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TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 17

abril 22, 2014

… SERVIR                         … 16

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

TIO SEXY EN PANTALETA ROSA

   El excitante placer de esperar a su macho…

……

   -¡NO! ¡Nooohggg! –una mano grande cubre la boca abierta, silenciándola.

   De pie, piernas muy abiertas, pantalón en los tobillos, de panza sobre el mesón metálico, su saco y camisa enrollados sobre sus hombros, un enrojecido y alarmado Jeffrey Spencer siente como la lisa y ardiente cabeza amoratada de aquella verga se frota con ansiedad de la entrada de su culo, de arriba abajo, antes de empujar abriéndole. Y el dolor es terrible, por lo que el hombre de leyes se revuelve sobre el masón, contra el agarre del sujeto a sus espaldas, medio tendido sobre él, con una mano doblándole un brazo a sus espaldas, con la otra acallándole.

   -Silencio, pequeña puta… -le ruge Read, sonriendo con una mueca horrible, sintiendo como ese esfínter aprieta y puja contra su glande medio clavado ya dentro del redondo anillo masculino que está a punto de romper, de una manera enloquecedoramente estimulante, el virgen luchando contra su destino, servirle. Mira al jefe Slater, de pie, algo apartado, verga afuera, ojos clavados sobre ellos. Excitado pero todavía retenido por sus reparos personales. Empero, eso cambiaría, y lo hará en ese culo blanco y apretado que está a punto de estrenar. Y lo estrenaría él, quien adora romperlos, tomar a esos hombres que se creían machitos muy heterosexuales y quebrarlos, haciéndoles llorar mientras lo hace.

   -¡Nooogggghhhh! –todavía se queja Jeffrey. La mano sobre su boca aprieta más.

   -Vamos, abogado, ¿quieres o no quieres el caso? ¿Quieres o no saber qué te ocurre? ¿No deseas saber si naciste para puta? Ahora vas a saberlo…

   El grueso nabo de la cabeza se abre camino y el abogado abre muchos los ojos, bañado de sudor, gritando ahogadamente contra esa mano, casi mordiéndola; el dolor era horrible. Y sigue y sigue mientras ese tolete se abre camino en su culo virgen que estaba siendo forzado. Está todo tenso, atravesado por ese martirio feroz, ignorando que así dificultaba más el proceso, y nadie se lo aclaraba. Eso le arde y rompe, por los que arruga la frente, los ojos llenos de lágrimas intentando todavía soltarse. Oye un gruñido del otro y un golpe de caderas cierra la distancia sobre sus nalgas, la gruesa y larga verga enterrándosele totalmente en el culo, llenándole de una agonía blanca y terrible. Y su grito de infinito dolor es silenciado por aquella mano.

   ¡Lo habían desvirgado!

   Mientras la amoratada verga sale y entra del redondo y algo peludo agujero, todavía lentamente pero a fondo, Jeffrey grita sofocado contra esa mano, todo su cuerpo dominado por un terrible dolor al parecerle que estaban partiéndole en dos. Gruesas lágrimas corren y queman su rostro, y aunque se sabe retenido por el sujeto intenta alejarse. Este lo espera y cierra sus manos con más fuerza, gozando su pánico. La cilíndrica barra sale casi toda, lastimándole, halándole la membrana, la cabeza se ve y luego entra de golpe, uno solo golpe, y Jeffrey grita otra vez, sofocado. Y Read aprieta los dientes en una mueca rapaz, cada embestida se sentía sencillamente maravillosa, casi forzada mientras la mete, el prieto agujero, el estrecho y sedoso conducto cerrándose ferozmente sobre él, le daba la apretada de su vida; pero es poco a la poderosa sensación que le provoca hacérselo, romperle el culo, desvirgarle. Cogerle es casi tan placentero como tenerle gritando sofocado, estremeciéndose, atravesado de dolor, lloroso, seguramente le estaría suplicando que le dejara, que no se lo hiciera, si tuviera la boca libre, ignorando que sus ruegos solo le pondrían la verga más dura, como la siente en ese momento nada más de imaginarlo.

   -Shihhhtttt… -le gruñe, ronco, metiéndosela y sacándosela del culo lentamente pero a fondo, abriéndole sin piedad, llenándoselo sin cansancio.- Todas las putas son iguales; con sus minifaldas van por ahí pidiendo vergas, al igual que esos chicos con sus bóxers cortos, meneándote el trasero en la cara en los vestuarios de las fábricas, gimnasios y escuelas. –se la mete toda, los pelos sobre la clara piel, empujándosela todavía más, haciéndole gemir contra su mano.- Esto es lo que quieren, todos ustedes, sus coños calientes lo piden, luego se niegan y gritan, pero la verdad es que lo gozan. –se la saca casi toda otra vez y comienza un cepillado más rápido, los labios de ese culo totalmente enrojecidos.- Oh, sí, gritan que no, pero lo quieren, quieren que los hombres llenen sus coños de putas, y lo gozan como lo estás gozando tú, ¿verdad? –le pregunta, cruel, justo cuando Jeffrey cree que ese dolor le matará.

   El jefe Slater está paralizado, todo parecía haberse escapado de control. Aquello era… una violación. ¡Estaban violando a un hombre frente a sus ojos! Y la idea era tan extraña, sucia y perversa que parecía un sueño; o tal vez había algo mal en él, ya que todo le parecía vagamente excitante. O era una pesadilla, desde el punto de vista del abogado. Allí, frente a sus ojos, un sujeto enorme, velludo, violento y rudo estaba reteniendo a otro más bajito y joven, algo llenito de carnes, cubriéndole con una mano la boca y atrapándole con la otra una cadera mientras lo cabalgaba una y otra vez, los dientes apretados, una mueca máxima de vicio, de gozar lo que estaba haciéndole, mientras lo coge sin detenerse con golpes rudos y rápidos ahora. Las palmadas de la pelvis contra esas nalgas llenaba el ambiente, así como los bufidos ahogados del leguleyo.

   La mente de Jeffrey es una masa roja de dolor y humillación, las lágrimas no dejan de fluir mientras entiende que estaba ocurriendo, ¡lo estaban cogiendo!; de alguna manera se había puesto en manos de ese sujeto que lo estaba violando, penetrándole con su gruesa y enorme verga, abriéndole, llenándole el culo. En ese momento era su perra. Soltándole la boca en esos momentos y atrapándole el transpirado cabello, halándoselo, obligándole a elevar el rostro, de alguna manera queda viendo mejor al jefe Slater, cuya mirada vidriosa y perdida era la viva imagen de la lujuria, aún más que esa titánica mole de carne negra casi reluciente que emerge de su bragueta, de cuyo ojete mana una gran cantidad de líquidos claros y espesos que seguramente sabrían… Una nalgada, que pica y arde, le aparta de ese extraño sendero de pensamientos, el sabor de los jugos de la enorme tranca del jefe. Las nalgadas se repiten, Read cruza su mano de un glúteo a otro mientras le hala más el cabello, sometiéndole totalmente mientras le coge. Le tenía bien atrapado en su cárcel mental y físico de abuso sexual.

   -Oh, sí, abogado… Eso es, grita así, con gusto. –le nalguea otra vez, fuerte y feo, y la mente de Jeffrey se nubla, gimiendo efectivamente al sentirle, así como la punta de esa tranca en lo más profundo de sus entrañas, pero, de alguna manera, era un alarido nuevo.- Eso es… aflójalo así… ábrelo y acéptala. Tu coño mojado y caliente la desea. Abrázala, adórala y exprímela, es lo que querías, ¿lo notas? –le ruge, sacándosela otra vez casi hasta el glande, sonriendo duro cuando nota los espasmos del esfínter sobre su glande, al lado de la telita satinada de la pantaleta de la mujer del otro, ¿rechazándole o acariciándosela?, y vuelve a metérsela, duro, reparando en el estremecimiento del abogado. ¡Era allí! La deja y empuja y empuja, dándole sobre la pepa, y de la boca abierta de Jeffrey sale un gemido que ahora es totalmente distinto, junto a algo de saliva, aunque sigue llorando.- Eso es, putito, eso que sientes es lujuria, placer, excitación como nunca antes habías sentido o experimentado porque sólo podías encontrarlo con un hambre que estimulara y llenara tu coño de tío sumiso pero ardiente. –le hala más el cabello, dejándosela toda enterrada, caliente y palpitante, para que la sienta, sonriendo con malvado placer cuando nota el negar de cabeza del joven, totalmente sudado, pero el amasar que sus entrañas le dan.- Aún te lo niegas, pero tu coño sabe lo que quiere, me la está ordeñando buscando lo suyo… ¿o es eso lo que quieres? –ruin mueve el puño con cabellos del tipo, bájale la mirada para que enfoque en toda su extensión la verga hercúlea del jefe, surcada de gruesas venas, amoratada, palpitante en la nada.- ¿Lo ves? ¿Notas cómo tiembla esa verga oscura de deseo por tu coño de chico blanco? A los negros les encanta. Pueden no querernos, pueden combatirnos, pero se mueren por los coños mojados y apretaditos de los chicos pálidos de piel como tú. Allí, donde la ves, esa verga está dispuesta a llevarte a tu primer orgasmo por el culo… Perdón… -le susurra suave, tendiéndose sobre él, pesado, dominante, teniéndosela bien metida.- …En tu coño abierto y despertado ahora al verdadero placer que un sumiso sólo puede vivir sobre las vergas de los hombres de verdad.

   ¡No, no, no, maldita sea!, grita la mente de Jeffrey, rebelándose con furia contra esas palabras, ese destino que no buscó, pero notando como sus entrañas realmente apretaban y succionaban la tranca, totalmente consciente de esas luces de colores que estallaban frente a sus ojos cada vez que su próstata es golpeada y estimulada…

   Read, sonriendo torvo, se endereza y le suelta el cabello mojado, sus dos manos van a la cintura del abogado y el mete y saca del grueso tolete dentro del redondo culo se intensifica, una y otra vez, dándole siempre sobre la próstata, teniéndole nadando en hormonas de lujuria, unas que bañan todas las terminaciones nerviosas. Ahora siente como las paredes del recto, calientes como el infierno, se cierran y abren sobre su tranca, tragándola, dándole la bienvenida, deseando ser frotadas. Lo hace, lo complace cuando lo llena con su tranca, mirando al jefe, quien no puede apartar los ojos del abogado, rostro totalmente enrojecido, ojos desenfocados tras los lentes, su culo… Dios, si, ahora lo llevaba de adelante atrás, enculándose así mismo prácticamente. Le recorren escalofríos cuando nota como el convicto aumenta el ritmo, metiéndole ese tolete grande de manea más y más rápida, al fondo cada vez, al tiempo que se incrementan los gemidos del abogado, unos sonidos que son indiscutiblemente de lujuria mientras su espalda se arquea y su trasero va y viene, buscando lo que quiere.

   -Tengo que irme. –anuncia de pronto Read, sacándole la verga del culo, lentamente, centímetro a centímetro, sonriendo para sus adentros cuando oye el jadeo de sorpresa del joven, y como su recto intenta retenerle, como una ventosa que se pega a su pieza de carne de joder.- Ya se hizo de noche y quiero volver a mi celda. –le dice a Slater, quien parece el más desconcertado y sorprendido de todos en ese cuarto.

   -Pero ¿qué diablos…? –casi le pregunta: ¿te vas, ahora?, ¿lo dejarás así, todo caliente y deseoso de verga?, señalando a Jeffrey. Casi, pero no lo hace.

   -Estoy cansado. Y ya no tengo nada más qué decirle a mi abogado. –insiste Robert Read, acomodándose con toda la dificultad del mundo la amoratada verga dentro de su bóxer y braga naranja.

   Jeffrey Spencer balbucea sin palabras, confuso por todo lo ocurrido, su comportamiento y la interrupción; está rojo como un ladrillo, su culo irritado, que le arde pero que también le palpita. Un culo que va cerrándose y quedando cubierto cuando la pantaleta que le robó a Anna, cae en su lugar, es decir, entre sus nalgas. Con manos febriles intenta vestirse también, pero todo le da vueltas, el zumbido en sus oídos es terrible y parece no poder coordinar sus movimientos. Ese hombre ruin y terrible le había desvirgado, violado, le había usado de una manera degradante y terrible. Le había… los labios le tiemblan y casi estalla en lágrimas otra vez, luchando por controlarse. Pero si, le había obligado a responder, físicamente y ahora…

   -¿A qué juegas, convicto? –le encara Slater, casi amoratado de cara, lo que sería un sonrojo para un sujeto negro como él, luchando aún más que Read para ocultar aquella escandalosa tranca de ébano dentro de su uniforme, uno que parece va a estallar bajo su empuje.

   -Tengo asuntos que atender, jefe. –sonríe Read, pensando en su princesa, la dulce Tiffany con su coño perfumado. Luego mira a su abogado, quien despeinado, los anteojos casi caídos, parece contener la respiración para no caer hecho pedazos.- Averigua, abogado. Haz tu trabajo. Mi vida está en tus manos. Te llamé para que me asistieras con mi caso, no para darte placer. Eso pueden hacerlo otros hombres. –le sonríe, tendiendo hacia adelante las dos manos ahora que el jefe soltó la que tenía esposada a la mesa, siendo inmovilizado por ambas muñecas.- Sé que sabes lo que tienes que hacer para conseguirlo, una buena verga en tu coño ávido, porque sabes que lo quieres, ¿no? Lo comenzaste a sospechar mientras ibas y venias sobre mi verga, ¿verdad? –el otro calla, obstinadamente, así que se le acerca.- ¿Quieres que te diga lo que pensabas y te angustia ahora? La idea, que correrte con una verga dura, caliente y palpitante llenándote el coño debe ser… -sonríe más.- …La gloria. Y lo es, para los hombres sumisos como tú. Lo sospechas y todavía necesitas comprobarlo. Te recomiendo que lo hagas… -torvo mira a Slater.- Estoy listo, jefe.

   -¡Hijo de puta! –le gruñe este, sintiéndose furioso por haberle permitido todo aquello, por dejarse arrastrar a los juegos de ese criminal. Mira a Jeffrey.- Espere aquí, abogado. ¡Y contrólese! –es tajante y casi a rastra saca al sujeto del cuarto. Ambos luciendo sus ocultas erecciones.

   Una vez a solas, Jeffrey deja de luchar con el maldito pantalón que parece habérsele enredado y cae de culo sobre la silla, derrotado, lastimándose. Le dolía. Pero lo peor eran las palabras de ese sujeto. Cierra los ojos, rojo de cara otra vez, respirando con dificultad y furia. Odiaba a ese criminal manipulador y horrible, odiaba lo que le hizo, pero lo que más odiaba era que… Si, por un segundo, en medio de todo ese horror y abuso, se preguntó cómo sería alcanzar el orgasmo así, siendo penetrado rudamente una y otra vez, con su próstata estimulada al máximo. Cierra los ojos, aprieta los dientes en una mueca de desesperación y grita agudo. Por suerte nadie le escucha.

……

   Cruzando pasillos desiertos, Slater casi arrastra a Read, aunque este es casi tan alto y corpulento como él. El hombre negro se ve molesto, el convicto sonríe levemente. Y eso parece alterarle los nervios al primero, tanto que se detiene, lo encara y le estrella de espaldas contra una pared.

   -¿A qué juegas, convicto? –repite porque necesita saber.

   -A nada, jefe. Me esperan. En mi celda. –informa y disfruta ver la sorpresa y disgusto del otro, que le atrapa otra vez por un brazo y echan a andar.- No fue mi culpa lo que ocurrió, jefe. Mi abogado es una putita caliente, ya lo era antes de llegar a mí. Tan sólo… le mostré el camino. Hay hombres que nacen así, jefe, sumisos, que no lo saben pero lo que más anhelan es ser controlados, dominados, sentirse sometidos a la voluntad de un macho superior. Es cuando en verdad se sienten vivos y felices. Gríteles y se estremecerán, atrápeles con un puño y temblarán de emoción, sus coño ya mojados. Así es mi abogado. Ahora se siente mal, por lo que le mostré que era, un juguete para los hombres; pero también por lo que siente, las dudas que todavía le acosan. O las finge, al no querer aceptarse. –sonríe más.- Quedó mal porque no le permití acabar con mi verga bien clavada en su culo redondo, apretado y blanco. Y esa duda, no saber qué se sentiría, le atormentará, será una leve molestia, algo que no le dejará ser feliz. Querrá no pensar en ello, pero no podrá evitarlo. Y tendrá que… proceder. –Slater le oye, queriendo no hacerlo. No responder de ninguna manera y no continuar con el juego del peligroso sujeto, pero no es de piedra.

   -¿Proceder? –pregunta casi contra su voluntad. Y suspira exasperado al escucharle reír.

   -Saldrá a buscar un hombre, jefe. Cualquiera. Uno que satisfaga sus necesidades, porque los tíos así, los sumisos, aunque se casen, tengan hijos y amigos heterosexuales, y se mientan todos los días pensando que también ellos lo son, necesitan ser usados por los machos superiores… -le mira.- Oh, sí, no dudo que terminará yendo a un bar de marineros por un hombre que llene su culo haciéndole vivir la experiencia que cree que le liberará. Que si lo prueba y se corre, acabará todo. Y casi podría apostar que… -sonríe y menea la cabeza.- …Que será a un hermano grande y oscuro a quien elija. Temo que a mi abogado le fascinan los machos negros de vergas enormes… -y ríe satisfecho cuando el otro le hala casi con furia.

……

Con el corazón temblándole en el pecho, de temor y repulsa, aún de las expectativas que tiene, Daniel Pierce se pone de pie, muy pálido y todos ojos cuando la reja de su celda se abre y, escoltado por el jefe Slater, que le lanza una mirada interrogadora, Robert Read es soltado de sus esposas. Este sonríe y le mira, codicioso.

   -Qué la pase bien, jefe, yo pienso hacerlo. –se despide del otro, que no responde pero le mira con odio, cerrando y alejándose. Frotándose las muñecas, con la verga palpitándole otra vez de anticipación bajo su braga naranja, mira al hombre rubio.- Vamos, Tiffany, tu papi te ha extrañado mucho…

   Odiándole, y odiándose en esos momentos, sabiendo muy bien lo que va a ocurrir (y lo que no sabe pero Read va a enseñarle, para humillarle más), pero sin poder oponerse, Daniel va a su encuentro. El otro espera, parece algo impaciente, y rojo de vergüenza, mirada casi nublada por el llanto que no derramará, de rabia, Daniel le rodea el cuello, se alza un poco en la punta de sus zapatos y le cubre la boca con la suya. Los labios del peligroso convicto son fríos, duros, su olor es fuerte, quién sabe qué estaría haciendo, la sombra de su barba y bigote, nada muy evidente pero presente, irrita y molesta, pero el hombre rubio no retrocede. No hasta que gime, Read alzó una mano y atrapó su cabello sedoso, halándolo, retirándole el rostro. Era la hora de la primera lección.

   -Cuando tu hombre llegue, Tiffany, debes sonreír bonito, roja de cara, excitada por la presencia de tu macho. Agradecida. Debes ir a su encuentro con ansiedad, obsequiosa y meneando bonito tus caderas. Y besarlo, hundir tu lengua en su boca, buscándole para calentarle la verga que tanto quiere tu coño caliente. –le indica, duro, satisfecho de verle enrojecer, le suelta el cabello.- Llevas demasiada ropa… -y sin cerrar las cortinas, y con Daniel muy temeroso para indicárselo, abre la braga, lentamente, para prolongar el momento.

   Las manos grandes y rudas, de nudillos velludos, separan las solapas descubriendo los hombros pálidos, acariciándolos, recorriéndolos con lujuria. Esas manos bajan un poco, hacia los pectorales, y tal vez Daniel no deseara aquello, pero ante la sutil caricia de esos dedos de otro hombre, sus pezones crecen, erguidos, terriblemente sensibles. Oye, lejos, las risas ajenas. El cepillar de esos dedos, cuando se los atrapa, primero uno y luego el otro, le hacen gemir casi contra su voluntad, todavía sorprendido por esa reacción, como el escalofrió grande que recorre su espalda y calienta un tanto su verga aunque o quiere. Read sonríe victorioso mirándole esos pezones marrones claros, de aureolas grandes, tan apetitosos. ¡Su Tiffany estaba creciendo! Cubre uno de ellos con los labios y succiona suave, chupando ruidoso, gozando al oírle gemir, sentirle tensarle y echar el torso hacia adelante, buscando la caricia, la boca que le mama, la lengua que lo babea, los dientes que muerden un poco. A Tiffany le excitaba que jugaran con sus senos. Y algo así le gritan desde fuera de la celda.

   Al peligroso convicto se le pone de piedra al comprobar lo bien que respondía ya su nena; succionándole, le mira enrojecer y tomar aire con fuerza. Aunque muere por chupar la otra teta de su Tiffany, se aparta. Sonriendo de la confusión y vergüenza del otro cuando le mira, encontrando lujuria y asco en los bonitos ojos del rubio. También la mirada ansiosa que lanza a la reja. La cual permite ver, silentes pero sonriente, torvos, burlones, crueles, pero también excitado, a sujetos mirando desde las celdas de enfrente. Todos notando lo que hace con el rubio, exponiéndole en su papel de “perra”. Su perra. ¿Quién no se excitaría en su lugar?

   Sonriendo aún más, totalmente malvado, Read toma los hombros de Daniel, halándole, volviéndole de espaldas a las rejas, y el hombre rubio cierra los ojos mientras el otro deja caer muy lentamente lo que queda de la braga por su espalda ancha pero suave, su cintura estrecha y sus caderas. Los gritos y risas no se hacen esperar cuando se vislumbran las suaves tiritas de una prenda íntima femenina, mínima y putona que cruza sus caderas, se unen sobre la raja de su culo en un chico triángulo de tela algo traslucida, y desciende perdiéndose entre los musculosos, blancos y lampiños glúteos.

   -Oh, Tiffany, me encanta cuando te arreglas así para mí, con tus bellas pantaletas… -le gruñe aprobador, sabiendo que le humilla ante los otros, que ríen agudos al escucharle.

   Daniel tiembla de vergüenza, deseando morirse por todas las cosas que esos sujetos le gritan, de las mil maneras que le llaman. Pero Read, sonriendo torvo sobre su hombro, notado a esos sujetos aferrados a las rejas, tan solo encuentra lujuria. Todos deseaban aquello, ver a su Tiffany sometida. O sometiendo a su Tiffany. Todos querían ver que la echara en cuatro patas, le apartara la pantaleta y la cogiera duro, llenándole rudo su dulce coño con su enorme verga y la hiciera gritar. Todos querían…

   El rubio hombre de negocios contiene un jadeo tipo sollozo cuando el convicto le abraza, lujurioso, oliéndole el cuello, lamiéndole bajo el cuello, gozando sus olores a colonias mientras las manotas bajan por la suave espalda. Los dedos caen sobre las tiritas del hilo dental, recorriéndolas, aprietan la turgente carne y una se mete, subiendo un poco antes, dentro del pequeño triangulo invertido de tela, buscando la raja de su culo… Ahora hay silencio, con ojos empañados de lujuria, respiraciones pesadas, manos crispadas sobre las relajas, todos esos sujetos lo esperan… La toma del rubio a manos del enorme y rudo convicto. Sí, todos quieren ver como cogen a ese tío al que han escuchado que el otro llama Tiffany, un espectáculo que todo hombre disfruta.

   -Te desean, Tiffany… -le gruñe ronco y bajito al oído, mordiéndole un poco el pabellón, la mano entre sus nalgas hurgando, un dedo jugando con la entrada de su culo.- Todos esos hombres desean estar en mi lugar, preciosa, y tenerte así. Olerte, tocarte, lamerte… Todos esos hombres matarían por ser tus hombres, por ser el elegido de tu boca golosa y tu coño hambriento de vergas. Los tienes a todos enloquecidos de lujuria, mi amor, eras una diosa sexual para todos… -le asegura, casi contra el oído, la punta de su dedos entrando ahora en el culito que palpita.

   Y esas palabras marean y excitan, aún contra su voluntad, al hombre rubio, quien traga, débil, sosteniéndose de él, echando la cabeza hacia atrás al tiempo que el dedo entra todo, hurgando… Y menea un poco sus nalgas sobre él. Todos los que miran contienen un jadeo…

   Tiffany quería macho. Y ellos deseaban verlo.

……

   Con el pantalón al fin arriba, después de debatir o no sobre si quitarse la pantaleta de su mujer, una que está manchada por los jugos de la verga del convicto, pero aún más con los botados de su propia tranca caliente, Jeffrey espera. Está todavía sentado al lado del mesón y tan sólo se estremece un poco cuando la puerta se abre. Sabe que se trata del jefe Slater. Y los colores escapan de su rostro, mortalmente avergonzado, olvidando, temporalmente, que el hombre negro también se vio atrapado en toda aquella locura. Pero quien mamaba verga era él, quien llevaba la pantaleta mojada no era el otro, a quien le abrieron el culo con violencia y fuerza, lastimándole, pero también…

   No quiere pensar, no quiere hablar o respirar. No se mueve, no dice nada ni siquiera cuando el otro llega a su lado. Tan sólo desea alejarse, perderse, olvidar todo ese día. Si, lo olvidaría. Todo. Renunciaría al bufete y escaparía de ese convicto diabólico.

   -Señor… Quisiera… quisiera irme y… -comienza, sin verle, totalmente ronco.

   -Creo que todavía tiene un asunto pendiente, doctor Spencer. –es la ruda respuesta, baja y ronca.

   Cuando va a replicar, sin muchas fuerzas, Jeffrey se vuelve, eleva la mirada y se congela. Allí está ese tipo alto y fornido, mirada severa, casi terrible… con la palpitante, inmensa, muy negra y nervuda verga afuera, temblando en la nada. A centímetros de su rostro, uno que pierde toda expresión, reparando ahora en el fuerte olor a macho, la mirada atrapada en la pieza, mejillas algo enrojecidas, labios temblando…

Y abriéndose.

CONTINUARÁ…

Julio César.

SER O NO SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 12

abril 16, 2014

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…                         … 11

   La siguiente es una historia que NO ES MÍA. Pertenece totalmente al señor capricornio1967. Tan sólo la reproduzco, tal vez cambiando una que otra coma, aunque la historia ya está por ahí, completa. Es un relato maldito en toda la regla, un hombre maduro decide tomar, controlar y dominar a su joven pupilo, transformándole en algo que no quiere, ni soñaba, aunque se resiste. Lo repito, es un cuento muy maldito. Disfrútenlo:

……

EL DILEMA

Autor: capricornio1967

Capítulo IV “DESHONRADO”

CHICO SEXY EN SUSPENSORIO

   Siempre hay alguien que te quiere tener así…

……

   El hombre camina alrededor de la cama para poder ver ese cuerpo perfecto desde todos los ángulos posibles, las duras y redondas nalgas se marcan más en esa posición. El espectáculo le complace, tiene ahí a sus pies al mejor clavadista de su equipo. Al más caliente de los hombres, el que más ha cogido y que de ahora en adelante es suyo sexual y físicamente.

   Se inclina y con la mano recorre esas duras nalgas, tocándolas suavemente, sus dedos parecen una etérea caricia. Para Daniel, en el estado en el que se encuentra, esto pasa casi desapercibido pero la mano, ahora, recorre ambas nalgas, sutilmente, para después deslizarse hacia la espalda del atleta, esa estrecha espalda a la altura de la cintura y ancha hacia los hombros. La mano recorre la línea media de la espalda, sobre la piel que cubre sus vértebras, hasta llegar al cuello ancho y firme del deportista. Lo toma por el cabello dejando atrás la sutileza que uso para recorre la distancia desde sus nalgas hasta allí.

   -Aghhhhhh… -un leve gemido de dolor se deja escuchar cuando le hala el cabello sacándole abruptamente de sus pensamientos.

   El rostro de Daniel es separado abruptamente del lugar en donde permanecía oculto, entre sus rodillas y su musculoso pecho.

   -LEVANTESE, SALDIVAR. -le ordena en un tono autoritario; sin darle oportunidad a negarse, manteniéndolo sujeto por el cabello, hace que el musculoso clavadista empiece a incorporarse, lentamente, su cuerpo aun desnudo, perfecto, bronceado, sin grasa acumulada en ninguna parte.

   Daniel se pone de pie sin hacer el menor intento por liberarse de Franco, quien lo mantiene sujeto aun de su cabello, para no dejarlo libre y hacerle sentir que es sólo un objeto, parte de sus pertenencias.

   El clavadista queda de pie frente a Franco, quien lo obliga a encararle, para seguir torturándolo ya no física o sexualmente, sino mentalmente, debilitando su hombría más de lo que se encuentra en ese momento. Y sabe que lo está logrando cuando le ve el estado.

   Los ojos de Daniel siguen derramando lágrimas que surcan su varonil rostro hasta caer en su musculoso pecho, para seguir su descenso recorriendo parte de sus músculos. La vista del deportista está fija en el suelo, negándose a enfrentar la dura y penetrante mirada del Coach. Su musculoso cuerpo está en un constante temblor por el estado emocional en que se encuentra, como si tuviera frió, sus pezones están endurecidos y sobresalen entre esas montañas de músculos pectorales, pronunciándose más el botón en el centro de cada uno de los pezones.

   Verlo así, con el rostro enrojecido y bañado en llanto por la vergüenza, por su desfloramiento, le hace saber a Franco que Daniel está pasando por una grave crisis de carácter emocional y sexual.

   Aún debe someterle más, llevarle definitivamente al reducido estado de un juguete sexual. Su juguete sexual.

   -MIREME A LOS OJOS, SALDIVAR. -le ordena, la humillación para un hombre o para cualquier persona no siempre es con acciones o palabras, que son bastante efectivas, también puede serlo con la mirada. Como en este caso pretende hacerlo él.

   Daniel trata de esquivar la mirada de Franco, tiene vergüenza de verle a la cara ojos, se siente derrotado, humillado, vencido ante los ojos de su agresor. Esa pequeña resistencia es uno de los pocos restos de rebeldía que le quedan aun, pero no por mucho tiempo, Franco no se lo va a permitir.

   -¡OBEDEZCA! -le dice en un tono más fuerte, para forzarlo, sabe que están a solo unos metros de donde están durmiendo los padres de Daniel.

   Para el joven no queda otra opción que obedecer, después de mover la mirada hacia un lado y otro, por fin sus húmedos ojos se encuentran con los ojos café oscuro de Franco, quien tienen una mirada penetrante firme, agresiva, en contraste con la débil, avergonzada, humillada y húmeda mirada del musculoso clavadista.

   El hombre puede ver el temor en los claros ojos de su musculoso esclavo, detrás de las lágrimas que brotan incansablemente, aunque este se odie por demostrar derrota en su presencia. Pero es algo que no puede evitar, el sentimiento que tiene en este momento justo después de haber sido forzado a dejarse coger por Franco es indescriptible, lo hace sentir como una basura sexual para él mismo, ¿qué dirían sus padres si lo supieran? ¿Se sentirían tan orgullosos de él, sabiéndolo? Claro que no. Por eso debe seguir obedeciendo, sometiéndose, dejándose hacer lo que ese sujeto decida, dónde, cómo y cuándo, Franco lo decida. Si no, estaría en graves problemas deportivos, porque pondría en riesgo su ida a las olimpiadas, y emocional porque sus padres quizá no entenderían lo que hace y los decepcionaría doblemente, primero por echar a perder su oportunidad de asistir a las olimpiadas y segundo por haber accedido a los deseos de ese pervertido entrenador.

   Daniel tiene dificultad para mantener la mirada fija en los ojos de Franco, siente que no puede verlo directamente. Es como si la sola mirada, dura y perversa de ese hombre estuviera gritándole “puto”, por lo que acaba de dejarse hacer.

   -¿QUÉ LE PASA, SALDIVAR? -le pregunta en tono casi burlón.

   -Nada, señor, es que… -interrumpe la frase y desvía la mirada momentáneamente.

   -¡NO DEJE DE MIRARME, SALDIVAR!

   -No, señor. -inmediatamente regresa la vista para encontrarse con la mirada de Franco, quien incluso, no parpadea; para poder ver mejor todas las reacciones del avergonzado atleta.

   -DIGAME ALGO SALDIVAR; ¿CÓMO SE LES LLAMA A LOS HOMBRES QUE SE DEJAN PENETRAR POR LA DURA VERGA DE OTRO HOMBRE? -recalca las palabras “penetrar” y “hombre”.

   -No… No lo sé, señor… -Daniel se siente humillado, sabe perfectamente la intención de las palabras de Franco, sabe perfectamente que están dirigidas a él.

   -¿NO LO SABE… O ¿NO QUIERE DECIRLO? -pregunta en tono molesto ahora.- ¡CONTESTEME, SALDIVAR!

   -¿Maricón? ¿Gay?- responde tímidamente, Daniel tratando de no hacer enojar más a Franco.

   -¿NO SE ESCUCHA MEJOR LA PALABRA “PUTO”? ¿NO CREE USTED ESO, SALDIVAR? -pregunta sin dejar de mirarlo a los ojos y forzándolo a que siga viéndole. Daniel siente que su rostro se pone rojo de vergüenza, su cuerpo continúa con el leve temblor que se apodera de él por todo lo que ha vivido. Trata de desviar la mirada otra vez- ¡NO DEJE DE MIRARME, SALDIVAR! -vuelve inmediatamente su vista a la cara da Franco.

   -No lo sé, señor. -vuelve a responder tímidamente.

   -¿NO LO SABE? ¿CÓMO LE DIRIA USTED A UN HOMBRE QUE SE DEJÓ COGER POR OTRO: MARICON O PUTO?

   El joven pasa saliva, no sabe qué responder, sabe que Franco lo conoce perfectamente y que él usaría la palabra puto para designar a un hombre que ha tenido una verga en su interior, aceptándola, llenándose con su semen. Solo esta forzándolo a admitirlo.

   -Puto, señor. -responde después de unos segundo de pensarlo, de resistirse a decir esa palabra que adquiere para él ahora otro significado.

   -¿PUTO? ¿Escuche bien, Saldívar? -le pregunta acercando su rostro al de Daniel, casi uniendo sus labios. Pudiendo cada uno de ellos percibir el aliento del otro.

   -Si, señor. -responde rápidamente sin darse tiempo a pensarlo más, y resistiéndose a dar un paso atrás.

   -Para USTED ¿un PUTO es un HOMBRE que se DEJA COGER por OTRO HOMBRE, SALDIVAR? –repite la pregunta recalcando algunas palabras.

   -Si, señor, así es. -responde tratando de resistir la dura mirada de esos ojos café oscuro que Franco clava en sus ojos claros a solo unos centímetros de distancia.

   -¡DIGALO! -le ordena.

   Daniel vuelve a pasar saliva para humedecer su garganta, como si esa acción diera valor a quien lo hace.

   -Un puto, eso es para mí, un hombre que se deja coger por otro hombre, señor. -dice rápidamente, casi atropellando las palabras, para evitar arrepentirse.

   -Usted se ha dejado coger por mí, Saldívar. ¿Cierto?- pregunta burlón, Franco, con alegría y perversión en su mirada, sin dejar de ver los ojos y la cara del musculoso clavadista, tratando de captar hasta la más mínima reacción del joven deportista cuando escucha la pregunta y cuando responda.

   Las lágrimas parecen reavivarse en los ojos de Daniel, al sentir como esa frase humilla y avergüenza su hombría, su virilidad; aprieta las mandíbulas, en una leve actitud desafiante antes de responderle

   -Si, señor. -dice mientras dos gruesas lágrimas resbalan por su rostro aceptando su desventaja, su derrota, su sumisión.

   -Entonces, SI para USTED, un PUTO es un HOMBRE que se DEJA COGER por OTRO HOMBRE y USTED SE HA DEJADO COGER POR MI… Usted es un PUTO AHORA, ¿VERDAD, SALDIVAR? –cuestiona recalcando las palabras.

   -Señor, usted sabe los motivos que, me obligaron a…

   -Eso NO IMPORTA, Saldívar. USTED SE DEJÓ COGER de cualquier forma.

   -Si, señor. Pero usted sabe por qué. Señor, yo no…

   -USTED ES UN PUTO SALDIVAR, según su definición de puto. MI PUTO. EL PUTO DE TODO HOMBRE QUE SE LA META POR EL CULO. Acéptelo.

   -Señor, yo…

   -¿Acaso no sintió como mi verga entraba en su culo, como lo desfloraba, como su culo se cerraba sobre ella?

   -Por favor, señor, no diga eso. –vuelve a esquivar la mirada de Franco aunque esta vez sin que se lo ordene regresa la mirada a su lugar.

   -Es la verdad, Saldívar, lo acabo de coger, mi verga llenó su ano. USTED me apretó la verga con el culo, ordeñándomela, y yo le dejé el culo lleno de tanta leche que aun le está escurriendo entre las nalgas.

   Los ojos de Daniel se vuelven a llenar de lágrimas, las duras palabras de Franco le recuerdan cómo ha sido desflorado brutalmente poco antes.

   -Si, señor, así fue…

   -¿Qué es usted entonces, Saldívar? Los motivos NO IMPORTAN. Los hechos son los que hablan. Mi verga en su culo, mi leche en su interior.

   -Señor…

   -¿QUÉ ES USTED, SALDIVAR? -vuelve a preguntarle más enérgico.

   -Un… -una leve pausa mientras encuentra el valor para aceptar lo que él mismo dijo- Un… puto, señor. -termina abruptamente.

   -¿Un puto? No lo escuche bien, Saldívar, repítalo más fuerte. -le ordena.

   -Un puto, señor; soy un puto por dejarme coger por usted, señor.

   -Bien, Saldívar, muy bien. Es saludable que acepte su realidad sexual de ahora en adelante. ¡Lo que es!

   La boca de Daniel se abre sin que salga una sola nota de ella. Las palabras con las que puede defenderse no existen, sabe que él mismo llevó todo hasta ese punto y ahora se atrapó a sí mismo. Solo atina a bajar la cara avergonzado, vencido, derrotado. Un puto. Eso era.

   -Véame a los ojos, Saldívar. –le ordena.

   El atleta levanta lentamente la cara mientras aprieta mandíbulas y puños en señal de enojo sin salida, de ira frustrada, de impotencia. Para hallar nuevamente la sarcástica mirada de Franco.

   -Mañana usarás estos shorts, SIN ropa interior. Y esa playera. –le ordena Franco mientras señala la ropa que deberá vestir al otro día, que es sábado.- ¿Entendido?

   -Si, señor. -le responde avergonzado, con lágrimas aun resbalando por sus mejillas y el rostro enrojecido.

   Franco se viste mientras Daniel se mantiene de pie, en el lugar donde se encontraba, desnudo aun con su perfecto y musculoso cuerpo, inmóvil, con su miembro flácido colgando y las manchas de semen aun escurriendo. Su mirada está ahora fija al suelo, sin poder superar lo que ha sucedido, el cómo su vida sexual ha cambiado tan radicalmente en unas cuantas horas. Los minutos que Franco se tarda en vestirse parecen eternos para el musculoso clavadista, espera que sus padres aun estén dormidos para que este pueda salir libremente.

   -Espero que no me desobedezca, Saldívar. -le dice en tono autoritario una vez que está terminado de meter su camisa en el pantalón para pode salir de la casa, dejó el auto lejos de ahí así que tendrá que caminar algunas cuadras para poder llegar a él.

   -No, señor. -responde Daniel sin levantar el rostro, provocándole con su aire derrotado y sumiso un ramalazo de placer al cruel hombre. Le había quebrado el espíritu.

   -Bien.

   Franco se acerca a la puerta de la recamara, le quita el seguro para abrirla lentamente, el pasillo está solo, no se oye ningún ruido, lo que quiere decir que Luis y Adriana están dormidos aun. Sale dejando la puerta abierta, ahí entre penumbra, está de pie aun el cuerpo de Daniel, desnudo, sin saber qué hacer, como si aun no comprendiera la realidad que le espera de ahora en adelante. La realidad de pasar de ser la estrella heterosexual del equipo de natación, a esclavo sexual de Franco.

   Los pasos de Franco se escuchan cada vez más lejos, hasta que Daniel oye el leve sonido de la puerta que se abre y se cierra, solo espera que sus pares no lo hayan oído. Casi como autómata camina hacia la puerta de su recamara, que el entrenador dejó abierta, y la cierra. Se pone un short para no estar desnudo, y se dirige a la cama, a tratar de descansar un momento al menos, alejándose de toda aquella pesadilla así sea en el sueño. Sus pierna le duelen por la posición que adoptó mientras Franco lo cogía, su culo siente que está destrozado, al igual que sus entrañas, pero no tan destrozado como su orgullo, su hombría y su virilidad.

   Se recuesta sobre la cama y siente frió, vuelve a adoptar la posición fetal para dormir, para tratar de olvidar, de no pensar, de no recordar al menos por algunas horas lo que ha sucedido.

   Conciliar el sueño es difícil para el desflorado nadador, pero después de varias horas de darle vueltas y vueltas a sus pensamientos, por fin, casi al amanecer, consigue quedarse dormido. Es un sueño superficial, lleno de sobresaltos y tensiones que no le proporciona el debido descanso al torturado cuerpo, a la atormentada mente del joven.

   Aunque el sueño es superficial, Daniel no recobra la conciencia hasta que siente que su madre lo está despertando moviendo sutilmente su cuerpo en la parte de los hombros y llamándolo por su nombre.

   -Daniel, hijo, es casi medio día, despierta, ¿te encuentras bien? -le pregunta mientras sigue moviéndolo para hacerlo volver a la realidad.

   -Mhhhhhhhhhhh… -la mente de Daniel aun está atontada con lo que sucedió el día anterior, pero sabe que sus padres no pueden enterarse de lo que le pasó, ni sus padres, ni nadie más.- ¿Qué horas son, mamá? -pegunta aun adormilado.

   -Son las 11:30 AM, tienes que darte un baño, tenemos un invitado a comer y debes estar presente. -le informa mientras abre las cortinas de la habitación para que la luz del día ilumine la habitación

   Los ojos de Daniel se ciegan momentáneamente al sentir la intensa luz del sol, tiene que esperar unos minutos para poder acostumbrarse. Se sienta al borde de la cama para analizar lo que su madre le ha dicho. No tenía cabeza para nada y menos para fingir normalidad y una conversación inteligente.

   -¿Invitado? -pregunta desconcertado.- Mamá, no me siento bien para recibir a nadie, no quisiera ni vestirme formalmente. -aclara mientras recuerda que Franco le ordenó vestir shorts y camiseta, y si no lo hace, si le desobedece y este se entera… No, no puede hacerlo, sabe que Franco no juega y lo que promete lo cumple en el acto.

   -Siempre te ha gustado traer amigos, hijo. Nora prácticamente vivía aquí. –la mujer le mira extrañada, notando su palidez.

   -¿Nora? ¿Viene Nora?

   ¿Su ex novia? No, no Dios, no puede encararla, verla, recordar lo vivido con ella, de cuando era un hombre completo. No un puto como ahora. Traga con dificultad, temiendo… Ella le conocía bien. Seguro que algo notaría y lo descubriría todo.

CONTINÚA (el relato no es mío)…

Julio César.

NOTA: El relato comienza algo lento, y como no tengo intensiones de apurarme más, quien lo desee puede buscarlo en esta dirección: http://www.todorelatos.com/relato/16991/

EL SUEGRO LO ENVICIA… 31

abril 15, 2014

…LO ENVICIA                         … 30

   Este relato me lo envía por correo un conocido de la casa, LeRoy, y es bueno, aunque es una mala traducción que me tomará tiempo medio hilar. Este relato que NO ES MÍO, lo llevo más bien como una pequeña adaptación. Que el autor no se moleste, por favor. Bien, la trama: un chico muy joven sueña con ser físico culturista y se casa con la hija de un ex culturista, el cual termina convirtiéndole en el juguete sexual de todos los hombres. Disfrútenlo.

……

Título: Muscle Pussy

De: hgenyc9261@gmail.com

TIO EN HILO DENTAL ROJO

   Hay chicos que nacen para vivir aventuras.

……

   -Qué coño, ¿verdad? –le pregunta Fernando a su cuñado.

   -Mierda, si, es tan suave, tan apretado, succiona tan… ¡Ahhh! –exclama este, bien enchufado, sus bolas sobre las de Bobby, algo de esperma, de tanta que hay, escapando de su agujero.

   -Es el apretado culo de un musculoso putito. Maldición, ya imagino la cantidad de tíos que desearían llenarle ese agujero de amor. –replica Fernando, su mano subiendo y bajando sobre su verga nuevamente erecta, mirando ávidamente como su cuñado abandona el cuerpo del musculoso chico, el hilo dental cerrándose sobre el agujero que mana su buena cantidad de semen. Es tanta que llena el aire con su aroma embriagador.

   Sea como sea, se monta sobre el culturista, y sin medirse o pensarlo, se la entierra nuevamente. Es notable como la lisa cabeza amoratada se acerca, pega y frota de la gruta del amor de Bobby, de donde ha apartado el hilo dental otra vez, procediendo a metérsela, palmo a palmo, de manera firme, obligando al semen a desplazarse dentro del muchacho y fuera de su culo. La sensación es tal, para ambos, que se calientan todavía más. Bobby gime y cierra los ojos, sonriendo con el rostro de lado cuando el fogoso latino comienza a cogerle otra vez, dominado por unos bríos y unas ganas que, de estar más sereno y no tan caliente como puta en fiesta de universitarios, le haría preguntarse si no sería por meterla no sólo en el culo de otro hombre, un tabí para todo hétero, sino en uno que está lleno con los espermatozoides de su cuñado. Pero Bobby no puede pensar. Todo le marea, le eleva y flota mientras ese hombre grande le mete manos, le soba y acaricia, y ese clítoris que sospecha que tiene en su culo se dispara otra vez, haciéndole alcanzar nueva cumbres justo cuando Fernando se corre nuevamente en su culo pastoso. Es tanto su placer que ni cuenta se da cuando el hombre sale, quedando recostado, las piernas abiertas, las nalgas alzadas, el hilo dental volviendo a su lugar… el culo manando grandes cantidades de semen, las de las tres corridas que ha recibido, todo un espectáculo digno de admirarse.

   Rato más tarde despierta, algo perdido, todavía boca abajo. Se levanta y contiene un jadeo, llevándose una mano atrás nota que aunque casi todo se ha secado, de manera pegostosa, todavía hay algo de líquido. Oye voces. Tomando una toalla, cubriéndose, se presenta frente a los dos hombres, vestidos y aseados, que toman algo mientras revisan cuadernos de especificaciones.

   -¡Bobby!, has regresado a la vida. –ríe Fernando levantando la copa, ofreciéndole, pero el joven niega.

   -Si, lo siento, yo… -ahora se siente inseguro.- Tengo el trabajo, ¿verdad?

   -Claro. –ríe Ken.- Te lo ganaste desde que posaste, te queda bien lo que te pongas. Es lo que estamos buscando. Lo otro… bien, lo otro fue un bono. La semana que viene tenemos una presentación en el centro de convenciones deportivas, tendrás que lucir y exhibir suspensorios y bañadores, y pasar el día en la cabina, caminando alrededor de donde estará la gente que pueda interesarse en el producto, ¿estás de acuerdo? Por lo que pude ver, creo que llevarás a mucha gente a comprar. –se piso de pie.- Tengo que bajar y ver si llegaron algunas cajas, nos vemos, Bobby. Fue… todo un placer. –le dio la mano y salió.

   Sonriendo, contento por lo del empleo y su primera presentación, también por lo saciado que había sido, Bobby se despide, quedando a solas con Fernando, quien al verle, eleve las cejas con interés.

   -Dime, Bobby, ¿lo has hecho en un balcón, usando una tanga blanca, subirte sobre la verga de un hombre y ordeñársela con tu coño presintiendo que podrían estar mirándote, viendo lo puto que eres, lo goloso que es tu agujero, mientras grita por más? –parece retarle.

   Sin embargo, no repitieron. Con esa extraña coordinación de mujer, su esposa volvió a llamarle y Bobby lo tomó como una señal de partida. Con rapidez se viste, excitado por todo lo obtenido esa tarde, y no sólo las folladas. Despidiéndose de gesto hacia Fernando, este, al teléfono, le señala una pequeña bolsa sobre la mesa. Curioso la toma, enrojeciendo y sonriendo al extraer otra de esas zungas, mínima, roja y de encajes. Sonriendo un tanto cohibido vuelve a despedirse del latino y sale, el corazón latiéndole enloquecidamente en el pecho. Ya desea llegar a casa, saltar a los brazos de su suegro y contarle todo lo ocurrido (lo del trabajo), y luego exhibirle la delicada y sensual prensa.

……

   Desafortunadamente para el muchacho, tan excitado como estaba por narrar sobre su buena suerte en la entrevista de trabajo, y mostrar la diminuta y atrevida prenda interior, no tuvo oportunidad de contarle nada a su robusto y masculino suegro cuando llegó; el hombre no estaba. Debió esperar hasta el otro día para referirle todo, siendo atrapado por sus musculosos y gruesos brazos, que rodeándole la cintura le alzaron en peso, estrechándole contra sí y medio bailándole por la estancia.

   -¡Sabía que lo lograrías, muchacho!, tienes todo lo que necesitas para modelar y ser un éxito entre los diseñadores… -comentó, bajándole refregado contra su cuerpo y cerrando una enorme mano de palma abierta sobre un glúteo del fisicoculturista rubio.- Lo tienes todo, justo como gusta.

   -Gracias, suegro… -jadeó algo enrojecido, todo su cuerpo respondiendo a la presencia, calor y olor del macho a su lado. Se estremece cuando este le atrapa la barbilla.

   -Papi, tienes que decirme papi… -con un grueso dedo le recorre el lleno labio inferior y Bobby, conteniendo un jadeo, abre la boca. El dedo entra un poco, recorriéndole los labios, su lengua sale al encuentro, excitándose al ver la lujuria estallar en los ojos del otro, desconcertándose cuando este se aleja.- Debo ir a la obra… -explica casi con pesar.

   -Claro… -intenta una sonrisa, ahora avergonzado por la respuesta física ante el hombre, ¡el padre de su mujer!, pero no pudiendo contenerse. Sabe que su culo, de alguna manera, se calienta.

   -Oye, había quedado en tomar algo esta noche con Tom y unos amigos, ¿por qué no te nos unes y celebramos tu éxito? –ofrece, y aunque no era lo que tenía en mente, Bobby asiente.

   -Está bien… papi, ¿a qué hora?

   -Voy a llegar como a las ocho, ellos pasan por mí a las nueve, nos vemos aquí, entonces.    Okay, no era el fin del mundo, pensó Bobby sintiéndose un tanto abandonado. Está bien, tendría paciencia, pasaría esa noche un rato agradable con los amigos de su suegro y luego, cuando regresarán… Tiembla incontrolablemente, estremeciéndose cuando se mira al espejo de su cuarto, desnudo. ¡Necesitaba de un hombre! Reconocerlo, admitirlo así, era sólo la mitad del dilema que ahora enfrentaba. La verdad era que… necesitaba a su suegro, específicamente a él; quería estar en sus brazos, sentirse llenado por él, su dura verga abriéndole a fondo, dándole su amor. Tendría que seducirle, lograr que volviera a tocarle y buscarle. Se ducha a conciencia, se afeita por todos lados como es su costumbre y, todavía temblando, sus mejillas rojas en su atractivo rostro de muchacho rubio de ojos azules, toma la pequeña zunga regalada por sus nuevos patrones. Es como una delicada caricia sobre su cuerpo la pequeña prenda interior de encajes. Tenerla, sentirse dulcemente aprisionado, le excita. Y todavía se siente así cuando se mete dentro de los vaqueros ajustados. Esa noche, cuando regresara de su trabajo, le daría una pequeña función a Ben, su suegro, antes de que llegaran los demás. Su torso musculoso y recio, de tetillas erguidas, sube y baja, entre avergonzado y excitado, pensándolo: necesita uno rapidito y… tal vez… salir con los chicos con su culo todavía lleno con el semen de su suegro.

   Por desgracia, el plan se le cae cuando Ben llega tarde. Disculpándose va a tomar una ducha rápida, después de lanzarle una buena mirada de aprobación dentro de su ajustada y suave camiseta negra con mangas, y su jeans desteñido muy ajustado y tenso en sus muslos y trasero. Y antes de que Bobby pueda intentar algo, como llegarse hasta el cuarto de baño, llaman a la puerta.

   -Buenas noches, Bobby… -le sonríe el hombre en la puerta, Tom, el padre de Frank, a quien ya conocía. Esa noche venía acompañado de otros tres hombres jóvenes a los que no conocía. Todos eran enormes de tamaño y figura, marcadamente musculosos, y al rubio no le habría extrañado que hubieran practicado el físico culturismo también.- Te ves bien. –le saca de su ensoñación el hombre, entrando acompañado de los otros.- Esperaba volver a encontrarme contigo, muchacho. Este es mi otro hijo, Kyle, y sus dos mejores amigos, Mark y Bill. Estamos celebrando que Kyle se casa este fin de semana, y tendremos la fiesta de su despedida de soltero. ¿Listo para salir y pasar un buen rato?

   Un escalofrió premonitorio recorre la espina del rubio y joven culturista, ignorando que sus tetillas erectas se demarcan perfectamente contra la suave tela de la camiseta.

   -Claro, señor.

……

   Esperando a su suegro, Bobby les sirve algunas cervezas a esos cuatro hombres inmensos, preguntándose cómo carajo hicieron todos, tan grandes, para entrar en un solo auto. Kyle, el hijo de Tom, se parecía mucho a su hermano Frank, el culturista con quien ha competido antes, y no puede evitar preguntarse si los dos hombres no serían gemelos. Los mismos cabellos oscuros, brazos fuertes, músculos enormes y fuertemente cincelados. Una herencia obvia de su apuesto padre. Sus amigos, Mark y Bill, eran también musculosos y grandes. Mark parecía una bestia de hombre de carnes duras y tatuadas, con nariz de boxeador, mientras que Bill es una montaña negra de músculos abultados, cabeza rapada totalmente. Cuando les recibió en el pasillo de entrada, prácticamente no había espacio suficiente para moverse.

   -¡Hey, suegro! –llama.- ¡Tom y los chicos ya están aquí!

   -¡Voy!

   -Debe estar poniéndose bonito. –se burla Tom.

   -Idiota. –responde este, entrando, con una camisa corta que se ajusta escandalosamente a su cuerpo poderoso, viéndose realmente guapo, reconoce con un aletear de estómago Bobby. Hay risas y estrechones de manos. Tom le presentó a los amigos de Kyle.- Bill, ¿no jugaste para la NFL durante un tiempo? Me pareces conocido. –le pregunta al chico rapado. Afirmación que obliga a Bobby a mirarle nuevamente, aunque se sentaba con su suegro y su cuñado a ver los juegos, asombrándose de lo mucho que los otros dos se apasionaban, no les prestaba realmente atención.

   -Si… -sonríe Bill, respondiéndole a Ben.- Aún espero que me llamen y mi estadía sea más larga. Debí retirarme por una lesión en la rodilla la temporada pasada, así que estoy de licencia hasta que crean que la pierna esté mejor.Top of Form 1

   hey, suegro   -Esperemos, amigo. ¿Y cómo se conocieron todos ustedes, chicos? –les pregunta.

   -En la universidad. –interviene Mark.- Kyle y yo estábamos en el equipo de lucha y obviamente Bill jugaba al futbol, y siempre nos encontrábamos, ya sabe, esas reuniones de tíos transpirados en suspensorios en el ala deportiva.

   -¿Lucha? –se interesa Bobby.- También yo lo practiqué en la secundaria antes de pasarme en serio al culturismo.

   -¿Te iba bien? –le mira Kyle.

   -Claro, hijo, si tenía parte del cuerpo que tiene ahora, debió irle de maravilla sobre la colchoneta… aunque ahora te ves mejor sobre los escenarios. –informa Tom y el rubio se sonroja cuando todos se vuelven a mirarle.

   -Buenos, amigos, dejen de desnudar con la vista a mi yerno, ¿cuáles son los planes para esta noche? –indaga Ben, sonriendo.- ¿Algún bar de deportes, y tal vez una pasada por las striptease? –la pregunta fue recibida con risas, como suele ser entre machos, aunque Mark arrugó la cara.

   -Joder, hombre, eso quisiéramos, pero no podrá ser. Al viejo Kyle, aquí presente, se le ha prohibido categóricamente entrar a cualquier lugar donde hallan mujeres desnudas. O mujeres a secas. Se ha convertido en la puta de su novia, está bajo su puño. Y nos jode, como él no puede obtener ningún buen culo, pretende que ninguno de nosotros lo obtenga. ¡Es tan ruin! –acusa a su amigo golpeándole en un hombro y consiguiendo que este comience a reír.

   -Mierda… -riendo, algo defraudado todavía, Ben responde riendo igual.

   -Quién sabe, la noche es joven todavía, algo se puede conseguir, ¿no lo crees, Bobby? –pregunta Tom mirando al rubio culturista, cuyas mejillas enrojecen ardientemente.    -Okay, perras, seré bueno esta noche y me autonombro conductor designado, así pueden volverse nada. –informa Ben.- Si no hay nenas, al menos de la botella podemos obtener felicidad. Vamos, todos podemos ir en mi SUV, algo apretados pero cabemos; así podrán desatarse tomando. –ofrece, y a Bobby se le empaña un tanto la feliz expectativa. No quiere admitirlo, pero tenía buenas ideas para abordar a su suegro al regreso de la salida, especialmente si estaba tomado. Joder, necesitaba de esa verga dura en su culo, no puede engañarse.

   -Suena bien por mí. ¡Se me casa un hijo y tengo que celebrarlo! –ríe Tom.- Y vamos ya, que me hago viejo.

   El alegre y masculino grupo sale de la vivienda rumbo al carro de Ben, acomodándose como pueden. Muy apretado, Bobby queda casi montado sobre Tom, estremeciéndose. El joven no puede explicarse por qué le agradó tanto verle, aunque se miente. Había algo en ese sujeto fornido, maduro, todo un semental, que le recordaba a su suegro. Y en pleno viaje, mientras se dirigían a la barra, el hombre cruzó un brazo sobre sus hombros, contacto pesado que le hizo calentar el estómago al recordar sus palabras, dichas hace tiempo, sobre su coño caliente. Mientras el resto del grupo habla y ríe, recordando cosas sobre Kyle, bastante escandalosamente, Tom aprovecha y se inclina hacia el joven culturista, susurrándole en el oído:

   -No he podido dejar de pensar en tu coño afeitado y bonito, Bobby; en lo hambriento que está siempre por vergas, por cosas que lo abran y lo llenen. No tuve oportunidad de probarlo, de clavarte mi enorme tranca la última vez… -le susurra vicioso, casi rozándole la oreja.- Vamos a tener que hacer algo para remediarlo, ¿no te parece? Si te gustó sentir la verga de mi hijo, caliente y palpitante, la mía te enloquecerá.

   El rubio culturista temblaba violentamente, recorrido por la inquietud de que los otros, esos chicos que pensaban que él era como uno de ellos, le oyeran… Y por la lujuria. Casi pega un bote y jadea cuando, en medio de la oscuridad, rodeado de los otros, Tom le atrapa una mano y la coloca sobre su regazo, donde el muchacho, temblando más, ahora sólo de calenturas, encuentra y aprieta su verga dura bajo los pantalones vaqueros. Tan gruesa como la recordaba en sus fantasías de todas esas noches que ha tenido de abstinencia, sin su suegro o su cuñado, para calmar tu ardiente culo… o coño.

……    Minutos más tarde estacionan en el Sports Bar elegido para pasar la noche. El bar estaba lleno, realmente concurrido por una ruidosa multitud de hombres escandalosos y medios ebrios. En cuanto entra, el grupo comienza a pedir tragos, y aunque no había pensado beber mucho, para mantenerse bajo control y de bajo perfil, a Bobby le insistieron tanto, que casi en seguida sintió su cabeza zumbando un poco por las copas. Pronto Kyle y Mark estuvieron discutiendo y compitiendo animadamente como les ocurre a tantos deportistas cuando se reúnen y beben, luchando por mostrar más bíceps o fuerza a la hora de ganar al pulso, convirtiéndose en el pequeño foco de interés de otros machos llenos de testosteronas que disfrutan los deportes, los tragos y la competencia. El resto había reservado un stand en una esquina, donde Tom bebía y Ben reía.

   Bobby, algo mareado fue hacia ellos, escuchándoles hablar de sus años de competencias, notando como su suegro se volvía hacia otra gente, riendo y aclarando algún punto de sus relatos. Fue cuando el rubio culturista se sintió atrapado por Tom, quien le tomó una mano y tiró de él hacia abajo, terminando sentado, de lado, en su regazo de muslos musculosos y abdomen recio pero plano, mientras la gente alrededor parecía no notarlo, ocupados como estaban en sus cosas. Acalorado, mejillas muy rojas, el joven le mira sonreír… y lo siente. Nota como la verga de Tom endurece de manera escandalosa, gruesa, larga y caliente bajo sus nalgas. Esperando. Y Bobby, que más tarde pensaría que realmente debió estar mucho más tomado de lo que imaginaba, de alguna manera que el otro nota, relajaba su trasero, abre un poco sus nalgas y se refriega allí, sobre la dura verga. En ese local público, rodeado de machos alfas, su culo se frota, abre y cierra sobre esa barra lateralizada siguiendo la misma dirección de su raja interglútea.

   El muchacho lo siente estremecerse, percibe como su verga palpita más y sabe que de poder hacerlo, Tom se la sacaría y la metería dentro de su culo allí mismo. Caliente, cerrando los ojos, respirando con agitación, Bobby se pregunta qué haría si ese hombre lo hiciera, sacársela y ofrecérsela, una de esas dulce y firmes barras duras de macho urgida de su agujero vicioso. Eso podría terminar en un gang bang, todos esos hombres contra él… La sola idea le hace tragar y su culo se moja totalmente.

   Si, su suegro le había enviciado, no podía resistirse a la idea de pertenecerle a los machos, de sentir su culo… no, su coño, lleno por ellos. Y eso quiere ahora, en ese momento. Un hombre llenándole todo.

CONTINÚA…

Julio César.

SER O NO SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 11

abril 2, 2014

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…                         … 10

   La siguiente es una historia que NO ES MÍA. Pertenece totalmente al señor capricornio1967. Tan sólo la reproduzco, tal vez cambiando una que otra coma, aunque la historia ya está por ahí, completa. Es un relato maldito en toda la regla, un hombre maduro decide tomar, controlar y dominar a su joven pupilo, transformándole en algo que no quiere, ni soñaba, aunque se resiste. Lo repito, es un cuento muy maldito. Disfrútenlo:

……

EL DILEMA

Autor: capricornio1967

Capítulo III “DESFLORADO”

NADADOR MOJADO

Lo tienen en la mira…

……

   Franco empieza el mete y saca de su duro miembro en el apretado culo de Daniel, gozándolo, notando como las paredes del joven recto aprietan fuertemente su miembro; es como un ajustado condón que le da un masaje intenso y placentero. Retrocede casi hasta la punta y vuelve a dar la estocada. Mientras, Daniel siente que va a perder el sentido por el dolor y la vergüenza de ser violado, en su propia recamara, mientras hablaba con sus padres. Con cada arremetida de la verga en su culo siente que su cabeza estalla, que su ano se revienta. El hombre resuella fuertemente sobre su cuello mientras sus caderas van y vienen, embistiéndole, cogiéndole a fondo, taladrándole, feamente, una y otra vez. La mete y dejándola, se revuelve contra sus nalgas, moviéndola. El tiempo que tarda en eyacular le parece eterno a Daniel, quien jamás imaginó que le costaría tanto poder soportar, poder aguantar; y pensar que todavía faltan varios meses para las olimpiadas, ¿qué más se le ocurrirá al sádico entrenador hacerle?

   -Aagggghhhhhhhhhh. Por favor, coach, me está destrozando, por favor, señor, deténgase.

   Franco ignora la petición de Daniel, a sus oídos suena grato, el atlético joven, altivo antes, ahora suplicándole mientras le abre el culo con su verga; así que sigue dando y dando, sin darle un minuto de descanso al atormentado culo. El dolor, el saberse usado, se suma en la mente del joven al temor de ser descubierto; esta en tensión porque teme que sus padres puedan darse cuenta de que algo ocurre, de no poder ocultarlo. No entiende cómo las mujeres soportan tanto peso sobre sí, se siente asfixiado por el cuerpo del entrenador, quien continúa cogiéndole ininterrumpidamente, cada vez con más violencia, casi haciendo saltar la cama sobre el piso.

   Siente como el grueso miembro de Franco empieza a disparar chorros de leche caliente en su culo, semen hirviente que golpea las paredes de su recto y se mezcla en sus entrañas. Dios, la leche de otro hombre… en su culo…

   -Ahgggghh, nooooooghhhhhh. -sus manos se crispan en la sábana y su rostro se hunde nuevamente; la humillación y el dolor es intenso, un hombre como él, orgulloso de su sexualidad, ahora con el culo lleno de leche caliente, leche del entrenador Franco que aun, y a pesar de que ya eyaculó, sigue moviéndose, metiéndosela y sacándosela.

   Las lágrimas escapan de los ojos del musculoso clavadista, ha perdido su virginidad, algo que jamás podrá superar como heterosexual. Su mente casi se pierde en la inconsciencia, pero siente como su cuerpo es sacudido aun por las embestidas de Franco que se resiste a abandonar su recién desflorado culo.

   -¡Ahhh! Fue tan bueno, ¿verdad?

   -Aghhhhhhh… -sólo puede gruñir contra la almohada.

   -Así, Saldívar, así, ¡MIO, MIO, MIO! -le murmura al oído, mientras su aun durísimo miembro sigue sin perder la erección, preparándose para eyacular nuevamente.- ¡MIO! Eres mío, me perteneces. Eres y siempre serás mi esclavo sexual, mi chico, al que usaré y dejaré siempre ahíto de leche… -se le tiende más contra el oído.- ¿Puedes imaginarlo? Yo, sacando mi verga, la verga de tu señor… y tu culo abierto dejando salir mi leche…

   Y Daniel estalla en sollozos.

……

Capítulo IV “DESHONRADO”

   Franco ha conseguido una parte de lo que desea, sentir como su miembro resbala por el esfínter del musculoso clavadista, disfrutar cómo el recto de Daniel presiona sobre su duro miembro cada vez que ingresaba. Pero ha ido más allá aun, ya que ha puesto al joven entre la espada y la pared, aplastándole totalmente. Primero sometiéndolo a un juego erótico del gato y el ratón, disfrutando cada instante de la tortura del heterosexual clavadista, para luego desflorarlo en su propia casa, en su propia recamara, sobre su cama, mientras sus padres estaban en casa. Y mientras lo hacía, se la metía toda una y otra vez, Daniel contestaba a sus padres. Lo tenía totalmente en sus manos, física, mental y sexualmente resignado a satisfacerlo.

   Daniel hunde la cara en la almohada para evitar gritar por el dolor de sentir como ese grueso miembro esta destrozándole el culo, estrechando las paredes del recto de una forma espantosa, además de provocarle dolor la humillación y la vergüenza de sentir como ha perdido algo que es muy importante para cualquier hombre heterosexual, su hombría, su heterosexualidad; ahora su cuerpo le pertenece a Franco, debe obedecerlo, dejarse poseer, o de lo contrario su participación en las olimpiadas está cancelada, no puede hacerle eso a sus padres, pero le cuesta tanto trabajo permanecer quieto mientras la dura carne de Franco entra una y otra vez sometiéndole, separando su culo. Su ano, los pliegues anales, estrangulan el duro falo de Franco, manteniéndolo erecto, duro, firme. Se siente sucio, deshonrado, menos hombre y en su interior sabe que ha perdido algo más que la virginidad, su libertad; Franco lo tiene en sus manos, más ahora que ha estado dentro de él. Siente que ha perdido todo su valor, que ha dejado de ser el hombre varonil, atractivo y seguro que era. Todo por esa carne que aparte de romperle las entrañas lo sometía, lo dominaba, lo controlaba de una manera total. Le transforma en un sumiso esclavo sexual.

   El entrenador sabía cómo golpear la autoestima de cualquier jugador, así que sabía perfectamente que estaba dándole a Daniel una de las más duras lecciones de su vida, golpeando su autoestima de macho caliente, fogoso y ansioso de coger chicas. Ahora lo tenía ahí, reducido a ser cogido; tantas veces que Daniel había metido su verga en una chica, ahora estaba recibiendo una enorme en su reducido culo y estaba siendo masacrado sin piedad, obligándolo además a permanecer callado por estar en su casa, muy cerca de la recamara de sus padres, y si escuchan algo podrían descubrirlo.

   -Mggghhhhhhhm. Por favggggggg… Coach, señor, no puedo mas, mgghhhhh… -le dice casi en un murmullo.

   -Será cuando yo lo decida, Saldívar. -le dice al oído mientras su velludo cuerpo raspa la firme, lisa y joven piel de la espalda de Daniel irritándole también esa parte del cuerpo aunque solo de manera leve.

   Para Franco es tan placentero ver como las manos de Daniel se crispan una y otra vez cuando la verga le entra, que incrementa su ritmo; la cara del joven está ahora de lado, sobre la almohada y le permite ver las muecas de dolor que acompañan a las manos que se crispan. El ver ese gesto en ese rostro varonil, ese gesto de dolor que le provoca su verga entrando y saliendo le excita mas, de sobremanera. Jamás se imaginó que al llegar ese momento de coger a Daniel, de arrancarle la virginidad y someter su hombría, le excitaría tanto el ver su dolor, su impotencia de no pode evitar sentirse usado y abusado sexualmente por otro hombre. El aprovecharse del error del joven clavadita y del amor que siente por sus padres para tenerlo sometido, controlado, dominado bajo sus órdenes, era tan satisfactorio como el haberle robado junto con su virginidad, su seguridad y su hombría. El saberlo SUYO, indefinidamente, el sentir como ese culo aprieta su miembro, como se vence ante la dureza, como las musculosas nalgas sirven como referencia para dar paso a su largo grueso y duro miembro en ese rosado culo, era la gloria.

   La tortura para Daniel y su indefenso culo continúa, la gruesa verga sale casi toda y regresa victoriosa, metiéndosele con todo, de manera dura y ruda; el apetito sexual de Franco es insaciable, voraz. El hombre desea que ese momento, la humillación del arrogante héroe del equipo de natación, sea eterno, mantenerlo así boca abajo con su miembro apretado primero por esas duras nalgas y después por ese culo durísimo que se rebela ante la intromisión. El frote que le brinda es increíblemente maravilloso.

   Para Daniel es terrible el sentir como ese duro trozo de carne entre y se queda en el interior de su cuerpo y cómo con esos bruscos movimientos somete sus entrañas, demostrándole la superioridad que tiene en este momento. Siente como las grandes y velludas bolas de Franco se estrellan una y otra vez contra sus redondas y erguidas nalgas, como chocan cada vez con más fuerza, dureza contra dureza, como palmadas que van llenando la habitación. Poder contra sumisión, un macho alfa con su sumiso. Sexualmente bajo dominio, física y mentalmente en manos de Franco se encuentra el musculoso clavadista.

   Por segunda vez en esa misma noche, el muchacho siente como el miembro de Franco “escupe” su carga babosa en sus entrañas. El semen, que se estrella una y otra vez en las hasta entonces vírgenes paredes de su recto, parece nadar en su interior, pero no le importa mucho el detalle porque siente alivio al pensar que ahora si terminará esa tortura, al menos por esa noche, para él. ¡Debía estar agotado!

   Franco continúa moviéndose frenéticamente mientras su miembro descarga todo el contenido de sus bolas en el violado culo del consumado atleta, sintiéndolo apretado todavía. Y lo goza, sabiendo que de ahora en adelante ha hecho pedazos no solo el culo y las entrañas de rebelde y seguro de sí mismo Daniel Saldívar, sino que también tiene la autoestima de este en sus manos y si sabe trabajarla adecuadamente lo llevara hasta donde él desee (¡su perra, su perra sumisa totalmente). Así como puede hacer sentir a un deportista una estrella, también puede hacer sentir a un hombre, un puto, y más que eso, un puto a su servicio. Conociendo los antecedentes de Daniel sabe cómo tratarlo de ahora en adelante, sabe que el haber estado dentro de su cuerpo le da ahora el poder del macho dominante sobre el débil, sobre el indefenso, y no dejará escapar ese par de nalgas, ese perfecto cuerpo, ese rebelde hombre que le pertenece contra su voluntad y del que puede disponer a su antojo.

   Daniel siente en su interior como el miembro de Franco esta poniéndose flácido hasta que sale de su culo sin que este se levante, quien aun permaneciendo sobre el clavadista, empieza a meterle la lengua en el oído, aprovechando que el joven tiene la cara puesta de lado sobre la almohada. El oído queda justo a la altura en la grotesca boca de Franco, la barba y el bigote tocan la sensitiva piel de la oreja, mordisqueando el lóbulo, primero tomándolo entre los dientes y succionándolo con los labios para dejarlo empapado de saliva en unos cuantos minutos. La desesperación de Daniel tiene que ser suprimida, no puede evitar que Franco haga con él lo que desee, sabe perfectamente que debía esperar eso y más cuando acepto el chantaje, pero todo su sacrifico tendrá una recompensa si logra destacar en las olimpiadas a las que está manteniendo su participación mediante su cuerpo.

   El joven aprieta los parpados al sentir como los labios y la lengua de Franco repasan una y otra vez su oreja, como la lengua insiste en entrar en su canal auditivo, aun sabiendo que le es imposible. Pero tiene que ahogar la repulsión que le causa el estar siendo tocado por otro hombre, por ese hombre que es un buen entrenador, pero que desde el momento en que se conocieron le demostró una abierta antipatía.

   Siente como por entre sus nalgas empieza a escurrir una cantidad pequeña del semen que fue depositado ahí, mientras la lengua de Franco continúa aun explorando su oído, humedeciéndolo, llenando su conducto auditivo de saliva, con chasquidos horribles. De todos modos es mejor el oído que el culo, piensa Daniel.

   Pero Franco está ansioso de demostrarle al deportista que es quién manda y quién decide en todos los aspectos, por lo pronto permanece ahí sobre su cuerpo, esperando. Daniel está temeroso de que el otro tenga otra erección y que vuelva a torturar su ya dolorido culo. Podía tenerla, se dice con temor.

   Para Franco, que no es ningún jovencito sino un hombre maduro, aunque en buenas condiciones físicas por estar dedicado al deporte y a las violaciones obviamente, su cuerpo está en buena condición física y sexual para poder disfrutar sexualmente por bastante tiempo, mas aun cuando está estrenando un culo tan perfecto como el de Daniel, un culo que esperaba ansioso por mucho tiempo, y que hora ese deseo se ha hecho realidad y seguirá así mientras llegan las olimpiadas, todos estos meses podrá usar y abusar del musculosos clavadista, hacerlo suyo y quizá, solo quizá, pueda seguir poseyendo ese culo aun después de eso. Si puede encontrar algún punto débil en ese macho rebelde lo puede someter definitivamente y mantenerlo sexualmente abusado, indefinidamente. Sería su dueño definitivo.

   Después de unos minutos de estar explorando el oído de Daniel, se levanta lentamente mientras el joven permanece aun en la cama recostado, boca abajo, con la piel de la espalda algo irritada lo mismo que las nalgas, por la fricción del vello de Franco sobre ella. La casa está en silencio. Los padres de Daniel, Luis y Adriana estarán dormidos ya, así que tienen un poco más de libertad, pero no desean despertarlos. La puerta de la recamara permanece aun cerrada, para evitar cualquier sorpresa.

   Daniel respira aliviado al sentir que Franco se ha levantado, piensa que todo ha terminado y que por ahora Franco dejará descansar su cuerpo, al menos que le diera algunos días para que se recupere físicamente de la brutal invasión anal que ha sufrido.

   Para Franco, el saber que tiene que someter a Daniel a tortura física y mental, es básico no dejarle descansar ni un momento, porque podría perder el terreno ganado; debía impedir que en vista del horror sufrido considerara si continuar o no.

   Los ojos de Daniel están llenos de lágrimas, que resbalan lentamente por sus mejillas; desde que Franco lo desfloró ha estado así, siente que ha perdido una parte muy importante de cualquier hombre, siente que ha cedido a pretensiones que jamás esperó experimentar en toda su vida. Su vida que ANTES era perfecta ahora está perdida, bajo las órdenes y la voluntad de Franco. Llora porque sabe que ya no es un macho heterosexual y viril.

   Mueve su cuerpo adoptando la posición fetal sobre la cama, de lado arquea la espalda para juntar sus rodillas con su musculoso pecho, abrazando con sus fuertes brazos sus piernas, mientras hunde su cara entre sus rodillas y su pecho para que no se escuche su llanto. El espectáculo es placentero para Franco, hacer llorar a ese macho, a ese hombre que se consideraba tan seguro de sí mismo, tan varonil, tan masculino ahora ahí como un niño que ha perdido todo. Llorando en una posición fetal que indica indefensión, que está buscando seguridad para no perderse en un laberinto de dudas y temores que ahora lo asaltan, así como su culo fue asaltado y violado.

   Franco sabe perfectamente que lleva a Daniel por el camino que desea y que no debe dejarlo que se desvié ni un ápice. El hermoso y varonil rostro del musculoso clavadista permanece oculto, hundido entre sus piernas, evitando mirar de frente a su violador, a su dueño; la vergüenza que siente es enorme, ha sido utilizado sexualmente por Franco, por otro hombre, y eso es algo que difícilmente se olvida o quizá jamás pueda superarlo. Es un sacrificio que le ha costado demasiado, jamás imaginó que lo avergonzaría de tal manera ser cogido, fuera del dolor, ser penetrado como lo ha hecho Franco, ahora lo sucedido no puede borrarse, está ahí y siempre estará, no podrá olvidarlo jamás porque siempre estará Franco para recordárselo.

   El cuerpo del joven se contrae con los sollozos mientras Franco empieza a vestirse, sabe que por ahora, el dominio sexual ha sido suficiente para hacer sentir a Daniel como el puto que será de hoy en adelante, como el esclavo sexual en que se va a convertirse. Sonríe estremeciéndose, imaginando las bizarras aberraciones que le impondrá, el horror que verá en su cara cuando le obligue a someterse a las prácticas más degradantes para un machito como era él hasta hace poco.

   Con una lentitud asombrosa Franco se viste, mientras sigue observando a Daniel que permanece ajeno a lo que sucede a su alrededor, sin darse cuenta de que el otro ha hecho algunas cosas. Para tener pruebas de lo que ha pasado entre ellos, así como de lo que le ha hecho a Daniel en esa semana de prácticas. El clavadista está ajenos a varias cosas, su mente está enfocada principalmente en lo que ha pasado más que en otras cosas, su vida está dando un giro total que lo coloca en otro lugar, un lugar dónde no quiso estar jamás, y que nunca lo hubiera imaginado.

   Finalmente Franco termina de vestirse, sin que Daniel se haya dado cuenta pues permanece con su cara oculta en la posición fetal, esconde la cabeza, como si fuera un avestruz, para que parezca que no pasa nada. Para mantener la realidad fuera de su mente, fuera de su vista.

   Para Franco es perfecto todo lo que sucede. Sabe que Daniel está desarmado física y emocionalmente en este momento, así que ha empezado a dominarlo interiormente, no solo por haberle metido la verga en lo más profundo de sus entrañas sino por haber derrumbado la seguridad del arrogante macho; que al sentir una seguridad férrea, indestructible, un trozo de dura carne en su interior, desgarro sus entrañas, le hizo pedazos esa débil seguridad.

   El hombre camina alrededor de la cama para poder ver ese cuerpo perfecto desde todos los ángulos posibles, las duras y redondas nalgas se marcan más en esa posición. El espectáculo le complace, tiene ahí a sus pies al mejor clavadista de su equipo. Al más caliente de los hombres, el que más ha cogido y que de ahora en adelante es suyo sexual y físicamente.

   Se inclina y con la mano recorre esas duras nalgas, tocándolas suavemente, sus dedos parecen una etérea caricia. Para Daniel, en el estado en el que se encuentra, esto pasa casi desapercibido pero la mano, ahora, recorre ambas nalgas, sutilmente, para después deslizarse hacia la espalda del atleta, esa estrecha espalda a la altura de la cintura y ancha hacia los hombros. La mano recorre la línea media de la espalda, sobre la piel que cubre sus vértebras, hasta llegar al cuello ancho y firme del deportista. Lo toma por el cabello dejando atrás la sutileza que uso para recorre la distancia desde sus nalgas hasta allí.

   -Aghhhhhh… -un leve gemido de dolor se deja escuchar cuando le hala el cabello sacándole abruptamente de sus pensamientos.

   El rostro de Daniel es separado abruptamente del lugar en donde permanecía oculto, entre sus rodillas y su musculoso pecho.

   -LEVANTESE, SALDIVAR. -le ordena en un tono autoritario; sin darle oportunidad a negarse, manteniéndolo sujeto por el cabello, hace que el musculoso clavadista empiece a incorporarse, lentamente, su cuerpo aun desnudo, perfecto, bronceado, sin grasa acumulada en ninguna parte.

   Daniel se pone de pie sin hacer el menor intento por liberarse de Franco, quien lo mantiene sujeto aun de su cabello, para no dejarlo libre y hacerle sentir que es sólo un objeto, parte de sus pertenencias.

   El clavadista queda de pie frente a Franco, quien lo obliga a encararle, para seguir torturándolo ya no física o sexualmente, sino mentalmente, debilitando su hombría más de lo que se encuentra en ese momento. Y sabe que lo está logrando cuando le ve el estado.

   Los ojos de Daniel siguen derramando lágrimas que surcan su varonil rostro hasta caer en su musculoso pecho, para seguir su descenso recorriendo parte de sus músculos. La vista del deportista está fija en el suelo, negándose a enfrentar la dura y penetrante mirada del Coach. Su musculoso cuerpo está en un constante temblor por el estado emocional en que se encuentra, como si tuviera frió, sus pezones están endurecidos y sobresalen entre esas montañas de músculos pectorales, pronunciándose más el botón en el centro de cada uno de los pezones.

   Verlo así, con el rostro enrojecido y bañado en llanto por la vergüenza, por su desfloramiento, le hace saber a Franco que Daniel está pasando por una grave crisis de carácter emocional y sexual.

   Aún debe someterle más, llevarle definitivamente al reducido estado de un juguete sexual. Su juguete sexual.

CONTINÚA (el relato no es mío) … 12

Julio César.

NOTA: El relato comienza algo lento, y como no tengo intensiones de apurarme más, quien lo desee puede buscarlo en esta dirección: http://www.todorelatos.com/relato/16991/

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 16

marzo 19, 2014

… SERVIR                         … 15

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

UN HOMBRE COMPLICADO

   Algo estaba cambiando, lo presentía…

……

   -Súbete los faldones del traje. –ordena Read, lazando una breve mirada al espejo.

   Soltándole, con manos temblorosas, Jeffrey obedece, terriblemente mortificado… la pequeña pantaletas de talle bajo, las tiritas por sus caderas, medio metida entre sus nalgas… excitado. Su verga blanca rojiza casi escapa por arriba y a la derecha, levantando de manera obscena la telita, totalmente adherida a la piel palpitante, cosa que es notada por ese sujeto que ríe otra vez, dándole a entender claramente que se lo esperaba, que estaría caliente usando pantaletas, mostrándoselas… sometiéndosele. Y la verdad es que la visión es suciamente erótica, ese tipo joven, fornido, no muy alto, algo obeso, vientre levemente velludo, los muslos igual, gordos pero masculinos, y la pantaletica de encajes y traslucida, rosada, su verga mojándola, si, mojando la tela.

   -Te quedan bien, muchacho, se te ven… naturales. Estás hecho para llevarlas, usarlas y exhibirlas, y así calentarles las vergas a los hombres. –comenta Read, sonriendo terrible con su boca ancha.

    Esas palabras le avergüenzan horriblemente, y cachetes rojos mira nerviosamente hacia el espejo, recordando ahora, después de manosearle la verga a ese sujeto y quedar medio desnudo, en pantaleta, que el jefe Slater podría estar allí. No, no “podría”, está, mirándole. Lo sabe y la idea le hace contener un jadeo y un poderoso escalofrió.

   -Ven, es hora de que las conozcas bien, si vas a amarlas como imagino que harás. Te ves… hambriento. -Read, después de mirar hacia el cristal, le atrapa de la corbata y hala.- No dobles las rodillas. –ordena y hala otra vez, rudo, casi haciéndole caer sobre sí, con los lentes colgando sobre el puente nasal, la respiración ruidosa por su nariz, la boca abierta, los ojos muy brillantes, muy cerca de esa verga.

   Read le quiere sobre su tolete, desea llenarle la boca con su tranca que palpita salvajemente y babea igual ante la sola posibilidad de ser tragada. Quiere ser el primero que ocupe esa virgen cavidad bucal, que el abogado sepa, para siempre, que la suya fue la primera, que él fue el primer macho al que le chupó y mamó la verga, que los suyos fueron los primeros jugos que bebió. Pero no es lo único que busca, o desea en esos momentos. Mira hacia el cristal otra vez, y su sonrisa cruel se ensancha cuando hala el saco y la camisa del abogado… exponiendo sus nalgas pálidas, masculinas, levemente velludas, medio contenidas en la tanga rosa, la pantaleta de mujer que es apenas dos porcioncitas sobre los blancos glúteos, casi todo el resto metida en la raja interglútea.

   No necesita verlo, pero lo sabe… tendiéndose un poco sobre el abogado, que jadea al chocar la nariz de su verga caliente, palmea, rudo, una de aquellas nalgas. Él lo sabe, ver a un sujeto usando pantaletas como esas, excita a cualquiera aunque se quiera negar, pero además, si había algo que le gustaba más a un hombre negro que llenarle con su verga oscura la boca a un chico blanco, enterrándosela para verla bajar por su garganta (y vuelve a nalguearle, la piel enrojece leve), era llenar con rudeza y totalmente, hasta los crespos pelos púbicos, el redondo, cerrado y rojizo culo de un tío blanco. Metérsela hasta las pelotas era algo que les calentaba el alma.

   El Jefe ya debía tenerla como una lanza… deseando enterrarla en el dulce y blanco culo virgen de su abogado…

   Y no se equivoca. Con la verga tan dura dentro del ajustado uniforme que casi le duele, el jefe Slater mira con la boca abierta la escena, respirando pesadamente. ¿Qué era toda esa mierda, por Dios? ¿Cómo podía ese sujeto someterse así? Cada detalle se le graba en la mente, el abogado casi en cuatro patas, el rostro contra la verga rojiza del convicto, oliéndosela, porque la está oliendo, es más… se la restregaba de la nariz y los labios, mientras que su culo alzado mostraba la breve tela de una pantaleta de mujer, satinada, casi oculta en la raja entre ellas, siendo manoseado, recibiendo ocasionales nalgadas, unas que le provocaban escalofríos al hombre negro, el cual no quería pensar en lo excitante que debería ser hacerlo, tenerlo así y azotarle mientras le llamaba blanquito maricón. Pero era cuando los dedos de Read se metían dentro de la pantaletica, como hace ahora, y sus dedos viajan a la raja, perdiéndose entre los glúteos, que al hombre la temblaba el miembro bajo el uniforme, goteándole a mares. Le parecía repugnante, a un bajo nivel intelectual, pero toda su persona respondía con fuerza.

   Le excita ver a ese tío masculino, viril hasta hace poco, allí, entregado al macho más fuerte de la sala, oliéndolo, los labios abriéndose en caricias sobre la gruesa tranca que emerge de su pelvis, la pantaleta volviendo a sus nalgas cuando el otro saca la mano, dejándole cubierto solo con la telita, más abajo el tolete casi fuera, porque no cabían dudas, al abogado le tenía excitado el trato que estaba recibiendo. Y saberlo, verlo, dispara su masculinidad, su testosterona; la siente correr como un tóxico poderoso por sus venas. Quiere… quiere entrar y azotar al macho sumiso, llamarle pequeño maricón, obligarle a oler su miembro así. Lo odia, cree que le desprecia por actuar de esa manera, pero su virilidad sólo quiere su parte. Traga en seco, creyendo notar un leve bailoteo en las nalgas abiertas del leguleyo… ¿acaso un inconsciente pero real llamado a los machos para que lo atiendan? ¿Podía eso existir, acaso? ¿Hay hombres que nacían para ser sumisos de otros? ¿Qué deseaban entregarse?

   La mente de Jeffrey ha quedado en blanco, ya no puede razonar, ni siquiera calcular, dominado como está por todas las sensaciones que lo recorren. Esa verga dura quema y palpita contra sus labios de una manera que le obsesiona, le parece repugnante, pero una mano de Read sobre su nuca le obliga a recorrerla una y otra vez, también dejándola golpear sus majillas. El olor le llena, es fuerte y acre, de alguna manera levemente rancio, y aunque con asco, no puede dejar de aspirarlo, de llenarse las fosas nasales con ese aroma. Y ese cuerpo tendido sobre él, esa mano azotando su trasero, la mano tocando y abriendo sus nalga, agitándolas, le tienen mal. Era tan sucio y prohibido, otro hombre le estaba metiendo mano, y sin embargo, de su propio glande mana el líquido que moja la pantaleta.

   -Abre los ojos. –le ordena ese hombre.

   Y obedece aunque ni consiente estaba de haberlos cerrado, llenándose la visión con la difusa mole que se levanta ante ellos, la gran vena… la lisa cabeza de la verga rojiza, húmeda. La mano sobre su nuca ejerce una muy leve presión.

   -Lleva tu boca a ella, pequeño, no tengas miedo. Vamos, no seas tímido… A los hombres nos gusta que lo putitos lo hagan; somos felices cuando nos lo tocan así. Eso, rózala con los labios, ¿la sientes caliente y lisita? –sonríe cruel, la mirada clavada en sus ojos tras los desenfocados anteojos que cuelgan de alguna manera sobre el puente de su nariz.- Ahí está lo que andabas buscando, abogado, lo que querías saber o comprobar desde hace días. No sabías que lo querías, pero es así. Por eso te pusiste unas pantaletas de tu mujer, excitándote al hacerlo. Para vivir este instante. Huélelo. –ordena, sonriendo más al verlo totalmente entregado ahora, acercando la nariz al glande y aspirando, sus mejillas enrojeciendo.- Si, eso es; rico, ¿verdad? Ese olor que te hizo estremecer… es el de los hombres de verdad. Fuerte, poderoso, embriagador para ustedes los sumisos. Ahora bésalo, con cariño. –le indica con dureza, viéndole temblar un instante.- ¡Mírame! –le ordena, rostro serio pero sonriendo por dentro cuando le obedece, abriendo los labios y acercándolos a su glande mientras se miran. Los labios, trémulos, caen sobre el ojete, que tiembla un poco logrando una sonrisa del sujeto, quien desfruta por partida doble, sentir la caricia de los labios de otro hombre así, ahí, cosa que podría decir cualquiera que lo haya disfrutado, especialmente de parte de un amigo, y por otro lado al obligarle a obedecer, que en una naturaleza sádica como la suya, es un estímulo más poderoso.- Eso es… úntate los labios con mi jugo… -su voz es pastosa, grave, oscura y alta, para que le escuche el abogado y el jefe Slater.- Llénate con su esencia, pasa tus labios y recoge con la lengua el que tienes en ellos, así… Ahora toma ese néctar de mi verga. –demanda.

   Temblando violentamente, Jeffrey pasa la lengua por sus labios, llenándosela con ese sabor salino y amargo, horrible, pero que sin embargo le llena la boca de saliva. Y lanzándose de una vez, queriendo saber si era cierto lo que ese sujeto decía de él, pega la lengua del ojete, de abajo arriba, recogiéndolo todo. Estremeciéndose más…

   -Ahhh, lo quieres, lo sé. –el convicto sonríe.- No conozco al putito que no le haya gustado saborear la esencia de un macho de verdad. Eso les produce orgasmos sin tocarse. Eso es, gatito, recógelo con tu lengüita traviesa, ¿lo quieres todo? Tómalo, es el regalo que los machos guardamos y damos a los putitos sumisos, para todos esos hombres inferiores. Es la recompensa por el trabajo que hacen. Y ahora… -la mano abandona sus nalgas y una cae, con la otra, sobre su nuca transpirada.

   Todo lo que ese sujeto dice le suena horrible, también su “néctar” sabía mal, está plenamente consciente, en ese instante de temporal cordura, de que actúa equivocadamente, pero todo análisis muere con esas manos tras su nuca, que halan y le obligan a abrir la boca para tragarse buena parte de ese tolete caliente, duro y grueso. Jadea y se revuelve, alarmado, sintiendo que sus mandíbulas se desencajan, que las comisuras de sus labios se rasgan, pero la verga entra aplastándole la lengua, temblando de manera enfermiza sobre ella, quemándola con el calor del pecado, llenándosela en su saca y mete leve, de más jugos. ¡Estaba mamándole el güevo a otro hombre!, la idea penetra en su mente al tiempo que la verga pega y se frota de la cara interna de su mejilla izquierda, abultándola obscenamente. ¡Y succiona! ¡Y traga!

   El jefe abre más los ojos, arde mirándole chupar así, tan entregado y entusiasta ahora. ¿Acaso el abogado notaba lo que hacía? Por un segundo pareció dudar, con repugnancia, pero ahora… Todo era tan irreal, los gruñidos de Read, las succionadas del abogado, la manera en que este (porque sí, lo hace), menea su culo mientras come verga. Ese culo blanco y lleno de carnes, escasamente velludo, la maldita, sucia y erótica pantaleta metida entre sus nalgas… Dios, no puede pensar con claridad, tan sólo tomar aire con fuerza… y mojar el pantalón de su uniforme. Mira las cámaras y las apaga, va hacia la puerta que lleva a ese corredor y la asegura. Regresa y con manos febriles, tan trastornado como Jeffrey, no deseando pensar tampoco, lucha y saca por la bragueta abierta su tranca negra oscura, inmensa y gruesa, de cabeza amoratada. Y sacarla, tenerla fuera, hace que se contraiga, manando más de esos líquidos claros y espesos. Estaba tan caliente…

   Sintiendo culpa, y mucho de vergüenza, pero también mucha calentura, se atrapa el tolete con un puño, y tocárselo en ese momento y aprisionarlo, casi le hace correrse de lo bien que se siente mientras ve a ese sujeto joven becerrear en la gruesa verga del convicto, quien le gruñe entre jadeos roncos que así, que siga así, que se coma su tranca como una buena puta. Escucharle, y mirar al abogado hacerlo, le enloquece… Cierra los ojos y recuerda esa vez que con dos amigos hablaba en un bar y uno de ellos contaba de un compañero de trabajo al que descubrió mamándole la verga al jefe, de rodillas, los pantalones en los tobillos, el culo peludo. Y que se quedó mirando. Nunca entendió del todo esa fascinación de su amigo, un macho cabal no responde así, pensó, pero ahora…

   Ver los rojos labios del abogado ir y venir sobre buena parte de la tranca nervuda, aprisionándola  y chupándola, mientras la va dejando más y más mojada de saliva, despeinado, transpirado, los lentes casi cayéndosele, los ojos cerrados, era impresionante.

   -Abre los ojos, putito, muéstrame cuánto agradeces que te dé de comer el manjar de los hombres. –le ordena Read, pero mirando hacia el espejo, el jefe se estaba tardando lo suyo, y no le sorprendía del todo, ese sujeto tenía una personalidad poderosa, por eso era tan peligroso.- Te gusta, lo sé. Te avergüenza un poco, pero te gusta. –le dice mirándole, retándole a negarlo, frotándole de los labios la punta de su verga roja, de la que cuelga un espeso hilacho de saliva y jugos, la cual es prontamente tragada.- Dime, entonces, ¿soñaste con la verga del jefe? –nuevamente se tiende sobre él, meciendo sus caderas de adelante atrás, cogiéndole la boca, llevándosela a la garganta, ahogándole, sobándole la espalda, la camisa y el saco enrollados más arriba.- ¿Me pregunto cuánto te gusta esto? –y mirando hacia el espejo, recorre con la enorme mano de nudillos velludos la tersa piel del muchacho, llevándola a la raja, metiendo el pulgar dentro de la pantaleta, apartándola, exponiendo el virgen culo de chico blanco, una visión que hace temblar con una violenta urgencia al jefe, una que se incrementa al mil por ciento cuando ese sujeto horrible apunta su dedo índice, pega la punta del orificio y lentamente lo mete, clavándolo falange a falange dentro del tembloroso anillo masculino, haciendo gemir y tensarse al abogado que abre muchos los ojos por la intrusión, porque duele y molesta.- Oh, si… puta blanca… lo tienes apretado y bien mojado. –asegura, mirando al espejo.- Lo tienes llamando machos… a un hombre grande y fuerte que lo goce y te haga trastornar de placer, puta. –cruzan una mirada.- ¿No me crees? –ríe, ronco y bajo.- Cuando tengas tu coño caliente bien lleno con una verga de hombre, haciéndote gritar y delirar, sabrás lo que es vivir…

   Read hunde el dedo, todo, dejándolo allí, flexionándolo lentamente en sus entrañas, haciéndole gemir, sorprendido, dolía, era incómodo, y sin embargo también estimulante, mucha saliva y jugos saliendo de su boca bañaban el tolete. Lo hunde otra vez, y empuja más, sintiendo cómo ese recto lo abraza y aprisiona; disfrutando la mamada y mira hacia la puerta que da al salón. Espera… y esta se abre. El jefe Slater está allí, su respiración pesada.

   Jeffrey le presiente, y mientras Read saca el dedo de su culo, manteniendo la pantaletica apartada para dejárselo expuesto, deja salir la gruesa verga ensalivada, la cual se bambolea en el aire, goterones espesos cayendo. Pero el abogado no lo nota, su mirada se vuelve hacia la entrada, su mandíbula cayendo. El jefe Slater está allí y lleva fuera de sus pantalones la verga más larga, gruesa y tiesa que ha visto en su vida. Una mole amoratada, surcada de enormes venas rugosas, en cuyo ojete brilla una gota de humedad producto de la lujuria… Y por el lugar desde donde está, la titánica pieza de ébano apunta directamente hacia el culo blanco y cerrado del abogado, a quien se le suben los colores al rostro cuando siente como este se le contrae…

……

   Daniel Pierce toma una ducha, momento del día que siempre teme desde el brutal ataque de los latinos casi a su llegada. Su temor de ahora es levemente distinto; aunque consciente de que cualquiera podría intentar algo, en grupo, le avergonzaba más el mostrarse en público. Ignora que los ataques, que en sana lógica deberían ocurrir, son atenuados por la vigilancia que Lomis, el pelirrojo vigilante, mantiene sobre él, así como el temor que influye en muchos el nombre de Robert Read; así que su única preocupación real debía ser su apariencia. Porque si, lo sabe, se ve algo diferente. Ha cambiado. Lo nota al mirarse al espejo opaco. Su cabello está algo largo, brillante, su piel se nota cremosa y suave al tacto, su cuerpo depilado artificialmente parece estar retrasando cada día más la aparición de cañones. Mientras recorre su torso, se estremece al llegar al área de sus pezones, los cuales ahora parecían eternamente erectos y muy sensibles, desatancándose paraditos en su torso. ¿Qué estaba ocurriéndole? ¿Acaso todo el semen que ese horrible hombre inyectaba cada noche en su culo…? No quiere pensarlo. No desea mirarse. Le avergüenza.

   Por ello escoge los últimos turnos para toma duchas, ignorando el hecho de que muchos, aunque le miran, sobre todo su culo redondo, blanco y lampiño, casi desafiante, se mantenían apartado. Se frota con el jabón, se enjuaga y se refriega. El paso de la toalla áspera le hace hormiguear la piel de una manera inquietante. Regresa a los vestuarios, donde está cada montón de ropas, y sus mejillas enrojecen un poco. Sus vestimentas parecían haber sido revisadas, seguramente encontraron o vieron… Traga y mira en todas direcciones, está a solas. Cierra los ojos para calmarse, para sedar la vergüenza que siente. Tragando en seco, decidido, toma su mono verde y algo cae.

   -Permíteme… -una voz profunda se deja escuchar a su lado, obligándole a dar un bote, retrocediendo.

   Frente a él aparece un hombre joven, alto y musculoso, un convicto blanco cobrizo, como muy bronceado, de cabello negro y corto, ojos marrones, hombros anchos con algunas pecas, torso musculoso y levemente velludo, rostro cuadrado, muy viril, parecía un marine a punto de uniformarse, incluso por el tatuaje que rodea su bíceps derecho; envuelta su cintura por una toalla como la suya, el desconocido se veía macho y poderoso, haciéndole muy consciente de sus pelos púbicos recortados como una leve mancha sobre su miembro.

   El sujeto se inclina, los músculos en la recia espalda deslizándose de manera llamativa, la mano grande y fuerte (y Daniel no entiende por qué se fija en todos esos detalles), atrapa el pequeño objeto caído… su tanga hilo dental color rosa, una prenda indiscutiblemente femenina y putona. Al hombre rubio le arde la cara de vergüenza y se le eriza la piel cuando le mira contemplando la pequeña prenda, con una sonrisa adornando su masculino y apuesto rostro. Y ese sujeto grande y guapo, mirándole ahora a los ojos, alza la mano llevándose la tanga al rostro y aspirando.

   -Huele a bonita. –comenta ronco, voz vibrante, ojos brillantes.

   Daniel tiembla, no entendiendo nada, pero extiende la mano, esperando, y el sujeto, sonriendo todavía de manera insinuante, vuelve a aspirarla y se la tiende. La suave tela en su palma le hace estremecer, debe ser eso, no el roce de esos dedos fuertes. El sujeto levemente inclina la cabeza y sale, porte altivo y desafiante, un hombre seguro de sí aún dentro de una prisión, dejándole solo y acalorado por sentimientos que únicamente puede imaginar que sean de vergüenza y humillación. Tenía que ser eso.

   Sin pensarlo mucho se mete dentro de la breve tanga, cubriéndose sus genitales y la tirita presionando contra su culo. Igualmente entran en la braga anaranjada y sale. En su celda, tembloroso todavía, preguntándose una y otra vez por qué ese convicto le miró así, se dispone a “acomodarse”. Cepilla su cabello ahora más largo, más rubio castaño claro, dejándolo brillante. Toma un pequeño frasco de agua de colonia y lo aplica bajo su cuello, tras sus orejas y también en su pelvis, un poco por encima del borde de la tanga, como él se lo tiene ordenado. Se mira al diminuto espejo colgado de la pared y enrojece. Traga, mortificado, ¿cómo había llegado a eso, a que le trataran de esa manera? Un tipo aparecía y tomando su tanga, aspiraba y…

   -Huele a bonita. –recuerda y se molesta; sintiéndose frustradamente impotente cae sobre su colchón, esperando a ese horrible hombre que llegará pronto. Y se acalora todo.

……

   -¡NO! ¡Nooohggg! –una mano grande cubre la boca abierta, silenciándola.

   De pie, piernas muy abiertas, pantalón en los tobillos, de panza sobre el mesón metálico, su saco y camisa enrollados sobre sus hombros, un enrojecido y alarmado Jeffrey Spencer siente como la lisa y ardiente cabeza amoratada de aquella verga se frota con ansiedad de la entrada de su culo, de arriba abajo, antes de empujar abriéndole. Y el dolor es terrible, por lo que el hombre de leyes se revuelve sobre el masón, contra el agarre del sujeto a sus espaldas, medio tendido sobre él, con una mano doblándole un brazo a sus espaldas, con la otra acallándole.

   -Silencio, pequeña puta… -le ruge Read, sonriendo con una mueca horrible, sintiendo como ese esfínter aprieta y puja contra su glande medio clavado ya dentro del redondo anillo masculino que está a punto de romper, de una manera enloquecedoramente estimulante, el virgen luchando contra su destino, servirle. Mira al jefe Slater, de pie, algo apartado, verga afuera, ojos clavados sobre ellos. Excitado pero todavía retenido por sus reparos personales. Empero, eso cambiaría, y lo hará en ese culo blanco y apretado que está a punto de estrenar. Y lo estrenaría él, quien adora romperlos, tomar a esos hombres que se creían machitos muy heterosexuales y quebrarlos, haciéndoles llorar mientras lo hace.

   -¡Nooogggghhhh! –todavía se queja Jeffrey. La mano sobre su boca aprieta más.

   -Vamos, abogado, ¿quieres o no quieres el caso? ¿Quieres o no saber qué te ocurre? ¿No deseas saber si naciste para puta? Ahora vas a saberlo…

   El grueso nabo de la cabeza se abre camino y el abogado abre muchos los ojos, bañado de sudor, gritando ahogadamente contra esa mano, casi mordiéndola; el dolor era horrible. Y sigue y sigue mientras ese tolete se abre camino en su culo virgen que estaba siendo forzado. Está todo tenso, atravesado por ese martirio feroz, ignorando que así dificultaba más el proceso, y nadie se lo aclaraba. Eso le arde y rompe, por los que arruga la frente, los ojos llenos de lágrimas intentando todavía soltarse. Oye un gruñido del otro y un golpe de caderas cierra la distancia sobre sus nalgas, la gruesa y larga verga enterrándosele totalmente en el culo, llenándole de una agonía blanca y terrible. Y su grito de infinito dolor es silenciado por aquella mano.

   ¡Lo habían desvirgado!

CONTINUARÁ … 17

Julio César.

SER O NO SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 10

marzo 15, 2014

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…                         … 9

   La siguiente es una historia que NO ES MÍA. Pertenece totalmente al señor capricornio1967. Tan sólo la reproduzco, tal vez cambiando una que otra coma, aunque la historia ya está por ahí, completa. Es un relato maldito en toda la regla, un hombre maduro decide tomar, controlar y dominar a su joven pupilo, transformándole en algo que no quiere, ni soñaba, aunque se resiste. Lo repito, es un cuento muy maldito. Disfrútenlo:

……

EL DILEMA

Autor: capricornio1967

Capítulo III “DESFLORADO”

CHICO BUSCA MACHO

   ¿Ahora?, para cuando lo quiera…

……

   Daniel se aterra cuando los pasos de su mamá se escuchan más cerca de la puerta de su recamara. El saber que Franco puso seguro a la puerta lo tranquiliza un poco, de que no pueda entrar, pero el que con cualquier ruido pueda darse cuenta que alguien está en su recamara le angustia; no sabría cómo explicarlo. Y menos que era otro hombre. Su entrenador.

   Franco siente como aumenta el temblor en el musculoso cuerpo de Daniel, que esta aun boca abajo, desnudo, con las piernas abiertas y las nalgas separadas con sus propias manos de atleta; eso le da placer, el saber que Daniel estará atento a lo que suceda fuera de su recamara y no fuera de su cuerpo, dividió, torturado, pasando la lengua lentamente de abajo arriba le parece que ahora está aún más sabroso.

   La mamá de Daniel se detiene en la puerta de la recamara y trata de abrir, pero la puerta está con llave. Al oír el ruido Daniel, levanta su cabeza, fijando su mirada en la puerta, sobre todo en la perilla, estando atento a ver si no gira, momento cuando Franco cierra nuevamente la boca sobre su orificio y comienza a succionar. Al ver que la puerta está cerrada, y debido a la preocupación, la mujer empieza a tocar la puerta.

   -Daniel, hijo, ¿puedo entrar? -le pregunta sin dejar de tocar la puerta.

   El clavadista no sabe si responder o no, pero sabe que de no hacerlo, su madre podría alarmarse más y abrir con el duplicado de la llave. En su mente pasan miles de ideas en ese momento. Sin poder moverse ni soltar sus nalgas, sin estar consciente de que la lengua de Franco que ahora sigue una y otra vez recorriendo los bordes de su culo, no reacciona. Por fin contesta.

   -Estoy cansado, mamá. -le responde para tranquilizarla.

   -¿Cómo seguiste? ¿Estás mejor? -le pregunta

   -Estoy bien, mamá. Solo algo cansadghhhhh… -un sorprendido gemido interrumpe la frase de Daniel, porque justo en ese momento, Franco ha empujado la punta de su lengua y ha penetrado su virginal culo, lo primero que entra es esa lengua caliente, babosa y reptante.

   La sorpresa en la respuesta del cuerpo del nadador, al sentir como el apéndice de Franco ingresa, le desconcierta por un segundo. Hace que sus brazos tiemblen mas por la penetración, que su cuerpo se tense, que su culo se afinque sobre la lengua que se abre camino en sus entrañas. Franco aprovechó que Daniel estaba distraído, tratando de calmar a su mamá, y le metió súbitamente la lengua en el culo por primera vez, sintiéndose gozoso, conquistador. Era el primero. La sorpresa inicial de ser penetrado por la lengua cuando estaba algo distraído, se convierte en nueva tortura una vez que la lengua ingresa toda y sigue su camino separando los bordes de su culo, sin importarle las sensaciones que le causan al joven. Daniel aprieta las mandíbulas para no emitir un grito de derrota por la penetración, la siente metida, quemándole, mojándole, el bigote raspándole, el aliento bañándole.

   -¡Daniel! ¿Sucede algo, hijo? -le pregunta alarmada la mujer. Aunque Daniel ahogó el grito, algo alcanzó a escuchar.- ¿Estás bien? ¡Voy a llamar a tu padre!

   -NNNo, mamá, es… toy biennn. -interrumpe cada palabra para poder apretar las mandíbulas y evitar gritar de rabia y vergüenza, de impotencia ante la penetración. Siente como los bigotes de Franco le raspan el culo y como la gruesa lengua se mete más y más adentro. Sin importarle que Daniel no pueda hablar por lo que está sintiendo.

   -¿Estás seguro, hijo? ¿Puedes abrir la puerta? -pide extrañada aun por lo que escucha, por la forma en cómo Daniel contesta.

   -Ahhhhhhhh. -Daniel apenas ahoga el gemido que escapa de sus sabios cuando Franco empieza a meter y sacar la lengua, cogiéndole con ella, de su derrotado culo.- Mamá… -hace pausas largas. Para que no se le vaya a escapar algún otro gemido.- …Estoy bien… -nuevamente aprieta las mandíbulas, siente que no va a poder contenerse de gritar por el menoscabo de que su hombría, y si lo hace lo echar todo a perder.- Ya casi estaba dormido, mghhhhhhhhh… -el sudor empieza a bañar su cuerpo, su mente tiene que estar consciente de lo que sucede con su madre y con su culo, no puede concentrarse en ambas cosas, el subconsciente lo traiciona. Su mente y su cuerpo están en dos situaciones totalmente distintas, situación que hace que su cuerpo musculoso esté bañado en sudor en solo unos segundos.- ¿Podemos hablar, mañana? -le pide de una forma casi suplicante a su madre.– Mgggghhhhh. -muerde la almohada que le queda frente a su cara para evitar que el sonido de sus gemidos pueda ser escuchado.

   -¿Estás seguro que te sientes bien, hijo? -le pregunta una vez más.

   Franco disfruta intensamente toda la situación, torturando al altivo clavadista; sabe que lo tiene en sus manos y no desaprovechará ninguna oportunidad para humillarlo, para hacerlo sentir un puto, el peor de los putos, un ser inferior dominado, controlado. Cada vez que Daniel debe responder a Adriana, arrecia el ataque lingual en el culo del deportista, sacándola toda de sus gruesos labios, abriéndose camino entre los trémulos labios de su agujero, penetrándolo hondo, moviéndola allí, para meterlo en aprietos a la hora de articular palabras.

   -Sii, mghhhhmmmmm, mamá. Mmmghhhhhhhhh… -entre una palabra y otra, Daniel hunde su rostro en la almohada, sus brazos empiezan a temblar más fuerte y siente que en cualquier momento soltaran sus nalgas para permitirles que se cierren, no podrá aguantar mucho tiempo.

   -Está bien, hasta mañana, hijo. –responde la mujer resignada

   -Hhaaassssta mañana, mggghhhhhhhhhh, mamá… -al terminar hunde totalmente su cara en la almohada, mientras escucha como los menudos pasos maternales se alejan hacia su recamara.

   La voraz lengua de Franco continúa dejando el apretado y rosado culo de Daniel bañado en saliva, la tiene bien metida, agitándola, después la saca y empieza a recorrer el contorno del orificio. Los pasos de los padres de Daniel se escuchan aun fuera del pasillo, cerca de la puerta de la recamara. El joven muerde la almohada, para evitar gritar y que sus padres puedan oír algún ruido. Franco, sabiendo que tiene a Daniel amordazado por él mismo, por el temor de que sus padres se enteren, lo disfruta, y ahora lleva un dedo a la entrada. Solo da unas vueltas alrededor del culo antes de que introduzca su dedo firmemente, separando de golpe los bordes anales del apretado ano masculino. ¡Le había metido un dedo en el culo!

   -Ghhhhhhhhhhgggggggg. -la penetración del grueso y firme dedo de Franco causa dolor en Daniel, siente como su culo es separado y eso que únicamente es un dedo. Muerde fuertemente la almohada, sabe que sus padres están a unos pasos de su habitación y no quiere llamar su atención, el hombre lo sabe y ese dedo rota un tanto.- Ghhhhhhhhhhhhhhhhhh. -ahora el dedo se mueve fuertemente en su culo, entrando, saliendo, rotando, cogiéndole sin dejarlo descansar. El temblor en su cuerpo es cada vez mayor.- Por favgggggggg… -trata de suplicar a Franco que suspenda el ataque a su culo, al menos mientras sus padres se duermen, pero el constante estímulo de ese dedo contra su esfínter y las paredes de su recto no le permite articular palabra.- Gghhhhhhhhh. Mmmmgghhhhhhh, señgggggghhhh, por fa… -Franco arremete contra el joven y trémulo culo, con la boca abierta, fascinado y excitado como todo hombre que hace eso, meterle el dedo, hasta el fondo, a un muchacho en el culo, sabe que lo está humillando, que el dolor del deportista no es tanto como la fuerte humillación que siente de estar siendo dedeado en el culo a solo unos metros de sus padres. Una idea que a él le parece tan maravillosa.

   La invasión del segundo dedo de Franco en el recién abierto culo le causa más molestia al joven deportista, las dos falanges abriéndose paso lentamente en sus entrañas; qué precio tan ato está pagando por dar una satisfacción a sus padres. Sus dientes muerden cada vez más fuerte la almohada, mientras los dos dedos, clavados y moviéndose, están trabajándole el culo, separándole los bordes anales, forzándole el diámetro. Una y otra vez los largos y gordos dedos, entran y salen del culo; dentro, cogiéndole rítmicamente, abriéndole más y más.

   -¡Mggggggh! –dedos adentro.- ¡Mgggghhhhhhhhhhhhmmmmm! -dedos afuera.

   Los dedos van y vienen, clavándose dentro del firme agujerito rosado entre las dos musculosas nalgas abiertas, en un ritmo constante que mantiene a Daniel en un constante temor de no poder evitar el grito por lo que está viviendo, temblando y sudoroso, mientras Franco sonríe feliz, todo está saliéndole a la perfección.

   -¿Los siente, Saldívar?

   -Por favor, ghhhhhhhh, señor, despacioohhhhhhhhhhhhhgggggg. -en un murmullo le suplica para evitar ser oído por sus padres que aun andan por ahí.

   Franco, para torturarle más, sin dejar de desearlo doblemente, haciendo caso omiso a la petición del muchacho, le muerde una de las nalgas, lentamente abrió la boca, bañándole de aliento, los labios gruesos rozándole, el bigote raspándole, los filosos dientes atrapando la turgente carne joven y cerrándolos, para así forzarlo a no hablar y a morder la almohada.

   -Ghhhhhhhhhhhhhh. Mghhhhhhhhhhhhhhh aghhhhhhhhh. -Daniel siente como los dientes de Franco se apoderan de una de sus nalgas.

   Lo hizo sólo para hacerlo callar, al momento en que el rostro de Daniel se hunde otra vez contra la almohada, la mordida cesa. Por algunos minutos los dos dedos de Franco están entrando y saliendo de su culo, mientras con su otra mano se empieza a desabrochar el pantalón, bajándoselo hasta las rodillas, después de baja la trusa, para que salte de un golpe el duro miembro, caliente y babeante.

   Daniel está concentrado en no hacer ruido, mantiene su cabeza hundida en la almohada, su mente está atenta a no hacer ningún ruido, mientras que el dedeo anal produce un caos en su torturada mente. No escucha nada de lo que hace Franco, toda su atención está concentrada en el ruido fuera de su recamara y en no emitir sonido alguno. Ni siquiera se da cuenta que Franco le empieza a meter lubricante en el le culo ahora, embarrando los bordes y las paredes del conducto anal y rectal. Sólo siente que los dedos entran y salen, pero no el viscoso líquido que está siendo adherido a su culo y recto de manera abundante. Espera que, quizá, Franco aumente la tortura metiendo otro dedo más, pero no otra cosa.

   Franco engrasa la mucosa de su miembro con abundante lubricante, sin dejar de desearle el culo, era sencillamente fascinante hacerlo. El joven mantiene las mandíbulas fuertemente apretadas, sus brazo temblando, el cuerpo de Franco esta casi sobre el suyo, sus padres están afuera aun, y en todo ese tiempo el hombre trabaja su culo, dedos van y vienen, se meten y se abren. Nota cuando los retira de golpe porque siente algo de alivio, pero el descanso es solo momentáneo, porque la dureza del grueso, largo y duro miembro del entrenador le separa más las nalgas en su unión con el culo. Es liso y caliente. Con la lubricación del ano y de la verga, la gruesa cabeza separa y se abre paso, desflorando los bordes anales del esfínter del clavadista, forzándolo al máximo. Lo toma de sorpresa, el dolor inicial es intenso, un dolor que siente que le destroza las entrañas, que le rasga las carnes. Le separa el recto a todo lo ancho y le destroza el culo, penetrando con unos dos centímetros el esfínter.

   -¡AHHHHHHHHGGGG!

   La sorpresa, y el dolor, hace que el grito que Daniel lanza sea escuchado por sus padres, quienes estaban cerca de la puerta de su recamara. Se preocupan, algo sucedió en la habitación del muchacho y van hasta la recamara tratando de abrir, está cerrado con seguro, así que tocan, ambos, Luis y Adriana.

   -Daniel, ¿qué paso? -le pregunta su padre. Mientras Adriana continúa tocando la puerta.

   -Hijo, abre, por favor. -suplica esta.

   El temor, la angustia y desesperación de Daniel son extremos, soportando el dolor de la penetración por primera vez, del desfloramiento rudo, mientras aprieta los dientes, totalmente transpirado, intentando controlar los alaridos. Debe hacerlo para contestar y calmar a sus padres, para evitar que quieran entrar.

   -Estoy, bien, mamá, papá; creo que tenía una pesadilla. -les responde entre jadeos, controlando el dolor, cosa que le cuesta.

   Franco sigue metiendo su miembro, más y más, para ir separando las paredes rectales al deportista. Los brazos de Daniel continúan temblando cada vez más. Sus manos no pueden mantener mas sus nalgas separadas y las sueltan, cerrándose esta sobre la verga, haciéndole temer la ira del entrenador; pero como su miembro está dentro del joven culo se evita que las musculosas nalgas vuelvan a juntarse. Están ya casi 10 centímetros de gruesa verga dentro del dilatado culo de Daniel y el dolor que siente en su desfloramiento, aumentado por la tensión, la vergüenza y la humillación, es más fuerte de lo que hubiera podido imaginar. ¿Cómo es posible que los gay lo disfruten?, pensó. Para él es un dolor insoportable.

   -Déjanos entrar. -pide Adriana, momento que Franco aprovecha para meterle otros 5 centímetros más de palpitante tranca en recto, de golpe.

   -Ghhhhhhhmmmmmmmhgmmmmmm. -Daniel trata de controlarse, de no darles a sus padres motivos de preocupación, tensando inconscientemente su culo, cerrándolo, aprisionando sin saber con mayor fuerza esa carne dura que le penetra, produciéndole, sin desearlo, más placer a su violador.- Solo es una pesadilla, mamá; por favor, ¿podríamos hablar mañana? -repite tono suplicante.

   -Está bien, hijo. -concede Luis- Dejémoslo descansar, mañana hablaremos con él. -le dice a su mujer.

   -Está bien; Daniel, si nos necesitas estaremos al pendiente.

   Cada vez que es momento de que Daniel deba responder, Franco mete más y más el miembro, separando desde las musculosas nalgas, hacia los extremos, el culo y el recto del joven, quien cada vez siente que no podrá resistir, ni evitar gritar. Daniel apoya sus manos en la cama y aprieta las sabanas, para poder contenerse.

   -Gracias, mamá, hasta mañana. -apenas alcanza a pronunciar la frase cuando una nueva estocada entra en sus entrañas, para meterle otros 10 centímetros en su hasta entonces hermético culo; son 25 centímetros de largo y 6 centímetros de ancho de dura carne que forman el miembro de Franco que están dentro, aun hay casi 5 centímetros fuera, apretados por sus musculosas nalgas.

   Los padres de Daniel deciden irse a dormir, para dejar descansar a su hijo, al día siguiente, hablaran con él, aunque Daniel sabe que en cualquier momento Adriana se levantará para darle otra vuelta. Los pasos se alejan ahora sí, y oye cuando entran y cierran la puerta de su recamara. Solo en ese momento deja de morder la almohada y ruega a Dios que la penetración termine cuanto antes, que la tortura de su culo cese.

   Franco empieza el mete y saca de su duro miembro en el apretado culo de Daniel, gozándolo, notando como las paredes del joven recto aprietan fuertemente su miembro; es como un ajustado condón que le da un masaje intenso y placentero. Retrocede casi hasta la punta y vuelve a dar la estocada. Mientras, Daniel siente que va a perder el sentido por el dolor y la vergüenza de ser violado, en su propia recamara, mientras hablaba con sus padres. Con cada arremetida de la verga en su culo siente que su cabeza estalla, que su ano se revienta. El hombre resuella fuertemente sobre su cuello mientras sus caderas van y vienen, embistiéndole, cogiéndole a fondo, taladrándole, feamente, una y otra vez. La mete y dejándola, se revuelve contra sus nalgas, moviéndola. El tiempo que tarda en eyacular le parece eterno a Daniel, quien jamás imaginó que le costaría tanto poder soportar, poder aguantar; y pensar que todavía faltan varios meses para las olimpiadas, ¿qué más se le ocurrirá al sádico entrenador hacerle?

   -Aagggghhhhhhhhhh. Por favor, coach, me está destrozando, por favor, señor, deténgase.

   Franco ignora la petición de Daniel, a sus oídos suena grato, el atlético joven, altivo antes, ahora suplicándole mientras le abre el culo con su verga; así que sigue dando y dando, sin darle un minuto de descanso al atormentado culo. El dolor, el saberse usado, se suma en la mente del joven al temor de ser descubierto; esta en tensión porque teme que sus padres puedan darse cuenta de que algo ocurre, de no poder ocultarlo. No entiende cómo las mujeres soportan tanto peso sobre sí, se siente asfixiado por el cuerpo del entrenador, quien continúa cogiéndole ininterrumpidamente, cada vez con más violencia, casi haciendo saltar la cama sobre el piso.

   Siente como el grueso miembro de Franco empieza a disparar chorros de leche caliente en su culo, semen hirviente que golpea las paredes de su recto y se mezcla en sus entrañas. Dios, la leche de otro hombre… en su culo…

   -Ahgggghh, nooooooghhhhhh. -sus manos se crispan en la sábana y su rostro se hunde nuevamente; la humillación y el dolor es intenso, un hombre como él, orgulloso de su sexualidad, ahora con el culo lleno de leche caliente, leche del entrenador Franco que aun, y a pesar de que ya eyaculó, sigue moviéndose, metiéndosela y sacándosela.

   Las lágrimas escapan de los ojos del musculoso clavadista, ha perdido su virginidad, algo que jamás podrá superar como heterosexual. Su mente casi se pierde en la inconsciencia, pero siente como su cuerpo es sacudido aun por las embestidas de Franco que se resiste a abandonar su recién desflorado culo.

   -¡Ahhh! Fue tan bueno, ¿verdad?

   -Aghhhhhhh… -sólo puede gruñir contra la almohada.

   -Así, Saldívar, así, ¡MIO, MIO, MIO! -le murmura al oído, mientras su aun durísimo miembro sigue sin perder la erección, preparándose para eyacular nuevamente.- ¡MIO! Eres mío, me perteneces. Eres y siempre serás mi esclavo sexual, mi chico, al que usaré y dejaré siempre ahíto de leche… -se le tiende más contra el oído.- ¿Puedes imaginarlo? Yo, sacando mi verga, la verga de tu señor… y tu culo abierto dejando salir mi leche…

   Y Daniel estalla en sollozos.

CONTINÚA (el relato no es mío) … 11

Julio César.

NOTA. Pasó como rápido esa escena de sexo, ¿verdad? Lo cierto es que hay un detalle que me intriga, ¿cuánto coño medía la verga esa? Me perdí con tantos centímetros.

NOTA2: El relato comienza algo lento, y como no tengo intensiones de apurarme más, quien lo desee puede buscarlo en esta dirección: http://www.todorelatos.com/relato/16991/

EL SUEGRO LO ENVICIA… 30

marzo 7, 2014

…LO ENVICIA                         … 29

   Este relato me lo envía por correo un conocido de la casa, LeRoy, y es bueno, aunque es una mala traducción que me tomará tiempo medio hilar. Este relato que NO ES MÍO, lo llevo más bien como una pequeña adaptación. Que el autor no se moleste, por favor. Bien, la trama: un chico muy joven sueña con ser físico culturista y se casa con la hija de un ex culturista, el cual termina convirtiéndole en el juguete sexual de todos los hombres. Disfrútenlo.

……

Título: Muscle Pussy

De: hgenyc9261@gmail.com

HILO DENTAL HOT

   Hay algo en ese chico que despierta a la bestia.

……

   El joven ex macho, todavía entregado a la lujuria como está, mira a Ken, avergonzándole un tanto el saber que espera encontrar en su mirada lujuria. Era algo que necesitaba, cosa que tal vez explicara su deseo por el fisicoculturismo, a anchar sus músculos y exponerse en diminutas y sensuales prendas mientras cientos de personas le recorrían con las miradas, recreándose en cada uno de sus músculos. Y Ken no le defrauda, mientras sigue hablando con su esposa, tiene atrapado en un puño su enorme mole bajo el pantalón, sonriéndole con deseo ante el espectáculo que estaban brindándole, como tiene que ser cuando en una habitación se ve a un tipo grande y guapo, conocido y medio familia para colmo, encular a un rubio y guapo chico musculoso que se revuelve como una porrista puta gozando de una noche con el todo equipo de futbol. Sin perder el hilo de su conversación, Ken baja el cierre de su pantalón, sacando en efecto una enorme pieza rojiza y dura, gruesa y nervuda. Era… hermosa. A Bobby la boca se le hizo agua y su culo se contrajo de deseos al verla, tan larga y erecta, tan deseosa de él.

   Y quien lo gozaba es Fernando, que sonríe ante cada apretada violenta que ese dulce coño caliente que el joven tenía por culo le estaba dando. Saca casi toda su verga, hasta la punta, y le hala nuevamente las caderas, clavándosela, dejándole pegado totalmente a su pubis. Con roncos gruñidos, el brasileño comenzó un vaivén lento, profundo, rodeándole el torso con sus brazos y atrapando sus prominentes y duros pectorales, estrechándole contra sí, abrazándolo. La gruesa barra entra y sale estimulando al rubio fortachón que gime y jadea, totalmente entregado a la pasión por los hombres, putón como él solo, gozando de esa verga que despertaba tantas y tan poderosas sensaciones dentro de él. Y Fernando también lo siente, el sedoso, apretado y cálido tubo que se pega como ventosa a su miembro, halando, estimulando y succionándole de manera impresionante.

   -¿Te gusta, Bobby? ¿Te gusta la verga canela de ese poderoso sudamericano? –le pregunta Ken, cubriendo por un segundo el teléfono, y Bobby tan sólo puede gemir, frente fruncida, ojos nublados, boquita abierta, casi como si algo le doliera, pero viéndose que goza como nunca cuando las caderas del otro van y vienen contra su culo goloso de machos.

   -Este culo es maravilhoso, y tan faminto, creo que no se saciaría con nada. –se le sale el portugués. Y justo en eso llaman a la puerta.

   -Servicio a la habitación. –anuncia una voz masculina y Bobby tiembla, retenido por Fernando contra su pecho, las manos de este sobre sus pectorales, los dedos atrapando sus pezones prominentes.

   -¿Quieres otras vergas, Bobby, muchas más? Me parece que andabas falto de esto, ¿quieres el cuarto lleno de hombres dispuestos a satisfacerte y hacerte gozar?

   Su boca estaba justo al lado del oído del rubio culturista que se estremece violentamente ante la idea, su culo cerrándose ferozmente sobre la gruesa y larga verga que lo penetra, mirando a Ken, aún al teléfono, subiendo y bajando el puño sobre la abultada verga erecta bajo el jeans. Deteniéndose un momento para cubrir el aparato.

   -No, no necesitamos nada. –grita en dirección a la puerta, luego mira a su cuñado.- Déjate de inventos, siempre me hospedo aquí y no quiero rumores.

   -Mierda… -gruñe Fernando, atrapando con sus dedos los erectos pezones del culturista, clavándosela hasta el fondo pero todavía empujando más.- Es una pena, este menino tiene un coño que haría delirar a la marina de mi país; es un coño muy hambriento de caralhos grandes como el mío. ¿Imaginas verle rodeado de vergas babeantes, atendiéndolas todas? Oh, sí Bobby, serías muy popular y feliz en las playas de mi país. –la gruesa verga canela, nervuda, sale casi hasta la punta, dejándola allí un momento, viendo los labios de ese culo buscándola, amasándola, volviendo a enterrársela.- Todos los años, mis cinco hermanos y yo tenemos una gran fiesta después de los carnivalle, puedes ir y ser nuestro huésped de honor. –ahora le cepilla con fuerza las paredes del recto, haciéndole gemir y estremecerse de emoción y gozo, abriéndole con fuerza.- Ellos joden putas con la misma fuerza que yo, pasaríamos toda la noche jugando con tu dulce coño apretado. Sus vergas son incluso más grande que la mía; su coño estaría tan lleno de sus carnes como de nuestros bebés, nos correríamos toda la noche dejándotelo bien lleno. Serías nuestro musculoso putito… -le gruñe al oído, y con sólo escuchar esas palabras, imaginarse siendo atendido por seis sementales brasileños, él en medio de ellos, todas esas trancas azotándole el rostro, provoca que Bobby se sienta mareado de lujuria, su culo totalmente mojado y ardiendo, atrapando y succionando con ganas cuando se retuerce contra el musculoso latino que no deja de penetrarle y recorrerle con sus manos grandes el poderoso torso.

   En esos momentos Ken, sin dejar de mirarles, se puso de pie diciendo al teléfono:

   -Okay, querida, pásamela. ¡Hola! –saluda al teléfono.- Si, está aquí. Espera, voy a pasártelo. –dice mirando a Fernando ahora, parándose de la cama, pero antes de dar ni un paso se bajó los pantalones y su gruesa barra de carne dura da un salto y se agita frente al culturista.- Cuñado, tu esposa quiere hablar contigo. –le tiende el aparato al ir junto a ellos.

   Bobby pensó que el hombre se la sacaría, un pensamiento que le hace avergonzar un poco porque sabe que su culo lo extrañaría, pero este sólo le atrapa un hombro y le empuja hacia abajo. Ahora estaba encorvado, su rostro al nivel de la rojiza, gruesa y muy nervuda verga de Ken, con quien cruza una leve mirada, notándole la hermosa sonrisa antes de empujarla hacia adelante, la lisa, caliente y acuosa punta apretándose contra sus labios, que abre maquinalmente, estremeciéndose de anticipación, emoción que se intensifica mientras va penetrándole, abriéndose camino entre sus labios, aplastándose contra su lengua que deja llena de los, hasta hace poco, insospechadamente deliciosos jugos de hombre, rumbo a su garganta, mientras Fernando aún tiene ocupado su culo muy mojado.

   El fogoso latino se detuvo un segundo para contestar, pero ese Bobby, totalmente enviciado por su suegro en el amor a las gordas vergas, no pudo quedarse quieto. Aflojando y apretando con su culo lo succionándolo con sus entrañas, yendo de adelante hacia atrás mientras devoraba con verdadero apetito el grueso tolete del hombre frente a él, que sonriendo le embestía levemente la cara sin importarle, aparentemente, que el marido de su hermana se la tuviera enterrada en el culo mientras este le hablaba por teléfono. Y no, Ken tan sólo le mira maravillado como está siempre todo hombre cuando ve cómo desaparece su tranca entre los labios de otro sujeto. El chico rubio cierra los ojos, transportado a todo un mundo de sensaciones poderosas cuando Fernando también comienza a cogerle, quedando atrapado entre esos dos fornidos machos y sus vergas que van y vienen.

   Y mientras es embestido una y otra vez, Bobby no puede dejar de maravillarse de la forma en la cual Fernando habla con su mujer, la hermana de Ken, mientras le penetra una y otra vez. Lo siente, toda esa carne dura entrando y saliendo, desatando mil ecos en las paredes de su recto; pero no puede evitar un estremecimiento de vanidad cuando, apretando y ordeñándole con su culo, logra que su respiración y tono se enrarezcan. Con rapidez, Fernando se despide de ella y le pasa el teléfono a su cuñado, atrapándole las caderas al rubio fortachón y comenzando a cogerle en verdad, con fuerza y rudeza, llevando su tranca titánica hasta la garganta del muchacho, donde le parece que choca con la de Ken, quien atrapándole la nuca al joven, se deja caer de culo en el sofá, arrastrándole con él para que no deje de mamársela, como no quiere ningún hombre cuando se la chupaban no hasta que le saquen la leche, terminando de hablar con su hermana mientras el marido de esta le está perforando las entrañas con su palpitante y ardiente carne color canela.

   -¿Qué tal ese coño ahora? –pregunta Ken a Fernando, terminando la llamada.

   -Es tan jodidamente dulce, cuñado. –gime Fernando de nuevo, los dedos clavados en esa cintura, cogiéndole como si no pudiera controlarse.- Un musculoso menino en tangas de mujer, con un coño como este, es la muerte. Es el modelo perfecto para nuestra ropa. Ciertos clientes van a matar por desfiles privados. –jadea, clavándosela toda, los pelos contra sus nalga, empujando más.

   Y es posible que si Bobby hubiese estado un poco más lucido y no gimiendo mientras sube y baja sus sensuales labios sobre la gruesa tranca de Ken, saboreando cada gota de jugo, y su culo estuviera siendo abierto, masajeado y estimulado por ese bate de carne dura que siente que ya ama, habría caído en cuenta lo que las palabras significaban para su futuro profesional. ¡Tenía trabajo! Pero eso era demasiada responsabilidad, pensar, discernir, cuando dos vergas jóvenes y totalmente excitantes estaban trabajándole así. Sobre todo su culo…

   ¡Oh, Dios, su culo! No sabe de dónde le viene ese apetito por las vergas en sus entrañas, sintiéndolas abrirle, llenarle, golpearle donde es, en la próstata; aunque sospecha que fue por su suegro, el padre de Alice, y su titánica barra que le hizo conocer todas esas sensaciones… Pero la atención del alto y musculoso hombre, quien debió ser también un culturista, le tenía al borde. El tolete salía y entraba, una y otra vez dentro de su redondo anillo, y sólo podía gemir, mecerlo, atraparlo, mientras salivaba sobre la verga del otro hombre, quien sonríe notando su putez, atrapándole por los cabellos con las manos y reteniéndole en su sitio mientras comienza a cogerle la boca con rapidez.

   La respiración de Fernando se hace más y más pesada, estaba cerca de correrse, Bobby lo sabe porque la verga clavada en sus entrañas endurece y se calienta todavía más, y casi jadea de ansiedad, estaban a punto de llenárselo otra vez de leche, como su suegro y su cuñado le habían hecho ya tantas veces. Y ocurre lo increíble, jadeando como un toro, Fernando le atrapa el cabello, halándole, obligándole a dejar libre la roja y ensalivada verga de Ken, clavándosela toda, rodeándole luego la cintura con sus brazos y prácticamente alzándole en peso, la verga totalmente enterrada en su redondo culo lampiño, lanzando un alarido y corriéndose poderosamente, disparo tras disparo de espermatozoides que inundaron, llenaron y nadaron en el culo del culturista.

   -AWWW… SI. TE FOLLO COCOTINHA… Tómala toda en tu coño caliente de puta. –grita agónico, sosteniéndole sobre su verga que tiembla violentamente mientras dispara su leche en ese culo que succiona, tomándose hasta la última gota, antes de que le dejara bajar, sacándosela del redondo agujero centímetro a centímetro, halándole los hinchados labios del culo, el semen cubriendo el miembro y goteando.

   -¿Rico? –pregunta Ken, ojos brillantes de lujuria.

   -Esplendido, cunhado. –sonríe jadeando, atrapando al culturista por un brazo, medio ladeándole, mostrando la recia espalda, las muy redondas nalgas, el hilo dental de regreso en su culo, mojándose de esperma, medio doblándole un poco por la cintura, ara mostrar más su entrada rojiza e hinchada, una visión enloquecedora, un tío grande en hilo dental y su culo goteando semen.- Aquí lo tienes, preparadito para ti. Llénale ese coño como tanto le gusta. –se lo ofrece, y Bobby traga, avergonzado del temblor de sus entrañas ante la posibilidad de tener también ese rojizo tolete grueso que babea de líquidos pre-eyaculares.

   Moviéndose con avidez, Ken se pone de pie, atrapando una mano del fornido muchacho y le lleva hacia el dormitorio, arrojándole sobre la ancha cama, boca abajo. Bobby, temblando de emoción al ser tratado así, de manera exigente por el otro hombre, le siente atrapar sus tobillos, separando sus musculosas piernas, metiéndose arrodillado entre ellas y atrapándole las caderas con esas manos calientas y fuertes, alzándole un poco las redondas, firmes y turgentes nalgas, abriéndolas luego con sus pulgares, exponiendo todavía más el mojado e hinchado agujero, el cual no podía ser cubierto por el delgado y suave hilo de la braga de chicas. El joven rubio gruñe y jadea cuando el musculoso y pesado sujeto, semi vestido aún su torso, le cubre con su cuerpo, la verga dura y caliente frotándose de sus nalgas, y cuando Ken alza su propio culo, la cabeza de la tranca queda apuntando hacia el empapado hueco lleno de semen, pegándolo, frotándolo, untándoselo con la esperma de su cuñado, algo que seguramente estaba enloqueciéndole de lujuria por lo prohibido que era. La roja y lisa cabecita sube y baja, se presiona directamente y medio empuja, sobre el hilo, los labios de su culo temblando y abriéndose. Bobby enloqueciendo, meneando su trasero, buscándola… necesitándola mucho.

   -Mierda, eres todo un puto, mira cómo se agitan los hinchados labios de tu coño hambriento de vergas. –le gruñe al oído, metiendo una mano y apartando el hilo sedoso, frotando directamente su glande, y Bobby gimiendo al sentir esa caricia suave y caliente, con eso, allí, algo que le tensa y llena de adrenalina y calor.- Lo quieres, ¿verdad? Tu coño goloso quiere ordeñármelo, ¿no es así? Quiere sacar la leche de mi verga dura. Vamos, tómalo… -todavía, burlón pero ronco de lujuria, le ordena.

   Y Bobby pierde los tapones y la vergüenza, sus nalgas van y vienen, su agujero redondo, que boquea, se frota una y otra vez de ese glande, hasta que se detiene sobre él, su membrana halándola prácticamente, y cerrando los ojos, boca muy abierta, deliciosamente retenido contra ese colchón por el peso de un macho sobre sí, empuja decididamente su culo hacia atrás, empalándose a sí mismo, centímetro a centímetro del nervudo y rugoso tolete al tiempo que gime de gusto. Y mientras va tragándola, goterones del semen de Fernando van cayendo, el resto cuando lo llena totalmente con su gorda tranca palpitante. En ese momento mágico, los dos se tensan y detienen, la unión culo-verga totalmente consolidada. Ken la siente apretada, halada y chupada de manera impresionante, como nunca antes había sentido ventosa igual. Bobby se siente abierto y lleno, las paredes rugosas de ese maravilloso tolete estimulando, saciando pero también despertando aún más el hambre de su culo. Lentamente la tranca retrocede, el redondo anillo dejándole salir, la membrana de su culo acompañándola, manchas de semen todavía dejándose ver. Y regresa. Con todo su peso, casi aplastando los redondos glúteos. Para salir y entrar, ir y venir, cabalgándole en un mete y saca que va ganando velocidad y ritmo, su culo bien cepillado.

   ¡Dios!, gime el muchacho para sus adentros, temblando violentamente, bajando el rostro y mordiendo la gruesa colcha, su culo sufriendo espasmo y calambres que maravillan a Ken, mientras tiene esa especie de orgasmo anal que no entiende, pero que le encantan… y esclavizan. No lo sabe, no está consciente, o no tontamente, pero pasará el resto de su vida deseándolos, buscándolos, queriendo experimentarlos. Su suegro habría estado encantado de saberlo, que lo había conseguido totalmente. Le había enviciado.

   Con los brazos separados, palmas sobre la cama aferrándose a la sabana, Bobby gime quedamente con los ojos cerrados, disfrutando ese clímax pero también presa de un incontenible deseo, de un placer intenso que solo aumenta y aumenta mientras Ken penetra una y otra vez su culo, rosando las paredes de su recto, tan sensibles, con su dura, caliente y nervuda tranca que lo abre. En un momento dado abre los ojos y ve a Fernando de pie al lado de la cama, su verga aún dura y apuntando hacia ellos mientras mira al marido de su hermana, y hermano de su propia mujer, cogerle. Los bofetones que la pelvis del hombre da contra sus nalgas son casi tan intensos como sus gruñidos roncos o los jadeos del rubio culturista.

   -Te harías famosos en Río de Janeiro, Bobby. Todos los hombres grandes, viriles y musculosos harían cola para llenar tu coño insaciable; pero mis hermanos y yo te guardaríamos para nosotros, teniéndote sobre una enorme cama usando únicamente tus tangas de encajes. Te imagino en la playa, paseando así, agachándote para recoger algo, pero siendo una burla, un desafío de tu coño afeitado para todos los culturistas y futbolistas que llenan sus arenas. Creo que te tomarían entre varios, allí mismo, en la playa de Río, todos esperando su turno para hundir sus vergas en ti.

   Esas palabras, que hacían temblar de lujuria y emoción a Bobby, también afectan a Ken, quien comienza a cogerle con mayor velocidad y rudeza, metiéndole bien adentro su verga. Sabía hacerlo, le gruñía contra el cuello que raspaba deliciosamente con la sombra de su barba al tiempo que metía las manos bajo su torso y atrapaba sus poderosos pectorales, pellizcando sus graníticos pezones mientras se lo clava todo y lo mueve de lado a lado, dándole duro sobre la próstata, haciéndole delirar bajo su peso. Y mareado, babeando un poco de tanto goce, el culturista se pregunta si Ken habría conocido a algún otro musculoso putito de culo alegre mientras competía; se notaba que sabía cómo estimular cada centímetro de piel. Era tanto el placer que le daba, que el muchacho aprieta su agujero con fuerza, lo quería tan tenso como fuera posible para cerrarse sobre la tranca de su nuevo macho para demostrarle lo agradecido que estaba, por las cogidas, pero también por el trabajo. Sabe que con su facha, su cuerpo enorme y musculoso, su rostro atractivo, estaba más que calificado para modelar, pero eso era lo menos que podía hacer, se dice cerrando y abriendo su esfínter sobre la gruesa barra.

   -Oh, mierda… -le oye gruñir después de varios minutos, su cuerpo tensándose fieramente, gruñendo luego, mientras se corre una, dos y tres veces dentro del vicioso agujero del muchacho, quien eleva el rostro, ojos cerrados, mejillas enrojecidas, el rostro del chico que vive uno de los mejores momentos de su vida mientras siente como se dispara esa carga ardiente de semen en sus entrañas, una experiencia que todo chico saludable y bueno debe vivir.

   -Qué coño, ¿verdad? –le pregunta Fernando a su cuñado.

   -Mierda, si, es tan suave, tan apretado, succiona tan… ¡Ahhh! –exclama este, bien enchufado, sus bolas sobre las de Bobby, algo de esperma, de tanta que hay, escapando de su agujero.

   -Es el apretado culo de un musculoso putito. Maldición, ya imagino la cantidad de tíos que desearían llenarle ese agujero de amor. –replica Fernando, su mano subiendo y bajando sobre su verga nuevamente erecta, mirando ávidamente como su cuñado abandona el cuerpo del musculoso chico, el hilo dental cerrándose sobre el agujero que mana su buena cantidad de semen. Es tanta que llena el aire con su aroma embriagador.

   Sea como sea, se monta sobre el culturista, y sin medirse o pensarlo, se la entierra nuevamente. Es notable como la lisa cabeza amoratada se acerca, pega y frota de la gruta del amor de Bobby, de donde ha apartado el hilo dental otra vez, procediendo a metérsela, palmo a palmo, de manera firme, obligando al semen a desplazarse dentro del muchacho y fuera de su culo. La sensación es tal, para ambos, que se calientan todavía más. Bobby gime y cierra los ojos, sonriendo con el rostro de lado cuando el fogoso latino comienza a cogerle otra vez, dominado por unos bríos y unas ganas que, de estar más sereno y no tan caliente como puta en fiesta de universitarios, le haría preguntarse si no sería por meterla no sólo en el culo de otro hombre, un tabí para todo hétero, sino en uno que está lleno con los espermatozoides de su cuñado. Pero Bobby no puede pensar. Todo le marea, le eleva y flota mientras ese hombre grande le mete manos, le soba y acaricia, y ese clítoris que sospecha que tiene en su culo se dispara otra vez, haciéndole alcanzar nueva cumbres justo cuando Fernando se corre nuevamente en su culo pastoso. Es tanto su placer que ni cuenta se da cuando el hombre sale, quedando recostado, las piernas abiertas, las nalgas alzadas, el hilo dental volviendo a su lugar… el culo manando grandes cantidades de semen, las de las tres corridas que ha recibido, todo un espectáculo digno de admirarse.

   Rato más tarde despierta, algo perdido, todavía boca abajo. Se levanta y contiene un jadeo, llevándose una mano atrás nota que aunque casi todo se ha secado, de manera pegostosa, todavía hay algo de líquido. Oye voces. Tomando una toalla, cubriéndose, se presenta frente a los dos hombres, vestidos y aseados, que toman algo mientras revisan cuadernos de especificaciones.

   -¡Bobby!, has regresado a la vida. –ríe Fernando levantando la copa, ofreciéndole, pero el joven niega.

   -Si, lo siento, yo… -ahora se siente inseguro.- Tengo el trabajo, ¿verdad?

   -Claro. –ríe Ken.- Te lo ganaste desde que posaste, te queda bien lo que te pongas. Es lo que estamos buscando. Lo otro… bien, lo otro fue un bono. La semana que viene tenemos una presentación en el centro de convenciones deportivas, tendrás que lucir y exhibir suspensorios y bañadores, y pasar el día en la cabina, caminando alrededor de donde estará la gente que pueda interesarse en el producto, ¿estás de acuerdo? Por lo que pude ver, creo que llevarás a mucha gente a comprar. –se piso de pie.- Tengo que bajar y ver si llegaron algunas cajas, nos vemos, Bobby. Fue… todo un placer. –le dio la mano y salió.

   Sonriendo, contento por lo del empleo y su primera presentación, también por lo saciado que había sido, Bobby se despide, quedando a solas con Fernando, quien al verle, eleve las cejas con interés.

   -Dime, Bobby, ¿lo has hecho en un balcón, usando una tanga blanca, subirte sobre la verga de un hombre y ordeñársela con tu coño presintiendo que podrían estar mirándote, viendo lo puto que eres, lo goloso que es tu agujero, mientras grita por más? –parece retarle.

CONTINÚA … 31

Julio César.

SER O NO SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 9

marzo 5, 2014

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…                         … 8

   La siguiente es una historia que NO ES MÍA. Pertenece totalmente al señor capricornio1967. Tan sólo la reproduzco, tal vez cambiando una que otra coma, aunque la historia ya está por ahí, completa. Es un relato maldito en toda la regla, un hombre maduro decide tomar, controlar y dominar a su joven pupilo, transformándole en algo que no quiere, ni soñaba, aunque se resiste. Lo repito, es un cuento muy maldito. Disfrútenlo:

……

EL DILEMA

Autor: capricornio1967

Capítulo III “DESFLORADO”

NICE BOY

   ¿Querrías tú esclavizarle?

……

   El atleta conduce a Franco hasta su recamara, entran los dos y cierra la puerta, aunque no con llave. Una vez dentro de la habitación, Daniel continúa mirando hacia el piso, nuevamente esté en tensión, sabe que Franco es capaz de todo. El hombre se dirige para quedar frente a él y lo toma por la cintura, sintiendo la dureza de sus músculos abdominales, y desliza las manos hacia la parte baja de su espalda, después acerca su rostro al de Daniel, quien continúa viendo hacia el piso.

   -¡MIREME A LOS OJOS! -le ordena.

   Este levanta la mirada, su angustiante mirada, nuevamente esté en el juego del gato y el ratón, ¿hasta dónde llegara en esta ocasión?

   Los ojos de Franco y Daniel se encuentran, el dominio y la angustia en las miradas de cada uno. El rostro de Franco se acerca lentamente al rostro de Daniel, mientras sus manos suben a la espalda del joven, su boca se acerca a los delgados pero bien formados labios juveniles, debajo de ese espeso bigote los gruesos labios de Franco se pegan a los de Daniel en un húmedo beso. Son los primero labios masculinos que están en contacto con los de Daniel, nunca jamás ha besado a otro hombre, ni estaba entre sus planes, pero las circunstancias se han dado de esa forma.

   Los labios hambrientos de Franco juegan con los tímidos labios de Daniel, quien permanece inmóvil mientras esos labios están explorando los suyos. Al tiempo que esas manos están recorriendo la atlética espalda, el pecho de Franco se pega al musculoso pecho de Daniel, presionándolo para sentir los pezones del joven. Daniel mantiene los ojos cerrados, los labios unidos solo deja que la lengua de Franco los humedezca, pero sin entreabrirlos, hasta que Franco se separa unos centímetros y le ordena:

   -Abre la boca.

   Daniel cierra los ojos con más fuerza y entreabre los labios para permitir que la ansiosa lengua del entrenador explore su boca de manera procaz. Para Daniel siempre ha sido él quien lleva el control en las relaciones y ahora es el que recibe las acciones. Franco es experto, sabe cómo conducir a Daniel. Su lengua separa más los labios para ingresar a esa cavidad, la lengua de Daniel permanece inmóvil dejando que Franco explore libremente su boca, encías, dientes. Es un beso prolongado, profundo, intenso por parte del hombre, Daniel solo permanece sin oponerse, pero no responde, esa gran lengua dentro de su boca no deja de causarle asco, al saber que pertenece a un hombre, pero haciendo un esfuerzo supremo se controla, de su dominio depende que no eche todo a perder.

   Franco gira su cabeza para lograr una exploración aún más profunda de la boca de Daniel, sabe que lo tiene a su merced y no dejara escapar la oportunidad, de humillarle y controlarle, pero también de saborear la dulce esencia del joven atleta. Cada toque en su lengua es eléctrico. Para Daniel, el beso parece eterno, la presencia de esa grosera lengua explorando grotescamente su boca, lleva casi un siglo, pero no para Franco, que se toma todo el tiempo del mundo para impregnar a Daniel se su aliento y recorrer con su lengua cada uno de los rincones de la cavidad del humillado atleta. Después de saciar su hambre de explorar la boca de Daniel, después de que los labios gruesos y voraces se sacian de los cálidos, delgados, varoniles y bien formados labios de clavadista, mientras su espeso bigote raspa la cara del atleta, el hombre reconoce que podría no cansarse de eso nunca; no son suficientes unos minutos para explorar detalladamente al joven.

   Lo que está bien, se dice mientras le atrapa la lengua con sus dientes y hala, chupando un poco, tensándole, ya que no piensa dejarle ir… jamás.

   Por primera vez el contacto entre el entrenador Franco y Daniel ha ido más allá de un leve toque o roce de la piel, de las manos del entrenador sobre la piel de Daniel. Antes solo experimentaba su cercanía con sentir la respiración pero esa noche, en su propia recamara, estaba violándole por principio de cuentas la boca con su asquerosa lengua.

   Daniel está completamente nervioso, por lo visto Franco desea desflorarlo en su propia cama, ahí en su recamara, a unos pasos de la habitación de sus padres. O al menos es lo que parece hasta ahora.

   Franco se separa de Daniel, se le queda viendo y en voz grave le ordena:

   -Levante las manos, Saldívar.

   -Si, señor. -al mismo tiempo que ejecuta la orden levantando las manos, alrededor de su boca hay una buena cantidad de saliva que le dejo Franco por el apasionado y prolongado beso. Sus músculos se marcan mas al elevar los brazos y sus pezones suben un poco, destacándose maravillosamente bajo la camiseta en su cuerpo joven, firme y masculino, como invitando a ser examinados.

   Las manos de Franco recorren el pecho de Daniel, se cierran sobre sus pectorales, con los pulgares juega con sus pezones; bajando luego una mano hasta meterla por entre su pantalón, sin que el joven haga ni un solo movimiento. La fuerte mano de Franco toma el borde de su camiseta y empieza a alzarla para desnudar al joven de la cintura para arriba, lentamente presionando su mano contra cada uno de los músculos del joven. Sube la ajustada camiseta para sacársela por encima de la cabeza. Lentamente va dejando el erótico espectáculo de un tórax bien formado, lampiño, con buena definición muscular y pezones deliciosos a la vista. Franco continúa elevando la camiseta por los brazos de Daniel, que permanecen alzados en alto, paralelos a su cabeza, al mismo tiempo las grandes manos de Franco van recorriendo cada uno de sus músculos, sin dejar un solo centímetro de ser tocado por sus manos.

   Una vez que la camiseta está fuera de los brazos de Daniel, Franco la arroja al suelo, para tomar sus brazos y presionándolos levemente, hacerles descender, para mantener al nervioso joven frente a él, ahora desnudo de la cintura para arriba, la espalda y el pecho quedando sin ninguna barrera a su lasciva mirada, que se recrea en el increíble cuerpo joven a su disposición. Sus grandes manos, al estar de pie frente al avergonzado deportista, se dirigen hacia el poderoso pecho, cada una de ellas selecciona el pezón del pectoral que tiene enfrente para posarse sobre él. El corazón de Daniel late fuertemente otra vez, son emociones que no puede controlar, está tan tenso como cualquier chica en su primera vez, cuando va a perder la virginidad, mas aun cuando no es por su propio gusto, sino forzado por las circunstancias como es el caso del altivo clavadista.

   Las manos de Franco, después de posarse sobre el pecho de Daniel, empiezan a masajear suave pero decididamente cada unos de los pezones, tomándolos entre los dedos y manipularlos, con movimientos leves pero diestros para aumentar la dureza de las redondas y cafés tetillas que están sobre esas montañas de músculos en su tórax. Franco sabe que está llevando a Daniel al estado de control y dominio, emocional físico y sexual, que desea, certeza que hace latir su verga dentro del pantalón. Por su parte, Daniel intenta ahuyentar su mente de su recamara, dejar solo su cuerpo, que sea solo su cuerpo, su culo, su boca los que sean abusados y no su mente, no sus emociones, no darle el placer a Franco de verlo quebrantado, aunque eso ya es algo bastante difícil.

   Los brazos del joven permanecen colgando, paralelos a su cuerpo, mientras Franco presiona mas fuerte su pecho para hacerlo retroceder hasta que queda de espaldas a la pared, presionando su espalda y su gran trasero contra ella. No puede retroceder más, así que Franco le está cortando todas las salidas posibles. Y había otra cosa que atormentaba su joven mente… Las expertas manos del hombre mayor han logrado hacer endurecer como piedras sus pezones; y aun así sus manos continúan trabajando en ellos. Daniel cierra los ojos, tratando de concentrarse en la idea de evitar que ese sádico sujeto lo controle más de lo que lo hace. Además, la humillación y la vergüenza que siente desde que aceptó someterse a sus deseos, lo hacen evitar mirar al entrenador de frente. Sabe que desde el momento en que aceptó complacerle sexualmente ya no puede ser el mismo hombre orgulloso de su sexualidad, de su físico, de su habilidad. Sino una persona avergonzada por el alto precio que su cuerpo tiene que pagar para poder permanecer en el equipo.

   Después de dejar endurecidos los pezones de Daniel, Franco le empieza a desabrochar el ajustado jeans que le ordeno usar, para disfrutar el indudable placer de deslizarlo por esas musculosas piernas, aprovechando cuando lo hace descender para sentir con su tacto las firmes nalgas y muslos del joven, hasta hacer caer al suelo el pantalón, quedando solo en los tobillos de Daniel, quien está ahora solo en ropa interior.

   -¡QUITESE LOS TENIS Y LOS CALCETINES! -le ordena.

   Daniel se agacha se quitarse los tenis, se termina de quitar los jeans y después se quita los calcetines de color blanco que está usando, quedando solo en el bóxer y descalzo. Se yergue frente a Franco, esperando nuevas órdenes.

   -Venga aquí, Daniel. -por primera vez lo llama por su nombre, esa noche todas las cosas han ido a mas. ¿El miembro de Franco también lo hará?

   Camina hasta donde se encuentra Franco que mientras él se terminaba de quitar la ropa, se colocó al lado de su cama.

   -Dese vuelta, Saldívar. -nuevamente lo llama por su apellido recordándole con esto quien manda ahí.

   Daniel gira para quedar de espaldas al entrenador, sus manos se crispan, su cuerpo aun presente ese leve temblor y la dureza en sus pezones no lo abandonan. Las manos de Franco toman el elástico del bóxer de Daniel, a la altura de la espalda baja, justo al centro, donde inician los glúteos, justo arriba de la división central de las redondas nalgas de Daniel. Presiona con ambas manos con fuerza, para romper, para desgarrarle el bóxer, rompiéndolo en varias partes, algunas de ellas permaneciendo aun sobre el cuerpo de deportista, pero dejando desnudas la mayor parte de las nalgas y el grueso y flácido miembro cuelga entre sus piernas, el cual, sin demostrar la mas mímica excitación permanece dormido, detrás del grueso miembro, cuelgan las grandes bolas cubiertas de vello. El área genital es donde Daniel tiene vello, el resto de su cuerpo es lampiño.

   El rostro del joven enrojece, aunque la ventana de su habitación está cerrada, la luz está encendida y siente vergüenza de estar desnudo junto a Franco; desnudo y dispuesto a dejarse coger, por el entrenador.

   Franco camina para quedar frente a Daniel, para mirarlo frente a frente, humillado, vencido, derrotado, controlado ante sus deseos. La mirada de Daniel es casi de terror ante la suya, penetrante y dura. Con lascivia recorre a Daniel de la cara hasta los pezones en donde se detiene, para después bajar la mirada y fijar la vista en el miembro que permanece colgante. El miembro disminuye en su longitud, al sentir vergüenza el muchacho por la mirada de Franco sobre él. Daniel, que siempre se había sentido orgulloso del tamaño de su miembro, sin apenarse ante nadie, ahora, la simple mirada de Franco logra lo que nunca antes le pasó.

   Después de lograr su cometido, Franco sube nuevamente la mirada hasta detenerse a la altura de los pezones. Acerca su boca al objetivo, pone las manos alrededor de los músculos pectorales, para resaltar mas el pezón derecho, y sus labios se acercan para horror del chico. Ya no es solo el aliento de Franco el que está en contacto con el pezón, eso es solo el inicio, los labios se le pegan como ventosa al pezón, para pasar sobre él la lengua en movimientos de abajo hacia arriba, lengüetea y lo azota. Cerrando totalmente los labios alrededor del pezón lo chupa como bebé hambriento sin dejar de pasar la lengua por el botón del erecto pezón. Succiona y lo mira. Luego hace lo mismo con el pezón izquierdo, primero presiona los músculos para resaltarlo y después la lengua lo recorre, la punta azotándolo, dejándolo untado de saliva espesa, mojándolo todo, para chuparlo, succionarlo ávidamente con sus gruesos labios. Su fiero bigote raspa la bronceada piel del atlético tórax de Daniel. El cuerpo del joven permanece inmóvil, la sensación de humillación es cada vez mayor, su hombría está siendo destrozada, el varonil bigote de Franco raspa una y otra vez la piel alrededor de sus pezones, recordándoselo.

   Cada vez que Daniel siente deseos de terminar con esto, de empujar lejos al entrenador, recuerda que debe someterse, por amor a sus padres, para que no se sientan defraudados, y ese solo pensamiento lo hace contenerse, mantenerse inmóvil, dejando que su cuerpo de Hércules sea usado por el pervertido Coach.

   La boca de Franco se apodera alternadamente de cada uno de los pezones de Daniel, enrojeciendo la piel que esta alrededor de la aureola, debido a la fuerte succión de su boca. Daniel siente como su piel y sus pezones son jalados al exterior, con fuerza, cada vez que Franco ejerce la ávida, ruidosa y salivosa succión. El juguetear con los pezones es solo por un corto tiempo, después la lengua de Franco va ascendiendo hasta llegar al cuello, recogiendo y saboreando el tacto de la joven piel, para recorrer el área de la yugular, presionando la superficie de la lengua contra la piel del cuello, la sensitiva piel del cuello de Daniel, mojándolo, recorriéndolo como vampiro de un lado a otro, obliga con sus acciones a que Daniel eleve el mentón y alargue el cuello, dejándolo expuesto, permitiéndole al perverso hombre perderse en paladear al delicioso muchacho. Sus manos recorren de arriba abajo la musculosa espalda del deportista, masajeándola repetidamente, tratando de estimular las terminaciones nerviosas de la piel de Daniel mientras le succiona la piel. Quiere que responda, obligarle a responder sexualmente.

   Franco empuja a Daniel, para obligarlo a recostarse sobre la cama, mientras queda sobre su cuerpo, su pecho está en contacto con el tórax de joven. El entrenador aun esta vestido, no se ha quitado nada de ropa. Su pesado cuerpo queda descansado todo su peso sobre el musculoso chico, mientras su boca recorre la distancia de los pezones al cuello, lamiendo, succionando. Daniel está sobre la cama, su espalda esta sobre el suave colchón, sus brazos están a sus lados mientras Franco los recorre detenidamente, deleitándose en saborearle… y humillarle. La sensación que le causa el bigote a Daniel sobre la piel, cada vez que la recorre, es desagradable. Sentir como el bigote raspa su piel le hace apretar los dientes para no gritar. Solo espera que Franco termine con eso lo más pronto posible, pero para el entrenador, quien no puede pensar en nada más placentero que atrapar esos pezones y succionarlos hasta hincharlos, se toma todo tiempo, para ir conduciendo a Daniel hasta el punto donde desea.

   El hombre se levanta dejando a Daniel recostado sobre la cama, mirándole perverso.

   -Dese vuelta. -le ordena. Daniel, sin mirarlo a los ojos, gira su cuerpo sobre la cama, para dejar su culo y espalda desprotegidos.- Con las manos sepárese las nalgas, Saldívar. Enséñeme lo que tiene. -una nueva orden tajante.

   Daniel titubea unos segundos, quizá porque sabe que lo que le espera a su cuerpo no será agradable, pero aun así no tiene más opción que deslizar sus manos, tomar con sus dedos los bordes de sus grandes nalgas y con ellos separar las montañas de músculos que protegen ese terreno virgen de las penetraciones.

   Franco, temblando ante el magnífico bocado ofrecido aunque quiere aparentar serenidad y control, acerca su cara al rosado y apretado ano de Daniel, virgen de toda penetración, y empieza por deslizar su lengua caliente y húmeda por los bordes internos de las nalgas, lentamente, mientras su bigote vuelve a raspar la piel joven, ahora de su culo. Daniel siente el bigote de Franco rasparle los bordes del ano, así como la babosa lengua del entrenador que se acerca peligrosamente a su esfínter, primero rodeándolo para ir cercándolo el círculos cada vez más cercanos del objetivo, cada vez más cerca del ano, de esa rosada abertura que se contrae mas por la tensión. Cierra los ojos con fuerza y aprieta las mandíbulas al sentir como el bigote y la lengua del entrenador le avisan de la inminente penetración. Una y otra vez esa lengua recorre el ano por su superficie, poniendo más tenso al clavadista.

   La lengua de Franco no deja descansar las nalgas ni el culo de Daniel, lo repasan una y otra vez, tratando de dilatar el esfínter, de vencer esa resistencia del virgen culo del heterosexual muchacho. Lo ha hecho antes, tomar a un chico que se creía hombre, y metiéndole profundo la lengua en su culo le había demostrado su error. La mente de Daniel es un caos. No se esperaba que le fuera a costar tanto el hecho de dejarse coger por otro hombre, solo el pensar lo que sus padres sentirían si fuera expulsado del equipo y no ir a las olimpiadas…

   ¡Sus padres! ¡Sus padres! ¡Dios mío!, piensa Daniel cuando escucha el ruido del motor del auto de su papá que regresa, con su madre.

   Sin moverse, ni dejar de separar sus nalgas, el temor se apodera de Daniel, sus padres, están en casa.

   -¡Señor! ¡Mis padres! -le dice ansioso por terminar con esa situación, la punta de la lengua alejándose y acercándose, apuñalando sobre su ano.

   -¡NO SE MUEVA, SALDIVAR! -le ordena firmemente Franco.

   -Pero, señor, mis papás…

   -OBEDEZCA, SALDIVAR. -le grita.

   El cuerpo de Daniel empieza a temblar mas, por el temor de ser descubierto, de que sus padres sepan lo que está haciendo por permanecer en el equipo.

   Franco se levanta, va hacia la puerta dejando a Daniel en la cama con las nalgas separadas, y le pone el seguro. Para que no pueda entrar nadie. Después de eso, apaga la luz, dejando solo la lámpara de mesa encendida y regresa a seguir frotando su lengua en el culo de Daniel, cada vez más voraz, aleteando con la punta sobre el cerrado capullo, antes de cerrar sus labios y besarlo con chupetones. Daniel no sabe qué hacer, el temor de que sus padres puedan darse cuenta de lo que está pasando en la recamara lo tensa, pero… pero su culo se relaja un poco y la lengua de Franco incrementa su trabajo.

   Para Daniel era más importante estar atento a los ruidos dentro de la casa, que lo que pueda sentir su culo. Su atención está ahora dividida en esos dos hechos, ya no solo en mantener hermético cerrado su agujero. Escucha como abren la puerta, sin poder dejar de separar sus nalgas, los pasos de su madre por las escaleras, por el sonido de los tacones los identifica, así que sabe que está subiendo a la recamara. Al menos Franco cerró la puerta.

   Adriana está preocupada por Daniel, pues le extraño que se quedara en casa, así que piensa que pudiera haberse sentido mal, más aun cuando vio la luz de su recamara apagada, así que decide echarle un vistazo a su hijo para ver si se encuentra bien.

   Daniel se aterra cuando los pasos de su mamá se escuchan más cerca de la puerta de su recamara. El saber que Franco puso seguro a la puerta lo tranquiliza un poco, de que no pueda entrar, pero el que con cualquier ruido pueda darse cuenta que alguien está en su recamara le angustia; no sabría cómo explicarlo. Y menos que era otro hombre. Su entrenador.

   Franco siente como aumenta el temblor en el musculoso cuerpo de Daniel, que esta aun boca abajo, desnudo, con las piernas abiertas y las nalgas separadas con sus propias manos de atleta; eso le da placer, el saber que Daniel estará atento a lo que suceda fuera de su recamara y no fuera de su cuerpo, dividió, torturado, pasando la lengua lentamente de abajo arriba le parece que ahora está aún más sabroso.

   La mamá de Daniel se detiene en la puerta de la recamara y trata de abrir, pero la puerta está con llave. Al oír el ruido Daniel, levanta su cabeza, fijando su mirada en la puerta, sobre todo en la perilla, estando atento a ver si no gira, momento cuando Franco cierra nuevamente la boca sobre su orificio y comienza a succionar. Al ver que la puerta está cerrada, y debido a la preocupación, la mujer empieza a tocar la puerta.

   -Daniel, hijo, ¿puedo entrar? -le pregunta sin dejar de tocar la puerta.

   El clavadista no sabe si responder o no, pero sabe que de no hacerlo, su madre podría alarmarse más y abrir con el duplicado de la llave. En su mente pasan miles de ideas en ese momento. Sin poder moverse ni soltar sus nalgas, sin estar consciente de que la lengua de Franco que ahora sigue una y otra vez recorriendo los bordes de su culo, no reacciona. Por fin contesta.

   -Estoy cansado, mamá. -le responde para tranquilizarla.

   -¿Cómo seguiste? ¿Estás mejor? -le pregunta

   -Estoy bien, mamá. Solo algo cansadghhhhh… -un sorprendido gemido interrumpe la frase de Daniel, porque justo en ese momento, Franco ha empujado la punta de su lengua y ha penetrado su virginal culo, lo primero que entra es esa lengua caliente, babosa y reptante.

   La sorpresa en la respuesta del cuerpo del nadador, al sentir como el apéndice de Franco ingresa, le desconcierta por un segundo. Hace que sus brazos tiemblen mas por la penetración, que su cuerpo se tense, que su culo se afinque sobre la lengua que se abre camino en sus entrañas. Franco aprovechó que Daniel estaba distraído, tratando de calmar a su mamá, y le metió súbitamente la lengua en el culo por primera vez, sintiéndose gozoso, conquistador. Era el primero. La sorpresa inicial de ser penetrado por la lengua cuando estaba algo distraído, se convierte en nueva tortura una vez que la lengua ingresa toda y sigue su camino separando los bordes de su culo, sin importarle las sensaciones que le causan al joven. Daniel aprieta las mandíbulas para no emitir un grito de derrota por la penetración, la siente metida, quemándole, mojándole, el bigote raspándole, el aliento bañándole.

   -¡Daniel! ¿Sucede algo, hijo? -le pregunta alarmada la mujer. Aunque Daniel ahogó el grito, algo alcanzó a escuchar.- ¿Estás bien? ¡Voy a llamar a tu padre!

CONTINÚA (el relato no es mío) … 10

Julio César.

NOTA: El relato comienza algo lento, y como no tengo intensiones de apurarme más, quien lo desee puede buscarlo en esta dirección: http://www.todorelatos.com/relato/16991/

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 15

febrero 23, 2014

… SERVIR                         … 14

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

BLACK HOT

   ¿Lo que quieres?, un negro…

……

   Unas dos horas más tarde, mientras cruzan los pasillos de control y seguridad, el jefe Slater camina al lado de alcaide Monroe, con el cual intercambia noticias, tendencias, problemas en apogeo y los que pueden presentarse. Siempre los había en lugares así.

   -¿Son ideas mías o hay más violencia e insubordinación? –pregunta el alcaide.

   -Es por Read. –sentencia Slater, y el otro está de acuerdo.- Su… presencia parece una sombra, un tóxico que envenena…

   -Dios, ya no veo la hora de que le ejecuten. –suspira cansino a pesar de la temprana hora, frotándose los ojos. Y Slater, mirándole, va a preguntarle algo, el por qué se le consentía tanto, cuando…

   -Jefe… -un joven vigilante se acerca, solícito y correcto.- Nos pidió que le informáramos en cuanto llegara. El abogado del convicto Read, está aquí.

   Slater se congela, volviéndose hacia la pared donde varios monitores controlan otros tantos escenarios. Y si, entrando desde los estacionamientos, ve al atildado abogado, muy serio, tragando en seco en la imagen a pesar de la distancia.

   Joder, ¡ese hombre había asistido! ¿Acaso estaría cumpliendo la asombrosa exigencia del convicto? ¿Estaría usando pantaletas de su mujer bajo el sobrio traje gris oscuro? La sola idea le hace sonreír como un tiburón, mientras su corazón se agita un poco. Le mira cruzar el patio, paso enérgico, rápido, masculino… ¿usando pantaletas? La boca se le seca cuando nota como su verga hormiguea bajo el uniforme kaki.

   -Yo lo recibiré. –croa, oscuro, con respiración algo pesada.

……

   Tragando saliva, con el corazón totalmente enloquecido dentro de su pecho, un muy tenso Jeffrey Spencer cruza los desiertos patios de la penitenciaria, penetrando por la chica puerta metálica que el vigilante abre para él, asegurándose luego de que quede bien cerrada. El portazo resuena en el alma del joven abogado, que pega un respingo.

   -Por aquí, señor. –indiferente, el joven vigilante le señala una pequeña sala de reconocimiento.

   Nada fuera de lo ordinario, se dice el leguleyo. Antes de ver a cualquier recluso, en especial a uno tan peligroso, toda persona era soneramente revisada. Si, muy normal, pero se angustia más. No tiene la conciencia tranquila. Entra y casi jadea, los anteojos empañándosele un tanto. El jefe Slater está allí, erguido en toda su estatura, poderosos brazos cruzados, sus tendones marcándose, sus bíceps abultando las mangas de la camisa manga cortas, notándose al estar sin chaqueta. Su torso es poderoso. Todo él lo era y a Jeffrey se le aflojan las piernas. Por muchas razones, pero especialmente por una vergüenza feroz. Ese hombre sabía… tenía que saber que…

   -Déjenos a solas. Yo me ocupo. –ordena el Jefe, sin dejar de mirar al abogado. Es obedecido.- ¿Y bien? –pregunta al fin.

   -¿Qué…?

   -Viene a visitar a su cliente, ¿no? Debemos… -alza una mano, grande, flexionado los dedos, llamándole, el tono levemente burlón.- Hay que salir de esto. –la revisada.

   Dar los pocos pasos le lleva una eternidad, dejando el maletín sobre la mesa, abriendo su saco y alzando las manos, separándolas de su cuerpo. Espera, su mirada brillante es temerosa, casi parece estarle diciendo algo… suplicándole. Un “no haga esto, por favor”. Slater sonríe, mirándole, rodeándole, quedando a sus espaldas, sacándole casi una cabeza de diferencia, una presencia enorme, poderosa, y Jeffrey no puede evitar temblar, la garganta cerrada. Casi pega otro bote cuando esas manos de dedos abiertos caen sobre sus hombros, palpan sus costados, luego van hacia su abdomen, subiendo y bajando un tanto, recorriendo piel y camisa, antes de caer sobre sus caderas, una mano cayendo en su entrepiernas…

   Y ese examen somero, rápido, parece estar tardando toda una vida, pero no solo eso. Hay intencionalidad. El abogado lo siente, es totalmente consciente de esas manos que lo tocan, lo palpan, acarician y recorren. La manota sobre su entrepierna parece tardarse, tasando, apretando suavemente, antes de abandonarle. Sus muslos son recorridos uno a uno, las manos palpando en palmadas de arriba abajo, y subiendo otra vez, rozándole el entrepiernas. Ahora, cada una de sus nalgas queda bajo esas manos, y allí sí que se tarda. El enorme hombre negro cae sobre una rodilla, ese trasero queda a la altura de sus ojos, y lo toca, sus dedos se hunden en la carne firme, apretando, agitándolos, alisando la tela suave del pantalón gris sobre él. Tragando, puede verlo y sentirlo bajo la tela, los contornos de los bolsillos, y ahora las líneas de una prenda interior pequeña, escasa, que no abarcar nada… La boca se le seca, siente como la piel le arde y la sangre corre con fuerza por sus venas… ¡traía una pantaleta de su mujer! Ese hombre llevaba, bajo sus ropas, una pantaleta…

   -Puto… -le ruge, notando como se estremece todo, mirándole con mejillas rojas y ojos espantados, sobre un hombro.

   -¿Qué?

   -Estás usando la pantaleta que él te exigió, ¿verdad? –acusa e interroga.

   -¡No!, ¿qué? ¡Claro que no!, yo… -jadea, defendiéndose. Pero grita, se vuelve y retrocede un poco, casi quedando sentado sobre la mesa cuando el otro se pone de pie bruscamente, casi agresivo.

   -¡MALDITO MENTIROSO! –le acusa, ojos brillantes y respiración pesada, sintiéndose mareado y trastornado y no sabe por qué.- Si, llevas una pantaleta de tu mujer bajo esas ropas, y la llevas porque ese hombre te lo ordena y no sabes cómo resistírtele, ¿verdad? Si te ordena venir con un consolador metido, tú…

   -¡No! –parece escandalizarse, pero grita y se resiste cuando el otro toma su cinturón y comienza a abrirlo, igual que el botón y la bragueta. Se defiende, grita que no, medio empuja, pero no puede nada contra ese hombre sólido, grande, fuerte y masculino, quien tiene la mirada clavada en lo que hace, hasta que abre ese triangulo, le alza la camisa… y allí está.

   Slater se estremece terriblemente, sobre la cadera blanca y algo blanda, llena de vellos castaños, cruza una delgada tira de una tela suave, color rosa, una prenda algo bordada de mujer. Eso era… Dios, ¿cómo podía ser tan marica ese hombre?, se pregunta con disgusto, uno que no entiende… metiendo la mano, sus dedos negros contrastando con la muy pálida piel, recorriendo la tirita.

   -Puto… -le vuelve a susurrar, y Jeffrey se agita.

   -No, déjame… -intenta empujarle, pero está mareado, sintiéndose curiosamente débil, casi fallándole las piernas y teniendo que agarrarse de él, de sus anchos hombros, para sostenerse, mirándole asustado, tragando, ojos brillantes, mientras el Jefe le mira también, rostro algo bajo, sus gruesos labios entreabiertos, el bigote rudo y masculino algo tembloroso. Sería tan fácil…

   Todo era una locura. No, una pesadilla. Si eso. Recuerda cuánto le costó dar aquel paso. La vergüenza y rabia que sentía por ceder al chantaje de ese sujeto malvado. También resentimiento contra su suegro, e incluso contra Anna. Por ellos tenía que ceder. Con manos temblorosas, tragando saliva, pero también algo curioso, revisó las gavetas de lencería de su mujer. Una a una fue tomando, estudiando y sopesando las breves y sensuales prendas, algunas bordadas, otras traslucidas de colores sugerentes. Encontró una que sabía Anna hace tiempo no usaba, y por lo tanto no echaría mucho de menos. Era una pequeña tanga rosa, levemente bordeada arriba, casi traslucida abajo. Era corta y baja adelante, casi inexistente atrás. Esa tela no podría cubrir sus nalgas, se dijo mortificado, pero al menos no era un hilo dental.

   Sabía que no podía tardar más, y desnudo en el dormitorio que compartía con su mujer, para satisfacer las exigencias de un monstro, con manos inseguras fue entrando, metiendo las piernas levemente velludas, y subiéndola. La suave tela se extendió al máximo, parecía que no podría subir, pero lo hizo. Se erizó cuando la delicada prenda se frotó sobre su piel mientras subía. Tenía la boca seca, no quería pero miró su imagen en el espejo, desnudo, la tanguita enrollada bajo sus bolas. Y comenzó a acomodársela, abarcando sus bolas y miembro, cubriéndolo todo, estirando las tiras sobre sus caderas, medio volviéndose y sacándola de su culo, estirándola al máximo sobre sus nalgas blancas, no muy firme, velluditas. ¡Estaba usando una tanga mínima y sensual! ¡Una tanga de mujer! ¡De su mujer! La idea era… Todo sonaba perverso en su cabeza, y no quería, pero se miró, sintiéndose de pronto… mierda, si, avergonzado, molesto, algo asqueado de sí mismo… pero también levemente excitado. Estaba usando una tanga de su mujer, y en sí era algo tan prohibido, tan “malo” para un hombre que… Cerró los ojos, Dios, su verga estaba calentándose, llenándose, abultando la suave tela, endureciendo visiblemente por lo translucido de la tela, y la imagen era tan erótica que se preguntó…

   Salir del apartamento, conducir hasta la prisión y cruzar los estacionamientos fue una tortura de sensaciones. Estaba sobriamente vestido como todo un abogado, traje y corbata… con una breve tanga bajo todo ello, una leve pantaleta cubriendo sus genitales y culo, el cual, de alguna manera, había terminado tragándose casi toda la tela. El roce, la presión, la casi caricia contra sus partes más íntimas era…

   El taladrante sonido del teléfono interno termina con todo lo que estaba a punto de ocurrir en esa sala de reconocimiento. La pareja se mira, como despertando de una extraña ensoñación, sus rostros alarmantemente cercanos, mientras una de las manos del hombre negro había viajado casi sobre una nalga del abogado, encontrándola tibia, muy a propósito para tener su mano allí. El timbre se repite y se separan, jadeando. Slater pone mala cara, por todo. El abogado, con manos temblorosas, acomoda sus topas.

   -¿Si? –ladra Slater, tomando el aparato, notando el tono cohibido del otro lado.

   -Lo siento, jefe, pero este convicto pregunta cuándo llega el gilipollas de su abogado. –responde una voz preocupada. El Jefe parecía de malas.

   -Okay… Ya va… -grazna, colgando de manera lenta y deliberada.- Andando, abogado.

……

   Robert Read espera, sentado en la metálica silla, una muñeca esposada a la mesa. Sonriendo sereno. La puerta se abre y un muy cohibido Jeffrey Spencer entra, seguido del jefe Slater, quien se nota muy serio.

   -¡Hasta que llega, abogado! ¿Algo grande le entretuvo? –pregunta rezumando toda su mala intensión, abarcando a ambos. A sus ojos no escapa la visible silueta bajo el pantalón del Jefe, y sabe que este también lo nota, molestándose.

   -Lo siento, yo… -Jeffrey comienza, pero se detiene, mirando a Slater, quien bota aire y sale.- Señor Read…

   -Discúlpate. –le ordena, sonriendo.

   -¿Qué? –se confunde.

   -No has hecho tu trabajo, hijo de puta; te encargo algo tan importante como mi vida y te vas de farra, ¿qué hacías?, ¿oler culo de marines? –es duro, habla entre dientes, mirándole fijamente, de manera casi hipnótica.- Discúlpate.

  – Yo… Yo… -se siente atrapado, todo era una pesadilla. Primero el encuentro con el Jefe, ahora esto. Aunque sabía que esto sería mil veces peor.- Lo siento… yo…

   -¡Lárgate de aquí! –le ruge, dejándole paralizado, tragando en seco, aferrando su maletín con las dos manos. Entendiendo finalmente. Ese hombre quiere que suplique.

   -Lo siento, señor Read. Debí… hacer lo que me pedía. Lamento mi falta de profesionalismo, no volverá a ocurrir. –jadea y espera. Nada.- Le juro que no volverá a suceder, señor. –por Dios, estaba usando una pantaleta y otro hombre le había manoseado, ¿acaso no veía lo muy en serio que tomaba aquel maldito compromiso?- Lamento haber sido tan irresponsable y…

   -¡Silencio! –da con la palma de la mano sobre la mesa.- Estoy molesto por tu conducta, abogado, pero no me sorprende. Los maricas cuando se reprimen, cuando se niegan a sí mismos, no funcionan correctamente, siempre atrapados en torturas, temores y miedos propios y al qué dirán. –le mira a los ojos.- Imagino que pasaste estos días torturándote, pensando en… todo lo que has sentido y experimentado desde que nos conocimos, castigándote… sintiéndote mal porque te gusta. Y que te guste, imaginar a un sujeto como el Jefe, grande, poderoso, masculino, tomándote, controlándote, te llena de culpa. ¡Marica reprimido! –acusa sonriendo, sabiendo que el otro lucha contra esas palabras, palabras donde, como buen manipulador, había mucho de falso, pero también de cierto, así se confundía. Y es posible que el abogado llegara a una respuesta sólida para rebatirle todo, por eso se echa hacia atrás, mirándole con una sonrisa burlona, cambiándole el escenario.- Se siente bien, ¿verdad?, llevarla bajo tus ropas. –y es el golpe que necesita.

   -Señor Read, yo no… -enrojece salvajemente, ojos muy abiertos, volviéndose un tanto hacia la pared con el espejo, preguntándose si el jefe Slater estaría allí.

   -No, no, no… No me vengas con mariconerías de machito ofendido. La verdad, la que no quieres reconocer, es que… te excita tenerla contra tu piel. Te calienta y punto. –enfatiza, sonriendo ahora, voz más suave, lógica, mirada brillante.- Te gustó buscar en sus gavetas, tocar sus pantaletas, sentir lo suave y pequeñas que eran, y en tu mente la veías a ella usándolas pero… Cuéntamelo, escogiste una pequeña tanga de encajes, ¿verdad? La que más te gustó. La que llamó tu atención. Imagino que te pusiste duro al subirla por tu cuerpo, ¿te miraste al espejo, comprobando lo chica que se veía en ti? Te tocaste, ¿no es así? Cuando te mirabas, dando media vuelta para comprobar cómo se veía sobre tu culo, ¿imaginabas que otros también te observaban? Creo que si… que la idea de lucirlas frente a otros… a otros hombres, te hace perder el aliento, acelera tu pulso y te seca la lengua… ¿Te gustó cómo te miraba el Jefe? Lo vi, estaba caliente… -sonríe cruel, mirando hacia el espejo, adivinando que el otro debería estar encabronándose al escucharle, pero era necesario.- No lo culpo, muchos hombres, llenos de testosteronas, enloquecen por ello, al ver a otro tipo, preferiblemente un amigo, usando una pantaletica, echado en una cama, el culo alzado, meneándolo… ¿Sabes lo que tal idea y visión provoca en la libido de los machos?

   -Señor Read, basta… -grazna ronco, ojos brillantes, tomando asiento, o cayendo cando las piernas no le sostienen, luchando contra sí mismo, dividido entre la repulsa y la lujuria enferma.

   -Has pensado mucho en ello, ¿verdad? –frunce el ceño, divertido.- Déjame adivinar… tú de rodillas, como estuviste aquí, la boca echa agua, una buena verga de machos agitándose frente a tus ojos de cachorrito hambriento… -se echa hacia atrás, la pesada silla chilla cuando se arrastra sobre el suelo, grande, robusto, ligeramente obeso.- Dime, muchacho… cuando lo soñabas, cuando llenabas en tu mente tu boca con un tolete de hombre, caliente, palpitante, babeante… ¿era la mía o la del jefe Slater? ¿Era una enorme verga negra la que se agitaba sobre tu rostro, abogado? Puedes contármelo, no te sientas mal. Aquí no se juzga a nadie, a nadie se condena… Todos estamos malditos, de cierta forma. –se encoge de hombros.- Yo soy un convicto, tú un abogado, ¿qué diferencia hay entre los dos?

   -Esto… Esto está totalmente fuera de contexto. Es… una locura. –gruñe frustrado, rostro resplandeciente con algo de sudor.- ¿A qué está jugando, maldita sea? Nada de esto es necesario para que haga mi trabajo. ¿Qué quiere realmente de mí?

   -Que te des un gusto… porque me caes bien. –se burla, atrapándose con el puño de la mano libre la enorme silueta que deforma el mono naranja, es tan consistente y visible que Jeffrey no puede apartar la vista.- Ven, muchacho… pruébalo al fin… date el gusto… -y lentamente manipula la prenda, dejando salir la pieza morcillona, no dura pero grande, rojiza, surcada de venillas; la suelta y se medio ladea, la lisa cabeza totalmente expuesta, como muy a propósito para ser recorrida por una lengua atrevida.- Vamos, muchacho…

   -Está equivocado. ¡MUY EQUIIVOCADO! Yo no… -grazna, pero traga y jadea, ese ser ruin baja su mano libre y con la punta del dedo índice recorre su tranca lateralizada, desde la cabeza hacia la base, logrando que se mueva un poco. Y esa visión es poderosa, tanto que, respirando con dificultad, a Jeffrey le parece que todo lo demás desaparece, que tan sólo son él y… esa verga sucia y repulsiva, y ese dedo que la recorre. Quiere resistirse, sabe que debe hacerlo, ahora, o estará perdido.

   Tras el cristal, con un asombro parecido, preguntándose qué coño buscaba realmente ese peligroso presidiario con ese juego, el jefe Slater no puede dejar de sentir calor. Pero no por la verga del sujeto, la cual le parecía asquerosa. Era el rostro del abogado lo que atrapaba su mirada, trasfigurado, pálido, rojizo de mejillas, ojos brillantes tras los lentes, labios húmedos, una leve capa de transpiración le hace relucir un tanto. Estaba atrapado, ese sujeto estaba atrapado… en la verga de ese convicto. Frunciendo el ceño, sintiendo un hormigueo traicionero en sus bolas, se pregunta cuántos carajos que conoce no serían como el abogado, alegres, rudos, bebedores de licor, groseros de lengua… machos que soñaban con una verga para oler, tocar…

   -¡ACERCATE DE UNA MALDITA VEZ! –brama ahora Read, usando la dosis justa de persuasión e intimidación, algo tan necesario cuando se comienza a educar a tipos como su abogado.- Deja de fingir que te resistes, tienes una pantaleta de tu mujer bajo tus ropas, seguramente a duras penas conteniendo tu miembro, erecto de lujuria en cuanto viste mi verga, el resto de la tela metida en tu culo. ¡MIRA! –ruge, sonriendo socarrón, recorriendo nuevamente su verga con la punta de dos dedos ahora.- ¿Lo sientes, como la pantaletas te aprieta y frota, lo suave, lo maravillosa que se siente contra tu piel? –sonríe cruel, dominante.- Debes entenderlo, muchacho, eres tan sólo un marica sumiso en busca de su hombre, como tantos y tantos que andan por ahí, molestos, deprimidos, frustrados, buscando su liberación, algo que les dé sentido y puedan decirse “si, coño, este soy yo”… Aquí tienes tu liberación, aquí comienza… -y mira su verga mientras la frota otra vez, sabiendo que el abogado también lo hace.- Tienes que aceptarlo para que seas feliz ocupando tu lugar en la vida.

   -No… -jadea angustiado, pero también furioso.- ¡NO ES VERDAD!

   Esa furia cae en seguida, sustituida por frustración y temor cuando el otro ríe, ronco, bajo, cruel, como poseedor de una verdad que él ignora.

   -Oh, no, pequeño… -le degrada de su posición de hombre.- …Quien se engaña eres tú. Quieres creer que todo ese temblor y deseo que sientes cuando te grito es por mi culpa, que algo te hice. Quieres creer que no eres tú respondiendo a la voz de un hombre. Pero la verdad es que temes enfrentarlo…

   -¡No es cierto!

   -Lo es. Si no fuera así no temerías acercarte y escupirme, darme un coñazo o retirarte sin ver para atrás. Pero no es el caso. –endurece la voz.- ¡Ven acá! –le ordena otra vez; ahora entrecierra los ojos, joder, el abogado parecía más duro de lo que creyó. Sonríe, bien, le daría una vía de escape.- Te mueres por hacerlo, ¿verdad? Te preguntas qué se sentirá, ¿no es cierto? Estas casi seguro de que será asco, repulsa, que no te gustará, pero la duda te mata. Estás atrapado en toda esta pesadilla por eso: porque no sabes cómo será. Ven, muchacho, compruébalo… -se echa para atrás en la silla, abriendo más sus piernas gruesas, el rojizo tolete un poco más erecto, llenándose casi a ojo vista, de sangre.- Dite a ti mismo que si no lo haces, te destruiré, que contaré todo, que tu mujer y tu suegro te repudiarán y te cercarán en el área legal. Dite que si no cedes, que si no obedeces aunque no lo quieres, acabaré con todo lo que tanto te costó lograr, con tus sueños, con tu nombre, con el de tus padres. -su voz es irónica, pero suave y convincente.- Si así es más fácil para ti, pensar, creer, convencerte de que te estoy obligando con chantajes y maldad… está bien por mí. Engáñate. Dite a ti mismo, y a quien quieras, que te obligué. Miéntete, di que no querías pero no podías hacer nada, que no pudiste negarte. Dite a ti mismo que yo te forcé. –atrapa el tolete con una mano, medio alzándolo, no totalmente duro todavía, agitándolo.- Ven por él, cachorrito caliente…

   No piensa, no sabe lo que hace, en esos momentos Jeffrey Spencer ni siquiera está engañándose. Simplemente se pone de pie, respiración pesada, su pecho subiendo y bajando con esfuerzo, su mirada aturdida, perdida en esa verga. Todo él se revuelve contra la idea a un nivel físico, primitivo, no emocional o cerebral, pero de nada sirve, llega a su lado, intimidado, viéndole sonreír, alzar las cejas y agitando la verga como ofreciéndosela.

   -Tócala, es algo tímida pero le gusta que los chicos guapos y calentorros le den la mano. –se burla, sintiendo la sangre corriendo a toda velocidad por sus venas, emocionado como siempre que inicia sus juegos; y tener a ese tipito así, reducido a una masa de sensaciones calientes y confusas, a punto de tocarle, le pone mal… cuando la palma temblorosa del abogado la toma, se estremece y sonríe más, retirando su propia mano.

   Eso estaba tan mal, se dice Jeffrey, pero incapaz de soltarle. Esa verga medio suave en su mano se siente vital, cálida, extraña. Aprieta y esta crece, se llena de sangre, los músculos se expanden, gana en calor, totalmente rojiza. Es una visión… Dios, ¡estaba tocándole la verga a otro hombre!, le gritaba su mente, pero la sensación era más curiosa que desagradable. Esa palpitante mole de carne que se iba poniendo dura era, sin embargo, suavecita al tacto. Su puño sube y baja, sintiéndolo mejor, porque nota como ese sujeto sonríe aprobándolo, abriendo algo más las piernas, dilatándose sus fosas nasales, gozando como goza todo aquel a quien otro hombre le acaricia así.

   Los cristales de los anteojos de Jeffrey se empañan mientras suda, sus ojos perdidos en ese tolete que crece y crece, llenándose de surcos, venas e irregularidades. Tan duro, largo y grueso. Tan palpitante. Ahora le quema la palma. Su puño va y viene, sin preguntarse por qué no entraba ya el jefe Slater, acabando con toda aquella irregularidad. Del ojete del glande mana algo, una mini gota de un líquido espeso y transparente. Y nunca estuvo totalmente consciente de dos cosas; una, el por qué Read, quien le miraba fijamente, se echó a reír. Ni que, sin darse cuenta, su boca se abrió automáticamente a la vista de la gota.

   Había nacido para mamar vergas, pensó el convicto. Lo sabía. Lo supo en cuanto lo conoció, cosa nada extraña, uno de tres carajos que caminaban por ahí soñaban con ello, sin atreverse a hacerlo. También supo que podría controlarle, fácilmente. Mira fugazmente hacia el espejo, a un sujeto como Slater jamás habría podido controlarle de esta manera, de hecho de ninguna forma que procediera de él, pero así…

   -Veamos cómo te queda. –le dice ronco y con mano ágil para ser una sola, le abre el cinturón, el botón y la bragueta, mientras el abogado se congela y teme… todavía aferrando aquella verga enorme y palpitante.

   El pantalón gris cae y enrojece ferozmente, expuesto, muy consciente de lo mucho que se sometió a ese sujeto.

   -Súbete los faldones del traje. –ordena Read, lazando una breve mirada al espejo.

   Soltándole, con manos temblorosas, Jeffrey obedece, terriblemente mortificado… la pequeña pantaletas de talle bajo, las tiritas por sus caderas, medio metida entre sus nalgas… excitado. Su verga blanca rojiza casi escapa por arriba y a la derecha, levantando de manera obscena la telita, totalmente adherida a la piel palpitante, cosa que es notada por ese sujeto que ríe otra vez, dándole a entender claramente que se lo esperaba, que estaría caliente usando pantaletas, mostrándoselas… sometiéndosele. Y la verdad es que la visión es suciamente erótica, ese tipo joven, fornido, no muy alto, algo obeso, vientre levemente velludo, los muslos igual, gordos pero masculinos, y la pantaletica de encajes y traslucida, rosada, su verga mojándola, si, mojando la tela.

   -Te quedan bien, muchacho, se te ven… naturales. Estás hecho para llevarlas, usarlas y exhibirlas, y así calentarles las vergas a los hombres. –comenta Read, sonriendo terrible con su boca ancha.

    Esas palabras le avergüenzan horriblemente, y cachetes rojos mira nerviosamente hacia el espejo, recordando ahora, después de manosearle la verga a ese sujeto y quedar medio desnudo, en pantaleta, que el jefe Slater podría estar allí. No, no “podría”, está, mirándole. Lo sabe y la idea le hace contener un jadeo y un poderoso escalofrió.

   -Ven, es hora de que las conozcas bien, si vas a amarlas como imagino que harás. Te ves… hambriento. -Read, después de mirar hacia el cristal, le atrapa de la corbata y hala.- No dobles las rodillas. –ordena y hala otra vez, rudo, casi haciéndole caer sobre sí, con los lentes colgando sobre el puente nasal, la respiración ruidosa por su nariz, la boca abierta, los ojos muy brillantes, muy cerca de esa verga.

   Read le quiere sobre su tolete, desea llenarle la boca con su tranca que palpita salvajemente y babea igual ante la sola posibilidad de ser tragada. Quiere ser el primero que ocupe esa virgen cavidad bucal, que el abogado sepa, para siempre, que la suya fue la primera, que él fue el primer macho al que le chupó y mamó la verga, que los suyos fueron los primeros jugos que bebió. Pero no es lo único que busca, o desea en esos momentos. Mira hacia el cristal otra vez, y su sonrisa cruel se ensancha cuando hala el saco y la camisa del abogado… exponiendo sus nalgas pálidas, masculinas, levemente velludas, medio contenidas en la tanga rosa, la pantaleta de mujer que es apenas dos porcioncitas sobre los blancos glúteos, casi todo el resto metida en la raja interglútea.

   No necesita verlo, pero lo sabe… tendiéndose un poco sobre el abogado, que jadea al chocar la nariz de su verga caliente, palmea, rudo, una de aquellas nalgas. Él lo sabe, ver a un sujeto usando pantaletas como esas, excita a cualquiera aunque se quiera negar, pero además, si había algo que le gustaba más a un hombre negro que llenarle con su verga oscura la boca a un chico blanco, enterrándosela para verla bajar por su garganta (y vuelve a nalguearle, la piel enrojece leve), era llenar con rudeza y totalmente, hasta los crespos pelos púbicos, el redondo, cerrado y rojizo culo de un tío blanco. Metérsela hasta las pelotas era algo que les calentaba el alma.

   El Jefe ya debía tenerla como una lanza… deseando enterrarla en el dulce y blanco culo virgen de su abogado…

CONTINUARÁ … 16

Julio César.

SER O NO SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 8

febrero 19, 2014

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…                         … 7

   La siguiente es una historia que NO ES MÍA. Pertenece totalmente al señor capricornio1967. Tan sólo la reproduzco, tal vez cambiando una que otra coma, aunque la historia ya está por ahí, completa. Es un relato maldito en toda la regla, un hombre maduro decide tomar, controlar y dominar a su joven pupilo, transformándole en algo que no quiere, ni soñaba, aunque se resiste. Lo repito, es un cuento muy maldito. Disfrútenlo:

……

EL DILEMA

Autor: capricornio1967

Capítulo III “DESFLORADO”

DADDY HOT

   -Vamos, muchacho, te va a gustar…

……

   Los ojos de Daniel permanecen fijos en los de Franco y se empañan con lágrimas que amenazan salir de sus claros ojos en cualquier momento, dándole placer el pervertido entrenador. A medida que desliza el bóxer por la cadera de Daniel, los ojos del nadador están más y más húmedos, su rostro se enrojece y Daniel siente como si su rostro le ardiera por el sentimiento de vergüenza, humillación e impotencia que siente.

   El rudo sujeto termina de deslizar el bóxer hasta los muslos de Daniel, después de eso retira sus manos del musculoso atleta. Sin dejar de mirarle a los ojos se retira un poco y le ordena.

   -Termine de quitarse el bóxer, Saldívar.

   La vista de Daniel vuelve al suelo para deslizar el ajustado bóxer por las dos columnas de músculos que son sus piernas. Flexionando su abdomen, sin mirar de frente a Franco, termina de deslizar el bóxer para dejar su atlético cuerpo desnudo frente al entrenador. La mirada de Franco sigue cada uno de los movimientos de su mascota humana, sabe que lo tiene bajo el control emocional que desea. Una vez que termina de quitarse el bóxer, el joven se pone de pie, desnudo totalmente frente a Franco, esperando nuevas órdenes, su corazón empieza a latir fuertemente por el nerviosismo, la tensión aumenta, aunque sabe que no puede hacer nada. Daniel está ahora resignado, nuevamente, a dejar que Franco juegue con él.

   Franco se acerca al desnudo cuerpo de Daniel, sus manos se posan sobre el musculoso pecho del muchacho, sus manos sienten la dureza de esos músculos pectorales, sus dedos pasan por los pezones del deportista, pequeños promontorios que ha soñado succionar muchas veces. Franco puede darse cuenta de lo apresurado que está latiendo el corazón de su presa, sabe que la frecuencia cardiaca de Daniel esta algo por encima de lo normal debido a su estado emocional. Cuando sus pulgares presionan los pezones, ese corazón late más.

   Daniel siente la presión de las firmes manos masculinas sobre su tórax, el calor de las manos de Franco contrastan con lo frió de su piel. Las manos de Franco permanecen sobre las montañas de músculos de cada parte del musculoso pecho del nadador, cada palma atrapando y presionando contra una tetilla.

   La mirada del atleta su vuelve a fijar al piso y vuelve a entrecerrar los ojos para evitar reflejar en su mirada la vergüenza que siente por permitirle a otro hombre manosearle los pezones. Se siente sucio, menos hombre por dejarse hacer eso, que ese tipo atrapa con sus dedos los pezones, pellizcándolos y halándolos un poco; pero el pensar en su situación lo hace permanecer quieto, dejarse hacer. Es quizá más el amor y agradecimiento que siente hacia sus padres, el darles una satisfacción en la vida, que su propia hombría, más que su propia virginidad anal.

   -Acuéstese en la cama, Saldívar. -le ordena, gruñendo ronco, torciendo un tanto sus pezones, más caliente ahora que unos segundos antes. Esas tetillas… qué bien se verían perforadas, qué placentero sería meter su lengua dentro del aro y halarlo…

   -Si, señor… -con un violento temblor en las piernas, Daniel acata las órdenes de Franco, se dirige a la cama y se recuesta, subliminalmente se acuesta boca arriba para evitar dejar su culo expuesto, tratando de protegerlo el mayor tiempo posible, pero ya se escucha la voz de Franco nuevamente.

   -¡BOCA ABAJO, SALDIVAR! –molesto, le ordena cambiar de posición. La que necesita para tomar de una vez la dulce y fresca fresa que es ese culo joven y virgen…

   Sin palabras, Daniel gira su cuerpo, su miembro flácido se mueve de un lado a otro a medida que va girando su cuerpo para quedar boca abajo, dejando las manos con las palmas extendidas a la altura de su pecho con los brazos flexionados, la cara de lado sobre la cama, su mejilla derecha sobre el colchón.

   -SEPARE LAS PIERNAS LO MAS QUE PUEDA, SALDIVAR.

   -Si, señor. -Daniel separa sus tobillos hasta casi tocar los ángulos de la cama para mantener separadas sus musculosas piernas, las duras nalgas apenas si se distancian unos milímetros, permanecen cerradas herméticamente para proteger si virginidad anal. La curvatura de su espalda se marca perfectamente por la posición que tiene en este momento, las nalgas están desprotegidas, desprovistas de barreras que eviten que algo penetre entre ellas.

   Y allí, el corazón martillándole en el pecho, el joven espera lo peor para su culo, tiene que estar preparado para lo que pueda suceder. Se tensa cuando oye que Franco se acerca lentamente hasta llegar al borde de la cama,

   Ahora siente como cada latido de su corazón retumba en sus sienes, su cabeza está hecha un caos emocional, sabe que esa noche puede ser la última que su culo permanezca virgen. Es visible el temblor en el musculoso cuerpo que está ahí frente a Franco, boca abajo con las piernas abiertas, listo para recibir su miembro. El atleta escucha cuando Franco se desabrocha el pantalón, y se oye el ruido de que baja su pantalón para dejar su miembro libre.

   El hombre se acerca a donde está el cuerpo de Daniel, sus manos toman los tobillos del clavadista, haciendo que el nerviosismo de Daniel aumente. Los dedos de Franco se enredan alrededor de los tobillos de Daniel y abren un poco más las fuertes piernas del otro, separándolas más, dejando a la vista en la parte posterior los testículos del joven y su miembro, que cae sobre la cama, su entrepierna casi forma un ángulo de más de 90°, de lo abiertas que están sus piernas. Al separar fuertemente más las piernas de Daniel, lo obliga a permanecer así, después le suelta los tobillos. Y poniendo sus manos sobre la cama, en el espacio que queda entre las separadas piernas de Daniel, acerca su rostro a las turgentes nalgas del muchacho, acercándose peligrosamente al virginal culo masculino.

   El cuerpo del deportista permanece inmóvil, esperando.

   Las manos de Franco se posan sobre las duras nalgas de Daniel, para sentir como el temblor en cada uno de los músculos del joven continúan; ahora masajea esas redondas masas de carne para después empezar a ejercer una leve presión para separarlas y dejar a la vista el sonrosado culo, herméticamente cerrado hasta ese día. El esfínter anal de Daniel se contrae, temeroso de lo que le espera, se cierra tratando de evitar cualquier ingreso. Franco usando más presión en sus dedos separa más las nalgas y dirige su rostro hacia la división de esas dos posteriores montañas de músculos.

   Daniel aprieta las mandíbulas, está ante lo inminente, Franco parece decidido, a no darle un día más de descanso. El hombre acerca su rostro a ese ano contraído y Daniel siente como la respiración del entrenador cae entre sus nalgas, el aire que expulsa por su nariz choca con las paredes internas de las dos nalgas y con el esfínter anal del atleta, haciéndole tensarse todavía más. Nuevamente el aire caliente que sale de la boca de Franco choca contra la bronceada piel y el rosado culo de Daniel, los bordes anales, se contraen, para evitar que ese aire caliente pueda atravesar su entrada, hasta eso quiere evitar de momento, pero no por eso deja de sentirlo. No por eso deja de estar casi a punto de estallar en lágrimas; lagrimas de impotencia por no poder evitar lo que va a sucederle.

   El aire caliente humedece ese esfínter anal largamente; después de estar por varios minutos cerca del culo del joven, sin tocarlo, solo haciéndole sentir que está cerca, las manos de Franco sueltan sus nalgas, permitiendo que estas vuelvan a cerrarse. Mientras sus manos se ponen ahora al lado de los costados del joven, el hombre sube sobre su cuerpo sin tocarle, bañándolo con su aliento. Daniel siente como el pecho de Franco queda sobre su espalda, sin tocarlo, la agitada respiración del otro a la altura de su nuca. Recorrió toda la espalda así que sabe que el miembro del sádico sujeto debe estar directo a su culo. Casi grita cuando siente como algunas gotas de líquido viscoso escurren de ese miembro y caen sobre sus nalgas, cálidas y viscosas. Resbalando por la curvatura de ese potente trasero, el viscoso líquido cae incesantemente y resbala hacia la cara lateral e interna de las nalgas de Daniel.

   El asustado joven espera de un momento a otro la estocada final, que esa dura carne entre en su virginal culo y lo desflore de golpe. Tiembla, sabe que dolerá. Y mucho. El líquido seminal continúa escurriendo, la respiración de Franco casi quema la bronceada piel de Daniel. Las manos de deportista se crispan.

   Súbitamente Franco, disfrutando la tortura del joven, se levanta rápidamente, se sube la ropa interior y los pantalones. Y le ordena al joven.

   -NO SE MUEVA, SALDIVAR, DORMIRA EN ESA POSICION. Mañana vendré para comprobar que permaneció así, boca abajo con las piernas abiertas, desnudo.

   -Si, señor… -Daniel pasa saliva, ¿qué juego es ese?, piensa. Sus nervios estallan y el llanto aflora, como un medio de escape de la tortura mental a la que lo ha sometido Franco. Su cuerpo se contrae con cada uno de los sollozos del joven.- Sob… Sob… sob… -hunde más el rostro en su almohada, para ocultar su humillación, su derrota como hombre ante ese demente.

   Franco no puede ocultar una sonrisa cada vez mayor de satisfacción por los logros que ha tenido con el arrogante Daniel; ese que difícilmente puede compararse con el derrotado Daniel de esta noche.

   Sale del dormitorio dejando a Daniel llorando aun, sin moverse. Y no lo hará, sabe que Franco es de disciplina dura. Así que no debe contrariarlo. Pero el entrenador cada vez lo hace más difícil, la tortura mental era atroz. De verdad hubiera preferido que lo penetrara de una vez y no que lo estuviera torturando a cada momento.

   El llanto vence al joven, casi tanto como el agotamiento físico y mental, así que no es hasta horas después que se queda dormido, así, sin cambiar de posición, con las piernas abiertas, con las nalgas humedad aun por el liquido seminal que Franco dejó sobre ellas. Aún no le ha sucedido realmente nada, pero a Daniel le parece como si ya todo le hubiera pasado.

……

   Por la mañana, Daniel escucha la fuerte voz de Franco.

   -DE PIE, SALDIVAR, LO QUIERO EN LA ALBERCA EN QUINCE MINUTOS. Traje de baño rojo. -sólo le ordena eso y sale.

   El muchacho se levanta sorprendido, se da una ducha de solo cinco minutos, lo necesitaba para poder quitarse los restos de líquido seminal de sus nalgas. Después de eso se pone el traje de baño que Franco le ordenó usar y se va a la alberca. Su estado emocional no le resta calidad como deportista, es el mejor del equipo, lo sabe y Franco también.

   El hombre le hace sentir a Daniel, aun dentro del entrenamiento, que le pertenece, pero no de una forma tan obvia como para que los demás se den cuenta. El resto de la semana el tratamiento de Franco hacia Daniel sigue siendo del mismo tenor, torturando al joven, jugando con él al gato y al ratón, así que cuando llega el viernes, los nervios del joven están casi destrozados. Franco le ordena que vaya a su casa, qué ropa usará el fin de semana y le prohíbe salir a divertirse, no contestar las llamadas de sus amigos o compañeros; le advierte, sardónico, que tiene medio de saber todo lo que haga, así que le sugiere feamente que no se confié.

   Para sus padres, el ánimo de Daniel esta peor ese fin de semana. La excusa del joven es que está cansado y que prefiere quedarse a descansar; pero todo obedece a las órdenes de Franco. No sabe de qué manera pueda el entrenador darse cuenta de que ha desobedecido, pero por precaución no quiere arriesgarse a enfurecer a su dueño y poner nuevamente en riesgo su carrera deportiva. Al menos por el fin de semana estará descansado, libre de tensiones, lejos de Franco. Al menos esos días podrá dormir tranquilo.

   Luis y Adriana tienen ese viernes el compromiso de una cena, suponen que el muchacho saldrá a divertirse con sus amigos o con su novia. Casi la mayor parte del tiempo Daniel tiene alguna chica para salir a divertirse durante los periodos de descanso. Pero ese fin de semana es la excepción, se quedará en casa. Su mamá insiste en que los acompañe, pero Daniel se excusa, ya que dice que se siente fatigado, porque el entrenamiento ha estado más pesado que nunca.

   Así que se queda solo en su casa, aburrido, preocupado por saber que pasará la próxima semana, en el entrenamiento… si por fin Franco tomara lo que le pertenece o no. Por más que trata de no pensar en eso no puede hacerlo. Su mente vuelve una y otra vez a la misma idea, de lo que le espera.

   Ese día esta vistiendo la camiseta de color azul que Franco le ordenó, y el jeans más ajustado que tiene; que fue el que Franco le ordeno vestir. Su cinto y tenis. Cuando ya casi está listo para irse a dormir se escucha el timbre de la puerta. Por un momento piensa que quizá sus padres olvidaron la llave de la casa. Pero su sorpresa es enorme cuando al abrir la puerta frente a él encuentra al entrenador. ¿Franco en su casa? Queda atónito, jamás espero que el hombre se atreviera a ir a su casa. Se queda mudo. El temblor regresa nuevamente a su cuerpo, ¿qué es lo que pretende hacer el entrenador en su casa?

   Antes de que Daniel pueda reaccionar por la sorpresa, Franco lo empuja suavemente por el pecho, para que le deje libre el camino y poder entrar a la casa.

   -Tenía ganas de verlo, Saldívar. -le dice mientras se dirige hacia uno de los sillones, la mirada de Daniel sigue sus movimientos, pero aun no sale de su asombro.- Me doy cuenta que está usando la ropa que le ordené. Bien.

   El terror se refleja en la mirada el rostro y el cuerpo del deportista. Sus padres volverán más tarde, es cierto que no les extrañaría ver al Coach en la casa, pero Daniel se siente avergonzado de que este ahí.

   -Venga aquí, Saldívar. -Daniel camina, llegando a su lado.

   -Creí… Creí que no nos veríamos el fin de semana, señor. -dice tímidamente.

   -¡USTED NO DECIDE, SALDIVAR! ¿Quién manda?

   -Usted, señor.

   -Exacto, ¿y por qué puedo hacerlo?

   -Porque es mi dueño.

   -Bien, entonces no tengo por qué avisar cuando voy a venir a su casa, Saldívar.

   -No, señor, usted no tiene que avisar; lo que usted decida estará bien, señor.- le responde apenado por la frase, casi sorprendido de lo fácil que sale de su boca.

   -VAMOS A SU RECAMARA. -le ordena.

   Daniel permanece inmóvil como si no hubiera escuchado la orden del Coach.

   -¿Qué sucede ahora, Saldívar? -le reprocha al ver que no reacciona.

   -Señor… Mis padres… Ellos pueden regresar en cualquier momento.

   -¿Y? -pegunta desafiante- ¿Quiere que terminemos nuestro acuerdo, Saldívar?

   -Nnnno, señor. Pero…

   -Entonces, ¡CALLESE Y VAMOS A SU RECAMARA EN ESTE MOMENTO! -le grita para atemorizarlo.

   Daniel duda, pero no tiene más opciones, quizá, se dice, sus padres tarden más tiempo en regresar. Así que resignado empieza a caminar hacia su recamara, invitando al entrenador a seguirle:

   -Por aquí, señor.

   Franco camina detrás del joven, es todo un espectáculo ver como el magnífico culo del atleta se marca y queda a la altura de sus ojos cuando van subiendo las escaleras para dirigirse a la recamara.

   El atleta conduce a Franco hasta su recamara, entran los dos y cierra la puerta, aunque no con llave. Una vez dentro de la habitación, Daniel continúa mirando hacia el piso, nuevamente esté en tensión, sabe que Franco es capaz de todo. El hombre se dirige para quedar frente a él y lo toma por la cintura, sintiendo la dureza de sus músculos abdominales, y desliza las manos hacia la parte baja de su espalda, después acerca su rostro al de Daniel, quien continúa viendo hacia el piso.

   -¡MIREME A LOS OJOS! -le ordena.

   Este levanta la mirada, su angustiante mirada, nuevamente esté en el juego del gato y el ratón, ¿hasta dónde llegara en esta ocasión?

   Los ojos de Franco y Daniel se encuentran, el dominio y la angustia en las miradas de cada uno. El rostro de Franco se acerca lentamente al rostro de Daniel, mientras sus manos suben a la espalda del joven, su boca se acerca a los delgados pero bien formados labios juveniles, debajo de ese espeso bigote los gruesos labios de Franco se pegan a los de Daniel en un húmedo beso. Son los primero labios masculinos que están en contacto con los de Daniel, nunca jamás ha besado a otro hombre, ni estaba entre sus planes, pero las circunstancias se han dado de esa forma.

   Los labios hambrientos de Franco juegan con los tímidos labios de Daniel, quien permanece inmóvil mientras esos labios están explorando los suyos. Al tiempo que esas manos están recorriendo la atlética espalda, el pecho de Franco se pega al musculoso pecho de Daniel, presionándolo para sentir los pezones del joven. Daniel mantiene los ojos cerrados, los labios unidos solo deja que la lengua de Franco los humedezca, pero sin entreabrirlos, hasta que Franco se separa unos centímetros y le ordena:

   -Abre la boca.

   Daniel cierra los ojos con más fuerza y entreabre los labios para permitir que la ansiosa lengua del entrenador explore su boca de manera procaz. Para Daniel siempre ha sido él quien lleva el control en las relaciones y ahora es el que recibe las acciones. Franco es experto, sabe cómo conducir a Daniel. Su lengua separa más los labios para ingresar a esa cavidad, la lengua de Daniel permanece inmóvil dejando que Franco explore libremente su boca, encías, dientes. Es un beso prolongado, profundo, intenso por parte del hombre, Daniel solo permanece sin oponerse, pero no responde, esa gran lengua dentro de su boca no deja de causarle asco, al saber que pertenece a un hombre, pero haciendo un esfuerzo supremo se controla, de su dominio depende que no eche todo a perder.

   Franco gira su cabeza para lograr una exploración aún más profunda de la boca de Daniel, sabe que lo tiene a su merced y no dejara escapar la oportunidad, de humillarle y controlarle, pero también de saborear la dulce esencia del joven atleta. Cada toque en su lengua es eléctrico. Para Daniel, el beso parece eterno, la presencia de esa grosera lengua explorando grotescamente su boca, lleva casi un siglo, pero no para Franco, que se toma todo el tiempo del mundo para impregnar a Daniel se su aliento y recorrer con su lengua cada uno de los rincones de la cavidad del humillado atleta. Después de saciar su hambre de explorar la boca de Daniel, después de que los labios gruesos y voraces se sacian de los cálidos, delgados, varoniles y bien formados labios de clavadista, mientras su espeso bigote raspa la cara del atleta, el hombre reconoce que podría no cansarse de eso nunca; no son suficientes unos minutos para explorar detalladamente al joven.

   Lo que está bien, se dice mientras le atrapa la lengua con sus dientes y hala, chupando un poco, tensándole, ya que no piensa dejarle ir… jamás.

CONTINÚA (el relato no es mío) … 9

Julio César.


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