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ESPERANDO UNA NOCHE CUALQUIERA… (2)

junio 28, 2008

 …MAR DEL NORTE… POESÍA                 …UNA NOCHE CUALQUIERA

   ¿Quién no sentiría celos?

 

   La última vez echaba un cuento cualquiera donde Jack espera una noche en una cantina a Ennis, para verse, para ir a donde generalmente acudían para matar las ganas que siempre sentían el uno por el otro. Mientras esperaba, Jack reparó en un joven que lo miraba mucho. Recordemos todos que el vaquero de rodeos es un tipo increíblemente apuesto, y a su llegada, Ennis lo encontró como muy amistoso con el muchacho. Eso lo llenó de rabia y discutieron. Ennis dijo cosas terribles, y Jack le replicó con ese genio siempre tan vivo como tiene.

 

   Amigos que leyeron el cuento, me dijeron que era tonto ponerlos a pelear así, pero debemos recordar que esos dos estuvieron viéndose, a escondidas pero viéndose al fin y al cabo, durante veinte años, entre ellos debió pasar de todo. Además, me agradan las historias donde Ennis cela y sufre por Jack. Su cuenta con él no estará cubierta jamás, al menos en mi opinión. Debemos recordar también que después de una buena pelea… Ahora me disculpo por si alguien leyó la otra parte, por cuestiones ajenas no lo había terminado y tardé en continuarlo. Lo siento.

……….

Te necesito…

 

   -No puedes salirme con eso, decirme que tienes otro compromiso. Habíamos planeado este encuentro hace días. ¡Tú lo sabías! No puedes irte así. Te he estado esperando desde hace semanas. –le reclama Jack, en la oscura y estrecha calleja.

 

   -Y eso ¿qué? Vuelve a tu mesa y sigue con lo que hacías. –acusa con voz acerada, oprimiendo los labios, lleno de rabia.- Eres un maldito puto, Jack Twist. ¿Tanto necesitas eso que te expones por un mesero en una cantina cualquiera? –reprocha con rabia y dureza.- Eres un tipo desvergonzado y un día de estos nos meterás en problemas a los dos. Y no voy a dejar que me hagas caer contigo en tus cochinadas.

 

   -¿Qué? –exclama Jack, con boca y ojos muy abiertos.- ¡Cállate, maldito bastardo! –le grita, señalándolo con un dedo.- Toda mi maldita vida contigo me la he pasado protegiéndote, y cuidando a todos, porque no me quedó otro remedio. ¿Cuándo te he hecho una escena o he provocado un escándalo? Siempre he estado ahí para ti, porque quise, sin pedirte nada. Siempre he sido tu amigo bajo tus términos, el amigo a quien quieres ver unas pocas veces al año, manosear un rato y luego alejar como a un sarnoso, pero yo lo acepté así. Por ti cruzo todo este territorio, por ti dejo los riñones en la carretera, por ti dejo a mi familia y mi casa mientras tú sólo esperas que yo llegue y te des… el gusto y luego me miras cansado, aburrido, deseando que me vaya y te deje en paz. Tú te ocultas. Tú me ocultas. Me acusas de marica, y en tu cabeza eso soy, ¿verdad, Ennis?: ¡Jack, el marica! Por eso jamás me has presentado a nadie en la calle aunque saludas a uno que otro cuando vamos a una cantina, como si temieras que fuera tan marica que todos se darán cuenta. Ese soy yo, ¿no?: Jack, el cochino. El cochino marica. –deja escapar con rabia y amargura.

 

   -¡No me culpes de nada, hijo de puta! –gruñe incómodo, molesto consigo mismo, pero sobretodo con Jack.- Vienes porque quieres. Tú lo quieres…

 

   -Sí, porque quiero venir. Cuando paso tiempo sin verte… deseo estar aquí, Ennis, porque verte se me hace una necesidad. Pero me cansa ver la distancia que pones siempre entre los dos. La cautela con que me hablas, con la que me miras. Me molesta ver tu cansancio cuando estamos juntos en una cama y te hablo y piensas que sólo digo tonterías. Jamás te haría daño, no soy un sucio monstruo ni el marica necio que te marcará delante de todos, pero siempre temes que te lastime. ¡No lo haré! Sólo soy el tipo que de vez en cuando se deja caer por aquí y quiere estar cerca de su amigo, nada más, porque eso lo dejaste muy claro años atrás, que para mí no había nada más, que para mí no existía futuro. Sólo soy eso… tu amigo que viene de vez en cuando. Dijiste que sólo podíamos aguantar, y he aguantado todos este tiempo.

 

   -¿De verdad? –le grita al rostro, transfigurado por una rabia que Jack no entiende. La verdad es que un fuego malo consume el pecho de Ennis.- ¿Mi amigo que viene de vez en cuando? ¿Eso es todo lo que haces de tu vida, Jack? ¿Nunca has hecho más? ¿Que pasó durante los años que no nos vimos? ¿Qué haces en los meses que no nos vemos? ¿Sólo Lureen comparte tu vida? ¿Sólo ella entra en tu cama? –demanda saber con rabia.- En tu guantera, esos fósforos mexicanos, ¿de dónde salieron? ¿Desde cuándo están ahí? ¿De qué hablabas con ese tipito dentro del bar, tan sonriente? ¿Qué le decías mientras lo mirabas con fijeza? ¿Qué te decía él con su sonrisa boba? ¿Que tus ojos son bonitos, que tu sonrisa es maravillosa, comentaba sobre lo bien que hueles? ¿O hablaban de mujeres? ¿O de toros y caballos? –quiere saber, casi escupiendo al rostro de Jack, con furia.

 

   Para Ennis era una tortura permanente pensar en Jack cuando no estaban juntos. Había momentos en los que se enternecía recordándolo dormir a su lado, cuando deseaba besarlo y acunarlo con una ternura que le asustaba, pero la mayor parte del tiempo sentía un miedo que no expresaba nunca: ¿y si estaba con otro? Le quemaba en el alma el entender para sí que la única persona a la que amaba más que a su vida misma era precisamente otro hombre, pero no había podido hacer nada para evitarlo, no fue algo que quiso, no lo decidió. Un día vio los ojos de ese tipo frente a él, mirándolo con franca curiosidad frente a una oficina a la que fue en busca de empleo, y supo en ese instante que estaba perdido. En ese momento pensó en huir, pero temblando, había decidido esperar, porque le gustaba mirarlo y en su inocencia de muchacho tonto pensó que con eso bastaría para sentirse bien, con sólo estar a su lado y mirarlo cuando él estuviera descuidado. Ahora le atormenta pensar que a ese otro hombre no le bastara uno que otro encuentro al año para ser feliz, y que busque por ahí, por fuera, lo que no encuentra con él.

 

   -No estaba haciendo nada malo. –grita molesto Jack, con el rostro muy rojo, arrecho realmente, dejando salir su temperamento explosivo también.

 

   -¿De qué hablaban entonces? ¡Yo los vi! Parecían encantados de la vida.

 

   -¿Por qué me tratas y gritas así? –ruge a su vez.- Yo no tengo por qué explicarme ni explicarte nada, maldito desgraciado. Estoy harto de entender y de disculpar. Me arrecha tener que mantenerme distante para no molestarte con mi necesidad de ti. Me mata mantenerme apartado, lejos, sin llamarte, sin buscarte, para que tú vivas tranquilo y seas feliz; para que encima tenga que soportar tus gritos.

 

   -Nunca he estado tranquilo desde el maldito día en que te conocí. –le replica con rencor.- ¿Crees que mi vida ha sido fácil? ¿Crees que soy feliz? ¿Crees que lo he sido desde esa condenada noche en la montaña Brokeback? ¿Piensas que esta es la vida que quería para mí? –demanda saber, y Jack retrocede un poco, como golpeado en la mandíbula, desconcertado, casi oyendo como se rasga y rompe en mil pedazos su vida, esa poca cosa que era su existencia.

 

   -Vete a la mierda, Ennis del Mar. –casi susurra, con esfuerzo, y se aleja por ese calleja abierta al final, caminando lentamente, como pisando sombras.

 

   Ennis se siente mal, un escalofrió desagradable lo recorre todo. Por un momento piensa en seguirlo y gruñir algo que sonara como a un ‘espera’, pero traga saliva y se lleva las manos a la cabeza, hundiendo más el viejo sombrero sobre su frente, con desesperación. Ahora le duele todo lo que dijo, toda la rabia que sintió; pero recordar a Jack hablando con el tipito del bar le da fuerzas para alejarse en dirección contraria. Va frenándose, no puede seguir, jadea pesadamente. Jack se alejaba…, Dios, cómo dolía. Camina con torpeza cuando pasa frente al bar, desgarrándose por sus ganas de volver, de correr tras el otro. Sólo ese horrible orgullo suyo le permite continuar; y es allí donde encuentra al cantinero, ¿buscando a Jack? Se detiene en seco, apretando los puños y mirándolo con total hostilidad. Siente unos deseos enormes de golpearlo, de pagar con él todo lo ocurrido con Jack; desea borrarle a puñetazos ese rostro joven de muchacho impresionado, porque entiende que una cara así debía atraer forzosamente a Jack, al puto de Jack Twist. El joven lo mira de forma altanera a su vez, como si le desagradara.

 

   -Oiga, ¿dónde está el vaquero del cumpleaños? Dejó su sombrero. –lo alza, y Ennis sabe que se trata del sombrero de Jack.

 

   -¿Su cumpleaños? –jadea, sintiéndose torpe, algo mareado.

 

   -Eso me dijo. Que era su cumpleaños y que estaba esperando a un buen amigo para celebrarlo, a su mejor amigo de todo el mundo, dijo. Me pidió una botella de whisky. Fui a buscarla pero cuando volví ya no estaba.

 

   -Mantenla fría en la mesa. –ruge Ennis después de unos instantes, quitándole el sombrero de un zarpazo y echando a correr por la calleja.

 

   El hombre se siente mal, culpable. ¡El cumpleaños de Jack!, lo había olvidado completamente; pero bueno, hablaron de eso hace mucho y él olvidaba hasta el cumpleaños de sus hijas. Lo que le molesta en esos momentos era haberle gritado como lo hizo, carcomido por los celos, porque a todo se reducía eso, sus celos. Sintió tanta rabia de verlo, bonito y sonriente, hablando con el carajito carilinda, que sólo pensó en lastimarlo, en herirlo y hacerlo sentir bien mal; por eso lo había insultado en esa forma tan terrible. ¿Y si ya se había ido? Estremeciéndose se dice jadeando para sus adentro: no, que no se halla ido, Dios mío. Esperó semanas enteras para ese encuentro, para verlo frente a él, sonriendo siempre, con sus ojos hablando de alegría, de ternura, de amor. Esperó mucho para tener a Jack al alcance de sus manos.

 

   Los tres últimos días los había pasado entre la ansiedad y la impaciencia, deseando tenerlo ya frente a él para atraparlo entre sus brazos, para besarlo, para amarlo como siempre hacía, sintiéndose lanzado hacia las alturas en ese momento. Había contado las horas que faltaban para verlo, y le parecieron días enteros; y bastó verlo un segundo hablando con otro para mandarlo todo al carajo. Lo esperó por semanas y ahora el otro se había ido. Había desperdiciado la oportunidad en meses de ser amado por Jack. Cuando casi llega al final de la calleja, a punto de gritar de frustración, se detiene. Jack está sentado en una acera algo alta, cabizbajo. Ennis sintió alivio y vergüenza, estaba profundamente arrepentido de haberlo ofendido, pero en ese momento lo que más sentía era dicha: ¡Jack no se había ido! Va a su lado, y se detiene, tieso.

 

   -Esperé este encuentro durante días enteros. Imaginé cómo sería esta vez y sonreía de felicidad; Lureen me preguntaba qué me pasaba que me veía tan contento. Hasta pensé en lo que te diría mañana, al despertar en la cama entre tus brazos: te diría no desayunemos, aliméntame de ti. –sonríe con gesto torvo, sintiéndose idiota, sin mirarlo.- Por eso estoy aquí, sentado todavía, Ennis del Mar. No podía irme así, maldito desgraciado, como si la semana que viene pudiéramos vernos, como si fuera tan fácil, tan simple como llamar y encontrarnos. –confiesa con voz opaca, muerta, Jack, con la vista en la nada.

 

   -Jack… -comienza ronco, Ennis.- Mi vida comenzó…

 

   -No digas una maldita cosa ahora, Ennis del Mar, o me levanto y me voy al carajo en este instante. –lo mira con ojos brillantes de rabia, de frustración.- No digas que no me crees un sucio marica. No digas que mentías al decir que tu vida ha sido peor desde que me conociste. No digas nada.

 

   Callan. Pero Ennis sí quiere decirle que mentía, que hablaba con rabia. Quiere explicarle que antes de él estaba vacío, que no había nada, que él mismo sentía que algo faltaba, que estaba muerto, que cuando miró sus ojos por primera vez y se estremeció de pies a cabeza, supo lo que era estar vivo, sentir. En ese momento sintió realmente el calor del sol y la caricia de la brisa. Pero calla, mira el sombrero en sus manos y va a colocarlo sobre la nuca del otro, pero Jack se lo quita casi de un manotón. Estaba molesto, molesto y dolido. Ennis no sabe qué decir, y cae sentado a su lado. Jack mira al frente, al piso, perdido en mil recuerdos, unos felices, otros no tanto; su vida ha dado muchas vueltas alrededor de momentos así, alrededor del hombre que amaba pero que nunca le diría siquiera que lo extrañaba a veces.

 

   Ennis lo mira intenso y alza sus manos, pero es Ennis del Mar, no puede evitar mirar en todas direcciones antes de rodear a Jack con sus brazos y acunarlo. Le cuesta porque Jack, envarado, se resiste; pero él lo hala, lo pega de sí, y comparten el calor y el palpitar de los corazones. Ennis cierra los ojos un momento y siente que toda la rabia, los celos, la frustración y felicidad de saber que ama a ese carajo, van fundiéndose, calmándolo, encontrando esa extraña paz que siempre lo cobijaba al lado de Jack. Ahora estaba bien, en ese momento alcanzaba la estabilidad. No habían hablado, no se había explicado. Ni siquiera disculpado y sabía que eso estaba pendiente, pero por ahora no importaba, Jack estaba ahí, lo sentía contra su cuerpo, podía olerlo. Nota que Jack se deja llevar, y que finalmente deja caer su cuerpo, relajado, contra el suyo.

 

   -Perdóname… -gruñe muy bajito el catire, en un susurro que suena a toda una historia, como ha pedido muchas veces. Y Jack, como siempre, se deja llevar por aquel carajo que es el dueño de su vida.

 

DIME, VAQUERO…

 

Julio César.

¿LA LECCIÓN?: POLÍTICA DEL BUEN VECINO

junio 28, 2008

GUERRA DEL GOLFO

   ¿Un consejo? Acoge bien a tus vecinos…

 

   Si vives solo en un apartamento bien llevado, vistes bien, te ves aseado y en buena forma… y reparas de tarde en tarde (sin que otros vean, ojo) en los traseros o bultos de tus vecinos, y ellos lo notan de refilón, no faltará el que vaya de tarde en tarde a tu puerta a pedir algo (cuando sus novias, mujeres o muchachos están fuera). Renato lo hizo y con él usé una fórmula corriente en estos casos; vino con su pañoleta, una camisetica que dejaba ver sus pectorales, un bermudas corto viéndose sus pantorrillas con un tatuaje en una. Venía a regresarme algo que le había prestado a su mujer esa mañana que se quedaron sin nada para el desayuno: un pedazo de salchichón. Sonriéndole pícaro, sabes qué está ahí intentando tantear (ahí tienes que mirarlo como si quisieras comértelo a él, no al salchichón), le preguntas si le gustó o estaba muy saladito y grueso. Enrojecido te dice que no le gusta mucho. Tú, ladino, le dices que para probarlo y disfrutarlo hay que ser lo suficientemente macho. Se picará. Entiéndelo, es un carajote guapo y sexy en la plenitud de sus ganas, está solo, ahí estás tú que tanto lo has buceado, seguramente se dice: no hay nada que hacer, vamos a ver si este maricón gusta de comerse… mi salchichón. Le invitas una cerveza fría por el calor y le aclaras que te gusta, que te encanta tener tu lengua sobre un buen salchichón. Se lo dices al tenerlo sentado en tu sofá, abiertote de piernas, con la cerveza de su mano.

 

   Yo lo hago así: digo, si, me encanta, sobretodo si está calentito. Y lo tocas y manoseas. Él se revuelve inquieto, queriendo y no. En ese momento bajas un poco el rostro y muerdes un cachito. Pasas la lengua y eso lo convence de dejarse a ver qué tal es… eso de ver a otro tipo comer salchichón. Sacas el pedazote que te encanta y lo saboreas (debes aplicar la receta total para los nuevos: besitos, azotes de lengua en la punta, recorrido de arriba abajo, tragado total). Aprietas al bajar, succionas al subir. Le quitas toda las… envolturas; pellizcas aquí y allá, con la punta de tus dedos tocas allí, frotas, sobas, dilatas sin enterrarlos en la… tersa materia. Eso los asusta y caliente. Sobas el salchichón todavía mientras saboreas más abajo. Pero bien, con gula y lengüeteado. Tanteas y dedo adentro, suave, hondo, constatando la textura del… manjar. Eso los asusta, pero les gusta y lo toleran si lo trabajas otra vez con la lengua. Tal vez tarde una o dos tardes, pero luego esos vecinos bellos terminan adictos al salchichón. Acaban comiéndolo con hambre, o cayéndole encima con todo su peso. Y el que tú les das parece gustarles más. Te aseguro que con los días, tratándolo como un secretito de maridos de edificio, algo privado, en cuanto saques tu salchichón, como te gusta, grueso y largo para que dure… esos carajos le saltarán encima, apretándolo, subiendo y bajando sobre él y chillando como si nunca hubiera probado nada más rico. Me encanta verlos agitados por el placer del salchichón, pidiendo más y más, que les de otro pedazo más. Así lo hago yo. Se envician. Créeme.

 

OFRENDA DE GRATITUD

 

Julio César.

A EJERCITAR ESOS MÚSCULOS…

junio 28, 2008

LA APUESTA

   Les encantaba cuando usaba la barra fija…

 

   -¿Lo sientes, Ramírez, sientes como te llena de gusto y sabor… el ejercicio? –gruñe riente y ruin, en entrenador.- ¿Estas bien caliente? Únicamente con el cuerpo caliente se debe practicar…

 

   -Si, si, lo siento, entrenador… lo siento bien caliente… -gemía putonamente aquel carajo que había ido a vigilar a la mujer que hablaba demasiado del entrenador de aquel gimnasio.

 

   El tipo había resultado realmente atractivo con su tamañote, pinta y sensualidad, pero él dejó de preocuparse por su mujer cuando aquel carajo lo arrojó sobre la colchoneta, de espaldas, alzándole una pierna a alturas imposibles, tendiéndose sobre él entre sus muslos. Allí sintió que a ese carajo no le gustaba su mujer, ni iba a hacerle nada… por muy grandote, duro y caliente que fuera. O tal vez lo supo por eso. Como fuera, ejercitarse así había resultado muy grato, se dice de espaldas, sin pantaloncillos, todo el cuerpo rojo y tenso, bañado en sudor, mientras el entrenador le daba una y otra vez… sus indicaciones, preguntándose qué vendría después si apenas el otro lo había metido en la calistenia.

 

LA ASEVERACIÓN MISTERIOSA 

 

Julio César. 

MAYO SE FUE

junio 28, 2008

 

QUE NERVIOS, QUE ANGUSTIA, QUE DESESPERACIÓN… 

 

   El problema de los demócratas, lograr la nominación del candidato presidencial, estaba tomando ribetes de tragedia. Esa lucha tan prolongada va a terminar agotando al ganador, quien tendrá que lidiar con la reparación de rabias, rencores y malestares. El señor Barack Obama será el abanderado. No es un secreto para nadie que yo prefería a la Hilary Clinton, pero en fin, no soy yo quien vota allá. Lo mejor sería resolver resquemores, limar asperezas y alinearse todos alrededor del candidato, que tiene carisma y juventud. Lo primero es bueno porque atrae gente, lo segundo también, no carga sobre sí ni fantasmas ni reconcomios de otras eras. Últimamente ha hecho las declaraciones, tal vez sólo sean eso, necesarias para aplacar tantos temores sobre su visión de Latinoamérica y el peligro que ronda toda la cuadra. Sin embargo, ahí están los republicanos, todos corriendo tras un único carretón. Espero que el señor Obama entusiasme suficientemente a los jóvenes y a los nuevos votantes, esos que se expresan bien de él, y que por jóvenes esperan cambios reales, aún generacionales. Aunque la experiencia dice que estos son los grupos que el día de las elecciones siente dolor de pies y no acuden. Esperemos, para que termine de una vez la era de los Bush, que asistan.

 

   No ha sido este el año de las FARC, tres miembros del Secretariado ya han caído, Raúl Reyes, Iván Ríos (a quién le tocó una bien fea) y ahora Marulanda; quedan los otros. Pero lo experimentado por la señora Karina (¡qué mujer!, su vida bien vale una película aunque esté en el bando malo), hace suponer que el próximo en caer será el distinguido señor Mono Jojoy. Doña Karina cuenta que se acogió a la entrega porque dentro de su círculo íntimo se manejaba la información de que sus propios hombres tramaban asesinarla para cobrar la recompensa, como pasó con Iván Ríos. Es que la oportunidad de cobrar esa plata, dejar de una vez el monte (ufff, mosquitos y jejenes, ir al baño, qué infierno), ser perdonado y huir de ese infierno, tenta a cualquiera. Ese Uribe es un demonio; seguro que en esta última cumbre en Brasil, Chávez no le aceptó ni café. Sin embargo en Venezuela, el Partido Comunista habló del pesar ante la muerte de Marulanda, querido por el pueblo colombiano, destruido, según ellos, por la oligarquía conservadora (es que no renuevan ni el discurso ni los cortes de pelos). Será en sus mentes extraviada en los setenta, porque hasta donde logré ver, nadie lo ha llorado en el vecino país, y si no fuera porque ‘se ve feo’ habrían salido a celebrar.

   Una noticia dolorosa nos ha tocado a los magallaneros,  y a los venezolanos en general, la muerte del pelotero, nuestro grandes ligas, Géremi Gonzáles, un destacado pitcher, quien muere de una forma extrañísima: alcanzado por un rayo mientras manipulaba una lancha sky acuática. ¿Cuántas probabilidades existen de que algo así ocurra? Uno lo entiende en China donde hay tanta gente que si un rayo cae mata a tres o cuatro, ¿pero aquí? Y sin embargo pasó, y le pasó a él. Hay quienes suponen que pasó bajo el famoso rayo del Catatumbo, el cual es una fija en cuanto a hora y lugar. Una pérdida, una verdadera lástima. Era un tipo joven y agradable. Cuentan los diarios deportivos que cuando su equipo iba perdiendo, saltaba en la cueva, aplaudiendo y gritando para levantar la moral. Era capaz de bañar con crema de afeitar a todo el mundo, usar una peluca, lanzar patadas de kárate, todo para animar a la gente. Ahora se ha ido, como tanta gente buena en lo que va de año. Paz a su gente, y a recordarlo con cariño.

 

   Ya ha transcurrido un año entero desde que el canal de televisión RCTV fue obligado a dejar de transmitir en señal libre, señal que llegaba a todas partes, desde las casotas en las urbanizaciones, a las casitas humildes, donde podían sentir simpatías por Chávez, pero que veían este canal y no el del Estado (nadie se cala esos cuentos, sobretodo si se sale luego a la calle y se choca con la realidad real). Fue una pérdida para la doñita en el cerro y para las señoronas que seguían sus novelas en la sala, así como la cachifa en su cuarto. Hasta el último momento Venezuela esperó que aquella amenaza no se cumpliera, pero Chávez reía y se burlaba, cerraba la señal porque le daba la gana. La cerraba y acallaría por temor a las otras televisoras. La cerraría y nadie discutiría ni denunciaría tropelías, y él y su gente continuarían haciendo lo que les diera la gana sin que esa molesta voz los incomodara. La cerraron, es verdad, se robaron los equipos de transmisión, aunque le dieron mil nombres al asunto, como si entrar en un lugar y cogerse lo que no es de uno, por la fuerza, cotando con gente armada, no fuera un simple robo. Pero les costó, a Chávez le costó su nueva constitución ese diciembre, y la posibilidad de meter una enmienda para una presidencia vitalicia que sería certificada luego por su CNE, elección tras elección, como pasa en Cuba, Birmania y lo era en Irak; porque aparecieran los estudiantes y jóvenes en el espectro político, frescos, valientes. Cerró RCTV, pero les salió bien caro. Y todavía nos debe.

 

 COLOMBIA, UNA VERDAD QUE MOLESTA

 

Julio César.

DEPORTE ESCOLAR

junio 28, 2008

EL REGALO

   No se daba abasto para atenderlo todos los días…

 

   -¿Te gusta, Mujica? ¿Te gusta sentirlo bien metido en tu culito prieto? –pregunta Zavala, con una mueca libidinosa, palmoteando la blanca y turgente nalga de machito caliente, mientras agita con la otra mano la gruesa hilera de bolas chinas, sabiendo que eso provocaría reverberaciones dentro de las cálidas y hambrientas entrañas de aquel muchachito calentorro.

 

   -Hummm… hummm… -era todo lo que podía gemir escandalosamente el catirito, tensándose, arqueando la espalda, abriendo y cerrando sus entrañas, sintiendo esas bolas enormes moviéndose, de adelante atrás, rascándolo por dentro, rozándolo rico.- Métamelo más, Entrenador. Dios… Métame otra bola… -pide enrojecido, sudando, todo entregado a ese carajo que ríe.

 

   -Como te gustan las bolas, muchacho. –y soltando aire, tenso, con una mueca lujuriosa, la que tendría cualquier haciéndole eso a ese muchacho, empuja.

 

   La negra bola pega del cerrado, redondo y rojo orificio del chico, empuja, lo tensa, va abriéndolo. Mujica gime y cierra los ojos, estremeciéndose, ardiendo de gusto. La bola va metiéndose, llega a la mitad de su diámetro, abriéndolo mucho, haciéndolo gritar, y con un leve pum, entra, frotándolo más, y tiene que gritar de placer sin importarle que puedan oírlo dentro del colegio.

 

   -Ahhh… Profe, sí… -graznaba con la boca muy abierta, bañado en transpiración.

 

    Gime cuando el entrenador comienza a halar y empujar la hilera de bolas chinas, provocándole espasmos intensos. Su culo aceptaba todo eso, y sus entrañas estaban ardiendo, talmente mojado de ganas. Era un chico bonitico, un galancito entre las muchachas del colegio, pero le encantaba eso, que su culo tierno fuera utilizado por machos de verdad. Sabe que el profe le meterá una o dos bolas más, luego las sacaría, y mientras salían volvería a sentir todo ese gusto increíble. Luego vendrían los consoladores, los gruesos, los curvos, los muy rugosos. Y su culo los aceptaría todos, entre jadeos, abriéndose y cerrándose, hasta que el hombre subiera a la mesita, medio inclinado, y con su babeante, vivo y también enorme tolete, lo cogiera duro. Zavala lo había cogido ya en tres ocasiones, tres veces cada vez, cabalgándolo, chocando con su pelvis en esas nalgas púberes, enculándolo rudamente mientras lo llamaba putica caliente, nalgueándolo, llamándolo mariconcito remaricón, que la tomara, que la tomara toda como la perra que era. Y él se sentiría vivo, saciado, dichoso. Le encantaba ir al colegio, le encantaba pertenecer al equipo… le mataba el que Zavala, el entrenador, se lo pegara todos los días.

 

   -Te gusta, ¿verdad? Tienes un culo hambriento, Mujica. –graznaba Zavala, mirando como el negro material se metía dentro de las blancas nalgas.

 

   Hala y una de las bolas amenaza con salir, abriéndolo, la deja así y menea su mano, provocándole otro alarido de gusto. Al muchacho le encantaban esos juguetes, como sospechó esa tarde a entrar en los vestuarios, creyéndose solo para tomar una ducha, encontrarlo en suspensorio, oliendo el suyo, con avidez, metiéndose un grueso marcador por su culito bello. Como ocurría generalmente en los colegios. Desde ese momento fue suyo. Abrazar al chico dentro de su uniforme de fútbol, sudados ambos, mezclando salivas en medio de ese vestuario oloroso a pies, a sudor y a esperma del resto del equipo, lo enloquecía. Tocarlo, meterle mano a sus nalgas, luego la lengua, lamiéndole con deleite el rojizo culito, saboreándolo, disfrutando de lo rico mientras el joven sollozaba y se estremecía de gusto, era nada a cuando comenzaba a meterle vainas por ese hoyito lampiño que titilaba hambriento. Comerlo, meterle vainas y clavarle finalmente su güevote, era lo único que hacía tolerable el ir a trabajar cada día.

 

   -Ohhh, Entrenador… -gime el chico con los ojos cerrados y el rostro sobre la mesita, temblándole las nalgas.- Cójame ya, por favor… Métame el güevo hasta los pelos… Lléneme el culo de leche, señor…

 

ASÍ SE EMPIEZA…

 

Julio César.

CABARET

junio 28, 2008

PSICÓPATA AMERICANO

   La vida es un ca…ba…ret…

 

   Esta película la vi hace años, muchos, muchos años atrás, cuando RCTV, canal cerrado actualmente en señal libre por persecuciones políticas en Venezuela, tenía un ciclo diario de cintas de calidad, después de las diez y media de la noche: SEÑOR CINE. Era grato, porque había una temática para cada día. Los martes eran de horror, los jueves musicales, los viernes eran de acción, lo sábados eran atrevidos. Era un espacio bien hecho, con gusto y clase. Había un narrador que iba anunciando el título de los seis días siguientes, con escenas, protagonistas y temática argumental. A mí me encantaba. Siempre fui noctámbulo. Recuerdo que un jueves vi por primera vez en mi vida, CABARET, debía contar con unos once años de edad. Me gustaban las canciones, y la temática del joven que intentaba cazar a una mujer rica, pero esta resultaba judía en un país que iba siendo cercado por los nazis, era la Alemania de los años 30, me interesó. Pero fue cuando se planteó el trío entre Sally Bowles (Liza Minnelli) y Bryan Roberts (Michael York) con el conde ario, Maximilian (Helmut Griem), cuando todo se reveló a mis ojos. Roberts la amaba a ella, y era un estudiante ingles joven, impresionable y tiernón; ella, cantando en el Kit Kat Club, quería dinero, posición, pero también era ingenua, se creía una vampiriza pero todos la adivinaban. El conde era altivo, mundano, seguro de sí, guapo y podía permitirse una amante… y ser atento con el que sabe el otro amado de su chica.

 

   No entendí aún a qué iba la cosa, pero me desconcertaba e intrigaba como ese catire bien parecido era atento con Bryan Roberts, que lo resentía. Cuando le regaló la pitillera, o le prestó el suéter azul que ‘haría juego con sus ojos’, pensé: qué raro. Más tarde estuvieron aquellas miradas, ese anhelo y la encerrona. Y se separaron como todo cortados uno del otro. Luego Roberts discute con Sally por sus pretensiones tonta de ser una caza fortuna y ella le grita que hará lo que sea para surgir, y que fue amante de Maximilian, un hombre casado. Él la mira y exclama: yo también. Me dije: ¡vaya! Era yo un muchacho de un país pacato en su televisión y ese me pareció un gran momento de impacto y escándalo. Con el tiempo pensé mucho en esa cinta. Las miradas, la tensión, el deseo contenido, y ahora me parece, salvando las distancias, que era algo parecido a lo que años después se vio en esa maravillosa cinta, BROKEBACK MOUNTAIN. Yo imaginaba a Bryan, tenso, hipnotizado por la mirada de ese carajo tan apuesto, intentando retroceder, salir de esa habitación y huir de algún miedo secreto; y el otro, Maximilian, reteniéndolo al montar una mano en su rostro. No resulta difícil imaginar un acercamiento medio rudo, como lo era en esa época cuando un carajo deseaba besar a una mujer. Tras esa puerta debieron darse sus buenos jamones, y el que encarnó a Bryan (Michael York) tiene una boca de labios grandes que seguramente se humedecen fácilmente. Más tarde estuvo genial como Juan el Bautista, en  el Jesús de Nazareth, de Franco Zefirelli, pero siempre lo he recordado por CABARET.

 

   Ese recuerdo, de lo que vi, y lo que imaginé después, siempre lo he tenido presente. Me gusta todavía ver CABARET, de hecho la tengo en mi colección. Me la trajeron de Bogotá hace tiempo. La miro y siempre tejo toda una trama de pasión, una donde el conde ario, todo boca y manos, no se despega de los labios del otro, lenguas calientes de por medio, mientras lo recorre de arriba abajo, de afuera a dentro, clavando sus dedos en las carnes del otro, como quien busca una navaja en una redada. La película es vieja (clásica), pero siempre me ha parecido buena, ¿o no lo creen? Finalmente, si alguien, que no creo, no la ha visto, que lo haga. Que sea vieja no quiere decir que sea mala o aburrida. Recreen ustedes mismos una de mis primeras nociones sobre lo que era el deseo homosexual latente en el cine.

 

TRAILER PARK OF TERROR

 

Julio César.

LUCHAS INTERNAS… (11)

junio 28, 2008

LUCHAS INTERNAS                         … (10)

   Ahora sólo pensaba en él, no sabía por qué…

……

 

   Sam y Eric toman a solas sus whiskys. Eric amargado habla de que tiene ganas de mandarlo todo al coño desde que Aníbal y Ricardo lo citaron a aquella junta para decirle que reprobaban su gestión, para recibir luego a Frank y convocar a la nueva reunión donde casi lo echan. Comenta lo que habló con Germán sobre Guzmán Rojas y el general Bittar. Y que oír lo que dijo Lucas sobre la gente que disparó y los que les dieron las armas, lo deprimió.

 

   -Te dejas afectar muy fácilmente. -lo reprende Sam, palmeándole con rudeza, la espalda.

 

   -Ya hablas como papá. Estamos hablando de armas, de gente que dispara con esas armas y de gente que muere por esas armas. -suena dolido y amargo. Sam bota aire.

 

   -Entonces, lo que hay que hacer es sencillo: saber sí la firma tiene algo que ver con eso, ¿no? Tampoco a mí me agrada la idea de ser cómplice de asesinos, porque eso es lo que son en definitiva los que dispararon contra esa gente ese día, y quienes los mandaron allí. Creo que un buen inicio sería ir tras William Bandre.

 

   -Si… es lo que hay que hacer. -se dice como poco convencido. ¿Y sí La Torre…?, menea la cabeza. No quiere pensar en eso.- Y yo puedo intentar algo, por mi cuenta… -sonríe leve.- Te sorprendería saber a quién me presentaron hace cinco días en una cena. Pero no, no te lo voy a decir todavía. Voy a concertar una entrevista primero. -suena animado. Sam pone cara de preocupación. Algo lo inquieta.- ¿Pasa algo más? Tienes cara como de dolor de vientre. –se burla.- ¿Linda te los pegó?

 

   -Eric… se supone que ustedes tienen algo así como un maricarradar, ¿no?…

 

   -¡Sam!

 

   -… ¿Tú crees que Renato… es pato? -se ve chismosamente interesado, casi burlón.

 

   -¿Qué? ¿Lo quieres encular? -se burla, fingiendo mirarlo con sorpresa.- ¿Quieres pegártelo? Siempre me ha parecido que te le quedas mirando de una forma rara… a mí no me ves así.

 

   -Es él quien me ve a mí. -se le escapa a la defensiva.

 

   -¿Te intriga? ¿Te atrae? ¿Acaso quieres saber qué se siente al abrir la boca y atraparle el…?

 

   -No digas güevonadas; pero, ¿no te parece que es un poco… extraño? -y Eric, que iba a tomar un trago de whisky, se le queda viendo, con un retorcijón de tripas.

 

   -¿Te parece que yo parezco… extraño y que alguno de los otros piensa eso de mí? ¿Has oído algo? ¿Alguno ha dicho que parezco marico? -parece preocupado de pronto; coño, y sí hablaban de él, como lo hacía san de Renato…

 

   -Ay, no. Ya te vas a enrollar por otra tontería. Olvida que hablé. -se exaspera Sam.

                                                               ………………..

 

   Los días transcurren con velocidad. Mientras Sam y Eric investigan sobre William Bandre, la relación de la firma con el diputado Guzmán Rojas y el general Bittar, y las muchas armas mencionadas por Las Chicas Súper poderosas  (cada nueva revelación que se presentaba arrugaba un poco más la frente de Eric);  Frank continuaba su campaña de consolidación dentro del bufete. El hombre se las había ingeniado para ponerse al tanto de casi todo dentro de La Torre. Bajo su dirección, varios casos fueron desechados, compromisos anulados y clientes sacados de la cartera; eran perdidas. Otros casos llegaron. Avaló la entrada de algunos, aunque Eric los vetó previamente. Se mostraba seguro de sí, implacable en sus negocios y rudamente atractivo ante todos. La gente que no lo conocía bien, sobretodo las mujeres, se dejaban impresionar por su magnetismo, por su rudeza, por su virilidad y atractivo. En menos de una semana ya había salido con dos de las contadoras y las había hecho llorar en la cama, tanto de ofuscación cuando las llamaba perra sucia, como por los clímax alcanzados en el sexo.

 

   En líneas generales, Frank estaba contento. Muy contento. Sólo había tres cosas que lo molestaban, cuatro si contaba a Nidia… una nueva putilla con la que se acostaba, que comenzaba a fastidiarlo. Debía salir de ella. Recostado en su sillón, mira por la puerta abierta que da a la recepción donde Nicolás, el inútil que tiene por asistente, dizque trabaja. Lo primero que lo molesta es Ricardo Gotta. Por más que lo ha intentado no ha podido meter las narices en los asuntos del otro. Ricardo manejaba sus cosas con secreto y hermetismo. Y parecía contar con un ejército de incondicionales a él. Le arrechaba saber que había una parte de la firma a la que no tenía acceso. Además, le preocupaba. ¿Qué estaría haciendo Ricardo a espaldas de todos?

 

   Lo otro era Eric Roche. Aún no había encontrado el escándalo, el pelón, el resbalón del otro, que le permitiera exponerlo como un maricón inútil, más pendiente del culo de otros, y en este caso del culo de Sam, que pendiente de los negocios. Quería sacar en cuanto fuera al joven de la firma, pero aún no encontraba una buena excusa. Aníbal no lo dejaba simplemente gritarle en el pasillo: ‘vete de aquí, maricón de mierda’. Eso le molestaba. Lo último era Nicolás Medina, su flamante asistente. Mira al joven, quien sonríe en forma encantadora a una de las putillas de la plantilla de Ricardo. Era una de sus asistentes menores, o como fuera que llamaba a las cuatro mujeres que tenía allí, y con quien, según las malas lenguas, mantenía relaciones sexuales, ¡con todas! La joven (Mary, cree que se llamaba), oía algo contado por Nicolás, y los dos reían.

 

   Frank aprieta los labios, para eso era que servía la ratica esa. Era una nulidad como asistente. Nunca encontraba nada, era incapaz de hacer una carta sin que el corrector de la computadora lo colocara todo en rojo. Era un güevón debilucho. Y un chismoso. Cuando le ordenó que botara a la vieja del trapeador, le fue con el cuento a Aníbal, quien se llevó a la mujer al piso doce, casi advirtiéndole que la dejara en paz. Y tuvo que hacerlo, aún no se atrevía a desafiar a Aníbal; pero pronto lo haría, cuando supiera todo lo que tenía que saber de la firma y de La Torre. Mira con rencor a Nicolás. Por su culpa Aníbal lo retó y tuvo que quedarse callado. Eso no se lo iba a perdonar nunca.

 

   -¿Ya terminaste con los contratos o tendré que hacerlo yo? -le ruge, molesto. Mira satisfecho como Mary (sí, casi está seguro de que se llama Mary), se despide y se aleja a la carrera.

 

   -En un momento, doctor. -jadea Nicolás mirándolo fijamente.

 

   -Como te vi hablando mariqueras, pensé que ya estaba hecho.

 

   -¿No recuerda que me dijo que iba a reescribir los términos de las resoluciones del juez antes de pasarlos en limpio? -le gruñe, ceñudo. ¡Lo había olvidado! Eso lo molestó más.

 

   -Ponte a hacer algo, coño. -toma con mano temblorosa de rabia, la carpeta para ver las dichosas correcciones. Oye que el otro gruñe algo. Se altera como una fiera.- ¿Qué carajo fue lo que dijiste?

 

   -Nada, doctor… -jadea Nicolás, mirándolo ceñudo, como un niño regañado. Dios, como lo odia, se dice el joven. Y Frank parece sentirlo, porque sus ojos se entrecierran, peligrosos. Nicolás vuelve la vista a su computadora rápidamente.

……

 

   En su oficina, Eric, de pie frente a la ventana, mira hacia el taller, espiando al joven mecánico que se baña. Eso ha sido lo único bueno de su día. Las cosas que Sam y él han encontrado sobre la cartera clientelar de William Bandre, los tenía alarmados. Y en su caso, deprimido. Frank había tomado La Torre como los nazi a Polonia, a la fuerza y al sí o sí. Sus objeciones, sus órdenes, eran ignoradas. Y lo peor era que según todas las proyecciones, las cosas estarían algo mejor para el próximo mes. ¡Resultados! Los resultados que la junta buscaba. Y Frank Caracciolo los había conseguido. Nota como el joven deja que el agua corra desde su nuca por su tórax. Sus manos siguen el rastro de esa agua, acariciantes. Por un momento se agarra los pectorales y desde su elevación, Eric jura que se acaricia las tetillas y como que entrecierra los ojos, tal vez soñando con una novia… o un amante. Seguro que sus pezones estarían erectos, deseando ser atendidos por una boca oficiosa. Una como la suya.

 

   Por un momento se imagina, con todo y su traje, mojándose al meter la cabeza bajo la ducha, para atrapar con su boca uno de esos pezones, lamiéndolo. Mordiéndolo hasta hacer que el otro gimiera desfalleciendo, estremeciéndose ante esa boca que lo becerrea, abrazándose a él para no caer ante la rica caricia en su tetilla. Por una asociación odiosa de ideas, recuerda a Pedro Correa. No lo había vuelto a ver desde el día que… lo cogió en su propia cama. Ya no lo recordaba con asco, con malestar. Con el paso de los días los recuerdos se iban depurando. Ya no recordaba la culpa, el sentir que hizo algo malo. Ya eso no le quitaba el sueño. Ahora sólo recuerda la cálida boca del otro, las cosas increíbles y deliciosas que le hizo sobre el güevo con ella, con su lengua. Recuerda excitado su piel cálida, vibrante. Su culo, ardiente y apretado, palpitante y deseoso de su güevo. Recordar a ese hombre sudando, gimiendo por más, que lo cogiera más, que le diera duro, que se lo clavara hondo, lo estimula. Siente como el güevo le palpita.

 

   Tan embelesado está en sus recuerdos de Pedro y en la visión de ese joven al que tanto desea, y que ahora se seca frotándose vigorosamente con una toalla, que casi no repara en que llaman a su puerta y que ordena al que sea, que pase. Olvida que tiene el saco abierto y una erección enorme, escandalosa y dura que da hacia el lado derecho de su pelvis. La puerta se abre y entra Jerry Arteaga, un joven delgado, de camisa manga larga y corbata, con unos lentecitos finos de cristales redondos; menudo, atractivo, amanerado y totalmente maricón, según decían quienes le conocían el culo. El joven viene con un sobre en la mano.

 

   -Doctor, llegó esto a… -y calla, impactado, mirándole la granítica erección bajo del pantalón. ¡Vaya, se veía grandota… justo como le gustaban!, se dice mariconsísimo.

 

    Tarde repara Eric en la situación. Sabe que su tolete parado se ve mucho, se aleja de la ventana y tragando salvia, intenta parecer normal, sabe que sería tonto intentar ocultar ahora el güevo.

 

   -Gracias, Jerry… -va hacia él, mirándolo fijamente. Notando la extraviada mirada del muchacho sobre su tolete. Jerry lo mira con ojos brillantes. El abogado reconoce esa mirada: excitación.

 

   Observando al hombre abrir el sobre, Jerry se pregunta qué tan grande y gorda tendría  el güevo el jefe. Siempre le habían gustado los tipos de trancas grandes; para alguien que le encantaba el sexo duro y caliente, una buena tranca cabalgándolo, era importante. En el liceo, más que a los compañeritos, se dedicaba a los profesores grandes, y a todo aquel que alguna chica o chico dijera que la tenía desarrollada. El jefe era un tipo guapo, aunque no tanto como el doctor Mattos. Han sido muchas las noches en que, a falta de alguien de verdad, se clavaba el dildo enorme y negro que tenía en su casa, en el culo, imaginando que era Sam. Lo imaginaba atrapándolo en un vestuario de playa, bronceado y en tanga, con el güevo abultándole dentro del breve bikini. Ahora detalla el granítico tolete contra el pantalón y le parece que sí, es grande, y que sí, el jefe buscaba guerra.

 

   Mientras lee la nota, Eric sólo le presta la mitad de su atención. La mujer aceptaba hablar con él, y hasta dispone del lugar y hora, a él no le quedaba más que asentir. Pero mientras atiende eso, repara en la cara de Jerry, en sus ojos brillantes tras los pequeños lentes de sus anteojos. Eso lo excita. Su erección, ya grande al observar a su mecánico, agrandada con el recuerdo de Pedro gimiendo en su cama para que lo cabalgara más, se incrementa ahora de deseo. Pero, ¿que hacer? No se atrevía a decir o hacer nada. No sabía como abordar a otros carajos. Jerry nota que ese palo se tensa más. Tiene que intentar algo antes de que lo echen de ahí.

 

   -¿Era lo que esperaba? -le pregunta al otro, mirando el sobre, acercándosele un poco. El dorso de su mano derecha se frota, fugaz pero elocuente, en el tolete. Eric siente un corrientazo que parte de su bulto.

 

   -Si. -responde ronco, excitado. Bien, dos podían jugar a eso.- Es lo que quería… -dice vago, acercándose al otro, frotando nuevamente su tolete de esa mano. Jerry jadea, es todo lo que necesitaba.

 

   -Se ve tenso. Ojalá pudiera ayudarlo.

 

   -No veo como, aunque me gustaría…

 

   -Tal vez… así. -responde ronco, llevando su mano hacia el güevo del abogado.

 

   Esa mano atrapa el tolete bajo la tela, apretándolo y soltándolo, como palpando melones. Eric jadea. El otro cae de rodillas frente a él, con ojos hambrientos, deseosos como Eric no recordaba otros. El joven cierra los ojos y sus labios caen sobre la dura tranca, sobándola, acariciándola. El otro jadea. Jerry frota su nariz, labios, mejillas y barbilla de ese tolete, gozando su calor y dureza. Eric siente las piernas débiles y la tranca palpitante. Con anhelo, Jerry le abre la correa y el pantalón, bajándoselo un poco, dejándolo a la altura de los testículos. Eric usa un calzoncillo de algodón azul, no tan chico. La tranca destaca feroz y descomunal. Jerry jadea con sus labios abiertos, húmedos y viciosos. Eric nota como rodean la cabeza del güevo sobre la tela, mordiéndola y sobándola, cerrando los ojos tras los lentes, mientras sus manos le acariciaban los muslos, sintiendo su firmeza. El otro jadea. Esa boca chupa con ganas, mojándole el calzoncillo.

 

   -Ya quiero verla… -jadea ronco el joven, bajándole la prenda.

 

   El güevo blanco, largo, duro y caliente sale y lo golpea en una mejilla. El joven se frota la mejilla con él, gozándolo, sintiendo ese calor y dureza. Los dos gimen. Que caliente está esa tranca, se dice Jerry. La atrapa con una mano. Masturbándolo, mirando a Eric que jadea, atrapado y débil. La cara del joven desaparece bajo sus bolas, lamiéndolas, oliéndolas, metiéndoselas en la boca, babeándolas y saboreándolas. Eric casi ruge. El joven tiene sus dos bolas en la boca mordisqueándolas, mientras le masturba el instrumento. Abandonando las metras, Jerry lame la base, la gran vena y la roja cabeza. Ya la quiere, quiere sentirla invadiendo su boca, bajándole por la garganta, ahogándolo. Su boca, con un suspiro, rodea esa cabeza, tragándola, moviendo los labios y adaptando la boca al coloso. La siente dura, muy dura, caliente y suave. Siente ricos olores y sabores que salen de ella, inundándolo de placer. Al llevarla a su garganta, casi ahogando la tos, moviendo su lengua como puede para sobarla, siente como su cuerpo se llena de deseo, el culo le titila hambriento y desesperado, aún bajo la ropa.

 

   Eric gime bajo, esa boca sube y baja sobre su tolete, mamándolo y chupándolo como nunca lo habían hecho hasta ahora. Lo hacía con ansiedad, con desesperación. La boca llegaba a la punta con un sonoro ruido de chupada, se oye como lo último que queda en una lata de refresco al sorberlo con un pitillo. Esa cabeza sube y baja frenética, comiéndose el güevo con ganas. La boca baja hasta el pubis, metiéndose los pelos dentro de la nariz. Atrapa a Eric por las caderas y su boca va y viene sobre el titánico tronco, casi estremeciendo al otro con las embestidas de la mamada. Mama con las ganas de quien eso le encanta y lo desea sobre todas las cosas. Era difícil creer que algo tan grande y grueso pudiera desaparecer así dentro de una boca chica. Eric jadea y mira como esa boca se pega a su pubis, quedándose allí y chupando más, apretándose con ganas, sintiendo como la garganta lo atrapaba y halaba, caliente, para luego retirarse, dejando al descubierto el blanco y  nervudo tronco, grueso, brillante de jugos y saliva. Jerry cierra los ojos y saborea el rico tolete, su calor, las palpitaciones dentro de su garganta, el olor de su pubis, a sudor y talco, a macho. Está totalmente embriagado de deseo.

 

   Mientras se traga el enorme tolete, Jerry recuerda una escena de su pasado que lo pone cachondo. No tendría más de trece años y al lado de su casa vivía un amiguito que iba a clases con él, el cual era muy dormilón y muchas veces por la mañana se quedaba dormido después de que su mamá se iba al trabajo. La buena mujer le pedía el favor de que se asegurara de que David despertara para ir al liceo. Él iba y lo encontraba durmiendo, grande, piel canela, con bikinis que dejaban se notara su tolete. Se veía apetitoso y sensual entre sus sabanas, en tanga. Con un gemido se traga la tranca de Eric, y le soba las bolas con la mano, mientras recuerda que al despertar a David, sus ojos quedaban atrapados en el bikini, ya que casi siempre tenía una erección mañanera, sobre todo si se estiraba en la cama. Una mañana como todas, lo llamó, el chico gruñó, tuvo una erección, lo miró y bajándose el bikini, dejando al descubierto la barra color canela, le dijo ‘Mámamelo. Anda… mámamelo. Te va a gustar, güevón’ le ofreció, excitado, como sí fuera algo muy normal.

 

   Jerry, a los trece, dudó, pero la barra que se le ofrecía, agitándose, lo enloquecía. Lo hizo, torpe, pero con ganas. Lo mamó con furia. Su boca subió y bajó sobre esa barra, sintiendo que se ahogaba, que lo mataba, pero gozando cada centímetro de la cálida y tensa tranca, que lanzaba pequeñas gotas de líquidos pre-eyaculares, que le supieron agrios y dulces, cálidos y deliciosos. Su boca subió y bajó hasta que el muchacho le atrapó la nuca con las manos y tensando el cuerpo, se corrió en su boca. Fue una leche espesa, caliente y… muy sabrosa. Fue la primera de muchas mamadas que le dio. Y el primero de muchos a los que mamó. Mientras su boca sube, dejando que su cálida saliva ruede sobre el tolete de Eric, piensa que fue así como se volvió un experto mamador. Con un uggg, de esfuerzo, vuelve a tragárselo todo, dejándolo atrapado en su garganta, apretándolo con los músculos de allí, sintiendo como gotas caliente y ricas escapaban del tolete, como en el pasado salían de güevo de David. Eric, loco de lujuria le atrapó la nuca con una mano y comenzó a bombear sus caderas contra esa cara. Su güevo fue y vino, cogiéndolo por la boca, clavándosela hondo, reteniéndolo por la nuca. Pero aún faltaba lo mejor, se decía Jerry, gozando como una puta ebria en una fiesta de machos calientes…

……

 

   Mientras transcribe los contratos, Nicolás Medina piensa en lo mucho que odia a Frank Caracciolo. Si el hombre lo detestaba al creerlo un espía de Norma y tal vez de Aníbal, el joven lo desprecia por lo que era. Frank se habría sorprendido al saber lo que el joven pensaba: que era un cerdo amoral, cruel, grosero y desconsiderado. Lo que más lo impresionaba de él, y lo que más rechazaba, era esa crueldad para gritarle a la gente hasta hacerla casi llorar y luego correrlas. Se veía que gozaba haciéndolas gimotear asustadas. Era un tipo capaz de amedrentar a cualquiera. Había llegado al convencimiento de que era un coño’e madre, un grandísimo hijo de puta. Un ser maligno y maldito.

 

   El joven intenta concentrarse, lo que menos quiere es cometer otro error y que la bestia le gritara otra vez. No entendía lo que le pasaba, no era una maravilla como oficinista, eso nunca le había gustado, pero antes las cosas le salín más o menos bien. Daba la talla. Ahora todo parecía salirle mal. Bastaba que el animal ese se le parara al lado, a vigilarlo, esperando que cometiera un error, para que éste apareciera. Y aparecía, que era lo peor. Era por su culpa, por estar allí, radiando ese maldito calor que soltaba. Botando aire, el joven piensa con amargura en lo mucho que cambia la vida. Él y sus tres hermanos tuvieron una niñez buena. Una niñez feliz. Su padre, un gran hombre, pobre como una rata pero honrado como el que más, tal vez demasiado en opinión de algunos, siempre cuidó de ellos. Los protegió los alimentó, les dio estudios, pero sobre todo, los quiso mucho.

 

   Fue un buen hombre. La casa era risas y alegría cuando él llegaba. Y siguió así aún cuando ya eran más grandecitos. Hasta su mamá (le duele pensar en ella), era buena en esa época. O tal vez su padre era un ser tan especial que hacía que todos los demás se vieran bien, iluminados con la luz que él irradiaba. Porque nada más al  morir en aquel atraco (por aquella época era taxista por su cuenta y una noche subió a un malandro, quien lo robó, y se los robó a ellos de tres disparos), ella cambió. Nicolás parpadea mirando su computador, aún dolía pensar en eso, y él era propenso a los ojos aguados. Su madre cambió en seguida. Ya no se ocupaba de la casa ni de nada. Decía que ellos la habían tenido presa, que no la dejaban vivir su vida, que estaba cansada de ser una esclava, primero para el padre de ellos (que siempre la trató como a toda una señora), y ahora para ellos. Y un buen día se apareció con un carajo.

 

   El tipo, que nunca los quiso o toleró, ni se molestó en fingirlo, vivía a cuerpo de rey, atendido por ella; sin trabajar. Juntos, terminaron con la poca plata que dejó el difunto. Ante las recriminaciones y peleas, la mujer terminó por correrlos a todos. Para ella lo único que importaba y contaba era aquel hombre, los hijos podían irse al coño. Vendieron la casa y el taxi. Eso también desapareció pronto. Nicolás llevaba tiempo sin verla; sabía que trabajaba para mantenerlo. Y oyó que el tipo… la golpeaba. El joven no quería sentirlo ni pensar en eso, era su madre y tenía que dolerle, pero en el fondo esperaba que la estuviera pasando crujías. Sabía que la estaba pasando mal y eso le gustaba; que pagara por lo que hizo.

 

   Mira a Frank, a través de la puerta abierta que separa las dos oficinas, con el ceño fruncido. Como se parecía a ese carajo, al odioso marido de su madre. No en lo físico, Frank era… coño, guapo. Seguro que el muy maldito tenía mujeres por montones (para colmo de injusticias); pero en cuanto a lo que eran por dentro, eran similares. Egoísta, cruel, mezquino, creyendo que todo lo merecía y que los demás eran simple peones, piezas móviles que servían para algo y que luego podían botarse. Así era él. Como lo odiaba. Su cara refleja en esos momentos lo que piensa. Y Frank lo mira, tal vez presintiéndolo.

 

   -¿Qué coño me ves? ¿Ya te gusté? -le grita insultante, sobresaltándolo.

 

   El joven no responde, vuelve a su computador. Frank se le queda mirando un rato, con la frente nublada. Vio desprecio y odio en esos ojos, ¿qué carajo le pasaría al mequetrefe ese? También… le molestó el que el joven lo juzgara como a… una basura, porque estaba seguro de que la ratica esa, lo creía una basura.

……

 

   Eric ya no piensa, los sesos los perdió en cuanto Jerry comenzó a darle esa tremenda mamada. Ahora sólo quería más. Quería lo que Pedro le entregó. Con rudeza, le exigió a Jerry que se desnudara. El joven no necesitaba mucha presión para ello. Era lo que más le gustaba. Se despojó de todo, allí, en la oficina de Eric, en La Torre. Experto en esas cosas, montó su pantalón sobre el escritorio, sentándose luego sobre él. Eric lo mira, tiene un cuerpo joven, delgado, pero esbelto. Lampiño, de güevo nada chico. Pero eso no es lo que le interesaba a él. Se mete entre las piernas de Jerry, se las abre a todo lo que da, exponiéndole el ojito del culo, el cual se ve arrugado, pero algo… grande. Loco de lujuria, Eric pega la cabeza de su güevo allí, y empuja con fuerza, apretando los dientes. Jerry chilla, feliz, codicioso, caliente, arrugando el rostro, cayendo sobre el escritorio. Ese culo caliente se abre como una flor, aceptándolo con facilidad y con hambre. Eric lo mete todo, y siente como ese culo lo aprieta y amasa, experto, con ganas.

 

   Jerry se acuesta sobre el mesón, su culo aprieta más el tolete, sintiéndolo palpitar, crecer y botar líquidos calientes que lo nutren y excitan más. Ese culo se abre y cierra, con ganas, con avidez. Ese ano sube y baja un poco, frotándolo más, dándose más gusto. Eric chilla, ese culo lo masturba y chupaba con ansiedad. Lo saca y lo mete, duro, embistiéndolo con fuerza, atrapándole los tobillos y abriéndolo más, con rudeza. A Jerry le encanta, lo mira sudado, caliente.

 

   -Oh, sí… cógeme, cógeme bien. Hummm… métemelo todo. Cógeme más. -jadea exigente, casi gritón, apretándose las tetillas con ganas.

 

   -Toma. Toma, maldito… -brama Eric, apretando los dientes.

 

   Lo embiste con ganas. Su culo va y viene, exponiéndose un poco cuando sus caderas van contra ese culito. Jerry gime, resplandeciente. Gozando una bola y parte de la otra; cuando el enorme tolete se le clava todo, siente las bolas del otro golpearle las nalgas. Así es como le gustan, grandes, rudos. Los dos cuerpos se transan en una danza frenética, Eric va contra Jerry y éste contra él. El culo va en busca del güevote, queriendo clavárselo hondo. El tolete entra con ganas dentro del muy abierto hueco, que lo atrapa, amasándolo con deseo. A Jerry le encantan los güevos y que lo enculen. Recuerda los soldaditos que a veces abordaba los sábados, jóvenes calientes de sexo, a quien un buen culo no les daba asco ni reparos. Como le gustaba sentirlos sobre él, clavándolo duro. Y siempre tenían la costumbre de ir de a dos por todas partes, y siempre los dos querían acción.

 

CONTINÚA … (12)

 

 Julio César.

SEXO DEL DURO Y SUCIO

junio 24, 2008

 …DURO Y SUCIO

   Continúa esta historia de sadismo, violencia sexual, masoquismo y sometimiento. Como ya dije antes, es dura pero buena. Si no te atraen estos temas no sigas leyendo. Aún así, felicito al autor, me encantó: CAPRICORNIO 1965. Disfrútenla, a pesar de ser algo lenta:

      EL SUEGRO… (2)

   Se le antojaba… y no iba dejarlo escapar.

……

   Félix sabe perfectamente que Pablo es definitivamente y completamente heterosexual; cien por ciento macho. Desde que supo que se había hecho novio de su hija, lo mandó investigar exhaustivamente y sabe que es alguien de conducta intachable, por eso estuvo tranquilo con el noviazgo. Durante esa semana, Pablo, Karina y Félix, comen o cenan juntos, charlan y conviven bastante antes de la boda. Justo el jueves, antes de la boda, Karina tiene que ir a Nueva York a recoger el vestido, y hacer algunas compras de última hora. Pablo no debe acompañarla ya que es de mala suerte que el novio vea el vestido de novia antes de la boda; y Félix, no es el mejor candidato para acompañarla a las compras que debe de hacer. Así que la joven  se ira el jueves y regresara el sábado por la mañana. Justo para el día del matrimonio. Carolina una de sus amigas ira con ella para ayudarla con lo que haga falta. Félix y Pablo las van a despedir al aeropuerto.

   Después de ver despegar el avión, Pablo medita sobre qué hará, no tiene que ir a la base o la oficina, está de vacaciones esos días antes de la boda. Tampoco anda de uniforme, en el viaje al aeropuerto viste un jeans y una camisa negra. El ajustado jeans delimita mejor la anatomía de su culo, hundiéndose un poco entra las nalgas, y demarca mejor su gran paquete, que Félix ve detenidamente a cada oportunidad, caliente totalmente, afiebrado. La urgencia de dominarlo, de poseerlo, de hacerlo gritar mientras lo penetra, se hacia más imperiosa por momentos.

   -Pablo, hijo- le dice afectuosamente- Te espero a cenar esta noche de todos modos, aunque Karina no esté. Será grata tu compañía.

   -Ehhh… Félix, hoy yo…- Pablo titubea.

   Esa noche, sabiendo que Karina no estará, sus dos mejores amigos, Juan y Marcos, le han preparado una despedida de soltero, algo que sospecha será salvaje. De los tres amigos es el primero que se casa y después de la boda, ya nada sería igual, ya no podrían salir a divertirse como antes, de hecho desde que Pablo se hizo novio de Karina, las salidas se hicieron menos frecuentes. Los amigos lo entendían, con pesar, por eso prepararon todo aquello.

   -¿Sucede algo, Pablo?- le pregunta al verlo dudar

   -Es que esta noche… tú sabes… Mis amigos pues… -titubea aún para contestar, tratando de que Félix comprenda sin que se moleste, sin que piense que le falta a Karina.- Mis amigos me han preparado una despedida de soltero.

   -¿Despedida de soltero?, vaya vaya… -suelta una risita cómplice.- Con alguna chica, me imagino- comenta sin demostrar escándalo.

   -Así es. Karina, sabe que esta noche iré con mis amigos.

   -Pero no sabe que tendrán compañía ¿o si?

   -Pues… no, no sé que hayan preparado ellos para esta noche, así que no podría asegurártelo.

   -No te preocupes, sé perfectamente como son estas cosas. Karina no sabrá nada por mí. En fin, no quería cenar solo esta noche, pero veo que tendrá que ser así.

   -Pues… si quieres podrías acompañarnos. –jadeó más por cortesía que por deseo de que los acompañe, lo invita, convencido de que Félix se negara a aceptar.

   -¿No te incomoda que tu suegro este en tu despedida?- le pregunta

   -Eh, bueno, no… No… no, claro que no- le responde titubeante.

   Sabe que a sus amigos Juan y Marcos, no les agradará la idea de que asista, a pesar de que Félix es un hombre joven aun, apenas maduro a sus 45 años, en buenas condiciones físicas además. Quince años de diferencia con el que sería su suegro no eran muchos años, pensó Pablo, pero el hecho de que su suegro estuviera acompañándolos no era lo ideal en una despedida de soltero donde sabía que ‘habría sorpresa’.

   Esa noche en el departamento de Marcos, el amigo de Pablo, éste, Juan y Félix, bebían animadamente, como solían hacerlo cuando sabían que no había compromisos o asuntos a atender al otro día. Juan había preparado una voluptuosa sorpresa femenina, que aguardaba al novio dentro de la recamara esperando el momento oportuno de salir. El vino y tequila estaban siendo consumidos rápidamente, a las pocas horas de haber iniciado la despedida de soltero, ya los tres jóvenes estaban lo suficientemente alegres, ruidosos y extraviados por el alcohol. Solo Félix, argumentando que estaba tomando medicinas y no podía tomar demasiado, estaba sobrio, pero eso sí, el desgraciado participaba de las bromas que le hacían a Pablo, como si fuese un invitado más y no el padre de la novia. Era quien contaba los mejores, más sucios y cachondos cuentos que los tenían un poco morcillones a todos. El hombre estaba borrando definitivamente su imagen autoritaria, la de ogro militar que tenía cuando estaba en el cuartel en la mente de Pablo. Juan y Marcos eran amigos de Pablo desde la infancia, aunque no militares, por eso no conocían a Félix sino hasta esa noche.

   Esa noche Pablo vestía de manera informal, un jeans que marcaba perfectamente su gran paquete en la entrepierna, mas aún al estar sentado, cuando se levantaba por algún momento la vista perversa de Félix se posaba en ese par de grandes y duras nalgas que marcaban perfectamente la separación entre la espalda y el trasero, así como su unión con los torneados músculos. Ese jeans parecía una segunda piel sobre la musculatura de Pablo, quien ese día usaba una camisa de color negro que resaltaba su piel bronceada y sus ojos verdes en esa cara varonil. Los chistes de doble sentido, así como las fuertes bromas estaban en todo su apogeo, cuando Juan se levanta, y le dice a Pablo.

   -Esta noche tenemos una sorpresa para ti. Está en la recamara y espero que no nos hagas quedar mal, cabrón- le dice de manera sarcástica.

   -¿Sorpresa?- Pablo finge no saber de lo que se trata mientras se levanta caminando lentamente hacia la recamara, en donde lo espera la “sorpresa”.

   Antes de abrir la puerta se detiene al tomar la perilla entre sus manos y voltea para verse con los rostros rientes de sus amigos, y el de Félix, que contrario a lo que temía, se había comportado como si fuera un invitado mas, participando de todo.

   -Va por ustedes, muchachos- les dice mientras abre y desaparece en la habitación. Solo se escucha cuando la puerta es cerrada con llave por dentro.

   Félix, mientras tanto, sigue conviviendo con Juan y Marcos, que ya han bebido lo suficiente.

   -Traeré más vino- les dice poniéndose de pie, finiéndose algo mareado también; los otros dos ya están lo suficientemente borrachos para aceptar ser atendido por el futuro suegro de su amigo, aún estando en el departamento de Marcos.

   Si ellos hubieran sospechado la forma en la cual Félix ‘prepara’ las bebidas, no le hubieran permitido tocar las copas, pero no tenían forma de saberlo. Félix sirve cuatro copas, pero les agrega pentobarbital sódico a tres de ellas, que es un anestésico que se potencializa con el alcohol. Experto en el uso del anestésico, sabe cómo hacer la mezcla perfecta, así que en menos de 10 minutos Juan y Marcos ya han bebido la narcotizada bebida y el efecto empieza a hacerse evidente. No pueden mantener los ojos abiertos, cabeceando. Félix sonríe burlón, de pie entre ellos en el sofá. Eran unos atractivos carajos, lástima que no había tiempo, se dice metiendo una mano dentro del suéter de Marco, recorriéndole y apretándole una dura tetilla. Repara en los labios rojizos del balbuceante Juan, y con una mueca mete la mano dentro de su pantalón y recoge algo de la humedad que escurre de su verga de tanto mirar a su futuro yerno. Un dedo con eso va a esos labios, sonríe al untarlo, metiéndoselo. El adormilado joven lo medio sorbe. Estaban listos, se dice Félix comprobando que caen en un sueño profundo, ahí, en el sofá de la cómoda sala.

   Félix sonríe de satisfacción mientras en la recamara aún se escuchan los gemido de la chica, los intensos gritos que hacen a hombre imaginarse el placer que esta sintiendo, mientras es penetrada por Pablo. Félix tiene un plan perfecto para poder satisfacer su sexualidad en el culo de su futuro yerno (imaginarlo lo hace temblar), es justo que Pablo tenga parte de la diversión, ya que después de esa noche todo sería distinto para el muchacho. Después de esta noche sólo sería una puta sumisa.

   Pasan todavía sus buenos y largos minutos hasta que los ruidos cesan en la recamara, para después abrirse la puerta y salir la exuberante chica rubia de perfecto cuerpo y un trasero precioso con los muslos torneados marcándose mas por las zapatillas de tacón que usa. Sin decir una sola palabra camina por entre los dormidos amigos de Pablo y Félix y sale del departamento. Unos minutos después sale de la recamara Pablo, para encontrase con el cuadro de sus amigos profundamente dormidos. Se sorprende, él mismo está bastante bebido pero no tanto como para quedarse dormido.

   -¿Qué paso?- pregunta extrañado de que tanto Juan como Marcos no hayan aguantado la bebida. Siempre habían festejado juntos y eso no era muy común.

   -Creo que el vino les pegó más duro en esta ocasión. Toma aquí tengo tu copa lista- mientras la toma y se la da a Pablo en la mano, la tercera copa que ‘preparo’ con la mezcla del anestésico, para poder tener a Pablo en sus manos. O mejor dicho, para tener el perfecto trasero de su yerno en sus manos.

   -Gracias- le responde Pablo mientras apura el contenido de la copa.- Creo que deberíamos irnos. Ya es tarde.

   -Si, solo esperamos a que se te pase un poco la bebida, para que puedas manejar.

   -Está bien.

   Por más esfuerzos que Pablo hace ni Juan ni Marcos despiertan, apenas responden con quejidos sin dar señales de recuperar la conciencia. Él mismo comienza a sentirse más mareado y con sueño, pero no como para quedarse dormido como sus amigos.

   -¿Te pasa algo?- le pregunta.

   Félix sabiendo que el vino está haciendo el efecto deseado, el sólo ver esas nalgas y saber que están a punto de ser suyas, de que esa noche Pablo perderá su virginidad anal, de que lo enculará con dureza, lo hace tener una rápida y feroz erección que se disimula en sus holgados pantalones. Pablo tiene que sentarse para no caer al suelo, todo empieza a darle vueltas, escucha la voz de Félix a lo lejos.

   -No, no me pasa nada. Es el vino.

   -Toma esto. –Félix, aprovechándose de su estado, le da otra copa de vino que Pablo en su confusión bebe sin darse cuanta que eso no lo ayudará más que a caer en la inconsciencia.- Le diré a mi chofer que se lleve tu auto a mi casa y yo te llevare a tu departamento.

   -Ssssi.- responde de manera autómata mientras termina de beber la copa de vino.

   Félix sonríe al verlo así, sabe que es sólo cuestión de minutos para tenerlo en su cama, rasgándole los calzoncillos, metiéndole la lengua por el culo, saboreándolo, desflorándolo luego. Y lo haría con rudeza, para oírlo gemir y gritar. Sí, Pablo gritaría mucho, mientras se convertía en su perra. 

CONTINÚA  …DURO Y SUCIO

Julio César.

PASEANDO LA PINTA

junio 24, 2008

NADA MEJOR…

   Era un carajo orgulloso de su estampa… ¡y qué estampa!

 

   Sin importar lo que dijeran, a inspector Gerardo Muñoz, comisario de policía, le encantaba usar sus tangas en el resort. Su mujer se molestaba, igual sus muchachos, pero nadie más ponía objeciones. No era raro que las cabezas de chicas y chicos se volvieran al pasar él, altivo, fornido, escasamente vestido y con el saltito alegre de toda su… estampa. Al entrar en las tibias aguas de la piscina, donde pasaba horas, las orillas se llenaban de aparentemente distraídos muchachos, aunque todos tenían clavadas sus miradas… donde deseaban enterrar el rostro, buceando con ansiedad. Muchos, temblando, imaginaban que la telita debía ser suave, muy a propósito para pasar la mano, una y otra vez, antes de meter los dedos, o darle la vuelta y usar la boca… para decirle que lo admiraban por su enorme, altiva, cálida y dura… personalidad. Que por alguna razón extraña, todos imaginaban que debía ser rojita. También, por alguna razón, las bocas se les hacían agua. Sí, mirarlo era un placer… parecía un tipo muy agradable. No te molestaría verlo así, ¿verdad?

 

PELIGROS DE LA MODA 

 

Julio César.

LA NOCHE DE SOBELLA

junio 24, 2008

ISAÍAS RODRÍGUEZ… CARA DE PAYASO

   El día quince de agosto de dos mil cinco, el país se había ilusionado con la esperanza de salir del desastroso gobierno de Hugo Chávez. La gente ya estaba cansada de años de prédica estéril, de decir una cosa, atacando, descalificando, crítico y duro, mientras se hacía otra totalmente distinta, de forma completamente descarada. La entrega del país por pedazos; la deliberada destrucción de la mayor empresa, la única que sostiene a todos, PDVSA, pensándose en un remate final al mejor postor; las persecuciones políticas; los juicios amañados; los asesinatos; las agresiones; el maltrato de conciudadanos a manos de cubanos; el odio mondo y lirondo que el Líder exhalaba y sus complejos de inferioridad, habían rebasado el plato. La gente quería salir pacíficamente de ese problema.

 

   El resultado es conocido ya de todo el mundo, de forma sorpresiva, que nadie creyó, el presidente Hugo Chávez fue declarado vencedor de la prueba electoral por un Consejo Nacional Electoral nombrado para eso, con un trío de curiosos personajes que debían representar a las mayorías ciudadanas, donde uno de ellos, Oscar Battaglini, se declaraba chavista de uña en rabo de propia voz; otro, Francisco Carrasquero, se llamaba imparcial y poco después era nombrado magistrado del Tribunal Supremo de Justicia, por el Gobierno; y el otro, Jorge Rodríguez, terminó como Vicepresidente de la República. Y aunque este trío, que conformaba la mayoría y desidia todo lo que se hacía o no dentro del organismo, y controlaba todo lo relacionado con el referéndum, fueron denunciados, ni el Centro Carter, la OEA o el llamado Grupo de Amigos de Chávez, los objetó jamás. Ni siquiera después de que consiguieron sus nuevos cargos, algún miembro de estas organizaciones hizo un señalamiento.

 

   De ese día infausto, recuerdo claramente el valor de dos mujeres singulares. En un país de mujeres corajudas (cuando se escriba la historia de estos tiempos las féminas alcanzarán alturas épicas), dos dieron la tonada del triste día dieciséis: Marta Colomina y Sobella Mejías. Cada una, dentro de su campo, libró la gran batalla de resistencia, fueron oídas por muy pocos. Pocos intentaron hacer algo. La mayoría guardó silencio y las dejó a su suerte.

 

   El Gobierno intentó por todos los medios evitar el referéndum. Lo primero que hizo fue desestimar y desconocer el primer intento realizado para recolectar las firmas para hacer la petitoria. No habiendo separación de poderes, la ciudadanía no tuvo a quién ocurrir ante tal pretensión. Se hizo una segunda recolección de rúbricas, pero entonces salieron con el cuento de que la gente no había escrito por sí misma en los cuadernos donde se tomaban los datos, dándose a la recolección, el mismo día del hecho, la denominación de mega fraude. Así lo llamó el Presidente en persona, y el resto de los acólitos repitió como loro. Se dijo de las firmas planas que eran inaceptables. Y al cometer un magistrado del Tribunal Supremo de Justina, de la Sala Electoral, Alberto Martini Urdaneta, honesto y valiente, el delito de decir que esas firmas sí eran validas para pedir un revocatorio, la jauría se le lanzó encima. Se le desobedeció y se le separó del cargo, sin que las fuerzas de oposición hicieran un amago siquiera de apoyarlo; mientras Brasil, Argentina, la OEA y España gritaban a coro: así, así, así es que se gobierna.

 

   Lo curioso fue que para varios de los llamados diputados de la oposición, cuando se recolectaron firmas para sacarlos de la Asamblea Nacional, se notó que estas eran ‘planas’; sin embargo esto sí ya no era un problema ni era una irregularidad en este caso, como Carlos Escarrá no se cansaba de repetir, el otrora hombre de leyes, envilecido ahora por las mieles del poder. No, las firmas planas sólo eran ilegales cuando estaban en contra del Gobierno. Nuevamente Brasil, Chile y Argentina admiraron el tino democrático y legalista del Régimen: lo bueno para mí, lo malo para ti.

 

   Cuando al Gobierno no le quedó más remedio que aceptar que se recolectaron las firmas, rebajando el número de ellas para hacer creer al tonto, imagina uno que en España o en la redacción del The New York Tames que no era tanta la gente que odiaba al Líder, se blindó el tinglado del Consejo Nacional Electoral. De los cinco rectores que debían dirigir y controlar los comicios, que se suponía debían ser elegidos por la sociedad civil, y aunque la gente gritó que todo quedaba en manos de una mayoría gubernamental (Carrasquero, Battaglini y Rodríguez), dejando a sólo dos para la ‘oposición’ (Ezequiel Zamora y Sobella Mejías), estos últimos quedaron completamente alejados de toda dirección de control. El Centro Carter, César Gaviria, Brasil, Argentina y Estados Unidos se aprestaron a avalar tal situación.

 

   Comenzaron las denuncias de que se cedulaban dos y tres veces a las mismas personas, que se nacionalizaba a gente sin los requisitos, y que el fiscal de cedulación, que siempre era representante de la oposición para equilibrar a la dirección de identificación, en este caso pertenecía al partido de Gobierno. Se dijo que los equipos traídos para el voto computarizado eran poco fiable, primero porque sólo el Gobierno tenía acceso a los programas y al control de las máquinas; segundo, porque había sido demostrado que era posible saber por quién votó cada persona en pruebas en vivo; y por último que los resultados podían ser modificados con tan sólo iniciar un programa oculto. Eso se gritó en muchos programas de televisión, en la radio y en la prensa. Marta Colomina, Patricia Poleo, Nelson Bocaranda y otros lo manejaron casi como tribuna abierta y diaria, con expertos que alertaban del problema, aunque los llamados líderes de la oposición daban toda clase de garantías de que era imposible hacer trampas con el sistema, y que las elecciones estaban blindadas contra el fraude. Fue más la acción de esta gente, que la propaganda electoral, la que hizo creer a la ciudadanía que de esta forma se podía salir del problema en el que se metió Venezuela botando por un hombre que juró convertir a su país en otra cárcel como Cuba.

 

   Con estos políticos llamados de la oposición pasaba algo muy extraño, mientras todo el mundo veía peligros y sombras de fraude, incluida la excelente gente del grupo SÚMATE (odiados por Gobierno y oposición, por eficientes), ellos auguraban un final feliz, con un presidente Chávez reconociendo su derrota y marchándose dignamente (ja), como si del viejo Raúl Leoni, el gran demócrata que dijo que si perdían por un sólo voto entregaban el coroto, se tratara. Por mucho tiempo estos señores gritaron que este era un Gobierno autoritario, tramposo y delictivo con tendencia dictatorial, pero en el fondo no lo creían. El peligro que el hombre y la mujer común percibían en cada acto del Régimen, era algo desconocido para ellos, demostrando que eran una generación de políticos incapaces de enfrentar, dirigir u organizar nada. Ya no digamos de ‘cobrar’ un resultado electoral; el problema estuvo en que hicieron creer que si podían. Estafa, creo que le llaman a eso.

 

   Los grupos de vigilancia ciudadana denunciaban que se cedulaba muchas veces a los mismos grupos pregobierno, que se negaban las auditorias al registro electoral, y mucho menos se permitía su publicación (¿cómo explicar tantos inscritos sin dirección fija?), que se procedía al negoción de las máquinas, que tampoco fueron auditadas, a no ser por aquellas que escogieron los rectores electorales puestos ahí por el Gobierno. Sin embargo, el Centro Carter, la OEA y los observadores internacionales no vieron en ello ninguna irregularidad. Según ellos, eso siempre se hacía así, aunque meses después se asistió a la escena más dantesca en los últimos tiempos, cuando Jimmy Carter, mostrándose como el cínico sin escrúpulos que es, denunciaba y se oponía tajantemente al uso de máquinas electorales en Estados Unidos, ya que eran susceptibles de ser alteradas y sus resultados eran poco confiables. ¿Alguien le preguntó por qué se negaba allá a lo que aquí favoreció? No, las respuestas podrían ser muy bochornosas para el gran país que un día lo hizo presidente.

 

   ¿Hace falta hablar de ese día quince de agosto? Fue soleado, las colas fueron largas y con muy poca movilidad, parecía algo hecho a propósito para desanimar a los votantes, pero la gente aguantaba. Cosas curiosas se sucedieron sin parar, la gente, frente a la Guardia Nacional, hablaba de forma clara y alta que ya era hora de buscar un cambio y dejar la peleadora. Cuando alguien miraba a un conocido dentro de la cola le gritaba: ¿vas a votar? Este respondía: claro que ‘sí’, en clara alusión a su preferencia. Algo extraño, ya que el venezolano siempre había mantenido cierto respeto a la no propaganda en esas colas. Mientras caía la tarde comenzaron a llegar los resultados a pie de urna, tanto de los partidos políticos como de los observadores internacionales, también los que dejaban filtrar los testigos de mesa. Todos los esperaban con ansiedad.

 

   La Casa del Partido del Gobierno lucía solitaria en horas de la tarde; y una alocución del Vicepresidente de la época, José Vicente Rangel, más bien sonaba a despedida. Un aire triunfalista comenzó a manifestarse dentro de la oposición. Pero el Consejo Nacional Electoral nada soltaba, dejando correr las horas, negándose a cerrar las mesas de votación aún pasada las ocho de la noche. Las horas pasaban y pasaban y los benditos primeros resultados nada que se anunciaban. La gente, pasada las doce de la noche, se retiró a dormir, sintiéndose aliviado no sólo del resultado que veladamente ya manejaban las televisoras, los comandos de campaña de los partidos y aún la prensa internacional, sino que parecía que todo transcurriría con tranquilidad, sin necesidad de llegarse a una guerra interna.

 

   Sin embargo una voz de alarma estalló con toda crudeza a tempranas horas de la madrugada, cuando dos de los rectores principales, aquellos asociados a la oposición, aparecieron frente a las cámaras de televisión. Quienes aún se mantenían pendientes de las noticias, se inquietaron ante la vista de esos dos, que se notaban agotados, furiosos e impotentes. Eran ellos un Ezequiel Zamora de mirada mortecina, cansado, como hastiado de tratar con este país; y a su lado, Sobella Mejías, esa mujer de porte sencillo, de doñita de casa de clase media alta. Fue ella quien llevó la voz cantante, la que estaba ahí y la destinada en ese momento para dar el grito de alerta. Con rostro desencajado, ojos muy abiertos, asustada, mirando hacia los rincones como si temiera que en cualquier momento  apareciera la Policía Política, la DISIP, que la arrastraría fuera de foco hacia un calabozo, habló. La mujer con voz tartajeante, de miedo, de verse de pronto impulsada a un papel protagónico que tal vez no había deseado, pero sintiendo eso que llaman la voz de la conciencia y la llamada de la historia, denunció lo increíble.

 

   Mientras los cómputos iban llegando a la sede principal de CNE, un grupo de técnicos relacionados todos con el Gobierno, con otro grupo de técnicos cubanos, se habían encerrado en la Sala de Totalización, de donde ella, a pesar de ser una rectora principal, fue sacada con malas caras y tratos por la Guardia Nacional, y se le impidió la entrada al otro rector cuando éste quiso protestar por esa arbitrariedad. Los llamados observadores del Centro Carter, de la OEA, y de países cómplices como Argentina, España y Brasil, también fueron retirados y no se les permitió la entrada nuevamente. Todo eso fue denunciado por esa mujer que abría desmesuradamente los ojos: que las actas electrónicas, los resultados, estaban llegando y se hacían manipulaciones a espaldas del país y de los observadores, de las que ellos (ella y Ezequiel) nada sabían. Ella llamaba al pueblo de Venezuela para alertarlos, no sabía qué estaba pasando con las actas y los resultados computarizados, ni lo que podría ocurrir con ellos en esa encerrona. No lo dijo con todas las letras, pero estaba implícito: ¡los habían sacado de allí para invertir los resultados! ¡Para hacer trampa! Un fraude mondo y lirondo, donde ellos sacaban sus propias cuentas y, oh, sorpresa, les daban como querían. Pero ella no pensaba permitírselos. Lo gritó, lo denunció, lo otro sería la salida a las calles de la población, capitaneados por los políticos. Que se armara la ucraniana, pensó la mujer para sus adentros, y que Dios cuidara de todo el mundo, pero eso no podía quedarse así. Seguramente también contaba con la colaboración de los llamaos observadores, que habían constatado en vivo las irregularidades (¡qué inocencia!).

 

   Menos de dos horas después, con su cara muy lavada, el señor Carrasquero repetía unos resultados que en horas de la tarde ya los canales estatales habían repartido en varios medios de comunicación a nivel mundial, coincidiendo a la maravilla los números, cosa de pitonisos. Lo que vino después fue la estupefacción. El país quedó silencioso, en shock. La oposición no entendía qué había pasado, los seguidores del Gobierno tampoco salieron a celebrar esa madrugada del dieciséis, así como todo ese día. Nadie podía creerlo. Y en medio de ese silencio de depresión, de engaño, de muchas lágrimas de frustración, una voz se levantó con furia, con amargura, decidida, resuelta y valiente, doña Marta Colomina, quien desde su programa mañanero en ese que otrora fue un canal libre, TELEVEN, llamó fraude al fraude, mientras otros intentaban recular o suavizar los términos. Lo dijo con rabia, con voz dura, tanto que muchos de sus invitados parecían algo temerosos. Ella y el fallecido Jorge Olavarría, un hombre que había defendido y encumbrado a Chávez, repudiándolo al saberlo un demente peligroso para la salud de la patria, hablaron con toda la hiel del desencanto esa mañana.

 

   De ese infausto dieciséis de agosto, se levantaron voces discretas como la de Mari Pili Hernández, una periodista radial defensora del Régimen, quien pidió ponderación en los comentarios y que dejara de hablarse de fraude, ya que eso dividiría más al país y creaba un caldo peligroso para la paz. José Vicente Rangel, Vicepresidente para el momento, llamaba a la calma, que la vida republicana continuaría. Del resto, los políticos brillaron por su ausencia, tanto los del Gobierno como los de la mal llamada oposición, gerentes para tiendas, pero no para administrar tiempos duros y de batalla. Y comenzaron los relatos de leyendas. Unos decía que César Gaviria, Secretario General de la OEA para el momento, furioso, amenazaba con irse del país sin reconocer los resultados ante la evidencia del secreteo en la Sala de Totalización, donde sólo el Gobierno estuvo presente para sumar los cómputos.

 

   Era mentira, tal dignidad y resolución jamás existió. Para esos momentos Estados Unidos, embarcados en otro atolladero bélico en el Golfo, necesitaba lo que aún creía el suministro confiable de combustible desde Venezuela, y lo que menos deseaba era una guerra civil, como si esa fuera desición suya. Pero podían permitirse tal altanería, ya que es como dice el periodista Rafael Poleo, el imperio sí existe y es bien maluco. Otra leyenda hablaba de un joven técnico que salió corriendo de la Sala de Totalización y le dijo a un grupo de observadores que estaban invirtiendo el resultado del referéndum, siendo detenido inmediatamente por la Policía Política. La especie jamás pudo ser verificada. Lo cierto es que las cifras finales fueron, pero de orden contrario, las que todos los resultados a pie de urna daban en horas de la tarde el día anterior, dando como triunfador al “sí, si queremos salir del Presidente”.

 

   Un grupo de espontáneos, llenos de rabia y desesperación, de impotencia, se reunió rápidamente en la plaza Altamira, a protestar contra el fraude. Es de justicia reconocer el valor de algunos políticos, casi todos del Comando de la Resistencia, al que pertenecen Antonio Ledesma, Oscar Pérez, y hasta el momento de su huida forzada del país, Patricia Poleo. Allí, respondiendo a la máxima de que muerto el perro se acaba la rabia, frente a las cámaras de televisión, un hombre bajó de una motocicleta y disparó contra los manifestantes, matando a la señora Ron (no Lina Ron). El Gobierno, más tarde, hizo lo imposible por decir que la culpa era de los reunidos, que había que enjuiciar al Comando de la Resistencia, como fue culpa de los marchantes del once de abril del dos mil dos, el morir por marchar. Por el asesino se hizo de todo para salvarlo, y ese juicio aún no termina. Sabe el Gobierno que cuenta con sus ‘documentalistas’ que luego saldrían a contar la ‘verdad’ en universidades idiotas y países creyentes de pendejadas, pero sobretodo con la complicidad de los que sí fueron informados de forma concreta y veraz, como el señor Lula da Silva, Ernesto Kirchner, la señora Bachelet y Rodríguez Zapatero.

 

   De ese desastre electoral, del hecho de la totalización de los resultados en forma muy privada, presente únicamente los afectos al Régimen, y que luego uno de los rectores saliera para el Tribunal Supremo y otro a la Vicepresidencia de la República, nadie ha dado explicaciones. Ni Brasil o Argentina, ni Chile o España; se conformaron con hacer pensar que creían en aquella payasada, aliviados de que solamente mataran a una o dos personas en todo el territorio y ya. Para Lula y Kirchner, ahí radicaba el éxito. A Marta Colomina se la cobraron y salió de TELEVEN, casi condenándolo con su ida. A Sobella Mejías se le trató mejor, incluso se dijo que se le propuso, al salir dos de los rectores, el que fuera presidenta del CNE. Ella continuó allí, preparándose para las siguientes elecciones, las de gobernadores y alcaldes, que la oposición corrió a aceptar cuando Chávez lo ordenó. Él quería elecciones y había que complacerlo, aunque los resultados ya se sabían y que Marta Colomina se halaba los cabellos intentando explicárselos a la oposición. Era obvio que la maquinaria del fraude no iba a detenerse después de los buenos resultados obtenidos, la clara cobardía e incompetencia de la oposición y la carbronería internacional. Todos sabían que se perderían estados en manos de la oposición, como Miranda, Lara y Carabobo. Sólo Enrique Mendoza, Eduardo Lapi y Salas Feo, sus gobernadores para el momento, lo ignoraban.

 

   Mientras se preparaban estas contiendas, mucha gente, incluido mi apreciado señor Rafael Poleo, criticó a Sobella Mejías por no hacer más para detener a esta gente. Todos la notaban tibia y callada. Pero para ese momento ya Ezequiel Zamora se había retirado y la correlación de fuerzas era de cuatro oficialista contra ella… Y seamos sinceros, ¿qué ganas de hacer nada podía tener esa señora? Esta mujer, una rectora principal, había sido agredida por la Guardia Nacional el ocho de febrero del 2005, siendo vapuleada e insultada, conociendo en propia carne de los atropellos, abusos y violencia del Régimen. Se dijo que se investigaría el hecho pero nada se hizo. Y sin embargo, esa madrugada del día siguiente al fraude, logró sacar fuerzas de flaquezas, y a pesar del temor, con alarma pero resuelta, dio la voz de alerta: hacen trampa, no me dejan ver qué hacen con los resultados, hay que pararlos, salgan todos a la calle. Eso dijo con tartajeos, sabiendo que el Régimen ahora podría ser aún más violento; pero con ese valor curioso de las mujeres, que no piensan en el poder inmediato, como los hombres, sino que sacan rápidas cuentas sobre la vida y bienestar de hijos, sobrinos, ahijados y nietos. Pero nadie salió, los políticos de oposición se mimetizaron con sus camas, escondiéndose. Ella debió verlo, con rabia, seguramente con algo de llanto en sus ojos, esa mañana del día dieciséis, y debió pensar: ah, ¿no harán nada?, jódanse. Ella hizo su parte, el país falló.

 

   Sobella Mejías está ahora jubilada, alejada de los abatares públicos. Posiblemente dedica más tiempo a su carrera, es abogado y Magíster en Ciencias Políticas, de larga y honorable trayectoria en las faenas electorales. Tal vez se dedica más al cuidado de su casa, de un jardín, o al cepillado de una perra. Ella merece estar bien, en paz, pero seguramente no lo está, porque es una mujer realista, cabal e inteligente, y debe temer por el futuro de Venezuela bajo la suela del dictador cubano, el sombrío anciano líder de un sanguinario régimen que sólo ha sembrado muerte, dolor y miseria por donde ha pasado. Pero Sobella Mejías debe tener claro en todo momento que ella cumplió con todo lo que pudo para impedir tal descalabro. Tal vez antes o después de eso no realizó nada digno de unas líneas en cualquier reseña, pero esa noche, la noche del fraude, del robo, del engaño en complicidad con gobiernos pro dictatoriales, hizo lo que pudo por salvar a su país, puso en juego todo aquello de los que tantos hombres adolecieron en ese momento, bolas, incluido el valor de hacer lo correcto, lo necesario, así eso significara ser agredida, arrestada y vejada en un calabozo de la tenebrosa DISIP.

 

   Esta mujer de rostro ancho y anodino, se convirtió esa noche, la noche de su vida, la noche de Sobella, en otra de esas féminas cuyo retrato cuelga en una larga galería de valor, determinación y coraje. Su conciencia está tranquila, los demonios del arrepentimiento y la culpa no la perseguirán jamás. Ella puede mirar de frente a quien quiera, explicando sus acciones o no, estos hablan por ella. Hizo lo que debía y eso debería bastarle para brindarle tranquilidad hasta el final de sus días, pero casi estoy seguro de que no es así. Venezuela continúa en la oscurana, esa de la que habló un día Alí Primera: en mi tierra los hombres han tomado partido, unos por la vida, otros en contra de ellos mismos…

 

LINA RON

 

Julio César.

UN TRABAJO DESEADO…

junio 24, 2008

EL SECRETO DE MI ÉXITO…

SECRETOS DE CASADOS

 

Julio César.

SEXO DEL DURO Y SUCIO

junio 19, 2008

 

   Como todo hombre, me gusta lo erótico y lo pornográfico, digan lo que digan. He tenido aventurillas con mujeres que no entendían por qué compraba revistas o películas del género. Aunque nunca las creí muy sinceras. Sé, de buenas fuentes, que las mujeres también disfrutan ciertos relatos, o escenas. Con la red, la Web, es posible encontrar páginas con historias increíbles, de la cuales, en años pasado, fui tomando algunos cuentos, los que más me gustaron. En ese entonces no tenía en mente nada de todo esto del blog, por lo que no guardé muchos datos. Pero en este espacio quiero dar a conocer algunos de esos cuentos, los más curiosos y… buenos. Quien los reconozca que se manifieste y aporte datos.

   Este relato cae dentro de una categoría dura, casi extraña. Su protagonista es un ser cruel, maligno, maldito y sádico. Una mente tan tortuosa como enferma… y excitante. De verdad que no me gustaría creer que algo así puede pasar, o pasarle a uno (no imagino cómo), pero fantasear sobre ello está bien. Lo digo en serio, esta historia es totalmente prohibida para menores de edad, ni para personas que les disguste, ofenda o lastime leer sobre… violaciones, sadomasoquismo, bondagge. Y en esta hay mucho de todo esto. Si no te gusta, no sigas leyendo. Por otro lado, el autor, de quien sólo tengo está denominación: CAPRICORNIO1965, se explaya en descripciones y consideraciones que tal vez aburran un poco, pero como lo puso lo transcribo. Es bueno. Disfrútenlo:

……

   Félix Santos, el rudo mayor del ejército, se alegra cuando sabe que el arrogante sargento Pablo Arenas es novio y futuro marido de su hija; pensaba cobrar las viejas rencillas entre ambos, y de una sola forma: tomar posesión del musculoso y joven cuerpo de aquel macho que iba a transformarse en su hijo político, convirtiéndolo en su puta…

 

EL SUEGRO

   Era de los que cobraban…

……

   El sargento Pablo Arenas, piloto militar de profesión, 30 años de edad, deportista por placer, es un hombre atractivo y viril de cuerpo sólido y musculosamente armónico. Es un moreno de facciones afiladas, ojos verdes, cejas pobladas y pestañas gruesas, dándole una apariencia sumamente varonil. Su mirada penetrante, escrutadora, parece descifrarlo todo con una sola mirada. La nariz recta, con unos labios gruesos, sin ser toscos, daban a su boca la forma perfecta, entre los rojos labios la dentadura era perfecta y blanca. Pablo conquistaba a todo el mundo con solo sonreír, con es timbre de voz tan varonil y agradable que lo hacía ser unos de los abogados militares más solicitados y mejor pagados del estado. Su cuello grueso, definido y largo, da paso a un tórax desarrollado por el ejercicio que se había acostumbrado a practicar desde su adolescencia.

   Su musculoso pecho, así como los paquetes musculares en su abdomen y vientre, sin grasa en su estrecha cintura, una espalda ancha a la altura de los hombros y estrecha acercándose a la cintura, para después dar paso a esas dos nalgas grandes, de perfecto tamaño y curvatura, el trasero mas perfecto que había sido fantasía erótica de muchas mujeres, y hombres también, lo hacían llamativo. Las piernas de músculos largos y tonificados, con muy poco vello delgado y corto, su miembro de buen tamaño, alcanzando los 23 cm. cuando estaba erecto y casi los 5 cm. de ancho, y sus dos bolas en una amplia bolsa escrotal que las mantenía suspendidas a cierta distancia de su perineo lo hacían ser muy deseado también. Alto casi 1.95 m 95 Kg., de sólidos músculos, era todo un caramelito.

   Debido a su profesión, Pablo acostumbraba usar ropa militar aunque ni aún estas, cuando las usaba, ropa holgada, se podía disimular su cuerpo perfecto. Su atractivo viril, de sensualidad masculina y salvaje era imposible de ocultar, sus ojos verdes resaltaban en su piel morena y bronceada. Era un bendito, un triunfador. Sin embargo la vida del joven daría un giro en pocos días, ya que desde hacia algunos meses había estado saliendo con Karina, una joven de buena posición económica, huérfana de madre desde muy pequeña, delgada y alta, de buen cuerpo, con las medidas perfectas 90.60.90, de piel blanca, cabello liso largo que le llegaba hasta la mitad de la espalda, castaño. Contaba con unos senos redondos de prominentes pezones que se notaban aun por debajo de la ropa que usara. Su delgada y firme cintura en la que Pablo acostumbraba poner sus manos, abarcándola totalmente era tan atractiva como las piernas perfectas de muslos torneados.

   Cuando usaba zapatos de tacón alto sus hermosas piernas se estilizaban mas, dándole un atractivo extra, además de tener una cara angelical de facciones pequeñas. Labios rojos sensuales, delgados pero con una forma atractiva, pómulos altos, nariz respingada y pequeña. Además de una voz tan sensual que podía hacer que Pablo tuviera una erección tan sólo con oírla. En conjunto Karina tenía un atractivo que lo hizo desearla desde que la vio y estar con ella. La joven era una chica chapada a la antigua, ya que aunque entre ellos ha habido besos y caricias atrevidas, le dejo en claro que quería llegar virgen al matrimonio, eso hizo que Pablo se encaprichara mas con ella, al principio, aunque después de estar saliendo y hacerse novios, se enamoro como un adolescente, y respetando sus principios, le propuso matrimonio, no sólo para poder hacerle el amor, sino también por que encontró en Karina la mujer ideal con la que deseaba pasar el resto de su vida, tener hijos con ella, además tenia la edad perfecta para contraer matrimonio, según el.

   Karina era 8 años mas joven, apenas acababa de cumplir 22 años y vivía con su padre, quien también era militar, el Mayor Félix Santos, aunque en los últimos meses, el padre de Karina había sido enviado fuera del país, pero regresaría unos días antes de la boda. Félix y Pablo se habían conocido años atrás cuando Pablo ingreso a la fuerza militar y estaban en el mismo batallón, y aunque Pablo estuvo en algunas ocasiones bajo el mando del Mayor Félix Santos, siempre existió entre ellos cierta antipatía. Pablo, siempre había sido muy seguro de sí mismo y exigente con los demás, siempre quería la perfección en las acciones, se creía que era el mejor de todos los de su batallón y en realidad era un buen elemento, sólo que se había ganado la antipatía de muchos de sus compañeros por su altanería, incluso la del Mayor Félix santos, quien ahora, dentro de poco, se convertiría en su suegro.

   Félix, por su parte, siempre quiso darle a Pablo una lección aunque jamás encontró algo de donde poder agarrarse y joderlo, el tiempo en el que Pablo estuvo bajo su mando, se le fue a Félix en tratar de encontrar alguna falla en Pablo para hacerlo sentir mal y humillarlo frente a sus compañeros. Quizá lo que a Félix mas le molestaba del joven Arenas era que ambos tenían un carácter similar y uno quería ser mejor que el otro, aunque por los años que Félix tenía dentro del ejército su rango era mayor. Félix nunca logro doblegar al rebelde militar Pablo Arenas, y eso le obsesionó durante años; doblegar a ese rebelde militar era parte de su tarea, ninguno se le había escapado, a todos los militares bajo su mando los había humillado y avergonzado. Lo consideraba parte del entrenamiento, de la vida militar en el cuartel; pero con Pablo todas sus tácticas habían fallado, después fue enviado a un base fuera del país por unos meses, fue cuando Pablo conoció a Karina, la hija de su rival en la base, y todo cambió para el.

   Desde que estaba junto a Karina su vida se había transformado. Karina era tan femenina, tan frágil, que siempre le inspiraba aparte de amor ternura, darle protección y seguridad, siempre la había visto tan desvalida. Incluso en estos meses que Karina había estado sola, él siempre la había acompañado, se había identificado plenamente con ella, y todo su mundo sentimental lo había llenado en unos cuantos meses. Karina lo había trasformado, ya no era él mismo, sus expectativas de vida habían cambiado totalmente. Cuando Pablo comenzó a tratar a Karina, sabía perfectamente que ella era hija del Mayor Félix Santos y ella sabia perfectamente que el sargento Pablo Arenas era el rebelde militar que le había causado tantos dolores de cabeza a su padre, pero el destino los había unido, en una ocasión en la base militar. Karina había tenido que ir a recoger cierta papelería de su padre para un movimiento bancario y ahí fue donde Pablo la vio, en ese momento se enteró de quién era, y pensó en salir con Karina para molestar a Félix, y porque ella le gusto demasiado. Pensó que Karina seria igual que su padre, pero al comenzar a tratarla encontró en ella a un ser dulce y romántico que lo fue conquistando, olvidándose por completo de Félix.

   El Mayor Félix Santos sabía ya del noviazgo de Karina por que ella le había escrito para contárselo, no le gusto mucho pero a medida que fue viendo la felicidad en su hija, tomo la decisión de aceptarlo, a pesar de ser quien era. Además secretamente se alegro de volver a encontrarse con el arrogante y altivo sargento Pablo Arenas; había llegado el momento de ajustar cuentas de una vez por todas, de hacérselas pagar muy caro.

   Félix era un hombre muy joven, tenía apenas 45 años, pocos años de diferencia con Pablo. Era muy alto, de complexión robusta, entrenaba en el gimnasio y practicaba tenis y natación. De barba corta y bigote en forma de candado, es un moreno de nariz y labios gruesos, frente pequeña y cabello chino, que acostumbraba traer bastante corto, aunque estaba vestido, se podía adivinar que su cuerpo se mantenía en forma, aunque no era precisamente un cuerpo tan marcado como el de Pablo, que era muscularmente perfecto. Félix era más grueso, muy velludo de todo el cuerpo, pecho, brazos, piernas, nalgas y espalda. Su esqueleto era de huesos gruesos y a pesar del ejército tenía una apariencia robusta, aunque sólida. Era bastante alto 1.90 m. y pesaba 105 Kg. Karina no tenía parecido fisco con su padre, más bien era casi una copia de su madre, que había fallecido cuando ella era una niña, quedándose al cuidado de Félix, quien se había dedicado a ella por completo, jamás volvió a casarse y había sido muy discreto con sus aventuras amorosas.

   Félix secretamente ha tenido una intensa vida sexual, sobre todo cuando había sido enviado fuera del país, donde había estado involucrado con varias personas de su mismo sexo, eso si todo en absoluta discreción. Cosa que es desconocida para todos. Gustaba de someter a chicos guapos y héteros, y desde el primer momento que vio a Pablo, se le antojo. Cuando vio el atractivo y la sensualidad viril de muchacho deseó poseerlo, doblegarlo hasta convertirlo en un juguete sexual, disfrutaba de forma casi sádica doblegando hombres varoniles y atléticos, viriles y heterosexuales, quebrantándolos. Incluso había hecho desertar a varios en el ejercito en algunas ocasiones, pero Pablo siempre le respondió, nunca se doblego, y eso acentuó en Félix más el deseo, las ganas de hacerlo suyo, cosa que consideró casi imposible porque no tuvo el tiempo suficiente para doblegar al rebelde militar cuando fue transferido, pero ahora el destino lo coloca en una situación favorable, tendría a Pablo muy cerca de él, serían de la misma familia.

   Por su parte, la familia de Pablo vivía en la misma ciudad, pero, se veían poco por las ocupaciones, además de que siempre habían sido muy independientes. Tenía una sola hermana que vivía en Canadá, desde que se caso y sus padres, vivían en una de las mejores zonas de la cuidad, aunque se dedicaban a viajar constantemente a recorrer el mundo.

   Faltaba justo una semana para la boda cuando Félix les avisa que llegará en unas horas, así que tanto Karina como Pablo van por al aeropuerto a recogerlo. El encuentro entre Félix y Pablo fue tenso, lo sintieron, pero como lo más importante para ambos era no hacer sentir mal a Karina, disimularon. Félix desde un principio, le hizo saber a Pablo que no le permitiría que hiciera sufrir a su “muñequita” como acostumbraba llamar a Karina, pero que le gustaría que entre ellos hubiera confianza y una relación cordial, ya que para él era muy importante estar en contacto con su hija, la había tenido abandonada por unos meses, pero ahora deseaba estar con ella. Pablo y Karina para no dejar solo a Félix, habían decidido vivir en la misma casa, mientras terminaban de construir la residencia que ellos habitarían y que estaría justo al lado de la de Félix, así Karina estaría en contacto con su adorado padre, constantemente. Después de la cena en la que se rompe el hielo entre el futuro suegro y yerno, Karina estaba feliz de ver como los dos hombres hacen un esfuerzo por limar las asperezas del pasado. Incluso Félix trata ahora con cordialidad a Pablo.

   Pablo tarta de ser lo más agradable posible con Félix, sabe que eso es importante para Karina y el desea complacerla. Es tanta la euforia, que cuando se despiden, Karina acompaña a Pablo a la puerta, y no reparan en la mirada de Félix que se vuelve penetrante y se posa por ese par de nalgas, duras y redondas, de perfecto desarrollo muscular de Pablo. Su vista se clava en ellas como si quisiera tocarlas, morderlas, penetrarlas. Pablo está usando un pantalón de vestir, camisa de manga larga y corbata, se ha quitado el saco, así que le vista de Félix aprecia detenidamente esos atractivos glúteos, que pronto serían propiedad de su hija. Su mirada esté pegada a esas duras redondeces de su yerno, siguiéndolas, acompañándolas en cada movimiento que el joven da al caminar, imaginándose lo satisfactorio que será tocarlas, hundir sus dedos en ellas, pasar su lengua sobre ellas, saboreándolas.

   En esa noche Félix sueña con ese par de perfectas nalgas, lo mira caminar usando una tanga roja. Despierta sudoroso, frotándose el miembro al recordar como se movían ese par de duras nalgas mientras Pablo caminaba hacia la salida y en como Karina, discretamente, puso una de sus manos casi sobre la curvatura donde se unen con la espalda baja. Frenéticamente se frota su gruesa verga que está babeando por el deseo del perfecto trasero de su futuro yerno, casi gruñe mientras su mano sube y baja, imaginándose metiéndola forzada en ese chico agujerito que se abriría a su masculinidad.

   El espeso semen que es expulsado de la excitada verga de Félix, queda entre sus manos. Jadea agónico, con los ojos cerrados, recordando el bonito rostro del muchacho. Levanta sus manos con los restos de semen y empieza a lamerlos con gula y vicio; usando su lengua limpia cada rincón de sus manos con los restos de esperma, imaginándose la imagen de Pablo, que se ha quedado grabada en su mente. Lo ‘ve’ a él tragándose esa leche. Después se va a dormir. Aun con la verga dura, insatisfecha de no poder penetrar aún lo que tanto desea.

   Félix no es de los hombres que se queden con ganas de algo, así que su mente empieza a idear la forma de poder poseer ese ansiado culo, de penetrar y sentir como el estrecho esfínter del culo de Pablo, le aprieta la verga mientras él lo coge furiosamente. Lo imagina gritando, revolcándose, siendo sometido, cogido. Esa sería la forma perfecta de doblegar al rebelde militar. Por lo pronto, el ganar la confianza de Pablo es lo primordial, que confié en él y que se olvide de las rencillas del pasado e el cuartel. Luego lo convertiría en su perra. Su puta. 

CONTINÚA …DURO Y SUCIO 2  

Julio César.

MUEVE ESE C…

junio 19, 2008

PROTECCIÓN

   Te lo juro, es casi excitante…

 

   Siempre que lo digo me gano sonrisitas burlonas que intentan pasar por discretas, enigmáticas o ingeniosas (¡se creen tan listos y originales!): me gusta montar a bicicleta. No sé qué piensan. Pero de verdad me gusta montar en mi bicicleta, es grande y de varias velocidades, vieja y clásica, dura y resistente (me he dado como mil matadas con ella, e incluso choqué de frente con un carro, afortunadamente no pasó nada más que del susto de volar contra el capote). Cuando subo a ella mirando la carretera frente a mí, me invade una sensación de placidez, de paz. Siento como la adrenalina y la sangre bombean. Comienzo a pedalear y recorrer los metros, olvidando todo problema. Me esfuerzo, subo y bajo, imprimo velocidad, venzo la resistencia, la distancia. Jadeo, sudo, mi corazón palpita con furia. Todo el que gusta de un deporte, nota lo mismo: me siento vivo. Por eso me gusta la bicicleta. Claro, no me visto con toda la indumentaria, me da algo de güergüencha. Aunque me encanta ver a otros en ella… por cuestiones deportivas, obvio.

 

   Vivimos tiempos extraños donde ya la obesidad, adulta e infantil, se convierte en un grave problema. Ya es como una tendencia, la gente admira, desea y quiere ser como los flacos, pero engorda de forma escandalosa, entre angustias y sufrimientos. Papadas, brazos flácidos, panzas que cuelgan, muslos que bailan aunque se esté detenido, son cosas que quitan el sueño y la paz. Y se ve feo, estemos claro. Está bien que hay personas anchas de rostro o espaldas, robustas, pero una cosa es eso y otra tener los ojitos achinados y las mejillas como buldog. Pero no es eso lo que tengo en mente cuando subo a mi bicicleta, ni siquiera la gente que está a tu lado y jadea como si respirar le costara, ni la leve capita de sudor que cubre al que hala una silla para sentarte frente a mí, o la celulitis que se asoma por las mangas de las camisas. Todo eso que puede tomarse como rasgos… pocos atractivos, pero yo lo veo como algo más serio: un trastorno de salud. Ese es el punto: vivimos en un mundo donde se come grasa como si de azúcar se tratara (que también jode), con litros y litros de colesterol (una bolsa de chicharrón totalmente transparente y casi goteante asegura sabor extra). Tomamos caña y comemos sin movernos, totalmente sentados, como cerdos echados que engordan. Vasos y arterias van tapándose, llenándose de grasa y nada hacemos. Como nada sentimos pensamos que todo está bien, hasta que el carajazo en el pecho nos despierta a la realidad. A muchos no se nos enseñó a practicar deporte como hobit. Y bolas criollas, cartas, ajedrez y peleas de gallo no son deportes, créame.

 

   Cuando la sangre corre con fuerza, y lo hace así con cierta regularidad, las venas se aligeran; velocidad y calor ayudan a dilatarlas, abriéndolas. Cuando el corazón palpita con fuerza, los ventrículos y vasos que llegan y salen de él, se ejercitan, se tonifican, los calibres parecen lubricarse. Que el cuerpo se cubra de ese sudor copioso y caliente es sano, se está desintoxicando, estamos eliminando productos de desecho, pero lo mejor es que los poros se abren, respiran, la piel elimina esas impurezas que a veces quedan en ella produciendo una capa cenizosa, sebo y puntos negros, o hasta cierto mal olor. Por otro lado se eliminan esas leves capitas de grasa en los músculos, y estos se fortalecen y endurecen. Claro, se dirá que quien trabaja duro hace ejercicios, pero al parecer no es igual. Se puede caminar todo el día en un trabajo y esto no logra quemar calorías. Al parecer tiene algo que ver con el estrés. Eso no está presente cuando te dedicas a una actividad física (incluso el sexo es más eficiente); el caso es que hay que trazarse este tipo de rutinas. Ejercitarse con cierta frecuencia. Vivimos como agotados y no sólo por el trabajo; a veces con tan solo ir a él, en medio del tráfico, o pensar en los problemas cotidianos (carencia de dinero suficiente) nos deja como mamados. Esta sensación hay que vencerla, hay que robarle fuerzas a la desgana. Me he inscrito en no sé cuantos gimnasios (un día les hablaré de eso), pero me cansa. Soy flojo para ir a tal hora. En cambio en mi bicicleta me olvido de todo. Sólo miro frente a mí un grato momento.

 

   Amigos, mientras el reloj avanza con su implacable tic tac, muchas dolencias ocultas van juntándose para echarnos una broma. La salud es una de las peores. Se sabe que el alcohol (Dios, que terrible, ¿por qué nos hace eso si lo amamos?) ataca el hígado, las grasas van también al hígado y las arterias, los fármacos roban la claridad mental y te encadenan a una sugestión muchas veces enfermiza. Se sabe que la actividad mental ahuyenta las dolencias síquicas como el parkinson y el alzheimer, pero también una oxigenación más efectiva del cerebro ayuda a evitarlos y los ejercicios entran en esto. Los especialistas han trazado líneas entre el exceso de testosterona o estrógenos y la aparición de males como el cáncer de ovarios y mamas, o próstata, y una técnica que se estudia, y aconseja, es el ejercicio para eliminar la demasía de tales restos hormonales. De hecho, uno de los tratamientos contra el mal de la próstata es un inhibidor hormonal de la testosterona.

 

   Así que a ejercitar, no como un demente, o como una obligación, sino practicando algo que sea grato, desde caminar a bailar, a trotar a correr en bicicleta. Lo importante es terminar con ese peligroso sedentarismo. Miren a su alrededor, ahora parece haber un gimnasio en todas partes (cosas como la gordura me parece que es mejor tratarla con buena alimentación y ejercicios, nada de pastillas raras o cirugías más extrañas todavía); busquen aquel que esté cerca, seguramente habrá algo que les agrade. Tengo un amigo que va y únicamente practica boxeo, eso creo que lo excita. A mis amigas las enloquece la bailoterapia (creo que por los entrenadores). A mí el sauna y los masajes me gustan mucho… por muchos y buenos motivos. Aunque no se vaya  siempre, es bueno hacerlo de tarde en tarde.

 

   Ahora algo que me contaron una vez. Terminada una carrera, la reportera entrevista al ganador, un tipo que jadea con su bicicleta al hombro. ¿Qué fue lo más excitante de la carrera?, le pregunta ella. Él le responde: el asiento de la bicicleta mientras subía las cuestas…

 

DE TU BOQUITA A LA MÍA       

 

Julio César.

FORZA, FORZA…

junio 19, 2008

FORZA MEN

   Desafió a los panas: si me la quitan, hago lo que quieran. Era un tipo grande, pero ¿no te animarías?

 

¡VAYA FORZA…! 

 

Julio César.

HACER UN HOMERO SIMPSON

junio 19, 2008

EL 2000 Y LOS BUENOS DESEOS

   Hace tiempo, en un capítulo de mis queridos Simpson, presencié uno de los momentos más hilarantes de dicha historia. A Lisa le había salido una competidora en la escuela, una niña sifrina que decía “cómo crees”, que la hizo sufrir. Pero lo realmente increíble de ese episodio fue la actitud de Homero, quien se involucró en una de sus ideas más desacertadas, locas e irresponsable: iba a hacerse rico recogiendo y vendiendo manteca usada. Grasa de cocina. En un momento gastó más dinero del que iba a ganar friendo unas tocinetas. Lisa, incrédula ante tantas tonterías, le pregunto: ¿Te harás rico vendiendo grasa? Y él, con un airecillo de quien responde a una gran bobería, replico: “No, llevaré gastos inteligentes, ahorraré y haré buenas inversiones”. Lo dijo como si la locura fuera esa, no su plan. Yo me reí largo rato ante tanta inconsecuencia. Pero esa forma disparatada de pensar la manifiestan demasiadas personas. Por un lado es bueno, porque incentiva la aparición de mercadillos que uno ni imaginaba. Hay quienes alquilan sillas frente a colas largas donde la gente espera para hacer trámites. A su manera, son útiles.

 

   En buena medida esa manera irresponsable de pensar es un mal generalizado de nuestros tiempos. Los Simpson no hacen más que colocar un enorme reflector sobre el problema (enorme como debe ser Homero en carne y hueso). Creo que por eso me gustan tanto, motivo por el que otros los detestan. Desde que aparecieron hace tantos años, los defendí diciendo que los Simpson eran gente como uno (siempre me replicaban: serán como tú). Pero el que resulte grotesco, o desagradable, no lo hace menos real (el problema de la inconsecuencia, no los Simpson). Ni va a desaparecer. Y me temo que por sí mismo tampoco se va a corregir. Por experiencia se sabe que todo camino fácil es el que se toma, así el resultado no sea el deseado, pero termina aceptándose como a todo, aún a una mala suegra. ¿Cuántas personas no arrojan la basura por la ventanilla del auto ya como algo automático, sin detenerse a pensar en ello? La maña comenzó con la prisa: no había donde botarlo y se arrojaba, sintiéndose cierta culpa. La costumbre acabó con eso. Ahora el gran basurero que terminan siendo tantas ciudades (en Venezuela) es cotidiano, por lo tanto no merecedor de una segunda mirada o análisis. Uno se acostumbra como a ver un perro en una esquina o una mata secándose.

 

   Ah, carrizo, ya divago y me aparto de lo que deseaba hablar. Es  lo que digo, se desvía uno del camino que deseaba seguir cada vez. Actualmente Venezuela Ecuador y Bolivia sufren de un mal endémico de nuestra región: olvidándose todo plan previo de trabajo, un grupo alzado con el poder cree que sólo ellos saben, sólo ellos pueden disponer de los recursos y de la manera de utilizarlos, como si el resto de la población no contara o no mereciera ser oída. Lo más preocupante es el delirio con el que parten, cada nuevo gobierno cree que es el más mejor, el bueno, que la historia y los cambios comienzan ahí, que el pasado debe ser sepultado, y por lo tanto todo plan o estrategia para enfrentar los problemas, olvidado. Cuando se analiza a fondo, encontramos que es la vieja maña de comenzar siempre de nuevo, una y otra vez, inconsecuentes, como malditos por algún designio que no nos permite prosperar. Nunca he entiendo a cabalidad por qué continuamos perpetuando tal estado de cosas.

 

   En Venezuela las tendencias a combatir son claras, no sé realmente si puede extrapolarse a otras realidades, pero aquí voy. La gente adulta, padres, representantes y ciudadanos comunes debemos hacer un esfuerzo para enderezar el entuerto que años de práctica viciada han ido creando como patrón o modelo de vida. En la escuela, desde los seis años, y desde el llamado primer año (o grado como era antes) hasta la salida misma del bachillerato, a los muchachos debe decírsele que los problemas de la vida diaria no pueden resolverse con milagrería, golpes de suerte o con brujas. Que se puede pedir ayuda al Cielo, pero moviéndose para resolver. Que los problemas no desaparecen solos, que hay que enfrentarlos y combatirlos. Debe inculcárseles una visión clara para que aprendan a asociar causas con efectos: sexo sin seguridad puede terminar en embarazos no deseados o en enfermedades. Diciéndolo claro, los niños vienen del sexo, el SIDA también; sin disfrazarlo tanto, este es un punto donde debemos enfrentar tajantemente las tendencias sociales o la vaina empeorará, por lo tanto hay que llamar al pan, pan y al vino, vino. Cuando los muchachos ya tienen cierta edad, cuando las hormonas halan en todas direcciones y ‘sabe’ que eso, el sexo, puede ser divertido, rico y satisfactorio, es difícil intentar cosa quiméricas como que abracen el celibato (ja ja ja), o ‘piensen’ en ese momento en los riesgos, pero sí que entiendan que si un muchacho se mete con una chica, o esta ‘quiere’ demasiado al novio, y caen en una cama,  puede haber consecuencias.

 

   No quiero meterme en cuestiones morales o éticas, cuando hay problemas reales e inmediatos, prácticas como dicen, esos esoterismos me parece que deben ser tratados únicamente en púlpitos y cátedras, la obligación inmediata es contener estos males: adolescentes embarazadas, peligros de abortos ilegales, paternidad irresponsable, aumento del círculo de la miseria, marginalidad y carga social pasiva, o enfermedades. Si no podemos impedir que un joven y una muchacha vayan a divertirse (o en las variadas combinaciones), por lo menos que tengan conciencia de enfermedades como el SIDA que consume y destruye, que vean y escuchen a sus víctimas; que en la casa donde no hay baño, comida o medicinas, eso puede empeorar con otro y otro y otro muchachito. Si van a tirar, como decimos por aquí, que se lleven un condón, carrizo. Que medio piensen que el sexo puede ser divertido y satisfactorio… pero más cuando no hay consecuencias con las cuales cargar toda la vida (o recostándoselas a otros). Hay que enseñarles a asociar una cosa con otra, sexo indiscriminado (sí, como si fuera tan fácil) con mayores probabilidades de problemas más tarde. Debe explicársele, día a día, que quien no se prepara para aprender un oficio termina trabajando en lo que sea, así no gane bien o le toque vivir en un lugar inundo, sin nada de lo que un día soñó o creyó merecer. Que entiendan que si toman caña y conducen puede haber un accidente, y que ello no es un castigo del Cielo ni mala suerte, que hubo una relación entre una cosa y otra. Y hay que hacerlo, porque muchos jóvenes (incluso gente más vieja) no es capaz de entender dicha correlación.

 

   Hay que terminar con ese pensamiento irresponsable, superficial y algo estúpido que nos hace creer que todo saldrá bien al final, sin que medie ningún esfuerzo propio. Desde los seis años, en cada casa y escuela, en cada ciudades y campos, y hasta que abandonen el bachillerato, se le debe explicar todo esto a los muchachos. Que entiendan que no hay una máquina mágica para hacer plata (excepto las del gobierno), que no existe algo como el negocito rápido y fácil (asaltantes, traficantes, criminales y asesinos terminan pagándolo, de una forma u otra, llevándose a la familia en los cachos muchas veces, la violencia tiene sus propias reglas), que para el futuro hay que prepararse o se terminará lamentándolo. Que quien no se prepara para encararlo puede terminar amargado cargando cajas en una fábrica, quejándose de su suerte o del italiano maldito que no paga, o envidiando al que puede viajar, comprar un carro o comer en un restorán, creyendo que la vida fue injusta con él o ella y que los demás son unos desgraciados (ah, este grupo, caldo de cultivo siempre para seguir a los revolucionarios, siempre arrechos con todos los demás. ¡Envidiosos!). Con todo esto no quiero decir que las oraciones no sirvan (como canta y defiende Vico C, bonito tema), o no se pueda encender una velita… pero como expresan por ahí: Dios dijo, ayúdate que yo te ayudaré…

 

PADRES E HIJOS ADOLESCENTES

 

Julio César.