Archive for 29 abril 2008

DURANTE EL RECREO

abril 29, 2008

EL SECRETO DE MI ÉXITO…

UN TRABAJO DESEADO… 

 

Julio César.

 

NOTA: Lo siento, no noté el detalle del color del texto hasta que terminé… y no iba a repetirlo.

TAN SÓLO TRES MESES

abril 27, 2008

JAKE GYLLENHAAL Y EL TAMAÑO…

   A veces te extraño tanto que no puedo soportarlo.

 

UNICAMENTE UN JUEGO

 

Julio César.

EL ASCENSOR

abril 27, 2008

DESCONFÍA DE LA AYUDA EN LA AUTOPISTA

   Haré lo que diga, señor…

 

   Coño, voy llegando tarde otra vez. La recepción de la firma está vacía, todo el mundo está en su cubículo trabajando, como abeja en panal, cada quien en su mundo. Es frustrante sentirse así. Me miro de pasada al espejo de puerta entera y me agrada lo que veo, un tipo joven, fornido, no muy alto pero atlético, de rostro cuadrado, cabello negro algo alzado en cepillo y una sombra perenne de barba en mi mentón cuadrado. El traje, azul oscuro, me sienta bien. Me veo poderoso y próspero. Voy ascendiendo dentro de la firma, aunque el jefe es un coño’e madre que me la tiene dedicada. Pero guardo silencio, ese cuarentón alto, fibroso, de rostro duro y hosco, de cabello ralo y mirada penetrante y dura, con algo de canas en su mentón que aunque limpio en la mañana ya muestra cañones en la tarde, era tan peligroso como enemigo, como lo parecía.

 

   Iba retrazado, seguro me formaba un peo, pienso inquieto, pero no tanto, llegar tarde era casi una cuestión cultural en Venezuela. Oprimo el botón del último de los ascensores, ya que todos los otros andan como por el piso veinte, cuando noto la señal de dañado, maldita sea, siempre era igual. Pero, para mi sorpresa, las puertas se abren, y lo que encuentro casi me mata de la impresión. Allí estaba el señor Morean, mi jefe, con su serio traje oscuro, camisa azul y corbata vino tinto, masculino y viril, de pie, con el pantalón abierto y un increíblemente largo y grueso güevo rojizo emergiendo, poco, ya que la boca de Jonás, el chico del ascensor se lo tragaba con gemidos de hambre y gusto, como si nunca en su vida hubiera probado una vaina tan sabrosa. El güevo brillaba de saliva y mamadas cuando esos labios rojos lo tragaban y soltaban, apretándolo, logrando que Morean bufara por lo bajo, medio inclinado sobre el muchacho catirito que está de rodillas, acariciándole las nalgas metiendo su manota bajo una telita mínima, amarilla intensa, barata como sintética, y putona que usa como calzoncillo. Impresionado miré como esa mano tocaba, ávida, avarienta, y como parecía que uno de los dedos frotaba y se metía dentro del culito aun cubierto.

 

   -¡Jefe…! -grazné.- ¿Qué haces? –demandé saber lo que ya sabía, sintiendo como mi corazón latía más de prisa, ¡y como mi güevo endurecía por segundos! Vaina que jamás me esperé.

 

   -Jonás deseaba un aumento y lo estamos discutiendo, Gutiérrez, y  debo decir que sabe usar buenos argumentos. –sonrió, sin ninguna pena o incomodidad ese tipo tan… macho, mientras la boca tragaba con gemidos su güevo y su mano tocaba con más descaro esas nalgas y ese culito.- Aún estoy considerando su grado de compromiso para con la firma… debo saber qué es capaz de hacer por nosotros. Acérquese, Gutiérrez, y saque ese güevo que ya lo tiene mojándole el pantalón. –ordenó, como siempre hace, altanero.

 

   Ese maldito maricón ¡qué se creía!, pensé molesto, agitado… mientras bajaba mi cierre y abría los botones de pantalón, ¡acercándome a ellos! Al librar mi verga, dejándola bamboleándose en el aire, casi tan larga y gruesa como la del jefe, boté aire, feliz, excitado al límite.

 

   Algo vanidoso acepté la mirada de aprobación del jefe sobre mi dura barra, mientras la tomaba masajeándola duro, era extraño y rico sentirla apretada así, por la mano de otro tipo, alguien fuerte y viril. Tomándole la nuca a Jonás, el jefe libró su tranca, que parecía una lanza, babeado saliva y jugos, y lo obligó a tragarse la mía. Grité contenido cuando ese carajito bonito abrió su boca golosa y lo tragó, apretándolo, lamiendo y chupándolo con su cálida cavidad. Era una mamada increíble, y con ojos nublados miré al jefe que se abría la camisa, mostrando su tórax fornido, de grandes pectorales cubiertos de pelos ralos, muy bronceado, casi oscuro. Hice lo mismo, y cuando pellizcó mis tetillas, grité otra vez, mientras mi barra estaba en lo más hondo de la garganta del chico del ascensor, que mamando parecía bueno. Yo estaba totalmente loco, fuera de mí, sintiendo mis pezones apretados y mi güevo comido como nunca, soltando ya juguitos de macho.

 

   Obligado a salir del pantalón y la tanguita amarilla, Jonás quedó desnudo a excepción de los zapatos negros brillantes y la casaca roja, así como el tonto gorrito que lo obligaban a llevar.  Teniéndolo en cuatro patas, con nuestros trajes puestos pero las camisas abiertas, le cogí duro esa boca mientras el jefe le enterraba el cobrizo güevo, grueso, como mucho para ese botoncito redondo y liso que había resultado el culito del muchacho, macheteándolo duro. Lo enculaba fuerte, embistiéndolo con tal poder que lo estremecía, haciéndolo gemir de puro placer. Su boca resollaba sobre mi tranca, antes de apretar, mamar y tragarlo todo. Era excitante ver a ese tipote atraparle las redondas nalgas, clavando esos dedos fuertes, embistiéndole el chiquito con su porra enorme, clavándolo todo, hasta los pelos crespos de su pubis.

 

   La locura se desató dentro de ese ascensor, y a pesar del aire frío del acondicionador del clima, sudo un poco con la espalda apoyada contra las puertas cerradas del ascensor, chocando mis piernas con las del jefe, que está frente a mí, y entre los dos, gritando como una puta loca, sin reparos, apoyándose en nuestros muslos donde caía quedando sentado y por mis manos bajo sus rodillas, el catirito Jonás sube y baja sobre nuestros dos güevos tiesos, gruesos y enormes que queman como el infierno. Lo cogíamos a dúo, y el muchacho luego de adaptarse, parecía estarlo gozando increíblemente, pues gemía, sudaba y babeaba abrazado a mi cuello, pegándose de mí, aullando que se moría, que qué vaina tan rica, que no aguantaba más. Su güevo chocaba de mi panza, su tórax contra el mío era rico, y el jefe estaba allí, pegado a su espalda. Los dos de saco, con el chico desnudo a excepción de zapatos, gorra y casaca, que subía y bajaba más, totalmente fuera de sí, transportado a otro mundo de sensaciones y placer cuando su dilatado, y vicioso culito, subía y bajaba apretando nuestros güevos; mientras nosotros agitábamos como podíamos nuestros muslos, cogiéndolo también, para mí era raro y rico sentir ese culo chupando, pero también la barra tiesa del jefe contra el mío. Fue cuando el jefe me miró directo a los ojos.

 

   -Gutiérrez, ¿usted no quería un aumento? Venga esta tarde, al final del día, a mi oficina… y depíleselo antes. –ordenó.

 

   -Si, señor Morean… -gemí casi al borde del desmayo.

 

   -¿Qué haces, Germán…? -me vuelve a la realidad la voz de Sonia, mi mujer, quien me mira en la entrada del cuarto.- Tienes ese bicho como pata de perro envenenado.

 

   -Te esperaba, mi amor. –mentí, teniendo la delicadeza de enrojecer de vergüenza al verme pillado soñando despierto con las ganas que tenía de que el jefe me atendiera…

 

VACACIONES EN LA NADA

 

Julio César.

 

NOTA: Pequeña historia de mi otro blog.

LA LARGA NOCHE

abril 27, 2008

 …ESCRIBIR

   Los conocidos se han extrañado que no halla contado a mi manera (suena a prejuiciado, ¿verdad? ¡Qué calumnia!) lo ocurrido en el país el pasado diciembre cuando el Gobierno intentó una reforma de la constitución que era de facto cambiarla por otra, una donde se legalizaba una dictadura, y entregaba poderes plenipotenciarios al Ejecutivo, es decir, a Hugo Chávez. Aquí reproduzco lo que recuerdo, fue un día agotador, muchas cosas se olvidan, otras se rememoran con cierta visión, en fin, y aunque no les interese, aquí lo dejo.

 

   En la Biblia cuentan de un día cuando el ejército israelita libraba una gran batalla y el caudillo militar, creo que Josué, notó angustiado que la tarde iba cayendo y que al amparo de la noche el enemigo escaparía y se reorganizara. Para impedirlo, Dios hizo detener el Sol y la Tierra en su marcha alargando el día. No entraré en detalles sobre sí Dios pudo o no hacer tal cosa, pero las simbología para mí es lo importante. Hay días que exceden, aparentemente, el largo de veinticuatro horas. O será que la implacable ley de la relatividad nos atrapa a todos. Una hora bebiendo caña y hablando paja con gente a la que se quiere, parecen segundos; y una espera en un pasillo médico, expectante por el final de una intervención quirúrgica parecen días.

 

   La República de Venezuela vivió uno de esos días el pasado domingo 2 de diciembre del año pasado. El jornada comenzó horriblemente temprano cuando me arrancaron de un sueño no muy profundo fanfarrias y cornetas del tipo que se oye en los cuarteles, del Comando Zamora llamando a sus partidarios a despertar e ir a tomar los centros de votación para ser todos primeros en las filas, maniobra destinada a llenar todo hueco que quedaran vacante en la conformación de las mesas electorales y copar el cupo de testigos independientes. Por alguna razón (lo atribuyo a simple maldad) el dichoso camión con la fanfarria se estacionó cerca de mi edificio y sonó y sonó de forma continua y horrible. Creo que se había accidentado o algo así. Mucha gente, entre ellos yo, les gritamos los que podían hacer con su camión y un pote de mantequilla, somos gente exquisita.

 

   A las siete de la mañana me dirigí a mi centro de votación para luego recorrer todos los de la zona y verificar que las mesas se hubieran instalados. No lo habían hecho y ya había gente esperando en las colas. Pero no eran muchos. Del primer café que llevamos a nuestros testigos, supimos que la gente no estaba acudiendo, que algunos centros marchaban rapidito después del atasco inicial cuando ya había más de cuarenta personas en fila esperando la apertura. Eso me asustó, coño, ¿dónde estaban todos? Siguiendo las cosas por la radio, escuché a la profesora Marta Colomina con una queja parecía, que ella se angustió al ir a votar tempranito, y ver muy poca de la gente que ella estaba acostumbrada a ver allí. ¿Acaso no entendían qué nos jugábamos ese día?

 

   De regreso en el ‘comando’, desde las diez de la mañana nos comunicamos con los distintos grupos. Me dieron una lista (en este país todos estamos en una lista), y me tocó llamar a gente que se sabía estaba en contra del Presidente, los del llamado antichavismo medio o suave. La operación era siempre igual: hola, soy fulano, llamo de tal sitio, por esto y esto, ¿ya votó? Y comenzaba el escarceo entre quienes no veían ya salida por la vía electoral, desencantados de tantos desengaños; los abstencionistas grupo al que pertenezco de corazón aunque deba salir a votar; y los que se habían sido convenciendo de que lo mejor era dejar a Chávez en paz o haría las cosas peores (el avestruz y la arena). Me gustaría pensar que convencí a algunos, pero Dios, qué amarga es la impotencia cuando intentas explicar la gravedad o transcendencia de algo.

 

   Los nervios no me dejaban comer, tan sólo tomar café y aspirinas. Salí a visitar a los conocidos cuando me sustituyeron al teléfono, y les formé peos a los que yo sabía que eran antis, que odiaban lisamente a Chávez, o los que temían por el futuro de su gente, pero seguían en sus casas. Azucé a muchos a que fueron a votar, creo que regañadientes y hasta molestos conmigo. Un cuñado que amaneció enratonado de tanto tomar el día anterior, no fue, y discutí con él, diciéndole que esperaba nunca más oírlo hablar paja del Gobierno. A lo que respondió que Chávez no llegó gracias a él, que él votó la primera vez por Irene. Con eso me dejó sin argumentos, un día les hablare de mi mea culpa. Aunque, en mi favor, también yo caí en la trampa que adecos y copeyanos montaron y ejecutaron cuando pactaron su supervivencia con Chávez y sacrificaron a sus candidatos. Pero eso lo dejaré para otro día.

 

   Mis hermanos, amigos y conocidos me enviaban mil y un mensajitos de texto por celular, todos en sus colas diciendo que marchaba rápido. Ellos cumplían. En las colas vi a gente que yo sabía chavista, como a la señora Ángela, bedel de la oficina donde laboro, y al verme vinieron esos saludos de gente que no tienen igual rango de trabajo, pero que en Venezuela no impide que uno hable y se cuente sus cosas. Bajito ella me dijo algo que me dejó pensativo y hasta esperanzado: que iba a votar por el NO, porque aunque amaba a Chávez, no era bueno darle más poder, que ya tenía bastante. Así, con una simpleza y una claridad que gente más preparada, estudiada y con más que perder si la cubanización llegaba, no veían o no querían enfrentar. Sin embargo no había suficientes personas movilizadas, ¿qué pasaba Dios mío?

 

   Ya para la una de la tarde comenzó a hacerse evidente cierta tendencia. Una hermana que vive en La Silsa, zona populosa y chavista, mientras esperaba su turno para votar, allí donde todos la saben antichavista, escuchó a dos coordinadores de centros, vestidos ilegalmente con las franelas rojas, cuando uno, muy preocupado le decía al otro: chamo, está ganando el NO. Inmediatamente ella trasmitió la información que otros se encargaron de regar, corrió la noticia de que en Miranda, la gran Caracas y Carabobo, la cosa parecía, increíblemente, favorable a nuestra causa, aún en regiones muy afectas al presidente, como las cercanas poblaciones de Guarenas, Guatire, Araira y la zona de Barlovento. Pero ni así la cosa era tranquilizante, ¿dónde estaba la gente de la oposición? Por experiencias pasadas sabíamos que el Gobierno en los últimos momentos acarrearía gente en la llamada Operación Galope, cuando los autobuses gobierneros irían a las parroquias a llevar gente casi a rastras a votar.

 

   La estrategia se hizo visible pasada las dos y medias de la tarde: los estudiantes, en sus diferentes centros se habían puesto de acuerdo para asistir todos en cambote a las mismas horas, votar y quedarse en el mismo para copar el espacio y presenciar los escrutinios, ya que para endulzar a la gente para que fueran a sufragar, el Consejo Nacional Electoral había prometido que se contaría manualmente el 54% de todas las papeletas electorales depositadas (en el referéndum presidencial se contó el 1%, y al Centro Carter y a la OEA le pareció mucho). La mayoría de las mesas contó con esa fiscalización, fuera de la actuación más respetuosa del Plan República en manos de los militares, atribuido al pronunciamiento que días antes había hecho el ex ministro de la defensa, y ex compañero del alma del presidente Chávez, el general Raúl Isaías Baduel, recordándole a sus hermanos de armas cuál era su deber y el peligro de incumplirlo.

 

   Todo el mundo estaba en ascuas; en los grandes centros, Caracas, Valencia, la misma Maracay, por no hablar de Maracaibo y las pequeñas ciudades mirandinas, se corría ya el rumor del triunfo del NO, pero una cosa era tener esos exit pool, pocos fiables ya que un país que vio como un grupo de venezolanos fueron perseguidos, acosados y destruidos por firmar pidiendo un referéndum, la tristemente celebre Lista Tascón (estoy en esa), no iban a responder realmente por cuál opción se decidieron. Dentro de los Comandos la gente andaba como autómatas, esperanzados; nos decíamos unos a otros que sí, que habíamos ganado, que la reforma sería parada. Luego comenzaron a llegar otros rumores: que se estaba concentrado un gentío a las puertas de Miraflores y ya estaban tomando caña y festejando, que se levantaba una tarima con un muñeco inflable gigante del Presidente desde donde este anunciaría el triunfo del SI, flanqueado por los militares. Dentro de la dirigencia se inició un forcejeo, la gente del Comando de la Resistencia, con Antonio Ledesma, Oscar Pérez y Andrés Velásquez a la cabeza, eran partidarios de romper el pacto de silencio y anunciar las cifras, ya que agencias tarifadas, como REUTER, hacía rato que había violado dicha confidencialidad exponiendo cifras interesadas.

 

   Para las seis y media de la tarde todo era nervios, y fue cuando el líder estudiantil, Yon Goicoechea, casi se mete en un problemón; este muchacho enorme, de rostro redondo de luna y sonrisa extraña por un problema dental, llamaba a los jóvenes a permanecer alerta, que pronto se darían los resultados y felicitaba a todos por la tarea realizada, que todos habían cumplido. ¡Prácticamente anunciaba el triunfo del NO!, cosa que aún o se podía hacer legalmente; cosa que fue duramente atacada por la gente del régimen, con Jorge Rodríguez, el desequilibrado y delirante general de la derrota, a la cabeza. Pero las horas pasaban, los rumores hablaban de reuniones en Miraflores y en Fuerte Tiuna, de llamadas a la presidenta del CNE, Tibisay Lucena de parte de la vicepresidencia para que se invirtieran cifras, que los militares habían sido informados de que no se aceptarían esos resultados y que había comenzado un enfrentamiento feo entre civiles y militares que deseaban se respetaran los comicios.

 

   El retardo inexplicable e inexcusable para dar los resultados cuatro horas después de finalizados los comicios, con un sistema automatizado que se nos vendió como seguro, fiable, y rápido (fuera de caro, ahora hay más ricos), estaba asustando a todo el mundo. La gente del Comando de la Resistencia llegó al CNE y se quedaron allí, sin importar las malas caras y los chillidos de los seguidores del régimen; cuando intentaron desalojarlos se resistieron con entereza, Andrés Velásquez, chiquito de estatura se enfrentaba con energía a un gorila que lo empujaba. Ismael García, líder del grupo PODEMOS, ese hombre detestable pero valiente, qué dudas caben, se presentó también, a fiscalizar, a prestar más ojos atentos en la defensa del NO, haciendo un llamado a la calma pero a permanece alertas, exigiendo que se dieran los resultados que manejaban todos.

 

   Llegaron las ocho de la noche, las nueve, las once; se decía que el Alto Mando había sido llamado nuevamente por el Presidente, fue cuando Raúl Isaías Baduel hizo una nueva aparición pública, recordándole a los uniformados cuál era su deber: acatar la voluntad de las mayorías. Poco después se dijo que el general que coordinaba el plan republica, González Gonzáles, había puesto su cargo a la orden, y que gente relacionada con Baduel dentro del mundo militar dejaron saber claramente que no se anotaban en un golpe contra la voluntad expresada. Se habló de una discusión a gritos, con insultos y groserías incluidas, entre Jorge Rodríguez y Tibisay Lucena, quien hasta lloró, apoyada por Sandra Oblitas, otra rectora del CNE, a quien llamó como testigo y tal vez como apoyo moral para enfrentar al cínico ex vice presidente. A la mujer se le exigía dar ciertos resultados, y por alguna razón, tal vez temor ante lo que pudiera suceder si se violaba el resultado (no todos pueden aceptar que corra sangre sin sentirse moralmente responsable) ésta se negó. Era lo que corría de boca en boca y a través de las mensajerías de textos de los celulares.

 

   Para el momento cuando un enérgico Antonio Ledesma hizo su aparición por televisión, exigiendo que se dieran ya los resultados, un sonoro cacerolazo se hacía oír de Este a Oeste en toda Caracas, la gente estaba arrecha, el día había sido largo, la tensión grande, se quería descansar ya, pero no se podía. No había resultados y uno no podía ni considerar el cerrar los ojos y dormir sin saber. Para las doce de la noche, nuevos y feroces comentarios comenzaron a circular, que sí Lina Ron, líder popular chavista, estaba llamando a gritos a su gente para ir hasta la plaza Altamira para desbaratar una concentración opositora allí, pero que nadie le hizo caso. Luego el rumor más sorprendente e inquietante de todos: estaban desmontando la tarima frente a Miraflores. Ese era el grito del triunfo del NO, pero ni así podíamos estar tranquilos, esta gente había demostrado en el pasado tal desprecio por la voluntad popular, apadrinados por el Centro Carter y la OEA, que nadie quería hacerse ilusiones. Y mientras llegaba la una de la madrugada el temor, la depresión y el desencanto comenzó a aflorar: no se daban los resultados porque se estaban maquillando las cifras, no reconocerían el triunfo que se sabía desde tempranas horas de la noche. Y nuevamente el cruce de mensajes de textos comenzó, llamando a los distintos grupos a esperar la señal para salir a la calle. Se esperaba sólo una chispa, y con cierto fatalismo se habló de que no podían matarnos a todos, que en algún momento se detendrían y el Gobierno entraría en crisis.

 

   Pasadas la una de la madrugada, Tibisay Lucena, presidenta del CNE, hizo su aparición acompañada del resto de los rectores. Comenzó a leer los formulismos, lentamente, de forma desesperante, con voz tartajeante. En el Comando todo eran nervios, había un silencio de angustia, de esperanzas y de temor. Habían hombres y mujeres, muchachos y no tan muchachos, que miraban como hipnotizados la pantalla, con ojos intensos, deseando, esperando, tal vez rezando, parecían tener esperanzas, aún con los ojos aguados mientras oraban por lo bajo. Otros caminábamos de aquí para allá. Yo, lo confieso, me preparaba para lo peor, para otra bofetada, otra burla. Tibisay seguía, nadie la escuchaba en realidad, a mí, el corazón, mi corazón, no me dejaba oír nada. Comenzaron las cifras: “la opción del NO”, y dijo números que no escuché, “para un total…”. Y allí hubo como un gemido contenido, yo no quería oír, diría que habíamos perdido. Pero terminó: “del cincuenta coma…”. No había terminado de expresarla y  ya gritábamos, saltábamos, la gente se abrazaba, reían, otros lloraban. Yo todavía no podía creerlo, no sé como el corazón no se me detuvo (se me acusó, desde mucho antes, de ser hombre de poca fe).

 

   Pero había felicidad, más que eso, alivio. Ese mamotreto de reforma constitucional, que era el cambio por otra, una donde se legalizaban abusos y desplantes, desmanes, arbitrariedades, dejando la puerta franca para confiscaciones, adoctrinamientos y persecuciones, había sido derrotada. El trabajo estaba hecho, la gente había cumplido. Es difícil olvidar la intensidad del llanto de tantos, creo que en el fondo eran personas como yo, que aunque abrigaban esperanzas, y rogaban a Dios, aún sentían miedo, dudas, no del triunfo del NO, sino de que no fuera reconocido. Lo demás fueron las boberías de Hugo Chávez reconociendo su derrota, una ‘pírrica’ derrota que él no habría aceptado, olvidando convenientemente que su Asamblea Nacional había sido electa con el doce por ciento de todos los votantes inscritos y con un tres por ciento de votos nulos. Eso no lo recordó en ese momento ni los adulantes de turno. Luego vino la farsa de las felicitaciones al Presidente de gobiernos extranjeros por aceptar la derrota. Cuánta hipocresía y complicidad criminal de estos gobiernos, ¿acaso no era su deber acatar lo que dijeran las urnas? ¿O pensaban en verdad que estamos en manos de un mandamás que reina y decide por todos y hay que agradecerle portarse bien una vez?

 

   En verdad estaban aliviados de que Chávez aceptara su derrota y que no la desconociera y sacara luego el ejército a las calles a cargar contra los manifestantes, porque eso habría sido feo, pero nada habrían dicho o hecho tampoco. Es fácil hablar cuando no hay consecuencias. Yo, como el gobierno español, no habría desperdiciado la oportunidad de quedarme callado. Felicitar al Gobierno, por aceptar un resultado real, es como imaginar que pudo no hacerlo, entonces ¿de qué clase de gobierno hablamos? La tercera imbecilidad que se dijo fue que se había demostrado confianza en el CNE y la independencia de poderes, como si el mismo Chávez no hubiera dicho de su propia boca (no que los venezolanos eran una mierda, eso vendría después), que él había ordenado al CNE no dar ningún resultado hasta que él tuviera todos los cómputos. Él no quería que se conocieran y el resto de Venezuela tuvo que calársela pero aún así, hay independencia. Esa noche se ganó bastante, más de lo que muchos imaginan, pero todavía falta.

 

   Hoy el régimen no cuenta con la desidia complicidad del gobierno español en sus delitos, ni con el silencio cómplice y alcahueta del régimen en Colombia, quienes no desearon ver que de este lado el chacal estaba enloquecido de rabia y podía saltar la verja hacia su patio. Hoy, Venezuela está más sola, pero es mejor así para su lucha a tener que enfrentar a tantos gobiernos extranjeros que no hacen más que apadrinar regimenes criminales, como muchos hacen desde hace más de cuarenta años con el de Fidel Castro en la sufrida isla de Cuba. Pero en fin, esa noche celebramos, hubo que hacerlo aunque ya voces agoreras, como Baduel, la Colomina y Rafael poleo alertaban que sin importar lo que expresara la gente, el régimen intentaría introducir los cambios constitucionales, así actúan estas satrapías. Y así está ocurriendo; y desconcierta ver que Bolivia, Ecuador y Argentina van por el mismo camino.

 

SENTIMIENTOS FAMILIARES

 

Julio César.

FAVORITAS

abril 27, 2008

FAVORITY

   Me encanta porque parecen muchachotes vigorosos y sanotes que gozan lo que hacen. Retratan bien.

 

FAVORITYS

 

Julio César.

ÉL ENTENDÍA A LOS JÓVENES

abril 27, 2008

NADA MEJOR…

   Un carajo acostumbrado a que cada rato le pase eso…

 

   Rigoberto, distanciándose de la mujer y los hijos, fue a tomar algo de sol alejado de la orilla de la playa. Le encanta sentir el sol de Barlovento sobre su cuerpo, pero también la leve presión de su hilo dental contra el bulto y la raja, era tan suavecita… la tela y la raja. Medio adormilado repara en que unos muchachos, con pintas de liceístas, llevan como media hora viéndolo, babeando todos, y seguro les babeaba también más abajo. ¡Coño!, piensa.

 

   -Está bien muchachos. –dice llamándolos, alzando las piernas, con el hilo bien metido en la raja y tocándose el bulto.- Vengan y usen esas lenguas por todas partes… Les doy media hora.

 

   Le cayeron como zamuros y cada boca quería lo suyo…

 

   -Hummm… -que rico era bajar a la playa, piensa con una de esas lenguas metiéndosele hondo en… la tirita metida, aunque apartada ahora.

 

…EN EL EXTRANJERO    

 

Julio César.

ESA PISCINA…

abril 25, 2008

EL REGALO

   -Ufff… -si soplo le tiembla el ojito…

 

   -Toma, toma, puta cabrona… -graznó Sebastián mientras azotaba esas nalgotas firmes, haciendo gemir de gusto al catire, ahogadamente porque su boca estaba muy ocupada con el grueso y tieso güevo de Ricardito.

 

   -Mira como mama… -jadeaba uno de los asistentes, congelado en el agua a pesar del increíble calor, mirando la boca roja subiendo, dejándolo ver brillante de saliva, y bajando sobre el rojizo tolete que era amasado por esas mejillas.

 

   -Dale, Sebastián. Dale nalgadas, enséñale a esa perra que eres un hombre… -invitaba uno, riendo, excitadísimo

 

   -Métele un dedo… ábrele ese culito con tus dedos. Cógelo con tres…

 

  Sebastián estaba como hipnotizados, esas nalgas calientes lo tenían mareado, y abriéndolas, miraba el rojizo botón, chico, cerrado… invitador. Su pulgar va hacia él, apoyando la yema, quemándose. Y el catire gimió cerrando los ojos saboreando el güevo que le llegaba a la garganta, tenía tanto tiempo deseado eso, saborear la  porra de un buen macho caliente, y aquella era inmensa. Le costaba tragarla, pero lo hacía, sus labios delgados bajaban y subían mientras lamía, mamaba y halaba. Si, lo que las mujeres temieron desde que los maridos comenzaron a festejar los sábados en la tarde después de sus juegos de fútbol y béisbol, tomando caña, había pasado: relajo. Ninguna deseba mirar para allá, lo que era mejor.

 

   El dedo de Sebastián frota ese culito, empuja sin meterse, lo mueve circularmente, masajeando la entrada, y el catire parecía enloquecer, subiendo y bajando sus nalgas. Incapaz de soportar más, Sebastián bajó el rostro y sopló un poco, viéndolo titilar, deseoso. Y su lengua caliente cayó sobre él, electrizando a todos que se quedaron con la boca abierta. Eso era más sorprendente que ver a Ricardito, sentado en la orilla de la piscina con su calzoncillo tanguita jugar con la cara del catire, halándolo hacia su barra gruesa hasta que esta emergió y con un jadeo de gusto increíble, de quien mucho lo quería, la bonita cara del catire se enterró allí, mamando. Pero esto… ver esa lengua azotar el ojete, lamerlo, chuparlo, ver como Sebastián iba excitándose más y más, atrapándole las nalgas, enterrando el rostro entre ellas, soltando su aliento en la raja, mamando sin reparos, deseando meterle esa lengua bien hondo, los enloqueció a todos.

 

   Mientras el catire saboreaba el cálido y tembloroso güevo que se deslizaba sobre su lengua ávida y golosa que recogía con gemidos ahogados de gusto las gotas acres que deja caer, la lengua de Sebastián bucea dentro de él, excitado como nunca, sintiendo al otro temblar, agitarse, contraer el esfínter y… aguarse todo. Ese culo se abría y cerraba, y su güevo le ardía también. Con un jadeo abandona el rico orificio y se endereza, y la gente queda shock. Su glande, liso y amoratado, se enfila hacia el ojete, se frota, y todos gritan. El catire quiere decir algo verlo, tal vez negarse, pero la manota de Ricardito le atrapa la nuca y lo obliga a seguir tomando de su bebieron que pronto lo dejaría ahíto de leche caliente y espesa. El glande se frota, empuja, hay resistencia, pero un empellón leve lo hunde. Y los tres gritan, como conectados (y lo estaban), y sus mentes quedan en blanco, no piensan. Solo sienten. Y lo que siente es bien rico…

 

SENTIMIENTOS

 

Julio César.

ATRACO EN EL ÁVILA

abril 23, 2008

EL SECRETO DE MI ÉXITO…

DURANTE EL RECREO 

 

Julio César.

FUERON DE VISITA A LA MONTAÑA

abril 18, 2008

 

CARTAS QUE NO LLEGAN… 

 

   Este relato es una nueva versión de una historia corta, muy corta pero buena de verdad (no sé como lo hace), leída al PUTOJACKTWIST. No me canso de releerlas, sobretodo cuando se pasa por momentos pocos halagüeños como nos ocurre actualmente en mi país. Que me disculpe el putojacktwist, pero aquí va la historia.

 

   PROYECTO BROKEBACK MOUNTAIN

   Cada noche deseaban volver a ellos…

 

   Esa tarde, casi de noche ya, Alicia se sintió obstinada. No cansada, simplemente sin ganas de seguir oyendo a los niños discutiendo ásperamente por cada franela limpia o cada pedazo de torta, indiferentes a sus llamados de paz, de calma. Ni ellos ni su marido parecen entender que necesita escuchar algo de silencio. No puede mirar la cesta llena de ropa lavada, con camisas que esperaban se planchadas. No está contenta; le gusta su vida, pero a veces, en un raro momento de quietud entre dos tareas, recuerda que quiso visitar la India cuando era muchacha, cuando pensó que tenía todo el tiempo del mundo para hacer cosas increíbles. Y ahora le había dado por evocar con extraña insistencia al muchacho de su clases en bachillerato, el ‘loco’ de ojos brillantes de sueños maravillosos y fantásticos que una noche sin son ni ton le dijo que ella era la cosa más hermosa que había visto en su vida, que por ella él esperaría toda una eternidad y sería feliz si lo mirara con amor, que escaparan juntos. No lo hizo, porque ella deseaba estudiar, tener éxito e ir a la India. Pero nada resultó como lo imaginó, como sucedía siempre. Había sido feliz, era feliz, su vida era buena. Sin embargo…

 

   Ricardo es un profesor de liceo, enseña lenguaje y siente amor por lo que hace. Le agrada la juventud con esas ganas de hacer cosas; pero mientras va adentrándose en los cuarenta, pierde cabello y engorda un poco, va sintiéndose desasosegado, aburriéndose y perdiendo la paciencia con sus alumnos, jóvenes y atractivos, llenos de vitalidad e irreverencia pero pocos dados a la reflexión, aún a hablar correctamente, desconcertándolo cuando en medio de una oración sobre Harry V, le preguntaban asombrados: “¿Inglaterra es una isla, profesor?”. Los mira pendientes de los mensajes telefónicos, de las citas para bailar y parrandear, y le parecen seres vacíos; y se molesta, con ellos, con él, por su fracaso. Antes se sentía lleno de ganas por transformarlos, por transmitirles el secreto de la existencia, casi como la misión de su vida, llenarlos de ese fuego nuevo y renovador que una vez tuvo, pero ahora…

 

   Sentado tras su escritorio, Esteban mira pasar al nuevo ingeniero, sólo un muchacho, lleno de altanería y buena pinta. Nota como todos lo buscan, le hablan y quieren intimar. Lo entiende, el tipo irradiaba vitalidad, fuerza, determinación, algo que él iba dejando atrás. En algún momento perdió la chispa que lo empujaba e hizo que arrastrara a otros hacia las metas. La vida le fastidiaba, no soportaba la oficina, ni la casa. Laura y los niños lo agotaban, y había comenzado a distanciarse, refugiándose dentro de sí, desconectándose del mundo. Lo sabía egoísta, pero no tenía fuerzas para cambiarlo, ni le veía necesidad; ese vacío que ahora era su vida le brindaba una paz extraña, la serenidad de la resignación, de quien no espera nada, por lo tanto jamás será desilusionado, pero sin vivir. La gente le molestaba en todas partes, pero no en su mundo interno. Sabía que era insano, extraño, pero fantaseaba con tenderse en una cama, sin moverse, sin vivir. Le iba bien dentro de un país que se despedazaba, y sin embargo no era feliz ni infeliz. Se sentía vacío…

 

   Vicky terminó el bachillerato hace dos años y no encuentra cupo en la universidad, y no quiere irse a unas de esas perreras donde hay carreras como medicina que se cursan en tres años bajo tutela cubana. Ella quiere trabajar y salir de la casa paterna. Ama a sus padres, pero quiere su espacio, su vida. Si no en la universidad, en la realidad cotidiana con un trabajo. Ha sido mimada, sus padres le compran la gasolina del carro, que también le dieron, y la tarjeta del teléfono móvil. Tiene casi veintiún años y aún la tratan como a una cuiquilla de siete años a la que le dan de todo dentro de sus posibilidades. No le falta nada, nunca le faltó, podría ir a una universidad privada si chillaba, pero sabe que aunque sus padres harían el sacrificio, sería duro para ellos que ya le habían dado tanto. No quiere eso. No quiere seguir dependiendo, no quiere seguir bajo tutela. Los ama pero quiere correr, gritar, alejarse. No quiere…

 

   Rodolfo es un cabo segundo de la Guardia Nacional, un hombre adulto que hizo carrera como militar, que ve como día a día la gente que antes le tuvo aprecio va mirándolo con desdén y hasta con asco, apartando la mirada cuando pasaba para fingir que no lo vieron. La gente que ayer lo apreciaba, hoy no le dirigía la palabra, excepto aquellos que fingían aceptar el tutelaje cubano en Venezuela para hacer negocios. Eso le desagrada, le hace infeliz, ese tutelaje, el rencor en esos ojos antes amigos. También le inquieta la necesidad que va sintiendo de llamar a Alberto y Wilson, antiguos amigos de muchachadas, a quienes recordaba con una añoranza que le desconcertaba. Mientras iba ascendiendo de joven a adulto, y en su carrera, se apartó de mucha gente, desatendiendo invitaciones, no visitando, no respondiendo llamadas. Por aquellos días pensó que ya no los necesitaba, que debía seguir. Ahora extrañaba esas charlas cuando los tres bebían caña casi hasta la inconciencia, echados en el suelo, mirando un juego de pelota. Cuando hablaban de todo, de cosas alegres para terminar hablando de cosas reales, a veces dolorosas. Mientras recorre la conscripción, Rodolfo recuerda a Alberto llorando por su mamá muerta, con una congoja tan grande que parecía no tener consuelo, casi recostado sobre él, con la cabeza en su hombro, momento en el que sintió que lo quería de una forma total, que de poder habría dado algo, lo que fuera, por no verlo así, sin embargo nada sexual había en ello. Pero los había alejado, como a muchas otras cosas buenas o significativas en su vida. Y ahora no sabía qué hacer…

 

   Silvia adora ir a la universidad, porque allí estaba Mariana, su mejor amiga, con quien podía hablar, reír, intercambiar secretos, ropas o lápiz labial. Ella quería a Mariana de una forma que a veces la asustaba, porque le dolía verla hablando con otras personas, con muchachos o chicas. A Silvia le pesaban los días cuando no la veía. Que Mariana no fuera una tarde a clases era doloroso, porque eran amigas. Amigas que caminaban tomadas de la mano, rientes, sintiéndose alegres y vitales. A su mamá no le agradaba mucho esa amistad tan estrecha con Mariana, y eso le hacía la vida difícil en casa. Pero Mariana era su amiga, su mejor amiga de todo el mundo. Sin embargo algo había cambiado, ayer había sucedido algo que la turbaba; en clases, mientras el profesor hablaba de gráficas de crecimiento demográfico, Mariana, sentada a su lado dentro del salón oval del rectorado, le había tomado la mano bajo los respaldos para los cuadernos, bajo la mesa como dirían. Silvia la miró sorprendida, encontrándola algo pálida y tensa, mirando al frente, y no tuvo fuerzas para soltarse, ni deseó hacerlo tampoco mientras se estremecía y su corazón latía con fuerza, haciéndola desear tomar aire a bocanadas y sonreír. Se separaron al salir y no habían hablado de eso aún…

 

   Javier y Nelson son dos muchachones veinteañeros, amigos de siempre, alegres y parranderos que sólo quieren ir de rumbas, bailes, tomar cervezas, fumar y tirar con bellas chicas. Nelson había probado un poco de piedra, algo que Javier sospechaba y le molestaba, aunque no le había dicho nada. Eran los mejores amigos, se sabían guapetones y que gustaban a las féminas. No amaban a ninguna en especial y más de una vez la que salía con uno terminaba en la cama del otro, sin problemas. En medio de una borrachera, dos años atrás, Nelson le había dicho a Javier, casi pegando la frente a la suya, que quería que montaran el la camioneta de Javier y se fueran a recorrer todo el país, de montaña a playa, y de valle a selva, parándose en cada pueblo a comer, beber y encontrar mujeres, antes de que fueran más viejo y ya no pudieran hacerlo al estar atrapados en la vida de los adultos, ese momento cuando la magia muere y ya no se es un muchacho. A Javier le sedujo la idea, quería partir con su mejor amigo y vivir así, alegremente al garete, en aventuras. A su lado. Porque le había impresionado la urgencia detectada en esa voz amiga y querida. Pero su padre se lo prohibió, y el joven no aceptó, temeroso de perder su carro, la tarjeta de crédito y la ayuda paterna. Nelson pareció entenderlo, pero a Javier le inquietó algo en su mirada (¿decepción?), que fue apagada y se desvió casi al instante de la suya; tampoco le gustó lo que él mismo sentía, aunque no sabía exactamente qué era…

 

   Cada dos meses, o algo así, Ligia escapa de su casa, de su marido y sus hijos para pasar un rato con ella misma, con sus pensamientos, dándose el gusto de no hacer nada, de no vigilar nada ni estar siempre al pendiente. Sentada a solas en un café, saboreando un cargado marrón oscuro, humeante y oloroso, pensaba en su vida, y le agradaba aunque ya no tenía mucho tiempo para nada más. Ni para las antiguas amistades. Ya no habla con nadie de un tema personal o abstracto, sobre algo que no fuera la familia; pero supone que eso está bien. Aunque…

 

   Con paso lento, hace mucho calor, Gonzalo cruza la calle rumbo al edificio donde vive con su madre después de su divorcio hace ocho años atrás. Imagina que tal vez esa noche habrá otra cena preparada por su madre donde le presentará a alguien. La mujer parecía decidida a casarlo, aunque él daba claras muestras de que no quería. Su madre no le preguntaba por qué, o por qué se divorció, ni él le contaba nada. ¿Cómo contarle de ese momento fugaz en aquella fiesta del trabajo muchos años atrás, que cambió su vida, abriéndole los ojos a lo que sentía, pero condenándolo a ocultarle todo a todo el mundo? Hubiera querido decirlo, dejar que alguien supiera, que otra persona lo escuchara, entendiendo que se descargaría, que por un momento se quitaría el pesado fardo de encima, que habría alivio y tal vez hasta lanzara un largo jadeo de contento; pero exponerse así era demasiado para él. Jamás se atrevería. Pero pensaba que estaba bien, que podía seguir así, sin nadie, para siempre…

 

   Esa tarde, casi de noche ya, Alicia sale de su casa sin saber qué hacer. Ricardo camina lentamente por el boulevard, pensando en todo y en nada, algo molesto por algo que no entiende. Esteban deja la oficina y en lugar de tomar su carro e ir a casa, sale del estacionamiento y deambula de aquí para allá. Vicky espera a un amigo en el boulevard, uno con quien siempre habla de mil cosas, sintiéndose algo inquieta. Rodolfo espera hora para una reunión, se rumorea que van a enviarlo a Cuba y eso no le gusta. Silvia y Mariana deambulan por el boulevard también, discutiendo sobre un trabajo de investigación, pero sin concentrarse, sabiendo cada una que tienen que hablar de otra cosa. Javier y Nelson van al teatro Humboldt esperando entrar y ver King Kong, pero no hay entradas, y siguiendo a dos chicas (Mariana y Silvia), van tras ellas a otra sala. Ligia, terminado su café, medita si entrar o no a una función cinematográfica. Gonzalo desvió sus pasos también, no quiere cenar con su madre. Y todos coinciden en una cola extrañamente larga para ver una película que promete ser mórbida y polémica, la de los vaqueros maricas y sinvergüenzas. Hay risitas y comentarios bajitos. Nadie espera mucho de ella.

 

   La sala está llena, cosa rara para una película de ese tipo, piensan algunos, seguros de haber cometido un error al entrar. Se apagan las luces y se oye un rasgar de guitarras extrañamente inquietante sobre un paisaje árido, casi desértico y solitario. Y para muchos el mundo se detiene de una forma total, casi brutal, y sus vidas dejan de transcurrir en esos instantes, porque están dentro de la existencia de otros. Ya no están en esa sala, se encuentran en lo alto de una montaña donde hace algo de frío, entre ovejas y caballos, y miran, más allá, la pequeña tienda de campaña, y hasta reparan en el vaquero catire y hosco que sale a cocinar para el otro, el moreno de sonrisa hermosa. Miran al tipo que observa a su compañero con algo que va convirtiéndose en pasión, aunque aún no se atreve a decirlo, y para disimular debe saltar y gritar como un vaquero de comiquitas. Lo observan decidido y valiente moverse para conseguirlo una vez que entiende que ese es su destino, su vida. Asisten al momento donde en una segunda entrega, perciben en unos ojos grandes, azules y expresivos todo el amor que una persona puede sentir por otra, y toda la entrega de la que es capaz.

 

   Contemplan la dolorosa despedida porque el mundo no perdonaría a dos jóvenes que escaparan para vivir uno con el otro. Miran como nada detiene los sentimientos, como la nueva reunión termina en besos desesperados, en un llanto casi contenido del hermoso moreno que temió no encontrar nada para él pero allí estaba el hombre al que amaba recibiéndolo en sus brazos. Y allí está el vaquero solitario y viejo, que no deja escapar ni una lágrima aunque queman sus ojos, un tipo tan encerrado en sí que besar, decir que ama o llorar le cuesta. Pero lo miran ahora solo, amargado, extrañando el amor que se ha marchado definitivamente al reino de la muerte. Lo saben infeliz porque el mundo es intolerante. Lo saben desdichado porque nunca reparó sus faltas o se disculpó, pensando que siempre habría tiempo para hacerlo. Entienden que ese hombre arrastraba sus propios temores y dudas, sus propios recelos que no lo dejaron simplemente abrir los brazos y el alma y entregarse haciendo feliz al otro; pero también que mucho había amado y mucho había perdido.

 

   La película acaba y ellos no pueden moverse, no pueden pensar, no pueden reaccionar. Sus mentes se han cerrado a ese final, desechándolo, maldita sea; las mentes alejan el dolor y deciden volver al momento feliz. Ellos no pueden abandonar el lugar porque siguen dando vueltas alrededor de esa tienda de campaña, siguen atrapados sentados a la hoguera, junto a los vaqueros con sus veinte años a cuesta, con todo su amor y sus esperanzas, con todos sus temores de muchachos. No pueden abandonar ese lugar que hace humedecer sus ojos y agitar sus pechos entre el amor y el dolor, aunque intentan decirse que ya basta, que ya está bien, que debían regresar. Pero no pueden, es como si un mal hipnotizador no hubiera sido capaz de sacarlos del trance. Lentamente todos abandonan la sala, salen a la noche, a las avenidas, pero en cierta forma nada de eso es real. No, lo verdadero es el joven moreno que salta y grita como una parodia de vaquero, angustiado ante lo que siente al mirar al compañero de amarillentos cabellos; en medio de una naturaleza hermosa, con el bello cielo sobre sus cabezas, bendiciéndolos.

 

   Todos vuelven a sus casas, a sus vidas, con los suyos; pero no pueden reintegrarse. Están tristes, se sienten abrumados, dolidos y vencidos por pasajeros instantes de vacío que atormentan, para ser sustituidos luego por los sueños, por imágenes creadas por sus mentes, donde el final es distinto. Vagan entre suspiros, entre miradas angustiadas, entre añoranzas. Nadie sabe qué les pasa. Nadie entiende por qué esas súbitas melancolías, por qué el de los ojos rojos en un instante. Algunos se preocupan por ellos, otros parecen perder la paciencia: “Pero ¿qué tienes? Si estás así es por algo, ¿no?”

 

   Ellos continúan con la vida, pero se sienten inquietos por la forma en que marchan las suyas mientras flotan entre ovejas y vaqueros, y no pueden olvidar esa mirada, esa mirada de amor en una carpa (Dios, esa mirada que lo abarcaba todo, que lo decía todo y creaba un mundo nuevo, infinito, de valor); o esa otra mirada, llena de expresividad, de entrega, del hombre que entiende que ya no es dueño de su vida mientras ve cabalgar hacia lo lejos al hombre que quiere y que segundos antes lo acunó en sus brazos cantando a su oído. No pueden olvidar ese abrazo inexperto, esas caricias rotas, esos besos brutales, esa media sonrisa del chico que encuentra frente a una vieja oficina a alguien que no esperaba encontrar jamás, esa última lágrima, esa maldita música (Dios, esa maldita música). Y sueñan e imaginan, sonríen como idiotas por las calles cuando algo les trae un vago recuerdo, una camisa, unas botas.

 

   Y lloran, porque tienen que llorar a veces, sintiendo las lágrimas lavando tantos momentos tristes observados en esa película, pero también los de una vida que no se estaba viviendo en ese momento. Se van a la cama, sonriendo, soñando y llorando como no lo habían hecho nunca antes por nada, y menos por una película. Y mientras van cayendo en el sueño, piden volver junto a la hoguera, a su calor, a ese cielo infinito tachonado de estrellas, sentándose al lado de los dos jóvenes vaqueros, que sonreirían al verlos llegar, agradecidos de sus visitas y de esa compañía. Contentos de la presencia de gente que los amaba, que no deseaba para ellos ningún mal. Y hablaban con Jack, le contaban cosas para verlo y oírlo reír con su voz, con sus labios y ojos hermosos; y notaban como Ennis sonreía complacido, de medio lado, al saber feliz a su Jack. Y mientras toman algo de whisky y escuchan la armónica, cada uno de los visitantes cuenta algo de ellos, de sus vidas, de lo que un día soñaron para sí. En esas visitas cada uno entiende que esos dos hombres realmente están enamorados. Y ellos mismos vuelven a enamorarse también.

 

   Y la mujer, el profesor, los muchachos y las chicas, el divorciado, el cabo, incapaces de aguantar una noche más de desvelos, de ese que se produce a media noche cuando súbitamente llega con toda su fuerza la certidumbre de que Ennis está solo en esos momentos en su trailer, viejo y triste, tal vez abrazado a la camisa de Jack, lamentando su perdida. Su vida sin amor, sin compañía, se hace insoportable, y sólo queda llorar, y pedirle a Jack que vuelva, con su alegría, y le acompañe hasta que salga el sol nuevamente. Cada uno de ellos, incapaz de aguantar más se coloca frente al computador y teclean las palabras mágicas, Brokeback Mountain, el abracadabra que abre ante ellos todo un mundo nuevo. Y leen el primer mensaje:

 

   “Estoy totalmente enganchado a esta película y me sentía un poco extraño e incluso mi ‘adicción’ me llegó a parecer absurda e infantil. Publicado por: Bagheera 25/01/06 a las 21:12”.

 

   Todos sienten un vacío de alivio, de felicidad, porque entienden que no están solos. Que hay otros como ellos, esperando que abran sus corazones, algo que necesitan desesperadamente. Sus vidas como habían sido hasta ese momento, terminan para siempre. Un hombre llora por el recelo que sienten todos de su trabajo como militar y habla de los amigos que quiere y de los que se separó. En seguida le contestan que sea honesto consigo mismo y la gente lo entenderá, y que qué espera, que tome el teléfono y llame ya a Alberto y a Wilson. Y a una joven le aconsejan que busque el empleo que desea y se arriesgue a vivir su vida fuera de la casa paterna, que si le va bien, perfecto, si no, sus padres estarán allí para oír y entender. Dos amigos deciden por fin salir de viaje por todo el país, juntos, extrañados de lo mucho más que se quieren ahora (como amigos) y prometen escribir a diario a todos contando lo que encuentren, jurando hacer cosas buenas, y portarse como gente decente, como habría querido Jack Twist. Un hombre cuenta de su vida de claustro, de lo que vivió fugazmente muchos años atrás, y hacerlo lo alivia de tal forma que llora un poco, y piensa en esos ojos grandes y azules de los que se enamoró ahora, después de viejo como quien dice. Y hay otro mensaje, y mil contestaciones.

 

   Las vidas se cuentan, las historias se oyen, la hermandad se crea entre esos noctámbulos, los que necesitan explicarse tantas cosas. Ha comenzado el proyecto Brokeback Mountain.

 

ENNIS DEL MAR SE DECIDE

 

Julio César.

AYUDA CAMPIRANA

abril 18, 2008

¿EN QUÉ PIENSAS?

   -Quieres meterme una mano, ¿verdad?

 

   Cada agosto, durante sus vacaciones, Richard se llegaba a la casa de los abuelos, a ayudarlos un poco. Siempre había algo que hacer aunque él fuera una bella inutilidad. Esa tarde iba a pintar la cerca, y como siempre ocurría, sonríe divertido, lo hacía mal. Casi enseguida apareció un carajo del pueblo, uno de esos tipos grandes y fornidos, que venía a decirle cómo hacerlo. Colocado tras él, le tomó las manos y fue pasando la brocha sobre la cerca para hacerlo más eficiente en el regado. El joven cuerpo era arropado mientras trabajan, el tipo jadeaba mientras le indicaba, con su pelvis, ‘desgraciadamente’, pegada a esas nalgas. Sólo así se enseñaba. Cuando se agachaban a mojar la brocha, Richard sonreía más y cerraba sus ojos… era grato recibir las caricias del sol y la brisa en su cuerpo, aunque ese calor y ese aliento caliente no lo fueran precisamente. Aprendía rápido, moviéndolo de lado a lado, frotando firme sobre el grueso madero. Y el carajo tragaba saliva, diciéndole que así se hacía, mientras sus manos amistosas le recorrían la pancita, ora los pectorales o los bíceps, dándole apoyo moral. Era grato hacerlo así, pensaba el joven, casi gimiendo cuando el tipo, en  el colmo de la política del buen vecino, le daba un besito lento, mordelón, chupado, en el cuello. En un alto para descansar, el joven de espaldas recibía un duro masaje de esas manos, y una manchita, seguro que de pintura, en una tetilla desaparece en esa boca. Ahora el carajo, brocha gorda en mano, cepilla repetidamente y hasta el fondo, de varias maneras enseñándole más al agradecido, hermoso y gimiente chico que adoraba… aprender.

 

DE TARDE EN TARDE

 

Julio César.

FORZA

abril 18, 2008

FORZA MEN

   -Hummm… estoy todo mojado… Sécame, panita…

 

QUÉ FORZA…

 

Julio César.

GENERAL MANUEL ROSENDO

abril 18, 2008

ISAÍAS RODRÍGUEZ… CARA DE PAYASO

   A los venezolanos generalmente nos han visto con una lente un poco dura el resto de los países latinoamericanos. Siempre he pensado que se debe al petróleo y las posibilidades económicas que eso siempre nos brindó, aunque nos las ingeniamos para regarla y dejar la cosa peor. Jamás aprendimos qué hacer con los reales del petróleo. Se dice que somos flojos y superficiales. Es posible, pero debe entenderse que a cada venezolano desde que nace se le dice que pisa una tierra rica en petróleo y que el petróleo es de todos. Así que todos esperamos nuestros barriles, nuestra parte, de la que creemos tener derecho. ¿Para qué trabajar o esforzarse si se tiene real? El problema es que los reales no llegan, y ahora menos, que nos viven los gobiernos ‘amigos’ y nos chulean los cubanos, Evo Morales y Daniel Ortega. ¿Realmente seremos tan superficiales, tan simples, tan elementales? Veamos.

 

   Durante los años 1999, 2000 y 2001 el país asistió al enfrentamiento de un grupo de valientes reporteros y periodistas de medios independientes (había que serlo para encarar a un Gobierno abusador y represivo, aplaudido por tanta gente fuera de sus fronteras), que habían denunciado la terrible corrupción que arropaba el ámbito militar con la operación que se llamó PLAN BOLÍVAR 2000, donde generales y oficiales manejaron de forma personal y a discreción, sin intermediarios o controles, colosales cantidades de dineros destinados a obras sociales directas, saltando sobre las autoridades civiles. Muchas voces se alzaron para prevenir al Gobierno sobre lo que vendría, la escandalosa corrupción del componente militar, la desaparición de esos dineros y las pocas obras o soluciones reales alcanzadas. Todos los dijeron, todos advirtieron, pero un Gobierno inepto, corrupto y corruptor permitió que el festín continuara. El Presidente se encontraba urgido de corromper con plata a los militares para que estos rompieran totalmente con la llamada institucionalidad, y le debieran a él hasta el modo de caminar, mientras se archivaban casos contados de excesos para futuras amenazas. Toda denuncia era tachada de subversiva, desestabilizadora y emanada de la CIA. Era algo grotesco de lo que muchos medios de comunicación fuera del país se hicieron eco.

  

    De esos años, un hombre que estuvo en la picota aunque no se le acusara personalmente de nada, fue el general de división ejercito, ahora retirado, Manuel Rosendo, un voluminoso hombre con fama de serio, cabal e institucionalita hasta esos momentos. Pero las denuncias de corrupción de militares hechos por el señor Roche Lander, ex Contralor General, y aún del nuevo contralor, Clodosvaldo Russian, o Rufián como también se le conoce, amparados luego por el poder, acabaron con esa fama y estima. Los militares habían comenzado a resbalar por la pendiente por la que rodaban los políticos, los de antes y los que llegaban ahora. La gota que derramó el vaso contra el General fue con ocasión de un desfile militar, cuando todavía el Presidente se atrevía a hacerlos sin rodearse de incondicionales y cubanos, cuando la gente lo quería en verdad e iba a verlo y aplaudirlo. En ese desfile el general Rosendo, vestido de verde, metido en un tanque dijo unas palabras que sonaron algo más que adulancia al poder. Era halamecatismo puro. Haló mecate con fuerza, pero sin tensarlo, fue un trabajo experto, firme y sostenido.

 

   Ah, ¡las cosas que se dijeron de Rosendo en todo el país! Gordo halabolas fue lo de menos. La gente decía que parecía un tapón metido en el tanque y otros añadieron que habían tenido que embaunarlo de grasa para que entrara y seguramente habían tenido que desarmar el tanque para sacarlo. La vida de la República continuó, los excesos, crímenes y vicios de una clase crapulenta se hizo demasiado evidente para todo un país, sus desmanes habían acabado con la paciencia de la gente, que poco a poco salió a protestar nuevamente. Los primeros que alzaron la voz fueron los padres, maestros y representantes cuando el Gobierno amenazó la patria potestad, diciendo que Cuba era la única que debía encargarse de la crianza de los muchachos y de su formación ideológica y política (ya se imaginarán). Luego protestaron los médicos, gerentes varios, políticos, religiosos, y finalmente la gente de los medios de comunicación y el ciudadano común. La tapa del frasco llegó cuando un grupo de militares de alta graduación se declararon el rebeldía cívica pacifica. Realmente el régimen no supo que hacer con ellos.

 

   El año 2002 fue álgido y terrible para Venezuela, con una situación que fue desmejorando día a día, hasta culminar en la gran marcha del día 11 de marzo de 2002. Inicialmente la marcha debía partir desde Los Dos Caminos, en el Este capitalino, cerca de Petare, hasta la plaza Altamira donde pernotaban esos militares en rebeldía. Pero la marcha fue desbordada por su propio éxito, uno que ni lo organizadores esperaban. Asistió demasiada gente, y no se detuvieron en Altamira. La marcha continuó. El grito era: hacia Miraflores, hacia Miraflores. Y ¿qué mal había en ello? Eran personas marchando, gente que deseaba darse esa larga caminata y llegar al Palacio de Gobierno y gritar a una voz: vete ya. ¿Qué iban a tumbar el gobierno? ¿Sin aviones, sin tanques, sin armas? Muchos desean creer que si, que así se dan golpes de estados, no con tanquetas, avionetas lanzando bombas o con FAL o metrallas asesinando gente desde puentes y azoteas. Hay quienes deben creerlo, repetírselo y llegar a convencerse con el tiempo, porque la duda, la sospecha de que no fuera así, sería algo demasiado monstruoso.

 

   En Miraflores un hombrecillo ridículo y patético cayó en pánico y ordenó se implementara el Plan Ávila: que el ejército saliera y cargara contra todo el mundo. El Alto Mando se negó, pero desde puentes y azoteas de edificios públicos controlados por la Guardia Nacional al estar en el perímetro de seguridad del Palacio de Gobierno, se disparó contra la gente. ¿Quiénes eran o como llegaron allí cuando nadie que no fuera del Gobierno era revolcado a palos o alejado con bombas lacrimógenas de los uniformados si se acercaba? Nadie lo explicó jamás. El Alto Mando, en vista de los horrores, muertos y crímenes cometidos, le solicitó la renuncia al Presidente de la República, el responsable de la masacre. Renuncia que este aceptó, dicho por boca de un chavista conspicuo, el general en jefe, trisoleado, Lucas Rincón, un hombre tan ‘honesto y cabal’ que ni por decir aquello fue investigado después. Cuarenta y ocho horas después, el hombre volvía al poder y comenzó la persecución cabal contra todo el mundo. El país vivía una guerra sorda, soterrada y desesperada a pesar de los esfuerzos de Brasil, Argentina y la OEA por ocultarlo, hasta que en diciembre de ese año estalló el llamado PARO CÍVICO.

 

   Para este momento, Manuel Rosendo, hombre que se había negado a lanzar el ejercito contra la gente, y a que salieran las tanquetas y tropas armadas para contener mediante el asesinato de civiles a la población, había sido dado de baja, y se le llamaba traidor e investigaba por si era agente de la CIA; lo real era que ahora colaboraba decididamente con la oposición, porque la cosa ya estaba clara, un régimen con tintes totalitario y continuista pretendía el poder total, jineteado desde Cuba, aunque muchos preferían no verlo así, por desear ver lo que querían ver, o por intereses económicos que amarraron al carretón autoritario a tantos gobiernos latinoamericanos. El régimen gastaba cantidades increíbles de dinero para comprar y atar conciencias. Durante el Paro Cívico, varios altos militares fueron detenidos para infundir temor. Una tarde, llegando a la urbanización donde vivía, Manuel Rosendo era seguido por la DISIP, la siniestra policía política, que intentó detenerlo y llevárselo por la fuerza, sin que mediaran órdenes de captura o se encontrara presente un fiscal del Ministerio Público. Pero no pudieron. Los vecinos y gente que pasaba por ahí, dándose cuenta de lo que pretendían, reaccionaron con determinación y rodearon a los policías al grito de: Rosendo no sale de aquí. Alguien llamó a la prensa y en seguida GLOBOVISION (por eso la odian tanto) llegó al lugar.

 

   Fue extraño ver a ese hombre grande, con cara de luna, con aire como confuso, parecía aturdido, rodeado de gente que lo empujaron hacia un estacionamiento y cerraron una reja para protegerlo, y que no permitían que se lo llevaran entre gritos de apoyo y cacerolazos que perseguían y alejaban a la DISIP. En ese momento, la cosa había cambiado, de forma evidente, y tal vez por eso nos llaman frívolos. El general Manuel Rosendo había pasado de ser un villano odiado, ese gordito estrafalario y halamecate, ridículo y protector de corruptelas, a paladín en la lucha por la libertad. Ahora la gente lo encontraba sobrio, elegante, decente; era mesurado e inteligente, un estadista pues. Dicen que hasta algunas féminas lo llamaban gordito lindo.

 

   La situación degeneró más, el Gobierno dio un golpe de mano con un referéndum presidencial mega fraudulento, avalado por medio mundo, y lo que quedaban de voces opositoras que gritaban no pude ser que un solo hombre nos embarque en negocios absurdos con satrapías mundiales, fueron silenciadas. Al ser encarcelado el general Francisco Usón por explicar en televisión cómo funcionaba un lanza llamas (a cinco años de cárcel, ah, pero en Venezuela todo está bien, según Inzulsa, Lula da Silva y Kirchner), el general retirado Manuel Rosendo hizo mutis, uno muy discreto. Se asegura que está fuera del país. Que le vaya bien, porque indistintamente de todo lo que pueda haber hecho durante toda su vida, cuando el momento de la verdad llegó y se le exigió el asesinato a mansalva de cientos y cientos para satisfacer los apetitos pedestres de poder de un enfermo manejado por el viejo dictador cubano, se negó de plano, como un hombre, como un militar de carrera de verdad, que sabe dónde y quiénes son los enemigos reales de Venezuela.

 

   Sus manos no se mancharon de sangre inocente como hicieron y hacen otros con tanta facilidad. Dijo no; y no, fue no. Con hombría. Esté donde esté, repito, que le vaya bien; un día, cuando sea un anciano (mejore sus hábitos alimenticios, General) plagado de dolores y achaques, tal vez amargado por tantas limitaciones y malestares, podrá quedarse quieto y sonreír por un momento en algún sillón mirando a la nada, y recordar que ese día, muchos años atrás, salvó la vida de muchos, de personas que siguieron viviendo sin saber lo cerca que estuvieron esa tarde, un 11 de abril, de morir. Salud, General, una conciencia tranquila será lo único que lo acompañe, Dios quiera, dentro de muchos años, cuando la vida esté llegando a su final. Ese día no tendrá que mirar con espanto, rodeando su cama, los rostros de los que debieron ser sus víctimas esa tarde. No se crea, no es poco lo que ganó…

 

LA NOCHE DE SOBELLA 

 

Julio César.

VAYA TIPO…

abril 18, 2008

VAYA TIPO

   ¿Te lo pongo yo?

 

   Este aceitico ayuda con el calor, pero es difícil regárselo. Definitivamente me hace falta una mano amiga. Hummm… debí llamar a Joseito para que me ayudara a aplicármelo otra vez. No sé qué le divierte tanto cuando lo hace, pero pasa horas regándomelo en la panza, los muslos y las nalgas, sobre todo allí, esos dedos jorungan y soban juguetones, aunque es descuidado, a veces la punta de uno roza y se mete un poquito… Definitivamente es un buen amigo y le gusta ayudar, el muy idiota hasta me da un besito en una nalga o una teta antes de irse, ¿pueden creerlo?

 

VAYA TIPO… 3

  

Julio César.

LUCHAS INTERNAS… (9)

abril 18, 2008

LUCHAS INTERNAS                         … (8)

   El chico encontraría, debajo de todo, a un príncipe…

……

 

   -Muchas gracias por esta oportunidad, doctor Caracciolo. Haré todo lo posible para… -recita precipitadamente el joven, en forma cortés.

 

   -No me vengas con tonterías. Sabes muy bien que estás aquí porque no encontraban donde ponerte y la vieja Norma quiere que te den algo. Odio a los recomendados. Generalmente no sirven para nada. -nota con placer como el joven palidecía para luego enrojecer, sorprendido ante su ataque.- Pero sí eres el pobre imbécil que sospecho que eres, nada te salvará. Saldrás de aquí como corcho de limonada.

 

   -Intentaré… intentaré hacerlo bien, doctor. -dice ronco, ofuscado. Un maldito, iba a trabajar para un maldito coño’e madre. Tenía que ser, dada su mala suerte, se dice el joven.

 

   -Hay algo que quiero que atiendas ya por mí. En el pasillo hay una vieja que trabaja coleteando. Deja todo eso peor de lo que estaba antes de trapear. Esta mañana me ensució los zapatos con su mopa. Vieja inútil, no entiendo como la tienen aún aquí. Esos viejos siempre son un problema. Se caen, se parten un hueso y hay que cuidarlos. Y con el tiempo se toman confianzas, como si fueran que se yo… gente a la que se aprecia. -bota aire molesto.- Quiero que vayas a Personal y que me la boten. Que le inventen algo y la despidan sencillo, y que cuando se vaya le digan que es un recuerdo mío y que no me olvide. -lo dice como quien ordena una cena, ojeando unas carpetas. Nicolás se queda estático. No puede creer lo que oyó. Frank levanta la mirada.- ¿Quieres que te lo pase por escrito? -es brutal.

 

   -No, señor; pero, ¿botarla por eso? Si es vieja y pasa coleto no creo que lo haga por excéntrica. Debe necesitar el trabajo y sí es mayor no le será fácil encontrar algo más y… -balbucea. Frank lo mira con la boca abierta, incrédulo. Ferozmente incrédulo. No estaba acostumbrado a que nadie intentara razonarle algo en contra de sus deseos. Le grita.

 

   -¿Acaso te pedí tu opinión o tu consejo? Te dije que fueras a encargarte de que la echen. No quiero oír nada de lo que tengas que decir, imbécil. -es violentamente grosero.- Haz lo que te digo y no intentes pensar por ti mismo.

 

   -Pero, doctor… -Nicolás tiembla de temor, de perder el trabajo antes de comenzar y de temor a ese carajo violento. Frank, casi sin darse cuenta de lo que hace toma un cenicero y se lo arroja, pelándolo por poco.

 

   -¡Que la corran! -le grita feamente. Nicolás está en shock, no puede pensar y asiente, casi saliendo a la carrera.- Idiota… -lo llama. Confuso, Nicolás lo mira.- Recoge ese cenicero. Por Dios, ¿acaso vives en una pocilga? No me gusta el desorden.

 

   Horriblemente humillado, Nicolás se agacha y lo levanta. Frank sonríe leve, le agradó ese gesto de sumisión. Otro espíritu que aplasta. Y le gustó. Ese muchachito se veía muy altanero. Y se había atrevido a refutarle algo. Poca gente se atrevía a tanto. Ya no volvería a hacerlo. Nota que el joven no lo mira mientras coloca el cenicero en su sitio, con la cara muy roja, se disculpa y sale. Frank arruga la cara; no parecía sumiso todavía. Nicolás no puede entender su furia, pero era simple: el hombre sabía para qué estaba ahí el joven. ¡Para vigilarlo! Norma quería asegurarse de tener un espía cerca de él. Y Aníbal lo había aprobado. Ah, pero ya se encargaría él de hacerle la vida miserable a la ratica esa; lo haría arrepentirse de trabajar para la vieja loba.

 

   Por su lado, Nicolás sale jadeando de la oficina. Se siente agotado y cae sobre la silla que se supone será la de su escritorio. Mira hacia la puerta de Frank con un odio terrible. Maldito miserable. Era un grandísimo hijo de puta. ¿Cómo se suponía que debía trabajar para él? Siente unas ganas horribles de entrar, gritarle que se meta su trabajo por el culo, pateárselo también sí se descuidaba, e irse de allí. Pero no puede. Llevaba cuatro meses sin empleo, y casi cuatro años de revolución habían destruido las fuentes de trabajo. Y él no tenía pasta de voceador para salir a vender discos o tostones. Casi siente ganas de gritar, ahora tendría que calarse a ese animal. Coño, ¿sería que su mala suerte no acabaría nunca? Ese carajo le gritó, lo vergajeó, barrió el piso con él  y encima le tiró una vaina que sí le da, lo saca del mundo. Y tuvo que calárselo. Nota un ardor traidor en los ojos; parpadeando, toma aire. Control, Nicolás, control. Nada de lágrimas, coño… no ahí; él podría salir y verlas.

 

…..

 

   Eric duda, viendo a Pedro aún a sus pies, mirándolo anhelante. El joven le pidió que lo cogiera, pero el abogado no sabe qué hacer. Nunca había hecho algo como eso, coger a otro carajo. Y no sabía sí podría hacerlo. No se puede luchar contra toda una vida de prejuicios, y meterle el güevo a otro tipo por el culo era uno de esos asuntos grandes que eran prohibidos.

 

   -No te pongas así, es algo rico. Muy rico. -le dice con una mueca libidinoso, levantándose, mirando a Eric a los ojos.- Hummm, un buen güevo en el culo es la gloria, pana. -aprieta los dientes tomando aire.

 

   El joven abogado está caliente, lo que más quiere en esta vida es continuar, saber qué se sentiría al fin coger a alguien como Pedro. Soñó tantas noches  con eso; pero ahora, mil prejuicios lo frenaban. Pedro parece entenderlo, con una sonrisa libidinosa le rodea el cuello con sus brazos y casi lo hala. A Eric lo han besado muchas veces, mujeres claro está, pero este halón era fuerte y  exigente, de macho; Pedro atrapa su boca con la suya y no lo deja huir. Eric pela los ojos impactado, sintiéndose enfermo; pero esos labios húmedos, suaves y tibios, aunque firmes, atrapan su labio inferior, lamiéndolo, mordiéndolo, mientras el cuerpo se frota del suyo. Repara en ese cuerpo fuerte, viril y  caliente contra él. Nota como el güevo de Pedro, que escapa de la tanga, choca y se frota del suyo, produciéndole chispazos de placer, de excitación, de desesperación. Con un gemido, Eric abre la boca y la lengua de Pedro, móvil y suave, entra a luchar con la suya. El abogado siente que todo le da vueltas, mientras sus brazos atrapan la espalda del otro, apretándolo más. Su lengua choca y lucha con la de chofer, y cada contacto, cada lamida, cada chupada le produce más deseo y excitación.

 

   Se dan un buen jamón, mientras las manos ansiosas de Eric recorren la desnuda espalda del otro, metiendo las dos dentro de la tanga, apretando y amasado esas nalgas, aplastándole más la cadera contra la suya. Es tanta la urgencia de su boca que ahora invade la de Pedro, lamiéndola toda y bebiéndose su saliva con tal avidez que el otro jadea indefenso. Como besaba, coño. Sus bocas se separan del mordelón y babeante ósculo. Se miran respirando agitados. Se separan y Eric se quita el saco, la corbata y comienza a abrirse la camisa, mientras Pedro sonriente, le abre la correa y el pantalón. No pasaron sino segundos antes de que Eric, totalmente desnudo, con ese güevo tieso como una barra de acero, cayera de espaldas sobre la estrecha cama de Pedro, empujado por él, que ríe. Eric se siente tonto, culpable, excitado y feliz. Mira sonriente recostado de la cama como el otro lo mira anhelante, quitándose la tanga.

 

   -Eres un carajo bonito, jefe. -dice ronco, Pedro.

 

   Se arrodilla a un lado de Eric y su boca golosa cae nuevamente sobre el tolete, tragándosela toda, con un gran esfuerzo bucal, para bajar por la gruesa y cálida barra. Eric, jadeando, mira como eso baja por su garganta, casi ahogándolo. ¿Cómo podía tragarse algo que era más grande que su boca?, se pregunta fascinado. Esa boca viciosa y húmeda, que deja regueros de saliva, sube y baja con ganas del pilón, mientras le abre más las piernas. El joven se lo saca de la boca, pega la lengua de la punta y baja, lamiéndola como a una rica chupeta. El otro gime agónico. Esa lengua lame y chupa los dos testículos, mojándolos de tibia saliva. Atrapa uno y lo mama como quien come mamón. Chupa e increíblemente la otra bola también queda atrapada dentro de la cálida boca. Las degusta, mientras con su mano masturba el tronco de gimiente Eric. Nunca le habían hecho algo así. Esa boca le produce dolorosas cosquillas a sus pelotas. Inclinándose entre sus piernas, Pedro deja las bolas, lo mira anhelante y el otro entiende que es lo que quiere.

 

   -Acuéstate… -dice ronco Eric, palmeando la cama a su lado.

 

   Con una sonrisa de excitación y expectación, Pedro cae a su lado, boca arriba en la cama. Eric cae sobre él, atrapándole la babilla con una mano y besándolo. Su lengua entra decidida, con ganas, perdido ya todo reparo en besar a otro carajo. Los dos se besan en una lucha de lenguas, frotando cuerpo contra cuerpo, sintiendo el sudor, calor y dureza del cuerpo contrario. Eric lo obliga a volverse. Pedro tiembla todo, gimiendo de ganas por lo que viene, aunque iniciado hace poco en el sexo anal, ahora entiende que le encanta.

 

   Eric detalla su nuca, espalda, nalgas y piernas: es un macho. Alguien a quien tenía a su disposición, caliente por lo que él iba a darle. Soba la musculosa espalda, pero sus ojos están fijos sobre ese trasero lampiño. Sus dedos caen sobre esas masas, apretándolas, amasándolas. Pedro gime, casi mordiéndose los labios, esos dedos lo aprisionan y lo enloquecen. La mano se abre camino entre las nalgas, sobándole la raja interglútea, haciendo que Pedro chille en forma anhelante. Esa caricia lo enloquece tanto, haciéndolo querer más, que sus nalgas suben y bajan, girando en forma circular, queriendo frotarse más contra la mano caliente del otro, que sonríe al verlo tan ávido de eso.

 

   El abogado jadea muy excitado; ver esas nalgas que suben y bajan, abriéndose y cerrándose sobre su mano, hambrientas, lo vuelve loco. Se inclina un poco frente a las nalgas de Pedro, se las abre exponiéndole el rosado y arrugado culo, que se agita cuando un dedo se frota allí. Pedro chilla. Ese dedo se frota en la entrada de su culo provocándole unas cosquillas, un placer y un deseo sin límites. Eric lo oye gemir, lo ve agitarse todo, nota como suda, y con una sonrisa libidinosa le entierra el dedo lentamente en el culo. El otro jadea casi como en un sollozo, débil, sumiso, entregado al macho.

 

   Sintiendo como el güevo le palpita y babea, de lo duro y excitado que está, Eric se tiende sobre el otro, que abre boca y ojos, esperando. Eric levanta sus nalgas, donde la línea del bronceado es un poco más grande que la del otro, y enfila la cabeza de su güevote contra el culito. Lo mira chico, arrugado, cerrado, y por un leve momento vuelve a dudar. Pero era un hombre, un carajo que deseaba su güevo, y él quería ese culo. Había pasado años soñando con algo como eso.

 

   La roja cabeza hinchada se frota contra el culito. Pedro gime, asustado y anhelante. El güevo entierra su cabeza, lentamente. Eric siente que se resiste, que roza con fuerza. Pedro jadea más. El güevo es grande. La cabeza se clava dentro del apretado culito. Eric pasa saliva, sintiendo como ese pedazo de güevo es sobado y chupado por ese anillo. Pedro se agita, su culo se estremece de ganas, deseando que le entre más. Miren que está caliente, se dice Eric. Con una sonrisa empuja un poco más y el tolete va entrando. Pedro chilla levantando el rostro sudado. El güevo entra, hondo, profundo, duro, caliente. Entra todo, hasta los pelos púbicos.

 

   -Hummm… -jadea Pedro, ocultando el rostro en la cama, sintiendo la barra caliente taladrándolo.

 

   El culito resiente la dura entrada. Pedro chilla, eso le quema, le duele, pero al mismo tiempo una rica corriente de calor, de deseo, de placer, lo recorre. Siente como su güevo, sus bolas, sus tetillas y su boca, se calientan más. Eric está sobre él, pesado, viril, totalmente enchufado de ese hueco. Siente que ese culo le amasa el güevo, como ordeñándoselo. Lo siente caliente, como derretido. Y palpitaba, y a cada palpitación le sobaba más el tolete.

 

   El güevo del abogado se endurecía más, creciendo. Pedro chilla mordiendo la almohada. Eric levanta las caderas, el güevo sale un poco, y cae, cogiéndolo duro. Sube y baja, frotándose contra el joven, abriéndole el culo, poniéndolo más caliente y cachondo. El güevote sube casi todo, hasta la roja cabeza, para luego meterse con un movimiento rápido, aplastándolo contra la cama. Pedro jadea ya sin reparos. Su cuerpo vibra. Su culo se abre y cierra, tragándose el enorme falo. El güevo va y viene, aplastándolo, clavándolo, cabalgándolo. La cama cruje, el colchón se hunde y Pedro chilla que más, que lo coja duro, que le destroce el culo. Eric se calienta oyéndolo, aprieta los dientes y lo cabalga con furia, abrazado a su espalda y hombros.

 

   Si alguien entrara por esa puerta, habría oído los gemidos de gozos, casi putones, de Pedro gimiendo que sí, que lo coja más; habría visto sus piernas muy abiertas, con el güevo aplastado hacia abajo, con sus bolas colgando sobre él. Habría visto las musculosas piernas de Eric sobre las suyas, abiertote también, habría visto su culo abrirse y cerrarse mientras subía y bajaba las caderas contra las nalgas del otro. Habría visto sus bolas colgando, golpeando contra las nalgas del joven a quien enculaba. Habría visto el enorme manduco que salía totalmente, dejando por un segundo el culito abierto como una ‘o’ del otro, para luego caer sobre el mismo, abriéndolo más. Le habría parecido increíble al mirón creer que semejante tolete, largo y grueso, pudiera entrar allí. Pero así era. El culo se abría y cerraba espasmódicamente sobre la tranca. Quería atraparlo dentro de él.

 

   Eric suda y jadea, enloquecido de placer y deseo sobre la espalda de Pedro, que gime y se revuelve bajo él. Eric tiene su pecho pegado a la cálida espalda del otro, provocando un punto muy caliente lleno de sudor. Su culo sube y baja, rítmica y vigorosamente, enculando al joven que gruñe. El culito del chofer sube y baja con esfuerzo, buscando más de ese tolete rojizo que se clava hambriento dentro de sus nalgas. Eric le muerde un hombro, le mordisquea una oreja. Lujurioso, Pedro se medio vuelve hacia él, sonriéndole, cachondo, y sus bocas se unen ahora, sin tabú, sin repugnancias. Le lengua de Eric entra en esa boca, atrapando la vibrante lengua del otro, chupándola ruidosamente.

 

   Con un alarido de placer exacerbado, Eric se tiende sobre su costado izquierdo, llevándose consigo a Pedro, quien queda igual. Eric obliga al otro a flexionar su pierna derecha, dejándole expuesto el ojo del culo, el cual es taladrado así, desde atrás, por Eric. El güevo sale casi todo y vuelve a meterse, profundo, fuerte, meciendo al chofer con las embestidas. Pedro chilla, débil, sin fuerzas, sintiendo como cada nervio de su cuerpo vibra de placer, su cabeza cae en la almohada, cerrando los ojos. Eric aprieta los dientes, gozando con furia, cogiendo a ese carajo. Su güevote grueso se mete con ganas, quedándose ahí, agitándolo dentro, provocándole alaridos de placer agónico al otro. Cogiendo con ganas, Eric le levanta más la pierna, el güevo de Pedro se ve erecto, sus bolas cuelgan hacia abajo, y más abajo, el dilatado culo echa candela mientras el largo tolete del otro lo penetra. Su boca cae con furia sobre una tetillas erecta de Pedro, mordiéndola con fuerza, mientras lo coge más. Todo su cuerpo se tensa. El güevo parece una barra de acero que comienza a temblar, la mente de Eric queda cesante, inundada por corrientes de placer infinito.

 

   El güevo vomita una abundante ración de leche caliente en las entrañas del otro. Eric siente los espasmos y temblores del clímax y todo él se estremece de placer. El güevo aún esta clavado profundamente, sintiéndose húmedo y pegajoso. El ardiente culo chupa esa leche. El culo se abre y cierra, como queriendo sacarle más al otro, mientras se traga el semen; pero es tanta, que algo de esperma sale del dilatado y vicioso agujero. Por otra parte, Pedro grita también, y su güevo erecto tiembla. Eric lo atrapa, codicioso y siente como se estremece, como endurece y escupe su cálida carga sobre su mano. Es tibia y pegajosa. Y de una manera extraña, excitante. Los dos jadean, agotados. Ahítos de sexo y placer. Se miran respirando con esfuerzo.

 

…..

 

   Media hora más tarde, Eric deja el cuartico de Pedro. No estuvo tirando otra vez, acostadote en la cama, dándose lengua con el otro carajo. No. Después del sexo (donde no usó preservativo ni un coño), se sintió culpable. Deprimido. Sucio. Sintió que hizo algo muy malo y asqueroso. Y fue consciente, a esas horas, de que llevaba mucho tiempo allí. Sí su madre volvía… o sí su padre se preguntaba dónde estaba si el carro llevaba un buen tiempo estacionado, se vería metido en un peo grande. Una vez alcanzado el clímax, no resistió la cercanía del otro, por lo que abandonó la cama y entró al baño. Tomó una ducha rara. Se refregó durante un buen rato, casi con rabia. Era una tontería, claro; lo que sentía que hizo no desaparecería con agua y jabón. No podía dejar de sentirse… malo, que había hecho algo muy malo porque no era una persona normal.

 

   Una vez vestido, evitó mirar al chofer, o tocarlo. Cuando Pedro se le acercó, tan tranquilo, en calzoncillo, como para abrazarlo o alguna otra mariquera, Eric se alejó. En forma vaga le deseó suerte y qué ya se verían por ahí, y abandonó la pieza casi a la carrera. Era más bien una huida. Pedro lo miró confuso. Y algo herido. Eric lo había tratado como… algo sucio. Halla él, se dice encogiéndose de hombros. Él tenía mucho trabajo con empacar y sacar todo de la pequeña pieza.

 

   Eric caminó muy lentamente hacia la casona. Se sentía extraño. Dividido. Intentó recordar algo específico de lo hecho, pero era tan feo y desagradable, que su mente lo bloqueaba. Bueno, lo hizo y ya. No fue tan bueno. No fue tan rico. Era más bien repulsivo. Eso zanjaba la cuestión de la sexualidad. Ahora podía seguir sin pensar más en lo maravillosos que sería estar en la cama con un carajo. Eso se acabó. Pero en eso, el joven se equivocaba. Sufría los remordimientos corrientes de alguien que hizo algo que durante toda su vida oyó que era malo, pecaminoso y sucio. Que los hombres no hacían esas cochinadas. Pero mañana… a solas en su cama, los recuerdos serían otros; la mente depuraría los eventos y sólo recordaría las agradables sensaciones que lo recorrieron cuando Pedro le mamó el güevo, o cuando él se la clavó por el culo. Y más en cuanto despertara nuevamente ese monstruo insaciable que en los hombres era la libido.

 

   Entra en la mansión y saluda al pasar a Jaime, el solícito ayudante de su padre. El hombre le indica que Germán está en la biblioteca. Eric le agradece con una sonrisa y sigue su camino. Jaime lo mira y mira hacia la puerta por donde entró. Vaya que tardó bastante el joven en cruzar desde los estacionamientos a la casona. Bota aire, ah, como cambiaban los tiempos, pensar que en sus días ver una pantorrilla de mujer era una locura, y las ganas de caerle encima eran una necesidad. Ahora los hombres… pero en fin, ya la señora se había encargado de Pedro. Meneando la cabeza, sin pensar por un momento en meterse o decir algo, el hombre va hacia la cocina. Seguro que pronto querrían café.

 

   La biblioteca era un salón angosto, de paredes altas. Todas cubiertas de libreros. Sentado en un cómodo butacón, Germán lee un diario. Eric lo mira al entrar y siente emociones encontradas. Su padre nunca ha sido un hombre cariñoso, pero tampoco un ser cruel. Sin embargo, ahora lo veía bajo una luz nueva.

 

   -Buenas tardes, papá. -le dice fingiendo animación.

 

   -Eric, ¿dónde estabas? Hace casi una hora que Jaime me dijo que habías llegado.

 

   -Yo… hablaba algo con Sam por teléfono. Y me encontré con Pedro. ¿Sabías que se va de la mansión? -suena algo culpable por mentirle. Siempre ha tenido la sensación de que sus padres podían adivinarle el pensamiento.

 

   -Si. Tu madre me lo dijo. Es una pena. Pensé que estaba contento aquí. Pero parece que encontró algo mejor. Espero que le vaya bien. -le indica un sillón frente a él.- ¿Muy difícil la junta? Imagino que ahora Frank es copresidente, ¿no es así? -Eric toma asiento.

 

   -¿Sabías que lo harían?

 

   -Era lógico. Era eso o… defenestrarte. Y nunca creí que se atrevieran a tanto.

 

   -Casi. -dice molesto. Lo mira fijamente.- Papá, ¿por qué siempre te opusiste a que Ricardo Gotta fuera socio? Recuerdo que casi alentaste a Aníbal López para que comprara acciones de La Torre cuando decidieron fraccionarla, pero no a Ricardo. -el otro hace una mueca.

 

   -Nunca me gustó Ricardo. Es un hombre que te sonríe y te da la mano mientras piensa cómo apuñalarte por la espalda. Él… tiene sus propios planes. Intenté salir de él hace tiempo, pero ni Aníbal, Norma o los socios minoritarios me creyeron cuando les dije que ese tipo nos traería problemas. No me gustaba la gente que llevaba al bufete. -Eric lo mira duro.

 

   -Sin embargo, antes de irte, dejaste que la firma se llenara de basura. -lo acusa.

 

   -¿De qué hablas? -se molesta, encarándolo.

 

   -Del diputado Guzmán Rojas y del general Bittar. Son poco menos que delincuentes y tú lo sabes bien. Sin embargo son los grandes clientes preferenciales de la firma. Y están ahí desde tus días al frente de todo.

 

   -Son negocios, Eric. La firma siempre los ha hecho con el gobierno de turno. Siempre ha habido gente acusada de manejos ilícitos, de corrupción. El deber de una firma de abogados es prestar asistencia legal a la gente que los solicita.

 

   -Papá, hablamos de un traficante de armas. De alguien que… entrega pistolas y fusiles a criminales que ahora están armados. -casi alza la voz. Germán lo contiene levantando una mano.

 

   -Un presunto traficante de armas. No lo olvides, hijo, un hombre es inocente hasta que se demuestra la contrario. -Eric lo mira impactado.

 

   -¡Armas, papá! Con eso matan gente. ¿Quieres a La Torre mezclada en eso?

 

CONTINÚA … (10)

 

Julio César.

A VECES EN LA OFICINA

abril 16, 2008

EL SECRETO DE MI ÉXITO…

ATRACO EN EL ÁVILA        

 

Julio César.