EL PELIGRO DE LAS VACACIONES PAGADAS

febrero 6, 2016

OFERTA

MUSCULOSOS TIOS EN SEXY BAÑADORES

   El hombre tenía maña…

   Aunque algo incómodos porque el jefe insistía en que usaran esos bañadores, y tuvieron que negarse de plano a usar cosas aún más chicas y putonas, los carajos de la fábrica están dispuestos a pasar unos buenos carnavales en el resort, sin novias o esposas, todo pagado por el medio marica del jefe que le gustaba verse rodeado de tíos como ellos. Se burlan un tanto del algo bajo, delgado y afeminado sujeto. Ignoran que en la gran fiesta que este dará en la piscina, después de algunas copas, viagras y un coctelito de amobarbital sódico y escopolamina, serán la atracción; no sólo usaran los hilos y bailaran acariciándose unos a otros, sino que pagaran el viaje montado en los regazos de los socios de negocios del hombre de empresa. Y una vez montados, sabiendo que se montaron y lo gozaron, el hombre de empresa tendrá su caliente y forzudo harén para disfrutarlo al regreso del asueto. Cuidado y caes en él.

Julio César.

LA NENA DE PAPA… 7

febrero 6, 2016

LA NENA DE PAPA                         … 6

De Arthur, no el seductor.

EL HILO DEL CHICO

   -Oh, si, enséñale a tu hombre tu tesorito…

……

   Tembloroso, muy rojo de cara, todavía afectado por el poderoso e intenso clímax alcanzado, Brandon no se atreve a responder, sus húmedos y casi adolecentes labios tiemblan. El hombre ríe a su oído, el pecho expandiéndose, agitándose contra su espalda.

   -No tienes que decirlo. Sé que estás deseando tenerlo en tu boca. Está manando jugos, otra vez. –le aclara.

   -No, basta, señor Cole. Esto estuvo mal. Tenemos que parear. ¡Somos hombres! No podemos hacerlo. Usted es el papá de mi novia. –gime el chico, tan sólo le responde una risa profunda, ronca, sensual y depredadora.

   -Oh, sí, eres el novio de mi pequeña e inocente niña… -las palabras le tensan, le indican que algo más se acerca.- Tú tomaste su virginidad.

   -¡Señor Cole! –muy alarmado, entendiendo lo que viene, se revuelve, pero el hombre, montándole una de sus enormes manos en el flaco abdomen, le alza mientras se pone de pie, arrojándole de panza en la cama, girándole sobre ella para que quede de cara el espejo, él moviéndose al otro lado, atrapándole las caderas, alzándole el culo, las musculosas y casi lampiñas nalgas redondas abriéndose, la tirita del hilo dental apenas cubriendo.- No, señor Cole, eso no. –gime debatiéndose sobre el colchón, mojándolo con la corrida de esperma que mana de la pequeña pantaleta.

   -Ah, que culo tan hermoso. –le oye, extasiado; le mira sobre un  hombro, hacia arriba, encontrando la sonrisa predadora ante sus nalgas abiertas y el culito apenas cubierto. Seguramente imaginándose ya penetrándole con fuerza y brutalidad, haciéndole gritar y llorar.

   -No, no, no haga eso, señor Cole, por favor. –suplica todavía medio gateando en la cama, pero no puede escapar del agarre del poderoso macho que va a tomar su inocencia.

   -Oh, vamos, lo vas a gozar, ¿no le has dicho eso a cada chica que has montado en tu verga? –la réplica es alegre, aunque muy bien imagina que ese muchacho, con tan diminuto pene no debía tener mucha acción, ¿en qué carajo estará pensando su hija?

   -No, deje… -grita, mirada al frente, encontrándose con su propio reflejo en el espejo. Era la viva imagen del miedo, la desesperación y la impotencia. No podía luchar contra ese carajo grande y masculino; incluso nota, claramente, la enorme erección que late bajo su speedos, mojándoselo, un olor fuerte llegándole.

   -Si, nena, es hora de perder la virginidad; ya no serás una niña, serás toda una mujer.

   -No, no lo haga; Nelly y la señora Grace deben estar por llegar.

   -Avisarán cuando estén de regreso. Descuida, tengo tiempo para hacer que tu primera vez sea memorable. A diferencia de los muchachos calenturientos, sé hacerlo. –le promete.

   Pero Brandon no está como para escuchar, y aunque por un segundo se queda quieto, intenta sorprenderle y saltar de la cama; pero sonriendo, esperándolo, el hombre le retienen rodeándole el abdomen con su musculoso brazo, alzándolo, pegándolo de su entrepiernas, reteniéndole contra su pulsante güevo que quema las suave piel de aquellas nalgas expuestas. Una vez fijado así, baja sobre el chico, le atrapa las muñecas aunque este grita que le suelte, revolviéndose. Las lleva atrás y con una mano le fija las dos muñecas en su baja espalda, obligándole a pegar la parte superior del torso, y el rostro, del colchón, sin posibilidad de erguirse al estar medio encimado, reteniéndole prácticamente con el bajo abdomen en su posición.

   -No, no lo haga, señor Cole. –lloriquea desesperado, todavía luchando, sin poder librar sus brazos, siendo muy consciente de ese tolete que sabe demasiado grande, latiendo con fuerza contra sus nalgas, quemándole.

   -Shhhh, nena, será rico… -responde con ojos oscuros y tono bajo, ya transfigurado.

   Con la mano que tiene libre, Cole baja el speedos al nivel de sus bolas, el tolete salta alegre, con ganas, golpeando una de las nalgas del chico. Agarrándoselo azota uno de los glúteos, luego el otro, son bofetadas sonoras, duras. Dios, qué rico era hacer eso, contactar esa joven y enrojecida piel con su güevo caliente. Es tanto que algo de líquidos y tal vez de esperma vieja parece manar.

   -No, por favor, señor Cole, no haga eso. –le lloriquea un muy tenso Brandon.

   -Dios, nena, no puedo contenerme. Eres tan hermosa, tu coño me llama de una manera que… -su voz es tan baja que cuesta escucharla, parece realmente trasfigurado mirando esa raja apenas cubierta por la tirita del hilo dental de su mujer. Lleva, a lo largo, su verga a esa raja y la frota, con fuerza, de arriba abajo, duro, arriba y abajo, y contiene un jadeo, era increíblemente excitante hacerlo, de su pulsante miembro manan más gotas. Soltándose el tolete aparta un poco la tirita, sus ojos se oscurecen más a la vista del pequeño y cerrado culo virginal. Tan duro tiene el tolete que no necesita agarrárselo cuando aleja sus caderas y luego echándolas hacia adelante frota su glande descubierto, muy rojo, de la entrada sensible del chico, quien gimotea estremeciéndose, arqueándose, como esperando el asalto.

   Brandon, muy alarmados y gimoteando, abre mucho los ojos cuando algo espeso y caliente cae en su raja interglútea, por encima del culo. Saliva. Lo sabe. Y otro y otro escupitajo se dejan sentir, luego como esa vaina es frotada en su entrada, regada por algo liso, esponjoso, caliente y suave. Imagina que el glande del hombre.

   -Señor Cole…

   -Shhh, shhh; tranquilo, lo sé. –le responde mientras empuja lentamente.

   El chico contiene un jadeo al sentir la lisa cabeza pegándose de su virginal agujero que no había aceptado nunca antes nada, fuera de los dos dedos que el sujeto le metió en la piscina. Ese glande sigue empujando, forzando su entrada, deslizándose lentamente, caliente.

   -Señor Cole… -lloriquea con la boca temblándole, frente fruncida.

   -Shhh, pequeña, shhh… -parecía en trance.

   El glande presiona aún más, empuja y entra. Brandon grita, boca y ojos muy abiertos, tensando la espalda. Siente como eso lo rasga y sigue metiéndosele forzando aún más su esfínter. Y aprieta los dientes, rugiendo. Tres, cuatro, cinco centímetros de la enorme barra blanco rojiza penetran. Cole, soltando el hilo dental, el cual rueda y pega de su tolete, mientras le retiene las muñecas con una mano, con la otra acaricia y soba rudamente desde las redondas nalgas, recreándose al hacerlo, a la baja espalda, subiendo, masajeando, calmándole al tiempo que ese esfínter se cierra de manera increíble sobre lo poco de güevo que le ha metido, y las entrañas lo rodean empujándole.

   Brandon cierra los ojos con fuerza y grita mordiendo la sábana para soportar mientras ese grueso tolete masculino, nervudo, largo, caliente, se le va enterrando centímetro a centímetro en su todavía virginal culo. Cole se detiene, le deja adaptarse.

   -Respira, acéptalo. –le oye, y vuelve a la carga.

   -Hufff… -chilla el joven, abriendo los torturados ojos, lloroso. Agita sus brazos pero no puede liberarse del agarre del hombre que va enculándole poco a poco. Ruge, rojo de cara y cuello, tenso hasta que siente las caderas del hombre contra sus nalgas, aplastándolas a pesar de lo duritas que son.

   -Oh, Dios… -Cole tiembla, ojos muy abiertos, ese culo estaba palpitando contra su güevo, atrapándolo, amasándolo mientras intentaba deshacerse de él; la lucha de Brandon estaba provocándole un intenso placer sexual, uno mayor que el recibido cuando encula a Grace. El pequeño botón del muchacho estaba derritiéndole con su calor.

   -Hummm… -lloriquea el joven, frente fruncida, ojos húmedos.- ¡Uggg! –bufa cuando esa vaina, lentamente, comienza a retirarse.

   Cole, jadeando pesadamente, tomando aire con esfuerzo, ve emerger su tranca blanco rojiza, gruesa, del pequeño agujero increíblemente abierto, halándole las membranas, una visión que todo macho adora cuando coge. Retira cinco centímetros y vuelve a metérselos, despacio, sintiendo el roce de su tolete contra las pulsantes paredes de ese recto masculino. Lo saca y se ladea a la derecha, metiéndolo, Brandon aprieta los dientes, el rostro se ve torturado. Se lo ve en el espejo. Le saca un poco de verga nuevamente y se la clava, empujando hacia abajo, viéndole estremecerse ante la nueva embestida.

   Todo gira brusca y desagradablemente en la mente del muchacho, mientras tiembla de tensión por el esfuerzo que hace para resistir, plenamente consciente de la enorme verga caliente llenándole las entrañas, deslizándose dentro de su cuerpo, frotándoselas. ¡Era tan grande! Y en todo momento Cole se la sacaba y metía, lentamente, apuntando hacia abajo, una y otra vez, sin carreras, deliberadamente despacio.

   -¡Ahhh! –una exclamación de excitación y goce escapa de su boca, sorprendiéndole, uno que se repite cuando el tolete sale y entra, una y otra vez, apuntándole siempre hacia abajo.- ¡Hummm! –se le escapa aunque intenta contenerlo.

   -Lo sabía, putita… lo sabía. Ahora tómalo. Tómalo todo, mi pequeña nena.

CONTINÚA…

Julio César (no es mía).

EL MOMENTO DE LOS GUERREROS

febrero 5, 2016

SORPRESA DE CUMPLEAÑOS

AMIGOS CARIÑOSITOS

   Después del trabajo, un poco de relajo…

   Agotados después de todo un día de dura faena en la fábrica, aquellos dos panas del alma descansan un momento antes de tomar una ducha y que cada uno se vaya con su hembra; yacen sin incomodidades ni notas ocultas. Uno de ellos medio sonríe, tomando una profunda inspiración agradecido, cuando el otro le monta las manos en los hombros y le masajea un poco. Cosas de amigos… que hacen salivar al supervisor cuando los mira un tanto escondido.

Julio César.

OSCURO AMOR… 9

febrero 5, 2016

OSCURO AMOR                         … 8

Por Leroy G

EL CHICO EN LA SEXY TANGA ROSA

   -¿Te gustan así, papi?

……

   Todavía confuso, sintiéndose mal, lava sus bóxer, cortos, ajustados, pero masculinos, tan distingo a lo que usa en esos momentos. Esa pantaletica, porque eso era, le presionaba suavemente, y cada roce era una agonía de excitación y mortificación. Casi tanto como tomar la ropa interior usada de Marcos, olorosa. Un aroma fuerte, almizclado y varonil que llena sus fosas nasales. Así olía él antes, la idea le estremece teniendo dos de esos bóxers en las manos. Oliéndolos sin darse cuenta. Tiembla, se odia, pero oculta el rostro contra la tela y aspira cerrando los ojos, sintiéndose mareado e infinitamente caliente. Sabe que está excitado sexualmente… ¡pero su verga continúa flácida! Termina, olfateando un poco más de vez en cuando. Ahora huele la cena y casi huye a su cuarto. Jadeando, sobre la cama, encuentra una corta franela elástica, licra, de colores maricones, muy abierta por sus costados, corta abajo… y el hilo dental rosa. Dios…

   -Apúrate, va a comenzar el Míster Sunga y la cena se enfría. –oye el grito, algo impaciente. La siesta parecía no haberle aquietado.

   Vistiendo esa mierda, y sus zapatos cortos de deportes, sin medias, sale. Enrojece brutalmente entrando en la cocina, notando la mirada y sonrisa del otro. Sobre su cuerpo más musculoso ahora, Mauricio sabe que esas vainitas destacan casi escandalosamente. La corta camiseta era toda putona, sus botines blancos, sin calcetines, no contrarrestan la opresión del hilo dental rosa, de corte masculino pero…

   -Tu batido proteico. –con voz ronca, ojos brillando con una lujuria que le asusta, y eriza, Marcos le tiende un vaso grande. Es algo verde, seguramente vegetales licuados.

   -No me gusta el sabor ni…

   -¡Deja de quejarte, perra! –le silencia, no molesto, tan sólo impaciente, cerrándole la boca.- Mira el cuerpo que tienes, uno que excitaría a un cura y a sus siete monaguillos calientes, y todavía te quejas. ¡Ven por tu mierda! –ordena bajando el tono, como esperando un desafío.

   Es más de lo que este Mauricio puede soportar ahora, toma el vaso y bebe, siendo vigilando fijamente por el otro, quien bebe el suyo. Sabía extraño, a vitaminas, y le produce algo de taquicardia por lo rápido que traga, pero lo termina. Cuando deja el vaso en el lavaplatos se congela. Siente sobre sus nalgas, nada cubiertas por el hilo dental, los ojos clavados de Marcos.

   -¡Joder, que culo! –pega un bote al descubrirle casi a sus espaldas.

   -No me siento bien con estas ropas. –lloriquea, sobresaltándose cuando una mano del otro, firme, cae sobre su hombro ancho y musculoso, obligándole a volverse.

   -Te ves bien, perra. A mí me gusta. –le sonríe y dice amistoso, bajando la mirada, y la respiración de Mauricio se congela cuando le nota la erección bajo la pantaloneta negra y cómoda que lleva… aparentemente sin ropa interior.- Vamos a cenar. –se sientan, pero Mauricio no puede comer bien, y eso que todo estaba muy bueno. El frío del asiento contra sus nalgas casi desnudas, era incómodo por nuevo, además, el plato parecía quizás un poquito más condimentado que de costumbre.

   -¿Listo? –le sobresalta la voz del otro, sorprendiéndose al verle de pie, con su plato vacio, tomando el suyo y retirándolo.

   -Creo que voy a mi cuarto a…

   -Nada de eso, llevas demasiado tiempo encerrado. Vamos a sentarnos frente al televisor, va a comenzar el Míster Sunga y no querrás perdértelo. –le toma de la mano, así, tan pancho, llevándole a la sala.

   A Mauricio todo le da vueltas y le parece irreal, el que esté usando esas vainas como vestimenta, que Marcos este llevándole de la mano como si… fueran algo más. El que le estuviera obedeciendo. Al entrar en la sala nota el quemador de incienso, una moda nueva del otro en las áreas comunes. El olor es suave, dulzón. Frente al sofá, sin soltarle, Marcos toma asiento en la mitad del mueble, piernas muy abierta, halándole, casi cayendo sobre su muslo. Intenta alejarse, pero el otro le retiene con un brazo cruzándole la espalda, los dedos cerrándose en su cadera.

   -Va a comenzar. –le anuncia casi al cuello, erizándole otra vez.

   Y aquello era insólito, le parece a Mauricio, quien tiene la boca muy abierta. El concurso es sobre chicos, hombres bajitos que se ven muy jóvenes, usando prendas íntimas excesivamente chicas y cortas, siendo tocados y manoseados por hombres que se dicen los jueces, quienes prácticamente les masturban o le meten las manos entre las nalgas. Las escenas, desfiles y manoseadas se repiten y repiten, y tiembla.

   -Mira a ese gordinflón como le mete la mano a ese chico por la parte trasera de la sunga. Dicen que es parte de las pruebas, que aceiten un tanto sus cuerpos. –Marcos acerca su rostro, el aliento bañándole la oreja, mientras ven a uno de los cortos chicos de rostro impávido y un sujeto obeso, de bigote, que le frotaba algo en la baja espalda.- Apuesto a que recorre con codicia esas nalgas de hombre joven, la firmeza de la carne, lo cálido de la piel, lo redondo, para luego meterse en su raja, frotándole con esos dedos aceitados. –los labios parecen acercarse más y a Mauricio todo le da vueltas.- Seguro que le mete un dedo, tanteándole, mira como parpadea el chico, seguro no sabe qué hacer mientras ese sujeto, frente a todos, por televisión, le mete un dedo por el culo, lentamente, rotándolo, disfrutando la sensación de invasión. Metiéndoselo y sacándoselo, cogiéndolo con él delante del mundo.

   -Marcos… -grazna, costándole respirar, intentando sobreponerse.

   -Imagínate en lugar de ese pobre chico, todos mirándote, tu rojo de cara, caliente las mejillas… yo metiéndote un dedo, adentro y afuera…

   -¡¿Qué?! –brama alarmado, el otro ríe en su cara cuando se vuelve a mirarle.

   -Es juego entre chicos, amigo, calma.

   Todavía temblando, el joven vuelve la mirada al televisor. El programa era suciamente vistoso, a su lado la respiración de Marcos se había espesado aún más, y bajo su pantaloneta… la silueta de su verga era más evidente ahora. Grande. No puede dejar de mirarla. Cuando el otro vuelve el rostro, mirándole también, se siente indefenso, mareado, vulnerable. E increíblemente caliente. El otro se aparta un poco y le hormiguea toda la piel que antes hacía contacto con el otro. era una sensación de pérdida… desagradable. El joven enciende otro de esos palitos aromáticos y regresa al sofá, Mauricio lucha por no mirar esa escandalosa erección que se alza bajo el pantalón corto.

   El olorcito le llega. Ese palito aromático parecía más fuerte, de repente se siente más aletargado, pero también muy consciente del olor del humo, del aroma y calor de Marcos cuando cae otra vez a su lado, casi sobre él, de los sonidos que llegaban desde la televisión, donde esos hombres prácticamente le metían losa dedos por el culo a esos muchachos asiáticos en el Míster Sunga. Hay cinco chicos con cinco jueces untándoles aceites, y las espaldas, las bajas espaldas, parecían la zona preferida. La cámara enfoca el rostro de uno de los jóvenes, que medio jadea.

   -Le gusta. –la voz de Marcos le sobresalta, corriéndose un poco más en el sofá, casi aplastándole con el peso de su hombro, brazo y muslo.- Dios, ¡vives de punta! Calma tus nervios, nena.

   -Deja de hablarme así. Puedes hacerlo con tus… putos, pero no soy uno de ellos. –se queja, estremeciéndose cuando el otro se tiende un poco más, quedando casi bajo su axila, cosa difícil al ser Marcos más bajo de estatura (ignora que de alguna manera bajó en el asiento para adaptarse), media espalda ya descasa en un costado del otro.

   -Si probaras entenderías que es lo que tanto les gusta… -y ríe cuando el otro se pone de pie, agitado.

   -¡Déjalo así! –suena angustiado, muy rojo de cara, cuello y torso. La mirada fija del otro no le ayuda a calmarse.

   -¿Por qué tan agitado, amigo? Son juegos entre hombres. Nada más. Siéntate. –se miran.- ¡Siéntate! –es seco, pero sonríe cuando el otro cae.- Mauricio, aquí no está pasando nada. Sé que no eres gay, sólo juego a molestarte. Sé qué necesitas, una cerveza para refrescar el criterio. Y aunque me encanta verte el culo con ese hilo dental, que creo debes usar porque te favorece y terminará ayudándote, iré yo por las cervezas. –se pone de pie y a Mauricio la boca se le seca, bajo la pantaloneta se dibuja perfectamente un güevo erecto, con la curvatura del miembro y la cabeza.- ¿Se te antoja algo más ahora mismo? –la pregunta le sobresalta, eleva los ojos y le ve el rostro.- Digo, de la cocina…

   -No, nada, yo… -quiere cerrar los ojos de vergüenza cuando el otro ríe y se dirige a la nevera.

   Tragando en seco, mortificado por la manera en la cual le trata Marcos, Mauricio sabe que es su culpa, por la debilidad demostrada para hacerle frente. ¿Qué hace usando esas ropas? Siente que se acerca y eleva la mirada. Allí estaba el otro, sonriendo todo burlón, con una cerveza en su mano derecha llevándola  a la boca, bebiendo; la otra botella… El hijo de puta, lentamente, frotaba el pico del botellín de la silueta de su verga erecta, especialmente en una anchita de humedad. Tendiéndosela luego.

   -Provecho. –sus ojos brillan de maldad.

CONTINÚA…

Julio César.

IOWA, ESAS PRIMARIAS NO CALMAN

febrero 5, 2016

27 DE FEBRERO,  RETAZOS DE COLCHAS

DONALD TRUMP

   Es tan desagradable…

   Aunque se crea una tontería, como latinoamericano que vive bajo la sombra del Gran Hermano del Norte, me parece que para nuestra región sí es de mucho interés quién gobierna por allá. No es igual sentarse a discutir un acuerdo comercial con un hombre conciliador que, bien que mal, ha intentado limar asperezas como Barack Hussein Obama (el tratado con Irán, no meterse en Libia para no molestar a rusos y chinos, sonreír socarronamente cuando los habladores de paja de estos lados querían montar un show de guerras), que con un halcón como se perfila Donald Trump, un hombre que seguramente piensa que actúa de buena fe en lo tocante a su país cuando expresas que sólo ellos valen y el resto del mundo, especialmente latinos y musulmanes, son mercancía de segunda en el mejor de los casos, en el peor, basura que no merecen ningún trato de seres humanos. No es una diferencia pequeña para una región que pendularmente sufre vaivenes políticos y sociales y mira hacia ese mercado, o por asistencia o como receptor de su producción.

   Japón ama a Estados Unidos, a China se le hace agua la boca, igual que cuando mira hacia la Comunidad Europea (también al narcotráfico mira a los gringos con buenos ojos), porque son un gigantesco mercado ávido de productos, con recursos para pagarlos, cuyo credo de vida es tener y tener. Es la meca de una nación medianamente sensata que quiere progresar produciendo y exportando, desde frutas a flores, a biocombustibles o derivados petroleros. Son los que compran y pagan en efectivo. Lo demás es paja.

   Bien, siempre he creído que Donald Trump es un engendro mediático, como es grosero e intemperante las televisoras le aman por escandaloso, a pesar de ser una cosa impresentable que sería derribado por la clase política. No fue poca mi sorpresa verle posicionarse muy bien en los medios, escándalo tras escándalo, abriéndose camino hacia la nominación del otrora gran partido republicano (hubo un tiempo cuando este grupo luchaba contra aquello que sentía era moralmente intolerable como lo fue la esclavitud en su seno y el nazismo a lo externo). Mi esperanza era que a la hora de la verdad, la gente común y corriente, los electores sensatos, le pararan el trote, como en efecto ocurrió en las pasadas primarias de Iowa… pero no de la manera contundente que esperaba.

   A pesar de su discurso insólito por lo intransigente y fascista, la diferencia con el republicano que le derrotó, Ted Cruz, fue muy poca. Puede volverse tendencia, esperemos que ocurra, pero es preocupante que tanta gente le esté apoyando en un país de tradición intolerante por creencia interna. La capa blanca anglosajona es protestante, puritana en esencia, gente que hace siglos se separó del catolicismo por sus ritos que consideraban falsos (vender indulgencias), como el perdón de los pecados mediante la confesión; ellos abrazaron el duro credo del hombre que hace su destino trabajando como Dios ordenó, y en la medida que lo haga, que tome el control de su vida y sea laborioso así le irá, y quien no lo logra es porque falló. Es, en el fondo, una fe justa para condenar lo que se siente está mal, pero carente de piedad para quienes no pueden seguir el trote (no me refiero a los políticos, empresarios, artistas o deportistas, sino de la gente común y corriente en el seno de sus casas). El triunfo del senador Cruz no garantiza que a Trump se le cierre el paso, como habría sido aconsejable, especialmente cuando con esa falta de clase que le caracteriza, y con gritos destemplados, el hombre ya habla de fraude, que no es que a la gente no le gusta lo que hace sino que lo quieren perjudicar (como los chavistas aquí, los fascistas son iguales en todas partes del mundo, sólo cambian de nombres, banderas, consignas y colores).

HILLARY CLINTON

   Por el lado de los demócratas, ganó la señora Hillary Clinton, y esto que agregaré no será sorpresa para quien ya haya leído algo mío, amo a esa señora. Me parece dura, carismática, inteligente y leal. Su gran defecto, el peso que ha cargado seguramente durante años, es ese marido díscolo, y sin embargo le ha disculpado y protegido. ¿Por qué es mi favorita?, porque es mujer y porque su persona puede polarizar las elecciones a la larga, y la verdad es que causa inquietud que los republicanos ganen. Estos republicanos. Aunque siempre he considerado a los demócratas como gente terriblemente hipócrita (criticaban a Álvaro Uribe Vélez, condenaban su régimen por “violar los derechos humanos”, pero refrendaban mil acuerdos económicos con la China comunista y su espantoso régimen represivo), son preferibles a esta gente reaccionaria que terminará a la larga de unos cuantos años rodeados únicamente de nazis. Pero de nazis que están allí, por lo tanto peligrosos. La dama ganó a su más cercano competidor, el senador Bernie Sanders, pero la diferencia fue tan pequeña que se habla de un empate técnico.

   En un tono más ligero pienso que como Estados Unidos está cercano a decirle adiós al primero hombre negro que ocupó la Casa Blanca, un hito histórico de por sí, llega la hora de que una mujer sea “el mejor hombre”. Eso me gustaría verlo. En cuanto a nuestra región, no creo que sea muy difícil entender que hay una enorme diferencia, como latinos que debemos refrendar acuerdos económicos y estratégicos, en tratar con la señora Clinton que con un Donald Trump cualquiera. Esperemos que la gente actúe con inteligencia por allá, que aunque es la primera potencia mundial, de hecho la única, eso no garantiza que a lo individual su gente no sea tan insensata como lo es en todas partes.

Julio César.

LUCHAS INTERNAS… 169

febrero 5, 2016

LUCHAS INTERNAS                         … 168

PENSATIVO Y SEXY

   Un día será más fácil.

……

   Regresando de su almuerzo, todavía cavilando en las dimensiones de lo comentado por Sam, Eric no puede evitar sentir un alivio infinito. Todos ellos, La Torre, su familia, todos habrían podido terminar implicados en un escándalo fenomenal, una conspiración para matar a un peligroso sujeto que les amenazaba. Porque el hijo de puta de Ricardo realmente les había amenazado con quitarles todo. Pero, de alguna manera, ese hombre peligroso había sido neutralizado y la amenaza contra la familia desaparecía. Casi mágicamente. Al menos por ahora. Sin embargo, lo que realmente le alegra el ánimo es sabe r que Sam estaba a salvo. Sería sobre él, su cuello era lo primero expuesto si todo aquello comenzaba a rodar como debió hacerlo. Quién intervino y por qué, no lo sabe. Ni siquiera puede suponérselo. ¿Habría sido Alirio? Por alguna razón no lo creía, no tenía el esquivo hombre la fortaleza para comenzar semejante maniobra y ser escuchado. Porque la razón de fondo era esa, ¿por qué no ir tras ellos para cerrar el caso del peligroso sujeto al que casi nombran Procurador General de la República para que dejara de extorsionar al Gobierno con una carta de renuncia? No, debía ser alguien por encima del “amigo”. Bien, como sea, tenía que llamar a…

   Su teléfono timbra, lo toma y por un segundo parpadea. Sincronía cósmica.

   -Epa… -contesta, voz suave, cautelosa.

   -¿Resolviste? ¿El océano se llevó tu casa? –Jorge se interesa.

   -Falsa alarma. Oye, lamento haber suspendido el almuerzo, todavía estoy en Tacarigua y…

   -¿Y si nos vemos allá? –pregunta el otro, deteniéndole en seco, con el corazón latiéndole locamente en el pecho.

   -¿Quieres venir?

   -Seguro. Esa casa me gusta, la playa, la arena. Todo. –baja la voz.- Hay historia. ¿Puedo?

   -Claro, te espero. –no hay otra despedida. Todavía mira la pantalla al alejar el teléfono de su oreja. Su rostro es una mezcla de confusión, su pecho sube y baja, algo sibilante el aire escapa de sus labios entreabiertos.

   La auto invitación a visitarle, las palabras…

   ¿Y si Jorge apareciera diciéndole que quería quedarse?

……

   La tarde va cayendo sobre la playa y Eric Roche espera. En bermudas, franelota y zapatos de goma sin medias, se encontraba sentado en el porche de su casa algo apartada, algo solitaria, mirando hacia el mar de aguas marrones y agitadas, una masa vital que ruge con fuerza. Y había algo inquietante en todo eso, algo que lo llenaba de zozobra aunque intentaba alejar todo pensamiento deprimente. A sus espaldas la puerta se cierra, por el viento, y al mirarla recuerda de pronto a un carajo que casi le emboscó contra ella una noche. Robándole un beso. ¡Edward se había ido! Ese pensamiento llenó por un momento su mente, haciéndole sentir inquieto. Le habría gustado que el otro no se fuera como lo hizo, no lo quería para… amante, pero saberle lejos le incomodaba. También sentía culpa, por Jorge, porque una parte de su mente, y su cuerpo, había respondido al otro abogado, eso cuando desde hace tiempo estaba claro en lo que sentía por el joven mecánico. Con todo y lo promiscua que había sido su vida desde que decidiera mandarlo todo al coño y vivir lo que deseaba, como el naufrago encontrando de pronto un banquete, aún esperaba por el joven del taller.

   Oye el rugido de una vieja camioneta que se acerca por la arena seca cerca del límite de palmeras, estacionándose un poco alejada de la casa. Había llegado. La idea le heló la sangre, y mientras se endereza, volviéndose hacia el viejo vehículo se dice que debe calmarse, actuar con serenidad, no dejarse llevar por la emoción, pero ya una parte de su mente corre feliz al encuentro del muchacho. Quiere verle, tocarle, abrazarle. Besarle. Desea…  Es cuando le mira salir de la cabina, en jeans, chaqueta y botas, alto y atractivo. Viril. Y mal encarado. Mucho. El frío se intensifica en sus entrañas, siente una punzada de algo ácido en su estómago, pero no quiere pararle.

   -Se te hizo tarde, pensé que llegarías más temprano. –exclama por saludo, con voz algo ronca, inquieto, mirando hacia la camioneta estacionada.- ¿Viniste a…? -mira su rostro muy serio.- ¿Ocurre algo? –le duele; de repente le duele algo en el pecho.

   Jorge, manos en los bolsillos de la chaqueta, no ha dicho nada aún, y fuera de una primera y rápida mirada, casi ansiosa, evitaba hacer contacto visual ahora.

   -Eric, tenemos que hablar. –se hace el silencio.

   -Ya veo. ¿Quieres pasar?

   -No. No me quedaré. -replica en voz baja, queda, mirada en la arena. Y Eric siente ganas de retroceder, de entrar en su casa y cerrar la puerta. O de echar a correr por la playa, dejándole allí, solo, con la palabra en la boca. No quiere oír lo que va a decir.- Me están esperando en Caracas. -señala con un gesto hacia el vehículo.

   El abogado se siente molesto de repente, pero pasa demasiado rápido, un dolor sordo se instala en su garganta. Pero ese mismo silencio parece alarmar a Jorge, quien eleva los ojos. Sus miradas se encuentran y para el joven mecánico es terrible todo lo que encuentra en esas pupilas que se agitan rápidamente, que brillan de ansiedad. “No me mires así, por favor”, casi le grita, pero se contiene.

   -¿Qué pasa, Jorge? Anoche… -se humedece los labios, sintiéndose mortificado, furioso por el tono casi mendicante de su voz.- Anoche creí que terminarías todos. Que me habías llamado y citado para decirme que… -no puede decirlo, parpadea, la idea era tan desagradable que no puede encararla. Fija sus ojos en él otra vez, dejándole saber todo lo que siente en esos momentos, dolor.- Pero entonces… hicimos el amor.

   -Eric… -las palabras parece escocerle. Y baja la mirada cuando el otro acaba con la distancia que les separa y le monta una mano en un hombro, cerca de su cuello, y el toque es grato, el peso era extrañamente tranquilizante. Le gustaba sentirla.

   -Hicimos el amor, Jorge. No sé si lo notaste o no, si quieres pensar en ello o negártelo, pero eso fue lo que hicimos. Me entregué como lo hiciste tú. Y lo sabes. No pudiste terminar conmigo anoche porque esto no es una sórdida aventura de maricones ociosos que se encuentran por ahí y como no tienen nada mejor que hacer, que ser ociosos, tiran. No fue eso para mí… y sé que para ti tampoco. Anoche, en esa sucia y estrecha cama, cuando yacíamos juntos, tú rodeándome con tus brazos… -calla y traga, parpadeando ferozmente, no quiere perder el control.- Sentí que sí, que podía ser. Que lo deseabas. Que tú y yo podíamos estar juntos. La llamada de esta tarde…

   -No era nada. –balbucea, ojos en la arena, increíblemente tenso. Eric lo nota bajo su mano. Casi con asombro entiende que el otro intenta no desmoronarse.

   -¿Qué ocurre? ¿Qué pasa? ¿Por qué quieres alejarme otra vez? –pide saber.

   -¡Porque no quiero esto! –ladra con rabia, desconcertándole, mirándole, ojos húmedos, cara roja.- No quiero lo que me haces sentir. –como fulminado por un rayo, Eric le suelta, su boca agitándose sin sonidos, enrojeciendo hasta la raíz del cabello, luego palideciendo.

   -Por Dios, Jorge, no quise obligarte a nada. No quise hacerte daño. –se disculpa; ahora si amenazando con romperse se abraza a sí mismo. ¡Jorge le culpaba! Todavía lo procesa cuando las manos del otro le atrapan el rostro, atrayéndole, casi besándole.

   -No, no, no quise decir eso. Tú no me obligas a nada, soy yo. No quiero esto, pero pensar en ti me confunde, me hace desear verte, querer tocarte. Tu piel… -habla vehemente, calmándole, confundiéndole.

   -¿Entonces? Por Dios, ¿a qué le temes? Quédate conmigo. –pide llanamente, atrapándole a su vez el rostro.- Podemos ser felices, Jorge. No somos un hombre y una mujer que conformarían un hogar como todos, que tendrán hijos, pero estaríamos juntos y… -calla cuando Jorge arrecia su agarre.

   -Es por eso que no puedo quedarme; porque no puede ser. –casi llora y parece rogar por comprensión, por perdón.- Mi hermano Gabriel me preguntó a medio día, en casa de mis padres, quién era el tipo con el cual me vieron anoche, y que “le echaron cada cuento”, riéndose me preguntó, delante de todos, si es que ahora era un marico. –suelta a Eric.- Y me asusté, le grité, lo negué más que Pedro a Jesús. Él insistía en que le contaron que había estado con un tipo en la trastienda y… -respira agitadamente.- Papá me preguntó qué coño pasaba. Mamá repitió algo que siempre dice, que preferiría mil veces una hija puta a un hijo marico, y yo… -casi batalla para librarse de las manos de Eric.- No puedo, no puedo hacerlo. Esta mañana, en un momento de locura me dije sí, lo haré, buscaré a Eric y me quedaré en esa casita de mierda a medio construir, y pescaré y nadaré cada día, comeré pescado hasta que me salga por las orejas y cada noche…

   -Jorge… -suplica, dando un paso hacia él, extendiendo las manos, pero el otro se aleja.

   -Pero no puedo. No puedo hacerlo, no puedo llegar a mi casa y decir que tengo un marido, que ahora soy marico. Y no puedo ocultárselos si me quedo. No podría enfrentar los gritos, las condenas, el asco de ellos. El desprecio. No quiero que me repudien, Eric, no quiero que mis padres me odien, que me rechacen. No tengo las fuerzas necesarias para eso, lo siento. No se los haré. Eso no.

   -¿Y tú? ¿Y yo? –no quiere, pero le reclama en tono neutro.- ¿Acaso no vale la pena gritar, pelear, arriesgarse por el derecho a ser, a sentir? Una vez te fuiste, pero regresaste… porque también tú me quieres. En algún nivel. ¿No vale la pena? No fue fácil para mí, decírselo a la mujer que amé de cierta manera, la que un día será la madre de mi hijo. Ni a mis padres, pero…

   -No tengo tu valor, ¿okay? No soy tan hombre como tú. Lo siento.

   -¿Lo sientes? Vaya, eso lo arregla todo, ¿verdad? –sonríe con ojos llorosos. Y siente el deseo de lastimarle, pero no puede.- Dios, te entiendo. Pasé veintiocho años de mi vida ocultándome también. Temiendo. Escondiéndome de quien era. Eso no es vida, Jorge, pesa demasiado. La piel arde, las manos quieren, los labios desean. Todo tú pide a gritos sentir y vivir. Aunque no hallan sentimientos, cuando te escondes demasiado, los ojos se van sin que lo desees. Anhelas…

   -Imagino que para mí es más fácil; de los hombres sólo te he querido a ti. –responde bajito, notando el estremecimiento del otro, el dolor que semejante confesión de sentimientos provoca en tales momentos. No aguanta y vuelve a atraparle el rostro.- No me odies, Eric; tú no, por favor. –luchando con un sollozo, pega la frente de la del otro.- Di que no me odias. –pide. Se quedan así, frentes unidas, alientos intercambiándose, las manos de Eric sobre las suyas.

   -No te odio. –la respuesta es baja, rota, y al decirlo, Eric cierra los ojos, preparándose. El otro rompe el contacto, también su alma, y le da la espalda, alejándose.

   El abogado tarda un segundo más, luego abre los ojos y le mira irse, sintiendo que el corazón le palpita lentamente, demasiado, y con mucho ruido en sus oídos. Quiere gritarle que se detenga, correr tras él, decirle que mañana todo estaría bien, que entendería que no era tan grave, que sus padres… Quiere detenerle y repetirle que lo quería, y que con eso bastaba para que todo saliera bien. Pero no lo hace. Aún a él que ha decidido afrontar y enfrentar lo que es y lo que siente, piensa que eso sonaría vacío y fuera de lugar. No se mueve. Tan sólo desea gritar y… llorar. Siente algo tan feo, que retrocede y cae sentado en el porche, encogiéndose, abrazándose con fuerza las piernas con los brazos, ocultando la cara en el hueco entre las rodillas, respirando pesadamente, concentrándose en respirar y no morir.

   Así oye el motor de la camioneta. El ronroneo, el cómo se aleja.

   ¡Se fue! Jorge se había ido. Se apartaba de su lado esperando escapar de los momentos incómodos, de las miradas censuradoras. Del temor de que alguien le gritara maricón. Se marchaba, pero el abogado sabía que no se iba libre de maletas y pesos; lo que hicieron, la entrega, las cosas que se dijeron terminarían alcanzándole y atormentándole. ¿Se obligaría a olvidar? ¿Pretendería que nada ocurrió y que nunca conoció a un carajo al que salvó de ser arrolladlo una noche en la calle y con el cual terminó encamado? Era posible. Y tal vez era lo que Jorge requería para poder continuar, pretender que nunca conoció a Eric Roche. Tal vez lo necesitara para recuperar la paz, la alegría.

   Ojalá lo logre. Ojalá olvide eso que lo lastima y asusta. Eric se lo desea de corazón, aunque esa posibilidad le dolía aún más. Pero tanto así le había importado ese hombre joven por el cual lloraba ahora, en medio de la noche, casi caído frente a su casa, sin reparos, cara contra las rodillas, jadeando escandalosamente. Ojalá le fuera bien, lo piensa mientras se siente embargado de un dolor atroz.

……

   Alirio Fuentes entra en el despacho de su superior, en el Helicoide. Aunque, de cara al público, ya no funcionaba allí la sede de la Policía Política, algo quedaba. El hombre no levanta la vista de unos papeles que lee, tan sólo le indica que tome asiento. No hay saludos ni intercambio de fórmulas sociales. Cayendo sobre una silla, Alirio mira por una ventana a la noche sobre Caracas. No se siente contento, aunque apartado del grupo, sabía algunas cosas de los otros y le escocía por dentro no estar con ellos. Le irritaba saber que todos estaban molestos con él. Claro, no llegaba a tanto como decirse que extrañaba a muerte a esos amigos a quienes engañó, pero ese era el asunto. Su superior, un hombre cincuentón, cabeza redonda, calva en el centro, con algo de cabello rodeándole por los lados, termina la lectura y le mira.

   -Un notable informe, Fuentes. –dice el hombre.- Sé que lleva días queriendo reunirse conmigo, pero he estado ocupado. –calla y le mira. Alirio se revuelve algo incómodo.

   -Ya no hay necesidad, señor. –el otro sonríe.

   -Si, quería saber lo que se haría contra sus amigos Roche y Mattos en lo referente al occiso Ricardo Gotta, ¿verdad? –cierra la carpeta.- Eso se dejará así por ahora. La muerte de ese sujeto no fue una tragedia para nadie.

   -Pero fue asesinado.

   -Tanta gente lo es… -el otro se encoge de hombros, con algo que parece humor.

   -Ya veo. Bien, era lo que me interesaba saber… -va a ponerse de pie. Nunca nadie lo sabría, pero había intentado intervenir para proteger a sus amigos, aún sabiendo que llevaba todas las de perder. Luego supo la noticia en los corredores, nada se investigaba sobre ese homicidio. Bien, se podía dejar así.

   -Un momento, Fuentes. –el otro le detiene.- Imagino que no será fácil, ni grato para usted, pero debe volver a formar parte del grupo de Roche y Mattos.

   -¿Qué? ¿Está loco? –se incomoda por el estallido.- ¡Es imposible!

   -Tendrá que hacerlo. Ganar nuevamente la confianza de todos ellos.

   -¿Por qué? –suena desconcertado. Eric y Sam jamás le perdonarían lo que había hecho.

   -Digamos que hemos detectado a una gente que parece interesarse en sus amigos. Renato Mijares parece ser la conexión.

   -¿Qué? –ahora si que está confundido. ¿El marica de Renato ligado a un grupo de interés para la Policía Política?

   -Y las amistades europeas del señor Lucas Rondón también deben ser monitoreadas. –la nueva información si parece rebasar el vaso.

   -¿De qué coño habla?

   -Aparentemente todos en su antiguo grupo de amistades son más de lo que parecen ser. Y necesitamos que vuelva a formar parte del mismo. De la manera que sea. Comience con Eric Roche, será el primer en ser contactado por esta gente, el Sindicato.

CONTINUARÁ…

Julio César.

ACTUANDO RARO

febrero 5, 2016

ESTRATEGIA

JUGUETON CUANDO COMPARTE CUARTO

   No sabe por qué, pero se pone juguetón, e hilos dentales, cuando en viajes de negocios le toca compartir cuarto con el colega gay.

Julio César.

¿NO PROVOCA AHORA QUE LLEGA EL CARNAVAL?

febrero 5, 2016

SALUDOS A LA CHINITA

   Ah, la búsqueda del paraíso perdido…

   Qué propaganda para atraer el turismo tan buena tiene el Brasil. Es verla y sentir ganas de correr. Fuera de la sensualidad de su gente en las playas, lo que siempre es un atractivo en el imaginario que tenemos del país carioca, están todas esas ofertas de cosas para hacer en vacaciones; como en Carnaval, que, bueno, allá tiene otro significado. Con unos días libres uno debería ir a un lugar así, cálido, soleado, pisando arena tibia, en bañador, nadando, arrojándose entre las olas, jugando con amistades, lanzarse en parapente, bucear. Probar nuevos manjares. Para eso debería ser el tiempo libre, trabajar todo un año para costearse viajes a lugares nuevos, para mirar bellezas naturales, para ser mimado. “¿Llegó el Carnaval?, vámonos de juerga”. Sin las sambas, sin tanta fiesta en Río de Janeiro, yo sería feliz pasando las fiestas del Rey Momo así; un grupo pequeño disfrutando de la vida, el existir sin obligaciones, el despertar para sentir y experimentar. Después a trabajar para pagar el próximo viaje.

Julio César.

DE AMOS Y ESCLAVOS… 28

febrero 4, 2016

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 27

NEGRO ABIERTO EN HILO DENTAL

   Tentación a mano…

……

   -Inútil. –Hank, despectivo, le gruñe a Roberto, montándole una mano en la transpirada frente y apartándole de su güevo rojizo y mojado.- Todavía no puedes lograr que un hombre se corra nada más que con tu aliento de puto. Pero ya aprenderás. –le informa metiéndoselo en los pantalones de cuero cuando el auto se detiene frente a una casa grande, cerrada, algo vieja.- Llegamos. –el joven chofer había salido a abrirle, de pie, rostro bajo, solícito, sumiso.

   En el suelo del vehículo, caliente como el infierno, Roberto se desespera. Casi siente ganas de llorar por las duras palabras del otro; no pudo satisfacerle y saberlo le atormenta, le angustia realmente. Baja, acomodándose la camisa y el bulto llamativo bajo el pantalón. Con cierta aprensión mira la casona hasta que Hank, con su cuerpo, cubre la vista.

   -Ya lo sabes, maricón, no me hagas pasar pena frente a mis amigos. –le recuerda, seco, dándole la espalda y dirigiéndose a la entrada, que abre simplemente girando el pomo.

   Se agita internamente al hacerlo, conteniendo una sonrisa. Ah, las cosas que le ocurrirían al negro de mierda allí…

   Dudando todavía, pero sabiendo que no tiene otra opción, Roberto le sigue y el otro chico, el chofer, cierra la marcha. El lugar parece un barato escenario de películas de fraternidades norteamericanas, le parece al hombre negro. Incluso la escalera que sube, una música b aja procede de allí, también del interior de la vivienda, hacia la izquierda. Un sonido le llama la atención a sus espaldas. El joven negro se despoja de sus ropas, quedándose con las botas, el collar y un suspensorio blanco, de tela, increíblemente pequeño y apretado. Toma una cadena que cuelga de un perchero y “se amarra”. Evita mirarle. A chico blanco ni le importa.

   -Hank, amigo… -una potente voz hace volver la mirada al hombre negreo, y ve a un tipo impresionantemente alto, grueso, con brazos como de oso, blanco. El cabello, el bigote, los ojos, la piel, todo parece tener un tono medio amarillento cobrizo, extranjero. Y el acento al hablar le recordó vagamente a uno de los villanos del Superagente 86. Era de edad indefinida, más de cuarenta era claro.

   -Épale, Ruso. –saluda Hank, e intercambian chocadas de manos.

   Roberto, que es un tipo alto, se ve algo cohibido ante ese sujeto, el ruso. Seguramente ese tipo levantaba pesas, o luchaba, piensa. Los ojos de este están recorriéndole.

   -Hola, ¿eres el nuevo chico de Hank? Le gustan muy negritos. –sonríe de manera casi amable. Roberto medio asiente por toda respuesta, cohibido.

   -Sabes lo putos que son. –intercala Hank.- Me gustan mis putos muy negros, con sus grandes tetas perforadas, también sus vergas para amarrarlos de una cadena; siempre tan hambrientos de güevos blancos. –Roberto se agita ante la crudeza de las palabras, sin mirarles.

   -¿Le gustan mucho los penes blancos? –oye al ruso, divertido.

   -Casi se corre ante la visión de uno. Debo corregirle algunos detalles todavía. –la insinuación flota, y hasta Roberto, algo asustado, lo entiende.

   -Hummm, suena excitante. Tal vez pueda encargarme… de enseñarle el lugar. –el tono del ruso, le eriza.

   -Lo traje para que se divirtiera. ¿Llegó ella?

   -Creo que está arriba. Búscala mientras le doy el recorrido a tu amigo. –ofrece, asustando a Roberto.

   -Ese negro de mierda no es mi amigo. Haz como quieras. –va hacia las escaleras, pero se vuelve y mira a Roberto, advirtiéndole que se porte bien.

   -El cachorro suele ser cruel. Todavía aprende a comportarse. –el comentario casi amistoso del sujeto le hace pegar un leve bote, tanto como la pesada y firme mano al caer sobre su hombro. Hank era alto, pero él le sobrepasaba. A este tipo no.- Vamos, conozcamos el lugar.

   -¿Qué es todo esto? –se inquieta; le hace tragar, por alguna razón, la mirada del otro.

   -No debes preguntar nunca nada, negro. Sólo obedecer. –y eso lo dice todo, piensa mortificado, Roberto, internándose con ese tipo en la casa, preguntándose a dónde iba su “amito”.

……

   El barato cuarto de hotel está saturado de sonidos. La muy pesada respiración de un hombre recio que se soba un güevo increíblemente erecto, echado de espaldas sobre su cama, las piernas cruzadas, su puño, grande, subiendo y bajando sobre la negra mole de carne de joder. También está este tío catire, joven y guapo, pintarrajeado de puta, en sostén con relleno, medias de seda altas, con tacones y una pantaleta que cubre su sexo no muy duro, arrodillado a un lado del coloso de color, subiendo y bajando su culo goloso sobre un grueso falo de goma que el otro hombre sostiene por la base con su otra mano. Gimiendo mientras se encula.

   Mirando a Yamal, Bartolomé Santoro sube y baja entusiastamente sobre el consolador, uno que llena imposiblemente sus entrañas, forzando su entrada al cubrirlo. Baja casi dos tercios, este haciéndose más grueso hacia abajo no era tan fácil de tomar; conteniendo un jadeo, luego sube, gimiendo de manera escandalosa, su rostro brillante de sudor, sus labios pintarrajeados muy abiertos, una lágrima escapando de uno de sus ojos, corriéndole el rímel barato. La sensación de estarse metiendo eso era muy intensa.

   Con las manos sobre sus muslos, el catire no detiene sus caderas, sus nalgas que tragan la tela de la pantaleta, y el falo, se abren al bajar, devorando buena parte del tolete de goma, para luego cerrarse cuando sube, con los labios de su culo extendiéndose sobre el rugoso juguete negro azabache. Y sentirlo recorriéndole despertaba una lujuria increíble en su interior; sus ojos brillantes enfocan el tolete del macho, grueso y nervudo, recordando las veces que esa dura pieza totalmente clavada en sus entrañas, las venas latiéndole adentro, caliente con toda esa sangre llenándolo, le pusieron mal.

   -¿Ya imaginas mi güevo llenándote el coño, nena? –Yamal le adivina, sonriéndole.- Demuéstrame qué tanto lo quieres. Convénceme de cogerte como a la putita necesitada que eres.

   Bartolomé le escucha y gime roncamente mientras sube y baja su agujero de labios depilados con mayor  vigor sobre el consolador de goma; grita de manera escandalosa, ronca, profunda porque sabe que eso le gusta al otro, verle ansioso de llenar su culo. Pero también era muy claro para Yamal que el consolador no le consolaba sino que despertaba nuevos calorones en sus entrañas. Su culo baja más sobre el grueso tercio inferior, casi cae agotado de tanta excitación, y echando la cabeza hacia atrás, labios rojos muy abiertos, deja salir un nuevo gemido. Yamal sabe que deben estarle escuchando en el pasillo, así de fuerte gemía aquel puto mientras el grueso falo de goma llenaba su coño caliente y mojado.

   -Eso es, putita, juega con tu coño. Sabes que a tu hombre le gusta verte así. –le dice, provocándole una sonrisa al otro, también un gemido. Con un toque coqueto en sus ademanes, como seduciéndole, Bartolomé reanuda el vaivén de su agujero ávido sobre el juguete erótico.

   Con el puño sobre su güevo, sin frotarlo en esos momentos, viendo como el catire en pantaletas se encula con esas ganas, este le pulsa y del ojete manan unos jugos que hacen brillar de codicia los ojos de Bartolomé. El muy puto quiere beberlo, tomarlos con su lengua, cerrando sus labios pintados de rojo y chuparlos. E imaginarlo, ronroneando como una nena, la boca pintarrajeada cubriéndole el ojete y succionando le hace botar más de esos líquidos.

   A Yamal Cova le costaba entender lo que ocurría, el por qué le calentaba tanto ese carajo bonito y elegante vestido ahora de putita, con pantaleticas, siempre deseoso de su gruesa, dura, pulsante y negra virilidad. O si entendía un poco, a todo hombre le gustaba saber que excitaba y gustaba de esa manera, pero… Toda su vida fue con hembras, desde que descubrió la maravilla que ocultaban entre sus piernas y todo el placer que podían brindarle, así como sus bocas o culos más tarde, o sentarse sobre sus pechos, atrapándole las tetas y masturbándose con ellas para bañarles las caras de leche. Eso le gustaba. Nunca pensó en probar algo más… hasta que Marjorie Castro le llevó con su marido. Habían tomados unas copas ese día, estaba caliente y se sintió ocioso mirando a ese carajo rico y poderoso económicamente que le encontró con el güevo afuera y la putita de su mujer mamándoselo, para luego caer él  mismo, como en trance, entre sus piernas, mirándole confuso, fascinado, tocándoselo como sorprendido del tamaño y grosor, lamiéndolo con tanteo al principio, luego con hambre, besándolo, chupándolo…

   Coger a Bartolomé Santoro esa tarde en la sala de su casa, vistiendo este una pantaletica que Marjorie le había lanzado después de quitársela y antes de salir del cuarto, le pareció tan sucio, erótico y caliente que casi estalló antes de enterrárselo con un golpe rudo. Como casi le reventó el culo. Y ese culo le había brindado un placer increíble mientras le escuchaba gritar y gemir, una mezcla de dolor y placer, mientras apretaba las paredes de su recto, amasándole como nunca antes se lo hizo; pero entendía, hasta cierto punto, que se debía a algo más. No le gustaba pensar mucho en eso porque le hacia cuestionarse la clase de tipo que era, pero cogerlo en la sala de su casa, vistiendo una pantaleta que Marjorie acababa de quitarse, una mierdita pequeña y erótica, blanca de encajes, metérsela duro, como con rabia, verle revolverse con su güevo clavado, oyéndole gritar de dolor, luego de lujuria, transpirado, había sido grato.

   Lo realmente caliente era saber que estaba cogiendo a un carao que hasta ese momento era virgen de culo, que él había tomado su virilidad, por poca que fuera (según Marjorie), y le había hecho adicto a su porra de carne dura. Porque si, alcanzado los dos sus brutales clímax, ese tipo le pidió, ojitos de cachorro, mejillas rojas, que le cogiera otra vez. Y lo hizo, todavía dentro de la pantaleta bañada con las dos leches, teniéndole de espaldas sobre una mesita de cristal, mirándole gemir, arqueando la espalda, tensándose mientras le metía y sacaba del culo su güevo tieso y caliente, alzándole las piernas, llamándole sucio marica, dándole güevo con violencia, golpeándole con sus bolas, provocándole una segunda corrida dentro de la pantaletica.

   Pero había algo más tras toda la fascinación de estar con Bartolomé, algo de sí mismo que todavía no entiende y que le hace salivar de placer al gruñirle al hombre en pantaleta que deje la pereza, que se clave todo ese grueso falo de goma por el coño, que se lo abra, que lo afloje, que dejara de quejarse como si le doliera, que una puta debía poder con lo que le llegara. Palabras que, increíblemente, parecían excitar aún más al catire que subía y baja su culo con mayor fuerza sobre el juguete sexual.

   Yamal no entendía que una vena dominante corría por sus venas, podía intuirlo de manera inconsciente, pero no lo sabía. Aunque era de esa manera. Allí, mirándole, sobándose el güevo con placer, rugiéndole que se metiera bien el grueso tolete de goma, Yamal era el macho cabrío que gozaba viendo a otro carajo menos masculino, menos machos, que se cogía a sí mismo con algo, que llenaba su culo con objetos. Sentía un placer infinito en ver a su puta maricona esforzándose en complacerle, en hacer lo que le ordena, empujándose esa enorme pieza de goma dentro de su coño, porque si, en una parte de su mente, Yamal sabía que Bartolomé Santoro no tenía un culo en esos momentos. No. Era un coño caliente y mojado necesitado de ser usado.

   Y él quería usarlo… pero también más. Deseaba que Bartolomé le rogara para que le dejara mamarle el güevo, que rogara para que le permitiera pegar esa lengua ávida de la cabeza de su glande, de donde mana un río espejo de jugos hacia su puño; deseaba que le lloriqueara para que le cogiera. Yamal quería a su puto bien entregado, tan necesitado que le suplicara le llenara de atenciones. Y lo haría, obligaría a Bartolomé a suplicar por su güevo.

CONTINÚA…

Julio César.

CÓMO GUSTA LA LUCHA

febrero 4, 2016

MALO COMO TUTOR

LUCHA CALIENTE

   Exprimiéndole el jugo a la oportunidad de ganar.

Julio César.


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