete.

   -¡Papá! –se asusta, ¿acaso había ido demasiado lejos?

   -Sube. –le ordena, con señalas.- Quítate el bóxer. –Alex lo hace.- Así, ponte así…

   El cerebro de Alex casi se licúa cuando ve tal lujuria en los ojos de su padre. Se monta sobre él, cruzado, y mientras su rostro queda mirando hacia abajo, bañando con su aliento la traca de su papá, puede sentir el de este rodeándole la tranca que le quedó sobre la cara.

   Alan sabía que había iniciado algo muy serio, muy delicado, por lo tanto lo haría bien. Si su hijo le mamaba el güevo, él bien podía corresponderle. Además… la cara que el chico ponía cuando lo hacía le puso cachondo, curioso y ocioso. Tal vez duda por un segundo de más, hasta que con un leve gemidito de anticipación mientras abría los labios y comenzaba a tragar su tolete, Alex le convenció. Sube el rostro y pega los labios de la rojiza cabeza, la siente estremecerse, con la punta de la lengua recorre desde el ojete toda la cabecita, sintiéndolo extraño, cubriéndola con la boca, el salino sabor sobre su lengua no gustándole, pero atrapándola con labios, mejillas y lenguas, succionando. La pieza dura y ardiente se estremece, y su chico gime de gusto mientras se empeña en pegar los jóvenes labios de su pubis, así que Alan decide lanzarse. Sube y baja rítmicamente, atrapándola y chupándola, dejándola salir apretándola, reteniéndole en todo momento por la cintura con sus manos grandes de velludos nudillos.

   Como sin darse cuenta, padre e hijo caen de lado en un sesenta y nueve obsceno, incestuoso, caliente y erótico. Tragan todo, lo sorben con fuerza y los dejan salir mientras se miran a los ojos. Dos machos atractivos y saludables dándose gusto. Un hombre maduro y un muchacho entusiasta. Un padre y su hijo comiéndose los güevos. Y mientras Alex deja la pieza, lengüeteándole entre la bolas, Alan se la traga toda, pero con su índice y pulgar acaricia y abre el ojete de su culo, hasta que lleva la punta del índice hacia él y lo frota sin entrar, con mil cosas en su mente. ¿Cabría su enorme tolete en tan redondo y chico anillo de su hijo? ¿Apretaría el culo de su muchacho mejor que su boca? La imagen de Alex abierto y llenado con su verga, gimiendo de gozo, casi le enferma.

   Para Alex, todo eso es más de lo que puede aguantar; se tensa, se estremece todo y se corre. Con alarma, Alan desvía el rostro, siendo su perfil bañado con la abundante e hirviente carga de esperma de su hijo. La leche de su hijo mojándole la cara. Y la sola idea le enferma tanto de lujuria que se corre una y otra y otra vez, lo siente, disparos enormes de semen que su muchacho, con gorgojeos de gusto y succiones desesperadas de hambre, traga todas. El clímax alcanzado, mientras ve las chupadas del joven, así como su manzana de Adán subiendo y bajando frenéticamente al beber, le ponen mal de pura calentura.

   Todavía temblorosos, respiraciones pesadas, caen de espaldas en la cama, uno junto al otro, aunque en sentido contrario, con Alan alargando la mano y tomando el bóxer del muchacho y limpiándose la cara. ¡Cómo olía la esperma de Alex!

   -Papá… -comienza este, necesitado de explicarse, de romper ese silencio que se va prolongando y que le asusta.

   -Está bien, hijo. Estuvo muy bien, a decir verdad. Dios, todo fue tan caliente y erótico. –medio sonríe al mirar a los ojos de su muchacho, que alza el rostro al ladearse, apoyándose sobre una mano.- Pero esto es todo, ¿0kay? –e interpreta la mirada nublada del otro.- No te estoy rechazando, ni estoy molesto. ¡Estuve aquí! –enfatiza y sonríe.- Lo gocé tanto como tú, ¿bien? Pero soy tu padre, mi mujer es tu mamá. Y en verdad no me parece tan atractiva la idea de estar con otro tío. Contigo, porque el momento se dio; y porque te quiero mucho. Pero será todo, es lo mejor. No quiero que hayan tensiones cuando estemos en la misma habitación, ni la expectativa de que puede repetirse ni nada por el estilo. Dicho eso, me parece… bien si te gustan los hombres. Sólo cuídate, Alex, no quiero verte metido en problemas, ni en situaciones comprometedoras. Ten cuidado con enfermedades, también con gente con vicios. Vive tu vida como quieras hacerlo, como creas que lo necesitas para sentirte vivo, como te haga más feliz. Como te guste. Para mí estará bien lo que decidas. Siempre. Y siempre estaré para ayudarte en lo que sea que puedas llegar a necesitar, ¿entendido?

   -Bien. –le cuesta responder al joven, cayendo de espaldas otra vez, mirando al techo, secretamente desalentado; hacerlo con su padre había sido increíble. Pero entendía el punto. No debían. Habían líneas que podían cruzarse una vez, pero hasta ahí, del otro lado, de seguir, podrían haber consecuencias terribles, comenzando con el sufrimiento. Y ahora sabía. Su padre sabía de esa nueva faceta de su vida y no le condenaba. ¿Era gay?, no lo sabe, no está totalmente seguro. La vida lo diría. Ya tendrá tiempo para encontrarse o conocer otras facetas del mundo, de la gente y las relaciones. Sonríe quedo, adormilándose, sintiéndose ligero y satisfecho por fin.- ¿Puedo quedarme y dormir aquí?

   -Claro… Ven.

   Sonriendo aún más, Alex se moviliza, se descruzan y cae de panza, medio ladeado, sobre su padre, acurrucándose sobre su torso ancho y velludo, musculoso, como esperaba tenerlo él mismo un día.

   -Buenas noche, papá.

   -Buenas noches, hijo. –y el beso en la nuca le hace sonreír más, ojos cerrados. Ya prácticamente dormido.

……

   Aceptadas ciertas cosas, la vida para Alex Lowell resultó aún más interesante de lo que había sido hasta ese entonces, y mucho más de que debería ser para sus pocos años de vida, su comenzar en el mundo, su grácil fachada, su talento para los deportes y hasta su condición social. Lo tenía todo para triunfar y ser feliz, y lo era en esos momentos. Cada mañana, sobre su cama, recordaba algo y sonreía con expectativas. Joven al fin, pudiendo perderse en masturbaciones interminables, o perseguir chicas a las que tendría que trabajar para que aflojaran su vagina, tragaba semen por cantidad. Porque anda medio obsesionado con el sexo como es siempre a esa edad.

   Con su padre, todo parece como antes, aunque de tarde en tarde cruzan una mirada intencionada; “¿has mamado a alguien hoy?”, parecía leer la pregunta hecha con picardía, y eso le hacía sonrojar y reír. Por otro lado, un leve bajón en sus notas que hizo gritar a su madre con alarma, había sido superado; el señor Milo le hacía estudiar, pero en serio, Matemáticas, física y química orgánica, y había descubierto que era bueno para eso también. Las prácticas de futbol continuaban igual de buenas, una energía vibrante que partía de su interior le hacía destacar. El entrenador Lewis lo reconocía así. Y el hombre seguía dejándose mamar de tarde en tarde, en los vestuarios, rodeados de los sudados suspensorios de sus compañeros (nuevos y sucios juegos eróticos), ambos gimiendo. Ya Alex había aprendido a amar esa lengua hábil y reptante que trabajaba, chupaba y abría su culo, metiéndosele tanto que a veces…

   Esa lengua le dejaba tan mal que agradecía, como siempre agradecía a la vida por la llegada de ese hombre, las clases privadas que el señor Milo le daba en su apartamento. Siempre mirando un juego con una cerveza en la mano, y él entre sus piernas, comiéndosela. En momentos dados, saliendo del lugar, sonriendo satisfecho, todavía saboreando el delicioso semen del poderoso macho, se preguntaba si su maestro no querría algo más. La idea de ser derribado de panza en una cama y ser tomado por un hombre así, le erizaba la piel.

   Sin embargo, todo estaba bien. Educativa, familiar y deportivamente su existencia era una fiesta. Jason, el señor Milo y el entrenador Lewis llenaban lo demás. Era el resumen de una buena vida. ¿O no era todo lo que podía esperar?

   Dicen que los chicos buenos merecen sexo… Mucho sexo.

……

   -Buenos días, señor Martin… -saluda, joven y guapo, llevando un bermudas a media piernas, una franela ancha y zapatos tenis sin calcetines.

   -Hey, Alex… -sonrió el hombre, atractivo y elegante dentro de su traje de gerente bancario, su espalda se veía recia, poderosa.- Pasa y sube, está en su recámara; creo que está estudiando para un examen. –le sonríe sin reparar en la mirada que el chico le lanza al entrepiernas.

   Sonriendo mientras sube las escaleras mil veces recorridas, Alex se pregunta cómo haría cualquier chico normal para iniciar un acercamiento con el señor Martin, que terminara con la verga de este en su mano y llevándola a su boca.

   -Hey, ¿estudiando para un examen? ¿Tú? Seguro estás drogándote… -medio grita, tomando el picaporte, abriendo y quedándose desconcertado.

   -Joder, al fin llegas. –gruñe Martin, su compañero y amigo del colegio y del equipo de futbol, también en bermudas y franela, echado de culo sobre su cama, la espalda en el respaldo; del otro lado del colchón, también en bermudas pero en camiseta, está Beck, recostado exactamente igual.

   -¿Y qué hacen aquí? –se intriga, más cuando los otros dos intercambian una mirada.

   -Vamos a ver algo de porno, pero queríamos hacerlo contigo… ¿te nos unes? –invita Beck, sonrisa algo torva, guapo con su aire de pilluelo.

   Y Alex Lowell, que no es tan tonto como la gente suele creer por su fantástica facha de chico deportista, pela todos los dientes en una mueca. Sus instintos arácnidos se activaron.

   -¡Claro! –ruge, sonriendo con cálida expectación, saltando en la cama, entre los dos, mirando de uno a otro.- ¿Comenzamos, señoritas?

CONTINÚA…

Julio César.

NOTA: Lo siento, esta es una de las que no tengo la dirección. Está el nombre original y el autor, sírvanse buscarlo a ver si hay suerte.

NOTA 2: A la historia le queda una sola entrada más. Voy a salir de ella. Prometo no iniciar otra, ¿okay?

DE AMOS Y ESCLAVOS… 11

noviembre 22, 2014

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 10

MUSCLE HOT

   ¿Cómo llegó a eso? ¿Cómo le redujo a ser su juguete?

……

   El calvo sujeto, lleno de tatuajes y piercing en cejas, nariz y un lado de la boca, parece mayor de lo que es realmente. El lugar es largo pero estrecho, el techo bajo y la iluminación indirecta en casi todas partes, lo hace ver algo chico y sofocante; desde la barra, donde habla con otros dos tíos, pelones también (por elección), mira tatuajes en folios, mientras otras personas recorren la especie de galería, viendo tatuajes y piercing en fotos de personas. Algunas realmente grotescas.

   -¿Galdo? –pregunta una voz estrangulada.- Vengo de parte de Hank… -el hombre, con mirada indolente, se vuelve hacia el joven hombre negro.

   -¿Eres la futura perra de Hank? Me dijo que vendrías, tal vez la semana que viene. Veo que tienes prisa por servirle. Eso es bueno, chico, que te mueras por satisfacer a tu hombre. –le dispara a boca jarrón, frente a los otros dos, que también le miran.

   Y Roberto desea caerse muerto.

   -Creo que me equivoqué de lugar. –grazna, intentando la retirada robándole fuerzas a sus debilidades. En cuanto le sonríe, odia a ese sujeto flaco y feo al que podría vencer de un solo carajazo.

   -¿Seguro? ¿No se te hizo una oferta condicionada? Conozco a ese carajito, debes estar corriendo contra reloj, y él no espera por nadie.

   -Bien, yo… -no sabe qué decir, ¿cómo explicar lo que siente si él mismo no lo entiende? Y esos sujetos mirándole, todos con cierto aire de superioridad, no ayudaban.

   -¿Por qué no pasas, ves y hablamos? –ofrece, sonriendo otra vez.- Prepararte para ser su perra sumisa y bien acondicionada llevará tiempo. –y Roberto se estremece violentamente antes las palabras, las sonrisas y las miradas de los otros.

   Quiere escapar, pero sus hombros caen y sigue la dirección que el brazo del sujeto le señala. Reparando, y odiándole otra vez, en su sonrisa satisfecha al ser obedecido. Cruza la barra y una puerta tras ella. Un pasillo minúsculo, oscuro, una luz rojiza bañándolo todo, cruza frente a puertas abiertas, cubiertas con collares de abalorios como únicas “puertas”. Entran en uno, mejor iluminado. Y Roberto se estremece otra vez. Hay una mesa tipo para masajes, con extremos móviles, con apoyadores para brazos y piernas. Las paredes están decoradas con látigos, correas, cadenas. Fustas. Consoladores. Lo mira todo con desconcierto. Y sus ojos caen sobre la imagen.

   Su corazón late con fuerza, dolorosamente, la boca muy seca. Hay un afiche a todo color, visible a pesar de la luz rojiza. Un musculoso y joven hombre negro está usando un ball gag, rojo, que muerde con expresión de gozo aunque su rostro está ladeado contra el suelo, sus brazos en la espalda, sus muñecas atadas, una bota negra y lustrosa se apoya entre sus omoplatos desnudos, reteniéndole allí, sometiéndole. Un tío blanco, de expresión marcial y prepotente, es quien lleva la bota. Hay una nota escrita con letras góticas, sabe que rojas también: Un negro feliz ocupando su lugar.

   La imagen es ofensiva, molesta; si la policía llegara… pero no puede dejar de verla. A sus espaldas, recorriéndole con la mirada, como un tasador que comprueba la calidad de un gallo de pelea, Galdo cruza los brazos sobre el pecho.

   -Cuando dije “prepararte para ser una perra sumisa”, te molestaste. Lo noté… pero estoy seguro de que también te gustó. Juraría que una parte de ti respondió a ello. –sentencia, sorprendiéndole. Se miran.- Esa imagen… te pone caliente, ¿verdad? Te imaginaste allí, cara al piso, la bota de Hank sobre ti…

   -Yo… yo no… No sé cómo… -se ve realmente agitado, casi atrapado. Desea gritar, pelear, huir. Entender.

   -Dime… ¿no has sentido que algo falta en tu día a día? ¿Qué en tu vida no todo es satisfactorio? ¿Eres exitoso? ¿Tienes pareja? ¿Emprendes algo y lo consigues, o lo terminas al menos? –le estudia.- Seguro que no. Ni sabes qué tienes, aunque te provoca enojo. Te has acostumbrado a vivir sin estar completo.

   -¿De qué coño hablas? ¡Soy un hombre completo! –ruge, luego parece confuso.- O lo era hasta que…

   -No, Hank no te hizo nada. Él tan sólo lo notó… Tu  vacio. Tu anhelo. Tu… deseo de ser sometido.

   -¡No! Yo…

   -¡Silencio, perra! –le ruge y Roberto calla automáticamente, casi como un reflejo.- No hay nada malo en ti, amigo. No estás enfermo ni eres un anormal. Tan sólo… tienes deseos diferentes. Otros apetitos. Deseas, y sospecho que necesitas, sentirte controlado, ser llevado, usado. Una parte de ti precisa ser humillada en sus remilgos… tomada a la fuerza. Expuesta a otros. –le mira a los ojos.- ¿Te imaginas en cuatro patas, frente a Hank, y este mostrándote a sus amigos? –la idea era horriblemente sucia y caliente.- Quieres eso. -alza un dedo hacia el afiche, sonriendo.- Incluso ser atado. Sentirte y saberte atrapado por tu superior. Tu dueño. Tu amo. –baja a voz.- Tu hombre. Porque eso quieres, servir a un hombre. Tener a uno que te controle y te tome cuando quiera. Que incluso te monte en sus piernas y te azote.

   -Eso suena… horrible. Una persona que desee eso…

   -No. No es una enfermedad ni una aberración; no estás mal, sólo… quieres sentir algo más. Fuerte. Extremo. Es parte de ti. –su mirada es casi hipnótica.- Quieres jugar a pertenecerle a un macho.

   -¡No! –jadea otra vez. Nunca dejaría que le pasara eso. Llegar a eso.

   -Okay, okay, no perdamos tiempo. Aquí siempre tengo mucho trabajo y no hablo de tatuar o perforar para piercing, hablo de los que quieren ser iniciados para sus amos. Desnúdate. –ordena dándole la espalda, encendiendo lámparas cerca de la mesa.

   Roberto libra una dura batalla interna. Todo lo dicho por ese sujeto sonaba horrible, degradante. Si, enfermo. Debía escapar, pero… sabía que el tiempo era su enemigo. Entiende que si no enfrenta eso ahora, esa… necesidad de saber, nunca se libraría de la duda. Una que atormentará y amargará toda su vida. Casi no nota que se quita la chaqueta y que hala los faldones de la franela mostrando su torso recio, musculoso, sus pectorales poderosos, sus pezones oscuros rodeados de gruesos pelos, así como los hay en la parte central de su pecho y que bajan. Temblando se abre el pantalón, sale de los zapatos pero aún duda. El tipo no le mira, pero lo sabe.

   -Dime, ¿no quieres llegar y que él te mire con aprobación, encontrándote deseable para satisfacer sus apetitos con tu cuerpo, lo que, irónicamente, es lo que más deseas? –las palabras le alarman, ese hombre parecía estar mirando en su mente, se dice mientras baja el pantalón; terminando con las dudas sale del bóxer algo largo (se resistía a usarlo chico como rebelándose contra lo que Hank le hacía sentir), y enfrenta la mirada del otro.- Nada mal, negro… -le aprueba como quien revisa un caballo.

   ¿Lo peor de esa mirada y esas palabras despectivas?, es el estremecimiento de excitación y agrado que le recorren. Sabe que tiene un buen cuerpo, que sus bolas grandes cuelgan bajo, pero su verga, en reposo, gorda, llega más abajo aún. Todo rodeado de los crespos pelos enrollados. Traga cuando el otro golpea la mesa con su palma. Con pasos lentos se acerca y sube, el culo sobre el frío y aparentemente esterilizado cuero. Era extraño, pero el cuero contra su piel se sentía…

   -Debes mostrarle a tu dueño todo lo que tienes para ofrecerle. –dice el sujeto, empujándola por el pecho haciéndole caer de espaldas. Abriendo un chorro y mojando su mano le recorre el torso. La mano delgada y fría era molesta. Una pastilla de jabón, azul, así de barata, se frota contra la oscura piel, fabricando algo de espuma.- Tu hombre querrá ver tus tetas, negro; deseará tocarlas, acariciarlas, pellizcarlas. Tal vez morderlas. Nada como unas tetas sensibles; si al clavar sus dientes en las tuyas, él nota que te mojas y gimes de lujuria, estará complacido. -con una afeitadora desechable, va depilándole. Se lleva sus buenos minutos.- Voy a recortar… -hunde los dedos y hala sobre los pelos púbicos.

   -Oye, no lo sé… -se agita otra vez, todavía muerto de nervios y dudas. Galdo le mira, ligeramente exasperado.

   -Aún ahora, ¿no se te hace agua la boca, se te pone duro el güevo y el culo te tiembla un poco ante la posibilidad de tener otra vez la verga de burro que tiene Hank en la boca, llamándote zorrita sucia y puta? ¿No te has imaginado siendo manipulado para caer de panza, tu culo descubierto, su tranca quemándote, tú resistiéndote, negándote, pero él posicionándola, metiéndotela mientras te grita que toda perra negra quiere un güevo blanco llenándola, y tú casi ya corriéndote al oírle? Nada de eso no ocurrirá si no haces esto. Y no hacerlo sería un error porque parte de ti lo necesita desesperadamente. –Roberto no puede contener un jadeo.- Sentirlo, desearlo, querer sometértele puede parecerte horrible porque te entregas, pero no hacerlo puede ser peor. Imagina una vida de insatisfacciones, de furias, de sentirte frustrado, ¿no es peor? Deja salir toda esa necesidad que tienes de ser tomado por un hombre, de servirle como su sumiso juguete. No eres el único, chico. –habla y recorta con una afeitadora eléctrica. Lo deja bajito, el miembro se ve más grande.- Conozco a tipos que lo tienen todo, que compiten en todo como salvajes, negocios, deportes, hasta mujeres, que se vuelven mantequilla cuando un tipo les atrapa por el cuello con una mano y le amenazan con que si no dejan de joder le cogerán duro y le harán llorar. No imaginas cuántos se ponen mal con eso. O cómo disfruta el tipo grande que bajándose de un autobús lleno de amigos siente la mano de otro de ellos metiéndose en su culo, jurungándoselo frente a todos, que ríen. Muchos desean eso, ser tocados así… Tomados.

   Habla y habla, pero ya Roberto no le oye, perdido en sensaciones como está. Sus muslos y piernas son depilados. Sus axilas igualmente, y el paso de la afeitadora por ellas era casi sensual. Su espalda y nalgas corren igual destino.

  -La gente verá que no tengo pelos…

   -Diles que practicas natación por las nenas en la piscina.

   Sin embargo, ese temor a ser descubierto lampiño, le parece la menor de sus preocupaciones. Lo que teme es lo que ocurre en su cabeza, el imaginar lo que Hank puede hacerle con esa enorme, blanca y gruesa pieza de carne palpitante entre sus piernas, metiéndola allí, en su redondo y cerrado culo que es frotado con jabón, mucho, halado con un pulgar para ser recorrió con la afeitadora, una y otra vez, luego enjuagado.

   -Ahora el enema.

   -¿Qué? –logra escapar de esa nube de sensaciones oscuras. Alarmado otra vez.

   -Necesitas un enema para limpiarte, y debes hacértelos tú mismo antes de ir con tu hombre. Usa esta solución. –le muestra una bolsa como de suero.- A muchos carajos que gustan de dominar y someter, aunque no lo admitan, les encanta saborear los coños calientes de sus putas. Meterles las lenguas muy hondo para oírles gemir. Dicen que no para darles placer sino para que las patéticas perras vean que son unas putitas calientes; aunque, personalmente, creo que hay algo de una cosa y la otra. Por eso debes llevarlo muy limpio. –y lo dice mientras ya trae la bolsa terminada en la delgada cánula de boca chica, la cual aceita y mete, logrando que el semental negro en cuatro patas se tense y arquee la espalda ante la invasión. Sorprendiéndose, joder, un espejo que no había visto. Allí está él mismo, mirándose mientras le aplican un enema por si otro carajo quiere “comer su coño”. Aprieta los dientes cuando el líquido entra, cálido, mililitro a mililitro, llenándole. Y allí lo deja. Jadea, esa vaina arde un poco ahora.- Aguanta. –es un ardor desesperante, la cánula sale y la entrada le molesta como si picara.- Suéltalo. –y si pudiera habría enrojecido al verse allí, en el espejo, en cuatro patas, desnudo y depilado, de su culo manando un chorrito con potencia que cae dentro de un balde.- Bien. –aprueba el otro, sonriéndole horriblemente sardónico y alejándose.

   Esa mirada era… la línea de pensamiento es interrumpida por otro jadeo del hombre negro. ¡Su culo ardía! Sentía la entrada como más irritada. Y sin pensarlo llevó una mano a su trasero y tocó su entrada, estremeciéndose, erizándose. Joder, ¡se sentía tan bien al tacto!, graznó al pasarse el dedo una y otra vez.

   -Hay que hacer algo con tus ropas. –le oye decir y casi con violencia aleja la mano de allí, el dedo de la entrada de su culo donde estuvo a punto de penetrar. Abre los ojos, que no sabía había cerrado, con un leve y vergonzoso jadeo cuando tres dedos vuelven, aceitados en algo, frotándole de manera acariciante la entrada misma de su agujero.- Hidrátalo para que no parezca cuero seco. Vamos… -nalguea sobre la redonda masa de carne, indicándole que se ponga de pie.

   Más avergonzado, Roberto obedece, su tolete medio alzado. El otro sonríe leve pero no comenta nada.

   -Debes mostrar… -saca de una gaveta un bóxer corto que al joven negro se le antoja dos tallas menos de las que le toca. La prenda es suave.- Hank se ocupará de esto, no te preocupes. Póntelo.

  Obedece. La tela es increíblemente suave, elástica, buena. Sobre sus muslos en una caricia… y le cuesta meterse en ella.

   -Es pequeña. –grazna.

   -Es el tamaño justo para juguetes como tú.

   Las manos del otro se mueven terminando el trabajo y Roberto, totalmente avergonzado pero también estimulado, cierra los ojos otra vez, estremeciéndose. Termina y se mira en el opaco espejo de cuerpo entero. Una poderosa ola de calor le recorre. Mierda, se ve del carajo. Hasta a él le gustaría ver a otros así. Si, es una pieza pequeña que parece apenas cubrir sus caderas, por donde la tela parece subir un poco más que al frente, donde se ve el nacimiento de sus recortados y putones pelos púbicos. Su tolete fabrica un buen bulto, que hala hacia adelante y abajo. Temblando más, expectante ante lo que espera ver, se medio vuelve. Dios… sus nalgas redondas y musculosas se ven tersas, grandes, la tela las cubre valientemente aunque una poca se hunde en el centro, haciéndole ver más provocativo. También se ve el nacimiento de la hendidura entre sus nalgas. Por abajo casi deja el final de los glúteos fuera.

   -Te ves bien. Hank sabe elegir sus juguetes. –oye la aprobación.

   -No creo que pueda usar algo así.

   -Quieres hacerlo. Vamos, hazlo. Ve para su casa y se un buen negrito para tu amo. Muéstrate, que vea lo que haces para satisfacerle. Vivir para servirle puede ser tu destino. –va hacia la puerta.- Ya nos volveremos a ver. Aún no terminas tu preparación. Te faltan los aros y tatuajes.

……

   Y si de piezas íntimas blancas se trataba, Gregory Landaeta también pasaba sus sofocones con ellas. Atacado de una fiebre exhibicionista que ni él mismo entiende, o creía padecer, entra en aquellas tres mínimas paredes de material sintético, con una cortinita que cubre la entrada, que sirve de probador. Entrar, quitarse los zapatos, bajarse el pantalón, despojarse de su bóxer ajustado y entrar en aquella basurita de licra blanca, una tanguita que nunca en su vida usaría ni en una cita, es una sola cosa. No piensa, va en automático. Al igual que Roberto, se mira al espejo y no se cree. La tanga se ve tan pequeña, tan elástica, ajustada y putona que siente calorones recorrerle por todos lados. Volviéndose ve sus nalgas alzadas, medio glúteos afuera, y la visión era calentorra. Uno leves toques a un lado de la entrada le tensan, pero es ese vendedor cuarentón, bajito, algo obeso, con cara y figura muy poco atractiva, pero cuyos ojos se iluminan ante la visión del enorme y guapo tío negro con la franela alzada, sus cortas medias de paño y la tanguita blanca.

   -Si, se le ve fantástica. Haría ovular a las mujeres en la calle si saliera vistiendo así. –dice, intuyendo lo que el otro quiere escuchar, sabiendo que acierta al verle expandir el tórax con satisfacción.- Es una pena la diferencia de pieles bronceadas. Debería ir a la playa y tenderse con esto… -y de su hombro toma una tela aún más mínima, también elástica, licra, un hilo dental blanco.

   -No creo…

   -Pruébesela. –reta y ofrece.- Nada más ver el resultado valdría la pena del trabajo así no compre nada. ¿Por qué no se quita la franela?

   Esas palabras le marean. El sujeto da media vuelta mientras, todavía dudando un segundo, Gregory se despoja de la mínima prenda, tomando la aún más chica de la mano alzada del tipo que le da la espalda. No sabe si quitarse la franela, pero al intercambiar las prendas con el sujeto, verle tomarla sin volverse, llevándosela al rostro, le hizo perderse. Se la quita.

   -¿Qué tal? –pregunta, alto, joven, fuerte, musculoso, negro, con sus medias de paño y el mínimo hilo dental, apenas un pequeño triangulo muy deformado por su güevo y bolas, dos tiritas difíciles de ver que suben por sus caderas.

   -Maravilloso… -grazna embobado, pero se rehace.- Le queda maravillosa. ¿Y atrás?

   Gregory no duda ya, se vuelve, su espalda ancha y recia, su cintura delgada, los huesos de las caderas visibles, las tiritas que las rodean y se unen en un pequeño triangulo que desaparece en otro hilo antes de perderse dentro de esas increíbles moles de carnes negras y firmes. Volviendo la vista sobre un hombro, mira al vendedor. Y jadea. La expresión embotada de ese sujeto le mantenía casi hipnotizado. Saber que le gustaba, que le gustaba mucho, que estaba rendido ante su atractivo, le debilita. Sin embargo da un bote cuando le ve caer, gimiendo un poco por el esfuerzo, sobre una rodilla. Se miran, uno de pie, mirando sobre su hombro, el otro inclinado.

   -¿Qué haces? –pregunta con voz rota.

   -La etiqueta… -dice como si tal cosa. Y aunque Gregory sabe que está mal, que no debería, permite que el sujeto con sus dedos cortos y gruesos, lenta, muy lentamente, le acomode la etiqueta de la pieza, metiéndola dentro del pequeño triangulo, rozándole la piel de la baja espalda.- Es… maravilloso. –grazna, totalmente entregado. Y sus palabras marean otra vez al hombre más alto.

   Por ello no es raro que se quede quieto cuando el vendedor acerca más el rostro, bañándole con el aliento de su respiración pesada, o que, trémulamente primero, luego con más osadía al no ser rechazado, cubriera, o lo intentara, con las manos abiertas las duras y redondas nalgas. Separándolas y notándose la visión de aquella tirita blanca entre las negras masas, ensanchándose más abajo para cubrir las bolas, a cualquiera le habría provocado un infarto.

   Gregory no sabe qué esperar, o qué espera a secas, pero traga y se queda quieto cuando el bigote del tipo le cepilla la raja al acercar más la cara, estremeciéndose al oírle aspirar ruidosamente, aparentemente deseando intoxicándose con el olor a macho. Y la punta de la nariz frota de sus nalgas, luego los labios, el bigote. El tipo, como un poseso, mete la cara entre sus nalgas, llevándola de adelante atrás, subiendo un poco, frotándole con todo.

   Esa vaina estaba mal, un hombre no debía dejarse hacer eso, piensa Gregory, olvidando intencionadamente todo lo ocurrido ya. Pero echándose un poco hacia atrás, separando también las piernas, prácticamente queda sentado sobre la cara de ese tío que ahora lengüeteaba en su parte más íntima y privada de su ser. La idea, la visión ante el espejo, todo era de una locura caliente. Su pecho musculoso de buenos pectorales sube y baja, entregado a las sensaciones que lo recorren, al hombre que le está sorbiendo ruidosamente el culo sobre el hilo dental. Mira como su propio tolete, apuntando hacia abajo, se levanta, endereza la tela, halándola, bajándose en la cintura, los pelos púbicos escapando, la raíz de su gruesa verga negra dejándose ver.

   -¿Ocupado? –le sobresalta una voz, y casi grita con el corazón a punto de un infarto. La cortina es corrida y un carajo delgado y alto, les mira con sorpresa.

   -¿Está ocupado? –pregunta alguien a sus espaldas y el corazón de Gregory cae a sus pies. Dios, iban a descubrirle en esa vaina de maricones.

   -Mucho. –es la respuesta del joven, mirando fijamente al tío grande, entrando y corriendo la cortina tras él.

CONTINÚA … 12

Julio César.

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 25

noviembre 17, 2014

… SERVIR                         … 24

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

OSO GAY

Todo chico busca, lo sepa o no, su osito cariñosito…

……

   El timbrado del teléfono despierta a Jeffrey Spencer de manera brusca, casi haciéndole caer del sofá donde se adormiló leyendo algo, perdido momentáneamente entre lo que soñaba y la realidad. Se sienta y se tiende hacia la mesita del centro, tomando el móvil… presionándose con la panza el abultado pene dentro de su bermudas holgado. Había estado soñando con lo ocurrido con el jefe Slater tres noches antes, siendo tomado otra vez por el inmenso hombre de ébano de verga titánica, reviviendo como en una película cada detalle, apareciendo luego, de la nada porque no estuvo, ese otro hombre apuesto, musculoso, desnudo y erecto…

   -¿Si? –responde todavía confuso.

   -¿Abogado? Soy el detective Selby. –responde una voz profunda y varonil, la de ese hombre con quien soñaba poco antes, desnudo y de verga tiesa, caminando hacia él.- Necesito verle… ¡Ahora!

   -Oye, no sé… -duda, sus instintos quieren prevenirle de algo.- Estoy esperando a mi esposa para cenar y…

   -Es importante, abogado. Es sobre Marie Gibson. –el nombre le hace tragar saliva y decidirse.

   -Okay…

   -Perfecto, te espero en… -le tiene que repetir las señas tres veces porque esos nombres no le suenan de nada, y cuelga.

   Ahora, algo ofuscado, Jeffrey se pregunta por qué aceptó tan pronto. Marie Gibson, por ella, claro. El nombre le inquieta. Toma una rápida ducha, se viste y toma un taxi para asegurarse de no perderse por el camino, recostándose del asiento.

   Marie Gibson. La ex mujer de Robert Read. Esa tarde, leyendo sobre el Matadero, asó como algunas declaraciones de vecinos, encontró que todos hablaban de “un mal aire” en el lugar. Un “ambiente” hostil. Lo entiende, nada más ver las fotografías del expediente se le erizó la piel ante la realmente imponente fachada. Y recordó cuando, de chico gustaba leer cuentos e historias sensacionales, supo de la última de los Winchester, heredera de un imperio hecho con el arma que mató a tantas personas, de quien se decía que había enloquecido construyendo una casa siniestra y laberíntica para alojar a los fantasmas que la atormentaban. Contaban que la casa era realmente inquietante. Así era el Matadero. Claro, eso era lo que pensaba mientras leía, recostado en su sofá, adormilándose. ¿Y a dónde fue al caer en el sueño? ¿Al horrible lugar? No, al regazo del jefe Slater.

   Se revuelve incómodo en el asiento, había sido un vívido sueño de las cosas que habían pasado en aquel cuarto de entrevistas dentro de la prisión. El poderoso y musculoso hombre negro, aunque algo obeso, una panza dura, sentado muy abierto de piernas sobre la silla metálica, con su pantalón y largo bóxer en los tobillos, y él, Jeffrey Spencer, sin el saco, sin sus pantalones, vistiendo únicamente la pantaleta de su mujer, que subía y bajaba el culo de su pelvis, atrapando y soltando con sus entrañas el grueso y largo güevo de ébano que le abría imposiblemente mucho, llenándole con su dureza, sus rugosidades, su calor y su casi afiebrado pulsar. Sentirla adentro, llenándole las paredes del recto, dándole en la próstata, le hacía gritar, ronco y babeado de pura lujuria.

   El otro hombre no hacía nada, recuerda con vergüenza, era él, las manos en los respaldos del asiento, los pies sobre el piso, también muy abierto de piernas, quien subía y bajaba su urgido y muy abierto culo sobre el falo, cogiéndose, atrapándolo todo y todavía meneándose un poco, impúdico, sin poder controlarse, para sentirlo agitarse en su interior. No podía pensar, no con ese güevo en sus entrañas, sino en rozarse de él. En un momento dado, transpirado, totalmente controlado por las endorfinas en su sangre, se dejó caer contra el sujeto, cerrando los ojos, gimiendo, su pecho agitado, quieto, la pantaleta algo apartada de un lado, su culo muy blanco totalmente abierto por una de las piezas masculinas más oscuras y gruesas que alguien pudiera imaginar. Y allí, así, Jeffrey casi convulsionó de placer y más ganas, con ese tolete duro que palpitaba con fuerza, mojándole.

   -Mierda… -el jefe Slater gruñó casi contra su oreja, tono ronco y oscuro, una voz preñada de sorpresa pero también de lujuria, pudo reconocerla y eso estremeció más a Jeffrey, quien podría jurar que el hombre negro lo sintió, con su recto sufriendo poderosos espasmos que sobaban, apretaban y halaban del tolete metido en su interior.- Casi todos mis amigos son negros, abogado, y de tarde en tarde, entre borracheras, escuchaba a alguno comentar lo mucho que gozaban los chicos blancos montados sobre un buen güevo oscuro; de cómo les enloquecía ver uno endureciendo frente a sus ojos; que lo sepan o no, todos deseaban mamarlos, saborear sus leches, tenerlos bien metidos en sus culos mojados y calientes que se transformaban en ardientes coños para los hombres de color… Mi mejor amigo me contó que una tarde, cuando su hermana menor iba a casarse con un tío blanco, mientras se duchaban todos apresuradamente para ir a la iglesia, ese crío se le quedó viendo la tranca, que creció, sorprendiéndole, mareándole. Y el muy sucio hizo que se la tragara. -le contó mientras movía las anchas y ásperas manos por su torso algo suave, quemándole, erizándole, el tolete palpitándole más en las entrañas.- Siempre creí que era algo… sucio, de ociosos. De hombres que se ponen con mariconerías con dos cervezas. Pero tu culo, abogado… -le atrapó las tetillas y suavemente apretó, expertamente, como hacía con su propia mujer, y sonrió excitado al verle tensarse, arqueándose, sus pezones erectos.- Ordéñame la leche con tu culo… ¿No quieres tenerlo lleno con el semen de un negro? Imagínalo, un buen pedazo de macho de ébano llenando tu delicado culo rosa con sus espermatozoides…

   Sonaba tan sucio, los toques eran tan estimulantes, la palpitante pieza en su interior era tan obscena que todo ello enloqueció a Jeffrey Spencer, tanto que empezó otro sube y baja fuerte, rápido, rítmico, pero gritó todavía más cuando el hombre comenzó a acompañarle subiendo y bajando sus caderas, el impresionante tolete entrándole y saliéndole del culo con tal empuje que el abogado casi cae desmayado y es agitado y ensartado por la fuerza del hombre. Los blancos muslos caen sobre los de color, que lo llevan de aquí pata allá. El joven gime, sus pezones son apretados más fuertes, de su propia verga dentro de la suave pantaleta que le aprisiona y acaricia, mana un río de jugo.

   -Sácame la leche, abogado. Sácame la leche, chico blanco. –le gruñó al oído.

   Y Jeffrey cayó otra vez sobre la verga, los pliegues de sus nalgas, muy pálidos, contrastando con la oscura piel de la lustrosa verga metida. Y sube, muy lentamente, el anillo del culo fieramente cerrado dándole la apretada de su vida al otro mientras siente en las paredes de su recto todo el paso de la nervuda pieza. Se la hala y chupa, y baja, apretando más. Sube y baja.

   -Ahhh… -es lo único que puede gritar en todo momento.

   -¿Te gusta, chico blanco? ¿Te gusta sentir esta enorme verga negra en tu rosado culo? Tómala. Tómala toda. Es una verga hecha para los chicos blancos. –le gritaba mientras sumaba también sus embestidas.

   El hombre de color rugió, casi blanqueando los ojos, tensando los muslos, doblando los dedos dentro de las botas. Ese culo apretado y sedoso lo cubrió otra vez, y lo sintió, como de sus bolas manó un rio de lava que recorrió su pieza, tan caliente que también Jeffrey lo notó, volviéndose a mirarle. Y disparó entre jadeos agónicos de placer indescriptible, mientras su verga temblaba. Las cargas chocaron una y otra vez en las entrañas del abogado, quien se tensó también, sintiéndose desbordado, perdido, y sin tocarse su propio tolete soltó su carga también. Una y otra vez, empapando la pantaleta de su mujer. El aire se llenó con el fuerte olor del semen, del que goteaba de la pantaleta y el que chorreaba con dificultad de su culo totalmente lleno aún por la pieza de aquel hombre que lo había tomado.

   Por razones obvias, perdido en esos recuerdos (el jefe alzándose con él en peso, dejándole caer de espaldas sobre el mesón, metiéndosele entre las piernas e iniciando otra cogida poderosa, agitándole, casi meciendo la metálica mesa, gruñéndole putita blanca en todo momento), el viaje le parece desconcertantemente breve. Llega y baja aunque el taxista se queja de las vueltas dadas, el tráfico y la zona. Silenciándole con el pago y la propina, Jeffrey recorre la calle estrecha con la mirada, observando a mujeres en la esquina, evidentemente dedicadas al viejo oficio, también a uno que otro sujeto, en las penumbras, recostados de las paredes. Vaya lugar.

   Enfoca la entrada del bar señalado y penetra. Huele un tanto a rancio, cervezas, alitas de pollo y salsa picante. También a cuero y sudor. La barra es larga, hay unas cuentas mesitas y tres mesas de billar que son usadas en esos momentos. Y todos, dentro, aunque no muchos, son hombre de color. Tíos calvos, algunos de afros, barbas, de variadas edades, de muy jóvenes a maduros de cuarenta. Sólidos, mal encarados en ese momentos, todos volviendo la mirada hacia el algo bajo sujeto, muy blanco, que traga en seco y abre mucho los ojos tras los lentes.

   -Vaya, al fin. –oye un poco más allá, detectando al detective Selby, quien le hace señas con la mano.

   Con un intento de sonrisa, medio saludando con movimientos de cabeza mientras cruza, Jeffrey Spencer es totalmente consciente de lo menudo y debilucho que debe parecer frente a esos sujetos altos y musculosos, vigorosos. Negros. Todos con sus ojos clavados en él. Siente un desasosiego que le hace palpitar el corazón de forme acelerada.

   -Detective. –grazna a forma de saludo y cae sentado.

   -No es necesario anunciarlo, abogado. –le corrige el otro, tendiéndose sobre la mesita donde reposa un botellín de cervezas.- ¡Rick! –llama al de la barra y hace una señas de “dos”, sin preguntar, asumiendo que aceptará y la tomará, cosa que hace, se recrimina Jeffrey, dándole un trago a su botellín cuando llega.

   -Parece cliente conocido.

   -Es un buen lugar donde pasar el tiempo, tomar algo o jugar una partida de billar. ¿Le gusta el billar?

   -Detective… -comienza y enrojece cuando el otro le mira con intensión.- Lo siento. Pero mi esposa…

   -Creí que querría hablar con la mismísima Marie Gibson. –sonríe socarrón de su cara de sorpresa.- Y preguntarle, ¿mataste tú a esas personas? Claro, si no le interesa…

   -Si. Sí, claro que quiero hablarle. ¿Vendrá?

   -No, ella no sabe que la busco. Pero tengo a alguien que la localizó. Y aquí llega mi informante. –anuncia luchando con una sonrisa.

   Curioso, Jeffrey se vuelve y enfoca a un joven negro, algo bajo de estatura y menos musculado que el resto de los presentes. Cabeza brillante, una barbita en candado rodeando sus labios. Este sonríe algo obsequioso.

   -Llegas tarde. –gruñe Selby.

   -Iba saliendo cuando vi esto… -saca un reloj de pulsera.- Creo que lo dejaste olvidado anoche en mi casa…

   Y Jeffrey recuerda una conversación telefónica del detective, “¿Estás con vida? ¿Puedes caminar después de lo de anoche? –y rió escuchando la respuesta al otro lado del teléfono.- Tal vez deba esforzarme más la próxima vez. –amenazó con un claro matiz sexual”. Con mano trémula, el abogado toma su cerveza, el detective, ocupado como está poniéndose de pie, chocando palmas de manos con aquel sujeto, nada nota.

   Ese hombre inmenso, guapo y masculino… ¿era gay?

……

   ¿Qué quieres en verdad?, Daniel Pierce todavía se lo pregunta, aunque su mente es una vorágine, una que quiere achacar únicamente a esas botellitas de licor que sabe el peligroso Robert Read le da a tomar con cosas que le estimulan y hacen muy consciente de su propio cuerpo; pero ¿acaso eso explica por qué está de rodillas entre las piernas de ese sujeto sentado en el camastro y que su boca vaya y venga golosa sobre el enorme tolete? Porque es lo que ocurre, a la pregunta de Read, ¿qué quería en verdad?, no pudo responder, porque en ese momento no podía. Quería… quería algo que no se atrevía a imaginar y mucho menos poner en palabras.

   Quería algo que ese sujeto le hacía toda las noches y mañanas desde que le había sometido y esclavizado a sus deseos, sexo. Por el disgusto de días antes, no le había tocado, aunque le hacía tomar cosas, le aplicaba cremas a sus tetillas, le estimulaba dejándole caliente pero sin permitirle tocarse… Joder, ¡quería sexo! La idea era clara y aterradora, porque, ¿acaso no diferenciaba lo que sucedía? Aparentemente no podía, no cuando siente la inmensa mole de carne dura y palpitante atravesar sus rojos labios, aplastando su lengua y dejándola untada de los jugos que escupe por el ojete, y que sorbe y le parecen extrañamente deliciosos. Su lengua es un campo minado donde cada papila gustativa parece estallar de alegría y lujuria ante la invasión.

   El rubio cabello cae sobre su frente, ocultándole un ojo, y de rodillas, desnudo a excepción del hilo dental rosa, guapo como el Infierno, subiendo y bajando sobre la mole más oscura de carne erecta, Daniel Pierce es la viva imagen de la putez, de la entrega, del más marica de los maricas, ese que sólo vive para esos momentos, para atender y ser atendido por un hombre. Y desde las celdas opuestas es visto con burlas, con risas, pero también con lujuria. Todos lo desean, eso lo sabe mientras sube sobre el falo, succionado, dejándolo brillante de saliva y jugos, antes de volver a tragarlo, palmo a palmo, disfrutando de cada pulsada de la dura carne que agradece las atenciones de sus mejillas y su lengua que aletea ya con cierta experticia, gratificándola con más gotas salinas y deliciosas a su paladar que iba siendo educado por el sujeto. La tiene atrapada toda y cierra los ojos con fuerza, la recta y apuesta nariz enterrada entre los crespos y negros pelos púbicos del otro, que luchan por entrar en sus fosas, así como el fuerte olor del macho, la verga atravesado su garganta, pulsando más y más caliente como el fuego del Infierno.

   -¿Es lo que quieres, Tiffany, el amor de tu hombre? –oye la pregunta burlona, dicha lo suficientemente alto para ser escuchada por muchos.- ¿Es la verga de tu hombre suficiente para hacerte feliz, pequeña princesa? –no responde, ¿qué diría?, mientras los labios se contraen, un pequeño lunar destacándose en una de las comisuras, mientras devora palmo a palmo el enrojecido miembro; pero se tensa cuando una ruda mano atrapa suavemente su sedoso y brillante cabello, halando leve, por lo que abre los ojos y le mira.- ¿Sorprendida, pequeña? –y sabe que habla del placer que siente mamándole el güevo.- Ya estás listo para probar algo que te gustará casi tanto… -y le retira de su tranca, que emerge gruesa y nervuda, mojada de saliva espesa y jugos de su ojete.

   Todos contienen la respiración al verle ponerse de pie y guiar al tipo rubio y en pantaleta, cara manchada de saliva y líquidos pre-eyaculares, obligándole a caer de pecho sobre el camastro, piernas muy separadas. El peligroso reo goza el momento, disfruta su sumisión, su esperar entre asustado y ansioso, así como las vidriosas miradas de lujurias de los otros prisioneros, quienes literalmente arden de ganas de tener a su Tiffany a mano, de tocarla y hacerle a la bella putita todo lo que quieren. Agarrándose la verga, totalmente tiesa, baja mirando esas nalgas rojizas de vergüenza y excitación, redondas y paradas, donde destaca increíblemente erótica la tirita del hilo dental.

   -¡Cógelo! ¡Cógelo duro! –grita uno, ronco, manos enroscadas en la reja de su celda.

   -Préñalo. ¡Préñalo con tu leche! –brama otro, casi babeando.

   -Hazlo gritar y llorar. Entiérrasela duro y que llore. –interviene un tercero.

   Todas esas voces marean a Daniel, quien se eriza y aguarda, preguntándose por qué coño no intenta escapar, ¿qué espera? Las enormes, rudas y callosas manos del oso caen sobre sus nalgas y jadea ruidosamente, ya incapaz de controlarse.

   -¿Tu coño arde, Tiffany? ¿Gotea de lujuria? ¿Ya desea ser llenado de amor, cariño? –le pregunta burlón, pero también diciéndole que sabe lo que ocurre con su cuerpo más de lo que el propio Daniel puede imaginar siquiera.

   El hombre inca las rodillas para estar cómodo, acercando el rostro a las redondas nalgas abiertas, sus manos cubriendo las firmes carnes, la nariz haciendo contacto con la raja cubierta por la tela y Daniel abre los ojos, no sabiendo qué espera que ocurra; y Read aspira ruidosamente mientras su cara sube y baja, labios, nariz y mentón frotándose de su cuerpo.

   -Dios, Tiffany, tu coño… Tu coño caliente es capaz de volver loco a cualquier hombre. –y muerde la tierna carne cercana, suave, y lame lentamente, degustando su sabor y calor.

   Y el paso de su lengua hace estremecer al hombre rubio, que se tensa cuando la tirita del hilo dental es apartada, su rojo, depilado y titilante culo expuesto. Sabe que le tiembla aunque no sabe por qué. Un pulgar cae sobre el ojete mientras Read sonríe mirándole la cara sobre la cama, y lo frota, fuerte, de manera circular, sin entrar, y el rubio flexiona los dedos de sus pies, sintiendo cada roce, cada movimiento como una enloquecedora ola de corriente cálida que lo recorre, algo jamás antes experimentado. Medio pulgar se presiona, abre y penetra, y allí, sin ir más lejos, el peligroso convicto vuelve a moverlo, masajeándolo de manera circular el esfínter, y Daniel gime, ese medio dedo en su entrada se sentía tan extraño como increíblemente bien.

   Maestro en esas ardides, sonriendo cruel, guiñándole un ojo a los tipos fuera de la celda, Read sopla suavemente sobre aquella enrojecida y trémula entrada, la cual se estremece totalmente, abriéndose y cerrándose; y cuando abre un poco y el aire penetra, Daniel se tensa y jadea, abriendo y cerrando los puños sobre la colcha crespa que cubre la cama. Read sopla y sopla, atormentando y excitando a todos los que ven aquel vivido cuadro de lujuria, como al mismo Daniel, quien finalmente eleva el rostro, mirando al frente.

   La boca de Read cae sobre su orificio anal, cubriéndolo, soplando aún. Y el roce de los labios, como también la barba que raspa un poco, se siente indescriptiblemente obsceno. Mirando las redondas nalgas, la recia espalda que se estremece y tensa, abriendo los labios, la lengua del peligroso reo sale y aletea sobre el ojete, arriba y abajo, una y otra vez, saboreándole pero también excitándole. Daniel cierra los ojos, su cara cae sobre el colchón y gime largamente, esa lengua babosa, reptante, húmeda y caliente era sencillamente enloquecedora. No sabe por qué, o cómo, pero cuando la enfila y busca de penetrarle con ella, se siente morir de gusto.

   Lo tenía totalmente estimulado, bien, se dice Read, admirándose como siempre con lo útil que eran ciertas drogas de transformación. Separa los labios, ver el rojizo y tembloroso capullo ensalivado le encanta, con sus pulgares separa la entrada y ahora sí que pega la boca y le mete la lengua, atravesando su esfínter, aleteando con la punta en su interior. Y Daniel Pierce se siente morir de vergüenza, porque gime de puro deseo; se agita, sus nalgas se abren y cierran, sus mulos se tensas, no sabe de dónde agarrarse para controla la poderosa ola de lujuria y placer que le recorren todo. Siente que su culo está en llamas, unas que lo consumen pero que también le encantan. Esa boca que chupa viciosa le obliga a arquear la espalda; la lengua que le entra y sale del agujero le hace cae sobre el colchón sin fuerzas. La boca se separa lentamente, la barbilla barbuda dejando el rojizo y lampiño agujero, con hilillos espesos de saliva que se dejan ver antes de caer, para volver y repartir besitos ruidosos. Y Daniel cierra los ojos, tiene que hacerlo, para no gemir, para no pedir por más; ¡por Dios, ¿qué era eso?! Necesitaba esa lengua en su culo otra vez.

   -¿Te arde, Tiffany? ¿Tu coño ahora sí que está hecho agua? –le oye, ronco y dominante, mientras le acaricia las nalgas de manera posesiva disfrutando tocar lo que le pertenece, todo ese bonito carajo en tanga, semi desnudo y totalmente caliente.- A todas las nenas les gusta. El hombre que sabe lo que hace tiene que trabajarlos, metiéndoles la lengua para ponerlas ruin, y mientras tanto… -casi suena a una amenaza y Daniel se asusta, ¿qué planeaba?- …También hay que jugar con sus clítoris.

   El mundo se viene abajo para Daniel Pierce cuando grita como una verdadera puta, con la frente fruncida, la boca muy abierta, avergonzado y humillado frente a una buena cantidad de tipos que le gritan vainas, que lo llaman puta, que incluso han sacado sus miembros y se masturban. Perdió todo control cuando el rostro caliente se acercó a sus nalgas, cuando esos labios besaron repetidamente su culo tembloroso, antes de cubrirlo, la lengua larga y caliente penetrándole, una y otra vez, cogiéndole con ella, al tiempo que una mano del oso se mete entre sus piernas y con la punta de los dedos recorre el espacio que va de su culo a sus bolas, acariciando sutil, como en cosquillas, repetidamente. Y ese toque es terriblemente erótico, tanto que el hombre rubio gime y se revuelve en la cama, agitándose todo, como buscando dónde meter tanta excitación, todo su cuerpo es una tensa cuerda que ese sujeto estaba afinando.

   En su mente nublada, torturada, trabajada, esa lengua que entra, que abre su culo, el cual casi lo hace solo para dejarle penetrar, para sentirlo cogerle, se suma al increíble gozo de esos dedos que le acarician allí, nunca imaginó que ese pedazo bajo sus bolas fuera tan sensible; sabiéndose imposiblemente duro dentro de la breve tanga tipo hilo dental, donde su tolete babea y se estremece, se sabe perdido. No lo nota, o no quiere, pero su culo va y viene contra esa cara, buscando esa lengua, pero también contra esos dedos, de donde se frota casi de forma circular. Necesitaba de todo.

   Separando el rostro, enrollando su lengua, Read le apuñala una y otra vez el orificio, mientras atrapa el duro y palpitante falo de su princesa con una mano, sobre el hilo dental, y le da leves frotadas de arriba abajo, muy lentas para torturarle; sabe que su nena está a punto, que quiere correrse, pero no le deja acabar. Lo soba, le excita, pero no lo deja llegar. Y el hombre rubio gime, en voz alta, ronco, desesperado. Y todos le miran, ojos casi saliéndose de sus órbitas. Y ocurre, Read lo esperaba, pero sería una sorpresa para todos los demás, comenzando por Daniel.

   -Por favor… por favor… -gime y echa el culo hacia atrás cuando la lengua casi le llega al estomago por ahí. Read sonríe sigue tocándole, sigue metiéndosela.- ¡Por favor, cógeme! –pide todo tenso, para terminar gritando a todo pulmón.- ¡CÓGEME! ¡CÓGEME, POR FAVOR!

CONTINUARÁ … 26

Julio César.

NOTA: Les recuerdo que es un relato de malditos. Pobre Daniel.

SER O NO SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 22

noviembre 11, 2014

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…                         … 21

   La siguiente es una historia que NO ES MÍA. Pertenece totalmente al señor capricornio1967. Tan sólo la reproduzco, tal vez cambiando una que otra coma, aunque la historia ya está por ahí, completa. Es un relato maldito en toda la regla, un hombre maduro decide tomar, controlar y dominar a su joven pupilo, transformándole en algo que no quiere, ni soñaba, aunque se resiste. Lo repito, es un cuento muy maldito. Disfrútenlo:

……

EL DILEMA

Autor: capricornio1967

Capítulo VI “CASTIGO”

SEXY BOY

   ¿Terminará aprendiendo? Tal vez practicando más…

……

   -Llévese sus porquerías, Saldívar. No quiero verlo de nuevo en el equipo.

   -Señor, pero espere, yo…

   Sin dejar que Daniel termine la frase la puerta de madera es cerrada de golpe por Franco. La entrada de la casa no queda a la vista del exterior así que nadie se da cuenta de que el muchacho esta en el suelo desnudo. Viendo hacia todos los lados, el clavadista en unos segundos piensa en lo que sucedería si llegara con sus padres con la noticia de que Franco lo echó del equipo, sobre todo después de lo sucedido, además ya ha sacrificado mucho, como dijo Franco “un hombre jamás hubiera aceptado esa proposición”.

   En cierto modo es verdad, ¿por qué no rechazó el chantaje de Franco? Ahora ya es tarde.

   -No… aun soy hombre, aun soy hombre… -se repite en voz baja mientras permanece viendo la puerta de fina madera cerrada a unos pasos. Sin embargo todo está en su contra, no hay salida, no hay opciones. Someterse únicamente. Pero con sólo recordar el sabor al solo sentir un leve roce del miembro de Franco con sus labios, la repulsión vuelve. ¿Cómo podría hacerlo? Por otro lado el regresar a su casa y enfrentar a sus padres, perder esa oportunidad única en la vida también, ¿cómo podría hacerlo?

   Lo único cierto es que Franco lo tiene en sus manos y que ha manejado perfectamente bien sus cartas conduciéndolo hasta el punto en donde hasta sus padres han desconfiado de él. Tan solo en unos segundos todos los últimos acontecimientos pasan por su mente de manera vertiginosa. Apretando las mandíbulas y los puños, comprende que Franco lo tiene dominado, no puede desobedecerlo. No debe hacerlo. Se levanta acercándose a la puerta de madera y toca con los nudillos fuertemente, para que Franco lo escuche.

   Los segundos pasan lentamente sin que reciba alguna respuesta, vuelve a golpear la puerta con la mano, desnudo aun. La desesperación del joven aumenta, nadie responde a su llamado. Empieza a llamar a Franco mientras aumenta la intensidad de los golpes en la puerta.

   -Coach, señor, por favor, coach… -repite incesantemente.

   Después de unos largos minutos de estar gritando y tocando la puerta se oye la voz grave de Franco, quien contesta sin abrir la puerta.

   -¡Lárguese, Saldívar!

   -¡Por favor, señor! ¡Deme una oportunidad! –suplica, vencido, entregado totalmente mientras recarga la frente contra la puerta.

   -¿Oportunidad de qué? -Franco no puede ocultar la sonrisa siniestra mientras toma su miembro en sus manos y empieza a masturbarse oyendo al muchacho suplicarle.

   -Yo… -sus palabras se cortan, trata de controlarse y de someterse pero le cuesta.

   -Solo hay una oportunidad y USTED sabe cuál es. ¿Está dispuesto a TODO?

   Antes de responder, Daniel hace una pausa sin despegar la frente de la puerta, las lágrimas resbalan por su varonil rostro antes de contestar.

   -Si, señor.

   El miembro de Franco se endurece el escuchar la respuesta, algo que sabía de antemano que tenía ganado; sin embargo, el placer de vencer la resistencia y de humillar a Daniel es exquisito.

   Cuando el joven escucha que la puerta se abre despega su frente; la puerta lentamente se desliza hasta abrirse del todo. Daniel, desnudo al igual que Franco, espera en el marco mientras Franco está ya en el lugar donde se encontraban.

   -Pase, Saldívar, y póngase de rodillas aquí. -le señala el lugar donde tragaría la primera verga de lo que sería su nueva vida.

   -Señor… -todavía intenta, pero en sus ojos lo ve: la última oportunidad.

   Resignado el joven camina hasta el lugar donde Franco le aguarda; sin querer pensar en lo que le espera, se arrodilla mientras el hombre se coloca directamente al frente y mirándole al rostro, avanza acercándose más. Daniel tiene frente a su boca la enorme verga dura, babeante, roja, erecta en toda su magnitud, así como la visión del espeso vello que cubre la base de la verga y el vientre. El clavadista tiene la boca seca, sabe que debe hacerlo pero le falta lo principal: el valor.

   Sin dejar de ver su objetivo y sintiendo la impaciencia por parte de Franco, acerca lentamente sus labios a la caliente carne, puede muy bien sentir la temperatura tan alta de ese largo trozo sin siquiera tocarlo. Se detiene, necesita armarse de valor para dar ese paso decisivo, mamarle el güevo a otro sujeto.

   -¡Hágalo, Saldívar! Abra la boca.

   -Si, señor. -responde automáticamente al ver que la impaciencia de Franco está en aumento.

   Cierra los ojos mientras abre la boca, tratando de que el calibre de su boca sea mayor al de la verga del entrenador, acercándose haciendo que esa verga pase a su boca, aunque aun sin tocarla, manteniendo abierta la boca de manera considerable para no tocar esa dura carne. Una parte del grueso tolete está ya en la boca del muchacho, aunque la boca del musculoso nadador aun no se cierra para ajustarla, tocar la verga y empezar a succionarla, a saborearla.

   Las mandíbulas de Daniel empiezan a dolerle por mantenerlas abiertas en esa magnitud, sin atreverse a ajustar sus labios y boca al diámetro de la verga, siente que no podrá hacerlo, ni chuparla ni mantener la posición. El musculoso nadador se ve grotesco con las mandíbulas abiertas al máximo para no tocar el instrumento de su entrenador que esta ya tiene una parte dentro. No puede, sin atreverse empieza a retroceder, hasta que la verga está fuera de nuevo.

   -Le ayudaré, Saldívar, es obvio que necesita ayuda para aprender técnicas nuevas. -le dice Franco, tomando el cinto de sus pantalones y sujetando los brazos de Daniel en la espalda del joven, pasando el cinto por los fuertes bíceps del atlético nadador, ajustando fuertemente el cinto entre los musculosos brazos.

   Daniel queda imposibilitado de usar sus brazos y su nerviosismo aumenta; con los brazos sujetos fuertemente en su espalda, a la altura de sus bíceps, su tórax se marca más, sus músculos pectorales se hacen más prominentes y sus pezones sobresalen mas, como invitando a ser saboreados, tocados, estimulados. El muchacho trata de flexionar los brazos de manera inconsciente pero comprueba la resistencia del cinto. Está atado.

   Franco se coloca de nuevo frente al arrodillado joven.

   -Saldívar, abra la boca, meteré poco a poco mi verga en ella y usted decida cuando esté listo para empezar a saborearla. Le daré el tiempo que necesite. Pero le advierto que ocurrirá. Tarde o temprano ocurriría, a decir verdad, tiene algo de chupapollas. –nota que resiente sus palabras, pero se controla.

   -Si, señor. -Daniel respira profundo y vuelve a abrir la boca lo más que puede.

   El ruin sujeto toma con las manos la cara de del joven, sujetándolo y dirige su miembro para ensartar esa perfecta boca, lentamente ingresa la punta de la verga sin que haya contacto aun, ya que el joven permanece como la vez anterior con las mandíbulas abiertas al máximo. Las manos del hombre sujetan sutilmente la cara de Daniel, para darle confianza al deportista, dejando que transcurran unos segundos así, notando que el muchacho no se decide a dar el paso.

   -No se preocupe, Saldívar, tómese todo el tiempo que necesite. -le repite mientras sus manos aflojan un poco la presión.

   Daniel, que está con los ojos cerrados, escucha a Franco y piensa en lo que le dice para darle confianza de que se someta. Sin que espere la acción de Franco, este sujeta fuertemente su cara y empuja la verga que choca contra su paladar.

   -Mghgh. -un gemido de repulsión al sentir como esa verga choca con su paladar instintivamente cierra la boca y su lengua toca la caliente pieza del entrenador, sus labios tocan el cuerpo de la misma; trata de empujarla fuera pero Franco lo mantiene sujeto empujándole la cara contra su duro miembro. Daniel trata de retroceder aunque los muebles se lo impiden , está cercado, sus fuertes brazos tratan de liberarse, sin conseguirlo, se agrandan provocándole a Franco el placer de ver como todos sus esfuerzo por soltarse son inútiles, y como la rápida acción lo tomó desprevenido, está en una posición muy incómoda para poder defenderse o liberarse.- ¡¡¡MHMg!!! -sus gemido de protesta de nada sirven, Franco lo mantiene mamándole la verga aunque no lo quiera.

   La lengua de Daniel se mueve furiosa para tratar de empujar esa verga fuera pero solo logra recorrer el duro tronco de carne, por más esfuerzos que hace nada logra y la verga de Franco se interna más y más en su garganta.

   -Así, ¿ves, cabrón?; así aprenderás más rápido, puto.

   -NMNHHMG. –el musculoso cuerpo de Daniel forcejea, por momentos parece que sus musculosos brazos van a poder romper el fuerte cinto que los sujeta, pero el estar arrodillado lo imposibilita de usar toda su fuerza, además con los brazos atados es mucho más difícil. Franco disfruta mientras ve ese juvenil cuerpo atlético rebelándose y luchando sin posibilidades de lograr nada.

   -ASI, SALDÍVAR, APRENDA A MAMARME LA VERGA, jejejejejejeje… -le dice Franco con su voz gruesa mientras empuja mas su verga en la garganta del indefenso macho.- Así, así… ¿la sientes?

   ¡Daniel la siente! Siente como la cabeza de esa verga trata de internarse en su garganta, nunca antes había comprendido como las mujeres o los maricas pueden hacer eso sin sentir asfixia, varias veces le habían hecho a Daniel sexo oral, pero nunca había sido violento ni agresivo con esas chicas, no como el que lo estaba obligando a hacerle al entrenador. La dura verga de Franco no retrocede, más bien avanza lentamente deslizándose por entre su garganta tocándole las anginas con su glande; por más esfuerzos que el clavadista hace nada detiene el paso de la dura carne, ni siquiera puede morderla, siente como si sus mandíbulas fueran a desprenderse cuando la verga avanza.

   La desesperación en el musculoso nadador aumenta cuando siente que esa dura carne le obstruye la respiración; siente como le falta el aire por la firmeza de esa carne taponando su garganta, separando su faringe al máximo. El rostro varonil de Daniel enrojece y sus manos se crispan al sentir la angustia, ya no solo de la humillación de estar mamando su primera verga, sino de la falta de aire por la falta de práctica para hacerlo. El sudor cubre por completo su cuerpo, las gruesas gotas de transpiración resbalan por su rostro cayendo en su musculoso pecho para seguir su descenso al suelo o al abdomen. El vigoroso forcejeo aunado a la falta de aire, hace que las fuerzas del atlético nadador se agoten rápidamente. Franco disfruta viendo como tiene reducido al antes arrogante estrella del equipo, sometido a tortura física, sexual y mental, su verga disfruta un mundo la cavidad que se abre mas y mas.

   Mientras las fuerzas para Daniel se agotan, siente como todo se nubla, apenas si puede respirar, los movimientos de su cuerpo se hacen más lentos, le cuesta más trabajo responder, defenderse, tratar de evitar que esa dura carne lo asfixie completamente, pero Franco, experto en ese tipo de trances, mantiene firme su verga, atorada en esa garganta, deslizándola cada vez más profundo, mas y mas como desea hacer todo hombre alguna vez. El cuello del joven nadador se agranda, engordando repentinamente, enrojeciéndose; cuando Franco siente que las fuerzas de Daniel disminuyen empieza a deslizar su verga para dejar libre un resquicio y que pueda respirar un poco, aunque solo retrocede unos cuantos centímetros.

   Daniel siente como el aire llega de nuevo en cantidades normales a sus pulmones, siente la verga de Franco aun en su boca y en la parte inicial de su garganta, pero no le importa, toma aire y traga saliva; Franco solo le permite unos segundos de recuperación antes de volver a meterle la verga de golpe cerrándole de nuevo la garganta.

   -Mhmhm… -los gemidos de Daniel menos intensos por la falta de aire terminan cuando su garganta se ajusta al diámetro de la carne de Franco, solo que en ésta ocasión, el entrenador no la deja que permanezca obstruyéndole la garganta sino que empieza un mete y saca que permite a Daniel respirar más frecuentemente… también mamar.

   -Relaje su garganta, Saldívar, para que le quepa toda mi verga. Debe aprender cómo mamar un güevo. -le dice mientras lo mantiene sujeto de la cabeza para poder mantenerlo ensartado

   Los labios de Daniel se cierran ajustándose al diámetro de la verga, la repulsión de sentir esa carne, de sentir el sabor algo salino de ese miembro, como los vellos de Franco chocan con su nariz cada vez que este empuja todo el miembro en su garganta joven, trata de relajarla lo mas que puede, para no sentir la desesperación de la asfixia, aunque pocas gargantas tendrían la capacidad adecuada para poder recibir un miembro de esas dimensiones.

   El miembro de Franco se desliza una y otra vez dentro de su boca, sobre su lengua, aunque para Daniel ya no es tan angustiante por no sentir asfixia. La relajación le ayuda, siente como la dura carne entra y sale de su garganta y resbala por su paladar blando, para adentrarse en su faringe sin atascarse; está agotado, coloca su cuello de manera que la penetración oral sea lo menos sofocante para él, el sabor de ese miembro y tener en su nariz esa mata de vellos sigue siendo repugnante, pero al menos las ganas de vomitar han cesado. Se somete a la humillación tratando de que el momento sea lo más breve posible, en sus labios quedan algunos de los vellos púbicos de Franco, que se adhieren a su húmeda boca, la verga está empapada por la saliva que el muchacho está secretando en abundancia, por lo que escurre también por las comisuras de sus labios y algunas gotas caen al suelo.

   Franco experimenta el placer no sólo de sentirla rodeada por unos labios y pegadas a una lengua joven, sino de tener su miembro en las fauces de la estrella del equipo, el que una vez fue el más galán y conquistador, y que ahora es solo un receptor de su verga. Verlo ahí, de rodillas haciendo esfuerzos por relajar lo más posible su garganta, sin aceptarlo del todo, lo excita más. Sentir como su verga se cubre una y otra vez de la saliva de Daniel, al deslizarse hasta su garganta le causa tanto placer que gruñe, siente como el dominio sobre Daniel es mayor cada vez, aunque sabe que solo durará lo que tarden las olimpiadas, para lo que falta solo unos días. Claro, eso cree el muchacho. El hombre cierra los ojos al sentir excitación cuando su verga siente la presión de las paredes de la garganta joven, su cuerpo entero se estremece de satisfacción mientras el de Daniel de repulsión… a punto de correrse. Las bolas de Franco están llenas, duras a unos minutos de vaciar su contenido; para Daniel será la primera vez que reciba el semen de un macho en su boca, garganta y estómago, nutriéndole y cambiándole.

   -Ghhg… -los gemidos de Daniel cada vez que la enorme verga se desliza dentro de su boca y garganta, quemándole y mojándole, son constantes; aunque el forcejo ha cesado, las fuerzas van recuperándose pero no puede ni debe de luchar por lo inevitable.– ¡Ghhm! -siente como la verga de Franco se engruesa más de lo que ya está, probablemente esta lista para eyacular en su garganta, ¡no, eso no!, sus brazos están entumecidos por la fuerte ligadura del cinto en ellos, trata de moverlos pero casi no le responde.

   -¡AHHHHHHHHHHH! -los gemidos de Franco llenan la sala al sentir como sus bolas se pegan a su cuerpo antes de iniciar las fuertes descargas de semen.

   El primer disparo de semen es intenso justo cuando la verga de Franco está en lo más profundo de la garganta de Daniel; luego la desliza hacia la boca, así que el segundo disparo, igual de intenso, encuentra su blanco en el paladar del joven.

   -¡GHHGH! -Daniel siente como el viscoso líquido se pega a su paladar blando y como empieza deslizarse hacia su esófago, lentamente, ¡el semen de otro hombre! La reacción de repulsión regresa de imaginar ese líquido blanco y espeso resbalando y dejado impregnado de semen cada parte que toca al deslizarse. Sus brazos tratan de moverse con más fuerza, sin embargo Franco aumenta la fuerza con la que lo mantiene sujeto para evitar que logre liberarse. Era importante que su primera tragada de leche fuera completa. El tercer disparo de su verga es ya en la boca del joven, así como los subsecuentes. Si sentir el semen resbalando en su interior ha sido asqueroso para el joven, el sentirlo en su boca, sentir el sabor característico llenando su lengua es desagradable al máximo; los últimos disparos de semen son allí, sin darle tiempo a reponerse. Siente como su boca es castigada a quemarropa por esa verga.- ¡Ghgh! -el asco se apodera del Hércules arrodillado.

   -¡Trágueselo todo, Saldívar! -le ordena Franco mientras termina de vaciar el contenido de sus bolas en la boca del muchacho. Rápidamente saca su verga de esa boca para inmediatamente cubrírsela fuertemente con una de sus manos. – Trágueselo todo, Saldívar, si lo escupe lo tendrá que lamer del suelo.

   -Mgmhmghh… Nghnmg… -los gemido de protesta de Daniel se intensifican al sentir como su saliva se está mezclando con el semen que aún permanece en su boca; mientras se rehúsa a pasarlo, Franco lo mantiene sujeto, el forcejeo se vuelve de nuevo intenso, sin que pueda lograr que el entrenador deje libre su boca para que pueda escupir el semen.

   -Le dije que lo tragara, Saldívar, y lo hará. -le dice mientras le empuja la cabeza hasta el borde de uno de los sillones, manteniéndolo así para taparle la nariz con su otra mano.- Trágueselo, cabrón.

   -NHHGg. -los gemido de Daniel regresan, sus musculosos brazos inutilizados para oponer resistencia sólo se hinchan una y otra vez sin lograr liberarse, mientras tanto los segundos sin oxígeno son determinantes, de nuevo siente la angustia de la asfixia, sus ojos, suplicantes por la asfixia y la humillación, se encuentran con la mirada encendida de Franco, ambos machos mantienen la mirada fija en el otro, la furia y la rebeldía, el dominio y el control el vencedor y el vencido. Sentir como todos los músculos del juvenil y atlético macho tratan de liberarse de esa humillación, producen placer el más viejo.

   -No podrá aguantar más tiempo, Saldívar. Tragará. -le dice sin dejar de mirarle a los ojos. Sabiendo que la falta de aire vence cualquier resistencia, acaba con cualquier rebeldía. La sonrisa cínica se dibuja en su rostro.- Tragará.

   -¡Ghmghmg! -Daniel sabe que Franco, como siempre, tiene la razón, que tiene todos los ases bajo la manga y las oportunidades de ganarle por el momento son nulas, la desventaja es evidente y el tiempo no perdona. Está ahogándose y la agonía que ello produce es terrible.- Mghm… -los últimos gemidos de rebeldía se deja oír antes de que sienta la imperiosa necesidad de respirar. Sin dejar de mirar a Franco, multiplicando por mil su humillación, no le queda más opción que tragar el semen, pasarlo haciéndolo lo más rápidamente posible y bajando la mirada en señal de sumisión y derrota.

   -Todo, Saldívar, hasta la última gota.

   Aun viendo que Daniel ha cumplido, Franco no lo libera para que pueda respirar; temiendo que sea solo un truco, deja pasar unos segundo mas, que para Daniel parecen eternos, la mirada vuelve a nublársele, mientras el otro disfruta de ver cómo ha reducido a ese musculoso y joven macho a un perfecto juguete sexual. Solo libera la nariz cuando siente que el musculoso cuerpo se afloja por la falta de aire.

   -¡Ahhhhhhhhh! -una inspiración profunda por parte de Daniel, es seguida de tomas más superficiales y más frecuentes para tratar de reponer el oxígeno perdido.

   -Jejejejeje, así, Saldívar, repóngase, termine de pasar el sabor de mi semen en su boca. Y ahora, ¿me va a decir que sigue siendo hombre?, jejejejejejeje… – le dice sarcásticamente viéndolo mientras se repone de la asfixia.

   La rabia se apodera de Daniel por la burla a su “hombría”, y se lanza contra Franco sin lograr hacerle nada, el hombre estaba preparado para eso.

   -Jejejeje, quieto, Saldívar. -Franco detiene el ataque y aprovechando el impulso carga a Daniel en uno de sus hombros.- Aun no terminamos, no se desespere, jejejeje… -camina con el musculoso nadador en hombros mientras aprovecha para tocarle las duras y grandes nalgas.

   -Suélteme, bájeme. -se revuelve sin éxito, sus brazos siguen aun entumecidos, ignorando que ese roce excita aún más a su torturador.

   -No, quiero más.

CONTINÚA (el relato no es mío) … 23

Julio César.

NOTA: El relato comienza algo lento, y como no tengo intensiones de apurarme más, quien lo desee puede buscarlo en esta dirección: http://www.todorelatos.com/relato/16991/

EL SUEGRO LO ENVICIA… 37

noviembre 8, 2014

…LO ENVICIA                         … 36

   Este relato me lo envía por correo un conocido de la casa, LeRoy, y es bueno, aunque es una mala traducción que me tomará tiempo medio hilar. Este relato que NO ES MÍO, lo llevo más bien como una pequeña adaptación. Que el autor no se moleste, por favor. Bien, la trama: un chico muy joven sueña con ser físico culturista y se casa con la hija de un ex culturista, el cual termina convirtiéndole en el juguete sexual de todos los hombres. Disfrútenlo.

……

Título: Muscle Pussy

De: hgenyc9261@gmail.com

HOMBRE EN TANGAS DE MUJER

   Es lo que espera al final.

……

   Ned deja escapar un silbido ahora que ese trasero está más abierto, y en el espejo, temblando de ganas, deseándole, totalmente enviciado al encanto de los hombres grandes de vergas duras que se mueren por meterlas en su culo joven que comienza a vivir, Bobby nota cómo bajo su suspensorio la verga la tiene completamente dura, forzando la tela tejida y amenazando con rasgarla. Sus miradas, en el espejo, se encuentran, y como para que entienda que la cosa es seria, lentamente, Ned baja la parte delantera de la breve prenda deportiva por debajo de sus bolas, una gruesa y larga verga casi amoratada de sangre y ganas salta golpeándole el estómago. Y los ojos del muchacho se nublan, sus labios brillan de humedad, sus mejilla enrojecen y, lo sabe, su culo titila de manera intensa, llamando aquella magnifica pieza de macho que ya desea sentir metiéndosele, abriéndole, llegándole y pulsándole bien adentro.

   -Maldita sea, si vas a ponerte cómodo, creo que también yo lo haré. –anuncia Walt, antes de salir de su camiseta y dejar caer sus pantalones. Y conteniendo un jadeo, Bobby comprueba que se parece a su hermano más de lo que imaginaba, una lanza de carne dura y enrojecida flotaba frente a él, con algo de humedad en el ojete.

   -Vamos, Walt, ayudemos al chico… -sonríe Ned, rociando un poco de crema de afeitar en sus dedos antes de inclinarse y aplicarla, extendiéndola, sobre la raja interglútea y su culo, sus ojos atados en el espejo cuando con un dedo frota y frota la entrada antes de meterlo, centímetro a centímetro, penetrándole, frotándole alrededor, el redondo capullo de ese ano abrazándolo casi alzándose. Lo hizo durante varios minutos, su dedo adentro y afuera, untándole pero también tirando de él, abriéndole, mirándole enrojecer la espalda, tensar sus hombros, su respiración más frenética, las pruebas visibles de lo mucho que un chico disfruta cuando un hombre le mete y saca el dedo de su culo caliente de muchacho con ganas. Notando cómo se arquea un poco, el hombre sabe que ese cuerpo responde totalmente a las atenciones de un macho. La crema de afeitar se expande, se espesa, lechosa, y entra y sale de ese agujero vicioso.

   -Esto sólo tomará un segundo, hijo… -las palabras estremece al muchacho, casi creyendo ver a su suegro, a su amado suegro de verga grande y caliente que le llena cuando le apetece.- En realidad no tienes mucho pelo.

   Eso lo sabía el joven muy bien, se lo había afeitado un día antes para atender a su suegro antes de que llegaran sus amigos para la despedida de soltero, pero no lo dice. Si aquel poderoso y atractivo macho maduro quiere ayudarle, bien puede dejarle. El paso de la afeitadora nunca se sintió mejor, era lento, suave, siempre bañado por los alientos de Ned y Walt, y a Bobby todo le daba vueltas, ojos cerrados, boca abierta, cabeza sobre la cama, dejándose hacer.

   -Ya vuelvo. –anuncia Ned, rumbo al cuarto de baño y regresando con una toalla mojada y una botella de loción, lanzando las dos cosas sobre la cama.- Encontré esto. Imagino que sabes que debes utilizarlos para mantener la suavidad, ¿no? –informa mientras toma la toalla, secando y eliminando lo poco que quedaba de la crema de afeitar antes de abrir la botella de loción y dejar caer un prologando goteo por encima de su culo. Es todo un espectáculo ver como la piel se abrillanta un tanto, como el pequeño arroyo cubre el agujero, como este se cierra por lo frío.

   -Aplicaste mucho. –comenta Walt, voz ronca y ojos oscuros de lujuria.

   -Sí, hay que regarlo un poco. –concuerda, colocándose tras el rubio joven, con una mano atrapado su tolete y con la cabeza enrojecida le unta la loción, de arriba abajo.

   Y Bobby aprieta los dientes, ardiendo, el toque de esa esponjosa pieza contra la entrada de su culo es enloquecedor; pero nada a lo que siente y jadea cuando el glande, quieto, empuja hacia adelante, contra los labios de su agujero. Ese culo ya está entrenado, tiene experiencia, pero aún así es forzado un poco a permitirle la entrada a la gruesa corona. Lentamente, centímetro a centímetro, el largo y grueso tolete va penetrándole, rozándole las sensibles paredes del recto. Un hombre estaba llenando su culo hambriento de atenciones con su titánica herramienta. Y cada pedazo de esa pieza hace temblar de puro placer al rubio y musculoso culturista… cuya vista empañada cae, oh, desgracia, sobre un retrato sonriente de su mujer en una mesita. La recuerda, con algo de vergüenza, estaba en la cama que compartía con ella, el lecho que juró respetar ante Dios. Alice no merecía…

   La verga le entra toda, y pulsa de manera intensa, a la par que ardiente, contra las paredes de su recto.

   -¡Oh, Dios, si! Si… Cógeme… -se le escapa.- ¡Cógeme duro, papi!

   -Tranquilo, bebé, toda es para ti… -es la ronca y gozosa respuesta.

   -Joder, ¡se la metiste toda! –se asombra Walt, ojos muy abiertos.

   -Oh, mierda, si, sabe cómo acomodarla… -ruge bajito Ned, las rudas manos atrapando las caderas del muchacho, su güevo enterrado hasta los pelos en aquellas entrañas calientes y suave que le succionan y halan de manera intensa.- Tu hermano estaba en lo cierto, este es un coño increíble dulce y apretado. –suspira ruidosamente.- Dios, ¡cómo aprieta y chupa! –su panza va de adelante atrás, sin moverla de sus entrañas, pero la siente más aprisionada.

   Jadeando quedo, boca abierta y ojos nublados, Bobby mira el reflejo en el espacio, su cara de puto caliente y los dos enormes hombres detrás de él, uno de ellos aferrando sus caderas mientras le embiste, de adelante atrás, medio ladeado, cogiéndole con fuerza, estimulando sus entrañas, dándole donde es. Y por sus gestos, el joven culturista entiende que eso era lo que fueron a buscar. No el auto. Seguramente Tom, hermano de Walt, les habría contado sobre toda la loca diversión que tuvieron la noche anterior y se habían acercado buscando obtener un poco para sí mismos; tener y encular por todos lados al guapo y joven culturista rubio que adora las vergas en su culo sedoso.

   La idea debería ser degradante, considera por un segundo Bobby, su musculoso cuerpo estremeciéndose con fuerza sobre el colchón por los ímpetus de las embestidas del grueso y tieso tronco en su agujero, pero no se queja. No puede porque está totalmente enviciado. Había pasado toda la mañana caliente soñando con lo ocurrido la noche anterior, aquellas cuatro enormes piezas masculinas enterrándose en sus entrañas, jodiéndolas y dejándolas llenas de semen caliente, y eso le tenía a punto para recibir más, admite sonriendo un momento, cerrando los ojos, quedándose muy quieto, apretando mucho sus nalgas, siendo totalmente consciente de la nervuda y rugosa tranca que se desliza en su recto, estimulándole, calentándole, excitándole de manera intensa, dándole en ese aparente clítoris de culo que tiene y sobre la próstata. Estaba nadando en hormonas y ganas, y el enorme sujeto maduro a sus espaldas estaba totalmente dispuesto a gozar del rubio y hermoso muchacho culón.

   Le daría algo en qué pensar, se dice el joven culturista, totalmente abierto y lleno por la enorme y gruesa verga que dilata intensamente su esfínter, las bolas de este descansando contra su piel, así que prensó aún más sus nalgas y su agujero, de alguna manera, se abrió y cerró como unos labios sobre un helado pero sobre el cilíndrico tolete, ordeñándolo con fuerza.

   -¡Coño! –grazna maravillado Walt, mirando, su verga goteando.

   -Oh, Dios, es…-Ned enrojece todo, volviéndose hacía su compinche mientras siente que ese agujero va a arrancarle la verga con sus haladas.- Amigo, espera hasta que sientas este coño apretado trabajándote la verga. Este chico es una putita de lo más talentoso. –se la saca un poco, la membrana totalmente unida a ella, empujando otra vez, su venosa y palpitante moles rozándole las paredes del recto, haciéndole gemir.- ¿Te gusta sentir mi enorme verga en tu coño, muchacho? ¿Tu coño de puto musculoso disfruta de la buena verga de un hombre, hijo?

   -Hummm… sí, señor. –jadea el chico rubio, cara roja, brillantes los ojos lujuriosos cuando ese tolete sale y regresa, dándole sabroso.- ¿Podría… podría darme más fuerte, por favor? –oye risas.

   -Pero qué puto. –es la respuesta del hombre, así como una nalgada y el incremento de las cogidas, un frenético mete y saca que le arranca otro gemido mórbido de lujuria al musculoso joven.

   Las nuevas embestidas le hacen gemir de una forma tan entregada a ese uso, que Walt se acerca más, acariciándose la verga y viéndole el agujero tan lleno de masculinidad. Cuando Ned saca su tolete, lentamente para que el chico disfrute de su paso, Walt extiende la mano y con los dedos recorre el agujero rojizo, abierto, hundiendo uno de ellos en su ardiente interioridad.

   -De verdad que parece un coño caliente. –susurra con asombro.- Mira esos labios hinchados.

   -Y es un coño de los buenos, de los deseosos de hombres. –gruñe Ned, tendiéndose sobre el muchacho, la punta de su verga rojiza pegando del agujero ya ocupado por un dedo, que se retira.

   Atrapándole al joven culturista los fornidos brazos, empujándolos hacia su cabeza, quitándole todo apoyo, presionándole los hombros sobre el colchón mientras su gruesa y dura verga, que quema con fuerza, Ned se abre camino en su sedoso culo ávido de más, porque era un culo realmente necesitado de eso, del consuelo que sólo la verga de un macho puede ofrecer. Y así, inmovilizándole, obligándole a tensar cada musculo (cosa que excita a Bobby quien se mira de costado en el espejo), le coge, sacándosela y metiéndosela con fuerza, cabalgándole duro, sin piedad, como todo hombre desea coger a sus perras, haciéndolas gemir de gusto en el proceso.

   Y justo en ese momento es perfectamente audible, a pesar de los quejidos de la cama, de los gemidos de Bobby y los gruñidos de Ned, la puerta de la calle abriéndose y alguien silbando alegremente que entra y lega al pasillo.

   -Bobby, estoy en casa, ¿dónde estás, muchacho? –oyen la voz de Ben. Y aunque tanto Walt como él vuelven las miradas a la puerta cerrada, Ned no se detiene, no puede, no con ese culo ardiente y succionante que estaba dándole las haladas y apretadas de su vida, por lo que sigue metiéndola y sacándosela rítmicamente.

   -¡ESTOY EN MI HABITACIÓN! –grita el joven, voz estrangulada, todo tenso por la posición, todo tembloroso por el placer que siente.

   -Okay, muchacho. Voy a tomar una ducha. Tal vez luego podamos salir, ¿no? –oyen la respuesta, momentos después la ducha corriendo.

   Sabiendo que estaba cogiéndose a aquel musculoso muchacho mientras su suegro estaba en la otra habitación, pareció enloquecer a Ned, quien incrementó de manera entusiasta, rítmica y fuerte sus embestidas sobre el rojizo culo abierto. Su tranca casi amoratada de sangre entraba y salía con propiedad, rozándole, llenándole, dándole duro, y Bobby sólo podía gemir quedo, ojos cerrados, rostro ladeado, sonriendo para sus adentros, suponiendo acertadamente qué era lo que excitaba tanto al otro, cogerse al yerno de un tío que andaba por ahí, seguramente imaginando que hacía algo muy eróticamente sucio y secreto, ¡gozar del culo del marido de la hija de otro! Obviamente ignoraba que Ben le había visto siendo jodido una y otra vez.

   El colchón se agitaba todo, y endureciendo su agujero alrededor de la rígida barra pulsante, Bobby abre los ojos, casi bizcos, mientras sufre uno de esos clímax de culo que no entiende, pero tan reales como intensos y maravillosos, uno que le llena de infinito placer, tanto que su agujero es como una verdadera ventosa cerrada sobre la pieza que le penetra. Y Ned lo siente, abriendo muchos los ojos y bocas, mirando ese atractivo y emputecido rostro contra la cama, sintiendo su miembro increíblemente halado, sobado y trabajado. Sin embargo, aunque Bobby podía estar sufriendo un orgasmo, su culo no afloja su presa… quería ordeñar la esperma caliente de ese macho rudo tras él. Y quería hasta la última gota de ese semen que se estaba ganando.

   -¡OH, MIERDA! –ruge el hombre, olvidada toda precaución.- ¡Qué coño! –y la empuja toda, casi cayéndole encima, reteniéndole por las muñecas, hundiéndole en el colchón aún más.- Tómala toda, nena grande. Toma toda mi esperma en tu coño caliente de putita. –y gruñe bizqueando también, su verga imposiblemente dura disparando carga tras carga de semen dentro del apretado, sedoso y succionante agujero que parece movilizarse cuando lo percibe, a lo lejos oye los gemidos quedos del musculoso chico al sentirlo, su leche ardiente llenándole todo.- Si, tómala, goza toda mi leche en tu coño de musculosa puta.

   Cada disparo lanzado por la violenta pulsada de la verga se sintió de forma intensa en las estimuladas entrañas del rubio muchacho, casi golpeándole sobre la próstata, llenándole totalmente. Dios, cómo le gustaba eso, sentir la semilla de los hombres nutriéndole así, sus espermatozoides nadando.

   -Ah, fue… fue… -graznas Ned tras el muchacho, soltándole las muñecas, deslizando fuera, suave, su inmensa verga todavía medio morcillona empapada en su propio semen que regó un poco antes de abandonar el sedoso estuche del muchacho. Se pone de pie, y todavía gotea algo de esperma.

   -Vaya, hijito, ¿otra reunión con chicos? Estás volviéndose muy parrandero. –se oye una voz desde la puerta, que fue abierta sin que nadie lo notara, y tres pares de ojos se vuelven para encarar a Ben, desnudo a excepción de una corta toalla alrededor de su cintura, sus enormes pectorales, hombros y brazos húmedos de la ducha.

   -Oye… -grazna Ned, algo confuso ahora.

   -¿Te gustó disfrutar del culo del marido de mi hija? –pregunta irónico, y los tres sujetos madurones se miran.

   -Mucho. –ríe Ned y Walt le imita.- No quisimos faltar al respeto. Pero este chico… -abre los ojos y toma aire, recordando cómo le encontraron al llegar, desnudo y acariciándose el culo en la piscina.- Espero que no te moleste que… nos tomáramos algunas libertades.

   Ben les mira por un segundo y luego ríe también, acabando con la poca tensión presente; después de todo no había nada qué discutir, eran tres machos alfa en presencia de un sumiso chico guapo y saludable que necesitaba ser tomado, que disfrutaba ser tomado, que exhalaba un aroma que enloquecía a los hombres.

   -Por supuesto que no. Me gusta que mi yerno se divierta. Es un chico dulce que ha vivido mucho tiempo sin ejercer su sexualidad, cosa que no es sana. Ahora sí. Y no los culpo, mi muchacho tiene el coño más bonito, caliente y suave que jamás se verá. –tranquiliza, acercándose a la cama, recorriendo con un dedo la raja de su yerno, recogiendo algo de semen y empujándoselo en el agujero ávido, que titila sobre la punta de su dedo.- ¿No se siente genial cuando se la empujas duro y hondo por el coño? –pregunta y Walt le mira con sorpresa.

   -¡Gran Dios, ¿has jodido el culo de tu yerno, el marido de tu hija?! ¡Me gustaría ver eso!

   -Te gustaría, ¿eh? –contesta Ben, antes de renunciar a la toalla y dejar ver en toda su grandeza la venosa, dura y brillante verga. Siempre estaba lista la pieza de ese hombre para coger.- Vamos, hijito… los señores quieren ver.

   Mirándole sobre un hombro, Bobby, cuyo culo sufre un violento espasmo, por fin iba a recibir lo que llevaba días esperando (la verga de su “papi”), se moviliza sobre manos y rodillas, elevando su agujero y acercándolo al poderoso macho, rumbo a sus caderas, hasta que su goteante ano, abriéndose y cerrando, presiona contra el glande del grueso y largo tolete, roce increíble, mientras Ben permanecía muy quieto, manos en las caderas, mirándole con una sonrisa de orgullo y lujuria (bien sabía que sería así de putito cuando comenzó a trabajarle).

   Mirando a los otros dos, fascinados ante el espectáculo, Ben siente como Bobby empuja más las nalgas y como los labios de ese culo parecen abrazar la punta de su verga, casi halándola, metiéndosela centímetro a centímetro dentro del usado agujero caliente lleno de esperma. Y mientras se la va metiendo, por fin después de tantos días de abandono, Bobby, totalmente enrojecido, gime con total pasión, atrapándola toda, sintiéndola pulsar y llenarle de calor y jugos las entrañas. Se retira un poco, apretándola, y regresa succionándola con todo, antes de comenzar un ir y venir de locura, deseando el roce, la auto cogida, llenando el ambiente con sus gemidos roncos y las palmadas de sus nalgas contra las caderas de su suegro, ofreciendo a la visita un espectáculo caliente y sucio.

   -Este chico… -granza Walt, ojos lujuriosos clavados en ese redondo agujero que se abría de alguna manera para tragar la gruesa mole de carne que lo penetraba.

   -Es un gran chico… mi chico… -asiente Ben, dándole una fuerte palmada y Bobby alza la cabeza dejando escapar un gemido totalmente lleno de lujuria.- ¿Y cómo van los preparativos para la boda? –les pregunta mientras el muchacho va y viene sobre él, enculándose con fuerza sobre la dura, larga y gruesa verga de su suegro. Y así comienzan a hablar, mientras la visita miraba al rubio y musculoso culturista empalarse a sí mismo.

   Y nuevamente, con lo muy putito, o muy viciado o apasionado que había terminado siendo, Bobby decide que quiere más. Si, puede satisfacer a esos hombres con su musculoso culo, puede brindarles un gran espectáculo mientras va y viene sobre la gruesa verga de Ben, pero también quiere que este se sienta satisfecho. Ahora sabe que también tiene dones, no es sólo un coño caliente (así lo pensó, un “coño”), necesitado y urgido de ser llenado por los hombres. También podía dar…

   Muy lentamente va ascendiendo sobre la larga tranca de su suegro, palmo a palmo, apretando con fuerza, sintiendo contra las increíblemente sensibles paredes de su recto el pulsar de cada vena de la dura y ardiente lanza de carne. Cuando llega a la punta, sintiendo el engrosamiento del glande, tira de él con los labios hinchados de su culo. Tomándose su tiempo, dándole apretadas con el esfínter, comienza a descender lentamente, nuevamente sintiéndolo recorrer sus entrañas, rozándose, abriendo, llenándole de pulsante carne, tomándolo todo. Ben gruñe de satisfacción y eso hace sonreír al joven, quien comienza a ir y venir sobre ella de manera frenética, dándole las apretadas de su vida, para hacerle gozar, pero también para disfrutar el roce y las pulsaciones de la titánica barra contra las paredes de su recto. Es todo un espectáculo verle tomar y soltar ese instrumento enorme. pero, sobre todo, comprobar lo puto que es, lo mucho que necesita de un güevo caliente y duro en sus entrañas.

   Walt, mirada fija, se acerca más, su tieso tolete muy erecto y goteante frente a él, bajando una mano de dedos abiertos, posándolos a los lados del muy abierto agujero, cuya membrana sale y entra mientras continúa empalándose, y aprieta, atrapando levemente el tolete de Ben, el cual latía con fuerza mientras aparecía y desaparecía dentro del rubio y musculoso culturista.

   -¿Hay esperma tuya en el coño de mi muchacho? –Ben le pregunta.

   -No, todavía no. –responde Walt. Ben, dando un paso atrás, retira su tranca del titilante agujero abierto de su yerno.

   -Anda, toma tu turno. Vale la pena. –se lo ofrece.

   Estaba “prestándole” a otro carajo, se dice Bobby, cara roja y transpirada, sabiendo que debería sentirse muy humillado, pero su culo sólo puede palpitar más a la vista de la tercera tranca que puede tomar en esos momentos. El tercer güevo grande y babeante que llenará su coño hambriento. Vuelve la clara y bella mirada al frente, y por el espejo ve al hermano de Tom agarrándose la verga, colocándose detrás de él, y empujársela toda, de golpe, en las entrañas. Se desliza, dura y caliente, y las paredes de ese recto sedoso y apretado lo cubren, halan y aprietan.

   Walt, quien parecía un hombre algo callado hasta ese entonces, al sentir ese culo cerrarse hambrientamente sobre su falo, dándole semejante chupada, deja escapar un ronco gemido de sorpresa y gusto. Por Dios, el culo de ese muchacho rubio y musculoso era algo realmente serio, podía sentir cada palmo de su tranca totalmente estimulada y trabajada. ¿Serían así los culos de todos los chicos deportistas?

   -Oh, mierda, ¡pero qué coño! –ruge, atrapándole con manos firmes las caderas, sacándola y metiéndosela duro, halándola casi hasta el glande para luego enterrarle cada palmo de gruesa y nervuda barra en las entrañas, una y otra vez, sintiéndose en la gloria, amando, como hace todo hombre, cuando oye al chico gemir de placer, arqueando la recia espalda, gozando sus cogidas.- Tómala toda, putita de coño alegre, toma toda mi verga. ¿Te gusta, chico grande? ¿Te gusta sentir mi hombría llenándote y dándote gusto? Eres un culturista de músculos grandes pero tienes un coño ávido de machos bien caliente, muchacho. –y embiste, una y otra vez, llenando el cuarto de las bofetadas pelvis contra nalgas.- Tómala, nena, tómala toda por tu coño dulce…

   Ben, le mira a través del espejo, sus ojos se encuentran, sonríe leve, va y toma asiento en un sillón al tiempo que acaricia su erección. El chico rubio entiende, su suegro, su hombre, quiere un espectáculo; comienza a ir y venir contra la pelvis de Walt, machacándole la verga con su culo, atrapándola de manera intensa, ladeando sus nalgas para sentirla por todos lados, como sólo saben hacerlo unos cuantos.

   -Joder, amigo, tu yerno es… -Walt se la clava duro, empujando más, mirando a Ben.- ¿No te molesta que a tu yerno…?

   -No, amigo, me gusta ver que mi muchacho la está pasando bien. Pasó mucho tiempo con un complejo de heterosexual, ahora es libre para ser una putita que goza de las vergas de los verdaderos machos. Su coño dulce y caliente, siempre mojado, necesita de mucha masculinidad. –informa.

   -Mierda, si, es tan puto. –ladra Ned, escuchando lo que hablan, viendo el hermoso cuadro del atractivo, saludable y musculoso joven rubio moviéndose entusiasta mientras su culo es abierto una y otra vez por la gruesa verga de su amigo.- Quiero más de eso… vamos, Walt, haz espacio y vamos a clavárnoslo entre los dos. Le sacaremos la mierda de tantos güevazos… -amenaza.

   Y Bobby gime, tensándose sobre la cama, presa de otro clímax anal, exhalando su aroma a perra en celo que termina con los escrúpulos de Walt, quien asiente. Iban a cogerlo entre los dos. Dos machos para él, y la idea le hace nadar en endorfinas como siempre. Las ordeñaría para su suegro, las trabajaría y las agotaría y Ben miraría su culo abierto manando un verdadero río de semen caliente.

   Ben sonríe, como si le adivinara; si, Bobby era una puta. Su putita. Y lo sería para siempre.

   -Vamos, señores, menos charlas y más movimientos. Llénenle el coño de vergas a esa putita caliente… -les anima.

CONTINÚA…

Julio César.

NOTA: Un amigo de la casa, Apolo, logró encontrar la página original de donde viene esta historia, que notarán fue versionada. Gracias, amigos. Quien quiera saber de qué va o cómo termina, que vaya a: http://www.nifty.org/nifty/gay/incest/muscle-pussy/

DE AMOS Y ESCLAVOS… 10

octubre 24, 2014

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 9

HOT BLACK

¿Tanga o hilo? ¿Cómo lo quieres?

……

   Tarda casi veinte minutos en salir del apartamento del chico blanco, todo ajado, sudoroso, oliendo intensamente a esperma, en su lengua todavía el sabor de la de Hank y la suya propia. Da un paso fuera del apartamento, cierra la puerta a sus espaldas y se lleva un susto de muerte.

   -Mucho cachondeo, ¿no? –comenta, unos pasos más allá, el marido de la conserje, escoba en manos, ojos llenos de maldad y algo más.- ¡Vaya negro maricón que resultó! –casi ríe.

   -¿De qué coño hablas? –intenta fingir desconocimiento, incluso ira; el otro sonríe más, mirando hacia la puerta cerrada a sus espaldas.

   -De nada, amigo. De nada. –y ríe mientras se aleja barriendo.- Límpiate el mentón.

   Roberto traga en seco, pasándose las manos sobre la cara y luego el cabello grueso. Joder, ¿en qué estaba metiéndose? ¡Ese carajo sabía! Y las cosas que había hecho eran terribles. Debía terminar con toda esa mierda, ¡era un hombre, carajo! No podía convertirse en el sumiso y dócil juguete sexual de ese carajito insolente.

……

   Gregory Landaeta entra al amplio sanitario masculino, totalmente cerrado de ventanas, con baldosas blancas y paredes amarillas. Hay carajos que mean al tiempo que otros se lavan las manos. Algunos no lo hacen, salen tan panchos. Y mientras está ahí, de pie, la verga latiéndole dolorosamente dentro de sus pantalones, les ve ir y venir. Hombres como él, pero sin esa urgencia extraña que se le ha despertado. Mira el orinal de pared…

   Dos tíos mean sin hablar, los chorros son ruidosos. Entra al privado al lado, cayendo casi como un fardo sobre la tapa del inodoro, oyéndoles orinar, algo a lo que jamás le prestó atención antes. Pero bueno, nunca antes se había dejado tocar el culo, menos que otro sujeto frotara su verga de él, o… tocar él la de otro. Se estremece totalmente, asustado, inquieto, molesto y profundamente caliente. Si, recordarlo todo se la pone más dura contra la áspera y ajustada tela del jeans que le aprisiona sabroso y dolorosamente. Se la toca y el roce de su propia mano casi le hace gemir de puro placer. Oye voces, toses, meadas, lavados que se abren, agua que corre, y todo le marea. Le parecen sonidos eróticos, todavía no lo asocia a que son signos de personas que están cerca y pueden pillarle. Va cayendo hacia atrás mientras con manos febriles abre su bragueta, sacando de la suave tela del bóxer su enorme güevo negro, grueso, lleno de sangre y ganas. Y mirárselo así, sentir el frío del aire acondicionado, sabiendo que está en un sanitario donde podrían darse cuenta de lo que hace, todo tan prohibido y peligroso, casi le hace correrse.

   Sabe que no durará mucho, pero lo necesita de una manera casi febril, así que rodea el grueso, caliente y palpitante tronco con su mano, en puño, y lo sube y lo baja, arriba y abajo, apretando y aflojando un poco, masturbándose, y la sensación es mil veces mejor de lo que cree recordar jamás haber sentido. Cierra los ojos, deja que su cabeza ruede contra la pared metálica y se hace la paja mientras oye a otros carajos entrar y salir. Y mear. Una y otra vez. Gente que saca sus piezas y lanzan sus chorros de orina amarillenta, caliente y olorosa. Cuando le parece que la huele, de su tolete mana gran cantidad de jugos.

   Oye a dos sujetos hablar bajito, uno le cuenta al otro que salió con la puta de Susana, y comenta las cosas que esta le hizo con la boca. Las meadas, las risitas bajas, saber que eran tíos casi a su lado, le marean. Su mano sube y baja sabroso, dándose gusto, mucho, y sin embargo… Con una súbita inspiración lleva su mano libre a su plano abdomen, el roce le eriza, y la sube y baja, acariciándose, metiéndose dentro de la franela, subiendo más, llegando a sus tetillas duras, que al ser tocadas, allí, en ese sanitario donde se hace la paja al lado de otros tipos que mean, le parece la cosa más increíble del mundo. Su puño va y viene, frenético, con el pulgar se presionándose el ojete de su miembro, su otra mano aprieta duro una tetilla y tiene que morderse los labios para no comenzar a gemir de puro placer.

   Su mente gira de manera enloquecida, casi no es consciente de lo que hace. Y menos cuando recuerda a los tipos en el vagón, y como es su mente y es fantasía y en ese momento puede abandonarse a lo que quiere aunque le asuste o inquiete, se ve a sí mismo subiendo y bajando el culo sobre el güevo a sus espaldas, casi metido verticalizado entre sus nalgas redondas y dura, mientras el tipo le dice eso, que tiene un culo de locura. Al tiempo que frota la del otro bajo su pantalón, de manera entusiasta, la gente ocupada en lo suyo. Y el chico sentado que les miraba…

   Recordarle mirándole casi le hace saltar de la tapa del inodoro, teniendo que tensar las piernas para no temblar como gelatina y lograr retardar un poco más el goce. En su mente calenturienta, tanto que oscuros y pesados silbidos escapan de sus labios, el chico, en el Metro, saca su tolete y comienza a masturbarse, todo caliente, mirándole a él, excitado con la visión de su cuerpo grande, musculoso, sexy… siendo tocado, tocando y frotándose. Tiene que bailotear sus muslos de lo sabroso que siente cuando su puño va y viene sobre su güevo caliente, su otra mano de una tetilla a la otra, sabiendo o imaginando que el chico gozaba de verle.

   -¿Qué pasa ahí? –gruñe una voz antes de que la puerta del privado se abra y un joven y pecoso vigilante aparezca, quien abre mucho los ojos. Había entrado siguiéndole temiendo alguna conducta delictiva y… bueno, eso lo era, ¿no?- Pero, ¿qué coño…?

   -Yo… yo….

   Gregory casi salta sobre el inodoro, se ve totalmente alarmado, como tiene que estarlo todo el que es pillado haciendo aquello en un lugar público y para colmo por un vigilante. Nota la mirada curiosa del joven sobre su tolete atrapado, sobre su otra mano que sube dentro de su franela; no parece haber nada sexual en ello, tan sólo sorpresa y desconcierto. Y algo arde dentro del joven hombre negro, la mano bajo su franela sube, mostrando parte de su torso, del pronunciado pectoral, de la tetilla dura, pellizcándola, mientras el puño vuelve a sus movimientos, subiendo y bajando. Viendo aumentar la sorpresa del otro, quien no puede dejar de mirar, su propia lujuria aumenta a niveles escandalosos.

   Turbado, encontrando el espectáculo grotesco, pero a un tiempo fascinante, el joven vigilante duda, pero cierra la puerta. A sus espaldas. No quiere que nadie le encuentre mirando a ese tipo que se está haciéndose una paja, pero es que…

   -Te gusta que te vean, ¿verdad? –juega al malo, y su voz, la pregunta, hace que el otro jadee, esponjándose.- ¿Te sientas de noche en el balcón de tu apartamento a machacártela sabiendo que te miran? –tragando, Gregory niega con la cabeza, pero encontrando la idea increíblemente perversa y caliente.- Y el culo… ¿te pasas los dedos por el culo cuando sabes que te mira un tío de esos que gustan de llenar los huecos con su güevo? –niega otra vez, pero puede imaginarlo, no siendo tomado por un hombre, su agujero dilatado, abierto y muy lleno por la masculinidad de otro, pero si viéndole, y era enloquecedor.- Anda, enséñame el culo…

   Dios, Gregory se estremece violentamente, el otro, gay o no, tenía una mirada oscura, febril, y en su entrepiernas algo se levantaba. Homosexual o no, el sexo siempre llamaba. Soltando su tetilla, bajado más el jeans ajustado, ladeándose sobre la tapa del inodoro al montar un pie sobre el mismo, se masturba mientras enseña su raja peluda.

   -Acaríciate… -pide el chico, temblando. Él no era gay, pero…

   Y Gregory tiene que cerrar los ojos, no puede evitarlo, cuando sus dedos recorren la peluda raja íntima, tocándose la entrada del culo, y al hacerlo su verga mana más jugos. La punta de su índice recorre la entrada, sólo eso.

   -Puto. –oye bajito, y tiene que abrir los ojos, sonriendo complacido, tiene al chico súper caliente, ¿pero para qué? Él mismo no lo sabe. Tan sólo que…

   Echa la cabeza hacia atrás, brusco, y aprieta su verga para impedir un desastre de leche que llegue hasta el techo, soltándose de paso el culo, aún así corriéndose entre poderosos y deliciosos temblores de lujuria, un clímax intenso alcanzado porque estaba siendo mirado. Del ojete de su amoratada verga mana el río de leche, que no sata por la apretada, pero que sigue fluyendo, llenándolo todo con su poderoso olor a semen fresco.

   -¡Marico! –le gruñe el otro, acomodándose la gorra, cerrando la chaqueta sobre sus caderas y saliendo al tiempo que agrega.- Lárgate pronto.

   Desfallecido de gusto, insensible a las palabras, Gregory asiente, recostado de la pared… levemente preocupado. El carajo dejó la puerta entre abierta y un joven delgado, cara picada de acné, se asoma, ojos brillantes.

   -Joder, tío, ¿las chupas? –parece muy esperanzado.

……

   Como el mundo sigue girando, Roberto y Gregory deben regresar a sus vidas. Eso quiere decir al trabajo, a tratar con los colegas en el parada de taxis, con familiares, con amigos fuera de ese círculo… y alguna que otra chica que les busca. Gente del pasado. Uno no tan distante, emocionalmente, para Gregory, como sí para Roberto, quien sí ha cruzado ciertos límites. Ha mamado, ha tragado semen. Y le ha gustado y deseado. Mientras a Gregory le calienta recordar lo vivido, que le miraban, todavía preguntándose por qué, a Roberto la cosa le pegaba más. Porque ese muchacho que le controlaba le trataba como a un ser inferior, con desprecio, de manera autocrática. Y eso le gusta, ser tratado como un menor, un sujeto sometido a otro. Le gusta tanto que se oculta del otro.

   No quiere pensar en nada, quiere olvidar, así que evita a Hank, y al marido de la conserje. Sale con sus amigos, pero no puede ser como antes, algo que hace notar, molesto, Yamal, quejándose de lo extraño que andan ambos. Y lo decía un sujeto que cada miércoles desaparecía con una hermosa e impresionante catira que venía a buscarle. Y que jamás ha contado algo al respecto, como no sea mostrar una enorme sonrisa de satisfacción que le duraba hasta el sábado. Gregory y Roberto siempre han discutido qué tanto se divertía en la cama con la tipa esa.

   Como fuera, Roberto pensó que podía resistir. En el día, haciendo mil cosas, casi lo lograba. De noche era otra historia. Intentaba no pensar, evadirse, pero no pudiendo estar con nadie, no podía, realmente no conseguía ni siquiera imaginarlo, los recuerdos volvían. Poderosos. El chico diciéndole negro sucio, que se hincara, que se tragara su güevo… Cuando le decía con ese tono cruel, asegurándole como si lo supiera, lo mucho que le gustaría mamársela, le excitaba en segundos. Su propio tolete endurecía feo en la cama. Había algo en el trato, en el tono, en saber que le dominaba, que le calentaba. No podía negárselo. Era dar media vuelta en la cama, cerrar los ojos y sentir la textura lisa y fibrosa de la dura y caliente verga joven, muy blanca, contra su rostro, azotándole como hace un hombre que posee a su puto, mojándole, untándole con sus jugos, ahogándole con su aroma a machito joven. Y tragarla. No quiere, aprieta los dientes, pero tiene que reconocer que le encanta cubrir con sus labios gruesos el gordo tolete palpitante, uno que temblaba dentro de su boca cuando lo lamía, que le regalaba sus jugos, unos que tragaba con avidez mientras escuchaba que era un negro puto que gusta de los güevos blancos. Y el semen…

   Tragando en seco se tiraba de espaldas, su pecho subiendo y bajando, casi saboreándolo en ese momentos, disparo tras disparo de hirviente esperma, babosa, espesa… Totalmente deliciosa.

   Los días se le volvieron un infierno, andaba nervioso, molesto, huraño. Nadie sabía qué le ocurría. Dos veces había visto de lejos a Hank, quien le correspondió con indiferencia, mientras seguía con los ojos el culo de un carajo negro que vivía en las residencias de al lado. Indicándole que podía conseguir lo que deseaba en cualquier lugar. Que él, Roberto, no era tan especial. Y eso le atormentaba, irritaba y desesperaba. Pero, ¿qué hacer? ¿Sometérsele totalmente? Sabía lo que seguía, piensa estremeciéndose, intentando no temblar ante la imagen de la gruesa, larga, nervuda y palpitante verga del muchacho luchando contra su cerrado agujero negro, forzándolo, abriéndose camino, la pálida mole de carne desapareciendo en sus entrañas. Una idea que temía por muchas causas. Por lo que significaría, que ya no era un hombre (como si mamar güevo o tragar leche no lo dijera todo),  y el dolor que seguramente sentiría en su entrada. Sin embargo, y de eso estaba también muy consciente, el tiempo transcurría y se le agotaba. Hank le abandonaría.

   ¿Qué hacer?

……

   Ahora vivía extrañamente semi erecto, siempre, piensa Gregory, aún más consiente ahora de otras miradas sobre su cuerpo. Extrañándole que las que más busque fueran la de otros carajos; tíos que tenían que admitir que estaba buenote, tal vez con envidia. O deseo. La idea siempre le producía escalofríos. No era gay ni nada de eso (se repetía), pero…

   La cosa era a veces incómoda. Y peligrosa. Entraba en las duchas del gimnasio, a solas, medio morcillón, mirarse de pasada en el espejo siempre le producía ese efecto. Su cuerpo era sólido, esbelto, bien trabajado. Estaba bueno, pues. El agua corría sobre su enorme humanidad cuando notaba que alguien más entraba también al área, y aún con los ojos cerrados, dándole la espalda, podía sentirlo, la mirada ocasional sobre su ancha y recia espalda, en el agua que bajaba hasta cubrir y meterse entre sus nalgas redondas, firmes, paraditas. Algo leve, una mirada que lanzaría cualquiera a otro, en un espacio cerrado o apartado, para estar seguro de no estar frente a un delincuente, por ejemplo. Pero a Roberto le afecta, lo siente en el cosquilleos en sus bolas, volviéndose, mostrando su buen tolete medio morcillón aunque no tieso. Y reparaba en la mirada del otro, el sujeto ocasional, que de pronto notaba el cambio en el ambiente. Que aquel no era simplemente otro sujeto, sino uno atractivo, bien proporcionado, de güevo seguramente insolente por saberse de buen tamaño. Era un reconocimiento innato de un tío a otro, y que a él le gustaba demasiado.

   Aquel tío solía darle la espalda, otros le miraban con disimulo, lo notaba aunque aparentaba que no. Y estaban quienes miraban su cuerpo grande y oscuro, con más interés. Uno casi descarado, que le obligaba a volverse, erectándose, enjabonándose, su mano untada de espuma metiéndose entre sus nalgas, restregando, frotando, sabiendo que le mira, que ese sujeto le tiene los ojos clavados en la mano en su culo. Generalmente terminaba si alguien más entraba. La magia se rompía.

   Pero esos cambios los había notado. Los cambios en él. Deseaba ser mirado y admirado. Siempre fue así, pero ahora está peor. ¡Necesitaba llamar la atención! Casi no se atreve a decirlo, pero quiere calentar braguetas.

   ¡Necesitaba ropas nuevas!, se dijo esa tarde al terminar en el gimnasio, cuando casi estuvo a punto de masturbarse siendo mirado por un chicuelo que seguramente apenas llegaba a la mayoría de edad. El joven, mejillas rojas y ojos muy abiertos, le miró con tal calor, deseo y lujuria bajo la ducha, que le costó no llegarse junto a él, hacerle caer de rodillas y masturbarse para bañarle la cara de leche. Pero había más gente por ahí… No era uno de esos gimnasios que había escuchado en cuentos cuando se burlaba de los maricos. Pero así, todavía afectado, con toda esa testosterona dando vuelta en su torrente sanguíneo, decide que necesita un cambio. Tomó el taxi hacia el Centro, y por pura casualidad, cuando abordaba la zona desde la avenida Baralt, ve la unidad de Yamal deteniéndose frente a un motel horrible. Le vio salir, también a la espectacular catira que a veces le buscaba, parecía una gata de ojos brillantes de lujuria, lo notó a pesar de la distancia. Sonrió, vaya, su amigo debía hacérselo muy bien para que esa mujer estuviera ovulando ya.

   Pero no tiene tiempo para eso. Se detiene en el Centro Simón Bolívar, en un estacionamiento oscuro y con pinta de inseguro a pesar de todos los organismos públicos que funcionaban cerca, y fue a una cercana tienda amplia, de cosas para caballeros, donde atendían hombres que no acosaban con el “¿dese algo, señor?”, que molestaba tanto. Es ropa barata, pero de buenos cortes algunas, reconoce viendo los jeans, las franelas. Por pura casualidad se detiene frente a una enorme mesa-caja llena desordenadamente con ropa interior. Sus ojos caen sobre las prendas de colores llamativos, así que toma unos bóxer rojos, otros amarillos, algo casi ofensivo, pero que por lo corto y brillante le produjeron un escalofrío. Traga, se vería tan puto metido en una de esas vainas, hasta dudaba poder entrar. Repara en un sujeto cuarentón, algo obeso y bajo, con una fea chaquetilla azul que indicaba que era un vendedor. Se veía tan poco atractivo y tan poco en forma, que casi sintió pena por él.

   -¿Busca algo en especial? –le pregunta, voz opaca, aburrida. Ya está, pensó el joven hombre negro.

   -Estoy mirando. –es la respuesta que da todo el mundo, metiendo la mano, tomando un bóxer más corto todavía. Sus labios entre abriéndose, el tipo mirándole fijamente.

   -Es algo corto, pero en un cuerpo como el suyo, se vería increíble. –comenta el sujeto como si tal cosa y Gregory traga, estremeciéndose.- Sería todo un espectáculo. –continúa con el mismo tono neutro, metiendo también la mano dentro de las prendas.

   -¿Usted cree? –pregunta al fin, aunque sabe que no debió hacerlo. No seguir ese camino.

   -Si yo tuviera su cuerpo, usaría algo como esto, para pasearme así por toda la casa con todas las ventanas abiertas… -saca una vaina barata, sosteniéndolo entre sus índices, una pieza chillona en azul eléctrico, tipo bikini, notando el oscurecer de los otros ojos.- O esto, para parar el tráfico… -continúa, buscando otra vez y mostrándole ahora, del mismo material, una tanga blanca, pequeña.

   -Yo… no…-sonríe sofocado, nada más metiéndose en esa vaina se correría.- No creo que sea mi estilo…

   -Tonterías. Con ese cuerpo debe lucirlas. A todos se les alegraría la vista. Es casi un deber…

   -No creo que me quede… -intenta escaparse, ronco y con el pecho agitado, deseando tomar aquella vaina ya.

   -¿Por qué no se la prueba allá? –le indica y el corazón de Gregory late pesadamente.- Yo iré y le llevaré otras prendas que han llegado… Y veré cómo le quedan. Seguramente de manera regia.

   Todo Gregory se estremece feamente, sabiéndose atrapado, tomando con mano insegura la pequeña prenda, dirigiéndose al probador, sintiendo la mirada del obeso sujeto sobre su cuerpo. ¿Qué estaba haciendo? ¡Estaba perdido de puto!

……

   El calvo sujeto, lleno de tatuajes y piercing en cejas, nariz y un lado de la boca, parece mayor de lo que es realmente. El lugar es largo pero estrecho, el techo bajo y la iluminación indirecta en casi todas partes, lo hace ver algo chico y sofocante; desde la barra, donde habla con otros dos tíos, pelones también (por elección), mira tatuajes en folios, mientras otras personas recorren la especie de galería, viendo tatuajes y piercing en fotos de personas. Algunas realmente grotescas.

   -¿Galdo? –pregunta una voz estrangulada.- Vengo de parte de Hank… -el hombre, con mirada indolente, se vuelve hacia el joven hombre negro.

   -¿Eres la futura perra de Hank? Me dijo que vendrías, tal vez la semana que viene. Veo que tienes prisa por servirle. Eso es bueno, chico, que te mueras por satisfacer a tu hombre. –le dispara a boca jarrón, frente a los otros dos, que también le miran.

   Y Roberto desea caerse muerto.

CONTINÚA … 11

Julio César.


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