RECOMPENSA MERECIDA

enero 10, 2014

SU OTRA DEBILIDAD

DEPORTISTAS HOT

   Cuando eres bueno en lo que haces, todos se te rinden dispuestos a darte lo que sea para que seas feliz.

LO BUENO PARA EL CUERPO

Julio César.

JUEGOS Y MAÑAS ENTRE PANAS

enero 10, 2014

SOBREENTENDIDOS ENTRE MACHOS

HILO DENTAL Y CULOTE

   Los panitas saben…

   “Ven para que veas lo que me regaló mi mujer”, me llamó desde su cuarto, dejándome de piedra. El hijo de perra conocía bien lo que me gusta, sobre todo mi fetichismo, y como si el putón hilo dental no fuera suficiente, mirándome se lo apartó. Bien, con la mente en blanco fui y participé del juego: el “clava un dedo y haz diana”.

EJERCITANDOLO

Julio César.

LUCHAS INTERNAS… 117

enero 9, 2014

LUCHAS INTERNAS                         … 116

TIO MOJADO Y CALIENTE

   Si el pasado regresa, ¿le echarías?

……

   En un momento de confusión mañanera, Frank cree despertar al lado de Marina en su cama. Ya amaneció, pero no siente ningún deseo de abandonar su cálido colchón en medio del frío ambiente creado por el acondicionador de aire. Se medio vuelve y, como le pasa ahora, se sorprende de encontrar allí a Nicolás Medina. Dormían ahora en la misma cama, sin reparos, sin tapujos. Comenzaban la noche remolonamente, sobretodo Nicolás, hasta que terminan uno en brazos del otro y lo hacían. Y otra vez. Y otra vez, explorándose, haciendo cosas con sus dedos, bocas y lenguas que jamás se hubieran atrevido a considerar o soñar, con el muchacho usando sus dedos en él de una manera que antes el catire abogado jamás le habría consentido a nadie (como no terminara con una fractura de cráneo a fuerza de coñazos), hasta que agotados se dormían, como cayeran. El hombre está desnudo, relajado y algo cansado de allí, entre sus piernas.

   Se medio sienta en la cama y contempla al joven dormir, también desnudo, aunque semiarropado, ya que parecía sufrir de frío. Siempre quería taparse, cubrirse con algo. Era como una manía. O tal vez eran escrúpulos. Tenía muchos, demasiados, cosa que había desconcertado primero y sorprendido después al abogado.

   Le mira dormir pausadamente, con la boca algo abierta, y una idea maligna gana fuerza en su mente: ¡darle un susto de muerte gritándole y agitando la cama! Hace poco casi había caído del sofá así. Conteniendo una sonrisa malintencionada, se inclina sobre él, acercándose a su rostro, para gritarle en la pata de la oreja. Y allí se queda, paralizado, oyendo sus suaves ronquidos, esos que sólo los hombres producen. Le ve tan joven y tan en paz, relajado. Hermoso y vulnerable. Mierda, estaba perdido de marica, debía recobrarse, gritarle, tumbarle de la cama y… su boca de labios abiertos bajan suavemente posándose sobre los del joven. Es un beso acariciante, tibio y tierno. Y Frank lo siente, siente deseos de mimarlo, de despertarlo alegremente, porque lo aprecia más allá de lo que imaginó. La broma pesada se transforma en una dulce caricia. Y eso lo asusta, por lo que se aleja cuando el joven abre los ojos, adormilado, mirándole confuso. Lo mira pasarse la lengua por el labio, como si buscara algo allí y su boca cae nuevamente, atrapándole la lengua con su suya, hambriento, lamiéndola ruidosamente. Deseando que responda. Y Nicolás lo hace. A su manera. Apartándole un poco, rostro arrugado.

   -Ay, no, ¡sin lavarse la boca, no! –gruñe Nicolás, atrapándole por los hombros e intentando empujarle para quitárselo de encima. Pero el otro no quiere. No ahora, teniéndole allí, y así.

   El catire sonríe con una mueca lasciva y la lujuria brilla en sus ojos, mientras su tolete crece impresionantemente en cuestión de segundos. Sentir el cuerpo de Nicolás bajo el suyo, agitándose, revolviéndose contra él, lo excita. Se tiende sobre él, cubriéndolo y atrapándole el rostro entre las manos, y lo besa en la boca una y otra vez, con los labios muy abiertos, como intentando tragárselo. Sus mejillas se adelgazan cuando su lengua emerge, buceando en la boca del otro, sin reparos o grimas.

   Nicolás quería resistirse, pero el cuerpo de Frank, su calor, esa fuerza brutal que parece emanar de él, elevando la temperatura de la habitación, de la cama, del punto de unión entre los cuerpos, también lo excita; no puede evitar que todo su ser responda al toque de ese hombre exige. Sus güevos chocan por un momento cuando Frank aparta la sábana y sus cuerpos se unen en un baile de frotadas. Jadeando pesadamente, el abogado se aparta a un lado, mirándole, encontrándole hermosos con sus mejillas rojas y delgadas, sus labios húmedos, el cabello cayéndole sobre la frente, y le besa otra vez mientras su manota recorre el costado del joven, más abajo del vendaje, sobándole la cadera donde aún es visible una mancha amarillenta vieja, del cabillazo. Esa manota soba esa cadera, con fuerza, con ganas, palpándola, sintiéndola temblar, erizarse ante su roce, y calentarse.

   Sus lenguas luchan ferozmente, ya no piensan en el cepillo dental, en bañarse, en que tienen cosas que hacer, Frank ir a La Torre y Nicolás al médico. Sólo pueden pensar en la boca del otro, en la lengua y el aliento del otro. Frank, con un gruñido animal, le olisquea bajo el cuello y lame ampliamente la barbilla, casi mordiéndole la quijada, sintiendo eso caliente y erótico. Sonríe torvo cuando le oye gemir, tenso de lujuria, y su manota atrapa en un puño y le acaricia el güevo erecto, caliente y palpitante en su mano, sobándolo, subiendo y bajando sobre él. Le besa para tragarse su gemido de gusto ante la caricia, que imagina que debe ser mucha, a él le encanta cuando le hacen eso (sus nenas, por supuesto); pero quiere más. Su mano baja otro poco, más allá de sus bolas, hacia ese rincón secreto, esa entrada prohibida  para todos los hombres, menos para él.

   Esos dedos firmes y calientes en su raja interglútea hacen gemir a Nicolás, quien echa la cabeza hacia atrás mientras Frank lame su manzana de Adán. Nicolás flexiona una rodilla y los dedos del hombre pueden moverse libremente por su raja, frotándole el culo ya penetrado, cogido hasta el cansancio, ahíto de sexo durante la noche, pero ahora titilante y caliente, buscando más. La mano se queda allí y el índice comienza a hundirse, sintiendo la resistencia y calor de ese hueco tan taboo hasta hace unas horas.

   El dedo entra todo dentro del culo rojo y lampiño, que se tensa, que lo hala y chupa como una ventosa, temblando violentamente sobre él. Frank le mira el rostro, sonriendo leve mientras su dedo entra y sale lentamente al tiempo que Nicolás chilla, tensando sus muslos, apretándolo, imposibilitado de contenerse, y Frank, excitado más allá de toda medida, le atrapa la boca con la suya nuevamente. Quiere tragarse su aliento, su respiración, su saliva y su lengua. Lo besa mordiéndosela, mientras su dedo entra y sale, rápidamente, cogiéndolo. Todo el cuerpo de Nicolás se tensa y arquea, dejándose llevar totalmente por ese deseo que lo hace agitar sus caderas de adelante atrás, buscando más de ese dedo.

   Respirándole al rostro, jadeando pesadamente, Frank sonríe como un perro predador, su dedo entra en el ardiente culo, hasta el puño y lo deja allí, agitándolo, empujándolo aunque su puño ya lo frena, y sabe que el joven está excitado al máximo, mojado en sus entrañas, esperándole otra vez…

   Lo que sigue es algo en lo que Nicolás no quiere pensar, mientras grita caliente, sintiendo que alcanza el cielo, que vuela y todo su cuerpo vibra, de espaldas sobre la cama, con las piernas rodeándole la cintura a Frank, quien atenazándole las nalgas con sus manos, lo cabalga, otra vez, su tranca rojiza, caliente, venosa y palpitante llenándolo, abriéndolo, excitándole todavía más…

   No puede, por más que lo intentara, Nicolás no puede recordar nada que sea incomodo, molesto, doloroso o terrible en ese momento, no cuando todo su ser vibra de deseos y ganas, y se alza atrapándole el recio cuello al rubio que ríe sorprendido y agradado, recibiéndole, besándole mientras se la lanza hasta lo más profundo de sus entrañas, golpeándole una y otra vez la próstata. Se besan porque se necesitan, necesitan esa caricia que parece estar más allá de la lujuria. Soltándole las nalgas, Frank recorre sus costados mientras le cabalga, repitiéndose que tiene que tener cuidado con su cuerpo lastimado; pero no puede ser gentil o comedido, Nicolás le llamaba con su cuerpo, le esperaba, le exigía, era suyo y tenía que poseerlo. Y mientras lo hace, lo toma y es increíblemente feliz, cuando luces blancas estallan frente a sus ojos y se corre con fuerza, totalmente satisfecho sexualmente en ese momento… todavía siente que le urge tener más del joven.

   -¿No tienes que ir a trabajar? -grazna Nicolás. Temblorosa y jadeante, la pareja yace en la cama mirando al techo. Frank asiente, ahogado.

   -Si. Y tú al médico. A ver si te quitan ese vendeja de una vez. -lo mira pícaro.- Ya quiero lamerte cada centímetro de piel.

   -Ay, por Dios. -se exaspera (claro, ahora), sentándose, enrojecido por lo que acaba de hacer, ¡otra vez!

   Frank lo mira, sonriendo, sintiéndose menos culpable y mal. Debía ir a la oficina, aunque con el paro eran muy pocos los que asistían. Pero debía hablar con Ricardo, a quien no pareció importarle mucho su fracaso ante los militares de la plaza Libertad. En eso repara en el rasguño que va desapareciendo en el lado izquierdo del cuello de Nicolás. Lo que le hizo el carajo que lo golpeó y robó, alguien a quien él, Frank, envió. Dejándose llevar por un poderoso impulso, se arrodilla en la cama tras él y su boca cae sobre esas viejas heridas, quedándose allí, disfrutando de su olor a vida, a tibio, a cama, sintiendo como el otro se estremece todo.

   -No otra vez. -gruñe ronco. Volviéndose a mirarlo, cálidamente, riendo luego.- Eres un animal.

   -Me han dicho cosas peores. –impulsivamente le besa la punta de la nariz y le mira, cálidamente, de una manera tal que deja ver más de lo que imagina, tanto que Nicolás se ve turbado.

   -¿Por qué no me sorprende? –medio ríe.- ¿Qué? – medio dobla en cuello cuando este vuelve a mirar los raspones.

   -Esos desgraciados te dejaron marcas.

   -Fue por la cadena. –informa, nervioso, no sabiendo cómo encarar toda la solemnidad del otro por el incidente, tanta concentración, tanta preocupación e ira.- No te preocupes, mi venganza fue terrible: esa vaina no valía casi nada. –intenta reír para aligerar el momento. No es que quisiera escapar de esa cama o toda la escena fuera molesta, pero quiere cambiar de tema o de miradas e intensiones; con el corazón palpitándole con intensa fuerza en el pecho entiende que si un día le dijera a alguien que le amaba, esa sería la cara que…

   -Quiero que uses esto. –responde Frank, como despertando, mirándole a los ojos y desabrochándose la cadenota e intentando ponérsela alrededor del cuello.

   -¡No! Esa vaina no. Me dijiste que era algo que te dio tu padre. -lo mira enrojeciendo de alarma.

   -Es mío ahora y hago con ella lo que quiero. -lo atrapa por una muñeca cuando él intenta alejarse, mirándole de manera directa con sus hermosos ojos claros.- Quiero que la lleves un tiempo. Te la presto. No es regalada, ¿bien?

   -Es absurdo.

   -A mí me haría feliz. ¿No puedo ser feliz alguna vez en la vida?

   -Algo me dices que siempre lo eres, que siempre obtienes fácilmente lo que quieres.

   -No todo es tan fácil. –enrojece un poco, mirándole resuelto.- No lo que parece importar de verdad.

   Sus miradas chocan. Cada uno cree ver en los ojos del otro profundidades extrañas, como pozos de aguas quietas pero oscuras, recónditas. Cada uno siente miedo. Miedo de lo que el otro hace, cede o dice. Miedo de lo que cada uno siente por el otro. Porque cada vez era más difícil pensar, o pretender, que todo era únicamente sexo, piel contra piel. Pero, tenía que ser, ¿verdad? Los hombres no se enamoran, no dos sujetos como ellos que nunca… Tenía que ser. Sólo sexo. Lo alterno, las otras posibilidades, eran impensables.

   Frank le colocó la cadenota al cuello, viéndolo enrojecer más, atrapándolo por los hombros y atrayéndolo hacia sí. Sus bocas vuelven a unirse en un beso que no parece agotarse, ni aburrir. Sus lenguas se atan en una lucha que siempre comienza suavemente, hasta que se vuelve exigente y hambrienta. Y Frank, dejándose llevar por lo que siente, por lo feliz que es con él así, entre sus brazos, desnudo, cálido y vital, se deja caer hacia atrás, arrastrándolo a él que cae sobre sí. Sus cuerpos arden y se frotan mientras sus bocas se devoran. La carne pica, arde y endurece nuevamente.

   Pero era tarde ya.

   Mientras Nicolás se ducha con mucha agua tibia y gel de baño, sintiéndola bien sobre su cabeza, despejándola, haciéndolo pensar que lo que hacía era una maldita locura, estaba viviendo con otro carajo que lo había sometido a la condición de ‘mujer’ suyo, y que ahora, para colmo, le hacía regalitos. Quiere ser descarnado, duro consigo mismo, cuestionarse para obligarse a reaccionar; pero era lo suficientemente honesto para reconocer que ese molestar, esa incomodidad, duraría hasta que volviera estar frente a Frank, instante cuando volvería a desearle.

   -Señora Libia, quiero que prepare todo como siempre. Que aseen bien, que dejen la comida precalentada en la nevera. Quiero un poco de todo, hasta postres y tortas. -Frank, en short blanco como única vestimenta, recibe a alguien en su dormitorio.- Pero también deben ocuparse de alguien que está conmigo, ¿okay? –ahora su tono es seco.- Quiero total discreción y consideración para con esta persona. Trátela como si fuera yo mismo.

   -No se preocupe, doctor. -dice algo fastidiada la mujer. Es una cuarentona algo obesa, alta, de cabellos muy negros,  siempre atados, así debía llevarlos si iba a limpiar. En todo el tiempo que llevaba ocupándose de ese penthause ya había conocido a muchas, muchísimas de las compañías del señor y se había ocupado de todas. No entendía ahora esas indicaciones. Al parecer los tiempos de la Marina habían pasado. Eso estaba bien, esa mujer no le gustaba.- Se hará como siempre.

   -Okay, como siempre. -sentencia el hombre.- Pero creo que encontrará algunas pocas diferencias esta vez. -sonríe con cierta burla.

   Ella va a responder cuando un joven atractivo, húmedo y envuelto en una toalla sale del baño, silbando algo como ‘ni un paso atrás’, el estribillo de la oposición. Al ver a la mujer, Nicolás palidece horriblemente y luego enrojece, intentando cubrirse el flaco pecho. Pero Libia, con la boca abierta, es la más sorprendida. A Frank, el muy hijo de puta, le divierte la escena.

   -Él es Nicolás, el señor Nicolás Medina, atiéndalo como merece. -dice sin enrollarse, aunque se ve algo rígido, era difícil enfrentar lo inverosímil.

   -Yo… yo… -grazna apenadísimo, Nicolás.

   -¿Queda agua caliente? -le pregunta Frank, pasando a su lado, y llevado por un demonio cruel y travieso, le da un leve beso en los labios, mientras sigue hacia el baño.

   Nicolás pela los ojos, mirando a la mujer, quien con la boca abierta, hace un gesto con la cabeza y sale. ¡Maldito Frank!

   Después de tomar un suculento desayuno preparado por Libia, esa mujer era una maravilla en la cocina, un elegante y atildado Frank, viéndose atractivo y varonil, (que fraude, piensa Libia), le recuerda a Nicolás, estrenando también ropa, aunque mucho más casual, su cita con el médico para las nueve de la mañana.

   -Tal vez podamos vernos al mediodía. -dice Frank, tomando más café, mirándolo en forma cordial y amable, incapaz de considerar el no verle hasta la tarde, piensa inquieto. Libia lo mira asombrada, nunca le había notado ese brillo en los ojos. ¡Nunca!

   -No creo. Voy a salir por ahí… –responde Nicolás con vaguedad, desayunando pero vigilando a la mujer, temiendo verse juzgado por ella.

   -¿A dónde?

   -A donde me lleve la necesidad.

   -¿A qué? –gruñe mientras deja, algo seco, la taza, mirándole ceñudo. Piensa en Jerry Arteaga.

   -A buscar trabajo. –responde algo alterado, enrojeciendo al imaginar lo que piensa el otro, y al tener que discutirlo frente a esa buena señora que podría ser su madre y que seguramente lo creía un sucio chulo.

   -Está bien, haz como quieras, te he dicho que no necesitas… -calla sabiendo que es inútil. Se ve mortificado.- ¿Regresas temprano?

   -No estoy seguro, pensaba llegarme hasta la plaza Libertad.

   -¡No!

   -¿Qué?

   -¿Qué tienes que buscar por allí? esa pila de perdedores…

   -¡No hables así! –trina sin poder evitarlo, ignorando que Libia le mira fugazmente, estando de acuerdo con él.- Esa gente ha arriesgado mucho, lo que fueron, lo que hicieron. Lo que son.

   -No vayas. -no le ruega, le ordena, así es como hace las cosas. Exige. Pero lo hace por… miedo. Miedo por él.

   -Frank…

   -¡No vayas, por favor! -ruge. Intenta controlarse.- Hazme ese favor, ¿sí? No me gusta esa gente ni ese lugar, eso no va a terminar bien, te vas acordar de mí. Salgamos por ahí, a comer, a… -ofrece.

   -Está bien. -trompudo, de malas ganas acepta.

   El abogado le sonríe, le ganó, no iría. El alivio es tan grande que casi se marea. Sabe que eso no terminará bien, pero su Nicolás no estaría por allí cuando todo reventara; que reventaría, dada la manera de resolver los problemas el régimen. Siente unas ganas terribles de ponerse de pie, atraparle por las axilas, pararle y besarlo otra vez. Eso lo hace estremecerse, de lujuria y ternura. Pero debía salir, y Libia no les quitaba el ojo de encima. Debía hablar claramente con ella. Ver, oír y callar; así debía actuar.

   También debía hacer una llama, y su ojos se nublan.

   Nicolás termina su desayuno en un molesto silencio. No le gustaba el que Frank le ordenara cosas. No era su empleado ni su… mujer. Claro que pasaría por la plaza un rato. Era lo menos que podía hacer por los que allí hacían su vida, lejos de sus casas y de los suyos. Y así, el joven sería testigo y protagonista de la fatalidad, esa que señalaba a la gente cuando tomaba un avión a última hora, por los pelos, para morir en un accidente poco después. No había un “luego” cuando la hora llegaba. Y a Nicolás le pasaría algo con lo que ni Norma Cabrera de Roche o Aníbal López habrían soñado jamás.

   Un clavo más en la cruz donde crucificarían a Franklin Caracciolo.

……

   Los acontecimientos de desarrollaba ahora a una velocidad vertiginosa. Y así como el país debía vivir pendiente de las noticias, a veces saltando de un canal televisivo al otro para estar al tanto de todo lo que ocurría (donde una nota opacaba a otra, sensacional un momento, superada al siguiente), a la gente en particular también le pasaba. Esa mañana mientras iba para Caracas, sintiéndose confuso y molesto, Eric Roche pensaba en los tumbos que daba la vida. Estaba molesto con Edward Sanabria porque lo sabía enrolloso y peligroso, y a sus pocas luces no había escapado que las visitas y palabras del hombre iban siempre presidiendo acciones radicales. Lo buscó en una cancha para hablarle de un juicio contra los suyos, lo alcanzó en un estacionamiento para advertirle de un atentado, fue a su casa y le habló de que venía un paro general. ¡Y todo ocurrió!

   Algo se traía entre manos y le estaba utilizando a él como un peón. ¿Por qué? ¿Para quién trabajaba? ¿O con quién? Lo ignora. Tanta gente tenía tantos rostros. Sólo lo sabía de cuidado, ¡pero su beso…! Ese beso que le dio, exasperado, casi con rabia, le había gustado. Y mucho. Jamás imaginó que un día pudiera estar sintiéndose así por ese antiguo ex condiscípulo que nunca sintió por él más que desprecio. Edward nunca dejó de hacer notar que lo reprobaba; pero ahora lo besaba y a él se le arrugaban las medias. Ese beso lo estremeció todo por dentro y por ello respondió. También él quiso besarle, tocarlo, acariciarle y fundirse con él en sus brazos. Aún ahora, acalorándose y enrojeciendo al recordarlo, admite que pudieron terminar en su cama.

   Y luego, poco después, aparece Jorge Ávalos, y aunque estaba muy resentido y molesto con él, por hacerlo sentir una basura, como un ser grotesco e indigno, bastó con verlo, mirar sus ojos, sentir el calor y firmeza de su mano estrechando la suya, para que lo deseara otra vez. ¡Estaba tan buenote el coño’e madre ese! Y nuevamente en sus pocas luces, Eric entendía que a Jorge le pasaba algo con él, algo que no había querido admitir o explicar. Eso de que buscaba su amistad era… dudoso. Alguien como él, brutal y directo, que siente que un sucio maricón le anda dando vueltas para furruquearlo, lo único que debía despertarle era repulsa. Lo lógico hubiera sido que nunca más apareciera o lo buscara. A menos que… Pero no quiere engañarse con eso, ni hacerse falsas ilusiones, o ideas. Ya la pasó mal, muy mal, una vez por culpa del otro.

   En esos momentos recibió una llamada, era Sam, quien molesto no responde a sus saludos tempraneros y amistosos, ni le responde cuando le pregunta cómo sigue Linda.

   -¿Dónde estabas? -ruge interrumpiéndole. Eric se intriga e inquieta.- No contestaste mis llamadas anoche.

   -Apagué el teléfono.

   -¿No viste las noticias?

   -No. Dormí temprano. Solo. -enfatiza.

   -Tu madre sufrió un accidente. No te alarmes… -dice rápido como si hubiera podido ver la patinada que dio el carro o el rictus de su cara.- Está bien. Ya habló con las autoridades.

   -¿Qué pasó?

   -Le dispararon al auto donde iba… Sicariato, es la tesis que se me viene a la cabeza. Delincuentes que matan en una esquina por encargo. Malandros pagados.

   Eric no oye mucho más. Luego de preguntarle varias veces sí era cierto que estaba bien, enfila su carro con más velocidad, para quedar al poco rato atrapado en una de las interminables colas producidas por un bache abierto en la autopista. No puede pensar, sino sentir rabia. ¡Su madre!, habían atacado a Norma, una mujer mayor, una mujer serena que no sabía de atracos, de peligros ni de agitaciones. Sus manos aferran con violencia el volante.

   Al llegar a la casona, baja con el corazón latiéndole con furia, de miedo, como si Sam le hubiera estado mintiendo y temiera encontrar a su madre en una cama, agonizando o en estado vegetativo. La encuentra en su salita, no tan serena, no tan relajada, pero entera, aunque se le ve inquieta y consumida por los nervios. Va hacia ella y la abraza con fuerza, preguntándole sí está bien, que cómo se siente, que quién la atendió en la prefectura. Cosa extraña, la mujer lo mira como desvalida, contándole que fue horrible, que sintió que se moría, que más que el atentado fue el susto, saber que alguien podía llegar así junto a otro, sin que uno lo notara y lastimar, como si cruzara una calle o botara una lata. A pesar de saber los duros momentos que vivió, al abogado le cuesta reconocerla en esos momentos, tan agobiada como se ve.

   La acuna, sintiéndose rabioso por ella, dolido por ella, amándola mucho en esos momentos. Ahora no le parecía esa mujer terrible que lo criticaba y censuraba, la que controlaba la casa, los negocios y a la familia con un alzar de cejas. Germán aparece, viéndose también algo viejo. Los tres se sientan, hablan a un tiempo de la violencia, de la falta de ley y orden, de que cada quien hace lo que quiere, lo que sea, y nada se hace para corregirlo; que el Gobierno no gasta en policías, en prevención, en lucha contra el hampa, sino en atacar a La Petrolera Nacional, a los empresarios, a los medios de comunicación y la Iglesia. Que el país no podía seguir así. El cruce de palabras y opiniones suben en intensidad, movidas por la rabia y el miedo a lo que pudo ser, y tan concentrado está Eric que le toma un tiempo reparar en alguien aparece en la puerta y que le sorprende muy gratamente: Irene.

   -Y ahora que Ricardo Gotta va a ser Procurador, no creo que mejore el enfermo… -interviene ella, cargando con una taza de algún brebaje que tiende a la mujer que lo toma sonriéndole con aprecio, y a Eric le parecía que era un aprecio real, ¿su madre?

   -Irene, ¿cómo estás? -se pone de pie, mirándola con su pantalón rojo y su blusa que deja ver algo su vientre hinchado. Como crecía, Dios.

   -Estoy bien. -dice algo cortada, besándole fugazmente en los labios.

   Norma toma aire, apreciativamente. Si tan sólo se entendieran un poquito más… Es lo que su madre piensa, se dice Eric, adivinándola de pronto. Todo ese desvanecimiento de la mujer era en beneficio de Irene, para embaucarla y atraerla a la casa de la “abuelita”.

   Su madre, obviamente, no renunciaba a la idea de reconciliarles, de casarles y tenerles allí, juntos. De tenerle a él. Como a un hombre hecho y derecho, casado, padre de familia. Como a un heterosexual cualquiera…

CONTINUARÁ … 118

Julio César.

MARÍA CORINA MACHADO, FUERA DE LOTE

enero 9, 2014

LIBEREN A IVAN SIMONOVIS

MARIA CORINA MACHADO

   Y bonita.

   Comentan que cuando el joven alcalde de El Hatillo, David Smolansky, iba a asumir su cargo, fuera de él, una de las más aplaudida de la velada fue la diputado María Corina Machado, una mujer menuda y bonitica, pero que de alguna manera refleja una imagen poco atractiva para las masas (aunque eso está cambiando); seguramente por la buena campaña gobiernera que la tacha de ultra derechista cuando ella se asume simplemente como de derecha, denominación que me gusta. Soy conservador, soy de derecha, y saber que tenemos una ultra me agrada. Pero, históricamente, nunca ha sido así en Venezuela, lo corriente es ser socialista; eso hasta que se instaura el desastroso gobierno iniciado por Hugo Chávez, y el manejo y la injerencia grosera y rapaz de Fidel Castro en nuestro país, es cuando la gente, profesores, estudiante, profesionales y periodista jóvenes se dieron cuenta que eso era pura basura. La izquierda llegó y este desastre de desolación y corrupción es lo único que pueden mostrar, aunque la culpa la tienen todos los demás menos los que manejan y cortan el bacalao del presupuesto nacional. Y eso aquí, son casi quince años de desastres; en Cuba llevan casi sesenta años. En este país, todos los que tenemos más de treinta y cinco, crecimos rechazando la tesis conservadora; y aunque la idea socialista resultó una estafa total (la coartada que usan estos atracadores mientras se forran los bolsillos), es difícil escapar de ese molde mental al que fuimos sometidos. Y con todo, o a pesar de todo, María Corina Machado es una mujer admirada con todo (o presisamente por) la dureza y tenacidad de sus conceptos y planteamientos, tan contrastante con su figurita.

   Se le ha criticado porque no fue a Miraflores, como parte del Poder Legislativo, a informarle al Poder Ejecutivo que comenzaban formalmente sus funciones. Y la verdad es que ella tenía razón, con el respeto que merecen los diputadores opositores que si fueron cumpliendo el ritual (informar al Ejecutivo, también el de ser vergajeados), uno que ahora suena vacío. ¿De qué carajo sirve esa Asamblea Nacional cuando su presidente y la mayoría oficialista entregaron sus funciones al Ejecutivo vía Ley Habilitante? ¿Para qué se reúnen si jamás se discuten problemas como megacorrupción, comenzando por el robo de la mitad de los ingresos petroleros en doce años, pero si quieren interpelar a un cantante porque fue “grosero” con un chavista que se llama artista? ¿No es poner la cómica hablar de una Asamblea Nacional?

   Alega la mujer que no le serviría de comparsa a Diosdado Cabello, de quien señala que muestra una conducta enferma, para “ponerse a las ordenes de Maduro”. Y es cierto, no es función de la Asamblea “ponerse a las órdenes de nadie” como no sea la nación, el estado y el pueblo. Y ya Diosdado Cabello comienza a preocupar, cada intervención es peor que la anterior y no sería la primera vez que una persona va enloqueciendo, perdiendo el sentido de la realidad y las proporciones, y la gente tarda en darse cuenta así estén en vistosos puestos de poder. Hitler fue uno, Stalin otro. La gente no vio sus insanias mentales hasta que ya era tarde. Y basta mirar las intervenciones de Diosdado Cabello para notar que algo no está ajustando bien en su cabeza, comenzando por la guerra que tiene contra Nicolás Maduro, para debilitarle y destruirle dentro de los restos del chavismo (cosa inútil, jamás será presidente de este pueblo, de eso ya se encargó), boicoteando acciones básicas y hasta tontas políticamente (que redundarían a favor) como el indulto a ciertos presos políticos. El señor Cabello puede creer que tal proceder, su vulgaridad, ofensas, amenazas, burlas sin sentido mientras la nación se cae a pedazos, es cálculo político, pero también puede ser una enfermedad mental, los desquiciados nunca saben que lo están, ni se dan cuenta que ruedan hacia ese estado. Y es que únicamente en el terreno de la demencia es que se puede entender que esta gente dejara llegar el país a lo que llegó.

MARIA CORINA MACHADO

   Ganó mucho la señora María Corina Machado (fue mi candidata en las primarias de Oposición), cuando alegó que esa gente no quería entendimiento, dialogo; se le podía acusar de pesimista pero en Miraflores no se le dejó hablar a ninguno, ¡a ninguno!, el fulano día cuando Nicolás Maduro ordenó un leve amento de sueldo para tranquilizar el malestar por los presos políticos. La razón la tenía ella, fue la única que habló claro y dio muestras de saber qué terreno pisaba. Fue su voz la que era acallada a gritos desesperados cuando señalaba que la directiva de la Asamblea se había reconfirmado por un trío patético e incompetente que despojaron de toda potestad al Parlamento, (Diosdado Cabello, Darío Vivas y Blanca Eekhout, imposible saber cuál más incompetente e irresponsable), negándole todo poder a la representación popular, y todavía celebrándolo como si de una hazaña se tratara. Fue ella, María Corina, la mujer que en el Parlamento fue atacada por la espalda, arrojada al suelo y pateada por el chavismo, tomada cobardemente por sorpresa, de frente jamás se habrían atrevido, mientras Diosdado Cabello y Blanca Eekhout se reían, para amedrentarla, callarla, pero ahí está ella, llamándoles inútiles.

   Carajo, una mujer que en un país que gusta vivir de líneas ideológicas seudo socialistas tontas, que repitiéndolas cree que se hacen realidad, y dice que ella es de derecha… hay que admirarla.

OTRA DEVALUACION DE LA MONEDA A TODA MARCHA

Julio César.

CRIMEN

enero 9, 2014

PRUEBA

SEXY MAN (1)

   Y está tan urgido…

   Al pobre lo tienen embarcado; dos amigos bomberos le prometieron ir y ayudarle con cierto problema que tiene (apagarle la candela con sus buenas mangueras), y todavía no llegan. El fuego que le quema es tal que ya acepta el auxilio de extraños, ¿no te animas?

FETICHE DEPORTIVO

Julio César.

CUANDO URGE, URGE…

enero 7, 2014

SU OTRA DEBILIDAD

TIO CALIENTE

   ¿No es horrible cuando pica una bola en la calle y la gente te mira… porque te la rascas, me imagino?

RECOMPENSA MERECIDA

Julio César.

NOTA: Soy fetichista, habría quedado mejor si al abrir el pantaloncillo se viera la delgada línea en la cadera de otro tipo de prenda interior.

LEVANTARSE CON EL OTRO PIE

enero 7, 2014

AYUDENME A AYUDAR

SEXY SOMBRIO

   Ir dejando de lado la mala vibra.

   Con el comienzo del año hay que aprovechar las ganas, ese leve aire de confianza y decisión para hacer las cosas con el cual iniciamos resueltamente cada enero. Ese ahora si haré esto y aquello, llamaré a fulana y mengano más seguido, visitaré a mis amigos con más frecuencia, comeré sabroso, iré al gimnasio (uno de los propósitos que no duran nada), pero intentemos que si. Dejemos que el comienzo de año, el cambio de aire, de ritmo de vida, ese corte mental que hacemos sin darnos cuenta con el pasado confiando con metas mejores, nos lleve por nuevos caminos. Tolerancia para quienes opinan diferente; mostrar afecto a nuestra gente (me sorprende cuánto le gusta ahora a mamá que la abracemos, el cariño con el que se despide de mostros, ¿y si todos son así?, ¿y si todos desean saber que les queremos?); no gritar por reflejo cuando nos alzan la voz; contar hasta diez y bajarle intensidad a un momento desagradable; dejar de sentir que debemos vencer al mundo. Vencerlo de destruirlo. Recobremos el equilibrio, dejemos atrás los resentimientos tontos, aquellos sin real importancia. Vamos a reír con todos, amigos, familiares, vecinos y compañeros de trabajo; no creamos que todos quieran perjudicarnos, hacernos trampa o molestarnos. Hay que intentar ser feliz y eso sólo puede hacerlo cada uno de nosotros. Esa debería ser la tarea de cada quien en esta vida.

Julio César.

LECCIONES

enero 7, 2014

QUIÉN MIRA

CHICO GAY APRENDE

   A veces saben qué necesitas…

   A Nelson la cabeza le da vueltas mientras mira, huele (fuerte) y oye a sus dos mejores amigos, chicos a los que conoció en el jardín de infancia y junto a quienes fue creciendo como panitas de parrandas, deportes, juegos y salidas, buscando cada uno su camino. Hasta ahora, en la celebración de su cumpleaños número veintidós. Le habían dicho muy serios que tenían algo que decirle y salieron al patio de la casa de sus padres, donde todavía vive, y le dijeron que lo sabían diferente. Germán le empujó por un hombro haciéndole caer de rodillas, donde le sorprendieron sacando sus miembros. Todavía sonrió, fingiendo que lo creía una broma, pero enrojecido de mejillas, ojos brillantes, labios entre abiertos. Fue cuando Marcos le dijo que se calmara, que no era un sueño, que iban a regalárselo en verdad, que no temiera y consumara su mayor anhelo. Germán agregó que podía confiar en ellos, sus mejores amigos. Nelson gimió, indefenso y patético, que no sabía de qué hablaban. Y Marcos lo acercó más a su boca, Germán también, rozándole la mejilla, diciéndole que se atreviera a recorrer los corredores de sus fantasías secretas, que debía vivir su verdad, que era hora de que se liberara de las apariencias y fuera feliz, y que todo comenzaría allí, con sus trancas… Y tragando en seco, cerrando los ojos, Nelson confió en sus amigos que tan bien le conocían y se dejó llevar. Y saboreó la mejor crema de cumpleaños que se hubiera atrevido a soñar jamás.

FAMILIARIDAD

Julio César.

POSTURAS

enero 5, 2014

EXPECTATIVAS

CALIENTE EN LA PLAYA

   Para surfear habría preferido un pequeño speedos, algo que se le ajustara y demarcara sensualmente por delante, se le metiera un tanto por detrás y que tal vez transparentara un poco. Tenía tanto que mostrarle al mundo y a los muchachos en la arena, dentro de las aguas y sobre sus camas…

SUPERMAN SEX

   Ya se había encargado de Batman, costó pero lo dejó seco, débil, tembloroso y pidiendo que por piedad no se detuviera así; ahora iba por el Capitán América, eso si Aquaman le dejaba tiempo. ¡Era tan celoso y goloso!

VIGILANTE HOT

   Desde que vigilaba de noche en esa cárcel de violentos y rudos criminales de manos y piezas grandes, nadie había vuelto a escaparse. Al contrario, se le metían. Todos y con todo. Claro, no es que patrullara desnudo así por los oscuros corredores de rejas abiertas en celdas de tres o cuatro tíos, lo que pasó fue que uno de los convictos se había tragado su brillante hilo dental al ir bajándoselo para comenzar la ronda de machos.

Julio César.

LIBEREN A IVAN SIMONOVIS

enero 5, 2014

LA CORRUIPCION Y LOS NOVENTA Y NUEVE

IVAN SIMONOVIS

   ¿Quién paga por todo el daño que se le hizo?

   Cada día que pasa detenido el ex comisario Iván Simonovis, el Gobierno se desacredita peligrosamente. A pesar de toda esa perversión del leguaje que usan, y de las leyes (típico de los regímenes fascistas de todo el mundo), el cuento de un político preso no engaña sino a quienes quieren o necesitan creerle al Gobierno. Qué Iván Simonovis es un preso político, antes de Hugo Chávez, ahora de Nicolás Maduro, aunque este sencillamente no sabe qué hacer con él (lo heredó), no lo duda nadie fuera de nuestras fronteras. El delito que inventaron para condenarle no es que no existe en ninguna legislación, ni siquiera en la cubana, sino que todos saben que tampoco existía en la nuestra. Al comisario, o ex, se le condena porque fue testigo del llanto del presidente Hugo Chávez cuando detenido el 11 de abril de 2002, temió que le mataran. Eso no pudo olvidarlo, ni perdonarlo, el difunto comandante y por eso se la juró (y en tierra de fascistas, el deseo o capricho del fascio es ley, por aberrante que sea). Es por ello que a Simonovis, aunque retirado, se le condena junto a efectivos activos de la Policía Metropolitana para ese momento, los comisarios Vivas y Forero (para vergüenza de El Salvador), y el resto de los uniformados. Su pecado fue ser testigo del miedo de un hombre que sabía que debía mucho.

   El delito del que se le acusó fue “complicidad necesaria” para la masacre a las puertas de Miraflores. Dejando por fuera que se necesitaba un chivo expiatorio que cargara con los muertos de Tiburón Uno y que no se investigara más el hecho, queda patentizada lo patético de una justicia atada a las órdenes del caudillo, ley que, claro, cambia día a día según la persona o grupo que desee el régimen destruir (al estilo cubano). Cuando se habla con un chavista sobre esto, este replica con lo del golpe y de la culpa del Comisario; cuando tú le preguntas quién le acusa, qué pruebas se presentaron, por cuál delito se le condena, dónde está tipificado tal delito, no lo sabe ni tiene la decencia intelectual, y personal, de admitirlo o averiguarlo. Porque es incómodo, porque desentona con lo que quiere creer que es la verdad así no lo sea; es más fácil repetir lo que se escucha y así no hay necesidad de cuestionarse las actuaciones personales, la irresponsabilidad ante la vida.

   No existe eso de cómplice necesario, eso de que si no estaba ahí esas muertes no ocurren (es como el chiste de la piedra mágica que aleja tigres, suena absurdo pero se puede alegar que por ahí no se ve a un tigre cuando llevas la piedra en el bolsillo, por lo tanto funciona); el deber del tribunal era demostrar que efectivamente conspiró o de alguna  manera provocó tales hechos, no que lo suponen porque así tiene que ser (la justicia del terror). Tal denominación se la inventó la juez y el fiscal a quienes se les ordenó condenarle, pero se quedaron en eso, en Iván Simonovis, nada más se investigó. A nadie se le juzga o condena por complicidad si no se señala a sus socios: Fue cómplice de fulanito en tal hecho. Ya el pobre comisario Simonovis, a quien, como el resto de sus compañeros presos, le han negado hasta los más elementales derechos humanos en su reclusión, aún el dejarles salir a un patio a llevar sol o ejercitarse, o asistir a consultas médicas (como si de una prisión cubana se tratara), se ha convertido en un problema de conciencia. Cuando Hugo Chávez se alza militarmente y se rinde fácilmente, deteniéndosele, se le trataba con respeto, con dignidad, y cuando se sospechaba que no era así la prensa escrita y las televisoras enviaban a su gente para constatarlo y protegerle (¿cuántas veces no corrió para allá Napoleón Bravo cuando sospechaba que algo le hacían?). Ahora, en el poder, estas miserias humanas son incapaces de corresponder aunque sea con gestos parecidos si no mejores. Es la diferencia entre la gente demócrata y la horda fascista, donde sólo ellos tienen derechos y el poder absoluto. Pero son muchos años, la condena fue demasiado traída por los pelos, la gente ha sido testigo y todos están preguntándose, ¿hasta cuándo permanecerá encerrado ese señor?

   Creo que me voy a permitir aconsejarle al Gobierno lo mismo que le dije a los copeyanos cuando Rafael Caldera entregaba el poder a un Hugo Chávez, quien ganó unas elecciones prácticamente sin testigos en mesas y la democracia se lo reconoció: no dejen morir a Simonovis en una cárcel (a los copeyanos les dije no dejen morir a Caldera fuera de COPEI, pero ahí ya nadie escuchaba). O, tanto peor, que muera al poco salir. Con ente así, un inocente que resiste una condena tan injusta y tal martirio, con actos tales, ese karma siempre se regresa como lo demuestra el caso de Nelson Mandela. Qué no se repita con el señor Iván Simonovis lo del señor Franklin Brito, robado, martirizado y luego encarcelado por Hugo Chávez para que desapareciera en el Hospital Militar. Que ese muerto no les vaya a salir más adelante en sus vidas, cuando crean que llega el momento de disfrutar cómodamente lo pillado, viejos y agotados en vicios y excesos, para encontrarse con una patrulla española, chilena o aún cubana esperándoles a las puertas de sus palacetes para detenerles, extraditarles y que enfrenten la justicia por ese delito de lesa humanidad. Con crímenes de lesa humanidad suele ocurrir esto, especialmente cuando los crápulas se sienten más seguros y contentos, aún en sus patéticas vejez. No es lo mismo enfrentar a los setenta años dolores de caderas a la tensión de un tribunal de justicia donde se les llamara basura y monstruos desde las gradas.

   ¿Saben que creo? Que dentro y fuera del Gobierno, los cercanos a ellos, unos cuantos se han dado cuenta de este problema, y este peligro. No gente como Diosdado Cabello, quien resultó un atorrante inepto, tanto así que controlando en número la Asamblea Nacional entregó sus funciones en una habilitante (y su desastroso pase por la gobernación de Miranda; con él haré algo a lo que casi nunca procedo, pronunciaré una profecía: jamás, jamás Diosdado Cabello será presidente de este país, él se encargó de eso). José Vicente Rangel ha alertado sobre esto, Luisa Ortega Díaz, una mujer que no puede ser más conspicua y acomodaticia, ha dicho que ella no tiene problema con soltarle. Mucha gente esperaba esa liberación para estos días de Navidad, pero mientras lucha contra la Oposición (en tiempos cuando debería buscar entendimiento, necesitado como está de aplicar su brutal paquete de medidas neoliberales), Nicolás Maduro también debe enfrentar el ala radical del chavismo, ese que no perdona al que vio llorando al comandante eterno, pidiendo que le llevaran a unos curas para que le protegieran. Pero, cosa rara, jugado con mano zurda,  Maduro ha dicho que lo deja todo en manos del Tribunal Supremo de Justicia, ¿permisándoles una medida de gracia, como si no fuera cosa suya? ¿O remitiéndoles el problema para que carguen ellos con la sangre y el muerto? No sé por qué me parece que será lo primero, y Dios mediante, el comisario Iván Simonovis volverá a su casa con su familia. Nadie le regresará el tiempo que el insano odio de Hugo Chávez le robó, pero al menos será dueño de sus movimientos y pasos como hombre libre.

   Por cierto, que perdiendo otra vez la mano zurda, Nicolás Maduro dijo que a la juez Afiuni se le perdonaba y después salía a desestabilizar, ¿cómo carajo se hace eso? ¿Cómo se desestabiliza al gobierno de un país donde hay plata, comida, seguridad, prosperidad, justicia expedita y transparencia en la gestión pública? Alguien debería recordarle al señor Maduro que la juez Afiuni no cometió ningún delito, que eso de “corrupción espiritual” fue otra monstruosidad parida de la judicatura del terror; que “su delito” fue soltarle un preso político a Hugo Chávez, quien ordenó por televisión que se le detuviera, juzgara y condenara. ¡Por televisión! Y fuera de eso, nadie pierde, sin mediar otro juicio, su derecho a expresarse, que es lo que hace esa señora, la cual no está reuniendo paracaidistas ni moviendo tanquetas.  

MARÍA CORINA MACHADO, FUERA DE LOTE

Julio César.


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