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BUEN CINE

octubre 30, 2007

 …BROKEBACK MOUNTAIN

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   ¿Cómo dudar que fuera realmente el Paraíso?   

   El muchacho está indeciso entre entrar o no a la sala de cine. Había oído críticas muy buenas, demasiado para un tema y trama como aquella, e imaginaba que la película debía ser mala, como esas que generalmente premian con el Oscar y cosas así. No, la verdad era que él esperaba que fuera mala. Que sea muy mala, Dios, se dice Doménico San Martín, nacido Gómez. Está nervioso mientras se pasea por la entrada del teatro.   

   La mujer en la taquilla lo mira divertida. Creía entender el dilema del joven, un muchacho que estaría cerca de los dieciocho, guapito en su delgadez y altura, cabello castaño y cara increíblemente amable, casi… vulnerable. Le parece que es de esos de sonrisa fácil. La mujer sabía que muchos jóvenes, sobre todo con confusiones sexuales o sentimentales, deseaban ver la película pero se cortaban todos en la cola. La juventud era bonita, se dice convencida, pero sólo los años daban la paz de la experiencia para moverse con donaire por este valle de lágrimas. Al menos los que crecían y evolucionaban, no para los eternos niños malcriados que vivían culpando a otros de sus fracasos y errores, sin aprender jamás de ellos y condenados a vivir para siempre repitiéndolos. Tal vez fuera mejor que el joven no entrara, se dice. El film podía ser duro, sobre todo para gente sensible como parecía ser ese muchacho.   

   La mujer acertaba sólo en parte; Doménico, Nico para todo el mundo, aunque fue un apodo que no eligió, como no lo hizo con su nombre, era realmente muy joven, sufría de confusiones y era sensible. Demasiado, opinaban algunos, como su padre. Pero el joven no estaba allí por la película en sí. Él deseaba ver un fracaso, algo tan horrible a pesar de las críticas favorables, que le diera la paz. Decidiéndose entra, sonriéndole en forma abierta a la mujer de la taquilla que lo atiende con simpatías. No va al baño. No compra cotufas, refresco o caramelos. Entra a la sala, no muy llena ya que muchos venezolanos morirían antes de dejarse ver haciendo la fila para ver El Secreto de la Montaña (Brokeback Mountain). Va a la última hilera de asientos, casi junto a un rincón, lejos de todos y espera. El corazón le late con fuerza. Espera odiarla mucho. Todo comienza… y de entrada el solitario y agreste paisaje, así como la música, le inquietan. Y ese joven se dispone a ver el film, y su mente cubrirá los huecos que la trama deja abiertos para que cada quien los llene con sus deseos e ilusiones, con sus necesidades particulares.   

   Wyoming se parecía tanto a Texas, que ese joven de diecinueve años por un momento pensó que aún seguía en su terruño mientras atravesaba la carretera en su vieja camioneta. Una vieja, muy vieja, que según decían estuvo al principio de los tiempos. Sabe que lo que le espera será duro, y nada agradable, pero el atractivo tipo de ojos azules y sonrisa perenne no puede dejar de sentirse optimista. No le gustó mucho ese trabajo el año anterior, como no puede gustarle a nadie, piensa, pero no le tiene miedo. En su alma parecía no caber esos sentimientos. Si había una tarea la hacia y ya. Él era vaquero de rodeos, algo que su padre desaprobaba, recuerda con cierta divertida amargura, pero la verdad era que su padre nunca estaba muy contento con él. Le parecía demasiado soñador. Demasiado ‘todo saldrá bien, papá’. Su padre no podía ser así. El mundo estaba cambiando, todos los valores con los que él había crecido iban desapareciendo, algunos se aferraban al pasado, otros miraban inquieto lo que venía, y un joven como él, sentía expectativas, la vida no tenía que ser siempre como había sido sólo porque así fue siempre. Menos de dos décadas atrás los hombres de ese país habían cruzado el océano para librar la gran batalla contra la oscuridad y maldad del nazismo, los valores estaban claros y definidos. Pero ese mundo terminaba, ahora se llevaba la guerra a otra tierra para imponerles a esa gente el qué pensar; lo que debía ser de lo que era, iba dejando de ser una barrera infranqueable que muchos aún no sabían cómo enfrentar.   

   Oh si, Jack Twist tiene planes, se dice con determinación. Ganaría algo de dinero e iría a todas las ferias y rodeos que se anunciaran y ganaría más. Un día tendría su propio rancho, una mujer e hijos, se dice repitiendo palabras de su padre. Eso era lo que tenía que hacer, lo haría y su padre estaría contento con él, al fin. Ahí estaba la estación y al detenerse repara en otra figura. Un tipo de mirada baja, que fumaba, con el sombrero casi sobre la nariz. Tenía aire de peón de estancia, se dice Jack, divertido. Fue cuando ese hombre levantó la mirada, fugaz, bajándola pronto, como avergonzado de haber sido sorprendido atisbando, que el corazón del recién llegado latió más de prisa luego de pasar tres segundos detenido, haciéndolo estremecerse levemente. La sensación de vértigo y calor que corrió por sus venas era extraña. El joven no puede evitar una sonrisa leve, de nervios, de excitación ante lo nuevo; no entiende ese sobresalto embriagador que lo llena de ganas de estar allí, pero entendía que tenía algo que ver con el rudo y hosco joven de pie frente a él.   

   Más tarde sabría que ese tipo se llamaba Ennis del Mar (y en su mente repetirá ese nombre una y otra vez, saboreándolo, sin imaginar que pasaría los próximos veinte años de su vida repitiéndoselo para encontrar ratos de felicidad y escapar de la soledad), que trabajó en una hacienda hasta que los hermanos se casaron y ya no hubo lugar para él. Supo que era tosco, cerrado e increíblemente tímido. Y cada nuevo dato era atesorado por Jack, quien no podía dejar de pensar en él en esa montaña, mientras come a su lado, mientras lava su ropa en las frías aguas del río o se tiende sobre la grama de noche y contempla las estrellas que ahora le parecen más hermosas. Tal vez porque ahora tenía un motivo para perderse y soñar en sus luces frías y fantasmales.    

   Ahora comparten las montañas y ese cielo inmenso, uno tan grande que puede cobijar a un tal Jack Twist, un vaquero de rodeo, joven y fuerte, parlanchín, alegremente fanfarrón, simpático y abierto, que se siente extrañamente vivo y feliz en las frías cumbres. Es un hombre que imagina, a veces, poder alzar las manos y alcanzar ese cielo; y quien, al fumar y beber por las noches, mira a Ennis del Mar. Y la mirada de Jack era distante, perdida, hermosa, con una luz que a veces turbaba al otro, quien no podía dejar de reconocer para sus adentros que eran ojos atrayentes. Ahora Jack pensaba en su vida, en lo que fue antes de llegar ahí (antes de conocer a ese tipo callado y tosco), y en lo que podía ser hasta el fin de sus días fuera de ese lugar; y ya no era feliz. Los dos hombres hablaban. Tomaban whisky y hablaban más, y Jack lo miraba a veces sin poder contenerse, asustado de lo que siente, porque ahora imagina vainas nuevas, como el qué sentiría recorriendo con el dorso de su mano la mejilla del peón, o mirarse en sus ojos evasivos al estar frente a él, tan cerca uno del otro que sintieran sus alientos. Lo piensa y se siente ahogado, embargado de un deseo inmenso que no entiende, tanto que a veces tenía que beber, o saltar locamente, gritando como un vaquero de comiquitas para escapar de su embelezo y de las ganas que quieren salírsele por los ojos y boca.   

   Y Ennis notaba esas miradas, confuso, negándose a sentir, pero perdiéndose por momentos en esas pupilas que iluminan de azulada luz un paraje por el que no sólo no puede transitar, sino que hasta estaba prohibido pensar en él. No hay palabras. Sólo hay miradas que van y vienen cuando están seguro de que el otro no presta atención. Y Ennis habla de su novia de toda la vida, y mira a Jack, como queriéndose convencer de que todo estaba bien por ese lado. Llega la noche, llega el frío. Llega el licor que baja las defensas y desinhibe la conciencia. Y Jack llama a Ennis para que entre a la tienda o se morirá de frío. Y el otro lo hace casi arrastrándose, cayendo a su lado, dormido en seguida.   

   Jack dormita, pero no está tranquilo. Sueña su vida, la pobreza, la estrechez, las privaciones, el oír de niños amados por sus padres. Sueña con cosas que no tiene, que no tuvo, que sabe que no tendrá; una vida que se repite hasta el infinito y no es feliz. Algo falta. Algo no estaba bien. Era un tipo joven, lleno de ganas de vivir y no estaba bien, algo estaba muy mal. Faltaba calor, faltaba cariño. Y ahora una imagen aparece en sus sueños, es Ennis, a su lado; y Ennis lo toca y no parece Ennis, porque sonríe, y le dice que debe afeitarse al tiempo que le recorre la barbilla con el dorso de una mano mientras su mirada atrapa la suya; y le dice que no le gusta con barba, sonriendo más. Y Jack lo ama, y Jack se excita. Despierta, angustiado por el deseo, sintiendo que se quema, que se muere de las ganas que tiene. Percibe el olor de Ennis, oye su respiración y casi grita de frustración. Tan cerca. Tan lejos. Como el cielo mismo. Y se decide, porque es un carajo valiente, del tipo que le dice a esa persona de la que no está seguro, “te amo”, y a veces triunfaba, a veces sólo sufría. Pero que se arriesgaba y vivía.   

   Jack cruza un brazo y atrapa una mano de Ennis, halándolo sobre sí. Siente su aliento en la nuca. Siente el calor de su cuerpo a sus espaldas. Pero no es suficiente. Cerrando los ojos lleva esa mano a su entrepierna, aprieta, suelta y aprieta otra vez, y casi se muerde los labios para no gemir. Y Ennis despierta, se sienta, alejándose, pero Jack también se incorpora y lo encara, intenta tocarlo, intenta acercársele, frota su frente de la suya y le dice con todo su ser que lo quiere, que lo quiere en ese momento y ahí mismo y que si no le hace el amor, morirá. Y a Ennis le sube la temperatura, la piel le arde, la sangre le corre con violencia. Siente un despertar doloroso de su virilidad y se dice que no es nada, que es carne, que es deseo, y con brusquedad cae sobre Jack, como un poseso, con la urgencia de las ganas. Con rudeza se mueve al bajarle el pantalón y untar con su propia saliva, y no siente asco ni reparos mientras lubrica y toca, está más allá de todo en esos momentos. Lo posee con fuerza, casi brutal, porque tiene que hacerlo, porque la carne le duele de ganas, pero también de rabia por tener que ceder. No era nada, intenta pensar mientras se sumerge en el otro, casi jadeando por el alivio que siente dentro de sí, en su mente, casi en el espíritu. Pero seguía ardiendo, seguía quemándose…   

   Al día siguiente llega el ratón moral, y Ennis casi tiene que huir, sintiéndose mal consigo mismo, pero sobretodo con Jack… Lo que hizo fue sucio. Había sido algo malo, un pecado al que había cedido por debilidad de la carne. Dos hombres no podían hacer esas cosas. ¡Estaba mal! Todo lo que era su vida, lo que fue y lo que planeaba ser, incluida su novia, estaba en colisión con eso que había pasado con ese hombre, con Jack, ¡con Jack!, como no se cansaba de repetir el nombre su mente. Se aleja aunque ve al amante salir de la tienda, se aleja porque tiene que poner distancia, y no mira todo el dolor que su rechazo causa al otro, cuyos ojos lo siguen, con una mirada que lo dice todo, con dolor, con abandono. Para Ennis la cosa había sido terrible, había tenido sexo con otro hombre; para Jack había sido una revelación, algo que antes no encajaba ahora tenía explicación. Para él lo terrible era la marcha de Ennis, su silencio, su hosquedad, porque esa noche no le había entregado sólo su virginidad a ese tipo, algo que pudo intentar antes, y que nunca había considerado siquiera, hasta que ese vaquero de mirada ruda se había cruzado en su camino, ordenado quién sabe por qué designio. No, no era sólo su santidad lo que le había regalado, sino su vida, aunque no se había dado cuenta exactamente en ese momento. No le dio sólo el culo, le entregó todo lo que era, y el otro pareció no notarlo; peor, no importarle.   

   Ennis regresó hosco al campamento, y a Jack. Le dijo claramente que no era ningún marica. Con su voz, con su tono, con su lenguaje corporal intenso, le dio a entender claramente que lo culpaba de todo, de haberlo enredado en toda esa cochinada. Y Jack lo escuchó mirando hacia el valle, con rostro aparentemente imperturbable, y como millones antes que él en su situación, le dolió oírlo. Quería rebatirle, discutir, tal vez decirle que también él había participado de forma entusiasta cuando lo acariciaba y buscaba más de su persona, pero calló. Porque entendía que Ennis estaba mal. Ennis sufría al enfrentar algo que le horrorizaba, el toque del marica, y por eso lo lastimaba, porque en verdad se lastimaba a sí mismo, como castigo. Uno parecía ya aceptar un destino, el otro aún batallaba. Ennis se estaba flagelando de forma terrible e inmisericorde, sin darse cuenta de que también lastimaba al otro, lo que a lo largo de su vida será su maldición. Por eso Jack soporta, porque entiende.   

   La noche llega, y Ennis sentado al calor de la fogata, mira las llamas, sombrío, sintiéndose lleno de una amarga determinación. No mira hacia la tienda de campaña, donde Jack se despoja de la camisa y tiende una cama, acostándose. Ennis siente que se muere aunque su rostro parece de madera. Piensa en Jack… Una y otra vez piensa en él, en su mirada anhelante y franca, en su boca roja que se abría al gemir o al pegarla de su piel, en sus ojos azules. Recuerda su piel, lo que sentía al recorrerla con sus manos, su calor, su aroma fuerte y vital, y le cuesta respirar de lo mucho que lo extraña. Pero no, era un hombre. Jack era un hombre y él también. Eso estaba mal. Mira del suelo a la tienda y sabe que el otro estaba allí. Esperándolo. Lo sabe aunque ignora cómo. Jack lo esperaba, con esa invitación sin palabras en sus ojos, con esa alegría que lo hacia brillar y verse (se estremece) hermoso, una fuerza y una energía de la que él carecía. El corazón le palpita, la sangre corre por sus venas y siente que se muere por ir, por tocarlo, por recorre su espalda, por acariciar su rostro y convencerse de que era tan excitante y maravilloso como ahora creía recordar. Lo acusó de sucio, de marica, y ahora siente dolor. ¡Había lastimado a Jack! ¡Lo había herido para sentirse mejor consigo mismo!   

   Se pone de pie, tembloroso, la cara le arde de vergüenza, pero es que ya no aguanta más. ¡Lo necesitaba demasiado! Se dijo que no pasaría otra vez, pero debía ver a Jack… Verificar que aún estaba ahí. Quiere comprobar lo que verá en su mirada, sí habría resentimiento, o la invitación a tenerlo nuevamente. Sufre, ya que una parte de su mente le grita que era un pervertido, la peor clase de degenerado, el marica despreciable que sólo debía recibir burlas, asco y puñetazos; pero otra parte de sí, necesita decirle a Jack que lo siente. Al menos en parte, porque lo que en verdad quiere es estar junto a él, rodearlo con sus brazos, tocarlo y sumergirse en su piel. Desea que Jack se entregue una vez más, sin palabras, sin mimos, como la noche anterior, entre jadeos, gruñidos y brazos que apretaban y manos que acariciaban. El trecho de la hoguera a la carpa es corto, pero se le hace eterno al caminar gacho, sombrero en mano, lleno de culpa, de deseo, pero también de pesar por ofender al otro. Su rostro es el del penitente, el del hombre que va por absolución, una que sólo Jack podría darle. O no.   

   Recostado, Jack aguarda. Espera a que todo pase, o a que no ocurra nada. Espera para vivir otra vez, sintiéndose amado por Ennis, o se prepara para la agonía. Se sorprende al comprender cuánto depende de ese tipo ya. El miedo a que no vaya, grande y pesado, tanto que le provoca espasmos en el estómago y calambres por todo el cuerpo, no logra que olvide el momento anterior, cuando por primera vez estuvieron unidos y alcanzó la gloria. En ese corto y eterno instante, se sintió completo, protegido, como bañado por un calido sol de bienestar, tanto que no sabe si lloró como un niño o sólo lo imaginó. Se sintió vivo y feliz como no recordaba otro momento en toda su vida. Espera a vivir o a vegetar, recostado, viéndose hermoso en su angustia, hasta que su mirada repara en Ennis de pie en la entrada, sombrero en mano. Rápidamente queda sentado y Ennis cae de rodillas, como derrotado, evitando mirarlo, susurrando un ronco: perdóname.   

   Y allí Ennis del Mar comete el más grande error de toda su vida, medio mira a Jack y nota la mirada intensa, grande y totalmente enamorada de ese otro carajo, que lo ve con adoración. Ennis lee en aquella mirada que Jack lo perdona porque lo ama, ya lo ama, no sabe cómo le pasó, le dice Jack sin palabras, pero ya lo ama más que a su propia vida. Pero Jack no necesita decir nada, ni oírle decir nada a él. Casi siseándole para que calle, para que no sufra explicándose, le acuna el rostro con sus manos y lo besa, queriendo borrar el sufrimiento que ve en Ennis, el Ennis que nació y  creció en un mundo duro donde fue amado tan poco por quienes debieron adorarlo. No hay palabras, y esas lagunas podrían ser llenadas por los deseos de cada quien, quien imaginaría lo que quisiera; como el muchacho de mirada embelesada sentado en una oscura sala de cine.    

   -Jack… Jack…   

   -Ennis, estás aquí. Volviste…   

   -Perdóname, perdóname, Jack, por herirte, por llamarte marica y culparte de todo. Perdóname por tratarte así.   

   -No, no tienes que decir nada. Ya todo está olvidado. Sé que estabas molesto por lo que pasó, por esto que nos pasó.   

   -Te lastimé, y eso me dolió a mí también.   

   -Me dolió más el verte partir, molesto conmigo, sin volver la mirada, alejándote como si no notaras que me llevabas contigo; desde el momento en que fui tuyo todo lo que soy te pertenece, incluso mi vida.    

   -No quería venir, pero necesitaba sentirte todo, tu olor, tu sabor; estando aquí, junto a ti estoy bien, como si nada faltara, como si todo estuviera finalmente en su lugar.    

   -Ennis, desde que te vi entendí que algo estaba mal en mi vida, que había un vacío oscuro que estaba allí y jamás lo había notado, pero que me asustaba. Pero ahora tú brillas en esa oscuridad y la acabas.    

   -Nunca debí venir, nunca debí conocerte, maldita sea, Jack…    

   -Gracias a Dios que lo hiciste, porque ahora eres mi todo.   

   Se besan, y ninguna de esas palabras se pronuncian, y Jack cae de espaldas, y Ennis se abraza a su torso, como incapaz de mirarlo, sólo frotándose de él, elevando una mano y acariciando el rostro de Jack, un rostro que se le vuelve el suyo, el más importante de todo el mundo. Y siente ganas de escapar, de llorar, pero no es nada comparado con las ganas de besarlo y se fundirse en su carne, por lo que cuando Jack gira sobre él, besándolo, tomando la iniciativa una vez más, cede y se deja llevar por esa corriente de deseo que lo vitaliza, haciéndolo sentir completo y en paz. Se besan sin palabras, se entienden sin mimos o arrumacos, porque son hombres toscos no acostumbrados a la ternura, y menos al cariño entre carajos. Pero las manos cumplen, las bocas también. Los cuerpos responden y lo demás lo llena esa sensación interna que hace que uno desee tanto al otro, a tal punto de que no parece haber forma de calmar todas esas ganas.    

   La noche es cómplice de los amantes que exploran sus cuerpos, sus deseos, que lamen, besan y muerden entre jadeos. Y el cielo los cobija, brillante de hermosas estrellas que fulguran con mayor fuerza, entendiendo, tal vez, como toda la Creación que lo mejor que se podía hacer, ahora o siempre, era eso, entregarse a la fuerza de lo que se anhelaba. A lo que se amaba. Jack y Ennis se aman con desesperación, tal vez temiendo al mañana, al tiempo que ya corre en contra de ellos, a la vida. Mientras Ennis lo muerde en un hombro, incapaz de controlarse, saboreando su piel, goza y sufre, porque entrevé un día sin Jack, toda una existencia sin él, sin eso que ahora viven. Pero por esa noche se tienen uno al otro y no falta nada más. Todo sobra. Sin embargo, mientras jadea entre los brazos de Ennis, de placer, ahogando un ‘te quiero’, Jack siente deseos de llorar, temiendo que una estación termine y deban abandonar la montaña; pero aquello no podía ser el final, lo que Ennis y él tenían era grande, y Ennis buscaría una solución. Lucharían por lo que tenían ahora.   

   Pero se separarían porque, aunque Jack estaba decidido a enfrentar y defender lo que sentía, su amor por ese otro tipo, confiado en el éxito que le hacía creer su juventud; Ennis no estaba dispuesto. Para él todo eso había sido algo físico, sexo, algo que había pasado en la montaña. Pero le bastó ver como Jack se alejaba para sentir todo el dolor e impacto de la separación, tanto que creyó morir. Los cuatro años siguientes, hasta el reencuentro, Jack viviría en medio de sobresaltos, con mujer e hijo, pero extrañando y amando al hombre al que una noche se entregó. Él estaba claro, lo deseaba, lo quería, lo amaba y su vida era incompleta otra vez. Nuevamente faltaba eso, su centro, su vida. Para Ennis la cosa fue más difícil, ya que su naturaleza hosca y cerrada, le impedía sonreír, o soñar alguna vez con su Jack… Casado y con hijas, no encuentra consuelo, cosa que lo aleja de su familia, de tener amigos y conocidos.   

   Él no puede ser como Jack, quien admite para si su homosexualidad y juega al coqueteo en un rodeo. Él no era así, él era un hombre que se había enamorado de otro hombre. Para bien y para mal, y ahora entendía cuánto necesitaba a ese carajo. Por eso al verlo nuevamente, al pies de esas escaleras, estuvo a punto de reír, casi le grito ‘estás aquí’. Corrió, conteniéndose, notando la mirada aún esperanzada y tal vez temerosa de un rechazo de Jack, y tuvo que caer en sus brazos, apretándolo, sintiendo su olor, su calor, ese cuerpo que había extrañado tanto; asustándose de comprobar cuánto había deseado eso, tenerlo así, a su alcance, a su Jack, la única cosa o persona que había llenado su vida en verdad.  

   Hora y media después, todo termina y Doménico siente que quiere morirse. De pesar. Por Jack, por Ennis. A Jack lo ama, de forma clara, total, sin meditarlo un segundo; por Ennis siente un terrible pesar, ¡pobre idiota!, tantas veces arañó el cielo y lo dejó escapar en lugar de aferrarlo con fuerza. No quiere mirar a nadie porque sabe que lloró un poco y la gente lo notará. Le molestó que algunos rieran y rechiflaran cuando los dos hombres comenzaron a acercarse. Pero eso había terminado hacia la mitad de la película. Era tan real, tan cargada de sentimientos que era imposible no amarla, y aún aquellos que hacían bromas y burlas, tuvieron que silenciar sus voces. Ese amor había sido demasiado claro, y fuera de los miedos y egoísmos de los protagonistas, cosa de gente común, todos en la sala entendían que risitas, burlas y rechiflas podían conducir a dos seres humanos como esos, tan maravillosos y hermosos, que tanto se querían, a ese infierno de dolor por miedo al prejuicio, al qué dirán, a la burla o a la persecución.   

   El joven se dice que la historia debió terminar en esa carpa, donde Jack y Ennis, contraviniendo toda la historia, decidían quedarse para siempre, acariciándose cada mañana, diciéndose que se amaban a cada hora, dejando el amor para las noches, cuando finalmente, ahíto de tanto quererlo y repetir su nombre, Ennis dormiría con una sonrisa en los labios, abrazado a su Jack. O debió terminar con el reencuentro cuatro años después. Ennis debió entender que el vacío que había en su vida y que no lo dejaba ser feliz, y que nunca lo dejaría, como tampoco haría feliz a su mujer, esa bonita y dulce Alma, sólo podía ser llenado por Jack, por ese hombre que vez tras vez, encuentro tras encuentro, le gritó de todas las formas posible que lo amaba y que ya no podía seguir viviendo sin tenerlo para siempre a su lado.    

   Que distinto hubiera sido si Ennis cediera y entendiera, y escaparan a un rancho, a otro lugar y aceptara que dijeran lo que dijeran, sólo así lograría la paz y la dicha. Y ver la historia hasta el final le imposibilitaba imaginar que sí, que en un trailer, por cualquier rincón de Texas o Wyoming, dos hombres compartían un trailer, una cama, una mesa y una vida, ya viejos, pero no ridículos ni patéticos, porque se habían amado mucho y aún se querían, y uno miraba al otro joven y delgado, de cabellos amarillentos; y este vería en el otro al atractivo moreno de ojos azueles que fue en su juventud. Pero era sólo una película, maldita sea, le cuesta reconocer con dolor, sintiendo el ardor en los ojos otra vez. Era una obra de arte, pero ya elaborada. Ennis no iba a mandarlo todo al coño para fugarse con Jack, amándolo hasta el final de sus días. Ni Jack iba a aparecer a lomo de caballo, con su sombrero negro calado hasta los ojos, frente a la cantina donde comía Ennis, gritándole que lo amaba y llevándoselo, como en la película Reto al Destino.   

   Sabe que es una locura, una tontería, pero imagina lo que pudo haber pasado si Ennis, al pie de aquella escalera mientras aún retenía a Jack contra sí, con el calor de su pasión, con la necesidad de tenerlo cerca, le hubiera dicho que esperara, que recogería algo de ropa y desaparecerían en la nada, lo abandonarían todo, y que Dios, las familias, la vida y los hijos los perdonaran después, pero que ya no soportaba seguir levantándose, comiendo y durmiendo como un autómata. Que necesitaba sentirse vivo otra vez, como en Brokeback Mountain, cuando sus bocas se unían, cuando podía beber su aliento y saliva, cuando podía tener su cuerpo y mirar en sus ojos el amor, la ternura y todo lo que necesitaba para estar completo otra vez. Pero Ennis tuvo miedo, de sí y de los demás. Y mientras se aleja del cine, perdido, como en medio de nubes, en una montaña alta de donde sabía que le costaría bajar, Nico lamenta todo ese dolor que a él le pareció innecesario. Esos dos pudieron ser felices.   

   Pero Ennis dudó, como duda tanta gente a lo largo de su vida. ¡Dudas! Había gente que vivía atormentada por dudas e incertidumbres. Había quienes sentían que el día a día era una batalla, que la plaza que no se luchaba dejándola abandonada hoy, por cobardía personal, por pereza o indiferencia, mañana podría ser llorada amargamente, porque la felicidad, o simplemente la paz, no se terminaba de conseguir. Pero la mayoría no era así. La vida es grave, la vida es seria, eso había leído el joven en una historia de Agastha Christie. Hay quienes sostienen que nacemos llorando porque ya comenzamos a morir, porque la vida nunca alcanza. Aunque no llegaba a los veinte años, el joven, que había perdido muchas cosas ya, sabía que los años pasaban rápidamente. Que la vida se llevaba primero las ilusiones y fantasías de la juventud, cuando uno creía sabérselas todas y pensaba que todo saldría bien, para reemplazarlos por los hechos reales. Con los años los mayores que se amaban (su nana, su otra mamá) comenzaban a partir, y cada despedida, aunque era previsible y esperada, dolía; hasta que, llegado el tiempo, también a uno lo visitaba el hado que habría de llevarte, según, a la paz.    

   Nico no se engañaba, sabía que los años robaban la juventud, las fuerzas, las ganas, la lozanía de la piel, y entonces sólo quedaría lo que se vivió; y se estremece, y parpadea rápidamente, al imaginar a un viejo Ennis del Mar, arrugado, esperando que la muerte llegara al fin, como una liberación que le llevaría paz, de noche en una silla recostada en dos patas contra su fea vivienda, con la mirada perdida en el cielo estrellado y en el ayer, viendo a Jack a la rojiza luz de una hoguera, esperándolo eternamente con un amor y una entrega infinita; ¡pobre imbécil que había dejado pasar el tren de su felicidad! ¿Nadie le dijo que este no pasaba dos veces por el mismo punto? Ahora, bajo el influjo de la película, al joven le parecía que sus adversarios eran infantiles y fútiles, pero no por ello menos crueles o peligrosos.   

   Había gente que se empeñaba en campañas demenciales, intentando salvar el mundo, y perdiendo el alma en el camino, extraviando y provocando infinitos dolores a la gente a su alrededor. Nada había mejor que una reunión con los padres, los hermanos y los amigos, todos comiendo, bebiendo y riendo, sin que faltara uno (se dice con una mezcla de dolor, compungido, pensando en un viejo solitario en un trailer); hasta que llegaba esa persona especial, la que se esperaba, cuya voz hacía vibrar todas las paredes del corazón, de mirada clara, honesta, sin sombras, sin demonios, donde se adivinaba el cariño, que te toca y te dice que te quiere. En esos momentos no se cabía en sí de felicidad; entonces ¿para que buscar a Dios por los rincones? El joven esperaba, que si realmente había un Paraíso, fuera un lugar así, donde estuvieran todos. Uno donde un tal Jack Twist estaba esperando a Ennis, en una eterna primavera de juventud y belleza.   

   Pero así como el odio y el resentimiento, la intolerancia y la ignorancia, e igual la envidia, provocan tantos males y dolores, había otras emociones que condenaban a un infierno parecido: la cobardía, la inacción. La tibieza de las emociones, un corazón tibio como alertaba la Biblia misma, podían provocar un hades peor: la tristeza y la soledad. Y ese infierno no se evadía con irse de un lugar a otro, era una cárcel mental, que todo el que lo padecía conocía bien, y lo sufría así el mundo lo ignorara. Se podía estar rodeado de mucha gente, riendo y tirando, y sin embargo, estar espantosamente solo; eso lo sabía Nico San Martín. Y el joven se estremece, de congoja, con una tristeza que sabe ridícula, absurda (sólo era una película, por Dios), al recordar la despedida en la estación cuando los dos jóvenes bajan de la montaña, por la forma en que Jack mira a Ennis como esperando una indicación, una señal, un ‘nos vamos junto’, mirándolo largamente, como preguntándole: y entonces ¿qué hacemos? ¿Por qué no me dejas quererte? Quiero seguir perteneciéndote, estaba vacío por dentro y ahora no. Quiero ser feliz. Quiero que me ames. Al joven le duele pensar en Ennis ignorando ese llamado, esa oferta maravillosa, esa entrega total.   

   Ahora preferiría no haber visto el film, se dice Nico, deprimido, botando aire a la noche, viendo a la gente reír, hablando amigablemente, caminando de un lugar a otro, sintiéndose extrañamente desconectado. ¿Por qué? ¿Por qué se sentía así, como fuera del mundo? ¿Por la película? Era posible. Seguramente la mujer que veía más adelante, de mediana edad, con esos tres muchachos que gritaban tanto, si se sentara a ver la película, pensaría en otra vida, en algo que no dijo o no hizo y que pudo hacer una diferencia. La gente buscaba la felicidad, o creía hacerlo, encerrándose en un modelo de vida, lo que quiere tener y lo que puede conseguir, estrellándose contra una realidad terrible. Como la maestra que asistía todo los días a su salón, a cumplir, pero que no ve a ninguno de sus alumnos interesados. O el médico oncólogo que lucha contra el cáncer a brazo partido, para salir y encontrarse al paciente fumando. Era una sensación de vacío. De futilidad. De dejación. Y él también lo padecía. ¿Buscar la verdad era buscar la felicidad?, se pregunta. Tal vez. Él debía buscar su verdad. O la verdad a secas. Le asustaba todo lo que le había gustado la película, porque eso podría ocurrirle a mucha gente. Y él estaba seguro que la gente del proyecto Destino Final estaba tras todo eso. Muchos se reían de él cuando lo decía. Pero estaba convencido. Existían los monstruos, no los vampiros o los aliens. Ni pensaba en el viejo y sanguinario dictador de alguna nacioncilla infeliz y torturada, pedestre y ruin en su decrepitud.   

    No, eran monstruos distintos. Pero ahora, bajo el influjo de la hermosa película, el joven no quiere pensar en eso. No puede. Su mente insiste en volver a la tienda de campaña donde Jack aguarda en una espera eterna por Ennis, a esa entrega, a ese amor que brillaba en sus pupilas (¿acaso esos dos actores…?), a esa necesidad del uno por el otro. Su mente vaga hacia el reencuentro, al beso de Ennis, temeroso aún de ser visto, pero tan urgido que vence toda su reticencia, sus prejuicios, su homofobia, para saborear nuevamente a su Jack, al Jack que tanta falta le hacía y que bajo su boca, casi parecía temblar y medio lloriquear como un niño al que le abren la puerta de la casa luego de estar afuera en la oscuridad, con miedo. Su mente vuelve a esos dos momentos, y desea amar. Desea ser amado así. Quiere que lo amen de esa forma. No quiere ser Ennis, aunque tenía mucho de él. Quisiera ser Jack, el claro, el directo, el que amaba y buscaba amor. Él quiere ser Jack, el bonito, el de los ojos enormes y azules que enamoraban, el bueno… O quiere encontrarse con un Jack… Alguien para él, alguien a quien nunca dejaría escapar. Pero Nico sabía, que para él ya no había futuro, su tiempo se acababa. Pero esa… es otra historia. 

UN DÍA, MUCHOS AÑOS DESPUÉS…

Julio César. 

NOTA ACTUAL: Cuando escribí este relato, iniciaba en otra parte una historia distinta donde este Doménico es personaje central. Lo incluí como un adelanto.

MACHOS MEN

octubre 30, 2007

LA APUESTA

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   ¿No te sucede a cada rato en el gimnasio?   

   -No puedo más, cabrón, esto pesa mucho. –jadea el carajo, tenso con las pesas, perdida la mirada en un punto más arriba de su cabeza, por alguna razón pensaba en apetitosos mangos colgando en una rama.  

   -Vamos, una más. Sé macho. –insiste su entrenador personal, quien era muy amigo de su mujer. Y la mirada del tipo estaba perdida un poco más adelante, pensando en saltos de garrochas, y en qué pasaría si se tropezaba cayendo sobre ella. 

   -Ya no aguanto más… -gruñó ronco, jadeando, sacando la lengua como buscando… aire, con los ojos clavados en un punto más arriba.  

   -Una más y te doy a probar una rica barra… muy nutritiva. -le miró a los ojos.  

   -No, sé, cuido el peso, y parece que es muy grande…

   -Pero sabe muy bien, me han dicho. Y es pura calidad, lácteos al mil por ciento.  

   -Bien… -jadeó el otro, relamiéndose ya los labios, de gusto anticipado.- ¿Y luego…? –preguntó mirando del entrenador a su propio cuerpo.- Estoy tenso…  

   -No pidas tanto, yo también estoy cansado. He trabajado mucho hoy. Bien, creo que puedo tomar asiento un buen rato y dejar que todo siga su curso, ¿no? –dice con ojos brillantes, con la mirada clavada más allá, sobre la carpa en los shorts, pensando todavía en barras y saltos en garrochas.  

   -Me aburrí, vamos a darle de una vez. –gruñó soltando las pesa y subiendo el rostro, goloso, pensando ya en ver al entrenador ejercitándose, sudando y chillando, sobre el potro… 

DULCE NAVIDAD

Julio César.

MIRONES DE OFICIO

octubre 30, 2007

HAMPA DESATADA

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   Llamando la atención…   

   -Si, lo conozco del gimnasio. Se ejercita bastante.  

   -Se le nota. Vaya cuerpo al natural…  

   -No es natural. Ahí intervienen otras vainas.  

   -¿Qué, no lo crees una vista turística autentica?  

   -Claro que no, mira lo que te digo, se lo rasura. Nadie lo tiene así por obra y gracia de la naturaleza. –brama Mariano, desde la orilla de la alberca.  

   -Yo creo que la naturaleza sí hizo un buen trabajo. Mira esas masas redonditas, seguro que sería difícil clavar los dedos en ellas… si uno quisiera hacer eso. –comenta ronco, Jerry a su lado, mirando al alegre nadador.- Se ve tan tranquilo, tan… ‘no me importa si miran…’ -parece confuso.  

   -Obviamente algo raro también. Uno no hace esas vainas. ¿Has visto bien ese anillito?  

   -Si, redondito y liso…Debe ser casado.  

   -¿Oye, soy sólo yo? Tengo calor y ganas de… -pensaba en las aguas que se abrían al gusto.  

   -Se te nota en el bañador… las ganas de entrarle al agua. No me vayas a dar un tubazo.  

   -Te digo lo mismo. ¿Vamos a darle… unas vueltas a la piscina? –parece ansioso Mariano, debía ser por el calor. Es el momento cuando el chico de la piscina se vuelve a mirarles.

   -Muévanse de una vez, par de gallos. Quiero que entren ya… Primero usen las lenguas, para convencer, ¿no? -y con las manos, invita separando más, aumentando el tamaño de… las inquietudes del momento. Huelga decir que saltaron a toda prisa y se metieron con todo, varias veces…  Cosa que un guapo chico casado, que se ejercita bastante, agradece de tarde en tarde, el que su cuerpo guste tanto.

UN CUÑADO AMADO

Julio César.

LA LOCURA DE LA ERA

octubre 30, 2007

   La verdad es que las opiniones expresadas aquí no me pertenecen totalmente. Fue algo que dijo el marido de una amiga, Fátima, y que él permitió que yo transcribiera. No quiso que publicara su nombre, seguro no le gusta mi blog. Bueno, mi amiga es ella, a él lo tolero por ser su marido, y él a mí, igual. No se puede ser amigo de todo el mundo. Aunque, aclaro, estoy totalmente de acuerdo con las cosas que dice sobre esto.  

LA LOCURA DE LA ERA

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   La humanidad parece moverse por modas periódicas, como cuando los negros usaban afros y ahora andan calvos. No cosas inocentes como la de modelos anoréxicas que deprimen a todo el mundo por lo flacas y huesudas o por ser tan distintas a las gorditas, porque la tendencia es ser esquelética. No, hablo de las modas serias, desde las ideológicas a las económicas. Para cada década hay una, por un lado, una panacea, algo que resolverá todo los padecimientos, que traerá empleos, casas, dinero, comida y cinturas esbeltas a los obesos sin necesidad de ejercicios. Pero también están las otras, las graves y terribles de las que nos salvamos de chiripa. Siempre hay un peligro latente, amenazante, real, como un monstruo debajo la cama, que intentamos no ver, no pensar en él, pero siempre ahí a la hora de dormir. Peligro del cual salimos sin saber muy bien cómo. Pero jamás podemos respirar tranquilos, primero porque después de vivir en el temor por la crisis pasada (ni cuenta nos damos cuando deja de existir, sí es que desaparece), ya esta es substituida por otra. La mala, la que, ahora sí, en verdad, va a terminar con todos nosotros.   

   Durante los setenta, lo más lejos que me lleva la memoria y eso forzándola (créanme, y eso por referencias ajenas), la moda eran las declaraciones sensacionalistas, alarmantes y aterradoras de gente preparada, que uno suponía que sí sabían de lo que hablaban. Y tal vez era verdad. No, de cierto sabemos ahora que era cierto, pero ¿por qué no se cumplieron sus aterradores augurios? (gracias a Dios). A esos pájaros de mal agüero se les llamó: LOS PROFETAS DEL DESASTRE (nada que ver con un presidente venezolano que más o menos por esos tiempos también ejercía su magia, transformar los reales en deuda pública, el doctor Luis Herrera Campin). Por esos días se dijo que el alarmante aumento de la población mundial, unido a la escasez de alimentos, provocaría horribles hambrunas (en parte se cumplió), que un kilo de granos llegaría a costar más que una tonelada de oro, y sería más escaso. Que habría guerras por comida, que masas enteras caerían muriendo de inanición a la vista de todos y una gran cantidad de pestes como consecuencia de la desnutrición azotarían al resto. Pero eso no era todo, aducían que como subproducto de todo ese crecimiento demográfico, vendría el más completo abuso al medio ambiente, que los desechos de basura oliente (nunca mejor dicho) y moliente serían montañas y montañas; que se agotarían los recursos naturales y habría envenenamiento del ambiente por subproductos químicos.   

   Eran los lejanos setenta, pero ya se hablaba del aumento de la temperatura como resultando del incremento de los gases de invernaderos, los cuales dejaban que los rayos del sol llegaran a la Tierra, calentándola, pero no dejaban escapar el calor resultante al espacio ya que los atajaban; gases que causarían cientos de miles de víctimas por problemas respiratorios. Ese calentamiento incrementaría el deshielo de los polos aumentando el nivel de los mares, obligando a comunidades enteras a escapar y desplazarse de un lugar a otro. Y mientras tanto, los enemigos del ozono, los fluorocarbonados, lanzados alegremente por gobiernos, industrias y gente común a la atmósfera, terminarían hiriéndola de muerte, acabando con el escudo natural del planeta, ese que nos protege de la terrible radiación infrarroja proveniente del sol, amén de otros rayos locos que andan por ahí viendo a quien le caen, los llamados huecos en la capa de ozono. El panorama pintado por los profetas no podía ser más desolador y deprimente. O moríamos de hambre o nos ahogaban las olas cuando los mares comenzaran a subir. Y aún aquellos que lograran sacar la cabeza del agua se encontrarían con que terminarían achicharrados por los rayos cósmicos; fuera de que había que tener en cuenta que si no había comida, tampoco habría fuerzas para nadar en ese océano de calamidades. ¡Todo un desastre!   

   De esa época hubo una película de ficción que fue alarmante, y un fiel reflejo de los temores de toda aquella era: CUANDO EL DESTINO NOS ALCANCE. Todo queda dicho en ese título. Un mundo gris, agobiante, de privilegios increíbles para algunos, los muy pocos, como comer una lata de dulce, y lo apretado, deprimente y feo para los otros. Un mundo agotado, acabado, hacinado, sin esperanzas de escapar a ninguna parte. Y al final, el gran descubrimiento: agotados los suelos cultivables y los mares, aún el plancton, sólo quedaba una cosa por hacer: comida hecha a base de personas, el famoso soylent verde. ¿Qué otra cosa podía hacerse? Nada, una vez en la ratonera no queda sino patalear para sobrevivir, y existir otro triste día en la trampa. Sin embargo, de alguna manera totalmente fortuita, la humanidad sobrevivió a los setenta a pesar de todo (y hay quiénes con aires muy convencido y doctos dudan de que exista Dios), ya que a ningún país le importó un pito semejantes anuncios. Ya para esa década, los políticos no eran más que simples empleados de los grandes negocios, desde Estados Unidos a la extinta Unión Soviética, embarcados todos en un loco consumismo sin medida. Era de suponer que éstos magnates y políticos ramplones ya tenían listas sus bases en la Luna para escapar del planeta moribundo, con las maletas llenas de plata. Porque dichas instalaciones fuera del planeta deben tenerlas, ya de que otro modo no se explica tanta imbecilidad en hombres de negocios o los voceros oficiales de las superpotencias. Ya deben tener un refugio para que los hijos, nietos, y los nietos de estos, existan fuera del mundo que mataron. ¡Es lo lógico, ¿no?!   

   Y eso que en los setenta no estuvo tan de moda (ah, ¡las modas!) el estudio que hablaba del peligro del deshielo del polo que arrojaría toneladas y toneladas de litros de agua dulce al mar, variando la salinidad y por lo tanto las corrientes marinas, creando un posible enfriamiento cuando las corrientes no pudieran llevar agua caliente del ecuador a las zonas ubicadas en los trópicos, variando la temperatura, enfriándola. Tal vez El Días Después de Mañana (qué bien lo hizo Jake Gyllenhaal), halla exagerado, pero muchos geo paleontólogos suponen que esa pudo ser la causa de las eras glaciares que acabaron con tantas especies en este mundo. En fin, peligros por todos lados. 

LA LOCURA DE LA ERA… (2)

Julio César.

KLARK KENT TOMA VENGANZA

octubre 30, 2007

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Ese morenote atendiendo a ese catirito…

   Hay series de televisión, o películas de cine o video, que aunque malas, logran atrapar la imaginación por un rato, por sus personajes o por una escena en particular. La serie SMALLVILLE, que es muy buena, es una de esas. Ya en el primer episodio, cuando el catire Whitney, celoso de la amistad de Clark con Lana, lo detiene ayudado por sus amigos, aprovechando que está débil por la cadenita con la piedra de kriptonita, lo desvisten y dejan atado en ese sembradío, había material. El catire metiéndole manos y desnudando al atlético chico debilitado que no puede defenderse de sus avances. Había algo tan homoerótico en todo ello, en los gestos y hasta belleza de la escena, que invitaba a fantasear.  

   Imaginen al sexy Clark, más tarde, molesto, buscando a Whitney, quien cruza y atraviesa un camino boscoso para llegar a su granja, y de pronto el moreno le cae encima, con su súper fuerza, derribándole. Imaginen a Clark reteniéndolo con su cuerpo contra la grama y diciéndole que ya estaba cansado de él e iba a pagárselas toda. Con su fuerza le baja los pantalones, arrojándolos al viento, así como el bóxer, y le rasga la franela. Witney patalea, pero no puede librarse, ni hacer nada cuando la boca de Clark cae sobre una de sus tetillas dándole una chupada de antología, al tiempo que con dos dedos frota y acaricia cierta entrada baja, antes de meterse con ellos, recibiendo poco antes la invitación de unas piernas que se abren más.  

   Sí, Clark lame y  mete dedos, mientras Whitney se revuelve, suda y brilla todo su cuerpo, pero ya no arrecho, sino alzando las caderas cuando comienza a disfrutar de todas esas atenciones, que no terminarían hasta que el catire, montado a hojarasca, cabalgara sobre la súper… Bueno, el desquite de Clark será de pronóstico reservado y esa tarde Whitney acabará con todas las represiones, dejando de fingir que le gustan las chicas y Lana, convirtiéndose en miembro de cierto harén donde Lana, Cloe y Loise ya están…  

   Seguro pueden pensar en otra fantasía, ¿verdad? 

ANACONDA DOS

Julio César.

¿FANTASÍA PATERNA?

octubre 30, 2007

  …PISCINA

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  Paladeando lo bueno de la vida 

   -Sí, así… -le susurró el hombre.- Abre un poco más…

    -Hummm… -pujó el muchacho, pero casi en seguida se relajó.- ¡Entró! –sonrió asombrado, jadeando y mirando al tipo.- ¡Increíble! 

   -Todo cabe sabiéndolo acomodar, muchacho…    

   Cada vez que regresaba del trabajo, Víctor encontraba a Sebastián, el mejor amigo de su hijo, un agradable muchacho que siempre estaba pendiente de saludarlo, tocarle, buscarle conversación. A Víctor le agradaba porque era… simpático, o eso pensaba. La cosa era que Sebastián ya no era un muchachito juguetón como descubrió una tarde al regresar y encontrarlo en el cuarto de lavar, donde el joven revisaba la ropa sucia y estaba haciendo algo muy extraño, sentado en el piso, la bragueta abierta y con un calzoncillo usado por él, sobre su nariz. Parecía buscar el olor de las aventuras. Como era un tipo inteligente, supo por dónde le gustaba que le entrara… el agua a ese coco. Y cómo no había nada mejor que hacer esa tarde, pensó en compartir un dulce momento con la juventud, compartiendo conocimientos y experiencias, metiéndole, de paso, con su gruesa manguera… más agua a ese coco. 

JUEGOS DE MANOS… JUEGO DE TREMENDOS…

Julio César.

LUCHAS INTERNAS… (3)

octubre 30, 2007

LUCHAS INTERNAS                         … (2)

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   Su madre sabía que ese chofer traería problemas…   

……

   Una hora más tarde, Eric baja en el ascensor directo que va del piso quince a los sombríos  estacionamientos. Se siente cansado y deprimido. Sabe que la reunión con los socios no fue nada comparada con la que tendría con su padre. Germán era un luchador, entregado a la pasión de toda su vida, la ley. Era un hombre decente, pero eso no quería decir que no fuera combativo y que hiciera todo lo que estaba en sus manos para ganar como fuera. Al final, triunfar era su obsesión, casi más que el dinero, el prestigio o las influencias que tanto buscaban ahora Ricardo Gotta y Aníbal López. Su padre, junto a Manuel Caracciolo, fundó La Torre; era su vida, y le costó mucho retirarse: dos infartos y una amenaza de divorcio de Norma, su madre, entre otras cosas. Y lo quería al frente de todo, aunque el joven sabía que no estaba contento con los resultados obtenidos hasta ahora.  

   El abogado se mira de pasada en el espejo. Sonríe con una mueca. Sam tiene razón, no está tan mal. No es un hombre que pudiera llamarse bello, pero no era tan feo, se dice divertido. A sus veintiocho años, Eric Roche estaba en la plenitud de sus facultades físicas y sexuales; con ganas, con muchas ganas. Era un hombre alto, pero no tanto como Sam. Delgado, pero musculoso, de buenas espaldas. Le gustaba el ejercicio, pero más como un pasatiempo que como una rutina obsesiva a la que se encadenaba para tener ‘un cuerpo bonito’. De piel algo paliducha y cabello muy negro; sus ojos castaños oscuros eran llamativos, le daban un aire de buena gente y de hombre sensible que destacaba; aunque también lo hacía verse algo… suave. Blando.  

   Recuerda lo que le dijo Sam sobre el joven del taller mecánico. Sabe que tiene buena pinta, siendo sensible e inteligente (dentro de ciertos límites, claro está), culto y de buena presencia, resultaba atractivo para la gente. En especial para las mujeres. Pero hacía muchos años que el joven sabía que por ahí no iban sus intereses. Sí alguien le hubiera preguntado qué le pasó, Eric no habría podido responderle claramente. Hasta los trece años lo emocionaban las mujeres y la idea del sexo con ellas. Atesoraba como algo muy preciado una revistica porno donde una hermosa catira aparecía muy abierta de piernas, agachada, con una pantaletica roja y las grandes tetas al aire. Eso le provocó miles de fantasías y de pajas en su cama y en el baño.   Pero algo cambió; a los catorce comenzó a fijarse en otras cosas. Él culpaba de todo a Ángel Lamas, un condiscípulo grande y atractivo, galanzote entre las chicas, que en los vestuarios del liceo, al cambiarse, se pavoneaba en calzoncillos tipo bikinis de un lado para otro. Una tarde, cuando sólo estaban Eric y él, Lamas comenzó a hablarle de una tipa a la que conoció, de cómo le metió mano y todo eso; y bajo el bikini azul que usaba, se dibujó una tremenda erección. Eric sintió unas ganas horribles de tocársela, de sobarla sobre la tela, de sacar esa tranca de allí y masturbarla, de oír a Lamas jadeando, mientras le ordeñaba el güevote. Y casi podría jurar, aún hoy en día, que Lamas esperaba que se la tocara. Estaba ahí, en tanga, con el güevo erecto, esperando él también. Pero nada pasó.  

   Sin embargo fue un sentimiento tan fuerte, que entendió que había algo distinto en él. Pero era algo a lo que en veintiocho años no había cedido. Su drama era ser un joven saludable, atractivo y caliente, con un güevo, una boca… y tal vez un culo que buscaban algo más (emociones ‘fuertes y duras’), y no las había tenido. No se atrevía. Había sojuzgado su sexualidad, eso que tanto buscaba y deseaba. Durante años tuvo que resistir el encanto de jóvenes atractivos en las piscinas, en las playas, en fiestas, en el stadium. Nunca cedió a eso que tanto anhelaba y solamente en la soledad de su cama, de noche o de día, se atrevía a soñar con otra forma de sexo, de amor. Claro que ojeaba revistas y veía películas, y como le costó conseguirlas, no porque no las hubiera, sino por la horrible sensación de exponerse a un juicio extraño cada vez que las buscaba. Pero eso no era sexo real, no era piel contra piel. Carne contra carne. Contacto con otro.  

   Sí, tenía veintiocho años, era un ganador, un triunfador como diría cualquiera de forma ligera y superficial. Pero para sus adentro, Eric se moría. Y no lo entendía. No sabía por qué. Algo le faltaba, y no era simplemente el sexo, el tocar a otro carajo y tirar un rato, porque si a ver vamos, podría haberse ido a otra parte, otra ciudad, otro país, donde nadie supiera quién era y obtenerlo. Pero de alguna manera, el joven sabía que no era eso. Era su vida la que estaba mal. Tenía todo, y lo disfrutaba, le gustaba, pero cuando estaba  solas, cuando ya no había nadie más, ni siquiera Irene, dormida a su lado en la cama, un manto oscuro de soledad, de insatisfacción, de… tristeza por él mismo, lo envolvía. Despertaba, se duchaba cantando, besaba a Irene, desayunaba algo sabroso, conducía su bonito carro, trabajaba y trataba a otros. Estaba la piscina, el club, el gimnasio, el motocross… todo le gustaba. Era bueno, sabía que podía tener lo que quisiera, pero ese hueco extraño, que de noche no lo dejaba dormir, iba creciendo: ¿qué estás haciendo de tu vida, Eric? ¿Qué estas haciendo de tu vida?  

   Y eso le atormentaba aunque quería espantarlo. Y como muchas otras personas antes que él, o justo en ese momento, entendió que se podía escapar de todo, obviarlo, esconderlo, pero no a uno mismo. Despierto, inquieto, con el corazón palpitándole en forma algo dolorosa y desordenada en esos extraños momentos de infelicidad, imaginaba una galería interminable de noches, de meses y años sintiendo ese pesar. Era cuando cerraba los ojos, y respiraba pesadamente, intentando pensar en cosas alegres, ligeras, pidiéndole a alguna cara amable (Irene, Sam, o el bebé de algún conocido) que lo llevaran hacia el sueño, para escapar, por esa noche, del tedio que iba apoderándose de su corazón.  

   Vuelve a mirarse al espejo. Para Sam era sencillo aconsejarle que bajara, le mirara el tolete al muchacho y se le insinuara. Él jamás podría hacer eso, aunque lo quisiera mucho; aunque deseara más que nada en el mundo ver ese tolete creciendo frente a él, llenándose de sangre, de calor, de deseo. Era posible que hubiera gente que asumiera esas posiciones sin mayores traumas, pero él no. Le aterraba el que se supiera, el que lo señalaran, se burlaran o lo condenaran. Imagina la cara de sorpresa, decepción, disgusto y tal vez hasta de asco de sus padres, y sentía una angustia terrible. Nada más pensar en la cara que pondría su madre sí supiera cuanto le gustaría revolcarse en una cama con otro carajo, bastaba para que perdiera cualquier erección que tuviera.  

   El hombre llega a los estacionamientos y ve a José Serrano, uno de los vigilantes de la compañía, recostado de su carro, fumando distraídamente un cigarrillo. Eric se inquieta. Es un joven algo bajito, musculoso, de rostro sonriente y pícaro. Pero lo más llamativo es el uniforme. Ese pantalón caqui se ajustaba a sus muslos como unos guantes. Se veían musculosos, firmes. Su culo se veía apretado contra la tela. Y entre las piernas se formaba un bulto que destacaba mucho, cilíndrico, alargado. Y Eric se preguntó, y no por primera vez, sí sería trapo del pantalón y la camisa, o güevo. Fuera lo que fuera, su mirada quedaba atrapada allí. Había pocas cosas tan excitantes como un carajo enfundado en un pantalón ajustado, que destacara sus carnes, caminando distraídamente por la calle, como inconsciente del tolete que se dibujaba contra la tela o como sus nalgas mordían algo del pantalón. Viriles. Machos.  

   -Ah, buenas tardes, doctor Roche. -le sonríe José, arrojando el cigarrillo. Eric desvía rápidamente su mirada de aquella entrepierna. ¿Será tolete o trapo?  

   -Buenas tardes, Serrano. Eso te va a matar, hombre. -señala el cigarro y le hace una seña de que le de uno.  

   -El mundo se va a acabar pronto, o eso dicen, ¿por qué no gozar todo lo que se pueda? -le sonríe el joven tendiéndole la cajetilla. Eric medita sobre eso, encendiendo el cigarro.  

   -El mundo se está acabando desde hace mil años y todavía estamos aquí.  

   -A los que vivían hace mil años se les acabó, ¿o no? -mira el estacionamiento.  

   Eric lo estudia y lo encuentra muy atractivo. Se estremece un poco pensando que últimamente todos le parecen atractivos y calientes; carajos con quienes tirar en potencia. Tantos años de negarse lo que sentía, lo estaban afectando con mayor frecuencia.  

   -Al fin se acabó esta tarde. -suspira y bota humo, recordando que eso lo dijo Sam, hace poco.  

   -Mi tarde no ha sido tan agitada. -sonríe, olvidando convenientemente la sesión de sexo que tuvo con Cecilio.- Uno se siente aburrido aquí solito… La tarde estuvo floja. Y eso ladilla. Siempre son mejores un poco duras, ¿verdad, jefe? -Eric lo mira fijamente. El otro mira a lo lejos, como perdido en sus pensamientos.  

   -Eso creo. -responde confuso; no entiende para dónde va esa conversación, pero ya lleva tiempo allí hablando maricadas. Siente que algo meloso parte de José y no sabe sí quiere eso.- Debo irme. Hasta mañana. -sonríe con incomodidad y sube al carro, que enciende. Se oye un sonido feo, de algo que raspa.  

   -Hummm, no se oye bien. Como que tiene problemas con el tubo de escape. Deben revisárselo. -dice mirándolo fijamente, asomado a la ventanilla. Eric lo mira confuso, su mirada traidora baja un momento a la entrepierna y cree notar que el tolete abulta un poco más. Se veía más atractivo, llamativo y apetitoso.  

    -Gracias. Lo haré. -dice ronco y se aleja, despidiéndose con una mano. Eric lo mira por el espejo. José aún lo sigue con la mirada, con las manos en las caderas, sexy.- Anda, corre, maricón. ¿Qué te asustó tanto? ¿Qué te tocara el culo? Pero sí es lo que querías… -se reprende molesto a sí mismo. No sabe si lo imaginó, pero la conversación con José le pareció… extraña.

 …..   

   Entrando en el difícil tráfico caraqueño, Eric enfila su carro hacia el Oeste, hacia el stadium Bernabé Salas. De tarde en tarde, Sam y él practican algo de béisbol o sóftbol con unos carajos conocidos a los que ahora se referían como El Grupo. Todos eran como ellos, profesionales, gente que trabajaba duro, que se llenaba de estrés y quería pasarla bien un rato, descargando tensiones y rabias corriendo, golpeando algo y gritando como demente. Siempre y cuando hubiera alguien por ahí, forman una caimanera y jugaban una partida o dos.  

   La cola de vehículos está pesada. Con un suspiro de resignación el joven supone que se trata de alguna marcha de los opositores al Gobierno que andaban por ahí. ¡Y no sería él quien los criticara! El país vivía un duro momento. Él, con veintiocho años, dudaba que hubiera habido otro igual, con tanto desequilibrio social, político y económico. Un país que había conocido gobiernos malos, corruptos, torpes, o corruptos y torpes, ahora parecía haber llegado al llegadero. Esta gente que desdirigía los destinos de la República eran simple y llanamente unos delincuentes. Malandros que por un error trágico habían llegado al poder para mostrar toda su crapulencia, vicios y excesos; donde más que desvergüenza, o corrupción, todo parecía más un acto de demencia, de insania mental. Un momento histórico como éste sólo podría encontrarse en la Roma de los césares locos tipo Calígula o Nerón, piensa el abogado.  

   La gente, luciendo una falta de sentido común, y aún de instinto de supervivencia que dejaba loco a cualquiera con dos dedos de frente, se las había ingeniado para tender sobre sí misma una trampa de muerte. La ratonera se cerraba día a día, las consecuencias de los trágicos acontecimientos ocurridos en el mes de abril de ese mismo año aún largaban sombras sobre el destino de todos. Un grupo de venezolanos que salieron a marchar exigiendo cambios de política y conductas en sus dirigentes fueron asesinados a mansalva en las calles cercanas al mismo palacio presidencial, públicamente, y los culpables aún no aparecían. No habían castigados, ni sancionados. La impunidad más feroz, más aterradora, se imponía. El miedo quería enseñorearse en todos. Las instituciones del Estado se usaban para taparear todo crimen, toda investigación seria, y miles de millones de dólares, como de horas de transmisión se utilizaron para crear una versión oficial que contradecía todo lo que ese día había ocurrido. Documentales y ‘películas’ habían sido financiadas, con sangre, y exhibidas en un sinfín de lugares llenos de imbéciles que quería oír y ver lo que deseaban ver y oír.  

   Muchos pensaban que lo que estaba ocurriendo  era un castigo de Dios contra un pueblo excesivamente necio e irresponsable. Un país que hacía por segunda vez Presidente de la República a un hombre señalado pública y notoriamente de corrupto, de ladrón, y aún así lo aupó; y que después para castigar a los políticos corruptos e inútiles que ellos mismos colocaron allí, voto a voto, hacía presidente a un hombre delirante que les decía que los iba a poner a pasar trabajo, hambre y miseria (como Fidelio hizo en Cuba), no podía correr con mejor suerte de la que corrió. Era imposible escapar de las culpas y responsabilidades personales, por mucho que se intentara.  

   Fue  una orgía de locura, de irresponsabilidad, de ignorancia y marginalidad de todos los estratos sociales del país. Hubo un desprecio al sentido común, a la lógica; se quiso probar con los golpes de suerte, con el vamos a ver si nos sale bien. Cosas como el trabajo serio y sostenido siempre eran dejadas al lado del camino, la planificación era difícil, pensar siempre lo era, y el trabajo era algo duro al que había que sacarle el cuerpo. Había que probar con los Mesías. Primero el corrupto que aparentemente multiplicaba la plata, luego el viejo estadista al que se le concedían dotes casi divinas, más tarde la reina de belleza universal que lo haría todo bonito y finalmente el militar raspado en el examen de Estado Mayor y que había probado el atajo de llegar al poder con una intentona de golpe militar, traicionando todos sus juramentos. Esos eran los íconos, las estampitas a los que el venezolano rezaba y se jugaba su suerte. Milagrería barata que le estaba saliendo cara.

 …..   

   El stadium estaba poco concurrido y las luces ya se encendían aunque el despejad cielo caraqueño estaba encendido de un amarillo viejo, algo hermoso para algunos, deprimentes para otros; mientras tanto Eric, Sam y los conocidos de allí,  practicaban a batear y atrapar. Toda Caracas vivía bajo el estrés de la basura, el hampa, el mal gobierno y la angustia de no saber cómo terminaría todo eso. Pero por un rato podían evadirse con el ejercicio, con el esfuerzo físico, con los gritos y la agradable sensación de competir por ver quién era mejor. Eric tenía un brazo potente, era capaz de batearla más lejos y mejor posicionada que Sam, quien siempre alegaba que lo dejaba ganar para que no se sintiera tan mal con su miserable vida.  

   Uno de los bateadores con más poder era Lucas Rondón, un negro cuarentón, de rostro liso, cabellos chicharrón cortos, con un bigote no muy ancho. Era alto, de brazos y pectorales fuertes. Uno de los pocos que inquietaba a Eric en las duchas; él, quien a pesar de lo que decía el mal hablado de Sam, no andaba pendiente de cada tipo que entraba en calzoncillos. Pero Lucas era… muy atractivo en su rudeza y virilidad. Albañil de corazón, había levantado una pequeña constructora, a la que ahora llamaban la Compañía. Era un carajote llano y franco, que bebía, comía y pagaba sin tacañerías.  

   Más flojón para los ejercicios, pero bien dispuesto a la hora de beber, aunque no así para pagar donde mostraba una pichirrez a la que llamaba sentido del ahorro, Néstor Lobo era un treintón de cabellos castaños; médico de profesión, tenía como especialidad la urología, cosa que le ganaba gran cantidad de bromas de los demás sobre la cantidad de carajos desnudos que tenía que ver. Tenía una vena algo cruel y macabra para sus bromas. No había dolor más grande para él, que dar plata para algo, y eso que ganaba muy bien.  

   Alirio Fuentes era un carajo algo más bajito y fornido, bromista, truculento y algo fastidioso. Con sus ganas de mostrar puntos de vista originales, a veces se empeñaba en discusiones que no llevaban a nada. Fuera de eso era poco lo que el grupo sabía sobre él; si le preguntaban en qué trabajaba, decía que en esto o aquello. Hasta su edad era cuestión de misterio. Aunque no mal parecido, había algo en él que le dificultaba encontrar mujeres, no como a Sam, Lucas o Néstor. ¡Y como era de atacón! Su actitud muchas veces resultaba molesta más bien.  

   El último de los regulares era Renato Mijares, un joven reilón, alto y bien parecido, de rostro delgado y mirada algo perdida. Había un aire como de muchacho indefenso y buena gente que llamaba la atención de todos, aunque él no parecía explotarlo. Qué hacía, de qué vivía o si tenía novia, era un misterio para todos. Néstor, vulgar y directo como era, pensaba que era marica; pero era algo que a nadie constaba, ni importaba.  

   Ese era el grupito que generalmente se reunía, jugaba béisbol, sóftbol o fútbol. Bebían cervezas, tomaban caña más picante y hablaban de todo, con descaro, con franqueza, casi con rabia. Tal vez algunos se ofendían o molestaban por lo que otro decía, pero en líneas generales a nadie le importaba. Eran hombres brutales y directos, una concepción que todos tenían más o menos de lo que debían ser. Mientras corren, atrapan y batean, se gritan cosas como: marica; abre los ojos, güevón; miren a la mamita, todas se le caen…  

   Sentada en las gradas se encuentra Irene Guerra, una mujer alta, de rostro sereno y bonito, nada espectacular, pero hermoso, con el largo cabello negro lustroso atado en una cola, casual, simple. Viéndose bonita. A la mujer le gusta mirar a Eric jugar con sus amigos, claro que ignora qué otros jueguitos preferiría el hombre. Ella lo quería, y en líneas generales todos esos carrizos le caían bien; excepto tal vez Alirio Fuentes, con su aire atacón que no lo dejaba respetar ni a la mujer del hermano. Y Sam. Irene sentía que Sam no la tenía en un buen concepto, pero tal vez eran los celos del hombre que veía a su mejor amigo buscar a alguien más.  

   Desde la cancha, Eric la mira y la saluda con una sonrisota, y en eso nota como la mujer es abordada por Lesbia, la mujer de William Bandre, otro socio minoritario de la firma, quien, es ahora que cae en cuenta, llevaba tiempo sin aparecer por La Torre. William no era amigo suyo, más bien lo contrario. Pero Irene, en una cena de la firma, había congeniado con la otra mujer, quien era una persona que buscaba amigos en forma algo desesperada. Lesbia siempre parecía que andaba nerviosa o agitada. Y la gente buscaba a Irene por su aire de mujer sensata e inteligente. Ella nota la mirada de Eric y le sonríe. Tras él, Sam le hace una mueca e Irene le muestra la lengua. Por alguna extraña razón, piensa Eric, la mujer no apreciaba a Sam, cosa que era curiosa ya que todo el mundo lo quería. A veces demasiado, más bien.  

   La mujer llevaba cinco años saliendo con él en plan formal. De hecho desde la boda de Sam. Y ahora estaba pasando el tiempo con celeridad, más bien corriendo, se dice la mujer mirando a Eric (quien retrocede de espaldas y atrapa un batazo de Lucas), y aún no se concretaba la boda. Cuando Eric le telefoneó para que visitaran la mansión de sus padres esa noche, pensó en negarse. Sabía que Norma, la madre de él, no la apreciaba. Bueno, esa mujer no quería a nadie, se dice con disgusto. Ni a Eric, sospechaba ella. Norma era altiva, como una reina, y parecía pensar que su Eric era demasiado bueno para una profesorcita de inglés; y en el pasado se lo había hecho notar de forma indirecta, pero inequívoca.  

   Sin embargo, con el paso del tiempo, la mujer parecía haber ido aceptando la idea de que Eric tenía que casarse con alguien; de hecho era ella quien más insistía en lo del matrimonio ahora; y parecía haberse convencido de que para eso serviría Irene como cualquier otra. La joven había notado que con el paso del tiempo, Norma se desesperaba. Por alguna razón que sólo ella entendía, parecía decidida a concretar ese matrimonio ya; pero Eric luchaba como bagre en el anzuelo, resistiéndose. Ella misma comenzaba a inquietarse, sin saber a ciencia cierta por qué. Eric la quería, se llevaban bien conviviendo juntos y en la intimidad de la cama. Pero por alguna razón, él no ponía le fecha y hora al casorio.

 …..   

   Cuarenta y cinco minutos después, Irene deja a Lesbia, quien se ve algo agitada, como envejecida, se dice Eric mirándola desde la cancha; y va hacia él. Sam se les acerca también.  

   -¿Nos vemos entonces esta noche en casa de tus padres? -le sonríe ella, besándolo, sintiéndolo sudado y agitado; en cierta forma, eso era estimulante, lo encontraba sexy, y Eric lo sintió en su lengua cuando lo besó.  

   -Claro. Lleva tu antídoto contra mordeduras de serpientes. -sonríe. Ella igual.  

   -A tu madre no le gusta tu broma de llamar a la casona, la Casa de las Serpientes.  

   -Si supieras lo que ella dice de ti. -bromea Sam. Ella lo mira fría.  

   -Basta, Sam. Deja tus celos. Eric nunca será para ti. -aunque bromea, la frase tiene tantas connotaciones que Eric y Sam, que entienden un poco más que ella, sienten embarazo. Eric la mira sonriendo apenado.  

   -¿Y Lesbia? -mira hacia las gradas, donde ya no se encuentra la mujer. Irene bota aire.  

   -Está mal. Parece que… William la dejó. O por lo menos abandonó la casa. -los impacta. Los dos hombres cruzan una mirada.- Pasó para ver sí alguien sabía algo. ¿Qué les estará pasando?  

   -Muchos maridos escapan de sus mujeres, es cuestión casi de supervivencia. -dice Néstor Lobo acercándose. Oyó lo que hablaban.   -No todos se casan con mujeres como la tuya, medicucho. -bromea Lucas.  

    -Ay, ojalá la mía se fuera. -responde él.- Yo creo que de la alegría, me daría un infarto.  

   -Y quedarías cuadrapléjico y ella tendría que regresar a lavarte el culo en la cama. -ríe Lucas.   

    -Hummm, ésa me envenenaría para salir de eso. O se buscaría otro marido y tirarían a mi lado.  

   Y así comienza una de esas interminables conversaciones entre hombres sobre lo malas que son las mujeres en general, las esposas y suegras en particular, y de lo felices que serían sí se fueran todas. Alirio y Renato Mijares se unen también a la charla. Irene bota aire, resignada, hasta que dándole otro beso a Eric se marcha. Renato saca de una cavita unas cervezas y beben, cayendo todos sentados sobre la grama, hablando aún de las mujeres malas. Es un rato ameno al final de un duro día de trabajo. Sam y Eric se despiden, Néstor va hacia su carro, despidiéndose también, y Lucas se queda allí, tomando otra cerveza con Alirio y Renato.  

   -¿William Bandre, desaparecido? -le comenta Eric a Sam, mientras se alejan.  

   -Curioso. No lo había notado, pero en verdad lleva días sin aparecer por La Torre. -lo mira fijamente.- Tú sabes que es un agente de Ricardo Gotta, ¿no? -el otro asiente.  

   -Trata de averiguar en qué andaba. Sería bueno tener algo contra Ricardo, aunque eso parece imposible. Ese carajo tiene más trucos y recursos que un político viejo en campaña. –en ese momento no podía imaginar lo lejos que la vida iba a llevarlos siguiendo la pista de ese tipo.

…..   

   Es casi de noche cuando Eric llega por fin a la casa paterna después de pasar por su apartamento, ducharse y cambiarse de ropa. La propiedad es magnifica, protegida, bien cuidada y hermosa. El joven detiene su carro cerca de la entrada. Nota que el de Irene ya está ahí. Pobre, seguramente estaba aguantando lo mejor que podía a su madre, resistiéndose a atacarla con un tenedor o algo así, se dice sonriente. Va hacia la casona cuando oye unos alegres silbidos. Mira hacia los estacionamientos y se impacta tremendamente. Allí se encuentra Pedro Correa, el joven chofer de su madre, el hijo de un antiguo empleado a quien su padre le daba trabajo casi como una obligación de honor. El carajo lavaba el carro de la mujer.  

   Es un joven veinteañero, atractivo, de piel algo amarillenta cobriza. Pero lo más impactante en ese momento es que usa únicamente un pequeño short de tela jeans, cortado muy por encima del borde del nacimiento de las nalgas, dejando al descubierto un cuerpo lampiño. La tela se hundía ricamente entre las firmes y jóvenes masas. Pero lo más enloquecedor es una tirita muy delgada, de una tanga licra morada que subía mucho en una de sus caderas. 

CONTINÚA … (4)

Julio César.

MACHO MONTADO

octubre 18, 2007

NADA CUESTA PREGUNTAR, ¿NO?

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VESTUARIO EJECUTIVO

Julio César.

VAYA OBSEQUIO

octubre 18, 2007

  …PISCINA

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   Avergonzado… pero caliente…   

   Tomás es un tímido estudiante de secundaría a punto de graduarse. Buena gente, sensible y delicado; todos lo sabían marica, menos él, que intentaba negárselo. Para su cumpleaños, las amigas lo sorprendieron con un bailarín exótico, quien se la dedicó. Cuando el tipo movía su cuerpo junto a él, Susana lo empujó y su cara se refregó allí, en el punto exacto del sabor, y aunque apenado, el chico temblaba de ganas enfrentado de pronto a lo que tanto quería en sus noches solitarias en la cama, mientras se preguntaba sí todo eso serían músculo de verdad, ya que se notaba como muy grande. El carajo iba a dárselo todo… más tarde, en el cuarto de la chica que prestó su casa para la fiesta; era atrevido y le gustaban los estrenos, sabía que, como esos debutantes, nadie chupaba mejor. El obsequio en esa animada sala había sido grande, pero no tan grande, y duro, como comprobaría Tomás, más tarde, mientras creía morirse de placer… al recibir lo que tanto quería, cosa que a pocos les ocurría con esos regalos de amigos. 

¿FANTASÍA PATERNA?

Julio César.

FRONTERAS DE BROKEBACK MOUNTAIN

octubre 13, 2007
  …BROKEBACK MOUNTAIN

    Cuando se habla de Brokeback Mountain es frecuente oír de personas que la encontraron maravillosa, increíble, pero deprimente y que nunca más la verían. Pero hay otros que la han visto y han sufrido de una forma intensa, por cuestiones muy propias e íntimas, pero que regresaban una y otra vez a verla, en la sala, ante la gran pantalla, porque era necesario, como si de una dura enseñanza se tratara. Cuántas veces hacemos cosas de las que después nos arrepentimos, pero que se explican porque simplemente no se soportaba más; y cuántas veces no debemos oír los reproches de aquellos que dicen que estuvo mal lo que hicimos, sin detenerse a preguntarse “¿por qué lo haría, si él o ella no son así?”. De un episodio de esos, quiero hablar aquí.

 

   De los grupos encontrados en la Web, leí un relato que me pareció hermoso (doloroso en ese momento en que tan sensible andaba; vaina, estaba mal), y que quiero reproducir aquí, más como una adaptación a la venezolana. El sitio correspondía al blog de un tal UNANGEL, lamentablemente no recuerdo bien toda la dirección, creo que es español. Aunque si hay algo que puedo decir de él, ama esta película… y a Jack Twist. Es de ese relato, FRONTERA, y de varios comentarios de sus amigos, que quiero expresarme aquí. Espero que no se molesten conmigo otros amigos de la hoguera. Es más como un tributo a un cierto Jack que conocimos.

 

       FRONTERA

    

    -Deja que te quite la tristeza, gringo; déjame quererte…
 ……
 
   El hombre avanza lentamente por la calleja oscura arrastrando los pies, con la vista baja, terriblemente avergonzado de verse expuesto así a las miradas insolentes de los putos que lo observan recostados de las paredes en penumbras. El caminante no quiere estar allí, se siente mal con tan sólo recorrer la calleja, pero no puede evitarlo. No quiere estar solo. No ahora, no esa noche, porque sabe que cuando finalmente se detenga lo alcanzará en grandes oleadas el dolor del rechazo, del desamor, de la crueldad del ser a quien tanto quiere. Y esa noche cree que no podría resistirlo. No solo. Así que camina, alzando fugazmente la mirada, indeciso en lo que busca, engañándose a sí mismo, porque sabe bien que quiere encontrar un destello de cabellos claros, o un rostro enjuto al que pareciera costarle sonreír, una cara como tallada en madera. En las sombras, en otras caras, busca el rostro de alguien que no está allí, que no está a su lado, pero que, tal vez, en la oscuridad pueda imaginar que si, ahuyentando la pena y la soledad.
  
   -Desea compañía… señor… –surge una voz de la oscuridad de pronto. Una voz joven, fuerte, falsamente solícita.
 
   El muchacho, un mexicanito muy joven a decir verdad, de actitud desafiante y ofrecida, está recostado de un muro y se endereza para que el gringo admire su postura. El joven entiende que lo sorprendió apareciendo así. El hombre no lo había visto ya que caminaba con la cabeza baja y el sombrero muy calado sobre los ojos, como si no deseara realmente ver lo que hay a su alrededor. Pero el muchacho, sabiéndose bien parecido, comprende cuando gusta y repara en que cuando al fin lo detalla, una sonrisa leve de aceptación, y algo de azoro, aparece en ese rostro, una sonrisa jovial y amistosa que casi eclipsa con su intensidad las penumbras del rostro, mientras asintiente con la cabeza.
 
    El joven no necesita más y comienza a caminar hacia un callejón rumbo a la pieza donde atiende sus negocios, con el hombre a su lado. El muchacho sonríe leve en las sombras, notando como otros putos le lanzan miradas de envidia. Sabía por qué: había enganchado al gringo bonito, y para los otros sólo quedaban los tipos gordos y groseros, siempre hediondos a borrachera, que se embriagaban antes de ir al callejón a atender otros asuntos. Él se había llevado el premio de la noche, el tipo joven de apariencia amable. Y eso infla su ego de muchacho, y sonríe con suficiencia… hasta que nota la distante y evaluadora mirada que el gringo bonito lanza en el camino que recorren, lleno de basura regada o amontonada en bolsas y pipotes, que ofendían al olfato. Y eso no le gustó por alguna razón al muchacho.   Cuando llegan ante una ruinosa escalera que sube, el joven le indica con el pulgar que es por ahí. Y se estremece desconcertado, cuando el otro lo mira, con esos ojos azueles grandes que parecen iluminarlo todo. Es una mirada de hermandad, de reconocimiento, pero también había tristeza de un dolor viejo. Y por primera vez en mucho tiempo, el joven siente vergüenza de su vida, de su oficio, de lo que hace. Porque hay dos cosas que comprende rápidamente; una, que ese joven señor de rostro agradable, sonrisa hermosa y mirada limpia, cargaba su propia pena, un dolor que lo atormentaba y producía ese brillo febril de angustia en sus pupilas; y lo otro es que, aunque ese tipo andaba mal por algo, aún le alcanzaba la bondad para lamentarlo por él, para sentir algo como pena por el joven puto de dieciocho años que cada noche hacía mil veces el recorrido del callejón a las escaleras, del momento del contacto al del dinero arrojado, del fin del negocio al asco personal. En esa mirada le parece leer mil preguntas: ¿Qué lugar es este, muchacho? ¿Cómo has llegado hasta aquí, niño solitario? ¿Quién eres realmente, muchacho? Eso lo altera de forma violenta, pero aunque quiere rebelarse y molestarse con el gringo que lo cuestiona, hay tanta bondad, inocencia y tristeza en los ojos del otro que no puede sino sentir congoja. ¿Por qué tenía que mirarle así, carajo, como si no fuera sólo un pedazo de carne barata? Eso no le gusta.

   Y no lo entiende, ¿por qué le afecta tanto ese tipo? Él no era ningún marica. Él los usaba, se vendía, vendía su cuerpo, pero nada más. Los odiaba. Los despreciaba. Siempre sentía rabia cuando llegaban esos tipos bravucones, sucios, que lo tocaban y lo usaban brutalmente, como si necesitaran mostrarse toscos y desdeñosos para estar con otro, con uno que se vendía. A él no le interesaba nada de eso. Les tenía asco, el acto entre hombres le parecía un pecado. Lo hacía por plata, y en cuanto tuviera suficiente se marcharía de allí, con su novia de toda la vida, bien lejos de la jodida y maldita frontera que acababa con esperanzas e ilusiones como sus desiertos terminaban con los que soñaban con el Paraíso del otro lado. Era por ello que el joven siempre exhibía su plan de batalla a esas alturas del negocio, frente a las escaleras: pedirle al cliente algo de beber en el bar cercano. Y generalmente lo complacían, porque eran los sabrosotes, los que tenían plata, o porque lo querían más agradecido. Bebían y bebían y él deseaba que se rascaran y durmieran, hasta la hora de quitarle sus honorarios. Pero allí, pisando el primer escalón, duda. Duda y lo mira, y el hombre le corresponde nuevamente con esa maldita sonrisa abierta y franca, y el joven siente que las piernas le tiemblan un poco, porque se sorprende pensando en que un tipo así debía amar suave y bonito.

   -Me llamo Jack… -dice sin saber a santo de qué, el hombre.

   -El pago es por adelantado. –responde ronco, pragmático, queriendo sonar rapaz y mezquino. Tiene que colocar barreras, alzar muros que lo protejan. Quiere dejar bien sentado que sólo son negocios.

   Pero no es lo que siente, no es lo que desea expresar, porque mientras el tipo asiente suave, sin inmutarse, sin sorprenderse o desagradarse por sus palabras, el joven comente el error de mirar nuevamente esos ojos de frente. Y sí, había aceptación a lo que pedía. Pero también había más tristeza, mucha, tal vez por sus palabras, u otras palabras que alguien le dirigiera ya. “¿Qué tienes, gringo guapo? ¿Por qué te ves tan triste? ¡Coño, gringo, no me veas así!”, no puede dejar de pensar el joven, asustándose. No, debe poner distancia entre esa mirada azul, azul cielo infinito, azul lago profundo, sin fin. Pero la mirada estaba allí, la de un tipo joven, Jack, que deseaba sumergirse en el deseo de la carne, pero también escapar de algo que lo torturaba. Y el muchacho sabe que se pierde, que ya no entiende lo que siente o lo que hace. Ahora sólo piensa en tenerlo desnudo para él, al alcance de sus manos, quiere recorrer con sus dedos cada pedazo de la piel de ese otro sujeto, quiere sofocarse bajo su peso, quiere bañarse con el sudor que brotará de sus poros, y con espanto, admite que haría lo que fuera, iría tras ese tipo a dónde le dijera, si pudiera borrar esa melancolía de sus ojos. Se siente tembloroso mientras suben a la pieza, embargado por la urgente necesidad de tener a ese otro carajo para sí.

   Pero el joven ya lleva muchas noches recorridas desde el callejón a su pieza y sabe cómo terminará todo. El atractivo gringo lo usará, se saciará en él y luego lo hará sentirse basura, y él suspiraría de alivio cuando lo viera salir por la puerta. Él sabía que una vez dentro del cuarto, Jack sería desagradable, lo degradaría haciéndole notar que no era nada, sólo carne de alquiler. Un cuerpo que estaba ahí para ser usado. Un cero a la izquierda de la humanidad. Nada. Y cuando el dinero cayera sobre la mesita, la cama o al piso, como algunos hacían, la mirada de horrible victoria que leería en esos ojos le diría sin palabras: ¿Esto es lo que vales? ¿Es esto lo que tengo que pagar para volver a hacer contigo lo que me de la gana? Coño, que vida tan mierda llevas, muchacho.

   -¿Cómo le gusta, señor? ¿Arriba o…? –no puede evitar preguntar con rencor, cuando la puerta se cierra a sus espaldas, mirando al otro hombre. Pero en aquel Jack de sonrisa jovial y tímida, de ojos hermosos, de facciones agradables, sólo puede leer algo de vergüenza. Pero parecía más una vergüenza de sí mismo, que por el joven puto. Nota que hay deseo en aquel tipo, pero también angustia, como si le costara estar allí, como si lo que más deseara en este mundo fuera encontrarse en otro lugar y con otra persona, alguien a quien necesitaba tanto que aún allí, en esa pieza, frente a un puto, podía sentir cerca. Y el joven se estremece otra vez: “¿Qué pasa, gringo? Deja tu tristeza, coño. Deja que yo te borre esa pena del alma”.

   -¿Sabes?, de momento no quiero hacer nada más como no sea echar un sueñito. Será algo rápido, te lo juro. No voy a robarte todo tu tiempo. –le sonríe entre apenado y suplicante, como si lo necesitara en verdad.- Quiero dormir… abrazado a alguien. Necesito hacerlo. Quiero que apagues la luz, nos metamos a la cama y que yo te abrace y…

   El joven, intentado ser desdeñoso, se encoge de hombros. Y lo observa mientras se quita el sombrero, la camisa y las botas, para luego salir del pantalón. Lo mira hipnotizado. No era un tipo grande o musculoso, pero era un carajo fuerte, de cuerpo extraño, que parecía marfileño a la parpadeante luz del anuncio de neón al frente de la ventana. Era un cuerpo atractivo y el joven se pregunta cuántos, y quiénes, más lo habrían visto haciendo eso, pareciéndole a todos que era el sujeto más guapo del mundo. Era un tipo del que alguien podría enamorarse, se dice asustado, ignorando que una vez, hace algunos años, otro hombre joven lo había visto así, semidesnudo a la rojiza luz de una hoguera, esperándole con anhelo, entregándosele con ternura. Ignora que ese otro también se había enamorado. El joven nota como el gringo va al camastro y se mete bajo las sábanas, sin preocuparse de lo estrecho que es, de lo delgado del colchón, del olor a rancio y sudor viejo que emanaba de él.

   -¿Vienes? –pregunta al fin Jack, desde la cama, esperándole.

   El joven obedece a toda prisa, perdida su mirada en dos puntos azules que iluminan su camino. Se desviste con afán por entrar al lecho, preguntándose en qué momento perdió su objetividad y profesionalismo. Apaga la luz y se mete a la cama a su lado y por un momento no ocurre nada más. Están allí, en la oscuridad, silenciosos y sin moverse. “¿Qué pasa, gringo?, ¿por qué no te mueves? ¿No viniste a esto? ¿No querías mi cuerpo?”, se pregunta atormentado el joven, sintiéndose agitado, excitado y listo para actuar, costándole controlar la respiración para que ese otro tipo no sepa que lo desea. Finalmente se tiende hacia Jack y lo medio hala hasta que sus cuerpos chocan. Y Jack estaba calentito, vital. Los cuerpos se pegan, los brazos se enlazan y nada más. Por un momento, sabiéndose ya perdido por alguna razón, el joven recuerda el momento exacto en el cual, al ir por el callejón rumbo a las escaleras, deseó salir corriendo alejándose de ese hombre guapo de sonrisa dulce y mirada hermosa. Escapando.

   Yacen desnudos y no pasa nada. Transcurre un segundo, un minuto, una eternidad… y el hombre de mirada intensa cierra los ojos con fuerza, como para no ver lo que hace ni el lugar donde está. “Dios mío, que él nunca se entere, porque me moriré si veo el asco o el repudio en sus ojos. Que nunca se entere de lo que hago, Señor, porque no sabré explicarle que no lo hago porque esté caliente o lleno de rabia. Juro que no. Es que siento que me ahogo, que necesito aire, que necesito de alguien que me saque a flote y no me deje morir. No te engaño, Ennis, no te ensucio, soy yo quien lo sufrirá, porque soy quien traiciona lo que ama. Pero tenía que escapar del dolor, de ti y de esa carretera donde estabas con tus hijas. De esa carretera donde fui a buscarte sintiendo que se me iba a reventar el corazón de esperanza, de alegría y de amor cuando supe que te habías divorciado al fin. Pensando… No sé qué pensé. Que tal vez me dirías: ahora estaremos juntos, quédate conmigo, te necesito, Jack… Pero sólo encontré tu crueldad. Huí a este lugar porque necesito sentir que alguien me quiere, aunque sea fingido. Lo hago porque necesito sobrevivir hasta la próxima vez que te vea y hagas un gesto que indique que no quieres que me vaya. Entonces estaré otra vez a tus pies, adorándote, esperando que digas… lo que nunca dirás. Necesito sobrevivir hasta ese momento, y si hubiera estado solo está moche, sé que algo terrible habría pasado y ya no habría esa próxima vez. Te lo juro Dios, te lo juro Ennis…”.

   Silencio. Sólo hay silencio, pero el joven entiende que algo muy grave le ocurre al gringo. Lo siente en el sofoco de su respiración, que cae directamente sobre su cara, de lo juntos que están. Es por ello que cuando la primera gota ardiente y salada rueda por esa mejilla, ensombrecida por una rala barba que parece jamás desaparecerá del todo, ésta cae sobre la comisura de los labios del joven puto que se estremece, sintiéndose mareado, asustado y maravillado. Con la punta de la lengua, amparado en las penumbras, la recoge y la toma, encontrándola parecida al agua de mar.

   -¿Está bien, señor?

   Jack no responde, sólo abre los ojos cuajados de lágrimas y rueda, hasta que su barbilla y mejilla izquierda caen sobre el pecho del joven, donde se tensa y tiene que contener un sollozo feo que le sale del alma, estremeciéndolo todo. Es un sollozo ahogado, silencioso. No hay gemidos ni batuqueos, porque es el llanto de un hombre duro, de uno que siempre oyó que los hombres no lloran, y muchos menos por otro carajo. No, no estaba bien el gringo guapo. ¿Cómo estarlo si no yacía junto a la persona que más amaba en la vida, y que lo había rechazado una vez más, con sus desplantes, como si se burlara de sus sentimientos? ¿Cómo iba a estar bien si le costaba respirar o pensar, o contener esa tristeza que lo estaba matando, esa tristeza que lo quemaba de tanto extrañar al otro, una tristeza que le dolía tanto? No, no podía estar bien, y no lo estaría hasta que volviera a estar así junto a él, sintiendo su corazón latir contra el suyo, su piel contra su piel, sus brazos rodeándole, haciéndole creer que nunca nada malo podría sucederles mientras estuvieran juntos. No, él solo volvería a estar bien hasta que un beso de amor, de Ennis, lo elevara otra vez hasta las cumbres del Cielo. No estaba bien en esos momentos y por eso mismo se abraza al puto, escondiendo la cara en su pecho, conteniendo el llanto por otro hombre, siendo la viva imagen del débil marica, como lo acusaría su padre si supiera.

   El joven siente como ese carajo lo abraza con más fuerzas, como se estremece todo en un llanto sin sonido, como lo baña con sus lágrimas, y él también siente ganas de llorar. No puede hacer nada más que bajar la barbillas y apoyarla en la negra cabellera ajena, de ese tipo que iba volviéndosele demasiado importante ya. Se quedan silenciosos y quietos, pero por alguna razón ajena, el muchacho ahora más que nunca es conciente de la horrible pieza donde está, sin cristales en la ventana, de la cama vieja que cruje y hiede, de la luz de neón barato que los iluminas. Todo era horrible en esa pieza menos aquel tipo cálido que lloraba de amor. Porque el joven no se engaña. Aquel tipo estaba sufriendo, sufriendo mucho, porque había amado demasiado. Y siente dolor, un dolor que no entiende hasta que no lo reconoce como odio y celos. Odia al otro tipo que no está allí de cuerpo más sí en espíritu, porque sabe que tiene que ser otro tipo quien lastimó al gringo. Lo odia terriblemente. Y celos porque le da rabia que el gringo llore y sufra por él. “No llores gringo. Deja de llorar. Deja de sufrir. Deja que yo te ame. Deja que yo te quite ese dolor. Déjame, gringo, y haré que olvides y que tengas paz. Déjame, y te borro toda esa tristeza del alma. No sufras por quien no se lo merece. ¿Quién podría no quererte, gringo? Sólo un maldito, sólo alguien que ya está maldito. No sufras por él, gringo. No llores más”.

   “¿Dónde estás ahora?”, cruza por la mente del otro hombre.

   El calor sofoca dentro de la habitación y comienzan a sudar sin haberse movido. Y el hombre sigue quieto, con el rostro pegado al pecho del joven. Y el otro no aguanta más. “Deja de llorar, maldita sea. Mírame. Vuelve conmigo a esta cama. Deja de vagar por esos corredores de dolor, gringo”, se dice con celos e impotencia. Quería que ese tipo dejara de sentirse mal para verle otra sonrisa tonta y bella, quería verse en su mirada otra vez, en esos ojos azules grandes y expresivos que debían saber muy bien cómo decir, sin palabras, te amo. Se estremece asustado, sorprendido y gozoso de lo que padece en esos momentos. Poco antes, esa noche, había considerado no salir hasta después de las once, y de haberlo hecho así no habría conocido al gringo, y no sabe si hubiera sido mejor o no; pero ahora estaba feliz. Asustadamente feliz de haber ido, encontrarlo y tenerle allí. Deseaba, como no había querido otra cosa en la vida, consolarlo, tomarse todas sus lágrimas y verlo sonreír otra vez. Está totalmente seducido por ese hombre al que intuye fuerte, apasionado y entregado. También entiende que Jack no está allí buscando un rato de solaz, de sexo, de carne contra carne. No está ahí escapando por calentorro o por vengarse de nadie. Ese tipo había llegado buscando algo que pareciera ternura de lejos. Una ilusión de amor aunque no fuera real. Y él iba a dárselo, eso si podía apartar de sí la tristeza y rabia que iban invadiéndolo mientras el otro lloraba. Es en ese momento cuando el hombre levanta el rostro, se pasa una mano por los ojos, apartando lo que puede y le sonríe otra vez,  pidiéndole perdón, como avergonzado de su extrema mariconería, pero agradecido también. Y el joven siente que el mundo se pone azul, que su vida ahora tenía el azul también. El azul de esa mirada que era capaz de hechizar, enamorar y de robar la paz.

   -Gracias… -susurra en su mal español, y el joven se asusta por un momento.

   -Ah, no, gringo. Nada de eso. –casi le reclama, presintiendo una despedida en el aire. Le toma el rostro entre las manos y, desde su propio punto de vista hasta hace media hora, hace algo terrible y monstruoso: su boca busca y atrapa la del lloroso gringo, que aún tiembla un poco.

   Lo besa y piensa que ya nada más importa. Y cuando la lengua del otro responde, tímidamente, siente que alcanza la gloria. Y tal vez así sea realmente. Por un rato el mundo ha dejado de existir. Algo había acabado, algo comenzaba. El joven se revuelve contra ese hombre y nada más ocupa su mente. Es comprensible. Es muy joven, por eso podía desear con tanta locura a ese otro tipo, queriendo tenerlo para si. Es tan joven que podía brindar cariño y ternura aún porque su corazón todavía no es una cáscara vacía ni una piedra tirada a un lado del camino de la vida. Y es tan joven que podía darse el lujo de ser egoísta, terriblemente egoísta, y pensar que sólo ellos dos contaban en esos momentos. Ni por un segundo cruza por su mente que alguien más podría estar sufriendo en ese instante, una tercera persona.

   Ignora que aún a esas horas, un hombre delgado de cabellos claros, de rostro enjuto como tallado en madera, mira con pesar infinito hacia una larga y oscura carretera que parecía llevarse algo de su vida. Es un hombre no puede olvidar que nuevamente ha dejado escapar a la persona que más ama en el mundo aunque nunca ha podido decírselo. Y que sufre al recordar la última mirada, dolida y algo llorosa ya, de esos ojos azules que se alejaban defraudados una vez más, reclamándole sin palabras, con un dolor muy vivo, preguntándole sin voz: ¿cómo puedes lastimarme tanto? Le duele, le duele saber que los dos meses que faltan para verse nuevamente, son largos, y que esos días de tenerlo a su lado escaparán como agua entre sus dedos, de prisa, sin piedad, mientras él, rumiando malhumorado, deseará que duren una eternidad. Incluso le duele saber que dentro de dos meses no encontrará odio, rencor o resentimientos en esos enormes ojos, sino que verá otra vez el amor brillar en ellos, el perdón, la comprensión y el secreto deseo, y esperanza, de oírle decir: Te extrañé mucho, Jack.

   Ennis desea que el tiempo vuele para sentir nuevamente el calor de su Jack, su cuerpo; para perderse en sus ojos, abrazándolo y besándolo, gritándole con todo su ser lo que la necia boca se negaba a transmitir, que no puede seguir adelante sin él. Y siente rabia y dolor, porque sabe que en cuanto estén juntos otra vez, ya estarán despidiéndose nuevamente. Siente rabia contra el mundo que lo aleja de su amor. Odia su miedo a la burla, al escarnio, al qué dirán, a la crueldad de los demás y que le hizo ser despiadado con Jack cuando aquella camioneta pasaba por la carretera y él temió que otros los vieran e imaginaran algo raro. Odia y maldice al padre que lo llevó a ver a ese muerto en una zanja. Maldice el que no se pueda retroceder el reloj y volver a ser el muchacho que no hablaba, tímido, y conocer nuevamente a ese alegre y bonito tipo que lo mareaba, lo enloquecía y que una noche le entregó su amor, sin palabras, sin esperar nada, sólo porque lo deseaba; Dios, cómo deseaba regresar a ese año cuando contaba diecinueve, a esa montaña, al tiempo y lugar donde fue realmente feliz. 

   La noche es oscura, pero sus miedos son más negros. ¿Y sí no volvía? ¿Y sí se cansaba de ser defraudado una y otra vez? ¿Y sí una tarde llegaba al punto de reunión y Jack jamás aparecía? La piel se le eriza feamente sólo de imaginarlo. Él podía resolver eso fácilmente, ¿y sí le decía que si, que se fueran juntos y así pudieran dormir cada noche abrazados, en una cama grande, y despertar y besarse, y amarse sin miedo a ser vistos o juzgados al salir de un lugar? ¿Y sí…? Pero sabe que no lo hará, nunca podría. Y su mirada se cuaja de lágrimas, que ruedan con esfuerzo por sus mejillas, silenciosas. Son lágrimas amargas que le queman, unas que no tienen consuelo. Llora porque nadie está ahí, porque nadie puede presenciar su debilidad, su amor, su angustia. Tampoco hay nadie allí que lo toque, lo conforte o le diga que todo pasará. No hay nadie que le tenga piedad, piedad que él mismo no se permite para sí o para el hombre que ama. No hay un joven puto que se encandile con él, ni una ex mujer que sólo lo miraría con asco si le contara, ni unas hijas pequeñas. Está solo, y mientras mira hacia la carretera, se pregunta: “¿Dónde estarás ahora?”, y las lágrimas resbalan, pocas, saladas, con desconsuelo. Para él no hay nadie que pregunte: ¿Está bien, señor…?  

Julio César.

CHICOS Y JUGUETES

octubre 13, 2007

NADA CUESTA PREGUNTAR, ¿NO?

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MACHO MONTADO

Julio César.

 NOTA: Todas las fotografías han sido tomadas de portales gratuitos. Que nadie se moleste, por favor…

DEPORTE DE LOS MUY DUROS

octubre 13, 2007

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   -Panita, sácame el bikini del culo… -me rogó y fui; ¡dientes, a trabajar!

 

   Hay deportes que llaman la atención, tanto por televisión como en vivo. Ver a estos muchachotes seca la boca de cualquiera. Los ojos, ávidos y fijos los siguen cuando posan sus pectorales adorables, sus muslos que piden ser tocados, sus anatomías desarrolladas, brillantes de aceites… en sus tanguitas, aunque más chicas serían mejor, ¡cómo levantarían audiencia!, entre otras vainas. Por cierto, me ofrezco humildemente a aplicar esos aceites, no tienen que pagarme, seguro que me dejan contratado, tengo manos grandes y sé mover bien los dedos, les voy a engrasar hasta esos… lugarcitos secretos, íntimos y tiernos con uno o dos dedos a pedidos del interesado, que sudaría más al gemir tanto. ¿Imaginan a todos esos tipos esperando salir a concursar en un cuartito chico, admirándose unos a otros, tocándose, sonriéndose? ¿Y las duchas después? Seguramente hasta se ayudan a enjabonarse las espaldas y luego entre esas nalgotas. Algún canal de deportes debería transmitir también eso.

 

CELEBRACIÓN DEPORTIVA

 

Julio César.

SIN NADA MEJOR QUÉ HACER…

octubre 13, 2007

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   Los amigos del hijo lo adoraban…

 

   Cada vez que baja al resort, Germán se divierte una bola y parte de la otra también. Es un tipo de cierta edad y eso parecía encantarles a los muchachos. Dos días atrás, flotando sobre el agua de la piscina, lo agarró la noche y allí lo encontraron dos muchachos que venían tomados, ebrios, quienes le sacaron conversación. Tomaron algo juntos, rieron, y en un momento que cerró los ojos para descansar sintió manos por todo su cuerpo, sobre todo en su tórax y muslos. Los abrió rápidamente y allí estaban, sonrientes, diciéndole lo bien que se veía, moviendo manos como locos. Germán calló un momento, indeciso, ¡al coño, no tenía nada más que hacer!, así que abrió más las piernas. Pronto las manos tocaron, acariciaron y subieron. Que la porra quedara expuesta como el palo de un mástil y fuera cubierta por la bocota de uno de ellos mientras el otro daba toques técnicos de lengua esperando su turno, fue una sola cosa. Se notaban muy ansiosos, como ocurre siempre con los chicos. Parecían gatitos mimosos que esperaran por un buen tazón de leche caliente…

 

   -Calma, alcanza para los dos… -gruñó ronco. No estabas mal para terminar el día, ¿eh?

 

PROVOCANDO AL GAY

 

Julio César.

EL PROFESOR ENSEÑA…

octubre 13, 2007

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   Los muchachos deben ser educados…

 

   Gimnasio del equipo de lucha universitaria:

 

   -Profe, no, me dijeron que era algo muy grande… -gimió sudando.

 

   -¡Cállate, mariconcito! Todo cabe sabiéndolo meter. Y ya me tienes harto con tu falta de disciplina y compromiso para con el equipo. Voy a darte una buena y dura lección. ¡Y te lo andabas buscando! Mira que venir a practicar con esta pantaletica. Tienes a todo el equipo caliente. Un día de estos van a darte una buena encerrona en los baños y te lo van a dejar como resbaladero de monos, mojado y empegostado de orejas a culo. Y créeme, algunos lo tiene más grande que el mío. –gruñó la ruda voz del entrenador, de un manotón retirando la amarilla prenda.- Abre… -ordena.

 

   -Pero ¿seco…?

 

   -No hay problema, la salivita nunca falla. ¿No viste a los vaqueros? Ah, lo tienes rojito y lampiño… ya esperabas esto, ¿verdad?

 

MAL CUÑADO

 

Julio César.

LUCHAS INTERNAS… (2)

octubre 13, 2007

LUCHAS INTERNAS

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   Antes le gustaba una vaina, ahora otra…

……

 

   El güevo emerge de la bragueta abierta, largo y grueso, blanco rojizo, surcado de venas. La boca de Cecilio sube y baja con fuerza, haciendo ruiditos de succión y chupadas, dejándolo brillante de saliva. Mamaba con unas ganas que los enloquecía más y más. La boca rodeada por la barba y el bigote sube casi hasta la roja e hinchada cabezota, que besa largamente, dejando los labios, entreabiertos, pegados de ella, jadeante, humedeciéndola más, lamiéndola, dándole pequeños y lujuriosos lengüetazos; para luego volver a tragárselo todo, clavándoselo hasta la garganta, atrapándolo allí, mientras su lengua lamía como podía, jadeando casi asfixiado, pero gozando como nunca, ¡una tranca de macho siempre lo hacía vivir!

 

   Ese güevo caliente parece quemar más, palpitando con furia  dentro de su ansiosa y húmeda boca, y a cada palpitada parece soltar un jugo agridulce que el abogado traga con  voracidad. Cerrando los ojos, Cecilio se empala por la boca, apretando el rico instrumento con su garganta, con sus mejillas y lengua con ansiedad. Recuerda todos los güevos que ha mamado durante años, una debilidad contra la que luchó un tiempo; pero contra la que perdió una tarde, en medio de dos compañeros de estudios en la universidad, con tres cervezas encima. En ese momento cedió al fin, tragando una buena dosis de leche toda esa tarde. Los dos carajos no querían perder una oportunidad así y lo pusieron a becerrear bastante tiempo; pasando de uno al otro…

 

   José, sentado, jadeando ante el placer que siente, mira el cabello negro de la nuca del otro, cuya cabeza sube y baja con ganas, mamándolo más, atrapándole los testículos que cuelgan fuera de la bragueta y dándole ricos tirones y masajes. El vigilante siente que el güevo es chupado, atrapado, apretado; nota como lo hala sabroso. Esa boca le da con fuerzas, queriendo sacarle todo. Una manota de José, excitado, le atrapa la nuca obligándolo a mamar con más velocidad. Quiere verlo atragantado, quiere empujarlo contra su monstruosamente erecto güevo, verlo tragar con dificultad pero con ganas. Cecilio se oye más y más ahogado. José ríe bajo, siente más deseo, más placer. Lentamente sus caderas suben y bajan un poco sobre el escritorio, metiéndole el enorme tronco en la boca al otro. ¡Cogiéndolo por esa boca!

 

   -Está rico, ¿verdad? Lo mama con ganas… doctorcito. -se burla ronco el vigilante. El otro no puede responder, sólo lo mira intenso, ardiente, sometido al rey güevo.- Anda, trágatelo… sácale la leche. Cómo te gusta tragar leche de machos, ¿no? Eso es lo que más te gusta… Mamar es sabroso, ¿ah? Yo también quiero… -dice mórbido, caliente.

 

   Baja de la mesa y para al carajo que lo mira jadeante, buscando como de besarlo. Generalmente lo enloquece sentir la lengua de otro tipo en su boca, pero la barbilla ensalivada hace que José dude, obligándole a darle la espalda apoyándolo de manos contra el escritorio. Se agacha tras ese hombre al que obliga a subirse el saco y la camisa. Encuentra muy erótico tener a ese tipo así, caliente, queriendo mamar y queriendo que le den por el culo (a Cecilio le encantaba que le dieran machete duro por ese chiquito), vistiendo su saco, su camisa y corbata de abogado y jefe suyo en la firma. Ya debía tener el culo caliente. Muy caliente y dilatado, esperando el ansiado asalto a su frutica ya no tan secreta. El joven mira esas nalgotas plenas, de quien se ejercita, con una línea chica de bronceado. Las amasa. Sus dedos palpan y soban la piel cálida y firme. Se agacha tras él y su boca cae sobre una de ellas, mordiéndola, saboreándola. Muerde de una a la otra. Su lengua las recorre. Están saladitas, tibias y temblorosas de pasión.

 

   Cecilio gime algo escandaloso, grita como un poseso cuando le hacen cosas así, eso era parte de su encanto según los que lo habían enculado antes. A los carajos les gustaba coger a un tipo alto y gritón como él, que jadeaba y chillaba por más; que gritaba que sí, que lo cogieran duro, que lo cabalgarán, que le rompieran el culo. Era un buen gritón y eso excitaba a sus machos, les hacía sentir que lo hacían muy bien. Esa lengua tibia en su raja, en esos momentos, lo excita.

 

   Esa lengua cae en la raja interglútea, saboreando, lamiendo en forma ostentosa, evidente, con las ganas de quien disfruta un rico platillo al paladar. Esa tibia y babosa lengua arranca más gemidos del otro. A José le gusta eso, verlo así, caliente, queriendo más y más. Sometido a él. La punta de su rojiza lengua aletea sobre el sonrosado culito lampiño, que titila y se estremece ante las caricias del macho. Se ve pequeño, arrugado y deseoso de ser consolado y mimado. Lame con ganas, dejando regueros de saliva. Cecilio cierra los ojos y casi se desmaya sobre el escritorio. Todo su cuerpo vibra queriendo más de eso. Sus caderas se agitan, van y vienen contra esa boca caliente que lo atormenta. Su  culito sube y baja agitado sobre esa lengua voraz. Quiere que se lo coman ya. Que le devoren su joyita caliente. El culo le echa candela. Está mojado, hecho una sopa.

 

   -Cógeme, papi. Cógeme ya. Métemelo todo en el culo. Anda… cógeme duro… -jadea mal.

 

   -Como te gusta que te cojan, ¿verdad? -un dedo de José se frota contra el ojito, mientras lo mama con ganas. El dedo frota y frota produciendo unas cosquillas tan ricas y desesperantes que el otro grita incapaz de aguantar más la dulce tortura.

 

   José sonríe cruel. ¡Que caliente y puto era ese carajo! Se pone de pie, colocándose tras él, con el güevo tieso como una barra de acero, frotándose caliente contra esas nalgas. La dureza, calor y palpitaciones del pene hacen que Cecilio, al sentirlo tras él, casi grite, echando más el ansioso culo hacia atrás. El vigilante se posiciona tras él, abriéndole más las nalgas con las manos, la roja e hinchada cabezota de su güevo se frota contra la chica gruta masculina. Entra lentamente, muy lentamente. Se va clavando centímetro a centímetro, abriéndolo.

 

   Cecilio grita mirando hacia atrás, desesperado. Le duele. Lo desgarra, pero lo quiere adentro. Todo su cuerpo se estremece de deseos, esperándolo. El güevote entra más y más, clavándose indetenible en sus ardientes entrañas. Entra todo y José se queda allí, teniendo el güevo totalmente encapsulado en ese culito. Siente como los músculos del hueco le aprietan y aprisionan el tolete, chupándolo. Cecilio grita, jadeando, sintiendo como el güevo palpita, creciéndole más dentro del chiquito. El tolete sufre espasmos, creciendo y soltando líquidos de lujuria.

 

   José monta sus manotas en las calientes caderas del otro, medio saca el tolete y vuelve a clavarlo. Lo coge con ritmo, con ganas. El güevo sale y entra victorioso mientras Cecilio jadea, sintiendo como lo taladra rico. La tranca lo penetra, lo coge, lo estimula. Lo nutre. José lo goza y aprieta los dientes. Disfruta cabalgando a ese tipo sudado al que arroja sobre el escritorio que cruje, empujándolo por la brillante espalda, subiéndole más la ropa. Le gusta verlo sometido, jadeando por más. Por más güevo. ¡Y Cecilio siempre quería güevo!

 

   Los cuerpos se mueven acompasadamente, en un vals de sexo y lujuria. Cecilio aprieta los dientes y cierra los ojos sudando sobre el escritorio, mientras su culo va contra ese güevote que lo taladra. Las manos caliente de José se clavan en sus caderas y las pellizca. Se tiende sobre él. Cecilio gime al sentir el peso del hombre sobre sí, aplastándolo contra el mesón. Una mano de José se mete dentro de sus ropas y le atrapa una tetilla. Está erecta y dura. Caliente. La soba. La pellizca casi con dureza. Cecilio casi ríe y grita, gozando una bola. José se endereza y mira como el culo del otro va y viene sobre su güevote; ve como el huequito, porque parece chico, se abre tragándolo con ganas. Cecilio lo mueve de adelante atrás, de arriba abajo, casi en forma circular. Sabe bien como mover el culo sobre un güevo, reconoce José. Y cuando más caliente está, oye unas voces que se acercan fuera de la oficina del abogado.

 

   -Lo mejor sería suspender la junta. Tú no la convocaste. –oyen que dice Sam.

 

   -¿Y qué crean que les tengo miedo? Claro que les tengo, pero no quiero que se sepa. -responde Eric.

 

   José se impacta y se queda quieto, con el güevo clavado en ese culito ardiente y hambriento. Cecilio, loco de lujuria, lo mueve de arriba abajo sobre su pelvis, enculándose él mismo, jadeando bajito. La mano de José cae con furia sobre su boca. Callándolo. Sería horrible que los descubrieran así, no tanto por las apariencias, ya que Cecilio tenía mucho más que perder que él; sino porque no era prudente que Eric Roche lo descubriera enculando a otro carajo. Había… planes para él, planes que podrían estropearse sí Eric supiera que él no era un novato en ciertos asuntos. Podría preguntarse cosas que Cecilio, por ejemplo, no se había planteado jamás, caliente como estaba siempre por su güevo. Los oye alejarse de ahí.

 

   Mientras piensa en lo que tiene que hacer más tarde, y en Eric (a quien alguien tenía en la mira y de mala forma), José sigue cogiendo al carajo al que le cubre la boca aún. Ahora lo hace porque lo excita. Le mete dos dedos en la cálida boca y Cecilio, con una ansiedad admirable, los lame y lengüetea. Cerrando los ojos, jadeando y moviendo el culo, Cecilio recuerda los días en que iba a la playa y se quedaba mirando a los carajotes grandes en tanguitas. Como le gustaban esas nalgotas musculosas de machos viriles semicubiertas con una suave telita a la que provocaba pasarle la mano. Y los bultos, cómo se los acomodaban esos carajos para lucirlos…

 

   José sonríe, pensando en lo que tiene que hacer en el futuro inmediato, y en el dinero que puede ganar; todo gracias a Eric Roche. Siente como su güevo se tensa horriblemente, tanto que Cecilio abre los ojos y boca al sentir ese tizón en el culo, que luego se estremece y vomita una cantidad grande de leche caliente dentro de ese hueco que palpita y chupa cada gota del cálido néctar. José jadea, bombeando más y más en un culo que suena plo plo al estar lleno de semen pegajoso. Cecilio se para bruscamente, sintiendo como su propio cuerpo se estremece y José lo abraza por la cintura, teniéndole el tolete aún clavado en el culito. El güevo de Cecilio se vacía con una larga corrida sobre su escritorio.

……

 

   La junta no comenzaba nada bien, se dijo Eric al notar que había concordancia entre Aníbal y Ricardo Gotta. Tradicionalmente esos dos se enfrentaban por el control de una buena parte de la firma, pero ahora parecían trabajar hermanados. Ricardo, quien miró con mala cara a Cecilio al llegar tarde y agitado, comenzó su diatriba contra Eric, intentando parecer tranquilo.

 

   -Nos pareció oportuno a Aníbal y a mí, convocar a esta reunión, Eric. Todos aquí, minoritarios o no, tenemos intereses creados en la firma. Y nos parece que tu bendita costumbre de vetar proyectos y clientes, sin tomar en cuanta la opinión de los socios o abogados que traen a esa gente, se vuelve francamente irritante. Nos estás coartando, no tenemos libertad de acción y estamos perdiendo mucho dinero. -es tajante.

 

   -Y cancha. Hoy hay clientes que van con otros. Gente que tradicionalmente estuvo con nosotros, aquí. -acota Aníbal, suave. Eric lo mira molesto.

 

   -El derecho a veto es un privilegio de la presidencia. Siempre lo ha sido. En tiempos de mi padre nadie discutió…

 

   -Discúlpame la sinceridad, mi estimado Eric, pero tú no eres Germán Roche. -suena burlón y menospreciador el otro.- Tu padre no limitaría el área de influencia de La Torre, ni de los socios.

 

   -Lo siento, Ricardo, pero ahora soy yo quien está al frente y quien toma las decisiones. Mi padre está retirado. -es seco. Se siente molesto. Sam se ve preocupado y mira a Aníbal.

 

   -Es que ese es el centro de la cuestión. El problema… es tu liderazgo. -sonríe Ricardo. Eric lo mira impactado.

 

   -¿Estás cuestionando mi cargo o mi derecho a estar aquí? Después de los Caracciolo, la mayoría accionaria de la firma pertenece a mi familia. Sí tú y el resto de los socios presentes quieren disputarme… -se acalora.

 

   -Nadie está negando tú derecho a estar aquí, Eric. -es frío Aníbal.- Pero ésta es una sociedad comercial. Somos abogados, pero también hombres de negocios. Y sí no ganamos dinero, lo estamos perdiendo. Y tú, nos estás haciendo perder mucho. -Ricardo se inclina sobre el mesón, enfatizando su posición con unos leves golpes de nudillos al mesón.

 

   -También influencias.

 

   -¿Y qué se supone que vamos a hacer? Mi posición es clara. Lo ha sido desde el principio. Actúo según creo, es lo mejor. -se altera.

 

   -Es cierto. El problema viene desde el inicio de tu gestión. -Ricardo es falsamente suave, se ve que disfruta eso.- No puedes culparnos si deseamos… remover el escollo en el que te has convertido. -Eric se impacta. Igual Sam.

 

   -¿Estás amenazándome, Ricardo? No tienes el poder dentro de la firma para… -Aníbal lo interrumpe.

 

   -Modera tu tono, Eric Roche. Somos socios y colegas, no servidores de un niño rico. -eso impresiona a regañado.- Tu padre ya está en conocimiento del disgusto de la junta. Él… ha entendido nuestra posición.

 

   -¿Germán? -gruñe Sam, sorprendido.- ¿Lo consultaron?

 

   -¿Fueron con mi padre antes de hablar conmigo? –Eric se levanta de la silla furioso.

 

   Al joven le costaba enfrentar a su padre. Siempre había sido un hombre justo y recto, pero feroz e implacable dentro de los negocios y los tribunales. Era hábil. Y Eric sentía que su padre no lo veía como un digno sucesor; que Germán creía que le faltaba garra y maldad para dirigir los negocios. Ahora ellos, los socios, le iban con la queja, saltándolo a él, como sí fuera un niño tan necio y estúpido que no debía dársele la oportunidad de joder aún más las cosas. La rabia lo domina.

 

   -No nos dejaste otro camino. -dice Ricardo, sonriente; como la hiena que es, piensa Sam.

 

   -Mi padre no se dejará convencer por… -le cuesta hablar. Conoce a Germán. Es duro. Es cruel. Combativo. Él no se dejaría acorralar por los socios. Ni por Ricardo. Ni por Aníbal.

 

   -Tenemos su promesa de que hablará contigo lo antes posible. -lo impacta Aníbal.- Propongo suspender esta junta hasta mañana, para que tengas tiempo de hablar con él. -Eric parece que va a lanzar un juramento, cuando Sam se adelanta poniéndose de pie y cerrando su saco.

 

   -Creo que es lo mejor. Señores… -con una leve inclinación de cabeza, toma a Eric por un brazo y casi lo saca a rastras de allí.

 

   Ricardo cruza una mirada divertida con Aníbal, pero éste no le corresponde. Sólo piensa en lo maravilloso que será el día en que saque a Ricardo de allí, como hoy hacían con Eric. Por su lado, Ricardo imaginaba algo parecido. Y como todos en este mundo, ninguno de los dos imaginaba lo que el futuro traería.

……

 

   Por el pasillo van los dos hombres. Eric tiembla de rabia. Sam se ve pensativo, serio.

 

   -¿Por qué acordaste con ellos? No voy a soportar que me hagan esto, Sam. Es…

 

   -Un golpe de estado. Te quieren tumbar y tú se los pones facilito, pato. -comenta con amarga ironía el otro.- Como están tan de moda los golpes, te dan uno… -su cerebro trabaja a millón.

 

   -No pueden tratarme como a un niño caprichoso, al que le van con quejas al papá para que le hale las orejas y lo obligue a hacer lo que no quiere. No voy a dejar que Aníbal y Ricardo me amenacen ni que me controlen. -grita.

 

   -¿Y qué ibas a hacer? ¿Caerte a coñazos con los dos? Aníbal y Ricardo, cada uno por su lado, asustan, juntos son de terror. Seguro que uno sabe artes secretas y mortales de ninja y el otro magia negra de la que hace aparecer demonios y cosas así. Y es obvio que han llegado a un acuerdo entre ellos. Y que han hecho participe a tu padre de eso. Sí el viejo Germán convino en reprenderte… algo muy poderoso deben estar usando contra él. -suena preocupado.

 

   -No me interesa. Iré contra todos esos coños’e madre… –ruge molesto, decidido. Sam le atrapa un hombro y con cierta rudeza lo empuja contra la pared, como queriendo meterle sentido común a fuerza de golpes en la cabeza. Lo señala con un dedo y lo apuñala con él en el pecho.

 

   -No te comportes como el niño caprichoso que supones que todos creen que eres. Averigua primero qué está pasando y qué terreno estás pisando. Cálmate… -le sonríe en forma encantadora.- ¿Por qué no vamos esta tarde a dar unos cuentos batazos? El ejercicio físico tal vez te haga pensar un poco más en frío. Aunque para mí, tú como que no piensas mucho… -baja la voz.- Como no sea en güevos y tipos lavándose el culo.

 

   -Déjate de maricadas. -suena algo molesto.

 

   -¿No te sientes extraño utilizando esa palabrita para insultar a otros hombres? -ríe Sam.

 

   Eric, mortificado va a decirle algo, pero Serena Salgado, su asistente, se le acerca a paso vivo. Le anuncia que su padre, don Germán, lo citó esa noche en su casa. Que no falte, pues se trata de algo muy importante.

 

   Eric y Sam cruzan una mirada incómoda. Sam no envidia para nada esa velada. Serena mira a Eric, el mensaje no le gustó. Tal vez esa información tenga algún valor para el Capo, siempre le pedía que mantuviera muy bien vigilado al joven. No estaba de más ganarse una platica así, piensa sin demostrar nada. La mujer no siente ningún empacho en espiar a su jefe y salir luego corriendo a contar todo lo que hace; era parte de las luchas que se escenificaban dentro de La Torre.

……

 

   Una hora más tarde, Eric baja en el ascensor directo que va del piso quince a los sombríos  estacionamientos. Se siente cansado y deprimido. Sabe que la reunión con los socios no fue nada comparada con la que tendría con su padre. Germán era un luchador, entregado a la pasión de toda su vida, la ley. Era un hombre decente, pero eso no quería decir que no fuera combativo y que hiciera todo lo que estaba en sus manos para ganar como fuera. Al final, triunfar era su obsesión, casi más que el dinero, el prestigio o las influencias que tanto buscaban ahora Ricardo Gotta y Aníbal López. Su padre, junto a Manuel Caracciolo, fundó La Torre; era su vida, y le costó mucho retirarse: dos infartos y una amenaza de divorcio de Norma, su madre, entre otras cosas. Y lo quería al frente de todo, aunque el joven sabía que no estaba contento con los resultados obtenidos hasta ahora.

 

   El abogado se mira de pasada en el espejo. Sonríe con una mueca. Sam tiene razón, no está tan mal. No es un hombre que pudiera llamarse bello, pero no era tan feo, se dice divertido. A sus veintiocho años, Eric Roche estaba en la plenitud de sus facultades físicas y sexuales; con ganas, con muchas ganas. Era un hombre alto, pero no tanto como Sam. Delgado, pero musculoso, de buenas espaldas. Le gustaba el ejercicio, pero más como un pasatiempo que como una rutina obsesiva a la que se encadenaba para tener ‘un cuerpo bonito’. De piel algo paliducha y cabello muy negro; sus ojos castaños oscuros eran llamativos, le daban un aire de buena gente y de hombre sensible que destacaba; aunque también lo hacía verse algo… suave. Blando.

 

   Recuerda lo que le dijo Sam sobre el joven del taller mecánico. Sabe que tiene buena pinta, siendo sensible e inteligente (dentro de ciertos límites, claro está), culto y de buena presencia, resultaba atractivo para la gente. En especial para las mujeres. Pero hacía muchos años que el joven sabía que por ahí no iban sus intereses. Sí alguien le hubiera preguntado qué le pasó, Eric no habría podido responderle claramente. Hasta los trece años lo emocionaban las mujeres y la idea del sexo con ellas. Atesoraba como algo muy preciado una revistica porno donde una hermosa catira aparecía muy abierta de piernas, agachada, con una pantaletica roja y las grandes tetas al aire. Eso le provocó miles de fantasías y de pajas en su cama y en el baño.

 

   Pero algo cambió; a los catorce comenzó a fijarse en otras cosas. Él culpaba de todo a Ángel Lamas, un condiscípulo grande y atractivo, galanzote entre las chicas, que en los vestuarios del liceo, al cambiarse, se pavoneaba en calzoncillos tipo bikinis de un lado para otro. Una tarde, cuando sólo estaban Eric y él, Lamas comenzó a hablarle de una tipa a la que conoció, de cómo le metió mano y todo eso; y bajo el bikini azul que usaba, se dibujó una tremenda erección. Eric sintió unas ganas horribles de tocársela, de sobarla sobre la tela, de sacar esa tranca de allí y masturbarla, de oír a Lamas jadeando, mientras le ordeñaba el güevote. Y casi podría jurar, aún hoy en día, que Lamas esperaba que se la tocara. Estaba ahí, en tanga, con el güevo erecto, esperando él también. Pero nada pasó.

 

   Sin embargo fue un sentimiento tan fuerte, que entendió que había algo distinto en él. Pero era algo a lo que en veintiocho años no había cedido. Su drama era ser un joven saludable, atractivo y caliente, con un güevo, una boca… y tal vez un culo que buscaban algo más (emociones ‘fuertes y duras’), y no las había tenido. No se atrevía. Había sojuzgado su sexualidad, eso que tanto buscaba y deseaba. Durante años tuvo que resistir el encanto de jóvenes atractivos en las piscinas, en las playas, en fiestas, en el stadium. Nunca cedió a eso que tanto anhelaba y solamente en la soledad de su cama, de noche o de día, se atrevía a soñar con otra forma de sexo, de amor. Claro que ojeaba revistas y veía películas, y como le costó conseguirlas, no porque no las hubiera, sino por la horrible sensación de exponerse a un juicio extraño cada vez que las buscaba. Pero eso no era sexo real, no era piel contra piel. Carne contra carne. Contacto con otro.

 

   Sí, tenía veintiocho años, era un ganador, un triunfador como diría cualquiera de forma ligera y superficial. Pero para sus adentro, Eric se moría. Y no lo entendía. No sabía por qué. Algo le faltaba, y no era simplemente el sexo, el tocar a otro carajo y tirar un rato, porque si a ver vamos, podría haberse ido a otra parte, otra ciudad, otro país, donde nadie supiera quién era y obtenerlo. Pero de alguna manera, el joven sabía que no era eso. Era su vida la que estaba mal.

 

CONTINÚA … (3)

 

Julio César.