HACE UN AÑO GLOBOVISIÓN SE DESBARATÓ

agosto 19, 2014

SE NOS ACABÓ EL MUNDIAL… ¡NOOOOO!

GLOBOVISION ACABADA

  Y cayó tan rápido…

JESUS TORREALBA   Hace justo un año y tres días, del canal de noticias veinticuatro horas, Globovisión, salieron tres señores en toda la extensión de la palabra; con Jesús Torrealba desaparecía DEL DICHO AL HECHO, con Leopoldo Castillo cerraba su señal ALO, CIUDADO, de NOTICIAS GLOBOVISION, con asco, se iba LEOPOLDO CASTILLOuno de sus mejores moderadores, Román Lozinski. Los tres debieron apartarse porque quedarse era secundar la infamia. Globovisión se convirtió en esto, una pantalla ciega que le oculta al país la brutal represión contra la población, los bombardeos, los hogares allanados sin formulismos, la gente arrastrada para ser torturada. Había que silenciarles, había que ROMAN LOZINSKIdestruir el canal de noticias que mucha gente tenía como única señal sintonizada. Pero lo pagaron, nadie ve esa vaina, ni siquiera por la gente decente que quedó. Es tan repugnante saber lo que se hizo, que los “dueños” se prestaron para perseguir, torturar y matar personas, que es imposible perdonarles.

MARINA, BRASIL ENTRE SEÑORAS

Julio César.

NITU PEREZ OSUNANOTA: Este mismo día, viernes pasado,  cumpliéndose un año de la infamia señalada arriba, CONATEL, órgano gobiernero encargado de censurar noticias y perseguir medios privados, sacó del aire el programa de la combativa Nitu Pérez Osuna, por Radio Caracas Radio, por “perturbar el orden y llamar al odio”, cuando nunca se hizo o ha hecho nada con esas cloacas abiertas que hay en VTV (Cubana de Televisión, mal escrito), donde todo delito tuvo y tiene su asiento. Aquí hemos visto a un ministro de Información y a las hijas de un ex presidente ahora difunto, difundiendo fotografías de este riendo, para engañar al país y ocultarle su gravedad; vimos al señor Diosdado Cabello insultar y amenazar explícitamente; a niños uniformados y encapuchados, con fusiles en sus manos en el 23 de Enero, en apología descarada de la violencia; supimos de niños llevados en un “plan vacacional” para luego difundir la imagen de “niños con SIDA atendidos por el Gobierno”; vimos hordas violentas y armadas cercando medios de comunicación y gritando todo su odio contra otros, y jamás se hizo nada. Es la realidad de los totalitarismos fascistas: mientras más corrupto e incompetente el régimen, más violento y represor de los derechos humanos básicos.

PAYASITO PREOCUPADO

agosto 19, 2014

SEDÍA

ASSIAN HOT

   -¿Quiere una coreografía con los saltos de los Power Rangers usando esto? ¿Exactamente qué edad tienen esos chicos?

GRANDE Y RAPIDO

Julio César.

LUCHAS INTERNAS… 133

agosto 19, 2014

LUCHAS INTERNAS                         … 132

SANTA HOT

  Sólo se ocupa de los chicos cuando son malos…

……

   -¡Maldito hijo de puta!, no podrán librarse de mí tan fácilmente. También tú caerás. -Frank sonríe.

   -¿Hablas de tus conspiraciones de hotel? No te angusties por mí, Ricardo Gotta, pronto la prensa señalará nuevos datos y quedaré como un príncipe; algo sucio, pero viril. Tus amigos en La Campana llevan tiempo vigilados. Pronto habrá sorpresas para ti, tus amigos y el Caballero Asesino, el lusitano.

   -¿Cómo puedes hacerme esto después de que te confié tantas cosas? Sin mi ayuda contra los Roche…

   -No pierdas nuestro tiempo con tus cuentos de amistad. -endurece el rostro.- Nunca creí en tus carantoñas, sabía que me preparabas algo. Y tomé precauciones. Cuando fui a esa cita, noté que alguien tomaba notas de lo hablado. Y Aníbal lo sabe también. Creo que… que saldré de esta, Ricardo. Algo tocado pero más renombrado. Tú, no estaría tan seguro de dónde acabarás al final.

   -No podrán destruirme. –grazna, sin fuerzas. Frank sonríe con desprecio.

   -Se que desarrollas una buena campaña para servir al Régimen como nadie ha servido, ofreciéndote a lo más bajo y ruin. Pero eso en nada va a ayudarte. Retener esa carta, amenazar con su existencia fue un grave error que te costará mucho. -va hacia la puerta.- Abandona La Torre con algo de dignidad, o tendré que hacer que te echen, tal vez con tu ayudantillo, Nelson Barrios; ese tiene ganas de darte una patada por el culo. O lo hará Aníbal. O Norma.

   Cuando el abogado sale, Ricardo se deja caer nuevamente sobre su sillón. No se engaña. La junta podía salir de él, y lo estaban haciendo. ¿Qué precauciones habría tomado Frank en su contra? Pronto lo sabría, sí hubiera tenido tiempo, cuando se difundiera el video que mostraba al pistolero Joao, días antes del ataque en Altamira, en la sede de La Petrolera en La Campana, al lado de Félix Bermúdez y José Barroeta. Él ya no estaría allí; como muchos, sabe que si todo fallaba, estaba la Carlota y una avioneta a rumbo a Panamá.

   El abogado aún seguía ahí, perdido en sus pensamientos y mirando la televisión, cuando ve a su ex mujer declarando para Global, denunciando sus vicios y crueldades, las cosas que le hizo, y como la usó y botó, ante la aprobación del gran mundo capitalino. ¿Cómo podía hacerle aquello?

   Ricardo cierra los ojos, ojalá sus hijos no vieran eso. Y ese hombre ruin y despreciable, siente por primera vez un ramalazo de dolor extraño ante el posible juicio de sus hijos. Pero, ¿qué derecho tendrían para juzgarle? Fue un niño pobre que creció en una casa inmunda, sin sueños ni esperanzas como no fuera continuar el ciclo de trabajos mediocres al terminar la primaria, preñar a una putilla y tener hijos, allí en Macarao. Esa pudo ser su vida, terminada al comenzar. Pero él quería más que eso, y para subir peldaños pisó y se apoyó en otros, aún a costa de hundirlos en el fango y acabarlos. Sin moral. Sin remordimientos. Con crueldad.

   De adolescente entrevió un mundo de estudios, universidades y títulos, de buenas ropas, de verse atractivo. Un mundo manejado por el dinero, donde tanto tenías, tanto valías. Y él quería mucho. Por eso hizo lo que tocaba, desde trabajar cargando bolsas y cajas en un mercado, a dejarse manosear y chupar por algún carajo, de esos que furtivamente seguían a un muchacho en las calles y ofrecían, cohibidos y apenados, pero sedientos de eso, que les dejaran mamarle el güevo, regalándole algo después. Se dejaba, y otras veces tuvo que mamar. Siempre sintió asco, de dejarse usar, de hacer esas mierdas. Y el odio hacia el mundo en general creció dentro de él, nublándole la mente. Estudió Derecho y cultivó una imagen de tipo con clase y buenas maneras, con apariencia triunfadora, con un aire de galán. Su atractivo lo ayudó a victimizar mediante el sexo a los que necesitaba de su lado.

   Uniéndose a gente como él, seres ruines y sin moral, protegió a quien pagara y atacó a quienes se fijaban en sus clientes, por plata, creando las tribus que le servían y a sus intereses. Se casó dos veces, y bien casado, pero ese deseo innato de dañar, de ensuciarlo todo, de hacer ver que todo el mundo era rastrero, sobre todo los ricos y la gente bonita, lo limitó. Era un resentido social y sus traumas sexuales tampoco lo ayudaron. Era un sociópata, alguien incapaz de integrarse a un mundo y a una sociedad normal.

   Estaba destinado al éxito, a ser rico y poderoso, atractivo y con prestigio; pero su otra naturaleza, esa que era abyecta y malvada, lo alcanzó. Pudo haberlo intentado, pudo evitar sodomizar a sus cuñadas, drogar a sus mujeres para prostituirlas, grabándolas en cintas, o violándolas y golpeándolas. Pero no quiso. Y otros lo supieron. ¡La maldita cinta! Eso le había destruido, porque en ese momento de amargura se sabe caído. El único consuelo sería destruir a los Roche, en especial a Eric, también a Franklin Caracciolo, y si podía, a Aníbal López. Por un segundo se deja llevar por la fantasía, verlos a todos tan jodidos como él. Aunque, contra los Roche, no era tan difícil… Eric podía ver su vida caer a pedazos, justo como la suya.

   Mierda, ¿cómo pudo pasarle esto?, se lamenta, casi dolido ante la vida. ¡¿Por qué a él, Dios mío?!

   Si tan sólo hubiera sido el escándalo entre los conocidos, los rumores, podría haber sobrevivido, y el país hasta lo habría entendido, y admirado en cierta forma oscura, primitiva y perversa. El que golpeara a sus mujeres, se pegara a las cuñadas o vendiera a quien fuera por sobrevivir, parecería hasta normal a mucha gente. Había algo torcido en una nación donde se admiraba la bellaquería, al pillo, al que violaba la ley y sacaba provecho de ello. Venezuela era un país que había elegido dos veces presidente a Carlos Arturo Téllez, un hombre al que sabían corrupto y ladrón, pero que votó por él no a pesar de, sino a causa de eso.

   Ricardo conocía a su pueblo. Al hombre decente, al serio que no andaba rascándose por ahí, gritando y gastándose los reales de otro, al que trabajaba y era severo consigo, su familia y los demás, era desdeñado y apartado. Se le odiaba. Él pudo sobrevivir al escándalo si no fuera por el dichoso video de la violación. Eso no se lo perdonarían las mujeres de este país, tal vez sólo las seguidoras del régimen si el Presidente se los ordenara; y ellas lo harían, por ignorancia y por ir degenerando hacia algo primitivo y ruin.

   Mirando por el ventanal recuerda todas las veces que se cuadró con los gobiernos de turno, viviendo de todos, renegando de ellos después. Gracias a la gente de Falcón, al viejo Maquís, y a la de Maracay, trabó conocimiento con el régimen. Eran ladrones simplones, bellacos baratos y bataclanos, gente que robaba sin pudor, y sin disimulo, por lo que necesitaban protección legal. Mucha. Él les ofreció esa protección, pero cuando vio que el final llegaba, poco antes de abril, asistió a las reuniones de la gente que se oponía al Gobierno, llevado de la mano de los viejos traficantes de la política; Lalo Téllez, un carajo capaz de darle una puñalada al viejo que lo hizo lo que era en el partido donde ambos militaban cien años atrás; y Darío Ramos, quien sepultó al histórico partido demócrata-cristiano, vendiendo lo que quedaba al mejor postor, desde su puesto de Secretario General.

   Él los vio fallar y vendió al resto, no a los traficantes, esos estaban plenamente identificados, se sabía que no luchaban con el Gobierno, simplemente se posicionaban para pedir más y más real. Lo de la carta de la renuncia fue algo que le deparó Dios. Él soñaba con La Procuraduría, y por ese sueño hizo lo que hizo. Por un tiempo más necesitó todo el poder de La Torre, por eso llamó a los Caracciolo para meterles chismes de los Roche; sobre todo de Eric quien le estorbaba. Cuando el joven se acercaba demasiado, y demasiado pronto a la verdad sobre las armas traficadas por Guzmán Rojas y Bittar, atentó contra su vida. Un escándalo era lo menos que necesitaba en esos momentos, cuando la procuradora, una mujercita insignificante, pero falaz y servil, cometía tantos errores que terminarían sacándola de su cargo.

   Su error estuvo en retener tanto poder. El Gobierno terminó temiéndole, y conspirando contra él. Otro error fue confiar la carta a Amelia, pero por esos días la necesitaba. Sabía que el Presidente, Dagoberto Cermeño y Juan V. Rojas buscaban hasta con adivinos ese documento. Tenía que ocultarlo en un sitio insospechado, ¿dónde mejor que en las bóvedas del Banco Central? El suegro tenía un lugarcito allí. Ahora todo se volvía contra él. La rata miserable de Frank tenía razón, el Presidente no le perdonaría lo de la carta. La forma en que atacó al Cardenal Vázquez cuando agonizaba, después de que llorando le llamó esa noche para que lo salvara cuando, ‘esos muchachos me quieren matar, santo padre’, escondiéndose bajo su sotana, no auguraba nada bueno. Todos lo evitaban, nadie respondía sus llamadas. Sabía que dos de sus asistentes ya estaban contándole todos sus secretos a Aníbal López, ese maldito hombre al que tanto odiaba.

   Ah, pero él aún podía hacer daño. Lograr que los Roche lo perdieran todo, que Eric Roche se muriera, y que Frank terminara investigado por golpista o por conspirador, igual que Norma Cabrera de Roche; que de La Torre no quedara nada y Aníbal se arruinara. Él se las arreglaría para que todos pagaran. Y mucho. Al final tendrían que pactar un alto al fuego, se marcharía un tiempo. Y regresaría.

……

   Había mucha gente arrecha con La Torre, y uno de ellos era Jerry Arteaga, quien aún andaba al garete sin un trabajo fijo. Cuando conspiró (palabrita de moda), con Aníbal López para reunir a Nicolás Medina con Frank Caracciolo, pensó que su reingreso al bufete era cosa segura. Pero los días habían transcurrido lenta y desesperantemente sin ningún beneficio para él; ni si quiera el hecho hermoso y transcendental de que esos dos maravillosos y atractivos hombres estuvieran viviendo su amor en toda su plenitud (era un romántico), daba reposo a su alma. Él quería un trabajo. Estabilidad. Posición, estar donde fuera bien considerado. Quería volver a La Torre, creyó haberlo conseguido y ahora Aníbal se le escondía.

   Había que comer, por lo que en esos momentos viste un chillón traje de malla verde, lleno de campanitas y cascabeles, con una gorra terminada en cascabel mayor y unos zapatos grande, curvos en la punta, era su uniforme de duende ayudante de San Nicolás, en una pequeña tienda que, hambreadoramente, no se había unido al paro y que él esperaba se arruinara pronto (como ocurriría con muchos de esos pequeños negocios años después, recibiendo el pago que merecían).

   El lugar era chico, atestado de niños gritones y chillones, por quienes no sentía ningún aprecio. No podía entender cómo había gente que se llevaban niños ajenos de paseo y cosas así, con lo difíciles e insoportable que eran. Sin embargo, su figura delgada, atractiva, le daba un aire de duende bueno. Lo único que le encantaba de esa tienda, y ese trabajito, era el San Nicolás mismo, Trino, un carajote alto, joven, fornido, de pecho y muslos musculosos, de panza plana y forrada de músculos, de piel oscurita y cabello muy negro. Sus ojos eran oscuros y su voz muy ronca y profunda, le provocaba escalofríos cuando reía, pero que lograba sacar una carcajada alegre para los niños, quienes se le montaba encima (que envidia, pensaba Jerry), y le pedían cosas en cantidades industriales. Al parecer esos niños no sabían que había una crisis y que esa sería una de las Navidades más tristonas que el país se aprestaba a vivir, sólo comparable a la del noventa y nueve, cuanto miles murieron en los deslaves del estado Vargas, destruido aún.

   Jerry se pasaba horas viéndolo a Trino reír y atender a los muchachos, imaginándoselo desnudo, con el güevote erecto, que debía ser titánico como todo él. Algunos en la tienda lo notaban, divertidos o incómodos, Jerry era tan marica que hasta los gatos lo notaban, y bromeaban con él, sobre cómo quería comerle la barquilla a San Nicolás. Al joven no le alteraban esas bromas. Él, sencillamente, tenía el culo derretido por ese carajote; quien jamás le daba una indicación clara de rechazo como sería ‘zape, marico’el coño’, o ‘ven por tu barquillita’, siguiendo en la onda de los compañeros. ¡Era tan desesperante!

   Ese día, en particular, fue largo, agotador y caluroso. A Jerry le pareció que cientos de personas pasaron por allí y que todos los niños se le guindaban del traje.

   El dueño, un árabe que no cree en nada de eso, sólo en hacer plata, deja encargada a la secretaria, su amante, y sale a buscar más mercancía al caer la tarde. Con el paro estaba haciendo su agosto en diciembre. En cuanto se fue, los empleados que quedaban abrieron botellas de ponche crema y cortaron pan de jamón, que sabía un poco seco por la harina que usaron para elaborarlo.

   Todos se sentían contentos, los bonos serían buenos y podrían tomar regalos y juguetes para sus niños. Todos bebieron un poquito más de la cuenta, y cada quien le preguntaba al otro qué quería para el infaltable intercambio de regalos, que cada año dejaba a la gente arrecha e inconforme, pero que, sin embargo, nunca dejaban de hacer (masoquismo puro). Hablando con un carrizo, rojo por el ponche crema, que sí rascaba un poco cuando ya se han tomado seis botellas un grupito de ocho personas, Jerry oye lo que el otro cree es una broma.

   -A ti no voy a preguntarte qué quieres, puedes tenerlo ahora mismo. -le dijo entre risas, empujándolo por el pecho, bruscamente hacia atrás.

    El joven chilla y mece los brazos como aspas de molino, pero termina cayendo nada más y nada menos que sobre las piernas abiertas de San Nicolás, sobre su regazo, por lo que Jerry enrojece aún más, de vergüenza y placer.

   -Lo siento. -grazna, mirándolo sobre un hombro. Todos medio ríen y chillan.

   -¿Has sido un niño bueno, duendecillo? .le pregunta Trino, algo tomado también, provocando risas.

   -Dile a San Nicolás lo que quieres para la noche de Navidad. -le gruñe ronco el tipo.

   Jerry va a nombrarle a su mamá cuando calla y pela los ojos, sorprendido, mirando al sonriente Santa, bajo el rojo uniforme siente una barra que endurece titánicamente, frotándose de sus nalgas. Con un leve jadeo, el joven bailotea levemente su trasero, cerciorándose de la tranca dura bajo él. Sus miradas chocan, húmedas y lujuriosas, hasta que el otro le empuja, parándole, alejándolo de sí. Había mucha gente mirando por allí, aunque tomados.

   Media hora más tarde, terminando el ponche crema, todos iban emigrando. La joven con las llaves, que le saca fiesta a uno de los carajos del almacén, que tiene un cuello de toro y unos bíceps increíbles, le tiende las llaves a Trino, el hermano, para que apague las luces y cierre. Este le responde que después de quitarse el disfraz de San Nicolás, lo hará.

   -¿Quieres que te de una mano? -le pregunta Jerry, que obviamente se ha quedado también, voz mórbida, el culo mojado, brillándole los ojos.

   -Bueno. -replica seco el tipo, después de una larga pausa. Nada halagüeña, piensa el chico de los anteojos.

   Mientras apaga las luces de los baños, y revisa que las del almacén también lo estén, Jerry se pregunta qué hacer para llevar las cosas a donde las quiere, el güevo del chico bien enterrado en su culo ardiente. Era difícil. Verdad que le había dado una sobadita cuando cayó en sus piernas, pero por experiencias, amargas, dolorosas y humillantes, sabía que eso no siempre terminaba bien. Vuelve al salón principal, llamándole.

   -Jo, jo, jo… -oye una ronca voz, y Jerry lo mira sonriendo con ternura, ternura de marica.

   El carajo estaba sobre el sillón donde recibió a los niños toda esa tarde, vistiendo el saco rojo de San Nicolás, abierto sobre un torso ancho y moreno, de lisos vellos negros, con su gorra, botas y una mínima tanguita negra, casi brillante, que no contiene el güevote nervudo y cabezón que sale por arriba, invitador, desafiante.

   -¡Santa! –gimotea putón y con la boca realmente seca.

   -Ven por tu regalito, niño maricón. -ofrece el tipo, sonriente, amistoso, abriéndose más de piernas.

   Con un jadeo, Jerry va hacia él, con tantos ánimos que casi tropieza con la pata de otro mueble y cae junto al tipo que ríe como San Nicolás de televisión, de rodillas, mirando de frente el increíblemente erecto y enorme tolete casi fuera de la tanga. Con la mano izquierda, pequeña en toda esa grandeza, le soba el poderoso muslo izquierdo, caliente y firme, abriéndolo más. Con la derecha le agarra el güevote, calibrándolo estremecido, ¡era enorme en verdad!, y su boca ávida se abre, cayendo con ganas sobre la amoratada cabezota brillante. Estaba lisa, dura y caliente, agridulce. Cuando la tragó, con esfuerzo, arqueando los labios, sintió que lo quemaba.

   Esa boca atrapa la cabezota y baja con esfuerzo, sintiendo que se ahoga cuando la tranca cruza sobre su lengua, separándole las dentaduras, golpeando su mejilla izquierda, hinchándola eróticamente, para luego bajar por entre sus amígdalas. Allí pareció atascarse ya que el delgado ayudante no puede tragar ni un centímetro más de la imponente verga. Trino le atrapa la cara con sus manotas, aferrándolo y comienza a subir y bajar sus caderas sobre el sillón, metiendo y sacándole el güevote de la garganta, hasta donde la lleva con empujones bruscos, con roncos ‘trágatela, güevón’.

   Ese San Nicolás, grande y erótico, casi desnudo, en su sillón, cogiéndole la boca al delgado ayudante que parece más joven de lo que es, es una imagen enloquecedora. Que se incrementa por los audibles sonidos de succiones de Jerry, babeando sobre la gruesa mole de carne, así como por los roncos y ahogados gemidos de placer que escapaban de su boca llena de güevo, disfrutando como siempre teniendo uno dentro de ella, sorbiendo, dándole placer al mismo tiempo al macho de turno; así como los ‘cométela, maricón; cómete mi güevo’, que le grita el otro, ronco y caliente, hasta que le retiene contra su tolete, casi todo clavado en su boca y se miran.

   -Quiero que me des el culo. -le gruñe.- Voy a reventártelo con mi güevo grande.

   ¡Oh, Dios!, pensó Jerry; Navidad se había adelantado y tendría su noche buena.

   Poco después el tipo, con la gorra de San Nicolás y las botas, sentado sobre el sillón, sonríe y gruñe roncamente cuando el desnudo, delgado, caliente y sudoroso Jerry se encula sobre su tolete, sentado sobre él, dándole la espalda. El delgado joven chilla agónicamente, putón, gozando la entrada de ese monumental tolete que lo taladra y entra muy hondo en su mojado y cálido culo. El tolete queda casi todo atrapado cuando esas nalgas caen sobre él, clavado hondo, y los dos se estremecen, Trino sintiéndose apretado y succionado, Jerry lleno. Esa tranca abre ese agujero una y otra vez mientras el culo va y viene cuando salta sobre él, restregando sus nalgas sobre ese pubis, frotándose allí, con el tolete enterrado, dándose más gusto.

   -Por Dios, qué culo… -jadea Trino, atrapándole la delgada cintura.

   -Llénamelo, Santa, ¡dame mi regalote! –grita el muchacho de anteojos, sudoroso, subiendo y bajando otra vez su agujero sobre la mole.

   Su cuerpo todo sube y baja cuando se empala, gimiendo putón cruza con un brazo los hombros del macho, restregándose de él. Sus delgados y rojos labios buscan los del otro, quien le mete la lengua con avidez en la babosa boca, mientras sus manotas le soban y pellizcan las tetillas al afeminado muchacho. Dios, pensó sólo pasar un rato, conseguir una mamada así fuera del mariquito, pero esto era… Los dedotes aprisionan los pezones y los hala, haciendo que Jerry chille en su boca, sus lenguas unidas, atadas, chupándose ruidosamente, cada uno bebiéndose la saliva del otro. Justo en el momento cuando Jerry deja caer todo su peso sobre esas caderas, atesorando el cálido y palpitante tronco en sus entrañas, se oye el timbrazo de su celular. Le cuesta un momento enfocar la vista y la atención, todo él recorrido por el placer de aquella lengua bebiéndose su saliva, las enormes manos acariciándole todo, el güevo estimulando sus entrañas, golpeándole la próstata, reparando finalmente en que alguien lo llama.

   -Espera un momento, Santa. -le sonríe al carajo que lo coge, se inclina y su culo hala el güevote del tipo que jadea de gusto. Toma el teléfono.- ¿Aló? -suena fastidiado, pero fascinado al sentir la verga clavada en su culo, imaginándose la cara de quien le llamara si pudiera verle.

   -Jerry…

   -¿Doctor López? –jadea la sorpresa cuando el otro pellizca otra vez sus tetillas.

   -Si, ¿es un buen momento? –pregunta levemente extrañado.

   -¡Oh, si! ¡Oh, si! –gime su respuesta cuando el otro le atrapa las caderas, medio levantándose, dejándole totalmente enchufado en peso de su güevo caliente y pulsante.- Di… Dígame, doctor… -le cuesta hilar, Trino medio baila sus caderas y cree morirse de puro gusto.

   -Es hora de que vuelvas a La Torre. -se oye la fría voz del abogado, y el culo de Jerry, sorprendido y feliz, emocionado, da un violento tirón al güevo de Trino, haciéndole chillar, mientras suelta calorones y jugos de macho dentro del hueco loco del delgado joven.

   -Oh, Dios, que bueno… -jadea el chico, subiendo y bajando otra vez sobre ese tolete, con el teléfono en su oreja, enculándose.- ¿Cuándo? Ahhh…

   -Lo antes posible. –es la seca respuesta antes de cortar.

   El joven sonrió, ¡el doctor López era tan listo!

   -Prepárate, niño bueno, Santa va a darte su regalo. –le gruñó al oído Trino, su verga increíblemente tiesa y caliente.

   Y Jerry, gritando de gusto, se dispone a recibirlo; si, ha sido un niño bueno y merece que le den su regalo. Aunque, momentos más tarde y respondiendo a una fantasía del otro, cuando Santa le colocara sobre su regazo, boca abajo, y le nalgueara antes de darle otra vez por el culo, le parecería que ser travieso y ser un chico malo, también era divertido.

   Todo le parecía maravilloso… Jerry Arteaga regresaba a La Torre.

……

   Mientras el escándalo de las conspiraciones y contra conspiraciones sigue su curso en un país convulso, y Ricardo Gotta ve como merman sus fuerzas poco a poco, el juicio que los Caracciolo mantienen contra los Roche, sigue su marcha.

   Eric Roche sabe que alguien más lo impulsa, alguien muy poderoso, y no puede creer que se trate de Franklin. Mientras sale de la oficina de la fiscal que lleva el caso sobre el asesinato en abril de Roger Santos, el cual también sigue su camino, el joven se deprime. Nada se sabe aún de los asesinos ni de los asesinatos de ese mes. Era insólito. Mientras cruza el pasillo, oye una cantarina voz de mujer que ríe, de alguien joven, y pasando frente a una puerta, encuentra a un elegante y atractivo Edward Sanabria contarle algo a una mujer, bonita en verdad, que lo mira medio embobada. Edward, cosa rara en él, sonríe, viéndose realmente atractivo.

   El joven abogado siente emociones encontradas al verlo, a decir verdad venía con la firme y sana intensión de evitarlo. Desde que habló con él, dos días antes, no había vuelto a saber del hombre. Y tampoco de Jorge Ávalos, se dice con una leve angustia. ¿Dónde estaría? Mira como Edward, riente, como nunca reía frente a él, se inclina hacia la joven y dice algo que hace que ella chille pelando los ojos entre divertida y escandalizada. Eric siente un repeluzco de algo desagradable, que no puede identificar como celos ya que nunca los ha sentido. Pero no le gusta la forma en que ella mira a Edward, o éste a ella.

   -¿Desea algo? -le pregunta la joven, al toparse con su mirada. Edward se vuelve, viéndole fijamente y frunciendo el ceño. Eric enrojece.

   -No, nada. Gracias. -y sigue su camino, sintiéndose increíblemente tonto.

   -Roche, espera. -grazna tras él, Edward, alcanzándolo.- Quiero hablarte.

   -¿Para qué? -lo mira cansinamente.

   El otro endurece el rostro, lo toma por un brazo y casi lo empuja contra una puerta que se abre hacia una oficina pulcra, llena de libros y carpetas, sin adornos, cuadros o retratos. Eric lo mira todo, y a él, quien cierra la puerta a sus espaldas.

   -Es mi oficina. -aclara, extendiendo los brazos, abarcándola.- Mi nido.

   -Es fría. E impersonal. -lo mira y calla.

   -¿Cómo yo? -lo reta, acercándosele e inquietándolo.- ¿Qué pasa contigo, Eric Roche?

   -Nada, estoy bien. Todo está bien. -jadea, encogiéndose de hombros, sintiéndose vacío. Edward lo mira, lentamente lo atrapa por las solapas del traje y lo aplasta contra la pared, cerca de él.

   -Hace dos días me cortaste la nota cuando te invité a comer, casi diciéndome que no podías salir conmigo porque te acostabas con alguien, como si yo te hubiera propuesto tener sexo. -es duro, tajante, sonríe frío.- Y no era así, maricón. Sólo quería hablar, no sé, del pasado, de nuestros problemas, de tus problemas de la actualidad. Fuiste arrogante y soberbio, y ahora estás aquí, viéndote como mierda de perro pisada por un carro. ¿Qué pasó? ¿Malas noticias aquí? ¿No te gustó mi amiga? ¿Se te fue tu querer? -es burlón, por alguna razón tenía que ser cruel.

   -No es asunto tuyo, güevón.

   -¡Güevón! Eso es como tener el güevo grande, ¿acaso te preguntas cosas sobre mí? -lo reta.- Te lo pregunté una vez, y no respondiste, no con la boca al menos, pero si con el cuerpo. Eres homosexual y andas mal.

   -¿Qué pasa contigo, Sanabria? -le ladra casi en la cara.- Esas no son cosas de macho, si hablamos del beso que me diste. Compórtate como un hombrecito o la gente va a comenzar a hablar. -le ruge burlón, intentando alejarlo.- No creo que quieras que tus amigos hablen de ti, ¿verdad?

   Edward lo mira furioso, sus labios endurecen y su cara se pone roja. Siente unas ganas horribles de golpearlo, de borrarle la estúpida e insolente risita de un coñazo. Con un alarido ronco, de frustración, le aplasta las manos contra el pecho, empujándolo contra la pared. Su boca busca y cubre esa otra, insolente y tonta. No lo planeó, no lo quiso, pero así le salió. A veces, cuando ya no se podía hacer o decir nada más, o había que precipitar algo para saber si sería chicha o limonada, tenía que actuarse de esa manera. Y lo hizo. Estaba besando, metiéndole la lengua en la boca, a Eric Roche.

CONTINUARÁ … 134

Julio César.

UNA ATRACTIVA TV DOMINGUERA O DE TRASNOCHO

agosto 16, 2014

LATIN HOT

   Hace falta.   

   ¿No se han aburrido una tarde en casa, o a veces de madrugada al llegar tarde, un viernes por la noche sin planes o un domingo flojo cuando no se quiso hacer nada y luego el aburrimiento te mata? Está la red, también las películas, o los libros, pero a veces todo cansa. Uno piensa en salir de la cama a hacer algo y entre pensarlo y pensarlo se te va el tiempo. ¿No sería bueno encender la televisión y no ver un filme que se encadenan para repetirlo en turnos por todos los canales, o las series de siempre, amadas pero tan vistas que a veces no apetecen? Allí está el culturismo, como alternativa. Lo sé, he hablado pestes antes de este “deporte”, pero no es mi culpa, es que no es deporte un carajo. La gente abulta músculos simplemente para abultarlos, por el simple placer de ver como quedan; no compiten corriendo, saltando, alzando pesas o marcando un gol, una carrera o una canasta, ni siquiera saltan de un trampolín. Es simplemente músculos por los músculos, aunque… la mayoría de las veces se ven bien.

   Y es el punto. Viendo una película cómica con una amiga, unas mujeres, medio pacatas, entran por error a un lugar de bailarines exóticos que se veían forrados de músculos, como estos, con los mismos trajecitos, pero como era película, las tomas iban a los pectorales, muslos, al frente y al trasero, donde la prendita cumplía sensualmente con su cometido, demarcando o metiéndose o bajando y dejando ver. Y así debería ser el culturismo ese. Si no es competencia de verdad, que al menos sea sexy, con tomas cercanas, rutinas más cortas en unitarios, y tal vez algo como medio de lucha entre dos o tres sujetos (no, no en una tina con aceite, eso ya es pasarse). Hay que repotenciarlo como espectáculo televisivo (y en ninguno de mis canales transmiten culturismo; ah, pero hay tenis, golf y motocrós, de vaina no pasan dominó); la cosa se deja colar una tarde sin oficio ni beneficio, o en esas horas de madrugada cuando no conciliamos el sueño en una cama sola.

   ¿Saben que hay gente que se encarga de aceitarles?, eso debería ser parte del espectáculo. Y trusas más claras. Es que no hay visión.

CUANDO EL SUEGRO LA LLENA TODA

Julio César.

NERDS DISFRAZADOS LUCHANDO POR LA JUSTICIA

agosto 15, 2014

NO TAN MACHOS MEN

BRAZILIAN BOYS

   Exótico villanos llegan al barrio, seguro de su éxito al estar, bajo las ropas, muy bien armados…

MASCARA HOT

   -En los callejones los detengo y con mis correas y manos les doy sus azotainas…

GAY Y CUERO

   -Y yo, con este cepo, a los dos los atrapo hasta que llegue la policía.

Julio César.

MUSICA PARA LA PAZ MENTAL

agosto 15, 2014

MALA LECHE

MUSCULO, VELLO Y BIKINI

  Seguro algo le molesta también… aunque cuesta creerlo.

   Ah, sí me vieran, ando insoportable. Así será que hasta yo mismo me doy cuenta. Parezco un perro viejo gruñéndole a todo y mostrando los colmillos gastados cuando alguien se acerca. Sobre todo si parece feliz. No estoy haciendo nada en el trabajo, eso no marcha (aunque removieron a todos los jefes, la diversión duró poco), pero ir y sentarme allá me llena de fastidio. El calor agobia, los chubascos caen justo cuando uno va saliendo de la oficina; no están recogiendo la basura en la cuadra donde vivo y ya olemos a Guaire, y otra vez se perdió el Banner, el jabón de olor que me gusta. Y me botaron. Una relación que llevaba unos dos años terminó, lo esperaba pero no por eso es menos incómodo. Cosa rara, mis conocidos dicen que muchos duramos, era más joven que yo y eso siempre es un problema. Bien, para mi mal humor y mi insatisfacción en general, un amigo me regaló unos discos de música para relajarse, pensar y desestresarse. Escuchando el primero, los nervios se me pusieron de punta y creo que hasta me dio un tic en un ojo. Dios, que desesperación. Esa guitarra, o arpa, o lo que fuera, era insoportable. Realmente ni yo lo entiendo, pero me sentía ahogado, agobiado. Lo puse en la sala anoche mientras me tomaba un café y lavaba los platos donde cené, y tuve que secarme las manos enjabonadas del pantalón para acabar con ese escándalo. ¿Lo peor?: intenté con el segundo y tercer disco, donde un delfín chirriaba, y fue igual de irritante. Debo ser yo.

Julio César.

MANTENIENDOLE BUENO

agosto 14, 2014

NATURALEZA

SUEGRO AZOTA A YERNO

   Resignado, se dejaba hacer…

   Mientras se tensa y controla el jadeo que llega junto al manotón, recuerda que cuando se casó con Rebeca, al preñarla al salir de la escuela y yéndose a vivir bajo el techo del suegro, esta le advirtió que era severo. No imaginó cuánto hasta que cometió deslices como gritarle a ella, mirar a otras, llegar tomado o alzarle la voz a cualquiera. Ni siquiera recuerda cómo pudo soportarlo la primera vez, cuando el hombretón le gritó, le atrapó por un brazo, le arrojó sobre su regazo, de panza, y le azotó duro el culo, una y otra vez, la enorme palma contra sus nalgas mientras él gritaba con furia, luego alarma y finalmente lloraba jurando no hacerlo otra vez. Debió irse esa vez, pero agachando la cabeza, soportó. Las nalgadas se repitieron, espaciadas, no como ahora, que desde que la suegra está de viaje, cada noche, después de que Rebeca se acuesta y obviamente también él porque anda desnudo, le llama, le reclama cualquier cosa y termina con una azotaina. Él gimiendo y lloriqueando casi como un infante ante su padre, y el tipo dándole dura palmadas, llamándole niño malo, aunque también sobándole lentamente para el ardor calmarle.

OBLIGADO

Julio César.

MUY EVIDENTE

agosto 14, 2014

FUEGO DE JUVENTUD

RELAJADO Y DURO

   Sentado dentro del vestuario, todos cambiándose, les pregunta insolente a esos compañeros: “¿qué me ven?”

DULCE JUVENTUD

Julio César.

ROBIN WILLIAMS PARTE

agosto 13, 2014

SE NOS ACABÓ EL MUNDIAL… ¡NOOOOO!

ROBIN WILLIAMS

  Otra dura pérdida.

MORK AND MINDY   Tengo la suficiente edad para recordar sus comienzos, al menos para mí, “Mork y Mindy”, con su cara de loco, sus exageraciones, caracterización que siempre le vi un poco en todas sus apariciones. Si, fue un gran comediante, “Jumanji” fue grato, pero su dolor cuando aparece como un adulto y sabe de LA NANA MAGICAsus padres muertos, fue notablemente emotivo; como lo fue en “La Sociedad de los Poetas Muertos”, esa poesía hecha película, así como su “Buenos Días, Vietnam”, ¿quién no rió pero también quiso llorar? Por eso cuando hacía de malo era tan escalofriante. Era un comediante bueno para el drama, para la ternura, pero lo que mejor recordaremos será esa sonrisa que iluminaba sus ojos de manera curiosa. Verle en algún evento eraBUENOS DIAS, VIETNAM imaginársele eternamente contento… y sin embargo luchaba a brazo partido contra la depresión, en palabras de su esposa. ¿Qué necesitaba?, ¿qué le hacía falta? Tocará recordarle de cuando nos hacía felices. Nano nano, señor Robin Williams, descanse en paz.

HACE UN AÑO GLOBOVISIÓN SE DESBARATÓ

Julio César.

DE AMOS Y ESCLAVOS… 7

agosto 13, 2014

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 6

MORENO CALIENTE

  Así cualquiera se mete en problemas…

……

   -De rodillas, negro cabrón. –le ordena, feo, y Roberto quiere resistir, de verdad, pero el tono, la vista del tolete, todo le marea y debilita al tiempo que le llena de calor, con todos los recuerdos arropándole de pronto, de lo muy sorpresivo que fue hacerlo la primera vez, y lo mucho que le gustó.

   Sin decir nada, cae de rodillas frente a la pieza todavía no dura, y avergonzándose más nota que separa sus gruesos labios y los dirige a la cabecita que pende, casi saboreándola ya. El bofetón le hace retroceder y gemir, sorprendido, mirándole desde sus rodillas. Y no se levanta, no le grita o reclama. Ni siquiera se le ocurre, y eso que siempre ha sido un chico levantisco y camorrero.

   -Jamás vuelvas a hablarme delante de nadie como lo hiciste a las puertas del ascensor, negro; no eres nadie para discutirme o llevarme la contraria. Tan sólo eres un puto maricón que no quiere más que chuparme el güevo durante horas. –le informa, duro.- Tu lugar es ese, de rodillas, muriéndote de ganas por comértelo. –es duro, y Roberto siente como el calor lo embarga, como su propio tolete endurece de manera impresionante bajo las ropas, al tiempo que la verga del muchacho se llena de sangre, crece, se pone gruesa, levantándose, erectándose frente a sus ojos.- ¿Está claro, negro puto? –le grita, feo, seguramente medio edificio le escuchó y Roberto aparta la mirada de esa verga, sin saber que la tenía perdida en ella.

   -Si… -suena bajito, derrotado, muriéndose de vergüenza y rabia, pero necesitado. El nuevo bofetón, la dura palma del chico blanco recorriendo su mejilla de ébano, le despierta.- Sí, señor. –se corrige. Dios, ¿qué hace?, no lo sabe, tan sólo una idea ocupa claramente su mente, que si se somete, Hank le dejará mamársela, y reconocerlo le marea de lujuria. Nuevamente acerca los labios a ese tolete que se alza, pero una mano firme sobre su frente le detiene.

   -¿Qué quieres?

   -Tú sabes… -jadea y traga, preguntándose por qué se resistía tanto, o por qué era aquello importante para el otro.

   -¿Qué quieres, negro puto?

   -Quiero chupártela. –reconoce, mejillas ardiéndole.- Quiero tragarme tu güevo hasta tus pelos castaños… -tiembla al decirlo, preguntándose por qué le parecía tan sucio y a un tiempo incitante.

   -¿Lo quieres de verdad? –todavía deteniéndole por la frente, su palma ardiendo, con la otra mano se agarra el tolete por la base, más duro ahora, frotándoselo de las mejillas y nariz.- ¿Lo quieres mucho? Cuéntame… -la pieza de carne dura quema al otro en su roce.

   -¡Quiero mamar tu güevo blanco! –estalla, desesperado, moviendo sus labios como intentando cazarlo.- ¡Por favor, déjame chupártelo! –pide, odiándose pero ardiendo, resintiendo la mirada de desprecio del otro.

   -¡Negro puto! –le lanza un escupitajo que choca de su frente, que ha liberado previamente, haciéndole gemir ante el inusitado insulto, la terrible humillación para un hombre como él, instante cuando el desgraciadito se lo empuja y se lo mete hasta la garganta.- Entonces trágatelo, negro maricón, trágate mi güevo y ahógate con él para que te mueras feliz, sucio puto. –y se la empuja y empuja, cortándole el aire.

   Ojos desorbitados, Roberto casi arquea cuando la enorme y gruesa mole cruza sobre su lengua, quemándola y mojándola de sus ricos jugos, golpeándole las amígdalas sin piedad, negándole el oxígeno. Como si fuera un individuo sino sólo una boca para ser ocupada por aquel güevo. Verse asaltado así, retenido de aquella manera por las jóvenes y blancas manos, escucharle gritar sus obscenidades, todo le calentaba de manera horrible. Debería ser humillante, lo era, lo sabe, pero le excita, le duele el tolete dentro del jeans que usa de lo duro que lo tiene.

   -Vamos, puto, cométela, cométela toda. –le grita Hank, casi violento, de manera muy audible, gozándose en escucharse decirlo, empujándosela todavía más, ahogándole contra su pubis de pelos castaños claros, su fuerte olor a bolas y sudor inundándole, mareándole.- Te gusta, puto. ¡Mira cómo te gusta, negro de mierda! –le grita ofensivo, cruel, sorprendiendo a una buena mujer que cruza frente a su puerta, que abre mucho la boca y se aleja corriendo. Del otro lado, dentro de la sala, es audible en un momento dado, cuando el chico blanco calla, escuchaban los gorgojaos de las succionadas, sonido que también las mujeres conocen.

   Porque si, Roberto no ha dejado de mamar ni por un momento, enloquecido de lujuria al tener la fibrosa mole de carne salada en su boca, todo erizado ante el sueño que se cumplía; ahora iba y venía, poco, lo que le permitían las manos blancas, succionando, chupando como puede, tragando y excitándose más. De sus labios gruesos mana saliva espesa, que corre por el blanco rojizo tolete mojándole las bolas escasamente velludas, también su propio mentón. Había algo increíblemente erótico en aquel sujeto negro, alto y musculoso, firme y sólido, viril, subiendo y bajando con desesperación sobre cuatro o cinco centímetros de grueso güevo blanco, lo único que le permiten las manos que sostienen en su posición.

   -Te gusta, ¿verdad, puto? Te encanta tener mi güevo en tu boca, llenándotela, dejándote empapada de mis jugos, los de tu hombre. –le gruñe, voz alta y autoritaria, llevándole y trayéndole ahora con sus manos.- Te morías por comértela, ¿verdad? Te lo noto, puto, ¡no mientas! –le grita feo cuando sus ojos se encuentran, uno de pie, dominante, el otro de rodillas, elevando las pupilas marrones oscuras, su barbilla llena de saliva mientras los gruesos labios recorren una y otra vez sobre unos pocos centímetros de güevo blanco, brillantes de saliva, mientras lo succiona desesperadamente con su lengua y garganta.- Mírate, puto, ¡estás todo mojado! –es burlón. Avergonzado, atrapando hasta el último pedacito de güevo y sorbiéndolo, Roberto reconoce para sí que es verdad, lo sentía, la humedad contra su piel bajo las ropas.

   Afuera, el marido de la conserje, mal encarado, entra al pasillo. Odia barrer esos pisos, sobre todo cuando los vecinos van y vienen, mirándole. Tal vez juzgándole. No era un trabajo para un hombre que pasaba las noches vigilando depósitos, carajo, pero su mujer vivía enferma y le tocaba cumplir con esas tareas que sospecha le expone a los comentarios de algunos de los propietarios. Va a comenzar cuando oye tras una de las puertas…

   -¡Vamos, puto, cométetelo!, ¡cómete todo mi güevo y te regalo mi leche! –es un gruñido joven, impertinente, voluntarioso y dominante. ¡Y lo otro son sonidos desesperados de succión!, chupadas viciosas y desesperadas, reconoce bien los sonidos porque le encanta cuando su mujer se lo mama. Alguien, un puto, estaba dándole una buena chupada al carajito ese coño’e madre. Y la idea le despertó el interés, como le ocurre a todo hombre.

   -Ejem… -deliciosamente escandalizado, toca a la puerta.- ¿Ocurre algo allí?

   -Nada, pendejo, ¡que un negro está dándome una buena mamada al güevo! –es la respuesta, una que le deja con la boca abierta… deslizándose y pegando la oreja de la puerta. Para escuchar mejor.

   ¡Dios mío!, gimió para sí, Roberto, alarmado, ¿qué hacía ese carajito odioso?, se preguntó, incapaz de negarse que su salida, sus palabras, la manera en la que se la clavó en la boca mientras respondía, y le miraba mientras lo decía, le hizo casi correrse de pura calentura.

   -Vamos, quítate la ropa, negro puto. –le ordena, sacándosela de la garganta, agarrándosela y golpeándole, fuerte, el rostro con ella.

   Temblando por el cariz que tomaban las cosas, pero sabiendo que no puede resistirse, disyuntiva que le hizo temblar con un deseo que no entiende, Roberto se desviste. Lentamente, porque sabe que es grande, fornido, muy bien constituido, muchas miradas, algunas de envidia, otras de profundo deseo en otros ojos, se lo habían confirmado. Quiere mostrarse ante el carajito, que este sepa que también tiene lo suyo, bíceps grandes, torso ancho, pectorales fornidos, tetillas erectas de una manera que ni él reconoce. Zapatos, medias y pantalán también salen. Se sofoca de emoción, estaba bueno, lo sabe, y cree encontrar ese reconocimiento en la mirada del otro, a quien enfrenta, semi desnudo, en bóxer negro, uno totalmente deformado por la erección que tiene. Y algo mojado por su emoción. Sonríe por primera vez, ¡le haba impresionado! El chico, aunque guapo y caliente, a pesar de su pieza titánica, no podía compararse con su…

   -Sácate ese calzoncillo de hombre y usa el que robaste de otro. –le ordena, ojos brillándole de burla malévola. Reduciéndole a su tamaño.

……

   Gregory Landaeta sale de su casa en La Pastora, donde nació y se crió, casi heredándola, decidido a reunirse nuevamente con su mejor amigo, Yamal, y salir en busca de putas. Está contento, la tanda en el gimnasio le vigorizó y llenó de ganas. Viste sobre su impresionante cuerpo una camiseta ajustada al torso pero muy abierta por los brazos, gris, de malla, que casi parecía una segunda piel sobre su torso y abdomen forrado de músculos. Una chaqueta marrón, abierta, completaba por arriba. De su cintura para abajo, un ajustadísimo jeans azul desteñido parecía casi pornográfico sobre sus muslos, caderas y trasero, el cual se notaba totalmente redondo y parado, atrapando algo de la tela… Y sí por si fuera poco, el muy exhibicionista, quien mientras camina hacia la parada del Metro goza las miradas que recibe, por la parte trasera el pantalón se le baja un tanto, sólo un poco, y se ve la cintura de su bóxer azul claro cuando alzaba una mano o algo así.

   Estaba listo para cazar.

   Baja las escaleras de la estación, lento, poderoso, piernas abiertas, reclamando su espacio, dueño del mundo. Sonríe sintiéndose íntimamente muy feliz, ha captado una buena cantidad de miradas apreciativas, y en su vida común y corriente como taxista, de allí su amistad con Roberto Garantón, verse bien y que se le reconozca eso, le brinda consuelo, alegrías y un sentido de logro. Sube al atestado vagón, hay muchas personas pero no le importa, aunque pone cara de fastidio; cuando se tiene una pinta como la suya, no era raro que le miraran, que se le acercaran, incluso que le tocaran “accidentalmente”. Era el tributo a su facha, lo sabía. O que una bonita joven, roja de cara, mirando insistentemente por una ventana, pretendiera ignorar su cercanía casi de acoso, pero sus pezones notándose erectos bajo la blusa. Se veía bien, carajo.

   Esta vez, sin embargo…

   Hay muchas personas, lo entiende, pero alguien se le encimaba deliberadamente. Podía notar la diferencia, él lo hacía cuando quería “intimidar” sexualmente. De pie, entre dos puertas, sosteniéndose del tubo, de frente a una pareja mayor que parece aburrida del mundo, nota la presencia a sus espaldas. Es un hombre, lo sabe por la misma intuición con la cual un tipo cualquiera sabe que a una mujer se le ven las pantaletas al cruzar descuidadamente las piernas, o que no lleva sostén. Son cosas que se saben. Hay muchas personas a sus costados, pegados, pero esta presencia… Una mano grande, joven, de dedos agiles, cae al lado de la suya junto al tubo. Es blanca, en la muñeca sobresale un enorme y costosos reloj deportivo, negro de correa, de colores azules y grises metalizados bajo el grueso cristal. Poco después comienza una manga verdosa de alguna camisa o franela mangas largas. No lo sabe, lo que nota es el agarre firme y decidido sobre el tubo de alguien que controla igual una moto acuática que las riendas de un caballo. No sabe cómo, pero está seguro. Y la colonia… Es grata, huele a sol y brisa en la playa. Le gusta la fragancia, aunque le molesta reconocerlo.

   No pasa nada más, pero los pelos de la nuca se le erizan, no sabe si lo imagina pero un leve soplo de aliento le llega, sutil, cálido, y la maldita mano, en un giro de la ruta, se mueve al tensarse y al relajarse queda pegada a la suya. El contacto es caliente, firme, y traga, no sabe si molesto por el abuso, alejándola un poco. Quiere volver la mirada. Saber quién está ahí. Pedirle que despeje su maldito espacio, pero no puede. Por alguna razón no quiere llamar la atención con reclamos de acoso (maldita sea, ¡no era una nena!). El vagón se detiene, respira aliviado, saldrá gente y… Si, bajan, se mueven, pero aunque sus costados se alivian un poco, la presencia no se aleja, la mano blanca no se aparta. Quiere volverse, reclamar algo, pero más gente entra, por las dos puertas, y queda casi totalmente atrapado entre personas que escuchan música con sus audífonos, otros que hablan escandalosamente por celulares, o revisan correos, o cotorrean entre ellos, la pareja mayor indiferente a todo. Estaba totalmente rodeando de humanidad y, sin embargo, aislado. Solo. Y si, un aliento cálido le está bañando la nuca, puede sentirla, escucharla con más claridad. Más cerca. Salen de la estación, la oscuridad del túnel les cubre y…

   Pega un bote, el dorso de una mano, ¡sabe que es una mano!, se frota como al descuido de su nalga izquierda. Parece casual, pero la recorre de aquí para allá con los vaivenes, ¡y Gregory ahora sí que gritará y armará el peo de su vida!

   -Dios, qué culo tan rico tienes, pana… Se siente tan sabroso como se ve. Provoca tocártelo todo. Esto sí que es un culo caliente… -le susurra muy bajito, ronco y atrevido, un sujeto al oído, tensándole, casi provocándole un infarto, la mano abriéndose y la palma ahora sí que totalmente pegada.- Coño, pana, sólo tu culo hace soportable este viaje de mierda. Desde que te vi quise… -le informa, moviéndose a sus espaldas, y Gregory pela los ojos y abre mucho la boca cuando el tipo le pega el entrepiernas de las nalgas.

   ¡Y estaba duro! ¡Bien duro y caliente!

   ¿Pero qué coño?, alarmado y sorprendido, casi no puede ni enojarse del desconcierto, ¡ese carajo estaba pegando sus bolas de él! Intenta alejarse pero no hay espacio, tendría que armar el peo y…

   -¿Verdad que tiene un buen culo? –oye a ese tipo preguntar, bajito. ¿Con quién carajo estaría hablando?, y casi pega otro bote cuando una nueva voz masculina se suma a la situación.

   -Si, tiene un culo que calienta las braguetas. –susurra alguien muy cerca, a su izquierda, y sabe, lo sabe porque sí, que el dedo de otra mano, la de otro sujeto, recorre la curva de sus nalgas que no ocupa el primero con su bragueta totalmente pegada a él.

   ¡Dios, ¿qué estaba pasando?!, se preguntó alarmado de pronto.

   No podía saber que ahora era la presa de otros cazadores, unos que no parecían encontrar problemas en compartir una buena pieza disponible dentro del vagón del Metro. Tampoco puede saber que terminaría descubriendo algo impresionante en ese lugar y que cambiaría el curso de su vida.

……

   En cuanto le dijo eso, que se pusiera el bóxer del otro, la verga de Roberto casi saltó de excitación, avergonzándose un tanto mientras el otro reía.

   -No te avergüences de responder como un puto, negro. Tu cuerpo sabe cómo quiere que lo traten. –martilló Hank, mirándole.

   Tomar de su chaqueta el bóxer que un chico en el gimnasio le arrojó a la cara, transpirado y caliente en ese momento, provocó que las manos le temblaran. Le costó tener la suficiente sangre fría para meter sus piernas dentro de la prenda, subiéndola. Todo él erizado. El roce contra su piel de la suave tela del calzoncillo de otro hombre, uno usado, era enloquecedor, ¿cómo no lo había probado antes? Claro, porque antes no hacía eso, someterse así. La prenda le quedó algo chica, muy corto en los muslos, sus pelos púbicos viéndose, el tolete abultándolo feo, mojándolo ya, y sus nalgas casi reventándolo por detrás.

   -¿Cómo lo sientes? ¡Sé sincero! –le advierte Hank, despojándose de la camiseta, dejando al descubierto el joven, esbelto y musculoso torso, casi lampiño a no ser por una hilera de castaños pelos claros que bajan del ombligo, el tatuaje en su hombro era extrañamente excitante.

   -Bien. –admite, jadeando ante la leve palmada en su cara.

   -¡Negro mentiroso!, ardes con calor de puta sintiéndola sobre tu cuerpo. Te sientes sucio y puto, tú mismo lo reconoces, y te excita. ¿Te gustó el tío? –se baja todo lo demás, incluyendo el bóxer, dejando al desnudo la larga, gruesa y rojiza verga blanca, mojada de saliva y jugos, las bolas colgando, los pelos púbicos no muy altos, los muslos levemente velludos… y una cruz gamada tatuada en su cadera izquierdo. Sonríe al notar la mirada de Roberto sobre la marca.- ¿Te gusta, negro? Si te portas como debes te marcaré una en una nalga. Bien, de rodillas. –le ordena, viéndole tragar ávido, ojos relucientes, cayendo inclinado, acercando los gruesos labios a su verga tiesa.- No, negro. –le detiene con una ruda palmada en la frente.- Es hora de que amplíes tu repertorio. A los hombres nos gusta que nuestros putos sean ingeniosos y juguetones, traviesos y que sepan complacer en todos los frentes. –culo pelado se deja caer en el sofá, muy abierto de piernas, la hermosa pieza de joder cayendo contra su ombligo.- ¡Chúpame las bolas!

   -Pe… Pero… -la mente de Roberto queda en blanco.

   -¡A trabajar, negro maricón! –le ruge, echándose hacia delante, rodeándole la nuca con una mano y tirando de él.

   Jadeando, Roberto termina metido entre sus piernas, casi en cuatro patas, el rostro ladeado, prácticamente aplastado contra las bolas castañas rojizas del otro hombre, elevando la mirada, sus ojos encontrándose con los del chico blanco que le domina… al tiempo que abre sus gruesos labios contra el rugoso cuero.

   -Vamos, negro de mierda, demuestra cuánto quieres satisfacer a tu señor…

CONTINÚA … 8

Julio César.


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