LUCHAS INTERNAS… (11)

LUCHAS INTERNAS                         … (10)

   Ahora sólo pensaba en él, no sabía por qué…

……

 

   Sam y Eric toman a solas sus whiskys. Eric amargado habla de que tiene ganas de mandarlo todo al coño desde que Aníbal y Ricardo lo citaron a aquella junta para decirle que reprobaban su gestión, para recibir luego a Frank y convocar a la nueva reunión donde casi lo echan. Comenta lo que habló con Germán sobre Guzmán Rojas y el general Bittar. Y que oír lo que dijo Lucas sobre la gente que disparó y los que les dieron las armas, lo deprimió.

 

   -Te dejas afectar muy fácilmente. -lo reprende Sam, palmeándole con rudeza, la espalda.

 

   -Ya hablas como papá. Estamos hablando de armas, de gente que dispara con esas armas y de gente que muere por esas armas. -suena dolido y amargo. Sam bota aire.

 

   -Entonces, lo que hay que hacer es sencillo: saber sí la firma tiene algo que ver con eso, ¿no? Tampoco a mí me agrada la idea de ser cómplice de asesinos, porque eso es lo que son en definitiva los que dispararon contra esa gente ese día, y quienes los mandaron allí. Creo que un buen inicio sería ir tras William Bandre.

 

   -Si… es lo que hay que hacer. -se dice como poco convencido. ¿Y sí La Torre…?, menea la cabeza. No quiere pensar en eso.- Y yo puedo intentar algo, por mi cuenta… -sonríe leve.- Te sorprendería saber a quién me presentaron hace cinco días en una cena. Pero no, no te lo voy a decir todavía. Voy a concertar una entrevista primero. -suena animado. Sam pone cara de preocupación. Algo lo inquieta.- ¿Pasa algo más? Tienes cara como de dolor de vientre. –se burla.- ¿Linda te los pegó?

 

   -Eric… se supone que ustedes tienen algo así como un maricarradar, ¿no?…

 

   -¡Sam!

 

   -… ¿Tú crees que Renato… es pato? -se ve chismosamente interesado, casi burlón.

 

   -¿Qué? ¿Lo quieres encular? -se burla, fingiendo mirarlo con sorpresa.- ¿Quieres pegártelo? Siempre me ha parecido que te le quedas mirando de una forma rara… a mí no me ves así.

 

   -Es él quien me ve a mí. -se le escapa a la defensiva.

 

   -¿Te intriga? ¿Te atrae? ¿Acaso quieres saber qué se siente al abrir la boca y atraparle el…?

 

   -No digas güevonadas; pero, ¿no te parece que es un poco… extraño? -y Eric, que iba a tomar un trago de whisky, se le queda viendo, con un retorcijón de tripas.

 

   -¿Te parece que yo parezco… extraño y que alguno de los otros piensa eso de mí? ¿Has oído algo? ¿Alguno ha dicho que parezco marico? -parece preocupado de pronto; coño, y sí hablaban de él, como lo hacía san de Renato…

 

   -Ay, no. Ya te vas a enrollar por otra tontería. Olvida que hablé. -se exaspera Sam.

                                                               ………………..

 

   Los días transcurren con velocidad. Mientras Sam y Eric investigan sobre William Bandre, la relación de la firma con el diputado Guzmán Rojas y el general Bittar, y las muchas armas mencionadas por Las Chicas Súper poderosas  (cada nueva revelación que se presentaba arrugaba un poco más la frente de Eric);  Frank continuaba su campaña de consolidación dentro del bufete. El hombre se las había ingeniado para ponerse al tanto de casi todo dentro de La Torre. Bajo su dirección, varios casos fueron desechados, compromisos anulados y clientes sacados de la cartera; eran perdidas. Otros casos llegaron. Avaló la entrada de algunos, aunque Eric los vetó previamente. Se mostraba seguro de sí, implacable en sus negocios y rudamente atractivo ante todos. La gente que no lo conocía bien, sobretodo las mujeres, se dejaban impresionar por su magnetismo, por su rudeza, por su virilidad y atractivo. En menos de una semana ya había salido con dos de las contadoras y las había hecho llorar en la cama, tanto de ofuscación cuando las llamaba perra sucia, como por los clímax alcanzados en el sexo.

 

   En líneas generales, Frank estaba contento. Muy contento. Sólo había tres cosas que lo molestaban, cuatro si contaba a Nidia… una nueva putilla con la que se acostaba, que comenzaba a fastidiarlo. Debía salir de ella. Recostado en su sillón, mira por la puerta abierta que da a la recepción donde Nicolás, el inútil que tiene por asistente, dizque trabaja. Lo primero que lo molesta es Ricardo Gotta. Por más que lo ha intentado no ha podido meter las narices en los asuntos del otro. Ricardo manejaba sus cosas con secreto y hermetismo. Y parecía contar con un ejército de incondicionales a él. Le arrechaba saber que había una parte de la firma a la que no tenía acceso. Además, le preocupaba. ¿Qué estaría haciendo Ricardo a espaldas de todos?

 

   Lo otro era Eric Roche. Aún no había encontrado el escándalo, el pelón, el resbalón del otro, que le permitiera exponerlo como un maricón inútil, más pendiente del culo de otros, y en este caso del culo de Sam, que pendiente de los negocios. Quería sacar en cuanto fuera al joven de la firma, pero aún no encontraba una buena excusa. Aníbal no lo dejaba simplemente gritarle en el pasillo: ‘vete de aquí, maricón de mierda’. Eso le molestaba. Lo último era Nicolás Medina, su flamante asistente. Mira al joven, quien sonríe en forma encantadora a una de las putillas de la plantilla de Ricardo. Era una de sus asistentes menores, o como fuera que llamaba a las cuatro mujeres que tenía allí, y con quien, según las malas lenguas, mantenía relaciones sexuales, ¡con todas! La joven (Mary, cree que se llamaba), oía algo contado por Nicolás, y los dos reían.

 

   Frank aprieta los labios, para eso era que servía la ratica esa. Era una nulidad como asistente. Nunca encontraba nada, era incapaz de hacer una carta sin que el corrector de la computadora lo colocara todo en rojo. Era un güevón debilucho. Y un chismoso. Cuando le ordenó que botara a la vieja del trapeador, le fue con el cuento a Aníbal, quien se llevó a la mujer al piso doce, casi advirtiéndole que la dejara en paz. Y tuvo que hacerlo, aún no se atrevía a desafiar a Aníbal; pero pronto lo haría, cuando supiera todo lo que tenía que saber de la firma y de La Torre. Mira con rencor a Nicolás. Por su culpa Aníbal lo retó y tuvo que quedarse callado. Eso no se lo iba a perdonar nunca.

 

   -¿Ya terminaste con los contratos o tendré que hacerlo yo? -le ruge, molesto. Mira satisfecho como Mary (sí, casi está seguro de que se llama Mary), se despide y se aleja a la carrera.

 

   -En un momento, doctor. -jadea Nicolás mirándolo fijamente.

 

   -Como te vi hablando mariqueras, pensé que ya estaba hecho.

 

   -¿No recuerda que me dijo que iba a reescribir los términos de las resoluciones del juez antes de pasarlos en limpio? -le gruñe, ceñudo. ¡Lo había olvidado! Eso lo molestó más.

 

   -Ponte a hacer algo, coño. -toma con mano temblorosa de rabia, la carpeta para ver las dichosas correcciones. Oye que el otro gruñe algo. Se altera como una fiera.- ¿Qué carajo fue lo que dijiste?

 

   -Nada, doctor… -jadea Nicolás, mirándolo ceñudo, como un niño regañado. Dios, como lo odia, se dice el joven. Y Frank parece sentirlo, porque sus ojos se entrecierran, peligrosos. Nicolás vuelve la vista a su computadora rápidamente.

……

 

   En su oficina, Eric, de pie frente a la ventana, mira hacia el taller, espiando al joven mecánico que se baña. Eso ha sido lo único bueno de su día. Las cosas que Sam y él han encontrado sobre la cartera clientelar de William Bandre, los tenía alarmados. Y en su caso, deprimido. Frank había tomado La Torre como los nazi a Polonia, a la fuerza y al sí o sí. Sus objeciones, sus órdenes, eran ignoradas. Y lo peor era que según todas las proyecciones, las cosas estarían algo mejor para el próximo mes. ¡Resultados! Los resultados que la junta buscaba. Y Frank Caracciolo los había conseguido. Nota como el joven deja que el agua corra desde su nuca por su tórax. Sus manos siguen el rastro de esa agua, acariciantes. Por un momento se agarra los pectorales y desde su elevación, Eric jura que se acaricia las tetillas y como que entrecierra los ojos, tal vez soñando con una novia… o un amante. Seguro que sus pezones estarían erectos, deseando ser atendidos por una boca oficiosa. Una como la suya.

 

   Por un momento se imagina, con todo y su traje, mojándose al meter la cabeza bajo la ducha, para atrapar con su boca uno de esos pezones, lamiéndolo. Mordiéndolo hasta hacer que el otro gimiera desfalleciendo, estremeciéndose ante esa boca que lo becerrea, abrazándose a él para no caer ante la rica caricia en su tetilla. Por una asociación odiosa de ideas, recuerda a Pedro Correa. No lo había vuelto a ver desde el día que… lo cogió en su propia cama. Ya no lo recordaba con asco, con malestar. Con el paso de los días los recuerdos se iban depurando. Ya no recordaba la culpa, el sentir que hizo algo malo. Ya eso no le quitaba el sueño. Ahora sólo recuerda la cálida boca del otro, las cosas increíbles y deliciosas que le hizo sobre el güevo con ella, con su lengua. Recuerda excitado su piel cálida, vibrante. Su culo, ardiente y apretado, palpitante y deseoso de su güevo. Recordar a ese hombre sudando, gimiendo por más, que lo cogiera más, que le diera duro, que se lo clavara hondo, lo estimula. Siente como el güevo le palpita.

 

   Tan embelesado está en sus recuerdos de Pedro y en la visión de ese joven al que tanto desea, y que ahora se seca frotándose vigorosamente con una toalla, que casi no repara en que llaman a su puerta y que ordena al que sea, que pase. Olvida que tiene el saco abierto y una erección enorme, escandalosa y dura que da hacia el lado derecho de su pelvis. La puerta se abre y entra Jerry Arteaga, un joven delgado, de camisa manga larga y corbata, con unos lentecitos finos de cristales redondos; menudo, atractivo, amanerado y totalmente maricón, según decían quienes le conocían el culo. El joven viene con un sobre en la mano.

 

   -Doctor, llegó esto a… -y calla, impactado, mirándole la granítica erección bajo del pantalón. ¡Vaya, se veía grandota… justo como le gustaban!, se dice mariconsísimo.

 

    Tarde repara Eric en la situación. Sabe que su tolete parado se ve mucho, se aleja de la ventana y tragando salvia, intenta parecer normal, sabe que sería tonto intentar ocultar ahora el güevo.

 

   -Gracias, Jerry… -va hacia él, mirándolo fijamente. Notando la extraviada mirada del muchacho sobre su tolete. Jerry lo mira con ojos brillantes. El abogado reconoce esa mirada: excitación.

 

   Observando al hombre abrir el sobre, Jerry se pregunta qué tan grande y gorda tendría  el güevo el jefe. Siempre le habían gustado los tipos de trancas grandes; para alguien que le encantaba el sexo duro y caliente, una buena tranca cabalgándolo, era importante. En el liceo, más que a los compañeritos, se dedicaba a los profesores grandes, y a todo aquel que alguna chica o chico dijera que la tenía desarrollada. El jefe era un tipo guapo, aunque no tanto como el doctor Mattos. Han sido muchas las noches en que, a falta de alguien de verdad, se clavaba el dildo enorme y negro que tenía en su casa, en el culo, imaginando que era Sam. Lo imaginaba atrapándolo en un vestuario de playa, bronceado y en tanga, con el güevo abultándole dentro del breve bikini. Ahora detalla el granítico tolete contra el pantalón y le parece que sí, es grande, y que sí, el jefe buscaba guerra.

 

   Mientras lee la nota, Eric sólo le presta la mitad de su atención. La mujer aceptaba hablar con él, y hasta dispone del lugar y hora, a él no le quedaba más que asentir. Pero mientras atiende eso, repara en la cara de Jerry, en sus ojos brillantes tras los pequeños lentes de sus anteojos. Eso lo excita. Su erección, ya grande al observar a su mecánico, agrandada con el recuerdo de Pedro gimiendo en su cama para que lo cabalgara más, se incrementa ahora de deseo. Pero, ¿que hacer? No se atrevía a decir o hacer nada. No sabía como abordar a otros carajos. Jerry nota que ese palo se tensa más. Tiene que intentar algo antes de que lo echen de ahí.

 

   -¿Era lo que esperaba? -le pregunta al otro, mirando el sobre, acercándosele un poco. El dorso de su mano derecha se frota, fugaz pero elocuente, en el tolete. Eric siente un corrientazo que parte de su bulto.

 

   -Si. -responde ronco, excitado. Bien, dos podían jugar a eso.- Es lo que quería… -dice vago, acercándose al otro, frotando nuevamente su tolete de esa mano. Jerry jadea, es todo lo que necesitaba.

 

   -Se ve tenso. Ojalá pudiera ayudarlo.

 

   -No veo como, aunque me gustaría…

 

   -Tal vez… así. -responde ronco, llevando su mano hacia el güevo del abogado.

 

   Esa mano atrapa el tolete bajo la tela, apretándolo y soltándolo, como palpando melones. Eric jadea. El otro cae de rodillas frente a él, con ojos hambrientos, deseosos como Eric no recordaba otros. El joven cierra los ojos y sus labios caen sobre la dura tranca, sobándola, acariciándola. El otro jadea. Jerry frota su nariz, labios, mejillas y barbilla de ese tolete, gozando su calor y dureza. Eric siente las piernas débiles y la tranca palpitante. Con anhelo, Jerry le abre la correa y el pantalón, bajándoselo un poco, dejándolo a la altura de los testículos. Eric usa un calzoncillo de algodón azul, no tan chico. La tranca destaca feroz y descomunal. Jerry jadea con sus labios abiertos, húmedos y viciosos. Eric nota como rodean la cabeza del güevo sobre la tela, mordiéndola y sobándola, cerrando los ojos tras los lentes, mientras sus manos le acariciaban los muslos, sintiendo su firmeza. El otro jadea. Esa boca chupa con ganas, mojándole el calzoncillo.

 

   -Ya quiero verla… -jadea ronco el joven, bajándole la prenda.

 

   El güevo blanco, largo, duro y caliente sale y lo golpea en una mejilla. El joven se frota la mejilla con él, gozándolo, sintiendo ese calor y dureza. Los dos gimen. Que caliente está esa tranca, se dice Jerry. La atrapa con una mano. Masturbándolo, mirando a Eric que jadea, atrapado y débil. La cara del joven desaparece bajo sus bolas, lamiéndolas, oliéndolas, metiéndoselas en la boca, babeándolas y saboreándolas. Eric casi ruge. El joven tiene sus dos bolas en la boca mordisqueándolas, mientras le masturba el instrumento. Abandonando las metras, Jerry lame la base, la gran vena y la roja cabeza. Ya la quiere, quiere sentirla invadiendo su boca, bajándole por la garganta, ahogándolo. Su boca, con un suspiro, rodea esa cabeza, tragándola, moviendo los labios y adaptando la boca al coloso. La siente dura, muy dura, caliente y suave. Siente ricos olores y sabores que salen de ella, inundándolo de placer. Al llevarla a su garganta, casi ahogando la tos, moviendo su lengua como puede para sobarla, siente como su cuerpo se llena de deseo, el culo le titila hambriento y desesperado, aún bajo la ropa.

 

   Eric gime bajo, esa boca sube y baja sobre su tolete, mamándolo y chupándolo como nunca lo habían hecho hasta ahora. Lo hacía con ansiedad, con desesperación. La boca llegaba a la punta con un sonoro ruido de chupada, se oye como lo último que queda en una lata de refresco al sorberlo con un pitillo. Esa cabeza sube y baja frenética, comiéndose el güevo con ganas. La boca baja hasta el pubis, metiéndose los pelos dentro de la nariz. Atrapa a Eric por las caderas y su boca va y viene sobre el titánico tronco, casi estremeciendo al otro con las embestidas de la mamada. Mama con las ganas de quien eso le encanta y lo desea sobre todas las cosas. Era difícil creer que algo tan grande y grueso pudiera desaparecer así dentro de una boca chica. Eric jadea y mira como esa boca se pega a su pubis, quedándose allí y chupando más, apretándose con ganas, sintiendo como la garganta lo atrapaba y halaba, caliente, para luego retirarse, dejando al descubierto el blanco y  nervudo tronco, grueso, brillante de jugos y saliva. Jerry cierra los ojos y saborea el rico tolete, su calor, las palpitaciones dentro de su garganta, el olor de su pubis, a sudor y talco, a macho. Está totalmente embriagado de deseo.

 

   Mientras se traga el enorme tolete, Jerry recuerda una escena de su pasado que lo pone cachondo. No tendría más de trece años y al lado de su casa vivía un amiguito que iba a clases con él, el cual era muy dormilón y muchas veces por la mañana se quedaba dormido después de que su mamá se iba al trabajo. La buena mujer le pedía el favor de que se asegurara de que David despertara para ir al liceo. Él iba y lo encontraba durmiendo, grande, piel canela, con bikinis que dejaban se notara su tolete. Se veía apetitoso y sensual entre sus sabanas, en tanga. Con un gemido se traga la tranca de Eric, y le soba las bolas con la mano, mientras recuerda que al despertar a David, sus ojos quedaban atrapados en el bikini, ya que casi siempre tenía una erección mañanera, sobre todo si se estiraba en la cama. Una mañana como todas, lo llamó, el chico gruñó, tuvo una erección, lo miró y bajándose el bikini, dejando al descubierto la barra color canela, le dijo ‘Mámamelo. Anda… mámamelo. Te va a gustar, güevón’ le ofreció, excitado, como sí fuera algo muy normal.

 

   Jerry, a los trece, dudó, pero la barra que se le ofrecía, agitándose, lo enloquecía. Lo hizo, torpe, pero con ganas. Lo mamó con furia. Su boca subió y bajó sobre esa barra, sintiendo que se ahogaba, que lo mataba, pero gozando cada centímetro de la cálida y tensa tranca, que lanzaba pequeñas gotas de líquidos pre-eyaculares, que le supieron agrios y dulces, cálidos y deliciosos. Su boca subió y bajó hasta que el muchacho le atrapó la nuca con las manos y tensando el cuerpo, se corrió en su boca. Fue una leche espesa, caliente y… muy sabrosa. Fue la primera de muchas mamadas que le dio. Y el primero de muchos a los que mamó. Mientras su boca sube, dejando que su cálida saliva ruede sobre el tolete de Eric, piensa que fue así como se volvió un experto mamador. Con un uggg, de esfuerzo, vuelve a tragárselo todo, dejándolo atrapado en su garganta, apretándolo con los músculos de allí, sintiendo como gotas caliente y ricas escapaban del tolete, como en el pasado salían de güevo de David. Eric, loco de lujuria le atrapó la nuca con una mano y comenzó a bombear sus caderas contra esa cara. Su güevo fue y vino, cogiéndolo por la boca, clavándosela hondo, reteniéndolo por la nuca. Pero aún faltaba lo mejor, se decía Jerry, gozando como una puta ebria en una fiesta de machos calientes…

……

 

   Mientras transcribe los contratos, Nicolás Medina piensa en lo mucho que odia a Frank Caracciolo. Si el hombre lo detestaba al creerlo un espía de Norma y tal vez de Aníbal, el joven lo desprecia por lo que era. Frank se habría sorprendido al saber lo que el joven pensaba: que era un cerdo amoral, cruel, grosero y desconsiderado. Lo que más lo impresionaba de él, y lo que más rechazaba, era esa crueldad para gritarle a la gente hasta hacerla casi llorar y luego correrlas. Se veía que gozaba haciéndolas gimotear asustadas. Era un tipo capaz de amedrentar a cualquiera. Había llegado al convencimiento de que era un coño’e madre, un grandísimo hijo de puta. Un ser maligno y maldito.

 

   El joven intenta concentrarse, lo que menos quiere es cometer otro error y que la bestia le gritara otra vez. No entendía lo que le pasaba, no era una maravilla como oficinista, eso nunca le había gustado, pero antes las cosas le salín más o menos bien. Daba la talla. Ahora todo parecía salirle mal. Bastaba que el animal ese se le parara al lado, a vigilarlo, esperando que cometiera un error, para que éste apareciera. Y aparecía, que era lo peor. Era por su culpa, por estar allí, radiando ese maldito calor que soltaba. Botando aire, el joven piensa con amargura en lo mucho que cambia la vida. Él y sus tres hermanos tuvieron una niñez buena. Una niñez feliz. Su padre, un gran hombre, pobre como una rata pero honrado como el que más, tal vez demasiado en opinión de algunos, siempre cuidó de ellos. Los protegió los alimentó, les dio estudios, pero sobre todo, los quiso mucho.

 

   Fue un buen hombre. La casa era risas y alegría cuando él llegaba. Y siguió así aún cuando ya eran más grandecitos. Hasta su mamá (le duele pensar en ella), era buena en esa época. O tal vez su padre era un ser tan especial que hacía que todos los demás se vieran bien, iluminados con la luz que él irradiaba. Porque nada más al  morir en aquel atraco (por aquella época era taxista por su cuenta y una noche subió a un malandro, quien lo robó, y se los robó a ellos de tres disparos), ella cambió. Nicolás parpadea mirando su computador, aún dolía pensar en eso, y él era propenso a los ojos aguados. Su madre cambió en seguida. Ya no se ocupaba de la casa ni de nada. Decía que ellos la habían tenido presa, que no la dejaban vivir su vida, que estaba cansada de ser una esclava, primero para el padre de ellos (que siempre la trató como a toda una señora), y ahora para ellos. Y un buen día se apareció con un carajo.

 

   El tipo, que nunca los quiso o toleró, ni se molestó en fingirlo, vivía a cuerpo de rey, atendido por ella; sin trabajar. Juntos, terminaron con la poca plata que dejó el difunto. Ante las recriminaciones y peleas, la mujer terminó por correrlos a todos. Para ella lo único que importaba y contaba era aquel hombre, los hijos podían irse al coño. Vendieron la casa y el taxi. Eso también desapareció pronto. Nicolás llevaba tiempo sin verla; sabía que trabajaba para mantenerlo. Y oyó que el tipo… la golpeaba. El joven no quería sentirlo ni pensar en eso, era su madre y tenía que dolerle, pero en el fondo esperaba que la estuviera pasando crujías. Sabía que la estaba pasando mal y eso le gustaba; que pagara por lo que hizo.

 

   Mira a Frank, a través de la puerta abierta que separa las dos oficinas, con el ceño fruncido. Como se parecía a ese carajo, al odioso marido de su madre. No en lo físico, Frank era… coño, guapo. Seguro que el muy maldito tenía mujeres por montones (para colmo de injusticias); pero en cuanto a lo que eran por dentro, eran similares. Egoísta, cruel, mezquino, creyendo que todo lo merecía y que los demás eran simple peones, piezas móviles que servían para algo y que luego podían botarse. Así era él. Como lo odiaba. Su cara refleja en esos momentos lo que piensa. Y Frank lo mira, tal vez presintiéndolo.

 

   -¿Qué coño me ves? ¿Ya te gusté? -le grita insultante, sobresaltándolo.

 

   El joven no responde, vuelve a su computador. Frank se le queda mirando un rato, con la frente nublada. Vio desprecio y odio en esos ojos, ¿qué carajo le pasaría al mequetrefe ese? También… le molestó el que el joven lo juzgara como a… una basura, porque estaba seguro de que la ratica esa, lo creía una basura.

……

 

   Eric ya no piensa, los sesos los perdió en cuanto Jerry comenzó a darle esa tremenda mamada. Ahora sólo quería más. Quería lo que Pedro le entregó. Con rudeza, le exigió a Jerry que se desnudara. El joven no necesitaba mucha presión para ello. Era lo que más le gustaba. Se despojó de todo, allí, en la oficina de Eric, en La Torre. Experto en esas cosas, montó su pantalón sobre el escritorio, sentándose luego sobre él. Eric lo mira, tiene un cuerpo joven, delgado, pero esbelto. Lampiño, de güevo nada chico. Pero eso no es lo que le interesaba a él. Se mete entre las piernas de Jerry, se las abre a todo lo que da, exponiéndole el ojito del culo, el cual se ve arrugado, pero algo… grande. Loco de lujuria, Eric pega la cabeza de su güevo allí, y empuja con fuerza, apretando los dientes. Jerry chilla, feliz, codicioso, caliente, arrugando el rostro, cayendo sobre el escritorio. Ese culo caliente se abre como una flor, aceptándolo con facilidad y con hambre. Eric lo mete todo, y siente como ese culo lo aprieta y amasa, experto, con ganas.

 

   Jerry se acuesta sobre el mesón, su culo aprieta más el tolete, sintiéndolo palpitar, crecer y botar líquidos calientes que lo nutren y excitan más. Ese culo se abre y cierra, con ganas, con avidez. Ese ano sube y baja un poco, frotándolo más, dándose más gusto. Eric chilla, ese culo lo masturba y chupaba con ansiedad. Lo saca y lo mete, duro, embistiéndolo con fuerza, atrapándole los tobillos y abriéndolo más, con rudeza. A Jerry le encanta, lo mira sudado, caliente.

 

   -Oh, sí… cógeme, cógeme bien. Hummm… métemelo todo. Cógeme más. -jadea exigente, casi gritón, apretándose las tetillas con ganas.

 

   -Toma. Toma, maldito… -brama Eric, apretando los dientes.

 

   Lo embiste con ganas. Su culo va y viene, exponiéndose un poco cuando sus caderas van contra ese culito. Jerry gime, resplandeciente. Gozando una bola y parte de la otra; cuando el enorme tolete se le clava todo, siente las bolas del otro golpearle las nalgas. Así es como le gustan, grandes, rudos. Los dos cuerpos se transan en una danza frenética, Eric va contra Jerry y éste contra él. El culo va en busca del güevote, queriendo clavárselo hondo. El tolete entra con ganas dentro del muy abierto hueco, que lo atrapa, amasándolo con deseo. A Jerry le encantan los güevos y que lo enculen. Recuerda los soldaditos que a veces abordaba los sábados, jóvenes calientes de sexo, a quien un buen culo no les daba asco ni reparos. Como le gustaba sentirlos sobre él, clavándolo duro. Y siempre tenían la costumbre de ir de a dos por todas partes, y siempre los dos querían acción.

 

CONTINÚA … (12)

 

 Julio César.

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