DEPORTE ESCOLAR

EL REGALO

   No se daba abasto para atenderlo todos los días…

 

   -¿Te gusta, Mujica? ¿Te gusta sentirlo bien metido en tu culito prieto? –pregunta Zavala, con una mueca libidinosa, palmoteando la blanca y turgente nalga de machito caliente, mientras agita con la otra mano la gruesa hilera de bolas chinas, sabiendo que eso provocaría reverberaciones dentro de las cálidas y hambrientas entrañas de aquel muchachito calentorro.

 

   -Hummm… hummm… -era todo lo que podía gemir escandalosamente el catirito, tensándose, arqueando la espalda, abriendo y cerrando sus entrañas, sintiendo esas bolas enormes moviéndose, de adelante atrás, rascándolo por dentro, rozándolo rico.- Métamelo más, Entrenador. Dios… Métame otra bola… -pide enrojecido, sudando, todo entregado a ese carajo que ríe.

 

   -Como te gustan las bolas, muchacho. –y soltando aire, tenso, con una mueca lujuriosa, la que tendría cualquier haciéndole eso a ese muchacho, empuja.

 

   La negra bola pega del cerrado, redondo y rojo orificio del chico, empuja, lo tensa, va abriéndolo. Mujica gime y cierra los ojos, estremeciéndose, ardiendo de gusto. La bola va metiéndose, llega a la mitad de su diámetro, abriéndolo mucho, haciéndolo gritar, y con un leve pum, entra, frotándolo más, y tiene que gritar de placer sin importarle que puedan oírlo dentro del colegio.

 

   -Ahhh… Profe, sí… -graznaba con la boca muy abierta, bañado en transpiración.

 

    Gime cuando el entrenador comienza a halar y empujar la hilera de bolas chinas, provocándole espasmos intensos. Su culo aceptaba todo eso, y sus entrañas estaban ardiendo, talmente mojado de ganas. Era un chico bonitico, un galancito entre las muchachas del colegio, pero le encantaba eso, que su culo tierno fuera utilizado por machos de verdad. Sabe que el profe le meterá una o dos bolas más, luego las sacaría, y mientras salían volvería a sentir todo ese gusto increíble. Luego vendrían los consoladores, los gruesos, los curvos, los muy rugosos. Y su culo los aceptaría todos, entre jadeos, abriéndose y cerrándose, hasta que el hombre subiera a la mesita, medio inclinado, y con su babeante, vivo y también enorme tolete, lo cogiera duro. Zavala lo había cogido ya en tres ocasiones, tres veces cada vez, cabalgándolo, chocando con su pelvis en esas nalgas púberes, enculándolo rudamente mientras lo llamaba putica caliente, nalgueándolo, llamándolo mariconcito remaricón, que la tomara, que la tomara toda como la perra que era. Y él se sentiría vivo, saciado, dichoso. Le encantaba ir al colegio, le encantaba pertenecer al equipo… le mataba el que Zavala, el entrenador, se lo pegara todos los días.

 

   -Te gusta, ¿verdad? Tienes un culo hambriento, Mujica. –graznaba Zavala, mirando como el negro material se metía dentro de las blancas nalgas.

 

   Hala y una de las bolas amenaza con salir, abriéndolo, la deja así y menea su mano, provocándole otro alarido de gusto. Al muchacho le encantaban esos juguetes, como sospechó esa tarde a entrar en los vestuarios, creyéndose solo para tomar una ducha, encontrarlo en suspensorio, oliendo el suyo, con avidez, metiéndose un grueso marcador por su culito bello. Como ocurría generalmente en los colegios. Desde ese momento fue suyo. Abrazar al chico dentro de su uniforme de fútbol, sudados ambos, mezclando salivas en medio de ese vestuario oloroso a pies, a sudor y a esperma del resto del equipo, lo enloquecía. Tocarlo, meterle mano a sus nalgas, luego la lengua, lamiéndole con deleite el rojizo culito, saboreándolo, disfrutando de lo rico mientras el joven sollozaba y se estremecía de gusto, era nada a cuando comenzaba a meterle vainas por ese hoyito lampiño que titilaba hambriento. Comerlo, meterle vainas y clavarle finalmente su güevote, era lo único que hacía tolerable el ir a trabajar cada día.

 

   -Ohhh, Entrenador… -gime el chico con los ojos cerrados y el rostro sobre la mesita, temblándole las nalgas.- Cójame ya, por favor… Métame el güevo hasta los pelos… Lléneme el culo de leche, señor…

 

ASÍ SE EMPIEZA…

 

Julio César.

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