LUCHAS INTERNAS… (9)

LUCHAS INTERNAS                         … (8)

   El chico encontraría, debajo de todo, a un príncipe…

……

 

   -Muchas gracias por esta oportunidad, doctor Caracciolo. Haré todo lo posible para… -recita precipitadamente el joven, en forma cortés.

 

   -No me vengas con tonterías. Sabes muy bien que estás aquí porque no encontraban donde ponerte y la vieja Norma quiere que te den algo. Odio a los recomendados. Generalmente no sirven para nada. -nota con placer como el joven palidecía para luego enrojecer, sorprendido ante su ataque.- Pero sí eres el pobre imbécil que sospecho que eres, nada te salvará. Saldrás de aquí como corcho de limonada.

 

   -Intentaré… intentaré hacerlo bien, doctor. -dice ronco, ofuscado. Un maldito, iba a trabajar para un maldito coño’e madre. Tenía que ser, dada su mala suerte, se dice el joven.

 

   -Hay algo que quiero que atiendas ya por mí. En el pasillo hay una vieja que trabaja coleteando. Deja todo eso peor de lo que estaba antes de trapear. Esta mañana me ensució los zapatos con su mopa. Vieja inútil, no entiendo como la tienen aún aquí. Esos viejos siempre son un problema. Se caen, se parten un hueso y hay que cuidarlos. Y con el tiempo se toman confianzas, como si fueran que se yo… gente a la que se aprecia. -bota aire molesto.- Quiero que vayas a Personal y que me la boten. Que le inventen algo y la despidan sencillo, y que cuando se vaya le digan que es un recuerdo mío y que no me olvide. -lo dice como quien ordena una cena, ojeando unas carpetas. Nicolás se queda estático. No puede creer lo que oyó. Frank levanta la mirada.- ¿Quieres que te lo pase por escrito? -es brutal.

 

   -No, señor; pero, ¿botarla por eso? Si es vieja y pasa coleto no creo que lo haga por excéntrica. Debe necesitar el trabajo y sí es mayor no le será fácil encontrar algo más y… -balbucea. Frank lo mira con la boca abierta, incrédulo. Ferozmente incrédulo. No estaba acostumbrado a que nadie intentara razonarle algo en contra de sus deseos. Le grita.

 

   -¿Acaso te pedí tu opinión o tu consejo? Te dije que fueras a encargarte de que la echen. No quiero oír nada de lo que tengas que decir, imbécil. -es violentamente grosero.- Haz lo que te digo y no intentes pensar por ti mismo.

 

   -Pero, doctor… -Nicolás tiembla de temor, de perder el trabajo antes de comenzar y de temor a ese carajo violento. Frank, casi sin darse cuenta de lo que hace toma un cenicero y se lo arroja, pelándolo por poco.

 

   -¡Que la corran! -le grita feamente. Nicolás está en shock, no puede pensar y asiente, casi saliendo a la carrera.- Idiota… -lo llama. Confuso, Nicolás lo mira.- Recoge ese cenicero. Por Dios, ¿acaso vives en una pocilga? No me gusta el desorden.

 

   Horriblemente humillado, Nicolás se agacha y lo levanta. Frank sonríe leve, le agradó ese gesto de sumisión. Otro espíritu que aplasta. Y le gustó. Ese muchachito se veía muy altanero. Y se había atrevido a refutarle algo. Poca gente se atrevía a tanto. Ya no volvería a hacerlo. Nota que el joven no lo mira mientras coloca el cenicero en su sitio, con la cara muy roja, se disculpa y sale. Frank arruga la cara; no parecía sumiso todavía. Nicolás no puede entender su furia, pero era simple: el hombre sabía para qué estaba ahí el joven. ¡Para vigilarlo! Norma quería asegurarse de tener un espía cerca de él. Y Aníbal lo había aprobado. Ah, pero ya se encargaría él de hacerle la vida miserable a la ratica esa; lo haría arrepentirse de trabajar para la vieja loba.

 

   Por su lado, Nicolás sale jadeando de la oficina. Se siente agotado y cae sobre la silla que se supone será la de su escritorio. Mira hacia la puerta de Frank con un odio terrible. Maldito miserable. Era un grandísimo hijo de puta. ¿Cómo se suponía que debía trabajar para él? Siente unas ganas horribles de entrar, gritarle que se meta su trabajo por el culo, pateárselo también sí se descuidaba, e irse de allí. Pero no puede. Llevaba cuatro meses sin empleo, y casi cuatro años de revolución habían destruido las fuentes de trabajo. Y él no tenía pasta de voceador para salir a vender discos o tostones. Casi siente ganas de gritar, ahora tendría que calarse a ese animal. Coño, ¿sería que su mala suerte no acabaría nunca? Ese carajo le gritó, lo vergajeó, barrió el piso con él  y encima le tiró una vaina que sí le da, lo saca del mundo. Y tuvo que calárselo. Nota un ardor traidor en los ojos; parpadeando, toma aire. Control, Nicolás, control. Nada de lágrimas, coño… no ahí; él podría salir y verlas.

 

…..

 

   Eric duda, viendo a Pedro aún a sus pies, mirándolo anhelante. El joven le pidió que lo cogiera, pero el abogado no sabe qué hacer. Nunca había hecho algo como eso, coger a otro carajo. Y no sabía sí podría hacerlo. No se puede luchar contra toda una vida de prejuicios, y meterle el güevo a otro tipo por el culo era uno de esos asuntos grandes que eran prohibidos.

 

   -No te pongas así, es algo rico. Muy rico. -le dice con una mueca libidinoso, levantándose, mirando a Eric a los ojos.- Hummm, un buen güevo en el culo es la gloria, pana. -aprieta los dientes tomando aire.

 

   El joven abogado está caliente, lo que más quiere en esta vida es continuar, saber qué se sentiría al fin coger a alguien como Pedro. Soñó tantas noches  con eso; pero ahora, mil prejuicios lo frenaban. Pedro parece entenderlo, con una sonrisa libidinosa le rodea el cuello con sus brazos y casi lo hala. A Eric lo han besado muchas veces, mujeres claro está, pero este halón era fuerte y  exigente, de macho; Pedro atrapa su boca con la suya y no lo deja huir. Eric pela los ojos impactado, sintiéndose enfermo; pero esos labios húmedos, suaves y tibios, aunque firmes, atrapan su labio inferior, lamiéndolo, mordiéndolo, mientras el cuerpo se frota del suyo. Repara en ese cuerpo fuerte, viril y  caliente contra él. Nota como el güevo de Pedro, que escapa de la tanga, choca y se frota del suyo, produciéndole chispazos de placer, de excitación, de desesperación. Con un gemido, Eric abre la boca y la lengua de Pedro, móvil y suave, entra a luchar con la suya. El abogado siente que todo le da vueltas, mientras sus brazos atrapan la espalda del otro, apretándolo más. Su lengua choca y lucha con la de chofer, y cada contacto, cada lamida, cada chupada le produce más deseo y excitación.

 

   Se dan un buen jamón, mientras las manos ansiosas de Eric recorren la desnuda espalda del otro, metiendo las dos dentro de la tanga, apretando y amasado esas nalgas, aplastándole más la cadera contra la suya. Es tanta la urgencia de su boca que ahora invade la de Pedro, lamiéndola toda y bebiéndose su saliva con tal avidez que el otro jadea indefenso. Como besaba, coño. Sus bocas se separan del mordelón y babeante ósculo. Se miran respirando agitados. Se separan y Eric se quita el saco, la corbata y comienza a abrirse la camisa, mientras Pedro sonriente, le abre la correa y el pantalón. No pasaron sino segundos antes de que Eric, totalmente desnudo, con ese güevo tieso como una barra de acero, cayera de espaldas sobre la estrecha cama de Pedro, empujado por él, que ríe. Eric se siente tonto, culpable, excitado y feliz. Mira sonriente recostado de la cama como el otro lo mira anhelante, quitándose la tanga.

 

   -Eres un carajo bonito, jefe. -dice ronco, Pedro.

 

   Se arrodilla a un lado de Eric y su boca golosa cae nuevamente sobre el tolete, tragándosela toda, con un gran esfuerzo bucal, para bajar por la gruesa y cálida barra. Eric, jadeando, mira como eso baja por su garganta, casi ahogándolo. ¿Cómo podía tragarse algo que era más grande que su boca?, se pregunta fascinado. Esa boca viciosa y húmeda, que deja regueros de saliva, sube y baja con ganas del pilón, mientras le abre más las piernas. El joven se lo saca de la boca, pega la lengua de la punta y baja, lamiéndola como a una rica chupeta. El otro gime agónico. Esa lengua lame y chupa los dos testículos, mojándolos de tibia saliva. Atrapa uno y lo mama como quien come mamón. Chupa e increíblemente la otra bola también queda atrapada dentro de la cálida boca. Las degusta, mientras con su mano masturba el tronco de gimiente Eric. Nunca le habían hecho algo así. Esa boca le produce dolorosas cosquillas a sus pelotas. Inclinándose entre sus piernas, Pedro deja las bolas, lo mira anhelante y el otro entiende que es lo que quiere.

 

   -Acuéstate… -dice ronco Eric, palmeando la cama a su lado.

 

   Con una sonrisa de excitación y expectación, Pedro cae a su lado, boca arriba en la cama. Eric cae sobre él, atrapándole la babilla con una mano y besándolo. Su lengua entra decidida, con ganas, perdido ya todo reparo en besar a otro carajo. Los dos se besan en una lucha de lenguas, frotando cuerpo contra cuerpo, sintiendo el sudor, calor y dureza del cuerpo contrario. Eric lo obliga a volverse. Pedro tiembla todo, gimiendo de ganas por lo que viene, aunque iniciado hace poco en el sexo anal, ahora entiende que le encanta.

 

   Eric detalla su nuca, espalda, nalgas y piernas: es un macho. Alguien a quien tenía a su disposición, caliente por lo que él iba a darle. Soba la musculosa espalda, pero sus ojos están fijos sobre ese trasero lampiño. Sus dedos caen sobre esas masas, apretándolas, amasándolas. Pedro gime, casi mordiéndose los labios, esos dedos lo aprisionan y lo enloquecen. La mano se abre camino entre las nalgas, sobándole la raja interglútea, haciendo que Pedro chille en forma anhelante. Esa caricia lo enloquece tanto, haciéndolo querer más, que sus nalgas suben y bajan, girando en forma circular, queriendo frotarse más contra la mano caliente del otro, que sonríe al verlo tan ávido de eso.

 

   El abogado jadea muy excitado; ver esas nalgas que suben y bajan, abriéndose y cerrándose sobre su mano, hambrientas, lo vuelve loco. Se inclina un poco frente a las nalgas de Pedro, se las abre exponiéndole el rosado y arrugado culo, que se agita cuando un dedo se frota allí. Pedro chilla. Ese dedo se frota en la entrada de su culo provocándole unas cosquillas, un placer y un deseo sin límites. Eric lo oye gemir, lo ve agitarse todo, nota como suda, y con una sonrisa libidinosa le entierra el dedo lentamente en el culo. El otro jadea casi como en un sollozo, débil, sumiso, entregado al macho.

 

   Sintiendo como el güevo le palpita y babea, de lo duro y excitado que está, Eric se tiende sobre el otro, que abre boca y ojos, esperando. Eric levanta sus nalgas, donde la línea del bronceado es un poco más grande que la del otro, y enfila la cabeza de su güevote contra el culito. Lo mira chico, arrugado, cerrado, y por un leve momento vuelve a dudar. Pero era un hombre, un carajo que deseaba su güevo, y él quería ese culo. Había pasado años soñando con algo como eso.

 

   La roja cabeza hinchada se frota contra el culito. Pedro gime, asustado y anhelante. El güevo entierra su cabeza, lentamente. Eric siente que se resiste, que roza con fuerza. Pedro jadea más. El güevo es grande. La cabeza se clava dentro del apretado culito. Eric pasa saliva, sintiendo como ese pedazo de güevo es sobado y chupado por ese anillo. Pedro se agita, su culo se estremece de ganas, deseando que le entre más. Miren que está caliente, se dice Eric. Con una sonrisa empuja un poco más y el tolete va entrando. Pedro chilla levantando el rostro sudado. El güevo entra, hondo, profundo, duro, caliente. Entra todo, hasta los pelos púbicos.

 

   -Hummm… -jadea Pedro, ocultando el rostro en la cama, sintiendo la barra caliente taladrándolo.

 

   El culito resiente la dura entrada. Pedro chilla, eso le quema, le duele, pero al mismo tiempo una rica corriente de calor, de deseo, de placer, lo recorre. Siente como su güevo, sus bolas, sus tetillas y su boca, se calientan más. Eric está sobre él, pesado, viril, totalmente enchufado de ese hueco. Siente que ese culo le amasa el güevo, como ordeñándoselo. Lo siente caliente, como derretido. Y palpitaba, y a cada palpitación le sobaba más el tolete.

 

   El güevo del abogado se endurecía más, creciendo. Pedro chilla mordiendo la almohada. Eric levanta las caderas, el güevo sale un poco, y cae, cogiéndolo duro. Sube y baja, frotándose contra el joven, abriéndole el culo, poniéndolo más caliente y cachondo. El güevote sube casi todo, hasta la roja cabeza, para luego meterse con un movimiento rápido, aplastándolo contra la cama. Pedro jadea ya sin reparos. Su cuerpo vibra. Su culo se abre y cierra, tragándose el enorme falo. El güevo va y viene, aplastándolo, clavándolo, cabalgándolo. La cama cruje, el colchón se hunde y Pedro chilla que más, que lo coja duro, que le destroce el culo. Eric se calienta oyéndolo, aprieta los dientes y lo cabalga con furia, abrazado a su espalda y hombros.

 

   Si alguien entrara por esa puerta, habría oído los gemidos de gozos, casi putones, de Pedro gimiendo que sí, que lo coja más; habría visto sus piernas muy abiertas, con el güevo aplastado hacia abajo, con sus bolas colgando sobre él. Habría visto las musculosas piernas de Eric sobre las suyas, abiertote también, habría visto su culo abrirse y cerrarse mientras subía y bajaba las caderas contra las nalgas del otro. Habría visto sus bolas colgando, golpeando contra las nalgas del joven a quien enculaba. Habría visto el enorme manduco que salía totalmente, dejando por un segundo el culito abierto como una ‘o’ del otro, para luego caer sobre el mismo, abriéndolo más. Le habría parecido increíble al mirón creer que semejante tolete, largo y grueso, pudiera entrar allí. Pero así era. El culo se abría y cerraba espasmódicamente sobre la tranca. Quería atraparlo dentro de él.

 

   Eric suda y jadea, enloquecido de placer y deseo sobre la espalda de Pedro, que gime y se revuelve bajo él. Eric tiene su pecho pegado a la cálida espalda del otro, provocando un punto muy caliente lleno de sudor. Su culo sube y baja, rítmica y vigorosamente, enculando al joven que gruñe. El culito del chofer sube y baja con esfuerzo, buscando más de ese tolete rojizo que se clava hambriento dentro de sus nalgas. Eric le muerde un hombro, le mordisquea una oreja. Lujurioso, Pedro se medio vuelve hacia él, sonriéndole, cachondo, y sus bocas se unen ahora, sin tabú, sin repugnancias. Le lengua de Eric entra en esa boca, atrapando la vibrante lengua del otro, chupándola ruidosamente.

 

   Con un alarido de placer exacerbado, Eric se tiende sobre su costado izquierdo, llevándose consigo a Pedro, quien queda igual. Eric obliga al otro a flexionar su pierna derecha, dejándole expuesto el ojo del culo, el cual es taladrado así, desde atrás, por Eric. El güevo sale casi todo y vuelve a meterse, profundo, fuerte, meciendo al chofer con las embestidas. Pedro chilla, débil, sin fuerzas, sintiendo como cada nervio de su cuerpo vibra de placer, su cabeza cae en la almohada, cerrando los ojos. Eric aprieta los dientes, gozando con furia, cogiendo a ese carajo. Su güevote grueso se mete con ganas, quedándose ahí, agitándolo dentro, provocándole alaridos de placer agónico al otro. Cogiendo con ganas, Eric le levanta más la pierna, el güevo de Pedro se ve erecto, sus bolas cuelgan hacia abajo, y más abajo, el dilatado culo echa candela mientras el largo tolete del otro lo penetra. Su boca cae con furia sobre una tetillas erecta de Pedro, mordiéndola con fuerza, mientras lo coge más. Todo su cuerpo se tensa. El güevo parece una barra de acero que comienza a temblar, la mente de Eric queda cesante, inundada por corrientes de placer infinito.

 

   El güevo vomita una abundante ración de leche caliente en las entrañas del otro. Eric siente los espasmos y temblores del clímax y todo él se estremece de placer. El güevo aún esta clavado profundamente, sintiéndose húmedo y pegajoso. El ardiente culo chupa esa leche. El culo se abre y cierra, como queriendo sacarle más al otro, mientras se traga el semen; pero es tanta, que algo de esperma sale del dilatado y vicioso agujero. Por otra parte, Pedro grita también, y su güevo erecto tiembla. Eric lo atrapa, codicioso y siente como se estremece, como endurece y escupe su cálida carga sobre su mano. Es tibia y pegajosa. Y de una manera extraña, excitante. Los dos jadean, agotados. Ahítos de sexo y placer. Se miran respirando con esfuerzo.

 

…..

 

   Media hora más tarde, Eric deja el cuartico de Pedro. No estuvo tirando otra vez, acostadote en la cama, dándose lengua con el otro carajo. No. Después del sexo (donde no usó preservativo ni un coño), se sintió culpable. Deprimido. Sucio. Sintió que hizo algo muy malo y asqueroso. Y fue consciente, a esas horas, de que llevaba mucho tiempo allí. Sí su madre volvía… o sí su padre se preguntaba dónde estaba si el carro llevaba un buen tiempo estacionado, se vería metido en un peo grande. Una vez alcanzado el clímax, no resistió la cercanía del otro, por lo que abandonó la cama y entró al baño. Tomó una ducha rara. Se refregó durante un buen rato, casi con rabia. Era una tontería, claro; lo que sentía que hizo no desaparecería con agua y jabón. No podía dejar de sentirse… malo, que había hecho algo muy malo porque no era una persona normal.

 

   Una vez vestido, evitó mirar al chofer, o tocarlo. Cuando Pedro se le acercó, tan tranquilo, en calzoncillo, como para abrazarlo o alguna otra mariquera, Eric se alejó. En forma vaga le deseó suerte y qué ya se verían por ahí, y abandonó la pieza casi a la carrera. Era más bien una huida. Pedro lo miró confuso. Y algo herido. Eric lo había tratado como… algo sucio. Halla él, se dice encogiéndose de hombros. Él tenía mucho trabajo con empacar y sacar todo de la pequeña pieza.

 

   Eric caminó muy lentamente hacia la casona. Se sentía extraño. Dividido. Intentó recordar algo específico de lo hecho, pero era tan feo y desagradable, que su mente lo bloqueaba. Bueno, lo hizo y ya. No fue tan bueno. No fue tan rico. Era más bien repulsivo. Eso zanjaba la cuestión de la sexualidad. Ahora podía seguir sin pensar más en lo maravillosos que sería estar en la cama con un carajo. Eso se acabó. Pero en eso, el joven se equivocaba. Sufría los remordimientos corrientes de alguien que hizo algo que durante toda su vida oyó que era malo, pecaminoso y sucio. Que los hombres no hacían esas cochinadas. Pero mañana… a solas en su cama, los recuerdos serían otros; la mente depuraría los eventos y sólo recordaría las agradables sensaciones que lo recorrieron cuando Pedro le mamó el güevo, o cuando él se la clavó por el culo. Y más en cuanto despertara nuevamente ese monstruo insaciable que en los hombres era la libido.

 

   Entra en la mansión y saluda al pasar a Jaime, el solícito ayudante de su padre. El hombre le indica que Germán está en la biblioteca. Eric le agradece con una sonrisa y sigue su camino. Jaime lo mira y mira hacia la puerta por donde entró. Vaya que tardó bastante el joven en cruzar desde los estacionamientos a la casona. Bota aire, ah, como cambiaban los tiempos, pensar que en sus días ver una pantorrilla de mujer era una locura, y las ganas de caerle encima eran una necesidad. Ahora los hombres… pero en fin, ya la señora se había encargado de Pedro. Meneando la cabeza, sin pensar por un momento en meterse o decir algo, el hombre va hacia la cocina. Seguro que pronto querrían café.

 

   La biblioteca era un salón angosto, de paredes altas. Todas cubiertas de libreros. Sentado en un cómodo butacón, Germán lee un diario. Eric lo mira al entrar y siente emociones encontradas. Su padre nunca ha sido un hombre cariñoso, pero tampoco un ser cruel. Sin embargo, ahora lo veía bajo una luz nueva.

 

   -Buenas tardes, papá. -le dice fingiendo animación.

 

   -Eric, ¿dónde estabas? Hace casi una hora que Jaime me dijo que habías llegado.

 

   -Yo… hablaba algo con Sam por teléfono. Y me encontré con Pedro. ¿Sabías que se va de la mansión? -suena algo culpable por mentirle. Siempre ha tenido la sensación de que sus padres podían adivinarle el pensamiento.

 

   -Si. Tu madre me lo dijo. Es una pena. Pensé que estaba contento aquí. Pero parece que encontró algo mejor. Espero que le vaya bien. -le indica un sillón frente a él.- ¿Muy difícil la junta? Imagino que ahora Frank es copresidente, ¿no es así? -Eric toma asiento.

 

   -¿Sabías que lo harían?

 

   -Era lógico. Era eso o… defenestrarte. Y nunca creí que se atrevieran a tanto.

 

   -Casi. -dice molesto. Lo mira fijamente.- Papá, ¿por qué siempre te opusiste a que Ricardo Gotta fuera socio? Recuerdo que casi alentaste a Aníbal López para que comprara acciones de La Torre cuando decidieron fraccionarla, pero no a Ricardo. -el otro hace una mueca.

 

   -Nunca me gustó Ricardo. Es un hombre que te sonríe y te da la mano mientras piensa cómo apuñalarte por la espalda. Él… tiene sus propios planes. Intenté salir de él hace tiempo, pero ni Aníbal, Norma o los socios minoritarios me creyeron cuando les dije que ese tipo nos traería problemas. No me gustaba la gente que llevaba al bufete. -Eric lo mira duro.

 

   -Sin embargo, antes de irte, dejaste que la firma se llenara de basura. -lo acusa.

 

   -¿De qué hablas? -se molesta, encarándolo.

 

   -Del diputado Guzmán Rojas y del general Bittar. Son poco menos que delincuentes y tú lo sabes bien. Sin embargo son los grandes clientes preferenciales de la firma. Y están ahí desde tus días al frente de todo.

 

   -Son negocios, Eric. La firma siempre los ha hecho con el gobierno de turno. Siempre ha habido gente acusada de manejos ilícitos, de corrupción. El deber de una firma de abogados es prestar asistencia legal a la gente que los solicita.

 

   -Papá, hablamos de un traficante de armas. De alguien que… entrega pistolas y fusiles a criminales que ahora están armados. -casi alza la voz. Germán lo contiene levantando una mano.

 

   -Un presunto traficante de armas. No lo olvides, hijo, un hombre es inocente hasta que se demuestra la contrario. -Eric lo mira impactado.

 

   -¡Armas, papá! Con eso matan gente. ¿Quieres a La Torre mezclada en eso?

 

CONTINÚA … (10)

 

Julio César.

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