DE AMOS Y ESCLAVOS

abril 29, 2014

…LO ENVICIA

   Un capricho, un relato para ver cómo queda, donde están presente algunos de mis fetiches…

SEXY BOY BLACK

   Cuándo urge, urge…

……

   Roberto Garantón andaba furioso. Todo le estaba saliendo mal. A los veintiocho años de edad se siente estancado. Trabajando a destajo con el taxi, hoy si, mañana no, recuerda a su madre pidiéndole que aprendiera un oficio estable. Sin una entrada fija de dinero, con el viejo vehículo dándole problemas en los peores momentos, sin poder pagar el gimnasio, comprar ropas nuevas o mimarse en restaurantes, justo ahora Alejandra, la marinovia, le dejaba. Después de gritarle, dentro y fuera del apartamento que era un bueno para nada, un vago que llegaría como tal a viejo, que no alcanzaría jamás una meta; no fue tan malo, sin embargo, como cuando le recordó que ya no estaban en la secundaria. Qué madurara de una maldita vez.

   De eso habían pasado dos semanas, seguía sin dinero, el taxi dañado, se mantenía alejado del gimnasio donde le cobraban y no podía pagarse ni una miserable cerveza. Y sin sexo. Eso le enloquecía. Desde los catorce años ese hombre de piel negra, ahora fornido y musculoso, no gordo pero si bien formado, había conseguido abrir las piernas de las mujeres que quiso. Su apetito sexual era acorde a su figura actual, un rostro cuadrado, firme, de cabello algo enmarañado en crinejas, no muy largo, la sombra de una barba que destacaba su boca grande de labios gruesos, que prometían saber morder una oreja, chupar un pezón y ocultar una lengua muy capaz de explorar bien adentro de las mujeres. Su torso es recio y ancho, sus pectorales de pezones oscuros eran la admiración de mucha gente cuando salía con una camisa casi abierta o una franelita delgada.  Su abdomen es una tabla marcada, una áspera y enrollada pelambre le cubría un poco. Sus manos son grandes, destacando dos anillos de plata. Sus brazos son musculosos y surcados de venas, sus bíceps son pelotas abultadas y duras. Sus hombros son anchos. Sus piernas son largas, de muslos musculosos. Sus bolas, grandes, le gustaban casi tanto como su güevo negro, su orgullo, muy negro, venoso, largo y bien grueso. Era una titánica pieza de carne que hacía salivar a todas las putas, por bocas y coños… y también a uno que otro sujeto. Porque si, en momentos cuando la carne estaba dura, y se sentía de ánimos, dejaba que algún maricón se lo comiera, y lo hacían con verdadera hambre. Era un sujeto marcadamente masculino y dominante que sabía atraerá otros.

   Ahora tenía dos semanas de sequía. Tan sólo veía mucho porno y se daba mano, pero no terminaba de satisfacerle, no a un hombre completo como él, que llegaba y llenaba todo con su presencia; dígame cuando salía con sus amigos, sujetos tan grandes y viriles como él. En estos momentos vivía ocultándose de gente a la que le debía, no atendía llamadas ni salía a trotar o comprar el periódico siquiera; solo bajaba al estacionamiento a revisar el taxi, o discutir, a veces feamente, con los vecinos que le decían que no podía hacer eso allí, que no era taller mecánico. Su figura imponente lograba meter miedo, sin embargo vivía frustrado de tantos peos. Fue regresando de uno de esos viajes, bañado en sudor, que le encontró. Dentro del ascensor. Era el chico más catire que ha visto en su vida, y necesariamente debía tener algo de extranjero. Su cutis era terso, los ojos intensamente azules, pestañas claras como su cabello algo corto a los lados, abundante arriba. Era de buena estatura, alto y esbelto, pero claro, no tanto como él; el catire le llegaba un poco por encima del mentón.

   El chico, porque difícilmente tendría más de veintidós o veintitrés años de edad, estaba recostado de una esquina del cubículo, piernas abiertas, su torso levemente musculoso va cubierto con una franelilla negra, más bien una camiseta sin mangas, destacándose sus pectorales y tetillas; en el hombro derecho, bajando hacia el bíceps, se destaca el tatuaje de un dragón enroscado sobre sí. Su abdomen se adivina de cuadritos. Una pelambre amarilla cubre sus rodillas y piernas por fuera del bermudas que usa. Lleva unas sandalias. Se le nota indolente, de mirar francamente desdeñoso, como si no estuviera acostumbrado a la educación.

   Y así como él no puede dejar de notarle, por alguna razón que no entiende, repara en que este le observa también, tan sólo moviendo sus azuladas pupilas, sin variar la postura. Se estremece, porque el chico estaba detallándole de una manera completa, estaba fotografiándole. Saludándole con la cabeza entra y calla, quieto, elevando la mirada al espejo difuso del techo y nota como la mirada del muchacho se desplaza y se clava en su trasero. Sabe que tiene unas nalgas redondas y firmes, dos duras masas, y le gusta que lo noten, pero ese muchacho se veía demasiado atrevido… Tragando saliva se vuelve.

   -¿Nuevo aquí?

   -Así es. –responde con un tono de fastidio.- Hank… -suelta, y el otro no entiende, hasta que cae, es su nombre.

   -Roberto. –intenta una sonrisa, que no le sale, y menos mal, porque con el más profundo desdén, el chico mira al frente.

   ¡Hijo de puta! Echándose un poco hacia atrás, a la otra esquina, espera los segundos que tardan en subir, reparando en la boca de labios rojos, suaves, los pómulos pronunciados, las mejillas suavecitas, la nariz totalmente armoniosa. ¡Ese muchacho era bonito que jode!, se estremece, confuso por el calor que le recorre y el despertar de su instinto sexual. Recuerda lo que siempre hablan en el gimnasio, sus amigos, sobre el gusto que sienten los catires por los negros, el deseo que les domina por los machos de color. La idea, que jamás le interesó, le turba ahora. ¡Era la maldita sequía sexual! Necesitaba una boca, cualquiera, o un culito caliente y apretadito… Llegan a su piso, y sofocado piensa que debe despedirse, por educación, pero el muchacho, desdeñoso, baja primero.

   Joder, ¿vivía en su piso?

   Sale con cierta precipitación y se detiene en seco. El chico se ve impresionante alejándose, su paso es altivo, real, casi majestuoso. El cabello brilla bajo las bombillas, su cuello es largo, los hombros anchos, desnudos fuera de la franelilla, el tatuaje tan llamativo, la cintura estrecha, los brazos levemente musculados. ¡Y el culo! Ese muchacho tenía el trasero más redondo, destacado y llamativo que ha visto nunca en un hombre, tal vez, se avergüenza por la falta de modestia, comparable al suyo. Si, la sequía sexual le estaba afectando más de la cuenta, tenía que ser ya que nunca antes había sentido tal tipo de interés por otro sujeto.

   El chico se detiene y vuelve la cabeza, los azules ojos caen sobre su entrepiernas donde cierto bulto parece destacarse. A Roberto le da escalofrió esa mirada divertida, casi burlona sobre su pelvis. Y todavía la recuerda cuando entra en su apartamento a mirar porno, después de fallar en contactar con alguna amiga putilla.

……

   El nuevo vecino era poco sociable con la gente del edificio. Tan sólo hablaba con una catira del sexto piso, una belleza casi vikinga, aunque a Roberto le parecía frígida y tal vez lesbiana (le había rechazo la sonrisa de saludo una vez). También estaban sus amigos desagradables, lo que venían de afuera. Chicos y chicas tan jóvenes como él, vestidos muchos de cuero, con anillos en lugares curiosos, mechones de cabellos con colores intensos, miradas desdeñosas. Había un cierto aire de condescendencia de ellos para con los demás que era francamente cargante. La cosa era que… ese chico se le estaba volviendo obsesión. Muchas veces le siguió con la mirada mientras entraba o salía de los estacionamientos, o desde su ventana cuando este trotaba por las cercanías, ¡con este calor y esta humedad!; no pocas veces luchó contra sí mismo para no abrir su puerta cuando escuchaba que el otro abría o cerraba la de su apartamento. Y se había hecho la paja, muchas, muchas veces, en confusas fantasías que ni siquiera podía enfocar bien ya que no acostumbraba el homoerotismo.

   Ese sábado en la tarde, cansado de estar encerrado y sin nada qué hacer (le habían rechazado en otros dos trabajos y el taxi no quería revivir), se decidió a salir a conseguir así fuera una putilla barata que se conformara únicamente con un buen polvo (no tenía ni para invitarle una cervecita fría). Recoge la basura de la cocina y del cuarto de baño, sale de su apartamento y cierra. Va al final del pasillo, mirando hacia la puerta del chico (Hank). Arroja la bolsa por el bajante y se dispone a enfrentar el mundo. A medias. Se congela. Hank estaba regresando a su apartamento. Altivo, joven, guapo, catire y caliente dentro de su bermudas azul y blanco, algo ajustado en sus muslos, con la silueta de su tranca desafiante, medio morcillona, evidente sin estar dura, como sin importarle que todos la notaran. La camisetilla azul oscura que completaba el atuendo, destaca llamativamente sobre su piel.

   Un cordelillo de cuero en su cuello, con una pequeña cruz de plata, una reciente adquisición, le hace verse sencillamente fantástico. Lleva una bolsa en la mano y con la otra, levantándose la franelilla, rasca una franja de su abdomen dorado que se deja ver. Y si, los cuadritos están marcados, pero también es visible un hilillo de pelos amarillos más oscuros que bajan hacia la cintura del bermudas. Seguramente sus pelos púbicos… y la idea eriza la piel del hombre negro. Levantando la vista de la maravillosa franja de piel, al quedar cubierta cuando la franela cae, se encuentra con la mirada burlona y desdeñosa del muchacho.

   Avergonzado, intenta pasar por su lado y alejarse por el pasillo.

   -Vecino… -saluda y quiere seguir, tragando en seco, preguntándose si realmente eso que siente sobre su cuerpo es la mirada del chico.

   -¡Oye, negro! –así, desdeñoso y hasta autoritario, le llama. Y Roberto siente que algo se le revuelve por dentro, molestándole, cerrando los puños. Ese “negro”, no sonaba como estaba acostumbrado en una tierra mestiza como esta. Pero toda su pose agresiva y su indignación muere cuando le encuentra con la mano dentro de la franelilla otra vez, como acariciándose.- Traje porno… -eleva la otra mano.- Ven. –llama, así tal cual, abriendo la puerta y entrando, dejándola abierta. Sin importarle si le seguía. O seguro de que lo haría.

   Roberto queda confundido. ¿De dónde le salía a ese chico invitarle, si es que eso era una invitación y no una orden, a ver porno? ¡Porno! La idea era llamativa, como siempre lo era, así fuera viéndolo con otro carajo, alguien con quien se podría bromear, comentar cosas terribles, sobre todo si no era técnicamente un amigo. Claro, ¿por qué no ir? Ver porno siempre era bueno, se encamina erizado. Algo inocente para pasar el rato… aunque la cosa no era tan inocente como le gustaría pensar. Traga intentando controlarse. No quiere entrar en el tema, lo que le lleva a aceptar en realidad: quiere tenerlo bien duro, su güevo bien parado, grandote, y que ese chico se sorprendiera como lo hacían los pocos hombres que le habían visto así. Quiere la azulada mirada del catire joven, hipnotizada sobre su güevo tieso, oscuro, grueso y rugoso, babeando un poco. Si tenía suerte, y la sorpresa del bonito chico blanco y medio gediondito era grande, tal vez terminara con sus manos (y no quiere pensar en más), sobre su tranca sensible. Y a todo el mundo le gusta que se la toquen, ¿verdad?

   El apartamento es pequeño pero acogedor, limpio, casi demasiado. El joven deja algunas cosas sobre la pequeña mesa para cuatro, sin mirarle.

   -Cierra la puerta. –le ordena, parecía acostumbrado a ello.- Y siéntate.

   Algo amoscado por el tono, pero dominado por sus deseos (ver porno, ¿eh?, si el chico se la agarraba era cosa aparte), asegura la entrada y se dirige a la salita; ya va a caer sobre uno de los sillones cuando…

   -Ahí no, negro. En el sofá. –vuelve a ordenarle, mirándole ahora.- Y no subas tus patas sobre la mesita.

   Y por un segundo, hirviendo de rabia, Roberto intuye que habrá problemas. Uno serio, por lo menos. Y si fuera listo se iría en esos momentos. Pero la mirada del chico está sobre él, deteniéndole, controlándole. Y cae sobre el corto y mullido sofá, de dos puestos, tragando en seco, intentando convencerse de que no vio una sonrisa de triunfo y burla en la mirada del catire.

   ¿En qué estaba metiéndose?, se cuestiona otra vez. Bien, no importa, se dice con brusca determinación… Esa velada terminaría únicamente de una forma: con las manos del chico sobre su enorme güevo negro…

   Y tal vez llenándole la roja y linda boquita que soltaba palabras duras.

CONTINÚA … 2

Julio César.

IRONIA

abril 29, 2014

ORGULLOSO

MUSCULOSO EN HILO DENTAL BLANCO

   Siempre le pillaban…

   Por la ola de calor, Vicente, que no tiene novio por ahora, se la pasa en tanga en su casa; pero cosa rara, en cuanto se la pone llega algún vecino, de los casados en la zona, para pedirle algo de café en polvo, aceite o para llevarle huevos y leche… que escasean. Y así, él que andaba ligerito de ropas para refrescarse, termina viéndose metidos en acciones bien calientes. ¿Otra ironía?, esos jóvenes sementales casados, para meterlo, usaban el aceite que iban pidiendo.

CONFIANZAS MARITALES

Julio César.

¿CARCEL O RIDICULO?

abril 29, 2014

…NIÑOS, UN POCO MAS

A CONFESION DE PARTE...

   Por alguna razón me recordó un episodio de los Simpson…

   Me cuenta mi señor padre, nacido hace bastante en un pueblo muy pequeño, que antes, cuando se detenía a los borrachos que daban escándalos en las calles, comportándose de manera lamentable, se les dejaba encerrados toda la noche y al otro día, así se sintieran mal por lo que ahora llamamos un ratón, y no sólo el moral (hacer el ridículo delante de todo el mundo), se les hacía barrer las calles principales. Y la verdad es que me parece práctico, alguien deber barrer las calles, y ya que se les debió detener, llevar, encerrar y hasta cuidar de que no murieran en una caída, arrollados o ahogados en vomito, algo debían pagar en trabajo concreto. Y es la cuestión: era una pena no sólo específica con un fin práctico, sino que representaba una sanción moral, que a veces es peor. Se les hacía eso para que todo el que pasara les viera y les diera vergüenza: los borrachos trabajando. También me contaba, que a los menores de edad, que tomaban exactamente como lo hacen ahora, les iba peor, porque después de las barridas se les dejaba allí hasta que un representante se presentaba, el cual era atormentado con recriminaciones de las autoridades, y se los llevaran… para la segunda parte de la pena.

   ¿Esto acabó con los borrachos en nuestros pueblitos? No, como la pena de muerte no impide los asesinatos, pero a aquellos borrachos de antes les hizo más consciente de la pena, cuidándose de no dar espectáculos y ser detenidos. Verse expuesto siempre tiene ese efecto. En cuanto a la pena de muerte, que jamás podría implementarse en un país como Venezuela con una fiscalía y unos tribunales asientos de toda irregularidad y delito, me parece que también tiene sus méritos disuasorios (¿les he comentado que creo en la pena de muerte?); así como en la Gran Caracas, donde no hay pena de muerte y con menos de tres millones y medios de habitantes, asesinaron a casi ocho mil personas en un año, Nueva York, que sí tiene pena de muerte y casi ocho millones y medio de habitantes, el año pasado se cometieron alrededor trescientos asesinatos. ¿Coincidencia? ¿Son menos violentos esos casi nueve millones? ¿Somos nosotros menos “gente”? En alguna parte debe residir la causa del problema, algo que no se está haciendo, o se hace mal, un enfoque equivocado que se mide en miles de muertes aunque no parezca importar. A menos que se crea en brujerías y tonterías marxistas.

   Personalmente me moriría de vergüenza si la gente a la que conozco me viera haciendo algo así, no por barrer una calle, como que lo hacemos frente a nuestro edificio y la zona, sino a que supieran que es una sanción moral a la que me hice acreedor por infractor. Si borracho cometo actos de vandalismo, gritó y destrozo cosas, si agredo a propios o extraños, razón tiene la sociedad de defenderse, soy un peligro para mí y para otros, deteniéndome y enviándome al engranaje del sistema judicial. Es una consecuencia lógica que debe tener en mente toda persona cuando inicia toda actividad. Pero, con todo lo malo que debe ser enfrentar a un juez de paz, o pasar un fin de semana encerrado, me parece mil veces peor si la gente que me conoce me viera al otro día, vistiendo un traje muy a propósito, barriendo una calle cerca del edificio donde vivo, por borracho infractor. Por suerte soy un beodo pacífico. Bebo para divertirme y pasarla bien, no para dejar salir la rabia contra todo el mundo, y menos contra mi familia o parejas ocasionales.

   Al punto, hace tiempo viendo Discovery, encontré un programa donde un juez condenaba a muchachos a penas parecidas, en la actualidad. Eran jóvenes que bajo influjo del alcohol o por deseo de dinero, entraban a tiendas a robar. Algunos de ellos con más de un incidente. El hombre, que tenía cara de juez ahorcador, le preguntaba a cada muchacho qué prefería: de seis meses a un año en un reformatorio, o un mes de pasearse frente al negocio robado portando un enorme letrero donde anunciaba que era un ladrón que debía hacer aquello por una orden judicial. Aparentemente todos preferían pasearse (yo lo haría, a fin de cuentas), creo que dos horas diarias, frente al mentado negocio. Era extraño verles hacer eso, con esos enormes carteles tipo ruanas, cubriendo sus cuerpos por delante y por detrás, anunciando sus infracciones y penas. Había gente que pasaba y no les miraba, otros sonreían, algunos amigos se acercaban a burlarse, otros les miraban con franca condena, como diciéndoles “te lo mereces y espero que aprendas”. Uno de los jóvenes contaba que a veces creía no tener fuerzas para hacerlo. Bien, un grupo de preocupados ciudadanos, abogados, maestros y psicólogos, consideraban que era una pena brutal que avergonzaba y traumatizaba a los jóvenes, estigmatizándoles, lo que podría llevar a la depresión y al suicidio, aunque no pudieron señalar un solo caso. Viéndoles, escuchándoles, me pregunté cómo la sociedad llegaba a tal punto de inconsistencia, de necedad y estupidez suicida. Y hablo de la norteamericana en este caso, que hace de su sistema judicial un circo, pero ocurre en muchas otras partes.

   La pena suena dura, realmente lo es, pero muchos de los jóvenes eran reincidentes de detenciones anteriores, y al menos uno, en su huida, había derribado a una mujer, lastimándola, y esos primeros encuentros con la Ley nada resolvieron, ¿qué quedaba? ¿Esperar un incidente grave, enviarles a la cárcel y lamentar una muerte o una invalidez causada por armas de fuego? Desde la implementación de esa sanción pública, los casos si habían descendido, y esa es una solución mil veces preferible. Y es de lógica, por muy muchacho que se sea, por muy tonto o temerario, nadie quiere hacer el ridículo delante de las personas que le conocen (por eso los errores se defienden con más furia que los aciertos, para no quedar como idiotas). El resultado, pasearse con ese letrero, es tan tormentoso que es mejor no exponerse nuevamente a dicha pena. Igual que los borrachitos de esa Venezuela de tiempos idos.

   Lo preocupante es la actitud de buena parte de la sociedad, que siente pena por el infractor pero es totalmente incapaz de lidiar con sus infracciones, menos de resolverlas o impedirlas. Si un joven comete pequeños robos porque quiere dinero para lo que sea, y con ello cae en problemas mayores, que le exigirán conseguir más dinero, ahora a punta de pistolas, y un familiar, amigo o conocido de uno cae, ¿de qué sirven las falsas lágrimas de esos ciudadanos llorosos por la suerte de los trasgresores? ¿Qué cambiará, confortará o mitigarán con “sus pesares” y condolencias vacías? Tienes a unos jóvenes que cometen actos de vandalismo, o delitos, porque robar es un delito ya explícito, lo detienes, les halas las orejas y reinciden una y otra vez (en Venezuela hay delincuentes que cuando mueren en un enfrentamiento, descubres que tienen siete, diez o quince muertos a cuestas, ¿cómo un Estado permite que se llegue a eso?), cada vez ganando en violencia, y en lugar de comprender que algo malo ocurre, que el sistema con sus detenciones e interminables procesos nada puede resolver, la “sociedad” condena la sanción porque “es cruel”, sientas las bases del caos. Robar no es tan malo, empujar a una mujer contra un estante tampoco, más tarde conseguir un arma y asesinar no es algo a tener en cuenta, “lo lamentable” es que los pobres muchachos se sienten avergonzados con la sanción que se les impone y que eso “pueda” llevarles incluso al suicidio.

   Siendo totalmente sinceros, diré que si yo fuera juez o fiscal, correría ese riesgo, que se avergüence por pasear el cartel a que se deprima por hacerlo. Si un muchacho es detenido una, dos o tres veces por un delito leve, siendo menor de edad, porque cree que puede, que no hay nada malo en robar para obtener lo que quiere, sin medir cuánto le costó al dueño de lo robado reunirlo, o a quién lastime para llevárselo, toda la sociedad debería abocarse para ver cómo detenerle, cómo terminar con un problema que comienza y quien sabe en qué acabará. Es de auto preservación, de supervivencia, para salvaguardarse todo aquel que sale temprano, o llega tarde, de trabajar; de la mujer que deja a sus niños en casa y tiene la mala suerte de quedar atrapada en un intercambio de balas en un atraco; o al muchacho cualquiera que pasaba por ahí y cae por balas desconocidas como un daño colateral. Una sociedad sana en su conjunto debe tomar las medidas necesarias para protegerse de los agresores, no defender al infractor y darle excusas y herramientas para que evolucione hasta convertirse en un monstruo. No hacerlo, no preocuparse de la gente común que trabajaba, estudia, vive y se esfuerza por intentar existir de la manera menos terrible, sino de los “derechos” del trasgresor, es una actitud irresponsable. Una conducta suicida de comunidades enfermas. Y no estoy hablando, en este caso por lo menos, de cárceles o pena de muerte, sino de atajar la pequeña ola antes de que sea un Tsunami. Enséñale al muchacho que robar o vandalizar está mal, que si persiste en hacerlo serás sancionado moralmente. En algunos casos parece que funciona, en quienes no, ya se sabe quiénes son y qué se puede esperar de ellos, la sociedad puede monitorearles.

   En estos casos, como siempre ocurre con todos los desequilibrios sociales, el problema comienza en casa, por irresponsabilidad ante conductas abiertamente antisociales. Lo he expresado muchas veces, acorralar entre varios a un chico porque es distinto y agredirle, violar en grupo a una jovencita y alegar después, padres, abogados e incriminados, que “ella se lo buscó”, que ebrios porten armas de fuego o carros, no son tremenduras, cosas de un momento. Son claros indicios (más que claros) de conductas psicópatas. Pero no todos los monstruos nacen siéndolo, no todos ahogan gatos o estrangula perros a los cinco o seis años de edad, van aprendiéndolo. Una mala semilla, unas malas entrañas pueden aprender a controlarse (no puedes robar, no puedes agredir, no puedes matar), lo que no se puede hacer es dejarles hacer lo que les dé la gana y luego justificar sus acciones, intentando que escapen a las consecuencias. Hace años, aquí, tuvimos un gran campeón deportivo, Rafael Vidal, nadador que en unas Olimpiadas en Estados Unidos llegó tercero en una competencia de nado mariposa. Recuerdo la emoción que sentí viéndolo; el narrador de VENEVISION,  cuando todo termina, saltándose al primero y al segundo, gritó que Rafael Vidal había ganado, compartiendo la emoción que sentíamos todos. Bien, años más tarde, este joven señor sufrió un accidente de tránsito y murió, su auto fue embestido por un carro medio blindado, al volante del cual iba un ebrio joven de la Caracas Bonita, con real, el cual ya había sido detenido borracho antes e incluso protagonizó otro accidente grave.

   ¿Cómo carajo se le permitía conducir un carro todavía a un sujeto con tales antecedentes? ¿Cuántas detenciones debe tener en estado de embriaguez una persona, cuántos accidentes producir, a cuántos debe matar antes de que se le impida subir a un carro, o sencillamente se les saque de las calles? ¿No hay leyes que protejan al peatón o al conductor consiente? ¿No hay un estado de derecho que castigue al infractor y salvaguarde a la sociedad? ¿No hay un sistema judicial que comprenda lo que ocurre? Pero lo más grave, ¿dónde estaba la familia de ese joven homicida? ¿Acaso no veían que era un monstruo en gestación tras el volante buscando dónde echar la vaina? ¿Tan imbéciles eran? En este caso incluso eran cómplices de asesinato. Pero ese es el punto, todo el mundo tiene derechos, a todos hay que comprenderles, protegerles, brindarles oportunidades, dejarles explicarse, que los sicólogos lloren por sus historias… si está cometiendo un delito o presenta una conducta francamente delictiva y son detenidos; para la gente común y corriente no existen tales facilidades.

   Y esto debe quedar claro, una sociedad donde los infractores cuentan con todos los derechos, aún de matar a otros y hay que entenderles, perdonarles y ver si no lo hacen otra vez aunque no tomen correctivos para cambiar de conducta, es una mancomunidad enferma, débil en su degeneración, que terminará agravándose y finalmente colapsando. Las señales de sociedades en decadencia están ahí para cualquiera que se detenga a mirarlas; claras, como en el caso de Venezuela, casi 24 mil muertes violentas a manos del hampa en un año no pueden disimularse con discursos, con numeritos o programitas de televisión que no son más que vacías propagandas, ni siquiera con “planes” a futuro, son montañas y montañas de cadáveres apilándose hasta el techo; o más leves, revelándose en esa sensación que tienen en las calles los ciudadanos de un país, donde les parece que el sistema ya no puede proteger a la gente decente, ya no previniendo que algo ocurra, sino para impedir que vuelva a repetirse. Un indicio claro es cuando un representante va a un colegio a amenazar a un maestro que intentó impedir que un muchacho cometiera una falta grave, y que en lugar de escuchar, de intentar comprender que algo está fallando con el joven y en su casa, le secunda en su comportamiento antisocial.

   Es mil veces preferible enfrentar a un muchacho a una sanción como pasear la pública denuncia de sus infracciones, en la esperanza de que “aprenda la lección” y no reincida, que encerrarles en colapsados correccionales que hay que mantener con impuestos y donde tal vez si terminan matándose, siendo asesinados o aprendiendo vicios y mañas nuevas. En su conjunto la mancomunidad de cada nación debe encarar el hecho de que no puede continuar mimando, protegiendo y excusando los vicios sociales que conllevan al delito, tarde o temprano terminan alcanzando a todos, y si en todas partes colapsa en entramado social, ¿para dónde escapamos? Pero el primer paso es el difícil, es tomar la responsabilidad por los hijos, por aquello en lo que terminarán convirtiéndose.

Julio César.

ACOMPAÑANDO AL PAPA SANTO…

abril 27, 2014

SIMON DIAZ… CABALLO VIEJO

JUAN PABLO II Y JUAN XXIII

   Así sea en espíritu.

   Ah, ¿quién pudiera estar en Roma en momentos como este? Se ve tan hermosa en películas, sus calles, castillos y edificios. También su gente. Siempre tendremos la imagen de las sensuales y apasionadas italianas, o de sus grandes amantes. Y el Vaticano allí, pequeño en tamaño, inmenso en significado espiritual para tantos de nosotros, todavía. La ciudad eterna se vio invadida, desbordada con todas esas personas venidas de todos los rincones del mundo, todos compartiendo un momento feliz.

SANTOS, SANTOS!

   Hoy se llevó a cabo el proceso de beatificación de dos conocidos y populares papas, uno es Juan XXIII (1958-1963), el Papa Bueno, quien comenzó las primeras reformas de la Iglesia para apartarla de ese aire de realeza, se asegura que sus milagros están muy bien documentados y sostenidos; el otro fue el querido Juan Pablo II. Por un comentario reciente, algunos creen que no deseaba esto. Nada que ver. Me alegra mucho. Fue un gran hombre, y sí virtudes sobrehumanas debieran buscarse, algo más allá de lo común para estar en los altares, creo que bastaría con repetir las palabras proféticas que profirió, hace algunos años, sobre lo que decidiría el futuro de este país: “Venezuela, despierta y reacciona, es el momento”. Da escalofrío, ¿verdad?

   No, mi objeción venía de la premura que se dieron para hacerlo, pienso que no había necesidad, por lo menos espiritual, de apurar los pasos. Me parecerá siempre qué, enfrentados a tiempos de descreídos y sectas emergentes, la Iglesia quiso amarrar los afectos de todos quienes le amamos y vimos en él a un respetado padre espiritual. Desearon tomar para sí algo de su fama. Pero en fin, será santo. En la prensa del día viernes, en un diario medio popularsón llamado EL PROPIO, encontré una referencia a alguien que le conoció, le quiso y siempre lo hará, el señor Adrián Guacarán, un nombre que todos reconocemos con simpatías. Disfrútenlo tal cual apareció en el periódico este:

……

EL NIÑO CANTOR, EL PEREGRINO

  “Y va diciendo, por los caminos: amigo soy, soy amigo”. Mínimo la mitad de los venezolanos se acuerda del niño que le cantó al papa Juan Pablo II en 1985 en lo que se escucha esta canción. Adrián Guacarán tuvo la oportunidad no solo de cantarle a Juan Pablo II, sino que además pudo hablar con él.

   Pertenecía al coro de su escuela en Barlovento, ahí conoció a la madre Amanda Rivas, quien años después sería encargada de coordinar el grupo coral para recibir al Papa. En su primera comunión, ella le enseñó a Adrián la canción y cuando tuvo que organizar todo para la visita pensó en él de una.

ADRIAN GUACARAN CANTA AL PAPAPEREGRINO   En un inicio no le dejaron cantar, pero llegado el momento le dio un empujón para que cantara de improvisto. Al terminar, Juan Pablo II le mandó a llamar, él subió las escaleras mientras le iban diciendo cómo saludarlo y todo el protocolo, pero al tenerlo en frente, el Papa le extendió los brazos y él inmediatamente hizo lo mismo.

   De mirada humilde, histriónico, con sonrisa pícara y gusto por las fotos, así recuerda al Papa. Tuvo la oportunidad de verlo otras dos veces. “En la segunda me puse a llorar, fue en el Vaticano, él me secó las lágrimas y me dijo que los venezolanos éramos muy emotivos y llorones, además que siempre pedíamos la bendición”.

   Lo pudo ver solo unos minutos en 1996, cuando vino por segunda vez, había pasado casi una década y Adrián no tenía 11 sino 20 años, aún así lo primero que le dijo el Papa fue: “Canta, por favor”.

   “No pensé en que lo fuesen a hacer santo, porque para mí siempre lo fue. Conocerlo cambió mi vida. En mi casa le tenemos un altar, le rezo siempre junto con mi hijo. Guardo las fotos y el rosario que me regaló como si fuera un tesoro”.

……

   Leyendo esa nota, el viernes, me sentí confortado. Un mundo donde un señor guarda como algo muy preciado un regalo de fe. Por lo que significa y por quién se lo dio. En estos tiempos convulsos de locura, donde a los venezolanos se nos obligó a odiar para que un grupo se mantuviera indefinidamente en el poder, suena extraño recordar que cuando el Papa Juan Pablo II vino por segunda vez a Venezuela, en un TINEDO GUIAacto donde le eran presentados personas preponderantes del país, el periodista Tinedo Guía fungió de moderador, y cuando el acto terminaba, sorprendiéndole y rompiendo el protocolo, el Papa le llamó, a él, que no estaba en lista, y le bendijo además de darle una leve palmada. Recuerdo que esa noche, en el resumen de noticias, con eso comenzaron; a su compañera de trabajo  le parecía la nota más importante, qué había sentido, cómo fue, y a cada rato repetía “Te bendijo, Tinedo, te bendijo”, con la fuerza de para quienes eso significa algo muy grande.

   Años después me tocó escuchar por la radio a Tinedo Guía, creo que ya lo conté, siendo entrevistado por EduardoEDUARDO RODRIGUEZ GIOLITI Rodríguez Gioliti, hablando sobre las visitas papales, este estaba ya muy viejito y delicado. Comenzaron contado anécdotas divertidas, pero fueron cayendo en el ahora de ese momento amargo, y en un segundo dado los dos quedaron en silencio, cosa que es impresionante por radio, y sonándose la nariz como cuando se tiene los ojos aguados, Eduardo Rodríguez Gioliti dijo algo como “Ay, Tinedo, estamos mal”. Ya habíamos comenzado a despedirnos. JOSE VISCONTIAsí mismo le sucedió a José Visconti en un programa de televisión, contando cosas bonitas sobre el Papa, llegado a un punto la mirada se le aguó aunque intentó controlarse.

   Era otra Venezuela, ¿o esa todavía está ahí, esperando para reaparecer? Como sea, el Papa amigo va a los altares, ¿no fue una hermosa ceremonia? Por cierto, me agrada este Papa, saludando a su pueblo de manera directo; claro, hay que recordar que cuando Juan Pablo II, y otros, el mundo estaba dividido peligrosamente, como que una vez intentaron matarle en la misma Plaza de San Pedro.

INQUIETUD EN LAS AMERICAS

Julio César.

LUCHAS INTERNAS… 127

abril 25, 2014

LUCHAS INTERNAS                         … 126

SEXY BOY

  Soñar ser feliz para siempre.

……

   Pero no, Linda no estaba bien, ni andaba muy lejos. Pero si invisible, perdida entre la multitud que no se quiere ver. Caracas, como muchas ciudades y hasta pueblos del país, padecía invasiones periódicas. Cuando no eran los simple y llanamente locos que parecían abandonados por sus familias, eran los recogelatas, que por contaminación del aluminio terminaban locos’e bola; o los niños de la calle, que de abandono, soledad, hambre y piedra y pegas, terminaban locos también. Toda esa fauna humana, de gente que era alguien, que tenía familia, un padre, una madre, un hermano o un hijo, simplemente se perdía por ahí y vagaba hasta que las penurias, el hambre y la intemperie terminaba matándoles al minar gravemente su salud.

   O caían en manos de gente inescrupulosas, alimañas peores que cualquier cosa que pudiera salir de las negras y contaminadas aguas del río Guaire, que cruzaba la ciudad con su mal olor, como un recordatorio de lo que era la gente. Estaban los que salían y cazaban a esos menores y abusaban sexualmente de ellos, con brutalidad, con lascivia, con la suciedad del carajo que soñaba con hacerles eso a los hijos, a la nietecita o al bebé de los vecinos o amigos. Eran los que no podían costearse los viajes a lugares como Cuba, como tantos europeos que buscaban el desahogo en el inmenso burdel de muertos de hambres levantado por Fidelio. Bastaba que un hombre dijera que iba de vacaciones a Cuba, para que todos entendieran qué apetitos iba a satisfacer en tan revolucionarias playas.

   También estaban los otros, seres de una enfermedad mental tan profunda, tan degenerativa que los volvía dementes totales, que salían y rociaban a los pobres locos (como si estar loco ya no fuera suficiente problema), de gasolina y los quemaban, o los golpeaban hasta matarlos, disfrutándolo. Algo degeneraba en la raza, de un lado los andrajosos, en una esquina los que intentaban ignorarlos, y los animales de caza; y las riveras del Guaire era el escaparate donde todos se podían ver.

   Cerca de Bello Monte, por las solitarias y oscuras orillas del río, sintiendo las horribles bocanadas de podredumbre que manaban del agua, va la mujer, aturdida, perdida. Linda viste un jeans y una camisa grande, de hombre, así como unos sucios zapatos deportivos. Su mirada está desenfocada, sus pupilas están contraídas, como si estuviera bajo los efectos de algún calmante o fármaco parecido.

   Es una mujer joven y hermosa, que destaca en esos lados de decadencia y basura, y un tipo, cuarentón, algo obeso, de barba, sucio y oloroso a mierda, la mira con codicia. ¡Una mujer!, ¡y sola! Estaba solita. Y se veía tan bonita. Va hacia ella, mirando en todas direcciones.

   -Hola, mamita, ¿por qué tan solita? -es simplón y ramplón, aferrándole uno de los brazos con su mano zarposa de uñas negras. Asustada ella lo mira y gime que la suelte, debatiéndose. Él sonríe en forma obscena, mostrando unos dientes negros ante las suplicas de ella.- Acompáñame un ratito, mamita, no seas malita. -va empujándola hacia el puente, hacia El Guaire, hacia la soledad. Será fácil.

   -¡Que me sueltes! -grita de pronto la mujer casi contra su oreja, ensordeciéndolo y alarmándole, al recordar en su mente confusa los cuentos sobre La Sayona.

   El hombre no tiene tiempo para pensar en mucho más, pues mientras le grita en forma desaforada contra el oído derecho, el brazo derecho de la mujer sube, con los dedos como garras, y siente un increíble y terrible escozor-dolor, cuando la mujer clava la uña no muy larga de su pulgar en el lagrimal de su ojo izquierdo, con furia, con violencia. Esa uña se clava ruda, y rasga y raspa. El hombre no pierde el ojo, aunque lo teme, porque echa hacia atrás la cabeza, pero no puede evitar el corte en el párpado. Rugiendo de furia se toca la cara con una mano y chilla un ‘maldita puta’, como si fuera a atacarla. Pero ve como la mujer le grita una y otra vez que la suelte, y se le va encima, rápida como una pantera. Siente como sus uñas caen sobre su cara nuevamente, arañándolo desde la frente, sobre los párpados y mejillas. Araña con ganas, con rabia, mientras grita una y otra vez que la suelte.

   El hombre, ligeramente alarmado, la empuja arrojándola al suelo. La cara le arde y el sudor y la sangre lo ciegan un poco. Se limpia la cara, dispuesto a darle una lección a la maldita puta, pero cuando la enfoca, ruge asustado. La mujer, con los ojos desencajados, de pie, aferra una rama pelada, que podría ser usada como bastón, con sus dos manos, alzándola con un bramido y golpeándolo ferozmente sobre la oreja izquierda. El tipo chilla y nota como las luces estallan frente a sus ojos, sintiendo un horrible y palpitante dolor sobre su oído, algo tan caliente y poderoso que lo debilita, aturdiéndolo.

   Pero la loca no está debilitada. La mujer vuelve a levantar la rama, rápida como una mala idea, y vuelve a golpearlo, con furia, con todas sus fuerzas, en la frente. Le da en la nuca ahora, cuando el hombre se tambalea hacia atrás. Golpea y golpea casi sin detenerse a tomar aire, sin respirar a fondo. Grita y golpea. El tipo recibe otro golpe en la oreja, uno en la mejilla derecha, otro en la cabeza. La mujer parecía dispuesta a romperle el cráneo. Eso lo asusta tanto que chilla como cochino y echa a correr, sin fijarse por donde va.

   Ahora ella va tras él, gritando, con la rama alzada. Y eso aterra tanto al aprendiz de sádico que corre más, resbala y rueda en la pendiente que va al río; pero gritando ahora también. De miedo a esa loca. Se para como puede, nada fácil para un hombre obeso y echa a correr, gritando y alejándose de allí.

   Linda no le sigue, sólo jadea, con odio, con furia. Su respiración estaba agitada. Sentía crecer dentro de sí el odio y el resentimiento más profundo. ¡Sam! Debía ir por Sam. Tenía que encontrar a Sam. Y cuando lo encontrara lo resolvería todo. 

   Y estaría en paz. Al fin…

……

   Eric, con el rostro ensalivado, termina de recorre el duro tronco de Jorge de abajo arriba con su lengua, azotándole la punta bajo el ojete, mirándole fijamente a los ojos, decide que ha sido suficiente. Poniéndose de pie, mete sus brazos entre los del otro, rodeándole la cintura y atrapándolo firmemente. Sus bocas se pegan, así como sus torsos y caderas, sus toletes se frotan, calientes, palpitantes, estimulantes. Sus lenguas se unen en una batalla mordelona, perdido Jorge cualquier repudio. Los dos se sienten desfallecer al terminar, frente contra frente, jadeando y respirando uno contra el otro, casi desmayados. Eric le mira, abiertamente lujurioso.

   -Quiero chuparte el culo. -lo impacta feamente.

   -¡No!

   -¿Nunca te lo habían hecho? Una mujer, quiero decir. -Jorge, temblando en sus brazos, algo frío, niega con la cabeza.- Ya sabes lo rico que se siente, ¿verdad?, mi lengua recorriéndolo, metiéndose, estimulándolo. Anda… déjame mamártelo otra vez. Quiero comérmelo desde que te vi la primera vez… -le susurra ronco, invitador y seductor, contra los labios.

   Jorge sólo puede mirarlo con los ojos muy abiertos, temeroso pero excitado. Era cierto, tener a Eric haciéndole eso… El otro le sonríe, adivinándole, atrapándole el rostro con sus manos y besándole, las lenguas chocan y es increíble como no deja de ser una caricia tan eléctrica, mientras va arrodillándose y le empuja para que también lo haga. Están sobre la alfombra y el abogado lo atrapa por los hombros, obligándolo a caer en cuatro patas. Jorge tiembla todo, su cuerpo está muy rojo cuando mira sobre un hombro cómo Eric se sienta de cuclillas sobre sus talones, tras su culo, obligándolo a abrir más las piernas. La mirada ardiente de Eric cae sobre esas masas musculosas y lampiñas, enrojecidas por la vergüenza que siente el mecánico.

   Los ojos de Eric están como clavados mientras adora con fascinación esa raja lampiña y ese pequeño fruto rojizo y arrugadito, ¡que titila! Su rostro se acerca a la raja, mirándola fijamente, notando el incrementado temblor de ese agujerito, tal vez por la cercanía de lo que sucederá o por su aliento caliente que lo baña. Con los ojos muy abiertos y la frente arrugada, Jorge lo mira sobre su hombro derecho, casi oculto tras su anca, tras las musculosas nalgas. Las manos del abogado caen abiertas sobre esas masas, apretándolas, hundiendo sus dedos en ellas, sintiéndolas calientes y duritas. Su rostro va a la raja interglútea y sus ojos se cierran mientras sube y baja por la raja, casi rozándola, aspirándola, embriagándose de ella. Afianzándose tras el joven, sobre sus rodillas, con sus manos en las nalgas del mecánico, con el tolete fuera del bikini que tiene metido en el culo, Eric entierra finalmente su rostro entre esas nalgas abiertotas.

   Su cara se pega de la piel que tiembla y arde más, la frota, sus mejillas, nariz y labios se rozan de la raja, de un lado a otro, oliéndola siempre, sintiendo el calor, saboreándola apenas. Su boca se abre a centímetros del culo, soplándole su cálido aliento, haciendo gemir y tensarse todo al otro, cuyo agujero tiembla violentamente ahora. Esos labios caen sobre la raja, frotándose, con un gruñido animal. Cerrando los ojos, dejándose llevar por lo que tanto quería, la lengua de Eric sale y lame de arriba abajo la raja, sabiendo que el lento pasar de esta debe estar haciendo delirar al otro, cebándose en el culito. Su lengua lame de arriba abajo, azotado, y ese tacto baboso y cálido hace que Jorge apriete los dientes y cierre los ojos también, dejando escapar un largo gemido. De deseo, de angustia. De algo que no sabe qué es, pero si sabiendo que, para horror de horrores, que su culo se abre esperando por el abogado.

   El rostro de Eric se oculta allí mientras su boca besa y chupa sobre el culito que se estremece todo. Su lengua sale y titila salvajemente sobre el capullo, azotándolo vigorosamente, de manera ruidosa y viciosa, haciendo chillar y estremecerse más al mecánico que suda, arquea la espalda y gime. Con los ojos cerrados, con la boca firmemente enchufada a ese culo, con su lengua lamiéndolo y penetrándolo cuando el anillo tembloroso se abre, Eric saborea al hombre que tantas veces fue objeto de sus deseos. Allí estaba, respondiendo a su deseo, lo sabe por ese anillo que se abre y que parece querer atrapar la punta de su lengua, por el lento bailoteo de arriba abajo y de adelante atrás, buscándola. Lo sabe, de alguna manera, porque a ese chico parece mojársele de manera escandalosa.

   Y si, está respondiendo. Mientras recibe esa lamida y ese beso negro y profundo, algo sencillamente enloquecedor, Jorge gime totalmente abandonado, no reprimiéndose, no importándole que Eric, y el mundo, sepan cuánto quiere eso metido allí, hurgándole y abriéndole, acariciándole y estimulándole; es tanto el inesperado goce que se siente mareado, débil, y deja caer el rostro sobre la alfombra, derrotado, rindiéndose, aceptando que le haga lo que quiera, lo que sea mientras puedas continuar experimentando todas esas sensaciones atrapado por sus manos, su boca, su aliento y su hábil lengua. Jadea chillón y arruga la frente, ojos muy cerrados, cuando siente que se le mete más, continuando con el lengüeteo y aleteo en lo más profundo de su culo palpitante. Percibe como un rico y poderoso calor recorre todo su cuerpo, que casi cae, sin fuerzas como está, mientras jadea ruidosamente, alzando y bajando su trasero.

   Eric echa su rostro aún más hacia adelante, abriendo sus ojos luminosos y lujuriosos, mirando esa espalda arqueándose, esa nuca y hombros que caen y se estremecen mientras oye los gemidos de su amado. La boca, viciosa, caliente y ensalivada, bucea en sus profundidades, sabiendo lo que eso le hacía. Su cabello ya seco, cae en flequillos sobre su frente y ojos, cuando los cierra nuevamente. Era la viva imagen de la juventud voluntariosa y enérgica que iba tras lo que quería. Sus pulgares abren más la raja a nivel del culo, retira un poco el rostro, saca todo lo que puede su lengua, mirando el ensalivado y rojo agujero abriéndose y cerrándose, y procede a apuñalarlo, penetrándole y sacándose una y otra vez, siendo recompensado con nuevos gemidos del mecánico; su lengua lo azota lentamente, enrollándose y buscando cogerlo. Era algo delicioso, tan rico como lo imaginó tantas veces en su cama, cuando entre avergonzado y temerosos de ser distinto y que su familia lo supiera, sufría por desear experimentar todo aquello y no poder. O no atreviéndose, que era peor. Sus dedos se cierran sobre la carne sonrosada y su lengua lo coge lenta pero firmemente, como quiere hacer siempre, mientras el otro jadea y chilla sus ‘ahhh… hummm…’.

   Jorge no quiere gemir, no quiere arder así, no quiere desear esa boca enchufada a su culo, lamiéndolo, chupándolo… cogiéndole, pero no puede evitarlo. Rojo de vergüenza sabe que se abre y cierra como puta barata en fiesta de borrachos. Aprieta los dientes y arruga la frente, torturado, con los ojos brillantes de dulce gozo cuando su cuerpo comienza a ir y venir sin disimulos, no de manera inconsciente sino porque quiere, contra la cara de Eric, buscando su boca. Esa lengua que no sabe si lo imagina pero que parece llegarle al alma por allí. Notando el cambio, Eric abre los ojos mirando con un brillo de locura y codicia el rico manjar que se le brindaba, porque ese culo estaba siéndole servido, jugoso y maduro; y sin sospechar eso, Jorge empujaba más y más hacia atrás, hasta que con un largo gemido dejó que su culo cayera sobre esa cara, con sus bolas contra la barbilla del otro, ofreciéndole su agujerito caliente a esa boca golosa.

   Ese resort tenía trucos, trucos de gente que sabía lo que hacía, aunque parecieran detalles extravagantes a otros; sin embargo tenían su por qué. Desde donde está, con la cara clavada entre las nalgas de Jorge, Eric eleva los ojos hacia el techo y mira un espejo redondo casi sobre ellos. Allí nota la espaldota brillante y sudada de Jorge, así como sus nalgotas redondas y musculosas, muy abiertas. Le mira el cabello claro en la nuca que se agita de un lado a otro, mientras ese bello cuerpo viril va y viene de adelante atrás. El abogado repara en su propio reflejo, casi en cuatro patas tras él, con las manos sobre sus glúteos, comiéndole el culo, ensalivándolo que da gusto. Todo el que sabe, conoce lo estimulante que son esos rostros e imágenes reflejadas.

   La raja rojiza, caliente y totalmente mojada de Jorge queda libre un momento y Eric mira el redondo culito que titila salvajemente, deseando ser atendido otra vez, que le dieran lo suyo. Sacando la lengua al máximo, la pega nuevamente a la raja y la saborea a conciencia. Lamiéndola de abajo arriba, con fuerza. Con un jadeo, Jorge sigue empujando sus nalgas hacia atrás, contra ese rostro, y Eric sonríe leve cuando la nuca castaña baja y pegar la frente de la alfombra. Retira un poco su rostro de ese culo y lanza dos salivazos grandes, espesos, que bajan recorriendo lentamente la raja… así se vería la esperma, su esperma, piensa para sus adentros, estremeciéndose más.

   Mientras que con la mano izquierda le atrapa el güevo que cuelga, sobándolo y apretándolo, sintiéndolo duro como un tubo de hierro, con la derecha, cerrada en puño, deja salir dos dedos que se mete en la boca, ensalivándolos, para luego montarlos en la raja, sobándolo firmemente mientras la recorre de arriba abajo, pasando sobre ese culo, subiendo y bajando una y otra vez.

   Fascinado, mientras se quema la punta de los dedos acariciándole así, admira abiertamente esas nalgas, esa raja y ese culo que tiembla. La punta de sus dedos unidos caen sobre él, frotándolo en forma circular, con fuerza, provocándole oleadas horribles y desesperantes de lujuria al otro, que chilla, mirándolo sobre un hombro, totalmente asustado de esos dedos en la entrada de su frutica secreta y prohibida hasta ese momento para otros carajos. Eric empuja sus dedos encontrando la resistencia, sintiendo como Jorge se tensa todo, cerrando aún más su esfínter. Sus miradas se cruzan y allí nota su miedo, su angustia ante esa caricia, pero también el deseo. Empuja más y más sus dedos y uno abre el capullo rojizo, metiéndose menos de medio centímetro, y el abogado casi tiene que contener un jadeo cuando siente el calor de ese culo mientras clava y mueve la punta de su dedo. Jorge estaba ardiendo y la idea le roba la cordura, empujándolo lento, pero seguro.

   -No… -grazna el mecánico, asustado, mirándole con la boca muy abierta, pero sobre medio dedo de Eric enterrado, ese esfínter se cierra violentamente, atrapándole.

   Dice que no, pero Eric siente como ese culo le hala y chupa el dedo, así que decide complacerlo metiéndolo todo. Y el otro chico se tensa y jadea. Dios, si tan sólo Jorge se dejara…

……

   La familia de Amelia Salvatierra de Gotta abandonó Caracas más o menos a las siete y media de la noche de un día que su marido nunca olvidaría. Y eso que Ricardo Gotta intentó por todos los medios averiguar para dónde se fueron. Fuera donde fuera, allí estaría la mujer, esa maldita perra que tanto daño le había hecho. Ya no podía contar con resolverlo todo sólo hablando con ella. Era lógico suponer que ya el suegro había visto la carta de renuncia. Eso explicaba el que Dagoberto Cermeño le dijera que ya estaban negociando tan delicada situación. Lo que el abogado no puede saber, es que fuera de la próspera propiedad de la familia Salvatierra, algo apartada del resto, se encuentra estacionada una camioneta sin placas, donde dos carajos enormes, ya no tan jóvenes, miran hacia la casona. Los dos sonríen burlonamente, tomando unas armas automáticas del asiento y unos pasamontañas. Visten de oscuro.

   La misión que les encargó Lucas Rondón no era sencilla, pero Braulio Raván y Facundo Morón estaban dispuestos a cumplirla. De manera oblicua entendían que eso nivelaría el juego, aunque en lo personal, Braulio era de los que pensaba que lo mejor era darle una patada a la mesa y comenzar un juego nuevo. Pero los desastres de la revolución, la corrupción, torpeza y crímenes de la izquierda habían sido tan increíblemente variados y seguiditos, que por un tiempo debían cesar los experimentos con la salud de la república. No se podía dar un salto al vacío. Y aquello de que más valía malo conocido que bueno por conocer, ganó aceptación entre todos. Al trío, en toda una vida contestataria y rebelde a cuestas, les parecía algo insólito que ahora prefirieran a la vieja y cruel Derecha, a la torpe y criminal Izquierda, como habían descubierto que era la nacional, con la complicidad (en el encubrimiento de los asesinatos, desaparecidos y persecuciones desatadas en Venezuela o lo que pasaba en Cuba), de toda la Izquierda Internacional.

   -Es la hora. –dice Facundo. Y salen.

……

   Ante la rabia y frustración de Ricardo, que van en aumento, Franklin Caracciolo, vistiendo únicamente un corto shorts blanco, que sabe que le queda muy bien (y quiere verse muy bien en todo momento), lo atiende a las mil y tantas, desde su apartamento, sentado en su sala, vigilando con un ojo que no venga Nicolás, quien se prepara un sánguche de salami, algo que ha descubierto que le encanta.

   -¡¿Dónde estás?! Llevo horas llamándote. -le grita Ricardo por el aparato.

   -Estaba ocupado.

   -¿Por qué no viniste a la oficina?

   -Hay un paro general, ¿no? -es burlón, su vena sádica y cruel goza con lo que le está pasando el otro.- Además, no quise salir a la calle y ver como ofrecen tu video a la venta. ¿Cómo coño pudiste grabar una vaina así? Me dicen que se te ve el culo algo flácido y… -el otro chilla.

   -Déjate de güevonadas, Caracciolo. Necesito tu ayuda. -reclama y Frank frunce el ceño.

   -¿Me necesitas? ¿Por qué? ¿El régimen te dejó solo? ¡Es verdad, coño, estás perdido! ¡Te jodieron y bien jodido! -saborea el descubrimiento, echándose hacia adelante en el sofá, volviendo la mirada hacia la cocina, sonriendo malévolo pero preguntándose a un tiempo cómo afectaría eso su batalla contra los Roche.

   -No. Eso no, coño’e madre. Conmigo no van a poder. Nadie. Y te conviene…

   -Estás perdido, maldito sucio. –sonríe al decirlo, ojos brillantes. Joder, sin Aníbal, los Roche y ahora con Ricardo cayendo, podía hacer lo que le diera la gana con La Torre. Incluso pegarle candela a la mierda esa.

   -¡No caería solo, si ese fuera el caso! –le ladra.- Creo que sabes a qué me refiero.

   -Jódete, Ricardo. Y perdonarás que te cuelgue, aunque imagino que eso será lo que terminaran haciendo contigo en La Plaza Bolívar; pero necesito hablar con mi carnal del alma, Aníbal. –no era cierto, pero le molestaban las amenazas. Su naturaleza voluntariosa y salvaje se rebelada siempre.

   -Hijo de puta, no vas a salirte tan fácilmente de esto. Yo tengo maneras de… -ruge casi temblando de odio, y grita cuando oye el clic, finalizando la conversación. ¡Le colgó!

   Las cosas que salieron de la boca de Ricardo Gotta, asustaron a todos los que le oyeron. Estaba trinando de odio.

   Ahora sí que estaba preocupado. Todos, hasta la rata infeliz de Franklin Caracciolo, le abandonaban. Pero él aún podía hacer daño, tal vez no a Dagoberto Cermeño o a Juan V. Rojas, pero sí a Frank. Sí, a esa rata inmunda podía joderla.  Y a todo el clan Roche. Con mano temblorosa, de odio infinito, se sirve una copa. Tal vez aún pudiera negociar su salvación. No el poder, no los hermosos sueños de prestigio, fortuna y grandeza que había forjado a estas alturas de su vida, pero sí asegurando su supervivencia, y las de las tribus, la de su gente. Aprieta los dientes, no de todos. Pero sí de algunos.

   Mira su teléfono, era hora de poner en marcha una maniobra que pudiera ganarle el afecto de los más chillones e irracionales del régimen, incluyendo al Presidente. Sonríe cruel, diciéndose que Frank se llevará una sorpresa terrible…

……

   ¡Y se la lleva! No eran ni las diez de la noche, cuando se entera viendo las noticias, medio adormilado, con un muy agotado, física y sexualmente, Nicolás, semi montado sobre su pecho, dormido con la boca algo abierta, soltando su cálido aliento sobre él, algo que lo enloquece y le encanta. Después de la larga, muy larga ducha, habían cenado algo ligero, el joven más salami, y fueron a la cama, a hablar. Por alguna razón, él, que jamás se interesaba por la vida de nadie, quería conocer nuevos detalles de la dura y solitaria vida de un chico que perdió muchas cosas cuando su padre, aparentemente un santo si debía creerle, muere, todavía joven. Siendo quien es, no le cuesta separar la paja del trigo; entiende el silencio sobre los pecados de una mujer que prefiere al nuevo marido sobre sus hijos, y del poco interés que hermanos mayores podían tener por cuidar a uno más joven, un muchacho que todavía necesitaba de atenciones y hasta de afectos. Nicolás no lo dice, pasa sobre ello con rapidez, con silencios y sonrisas un tanto amargas, tal vez sin darse cuenta; pero Frank encuentra las señales. Tal vez por eso el amor fue intenso, le acarició por cada centímetro de piel y le cobijó con tanta fuerza entre sus brazos, como en esos momentos. Quería protegerle, hacerle sentir seguro. “Ya nada te alcanzará, ratita”. Y en su mirada confusa, brillante, creyó que encontrar ese reconocimiento.

   Pero ahora…

   El canal de noticias ininterrumpidas, Global, se encadena a unas transmisiones que parten del canal del Estado, que ahora no era más que un vocero del Gobierno, donde los absurdos más descabellados y las insensateces más grande tenían cabida. Un comisario de la policía científica declaraba que el ataque perpetrado contra la plaza de La Libertad, fue un burdo montaje de los militares alzados en la intentona golpista, asentados en ese lugar. ¡Se mandaron a atacar ellos mismos!

   Que los militares contrataron al asesino a través de un conocido abogado, dueño y cabeza de un importante bufete capitalino, quien arregló los trámites desde Portugal, vía Niza, Italia, donde residía el grueso de la familia. Que los tratos se hicieron en tal y cual hotel, el día equis. Y Frank, pálido de muerte, con el corazón palpitándole con violencia dentro de su pecho, entiende la trampa. ¡Para eso fue su cita con los generales alzados en rebeldía pacifica! Desde el principio fue una trampa de Ricardo Gotta. Ese hijo de puta le quería convertir en un cabeza de turco. Pasa saliva. Él podía enfrentar eso, desmentirlo, encarar a Ricardo y a la gentuza del canal oficialista, pero…

   Su mirada baja hacia el dormido Nicolás, quien mejillas rojas, pestañas temblorosas, boca de donde salen muy suaves ronquidos por la postura, parece estar en la gloria. ¡Él lo sabría! Él oiría eso y tal vez… lo creyera. Que tenía algo que ver con el ataque a la Plaza. Después de todo, su conciencia no estaba muy tranquila. Él sabía que esa Plaza iba a ser atacada, tal vez no así, pero algo sabía. Y guardó silencio.

   La ratita, su querida ratita, no entendería eso. Y el frío del miedo en sus entrañas se intensificó aún más. Por Nicolás…

   ¡No, maldita sea! No iba a perder a Nicolás. No puede. ¡Eso no podía pasar!

   -Oye… me ahogas. –gruñe este, parpadeando, mirándole soñoliento, ni él mismo entendiendo tanto sueño, por lo temprano que era. Debía ser por la cama cómoda y grande, el aire frío, el suave murmullo del televisor. O todo ese sexo con el abogado. O el sentirse así, junto a él. En paz.

   -Lo siento. –grazna el hombre catire y con rapidez apaga el gran televisor.- No quise… -va a disculparse, pero sonríe cuando le oye reiniciar el suave ronquido.

   Todavía preocupado, traga mientras le rodea con fuerza con los brazos, no tanto como para despertarle pero si para aferrarse a él, para retenerle a su lado. No, ese hijo de puta de Ricardo Gotta no iba a quitarle todo eso. Y la determinación, la idea que penetra en su mente, le llena de cierto consuelo.

……

   -Vamos… Te gustará. -urge Eric, sentándose de culo sobre sus talones, tomando a Jorge por las caderas y halándolo hacia un lado, casi derribándolo sobre la gruesa alfombra.

   -Eric, no puedo… -parece asustado, mirándole todo ojos pero cayendo sentado de culo en el piso, frente al otro.

   -Tranquilo. Nunca te haría daño.

   -Lo sé, no es eso… -el rostro se crispa, angustiado. Se miran y se entienden.

   El mecánico arde de deseos, unos que no entendía y que jamás había experimentado… a menos que no fuera por ese hombre joven y guapo. Su mente gritaba, porque sucumbir a lo que sintió mientras Eric le manipulaba, sensaciones que lo recorrieron de pies a cabeza, tensándole, calentándole, teniéndole al borde de la muerte, casi corriéndose sin tocarse… era abandonar, renunciar a lo que era: un hombre. Le habría gustado tener las fuerzas para ponerse de pie, vestirse y huir, escapar como un cobarde, no importaba si salvaba su virilidad; pero el cuerpo no respondía en esa dirección. El calor inunda su cara cuando entiende que, por encima de todo, intentando callar todo lo demás, quería vivirlo, sentir las manos de Eric, su boca, su lengua, su…

   -No tengas miedo, déjame enseñarte, por favor…

   -No quiero dejar de ser… -gimotea.

   -Shhh. -es todo lo que Eric le responde, sonriéndole con empatía, intentando transmitirle que todo estará bien, empujándole suavemente por el pecho, obligándolo a acostarse sobre la espalda.- Déjame amarte… -pide, y si Jorge se pone de pie, escapando, él se muere.

CONTINUARÁ … 128

Julio César.

JUAN PABLO II, ¿A LOS ALTARES YA?

abril 25, 2014

REGRESO AL COSMOS

JUAN PABLO SEGUNDO EN LOS ALTARES

   ¿Y José Gregorio Hernández?

   Este siempre fue mi Papa favorito, el amigo peregrino. Su muerte fue un momento duro. Recuerdo dónde estaba y haciendo qué en muy pocos casos. Uno de ellos fue cuando anunciaron su muerte, dejé lo que hacía y caí sentado, abrumado por la sensación de pérdida. Ni siquiera pensar que ya estaba agotado y ahora descansaría, me brindó consuelo. Sin embargo… ¿ya va a los altares? Me parece que la Iglesia, contagiada de lo urgente, del inmediatismo, ha olvidado sus tradiciones que tienen un por qué, para aprovechar la todavía memoria y afectos al Papa polaco. Creo, en mi modesta opinión, que debió seguirse todos los pasos, aún del tiempo, para enfrentar cualquier esqueleto oculto en algún olvidado desván, y que el Papa amigo terminará donde debía. Eso de “la gente lo pedía en sus corazones”, me suena a irresponsable para con el destino a largo tiempo de la institución, y oportunista: “aparece bien en las encuesta, vamos a usarlo”. Y lo digo con pesar, porque yo le quise y le recuerdo con cariño.

JACK BAUER REGRESA

Julio César.

JUSTO AL LADO

abril 25, 2014

ORGULLOSO

   Ya no tenía vida.

   Desde que ese carajo se mudó a la casa del al lado, acostumbrando todas las mañanas a llevar sol, el chico no puedo apartarse de su ventana. Lo intenta pero siempre regresa. A veces ese tío nadaba, chorreaba agua y se acostaba boca arriba, algo emocionado dentro de la breve tanga, acariciándose con las manos… o quitándose las gotas. Otras se tendía boca abajo, abriendo mucho sus piernas. Ese chico debería estar ya acostumbrado a verle, era siempre el mismo sujeto casi en pelotas aunque la tanga cambiara de color, parte de lo que le obligaba a asomarse a la ventana cada mañana. Pero la verdad es que está muy lejos de inmunizarse; el carajo sale y le ve ir de aquí para allá, entra por algo y el chico aguarda, tarda y este desespera. Aparece un segundo y vuelve a entrar, y en eso se le va el tiempo hasta que su mamá le grita que es hora de ir para la escuela.

IRONIA

Julio César.

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 17

abril 22, 2014

… SERVIR                         … 16

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

TIO SEXY EN PANTALETA ROSA

   El excitante placer de esperar a su macho…

……

   -¡NO! ¡Nooohggg! –una mano grande cubre la boca abierta, silenciándola.

   De pie, piernas muy abiertas, pantalón en los tobillos, de panza sobre el mesón metálico, su saco y camisa enrollados sobre sus hombros, un enrojecido y alarmado Jeffrey Spencer siente como la lisa y ardiente cabeza amoratada de aquella verga se frota con ansiedad de la entrada de su culo, de arriba abajo, antes de empujar abriéndole. Y el dolor es terrible, por lo que el hombre de leyes se revuelve sobre el masón, contra el agarre del sujeto a sus espaldas, medio tendido sobre él, con una mano doblándole un brazo a sus espaldas, con la otra acallándole.

   -Silencio, pequeña puta… -le ruge Read, sonriendo con una mueca horrible, sintiendo como ese esfínter aprieta y puja contra su glande medio clavado ya dentro del redondo anillo masculino que está a punto de romper, de una manera enloquecedoramente estimulante, el virgen luchando contra su destino, servirle. Mira al jefe Slater, de pie, algo apartado, verga afuera, ojos clavados sobre ellos. Excitado pero todavía retenido por sus reparos personales. Empero, eso cambiaría, y lo hará en ese culo blanco y apretado que está a punto de estrenar. Y lo estrenaría él, quien adora romperlos, tomar a esos hombres que se creían machitos muy heterosexuales y quebrarlos, haciéndoles llorar mientras lo hace.

   -¡Nooogggghhhh! –todavía se queja Jeffrey. La mano sobre su boca aprieta más.

   -Vamos, abogado, ¿quieres o no quieres el caso? ¿Quieres o no saber qué te ocurre? ¿No deseas saber si naciste para puta? Ahora vas a saberlo…

   El grueso nabo de la cabeza se abre camino y el abogado abre muchos los ojos, bañado de sudor, gritando ahogadamente contra esa mano, casi mordiéndola; el dolor era horrible. Y sigue y sigue mientras ese tolete se abre camino en su culo virgen que estaba siendo forzado. Está todo tenso, atravesado por ese martirio feroz, ignorando que así dificultaba más el proceso, y nadie se lo aclaraba. Eso le arde y rompe, por los que arruga la frente, los ojos llenos de lágrimas intentando todavía soltarse. Oye un gruñido del otro y un golpe de caderas cierra la distancia sobre sus nalgas, la gruesa y larga verga enterrándosele totalmente en el culo, llenándole de una agonía blanca y terrible. Y su grito de infinito dolor es silenciado por aquella mano.

   ¡Lo habían desvirgado!

   Mientras la amoratada verga sale y entra del redondo y algo peludo agujero, todavía lentamente pero a fondo, Jeffrey grita sofocado contra esa mano, todo su cuerpo dominado por un terrible dolor al parecerle que estaban partiéndole en dos. Gruesas lágrimas corren y queman su rostro, y aunque se sabe retenido por el sujeto intenta alejarse. Este lo espera y cierra sus manos con más fuerza, gozando su pánico. La cilíndrica barra sale casi toda, lastimándole, halándole la membrana, la cabeza se ve y luego entra de golpe, uno solo golpe, y Jeffrey grita otra vez, sofocado. Y Read aprieta los dientes en una mueca rapaz, cada embestida se sentía sencillamente maravillosa, casi forzada mientras la mete, el prieto agujero, el estrecho y sedoso conducto cerrándose ferozmente sobre él, le daba la apretada de su vida; pero es poco a la poderosa sensación que le provoca hacérselo, romperle el culo, desvirgarle. Cogerle es casi tan placentero como tenerle gritando sofocado, estremeciéndose, atravesado de dolor, lloroso, seguramente le estaría suplicando que le dejara, que no se lo hiciera, si tuviera la boca libre, ignorando que sus ruegos solo le pondrían la verga más dura, como la siente en ese momento nada más de imaginarlo.

   -Shihhhtttt… -le gruñe, ronco, metiéndosela y sacándosela del culo lentamente pero a fondo, abriéndole sin piedad, llenándoselo sin cansancio.- Todas las putas son iguales; con sus minifaldas van por ahí pidiendo vergas, al igual que esos chicos con sus bóxers cortos, meneándote el trasero en la cara en los vestuarios de las fábricas, gimnasios y escuelas. –se la mete toda, los pelos sobre la clara piel, empujándosela todavía más, haciéndole gemir contra su mano.- Esto es lo que quieren, todos ustedes, sus coños calientes lo piden, luego se niegan y gritan, pero la verdad es que lo gozan. –se la saca casi toda otra vez y comienza un cepillado más rápido, los labios de ese culo totalmente enrojecidos.- Oh, sí, gritan que no, pero lo quieren, quieren que los hombres llenen sus coños de putas, y lo gozan como lo estás gozando tú, ¿verdad? –le pregunta, cruel, justo cuando Jeffrey cree que ese dolor le matará.

   El jefe Slater está paralizado, todo parecía haberse escapado de control. Aquello era… una violación. ¡Estaban violando a un hombre frente a sus ojos! Y la idea era tan extraña, sucia y perversa que parecía un sueño; o tal vez había algo mal en él, ya que todo le parecía vagamente excitante. O era una pesadilla, desde el punto de vista del abogado. Allí, frente a sus ojos, un sujeto enorme, velludo, violento y rudo estaba reteniendo a otro más bajito y joven, algo llenito de carnes, cubriéndole con una mano la boca y atrapándole con la otra una cadera mientras lo cabalgaba una y otra vez, los dientes apretados, una mueca máxima de vicio, de gozar lo que estaba haciéndole, mientras lo coge sin detenerse con golpes rudos y rápidos ahora. Las palmadas de la pelvis contra esas nalgas llenaba el ambiente, así como los bufidos ahogados del leguleyo.

   La mente de Jeffrey es una masa roja de dolor y humillación, las lágrimas no dejan de fluir mientras entiende que estaba ocurriendo, ¡lo estaban cogiendo!; de alguna manera se había puesto en manos de ese sujeto que lo estaba violando, penetrándole con su gruesa y enorme verga, abriéndole, llenándole el culo. En ese momento era su perra. Soltándole la boca en esos momentos y atrapándole el transpirado cabello, halándoselo, obligándole a elevar el rostro, de alguna manera queda viendo mejor al jefe Slater, cuya mirada vidriosa y perdida era la viva imagen de la lujuria, aún más que esa titánica mole de carne negra casi reluciente que emerge de su bragueta, de cuyo ojete mana una gran cantidad de líquidos claros y espesos que seguramente sabrían… Una nalgada, que pica y arde, le aparta de ese extraño sendero de pensamientos, el sabor de los jugos de la enorme tranca del jefe. Las nalgadas se repiten, Read cruza su mano de un glúteo a otro mientras le hala más el cabello, sometiéndole totalmente mientras le coge. Le tenía bien atrapado en su cárcel mental y físico de abuso sexual.

   -Oh, sí, abogado… Eso es, grita así, con gusto. –le nalguea otra vez, fuerte y feo, y la mente de Jeffrey se nubla, gimiendo efectivamente al sentirle, así como la punta de esa tranca en lo más profundo de sus entrañas, pero, de alguna manera, era un alarido nuevo.- Eso es… aflójalo así… ábrelo y acéptala. Tu coño mojado y caliente la desea. Abrázala, adórala y exprímela, es lo que querías, ¿lo notas? –le ruge, sacándosela otra vez casi hasta el glande, sonriendo duro cuando nota los espasmos del esfínter sobre su glande, al lado de la telita satinada de la pantaleta de la mujer del otro, ¿rechazándole o acariciándosela?, y vuelve a metérsela, duro, reparando en el estremecimiento del abogado. ¡Era allí! La deja y empuja y empuja, dándole sobre la pepa, y de la boca abierta de Jeffrey sale un gemido que ahora es totalmente distinto, junto a algo de saliva, aunque sigue llorando.- Eso es, putito, eso que sientes es lujuria, placer, excitación como nunca antes habías sentido o experimentado porque sólo podías encontrarlo con un hambre que estimulara y llenara tu coño de tío sumiso pero ardiente. –le hala más el cabello, dejándosela toda enterrada, caliente y palpitante, para que la sienta, sonriendo con malvado placer cuando nota el negar de cabeza del joven, totalmente sudado, pero el amasar que sus entrañas le dan.- Aún te lo niegas, pero tu coño sabe lo que quiere, me la está ordeñando buscando lo suyo… ¿o es eso lo que quieres? –ruin mueve el puño con cabellos del tipo, bájale la mirada para que enfoque en toda su extensión la verga hercúlea del jefe, surcada de gruesas venas, amoratada, palpitante en la nada.- ¿Lo ves? ¿Notas cómo tiembla esa verga oscura de deseo por tu coño de chico blanco? A los negros les encanta. Pueden no querernos, pueden combatirnos, pero se mueren por los coños mojados y apretaditos de los chicos pálidos de piel como tú. Allí, donde la ves, esa verga está dispuesta a llevarte a tu primer orgasmo por el culo… Perdón… -le susurra suave, tendiéndose sobre él, pesado, dominante, teniéndosela bien metida.- …En tu coño abierto y despertado ahora al verdadero placer que un sumiso sólo puede vivir sobre las vergas de los hombres de verdad.

   ¡No, no, no, maldita sea!, grita la mente de Jeffrey, rebelándose con furia contra esas palabras, ese destino que no buscó, pero notando como sus entrañas realmente apretaban y succionaban la tranca, totalmente consciente de esas luces de colores que estallaban frente a sus ojos cada vez que su próstata es golpeada y estimulada…

   Read, sonriendo torvo, se endereza y le suelta el cabello mojado, sus dos manos van a la cintura del abogado y el mete y saca del grueso tolete dentro del redondo culo se intensifica, una y otra vez, dándole siempre sobre la próstata, teniéndole nadando en hormonas de lujuria, unas que bañan todas las terminaciones nerviosas. Ahora siente como las paredes del recto, calientes como el infierno, se cierran y abren sobre su tranca, tragándola, dándole la bienvenida, deseando ser frotadas. Lo hace, lo complace cuando lo llena con su tranca, mirando al jefe, quien no puede apartar los ojos del abogado, rostro totalmente enrojecido, ojos desenfocados tras los lentes, su culo… Dios, si, ahora lo llevaba de adelante atrás, enculándose así mismo prácticamente. Le recorren escalofríos cuando nota como el convicto aumenta el ritmo, metiéndole ese tolete grande de manea más y más rápida, al fondo cada vez, al tiempo que se incrementan los gemidos del abogado, unos sonidos que son indiscutiblemente de lujuria mientras su espalda se arquea y su trasero va y viene, buscando lo que quiere.

   -Tengo que irme. –anuncia de pronto Read, sacándole la verga del culo, lentamente, centímetro a centímetro, sonriendo para sus adentros cuando oye el jadeo de sorpresa del joven, y como su recto intenta retenerle, como una ventosa que se pega a su pieza de carne de joder.- Ya se hizo de noche y quiero volver a mi celda. –le dice a Slater, quien parece el más desconcertado y sorprendido de todos en ese cuarto.

   -Pero ¿qué diablos…? –casi le pregunta: ¿te vas, ahora?, ¿lo dejarás así, todo caliente y deseoso de verga?, señalando a Jeffrey. Casi, pero no lo hace.

   -Estoy cansado. Y ya no tengo nada más qué decirle a mi abogado. –insiste Robert Read, acomodándose con toda la dificultad del mundo la amoratada verga dentro de su bóxer y braga naranja.

   Jeffrey Spencer balbucea sin palabras, confuso por todo lo ocurrido, su comportamiento y la interrupción; está rojo como un ladrillo, su culo irritado, que le arde pero que también le palpita. Un culo que va cerrándose y quedando cubierto cuando la pantaleta que le robó a Anna, cae en su lugar, es decir, entre sus nalgas. Con manos febriles intenta vestirse también, pero todo le da vueltas, el zumbido en sus oídos es terrible y parece no poder coordinar sus movimientos. Ese hombre ruin y terrible le había desvirgado, violado, le había usado de una manera degradante y terrible. Le había… los labios le tiemblan y casi estalla en lágrimas otra vez, luchando por controlarse. Pero si, le había obligado a responder, físicamente y ahora…

   -¿A qué juegas, convicto? –le encara Slater, casi amoratado de cara, lo que sería un sonrojo para un sujeto negro como él, luchando aún más que Read para ocultar aquella escandalosa tranca de ébano dentro de su uniforme, uno que parece va a estallar bajo su empuje.

   -Tengo asuntos que atender, jefe. –sonríe Read, pensando en su princesa, la dulce Tiffany con su coño perfumado. Luego mira a su abogado, quien despeinado, los anteojos casi caídos, parece contener la respiración para no caer hecho pedazos.- Averigua, abogado. Haz tu trabajo. Mi vida está en tus manos. Te llamé para que me asistieras con mi caso, no para darte placer. Eso pueden hacerlo otros hombres. –le sonríe, tendiendo hacia adelante las dos manos ahora que el jefe soltó la que tenía esposada a la mesa, siendo inmovilizado por ambas muñecas.- Sé que sabes lo que tienes que hacer para conseguirlo, una buena verga en tu coño ávido, porque sabes que lo quieres, ¿no? Lo comenzaste a sospechar mientras ibas y venias sobre mi verga, ¿verdad? –el otro calla, obstinadamente, así que se le acerca.- ¿Quieres que te diga lo que pensabas y te angustia ahora? La idea, que correrte con una verga dura, caliente y palpitante llenándote el coño debe ser… -sonríe más.- …La gloria. Y lo es, para los hombres sumisos como tú. Lo sospechas y todavía necesitas comprobarlo. Te recomiendo que lo hagas… -torvo mira a Slater.- Estoy listo, jefe.

   -¡Hijo de puta! –le gruñe este, sintiéndose furioso por haberle permitido todo aquello, por dejarse arrastrar a los juegos de ese criminal. Mira a Jeffrey.- Espere aquí, abogado. ¡Y contrólese! –es tajante y casi a rastra saca al sujeto del cuarto. Ambos luciendo sus ocultas erecciones.

   Una vez a solas, Jeffrey deja de luchar con el maldito pantalón que parece habérsele enredado y cae de culo sobre la silla, derrotado, lastimándose. Le dolía. Pero lo peor eran las palabras de ese sujeto. Cierra los ojos, rojo de cara otra vez, respirando con dificultad y furia. Odiaba a ese criminal manipulador y horrible, odiaba lo que le hizo, pero lo que más odiaba era que… Si, por un segundo, en medio de todo ese horror y abuso, se preguntó cómo sería alcanzar el orgasmo así, siendo penetrado rudamente una y otra vez, con su próstata estimulada al máximo. Cierra los ojos, aprieta los dientes en una mueca de desesperación y grita agudo. Por suerte nadie le escucha.

……

   Cruzando pasillos desiertos, Slater casi arrastra a Read, aunque este es casi tan alto y corpulento como él. El hombre negro se ve molesto, el convicto sonríe levemente. Y eso parece alterarle los nervios al primero, tanto que se detiene, lo encara y le estrella de espaldas contra una pared.

   -¿A qué juegas, convicto? –repite porque necesita saber.

   -A nada, jefe. Me esperan. En mi celda. –informa y disfruta ver la sorpresa y disgusto del otro, que le atrapa otra vez por un brazo y echan a andar.- No fue mi culpa lo que ocurrió, jefe. Mi abogado es una putita caliente, ya lo era antes de llegar a mí. Tan sólo… le mostré el camino. Hay hombres que nacen así, jefe, sumisos, que no lo saben pero lo que más anhelan es ser controlados, dominados, sentirse sometidos a la voluntad de un macho superior. Es cuando en verdad se sienten vivos y felices. Gríteles y se estremecerán, atrápeles con un puño y temblarán de emoción, sus coño ya mojados. Así es mi abogado. Ahora se siente mal, por lo que le mostré que era, un juguete para los hombres; pero también por lo que siente, las dudas que todavía le acosan. O las finge, al no querer aceptarse. –sonríe más.- Quedó mal porque no le permití acabar con mi verga bien clavada en su culo redondo, apretado y blanco. Y esa duda, no saber qué se sentiría, le atormentará, será una leve molestia, algo que no le dejará ser feliz. Querrá no pensar en ello, pero no podrá evitarlo. Y tendrá que… proceder. –Slater le oye, queriendo no hacerlo. No responder de ninguna manera y no continuar con el juego del peligroso sujeto, pero no es de piedra.

   -¿Proceder? –pregunta casi contra su voluntad. Y suspira exasperado al escucharle reír.

   -Saldrá a buscar un hombre, jefe. Cualquiera. Uno que satisfaga sus necesidades, porque los tíos así, los sumisos, aunque se casen, tengan hijos y amigos heterosexuales, y se mientan todos los días pensando que también ellos lo son, necesitan ser usados por los machos superiores… -le mira.- Oh, sí, no dudo que terminará yendo a un bar de marineros por un hombre que llene su culo haciéndole vivir la experiencia que cree que le liberará. Que si lo prueba y se corre, acabará todo. Y casi podría apostar que… -sonríe y menea la cabeza.- …Que será a un hermano grande y oscuro a quien elija. Temo que a mi abogado le fascinan los machos negros de vergas enormes… -y ríe satisfecho cuando el otro le hala casi con furia.

……

Con el corazón temblándole en el pecho, de temor y repulsa, aún de las expectativas que tiene, Daniel Pierce se pone de pie, muy pálido y todos ojos cuando la reja de su celda se abre y, escoltado por el jefe Slater, que le lanza una mirada interrogadora, Robert Read es soltado de sus esposas. Este sonríe y le mira, codicioso.

   -Qué la pase bien, jefe, yo pienso hacerlo. –se despide del otro, que no responde pero le mira con odio, cerrando y alejándose. Frotándose las muñecas, con la verga palpitándole otra vez de anticipación bajo su braga naranja, mira al hombre rubio.- Vamos, Tiffany, tu papi te ha extrañado mucho…

   Odiándole, y odiándose en esos momentos, sabiendo muy bien lo que va a ocurrir (y lo que no sabe pero Read va a enseñarle, para humillarle más), pero sin poder oponerse, Daniel va a su encuentro. El otro espera, parece algo impaciente, y rojo de vergüenza, mirada casi nublada por el llanto que no derramará, de rabia, Daniel le rodea el cuello, se alza un poco en la punta de sus zapatos y le cubre la boca con la suya. Los labios del peligroso convicto son fríos, duros, su olor es fuerte, quién sabe qué estaría haciendo, la sombra de su barba y bigote, nada muy evidente pero presente, irrita y molesta, pero el hombre rubio no retrocede. No hasta que gime, Read alzó una mano y atrapó su cabello sedoso, halándolo, retirándole el rostro. Era la hora de la primera lección.

   -Cuando tu hombre llegue, Tiffany, debes sonreír bonito, roja de cara, excitada por la presencia de tu macho. Agradecida. Debes ir a su encuentro con ansiedad, obsequiosa y meneando bonito tus caderas. Y besarlo, hundir tu lengua en su boca, buscándole para calentarle la verga que tanto quiere tu coño caliente. –le indica, duro, satisfecho de verle enrojecer, le suelta el cabello.- Llevas demasiada ropa… -y sin cerrar las cortinas, y con Daniel muy temeroso para indicárselo, abre la braga, lentamente, para prolongar el momento.

   Las manos grandes y rudas, de nudillos velludos, separan las solapas descubriendo los hombros pálidos, acariciándolos, recorriéndolos con lujuria. Esas manos bajan un poco, hacia los pectorales, y tal vez Daniel no deseara aquello, pero ante la sutil caricia de esos dedos de otro hombre, sus pezones crecen, erguidos, terriblemente sensibles. Oye, lejos, las risas ajenas. El cepillar de esos dedos, cuando se los atrapa, primero uno y luego el otro, le hacen gemir casi contra su voluntad, todavía sorprendido por esa reacción, como el escalofrió grande que recorre su espalda y calienta un tanto su verga aunque o quiere. Read sonríe victorioso mirándole esos pezones marrones claros, de aureolas grandes, tan apetitosos. ¡Su Tiffany estaba creciendo! Cubre uno de ellos con los labios y succiona suave, chupando ruidoso, gozando al oírle gemir, sentirle tensarle y echar el torso hacia adelante, buscando la caricia, la boca que le mama, la lengua que lo babea, los dientes que muerden un poco. A Tiffany le excitaba que jugaran con sus senos. Y algo así le gritan desde fuera de la celda.

   Al peligroso convicto se le pone de piedra al comprobar lo bien que respondía ya su nena; succionándole, le mira enrojecer y tomar aire con fuerza. Aunque muere por chupar la otra teta de su Tiffany, se aparta. Sonriendo de la confusión y vergüenza del otro cuando le mira, encontrando lujuria y asco en los bonitos ojos del rubio. También la mirada ansiosa que lanza a la reja. La cual permite ver, silentes pero sonriente, torvos, burlones, crueles, pero también excitado, a sujetos mirando desde las celdas de enfrente. Todos notando lo que hace con el rubio, exponiéndole en su papel de “perra”. Su perra. ¿Quién no se excitaría en su lugar?

   Sonriendo aún más, totalmente malvado, Read toma los hombros de Daniel, halándole, volviéndole de espaldas a las rejas, y el hombre rubio cierra los ojos mientras el otro deja caer muy lentamente lo que queda de la braga por su espalda ancha pero suave, su cintura estrecha y sus caderas. Los gritos y risas no se hacen esperar cuando se vislumbran las suaves tiritas de una prenda íntima femenina, mínima y putona que cruza sus caderas, se unen sobre la raja de su culo en un chico triángulo de tela algo traslucida, y desciende perdiéndose entre los musculosos, blancos y lampiños glúteos.

   -Oh, Tiffany, me encanta cuando te arreglas así para mí, con tus bellas pantaletas… -le gruñe aprobador, sabiendo que le humilla ante los otros, que ríen agudos al escucharle.

   Daniel tiembla de vergüenza, deseando morirse por todas las cosas que esos sujetos le gritan, de las mil maneras que le llaman. Pero Read, sonriendo torvo sobre su hombro, notado a esos sujetos aferrados a las rejas, tan solo encuentra lujuria. Todos deseaban aquello, ver a su Tiffany sometida. O sometiendo a su Tiffany. Todos querían ver que la echara en cuatro patas, le apartara la pantaleta y la cogiera duro, llenándole rudo su dulce coño con su enorme verga y la hiciera gritar. Todos querían…

   El rubio hombre de negocios contiene un jadeo tipo sollozo cuando el convicto le abraza, lujurioso, oliéndole el cuello, lamiéndole bajo el cuello, gozando sus olores a colonias mientras las manotas bajan por la suave espalda. Los dedos caen sobre las tiritas del hilo dental, recorriéndolas, aprietan la turgente carne y una se mete, subiendo un poco antes, dentro del pequeño triangulo invertido de tela, buscando la raja de su culo… Ahora hay silencio, con ojos empañados de lujuria, respiraciones pesadas, manos crispadas sobre las relajas, todos esos sujetos lo esperan… La toma del rubio a manos del enorme y rudo convicto. Sí, todos quieren ver como cogen a ese tío al que han escuchado que el otro llama Tiffany, un espectáculo que todo hombre disfruta.

   -Te desean, Tiffany… -le gruñe ronco y bajito al oído, mordiéndole un poco el pabellón, la mano entre sus nalgas hurgando, un dedo jugando con la entrada de su culo.- Todos esos hombres desean estar en mi lugar, preciosa, y tenerte así. Olerte, tocarte, lamerte… Todos esos hombres matarían por ser tus hombres, por ser el elegido de tu boca golosa y tu coño hambriento de vergas. Los tienes a todos enloquecidos de lujuria, mi amor, eras una diosa sexual para todos… -le asegura, casi contra el oído, la punta de su dedos entrando ahora en el culito que palpita.

   Y esas palabras marean y excitan, aún contra su voluntad, al hombre rubio, quien traga, débil, sosteniéndose de él, echando la cabeza hacia atrás al tiempo que el dedo entra todo, hurgando… Y menea un poco sus nalgas sobre él. Todos los que miran contienen un jadeo…

   Tiffany quería macho. Y ellos deseaban verlo.

……

   Con el pantalón al fin arriba, después de debatir o no sobre si quitarse la pantaleta de su mujer, una que está manchada por los jugos de la verga del convicto, pero aún más con los botados de su propia tranca caliente, Jeffrey espera. Está todavía sentado al lado del mesón y tan sólo se estremece un poco cuando la puerta se abre. Sabe que se trata del jefe Slater. Y los colores escapan de su rostro, mortalmente avergonzado, olvidando, temporalmente, que el hombre negro también se vio atrapado en toda aquella locura. Pero quien mamaba verga era él, quien llevaba la pantaleta mojada no era el otro, a quien le abrieron el culo con violencia y fuerza, lastimándole, pero también…

   No quiere pensar, no quiere hablar o respirar. No se mueve, no dice nada ni siquiera cuando el otro llega a su lado. Tan sólo desea alejarse, perderse, olvidar todo ese día. Si, lo olvidaría. Todo. Renunciaría al bufete y escaparía de ese convicto diabólico.

   -Señor… Quisiera… quisiera irme y… -comienza, sin verle, totalmente ronco.

   -Creo que todavía tiene un asunto pendiente, doctor Spencer. –es la ruda respuesta, baja y ronca.

   Cuando va a replicar, sin muchas fuerzas, Jeffrey se vuelve, eleva la mirada y se congela. Allí está ese tipo alto y fornido, mirada severa, casi terrible… con la palpitante, inmensa, muy negra y nervuda verga afuera, temblando en la nada. A centímetros de su rostro, uno que pierde toda expresión, reparando ahora en el fuerte olor a macho, la mirada atrapada en la pieza, mejillas algo enrojecidas, labios temblando…

Y abriéndose.

CONTINÚA … 18

Julio César.

¿QUIERES VER?

abril 22, 2014

MIEDOSITO

TIO SEXY EN TANGA BLANCA

   -Ah, ¿te gusta como se ve? Espera a que la moje… transparenta que jode.

TRATAMIENTO

Julio César.

NOTA: No es porque sea este tipo, o que se vea así, pero… ¿no es de fábula ese tatuaje?

ADIOS ADILIA, CHEO, GABO Y MAYRA ALEJANDRA…

abril 22, 2014

 

EL GABO, MAYRA ALEJANDRA Y CHEO

   Hay días cuando llueve y no escampa.

   En muy poco tiempo ha partido de este mundo gente muy valiosa, no por lo que tuvieron sino por todo lo que lograron, en sus nombres, para los demás. Nos regalaron su arte. Nada más el sábado, comiendo arroz con coco en casa de mi señora madre, junto a mis hermanos y sobrinos, supe que había muerto Gabriel García Márquez, y fue triste. Con eso en mente, y sumado a lo del cantante Cheo Feliciano, nos puso a hablar sobre el tema, los que se han ido desde que comenzó este año (a quienes admiré, claro, debe haber muerto un ejército de personas de quienes no sé nada). Ignoraba yo, por ejemplo, que hace algunos meses había muerto el Pequeño Gigante de la Canción, el brasileño Nelson Ned, y me dejó un mal sabor de boca.

   Soy un sujeto tradicionalista, me gusta más la música en español que la inglesa, puedo disfrutar acordes y esas cosas, pero necesito saber qué dicen. Y para mí, Nelson Ned tenía temas sencillamente impresionantes. Dios, qué voz tenía ese señor tan bajito. De mis años de liceístas, recuerdo a unos amigos que se creían artistas y a la pata de las escaleras cantaban a viva voz, atrayendo las miradas y sonrisas (si hubiéramos sido norteamericanos habrían formado un cuarteto o algo, aquí era cosa de escaleras), y uno de los temas preferidos era “Si me ven que estoy llorando”. Aunque era broma de ellos, todo para ganar sonrisas de chicas, el tema era tan bueno que les quedaba bien, aunque no como cuando lo interpretaba Nelson Ned, que hacía erizar la piel. ¿Cómo se podía amar tanto?, me lo preguntaba yo a veces. Y todavía lo hago, más de veinte años más tarde. Se nos fue, por una pulmonía, el 5 de enero de este año, lamentándose mi hermana Melissa que fuera precisamente el día de su cumpleaños, ella, que como todos en casa, le adoraba. Paz a sus restos.

SIMON DIAZ CANTA

   Luego, el 19 de febrero, perdemos a Simón Díaz, el maestro, el cantante, el señor de la tonada, el Tío Simón (NO FUE SUFICIENTE…). Cuesta poner en palabras lo que significó la noticia, el alcance de la pérdida, el dolor que causó su partida. De haber estado viviendo Venezuela otros tiempos, no esta disparatada lucha entre civilización y barbarie, futuro y lo más atrasado del pasado, los caudillos militaristas de La Colonia, los suyos habrían sido Los Funerales de la Mamá Grande, si recordamos al Gabo. El país se habría detenido y llorado durante días, mientras medio mundo artístico y cultural le habría brindado el último adiós. Lamentablemente no ocurrió y todavía se la debemos.

   En este punto de la conversa, mi hermano José, que canta y toca guitarra (excusa para salir a parrandear y beber de gratis), nos sorprendió desagradablemente diciendo que también había muerto Adilia Castillo, La Novia del Llano, el 7 de marzo. Cantante y compositora de buena música venezolana, su recia voz la hizo destacar ya desde niña. En sus años mozos copó todos los espacios como cantante de música folclórica, radio, teatro, televisión, fiestas… y llegó al cine mexicano, el máximo exponente de la época.

   Qué raro debe ser para esa gente, años después, mirarse así, en ese espejo vivo que no envejecerá, de un día cuando eran jóvenes y soñaron que vivirían para siempre. Su música me gustaba, así como sus interpretaciones de María Laya y el Pájaro Chogüi Chogüi, tema que nunca es fácil. Qué pena que haya partido también, sólo queda dar las gracias por todo lo que nos regaló, comenzando por dejar bien parado el nombre de Venezuela.

GUSTAVO RODRIGUEZ, ESTEFANIA

   Más recientemente, el 2 de abril, se nos fue el primer actor, el eterno hombre recio de la televisión, el cine y el teatro, Gustavo Rodríguez (EL TRIUNFO), y cuando todavía no nos recuperábamos de la noticia, su muerte por culpa de una tumoración, el 17 de abril, Jueves Santo, escuchamos que también fallecía, víctima igualmente de un cáncer, Mayra Alejandra Rodríguez (no eran familia).

MAYRA ALEJANDRA

   Mayra Alejandra, la eterna niña bonita, la protagonista que podía ser una dulce campesinita ingenua en un momento dado, al otro era una dama dura, enfática. Hija de Charles Barry, el gran comediante de la Radio Rochela, y de la escritora de telenovelas Ligia Lezama, deja un hijo del actor mexicano, Salvador Pineda; y a pesar de todos estos antecedentes, la vida de esta mujer brilló con luz propia. Suya fueron las novelas MAYRA ALEJANDRA, JOSE LUIS RODRIGUEZ, LA HIJA DE JUANA CRESPOque causaron impacto en su tiempo, como La Hija de Juana Crespo y Tormento, una telenovela que hasta fue MAYRA ALEJANDRA Y JEAN CARLOS SIMANCAS, BARBARITAprohibida, muy criticada por la Iglesia y las fuerzas conservadoras, donde una hermosa chica se enamora de un joven sacerdote (mamá recordaba algo de la canción de la novela: su tormento fue, haber pecado así, inocentemente por amor). ¿Y su Carolina, la rebelde y mimada chica de una familia rica venida a menos, “comprada” por un enemigo de su casa, para vengarse de ellos, terminando amándose?

   Y qué decir de Leonela, eso causó impacto, también piquiñas medio pacatas por el tema. Personalmente, aunque siempre disfruté su trabajo, recuerdo con algo de frustración su Barbarita, una novela un tanto cómica donde andaba con unos artistas de circo medio tracaleros, y se enamoraba de un hombre guapo y rico al que quería seducir a como diera lugar… Novela que no fue concluida por la muerte, extraña, de la esposa de uno de los actores en la vida real. Dios, yo la amaba. A Barbarita y a Mayra Alejandra. Cuando supe que regresaba para una telenovela tipo misterio, con maldiciones y asesinatos, me alegré, La Estrambótica Anastasia, donde hacía pareja, precisamente, con el también fallecido Gustavo Rodríguez. Adiós, niña bonita.

GABRIEL GARCIA MARQUEZ, EL GABO

   ¿Qué se puede decir de la muerte de Gabriel García Márquez? ¿Quién no conoció, y admiró por su obra escrita, al colombiano universal? No sólo fue un gran escritor, sino que prácticamente creó su propio sello o movimiento literario, el realismo mágico. A eso se refirió una vez: “El gran reto de la novela es que te la creas línea por línea, pero lo que descubre uno es que ya en América Latina, la literatura, la ficción, la novela, es más fácil de hacer creer que la realidad” (La vida según…”, TVE, 1995). Y algo de grande, maravilloso y terrible hay en todo ello, el amor al mito, desear creer en cuentos, la tendencia a esperar y creer que ocurre lo que se desea, y que ocurrirá aunque vaya en contra de la lógica y la realidad.

   He leído CIEN AÑOS DE SOLEDAD, incontables veces. Sus cuentos me maravillan una y otra vez. Por cierto, un diario señaló que el Gabo murió un Jueves Santo, igual que su eterna y maravillosa Úrsula Iguarán. Informan que le venció el cáncer, esa terrible maldición que parece acabará con todos, a los 87 años de edad, en México. Algunos rumores señalaban que padecía de cierta senilidad, espero que no, una mente tan brillante como la suya habría sufrido mucho. El mundo le dará su adiós, como merece.

   Y como si ya no hubiera sido suficiente, ese mismo Jueves Santo, 17 de abril, en Puerto Rico, fallece todo un señor de la música, José Luis Feliciano Vega, don Cheo Feliciano. Lo perdemos en un accidente de tránsito, una colisión contra un poste, justo cuando no usaba el cinturón de seguridad, algo que a todos nos deja un mal sabor de boca. Su hijo, quien aseguró que se mantenía activo, a pesar de su lucha, cómo no, contra el cáncer, informó no saber por qué su padre no regresó temprano esa noche; pero no creo que debamos buscarle cinco patas al gato, accidente o corazón fallándole, le perdimos. Don Cheo, de quien sus vecinos de décadas y décadas declararon que era un señor atento, cordial, que gustaba de estar en su jardín, sencillamente tuvo la mala suerte de encontrarse con el destino. Le recordaremos; en todas las fiestas a donde voy, a la hora de la salsa, su Ratón, Anacaona y su Amada Mía, se dejarán escuchar como siempre, aunque ahora sonreiremos un poco nostálgicos, recordándole. De hecho, Eduardo, el menor de mis hermanos, se molestó mucho el Sábado de Gloria, cuando hablábamos de su pérdida, y buscando en sus carpetas de música no encontró no sé cuál disco suyo, conformándose con otro. Su voz sonó más viva, más increíble, sus tonadas fueron más armoniosas. Qué tristeza. Paz a sus restos, conformidad a su señora y a sus hijos, a Puerto Rico, a la Cuba libre en su corazón, a todos nosotros.

Julio César.

NOTA: Hace como dos años, cada vez que subía una imagen, el sitio me reportaba cuánto llevaba ocupado y cuánto quedaba disponible. Había agotado ya casi treinta por ciento. Ese dato no aparece ahora, justo cuando subo videos como loco. Si el espacio se acaba, se acabará el blog. Al menos en este contexto.


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