LUCHAS INTERNAS… 149

marzo 30, 2015

LUCHAS INTERNAS                        … 148

SEXY BOY

   De regreso al juego…

……

   -Imaginé que vendrías aquí. -dice una voz opaca tras él. Casi con un jadeo se vuelve y se topa con un muy serio Frank, quien lo mira fijamente.- Quiero que hablemos. -el joven siente rabia. Ahora siente odio contra él, y Frank lo capta, engorilándose.- ¿Muy dolido? Una vez intenté decirte que…

   -Está bien, Frank, no hay que hacer un drama de esto.

   -Quiero…

   -En serio, todo está bien. Fue como dijiste una tarde en tu carro, frente al edificio donde vives, teníamos un problema y había que solucionarlo, probamos algo y ya. Creo que ya estamos curados de esa… ¿qué palabra usaste?, ah, si, esa mariconeidad que nos afectaba. -bota aire y se pasa una mano por la cara, intentando sonreír y encogerse de hombros.- Lo solucionamos, así que nos vemos en la vía…

   -Nada está acabado. -ruge.

   -Yo si acabé. La prueba fue… fascinante, diría el señor Spock, pero no creo que vaya por ahí contándola. Fuiste… -traga y sonríe con una mueca.- …Un buen compañero de aventuras.

   -Vamos, coño, deja ese aire de virgen ofendida. –es tajante, necesita hacerse escuchar y no sabe de otro modo para conseguirlo.- Hablemos como adultos, ¿no? Después de… “la aventura”, creo que al menos me he ganado el derecho a ser escuchado por mis jueces. –cruza los brazos sobre el pecho, decidido a luchar… y vencer. Le buscó porque necesita arreglar ese problema, que vuelvan a hablar, que puedan planear otra realidad. Nicolás, por su lado, le mira con la boca ligeramente abierta.

   -Te has ganado una patada en las bolas, pero ya no quiero acercarme tanto, hijo de puta. –estalla al fin, apartando el falso racionalismo, la idea de salir con cierta dignidad.- Vete de aquí y vuelve a la mierda que tienes como vida, tus reales, tus viajes y tu mujer.

   -Nicolás…

   -¡Vete a la mierda, Franklin Caracciolo, y olvidemos que una vez tuvimos la mala suerte de conocernos! –exige, cachetes rojos, luchando por no romperse.

   -No puedo… -es casi un resoplido.- No puedo irme dejándolo todo así; ¡

   -¿Por qué tienes que complicarlo tanto? –ruge, en verdad desconcertado y furioso.- Simplemente toma la salida fácil que te estoy brindando, maldito cretino, y vete.

   -No puedo, ¿no lo entiendes, coño? No puedo alejarme de ti… -grazna, rojo de cara, y el otro le mira con franco asombro.- Esto tenemos que resolverlo.

   -¿Pero de qué carajo hablas? ¡No hay un nosotros! ¡No hay nada que “debamos” resolver! –barre con una mano entre los dos.- Vete con tu bonita mujercita que te eligió el piso, el decorado y hasta la cama donde… -se contiene a duras penas, sintiéndose herido, traicionado.

   -¿Estás celoso de Violeta? –le mira con interés, y el muy cretino casi, casi parece sonreír. La cara de Nicolás arde.

   -¡Claro que no!

   -Lo entendería. Yo estaba celoso de esa pila de mierda de Jerry Arteaga. Odiaba verlo cerca de ti, hablándote, mirándote. Desnudándote en su mente sucia. –es tajante.- Si quieres… puedes celarme. Se vale.

   -¡No estoy celoso! –ladra, sin querer recordar la rabia sorda que sintió al conocer a la hermosa Violeta, la dueña del abogado hijo de puta.

   -Entonces… ¿estás molesto porque no te dije que era casado? Eso nada tiene que ver con nosotros. Eso es parte de mi vida, una donde tú… -se atraganta. Nicolás lo encara, pálido, furioso y herido, pero nunca lo dejará ver.

   -Una donde yo no tengo que meterme. Lo sé. Eso lo entiendo. Está bien, no hay rollo, no quiero reclamarte nada porque me siento idiota, en verdad nunca… nunca prometimos nada más que saciar esa maldita necesidad sexual. Nos acostamos juntos y ya. Lo hicimos y punto. Ahora vete, debo ver como lleno esto con algo… -abre los brazos abarcando el cuarto vacío, manchado y ahumado.- …Con una cama o una camilla, traer las pocas porquerías que todavía me quedan y volver a lo que era mi vida antes de ti. Perdí tiempo, Jerry tiene trabajo. Yo no. –lo último lo usa para lastimarte de alguna manera, y siente un placer vacío cuando le nota apretar los labios.

   -Ah, ahora vas a castigarme con el rechazo y con tu tonto orgullo de niñito pobre pero digno.

   -Coño’e madre. -le ruge, lanzándosele encima. ¡Le tiene tanta rabia ahora! Siente que lo odia. Levanta un puño y va a golpearlo en medio de su boca odiosa y mentirosa cuando el otro se lo atrapa, le dobla el brazo, bajándolo, y obligándole a darle la espalda, donde lo inmoviliza pegándole el brazo retenido.

   -Cálmate, ratita, no te pongas violento.

   -¡Suéltame! Y no me digas así. -le grita, soltándose. Respira agitado cuando le encara, sobándose la muñeca.- Eres un salvaje.

   -Creo que es una de las muy pocas cosas que amas de mí. –lo dice sin pensar, pasándose las manos por el cabello, congelándose cuando entiende lo dicho. El otro finge no haber escuchado, aunque si estremecido.

   -Vete, Frank.

   -Mira, entiendo que te sientas… engañado, y defraudado, pero debes entenderme…

   -Oh, Dios, ¡¿hay una explicación?! Me ocultaste que eras casado, que ya había alguien en tu vida. No sabía que estar contigo era… lastimar a alguien más. Me siento ruin, y me molesta sentirme ruin. Y me digo que es por tu culpa, que tú me hiciste una persona ruin.

   -No, no lo eres. Eres una personita compleja, necia y estúpida a veces, pero sincera, honesta. Eres bueno, Nicolás Medina, de una manera que yo nunca sabría ser. Ni pretendo que lo soy. Soy un desgraciado, tú no. Y esa es una de las muchas cosas que… amo de ti. –aclara, pero el otro no le mira, ceño fruncido.

   -¿Por qué el engaño?

   -¡Porque quería acostarme contigo! –jadea exasperado.- ¿Crees que alguien le dice a otra, mientras planea llevarla a la cama, que ya está casado? ¡No! –todavía se permite negar con la cabeza, y Nicolás le mira simplemente sin poder creérselo.

   -¿Cómo puedes ser tan…?

   -¡Soy un hombre! Y no seas mentiroso, tú sabes como es. Tal vez no a este nivel pero debe haberte gustado alguien y aún así hacer tu guerra para estar con otra más si la oportunidad se te presentaba. –no le deja replicar.- Sé que no te “ofreciste”, fue algo que nos ocurrió a los dos. Y necesitaba resolverlo. Te conozco, sabía que reaccionarías así si te contaba algo antes de que te mudaras conmigo. Y no podía arriesgarme. –abre los brazos como diciendole “entiéndelo, coño, es simple”.

   -¿Cómo puedes verlo tan… fácil? –a cierto nivel lo entiende, siempre era preferible pedir perdón que permiso.

   -Necesitaba matar eso que sentía por ti. Haciéndolo contigo. Nunca esperé que… -calla y se humedece los labios.- …Que esto resultaría en algo más profundo.

   -Claro… -ojos húmedos, Nicolás lanza una risita de rabia.

   -Lo es, rati… Lo es, Nicolás. Lo que siento por ti hoy, ahora, anoche, hace tres días, no se parece en nada a lo que había cuando te llevé a mi apartamento. –desvía la mirada, confuso.- Te me metiste en los huesos, en todo mi ser. Cuando saliste como lo hiciste, odiándome y tan dolido, creí que… -ahora es él quien lanza una risita amarga.- Fue un dolor terrible.

   -Frank… -traga y alza la mirada.- Vete, por favor. No hagas que esto sea peor.

   -Hablemos. No aquí. Vamos a cenar. Déjame llevarte…

   -¡Lárgate! Vuelve a tu vida. –es seco, el “vuelve con ella” no puede ni enunciarlo. Va a romperse, a gritarle, tal vez a intentar golpearle otra vez, pero sabe con toda seguridad que llorará. Allí, ahora, frente a él.

   -No…

   -Está bien, quédate tú. -y va a salir, pero Frank, quien le mira con feroz exasperación, se para frente a él, empujándolo violentamente por el pecho con las manos, obligándole a retroceder, haciéndole sentirse débil e impotente. Eso le molesta.- ¡Déjame ir! -le grita agudo.

   -No puedo, no así…

   Nicolás, con rabia, se arroja contra él, queriendo llevárselo por el medio. Frank lo retiene y con un movimiento brusco le rodea los costados con sus manos, reteniéndolo contra él, abrazándolo. El más joven le chilla que lo suelte, y se debate, pero Frank lo medio alza, pegándolo de la puerta, dejándolo atrapado entre ésta y su cuerpo. El abogado no le oye llamarlo hijo de puta, así como todas las otras palabrotas que brotan de su bonita boca, ni que lo suelte. No siente rabia contra su ratita, sino contra ese dolor que adivina en él, uno que le parece insensato, ¿por qué se molestaba tanto por una cosa como esa? Sólo piensa en tenerlo así, retenido contra su cuerpo hasta que se calme, hasta que suelte todo lo que lleva por dentro, todo ese rencor reciente, su frustración y el dolor por el engaño. Sabe que al joven se le pasará y entonces le dirá que Violeta ya no significaba nada en su vida, ni tenía nada que ver con ellos, que la mujer estaría por allá y ellos por aquí, en mundos que jamás se tocarían. Pero debía ir con cuidado, ganarse su confianza era impresindible. Mierda, debió contarle todo aquella vez sobre el sofá. Lo siente temblar violentamente mientras va deteniéndose. Lo nota ceder poco a poco, aunque no puede verle la cara ya que mira hacia el piso, respirando ruidosamente.

   -Vete, por favor… -es el pedido bajito, lloroso.

   -No puedo, no sabiendo que no quieres verme más. Tenemos que hablar. –y en el colmo de la desfachatez baja su rostro, sus frentes se unen.

   El abogado sabe que el joven se encuentra deprimido y molesto, y que eso que intenta ocultar bajando la mirada y tomando aire, es el llanto. Que tonto era su adorado Nicolás, se dice con exasperación, sufriendo por una tontería. Aunque, tal vez, eso era parte de lo que le hacía amarlo, porque sí, coño, le amaba; quería a ese carajo así como era, orgulloso, rebelde, altivo, llorón y todo enrollado. Y bello, porque su ratita era hermoso. Por fuera, pero especialmente por dentro. Lo siente estremecerse más.

   Nicolás tiene que hacer esfuerzos sobrehumanos para no llorar con rebuznos. Siente que lo odia, que lo quiere ver muerto, pero lentamente se deja caer sobre él, apoyando la frente en la del otro, exhausto, sintiéndose pequeño, débil y perdido, como cuando conoció a esa mujer. Oye la voz de Frank, siseándole para serenarle, casi acunándolo. Que grato era estar así, en sus brazos, sintiéndolo alto y rudo, viril y caliente. Cómo quería creerle, entenderle, pensar que efectivamente nada tenía mayor importancia.

   -Siento lo que te hice, Nicolás; pero voy a solucionarlo… No quiero que me dejes. No quiero que nos apartemos. Hablaré con Violeta. -le dice ahora casi en la nuca, llenándose con el olor de su cabello, sintiendo la tibieza de su amado.- Y nos iremos, ratita. Nos iremos tú y yo -grazna ronco, casi prometiéndole amor eterno.- Lamento no haber jugado limpio, pero nunca he sabido hacerlo. Nunca he sido muy bueno, tú lo sabes. Pero esto es real. Lo que sentimos tú y yo. Eso debes creérmelo.

   -No digas tonterías, Frank… -jadea, débil, apoyándose sobre su hombro, temeroso.- No prometas nada. No quiero escuchar. No quiero creerte.

   -Pero debes hacerlo. –asegura el otro, rodeándole la espalda con sus brazos.- La verdad es que… no me extrañaría que Violeta estuviera reuniéndose ya con sus abogados para quitarme hasta la maña de comer. Sabes cómo son algunos abogados, no se ñuede confiar en ellos. –el otro suelta un quejido feo.

   -No, no intentes bromear en este momento. No cuando todo me duele…

   -Lo sé, y lo siento. Pero no eres el único. No imaginas el poder que tienes sobre mí, ratita. Nunca en mi vida nada me había asustado tanto como tus palabras sobre dejarme. Nada me ha dolido más que escúchate decir que no querías verme nunca más. –le besa la nuca.- No quiero ni imaginar lo que sería de mí si tú… Tú y yo resolveremos esto. Pronto, ya lo verás. Nada de secretos desde este momento, te lo juro.

   -No prometas nada. No lo hagas, por favor.

….

   En su minúsculo apartamento en la avenida Fuerzas Armadas, Jerry Arteaga termina de preparase un bistec para comer. Le encanta la carne, en todas sus variedades. Oye una música algo estruendosa, cuando el teléfono timbra. Medio bailandito va y lo toma.

   -¡Alóooo! -gime totalmente maricón.

   -Hola, Jerry. Soy Aníbal López. -oye la seca voz. Lo molesta.

   -Vaya, recuerda mi nombre y mi número, doctor López. -suena ácido. No le perdona el que aún no le hubiera cumplido.

   -¿Molesto? Te llamaba para agradecerte el pitazo que me diste sobre el honorable general Arcadio Bittar. -dice lentamente, con cierta imprudencia, piensa Jerry. En este país todo el mundo escuchaba las conversaciones de todo el mundo, y lo usaba luego contra los que conversaban.- Ya me encargué de él.

   -Ojalá alguien se encargara definitivamente de esa basura, de su mujer y de sus hijos. -dice resentido. Había sido él quien vio una noche a Arcadio Bittar siendo cogido en un baño público.

   -Gracias, Jerry. Y te quiero mañana bien temprano en La Torre. Ya Frank Caracciolo no será un problema.

   -¿Qué? !Oh, Dios, claro que allí estaré! -chilló.

   Se despide de Aníbal y medio bailotea por la salita, con su franela muy corta que deja ver su panza, así como un mono de color blanco, casi transparente que permitía distinguir la tanguita roja que usaba en estos momentos. Usarla así lo hacía sentirse caliente y cachondo, como si fuera un joven liceísta o algo por el estilo, impresión que se acentuaba por sus lentecitos redondos. Le encantaba usar esa indumentaria cuando salía a botar la basura, recoger los recibos o la correspondencia. Era consciente de las miradas que se clavaban como dardos en su culo, de carajos solteros, de casados y de chicos estudiantes. Muchos lo criticaban, pero no podían dejar de ver los contornos de los mínimos bikinis bajo esas telas suaves. Más de una vez le han dado una buena sobada sobre las nalgas.

   Está feliz, está dichoso, al fin iba a regresar a La Torre, al mundo que había dejado atrás; cierto era que Aníbal se lo había ofrecido hacía tiempo, cuando ayudó a que el otro reuniera a Nicolás con Frank, pero el ascenso de Frank dentro de La Torre, a la caída de Ricardo Gotta, había paralizado todo. Ahora, sin embargo, sí iba a regresar. Casi siente ganas de gritar y saltar sobre el sofá. En eso llaman a su puerta, intrigándole. No esperaba a nadie.

   -¿Quién es?

   -San Nicolás. -responde una voz ronca y varonil. Jerry chilla como una putilla, y alegre abre. Allí estaba Trino, vistiendo su traje de San Nicolás, alto, delgado, musculoso, con el rojo y brillante traje, sin la panza de almohadas, con un saco al hombro y una sonrisa sardónica tras la falsa barba.- Te traje tu regalito. -le dice el tipo, sobándose con una mano el entrepierna donde ya algo abulta.- ¿Lo quieres abrir?

   -Si, papi. Quiero que San Nicolás me dé lo mío. -chilla agudo y feliz, lanzándosele encima, rodeándole el recio cuello con sus brazos y cruzando las piernas alrededor de sus caderas, pegándosele totalmente.

   Riente, al hombre lo divierte y sorprende la avidez de ese flaquito por el güevo, por su güevote, le atrapa las nalgas con las manos, sosteniéndolo fácilmente. Así como están, Jerry se frota de él, sintiéndolo grandote, machote, y lo besa. El tipo lo deja, echándose el gorro de San Nicolás para atrás. Se dan tremendo jamón de lenguas y lamidas. Jerry siente como la tranca enorme de su amante le crece más bajo el traje rojo y sabe que está caliente y ansioso por cogerlo; y él ya estaba listo, con el culo mojado y ardiente como una rica sopa a la que le faltara carne y leche como en una receta colombiana.

   De un apartamento cercano va saliendo un carajo joven, serio, casado, y los mira con escandalosa diversión, reparando en el carajote vestido de San Nicolás, con el mariquita ese pegado a él, mientras le aprieta las nalgas sobre el mono; esa noche, al estar a solas en el baño recordaría eso y… terminaría masturbándose silenciosamente, sentado sobre la tapa de la poceta, recordando como Jerry le guiña un ojo.

   -Vamos, papi, ya no aguanto más. Y tengo que celebrar algo muy bueno. -urge a su macho, quien, sosteniéndole aún, entra al apartamento y cerrando la puerta de una patada.

CONTINUARÁ…

Julio César.

SERVIR Y OBEDECER

marzo 30, 2015

   Qué puedo decir que no sea: ja ja ja… La siguiente historia no es de mi autoría, sólo la traduzco y medio adapto.

SERVE AND OBEY

By: lexicodecy@hotmail.com

HOT BLONDE GUY

   -Pídemelo… y te lo doy.

……

   El sol era abrazante ese medio día sobre el pequeño supermercado, de su techo, así como de los estacionamientos y sus entradas, parecía levantarse un transparente vaho. El calor era tal que el asfalto se volvía chicloso bajo las suelas de las botas. Por ello, el interior del establecimiento era prácticamente un oasis, el aire acondicionado batallaba valientemente, también a un gasto enorme, con el calor. Casi hacía frío. Casi, nunca se llegaba a tanto en Little Rock, Arkansas.

   La bonita joven que se encargaba de los quesos, que enviaba mensajes por su teléfono aunque le estaba terminantemente prohibido, sospechaba que muchos de los pocos presentes, gente sin mayor rasgo distintivo, estaban allí pasando el sofocón. Hay pocas personas a quienes atender o vigilar, es cierto, medio levanta la vista, la vuelve a la pantalla pero en seguida la aparta. Había un sujeto que no era como todos, Jim Preston.

   El hombre era un enigma, un muy atractivo misterio. La joven no puede evitar un leve sonrojo mientras le observa, de pie, un carrito de compras a su lado, distraído en leer la etiqueta de un enlatado. Carne procesada, jamonada. Es un hombre impresionante, alto, pasado el metro noventa, de la gorra que lleva bien calda en la frente, donde destaca la palabra Marine, escapa algo de su corto cabello rubio; su rostro está finamente definido, frente alta, sin arrugas, cejas castañas claras, nariz recta con unas pocas pecas color naranja, ojos bajos, pero ella conoce el tono de los mismos, pómulos pronunciados, armónicos, labios delgados, rojizos, pocos dados a las sonrisas. Su mandíbula es fuerte, la sombra perene de una barba y un bigote claros enmarcan un cara enteramente viril, masculino, fuerte. Cuando este levanta la mirada, buscando otras latas, observa el destello de sus ojos grises verdosos, intensos, generalmente fríos y distantes. Sus hombros son anchos, lleva algunos tatuajes llamativos, sus brazos fuertes y nervudos son visibles fuera de la camiseta sin manga que lleva, no muy blanca, que se amolda a su torso. Es delgado, pero fibroso. Sabe que se acerca a los treinta, pocos años debían separarle ya, aunque su rostro parecía imperturbable desde los veinte.

   El hombre se vuelve y la mira. Ella le sonríe. Él no. Como siempre. Más allá de un saludo de cabeza y un frío buenas tarde, nada más salió de su boca, o de su persona, como no fuera su pedido semanal. Compraba bastante comida, aunque no tanta como para sus perros. El hombre criaba y entrenaba chuchos. Una vez terminadas sus compras, le vio ir hacia las cervezas, algo defraudada, preguntándose quién era él, en realidad. ¿Le gustarían las mujeres? ¿Tendría a alguien por ahí? Bota aire, frustrada y le ve alejarse por el pasillo, pasos firmes pero lentos, controlados, las botas casi no hacen ruido, el jeans amoldado sobre ese trasero redondo y llamativo es lo último que ve. Será hasta la próxima semana, cuando piensa usar una blusa algo más descotada.

……

   Jim Preston abandona el local, casi deteniéndose un segundo cuando el vapor seco le golpea la cara. La diferencia de temperatura era grande. Con un movimiento de cabeza saluda al Comisario, quien responde igual, dirigiéndose al local. Cargando con dos bolsas grandes va hacia su vieja camioneta Chevrolet, roja, abierta atrás, donde dos perros grandes, dos hermosos pastores alemanes, esperan. En silencio. Quietos. Bien adiestrados. Abre la puerta del copiloto, arrugando el atractivo rostro por el calor empozado, y apartando un poco la escopeta, deja las bolsas sobre el asiento, cierra, silba leve y les oye gemir con agrado, buscando atenciones. Cepilla con los dedos sus nucas, dirigiéndose al otro lado de la camioneta. Tras el volante se coloca sus lentes oscuros y parte, las ruedas halan un poco del asfalto cuando entra a la vía, alejándose, rumbo a la salida del pueblo.

   La carretera es larga y baila frente a sus ojos por el calor, la luz del día es descarnadamente amarilla, el sol es inclemente. Enciende la radio y escucha un boletín de la gobernación del estado, defendiendo a brazo partido la política de reducción de los subsidios al desempleo, que ha causado tanto revuelo dentro de las filas liberales. Cosa que le indigna, notándose en la manera como oprime los labios. Era increíble que existiera gente que deseara que le dieran algo simplemente por existir, como si el resto de la humanidad tuviera la culpa de ello. Perdedores. Baja la velocidad, un auto nuevo, deportivo, un Rodius, de capota abierta parece un geiser a un lado de la vía, a casi veinte minutos de Little Rock. Una bonita joven, con un corto shorts, mira nerviosamente el incidente.

   La joven, camino a Benoit, se sintió profundamente mortificada cuando su auto se detuvo, justamente en medio de ese desierto desolado. Tenía rato que no se cruzaba con nadie, y muy poco sabía de mecánica. Cuando vio la camioneta acercarse, se alegró, hasta que notó a los dos perros y al enorme y serio hombre que salió del vehículo. Había algo en él profundamente masculino; una parte de ella respondió a ello, pero también un aire de peligrosidad. Había algo temerario en su paso. Dios, gimió, recordando todas esas historias de Masacre en Texas, donde la gente desaparecía en la carretera.

   -¿Problemas? –la voz es rica en matices, pero lenta, casi desapasionada.

   -Eso creo. –jadea inquieta, sonriendo, fijándose en los pectorales, en los brazos que se flexionan al agarrarse del vehículo para inspeccionar.

   Se había recalentado, el hombre va por agua a la parte trasera de su camioneta, y con voz queda, desinteresada, le indicó que siempre debía llevar reservas cuando tomara esas carreteras. Ella, agradecida por la ayuda, y por saber que no era un maniático sexual, o un caníbal, se dedicó a admirar su espalda, la nuca rojiza, la suave pelambre rubia que brilla al sol y que sube ocultándose bajo a gorra. Indicándole como llegar al poblado, el hombre saludó con la gorra y subió a su vehículo. Ahora que se alejaba, la joven pareció algo chasqueada. Debió intentar darle su número telefónico, pensó. Diablos.

……

   La camioneta se aparta de la carretera tomando un sendero de tierra seca, el polvo se eleva, hasta entrar en otro sendero, toscamente asfaltado, flanqueado por una cerca baja que no le llegaría al hombre ni a la cadera. Al final se encuentra una casa solitaria, grande, de dos plantas, con un mástil al frente y que se levanta majestuoso, por encima de la vivienda, donde ondea una enorme bandera norteamericana. La propiedad está flanqueada por un granero que le servía de espacio para las perreras cuando tenía, como ahora, chuchos para adiestrar y educar; mas allá hay una pocilga sin cerdos, así como un pequeño depósito que recuerda una antigua letrina, pero más grande, que le sirve de almacén de trastos.

   Detiene la camioneta en el granero, silba y los pocos perros que tiene actualmente ladran en bienvenida, callando cuando silba otra vez. Toma las bolsas, silba con una nueva entonación y los dos pastores alemanes que le acompañaron bajan de la camioneta, siguiéndole. Cruza el seco paraje, diciéndose que tiene que apuntalar dos de los tubos de la cerca, mientras sube los escalones que dan al porche y sigue hacia la entrada. Abre la puerta de malla que contiene los insectos, y penetra en la enorme sala, quieta, algo en penumbras por las ventanas con cortinas echadas. Es un grato cambio respecto al calor del exterior. Los perros se quedan afuera, en el porche, echados, vigilantes hacia la entrada.

   Con paso lento cruza la sala, el comedor y el pasillo que llevan a la cocina; aunque espartana, la vivienda cuenta con un buen mobiliario. Todo se ve aseado, acomodado. Mucho. La cocina es como el resto de la casa, frente a un ventanal que da al granero, un largo mesón sirve para preparar lo que sea, especialmente el destajo de carne para barbacoa. Allí deja las bolsas y guarda todo, quesos y cervezas en la nevera, comida para perros bajo el fregadero, un amplio espacio.

   Destapa una cerveza y bebe, el fresco líquido estimula su lengua, por lo que tensa un tato las cejas, hasta saborearlo en verdad. Traga y lo siente bien. Mira su propiedad, pero no lo hace en realidad. Tiene mucho en mente. Los cachorros… Se termina el botellín, va hacia la mesa y levanta una bandeja. Sobre un plato encuentra un emparedado de gruesa carne. Muerde, la lechuga mojó un poco, igual el tomate, pero le gusta. Da un buen bocado y vuelve a la ventana. Espera…

   Sobre el mesón timbra el móvil. Masticando más del emparedado, lo toma y lee el breve mensaje:

   OK

   Es todo. Se termina el emparedado, se lame un dedo donde la poca mayonesa goteó, levanta la bandeja y el plato, fregándolos, sus movimientos son lentos, pero hay menos tensión en sus hombros. Casi sonríe, y esa cara, cuando se ve tan relajada, es sumamente atractiva. Seca los corotos, los guarda y arroja el pañito sobre el mesón, sabiendo que el sol de la tarde pronto lo secaría. Se dirige al pasillo, abriendo la puerta de su sala especial. Más fría. Sonríe más. Todo allí le gusta, son sus cosas. Recuerdo de sus días de Marine. Cosas de su padre. Va hacia otra puerta, que abre únicamente de la llave que lleva al cuello, cadena de donde cuelgan sus placas militares. La puerta da a unas escaleras que giran sobre sí, es imposible ver el final de las mismas hasta que se llega totalmente abajo, como hace el hombre, sonriendo levemente otra vez.

   Allí, en medio de la pieza, entre otras muchas cosas, hay una silla que no parece gran cosa, atornillada al piso, de un material sintético sobre un sólido esqueleto metálico, con un corto espaldar. Atrás hay un pequeño tubo en forma de cuadrado, que sale horizontalmente, dobla las dos veces y regresa al mueble. Sobre la silla se encuentra un hombre joven, esposado, amordazado, mirándole en esos momentos con verdadero pánico, aunque también enfado. Se ve muy joven, tal vez iniciando los veinte, piel canela, cabellos negros muy cortos, ojos oscuros, con un aire latino pillo y atractivo. Jim nada dice, termina de bajar los dos últimos escalones y mirándole, le rodea, camina a su alrededor, como estudiándole, tazándole, seguido por los ahogados gruñidos-gemidos del joven hombre esposado, que gira la cabeza siguiéndole. O vigilándole. Parece exigirle a gritos que le libere, o tal vez se lo esté suplicando.

   Jim sigue su recorrido, ininterrumpidamente, alzando una mano y azotando un bombillo de potente luz que cuelga casi sobre la cabeza del chico, la luz pendula, sombras y luces van bañándolo todo, y el mundo se vuelve más inquietante para el hombre esposado, quien no deja de mirar a ese sujeto enorme que le rodea una y otro vez, que con un dedo le toca la nuca, obligándole a revolverse contra él, a apartarse. Estaba erizado de miedo, quiere ser fuerte, valiente, era un Marine, no joda, pero no puede. No con ese tipo dándole  vueltas, mirándole de manera oscura y cruel, divertida. No cuando estaba esposado a esa silla, sin posibilidad de soltarse, de romper esa anilla cuadrada, sus pies, enfundado en sus botas de faena, fijados por grilletes que le mantienen atado al piso, sujeto, indefenso. Prácticamente desnudo como no sea por un suspensorio chico, mucho para su tamaño, verde camuflajeado, que seguramente ese tipo le puso en algún momento. Fuera de eso no lleva nada más. Se ve increíble su cuerpo joven y trabajado, musculoso, brillante de transpiración, con la cadena con sus chapas cayéndole entre los pectorales, aquel pañuelo enrollado entre sus dientes.

   -Comencemos. –dice el otro, detenido detrás, fuera de su campo de visión por más que ladea el aterrorizado rostro.

   Una mano de dedos largos le cruza el torso, atrapa su pezón izquierdo y lo aprieta, duro, mucho. El joven grita cerrando los ojos, revolviéndose sobre la silla, adolorido y aterrorizado, intentado librar brazos y piernas, ignorándolo todo sobre la fuerte erección que Jim Preston ya tiene bajo sus pantalones viejos y desgastados, o la sádica sonrisa en su bonito rostro, mientras aprieta los dientes y aún más con sus dedos índice y pulgar sobre ese pezón masculino.

CONTINÚA…

Julio César.

NOTA: ¿No comenzó genial? Y se vuelve toda una locura. Aunque, si no les gusta…

DE AMOS Y ESCLAVOS… 16

marzo 28, 2015

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 15

UN NEGRO QUE QUIERE SERVIR

   Servir y ser manoseado, lo único que desea…

……

   Ese sábado siguiente, por la noche, en la tasca de la India, donde todos los socios de la línea Taxis Rentarías se reunían antes de partir cada uno a lo suyo, sentados entre varios en dos mesas unidas, bulliciosas y llenas de botellas, tres hombres fingían una normalidad que les costaba. Hablaban, como todos, de sus hembras y de las últimas aventuras en los taxis (la mayoría inventadas y todos lo sabían), intentando compensar con exageraciones sus situaciones íntimas. Roberto Garantón, siseaba de manera desagradable a la joven mesera que les atiende, no queriendo pensar en el chico blanco a quien llamaba amo. Yamal Cova sonreía y bebía bastante, escuchando más que hablando, fijándose también en las tetas de la mesera intentando echar bien atrás el recuerdo de cierto carajo en pantaletas a quien le pellizco fuerte los pezones mientras le cogía y lo bien que se sintió hacerlo. El tercero, Gregory Landaeta, estallaba en escandalosas carcajadas de lo que contaba otro de ellos, habiendo tomado más que de costumbre, echándose para adelante para decir algo. Y fue cuando ocurrió.

   Siempre pasa aunque la gente ni lo nota. Al echarse hacia adelante, la corta franela subió y creó un espacio abierto de piel con la cintura del ajustado jeans, el cual sin embargo se separaba un tanto a sus espaldas, y Quintín, un llanero joven y escandaloso, algo atrevido con sus bromas, le clavó los ojos en ese pedazo de piel de ébano. Algo que todo el mundo hace, pero que a Gregory, quien notó la mirada, le provocó unos calorones intensos.

   -Coño, necesito mear. –dijo Quintín sin dirigirse a nadie, pero Gregory ardió por dentro, viéndole alejarse.

   -Yo… -se puso de pie, todo su ser gritándole que cometía un error, pero no pudiendo controlarse. Mirando camino a los sanitarios por donde ya desaparecía Quintín.

   ¡Necesitaba ir!; a pesar de saber que todos sus amigos y conocidos estaban ahí, debía ir.

   ¡Necesitaba ir!; a pesar de saber que todos sus amigos y conocidos estaban allí, debía ir. Se pone de pie y…

   -¿También necesitas ir al tocador? –pregunta riendo, y escandaloso, un oriental de esos viejos y jodedores.- No irás a sostenerle el pichón a Quintín mientras mea, ¿no? –y ríen todos alrededor de la mesa.

   Un comentario de los de siempre, como siempre, pero aunque ríe, y se sienta de nuevo, Gregory intuye que estuvo a punto de cometer un grave error dejándose llevar así. Que terminará cometiéndolo en cualquier momento, lo sabe; por lo que, como también se dicen otros dos hombres en esa mesa, curiosamente los tres eran tipos grandes y negros, decide terminar con ciertos juegos.

……

   Batallando en el complejo y pesado tráfico caraqueño, Roberto Garantón ha vuelto a su vida rutinaria. El taxi está en modo funcional, por ahora, e intenta retomar su vida donde la dejó, lejos de cierto carajito blanco. Discute con otros choferes en las calles, enfrenta a los motorizados, peatones y también clientes. La gente, hoy en día, no hablaba, demandaba, pero no era él el hombre para dejarse de nadie. Era poco paciente. Regio, físicamente, así que lograba imponerse muchas veces… y era cuando recordaba al muchacho que llevaba días evadiendo, Hank Rommer, un tío que nunca le permitiría hablarle así. Imaginar lo que le diría, y haría, si le gritaba o enfrentaba, le producía una bola en el estómago, una caliente, viscosa, desagradable a veces, excitante otras.

   Entra y sale con premura del edificio donde vive, y no sabe si lo imagina, pero cree que algunas personas le miran con sorna, o extrañeza. Ha cambiado, lo sabe, ya no es el bullanguero sujeto que grita en los pasillos, o que sisea de manera casi acosadora a las mujeres. Dentro de su apartamento es peor, los segundos le parecen horas, las horas días, las noches son eternas. Ha visto porno, mucho porno de tías atravesadas por mil güevos. Pero después de dos días no pudo continuar, ver esos güevos de tantos tíos blancos le estaba trastornando. observar uno metiéndose duro por un culo, en un crudo y excitante acercamiento, oyendo los gemidos de la puta, le erizaba toda la piel. Si era un enorme trasero de una tía negra, un redondo culo negro el cual era penetrado una y otra vez por una titánica pieza blanca rojiza, era una locura.

   Ahora se masturbaba, totalmente desnudo en su cama, el puño sobre su falo, arriba y abajo… mientras su otra mano, como con vida propia, bajaba y se recorría una nalga cuando se ladeaba. Y dejaba de masturbarse, o lo hacía más lento mientras se acariciaba, disfrutando el roce sobre su piel, o se azotaba a sí mismo, el picor y ardor le hacía botar agüita por el ojete del güevo. Y cerrándose a toda idea, haciéndose duro la paja, metía los dedos de su otra mano entre sus nalgas, recorriéndose la raja, la punta de un dedo sobre su culo. Pensándolo, soñándolo, temiéndolo. Hasta que una noche lo hace. Se masturba y se mete un dedo, lentamente. Sentirlo abrirle, llenarle, le hace gemir sobre la cama, donde cayó de espaldas, totalmente transpirado, cebudo en la penumbras, las piernas muy abiertas, masturbándose mientras sube y baja sus nalgas, su culo, sobre un dedo.

   Se metió dos, forzándose, sintiéndolos, y los muslos le temblaron de emoción; siguió masturbándose y penetrándose, el rostro de un lado a otro, soltando gemidos, todo dándole vueltas alrededor. Nunca se vio a un hombre tan necesitado de un macho que le pusiera preparo. Se sentía cerca, muy cerca, y clavando los dos dedos, firmes, bien adentro, se corrió abundantemente, mojándose el pecho, el abdomen, las sábanas… sintiendo el brutal apretón que sus entrañas le dieron a sus dedos.

   Agotado, jadeante, todo bañado en semen, sacándose los dedos, cayó en un duermevela incómodo, cuestionándose por las cosas que hace. No debía… Y está otra vez en la sala de Hank, echado boca abajo sobre sus piernas, el calzoncillo en las rodillas, la blanca mano subiendo y bajando, con fuerza, azotándole el culo, duro, provocándole temblores y gemidos, griticos que no sabe si son de dolor o placer, mientras le oye gruñir que no debe responderle a ningún hombre, que era un puto, un negro puto que debía ser humilde con todos. La mano cae fuerte y su redondo glúteo se estremece, la mano se queda allí, sobre la tersa piel caliente y enrojecida, dedos abiertos ahora, frotándolo, palpándole. Sube y cae otra vez, diciéndole que es un puto, que los hombres son sus dueños, que tiene que complacerlos a todos, que sea sumiso, muy sumiso, que ruegue por atenciones.

   Y el hombre despierta en su cama mas sudado todavía, casi gimiendo un “por favor”, no sabe referente a qué. Tan sólo es consciente de que tiene el güevo increíblemente duro de nuevo, tembloroso, manando otra vez sus jugos. Casi gruñe de frustración, atrapándoselo con una mano, sintiéndolo increíblemente sabroso, comenzando el sube y baja del puño… alzando también una nalga del colchón al flexionar una rodilla, metiendo por debajo la otra mano, dos largos dedos dirigiéndose a su entrada secreta de macho, metiéndolos con facilidad, apretándolos, deseando consuelo. Y la penetrada, el roce por el recto, le hace cerrar los ojos y abrir los carnosos labios de donde escapa un largo gemido de placer mojado.

……

   Ante los insistentes llamados a la puerta, el joven hombre la abre. Y Hank, que parece que nunca trabaja y está en su vivienda un día de semana a las tres de la tarde, encuentra allí, mirada algo turbada, a Roberto.

   -¿Si? –demanda frío, sin dar facilidades nunca.

   -Quiero mamártelo… Quiero tu güevo en mi culo… Quiero beberme tu leche, amito…

……

   En La Candelaria, a dos cuadras de la imponente iglesia de Corazón de Jesús (uno de los siete templos recorridos en Semana Santa), prácticamente frente a la plaza misma que también lleva por nombre La Candelaria, una asociación de conductores conformaron una línea de taxi y localizaron su sede allí, un edificio pequeño, siendo el taller lo más llamativo del lugar para los choferes. A esas horas del día, mientras se deja escuchar una salsa brava, Yamal Cova, manchada de grasa y polvo su vieja braga enrollada en la cintura, así como la raída y chica camiseta sin mangas que usa, igual que sus manos y rostro (nada allí era sacudido como no fuera por las manos que la usaba), revisa todo ceñudo el motor de su vehículo, que esa misma mañana le había echado una vaina dejándole varado en pleno San Bernardino, frente al teleférico que el gobierno había robado para sí en lugar de levantar uno. El lugar está solitario a esas horas del día, aún la fea joven que fungía de secretaria estaba ausente, debía o estar durmiendo la siesta o mirando sus llantos novelas, aunque siempre lo negaba con fiereza cuando la acusaban de tales cosas.

   No es consciente de que alguien le mira, ojos brillantes detallando su tamaño, el ancho de su espalda, sus hombros recios y redondos donde destaca un tatuaje a pesar de la negra piel. Bartolomé Santoro, tragando en seco, labios húmedos y boca seca ante la postura del macho, se le acerca lentamente, alzando una mano, cayendo esta sobre unos de los hombros y recorriendo la firme y transpirada piel masculina. El contacto con la recia musculatura del macho le hace casi gemir de debilidad y calentura.

   En cuanto le toca, Yamal casi pega un bote al tiempo que contiene un grito, volviéndose, abriendo mucho los ojos al encontrar al tipo allí, vistiendo su traje de saco y corbata, cabellos bien peinados hacia atrás, aunque sin gel, una bolsa en las manos.

   -¿Qué diablos…? –estalla, mirando ahora con preocupación por todo el solitario lugar.

   -No has respondido a las llamadas de Marjorie. Me preocupé, cariño. –jadea suave y ronco, sumiso, con voz algo femenina.

   -¡Silencio! –ladra bajito y contenido, temeroso de que sean escuchados.

   -¿Por qué no has ido a la cita en el motel? –demanda suave, alzando la mano hacia ese poderoso torso, deseando tocarle, pero un manotón, que le desconcierta y casi le hiere, se la aleja.

   -¡Basta! –respira pesadamente, molestándose el verle bajar la mirada como dolido.- Óyeme bien, amiguito… las cosas que hago contigo… -y mira otra vez alrededor, bajando más la voz.- …Las hago por tu mujer. Por ella, que me da dinero y mamadas. ¡No soy gay!

   -Pero conmigo… -le mira con ojos brillantes, un delgado mechón de largos cabellos cayéndole entre los ojos.

   -Una boca es una boca cuando da mamadas. ¡Y un culo es un hueco a llenar! –le aclara, seco, necesitado de poner las cosas en orden con ese tipo… ¿o consigo mismo? El rostro del otro se ensombrece y algo maligno brilla en sus ojos.

   -¿Era un negocio con mi esposa?

   -Sip, mamadas de una mujer y algo de plata.

   -¿Es todo, papi?

   -¡Basta! –se desespera.

   -Entiendo. Lamento haberte incomodado… ¿puedo usar el baño? –la voz le sale estrangulada.

   Seguro que llora. Qué marica, piensa Yamal, señalando con un dedo hacia una puerta al final del salón. Le ve caminar con paso tenso, y desvía la mirada hacia un mugriento termo de café, sirviéndose un poco en una taza que parece llevar tiempo sin ser lavada. Cómo hace falta alguien que se ocupe, se dice pensando en la supuesta secretaria. Intentando no analizar el disgusto que siente, parte por la presencia del marica ese (Bartolomé, su mente le aclara), pero también consigo mismo. La verdad era que se sintió un poco mal por ser tan tajante, pero tenía que aclarar las vainas. Él no era ningún marica, las cosas que hizo sobre aquella cama… Toma un trago de café y lo escupe, más disgustado.

   -Carajo, ¿es que es tan difícil lavar una taza o no apagar un cigarro en ella? –grazna, a nadie en particular.

   -Puedo hacerlo si quiere, señor… -oye a sus espaldas una voz ronca, bajita y solícita que intenta un meloso tono femenino. Presintiendo problemas, muchos, se vuelve y se impacta, la mente quedándole en blanco.

   Allí estaba Bartolomé, rostro pintarrajeado, labios llenos de un rojo llamativo, cabellos revueltos, vistiendo algo que parece un salto de cama, transparente, dejando muy visible su cuerpo bajo el mismo, una prenda corta, mucho, que en sus caderas apenas cubre una pequeña pantaleta rosa, de encajes, tiritas subiendo por sus caderas, con medias negras muy arriba en sus muslos, llevando unos tacones altos, sobre su cabeza una cofia de sirvienta de película pornográfica.

   La mente del hombre queda en blanco, su respiración se espesa, no puede hilvanar una idea pero ya su güevo se alza contra la tela del mono, poderoso, anhelante. La visión de ese tipo bonito, en pantaleta, vistiendo de mujer, una que se le ofrece para cosas sucias y ricas, le trastorna. Va a su lado, como un autómata, y con una mano le atrapa la nuca, el suave cabello cosquillea en sus dedos, atrayéndole y besándole, por primera vez en su vida, metiéndole la lengua con ansiedad y obscenidad, tragándose su leves gemidos de putita, su lengua y saliva, mientras la otra mano negra, grande y ruda baja, metiéndose por debajo del salto de cama, manchándole de grasa, recorriéndole la suave tela que apenas le cubre las redondas nalgas, metiéndose dentro de ella, la mano deformando la tanga rosa, la turgente piel quemándole la planta mientras los dedos van hacia su culo depilado.

CONTINÚA…

Julio César.

LISTO

marzo 28, 2015

UN MARIDO ESCARNECIDO

CHICO MUSCULOSO EN HILO DENTAL ROJO

   Llevó, para el asueto de la Semana Mayor, todo lo que necesitaba. Y le cupo en un bolsillo que abultó poco… a diferencia de quienes lo miran en la piscina.

Julio César.

CONCILIO

marzo 28, 2015

¿AHORA LAS CHICAS AMAN AL CHICO BUENO?

   Cómo me gustaría estar ahorita en Guatire…

   Hoy, oficialmente, comienza la Semana Santa, con el llamado Viernes de Concilio, día de confesiones; es decir, limpiar nuestras conciencias admitiendo las culpas y esperando el perdón, para así conmemorar los días más importantes de la tradición cristiana. La pasión, vida y muerte de Jesucristo, el hijo de Dios hecho hombre. Con él, creemos los católicos, se comprueba que son posibles todas las promesas del Padre: la resurrección de la carne, la vida eterna y el final del sufrimiento y las penalidades. Jesús muere, pero revive, demostrando que contando con el favor del Padre todo es posible, pero que hay que merecerlo (la parte difícil). Esta noche, en Guatire, será el tradicional concierto sacro, toda una belleza. Lástima que no salgo de Caracas hasta el domingo, pero estaré de corazón, como varios de mis hermanos estarán en persona.

Julio César.

NOTA: Siempre me siento raro escribiendo estas cosas en este blog. Por cierto, el video no es de esos conciertos en Guatire, pero casi.

REGRESO A CLASES… 10

marzo 28, 2015

REGRESO A CLASES                         … 9

PADACKLES KISS

   Cuánto lo soñó…

……

   Durmió bastante, y técnicamente descansó, pero a Jensen Ackles le hizo daño pasar tanto tiempo en la cama. Pensó demasiado las cosas.

   No, no podía presentarse en los actos fúnebres, no con todos ellos ahí, sabiendo que fue despedido. No con él apestando a fracaso, y seguramente a algo de whisky para esa hora. No quiere que la bruja de Genevieve, y su grupo, se hagan una maleta con el pellejo de su cuerpo. No quiere ver a Danni. A ella menos que a nadie. Lo sentía por el señor… por Jim, pero no iría. Le rendaría homenaje a su manera, de forma privada. Recordándole con afecto, se dice.

   “Nunca huyas de tus deberes, muchacho. Por desagradables que sean. Sé siempre un hombre”. Maldita sea, ¿para qué le recordaba diciéndole aquello, a los pies de su cama de hospital cuando se recuperaba de las heridas del accidente pero no de la destrucción de su vida profesional?

   ¡Un trago!, necesita beber algo, se dice inquieto, saliendo de la cama, pies desnudos, en bermudas a medio muslo y una franela grande que sin embargo le enmarcaba un tanto el abdomen.

   Tomará uno y…

   Llaman a la puerta. ¡Joder! Seguro era…

   -¿Jensen? –oye que llama Jared y que toca nuevamente a la puerta.

   ¿Y si fingía que dormía? ¿O que había salido? ¿O que estaba muerto? “¡Jensen…!”, vaya, el delirio tremen parecía decidido a escucharse como el entrenador. Toma aire y se dirige a la puerta. Abre, cabeza baja, pero aún así nota la buena ropa deportiva de Jared, sus botas, el pantalón que le sentaba tan bien, la camisa sobre su ancho torso, el saco abierto y… Pero bueno, ¿y a qué venía fijarse en tanto detalles?, se reprende.

   -¡No estás listo! –exclama el pelicastaño.- La hora indicada es dentro de…

   -No voy a ir. No me siento muy bien. Creo que pillé un virus anoche y… -llega al colmo de la falsedad de sorberse la nariz.

   -¿El virus de la mentira? Ese es grave. –comenta Jared después de estudiarle por un rato, molesto.- ¿En serio vas a jugar a esto? ¿A esconderte?

   -¡Estoy enfermo! –ruge a la defensiva.

   -Llevas año en eso. –se le escapa, sabiendo que es cruel, pero necesitado de hacerle reaccionar.

   -¡Déjeme en paz, Pitillo! Tú… tú no puedes entenderlo. ¿Cómo, siendo un triunfador? Yo no puedo enfrentarles. No puedo verles. No quiero notar todas esas burlas, ese desprecio que…

   -Todos pasamos por eso, en un momento u otro de nuestras vidas. No puedes ocultarte de la gente, Jensen; ni siquiera de esa manada de lobos. Y no puedes faltar a la conmemoración del entrenador por miedo. Creí que le querías. Pensé que significó algo en tu vida. La verdad no te creí tan cobarde, Ackles…

   Exclama con dureza, sabiendo que toca una fibra cuando el rubio alza la barbilla y cierra las manos en puños, furioso. Bien, si así tiene que ser, que fuera, se dice Jared, preparándose para la confrontación.

   -¿Cómo te atreves a…? –el rubio se altera, siente la ira correr por sus venas, una que tiene que ver con muchas otras cosas antes que con Jared, tal vez por ello se desinfla, alzando la barbilla con cierto patetismo.- ¿Qué más da? Mi vida es una mierda, lo es desde hace años.

   -Jensen…

   -No, en serio, lo es. No supe, no pude o no quise cargar con mi vida… -se encoge de hombros.- Toda esta porquería me la tiré yo encima… -tuerce los labios con desdén.- ¿Qué importa una raya más? Soy un fracasado, un borracho… y un cobarde. –admite retador, deseando cerrarle la puerta en las narices y quedarse solo.- ¿Qué coño…? –Jared, después de mirarle con disgusto, peor, con decepción, le empujó por el pecho, hacia atrás, entrando al apartamento y cerrando la puerta a sus espaldas.

   -¡Deja de hablar tantas tonterías! –le reprende.- Hoy no es el día para que comiences con una crisis de autocompasión. No es mi día, ni el de tus… amigos, esa gente que era idiota hace años y lo sigue siendo hoy. Ni siquiera tú eres importante… Se trata del señor Beaver. –sabe que le lastima, y que es injusto manipularle así, pero no se detiene. No le estaría haciendo un favor.

   -Jared…

   -¡Óyeme bien, Jensen Ackles…! -el pelicastaño le mira feo, con tono trascendental, luego finge uno totalmente amanerado, quiebra una muñeca y lleva la otra mano a su pecho.- Vas a ir a esa reunión vestido de una manera regia, soportarás lo que haya que soportar, te burlarás de ti mismo y presentarás tus respetos al difunto. Eso sí, viéndote fa.bu.lo.so. –acompaña cada silaba con un meneo de cabeza, y tal escena desconcierta a Jensen, que frunce el ceño, pero le cuesta mantener la fachada y sonríe.

   -Eres tan idiota.

   -No, cariño, ni te imaginas quién lo parece más en estos momentos. –le reta. Hay un silencio.

   -No creo poder… -le mira algo afligido, con carita de gatito perdido, y Jared desea ceder, decirle que está bien, que se quede, que ya mañana tomará el control de la situación.

   -No te vas a escapar de esta. Toma una ducha, lávate bien esa boca que apesta a perro mojado, no te afeites… -enumera agitando un dedo de derecha a izquierda, otra vez fingiendo amaneramiento.- …Mientras busco algo medio decente en tu guardarropa. Algo que te haga ver sexy. -Jensen estalla en carcajadas, no totalmente feliz.

   -Estás loco.

   -Hace tiempo. El mundo lo sabe y aquí sigo, bebé… Tú también podrás. –esto último lo dice recobrando la compostura.

……

   No sabiendo si sentirse molesto o divertido, Jensen Ackles toma una larga ducha. Se tarda su tiempo, quien quitaba y Jared se aburría y le dejaba en paz. Mientras sale, mojándolo todo, y se seca frente al espejo, considerando si afeitarse o no a pesar de todo, admite que el castaño tiene razón. Nada importaba más en esos momentos que presentar sus respetos al fallecido entrenador. Un buen hombre. Todo lo demás, aún sus sentimientos, podían esperar. Enrollando la toalla en la cintura, sale y va hacia su dormitorio, donde Jared revisa algo en una de las gavetas del closet.

   -¿Rebuscas en mis calzoncillos?

   -No, careces de buen gusto, ¿no tienes unos lentes oscuros por ahí? –le pregunta volviendo la mirada, pero se congela, viéndole allí, casi desnudo, otra vez, piel rojiza, cabello húmedo por la ducha; y lucha por no imaginarlo bajo el agua.

   -Yo… no, creo que los perdí. En una borrachera. –se siente confuso, por la mirada del otro, y se lleva una mano a la panza.- Si, Jared, engordé. –y el otro sonríe, desviando la mirada. Alegrándose de haber sido mal interpretado.

   -Bien, ahora hay más de ti para las chicas, ¿eh? –y ríe algo nervioso.

   -¡Hijo de puta! –brama, pero no totalmente molesto. Su panza era otra de sus batallas perdidas; ver como cambiaba, como dejaba de ser el chico esbelto, grácil, sexy fue doloroso.

   -Pensé que te agradaba mi mamá. –finge dolor mientras va hacia la puerta al tiempo que Jensen entra y se dirige hacia la cama donde le espera una muda de ropas.

   -También lo pensaba, pero luego recuerdo que te parió.

   -Písate una bola con la bragueta. –la automática respuesta sale fácil, como antes, en aquellas breves semanas cuando pensaron que podían ser amigos. Va cruzando la puerta. Algo parecido piensa Jensen, sobre esos días, frunciendo el ceño y tomando un bóxer gris de la cama.

   -¿Me elegiste un bóxer? ¿En serio?

   -Te dije que sé de ropas. Tú no. –Jared tiene la decencia de enrojecer un poco.

   -¡Pero si vestías horribles!, de rosa, y camisas estampadas. –se burla, luego mira la ropa interior y algo como la vieja picardía brilla en sus ojos, la sonrisa se extiende más por su rostro, y a Jared el corazón le palpita.- ¿Este? ¿No es muy chico?

   -No se me ocurrió; pero entiendo, en verdad que ahora hay más de ti para cubrir. –se burla, desvirtuando su juego.

   -¡Lárgate! –le ruge Jensen, estallando en carcajadas. Dios, se sentía bien reír así. También escuchar la risa del otro, al otro lado de la puerta. No puede dejar de sonreír mientras arroja la toalla sobre la cama y comienza a vestirse. Sintiéndose ligero, una grata sensación que tenía tiempo sin experimentar.

……

   La secundaria se encuentra llena de personas, no hay actividades escolares pero todos están presentes. Hay alumnos y ex. Hombres muy jóvenes y otros no tanto. Jim Beaver había sido el entrenador del equipo de futbol, manejando otras actividades, durante mucho tiempo por lo que muchos sentían que le debían algo, no como una obligación sino un nostálgico deseo. Todos visten variadamente, desde los muy elegantes a los muy deportivos; en el auditorio central hay un gran retrato del hombre, con su barba manchada de gris, su eterna gorra calada en la frente, su mirar severo pero paternal. En otras sonríe, en una está vistiendo de traje, en alguna promoción. Hay reseñas periodísticas con noticias de variados años sobre el desempeño de la secundaria a nivel educativo, especialmente el futbol.

   Mucha de la gente que asistió a la reunión la noche anterior se encuentra ya presentes. Incluidos, cercanos a una mesa de donde toman un refresco, Sandy y Chad, Sophia no quiso asistir y Mark Salling no había llegado. El director Morgan, algo inquieto, se acerca al grupo que conforman Danneel, Genevieve y otras cuatro personas. Tom no está entre ellos.

   -Harris. –saluda.

   -Director…

   -¿Y Ackles? Todo el mundo pregunta por él. Pensé que… diría algunas palabras, pero no aparece. –Genevieve ríe leve, totalmente fuera de contexto.

   -¿Cree que venga después de la borrachera que agarró anoche y de que fuera despedido en plena reunión de reencuentro? –el hombre palidece.

   -¿Cómo saben que…?

   -Todo el mundo lo sabe. Si pensó que fue discreto, se equivocó. –corta Danneel la escena, rebuscando su teléfono.- Intentaré llamarle. –el hombre asiente y se aleja, deseando poner distancia del incómodo grupo.

   -No vendrá. Ya deber estar ebrio, como el inútil que es. –sentencia Genevieve, Danneel marca un número, mirándola feo.

   La mirada de Murray se pasea por la estancia, incomodándose cuando se topa con los ojos de Sandy.

   -¿A quién buscas? Desde anoche te ves… alterado.

   -Estoy bien.

   -Claro. Por eso oprimes los labios así. Chad, comienzo a creer que este viaje no fue tan buena idea. Quería que todos vieran lo delgada y hermosa que estoy… -sonríe leve.- Pero…

   -Aún nos miran con ojos de ayer. –es la seca réplica.

   -Están aún en el ayer. Muchos de ellos. –sentencia la hermosa joven. Va a agregar algo más, pero su frente se frunce.- ¡Oh, Dios!

   El rubio se vuelve para seguir su mirada y pone cara de chasco. Jared y Jensen acaban de entrar. Que vengan juntos inquieta a sus amigos, pero la verdad es que se ven impresionantes, conforman un hermoso par de especímenes masculinos, Jared alto, ancho de hombros, rostro finamente cincelado, pómulos pronunciados, ojos multicolores, la sombra de una sonrisa que se insinúa en sus labios como parte de su persona, bien vestido, su cabello suave cayendo con libertad. Jensen se ve hasta más delgado con aquel pantalón negro y la camisa de un gris oscuro, fuera del pantalón, faldones ni muy largos ni muy cortos, mangas largas, el cabello en puntas, la sombra naranja de su barba, los bonitos lentes (que Sandy sabe son de Jared). Hay algo del viejo Jensen allí, agresivo y sexy. Lo mejor es que el pecoso rubio no parece para nada trastornado, cosa que desconcierta a Danneel y Genevieve, por distintos motivos.

   -Te llamaba… -le comenta Danneel, ligera, sonriéndole fugazmente a Jared, quien frunce el ceño, ¿tan evidente era su intervención?

   -Bien, llegué. –guardando los anteojos, el rubio sonríe, formal y amistoso, aunque se nota que se tensa cuando ella le besa en una mejilla. A Danneel no le pasa desapercibido. Ni a Jared.

   -Ay, cariño, no creímos que vinieras. No después de que te despidieran anoche de tu empleo. ¡En plena fiesta de reencuentro! El director Morgan fue… -inicia Genevieve, un panecillo en la mano, pero se corta cuando este se vuelve hacia ella, un rictus burlón en los labios llenos.

   -No deberías comer más, Gen, si sigues acumulando esa grasa… -y se toca sus propios costados.- …Te verás más redonda. Y no hay manera de librarse de ella. Créeme. –eso la altera, molestándola mucho, dejando el panecillo.

   -Ackles… -aún más incómodo que minutos antes, Jeffrey Dean Morgan le llama.

   ¿Ir hasta la mesa con las fotografías, artículos y recuerdos de ese gran hombre? ¿Pasear ante todos los presentes todos lo que fue y lo que ahora es? Por un segundo flaquea, embargado nuevamente por las ganas de escapar del fraude que es su vida. El fracaso que le pesa. Se medio vuelve y se congela, sus labios tiemblan un poco, Jared está ahí. Mirándole con un brillo de simpatía en sus ojos multicolores, diciéndole con un leve asentimiento de cabeza que sabe que puede. Allí estaba brindándole todo su apoyo, recibiéndolo casi de una manera táctil, cálida y grato. La idea era extraña, ¿cuándo fue la última vez que alguien se interesó por su suerte? ¿Desde cuándo alguien no penetraba en sus miedos, no sorprendido por sus fracasos, o interesándose por las causas, sino esperando verle levantarse? Sus padres se habían rendido. Danni también. Aunque sabe que eso también fue culpa suya.

   Toma aire, saca pecho  compone una tensa sonrisa, dirigiéndose frente a la gran mesa con sus carteleras.

   -Gracias, señor Morgan… -grazna, tendiéndole la mano al otro, quien casi se ve avergonzado por algo. Por un momento sólo puede mirar las fotografías, los concurrentes clavando los ojos en él, el dorado y hermoso muchacho lleno de habilidades que encarnó el mejor momento del equipo de futbol de la secundaria en mucho tiempo, ahora fracasado.- Es difícil hablar de un hombre como el señor Beaver, que significó tantas cosas para tanta gente. –habla dándoles la espalda.- ¿Cómo decirles que supo mirar en mi alma por mucho que la ocultara o que yo mismo la desconociera, marcándome con su afecto y su preocupación de… padre, cuando no puedo explicarles cómo soy, qué me duele, qué quiero o qué espero? Para mí, mi vida todavía es un misterio, como debe ser la de cada uno de ustedes, que atesoran cosas en sus corazones que tal vez a otros nada les digan. Y sin embargo, el señor Beaver… Jim, él supo calibrar nuestro potencial. El mío. Fue un gran hombre, grande de verdad, por todo lo que hizo, lo que levantó con sus manos, con su ejemplo y palabras para sus seres queridos, su familia y amigos… quería que el mundo fuera un poco mejor, por eso esperaba que fuéramos un poquito mejores.

   Se vuelve mientras lo dice, pero no quiere mirar a nadie; tomando aire otra vez, intentando controlándose, se descuida y choca por accidente con la mirada con Genevieve Cortese, la cual sonríe y con sus labios forma claramente la palabra “fracasado”. Siente que se rompe por dentro, ¿qué derecho tenía a hablar de un hombre como el entrenador un perdedor como é? Siente que no puede más, que tiene que salir de ahí.

……

JIM BEAVER

   Jim Beaver, aún se extraña a Bobby, ese padre putativo de los Winchester en la serie. Como extraño la serie misma. No he visto prácticamente nada de lo que va de la décima temporada. No sé sí ya terminó o no. Por cierto, que vi al señor Beaver de villano recientemente en un episodio de NCIS, y me chocó. Aunque estuvo genial, como siempre.

CONTINÚA…

Julio César.

DE ACERO

marzo 28, 2015

DESPISTADO

CLARK KENT GAY

   Decidido a trabajar en Luthor Corp, Clark Kent se las juega todas, aumentado sus encantos para su calvo ex amigo. ¿Logrará llamar la atención?

Julio César.

¿REAL?

marzo 28, 2015

OBLIGACIONES Y ATENCIONES

BATMAN VS SUPERMAN SE ENCAMAN

   ¿Será verdad que en la película que viene Batman está decidido a demostrarle al Superman que el que la tiene de acero es él?

ATLETA OLIENDO SUSPENSORIOS DE AMIGOS

   ¿En serio habrá tíos pertenecientes a un equipo cualquiera que en cuanto se quedan solos en los vestuarios, y mientras amigos ríen y gritan en duchas, toma sus prendas y las huele hasta que se marea, y se frota hasta que explota?

MILITARY GAY

   ¿Funcionará en efecto el plan de los veteranos en combate, en zonas apartadas y peligrosas, para conseguir algo de diversión controlando a los novatos hasta que estos terminen gimiendo y suplicando?

Julio César.

CHICAS QUE ALEGRAN EL OJO ADOLESCENTE

marzo 28, 2015

PEDAZO DEL PARAISO

CHICA POLAR 4

   Se ve tan desenvuelta, ¿verdad?

LAS CHICAS POLAR

   Hace algún tiempo, y creo que lo conté, me reí bastante porque al hijo de una amiga, madre soltera, que cumplía quince años para esa época, los amigos del colegio le habían regalado el calendario más caliente para el momento en Venezuela, el de Norkys Batista. A ella no le gustó mucho, ni le creyó la cara de inocencia que puso hablando del regalo que sus amigos le habían dado simplemente por echarle broma. A mi sobrino Miguel, de trece recién cumplidos, los amigos acaban de regalarle el Calendario de las Chicas Polar de este año… y a mi hermano no le gustó mucho.

   Es muy obvio que mientras vamos envejeciendo más y más, olvidamos cómo éramos a ciertas edades, y no lo señalo como un cheque en blanco a la permisividad sino para que se entienda. Mi hermano, papá de mi sobrino, era particularmente travieso y rebelde, a mamá le tocó ir muchas veces a la escuela a escuchar quejas, incluso que se escapaba para irse al río. Ahora ve como un crimen horrible, cometido por un joven medio delincuente y desconsiderado, el que mi sobrino se quede después de horas de clases hablando con sus compañeros a las puertas del colegio. Lo mismo para las revistas de chicas con pocas ropas, la de regañadas que mi señora madre nos dio por eso. Lo dicho, envejecemos… unos peor que otros.

CHICAS POLAR 2

   Particularmente no veo nada malo en que a mi sobrino le guste alegrarse el ojo mirando a las bellas Chicas Polar, como no veo en ello una degradación hacia la mujer, a la que mirará como objeto. Al contrario, que sepa que son hermosas pero también personas, como se nos enseñó a nosotros, a proteger a nuestras hermanas (siempre se le dice, que su deber es cuidar de su hermana y de sus dos primas menores, y que es un trabajo de toda la vida). ¿Es sucio que se explote la belleza femenina? Muchas lo sostienen, pero la verdad es que la mujer cuenta con armas que los hombres no tenemos. O no sabemos usar (aquellos que se ven bien). Lo digo por las damas que han sido mis jefas a lo largo de los años, son mujeres muy preparadas, algunas estudiaron demasiado, responsables, duras, a veces hasta desagradables a la hora de dirigir, pero cuando iban a una cita importante usaban falditas, chalecos cortos y tacones altos. Dios se los dio, que lo usen. Cuando se dice que un concurso de belleza es degradante, o que un almanaque de nenas es un insulto, en seguida pienso en gente acomplejada (envidiosas, pues), la verdad sea dicha sin ánimos de ofender, o no mucho. Siempre me pareció horrible el Míster Venezuela… porque yo, ni de lejos, en medio de una noche sin lunas, me vería como cualquiera de ellos (también se me hace rara la idea del hombre coqueto, pero eso es aparte). No hay ningún misterio en ello.

   Criticar a una mujer que se abre paso en la vida usando el filón de la belleza es como intentar que no se enseñe matemáticas puras, o física aplicada porque esos conocimientos sólo pueden interpretarlos una muy pequeña elite de cerebros especiales (por lo tanto una ventaja injusta), dejándonos a los demás con una sensación de inferioridad. O prohibir el ajedrez porque es “un juego ciencia” y quienes lo practican se la dan de una vaina. También habría que ir contra los deportistas profesionales, la gente con facilidad para escribir, componer o crear una pintura, o contra un buen cantante, ya que el talento para ciertas cosas, que no abarca a la media de la población, es una afrenta que sea explotada por un pequeño número de individuos. A menos que nos pongamos filosóficos sobre lo que es valedero como habilidad o don, y lo que no (seguramente lo que no nos gusta, porque así de exquisita es la gente).

   Mi sobrino me pregunta si voy a bajar para la playa con amigos esta Semana Santa, y casi sentí pena por él. Me tocó explicarle, mientras mirábamos su calendario en la pared, que mujeres como esas no iban a playas donde se bañan sujetos como nosotros. Cómo se rió, debo reconocer, con orgullo, que ha heredado el humor negro de la familia, tiene talento para reírse aún de él mismo.

   Claro, si ven a una de estas nenas, avísenme para llevarlo:

CHICA POLAR 1

CHICA POLAR 3

CHICA POLAR 6

CHICA POLAR 2

Julio César.

¿APLICADO O NECESITADO?

marzo 28, 2015

CUANDO LOS CHICO VAN AL CAMPO

UN HOMBRE Y SU GANCHO DEL PLACER

   ¿Qué le obligaba a hacer eso ahí?

   Los gemidos y gruñidos atraen mi atención, todo debería estar silencioso en el taller a la hora del almuerzo, pero lo escucho. Se trata del jefe de mecánicos, un tío recio y musculoso, viril y rudo… qué gusta de jugar con su culo, por lo que veo. No puedo apartarme, ni dejar de mirar tan extraño espectáculo. Enrojece cuando lo hunde, gime cuando lo medio agita, aprieta mientras lo saca… No puedo dejar de preguntarme qué otras cosas han entrado allí a lo largo de los años, quiénes y cuántos; tal vez en ese mismo escenario. ¿Lo sabrían los chicos? Lo dudo, les conozco, no le dejarían usar esos juguetes sino sus herramientas bien lubricadas en aceite para caja. Creo que les daré el pitazo y así todos lo disfrutamos.

Julio César.


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