MUEVE ESE C…

PROTECCIÓN

   Te lo juro, es casi excitante…

 

   Siempre que lo digo me gano sonrisitas burlonas que intentan pasar por discretas, enigmáticas o ingeniosas (¡se creen tan listos y originales!): me gusta montar a bicicleta. No sé qué piensan. Pero de verdad me gusta montar en mi bicicleta, es grande y de varias velocidades, vieja y clásica, dura y resistente (me he dado como mil matadas con ella, e incluso choqué de frente con un carro, afortunadamente no pasó nada más que del susto de volar contra el capote). Cuando subo a ella mirando la carretera frente a mí, me invade una sensación de placidez, de paz. Siento como la adrenalina y la sangre bombean. Comienzo a pedalear y recorrer los metros, olvidando todo problema. Me esfuerzo, subo y bajo, imprimo velocidad, venzo la resistencia, la distancia. Jadeo, sudo, mi corazón palpita con furia. Todo el que gusta de un deporte, nota lo mismo: me siento vivo. Por eso me gusta la bicicleta. Claro, no me visto con toda la indumentaria, me da algo de güergüencha. Aunque me encanta ver a otros en ella… por cuestiones deportivas, obvio.

 

   Vivimos tiempos extraños donde ya la obesidad, adulta e infantil, se convierte en un grave problema. Ya es como una tendencia, la gente admira, desea y quiere ser como los flacos, pero engorda de forma escandalosa, entre angustias y sufrimientos. Papadas, brazos flácidos, panzas que cuelgan, muslos que bailan aunque se esté detenido, son cosas que quitan el sueño y la paz. Y se ve feo, estemos claro. Está bien que hay personas anchas de rostro o espaldas, robustas, pero una cosa es eso y otra tener los ojitos achinados y las mejillas como buldog. Pero no es eso lo que tengo en mente cuando subo a mi bicicleta, ni siquiera la gente que está a tu lado y jadea como si respirar le costara, ni la leve capita de sudor que cubre al que hala una silla para sentarte frente a mí, o la celulitis que se asoma por las mangas de las camisas. Todo eso que puede tomarse como rasgos… pocos atractivos, pero yo lo veo como algo más serio: un trastorno de salud. Ese es el punto: vivimos en un mundo donde se come grasa como si de azúcar se tratara (que también jode), con litros y litros de colesterol (una bolsa de chicharrón totalmente transparente y casi goteante asegura sabor extra). Tomamos caña y comemos sin movernos, totalmente sentados, como cerdos echados que engordan. Vasos y arterias van tapándose, llenándose de grasa y nada hacemos. Como nada sentimos pensamos que todo está bien, hasta que el carajazo en el pecho nos despierta a la realidad. A muchos no se nos enseñó a practicar deporte como hobit. Y bolas criollas, cartas, ajedrez y peleas de gallo no son deportes, créame.

 

   Cuando la sangre corre con fuerza, y lo hace así con cierta regularidad, las venas se aligeran; velocidad y calor ayudan a dilatarlas, abriéndolas. Cuando el corazón palpita con fuerza, los ventrículos y vasos que llegan y salen de él, se ejercitan, se tonifican, los calibres parecen lubricarse. Que el cuerpo se cubra de ese sudor copioso y caliente es sano, se está desintoxicando, estamos eliminando productos de desecho, pero lo mejor es que los poros se abren, respiran, la piel elimina esas impurezas que a veces quedan en ella produciendo una capa cenizosa, sebo y puntos negros, o hasta cierto mal olor. Por otro lado se eliminan esas leves capitas de grasa en los músculos, y estos se fortalecen y endurecen. Claro, se dirá que quien trabaja duro hace ejercicios, pero al parecer no es igual. Se puede caminar todo el día en un trabajo y esto no logra quemar calorías. Al parecer tiene algo que ver con el estrés. Eso no está presente cuando te dedicas a una actividad física (incluso el sexo es más eficiente); el caso es que hay que trazarse este tipo de rutinas. Ejercitarse con cierta frecuencia. Vivimos como agotados y no sólo por el trabajo; a veces con tan solo ir a él, en medio del tráfico, o pensar en los problemas cotidianos (carencia de dinero suficiente) nos deja como mamados. Esta sensación hay que vencerla, hay que robarle fuerzas a la desgana. Me he inscrito en no sé cuantos gimnasios (un día les hablaré de eso), pero me cansa. Soy flojo para ir a tal hora. En cambio en mi bicicleta me olvido de todo. Sólo miro frente a mí un grato momento.

 

   Amigos, mientras el reloj avanza con su implacable tic tac, muchas dolencias ocultas van juntándose para echarnos una broma. La salud es una de las peores. Se sabe que el alcohol (Dios, que terrible, ¿por qué nos hace eso si lo amamos?) ataca el hígado, las grasas van también al hígado y las arterias, los fármacos roban la claridad mental y te encadenan a una sugestión muchas veces enfermiza. Se sabe que la actividad mental ahuyenta las dolencias síquicas como el parkinson y el alzheimer, pero también una oxigenación más efectiva del cerebro ayuda a evitarlos y los ejercicios entran en esto. Los especialistas han trazado líneas entre el exceso de testosterona o estrógenos y la aparición de males como el cáncer de ovarios y mamas, o próstata, y una técnica que se estudia, y aconseja, es el ejercicio para eliminar la demasía de tales restos hormonales. De hecho, uno de los tratamientos contra el mal de la próstata es un inhibidor hormonal de la testosterona.

 

   Así que a ejercitar, no como un demente, o como una obligación, sino practicando algo que sea grato, desde caminar a bailar, a trotar a correr en bicicleta. Lo importante es terminar con ese peligroso sedentarismo. Miren a su alrededor, ahora parece haber un gimnasio en todas partes (cosas como la gordura me parece que es mejor tratarla con buena alimentación y ejercicios, nada de pastillas raras o cirugías más extrañas todavía); busquen aquel que esté cerca, seguramente habrá algo que les agrade. Tengo un amigo que va y únicamente practica boxeo, eso creo que lo excita. A mis amigas las enloquece la bailoterapia (creo que por los entrenadores). A mí el sauna y los masajes me gustan mucho… por muchos y buenos motivos. Aunque no se vaya  siempre, es bueno hacerlo de tarde en tarde.

 

   Ahora algo que me contaron una vez. Terminada una carrera, la reportera entrevista al ganador, un tipo que jadea con su bicicleta al hombro. ¿Qué fue lo más excitante de la carrera?, le pregunta ella. Él le responde: el asiento de la bicicleta mientras subía las cuestas…

 

DE TU BOQUITA A LA MÍA       

 

Julio César.

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