Archive for 27 marzo 2008

NO ME DEJES CAER…

marzo 27, 2008

CARTAS QUE NO LLEGAN…

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   -No tengo nada, nada es mío… como no seas tú. 

   -Perdóname, Jack, por favor… -deja escapar al fin, entre jadeos ahogados, él que no sabe llorar, ni explicarse, ni ser débil. 

   -Calma, todo está bien. –tiene que acunarlo al sentirlo temblar y caer, entregarse a su angustia como muy pocas veces ha hecho, y eso no le agrada. El tonto, el llorón era él, no Ennis. 

   -Olvida lo que te dije, nunca podría hacerte daño… nunca me dejes. Eres lo único que tengo al final, lo único que se supo mantener en mi vida; eres el único que siempre estuvo a mi lado, la única persona con la que siempre conté y necesité. Eres… –y se ahoga, ocultando el rostro mojado contra su pecho, percibiendo el corazón amado. 

   -¡Basta! –lo calla con urgencia.- Hablaremos de eso después. Ahora sólo cálmate. –le sonríe lleno de amor pero también de inquietud. Sabía mal al dueño de su corazón, pero también sabía que si Ennis decía algo ahora, dejándose llevar por su dolor, mañana se arrepentirá de todo lo expresado, mortificándose, atormentándose inútilmente; porque así era. Y él, que lo amaba tanto, hasta ese dolor quería evitarselo; media vida la había dedicado a eso, a quererlo, y eso significó sacrificar muchas veces lo que deseaba hacer u oír, por él, por su Ennis del Mar.- Cálmate ya, vaquero… vamos a tomar algo de whisky… todavía nos quedan unas horas para despedirnos. Mira el riachuelo… que azul, la tarde va cayendo, tal vez las truchas se atonten y pesquemos una, al menos una vez antes de partir… 

UN MUCHACHO EN LA MONTAÑA

Julio César.

ATENDIENDO AL NIÑO

marzo 27, 2008

HAMPA DESATADA

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   -Ahhh…. Ahhh… me muero… 

    -Roberto, ya llevamos demasiado tiempo aquí arriba…  y yo metido en esta vaina, debemos bajar. –gruñó, ahogado, jadeante, el tipo, mientras Roberto parece mareado, gime y babea un poco.

 

    -Ahhh… cállate y sigue, no te detengas. Dale más, más fuerte… más duro… 

   -Pero llevamos demasiado tiempo y… 

   -Cállate y termina si estás preocupado… Hummm… -casi se muerde los labios mientras sus ojos parecen blanquearse; molesto por el comentario, el otro le dio un duro y seco golpe.- ¡Síiiii… dale así…! -gimió. 

   -Deja la chilladera, tu madre anda por ahí… 

   -Seguro que mamá sabe lo que se siente cuando la ensartas así, papá… ¡Ahhh…! 

LA OFERTA

Julio César.

CELEBRACIÓN DEPORTIVA

marzo 27, 2008

DEPORTE DE LOS MUY DUROS 

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   -Tu aliento me mantiene… siempre tieso.  

   Definitivamente el fútbol es uno de esos deportes que siempre tienen sus detallitos. Pero más allá de eso, es un claro ejemplo de que la gente que trabaja con uno termina muy metido adentro… de nuestros afectos,  si no pregúntenle a estos hasta donde lo llevarían de dejarlos. Esta maña no es únicamente de ellos, es cosa de juegos pues. Seguramente todo muy masculino. Uno casi imagina los diálogos mientras los dedos atrapan carne dura, sudorosa, cabellos mojados: 

   -Ganamos, qué bueno.   

   -Sí, es maravilloso, estoy tan feliz, dame un besito.  

   -Te doy lo que tú quieras….  

   -Hummm… déjame probarla, está tan calientita.  

   -Me ahogas…  

   -Aguanta como un hombre, carajo, no voy a soltarte, me tienes mal con todas tus dotes de excelencia. 

   -Y tú a mí, estoy todo crecido.  

   -¿Sí? Déjame tocarlo…  

   -Ohhh… sí… Toca así… 

CABEZA ABAJO, CABEZA ARRIBA…

Julio César.

LOS NIÑOS PERDIDOS PARA SIEMPRE

marzo 27, 2008

   Hace poco una amiga mía pasó por una experiencia terrible. Mientras llevaba al hijo, un travieso chicuelo de ocho años al colegio, fue interceptada por unos motorizados que la apuntaron con un arma y la secuestraron con todo y muchacho. Los ruletearon, sacaron dinero del cajero automático y se llevaron el carro, dejándolos abandonados (gracias a Dios) en una carretera secundaria a las afueras de Caracas. Antes, ella les lloró y gritó que la dejaran bajar del carro con su muchacho, o que al menos dejaran al niño en alguna esquina. Tuvo suerte, al final la dejaron ir sólo con un susto mortal, sin carro y con un muchacho que lloraba histéricamente. Fuera de eso, nada más. Una gente se detuvo y la auxiliaron, aunque ella me contó que cuando el carro frenó frente a ellos, el niño comenzó a llorar otra vez, asustado, tal vez pesando que habían regresado los malandros o que eran otros parecidos. Es el miedo de un país cercado por la ingobernabilidad. Mientras me lo contaba, Mercedes, mi amiga, lloraba de nuevo diciéndome que tuvo mucho miedo, no de que abusaran de ella, sino de que tocaran al niño malamente, o los asesinaran. O la dejaran a ella y se llevaran al niño para pedir rescate o algo así. Para terminar su relato soltó una frase que a mí me dejó pensativo, porque revivió un viejo dolor que ya había olvidado:  

   -Al menos no nos pasó como a los Faddoul.  

   El día 23 de febrero del 2006, a las seis de la mañana, tres muchachos, los Faddoul Diab, Bryan (el mayor), Kevin (de 14 años, con una leve parálisis motora) y Jason (el menor, ángel guardián de Kevin, a quien ayudaba con su problema para caminar), salieron de su casa en la caraqueña urbanización Bella Vista rumbo al colegio, conducidos por el señor Miguel Rivas (con años de servicios con ellos, donde se había ganado un puesto de confianza en la familia). Todo parecía de lo más corriente hasta que el carro fue interceptado por una falsa alcábala, donde habían oficiales de las llamadas fuerzas del orden, y todos fueron secuestrados. Hasta ese punto, la verdad sea dicha, nadie le prestó mayor atención como no fuera ante el desastre de tres hermanitos secuestrados al mismo tiempo, de los cuales uno tenía un leve retraso físico. Sin embargo, era sólo un caso más dentro de un país sitiado por delincuentes. Sólo un delito más, otro secuestro.  

   Venezuela es un país rumorero, nos encanta un chisme, y ya por ahí se decía que un familiar de los Faddoul estaba implicado en el secuestro. Falso. Se dijo que el chofer, el señor Rivas, era cómplice. Totalmente falso. Lo único cierto era lo que vecinos y compañeros de estudios de los muchachos decían, que eran buenas personas y que en la fulana alcabala habían policías de verdad. Dato que no fue investigado hasta que fue demasiado tarde. Lamentablemente, en el país, policías, fiscales y jueces sólo persiguen a la gente que es atacada o señalada por el Presidente de lo que antes era la República, desde sus peroratas insensatas interminables e inútiles, en especial periodistas y medios de comunicación. Para todo lo demás, no hay tiempo. Que cada quien se salve como pueda.  

   El tiempo pasaba, la familia hacía llamados para que los regresaran, los compañeros de estudios marchaban pidiendo por la libertad de los Faddoul y del señor Rivas; se rezaban misas, se hacían vigilias, y en todo ese tiempo se establecían los contactos para pagar y recuperarlos. Hasta ese momento, nada extraño; una gente con real había sido atacada, se llevaron a los hijos, se pagaría una cantidad horrible de dinero y ya volverían. Todo como siempre. Pero no fue así.  

   Recuerdo bien esa noche del martes 4 de abril de ese mismo año; estaba yo en el apartamento de un hermano usando su computadora, cuando me paré un rato y fui a buscar algo, no recuerdo qué, y lo vi sentado en su cama, mientras veía Globovisión, el canal de noticias todo el día, mientras revisaba unos exámenes de sus alumnos, y me dijo con voz estrangulada que habían aparecido cuatro cadáveres en un botadero de basura en El Lechosal, en San Antonio de Yare. No caí en cuenta de lo que eso podía significar, y sólo solté un ¿si?, de indiferencia. Muere tanta gente en Venezuela a manos del hampa y la violencia desatada, muchas veces justificada desde los organismos e instituciones que debían controlarla, que ya uno ni se sorprende.  

   -Si, parece que son los niños Faddoul. –dijo, grave.  

   ¡Coño! Sentí una vaina fea por dentro. Dios, ¡no podía ser! ¡Mataron a los niños secuestrados! Era imposible de creer. Y uno todavía tenía la esperanza de que no fueran ellos, como que si de tratarse de otros, la cosa fuera menos terrible. Pero lo cierto es que uno lo sentía así. Porque eran tres hermanitos, eran sólo muchachos, y eran los tres hijos de una señora (y de un señor, pero Venezuela es un país marcadamente matriarcal) que iba a saber y encontrarse con que sus niños ya jamás volverían, que ahora si habían desaparecido para siempre; y pensar en eso ponía la carne de gallina. Creo que esa noche todo el mundo siguió las noticias. Decían que llevaban más de cuarenta y ocho horas muertos, que si estaban vestidos con sus uniformes de colegio y que estaban caídos en fila, con un disparo en las sienes y rematados con tiros en las nucas, tipo ejecución. Después comenzaron las noticias más escabrosas, los detalles más siniestros: que si los habían torturado, que si tenían marcas de quemadas de cigarrillo, de golpes. Que estaban desnutridos; y lo peor, que en la zona habían circulado rumores desde hacía semanas de que por ahí andaban esos muchachos, y ninguna autoridad hizo nada por buscarlos.  

   Al día siguiente todo fue un pandemónium, la población estaba como enloquecida de rabia, de dolor, de espanto. En las urbanizaciones y las barriadas populares la gente comenzó a salir, a reunirse, a comentar entre ellos tanto horror. Y se protestaba y se gritaba. ¡Cómo había personas llorando en las calles! Todos exigían justicia y seguridad. Pero, sobre todo, declaraban su arrechera, su impotencia y dolor ante un crimen tan terrible, monstruoso e innecesario. Recuerdo que ese día quedé atrapado en una cola gigantesca que duró horas, porque muchas avenidas estaban trancadas con la gente que gritaba contra la violencia que se exacerbaba desde tribunas públicas por dirigentes delirantes que justificaban el crimen como medio para subsistir en lugar de crear fuentes de empleos y mandar a todos a trabajar como gente decente; y uno no podía molestarse con esas demoras, el crimen había sido demasiado feo. Todo el mundo lo entendía.  

   Recuerdo que la conmoción duró semanas, aderezado con los cuentos de boca a boca, donde se decía que la mamá de los niños se había vuelto loca ante la vista de los cadáveres. Otros sostenían que había intentado suicidarse, y, aseguraban otros, que ya había muerto. La doña demostró tener una tenacidad y un temperamento de acero, desconcertante para nuestra naturaleza más llorona y emotiva, extrañamente resignada ante su perdida y dolor, tal vez dado sus antecedentes, una libanesa, y la gente de esos lados tiene que ser dura para subsistir entre la esperanza y la violencia de la zona y su historia. El caso es que a los días, hablándolo nuevamente del tema en mi sitio de trabajo, algunos comentaban que la cosa ya estaba durando mucho, que se usaba para atacar al Gobierno y cosas así. Recuerdo que me molesté y les dije que a mí me había parecido una desgracia terrible y pasé a contar por qué, cosa que explica la noche tan mala que había pasado ese martes.  

   Yo lo veía así: los captores habían demostrado ser brutales dado las huellas de golpes y quemaduras, de tortura física y mental. Durante todo el tiempo de cautiverio esos niños debieron sufrir mucho, no sólo por estar retenidos, sino al saberse a merced de gente capaz de herir con golpes y quemaduras, y que niños al fin tal vez lloraban y suplicaban que los dejaran ir, que no le dirían nada a nadie. Seguramente les respondían que si, que todo se solucionaría, que los liberarían. O lo arreglaban todo golpeándolos más. Y ese día, cuando los sacaron de donde estuvieron, tal vez los cuatro pensaron que la pesadilla iba a terminar. Pero imagino que el chofer, el señor Rivas, siendo más viejo, y Bryan, el mayor, al entrar al vertedero de basura (qué conveniente, qué simbólico) debieron imaginar por dónde venían los tiros, porque todos en este país saben para qué se utilizan ciertos lugares. Y debieron tener miedo, mucho miedo, porque la muerte no es algo que se pueda afrontar con frialdad cuando se tiene niños pequeños como el señor Miguel Rivas, o cuando se es sólo muchacho. Debieron suplicar que no los mataran, que, por favor no les hicieran nada; debieron, tal vez el muchacho, Bryan, llorar y pedir que los dejaran ir. Sé que es idiota, irreal y morboso pensar en eso, pero no puedo dejar de imaginar que el muchacho, tal vez,  pidió por sus hermanitos, para que dejaran ir a Kevin y a Jason.  

   Cuando los obligaron a arrodillarse en fila, ya todo estaba dicho; para ese momento hasta los menores debieron saber lo que pasaría. Imagino que en ese momento comenzaron a llorar desconsoladamente, mucho, de miedo, y que llamaron a su mamá, el último recurso que les quedaba en medio del miedo y la impotencia. Porque aún a los catorce, y sobre todo cuando se tiene menos, la mamá es más grande y poderosa que Dios mismo. La madre es la que puede detener el sol en su órbita y  la Tierra en su eje, vencer miedos y temores, la que acaba con los monstruos y no deja que nos ocurra nada malo. Los niños debieron llamar a su mamá en esos momentos, pero de nada les sirvió esa vez la mágica palabra. Uno de los monstruos se colocó tras ellos. Pum, y cayó el primero, con el cráneo destrozado, sangrando, tal vez sin gritos o lamentos. Y en este punto quiero suponer que ya estaban tan aterrados que habían caído en shock, que no vieron al que temblaba agonizando en el suelo, ni sintieron miedo, ni dolor cuando le tocó el turno a cada uno, y que todo pasó rápidamente.  

   ¿Cuánto pudieron tardar esos monstruos en destruir a todas esas personas, todas esas vidas, todas esas promesas? Mientras les contaba lo que había pensado esa noche, con mil preguntas más, una de mis jefas chilló que me callara, que ya no siguiera. Tenía los ojos enrojecidos, pero eso era lo único que nos quedaba a todos. Dolor, rabia e impotencia. Jamás he podido pensar en los niños Faddoul, y en el señor Rivas, sin imaginar todo ese drama. ¿Cómo puede alguien hacer algo como eso sin sentir pena o remordimientos? ¿Acaso esas caras, esos gritos, ese llanto y súplicas no los persiguen atormentándoles para el resto de sus vidas obligándolos a padecer encerrados en el infierno que se construyeron a placer?  

   A los delincuentes materiales los atraparon, y si esto fuera Norteamérica, al menos quedaría el consuelo de que serían condenados a muerte y que ya no tendrán jamás la oportunidad de escapar y repetir la hazaña. Me han dicho que hay quienes sostienen que la pena de muerte es cruel e inhumana; pero supongo que eso sólo ocurre cuando se aplica a seres humanos, no a perros rabiosos. Dicen que hay quienes creen que no es justo que quien pasa veinte años luchando por su libertad, que se arrepiente y cambia de vida, al final muera. No lo sé, debe ser porque nací en un país del llamado Tercer Mundo, pero a mí me parece que sólo los delincuentes que detienen, encierran y condenan, se arrepienten, se vuelven evangélicos o escriben libros de ayuda para jóvenes. Nunca ocurre que un malandro vaya a una estación policial, llorando y diga: maté a tantos, deténganme que estoy arrepentido y no quiero hacerlo más. Siempre me ha parecido, no sé (que Dios me perdone por pensar mal de esos pobre asesinos), que es como un cuento para ver si engañan a la justicia. No es arrepentimiento real, sino miedo al castigo.  

   Claro, si alguna de las víctima, en este caso los niños Faddoul, regresa un día a su casa y le dice a la mamá, mira, me vine porque te extrañaba, yo mejor me quedo aquí; o si el señor Rivas se presenta, quince años más tarde, en el matrimonio de uno de sus hijos, sonriendo feliz, comiendo y bebiendo con ellos en ese día tan especial… entonces, tal vez, se podría reconsiderar la pena de muerte. Pero al parecer los muertos, muertos se quedan; al menos en este país, no sé en otros. Quienes son asesinados ya no pueden conocer a gente nueva, comer algo delicioso, reír con sus seres amados, enamorarse, o sufrir o llorar por alguien que se les va, o estudiar una carrera, visitar mundo, viajar a otro país y conocer a alguien increíble y tener algo bueno. Al parecer no se casarán, no visitaran a sus padres en un hospital, no acompañaran al papá viejo, al final de sus días, haciéndole la vida más fácil. No, muertos están, y no sé si será por tercermundista, pero entre las víctimas y sus asesinos, prefiero a las víctimas. ¿Qué son productos del medio, de la violencia e injusticias? Más del sesenta por ciento de toda la población mundial podría caer bajo esta categoría; hay personas que tienen vidas duras y terribles, y son gente normal, personas decentes, y muchos hasta ayudan a otros para superar momentos parecidos. No, ser un delincuente, un asesino, es una decisión personal; detenerse frente a una persona indefensa, desarmada y matarla, robándole todo lo que era y pudo llegar a ser no es un mandato divino ni una obligación, no es un deber sagrado, es una decisión. Esa persona es responsable de sí, y como tal, debe responder, a pesar de quienes desean protegerlo y mimarlo movidos como están por un atrofiado instinto de supervivencia para con la sociedad, respondiendo a una atrofiada laxitud moral contra la que tanto previno el viejo Papa polaco.  

   Que descansen en paz Bryan, Kevin y Jason Faddoul Diab; así como ese hombre humilde y decente, el señor Miguel Rivas. 

AMANECIÓ DE GOLPE 

Julio César.

DEPORTE DE HOMBRES

marzo 27, 2008

LA APUESTA 

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   Sudor y jadeos, pero los socios deseaban trusas más chicas…  

   Los musculosos y oleosos cuerpos se frotan, pegan y luchan. Germán tiene sus pómulos rojos, por el esfuerzo, pero también por el peso y calor de Vicente a sus espaldas. Cuando el evidente y cálido bulto pegó en su mejilla, gimió contenido, sintiéndose alebrestado… cosa que Vicente notó mientras atenazaba su muslo arriba, antes de variar de objetivo, como al descuido, dándole un apretón que lo estremeció todo a ambos. Parecen congelarse así, con Vicente de cabeza tocando y apretando leve, mientras atenaza una tetilla del otro. Germán siente que se muere (¿tal vez vencido? No parece) y descansa su rostro en la pelvis del otro, sintiendo el caliente y agradable alivio. El publico, con ojos ávidos, deseaba más, y gritaba: atrápaselo con la boca; métele la mano; lo tienes ya, cógelo bien… 

PODRÍA PASARLE A CUALQUIERA 

Julio César.

LUCHAS INTERNAS… (8)

marzo 27, 2008

LUCHAS INTERNAS                         … (7)

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   El chico entró, lo encontró y enloqueció… 

……

    El joven se quita la breve tela. Su güevo erecto, blanco rojo, da un salto. Lucas nuevamente lo atrapa y lo hala hacia sí. Caen acostados sobre el sofá. Sus cuerpos se frotan uno contra el otro en medio de respiraciones tensas, de jadeos ahogados, del frotar piel contra piel. Pepe siente ese cuerpo caliente bajo el suyo, frotándose contra el de él. Siente el güevo como una barra de acero frotándose contra el suyo, haciéndolo desear tocarlo y ordeñarlo. Las manotas de Lucas caen en su espalda, acariciándolo rudo, sus manos son callosas y raspan un poco. Sus bocas hambrientas se unen una y otra vez, en besos chupados. La lengua del joven es atrapada por la del otro, que usa su lengua y labios para chupársela  halándola. Las enormes manos negras caen sobre las nalgas paraditas, acariciándolas, amasándolas. Los dedos se hunden en la rosada y trémula carne. Pepe gime ante la rica caricia, ante esa fuerza y ese deseo de macho. Su boca jadeante es atrapada por la del otro, que lo besa y bebe su saliva con avidez. Están güevo contra güevo, produciendo un calor infernal. 

    Las manos negras aprietan las nalgas con ganas. Una de ellas recorre los contornos de la raja interglútea, Pepe casi chilla, pero Lucas  vuelve a besarlo, no quiere que grite. Aún puede haber gente por ahí. Esa mano entra en la raja tibia y lampiña. El rudo albañil siente un estremecimiento cálido, el güevo le palpita tanto que cree que se correrá. Sus jugos pre-eyaculares se mezclan con los del muchacho. Esa mano se queda allí, en la raja, gozando su calor y la firmeza de las nalgas. Esa mano se abre, el pulgar y el índice se extienden justo encima del pequeño culo, que parece un botoncito rojo. La otra mano cae ahí y las yemas de los dedos se frotan sobre el culito; sin penetrarlo, sólo frotándose con fuerza, en forma circular sobre el capullito. 

   Pepe casi solloza, su cuerpo se agita, frotándose con furia contra el del otro. Sus bocas se unen una y otra vez. La yema de los dedos índice y medio se frotan de forma circular y empujando hacia abajo sobre el culito. Pepe siente que no aguanta más. Su culo palpita, se agita, se calienta. Siente como si un agua tibia le bajara, mojándoselo. Esos dedos parecen saberlo y apiadarse del deseo frenético del muchacho. El dedo medio se frota y empuja contra el culito, abriéndolo, metiéndose la falange caliente dentro de la rica hendidura del joven. 

   Pepe gime más, jadeando. Lucas lo mira fascinado y excitado, ¡que caliente está ese muchacho! Siente que todo el cuerpo del joven vibra y emana cantidades alarmantes de calor. El dedo se entierra, entra hondo hurgando, palpando el apretado culito que se cierra violento sobre él, halándolo, chupándolo. Pepe eleva el pecho y el rostro, como buscando aire. Su culo se abre y cierra violentamente sobre el largo y grueso dedo negro que sale y entra, lento, dulce, torturador. Ese dedo lo penetra, lo coge con deleite. 

   Si alguien mirara en esos momentos por la ventana del trailer, habría visto a un joven muy pálido, desnudo, sudado y gimiente, estremeciéndose y frotándose contra alguien que está debajo de él. Habría visto las piernas musculosas de un carajo negro, debajo del chico, muy abierto. Habría visto una enorme tranca que se levantaba entre las piernas del joven, habría visto el güevo blanquirrojo del joven aplastado a un lado del güevo negro, mientras sus nalgas muy abiertas eran aferradas por las manos negras. Habría visto el culito expuesto, tembloroso y titilante y un dedo que salía todo, dejándolo abierto un momento, un pequeño túnel rojo que se cerraba, para luego volver a penetrarlo, empujando el culito hacia abajo. Abría oído los jadeos roncos de Lucas y los gemidos agónicos del joven que era cogido por ese dedo. 

   El dedo entra y sale, cogiéndolo con ganas. Lucas jadea, y cuando Pepe se alza otra vez, su boca atrapa una de sus sonrosadas tetillas, lamiéndola, chupándola como un becerro. Esa tetilla crece más, palpita y se calienta. Pepe siente que se muere de gusto. Lucas lo mira fijamente, sus manos caen en los hombros de él, empujándolo por su cuerpo. Pepe sabe lo que quiere de él, y lo hará. Su rostro baja por ese cuerpo poderoso, mordisquea y lame una tetilla mientras baja. Su rostro queda frente al titánico tolete. Lo mira fascinado. La roja lengua emerge de sus labios y le da unos leves lengüetazos en la base, allí donde se empalma de las enormes bolas. 

   Lucas chilla ante la rica caricia. Siente como las bolas se le encogen. Esa lengua recorre la gran vena, sintiendo el güevo palpitante, caliente, que se estremece. Lo encuentra suave, caliente y rico. Su boca cae sobre la hinchada cabezota lisa, brillante de líquido pre-eyacular. Lo encuentra sabroso, agridulce. Lo traga con una buena cantidad de saliva. Su boca rodea como puede la enorme cabeza, chupándola. Lo mama y comienza a bajar, pero jadea y se ahoga. ¡Es muy grande! 

   Lucas se siente fascinado. Esa boquita sube y baja hasta medio tolete, no puede más. Pero lamía con ganas. Con una mano lo aferra masturbándolo, mientras le pega una buena mamada. Lo chupa, su lengua y su saliva, que corren por el tronco, lo estimulan más. Pepe gime, degustándolo, ese güevo sabe distinto a otros que ha mamado antes. La boca sube y baja, mamando y chupando el güevo del otro que jadea y le dice que sí, que siga mamando, que lo mame bien, que le saque toda la leche. Ahora el hombre sube y baja un poco sus caderas, su güevo va y viene contra esa boca ávida. Pepe siente que se ahoga cuando el tolete entra, atragantándolo por momentos. Siente que no puede respirar con la tranca clavada en la  garganta, pero su lengua aún se las ingenia para moverse y lamer más. 

   -Oh, bebé, no aguanto más… -jadea Lucas caliente, bajando una mano y sobándole los cabellos al muchacho. 

   Tiembla y se estremece todo, mientras su güevo escupe una abundante ración de esperma que el joven se traga como puede, pero es mucha y el semen corre por sus labios y barbilla. Lo traga con ganas, lamiendo aún la babeante cabeza. Lo encuentra agrio, como un rico yogur, que al bajarle por la garganta lo llena de más ganas de sexo. Se miran agitados. 

   -Cógeme… -le pide como avergonzado. 

   -No hay nada que quisiera más, Pepito, que tu culito estrecho; pero tengo una reunión de negocios. Tal vez más tarde… -le sonríe. 

   No puede faltar a la reunión con los socios, pero le pesa un poco notar la mirada dolida de frustración del muchacho. Lo había mamado bien y merecía una recompensa. Lo tendería en el sofá y le mamaría también el güevo, y tal vez le lamiera también el culito. Debía tenerlo rico y una probadita nunca estaba de más…                    

                                 ………………..  

 

    Frank Caracciolo mira con ojos críticos la amplia, soleada y hermosa oficina que Aníbal López le ofrece. El hombre le hace una relación de todos los casos pendientes. También él calla lo de Willian Bandre; no le dirá nada hasta que sepa lo que está pasando. Frank parece no oírlo, mira los cuadros, las alfombras, los equipos de sonido y video, y no parece estar muy impresionado. Aníbal lo nota y calla, quitándose los lentes que usa para leer las tarjetas en su mano. Espera a que el otro le preste atención. Frank parece notar su silencio censurador, y cayendo sobre el sillón, le sonríe en forma algo ampulosa. 

   -Está bien, te estoy oyendo. Pero debo decirte que esta oficina no me gusta. Voy a hacer muchos cambios aquí. 

   -Lo imagino. -es frío. Frank lo mira fijamente. 

   -¿Qué te pareció lo junta? 

   -Desagradable, como era de esperar. Pero no tan mala. Al menos la sangre no llegó al río. 

   -Eric parecía muy molesto contigo. -sonríe ampliamente. Aníbal hace una leve mueca. 

   -Diría más bien… herido. 

   -Siempre fue un imbécil sentimental. Tal vez pensó que eras su amigo y que lo que hiciste fue una traición. -casi ríe. Aníbal no. ¿Qué piensa?, es difícil saberlo. Su rostro es granítico.- ¿Averiguaste sobre lo otro? -parece muy ansioso. Aníbal asiente, pero duda. Finalmente habla. 

   -Sí. A Eric Roche le atraen los hombres y mucho. -Frank se pone de pie y grita salvaje. 

   -¡Lo sabía! ¡Lo sabía! ¡Es un maricón! -se ve feliz.- Pero, ¿estás completamente seguro? 

   -Se hizo una comprobación de campo. 

   -Eres maligno y peligroso. -ríe en forma cruel.- Lo vamos a exponer ante todos. Ya quiero verle la cara cuando le grite maricón delante de todo el mundo. Ya quiero verle la cara al viejo Germán y a la vieja puta de Norma. -es soez. Aníbal bota aire muy suavemente. Censurador. 

   -Te recomiendo que te muevas con cuidado. No manejas aún la firma. Sí cometes un error… sí te excedes y todos consideran que puedes llegar a ser un problema, te sacaran de aquí. No sólo los Roche, sino hasta tu padre. -le advierte. Frank se altera. No quiere esperar, quiere herir ya. 

   -A mí nadie me dice cómo actuar. 

   -Haz lo que quieras. -suena amenazante. Frank lo mira inquieto. 

   -Está bien. Esperaré hasta tener algo que mostrar. Pero Eric tiene que irse de aquí. Eso de ser príncipe partícipe no me gusta. Quiero ser yo quien controle la firma. 

   -Hay otro asunto del que quiero hablarte un momento… -dice frío, leyendo algo en una tarjeta.- Se trata de tu asistente. Hay un joven al que… -lo interrumpe. 

   -Ah, no. Nada de un asistente. No quiero a un carajo molestándome por aquí. Búscame una nena toda llena de curvas, bonchona, reilona y putona. No importa que no sepa nada de nada. 

   -Necesitas un asistente. -es frío.- Y este joven es uno de los recomendados de Germán. Ya sabes que le gusta ayudar a los hijos de los antiguos empleados, igual que a tu padre. La vieja puta de Norma, lo pidió como un favor especial. -lo dice mirándolo con elocuencia. Frank sonríe tenso, acusando el golpe por lo dicho a la mujer. 

   -Está bien. Está bien, lamento haberla llamado así. Pero ya sabes como es esa mujer… -se incómoda. 

   -Creo que por ahora sería apropiado llevarte bien con ellos. -es frío.- El joven es un mecanógrafo experto, sabe de contabilidad y de archi… -lo interrumpe. 

   -Si. Está bien, es todo un oficinista. Pero yo no lo quiero conmigo. ¿Por qué no lo envías con Eric? Tal vez él y ese carajo… encontrarían intereses comunes de culos. -es grosero y ofensivo como un niño malcriado.- No me gusta que me impongan nada, Aníbal… -lo mira fríamente.- Ni siquiera a un asistente… 

   -A muchos, no nos gustan muchas cosas, Frank. -responde exactamente igual. 

   Frank nada replica. Aníbal parece creer que el asunto está zanjado, pero él no. Odia sentir que lo obligan a algo, que le imponen las cosas. Y más viniendo de los Roche. Ya llegará la hora de ajustarle las cuentas a Norma. Mira a Aníbal rencoroso; y a él, se dice; aunque no todavía. Su naturaleza salvaje y voluntariosa tenía que imponerse siempre; siempre fue así y no quería cambiar. Ni creía que cambiara nunca; lo que probaba que el hombre proponía y Dios disponía…

 ……  

     Eric no puede quitarse de la cabeza la idea de que La Torre se estaba metiendo en problemas muy delicados. La compañía siempre había bordeado el límite de lo poco elegante en cuestión de clientes y causas, eso podía entenderlo, pero siempre cuidando el buen nombre de la firma y los socios. Los casos, aunque discutibles, podían ser tratados. Estos clientes, Guzmán Rojas y el general Bittar, eran harina de otro costal. Eran gente… claramente maleante. No existía un término menos malos para gente como ellos. Por eso aprovechó la hora del mediodía para ir a la casona Roche. Tenía que hablar con su padre de ellos. Su carro entra en esos momentos a los estacionamientos. Distraídamente nota que no está el carro de su madre. Mejor. Lo que tiene que hablar con su padre era delicado, mientras menos gente oyera, mejor.  Sobretodo su madre. 

  Recordar a su madre, y su carro, lo hizo pensar en Pedro Correa y en su amante homosexual. Sonríe algo picado por la curiosidad, ¿qué habrían terminado haciendo? Seguro que Pancho lo cabalgó toda la noche sobre la cama. Pedro parecía más que dispuesto a entregarle el culo. Mira hacia la pieza del joven y nota un movimiento, como si alguien estuviera allí, revisando algo en un cajón. ¿Quién podría ser? ¿Se habría metido alguien a la propiedad? Podría ser Pancho, pero, ¿sin Pedro allí? El abogado es un hombre de decisiones rápidas. Se dirige hacia la pieza. Oye una radio con poco volumen y a alguien que se mueve. Toma el picaporte y abre bruscamente. Frente a él se encuentra Pedro, desnudo, con una toalla en el hombro, con la que se frota y seca el áspero cabello. Eric se impacta y Pedro igual. El joven baja la toalla y se cubre las bolas con ella, no cubriéndose las caderas, sino el frente, como si lo hiciera con una mano, moviendo la boca sin palabras. Salía de la ducha. 

   -Doctor Roche, ¿qué pasa? -pregunta alarmado el joven. 

    Eric va a disculparse cuando mira a las espaldas del otro. Hay un escaparate (¡un escaparate en esta época!), con un espejo de cuerpo entero en la puerta. Allí se refleja la musculosa espalda de Pedro, así como sus nalgas firmes, paraditas y musculosas, con la franja más clara del bronceado en su piel canela clara. Esas nalgas atraen la mirada del abogado. 

   -Disculpa, Pedro. Oí ruidos y como vi que no estaba el carro de mamá… no pensé que fueras tú, sino que alguien había entrado a la propiedad. -responde ronco sintiéndose idiota. 

   No quiere, pero su mirada cae una y otra vez sobre esas nalgas; imagina lo tibia que debe estar la raja, y lo aún más caliente que debía estar ese culito fresco y recién lavado. Eric sintió como su güevo hormigueaba bajo el traje, palpitándole, pidiéndole ese culo. 

   -Ah, eso. Lo que pasa es… -se ve tenso y luego ríe.- Un momento, ¿sí? -se inclina un poco y toma algo de la cama. 

    Es un calzoncillo tipo tanga, de una tela anaranjada. Se ve suave. Erótica. El joven mete sus piernas en ella y la sube, cubriéndose el tolete que abulta con descuido. Eric siente la boca más seca. El chofer tiene un cuerpo delgado pero esbelto, con unos buenos pectorales de pezones desafiantes, propios para ser atrapados por una boca ávida. Su abdomen era plano. Y la tanguita resaltaba sobre su cuerpo bronceado. A Eric le encantaba ver carajos adultos, grandes, viriles y machos, así, enfundados en pequeños bikinis que ocultaban y ofrecían deliciosos y secretos placeres al paladar. 

   -¿Pasó algo con mamá? -pregunta ronco, intentando no mirar el pequeño bikini. 

   -Si. Me despidió. -suspira desalentado. Eric lo mira asombrado. 

   -¿Mamá te botó? ¿Por qué? -el joven duda mucho. Mira a Eric y parece medir lo que dirá. 

   -Digamos que a su mamá no le agradaban… mis amistades. -dice evasivo. Eric arruga la frente, irónico. 

   -No irás a decirme que te encontró en la cama siendo enculado por Pancho, ¿verdad? -lo desconcierta. 

   -¿Cómo sa…? Es decir, yo no… -se turba. Eric sonríe en forma divertida. 

   -Los vi ayer cuando… te daba masaje en el culo. -dice con voz agresiva y alegre; no puede evitar sentirse algo caliente. Pedro sonríe leve. 

   -Bien. Ahí lo tiene. 

   -¿Y te botó por eso? Creo que a nadie pueden botarlo por… -duda. 

   -No me botó. Me dijo: renuncia o le digo a Germán. Y yo realmente prefiero irme a sentir que don Germán se siente… defraudado de mí. Prometió  que me ayudaría a encontrar algo fuera de aquí. -Eric asiente. Así era Norma, no daba chances ni canales de escape. 

   -Lo siento. Espero que te vaya bien. -dice como despidiéndose. Pedro lo mira de arriba abajo, como descubriendo que es un carajo guapo. 

   -Espere, doctor Roche, ¿no va a preguntarme como me fue ayer con Pancho? -pregunta ronco, sonriendo como desafiante. Eric nota como el tolete se mueve un poco dentro de la tanga. Debería irse. Eso era muy  peligroso. El espejo muestra las nalgas paraditas  semicubiertas por la tanga, y se ven acariciables. 

   -¿Fue bueno? -pregunta ronco, deteniéndose en medio de la pequeña pieza. 

   -Hummm, fue rico. -dice mórbido, con ojos nublados, el tolete abultándole poco a poco.- Siempre pensé que eso podría ser sucio, o doloroso… pero fue muy delicioso. Sentí que cada parte de mi gritaba y pedía más. Pancho me cabalgó durante casi toda la noche. No se cansaba el muy caballo. 

   -Parece que tienes un culo muy hambriento, amigo… -traga saliva, ronco, sorprendido él mismo de decirlo. 

   -Y caliente. Eso dijo Pancho. ¿Sabe como comenzó todo? -dice mirándolo a los ojos. 

   -¿Te pidió el culo? 

   -Es un cerdo, quería que lo trabajara un poco antes así… -le sonríe con ojos brillantes. 

   El joven cae de rodillas frente a Eric, mirándolo con ojos húmedos de lujuria y deseo. Sus manos caen en las caderas del abogado, el cual se siente excitadísimo, sintiéndose agarrado por ese joven y atractivo carajo en tanga, cuyo tolete intenta escapar. Con un gemido de deseo, la boca de Pedro cae sobre su pantalón, atrapándole la cabeza al güevo bajo la tela. Eric casi grita, esa boca es cálida, y mordisquea y chupa sabroso, produciéndole cosquillas y placer sobre la dura barra. Esa boca lame la tela, la muerde, chupa la figura dura y palpitante. Una mancha de saliva se dibuja en la prenda de vestir. 

   Pedro se revuelve con ansiedad. Su boca atrapa ese güevo una y otra vez. Su mano lo atrapa, apretándolo fuerte. Eric siente que se muere. No puede pensar. Todo le da vueltas, está en la casa de sus padres dejando que otro carajo lo sobe. Con manos febriles, Pedro le abre la correa y el pantalón, bajándolo. El calzoncillo blanco, no tan chico, deja ver la enorme figura que levanta la tela. Esa boca cae hambrienta, mamándola y chupándola. Las manos de Pedro le atrapan las nalgas mientras su boca desesperada sigue mamándolo sobre la telita. 

   -Hummm, si chúpala. Anda. Chúpala. Cómetela. -jadea ronco Eric, mirándolo casi mareado.- Trágatela, mamagüevo… 

   -Te voy a sacar la leche, papito. -le sonríe Pedro con un aire totalmente putón, caliente. 

   Las manos de Pedro le bajan el calzoncillo y el güevote, largo, grueso, rojiblanco y erecto sale disparado, golpeándolo en el rostro. El tolete está muy rígido y caliente. Pedro jadea excitado y lo atrapa con una mano trémula, masturbándolo, sintiendo su dureza, su tamaño. Eric casi se desmaya, siete como las piernas le tiemblan. Esa mano sube y baja, cubriendo y despejando la roja cabezota. Pedro la mira fascinado. Su boca va hacia ella, saca la lengua y le da lentas y profundas lamidas, como quien saborea una chupeta. Eso provoca oleadas de placer que recorren a Eric de arriba abajo, haciéndolo jadear. 

   -Trágatela, güevón. Quiero ver como te la comes. Trágatela toda… -jadea ronco. 

   Pedro, a sus pies, arrodillado y sometido, le sonríe con placer, con deseo. Su boca se abre y rodea la roja cabeza, cubriéndola, mamándola, chupándola larga y ruidosamente. Eric grita ahogado. Lo mira como asustado, pero es deseo. Esa boca baja sobre la rígida y nervuda tranca. Mamándola centímetro a centímetro. De la boca caliente y húmeda de Pedro sólo escapan ahogados ‘hummm’ de placer. Pedro nota como ese güevo, que se traga casi todo, sintiendo como le baja por la garganta, ahogándolo, crece más y palpita con un calor horrible. Percibe como el dulce néctar del macho le baja por la lengua, haciéndolo gemir y desear más. Quiere más. Quiere que ese güevo le de gusto. Todo él responde a la rica tranca. Su cuerpo se tensa, caliente. Su güevo y su culo palpitan, mientras su boca va y viene, mamándolo con fuerza, manando saliva. 

   Eric jadea agónico, mirando a ese hombre joven que lo mama con ganas. Ve que le gusta, que le gusta mucho. Y el tolete responde. Su güevo está más caliente que nunca. Ya había sido mamado antes (chicas), pero nunca así. Lo siente como si fuera la primera vez que lo chuparan. Ver al joven subir y bajar sobre su güevo, lo excita mucho. Se miran. La mano de Eric baja y atrapa la nuca del chofer, está sudado. Le acaricia la mejilla y siente la sombra de la barba del otro. ¡Otro hombre le estaba mamando el güevo! Cerrando los ojos, Pedro sube y baja con ganas sobre el tolete. Su cuerpo va y viene. Suda a mares. El chico atrapa el tolete; lo lame con la lengua, de punta a base y nota como se estremece. El joven mira las bolas y las lame con furia. Atrapa una dentro de su boca cálida, como quien come uvas. Desde allí mira a Eric, con el otro testículo en su mejilla y el tolete cayéndole sobre el rostro. Lo atrapa y se da golpecitos con él sobre los labios y las mejillas. 

   -Tienes un güevo rico. 

   -Eres un gran maricón. 

   Nuevamente se lo mete en la boca. Cerrando los ojos, Pedro recuerda todas las veces que iba al gimnasio que estaba cerca de su casa y miraba a los físicoculturistas. Echones, tetones, culones. Todos en sus tanguitas. Cuantas veces quiso caer así, mamándolos, comiéndose sus güevos, mientras ellos lo rodeaban. Todos muy viriles y grandes, todos con sus güevos erectos frotándolos contra él. Esa fantasía hace que su boca se llene más de saliva, que rueda sobre la dura tranca. Imagina a tres, cuatro o cinco carajos, todos con las trancas duras, calientes, dándole en la cara, esperando que los mame. Los imagina a uno y otro dándose sobos de tetas o dándose latazos, todos excitados mientras él los mamaba. 

   Una mano de Eric baja por la espalda del otro. Siente la piel recia, musculosa, viril. Está sudada y caliente. Siente esa piel deliciosa al tacto, la piel ardiente de otro macho. Palpa cada músculo de esa espalda. Era un carajo, un carajo al que podía tocar, sobar, sentir… y que le estaba dando una buena mamada a su güevo. Oye como Pedro se ahoga, con la boca llena de saliva y tolete, que le baja por la ardiente garganta, mientras le hala y soba las bolas. Eric se inclina sobre él, atrapándole la nuca entre las caderas y el abdomen, le mira la espalda fascinado. 

   La mano del abogado baja por el centro de la espalda, acariciando, palpándolo. Esa mano baja más y cae sobre la tanga, sobando con fuerza, con ganas, esas nalgas cubiertas. Pedro gime, putón, sintiendo rico la caricia. La mano palpa esas firmes carnes, cálidas. Siente la depresión de la raja. La mano se mete ahí, con furia. Hunde la telita y Eric juraría que el culito se estremecía. La mano soba la raja interglútea, y hunde más y más la tela, queriendo metérsela por el culo. La mano se mete dentro de la tanga, y Eric jadea, siente que esa piel quema. La mano baja por la raja, sus dedos frotan la hendidura  lampiña. Vaya, Pedro se rasuraba el culo, piensa caliente. Sus dedos llegan al ojito del culo, lo frota debajo de la telita. El agujerito tiembla y palpita, como una virgen temerosa y deseosa del asalto del bárbaro con su manduco erecto. Eric tiene la boca seca, cuántas noches soñó con hacer esto… El dedo medio se hunde dentro del culo, con suavidad, con ganas, con deseo. El dedo entra y Pedro chilla sacándose el güevo de la boca, sus  labios, mejillas y barbilla chorrean saliva y sudor. Está excitadísimo. 

   El joven casi tiene que sostenerse de las piernas de Eric, como para no caer, mientras la mano en sus nalgas sigue agitándose, con lentitud pero con fuerza. El dedo de Eric entra hondo, palpándolo, sintiendo el culito que quema y se cierra palpitante sobre él. El dedo entra y sale, cogiéndolo. Pedro jadea y eleva el rostro. Eric se calienta más al verlo tan lujurioso, tan cachondo, tan deseoso de que otro macho le ponga preparo. El culito ahora sube y baja como buscando ese dedo. 

   -¿Quieres… cogerme? -le pregunta con un jadeo Pedro, con rostro contraído de deseo y ansiedad. Le soba el güevote.- Entiérramelo todo en el culo…

 ……

 

    Frank, en cuanto conoció a Nicolás Medina, lo odió. Cosa que no era rara, le desagradaba casi todo el mundo. La gente era tan torpe, tan poca cosa para alguien como él. Y este insignificante tipo le era impuesto por gente a la que despreciaba, semejante aval era suficiente para desear destruirlo. Pero fuera de eso, no le agradó, había algo en él que se le hizo… desagradable  

   Nicolás era un joven entrando en los veinte, no podía tener más de veintitrés, se dice Frank, quien siempre ha considerado a la gente (a los hombres, claro), menores de treinta, unos idiotas sin cerebros. Las mujeres eran otra cosa. Mientras más jóvenes, más apretados tenían el culito. El joven era alto, no tanto como él, delgado, del tipo esbelto. El cabello era castaño y parecía muy fino. Pronto sería pelón, se dijo con sombría satisfacción el abogado. Los ojos eran castaños amarillento. De rostro franco, buena gente y atractivo. 

    Pero esa boca algo torcida, y esos ojos que lo miraban en forma despectiva, lo molestaron. Frank sintió rabia dentro de sí, al parecer al señorito Medina él, Franklin Caracciolo,  no le caía bien. Y aunque Frank era un cerdo, un ser detestable y despreciable, nunca parecía entender por qué había gente a la que no le agradaba. Le pasó con Eric casi desde que se conocieron hace una pila de años. También con Sam. Sam siempre lo… despreció, se dice con rabia. Y ahora este mequetrefe lo miraba como si fuera alguien inferior. Nota que lleva un traje algo grande, como si fuera prestado. ¡Un pobre muerto de hambre!  

   -Muchas gracias por esta oportunidad, doctor Caracciolo. Haré todo lo posible para… -recita precipitadamente el joven, en forma cortés. 

   -No me vengas con tonterías. Sabes muy bien que estás aquí porque no encontraban donde ponerte y la vieja Norma quiere que te den algo. Odio a los recomendados. Generalmente no sirven para nada. -nota con placer como el joven palidecía para luego enrojecer, sorprendido ante su ataque.- Pero sí eres el pobre imbécil que sospecho que eres, nada te salvará. Saldrás de aquí como corcho de limonada.

   -Intentaré… intentaré hacerlo bien, doctor. -dice ronco, ofuscado. Un maldito, iba a trabajar para un maldito coño’e madre. Tenía que ser, dada su mala suerte, se dice el joven. 

    -Hay algo que quiero que atiendas ya por mí. En el pasillo hay una vieja que trabaja coleteando. Deja todo eso peor de lo que estaba antes de trapear. Esta mañana me ensució los zapatos con su mopa. Vieja inútil, no entiendo como la tienen aún aquí. Esos viejos siempre son un problema. Se caen, se parten un hueso y hay que cuidarlos. Y con el tiempo se toman confianzas, como si fueran que se yo… gente a la que se aprecia. -bota aire molesto.- Quiero que vayas a Personal y que me la boten. Que le inventen algo y la despidan sencillo, y que cuando se vaya le digan que es un recuerdo mío y que no me olvide. -lo dice como quien ordena una cena, ojeando unas carpetas. Nicolás se queda estático. No puede creer lo que oyó. Frank levanta la mirada.- ¿Quieres que te lo pase por escrito? -es brutal. 

   -No, señor; pero, ¿botarla por eso? Si es vieja y pasa coleto no creo que lo haga por excéntrica. Debe necesitar el trabajo y sí es mayor no le será fácil encontrar algo más y… -balbucea. Frank lo mira con la boca abierta, incrédulo. Ferozmente incrédulo. No estaba acostumbrado a que nadie intentara razonarle algo en contra de sus deseos. Le grita. 

   -¿Acaso te pedí tu opinión o tu consejo? Te dije que fueras a encargarte de que la echen. No quiero oír nada de lo que tengas que decir, imbécil. -es violentamente grosero.- Haz lo que te digo y no intentes pensar por ti mismo. 

   -Pero, doctor… -Nicolás tiembla de temor, de perder el trabajo antes de comenzar y de temor a ese carajo violento. Frank, casi sin darse cuenta de lo que hace toma un cenicero y se lo arroja, pelándolo por poco. 

   -¡Que la corran! -le grita feamente. Nicolás está en shock, no puede pensar y asiente, casi saliendo a la carrera.- Idiota… -lo llama. Confuso, Nicolás lo mira.- Recoge ese cenicero. Por Dios, ¿acaso vives en una pocilga? No me gusta el desorden. 

   Horriblemente humillado, Nicolás se agacha y lo levanta. Frank sonríe leve, le agradó ese gesto de sumisión. Otro espíritu que aplasta. Y le gustó. Ese muchachito se veía muy altanero. Y se había atrevido a refutarle algo. Poca gente se atrevía a tanto. Ya no volvería a hacerlo. Nota que el joven no lo mira mientras coloca el cenicero en su sitio, con la cara muy roja, se disculpa y sale. Frank arruga la cara; no parecía sumiso todavía.

CONTINÚA … (9)  

Julio César.

EL ENIGMA DE PARSIFAL

marzo 27, 2008

EL CODIGO DA VINCI

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   Hace tiempo, cuando hice una leve crítica a El Código da Vinci, ganándome reclamos y hasta malas caras de los conocidos, algunos me preguntaron sobre el otro libro que mencioné, EL ENIGMA DE PARSIFAL, y de sí estaba loco por comparar una novela moderna (El Código, no se confundan) con otra tan… ¿vieja? (hasta la comparación es insultante, para El Enigma). A mi entender, la cuestión no debe ser jamás planteada en semejantes términos, porque si a ver vamos, la Biblia no tendría ningún mérito, ni siquiera literario, por vieja, comparada a cualquier tontería que se escribiera hoy en día. Y sin ir tan lejos, ¿entonces los libros de Ágatha Christie de los cincuenta no sirven? No, ese no debe ser el punto. La cuestión es saber si un libro es interesante, logra despertar suspenso, curiosidad y sí es capaz de hacernos preguntar con su línea argumental: ¿será esto posible, podría suceder en tal o cual condición?  

   Los libros de Robert Ludlum, escritor norteamericano, tienen esta envidiable virtud. Sabemos que se trata de ficción, pero son emocionantes y absorbente, y uno tiene que leerlos hasta el final, siempre haciéndonos sentir la duda: ¿sería esto posible en un mundo demente? O la mayoría de sus historias al menos cumplen con este cometido, hay que aclarar. Siempre pasa que hay un libro mejor que otro, aún siendo del mismo autor.  

   El Enigma de Parsifal, desde sus primeros párrafos donde hablan de la ejecución de una mujer que grita y patalea para no morir, en la Costa Brava (que bonito suena ese nombre) en España, es emocionante. Ya ahí queda establecida la personalidad del héroe, un tipo torturado que se ha visto obligado a vivir en un mundo demente, sin las reglas y protecciones de aquellos que asisten a un trabajo todo los días, comen con amigos y tienen una o dos novias por ahí. No, su mundo es de oscuridad, uno que lo ha llevado a ese lugar, a esa playa, para atestiguar la muerte de su único gran amor, una mujer con la que soñó escapar un día de su vida de locura. El hombre es un espía del Servicio Secreto de su país. Un agente, dicho eufemísticamente. La mujer ha resultado una mentirosa, su enemiga, enemiga de ese país.  

   A medida que avanza la narración descubrimos el submundo de fingimientos, de engaños, de dobles vidas y hasta moral que lleva un grupo de personas que por desición o necesidad se ven obligados a vivir una vida clandestina, bajo las calles, el del espionaje del Oeste contra el Este. Comenzamos a leer sobre violencia e intrigas en Londres, Paris, Roma, Grecia y un oscuro pero hermoso paso entre Los Alpes Suizos, con unas detalladas descripciones que casi hacen evocar imágenes de esos lugares. Y mientras más ojeamos, más nos adentramos en una conjura dentro de la conjura, todo servido para disimular conspiraciones mayores y más terribles. Los personajes tienen pasado, una historia, no aparecen así como así de la nada, y son antecedentes terribles y llenos de dolor, de violencia, que va desde las matanzas nazis y sus campos de muerte, a los gulags donde desaparecieron tantos y tantos bajo un régimen engañosamente justo y romántico como lo parecía el soviético.  

   La trama se adentra dentro de posibilidades insólitas, como el que halla un topo comunista en el Salón Oval de la Casa Blanca; u operaciones puestas en marcha treinta años atrás cuando niños soviéticos fueron enviados a América para infiltrarla esperando el momento de atacar; o que dirigentes de carácter mundial estén irremediablemente locos y embarquen al mundo en una carrera demencial hacia una guerra nuclear. Nos enteramos de refugiados que llegan escapando de regímenes horribles, para caer en manos de tratantes de blanca y de esclavos en el propio suelo norteamericano. Leemos del nazi que toma el lugar de una de sus víctimas enviadas a los hornos, intentando escapar a la justicia, una que lo alcanza finalmente. La trama es dinámica, no decae, cada momento se hace más y más trepidante; una situación lleva a otra totalmente nueva, más grave, más peligrosa. Uno casi llega cansado al final, y aunque sus libros son gruesos, El Enigma de Parsifal tiene más de seiscientas páginas, se hacen como pocas.  

   Los protagonistas son intensos, vitales (y aparentemente indestructibles), llenos de recursos, y uno se pone de su parte de inmediato. Uno comparte la amargura y futilidad del hombre que ve que todos corren para quedar en el mismo lugar, que aquella a quien amaba era una asesina a la que debía detener, sólo para que otra ocupara ese puesto. O de la mujer a la que se le tendió una trampa para asesinarla, que escapa usando sus instintos, la dureza y violencia que tuvo que aprender en un mundo horrible donde tanques soviéticos pasaban sobre los cadáveres de jóvenes que se les oponían en la invasión de su país.  

   El Enigma en sí es tan ingenioso, tan desconcertante y grande, que uno siente ganas de exclamar mental y verbalmente: guao. Era algo tan peligroso y delirante que de suceder en la vida real, y saberse, el mundo entero tendría que detener o destruir a un país como Estados Unidos, sólo para asegurar algo de cordura. De hecho hay una parte donde explican el nombre, que Parsifal era el nombre de una opera sobre la lanza que atravesó a Cristo, aquella que podría abrir todas las venas y heridas del mundo. Robert Ludlum es amante de este tipo de género, el suspenso que podría caer dentro de lo policial o el thriller duro, pero él lo retrata y describe de una forma distinta. Parece narrar un hecho real que ocurrió pero que luego nos lo cuenta como si de una fantasía se tratara.   

   Obviamente no he leído todo lo que ha escrito, pero El Círculo Matarese (uno de los mejores) es hasta conmovedor, El Manuscrito de Challenger o El Pacto de Hockrof, son lecturas que hacen pasar un rato no sólo ameno, sino bien aprovechado. Es como vivir todas esas aventuras pero sin los riesgos. La acción, la descripción humana de los personajes, con su pasado y sus traumas, la sorpresa que nos vamos llevando página a página cuando todo parece cambiar de un momento a otro, y lo bien hilado de las tramas lo hacen altamente recomendable.   

   En última instancia, todo depende de los gustos personales, pero para mí de sus libros menos logrados están las historias de Bourne, precisamente esas de las que se hicieron recientemente dos películas, que tampoco fueron muy buenas si vamos a ser sinceros, a pesar de actuar Matt Damon en ellas, un actor a tener en cuenta y que estuvo increíblemente bien en El Talentoso Señor Ripley. Lo mismo pasó con un film más viejo, El Desafío de Matlock, el libro era más o menos, pero la película en sí fue mala. Pero bien mala. 

EL FIN DE LA ETERNIDAD 

Julio César.

SIEMPRE PASA, MUCHACHAS…

marzo 27, 2008

EL MOMENTO

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   -¿No lo has probado? ¡No sabes de nada…!  

   ¿Cuántas veces no ha ocurrido? Dos carajos, amigos de toda la vida, que se reúnen un sábado a ver una tanda de juegos de fútbol, entre gritos y discusiones tontas, dejados solos por sus mujeres que salen a hacer cualquier otra cosa a calarse esa, que al final de la tarde terminan así. Hablan de política, de accidentes… y finalizan en lo que hacen con sus mujeres, con bultos bajo los shorts que no tardan en emerger. De ahí a que se pongan inventivo uno; remolón el otro; insistente el que se agarra y agita, llamativo; dudoso el otro pero con la mirada clavada. No falta, ni falla, que el riente le tome la nuca al pana y lo hale un poco, siendo tímidamente rechazado por el otro que respira más pesadamente… hasta que con la boca echa agua baja y bebe todo lo que hay, con ruiditos, relamidas de gusto y placer, mientras el pana ríe más, dando leves saltitos de caderas, de gusto por la camarería en el sofá. Esas amistades o se arruinan, o se consolidan. Siempre pasa. Siempre el que desea ser… atendido especialmente, dirige la conversa, las tocadas e ideas hacia ese lado… al otro sólo le queda tragar saliva y todo lo demás. Tampoco es raro que uno termine usando las tanguitas de la mujer para reuniones futura de esas tardes deportivas. 

AMIGO DE LA CASA 

Julio César.

CUATRO AÑOS… TODA UNA VIDA…

marzo 19, 2008

CARTAS QUE NO LLEGAN…

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   -Ahora lo sé… 

   ¿Eres tú en verdad? ¿Estas son tus mejillas, tu nariz, tu aliento… tu boca? ¿No estaré engañándome? He soñado tanto en mis noches carentes de ilusiones, llenas de vacío y soledad con este momento que… 

   -Aquí estoy. Al fin te encontré. –susurra contra sus labios el chico moreno, mirándolo con entrega, adivinándolo.   

   -Joder, Jack… -sólo pudo jadear, entendiéndolo todo de pronto, con brutalidad, el por qué de sus desalientos, tristezas, inconformidad e infelicidad; comprendiendo al fin por qué ese día parecía más claro, el sol más brillante, y la brisa más refrescante y porqué traía olores a heno y flores que antes no había captado. Era eso lo que faltaba… ¡Jack, y su amor! Siempre había sido él, únicamente él. Y con el amor a su lado, nada más hacía falta. 

NO ME DEJES CAER…

Julio César. 

NOTA: Por cuestiones totalmente personales nos leemos hasta después del sábado de Gloria. Descansen, paséenla bien, y tengan en cuenta algo que recuerdo de cuando era muchacho, y que decían las televisoras en esa época: hoy domingo acude a tu iglesia, sólo Dios satisface… Profundo, ¿eh?

TODO ERA QUÍMICA…

marzo 16, 2008

JAKE GYLLENHAAL Y EL TAMAÑO…

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    Déjame decírtelo al oído… 

    De algo que siempre me he arrepentido, o bueno, desde finales de enero para ser más exactos, es de no haber hablado más sobre estas bellas fotografías. Realmente no sabía que había almacenado tantas. Algunas son de ellos posando, de esta hermosa pareja cinematográfica que realmente nos convenció de una historia de amor, y otras son composiciones. Sé que esta es una composición, por la unión de distintas imágenes, lo que ignoro es si la mayor corresponde a gestos reales que fueron capturados por la cámara o no.

    Entre aquellos que amamos esta cinta, se desató un furioso buscar de pruebas sobre la condición sexual del dúo, de saber si entre Jake y Heath había algo más que simplemente buena química, entre ellos y en la pantalla. Una aparición con Oprah Winfrey desató toda una ola de rumores, por la manera en que Jake lo miraba. Por supuesto que todo corresponde a lo que se desea creer (creo yo que creen falsamente). Es como cuando vemos que un amigo de aquí no se lleva bien con nuestros amigos de allá, y deseamos de todo el corazón que no sea así, que todos se lleven bien, porque así es más cómodo para nosotros: que a los que queremos se quieran. Eso pasaba con ellos; fuera de que, estoy suponiendo otra vez, Jake parecía disfrutar haciendo cosas así, creo que como travesura. 

    La ida de Heath fue tan dolorosa para tantos, por eso, porque se iba el muchacho guapo, pero también porque dejaba a Jake. Creo que muchos lo vimos, o lo vemos aún como… ¿viudo? No, sería demasiado. Lo que si les digo es que me entristeció mucho la partida del catire australiano, por él, pero también por todo lo que habría escrito, las frases y cuentos que habría inventado sobre esta fotografía y otras; donde me ‘desquitaba’ de él por no rendirle el justo homenaje en la cinta al vaquero moreno. Habrá puesto, por ejemplo: 

    -Está bien, me voy contigo, pero quiero antes una cena decente, con vino, y que tomes mi mano y hables de lo hermosos que son mis ojos… -le susurra. 

    -Hecho, pero vámonos ya… 

    Claro, ahora no puedo. Qué malo, ¿verdad? 

TAN SÓLO TRES MESES

Julio César.

LA PRÁCTICA HACE A LOS MAESTROS…

marzo 16, 2008

ACLARANDO PUNTOS

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HABLANDO DE PAJA…

Julio César.

FAVORITY

marzo 16, 2008

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   De esta me encanta la racionalidad, el chico preocupado por su hermana que quiere probar antes hasta dónde pueden llegar las vainas. 

FAVORITAS

Julio César.

ESCUELA, ¿QUÉ REALIDAD ENSEÑA?

marzo 16, 2008

EL 2000 Y LOS BUENOS DESEOS

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   Creo que esto ya lo he comentado, como sujeto que debe llevar estadísticas sobre salud, me toca enfrentar datos alarmantes, escandalosos en el hecho de que aún ocurran. En el ministerio debemos enfrentar realidades en el orden de: para combatir la inseguridad vamos a repartir estampitas religiosas para que los santos te cuiden. Las metas sanitarias del milenio no se cumplieron ni de cerca, La Carta de Ottawa nos estalló en la cara como petardo barato. Cosa que no debió sorprendernos. Pensar en resolver problemas aplicando lo mega grande, lo multitudinario, lo global, muchas veces no deja ver la raíz del problema. El dicho, imagino que chino (tienen dichos que suenan exóticos para todo), de que la espesura del bosque no deja ver el árbol, es muy cierto. ¿Cuántos comités no sabemos u oímos que se han instalado para atender este o aquel lío? A la gente le gusta eso, saber que hay una comisión que está estudiando ‘seriamente’ tal o cual problema, con el doctor Fulanito a la cabeza. Imagino que eso brinda una sensación de seguridad. Lamentablemente eso no me toca a mí, estando como estoy al lado de la gente que enmarca las políticas nacionales de salud; al final del día no puedo evitar sentir un escalofrío de miedo, mientras me digo: ay, Dios mío… 

   No sé si esto será únicamente en Venezuela, pero los inconvenientes parecen imposibles de resolver. Problemas graves de salud, desde el dengue al SIDA, pasando por el cáncer y los infartos, se unen a los causados por la pobreza extrema como la desnutrición y la reaparición de endemias erradicadas hace años en el país, se juntan todos para amargarle la vida a todo el mundo. Pero eso es sólo parte del problema, el otro es que no hay directrices claras, prácticas y realizables sobre las metas que deseamos alcanzar, ni cómo atacarlos, ni las dificultades colaterales que deseamos resolver en el camino, como la extensión de márgenes de miseria en cerros y quebradas, delincuencia, violencia. Vemos los cerros cundirse de ranchitos y no hay una política nacional para enfrentarlo como un problema de desigualdad social, pero también de salud pública y educación. Curiosamente todo va de la mano, por lo que una solución a implementar debe contenerlos a todos. Y como creo haber mencionado, y como dirían los políticos chanchulleros e inútiles: nuestros problemas son de educación. Es verdad. Por mucho dinero que se invierta creando ministerios y cargos, pagándole a muchos funcionarios, nada se resolverá mientras cada nueva generación esté surtiendo una enorme cantidad de personas con dolencias.  

   Para nadie es un secreto, tampoco, que en países como este, al menos, la educación deja bastante que desear. Hace sesenta años, cuando la gran mayoría de las poblaciones fuera de Caracas mantenían un estilo de vida rural, en las casas donde se almacenaba agua en tinajas, todo el mudo sabía que tal depósito debía estar aseado, que nadie podía meterle un posillo, y debía estar tapado con esmero. Los pisos, muchas veces de tierra, debían estar aseados, sin botaderos de basura alrededor. Ahora, cuando cualquiera ostenta un título de bachiller, es común que tengan que lanzarse campañas para que en barrios y poblados las personas que no cuentan con agua corriente, o con tanques, tapen los pipotes, ya que al dejarlos abiertos corren el riesgo de que se ensucie, los perros tomen de ellos, o los muchachos jueguen; mientras las aguas servidas y la basura corren por las calles, arrojadas, sin misterio en ello, por la misma gente que habita allí. Algo que un país rural, campesino, sabía y practicaba ahora se desconoce, y el dengue y las diarreas hacen su agosto. ¿Qué pasó? Es difícil responder en estos tiempos cuando contamos con Internet, el mapa del genoma humano y la posibilidad de clonar seres humanos, por qué la gente bota basura al lado de su casa.  

   ¿Desmejoró la educación? Los maestros, con tantos problemas ¿se desentendieron de su tarea? Algo de eso puede haber, pero creo, de corazón, que no es todo el problema. La verdad es que la escuela ya no prepara a los muchachos para el mundo que tienen que enfrentar. La educación fue superada por una realidad que es dinámica, cambiante, demandante, exigente, pero sobretodo avasalladora y muchas veces fea. La escuela ha ido perdiendo terreno, corriendo ahora para no dejarse sobrepasar por la situación, como el sujeto que alegremente se da un viaje a España, llega a la feria de Pamplona y de repente, en medio de la carrera, el ahogo y el sudor, entiende que los toros sí son reales y que vienen tras él resoplándole de rabia en el fondillo.  

   La escuela, ni la pública ni la privada, donde se esmeran más, preparan a los muchachos para lo que les viene encima, al menos de forma cabal, para enfrentar el mundo que les toca. Al menos en Venezuela. Y la realidad son las drogas; el SIDA; el alcoholismo y su vinculación con accidentes y violencia urbana y familiar; la miseria extrema; los niños de la calle; los recoge lata; los embarazos precoces; las enfermedades venéreas; el cáncer; la explotación sexual; ese estado mental llamado marginalidad que hace que alguien escupa por la ventanilla de un auto sin detenerse un segundo a pensar en que puede darle a alguien, o arrojar basura de forma maquinal; la poca preparación con la que el joven sale para enfrentar el mundo laboral; la perpetuación de modelos de conducta tipo ‘dejar hacer, dejar pasar’, caldo de cultivo para la permisividad; el poco reforzamiento de controles individuales, que terminan levantando generación tras generación que no se siente identificado con sus problemas ni es responsable de sus actos, desde ir a vivir en la cuenca de un río que a veces se desborda a traer camada tras camada de muchachos de los que no puede ni quiere preocuparse; el desprecio tácito por el trabajo constante y la admiración a la figura del ‘vivo’.  

   Son cuestiones básicas, del día a día, y en muchos colegios son tratados, pero de forma muy académica, me temo. O tal vez ese sea el modo indicado. No soy pedagogo, ni educador para discutirlo en sus términos; pero si deseamos atajar tantos problemas donde no funciona regalar dinero ni sirve usar la fuerza de las armas para corregirlo, las medidas no parecen estar dando resultados. Al menos no los esperados. De mi hermosa sobrina mayor, enviada a un buen colegio, me gusta que le enseñen inglés, danza, canto, computación y religión. Eso es bueno para ella a sus nueve añitos. Expande sus miras, sus objetivos, le hace ver que hay otros mundos, otros gustos e intereses. Eso está muy bien. Pero también quiero que sepa del SIDA, de los embarazos precoces, del papiloma humano.  

   Está pequeña, lo sé, pero un día tendrá la suficiente edad, tamaño y cuerpo para pensar en otras cosas, momento cuando sus intereses pueden variar. Y quiero que esté preparada para tomar la mejor decisión, o al menos que sepa cómo defenderse de la realidad; que jamás se vaya con el amiguito, a los trece o catorce, a un cine, o a una casa y se encierren y crean estar descubriendo el agua tibia, pensando que nada pasará, que se hará una vez y no habrá consecuencia. Que vaya sabiendo que sí las puede haber, que no vaya creyendo pendejadas. Deseo que mientras aprende a tocar la guitarra, que sepa que hay una enfermedad horrible que destruye, que acaba con la gente poco a poco, y que una de sus maneras de atacar es mediante la transmisión sexual, el llamado sexo inseguro. Aspiro que lo entienda, que esté al tanto de ello, que esté consiente que es algo real.  

   Individualmente se puede intentar atajar tantos desatinos que el simple sentido común debería decirnos cómo enfrentar, pero en su conjunto no funciona. Cada quien puede ‘educar y guiar a sus hijos’, pero ¿de qué le servirá si más allá se levanta un irresponsable que no vea nada malo en salir borracho a correr en su carro? ¿Qué le impedirá llevarse por el medio a medio mundo incluido nuestros muchachos bien criados? ¿Qué garantía tenemos que al salir no nos toparemos con el malandrito a quien nadie le dijo que consumir drogas, salir a robar o matar ‘es malo y no debe hacerlo’? A menos que se viva tras enormes muros y altas rejas, todos estamos expuestos a la ‘realidad’, por lo tanto es esa realidad la que hay que enfrentar. Mi jefa es una mujer que gana muy bien, y su familia tiene con qué desde hace mucho, pero ya la han atracado dos veces, metiéndosele en su carro, ¿de qué le sirvió toda la preparación anterior? ¿Qué se hace? ¿Contratar gorilas? ¿Carros blindados? ¿Llevar un revolver entre las piernas? ¿Irse a otra parte? ¿Y el qué no puede? ¡Yo no puedo!, cada vez que cobro debo decidir entre viajar alrededor del mundo o comprar azúcar y café. Es tan difícil decidir…  

   No es extraño la jovencita de la buena urbanización que a los quince años sale preñada, y eso de que “está enamorada”, que “lo hizo por amor”, me suena tan idiota como irresponsable. ¿Cómo alguien que no sabe cómo mantenerse sola y costearse casa, comida, transporte, puede realmente estar preparada para semejante decisión? Lo que parece, más bien, es que llegado el momento cuando la sangre hierve, la curiosidad y el cariñito del toque, los besos y caricias llegan, el momento se da, aunque después quiera dorarse la píldora con justificaciones. Sobre el sexo… ¡yo no lo condeno! Es rico, ¿qué se hace? Pero puede tener sus consecuencias, y para eso es que muchas veces no están preparados los muchachos. Pero eso no los detiene, y es algo que hay que entender. Es verdad, si un muchacho y una jovencita quieren hacerlo, porque les da la gana, porque estaban sentados en un sofá y no había nada mejor que hacer y la cosa se puso caliente, no habrá padres ni maestros suficientes para prevenirlo o evitarlo, no a toda hora. Y eso pasa incluso en personas de fuertes convicciones religiosas, que no morales, la moral y la ética no los relaciono directamente con  gente que tiene o gusta del sexo, no sé si será porque soy hombre, pero nunca me ha parecido malo o pecaminoso.  

   En fin, si no podemos andar tras los muchachos día y noche, a pesar de que sufrimos y nos damos mala vida, lo mejor es prepararlos para que entiendan en qué se meten, sin que ello sea un justificativo o un permiso para que lo hagan; pero en un país como este donde la gente es tan salida y bailada, todos sabemos cómo es la cosa. Prevención, eso es lo que debemos incentivar en sus cabecitas de muchachos, precaución y sentido común; pero no de forma aislada o individual. Si deseamos introducir cambios de conductas a un nivel primario, digamos la escuela, debe aplicarse al conjunto de la sociedad que deseamos construir,  levantar, o buscando el mundo que deseamos. Suena utópico, pero en verdad no es tan complicado, sin embargo requiere de perseverancia, de vigilancia… de gente a la que le importe. 

HACER UN HOMERO SIMPSON 

Julio César.

ALGO POR ALGO…

marzo 16, 2008

¿EN QUÉ PIENSAS?

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   -No se moleste conmigo, patrón, estoy para servirlo… 

   Aquel maldito carajo ya me tenía molesto. Debí escuchar cuando me advirtieron que no hiciera negocios con los vecinos, porque te quedaban mal y luego tenias que calártelos; pero aquel taxista tenía algo… en su momento no supe explicar, que me cayó muy bien. Tal vez era el shortcito y la camisetica que traía el día que me pidió terminar de enyesar el techo del garaje. ¡Pero ya llevaba dos semanas en esa vaina! Así que decidí correrlo. Llego y no lo veo en su puesto, vaya cabrón, pero cuando entró lo encuentro sobre mi cama, todo tiernito, medio meciendo su cuerpo de bebezote adorable. 

   -Lo siento, vecino, no he terminado y sé que anda molesto, pero es día de paga y yo… creo que debo pagarle tantas molestias. –y mirándome sonrió, abriendo juguetonamente sus piernas; ya andaba yo perdido. 

   -Lo entiendo, vecino. Sé que ser esmera. Creo que el cemento y el yeso no son para usted, ¿verdad? Tiene la piel algo reseca, déjeme aplicarle este aceitito… -y con el pote en la mano fui hacia él, que sonreía más. Qué tipo tan agradable, ¿no lo creen? Por cierto, lo bañé todo y abundantemente con mi… aceitito. Y le encantó. 

AYUDA CAMPIRANA

 

Julio César.

ENNIS DEL MAR ESCAPA…

marzo 8, 2008

CARTAS QUE NO LLEGAN…

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   Escapa de su necesidad de regresar…   

   Monta y se aleja sin volver la vista, no quiere leer lo que hay en esa mirada que lo sigue deseando mostrar su alma. Huye ahora al galope. Desea distanciarse de sí mismo, de lo que siente, de lo que quiere. Escapa de lo mucho que quiso tocarlo la noche anterior, de recorrer con sus manos cada centímetro de su cuerpo de muchacho hermoso. Huye de la forma en la que lo tocó, como jamás había tocado a otra persona. Escapa de la manera en la que tomó de él, sumergiéndose en su piel, clavando sus dedos, mirándose en sus ojos brillantes, atadas las manos a las suyas mientras cabalgaba con fuerza a otras cumbres, a otros cielos, sintiéndose extrañamente sereno en ese momento, pero también vivo, poderoso, completo. Quiere alejarse del recuerdo de esos labios rojizos que rozaban los suyos con timidez, como no atreviéndose pero necesitados de ellos, que acariciaban suavemente su piel, que callaban pero parecían gritar su nombre una y mil veces, con urgencia, con entrega, con felicidad. Escapa de su angustia ante lo hecho dentro de esa tienda, pero también de su miedo a no poder distanciarse, de los estremecimientos que recorren su cuerpo, de sus carnes que insisten en gritar que no fue malo o asqueroso, que regrese, que tome más del otro quien lo espera para brindarle su cariño. Quiere huir, bajar de la montaña y desaparecer. Pobre iluso, no entiende que del amor no podrá escapar jamás… aunque fuera tan insensato como para intentarlo. 

CUATRO AÑOS… TODA UNA VIDA…

Julio César.