Archive for 24 enero 2008

ADIÓS, QUERIDO VAQUERO…

enero 24, 2008

JAKE GYLLENHAAL…

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   Dicen que se fue definitivamente a su montaña donde todo será paz; por mi parte sólo puedo decir… MALDITA, MALDITA, MALDITA SEA…   

   Adiós a todos.

 HEATH LEDGER, PALABRAS DEL CORAZÓN

Julio César.

ÁLVARO URIBE VELEZ EN EL HURACÁN

enero 23, 2008

ISAÍAS RODRÍGUEZ… CARA DE PAYASO

   Esto lo escribí en mi otro blog el 28 de agosto de 2007, por un fuerte rumor que corrió en Venezuela sobre una maniobra de la guerrilla que incluía a la señora Ingrid Betancourt.

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   El presidente electo de Colombia, Álvaro Uribe Vélez, es un hombre que en un primer momento parece odioso, pero conociéndosele más a fondo, resulta realmente antipático, medido por los cánones que generalmente usamos en América Latina. El hombre no grita como gorila bajando de un árbol, no llama esto o aquello (con menciones a las madres) a sus rivales políticos, y tiene ese repelente aire de eficiencia, inteligencia y suficiencia que gente menos dotada tiene que odiar. Este hombre, ligado a las capas más conservadoras de Colombia, fue electo porque prometió mano dura con los flagelos que no han permitido a ese país el convertirse en una Canadá hispana, las drogas con sus carteles, escuadrones de muerte y horror, y la guerrilla terrorista que lleva más de cuarenta años bañando de sangre inocente el suelo granadino. Esa fue su promesa, lo que dijo: mano dura, y mientras lo hacemos, ganaremos plata y figuración en la región. Eso convenció a su electorado, ¡dos veces!, en un país donde no hay maquinitas que puedan arrojar los resultados deseados del manejador, o un colegio electoral que reciba órdenes del presidente de la republica en ejercicio. Es decir, su triunfo sí no puede discutírsele, como el de tantos otros.   

   ¿Por qué resulta tan insoportable este sujeto para tantos? Primero, porque parece no necesitar limosnas, ni crear un cartel de tiranillos que avalen sus actuaciones autoritarias para mantenerse en el poder. Sabe que cuando deje de ser útil, o de tener el favor del electorado, tendrá que irse sin derecho a pataleo, como tuvieron que retirarse muchos otros antes que él, sin escándalos, sin yeyos, sin desmayos, idea que martiriza a tantos, el verse separados de un poder con el que no hacen nada útil como no sea satisfacer caprichos personales. Pero no puede ser todo, debe haber más. Puede ser su alianza con una potencia como Estados Unidos, una nación próspera donde la prensa vuelve picadillo al presidente Bush por sus errores, y sin embargo el ingreso bruto de un estado como California es mayor al de cualquier nación latinoamericana. ¿Cómo se le ocurre a Uribe Vélez una alianza tan antinatural?, ¿por qué asociarse con gente eficiente, por qué no con Fidel Castro quien se ha mantenido cuarenta años sobre la miseria de su pueblo, disminuyéndolos a la condición de cosas, de no seres humanos, de carne para el burdel mientras él y la banda de delincuentes llamados militares, cancilleres, deportistas y artistas se dan la gran vida? Obviamente Uribe Vélez está loco y confundido al no seguir y adorar cada pelo de la barba de semejante santón. Y sin embargo esto no alcanza para explicar el disgusto por este señor. En el fondo creo que todo el resentimiento contra este sujeto se debe a que es un conservador duro que no teme decirlo, que anda por el mundo sin complejos, sin traumas siendo lo que es, aunque no sea popular.    

   En el fondo no le perdonamos que sea eso, un conservador, un hombre que lucha por el status quo, por mantener ciertos valores y defender un estilo de vida que para él, es muy claro, simple y evidentemente beneficioso. Para muchas almas atormentadas, y no todas en América Latina, los conservadores son una pesadilla, seres detestables y crueles. Representan al padre de familia odioso que le reclama al hijos por el aro en la nariz y no entiende cuando este le chilla que él es moderno, sino que ve a una pobre muchacho torturado que se martiriza para intentar verse distinto, deseando ser ‘especial’. Es quien le grita a la hija que llora que ella no va para esa fiesta con ese tipo que es un malandro que seda, viola y preña muchachas de las que luego nada quiere saber y éstas terminan cuidando solas al muchacho; y lo dice duramente, cerrando la puerta de la calle con su cuerpo mientras la hija grita que ella ama a ese carajo (Dios). Es quien le grita a esa hija: te vas a tu cuarto, y la arrastra y la lleva, y hasta la encierra, porque le parece que es mejor que crezca, estudie, se prepare y luego, con armas en la mano, haga la vida que le de la gana, le vaya bien o mal, pero que no fracase antes de salir. Prefiere ser temido, poco querido, a permitir un desastre antes de tiempo (amén).   

   Actitud tan distinta a la que se presenta generalmente del liberal, el padre que entiende que la muchacha ama, y que ese amor es lo único que importa, que no hay nada más importante, que es su vida y aunque no tenga preparación, un trabajo, una entrada de dinero para un pote de leche o pañales, ni casa, tiene derechos; que salga con el malandrito y que Dios la cuide (pobre Dios), y luego se sorprende cuando ella llora y le dice que está preñada y el tipo le saca el cuerpo. Y él, molesto, torturado por dentro, le dice que está bien, que fue un error, cosa de jóvenes, que la ayudarán. Y la muchacha, que ve que no hay consecuencias para sus actos, mientras hipa y sonríe diciéndole que lo ama, le pregunta si puede irse con unas amigas a la playa porque hay otras fiestas y quiere distraerse. ¡Qué sabroso, ¿verdad?! Son las dos concepciones entre las que se mueven las sociedades, también están los socialistas que sonríen bobos, dicen que todo será de todos, que no habrá amos ni sirvientes, que habrá felicidad comunal, mientras controlan el dinero, las armas del ejercito y planean como culpar a otro del desastre creado. Este es sólo un grupo marginal, como una enfermedad que sale en algunos extremos, ni siquiera son una tendencia, sólo un accidente.   

   La derecha (Álvaro Uribe Vélez), debe ser dura porque intenta sobrevivir en un mundo en caos, manteniendo estabilidad, reglas claras, un modo de vida medio vivible. Los liberales se pierden en la idea de todas las libertades y ninguna de las obligaciones, o que estas no son tan importantes al final. Del otro lado, está la izquierda, irresponsable e idiota que repite una y otra vez el mismo discurso (y sin embargo les funciona), prometiendo villas y castillas, pero terminando en un sembradío de miseria, caos y con las leyes crueles que rigen en la jungla. Cuando esto ocurre y los países terminan devastados en déficit inflación, carestía e inseguridad, es común ver a la derecha tomar el control, imponiendo trabajo, reglas duras, hasta que el caos es superado, por voluntades enérgicas, claras e instruidas (como lo fueron en Venezuela Rómulo Betancourt, Raúl Leoni y Rafael Caldera, hombres de decencia, para quienes lo correcto, lo legal, lo decente, siempre fue un punto claro, sin matices o áreas grises). Lo extraño es que cuando las naciones comienzan a prosperar, alejándose de los tiempos oscuros, nuevas recuas de histéricos hablan otra vez de soluciones mágicas, de vamos a repartir todo, de abajo los viejos, las reglas y la autoridad. Es como el vaivén de un péndulo gigante, vamos de extremo a extremo, y generalmente no hay paz en el ínterin. Ahora comienzo a temer que si fuera norteamericano, sería republicano (¡qué deprimente!).    

   Para muchos venezolanos, las carantoñas hechas por presidentes como los de España, Chile, Argentina y Brasil (por Dios, ¡Brasil!), ante la grotesca figura de un atorrante como el títere del macabro proyecto fidelista, la distancia y clase impuestas por Uribe Vélez son de admirar. Y sin embargo, su accionar flojo, poco firme con Venezuela desde el inicio, esa política de dejar hacer, dejar pasar que algo bueno puede quedarnos, fue un error. Uno que los venezolanos, que esperábamos una actitud más firme contra la pérdida de libertades y democracia en una nación cercana, no perdonamos al hombre fuerte del vecino país, quien en teorías era nuestro ‘hermano’; sin embargo no les importó a ninguno de ellos, como a los antes nombrados, lo que aquí ocurría con cientos y cientos de perseguidos. Eso produce en muchos de nosotros una ambivalente sensación ante lo que ahora ocurre. Contra el estado colombiano, y contra Colombia toda como nación, se ha desatado, desde hace tiempo una campaña brutal para destruir ese sistema de vida que es más o menos funcional, donde ley, orden e institucionalidad aún significan algo, garantías para cualquier pata’e en suelo de que puede enfrentar poderes mayores que él, y el Estado lo respaldará si tiene la razón. Y esa campaña, para países sumergidos en el desastre, causa alivio. Cualquier venezolano con sangre en las venas piensa: que bueno, que también ellos se jodan.   

   Desde hace mucho tiempo voces autorizadas de militares, hacendados de la zona y valiente reporteras venezolanas, mujeres como la Poleo, Salazar, Pacheco y la Colomina (cuatro periodistas a quienes el régimen tiene sobrados motivos para odiar y perseguir) denunciaron la conchupancia entre sectores del ejercito venezolano y las narcoguerrillas ¡con videos y todo! Todos alertaban de la peligrosa convivencia del gobierno venezolano con células irregulares de la narcoguerrilla. Que nuestro territorio era usado de aliviadero, que armas venezolanas estaban en manos de los irregulares, o de que estos escapaban a Venezuela donde las fuerzas colombianas eran contenidas, o que ya controlaban bastos sectores de la frontera. Todo esto se ha repetido hasta la saciedad, pero nadie ha querido darse por enterado. Se gritaba que era peligroso permitir el unir el dinero de las drogas con los del petróleo y el brazo armado de la guerrilla criminal, bajo la figura de un líder delirante, peligro e ignorante pero carismático. Toda Latinoamérica se hizo la loca, no fuera a ser que el presidente orate les gritara o insultara (les daba tanto meyo, poechitos), o por perder los reales que andaba regalando, o por dáselas de chévere con un líder que es aceptado por muchos en sus propios países. Jugaron a usar sus reales, a vivirlo y dejarlo hacer. Colombia, no en una medida tan grande o de tanta responsabilidad como Brasil, también permitió todo eso. Ahora estamos en esta encrucijada cuando se comienza a hablar de ‘conflictos’ y hasta de ‘alertas fronterizas’; les pasó como en el viejo cuento del mono, quien mete la mano en un hueco para sacar algo, y lo atrapan porque aunque ve venir a sus captores, no suelta su presa por codicia. Aunque esta conducta es propia de politiquillos baratos, los estadistas rara vez caen en estas ingenuidades peligrosas.   

   Convencidos de que por las armas jamás alcanzaran el, poder, la guerrilla ha tenido que prestar oídos al anciano degenerado que aún gobierna Cuba, y a través de él, al presidente venezolano. Estos grupos jamás alcanzarán el poder porque el colombiano común, con tres dedos de frente, los sabe peligrosos homicidas que matan por poder personal y por dinero, y entiende que de ese grupo de criminales no saldrá nada bueno, que no pueden construir esa sociedad más justa. ¿Justicia?, ¿decencia? ¿De ellos? Agotado el modelo de la violencia, sostenido únicamente para matar y secuestrar aquí y allá, sabiendo que no sirve para nada, pero como causar dolor nada les cuesta, las maniobras se dirigieron, como bien pudo decírselos el presidente Chávez, a destruir el sistema desde adentro, contando con grupos venales e irresponsables dentro del propio status quo. Uribe Vélez llega al poder porque es duro y promete mano dura contra narcos y guerrilleros, entonces hay que contraatacar, y allí entran en juego las cifras millonarias y fabulosas de las drogas, unidas ahora a los petrodólares. Estos grupos gastan millones y millones de dólares en costosos lobbys en Estados Unidos y Europa, en campañas contra Uribe Vélez, mostrándolo como un delincuente extremista, como un monstruo incapaz de condolerse del dolor ajeno. Esos lobbys mueven medios de comunicaciones y grupos de jóvenes que jamás han pensado por sí mismos, y los lanzan a servir a estos delincuentes que sienten deben limitar y destruir a quien juró enfrentarlos.   

   La campaña es de una elementalidad, de una simpleza tal, que realmente no deja mucho a la imaginación, pero es llevada acabo con la osadía de quienes nada tienen que perder y desarrollada por vividores y parásitos que no ven nada malo en la explotación, abuso, secuestro, tortura y muerte de otros, mientras sus cheques sigan llegando, claro está. La narcoguerrilla utiliza sus propios secuestros, a sus victimas, para atacar a Uribe Vélez, moviendo en campaña a los intelectuales venales que ya antes tapareaban los delitos del Bloque Soviéticos mientras millones eran ejecutados, y los nuevos acólitos, los que a fuerza de intentar mostrarse distintos o singulares, caen en la defensa de barbaridades. Ahora Uribe Vélez es un déspota, un monstruo que tiene la osadía de proteger a grupos enemigos de esos pobres angelitos de Dios, que sólo rezan y piden la ayuda divina para mantenerse vivos mientras huelen flores y toman rocío mañanero, así lo publican en la prensa francesa e italiana, y se grita en tantos simposios en universidades norteamericanas. Ahora Uribe Vélez es el responsable de que los secuestrados no sean liberados por una pobre y sufrida narcoguerrilla que los mantiene cautivos en contra de su voluntad, ya que ellos sólo desean soltarlos y que todos sean felices y se amen como hermanos; pero no pueden liberarlos (poechitos esos angelitos, Dios, mío), porque Uribe Vélez, el monstruo, no quiere.   

   Con los colosales ingresos de Venezuela, puestos a las órdenes de Fidel Castro y su círculo de vividores y malandrines, Cuba está a punto de lograr en Colombia lo que no pudo a la muerte de Gaitán. En desvergonzada procesión (hay demasiados reales de por medio), senadores, medios de comunicaciones y los llamados grupos humanitarios, mantenidos siempre por el dinero del narcotráfico y el terrorismo (desde los tiempos de Libia),  como las tristemente celebres Madres de la Plaza de Mayo, grupo vociferante que adora la plata y los regimenes de tinte militaristas autoritarios, se lanzan como perros con rabia contra Uribe Vélez, lo que no es muy difícil con lo repelente que es. Le gritan monstruo maldito, maligno ser lleno de crueldad, lo acusan de no querer ayudar a los rehenes de la narcoguerrilla, chillan: pobres rehenes, pobre guerrilla que no los puede soltar. Al unísono todos gritan: Álvaro Uribe Vélez debe salir, porque Uribe Vélez es malo. Su gente debe ser investigada, sus crímenes sí no deben ser pasados por alto como en ocasiones anteriores de narcoayudas para campañas electorales.   

   Uribe Vélez no puede pisar Norteamérica, o Europa, porque lo siguen, le gritan y lo pitan; la ofensiva propagandística ha sido realmente efectiva. Y mientras tiene que mantener a flote la imagen, debe estar mirando con precaución (cosa que no hace Lula da Silva, por ejemplo, en Brasil) como sectores de la vida colombiana, desde senadores a dueños de medio de comunicación, se unen a los grupos irregulares, aceptando la plata y la ingerencia externa, ofreciendo rematar Colombia, sujetando a su gente a caprichos de ancianos vetustos, deteniendo el progreso y su más o menos prolongada situación de estabilidad, con tal de alcanzar, al fin, el poder, uno que no han obtenido en más de cuarenta años de matar campesinos y policiítas de pueblo, robar niños para embrutecerlos, montarle collares bombas a doñitas secas y serias que han trabajado toda su vida como Dios manda, y proteger a los narcos.   

   Impías senadoras se mueven con habilidad y total desparpajo, para mostrarse como los grandes liberadores, los que llaman a Chávez como último recurso para que los ayude, para que liberen a esas pobres personas cautivas. A esta gente no le importa lo que venga después en su Colombia natal, quieren su pedazo ya, así sea de un cadáver. Gritan que Chávez mediará, ayudará porque es tan bueno, tan noble, un estadista maravilloso e iluminado que lleva paz, amor y progreso por donde pasa… tan distinto a Uribe Vélez, matriz que comenzará muy pronto a dejarse caer por toda la región y mucho más allá. Claro, a nadie se le ocurre preguntarle al presidente Chávez por qué no media y ayuda a los rehenes venezolanos en manos de estas lacras; tal interrogante no cabe en sus cabecitas… o la respuesta podría ser embarazosa.   

   El plan para liberar, mediante la intervención de Chávez, a la señora Ingrid Betancourt, rogatorio echo por la señora Cecilia Zarkozy, esposa del premier francés, Nicolás Zarkozy, estaba en marcha, y ojalá se diera y esa pobre mujer pudiera recuperar su libertad, ¡libertad!, algo tan valioso y maravilloso, aunque para tantos no signifique nada. Ojalá la liberen, como a todos los otros, y sus captores, esos perros rabiosos del hampa, sean encarcelados. Se dijo que todo había sido palabreado ya, que el presidente Chávez iría a Colombia, hablando de ayudar, cosa que le será agradecido por mucha gente, y la guerrilla la liberaría, de ser posible en territorio venezolano, donde la mujer sería embarcada, o entregada a la señora Zarkozy, en presencia de cierta senadora colombiana, impía ella, dejando a Uribe Vélez fuera del juego. La jugada mostraría a Chávez como el gran líder, el gran hombre. Uribe Vélez sería el hombre malo que no quiere el bien para esta gente. Él, y su grupo político serían los villanos. La impía senadora y su grupo quedarían como héroes junto al presidente venezolano, a quien le urge lavar la fachada ante el mundo después de bestialidades como el cierre, por odio personal y saltándose toda legalidad, del canal de televisión RCTV, o el descuido al dejar que se atrapara a un colaborador con una maleta llena de dólares para los sobornos y coimas que apuntalan a los Kirchner en Argentina, o su pretensión de gobernar mientras el cuerpo aguante o mientras el mal exista. Por su parte, la guerrilla quedaría como un grupo de idealistas que quieren paz y un entendimiento, pero que no se puede con alguien como Uribe Vélez en el poder (ni de otros que vengan y sean como él).   

   No era una mala idea, sería un buen libreto para un cuento, pero algo se atravesó. Hace algunos días, la periodista Patricia Poleo los echó al pajón con el plan, como decimos en Venezuela. Esta valiente mujer, que tuvo que huir de Venezuela cuando fue alertada de su captura a manos de los cubanos en Venezuela, involucrándosele en un feo crimen donde su único acusador era un tipo considerado un mitómano en Colombia, que dijo estar con ella el día que se planeó el asesinato, y luego se le supo en esa fecha preso en Colombia, ahora parece saber más de lo que pasa aquí que antes. Qué arrepentidos deben estar de haber montado aquella mamarrachada contra ella, ya que teniéndola en el país sería más fácil controlarla. A la mujer, por gente que sabía del guiso (por ello el Gobierno no pega una, todos se les filtra), le llegó la historia y la soltó de sopetón. Con tan mala suerte para el régimen que a quien le tocó desmentirla fue el mismo hombre al que se enfrentó en el recordado caso de Vladimiro Montesinos, cuando ella aseguraba que el hombre sí estaba oculto en Venezuela y ese señor, Pedro Carreño, decía que no. Y la razón la tuvo ella y él quedó como un mentiroso. El alerta paró todo, y el Presidente, desaforado, en uno de sus viajes soltó la perla de que el gran mal de toda la era eran los medios de comunicación.   

   En fin, el futuro de Colombia no es tan estable y seguro como parecía apenas unos años atrás, a pesar de la mano firme del señor Álvaro Uribe Vélez. Todo dependerá finalmente de la sangre fría y cabeza clara que mantengan sus habitantes en el futuro, sin dejarse engatusar por los cantos de sirenas. Como todo país latinoamericano, el granadino también cuenta con su buena carga de problemas, como lo son la inseguridad, la pobreza y los desequilibrios económicos y sociales; aunque estos sólo son problemitas comparados con el horror de los carteles de las drogas y la violencia sistemática de la guerrilla terrorista. Su oligarquía, sensata y responsable, tenida así por muchos, debe entender que la prosperidad debe pernear también hacia abajo, fuera de lo macro y lo mega bueno. Al país granadino lo acechan muchos problemas internos y externos. El cerco montado desde Cuba, maniatando con sutileza, como se observa en Brasil dado el torpe manejo de la gente de Lula da Silva, contra toda la región se cobrará en sufrimiento y lamentablemente en sangre hasta que halla un nuevo despertar y esta pesadilla seudo izquierdista quede atrás definitivamente, o al menos hasta que la región prospere, sólida y segura, y aparezcan nuevamente los que griten porque quieren desorden. No, no es muy prometedor el futuro inmediato para América Latina, no hay muchos políticos serios y estables en ejercicio, parecen abundar los inestables y maniacos, por lo que es de suponer que Estados Unidos y la misma Europa, ya deben estar preparándose para recibir a los que escapan del caos, la violencia y la esclavitud. Por lo menos cargarán con parte de sus culpas en todo esto. 

PHIL REGAN, EL BUITRE…

Julio César.

CRITICANDO AL CHEFF

enero 23, 2008

NADA CUESTA PREGUNTAR, ¿NO?

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 EL JEFE MANDA

Julio César. 

NOTA: Todas las fotografías han sido tomadas de portales gratuitos. Que nadie se moleste, por favor…

ANTES DE LA DESPEDIDA

enero 21, 2008

 …BROKEBACK MOUNTAIN

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   Era suyo en cualquier lugar…   

   La bajada de Brokeback Mountain había sido hecha en silencio. Jack parecía querer hablar a su lado, pero Ennis sólo podía ver al frente, sintiendo sobre sí la dolida mirada del otro. Pero es que no podía corresponderle. Dejaría de verlo dentro de poco, de hablarle, de saberlo y tenerlo a su lado, y debía comenzar a olvidar todo lo ocurrido para continuar con su vida. Eventualmente dejaría de recordar su cuerpo tibio que había sido suyo a placer, uno que lo enloquecía aún en esos momentos rodeados como estaban de otros sujetos. Pero no puede evitarlo y allí, en medio de los otros hombres en la parte trasera de la vieja camioneta que los lleva a la estación, Ennis se estremece recordando el sabor de Jack. Pero todo había acabado, todo terminaría cuando se separaran finalmente, y aunque por un lado nota alivio (terminaría toda esa locura sufrida) por el otro se sentía mal. Repara en que Jack mira a la distancia, y por primera vez se permite observarlo de frente, notando la curva de su cuello, la sombra de su barba en ese mentón que había acariciado y no se cansaba de besar en momentos de silencioso placer. Repara en su mirada lejana, algo desolada, y sabe que el recuerdo de ese abandono en el ánimo de su amante, esa tristeza que adivinaba en él, lo acompañaría durante mucho tiempo después de que olvidara Brokeback Mountain. Le llevaría años comprender que jamás lo olvidaría, y sería un doloroso aprendizaje.   

   Descienden en la estación y reciben el regaño de Aguirre, quien los acusa de inútiles y hacerle perder dinero. No responden, aunque Ennis nota la chispa de rabia en los ojos de Jack, y las ganas de discutir. Pero callan, porque a nivel subconsciente temen que no sea prudente que hablen más de la cuenta. Jack lo mira en forma interrogante cuando salen de la pequeña, agobiante y calurosa oficina, quiere saber de sus planes, qué hará. Y Ennis, encogiéndose de hombros, dice que volverá a su pueblo, a su novia, a su vida. Y no quiere mirar la tristeza de Jack, su silenciosa desesperación ante la inminente separación, quien dice bajito que regresará para la próxima estación. Y calla, dejando el espacio abierto para que Ennis intervenga. Pero Ennis guarda silencio un momento antes de responder que no cree que repita el viaje. Jack asiente, entendiendo: no sucedería nuevamente aquello que los había arrastrado en las montañas. Disculpándose, dice que tiene que ir al retrete y con urgencia se aleja. Ennis lo mira distanciarse y siente que el corazón se le arruga, que una angustia poderosa, deprimente y desesperante lo domina, que un dolor que no entiende ni puede ponerle nombre, lo embarga. Y la visión de un futuro donde no estaba Jack, uno donde debería vivir extrañándolo y sintiendo eso que ahora padecía, sin volver a verlo, lo embarga. Lastimándolo mucho.   

   Recuerda las locuras de la montaña, a Jack cabalgando con su sombrero en la mano alzada, con su desgastado pantalón vaquero, sin camisa, haciendo corcovear a su animal, sosteniéndose de una mano, mientras gritaba como vaquero de Rodeos. Y él sonriendo, fumando, echado contra un tronco, mirándolo divertido, pero sintiendo por dentro que lo embargaba la excitación ante su risa franca de niño grande, en unos labios que él había cubierto con su boca cuando bebía de él; ante su torso delgado y esbelto que no podía dejar de tocar dentro de la tienda de campaña, ante esos pezones que había apretado a placer, y que llevado por una locura intensa había mordido y chupado de ellos como jamás pensó hacer ni en sus fantasías más dementes. A Jack le había dicho cosas que no había contado a nadie ni consideró hacerlo nunca durante toda su vida. A Jack lo había tocado como nunca antes había tocado a otro ser humano, y algo le gritaba en su interior que ya no habría nadie más como él; que ese tipo, que eso que sentía, era lo que le tocaba a él para ser feliz. Por eso tuvo que ponerse de pie y caminar hacia él, quien sonriendo lo miraba, deteniendo sus saltos.   

   -¿Quieres cabalgar, vaquero? –le preguntó, sonriendo con ese aire campechano, tendiéndole las riendas y amenazando con bajar.   

   -Si, quiero cabalgar. –gruñó tragando saliva, mirándolo con ojos intensos, oscuros, y en ellos Jack leyó la lujuria que sabía despertaba en el otro.   

   Su mano sobó esa espalda, encontrándola caliente y firme, como si de la grupa de un brioso y hermoso animal se tratara, y al otro joven se le secó la boca, por lo que tuvo que abrirla, jadeante. Esa mano era firma, posesiva, y bajó hasta los contornos del pantalón vaquero, mientras con su otra mano, mirando a Jack en todo momento a los ojos, abría el botón y la bragueta. Ahora la mano entraba más abajo en esa espalda. Esos dedos recorrieron esa piel turgente, cálida y vital. Los dos hombres jadearon y Jack no soportó más, bajando el rostro y buscando su boca, la cual se aplastó contra la suya, dura, brutal. Y mientras sus lenguas lamían y luchaban, esa mano bajó más, aprovechando el movimiento de Jack que le permitía más libertades en su exploración.   

   Sus bocas se separaron en busca de aire y volvieron a unirse, salvajes, mientras Ennis se quitaba la camisa a todo correr, necesitando al otro con esa urgencia que siempre lo quemaba. Y mientras estaban jadeando, boca contra boca, Jack lo miró con claridad, y con entrega y simpleza le dijo que lo quería. Ennis no respondió, bajando un poco la mirada, dándole un leve palmoteo indicándole que volviera las piernas hacia él, ayudándolo a despojarse del pantalón. Y Jack supo que no había tiempo para hablar.   

   Al tenerlo sólo con su sombrero y botas, Ennis, sin camisa subió tras él, que sonrió y gorgojeó cerrando los ojos, sintiendo la firmeza del otro contra él, el calor que emanaba quemándolo en oleadas, notando el pecho de Ennis contra su espalda y ambos hombres sabían que ya no necesitan de nada más. Las manos de Ennis sobaron, acariciaron y pellizcaron, mientras su boca iba al encuentro de la de Jack una y otra vez cuando este volvía el rostro. La mano bajó más, atrapando toda la dura muestra de deseo del joven, apretó y sobó como jamás imaginó hacer en su vida con otro hombre. Pero ahora le parecía algo increíble, algo que lo excitaba a tal grado que ya sentía explotar bajo su pantalón.   

   Cuando Ennis abrió y bajó el cierre de su pantalón, con la mirada nublada y perdida de deseo, Jack le sonrió, y nunca como en ese momento al catire le pareció que jamás había notado tal belleza y ternura en una mirada. Aún en ese momento, cuando sólo era sexo, miró un sentimiento profundo en el otro que le asustó. Pero no pudo más, su virilidad amenazaba afuera y ya dolía, por lo que Jack tuvo que tenderse un poco hacia delante, abriendo ojos y boca en busca de oxígeno, temblando de expectación y ganas, cuando el amor entre ellos se inició, cuando bajó y sintió que iba a estallar de dolor, algo siempre presente, pero que duraba un instante, antes de ser reemplazado con esa cálida sensación que lo llenaba, que lo hacía desear gritar, correr y saltar como un demente. Y Ennis gruñó por lo bajo al notar a Jack caer sobre él, sintiéndose atrapado y aprisionado de una forma que no lo dejaba pensar, respirar o detenerse. Y el caballo, inquieto, corcoveó y los meció suave, antes de galopar levemente ante una indicación de Jack. Los jóvenes cuerpos iban uno contra el otro, uno sobre el otro; uno sintiéndose lleno, el otro aprisionado, y jadeando entre dientes. Y Ennis rodeó a Jack con sus brazos y tuvo que morder en su hombro para no gritar como un muchacho, para callar cosas que quería confesar, para saborear su piel joven, saludable y caliente. Ni por un momento considera la posibilidad de que su cierre metálico esté lastimando a Jack, ni este se lo dice, ocupado como estaba en jadear y estremecerse, revolviéndose una y otra vez contra Ennis, arañando el Cielo en esos momentos, sin conciencia, pero percibiendo una vocecilla que le gritaba que estaba lo más cerca que se podía llegar de la dicha total; que ese era su momento…   

   Con tan sólo recordarlo sobre ese caballo, al pie de la estación, Ennis tiembla de lujuria. Jack había sido suyo en esas cumbres, y él se había entregado también. Jack le pertenecía, pero ahora también él le pertenecía a Jack. Sintiéndose excitado, y peligrosamente erecto, por lo que mira con disimulo en todas direcciones encorvándose un poco más, se dirige hacia la pequeña pieza que sirve de retretes. No había nadie por allí y eso le parece fantástico. Aún duda un momento y abre, cegado repentinamente por la penumbra del sofocante lugar. No sabía qué esperaba encontrar, tal vez a Jack cagando o algo así, pero no. Jack estaba sentado sobre la tapa cerrada de uno de los retretes, encorvado y fumando, la habitación parecía llena de humo. Cuando entró, Jack lo miró, y Ennis entendió que el otro joven había huido para ocultarse de todos, y notó cuan desolado y triste se encontraba, sin necesidad de reparar, como hizo, en sus ojos empañados de humedad.   

   -No sé que será de mí ahora, ¿a dónde iré? ¿Qué haré…? -jadea Jack, sin mirarlo, viendo el humo de su cigarrillo, como si hablara consigo mismo.   

   Ennis va hacia él, sin decir nada, no puede. No puede responder nada a los miedos y esperanzas de Jack. No puede ofrecerle nada, ni prometerle, ni jurarle. Ni siquiera quiere imaginarse algo así. Lo mira y baja sus manos, tocando sus hombros, con fuerza, atrapándolo. Y Jack lo mira con sus maravillosos ojos azules, con pesar, con entrega, con esperanzas, cosa que lastima a Ennis. Lo hala, parándolo, sus cuerpos chocan y Jack deja caer el cigarrillo porque entiende que es la despedida, el doloroso adiós había llegado y él debí estar a la altura del momento. La boca de Ennis cae sobre la suya, invadiéndolo, saboreándolo con su lengua tibia y tanteante, que atrapa la saliva y el aliento acre, a cigarrillo de Jack, chupándolo, tragándolo. Sus bocas se atan en un beso imprudente e insensato, pero necesario. Se muerden, se chupan y sólo succiones y jadeos ahogados se oyen en esos baños inmundos, mientras los cuerpos no pueden estar más cerca, restregándose uno contra el otro.   

   Ennis da media vuelta, cayendo sobre esa tapa, mirando a Jack de forma sumisa ahora, y sin embargo, dueño de la situación como siempre. En sus manos, como lo estuvo siempre, estaba resolver todo y darle un final distinto al que sería. Y hala a Jack que cae entre sus piernas, sentado. Y Ennis adora ese peso, ese calor, esa vitalidad contra su cuerpo, mientras las bocas se buscan con urgencia, cuando las nalgas de Jack se frotan de su entrepierna, despertando lo que no estaba muy dormido desde el recuerdo de la cabalgata. La lengua de Ennis casi baja por la garganta de Jack, mientras su mano tantea lo botones de la camisa y la abre; y se lamenta: “Dios, ¿cómo viviré sin Jack? ¿Cómo viviré lejos de él, Dios mío?”.   

   -Ennis, te necesito y yo no sé si podré… -comienza Jack, pero Ennis lo calla besándolo otra vez.   

   La mano frenética abre la camisa, casi halándola sobre sus hombros, y mientras una mano le atrapa la nuca, sometiéndolo a su beso ardiente, la otra recorre sus hombros, su cuello, bajando a los pectorales, acariciando las erectas tetillas que piden ser atendidas por su dueño, por el señor de su vida. Y Ennis tiene que sobarlas, apretarlas y teme correrse de puro placer mientras lo oye gemir contra su boca, cuando lo siente estremecerse de lujuria contra él, y como su trasero se frota enloquecedoramente de su pelvis. Y piensa, Ennis piensa: “¿Cómo podré continuar viviendo mañana tras mañana sin tenerte así, Jack Twist? ¿Cómo podré seguir años y años sin sentirte contra mí, sin oírte hablar tus tonterías, tus sueños, tus fantasías sobre una vida bonita, sin oírte reír, sin escucharte aún cuando callas, usando sólo tus bellas miradas con las que eres capaz de gritar que me amas? Eres el único que me ha amado jamás, Jack… y no sé si pueda olvidarte. ¿Y si no puedo, Dios mío? Mi vida será un infierno si me alejo por esa carretera y no consigo olvidar tu cara, tu risa, tus ojos, tu ternura y tu entrega a mí…”.   

   -Vámonos juntos, Ennis. Escapemos. –le susurra desesperado, Jack, tomándole el rostro entre sus manos, casi al punto del llanto, ante el miedo de perder todo lo que tiene. Pero Ennis sólo calla y desvía la mirada. Y Jack casi jadea de frustración y dolor, pero baja el rostro y lo besa nuevamente. Que al menos le quede eso, esos últimos minutos para recordarlos toda la vida.   

   Ennis responde nuevamente, saboreándolo, pero ahora lo encuentra algo más amargo, porque mientras lo besa, mientras se hunde en él, percibe y paladea su llanto, las saladas lágrimas de Jack Twist, unas que no sabe como enfrentar. Pero lo siente entregado a él, aún en el momento en que sufre. Casi lo empuja, obligándolo a ponerse de pie, frente a él, reparando en la erección del otro, que toca y soba sobre la tela, oyéndolo gemir contenidamente. Ennis lo mira a los ojos y ahora ve un coto cerrado, Jack estaba guardándose para sí ahora, ya había entregado demasiado. Y esa convicción lastimó a Ennis, quien abre más la camisa y sin reparos pega el rostro de su abdomen, en forma de adoración, acariciándolo, recorriéndolo, soltando su aliento caliente por boca y nariz contra la joven piel, haciendo estremecer a Jack, quien gime débilmente, totalmente sin fuerzas.   

   Y ocurre una de esas extrañas escenas de la vida: el rostro de Ennis se suaviza y sonríe, oyendo a Jack, sintiéndolo estremecerse. Su lengua sale todo lo que puede y lame lentamente esa barriga de la cintura del pantalón al ombligo, siguiendo el tenue camino de pelusilla que baja. Lame y siente, lame y saborea. Quiere paladear a ese joven caliente, y su lengua recorre la tersa piel una y otra vez. Y mientras lo lame y besuquea, mordiéndolo también un poco, las fuertes manos de Ennis atenazan esa cintura estrecha, clavando sus dedos en esa carne que conoce bien. “¿Cómo viviré sin tu calor a mi lado, Jack? ¿Cómo seguiré adelante sin percibir tu olor? ¿Como viviré sin todo esto que ahora tengo, a lo que tú me acostumbraste en lo alto de la montaña cuando te entregabas ardiente y generosamente? ¿Podré olvidarte, mi dulce Jack, no llegaré a extrañarte cada segundo de mi maldita vida de ahora en adelante hasta el día que me muera?”. Lame y besa, mirándolo: “Ya te extraño Jack, no nos hemos separado y te tengo en mis manos, y ya te añoro y me duele”, y se estremece sintiéndose increíblemente infeliz mientras saborea la vida.   

   -Vámonos, Ennis. –repite el joven, lloroso.- Lejos. Podemos ir a mi casa, trabajaremos en la propiedad de mi padre, levantemos algo para nosotros y no tendremos que verlo o explicarle nada. O podemos ir a un lugar nuevo, lejos de todos, a Nuevo México, y conseguiremos algo para los dos. –jadea, con voz temblorosa, mirándolo.- Estaremos juntos y a todo el mundo le diré que soy tu hermano. Ya no seré Jack Twist, seré del Mar… -ofrece renunciar a sí.   

   -Jack, no… -gruñe Ennis, levantándose, mirándolo a los ojos y besándolo otra vez.   

   Ennis prueba nuevamente esa boca y casi bebé la saliva que Jack no pudo pasar como un trago amargo ante la negativa a su generosa oferta. Las manos del catire bajan por la espalda de Jack, hasta caer sobre sus nalgas, donde aprieta con urgencia, como si necesitara atenazarlas para atesorarlas en su memoria para siempre. Quería ese cuerpo, recorrerlo y amarlo aunque no lo dijera, para llevárselo en la piel, con su olor, su calor y recordarlo después. Jack lo entiende, y con su frente pegada a la de Ennis, ambos sombreros casi caídos, respira pesadamente, conteniendo el sollozo, algo que le parece poco viril y digno en esos momentos. Están abrazados y se besan, en forma más calma, más lenta. Y Ennis sufre: “¿Cómo vivir sin ti, Jack? ¿Cómo irme y saber que tú te irás por otro camino, lejos de mi vida? No sé si ya sea posible seguir sin ti, Jack Twist. Algo me dice que no lo lograré”. Y mientras besa al hombre que ama, aún sin saberlo todavía en esos instantes, Ennis del Mar siente miedo y dolor, una mezcla que lo mata al mismo tiempo que desea ese cuerpo. Apretándose todavía más a Jack, tiene deseos de llorar también. Y sí se iba con Jack, piensa por un momento. “Y sí escapáramos juntos, donde nadie sepa que somos dos hombres ociosos y enfermos que sienten lo que está mal el uno por el otro. Y sí Jack se convierte en mi hermano y todos nos conocen así, sin saber que somos dos tipos que se acuestan en la misma cama cada noche o cada vez que la carne pide la del otro. Entonces podríamos estar juntos cada mañana, cada noche, y sería mío para siempre”, piensa con pesar, con un miedo terrible atenazándole la panza. El miedo a ceder a eso que le parece terrible y hasta monstruoso. Pero miedo también de no volver a ser feliz.   

   -¿Dónde están esos dos imbéciles? –oye que trona la voz de Aguirre, no muy lejos de la entrada a los retretes.- Búscalos. Quiero salir de ellos de una vez. –es tajante. Y suena cerca.    

   Con un gruñido de espanto, palideciendo violentamente, Ennis aleja a Jack de su lado, empujándolo. Jadea mal, respira pesadamente y mira al otro, alcanzado de pronto por todos sus miedos, por todas sus creencias, su homofobia, por todo aquello que le habían enseñado de feo y pecaminoso sobre hombres de cierto tipo.   

   -Mejor vístete. –gruñe ronco, dirigiéndose hacia la salida.   

   -Ennis… -llama Jack, abatido, frustrado, pero el otro no se detiene.   

   Y comienza una larga historia donde no se vivirá hasta cuatro años más tarde. Años donde dos hombres existirán recordando, sabiendo que todo pudo ser distinto, pero atrapados en un mundo donde muchos se sentían con derecho a burlas, a gritos, a ofensas o agresiones. Gente que sembrada miedos. Miedos cultivados en tantos corazones que a la hora de la verdad podían hacer retroceder a un hombre recio que por un momento pensó en escapar de la cárcel de una vida sin sentido y estéril hacia el cielo abierto que le ofrecía un tipo joven y hermoso, con su pasión extraña, distinta y sin un nombre bonito que darle en el Wyoming del sesenta y tres. O en cualquier otra época, porque la intolerancia, el odio y la ignorancia nunca estaban muy lejos del corazón humano, provocando que alguien pudiera ser golpeado hasta morir por ser un marica, un extranjero ilegal, un negro pobre que escapa de la miseria o una mujer que sale sin un velo en el rostro desafiando a los hombres… 

SÓLO UN SUEÑO, VOLVAMOS A EMPEZAR…

Julio César.

ENTRE JUEGO Y JUEGO…

enero 21, 2008

  …PISCINA

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   “Hummm… está calentito y como pidiendo…” –pensó. 

   -Así que allí vive tu jeva, ¿no? –preguntó Eliseo, atacando con su manota, agarrando la firme nalga del otro y apretando, pensando que estaba durita.

 

   -Si, gallo, allá vive mi novia y seguro que está viendo para acá. –replica entre divertido y molesto, Alejandro, alzando un poco su mano y respondiendo al odioso jueguito que se había desatado en la universidad, tocando, pero no cayó en una nalga… sino entre ellas, sorprendiéndose al notar lo difícil que era hacerla morder tela, por lo duras… y lo caliente que estaban.

 

   -Grítale que te estoy tocando el culo. –riente, lo retó Eliseo, aunque sorprendido por el lugar donde es atacado. Alejando lo mira, entre sonriente y serio, notando que el otro no le retira la mano.

   -Si le grito eso va a bajar a formarte un peo y yo no podría… -la mano se mueve, soba, se hunde, busca, siempre inquieta. Vaya, eso estaba más caliente.

   -Deja la vaina ya. –rugió enrojecido, cerrando los dedos en esa nalga, pero como sin… fuerzas.

   -Oblígame. –se burló el otro, mirando a la novia y saludando, mientras el canto de la mano sube y baja, cepillando, frotando, metiéndose, hasta que…

   -Deja, cagón… -jadeó, esa mano…- Hummm… -se le escapó un ronco jadeo, pero eso no impresiona tanto a Alejandro como es leve vaivén que abre y cierra la cálida prisión sobre su mano. Hunde los dedos todo lo que puede.

   -Vamos al carro… -ordenó ronco, mirándolo.- Quiero ver hasta donde llegan mis dedos… sin nada interponiéndose.

   -Bueno… -dejó escapar un gemido. 

CAÑA Y PANAS… VAYA MEZCLA…

Julio César

LAS TRIBULACIONES DE MANOLITO CHOCRÓN

enero 21, 2008

DESCONFÍA DE LA AYUDA EN LA AUTOPISTA

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   Sin vuelta atrás, pero sí por atrás…   

   El muchacho, a sus diecinueve años era un amante ciertamente bien considerado por las pocas chicas que lo habían catado. Hablaba, escuchaba, era tierno, considerado y nunca iba directo al punto. Le gustaba tocar. Podía pasar largos ratos tocando los tacones, acariciando una pierna enfundada en una suave medias de seda. Sus manos se cerraban alrededor de senos en sus sostenes, antes de meterse. Sus dedos podían jugar durante instantes que lograban poner frenéticas a sus amantes, sobre la suave tela de sus pantaletas sobre la entrada misma a la femineidad. Por todos esos detalles era bien tenido en cuenta por ellas… No tanto por los carajos que oían esos cuentos cuando estas lo comparaban con él, dentro de la universidad.   

   Manuel Chocrón, nuestro héroe Manolito, era él mismo bien parecido, no muy alto, delgado pero fibroso, de cabello negro muy suave que a las chicas les gustaba acariciar, de ojos marrones claros, de sonrisa amable y rostro lampiño, como su pecho, algo que a ellas si no les gustaba tanto. Por la edad querían al macho salvaje y primitivo, aunque los detallitos las enloquecieran también. En fin, era un carajo afable, sin muchas amistades, viviendo en una pensión al haber venido de Mérida a estudiar. No era muy dado a los deportes, pero le gustaba ver a otros jugando básquet y cosas así; allí conocido a Sergio Sanabria, un carajo alto y musculoso (salía con Anita, chica con la que Manolito también se acostó), riente, guapo como él sentía no ser, preferido de las féminas, que jugaba sin camisa, tetón, con una suave pelambre, de cabellos castaños y piel cobriza. Manolito no era gay, pero Sergio le parecía atractivo… y deseaba ser como él. Sergio, jugando, se pavoneaba sudado, respirando agitado, con el short algo bajo, divertido ante las miradas que caían como dardos sobre su cuerpo. De una forma inesperada, que a Manolito le agradó, Sergio quiso ser su amigo. Lo llamaba en algunas clases para que se acercara a compartir, le presentaba chicas y hasta lo invitaba a jugar una que otra partida.   

   Para el fin de año escolar se había decretado una gran fiesta de disfraces. Manolito no quería, pero Sergio lo convenció de que sí, de que pasara por su casa, conociera a sus padres y se disfrazarían, él de pirata y Manolito de astronauta, e irían a la fiesta. Manolito aceptó porque era más fácil hacerlo que negase ante la alegre insistencia del otro. Nada salió según el plan, al llegar a la bonita quinta, Sergio le dijo que sus padres habían salido, así como su hermanito menor, de quince años, Vicente. Llevaba puesto un traje de pirata, ceñido, que le quedaba de espanto, pero parecía preocupado.   

   -Coño, pana, tu disfraz no llegó, creo que se confundieron. –lo mira inquieto, llevándolo a su recamara, grande, espaciosa, mostrándole sobre la cama un conjunto de prendas.   

   -¿Qué carajo…? -se turbó Manolito, enrojeciendo mirando todo aquello. Había un vestido rojo, corto, tipo minifalda. Unas medias de seda, un conjunto de sostén y pantaletica hilo dental, rojos, descansaban sobre el colchón. Unos tacones negros completaban el atuendo.- No pensarás que voy a ponerme esa vaina… -jadeó ronco, mirando las suaves prendas.   

   -No es mi culpa, es lo que mandaron. –dijo mortificado tomando la pantaletica.- ¿Puedes imaginar algo más putón que esto? –y la estira, para pasarle los dedos, acariciante, llevándola luego a su nariz.- ¿Te imaginas si oliera a hembra…?   

   -Si, es algo… -se sentía inquieto.   

   -¿Imaginas ponerte una vaina así? –ríe, mirando la prenda con ojos perdidos. Manolito se preguntaba eso también. Se miran.- ¡Pruébatelo!   

   -¡¿Qué…?! No voy a salir de aquí…   

   -Dije que te lo probaras, no que iríamos así. –aclara, tendiéndole la pantaletica.   

   -Yo… bueno, pero rápido, tenemos que irnos. Y sal de aquí. –remacha, como si todo fuera una broma que era mejor apurar, pero temblando al tomar la prendita.   

   Sergio medio ríe travieso y sale. Manolito mira esas ropas mientras se desviste totalmente. De culo pelado cae en la cama, toma las medias negras, a medio muslo y lentamente las sube por sus piernas. El roce es electrizante, erótico. Se siente agitado, estimulado. La presión, la suavidad lo enloquecen. Meter los pies enmediados dentro de la pantaleta, y subirla por sus piernas y muslos, sentirla entrar entre sus nalgas jóvenes y firmes, así como apresar sus bolas en un saquito y atraparle el güevo medio morcillón, lo hizo gemir. De pie, tomando las tiritas de las caderas la sube más, y la franjita en su raja interglútea aprieta sabroso. Dios, que bien se sentía, tuvo que reconocer. Tomando el sostén se lo puso, buscando con la mirada. En una gaveta encontró medias y pañuelos, fuera de calzoncillos bóxer, bikinis y tangas también. Rellenó. Su mirada cayó sobre su imagen en el espejo, estremeciéndose. Esas prendas lo enloquecían. Todo le daba vueltas cuando se puso el vestido, con el que luchó un poco por falta de práctica. Se mira, es extraño verse así, un carajo joven y atractivo dentro de esas ropas. Llaman a la puerta, y dudando, autoriza la entrada. Sonriente, Sergio entra y se impacta al mirarlo. Sus ojos lo recorren con fijación.   

   -Te ves rebuena, mami… -le suelta. Manolito siente un hormigueo.   

   -Déjate de vainas. Me quito esto y…   

   -Oye, espera. Se oye música y estoy con una jevota, hay que bailar al menos una. –le sonríe, tendiéndole las manos. Se miran; Manolito sabe que no debe, pero accede.   

   La música es rápida, un merengue, y lo bailan. Ríen. Manolito está rojo, nervioso, haciendo malabares en sus tacones. La música cambia a un bolero. Se miran; sorprendido Manolito nota como Sergio lo hala contra sí, estrechándolo, rodeándole la cintura con sus brazos, con las manotas calientes sobre su espalda. Manolito está todo cortado, pero eleva sus brazos al cuello del otro. Se mesen, muy cerca. Muy calientes, rozando, sintiendo cada uno la respiración del otro. Y Manolito abre mucho los ojos cuando la boca de Sergio cae en su cuello, mordiendo, y como el güevo le abulta feo contra su pelvis. Manolito se siente mareado mientras el otro abraza, frota su güevo, le besa el cuello y le dice en la oreja que es una mamita rica, que lo tiene mal, que lo tiene caliente, que es toda una hembra.   

   Debían detenerse, piensa Manolito, pero las manos del otro caen en sus nalgas, aprietan, soban. Cuando esa boca atrapa la suya, metiéndole la lengua hasta la garganta, atrapando la suya, halándola, mordiéndola, chupándola, tomándose su saliva, a Manolito todo le da vueltas vertiginosamente. Y esas manos soban, amasan, aprietan, una baja más y se mete por debajo de la faldita, acariciando nalga desnuda, tibia, redonda y firme. Manolito gime, chilla de gusto, caliente y sin control, frotándose de ese carajo, mientras esos dedos van a su raja interglútea, acariciando, metiéndose, recorriéndola sobre la tirita del hilo, deteniéndose sobre el botoncito del culo, flotándolo en forma circular, con fuerza y rapidez pero sin penetrarlo, haciéndolo gritar más, incapaz de controlarse. El dedo empuja un poco, penetra medio centímetro.   

   -¿Te gusta, mami? ¿Te gusta que juegue con tu cosita? ¿Quieres que te lo meta? ¿Deseas darme tu virguito y que yo sea el primero en tu vida?   

   -¡Ahhh… si, métemelo…! -gimió rojo de vergüenza. Sorprendiéndose feamente cuando Sergio comienza a reír, burlón, alejándolo de un empujón, tanto que casi cae por los tacones.   

   -Grandísimo marica. Ya lo sabía. –acusa salvaje.- ¿No se los dije? –parece decirle a alguien, mirando a la puerta que daba al baño, entreabierta, de donde salen cuatro carrizos más, todos riendo, los amigos de Sergio, los que jugaban a básquet con él. Con un alarido, Manolito intenta cubrirse, bajar la falda y huir, pero Sergio lo atrapa rudo por un brazo, mirándolo con desprecio insólito.   

   -Quieta ahí, puta… ¿no te lo dije? Necesito una putica que haga ciertos trabajos para mí. Y ahora esa putica eres tú. Se acabó tu vida como Manuel, ahora eres Manolita y yo tu papi; eres mi hembra para lo que salga… -sentencia terrible, riendo, coreado por los otros, ante un Manuel que gimotea, cubriéndose.- Y si no cumples, si no obedeces, todos sabrán la gran puta que eres… comenzando por tus papitos en Mérida… ¿entendido? –ladra feroz, inmisericorde al llanto del otro.- ¿Entendiste, maldita puta? –repite y abofetea.   

   -Si… -gime bajito. Otro bofetón, fuerte, y un grito feo.   

   -¿Si, qué?   

   -Si, papi…   

   Las tribulaciones apenas comienzan para Manuel… ahora Manolita. 

SI CALLAS, DESCUBRES…

Julio César.

LA COLONOSCOPIA

enero 21, 2008

LA LOCURA DE LA ERA

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   Hay exámenes que de por sí son horribles, pero hay otros que son peores, aquellos que van acompañados de todo un ritual que se convierten en un calvario. La colonoscopia es una de ella. Fuera de lo invasivo y traumático que es, todo lo que lo precede es desagradable, diga lo que diga nadie, aún los amantes de las emociones ‘fuertes’.   

   Hace tiempo sufrí un percance en mi trabajo. Estaba yo de lo más tranquilo cuando comencé a sudar, a sentir un malestar indefinido, como cuando uno amanece enratonado de tanto tomar caña, pero no tan fuerte y sin una causa tan aparente. Era un malestar… de esos que no se haya como describir, y que uno atribuye a una baja del potasio o del sodio (sin estar nunca muy seguro de qué significa eso). El caso es que estaba sintiéndome mal cuando comenzó la taquicardia, pensé en dirigirme a mi oficina y sentarme hasta sentirme mejor, pero todo se puso oscuro y cuando desperté había un gentío rodeándome, todos preguntándome qué tenía, que sí había comido antes de ir a trabajar o sí estaba enfermo.   

   ¡Dios, fue tan incómodo! Yo habría preferido mil veces desmayarme en la calle y no ahí. Todo el mundo lo comentó, y hubo preocupación en unos, y gran diversión en aquellos que me echaron broma hasta que se cansaron. En Venezuela se hace un chiste de todo, aún de un viejito que cae por unas escaleras. Y la cosa tuvo cola, porque como dos años después, en un pasillo me encontré con una jovencita muy bonita que me miraba y le pregunté si nos conocíamos, a lo que respondió: si, yo estaba pasando cuando usted se desmayó aquel día. Esa vaina como que iba a perseguirme toda la vida, pensé. Lo extraño, cosas inexplicable para mí, fue que cuando abrí los ojos, vi a mi alrededor a gente conocida que llevaba hasta años sin haberlos vistos, que ese día en especial iban al edificio por una u otra causa.   

   Todo el mundo me indicó a qué médico ver y al final fui con un internista que me diagnosticó con pruebas usuales de sangre, heces y orina que tenía bichos: la horrible, desagradable y maldita amibiasis. ¿Cómo la contraje? ¡Misterio!, aunque soy de los que comen porquería en las calles, los perros calientes al lado de un basurero saben siempre mejor que aquellos hechos en casa, y esa es una de las grandes verdades de la vida. Me mandaron un tratamiento largo, y al final que me hiciera un ecosonograma hepático y una colonoscopia. Como gente normal, en cuanto me sentí bien y no apareció rastro de nada ni en sangre o heces, no me hice nada más. Pero al tiempo volví a sentirme mal, y me detectaron otra vez los parásitos esos, que al parecer no estaban muertos sino que andaban de parranda.   

   El tratamiento fue más duro y me ordenaron, casi con una orden judicial, que tenía que llevar la próxima vez el eco y los resultados de la colonoscopia. Al parecer los bichos se van al hígado o al colón y hacen su nido, actuando como un arrecife de coral, creando cáscara sobre cáscara hasta que lo destruyen todo (Dios, ¡que imagen tan asquerosa!). El eco hepático no fue problema, más bien me dio algo de risa por las cosquillas en la panza. Ah, pero la colonoscopia si que fue otra historia, una donde se aplica la canción aquella de: érase una vez una historia de amor, ahora es sólo un cuento de horror…   

   Lo primero que molesta es que te hacen llegar a las doce del día al servicio de Gastro donde hay como quince tipos más, todos para lo mismo, y te dicen desnúdese todo, y tenga esta bata. A mí no me gusta mucho quitarme la ropa delante de otras personas, y menos delante de tantos extraños. Sé que hay sujetos que no aguantan dos pedidas para desnudarse, como si tal cosa, y eso que hablo de gente normal, panzona o no tan bien dotada en ciertas partes; pero para mí es incómodo. Creo que no me sería fácil ni aunque tuviera buena pinta. Pero en fin, hay que quitárselo todo y te dan una bata corta, para gente menos corpulenta que uno y con la abertura hacia atrás. Y uno tiene que ir agarrándosela para no mostrar el culo antes de tiempo. Eso pasa a las doce del mediodía, y llegan las tres de la tarde y todavía no te llaman. Al final dicen tu nombre y tienes que salir de ese cuarto, cruzar un pasillo lleno de gente, y como treinta metros más allá está el salón, y todo ese trayecto lo haces agarrándote la bata con la mano.   

   Llegas al cuarto y te dicen que te tiendas de lado en la camilla, que estés tranquilo que eso no dolerá ni sentirás nada, como si esos metros de manguera (lo parecen) al entrar no produjeran nada. Es como si pensaran que es costumbre de uno meterse cosas así por ocio, para pasar una tarde aburrida sin nada mejor que hacer. Otro detalle que no falla es la enfermera afable que te sonríe, y no se sabe si es porque, con los nervios, a uno como que se le encoge más el amiguito y ella piensa: pobre tipo. Y allí estás tú, recostado de medio lado, como Miranda en la Carraca, intentando no pensar ni sentir nada mientras te inyectan, untan y penetran, igual a lo que ocurre en ciertas discotecas de Caracas con las drogas de la violación, que ahora usan en todo el mundo: te sedan en la barra, te lo escupen en el baño y te joden sin más, de broma no te dejan un teléfono por si quieres que se repita; ¡se han vuelto tan descarados! En esa mesa uno intenta parecen indiferente y lejano, no vaya a ser que se lance un jadeo que pueda ser malinterpretado.   

   Pero con sinceridad, es horrible. Y eso dura y dura mientras el médico te va enseñando este recodo o aquel, como si en verdad uno quisiera verse el colón por dentro. O por lo menos yo; a mí todo eso no me podía dejar más frío. Lo único que me preocupaba era que fueran a encontrarme una supercolonia de bichos o algo así. Que no los hubo, gracias a Dios. Si el médico supiera que en lo único que se puede pensar en todo momento es: ¿cómo harán para lavar esta manguera? Uno no es tan ingenuo como para creer que el perol es nuevo de agencia; y aunque me dijeron que había un gel y líquidos especiales, la imagen de una camarera, molesta y malencarada, con un tobito de agua y un trapito inmundo, pasándolo una sola vez sobre la manguerita (que en un momento dado se le escapaba y le cae sobre una pierna haciéndola gritar e inyectarse antibióticos), no abandonaba tu cabeza.   

   Para terminar, no describiré el proceso en sí, que cada quien lo descubra a la antigua (¡sorpresa, sorpresa!), debo decirles que la mente humana es extraña y compleja. En medio de toda esa operación, y sin saber por qué o cuándo, me puse contemplativo. Casi filosófico, diría yo. De verdad, por razones que no entiendo, me puse a cavilar sobre… el amor. No sé por qué motivo recordé algo que me habían dicho algunas amigas, y uno que otro tipo también: que a veces, el amor duele… 

EL PODER DE LA SUGESTIÓN

Julio César.

RITUALES DIARIOS

enero 21, 2008

ALÓ, ALÓ, PROBANDO…

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   Hummm… qué rico era el aseo.   

   En este mundo todos tienen sus pequeños rituales. A Justino le gusta ser el último en entrar a las duchas de la fábrica cada tarde, cuando todo es silencio, quietud y solidad. Y tomaba una larga ducha. Sentir el agua tibia de las tuberías calentadas al sol bajando por su cuerpo, acariciándolo, frotándolo, estimulaba su cuerpo, silenciaba el cansancio y aliviaba sus músculos adoloridos por el esfuerzo. Tomar el habón y recorrer todo su fornido cuerpo con él, le encanta. Pero toda su atención se centraba en su punto ‘c’, cuando con su mano derecha, la mejor amiga, entraba untada de jabón, y se frotaba, lavaba y acariciaba. La mano subía y bajaba una y otra vez por la  raja que mantenía lisita, llevándose todo sucio, atenciones que él extremaba al doblar un poco los dedos y frotar más sobre el punto ‘c’, metiendo la punta enjabonada de uno, dejándolo allí por unos segundos, cerrando ojos, sintiéndose limpio, ante de sacarlo y  volverlo a meter más hondo para mayor seguridad. Sacarlo, meterlo, sentir el agua y el jabón untando, era un carajo muy aseado, lo hacía tan feliz que se mordía los labios para no gemir. Uno, dos, y cuando estaba más preocupado, o inspirado, hasta tres, empujando poco a poco, echando bien las nalgas atrás con el agua corriendo y esos dedos moviéndose. Su ritual era sagrado para él, como lo era para los siete tipos que lo habían pillado en diferentes momentos, callando todos, ocultos cada uno en un privado, mirándolo, con las bocas abiertas y conteniendo el aliento, dándole mano firmemente y con ganas… a la idea de ofrecerse a ayudar a Justino con su ritual. 

DICOTOMÍA

Julio César.

PASANDO TRABAJO EN EL DESIERTO

enero 21, 2008

NADA CUESTA PREGUNTAR, ¿NO?

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CRITICANDO AL CHEFF

Julio César.

DE INTERPRETACIÓN LIBRE

enero 15, 2008

 …BROKEBACK MOUNTAIN

   Todos pueden no acertar. Nadie puede no fallar en lo que piense…

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   Una cara extraña es un motivo…   

   -No lo sé, ¿estás seguro de querer hacerlo…? -jadeó sorprendido, temblando todo. No sólo por aquello, nuevo y estimulante como el infierno, sino porque era la primera vez que su silente compañía se ofrecía, que tomaba una iniciativa distinta, que sabía chocaba contra todo lo que pensaba, pero rindiéndose a los llamados de la piel. Todo daba vueltas a su alrededor, y tuvo que cerrar los ojos porque temió perder el sentido. Sólo un jadeo salió de su boca abierta, aunque su corazón hacía tanto ruido que debían escucharlo a varis kilómetros a la redonda. A su pregunta respondió el silencio, el silencio de siempre, el mutismo de su acompañante. Sólo habían manos que tocaban, aliento que quemaba, y…  

   -Oigan, ¿qué hacen ahí? Busquen un hotel, gente ociosa… -tronó una voz desde una puerta que se abre al callejón, y en el azoro del momento (y un: ¡ay, cuidado!), al joven le pareció oír un viejo y odiado eco del pasado, de un antiguo empleador, arruinando el momento, una vez más. 

ANTES DE LA DESPEDIDA

Julio César.

FLOJERA DE ESCRIBIR

enero 15, 2008

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   Comer tetero hasta los seis años, parece haber afectado a Julián… 

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Gregorio fue a pedir una taza de azúcar y Ricardo le pidió leche.  

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   Coño, nunca hay un hombre cerca cuando te pica el culo…  

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   Todo sabe a rico pollo.

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   -Dame lengüita, papito…

 
    -Verga, ustedes están dañados. Dale un jamón ya. 

 

FLOJERA DE ESCRIBIR

 

Julio César.

HUGO CHÁVEZ JUEGA AL MAQUIAVELO

enero 15, 2008

QUE NERVIOS, QUE ANGUSTIA, QUE DESESPERACIÓN…

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   -Ahora voy por ti…   

   Aunque de cara a la galería los chavistas en la Asamblea, el Tribunal Supremo, la Fiscalía y el Consejo Nacional Electoral suelen mostrar lo que ellos suponen es una apariencia monolítica de unidad, aún de criterios (pero en verdad sólo parecen esos perritos de adornos que llevan algunos carros, que asienten indefinidamente todo el tiempo, en este caso a todo lo que, por más demente que suene, ordenen desde Miraflores), la procesión como que sí va por dentro. Muchas veces se lo escuchamos decir a periodistas como Raféale Poleo, Nelson Bocaranda, Marta Colomina y otros; pero uno no lo cree del todo. ¿Quién de esa recua de halamecates osaría enfrentársele a Chávez? Pues, sorpresa sorpresa, como que algo de cierto hay, pero por razones concretas y hasta de supervivencia, diría yo.   

   El fracaso del referéndum que debió darle guisos de legalidad a una presidencia indefinida hizo que el hombre perdiera los tapones (¿de verdad pensaron que alguien se tragaría el cuento de que eso era democrático?, pero eso le pasa a Chávez por oír a adulantes tan incapaces como Carlos Escarrá, de haber escuchado a Ismael García, líder del grupo PODEMOS, no se habría llevado ese chasco); intentando recuperarse, el Presidente enfiló sus cañones a la historia de amor y dolor que pensaba montar con el rescate de los rehenes en manos de la criminal guerrilla colombiana. Hasta se trajo al cineasta Oliver Stone, que cuando le llegan al precio no puede ser más colaborador, para que lo secundara en sus tonterías cinematográficas. Ya se veía camino al Nóbel de la Paz, sonriendo beatíficamente al salir de la jungla con los rehenes, recuperando todo el terreno que el rey  Juan Carlos de Borbón, le quitó cuando, con su real gracia, le haló la cobija con la que se protegía de las críticas internacionales. Pero de ese rescate, fuera de un horroroso ridículo hasta el 31 de diciembre del año pasado, y que únicamente sirvió para que Uribe lo vacilara y se lo bailara, Chávez regresó con las manos vacías, aunque es de esperar que la FARC para medio salvar la cara entregue a esas pobres mujeres.   

   Todos estos desengaños parecen haber arrechado más a Chávez, no digo que lo enloquecieron porque ¿qué más?, y la emprendió contra su gente, la que está en el poder con él, alcaldes y gobernadores rojos rojitos. Pero aquí es donde uno tiene que preguntarse, ¿realmente creyó Chávez que esa gente apoyaría una medida refrendaria que colocaba por encima de ellos, con poder real, a vicepresidentes nombrados a dedo por la presidencia, y el que ellos no pudieran reelegirse indefinidamente como el mandamás? ¿De verdad lo creyó? ¿O se lo dijeron Jorge Rodríguez y Carlos Escarrá? ¡Claro que no, papá! Esa gente debía estar ligando que todo fracasara como ocurrió, tal vez pensaron que eso lo calmaría, serenándole el ánimo y la lengua y dándole tiempo al país para que olvidara que se vio como un demente en sus arrecheras; pero eso no sirve con él, a los tres días ya regaba latas de m… sobre el país. Al parecer su reconcomio contra esa gente es tanta, que en las próximas elecciones para gobernadores y alcalde no apoyará a nadie, ni dejará que su nombre sea usado. Hummm, ver para creer.   

   El punto es que parece tener todas las baterías apuntadas contra Diosdado Cabello, gobernador del estado Miranda, un hombre a quien Rafael Poleo tiene por serio, inteligente y exitoso, que ha sabido rodearse de un grupo con recursos; aunque lo de capaz debe tenerlo escondido por alguna razón, porque no se le nota… Como cerebro y coordinador tras el referéndum, y como gobernador, ha sido un fracaso total. Al parecer todo su poder viene de la gran cantidad de dinero e intuiciones bancarias y relacionadas con las comunicaciones que han acumulado él y su grupo. Según cuentan es tan poderoso que Chávez no se atreve a ir directamente en su contra dentro del Partido Único Socialista, el PUS, porque no está seguro de con quiénes cuenta para dicha batalla, aún dentro del mundo militar y de los ex militares que se alzaron en el 92, así que inicia una campaña soterrada, volteada, de medio lado… Así, sorpresivamente, un tribunal deja en libertad total, cerrando todos los juicios, a Enrique Mendoza, ex gobernador de Miranda, hombre serio, trabajador y a diferencia de Diosdado, eficiente y exitoso en las cosas que hacía. Al parecer, y su mérito maquiavélico tiene, Chávez dejará a Mendoza de manos libres para que enfrente y derrote al otro por la gobernación del Estado, y de paso que destruya su base política, esa plataforma que Diosdado montaba por su cuenta allá. Y puede lograrlo, comparar el periodo de Mendoza con el de Diosdado Cabello es imposible.   

   Las cosas parecen ponerse interesantes, después de todo siempre se ha dicho que el árbol más grande, frondoso y fornido, que parece durará para siempre,  siempre se pudre desde adentro… Amanecerá y veremos. 

BARACK OBAMA AYUDA A BUSH

Julio César.

LUCHAS INTERNAS… (6)

enero 13, 2008

LUCHAS INTERNAS                         … (5)

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   Ese vigilante andaba buscándosela… ¿tal vez dentro del pantalón? 

……  

   En la casona familiar, Norma tampoco puede dormir. Tiene demasiadas cosas en qué pensar. Ella no acepta tan fácilmente, como Germán, el que vengan a sacar a Eric de la presidencia de la firma, porque eso era en suma lo que querían hacer. Ella no luchó toda una vida al lado de Germán, incluso contra presidentes de la República, mafiosos y delincuentes de variada ralea a lo largo de los años, incluyendo al viejo sátrapa de Manuel Caracciolo, para que ahora vinieran a quitarle todo. Desde el corredor mira hacia los jardines; los problemas ahora eran mayores. No las cosas cotidianas. Sí Eric supiera lo que pasó y lo que ella tuvo que hacer meses atrás… Pero en lo que a ella respecta, nunca sabría nada de esa oscura y horrible etapa de su vida. El joven no sabría en todo lo que ella y Germán se vieron mezclados. Cierra los ojos, y como hacen y han hecho cientos de miles de millones de pecadores a lo largo de la historia de la humanidad, piensa: sí tan sólo tuviera otra oportunidad de hacer las cosas de nuevo. Abre los ojos con decisión. No puede dejarse vencer. Lo hecho, hecho estaba. Era imposible recoger la leche derramada. Tampoco la sangre de gente  inocente…  

   Ese pensamiento le provoca un muy desagradable estremecimiento. Debe concentrarse en el ahora, en lo inmediato. Y algo qué tiene que resolver y ya, era el matrimonio de Eric. Eso le llena de negras dudas y temores. Es su madre, ella… sabía cosas, pero no quería verlas. Lo mejor era que se casara, que contara con una mujer fuerte, dura y decidida como Irene. No le gustaba para nada esa mujer, y en otras circunstancias, de ser Eric… distinto, habría luchado por una nuera mejor. Pero por ahora, en estos momentos, Irene estaba bien. Era lo que él necesitaba. Un ancla. Estabilidad y respetabilidad, se dice convencida. Con el tiempo vendría la paz de la rutina, el amor del compañerismo y los hijos, y cualquier otra duda, anhelo o deseo, sería acallado y asfixiado hasta morir. Ella quería nietos, y no después de muerta. Ahora. Ese matrimonio debía darse antes de que este año tan infausto terminara, se dice, tomando de la copa de vino que tiene aferrada.  

   Lo otro era Frank Caracciolo. Un frío odio le sube del vientre. No podía perdonar la traición de los Caracciolo; y sin embargo, dudaba. No quería lastimar a Frank, por lo menos no de una forma contundente. Y mucho menos a una persona inocente; pero Frank debía ser controlado. No podía dejar que le hiciera daño a Eric o que lo sacara de La Torre. Ella lo conoció de niño. Era caprichoso, voluntarioso y malcriado, pero hermoso, y no quería herirlo; pero Eric, su hijo, estaba primero. Por eso haría lo que tenía que hacer, por disparatado y cruel que pudiera resultar. Al final, muy al final, Frank sufriría horriblemente, eso era algo seguro, pero no podía evitarlo. Y no sabía sí quería evitarlo siquiera.  

   Mira hacia la noche, hacia los jardines. Hacia la pieza de Pedro Correa, el chofer. También debía ocuparse de él. Tenía que echarlo, y mientras más pronto, mejor. Pero debía hacerlo con tacto. El joven podría llegar a ser peligroso, se dice oprimiendo los labios con ira. Era una suerte que llegara a trabajar allí después de que Eric se fue de la mansión. Por un momento siente un sobresalto ante esa idea. Lo asociaba a otra circunstancia, a algo que no quería que Eric, o Sam, o cualquiera (la prensa, por ejemplo), llegara a saber. Pero sí, tampoco lo quería cerca de Eric. Y es un pensamiento que le pesa, que le duele. Mira hacia el cielo extrañamente poco iluminado por escasas estrellas, no buscando fe o consuelo, sino espacio. Se siente atrapada, rodeada por enemigos terribles. Pero era una luchadora, había vencido antes y volvería a vencer. Ni Eric, Frank o Pedro eran oponentes para ella.                                                              

                                                               ………………..   

   Muy temprano en la mañana, Eric revisa unos  papeles en su oficina. Quiere estar listo para los problemas que se le vendrán encima en la junta. El aparato de video repone el programa de una de la periodista mañanera de la televisión, la Colombina. La mujer con su tono seco, duro, agreste, despedaza en trozos chicos, y feos, las argucias del régimen que desgobernaba el país. En esos momentos habla de las imbecilidades que se empeñan en demostrar los diputados del régimen en la mal llamada Comisión de la Verdad. Eric oye fragmentos de lo que dice la mujer, y está de acuerdo con ella; ese gente era patética, sí pensaban montar un show mal actuado, debieron al menos enviar a gente menos rayada.  

   En abril de ese año, la crisis política devino en un paro convocado por La Cúpula Empresarial del país, que sorpresivamente fue acatado por una gran cantidad de gente. En una de las jornadas de ese mes de abril memorable se convocó a una gran concentración que cruzaría la ciudad desde el Este hasta el Centro. Más de medio millón de personas se congregaron, pero la marcha no terminó donde debía, en una de las sedes de La Petrolera Nacional, sino que continuó al grito de ‘hacia Miraflores’. Esa gente fue recibida a tiros, desde puentes y azoteas. La Guardia Nacional disparaba contra ellos desde la calle, a la vista de todo el mundo, sin empachos o reparos, a quemarropa, bajo las órdenes del general que la dirigía en esos momentos, Balandrí. Esos hechos, la matanza ordenada bajo el nombre del plan Cábala, de procedencia maracayera, provocaron que el Alto Mando Militar le pidiera la renuncia al Presidente, cosa que éste aceptó, provocando un vacío de poder, del que un grupito pretendió sacar ganancias con un disparatado gobierno que intentó imponerse con decretos ilegales, que cualquier tonto sabría eran impracticables.  

   Menos de cuarenta y ocho horas después, por impericia del grupo económico que quiso hacerse con el poder, y por las ambiciones de un general en Maracay que ya traficaba dinero y poder para la compra de casinos y canales de televisión, Buñuel, el Presidente regresó en un atrevido contragolpe; y en ese momento se habló de rectificación, de perdón y tolerancia, pero nadie con dos dedos de frente lo creyó. El régimen quiso aprovechar el momento para destruir de un golpe a toda la oposición, lazando la injuriosa acusación de ‘golpistas’ a todo bicho viviente; lo más sucio que había en el diccionario revolucionario. Ahora la llamada Comisión de la Verdad, intentaba únicamente demostrar que fue la gente que marchaba, la que atentaba contra la paz y el orden, que eran delincuentes que debieron se frenados y que fueron asesinados por su misma gente. El delito no fue matar gente, sino marchar hacia Miraflores. Y los pistoleros debían ser protegidos por la fiscalía y tribunales antes de que alguien se preguntara quién los envió a puentes y azoteas con armas.  

   Eric sonríe con ironía al mirar el rictus burlón de la Colombina al comentar la batuqueada que la periodista Ercilla Poletto les dio nada menos que el día anterior, haciendo notar que a la peligrosa mujer la trataron con pinzas, sin interrogarla a fondo y sin atracarla directamente. Esa mujer, no muy agraciada a decir verdad, pero de rostro enérgico e interesante, tenía la horrible costumbre de saber demasiado, y no temía decirlo en el pequeño periódico de corte político económico que dirigía. Llaman a la puerta.  

   -Sí, Serena… -autoriza sin ver. Quien entra es el sonriente Sam.  

   -Hola, pato, espero que notes que llamo antes de entrar. Así no te sorprendo en algo raro.  

   -¿De qué hablas? -Eric que mira a la Colombina y lee un informe al mismo tiempo, no le entiende de momento.  

   -No quiero entrar y encontrarte teniendo sexo con alguien aquí… -Eric lo mira con una mueca.  

   -Eres tan ingenioso y tan divertido como un grano en las bolas. -dice seco.- ¿Averiguaste algo de William Bandre? -Sam lo mira con ojos brillantes de malicia.  

   -Cuando te cuente… te vas a caer de culo. -Eric lo mira malévolo.  

   -No creo que sea más sorpresivo y horrible que lo que yo tengo que decirte.  

   -Vamos a ver. Sí, William Bandre lleva dos semanas sin aparecer por la firma en forma oficial. Antes de eso, llevaba dos mese sin venir, pero se comunicaba con su asistente. -lo impacta.  

   -¿Lleva tres meses fuera? ¿Y cómo no lo sabíamos?  

  -Porque es un agente de Ricardo Gotta que ni se reporta ni habla con nosotros. Pero eso no es nada. Bandre es el abogado dentro de la firma que lleva los asuntos del diputado Guzmán Rojas y del general Bittar. -termina teatral. Eric siente un verdadero escalofrío de miedo.  

   -¡Coño! -sabe quienes son. Se miran.- ¿Y cómo esa basura entró a la firma?   -Son clientes de la tribu de Saúl. Y sabes que en negocios, judíos y árabes se unen en este país como en ninguna otra parte del mundo. Un envío de la de Damasco; eran clientes de ellos. -Eric se recuesta de su sillón.  

   -¿Los trajo Ricardo o Aníbal?  

   -No lo sé, aunque es de presumir que si Bandre llevaba las cuentas, es cosa de Ricardo. -se encoge de hombros.- Sólo sé que ambos tienen juicios pendientes muy graves. Y William los lleva. O los llevaba. No sé ahora. Y si hemos de creer en lo que dicen Las Chicas Súper poderosas, esos dos tipos son unos coños’e madre. -termina álgido.   

   Sam se refiere, irreverente, a un grupito de periodistas, todas mujeres, que le hacían la vida de cuadrito al Gobierno todos los días. Eran ellas las periodistas Marsella Salas, Ercilia Poletto, Ibis Pachán y la Colombina; quienes habían sido bautizadas así por otro periodista, Milingo, en clara alusión a las niñas de la comiquita, comparándolas con esas mujeres corajudas, resueltas y valientes, que no temían investigar y alzar la voz para dar a conocer lo que sabían o pensaban, en un país donde políticos, empresarios y militares se cagaban de miedo ante los gritos destemplados, y cada vez más irracionales que venían de Miraflores.  

   -Según esas mujeres, uno es un traficante de armas muy peligroso, y el otro ha hecho del contrabando su mundo, desde las afeitadoras de bolsillo hasta las drogas.  

   -Y sí esas mujeres lo dicen…  

   -…algo de cierto hay. -termina Eric, sintiendo que la cabeza le duele.- ¿Qué dice Lesbia?  

   -Nada sabe. O eso dice ella. Parece que él no está en Caracas. -Eric lo mira fijamente.  

   -Esto es lo peor que podría pasarnos y en el peor de los momentos. ¿Sabes quién viene hoy, con voz, voto y mierda?: Franklin Caracciolo.  

   -¿Qué? -estalla parándose.- ¿Estás loco? No puedes dejarlo. -Eric se molesta.  

   -¿Crees que lo llamé yo? No digas maricadas. Fue alguien de la junta. Tal vez Aníbal.  

   -Hummm. Más bien parece cosa de Ricardo Gotta. -disiente.  

   -Como sea, la jugada es clara. La junta quiere un nuevo presidente. -lo mira intensamente.  

   -No te deprimas tan pronto, pato. Algo puede pasar que te salve. Caracas está llena de mal vivientes, tal vez alguien robe y mate a Frank. -Eric sonríe abatido.  

   -No intentes alegrarme con pensamientos bonitos. -mira su reloj.- Debe estar por llegar. La junta de hoy será apoteósica. ¿Crees que exijan que me suicide delante de todos?  

   -Si te vas a dar un tiro, procura no salpicar. Este saco es nuevo.

 …..   

   La entrada de Frank Caracciolo a La Torre es un evento digno de la revista Hola. Parece un joven príncipe, altivo, elegante e increíblemente guapo. Sonríe con desdén a todos. Algunas chicas lo miran embobadas, claro, no saben lo mierda que es. El abogado camina por esos pasillos como un rey recorriendo su feudo. Cuando llega a una esquina en los pasillos del piso quince, una vieja bedel que coletea ahí, no logra retener a tiempo su trapeador que roza los zapatos del hombre, quien la mira en forma impactada. La mujer casi grita, sabe bien quien es, lleva años allí y conoce a la bestia.  

   -Ay, lo siento, doctor Caracciolo, no lo vi venir y… -la calla con un grito.  

   -Vieja imbécil, ¿es qué no ves lo que haces? ¿Dónde están tu perro y tu bastón sí es que estás ciega? -algunas personas se detienen y los miran, apenados por la mujer, sintiendo rabia contra ese troglodita, pero incapaces de hacer nada. Todos lo conocen, de trato y maltrato, o por referencias tan horribles que parecen leyendas.  

   -Lo siento. Lo siento. -gime la mujer, agitada.  

   -¿Por qué coleteas a estas horas? ¿No sabes que es la hora en que llega la gente que sí trabaja y no holgazanea? -la mira casi rojo de la rabia.  

   -No puedo llegar antes. Tengo que prepararle desayuno a mis nieticos y enviarlos a la escue…  

   -¿Por qué piensas que me interesa tu vida? -la interrumpe.- Si tienes cosas que hacer, levántate más temprano, vieja floja; con razón todavía estás coleteando pisos. Llevas como veinte años en esto. -la reprende. Ella va a hablar, casi llorosa y él levanta una mano callándola.- Ya. No me digas nada. Sólo métete donde no tenga que verte más. -y sigue su camino, muy molesto.  

   La anciana jadea como sí hubiera subido corriendo por las escaleras los quince pisos. La gente la mira con aprecio y simpatía, pero si la bestia peluda de Frank le hubiera saltado al cuello para estrangularla, ninguno se hubiera metido. Y no sólo por miedo a perder el trabajo, sino la vida. Frank parecía muy capaz de matar a alguien con sus manos. Era un salvaje.

 …..   

   Eric y Sam se dirigen a la sala de juntas. Concuerdan que lo mejor es no mencionar frente a Frank nada sobre William Bandre o sus clientes. Esa gente preocupaba a Eric. Eran tan sucios y claramente delictivos que no se explica como alguien con un gramo de decencia podía hacer tratos con ellos.  

   -Manejan mucha plata. -dice Sam, encogiéndose de hombros, explicándolo todo.  

   -Que razón tan pobre. -se molesta.  

   -Oye, somos abogados, se supone que trabajamos con gente que necesita ser defendida pues es acusada de algo. No vas a llegar muy lejos sí sólo quieres atender a gente inocente. -Eric mira una puerta por donde entra un silbante José Serrano. Un baño. Y él con la vejiga llena.  

   -Te veo en la sala. Me estoy meando.  

   -Pero si vienes de tu oficina. -se extraña. Eric bota aire.  

   -Sam, esta junta es muy seria para mí. No me siento tranquilo, ¿bien? La vejiga la tengo encogida. -Sam sonríe y va a hacer una broma sobre cogida.- No vayas a decir tonterías, ¿si?  

   Sam sigue su camino y Eric entra al pulcro y aséptico lugar. Mira de pasada y nota a José que lee algo con mucho interés en la pared de uno de los privados… y se sobaba el güevo sobre el uniforme en forma maquinal. Le abultaba. Aún a la distancia, Eric lo nota impactado. El hombre disimula y va hacia uno de los orinales y mea, sintiendo que el tolete le hormiguea un poco. José parece reparar en él.  

   -Buenos días, doctor Roche. -dice ronco, Eric lo medio mira y ve la larga y escandalosa erección del otro sobre la tela caqui.  

   -Buenos días, Serrano, ¿qué leías? -José duda un momento y luego lanza un suspiro.  

   -Un poco de arte urbano. Un artista del grafito anda suelto por aquí. Estos baños se lavan de pe a pa cada día, después de todo es un bufete importante, pero estos letreros siempre aparecen aquí y en todos los baños. -señala algo.  

   Eric sabe que tiene la junta, que José tiene una erección visible aunque actuara como sí no se diera cuenta, y que lo mejor sería irse. Pero la curiosidad al letrero y saber a dónde podía llegar toda esa rara situación, lo hacen dudar. Se lava las manos y va hacia él, que le sonríe en forma pícara. El tolete abulta en toda su longitud, casi podría decirse que es posible demarcar el nabo de la cabeza hinchada sobre la tela. Eric se asoma al privado. Hay dos letreros simples, vulgares y estimulantes. Uno dice: desahógate, mastúrbate aquí. El otro decía: sí las piedras del camino fueran güevos, ay, yo andaría de culo. Son simplones, pero poderosos. Eric también siente como el güevo se le endurece, como le crece, abultando contra su propio pantalón. José lo nota, sonriéndole de forma abierta.  

   -Son raros, ¿verdad? Hacen que a uno se le pongan duros, sabrosito. -dice mórbido, con voz acariciante, sobándose suavemente el güevo sobre el pantalón, mimándolo. Eric siente la boca seca. Ve su mano enfundar el tolete con ganas.  

   -Son simples y directos, para estimular una imagen poderosa y sensual. -gruñe ronco, mirándole la mano que soba la barra; seguro que la tenía muy dura y caliente, se dice excitado.  

   -La tengo como una piedra… -dice ronco José.- ¿Quiere verlo? -le ofrece con un jadeo.   

   Eric duda. Eso era una locura. Siente como su güevo se endurece más y le palpita. Ver los contorno de la verga del otro, lo afecta. Una mano de José, quien sonríe en forma excitada, cae sobre la mano de él, llevándola hacia su tolete. Eric, aterrado, excitado y sorprendido, siente ese güevote bajo su mano. José cierra la mano, obligando a Eric a cerrar la suya y que compruebe la dureza de su instrumento.  

   -No, yo no… -jadea Eric asustado, intentando soltarse, pero sintiendo lo caliente de la barra.  

   -No, jefecito. Siga… apriétemela. Me duele de las  ganas que tengo… -gimió José.  

   Le aprieta la mano, obligando a Eric a apretarlo también. Eric tiene el puño casi cerrado alrededor de esa tranca que aprisiona toda. La siente caliente, dura. La siente palpitar, como agitándose ante su toque. Un calor terrible sube por su mano. Siente como su güevo, y hasta sus tetillas, se tensan. José jadea. Esa mano ahora se abre y se cierra sobre su tranca. Acariciándola. Sobándola. Masturbándola sobre la tela del pantalón.  

   José con un gemido agónico, esa mano le produce dulces y desesperantes placeres, suelta a Eric y apoya la nuca sin fuerza en la pared del privado. Eric lo mira, apretándole el tolete. Sigue acariciándolo. Lo siente rico. José abre los ojos y lo mira con ojos nublados, caliente.  

   -Es sabrosito, ¿verdad? Nada como la mano de otra persona sobre tu güevo. -y a la voz envolvente y mórbida, une la acción.  

   Un brazo de José se cruza con el de Eric y su mano atrapa el güevo del otro sobre la tela suave del traje. Eric chilla agudo. ¡Era tan delicioso! Siente como su tolete se convulsiona, deseando más y más. Esos toques, esas apretadas rudas y viriles sobre su tranca, lo enloquecen. Allí estaban; mirándose a los ojos, cada uno sobando el güevo del otro. Muy cercas, excitados. Con una sonrisa, José abre su cierre y de la bragueta escapa una lanza de carne envuelta en una telita licra, barata, amarilla chillona. Eric la mira con la boca seca. Eso se ve rico y apetitoso. Y es lo que tantas veces había soñado en la soledad de su cama, tener a un macho así, a su alcance, queriendo que le hicieran guarradas. Y José las quería. Se notaba que ese pato quería acción.  

   Perdida toda cordura, Eric le libra el güevo de la tanguita. Es un tolete rojo y largo. Caliente como el infierno. Lo toca y los dos jadean, estremeciéndose. El güevo está muy duro. La mano de Eric sube y baja fuerte sobre él, masturbándolo. Nunca imaginó que un día haría eso. Ese güevo se siente palpitante, grande y duro. Y por un momento se imagina venciendo toda resistencia y metiéndoselo en la boca, gozando sus jugos, sus sabores, sus ricuras. Lo imagina llenándole toda la boca con su dureza, bajándole caliente por la ansiosa garganta, rociándolo con su tan deseado néctar, calmando esa extraña sed que había tenido durante años y años, sin saber exactamente a qué se debía.  

   José no es un chico malo, sonriendo le abre la bragueta a Eric y libra el tolete de un calzoncillo blanco de algodón. Casi silba. Era grande y grueso, algo más de lo que indica el tamaño del jefe. Su mano cae codiciosa y lo atrapa, sintiendo su dureza. El grosor, más que cilíndrico parece triangular por la gran vena que lo cruza por debajo. Lo siente palpitar. La cabeza brilla, roja. Caliente. Cada uno mira el güevo del otro, sobándolo, masturbándolo con ganas. Y tal vez preguntándose a qué sabría, degustándolo. José jadea, su cabeza rueda un poco y su frente choca de la de Eric, quien se estremece al sentirlo grande y fuerte al lado, respirando con jadeos. Sus alientos están muy cerca. Así, casi frente con frente, mejilla con mejilla. Coño, que caliente estaba la piel de José, se dice Eric. Esa piel tensa esta algo sudada y brillante de grasa facial. Casi parece que van a besarse.  

   Los labios de José se arquean, como buscándolo un poco y Eric se pregunta cómo sería besar a otro hombre, sentir su lengua dentro de la boca, sentir su barbilla algo rasposa de barba, ruda, viril; pero en eso, el otro grita contenido. Su güevo se pone más tieso. Se estremece todo él, y del tolete sale una abundante ración de leche tibia. El semen embarra la mano de Eric, quien parecía mirarlo con asco, pero sintiendo la textura pastosa, tibia. La mano de José se agita más sobre su güevo y él siente que va a correrse. José lo mira con ojos brillantes, lujuriosos, cae de rodilla frente a él y hace algo insólito: la punta de su lengua cae sobre el ojete del güevo, quedándose allí, dando leve lengüetazos, saboreando las gotas de jugo pre-eyacular, que encuentra delicioso. Esa caricia insólita hace que Eric grite, echándose contra la pared.  De su güevo mana un chorro de leche, blanca, tibia y espesa que le da a José en la cara y en las mejillas. El joven, como poseído, demostrando que tiene muchas más experiencia en eso de la que admitía, se frota la babeante cabezota de las mejillas y de la barbilla, que quedan cubiertas de semen. 

CONTINÚA … (7)

Julio César.

ANACONDA DOS

enero 13, 2008

KLARK KENT TOMA VENGANZA

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   Anaconda fue una película regular tirando a mala. La dos, Las Orquídeas de Sangre, sin tantos aspavientos, fue mejor, y en ella había personajes muy atractivos. Uno de ellos era Johnny Messner, Bill Jonson, el capitán del bote, quien se vio magnifico en su lucha con el cocodrilo, saliendo con la franela pegada al cuerpo y chorreando agua. Otro era el joven villano, el doctor Jack (¡herejía de nombre!) Byron, interpretado por Matthew Marsden. Es imposible no verlos e imaginar más jueguitos en la calurosa y lujuriosa selva, en medio del río y de la noche. Algo como: el capitán Johnson mira divertidamente fastidiado al grupo de ‘científicos’ que discutían si continuar o no después del ataque de la gigantesca anaconda. Adivina en esos ojos codicia. Desean el descubrimiento científico, pero también dinero, fama, reconocimiento y poder.   

   Eran unos tontos. Pero a él no le importaba, estaba dispuesto a hacer regresar el bote, nada valía más que su vida, o la de cualquiera de esos tontos engreídos, comenzando por el jefe de la expedición, el angelical doctor Byron, con todo y su culito altivo y vistoso, quien utilizaba su atractiva personalidad para imponerse. Sonríe con desdén, con él eso no funcionaría. El tipito le había ofrecido más dinero para que continuara navegando, pero no lo haría. Los oye gritarse, observa como todos se marchan a sus catres. Por esa noche habría paz. Fijando el rumbo y cediéndole el mando a su segundo, otro culito bueno, rebusca sobre el mesón en busca de su pipa pero no la encuentra; maldita sea, le gustaba darle unas calada antes de dormir. Al entrar a su diminuto camarote encuentra al doctor Byron, sonriente, desnudo, dorado y hermoso, de espaldas en su cama, con las piernas flexionadas, abierto, metiéndose la boquilla de la pipa en santo y secreto lugar, lentamente, hondo, agitándola un poco, mientras sonríe mórbido.   

   -Debemos hablar, Johnson, tal vea podamos llegar a algún arreglo satisfactorio para los dos… -y  bota aire retirando un poco la pipa antes de meterla.- Encontré su pipa, pero es un feo habito. Pruebe mejor un yogur antes de dormir… -señala un pote del lácteo sobre la mesita.   

   Lógicamente el capitán, sonriente, acepta la propuesta de ‘dialogo’ y va hacia él, quitándose la franela y mostrando su torso recio, pensando en que debía cambiarse para comer ricos bocados, aunque personalmente odiara el yogur. Le saca la pipa y ocupa el lugar con su boca viciosa, raspando con las mejillas, aliviando con saliva tantos ardores, sonriente al escuchar suspirar al otro. Sonrió más al oírlo gemir que la lengua estaba quemándolo. Era cierto, pero no estaba tan caliente como el buen pedazo de carne que obligaría al científico a comerse, antes de llenarlo todo con él. Sí, podía seguir el viaje si el doctorcito olvidaba los yogures, aunque podía convencerlo de tomar toda la leche que quisiera, sí se comía todas las noches su buen trozo de carne… 

JAMES FRANCO… OTRA NOCHE DE GRADUACIÓN

Julio César.

RITUALES MAÑANEROS

enero 13, 2008

EL MOMENTO

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   Todo en familia.   

   Al principio, Ricardo se cortó todo la primera vez que Tony, su cuñado, con un mínimo bóxer, todo riente, se montó en su cama esa mañana para hablar ya que dormía desnudo, mientras Jacinta, su mujer, hermana de Tony, preparaba algo de desayunar, aunque el joven vivía en una eterna dieta. Ricardo siempre se preguntaba, qué comía. Y esa mañana lo descubrió, como le pasaba a muchos, amanecía medio morcillón, y Tony lo notó riente, tocándolo, casi haciéndolo saltar por la sorpresa… de que se le pusiera dura en un segundo. Lo otro fue como más normal, o lógico, el muchacho de boquita roja, procedió a tomar todos los proteicos que necesitaba, subiendo y bajando de forma hambrienta sobre el surtido de leche. Fue algo tan prohibido y sucio, que Ricardo estaba como más duro y tardó en aliviarse; pero la ración del joven goloso fue buena, abundante y espesa en nutrientes. Y le encantó. Ahora Ricardo se molestaba… cuando no veía a despertarlo por las mañanas… 

SIEMPRE PASA, MUCHACHAS…

Julio César.