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SAM EL DURO, DEAN EL SEXY… (3)

Diciembre 8, 2009

   -¿Es lo que quieres? Tómalo…

……

   Hace tiempo comencé a reproducir el caliente cuento que dos chicas, fans como ningunas, escribieron sobre los hermanitos Winchester, Sam y Dean (aunque en este relato no son hermanos); donde Sam, un agente de policía, detiene a Dean en una carretera, se llena de mala leche, calor y lujuria y tiene sexo salvaje con él (lo que es totalmente comprensible), casi casi forzado. Fue un relato bien guarro, y ahora encontré la continuación. Disfruten la continuación.

……

TÍTULO: ¿Qué desea agente?

AUTOR: chicarvil y Parker = duendenocturno

FANDOM: Supernatural of course

PAREJA: Sam/Dean ¿hay otra?

   Dean está conduciendo, otra vez, ahora no es sólo por gusto, la verdad es que le ha costado volver a conducir, se siente raro (el recuerdo del gigantón que lo enculó en la parte trasera del Impala, aún lo conmociona), pero le esperan…

   Esta vez no ha podido contra la orden directa de su padre: “Hoy comemos todos juntos, Dean, ya es hora de que conozcas al resto de la familia y no admito un no”. Bien, hoy conocería a la “prometida” de su padre… Sí, su prometida. John Winchester se casa. Eso es lo que quería decirle cuando su llamada interrumpió su… Su encuentro con la ley.

   No sabe ni como ha pasado esos días.

   Aún tiene el trozo de papel rosa con el número del fulano Sam Winchester, en el bolsillo de su cazadora. No le ha llamado y ni siquiera sabe si va a hacerlo, pero es incapaz de deshacerse del número. Cuando le dijo que podían quedar para verse luego, lo dijo en serio, pero ahora, quince días después… Bueno, ya no está tan seguro.

   El tipo lo iba a violar, lo arrastró, lo tocó todo, lo esposó, le metió dedos… Le dio el mejor sexo que había tenido en su vida, pero no tiene nada claro qué hubiera pasado si él se hubiera resistido. Algo le dice que el tal Sam no se habría detenido y lo habría penetrado aún a la fuerza.

   Probablemente aún está bajo algo parecido al síndrome de Estocolmo y por eso no se ha deshecho del número.

   De todas formas no es que haya tenido demasiado tiempo para pensar. Sam le dio su número y, antes ni de pensar en darle el suyo, sonó su móvil y pasó de estar en una película porno a estar en medio de una cinta de drama familiar. Bueno casi inmediatamente, porque despegarse del gigante no fue tarea fácil. Parecía no desear dejarlo ir.

   Su padre no suele llamarle mucho. No se ven demasiado, así que cuando le llamó no dudó que sería algo importante, pero no se imaginó que pudiera ser para algo así. ¡Ni siquiera le había dicho que salía con alguien! Bueno, es cierto que no se comunican demasiado, pero algo así no pasa de un día para otro y no es normal pasar de no saber que su propio padre sale con alguien a que le diga que se casa en menos de un mes…

   ¡Su padre se casa! ¡Joder!

   John, su padre, no había tenido demasiada suerte con las mujeres, su primera mujer, la madre de Dean, había muerto cuando aún era muy pequeño para recordarla y su padre volvió a casarse enseguida, más buscando una madre sustituta que por otro motivo. No funcionó. Se había separado hacía muchos años y no fue una separación amigable, le había oído jurar una y mil veces que no volvería a casarse y eso le daba cierta tranquilidad difícil de justificar. Lo cierto es que nunca había visto a su padre interesarse por ninguna mujer, no para algo más de un rato.

   A ratos se sentía terriblemente enfadado y a ratos se daba cuenta de que se estaba comportando como un crío al que le quieren quitar algo suyo. Egoísta. Estaba siendo egoísta. El viejo necesitaba atenciones… y como él no pensaba dárselas, era bueno que una mujer cuidara de sus no tan lejanos achaques ya.

   Sin embargo, había puesto una excusa detrás de otra para aplazar el conocer a su futura madrastra, hasta hoy. Hoy conocería a la nueva familia de su padre. La familiar punzada de celos le volvió a atacar haciendo que levantara el pie del acelerador, lo cierto es que no quería conocerlos.

   Su padre se casa de nuevo y se va a ir a casa de su futura esposa, que por cierto no vive sola, vive con su hijo. “Te gustara, Dean. Es poco más o menos de tu edad. Un chico estupendo.” Eso le ha dicho su padre. ¿Qué tan estupendo puede ser un sujeto de su edad que aún vive con su madre? Desde luego eso no dice mucho en su favor.

   Seguro que es un calzonazos. Sí, seguro que es un niño de mamá, de esos que no son capaces de tomar decisiones por sí mismo.

   Con esa sensación sube las escaleras de la preciosa (y seguro que carísima) casa de su madrastra. Coño, qué mal suena, casi espera ver a al dibujo de “La Cenicienta” cuando le abran la puerta, la cual aporrea visiblemente molesto. No quiere estar allí, no quiere conocer a ese calzonazos y mucho menos a esa mujer que se mete en la cama con su padre.

   Arrgggh… Qué asco. La imagen de su padre tirándosela acaba de golpearle, no se le pondrá dura nunca más. En un desesperado intento de salvar su vida sexual vuelve a pensar en ese policía que le hizo correrse y vaya, vaya, resulta que es de lo más efectivo porque su miembro vuelve a cimbrear entre sus pantalones.

   Se acomoda la semi erección entre sus piernas y es justo en ese momento en el cual la puerta se abre. Sin duda sería una buena presentación la de que tu madrastra te pille en la puerta de su casa con la mano cerrada sobre su entrepierna; y a Dean le habría encantado que se le hubiese ocurrido antes (eso sin duda sería algo épico) pero todo se le borra de la mente cuando ve quién le ha abierto la puerta.

   -¿¿Sam??

   -¿¿Dean??

   Sam lleva días desesperado por los tumbos que ha dado su vida de alegre y heterosexual soltero joven; primero se enrolla con un desconocido en una carretera perdida, un hombre para más señas, se encoña hasta las trancas y le da su número de teléfono. Mal hecho, muy mal hecho. ¿Cómo pudo confiarse en un extraño de esa manera? Con su número pueden localizarle, saber quién es, donde vive ¡podría denunciarle! Seguro que podría hacerlo… Se lo merece, prácticamente le obligó a tener sexo.

   Bueno lo cierto es que no parecía tan obligado después de quitarle las esposas. Después de contestar aquella llamada telefónica parecía poco dispuesto a irse. Sam no pudo evitar la sonrisa que le subió a los labios viéndolo pensativo, respirando agitado, enrojecido por el sexo. Totalmente sexy y adorable.

   Quería que le llamara. Casi se lo pidió. Dean dijo que lo haría y él le había creído; ¿cómo no iba a creerle cuando Dean tenía la mejor boca del mundo? ¡Y se lo había demostrado! Varias veces para ser completamente sincero.

   Inconscientemente se lleva la mano a la entrepierna, pensar en el pecoso y empezar a endurecerse fue todo uno.

   Su endurecida piel recordó el tacto de esos gruesos labios, subiendo y bajando golosos por su verga dura; la lengua dibujando la punta de su miembro a la vez que la mano lo masturbaba con fuerza.

   Un puto experto, el rubio era un puto experto, lo había pensado la primera vez y seguía pensándolo… ¿Sería un profesional? A lo mejor por eso no le había llamado. A lo mejor no pensó en llamarle en ningún momento y sólo hizo lo que mejor sabía hacer para quitárselo de encima… Aunque cuando le lamia de esa manera, como si su tranca estuviera cubierta de su sirope favorito, costaba pensar que quisiera quitárselo de encima.

   Eso era lo que de verdad lo enfurecía; la incertidumbre. ¿No lo llamaba porque era un profesional? ¿O porque se sentía violado? ¿Quería que lo llamara? ¿Qué le diría si lo hacía? De todas formas, ¿qué más daba? Casi mejor que ese tipito no volviera a aparecer, ¿quién coño se creía ese idiota para tratarlo así, dejándolo caliente, lleno de recuerdos… y sin buscarlo? No era una quinceañera, era un hombre hecho y derecho, joder.

   Y encima no había tenido tiempo de investigarle, vamos que él es un policía y con la matricula del rubio podía haber intentado rastrearle, pero ahora no podía perder tiempo por un enamoramiento estúpido. Su madre se casaba y aunque John le caía bien no podía evitar preocuparse, le ocultaban algo, toda su intuición policial se lo indicaba, pero mientras su madre fuera feliz nada más importaba, si alguien se lo merecía era ella y estaba claro que hoy era un día especial, estaban esperando al hijo de John para comer juntos, no era la primera vez que le invitaban y sospechaba que los estaba evitando.

   Fue cuando escuchó a alguien aporrear la puerta de mala manera; supuso que tal vez algunos niñatos jugaban a eso de llamar y salir corriendo. Y eso era algo genial. Estaba de un humor de perros y había encontrado a alguien a quien gritarle. Así que abrió la puerta llenando sus pulmones dispuesto a pegar cuatro gritos cuando lo vio.

   Dean.

   Se atragantó con su propia respiración, no sólo porque lo tuviera allí delante sino porque estaba allí, delante de él y ¡¡tocándose!! Le lengua se le espesó dentro de la boca al imaginarse de rodillas delante de él y…UN MOMENTO… Este idiota ha estado ignorándole durante quince días. No va a caer tan fácilmente… frente a su miembro.

   -¿¿Sam?? –repite. Parece hasta sorprendido.

   -¿Qué haces aquí? -gruñe acuchillándolo con la mirada

   Dean casi retrocede al ver a Sam delante de él; mira la puerta por si se ha equivocado y vuelve a mirarle, inseguro, como si su propia fantasía le hubiera conjurado en esa casa, pero antes de que le dé tiempo a contestar o preguntar ve asomarse a John.

   -Hola Dean, has tardado más de lo que esperaba; anda entra, ya tendrás tiempo de fraternizar con tu futuro hermano.

   ¿¿Ehhh??… ¿Ha dicho hermano?

   Antes siquiera de que alguno de los dos pueda reaccionar, Dean se ve arrastrado dentro de la casa con el brazo de su padre sobre sus hombros y la mirada sorprendida de Sam clavada en la nuca… y su trasero, seguramente recordando el momento cuando le clavo su verga.

   John lo arrastra dentro de la casa, llamando a voz en grito.

   -¡¡Ellen!! ¡¡Ellen, ven, Dean ha llegado!!

   Una mujer de la edad de su padre sale de una habitación ¿El salón? ¿La cocina? No lo sabe ni le importa, ha tenido que oír mal porque ha escuchado que su padre ha dicho que Sam es su futuro hermano y eso no puede ser. NO PUEDE SER. Sam no puede ser su hermano. No puede tener tan mala suerte. Los finos brazos de su futura madrastra le rodean el cuello y le dan un fuerte abrazo.

   -Eres un chico guapísimo, Dean. –comenta ella. John decide que el hombro de su futura esposa es mejor que el suyo así que se cuelga de Ellen y su mirada oscila de él a Sam, que se acaba de poner a su lado. El cuerpo se le tensa y un sudor frío lo baña.

   -Por fin toda la familia junta. -sonríe John que no se percata de que Dean parece que está en una sala de interrogatorios, pálido y sudoroso.- Dean te presento a tu hermano, Sam Winchester.-

   ¡¡¡Dean, te presento a tu hermano, Sam Winchester!!!

CONTINUARÁ (no es mío)

Julio César.

SAM Y DEAN, UN AMOR INFERNAL… (IV)

Diciembre 4, 2009

   Este relato de los hermanos Winchester corresponde al tipo del Wincest, el incesto entre ellos. ¿Qué siente aquel que está atrapado dentro del amor de otro? Pero atrapado de verdad… Sea como sea, parece aterrador.

   El cuento no es tan exacto, fue escrito por UNA CHICA, originalmente en inglés, idioma que desconozco totalmente, y la traducción del equipo fue fatal. Así que únicamente será una aproximación. Disfrútenlo, vale la pena.

……

Título: La Seducción del Poder… (4)

 Por: Bridget McKennitt

 Vinculación: Sam Dean

 Rating: NC-17

   -Como te soñé…

……

   Dean se apoyó en el marco de la puerta y vio como Sam metió a su hijo en la cama y como se sentó en el borde mientras leía. Sam apenas leyó la mitad del cuento cuando los ojos de Austin se cerraron y se acurrucó más profundamente dentro de sus mantas. Dean se dirigió hacia la cama y se arrodilló para besar a Austin en la frente; Dios, lo amaba tanto, ¿cómo saber qué hacer? 

   Sam hizo lo mismo antes de cerrar el libro y dejarlo a un lado. Miraba a su hijo con amor, pero al levantar la mirada hacia Dean, sus pupilas parecieron velarse de lujuria, de deseos largamente insatisfechos.

   -Es hora de que también nosotros vayamos a la cama, Dean…

……

   Sam cerró la puerta del dormitorio tras ellos, mientras Dean dudaba aún en el centro del mismo. La mirada del menor es falsamente suave, porque exige sin palabras, así que comienza a quitarse los zapatos. Descalzo va hacia la cama, pero Sam, con los labios oprimidos, lo detiene. Sus manos grandes toman los faldones de la franela halándola, quitándose. Y Dean se rinde, bajando también sus pantalones. Siempre dormía en calzoncillos aunque esa no era una noche de rutina. La risa profunda de Sam al verlo así, lo hizo dudar otra vez. Tal vez debería luchar por sus pantalones.

   -Te ves bien, hermano. –susurra Sam al verlo darle la espaldas para colgar sus ropas. Dean se niega a verlo. Quiere seguir resistiendo.- Mírame.

   Se vuelve lentamente hasta quedar cara a cara con Sam. Su hermano ya se había quitado las ropas hasta quedar sólo en calzoncillos también. 

   -Sam…

   -No tiene caso negarte, Dean. Me voy a la mierda y tú me acompañarás. Como siempre. Y no hay nada que pueda hacer al respecto.

   -Qué original, llegas hace poco y ya me amenazas. -Dean se burló de su tono mientras llega a la cama y retira el cobertor.- Han pasado cinco años desde la última vez que te vi y ya estás siendo agotador. ¿Qué quieres? ¿Ser el chico malo? ¿El rudo? ¿Tomarme por la fuerza y tal vez oír mis gritos?

    Sam se echó a reír y movió un dedo hacia Dean. De pronto el hombre joven sale despedido hacia atrás y cae de espaldas en la cama, sorprendido; aún más cuando los calzoncillos bajan por sus piernas, avergonzándolo. Sam se acerca, mientras queda desnudo también, y cae a horcajadas sobre él, apresándolo con sus musculosas piernas, aplastándolo con su peso. Sonriéndole. 

   -Tienes razón en no temerme. No hay peligro de abuso, ¿verdad, Dean? Los dos sabemos que también tú quieres esto.

   –No, Sam… -tartamudeó Dean, pero apoyó las palmas de las manos en los huesos de la cadera de Sam, estremeciéndose ante las mecidas de Sam sobre él, de sus nalgas sobre su miembro. Quiere creer que el calor que lo recorre, que los latidos acelerados de su corazón o el picor en su piel es obra de Sam, de sus artes y que nada tiene que ver con él.-  Así que sólo vamos a retozar un rato, ¿eh?

    Sam se inclina para besar suavemente los gruesos labios de Dean, labios pecaminosos que toda la vida lo torturaron en sus sueños y fantasías eróticas mientras iba creciendo a su lado. Recuerda tantas noches de compartir habitaciones, sentado en su cama en medio de la noche, mirando la boca de Dean entreabierta, esos labios rojizos llamándolo, incitándolo a devorarlos con hambre. Labios que ha deseado con dolor y furia durante los últimos cinco años. 

   -Ese es el plan, Dean, que retocemos. Que seas mío… que te posea… -le sonríe, entre caliente y cínico, mordiendo ese labio inferior que a cada pase de su lengua sabía mejor.- ¿De qué otra manera puedes quedar embarazado de nuevo? –y lo besa a pesar de notar el miedo brillar en los ojos del otro, de lo rígido de su cuerpo y de las manos sobre su pecho que intentan alejarlo.

   -No, Sam. ¡Eso no! No puedes hacerme eso otra vez. Una vez fue suficiente. No podría pasar por toda esa tortura de nuevo.

   -¿No amas a Austin?

   -Si, pero fue… horrible. –y sus ojos, sus labios, su rostro todo, reflejan el pavor.

   -Lo siento, Dean. Me hiciste perder los primeros años de la vida de Austin. ¡Es mi hijo y te lo llevaste! ¿De verdad creíste que podía salirte barato jugar a la ligera conmigo al negarme algo? –a Sam le brillaban los ojos con un amarillo feroz, lo quería castigar, pero… Dean abrió mucho los ojos y jadeó al sentir unos dedos fantasmas atrapando su verga debajo de Sam, y trazar un recorrido de arriba abajo, alternándolo con suaves y ásperos tirones, excitándolo, masturbándolo.

   -No, por favor, lamento haberlo hecho, pero no puedo hacerlo otra vez. Tú no entiendes, no puedes ni imaginar…

   -Sé exactamente lo que sucedió. –casi le grita contenido, bañándole el rostro con su aliento. Furioso otra vez, atrapándole con una mano la barbilla.- Estabas solo y asustado porque estabas embarazado. Ocultándote de toda mirada, de todo el que pudiera notar que no eras un extraño obeso sino un hombre preñado. Vagando por carreteras secundarias como un vagabundo en busca de un lugar seguro, uno donde pudieras echarte a descasar un rato por tu espalda adolorida, tus pies hinchados, pasando un mareo o sufriendo nauseas. No podías recurrir a nadie en busca de auxilio, no había para ti una sola mano amiga, porque nadie de confianza te quedaba ya. Y temías a los otros cazadores. Por lo que te harían… -y toca su abdomen plano y firme, casi con amor.- …y a tu hijo. -Sam hizo una mueca de rabia mientras sus manos fantasmas continuaban jugando con la verga de Dean.- Todo el mundo sabe que eres mi hermano, y saben lo que hice. Hubiera sido sólo cuestión de tiempo hasta que alguien sumara dos más dos y se diera cuenta de quién era el otro padre de tu bebé.

   –Sam, yo… -Dean gimió desviando el rostro. Sí, era cierto, pero era todavía peor. Hubo momentos cuando sintió que su abdomen se rasgaría y sólo le quedaba tumbarse de lado, sofocado, sudoroso, temiendo reventar y morir. Sam lo mira y se inclina hacia abajo y con su lengua, de donde escapa un gemidos al posarla sobre su hermano, lentamente lame un sendero hasta su garganta, degustando otra vez, al fin, su sabor. 

   -Apuesto a que te atrincheraste en alguno deposito infernal en Austin, Texas, soportando el horrible dolor porque no podías hacer otra cosa. ¿Cómo te alimentabas? ¿Qué hacías cuando la fiebre te ganaba? Imagino el parto… -y se miran, el aquella mirada hay severidad, también rabia y… ¿admiración?- Qué miedo debiste sentir al llegar el momento. –baja la mirada hacia la pálida cicatriz debajo del ombligo, una que borrará en cuanto Dean se descuide.- ¿Gritaste cuando te cortaste a ti mismo con tu cuchillo? ¿Sacaste a Austin con tus manos y cortaste ese cordón con el que le alimentabas? –ahora sus ojos son terribles, feroces.- ¿Sabías que pudiste desmayarte debido a la pérdida de sangre y morir? ¡Pudiste morir y yo te habría perdido! –acusa, eso es lo que parece enloquecerlo.- Debiste venir a mí, maldito imbécil. –y una bofetada sin mucha fuerza cruza el rostro del mayor.- Oh, Dean, eres tan maravilloso. –jadea casi en seguida y con un estremecimiento oculta el rostro en el cuello del otro, frotándose, besándolo, oliéndolo, mordiéndolo.- Fuiste tan valiente… Estabas tan solo… Pero esta vez…

   -¡Jódete! -le espetó un segundo antes de quejarse cuando esas manos fantasmas comienzan a recorrer sus nalgas, buscando la entrada de su culo.- No voy a dejar  que… que me hagas eso otra vez.

   -Esta vez será distinto y mejor. Ya lo verás. Nuestro bebé nacerá en el trono del Infierno rodeado de su familia. No te faltará nada, Dean, serás atendido con mimos y diligencias, como corresponde a un príncipe infernal. No tendrás que pasar por todo esto solo. Estaré junto a ti en todo momento, a tu lado, adorándote. –sin apartar los ojos de la verde mirada del otro, Sam levantó una mano y una botella de aceite para bebé voló hacia su palma desde el interior del armario. Y sonriendo comenzó a untar el lubricante en su verga erecta al máximo mientras usa sus poderes para enterrar esos dedos invisibles dentro de su hermano, dilatándolo.-  Vas a convertirte en mi consorte. Piensa en ello. 

   -No… No…

   -Sí. Será maravilloso, Dean. -Sam frota, apenas conteniéndose, la lisa cabeza de su miembro contra la entrada de Dean, y con un firme golpe entra, dejando escapar un jadeo.- No puedes negarte, hermano. Es tu destino estar conmigo para siempre. Nunca tuviste otra opción desde que te convertiste en padre, hermano y madre para mí. Debiste saber que me enloquecerías… que tus ojos, tu sonrisa, tu boca… todo tú terminarían enamorándome. ¿No sabes que todos los que te ven te desean? –gruñe penetrándolo una y otra vez, a veces lento y profundo, otras rápido y rudo, recorriendo con sus labios el pecoso rostro, mordiendo los gruesos labios que tiemblan bajo los suyos.- No podía ser de otra manera, Dean. Le dije que sí a Lucifer para mantenerte a salvo, para tenerte a mi lado, para que fueras míos como soñaba desde que era tan sólo un muchacho. –y lo besa, perdiéndose en sus labios, casi alzándole las caderas de la cama con la fuerza de sus embestidas.

   Dean jadea también, no sabe sí es él o es obra de Sam, pero lo desea, desea ser sometido, enculado… amado por Sam. Y Sam lo sabe, sus ojos brillan terribles. ¡Lo tenía!, Dean era suyo, se dice mientras gruñe su nombre una y otra vez, y atrapa con sus labios la boca del otro, ahogando sus gemidos cuando comenzó a joderlo en serio, necesitando satisfacerse en Dean, pero buscando que Dean lo disfrutara al máximo también.

……

   Dean yace al lado de Sam, quien lo detiene cuando intenta levantarse de la cama. Sam sabe que está avergonzado de su propia pasión. De sus deseos. El menor lo envuelve entre sus brazos dejando escapar un ronco suspiro de júbilo. Había esperado cinco largos años por ese momento. El mayor intenta una vez más alejarse gruñendo algo de ir al baño, y Sam, sonriendo, lo atrapa dejándolo de lado, pegándose a su espalda como cucharitas en un estante. Sam frotó el rostro contra la parte posterior de su cuello y se acurrucó más contra su espalda.

   -Piensas demasiado, Dean. Déjalo así. Estamos juntos, y es perfecto.

   -Esto es todo menos perfecto.

   Sam, suspirando cansino, desenvolvió uno de sus brazos y envió los dedos hacia abajo para acariciar el culo de Dean, antes de empujar uno y clavárselo. Dean gimió y trató de alejarse.

   -Shh, Dean, Austin está dormido. –Sam, sonriendo como un niño satisfecho, ronroneando como un gatito feliz, entierra su nariz en la cabellera de Dean, e inhala el olor de su hermano antes de arrimarse a él de nuevo.- Mañana vas a hacer el desayuno para nuestro hijo y le diré quién soy realmente. Y nos iremos los tres. Mis demonios vendrán a recoger lo que necesites. Entonces comenzarás tu nueva vida como mi consorte, y serás feliz, cariño. Nada de angustias o incertidumbres. Ni penas ni llantos. No habrá más tristezas ni momentos de soledad para ti, Dean, te lo juro por el Infierno.

   -No, por favor. -susurró.- S… Sammy, yo no puedo volver. Ya sabes lo que fue para mí la primera vez.

   -¿Hablas de cuando salvaste mi vida vendiendo tu alma yendo al infierno o de cuando pariste a Austin?

   -De ambas cosas.

   -Dean, Dean… mi vida. –y besa su nuca.- Yo sé lo que fue. Y si Alastair y Lilith vivieran aún, los destrozaría un millón de veces por lo que te hicieron. –y suena terrible, lleno de odio contra aquellos que lastimaron a su Dean.- Pero ahora es diferente. Ahora serás un rey. Ya lo verás. Esta vez nadie te tocará, y no estarás solo durante tu nuevo embarazo. No en el Infierno que he creado. Estaremos juntos, tú y yo con nuestros hijos. -Sam se le encima más, y extiende los dedos sobre el estómago de Dean.- Tú, Austin y nuestro bebé, serán amados por toda la eternidad.

   Dean nada dijo pero un suspiro casi hipo hizo más patente su disgusto, su tristeza. Pero Sam, sonriendo cruel, casi mordiéndole la nuca, se relaja, sabe que tiene a su hermano justo donde lo quería. Dean jamás pudo negarle nunca nada por mucho tiempo. Porque Dean lo amaba demasiado, desde el momento mismo cuando su padre lo colocó en sus manos y le gritó que corriera y lo salvara de la casa en llamas. Una vez que llegara el momento, y ese momento se acercaba rápidamente, Sam tendría todo lo que quería. Aún lo desea, quiere tocarlo, recorrerlo con sus manos, morderlo; sentir el calor de su espalda, trasero y piernas, lo excita, pero sabe que debe darle tiempo. Con voz ronca y suave, susurra unas palabras, al conjuro, Dean cierra sus ojos y duerme. Y el beso que el menor deja tras su oreja, lo hace sonreír.

    Satisfecho, feliz, el más joven de los Winchester apoya su rostro sonriente contra la parte posterior del cuello de Dean. Pobre y dulce Dean, ¿realmente creyó que no volvería por él? ¿Acaso no entendía aún cuánto lo amaba? El mayor había sufrido mucho, por terco, pero también por su gran corazón; ahora él lo compensaría. Mientras el mundo se hundiera en los ayes, las penas y los dolores, dos tercios de los hombres perecieran y del Cielo lloviera fuego, Dean sería feliz, amado, mimado y protegido. Sam se encargaría de eso… como se encargaría de dos hebras canas que ve en su coronilla, o de las arruguitas más pronunciadas alrededor de su boca o de la maldita cicatriz. Casi contiene una risita cruel al imaginar el momento cuando Dean se diera cuenta. Tal vez pensaba que algún día, la vida y el tiempo, lo librarían de Sam… Ignora que eso jamás ocurrirá. Qué estarán juntos para siempre…

   Y tal vez aún más allá.

FIN (no es mío)

Julio César.

SAM Y DEAN, UN AMOR INFERNAL… (III)

Noviembre 18, 2009

   Este relato de los hermanos Winchester corresponde al tipo del Wincest, el incesto entre ellos. Celos y dolor. El puto Rey del Infierno, dueño de todo, sufre por culpa de los celos. ¿No es divertido? Es que quién más ama, o desea, es quien más se expone, aunque el amante fiel se entregue con todo. El que cela y sufre no encuentra jamás límite para sus exigencias. Jamás tiene paz.

   El cuento no es tan exacto, fue escrito por UNA CHICA, originalmente en inglés, idioma que desconozco totalmente, y la traducción del equipo fue fatal. Así que únicamente será una aproximación. Disfrútenlo, vale la pena.

……

Título: La Seducción del Poder… (3)

 Por: Bridget McKennitt

 Vinculación: Sam Dean

 Rating: NC-17

   ¡Mío, mío para siempre!

……

   -Sí, esa noche. –le recuerda.- Cuando te vi salir de mi recamara con la mirada perdida y el rostro tenso, supe que escaparías. Que lo intentarías al menos, así cayeras abatido. –y traga, como si rememorar aquello le molestara muchísimo. O le doliera.- Yo lo sabía y pude haberte detenido, Dean. Pude ordenar que te encadenaran con grilletes a mi cama y tenerte para mí cuando lo deseara, pude mantenerte allí hasta que terminara el embarazo y que Austin naciera en mi presencia, y verlo crecer estos años con demonios como niñeras de su cuna infernal. ¡Pero no lo hice! –su rostro refleja ira contenida, pero también exasperación, como si gritara “¿ves lo que hago por ti? Esto no lo hago por nada ni nadie, SOLO POR TI”.- Estabas… agotado, de todo, y cuando corriste dejé que lo hicieras. Pensé que regresarías pronto. Que tu… estado te obligaría a buscar mi ayuda. Pero no lo hiciste. –casi le grita entre dientes, dando un paso al frente.

   -Si pensaste eso, ¿por qué no lo dejas así? ¿Por qué cambiarlo ahora? Vete, Sam, por favor. Vete y pretende que no me encontraste; que llegaste y ya no estaba… -y sus ojos esmeraldas brillan con algo que parece humedad.- Te lo suplico, por favor, déjame ir. Déjanos marchar; yo…

   -¡Nunca! –es tajante, pero ahora sonríe, como si la angustia de su hermano, sus preguntas y dudas fuera algo divertido.- Vine porque Austin está cada vez más grande y poderoso, puedo sentirlo. –y los labios de Dean tiemblan, “poderoso, sentirlo”, esas palabras lo aterran.- Regresé porque… te hecho mucho de manos, Dean. Y sin que importe el porqué, aquí estoy y aquí me quedaré hasta que consiga lo que deseo. Cuando parta al Infierno, tú irás conmigo.

   -Supongo que entonces no te irás nunca, porque yo no pretendo regresar al Infierno, ni dejar que lleves a Austin contigo. –lo encaró, su hijo le daba el valor para enfrentar al príncipe oscuro.

    -No tengo prisa, Dean. La costa oriental de los Estados Unidos no se conquistó en un día.  -Sam se echa a reír ante la mirada asombrada de Dean e hizo un gesto desdeñoso. – No lo he hecho todavía, así que deja de mirarme así. Vamos, ser un buen anfitrión, cariño, y muéstrame nuestra habitación.

   Dean miró a Austin, su hijo parecía seguro donde estaba, y se volvió hacía Sam, entre molesto y resignado, ¿cómo enfrentarlo? 

   -Está arriba. -no tenía sentido luchar contra Sam; no en ese momento al menos.

   Subió las escaleras de dos en dos, sin esperar al otro, y abrió la primera puerta a la izquierda. Sam lo alcanzó y se detuvo a sus espaldas. Dean podía sentir el calor de su cuerpo justo detrás de él, alcanzándolo, envolviéndolo. Notó que se le acercaba más, y que aspiraba. Sam parecía… olerlo, fue cuando sintió el calor de su aliento en la oreja cuando le habló, bajito, ronco.

   -Me has sorprendido, Dean. Jamás esperé que terminaras pariendo de manera natural; pero debí saberlo. Siempre fuiste… una madre para mí, esa que no tuve mientras crecíamos. –y no hay burla.

   Él, el Señor del Infierno sabía. Ahora podía ‘recordarse’ de bebé en un corral, llorando hasta que una pequeña cara redonda de ojos verdes se asomaba, con un biberón o un juguete en sus manitas, con amor solicito recitando aquella frase que parecía un mantra: “No llores, Sammy”. Dean se estremece y sus hombros quedan rígidos cuando los dedos de Sam, largos, calientes, juegan con los pelillos de la parte posterior de su cuello.

   – Yo sabía que serías una buena madre para mi hijo, estabas destinado a ello, a ser mi consorte. Y lo serás otra vez.

   -Sammy, no voy a hacerlo. No iré contigo. Austin me necesita aquí. –se estremeció mientras apelaba al nombre del pasado buscando encontrar un eco del afecto del ayer.

   -Yo te necesito, Dean. Y Austin se viene con nosotros. ¿De verdad crees que dejaría a nuestro hijo valerse por sí mismo? Él es el Príncipe del Infierno. –dice con voz ronca mientras un brazo rodea la cintura del otro, atrayéndolo.

   Y se estremece. Sam, el rey inicuo, el amo de todo, se estremece de gozo al rodear esa cintura. Su mano grande se apoya en el plano y duro abdomen de su hermano y a duras penas resiste el deseo de recorrer ya esa piel. Y la encuentra allí. La cicatriz. Sabe que está allí mientras su mano lo frota. Él la quitaría, la borraría de su piel como de su mente, y Dean jamás recordaría todo aquel dolor. Esos labios finos y tibios bajan, y Dean tiembla por el contacto. Sam lo besa, los labios recorren su nuca, y vuelve a aspira, parece buscar un olor del pasado.

   En ese momento se escucha el timbre y Dean se distancia de Sam, con las mejillas rojas, avergonzado de las sensaciones que recorrieron su cuerpo. 

   -Debe ser el tipo de pizza. Mejor bajo antes de Austin decida abrir la puerta.

    Dean llega a la puerta antes de que Austin pueda girar el pomo. Aparta al niño antes de abrir la puerta, recordándole por enésima vez que nunca debe abrirle a extraños. Esta vez sí es el hombre de la pizza.

   -Hey. –saludo Dean al desconocido con una leve sonrisa tanto en sus hermosos ojos como en sus labios algo gruesos; agradecía que estuviera allí, la llegada de Sam lo tenía trastornado. Cambió a Austin de una cadera a la otra para poder firmar el recibo de la recepción. Garabateó su firma y lo regresó antes de que el hombre joven le entregara la caja con la pizza.

   -Qué tenga una bonita tarde, señor Winchester. -sonrió el muchacho, seguramente comenzando los veinte, recorriendo con cierto azoro al otro. Dean no pudo evitar devolverle ahora una sonrisa nerviosa, con cierto embarazo notaba, a veces, que gente más joven lo miraba de forma apreciativa, como hacia este, detallando sus ropas y rostro.- Me llamo Erik.

   -A nadie le interesa, Erik. -Sam apareció y tomó la caja de pizza, mirando con una frialdad terrible al muchacho, sus ojos brillaban amarillentos y amenazantes. – ¿No tienes algunas otras entregas por hacer?

   -Uh, sí, señor. Lo siento, señor. -Erik se dio vuelta y regresó rápidamente a su camioneta, casi tropezando con sus propios pies al escapar de aquella sensación horrible de peligro que lo envolvió.

   Dean gruñó bajo y empujó con violencia a Sam con su hombro antes de llevar a Austin a la sala de estar.  Sam, molesto y ceñudo, siguió detrás de él y dejó caer la caja de pizza sobre la mesa de café.

   -¿Se puede saber qué hacías? –pregunta el mayor de los Winchester, alterado.

   -Lo que tenía que hacer, espantar a esa cucaracha. Sabes que estaba en mi derecho a hacerlo, Dean, nadie puede mirarte como él lo hizo.

   Dean bajó a Austin sobre un sillón antes de girar para hacerle frente a Sam.

   -No, no tenías ninguna necesidad de dejar salir tu esencia maligna. No tienes que andar asustando gente sin necesidad. Ese muchacho no era una amenaza.

   -¡Te deseaba! –casi acusa, sus ojos de un amarillo oscuro y tormentoso.- Sí no hubiera estado aquí habría intentado algo, un acercamiento, sin importarle que tuvieras a Austin en brazos. –su rostro es severo, recorriendo nuevamente el cuerpo de su hermano, estremeciéndose.- No se lo iba a permitir. Sí te hubiera tocado… lo habría matado. O ¿acaso deseabas que ocurriera algo? ¿Acaso desbaraté algún encuentro? –su voz es aterciopelado. Celoso.

   -¡Sammy! -Dean gira exasperado sus ojos, callándole, mirando hacia Austin, quien podía escuchar. Baja más la voz.- Yo no hago esas cosas. El único hombre con el que… has sido tú. –cierra los ojos.- Siéntate mientras sirvo la pizza. Haz algo bueno, trata de encontrar el programa favorito de Austin en la televisión. Lo transmiten en este momento.

   -Puedo hacerlo. -dijo Sam mirando a Austin; ese hijo que lo miraba con los ojos verdes de su hermano. Tan sólo por eso ya lo amaba.- ¿Qué te gusta?

   –Avatar. -respondió Austin.- Quiero ser como Aang.

   -Es en Nickelodeon. –susurró Dean con voz gruesa, lanzando una dolorosa mirada de amor a Austin, antes de dirigirse a la cocina por platos, servilletas, y bebidas. 

   Sam lo miró salir, sintiéndose un tanto molesto, ¿por qué tenía que sufrir así, resistiéndolo, resistiéndose a su destino de príncipe consorte? ¿Acaso no entendía que estaba ahí para darle la vida que merecía? Qué tonto era Dean, sonríe; siempre lo fue. Y eso siempre le gustó. Lo vio Regresar un momento después, para sorprenderse al encontrar a Austin sentado en su regazo, perdida su atención en Aang.

   Austin parecía cómodo, apoyando su cabeza sobre el pecho de Sam, y aceptando el musculoso brazo alrededor de él.  Cada tanto, Sam le daba un beso en la parte superior de la cabeza. Y Dean no lo entiende. Normalmente Austin siempre se resistía a la cercanía de extraños, pero ahí estaba, contento sentado sobre Sam. 

   Dean sintió un dolor en su corazón al ver la escena. Esto era lo que siempre había querido, a su familia junta y unida. Nunca pudo conseguirlo con John y Sam, por mucho que lo intentó. Aún recuerda la mañana que Sam había partido para Stanford. Su padre salió de cacería y no apareció en semanas. Y Sam ya no estaba. Y él lloró, era un hombre joven y duro que se permitió llorar en medio de la soledad. ¿Por qué le hacían todo aquello? ¿Acaso no había renunciado a ser hijo pàra convertirse en un fiel y obediente soldado para su padre? ¿No le dijo adiós a su niñez para convertirse en el guardián de Sam, haciendo todo lo que pudo para protegerlo? Al final había fallado, algo hacía mal y por eso todos le abandonaban. Ahora había una nueva oportunidad. Se estremece, Sam lo mira, y de alguna forma sabe que el otro conoce de su angustia.

   No, no podía dejarse engañar por Sam, sabía que no había un futuro donde coincidieran Sam y Austin. No importa lo que él pensara, Sam seguía siendo el Rey del Infierno, y ese tipo de cosas nunca traería felices para siempre. Sam lo mira adivinando sus pensamientos, luego se inclina hacia Austin. 

   -Austin quería empezar a comer, pero le dije que teníamos que esperar a papá.

   -Gracias. –y no pudo evitar una tímida sonrisa.- Es tragón, como yo. –y no reparó en los ojos de Sam sobre sus labios. Abrió la caja de la pizza y colocó una rebanada en cada plato, antes de entregar uno a Austin y otro a Sam. -Ahora, Austin, recuerde no ensuciarte.

   -¡No lo haré! –sonaba ofendido, tomando la rebanada de pizza con ambas manos y empezando a comer. La salsa se derrama por toda su la boca y camisa.

   Dean fue a recoger una servilleta para limpiarle cuando Sam tomó la servilleta de su mano. 

   -Déjame hacerlo. Relájate y disfruta de tu pizza, Dean.

   Dean sintió que las rodillas no le aguantaban, sabía que era un truco del otro, y cayó sentado en el suelo, apoyado contra las piernas de Sam mientras lo miraba limpiar suavemente la salsa sobre la boca de Austin. El corazón de Dean se aceleró de nuevo. Sam parecía tierno, Austin feliz. No, esto no era real.  Nada de esto era verdad. Sam era malvado.

   Después de la cena y de una ducha, Dean lleva a Austin a su dormitorio. El niño, apoyando la cabeza en su hombro, sacando su dedo pulgar de la boca, pide:

   -Papá, quiero dormir contigo esta noche. ¿Puedo, por favor?

   -Esta noche no, Austin. El amigo de papá y yo tenemos mucho por conversar. ¿Quieres que te lea un cuento?

   -¿Puedo leérselo yo? -Sam estaba ya en la habitación de Austin con un libro en las manos.  Dean vio que era favorito de Austin.

   -Sí, puedes hacerlo.

   Dean se apoyó en el marco de la puerta y vio como Sam metió a su hijo en la cama y como se sentó en el borde mientras leía. Sam apenas leyó la mitad del cuento cuando los ojos de Austin se cerraron y se acurrucó más profundamente dentro de sus mantas. Dean se dirigió hacia la cama y se arrodilló para besar a Austin en la frente; Dios, lo amaba tanto, ¿cómo saber qué hacer? 

   Sam hizo lo mismo antes de cerrar el libro y dejarlo a un lado. Miraba a su hijo con amor, pero al levantar la mirada hacia Dean, sus pupilas parecieron velarse de lujuria, de deseos largamente insatisfechos.

   -Es hora de que también nosotros vayamos a la cama, Dean…

CONTINUARÁ…

Julio César.

SAM Y DEAN, UN AMOR INFERNAL… (II)

Noviembre 9, 2009

   Este relato de los hermanos Winchester corresponde al tipo del Wincest, el incesto entre ellos. Conoceremos el poder de una obsesión. La de aquel que sonríe viendo al mundo en las llamas provocadas por sus manos tan sólo para encender un cigarrillo. O será, tal vez, que ese pequeño, perecedero y fútil cigarrillo signifique para él, toda la Creación. Casi asusta imaginar que seres así puedan existir.

   El cuento no es tan exacto, fue escrito por UNA CHICA, originalmente en inglés, idioma que desconozco totalmente, y la traducción del equipo fue fatal. Así que únicamente será una aproximación. Disfrútenlo, vale la pena.

……

Título: La Seducción del Poder… (2)

 Por: Bridget McKennitt

 Vinculación: Sam Dean

 Rating: NC-17

WINCEST

   No lo soltaría, ¿cómo podría?

……

   Sam, por su parte, fue todo sonrisas y encanto cuando se arrodilló frente a Austin, mirándolo fijamente, fascinado. 

   -Hola, Austin. Eres un niño muy guapo. Eres la viva imagen de tu padre. –repara en los ojos verdes del niño, pero algo achinados, en su cabello corto, no claro sino de un castaño oscuro, y en las pecas de su nariz. Ahora mira a Dean, y en sus ojos brillaba un tono más oscuro de amarillo.- Vas a llegar a ser todo un rompecorazones, todas las chicas te amarán y atesorarán con una sonrisa tu recuerdo… También tu hermano.

   -Yo no tengo herma…

   Dean tragó en seco y atrapó a Austin en sus brazos y lo mantuvo de espaldas a Sam. 

   -Bueno, ya es suficiente, Sam. ¿Qué quieres? –demanda temeroso pero decidido, alzando la barbilla, magnifico, o así lo piensa el otro mientras se pone de pie.

   -¿Qué quiero, Dean? ¿Qué crees que cada rey quiere? –lo mira a los ojos, firme, demandante.- Quiere a su consorte en su vida y en su lecho, y quiere una familia. Y tú eres mío. –se le acerca tan sólo un poco.- Te quiero a ti, Dean, junto a mí, compartiendo mi trono y mi poder… y a Austin.

    Dean lo mira aterrorizado, no podía dejar de apretar los puños alrededor del pequeño cuerpo de Austin, temblando ante las palabras de Sam… las cuales Austin escuchaba.

   -Sam… –pidió, totalmente rojo su rostro y destacándose sus pecas.

   Y el otro sonríe, le sonríe aunque sus ojos son fríos, levantando las manos en señal de rendición. 

   -Está bien, puedo esperar un poco más para que hablemos. ¿No te he esperado tanto tiempo ya, Dean? –y su voz es suave, sedosa, su sonrisa amable. Ese Dean suena a intimidad, a “te he extraño mucho en mis noches frías”. Pero sus ojos siguen siendo helados.- Tan sólo quería saber cómo estabas, hermano; ya no soportaba pasar otro día sin verte. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que me dejaste?

   -Austin cumplió cuatro años este año.

   -¡Cinco años! Cinco largos y vacíos años sin verte, Dean. Sin oír tu voz, sin… tenerte a mi lado. Dime algo, ese Austin… ¿de qué viene ese nombre?

   -Él nació en Austin, Texas. –y se estremeció, cosa que no pasó desapercibida a esos ojos amarillos.

   Dean podía recordarlo todo, todo sobre ese día en Austin, Texas. Las lágrimas que derramó aunque quiso aguantar, los roncos gemidos pidiéndole ayuda a alguien o algo (sí Castiel hubiera podido, seguro que habría aparecido para asistirlo, pero ya había muerto). Recuerda bien el sufrimiento lacerante en sus carnes que acompañó el nacimiento de Austin, de cómo casi se sintió flotar y morir entre el dolor y la sangre derramada, y de cómo el mundo pareció perder consistencia. Estaba convencido de que moriría… y de que el niño que escuchaba llorar quedo a su lado, lo acompañaría. Y casi lo pidió al Cielo.

   Había dos cosas sobre ese hijo que amaba que jamás podría olvidar: el momento de su llegada a este mundo… y el cómo llegó a ser gestado. Su rostro, rojo de vergüenza, amargura y dolor, se desvía hacia la nuca del niño, y por un momento llega el alivio. Valió la pena. Ignora que Sam sabe de esa aceptación.

   -Entiendo; entiendo mejor de lo que crees. Y, bueno, en alguna parte debía nacer, ¿no es así? -Sam se echa a reír y el amarillo en sus ojos se aclara hasta que casi fue de su color avellana normal.- Voy a estar aquí por un tiempo más, Dean. No estaba bromeando acerca de lo que dije antes, así que deja a Austin, creo que lo asustas.

   En el niño creció la ansiedad al estar atado a su padre durante tanto tiempo y se agitó hasta que se liberó del cuerpo de Dean. No entendía qué le pasaba, lo sabía cariñoso, pero ese abrazo era… temeroso. Luego corrió a la sala donde sus juguetes se extendían por todo el suelo. 

   -¿Qué quieres? –sin alzar la voz, encarándolo y temiéndole, un atisbo del antiguo Dean se hizo presente mientras Sam miraba al niño alejarse. 

   -Ya te lo dije, vengo por mi familia. –lo mira a los ojos, sonriendo con la picardía y ruegos siempre presentes en los años de su adolescencia cuando convencía de lo que fuera a su hermano mayor.- Te necesito, Dean. Los necesito a los dos. El motivo que me llevó a embarazarte fue el que quería una familia. Hijos. Quería mis hijos, pero no con cualquiera, Dean, querías hijos contigo. –sonríe aún más al decirlo y Dean palidece.- Y aquí están los dos. El hecho de que estuviera fuera de sus vidas durante cinco años no significa que los haya olvidado. Ni fue mi elección.

   -Por Dios, Sam… -Dean traga saliva.- Yo esperaba que… que no me buscaras. Que hubieras decidido continuar sin nosotros y…

   -¡Jamás! Eres mío, ¿no lo entiendes, Dean? Quise darte tiempo para que recapacitaras. Que te calmaras y volvieras por tu cuenta. Esa noche, cuando… -y calla ante el dolor en la mirada de su hermano. Y una furia homicida crece en el pecho del menor. De celos. De frustración. Él, que lo tenía todo…

   -¿La noche que asesinaste a Bobby, a Ellen, a Rufus y…?

   -¿…Y a Castiel? –termina por él, con rencor. ¡Cómo había odiado al ángel!

   Lo recordaba, sonrió con crueldad al ir acabando con sus enemigos. Por muchos no sintió nada. Bobby… Ellen… Tal vez ellos habrían podido sobrevivir. De haberse sometido, de haber caído de rodillas, como tantos cientos de millones, pero no lo hicieron. Pero Sam, el maestro de la mentira, no se engaña. Aunque hubieran doblado sus espaldas, habrían tenido que morir, porque jamás habría podido confiar en ellos. No con Dean ahí, no con Dean gritándole, entre la furia y los sollozos, que se detuviera, que diera marcha atrás, que resistiera a Lucifer.

   No podía confiar en Bobby ni en Ellen mientras embarazaba a Dean, porque lo deseaba, deseaba herederos, y los quería de Dean, para que siempre estuviera atado a él, para que jamás pudiera escapar. Bobby y Ellen, lo sabe, aunque hubieran jurado lealtad ante el trono de las abominaciones, en el fondo, aunque sus almas estuvieran condenadas, habrían intentado proteger a Dean, y lo habrían secundado en sus planes, fueran los que fueran, contra él. Y sin embargo, todavía no era sincero del todo.

   Mató a los dos cazadores que en un momento representaron a su madre y a su padre, muertos mucho antes, porque amaban a Dean, y Dean los quería. Por ello fue terriblemente cruel y sanguinario cuando terminó con Castiel. A él sí que lo odió. El ángel se había atrevido a ocupar su lugar en el corazón de su hermano, a ser su amigo, su apoyo. Dean se volvía hacia Castiel como únicamente DEBIA hacerlo hacia él. Y supo adivinarlo. Castiel jamás lo engañó. Notaba sus miradas hacia Dean, su eterna vigilia, la de pequeñas cosas que hacía para buscar la aprobación de su hermano. Y de las muchas veces que le advirtió del peligro que representaba Sam.

   Lo mató porque amaba a Dean. Acabó con todos para que a Dean ya no le quedara nada ni nadie, sólo él. Únicamente él. Por Dean, el Cielo, el Infierno y la Humanidad podían irse a la mierda. Fue en ese momento, con los cadáveres apilándose, Rufus, Bobby, Ellen y Castiel destrozados, muertos para siempre, que intuyó los planes de su hermano. No, no un plan. Dean se dijo simplemente “hasta ahí”, había soportado sus caricias y besos, su ‘amor’, incluso la idea terrible de aquel embarazo (esperando que cambiara, qué entendiera), pero ya había cruzado el límite.

   -Sí, esa noche. –le recuerda.- Cuando te vi salir de mi recamara con la mirada perdida y el rostro tenso, supe que escaparías. Que lo intentarías al menos, así cayeras abatido. –y traga, como si rememorar aquello le molestara muchísimo. O le doliera.- Yo lo sabía y pude haberte detenido, Dean. Pude ordenar que te encadenaran con grilletes a mi cama y tenerte para mí cuando lo deseara, pude mantenerte allí hasta que terminara el embarazo y que Austin naciera en mi presencia, y verlo crecer estos años con demonios como niñeras de su cuna infernal. ¡Pero no lo hice! –su rostro refleja ira contenida, pero también exasperación, como si gritara “¿ves lo que hago por ti? Esto no lo hago por nada ni nadie, SOLO POR TI”.- Estabas… agotado, de todo, y cuando corriste dejé que lo hicieras. Pensé que regresarías pronto. Que tu… estado te obligaría a buscar mi ayuda. Pero no lo hiciste. –casi le grita entre dientes, dando un paso al frente.

   -Si pensaste eso, ¿por qué no lo dejas así? ¿Por qué cambiarlo ahora? Vete, Sam, por favor. Vete y pretende que no me encontraste; que llegaste y ya no estaba… -y sus ojos esmeraldas brillan con algo que parece humedad.- Te lo suplico, por favor, déjame ir. Déjanos marchar; yo…

   -¡Nunca! –es tajante, pero ahora sonríe, como si la angustia de su hermano, sus preguntas y dudas fuera algo divertido.- Vine porque Austin está cada vez más grande y poderoso, puedo sentirlo. –y los labios de Dean tiemblan, “poderoso, sentirlo”, esas palabras lo aterran.- Regresé porque… te hecho mucho de manos, Dean. Y sin que importe el porqué, aquí estoy y aquí me quedaré hasta que consiga lo que deseo. Cuando parta al Infierno, tú irás conmigo.

CONTINUARÁ…

Julio César.

SAM Y DEAN, UN AMOR INFERNAL

Noviembre 7, 2009

   Este relato de los hermanos Winchester corresponde al tipo del Wincest, el incesto entre ellos. No es para muchachos, pero imagino que aquí no entran. Al leerlo me sorprendí, realmente me… disgustó, pero mientras más lo procesaba más estimulaba la imaginación. Es relativamente ligero sexualmente, pero la intencionalidad es enorme. Aquí vemos a unos hermanos muy distintos, a un Dean débil, atormentado, sometido. Y a un Sam fuerte. Sí comienzan a leerlo sabrán por qué lo incluí en dos categorías (no me gusta hacerlo, parece un truco), pero era necesario. Aquellos que hayan seguido las desventuras del sargento Anderson en Relatos Gay de Malditos, seguro que se les hará agua la boca. Hay control, poder… y amor. En verdad eso fue lo que más me sorprendió.

   El cuento no es tan exacto, fue escrito por UNA CHICA, originalmente en inglés, idioma que desconozco totalmente, y la traducción del equipo fue fatal. Así que únicamente será una aproximación. Disfrútenlo, vale la pena.

……

Título: La Seducción del Poder

 Por: Bridget McKennitt

 Vinculación: Sam Dean

 Rating: NC-17

WINCEST

   Cuando se tiene derecho… hay que aferrarse a la dicha.

……

   Cuando Dean Winchester oyó el timbre de la puerta se detuvo en lo que estaba haciendo, secar con un pañito unos platos que acomodaba en un viejo aparador, pensando de pasada que estaba convertido en todo un amo de casa. 

   -¿Ya lo ves?, está aquí. Te dije que la pizza no tardaría toda una eternidad en llegar. -informa con una gran sonrisa de amor mientras se acerca al niño sentado a la pequeña mesa de la cocina y riendo alegre cuando este esquiva la mano húmeda que iba a su cabello, antes de soltar el paño y dirigirse a la puerta.

   Sonriendo todavía, sintiéndose bien, abrió los muchos cerrojos, listo para felicitar al conductor de entrega de pizza por llegar tan rápido, cuando la visión que encuentra hace que caiga su mandíbula. Sus carnosos labios parecen palidecer y dejando caer la mano, inconscientemente, da un paso atrás. El corazón le duele, los vellos claros de su nuca se erizan y sus verdes ojos parecen nublarse.

    -Sam…  –dejó escapar como un susurro.

   Allí estaba su hermano, sereno, mirándolo fijamente con unos ojos de un amarillo pálido, muy lejos de aquel tono fuerte de hace cinco años atrás, cuando a Dean le recordó al viejo enemigo que acabó con su familia, el demonio Azazel. Ojos diabólicos que lo hicieron correr, de prisa, huyendo con miedo de su hermano menor. Cinco años en los que se ha ocultado de todos, bendiciendo todos los días a Castiel, el difunto ángel que imprimió en sus costillas aquel sello que lo cubría de las miradas de demonios… y ángeles.

   -Hola, Dean. Cuánto tiempo sin verte, hermano. ¿No vas a dejarme entrar? –y sus ojos centellearon,  pero sonrió divertido, apoyando un brazo contra el marco de la puerta para impedirle cerrarla, recorriendo al otro de pies a cabeza, reparando en la delgada franelilla que cubría su torso, deteniéndose en sus mejillas coloradas, sus ojos enormes que parecían llenos de desafío… y miedo. Y en su boca… esa boca que…

   -Y si no quiero, ¿harás algo horrible?

   La sonrisa de Sam se acentuó. 

   -Tal vez. Es un barrio bastante decente el que elegiste, Dean. Pobre y feo, pero seguro. No me gustaría ver que algo le sucediera, así como a las personas que viven aquí.

   Sam inclina la cabeza y Dean puede ver sobre su hombro a las niñas que vivían al frente, dos chicas coreanas; la mayor había celebrado su fiesta de cumpleaños, por su sexto año de vida, la semana pasada. Había ido a la fiesta y le dio a Yun esa bicicleta donde estaba montada en aquel momento a caballo, mientras su hermana menor se echaba a reír.

   Dean cerró los ojos un instante, derrotado, ya no podía cargar con más culpas, y el sacrificio de viejos y niños le era inaceptable.

   -Puedes entrar…

   -Ah, ya lo creo, Dean, tengo toda la intención de entrar… -dijo con ironía. Dean se estremece, sabía que su hermano disfrutaba torcer sus palabras en un doble sentido para humillarlo.

   Sam miró a su alrededor mientras penetraba en la humilde vivienda, una casa que su hermano había levantado a la medida de sus recursos. Dean no había contado con mucho dinero cuando se mudó, pero se esforzó en hacer de esas cuatro paredes un hogar.  No podía haber hecho menos. Trabajó duro, con sus manos; no atreviéndose a estafar con tarjetas de crédito (le horrorizaba ser detenido y que le quitaran al niño) debió partirse el lomo.

   -Has hecho un gran trabajo levantando esta casa, Dean. –Sam se volvió a mirarlo.– Pareces cansado. Trabajaste duro, ¿verdad? Pero tú sabías que no tenías que hacerlo. Sólo tenías que llamarme y yo te habría dado cualquier cosa que tú quisieras. Un penthouse, una mansión. Un castillo. Te lo habría dado todo, hermanito, no tenías que luchar tanto, esforzándote, agotándote. –lo mira de forma oscura y una de sus manos grande se dirige a ese rostro tan conocido. Tan extrañado.- Todo. Te lo habría dado todo. Yo habría querido estar cuando…

   -Pero lo hice yo. A mi manera. –responde entre dientes, alejando el rostro. Y los ojos de Sam refulgen. Lo entiende. Dean no lo dice, pero comprende: lo hizo como lo hace todo, como un Winchester. No, a lo Dean.

   Y fue en ese momento cuando el chico apareció a la vista de ambos. Sam sonrió leve y Dean tragó saliva, cerrando por un instante esos ojos que el otro no abandonaba por mucho tiempo desde su llegada. El niño llegó con los brazos cruzados sobre su pecho y su boca curvada ya en un puchero impresionante.

   -Papá, ¡dijiste que la pizza estaba aquí! –reclamó. Habló demasiado rápido y dejó caer las cartas de sus palabras como sí se tratara de una sola, pero Dean le entendía perfectamente.

   -Me equivoqué, hijo. No era el hombre de las pizzas. Es… -se enredó, enrojeciendo y tartamudeando un poco mientras trataba de explicar la existencia de Sam. – Es un amigo de papi; saluda a Sam, Austin.

    Austin vaciló, pero murmuró un “hola” de todas maneras. Dean no se molestó en regañar a su hijo por el tono; no cuando estaba tan asustado de lo que su hermano podía hacer. Hacerle a él, a Dean Winchester, el hermano que escapó. Uno simplemente no desafiaba el pequeño y puto rey del Infierno sin pagar finalmente las consecuencias. El mayor de los Winchester sabe que el menor viene a matarle, que moriría dentro de poco, y (esto le duele infinitamente mucho más) por Austin.

   Sam, por su parte, fue todo sonrisas y encanto cuando se arrodilló frente a Austin, mirándolo fijamente, fascinado. 

   -Hola, Austin. Eres un niño muy guapo. Eres la viva imagen de tu padre. –repara en los ojos verdes del niño, pero algo achinados, en su cabello corto, no claro sino de un castaño oscuro, y en las pecas de su nariz. Ahora mira a Dean, y en sus ojos brillaba un tono más oscuro de amarillo.- Vas a llegar a ser todo un rompecorazones, todas las chicas te amarán y atesorarán con una sonrisa tu recuerdo… También tu hermano.

   -Yo no tengo herma…

   Dean tragó en seco y atrapó a Austin en sus brazos y lo mantuvo de espaldas a Sam. 

   -Bueno, ya es suficiente, Sam. ¿Qué quieres? –demanda temeroso pero decidido, alzando la barbilla, magnifico, o así lo piensa el otro mientras se pone de pie.

   -¿Qué quiero, Dean? ¿Qué crees que cada rey quiere? –lo mira a los ojos, firme, demandante.- Quiere a su consorte en su vida y en su lecho, y quiere una familia. Y tú eres mío. –se le acerca tan sólo un poco.- Te quiero a ti, Dean, junto a mí, compartiendo mi trono y mi poder… y a Austin.

CONTINUARÁ…

Julio César.

DEAN Y CASTIEL, ¿UNA TENTACIÓN DIVINA?

Noviembre 4, 2009

DEAN & CASTIEL

   Hasta él necesitaba un ángel de la guarda…

……

   Como dije, no sabía que Supernatural tenía tanto fans como mi Brokeback Mountain, pero debí imaginarlo. Lo que a alguien deja indiferente, conmueve a otros. Aunque Supernatural es uno de esos programas que vale la pena sentarse a ver una tarde en una mini maratón. Buscando sobre el programa, y Jensen Ackles, encontré un cuento de una admiradora. Y aquí reitero algo que ya había comentado antes: es curioso como las mujeres escriben sobre relaciones románticas de corte gay. La historia es ligera, casi rosa, pero bonita.

   Antes de llegar a ella debemos recordar como al final de la tercera temporada, en un capitulo horrible de dolor y desesperación, vemos morir a Dean Winchester, el hermano mayor, el valiente, el duro, el macho, el seductor. Por la vida de su hermano hizo un pacto con los demonios: ellos regresaban a Sam a la vida y al cabo de un año él moriría e iría al infierno. ¿Para qué recordar los últimos cinco minutos, Dean gritando y siendo atacado por los perros del Infierno, ensangrentado, cayendo muerto, con Ruby a su lado, caída también, y enfocándose en su pupila llegamos a un lugar de horror, donde es martirizado feamente? Allí quedaba mientras los créditos comenzaban, gritando por ayuda, llamando a Sam. Fue escalofriante, recuerdo que me decía: no, no coño, no puede ser.

   Realmente no vi la cuarta temporada sino por cachitos, esperaba me la enviaran toda completa. Me gusta ver de tres o cuatro capítulos; pero de uno que otro que vi en televisión, encontré a Castiel, un tipo extraño, un ángel enviado por Dios para rescatar a Dean del Infierno, ya que aún tenía una dura misión que cumplir (claro, Dean Winchester, el duro soldado): encabezar un ejercito para enfrentar el fin del mundo. Pues bien, el tal Castiel (Misha Collins) era un sujeto que lo miraba de forma extraña, me pareció a mí. Luego comentándolo con otros, y leyendo blogs, encontré que todos opinan casi igual: Castiel ama a Dean, y a este no le parece del todo indiferente.

   Sobre eso trata el relato de Pipi Calzascortas (waddi wassi). Por maña cambié una que otra coma. Disfrútenlo, y les recuerdo que este es ligero. Hay otros que no, pero a esos llegaremos después:

……

LA PRIMERA VEZ ES CURIOSIDAD…

   La primera vez es simple curiosidad. Tiene que serlo, porque sigue siendo un ángel. Los ángeles no sienten, al fin y al cabo. Es curiosidad porque lo ha visto antes, a lo largo de sus dos milenios de vida, y no entiende el por qué. No comprende por qué a los humanos les gusta eso. Sabe que ellos necesitan calor humano. Sabe que necesitan estar cerca y sentirse amados, que eso les da una idea de protección que él no acaba de comprender. Sí, no entiende que hagan eso y que les guste. Castiel simplemente no entiende los besos. Así que… lo besa. A él. A Dean Winchester.

   Es de noche, están en algún lugar de Wyoming y Sam ha salido, probablemente con Ruby. Dean despierta en medio de la noche y el ángel está sentado sobre la cama, a su lado, mirándole con la misma inexpresividad de siempre. Dean vuelve a hacer la broma sobre el tipo de personas que observa cómo duerme los otros, aunque a la enésima vez haya perdido la gracia. Castiel no responde, sólo observa. Y cuando Dean se levanta, él también se pone de pie, cortándole el paso y lo hace. ¡Lo besa!

   Lo toma del cuello de la camisa, halándolo, y lo besa. Queda claro que los ángeles no son unos románticos, porque lo empuja contra la pared y lo besa. Y es un beso agresivo, casi mordido, y frío. Es evidente que Castiel tiene poca experiencia. Tal vez él mismo se daría cuenta si no estuviera ocupado procesando lo que está pasando. Cuando se separa, Dean tiene sus bonitos y alegres ojos muy abiertos y su corazón late a muchas más pulsaciones de lo normal. El ángel pestañea y le mira, como si no comprendiese.

   Antes de que Dean pueda decir nada, Castiel ha desaparecido.

   Tarda más de dos semanas en reaparecer. Sammy lleva esas dos semanas haciendo bromas sobre lo callado que está Dean, y Ruby ha adquirido esa costumbre de observarle insistentemente, como si estuviera intentando ver a través de él. El mayor de los Winchester, mientras tanto, intenta actuar como siempre. Golpea con los dedos el volante, siguiendo la melodía de la canción que suena por los altavoces y observando la carretera. Y entonces aparece.

   Aparece en el asiento trasero del coche, al lado de Ruby, quien en algún momento se ha convertido en una compañera de viaje más o menos habitual. Cuando Dean lo ve a través del espejo retrovisor, da un volantazo y el Impala gira un par de veces antes de frenar, atravesado en mitad de una carretera comarcal de Idaho.

   -¿Qué demonios haces, Dean? –estalla Sammy.

   El otro calla. Respira hondo y mira a Castiel, y cierra los ojos. Le asalta el recuerdo del ángel besándole y quizás sea por eso que no se da cuenta de Ruby, de su sonrisa maliciosa y de cómo pasea su mirada entre uno y otro. Se tranquiliza y vuelve a girar el volante. Cuando por fin encuentra un momento para preguntarle a qué carajo vino eso, el ángel ya le ha dado la información a Sam y ha desaparecido. ¡Bastardo!, es la única palabra que le viene a la mente para referirse a Castiel en ese momento.

   -¿Curiosidad? ¡¿Curiosidad?!

   Dean camina de un lado a otro de la habitación. Castiel está sentado en la cama, serio, observándole con el ceño fruncido (la cual parece ser la única expresión facial algo humana que conoce). Se detiene, le observa como incapaz de comprenderlo y vuelve a caminar por la habitación; sabe que probablemente está desconcertando al ángel más de lo que ya lo estaba, pero qué demonios, le da exactamente igual.

   -¿Curiosidad? –repite.

   -Sí.

   -¿En serio?

   A Dean lo han besado por muchas razones. Generalmente por su increíble atractivo. Por su carisma. Para llevárselo a la cama. Muchas lo han hecho. Incluso probablemente algún demonio disfrazado de femme fatale le ha besado en algún momento de su vida para acabar con él, pero nunca le habían besado por curiosidad.

   -Bien, bien.

   Se rasca la cabeza y coge una de las cervezas que compró hace un rato. Da el primer sorbo y no sabe si es que la cerveza le sienta bien o que realmente se ha tranquilizado ya, pero por fin lo mira con cierta tranquilidad y se detiene a darle un consejo.

   -Si tienes curiosidad, al menos besa mujeres. Ya sabes, esas que tienen pechos grandes y mueven el culo al andar. Una delicia.

   -Técnicamente tú…

   -Si me dices que yo también muevo el culo al andar, te lanzo la cerveza a la cabeza. ¡Y deja de andar mirándome el trasero!

   Castiel vuelve a aparecer. Lo hace en Colorado, cuando intentan evitar que uno de los sellos se rompa. Aparece con Uriel esta vez, pero no les importa demasiado porque realmente necesitan cualquier ayuda posible, aunque sea la de un bastardo como ese. Vuelve a hacerlo en California, con el caso de un par de adolescentes desaparecidas. Y también en Illinois. Pero realmente no vuelven a hablar del tema hasta que evitan que se rompa el sello en Louisiana.

   Es de noche, hace calor y es la tercera cerveza fría que toma, pero está ayudando más bien poco. Castiel aparece entonces con su abrigo, su aire como de extravío y su seriedad habitual. Dean le ofrece una cerveza que es rechazada.

   -Podías haber besado a Ruby. –deja salir, no quería, pero esa vaina todavía le inquieta.

   -Es un demonio.

   -Este sujeto… el tipo cuyo cuerpo vistes… ¿era gay? Porque igual eso tiene algo que ver. -hace una mueca y luego gira la cabeza como accionada por un resorte-. ¡No es que yo lo sea! De hecho, no lo soy. A mí no me va eso.

   -Ya.

   Se quedan en silencio un rato más. Da otro trago a la cerveza y se vuelve a girar.

   -Tan locuaz como siempre. -espera una respuesta que no llega y mira al frente, antes de hablar otra vez-. ¿Satisfizo al menos tu curiosidad? -no tuvo que girarse para ver que ya se había quedado solo otra vez.

   -¿Duele?

   -No mucho.

   Sammy tiene un corte profundo en el brazo y la cara de Dean no se parece mucho a lo que era. Ruby ha sido probablemente la menos afectada, pero duda seriamente que pueda mover bien ese brazo en las próximas semanas. El caso en Dakota ha salido peor de lo que esperaban, pero al menos han acabado con esos malditos vampiros. Entre tantos sellos apocalípticos rotos, casi es agradable sufrir heridas por casos que no tienen nada que ver con ellos.

   -¿Cómo estás tú?

   Ruby le lanza una mirada entre incrédula y endurecida, y luego suspira.

   -Sobreviviré, Dean.

   -Bien. Ahora vuelvo.

   Sale a la balconada, intentando parar con una mano la hemorragia de su mejilla derecha. Mira a un lado y a otro y no es hasta que se gira que se topa frente a frente con Castiel. El ángel se acerca más de lo debido, como hace siempre, y posa los dedos en su herida. Su toque es cálido. Confortante.

   -Eh, eh. Ya te dije que no me gusta eso de lo gay… -calla en medio de la frase y se lleva las manos a la herida. No sólo ha dejado de sangrar, sino que ha desaparecido por completo. Retrocede unos centímetros, mirando a Castiel con extrañeza.

   -No me gusta verte herido. Ahora estarás bien.

   Vuelve a desaparecer durante tres semanas y Dean empieza a maldecirle por ello. Al menos podía avisar de cuando va a aparecer y desaparecer, para saber cuándo pueden contar con él y cuándo no. Pero nada, es imposible. Hay un par de cosas que a ese ángel no le entran en la cabeza, y si la primera tiene que ver con el espacio personal, la segunda es precisamente que su manía de desaparecer no es de muy buena educación. ¡Estaban en guerra!, debían saber si contaban con él. O eso se decía. ¿Dónde estaría? ¿A dónde iba cuando no estaba allí?

   Cuando aparece, él duerme. Aunque lo más correcto sería decir que intenta huir de sus pesadillas, del recuerdo de su estadía en el Infierno. De las cosas que tuvo que hacer. Se despierta de repente, al sentir el peso sobre la cama. Y si en algún momento tiene una leve sensación de deja vú, la obvia por completo. Ve los dedos de Castiel acercarse a su frente y tarda unos segundos en hablar, distraído como estaba notando su mirada atenta y preocupada. Por él.

   -¿Qué haces?

   -Ayudarte a dormir.

   -No.

   Lo ve ladear la cabeza y se sorprende pensando que sí, eso es lo que hace siempre que no comprende algo. Lo hizo la primera vez que se encontraron, al entender que él nunca creyó que mereciera ser salvado del eterno martirio. Lo hizo cuando lo besó. Y lo hace ahora. Y Dean lo entiende.

   -No. –repite, pero no sabe por qué.

   Y se observan. Uno tratando de entender al otro, y el otro tratando de entenderse a sí mismo. Y probablemente sería justo decir que ninguno de ellos lo consigue.

   Tres meses más tarde, Bobby aparece diciendo que sea lo que sea lo que vaya a pasar, sea cual sea la gran batalla que va a acabar con todo aquello, está cerca, muy cerca. Dean le pregunta si lo siente en las articulaciones, como los cambios del tiempo, y se ríe de su propia broma. Sammy le reprocha con la mirada y Ruby chasquea la lengua. Casi podría jurar que Castiel está a punto de sonreír en un rincón de la habitación, y por alguna razón eso le gustó.

   Cuando sale de allí, en busca de consuelo en el bar más cercano, es consciente de que lo sigue.

   -¿Ahora te permiten pasar el tiempo en bares? ¿No incumple eso ningún mandamiento?

   Se sientan en la misma mesa, en un rincón de un pub con aspecto algo mugroso. Ninguno habla. Se miran mientras él acaba sorbo a sorbo con dos cervezas. Piensa en lo raro que es todo, y en todas las veces que se ha despertado con el ángel observándole por la noche. Ya ni siquiera se queja, es casi una costumbre. También ha captado las miradas de la demonio, después de todo ese tiempo, y sus pensamientos. ¡La muy maldita! En cualquier otro momento le habría reclamado furioso, por sus sonrisas. Pero… por primera vez en su vida, le da igual. Era tranquilizador tenerlo cerca.

   La segunda vez también es curiosidad. Están todos en Kansas, cerca de Lawrence, y las cosas están mal. Demasiados sellos rotos, bastantes más ángeles muertos de los que a Dios le gustaría y muy pocas posibilidades de que Dean vaya a salvar al mundo ni nada por el estilo. Tal vez debería sentirse asustado por el hecho de que puedan enviarlo de nuevo al Infierno, pero tiene la certeza de que Castiel no lo haría. No él.

   Están en la habitación del motel. Es de noche y acaba de despertar de otra pesadilla. Ocurre cuando se levanta a beber agua. Al volverse allí está, parado delante de él. Y casi es igual a la vez anterior. Tomarlo de la camiseta, empujarlo contra la pared, un beso violento, agresivo y algo frío; pero esta vez, y no sabe por qué, Dean abre la boca. Castiel se separa, con sus ojos muy abiertos, sorprendido. Parpadea y lo mira como si no comprendiera.

   -¿Tienes curiosidad? ¿Quieres saber cómo es?

   El ángel asiente. Y esta vez es Dean quien lo besa, quien lo atrapa por la solapa del traje algo arrugado. Y es diferente. Es un beso algo más cálido, más profundo. Cuela la lengua en la boca del ángel y muerde sus labios, y esta vez es él quien lo acorrala contra la pared, revolviéndole el cabello y besándolo lenta y profundamente, todo saliva y labios y lenguas que bailan. Cuando se separa, Dean no tiene idea cabal de lo que ha hecho, pero el ángel tiene el pelo alborotado y la respiración agitada, y sabe que está incluso más confuso que él.

   Cuando desaparece, suspira aliviado.

   No vuelve. Dean se odia un poco, porque quizás sea el único que aún sigue de su parte. Y a lo mejor es culpa suya que no vuelva. A lo mejor le han condenado al Infierno por dejarse besar por alguien como él. A lo mejor Dios ha reservado un castigo ejemplar para seres como ellos. Y se sorprende leyendo los viejos libros de Bobby sobre ángeles caídos. Sammy se queja y él responde con otra broma y no menciona a Castiel, pero la mirada que su hermano intercambia con Ruby es más que suficiente para saber que, sea lo que sea lo que la demonio sospecha, lo ha compartido con su hermano. Aquello se confirmó cuando Bobby preguntó por el ángel.

   -Nos vendría bien su ayuda. –dijo preocupado.- Algo grande se acerca. La tormenta será mayor de lo que imaginábamos. –a lo que siguió un silencio incómodo en la habitación.

   -Lleva unos días sin aparecer. –deja saber, sin notar que deja colar un leve lamento. Sí, vendría bien su ayuda, pero esa no es ni de lejos la razón por la que Dean quiere que vuelva.

   Cuando el final está a punto de comenzar y la gran batalla (y la sangre y la muerte y todo eso que sabe que va a conllevar) está tan cerca que casi puede olerlo en el aire, lo entiende. Entiende la curiosidad. Entiende que le besara a él. Y entiende incluso que le sacara del Infierno. Entiende casi todo lo que antes no entendía, y entiende también lo que nunca tuvo intención de entender.

   Como que no va a volver a ver a Castiel. No hasta que las cosas se pongan tan feas en la tierra que todos los ángeles, como un gran ejercito, hombro con hombro, bajen a presentar batalla contra Lucifer. Y que no va a volver a hablar con él hasta que todo eso no acabe y que cuando ocurra, Castiel se habrá convertido en un fugitivo de Dios y que habrá un par de ángeles buscándole a él, como él buscó a Anna. Entiende que habrá una tercera vez, necesariamente, y sus labios se contraen.

   Y sabe muy bien que esa tercera vez no tendrá nada que ver con la curiosidad.

……

   Bonito cuento, ¿verdad? Ligero. Romántico. ¿Saben que me gusta de él? Que Dean Winchester al fin cuenta con alguien que lo defiende por él mismo, por lo que es, no por consanguinidad o deber. El gran batallador encuentra un aliado que lo quiere y daría su vida por él. Alguien que vigilará su sueño impidiéndole a las pesadillas seguirlo.

Julio César.

NOTA para quienes siguen la serie: La Ruby catira era más bonita. Esta morena también lo es, pero aquella tenía unos gestos, sobretodo hacia Dean, que eran característicos.

NOTA 2: He conseguido un cuento bien tormentoso entre Sam y Dean Winchester, los chicos de Supernatural, del tipo que le encantará a los que siguen la historia del sargento Anderson. La verdad es que es obsesionante. Pronto lo presentaré.

¿ERA RUBY TAN MALVADA COMO DICEN?

Octubre 27, 2009

RUBY Y RUBY, SUPERNATURAL

   Ruby y Ruby, cómo te amé…

NOTA: Si piensan ver, o estás viéndola y aún no llegas a la tercera temporada de Supernatural, y te gusta sorprenderte, no sigas leyendo. Hablo de todo eso.

   Iniciándose la tercera temporada de Supernatural aparece una joven catira de rostro algo desdeñoso, que quiere ayudar a Sam. Era Ruby, encarnada por Katie Cassidy, quien más tarde resultaría ser una demonio. ¿Por qué lo ayudaba, y aún a Dean? Siempre respondía que una vez fue humana y aún lo recordaba. Sam, de cierta manera se deja llevar por ella, porque quiere creerle, la mujer le había prometido algo a lo que él deseaba aferrarse con desesperación: que podía ayudar a Dean a librarse de ir al Infierno. Y hay que recodar que sobre Sam pesa esa losa, al finalizar ese año (la temporada) Dean irá al Infierno por el pacto que hizo para regresarlo a la vida.

   Todo se complica porque Ruby les oculta cosas, como el nombre real del demonio que tiene el contrato de Dean, del cual creían poder escapar matándolo (resulta ser Lilith); y porque Dean jamás confió en ella. Nunca. Fue notable la pelea a puñetazos que ambos, Dean y Ruby, sostuvieron en el último capítulo de esa tercera temporada, cuando Sam, desoyendo a Dean, la invocó por ayuda (estaba desesperado, se les acababa el tiempo y Dean iría al Infierno). Dean imaginaba que ocurriría, que Sam lo desoiría, y la esperaba para quitarle el famoso cuchillo capaz de matar demonios. Esa pelea termina cuando el mayor de los Winchester logra encerrarla en una trampa para demonios.

   Sin embargo ella reaparece (y yo me alegré una barbaridad), cuando están a punto de entrar a la casa donde Lilith pasa sus ‘vacaciones’ aterrorizando gente. Ruby llega y está dispuesta a luchar al lado de ellos. Dios, me gustó tanto esa demonia en esos momentos. El trío entra, todo falla, más bien parece una trampa. Fue desolador, cuando faltan minutos para que se cumpla el año, ver al desesperado Sam implorándole que le enseñara aquello que, según ella, podría destruir a Lilith y salvar a Dean (más tarde supimos que era explotar ese poder mental de Sam para expulsar, y matar luego, demonios). Pero era tarde, Dean descubre que ya no es Ruby, es Lilith quien la posee. Sam queda paralizado, Dean es destrozado, muere y va al Infierno (¡qué momento!), y cuando no puede matar a Sam, Lilith escapa. Fue duro, lo confieso, ver caer a esa Ruby, catira y flaca, aparentemente muerta, al lado del difunto Dean.

   Y así llegamos a la cuarta temporada. Ruby reaparece, y Ruby salva de la autodestrucción a un Sam desesperado por no poder sacar a Dean del Infierno, quien piensa por un momento en abrir las puertas del averno y dejar que todas las almas, incluida la de Dean, escapen. Sam parece vivir únicamente para un momento, encontrar y matar a Lilith… y caer en esa batalla para no tener que continuar viviendo sin Dean. Ruby le da un propósito, logra meter en su cabeza que eso no era lo que su hermano deseaba. Y a mí me encantó, aunque no la actriz. Genevieve Cortese, una morena que era bonita y con un gesto de dulzura que no cuadraba bien para lo que tenía que hacer. Aunque sí para el papel de novia. No niego que en el episodio donde aparece Anna (el ángel amnésico), y al ver como Dean la trataba y ella lo miraba como agradada, creí que tal vez surgirían algunas chispas (habría sido un buen ángulo, aunque claro, a estas alturas todo el mundo esperaba el romance entre Dean y Castiel, el ángel que lo sacó del Infierno). Sí, para el papel, ella no daba el tono. Pero era un personaje fuerte, que gustaba. Ruby tenía, y tiene, muchos fans.

   Dean reaparece, ¡vuelve de la muerte!, (¡y qué episodio!), y no le gusta lo que Sam hace, coquetear con ‘el lado oscuro’, y culpa a Ruby de ello. Jamás ha confiado en ella, ahora menos. Pero Sam está totalmente poseído por la idea de matar a Lilith e impedir el Apocalipsis. No oye a quienes le dicen que ese es trabajo de Dean. Pero creo que no lo hacía por soberbia o maldad, simplemente no creía que Dean tuviera las fuerzas necesarias, que algo lo había cambiado en el Infierno y que debía ser él quien tomara el lugar de su hermano en la batalla. Equivocado e idiota, portándose de una forma atroz (golpear a un Dean lloroso) que provocaba matarle, sin embargo, a su manera, lo hacía por Dean.

   Y se equivocó de cabo a rabo. Hay a quienes este final de la cuarta temporada, les molesta, ya que sostienen que a Sam lo dejaron ver como a un perfecto imbécil. ¿Qué pasó? Que Ruby se destapa por fin en toda su esencia. Ella, Ruby, la perseguida y vejada, la llamada puta del infierno, la traidora a los demonios, ha resultado la más fanática, fiel e implacable seguidora de Lucifer. Ella ha sido la mejor de todos, y así se lo dice a Sam, emocionada, que entiende que pueda estar molesto con ella pero que tiene que reconocer que fue genial, que fue la mejor de todos esos hijos de puta. Sí, era mala, mala con ganas, totalmente inhumana (Ruby es una demonia, a veces lo olvidábamos), pero coherente consigo misma. Ella, la demonia de baja categoría, a quien muchos “colegas” deseaban matar, es quien asegura la liberación del abismo del Ángel de la Mañana, el Enemigo, el Opositor a Dios.

   Lo cierto es que esa manipulación a Sam para que rompiera el último sello que ataba a Lucifer (la sangre derramada de Lilith), no sorprendió tanto. Lo dibujaron clarito cuando la mostraban dándole de beber sangre a Sam. Nada bueno podía salir de eso. Y eso que en los dos capítulos donde aparece el ángel Anna, casi nos engaña otra vez. Realmente no era Genevieve, la actriz para el papel, Katie, era mejor. Sin embargo, como casi todos los personajes de supernatural, el de Ruby tenía su lado increíble. En verdad nunca se dijo exactamente por qué ayuda a los Winchester a luchar contra los demonios, y menos en la cuarta temporada cuando reaparece y le dice a Sam que se arrastró por horribles rincones en el infierno para estar a su lado.

   De entrada se podría creer que amaba a Sam. O que le gustaba, lo que explicaría más tarde el sexo entre los dos (pero eso respondía a otra cosa), pero no aclaraba por qué fue a ellos en la tercera temporada. Decía recordar cuando era humana, pero eso no explicaba nada. Ahora era un demonio. Hubo que esperar al episodio final de la cuarta para entender cabalmente, para que todo cayera en su lugar. Ruby jugó un papel importante en la llegada del Apocalipsis, al igual que Azazel, el demonio de los ojos amarillos. Fue este quién eligió al niño que recibiría sangre de demonio y controlado por la oscuridad mataría a Lilith, por orden directa de Lucifer. Escogió a varios, pero Sam despuntó entre todos. Y Ruby llegó a su lado para asegurarse de que se transformara en lo que debía, y para que finalmente tuviera el poder de matar a la primera Lucifer, Lilith, cuya sangre derramada sería el símbolo del último sello roto.

   Paso a paso Ruby fue guiando a Sam, el muy tonto, hacia ese destino. Y nos dio rabia saberlo, saber de todo el mal que causó entre los hermanos para asegurar ese resultado. Y sin embargo, lamenté su final. Me gustaba Ruby. La pregunta ahora es, ¿era realmente tan demonia? Sí, si la juzgamos desde el punto de vista corriente; se fingió amiga, enamoro a un tonto y lo obligó a hacer algo terrible, enfrentándolo a su propio hermano, la persona en este mundo que más lo quiere. Pero es que a Ruby debe juzgársele desde el punto de vista de lo que es, o era: una diablesa. Un demonio mujer. Para ella engañar y manipular es parte de su naturaleza, el susurrar desde las sombras para causar males y dolores. Todo lo que hizo, abordar a Sam, asegurarse de que sobreviviera (aún de los ataques de una vacilante Lilith que sabe no sobrevivirá al comienzo del Apocalipsis), enseñarle a usar su ‘parte malvada’, todo lo hizo por un ‘bien’ mayor. Todo lo que hizo era justo y necesario. Es de recordar la frase donde le dice a Sam que él los ha salvado a todos, que ha salvado al mundo, que ha liberado a Lucifer. Y ella lo cree. Comulga con la idea de que Lucifer traerá la paz, el orden, el nuevo mundo. El reino de los demonios.

   Y sí, yo creo que Ruby sentía cariño por Sam. Tal vez lo amaba, pero era una demonia, y atendiendo a eso cometió actos terribles. Muchos la juzgan con la dureza de su traición, pero más adelante la mujer deja salir unas palabras parecidas a las que el ángel Castiel ya le ha dicho a Dean (defendiéndose del desencanto y rabia que mira en sus ojos, ah, ese Castiel, realmente parece quererlo mucho). Castiel le dijo que al final, después de la guerra y de las muertes, de todo el dolor que traerá el Apocalipsis, tendrá una gran recompensa. Claro, nadie odia a Castiel, ni siquiera por su traición terrible a Dean cuando libera a Sam de aquella celda donde intentaban, Bobby el sabio, y él, curarlo de su dependencia de la sangre de demonios. Que más tarde se sabe habría sido inútil. El mal no era la sangre, el mal estaba ya en Sam. Siempre me ha extrañado que los fans le perdonan a Castiel lo que condenan en Ruby.

   Bien, como decía, creo que a Ruby le importaba Sam, su destino, pero su deber, el deber con su Señor, estaba por encima de todo. Y hay que entenderlo, era una demonio de cuarta, pero ella, cuan Belén, pequeña entre sus hermanas, sería la que lograría la liberación, ¿quién no enloquecería con tan gran ‘honor’? Y aquí llegamos al momento especial, en su mente demoníaca, de inhumanidad, Ruby espera que todo salga bien: Lucifer ascenderá y Sam será recompensado. Su Señor le premiará como corresponde, convirtiéndolo en su preferido, en uno de sus generales, el más alto honor al que nadie tendría derecho jamás. Y como notarán, con palabras distintas, Castiel le insinuó algo parecido a Dean, cuando Zacarías le confiesa su plan fascista de destrucción de la humanidad y los demonios: “en el Paraíso todo es perdonado, tendrás paz… aún al lado de Sam”. Casi le dice que también junto a él.

   Esta gente de Supernatural son unos demonios en verdad. A diferencia de la pareja Dean/Castiel, que cuenta con gran cantidad de seguidores, la Sam/Ruby contaba con detractores. A mí me gustaba. Incluso, como ya dije, en Cielo e Infierno, hasta me permití imaginar episodios siguientes donde Dean y Ruby se amigaran más, encelando a Sam. Los que la odiaban estarán contentos de saberla mala. A mí me gusta creer que sí, era mala (una diablesa), pero que quería a Sam. A su manera. No me gustó que la mataran como lo hicieron. Claro, fue catártico ver a Dean, cuchillo en mano (el cuchillo de Ruby), acabando con ella ¡ayudado por Sam! Pero yo la imaginaba en la quinta temporada como la mano derecha de Lucifer, enfrentando a los Winchester más adelante, tal vez dudando en matar a Sam, o cayéndose nuevamente a trompadas con Dean. Y eso aún podría ocurrir; después de todo al final de la cuarta temporada un arcángel acaba con Castiel, pero este reaparece, más molesto (y según las fans, más enamorado), en el primero de la quinta, salvado por un poder superior al de ángeles y demonios (¿Dios?), entonces ¿no podría Lucifer ayudar a su fiel soldado, Ruby?

   Sin embargo, repito lo anterior, fue bueno ver a Dean acabando con ella, dándose el gusto. Su: “No me importa”, al ir hacia ella, decidido, fue genial. El mundo se acaba. Lucifer regresa, tras él todo el Infierno y sus horrores se levantan, pero él acaba con la puta que lo enfrentó, y usó, a su hermano.

Julio César.

¿EN SUPERNATURAL? ¡NO!

Octubre 22, 2009

DEAN WINCHESTER

   Sí llega a pasar, alguien deberá pagar…

……

   No sé si serán ideas mías, pero parece que cuando uno anda deprimido todas las noticias que recibe ayudan a profundizar tal estado. Una amiga con la que hace tiempo ya no hablo, diría que es el karma; o como sostendría mi hermana Flora, nos llega lo que pensamos. O decretamos. Por mi parte creo que es más simple: es la suerte.

   Leyendo cosas sobre Brokeback Mountain, debí dejar de hacerlo. Por extraño que parezca esa historia todavía me afecta. Así que me decidí por leer amenas y pícaras historias sobre los hermanos Winchester. ¡Y miren que hay cada cuento! Los fans, sobretodo las féminas, enloquecidos ya con la relación Dean-Sam, ahora rayan en la demencia total con la historia Dean-Castiel. Y lo confieso, es divertido leerlo. Así que me puse a buscar esos relatos de ficción… y caí en este. Dios, qué duro fue.

   Disfrútenlo, sí es que semejante palabra cabe en este contexto. Fue realmente buena la historia de esta joven fan. Y que me disculpe el que cambiara una que otra coma:

……

ABSOLUCIÓN

Por Aokimari.

   Alguien llora.  Alguien está llorando muy cerca de él.

   No puede saber mucho más porque el sonido viene y se va en un oleaje discontinuo. A veces suena realmente lejos, como si la persona se encontrase al otro lado de un grueso muro. Al instante siguiente se oye dolorosamente cerca y algo le dice que esas lágrimas son por él. Que ese llanto es por Dean Winchester.

   Continúa a oscuras cuando esa voz que solloza pronuncia una y otra vez un nombre, “¡Dean!”. Pero él quiere seguir como está, con los ojos cerrados, para no tener que descubrir que es Sam quien llora con la cara enterrada en su pecho, repitiendo su nombre sin cesar, como si se tratase de un mantra de invocación.

   Hace un recuento de sus heridas. La boca le sabe a sangre, tiene los músculos agarrotados y le duele el costado izquierdo, justo por debajo de las costillas. Una de las manazas de Sam presiona con fuerza sobre el desgarro. Quiere gritarle que pare, que le hace daño, pero apenas puede respirar.

   Intenta abrir los ojos. Al tercer intento lo consigue. Ve a Sam inclinado sobre él con la nariz colorada, los ojos hinchados y el flequillo sucio pegado a la frente. Balbucea su nombre entre sollozos, acunándolo contra su pecho con demasiada fuerza, con demasiada violencia.

   –Ey. –consigue balbucear y esa palabra le roba todo el aliento.

   El moreno alza el rostro y le mira. Dean se da cuenta de que no quiere pestañear porque si lo hace no podrá controlar las lágrimas. Sam tiene los ojos pequeños de tanto llorar. Se ha callado, sorprendido y como ilusionándose, o temiendo albergar esperanzas, pero sus labios continúan balbuceando en silencio. Una herida le cruza la mejilla, desde la barbilla hasta el pómulo izquierdo (es de esas heridas que dejarán cicatriz para siempre). Tiene un ojo morado y la camiseta empapada de sangre anónima. Y no dejaba de temblar.

   Se ve ridículo y a Dean le entran unas ganas absurdas de reír. Él, Samuel Winchester, todo un guerrero a sus veintiséis años, el puto anticristo llamado a dirigir los ejércitos del Infierno, con sus casi dos metros de altura, temblaba y sollozaba como un puñetero niño pequeño. Y le estaba asustando; de poder le habría hecho una pequeña broma tan sólo para lograr que llorase un poco más.

   —Ey. —contesta Sam. Intenta sonreírle para darle ánimos pero lo único que consigue hacer es una mueca deforme y siniestra.

   Si todavía tuviese fuerzas, Dean le pegaría un puñetazo. ¿Se está muriendo y la última imagen que tendrá de su hermano es la de una masa gigante que llora y moquea? Pues, ¡vaya mierda!

   —Aguanta Dean, ¿de acuerdo? Tú sólo aguanta. Te pondrás bien. Chuck ha ido a buscar a Erika. Ella vendrá y te curará. La ayuda ya está en camino. —mientras habla su voz baja de volumen hasta convertirse en un murmullo.— Tú sólo preocúpate por resistir, Dean, por quedarte conmigo. No te rindas, hermano. No te rindas. No te rindas…

   Sigue repitiendo en un susurro “no te rindas”, aferrándose a él con cada pedazo de su maltrecha alma. Dean intenta sonreírle, aunque sea un poco, para demostrarle que todo estará bien, que no hay porqué preocuparse, pero cuando consigue que sus comisuras se eleven un poco a pesar del dolor que le producen los labios al estirarse, la tos lo sacude. El mundo desaparece mientras la sangre huye de su cuerpo por entre sus labios. Y el dolor, Dios, ¡qué dolor!

   Sam lo incorpora un poco más y, ahora, puede ver la mano de su hermano menor empapada en sangre, presionando la herida. Continúa murmurando y a él le cuesta cada vez más mantenerse despierto. Cree captar palabras como Dios y no.

   ¿Qué pinta Dios en todo esto? Dios los abandonó mucho antes de que la guerra comenzara, alejándose y desapareciendo hasta que ya nadie creyó en él. Y ahora han perdido la guerra. Ya no queda esperanza a la que aferrarse. Ya no habrá siquiera salvación para los justos.

   (El Infierno llega a la Tierra)

   Se estremece en brazos de su hermano de forma violenta: no quiere volver a bajar. ¡No quiere regresar al Infierno! No, allá lo esperaban; no había logrado llenarlo de suficientes demonios para que le negaran la entrada por falta de espacio. No, no quiere volver.

   Pero sabe que no importa lo que él quiera. Los ángeles lo sacaron del averno para una misión y él les ha fallado. Fue egoísta y no aceptó sus condiciones, no importa que fueran unos egoístas hijos de puta. Él debió obedecer. No lo hizo y lo estropeó todo. No ha podido derrotar a Lucifer. No ha salvado nada. Los ha condenado a todos. Su alma jamás será perdonada ni liberada del peso de sus pecados.

   Abajo están de celebración, por la marcha triunfal de Lucifer sobre la Tierra, y él sería el plato fuerte del banquete. Sólo le espera la condenación eterna tras sus párpados cerrados, y el llanto del temor intenta escapar.

   —No… qui… e… ro… vol… ver…

   —No vas a volver al Infierno, Dean. —Sam lo aprieta contra su pecho con fuerza y entierra el rostro en su pelo. Su voz suena tajante y segura y Dean está tentado a creerle.— No pueden dejar que vuelvas. Te lo has ganado, Dean. El Cielo, ¿me oyes? Si hay alguien que se lo haya ganado eres tú. No vas a volver. No pueden dejar que vuelvas.

   (Pueden, y lo harán)

   Sam alza la cabeza y, durante un segundo, guarda silencio, confundido. A Dean se le cierran los ojos por el cansancio. Tal vez sólo sea la tierra rompiéndose en pedazos lo que le sorprende. El balanceo y el murmullo vuelven, acunándolo, y Dean comprende que Sam vuelve a suplicar, con voz lastimera, por la ayuda de alguien. Pide por él.

   Con una suavidad que lo sorprende, una tercera mano se posa sobre su hombro. Presiona la cicatriz que Castiel le provocó al aferrar su alma y arrancarla del Infierno. La cicatriz que siempre los ha unido por encima, incluso, del sello enoquiano que lleva tatuado en las costillas. No necesita abrir los ojos para saber que es él. Su tacto, aún escudado en ese cuerpo humano, es frío y él siente ese frío del que Castiel está hecho, traspasándolo a través de la ropa, quemándole la piel y llegándole al alma.

   ¡Castiel! Su ángel de la guarda… a quien le falló. No quiere abrir los ojos y descubrir cuánto le ha defraudado, pero el que lo esté sosteniendo igual que hizo mientras salían del abismo, el que lo envuelva con unas alas que no recuerda y ya no puede ver, le dan las fuerzas que no creía tener para abrirlos y mirarle.

   (Las campanas del Infierno doblan anunciando su llegada)

   El ángel está arrodillado a su lado, mirándolo de una manera casi humana. Tiene la cabeza ladeada y el ceño fruncido como si todavía no entendiese como los humanos pueden haber sobrevivido tantísimos milenios siendo tan delicados.

   Pero Castiel entiende mucho más de lo que parece. Dean lo sabe, de alguna manera. El ángel comprende que no puede más, que la guerra llega a su fin y que no han ganado. Entiende que se está muriendo y que van a volver a arrastrar su alma a la condenación.

   Y en ningún momento como hasta ahora, cuando le mira y ve el tiempo que ha pasado y el que está por transcurrir, Dean ha sentido tanto miedo a la muerte. Sabe lo que le espera y lo que acabará pactando. Sabe que es un Winchester y que aceptar tratos a la primera oferta, no está en sus genes el detenerse y pensar. Y tiene miedo, miedo de ser torturado otra vez, pero aún más de ser él quien empuñe las armas del torturador.

   Dean lo observa con detenimiento, evaluando los daños. No parece demasiado herido —la nariz rota, el labio partido y una herida en la frente que no deja de sangrar—, pero cuando le mira a los ojos, Dean se derrumba al descubrir el alma de Castiel enterrada en ese azul curiosamente vivo. Porque en lugar de encontrar en ellos desprecio, recriminación o decepción por su fracaso, muestran a un Castiel mucho más humano que nunca, y que se parece mucho más a los ángeles de los que su mamá le habló una vez cuando era niño, cuando aún no había perdido la fe y todo parecía tener sentido.

   No estaba para censurarlo, estaba para confortarlo. Castiel permanece a su lado, consolándolo en su desdicha igual que Gabriel consoló a Jesús en el Huerto. Le susurra que se calmé, que no se preocupe. Que la guerra continuará hasta que no quede ningún alma sobre la Tierra para continuarla, que nunca se rendirán, que todos seguirían en la batalla, y al final, cuando todo acabe, su nombre sería recordado y pronunciado.

   (Pero él oye a los perros, los que vinieron antes, con Lilith. Los cancerberos ya le olisquean los pies, prestos a arrastrarlo al hoyo)

   Castiel ha desobedecido todas sus órdenes en los últimos tiempos. Ha caído y cambiado a los suyos por un humano. Pelea por salvar un orden que le condena a sí mismo. Una condena a muerte pesa sobre su cabeza. Porque dudó, porque no obedeció. Porque prefirió seguir a Dean.

   Respira hondo, aunque no lo necesite, para dotar de oxigeno al cuerpo en el que reside en un gesto que se ha vuelto innato en él. Lo mira a los ojos porque sabe que a Dean no le quedan fuerzas para apartar la mirada. Y, sin dejar de mirarle, apoya los labios contra los de él.

   Lleva dos mil años observando a los humanos desde su puesto, en silencio, aprendiendo la mecánica y el porqué de sus acciones. Un humano puede llegar a besar a otro miles de veces en su vida, de cientos de maneras diferentes y con significados totalmente opuestos. Pero la mayoría de las veces, en el momento en que sus bocas se unen, el alma les tiembla y se rompe un poco. Roban un pedacito de la ajena, cambiándolo por un pedacito de la propia, y que por eso se sienten mejores y más grandes. Más poderosos.

   Por eso se arriesga con Dean. Quiere hacerle ese regalo aunque no entienda exactamente qué es lo que significa ni qué es lo que implica. Y Dean cierra los ojos ante el contacto. Sam no entiende qué ocurre pero teme cometer sacrilegio al preguntar. Dean sí entiende.

   Entiende que la esencia de Castiel —pura energía— se ha espesado y transformado en un pequeño pedazo de alma que lo hace más humano que cualquier niño que nazca en la tierra. Por eso se deja besar, porque es el único regalo que puede hacerle a Cass antes de despedirse, darle un poco de su alma también, brindándole una completa humanidad.

   (Ha elegido bando y no hay vuelta atrás)

   El aliento fluye de un cuerpo a otro a través de los labios entreabiertos. Los quema desde la garganta, los reduce a cenizas y, por un instante, se convierten en el alma del otro. La mano de Sam afloja la presión sobre su costado y sabe que es Cass quién le obliga a dejarle marchar. Rompen el beso y la mirada de Castiel duele, ya no es un ser lejano, en sus pupilas brilla toda la infinita tristeza del universo. Dean estaba listo para partir, y Sam, dejando de llorar por un instante, lo mira con todo ese enorme, terrible y maravilloso amor que siempre le ha profesado.

   A Dean no le quedan fuerzas para mirarles. Castiel se lleva la mano izquierda a los labios y empapa sus dedos en la sangre de Dean que los mancha. Habla en voz baja, en un susurro, pero Dean lo oye con claridad.

   —Yo te absuelvo de tus pecados. Ve en paz, Dean Winchester. –dice con voz ronca, contenida, mientras traza con sus dedos una pequeña cruz de sangre sobre su frente y que no sirve para nada más que para devolver al rebaño al cordero extraviado.

   Las fuerzas parecen volver a él en oleadas y, de repente, todo es más ligero y claro. Cuando abre de nuevo los ojos, debe sonreír quedamente, lo primero que ve es la maternal figura de Tessa, su amiga Tessa quien ya una vez vino por él, inclinada detrás Sam, ofreciéndole la mano, sonriente también. No hay aullidos ni perros del Infierno rondándole. El alivio es tanto, que Dean deja escapar un suspiro largo, con ojos menos brillantes, con ensoñación. Era Tessa quien venía para mostrarle el camino.

   Ahora Sam baja la vista, y en ese momento cuando más deseaba mirarlo, su hermano pequeño, Sammy, solloza sin consuelo, pero la mirada de Castiel le acompaña todo el tiempo. Dean lo mira fijamente, observando las miles de partículas de luz que forman su cuerpo y sus alas. Todo a su alrededor parece iluminado por millones de luciérnagas que bailan, envolviéndolos, y él siente el mismo miedo ante su majestuosidad que el que sintió en el Infierno cuando toda la oscuridad que lo envolvía, desapareció de golpe, dejándole desnudo y aterrorizado.

   No se atreve a preguntarle si se volverán a ver. Él no le contestaría, aunque en su expresión cree adivinar que, sí había un mañana, iría tras él.

   Cuando vuelve a mirar a Tessa, no duda en agarrar su mano y abrazarla.

   (Ya no habrá otra batalla para el guerrero)

……

   Qué triste, ¿verdad? Y qué imaginación la de esta joven. Tan sólo puedo esperar que esto jamás llegue a ocurrir. Aunque con Supernatural, nunca se sabe.

Julio César.

SAM EL DURO, DEAN EL SEXY… (2)

Octubre 13, 2009

ESE JENSEN

   -No lo entiendo, pero todos quieren atraparme.

……

   Aquí finaliza el caliente cuento que dos chicas, fans como ningunas, escribieron sobre los hermanitos Winchester, Sam y Dean (aunque en este relato no son hermanos). Jensen Ackles y Jared Padalecki tienen pinta y carisma como para inspirar a tales musas, ¿no? Disfruten la conclusión.

……

TÍTULO: ¿Qué desea agente?

AUTOR: chicarvil y Parker = duendenocturno

FANDOM: Supernatural of course

PAREJA: Sam/Dean ¿hay otra?

   Está demasiado excitado, quiere tocarlo todo y sólo tiene dos manos. Desea poseer ese cuerpo en todos los sentidos y de todas las formas y no sabe sí pueda, o sí le alcance la vida, o él mismo. Lo quiere tener para sí, y una idea demente comienza a atormentarlo mientras disfruta recorriéndolo con sus manos, necesita que Dean Winchester sea suyo, ser su dueño. Pero sabe que no se puede, o que no será así, es un tipo que encontró en una carretera, mañana no estaría. Eso le atormenta mientras baja sus manos y continúa acariciándolo todo. Empieza por el pecho, pellizcándole los pezones, deleitándose en cómo el hombre se contorsiona al sentir que utiliza más fuerza de lo normal; a eso le sigue el arañarle los costados hasta llegar a sus caderas, los dedos le pican de ganas de cerrarse sobre su tolete erecto, sobarlo, masturbarlo, y parece que a él le pasa lo mismo porque alza el cuerpo para que se centre en “esa” zona, suplicándoselo con sus brillantes y lujuriosos ojos verdes; pero Sam lo ignora y cierra las manos sobre sus muslos deleitándose en los fuertes músculos.

   Lo quiere todo, y lo quiere ya, quiere que sea suyo ahora… Necesita entrar en su vida… y su culo.

   Dean se retuerce, gimiendo en todo momento, al sentir las bruscas caricias del representante de la autoridad, no sabe si es el miedo lo que le hace responder de esa manera al tacto del otro hombre, pero si es así desde luego es el mayor afrodisíaco que ha tomado nunca. Cuando cree que ya no puede excitarse más, el grandullón le da otra orden y casi se derrama al oír su voz.

   -Abre la boca… -ordena poniéndole los dedos corazón e índice en los rojos labios. Dean abre mucho los ojos al ver el tamaño desproporcionado de esos dedos, y ello le arranca una risita al policía.- Si crees que mis dedos son grandes, muchacho, imagínate cuando chupes otra cosa. Este es el preámbulo de lo que vendrá. –es mórbido mientras frota sus dedos de esos labios que lo llaman, los cuales desea morder nuevamente.

   Dean obedece sin pensarlo, ¿cómo pensar cuando toda la sangre de su cuerpo se ha concentrado en su entrepierna? Su torturador le mete los dedos en la boca, fuerza un poco y antes de que tenga que pedirlo el rubio está lamiéndolos ávidamente como si fuera lo más importante que ha hecho en su vida, y Sam teme correrse de pura lujuria al verlo.

   Los gruesos labios succionan los dedos de tal forma que Sam casi no puede esperar a que le haga eso mismo en la verga, que no para de latirle entre las piernas, pidiéndolo a gritos, y nada más imaginar al guapo chico trabajándosela con la boca, lo pone a jadear. Aun así prefiere alargar el momento ya que siente los muslos de Dean encima de sus piernas y la curva de su culo se aplasta ligeramente contra su entrepierna; rozándose contra él como si fuera un viejo verde. Y ese frote caliente, duro, lo tiene en la gloria, jamás imaginó que tener a otro carajo sentado en sus piernas sería así. O tal vez se debía a ese sujeto de ojos verdes y sonrisa sátira. Cuando cree que sus dedos están lo suficientemente húmedos los saca de su boca y se queda sin aliento cuando al hacerlo a Dean se le escapa un sonido de vacío, es un “pop” que hace que su miembro prácticamente aúlle por un poco de atención.

   “Pronto”, se promete a sí mismo, pero primero…

   -Separa las rodillas. -ladra.

   Como buen detenido que es, Dean le hace caso, dejándole una exquisita visión. Se repite una y otra vez que tiene que hacerlo con cuidado, no puede ir en plan burro, sus dedos son demasiado grandes y es posible que Dean no haya tenido relaciones homosexuales antes, algo en los que los dos podrían coincidir, porque si a Sam alguien le hubieran dicho esa mañana que iba a tener sexo caliente, salvaje y rico con un hombre de seguro que lo habría cosido a tiros. Él es heterosexual, o al menos eso creía hasta hace menos de media hora.

   Teniéndolo aún sobre sus piernas, con las rodillas separadas, Sam bajó la mano buscando ese culo. La suave entrada se le resistió un poco pero con sólo una ligera presión sorteo la pequeña barrera y (¡cristojoder!) el siseo que salió de la boca de Dean era sin duda intoxicante; su cuerpo tenso, las venas de la frente marcadas y los dientes apretados… Empujó otro poco y sintió los músculos cerrándose alrededor de sus dedos, apresándolos, o halándolos por más.

   -Te apellidas igual que yo, pequeña basurita caliente, y eso es raro. -le susurra casi en la nuca, alargando sus labios y mordiéndole la oreja.- Eres un pequeño calienta braguetas, ¿verdad? –y su lengua intenta entrarle por el oído. Dean tiembla a su lado y suelta un taco al sentir como los nudillos del uniformado golpean contra sus nalgas y se quedan estáticos ahí.- Es casi como si lo hiciera con mi hermano y eso… Eso es excitante.- nunca ha sido tan obsceno pero con este chico… Con este chico le es imposible no decir esas cosas, sobre todo cuando al moverse, sacando y metiendo sus dedos, él se mueve a su lado de forma rítmica imitando los movimientos de su mano.

   Esos enormes dedos lo están destrozando por dentro y lo peor es que si ahora siente que le va a partir en dos, no quiere ni imaginarse lo que va a experimentar cuando le meta el tanque que frota contra sus cuerpo, porque “eso” no es una verga, lo sabe, él tiene una, “eso” es un tanque y por un lado se derrite por tenerlo dentro y por otro está seguro de que no va a poder soportarlo.

   Sam nunca ha deseado algo con tantas ganas, pero ver a ese chico contorsionarse al mismo ritmo que sus dedos a la vez que se pasa la lengua por los labios es demasiado para él. Dios, cómo lo excita. Así que saca los dedos de dentro de su cuerpo, tal vez con demasiada brusquedad y con la urgencia del momento lo agarra de la nuca con una mano mientras que con la otra se desabrocha los pantalones. No sólo esta duro, esta durísimo, tanto que tiene problemas con la cremallera, aun así no deja escapar a su víctima, pega frente con frente y respira su aliento con lujuria; el sudor de ambos se mezcla y no puede evitar frotar la mejilla contra la de Dean que le raspa provocándole un gruñido, él le responde frotando con fuerza la cara contra la suya. Oh, Dios, sí… ese muchacho lo había enloquecido.

   Joder, piensa, como no haga algo pronto va a correrse. Por fin la cremallera cede y deja libre su tolete erecto como una lanza de carne rojiza. Sam sonríe victorioso y lo separa lo justo para poder mirarlo a los ojos.

   -Te dije que lo de antes era un precalentamiento de lo que vendría. -le recuerda cuando le metió los dedos en la boca.

   Ve como la ceja del rubio se arquea pero no le da tiempo a nada más porque de un brusco movimiento ha hecho que se agache. Sam suelta un fortísimo jadeo de aprobación cuando nota los gruesos labios rodear su dureza.

   La reacción de Dean no se hace esperar, abre los labios y acaricia con ellos desde la punta hasta la base de su pene, para volver de nuevo a la punta, rozarla con la lengua y engullir su miembro succionando y rozando con los dientes al mismo tiempo, lastimando lo justo para evitar que se corra, pero no tanto como para hacerle daño… Un puto experto, el tío es un puto experto o tiene un don y lo ejerce con maestría.

   Sam gruñe ronco, como si le doliera, con la boca muy abierta, bañado totalmente de transpiración, mirando la rubia cabeza que sube y baja mientras siente los rojos labios bajar sobre su barra, tragándolo otra vez, chupándolo con su mejillas, lamiéndolo con su lengua ávida, halándolo con su garganta. Lo oye gemir ahogado, y aunque no lo puede ver, lo sabe con esos bellos ojos cerrados mientras degusta su verga dura y caliente que moja su lengua de machito que mama vergas. Y sigue, Dean sube y baja, tragándolo hasta la base, resollándole en los pelos púbicos, antes de subir chupando, una y otra vez.

   -¡Quieto, quieto…!

   Sam lo detiene, lo separa a su pesar y su tolete sufre un espasmo de dolor al ser abandonado así, pero o lo hacía o se tendrá que conformar con una mamada, la mejor mamada que le han hecho en su vida, pero una mamada a fin de cuentas, y él quiere más del chico que tiene a su merced.

   Lo sujeta con fuerza, tira de él y lo voltea sin que oponga ninguna resistencia a pesar de la violencia con que lo trata, tira de su ropa y lo toca con ansia, sobando ese liso, sudado y cálido cuerpo tanto con las manos como con su propio cuerpo; Sam tiembla y jadea contra su cuello, notándolo tan sensual y llenándose de esa piel que descubre trémula bajo su tacto.

   Va a cogerlo, así de claro lo tiene. Le va a clavar su verga por el culo hasta oírlo gritar de gusto, hasta que él mismo chille como un poseso. No lo ha hecho nunca con un hombre, pero este le apetece… No, no le apetece, lo necesita, como no ha necesitado nada antes en su vida. Quiere correrse dentro del calor apretado de ese cuerpo, llenarlo con su leche. Pero no quiere hacerle daño, no sabe porqué, pero sabe que no quiere lastimarle. Quiere que le guste tanto como a él, así que se dispone a dilatarle aún más el chico orificio. Separa sus nalgas todo lo que puede y le lame el ojete. Primero tímidamente, al fin y al cabo es la primera vez que lo hace y cree que debería darle asco, pero a medida que prueba y acaricia con la lengua ese oscuro sitio se vuelve cada vez más atrevido y más hambriento, metiéndole la lengua dentro, profundo, arrancándole gemidos que empañan las ventanillas del coche. Su lengua roja aletea sobre el orificio que titila y tiembla salvajemente, antes de cerrar sus labios sobre él, chupándolo un poco, cogiéndolo con la lengua cálida, babosa y suave. Y cada vez que lo hace lo nota tensarse y cerrar sus nalgas redondas y duras contra su rostro.

   Ahora tiene dos dedos y la lengua dentro del rubio que se estremece como una putita caliente; cuando nota menos resistencia en su esfínter, le supone preparado, se sienta y sienta al chico encima de él, la espalda del rubio contra su pecho, aprovechando la gravedad y su propio peso para penetrarle.

   Lo habría cogido de un tirón, todo su cuerpo le pide hundirse dentro de él, pero el chico es demasiado estrecho así que sigue preparándole, excitándole y abriéndole para él. Con una mano lo mantiene sobre su cuerpo, mientras la otra acaricia libremente a su rehén que jadea, casi sollozando de lujuria. Le recorre la espalda, araña su costado, pellizca su pecho y cuando roza su tranca dura y babeante aprovecha para masturbarle al tiempo que se desliza lenta e implacablemente dentro de él. Lo oye gemir, jadear, sabe que se muerde los labios y le siente responder a cada una de sus acometidas. Y Sam se vuelve loco, literalmente loco, esos ruidos, su cuerpo aún a medio desnudar, expuesto, sudoroso, aún esposado… Indefenso. Junta sus piernas buscando apoyo para impulsarse con más fuerza dentro de su prisionero, hasta conseguir clavarse entero, completamente dentro de él y cuando lo consigue, teniéndolo empalado, con las nalgas aplastándose contra sus caderas, ruge feliz y completo, más completo de lo que se ha sentido nunca en la vida.

   Embiste rítmicamente, con más ganas que experiencia, aunque pronto descubre con placer que son los ruidos de su detenido los que le marcan el ritmo con el que le quiere asaltar. Sus caderas suben y bajan, guiando su verga un poco fuera y luego muy adentro de Dean, quien se bambolea sobre su cuerpo grande.

   Dean gruñe ronco de placer, gimotea, resopla, se remueve ansioso y jadeante, sin intentar escapar del vigilante, más bien todo lo contrario, arquea su cuerpo buscando aún más roce con él. Su espalda se frota de ese pecho, sus nalgas de esas caderas, sus muslos de los del agente. Y al fin, ebrio entre tantas sensaciones, se derrama en esa enorme mano que le masajea sin darle la más ligera oportunidad de escapar.

   No puede evitar gritar agónico, con la mente en blanco mientras disfruta ese instante de puro placer. Se ha corrido en brazos de un desconocido, uno que probablemente le habría violado si se hubiera negado, pero no se ha negado… Esta tirando con un desconocido en el asiento trasero de su propio coche, con las manos esposadas en la espalda, sudando como nunca ha sudado y disfrutando como un condenado. Sonríe ante las vueltas que puede dar la vida, si al levantarse esa mañana le hubieran dicho que habría terminado corriéndose como un buldózer no se lo hubiera creído, pero aquí esta, con centenares de ruidos de lo más humillante y sin importarle lo más mínimo, sólo quiere, más, más y MÁS…

   A pesar de que él se ha corrido y de que la postura no es cómoda, no tiene ni voluntad para intentar cambiarla, sentado sobre ese gigante que probablemente le desgarre como siga embistiéndole con tanta fuerza, sintiendo sus bufidos, porque Sam no respira, ni jadea, Sam bufa y resopla hundiendo su nariz a la altura del cuello de su cautivo lamiendo y mordiendo con tanta fuerza que le va a borrar las pecas. Siente la tapicería del techo contra la mejilla, el ruido sordo de los cuerpos al chocar, su sudor… Cristo… ¿Cuánto tiempo hacía que no sudaba así cuando tenía sexo? Cuando llegara a casa iba a quemar el carné de conducir y los del seguro del coche sólo para que el agente Sam Winchester pudiera detenerle otra vez. Un fuerte gruñido interrumpe sus pensamientos y el ritmo de las embestidas se recrudece todavía más, su captor lo atrapa de las caderas con fuerza y se sumerge en él como si su vida misma dependiera de ello, ya no le lame la nuca, de hecho no lo tiene pegado a la espalda, al parecer se ha dejado caer en el asiento y utiliza todo su gran cuerpo como ariete, haciendo que Dean vuelva a excitarse de tal modo que maldiga el hecho de estar esposado, necesitaba sobarse nuevamente.

   -Quítame las esposas… Quítame las esposas. -lloriquea sorprendido al sentir que su miembro vuelve a cobrar vida y que Sam está demasiado ocupado consigo mismo para atenderlo.

   Como era de esperar el agente ni siquiera responde, bueno, si lo hace pero únicamente con un centenar de gruñidos inconexos que sólo hacen que Dean se excite más. Sam cierra los ojos cuando empuja, y al clavar toda su verga en el sedoso y apretado culo, sintiéndose chupado y halado, cree que se muere de puro placer. Por su parte, Dean siente los dedos clavándose contra sus caderas, arañándolo, dejándole marcados los dedos a la vez que le penetra con fuerza. No es hasta que Sam alcanza su propio orgasmo, rugiendo como un animal enloquecido, temblando todo, blanqueando los ojos, sintiendo como su semen quema su propia verga antes de inundar al rubio, es cuando su miembro toca un punto dentro de Dean que sólo habían conseguido rozar con los dedos pero nunca con una verga. Es ese punto en el que Dean Winchester se convierte en vapor líquido que le hace chillar como una mujer. Y esta vez, chilla, de verdad chilla, no tanto por el sorpresivo orgasmo que en sí es brutal, sino porque es la primera vez que un hombre consigue que se corra dos veces y además la segunda sin tocarse siquiera.

   Dean cae exhausto sobre Sam, le cuesta apartarse de él y tarda hasta en recuperar su propia voz, únicamente es consiente del calor de Sam, de su sudor, de su pecho agitado que tiembla bajo él, así como de sus manazas que suben nuevamente una a su torso y otra a su abdomen, quietas. Lo primero que susurra roncamente es que se alegra de haber salido de casa sin documentación, pero que por favor, ¡por favor!, le quite de una vez las malditas esposas que lo lastiman.

   Sam tarda hasta en oírle, incapaz de centrar su mente. Ha sido un orgasmo demoledor… ¿Qué decir demoledor? Aplastante, el mejor de toda su vida sexual y aún no puede creer que haya sido con un hombre y mucho menos en esas circunstancias. Por el amor del Cielo, prácticamente lo ha violado. Si no fuera porque Dean también está sonriendo se sentiría culpable, aunque eso no quita que se sienta un poco mierda. Cosa que empeora al oírle, con la voz rasposa, (¡por favor!) que le quite las esposas.

   -Claro, claro… Per… Perdona… – susurra posicionándolo suavemente contra el asiento y rebuscando las llaves en los bolsillos de sus olvidados pantalones que yacen arrugados en sus tobillos.- Quisiera… Pedirte perdón… Yo… Yo no soy así… Quiero decir que… No suelo hacer esto… Quiero decir que… Eres el… Primero… ¡OH DIOS! -las esposas caen con un tintineo sobre el asiento y Sam aprovecha para llevarse las manos a la cabeza, debería callarse, pero callarse a la voz de YA.- Quiero decir que no suelo abusar de mi poder de policía de esta manera. -susurra poniendo ojos de cachorrito. Sabe que esa mirada siempre lograba sacarlo de problemas, y necesitaba eso en estos momentos, que ese rubio guapo lo perdonara.

   No puede creérselo, piensa Dean. ¿Le está pidiendo perdón por hacerle disfrutar como nadie lo ha hecho nunca? ¡Y con esos ojos! Si hay algo que tiene claro es que ese hombre sabe el efecto que causa, nadie podría negarle nada así que opta por lo que mejor sabe hacer, un poco de humor siempre relaja el ambiente.

   -Bueno, ya que no eres tan buen chico como presumes podemos quedar en vernos más veces. Digo, ahora que ya no hay riesgo de pervertirte.

   La broma toma a Sam por sorpresa, tanto que de verdad cree que es una broma y no que está hablando en serio. De verdad quiere quedar en eso, en verse otra vez, y lo más duro es que él lo necesita. Pero todo estaba yendo demasiado deprisa, tiene que hacer algo, él no actúa así, él es un chico centrado, que piensas las cosas y… y… Y….Mira a Dean que en ese momento se frota las muñecas doloridas sin dejar de mirarlo con ese brillo entre malicioso y lujurioso en sus ojos verdes que… Que… Oh, qué diablos.

   Con toda la resolución del mundo saca el bloc de las multas y empieza a escribir completamente serio.

   – ¡¿Qué….Qué haces?! -el tono de su víctima no puede ser más divertido.

   -¿Tú qué crees? -pregunta con tono formal y el ceño fruncido.

   ¡Un demente! Eso es, o está drogado, se asombra Dean. ¿No iría a multarlo después de… De… El polvazo de su vida? ¡¿Verdad?!

   -¿Vas a multarme? -quiere sonar enfadado pero en realidad suena acongojado. ¿Cómo puede ser tan… Tan… Pero tan….? Ni las palabras le salen.

   En ese momento Sam arranca el trozo de papel y alarga la mano; la primera intención del rubio es romperlo en mil pedacitos, pero no lo hace, tiene que comprobar con sus propios ojos que de verdad lo ha hecho.

   Cuando mira el papel rosa se da cuenta de que solo hay un largo número; le cuesta un rato el relacionarlo con un número de teléfono, con un móvil en concreto y justo a su lado un maltrecho corazón atravesado por una flecha.

   ¡Era una broma! ¡Pufff!

   Los dos se miran entre divertidos y otra cosa que es difícil de definir. A Dean le gusta verlo así, relajado, no tan dominante (aunque eso le encantó, que lo controlara y lo obligara a actuar); Sam parece un chiquillo que de pronto ha encontrado el más maravilloso regalo de cumpleaños al lado de su cama (y pensar en una cama grande, suave, con Dean de espaldas en ella, le hace arder las pelotas), pero en ese momento suena el móvil de Dean y este se vuelve a cogerlo no sin antes darle un manotazo al agente en la nuca, uno de los que escuecen de veras y, mientras el más alto se masajea la dolorida nuca, Dean lo señala con el índice.

   -Reconoce que te las has ganado, mocoso.

   Y sin dejar de mirarle contesta al teléfono.

¿Fin? 

……

   No sé si será el fin, pero de que fue un gran cuento lo fue, ¿o no? Voy a ver si encuentro más trabajos de esta pareja. No de Dean y Sam Winchester, sino de las autoras (¡dos mujeres!), chicarvil y Parker. Por cierto, creo que no hay que decirlo, pero la imagen es un montaje… aunque… ¿te imaginas atrapando a un sujeto con esa pinta y la personalidad de Dean?

Julio César.

SAM EL DURO, DEAN EL SEXY…

Octubre 11, 2009

SUPERNATURAL GAY

   Como ya he dicho, fue sorpresa para mí la existencia de tantos foros donde se habla sobre la serie SUPERNATURAL, Dean, Sam, todos los demás, así como de Jensen y Jared. Y ver que también se escriben historias. Unas dolidas, casi parecidas a la serie, explicando aquello que faltaba. Otras ligeras con cierto aire de sensualidad, no en balde tres de los protagonistas, incluyo a Castiel, son muy bien parecidos (por ahí hay una joven que escribió un cuento bien prono entre Castiel y Dean, acotando algo como: el sexo con Dean Winchester debe ser de la puta madre). Este relato cae en la categoría de porno del bien explicito. Y es…

   Es toda una fantasía erótica. Sam es un duro agente de policía y detiene a un atractivo chico de ojos verdes, y es bien salvaje con él. Disfrútenlo:

……

TÍTULO: ¿Qué desea agente?

AUTOR: chicarvil y Parker = duendenocturno

FANDOM: Supernatural of course

PAREJA: Sam/Dean ¿hay otra?

CALIFICACIÓN: Nc18… O más, somos nosotras y no sabemos escribir de otra manera.

TEMA: AU (universo alterno, son los winchis, pero no lo son, no son hermanos, no son cazadores, no se conocen). No es wincest porque no son hermanos, no es RPS por que no son personajes reales, no es only brother porque siguen sin ser hermanos ¿qué es esto? ¿PWP?

DESCARGO DE RESPONSABILIDADES: Ellos no son nuestros aunque a Parker no le importaría adoptar al pecoso siempre y cuando tenga tendencias incestuosas y chicarvil se cruza de brazos, da en el suelo con el pie y la mira mientras dice: que sepas que le voy a cambiar la cerradura al armario ^^ no, no son nuestros aunque si existiera la más remota posibilidad de meterlos en nuestro armario no la rechazaríamos ;-)

Illinois 12 a.m.

   Hace una mañana perfecta, de esas en las que a Dean le gusta conducir sin un destino concreto, dejar las ventanas del impala bajadas y pisar fuerte, que el aire le dé en la cara y sentir el vértigo de la velocidad. Pero, mala suerte, parece que no a todo el mundo le gusta la velocidad tanto como al rubio que oye sirenas y al mirar hacia atrás ve como se acerca un policía en moto. Chasquea la lengua sabiendo que la diversión se le ha acabado; con lo bien que iba.

   El día planeaba ser largo y aburrido, mortalmente aburrido; un día de esos en los que el uniforme pica con ganas por culpa del sol. Sam agradeció sinceramente el no haberse puesto camiseta interior mientras se quitaba el sudor de la frente con el dorso de la mano. Nada de camiseta interior, sólo ese uniforme que se le pegaba demasiado al atlético cuerpo, como una segunda piel. Inconvenientes de ser tan grande, al menos no tenía problemas para llegar al suelo, sin necesidad de ponerse de puntillas, con esa moto tan increíblemente alta. Resopló fastidiado, estaba resignado a freírse como un huevo en aquella solitaria carretera cuando un cochazo negro pasó a toda velocidad por su lado moviéndole todo el pelo. Si hubiera sido otra persona, el infractor de seguro que habría sonreído y dado gracias a Dios, pero Sam era muy serio en el trabajo, así que se puso el casco, aceleró y se dirigió a parar a su delincuente. Sin risas, ni coñas; aunque con un poco de alivio, eso al menos lo distraía.

   Dean aparca a un lado de la carretera para esperar a que la gran moto estacione a su lado mientras piensa “menuda mierda, vale que vaya pitando un poco más de la cuenta, pero no me esperaba que en esta carretera por la que no pasa nadie se me fuera a echar encima la poli… Y encima me parece que me he olvidado el carné… Espero que sea comprensivo”.

   -¿Qué desea, agente?

   Sam bajo de la moto con la mano en la pistolera (nunca se sabe qué tipo de psicópata te espera sentado). Seguramente sería un niñato que le ha mangado el coche a papá aprovechando que está fuera de casa. La sorpresa del vigilante es mayúscula cuando lo que se encuentra sentado en el asiento del conductor no es un pipiolo lleno de granos sino la portada de CQ, un chico de lo más guapo, mirándolo como si fuera un piojo, cosa que por supuesto no le sentó nada bien.

   -A ver, documentación.- gruñe tal vez con demasiada severidad.

   -Lo siento, oficial, me temo que he salido sin documentación esta mañana, pero no tengo nada que ocultar, puedo darle los datos que necesite y seguramente le será fácil corroborarlos.

   Dean se revuelve nervioso en el asiento, la mirada del policía le intimida y encima parece demasiado alto y demasiado enfadado, aunque tiene que reconocer que es guapo enfadado y todo… Hummm, pensándolo bien, es guapísimo, y el rubio se sorprende pensando que ojalá se le echara encima “ese” poli… Moreno, alto, altísimo… Seguro que el corazón no le regaba bien el cerebro, era imposible que le llegara la sangre tan arriba… Y encima proporcionado… Y Dean, algo enrojecido, se pregunta si será tan bien proporcionado en todo…

   Pero Sam pensaba distinto. Ese chico le sonreía como si él fuera una camarera calentorra y eso le enfurece; ya tiene suficiente con que lo manden a una carretera perdida de la mano de Dios por culpa de un pequeño incidente para que encima este tipo (guapo como un dolor, con esos ojazos verdes y esa sonrisa profident, aunque no desea pensar en ello) se crea que acaba de salir de la academia… Eso ya era DEMASIADO.

   Sam sabe calibrar a la gente y sabe perfectamente que de verdad el chico se ha olvidado el carné, pero había algo en él, ahí… Algo… Algo que le impide ponerle sólo una multa, regañarle y dejarle ir. Regañarle si quiere, ponerle la multa también, pero que se largue… no. No todavía.

   -Tengo que pedirle que salga. -ordena tajante dando un paso atrás.

   -¿Está loco? ¿No puede llamar a tráfico o a la central?

   Algo en la mirada del guardia le silencia, lentamente aparta las manos del volante y sale del coche. Joder, resulta aún más alto visto de frente, al menos dentro del coche era lógico que tuviera que levantar la cabeza para mirarle. Dean cierra la portezuela y mira interrogante al policía.

   La boca de Sam se seca cuando el “listo” sale del coche y se encuentra de lleno con esos ojos verdes, luminosos. Increíblemente hermosos. Y si sólo fuera eso, vale, pero resulta que el insensato no solo tiene unos ojos de aúpa sino que toda su nariz está salpicada de pecas, eso hace que la vena pervertida que todos llevan por dentro le brote y se acuerde de cuando tenía quince años y se masturbaba a cada rato pensando en Janice Richard, el amor platónico de su vida que tenía exactamente las mismas pecas. Por desgracia para la pobre Janice, y suerte para él, ella no tenía esos labios que tiene su detenido. Se regaña a sí mismo por ser tan poco profesional y se obliga a concentrarse. Tuvo que carraspear para que la voz le saliera de nuevo ruda y masculina.

   -Las manos contra el coche. Voy a cachearle… ¿señor…?

   -Winchester, Dean Winchester… ¿Qué va a hace qué…? -Dean miró descarado y nervioso la placa del agente y los ojos se le agrandaron al ver que curiosamente sus apellidos coincidían.- ¿Winchester? ¿Sam Winchester?

   Sam se queda un poco impactado al ver que se apellidan de la misma manera. Es raro de cojones, durante toda su vida todo el mundo se ha cachondeado con él por su extraño apellido y ahora encuentra a alguien que tiene el mismo y que para colmo le pone de malas pulgas. No sabe lo que tiene el tal Dean, pero le saca la vena ruda que tiene.

   -He dicho que contra el coche.

   Tal vez utiliza más fuerza de la necesaria al empujarle (no puede contenerse), pero el presunto delincuente tampoco se queda atrás al intentar esquivarlo, así que no tiene más remedio que aprovechar su gran cuerpo para aplastarlo contra el coche, mientras el otro se revuelve y le pide que se calme. Los vellos de la nuca se le ponen de punta al darse cuenta de que el redondo trasero le llega a la altura adecuada para que su tolete se tome en serio ese cuerpo tan tibio y firme que se aplasta contra él. Se estremece cuando el frote se repite.

   El rubio protesta, pero su cerebro le recuerda que hace un momento había deseado precisamente que el poli le cayera encima. “Ten cuidado con lo que deseas”, pensó. Se estira intentando evitar que el otro le toque, es curioso pensar una cosa y hacer otra, por un lado desea que esas enormes manos lo recorran todo y por otro lado lamenta en el alma no haber tomado la documentación antes de salir de casa y sobre todo haber tomado ese camino y haber acelerado en el momento y lugar equivocados.

   Un fuerte gemido se escapa de sus labios cuando el agente (¿Sam? ¿Se llama Sam?) le abre las piernas metiendo con rudeza una de sus rodillas entre las suyas. “¡Oh Dios mío, allá voy otra vez!”, piensa el rubio. ¿Por qué? ¿Por qué de todos los policías con los que podía haberse cruzado tenía que haber pasado delante de este psicópata?

   Lo posiciona, las manos sobre el coche, las piernas abiertas y ese policía tocándole desde los hombros hasta… Hasta… ¿Tiene que tocarlo de esa manera? ¡Imposible! No le han hecho antes un registro, pero está seguro que el policía no tiene porqué detenerse de esa manera en la curva de su culo sobre los ajustados vaqueros. Lo ha visto cientos de veces en las películas y, está seguro, no hace falta aplastarle con su cuerpo para cachearle, teniéndolo casi montado encima, haciéndolo consiente de su cuerpo grande y sólido. Se revuelve intentando liberarse.

   -¿Qué se supone que busca? Ya le he dicho que no tengo documentación y por mucho que la busque no va a encontrarla.

   Sam no oye. No le interesa. Sabe que no está siendo profesional; no es nada profesional la manera en la que lo está tocando, como su mano grande recorre una y otra vez ese redondo trasero bajo la áspera tela, y está seguro de que el tal Dean se está dando cuenta. Pero no puede contenerse, se le ha ido el santo al cielo en cuanto le ha metido la rodilla entre las piernas y se ha dado cuenta de que están ligeramente arqueadas, lo justo para que él quepa sin problemas. Santo Cristo, no le gustan los hombres, pero ¿este? Con este no puede evitar cerrar las manos sobre su culo y sobárselo, recorriendo la separación entre las nalgas. Porque eso es lo que está haciendo, sobarlo de mala manera. Le quema la palma, y siente su tolete duro bajo el uniforme y en cualquier momento el rubio se daría cuenta también. Pero no, no era deseo, era…

   Lo aplasta un poco más contra el coche mientras se engaña pensando que lo hace para poder palparle el pecho no vaya a ser que tenga una pistola escondida, pero eso no significa que tenga prácticamente que estrujarlo entre sus dedos para hacerlo. Y es lo que sus dedos hacen al recorrer su abdomen tallado y su torso suave. Está a punto de ponerse a maullar, de jadear como un pervertido contra la oreja del rubio, algo angustiado al pensar que debía soltarlo, cuando sus dedos tocan algo conocido a la altura del bolsillo de la camisa.

   -¿Qué tenemos aquí? Así que aparte de conductor temerario eres drogata. -pregunta ronco, duro, acercando la boca hasta casi rozarle la oreja y enseñándole un miserable porro que le da la excusa perfecta para poder esposarlo, retenerlo. Quedarse con él.

   -¿Un porro? ¿Vas a detenerme por un porro? ¿No se suponía que el consumo está despenalizado? En serio agente, no sería mejor que llegáramos a un acuerdo. -el rubio se revuelve intentando zafarse al mismo tiempo que trata de razonar con el policía.

   Lo último lo dice insinuante, clavando sus pupilas en las suyas, al fin y al cabo no puede evitar que el más alto lo espose, pero o él lee muy mal las señales (y eso no le ha pasado nunca) o ese tipo le tiene ganas y siempre es mejor algo de sexo consentido que acabar… No sabe ni cómo puede acabar y prefiere no pensarlo. No ha usado un arma en la vida y por lo que parece tendría que saber usarlas para defenderse de ese gigante. Porque eso lo sabe, el tal Sam no lo dejaría ir.

   -¿Está intentando sobornarme, señor Winchester? -pregunta entrecerrando los de por sí rasgados ojos.

   -¿Sobornar? No, nada más lejos de mi imaginación, es sólo que hace una mañana estupenda, que hace calor, que lo que me está haciendo no es un cacheo, es más bien una buen sobada, y que… ¡Que la autoridad siempre me ha resultado excitante!

   Es una invitación, forzada pero una invitación y lo peor, lo realmente malo, es que Sam está dispuesto a aceptarla; él, el policía recto (y heterosexual) quien jamás ha aceptado desvíos de las normas. Pero ahora, de hecho, VA a aceptarla, pero no así; no quiere que el guapo, el guapísimo Dean Winchester domine la situación. Él es el policía. Él es la ley. Y por lo tanto ÉL, SAM WINCHESTER, es quien manda.

   Así que decide actuar como si de verdad no fuera a aceptar la oferta, le esposa con violencia, casi con furia, aplastándolo contra el lateral del Impala sin dejar de “rozarse” contra su detenido que se revuelve en un intento de zafarse de él, alarmado, convencido de que, en verdad, será hecho preso. Pero Sam es muy grande y nunca ha estado tan contento de serlo.

   -Conducción temeraria, drogas, intento de soborno y resistencia a la autoridad. Esto sin duda va a salirte muy caro, amiguito. -gruñe abriendo la puerta del coche negro y lanzándolo dentro, dejándolo totalmente desconcertado.

   No le da tiempo a reaccionar, antes de que el delincuente pueda decir esta boca es mía, está aplastándolo contra la puerta contraria y tocándolo por encima de la ropa.

   -¡Oiga!

   –Enséñame lo que tienes ahí. -jadea bajándole la cremallera del pantalón y sacándole el bulto sobre el blanco bóxer (nunca se sabe lo que estos delincuentes pueden llevar escondidos).

   Y, ¡sorpresa, sorpresa!, no es un arma. Al parecer a chico Deanny le gusta que jueguen rudo con él, que lo controlen, porque su tranca está bien dura, como una piedra. Alza la mirada y casi se corre de lujuria, ve a su detenido, apretado entre el asiento y la puerta, con las manos en la espalda, la camisa por fuera de los vaqueros, con el pecho subiendo y bajando de forma errática, mejillas tan sonrojadas que le resaltan las pecas y (Cristo) esa boca… Labios dulces de chica entreabiertos e invitadores.

   No pensaba besarle, el tipo lo tenía caliente, pero de ahí a tomar su boca, jamás. No era un marica, de verdad que no iba a besarlo, pero… Con esos labios… Con esos jodidos labios. Lo incrusta contra el metal del coche al caerle encima con un gruñido ronco y bajo, siente como el cuerpo bajo él se tensa debido al dolor, oye ese gemido entrando en su boca pero le da igual. Va a besarle. Su lengua, ávida como nunca, resbala dentro de la boca ajena, boca que aparentemente es de chica pero que sabe gloriosamente a hombre, con el rastro de una barba de tres días escaldándole la piel y con ganas de dominar aún cuando no debe hacerlo.

   ¡Dios!, gime Sam al cerrar sus ojos. Ambas lenguas se enrollan, se atan y luchan en un beso obsceno que Sam no sabía que pudiera ni supiera dar. Tiembla al atrapar esa lengua y lamerla, tomándose su saliva, mordiéndola un poco. Se estremece cuando esa lengua buscaba la suya. Ese chico sin duda sabe besar. Y la cosa mejora cuando mete la mano dentro del bóxer y cierra el puño enorme sobre el tolete erecto y empieza a frotarlo con fuerza. Estaba muy duro, el rubio estaba bien caliente, y su tensar de cuerpo, pegándose más al suyo mientras se lo sobaba, se lo dijo claramente.

   El gemido/maullido que se le escapa a Dean, le hace enloquecer, desearlo aún más. No sabe qué es mejor, sentirlo caliente y tembloroso bajo él, encontrar una y otra vez su lengua y tragarse sus gemidos, o el palpitar de la erecta verga bajo su mano.

   Dean se agita sin poder contenerse, tenso como cuerda de violín, totalmente en manos de Sam. El policía es grande, un gigante, y fuerte, tan fuerte que no tiene nada que hacer contra él; por un momento creyó que iba a rechazarle y llevarlo a la jefatura, pero ahora vivía eso. La verdad es que todo eso le suena como a todas las pelis porno que ha visto en su vida, de hecho siente que está protagonizando una, porque lo que le está pasando no tiene sentido. Entiende que cuando intentó apartarse de su cuerpo, segundos antes, eso excitó aun más a su rudo y masculino captor, quien ahora le tiene bien sujeto y comienza a abrirle la ropa.

   No le desnuda, sólo le desabrocha lentamente la camisa y, sin quitársela, sube la camiseta por encima de su pecho y cabeza, mirándolo largamente. Sam está extasiado ante ese cuerpo joven, flexible, hermoso. Lentamente baja el rostro y lame lánguidamente uno de los pequeños pezones que reacciona a la caricia endureciéndose, entonces lo mete en su boca succionando suavemente hasta que lo oye gemir roncamente, y al hombre, con la cabeza y la verga llena de sangre, le parece que es el sonido más hermoso del mundo y que puede pasar horas lamiendo del chico para oírle tan sólo gemir así una y otra vez. Se separa un poco para mirarlo y preguntarle algo.

   -¿Duele? -le ve mover la cabeza enérgicamente negando y se le escapa le risa.– Eres un bichito caliente, Winchester. Te gusta ser tratado a la fuerza, ¿eh? Niño impaciente…

   Vuelve a fijar su atención en el endurecido pezón y lo lame golosamente, recreándose en enrollar su lengua caliente sobre él, gozándolo, de verdad sintiéndose vivir como nunca en ese momento, antes de pasar la lengua por el espacio que le separa de su gemelo, para chuparlo hambriento mientras sus manos tiran de sus vaqueros hasta dejárselos a la altura de los tobillos y si no termina de quitárselos es porque los zapatos le impiden sacárselos. El cuerpo de Dean rebota contra el asiento del Impala y Sam no puede creer lo increíblemente erótico que se ve, ahí, esposado, con las manos en la espalda, la camiseta enrollada por encima de la cabeza, la camisa por fuera de los hombros… Y… Joder… Esa verga rojiza, erecta, babeando un poco ya, señalándolo como si fuera un dedo acusador.

   Nunca ha admirado eso en ningún carajo, más bien pensar en otras vergas, le daba algo de repulsa, pero esta… Quiere metérsela en la boca, cubrirla de punta a base, adaptarla a sus mejillas, sentirla sobre su lengua y apretarla, mamarla, llenarla de saliva y arrancarle roncos gemidos. Desea saborearla porque… era la tranca dura de ese guapo chico que tan caliente lo tenía. Mirando sus pómulos rojos y pecosos, reconoce que desea oírlo gemir de gusto como sabe que haría si le chupara la verga. Pero no lo hace.

   Está demasiado excitado, quiere tocarlo todo y sólo tiene dos manos. Desea poseer ese cuerpo en todos los sentidos y de todas las formas y no sabe sí pueda, o sí le alcance la vida, o él mismo. Lo quiere tener para sí, y una idea demente comienza a atormentarlo mientras disfruta recorriéndolo con sus manos, necesita que Dean Winchester sea suyo, ser su dueño. Pero sabe que no se puede, o que no será así, es un tipo que encontró en una carretera, mañana no estaría. Eso le atormenta mientras baja sus manos y continúa acariciándolo todo. Empieza por el pecho, pellizcándole los pezones, deleitándose en cómo el hombre se contorsiona al sentir que utiliza más fuerza de lo normal; a eso le sigue el arañarle los costados hasta llegar a sus caderas, los dedos le pican de ganas de cerrarse sobre su tolete erecto, sobarlo, masturbarlo, y parece que a él le pasa lo mismo porque alza el cuerpo para que se centre en “esa” zona, suplicándoselo con sus brillantes y lujuriosos ojos verdes; pero Sam lo ignora y cierra las manos sobre sus muslos deleitándose en los fuertes músculos.

   Lo quiere todo, y lo quiere ya, quiere que sea suyo ahora… Necesita entrar en su vida… y su culo.

CONTINÚA…

…….

   ¿No es un relato bien caliente? La otra parte es igual de buena. Es de esas que obligan, cuando uno se detiene y cierra los ojos por un momento, a recordarla.

Julio César.