DEPORTE HOT

abril 28, 2015

ABANDONO

MUSCULOSO E INTELIGENTE EN TANGA

   ¿No aman ese tipo de atleta intelectual y desinhibido en los vestuarios escolares? Los nerds si.

Julio César.

EL DILEMA

abril 28, 2015

SENSACIONES NUEVAS

HOT

   El hombre jadea intentando tranquilizarse…

   Uno de sus alumnos le pilló en algo ilegal, chantajeándole, por lo que, aunque esas cosas no le gustaban, debió ceder y atender sus demandas. Pensando en desquitarse le dio duro por todos los puntos, pero… Jadea mal, cuerpo agotado, mente activa, ahora sólo puede pensar en regresar, sacarle del salón y darle de bofetadas en esas nalgas. Y no con las manos sino con sus caderas.

Julio César.

¿EL NOMBRE DEL JUEGO?: ANGUSTIAR

abril 28, 2015

UN MARIDO ESCARNECIDO

INSOLETE

   Nada como ir a un sauna, frente a un tipo con cara de reprimido, y jugar un poco con la mercancía sin regalarle nada.

Julio César.

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 34

abril 27, 2015

… SERVIR                         … 33

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

UN HOMBRE QUE CONTROLA A SU CHICO

   Jugadas y contra jugadas, quién gana, quién pierde…

……

   -Esto no lo vamos a olvidar, nazi de mierda. –dice tenso el hombre negro, odiando tener que abandonar la plaza, pero enfrentar a cuatro sujetos armados y vestidos, estando desnudos y contando únicamente con las manos no era negocio. Era la prisión, ya habría otro momento para cobrarse. Van saliendo envolviéndose en las toallas, repitiendo insultos de lado y lado, casi todos de tintes raciales.

   Geri Rostov no les mira, tan sólo observa al caído Daniel, quien rojo de cara, sintiéndose increíblemente mal, limpia con las manos su rostro y boca, de llanto, también de sudor y de saliva. Uno de los chicos calvos, con el tatuaje de puño en su cráneo, se le acerca.

   -Se fueron, pero no lo olvidarán. ¿Estás seguro de lo que haces? Buscarse problemas con los negros por nada…

   -Esto no fue cosa de los negros. Sólo de estos cuatro tipos. Y dos no son negros. Todo estará bien. Yo me encargo. –responde con autoridad, sin dejar de mirar a Daniel, sabiendo que el otro evita por todos los medios corresponderle, muerto de mortificación como está.

   -Tú sabrás lo que haces. –se encoge de hombros, confuso, mirando con algo de curiosidad, también de disgusto, a Daniel, saliendo con los otros.- Estaremos cerca.

   Quedan solos. El silencio se alarga. Rostov espera.

   -Gracias. –croa de manera rota, Daniel. Sin mirarle. Es la señal que espera, el hombre se le acerca.

   -¿Estás bien?

   -Sí, yo… -intenta restarle intensidad a la vaina, pero coño, iban a violarle, todos esos sujetos. Entraron y pensaron que podían hacérselo porque era “una puta”. Toma aire con fuerza, congelando su pecho, quiere resistir, aguantar, no derrumbarse. No ahora.- Estoy bien… Gracias por ayudarme… otra vez… -la cara le enrojece aún más feamente y los labios le tiemblan. Cosa que no se facilita ni un poco cuando el otro se agacha frente a él.

   -Tranquilo, no fue tu culpa. Son unos hijos de perra.

   -¡Y buscaban una perra! –grita con rabia, sintiéndose violento contra el mundo, contra Read, esos sujetos y consigo mismo.- Me ven como… -baja más la mirada, temblando y mordiéndose el labio inferior para no llorar.- Soy un cosa extraña… ese hombre me convirtió en un fenómeno y por eso me atacan.

   -No es tu culpa nada de esto, es de ese tipo Read, es de esos cuatro hijos de puta. Te atacan porque son criminales violentos, tal vez algunos sean aberrados sexuales. –le explica el otro, tomándole la barbilla y obligándole a mirarle.- No es tu culpa ser tan bonito… -y comete el error de acariciar muy levemente su barbilla.

   -¡Suéltame! –le grita Daniel, furioso, manoteando y alejándole, poniéndose de pie aunque le cuesta, cubriéndose.- ¡No soy una mujer! ¡Deja de verme así, deja de tratarme así, maldita sea! –grita casi histérico.- ¡Aléjate de mí!

   -Lo siento, no puedo. No puedo apartarme. –le desconcierta, tono monocorde, frente algo fruncida.

   -¿Qué? –no entiende.

   -No he podido dejar de pensar en ti desde que nos conocimos. –enrojece al admitirlo.- Me parece horrible lo que te pasa a manos de esos sujetos que te acosan. Y del monstruo con el cual compartes celdas. Me… preocupas. –baja la mirada al piso, avergonzado, enrojecido hasta el cuello ahora. Y eso, por alguna razón, molesta más al otro.

   -¡No soy una mujer, Rostov! –repite feroz, casi escupiéndole a la cara, respiración agitada, sus rostros muy cercanos. La mirada del otro, al elevarla, le congela.

   -Estoy muy consciente de eso, y créeme, yo mismo no lo entiendo. Sólo que sería más fácil si fueras una nena. Habrá una razón para que… me gustaras.

   -¿Qué coño quieres? ¿Qué esperas de mí? –siente ganas de gritar.

   -¡Nada! –se va alterando también.- No quiero hacerte daño, ¿no lo entiendes?

   -No sé nada, ya no entiendo nada. Sólo quiero irme de aquí. Ya no quiero seguir encerrado en este infierno; ni quiero ser mirado ni tocado por ninguna otra persona el resto de mi vida. No quiero ser un monstruo. –ladra, entre angustiado y furioso, pero derrumbándose en autocompasión.

   -No eres un monstruo. Ni un fenómeno, ya te lo dije. Eres una víctima. De la vida. De ese tipo. De los otros. De… -traga saliva, alzando una mano grande, dedos largos, atrapándole un costado del rostro.- …De ser tan bonito. –le repite.

  -¡Vete a la mierda!

   Sí, eso podría no terminar nunca. La frustración de Daniel es mucha, todo el horror y violencia vivida le tenía al borde de la histeria, sentirse débil le tenía enfermo, escuchar al guapo tío que dos veces le ha salvado, le irrita de manera intensa, porque entiende que aunque asegura nada querer, algo sí desea. Y el otro lo sabe también. Que podían estar allí para siempre, diciéndose cosas sin que el otro escuche. ¿Cómo resolverlo?, como lo han hecho los chicos de su pueblo desde tiempos inmemoriales.

   El rostro se inclina, la boca acaba con la distancia y cae con cierta brusquedad sobre los labios de Daniel, cubriéndolos, cerrándose sobre el labio inferior, acariciándolo, mordiéndolo, luchado contra la sorpresa y rechazo del otro, que se congela. Las manos de Daniel suben hacia ese torso con la idea de apartarle de golpe, sintiendo el aliento del convicto bañándole la nariz. Las manos hacen contacto con la recia musculatura viril y lo siente, fuerte, poderoso, y eso le descontrola, le debilita otra vez. No entiende qué le ocurre pero quiere gritar y al abrir la boca, la lengua del otro penetra. Hambrienta, como desesperado, como si llevara mucho tiempo de abstinencia, o soñando con ese momento exacto.

   Al hombre joven poco antes atacado en esos baños todo le da vueltas cuando esa boca se retira, cuando la lengua sale, recorriéndole el labios inferior, al tiempo que los brazos del otro le rodean la cintura, halándole, abrazándole fuerte, las enormes manos en su espalda baja, quemando su piel, erizándola, como lo que ocurre con su propio torso que choca del fornido y duro tórax del otro, sus tetillas ardiendo. No sabe qué decir, qué hacer, ni puede concentrarse, no cuando esos dedos se clavan suavemente en su piel, cuando sus cuerpos se estrechan más y su boca vuelve sobre la suya, esa lengua luchando, atando y lamiendo de la suya.

   No sabe cuándo responde, en qué momento rodea su cuello con los brazos, uniendo sus bocas de manera intensa, sus cuerpos frotándose, las tetillas quemándole contra la tela naranja del otro. Tan sólo se deja llevar, sintiéndolo, disfrutándolo de una manera poderosa. Es cuando lo percibe; bajo sus ropas, ese hombre se erecta de manera intensa, grande, dura y caliente contra su panza.

   -¡No! –gimotea separándose, el otro permitiéndoselo mientras asiente, ojos y voz oscurecidas por la lujuria.

   -Lo siento, yo… -cierra los bonitos ojos grises.- Perdóname, me dejé llevar. Es que te me has metido en la piel. –confiesa.

   -No, yo… -se cubre más con la toalla, pareciendo un animalito acorralado. Incapaz de hacerle frente a sus propios pensamientos y emociones.

   -Dúchate. –le dice, volviéndose.- Estarás a salvo. Mis amigos y yo esperaremos afuera a que termines. –le mira sobre un hombro, abatido- Lo siento, no quiero que pienses que deseaba aprovecharme de ti en este momento. No es lo que quiero. –Daniel no entiende, está totalmente confuso, por las palabras que oye y por las reacciones de su propio cuerpo.

   -¿Qué esperas de mí? –repite la pregunta. Sus ojos se encuentran.

   -Que vengas a mi encuentro porque lo desees. –informa y sale, dejándole totalmente impactado.

   Había algo maravilloso y terrible en sus palabras. Lo sabe. Y no entiende qué siente en verdad. Temblando, con ganas de gritar, le envía un mensaje mental a su esposa: Diana, apúrate, sácame de aquí.

……

   -¿Estás bien? –le pregunta Robert Read cuando vuelve a la celda poco después. Ya lo sabe todo. Daniel asiente, sin mirarle.- No entiendo cómo esos hijos de perra se atrevieron. Ya me ocuparé de ellos. –le promete, subiendo a su litera.

   Daniel no responde, ni quiere pensar en nada; cayendo sobre su camastro cierra los ojos, maldiciendo la visión en su mente de unos hermosos ojos grises que le miran con afecto.

   Por su parte, Read oprime los labios con rabia. Había fallado el ataque sexual. En fin, eso no modificaría nada. Al día siguiente todo continuaría igual. Bien, algo si había cambiado, tendría que buscar a ese tipo, Geri Rostov… y matarle.

……

   -¡¿Acaso te has vuelto loco?! –totalmente enfurecida, también sorprendida, Annia Spencer encara a su marido, el hombre recién duchado que viste una odiosa remera de su universidad y unos pantalones algo flojos al haber perdido peso. Gracias a ella que vive atormentándole con lo de su gordura.

   -No digo que vaya a hacerlo. –se defiende Jeffrey.- Tan sólo que estoy pensándolo. No imaginas la presión que siento con este caso.

   -Claro que estás presionado, porque parece que, contra toda evidencia, esta vez sí podrás hacer algo medianamente bien.

   -Cariño… -se duele, ¿por qué le costaba tanto entender sus dudas y temores?- ¿No lo entiendes acaso? Ese tipo es un monstruo y podría quedar libre si…

   -Eso no es asunto tuyo. Eres un abogado, no un sensor social. No es tu trabajo decidir quién es culpable de algo o no. –es la réplica fea.- En verdad puedes conseguir esto, Jeffrey, que la pena de muerte se conmute, incluso que el juicio mismo de Robert Read, sensacional por los horripilantes detalles, se revierta. Y cuando estás tan cerca del único éxito de tu vida ¿piensas dejarlo así porque el hombre te parece malo? ¿Se puede ser más patético? –le acusa.

   -No entiendes. –era increíble el cómo podía lastimarle.

   -Oh, pero si lo entiendo, eres un inútil total, como todos dicen que eres, como todos me advirtieron que eras, y ahora dejas salir el cobre barato otra vez. –le acusa feo, acercándosele.- No vas a cagarla, Jeffrey. Harás tu trabajo, lo harás bien, y yo no tendré que pasar una nueva vergüenza contigo.

   -¡Basta! –le ruge suplicante, montándole las manos suavemente en los hombros.- Por Dios, mujer, trata de escuchar lo que te digo. Siento miedo, miedo de terminar sabiendo en algunos años sobre gente asesinada por ese sujeto. Asesinados porque yo le facilité el salir libre. ¿No ves que sería responsable de alguna manera por todo el daño que haga?

   -Lo que veo, con toda claridad, es que eres un imbécil. –se suelta, apartándose.- Me voy a la cama, estoy cansada y tú me agobias. No vayas a despertarme o tocarme. Y no jodas esto. –le advierte y sale.

   Mirándola alejarse rumbo al dormitorio matrimonial, con la boca abierta, sintiéndose furioso y solitario, Jeffrey se vuelve hacia el balcón, hacia la noche clara. Se siente infinitamente infeliz. ¿Cuándo dejó ella de amarle? ¿Le amó alguna vez? No recuerda de su parte un gesto de cariño, de consideración, de ternura. Se habían casado calientes, pero la cama no fue suficiente. Ella se aburrió pronto y sus caprichos, reprimendas, quejas y acusaciones fueron logrando que no la buscara. No deseando escucharle decir que era un completo imbécil. Frase con la que su suegro solía describirle. Lo sabe. Se acerca al balcón pero se detiene. ¿Amaba todavía a Annia? No sabe de dónde sale eso, pero le calienta las mejillas, le inquieta. Le hace sentirse culpable recordando tantas cosas que le habían ocurrido últimamente.

   El teléfono timbra y casi corre sintiéndose feliz por la distracción. Contento de alejarse de esa línea de pensamiento.

   -¿Aló?

   -¿Jeff? –la voz le produce un escalofrío grande, un calor grato que no quiere analizar le llena todo y casi le hace sonreír.

   -Owen… -jadea, medio tosiendo y endureciendo el tono.- Vaya sorpresa. –intenta un tono casual.- ¿No acabamos de separarnos hace poco?

   -Qué puedo decir, parece que no puedo estar sin hablarte.- el tono es parecido, fácil, amistosos, pero al abogado la cara le arde otra vez. Hay un leve silencio.- ¿Sigues ahí? –la pregunta parece algo tensa, ¿acaso el otro temía haber dicho más de la cuenta?

   -Estoy, pero… -bota aire, casi gimiendo.- Acabo de pasar un mal rato.

   -Lo siento. –y suena real, tanto que el hombre piensa que si le contara al policía la mitad de las cosas que le quitaban el sueño por las noches, este no se burlaría, alteraría, exasperaría o molestaría. Y la idea era extraña.

   Casi responde algo en ese tenor. Casi.

   -¿Y con quién hablas en ese tono meloso? –oye una apagada voz masculina al fondo. Alguien que reclama a un policía que habla por teléfono. Se va el sonido e imagina que hay un cruce de palabras del otro lado.

   Un frío grande le envuelve ahora. Owen no estaba solo. Bueno, nunca lo estaba.

   -¿Jeffrey…? –le oye otra vez, tono cauteloso ahora.

   -¿Si, detective? –su propio tono es distante, oye un suspiro del otro lado, exasperado o afligido, no lo sabe.

   -Ha desaparecido. –pensando en mil cosas, incluido el por qué le enfurece tanto pensar en la ligereza de cascos del detective, el abogado no entiende de entrada.

   -¿Perdón?

   -Marie Gibson. Desapareció. –la noticia le impacta feamente, tanto que cae sentado. Horribles posibilidades ocupan su mente.

   -¿Qué ocurrió? –las inflexiones de su voz lo dicen todo. Oye otra vez algo de diversión en el otro.

   -No fue asesinada, abogado. Salió de su casa, le llevó el gato a un vecino y dijo que tenía negocios que atender. Pero en realidad recogió todo lo de valor, no llamó ni avisó nada en su trabajo, y desapareció. Creo que… huyó.

   Jeffrey cierra los ojos. Esa mujer, temerosa de una investigación había escapado. Porque tenía cosas que ocultar. ¿Los crímenes del Matadero?

   -Tenemos que hablar, detective. –es seco.

   -Claro. –dudó el otro.- Jeffrey… -comienza un tono conciliador, de explicación.

   -¿Dónde? –le corta, frío y furioso.

……

   El bar era indudablemente de ambiente, pero uno algo intimidante, piensa el abogado entrando al pequeño local de luces rojizas, la barra larga, las tres mesas de billar ocupando casi todo el espacio. Jeffrey entra con paso inseguro, verificando en su reloj que llega temprano. Debió salir de su casa para no enfrentar más a Annia, que quería saber a dónde iba, y para no pensar en Owen Selby y sus amiguitos. Pero se congela. Presentes hay siete u ocho hombres enormes, en camisetas o franelas. Negros todos. Sus ojos se dilatan, impresionados. Y esos sujetos le siguen fijamente con la mirada, interrumpidos sus juegos, porque con el color, la estatura, los anteojos de montura fina, la ropa casual, el hombre joven destaca como una uva pasa en un batido de crema, por irónico que fuera el contraste.

   Tenso, con todos mirándole, Jeffrey llega a la barra, toma asiento, carraspea y saluda al cantinero, otro negro grande, pidiéndole una cerveza. Este le mira, levemente burlón, captando tras el chico blanco a sus otros comensales mirándose entre ellos, evaluándolo. Un vaso de amarilla cerveza cae en la barra.

   -Gracias. –grazna un cada vez más incómodo Jeffrey, quien toma un sorbo, la deja en su lugar y se contiene cuando dos chicos negros, mirándole, se dicen algo entre ellos, y luego van hacia la barra, rodeándole cada uno por un lado, tomando asientos.

   -¿Buscando a alguien, chico blanco? –pregunta uno de ellos, muy joven, cabello desrizado y largo.

   -No, yo…

   -¿Vienes por cualquiera, entonces? –le pregunta el otro, en su costado contrario.

   -¡No! –se agita.

   Y mientras se vuelve a responderle al joven calvo, de bigotillo y barba en candado, el primero saca una mano de su pantalón y una diminuta pastilla blanca es agregada a la cerveza, pastilla que burbujea levemente, diluyéndose. El complemento perfecto para iniciar una buena fiesta con el chico blanco.

CONTINUARÁ…

Julio César.

NOTA: Lo siento, quedó algo largo para cubrirlo, quise quitar partes, pero ya no puedo sin alterar la historia. Lo bueno viene, precisamente, después de ese bar.

TERREMOTO EN EL TIBET

abril 27, 2015

AL ESPIRITU DEL 23 DE ENERO

TERREMOTO EN NEPAL

   Quién puede saber qué tanto se perderá, en vidas y cultura.

   Cuando uno oye hablar del Tíbet piensa en cuatro cosas: el Dalái Lama, los picos más altos del mundo, lo árido y difícil del lugar y el sometimiento al férreo control chino. Pues es noticia otra vez por un pavosoro terremoto de casi nueve grados de intensidad en la escala. Ya se habla de casi cuatro mil víctimas, con centenares de personas atrapadas bajo los escombros, con proyecciones donde fácilmente se pasará de los cinco mil fallecidos. El fuerte sismo se sintió igualmente en China, India y Pakistán. Sin embargo, desde esas mismas naciones ya salió la ayuda humanitaria para con el pequeño pueblo localizado prácticamente en las puertas del cielo. Se enviará alimentos, mantas, medicinas y los eternos guardianes de la ayuda civil, esos que buscan desesperadamente a los sobrevivientes, que luego ayudan a recolectar los cadáveres. Se habla de casi un millón de niños sin hogar.

EL TIBET

   Y el clima y la topografía no ayudan, llueve copiosamente y el único aeropuerto en Nepal mediamente funcional, está casi inservible. Sólo uno de cada diez aviones con ayuda ha podido aterrizar. Desde toda partes del mundo ha partido el auxilio, hasta Colombia, donde, escuchando un noticiero de la Cadena Caracol, supe que ya estaban comunicándose con sus conciudadanos allá para saber dónde están y cómo se encuentran. Trabajo de cancillería eficiente. La comunidad europea también envía dinero, aunque las cifras que ya moviliza Estados Unidos son increíbles. Qué organización la de esa gente, sumas destinadas en distintas partes del mundo para esta clase de imprevistos.

AYUDA HUMANITARIA EN EL TIBET

   Esperemos que la tierra se calme, que la lluvia cese, que el aeropuerto sea desbloqueado, que los hombres y mujeres sin fronteras continúen llegando. Todos con el Tíbet.

Julio César.

NOTA: En una entrada pasada hablé un poco sobre este asunto. Si Caracas sufriera un sismo de los llamados devastadores, Dios no lo permita, cayéndose los dos viaductos y quedando bloqueada bajo toneladas de escombros la Autopista del Centro, quedaríamos incomunicados en una ciudad en ruinas, con incendios, edificio convertidos en tumbas, sin agua, electricidad, medicinas o alimentos. La Carlota no puede salir de la ciudad, es la única vía confiable para la llegada de la ayuda humanitaria internacional.

LOS CONTROLADORES… 8

abril 27, 2015

LOS CONTROLADORES                         … 7

CHICO GUAPO BUSCA...

   La marca del de sirve.

……

   -Moncada… -grazna, entre furioso y confuso, aterrado por la manera en la que se siente, prácticamente atrapado por el otro chico.

   -¡Pasa! -le ordena, echándose a un lado.

   No quiere, desea escapar, o golpearle, pero traga y pasa, sintiendo como el pulso le late feamente en la muñeca atrapada bajo el puño del otro. Sus piernas parecen moverse con vida propia y casi pega un bote, porque mientras pasa, cruzando frente al otro, este eleva su otra mano y le da una nalgada. No dolorosa, pero sí íntima, como de amistad… o posesión.

   -No hagas eso. –le pide, queriendo estar furioso, pero le suena a ruego.

   -Okay, okay… -le gruñe Tony, divertido.- Vamos a mi cuarto. –el anuncio le hace jadear, ojos muy abiertos, angustiado.- ¿Nunca has sentido curiosidad por el cuarto de un marica? Mientras me insultabas todos estos años, ¿jamás te preguntaste qué ocultaba bajo mi colchón? Qué clase de revistas, si tenía algún que otro calzoncillo robado, o un juguetito de forma curiosa que me consolara, ¿nada? –enumera casi riendo, soltándole, colocándose a sus espaldas, un dedo bajo su nuca, empujándole. Y controlándole. Obligándole a subir las escaleras.

   -Moncada… -alarmado, muy rojo de cara, intenta contenerse. Pareciera que subiera al cadalso de donde colgaría en pocos minutos.

   -Oh, vamos, ahora somos compañeros. Pronto seremos amiguitos con derechos, puede decirme Tony, o “mi semental”. Ese me gusta. Semental. –y ríe, embriagado con todo ese poder, también por el hambre que ha despertado en él; aunque saber que le tiene atrapado en esos momentos era lo más intoxicarte de todo.- Abre la puerta.

   Santana no sabe qué esperaba, pero aquella pequeña habitación era muy parecida a la suya, la cama de regular tamaño, medio desecha, cosas arrojadas de cualquier manera sobre un escritorio de estudios; camisetas y un pantalón sobre la silla, un zapato aquí, un patín por allá, el closet con la puerta medio abierta, con una gran cantidad de cosas. Cosas que serían como las suyas, peroles que se iban comprando, intercambiando o acumulando sin ninguna razón. Seguramente, traga en seco, allí ocultaba de sus padres (ni eso sabe del otro) su pornografía. No hay fotos de chicas en bikinis adornando las paredes, pero tampoco de tíos. Cuando el dedo se retira de su nuca se siente más libre, pero todavía cohibido.

   -¿Quieres algo de tomar? ¿Un jugo? ¿Refresco? ¿Semen? –le pregunta burlón Tony, llegándose a su cama, cayendo sentado, tomando un control remoto y encendiendo la televisión de plasma, que también debió poner a funcionar un equipo de reproducción porque bajo una tonada de Taylor Swift, boca abierta, estremeciéndose de temor y repulsa, Rubén ve escenas de diferentes chicos, jóvenes como ellos dos, besándose, tocándose como en citas de novios, paseando por la calle tomados de las manos, corriendo uno detrás de otro en una bicicleta, luchando por un balón, cayendo uno de espaladas sobre la grama, riendo, el otro sobre él, mirándole y besándole. Debe apartar la mirada, la cara ardiéndole.

   -No pienso hacer eso contigo. –le aclara, respiración pesada.

   -Ni lo espero. Tienes mal aliento. Sólo quiero tu boca dándome una buena mamada. Después tomaré antibióticos. –responde Tony, sonriendo, montando una pierna sobre la cama, echándose hacia atrás, el culo sobre una almohada.- Ven, acércate…

   -Tony… -gime, frente fruncida.

   -Lo siento, Santana, pero esto va a ocurrir… -eleva las manos.- Ya está fuera de mi control. Me hiciste enojar de una manera terrible hoy; hoy me di cuenta que la cosa no era contra mi condición sexual, sino contra mí como individuo. Me delataste, hablaste de las cosas que hice pero protegiste a tu “amigo”. Se te pasó la mano, fuiste una mierda y ahora lo pagarás. Es… justicia poética.

   -¿Acaso te has vuelto loco? –le grita, dominado por la ira, más recuperado.- ¡No voy a someterme a tus mariqueras!

   -Y sin embargo estás aquí. –le apuntala, sonriéndole al decirlo, desfrutando su confusión.- ¿Qué? ¿No te diviertes hablando conmigo? Creí que te gustaba mortificarme. Como hoy cuando contaste lo que hacía…

   -¡Fue una broma! –grazna, sabiéndose acorralado.

   -¿Una broma? ¿Les contaste a todos que era un marica mamagüevo y te pareció que era divertido? ¿Crees, de verdad, que disfruté el verme expuesto por ti, de tus comentarios, de las risas de tus amigos? –le mira francamente intrigado.- ¿Lo cree de verdad? Que como tú ríes, ¿todos la pasamos bien?

   -Fue tu culpa. –le señala, furioso, decidido a no dar su brazo a torcer.- No deberías ir por ahí mamándoles los güevos a los carajos que se cruzan en tu camino en lugares públicos. –Tony alza la barbilla, eventualmente atrapado. Luego se pone de pie, acercándosele.

   -¿Fue culpa de Téllez tener la nariz larga y que vivieras llamándola bruja, mañana, tarde y noche? ¿O escuchar que alguien dijera que Nelly Quintana tuvo una vez piojo en preescolar y que la acosarás a toda hora llamándola “piojosa, piojosa”, hasta que tuvo que dejar el colegio? ¿Fue culpa de Eric Orestes que llorara de dolor y miedo cuando tu amigo, el gorila de Aponte le empujara tirándole al suelo gritándole “marica”, que se parara y peleara, sabiendo que ese chico le llega apenas a la barbilla y es flaquito, callado y tímido? Todo es culpa de los demás, ¿verdad? –va molestándose, abandonando su aire jovial hasta ese momento, estallando cuando le ve abrir los labios.- ¡Cierra la boca, maldita basura abusadora! –Santana calla, agitado, temiéndole al tenerle tan cerca.

   -Lo siento. Lo siento mucho.

   -Imagino que sí, que ahora, viéndote… defectuoso, temes ser expuesto.

   El otro joven va a gritar algo, pero Tony eleva una mano, recorriéndole un lado de la cara, erizándosela y calentándosela bajo su roce. Rubén sabe que ocurre aunque no lo entiende, esa vaina no le gusta.

  -Vamos. –le ordena Tony, los dedos presionando en su cara, empujándole hacia la cama.

   -Tony…

   -Camina, coño, y deja la lloradera o Aponte te gritará “marica, marica”; pórtate como un hombrecito. –se burla, recobrando otra vez su estabilidad, preguntándose si al tocar al otro, algo de su esencia, su rabia, se traspasó también.

   Caen sentados en la cama, uno frente al otro, uno sonriendo, el otro temblando, rojo de mejillas.

   -Déjame ir.

   -Deja de fastidiar. ¿Sabes?, lo he pensado mejor… -responde Tony, sonriendo macabro, y sin soltarle abre una gaveta y saca un pequeño pote de espray.- Abre la boca. –le ordena, el otro tiembla pero lo hace. Dispara dos cargas con sabor a menta sobre esa lengua.- Y ahora…

   -No, Tony, eso no. –gimotea Santana, ese sabor llenándole la lengua.

   Ya ha hablado demasiado, piensa el otro chico, soltándole la cara pero rodeándole el cuello con el brazo izquierdo, cubriéndole con el cuerpo, obligándole a caer de espaldas, con la nuca sobre su brazo, y mete una pierna entre las del catire, ladeado a su lado, la otra mano bajando y metiéndosele dentro de la franela, cayendo, palma abierta, sobre ese abdomen plano que se hunde, eriza y tensa bajo su contacto. Y algo tan poderoso recorre a Rubén Santana, que se medio arquea, sintiéndose extrañamente consiente de sí, totalmente estimulado. Esa palma y esos dedos lo recorren y siente ganas de estremecerse y gemir, sabiendo que nunca antes había experimentado eso. Cierra los ojos, avergonzado, cuando sus labios, que se han enrojecido y humedecido, se abren dejando escapar un ronco gemido de lujuria. Y Tony le mira, burlón, pero también caliente.

   Su boca baja, lo siente estremecerse, tensarse en shock, pero se pregunta si es por el beso o por la respuesta al beso. Porque si, Rubén Santana gime ahogadamente mientras responde con fiereza a la caricia. Las lenguas luchan sin arte, como suelen hacer los muchachos, con más entusiasmo que técnica. Como sea, las bocas se succionan, ruidosamente, de manera chupada. La mano de Tony sigue subiendo y bajando, encontrando uno de los pezones jóvenes increíblemente erecto. Metiéndole más la lengua al tiempo que con dos dedos aprieta el pezón, siente como debajo de él el chico casi se alza, arqueado, mientras se bebe su gemido de gozo. La mano baja otra vez, encontrando toda la piel de gallina, un dedo llega al ombligo y recorre sus bordes, sin entrar, sin detenerse, atormentándole, tocando, acariciando, y sabe que tiene a Rubén ardiendo.

   El catire no piensa, no puede, tan sólo responde, todo su cuerpo está muy activado a la lujuria. Quiere eso, lo quiere todo, por eso apaga su mente. Pero esta se pone a trabajar cuando aquella mano abandona su panza y esa boca la suya. Se miran ahora a los ojos. Y un enrojecido Rubén encuentra la burla allí.

   -¿Tu primer beso con un chico? Lo hiciste bastante bien. –le dice, y algo dentro de Rubén se revuelve, pero también se excita.- ¿Acaso Mateo Alcántara y tú practican después de los juegos en las duchas bajo las regaderas? –le pregunta, horrorizándole; el catire quiere negar, pero la mano del brazo que está bajo su cuello le atrapa el lóbulo de la oreja, acariciándole, mareándole.- Mateo está tan caliente. ¿Te lo imaginas? Ese cuerpo grande y sexy, desnudo, transpirado, su güevo bamboleándose, entrando bajo la ducha… ¿no se te hace agua la boca sólo de imaginarlo así? –le provoca, sabiendo que la caricia le hacía sugestionable.

   -Tony… -gime. El otro ríe, bajando el rostro, casi sobre su boca, erizándole otra vez.

   -¿Quieres algo, pequeño marica? –le reta.- Ya imagino qué…

   Rubén no sabe qué esperar cuando la mano de Tony atrapa la suya, guiándosela. La palma cae, floja, sobre la enorme silueta de un güevo duro bajo un jeans.

   -Tócame… -le ordena.

CONTINÚA…

Julio César.

UN SEÑOR RELOJ

abril 27, 2015

¿AHORA LAS CHICAS AMAN AL CHICO BUENO?

NAUTILUS PARA CABALLERO - PATEK PHILIPPE

   Para esto es que sirve la plata…

   Ya lo escribí por ahí, soy capitalista, consumista. Me satisface comprar las cosas que quiero sin pedir permiso, sin mendigar ni esperar que me regalen, que para eso trabajo. Y el dinero es para darse gustos después de cubrir lo esencial, vivienda, ropas, alimentos, medicinas, algo para padres, hermanos, sobrinos y hasta amigos. Me gusta llegar a una tasca y tomarme una cerveza, también brindar. No quiero comprar el rayo de la muerte, ni pagarme un ejército, no voy tras la eterna juventud, ni me tenta el pagar para ver gente siendo torturada o asesinada. Eso es para enfermos y necios. El dinero es para una joya así, porque es una joya hermosa, sólida, masculina. Un señor reloj. Un Nautilus para Caballero, de Patek Philippe. Y hasta ese nombre suena a clase. Así tiene que ser un reloj de hombre, una pieza que vista, elegante, nada digital ni de correas de colores chillones. Tiene que ser algo que te haga sentir bien cuando lo miras, lo sopesas y lo usas. Cuando lo luces. Algo que se puede legar como herencia.

Julio César.

EL JOVEN VAQUERO

abril 27, 2015

SENSACIONES NUEVAS

VAQUERO EN TANGA

   Cómo les gusta montar un brioso potro…

   -Hola, señor… -saluda el joven hijo del dueño de la finca.

   El muchacho entró justo cuando el recio baquiano se daba con la mano, teniéndola dura y alborotada, sus ojitos cayendo sobre ella, sus labios enrojeciendo. Tan tierno como un ternero, seguramente tan hambriento como un becerro. El hombre no tuvo corazón para sacarle del cuarto, sino que apartó la sábana, abrió las piernas y le esperó. No pasó mucho tiempo antes de que, rojo de cara, ojos cerrados, cabeza y sombreros echados hacia atrás, el joven le cabalgara. Y lo hacía bien, se notaba que no sólo era bonitico sino que tenía experiencia y mañas.

EL DILEMA

Julio César.

DEAN, EL SOLITARIO REGRESO DEL GUERRERO

abril 27, 2015

DEAN SABE QUE ALGO MALO LE OCURRE

   Esta historia lleva tiempo dándome vueltas, aunque imagino que no le gustará a muchos de los fans. Dean Winchester regresa del Purgatorio para encontrarse con que ni Sam, ni Castiel, le buscaron (prerrogativa del autor). Eso le llenará de rabia y mucho resentimiento. Es básicamente, un Destiel, aunque la cama del cazador estará bastante ocupada y por lo tanto tiene sus partes subidas de tono. Se lo dedicó a un amigo que comentó hace poco en otro relato que le pareció largo y eternooooo, Anónimo D, ja ja ja. Por cierto, la imagen no es de mi autoría, felicito al o la artista.

……

DESTIEL, SENTIMIENTO

   Si el ganador lo toma todo, ¿qué queda para el perdedor?

……

   Con el rostro ensangrentado, tiznado de barro y restos de maleza quemada, Dean Winchester corre sin poder parar por el sepio paisaje descendente, apartando con las manos las zarzas espinosas que arañaban sus palmas y mejillas. Siente el terrible gruñido a sus espaldas, se medio vuelve, la mente en shock, y tropieza, perdiendo el paso y rodando cuesta abajo, maldiciendo en todo momento. Cuando se prepara para el golpe contra las rocas, se medio sumerge en algo. Es un pantano marrón, maloliente a cosas muertas. Un nuevo gruñido, todavía lejano, le saca del leve mareo por los golpes que si se dio en la rodada y echa a correr dentro del pantano, notándolo no muy ancho. Sin embargo le cuesta caminar, mucho más correr cuando queda hasta la cintura en aquel fango. Luego no puede continuar.

   Apretando los dientes y repitiendo todas las maldiciones que conoce, lucha por despegar las botas del fondo. Es cuando jadea. Luego grita. Sobre el pantano, sin ninguna dificultad para movilizarse, alacranes de un rosáceo opaco, más pequeños que un meñique, de unas cataduras ponzoñosas increíbles, se dirigen hacia él, como hormigas. Un ejército de pequeños malditos. Del saco en la espalda saca la vieja daga que le arrebatara a un vampiro, y se vuelve en círculos, agitando el fango, lanzándolos lejos, pero son muchos y vienen en todas direcciones. Uno sube y clava la ponzoña en su dorso. Duele y quema como el infierno, y él sabía de lo que hablaba. Varios logran trepar por su cuerpo ahora. Uno de ellos le aguijonea en el cuello. Suben y suben más, ahora jadea feo, ciego de dolor y pánico mientras los siente por todo su cuerpo, penetrando en sus ropas, todos clavando sus aguijones; dándose manotazos para quitárselos de encima más bien parece gritar entregado a la histeria. Uno entra por su conducto auditivo derecho, atormentándole por las posibilidades, y le hiere una y otra vez mientras entra más y más. Ahora grita totalmente cegado de dolor y miedo, entregado a la desesperación.

   -¡Sam! ¡Cass! ¡Ayúdenme! ¡Ayúdenme! ¡Qué alguien me ayude! –grita una y otra vez, entre jadeos y gruñidos, cubierto por los diminutos pero terribles monstruitos. Lo siente, uno en su boca, le clava los dientes pero no lo suficientemente rápido y el aguijón entra a su lengua. Grita más.- ¡Castieeeeel!

   Ningún sonido o movimiento responde a sus desesperadas demandas de ayuda. Está totalmente solo. Y la idea es tan horrible que grita y grita, rodeado por las penumbras. Se sienta en la cama y todavía agita brazos y piernas, alejándolos. Pero no están allí. Y aunque ahora es plenamente consciente de que no están allí, y que ya no está en el Purgatorio, no puede dejar de gritar. La necesidad de hacerlo es más fuerte que él mismo. Unos golpes a la puerta le sobresaltan.

   -Abra, amigo. –oye el gruñido y el golpe.

   Con pasos tambaleantes, Dean Winchester deja la cama, aunque todavía dudó en bajar un pie de la cama. Las criaturas acostumbraban atacar así. Mierda, ¡deja de llorar!, se reprendió y fue a la puerta, queriendo verse mal encarado.

   -¿Si? –el encargado de la recepción, un tipo joven y macilento, muy delgado, le mira ceñudo.

   -Estaba gritando. ¡Otra vez! Tiene a la gente nerviosa, amigo. –le reclama, los cuartos vecinos en el motel le habían llamado por los escalofriantes alaridos del sujeto del 4A. De ser u lugar mejor alguien habría llamado a la policía.

   -Lo siento, yo…

   -¿Se siente bien? Se ve fatal. –le mira intrigado, aquel tipo joven, en bóxer y camiseta empapada en sudor, rostro torturado, era una contradicción. Con su apariencia él estaría de citas con tías o algún tío afortunado, mira que era caliente. Pero no, ese tipo llevaba tres días encerrado, haciendo llamadas. Y gritando en sueños.

   -Estoy bien. –es la seca respuesta.- Mañana buscaré otro lugar.

   -Lo siento, pero creo que es mejor. –se aleja unos pasos.- ¿En verdad está bien? ¿No necesita nada? –sus miradas se encuentran, y casi le parece ver miedo en esos bonitos ojos verdes.

   -Una botella. Whisky. O tequila. O vodka. –pide, el otro asiente. También eso era costumbre en ese tipo.- Y… ¿tienes algo que hacer? –intenta una chula sonrisa de invitación.- Tal vez quieras compartir un trago conmigo. –nota como el joven abre mucho los ojos.

   -Claro, amigo. –y casi se aleja a la carrera.

   Una vez a solas, Dean traga saliva, encendiendo todas las luces, queriendo alejar las sombras de su pesadilla. Cae sentado en la cama, va a esperar la botella. Y al tipo. Cuatro o cinco tragos le ayudarían. La cercanía del otro le resguardaría de algo que escapara de sus pesadillas. Le avergüenza y molesta sentirse débil, pero no podía hacer más. ¡Ese lugar había sido tan horrible! ¿Dónde demonios estaba Sam? ¿Por qué no podía contactarle? Ya llevaba dos semanas sobre la Tierra, después de un año ausente, y no le encontraba. Un año encerrado con las peores de sus pesadillas. Ni el Infierno le había parecido tan malo, y eso que lo fue.

   No quiso pensar en Castiel.

……

   -Vamos, muchacho. –sonriendo, Sam Winchester le arroja una pelota al viejo y lanudo perro, el cual parece pensárselo un momento antes de echarse a correr, lo que hace reír al menor de los Winchester. Cuando este vuelve con la pelota, se deja caer sobre la acera del complejo de moteles donde trabaja como intendente, decidiendo que ya estaba bueno ya. El apuesto hombre le rasca detrás de las orejas.- Te vuelves viejo, amigo.

   El menor de los Winchester se ve bien, repuesto. En sus ojos brilla una luz nueva, algo que no estaba allí desde la muerte de Jessica. Antes de tener que encargarse de los asuntos de la familia. Pero no quiere pensar en eso porque le lleva a pensar en él; mucho daño les hizo esa vida. Y mucho daño hizo. Le ha llevado tiempo, pero el hombre joven estaba comenzando a sanar por dentro. No olvidaba las cosas terribles que provocó, las causadas por insensatez muchas veces, así como las realizadas por su hermano. A veces le dolía encontrar alguna evidencia de ese dolor, alguien que perdió a todos cuando unos muertos atacaron su calle, o cuando una peste extraña enloqueció a sus amigos; aunque muchos no lo tomaran en serio, él sí sabía. Pero (y era lo maravilloso del alma humana, la esperanza), entendiendo que el pasado no se podía remediar o cambiar, sólo quedaba mirar hacia el futuro intentando no cometer los mismos errores. Y allí todo era incierto, pero auspicioso. Mira hacia la fachada del búngalo que comparte con Amelia Richardson. La ve, mirado a la nada por una ventana. Algo desencajada, pálida. Preocupada.

   Llevaba dos días así, aunque insistía en que no era nada. Ignorando ella lo preocupante que eran esas palabras para un hombre de su experiencia. Era obvio que algo la atormentaba, pero debía darle tiempo y espacio. Terminaría contándoselo. O eso esperaba.

   -¿Quieres ir a comer algo? –le pregunta a gritos en medio del solitario estacionamiento central.

   -No, estoy algo cansada. Creo que voy a recostarme. –le sonrió ella.

   -Amelia…

   -Estoy bien, Sam –le aseguró con una enorme sonrisa que no llegó a sus ojos, apartándose de la ventana. Dejándole realmente inquieto.

   ¿Habría llamado su padre otra vez? Ese hombre parecía no poder dejarles en paz. El móvil comienza a timbrar, ve un número desconocido y siente inquietud. Se estremece un poco, era como si una nube oscura hubiera cubierto por un momento el cielo.

   -¿Aló?

   -Vaya, hasta que doy contigo. Eres difícil de encontrar, Samantha. –oye la voz aliviada y alegre.

   Una voz que le eriza la piel obligándole a ponerse de pie de un salto. Sam Winchester siente que todo gira a su alrededor, de manera alarmante. Cierra el puño sobre el móvil, preguntándose si se engaña.

   -¿Dean? ¿Eres tú?

   -En cuerpo y alma. ¡Regresé! –informa.

   Y Sam cierra los ojos, alcanzado por una enorme ola que parece llevarse todos los logros alcanzado en los últimos meses en su vida, la isla de paz a la que se aferraba. Peor. Sabe que la sudoración de las palmas de sus manos, que el loco andar de su corazón, el pitido en sus oídos, todo respondía a otra emoción. Culpa. Ahora tendría que dar explicaciones. Muchas.

   -¿Sam?

   -Sí, aquí estoy, yo… -jadea e intenta sobreponerse, con una sonrisa todo dientes que no engañaría a nadie.- Es… la sorpresa.

   -Tenemos que hablar.

   Las palabras literalmente le provocan nauseas. Claro, tenían que hablar. Debía hacerlo. Encarar a Dean, su hermano, y todo lo que fue su vida. Recorre lo que ve del motel, mira al perro, el cual está muy quieto, observándole, enfoca la vieja camioneta estacionada. Mira la fachada del bungaló, con Amelia adentro. Su vida. La de ahora. Una que le gustaba, que le brindaba estabilidad, tranquilidad. Felicidad. Una que era incompatible con Dean Winchester y el deber de la familia, la cacería de las criaturas sobrenaturales. Pero claro que tenían que verse, debía… Dios, abrazarle. Dean estaba de vuelta. Y le quería, a veces le parecía que demasiado. Contiene un jadeo.

   -¿Dónde?

   -¿Recuerdas la vieja cabaña de caza de Bobby en…?

……

   Internarse por aquel sendero apenas señalado en el bosque, inquieta a Sam. No por el bosque, sino porque cada vez está más cerca del momento que más teme en esos instantes. El momento más difícil de toda su vida, no puede negárselo. Peor aún que aquella vez que Dean le descubriera utilizando poderes mentales para expulsar demonios, cuando estaba cegado por los engaños, y la sangre de Ruby. Se detiene frente a la muy vieja y derruida cabaña, recordando los días felices cuando Bobby les enseñaba a disparar y a cazar, aunque nunca logró que mataran nada. Rapara en un viejo Camaro estacionado, abierta la maleta, algunas cajas con libros en ella. Toma aire y va hacia la entrada.

   La habitación parece más destartalada de lo que la recuerda. Su corazón hace tal ruido que es imposible que Dean no le haya escuchado ya. ¿Y si no fuera Dean? ¿Y si un demonio o un cambiaforma…? Se congela cuando le ve aparecer, con otra caja en las manos. ¡Es Dean! lo sabe en sus entrañas. Este le sonríe medio chulo, dejando la caja junto a otras dos en la vieja mesa, mirándole, esperándole.

   -¿Y bien? –abre los brazos, sonriendo con afecto.- ¿Acaso estás sin alma otra vez?

   -Dean… -el menor sonríe, va a su encuentro y se funden en un abrazo intenso, pero renuente.

   Dios, piensa el menor de los Winchester, ¿cómo le dirá a Dean, su hermano, que no se interesó en saber qué había sido de él durante todo ese año?

CONTINÚA…

Julio César.

CORTOS DE GOLOSOS

abril 27, 2015

…TOMADO DE LA VIDA REAL

LA LECHE EN LA CARA DEL AMIGO

   ¿Nunca han estado vacacionando en un lugar apartado con un grupo de amigos que duermen donde les agarra la noche con la borrachera y han despertado calientes, sacándoselas y comenzando a masturbarse sobre un panita, como un juego o una tremendura? ¿Sobándote, pensando en todo momento qué se sentiría rozarle con la punta de tu güevo la cara? ¿No se han corrido así, bañándole la cara de leche espesa, caliente y olorosa, despertándole, viendo sorprendidos cómo abre la boca, recibiendo trallazos, tragándolos ávidamente, y con la lengua recogiendo el resto? ¿No? Creí que les pasaba a todos al menos dos veces.

UN CHICO GOLOSO

   Saben que es el hermanito de un amigo, pero también que es todo putito y hambriento, siempre prometiéndoles cositas ricas y sucias con los ojos, ¿cómo decirle que no si te ruega que le dejes tragártela? ¿Cómo negarle el güevo a un ansioso chico que sólo desea cubrirla con sus labios, que se muere por atraparla con sus mejillas, que ronronea de gusto al tenerla sobre la lengua? Hay que dárselo, ¿verdad? Llenarle esa boquita viciosa, abultarle un cachete con él, vaciarse hasta la última gota sabiendo que esa esperma es lo que el muchacho, tan necesitado de afectos de su papá y hermano mayor, espera.

UN CHICO PARA DOS NEGROS

   Si los padres supieran cuantas veces sueñan sus hijos, a solas en sus casas, con abrirles las puertas a enormes tipos negros, desconocidos, que alegan vienen a arreglar una fuga y lo que quieren es taparle los ansiosos orificios con sus güevos grandes, jamás saldrían. Esos chicos no pueden ver una amoratada pieza creciendo sin morirse por tragarla y saborearla, por llenarse la boca con ella, sorbiéndola, chupándola y amándola, como sabe todo mamagüevo que debe hacer ante un macho superior. Y si son dos, ese putito cree que ya está en el cielo, mamando una, la otra azotándole la cara, luego ambas luchado por llegarla hasta la garganta. Y la leche, cómo adoran esos chicos esos buenos disparos de semen hirviente.

Julio César.


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