LA NENA DE PAPA… 12

mayo 3, 2016

LA NENA DE PAPA                         … 11

De Arthur, no el seductor.

PUSSYBOY EN TANGA

   La nena quiere papito…

……

   -¿Cómo? –Cole, realmente, parece no entender. O no creer lo que escucha.

   -No quiero que entre a mi pieza, señor. –suena algo más decidido, pero jadea, totalmente alarmado, cuando ese sujeto da medio paso adelante y con el brazo libre le rodea la cintura, halándole, estrellándole contra su cuerpo.

   -¡Tú harás lo que yo te diga que hagas! –le suelta casi al rostro, voz clara y autoritaria, bajando el rostro.- Y cuando yo lo quiera. –de manera rapaz la mano de ese brazo baja y atrapa una de las redondas nalgas, posesivo.- Y si tengo que enseñarte modales frente a la puerta de tu cuarto, para que todos sepan que te portas mal, que así sea, nena.

   Aterrorizado, Brandon nota que no puede reaccionar o pensar. Le parece que alguna puerta está abriéndose. Atrapándole del saco retrocede, halándole. El hombre entra en la pieza, sonriendo torvo, y la puerta se cierra a sus espaldas.

   -¿Qué está haciendo, señor? ¿Se volvió loco? –está desesperado, quería imponerse pero no lo conseguía.- No puede presentarse así y… -el otro, recorriéndolo todo con la mirada, ceño fruncido como si percibiese algún mal olor, deja la bolsa sobre la mesa en la esquina, apartando algunos cuadernos y libros.

   -Estoy aquí porque dijiste que era tu papi y tú serías mi nena, ¿acaso lo olvidaste?

   -Yo no… -casi grita, controlándose al notar que una radio baja de volumen en alguna parte del piso, tal vez alguien que pensaba haber captado una discusión.- Lo que dije fue para salir de su cama y su casa antes de que… Nelly y su esposa nos encontraran. No significa nada. No quiero esto. Soy heterosexual, ¡me gustan las mujeres! –jadea mientras el otro le mira y sonríe, viéndose realmente guapo.

   -¿Heterosexual? ¿Debo recordarte cómo te estremecías sobre mi verga, el cómo gemías por más, el cómo te mojabas todo y te corrías sin tocarte, únicamente con la sensación física de mi pulsante pieza llenándote las entrañas? ¿Heterosexual?, ¿en serio?, ¿tú?

   -Usted me llevó a eso. –contraataca, sintiéndose desesperado.

   -Lo sé, con mi verga. Es lo que quiero que entiendas. Como debes entender que… -abre y separa en paréntesis las manos grandes y fuertes, enmarcando una idea.- Nunca serás feliz como no sea cabalgando sobre el güevo de un hombre. Creí que te había quedado claro. Y yo ese hombre, tu hombre. Tu papi. Si te llamo, contestas; si te busco, viene a mí. Y no me gusta tu desobediencia. –se deja caer sobre la cama de culo.- Bájate el pantalón y ven aquí. Necesitas una tunda.

   -¿Qué? –abre mucho los ojos.

   -Me escuchaste. –es frío. Severo.- No me gusta la desobediencia. Te portaste mal y necesito darte una lección.

   -¿Acaso se volvió loco? –casi grita.- No voy a dejar que me…

   -¡Bájate el pantalón y ven aquí! –grita fuerte y alto, y cuando termina a Brandon le parece que el silencio más sepulcral se hace, ningún sonido llega de la otras habitaciones.

   -Señor Cole… -jadea lloriqueando, le ve endurecer más el semblante, y traga casi retorciéndose sobre sus pies.- Papi… -eso parece ablandarle un poco.

   -No me gusta cuando me desobedeces, nena. Y no estoy dispuesto a tolerarlo. Ven aquí, recibe tu castigo y luego cenaremos comida china seguida de un rico postre. –le aguarda.

   La espera se hace insoportable; temblando, deseando gritar, escapar o pedir ayuda, el muchacho se muere de mortificación. Pero, ¿llamar a quién? ¿Decirle qué? ¿Qué un hombre quería darle una tunda como si fuera un niño indefenso? No quería que nadie supiera algo de lo que le ocurría. No eso. Ni el problema que tenía ahora. Lejos de sus padres, estos estaban tranquilos porque le dejaron en ese lugar regentado por una conocida de su madre, en medio de otros estudiantes. Tampoco desea perder ese techo, y sabe que si alguien averiguaba lo que le ocurre tendría que irse. No soportaría quedarse.

   Casi lloroso, sintiéndose depreciablemente débil, poco hombre, se baja el pantalón, mostrando el bóxer holgado de cuadritos, prenda que parece molestar a Cole. Rojo de cara, todavía con aire de súplica, esperando que el otro diga que se detenga, va a su lado y cae sobre su regazo, de panza. Totalmente humillado.

   -Esto me dolerá más a mí que a ti, nena, pero es por tu bien. –le dice ronco, estremeciéndose ante el control que tiene sobre el muchacho. Brandon sabe que miente porque le siente la dureza bajo el elegante pantalón del traje.

   Era una escena insólita, el trajeado y aparentemente próspero hombre de negocios con el muchacho echado de panza en su regazo, el cual le muestra el redondo trasero aún cubierto por el bóxer. Un sujeto con un muchacho. Un tipo hecho y derecho con el novio de su hija. Sonriendo torvo, Cole le mira el trasero, molesto por la prenda, pero excitado con su poder. Alza una mano abierta y la deja caer con una sonora y firme bofetada. La nalgada se escucha claramente y Brandon se agita y jadea aunque intentó controlarse. Dolía y picaba. Y era insólito y humillante que alguien le hiciera eso. La mano sube y baja otra vez, sobre el mismo lugar, y al chico se le escapa un gemido de dolor mientras su frente se frunce.

   -Señor Cole… -chilla suplicante, intentando mirarle.- ¡Ahhh! –lloriquea de dolor cuando recibe otra palmada, nuevamente en el glúteo derecho.

   -Papi, tienes que llamarme papi. –le recuerda, con otra nalgada, ahora la izquierda, sintiéndolo delicioso. Y le da otra.

   -Aaayyy, no, por favor, deténgase. ¡Ahhh! –gimotea al recibir otra.- Por favor, no. Pare… -suplica estremeciéndose, revolviéndose sobre ese regazo, pareciendo no notar que cada frase es seguida de una y otra dura palmada, las cuales ahora se distribuyen de una nalga a la otra. Pierde la cuenta porque su cerebro se cierra, imposibilitado de procesar aquello.- Por favor, por favor… -ruega de manera llorosa, alzando la voz, sin preocuparse ya de ser oído por los estudiantes de los cuartos vecinos.

   -No respondes mis llamadas, me contestas de manera altanera, no me llamas papi y no te comportas como la nena que debes ser… -enumera Cole, azotándole a cada frase, las piernas muy abiertas, sintiendo su güevo tieso ricamente pulsante a azotar, algo babeante mientras sigue palmeando esas nalgas que ahora queman bajo la tela del bóxer.

   -¡No soy una chica! –con voz desesperada, desafiante y llorosa, el chico parece necesitar desahogarse, aunque temblaba. Cole sonríe de manera intensa, malévola, cosa que el muchacho no nota. Era lo que esperaba.

   -Chica mala… eres una nena muy mal portada. –le gruñe atrapando con una mano el borde del bóxer, bajándoselo aunque Brandon se revuelve y gime un “no”, llevando una mano atrás, para impedirle que lo haga, no lográndolo. Sus nalgas redondas, duras, enrojecidas y con marcas de dedos quedan expuestas- ¡Niña mala! ¡Niña mala! –exclama mientras azota, la palma cayendo contra la tersa y joven piel expuesta, que se agita y contrae.

   El hombre sabía que sus actos y palabras eran la máxima humillación para el chico; pero era necesario tratarle así, como algo indefenso y desvaído ante su fortaleza de macho alfa. Sin embargo su sonrisa torva le llegaba por otro motivo, sabía que Brandon, lo quisiera o no, estaba algo excitado también. Su corto miembro endurecía así como sus nalgas enrojecían más. A la humillación por someterle y tratarle así, el chico debía enfrentar el hecho de saber que siendo tomado de aquella manera, de alguna forma, estimulaba su cuerpo. Respondía favorablemente al castigo, al control, al poder del macho.

   Aprovechándose totalmente del momento, Cole se dedicó a disfrutarlo. Alzar la mano, lenta y deliberadamente, haciéndole esperar el impacto, fue tan estimulante como el choque contra la tersa piel joven donde su palma rebotaba. Sexual o no, para el chico, también debía haber dolor, porque a pesar de su excitación, Brandon tensaba sus glúteos y se hundía esperando el golpe, llorando cando lo recibía. Incluso intentó cruzar una mano, protegerse, y el hombre tuvo que apartarla, doblándole el brazo sobre la espalda.

   -Por favor… papi, no más. Detente… -lloriqueaba ahora, con lágrimas en sus ojos.

   -¿Te comportarás? –pregunta, ronco, al tiempo que recorre con la palma de su mano aquellas nalgas duras y calientes, lastimadas, erizándole bajo su tacto.

   -Si, papi. –jura mientras sorbe mocos.

   -Y no quiero verte usando nunca más estas cosas. –le gruñe, atrapando el bóxer y bajándolo junto al pantalón.- Si llego y encuentro que tienes puesto ropa interior de esta, nuevamente, te azotaré con la puerta del cuarto abierta, y le pediré a los chicos que miren que me ayuden a aleccionarte, para que te azoten el culo si me desobedeces en mi ausencia. –amenaza, y es algo tan terrible que Brandon parpadea asustado.- ¿Me has entendido?

   -Si… -grazna roto.- Ahhh… -chilla, quedo, cuando otra nalgada llega, pero más suave, como un recordatorio.- Si, papi…

   -Eso es, no era tan difícil, ¿verdad? –la voz del hombre es ahora paternal, casi amistosa, atrapándole de las axilas y obligándole a sentarse, con el adolorido culo, sobre uno de sus muslos, como si fuera un chiquillo.- No quise hacerlo, me dolió… -le dice mirándole a los ojos, limpiándole de lágrimas las mejillas, casi tierno.- Pero fuiste desobedientes. Lo sabes, ¿verdad? –el chico, mirada baja, todavía se resiste al trato, a las palabras que le degradarían aún más. Pero una mano firme bajo su mentón, obligándole a alzar la mirada, no le deja escapatoria.

   -Si, papi…

   -Eso es. No quiero tener que hacerlo de nuevo.-asegura, pero sabe que, con toda seguridad, tendría que darle unas dos o tres tundas más antes de que fuera incapaz de enfrentarle.- Pórtate bien y papá no tendrá que castigarte así de nuevo… Brenda. Mi hermosa Brenda.

CONTINÚA…

Julio César (no es mía).

CHICOS!!!

mayo 2, 2016

TRABAJOS FACILES

   Todos lo suponíamos…

   El entrenador los dejó hablando, celebrando el triunfo, pero con cervezas en las manos. Mientras más toman los chicos, generalmente más amistosos y cariñosos se ponen con aquellos con quienes tanto comparten, y a muchos de los cuales admiran. Debió imaginarse lo que ocurriría.

   Divertido video, está algo editado. Supuestamente es un comercial en el Super Bowl del 2015, vaya.

Julio César.

RELATOS CONEXOS… 3

mayo 2, 2016

RELATOS CONEXOS                         … 2

ENCUENTRO EN LAS NUBES… 3

LAS GANAS POR LOS CIELOS

   Una aventura a saborear y vivir…

……

   Enloquecido de lujuria se mueve, sus manos grandes caen sobre los costados del cráneo del joven, y lo encuentra más caliente aún, más vital. Pero eso no es lo que le interesa; lo atrapa y comienza a mover sus caderas de adelante atrás, con fuerza, con lujuria, metiendo y sacando su güevo de esa boca ávida que lo mamaba y lo chupaba con ganas de atraparlo y halarlo. Lo ve arrugar el rostro cuando le clava el tolete taponeándole la garganta, lo oye gemir unos leves uggg, ahogándolo y repara en la gran cantidad de saliva espesa que mana de esa boca, bajándole por la barbilla, mojándole el tolete también, y en lo único que puede pensar es que quiere cogerle la boca, llenársela de güevo y de leche, con una urgencia que lo enfermaba. Quería hacer eso, y hacerlo ya. Y, aunque no quería pensarlo, no de manera consciente, siente ese medio dedo jugando en su agujero…

   El joven mama con una avidez alarmante, sintiendo ese tronco duro y caliente sobre su lengua, golpeando contra sus amígdalas y bajando por su gaznate; pero su lengua y garganta siguen chupando aunque apenas tienen espacio. Quiere más de ese calor, dureza, ese pulsar de la poderosa herramienta contra sus mejillas que se sienten como la gloria, así como las gotas agridulces, algo salobres, que manaban de la tranca, de su ojete, que le parecían tan deliciosas. No se hacía rollos, le gustaba sentir eso y lo disfrutaba; y no tenía que buscar excusas para su conducta de mamagüevo. El hombre lo embiste duramente, cogiéndolo con ganas, encimándosele más y más hacia adelante; obligándolo a retroceder un poco, hasta que su nuca choca de la delgada puerta que separa esa escena de locura y sexo caliente entre machos del resto de los pasajeros del avión, donde, seguramente, habría quienes disfrutaría el espectáculo. El joven queda atrapado entre la puerta y el güevo que le coge la boca con rapidez y rudeza, entrando hasta enterrarle la nariz en los pelos, saliendo luego, mojado y brillante de saliva.

   -Trágatelo todo, por favor… Trágatelo. -grazna ahogado, casi suplicándole ahora que lo mame.

   Respirando pesadamente por la boca entreabierta, Genaro cierra los ojos, sintiéndose flotar, abandonándose a la poderosa y gratificante sensación de succión de esa boca que lo apretaba y halaba, como si de una gran masturbada se tratara (pero cien veces mejor, por la calidez y avidez, por saber que era otra persona quien se lo hacía). No sabe si el avión se ladea, pero él siente que se va hacia la derecha y sobre el muchacho, otra vez, clavándole el tolete hasta los pelos púbicos, donde siente el resuello de este. ¡Hummm, que rica mamada!, piensa desmayadamente; nunca antes se lo habían hecho así, ni Felicia que era una fiera. Mientras lo chupaba, el joven lo mira, sonriendo, excitado, subiendo y bajando su boca sobre el duro y cálido tolete, lengüeteándolo y chupándolo, contento de saber lo que le estaba provocando con su lengua. Su barbilla está  cubierta de saliva, jugos y algo de sudor a pesar del aire acondicionado. Había algo increíblemente erótico en la escena de ese carajo joven y bonito, en uniforme y en la posición del misionero, becerreándole el tolete a otro.

   Y hay que reconocer, aunque no hable muy bien del joven ni le interese en forma especial a sus padres, que el asistente de vuelo parece muy cómodo con la posición, de rodillas frente a ese tipo, vistiendo su pantalón azul, camisa blanca y chalequito azul oscuro, de corbata. La tela se alisaba sobre sus musculosos muslos y firmes nalgas. El ancho tórax va y viene al ritmo de la boca chupona, que busca, encuentra, cubre y mama el enrojecido tolete, que también va y viene. El muchacho cierra los ojos, ahogándose, cuando el tolete se dirige directamente a su gaznate con un golpe de caderas del otro. Aggg, es todo lo que sale de allí, y la saliva. Ladeando la cabeza, se nota que succiona con ganas de la deliciosa carne, mientras le atrapa las bolas al traficante de sueños con una de sus manos, y con un dedo de la otra, sigue frotando y acariciando el pliegue que va de las bolas a la raja interglútea, por donde se mete, explorando travieso, y donde, finalmente, sigue frotando el ojete del culo, provocándole horribles y maravillosas cosquillas al otro tipo, que gruñe roncamente al sentirse tocado y acariciado allí, en la parte más secreta y sagrada de todo carajo que se respete.

   En esos momentos no hay nada más en la mente de esos dos hombres. Sólo sienten y gozan del poder del sexo, y quieren eso. Ese tolete cubierto de saliva coge y coge esa boca joven y viril, que chupa con una fiereza sorprendente, que encanta y escandaliza un tanto al traficante; ¡vaya que le gustaba mamar güevo a ese muchacho! Tanto ejercicio (del bueno, del que da placer) los tiene cubiertos, o eso creen, de una fina capa de transpiración pegajosa e incómoda; pero todo lo que se oyen son ahogados gruñidos, y las chupetadas y gorgoritos de saliva que salen de la boca del mamador. Y justo en esos momentos, ¡alguien llama a la puerta! Los dos hombres se congelan rápidamente. Con la boca abierta, totalmente en shock, Genaro mira la puerta, donde la llamada se repite. El güevo sigue clavado en los enrojecidos labios del chico, quien mira al otro, entre divertido y alarmado, ¡era grave que lo atraparan así, con las manos en la masa… o con un güevo en la boca!, la aerolínea no iba a perdonárselo (a menos que mamara a la gente indicada). Por su parte, Genaro ya se imaginaba, sin pantalones, con el culo al aire, siendo arrastrado por dos policías a enfrentar a un grupo de reporteros feroces como los del canal venezolano de veinticuatro horas de noticias, Global; a quienes tendría que explicar por qué no hacía esas cosas como el resto de los degenerados, cerca de una escuela pública con una bolsa de caramelos en la mano.

   -¿Hay alguien allí? -pregunta una voz alto urgida.

   -Está… Está ocupado. -grazna, roncamente, Genaro.

   -Lleva bastante rato allí, ¿qué hace? -parece molestarse el otro. Y en ese momento, Genaro siente que la boca quieta del chico, ¡continua mamándolo!, halándolo con su garganta y apretándolo con sus mejillas y lengua. ¡Coño, parecía un chupón!

   -Tengo diarrea. -gruñe con voz de falsete, conteniéndose ante el rico placer que siente.

   Las llamadas no se repiten, pero una voz airada va alejándose. ¿Y sí quién fuera llamaba a alguien? Muchos debieron verlo entrar al inodoro, y notarían después al muchacho que le seguía. Y seguramente imaginaban lo que allí estaba pasando (bueno, no que el chico lo mamaba, a lo mejor creían que era él, quien lo mamaba; lo que era peor todavía), y… ¡Hasta ahí llega todo razonamiento!, el joven libra su tolete, agarrándolo con una mano firme, sobándolo de arriba abajo, sonriéndole con picardía, con los ojos brillantes de lujuria y la barbilla cubierta por su saliva; y lo vio darle, con la punta de la lengua, pequeños azotes a la roja cabezota de su tranca, sacándole gemidos de angustia y placer. ¡Le gusta, carajo! Le encantaba eso que le hacía el joven, con su boca y con su lengua ávida y virtuosa. ¡Le gustaba mucho!

   -Cómetelo, por favor… -le pide nuevamente, temblando todo.

   Algo jadeante (el esfuerzo de mamar y respirar al mismo tiempo era grande, y este mundo estaba lleno de gente que no podía hacer dos cosas al mismo tiempo sin colapsar), el muchacho le sonríe, agradeciéndole su deseo; le gusta trabajar güevos con la boca, y era bueno saber que lo hacía rico. Con ahínco cubre el glande con sus labios y va tragándolo lentamente, con unos ahogados uggg. Genaro va contra él, metiéndoselo hondo, quedándose quieto un instante, estremeciéndose ante el goce que experimenta, luego lo retira un poco. Le saca y mete el tolete de entre los labios, rítmicamente; y ese joven, con su boca hambrienta y muy abierta, va también a su encuentro. Conformaban una atractiva pareja que suda y jadea, produciendo un cálido cóctel de sexo duro y rudo. Una mano de Genaro le cae en la nuca, atrapándole un puñado de cabellos ásperos, revolviéndolos y halándolos casi con violencia, sintiéndose vivo en esos momentos, y malo, mientras lo guía con apremio sobre su larga tranca; exigiéndole entre dientes, ronco, más velocidad, que cubriera más, que lo chupara bien. El puño se cierra fiero, ahora sin mimos, halándolo con fuerza sobre su güevo, clavándoselo hasta el fondo, queriendo meterse por allí hasta el estómago.

   -Cómetelo todo, bebé. Quiero que te lo tragues todo. Te gusta, ¿verdad? ¿Te gusta mucho mamar güevos? ¿Te gusta tener mi güevote en tu boquita, bebé? -se siente caliente, grosero, y hablarle así, lo excita también.

   El hombre quiere ser violento, pero también amistoso. Él mismo no se entiende; pero encuentra fascinante tener a ese joven allí, arrodillado frente a él, con el negro cabello erizado en su mano, con la boca muy abierta por el diámetro de su tranca, con sus mejillas afiladas, mientras iba y venía sobre él, mamándolo. Quería halarle el cabello con fuerza, ser rudo, y sin embargo le agradecía las atenciones. Nunca imaginó que el que otro carajo le mamara el güevo se sintiera así, ¡tan sabroso! Y mientras bombea sus caderas contra ese rostro lamenta no haber probado antes una experiencia como esa, él que conocía a tantos mariquitos bien hechecitos. Como con Tony, ese catire que se veía que era maricón desde lejos, con un culo redondito bajo sus ropas, el gemelo de Vito (amigos suyos los dos; y con amigos como él…). Tony parecía un carajo legal y hétero, pero más de una vez notó cómo le miraba el entrepierna, como imaginando o deseando saber qué cosas grandes y duras ocultaba allí; de una forma que ahora, con esa boca y lengua apretándole el güevo, mamándolo, le produce escalofríos recordar. Elocuentemente se muerde el labio inferior y sonríe al imaginarse al catire ése, Tony, de rodillas frente a él, sumiso y ansioso, comiéndole el güevo así, con las ganas con las que becerreaba este muchachote. Imagina al catire gimiendo, atrapándole el güevo, lamiéndolo con esas ganas, mordisqueándolo con delicadeza, pero sobre todo chupándolo y atenazándolo. Le excitaba la idea de tener al amigo, Tony, mamándolo.

   Genaro abre los ojos y la boca con fuerza, gimiendo como si se muriera, sin temor ya a ser escuchado. Chilla roncamente, aunque no quiere, mientras todo su cuerpo tiembla, dando medio paso hacia atrás, tambaleante, sacando de esa boca el rojo e hinchado güevo mojado de saliva. La mente le queda en blanco mientras se siente envuelto por oleadas de placer puro que lo recorren de pies a cabeza; momento en cual del ojete de la tranca escapa un chorro espeso y ardiente de semen, cruzándole la frente, la ceja derecha, la nariz y labios al joven. Genaro, temblando, sintiendo que no aguanta y que se cae, lo mira, le atrapa la nuca y con un golpe seco vuelve a clavarle el tolete en la boca. Chilla nuevamente mientras un segundo y tercer disparo estallan dentro del otro, mojándole la lengua y las amígdalas, sintiéndolo mamar como un chivito, tragándose toda su cálido y abundante esperma. ¡Un hombre estaba allí, de rodillas, bebiéndose su esperma! El joven parece paladear y degustar con una expresión extraviada de felicidad en la cara, cruzada también por el primer chorro.

   Aún temblando, medio turulato ante el clímax alcanzado (fue bastante fuerte), Genaro retrocede, sacando su tranca de la húmeda y viciosa trampa que era esa boca, y cae sentado sobre el inodoro. El joven lo mira, todavía de rodillas, con los labios entreabiertos, donde brillan y se observan la saliva y el semen. Finalmente se pone de pie, dándole la espalda y abriendo los dos grifos del lavamanos donde, ahuecando las manos, moja su cara. Ahora, alcanzado el orgasmo, Genaro se siente embarazado e incómodo de tenerle allí. El joven, con la cara mojada, se vuelve a mirarlo, lamiendo aún sus labios, en un gesto que le choca al otro (¡ahora!).

   -Tu leche sabe bien.

   -¿Cómo… cómo puedes tragarte…? -gruñe ronco, el traficante. Con curiosidad.

   -Es cuestión de gustos. A mí me parece que no hay nada mejor en este mundo que un buen güevo caliente y duro en la boca; ni nada sabe mejor que un buen buche de espermatozoides. Hace que… algo despierte en mí, queriendo más y más. Es difícil de explicar… siento que la sangre me corre más rápido, que tiemblo de ganas, con deseos anticipados. Cuando las trancas tiemblan y sueltan sus jugos, siento que… estoy más vivo que nunca. Que todo yo, soy más real. -dice meditando y encogiéndose de hombros.- ¡Y sabe como a yogur! -eso le provoca un escalofrío, nada erótico, al otro.

   Se hace un silencio que va prolongándose entre los dos, volviéndose más incómodo, mientras el joven seca su rostro, y el tolete de Genaro cuelga ya blando. El hombre deseaba quedarse solo y asearse, pero ahora no se atrevía a moverse con el otro allí. El joven termina de ajustarse la corbata frente al espejo y se lleva la mano derecha a la cara y olfatea, como buscando olores extraños. Nuevamente mira al traficante, con una media sonrisa, y al otro hombre le parece que el joven espera algo más, una despedida, un chao, o una invitación para tomar un café. Pero en ese preciso momento a Genaro no le habrían podido sacar ni una palabra ni apretando un cuchillo filoso contra su garganta. Con una leve mueca de boca, algo parecido a una sonrisa, el joven se despide y abre la puerta, después de dudar un momento. En cuanto abrió (momento que aterraba al otro), Genaro lo ve tomar aire y sacar pecho, dispuesto a enfrentar la situación con la sonrisa de un vendedor de bonos de la deuda pública, una sonrisa que jamás moría y asustaba un poco.

   ¡Dios, qué locura había cometido!, se reprende Genaro, como han hecho miles de millones antes que él, ¡después de hacer las cosas! Nunca antes. Jadea intentando recuperar el control y echa la nuca hacia atrás. Una sonrisa entre avergonzada y divertida suaviza su rostro. Siente como el sudor se enfría sobre su cuerpo. El güevo estaba blando ya. Saciado totalmente, y hasta acalambrado. Esa boca le había dado una tremenda mamada, ¡una maravillosa mamada! Genaro no era un hombre introspectivo, era de los que se gozaba más en las sensaciones físicas que en las mentales. Le gustaba el sexo, estaba tirando desde los catorce años, cuando una vecinita le abrió las piernas y un mundo nuevo, no sólo el de las pajas solitarias. Pero esto que acababa de vivir era una locura. ¡Una que le gustó muchísimo!, reconoce no sin cierta sorpresa.

   Al primer momento de vergüenza, llega un segundo de excitación. Le gustó, carajo. Disfrutó sentir esa boca ruda y viril que le mamaba hasta el alma. Ahora por su mente, mientras cierra los ojos y sigue controlando la respiración, cruza una imagen de ese carajote joven en tanga (seguramente las usaba pequeñas, como él), recostado boca abajo en un sofá, esperándolo, meciendo el culo bajo la suave y breve tela, esperando que él le enterrara… ¡Coño, iba demasiado rápido!; se reprende. Subiéndose el calzoncillo hasta el bajo bolas, y subiendo también el pantalón, se dirige al lavamanos para asearse un poco, sintiendo que el tolete le hormiguea, a pesar de sí mismo, al no poder alejar mucho de su imaginación la imagen del muchacho en bikini esperando a un amante en el sofá, uno que llenaría su culito travieso con un enorme güevo tieso. ¡Qué coño, él era un hombre, y eso no iba a cambiarlo el que un marica le mamara el güevo… otra vez!, ¿por qué no invitarlo a tomar una copa en Nueva York? No tenía que rendirle cuentas a nadie. Y la verdad es que el gusanillo de la curiosidad lo había picado.

   Y al pensar en cuentas por rendir, por primera vez una sombra de preocupación cruza su rostro. Lo que hizo fue extraño, y no sólo por haberse dejado mamar por otro hombre (y que, de paso, le sobara el culo, aunque tan a fondo no quería llegar en su análisis), sino por la forma en qué se presentó. Le gustó esa pequeña aventurilla sexual en el baño del avión, no podía negarlo. Estaba caliente, el chico vino, lo mamó y fue indoloro, inconsecuente, y muy sabroso. Lo que le alarmaba un poco, por las implicaciones y el dónde podía terminar, era la idea de que el mundo del sexo acababa de ampliársele increíblemente, como a los catorce con la vecinita; ¡habían tantos maricas de caras bonitas y bocas grandes! Pero era raro que se diera así, tan fácil. ¿Y sí hubiera sido una prueba o una trampa montada por uno de los jefes? Esa gente era muy capaz de eso, tan sólo para ver hasta dónde llegaba él bajo las circunstancias; o para cazarlo. Para tener algo en su contra. Era así como se movían ellos, los poderosos jefes del grupo.

   Genaro Montes era un traficante de sueños, un hombre que era atractivo, inteligente, sensual y osado; y conocía bien la naturaleza humana. Era capaz de sentarse al lado de alguien y susurrarle al oído que él o ella, eran el o la elegida, el o la mejor, la persona indicada, y que sí lo escuchaba a él, tendría los reinos de La Tierra, sus glorias y fortunas. Inflamaba egos, sembraba esperanzas en los demás, usaba las apetencias, los deseos y las ambiciones de otros para elevarlos por un momento y luego dejarlos caer cuando ya no servían a su causa. Se sentaba al lado de gente humilde e inteligente, como Manuel Nova, y le decía que el país lo necesitaba, que él era el hombre, y lo rodeaba de guardaespaldas, choferes, de carros y cuentas en restoranes y tiendas; lo trabajaba, lo usaba y lo descartaba. En sus correrías, podía trabajar para hombres como el Carpintero o el Muñidor, por dinero; pero sólo cuando sus jefes reales, lo ordenaban. Él era un agente del peligroso Sindicato del Crimen, un grupo gótico de villanos que se movían en las sombras, amasando fortunas y poder, sin ninguna otra consideración de valor ético, moral o religioso. Y dentro del organigrama del Sindicato, él era agente de la implacable y temible Diana (una mujer tan hermosa e inteligente, como peligrosa), y muchos lo sabían. Dentro del Sindicato no eran extrañas las luchas de poderes, y alguien como Alfonso, socio y enemigo de Diana (o el mismísimo Azael), podía haber tramado algo como esto para comprometerlo ante la mujer.

   Por un momento (sólo un instante infinitesimal, antes de abandonar la idea para siempre), el hombre se dice que es una pena que los intereses económicos del Sindicato del Crimen chocaran con el deseo de millones de venezolanos, que miraban aterrados el cerco que se tendía alrededor del país. El grupo secreto tenía sus propios intereses creados en el caos que asolaba a Venezuela. Nadie se lo había dicho a él, pero sabía (gracias al Nazi) que el grupo tenía la vista puesta en el negocio petrolero. Y con tal de ponerle la mano a esa fuente de riquezas incalculables harían lo que fuera (al Sindicato sólo le interesaba la plata, nada más); grupos diversos y aparentemente enfrentados, habían pactado para dejar que en la pequeña nación caribeña, un hombre que hablaba de conucos, pulperías y cultivos organopónicos en los parques (con lo peligroso que eran), hiciera lo que le diera la gana, persiguiendo y enjuiciando gente, mientras los dejara poner las manos sobre los hidrocarburos. El grupo era pragmático en eso, como lo eran todos.

   En realidad, a Genaro no le importaba mucho lo qué pasara más tarde con el país (no a él, que ganaba sus buenos millones); el problema eran Marina Y Felicia, activistas las dos, que sufrían hasta de pesadillas al temer en lo que podría terminar todo. Al hombre le parecía increíble que esas dos mujeres, tan distintas entre sí, unidas únicamente por él, que se acostaba con ambas, compartieran también esa angustia por algo que veían y las aterraba en el horizonte; una noche, llorosa, Marina le dijo que debía ser horrible tener que abandonar el país donde se nació, huyendo, para vivir como una paria en otras tierras. No, no quiere pensar en eso. No le gusta. No era divertido. ¡Nunca pasará! Con una sonrisa, acomodándose la camisa dentro del pantalón y ajustándose la corbata, se pregunta dos cosas: ¿cómo se habrían conocido toda esa galería de maleantes y criminales (Diana, Azael, Alfonso, la Araña, el Nazi, los gemelos)? Lo otro era, ¿y sí invitaba al tipito ese a tomarse un trago? ¿Tal vez otro buche de esperma? ¿Por qué no?

   A tirar y punto, todo lo demás podía esperar, sobre todo las preocupaciones, ya que pensar en eso no era tan rico como usar aquello dentro de lo otro…

CONTINÚA…

Julio César.

NOTA: Ah, el Sindicato, esta idea, se me ocurrió en el bachillerato, y de hecho su génesis tuvo su ser en algo que casi viví. Aparecerán aquí, de manera vaga e indirecta, pero eso que Genaro se preguntaba, ¿cómo se conocieron?, se explicará. Diana era una de mis favoritas.

SÉ MI AMIGO, JEN… 2

mayo 2, 2016

SÉ MI AMIGO, JEN

Titulo: Do not leave Me

Autor: River_sun

JENSEN ACKLES BEAUTIFUL

   -¿Me quieres a mí?

   Jared, después de escuchar aquello, alza la vista de su escritorio, asombrado por el tono y las palabras, reparando en un hombre de barba y cabello castaño oscuro que da media vuelta y se aleja a paso vivo, hombros rígidos. Furioso. Mierda, Jensen… algo.

   Todavía parpadeando, se pone de pie y sale de su oficina, no escuchando a Alexis, quien burlona le dice que su visitante entendió y seguramente le llamará luego, antes de poner cara de que va a reclamarle.

   -Ahora no, Alex. –la corta y va tras Jensen, dejándola con la boca abierta.

   -¿Vas a ir tras alguien? ¿Tú? –no la oye.

……

   ¿En qué diablos estaba pensando cuando le pidió ayuda? Jared Padalecki no era su amigo, ni siquiera un conocido regular. Era un sujeto a quien conoció por tres o cuatro semanas en un ancho y amplio campus universitario; el otro no le debía nada, y sin embargo… Mierda, estaba ahogándose, por eso le llamó y acudió. A una cita concedida, no fue que se apareció de la nada; aunque le había sorprendido; pensó que Jared le descartaría telefónicamente, preguntándole qué quería y ayudándole, o mandándole al carajo, no que le recibiera. Menos ese mismo día. Por ello no se preparó bien, no le dio tiempo, se dice rascándose levemente bajo la barbilla. Bien, para lo que sirvió de todas maneras. Mientras se aleja por el pasillo rumbo a los ascensores, recuerda lo que le costó convencer a la gente de Vigilancia, de no haberlo autorizado la persona a la que llamaron, la tal Alexis Bledel, ni siquiera le habrían dejado traspasar la entrada. Y todo para nada, se dice con amargura, resentimiento… y depresión. Entiende que sí, que se había ilusionado con la posibilidad de ayuda. Después de todo le había citado, ¿no? No estaba imaginando vainas, fue Padalecki quien faltó. Quien no le escuchó siquiera.

   Una gran oportunidad que se le escapaba. Una de las pocas que habría sido de efectividad. Frente a los ascensores, traga y parpadea. Joder, los ojos le arden, le cuesta controlarse. No puede quedarse esperando, no cuando otras personas, hombres y mujeres que aparentemente si pertenecían a ese lugar, le miraban de reojo. Por sus fachas, por el esfuerzo que hacía para controlarse. Sin darse por enterado va hacia la puerta de las escaleras y baja a grandes pasos, tres o cuatros escalones, deteniéndose. Mira hacia arriba, hacia abajo, ¿qué podía hacer ahora? ¿Cómo salir de la ratonera? Agarrándose del pasamanos cae sentado. Tenía que pensar. Ensimismado no oye la puerta que se abre más arriba.

……

   Jared, siguiéndole por el pasillo, reparando en las miradas nerviosa de sus empleados, y el que unos cuantos se escabullían, le vio frente a los ascensores, luego tomar las escaleras. Le sorprendió la postura, hombros anchos bajo el saco feo, cabello rubio oscuro, en punta, abundante, demasiado. Las piernas algo arqueadas bajo un jeans negro. Y las botas viejas. Vaya facha, pensó. Le siguió a las escaleras, apresurando el paso, pensando que seguramente tendría que correr tramos de escalones para alcanzarle, pero al encontrarle sentado con aire de derrota, se congeló. Parecía no haberle notado. Repara en su frente ancha, sus cejas marrones claras, las largas pestañas… la barba rojiza. La nariz algo desviada, cubierta de pecas, muchas.

   En cuanto aparece, su sombra le llega y sobresalta.

   Jensen, sin ponerse de pie, alza la mirada y le estudia, el abundante cabello castaño, algo largo pero bien peinado, el buen traje que resaltaba su figura alta, especialmente los hombros. Los ojos multicolores, los lunares que sabía hacían delirar a las chicas en la universidad.

   -Hey…

   -¿Tú aquí?, pensé que estabas tan ocupado que te era imposible levantar la vista de tu precioso escritorio, ya no digamos el culo del sillón. –croa Jensen, resentido. Sorprendiéndole.

   -Wow, ¿vienes a pedirme un favor y te presentas con esas fachas de vagabundo y me hablas así? No se te ocurra negociar liberación de rehenes. –replica Jared, ojos entrecerrados, pero ligeramente divertido cuando le ve llevar una mano a su mentón.

   -No esperaba que me recibieras hoy, ¿pero qué digo?, no lo hiciste. –le recuerda, enfático.- No has cambiado mucho, Padalecki.

   -Oh, vamos, deja la sensibilidad. Tú… -y calla, aparentemente no recordaba nada del otro de sus días en la universidad; sin embargo, le divierte que Jensen sonría leve.

   -No me recuerdas ni un poco, ¿verdad? ¿Cómo es posible?, soy adorable… y sexy.

   -Odio a la gente que comienza con las oraciones “¿no me recuerdas? ¿De verdad? ¿Pero cómo si yo sí me acuerdo de ti?” –finge una voz exasperante.- Y no eres tan adorable, no creas todo lo que diga tu madre. –le desconcierta cuando le ve sonreír aún más, y a pesar de la barba y la expresión afligida, el rostro cambiaba bastante. Mejor, había reparado en su aire abatido y casi lloros; y no le había gustado nada.

   -No la conoces, es una mujer sabia. –sigue mirándole a los ojos, travieso.- Pero, sólo para aclarar, cuando dices que no soy tan adorable, ¿es porque piensas que si lo soy un poco?

   -¿Sabes?, creo que voy recordando lo idiota que eras. –divertido por primera vez en el día, Jared baja un escalón y cae sentado también, por encima de Jensen. Ni él mismo sabe qué hace. Carraspea, sin apartar la mirada de los verdes ojos.- Lamento lo de hace poco, ha sido este un muy mal día. Uno de mierda. Ni te lo imaginas. –el otro desvía la mirada, a la baranda frente a él, y no le gusta. Eran sus ojos de un llamativo color verde gratos a la vista.

   -Te entiendo. He tenido un mal año. Y lo que va de este no ha sido mejor. –informa algo avergonzado, como se siente generalmente el norteamericano promedio que debe confesar que no ha cumplido con sus propias expectativas.

   -¿Problemas en la bolsa? El mercado ha sido una locura. –Jared comenta, deseando saber qué oculta el otro.- Creo recordar, si, que pensabas abrir una firma de auditorías, ¿no? -le ve tensarse y bajar la mirada a sus manos.

   -No seguí con eso, la matricula… Luego hice cursos de cocina y…

   -¿Dejaste las finanzas para ser cocinero? –Jared lanza, con ese tonito, un “no puedo creerte”.

   -Chef, ¿okay? Soy un chef jodidamente bueno.

   -Y sin embargo aquí estás, deseando pedirme un favor con todo el aire de “por favor, una monedita, patrón; por los viejos tiempos”. –Jensen le mira con la boca ligeramente abierta y el  ceño fruncido.

   -No me fue bien. Conseguí un local, invertí lo que tenía y lo que no, pero… Todo se fue a la mierda.

   -No me digas, ¿cocinabas tú mismo? –pregunta con el mismo tono de quien piensa seguro ese fue el problema. Fue algo natural y automático en él, un tanto cruel, pero le divierte ver que Jensen, después de parpadear, sonríe torcido.

   -Eres un terroncito de azúcar, ¿eh? –eso hace reír al castaño, de verdad, mostrando sus hoyuelos, los ojos brillándole.- Fue un problema… puntual, un mal instante, una mala hora y terminé en el Purgatorio, sin posibilidades de salir. Gasté mucho, acondicioné un lugar fantástico, la propaganda se hizo, la gente asistió a la inauguración, vino no sé quien de la prensa local y… luego llegaron las cucarachas. Cientos y cientos de ellas.

   -¿Qué? –Jared se inclina hacia adelante, conteniendo una sonrisa por el tono de Jensen, aunque advierte que una sonrisa baila en sus labios llenos, rojizos y carnosos.

   -Al parecer el Departamento de Salubridad había fumigado unas alcantarillas cercanas, se soltó bastante veneno y las cucarachas escaparon por donde pudieron e invadieron las casas de la zona. También las ratas, pero estas, afortunadamente se metieron todas en la casa de un tipo, creo que un tal Willard. –la referencia hace reír leve a Jared.- Claro, como las casas son privadas, las cucarachas causaron un pánico privado; mi local estaba lleno de gente que las vio salir de todas partes. –su voz se hace más pausada y su ceño se frunce más cuando nota que Jared hace verdaderos esfuerzos por no reír.- ¿Sabes qué me pareció lo peor, simbólicamente hablando?, que las dichosas cucarachas comenzaron a morir inmediatamente. Salían de la cocina y morían. –el castaño no aguanta y ríe der manera escandalosa.

   -Oh, Dios, lo siento, yo… -intenta controlarse, o excusarse, pero sigue riendo y riendo. Jensen le mira y tan sólo sonríe con una mueca.- Imagino a la gente viendo las cucarachas caer y… -no puede hablar, las carcajadas lo dominan, todo su cuerpo se estremece.

   -Eres tan considerado. –Jensen gruñe, haciéndole reír más. El mismo sonríe, no puede evitarlo viéndole así.

   -¿No intentaste salvar algo? ¿No promocionaste tus sopas como la solución contra las cucarachas? –le pregunta, riendo, y Jensen se ahoga y comienza a reír también.

   El rubio se deja llevar, fue un momento realmente horrible, la noche que perdió todo y que aún discute con el ayuntamiento, pero ahora podía reírse de eso. Los dos son escandalosos, y Jared siente que algo desagradable sale de su cuerpo, se siente ligero. Y le gusta ver a Jensen así, carcajeándose al echar la cabeza contra la pared, como él, libre por un momento de su aire de pesar, riendo con la cara tan roja que esas doradas pecas parecen desaparecer. Poco a poco se controlan, después de todo no había sido algo divertido.

   -Lo siento. –repite Jared.- Por tu negocio y por reír.

   -Creo que las dos cosas se resumen con la misma frase: qué momento. –el rubio recobra su aire incómodo, pero levanta la vista, los ojos algo húmedos por las carcajadas.- Un momento que me costó todo. –repite y Jared le mira nuevamente alerta. Ahora vendría la petición, ¿querría Jensen dinero? ¿Un préstamo?

   -¿Cuál era el favor? –la pregunta, directa, termina con el aire festivo. Le parece que las mejillas del rubio enrojecen otra vez, pero esta vez de vergüenza.

   -Por la prensa sé de tus andanzas, no sólo con modelos, artistas, cantantes y ricas herederas… -enumera suave, con una sonrisa torcida.- Muchas chicas, imagino que les atrae tu fortuna.

   -¡Gracias!

   -También sé de tus negocios. De tus hoteles. –toma aire y le mira directamente a los ojos, la súplica no expresada directamente con palabras brilla en ellos.- Necesito un empleo, Jared; algo estable, con entradas quincenales, que me permita… reevaluarlo todo. Recomenzar con una base. –por un segundo el castaño queda atrapado en una incertidumbre que es rara a su naturaleza directa.

   -¿Cómo cocinero?

   -Como chef. –le corrige rodando los ojos.- Tus hoteles…

   -No lo sé, Jensen; deseo darles renombre a mis hoteles, es cierto, ¿pero cucarachas? No creo.

   -¡Hey! –bufa el rubio, ojos centelleantes, todavía esperanzado. Jared ríe suavemente.

   -Lo siento, pecoso, pero ya este hotel cuenta con un chef francés, Gérard Depardieu, una autentica perra para ser hombre. Genio y figura. Es un tipo detestable, cada día pienso en despedirlo, golpearlo o hacer que lo deporten, pero es un autentico genio. El hotel es de la familia, pero me mataría con uno de sus costosos y peligrosísimos cuchillos si contrato gente saltándome su autoridad. –le ve congelarse, los ojos llenársele de incertidumbre. Y una certeza le llega, Jensen no le estaba contando todo. Y eso le intriga. Mucho. El mundo llevaba tiempo siéndole monótono y aburrido; aún los retos y problemas sólo lograban irritarle, no estimularle.

   -Pero tienes otros hoteles en la ciudad y…

   -Él maneja las cocinas. Fue una de sus condiciones para cruzar el Atlántico, tener manos libres. –mentía descaradamente. Si, Depardieu era un divo, o una perra, pero sólo controlaba la cocina de ese hotel. Claro, Jensen no lo sabía.

   ¡Maldita sea!, piensa con desaliento el rubio. Esperaba conseguir algo, lo que fuera… que le permitiera ver a Jared de vez en cuando. Sabía que estaba planeando su boda, si preparaba su banquete, y la gente se enteraba, sería la llave que le abriría muchas puertas permitiéndole regresar al negocio a lo grande. Todos le buscarían, especialmente si la familia Padalecki quedaba contenta. Pero ahora…

   -Okay, no hay problema.

   -Créeme, de poder…

   -No, Jared, está bien. Has sido muy amable al recibirme… -sonríe con esfuerzo, torciendo la boca.- Al final y en las escaleras. Pero eso no se lo contaré a la gente que te cree el príncipe de Manhattan. –la broma es amigable, se levanta la manga de la chaqueta y mira la hora en un feo reloj plástico, anaranjado, que hace estremecer a Jared por el mal gusto.- Se me acaba la hora del almuerzo, debo regresar al trabajo. Gracias por todo.

   -¿Tienes un empleo? –le mira ceñudo.

   -Sí, pero créeme, no te gustaría saber dónde. Ni el menú. –se pone de pie, y aún sentado, Jared le recorre con la vista, se veía demasiado delgado para ser un cocinero.

   -Oye, si en verdad necesitas un empleo puedo ofrecerte uno de confianza, como mi asistente. –ofrece casi irreflexivamente.- Acabo de salir del que tenía, un inútil incapaz de tocarse el culo ni siquiera usado las dos manos frente a un espejo, así que no tengo altas expectativas sobre tus habilidades o desempeño. El sueldo es bueno, te alcanzaría como para un corte de cabello, una rasuradora desechable y botar ese feo reloj de plástico.

   -Hey, deja fuera de esto mi reloj. Fue un regalo de mi Leslie. –defiende automáticamente, llevándose la mano a la muñeca, cubriéndolo.- Y puedo comprar una afeitadora desechable; te repito que no me preparé bien porque me sorprendiste con una cita tan pronto. Te llamé desde el otro trabajo, de allá vengo.

   -¿Leslie? –se intriga en ese punto, le ve sonreír con afecto.

   -La mujer más bella, tierna y dulce del mundo. Y me adora.

   -Qué mal gusto. –pica un poco.

   -¿Verdad? –Jensen ríe, luego se ve pensativo, subiendo los escalones y encarando a Jared, quien también se pone de pie.- ¿Tu asistente?, no lo sé, mis recuerdos de oficina están algo oxidados.

   -Estarás bien. Sólo deberás traerme café, recoger mi correo, llevar mis trajes a la tintorería, enviar rosas y firmar con mi nombre las tarjetas a mis novias. No pareces tan tonto, creo que podrás.

   -Dios, tanta fe en mí me conmueve. –rueda los ojos, dudando.- Jared, no sé…

   -Joder, Jensen, será un gran sueldo. Este ex asistente del que te hablo intentó darme una mamada cuando le contraté y le hablé de la cifra. Y estábamos en un pasillo.

   -Demasiada información, Padalecki. –sonríe, luego frunce el ceño, están uno frente al otro.- No esperas que te de mamadas, ¿verdad? Intento dejarme de eso. Ya casi ni beso culos.

   -Tranquilo, no es un requisito necesario. Ni se obliga a nadie. –va hacia la puerta, abriendo e indicándole que pase.- Te sorprendería saber cuánta gente me ofrece mamadas. –y, rojo de cara, Jensen pasa a su lado. Verle más animado, casi contento, le produce un grato sentimiento de satisfacción al castaño.

   -¿Comienzan dándote chupetones en el cuello? -le pregunta con malicia, se miran de manera burlona, algo cercanos.

   -¿Qué puedo decir?, parece que estoy sabrosito. –hay risitas algo nerviosas. Recobrándose un tanto, su rostro es grave ahora.- Por cierto, Jensen… ¿quién te dio mi número telefónico? –le maravilla verle enrojecer, las pecas desaparecer.

   -Jared…

   -¿No me dirás? –no está contento. Los ojos verdes del otro relumbran.

   -¿Será un problema? –se hace un silencio.

   -No, vamos… -y echa a andar por el pasillo, Jensen duda un segundo y le sigue.

……

   -¿Se largó Jared? –pregunta Chad, apareciendo frente Alexis.- Dios, estaba más cabreado que de costumbre desde que salió de Texas.

   -Sigue aquí. Alguien vino a verle, nuestro querido líder le soltó algunas perlitas de mal gusto, el visitante le replicó feo y Jared salió tras él. –informa con cierto cariz de extrañeza.

   -Jared nunca va tras nadie. Ni siquiera por mí. –replica ceñudo.

   -Nunca le he probado, pero dudo que fuera tras mí, para explicarse o disculparse por algo.  Es lo que creo que iba a hacer con este hombre. ¡Fue tan extraño!

   -¿Y quién era ese sujeto?

   -Un visitante que esperaba, aunque me pareció que no le recordaba, sin embargo… -calla viéndoles acercarse por el pasillo, caminando con calma, conversando, Jared mas relajado.- Parece que le alcanzó. –acota Alexis.

   -¿Es el tipo de la barba? Me parece conocido.

   -¿De qué?

   -De la universidad. Estuvo unas semanas allí y coincidimos juntos algunas veces. ¿Qué hará aquí?

   El rubio arruga la frente, porque vagamente recuerda cosas de esos días de fiesta, borracheras y mucho sexo con chicas a quienes nunca más vio. Estuvo esa noche, cuando apostaban a las cartas, bebiendo mucho y fumando con algo de marihuana, cuando comentaban disparates y se hacían preguntas extrañas. Le parece que fue Mike Rosenbaum quien preguntó si debieran dejarse tocar con un chico a quién elegirían. Hubo pitas, risas, burlas, pero cada quien dijo algo. Pero ahora cree recuerda que Jared, sonriendo con una mueca, respondió que dejaría que ese tipo… No, no recuerda su nombre, pero lo que dijo era que con esa boca se dejaría dar una mamada por él.

CONTINÚA…

Julio César.

LA GENTE MAYOR SIEMPRE CUMPLE

mayo 2, 2016

FUTBOL Y CADENAS, SUPREMA ARRECHERA

CIUDADANIA Y DEBER

   El ejemplo de los padres y los abuelos…

   ¿No se ve linda? Tengo entendió que la imagen es de la señora madre de la periodista Berenice Gómez, la querida Bicha, firmando por el revocatorio contra Nicolás Maduro Moros. Es notable como la gente mayor cumple con lo que considera su deber cívico. Hasta hace poco votaban regularmente el ex presidente Ramón J. Velázquez, con su cara de gato feliz; así como el doctor Jacinto Convit, siempre con ese aire grave de sabio. Mi propio padre, aún bajo los efectos de la angioplastia para reparar aquel problema cardiaco que le llevó a un infarto, se sentó en su cama cuando le llevaron el cuaderno para que firmara para el referéndum presidencial del 2004. Si, estos venezolanos siempre cumplen, aunque debe ser difícil para ellos entender lo brutal del cambio en nuestro modo de vida: el país deteniéndose cinco días, los muchachos sin clases, que medio kilo de caraotas valga millón y medio de bolívares, o un pan doscientos veinte mil bolívares. O que hayamos permitido que esto ocurriera.

Julio César.

NOTA: Ah, esas firmas; enloquecieron al Gobierno como el rechazo del país el 6 de diciembre, y como esa vez, metieron la pata hasta el fondo.

MODELO

mayo 2, 2016

PILLO

TANGA O PANTALETA

   -Vamos, sé que te gusta, acércate, tócala… y cómprala para tu novia.

Julio César.

INAPETENCIA

mayo 2, 2016

EL INFIERNO DEL INDECISO

LA LENGUA ENTERRADA

   A veces pasa…

   Victoria ha notado que cuando su esposo sale a hacer trabajos de mudanzas con su sobrino, siempre llega sin hambre, todo sonreído y cansado, durmiéndose en seguida como un bebito inocente y feliz. Con otros no ocurre lo mismo, aparentemente el chico sabía a dónde llevarle para que devorara algo que le gustaba mucho. Una noche, sonriente, al preguntarle, le respondió: “si, comí algo delicioso, joven y tiernito. Nunca lo había probado antes pero ya se me antoja otra vez”.

Julio César.

NOTA: Aparentemente Victoria está algo caída de la mata, no como la joven de cierto video, que tiene dos maridos y los obliga a compartirla y “jugar” entre ellos. Una vez escribía algo como esto. Si quieren ver a la chica tremenda, vayan a: UNA CHICA Y SUS DOS NOVIOS

UNA GUIA… CONDICIONADA DE MALA FE

mayo 2, 2016

…NIÑOS, UN POCO MAS

GUIA PREJUICIOSA SOBRE MUCHOS PROBLEMAS

   Las mejores cosas se hacen por los peores motivos.

   Hay dos puntos que quiero aclarar de entrada, me gusta el mensaje escrito, odio el visual. Es el viejo menosprecio del sur norteamericano contra otros; lamentablemente esos estados han estado mucho tiempo en manos de los republicanos que responden a la supremacía blanca.

   Soy un ferviente convencido de que a los niños se les debe tratar como niños, no como personitas pequeñas que pueden dirigir la sociedad, o la familia misma. Un niño preferirá mil veces jugar a estudiar, deseará siempre que le compren pollo frito a comer vegetales, ir a vacacionar al campo o la playa, a ahorrar el dinero para útiles escolares, porque como niño sólo entiende de aquellas cosas que satisfacen sus necesidades inmediatas. Los chicos no entienden de crisis, de planes, les parecerán exigencias injustas para con ellos que desean tantas cosas. Un niño no es un adulto, no sabe cuánto cuesta ganar el dinero, en tiempo y esfuerzo que hay que invertir para obtenerlo, los problemas que pueden llegar cuando este no existe en lo referente a pagos de deudas, mensualidades o al tratar con enfermedades. Con los niños, y la nueva visión de “sentarse” a discutir con ellos qué se comerá y en qué se gastará el dinero decembrino, se comete el mismo grave error, aunque en sentido contrario, que en los tiempos oscuros de los años mil ochocientos y principios de los novecientos, cuando en todas partes del mundo se consideraba que los niños eran personitas y por lo tanto debían responder por las deudas de sus padres e ir a trabajar a minas, telares, fábricas y granjas, sin ningún otro derecho, para cancelar lo debido. Eran condiciones sencillamente horribles; tal vez por ello nos fuimos al otro extremo cometiendo el mismo disparate.

   Si se les deja por su cuenta, ocho de diez niños harán lo que les produzca placer, desde jugar con fuego e incendiar la casa, a manipular un arma de fuego y dispararle a alguien (como juego). Es deber de los padres, mientras se les ama, protege y dota de todo aquello que pueda necesitar, el guiarles en el proceso de aprendizaje. Hace tiempo mi hermano regañó a una sobrina nuestra, de cuatro años de edad, porque rompió algo, y cuando le dijo que tuviera cuidado, ella le respondió, de fea forma, que su papá lo pagaría. Mi hermano se lo contó a mi hermana y esta se encargó del asunto, para que no volviera a replicarle así a un adulto. Luego, hablando con él, discutí, porque yo sostenía que la beba le respondió de esa manera simplemente porque era muy niña, él alegaba que no lo parecía cuando dijo aquello. Pero es cierto, lo hizo porque era muy niña, mi sobrina de doce años jamás le habría respondido a uno de nosotros así, porque sabe que después del regaño que le diéramos todavía le tocaría enfrentar el de sus padres. La nena no tiene aún ese cálculo, todavía le falta aprenderlo. Y lo aprenderá de nosotros.

   Le tocará entender la diferencia entre lo bueno y lo malo, lo lícito de lo ilícito. La travesura del vandalismo, o de lo propiamente delictual, es una línea que los niños no nacen conociéndola (la gente llega a este mundo inocente porque no ha tenido tiempo de hacer algo, no es que nace buena), debe ser aleccionada. Ocurre que así como son las mujeres quienes crían y forman a los machistas que luego les hacen las vidas de cuadrito, cuando no las agreden o asesinan, muchos padres levantan delincuentillos; aunque es injusto, muchas veces, juzgar a esos muchachos. No tenían oportunidad de resultar en otra cosa al no contar con modelos apropiados (lo ajeno se respeta, la gente merece respeto, la junta pierde cuando no conviene), aunque finalmente cada quien sea responsable, individualmente, de lo que hace con su vida.

   El letrero de arriba, o imagen, en sí, no tiene desperdicio, lo comparto casi totalmente (casi), aunque todavía se queda corto. Es cierto que esos puntos en especial pueden potenciar una actitud delictiva más adelante, o cuando menos vandálica, pero hay otros señalamientos que sirven para “limitar” faltas. A los muchachos se les debe revisar la tarea que les imponen en la escuela, comprobando cada padre y madre si realmente sus muchachos saben leer, escribir o contar; hay quienes llegan a la secundaria fallando en eso, cosa inaceptable, porque será un adulto con posibilidades limitadas. En un colegio un maestro debe estar pendiente de treinta o cuarenta muchachos, y si varios fallan pero nada se puede hace porque sus padres no responden a las convocatorias y cuando van es a insultar desentendiéndose de la responsabilidad que tienen para con sus muchachos, ese maestro preferirá dedicarse un poco más a aquellos que si aprenden, primero para que no ser atrasen, y segundo para sentir que su vida tuvo propósito. Así, los chicos que no cuentan con los padres, perderán también al maestro.

   En las casas, son los padres quienes deben comprobar y vigilar que sus muchachos si lean o escriban. ¿Qué no es su trabajo y a los maestros les pagan para eso? Ese es el consuelo del idiota, lamentablemente el costo del fracaso no lo pagarán únicamente ellos, también los niños. Lo otro es que los padres no deben hacerles las tareas a los muchachos, eso los hace co dependientes. Que lean, que busquen en libros (el internet limita la imaginación, el lenguaje y muchas veces las visiones del hecho), que hagan sus redacciones, sus dibujos y presentaciones, que se les corrija en lo macro pero con ellos haciendo el trabajo o jamás aprenderán a encarar esos retos, no racionalizarán nada. Ni los desafíos que lleguen luego. No aprenderán a relacionar hechos o situaciones, conformándose con pensar que lo que creen es un hecho en sí, o una razón así no esté basada en nada real, y la niñez se les eternizará, con su subproducto detestable, el infantilismo, la inmadurez y la incapacidad para responsabilizarse de algo.

   ¿El mensaje visual?, tengo que aclarar que soy enemigo encarnizado de todo estereotipo discriminatorio, de la deshumanización de otros para justificar este y aquel proceder, aunque se crea que no se hace. Y la imagen peca de eso, ofende y menosprecia a todo un grupo humano. ¿Se hizo a propósito? Tal vez. ¿Es una creencia real?, peligroso. El cartel que intenta sembrar conciencia viene “firmado” por el Departamento de Policía de Houston, Texas, obviamente en Estados Unidos; como señalamiento de lo mal que pueden terminar las cosas si no se toman esas medidas, acabar con un delincuente juvenil en las manos, colocan a un niño claramente latino. Habría sido malo si fuera negro o piel roja, pero específicamente buscaron a un latino, etnia que combaten con ferocidad a lo largo de los estados fronterizos. Claro, sólo los latinos somos un problema social, ¿verdad?

    Como sea, las indicaciones sirven, el mensaje visual es ofensivo, pero la respuesta debe ser demostrar que es un estereotipo totalmente falso o errado; con hechos, no sólo haciendo comentarios en las redes, con muchos insultos. Eso no le sirve a nadie. El reto es siempre el mismo para Latinoamérica: educación, trabajo y constancia en el esfuerzo. Lo demás es perder el tiempo.

Julio César.

FETICHES QUE ATACAN

mayo 2, 2016

RECHUPETE

NO HAY MEJOR LUGAR PARA MAMAR

   Dar aquellas mamadas era bueno, sentir ese tolete pulsante sobre su lengua le daba sentido a su vida; pero lo que le encendía de tal manera que lo hacía el preferido del equipo era hacerlo después de las prácticas, con el chico elegido sudado, su olor almizclado elevado, sonriendo excitado después de las pruebas físicas, agradeciéndole sus atenciones orales. En los vestuarios, llenos de poderosos olores masculinos, de zapatos, medias, calzoncillos y suspensorios usados. Ese aroma le embriagaba mientras pasaba la lengua sobre el joven tolete tembloroso y jugoso. La dicha era escuchar sus gruñidos de gusto mientras se la atrapaba toda, ordeñándosela con la garganta, metiendo la nariz en su uniforma, para luego oírle los “sigue así maricón, sácame la leche”; y mientras retira sus labios rojizos de la pieza dura, sorbiendo sabía que era maravilloso. Claro, no se comparaba a cuando comenzaba a hacerlo frente a su primo, o a la fiesta que se armaba cuando entraba el resto del equipo y riendo comentaban: “¿Otra vez, Juanito? Cómo te gustan los güevos, mijito. Ya que estás mamando, mámame el mío”.

UN CHICO Y SUS DOS AMORES

   Las tremenduras de Toñito. El chico es notable no sólo porque se muere y delira por un enorme chico negro, de inmensa verga, o porque le gusta buscar de a dos, que lo hagan tragar por boca y culo mientras se ríen y burlan del calentorro chico blanco que se les entrega tan ansiosamente. Ni que cuando, juntos, le metían sus instrumentos titánicos en ese casi coño que tenía entre sus nalgas, haciéndole gritar de emoción, todavía deseara que llegara otro para darle una mamada. A veces, cuando los dos amores que escogía en un momento dado, lo cogían así, al unísono, les hacía reír, de lo puta que era, cuando les pedía que llamaran a otro amigo. Y sin embargo no era con esto donde se notaba su oscuro deseo fetichista, ni aún porque hacía todo aquello en la habitación de la pensión universitaria que compartía con otro chico que le miraba, el blanco tolete en la mano, desde la otra cama; lo que le calentaba tanto era saber que ese carajo que le miraba mientras se masturbaba, era el novio y futuro esposo de su hermana.

UNA CHUPETA PARA DOS JOVENES AMIGOS

   ¿Mamar una buena y enorme verga dura?, claro que se sentía bien, pero salir con el mejor amigo, dejando a las novias con sonrisitas y besitos hasta el otro día, para encontrarse a un chico desconocido en el centro comercial y ofrecerle, conjuntamente, darle una rica mamada, era todavía mejor. Ese tipo podía estar gozando de dos guapetones y ávidos atletas que no dejan de tocar, lamer, besar, morder y chupar, dos lenguas atacándole a un tiempo, viéndoles, oyéndoles y sintiéndoles competir por ver quién tragaba más líquidos y güevo. Pero era poco a lo que gozaban esos dos atractivos chicos, amigos del alma, cuando salían juntos de caza. Compartir el tolete duro, caliente y palpitante de un tío era excitante, y aún más si lo hacían en la sala de la casa familiar de uno de ellos. ¿La recompensa de quien lo hiciera mejor?, ser cogido en presencia del afligido y envidioso amigo, quien se conformaría con dejarse meter unos dedos en su ávido agujero.

Julio César

CORTITOS

mayo 1, 2016

EL HOMBRE PARA EL MOMENTO

TATUADO Y SEXY

   Su compañero de cuarto gime, jadea y se soba mientras duerme, y a los dos los calzoncillos se les encogen.

SEXY MAN

   Aunque sale de la piscina, mojado, evidentemente sigue caliente.

Julio César.

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 54

mayo 1, 2016

… SERVIR                         … 53

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

KISS HOT GAY

   -Déjame quererte…

……

   -No entiendo qué hacemos todavía aquí, jefe. –comenta Sergio Altuve, presidiendo el grupo de tres que entran en la vieja casona con toda la apariencia de llevar tiempo deshabitada a pesar del mobiliario.- Debemos salir del estado.

   -A estas alturas todo debe estar cerrado. –comenta Read, recorriendo el lugar con la mirada. Era tal como le dijeron que sería. Todo cubierto con sábanas polvorientas. Excepto una mesa para cuatro, de madera, con una cava sobre ella y una caja tipo estuche a su lado. Sonríe al ver a sus cómplices ir hacia ella.

   -¿Qué tenemos aquí? –pregunta Eugene, el tipo calvo.

   -Vituallas. –informa de pasada Read, quitándose el saco que le cubre. Una vez asesinado el vigilante gordo, el trío partió de ahí a la carrera, dejando la muy vieja camioneta modificada, que le aseguraron no podría ser rastreada, en un callejón donde encontraron el nuevo vehículo, también viejo, pero discreto y anónimo. Era parte de sus arreglos, como las ropas de civil en el asiento posterior. También esa casa. Y la mesa.

   -No entiendo cómo pudo arreglar todo esto estando encerrado. –Sergio abre la cava y ríe, hay cervezas frías, saca tres.

   -Tengo amigos fieles. Y socios. –ataja una cuando se la lanza, destapándola y bebiéndola. Ah, se sentía tan bien.

   -¿Y esto? –pregunta el otro, también cerveza en manos, abriendo el estuche. Dentro hay dos habanos… y una enorme hipodérmica llena de algo claro.- ¿Qué es?

   -¿No reconoces un buen habano? –responde burlón Read, bebiendo, acercándose a la mesa, los ojos fijos en los socios que uno al lado del otro miran la jeringa.

   -No, en serio, jefe, ¿qué es? –insiste Eugene, sospechándolo entre divertido y extrañado, elevando la mirada.

   Justo a tiempo de ver a Read medio inclinarse, meter una mano bajo la mesa, tantear, halar algo y sacar una automática, negra y reluciente, con un largo silenciador, que amartilla. Todo con elegancia y rapidez, cuan coreografía cuidadosamente ensayada.

   Y dispara.

   Eugene grita sofocadamente cuando su ojo derecho desaparece convertido en un amasijo de huesos, sangre y líquidos oculares derramados. Sergio, tomado totalmente por sorpresa, sólo puede ver a su socio de mil verraquearías caer al piso, estremeciéndose con una mueca de dolor, intentando hablar, boqueando, elevando una mano que no llega a su rostro antes de quedarse finalmente muerto. Cuando eleva la mirada, comprendiendo al fin lo ocurrido, encuentra el cañón del arma apuntándole a la cara.

   -Tenemos que hablar, Sergio, y de lo que digas dependerá tu vida.

   -Jefe, por Dios, ¿qué hace? –grazna temblando, completamente aterrorizado. Él no podía engañarse, conocía bien al aterrador monstruo que ahora enfrentaba. Read frunce el ceño.

   -¿En verdad te he sorprendido? Es obvio que nunca en tu vida has prestado mucha atención a lo que ocurre a tu alrededor. Malo, malo. –el hombre, con rapidez, alza la mano y le golpea con la culata y el cargador sobre una sien.

   El hasta hace un segundo socio y compinche de mil maldades grita, el dolor es intenso y los ojos se le llenan de lágrimas, las rodillas les flaquean y cae sobre ellas. Posición donde le quería el otro.

   -Jefe, por favor… -arruga la cara en una mueca suplicante, muerto de miedo.

   -¿Le contaste a alguien de nuestro amigo el director de prisiones? ¿A Eugene, por ejemplo? –y con un gesto señala al muerto.

   -¡No, claro que no! –gimotea.- Nunca diría nada que le pusiera en peligro, jefe. No sobre él, o de los vigilantes que le ayudaban en la cárcel, o del hombre que nos dio la camioneta. –lloriquea sin importarle que las lágrimas bañen su cara. Sabe que comete un desliz cuando el rostro del otro se endurece.

   -¿Viste a ese hombre? ¿El de la camioneta?

   -No, jefe, fue… de refilón, cuando se iba dejando las llaves. –algo suena falso.- Le soy leal, jefe, siempre lo he sido; le he servido en todo. He hecho todo lo que me ha pedido. –la sonrisa de Read, por alguna razón, no le sirve de consuelo.

   -Si, has cometido actos horribles sin dudar ni un segundo, Sergio. Siempre con una sonrisa, siempre muy dispuesto a causar dolor. Eso me agrada de ti.

   -Todo lo hice por usted –aclara, alarmado.

   -Y te lo agradezco. –no deja de apuntarle mientras se acerca a la mesa y toma la caja tipo estuche.- Pero creo que es hora de acabar con esta sociedad. Nada personal, pero deseo recomenzar, otra vez; estar en paz con Dios y con los hombres, ser buena persona. Tal vez convertirme en un misionero en África… -sonríe elevando la jeringa.- Y no me gustaría que el día de mañana, cuando fueran a nombrarme Papa, reaparecieras mordiéndome el culo. Eso siempre es incómodo.

   Sergio sabe que el final está cerca, no se engaña con Read. Lloró y suplicó lo suficiente para verse patético, débil, pero ahora, mientras el otro revisaba la jeringa, salta con agilidad, apretando los dientes, aprovechándose del estar de rodillas para proyectarse hacia adelante y derribarle. Era su única posibilidad. El balazo en pleno estómago lo recibe cuando ya casi estaba de pie, saliendo disparado hacia atrás, cayendo de espaldas. Tiene que gritar de dolor, es algo lacerante y caliente; siente como le baña algo, ardiente, abundándote. Sangre. Cubriéndose la parte herida con las manos sobre la camisa, nota como esta mana imparable.

   -No, no… -todavía gruñe, alzando las manos tintas en sangre; el esfuerzo provocándole una bocanada roja que escapa con una tos, cuando Read aparece sobre él, apuntándole dispuesto a rematarle de una vez.

   -¿En serio? Bien, cumpliré tu deseo, no quiero que le digas al Diablo que no tuve un detalle al final. Pero ese balazo es mortal. Te desangrarás en unos minutos. Dolorosamente. –se tiende y le quita el celular, apartándole antes las manos cuando intenta agarrarle. Le observa fijamente cuando una mueca de dolor distorsiona su rostro.- Sin resentimientos, ¿okay? Sabes que siempre me gustó jugar sobre seguro. Eso me ha traído a donde estoy. –informa abriendo los brazos, como si discutiera una virtud.

   Y se retira. Tosiendo, sangrando, sintiéndose cada vez más débil, Sergio intenta llamarle. Por alguna razón parece creer que Read reconsiderará su postura y le ayudará. Oye algo arrastrándose y le da miedo. Debe taponar el sangrado, debe ponerse de pie y… Intenta medio ladear un lado del cuerpo y el dolor le atraviesa salvajemente. De su boca salen burbujas sanguinolentas. Se agita cuando una pesada silla cae a su lado, respaldo hacia él, y Read se sienta a hojarascas, descansando los brazos en el mueble, con uno de los habanos entre los labios, mirándole. ¡Pensaba quedarse a verle agonizar y morir! Costándole respirar, traga tanta sangre como la que escupe; final e indignamente, llora, él, quien tanto daño ha hecho. La sonrisa de Read le hace pensar, en efecto, en el Diablo esperando a uno de sus clientes. Solloza cada vez más quedo.

……

   La prisión se vio invadida de reporteros y autoridades, Monroe y el jefe Slater las pasaron duras; casi tanto como la policía, aunque esta tenía el aval de haber considerado a Robert Read, desde siempre, un monstruo. Jeffrey Spencer, y el bufete de su suegro sí que recibieron artillería pesada. Como grupo, el anciano dio una rueda de prensa intentando proteger a su gente, notándose el disgusto con aquel yerno al que ya no consideraba un genio que les daría prestigio y provocaría que llovieran casos. Cuando alguien preguntó si no habría algún interés oculto en salvar a Read, inicialmente, el anciano perdió los estribos preguntándole a la periodista si es que estaba loca. No salió bien librado en cuanto a imagen.

   Jeffrey Spencer debió soportar gritos e insultos de las personas que se reunieron para escuchar sus explicaciones. Dijo que era abogado, que su deber era defender los intereses de sus clientes, fueran quienes fueran, que todos merecían ser representados ante la ley, que vio una discrepancia y quiso investigarla porque planteaba una duda razonable en su momento, tanto que el mismo sistema judicial se prestó a investigar. Nadie, y especialmente él, podía imaginar lo que ese hombre haría. Todo eso podía escucharse muy lógico, muy sensato, pero la gente le odió por ello. Era el hombre que había propiciado que un monstruo escapara.

   Afligido se refugió en su casa, en la biblioteca, totalmente abatido. Ya no era el chico de la película en la oficina, el listo de vista al público cuando comenzaron a comentarse los vericuetos en el caso de Read, todos impresionados por su laboriosidad. Ahora era un paria. Suspira cansinamente, sin volverse, sin dejar de beber el trago que se sirvió, aún así sabe que Anna entra, furiosa.

   -¡Mira lo que has hecho! –acusa.- Papá tuvo que ser llevado a la clínica por todo lo que has provocado.

   -¿Una clínica? ¿Fingió un ataque para escapar de la prensa? Siempre ha sido listo. –no la mira.

   -¡Eres un maldito animal!

   -Deja de gritar, por favor. –ceñudo, alterado pero controlado, vuelve el rostro.- Estás molesta conmigo cuando ya es tarde. Les dije que no tomáramos ese caso, pero tu padre sólo quería prestigio; ganar la cierta fama que le daría a la firma si resolvía un caso imposible como ese. Ahora la tiene, ¿de qué se queja? ¿De qué te quejas? –esa última parte la grita.- Me empujaron a hacerlo.

   -No lo entiendes, ¿verdad? –se ve furiosa.- Todos me han dicho, siempre, desde que comencé a salir contigo y luego cuando me casé, que eres el gran error de mi vida. Y no les escuché. Me casé contigo porque una vez me gustó algo en ti. Pero parecía que realmente eras un perdedor. Estaba feliz de que llevaras ese caso porque, por un momento, parecía que realmente había algo digno de admirarse en ti. Ahora… -las palabras le hieren.

   -Nunca fingí ser algo que no era. –se ve dolido. Ella sonríe con una mueca.

   -Es cierto. El error fue mío.

   -Déjame solo, Anna. –suplica bebiendo. Hay un silencio incómodo. La mira, otra vez.

   -¿Deseas que me vaya? –pregunta la mujer, brazos cruzados, retándole. Y un miedo enorme le alcanza, cubre y amarra.

   -No, por favor, no me dejes. Pero, ahora… No puedo, no puedo soportar el peso de lo que hice. –la mira indefenso.- Si ese hombre mata a alguien más… Si asesina a otra persona, será mi culpa. Ya me odia toda esta ciudad, no lo hagas tú también. Por favor.

   -Eres patético. –le lanza y sale, rumbo a la clínica.

   -Lo sé. –susurra Jeffrey a la nada, derrotado, ojos llorosos.

……

   Se podría decir que el vacilante y tembloroso hombre que es esposado a la salida de aquella diminuta celda se ve así de confundido por todo lo que ha cambiado su vida en tan poco tiempo, las cosas que ha hecho (condenándose); pero la verdad es que aquello que le confunde es que no entiende por qué le sacan de la jaula de aislamiento. Con los ojos desenfocados, y algo temerosos, como esperando una traición de último minuto, Daniel Pierce mira al jefe Slater y al vigilante que se encarga del área.

   -¿Qué ocurre? –reúne el valor de preguntar.

   -Vamos, Pierce, a tu celda. –gruñe el jefe, sintiéndose incómodo ante ese hombre de cabello largo, rasgos suavizados de alguna manera, con pectorales y tetillas que se dibujan aún a pesar de la gruesa tela de las bragas naranjas de la prisión.- Estarás solo. –le informa, notando como se relaja.

   Primero le llevan a los baños, solitarios, donde toma una larga ducha, aunque incómoda. Jabonar su torso le hace consiente de las tetas que destacan, de los pezones que responden al roce de sus dedos por mucho que le enferme la idea. Se seca y viste el conjunto que le entregan, incluido un bóxer largo algo áspero. Temblando aunque intenta aparentar entereza, cruza los pasillos que le llevan a su bloque, a su celda. Oye los gritos, las risas, los se te fue el marido. Y la rabia de un grupo, los negros. También rostros latinos se asoman para insultarle y amenazarle. Pasa la tarde temblando en la ahora enorme celda, tenso, no pudiendo relajarse. Mirando la cama de arriba. Intenta leer, dormir, desconectarse, pero no puede. Ahora su situación era infinitamente peor, a solas y a merced de gente que le odia. Sin embargo… Read ya no estaba. Eso era un bálsamo.

   Se acercaba la hora de la cena, tendría que compartir el comedor. Tiembla, moviéndose de un lado a otro, una frustrante sensación de sin propósito le invade. De pie pega la frente de la cama litera superior, cierra los ojos e intenta serenarse. Finalmente alza el rostro, tomando aire. Decidido. Corre la cortina, ocultándose, desvistiéndose. Completamente. Rebusca bajo el colchón, las cosas que los vigilantes debieron encontrar y ver, pero que dejaron. Son esas suaves y diminutas pantaleticas de mujer que Read le obligaba a usar. Toma una, amarilla, transparente, entrando en ellas. Erizándose mientras la sube por sus piernas y muslos. Cuando la tirita estampada cruza entre sus nalgas, acariciando y apretando, se siente bien, más sereno. La tela, por delante, presionando también, es tan clara que dibuja su miembro blanco rojizo en reposo. Entra en la braga, se sienta y toma un cepillo, acicalando su largo, sedoso y dorado cabello, que brilla a la opaca luz, antes de recogerlo dentro de la gorrita roja. Espera…

   Se oye un chasquido en la reja, la cual se abre.

   -¡Al comedor! –grita un vozarrón.

   Y mientras se pone de pie, Daniel Pierce tiene una certeza, algo iba a suceder en ese lugar. Y le ocurriría a él. ¿Acaso terminaría como la puta de toda la población penitenciaria?

……

   Dentro del amplio y basto comedor, Daniel se siente perdido, amedrentado. Mil ojos se clavan en él, casi todos de burla, pero también depredadores. Le conocían, las cosas que hacía para Read ya que este se encargó de que todos se enteraran como parte de sus dosis de humillación y control. Tiembla cuando repara en miradas de intenso odio en rostros oscuros e hispanos, también de lujuria, pero de una que claramente indicaba que gozarían de un orgasmo matándole. Los alimentos en la bandeja producen cierto tintineo cuando comienza a temblar aún más. A pesar de que sospecha que alguien le protege, aunque no sabe por qué, está consciente de lo enorme del salón y de los pocos vigilantes. No le extraña que uno de los dos que estaban dando vueltas por ahí se aleje al grito de “quietos, convictos de mierda”, hacia una esquina apartada. Ni se sorprende cuando un sujeto alto, barbudo y de mirada perversa, saca la pierna, le hace tropezar y ríe, junto a sus acompañantes. No dice nada, no levanta la mirada. El tipo se altera poniéndose de pie.

   -¿Qué, puta, no vas a intentar matarme mí también? –le corta el paso. Daniel traga en seco.

   -No quiero problemas. –responde bajo, pero gime cuando una mano de palma abierta le da en el torso haciéndole retroceder un paso.

   -Pero yo si quiero problemas contigo, ¿qué vas a hacer? –reta con violencia y agresividad, con burla ante el carajo más bajo y evidentemente asustado.- ¿No vas a llamar a tu marido? Ah, es verdad. Se fue y te dejó. ¿Es cierto que lo hizo, abandonarte, porque eras excesivamente puta y te sorprendió agotando a ocho carajos en la Lavandería? –las risitas se repiten.

   -Déjame en paz. –grazna, lo que en tal situación es casi un valiente desafío. Alza la mirada y traga, pero no retrocede. Ni siquiera cuando el otro da un paso al frente.

   -¿O qué, nena? ¿Qué harás? ¿Me arañarás o tienes otro chuzo mata negros? ¿Qué ocultas? –la burla es enorme, la mano sube y hala el gorrito, el lacio y hermoso cabello cayendo, la lujuria brillándole ahora en las pupilas.- Mierda, con razón enloqueciste a Read, putita. Tu carita de niña bonita y tu coño seguramente caliente y mojado debieron…

   -Déjalo en paz. –brama una firme voz a la derecha del sujeto, que se vuelve, sobresaltado como debe ocurrir en una prisión llena de tipos violentos. Daniel alza la mirada, sus mejillas enrojeciendo, encontrando al muy serio, altivo y desafiante Geri Rostov, llenando la braga con su cuerpo joven pero musculoso, las grandes manos en las caderas, quien no le mira sino al otro.

   -Métete en tus asuntos, nazi de mierda. –ruge el tipo, desconcertado por el sujeto que se interpone intempestivamente en su camino.

   -Mis asuntos no son de tu interés, pero esto te lo advierto, apártate de él o… -comienza frío. El otro sonríe.

   -Oh, ¿qué pasa, nazi? ¿Quieres meterte en las pantaleticas de la nena de Read, o te enamoraste de ella?

   Hay risas escandalosas, los guardias saben que algo ocurre y ya se acercan a la carrera, pero no antes de que Geri lance un brutal golpe, con la mano en puño, directo a la nariz del sujeto, a pesar de ser un poco más alto. Este sale disparado hacia atrás, cayendo sobre dos convictos sentados, cuyas bandejas caen. Mientras el tipo sangra copiosamente, semi inconsciente, los otros se ponen de pie y comienza una pelea medio generalizada. Daniel recibe un gancho a la boca que le ablanda las piernas y cae, bañándose de sopa de granos y jugo, teniendo la precaución de arrastrarse un poco, evitando que así cayera sobre él la gente que discutía.

……

   Llevó un rato, y muchos gritos del jefe Slater, zanjar la cuestión en el comedor, y a solas nuevamente en aquel baño, sin sentir del todo los antiguos temores a un ataque (intuye que si, que el jefe le protege un tanto, ¿culpa?), se lava el rostro, mirando la pequeña cortada sobre su labio inferior color rosa. Alguien se mueve a sus espaldas y no le sorprende encontrar, en el espejo, la mirada clara y directa de Geri Rostov, quien tiene el cabello despeinado y una sombra roja en un pómulo. Cosa que, curiosamente, le hace verse más sexy.

   -Lo siento. –dice este, y su voz suena realmente afectada. Daniel baja la mirada, luego se vuelve.

   -No fue tu culpa, más bien me ayudaste. –apoya el culo del lavamanos, rojo de mejillas, realmente sintiéndose agradecido.

   -Hablo de… lo otro. Del chuzo. Si no te lo hubiera dado… -toda la culpa del mundo se percibe en esas palabras cargadas de auto reproche.

   Pero Daniel no quiere escuchar nada. No de lo que pudo ser. Y le silencia… echándose hacia adelante, atrapándole el rostro con las manos y besándole.

CONTINUARÁ…

Julio César.

UN GOBIERNO QUE NO VE LUZ

mayo 1, 2016

EL NUEVO PARLAMENTO

IRA POR APAGONES Y RACIONAMIENTO

   No, y todavía esperan que les rían la gracia…

   Cuando uno escucha una nueva intervención oficial (aquellos que tienen estómago para calarse esas largas perorata teñidas de locuras y desfachatez), o se entera de alguna noticia a pesar del cerco mediático para intentar que la gente nada escuche, vea o comenté, se entiende por qué estos sujetos montan tantos circos, aunque sin pan, como ofrecer días libres mientras siguen con la paja de que hay que producir (serán muchachitos de tanto estar encerrados en las casas las parejas, sin real para viajar y sin ver televisión por culpa de las cadenas), bolsas de comida a domicilio (y hay quienes se lo creen, todavía), o perseguir a algún funcionarillo menor mientras los grandes generales de la corrupción y de la coca quedan libres de toda brizna de paja. Eso, precisamente, es lo que hace inútil tantos templetes antes de montarlos siquiera, y que el país intentó decírselos el 6 de diciembre pasado, sacándoles mayoritariamente de la Asamblea.

   Apenas regresábamos de la réplica de la Semana Santa de los cuatro días sin trabajo de la semana pasada, nos encontramos con que se oficializaba lo que ya se hacía a la calladita, negándose en todo momento, tachando de mentirosos y conspiradores a quienes denunciaban el hecho: a los apagones se les adecentaba con el nombre de racionamiento eléctrico. A cada urbanización y barriada de este país se le quitará el servicio eléctrico durante cuatro horas diarias. Cuatro horas sin electricidad. Cada día. ¿Qué cómo harán las fábricas, los mercados, las escuelas, las tintorerías? El Gobierno dice que cada quien debe ver cómo lo resuelve porque ellos no están ahí para eso, no les queda tiempo mientras terminan de robarse lo poco que queda y agreden a quienes se quejan de su mal gobernar; y los incompetentes que dejaron fallar las turbinas que no repararon ni les cambiaron nada, siguen hablándole golpeado a una nación que padece de tantos piratas.

RETRATO DE UN POBRE PAIS SAQUEADO

   Sostiene el Gobierno que el fenómeno natural El Niño, es el culpable porque ha secado de tal manera las represas que no se produce nada… Pero la verdad verdadera es que la llamada “crisis energética” lleva más de seis años atormentándonos en Venezuela. Seis años de una crisis que siempre es culpa de esto o aquello. Seis años de esta paja, que sólo ha servido para que el que llegara en su momento de “resolverla”, se resolviera amasando una colosal fortuna y se fuera dejando todo peor de lo que estaba cuando llegó. ¿Y Jorge Rodríguez los busca para investigarlos y encarcelarlos, mientras habla paja de los demás?, pónganse a creer. La de dólares que el régimen de los dictadores cubanos, y estos ladrones, nos han sacado con sus viejas tecnologías que en seis años no han servido para un carajo.

   Todavía vivía el Gran Culpable de Todo (el que se rodeó de ladrones y adulantes para que le halaran mecate mientras robaban), cuando los transformadores comenzaron a estallar por viejos y las turbinas se detenían por falta de mantenimiento o cambio de piezas (o turbinas completas). En diecisiete años de rapiña, y aunque el Gobierno y sus voceros se tongonean y se tongonean para que no se les vea el bojote donde se llevan los dólares, la verdad es que no se construyó una sola represa, ni una central eléctrica levantaron, no se compraron turbinas nuevas, ni hubo un plan alterno para corregir la baja de las aguas en las represas ya existentes gracias a la Era Democrática, ahora que el fenómeno de las sequias aparecía año con año (creen que con decir que el agua bajó porque Dios mandó la sequía realmente están haciendo su trabajo). Tienes a una gente allí, cobrando un realero, hablando paja de los demás, que según ellos son expertos en esto y aquello, pero no pueden inventarse una de los norteamericanos o los chinos que desvían ríos completos para subsanar un problema puntual como este. Aparentemente esas cosas sólo pueden hacerlas los grandes imperios, para estas latitudes, aparentemente, sólo queda hablar paja mientras se roba. Bueno, ¡cuando fueron incapaces hasta de mantener lo que ya había cuando llegaron para que la gente no se quejara tanto! Ni eso pudieron hacerlo, así de inútiles e ineptos son. Sólo la rapiña de sus conductas compite con lo  incapaz.

LA CRISIS ES POR INCOMPETENCIA Y CORRUPCION

   Todavía vivía el Gran Culpable de Todo cuando se decretó la primera emergencia eléctrica, dándose las mismas excusas de ahora, El Guri falla no porque se robaron la plata de los mantenimientos, sino porque hay iguanas entrenadas en la CIA lanzándose contra los transformadores y comiéndose los cables; anunciándose en ese entonces las mismas medidas y ofreciéndose, otra vez, que algo se haría y que en unos meses todo estaría resuelto… Hace seis años. Es de imaginar que esperan tenerlo resuelto para antes de que el Sol estalle, algún día (son los llamados tiempos del socialismo). Desde esa primera emergencia, hace poco más de seis años, se gastó en tracalerías trianguladas con el régimen de los Castro, tres veces más del dinero invertido en los cuarenta años de la Era Democrática y que terminaron con el levantamiento de esas represas y la red de distribución de electricidad (es que si no lo hubieran hecho aquellos ni la electricidad la conoceríamos hoy). Todo el sistema eléctrico costó cuarenta mil millones de dólares, y hasta en lo más alto de Sal Merón había luz. Estos gastaron ciento veinte mil millones dedolares y nos cortan la luz, o dicen que los apagones son “cortes programados”. La crisis eléctrica continúa, sin saberse a dónde fue la plata que gastaron “resolviéndola”, tocándonos todavía el tener que escucharles hablando paja para evadir la responsabilidad.

   El problema no es el cine cerrado, que no hay derecho a que nos lo prohíban como si estuviéramos haciendo algo malo (no fue la gente común y corriente la que se robó toda la palta del país), aún en los lugares más miserables del mundo la gente puede ver una película (a menos que el régimen sea autocrático), son los problemas relacionados con la salud, por ejemplo; para las tomografías, las resonancias, los gammagramas, los tratamientos con radioterapia, los equipos que no pueden operar con simples plantas eléctricas. Es la gran culpa de estos sujetos, los cuales cuentan con una red impresionante de complicidades y cabronerías para evadir sus responsabilidades penales y criminales. Seguro que ni se sienten responsables por la gente que muere por falta de atención médica, porque ese parece ser el sello del socialismo.

EL MINISTRO DE DESABASTECIMIENTO E INFLACION

   Quien no protege directamente a los socios, casi nombrándolos héroes nacionales, como hace Nicolás Maduro Moros con el ministro aquel que montó empresas fantasmas con la familia para cuadrar alimentos que no llegaron, o aquel a quien atornilla en su cargo, salvándolo de un voto de censura desde la Asamblea, aunque tiene a todo el país arrecho por el desabastecimiento (Nicolás Maduro Moros se ve tan extraviado y alejado de la realidad que parece no darse cuenta de los disparates que comete contra sí mismo, ya no hablemos del país), entonces sale el ministro de la Defensa a meter cuchara, que no es que se investiga la corrupción que originó todo este caos, sino que hay una conjura golpista. Porque aunque encabezaron dos violentos golpes de estado con avionetas, tanquetas, tropas y ametralladoras, él supone, y quiere que alguien le crea, que los golpes se dan hablando por teléfono. Es el manido e inverosímil cuento de siempre, llevan diecisiete años participando en el festín de Baltasar y siguen con la paja de que los van a tumbar.

EL MINISTRO DE LAS DERROTAS

   La peor parte de este extravío de la realidad, de esta complicidad automática en tantos delitos, hecha de manera tan abierta  de cara a un país que les repudia cada día más, se la lleva el ministro uniformado, el mismo en cuya “guardia” se perdió el Territorio en Reclamación (y hay quienes aseguran que fue que lo vendieron a espaldas del país), el mismo que no puede contener a todos esos malvivientes que fueron cedulados y nacionalizados en la frontera oeste, algo que entones aplaudía cuando el Gran Culpable de Todo cometía esas locuras de las que ahora se desentiende. Él, que nada ha hecho por el país como no sea amenazar a gente desarmada con agredirla si se quejan mucho, parece tampoco ver que cava la tumba del Proceso. Y en medio de tanta oscurana mental, y tantos dislates y tonterías para intentar parar las investigaciones de corrupción, las denuncias de narcotráfico e intentar repara todo el daño hecho revirtiendo las dizque leyes y violaciones constitucionales que nos trajeron a esto, cuentan con la Judicatura del Horror, la cual ayer funcionaba en la Alemania nazi, ahora lo hace aquí, en la sede del Tribunal Supremo de Justicia.

LA JUDICATURA DEL HORROR

   Ver a esos sujetos sentenciar que es ilegal que la Asamblea apruebe una ley para entregarle a la gente los títulos de sus propiedades, o que es ilegal investigar el colosal robo sufrido al erario nacional, deja al país con la boca abierta. Un país que el 6 de diciembre les dijo que estaba cansado de eso. Es de esperar que estos Juristas del Horror sufran el mismo destino que el de sus pares, los dizques jueces nazis, según sus crímenes. Hablar de “Fraude Constitucional”, cuando la Asamblea intenta reparar algo desde un Tribunal fruto de un burdo fraude constitucional, es como demasiado para que los venezolanos puedan continuar tolerándoles. La frustración e incompetencia, el miedo a tener que enfrentar el juicio de sus víctimas, les hace actuar así, con demencia. Seguro que Hitler tampoco parecía loco cuando comenzó con sus locuras.

JOSE VICENTE RANGEL - MARCIANO

   Imagino que alguien está engañando a Nicolás Maduro Moros diciéndole que se la está comiendo, salvando a la revolución, con todas esas pataletas que monta por televisión, protegiendo a gente que el país detesta, negando toda medida conciliatoria o de reparación. Negando, como un loco de carretera, lo que la gente sabe que ocurre en las calles. Si no es Mandinga el asesor, tal vez sea José Vicente Rangel o Eleazar Díaz Rangel (no son familia, sólo les hermana haber llegado a viejos para mostrar la calaña), quienes han demostrado no saber lo que dicen ni lo que hacen, pero cobran bien. Sin embargo, no luce así para quienes ven las cosas desde afuera, en la cola, haciendo malabares para llegar al fin de la quincena, negándose hasta lo básico (comienza a aparecer el pan, no porque vaya a llegar no se sabe cuántas toneladas, que alcanzará para dos meses y luego regresará la escasez, sino porque la gente ya no puede costear el pago diariamente); todo esto más bien parece que sólo agrava la negativa percepción popular que llevó a los resultados del 6 de diciembre.

   O, tal vez, es que fingen que creen que se engañan, ¿no dijo con su cara muy lavada Nicolás Maduro Moros que no vio a nadie firmando para pedir un revocatorio a su mandato? O es loco, o se hace, como sea, nos hunde como nación, y la gente que en diciembre sostenía que debía terminar su mandato ahora pide a gritos desesperado que se le saque. La estrategia, del 6 de diciembre para acá, se ha asegurado de matar al Proceso. Pero, bueno, en vista de los resultados, tampoco es que se perderá gran vaina. tan sólo una oportunidad de oro para que se construyeran más represas, mejores autopistas, más líneas de Metro y universidades, dado el colosal ingreso por petrodólares (robados todos), o los miles de muertos que han caído a manos de la inseguridad mientras policías, fiscales y jueces metían presos a los enemigos políticos de la cúpula podrida del socialismo. Fuera de eso, y de que estamos arruinados, no hay mayor problema.

Julio César.

BUCEANDO

mayo 1, 2016

VAYA GUASA

NO SUBE

   -Hey, chicos, no sube. Necesito una mano… -recibe varias.

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 26

abril 29, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 25

BOY HOT

   La hora de los mininos.

……

   -Lo sé, le sentí.

   -Hay alguien más, ¿verdad? No un controlado. –le tantea el otro.

   -Si, maestro, un chico. Me sorprendió su potencial cuando le conocí, por pura casualidad, en el Metro. Tiene un gran poder, aunque él mismo lo ignora. Fue extraño, por su edad ya debería haberse encontrado con otros, pero aparentemente no ha sido así. –hay un silencio que le incomoda.

   -Si, curioso; seguramente es como dices, pero sé prudente. Aunque hay gente buscándonos ya, como imaginarás. Y son poderosos.

   -Anómalos. Conocí a una, a mi llegada al aeropuerto, hace poco.

   -Te vio. Eso es malo, es más fácil ubicarte conociendo tus facciones. –eso inquieta al atractivo catire.- He visto tu trabajo, debo reconocer que es sensacional. Te has superado, Liam. –la lisonja le hace sonreír.- Yo mismo he dado algunos pasos, como sabes, pero dos de tus chicos son estupendos para la tarea. –adivina fácilmente de quienes se trata.- Envíamelos.

   -Si, maestro.

……

   Moviéndose exactamente como si tuviera un palo metido por el culo, y con la misma cara de molestia, Tony Moncada sube a la segunda planta del instituto buscando un lugar solitario y tranquilo. Necesita calmarse. Sabe que de alguna manera todo ha cambiado. Si dejaba que la ira le dominara, si perdía el control, no sabe qué podría ocurrir. Y estaba furioso. No quiere pensar en nada como no sea que es un chico egoísta, que siempre lo ha sido, jamás le ha gustado compartir sus juguetes. Su madre podría atestiguarlo. Por ello, se dice, le molestaban las atenciones que la hermosa Vanesa le brindaba a Rubén. Eran novios, después de todo, se recuerda; pensamiento que le quema como ácido en la garganta. Ella creía que Rubén Santana era aún el mismo de siempre. Ignoraba que ahora le pertenecía. ¡Rubén era suyo!

   La idea, intensa, posesiva, dolorosamente obsesionante, le enferma. Y si a eso se sumaba la profunda sensación de frío que le dominaba justo en aquellos instantes, tanto que sus dedos le duelen ligeramente, la tormenta podría estallar. No sabe qué significa todo eso, pero una idea ajena, o eso le parecía, le indicaba que todo “estaba en moviendo”. Pero quién, haciendo qué. No lo sabe, pero esa era la razón de ese frío. Y de la sensación de poder que lo recorría en esos instantes. Sabe, o lo sospecha, que si dejaba que ese algo que a veces salía de él, alcanzando a otros, escapaba en esos momentos, justo en esos instantes cuando casi tirita de frío, podría controlar todo el liceo, desde la azotea a los sótanos, incluidas las canchas. Lo sabe. De alguna manera. Era una sensación embriagante, quería hacerlo, abrir los brazos y poseerlos a todos. Deteniéndose en uno de los solitarios pasillos, asomándose a la baranda, respira pesadamente y cierra los ojos. Imaginándolo. Lanzándose contra todos, dominando a cada persona dentro de esos límites. Controlándolos. Imagina una larga hilera de chicos en ropas de cuero, con las manos atadas a sus espaldas, de rodillas, mirándole con adoración.

   Si, podría. Sonríe… Pero abre los ojos asustado. No, no podía. ¡No debía hacerlo! Se asusta, y enfurece por ello, cuando esa idea da vueltas y vueltas en su cabeza; que si, que sí puede hacerlo, que lo haga y lo disfrute. Se aleja y es cuando repara en él…

   También asomado a la baranda, pero viendo hacia la entrada del instituto, Emilio Nóbregas sonríe totalmente malicioso, la mirada clavada sobre Rubén Santana (¡el marica ese!), quien tiene en esos momentos a Vanesa colgada a él. La hermosa Vanesa de tetas grandes que nunca ha querido salir con él porque no es el capitán del equipo. Allí estaba, sonreída, feliz, luciéndose al lado del mariconcito que tenía por novio. Porque así pensaba ahora de él, su hasta hace muy poco mejor amigo, capitán y colega. El mariconcito de Rubén. Sonríe de manera abierta, oh, sí, será maravilloso exponerlo, tachándole de lo mismo que él acusaba a otros hasta hace poco. Les contará a todos y el capi sería el hazmerreír del liceo. ¡Ya imagina la cara de Vanesa! Asiente, decidido, ya había un buen grupo de compañeros de clases, del equipo y de amigos junto a Rubén, era hora de echar el cuento. Le atormentaría un poco y, cuando estuviera retorciéndose como bagre en anzuelo, lanzaría el golpe.

   Se vuelve, maliciosamente feliz, y se sobresalta congelándose. Para luego sonreír de manera malvada otra vez.

   -¿Qué haces aquí, maricón?, ¿buscando a quien mamarle el güevo? –es cortante, soez.

   -¿Y tú? ¿Dejaste alguno? –contraataca, aparentemente sereno, Tony. El otro aprieta los gruesos labios.

   -¡Maricón! –e intenta pasar a su lado, pero Tony se mueve y le cierra el paso.- ¡Quítate!

   -¿Tienes prisa? –y mira hacia la entrada, hacia Rubén.- ¿Qué piensas hacer?

   -Ah, ¿es eso? ¿Estás preocupado por tu novio? Que ternura. Nunca imaginé que te interesara tanto un chico que siempre se ha burlado de lo raro que eres. ¿Entonces es cierto que en las escuelas los maricones se enamoran de los heterosexuales que los maltratan porque todas esas testosteronas son como un afrodisiaco? –se burla y Tony no puede evitar el parpadeo.

   -Guao, se nota que le has dedicado tiempo al tema. ¿Has visto mucho porno gay en tus investigaciones? ¿Se te pone duro? Puedo recomendarte…

   -¡Déjate de mariqueras! –estalla el muchacho, furioso de que se le cuestione en su identidad, pero logra recomponerse con una sonrisa.- Si es así como pretendes que no diga nada de ti y de tu amiguito, te equivocas de estrategia.

   -Creí que era tu amigo. Mío no lo es. Es tan sólo… un bonito cuerpo al cual meterle mano. –es crudo y sonríe al verle dar un respingo por no negar nada.- ¿Acaso he dado muestras de preocuparme de lo que tú, él o el resto de los hijos de putas piensen?

   -Me alegro por ti, que no te importe, porque pienso exponer al maricón ese. –vuelve por sus fueros.- Mierda, eres como una enfermedad infecciosa. Contagias, atacas el sistema y lo destruyes. Deberían matarlos a todos. –sonríe con desprecio, sabiendo que lastima.

   Tony se queda paralizado por un segundo, esa rabia que lleva rato padeciendo estalla de manera intensa, blanca y pura. En esos momentos odia a ese hijo de puta más de lo que en su momento detestó a Rubén. Y quiere lastimarle. Mucho. Tanto que las ganas casi le hacen desear gritar. Con un alarido de rabia le atrapa el rostro con las manos, desconcertándole, asombrándole. Cuando se le va encima con claras intensiones de besarle, horrorizado, erizado de repulsa, Emilio va a gritarle que no, al tiempo que empujarle, pero sus bocas se unen.

   Todo gira de manera vertiginosa alrededor del joven muchacho negro cuando siente esos labios sobre los suyos, cubriéndolos a pesar de tener la boca abierta. La lengua metiéndosele. La lengua de otro chico. ¡La lengua de ese marico! Quiere empujarle, pero parecen faltarle las fuerzas. El girar vertiginoso parece incrementarse, tanto que tiene que sostenerse del chemise del otro para no caer. Y es perfectamente consciente de todo, del olor corporal de Tony, de su aliento bañándole, de la lengua entrando, lamiendo y tanteando, chocando de la suya, chasqueando, salivosa, de su cuerpo presionándole, de tener contra un muslo la entrepierna del otro, con su miembro no duro pero si consistente. Por alguna razón era perfectamente consciente de ello. Esa lengua le eriza, la verga contra su muslo, quemándole a pesar de no estar dura, le obsesiona. La suya responde, horrorizándole, endureciéndose contra una pierna de Tony, mientras su lengua sale al encuentro de la del joven. No sabe cómo o por qué pero le enloquece sentirla, sobre la suya, agitándose, azotándole. La busca cuando sale y penetra ahora en la boca del otro. Y se estremece, gimiendo de manera ansiosa cuando los dientes de Tony se la rastrillan suavemente.

   Las boca se separan lentamente, y ambos jóvenes se miran, respiraciones pesadas. Algo de conciencia de lo que hacía regresa a Emilio, pero no puede apartarse, ni siquiera aflojar los puños sobre la chemise del otro, gesto con el cual parece más bien retenerle a su lado.

   -Respondiste demasiado bien. –Tony le habla casi sobre la boca, con burla y desdén.- O lo has hecho o has soñado mucho con la idea de besar a otro chico. ¿Sueñas con tener un novio, Nóbregas? Dime, ¿es Rubén quien llena tus fantasías homoeróticas de noche en tu cama mientras te masturbas con ansiedad y todo erizado? ¿Sueñas con lamer su cuerpo sólido en los vestuarios mientras sólo usa un suspensorio, recogiendo gotitas de su sudor? ¿Con caer de rodillas y adorarle? Besa bien, eso puedo decírtelo.

   -No, yo no… -se defiende, negando, pero deja escapar un gemido débil cuando los rojizos labios de Tony se acercan a los suyos; le asusta lo mucho que desea que le bese otra vez.

   -Me hiciste molestar, Nóbregas, con tus palabras venenosas. Ya venía arrecho, pero por Rubén no te habría hecho lo que ahora si te haré. Fueron esas palabras, tus “mariconcito”, dichos con tanto desprecio. Te convertiré en algo despreciable a la vista de otros. Vamos, sígueme a ese salón, estará vacío los próximos cuarenta minutos. –sigue diciéndole contra los labios, mirándole a los ojos, sonriendo.- Voy a cogerte. –le informa y le ve tensarse, asustarse mucho, y le da un rápido besito, atrapándole con los dientes el gordito labio inferior.- Voy a llenar tu apretado culo negro con mi güevo tieso y caliente…  Y cuando te lo llene con mi leche te va a pasar algo. Algo muy malo para ti… pero que será muy divertido para todo chico calentorro y deseoso de sexo que se encuentre contigo. –dice con seguridad, cruel.- Es algo que quiero probar. Vamos… -se aparta un poco, extendiendo una mano. Esperándole. Invitándole.

   Emilio, jadeando, le mira entre fascinado y horrorizado. Pero alza la mano y deja que el otro la cubra con la suya, siguiéndole a ese salón.

CONTINÚA…

Julio César.

OSCURO AMOR… 13

abril 28, 2016

OSCURO AMOR                              … 12

Por Leroy G

UN CHICO CULON

   ¿Deseando someterse, entregarse… servirle?

……

   Marcos cierra los ojos otra vez, soltando a Mauricio, dejándose mamar y a un tiempo cogiéndole la boca también, quiere que eso dure para siempre; había soñado tanto con el momento de tener a ese carajote joven y musculoso bajo su control que no quiere correrse todavía. Desea que siga mamándole, cubriendo y dejando salir de los labios carnosamente masculinos su pieza dura. pero no aguanta. Si, había soñado mucho con eso, así que le atrapa otra vez la nuca, halándole, aprisionándole contra su pelvis, metiéndosela toda en la boca, aplastándole la nariz contra su pubis mientras los trallazos de semen caliente comienzan a manar.

   -Ahhh… ahhh… si, tómatela toda, Mauricio. Tómate toda mi leche. –grita escandaloso, estremeciéndose con ese nuevo y poderoso orgasmo que le hace volcar una gran cantidad de esperma. Cosa totalmente necesaria, se dice retirándole un poco, para que los nuevos trallazos le cubran la lengua y llenen las mejillas,  porque era la primera en la boca del otro y debía saborearla quisiera o no. Este se ahoga y traga de manera frenética.

   -Uggg… -de manera mecánica, ojos nublados, Mauricio traga, buche tras buche, provocando la risa de Marcos.

   -Eso es, así; pronto amarás el sabor del semen… -parece prometerle.

   Dios, ¿qué había hecho?, se pregunta al otro día el fornido y joven hombre acostado boca abajo sobre su cama, parpadeando, confuso. Sabe que es su cama, su dormitorio, sin necesidad de recorrerlo todo con la vista, aunque lo hace. Todo era algo nebuloso. Sentía nauseas y le dolía un tanto la cabeza, tal vez era el olor del quemador de palitos aromáticos. Hay cosas de las que sí es plenamente consciente, como el sabor que siente en la boca, y la chasquea, tanteando, encontrándolo bien pero recordando, de pronto, que había tragado güevo y semen. Es muy consciente de su cuerpo sobre la cama, sin arroparse. Su piel contra el colchón se sentía bien, los pectorales contra la superficie le hizo notar sus tetillas erectas. Pegarlas contra la sábana se sentía extrañamente gratificante, sabía que si se agitaba un poco, rozando sus pezones, la sensación se incrementaría. También sabe que está desnudo, totalmente, con sus musculosas piernas algo separadas, sintiendo un airecito, algo frío pero no desagradable, entre sus nalgas… que siente pegostosas. El semen de Marcos. Lo otro eran los audífonos en sus oídos. Los de su compañero de piso, esos que les había prestado varias veces para que escuchara las tonadas relajantes. Ahora no lo eran. Podía escuchar en sus oídos la voz de Marcos, clara e inconfundible, a través de ellos:

   -Te gusta eso, tu cuerpo grande y fuerte desnudo, erizado, excitado. Tus pezones deseando ser tocados, tus nalgas esperando por manos de machos, tu culo por dedos o güevos… -es lo que escucha, impactándose. Y el mensaje se repite mientras se medio alza en la cama, deteniéndose con un leve jadeo tipo gemido. El movimiento, el roce, provoca que entre sus glúteos se desate un hormigueo extraño… ¿tal vez pidiendo manos?

   ¿Qué coño le había hecho Marcos?, se pregunta horrorizado.

   -Eres tan caliente… Eres tan caliente… Eres tan caliente… -oye la frase que se repite en bucle una y otra vez, y grita de sorpresa.

   Todo su cuerpo arde de repente, erizándose, y tiene que refregarse de la cama; de manera automática sus manos fueron a sus nalgas duras y redondas, clavando los dedos en ellas, abriéndoselas, perfectamente consciente de los espasmos de su culo, el cual parecía pedir, ansiar o desear algo. Sus pezones, totalmente erectos, le producen escalofríos contra la sábana de lo sensibles que están.

   -Eres tan caliente… Eres tan caliente… Eres tan caliente… -se repetía de manera lenta, deliberada, esa voz masculina y poderosa que le hacía gemir, anhelar.

   Ahora refriega su verga y tetillas de la cama, pero sus manos… bien sus manos halan y acarician sus nalgas, desesperado. Siente que se quema, que su culo arde y tiene que hacerlo, lo sabe, su cuerpo se lo pide: entierra un dedo. Se tensa, no quiere hacerlo, aquello era antinatural, pero se estremece de lujuria, su esfínter se abre y ciega golosamente contra su dedo. Lo agita y casi teme correrse, debe morderse los labios para no gemir largamente, con la frente fruncida y los ojos atormentados de excitación extraña.

   -Eres tan caliente… Eres tan caliente… Eres tan caliente…

   Esa voz, esa frase le hace perder el control sobre su cuerpo, deja caer su rostro de lado, agitando el cuerpo, refregándose de la cama, mientras mete y saca aquel dedo de su culo, cada vez más rápido y urgido, dejando escapar gemiditos a lo largo de su trayecto de ida y venida. Su mente gira, imagina a Marcos, sin camisa, con sus lentes y un bermudas a media pierna apareciendo en el marco de la puerta de su cuarto, abierta, sonriendo mirándole sobre la cama con el dedo dentro del culo, alzándolo en su dirección, suplicándole sin palabras. Se pierde en esa extraña imagen, no está en su cuarto, no, es en el gimnasio, está sobre una de las colchonetas, en medio de la sala de yoga, desnudo y boca abajo, sus nalgas abiertas, su culo alzado, pidiéndole a Marcos que se la meta mientras de su agujero escapan goterones de semen, un chorro de espeso y caliente esperma de los chicos que ya han hecho uso de él allí, sobre la colchoneta, rodeado por los otros. Machos forzudos que se morían de ganas por enterrársela, cogerlo duro, hacerle gritar como lo hace ese dedo que rota en sus entrañas, no deteniéndose hasta que se le corren adentro. Uno, y otro, y otro y otro. Todos gritando de gozo mientras lo nutren de esperma caliente.

   No, no, eso está al, todavía se resiste una parte de su mente, una decidida a retira el dedo de su culo, casi doliéndole la idea, luchando contra el impulso de agitarlo otra vez. ¿Qué coño le hizo Marcos?, se grita, arrancándose los audífonos, jadeando, dándose cuenta ahora de lo pesado de su respiración, del dedo clavado en su culo, el cual saca para notar en seguida que no tiene ni un pelo. Se lo recorre, así como sus nalgas. Nada. Temblando se toca el torso, no era velludo, pero tenía sus pelos, especialmente alrededor de las tetillas. Nada. Traga y alza un brazo, las yemas de los dedos de su otra mano recorren esa axila. Nada. Cierra los ojos. La mano baja, sus bolas están lisas, el vello sobre su pene también ha desaparecido. Estaba total y completamente rasurado.

   Hirviendo de rabia se para de la cama. Buscaría a ese hijo de puta y… Estaba desnudo. No podía salir así. Con disgusto abre la gaveta donde guarda su ropa interior, sólo están esas prendas, y ceñudo nota que faltan incluso las más conservadoras. Sólo hay tangas mínimas, e hilos dentales, de modelos y colores totalmente gay. Encuentra finalmente un pequeño suspensorio amarillo, de tela suave, con un lacito rosa al frente. Hirviendo de rabia entra en él. Le cuesta, le aprisiona la correa en la cintura, así como las tiras que caen bajo sus glúteos, casi alzándolos más. Su verga lampiña queda cubierta. Abre el closet y… toda su ropa ha desaparecido. Todo. Hay camisetas cortas que no cubrirían completamente su torso, muy abiertas por arriba, y las alta son estrechas, así que cubren entre sus pectorales pero dejan fuera sus tetillas, las cuales, por alguna razón, continúan endurecidas. Es la que toma, con rabia, metiéndose en ella con dificultad, por suerte no es ajustada, pero no cubre un carajo. No encuentra sus zapatos, calcetines o sandalias (de hombre), nada. Descalzo, y furioso, va hacia la puerta, ¿qué se creía ese hijo de puta? ¿Cómo se atrevía a tratarle así bajo su propio techo? Era hora de aclararlo todo. A la luz del día, con la cabeza más despejada.

   El apartamento está silencioso, pensó en llamarle a gritos pero… sencillamente no se atrevió. De la cocina proviene un olor delicioso que le hace consciente de su estómago vacío. Sus sentidos, levemente adormilados y no entiende por qué, se activan lo suficiente. Si, tiene hambre. Y era tarde, comprueba al mirar el reloj de pared, casi era mediodía. ¿Cómo pudo dormir tanto? ¿O por qué continuaba levemente soñoliento?

   Entra en la cocina y abre la boca al verle acomodando dos platos a la mesa, parece algún tipo de sopa espesa, llena de verduras y carne de res, que si, huele realmente bien, con los consabidos vasos de batidos proteicos a un lado… y en el vaso que sabe que le toca, porque los platos y cubiertos están sobre el porta platos que siempre usa, ve como Marcos agrega unas gotas de un frasco que saca de uno de sus bolsillos de su pantaloneta. Agrega más de veinte, pierde la cuenta, estremeciéndose. Concentrado en su tarea, revolviéndolo con un cuchillo y guardando el frasco nuevamente, el otro no repara en su presencia. Un frío intenso le domina, luego el calor de la ira.

   -¿Qué haces? –grazna, sobresaltándole por primera vez desde que se conocen.

   El otro le lanza una mirada desconcertada, con el cuchillo en la mano, goteando del batido.

   -Hey, al fin despiertas. Iba a llamarte para que almorzaras. –intenta una sonrisa. Una que flaquea cuando Mauricio mira y mira ese vaso.- Te ves bien. Esas ropas… –le sonríe socarrón.

   -¿Qué agregabas en mi vaso?

   -¿Qué? ¿Agregar? Nada, yo…

   -Te vi. Era algo de ese frasco que llevas en tu bolsillo. Unas gotas. Gotas que no agregaste a tu vaso.

   -No es nada, solamente… -se tensa y parece impacientarse.- Son vitaminas, ¿okay? Las necesitas, para esa debilidad de la que tanto te quejas y que parece cierta. Mira la hora que es y apenas despiertas. Eso no es normal. Soy tu amigo y me preocupo, por eso… –explica, diáfano, sosteniéndole la mirada. Mauricio sólo le mira.

   -¡Maldito mentiroso! –le sorprende con el estallido, el joven se siente furioso- ¿Qué era eso? ¿Qué me has estado haciendo? –exige saber, alzando poco a poco la voz.

   -Nada, son vitaminas, te lo dije. Hey, soy tu amigo y…

   -¡Deja de mentir! ¿Qué carajo era eso?

   -¡Deja de gritar! –contraataca, frío, duro, silenciándole automáticamente.- Estás viendo cosa que no son. Ven, siéntate aquí, toma tu almuerzo y tu jugo, eso te ayudará.

   -No… No vuelto a tomar nada que…

   -¡Siéntate y come! –le ordena con un grito tajante, autoritario y casi hostil que hace temblar las rodillas del otro… con el deseo de obedecerle y someterse.

CONTINÚA…

Julio César.


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