Archive for 27 noviembre 2007

DEBERES Y DEPRESIÓN

noviembre 27, 2007

 …ESCRIBIR

es-o-no-es-amor.jpg

   Dios, ¿no hacen una bella pareja?   

   Saludos, amigos; sí es que hay alguien leyendo, gente perezosa incapaz de enviar un comentario para saber que leen. Como admirador de cierta película, he llegado a querer también a dos actores muy conocidos ahora, al menos para mí. Esta hermosa fotografía la encontré en uno de esos foros donde todavía hoy, casi dos años después, siguen reuniéndose los que quieren a esta pareja que tanto se quiso. Cuando la tomé, leí una leyenda a pie de página donde el que la exponía decía que se la habían enviado aunque no estaba seguro de que fuera real; ¡pueden hacerse tantas cosas hoy en día con las computadoras!   

   Bien, me gusta pensar que es genuina, y no llego a los extremos de creer que ‘se quieren mucho’, como lo insinuaban en el foro, tan sólo que son amigos… aunque los amigos que tengo, si a alguno le diera por caerle a uno encima así para decirle algo, uno lo apartaría de un codazo. Claro, yo no lo haría con Heath Ledger o Jake Gyllenhaal, como no apartaría a Angelina Jolie o Cristina Aguilera si les diera por hablarme de esta forma.   

   Cónchale, ya estoy divagando, deseaba usar esta fotografía con otro tipo de comentario, pero quise utilizarla ahora en lo que será una despedida por poco tiempo, al menos eso espero. Tal vez no lo sepan pero mi país, Venezuela, pasa por momentos de dura prueba nuevamente; el autócrata que nos desgobierna pretende crearse una constitución a la medida, una que le permita controlar definitivamente todos los poderes y reelegirse indefinidamente, como lo hacían las joyitas de Sadam Hussein y Fidel Castro, que en paz descanen esos dos, si es que pueden. Por lo tanto paro para hacer campaña final por el NO, aunque sin muchas esperanzas. La gente encargada de contar los votos fue nombrada por el Gobierno, así que no tengo fe de que nada claro salga de ello. El último directorio electoral, ‘imparcial’ en palabras de Argentina, Brasil, Chile, España y la OEA, dejó como vicepresidente de la república al tipo que compró las máquinas electorales, pero eso, al parecer, no debe llamar a suspicacias, a menos que uno sea muy mal pensado (perdóname Señor de un mal pensamiento inspirado por Satán, cuando vi a la monja salir con el capellán…).   

   Haré campaña, seré testigo de mesa y votaré por el NO, pero… Si todo sale como el autócrata espera, y a las tres de la madrugada dan el boletín de su triunfo, caeré en la vieja depresión, o saldremos todos a las calles, a la ucraniana; como sea, algo de tiempo estaré ausente. Ojalá tengamos suerte. Por eso me gusta esta foto y quise despedirme, por ahora, con ella, es divertida, atrevida, insinuante y sugestiva. En pocas palabras: me gusta lo que muestra y la que deja a la imaginación. Si es real, tanto las poses como la fotografía en sí, es obra de gente que sabe lo que hace. Esperemos que en Venezuela también sepamos qué hacer. Dios, de la que se salvaron los mexicanos… en cuanto a Bolivia, Ecuador y Nicaragua, ellos se lo buscaron, sabían lo que pasaba en mi país y aún así gritaron y corrieron para echarse esa vaina. Termino como dicen las viejas en mi tierra cuando algo es muy malo: que brille para todos ellos (nosotros) la luz perpetua… 

ALEGRÍA Y ESPERANZAS… POR AHORA…

Julio César.

UN DÍA, MUCHOS AÑOS DESPUÉS… (2)

noviembre 24, 2007

 …BROKEBACK MOUNTAIN                    AÑOS DESPUÉS… 1

   Ahora volvemos con una historia sobre Ennis del Mar, a quien habíamos dejado recordando el momento exacto cuando conoció a su nuevo amor, Ed. Para mí, la cosa es hasta anatema. Él no tenía ningún derecho a olvidar a Jack Twist, pero digamos en beneficio de otros, que si; bueno, qué se le hace. Pero esta es sólo una trama marginal.   

   La historia de esos dos, Ennis y Jack, sí era definitivamente una historia de amor. Supongamos que no el primer encuentro cuando Jack decide mandarlo todo al diablo y aproximarse a ese carajo tosco y hermoso que estaba a su lado, enloqueciéndolo, y se entrega a él, necesitándolo, deseándolo tanto, lleno de ganas porque el otro fuera su hombre. Acordemos que hasta ese momento la cosa había sido carne, lujuria, el deseo de dos jóvenes calientes que deseban sexo, dándose latazos y frotes. Pero una vez que Ennis decide que todo eso, toda esa locura de los sentidos, no volverá a ocurrir porque no es ningún marica y todo eso para él había sido un feo trauma que lo enfrentaba a todo lo que era y deseaba ser, pero obligado por algo más fuerte que él mismo a regresar esa noche a la tienda donde un Jack “con el joven torso desnudo y los ojos llenos de estrellas”, lo espera, y cada uno constata en la mirada del otro la intensidad de lo que sienten, allí la cosa cambia.   

   Aún el escéptico más grande al respecto no puede encontrar otra explicación como no sea un ataque de pánico y desesperación, la agresión de la que Ennis hace víctima a Jack cuando están a punto de bajar de la montaña. Era la única forma en que ese hombre cerrado en sí mismo podía dejar salir lo que sentía, la rabia, la impotencia y desesperación al ver que la estación terminaba y Jack se iría de su vida y no había forma de detener nada de eso; o como la escena que sigue al enfrentamiento con Alma cuando ella le grita que sabía de todas sus cochinadas con el tal Jack, y sale tan mal que ataca y golpea al tipo del camión, buscando al mismo tiempo ser agredido, tal vez castigado por sus ‘pecados’. Ennis era complejo, amaba a Jack pero no podía permitirse amarlo, por lo que condenaba a todo el mundo a la infelicidad: a Alma, sus hijas, a Jack y hasta la mujer de Jack.   

   Pero, a pesar del rechazo a los sentimientos y a lo que se es, Ennis del Mar no puede dejar de pensar en Jack Twist, de extrañarlo, de añorarlo, entendiendo que su vida vacía, sin felicidad, sin ternura, era así porque el otro no estaba a su lado. Es por ello la escena del reencuentro, de los besos imprudentes a los pies de unas escaleras, o la ida al motel, o los celos terribles que hacen que Ennis casi amenace de muerte a Jack si sabe que va a México a entregarse a otros hombres. Para mucha gente eso puede parecer ridículo, o idiota. La idea de una necesidad tan grande, de una añoranza por un cuerpo, una boca, unos brazos y unos besos que ni el tiempo ni la distancia pueden apagar, o el que se viva soñando con eso todo el tiempo sin poder sentirse jamás feliz, o tranquilo, puede parecer algo tonto a demasiados. Muchas personas parecen encontrar alivio o una razón de ser en cada encuentro fortuito, en algo rápido e indoloro. 

   Pero tal vez para otros no sea así, hay quienes aman de tal manera que a veces asustan. Tal vez para algunos no baste con cualquiera, no puede ser este o aquel, sino esa persona en especial, a la que ‘miran’ en cada rincón sin que esté, a veces como una sombra vaga captada por el rabillo del ojo que acelera el corazón y luego lo deja dolido al ver que todo era una ilusión. Tal vez por eso hay personas que sin ninguna razón aparente, ni ningún motivo para rechazar, dicen no. U otros, que en la soledad e intimidad de sus casas, sencillamente deciden que ya no pueden continuar, que ya no pueden soportar un día más en esa forma, y toman resoluciones mortales; y luego todos se preguntan por qué hizo eso. Creo que la cantante mexicana Amanda Miguel, tenía una canción que hablaba de eso: ella no salía con cualquiera, cualquiera no la hacía feliz, ella quería esperar la primavera. Tal vez Ennis del Mar, y el mismo Jack, eran de ese tipo. Me gusta creer que realmente hay personas así…

  UN DÍA, MUCHOS AÑOS DESPUES DE BROKEBACK MOUNTAIN…

heath-ledger-el-papito.jpg

   Dime Heath, ¿dónde está tu amigo del alma…?

   Mientras arrancaba la furgoneta, alejándose de la cabaña, Ennis se pregunta por qué tantos recuerdos justo esa mañana, después de todo sólo una más de tantas que ha tenido durante muchos años. De tarde en tarde recordaba algo del pasado pero nunca todo de golpe. Su mirada, bajo el sombrero, se eleva y mira el firmamento a través del parabrisas.       “Es por el cielo. Es por este cielo con el color de los ojos de Jack Twist”. Y pensar en él le eriza la piel una vez más. “Jack, si yo hubiera sido un hombre de verdad con el valor para enfrentar mi vida, quizás hubiera sido tu imagen, amable y amada, siempre con esa tristeza suave en tus ojos cuando yo partía, y no la de Ed la que habría visto despidiéndome con un gesto por el espejo retrovisor”, reconoce, sintiendo como el corazón se le encogía en el pecho. Pensar en Jack y en Ed, lo lastimaba, cuestión que siempre había estado allí, latente. El dolor que había sentido por la muerte de Jack, algo que pensó que lo enloquecería de tanto sufrimiento y que finalmente lo mataría también, por su ida definitiva (nunca como en ese momento entendió lo terrible que era la muerte), se había mitigado un poco con los años y la llegada de Ed, que lo había cubierto con su entrega y cariño, tanto que en determinados momentos podía olvidar la herida, o que Jack alguna vez había estado ahí.   

   “Pero basta sólo con un cielo azul y claro como el de hoy para que vuelva a ver sus ojos grandes y su sonrisa traviesa, fanfarrona, alegre y hermosa, como lo vi el primer día que le conocí, cuando tuve que bajar la mirada ante su presencia, porque sentí que se me ponía roja la cara, la piel se me erizó y me costaba respirar, y temí que él lo notara. El momento más extraño de mi vida hasta ese instante. Cómo me asusté cuando lo miré”. Ahora una imagen copaba totalmente su mente y sus recuerdos: Jack agotado frente a un fuego casi apagado. Y el tiempo desapareció, Ennis lo sintió en la piel, todos esos años no habían transcurrido, porque ahora, muchos años después, pudo volver a sentir contra sí ese cuerpo fuerte, joven y amado, que él había abrazado y acunado desde atrás; podía percibir otra vez el suave aroma a hombre saludable y aseado que le llenó las fosas nasales al apoyar la nariz en su nuca que se eriza levemente ante su contacto, su piel siempre respondía a sus toques, a su proximidad, y era otra cosa que le encantaba de Jack Twist, por lo que tuvo que soltar un rápido y leve beso en esa piel tibia y amada, antes de susurrarle: “Eh, amigo… te duermes de pie como los caballos…”. Ahora, años después, Ennis notó como su mirada se nublaba… justo antes del accidente.   

   El súbito estallido lo regresó a la realidad, pero de un modo extraño, uno que le hizo entender que tal vez una vieja conocida había venido por él al fin; todo parecía desplazarse en cámara lenta. Entendió que un neumático había estallado y que ya no tenía control sobre la furgoneta que había comenzado a derrapar. Y con un escalofrío, sintiéndose algo culpable, supo que ya no estaba sólo.   

   -Cuidado, vaquero. –parecía vibrar una advertencia en la cálida voz.    -¡Jack!   

   -¿A quién esperabas en este momento, Ennis?   

   Ennis miró. Sentado a su derecha estaba él, con su camisa azul preferida, con su sombrero negro de ala ancha, con su mirada hermosa y su sonrisa de siempre; joven y fuerte, como lo vio un día a la entrada del trailer de un carajo al que ya no recordaba, al pie de Brokeback Mountain. El hombre hundió el pie en el freno sin ningún resultado sobre el vehiculo que derrapaba más y más hacia el abismo.   

   -¡Jack! –lo miró suplicante, como asustado, y el otro lo miró largamente.   

   -¿Pasa algo, Ennis? Creí que estabas listo…   

   -Así no, Jack. –casi gimoteó en voz alta, y todo se detuvo en seco: el giro enloquecido que describían, el polvo en el aire, el paisaje rodando a su alrededor, todo paró en el acto. Tragando saliva se volvió hacia Jack, y pronunció palabras que lo sorprendieron mientras iban saliendo de su boca, como si fueran algo ajeno a él.- Ahora no, Jack… -repitió.   

   -¿Pasa algo, vaquero?   

   -No puedo irme así, Jack… Quiero despedirme antes de Ed; quiero poder decirle adiós y que lo extrañaré, decirle que el tiempo juntos fue bueno, y agradecérselo. No quiero que él pase y viva, lo que pasé y viví yo cuando te fuiste, sin que pudiera verte antes. –le dolía decir eso, por lo que le extrañó notar ensancharse la sonrisa de Jack, quien miraba hacia arriba por el parabrisas.   

   -Eso no depende de mí, Ennis. Nunca ha dependido de mí. Es sólo la fuerza de tu amor, de tu dolor, de tus recuerdos y nostalgias lo que me retienen aquí, lo que me hace aparecer de vez en cuando… y no deja que yo parta a otro lugar. –lo dice y parece escrutar el cielo en busca de una señal, tal vez de ese ‘lugar’.   

   -De mi amor y del tuyo, ¿verdad, Jack? Porque tú me… amabas, ¿verdad, Jack? –suena preocupado, como el niño que espera ver en los ojos de su padre, viejo y cansado después de toda una vida de contacto seco y distante, la aprobación y el afecto. Jack lo mira largamente a los ojos.   

   -Mi amor por ti nunca estuvo en discusión, Ennis del Mar. De mi devoción por ti nunca has podido dudar, tan sólo quizás del tuyo. –callan y se miran.- ¿Vas a hacerlo ahora? Yo sigo esperando, estoy aquí esperando por ti… -y el viejo dolor que lo había acompañado toda su vida, le golpeó de nuevo el pecho a Ennis del Mar. ¡Una salida, había una salida!, Jack le hablaba de un lugar, de un paso, de ir a otro sitio, un punto donde estarían juntos, pero aún así, tuvo que responder.   

   -Quiero a Ed, sin él no habría encontrado fuerzas para continuar viviendo. Me gustaría… -y la mirada se le nubla, y le duele detectar tristeza en Jack; porque sabía que era por su culpa, aún después de tantos años seguía lastimándolo.   

   -¿…poder decirle lo que sientes? –terminó por él, Jack, y la sombra oscura de dolor que cruzó su azulada mirada hizo que Ennis se deshiciera en lágrimas.- Entiendo, es importante oírlo decir… -remachó con voz queda.   

   Ennis cerró los ojos incapaz de soportar continuar mirándolo, arrasado por el arrepentimiento y la culpa. Cuántas veces esas palabras no pronunciadas habían abrazado su boca y garganta como el trago más amargo (te amor, Jack Twist) al tenerlo entre sus brazos, a la luz de las estrellas. Habría sido tan fácil decírselo mientras él reposaba contra su pecho, hablando soñadora y alegremente de comprar un rancho, algo para los dos, donde estarían juntos y serían felices. Cuántas veces no se mordió los labios hasta sangrar, al ver partir a Jack en una de mil despedidas, con esa luz que brillaba en sus ojos, luz de espera, de esperanza por oírle decir (te amo, Jack Twist) algo. Soltando una mano del volante, Ennis la lleva a su rostro, intentando sofocar el llanto que subía por su garganta y lo ahogaba, uno que era bilioso, el sabor de la culpa.   

   -Perdóname, Jack, perdóname mi dulce Jack Twist… -gimoteó incontrolable, al tiempo que sintió sobre su hombro la cálida, fuerte y joven mano del otro que lo zarandeaba un poco, con aire animoso.- Perdóname por todas esas despedidas áridas, por todas las cosas que no te dije y que merecías oír. Perdóname por no decirte cuan feliz, vivo y dichoso me hiciste en esos días que…   

   -Joder, Ennis del Mar, toma el volante, ¿o es que quieres matarte?   

   Y sin más, se vio haciendo girar noventa grados el vehiculo, hasta detenerlo a un par de metros del precipicio. Aún lloraba cuando apagó el motor y apoyó la frente sobre el volante, y no necesitó mirar a su lado para saber que estaba solo otra vez, y eso también dolía. Jack había hecho su parte, y se iba, como el dulce ángel de la guarda en que se había convertido, quisiera o no, desde que él se aferraba a su recuerdo de forma desesperada y desolada, temeroso de olvidar algo de su cara, de su risa, de su ternura y que el recuerdo desapareciera finalmente en la nada, eso, lo único real que un día lo hizo sentir y vivir. Jack había cumplido y se marchaba, y al hombre le asustaba eso, ¿por cuánto tiempo se había ido? ¿Por un rato? ¿Volvería mañana cuando lo invocara al despertar, como cada mañana? ¿O estaba dirigiéndose a otro lugar, uno donde siempre había luz, paz, tranquilidad, y se recostaría en el verde pasto, sonriendo dulcemente, mordiendo una brizna de paja, somnoliento, acogido por suaves rayos de sol que no calentarían sino lo justo, disponiéndose a descansar un rato, a esperar, a esperarlo a él hasta el momento en que cayera nuevamente en sus brazos?   

   Ed acababa de atender a los caballos y salía entrecerrando los ojos por el deslumbrante sol de la mañana cuando vio acercarse la furgoneta de Ennis, renqueando con uno de los neumáticos pinchados. Fue a sonreír y a bromear sobre algo, pero al ver bajar al otro con expresión turbada, sombría, dejó caer lo que tenía en las manos y corrió junto a él. Rozó con sus dedos el rostro ceniciento, y lo encaró preocupado.   

   -Ennis, ¿qué tienes? ¿Te encuentras bien? –pero por toda respuesta, el otro lo miró en forma desvalida, abrazándolo luego muy fuerte y durante mucho tiempo, hasta que al fin le oyó en un murmullo corto, entrecortado.   

   -Quería decirte que… -y no puede.   

   -¿Decirme qué? ¿Estás bien? ¿Qué te pasó? –y lo miró a los ojos, extrañamente brillantes y húmedos, cuando Ennis se separó un poco de él.   

   -No es nada malo, sólo que… creo que nunca te he dicho… -y la cara se le contrae en un puchero de vergüenza, de temor a expresar lo que siente.- …cuánto significas para mí. Te quiero mucho, pero no te lo he dicho, ¿verdad? –y calla, notando la sorpresa del otro y como su mirada se ilumina (así habría resplandecido Jack, piensa y le duele, le duele mucho). El otro había enmudecido de emoción, y sólo pudo abrazarlo con más fuerzas, reteniéndolo contra sí, acunándolo.   

   -No hace falta que digas nada, Ennis. –respondió Ed, al fin.- Hay cosas que se sienten, que se saben, que no hace falta decirlas. Yo lo sé. Sé que me quieres, que me tienes mucho cariño. –termina con voz soñadora, algo hueca.    

   Luego sintió las lágrimas ardientes de Ennis en su cuello, y no pudo decir nada más. Volvió a abrazarlo con fuerza y los dos estuvieron mucho tiempo así, enlazados, unidos, corazón contra corazón, con la gran extensión de terreno agreste, con la cabaña, la caballeriza y una lejana montaña azulada al fondo, como únicos testigos del cariño de esos dos hombres que habían decidido compartir una vida porque se necesitaban y eran felices estando juntos como no lo habían sido en mucho tiempo, cada uno por su propia historia; aunque sabiendo que sus familias no lo entendían, y que otros los mirarían con repulsa, burla, agresividad o desprecio.   

   Ed lo abraza y siente un leve deseo de llorar también. De felicidad, de sentir a Ennis así, ese hombre rudo y tosco que una noche lo sedujo con su mirada ardiente, de tortura, sabiendo que escondía un alma hermosa, apasionada. Sin embargo, Ed sabía que Ennis lo ‘quería’, le tenía mucho ‘afecto’ y ‘cariño’, pero amor no se había pronunciado. A él no le importaba, porque nadie podía tener a Ennis del Mar para sí más de lo que él lo sentía ahora. Comprendía que esas lágrimas del otro eran en parte por sus sentimientos hacia él, pero también una tardía confesión de culpa por cosas que no dijo antes. Eran palabras y lágrimas dirigidas a un silente y amable fantasma que a Ed le constaba que existía. El recuerdo de un tal Jack Twist. De tarde en tarde, cuando cenaba con Ennis a la mesa, y hablaban, Ed podía percibir con el rabillo del ojo, algo retirado en la mecedora de la esquina, la presencia del amable espectro que convivía con ellos. “Yo lo amo, Jack”, se había visto obligado a recitar con urgencia más de una noche, cuando al entrar en el dormitorio principal encontraba a Ennis sentado en la cama, con una almohada aferrada contra sí (¿soñando con otro cuerpo?) mirando por la ventana, hacia la lejana montaña, alejado en el tiempo, con los ojos llenos de ayer, brillantes de nostalgia y amor. “Yo también lo amo, Jack. Deja que se quede conmigo un tiempo más, por favor; luego será tuyo, como siempre lo ha sido”.   

   Ennis gimotea todavía, quieto, recostado del otro, sintiendo su aroma, su calidez. Lo quiere, lo quiere mucho, pero su mente era un caos. “Jack… Jack… ¿estás aquí? No te vayas todavía…”. Y le avergonzaba pensarlo. Nunca estaría seguro de si fue el extraño y cálido viento que se levantó meciendo los viejos árboles, que susurraron a tranquilidad, o una voz en su corazón torturado, pero le pareció oír un timbre amado, lejano: “Deja de llorar, Ennis del Mar. Nunca me dijiste que me amabas, y aunque deseaba oírlo de tarde en tarde, cuando me reflejaba en tus ojos después de beber en tu pasión, siempre lo supe. En el fondo lo sabía. Desde el primer momento, cuando te vi y tú levantaste tu mirada huidiza y la bajaste, en ese momento lo supe, que eras mi dueño y yo el tuyo. Como lo supe ante tu llanto cuando temías que me fuera a México a olvidarte. Lo supe desde el principio y hasta el final, ese día, en esa carretera, mientras me… marchaba, pensaba en ti y sabía de tu amor. Nunca dudé de eso, aunque tú lo hiciste. Todo está bien, ¿ahora quieres hacerme el puto favor de seguir con tu vida un tiempo más? Déjame ir a descansar un rato. Te estaré esperando, de alguna manera sé que sí hay un lugar de miel y frutas, de césped verde y mullido, y cielos altos y hermosos en montañas eternas, donde el tiempo no pasa. Vive un poco más Ennis, yo te espero…”

……….   

   Bien, fuera de una que otra libertad poética, o literaria, la historia es más o menos como la leí en aquel blog, del que espero alguien sepa cuál es y nos lo haga saber a todos. Realmente disfrutarán leer todas esos relatos como lo hice yo el año pasado.   

   En cuanto a la historia, creo que debo decir que la gente da demasiadas cosas por sentadas, y eso es arriesgado. Nunca se le dice a la mamá gracias por todo lo que hiciste, por todo lo que te preocupaste, por todo lo que amaste, por tus miedos por mi felicidad. No nos preocupamos a veces de si está triste, o anda molesta, o si se ve infeliz, ni le buscamos una explicación; como si de tonterías de viejas se tratara. Lo mismo pasa con el padre, o los hermanos. Hay gente que se pelea con sus hermanos por tonterías, malos entendidos o discusiones pequeñas y mezquinas y pierden meses y años de vida que no se habló con ellos, no se tomó algo de caña, se hizo una parrilla o se jugó dominó. A veces los sobrinos van perdiendo el interés o el cariño en esas separaciones que son idiotas y las familias terminan alejándose como extraños. Nada cuesta de ve en cuando mirar a todas esas personas a nuestro alrededor y decirles eso, que los queremos; o un: discúlpame por eso que te dije un día. Realmente hay palabras que tienen magia.   

   Por alguna razón la gente siempre cree que hay tiempo para remediar esto o aquello, para hacerle la vida más fácil a esta o aquella persona que tanto nos dio, para reconciliarse, para ayudar, para reunirse y amar otra vez; pero el Ennis del Mar viejo en su trailer, viendo la camisa de Jack sobre la suya con sus ojos llenos de amargura, remordimiento, dolor y amor frustrado debería servir de advertencia: nunca demos nada por hecho, ni siquiera el que tendremos el tiempo para cambiar y ser felices después. ¡Cuidado! 

DE AQUÍ NO ME MUEVO…

Julio César.

ALÓ, ALÓ, PROBANDO…

noviembre 24, 2007

a-que-sabra.jpg

   -Yo te ayudo…   

   Soplaba levemente, admirado ante el titileo del ojito, un ojito que se abría y cerraba, como siempre ocurre cuando le cae aire así. La boca se le secó, cosa rara ya que sentía la lengua llena de saliva. Sabe que esta correrá camino abajo, espesa, caliente, cuando finalmente pegara la punta de esa boquita que lo atraía de una manera increíble, algo que jamás imaginó hacer un día. Pero sí él estaba excitado, lo del otro era peor. Tenso, temblando, sentía el aliento sobre sí, y sabe que algo baboso, caliente y móvil pronto caería sobre él (¡la cosa!), y sabe que gritará, se agitará y pedirá más, como puta loca en carretera, porque ya estaba mal y eso que todavía no había sentido en verdad esa lengua en su c… 

RITUALES DIARIOS

Julio César.

DESPUÉS DE LA PRÁCTICA

noviembre 24, 2007

  …PISCINA

fantasia-cumplida.jpg

   Si las mujeres supieran lo que pasa…   

   Como camarógrafo de SPEN, Jhonny amaba y sufría al cubrir las entrevistas en los vestuarios luego de una práctica o un partido. Lomis, con su sombra de barba, y Tube, con su cara redonda de muchacho malo, eran sus jugadores preferidos de rugby. Al verlos sentaditos allí, con los mínimos suspensorios tipo tangas, forrados en músculos, sudores y aromas, le temblaban las piernas. Imaginaba a Lomis montando su piernota sobre la del amigo, quien se la sobaría, deleitándose en la dura piel masculina; eso antes de que ambos se pusieran de pie, y él cayera de rodillas entre ambos buscando… lo que no se le había perdido. Cuánto trabajo le darían aseándolos como los gatos, a fuerza de lengua que lamería con gula y entre gemidos en todas partes. Imaginaba a esos dos cabrios llenos de adrenalina por el juego y la competencia, deseando desahogarse, corriendose los dos entre gritos animales… Y él ahí, con la boca abierta… de sorpresa, compartiendo con ellos el estallido de júbilo. Sabía que, en ese momento, gozaría un buen gusto de camaradería entre machos. 

ENTRE JUEGO Y JUEGO…

Julio César.

LA LOCURA DE LA ERA… (2)

noviembre 24, 2007

LA LOCURA DE LA ERA

horno-nuclear.jpg

   Sin que se resolviera ninguno de los problemas de los setenta, referentes casi todos a los peligros ambientales, pero relegados al olvidado de alguna manera, entramos sin darnos cuenta en la década siguiente. Los ochenta trajeron a colación una crisis gigantesca que el mundo desconocía, que terminaría con la caída de los países soviéticos. Algo que era impensable para muchos. Por ser latino, y haber recibido una educación socialista, desde la escuela hasta en la iglesia por lo de amar al prójimo y haz el bien, uno tendía a tenerle más aprecio a la Unión Soviética con su revolución del proletariado, que a los Estados Unidos. Claro, ignorábamos la mega estafa, el engaño monumental de una casta demente y cruel que se aseguró el poder para sí, y el vivir como jeques mientras el resto padecían, igualito que ahora cuando pretenden engañar al iluso con la palabra REVOLUCIÓN. No sabíamos de los millones de asesinados, por el hambre provocado o los ajusticiamientos.   

   No sabíamos de los gulags, los campos de muerte llamados de reeducación, de donde pocos salían y escapaban a Occidente, para ser atacados allí por la recua de sanguijuelas al servicio de la Unión Soviética, que se ocultaban bajo el título de intelectuales, sobretodo en Francia donde parecían una mala imitación de Cruela de Vil, y cuya única misión era ridiculizar, perseguir y destruir a todo el que hablara de los horrores tras el telón, o como lo que pasa en Cuba y una que otra nación deslizándose a la africanización en América Latina, pero que suelta billete para que sigan sus vidas parasitarias e inútiles. Aunque viéndolo bien, ¿dónde se anota uno para parásito? Me gusta la plata y sí no hay que hacer nada sino taparear vagabunderías, aquí estoy a la orden.   

   Bien, nada de eso lo sabíamos en los inicios de los ochenta. Sólo oíamos que Estados Unidos y la Unión Soviética extremaban sus fichas sobre el tablero nuclear. Había escaramuzas, peleas y amenazas, veladas una y otras no tanto. Había una sensación de incertidumbre. De miedo. Todos temíamos oír que en tal o cual sitio había estallado un arma nuclear y bajo su hongo de muerte todo había desaparecido. Leer un periódico era saber sobre la tensión entre las alemanias, o en el Oriente Medio, o en el Báltico. La palabra se repetían como un eco de pesadilla: guerra… guerra… Había una sensación de fragilidad dentro de todo aquel que podía sumar dos más dos. Muchos estaban convencidos de que el mundo terminaría en medio de un holocausto nuclear, con un único y fenomenal grito de miedo. Una película que retrató todo ese horror, y de forma muy convincente, fue AL DÍA SIGUIENTE; que en Venezuela completaban con aquello de Al Día Siguiente del Apocalipsis Nuclear, para hacerla sonar más dramática, como si hiciera falta. Ese filme marcó a mucha gente de mi generación. Terminaba la primaria cuando logré verla (no soy tan viejo como dicen mis enemigos), con dos amigas, una de ella con la copia de la película, que vimos en un aparato que estaba de moda en esos días, la última sensación en tecnología, y que no había desaparecido junto con los dinosaurios como dicen los insolentes: el Betamax.   

   Todo era angustiante en esa película: la mirada de la mujer del médico cuando oye las noticias y se le nota el miedo; o el joven que está en la barbería y oye a los otros hablando de guerra y él pregunta como esperanzado: pero no atacarán aquí, ¿verdad?, ¿que objetivo tendría? O la joven en la universidad que entra a un salón de clases gritando que arrojaron las bombas (todavía se me eriza la piel); o cuando el ranchero manda a todos al sótano y sube por la mujer y esta se aferra a tender las camas, a lo que conoce, a su vida ordinaria, y grita que no y llora cuando él dice que eso ya es inútil y la arrastra al refugio. Todo fue terrible, lleno de significado. Aquí en Venezuela las promociones eran angustiantes: Al Día Siguiente… y la humanidad caerá víctima de su propia maldad. O la otra: Al Día Siguiente… cuando los vivos envidiarán a los muertos. Fue una locura en su época, porque reflejaba nuestros temores más primitivos, algo que sabíamos que ocurriría tarde o temprano, estábamos seguros de eso. Hay una guerra nuclear, ¿qué se puede hacer? ¿Huir, esconderse, reunirse con la familia y esperar a que llegue el final? ¿Qué más queda?   

   Pero, cosa rara, la crisis pareció desaparecer por sí misma. Un día la Unión Soviética parecía que iba a durar mil años, y al otro ya había caído como moneda devaluada de país en crisis. Muchos conocidos míos quedaron en el aire, como preguntándose: ¿y ahora que hacemos sí sólo nos hemos preparado para el final? La humanidad se había salvado nuevamente de perecer, bajo el calor del fuego atómico, o de padecer el largo invierno nuclear, como se salvó antes de los augurios de hambrunas, cataclismos climáticos y amenazas del cosmos. Sabemos que hubo presiones para que tan monstruoso sistema sucumbiera al final, eran demasiados millones de esclavos los que padecían, incluso se hablaba de la decidida participación del antiguo Papa, el polaco, en esa batalla; pero a uno le queda la duda sobre sí eso fue todo. Sería fácil decir que tuvimos suerte, pero tal vez sea como en esa historia de Isaac Asimos, el gran autor de ficción, LA FUNDACIÓN, y cada cierto tiempo la humanidad debe padecer estas crisis para que algo mejor surja, o no, como parece indicar la experiencia, y que éstas se resuelven por su propia dinámica. Y la verdad es que eso no brinda tranquilidad ni seguridad, a menos que uno sea de los que deja hasta lo que comerá o beberá en manos de la suerte o de fuerzas superiores.   

   De los noventa y el dos mil, hablamos después… 

LA LOCURA DE LA ERA… (3)

Julio César.

¿EN QUÉ PIENSAS?

noviembre 24, 2007

el-inocentico.jpg

   ¿Dónde quedará ese gimnasio…? 

   A Tony le disgusta últimamente su gimnasio, no se podía hacer nada sin que hubiera un gentío mirándolo. Sabía que todos esos tipos esperaban su turno en la máquina, ¿pero tenían que quedarse viendo mientras la usaba? Y a algunos como que les emocionaba la idea de ejercitarse ya, porque se les marcaban los paquetes bajo los shorts, incluso había humedad en algunos que no sabía si era sudor o no; aunque eso también le pasaba a él cuando se exigía al máximo. Carajo, el de la derecha como que encontró una falla entre sus muslos, lo estudiaba como si hubiera algo no del todo bien… ¡Que mortificante!, pensaba el inocente Tony.

SOLITO

Julio César.

FORZA MEN

noviembre 24, 2007

ensenamelo-todo.jpg

Me encanta que mis amigos me vean así, no dejan de tocar para ver si todo es verdad, y yo los dejo, son panitas… ¿Quieres ser mi pana y ver? 

FORZA

Julio César. 

NOTA: Todas las fotografías han sido tomadas de portales gratuitos; que nadie se moleste, por favor…

LUCHAS INTERNAS… (4)

noviembre 10, 2007

LUCHAS INTERNAS                         … (3)

linda-cara.jpg

   Era tan creído… pero, ¡tenía motivos!   

…… 

   Cuarenta y cinco minutos después, Irene deja a Lesbia, quien se ve algo agitada, como envejecida, se dice Eric mirándola desde la cancha; y va hacia él. Sam se les acerca también.  

   -¿Nos vemos entonces esta noche en casa de tus padres? -le sonríe ella, besándolo, sintiéndolo sudado y agitado; en cierta forma, eso era estimulante, lo encontraba sexy, y Eric lo sintió en su lengua cuando lo besó.  

   -Claro. Lleva tu antídoto contra mordeduras de serpientes. -sonríe. Ella igual.  

   -A tu madre no le gusta tu broma de llamar a la casona, la Casa de las Serpientes.  

   -Si supieras lo que ella dice de ti. -bromea Sam. Ella lo mira fría.  

   -Basta, Sam. Deja tus celos. Eric nunca será para ti. -aunque bromea, la frase tiene tantas connotaciones que Eric y Sam, que entienden un poco más que ella, sienten embarazo. Eric la mira sonriendo apenado.  

   -¿Y Lesbia? -mira hacia las gradas, donde ya no se encuentra la mujer. Irene bota aire.  

   -Está mal. Parece que… William la dejó. O por lo menos abandonó la casa. -los impacta. Los dos hombres cruzan una mirada.- Pasó para ver sí alguien sabía algo. ¿Qué les estará pasando?  

   -Muchos maridos escapan de sus mujeres, es cuestión casi de supervivencia. -dice Néstor Lobo acercándose. Oyó lo que hablaban.  

   -No todos se casan con mujeres como la tuya, medicucho. -bromea Lucas.  

   -Ay, ojalá la mía se fuera. -responde él.- Yo creo que de la alegría, me daría un infarto.  

   -Y quedarías cuadrapléjico y ella tendría que regresar a lavarte el culo en la cama. -ríe Lucas.  

   -Hummm, ésa me envenenaría para salir de eso. O se buscaría otro marido y tirarían a mi lado.  

   Y así comienza una de esas interminables conversaciones entre hombres sobre lo malas que son las mujeres en general, las esposas y suegras en particular, y de lo felices que serían sí se fueran todas. Alirio y Renato Mijares se unen también a la charla. Irene bota aire, resignada, hasta que dándole otro beso a Eric se marcha. Renato saca de una cavita unas cervezas y beben, cayendo todos sentados sobre la grama, hablando aún de las mujeres malas. Es un rato ameno al final de un duro día de trabajo. Sam y Eric se despiden, Néstor va hacia su carro, despidiéndose también, y Lucas se queda allí, tomando otra cerveza con Alirio y Renato.  

   -¿William Bandre, desaparecido? -le comenta Eric a Sam, mientras se alejan.  

   -Curioso. No lo había notado, pero en verdad lleva días sin aparecer por La Torre. -lo mira fijamente.- Tú sabes que es un agente de Ricardo Gotta, ¿no? -el otro asiente.  

   -Trata de averiguar en qué andaba. Sería bueno tener algo contra Ricardo, aunque eso parece imposible. Ese carajo tiene más trucos y recursos que un político viejo en campaña. –en ese momento no podía imaginar lo lejos que la vida iba a llevarlos siguiendo la pista de ese tipo.

 …..   

   Es casi de noche cuando Eric llega por fin a la casa paterna después de pasar por su apartamento, ducharse y cambiarse de ropa. La propiedad es magnifica, protegida, bien cuidada y hermosa. El joven detiene su carro cerca de la entrada. Nota que el de Irene ya está ahí. Pobre, seguramente estaba aguantando lo mejor que podía a su madre, resistiéndose a atacarla con un tenedor o algo así, se dice sonriente. Va hacia la casona cuando oye unos alegres silbidos. Mira hacia los estacionamientos y se impacta tremendamente. Allí se encuentra Pedro Correa, el joven chofer de su madre, el hijo de un antiguo empleado a quien su padre le daba trabajo casi como una obligación de honor. El carajo lavaba el carro de la mujer.     

   Es un joven veinteañero, atractivo, de piel algo amarillenta cobriza. Pero lo más impactante en ese momento es que usa únicamente un pequeño short de tela jeans, cortado muy por encima del borde del nacimiento de las nalgas, dejando al descubierto un cuerpo lampiño. La tela se hundía ricamente entre las firmes y jóvenes masas. Pero lo más enloquecedor es una tirita muy delgada, de una tanga licra morada que subía mucho en una de sus caderas. El joven le da el perfil y es posible verle los pectorales, pero también el bulto entre las piernas, que resalta  contra la tela. El paquete se ve desafiante, listo a encenderse, a endurecerse. En alguien de su edad, el tolete estaba siempre listo para una erección. Y para la acción. Al darle la espalda, montándose casi sobre el capote para enjabonarlo, los músculos resaltan bajo la piel. Y el jeans se mete más dentro de las nalgas. Esa visión enloquece a Eric, quien repara en como el güevo le crece abultando contra la tela del pantalón. Siente unos deseos horribles de ir tras el joven, caer de rodillas y enterrar el rostro dentro de la rica raja. Seguro que olería bien, y que estaría tibia y hambrienta de mimos y caricias que él le brindaría gustoso.  

   Caliente, hace un movimiento como sí realmente fuera a ir hacia él, cuando nota que alguien viene de la parte posterior de la casona. Es Pancho, un joven universitario que a veces hacía trabajos en la propiedad, desde traer café hasta reparar  mobiliario, o restaurarlo, como le gustaba decir a su madre porque sonaba mejor. Pancho es un joven catirón y atractivo, que se ve caliente dentro de su jeans desteñido y su franela negra que hace resaltar su torso. Sus nalgas muerden la tela del pantalón. El joven mira a Pedro, quien parece no haber reparado en él, y mira hacia la casona. Eric se medio oculta mientras tanto, tras unos setos del jardín. Con pasos sigilosos, Pancho va hacia él, que aún enjabona el carro. Eric ve que extiende una mano que hunde con fuerza, con ganas, con deseo de hacerlo, dentro de esas nalgas de macho. Pancho sonríe en forma mórbida, empujando su mano contra ese culito; se nota como la agita, queriendo ganar espacio. Casi todas las falanges de su mano desaparecen entre las tibias nalgas. Pedro se impacta, y se revuelve, dándole un leve manotón y soltándose.  

   -Pancho, ¿qué coño haces? -pregunta como quien mira a alguien juguetón.   

   -¿Qué crees tú, maricón? Jurungándote el culo. Lo tienes caliente, cabrón. -sonríe libertino, esa mano vuelve hacia las nalgas, hundiéndose en la tibia raja. Palpando lento pero con maestría.  

   -¡Deja! -jadea alarmado el otro. Pero esa mano no sólo no sale, como nota Eric, sino que se mueve de arriba abajo, sobando y hurgando más, queriendo entrar toda.  

   -No te resistas, güevón. Todo el mundo sabe que lo que tú quieres es güevo. Sexo duro y caliente por ese rabo… -dice libidinoso, apretando los dientes, sintiendo la calidez de esa raja contra sus dedos. Es un calor húmedo.  

   -¡Eso es mentira! Estar cogiéndote a todos esos viejos maricas con real, te tiene loco. -jadea ronco, pero sintiendo un calorcito extraño que sube de su culo, de esa mano firme y joven que hurga y soba su raja. Casi gime, pero se contiene.  

   -¿De qué hablas? Todos saben que en la fiesta de Dominga te rascaste y estuviste en el cuarto del hermano, oliendo un calzoncillo usado y mordiéndolo. ¡Que vergüenza! Y que arrechera, sí querías güevo por ese culo, ¿por qué no me buscaste a mí que te conozco desde hace años? Yo te lo habría dejado ahíto de esperma; para esos son los amigos, ¿no? -se burla, pero siente como su güevo va endureciéndose contra el jeans.  

   -¡Es mentira! No es verdad eso que andan diciendo, que yo y que quería mamarle el güevo…  

   -Te encontraron acostado en su cama, boca abajo, con la cara metida dentro del calzoncillo y meneando el rabo. Lo único que te faltó fue bajarte el pantalón y meterte una vela en el culo diciendo: sí, papito, cógeme… -finge su voz.- ¿Por qué lo niegas? Tú lo que quieres es…  

   No dice más, pero le da la vuelta a Pedro, casi montándolo otra vez de panza sobre el capote, pegando las caderas de esas nalgotas. Su güevo erecto, caliente, con ganas de culo, se frota contra la raja. Lo maraquea sabroso de adelante atrás. Se queda totalmente pegado a él, y al que los mira le parece una visión fascinante de erotismo gay. Sonriendo, el catirón comienza a frotar su tolete de arriba abajo, como serruchándole el rabo.  

   Ese macho tras él, sentir el duro tolete que palpita caliente casi entre sus nalgas, hacen que Pedro jadee aunque no quiere. Su culo ahora sube y baja un poquito, casi imperceptible, frotándose contra la dura barra, delatando las ganas que siente y tienes. Pancho sonríe, excitado. Pedro le estaba dando permiso, se rendía. Sus manos caen en la tibia espalda del otro, sobándolo.  

   -Estás que ardes, Pedrito. Tienes ese culo deseoso de güevo de macho. Y yo te lo voy a llenar todo. -le susurra en la pata de una oreja, casi tendido sobre él, dominándolo.  

   -No. Yo no hago… eso. -jadea mal.  

   -Se ve que te mueres porque te enculen. Vas a saber lo que es rico. -dice maraqueándolo de adelante atrás con fuerza, estremeciéndolo con las embestidas. Esa pelvis parece firmemente pegada a esas nalgas. El calor que se genera en ese punto es grande.- Vamos para tu cuarto…  

   -Pero… pero… -aún intenta resistirse, mirándolo sobre su hombro derecho.  

   -No digas maricadas. Estás caliente. -y con una mano le da un apretón en una tetilla.- La tienes paradita, lista para que te la muerdan. -luego le atrapa el güevo sobre el short jeans.- Y éste está caliente también. -lo aprieta y Pedro jadea. Eric siente la boca muy seca.- Y éste… -le abre el botón del short, lo hala un poco y mete una mano allí, en la parte de atrás, sonriendo lascivo, mostrando la lengua. Esa mano hurga más abajo.- …tienes el culo caliente y mojado. Quieres güevo, panita. Y yo te lo voy a dar. Te voy a dejar llenito de rica leche. Te voy a poner ese culito como baño de deportistas… todo mojado y empegostado… -lanza una risotada.  

   Pedro ya no puede más, se vuelve a verlo, excitado más allá del límite del sentido común. Eric puede ver su tolete casi saliendo de la suave tela morada. Una manota de Pancho cae sobre una de sus nalgas y casi lo lleva empujado hacia la habitación que está cerca de los estacionamientos. Eric casi no puede aguantar la palpitante erección, siente como ya le babea un poco el tolete. Es increíble lo que vio. Allí, en pleno patio de sus padres, un carajote maraqueó a otro y le prometió llenarle el culo con güevo y hacerlo chillar de gusto y de placer. Fue tan gráfico que Eric no puede dejar de imaginarse los dos bellos cuerpos, sudados y gimientes, cabalgando uno contra el otro en una danza de sexo caliente y vital. Y ese Pancho tenía cara de ocioso, seguro que conocería las técnicas secretas para hacer sollozar de placer sobre su cama a Pedro. Y la necesidad de verlos, de masturbarse o de entrar y participar, se apoderan con urgencia de él. Mira hacia el camino por donde se fue la parejita y piensa seguirlos, abrir la puerta y entrar, cayendo sobre ellos en la cama.  

   -Eric, al fin apareces. -oye la fría voz de una mujer. Casi con un gemido de chasco, el joven se vuelve hacia la casona, donde una mujer bajita, de cabellos entrecanos y mirar altivo, lo observa.- Irene lleva casi una hora aquí. -y lo dice como si ya no pudiera aguantarla más.  

   -Lo siento, madre. El tráfico… -se disculpa con la excusa universal del venezolano para llegar escandalosamente tarde a cualquier acontecimiento: boda o funeral. Cierra firmemente su saco, ocultando la escandalosa y dolorosa erección de su güevo palpitante. Coño, ya no vería sexo caliente y en vivo sino tendría que aguantar un chaparrón familiar. Y su madre salía a recibirlo…  

   -Pasa. Tu padre quiere hablarte. -dice fría, besándolo en una mejilla y mirándolo como si fuera un tonto que fracasó en algo sencillo. Él entiende, es por la firma. Sabe que sus padres lo quieren, (o eso quiere creer, se dice irónico), y que no desean que fracase, pero lo esperan. Temen que fracase. La mujer recorre el patio con los ojos.- ¿No has visto a Pedro? -su voz es dura. Muy dura. Eric se sobresalta un momento.  

   -Eh, no; debe estar por ahí… ocupado en algo importante. -dice evasivo. Sí, en llenarse el culo de güevo, piensa con un estremecimiento, eso impide que note la mirada gélida de Norma, quien sigue mirando los patios, molesta. La mujer se ve peligrosa, como si algo muy feo cruzara por su mente, algo relacionado con el tal Pedrito.  

   -Si… debe estar ocupado. -suena feroz; y eso lo intriga un poco.

 …..   

   Dentro de la pequeña sala donde reciben a las amistades, como se sentía él siempre que iba de visita aunque había pasado su niñez, adolescencia y juventud atrapado ahí, Eric e Irene aceptan una copa ofrecida por el fiel Jaime, un viejo servidor de los años más azarosos de la vida de Germán. El hombre está en un sillón, mal encarado. Norma le dirige algunas secas miradas mientras habla con la joven pareja, como pidiéndole calma y que actúe, para variar, con inteligencia, quitando esa cara de quien olfatea un pozo séptico. La mujer le dice  a la pareja que todas sus amigas preguntan cuándo es que se van a casar por fin, que ya ha pasado mucho tiempo y la gente no sabe qué esperan. Es realmente incómodo para Irene y Eric. Germán se pone de pie, como si tampoco él soportara tanta tiradera de puntas, nada sutiles por cierto.  

   -Eric, quiero hablar contigo un momento. ¿Me acompañas? -Eric se pone de pie aliviado, es mejor enfrentar a su padre que los reclamos de su madre. ¡Y cómo se engañaba el pobre tonto!  

   -Bien. -le hace una mueca a Irene, quien lo mira en forma… ¿compasiva? Intrigado, sale con su padre. Las dos mujeres se miran.  

   -¿No le avisaron nada? -interroga Irene a Norma. La mujer toma de su copa.  

   -No. Germán piensa que es preferible enfrentarlo al hecho en sí. -suena molesta. Odia lo que está a punto de pasar pero no pudo evitarlo. Tenían enemigos, eso estaba claro. Dentro de la firma había gente que conspiraba contra ellos. Bota aire, odia la palabrita conspiración. Odia… Intentando calmarse, mira a la joven.- Irene querida, no quiero meterme en sus vidas… -comienza. La joven hace una mueca de incredulidad, claro que quiere meterse, se dice.- …pero creo que Eric y tú están exagerando con esto de conocerse mejor. Por Dios, duermen juntos, ¿qué más esperan? Deben casase de una vez y estabilizarse. -suena urgida.  

   -Es que… no quiero presionar a Eric. No quiero que sienta que lo obligo. Estoy esperando que él… -suena evasiva e incómoda. No entiende a la mujer. Sabe que la odia, pero parece transada a lograr ese matrimonio. La mujer, sentada a su lado en el sofá, le palmea una rodilla, en un gesto que intenta sea amable, pero la joven no lo siente así.  

   -Querida, ese es tu error. -la desconcierta con su agresividad.- Tienes que admitirlo: algo pasa que no terminan de cuajar… -la mira como sí creyera que la falla estaba en ella.- Debes solucionar esto. Llevan cinco años de novios; en ese tiempo una mujer ya hubiera tenido hijos, o podrías haber hecho otra carrera universitaria. En cinco años una mujer dueña de su destino compra una casa, o se muda un par de veces. Viaja y ve mundo… En ese tiempo una mujer puede casarse, divorciarse y encontrar a alguien más. ¡Por Dios, son cinco años! Y créeme, no te estás haciendo más joven cada día, por lo menos no en esta dimensión. Debes pensar en los hijos, en qué edad quieres tener cuando lleguen, y cuál cuando tengan quince, dieciocho o veintiún años. Todas esas cosas hay que pensarlas y tenerlas en cuenta.  

   -Lo se, Norma, pero… -se ve molesta y confusa.  

   Dios, como odia a esta mujer impositiva, que la criticaba abiertamente algunas veces, y otras de forma solapada; que se burlaba de ella cuando decía algo que la otra consideraba tonto, que la corregía frene a terceros. Era una mujer imposible y detestable. Imagina lo horrible que debió ser para Eric crecer con una madre así, y se hace el firme propósito de que en cuanto se casen, intentará disminuir al mínimo las visitas a esta casa; pero en esto, la vieja loba tenía razón. También su madre, Mirna, sacaba esas cuentas…  

   -A mí me preocupa… porque te tengo mucho cariño… -y lo dice sin ruborizarse ni atragantarse con saliva, mostrando algo que intenta que parezca una sonrisa; pero que no lo es.- No me gustaría que al final del cuento, todo terminara y quedaras así, en el aire, después de cinco largos años. -suena tan aterrador que la joven se inquieta más.- La gente va a comenzar a decir que hay algo que falla entre ustedes, y que esa relación no va para ningún lado. -es dura, toma su copa, mirándola.- Y esas son profecías que se cumplen solas.

 …..   

   Eric y Germán caminan lentamente por los terrenos posteriores de la mansión, cerca del área de la piscina. La noche es tibia, pero la brisa refrescaba. Germán, seco, le dice que ha recibido queja de varios socios, no dice quienes pero Eric imagina que de Ricardo y Aníbal.  

   -Papá, cada nueva dirección recibe quejas. La gente se resiste a los cambios, aunque sean para bien. Hay que darle tiempo al tiempo. -se defiende.- Déjame trabajar. -exige.  

   -Lo mismo dice el Presidente… -suena hosco y Eric lo resiente. Era verdad.  

   -Yo no estoy loco. -se defiende. Germán bota aire y sigue caminando; siempre evitaba hablar de política, al menos con él, se dice el joven para sus adentro.  

   -Eric, eres mi hijo y quería que triunfaras en la dirección de la firma, pero no soy sólo yo. Me debo a los socios. Ellos también tienen voz y voto. -se para y lo mira.- Y sí sólo se tratara de los socios menores, podría… pasarlos por alto. Pero se han comunicado con Manuel Caracciolo en Niza, y él no es tan optimista ni tan paciente contigo como yo. No es tu padre y no tiene por qué guardarte consideraciones. -lo deja de una pieza.  

   -¿Llamaron a los Caracciolo? -ya es posible ver la piscina y notar que alguien la cruza a nado, aunque él no le presta atención.  

   -Y Manuel envió una respuesta. Deberás compartir las responsabilidades de La Torre con su enviado… -mira hacia la alberca.  

   -¿Qué? -grazna, mirando las azules aguas.  

   En ellas se encuentra un hombre casi treintón, de cabellos cobrizos y ojos azulados, fríos, burlones y crueles: Franklin Caracciolo, hijo de Manuel, abogado y enemigo jurado de Eric desde hacía años. Un ser atractivo pero malvado.  

   -Frank y tú trabajarán juntos. -dice Germán, cansado, odiando hacer eso, pero sin fuerzas.  

   -¡Debes estar bromeando! No voy a trabajar con Frank. -casi grita, furioso.  

   -Eric, Eric… me lastimas, flaco. -se burla con su voz recia, el tipo, quien nada hacia ellos y con un impulso poderoso de sus brazos, sale de las azuladas aguas.  

   Es un hombre enorme, muy alto, musculoso y atractivo. Una cadena algo gruesa, de oro, cruza su cuello recio. Y ese cuerpo tan grande, semilampiño, va cubierto únicamente por una tanguita roja, de suave tela mojada que enmarca su tolete que se nota mucho. Germán hace una leve mueca de desagrado ante eso; hombres en tangas, ¡que horror!  

   -No digas idioteces, Frank. -ruge Eric. Es tanto su virulento odio por ese carajo, que ni verlo así, semidesnudo y sensual, lo afecta. Se vuelve hacia Germán.- Tú me dejaste a cargo y…  

   -…Y tú la cagaste. -se burla Frank, halando la parte superior de la tanga, para acomodársela mejor. Por un momento se ven sus dorados pelos púbicos.  

   Germán desvía el rostro, no entiende a esos carajos que intentan ser tan bonitos como una mujer. Una buena hembra en tanga era una cosa, pero, ¿un tipo? Nunca le han gustado los hombres ‘coquetos’. Dentro de La Torre iba deshaciéndose de tipos con colitas, cabellos teñidos, aretes y cosas así. Claro que a Frank no podía echarlo. Él y su padre, Manuel, tenían casi tanto peso como él dentro de la sociedad. Y los tiempos no estaban como para que mono cargara a su hijo, ni siquiera por un ratico. Eric no sabía de la espada de Damocles que pendía sobre ellos. Los Caracciolo podían hacerles mucho daño, porque así eran: crueles, vengativos, tenaces e implacables. Eso los hacía enemigos terribles dentro y fuera de los tribunales.  

   -Basta. Por un tiempo los dos trabajaran juntos. Es mejor que aprendan a llevarse bien desde ahora. -dice dando por terminado el tema y se aleja. Casi escapa a decir verdad. Eric va a seguirlo, pero se detiene volviéndose hacia el otro, que lo mira burlón.  

   -¿Qué está pasando aquí? -le exige saber a Frank. El otro toma una toalla y se frota el cuerpo, con un gesto indolente de quien sabe que está buenote y es quien domina la escena.  

   -¿No es obvio? Nos van a  probar. Van a decidir quien es mejor al frente de La Torre. Espero que no te hallas encariñado mucho con la silla de la presidencia; de todas maneras pienso cambiarla. Nunca pondría mi culo donde sentabas el tuyo. -se burla. Eric lo encara.  

   -No creas que te va a resultar tan fácil sacarme de allí, Franklin…  

   -No creo que sea muy difícil, Eric… -luego sonríe.- Tómalo con calma, no vine a pelear contigo, sólo a corregir tus errores. Mira, hasta te traje un regalito de Niza. -señala sobre una mesita una caja alargada, como donde se llevaría una botella de licor, pero algo más ancha.- Disfrútalo… -se burla, mirándolo cruel y se aleja.  

   Eric lo mira con un profundo odio, pero ahora nota el porte felino del gran carajo ese. Esa tanguita era muy chica para un cuerpo tan grande y poderoso. La tela quedaba algo atrapada entre las nalgas, que se bamboleaban desafiantes, como queriendo ver qué mano se atrevería a meterse entre ellas, para sacar la roja y húmeda tela, y tenderla sobre los glúteos. 

CONTINÚA … (5)

Julio César.

JUEGOS DE MANOS… JUEGO DE TREMENDOS…

noviembre 10, 2007

  …PISCINA

toca-aqui.jpg

   Hay juegos peligrosos… y no sólo la ouija…   

   Mientras posaban para una fotografía que enviarían a sus novias, y que claro mirarían los panas, Jairo y Nelson comenzaron un jueguito para escandalizar, cada uno apretó el bulto ajeno. No podían imaginar que la cosa terminaría en palancas de cambios que necesitaban mucha fuerza para moverlas. Chicos al fin, pudieron dejarlo así y darlo por olvidado, pero prefirieron apagar la cámara, poner una cinta caliente y dejar que manuela resolviera. Lamentablemente Nelson parecido tener problemas para llegar a un punto y quiso que Jairo lo ayudara, cosa que este hizo, dándole una mano, porque es un buen pana… y por saber sí era tan resistente como se veía. El pobre tonto la tocó sin saber que era de fuego y ahora intentaba apagarla con saliva, quemándose la lengua en el proceso… Cosa que parecía lastimar a Nelson,  que gemía quedamente… 

DESPUÉS DE LA PRÁCTICA

Julio César.

JAKE GYLLENHAAL Y EL TAMAÑO…

noviembre 10, 2007

mama.jpg

   Desde aquí se ve bien. Todo perfección…   

   En una de las páginas de opinión sobre la película y los actores de esa joya maravillosa que fue, y es, Brokeback Mountain, se especulaba que Jake Gyllenhaal no había hecho la escena del desnudo frontal cuando Heath Ledger y él corren hacia el lago, por razones extrañas. Decían que si esto, que si aquello. En sí el comentario, malintencionado, era que lo hacía por alguna falta, o falla de tipo físico. No lo creo realmente, porque en Jarhead, la que refleja la vida de un marine en la primera Guerra del Golfo, hizo escenas bien subidas de tono, y por la naturaleza de esas tomas, debió quedar totalmente desnudo cuando las filmaban. La escena de ese diciembre en que está con ese hilito dental rojo era… vaya, Dios mío; igual que aquellas donde se da la ducha y se le nota no sólo la espaldota, sino un buen par de nalgas. Un hombre de pene pequeño, no se arriesgaría así, no con todos esos camarógrafos sacando pequeñas tomas extras para consumo propio.   

   Tal vez no quiso hacerlo y punto, al parecer el lugar donde filmaban era frío y ya andaba mal de salud. Hay que cuidarse, coño; ¿imaginan que algo le pasara a ese muchachón de apenas veintisiete añitos? Y en últimas instancias, si la cosa fuera medio cierta y llegara yo a encontrármelo por ahí, no le haría el fo. Por cierto, hace tiempo encontré una fotografía montaje, de alguien que evidentemente lo quiere tanto como uno, y lo mostraban desnudo con una vaina que parecía un bate. Por ahí debo tenerla, pero no la encuentro. Seguramente lo haré; pero es curioso como ahora todo sobre él, interesa. Pero a mí me molesta cuando dicen algo negativo, soy un fanático de la vieja escuela.    

   Otra cosa, Heath Ledger se vio algo raro en esas fotos del desnudo, y todo el mundo las manipula en la Web; por suerte parece un tipo centrado a quien esas tonterías lo tienen sin cuidado. También él es muy guapo, y esta cinta le ha dado cierta patente de corzo que hace su vida menos forzada desde Brokeback Mountain. Ahora Hollywood y el mundo todo saben que realmente que es un señor actor, no solamente otra carita medio bonita. 

SECRETOS DE AMOR

Julio César.

DESCONFÍA DE LA AYUDA EN LA AUTOPISTA

noviembre 10, 2007

sorpresa.jpg

  -¿Qué es esto…? –gritó… antes de tragárselo. 

   Noel, un pavo veinteañero de cabello castaño, liso y suave, abundante, delgado pero fibroso, y bien parecido, iba para Choroní cuando su carrito nuevo se estropeó en una nube de humo. Maldiciendo de mil maneras bajó, intentó ver qué era pero de eso no sabía nada. Impotente y con rabia cerró el capote de un coñazo, mirando hacia la desierta carretera, cuando sonrió, una vieja camioneta tipo van, de esas que los sádicos suelen usar en películas como El Silencio de los Inocentes, se acercaba con música a todo volumen y cuatro hembras en la parte delantera; cuatro hermosas, vistosas y rientes hembras apretujadas allí. Él hizo señas y ellas frenaron, rientes, llamándolo. Los ojos del joven estaban desorbitados ante las cuatro féminas impresionantes, jóvenes, bien arregladas, había una catira, una pelirroja, una negra y una asiática, en sostenes de bikinis, enfundadas en shortsitos muy cortos, que le preguntaron qué pasaba. Él se explicó y ellas abrieron la portezuela lateral de la van. Le llevarían hasta un taller.   

   Él entró feliz, viéndolas a todas, riente ante las colchonetas atrás y los almohadones. Ellas le contaron que iban a una fiesta pero tenían un problema con el viejo dueño del apartamento donde se quedaban que quería deshacer el contrato, y que ellas sin ese pisito en la playa ‘se morirían de tristeza’. Él fingió pesar, buceándolas, tomando caña con ellas, algo mareado y más confianzudo, tocando muslos y vainas de esas, hasta que una de ellas, riente, le dijo que le tenía una sorpresa, y coqueta bajó el cierre del short, casi volviéndolo loco de anticipación. Este baja y un güevo enrome, grueso y algo babeante, aparece frente a él, que grita de sorpresa. Las ‘mujeres’ se le lanzan encima, atrapándolo contra la colchoneta, inmovilizándolo cuando la catira se le sienta en el pecho, desnuda, exigiéndole abrir la boca. Él se resiste, escupe y todo, pero ella lo cachetea duro, mareándolo, y asustándose cuando ve a la negra con unas pinzas terminadas como en piquetas.   

   Abrió la boca cuando ella se le encimó, levantándose un poco, y mamó de arriba abajo el tolete inmenso que le llenaba la boca de babas salobres y agrias. No quería, pero tragaba, mientras sentía las manos de las otras recorriéndolo todo, desnudándole, percibió como mordían sus tetillas, como una mamaba su tranca, como otra le lengüeteaba el culo. La negra le atrapa los brazos, reteniéndolo, mientras la catira sigue cogiéndole la boca al tiempo que la pelirroja, alzándole las piernas, expone su culito virgen, el cual penetra rudamente, de sopetón, clavándole ese güevote casi triangular, haciéndole gritar. La catira había sacado su güevo y volvió a clavarlo advirtiéndole que si mordía, lo jodía más. Ahora lo embisten por boca y culo, duro, fuerte, se turnan para llenarlo, entre risas meten y sacan sus güevos de él, que mama como puede y siente su culo ardiendo; ignora el pobre chico que su lengua y mejillas lo hacen bien y que su agujerito prieto le brindaba mucho placer a las seudo hembras, quienes gritaban cuando se lo metían y él se los apretaba.   

   Mientras la catira conduce rumbo a Choroní, Noel, de lado sobre la colchoneta, mama el güevote de la asiática, mientras la negra se lo coge duro, desde atrás, y la pelirroja le mama el güevo con ganas. Le están dando la atendida de su vida, y el joven sólo puede gemir, dejándose llevar por la violenta acometida. Sometido por ellas, que se corren sobre él, dentro de él, que se tragan su leche, poco a poco va perdiendo el sentido, tal vez agotado o por el denso humo de un quemador de incienso. Le duele todo, está pegostozo de semen, incluso el suyo, y alguien todavía le mamaba el hueco del culo, metiéndole la móvil y reptante lengua, haciéndolo gemir levemente de gusto aunque no lo sabe. Pierde todo sentido. Cuando despierta, mareado y sin fuerzas, se encuentra sobre una gran cama desconocida. Frente a él se encuentra un tipo cincuentón, bien parecido, que lo mira de forma alarmante, como codicioso. La catira está junto a él.   

   -Te lo dejamos y nos dejas el apartamento. –concreta ‘ella’.   

   -Está bien. –consiente él.   

   ¡Lo estaba negociando!, se alarmó el chico, poniéndose de pie de un salto, casi cayendo al perder el equilibrio, mirándose en un espejo lateral. ¡Estaba vestido de mujer!, sin peluca, pero maquillado, con una blusita estrecha, con sostén y tetas rellenas, con una faldita corta, que incapaz de contenerse, debía cerciorarse, levanta, viendo que lleva una pequeña, sensual y puta pantaletica blanca de encajes, clavada en su culo, fuera de las medias de seda negra y los tacones rojos que hacen juego con la falda. Va a gritar, a formar un peo, cuando repara en que la catira le entrega un frasquito al tipo, que ríe, despidiéndola. Cuando la ve salir, Noel quiere seguirla, detenerla, pero el tipo pone ese frasco abierto frente a su nariz, mareándolo en cuestión de segundos con aquel olor dulzón y ácido que pega en su cerebro, haciéndolo caer sentado en la cama, con él a su lado, que lo mira codicioso. Era un atractivo muchacho, muy joven, vestido de putica e indefenso. Las manos del tipo soban sus piernas, caderas, mientras la llama hermosa, que es una nena muy hermosa.

   -Oh, Dios, Noelia, eres tan bella… Seremos tan felices juntos, mi amor; te haré la mujer más dichosa del mundo. –dice como obseso   

   Y lo besa en la boca, cosa que repugna al joven, pero no puede defenderse. Esa lengua entra, explora, lame y chupa, esas manos soban muslos. Ese tipo cae frente a él, le alza los pies sobre a cama, sube la falda y soba, toca, lame, aspira, besa y pasa la lengua por muslos, caderas, bojote. Mete la barbilla en los pliegues que van a las nalgas, aparta la tirita blanca y lame el ojete titilante del culo, hunde la boca y la lengua allí, lamiendo y cogiéndolo con ella. Chupa y lame mientras se quita el saco, sintiendo que ama a Noelia con todo su corazón, y que siempre estarán juntos. Mientras se quita el saco, la camisa y el pantalón, esa lengua entra hondo, una y otra vez, cogiendo al muchacho que no quiere, pero mareado y todo, lo siente extrañamente excitante.    

   Cae sobre el chico, lo aplasta contra la cama, lo besa, le abre las piernas, separa el hilo dental, y mientras lo besa y la llama mi vida, hermosa, hermosa Noelia, se lo clava suave, con ternura, cogiéndolo. Y él gime, aprieta los labios, pero no se siente tan mal por el sedante y porque es una cogida más suave que la hecha por las ‘hembras’. El tipo lo coge suave, a buen ritmo, se la mete toda, la deja y empuja, siente el culito halándolo, y lo mira, bello, lo ama tanto que piensa en llevárselo a una hacienda que tiene en la Gran Sabana donde nadie sabría ya de él, por más que la familia lo buscara. Lo besa, lo lengüetea, le dice que lo ama mucho, mientras lo cabalga en todo momento, sintiéndose más duro, más caliente y con más gana del huequito de Noelia. Si, huirían juntos, era suyo y no lo dejaría escapar jamás; pero antes le compraría toda la lencería que le hacía falta… 

FAMILIA MODERNA

Julio César.

BRITNEY SPEARS BAJO LA LUPA

noviembre 10, 2007

ay-britney.jpg

   Definitivamente hay gente que se le vuelan los tapones. No hay otra explicación. Britney Spears, esta joven y bonita (aún, aunque realmente desgastada por el uso del abuso) artista de la música pop un día lo tuvo todo. Era realmente una bendita entre muchos, porque simpatía, talento y belleza iban de la mano en su persona angelical y rubia como dicen por el Norte. Sin embargo, de un día para otro, todo acabó en una terrible pesadilla. No quiero hablar de cómo fue degradándose de forma personal desde sus tiempos juveniles e inocentes del Club Disney, ¡del que ahora se dice cada cosa!, ni de cómo fue abusando del escándalo y de lo ruidoso para avanzar en su carrera, práctica generalmente utilizada por gente sin talento, que no era su caso; tampoco me meteré en su caída en todo vicio y exceso; de sus matrimonios, su internado en la clínica aquella o la rapada de cabeza. Quiero hablar de sus rollos personales, los de su casa, que le amargan la vida.   

   Las autoridades norteamericanas la tienen en salsa por múltiples denuncias de maternidad irresponsable. No la consideran apta para cuidar de sus propios hijos, lo que en sí es triste, una demostración patente de su incompetencia para manejarse como una persona adulta, o una medianamente normal. Claro, no será la primera persona en el mundo poco capaz para conducirse con inteligencia, ni será la primera o única en ser la peor madre del mundo, pero sin embargo, es lamentable. Mucha gente cree algo injusto que se le investigue, y opinan que tan sólo es un ataque propagandístico de alguien que desea darse a conocer; el juicio llevado sin testigos o pruebas concretas contra Michael Jackson hizo mucho daño a la credibilidad en las leyes y la seriedad del sistema penal norteamericano, que por esos días se ejecutaba en carpas. Pero en este caso sus apariciones públicas, y de muchas zonas no públicas sino púdicas, así como su conducta claramente inapropiada, intoxicada, y las prueba gráficas documentadas donde se observa que deja caer a los niños, han terminado por colmar la medida. Nada más con eso bastaba para embromarla, sin necesidad de estudiar su rapada en una clínica para desintoxicarse de la que salió peor, o los videos donde afeita sus piernas con navajas.

   Ahora muchos temen por los infantes, ya que van a caer en manos del padre, Kevin Federline, de quien todos dicen que es una joyita que al fin dará la gran mordida, resolviéndose la vida para siempre, y sin garantías de que los niños estén mejor con él. Aunque por un lado, el tipo algo de sentido común debe tener; y el hecho de que precisamente él, con todos sus defectos, sea el padre, es otro indicativo del estado mental de la joven cantante, y de su poco criterio. Uno se pregunta a estas alturas, y ¿los abuelos de esos niños dónde estaban y qué hacían mientras la joven chapaleaba en la vulgaridad y los vicios? ¿No hubo nadie que pudiera influir en esta jovencita al menos para salvar la responsabilidad de cara al público? Tal vez la niña es tan inestable que no escucha a nadie, o estos no lo intentaron, o no les importó… o todo lo heredó la chica de ellos. Hay de todo en la vina del Señor.

   Podría decirse que antes que ella, otras cayeron en el exceso, como la misma Madonna; pero quien quiera creer que esa mujer utilizó ciertas armas de la forma en que esta lo hace, se engaña. Madonna siempre tuvo visión, aún con sus escándalos supo mantener la clase. No eran las suyas acciones de una loquita, eran la obra de una mujer inteligente, astuta, que sabía a dónde quería llegar, cómo deseaba hacerlo, y una vez allí, pretendía sostenerse. El video donde canta con Cristina Aguilera y Britney, es prueba de ello. Y pensándolo bien, desde ese beso la jovencita pareció estropearse, tal vez besar a Madonna sea peligroso, tal vez sus labios son de fuego. Pero la mujer se movía en su medio, sabía a las otras dos en ascenso y quiso controlarlas, que el mundo notara que ella les daba la bienvenida como la gran reina a las princesitas emergentes. De Madonna puede decirse que es una gran artista, pero también una fría mujer de negocios que sabe cómo mercadear su carrera.

   Cristina es un caso aparte también. Será porque tengo más de treinta y tantos, y no aprecio tanto una carita ya. Siempre he considerado que la Aguilera es más cantante y que tiene más talento que la catirita, o será porque fui y soy un fanático del video de Madame Marmalade. La Aguilera también se ha movido con cierta escabrosidad, pero sin rebasar ese límite del mal gusto e insania. Hablando con un tipo más joven, este me decía que Britney todavía ‘está buena’. Yo le dije que me gustaba más Cristina porque tenía cara de… zorrona, de que ‘sabía hacerlo’. Britney era como esa muchacha bonita del liceo, algo idiota e irresponsable que intenta destacar como sea y comienza a repartirlo… todo, cayendo en errores que cree la harán popular y querida. Cristina es como esa muchacha que no parecía tan bonita en la escuela, pero atraía, a la que le gustaba divertirse, la que parecía exótica, sexy, y hacía sus cosillas pero guardando las apariencias, moviéndose con dominio.   

   Podría alegarse que esta muchachita, la Spears, no estaba preparada para manejar su vida como niña que fue famosa, que estuvo bajo los reflectores y debió crecer a la vista de todo el mundo; sin embargo, me resulta difícil de creer que cayera en cuentos y trampas. “Se perdió porque ese medio pierde”. Que hace veinte años atrás engañaran a las muchachas para prostituirlas con el cuento de una carrera artística, o que se le indujera a consumir pastillas y otros fármacos como una manera de ‘relajarse’, no funciona hoy. Todas esas cabecitas de ñame como París, Lohan y Britney deben haber pasado, aunque fuera un día de sus vidas, por una escuela y oír que las drogas y el exceso de alcohol hacen daño. La única explicación es que sean… brutas. Definitivamente la plata no compra clase ni sentido común, lo que es una lástima.    

   De verdad, da cosa presenciar todos los problemas de esta muchachita tonta y necia, fue como cuando París Hilton fue reenviada a prisión, que lloraba, tarde, sin entender que debió parar antes; se lo buscó pero sin embargo daba algo de pesar verla sufrir. Son un desastre, gozan escandalizando y llamando la atención de esa manera, pero en el fondo son unas pobres infelices. Ojalá sean problemas que se curen con algo más de edad. 

CALOR             

Julio César.

MAL CUÑADO

noviembre 10, 2007

EL PROFESOR ENSEÑA…

abusadores.jpg

   Los liceístas son tan egoístas…   

   -No, no lo hagas, Joaquín… ahhh… duele… -gritó Rósmel.  

   -Te dije que no te acercaras a mi hermanita o ibas a lamentarlo. Ella es mucho para ti, ratón. Ahora lo lamentarás… ¡Mira, Gregorio, entra todo…!  

   -Noooo… duele…  

   -Usa dos. –rió Gregorio, cruel, atrapándole el cabello y halándoselo.  

   -Voy a usar otra vaina, una más grande, gruesa y dura.  

   -¿Y que escupe también? –terminó Gregorio, riendo como un sádico.  

   -¿Qué… qué tramas? –lloriqueó Rósmel, sintiendo su próstata masajeada a pesar de todo.  

   -Voy a apartarte de mi hermana para siempre. Cuando Gregorio y yo terminemos de atenderte, no te van a gustar las mujeres y vas a estar persiguiendo marineros en la calle… -y dos dedos penetraron en la mantequilla que ya iba calentándose a pesar de todo, mientras Rósmel lloraba y gritaba que no, que lo dejaran en paz, y pedía ayuda a la nada… 

MIRA A QUIÉN METES…

Julio César.

VESTUARIO EJECUTIVO

noviembre 10, 2007

NADA CUESTA PREGUNTAR, ¿NO?

en-mala-pose.jpg

OTRA VEZ… ¡¡¡ NIÑOS!!!

Julio César.

UN DÍA, MUCHOS AÑOS DESPUÉS…

noviembre 10, 2007

 …BROKEBACK MOUNTAIN

   Hace tiempo, en uno de esos blogs a los que tanto me aficioné llevado por amigos, sobretodo por Fátima, a quien la película le pegó duro desde el primer momento (un día les contaré cosas sobre ella), leí una linda historia escrita por no recuerdo quién, tal vez era EL PUTO JACK TWIST, o UN ANGEL, pero no estoy seguro. Los dos escriben muy bien y bonito. El relato era sobre la muerte de Ennis del Mar, de cómo él la imaginaba. Era algo desgarrador, hermoso y terriblemente triste. A mí me encantó, aunque me sumía más en ese aire de melancolía y tristeza, y también de enamoramiento, al que me arrastró la cinta, debo admitirlo. Creo que ya he dicho que soy incondicional de Jack Twist, quiero tanto a ese personaje que cuando veo a Jake Gyllenhaal en otras cintas me parece que es más que bueno, una maravilla, uno de los mejores del cine, aunque no fue la gran cosa en El Día Después de Mañana. En Cielo de Octubre me parece que estuvo mucho mejor,  aunque no transmitía tanto como ahora sabemos que puede hacer. Y no me acusen de hereje aquellos que lo aman y admiran igual que yo, como años atrás hacía yo con quienes criticaban El Imperio Contraataca. Es lo que pensaba antes. Ahora me parece que ese hombre es increíble, porque la luz de Jack Twist, el personaje que creó, ilumina todo su trabajo presente, pasado y seguramente futuro.   

   Bien, vuelvo a ese relato: como dije era hermoso y la mayoría de los que hacían comentarios en esa página estaban de acuerdo. Muchos apuntaban que habían llorado al leerlo, lo que no me era difícil de creer. También yo lo hice un poco, bueno, no tan poco como me gusta admitir. El caso es que hubo un disidente, alguien que decía que no estaba de acuerdo, que había sido algo injusto y triste, que él prefería imaginar que Ennis del Mar vivió triste durante mucho tiempo, soñando con su joven amor de mirada azulada en lo alto de una montaña, hablándole de vez en cuando y pidiéndole que lo acompañara en los días y noches malas; que llevaba una vida de soledad, hermoso y rudo como era, cargando con una existencia aséptica, sin lujos ni gustos, hasta que un día repara en la mirada nerviosa y turbada de un joven peón que estaba prendado de él. Sería… bonito imaginar que eso pasó, que Ennis no terminó horriblemente sólo; pero por dos motivos, no le veo futuro a la idea. O tal vez no entendí tan bien la película como creí hacerlo.   

   Lo primero es que Ennis del Mar no parecía el homosexual típico. No hablo de que fuera cerrado, inaccesible, homofóbico y que temiera mostrarse al mundo como era en realidad. El caso es que Ennis del Mar era un hombre imposibilitado para mostrar afectos, o afecto a secas, y tal vez hasta para sentirlos. Eso impidió toda posibilidad con su mujer, Alma, o con aquella camarera, o con sus propias hijas. En una escena de la película, cuando está regando brea o algo así en una calle, se nota que un tipo intenta hablarle, y él ni le para. No lo mira, no le habla. Así era ese carajo. El único que logró superar todas sus reticencias, sus barreras, prejuicios y hosquedades había sido Jack Twist (¿y cómo no iba a hacerlo un tipo tan bello y apasionado?). Y Ennis se enamoró de él, del tipo que le enseñó que estaba vivo. Toda su felicidad, y todo su tormento, vino de eso, de que por primera vez alguien lo hacía reír, hablar, amar, desear compañía, caricias y ternura, pero resultó que esa otra persona era un hombre. El drama para Ennis del Mar era que se había enamorado de un hombre, que su primer y único gran amor era ese, Jack Twist. Durante toda la trama Jack coquetea con la idea de estar con otros, aceptándolo digamos que como una necesidad biológica y hasta afectiva mientras iba envejeciendo y entendía que Ennis nunca cedería. Pero Ennis jamás lo hizo, nunca consideró posible el mirar a otro sujeto. Amó y sufrió, y ese sufrimiento debió asociarlo a su amor por un tipo, por lo que creo difícil, sobre todo en un ser como él, que lo intentara otra vez después de la muerte de Jack. A menos que fuera eso lo que le prometiera en la última escena, que juraba intentar vivir de nuevo. Y eso me lleva al segundo punto…   

   El cual es que no lo acepto. No puedo imaginar que después de Jack Twist, Ennis pudiera desear estar con alguien más. Más que eso, no me parece justo. Jack, el alegre, parlanchín, vivaracho, lleno de ternura, de amor y entrega le había ofrecido todo su amor, y él lo tomó, por sorbos, obligando a Jack a vivir solamente por ratos; y Jack había muerto en un estúpido accidente (es lógico que Lureen también estuviera mal, había perdido a Jack). No es justo que Ennis siga adelante, que encuentre a alguien más y ame, alegre y feliz comiendo perdiz. No, me gusta más la imagen del eterno viudo que cada mañana lleva la cuenta de los días, meses y años que ha vivido separado de su gran amor. Sé que es algo duro y cruel, pero Ennis fue duro y cruel con Jack, a pesar de que también él sufrió mucho. Sencillamente me cuesta perdonarlo. Sin embargo, no me parece decente sólo mostrar mi parecer, así que voy a reproducir aquí un cuento sobre Ennis del Mar que tomé de uno de esos blogs el año pasado y que archivé en Documentos, por lo que para ahorrar espacio me salté mucha información y ahora no sé quién lo escribió, ni siquiera el título original que llevaba. Si alguien lo reconoce, que no se moleste conmigo e intente transmitirnos la información para que todos sepan quién fue el poeta original. Lo reproduzco ahora en reconocimiento a sus méritos, aunque lo adapto un poquito a lo que pienso. También en memoria de Jack.

la-sonrisa-de-ennis.jpg

   Eras feliz, debiste entender que era tu vida…  

UN DÍA, MUCHOS AÑOS DEPUES DE BROKEBACK MOUNTAIN   

   “Ya ha transcurrido demasiado tiempo desde el año de Jack”, pensó Ennis con una leve sonrisa de pesar y ternura al levantarse de la cama y verse cegado por la brillante luz del exterior de un día más, otro que había logrado sobrevivir sin saber exactamente cómo. Y su mente lo llevó, como cada mañana, a Brokeback Mountain, donde los inviernos solían ser duros y largos, con una nieve que no abandonaba el lugar hasta bien entrado el mes de abril. Eso decían todos; sin embargo, ese año, el año de Jack Twist, salvo pequeñas lluvias ocasionales, el cielo había resplandecido con un azul puro y helado, y continuó así hasta pasadas las fiestas de navidad. Un azul que a él se le antojaba hermoso, sin entender bien el por qué, hasta que una noche se miró a sí mismo en los ojos de Jack.   

   El hombre observó durante un largo rato el huidizo reflejo de su rostro en la ventana, fijándose en los ángulos y surcos que los años habían trazado en sus facciones, en su cabello cada vez menos dorado y más grisáceo, y en su expresión cansada. No era un hombre viejo, pero a veces sentía que había vivido demasiado tiempo (ha pasado demasiado tiempo, Jack). A pesar de todo ello, el vaquero volvió a sonreír levemente, con una dulzura, nostalgia y ternura que muy poca gente ha logrado ver, porque en días claros y hermosos como aquel, cuando el cielo parecía infinito, despejado de toda nube, creía detectar una sombra de espejismo en el firmamento, algo que se iniciaba en dos puntos particularmente celestes y que luego iban dibujando un rostro franco, de gran sonrisa, de sombrero negro y camisa igualmente azulada. Una ilusión de tal belleza que lo lastimaba a veces, empañándole la mirada. El hombre adivinaba la imagen de Jack Twist contra el firmamento, joven y alegre, vital y hermoso, de la misma manera en que podía detectar la forma del pez que se desliza bajo la superficie del agua.   

   Esos momentos eran los más maravillosos y duros en la vida de aquel hombre, porque el tiempo se detenía lentamente, casi sin notarlo, y luego comenzaba a retroceder. Diez, veinte, treinta años atrás, y se encontraba con él mismo, joven, lleno de fuerzas, de ganas de vivir, pero temeroso al mismo tiempo de hacerlo, de sentir, de desear lo que creía no estaba bien. Se veía ingresando nuevamente, a cuatro patas, avergonzado y suplicante, dentro de una tienda donde se juró no entrar otra vez, pero necesitando ver nuevamente al carajo al que había ofendido horas antes. Y allí estaba él, recostado, esperándolo con una mezcla de esperanza y temor, con su torso joven desnudo y los ojos llenos de estrellas infinitas, hermosas y brillantes, que lo arrastraban a otros cielos, unos donde deseaba perderse para siempre. Volvía a ver al atractivo joven mirándolo con muda súplica, con entrega, con generosidad y amor; y revivía el calor, el deseo y el amor que él mismo llegó a sentir en ese momento. Y nuevamente se sumergía en él, en sus brazos, en sus labios, probando la vida, la dulzura, la ternura. Se sumergía en su amor, porque era amor, ahora podía reconocerlo como tal. No era carne, no eran sólo ganas, era el deseo de vivir, corresponder y pertenecer a algo, a alguien, a estar completo por una vez en la vida, acompañado, lejos de la soledad del alma; a pasar días, meses y años así, existiendo a plenitud.   

   “Basta, Ennis del Mar. Ya no hay tiempo para eso. Ya no hay tiempo para los recuerdos de un viejo”, se dice el hombre. “Ya deberías estar camino al pueblo para atender tus obligaciones”.   

   Se afeitó apresuradamente, cortándose en la barbilla, y anduvo por la vieja cabaña tropezando con todo lo que se encontró, mientras sujetaba un pañuelo de papel contra la herida y rebuscaba en los cajones la ropa del día. Logró vestirse sin alterar demasiado el orden a su alrededor. Se calzó el viejo sombrero y se medio inspeccionó en un pequeño espejo, sonriendo con cierta burla.   

   “Estás medio presentable, viejo”, se dijo con una leve sonrisa. “No hay nada peor que un viejo engreído, Del Mar, recuérdalo siempre”.   

   Saliendo de la rústica vivienda escuchó a Ed trastear en el establo, con los caballos.   

   -Hey, Ed, bajo al pueblo por comida. ¿Necesitas algo?   

   -¿Qué tal un beso? –le respondieron.   

   Ennis del Mar se sorprendió, como siempre le ocurría, al verlo aparecer sonriente, mirándolo con ese afecto entre tímido y cargado de adoración. Al hombre le costaba comprender que después de tantos años juntos, Ed mantuviera esa misma mirada enamorada de la primera vez que se conocieron, esa noche en aquella taberna. Recuerda que en ese momento apenas se sostenía de pie frente a la barra y peleaba con el maldito cantinero que se negaba a servirle otra cerveza, tal vez al verlo tan tambaleante y sabiendo que vivía retirado. Y solo. Todos sabían que era el hombre que vivía solo, y aunque se comentara de tarde en tarde, nadie se metía en eso. Y mientras discutía por su trago, por su derecho constitucional a morir bebiendo, no reparó en Ed hasta que este le preguntó su nombre por tercera vez, con la misma sonrisa, los mismos ojos grises y el mismo cabello rubio de ahora, años después, aunque menos ralo.   

   -Ennis. –había balbuceado él, respondiéndole esa noche, enfocando el rostro del otro a duras penas a través de los vapores del alcohol, su único viejo y leal amigo de años y años.- Ennis del mar. –y al decirlo la voz le tembló y su mirada se nubló, porque el recuerdo de una situación parecida vivida muchos años atrás fue como un latigazo en una herida abierta (Jack, Jack), tanto que lo hizo contraerse involuntariamente, jadeando leve, con tanta fuerza que tuvo que cubrirse el rostro con los dedos, quizás creyendo que la oscuridad sería su aliada y aliviaría un poco ese terrible dolor. El viejo dolor que nunca se iba.   

   -Ennis del mar. –oyó repetir entonces al desconocido, con voz grave y suave.- Parece el nombre de un personaje de leyenda, ¿no? –y el hombre, con la mirada desencajada, le observó largamente, y el atractivo joven comprendió que una batalla terrible se libraba dentro del otro.   

   Aquella noche Ennis no pudo responderle nada, como no fuera desviar la mirada y atrapar su botella de cerveza con fuerza, buscando equilibrio y apoyo para no caer bajo el peso del dolor. No le habló, ni ninguna de las muchas otras noches cuando ese joven parecía buscarle. Él no deseaba la cercanía de nadie, no esperaba a nadie. Ya no esperaba nada de la vida. Un día tocó las puertas del Cielo con sus manos, ahora lo sabía, había tocado la eternidad y la felicidad, y lo había dejado ir todo; ya no tenía derecho a nada, lo que iba a dársele, se le entregó y él lo había jodido. No puede evitar sonreír con dolor, con una tristeza infinita al reconocer su falta, ¡todo había sido su culpa! y ahora sólo quedaba la penitencia. Ya no estaba Jack para darle la absolución, como un día, muchos años atrás cuando lo ofendió pero luego tuvo que ir a él, buscando sus brazos, su calor, su amor, encontrándolo todo. Ahora había tocado fondo y ya no podía hacer otra cosa sino estar, aleteando como un pez fuera del agua que se asfixia lentamente hasta morir (morir finalmente, como él). No, él no buscaba a ese joven de rostro franco que le hablaba de su trabajo, de su familia, que le preguntaba qué hacía, dónde vivía, que deseaba saber cosas de su vida. Ennis no quería oír, no deseaba oír nada más, pero el joven lo miraba y sonreía, y le hablaba.   

   El hombre nunca estuvo muy seguro del tiempo que transcurrió hasta el momento en que abrió los ojos en medio de la noche y encontró a Ed desnudo, de espaldas, y a él recostado del joven, bajo las mantas en la misma cama. Y fue un shock, ¿qué había hecho? Y se ahogaba, ¿qué había hecho? Para el hombre el mundo se derrumbaba, ¿qué había hecho? Estaba aterrado y quería gritar, agitándose en la cama. Sentir las manos del joven en sus cabellos, acariciándolo mientras le siseaba que tuviera calma, lo angustió todavía más.   

   -Está bien, Ennis. Todo está bien. No pasa nada malo. Sólo descansa. –le susurró suavemente, y nunca como en ese momento al hombre le pareció que el tiempo había virado, que no era Ed quien estaba ahí, que era otro quien lo calmaba, que lo consolaba por ceder a eso que su piel, su ser y todo él le pedía con desesperación; eran las caricias de otro hombre, la ternura de otro hombre, el amor de otro hombre que de alguna forma, tal vez invocado por la fuerza de sus recuerdos, de su dolor, de su deseo, se había materializado para él, al fin, para traerle paz y consuelo. No eran los brazos de Ed reteniéndolo, eran los del otro, era él, al fin, que se apiadaba de su dolor y volvía.   

   Ennis del mar no recodaba nada de lo que había ocurrido hasta ese momento, pero sí recordó que se encogió, aferrándose a Ed y que lloró. Aunque decir llorar era poco. El hombre se derramó sobre el otro como nunca imaginó hacerlo antes (había llorado tres veces en forma terrible en su vida, pero nadie lo había presenciado). El hombre se deshizo en lágrimas. Era difícil que una persona pudiera volcar de una sola vez tanta pasión delirante y no saciada, tanto amor extraviado y extrañado en las noches de una soledad caliente y desesperante, tanta pérdida que vaciaba su alma, tanto dolor que lo marcaba como hierro al rojo vivo cada día de su vida, pero Ennis lo hizo. Se vació, quedo exhausto. Y en medio de las lágrimas llegaron los jadeos ahogados, entre hipos, de un nombre que Ed no entendió bien, de reclamos por una partida, dejándolo solo para siempre para que se muriera en vida, de arrepentimiento por todo lo que no dijo ni hizo. Ennis lloró y lloró por su vida larga, por su vida triste, por su cabaña solitaria donde el viento (traidor y cruel) entraba por la tardes melancólicas, susurrando por los rincones un nombre que le dolía (Jack, Jack). Lloró hasta que comenzó a dolerle respirar, por tantas despedidas sin sentido que él pudo evitar, al bajar de una montaña, al salir de un motel, al rechazarlo al divorciarse de Alma, por la discusión final, cuando se marchó sin volver la mirada. El hombre lloró hasta que le dolió no haberse muerto ya para ir tras él, a buscar en el más allá una sombra, un recuerdo (Dios lo perdonará, porque decían que era todo amor, y si no, que lo condenara junto a él, a su lado, y el infierno ya no sería infierno, no más que esta vida). El llanto duró hasta que dolió seguir llorando.   

   -Esta bien, Ennis del Mar, todo estará bien. –continuó diciéndole Ed, en voz baja, sin dejar de cobijarlo y sujetarlo entre sus brazos, sin comprender que esa misma ternura, entrega y preocupación lastimaba más al hombre, porque le recordaba al otro que tanto le había dado, aquel que tanto lo había amado y a quien él adoró de una forma que no entendió hasta mucho después.- Ya todo está bien, créeme. Y sí no, ya lo estará, te lo aseguro. –y la promesa asustaba a Ennis, porque le hacía entrever y albergar esperanzas, con un mundo donde se ilusionaba con dejar las sombras atrás; pero tampoco quería eso, porque le parecía una cobardía (¡una traición, Ennis!, eso es lo que es, traicionas a Jack Twist; le gritaba una parte de su mente), así que no quedaba otra que… llorar más, entre jadeos ahogados, mojando al otro con sus lágrimas, saliva y mocos.   

   Al cuento le falta un pedazo. Eso viene después.

……….   

   Como dije, no soy particularmente afecto a este cuento, por muy bonito que sea (tal vez mi versión no tanto, pero la otra lo era). Pero, no lo sé, tal vez sea lo justo. No se puede (o no se debería) sufrir toda la vida por un error, una falta, un momento de duda, indecisión o cobardía (aunque rechazar a alguien como Jack Twist es la madre de todos los errores). Se supone que aprendemos de los desatinos, es lo humano, lo digno; creo que a eso le llaman redención. Pero, por mi parte, nada de eso me importa. Considero, firmemente que Ennis del Mar no tiene ningún derecho a olvidar a Jack Twist el personaje más maravilloso que haya visto yo en una película (junto al trío de La Guerra de las Galaxias: Hank, Luke y Leia), ni a buscarle un sustituto.   

   Sin embargo, Ennis también había amado y sufrido, y el suyo había sido un padecer peor, porque era él quien se negaba a ser feliz, a aceptar el amor, mientras el otro lo brindaba de forma decidida. Y lo decente sería permitirle el derecho a sentir otra vez,  dejarle que viva al fin fuera de su cárcel, de cara al sol, a la gente y la vida, el permitirse amar y dejarse amar. La vida sería terrible si no se tuviera esa oportunidad después de una caída. Aunque por su forma de ser, por sus propias limitaciones, miedos y prejuicios, así como el medio ambiente donde le tocó vivir, imagino que le sería difícil. Nunca es fácil decir ciertas cosas, adoptar ciertas posturas ante la vida y perseverar en ello, por muy simple que lo pinten en películas, libros o en series televisivas. Para un hombre como Ennis, o para cualquier muchacho u hombre en algún pequeño poblado cercado por los que le conocen, y a su familia, jamás le será sencillo acercarse a los suyos, a los hermanos y padres, a los amigos e incluso a los hijos y decirles: soy homosexual. Por ello tantos viven reprimidos, escondidos, escapando de tarde en tarde, ocultándose en la distancia, en las sombras o en otros países. No viviendo en realidad, a la larga.   

   Leyendo una entrevista de la autora del relato, Annie Proulx, la mujer comentaba una experiencia personal que la impresionó al estar en una de esas cantinas típicas del Wyoming rural. Se fijo en un ranchero de edad madura, con su camisa llamativa, sus botas y sombrero, solitario en la barra, lanzando miradas furtivas, no a las bellas señoritas que mostraban desparpajo y encanto, sino a un grupo de vaqueros jóvenes que reían, hablaban y bebían. Ella suponía que tal vez recordaba con nostalgias del pasado cuando él mismo era así, o simplemente dejaba escapar en un momento de terrible debilidad, en una vida donde no podía permitírselo nunca, el admirar a esos jóvenes bien parecidos, fornidos y alegres; tal vez recordando un furtivo momento que duró minutos hace muchos años, lo único a lo que un vaquero de edad madura en un ambiente así podía aferrarse para vivir otro día.   

   Tal vez con mujer e hijos, pero sintiendo que algo muy adentro de él se moría, se amargaba, dejando de sentir, insomne, contemplando el paso de las horas y de su vida, sintiendo pena de él mismo. Y eso me aterra. Por Ennis del Mar, que viviera tanto tiempo, saliendo de vez en cuando a tomar algo, viviendo solo, sin nadie que lo mirara con afecto, que le tocara el hombro, que le sonriera, que le dijera con miradas que lo amaba, compartiendo su cama. Nadie debería pasar por eso. La soledad de Ennis se me hizo más real leyendo esa entrevista, y más dolorosa; porque no podía imaginarlo (y al mismo tiempo sí, cosa más lamentable) admirando a lo lejos a un joven de cabellos negros, gran sonrisa, sintiéndose estremecido ante otra mirada azulada; espiándolo desde una barra sintiéndose idiota, o sucio, soñando entre pasado y presente, y sin que ese tipo lo notara siquiera, o sí, ridiculizándolo. No, tal vez Ennis si merece algo de felicidad. Jack lo entendería… 

CONTINÚA … (2)

Julio César.