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REGRESO A BROKEBACK MOUNTAIN

septiembre 30, 2007

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   ¿Puede dudarse que sea amor? 

 

   Digo REGRESO, pero en verdad temo que nunca hemos dejado del todo tan árido lugar. Y lo de árido viene dado por los dolores del alma como dirían personas más sensibles, o cursis,  que yo. Ya ha pasado tiempo desde que Brokeback Mountain (El Secreto de la Montaña) se exhibió como un estreno polémico, pero es hasta ahora que nosotros podemos hablar, así que se la van a tener que calar, ¿okay?

 

   Cuando fui a verla, con un grupo de colegas de trabajo (de vez en cuando salimos a comer o tomar algo para pasar un buen rato, cosa que no es extraña, a veces se pasa más tiempo con ellos que con la misma familia), me resistí a asistir. Me hacía el duro sobre el ir a ver a los dos maricones esos, como creo que hizo y dijo todo hombre venezolano de la boca para afuera, aunque deseara mucho ver la película. No estamos tan lejos en el tiempo del Wyoming del sesenta y tres, y cada uno tiene que guardar ciertas apariencias, sobre todo con las amigas. Pero a decir verdad, deseaba ir. Siendo sinceros, la promoción del romance homosexual entre dos vaqueros era lo suficientemente escandalosa como para resultar atractiva. Fui. La vi… y me molesté mucho.

 

   Me sentí desconcertado al ver a tanta gente afectada, incluidos hombres que iban con sus mujeres; aunque intentaban parecer duros era fácil verles… esa angustia extraña en los ojos al terminar la función. Alicia, una querida amiga, lloraba todavía mientras nos íbamos. Yo no lloré, ni me sentí conmovido. Estaba como seco, paralizado al respecto. Lo que tenía era una madre de arrechera que ni yo mismo entendía. En lugar de sentir la tristeza y desesperación de esos dos hombres enamorados que no habían podido vivir a plenitud su amor, como decía Carmencita, o el gran amor que transcendió el tiempo y los deseos mismos de esos hombres por escapar a lo que sentían, como apuntaba Fátima; yo sólo sentía ese mal sabor de boca, jurándome a mí mismo que iba a convertirme en el peor detractor de la cinta. Y así lo dije poco después al grupo, ganándome miradas de rabia de todos, y hasta el mote de odioso, aunque ya en el pasado mucha gente me había acusado de sentimental, con todo y lo feo que eso suena.

 

   ¿Por qué la odié tanto? Desde que leí en La Voz, el diario mirandino, que iban a realizar la película, un amor sobre vaqueros raros, donde Jake Gyllenhaal y Heath Ledger iban a protagonizarla, y que hubo problemas a la hora de grabar las escenas de amor, me picó el morbo por verla; pensé que tan sólo por esos momentos valía la pena calarse la peliculita. Pero no, yo había salido tibio (de rabia) del cine más bien. Así que al reunirnos un poco más tarde para tomar algo, comencé el ataque feroz contra tan terrible film. Yo insistía en que la trama era muy traída por los pelos: ¿de dónde les salía a esos dos carajos el acostarse así de un momento a otro? ¿Estaban simplemente borrachos y calentorros? ¿Locura de la montaña? ¡Ahí me cayeron encima las mujeres!

 

   Fátima me preguntó si no había notado la mirada que el tal Jack le lanzó a Ennis (vamos a usar los nombres) cuando llega frente a la oficina del tal Aguirre, y como medio esboza una sonrisa, sintiéndose alegremente sorprendido, y tal vez excitado ante la idea de encontrar a ese tipo apuesto allí. Qué si no había visto la forma en que Jack lo enfocaba con su espejo retrovisor mientras se afeitaba. Carmencita asentía, recordándome que cuando estaban en la montaña, y Jack se iba a caballo, Ennis lo seguía con la mirada por un rato; y que cuando Jack estaba cuidando las ovejas de noche, miraba hacia el valle, buscando la luz de la hoguera donde estaba el otro, sabiendo Dios en qué pensaba. Alicia me preguntó si no había visto la íntima escena donde Jack, congelado de preocupación, se quitaba el pañuelo y lo mojaba en agua para limpiarle la herida que el otro se hizo en la cabeza al caer del caballo por culpa del oso. Y hasta Ricardo me acotó que la forma en que el tal Ennis salía a buscar algo más que frijoles para que Jack comiera, ya que éste no quería más frijoles, indicaba que algo pasaba. ¡Ah, gente pa’detallista!

 

   La verdad es que yo no había reparado en nada de eso. Y por ahí siguió la cosa. Se discutía que por intentar llevar dobles vidas habían lastimado a otras personas, a sus mujeres e hijos; otros aducían que lo hacían porque no querían ceder a lo que sentían, que luchaban contra lo que en verdad eran, que no había peor tortura y tragedia para una persona que odiarse y combatirse a sí misma, sin perdonarse, sin aceptarse nunca. Algunos los acusaban de cobardía, otros decían que era gente que había sufrido mucho y que cuando les llegó el duro momento cuando el destino los obligó a enfrentar la encrucijada más importante de sus vidas, habían hecho una muy mala elección. Todo, todo en la película, había sido captado de forma distinta por todos. Y yo me admiré de todos esos matices y sutilezas, porque, personalmente, me pareció que la trama fue lineal y simple, que el tal Jack Twist había sido un tonto confiándose así a un tipo tan cobarde, pusilánime y mediocre como el tal Ennis del Mar. Y había sido eso, sobre todo, lo que me había molestado, el dolor de Jack.

 

   Esa noche, en mi casa, me sentí desasosegado. Estaba molesto, irritado, y mientras me cambiaba de ropas, comía algo, encendía la televisión y miraba Globovisión, o me daba un baño, no podía concentrarme. Algo me molestaba, me llenaba de una desagradable sensación de insatisfacción. Nada me parecía bien, no podía sentirme tranquilo. La película volvía una y otra vez a mi cabeza, y su drama, su tristeza, me llenaba de una rabia amarga, como de frustración. Me preguntaba: y por qué no hicieron esto o aquello; y si se hubieran ido; y si… Y no pude dormir. Por primera vez en mi vida pasé una noche en vigilia por culpa de una película; dormía por raticos y creo que hasta soñaba con ella. Y al paso de los días seguía así, incómodo, funcionaba pero como a dos niveles. Y, coño, tuve que volverla a ver aunque sabía que me exponía a más intranquilidad del ‘alma’; pero era una necesidad.

 

   Y allí estaban todos esos detalles que Alicia, Carmen, Fátima, Ricardo y los otros me indicaron. Y noté otros. Y ya no era el morbo de verlos besándose, o presenciar nuevamente las escenas dentro de la carpa; ya no me parecía algo vulgar, o excitante como ver una porno. Eran dos carajos que se ahogaban con algo que sentían, que estaba allí y no lo habían dicho hasta que el tal Jack, más valiente o más loco, no pudo aguantarlo más y decidió actuar, desencadenando toda esa tormenta. Tormenta que terminaría amargamente, pero ¿cómo podían saberlo en ese momento? La vida es eso, o debería ser eso, arriesgarse por saber si eso que se quiere, que se sueña, que se anhela de una forma que te roba la calma, la paz, la vida o la felicidad si no lo tienes, se te da.

 

   La segunda escena dentro de la carpa me pareció entonces algo más poético. No eran dos carajos que deseaban tirar para pasar la noche o un rato. Allí estaba el tal Ennis que gruñó que no era un marica y que eso no volvería a suceder y culpaba a Jack; pero que al llegar la noche, humilde, confuso, asustado ante lo que sentía, algo que iba contra lo que quería ser, va hacia la tienda porque su deseo o necesidad de ese otro sujeto era más grande que la suma de sus miedos. Y allí estaba el tal Jack. Y no parecía un marica vulgar esperando que otro tipo entrara para que le diera lo suyo. Era un hombre (que hasta se veía bonitico con esa luz rojiza) que esperaba al que ya sabía dueño de su vida, tal vez temeroso de que Ennis no fuera; pero esperándolo de todas maneras, con esperanza, porque ¿qué otra cosa puede hacer quien ya no es dueño de su destino sino que lo sabe en manos de otro?

 

   Y cuando ese otro entra, casi con la cara enterrada en la tierra, Jack se sienta, lo soba, lo besa, lo abraza (y vaya mirada que le lanzó, realmente parecía alguien que esperaba a su amante). Lo recibe sin exigencias, sin reclamos, sin rencores por lo que el otro le había dicho. Ese tipo era eso, el que se entrega, el que disculpa, el que siempre estará dispuesto a esperar y a entender, quien al ser ofendido, callará y esperará, para luego ir hacia el otro que llora amargamente y acunarlo con amor, aunque Ennis intente golpearlo como en la escena de la despedida final. Jack era ese, el que amaba y esperaba por el otro, el que seguramente soñaba con el día en que le dijeran, que se yo: Te amo, Jack…

 

   Ya no era una trama morbosa o ridícula de dos maricos que se escondían para tirar de vez en cuando, por sinvergüenzas o sin oficios. Era una historia dura, terrible, la de Ennis, un tipo tosco, inexpresivo, resistiéndose a lo que siente, peleando contra su naturaleza, luchando para cambiar lo que desea, aislándose cada vez más de todo el mundo, intentando se duro (un macho), pero que jadea, vomita y golpea una pared cuando se despide de Jack la primera vez, tal vez porque le dolía mucho esa separación y no pudo decirlo, o no quería admitirlo, o por no haber besado por última vez a ese carajo de mirada triste y anhelante (y bonita) que se iba de su vida, sin saber si volverían a verse. Cuando se reencuentran, cuando se observa el nerviosismo de Ennis, su angustia ante la espera, y como corre hacia Jack abrazándolo, besándolo con rudeza, casi mordiéndole, frotando su frente de él una y otra vez, sus acciones te dicen que eso era lo único que ese hombre siempre había querido en esta vida, a su Jack a su lado; pero ni cediendo aún en ese momento, ¡porque él es un hombre! Y los hombres duros ni bailan ni aman a otros carajos. Por su lado, Jack era… Jack. El amor que se entrega y dice acabemos con todo y vivamos lo nuestro, pero siendo siempre rechazada y alejada su generosa oferta. Qué triste, ¿verdad?

 

   ¡Y así quedé atrapado en esa maldita película! Sólo podía pensar en eso. Para mí, esos tipos, Jack y Ennis, salieron de la pantalla como lo hacían los personajes en La Rosa Púrpura de El Cairo, y se convirtieron en personas de carne y hueso. En gente que sentía y sufría. Eran, ahora, dos tipos que habían pasado por todo eso, que se habían amado muchísimo y lo habían perdido todo. Y eso me arrechaba otra vez, porque me parecía que yo los había visto padeciendo. Que yo los conocí; y sentía, cada vez que miraba la escena final, cuando Ennis tenía esos ojos cuajados de lágrimas, como un vacío maluco en… no sé dónde. Y me preguntaba qué podía haberse hecho para ayudarlos, para que encontraran la paz, para que Ennis entendiera que debía aceptar el regalo de Jack y ser feliz y hacer feliz a Jack.

 

   Sí, me obsesioné. Y me pegó duro, no se imaginan cuánto. Como a muchos de mis conocidos. Y por culpa de ellos caí en blogs y páginas en la Web que sólo empeoraron la cosa; pero de eso hablaremos después. Sin embargo, antes de despedirme, quiero compartir una imagen que me persigue aún todavía: Ennis del Mar debe tener más de sesenta años ya, si sigue vivo y no se ha suicidado o algo así. Ya debe haber pactado con la soledad y la nostalgia. Pero estoy seguro, no sé por qué pero lo estoy, de que cada noche, antes de dormir, y aún en sus sueños, llama a su Jack… Y Jack aparece, mirándole con afecto, con su sonrisa suave y hermosa, como era en esos días en la montaña, acostándose a su lado, acompañándole para que sobreviva otra noche; porque, como ya dije, Jack era eso, el que acudía, el que disculpaba y entendía, el que se entregaba. Era el que más amaba…

 

FRONTERAS DE BROKEBACK MOUNTAIN

 

Julio César.

EN LA PISCINA

septiembre 30, 2007

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   -Querida, no te molestes, el compadre y yo sólo estamos jugando…

 

   La junta de condominio del edificio estaba pensando seriamente cerrar la piscina, ya que todos los sábados, después de las prácticas de futbolito, los maridos en lugar de regresar a sus hogares se emborrachan y se ponen juguetones en el agua y eso molesta a algunas esposas. Bueno, ya sabemos que hay mujeres que celan a los maridos hasta de los amigos, ¿no? La de Ricardito no deja de vigilarlo, así que el pobre no puede meterle… ganas al compadre, aunque uno que otro dedo roza y se mete… en el agua.

 

VAYA OBSEQUIO

 

Julio César.

HAMPA DESATADA

septiembre 30, 2007

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   Media hora más, y pediría ayuda…

 

   -Aguanta, coño. –gruñó la ruda voz.

 

   -Es muy grande. Ahhh…

 

   -¿Lo dejamos así?

 

   -Ni de vaina. Sí comienzas una cosa, termínala. Vete al fondo…

 

   -Así me gusta. Ya casi acaba. Sólo falta la mitad. Ohhh, qué rico…

 

   -Ahhh… me muero…

 

   -Oye, sí te duele, yo…

 

   -¡Coño, no! ¿Qué te pasa? ¿No y que eres el gran sádico, el terror de la zona? Date con lo tuyo, malandro.

 

   -Ok. –gruñe el tipo, pensando: qué diferencia, las tipas gritan aterradas mientras escapan de mí y este me grita porque no actúo; no es fácil ser aberrado con tanta diversidad.

 

   -Sigue, maldito depravado, que en veinte minutos llega mi mujer. Ay Dios, qué terrible es ser una víctima. Ahhh…

 

MIRONES DE OFICIO

 

Julio César.

EL ‘ARTE’ DE ESCRIBIR

septiembre 30, 2007

  

   Como ya he indicado por ahí, desde hace mucho he deseado escribir cosas. Siempre fue una necesidad para mí desde que me aficioné a las historietas tipo Kalimán y Tamacún. Al terminar de leerlas podía imaginar más y más tramas. ¡Cómo gasté real en esos suplementos! Mi mamá sospechaba que la robaba (y no entremos en explicaciones), aunque jamás pudo probarme nada. De toda la vida me ha parecido que tomar un libro y sumergirse en él es una gran aventura, donde te pierdes a conciencia y con placer en sus narraciones, sobre todo en aquellas que son capaces de recrearnos en la mente la imagen fiel de una montaña alta, un desierto árido o una tundra hostil pero hermosa. Fuera de los personajes o tramas, hay libros que realmente te atrapan, que te obligan a seguir leyendo hasta el final… Cosa que lamentablemente está sucediendo cada vez menos. No sé cómo será en otras partes, pero uno entra en cualquier cuchitril que llaman librería y sólo encuentra textos de autoayuda, de espiritualidad o los de santería (cómo hay de estos). No tengo nada contra Conny Méndez o Pablo Coello, pero no me gustan sus obras.

 

   Entiendo que en verdad no soy un ‘escritor’, y que tal vez no tenga los méritos o la capacidad suficiente para criticar o clasificar el trabajo de otros, pero un libro como Cien Años de Soledad es mil veces mejor que una trama superficial y mal elaborada como El Código da Vinci. Y ya que nombramos al Gabo, ésta, su novela, es infinitamente superior a El General en su Laberinto o Memorias de mis Putas Tristes. Pero eso no es grave, es algo que termina afectando a todos los grandes que escriben (y al decir esto me refiero a los capaces de crear suspense con sus narraciones) como Stephen King con sus cuentos más recientes o las últimas novelas escritas por la gran Ágatha Crhistie, que nada tenían que ver con sus primeros trabajos (a decir verdad me siento mal al hablar así de ella).

 

   En fin, siempre quise escribir. Me atraía la idea de elaborar historias tan interesantes que todo el mundo deseara leerlas y no pudieran dejar de hacerlo hasta llegar al final, y lamentando que ese final llegara. Llevo años, pero años de verdad, intentando hacerlo. Creo que ya hay gente dentro de las editoriales que conocen mi nombre y se me niegan (¡y para colmo existe el identificador de llamadas!); aunque eso es, en cierta medida, éxito, ¿no? Recuerdo que uno de mis primeros intentos literarios fue algo llamado La Caída de la Civilización (vaya nombre, ¿ah?), novela con una trama que abarcaba el planeta entero y de cómo llegábamos a una crisis socio-cultural que iniciaba un declive mundial. Era terrible, claro (no que fuera bueno y absorbente, sino malo temáticamente), y así me lo hicieron ver con toda sinceridad (fueron devastadores).

 

   Con el tiempo mejoré un poco, aunque me esté mal el decirlo. A los que les enviaba algo les gustaba, les parecía interesante y hasta novedoso, pero al final no llegaba a nada. Realmente existe algo como una logia literaria secreta y terrible, y quien no esté ahí, queda fuera por toda la eternidad condenado al limbo (no, no creo que sean los Illuminati). Imagino que debe ser porque editar y distribuir un libro es costoso, así que creo que ninguna casa grande se arriesga por un solemne desconocido. Por ello olvidé lo de la escritura durante años, hasta que participé en dos concursos de cuentos, y en uno me fue bien (era un relato corto de suspenso), pero no pasé de ahí. No hubo interés, hasta que…

 

   En Venezuela existía hasta no hace mucho (la crisis acabó con muchas publicaciones) una revista llamada Enlaces Calientes, y con tal nombre se imaginarán por dónde iban los tiros, la cual se dedicaba a concertar citas entre personas, para conocer gente (personalmente me parece extraño eso de conocer a alguien así; es como esos cursos para mejorar la personalidad). Dicha publicación realizó un pequeño concurso y envié dos cuentos. Ah, sorpresa, a todo el mundo les encantaron. Y me pidieron nuevas historias (así, para sorpresa mía, pedidos y cancelados monetariamente), pero me señalaron que los deseaban sobre el tópico gay. Me dijeron que el mismo tenía mucha demanda y seguidores dentro de la población, y al parecer, dentro de los lectores de la revista. Para mí fue una sorpresa realmente (lo del tanto público para las historias gay, como el que desearan algo escrito por mí). Lo hice. Gustaron, pero la revista llegó a su fin inesperadamente; los conocidos me acusaron a mí y a mi eterna mala suerte, un día les hablaré de ella. Pero yo deseaba seguir escribiendo, y al decidirme por una novela larga, con muchos personajes y subtramas, me fui por algo que ya había probado que interesaba y gustaba en mis cuentos, la temática homosexual en lo… ¿sentimental?

 

   Con eso en mente me puse a escribir un cuento largo, de unas veinti tantas páginas, LUCHAS INTERNAS, relato que fue creciendo con vida propia y se me escapó de las manos. Lo comencé con una escena en concreto, que no sabía como unir a otras, pero todo fue ganando tamaño y complejidad. La escribí en un tiempo relativamente corto, pero corregirla me llevó casi el doble, Dios, qué cantidad de errores ortográficos cometía (y cometo aún). Lo imprimí, lo encuaderné; no yo, claro, y fue horrible verme expuesto a la mirada de la joven que lo recibió, siempre he temido que leyera algo porque me miraba como cajera de banco que desconfiara de un cheque. Lo envié a varias editoriales, siempre con la misma vergüenza al ser recibido por recepcionistas y editoras, no sabía dónde meter la cara cuando me preguntaban de qué trataba. Lo interesante es que la pasaban a fulano o mengano para que la evaluaran, y después de bastante tiempo me llamaban para decirme que no era procedente para la línea de la empresa. Lo más curioso fue que una vez no me regresaron la copia que envié, sino una distinta.

 

   No hubo manera de conseguir una oportunidad aunque más de una persona me dijo que la trama resultaba atractiva. Los tiempos no están como para que mono cargue a su hijo como decimos por aquí, así que nadie ensaya con algo nuevo. Y como, para colmo, me fui por una de criticar al Gobierno (Dios, que gente tan inútil y cruel, al estilo cubano), y aquí no es como en otros países donde las Instituciones y las Leyes pueden proteger a cualquier pelagatos de un mandatario enloquecido y furioso, eso terminó por cerrarme las puertas. Por eso escribo aquí y así… No importa nada más. Sólo espero que alguien lo lea y le guste, tanto como para volver una y otra vez. Lo demás… al carajo…

 

   Ahora, gracias a estos espacios en la Web, se hace posible expresar muchas cosas, aunque nunca se tenga la seguridad de que alguien lo reciba, o abra, o entre, no estoy muy versado en la forma de decirlo. Puede que si haya alguna persona leyendo, yo mismo he entrado en páginas donde no he comentado nada. Recuerdo una de bromas y parodias donde amenazaban con una conspiración mundial, de una fuerza maligna que terminaría destruyendo a toda la humanidad: el ataque de los muertos vivientes, que según la página son muy reales, y se preparan y arman para el asalto final. Como me reí. En fin, esta me pareció una buena oportunidad para dejar constancia de algunos relatos míos, y comentarios sobre la mejor película que se ha hecho en todos los tiempos. Ya saben cuál…

 

DEBERES Y DEPRESIÓN

 

Julio César.

VAYA TIPO

septiembre 30, 2007

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   -¿Quién se atreve a meterme mano?

 

   -¿Qué miras? ¿Nunca has visto a nadie llegar con el culo sudado de la calle? Hace calor, pana. Casi desearía que alguien me lo soplara… ¿No te animas? Creo que llamaré a Joseito, el marido de una amiga que vive en el apartamento de al lado; siempre quiere auxiliarme en cosas así, no sé por qué. Supongo que es porque es muy buena gente… Aunque en estos días le pasó una vaina cómica, soplándolo se resbaló y me pasó la lengua, ¿no es divertido? JA, JA, JA…

 

 VAYA… 2 

 

Julio César.

LUCHAS INTERNAS

septiembre 30, 2007

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   Las cosas que pasaban en ese taller…

 

                                              – 1

 

   La guerra que se desató entre los Roche y los Caracciolo, que casi destruye La Torre, y por poco no tumbó al Gobierno mismo, alcanzó su punto culminante, el principio del final, una tarde cuando Eric Roche espiaba desde su ventana en el piso quince, como hacía todas las tardes, a una belleza ruda y primitiva que se duchaba desnuda, ignorante de la existencia del apasionado mirón, quien no perdía nunca un detalle de tan curioso ritual.

 

   El joven abogado, sentado tras su escritorio revisa, ceñudo, unos papeles. Los números, las cifras, los reales se empeñaban en no cuadrar. Que vaina, se dice mirando un balance mensual; los socios no iban a estar nada contentos. Y para colmo citaban a una junta de última hora de la que él nada sabía. Seguro que no era para felicitarlo por la manera como dirigía la firma; últimamente nadie lo apreciaba mucho. Botando aire, arroja la carpeta con disgusto. Ojalá ese día ya hubiera terminado, piensa cansado y estresado. De forma casual mira su reloj y, lanzando una maldición, se pone de pie rápidamente. Va hacia la ventana y aparta, con cierto disimulo, algunas persianas. Se siente avergonzado y excitado de hacer eso cada tarde. Pero no puede evitarlo.

 

   En la parte posterior del callejón se encuentra un pequeño, sucio y ruinoso taller mecánico. Allí estaba su joven amor, su musculoso y atractivo mecánico preferido. Todas las tardes era el último en irse; y al estar a solas, tomaba una larga ducha en una destartalada regadera que estaba bajo un techito, pero a la que era posible mirar desde la ventana de Eric.

 

   Allí estaba el joven, alto y fuerte, muy masculino. Vestía una sucia franela y un jeans viejo, ajustadísimo. El joven, nota Eric, se quita la franela. Es tetón y lampiño. Arroja los zapatos por ahí y se quita el pantalón. Un suspiro escapa de los labios del hombre, quien mira fascinado al joven. El tipo usa una mínima tanguita azul, de tela suave, que cae hacia abajo sosteniendo el bojote. Parece un buen paquete, piensa el otro, con los vellos de la nuca erizados.

 

   Lo sigue con la mirada mientras el muchacho va de aquí para allá, buscando y acomodando cosas, como toallas y ropa limpia. El bojote salta y se mueve llamativo de un lado a otro. El abogado se siente mareado, de buenas ganas caería sobre el sucio suelo del taller para atrapar con su boca ese paquete dentro de la pequeña prenda. El hombre sabe para sus adentro que sería algo rico, excitante. Que su boca se llenaría de saliva y de gusto palpando ese manduco que crecería grande y caliente dentro de su boca, la cual ahora siente seca.

 

   El joven finalmente se quita la tanga. A pesar de la distancia desde donde lo espía, (y hay que reconocer que el hombre parece tener buena vista), el abogado repara en el tolete pálido que se ve largo y grueso, emergiendo de una maraña de pelos oscuros y rizados. El chico va hacia la ducha y las nalgas se ven claras con la franja del bronceado. Eric toma aire, imaginando al atractivo joven acostado sobre una toalla en la blanca arena de una playa muy concurrida, asoleándose con un diminuto bikini firmemente ajustado a sus nalgas, algo hundida la tela entre la raja interglútea, rodeado de una corte de ansiosos mirones que estarían deseando tocarle o aplicarle el bronceador. Esas nalgas se ven paraditas y firmes. Seguramente el muy maldito iba mucho a los gimnasios a ponerse buenote, imagina el otro. Y seguro que todos los carajos allí lo mirarían deseando darle una buena mamada a su güevo caliente y duro.

 

   El muchacho abre la regadera y el agua cae sobre su cabeza, mojando sus cabellos, bajando por todo su musculoso cuerpo. Eric lo ve meter los dedos en sus cabellos, tomar un jabón y comenzar a enjabonarse las axilas y el pecho. Sus manos bajan más, hasta entrar en su pelvis. El jabón produce una capa de espuma cubriendo su güevo y bolas. El abogado nota como el tolete comienza a crecer poco a poco, estimulado por las caricias de esas manos. Ve como el joven se recuesta de la enmohecida pared (desde lejos se nota que es un cultivo de microbios), y sigue enjabonándose y acariciándose la  semierecta  tranca, gozándolo. Era casi una masturbación y el hombre que lo espía siente la boca aún más seca.

 

   Ahora ocurre algo que siempre pone a millón a Eric, con unas ganas locas de sacarse el güevo allí mismo y masturbarse, o bajar y caer sobre el muchacho. El joven le da la espalda a la ventana y el agua corre por la nuca y la recia espalda entrando entre sus nalgas, como un pequeño río que va a un cause secreto. Pero no es lo único que entra en tan fascinante lugar; las manos enjabonadas del mecánico entran también. Se diría que para enjabonarse el rabo, pero aquello parecía más bien una deliberada y lenta caricia. ¡Parecía sobarse el culo!

 

   A veces, Eric cree que se engaña, pero otras está seguro de que ese joven, en verdad, se soba anhelante el culo, y quien aceptaba así la delicia de semejante caricia, puede aceptar otras cosas, piensa mórbido. Se imagina a su lado, siendo su mano enjabonada la que entra entre las firmes nalgas, acariciándole la raja interglútea, para cebarse luego sobre el ojito del ano, al que atendería con diligencia, con ganas. Puede verse a su lado, puede ver el agua que corre por la espalda, su propia mano enjabonada metiéndose entre las apretadas nalgas, acariciando las secretas y tibias interioridades del otro macho.

 

   Su mano se cebaría sobre el titilante culito (ya que en su mente, palpita con ganas), deseoso de ser sobado y acariciado. Puede hasta ver el rostro del joven, húmedo, con el cabello pegado a la frente, con los ojos cerrados y jadeando levemente, en dulce agonía, temblando mientras su agujero era sobado y acariciado por él, esperando el momento en el cual el índice comenzará a clavarse en su apretado y virgen esfínter.

 

   Volviendo a la realidad, a Eric le parece que el joven echa las nalgas un poco más hacia atrás, abriéndose más de culo. El mecánico parecía inspirado esa tarde. La mano grande entra y sale, enjabonando y acariciando una y otra vez de entre esas nalgas. Puede ver que la mano sube y vuelve a bajar, lenta. ¿Se masturbaría hoy bajo la ducha? De tarde en tarde, de pie bajo el agua, allí, en un taller de techo abierto a la posible vista de todos, el joven se hacía la paja pensando en alguna oscura, secreta y sucia fantasía. El tolete le crecía como una barra larga y dura. Y tan perdido está Eric contemplando al joven, imaginando lo mucho que le gustaría estar ahí a su lado, enjabonándolo, siendo él quien metiera la mano entre esas nalgas que se adivinaban firmes y musculosas, que no oye pasos fuera de su oficina. La puerta se abre y entra Samuel Mattos, su socio y amigo.

 

   -Al fin se está terminando este día tan mierdoso. -comenta alegre Sam, impactándose al verlo cerca de la ventana, con el saco abierto y una escandalosa erección bajo la suave tela del pantalón.- Coño, ¿otra vez, maricón? Tápate esa vaina, no joda. -finge poner cara de asco.

 

   -¿Es que no sabes que se debe llamar antes de entrar? -replica molesto Eric, cerrándose el saco y alejándose de la ventana, malencarado.

 

   Le molesta haber sido sorprendido así por Sam. Y también el haber sido interrumpido en su miradera; por la sobadera que su joven amor tenía allá abajo, esa tarde habría paja y ya no podría verla. Va a su sillón y toma asiento, indicándole al otro que haga lo mismo.

 

   -Ay, discúlpame. No se en qué estaba pensando que no llamé; no se cómo no se me ocurrió que estarías a punto de hacerte la manuela mirando a un carajo que se lavaba el culo allá abajo. -es burlón. Se sienta frente al otro.

 

   -Si lo dices así, suena como algo malo.

 

   -¿Hasta cuándo vas a seguir con esa paja? Te gusta ese carajo, de hecho te gustan todos los carajos, y sigues negándotelo. Deja de masturbarte viéndolo y haz algo. Baja al taller ese y le dices que tienes un problema con el tubo de escape y  que necesitas una mano experta que te lo arregle. Mientras se lo dices, tócate el güevo y mírale el suyo. Seguro que ése entiende. Después de todo un tipo que se baña desnudo sabiendo que desde aquí pueden verlo, no presagia nada bueno. Un hombre bien criado no haría algo así. Seguro que ése anda buscando guerra. Baja y ofrécele una buena mamada de güevo, quien quita y te sorprenda. -lo dice jovial, como si se tratara de la cosa más simple y posible del mundo.

 

   -Claro, le digo eso y me revienta el culo pero a patadas. -Eric se incomoda un poco, como siempre que habla de ese aspecto de su vida personal con Sam. Aunque sólo con él puede hacerlo. Sólo él lo conoce tanto, aunque no en el sentido bíblico.

 

   -O baja, salúdalo y comienza a hablar de la situación del país. Con lo mal que anda todo, seguro que el tipito lavaculo te suelta algo como que la anda pasando mal, y está mamando. Es cuando tienes que verlo directamente a los ojos y lo sorprendes diciendo algo sutil como: y a mí me encantaría mamártela. -ríe.

 

   -¿Quieres que me maten?

 

   -No estés tan seguro. Tú no eres tan feo. Y una boca caliente y golosa que quiera mamártelo, casi siempre se agradece. No hay nada mejor que una buena mamada en el güevo.

 

   -Lo dices como si ya lo hubieras probado. Dar la mamada, quiero decir. ¿Hay algo que no me hayas contado pero que te mueras por decírmelo ahora? -es irónico.

 

   -No seas mamón. A mí los hombres desnudos me dan asco. -sonríe en forma encantadora.- Sólo intento ayudarte. Tu vida es una mierda y ya comienza a apestarlo todo.

 

   -Deja mi vida en paz, ¿bien?

 

   -¿Cual vida, Eric? Te escondes en tu oficina, en tu familia y en la zorra de Irene para ocultar lo que sientes y lo que quieres. Te gustan los machos y te atormentas fantaseando y soñando con ellos, pero sin darte el gusto. Siempre he sospechado que te gusta el béisbol para verte rodeado de esos carajos en los baños. Y ahora estás a punto de casarte con Irene, que parece una cuaima con dolor de muelas. Esa sí que te va a hacer la vida de cuadritos.

 

   -Déjala en paz. Mi vida privada la elijo yo. Y tú no tienes nada de qué hablar. Tu matrimonio con Linda no es precisamente el remanso de paz y amor que todo hombre envidia o desea.

 

   En cuanto lo dijo, Eric se arrepintió. Sabía bien que Sam sólo intentaba ayudarlo porque lo apreciaba como a un hermano. Siempre había sido así. Llevaban años de amigos y nada había empañado eso, ni siquiera su interés cada día más creciente, urgente y desesperado por los hombres en el aspecto sexual.

 

   Sam se había casado hace unos cinco años atrás con Linda Santana, su novia de toda la vida; pero no parecía haber manera de que fueran felices. Linda era una mujer maniática, celosa, obsesiva y peleona. Celaba a Sam de todas y todos. Y tenía motivos aparentes para ser tan insegura y obsesiva; Sam era un carajote alto, musculoso, de cabellos claros muy finos y de unos ojos reilones y verdosos. A Eric siempre le intrigó no sentir algo de interés sexual por él; pero sabía de muchas, y de algunos, que sí lo sentían.

 

   Y sin embargo todos los temores de Linda eran infundados, pues aunque atractivo, amable y alegre, Sam era un hombre fiel y devoto a su matrimonio, cosa que sorprendía a mucha gente dentro y fuera de la firma. Eric sabía que Sam sufría por los celos, los escándalos, los reclamos y los ataques nerviosos de Linda. Había intentado que la mujer fuera feliz, pero ella parecía incapaz de serlo. No importaba cuanto se esforzara él en ser amable y atento, para ella siempre había motivos de quejas. Y siempre había sido así.

 

   -Linda está insoportable. -admite Sam con un suspiro.- No sé  con qué nuevo cuento le vinieron y está de un humor tempestuoso. -mira su reloj.- Es hora de ir a la junta.

 

   -No entiendo para qué la han convocado.

 

   -Lo sabes bien. Las cosas no marchan como deberían. Los socios no están contentos. Ni yo tampoco. -dice preocupado.- Y eso que sólo soy un socio minoritario. Estamos perdiendo cuentas y dinero, Eric. -encoge sus recios hombros.

 

   -A papá tampoco le gusta y no pierde ocasión de decírmelo. -replica deprimido.

 

   Siempre se ha sentido vigilado y juzgado por Germán, su padre, y la impresión que tiene es que no sale muy bien librado de esos juicios. Ambos se ponen de pie y van a salir. Eric lanza una fugaz mirada a la ventana. Sam lo nota y sonríe burlón.

 

   -No sigas sufriendo. Baja una tarde de éstas, cuando sepas que está solo. Míralo con ojos de ternero degollado cuando le hables, mirándole el bulto y seguro que terminas tirado en un montón de mantas sucias de grasa, hediondas a orine, entre basura y chatarra, con las piernas en los hombros del carajo ese y bien cogido; o él gritándote: chúpame el culo, chúpame el culo. Ah, se oye tan  romántico… -se burla cruel.

 

   -Anda a joder al coño’e tu madre. -replica levemente molesto Eric.

 

   -¡Vulgar!

……

 

   En la sala de juntas esperaban ya Ricardo Gotta, Aníbal López y varios socios minoritarios. La firma de derecho penal, mercantil y de todo lo que hiciera falta, conocida como La Torre, era un bufete respetado y en buena medida temido dentro del mundo judicial y legal. En el pasado estuvo conformado por abogados duchos en las artes jurídicas dentro y fuera de los tribunales. Eran gente de componendas cuando hacía falta, con defensas o demandas brillantes; tajantes y crueles cuando la ocasión lo ameritaba. Los viejos fundadores, Germán Roche, padre de Eric, y su socio, Manuel Caracciolo, no se distinguieron nunca por su heterodoxia en su manera de actuar. Recurrían al argumento o argucia que hiciera falta para triunfar. Eran los años en que los juicios se ganaban o perdían según la tribu judicial que llevara el caso (generalmente nunca dentro del tribunal), y esos hombres supieron manejar su oficio, pero llevándolo con elegancia y cierta clase.

 

   El bufete representaba a enormes compañías demandadas por empresas menores que se sentían acosadas, espiadas o intervenidas por los grandes. Defendía a artistas, políticos, deportistas, empresarios y hasta miembros del clero (los que representaban a la gente de éxito, la gente del momento de cara a la opinión pública), en casos de divorcios, infidelidades, consumo o tráfico de drogas, lesiones, agresiones personales, casos de violaciones y otros. No había caso pequeño o cliente menor sí el precio era convenido y se podía lograr la gratitud de los poderosos, cosa que garantizaba el poder del grupo.

 

   Años atrás ese esplendor se alcanzó en La Torre representando a importantes grupos políticos, empresariales y a banqueros; en conclusión, alcanzar justicia era prácticamente imposible a menos que se pagara a precio de oro. Las tribus, esa nociva unión de jueces con bufetes específicos que convenían precios y resultados con sus mercaderes, gobernaban en los tribunales y fiscalías. Muchos llegaron a jueces, aún en lo que se conoció en la antigua república como la Corte Suprema, de la mano de grupos de abogados aliados con toldas políticas, como único mérito, en tiempos en que las personas percibían que estaban en el infierno y que nada peor podría haber. Era algo conocido de todos. Y La Torre contó con su cuota de poder en todo eso.

 

   Pero los tiempos cambiaron. Gente más torpe y corrupta, más inmoral, dominaban la escena política en esos momentos, comprobando aquello de que el infierno sí podía existir. Bufetes como La Torre, aún conservaban parte de su influencia y poder, pero muy disminuidos. Para colmo, los viejos se habían apartado, llegando la hora de gente nueva, idealista y decente como Eric Roche o Sam Mattos. Ninguno de ellos habría aceptado de buenas ganas el defender a alguien enredando un expediente o ensuciando la memoria de un muerto o de su gente, como en el caso defendido por el bufete aliado, que defendió al empresario en Maracay que mató a su mujer y lo hizo ver como un asesinato a manos del hampa; el muy conocido y tristemente celebre caso Loreta.

 

   La forma como se movió, unió y utilizó de forma bestial el poder político, judicial y policial, así como el poder económico para taparearlo todo, nunca habría contado con el apoyo de Eric o Sam. Y esa forma de llevar los asuntos de la firma estaba creándole problemas a algunos de los socios menos quisquillosos a la hora de evaluar la moral o la ética, pero más interesados en el dinero y el poder. A la retirada de Germán Roche (los Caracciolo llevaban años fuera del país), Eric asumió la presidencia de la firma. Y muchos no estaban contentos con ello, ni por la forma en la cual manejaba sus asuntos, entrometiéndose en ellos.

 

   Representado cada uno a una buena porción de socios, Ricardo Gotta y Aníbal López encontraban difícil trabajar y prosperar con Eric allí. En el país todo era negocio, desde el robo de carros hasta la cedulación de chinos, y todos sentían que tenían derecho a su parte de la botija y no iban a ser los abogados y jueces la excepción. El que un país moderadamente sano no pudiera marchar, prosperar o simplemente subsistir como nación con un poder judicial corrupto donde cada juez y cada sentencia había que comprarla o era torcida por los gritos de un caudillo intolerante y demente, no parecía tener cabida en sus mentes. Por ello Ricardo y Aníbal lo resentían. El joven era un claro estorbo.

 

   Sin embargo, Eric había contado hasta ese momento con la suerte de que ni Ricardo confiaba en Aníbal, ni éste tomaba nada que le enviara el otro, incluyendo café. Ricardo Gotta era un hombre cincuentón, muy atractivo, de cabellos castaños plateado, pulcro. Elegante. De una sonrisa encantadora, que ocultaba una mente peligrosa y totalmente carente de escrúpulos. Quien no lo conociera bien pensaría que era un descendiente de Los Amos del Valle; pero la realidad, como no se cansaba de recordar Norma de Roche, madre de Eric (a todo quien la quisiera oír), es que era un recién vestido. Un arribista, un rico recién vestido.

 

    Aníbal López era un cuarentón negro, de cabellos muy cortos y ralos, de ojos almendrados con un toque de bovinos. Parecía un hombre amable y tranquilo, buena gente; pero tras su fachada se ocultaba una mente tortuosa y una voluntad intrigante e inquebrantable a la hora de conseguir lo que quería. Llegar a donde llegó no le fue fácil, y contrario a lo que la gente creería, que le costó por ser negro, de verdad el mayor problema a vencer fueron los prejuicios y limitaciones de sus propia familia y amigos en su Caucagua natal, quienes veían como ‘cagar más arriba del culo’ el que quisiera ser abogado. Acostumbrado a vencer resistencias y rencores, se había convertido en un tipo insensible al parecer de los demás. Él, y sólo él, era importante.

 

   Entre los dos hombres existía una vieja rivalidad, por no llamarlo un odio visceral y terrible; algo no dicho, pero presente. No se detestaban cordialmente, en verdad se deseaban lo peor y cada uno quería salir del otro, por razones que sólo ellos muy bien sabían. Aníbal lo odiaba con una virulencia que su rostro jamás reflejaba, pero de la cual Ricardo era muy consiente. Pero, por ahora, los dos deseaban lo mismo y eso los unía momentáneamente: sacar a Eric Roche de la presidencia de la firma lo más pronto posible…

……

 

   La política, y buena parte del derecho, no se practicaba únicamente en los entes oficiales o los lugares destinados para ello. Había otras instancias para otras acciones. Con otros matices, podía desarrollarse en lugares solitarios, íntimos y cerrados, tal vez en la oficina de uno de los leguleyos menores de una firma de abogados, como era en el caso de Cecilio Linares. El abogado era un carajo joven y alto, de cara larga, con un bigote y una barba fina, bien cuidados. Un tipo atractivo. Su forma de ser era algo untuosa y melosa hacia los jefes y superiores, lo que muchos llamaban un ‘jalabolas’ o un ‘lameculos’. De ademanes rápidos y nerviosos, intentaba aparentar que era más importante de lo que en verdad era.

 

   Dentro de los grupos en que se había dividido la firma, él estaba en el bando de Ricardo Gotta, quien lo utilizaba para una que otra perrada a la que ningún otro se prestaría. Calculando a futuro hizo un matrimonio más o menos conveniente. Un abogado en ascenso necesitaba una buena esposa, y sí pertenecía a una familia bien vista o con relaciones, mucho mejor. Además, eso lo ayudaba a ocultar algunas cosas de las que nunca hablaría con nadie… Cosas que lo tenían ahora desnudo de la cintura para abajo, llevando aún el  saco y la corbata, sudándole la frente, doblado por la cintura mientras su boca sube y baja golosa sobre el duro tolete erecto de José Serrano, un joven vigilante del edificio, quien jadeaba, sentado sobre el escritorio del abogado.

 

   El güevo emerge de la bragueta abierta, largo y grueso, blanco rojizo, surcado de venas. La boca de Cecilio sube y baja con fuerza, haciendo ruiditos de succión y chupadas, dejándolo brillante de saliva. Mamaba con unas ganas que los enloquecía más y más. La boca rodeada por la barba y el bigote sube casi hasta la roja e hinchada cabezota, que besa largamente, dejando los labios, entreabiertos, pegados de ella, jadeante, humedeciéndola más, lamiéndola, dándole pequeños y lujuriosos lengüetazos; para luego volver a tragárselo todo, clavándoselo hasta la garganta, atrapándolo allí, mientras su lengua lamía como podía, jadeando casi asfixiado, pero gozando como nunca, ¡una tranca de macho siempre lo hacía vivir!

 

   Ese güevo caliente parece quemar más, palpitando con furia  dentro de su ansiosa y húmeda boca, y a cada palpitada parece soltar un jugo agridulce que el abogado traga con  voracidad. Cerrando los ojos, Cecilio se empala por la boca, apretando el rico instrumento con su garganta, con sus mejillas y lengua. Recuerda todos los güevos que ha mamado durante años, una debilidad contra la que luchó un tiempo; pero contra la que perdió una tarde, en medio de dos compañeros de estudios de la universidad, con tres cervezas encima. En ese momento cedió al fin, tragando una buena dosis de leche toda esa tarde. Los dos carajos no querían perder una oportunidad así y lo pusieron a becerrear bastante tiempo; pasando de uno al otro…

 

   José, sentado, jadeando ante el placer que siente, mira el cabello negro de la nuca del otro, cuya cabeza sube y baja con ganas, mamándolo más, atrapándole los testículos que cuelgan fuera de la bragueta y dándole ricos tirones y masajes. El vigilante siente que el güevo es chupado, atrapado y apretado con ansiedad; notando como lo hala sabroso. Esa boca le da con fuerzas, queriendo sacarle todo. Una manota de José, excitado, le atrapa la nuca obligándolo a mamar con más velocidad. Quiere verlo atragantado, quiere empujarlo contra su monstruosamente erecto güevo, verlo tragar con dificultad pero con ganas. Cecilio se oye más y más ahogado. José ríe bajo, siente más deseo, más placer. Lentamente sus caderas suben y bajan un poco sobre el escritorio, metiéndole el enorme tronco en la garganta al otro. ¡Cogiéndolo por esa boca!

 

   -Está rico, ¿verdad? Lo mama con ganas… doctorcito. -se burla ronco el vigilante. El otro no puede responder, sólo lo mira, intenso, ardiente, sometido al rey güevo.- Anda, trágatelo… sácale la leche. Como te gusta tragar leche de machos, ¿no? Eso es lo que más te gusta… Mamar es sabroso, ¿ah? Yo también quiero… -dice mórbido, caliente.

 

CONTINÚA … (2)

 

 Julio César.

NADA CUESTA PREGUNTAR, ¿NO?

septiembre 30, 2007

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CHICOS Y JUGUETES

 

Julio César.

 

NOTA: Todas las fotografías han sido tomadas de portales gratuitos. Que nadie se moleste, por favor…