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TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 20

julio 17, 2014

… SERVIR                         … 19

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

UN HOMBRE EN SU PANTALETA ROJA

   Hay hombres que nacen para esto…

……

   Nada más llegar esa mañana a su oficina, todavía disgustado por tener que asistir (había perdido hace tiempo el amor por su trabajo, si es que alguna vez lo tuvo), Johan Monroe supo que algo malo pasaba. Lo vio en el rostro de su asistente, una mujer delgada, cara caballuna, ojos claros que nadaban tras los gruesos cristales de sus gafas. La asistente que su mujer le permitió, celosa como era de su marido, un rudo y fornido hombre llegando a los cincuenta, cabello corto y acerado, rostro de piedra, que soñaba con tomar sus cosas y escapar de su vida profesional y personal.

   -Buenos días, Alcaide. –comienza ella, acercándole una taza de café.

   -Buenos días, señorita Lamas. –responde, tomándola, probando el brebaje. Era bueno. Un punto a favor de la muy poco agraciada mujer. Bien, era hora de sufrir- ¿Alguna novedad?

   -Sí, señor. El abogado del convicto Pierce, Daniel Pierce, está pidiendo noticias sobre su cliente. –el tono abiertamente reprobador se deja sentir en su voz.- Y usted sabe lo… delicado que eso puede ser, ya que ese señor está compartiendo celda con un reo condenado a muerte.

   ¡Joder!, pensó el hombre, alarmado, el convicto iba a perder su juguete.

   -¿Quedó en venir o amenaza con venir? –tomas asiento, rostro imperturbable, mente en caos.

   -Vendrá, con su esposa. –informa la mujer, puntualizando lo último, esperando ver una reacción en aquella cara cincelada en acero, algo cómo por qué se encerró a un hombre condenado por malversación con un sicópata condenado a muerte.

   -Vaya novedad. La familia no había dado señales de vida. –saborea su café, frente levemente fruncida.- Me encargaré de ello. Téngame al tanto de la visita.

   -Sí, señor. –no era lo que esperaba, pero era algo. No le gustaba lo que estaba ocurriendo, se dice mientras sale.

   Una vez a solas, el alcaide Monroe se echa hacia atrás en su cómoda silla, la próximas visitas eran una inconveniencia, pero no su problema. Ese convicto tendría que resolverlo, aunque sabe que tendrá que dar algunas explicaciones. Recostado del respaldo, cerrando los ojos y saboreando lo que queda del café, se dice que sería una bendición si le apartaran del Sistema Penal, que alguien decidiera por él sacarle de todo eso. Claro, no que le condenaran. Menos a esa prisión. Pero no estaría mal partir. La vida, últimamente, no le apetecía.

……

   -Vamos, Tiffany, despierta, amor, debes ir a trabajar. –Read, desnudo, velludo, de pie, zarandea al rubio en su cama, este despierta sobresaltado, alejándose de su mano, sintiéndose adolorido y también algo mareado.- No me gusta que me rechaces, Tiff. –le recuerda, enderezándose y buscando algo en la litera superior, la gruesa verga en reposo ocupa la visión de Daniel que desvía la mirada.- Tus vitaminas. –reaparece con un bote de agua y dos pastillas.

   Daniel traga en seco, no quiere hacerlo. Esas pastillas le aterrorizan. Teme lo que ese hombre pueda estar haciéndole, pero la mirada brillante y terrible del otro, le reducen. Read espera que se niegue, que se resista… para darle una tunda. La tunda que merece toda mujer a veces a manos de su hombre. Lo sabe. Con manos inciertas las toma, las lleva a su boca y toma agua, sintiéndose derrotado.

   -Debo… debo… -se siente sucio, pegostoso, entre sus nalgas siente la molestia del semen seco, casi endureciendo la tirita del hilo dental.

   -No, Tiff, desayunarás e irás a tu trabajo sin ducharte.

   -¿Qué? –abre mucho los ojos, alarmado. ¿Oler a semen, culo y sexo todo el día? No, eso no.- ¡No puedo! ¡Debo ducharme ahora! –el bofetón que temía llega.

   -¡Silencio! -es rudo, luego parece aflojarse, acariciándole la mejilla golpeada.- Mira lo que me obligas a hacer, Tiffany. Cariño, no quiero hacerte daño, eres mi dulce y hermosa princesa, pero no me gusta cuando me contrarías. Te quiero sonriéndome siempre y abriendo tu coño amoroso. Nada más. Pasarás el día así, te ducharás por la tarde… después de que yo te vea. Usando esa misma pantaleta. ¡Vamos! –medio aúpa golpeándose las palmas.- Sal de la cama, tienes mucho por hacer.

   Con un nudo en la garganta, cohibido, Daniel se pone de pie, alto, esbelto, atractivo, con aquella tanga de mujer toda manchada. Le asusta la mirada rapaz del otro.

   -Eres tan hermosa, Tiffany. No recuerdo a otra más bella. –le informa, y como en trance alza sus dedos y con los dorsos recorre una de aquellas tetillas rojizas marrones, alzada, vistosa, como más grande. Sonríe al notar el estremecimiento involuntario del otro, tan sensible como estaba a sus senos ahora.- Espera… -busca y saca el tubo de crema blanca, lo unta en sus dedos y los aplica a sus pezones.- Ahora estás lista, nena.

   Alejándose, pero intentado que no lo parezca, con toda la incomodidad del mundo al vestirse con su braga naranja, sucio de semen, propio y de aquel sujeto, teme más salir de esa celda. Los otros sabían…

   Se oye un chasquido-alarma y las celdas se abren, un ya vestido Read, cayendo sobre la litera inferior, sonriendo, le mira salir. Casi ríe para sí al escuchar los silbidos burlones que reciben al otro afuera, hasta que alguien grita un seco: “Silencio, malditos convictos”.

   Para Daniel Pierce no es fácil salir de aquella cerda que los primeros días le asfixiaba y ahora añoraba; ojos al piso, y aún así nota todas esas sonrisas burlonas, las miradas terribles, le toca enfrentar los tropezones de desafío, las tocadas a su culo, los siseados “quiero cogerte, puta”. Y todos parecían rodearle en un momento dado. Un infierno. Su desayuno fue silencioso, deprimido, sabiendo que muchas de las sonrisas y comentarios bajitos que circulaban se debían a él. Ir a la lavandería, a solas, fue una bendición. Por un momento se detuvo, tembloroso, alcanzado por todo el horror de lo vivido, lo que le había sucedido. Lo mucho que todo había cambiado, incluso él, en tan poco tiempo. No sólo no era dueño de su vida, de sus decisiones y deseos, ya no sólo le forzaban a cosas terribles, ahora también… respondía.

   A veces.

   Recuerda entre brumas la noche pasada, todavía mareado por la intensidad de ese clímax condicionado que había tenido contra la pared de la celda, sus piernas apenas sosteniéndole cuando el hombretón le hizo bajar de su verga, sintiendo el semen chorrear de su culo. Avergonzado todo volvió de repente en ese momento, escuchaba fuera gruñidos, silbidos, bajos y furiosos llamados para que abrieran la cortina. Los sujetos que habían visto su actuación.

   -Toma… -le tendió Read una botellita de licor, que miró con sed. Sabía que no debía pero… la bebió con ansiedad, necesitado del alcohol; la garganta resecándosele, el mareo un poco más intenso, uno grato, como cuando se tomaba cierta cantidad de alcohol, pero también su piel erizada, su verga hormigueante, su culo y bolas como con fiebre.- Espera… -le gruñó el sujeto cuando iba a sentarse de culo sobre la cama.

   Le miró abrir un pequeño bote tipo crema, untándose el blanco y lechoso productor en los dedos, mirándole a los ojos a los ojos en todo momento. Quiso saber qué era, qué pretendía, pero lo vivido minutos antes, saberse atrapado por ese oso, la botellita ingerida que le mareaba, todo conspiraba contra él. Contuvo un jadeo cuando Read llevó el índice y pulgar a su tetilla izquierda, untándola de eso, y tragó, porque se sentía extrañamente bien cuando le halaba y pellizcaba. Nunca antes había sido tan consiente al toque de sus pezones, pero ahora sí. Y algo enrojecido bajó la mirada cuando entendió que el otro lo sabía. Su otro pezón corrió igual suerte, fue untado y frotado, erectado. Cuando Read se dispuso a guardar sus cosas, dándole la espalda, contuvo un jadeo. ¡Sus pezones! Sintió un frío enorme, tanto que se llevó las manos al torso, luego fue un hormigueo y un calor que se incrementó contra sus palmas. Apretó y le ardió de una manera inquietante, alzó la mirada y encontró a ese sujeto frente a él, despojándose totalmente de sus ropas, grueso, fornido, velludo, brutal, su verga empapada de su propia leche, medio morcillona.

   -Vamos a la cama, Tiff. –le avisa, echándose sobre el camastrón inferior, la de Daniel, quien le mira levemente perdido. Era demasiado pequeña y no cabrían los dos. Eso era seguro, pero el otro abrió los fuertes brazos, invitándole.- Ven, amor.

   Rojo de vergüenza y humillación fue, intento volverse de lado pero el oso le atrapó y manipuló como si de una pluma se tratara y quedó acostado de espaldas sobre el velludo sujeto. Era intimidante, aterrador, humillante y extraño sentir a ese sujeto grande bajo él, sus piernas lampiñas por el depilado entre las suyas, peludas. Su baja espalda sobre esa panza firme. El pecho subía y bajaba, profundo, su respiración pesada le bañaba el cuello y una oreja.

   -¿Sabes, amor?, me gustaría llegar y verte con una hermosa pantaleta de encajes, blanca, pequeña e insinuante… -le susurró, ronco y profundo, sus brazos rodeándole, haciéndole sentir pequeño, atrapado, las enormes manos recorriéndole una el plano abdomen, bajando casi hasta el borde de la pantaleta, subiendo y bajando de manera circular con los dedos abiertos, erizándole, la otra hacia sus pectorales.- …Con unas medias de seda hasta tus muslos, oscuras, y unos relucientes tacones altos, algo delicado y caro como mereces tú, nena. –gruñó bajito a su oído, torturándole, mientras las dos manos cayeron sobre su torso, y con los dorsos, pasó arriba y abajo sobre las tetillas, acariciante, haciéndole gemir. Daniel no lo entendía, la sensación en sus tetillas era intensa, deseaba… no lo sabe, pero su respiración se espesó, su verga dentro de la pantaleta mojó un poco, sus nalgas, sin que él lo deseara, iban y venían sobre la traca morcillona del sujeto que le manipulaba con sus dedos.- Tú esperándome, echada sobre esta camastro, en cuatro patas, tus medias negras, tus tacones relucientes, abierto tu coño perfumado y dulce bajo la pantaletica, tu clítoris ardiendo, ansiosa por mí, llamándome para que te llene de amor… -le susurra más ronco, las uñas rascando para ese momento sobre los muy erectos y sensibles pezones, Daniel jadeando contenido, mareado, excitándose, sabiendo que era por lo que sea que hubiera en el licor.- Y yo haciéndolo, claro, ¿quién se resistiría a tus encantos, Tiffany? Nadie. Te daría todo mi amor, te dejaría tan abierta, tan ocupada, tan llena de mi palpitante lujuria que gritarías como una nena enloquecida, caliente, algo llorosa de puro placer… -los pezones fueron atrapados por índices y pulgares, los frotó suave, y Daniel gimió ronco, consciente de su cuerpo ardiendo.- Te daría una y otra vez, adentro y afuera, duro, sin detenerme, y tú gimiendo como ahora, con tu tono ronco de putita viciosa, como tiene que hacer toda mujer que ame a su hombre y este la atiende; tu coño mojado y ardiente abriéndose y cerrándose sobre mi verga, succionándola, amasándola, yo tocando tus tetas maravillosas así… -y los índices y pulgares aprietan duro.

   Y Daniel estalló en calor, arqueando su espalda, deseando aquellas manos, rechazando, pero también deseando, el imaginarse en esa situación, él siendo tomado y pidiendo por más. Flotaba en hormonas sexuales pero todavía pudo escuchar a los lejos risitas, los: “escuchen, Tiffany quiere más”. Y nada le importó, porque no supo cómo ocurrió, debió ser Read quien le soltó los pezones por un momento, alzándole las caderas, apartándole la empegostada pantaleta y obligándole a caer de culo sobre su verga. Tenía que ser, porque de lo contrario no entendería jamás como terminó empalado nuevamente, su estimulado agujero tragándolo todo, casi hasta las bolas, y gimiendo al sentirse así…

   No lo supo, no quiso pensar en ello, tan sólo consiente de la enorme verga fibrosa que le quemaba mientras se abría paso en sus entrañas, sobre su camastro de la cárcel, una donde entró como un hombre y ahora era la puta caliente de ese horrible sujeto. No sabría decir qué fue, seguramente las cosas que le hizo tomar o le untó, pero mientras Read le apretaba las tetillas, lengüeteándole un oído, susurrándole que era la puta más caliente que había conocido jamás, el hombre rubio fue consciente de sus caderas ir y venir de manera frenética, de subir y bajar su culo muy abierto sobre la dura y gruesa barra de carne masculina, tragándola, teniéndola toda muy adentro, llenándole, frotándole, rozándole, enloqueciéndole. Iba y venía de manera intensa, y sospechaba que gimoteando de placer, de lujuria, por las risitas que escuchaba en el silencio de la noche.

   ¡Dios, ¿qué le pasaba?!, intentó preguntarse cayendo sobre Read, la verga de este bien metida en su dilatado, rojo y lampiño culo, la suave tirita de la pantaleta apartada de la raja interglútea por el tolete del otro. Cuatro días y ya estaba comportándose como un marica total, participando en los perversos juegos de aquel sujeto. ¡No!, ¡él no era ningún marica! Tragó en seco, deteniéndose, buscando calmarse, su culo cerrándose y abriéndose sobre el rígido tolete venoso que le estimulaba sin hacer nada. Y Read sonreía siniestro, jadeando, era increíblemente bueno tener a ese carajo bonito sobre sí, su peso era excitante, pero nada como su culo palpitante, uno que le ordeñaba de manera intensa la verga sin moverse. Sabía que el hombre rubio estaba teniendo una lucha con su conciencia, demostrando que era fuerte a pesar de su cobardía. Todavía faltaba amansarle más. Pero tenía tiempo. Llegaría el momento cuando Tiffany buscaría por sí misma su verga, prácticamente sacándosela donde fuera para montársele, pero no tenía paciencia en esos momentos. Quería su coño ya.

   Mientras una de sus manos fue a la tetilla izquierda del rubio, apretándola de suave a intenso, haciéndole jadear, la otra bajó por su cuerpo esbelto y lampiño, y con la punta de los dedos, las uñas un tanto largas, rascó el pene del otro, oculto, tenso y babeante bajo la pantaleta. Sabía lo que provocaría el paso de sus dedos. Daniel gimió, arqueándose de espaldas, casi sacándose la verga del culo unos diez o doce centímetros, sintiéndolo increíblemente sabroso. Esos dedos rascaron una y otra vez, bajaron y frotaron sus bolas que se contrajeron en el saco, y casi ahogado de lujuria volvió a subir y bajar su culo, empalándose, cogiéndose a sí mismo sobre la dura barra de aquel hombre, boca muy abierta, babeando un poco, sintiéndola increíblemente buena dentro de sus entrañas trabajadas.

   -Tu clítoris está tan inflamado, amor… -se burló, cruel, metiendo la mano grande dentro de la pantaleta, atrapándole el pene, sin sacarlo, sus nudillos contra la telita, cerrando su puño, subiéndolo y bajándolo.

   Y fue todo para Daniel Pierce, quien gritó, gimió, se revolvió contra su cuerpo, y subió y bajó sobre aquella barra dura que calentaba sus entrañas y golpeaba su próstata de manera enloquecedora, pero también de aquella mano que jugaba con su clítoris inflamado. Así lo pensó aunque luego no lo recordaría. Entre jadeos que no pudo contener, escuchó risitas y burlas que lo confirmaban, se corrió otra vez, intensamente, sobre la mano de Read, quien para ese momento casi le alzaba del colchón subiendo y bajando su culo peludo, cogiéndole de rebote, sacando la mano de la pantaleta, los dedos con semen, llevándolo a su rostro, untándole los labios, obligándole a abrir la boca, metiéndoselos allí. Daniel, su culo siendo invadido una y otra vez, saboreó por primera vez su propio semen mientras el oso le gruñía que era la putita más bella y caliente que había conocido jamás, con un tono de orgullo que fue intoxicarte, mientras se corría a su vez. Y eso fue casi tan intenso como su propio clímax, pesó extrañado de lo mucho que fue consciente de esos disparos en sus entrañas, mientras lamía lo que quedaba de su semen, entre jadeos y casi goloso, de esos dedos gruesos y velludos.

   Y terminando de hacerlo, su culo sobre la gruesa verga pero aún así dejando escapar esperma, con los dos dedos del delincuente todavía en su boca, Daniel Pierce fue desconectándose del mundo, totalmente agotado, tanto física como mentalmente. Ignorando que el otro todavía le retiene así, sonriendo satisfecho, medio ladeándole para desmontarle, el tolete saliendo, la pantaleta metiéndose entre las nalgas, el semen mojándola otra vez. Read sonrió al escucharle gruñir, más dormido que despierto, montándole sobre su cuerpo, casi arropándose con él, cubriéndole con sus brazos fibrosos y velludos. La respiración aquietándose en el rubio, durmiéndose, así, en pantaleta, su culo lleno de esperma, acostado sobre el cruel sujeto. Agotado y momentáneamente satisfecho sexualmente por el uso del velludo tipo. Las manos que le acarician, con codicia y propiedad, gozándose de su juguete sexual, le brindaban consuelo.

   Daniel no lo supo, claro, pero allí, también cayendo en el sueño, el cruel sujeto se decía que era hora de la segunda parte de su plan: conseguir su venganza. Eso le hizo feliz; sonriendo más, una de sus manos recorriendo una de las redondas y firmes nalgas de su Tiffany, uno de sus dedos entrando en la raja, tocando el hinchado culo sobre la pantaleta, medio apartándola, metiendo media falange, encontrando su semen, sintiéndola todavía caliente. Había algo increíblemente poderoso en correrse dentro de otro carajo, en su culo apretado y luego ver manar su semen, el suyo metido allí. Y Tiffany estaba así, toda empapada de su amor. Todo era perfecto. Todo salía como lo esperaba.

   Se durmió, feliz, con aquel dedo en ese culo de donde manaba su leche…

   Esa parte la ignora el joven hombre rubio, mortificado como estaba por todo lo vivido. Un brusco “a trabajar, convicto”, le hizo despertar de sus recuerdos y se concentra en sus labores. Carga bultos de ropas, uno tras otro y las horas pasan. Almuerza solitariamente, esquivando miradas lascivas, burlonas o las llenas de desprecio. O peor, piedad. Como tiene prohibido salir al patio y llevar sol, le permiten ejercitarse bajo techo. Por la tarde, rojo de vergüenza y humillación, regresa a la celda, Read le revisa, como a un caballo, cerciorándose de que ha cumplido sus órdenes, permitiéndole el ducharse ahora.

   Era extraño encontrar todo aquel lugar solitario, seguramente gracias a las influencias que el sujeto tenía, aunque se preguntaba cómo lo hacía, de qué se valía para que sus capiruchos se cumplieran, pero agradeciéndolo en esos instantes. El agua no está caliente pero se siente bien sobre su cuerpo agotado y transpirado… también lleno de fluidos. Se frotó todo, sus pectorales se sentían extrañamente sensibles, así que los dejó en paz, bajando las manos hacía su trasero, notando lo durito de sus glúteos. Nunca fue flácido, pero ahora parecían más alzados. Fue cuando ocurrió. Al meter la mano, enjabonándose, limpiándose la leche de Read, sintió un escalofrío fuerte, y casi sin darse cuenta tardó algo más de la cuenta enjabonándoselo, frotándoselo, la mano casi toda entre sus nalgas, abierto de piernas, algo echado hacia adelante el torso, tratando de entender todos esos temblores que…

   -¡Vaya, vaya!, miren qué tenemos aquí, perros. –una voz burlona y fuerte, con acentos hispanos le hizo pegar un bote, abriendo mucho los ojos y aterrándose.- ¿Te sientes solito y necesitado, pequeño? He oído cuentos sobre tu macho… -se burla el sujeto que poco tiempo atrás le había violado en esas duchas.

   Estaba ahí, desnudo, envuelto en una toalla, acompañado de otros tres sujetos, no los dos que le acompañaron la vez pasada, pero todos mirándole, sonriendo lascivos y crueles. Todos dejando caer las toallas, las vergas llenándose a simple vista, codiciosas del hermoso rubio desnudo que frotaba su culo como si necesitara algo entre ellas.

   Todas esas barras apuntándole mientras los sujetos van hacia él.

……

   Si Daniel Pierce no tuvo un final de jornada fácil la noche anterior, y si un despertar sobre el cual no deseaba pensar, no fue el único. Jeffrey Spencer llegó tarde esa noche al edificio donde vivía, bajando del auto y vomitando antes de entrar a los estacionamientos. Temblando, no queriendo pensar o cuestionarse nada, subió, fue al cuarto de baño fuera del dormitorio principal y tomó una corta pero casi desinfectante ducha. También durmió en el pequeño sofá de su despacho. No podía compartir la cama con su mujer, no después de lo que le pasó… las penetradas, las mamadas que dio… Toda la leche que eyaculó mientras gritaba de lujuria teniendo su culo lleno con aquella verga negra. A su mujer le inventó que llegó tarde y contracturado y no quiso molestarle. Ella lo aceptó fácilmente, ya no le prestaba atención.

   Después de un desayuno sin apetito, Jeffrey hizo algo que debió hacer mucho antes, cuando su suegro le ordenó encargarse del caso Robert Read: saber de qué iba. Llamó al bufete, se reportó enfermo y pidió que le enviaran el expediente. Este llegó a media mañana, mintió a la cara del mensajero al que conocía y echándose en el sofá de su despacho se dispuso a leerlo. Había una fotografía de un edificio alto aunque sólo de dos plantas, largo, que ocupaba tres paredes de un callejón que terminaba en una entrada para camiones de despacho; era un lugar oscuro, las ventanas están cerradas y parece que cegadas desde adentro. Había algo inquietante en él. El matadero. Robert Read manejaba uno, trataba y procesaba carne fresca, de res, puerco o bovinos. Le metía a todo.

   Allí había cometido sus crímenes…

   Lee y aleja la tercera taza de café que la señora que atiende la casa le lleva, preocupada siempre por hacerle las cosas fáciles al estar casado con una mujer tan mala. La deja sobre la mesita porque el pulso le tiembla. No había leído nada de aquello, no era necesario. La noticia nunca le importó, fue desagradable, y no participó en la defensa. Incluso ahora, para intentar conmutar la pena de muerte, no creyó necesario revisarlo, pero ahora que ese sujeto quería que investigara un mal manejo de su caso a nivel policial, debía conocer los detalles. Y eran repugnantes. ¡Dios, ¿acaso ese hombre hizo todo eso?! De ser así era un monstruo… un caso real de vampirismo, piensa afectado mirando uno de los pocos cuerpos encontrados, una chica pelirroja, ojos vidriosos y nublados, el cuello destrozado…

   Los cuerpos. Se suponía que hubo más. Se sospechaba… Y, automáticamente, su mirada recae sobre lo que llamó la atención de todos en el caso: la procesadora de carne… El gran molino. ¿Se deshizo así de sus víctimas? ¿Las empaquetó? Tiembla, cierra los ojos y le parece verle sonreído, sereno, mirándole a los ojos:

   -Me tendieron una trampa, abogado. Soy inocente y debes sembrar así sea la duda y que no me ejecuten. Comienza con el policía que llevó el caso… -le recuerda tendiéndose hacia adelante.- Quiero tener la esperanza de salir de aquí algún día… volver al mundo, recorrer las calles con todos los demás. ¿Crees poder lograrlo?

……

     -¿Qué haces? ¿Te volviste loco? –graznó Nolan Curtis, sus oscuros, hermosos y dolidos ojos muy abiertos, mejillas rojas, de pánico. Viéndose adorablemente patético y débil.

   -Vamos, chico… Quieres comértela. A los putos como tú les encanta… -le sonríe sardónico Lomis, cruel, la gruesa y larga verga rojiza y pecosa emergiendo del pantalón de su uniforme, decidido a conseguir una buena mamada del muchacho, algo que siempre alegra el día, ver la suave cabellera de un jovencito mientras te la chupa, pero también buscaba romperle la voluntad.

   Ya le quiere como su perrito fardero.

CONTINUARÁ…

Julio César.

ADICTO A LA LECHE FRESCA… 8

julio 3, 2014

ADICTO A LA LECHE FRESCA                         … 7

   La presente es otra historia “maldita”, aunque no tanto. Un chico descubre, porque le llevan a eso, que le gusta mucho el sabor del semen. La historia NO ES MÍA, que no se moleste el autor si llega a saber que la estoy reproduciendo aquí.

……

Swallows milk

by Lexicode

CON LECHE EN LA CARA

   Si, quiere ser totalmente feliz… así.

……

   -Eh, hola, hijo, ¿está tu papa? –el muchacho no se apartaba de la entrada.

   -No, entrenador. –esas palabras le sumieron en la depresión.- Y no creo que regrese pronto.

   -Oh… -fue el jadeo de decepción, se sintió perdido y ansioso.

   -Pero estoy yo y tengo un rato libre, entrenador… -dijo con burla.- Si quiere comerme el culo a mí…

   La declaración le paralizó y aterrorizó. ¡El muchacho lo sabía!, ¿quién o cuántos más? ¿Milo le dijo? Su miedo era grande, pero cando el sonreído chico se volvió, dejando la puerta abierta, notándole el insolente vaivén del culo bajo el muy ajustado jeans que se metía un poco entre sus nalgas, aquel pobre hombre calenturiento, controlado toda su vida para ser despertado de golpe a una lujuria que no entendía, no pudo resistirlo. Además, aquel chico había sido uno de sus alumnos dos años antes. Y era el hijo de Milo.

   Entró, el chico, sonreído, le dio la espalda y bajó con esfuerzo su pantalón, el bóxer era corto, blanco, lleno con dos jóvenes y turgentes nalgas. Unas que tocó con las manos, para recibir pronto un azotón.

  -Nada de manos. –bajó su bóxer dejándole sin aliento.

   Y el hombre tembló, reconociendo en el tono el mismo de Milo, y perdida toda cordura, cayó de rodillas y refregó su rostro grueso y algo velludo, masculino, de las turgentes nalgas duras, lisas, depiladas ya que el chico practicaba con la bicicleta. Olía diferente, embriagador, se dijo cuando introdujo la nariz en la raja interglútea, con dificultad ya que eran dos masas firmes. Y cuando la recorrió, de abajo arriba, lentamente, con la lengua temblorosa, caliente, salivosa y reptante, creyó correrse allí mismo, siendo recompensado por un gemido de gusto del chico.

   -Mierda, eres tan puta, entrenador…

   Y eso le hizo temblar más, decidiéndose a enterrar totalmente la cara, boca sobre el culo, chupándolo, el muchacho gimiente, ojos cerrados, cayendo sobre su cara. Igual que su papa. Y darle lengua, una y otra vez, sintiendo los temblores del cerrado botón que a veces le dejaba entrar, le tenían en la gloria. Tal vez por eso olvidó dónde estaba, qué hacía y a quién, porque le sorprendió cuando la puerta de la calle se abrió y un muy sorprendido, y molesto Milo, le pilló.

   Mientras Alex sigue masturbándose, flexionando una pierna inconscientemente y llevando los dedos de su otra mano a su joven culo, frotándolo por fuera, ignora que el señor Milo le había roto el culo, en ese momento, al entrenador, quien gritó y se revolvió como una puta lujuriosa, entre el fornido profesor y el joven hijo de este, que llenaron su boca y culo en ese raro momento de calentura sexual. Ambos, padre e hijo, gozando del vicioso y totalmente entregado entrenador. De haberlo sabido, tal vez la intensidad de orgasmo de Alex se habría intensificado mientras gime y balbucea, pero es suficiente para correrse, arqueándose sobre la cama y mojarse con el semen el tórax.

   -Hijo, ¿pasa algo?

   Oye un toque a la puerta, la voz preocupada de su padre… y ve como el picaporte comienza a girar, mientras él jadea, casi desmayado todavía de placer, el semen bañándole el joven torso bien definido.

   ¡Joder!

   Todavía perdido como se está en esos momentos, embotado por el clímax, se tarda un segundo en responder pero pronto se revuelve en la cama, con la agilidad de los pocos años, y se medio cubre con la manta, hasta el cuello, justo cuando la puerta se abre y aparece su progenitor, algo preocupado, únicamente con el pantalón del pijama y sin camisa. Una vez dentro, este entiende, con su muchacho totalmente enrojecido de cara, visible a pesar de la suave penumbra, pecho subiendo y descendiendo bajo la manta, donde es posible ver la silueta de su pene erecto… mojando la tela. Es embarazoso para ambos.

   -Veo que todo está bien. –gruñe el hombre, conteniendo una sonrisa de diversión; Dios, pillar a un hijo en eso debía estar en la lista de las cosas que uno debería evitarse.

   -Si, papá… -la voz le falla un poco, mortalmente rojo. Agradeciendo que el hombre no diga nada más mientras va saliendo.- No es nada.

   -Como escuché gruñidos y jadeos… -sonríe al verle bajar la mirada.- Si terminaste, descansa.

   -Si, papá… -se quiere morir.

   -Y abre la ventana… -dice, por pura maldad, antes de cruzar la puerta; el olor a semen de su muchacho era fuerte. Pero se detiene, medio volviéndose, picado por algo.- ¿Acaso…? ¿Acaso gruñiste algo sobre tu profesor, el señor Milo?

   -¡¿Qué?! ¡No! –jadea, tragando.- Recordaba a… Nelly… una amiga que…

   -¡Okay! –alza una mano, aliviado. Y sale.

   ¡Dios!, jadea el muchacho cayendo de espaldas, estuvo tan cerca de un desastre que… Se lleva las manos al rostro, para quitare el hipotético sudor… manchándose de semen. ¡Mierda!

……

   Como siempre ocurre con los muchachos después de un percance que vieron muy cerca, y que podría dejar al descubierto algo que no desean frente a sus padres, Alex pensó alejarse por un tiempo de los problemas, dedicándose a estudiar y practicar. Nada más. Por suerte, el señor Lewis, el entrenador del equipo, por cuestiones personales, debió faltar unos días. En sus clases, el señor Milo era didáctico, exigente con todos, y totalmente distante con él. Al principio no. Le buscaba con la mirada, se le encimaba en medio de un problema a resolver, le hacía consciente de su presencia. Pero le evitó. Entendiéndolo al fin, el maestro también hizo lo propio. Cosa que agradeció, pero dos días después, de abstinencia porque hasta masturbarse le costaba por alguna asociación de culpa, mirar al recio hombre ir de un lado a otro dentro del salón de clases, recostándose de su escritorio, dictando sus lecciones, volviéndose hacia la pizarra, esos jeans horriblemente ajustados, la tela demarcándole de manera clara, le tenían mal.

   Quería resistir el llamado de la carne, del sexo, pero era un chico, su sangre vivía caliente. Antes, todos los días se masturbaba, todos, hasta los de fiestas de guardar; a veces más de una vez. Desde que comenzó a salir con chicas, lo hacía con ellas cada vez que podía. Ahora este cesar de funciones le tenía inquieto. Todo le parecía insinuante, llamativo y provocativo. Y lo peor de todo era su profesor de Matemáticas. Tal vez el señor Milo no estuviera mostrándose descaradamente, sus muslos llenos contra la tela, su bulto destacando, sus nalgas firmes atrapando algo del jeans, sus bíceps abultados, el tatuaje en uno de ellos totalmente visible; tal vez todo ello era algo normal en un sujeto cualquiera, maduro pero guapo, que otros no notaba, pero a él le parecía que el hombre deseaba que ellos, sus alumnos, vivieran calientes, soñando con él, masturbándose soñando con su increíble masculinidad.

   Tuvo que luchar contra la imagen del hombre sacándose la verga, dura, gruesa, ofreciéndola a alguno que resolviera una complicada ecuación, él haciéndolo y permitiéndosele chupársela allí, de rodilla, gimiendo con gusto mientras la traga toda, atrapándola con su lengua y mejillas, frente a sus compañeros de estadios que lo tomarían como algo muy normal. Boca seca tuvo que enfrentar las ganas de perderse, de buscar un tío que le dejara tomársela. Debía controlarse. Y lo lograba… por ratos. Pero estaba caliente, se estaba quemando… Quería mamar una verga, chuparla toda, llenarse la lengua con sus jugos… y tragar toda su leche. No podía engañarse: ¡necesitaba un hombre! La abstinencia parecía acrecentar su nerviosismo y ligera irritabilidad, afectándole nuevamente.

   Por las tardes, después de clases, alejándose de todo el mundo, corría durante mucho tiempo bajo ese cielo azul claro que declinaba en uno más oscuro al atardecer, pisoteando la grama de la cancha de futbol, totalmente transpirado, deseando cansar el cuerpo para controlar la libido. Un chico joven, guapo y saludable que, tontamente, luchaba contra sus deseos naturales, tomar con su boca los güevos de otros hombres y disfrutarlos hasta las últimas gotas. Por la edad no había entendido que podía disfrutar de su sexualidad si iba con cuidado y sensatez, que no tenía por qué negarse una cálida y babeante verga si tanto la deseaba. No era malo quererla, pero eso no lo entendía y se atormentaba. Por alguna razón, en esos años, muchos chicos se torturaban así.

   Después de correr toma una ducha en la escuela, asegurándose de estar totalmente a solas. En su estado, el recuerdo de esos vestuarios llenos de chicos con vergas a veces medio morcillonas, le afecta, como le afecta todo el tema ahora. Se apresura y sale. Mochila al hombro va hacia su casa, le parece que hay como muchos carajos de buenos cuerpos ocupando las aceras, policías, marineros, incluso dos jóvenes bomberos que salían de una tienda, riendo y empujándose. Sus entrepiernas… ¡Joder!

   Sube a uno de los buses que salen hacia los suburbios. Se le nota algo serio, lejano, ignorando lo guapo que se ve, joven y atractivo, cutis suave, cabello negro algo ensortijado en el cuello, debía recortarlo. La camiseta cerrada dejaba ver sus bíceps que abultan al moverse. Sus piernas, dentro de la pantaloneta a media pierna, se ven firmes. Exuda el encanto de la salud. Una curva del camino le hace sostenerse, fijándose al fin en dos muchachas que le miran y ríen bajito entre ellas, obviamente encontrándole muy atractivo. Eso le sube el ánimo por un segundo, hasta que repara en un sujeto maduro, de saco y corbata, sentado más allá y que también le ve; pero en su mirada brilla no la admiración abierta, es una observación furtiva. El hombre le miraba con codicia, recreándose en cada musculo y curva de su cuerpo, pero disimuladamente, como no deseando hacerlo. No queriendo mostrar al mundo que encontraba al muchacho increíblemente apetecible, deseando tocarle, acariciarle, recorrer su piel cálida y firme…

   Alex desvía el rostro, mejillas rojas y pelillos alzados en su nuca. No puede evitarlo y mira al sujeto otra vez, y nota un leve cambio en él, parece gratamente sorprendido, reconociendo su reacción, y como si no quisiera lleva una mano grande a su entrepiernas, un anillo matrimonial brillando en su nudillo cuando medio aprieta sobre su pantalón. Y ahora sí que el chico tiene calenturas, intenta no demostrarlo pero no puede dejar de mirarle. En un momento dado, el bus se detiene y el sujeto se pone de pie, cerrando su saco, pasando junto a él, mirándole, pero es incapaz de corresponderle. Y sin embargo se tensa y casi pega un bote, mientras cruza tras él, el dorso de aquella mano roza muy sutilmente su trasero firme y redondo bajo la pantaloneta, y la sutil caricia le eriza todo. Espera llegar a otra parada y baja. Era más seguro caminar a su casa.

……

   Otros dos días pasan, el mundo giraba, pero las cosas no cambian mucho. Si acaso lo hacen alguna vez. Estudiar, o intentarlo, se le complicaba ahora que el señor Milo le ignoraba abiertamente; no podía concentrarse en las charlas fáciles o amistosas, en las salidas en grupo como insistían sus amigos Beck y Martin. Ni aceptaba, porque no podía, otras “invitaciones” de las porristas. Lo intentaba, de verdad, resistir algo que nadie le estaba pidiendo que hiciera, aunque se le hacía difícil. Una tarde, todo frustrado, regresó del colegio y encontró a su padre jugando con otros dos vecinos en el aro de básquet en la entrada del estacionamiento. Eso le divirtió, verles empujarse y saltar decididos pero desmañadamente.

   -Hey, ven, un dos para dos… -le llama su papá.

   Bien, eso le ayudaría a distraerse por un rato. Hacen dupla y luchan por el balón, su esbelto cuerpo destaca entre los tres hombres más fornidos, uno algo panzón, todos fuertes, llenos con esa vitalidad de la medianía de los cuarenta. Transpiran, jadean, empujan, se roban el balón, maldicen mucho.

   Y se rozan.

   Alex se tensa porque no sabe si algo ocurre o lo imagina dado su estado mental de perpetua excitación. Pero le parece notar algo extraño cuando el vecino y amigo de su casa, Caleb, encaraba a su papá; le manoseaba demasiado para detenerle, su mano grande de nudillos velludos se quedaba demasiado tiempo en la panza de su progenitor, franela adherida a su cuerpo por el sudor. La mano que tardaba en retirarse de su espalda cuando este le esquivaba, como acariciándole, le turbaba. Sofocado, toma aire, ¿no podía ser, verdad? Ese tío grande y peludo no podía tenerle ganas a su papá, desear caer de rodillas y… ¡Mierda!, se horroriza al sentir un hormigueo en las pelotas ante la idea. Ese tipo sometiéndosele a su papá.

   -¿Ya te quedaste sin aliento? No aguantas nada, muchacho. –le gruñe Peter, el otro vecino, dándole una nalgada firme y seca…

   Y al muchacho le parece que la palma tarda un segundo más de la cuenta en retirarse de su trasero.

   -Estoy… Yo… Lo siento, debo estudiar. –grazna y se aleja, casi huyendo, seguido por las miradas extrañadas de todos.

……

   Intenta concentrarse, pero no puede. Todo se le vuelve sexo, todo gira alrededor de él, su cuerpo bulle de hormonas y ganas. En su cama, esa noche, oye al final del pasillo a su madre reír abiertamente, ¿qué estarían haciendo? Y la idea era mortificante e inquietante. Dormita por un segundo y despierta, con sed. En bóxer largo cruza el pasillo y oye a su padre gruñir tras esa puerta…

   -No es nada malo. ¡Es sexo! Nunca quiere complacerme… -quejándose, lastimero, y se aleja a la carrera.

   Mierda, estaba enfermo. Tenía que ser, se dice entrando a la cocina, sirviéndose un vaso de agua, bebiéndolo frente a la ventana, notando que en la casa vecina, en otra cocina, Peter, el vecino algo panzón, refriega algo en el lavaplatos y su mujer llega, abrazándole por detrás, diciéndole algo, haciéndole reír… y las manos femeninas van al torso abultado, los dedos atrapando y apretado las tetillas, haciendo que el hombre comience a reír. Le acariciaba y apretaba de una manera que…

   Jadeando, ya duro, escapa rumbo a su cuarto.

……

   Las llamadas se repiten una y otra vez. Envuelto en una toalla, medio húmedo todavía, molesto por la insistencia, grita un “¡voy!”, y abre.

   -Señor… -jadea un enrojecido y jadeante Alex.- Por favor… por favor, déjeme chupar su verga… -pide como si la vida le fuera en ello a su señor Milo.

   Este le mira, severo, notando su alterado estado de ánimo. Una mano grande sube y le atrapa la nuca, casi afectuoso, el otro se estremece.

   -¿Has estado negándote lo que quieres? ¡Niño tonto!, vamos, entra y podrás chupármela todo lo que quieras… Pero te lo advierto, no estoy solo.

CONTINÚA…

Julio César.

NOTA: Lo siento, esta es una de las que no tengo la dirección. Está el nombre original y el autor, sírvanse buscarlo a ver si hay suerte. Y me avisan. La imprimí hace tiempo y está en unas hojas que debo transcribir. Cosa algo pesada.

SER O NO SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 17

julio 2, 2014

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…                         … 16

   La siguiente es una historia que NO ES MÍA. Pertenece totalmente al señor capricornio1967. Tan sólo la reproduzco, tal vez cambiando una que otra coma, aunque la historia ya está por ahí, completa. Es un relato maldito en toda la regla, un hombre maduro decide tomar, controlar y dominar a su joven pupilo, transformándole en algo que no quiere, ni soñaba, aunque se resiste. Lo repito, es un cuento muy maldito. Disfrútenlo:

……

EL DILEMA

Autor: capricornio1967

Capítulo V “EL ENTRENAMIENTO”

JOVEN, MUSCULOSO Y EN SUSPENSORIO

   ¿Su plan? Tenerle cogido para siempre…

……

   Franco espera hasta casi la madrugada, despierta y escucha la respiración profunda del agotado Daniel, se recuesta sobre la cama, levantando de la cintura hacia arriba y se asoma a un lado de la cama para ver que el muchacho está profundamente dormido, boca abajo y con las piernas abiertas. El agotamiento físico ha dado el resultado deseado, y la fatiga ha sumido al atlético joven en un profundo sueño reparador de energías. Indefenso. Aun permanece en la posición en que le ordenó que estuviera. También le había ordenado ponerse abundante lubricante antes de acostarse, así que estaba listo. Tratando de hacer el menor ruido posible, se levanta de la cama, parándose del lado contrario en el que Daniel se encuentra dormido en el suelo, se quita la ropa que usó para dormir sin quitar la vista de ese perfecto cuerpo que con la claridad del amanecer se muestra como un perfecto espectáculo erótico, ajeno a lo que pueda sucederle, confiado en que estar a salvo, en que nada le pasara.

   Desnudo ya, Franco separa suavemente los tobillos de Daniel.

   -Mhm… -un leve gemido escapa del profundamente dormido joven. Por lo que Franco tiene más cuidado al moverlo, para que no despierte, el cansancio del joven le ayudan a que el sueño sea así de pesado.

   Las redondas nalgas de Daniel se separan un poco, brillando por la presencia del lubricante alrededor del ano del atractivo joven. Franco se arrodilla en el espacio que entre ambas piernas, sin que el joven haga el menor movimiento, continúa ajeno, dormido. El miembro de Franco escurre por la excitación, el deseo ya de poseer ese oven y prieto culo, de llenarlo y despertar bruscamente al clavadista. La fuerza está presente, quiere ser rudo, listo para ingresar a es culo que lo trastorna, para domar a ese joven macho que lo excita de sobremanera y del cual ha tomado control total, tanto mental como sexual.

   El hombre se inclina lentamente, tomando con una de sus manos la punta de su verga para dirigirla directamente hacia el hermético culo de Daniel, colocando la cabeza de su enorme tranca en los bordes anales del joven clavadista, quien tiene en su rostro una expresión de cansancio y fatiga, su respiración es tranquila, porque ignora la inminente realidad que su culo va a experimentar una vez más. Franco empieza a meter lentamente la cabeza de su verga en ese culo redondo y joven, frotarla allí se siente demasiado bien, la abundante lubricación ayuda, a pasar rápidamente, sin provocar una molestia excesiva en el dormido joven, solo un leve gesto en su varonil rostro cuando esa carne empieza a entrar en su desflorado ano.

   El perverso hombre sonríe, victorioso y lujurioso mientras va metiendo, centímetro a centímetro, su verga gruesa y larga, nervuda y llena de sangre dentro del todavía apretado orificio anal del muchacho, poseyéndole, haciéndole suyo. Porque era suyo.

   Conteniendo un jadeo se deja caer sobre la espalda del muchacho, sonriendo, para poder penetrarle de una vez, comenzando a subir y bajar su culo peludo en vaivén, para que su grueso miembro penetre una y otra vez el ya desflorado culo del muchacho.

   El peso del hombre, y el sentir que su culo está siendo ocupado como cuando era dedeado en la tarde, hacen que Daniel tenga una pesadilla reviviendo lo que vivió en la tarde mientras conducía hacia la quinta del entrenador. Agotado como está, aun permanece profundamente dormido por la energía perdida; su cuerpo y mente le gritan que debe reponer fuerzas y estar listo el día siguiente, para poder resistir lo que Franco le tiene planeado. Mientras la gruesa verga entra y sale de su redondo culo, abriéndolo, las bolas golpeándole, el muchacho siente cada vez más real su pesadilla, esa en la que su culo está siendo utilizado. El dolor aunque no es tan intenso, si es molesto, le hace empezar a salir de su profundo sueño.

   -Aaaagh… -el dolor es tan real, que le hace despertar finalmente, casi bruscamente, tratando de reincorporarse, para darse cuenta que no puede hacerlo, tiene sobre sí el peso de un cuerpo, y el dolor en su culo no es solo en el sueño, sino en la realidad. Franco esta penetrándolo, metiendo y sacando su dura y gruesa verga de su todavía estrecho agujero.

   -No se mueva, Saldívar. -le ordena Franco al oído, atrapándole los hombros mientras sigue con sus movimientos de vaivén en el interior del indefenso culo del joven. Tenerle así, a su merced, a lo que se le ocurra, a usarle cuando le viniera en gana era demasiado bueno para contenerse. Su verga sale casi toda y vuelve a clavarse de un solo golpe.

   Daniel siente como las paredes de su recto son dilatadas la máximo, como su agujero debe estirarse al límite, el duro miembro separa una vez más las estrechez de sus entrañas.

   -Mmmhhhhm… -ahoga el gemido de dolor e impotencia al sentir como su cuerpo es nuevamente ultrajado. Ahora comprende por qué Franco le ordenó ponerse abundante lubricante, para poder poseerlo fácilmente en el transcurso de la noche. Le es casi imposible saber qué horas serán pero por la claridad que entra por la ventana de la habitación, supone que ya casi va a amanecer.

   Su adolorido culo, que estuvo siendo torturado por el cruel dedo de Franco, ahora está siendo sodomizado una vez más. El hombre clava los dedos en sus hombros, presa de gran excitación, poseyéndolo, penetrándolo, demostrándole que lo tiene en sus manos y hará con él lo que desee. Los golpes en sus entrañas se suceden sin detenerse, quemándole. El dolor en sus entrañas es cada vez mayor, tiene que apretar sus labios para no gritar, para no brindarle ese placer. Ya bastante humillante era tener que permitir que ese velludo pervertido penetre una vez más en su cuerpo y lo someta sexualmente una vez mas, sentir como Franco jadea mientras mueve su cuerpo rítmicamente para hacerle sentir el mas puto de los hombres, el más sodomizado, esclavizándole física y mentalmente, demostrándole que no vale nada, que tan solo un culo para usarse, para que apriete la gruesa verga del demente sujeto. El muchacho lo sabe, mientras resiente las cogidas sabe que era su puto.

   Las piernas de Franco están entre las musculosas piernas de Daniel, impidiéndole así poder cerrarlas, por lo que no puede evitar que su cuerpo sea usado, al menos mientras está en juego su participación en las olimpiadas. El jadeo de Franco al meter mas y mas la verga en el varonil cuerpo del joven nadador es cada vez más intenso, el placer que le provoca sentir como los pliegues anales del culo de Daniel se ajustan perfectamente contra su barra, presionando placenteramente su miembro viril de una manera que todos los hombres aman; ese anillo anal que se desliza, recorriendo toda la longitud de esa gruesa verga cada vez que entra y sale, le daba los halones de su vida.

   -Aaghhhh… -Daniel resiente como la estrechez de su culo es forzada a dilatarse mas y mas; la cantidad abundante de lubricante que había aplicado anteriormente facilita que el miembro resbale por su interior con soltura, así el dolor es menos que en la primera ocasión. No así la humillación y la vergüenza de sentirse penetrado, poseído, de haber despertado cuando estaba siendo cogido, el sueño profundo lo mantuvo ajeno a la penetración inicial.

   Solo cuando el miembro estuvo dentro despertó, para darse cuenta de la realidad que su culo experimentaba no era una pesadilla sino una “dura” verdad para el joven clavadista y su apetecible trasero.

   -Mmhhhm. -lo gemidos de Franco se coordinan perfectamente con el vaivén de su miembro en ese apretado orificio, sus manos están sobre la espalda ancha del deportista, acariciándola, tocándole todo mientras cabalga su apetecible culo de hombre.

   El exceso de vello en su cuerpo fricciona la tersa piel de Daniel, quien es lampiño, y ya presenta una leve irritación por la fricción del grueso vello del pecho de Franco sobre su espalda, asó como sobre sus nalgas, mas aun el sentir como Franco le demuestra una y otra vez el control tan fuerte que ejerce sobre él, el hacer uso del acuerdo al que llegaron y aprovecharlo al máximo, tomando como instrumento de placer el atlético y varonil cuerpo del clavadista, así como la voluntad y estabilidad mental del joven, jugando con él, tratándolo como una mascota sexual, que no tiene ningún derecho más que satisfacer a su dueño, obedecerlo y pertenecerle por completo.

   Para Daniel la penetración se hace eterna, puede sentirla entrando, llenando su recto, golpeándole internamente, luego saliendo; aunque es menos la molestia de sentir esa verga explorándole las entrañas en esta ocasión, que en la primera, cuando Franco lo desfloro. Aun así no deja de hacerlo sentir sucio, usado, violado. El pensar en lo que está comprando con su culo es lo único que le obliga a seguir bajo las órdenes de ese perverso sujeto; después de que pasen las olimpiadas será libre, ya no tendrá que soportar las caricias, el control y las cogidas de Franco. Aunque no sabe cómo podrá volver a ser el mismo después de esa vida sexual que le han obligado a vivir. ¿Cómo podrá regresar a su vida heterosexual, en donde hay muchas mujeres que lo esperan, que desean ser cogidas por él, que se le insinúan o se le ofrecen descaradamente, por su físico? Eso es lo que Daniel siempre ha hecho y lo que desea seguir haciendo, no estar soportando los ingresos de carne dura y masculina en su culo.

   Perdido en sus pensamientos, Daniel no sabe exactamente cuánto tiempo ha pasado desde que Franco empezó a cogérselo. El dolor inicial en su culo lo despertó, pero no se mueve, algunos gemido escapan de sus apretados labios, que permanecen apretados, tratando de ahogar cada gemido de vergüenza y humillación de dolor, por sentir como las paredes rectales son estiradas al máximo por esa dura y jugosa carne que somete una y otra vez sus entrañas; esa dura carne que le demuestra su rol sexual en esa relación. Esa firme carne, la verga de su dueño, que le ha cambiado la vida en unas cuantas semanas.

   El joven siente como la cabeza de la verga de Franco se interna mas y mas en sus entrañas, adentrándose en las profundidades mientras el peso del cuerpo sobre el de él, lo mantiene inmóvil, le evita que pueda hacer cualquier movimiento, solo apretar la almohada con las manos, apretar las mandíbulas para no gritar, y dejar sus fuertes nalgas lo más relajadas posibles así como su culo para no experimentar más dolor del necesario con esa carne.

   Para Franco, el ver como Daniel está imposibilitado de dejarse coger, de moverse, le provoca que su miembro se endurezca mas, estaba sometiéndole totalmente a sus caprichos sexuales, hasta ser una sólida roca dentro de las elásticas entrañas del clavadita.

   El duro miembro, después de una extensa fricción contra el esfínter anal de Daniel y las paredes de su recto, empieza a prepararse para eyacular, para sembrar su semilla en el sometido cuerpo del joven, quien se siente cada vez más humillado y utilizado. El joven siente en sus entrañas como el grueso y enorme miembro del entrenador se contrae empezando a disparar las primeras descargas de semen en sus entrañas. Es abundante esa secreción caliente que es expulsada con fuerza, con una furia sexual por parte del macho dominante en de las indefensas entrañas del joven que es totalmente normal. Daniel siente el caliente liquido estrellándose en las paredes de su recto, puede imaginarse la blanca secreción lechosa que se estrella repetidamente contra las paredes de sus entrañas, dejando dentro de él esas células reproductoras que germinan en su interior; el sello del control que Franco le imprime a todas sus acciones. Para Daniel ha sido más duro de lo que pensó que sería el estar bajo las órdenes de Franco.

   -Ahhhhhhhh… -el gemido grave intenso de Franco se deja oír al sentir como sus bolas se pegan más a la base de su miembro para poder vaciarse totalmente, para que su miembro sea ordeñado por ese apretado culo que actúa como receptor sexual, erótico y placentero. Todavía bombea un poco más, saboreando la idea maravillosa, ese culo de macho rebelde estaba rebosante con su esperma caliente.

   Para Daniel los disparos de la verga de Franco se hacen eternos, siente como si sus entrañas estuvieran siendo fusiladas por una potente arma sexual que acribilla con disparos sexuales las paredes de su recto. Era necesario, el entrenador lo sabe. El culo del muchacho debía recibir las proteínas necesarias de semen que nutrieran y adecuaran su recto. Y lo mantiene ocupado por su gruesa, jugosa y dura carne para darle tiempo a la asimilación.

   Después de terminar de coger y llenar de leche ese apretado culo, todavía disfrutando el estrecho estuche, Franco saca su aun dura verga del apretado agujero, y se levanta dejando adolorido a Daniel por la brusca penetración. Y regresa a dormir.

   -Levántese ya, Saldívar, y prepare el desayuno. -le ordena sin voltear a verlo.

   -Si, ahhh, señor. -aun sintiendo que sus entrañas laten por la excesiva dilatación que paso por la sorpresiva penetración, se levanta con dolor en las piernas y el culo, para obedecer a Franco. El dolor en su trasero al caminar va desapareciendo poco a poco en el transcurso de la mañana.

   Franco sabe que el atleta debe volver el lunes a su casa y que sus padres estarán fuera, llegaran hasta la madrugada del martes a más tardar por la mañana. Tanto Luis como Adriana están confiados en que Daniel está siendo entrenado por él para hacer un excelente papel dentro de las olimpiadas, como se los ha hecho creer el muy desgraciado. Tiene tiempo. Mucho tiempo para ejecutar sus planes.

   Ese día que es sábado, Franco cumple parte de su promesa, al entrenar a Daniel en la alberca de la quinta, que tiene las dimensiones de la de la facultad. La variación en esta parte del entrenamiento, es que lo obliga a permanecer desnudo durante todo el día, le prohíbe que use traje de baño, o cualquier otro tipo de ropa

   Todo el día lo pasan entrenando los diferentes tipos de clavados que Daniel ejecuta mejor, para él es bastante extraño el hacerlos completamente desnudo. Aunque al estar solos, le apena menos que ser dedeado mientras manejaba, por ejemplo.

   Por la tarde, Franco vuelve a bañar a Daniel como si fuera un caballo y a secarlo y ejercitarlo en el rehilete, para mantenerlo agotado. La dieta de carbohidratos y proteínas mantienen el nivel energético adecuado en el joven esclavo. Nuevamente en la noche, Daniel está agotado, aunque Franco no lo ha tocado, ni ha tratado de cogérselo nuevamente, lo ha hecho sentir como un puto todo el tiempo, como un objeto o una mascota humana que solo está destinada a obedecer. En la recamara, otra vez a punto de dormir, Franco le ordena a Daniel que vuelva a ponerse abundante lubricante.

   -Si, señor. -responde resignado el musculoso joven.

   Daniel toma entre sus dedos abundante cantidad de lubricante y empieza a colocarlo dentro y alrededor de su culo, sabiendo que entre más lubricante se ponga el dolor de la penetración será menor, en esta ocasión pone más que en la anterior.

   -Acuéstese boca abajo con las piernas abiertas.

   -Si señor. –responde maquinal mientras vuelve a adoptar la misma posición de la noche anterior, boca abajo con las piernas abiertas con el culo esperando que sea menos molesto el soportar la dura carne de Franco en su culo.

   El joven espera que en cualquier momento Franco decida cogérselo como la noche anterior, a cada momento que se queda dormido se sobresalta pensando que el otro está apunto de cogérselo, pero no sucede. El sueño de Daniel se torna intranquilo, sobresaltado, mas aun cuando escucha que Franco se levanta varias veces, piensa que es para ir a meterle la verga en el culo, pero no es así, solo va al baño o a la cocina por un vaso de agua. Finalmente entiende que la espera es una fuerte tortura para él, le evita que descanse, que reponga las energías que ha gastado el día anterior y en ese mismo día. Cada vez que escucha que Franco se mueve sobre la cama, se tensa porque sabe que puede ser ese el momento en el que será penetrado; lo sucedido la noche anterior lo tiene a la expectativa de lo que a su culo le puede pasar.

   Durante toda la noche son muchas las veces que despierta pero sin que suceda nada. Franco realmente piensa en mantener en tensión a Daniel. Ese ha sido su objetivo desde que empezaron, demostrarle su superioridad, su dominio y su control sobre el. Pero no el solo cogérselo, sino el dominarlo, el mantenerlo con el pie en el cuello, sabe que tiene la forma de hacerlo.

   Por la mañana Franco vuelve a ordenarle que se encargue del desayuno, lo mismo que el día anterior. La rutina del entrenamiento. Aunque Daniel sabe que Franco puede cogérselo cuando desee, que lo ha mantenido desnudo los dos días, parece que Franco lo ignora. No le busca, no le toca, solo haciéndole saber que en cualquier momento puede poseerlo, pero sin llevarlo a cabo, le controla.

   El joven se siente cansado, tiene ojeras marcadas en su varonil rostro y su agotamiento es mayor; la noche anterior no ha podido dormir bien por la zozobra que tiene de que Franco se lo pueda coger; la falta de sueño lo tiene sumamente embotado. Nuevamente esa noche del domingo tiene que poner abundante lubricante en su culo, para Daniel ha sido una sorpresa el que Franco solo se lo haya cogido una vez, teniéndole al alcance de su manos y no aprovecharlo. Ha sido un alivio el que no haya sucedido, aunque no por eso ha dejado de estar bajo la tortura mental de estar a disposición sexual de Franco.

   Una noche más de intranquilidad en la que a cada momento le parece que será abusado sexualmente por Franco, pero no sucede; el sueño intranquilo no lo deja encontrar paz, no le permite recuperar las energías, aunque dentro de todo, Franco ha cumplido su promesa de entrenarlo también como deportista.

   El lunes por la mañana no hay mucha variación en cuanto a los otros días, y justo ese día deben regresar. Daniel debe estar en su casa el lunes como les dijo a sus padres, para estar ahí cuando ellos regresen. Después del entrenamiento en la alberca ya por la tarde, termina nuevamente agotado

   -Vega acá, Saldívar. -le ordena Franco, quien lo espera en la cocina con una silla en el centro del cuarto.

   -Si, señor. -Daniel se extraña de encontrar esa silla esperando ser ocupada.

   -Siéntese, Saldívar. –le ordena como si tal cosa, cuando en verdad estaba por comenzar su jugada más siniestra en su plan control sobre el muchacho, destruirle moralmente frente a todos, dejándole totalmente en sus manos, aún más allá de las olimpiadas. Para que sea su esclavo sexual para siempre.

   Y Daniel no sospechaba nada.

CONTINÚA (el relato no es mío)…

Julio César.

NOTA: El relato comienza algo lento, y como no tengo intensiones de apurarme más, quien lo desee puede buscarlo en esta dirección: http://www.todorelatos.com/relato/16991/

DE AMOS Y ESCLAVOS… 5

junio 29, 2014

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 4

BLACK HOT

   -Eso es, puto, acaricia tu clítoris; eso me complace…

……

   -Oh, sí, mierda. Así, chúpalo así, negro mariiiiicón. Oh, Dios, ¡me vas a sacar la leche del cerebro! –le grita el muchacho, boca muy abierta, todo erizado de gusto, como tiene que estar todo al que se la comen así, sobre todo otro tío a sus pies.- Si, sigue, puto, sigue comiéndotela así, no pares, puto de mierda…. Ahhh…

   Mientras aquel güevo parece llenar todos sus sentidos, estimulándolos y despertándolos, como desde lejos le parece escuchar al muchacho, que se estremecía, que mecía un poco sus caderas, embistiéndole, pero dejándole en sí todo el trabajo. Escucharle llamarle puto, que es un negro maricón de mierda que gusta de los güevos blancos, lo estaba trastornando. Pero nada como aquella “amenaza”:

   -Si, comértelo, maricón… ¡Qué negro tan maricón! –debían estarle escuchando en el estacionamiento.- Comételo así, hazlo bien y cada día voy a dártelo; voy a llenarte la boca con mi güevo para que te lo comas todos los días. Vas a comer güevo a toda hora, negro, tu estómago se va a llenar con mi semen. –esas palabras estimulan al joven hombre negro, cuya boca va y viene con fuerza y rapidez, con ritmo vicioso.- Oh, Dios, si… Qué bien lo haces, negro maricón. Qué bien mamas una verga… aquí la tienes, prepárate, negro… -su respiración se espesa y sus ojos oscurecen.

   Alarmado, Roberto sabe lo que significa, lo sabe por lo dura que se pone la deliciosa pieza en su boca, por el calor que desprende quemándole la lengua, por eso más caliente que la sangre que parece ir recorriéndola: iba a correrse. Instintivamente va retirándose, una cosa era mamársela, pero…

   -Oh, no, nada de eso, negro maricón. –le grita Hank, jadeando, temblando y tensándose de lujuria, cacheteándole, halándole por la nuca y enterrándosela hasta la mitad en la boca.- Te la has ganado, puto, es tuya… Mi leche, toda mi leche, la leche de tu hombre, negro maricón. Sigue chupando de mi güevo, ¡anda! –le grita y abofetea otra vez, logrando que succione.- Mámala así, maldito puto. Aquí está… -aúlla, ronco, tensando la espalda sobre el mueble, cabeza hacia atrás, alzando un poco la cadera y metiéndosela otros dos centímetros en la cálida boca.- ¡Tómalaaaaa, puuuuuto… -le grita entre dientes, temblando todo, mientras su tolete dispara una y otra ráfaga de semen caliente directamente sobre su lengua, llenándole las mejillas, es un espeso y viscoso bocado salino.- Trágatela, negro de mierda, cada gota; y cada gota te hará desear más y más, puto. Mi leche te va a abrir el hambre por el semen fresco y caliente… -todavía le dice, su pecho subiendo y bajando con esfuerzo por el gran placer, bajando la mirada y encarándole.- ¡Trágatela y conviértete en un puto total!

   Avergonzado, Roberto lo nota; mientras disparo a disparo Hank le llenaba la boca con su esperma caliente, el sabor copa su lengua, estimulándole más que aquellos jugos pre eyaculares; y saboreándola pierde toda cordura y la bebe, una y otra vez, el espeso manjar bajando por su garganta casi le hace correrse, succionando todavía un poco más. La traga y de su boca llena de güevo ahora, porque Hank ha vuelto a enterrársela hasta los cortos pelos, como debe hacérsele a todos los putos con las últimas gotas, salen leves gemidos de placer. El sabor del semen le provocaba…

   Pero ahora la verga se retira cuando una mano en su frente le empuja hacia atrás, encarando ahora la mirada burlona de ese muchacho.

   -¿Te gustó mucho, negro maricón? –hay un reto, una advertencia que no entiende tras el tono y sabe que lo mejor es…

   -Si… -jadea, luego gime cuando el leve bofetón le alcanza.- Si, señor.

   -Lo sabía, negro. Desde que te vi lo supe. Mírate, todo caliente, la tienes tan dura… pero no puedes tocártela. ¡No te masturbes! –le advierte feamente.

   Y Roberto cree que se morirá.

   -Pe… Pero…

   -¡No te la toques! No aquí, negro de mierda. –le advierte, poniéndose de pie, la verga todavía dura colgando junto al moreno rostro, sonriendo al notar la mirada del otro, fija a ella, metiéndosela dentro de su bermudas, toda mojada de saliva y sus propios jugos.- Vete, que me arrechas ahí, todo hediondo a leche. –le ordena.

   Como si fuera un pedazo de mierda, una basura que usa y bota… De esa manera se siente Víctor, mareado, confundido, humillado… la verga totalmente dura. No sabe cómo responder, qué hacer. No entiende nada de lo ocurrido, en su joven vida de macho adulto, guapo y atlético, ha disfrutado del sexo, mucho, de utilizar, de satisfacerse con mujeres; ahora ese carajito le había usado, como a una puta. Le puso tan caliente que… Mierda, tiene que salir de ahí, se dice, temeroso de comenzar a hiperventilar. O lloriquear o… Dios, no, suplicarle que… No lo sabe, cualquier cosa. Porque algo le dice que sería rechazado, con burlas y desprecios. Tragando en seco, un leve sabor a semen aún, se acomoda las ropas y va hacia la puerta de la calle, toma el picaporte esperando algo, y ocurre. La voz de Hank le llega y le detiene en seco.

   -Voy a hacerte un favor, negro. –el tono es desdeñoso, pero Roberto se vuelve y se miran.- Lo que pasó aquí… pudo deberse a que eres uno de esos negros sin oficios que andan por ahí, malandreando, vagando, cayendo en vicios. –lo sostiene tan pancho.- Esto… puede no significar nada. Claro, te tragaste mi leche, ronroneando con cada buche, disfrutándola, tenías una cara de gozo que debiste vértela… -sonríe burlón.- Y eso siempre te hará desear más. Puedes no creerlo ahora, podrías irte de este edificio y escapar de lo pasado, pero una parte de ti, íntima, secreta, una vocecita que no te dejará vivir nunca en paz, te repetirá que te encantó, que mamarme el güevo fue el mejor momento de tu vida y que mi leche es el mejor manjar que has probado jamás. Y lo vas a extrañar. Te encontrarás un día, en una calle cualquiera, viendo a un tío blanco, deseando caer de rodillas y que te llene la boca con su verga rojiza, el güevo de un hombre superior y que te la llene con su esperma caliente. Pero podrías resistir, vivir con eso, con esa hambre que te asaltará cada vez que veas a un sujeto blanco sin camisa, o en shorts, o traje de baño. Pero si vas a tu piso, te echas en tu cama y te haces la paja pensando en lo que sea, pero sabiendo bien que fue por lo que ocurrió aquí… estarás jodido para siempre. Estás advertido. –desdeñosamente toma asiento y cambia de canal, sintonizando un juego de futbol de la liga alemana.

……

   El paseo de la vergüenza. Había escuchado la expresión, que siempre relacionó con mujeres que llegaban temprano en la mañana a sus casas, despeinadas, ropas arrugadas, el sostén sobresaliendo en la cartera, con cara de recién folladas, vistas por todos. Ahora entiende qué tan mortificante puede ser. Nada más salir del apartamento de Hank, con cara de culpabilidad, se topó con la señora Gertrudis, una vecina al final del pasillo, entrometida, de malas pulgas, que vigilaba, criticaba y a veces hasta asechaba a la gente. La mujer le miró de forma fea, siempre era así, era parte de ser de la mujer, pero ahora estaba seguro de que era por algo más. Sabe que debía verse extraño. Algo de transpiración baja por sus sienes, su pecho sube y baja todavía descontrolado, sabe que su miembro empuja la tela del pantalón y, se lleva la mano a los labios, pero aunque levemente pegostoso, sabe que no tiene rastros del semen del catire sobre su cara. Toda su carga espesa, abundante y caliente había sido tragada por él. Hasta la última gota de espermatozoides. La idea es horriblemente sucia… y estimulante.

   Saludando a la mujer, quien parece olfatear algo en el aire a sus espaldas, abre la puerta de su apartamento y escapa a su mirada, al pasillo, al mundo. De Hank. Tiembla ahora dejándose alcanzar por la rabia, el desconcierto y la ira. Dios, ¿qué había hecho? Le había mamado el güevo a otro sujeto, uno que le llamó cosas horribles mientras le cogía la boca con su verga dura y caliente, palpitante y tiesa, corriéndose en ella, llenándosela de leche ardiente y…

   Casi grita, de una patada vuelca una mesita, dejándose caer en un sillón, aferrándose la cabeza con las manos. ¿Cómo dejó que pasara? Él era un hombre, un macho…

   No quiere pensar más, ni recriminarse, culpa al carajito ese. Tenía que salir de ahí, buscar una puta, un coño caliente que… Casi con rabia se despoja de las ropas y toma una larga ducha, dejando caer chorros de agua en su boca, tragando otra poca. Lavando su culpa. Pero cuando se enjabona las bolas y el pene, este crece rápido, rígido, queriendo juegos. No sigue. Se seca y, con el güevo tieso, duda sobre qué ponerse. A dónde ir. Se deja caer en la cama. Se mete dentro de un bermudas, el falo estorbándole, frotándose contra la tela, gritándole urgido que lo tocara, que lo sobara, que le diera alivio, que ambos lo necesitaban.

   Come algo, sin apatito, intenta ver televisión, distrayéndose, con el güevo tieso… finalmente se acuesta con idea de dormir. El tolete le palpitaba, las imágenes regresaban. Intentaba pensar en todas las putillas a quienes hizo gritar de placer con su hombría, ensartándolas por coños y culos, viéndolas revolverse de placer… pero era ese tolete rojizo, venoso, ardiente lo que copaba su mente, entrando en su boca, una y otra vez. Cierra los ojos, no puede contenerse, con movimientos bruscos se despoja del shorts y se agarra la verga con una mano. Casi grita. Fue como un estallido puro de placer, aunque también una orden de seguir. Su puño sube y baja, sabroso, cierra los ojos y sus caderas van y vienen contra su puño, como si cogiera, como si estuviera metiéndola en una boca… Y la saborea otra vez, la siente palpitar contra su lengua, dejándola mojada con esos jugos que le hacían delirar, queriendo más y más. Aprieta los dientes cuando se recuerda chupándola, mucho. Y estalla en su corrida, casi tiene una convulsión, su pene dispara leche prácticamente hasta el techo, mojándole el torso y el cuello, dejándole ahíto, débil, mareado, totalmente mojado. El olor de su propio semen le hizo recordar el de Hank y jadeó de gusto, soñoliento, en paz. Cayendo dormido enseguida. Una leve sonrisa en sus gruesos labios. Liberado al fin. Al menos físicamente, porque pronto descubriría que el chicuelo aquel tenía razón.

……

   Se oculta. Pasan días y evita a todo el mundo, no se peina, no se baña. Vive encerrado. Masturbándose. Mucho. Una y otra vez. Añorando… Los toques a su puerta le hacen cabalgar el corazón, ¿acaso iba a cumplir su promesa de usarle todos los días como a un puto? Temblando, abre y se encuentra con dos de sus amigos, también negros, uno más intenso que él, con un leve aire trinitario, el otro es más claro, de cabello chicharrón corto, bigotillo y barba en candado. Jóvenes, fuertes, guapos. Los dos gritan su alegría de verle, golpeándole, que qué coño le pasa que nadie sabe de él. Intentando mostrarse normal, Roberto les atendió.

   -Llevas tiempo perdido, perro.- gruñe el de aire trinitario, crinejas algo largas, Gregory.

   -He estado… ocupado.

   -¿Haciendo qué? No tienes trabajo. –tercia el otro, Yamal, el de barba, mirándole fijamente.- Esto parece un nido y tú te ves fatal, pana. ¿Qué tienes? ¿Dengue? No me extrañaría, esta sala está oscura y como sucia.

   -No me he sentido muy bien, ¿okay? -se acoge a la idea.

   -A ti lo que te pasa es que andas deprimido porque no tienes ni para comprar una cerveza o invitar a salir a una puta. –sentencia Gregory.- Y te encierras y te enfermas. Anda, toma un baño, que hueles a culo, y vamos al gimnasio. Algo de ejercicio, sudor, y ver nenas en licras te ayudará. Quién sabe si te levantas una que quiera hacerlo en el callejón, sobre las tapas de los basureros. Lo que necesitas es eso, volver a la jugada.

   -Nosotros invitamos… esta vez. –aclara Yamal.

   ¿Salir? La idea le parecía horrible, y sin embargo, sí, eso era lo que necesitaba, abandonar el apartamento y dejar de soñar con… con locuras. Ejercitarse, comer algo, ver tías de tetas grandes… escapar de su prisión mental.

……

   Se sentía bien, como él mismo otra vez, fuera del apartamento con su aire viciado y su cama transpirada y algo rancia. Tomar una ducha, ponerse el mono, la camiseta sin mangas, muy abierta para dejar ver sus hombros y brazos musculosos, comer algo ligero, tomar dos cervezas y luego ir al gimnasio, fue como regresar a su vida. Allí, semi reclinado halando la guaya que sube las pesas, se siente bien, concentrado, tenso de cuerpo, sus venas marcándose en el brazo, su bíceps subiendo y bajando, notando que algunas mujeres le miran. Bonitas, bien cuidadas, figuras atractiva de tetas sospechosamente redondas y paradas.

   Si, se sentía bien, allí estaba en su ambiente. Destacaba, era llamativo, aunque no tenía un tatuaje como el sujeto de la trotadora, que subía desde su codo en forma helicoidal, abriéndose en su hombro en dos ramales como zarpas, una cruzando parte del torso desnudo hacia su pectoral derecho, la otra hacia la espalda; se veía bien, el pectoral abultaba de manera llamativa, el sudor destacando los músculos, las tetillas erectas, el abdomen marcado en seis toletes, el hilillo de pelos… ¿Pero qué coño?, se tensa desviando la mirada, hormigueándole el cuerpo. Intenta concentrarse, pero vuelve a mirarle, es un tipo joven, alto, fornido pero no exageradamente, hombros anchos, cintura delgada, el bermudas a media pierna de tela suave se agita mientras sus fuertes piernas corren sobre la cinta. Y en el entrepiernas… si, allí está presente la silueta del paquete masculino, destacándose de una manera que le parece escandalosa, pero tal vez no lo era, sino que ahora se fijaba más en ciertas cosas. Tragando en seco, habiendo dejado de flexionar su torso, le miraba… a ese chico apuesto, corte de cabello bajo, militar, semi desnudo, desafiante en su juventud y armonía.

   Blanco.

   Se desconcierta cuando repara en la mirada del chico, quien le observa, ceño levemente fruncido, una leve mueca de burla en los labios. Totalmente avergonzado baja los ojos y se aleja, tomando su toalla, rumbo a los vestuarios. En esa mirada se leía un claro: “¿Te gusté, marico?”. Evitando a todo el mundo llega a los vestuarios desiertos, dejándose caer en uno de los bancos, cubriéndose el rostro con la toalla. ¿Qué le pasaba? ¡Él no se fijaba en otros hombres! Nunca lo hizo. No era… ningún marica. Debía… debía…

   Intenta controlarse al escuchar pasos, Yamal y Gregory debían estarle buscando para tomar una ducha e irse de putas. Y tal vez eso era lo que necesitaba. Abre los ojos y allí está ese chico, insolente en sus movimientos, sacando cosas de un locker, su espalda brillante, sus músculos marcándose. Bajando el bermudas y quedándose con un bóxer blanco corto, transpirado, se vuelve y le pilla mirándole, parece preguntarle “¿qué coño ves?”. ¡Mierda!, otra vez se cubre la cara, muerto de pena.

   -Toma, creo que te ayudará un poco. –oye una voz burlona, eleva los ojos, el chico está ahí, envuelto en una toalla, hermosos y soberbio en su juventud sana y atlética, arrojándole algo que le pega de su cara.

   ¡Su bóxer sudado!

CONTINÚA…

Julio César.

NOTA: Ah, carrizo, ya comienzo a meter más gente. Era necesario, pero ahora me llegan otras ideas.

EL SUEGRO LO ENVICIA… 34

junio 24, 2014

…LO ENVICIA                         … 33

   Este relato me lo envía por correo un conocido de la casa, LeRoy, y es bueno, aunque es una mala traducción que me tomará tiempo medio hilar. Este relato que NO ES MÍO, lo llevo más bien como una pequeña adaptación. Que el autor no se moleste, por favor. Bien, la trama: un chico muy joven sueña con ser físico culturista y se casa con la hija de un ex culturista, el cual termina convirtiéndole en el juguete sexual de todos los hombres. Disfrútenlo.

……

Título: Muscle Pussy

De: hgenyc9261@gmail.com

JOVEN EN TANGA ROJA

   Quien lo encuentra quiere llevárselo…

……

   -Abre tu coño para mí, bebé. –le ordena Bill, atrapando sus tobillos y alzándolos, juntos, llevándolos casi sobre la cara del culturista, medio ladeándole, alzándole las nalgas, su agujero apenas cubierto, dejándole oculto entre los muslos el saco con las bolas.- Maldita sea, mira esa raja lisita, y ese culo grande y abierto. Tu coño todavía tiene hambre, ¿verdad, nena? Bueno, Bill se hará cargo de eso; pero anda, preciosa, ábretelo, muéstrale tu coño color rosa a Bill. –le pide galantemente.

   Las palabras, el trato y la calentura tienen a Bobby totalmente entregado. Y llevando las manos a sus nalgas, acerca los dedos a su raja interglútea, atrapando con uno de ellos la tirita de la tanga, apartándola, y con el resto hala de sus pliegues lisos y lampiños, abriéndose. Casi traga en seco cuando nota el tensar de Bill ante la visión de su culo abierto, titilante, manando todavía semen de uno de sus mejores amigos, cuyo olor fuerte llena la sala, intoxicándoles a los dos que lo perciben totalmente. Y tal vez era la visión de ese abierto coño de chico que esperaba con ansiedad su verga, o por la idea de que Mark la tuvo metida allí poco antes, abriéndolo, llenándolo, corriéndose y su esperma goteando aún, lenta y espesa, y él estaba a punto de metérsela también, introduciéndola donde la tuvo Mark poco antes, deslizándola fácil usando su semen, pero como sea la verga de Bill parece crecer todavía más.

   Y Bobby ronronea sobre el mueble, esperándole, muriéndose de calor y ganas, con el enorme deseo de satisfacer a ese hombre grande y poderoso, pero buscando también sentir el placer indescriptible de tenerla adentro, cabalgándole. Quería esa impresionante pieza abriéndole, penetrándole. Sentirla. Todo él exuda lujuria, una que afectaría a cualquier hombre, aún a su padre si estuviera allí, o a sus hermanos si los tuviera. Bobby era la viva imagen del deseo carnal.

   ¡Su suegro habría estado tan contento y orgulloso de verlo así!

   La amoratada y lisa cabeza se frota de la rojiza entrada, que se abre y tiembla de manera ansiosa como dándole la bienvenida, ante las miradas lujuriosas de todos, que se acercan a ver.

   -Por favor, bebé, abre un poco más tu dulce coño para mí. –pide Bill.

   Bobby tiembla mientras lo hace, rojo de mejillas, ojos brillantes de lujuria, la viva imagen del deseo. Mark, tendiendo un brazo sobre su forzudo cuerpo ladeado, acerca a los labios de Bill la botella de tequila, quien toma un muy largo trago, sin dejar de mirar al rubio por un segundo, enloqueciéndole frotando de arriba abajo su glande de la palpitante entrada. Ese roce liso y cálido, la perspectiva de tener adentro tan enorme pedazo de carne pulsante y que todos gozaran viéndole domarla, tienen al rubio culturista nadando en un mar de hormonas sexuales, su cuerpo responde solo, como los labios de su culo que se abren y medio abrazan la cabeza de aquella verga, deseando atraparla. La botella va pasando de manos hasta llegar a Tom, el padre de Kyle, el cual toma también un largo trago inclinándose luego sobre él, atrapándole el mentón y obligándole a abrir la boca, donde escupe y deja caer el aguardiente. El muchacho, que ya estaba mareado, y volando, lo tomó con avidez, sintiéndose salvaje y deseando perderse totalmente. Y justo en ese momento…

   Lentamente Bill comienza a empujar su titánica verga contra aquel culo palpitante, frotándolo de los dedos del fornido chico rubio que lo mantiene abierto para él, sin penetrar.

   -Vamos, nena, toma la verga de tu hombre y llévala a tu coño caliente y mojado, métetela como una buena niña. –le ordena, suave, sus miradas trabadas, y un tembloroso Bobby lo hace, soltando sus nalgas atrapa con una mano el fibroso y rugoso tolete negro e inmenso, apretándolo firmemente contrala entrada de su culo ávido, el cual ya sufría espasmos internos, anticipándose al gozo de sentirse lleno, y allí, en la entrada misma, el otro empuja con un certero movimiento todo el largo y grueso instrumento dentro del culo blanco, abriéndole, copándole, llegándole al fondo de las entrañas, arañándole levemente las nalgas con sus crespos pelos púbicos, no muy altos en verdad.

   Bobby cierra los ojos, echa la nuca hacia atrás y deja escapar un ronco y bajo gemido, no puede contenerse, ¡era tan grande!, se sentía a punto de estallar, como estirado al máximo por la mole de carne oscura; pero era tan caliente y pulsante, tan rugosa y babeante que pronto lo nota, las paredes de su recto se adhieren a ella y comienza a succionarla, masajeándola ferozmente, estimulándose de una manera salvaje y que debería ser prohibido en un hombre, sentirse tan caliente con el güevo de otro sujeto clavado en sus entrañas hambrientas.    Kyle, de pie junto a la pareja, miraba fijamente el punto donde ese enorme manduco negro y venoso se abría paso y entraba hasta los pelos dentro del rojo y lampiño culo de aquel rubio fortachón y en pantaletas, que gemía y se estremecía con evidente placer.

   -Joder, ¡miren cómo toma esa enorme verga! Le cabe toda. Y la ama, mírenle la cara, tener una tranca bien metida en el culo es su vida. –el miembro del futuro hombre casado estaba duro como una tabla, balanceándose en la nada a fuerza de pulsadas, una hebra pegajosa de líquido pre seminal colgando del ojete de su glande de pura lujuria ante el increíble cuadro de su mejor amigo metiéndosela a fondo a ese carajo bonito que parecía la propia puta cuando la recibe; y él sabía de eso, de las porristas de la secundaria y la universidad. Parecía que sus amigos realmente la estaban pasando en grande tomando, domando y llenando al joven culturista. Evidentemente su culo, o coño como decían esos locos, era cosa sería.

   -Oh, sí, Kyle… -interviene su padre.- A Tom le encantó. –informa, ambos mirándose a los ojos.- He visto a este chico tomar las enormes vergas de tu hermano, y la de su suegro, Ben, sin pestañear.

   -¿Frank jodió su culo? –la noticia es como una sacudida eléctrica.- Mierda, él siempre tiene que probarlo todo. –gruño aferrando la botella de un manotón y tomando otro trago, replanteándose toda la noche.

   Bill, con su verga bien metida dentro de Bobby, no se cansaba de mirarle, maravillado por los halones, chupadas y apretadas que ese agujero estaba dándole sobre el miembro, algo insospechado. Mierda, de saber que los culos de los chicos se sentían así, tan apretaditos y sabrosos, hace tiempo que habría intentado tomar alguno, en el gimnasio o en las duchas del colegio. Incluso el de Kyle o Mark, piensa con burla. Toma la botella de manos de Kyle, bebió, garganta cerrada de lujuria notando los leves movimientos de las nalgas del chico rubio, masajeando un poco más su tolete. Eso lo decide.

   -Bien, es hora de disfrutar del bonito coño caliente de mi nena. –con manos firmes casi le rota sobre el mueble, dejándole totalmente de espaldas, colocando los tobillos del joven culturista en sus hombros, echándose hacia adelante, sonriendo, metiéndosela todavía más, empujando y empujando, teniendo su poderoso y musculoso torso casi sobre el chico rubio, el cual gemía con el culo totalmente lleno con su verga.

   Bobby traga en seco, brillante de transpiración, preguntándose cómo era posible que su culo pudiera tomar, en serio, toda esa verga inmensa; también el cómo era siquiera imaginable que tal cosa, estar allí, llenado, sometido, a la merced de los caprichos de ese poderoso chico negro, pudiera ser algo tan increíble.

   -La necesita, Bill, dásela, no seas malo. –Mark ríe, ebrio, tomando la botella.

   -¿La quieres? –le pregunta Bill, de alguna manera tensándola y moviéndola en sus entrañas al ir sacándosela.- Joder, si que tienes ese coñito apretado. –gruñe deslizando ahora su verga dentro y fuera del abierto culo sedoso, logrando que el rubio gima bajito, boca abierta y frente fruncida, de placer y algo de dolor; llevarla y traerla se sentía increíble ya que ese agujero estaba exprimiéndosela.- Conozco a un montón de chicos en mi equipo que matarían por estar en estos momentos en mi lugar… -la negra y gruesa silueta sale halándole los labios del culo, luego entrando, suave, rítmicamente pero a fondo, cogiéndole una y otra vez.- Les encantaría tenerte en las duchas después de un partido, bebé, rodearte y pasear tu coño hambriento de verga en verga. Te la meterían hasta por los oídos. Oh, Dios, lo tienes tan rico… -ronronea, metiéndola y sacándosela con golpes largos, embistiéndole con cadencia, rozándole las paredes del recto con la rugosa superficie, estimulándole ese clítoris que cree que tiene allí, golpeando una y otra vez sobre su próstata que cada vez dispara sus chorros de placer.

   Bobby arquea la espalda llevando las manos a sus pectorales, apretándolos, su verga temblando dentro de la tanga, mojándola copiosamente, disfrutando de la poderosa cogida que ese largo instrumento estaba dándole, ser tomado así por ese inmenso hombre era una experiencia diferente y poderosa. Pero había algo más que eso, disfrutaba de ser usado así por aquel macho que le jodía de manera intensa, diferente. Mark había sido rudo, le había llamado perra y puta mientras usaba su culo ávido, pero Bill, de alguna manera, hizo que se sintiera más femenina, como una porrista hermosa que coquetea con el campeón del equipo y este, después de regalarle flores y un viaje al cine, la hiciera suya en un descapotable, bajo las estrellas de una cálida noche de verano.

   El culturista no lo entiende, se sentía totalmente controlado por él, podría ser por el tamaño de Bill, el cual le hacía ver bajito incluso a él; y sin embargo cree que es por la forma de tratarle, de mirarle, de cogerle con aquella intensidad, pero también con preocupación, como si quisiera que disfrutara el ser tomado y no sólo satisfacerse él, como si esperara que alcanzara el climas antes de acabar él; una idea que le dejaba sin aliento. Tal vez por eso actúa locamente, soltando sus erectas tetillas, atrapando los bíceps del coloso negro y alzándose. Parece que Bill lo esperaba, y le recibe, sus bocas se buscan, sus lenguas se atan en un baboso y cálido saliveo, con muchas chupadas, cosa que altera el culo del rubio sobre la gruesa verga negra, que lo resiente y agradece palpitando más. Ahora, mientras se comen a besos, Bill, tendiéndose más sobre él, le coge con mayor fuerza y rapidez, sus entrañas están siendo rastrilladas, su próstata golpeada, todo él estimulado, y goza de manera abierta, abandonada, ignorando que Bill se traga sus copiosos gemidos así como su saliva en aquel beso erótico y escandalosos entre dos hombres.

   Cuando esa boca de labios gruesos abandona sus labios, cayendo sobre una de sus tetillas erectas, succionando, Bobby pierde el poco control que le queda y gime realmente como una porrista caliente de teta grandes que está siendo usada y llenada por el capitán del equipo de futbol; sus gemidos erizan las pieles, y es cuando cae en cuenta… hay un gran silencio a su alrededor. Cuando alza la mira encuentra a los otros tres hombres observándoles silenciosamente, ojos oscuros de lujuria, sus enromes y duras vergas goteando mientras se las masturban. Todos sus sentidos están estimulados, los dientes de Bill muerden su tetilla, la verga estaba cabalgándole con fuerza, abriéndole, llenándole, rozándole, estimulándole, angustiándole casi, y esos tipos se tocaban, de sus ojetes manaban líquidos, todos calientes de ganas por la enorme y musculosa puta de coño caliente. Las manos enormes del hombre de ébano sostienen sus redondas nalgas mientras machetea incansablemente dentro del redondo culo, sus pelos rozándole, las bolas golpeándole, la tanga totalmente mojada. La gruesa vena de la cara inferior del tolete oscuro parece palpitar con vida propia cuando va saliendo del orificio color rosa, halando la membrana, para luego enterrarse, de golpe, en toda su extensión, dándole el chico rubio justo donde es para que gruña más.

   -Oh, Bill… ¡AHHH! -se les escapa al muchacho cuando las embestidas se intensifican, mareándole, alzándole en las nubes. Se tensa y arquea, pequeñas luces estallan tras sus parpados cerrados mientras su culo se baña de algo caliente, sufriendo violentos espasmos que sorprenden a Bill, quien se medio detiene pero luego continúa, deseando gozar de las contracciones de ese recto. Acababa de sufrir otro de esos clímax extraños, y el placer fue tanto que su verga también se pone imposiblemente dura y se corre, disparo tras disparo de semen que moja, empapa y chorrea fuera de la diminuta pantaletica. Es tanto el goce que alcanza en esos momentos sublimes de gloria, siendo pistoneado en todo momento por el otro, que cree perder el conocimiento por unos instantes.

   Pero los gruñidos de Bill le traen al presente, su respiración agitada y el increíble tensar de su verga le indican que está por correrse también; el hombre se alza en todo su tamaño, tomándole por los tobillos, casi despegándole el culo del respaldo del mueble, y se dispone a llenarle las entrañas con su esperma, juntándola a de su amigo Mark, una idea que ambos tienen y que les parece increíblemente sucia y erótica.

   -Oh, mierda, cariño, estoy tan caliente… Tómala. Vamos, toma todo mi semen con tu apretado, caliente y hambriento coño mojado. ¡MIERDA, SI! AHHH…

   Y de su verga, bien clavada ahora, sale una carga de ardiente esperma que casi alarma a Bobby, los chorros se producen una y otra vez, golpeando su recto, y la sensación de un hombre corriéndose en sus entrañas era sencillamente maravillosa. Y dura y dura. Finalmente se quedaron quietos, Bobby de espaldas sobre el mueble, rojo de mejillas, el cabello rubio sobre la frente, brillante de sudor y lujuria, hermoso; Bill, respirando pesadamente, todavía atrapándole por los tobillos, la verga aún temblando en sus entrañas. Era increíble verlo, la cilíndrica mole de carne oscura taponando el redondo anillo blanco rojizo del otro, de donde sale, sin embargo, algo de semen, que chorrea y pega de la tirita del hilo dental, cayendo finalmente sobre el mueble. El olor a hombres era intenso.

   -Dios, fue… -jadea Bill, sacándosela lentamente, la pieza aún dura, amoratada, brillante de su propio semen y el de Mark, intensificando aún más el olor de machos.

   Todos siguieron el movimiento, y con las gargantas secas y ojos muy abiertos ven como el hilo dental cae sobre el orificio, no cubriendo un carajo, viéndose mojada enseguida por el semen que mana de allí. Bobby ya tenía la esperma de dos hombres grandes, amigos del alma entre sí, en sus entrañas, nadando en su interior todos esos espermatozoides. Y la idea era increíblemente estimulante, por lo prohibido.

   O así se lo parece a Tom, quien toma la silla traída del comedor y se deja caer de culo, su grueso tolete rojizo y babeante descansando en su regazo, y mirando al rubio culturista, flexiona un dedo, llamándole. Todavía jadeante, recuperando el aliento, Bobby se sienta, avergonzándose un poco por el semen que mana de su culo rojizo e hinchado, pero la mirada fija en la gruesa pieza de aquel hombre que le recordaba vagamente a su suegro. Deseándola, tiene que admitir avergonzado. Con piernas un tanto inseguras, va hacia él.

   -Es mi turno, Bobby. ¿Por qué no te sientas como un buen chico en mi regazo? Voy a contarte un cuento antes de dormir, bebé. –ofrece abriendo sus piernas, sosteniéndose la verga por la base, una verga que atrae de manera hipnótica la mirada del joven culturista, enviciado como está por los machos.

   Hay desafío en los ojos de Tom, y el muchacho, picado (se dice él), eleva una pierna y se monta de hojarasca sobre sus muslos, cara a cara, apartando con el pulgar la tirita del hilo dental empapado por todos lados de semen, de varias espermas cuyos olores llenan el ambiente, y con pericia, ya la tiene, baja su culo rojo sobre la cabezota del nuevo tolete, lisa y húmeda de lujuria, que pega de su entrada empapada y les hace contener un jadeo. Sin apartar la mirada brillante, el culturista baja más, su culo se abre y lentamente va devorando palmo a palmo el grueso y nervudo instrumento del hombre maduro. Sonríe al verle tensarse y jadear, de puro placer. Parecía que Tom había esperado mucho para esto, meter su gran erección en su culito caliente, así que mientras va bajando, muy lentamente, le regala las mejores apretadas que ha dado jamás, metiéndosela sin parar, hasta que sus nalgas caen sobre los muslos, la tranca casi toda enterrada en sus entrenas, visible únicamente un centímetro o dos que se ven frenados por los globos firmes que son sus glúteos. Y así, totalmente empalado por aquella verga, el joven y el hombre se miran, calientes, contentos, lujuriosos.

   -Joder, Bobby, esto es incluso mucho mejor de lo que había imaginado todo este tiempo. Tu coño está tan caliente, es tan estrecho y firme cuando chupa que… ¡Ahhhh! -jadea cuando el travieso rubio se la succiona con sus entrañas.- Oh, Dios, muchacho, eres todo un pecado. Sé que tienes a tu papi, chico, pero desde este momento cuentas con otro; otro papi que se ocupará de tus necesidades. –tensa sus muslos y sube y baja un tanto sus caderas, sosteniendo a Bobby en todo momento, metiéndosela y sacándosela solo centímetros, pero es suficiente para que el rubio gima con abandono de putilla, su culo halando todavía más.- Cómo envidio a ese hijo de puta de Ben, que tiene a su dulce nena musculosa en casa para llenar su coño cada vez que lo desea… -le coge una y otra vez, recorriéndole el torso fornido con las manos, pellizcando sus pezones.- Cómo quisiera que fueras mi nena, llegar cada noche a casa y encontrarte de panza sobre mi cama, sonriendo hacia la puerta, con una pantaletica sexy y mínima metida entre tus nalgas alzadas, dándome la bienvenida, tu coño ya mojado por la espera, y llenártelo una y otra vez, follándote hasta que lloraras de gusto y placer… Dime, Bobby, ¿no quieres ser mi nena? ¿No quieres que Frank sea tu hermanito amoroso y yo tu papi y que cada noche te llenemos de güevos este coñito caliente y hambriento que tienes?

CONTINÚA…

Julio César.

NOTA: Un amigo de la casa, Apolo, logró encontrar la página original de donde viene esta historia, que notarán fue versionada. Gracias, amigos. Quien quiera saber de qué va o cómo termina, que vaya a: http://www.nifty.org/nifty/gay/incest/muscle-pussy/

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 19

junio 21, 2014

… SERVIR                          … 18

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

MUSCULOSO EN TANGA AZUL

   Imagínala mojada, chorreando lentamente…

……

   -Vamos, Tiffany… -le atrapa la nuca y empuja.- No te arrodilles, inclínate… -le aclara, y casi no tiene que luchar contra ninguna resistencia, sonriendo del aliento que va bañando su torso velludo y su panza igual, ligeramente abultada.- Come, pequeña Tiffany, sacia tu hambre…

   Las palabras, roncas y bajas, totalmente audibles en aquellas soledades y silencios tensos, hicieron contener la respiración de todos los que miraban, manos crispadas sobre los barrotes, excepto aquellas que sobaban sus propias erecciones. Y las sonrisas de lascivia y maldad no se hicieron esperar cuando Daniel Pierce, como sin darse totalmente cuenta de lo que hace, abre sus rojos labios y cubre el grueso glande, ahuecando sus mejillas, succionando como un lactante. Casi sin ser obligado. Pero si esa escena, el hermoso tipo rubio mamando al rudo y varonil delincuente, era excitante, no menos lo era la ancha espalda del joven, medio ladeado, así como sus nalgas abiertas, increíblemente redondas, lisas, lampiñas y suaves, con la delgada tirita del hilo dental entre ellas; eso era aún mejor.

   Read sonríe socarrón, sus labios fruncidos cuando la boca del chico rubio cubre palmo a palmo su tranca, con dificultad, aún resistiéndose, puede sentirlo, pero haciéndolo a pesar de todo; y sin embargo, para el peligroso criminal hay más, como el disfrutar de los torturados rostros de los delincuentes que le miran. También el exponer a Tiffany a eso, a que todos sepan que es toda una hembra, su ardiente y hermosa hembra de coño caliente. Y aún eso no es todo; desea que todos sepan que es una puta caliente y viciosa, para que le envidien. Así que atrapándole la rubia cabeza le empuja, metiéndosela toda en la boca, ahogándole, dejándole la fina nariz enterrada en sus pelos púbicos, donde el tío resuella sus aromas fuertes de macho, pero también las gotas ácidas. Gotas que le marean, que aspira y aspira como si lo necesitara, retirándose y regresando, chupando por aquellos jugos que salen del tolete y que ahora le saben tan ricos y estimulantes, pero también olfateando más esas gotas de los Poppers.

   Atenazados a las rejas, todos miran y oyen como succiona ruidosamente, hambriento, una y otra vez, pero lo que les enloquece de verdad es la manera en la que el hermoso sujeto menea sus nalgas, casi pareciera que, si, que bajo la tirita de la pantaleta, su culo se abriera y cerrara incontrolablemente. Atolondrados, quemándose de enferma lujuria, todos ven como Read se lleva tres dedos a la boca, los lames y unta de saliva, inclinándose luego sobre el hombre, metiéndosela de paso hasta los pelos en la garganta, pelos donde Daniel aspira con frenesí, temblando, su propia verga casi fuera de la pantaletica que se estira conteniéndola todavía. Esos dedos van a su raja, el pulgar, expertamente aparta el hilo, y todos sienten que los ojos se le salen de las órbitas cuando lo comprueban, ese rojizo y lampiño culo titila salvajemente.

   Cuando los dedos untados se unen formando un trípode, no sorprende que entren. Ese culo, o coño, los pedía. Ni que el rubio se agite y tense, arrugando la frente, siendo forzado por los gruesos dedos, pero aceptándolos, ¡tres dedos de hombre metidos en su culo!, frente a todos. Esos dedos, por el simple movimiento de la muñeca de Read, entran y salen, sin salir de un todo jamás. Y Daniel lo agita, no puede contenerse, no sabe de dónde sale eso, pero su culo va y viene también, deseoso, perdido por los estímulos químicos y por el control mental y sexual de ese sujeto.

   -Míralos, Tiffany… mira lo que les haces, pequeña y adorable puta mía. –oye sus palabras.

   Retirándose de la verga, hinchada y mojada, la saliva goteando, Daniel, ojos brillantes y dilatados se vuelve sobre un hombro, meciendo su culo aún sobre esos dedos que lo exploran, y repara en esos sujetos jadeando, uno con la verga afuera, todos alargando sus manos como si intentaran alcanzarle, tocarle, meterle sus propios dedos y poseerle. Estaban locos de lujuria… por él.

   -Vamos, nena, deja que todos vean como se abre tu dulce coño mojado para mi verga…

   Se deja llevar, mareado y a su merced, ¿por lo que le dio a tomar?, ¿por lujuria?, no lo sabe ni tiene cabeza para pensarlo, ni quiere. Como sea, el enorme hombre le hizo levantarse y volverse, de cara a él. El joven rubio no puede soportar la oscuridad que opaca esos ojos crueles, con lujuria y ruindad, mientras toma un frasco de lubricante de su litera y se unta pródigamente la enorme piensa entre sus piernas. Ese hombre disfrutaba hacerle eso, tenerle así, sometiéndole al escarnio de ser visto de esa manera por los otros presidiarios. No debía…

   Cualquier idea de resistencia muere cuando las enormes manos del sujeto atrapan sus caderas, alzándole literalmente en peso, con facilidad, y golpeándole la parte superior de la espalda contra la pared, la parte baja queda un tanto más adelantada. Esas manos callosas aferran las suaves y firmes nalgas, redondas, alzándole más, metiéndose él entre sus piernas, y cuando su raja, al bajar, queda montada sobre la verga enorme y dura, horizontalidad, quemándole, Daniel jadeó. Reconocer el poder físico de ese oso le debilita, se siente pequeño, frágil, sometido. Se oyen jadeos roncos y Read vuelve la mirada hacia la reja, y a Daniel no le queda otro remedio que imitarle. Allí están esos sujetos con ojos brillantes, bocas abiertas, vergas erectas que son masturbadas. ¡Todos caliente por él!

¡Dios, no!, pensó, ¡iba a cogerle frente a todos! Se la metería y todos sabrían que ya no era un hombre, tan sólo la puta de ese sujeto. Y tal vez quisiera oponerse, pero el peligroso convicto no le da tiempo, le sostiene medio rodeándole las dos nalgas con un brazo, con la otra mano enfila su tranca hacia la raja interglútea, apartando un poco, con el pulgar, la tirita del hilo dental. Le mira, cruel y terrible, haciéndole saber que le pertenece, que es su puta y puede usarle cuando quiera. La lisa cabeza del glande rojo y húmedo se pega del depilado culo rojizo y cerrado, frotando y frotando, quemándole, produciéndole algo como unas cosquillas eléctricas.

   El convido se aplica, empuja y Daniel aprieta los dientes, quiere resistirse, pero puede notar perfectamente cómo su agujero va abriéndose, permitiéndole el paso a medio glande, liso y ardiente, que se agita de manera circular un tanto, como si Read quisiera delinear los contornos de su culo, metiéndolo y sacándolo otro poco. El sometido hombre rubio oye los jadeos de lujuria que viene de fuera de la celda, los extrañamente salvajes y perturbadores “coge a la perra, cógela ya”, “llénala de güevo, se nota que quiere”, “¡préñala, préñala!”; y pensara lo que pensara de su situación, le gustara o no, lo buscara o no, sabe que la risita que su torturador lanza en esos momentos viene de ver los labios de su culo extenderse y contraerse, abrazando y acompañando el glande en sus meneadas de adelante atrás.

   -Oh, Tiffany, te ves tan hermosa esperando por la verga de tu hombre… -le gruñe ronco y alto, para que todos escuchen, humillándole.- Si pudieras verte, rojiza de deseos, tan necesitada de ser llenada y tomada. –le informa, para que vaya aprendiendo, también para escarnecerle frente a los otros.

Y tal vez Daniel quisiera responderle algo, con rabia, pero justo en esos momentos Read retira la mano de esa verga enorme que tiene, el glande todavía metido en su culo, y deja de sostenerle bajo las nalgas; con un gemido de sorpresa, Daniel cae un poco, aunque no al suelo porque Read, que sabe de esas cosas, le atrapa bajo las rodillas y le echa hacia atrás totalmente, pegándole toda la espalda de la pared, pero con el añadido de que el rubio cae de golpe sobre aquella verga enorme, gruesa y dura, clavándosela hasta los pelos. El rubio chilla, se tensa y arquea, esa vaina duele a pesar de todo. Aprieta los dientes y casi llora de dolor… ignorando que sus ojos tan cerrados, sus gemidos y frente fruncida son como un bálsamo para el sádico que le controla y goza de su situación apurada. Se la tiene toda bien clavada en su apretado y sedoso agujero de amor, y espera…

   Daniel la siente, llenándole feo, su anillo como si fuera a rasgarse, esa cosa quemándole feo… pero también… Cuando el tolete sale un poco, tres o cuatro gruesos centímetros, y entra de nuevo, la violencia del deseo que le recorre, las paredes de su recto increíblemente estimuladas y vivas en esos momentos, le producen tal grado de placer que no puede contener el jadeo de gusto. Read sonríe, la retira y la mete, cogiéndole lentamente con su verga cilíndrica triangular dado la gran vena abajo, amoratada, sonriendo más al verle estremecerse, pero sabiendo que ahora era por otra cosa. Su tranca incansable va y viene contra el redondo culito masculino que llena, rasca, frota, roza y estimula, haciéndole más consciente del placer que siente. ¿Qué es raro que un sádico disfrutara saber que le produce satisfacción a otro?, no, está gozando convertirle en algo totalmente distinto a lo que era hasta hace poco, así como el que casi llorara de gozo sobre su verga.

   Un hombre como él sabe que frotarle las paredes del recto a otro, así como golpearle sobre la próstata, puede enloquecer a cualquiera, pero todavía lo aliñó un poco más. El lubricante que usa, levemente sazonado de vaso dilatadores, estaban llenando las paredes del chico, ricas en nervios y sangre, haciéndole terriblemente sensible a las sensaciones que el vaivén de su verga estaba causándole. Estaba, literalmente, produciéndole una comezón dentro del culo que necesitaba ser aliviada. Con su tranca nervuda y llena de rugosidades.

   Lo coge duro, fuerte, a fondo, con golpes de caderas que van y vienen produciendo casi sonidos de bofetadas, sonriendo y mordiéndose la lengua en una mueca dominante, sintiendo y gozando el dulce agujero masculino aprisionársela, esas entrañas haládnosle la verga como si de la mejor masturbada del mundo se tratara. Se la mete hasta el fondo y la saca casi hasta la punta, batuqueándole contra la pared, sabiendo que a pesar de los mareos, el rubio debía estar muy consciente que gritaba y gemía, que se retorcía frenéticamente entre la pared y su cuerpo mientras su verga le llenaba y saciaba el ahora enloquecido culo caliente.

   No entiende qué le pasa, ni puede considerarlo en verdad en esos momentos, Daniel lo sabe, porque únicamente puede concentrarse en ese cuerpo de oso que se le encima, que le cubre, ese vello rozándole, ese torso ancho casi asfixiándole, mientras la verga del sujeto va y vienen de manera enloquecedora, y cada golpe le hace ver estrellas, calienta su piel y la eriza; sus tetillas, verga y culo parecen estar de a toque. Quiere… quiere que lo arañen, que le acaricien, que lo hagan sentir. Estar allí le parecía horrible, una humillación sin límites, un desastre total… al tiempo que le enloquece ese tolete duro que iba y venía, llenándole todo, quedándose allí, bien metido y agitándose sabroso en su interior, oyendo a los delincuentes que gimen “mira cómo lo goza esa puta”, “¡qué puta es!”, “préstamela, Read, préstame a tu perra!”.

   Daniel no quiere escuchar, no quiere sentir, desea resistirse a todo eso que siente, no quiere que su culo, apoyando el cuerpo entre la pared y las manos de Read bajo sus rodillas, vaya y venga sin disimulos sobre ese güevote que a cada pasada le hacía desear más y más. Pero lo está haciendo, lo sabe mientras jadea, se ahoga, transpira; su agujero ávido buscaba ese duro falo babeante.

   -Escúchalos, Tiffany… los tienes tan calientes, mi amor. Esos hombres reconocen lo bueno… -le susurra casi al oído, haciéndole cerrar los ojos, momento cuando todo da vueltas a su alrededor, esas palabras grabándosele en el cerebro.- Reconocen a una buena putilla cuando la ven, pueden oler a millas a la hembra hambrienta de hombres. –Daniel gime, y más cuando los gruesos labios rozan su orejita rosa.- Saben que te gusta, Tiffany, que tu coño es una sopa húmeda y caliente deseosa de un buen pedazo de carne dura. Todos quieren llenar tu dulce coño, Tiffany, este coño que me enloquece tanto, mi amor… -y con los dientes le medio muerde, provocándole escalofríos, al tiempo que se la mete toda por el culo y todavía empuja más, teniendo la cabeza de su tranca montada prácticamente sobre la próstata; lo horrible para el rubio es notar como su culo hala más, succionándola.

   -¡Mierda, mira cómo lo ordeña con su culo! –escucha gemir a uno, ronco.

   -Oh, sí, mi amor, así, apriétamela así; joder, eres la hembra más impresionante que he conocido en mi vida. Tu coño está matándome… y ellos lo saben. -con el mentón, raspándole con la barba, le desvía el rostro, mirando ambos hacia la reja, hacia esos hombres que gritan cosas, que se masturban, que alargan las manos, que desean alcanzar a la hermosa, sensual y ardiente Tiffany para llenarla con sus vergas.- Si les dejara, te rodearían entre todos, y llenarían todos tus orificios con sus vergas, sometiéndote a sus deseos, todos usándote para satisfacerse, con fuerza y violencia como se tiene que hacer cuando se coge a una puta demasiado ardiente… pero la verdad es que estarían satisfaciendo tu lujuria. –mete la lengua en su oído y Daniel gime, estremeciendo por la fuerza de las embestidas, porque ese tolete no ha parado un segundo. La lengua caliente y babosa explora, se mete, moja.- Porque, mucho me temo, que me saliste demasiado caliente, mi amor; temo que tu gusto por los hombres apenas está comenzando. Pronto no podrás vivir sin uno teniéndote llena de amor, soñarás únicamente con eso, con hombres… aunque espero que sea solo yo. –advierte, casi frente con frente.- Pero está bien por hoy, nena, puedes soñar con alguno otro en estos momentos. Un amigo, un atleta, un cantante; si, Tiffany, puedes soñar, en estos momentos… -embiste una y otra vez, sus caderas muy movidas, su frente sobre una sien del rubio.- …Con todos los hombres que deseas que te penetren y te hagan vivir. Puedo permitírtelo, fantasear con todos esos que irás recordando haber visto y cencido y que ahora quisieras que llenaran tu dulce coño hambriento con sus vergas. Aunque soy celoso y tú eres totalmente eres mía, puedes soñar. Sólo eso, ¿okay?

   Las palabras, audibles a pesar del tono bajo y ronco, son escuchadas por aquellos rudos tipos que llevan tiempo detenidos en esa ala de peligrosidad. Son sujetos viciosos, duros y curtidos, y sin embargo asisten totalmente alucinados a la escena, el tipo grande y rudo, braga naranja a sus tobillos, velludo, alzando en peso al sujeto guapo, no, bonito, en tanga, a quien se la mete una y otra vez por el culo, rítmicamente, sabiendo lo que hace, que cada empalada excitaba más al sujeto que se estremece y gime, imposibilitado de ocultarles cuanto le gusta ser tratado así por su macho.

   Daniel es totalmente consciente de todo ello, a través de la nube que embota su mente, de su cuerpo que responde a todos los estímulos, de ese tolete que lo abre y llena, la nervuda pieza rozando y estimulando las paredes de su recto, dejándolo en llamas. Quiere resistir un poco y aprieta los dientes, respirando entre jadeos; no debe…

   -Tus tetas grandes me enloquece, Tiffany…

   Oye el comentario y se tensa, abriendo sus hermosos ojos claros nublados de lujuria, para encontrar la mirada socarrona de ese sujeto que pareció entender que resistiría. Le ve bajar el rostro, alzándole por las rodillas, atrapando con la boca una de sus tetillas, los labios cerrándose alrededor de ella y succionando con fuerza, la lengua recorriendo el pezón por todos sus contornos, antes de morderlo un poco. Y Daniel grita, no entendiéndolo, mientras de su verga mana una enorme cantidad de líquidos que mojan la tanga. Nunca antes había sentido eso, esa increíble y sofocante oleada de lujuria que le recorre mientras succionan una de sus tetillas, luego la otra. A veces su esposa jugaba con ellas, pero nunca…

   -Ahhh…

   -Eso es, Tiffany; déjate llevar, mi princesa… -oye la orden baja, ronca, burlona. Y deja de embestirle después de retirar casi todo su tolete del ardiente agujero.

   Dios, grita mentalmente Daniel, otra vez, cuando esa boca vuelve a sus tetillas, duras, sensibles, las oleadas de deseo envolviéndole, ¡pero su culo vacío! Eso le parece horrible a los reos que, desesperados, manos en los barrotes, vergas sobresaliendo, comienzan a rugir que lo coja, que lo llene de güevo, que no lo deje así. Daniel se estremece más, y ahora sí que no se puede aguantar.

   Perdido de calenturas le rodea el grueso cuello al hombre cuando este alza por un segundo la mirada, sonriendo y dejando sus tetillas para que le “use”, y con ese apoyo, y la pared, Daniel Pierce sube y baja su culo sobre la gruesa verga dura; su redondo anillo, que va y viene, deja ver la membrana abrazándola, y así recorre cada palmo de ese grueso y nervudo miembro caliente que le llena y sacia, pero que también le hace hervir más. Grita, tiene que hacerlo cuando vuelve a sentirla rozar sus entrañas, porque, no entiende el cómo, siente su interior más urgido todavía. Cómo sea, lanzándolo todo al viento y necesitado de acabar, de llegar, correrse y dejar de sentirse tan caliente, se empala con ánimos, con necesidad, gimiendo roncamente mientras sube y baja sobre el falo del peligroso convicto que sonríe mirándole intensamente. Es todo un espectáculo ver su anillo redondo, lampiño, rojizo, cubrir y dejar salir ese miembro amoratado que parecía demasiado para su calibre, pero lo hace, logra metérsela, y cada golpe en sus entrañas parece excitarle más que satisfacerle.

   Quiere más, y más. Se siente más caliente cuando la verga palpita intensamente dentro de su culo, y mira a ese hombre rudo, rostro velludo, mueca ruin. Su dueño, el hombre vil y horrible que valido de su fuerza, y violencia, le había reducido al papel de su puta. Su amo. Su controlador. Y no sabe de dónde coño viene eso, pero reduce la distancia entre sus rostros y cubre los labios de su torturador, ante los “awww”, asombrados de quienes tienen el privilegio de mirar tan erótico y magnífico espectáculo; Read le recibe, abriéndolo los suyos, dejando entrar su lengua caliente. Y Daniel lo hace, la mete y lame mientras sube y baja su culo sobre esa poderosa verga. Los dientes del hombre se la atrapan y rastrillan, su lengua sale al encuentro y se atan en un beso húmedo, succionado, sucio y lujurioso.

   Su lengua parece que será tragada por el otro, sus salivas se mezclan y Read la bebe como si de un delicioso licor se tratara, y eso que debería estar mal, ser muy sucio y feo, le excita. Dios mío, ¿qué estaba haciendo?, todavía tuvo la presencia de ánimos de cuestionarse; estaba empalándose sobre el tolete de otro carajo, había besado a ese sujeto, quería ser controlado y llenado por él, mientras sabe que el resto de los presentes lo mira, que ven que actúa con entusiasmo. Puede sentir sobre sí todos esos ojos malévolos que viene de otras celdas. Todos deseando estar en lugar de Read, tomándole, llenándole. Cogiéndole. Y la idea era horrible, se dice echando la cabeza hacia atrás cuando su amo deja de besarle, pegándola de la pared y cerrando los ojos. Se ve tan erótico con sus labios hinchados, húmedos, mejillas rojizas, que Read, con la lengua afuera, recorre lentamente su cuello expuesto. El culo se cierra ferozmente sobre la verga, y no sabe qué ocurre cuando una mano de Read deja de sostenerla una rodilla, oye algo deslizándose y los gemidos de “¡no!”, de protestas, y a los lejos un grito de un vigilante ordenado silencio. El convicto cerró la cortina.

   -¿Lo notas, princesa? –le oye susurrar, ronco, respiración pesada y jadeante al oído, obligándole a abrir los ojos y mirarle, la verga bien metida en sus entrañas, disfrutando enormemente ese momento cuando le tiene totalmente controlado.- ¿Notas cómo te entregas?, ¿cómo participas? Te gusta, Tiffany… -le sonríe a los ojos, acercando su rostro otra vez.- Naciste para perra, para estar así, abierta sobre la verga de los hombres de verdad, que se morirán por llenarte el dulce coño de putita que tienes, por verte saltar sobre ellas, buscando tu ambrosia, la esperma masculina…

   Las palabras son humillantes, horribles porque parecen sentenciantes, y Daniel Pierce, entre sus brazos, sostenido contra una pared, usando una pequeña y putona tanga de mujer mientras tiene un grueso güevo llenándole el culo, se tensa, arquea y se corre entre ahogados gemidos que parecen sollozos. Su clímax es largo, mareante, intenso como nunca. Y Read sonríe, poderoso, controlador, volviendo a embestirle mientras termina de correrse, de empapar totalmente la tanga de semen. Le da otra media docena de cogidas y Daniel vuelve a gemir cuando siente los disparos poderosos de leche que estallan en su culo… Notando, avergonzado, que todavía succiona con sus entrañas, la verga y la esperma. Echa la cabeza hacia atrás nuevamente, aún rodeándole el cuello, y dos lágrimas silenciosa ruedan por su rostro, y la verdad es que no le sorprende cuando siente la lengua del jadeante Read recogerlas de sus mejillas y beberlas.

   Hasta eso le pertenecía a su hombre.

……

   Nada más llegar esa mañana a su oficina, todavía disgustado por tener que asistir (había perdido hace tiempo el amor por su trabajo, si es que alguna vez lo tuvo), Johan Monroe supo que algo malo pasaba. Lo vio en el rostro de su asistente, una mujer delgada, cara caballuna, ojos claros que nadaban tras los gruesos cristales de sus gafas. La asistente que su mujer le permitió, celosa como era de su marido, un rudo y fornido hombre llegando a los cincuenta, cabello corto y acerado, rostro de piedra, que soñaba con tomar sus cosas y escapar de su vida profesional y personal.

   -Buenos días, Alcaide. –comienza ella, acercándole una taza de café.

   -Buenos días, señorita Lamas. –responde, tomándola, probando el brebaje. Era bueno. Un punto a favor de la muy poco agraciada mujer. Bien, era hora de sufrir- ¿Alguna novedad?

   -Sí, señor. El abogado del convicto Pierce, Daniel Pierce, está pidiendo noticias sobre su cliente. –el tono abiertamente reprobador se deja sentir en su voz.- Y usted sabe lo… delicado que eso puede ser, ya que ese señor está compartiendo celda con un reo condenado a muerte.

   ¡Joder!, pensó el hombre, alarmado, el convicto iba a perder su juguete.

CONTINUARÁ … 20

Julio César.

SER O NO SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 16

junio 17, 2014

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…                         … 15

   La siguiente es una historia que NO ES MÍA. Pertenece totalmente al señor capricornio1967. Tan sólo la reproduzco, tal vez cambiando una que otra coma, aunque la historia ya está por ahí, completa. Es un relato maldito en toda la regla, un hombre maduro decide tomar, controlar y dominar a su joven pupilo, transformándole en algo que no quiere, ni soñaba, aunque se resiste. Lo repito, es un cuento muy maldito. Disfrútenlo:

……

EL DILEMA

Autor: capricornio1967

Capítulo V “EL ENTRENAMIENTO”

UN CHICO ATADO Y SOMETIDO

   ¿Quién no quiere a su chico así?

……

   Dejarse como en esta ocasión, que tiene que dejar que su culo sea explorado, a permitirle a Franco que lo desnude y lo obligue a conducir así, desnudo y ultrajado, el que hasta hace unas semanas era el macho mas heterosexual del equipo de natación (si no es que de toda la escuela); ahora está siendo reducido a un orificio que es sometido una y otra vez, violado una y otra vez, en manos de ese sujeto maduro; padece la perversión en manos de su chantajista, de su dueño. Qué lejos le parecen las semanas que faltan para que se lleven a cabo las olimpiadas, Daniel no sabe cómo podrá soportarlo sin enloquecer ante el trato que Franco disfruta aplicarle.

   -¡Aaaghhh! -el dolor del dedo moviéndose lo hace volver a la realidad de lo que le sucede. De lo que está sufriendo, el sudor baña su cuerpo aún más, y cubre sus músculos perfectamente armónicos, su cuerpo brilla con el reflejo de los últimos rayos de sol al reflejar sobre la humedad en la piel. Las gotas de sudor resbalan por su frente casi cegándole los ojos por lo copioso de ellas, mientras no puede hacer nada por evitar la nueva profanación de su cavidad trasera.

   -¿No es agradable salir de la ciudad? –le pregunta franco, mirándole, la boca cerca del rosetón que le deja en el brazo, salivando, metiéndole a fondo el dedo.

   -Aaaghhhh… -Daniel aprieta los labios y las mandíbulas para poder mantenerse atento a lo que está haciendo, a que ningún accidente le vaya a pasar.

   Ya falta poco para poder llegar a la quinta, solo unos kilómetros más, y acabe parte de la interminable tortura, estar fuera del posible alcance de las miradas de los extraños. Sus piernas presionan mas el acelerador para llegar lo más pronto posible, han sido ya varias horas las que ha estado sometido a la tortura sexual y desea liberar su cuerpo de esa tensión de saber que nadie puede ver cómo Franco abusa una y otra vez de su indefenso culo y como hace con su cuerpo lo que le da la gana.

   Sólo desea llegar, sin preguntarse, por la tensión que sufre en esos momentos, qué le tendría preparado el terrible y perverso hombre para más adelante, en su propiedad. Encerrado todo el fin de semana bajo su control, alejado de todos. Sabiendo que tiene que entregársele, obedecerle, sometérsele… servirle como su perra. Sólo quiere escapar de esa tortura, sin reparar en lo que puede estar aguardándole.

   La sonrisa de Franco, quien parece adivinarle el pensamiento, es mayor, deja de chuparle el brazo para concentrarse en el pobre culo del musculoso joven, penetrárselo así, lento y profundo, era enloquecedor, mientras este a duras penas puede controlarse y mantener el rumbo correcto en la carretera.

   -¡Aghhhhhh! Mhm… -los gemidos se acentúan cuando el dedo dilata su hermético culo. Sin que Franco tenga piedad de esa inexplorada cavidad. Las musculosas piernas aprietan mas el acelerador para poder llegar cuanto antes, y poder salvar de esa tortura su culo; sabe que es inútil suplicar, Franco va a ignorar todas las suplicas que le haga, por el contrario, acentuará su ataque.– ¡Ahhhhh!

   Franco entiende perfectamente que el último tramo que les falta para llegar a la quinta es desesperante tanto para Daniel como para su culo. Su dedo continúa martirizándole el culo una y otra vez; al sádico hombre le gotea bajo la ropa gozando el ver que Daniel ahoga los gemidos por la brusca manipulación, el ver como ese cuerpo de hombre musculoso, ahí indefenso, sin poder perder la concentración en manejar y no poder hacer nada por evitar que su culo pague las consecuencias de esa situación.

   Para Daniel, el ver la entrada de la quinta es como tener la salvación al alcance de su mano, presiente que Franco dejara de torturar su culo al llegar así que ve una esperanza. La camioneta llega hasta la entrada de la casa, la reja estaba abierta como si alguien estuviera esperándoles, mejor, así conduce a toda velocidad para poder llegar hasta la entrada de la casa, donde rechinando las llantas de la poderosa camioneta, frenando bruscamente, para después caer de bruces sobre el volante. Sus brazos descansan sobre la parte superior del volante, su amplio tórax recargado en el volante también, y su cara hundida mientras su cadera queda unida al respaldo del asiento trasero, pero siente que soportó el castigo. La mano de Franco está aun entre las nalgas del musculoso joven, deseando el rebelde culo.

   -Ahhhhhhh, ahhhhhhhh, ahhhhhhhh… -Daniel respira con grandes bocanadas de aire, para reponerse, su cuerpo esta bañado en sudor, su musculosa espalda está perfectamente marcada al estar inclinado sobre el volante mientras permanece sentado, hundiendo el rostro en el volante, descansando sus musculoso brazos en él, y permitiendo que Franco dé los últimos toques en el interior de su cuerpo. El asiento del piloto esta empapado de sudor, así como su cuerpo, que tarda en recuperarse de la sutil tortura mental y sexual que Franco ha usado contra él. El aire apenas empieza a restablecer su oxigenación, su amplio pecho perfectamente muscular y definido, se expande a toda su capacidad una y otra vez, para permitir que se reponga.

   El entrenador está complacido con lo fatigado que está Daniel, quien aun mantiene su cara escondida entre el volante y el tablero para poder reponerse, le saca lentamente el dedo del culo, centímetro a centímetro de la velluda falange, ya logro lo que quería, torturar al joven clavadista todo el trayecto.

   -Baje las bolsas de la ropa, Saldívar, y llévelas a la primera recamara de la derecha.

   -Ahhhhh, si, ahhhhh, sí, señor, ahhhhh. -la respiración entrecortada.

   Franco, sin voltear a ver al musculoso y varonil deportista sometido, baja de la camioneta y entra a la casa dejando dentro de la camioneta a Daniel, quien aun no se repone.

   Daniel siente que se encuentra agotado física y mentalmente, y eso que es solo el principio del entrenamiento que sospecha Franco le tiene preparado, varios minutos son necesarios para que se termine de reponer hasta que escucha de nuevo la autoritaria voz del hombre.

   -¡APURESE, SALDIVAR! -grita sin salir de la casa.

   ¡Mierda! Daniel no sabe si hay alguien más en la casa, está totalmente desnudo y bañado en sudor, le da pena que alguien más pueda verlo, pero sabe que no debe oponerse. Baja del auto usando solo unos tenis, pero fuera de eso desnudo, sus nalgas redondas brillantes así como todas las curvaturas de su cuerpo. Llevando todas las bolsas de ropa que trajo, tanto las suyas como las Franco, que realmente no son muchas, incluso usa unas de ellas para cubrir su desnudez, tapa parte de sus genitales y su gran trasero. Aunque han pasado ya casi 15 minutos, aun su cuerpo esta bañado en sudor. Con todas las bolsas se dispone entrar en la casa, Franco le ordenó llevarlas a la primera recamara de la derecha. Lanza una mirada a la propiedad y por lo que puedo ver, se criaban caballo, por las caballerizas y el rehilete que se usa para ejercitar a los caballos.

   Sube las escaleras para dejar las bolsas en la recamara que le ordenó Franco, ahí se encuentra el entrenador, esperando que llegara.

   -¿Dónde pongo la ropa, señor? -pregunta al estricto entrenador.

   -Déjela ahí. -le señala un pequeño closet- Póngalas en el suelo, ya después las ordenará.

   -Si, señor. -el sudoroso cuerpo de Daniel atraviesa la habitación, deja las bolsas de ropa y regresa inmediatamente para recibir nuevas órdenes.

   -Venga conmigo, Saldívar. -le ordena mientras sale de la recamara y baja las escaleras para salir el patio.

   Daniel lo sigue sin protestar, desnudo, rogando a Dios que no haya nadie más en la quinta; al menos parece que las caballerizas, vacías de animales, están solas, como si hubieran dejado de usarse desde hace tiempo.

   Una vez que ambos están en el patio, Franco ordena.

   -Párese ahí, Saldívar. -indicándole un lugar en el centro cercano a las caballerizas.

   -Si señor. -inmediatamente, Daniel se coloca en el lugar que le ordenan.

   -Quítese los tenis, lo quiero desnudo de pies a cabeza.

   -Si, señor. -como siempre acata las ordenes lo más rápido posible. Se quita los tenis quedando totalmente desnudo.

   Franco toma una manguera y empieza a mojar el sudoroso cuerpo del joven atleta, con agua fría, el clima es cálido así que para Daniel no es tanto una tortura ser bañado con la manguera como si fuera una bestia. El agua fría y limpia elimina los restos de sudor del musculoso cuerpo. El joven cierra los ojos para que el agua no entre en ellos. Franco cierra la llave de agua cuando ya mojó totalmente el cuerpo de atlas del otro.

   -Use este jabón, Saldívar. -le da una pastilla de jabón.

   -Si, señor. -Daniel empieza a enjabonar cada parte de su cuerpo, su pecho amplio y duro de bronceado perfecto así como sus músculos, su espalda ancha en los hombros y estrecha en la cintura definida como en una escultura. Sus duras piernas como dos firmes columnas, sus grandes y redondas nalgas, su largo y grueso miembro del que cuelgan, en su parte posterior, dos grandes bolas con poco vello genital. El jabón cubre cada parte de su cuerpo, una vez que se ha enjabonado totalmente hasta la cara, por lo cual mantiene los ojos cerrados, Franco abre la llave y empieza a enjuagar el jabón, del perfecto cuerpo masculino; la manguera rocía el agua fría sobre el atlético cuerpo. La abundante agua fría sobre cada uno de los duros y firmes músculos se continúa; un humillante baño, como si fuera un semental, que sin embargo le devuelve cierta energía, lo refresca y limpia su piel de los restos de sudor.

   Ya una vez que Daniel está limpio, Franco le ordena que vayan hasta donde está el rehilete, que sirve para que los caballos que acaban de bañar se sequen perfectamente y si se le da una velocidad mayor pueden ejercitarse, ya que el rehilete, el cual puede secar hasta 4 caballos a la vez, los hace estar caminando en círculos para que el pelo no quede húmedo.

   -Venga aquí, Saldívar. -le ordena Franco mientras prepara el collar que le coloca en el cuello, asegurándolo con un candado, que hace que el collar quede ajustado al diámetro del musculoso cuello del joven.

   Daniel permanece inmóvil, entiende que Franco desea hacerle sentir que para él no es más que una mascota, y aunque en otras circunstancias no lo hubiera permitido, en ese caso no tiene más opción que dejarse hacer todo. El collar se cierra apenas justo en el cuello, el candado evitara que pueda quitárselo, después engancha el collar también asegurándolo con mas candados a una de las puntas del rehilete, para que se vea obligado estar caminando en círculos durante el tiempo que Franco lo decida, para que se seque del reciente baño.

   -A correr, Saldívar. -le dice Franco al sometido joven dándole una fuerte palmada en las aun húmedas y duras nalgas de Daniel.

   Al sentir el fuerte golpe en su trasero, el joven no tiene más remedio que empezar a moverse cuando Franco enciende el motor del rehilete, para que empiece a trabajar a una determinada velocidad, así no podrá dejar de correr en círculos, hasta que él lo decida. Daniel está perfectamente entrenado para ejercitarse corriendo, así que aunque la velocidad que Franco le pone es algo rápida, puede con un leve esfuerzo realizarla. El entrenador observa como el collar ajustado al cuello del muchacho lo presiona a mantener la velocidad al correr, sin moverse de su lugar. Espera a que Daniel de su primera vuelta, cuando va pasando nuevamente a su lado, su grande y pesada mano azota de nuevo el musculoso y gran trasero del nadador.

   -Más aprisa, Saldívar. -le ordena mientras su mano se estrella otra vez contra esa montaña de músculos glúteos.- ¡Jajajajajaja! -estalla en carcajadas dejando a Daniel dando vuelta tras vuelta mientras él regresa a la casa.

   La mirada de Daniel sigue la gruesa figura de Franco que se aleja cada vez más. Sin poder detenerse, por que el collar lo mantiene en movimiento, se pregunta cuánto tiempo tendrá planeado Franco hacerlo correr.

   Franco, por la ventana, observa como Daniel es obligado a mantenerse corriendo, sin poder parar, mientras cena. Después de casi 3 horas de dejarle corriendo y de ver por la ventana que el musculoso deportista está acabado, decide ir por él, detiene el aparato mientras Daniel luce sumamente agotado. El ejercicio ha sido duro, las últimas vueltas son más lentas hasta que se detiene por completo. Franco le quita el collar, Daniel esta nuevamente agotado por el entrenamiento de estas horas.

   -Vamos a dormir, venga conmigo, Saldívar. -le ordena mientras da media vuelta y regresa a la casa. Daniel lo sigue dócilmente. Hasta llegar a la recamara en done previamente ha dejado las bolsas de ropa.

   -Póngase bastante de esto en el culo, Saldívar. -le ordena que se aplique lubricante.

   Daniel pasa saliva, identifica inmediatamente el lubricante. Lo toma y con sus dedos se pone bastante en el culo, mucho, no desea sentir dolor cuando Franco vuelva a penetrarlo. La primera vez que Franco le metió la verga, le dolió, así que no quiere volver a sentir eso; si no hay otro remedio que dejarse coger, al menos que no le destruyan el culo. Una vez que su culo está lo bastante lubricado, se queda ahí esperando ser penetrado, o que Franco le ordene acostarse en la cama, pero no sucede nada de eso, el hombre se acuesta en la cama y se tapa con una sábana.

   -Apague la luz, Saldívar, y duérmase… boca abajo. -le ordena.

   -Si, señor. -apaga la luz y regresa al lado de Franco- ¿Dónde voy a dormir yo, señor? -pregunta tímidamente, bajando la mirada. A pesar de que la oscuridad evita que puedan verse las caras a la media luz de una lámpara de mesa.

   -En el suelo, como el puto que es, Saldívar. -le contesta mientras le arroja una almohada al suelo. Al lado de la cama.- Acuéstese en el suelo, boca abajo, aquí, al lado de mi cama. -le ordena y se voltea dando por terminada la conversación.

   -Si, señor. –Daniel, desnudo, se tiende en el suelo tomando la almohada; no se explica por qué le hizo aplicarse el lubricante en el culo, pero no queriendo tentar su suerte, se coloca boca abajo usando la almohada que Franco le tiró al suelo. Es tanto el cansancio que siente que no le importa que sea el suelo el lugar que Franco le haya designado para dormir, su cuerpo está sumamente agotado, además casi no comió en todo el día. Sólo quiere dejarse ir. En menos de quince minutos el sueño se apodera de él, es erótico ver como el prefecto cuerpo está ahí junto a la cama, boca abajo, durmiendo profundamente, el cansancio y la fatiga de ese día hacen estragos aun en el musculoso cuerpo de aquel campeón, quien en sus sueños empieza a revivir el episodio de la carretera, cuando Franco lo deseaba mientras él manejaba. Casi puede sentir como el dedo se mueve dentro de él, otra vez.

   Franco espera hasta casi la madrugada, despierta y escucha la respiración profunda del agotado Daniel, se recuesta sobre la cama, levantando de la cintura hacia arriba y se asoma a un lado de la cama para ver que el muchacho está profundamente dormido, boca abajo y con las piernas abiertas. El agotamiento físico ha dado el resultado deseado, y la fatiga ha sumido al atlético joven en un profundo sueño reparador de energías. Indefenso. Aun permanece en la posición en que le ordenó que estuviera. También le había ordenado ponerse abundante lubricante antes de acostarse, así que estaba listo. Tratando de hacer el menor ruido posible, se levanta de la cama, parándose del lado contrario en el que Daniel se encuentra dormido en el suelo, se quita la ropa que usó para dormir sin quitar la vista de ese perfecto cuerpo que con la claridad del amanecer se muestra como un perfecto espectáculo erótico, ajeno a lo que pueda sucederle, confiado en que estar a salvo, en que nada le pasara.

   Desnudo ya, Franco separa suavemente los tobillos de Daniel.

   -Mhm… -un leve gemido escapa del profundamente dormido joven. Por lo que Franco tiene más cuidado al moverlo, para que no despierte, el cansancio del joven le ayudan a que el sueño sea así de pesado.

   Las redondas nalgas de Daniel se separan un poco, brillando por la presencia del lubricante alrededor del ano del atractivo joven. Franco se arrodilla en el espacio que entre ambas piernas, sin que el joven haga el menor movimiento, continúa ajeno, dormido. El miembro de Franco escurre por la excitación, el deseo ya de poseer ese oven y prieto culo, de llenarlo y despertar bruscamente al clavadista. La fuerza está presente, quiere ser rudo, listo para ingresar a es culo que lo trastorna, para domar a ese joven macho que lo excita de sobremanera y del cual ha tomado control total, tanto mental como sexual.

   El hombre se inclina lentamente, tomando con una de sus manos la punta de su verga para dirigirla directamente hacia el hermético culo de Daniel, colocando la cabeza de su enorme tranca en los bordes anales del joven clavadista, quien tiene en su rostro una expresión de cansancio y fatiga, su respiración es tranquila, porque ignora la inminente realidad que su culo va a experimentar una vez más. Franco empieza a meter lentamente la cabeza de su verga en ese culo redondo y joven, frotarla allí se siente demasiado bien, la abundante lubricación ayuda, a pasar rápidamente, sin provocar una molestia excesiva en el dormido joven, solo un leve gesto en su varonil rostro cuando esa carne empieza a entrar en su desflorado ano.

   El perverso hombre sonríe, victorioso y lujurioso mientras va metiendo, centímetro a centímetro, su verga gruesa y larga, nervuda y llena de sangre dentro del todavía apretado orificio anal del muchacho, poseyéndole, haciéndole suyo. Porque era suyo.

CONTINÚA (el relato no es mío) … 17

Julio César.

NOTA: El relato comienza algo lento, y como no tengo intensiones de apurarme más, quien lo desee puede buscarlo en esta dirección: http://www.todorelatos.com/relato/16991/

DE AMOS Y ESCLAVOS… 4

junio 10, 2014

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 3

RELAJADO

   -Si les contara lo que me hizo…

……

   -Vamos, negro… -le gruñe separándose un poco del asiento, tendiéndose hacia él, atrapándole un hombro, halándole hacia sí y empujándole hacia abajo. Y el sorprendido Roberto cae de rodillas, güevo afuera, la mano sobre la tranca del muchacho.- Sigue así, a mis pies.

   ¡Era tan insultante!, pero la verdad es que no pudo negarse. Verle recostado otra vez, las manos tras la nuca, bello y displicente, los muslos muy abiertos, le enloquecía. Mira la blanca verga hinchada y vuelve a masturbarle, arriba y abajo, cubriendo y descubriendo el glande, del ojete manando más de esos jugos que recoge con el pulgar, sabiendo que eso le gustaba al muchacho; con un escalofrió en la columna se pregunta ¿por qué coño hacía eso? Pero otra parte de sí, casi le hace sonreír cuando le ve entrecerrar los ojos y ronronear suave, lo estaba haciendo bien, lo notaba en sus hermosas facciones. Y si, el chico lo disfruta, de verdad, como lo hace cualquiera que tiene a otro sujeto bien agarrado a su güevo, sobándolo, apretándolo, casi respirándole encima. Las pajas eran buenas, pero una masturbada así…

   -¿Qué te parece, negro? ¿Un güevo como el mío no te parece lo suficientemente bueno como para satisfacer a cualquier puta? –le mira a los ojos, porque al oírle, Roberto logra separar por unos segundo la vista de la increíble pieza masculina que tiene al alcance de sus manso, literalmente, y asiente como única respuesta.- Cualquier puta negra se sentiría en la gloria con ella, ¿verdad? A las putas negras les encantan estos güevos… -hay un silencio que obliga a Roberto a mirarle otra vez.- A ti también te gustará, negrito. Lo supe desde que te vi en el ascensor, no podías despegar los ojos de mi entrepiernas. No tengas miedo de descubrirlo tú también, ve por ella, acerca tu boca, saca esa lengua de mamagüevo que sé que tienes… y pruébala. –le indica.

   -¿Qué? –grazna alarmado por primera vez desde que toda esa locura comenzara, soltándole, sin querer reparar en la desagradable sensación que le produjo el hecho, el hormigueo de su palma desocupada.- Yo no hago eso, ¡no soy ningún marica!

   -Tal vez no… o tal vez sólo necesitabas encontrarte con el hombre indicado que te mostrara tus carencias y satisficiera tus necesidades. Un verdadero hombre, como decía tu novia que también le urgía. ¿No lo crees? Tal vez, durante toda tu vida de fracasos, infeliz e insatisfecho, tan sólo has esperado por el glorioso momento cósmico de llenarte la bocota que tienes con una buena verga blanca…

   -No, no… yo no…

   -¡Oh, por Dios! –exclama exasperado el muchacho, no acostumbrado a esperar demasiado por sus perras.

   Despegando la espalda del mueble, Hank alarga una mano y atrapa la nuca de Roberto, acercándolo a su tranca blanca y tiesa, tomándosela con la otra mano y frotándosela de la cara, restregándosela lentamente. Roberto gimió, asustado, alarmado, él no hacía esas cosas. ¡Nadie podía tratarle así, coño!, pero la textura suave, ardiente, lo dura que estaba al rozar de su frente, mejillas y labios, era una sensación tan nueva como increíble; su piel se erizó totalmente cuando el olor le llegó, uno fuerte y almizclado que le produjo un espasmo.

   -Yo… yo… -todavía le miró, asustado, como rogándole que no le hiciera eso, ignorando que verle allí, de rodillas entre sus piernas, a sus pies, con su verga chocando de los labios gruesos y entre abiertos, era más de lo que cualquiera podría resistir.

   -Abre la boca, negro maricón…

   Los ojos de Roberto se oscurecieron al escucharle, demandante, rudo, abusador. Y sin darse cuenta abrió lentamente sus labios carnosos, con su bigotillo y barba en candado rodeándolos, un tío grande, fuerte, masculino… con aquella cabecita lisa, rojiza blanca, a centímetros de distancia. Quemándole, llenándole con ese olor fuerte, una gota colgando en el ojete. Una gota que pedía…

   -Vamos, ahí la tienes… -ofrece Hank, sin soltarle pero sin obligarle a ir, sonriendo cuando le ve caer, lentamente, boca más abierta, ojos clavados en los suyos.

   -Hank… -todavía gime.

   -Señor. Tienes que llamarme “señor”, negro puto. No somos iguales. Eres un sumiso puto que ama los güevos blancos, eso nos aparta. Mira cómo la tienes. –le señala, sonriendo.- La sola idea de tragármela, de llenarte la boca con ella, te tiene mojándome el piso de pura calentura.

   Roberto no le contestó, pero sabía que era cierto. Su güevo palpitaba violentamente, manando sus jugos claros, sin tocarse; y estaba así por… La punta de su lengua cae bajo el ojete de aquel otro tolete, la gota espesa cayéndole, la lengua ardiéndole como cuando se prueba un picante; toda estimulada, pero esto era… Ahoga un gemido de vergüenza, y de descubrimiento, cuando rodea el glande rojizo blanco con sus labios, succionando, cubriéndose la lengua con esos jugos que mezcla, saborea y traga al tiempo que cubre más del blanco y nervudo miembro joven, atrapándolo con sus mejillas, succionándolo de una manera que no sabe de dónde le sale. Los blancos dedos del muchacho se clavan en su nuca, dominante, posesivo, satisfecho de tener a ese puto a sus pies, mientras este come de su güevo, uno que sabe encuentra maravilloso. A todos los mamones les gustaba.

   -Oh, sí, eso es, puto. Chupa mi verga de hombre, cométela como el buen marica que eres. Ohhh, Diosssss, así… Qué bien la succionas, mamagüevo, me tienes todo caliente. –le gruñe halándole de la nuca y clavándosela hasta la garganta, y Roberto bufa en busca de aire, taponado, pero también llenándose las fosas nasales con los olores de ese joven pubis.- Hey, cuidado con los dientes… Sólo labios, mejillas y lengua… Si, así, déjala bien pegada de mi vena, ahora frótamela…. Oh, mierda, negro, lo haces tan bieeeeen. Chupas como los buenos. Se nota que te encanta mamar, becerro.

   Y Roberto se estremece escuchándole, obedeciéndole, succionándole con la garganta, acariciándole con la lengua esa gruesa vena llena de sangre por donde parecía correr lava ardiente. Muy quieto allí, nariz fruncida pegada a los amarillentos pelos púbicos, frente algo tensa, boca muy abierta, sus mejillas demarcando la cilíndrica pieza de carne dentro, cuando la mano afloja su agarre, los gruesos labios se retiran de la rojiza carne dura, húmeda y brillante de saliva y jugos sexuales. Se retira succionándola. Desde donde está, eleva la mirada y encuentra la burlona del muchacho, quien, atrapándole con el puño el grueso cabello, le retira totalmente de su verga, que palpita quita en la nada, la saliva chorreando.

   -¿Te gustó? –pregunta y espera.- ¿Te gustó, puto negro? –demanda con más fuerza, y Roberto asiente.- ¿La quieres otra vez llenándote la boca?

   La pregunta es insultante, pero tragando saliva en seco, labios muy mojados, Roberto siente como su propio tolete palpita más. ¡Claro que la quiere! Sentirla dentro de su boca, sobre su lengua, mojándola, palpitando allí…

   -Si, la quiero…

   -Si, la quiero, ¿qué? –demanda, mirándole atentamente, tan joven y dominante, seguro de sí, del control que tiene sobre el fuerte hombre negro que desea mamarle el güevo.

   -Si, la quiero, señor…

   -Lo sabía, negro. Todos los negros quieren comerse una así… Está bien, sáciate, puto. –le suelta.

   A Roberto le avergüenza, y excita de una manera enferma, cuando su boca, con un leve gemido, la traga otra vez, centímetro a centímetro de tiesa carne. Sentirla entrar, tan dura y caliente, quemándole la lengua, mojándosela otra vez, le hace delirar. Su boca va y viene, succionando, mamándola duro, los gruesos labios, sobre todo el inferior, se extiende sobre la barra cuando sale, de lo pegado que los tiene sobre la increíble barra de joder de aquel muchacho. No piensa, cierra los ojos y se deja llevar, cubriéndola y dejándola, bebiéndose sus jugos.

   -Oooooh, sí, coño, chúpala así, negro puto; cométetela, puto caliente. Cómo te gusta, negro puto. –el muchacho le grita ahora, más burlón, demandante, dominante… denigrándole. Y cada frase parecía espolear al joven hombre negro para subir y bajar más, más caliente.- ¡Si, así, puuuuuto! –le grita nuevamente.- Lamela como si fueras un chiquillo y un tío blanco te ofreciera su rica barquilla tras un muro…

   Con pesar, el joven negro la deja salir, jadeando, notando ahora algo de dolor en sus mandíbulas, pero pronto, ladeándose, pega su lengua de esa barra nervuda, la sube y baja, lentamente, encontrando un placer inexplicable al hacerlo; se aparta un poco y con la punta aletea y recorre la gran vena, casi disfrutando los leves gemidos de gusto del muchacho blanco tanto como pasarla sobre la ardiente mole de carne.

   -¡Coño, negro, eres tan puuuuutooooo! –le grita otra vez, atrapándole las orejas y guiándole, de frente entre sus piernas, sobre su verga. Y Roberto la traga, ansioso, casi goloso, temblando de pura lujuria mientras va cubriéndola y su lengua va acariciándola. El chico le obligó nuevamente a tragarla toda, pegándole otra vez la nariz del pubis. Disfrutando los resuellos del tipo negro que le come el güevo.- Oh, sí, negro, eso es. Cométela, putooooo. Eres tan puuuuuto. –le da un manotón por la nuca.- La mamas tan bien, negro maricón, que ya quiero llenarte la boca con mi leche. ¿La quieres? ¿Mi leche? ¿Quieres tragarte hasta la última gota de leche de un chico blanco, negro puto? –le reta, retirándole bruscamente de su barra, gozando al verle alarmado, temeroso de que no le permita mamársela otra vez, pero caliente y sometido.- ¡Tócate el culo, negro! –le ordena, notando su desconcierto, sus dudas.

   -¡¿Qué?!

   -¡Qué te toques el culo, coño! –le abofetea, más aparatosamente que para producirle dolor, una y otra vez, con las manos unas veces, con la verga otras.

   Gimiendo ahogado, temiendo estallar en llamas, Roberto mete una mano dentro de su pantalón, acariciándose una nalga redonda y dura, sintiéndose tan extraño al hacerlo, recorrerse con la palma él mismo de esa forma, bajando un tanto el pantalón y el bóxer… tocándose sobre el culo mismo, sin entrar, acariciándose suave y tenue. Es cuando Hank sonríe y vuelve a clavársela por la boca, guiándole, llevándole de adelante atrás.

   -Eso es, negro. Come güevo, ¡come güeeeeevo como te guuuuusta! Vamos, negro mamagüevo, gózala. Gózala toda, negro puuuuuto. –le va gritando una y otra vez.

   Roberto se pierde, su mente es una masa de pura lujuria, y tragarse esa hermosa y maravillosa verga blanca le lleva al borde del orgasmo… y su culo se siente tan sensible al paso de sus dedos, lleno de cosquillas y pequeños calambres, que le sorprende. Pasarse un dedo así era inquietante, mucho.

   -Si, así, puto, comételo. Comete mi güevo caliente, negro maricón. Y tócatelo, tócate el culo, debes tenerlo caliente e inquieto, ¿verdad? ¡Eres tan marico! –señala burlón.- Adoras comértelo, si pudieras verte chupando de mi güevo como un chivito hambriento, lo sabrías. ¡Eres un mamagüevo natural! Coño, cómo voy a gozar teniéndote cerca, un negro puto que le gusta mamar güevos blancos. Me lo vas a mamar todas las veces que yo quiera, negro puto. Y si estoy de humor, te dejaré que me lo chupes cuando te estés muriendo de ganas por saborearlo como haces ahora. –sentencia, y cada palabra parece estimular más a aquel poderoso y atlético joven negro.

   Sin embargo, tan sólo le escucha a medias, porque está extraviado en el extraño placer de estar mamando el primer güevo en su vida. La idea, que lo está cubriendo con sus labios, chupando de él, tomándose cada jugo espeso que sale, le parece curioso; no tanto por hacerlo sino por lo desconcertantemente estimulante que es. Estar allí de rodillas entre las piernas de ese muchacho blanco y guapo, chupándole el güevo sin detenerse, sin poder parar, sin querer hacerlo, le abruma por lo transcendental. ¡Le gustaba hacerlo! ¡Quería mamárselo! Y es allí cuando comienza a mamar güevo de manera intensa por primera vez en su vida, ya sin ambages, entregado al indescriptible placer de hacerlo, de trabajar a un hombre con su boca golosa. Sus labios gruesos se contraen y extienden cuando sube y baja sobre el grueso y tieso tolete rojizo blanco. En un momento dado lo traga todo, nariz contra ese pubis, y sus labios se mueven, sus mejillas se ahuecan e inflan, su garganta esta halándolo de verdad, y sentirle allí, aplastándole la lengua, le maravilla.

   -Oh, sí, mierda. Así, chúpalo así, negro mariiiiicón. Oh, Dios, ¡me vas a sacar la leche del cerebro! –le grita el muchacho, boca muy abierta, todo erizado de gusto, como tiene que estar todo al que se la comen así, sobre todo otro tío a sus pies.- Si, sigue, puto, sigue comiéndotela así, no pares, puto de mierda…. Ahhh…

   Mientras aquel güevo parece llenar todos sus sentidos, estimulándolos y despertándolos, como desde lejos le parece escuchar al muchacho, que se estremecía, que mecía un poco sus caderas, embistiéndole, pero dejándole en sí todo el trabajo. Escucharle llamarle puto, que es un negro maricón de mierda que gusta de los güevos blancos, lo estaba trastornando. Pero nada como aquella “amenaza”:

   -Si, comértelo, maricón… ¡Qué negro tan maricón! –debían estarle escuchando en el estacionamiento.- Comételo así, hazlo bien y cada día voy a dártelo; voy a llenarte la boca con mi güevo para que te lo comas todos los días. Vas a comer güevo a toda hora, negro, tu estómago se va a llenar con mi semen. –esas palabras estimulan al joven hombre negro, cuya boca va y viene con fuerza y rapidez, con ritmo vicioso.- Oh, Dios, si… Qué bien lo haces, negro maricón. Qué bien mamas una verga… aquí la tienes, prepárate, negro… -su respiración se espesa y sus ojos oscurecen.

   Alarmado, Roberto sabe lo que significa, lo sabe por lo dura que se pone la deliciosa pieza en su boca, por el calor que desprende quemándole la lengua, por eso más caliente que la sangre que parece ir recorriéndola: iba a correrse. Instintivamente va retirándose, una cosa era mamársela, pero…

   -Oh, no, nada de eso, negro maricón. –le grita Hank, jadeando, temblando y tensándose de lujuria, cacheteándole, halándole por la nuca y enterrándosela hasta la mitad en la boca.- Te la has ganado, puto, es tuya… Mi leche, toda mi leche, la leche de tu hombre, negro maricón. Sigue chupando de mi güevo, ¡anda! –le grita y abofetea otra vez, logrando que succione.- Mámala así, maldito puto. Aquí está… -aúlla, ronco, tensando la espalda sobre el mueble, cabeza hacia atrás, alzando un poco la cadera y metiéndosela otros dos centímetros en la cálida boca.- ¡Tómalaaaaa, puuuuuto… -le grita entre dientes, temblando todo, mientras su tolete dispara una y otra ráfaga de semen caliente directamente sobre su lengua, llenándole las mejillas, es un espeso y viscoso bocado salino.- Trágatela, negro de mierda, cada gota; y cada gota te hará desear más y más, puto. Mi leche te va a abrir el hambre por el semen fresco y caliente… -todavía le dice, su pecho subiendo y bajando con esfuerzo por el gran placer, bajando la mirada y encarándole.- ¡Trágatela y conviértete en un puto total!

CONTINÚA … 5

Julio César.

ADICTO A LA LECHE FRESCA… 7

junio 7, 2014

ADICTO A LA LECHE FRESCA                         … 6

   La presente es otra historia “maldita”, aunque no tanto. Un chico descubre, porque le llevan a eso, que le gusta mucho el sabor del semen. La historia NO ES MÍA, que no se moleste el autor si llega a saber que la estoy reproduciendo aquí.

……

Swallows milk

by Lexicode

LA LECHE EN LA CARA

   Chorrear… quemar levemente… todo era…

……

   -Entré al baño y… -el hombre guardó silencio un momento, cepillando con sus dedos el cabello que se había revuelto durante el sesenta y nueve.- …No sé bien qué me pasó… -enrojeció al decirlo, pero Alex Lowell no era tan joven como para no entender que quería contarlo. Su entrenador se moría por decírselo.

   Cuenta que el baño era aséptico, de colores oscuros, algo caluroso y lleno del vapor de la ducha recién utilizada, y que guindando del gancho de porcelana donde por lo general colgaba la toalla encontró un bóxer corto, gris, de muchacho. Del hijo de Milo. Que no sabe qué le pasó, que él no hacía esas cosas, pero que mientras meaba veía la prenda, la cual parecía algo húmeda… y fuertemente olorosa. Que la verga en su palma iba creciéndole y finalmente la guardó dentro de su pantalón, alargando la mano y atrapando la prenda del chico, temblando de frío y calor, de vergüenza e incertidumbre. Estaba efectivamente húmeda, también caliente, como si acabaran de quitársela.

   -Te lo juro, Lowell, no sé que se apoderó de mí… -le insistió, contándole…

   Pero miró y miró esa prenda, sus dedos abriéndose y cerrándose sobre ella, antes de alzarla y llevarla hasta su rostro, donde la acercó a su nariz. La olfateó, un poco, el aroma era fuerte, almizclado, a joven y brioso, a bolas y sudor, a orina… y algo de líquidos pre eyaculares. El olor le llegó con fuerza, sorpresivo y maravilloso, y enterrando el rostro en ella, cerrando los ojos, aspiró de manera muy ruidosa. Y así se llenó las fosas nasales con esos aromas de muchacho por primera vez. Casi le temblaron las piernas, todo dio vueltas a su alrededor mientras olfateaba una y otra vez, ávidamente, deseando tomarlo todo, la mente en blanco, elevado a una cima de lujuria. Preguntándose cómo podía apestar tan bien, tan estimulante y embriagante, tomó otra profunda inspiración. Oh, Dios, era tan intoxicarte, reconoció aspirando una y otra vez. Sin fuerzas dio media vuelta, recostándose, un poco sentado, sobre el lavamanos, la cara enterrada en el bóxer del hijo del señor Milo, totalmente atrapado en su increíble descubrimiento, en su lujuria nueva, una que le llevó a abrir la boca, reprendiéndose él mismo por hacerlo, pero incapaz de contenerse, medio tocándolo con su lengua, temblando más de deseos, por lo sucio de aquello, por lo malo, por lo prohibido que era para un heterosexual como él.

   -¿Por qué coño tardas tanto? –llamaron a la puerta, un toque y esta se abrió, apareciendo el señor Milo, descubriéndole en el acto. Y el entrenador temió morirse bajo su sorprendida mirada.- ¿Estás oliendo el calzoncillo de mi hijo, pedazo de mierda? –fue el requerimiento duro.

   -Yo… yo… -graznó, incapaz de explicarse, ¿qué iba a decir si le sorprendió casi tragándose el bóxer de su muchacho? Dios, su vida iba a terminar, fue lo que pensó.

   -Eres tan puto, Lewis. Seguro que vives oliéndoles los suspensorios a todos tus muchachos después de las prácticas y juegos. Ya lo imagino, todos esos suspensorios húmedos y olorosos a bolas de chicos, llenando el aire y tú con la boca hecha agua. –le reprendió mirándole severo, cruzando los brazos sobre su poderoso torso.- ¿Te los llevas como trofeos? Seguro que los hueles en tu cama mientras, ¿qué?, ¿te metes dos dedos por el culo?

   -No, Milo, yo… -tembló, mitad espanto, mitad dominado por una fiebre extraña; nunca había considerado el tomar y menos el oler el suspensorio de uno de sus chicos, aunque estos los dejaban todos regados por allí, mezclados en montones húmedo y apestoso…

   -¿Por qué no hueles este, becerro? Este bóxer tiene justo el olor que creo que te gusta. –le retó el señor Milo, mirándole fijamente a los ojos, controlándole, manipulando y abriéndose el botón y el cierre del pantalón, su enorme tranca empujando fuera la negra tela de un suave bóxer.

   La mano de Alex baja, tiene que hacerlo, hacia su miembro, y se frota recordando lo contado por el entrenador. Cómo cayó de rodillas, sin él mismo estar muy seguro de qué hacía o por qué, tan sólo erizado, el corazón latiéndole loco, la vista fija en ese bóxer que escapaba del pantalón. Que la mano grande del señor Milo le atrapó por la nuca obligándole a pegar el rostro de esa masa consistente. Que el olor era fuerte, mareante, intoxicarte, no a orina, sino a bolas, a sudor. A macho. Y que sin pensarlo comenzó a frotar su cara, sin que el otro le obligara, sorprendiéndose de lo pecaminosamente excitante que era sentirla crecer bajo la tela, llenare de calor y ganas contra sus mejillas, nariz, labios y barbilla. Siempre olfateándola. Estaba ya impresionantemente gruesa  cuando bajó el bóxer, saltando como un resorte.

   Por un segundo, todavía, dudó, de rodillas frente a ese alto y fornido sujeto que hasta ese momento era su igual, un colega, otro profesor; pero la verga amoratada y gruesa allí, agitándose levemente de arriba abajo, la sardónica sonrisa en los delgados labios del señor Milo, todo le llamaba.

   -¿La quieres o no? Puede ser tú única oportunidad en la vida de probar una como esta; si sales de aquí sin hacerlo, te dará miedo intentarlo de nuevo y te esconderás, consumiéndote.

   Sonaba a desafío, a idiotez, pero algo en la imagen, el tiempo pasando y él preguntándose cómo se ceñiría…

   Alex muerde la almohada para contener un jadeo de lujuria, masturbándose en la incómoda y extraña posición semi fetal, recordando al entrenador diciéndole que lo mandó todo al diablo y cerró su puño alrededor de la poderosa pieza masculina que se tensó y palpitó contra su palma, de gusto, como la verga de todo sujeto a quien otro se la agarra. La masturbó de arriba abajo, fascinado por la manera en que se calentaba, lo roja que se ponía, de cómo el ojete se abría y cerraba, brillándole algo ahí, ese líquido claro y espeso… Pero, sobre tolo, fascinado por lo bien que se sentía contra su mano. Tenerla allí, la tranca de otro sujeto, era increíblemente gratificante. Cerrando la distancia, sabiendo que no dejaría pasar esa oportunidad de sábado en la tarde que se le presentaba, acercó los labios y los cerró sobre la caliente y lisa cabeza, estremeciéndose de lujuria los dos, aunque con algo de repulsa también, por lo menos de su parte. Cosa que le duró tres segundos. Sus labios recorrieron el glande, untándoselos con esos líquidos que probó al retirarse un poco y pasar la lengua por ellos. Era salino, y lo tragó. Eso produjo un vacío y mucho calor en su estómago, y su lengua ávidamente fue hacia el ojete, recogiendo esas gotas que la llenaron con su sabor, estimulando cada papila gustativa. Y mientras lo hacía, recoger ese jugo y mezclarlo con saliva sobre su lengua, elevó la mirada quedando atrapado en la del señor Milo.

   -Chúpala, cabrón, cubre cada pedazo. Trágatela toda. Es lo que quieres…

   Al joven en su cama, cerrando los ojos y respirando agitadamente mientras se masturba, no le cuesta nada entender la reacción de su entrenador ante aquella visión y la orden. ¿Quién habría podido resistirse? ¿Quién no habría abierto su boca y tragado aquel maravilloso pedazo de carne dura de macho? Él no pudo. Y sabe que su entrenador tampoco, porque este le contó, como ahogando un gruñido, abrió mucho la boca y cubrió con esfuerzo de principiante ese glande, cerrando los labios sobre él, quemándose ambos, succionando la cabecita ruidosamente, chupando de esos jugos. Para el joven, mejillas caliente, la imagen que se hace, su entrenador rudo y masculino, con bigote, labios gruesos, cubriendo poco a poco esa nervuda y gruesa barra de carne, le hace temblar; como tembló su entrenador mientras lo hacía, cubriéndola, pegándole las mejillas y la lengua, succionando como si en ello le fuera la vida, tragando una y otra vez los lagos de saliva que se formaban en su boca, mezcladas con esos jugos de hombre que saboreaba por primera vez en su vida de adulto. Unos que le parecieron sencillamente deliciosos.

   Alex gira y se masturba abiertamente, su mano va y viene sobre el joven y tieso falo; puede imaginar al hombre yendo y viniendo sobre la tranca con su ansiosa boca masculina, entre las piernas del señor Milo, tragándola hasta las bolas que se agitaban, sorbiéndola deseando cada gota de néctar, chupándola cuando se retiraba, la brillante y ensalivada pieza saliendo, mientras gemía y gruñía, tal vez preguntándose cómo no había probado aquello antes. Recuerda que el hombre le contó que el señor Milo le decía cosas horribles, que era un tragón, que no era un hombre sino un chupa vergas, un mamagüevo reprimido que había vivido engañándose toda la vida, que con razón su mujer se veía poco contenta siempre, ¿cómo estarlo si se había casado con un faltón? Le llamaba toda clase de cosas. Y se las decía después de atraparle la cabeza con las fuertes manos y embestirle rudamente la boca, metiéndosela y sacándosela, obligándole a abrir mucho la boca y los ojos, casi ahogado. Metiéndole la gruesa verga hasta la garganta, insultándole y denigrándole en todo momento con palabras que… le excitaban de una manera perversa. En esos momentos no podía razonar, tan sólo dejarse llevar por lo que el señor Milo le decía.

   -Y… -rojo de cara, el hombre había vacilado en contarle.- Me hizo comerle el culo…

   Aunque le narró muchas cosas, el entrenador no le dijo todo a su alumno, sólo lo suficiente para explicarle lo de… bien, lo de la lengua que le había metido por su virginal hoyito momentos antes. La verdad fue que en aquel cuarto de baño, un Milo transformado le rugía que era una puta barata con su aire de matoncito, machito y rudo, a lo Freddy Mercury, y mientras se la clavaba en la garganta le halaba del bigote, para luego sacársela de la boca y azotarle duramente la cara con ella, mojándosela. Y él gemía de gusto, nunca imaginó que algo así, esas bofetadas dadas con la verga de un sujeto que le gritaba que era un sucio marica pervertido, pudiera calentarle tanto. Atrapándole de la nuca, Milo le hizo doblarse más, casi pegándole la nariz de las baldosas del piso, y le hizo atrapar con los dientes el bóxer de su hijo, y mientras lo hacía, la atrapaba con la boca, el hombre sentía que estaba a punto de correrse de pura calentura. Al rugido de “perro malo”, Milo comenzó a darle duras nalgadas, y él se fingía un perro que agitaba el hocico con un hueso en él, como un perro de verdad. Se entregó todo, se dejó llevar al abismo de la humillación, Milo le había meado la cara mientras él tan sólo gemía y jadeaba más, la boca llenándosele, tan sólo una cosa parecía quedar por hacer…

   Y en ese punto reanudó su relato al muchacho, quien puede imaginarlo casi alzando las caderas de la cama mientras se masturba más caliente que nunca. El señor Milo, dándole la espalda, sonriendo, bajó su pantalón, exponiendo su firme y duro trasero cubierto por el suave y algo corto bóxer, que también bajó. Y esas nalgas velludas, duras a pesar de la edad, que se abrieron cuando lo echó hacia atrás, nublaron otro poco juicio en el entrenador cuando la imperante orden de “chúpalo, puta”, se repitió. El hombre contó cómo se acercó con algo de repulsa, sintiendo todo ese calor radiar y bañarle la cara, el olor a piel sudada, algo almizclado, todo peludo en la raja, y cómo ese culo tembló cuando lo tocó con la punta de la lengua. Recorrió y azotó esa entrada que palpitaba, y oyéndole gruñir de gusto, perdió el poco control que tenía aún y pegó totalmente la boca de ese cerrado culo de hombre, el rostro clavado entre sus nalgas, y chupó, succionó, metió la lengua, lo ensalivo, lo recorrió de arriba abajo, y no se cansaba, no mientras escuchaba las cosas más horribles que el señor Milo le gritaba al tiempo que meneaba su culo, llamándole grandísimo maricón que nació para comerle los culos a los hombres.

   En un momento dado, viéndose obligado a caer sentado de culo sobre el orinado piso (detalle que no contó), su nuca apegó de la pared cuando el señor Milo se sentó prácticamente sobre su cara, el culo al alcance de su voraz boca, de su lengua que quería metérsele hasta el alma. Y allí, sin tocarse, sus manos aferrando las masculinas caderas, comiéndole el culo a ese sujeto que le gritaba vainas, se corrió. Fue un orgasmo que le hizo temblar, casi blanquear los ojos y enrollar los dedos de los pies dentro de los zapatos mientras su tranca vomitaba una y otra vez su carga, mojándole el pantalón. El placer le había dejado casi desfallecido pero no pudo irse hasta que el señor Milo, convulso de lujuria, llenó su boca de verga otra vez, cogiéndosela sin detenerse, ordenándole chuparla, apretarla, succionarla toda, hasta derramar la esperma caliente, espesa, viscosa y maravillosa sobre su lengua, una carga completa que degustó y tragó, con avidez, esa primera vez.

   Y mientras en su mente inventa detalles, jadeos, retarda acciones, imagina una lengua rojiza y reptante, imposiblemente larga abriéndose paso dentro de un culo y llegando muy adentro, masturbándose en todo momento, el muchacho desconoce la continuación de la historia porque al mismo entrenador le pareció demasiado. No le contó como estuvo de enloquecido esos primeros días, recriminándose, cuestionándose, diciéndose que no podía ser, que había sido una locura, que todo era culpa del desgraciado de Milo, para a los pocos días andar evocándolo todo, cada detalle sórdido y caliente. Llenándose de ganas. Regresando una tarde al apartamento del otro profesor, todo tembloroso, tan sólo para decepcionarse cuando el hijo, mal encarado, le abrió la puerta.

   -Eh, hola, hijo, ¿está tu papa? –el muchacho no se apartaba de la entrada.

   -No, entrenador. –esas palabras le sumieron en la depresión.- Y no creo que regrese pronto.

   -Oh… -fue el jadeo de decepción, se sintió perdido y ansioso.

   -Pero estoy yo y tengo un rato libre, entrenador… -dijo con burla.- Si quiere comerme el culo a mí…

   La declaración le paralizó y aterrorizó. ¡El muchacho lo sabía!, ¿quién o cuántos más? ¿Milo le dijo? Su miedo era grande, pero cando el sonreído chico se volvió, dejando la puerta abierta, notándole el insolente vaivén del culo bajo el muy ajustado jeans que se metía un poco entre sus nalgas, aquel pobre hombre calenturiento, controlado toda su vida para ser despertado de golpe a una lujuria que no entendía, no pudo resistirlo. Además, aquel chico había sido uno de sus alumnos dos años antes. Y era el hijo de Milo.

   Entró, el chico, sonreído, le dio la espalda y bajó con esfuerzo su pantalón, el bóxer era corto, blanco, lleno con dos jóvenes y turgentes nalgas. Unas que tocó con las manos, para recibir pronto un azotón.

  -Nada de manos. –bajó su bóxer dejándole sin aliento.

   Y el hombre tembló, reconociendo en el tono el mismo de Milo, y perdida toda cordura, cayó de rodillas y refregó su rostro grueso y algo velludo, masculino, de las turgentes nalgas duras, lisas, depiladas ya que el chico practicaba con la bicicleta. Olía diferente, embriagador, se dijo cuando introdujo la nariz en la raja interglútea, con dificultad ya que eran dos masas firmes. Y cuando la recorrió, de abajo arriba, lentamente, con la lengua temblorosa, caliente, salivosa y reptante, creyó correrse allí mismo, siendo recompensado por un gemido de gusto del chico.

   -Mierda, eres tan puta, entrenador…

   Y eso le hizo temblar más, decidiéndose a enterrar totalmente la cara, boca sobre el culo, chupándolo, el muchacho gimiente, ojos cerrados, cayendo sobre su cara. Igual que su papa. Y darle lengua, una y otra vez, sintiendo los temblores del cerrado botón que a veces le dejaba entrar, le tenían en la gloria. Tal vez por eso olvidó dónde estaba, qué hacía y a quién, porque le sorprendió cuando la puerta de la calle se abrió y un muy sorprendido, y molesto Milo, le pilló.

   Mientras Alex sigue masturbándose, flexionando una pierna inconscientemente y llevando los dedos de su otra mano a su joven culo, frotándolo por fuera, ignora que el señor Milo le había roto el culo, en ese momento, al entrenador, quien gritó y se revolvió como una puta lujuriosa, entre el fornido profesor y el joven hijo de este, que llenaron su boca y culo en ese raro momento de calentura sexual. Ambos, padre e hijo, gozando del vicioso y totalmente entregado entrenador. De haberlo sabido, tal vez la intensidad de orgasmo de Alex se habría intensificado mientras gime y balbucea, pero es suficiente para correrse, arqueándose sobre la cama y mojarse con el semen el tórax.

   -Hijo, ¿pasa algo?

   Oye un toque a la puerta, la voz preocupada de su padre… y ve como el picaporte comienza a girar, mientras él jadea, casi desmayado todavía de placer, el semen bañándole el joven torso bien definido.

   ¡Joder!

CONTINÚA … 8

Julio César.

NOTA: Lo siento, esta es una de las que no tengo la dirección. Está el nombre original y el autor, sírvanse buscarlo a ver si hay suerte. Y me avisan. La imprimí hace tiempo y está en unas hojas que debo transcribir. Cosa algo pesada.

SER O NO SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 15

junio 2, 2014

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…                         … 14

   La siguiente es una historia que NO ES MÍA. Pertenece totalmente al señor capricornio1967. Tan sólo la reproduzco, tal vez cambiando una que otra coma, aunque la historia ya está por ahí, completa. Es un relato maldito en toda la regla, un hombre maduro decide tomar, controlar y dominar a su joven pupilo, transformándole en algo que no quiere, ni soñaba, aunque se resiste. Lo repito, es un cuento muy maldito. Disfrútenlo:

……

EL DILEMA

Autor: capricornio1967

Capítulo V “EL ENTRENAMIENTO”

UN CHICO ESPERA

   Ahora, sometido, sólo pude esperar por su dueño.

……

   Para Daniel, es un ir al infierno ese lunes que se despide de sus padres, sabiendo lo que le espera tanto en la escuela como durante el fin de semana, cuando estará a solas con Franco, en su alberca privada, ubicada en una quinta apartada, donde estará a la disposición de ese pervertido entrenador.

   Para Franco y Daniel, en la escuela y la prácticas que tienen en ese lugar, todo es de lo más discreto. Daniel deja la puerta de su dormitorio abierta, como se lo ordenó Franco, además duerme boca abajo, esperando que este entre en cualquier momento y haga uso de su culo, como puede hacerlo desde el momento en el que aceptó el chantaje por parte del entrenador; pero pasan los días y no recibe la visita del hombre. Daniel comprende su juego a la perfección, sabe que debe estar en total disposición del pervertido sujeto, pero que Franco juega con él, para mantenerlo bajo tensión. Aun así, en los entrenamientos el rendimiento que obtiene es mejor que en otras ocasiones, esta decidido a ser el mejor; si tiene que pagar a tan alto precio su ida a las olimpiadas, entonces será para ser el mejor de todos.

   Cada día que pasa sin la visita de Franco, hace suponer a Daniel que el entrenador esta planeando algo especial para el fin de semana, en donde se desquitara, si no se equivoca. Franco, por su parte, sabe que su ausencia despierta desconcierto en Daniel, dudas, zozobra, y lo mantiene al pendiente de las órdenes y los deseos de su amo.

   A Daniel le gustaría que esa semana pasara lentamente, que no llegara el viernes en donde estará indefenso, a merced de Franco. Pero, como siempre sucede, no hay día que no se cumpla y el viernes por la mañana, recibe una llamada de su mamá, para informarle que saldrán unos días y regresaran el martes muy temprano. Bien, como después del fin de semana con Franco, tendrán unos días libres, le dice a su mama que regresara el lunes, por la noche, según lo que Franco le ha dicho. Así que el estará en casa desde el lunes en la noche y se verán el martes por la mañana cuando lleguen sus padres de regreso. Después de las recomendaciones de siempre. se despiden.

   Unos minutos antes de que Daniel y Franco, partan rumbo a la quinta del entrenador, el hombre va al dormitorio del joven, quien se encuentra metiendo su ropa en la bolsa de viaje.

   -Saldívar. -dice autoritario.

   -Si, señor. -es la respuesta inmediata del sometido ante el requerimiento, dejando de guardar la ropa para concentrar toda su atención en su estricto amo.

   -Póngase el short azul para viajar a mi quinta. Y no use ropa interior. Lleve la camiseta negra del equipo. La corta que llega hasta cintura. ¿Entendió? -lo mira directamente a los ojos esperando la respuesta.

   -Si, señor. -responde sumiso.

   -Lo espero en 5 minutos en el estacionamiento que esta atrás de la alberca. Apurese, tengo mucho que enseñarle y ya ardo en deseos de hacerlo.

   -Si, señor. -responde mientras Franco sale del dormitorio, dejando a Daniel buscando la ropa que el otro le ordenó.

   Se pone el short azul que Franco le señaló, sin ropa interior, y la camiseta del equipo de color negro, el short es algo holgado, y le permite disimular la falta de ropa interior, la camiseta por su parte es corta, apenas le llega la cintura. Esa camiseta era utilizada cuando Franco deseaba que los atletas enseñaran el musculoso abdomen, en eventos y concentraciones, sabiendo que eso les “atraía” simpatías, por eso no era una camiseta larga.

   Antes de que los 5 minutos transcurran, Daniel está ya en el estacionamiento, Franco lo espera ya dentro de su camioneta, sentado del lado del conductor.

   -Súbase, Saldívar. -le ordena.

   El joven sube y pone su bolsa de ropa atrás del asiento, para que no estorbe. Franco enciende el motor y sale, tomando la avenida para poder dirigirse hasta su quinta. Apenas habían avanzado unos cuantos kilómetros, cuando Franco detiene la camioneta, voltea a ver a Daniel y estira la mano poniéndola sobre el gran paquete de Daniel. El nerviosismo se apodera del joven clavadista, están a plena luz del día, alguien pude verlos, Franco sabía siempre cómo ponerlo nervioso, cómo hacer que empiece a sudar. Pero no puede oponerse, solo cierra los ojos, escuchando el paso de otros coches, pasa saliva y se somete al manoseo del recio hombre. La mano de Franco, que es enorme, lo atrapa sobre la tela, abarcándolo, sobándolo un poco; luego toma el short y lo estira para romperlo.

   -¡EH! -Daniel es tomado por sorpresa ante la acción de Franco.

   -No se mueva, Saldívar. -le ordena antes de que tenga la idea de hacerlo; lo que hace que permanezca quieto mientras la mano de Franco termina de desgarrar el holgado y suave short, estirándolo, dejando desnudo a Daniel de la cintura para abajo. Con un movimiento brusco, Franco arroja el desgarrado short, por la ventana. Daniel entiende ahora el objetivo, el por qué Franco le ordenó que se pusiera la camiseta que solo le cubre parte del su abdomen, está desnudo a plena luz de día, muy visible y públicamente desnudo, ¿qué sucederá si alguien los detiene?

   El rostro de Daniel se pone rojo, por la situación que está viviendo; el sudor empieza a aparecer en su cara como si todos pudieran saber que está viajando desnudo. Mecánicamente cubre sus genitales con ambas manos, para sentirse menos mal.

   Pero antes de que Daniel se reponga de la sorpresa inicial de que Franco le haya roto el short y arrojado a la calle, este sigue con la pequeña camiseta; nuevamente sus fuertes manos desgarran la prenda ante la impotencia del muchacho, quien no puede hacer nada por evitarlo, como no sea permitirle a Franco que haga con él lo que desea. Que en esta ocasión es dejarlo desnudo. Daniel mantiene sus manos cubriendo sus genitales, tratando pasar desapercibido, la altura de la camioneta lo protege, pero aun así su nerviosismo es evidente.

   -Así está mejor, Saldívar; debe aprender a viajar como esclavo. -le dice sin voltear a ver al desnudo deportista.

   Daniel está viendo al suelo de la camioneta, sin poder levantar la mirada por la vergüenza; no quiere ver a nadie, no soportaría hacerlo sabiendo que va desnudo. Sus manos se mantienen cubriendo su gran miembro y sus bolas, evitando que Franco pueda apreciarlo.

   El hombre se detiene a intervalos para acariciar el perfecto y musculoso cuerpo de Daniel, pellizcarle los pezones o pasarle la mano por los lados de las perfectas y duras nalgas, cosa no difícil de entender, tenía toda esa masculina y joven belleza a su disposición, era lógico que deseara jugar con él. Daniel se controla ante el asco que le provoca esa pervertida situación, sabe que Franco lo tiene en sus manos y que puede hacer con él lo que desee, aun así no se acostumbra a que su cuerpo se manoseado de forma tan grotesca por ese pervertido. La mano de Franco recorre cada definición de grupos musculares del controlado nadador, lo tiene sometido, lo sabe y se aprovecha de eso.

   Antes de llegar a la quinta de Franco, y con los pezones enrojecidos por la manipulación tan brusca que el entrenador ha ejercido sobre ellos, Daniel esta mas que apenado; con la mirada clavada al suelo sin poder siquiera voltear a ver al demente entrenador, dejando toda su dignidad en manos de su dueño temporal, pagando con su cuerpo y su voluntad su permanencia dentro del equipo, se deja hacer. ¿Qué pasara después de las olimpiadas?

   Franco detiene la camioneta a un lado de la desolada carretera y se baja de ella, aprovechando que no hay nadie en ese momento, y le ordena Daniel.

   -Maneje usted, Saldívar. -le dice con tono imperativo que no permite réplica.

   La cara de Daniel refleja sombro, ¡está desnudo!, ¿cómo puede pedirle eso? Voltea a ver a su dueño, con la boca abierta, estupefacto.

   -Pero, señor… -responde con la mirada suplicante ante su master, pidiéndole que no lo force a hacer algo así, pero se encuentra con la dura mirada de Franco que no permite réplicas.

   -¡HAGALO, SALDIVAR! -el tono de voz que usa ahora, le nulifica al joven deportista toda opción de salvación.

   Daniel, sin bajar de la camioneta, descubre su miembro que permanece flácido y esta sobre sus fuertes piernas, cubierto de algo de vello. Lo mimo que sus bolas; sin salir del auto, solo se recorre hasta el lugar del conductor. Franco le permite esto, al menos no lo obligo a bajar de la camioneta desnudo para que se cambiara de asiento. El entrenador da la vuelta por el frente de la camioneta, para abordarla, y ocupar el asiento del copiloto.

   La vergüenza y la humillación del atlético y varonil clavadista es mayor; ahora tiene que usar sus manos, una para mantener fijo el volante y la otra en la palanca de los cambios, ya que la camioneta es de transmisión estándar, lo que le impide de ahora en adelante cubrir su desnudez, y el mantener la vista fija al piso de la camioneta. Arranca la camioneta sin poder disimular la turbación de que es objeto, debe mantener la concentración en la carretera no en su desnudez, debe de manejar con precaución pues si ocurre cualquier accidente, sería detenido, desnudo, y llevado ante las autoridades. No, esa vergüenza no la soportaría, así que tratando de ignorar que está desnudo, que Franco no quita su mirada de su cuerpo, de sus fuertes brazos, sus nalgas perfectas, sus muslos llenos, sus piernas tonificadas y duras por el ejercicio y la natación.

   El sudor escurre por la frente del deportista, mas aun cuando se encuentran con algún auto; el temor de que lo vean manejando así, de que vean que está desnudo, lo mantiene en constante tensión. Además, la mirada libidinosa de Franco sobre su cuerpo lo hace estar más tenso. Apenas han avanzado algunos kilómetros más cuando, las manos del entrenador empiezan a recorrer ese cuerpo de Hércules, desde el cuello hasta la cintura poniendo especial énfasis en los pezones firmes y oscuros que se erectan ante la ruda manipulación.

   -Mhhm… -leves gemidos de sutil dolor por los pellizcos que a veces Franco le da, alternadamente, en cada uno de los pezones, mientras tiene que permanecer con la vista fija en la carretera y toda su atención concentrada en eso, sin poder evitar que su cuerpo sea ultrajado por esas perversas manos grandes, callosas y rudas, muy masculinas, que lo recorren obscenamente.

   Suda mas, su musculoso cuerpo casi tiembla, por no perder la concentración de tener la responsabilidad de estar manejando. Franco disfruta de todo eso, el hacerlo sentir que es un puto, un esclavo, un cuerpo perfecto para ser usado y poseído. Su esclavo.

   El rostro de Daniel refleja terror, pánico, cuando siente que Franco mete una de sus ansiosas manos por entre sus nalgas, para llegar hasta su culo. Los gruesos dedos parecen ansiosos de explorar nuevamente esa cueva anal del joven deportista.

   -Mhmh… -se deja escuchar un gemido por el leve dolor que siente al sentir que los dedos de Franco separan sus nalgas y llegan hasta los bordes anales, mientras su mente debe estar atenta, no debe desviar la mirada de la carretera. Manejar y estar siendo dedeado, le hace crispar sus manos tomando fuertemente el volante, mientras sus muslos y glúteos se endurecen por lo tenso de sus músculos de las piernas.

   -Bonito culo, Saldívar…

   -Aghhh… -gime al sentir que uno de los gruesos dedos de Franco entrar por fin en su culo, para adentrarse rápidamente en las entrañas del musculoso muchacho mientras conduce.

   Ese dedo está bien metido. Su cuerpo se empieza a bañar de sudor percibiendo como el dedo de Franco se mueve libremente por entre su culo, mientras él debe permanecer ajeno a esa nueva humillación. Mientras es poseído de esa forma, el grueso dedo totalmente adentro, flexionándose un poco su punta, intenta evitar pensar en ello. Lucha por mantener su concentración en conducir la camioneta, en el volante, tratando de olvidarse de su desnudez y ahora de su culo que está siendo fuertemente explorado por el largo y grueso dedo velludo de aquel hombre que ahora controlaba su cuerpo y su vida.

   Franco disfruta la ansiedad y el nerviosismo que le causa al atlético joven su dedo en el culo; era maravilloso sacárselo un poco y volver a clavárselo mientras sabe que este no puede dejar de manejar, ni quitar las manos del volante o las piernas de los pedales, así que solo le queda soportar que su culo sea manipulado rudamente una y otra vez.

   -¡Aghh! Señor, por favor, voy a perder el control. -suplica sin voltear a ver a su dueño, permaneciendo su mirada fija en la carretera, los autos cruzan cerca de la camioneta y teme que no pueda mantenerse bajo control. No puede darse el lujo de mantener su mente lejos de su pobre culo; el sudor escurre por todo su cuerpo, su frente esta bañada en sudor que resbala por su rostro, su cuello mojado totalmente, así como su musculoso pecho, de donde resbalan gruesas gotas que se deslizan por entre su atlético pecho pasando por sus pezones que están erectos por la tensión.

   Franco ignora a Daniel, sus súplicas, como siempre. Al hombre no le importa que el joven esté a punto de chocar, que esté con los nervios de punta por lo que le obliga a hacer bajo sus órdenes.

   Cada segundo parece eterno para Daniel y para su culo, que sufre las consecuencias de la manipulación anal; Franco, en lugar de disminuir el dedeo anal, lo intensifica, adentro y afuera, adentro y afuera de los carnosos labios anales, para aumentar la humillación, la deshonra.

   -Aaghhhhhh… -un nuevo gemido del joven, ante el dolor anal que le provoca el entrenador. No puede ni siquiera cerrar los ojos por el dolor que siente, sabe que no debe hacerlo, podría perder el control de la camioneta. Franco aprovecha para morderle el brazo derecho que es el que tiene a su alcance, su musculoso brazo, su lengua lo chupa lentamente, recorre el bíceps con lujuria, mientras su dedo aun está trabajando el hermético culo.- ¡Aagh!

   -Mhmmm… -el gemido de placer no se deja esperar, como debe ser, al sentir el delicioso sabor de la piel del musculoso brazo de Daniel, mientras el dedo prueba esa casi virginal cavidad, solo conocida por su verga, su lengua y sus dedos. ¡Era suyo!

   La boca de Daniel se cierra tratando de ahogar el grito de dolor, el estrés que se ha apoderado de él, y que lo mantiene en esa extrema tensión, que lo acompaña siempre que está al lado de Franco y a la cual no se acostumbra, aunque se somete.

   La saliva es secretada abundantemente en la boca de Daniel mientras sus manos se mantienen crispadas en el volante de la camioneta, sin poder dejar de coordinar sus piernas, sus brazos y su vista, para poder conducir. Trata de olvidar lo que su culo está padeciendo, lo que su brazo siente cuando la lengua de Franco lo recorre una y otra vez, hambriento.

   -Aaghhhh, por favor, señor, aghhhhhh. -nuevamente protesta.

   Para Franco, las protestas de Daniel lo motivan a seguir a usar su dedo más firme en el interior de su increíble cuerpo de deportista; el mantenerlo así, en tensión mientras le saca y mete el dedo, al tiempo que le chupa del brazo, lo excita; sabe que Daniel debe estar atento a conducir, mientras él puede divertirse con el perfecto cuerpo del mejor clavadista de su equipo de natación. La idea, tenerla así, se la tiene imposiblemente dura bajo las ropas. Para Daniel su desnudez ha pasado a un plano secundario, lo más importante es la tortura que siente al moverse bruscamente el dedo del entrenador en sus entrañas.

   El camino hacia la quinta de Franco le parece eterno, por lo que va experimentando, lo que su culo va sufriendo. Los automovilistas que pasan junto a la camioneta que Daniel conduce están ajenos al drama sexual que el muchacho experimenta, a la tortura que su culo debe soportar una y otra vez, sus piernas aceleran mas, para poder llegar lo más rápido posible a la quinta y poder dejar de estar expuesto a que los descubran. Eso es lo que más le causa tensión, sabe que no puede evitar ser dedeado, ser cogido, ser violado por Franco, pero que lo haga así, en lugares donde pueden ser descubiertos, eso lo pone fuera de control, ignorando que eso lo hace más susceptible a estar bajo el control del otro, que lo hace sentirse más débil, más desprotegido, mas impotente a no poder evitarlo, a tener que dejarse.

   Dejarse como en esta ocasión, que tiene que dejar que su culo sea explorado, a permitirle a Franco que lo desnude y lo obligue a conducir así, desnudo y ultrajado, el que hasta hace unas semanas era el macho mas heterosexual del equipo de natación (si no es que de toda la escuela); ahora está siendo reducido a un orificio que es sometido una y otra vez, violado una y otra vez, en manos de ese sujeto maduro; padece la perversión en manos de su chantajista, de su dueño. Qué lejos le parecen las semanas que faltan para que se lleven a cabo las olimpiadas, Daniel no sabe cómo podrá soportarlo sin enloquecer ante el trato que Franco disfruta aplicarle.

   -¡Aaaghhh! -el dolor del dedo moviéndose lo hace volver a la realidad de lo que le sucede. De lo que está sufriendo, el sudor baña su cuerpo aún más, y cubre sus músculos perfectamente armónicos, su cuerpo brilla con el reflejo de los últimos rayos de sol al reflejar sobre la humedad en la piel. Las gotas de sudor resbalan por su frente casi cegándole los ojos por lo copioso de ellas, mientras no puede hacer nada por evitar la nueva profanación de su cavidad trasera.

   -¿No es agradable salir de la ciudad? –le pregunta franco, mirándole, la boca cerca del rosetón que le deja en el brazo, salivando, metiéndole a fondo el dedo.

   -Aaaghhhh… -Daniel aprieta los labios y las mandíbulas para poder mantenerse atento a lo que está haciendo, a que ningún accidente le vaya a pasar.

   Ya falta poco para poder llegar a la quinta, solo unos kilómetros más, y acabe parte de la interminable tortura, estar fuera del posible alcance de las miradas de los extraños. Sus piernas presionan mas el acelerador para llegar lo más pronto posible, han sido ya varias horas las que ha estado sometido a la tortura sexual y desea liberar su cuerpo de esa tensión de saber que nadie puede ver cómo Franco abusa una y otra vez de su indefenso culo y como hace con su cuerpo lo que le da la gana.

   Sólo desea llegar, sin preguntarse, por la tensión que sufre en esos momentos, qué le tendría preparado el terrible y perverso hombre para más adelante, en su propiedad. Encerrado todo el fin de semana bajo su control, alejado de todos. Sabiendo que tiene que entregársele, obedecerle, sometérsele… servirle como su perra. Sólo quiere escapar de esa tortura, sin reparar en lo que puede estar aguardándole.

CONTINÚA (el relato no es mío) … 16

Julio César.

NOTA: El relato comienza algo lento, y como no tengo intensiones de apurarme más, quien lo desee puede buscarlo en esta dirección: http://www.todorelatos.com/relato/16991/


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