VENTAJA

junio 21, 2017

BANAS ILUSIONES

   Nacidos para mostrar sus NATURALEZAS

   ¿Sobre la confusa niñez y la escuela?, el recuerdo de las crueles bromas de los chicos más grandes sobre su “trasero de jeva”. Eso le hacía llorar; desconsolado se confió a un primo uno dos años mayor, y este le dijo que no se hiciera problema. Que era blando, llorón, culón y medio maricón, que nunca enamoraría mujeres, que exhibiera con orgullo su trasero, que enloqueciera a los chicos con eso. Que esos que se burlaban luego lo buscarían. Y, claro, en el cuarto que compartían cuando visitaba a la tía, entre risitas y nervios, le enseñó cómo usarlo, haciéndole gemir y pedir más aunque el ex virgen no se lo esperara. Y vaya que le gustó. Casi tanto como cuando, en su cumpleaños siguiente, este le regalara la primera de sus sexy tangas.

Julio César.

RONNY EN EL CAMPO

junio 21, 2017

ZAC VUELVE POR SUS FUEROS

   Un favorito de los espacios y medios…

   Para desestresarse de la ciudad y la presión dentro y fuera de la cancha, el muchachón se va al campo. Hay algo que, de allí, le encanta: la posibilidad de disfrutar de un buen plátano, de los largos, pero también gordos como topochos. Los chicos del lugar le conocían y no perdían la oportunidad de ofrecer sus mercancías, sonriendo chulos. El galán era goloso, siempre tomaba más de uno. Y por grande que fueran, sabía hacer buen uso de ellos. ¿Ya se dijo que le encantaban y disfrutaba sus buenos momentos con ellos?

   Obvio que es montaje, ¿no?… O eso creo.

Julio César.

PROPUESTA

junio 21, 2017

PUSSYMAN

   No se sabía si jugaba, pero a todos les ofrecía el palo para que se lo tocaran… y todos aceptaban.

Julio César.

UN ESTALLIDO DE CREACION

junio 21, 2017

LA DERECHA Y LA IZQUIERDA EN EL DIALOGO

   Y al principio fue la luz…

   Hace poco me tocó llegarme hasta la iglesia de Guatire para una misa de difuntos; con buena parte de la familia estando allí, me vi “enfrentado”, como siempre, por dos de mis sobrinos, primos entre ellos, que parecen cazadores, siempre juntos para afrontar y enfrentar retos. Siseándoles para que prestaran atención a lo que el cura decía en la homilía (el sermón fue muy bueno, sobre las edades del hombre, niño y futuro, crecimiento y sueños, vejez y contemplación ante lo ido y lo conseguido, pérdida y añoranza para los que quedan), desperté sus ánimos confrontativos. Les encanta discutirlo todo, cuestionarlo, cosa que me gusta, les hace curioso, inquisitivos, no se conforman con lo que se les dice sin más explicación. Al finalizar la ceremonia, recorriendo el templo, viendo esta o aquella imagen, comenzaron.

   Hicieron muchas preguntas, coordinados, pero era clara la intensión, probarme, saber mis límites sobre la fe. La mía, en este caso. Soy católico aunque no practicante; la religión no me representa ningún problema porque no pretendo que Dios me resuelva la vida y entiendo que no es responsable de cada decisión humana y de los problemas y dolores que de ello deviene, incluido las enfermedades. ¿Qué no nos hace un milagro directo cuando se lo pedimos de corazón?, hace tanto que nos desentendimos de esa guía que más bien resulta descarado esperar algo. Aún yo, un sujeto sin problemas con mi fe, lo sé.

   Bien, mis sobrinos me preguntaron cómo podía creer en algo que no se podía ver o medir, que ocurrió hace tanto tiempo y cuya casi única fuente de referencias era un viejo libro que parecía más un conjunto de cuentos, mitos y referencias mágicas que “hechos”. Fue cuando recordé el inicio de aquella canción del disco que me entregaron una vez que compré la revista CABALA, de cuando trataba sobre temas apasionantes, no espirituales (extraterrestres, hombres lobos, fantasmas y leyendas afines). Les respondí que sí, que la Biblia era la mayor fuente y base de la fe, y que sí, era un libro muy antiguo, fechado por algunos en más de dos mil quinientos años antes del comienzo de la Era Cristiana, dándole un total de casi cuatro mil quinientos años de edad… Cifras que desconocían aunque estudiaron catecismo para la Primera Comunión.

   Un libro muy viejo, de los comienzos de la historia (bien, no tanto, hay relatos cuneiformes sumerios más antiguos inmortalizados en tablillas), y que, sin embargo, comenzaba como comenzaba. Al principio no había nada, o no se sabe qué, sí es que algo existía, hubo un estallido de luz que lo llenó todo, y a este le siguió la aparición de todo lo demás, el firmamento, la tierra, las aguas, más tarde la vida. Sonreía socarronamente mientras les veía cuando les dije que si bien ese inicio servía para encabezar el relato bíblico de la Creación, desprendiéndonos de prejuicios y preconcepciones dogmaticas, también funcionaba para el enunciado de la Teoría del Big Bang, un estallido de energía que se transformó en materia, finalizando con la vida. Cómo se rieron, siempre pasa cuando los tomo por sorpresa y los llevo a pensar en algo que no esperaban.

   Les dije que lo notable no era que hubieran semejanzas, de principio como de evolución, de energía a materia, a la aparición de vida, sino que fuera puesto por escrito cuatro mil cuatrocientos años (siglo más, siglo menos), y hubo que esperar todo ese tiempo por la Teoría de la Relatividad de Albert Einstein (la energía se transforma en masa y a la inversa), para llegar al principio científico del Big Bang, como posible explicación del origen del universo, y todo lo que contiene. ¿Cómo lo supieron en la más oscura antigüedad, si partimos de que no hay un Dios y eso lo escribió un hombre? Esas son las eternas preguntas, terminé añadiendo antes de que saliéramos a comprar unos raspados, de los tradicionales, sabor colita con algo de leche condensada (carísimos). En ese momento no pude resistirme, diciéndoles que miraran el cielo que palidecía en esa tarde, agregué que por eso era católico, porque me gusta creer que más allá de la inmensidad del tiempo y del espacio hay una fuerza que al final no dejará que todo llegue demasiado lejos, aunque por momentos nos lo parezca cuando padecemos por las cosas que hemos hecho o dejamos que pasaran, a uno u a otros.

Julio César.

SISSYBOY… 13

junio 20, 2017

SISSYBOY                         … 12

Titulo: Todd’s Bitch

Autor: Victoria <missvictoria6969@yahoo.com>

Traducción: K

   Un sissyboy disfruta atendiendo a su señor…

……

   El joven rubio, cachetes muy rojos, podía sentir la verga de su amigo empujando contra su cuerpo; endureciéndose más, caliente, pulsando, como estimulada por su culo, mientras continuaba sentado sobre su regazo como un niño pequeño, la cabeza apoyada en su hombro.

   -¿Qué quieres de mí, Todd? –el apretón le indica que debe rectificar.- ¿Qué quiere de mí, señor?

   -He estado muy solito y necesitado de alivio, nena; tengo la sangre caliente y ganas de joder a todas horas, y ya estoy cansado de cascármela yo mismo. Las pajas no divierten tanto. Así que, de ahora en adelante, vas a ocuparte de eso por mí, Brianna. Cada vez que la tenga dura y babeante, le darás amor. En su mayor parte espero muchas mamadas, pero que muchas mamadas a mi verga, a toda hora; y que me la exprimas con tu sedoso coño de sissyboy.

   -Pero…

   -Vamos, no te resistas. Es lo que quieres, Brianna. Naciste para hacerlo. Sabes que no eres un verdadero chico, ¿verdad? –Brian no puede responder, tan sólo alzar los ojos y mirarle.- ¡Responde! –trona, sobresaltándole.

   -No, Todd… No, señor, no soy un hombre como tú, supongo…

   -No, no lo eres. No eres ningún chico como los que conocemos, al menos; pero eres muy parecido a… mi hermana. Una chica. Una bastante puta, debo agregar; una que realmente disfruta de estar en los brazos de un chico. –le sonríe suavemente, como aclarándole el asunto, notando aún la duda en las azuladas pupilas de su otrora amigo.- ¿Alguna pregunta?

   -No, yo… yo… no…

   -Bien, ahora quiero que hagas esto, sube al cuarto de baño, aféitate y toma una buena ducha. Y cuando digo que quiero que te afeites, me refiero a todo tu cuerpo, de la nuca para abajo. Tu cara, las axilas, los brazos, el culo. Todo. Un chico como tú no puede tener ningún pelo en su cuerpo, eso es para los hombres. Cuando termines, ponte un poco de labial fresco, un color mono, y toma algo bonito del armario de Mía, algo sexy, y nos encontramos luego en la habitación de mis padres. Si te ves lo suficientemente bonita, te daré una buena dosis de verga, como tanto te gusta. Vas a lloriquear de placer cuando te trabaje el culo… Es decir, tu coño, mi pequeña sissyboy. Si no te ves bien, bueno, te subiré a mi regazo, de panza, y te daré una buena tunda. No seré suave esta vez, porque ya estás advertida. Y luego te joderé igual. Así que haz como mejor te convenga. Recuerda las fotos, además, no quisiera exponerte como un pequeño puto, pero si me obligas… Vamos, date prisa, las bolas ya me comienzan a doler de todas las ganas que tengo.

   Agarrando su verga erecta, sonriendo malicioso y excitado, Todd la aprisiona entre los muslos de Brian, cerrándolos firmemente alrededor de esta, agitándole un poco, sobándose con el chico blanco. Uno que se estremece y cuya mirada se pierde sobre la oscura mole. Esa barra estaba caliente, muy caliente. Y dura. Y pulsante. Sus miradas se encuentran pasado unos segundos, lo que le tomó al rubio dejar de mirarla.

   -Todd…

   -Mira lo que las perras nos hacen a los hombres. –le informa este.- Eres afortunada, Brianna, te gustan las vergas y tienes todo esto para ti. No importa dónde estemos o haciendo qué, sabes que siempre puedes contar con ella para tragarla o montarte y cabalgarla como una princesa amazona. Y mira que tienes mi negra mole toda emocionada. Ahora ve y prepárate para mí. Ponte linda.

   Brian trastabilla cuando Todd le empuja fuera de su regazo, sintiéndose apesadumbrado, y no por las amenazas. Si, las cosas ahora eran diferentes, muy diferentes. Había sido realmente un idiota al descuidarse la noche anterior y dejar que el gato escapara de la bolsa. Lo que ahora Todd sabía de él, le colocaba bajo su control. Aunque… bien, sabía que le obedecería, que haría lo que le ordenaba, que probablemente lo habría hecho aún sin la amenaza de las malditas fotos; pero, por otro lado, se había jodido a sí mismo. Ahora era una perra; a Todd se le había metido la idea entre ceja y ceja y no veía manera de revertirlo.

   -Una cosa más, nena… -la voz del adolecente negro le trae al presente.- Aparta las manos de ese lamentable gusanito blanco que tienes por pene, tu clítoris en verdad. Ahora sólo podrás correrte cuando yo te lo permita, ¿queda claro? En serio, las cosas van a cambiar, y aunque creo que serás dichosa recibiendo mi verga por todos lados, llenando tu boca golosa y tu coño apretadito y tan hambriento de una herramienta como la mía, me perteneces, así que tu deber, y tu único placer derivará de servirme y ocuparte de mis necesidades sexuales. Nada de perder el tiempo jugando con tus tetas o tu cosita, incluso meterte cosas en el coño por tu cuenta. Si lo haces… -lo deja así.

   ¿Acaso Todd había enloquecido?, se pregunta Brian, aunque asiente con la cabeza baja, saliendo de la cocina. ¿Dejar de masturbarse? ¿Pedirle permiso para hacerlo? ¿A su edad? Estremeciéndose piensa en la ducha. Si, tomar un baño sonaba muy bien, eso podría ayudarle a despejar la mente. Aunque sabe que el otro no esperará mucho, sino que le obedezca con prontitud y… Bien, un paso a la vez. Tal vez… tal vez si se colocaba algo lo suficientemente extraño y confuso, Todd se sentiría incómodo y daría por finalizado todo ese juego.

   Eso le anima un poco mientras sube las escaleras… ignorando lo equivocado que está.

CONTINÚA…

Julio César (no es mía).

NOTA: Para llegar al original intenten con: http://m.nifty.org/nifty/transgender/by_authors/Miss_Victoria/todds-bitch/1

LOS HEREDEROS

junio 19, 2017

LUCHAS INTERNAS                         RELATOS CONEXOS

   Unos reclamarán lo suyo… otros lo darán si se lo pides.

……

   -¡Apártate, mojón! –es lo primero que le llega, la voz cargada de impaciencia y hosquedad, algo jadeante y pesada. Lo siguiente es el golpe en el costado derecho provocado por alguien impactando contra él, sobre la acera.

   Conteniendo un jadeo y un molesto “oye”, resintiendo el golpe, que fue fuerte, Víctor Simanca ve pasar a su lado al joven que trotaba, el cual, mirada enfurruñada, sigue su camino como si tal cosa; sin disculparse como la gente, mucho menos detenerse para verificar si le lastimó. Suspirando cansinamente, el joven se dice que para eso, el otro tendría que ser, para comenzar, gente y no… un mojón.

   Y, sin embargo, mejillas algo rojas, Víctor no puede apartar los ojos del otro chico, Adrián Mijares, quien se aleja a buen paso, exigiéndose físicamente como siempre. Si, era una pila de mierda… pero una muy bien empaquetada, admite con cierto calor en la cara, la boca ligeramente abierta. ¿La tenía así porque le miraba?, no, sus dientes eran un tanto largos, tan sólo un poco, pero lo suficiente para cultivarle aquella costumbre de tener los labios ligeramente separados (¡cierra la boca, muchacho!), a pesar de todas las correcciones que se le habían hecho al respeto a lo largo de su joven vida. Y si la cierra en esos momentos es porque traga en seco. Mirando a Adrián… Su culo.

   El otro era un joven estudiante de Ingeniería, algo más bajo que él, de cuerpo firme y compacto, hombros anchos, torso desarrollado (por las máquinas del gimnasio de la universidad y el levantamiento de pesas), de unos veintiún años (por lo que sabe), de rostro atractivo y alargado, ojos marrones claros, nariz armoniosa, labios delgados y rojizos, dientes perfectos, cabello negro y muy fino que al estar seco caía sobre su frente de manera que siempre le pareció coqueta, húmedo como iba ahora, se pegaba a su nuca, seguramente se lo había peinado hacia atrás con la mano limpiándose el sudor. Porque estaba sudado, y mucho. Tragando otra vez, Víctor ve las gotas caer, pequeños arroyos bajando por su cabello corto en la parte de atrás, mojando aún más la adherida camiseta gris que lleva, y que deja al descubierto los hombros y brazos (claro que usaba algo así, se sabía buenote).

   Pero sus ojos, como no, van a los muslos y piernas, para terminar en ese lugar anatómico de donde no puede apartarlos. Joder, seguramente el hijo de puta ese estaba exagerando con la bicicleta, tenía que ser, porque los muslos son llenos y el trasero se le veía redondito y duro. Mientras trota, los glúteos suben y bajan, pero no flácidos. La tela, igualmente gris, también está mojada. Y es corto. El carajo ese usaba un shorts corto porque sabe que está y se ve sabrosote, que tiene todo el paquete, es joven y hermoso y no le importa lo que nadie diga o piense nadie… Mientras lo miren.

   Y Víctor mira, los ojos atrapados en ese shorts húmedo que parece perderse un poco entre las jóvenes nalgas masculinas, siendo molida por ellas. Y no sería simplemente un muchacho apenas llegado a la mayoría de edad si no se perdiera en sus pensamiento, si su cuerpo no respondiera violentamente a toda esa belleza, salud y provocación. Era gay, lo sabía hace rato, y mirar a ese chico desdeñoso y odioso, vistiendo aquello, moviéndose así, todo transpirando, le afectaba intensamente. Con cierto nerviosismo mira alrededor, hay personas dentro de la universidad que van y vienen, todos perdidos interiormente en sus asuntos (aunque más de un par de ojos siguió a Adrián en su triunfante carrera de sensualidad), nadie se ha fijado en su ensoñamiento de chico homosexual babeando por el altanero joven que no le daba ni la hora. Porque así era. De hecho parecía despreciarle. Un odiarle. Había algo salvajemente irascible en el otro. Aunque muchos hombres jóvenes lo eran, había terminado notando desde el momento cuando entendió que le gustaban y no sólo para amigos.

   Claro, eso no impedía que de noche, en su cama, el delgado y joven Víctor no se inventara otra realidad, la mano sobre su tolete dolorosamente duro, subiendo y bajando el puño, ojos cerrados, boca abierta por muchos motivos; una donde Adrián era amigable y terminaban besándose bajo las regaderas de las duchas del área de piscinas, el agua corriendo por sus cuerpos, estremeciéndose cuando las manos del joven le acariciaban la espalda, bajando, demandantes, hacia su trasero; u obligándole a bajar el rostro y metiéndole la lengua hasta la garganta. O era mandón y le decía que quería que le diera una mamada, allí mismo, que sabe que se muere por eso. Y en sus fantasías de muchacho calentorro, cuyas hormonas estaban en su momento, vivía, protagonizaba y salía triunfante de mil encuentro. De rodillas frente a Adrián, devorándole el güevo, atrapándolo todo le haría gemir de gusto porque sabía hacerlo muy bien.

   Dios, cómo le gustaría que fuera cierto, compartir con el guapo chico así fuera por un momento… O dar buenas mamadas, y no sólo en sus fantasías. Algo le decía que eso haría su vida un poco más fácil, “sentimentalmente” hablando. Pero no era probable. Para ser bueno mamando güevo, tendría que comenzar por tener la oportunidad de mamarlos. En cuanto a Adrian, este parecía despreciarle por intuirle homosexual, ya que jamás en su vida habría soñado con insinuársele de cierto, exponiéndose a un coñazo en un ojo. Tal vez era que, inconscientemente, daba más señales que un semáforo, al respecto. Y, por extraño que fuera, esa manera ruda de tratarle (y así era en todas partes, aunque lo ignorara aún), lo hacía más caliente a sus ojos. Cosas de la mente.

   Pero, por mucho que le erizara imaginar a Adrián despojándose de esa camiseta adherida pecaminosamente a su cuerpo joven, ver desnudo su torso ligeramente velludo brillante de sudor, ver caer el shorts (¿estaría usando uno de esos bóxers blancos tan chiquitos que a veces se ponía?, la humedad seguro lo haría casi transparentar), y tomarlo mientras el otro iba a las regaderas (algo que jamás ha hecho pero también ha fantaseado), no puede dejar de fruncir el ceño. Chasqueado. Mierda, si, Adrián se dirigía a los gimnasios, justo a donde tenía que ir. Por algo que guardaba en su locker. Ahora debía cuidarse de que el otro no le viera por allí y le gritara algo, como cuando lo acusó frente a varios de ser un maricón, de esconderse para tocarse mientras se cambiaban los otros.

   No había sido cierto, aunque fue uno de esos instantes cuando los ojos se le fueron tras el físico del joven más bajito, con aquella toalla enrollada a la cintura. Pero las risas de los presentes le hicieron  huir. El asunto, afortunadamente no ocurrió, pudo ser totalmente horrible para él desde ese punto, lo había sido con otro de los chicos, quien si se daba mañas para mirar a los chicos bajo las duchas, tal vez no habría podido regresar por allí, que le gustaba porque, contrariamente a lo que muchos pensaban, no iba sólo a ver chicos guapos, u hombres más maduros que gustaban de ejercitarse, le gustaba perderse en las piscinas, nadando (no era malo en la pileta, los cincuenta metros eran nada para él, aunque nunca perteneció al equipo de natación), y para llegar a ella debía cruzar por los vestuarios. Todo se lo debió a la intervención del señor Morales…

   Y, como siempre que recordaba al instructor del gimnasio, también exitoso entrenador del equipo de futbol, se incomoda. Ese hombre siempre le miraba, le seguía con los ojos de lejos sin hacerlo patente, parecía pendiente de sus pasos, de sus actos; pero no había nada sexual en ello, era totalmente consciente de ello (aparentemente nadie le miraba de esa manera, no a él, tan delgado, tan alto, tan dientón, tan insípido); era algo como… vigilante. ¿Protector? La idea se le había ocurrido una tarde; al accidentarse la cerradura de su locker, el profesor pareció llegar de la nada con un gancho. ¿Le… cuidaba?, no estaba seguro porque nunca hablaban, sus mundos rara vez se cruzaban, pero lo sentía. Y le alteraba porque no podía explicárselo. Esa vez, frente a los chicos, en los vestuarios, les gritó para terminar con el jueguito, alegando que la intolerancia o bullying no sería aceptado allí, y menos cuando no existían razones valederas sino “la necesidad de un chico tonto de sentirse admirado y deseado por otros”. Palabras que calaron mal en Adrián, y más cuando algunos rieron, notándose que realmente le creían algo vanidoso. El temperamento del hombre de piel negra, su presencia y autoridad terminó con el asunto, al menos pública y abiertamente, porque no cambió lo que esos chicos pensaban de él. Era la vieja cruz del chico distinto que intenta ser quién es, cómo es, topándose con el grupo cerrado que le intuye peligroso o ridículo, digno de agravios o mofas. Por eso intentaba no estar por los vestuarios cuando alguno de ellos, Adrián o sus amigos, estaban presentes. Pero ahora no podía perder tiempo, debía hacer algo y luego salir a terminar de elaborar su regalo…

   Porque se preparaba para sorprender a una de las personas más importante de su vida. Su padre. El único que ha conocido. Sonríe con cierta nostalgia y tristeza, imaginando lo feliz que su gesto haría a ese hombre. Tomando aire, ensancha su torso delgado, luchando contra el temor y la excitación de la acción que emprenderá. Temía un poco lo que haría, pero al mismo tiempo sabía que era lo correcto, y que al hombre le haría feliz. Eso era lo único que importaba en esos momentos. Dios, daría cualquier cosa por ver, ya, su cara cuando lo recibiera. La idea, que le eriza, le hace detenerse por un segundo, estremeciéndose bajo el cálido sol de esa mañana de viernes. Olvidando, por un segundo, a Adrián Mijares y su culito desafiante. La imagen de su padre recibiendo el regalo, viéndose sorprendido y embargado de una felicidad total, era un pensamiento tan intenso que era capaz de apartar toda otra consideración. Como que, desde ese momento, se le haría difícil ver al chico de quien ha estado enamorado desde los quince años, cuando le vio por primera vez, robándole la calma y la paz. A su lado, junto a su amado, Adrián Mijares era un palurdo, aunque uno bonito, uno al que podía usar para hacerse una paja caliente, rica y sabrosa sobre su cama, llegando incluso a fantasear que le penetraba y le dejaba el culo lleno con su esperma y que el otro, así, salía a practicar en el gimnasio, el agujero goteando su esperma. Pero el otro eran flores y películas, citas en un sofá…

   Si, ya no le sería tan fácil encontrar una excusa para verle. Y eso si era una pena, reconoce. En fin, era algo que tenía que hacer, y a veces, en la vida de los adultos, había sacrificios. Eso siempre se lo decía su madre, con una sonrisa suave, cuando le tocaba hacer algo difícil. Especialmente recostada a su lado después de sufrir una de sus pesadillas particularmente intensas, cuando el miedo a la oscuridad le congelaba, convencido de que el “hombre malo” estaba allí, que le había encontrado de alguna manera, e iba por él, para terminarlo que había comenzado unos años antes (aún ahora le parecía escuchar el chirriar del metal, la navaja, contra la pared de bloques de cemento). La vieja pesadilla, el antiguo temor que ensombrecía su vida, y su rostro joven de muchacho sensible. Qué fácil espantaba su mamá el miedo del sueño, el temor al “hombre malo”. Dios, cómo la extrañaba…

   Tomando aire, sabiendo que pasará un mal rato en los vestuarios por culpa de Adrián (ojalá no estuvieran sus amigos), se dirige hacia allí. Se iba quedando corto de tiempo; si quería tener atado todos los nudos del lazo del regalo, tendría que correr el riesgo.

  El riesgo…

   Justo dos días antes de desaparecer, comenzando una carrera desesperada por encontrarle, saber qué había sido de él, y de que se cumplieran dos mese exactos de haber llegado a los dieciocho años, edad propicia para hacer uso de sus recursos financieros, Víctor Simanca creyó saber lo que era arriesgarse, correr un albur al entrar a un vestuario donde se toparía con un chico que le despreciaba por intuirle gay.

CONTINÚA…

Julio César.

GANCHO

junio 19, 2017

PUSSYMAN

   -Bien, muchacho, puedes halarme del aro hacia tu cama, o del…

PROPUESTA

Julio César.

CARIÑO

junio 17, 2017

COMPARTIENDO EL MOMENTO

   Viril afecto joven…

   Ellos podrían jurar sobre una pila de Biblias que no era nada, pero desde familiares a amigos, y novias, les parecía que se pasaban con las muestras de afecto a cada llegada, cada vez que se encontraban. Siempre respondían que se querían como “hermanos”, aunque a ninguno de los suyos los trataran así, ni estos lo esperaran. Como fuera, había algo tierno en tan sublime sentimiento de panas.

Julio César.

EL PEPAZO… 71

junio 17, 2017

EL PEPAZO                         … 70

De K.

   Ya no quiere escucharlo más…

……

   -Chicos, ¿qué… qué hacen? –balbucea Jacinto, ojos algo idos, pero muy abiertos, no puede apartarlos de esas tres pares de manos.

   Los carajos le ven, cruzan miradas entre ellos y sonríen. Los cierres bajan, las manos entran en las braguetas abiertas y luchan, obviamente era difícil sacar las trancas cuando estaban tan duras y erectas. Pero lo logran. Y Jacinto traga en seco, dando medio paso hacia atrás. La de Taylor, a pesar de la penumbra, parecía pálida, rojiza azulada por los vasos, pecosa. La de Smith era larga, algo curvada hacia arriba, y cabezona, el glande liso en forma de hongo casi brilla. Y la de White era oscura, gruesa, nervuda, los vasos destacaban increíblemente; y el muchacho se sofoca, balbuceando sin voz. Su culo sufre un violento espasmo al verlas, pero la de White se lo moja. Imagina esas paredes venosas, ardientes y rugosas, refregando las sensibles paredes de su recto…

   -Yeah, big… -sonríe socarrón el negro, atrapándosela en la base, agitándola, reconociendo en la mirada del forzudo joven la sorpresa total, algo que ocurría con muchos otros chicos cuando miraban su verga por primera vez. Pero había más, sabe cuándo gusta, y al chico le gustaba. Sabe lo que la visión de su tranca titánica produce en su ánimo, y esa certeza casi se la hace palpitar, soltando algo de líquidos pre eyaculares.

   -Very big… grande, ¿eh? –ronronea Smith, sonriendo, mientras White se deja caer sentado en uno de los bancos, piernas muy abiertas, la blanca franelilla casi saltando de su cuerpo.- Acércate… Look… -le ofrece.

   Pero Jacinto no puede. Quiere, Dios; arde de ganas por ir, darle la espalda a ese semental y sentarse sobre esa barra, quiere sentirla abriéndole el anillo del culo, metiéndosele forzándole, rozándole las entrañas. Es perfectamente consciente de cómo su agujero late de excitación, de ganas… de hambre. Pero no podía, ¿verdad? No estaba bien. Es un hombre, un machito heterosexual. No debía estar sintiendo eso. Pero se le hacía difícil pensar, no con la visión de esas tres vergas duras y babeantes que se notaban deseosas de tocarle, rozarle, tal vez azotarle y penetrarle hasta tenerle gritando y gimiendo. Idea que le hace dar otro medio paso atrás. Sin embargo, no duran mucho sus dudas: por una parte porque no se aleja, no puede, por el otro…

   Smith y Taylor, después de cruzar una mirada entre ellos, ninguno de los dos necesita ver el tolete ajeno para saber cómo está, se dirigen hacia él, casi coreográficamente. Bordeándole, a derecha e izquierda, el forzudo joven viendo de uno al otro, mirada nublada, perdida, algo ebria, aunque también temerosa, casi como si les suplicara que no le hicieran nada.

   Pero no estaban esos carajos como para pensar en algo que no fueran sus vergas. Montándole una mano en el torso, atrapando con la callosa y ardiente palma el abultado y duro pectoral izquierdo, Smith baja la cara y oculta el rostro en su cuello, rozándole con barbilla, labios y mejillas, olisqueándole, pegándole la cadera, con la verga afuera, de un costado. La otra mano cae nuevamente a ese hueco en el pantalón, acariciándole el trasero. Procediendo exactamente igual, en el costado contrario, Taylor también olisquea, con roncos hummm, en su cuello. Jacinto deja escapar el aire y un jadeo, sintiéndose tocado, apretado, esos resuellos quemándole, esos labios abriéndose y soltando besitos rudos. Sus tetillas son apretadas, acariciadas, haladas, en su trasero dos manos grandes se turnan con ganas en su raja interglútea, y esas vergas duras y calientes estaban a centímetros de sus manos, a los costados, el calor llegándole.

   -Very hot… -escucha a White, enfocándole sentado frente a ellos, mirando el erótico cuadro de sus compañeros de arma atacando los flancos del chico, buscando rendirle a sus deseos.

   A Jacinto, la visión del hombre negro sobándose la barra, mirándole siendo manoseado, le parece el colmo de lo excitante. Su culo se estremece, asediado por los dedos de dos manos distintas, que soban, frotan, recorren, halan; también se le abre bajo la tirita del hilo dental, uno que es apartado un poco por Taylor, cayendo sobre él las yemas de los dedos de Smith, halándole los pliegues, abriéndoselo, golpeando con la punta de uno de ellos directamente sobre su hueco. Produciéndole un estremecimiento general.

   -Chicos… chicos… -intenta imponerse, pero siente como su culo se moja totalmente y se calienta, se abre, y sin darse cuenta mueve las manos y atrapa esos falos duros que se frotan de sus costados, mientras los dos hombres lo besan chupado bajo su cuello, ronroneando palabritas en inglés que le parece haber escuchado en películas porno. Los soba, a los dos. No puede pensar sino gemir; debía detenerlos, en eso está claro mientras cierra los dedos alrededor de los dos toletes y comienza masturbarlos, encontrándolos duros y calientes. Sentirlos, tocarlos, tenerlos así provoca un espasmo violento en su culo.

   -Very hot… -Smith le susurra casi en el rostro, sonriendo, ojos brillantes de lujuria y maldad erótica.- Voy a follar…

   -Amigo, no… ¡Aggg! -gimotea. Pero Smith le silencia cubriéndole la boca con la suya, rudamente. Y al tiempo que le mete la lengua, de manera voraz, también le clava un dedo por el culo, hundiéndole los pliegues, el redondo anillo abriéndose ávido, aceptándolo suavecito.

   Y ese dedo en su culo es su perdición. Gimotea ahogadamente por la lengua del marine en su boca cuando nota, a pesar del manto de ebriedad, cómo su agujero anida ese dedo con ansiedad, aceptándolo, apretándolo, halándolo, provocando la risita del marine, contra su boca al terminar el beso. Es cuando siente un dedo de Taylor, que también lucha y entra en su agujero, junto al de Smith; y esos dos dedos comienzan un mete y saca acompasado que le hace gritar roncamente.

CONTINÚA…

Julio César.

NOTA: Lo siento, K, debí quitar algunos modismos que usaste, los fonéticos, el corrector no me dejaba en paz.

ATRAPADO!!!

junio 17, 2017

LA COSA ESTA DE ESPANTO

   ¿Acaso no se presta?

   No recuerdo exactamente qué competencia del continente fue esta, creo que esa realizada en Estados Unidos por los cien años de algo, pero en imágenes algunas caras encontradas fueron un poema. Como este juego entre Chile y Uruguay, en uno de sus momentos de tensión. La manera cómo uno atrapa al rival, con propiedad, pareciendo decirle: Quieto pajarito, ya eres mío. Nos vamos para los vestuarios, ¡ahora! Y la cara del otro, como abrumado, resistiéndose pero bien asido, imposibilitado de detenerle. El compañero pareciendo exigirle que le suelte. Toda una novela… que bien podría ser romántica.

Julio César.

AMAN O QUIEREN QUE…

junio 17, 2017

CUANDO LLEGA…

   -Vamos, que vengan los chicos que quieran lamer ver…

   “Joder, la tienes tan dura”. “¿Y no es como te gustan?”.

   Dando su clase, el profe adora la sensación sedosa y suave.

   -No sé de ningún derecho civil; aquí, en cuatro patas, estás para servir.

   -¿Otra vez? Que juego tan tonto, chicos, voy a creer que les gusta verme el trasero.

Julio César.

BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 21

junio 17, 2017

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 20

   Al amparo de la oscuridad…

   -Estaré bien, querida. Lo sé. No tienes que temer por mí; no por mí. Ya nada puede hacerme daño. –le susurra, reteniéndola cuando la muchacha quiere apartarse para discutirle. Acerca los labios a su oreja derecha.- Cuando te vayas, llévate tu hermano. ¡No te vayas a ir sin Tristán! –aquellas palabras congelan a la muchacha.

   -¿Tanto miedo así tienes? –la pregunta, ronca e impresionada, logra que Elena se separe y la mire. Por un segundo cada una pregunta algo, y parece que quieren hablar. De mil cosas.

   -Un poco.

   -Tristán tiene su propia vida, mamá; tal vez no quiera…

   -La aventura le encantará. Especialmente si te aseguras de que vaya sentado junto a una de tus amigas de tetas grandes; como no usan sostenes, no necesitarás de otro argumento. –el tono es ligero, aunque parece levemente mortificada, ¡a ese muchacho le gustaba tanto la pornografía!

   -¿Que nos vayamos Tristán y yo? ¿Y tú? Mamá, no estás segura, no aquí. Algo malo pasa en esta mierda de pueblo.

   -¡Mayra! –reprende, la otra parece no escuchar.

   -Vente con nosotros. Vamos a irnos todos. Esta noche. ¡Ahora!

   -¿Y tu papá? –eso congela a la joven.

   -Que venga también, claro.

   -No lo hará. Ama su casa, su trabajo. Su pueblo. –hay una leve nota de reproche.

   -Entonces que se quede. –se altera.- Si quiere, que se quede, no podemos hacer más, pero ¿por qué tienes que quedarte tú, si sabes que lo mejor es largarse? –y se congela al verla bajar la mirada.- Por Dios… -Clemente tenía razón, piensa; su madre aún esperaba noticias de Leonardo. Aún después de tantos años.- No volverá, mamá; mi hermano no va a volver. –reclama, exasperada. Elena baja aún más la mirada, avergonzada, sonriendo suave.

   -Lo sé.

   -¿Entonces? –demanda, quiere que reacciones y parta con ellos. Porque, oh, sí, está decidida: Esa misma noche salen de ese pueblo de mierda. Poniéndose de pie, Elena tan sólo la mira.

   -La cena estará pronto. Déjame ir a…

   -¡Mamá! –salta de la cama, casi molesta.- Por favor, ven conmigo…

   -No puedo, amor. No todavía. Tal vez más adelante… -calla, sonriendo tenue, infinitamente triste. Tal vez un día sentiría en su corazón que ya era suficiente de esperar verle llegar, saber algo. Lo que fuera, bueno o malo.- Prepárate. Habla con tus amigos. Yo lo haré con Tristán.

   Si, hubo un instante cuando todo pudo ser diferente. Jairo, Andrea, Reyna… Clemente, todos ellos habían estado a punto de largarse, a pesar de los planes propios de un miembro del grupo. Casi. Claro, más tarde eso ya no importaría.

……

   -¡¿Dejó que se lo llevaran?! –grita el hombre mayor de manera algo descontrolada, incrementando su aire de anciano demente a punto de sufrir un colapso nervioso, piensa el otro sujeto, exasperado hasta límites de ebullición, lanzándole una dura mirada a su muer al lado del cura, muy consciente de que fue ella quien le avisó del tal Leonardo Lezama..

   El anciano párroco había caído en shock nada más recibir la llamada de Adelaida; la cual le exasperó en un principio porque creyó que sería para tratar otra de sus crisis, curiosamente excitadas justo ese día de tantos desastres (otro problema para el pueblo, algo que debían silenciar, atenuar; impedir que se supiera más allá de los límites de Río Grande). ¿El niño perdido hace más de una década había regresado, viéndose igual? Aquello era simplemente imposible de asimilar. Podía lidiarse con niños escapados, con sujetos que los raptaran (y que el Señor tuviera piedad de sus almas… mientras los asaba en el Infierno), ¿pero que uno regresar después de tantos años, siendo aún un niño?; no, eso el pueblo no lo asimilaría fácilmente. Caía dentro de otro rubro… uno fuera del alcance de los simples mortales. Por eso, colocándose unos viejos zapatos, la sotana algo arrugada y con el cabello revuelto, fuera de su lugar los mechones blancos no cubriendo el rosáceo cráneo (dándole un aire de loco), casi corrió la distancia que separaba la casa parroquial de la escuela. Debía ver al niño, asegurarse… ¡Y ese hombre idiota que tenían por director de la escuela había dejado que se lo llevaran! ¡Cuántas desgracias, Señor!

   -¿Y qué se suponía que hiciera cuando el jefe Zabala…? –comienza el director Miranda, con un dolor de cabeza manifestándosele en una mueca torcida en el rostro y una copa de vino en la mano. Necesitaba de algo más fuerte, pero no lo había en la escuela.

   -¡El jefe Zabala! –bufa el anciano, con desaprobación. Ese hombre era otro que no se comportaba como debía. No repara en el sobresalto de Adelaida.- ¿Qué sabe él?

   -Es el jefe policial de Río Grande. –es condescendiente, impaciente.- Él lo reconoció como ese niño, Leonardo Lezama, y se hizo cargo del asunto. No pude, ni quise impedirle actuar como mejor le pareciera. No estoy capacitado para tratar con fenómenos sobrenaturales, padre; sean extraterrestres o zombis. Así que ¡déjeme en paz! –exige, no de buen talante. El hombre mayor respira con esfuerzo.

   -Padre Vicente, tranquilícese… -comienza Adelaida, intentando entre los dos temperamentales hombres, especialmente el mayor.- No vaya a darle…

   Ignorándole, el hombre se precipita hacia Sergio, quien se tensa. Pero, el cura, tan sólo le quita el vaso de vino y lo bebe de golpe, estremeciéndose por lo seco que es.

   -Hey, estaba bebiendo de eso. –se queja este, pero en el fondo entiende la reacción del hombre de iglesia. Era, a decir verdad, la única con la que se identificaba. Ahora este le miraba, intensamente, notándosele afectado, aún más que a su llegada. Mucho.

   -¿Realmente era él? –la voz le falla un poco.

   -No le conocí, padre; pero el jefe Zabala lo reconoció… por algo que el chico le susurró.

   -¡Era él, padre! –tercia Adelaida, llevándose una temblorosa mano al cuello.- Esa cosa…

   -¿Qué le dijo? ¿Al jefe? –el cura parece más interesado en ese punto.

   -No lo escuché. Pero el hombre se puso pálido y cayó de culo en esa silla.

   -Hijo… -le reprende el hombre, distraído, pensando furiosamente rápido.

   -No sé qué le dijo, pero el jefe se veía muy impresionado. Y no es fácil que un sujeto de su tamaño se ponga y se vea así, se notaba consternado e impactado. Sea lo que fuera que el niño le dijo, le llegó. –sentencia Sergio, y el otro asiente, casi preguntándose si sería aquello, ese viejo rumor que vinculó a Elena Yorca de Lezama y el policía. ¡Qué gente tan inmoral!

   -¿Cómo es posible que esto ocurra, qué sea cierto, qué ese aparecido, si es Leonardo… continúe siendo niños después de doce años? –interroga el sacerdote.

   -¿Y cómo voy a saberlo yo? –Sergio se agita nuevamente, el dolor de cabeza era más intenso.

   -Es una locura. Todos se han comportado como tontos en este asunto. No puede tratarse del niño Lezama. –casi ruge, alterándose también. Y Sergio alza la barbilla.

   -¿Y no es un pilar de su iglesia creer en la resurrección de los muertos, en la espera del día en que todos abandonen sus tumbas y comience un juicio? –le reta, medio burlón, medio curioso.

   -¡Sergio! –Adelaida casi le mira horrorizada.

   -No blasfeme, director. –se atraganta el viejo sacerdote, muy molesto por la réplica. Una que detona otras ideas. Debía comunicarle aquello a los notables del pueblo. Si la noticia se sabía, y se sabría en ese nido de chismes que era Río Grande, comenzarían a correr rumores de ese tipo. Y aunque no los relacionaran con el Fin de los Tiempos, en el regreso de un chico desparecido hace tanto tiempo, siendo aún un niño, muchos verían un “milagro”. O un acto del Malo. ¡No podían pasar por eso de nuevo!

   -Lo siento, no ha sido un día fácil. Lo del niño Linares, luego esto, es como demasiado para una jornada. Si, dejé que el jefe se lo llevara porque no había nada que pudiera hacer para impedírselo. Ni quise. Que este problema tan extraño sea responsabilidad de otro, no mío.

   -Necesito el teléfono… -gruñe el sacerdote, sin pedir permiso, cruzando a un lado del hombre.

   -Vea si funciona. –le gruñe antes de mira a su mujer, molesto.- ¿Tenías que correr a avisarle? ¿Qué te pasa?  Sabías que vendría a atosigarme con sus reclamos insensatos. Pudiste darme tiempo de largarme y que no me encontrara. –se queja. Ella alza la mirada, severa.

   -Esto es serio, Sergio, muy serio. Viste lo mismo que yo.

   -Un niño que, según tú y otro testigo…

   -¡No era un niño! Es una abominación… Es algo maligno, Sergio, lo supe en cuanto lo vi. La piel se me erizó como cuando encontré ese alacrán en el cuarto de baño, ¿lo recuerdas? Sentí lo mismo frente a ese ser. Es algo malvado que ha llegado para hacernos daño. –enfatiza con voz vehemente y apasionada, ojos dilatados, convencida. Actitud que desconcierta al hombre.

   -Adelaida, ¿de qué carajo…?

   -¡Ese niño es malo! –enfatiza.- Y antes de que su maldad se desborde, nos alcance y nos destruya, tenemos que detenerle; hacer algo para… -balbucea sin terminar, persuadida de sus creencias y temores, perdida en sus ideas. Ignorando el profundo ceño de su marido.

   -¿Hacer algo… como qué?

CONTINÚA…

Julio César.

AMA DE CASA… 10

junio 15, 2017

AMA DE CASA                         … 9

Por Leroy G.

   Cuando un machito seguro de sí comienza dudar…

……

   Aparta el cartón, jadeando, casi temiendo las sensaciones que lo recorren, no queriendo experimentarlas más. Pero en seguida le alcanza la desazón, la angustia. Tiene que terminarse el cartoncito de leche, bebiéndola con gula, relamiéndose en su acre saborcito… un tanto a yogurt. Un delgado hilo escapa de la comisura de su boca, chorreándole barbilla abajo, golpeándole el torso, estremeciéndole el frío contacto. Al terminar con el cartón, baja la mano y recoge lo que encuentra del hilillo y lo lame. No puede controlarse o pensar cabalmente al respecto.

   Tan sólo sabe que al terminarla, se agita. Necesita más. Toma otro cartón y bebe. Y otro, el tolete goteándole copiosamente a estas alturas. Finalmente cierra la puerta de la nevera, la verga imposiblemente dura dentro de su bóxer. Le arde, palpita y babea bastante… ¡Dios, tiene tantas ganas de correrse!, pero  algo le decía que no lo lograría. Jadeando sale y cae sentado en su sala casi desprovista de todo mobiliario, preguntándose a quién llamar para… contarle, consultarle, preguntarle algo. Había escuchado que eso podía ser un problema, priapismo, que no pudiera bajarse. Cuántas veces no se había reído con el cuento de tíos que tomaban el viagra y luego terminaban en un puesto de urgencias con la verga como pata de perro envenenado. Era gracioso… cuando les pasaba a otros.

   Cierra los ojos e intenta pensar en cosas desagradables, degradantes, incluso en sus familiares discutiendo, alejándose de allí cuando la imagen de su propio hermano, Roger, le medio alteró el tolete. No, no era seguro seguir ese camino. Ni le ayudaba, cinco minutos se volvieron diez, luego veinte, media hora… y seguía duro. Abriendo los ojos, bufa con frustración y rabia. No podía salir asía las calles. Toma el teléfono y llama al taller, preparándose para escuchar gritos y reclamos cuando anunciara que no podía ir, por razones de salud. Aunque era cierto, joder.

   -Okay, muchacho, cuídate y mejórate. –fue la respuesta del viejo maricón, una que le hace parpadear.- Intenta… sobrellevarlo. –aconseja, crípticamente.

   -Bien, gracias, señor. –cortó la llamada, sintiéndose aliviado. No tenía nada qué temer por ese lado. Sin embargo, al bajar la mirada a su entrepiernas, donde la vega erecta levanta la tela del bóxer holgado, y lo moja, esta sigue gritándole que aún persiste esa contrariedad.

   Echándose en el viejo e incómodo sofá, cierra los ojos otra vez e intenta dormir, perderse en el sueño y despertar aliviado. No hay caso. Se pone de pie y piensa en regresar a su cuarto, tan cómodo y acogedor, pero se detiene, mirando hacia la nevera. Dominado por algo más fuerte que él mismo, regresa allí, la abre, toma otro cartón de leche y lo bebe, lentamente, saboreando cada gota de ese líquido cremoso, mucho, casi espeso, un poco ácido y un tanto salino, una mezcla deliciosa. Su cuerpo se eriza, los pezones se le ponen duros y el aire frío del refrigerador parece acariciarle de manera excitante y agradable. Su verga pulsa visiblemente bajo la tela del bóxer. Pero era su paladar, la fiesta era en su lengua; cierra los ojos y ronronea mientras sigue bebiendo de aquella leche. Beber leche, mucha leche; no había nada mejor que la leche. Le gustaba beber leche. Esas ideas llenan su mente, agitándole más, su pecho sube y baja con esfuerzo. Esa leche era deliciosa, seguro que si fuera fresca, calentita, sabría aún mucho mejor.

   Cierra la mente a tal idea porque le recuerda cosas que ha soñado, incluso algunas que casi está seguro que soñó (probar su propio semen, ¿lo soñó o no?). Termina el cartón, notando el espacio vacío de los que ha tomado hasta ahora, casi alarmándose. Se le acababan, aunque había al menos otros ocho potes. Se niega a contarlos. Sale de la cocina rumbo a su cuarto y nada más en la entrada de este, se detiene sonriendo leve.

   Dios, ama esa pieza, su temperatura perfecta, la iluminación apropiada. Sin mosquitos o zancudos. Había un cierto olor a frutas, algo que se sentía bien, aunque… frunciendo el ceño vuelve a su colchón inflable, cayendo de culo, el bóxer holgado adhiriéndose a su verga, halándola sabrosito; sentía un cierto olorcillo… a amonio. Algo muy leve, sutil, pero que está allí. O lo estaba, rectifica aspirando ruidosamente, la fragancia frutal inundando sus fosas nasales, sus pulmones, casi corriendo por sus venas ahora. El olor desagradable se había ido. O nunca estuvo. Como fuera, bostezó con una sonrisa. Era divertido echarse a media mañana, cuando se suponía que debía estar trabajando. Se estira, su armonioso y viril cuerpo tensándose mientras bosteza otra vez. Que rico sería vivir sin tener que trabajar, se dice dejándose caer hacia atrás, el colchón inflable y la almohada adaptándose de manera perfecta a su cuerpo, invitándole a dormir, a descansar.

   Y sueña. Sueña que despierta en otra cama, otro cuarto en otra casa, y unos hombres están allí, en las penumbras, dos carajos masturbándose con gruñidos roncos, sus vergas gruesas e hinchadas, color cobrizos, agitadas de adelante atrás en sus puños. No ve sus rostros, están en lo oscuro; tan sólo sus caderas, vergas y manos, son visibles. Así como la mesita donde un pequeño vaso corto descansa esperando que caiga algo. Quiere gritarles que paren, que se vayan, pero no puede, ni apartar los ojos de esos toletes titánicos, nervudos, unos que llenarían totalmente un culito masculino, siendo agitados, apretados en medio de gruñidos… Ordeñados.

   Los oye rugir, tensarse más, y uno de ellos, apuntando al vaso corto con la punta de su instrumento, se corre. Dos, tres trallazos blancos que chocan de las paredes de cristal, y ruedan hacia el fondo; una sustancia espesa, blanquecina y muy olorosa. La cual se incrementa, mucho más de lo que parecería normal, cuando el otro también se corre. El semen sale disparado, abundante también, todo el cuarto lleno con ese olor tan masculino e intenso. Y a Gregorio la garganta se le cierra, no puede apartarlos ojos del vaso, de la blanca sustancia que ensucia las cortas paredes y resbala, creando un charquito. Las risitas siniestras y baja de los sujetos, le erizan.

   -Vamos, perrita, acércate; una cachorrita en crecimiento como tú necesita de su lechita. –dice uno de ellos, riendo con el vozarrón ronco que llega después del clímax, tomando el vaso, ofreciéndoselo. Incluso agitándolo un poco, el espeso líquido deslizándose de un lado a otro.

   Horrorizado, pero con la boca muy seca, Gregorio sabe que se mueve, sentándose en la manta sobre el piso donde estaba, y en cuatro patas se dirige hacia el tipo, que le mira, no puede verle la cara pero sabe que sonríe burlón, como hace un hombre de verdad, un macho, ante un sumiso y desesperado marica que anhela su esperma. La idea le eriza de pies a cabeza, pero no puede hacer nada para detenerse. Sabe que está desnudo, que nuevamente es delgado, que sus tetillas son aún más sensibles, que su verga parece un dedo índice, aunque está erecto. Y que su culo…

   Llega junto al sujeto, mirando el vaso que le es acercado, separa los labios y los posa en la fría superficie de vidrio; el olor a esperma le llega, intenso; luego le impacta y moja los labios. Espesa, viscosa, caliente aún, esa leche cubre su lengua. Y sus papilas gustativas estallan en éxtasis. Su manzana de Adán sube y baja con vehemencia, mientras bebe lo que le parecen litros de esperma, cada vez más excitado. Se acaba y todavía sorbe buscando lo que quede, la ansiedad atormentándole, la frustración también. ¡Quiere más! Bien, si así sabía la ordeñada en un vaso…

   Sabe que no debe, no quiere, su mente grita de espanto una y otra vez, pero lo hace. Con un jadeo, los labios húmedos y brillantes con la esperma recogida con su lengua al pasársela, cae sobre uno de los toletes recién exprimidos, atrapándolo casi hasta la mitad, y chupándolo. Unas gotitas de semen nuevo caen en su lengua y ronronea, lleno de calor y cachondez, mientras esos sujetos ríen y ríen del pobre marica necesitado de semen…

   -Si, así, amigo, ya has probado las de todos, ahora toma las nuestras; chúpalas y exprímelas. –oye esa voz grosera, burlona, estremeciéndole mientras mama. Otra risa le llega, igual de implacable.

   -Mierda, pero qué marica; ya se me pone dura otra vez. Qué ganas tengo que bañarle la cara con mi carga…

   -Seguro llora al no poder tragarla. –sentencia el primero, embistiéndole la boca, llevándole el tolete más y más adentro. Y a Gregorio no le importa, no con sus ojos cerrados mientras agita la lengua y aprieta con los labios y mejillas, becerreándolo.

……

   Sobresaltado, aterrorizado y ofendido en su más profunda heterosexualidad, el hombre joven despierta y se sienta, casi cayendo del colchón inflable, su corazón latiendo con fuerza. ¡Ese maldito sueño…! Cierra los ojos y traga aire, y sin embargo, aún ahora, le parecía sentir un saborcito extraño en su lengua. Es cuando repara en un fuerte impacto, seguido del insistente sonar del timbre de la puerta de su apartamento.

   Alguien llamaba al timbre y al mismo tiempo golpeaba la puerta. De manera demandante. Abotargado mentalmente, se pone de pie, la verga increíblemente dura bajo el bóxer holgado, totalmente mojado. ¡La calentura le seguía! Y parecía haberse incrementado con el sueño. No, con es pesadilla. Y tal idea, excitarse por lo “visto y hecho” era intolerable. Un nuevo llamado a la puerta le pone en movimiento. Y tan agitado se encuentra, que así como está, desnudo a excepción del bóxer holgado, sin zapatos y erecto, abre. Allí estaba el vecino mariquita, con cara de preocupación, con el pequeño puño alzado, dispuesto a golpear otra vez. Es hasta ahora cuando repara en su situación, enrojeciendo furiosamente.

   -¿Si? –intenta fingir normalidad, medio escondiéndose tras la puerta, pero lo deja así. Ya le había visto y era idiota esconderse de un marica que seguramente ovularía ante la visión. Y no se equivoca, el joven sonríe un poco.

   -Hola, vecino, te escuché gritar, horrible, dos o tres veces; ¿te encuentra bien? –las palabras, la información y la preocupación del otro, alteran al rudo joven.

   -Si, yo… -frunce el ceño.- ¿Grité?

   -Hu hug, y feo. –informa el amanerado chico de parpados ligeramente pintados en rabitos, el cabello leonino, vistiendo una franela ajustada color morado, llevando otra, de un lila suave, sobre esta, de mangas muy abiertas; completa el atuendo con unos tenis sin medias, blanco y rosa, y un shortcito corto y ajustado. Gregorio, ofendido por el detalle, repara en sus muslos lampiños.

   Mirando y mirando, en esos momentos no parecía tener ese paquete que exhibía en sus sueños, ese que tocaba, chupaba y…

CONTINÚA…

Julio César.

LA PRESENTACION DEL TECNICO

junio 15, 2017

BUENO ES EL CULANTRO, ¿PERO TANTO?

   Chillando, los otros pasantes le preguntaron si ya lo conocía; no, no hasta esa tarde cuando este aprovecho y se la presentó… agradándole bastante.

Julio César.

SISSYBOY… 12

junio 15, 2017

SISSYBOY                         … 11

Titulo: Todd’s Bitch

Autor: Victoria <missvictoria6969@yahoo.com>

Traducción: K

   Un sissyboy disfruta atendiendo a su señor…

……

   Tarde, el confuso Brian entiende que respondió algo que no debía, dada la visión de Todd acercándosele con determinación, su verga rebotando de manera agitada y una mirada dura en los ojos. Tan inquietante era que, boca muy abierta, rueda la silla hacia atrás, un tanto temeroso, protegiéndose. Llegando a su lado, el chico negro le atrapa una muñeca y le levanta, medio empujándole hacia adelante, obligándole a apoyarse de la mesa. Y con la mano libre, Todd le azota el terso trasero dos o tres veces.

   -¡Todd! –grita el rubio, abrumado, alarmado. Y adolorido. Mucho. El otro, después de mirarle, le dio otros dos azotones.

   En este punto, Brian intenta alejar su trasero de esa mano, meneándose, tensándolo cuando la palma cae, rogándole que se detenga. El otro, con la verga más dura, cae sentado en la silla y le arrastra, para que caiga sentado sobre su regazo desnudo. El rubio no puede pensar con claridad, realmente se siente estúpido siendo tratado como un niño travieso al que tienen que disciplinar. Era denigrante, ofensivo, humillante, pero no encontraba fuerzas para detenerle o defenderse. Sin embargo, una vez sentado en el regazo del joven hombre, presionando con la cadera la negra verga contra el abdomen marcado de su amigo, que lo abraza y acuna, se siente caliente de nuevo; algo grato le envuelve. Se siente… seguro.

   -Pon tu cabeza en mi hombro, Brianna, descansa un poco, quédate quieta; y escucha. Voy a explicarte lo que pasa, lo que ocurrirá de ahora en adelante. La forma en la cual serán las cosas.

   El tono firme, autoritario, sumado a lo extrañamente confuso del momento vivido, toda su desvalidez, obligan al chico a apoyarse contra el hombro de su amigo. Y eso fue como un bálsamo. El olor del joven le llegó directamente y le gustó estar allí, así, contra su cuerpo, sobre su regazo, mientras le escuchaba.

   -Primero, deja de temer por lo que viene; nadie sabe que te siento en mi regazo, o lo que ocurre entre nosotros. Y creo que lo mejor que puedes hacer es no contárselo a nadie, para que no te sientas tan… extraña. Es más seguro para ti, nena. Pero no puedes ni debes oponerte a nada de lo que te pido u ordeno, soy tu dueño. –es tajante, tanto que, ceñudo, Brian levanta la mirada, sus ojos se encuentran.- Fotos, nena. Tengo fotos de ti con mi verga en tu boca, con ella en tu culo. Tengo fotos de tu cara mostrando los labios llenos de esperma; tú sonriendo como una zorrita mientras te los lames. ¡Tengo fotos de ti en pantaletas, luciéndolas! –le aclara, sonriendo torvo.- Soy tu dueño, Brian… Brianna… ¿lo entiendes ahora?

   -Pero, Todd… -gimotea, poco viril, le parece a él mismo. El agarre se incrementa notoriamente.- Pero, señor… -rectifica.

   -¡Eres mía! –enfatiza nuevamente.- Eres una maricona que buscaba salir de su closet, queriendo nacer, vivir y sentir, y te encontré. Yo te hice florear. Por eso me perteneces, Brianna.

   -Okay, okay… -tartamudea Brian, atrapado ante la inmensidad de lo dicho. ¿Fotos suyas comportándose como un cabrón chupa vergas? ¿Y… todo lo demás? Siente que se ahoga.

   -No temas, pequeña, nadie las verá. Compórtate como debes y todo irá bien. –le sonríe Todd, casi amoroso. Y el joven no entiende el calor de alivio que se extiende por su cuerpo cuando apoya nuevamente la cabeza en el hombro del chico negro.

   -Si, señor…

   -Bien, ahora escucha con mucho cuidado, me gustas, pero las cosas van a ser diferentes de ahora en adelante. Siempre noté en ti algo débil, delicado. Creí que era cobardía, pero no, era más que eso; eres una nena en el cuerpo de un chico. Ni siquiera eres un chico gay, eres un sissyboy. Un chico que tiene un coño y necesita satisfacerlo siendo follado. Voy a follarte, mucho. Anoche no podía creer la forma en que tomabas mi verga, completamente, y aún ahora no puedo olvidarlo. De hecho no quiero que te reprimas. La verdad es que planeo usarte todo el tiempo, muchachita.

   -Todd… -otro apretón.- Pero, señor, yo…

   -No, no discutas. Eres una zorrita caliente que necesita y quiere un macho. Y me elegiste. Nunca te vi más vivo que mientras cabalgabas sobre mi verga, gritando, jadeando, sollozando. Cuando la atrapaste toda con tu boca, Jesús, creí morir de la impresión y del gusto. Tenías la cara roja, los ojos llorosos por la asfixias, pero brillabas de satisfacción y orgullo al tomarla completa. Como un buen mariquita me decías “papi, cógeme duro, papi”… -medio ríe, acunándole al sentirle estremecerse.- Cuánta falta te ha hecho tu papá, ¿eh? Y cuando te la clavé, la primera vez, yo mismo creyendo que era imposible que tu pequeño y apretado culo lograra abrirse tanto, gemías como una putita… -finge una voz amanerada.- “Oh, sí, papi, métemela; me encanta sentir tu verga estirando mi coño de chico. Quiero que me lo estires, que me lo llenes, que me lo aflojes”. Te lo repito, Brianna, lloriqueabas, reías y te movías como una princesa. O como una verdadera putica.

   Las palabras dejan estupefacto al muchacho, cuyo corazón bombea con fuerza en su pecho… Con el pequeño pene muy erecto dentro de la pantaletica. Erizado de excitación y vergüenza debió enfrentar la mirada burlona de Todd, su sonrisa. El chico de color se había dado cuenta de su excitación, del poder que tenía sobre él.

   -Eres tan putita, Brianna… -le repite, acariciándole la blanca barbilla con un negro dedo; cuando le recorre el gordito labio inferior, Brian separa los labios de manera automática.- Tan putita… tan necesitada de esto…

CONTINÚA … 13

Julio César (no es mía).

NOTA: Para llegar al original intenten con: http://m.nifty.org/nifty/transgender/by_authors/Miss_Victoria/todds-bitch/1