LUCHAS INTERNAS… (12)

LUCHAS INTERNAS                         … (11)

   En Vigilancia todo era duro.

……

 

   Eric ya no piensa, los sesos los perdió en cuanto Jerry comenzó a darle esa tremenda mamada. Ahora sólo quería más. Quería lo que Pedro le entregó. Con rudeza, le exigió a Jerry que se desnudara. El joven no necesitaba mucha presión para ello. Era lo que más le gustaba. Se despojó de todo, allí, en la oficina de Eric, en La Torre. Experto en esas cosas, montó su pantalón sobre el escritorio, sentándose luego sobre él. Eric lo mira, tiene un cuerpo joven, delgado, pero esbelto. Lampiño, de güevo nada chico. Pero eso no es lo que le interesaba a él. Se mete entre las piernas de Jerry, se las abre a todo lo que da, exponiéndole el ojito del culo, el cual se ve arrugado, pero algo… grande. Loco de lujuria, Eric pega la cabeza de su güevo allí, y empuja con fuerza, apretando los dientes. Jerry chilla, feliz, codicioso, caliente, arrugando el rostro, cayendo sobre el escritorio. Ese culo caliente se abre como una flor, aceptándolo con facilidad y con hambre. Eric lo mete todo, y siente como ese culo lo aprieta y amasa, experto, con ganas.

 

   Jerry se acuesta sobre el mesón, su culo aprieta más el tolete, sintiéndolo palpitar, crecer y botar líquidos calientes que lo nutren y excitan más. Ese culo se abre y cierra, con ganas, con avidez. Ese ano sube y baja un poco, frotándolo más, dándose más gusto. Eric chilla, ese culo lo masturba y chupaba con ansiedad. Lo saca y lo mete, duro, embistiéndolo con fuerza, atrapándole los tobillos y abriéndolo más, con rudeza. A Jerry le encanta, lo mira sudado, caliente.

 

   -Oh, sí… cógeme, cógeme bien. Hummm… métemelo todo. Cógeme más. -jadea exigente, casi gritón, apretándose las tetillas con ganas.

 

   -Toma. Toma, maldito… -brama Eric, apretando los dientes.

 

   Lo embiste con ganas. Su culo va y viene, exponiéndose un poco cuando sus caderas van contra ese culito. Jerry gime, resplandeciente. Gozando una bola y parte de la otra; cuando el enorme tolete se le clava todo, siente las bolas del otro golpearle las nalgas. Así es como le gustan, grandes, rudos. Los dos cuerpos se transan en una danza frenética, Eric va contra Jerry y éste contra él. El culo va en busca del güevote, queriendo clavárselo hondo. El tolete entra con ganas dentro del muy abierto hueco, que lo atrapa, amasándolo con deseo. A Jerry le encantan los güevos y que lo enculen. Recuerda los soldaditos que a veces abordaba los sábados, jóvenes calientes de sexo, a quien un buen culo no les daba asco ni reparos. Como le gustaba sentirlos sobre él, clavándolo duro. Y siempre tenían la costumbre de ir de a dos por todas partes, y siempre los dos querían acción. Le volvían ese culo una zona de guerra, en un motelucho si había suerte, o en un lugar desierto. Los sentía cabalgarlo, empujando sus toletes húmedos, calientes y tiesos dentro de su culo, cada uno gimiendo y el otro apurándolo para volverlo a coger. Y así seguían y seguían.

 

   Lujurioso, las manos de Eric aferran esos tobillos, apretándolos, y mira como ese carajo se estremece con sus embestidas. Casi balbucea por los empellones. Lo ve levantar un poco la cabeza, jadeante, repara en sus lentes casi caídos, su rostro sudado, mirándolo caliente, lascivo, queriendo más y más. Siente como ese culo lo chupa y atrapa con rudeza. Siente como el esfínter, con espasmos, se abre y cierra experto sobre su tranca babeante, que lo llena de tibios líquidos. Eric cierra los ojos y abre la boca buscando vida, aire, fuerzas. Siente que se vacía, que se va cuando su güevo entra, hondo, para luego salir de las viciosas entrañas del otro. El abogado, con su traje puesto y el pantalón y calzoncillo algo por debajo de los muslos, suda al encular al joven desnudo. Mira como su güevo enorme sale casi hasta la roja punta, quedándose allí, mirando como ese esfínter se abría y cerraba, ansioso, deseoso de más, para luego clavarlo hondo, fuerte, todo, pegando sus pelos púbicos de las dos bolas que colgaban, notando como ese cuerpo se estremecía con su embestida, oyéndolo gritar que sí, que más.

 

   Jerry aprieta los dientes, siente que quiere gritar, chillar, jadear ruidosamente. ¡Siente eso tan rico! Su culo sube y baja sobre el escritorio, buscando más de ese güevo, cerrándose con furia sobre la babeante tranca que lo calienta hondo. Por la fuerza de las embestidas, el güevo de Eric casi sale, pero Jerry lo atrapa con su culo, halándolo. El abogado lo mira sorprendido, ese culo era una cosa seria. Sin embargo, Eric siente que su cuerpo se tensa, siente deseos de prolongar el momento, de seguir y seguir, pero también de acabar, de sentir el placer del clímax. Su güevo se pone como una lanza y Jerry lo mira con la boca abierta, gimiente.

 

   -Córrete en mi culo. Llénamelo de leche… lléname el culo con tu semen… -le ruge lujurioso, mirándolo con ansiedad manifiesta, mientras jadea y su culo sigue apretándolo.

 

   El güevo clavado hasta lo más profundo, sufre espasmos y dispara oleadas de tibia leche. Semen  caliente que sube y quema a Jerry que ruge bajito, acompañando a Eric que chilla. Eric siente que se muere, que se vacía, que se marea. El güevo vomita una y otra vez su preciada carga, que el culo de Jerry aún chupa, queriendo que le suba más. El tolete de Jerry también se tensa y se estremece. El joven se lo agarra con las dos manos, como queriendo parar el chorro, pero no puede. El güevo vomita una carga de espesa leche que le baña el pecho y el abdomen. Dos nuevos disparos, no tan potentes, le mojan las manos y los pelos púbicos.

 

   Eric, con su güevo ya no tan erecto apuntalando aún el culo de Jerry, del cual escapa un poco de semen ya algo frío, mira esas chorreadas; con fascinación baja la mano y las palpa. Son pegostosas, tibias aún, suave. Su mano la extiende sobre una tetilla de Jerry, quien jadea débil. Para Eric es toda una revelación sobre la sexualidad, el no sentir asco ya de tocar el esperma de otro carajo. Lo encontraba… raramente atrayente, ¿a qué sabría…?

                                                               ………………..

 

   Esa noche Alirio Fuentes llamó a Sam y Eric para que salieran a tomar una copa. Cada uno se disculpó. Los dos abogados ya tenían un compromiso previo. Sam se vería con Lesbia de Bandre, la mujer del desaparecido William. Eric con Marsella Salas, una de Las Chicas Súper poderosas, y una de las más temidas, aunque la Colombina o la Poletto tenían garras también. Sí, las cuatros eran de armas tomar, pero ésta era exquisitamente malvada. El abogado sonríe mientras se emperifolla para la cita. Parte de ello es por Jerry Arteaga, lo otro es por la perspectiva de hablar con la mujer, aunque en el fondo sentía algo de inquietud. Irene lo mira desde la puerta del cuarto.

 

   -Te estás acicalando mucho para esa mujer, ¿no te parece? -hace un mohín.

 

   -No querrás que me presente como un patán y me incluya en alguna temida lista de los peor vestidos de Caracas, ¿verdad? Esa mujer es implacable. -le sonríe. Ella va a su lado.

 

   -Daría lo que fuera por estar ahí y conocerla en persona. -lo medio abraza.- Y mientras tú te diviertes de lo lindo, tus padres quieren cenar conmigo otra vez. -suena resignada y mortificada. Él casi ríe de la carita que pone la mujer.

 

   -Pobre niña. -la mira fijamente.- No le comentes sobre esta cita, ¿bien? No los quiero husmeando por ahí. ¿Estás segura de que quieres ir? Ya sabes de lo que mamá querrá hablar.

 

   -Del matrimonio. -suena grave, mirándolo. Inquietándolo.

 

   -¿Qué opinas de eso?

 

   -Que tu madre es una entrometida. Pero en este punto… -suena agitada.- Eric, sabes que no quiero presionarte, pero ya llevamos cinco años saliendo. Dormimos juntos desde el tercer mes. Ya casi vivo aquí. Tienes tantas cosas mías aquí como yo en mi apartamento. Son cinco años, Eric. Y… tengo un año más que tú. Hay ciertos relojes que deben activarse a tiempo. Está el asunto de los hijos, de la casa que quiero, de los vecinos que pretendo, de los amigos casados y con hijos que quiero que nos frecuenten. Quiero una vida. Una contigo.

 

   -Lo sé… -susurra asustado, de ella, de él.

……

 

   Mientras se dirige al piano bar, Eric medita en lo que habló con Irene. Tenía razón. Llevan demasiado tiempo junto. Ella llevaba cinco años de su vida atada a él, esperando por él. En esos cinco años ella pudo conocer a alguien más, y casarse. Tener lo que quería: una casa, buenos vecinos, bellos hijos. Pero esperaba por él. Y Eric ahora se siente atrapado. Como millones de hombres en su situación antes que él, que sintieron la duda de la sexualidad y el temor a ser señalados, acusados o ridiculizados, había buscado un escaparate. Un closet. Una manera de escapar de la chapita de marico, de la gente que señalaba, criticaba con risitas y maldad y no dejaba a otros vivir su vida en paz.

 

   Su closet había sido Irene, una mujer hermosa, comprensiva, inteligente y buena cama. Con ella se sentía bien. Por un tiempo pensó que con ella bastaría para acallar esa otra parte de sí, esa que le gritaba que quería salir, sentir cosas, probar cosas que no se atrevía a nombrar. Irene, además, le servía para que sus padres, conocidos y amigos lo dejaran en paz. No era distinto, era como ellos. Era como todos. Pero algo hay en el ser humano que se niega a morir adentro sin rebelarse. Esa necesidad de afecto… duro, por decirlo así, entre carajos, lo hacía sufrir. Se había negado a sí mismo, a lo que era y quería, durante demasiado tiempo. Y en todo ese tiempo había arrastrado a Irene consigo.

 

   Sentía que la había engañado. La había estafado. Lo que más quería en este mundo era seguir como estaban. Que fuera su eterna novia. La mujer eterna que siempre estaría allí. Pero Irene sentía que el tiempo pasaba y que no se volvía más joven. Seguramente fue su madre quien se lo hizo ver, se dice con amargura. Ahora le exigía y estaba en su derecho. Pero ahora él tenía miedo. Miedo de Irene, de una vida con ella para siempre. De buenas ganas habría echado a correr. Huir. De ella, de su madre, de la firma, de su vida…

……

 

   En el departamento de Vigilancia de La Torre, un conmutador lleva quince minutos intentando comunicarse con alguien. Ese alguien quiere hablar con José Serrano, el vigilante, pero éste se encuentra muy ocupado, desnudo, a excepción de las botas negras, arrodillado en el suelo alfombrado, cabalgando con furia sobre el culo de Jerry Arteaga, quien también está desnudo a excepción de sus lentes, a cuatro patas en el suelo. Los dos jadean, calientes, excitados, sudados. Sus cuerpos brillan mientras va uno contra el otro. El güevo de José va y viene contra ese culito dilatado y ya mil veces gozado, los pelos púbicos se aplastan contra el nacimiento de las nalgas del otro, donde por un rato se queda enchufado, meneando esas caderas para sentir más y más la presión de ese culo sobre su tranca. Los dos gimen con ganas, agónicos.

 

   Con los ojos cerrados, el rostro elevado y una cara de gozo total, Jerry está apoyado de manos y rodillas, muy abierto de culo, aceptando la tranca del otro, que va y viene contra él. La nuca de Jerry se agita de un lado a otro, su espalda suda visiblemente al arquearse por las sensaciones, sus nalgas muy blancas y abiertas van y vienen contra el rojo tolete que se le clava. Se mueve. Su culo lo busca, quiere más y más de ese güevo. José jadea, elevando el rostro, gozando una bola. Con Jerry era fácil. Jerry siempre quería güevo, y a veces hasta más de uno. Eran muchos lo que sabían eso, y que lo habían enculado allí mismo, en esa oficina.

 

   Cuando, quince minutos antes, el joven entró en la oficina, con los ojos brillantes y los labios rojos, y le dijo que no encontraba la llave para abrir su locker, él entendió: ¡Jerry quería güevo!

 

   -Esta llave servirá para tu cerradura… -le dijo obsceno, agarrándose el güevo con una mano dentro del pantalón. Y Jerry sonrió caliente.

 

   A los dos minutos, José ya tenía a Jerry desnudo, de pie, apoyado contra el escritorio, dándole nalgaditas suaves, para que el otro dijera que se iba a portar bien. Loco de lujuria, José le clavo dos dedos en el culo. Entraron con la facilidad de un agujero dilatado ya. Lo encontró… untado.

 

   -Me parece que ya te han cogido hoy, ¿no? Tienes el culo empegostado de leche. -lo palpa.

 

   Apenado, Jerry lo negó, pero ante la amenaza de José de no cogerlo, confesó al fin que había sido con Eric, pero que no se lo contara a nadie. José se echó a reír, vaya con el jefe, comenzaba antes de lo que pensó. Pero coger a Jerry había sido un error; Jerry no podía ocultarle nada durante mucho tiempo a sus machos. Terminaría delatándolo, medita, mientras sigue enculándolo con dos dedos que mete hasta el fondo mientras el otro gritaba con deseo. Y cinco minutos más tarde, José clavaba su güevote dentro del culito empegostado. Lo sintió suave y eso lo excitó. Un día se toparía con Eric y lo haría llorar por güevo, por sexo caliente y rico. Sonriendo con furia, atrapa las caderas del otro, cabalgándolo duro. Jerry gritaba contento, feliz, volviendo el rostro, gritándole que lo cogiera con más fuerza.

 

   -Aprieta el culo… -lo nalgueaba José.

 

   Jerry lo hizo, su cara bajó un poco hacia la alfombra, pero su trasero subió, atrapando el güevo, apretándolo con su culo. Gime en la gloria mientras siente la dura tranca cogiéndolo, entrándole hondo, caliente y palpitante, gozando la fuerza de José cabalgándolo, sintiendo su pubis contra sus nalgas, notando como sus bolas lo golpeaban. Todo Jerry se estremece con las embestidas del otro. Le encantaba el sexo, y con Eric había sido increíblemente bueno, pero tal vez porque no quería o no podía, el jefe no volvió a cogerlo. Su culo caliente necesitaba más y en Vigilancia siempre había acción. Apoyando el rostro en la alfombra, gimiendo bajito cuando José lo encula con más velocidad atrapándole además el güevo con una mano y sobándoselo, Jerry se pregunta en por qué José le gusta tanto. Le recuerda a un joven soldado al que una vez conoció viniendo de San Cristóbal. Iban los dos en un asiento doble al final del autobús. Hablaban y Jerry estaba caliente, frotando su muslo contra el del otro, esperando que éste se moviera, dijera o hiciera algo. Rechazándolo tal vez, o tal vez no.

 

   En un momento que apartó un poco su pierna, el soldado abrió las suyas, rozando nuevamente su muslo de él. Era lo que quería. Era tarde en la noche y el autobús estaba oscuro, por lo que no pasó mucho tiempo antes de que palpara al otro, sobándole como loco ese güevo, para luego sacarlo de su encierro, verlo grande y duro, y pegarle una tremenda mamada. Su boca lo chupó como loco, subiendo y bajando. El joven gimió quedamente, atrapándole el cogote y obligándolo a quedarse ahí, con la dura y palpitante barra clavada en su garganta. El soldadito sentía que eso lo hacia gozar más que una paja. Tenían miedo de ser descubiertos, de ser oídos; pero eso sólo los excitaba más. Su boca golosa no descansó hasta que el joven se corrió en ella, tragando con dificultad todo ese rico material de hombre, que le bajó quemándole la garganta. Pero esperaba algo más y lo que recibió fue una mirada de asco. El joven terminó el viaje sentado cerca de la puerta y mucha gente debió pensar que era para no estar con alguien tan claramente marica. Ese pensamiento, deprimente y humillante, parece encenderle más el culo. José siente como lo atrapa con ganas, con más fuerza. Jadean escandalosamente. En eso se oye una ruda voz.

 

   -¿Qué coño pasa aquí? -de pie en la puerta se encuentra Nelson Barrios, uno de los supervisores, mirando a los otros dos con gran sorpresa. José palidece feamente.

 

   Pero sus problemas pueden ser peores. No ha  notando que alguien llama para allá desde hace un buen rato. Nadie atendió el conmutador. Y en el piso quince alguien se molestó mucho. ¿Dónde coño estaría todo el mundo en Vigilancia?, se dijo con rabia. Tendría que ir a ver que estaba pasando…

……

 

   En un pequeño y discreto restorán, sentada, sola a una mesa, Lesbia de Bandre toma su segunda copa de whisky. Se siente inquieta e incómoda. No debió aceptar esa entrevista con Sam. El hombre era amable, gentil, atractivo… pero agudo. Y ella tenía cosas que ocultar. Mira la bebida y sonríe con amargura. Se estaba aficionando mucho a eso. Como William. Mira a Sam que entra, elegante, sonriente y limpio. El hombre va hacia ella y se impresiona, pero lo disimula. Lesbia se ve fatal. Una mujer catira, menuda, bonita, de ojos claros, ahora se veía… envejecida. Inquieta. Frenética. Nota como la mujer termina la bebida con mano febril. Llega a su lado sonriente. Se disculpa por la tardanza. Dice que la encuentra hermosa, pero está casi seguro de que ella sabe que miente. Se acerca un camarero y el hombre ordena unos aperitivos. Ella quiere más whisky. Ante la mirada de él, ella sonríe forzada.

 

   -Estoy en mi noche libre.

 

   -¿Cómo está la galería?

 

   -Ahí, más o menos. La cultura está mal. Recuerda que estos patanes que ahora hablan de revoluciones culturales de lo único que saben es de merengue, cuadritos de caballos y robarse los presupuestos. -es ácida.

 

   -¿Y tus hijas? -llegan las bebidas y ella toma la suya algo brusca, apenada cuando nota que él la mira fijamente.

 

   -Están bien. Y deja de mirarme así, Sam, me alteras. -jadea. La mira cálido.

 

   -¿Qué pasa contigo, Lesbia? Te ves… agotada.

 

   -Problemas. Todos los tenemos, ¿no? -suena defensiva.- ¿De qué querías hablarme? -sabía de qué y lo resiente. Tiene miedo de esta conversación. Él parece leerle la mente.

 

   -De William. Sabes que lleva tres meses sin aparecer por La Torre. Es increíble que nadie reparara en ello, pero así es. Nadie parece saber de él. Y ya estamos preocupados.

 

   -No veo por qué, William… no era de tu grupo. Nunca fue importante para ustedes; me refiero a Eric y a ti. -es fría.

 

   -Es un socio que desapareció dejando sin atender sus asuntos… y varios disckets y archivos, faltan…

 

   -Él se lo llevó todo cuando se fue.

 

   -¿Qué pasó con él, Lesbia? -lo mira dura.

 

   -No lo sé. -casi grita. Algunas personas los miran. Él sólo la mira a ella.

 

   -Sea lo que sea que esté pasando, te está acabando. Te ves horrible, tú, una mujer tan hermosa.

 

   -¡Gracias! -casi jadea mal.

 

CONTINÚA … (13)

 

 Julio César.

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