Archive for 26 febrero 2009

DE HOMBRES Y EJERCICIOS

febrero 26, 2009

hombres-sexy-sudando

   De verdad que los gimnasios resultan de lo más estimulantes. Imagínate verlo allí, ejercitándose, preguntándose qué más puede ofrecerte, y tú clavas la vista en lo que te gusta…

 

tio-sexy-esperando

 

   Y sabes, o sospechas, que te espera y te lo dará todo.

……

 

   El siguiente espacio viene dado por dos propósitos. Hace poco alguien me preguntó por qué no colocaba algún video o clip en mis páginas, ahora le respondo, a él y a todo el que tenga la duda: el mundo de la tecnología es un libro cerrado para mí. Sencillamente no sé cómo preparar el espacio para subirlos, ni sé si la velocidad lo aguante. Según el contador, mi Internet trabaja a una velocidad de 45,5 algo, por lo que generalmente se congela antes de tiempo o accesa con mucha lentitud. Por eso me veo obligado a usar este método para ofrecer esta muestra de amistad.

 

   Estas imágenes corresponden a un pequeño video que me enviaron hace tiempo. Seguramente muchos los han recibido también. Es corto, horrible y miserablemente corto, tan sólo segundos ingratos, pero son imagines tan poderosas y vigorosas que… yo desearía, realmente, ver la película completa. Esos tipos se ven…. Pero sólo me enviaron el archivo, nada más, sin nombre ni nada. Bien, si alguien desea que se lo envíe, que mande su dirección de correo diciéndolo y se lo enviaré. Tan sólo eso: envíame el clip (repito, es decepcionantemente corto).

 

   Aclaro que no busco amigos ni saludos, no quiero saber de la vida de nadie ni que me comiencen a enviar correspondencias que deba contestar (¡susto!), aunque ha habido personas muy amables que se han comunicado antes conmigo, para saludar o comentarme algo de alguna entrada. Lo agradezco, pero en verdad no teman que quiera información de ustedes, ni se sientan obligados a amigar. Con humildad reconozco que ya tengo muchos amigos, demasiados. No busco otros nuevos, tan sólo enviar el clip, que vean y aprecien lo que yo vi.

 

   ¿Que por qué deseo enviarlo? Porque me gustó, y en mí es patológico tener que contar o mostrar algo que me gusta, por eso comencé mis blogs, porque Brokeback Mountain me gustó tanto que me sentí físicamente empujado a hablar de dicha cinta. Igual en mi odio hacia el chavismo o la izquierda toda. Con esto ocurre algo parecido. No quiero saber de sus vidas, no quiero leer qué les gusta o disgusta. Sólo digan que quieren (los que quieran) el clip. Después… sabrán el segundo motivo para hacer esto, pero para entonces será tarde (aquí me río malévolamente).

 

INTERACTIVO

 

Julio César.

¿QUÉ DICE?

febrero 26, 2009

   Siempre necesito una explicación. Leer una revista tipo novelada gay en ingles, es una tortura. Hay quienes se conforman con las imágenes… yo necesito saber qué dicen. Siempre creo que el texto es aún mejor que las imágenes. Aquí están estas, el ingles para mí es tan fácil como el chino. Sí alguien sabe qué dicen, agradecería saberlo:

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   ¿Qué piensa este tío grande, musculoso y tan viril? Su arma levantada, desafiante, ¿qué busca? ¿Una tierna boca de chiquillo calentorro que la cubra tragándola con hambre? ¿Un sonrosado y estrecho culito el cual penetrar, haciendo gritar al muchacho de puro gusto? Estar en brazos de este sujeto era el sueño de dicha de muchos carajitos, ¿o no lo creen?

comics-gay

   Sí, era eso. Ahora tiene a su carajito, lo tiene para él, para tocarlo, apretarlo, para llenarle esa boca de güevo, ahogándolo, y esa carita de leche antes de cebarse en su culito rico. Esa tranca enorme se clavaría toda y ese culito la recibiría con avidez. Y ese chico parece brincar de gusto, sostenido de su cuerpo grande y fornido, atrapado por sus brazos musculosos… el sueño de todo bebé caliente y sensual. Y no son los únicos que gozan ese día de sol, arena, playa y sexo duro, rudo, salvaje y ardiente… gente que goza de la vida.

 

¿QUÉ DICE?

 

Julio César.

ESCALOSFRÍOS

febrero 26, 2009

el-amo

   -¿Qué quién soy yo? ¡Ha-ha-ha-ha…!

 

   De toda la literatura ligera, sin que se tome como ofensa (nada más lejos de mi ánimo), uno que ocupa lugar central es el horror y el terror, dos géneros muy parecidos aunque con ligeros matices. Ficción, policiales y comedia también son buenas, por no hablar de las historias subidas de tono que acaparan la atención, pero el horror es básico. Nos encanta leer sobre la mujer que corre aterrada y cae lastimándose, que grita y lloriquea mientras el ser tenebroso se acerca; nos gusta saber del sujeto que sabe que el monstruo está detrás, que intenta escapar y no puede, que cae y se fractura una pierna pero aún así debe intentar escapar, mordiéndose los labios ante el lacerante dolor. Hace tiempo, no recuerdo el título, leí un cuento muy corto así; un hombre aterrado ante un viajero que entra a su negocio, viajero que se descuida por un segundo y el héroe descubre que es el mismísimo Diablo, y teme que este se de cuenta de su descubrimiento. Fue muy bueno. Vemos este:

……

UN CUENTO DE TERROR

Luís Alberto Sinsel

   Y ahora aquí, a dos metros bajo tierra dentro de un cajón transparente de plástico, encadenado de pies y manos con los ojos vendados y además semidesnudo, ya sólo me queda esperar mi lenta, asfixiante y desesperante muerte; ya sólo me queda esperar que termine esta agonía que empezó en el momento en que nací…

   Recuerdo que esto empezó un día como cualquier otro en el que estaba mendingando, no había comido por tres días, no tenía ni una gota de alcohol y para rematar, un grupo de muchachos con ropas elegantes y con miradas llenas de odio hacia toda la miseria que yo representaba, se divirtieron conmigo al ponerme una golpiza.

   Recuerdo que en ese momento más que nunca había pensado en el suicidio; en terminar mi amarga existencia por cualquier medio. Me decidí aventarme a las vías del metro, llegué a la estación, me sentía tan acabado, tan derrotado, tan desanimado que no sé si me desmayé o me quedé simplemente dormido ahí.

   Entre sueños recuerdo haber visto una sombra que se deslizaba por el piso hacia mis despojos, traté de encontrar qué era lo que la producía mas nunca pude, cuando de pronto, de esa sombra inexplicablemente emergió una persona demacrada; una persona con cara de que tenía la enfermedad más terrible que te pudieras imaginar, pero a pesar de eso, irradiaba una energía que me provocó el escalofrío más intenso jamás antes sentido. Un instante después, completamente despierto, sentí un sentimiento tan intenso como de desolación, angustia y terror juntos hacia esa persona, que me dio una taquicardia hasta llegar al punto de pensar que ahí mismo moriría por un infarto.

   Un instante después de que esas emociones formaron parte de mí, llegué a la conclusión de que aquella persona era la encarnación de todo lo que está mal en el mundo o como infantilmente se le llama “el Diablo”, de pronto esta, realmente no sé cómo llamarle, con una voz en la que se escuchaban como niños que reían y cerdos que gemían lastimosamente al mismo tiempo; una voz que se escuchaba con la misma intensidad de un grito pero con un sonido más bajo que él mismo me dirigió la palabra, y lo que este demonio me dijo lo recuerdo tan claramente como el hecho de saber caminar y es lo siguiente:

   -Tú, basura inmunda, ¿dónde ha estado todo este tiempo tu dios?, ¿cuándo te ha ayudado? Yo te ayudaré, te haré inmortal 7 veces, pero a cambio usarás parte del dinero que ganes para destruir, matar y enviciar a todos los materialistas e interesados que estén a tu alrededor.

   Medité la propuesta, vi que no tenía nada que perder, además al recordar a aquellos que me golpearon sentí que le iba a devolver a la sociedad todo lo que me había dado.

   Lo último que recuerdo fue una gran sonrisa de burla, satisfacción y maldad impresa en su rostro antes de que se desvaneciera…

   Al siguiente día me levanté como nuevo, las cosas se daban fácilmente, pronto me uní a un grupo de personas que daban shows extremos, de esos que les gustan a la gente morbosa, y al aprovechar mis múltiples “vidas” gané una gran cantidad de dinero fácilmente y, como dice el trato, destruí hogares, induje al vicio a mucha gente y pervertí conciencias sin remordimiento alguno.

   En estos shows me mataban de muchas formas, no me escapaba del dolor, pero podía más mi avaricia que el dolor o el remordimiento. Me hicieron de todo, me dieron un balazo en el pecho y me levantaba; me tiré desde un cuarto piso y me levantaba; me senté en una silla eléctrica y me levantaba; me tiraron con un cañón antiguo al cuerpo y me levantaba; me tomé un litro de cloro y me levantaba; me inyectaron aire y me levantaba, en todo esto la gente sólo pagaba y disfrutaba sin saber que de verdad moría y revivía inmediatamente en cada acto.

   La riqueza la disfruté como nunca antes en mi vida, y se me ocurrió que podía hacer otro acto más para retirarme con mi dinero y disfrutarlo el resto de mi vida. Fue cuando me propusieron meterme en una caja y enterrarme bajo tierra por un par de horas…

   En el momento en el que me bajaron y me estaban cubriendo con la tierra escuché de nuevo la inolvidable voz que me dijo:

   -Estúpida basura inmunda, no volverás a revivir, no supiste que después de que hablaste conmigo fue tu primera resurrección, es por eso que te sentiste tan bien.

   Después de escuchar esa fatídica noticia me entró una enorme angustia, maldije a todo el mundo, preferí haberme suicidado esa noche, recordé su maldita sonrisa, me sentí humillado y usado, me arrepentí de mis actos…

   Y ahora aquí, a dos metros bajo tierra dentro de un cajón transparente de plástico, encadenado de pies y manos con los ojos vendados y además semidesnudo, ya sólo me queda esperar mi lenta, asfixiante y desesperante muerte; ya sólo me queda esperar que termine esta agonía que empezó en el momento en que nací…

……

   Bueno, ¿verdad? (aunque el título…). Y tan simple, una oferta maravillosa para conseguir no sólo todo eso de lo que se careció, sino la oportunidad de obtenerlo lastimando y destruyendo a otros, a esos que “te deben algo”. Un trato simple… con una trampa casi encubierta, un hecho pequeño y aislado que al final hace la diferencia. Así lo imagino yo, al Diablo, malvado, riente, cruel; pero sobretodo infernal, porqué Él sabe, desde el principio, lo que ocurrirá. Cuando hace su propuesta ya sabe cómo terminará todo; seguro lo tiene escrito sobre el portón de entrada al Averno, en letras de oro: “Al final cada quien tendrá lo que merece”. Él es así, el gran mentiroso, el gran embaucador, el enemigo del hombre, el que dirige la lotería, el que reparte números en una pirámide, carcajeando para sus adentros de la ceguera que la codicia provoca en sus clientes. Seguramente eso es lo que le hace reír de forma tan contagiosa. Hay que tener cuidado, para hacer un trato se necesita un buen abogado, pero como todos le deben hasta el saludo, ni de ellos podemos fiarnos.

LOCURA!!!

Julio César.

ROGATORIA

febrero 26, 2009

DUDA INOCENTE

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   Era un flojo, pero… tenía sus cualidades.

 

   -Jefecito, por favor, no me bote, cesecito el trabajo. Ando mamando y sin esta entrada de dinero, me las voy a ver muy duras. –me dijo con su vocecita dulce, sorprendiéndome al entrar al almacén.

 

   Y aunque estaba muy molesto con él, algo en su postura me enterneció. Sí, las cosas estaban mal y era un buen chico, así que eso de andar mamando (terminé haciéndolo yo dentro de esos cacheticos), me decidió. Todo el mundo dice que abusan de mí porque soy blando de carácter, pero en ese momento el que estaba bien duro era yo.

 

¿SOÑANDO?

 

Julio César.

¡¡¡FLEX!!!

febrero 26, 2009

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   A Red le encantaba su yerno Anthony, el marido de su hija mayor. El carajo, un camionero de los rudos y machos, pecho peludo y amigo de deportes y ejercicios, se divertía cuando el suegro lo miraba admirado cuando posaba para él mostrándole sus músculos. El viejo lo tocaba, lo sobaba, y ahora hasta lo lamía, mordía y besaba, asustándolo un poco… porque le daba un calorcito raro en muchas partes. No estaba bien que se dejara tocar así por el papá de su mujer, pero…

 

hombre-en-suspensorio1

   Red lo mimaba bastante; sabía la importancia que Anthony le daba al ejercicio y por eso montó en su casa un pequeño gimnasio para que el otro lo usara al estar allí. Luego le ofrecía un masajito, temblando de emoción ante ese cuerpo fornido, duro y caliente, brillante de transpiración, enfundado en pequeños suspensorios húmedos y calientes. Le encantaba despojarlo de sus ropas, admirando ese corpachón dentro de la pequeña y ajustada prenda que Anthony usaba para sentirse más sexy y… putón, aunque no lo decía. Más de una vez, mientras el yerno tomaba una ducha, Red había tomado uno, perdiéndose en las sensaciones más ricas del mundo al ocultar su rostro allí, oliéndolo hasta el delirio.0

 

FLEX!!!… 2  

 

Julio César.

LA REUNIÓN DE LOS OCHO, ¿DÓNDE ESTABAN LOS QUEJOSOS?

febrero 26, 2009

CHÁVEZ Y EL TÁCHIRA

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   -Ojalá no pierda mi calzón, ¿verdad?

 

   Me pareció extraño. Se reunían los Ocho Grandes en Alemania (suena a mafia, ¿verdad? Es que mafia son), y afuera las calles no se atestaron con la misma cantidad de gente gritona, alzando puños, lanzando cosas e insultando… pero cuidando bien de no ser trocados por nadie porque entonces es represión. Aunque, si hemos de ser sinceros, tampoco el Cartel no se vio alegre y risueño como otras veces, cuando tomaban helados en cabezas de monos titi y presenciaban una pelea a muerte entre dos pobretones que así ganaban algo de dinero (ya saben, diversiones de los muy ricos). Al parecer los grupos que financian a los quejosos (así como la cobertura mediática ofrecida siempre para ensalzar a los manifestante), este año no quisieron gastar plata en tonterías, ¿quién puede en estos tiempos de crisis? Fueron, pero no como otras veces. Pobre muchachos, y ellos que gustan tantos de esos paseos regios a bellas capitales; ni locos van a gritarte a Mugabe que deje de matar gente en Zimbawe; sospechan ellos que ese viaje no sería divertido. Ese país es tan feo y lleno de negros tan pobres.

 

   Como dije por ahí, detesto a esta gente, siempre los he archivado en dos grandes grupos: los mimados de países ricos a quienes esos Ocho protegen y hacen cada vez más felices y mimados (¿quién cambiaría un pasaje, en el Congo Belga, para terminar en Irán pudiendo ir a Estados Unidos?), y por gente pobre de países gobernados por inútiles elegidos por ellos mismos. Es decir, los ociosos sin oficio y los envidiosos. Pero, repito, este año no hubo marchas y protestas multitudinarias y en tan variados lugares… porque hay una crisis. Y esos que siempre gritan contra el capital y el mercado, ahora temen que sus maravillosos modos de vida puedan desaparecer y que tenga, Dios los libre, que pasar trabajo como en el Tercer Mundo. Después de todo no se les puede acusar de idiotas, saben dónde aprieta el zapato. Seguro que perder los ahorros, las casas y los empleos los mantiene desvelados por las noches. Uno imagina a esos muchachos en Madrid, Roma y París, rezando para que los Ocho Grandes encuentren una manera maravillosa de regresarlos al sueño dorado. ¡Tan revolucionarios ellos!

 

   Es por cosas así que jamás he sentido simpatías por estos payasos. Gritarle a Bush siempre era más cómodo, fácil y seguro, que enfrentar al gobierno chino ayudando a los tibetanos (¿ir a China con pancartas? ¿En qué universo?), no hablemos ya de esos regímenes que encierran gente por años y años sin juicios o pruebas, como pasa en Venezuela con los presos políticos que Hugo Chávez mantiene encarcelados desde hace más de siete años. Pero ahora están asustados, el futuro, ese que siempre vieron seguro en manos de aquellos a quienes en público gritaban pero en el fondo apoyaban, ya no parece algo tan cierto. Bueno, si a uno le tocó oír declaraciones de Rodríguez Zapatero diciendo que debían revisarse las reglas del mercado como si estuviera postulándose para la presidencia de España, insinuando que nada de las fallas conocía, en lugar de estar en su segundo mandato, entiende cómo llegaron a eso, y hay que sospechar que esos Ocho, en verdad, no son tan buenos en su oficio como imaginaban cuando se fotografiaban en grupo creyéndose las últimas Pepsi-Colas en el desierto (como verán, estoy entre los envidiosos).

 

   Quién sabe qué nos tocará oír y ver antes de que todo esto termine… pero al menos ya no veremos a estos grupitos tarifados gritándole a quienes sabían nada les harían mientras en otras regiones del mundo hombres, mujeres y niños son esclavizados y martirizados. Descansaremos de ellos por un buen tiempo, y de continuar y acentuarse la crisis, cuando entiendan que deben joderse, tal vez presenciemos su extinción. Deberían encerrar a unos cuantos para que queden protegidos como especies en peligro.

 

MAGNICIO, EL SAINETE: CILIA FLORES GRITABA…

 

Julio César.

DE ARMAS TOMAR

febrero 26, 2009

APRENDIENDO A AMAR

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   Todos tenían fusiles largos…

 

   -¡Coño!, si tenemos que esperar tanto para ver qué hacen del otro lado del Jordán… -apunta el teniente Peres, quien se preparaba para lanzarse de cabeza al río.- …aprovechemos el tiempo en lo que te gusta… ¡ven y mámamelo!

 

   -¿Qué? –pregunta sorprendido Cohen.

 

   -Oh, vamos, sé que te gustará. Anoche mordías mi calzoncillo usado en las duchas y aullabas babeándote todo. Ven y goza este en vivo.

 

   -Sí, teniente, yo también me apunto, casi se me sale de las ganas que tengo. –admite, excitado por la oportunidad, Judah.

 

   -Si, maricón, pero por mamar, ¿crees que no te conozco? Ponte aquí tú también. –ríe Peres, ¡y vaya que tenía control sobre sus hombres! ¡Eran suyo! Y lo obedecían en todo, golosa y entusiastamente. No todo era malo en el desierto.

 

COSAS DE LA AMISTAD…

 

Julio César.

ENNIS DEL MAR

febrero 20, 2009

ADIÓS ENNIS DEL MAR

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   -Yo lo quise, señora…

 

   Antonia decidió no aguardar más por su marido, molesta de esperarlo en casa sabiendo que regresaría tarde y bebido. ¡Ricardo no lo merecía! Ella sabía que seguiría tomando caña con sus amigotes del equipo de béisbol hasta la madrugada, para luego quejarse todo el día siguiente de dolores y malestares mientras iba a laborar. Siempre era así. Entre semana todos era trabajo con el autobús, los ratos en los que no, eran para revisarlo pues siempre fallaba. Y los fines de semana eran dedicados, con devoción casi religiosa, para aguardiente y amigos. Mortificada, resentida con su vida un tanto solitaria sin la presencia del otro, la mujer pensó en que debió intentar con más ahínco tener hijos.

 

   Ella y Ricardo estaban físicamente bien, un montón de pruebas y mucho dinero gastado lo demostraba, pero los hijos no llegaron, y a sus treinta y ocho años, la mujer teme que ya no vengan; y resentida le parecía que a su marido no le importaba. Pero eso no era todo, se había estado observando bien al espejo toda esa tarde, y le parecía que estaba… marchita, seca, vieja. Todos decían que Ricardo tenía mala mano para todo, pero hasta ese momento, ella pensaba que eran juegos. Si tan sólo no pasara tanto tiempo con otras personas dejándola abandonada…

 

   Era tarde para andar por ahí en la calle, el hampa, a diferencia del resto de los mortales, no descansaba nunca. Y no perdonaba a nadie. Eran casi las nueve y media de la noche, y para matar el tiempo, decidió entrar en un cine para ver una última función. Proyectaban una de la que había escuchado muy poco, aunque el tema no le llamaba la atención para nada (para mariqueras, su vida). Pero no era cosa de irse caminando hasta otro teatro, así que se resignó a lo que viniera. Esa parecía ser la filosofía de su existencia toda.

 

   Compró su entrada, sola, y caminó dentro de la sala, notando que había pocas personas. Curiosamente todos parecían ir en solitario, como ella, o en parejas. Nada de grupos. Los que iban solos, se sentaban, miraban la pantalla y esperaban. Las parejitas, hombre y mujer, mujer y mujer, u hombre y hombre, cuchicheaban por lo bajo. Todo oscureció y la pantalla se iluminó con un paisaje agreste, solitario, con unas notas de guitarra que sonaban a todos menos a paz, a dicha. Y algo muy adentro de Antonia se encogió, como preparándose para lo peor. No podía saber en ese momento, un domingo tan tarde en la noche, que al salir de allí una sensación de vacío, de infelicidad y de pesar la inundaría de una forma total. Sus ojos, secos, dolerían, pero más tarde se aliviarían con lágrimas lentas, tontas; un llanto que era por un tipo moreno y guapo, un catire de rostro parco… y por ella misma.

 

   Al principio de la cinta se sentiría inquieta ante la idea del sexo entre esos dos, pero luego contemplaría con piedad al catire que daba vueltas y vueltas, antes de volver, con el rostro bajo, el sombrero en las manos, penitente, al lugar donde el otro lo esperaba. Y detectaría una entrega grande, y hasta amor, en la mirada de ese otro sujeto al recibirlo. Y le alegró verlos abrazarse, como asustados, como niños explorando una tierra nueva que les asusta pero que los llama, con determinación; le gustó el beso que el moreno daba al otro, algo tierno, necesario. De una forma extraña se sintió bien por ellos, los miraba y le parecía que en esas montañas estaban en el Paraíso, como debía ser. Pero luego vino la pelea, la despedida, el camión alejándose y el vomito del otro. Y a ella le dolió, le pegó de una forma dura en el estómago ver al catire machista, tosco y cerrado, caer mal ante la partida del amante, sabiendo que en parte era responsabilidad suya, que pudo impedir esa separación brusca, que pudo tocarlo una ultima vez, recorrer su mejilla amada con ternura. Que pudo…

 

   De comentarios que buscaría luego, con avidez, con necesidad de saber más, de estar más cerca de esos dos, la mujer sabría que todos amaban al moreno de ojos grandes y hermosos, Jack, y que en una buena medida todos estaban contra Ennis, el catire, el australiano, por su falta de valor personal. Pero ella no pudo culparlo, porque viéndolo solitario, comiendo en una cafetería, ahogado en su amargura, en su falta de felicidad, haciendo llorar a la camarera con la que salió, quien lo sabe infeliz, Antonia entiende a ese hombre, uno tan cerrado dentro de sus prejuicios, de su machismo, que hablar, sonreír o amar le costaba demasiado. Acariciar a Jack, con afecto, era algo que él no podía hacer, aunque pudiera hacerlo con un caballo o un perro. Ennis del Mar moriría cargando sus secretos más íntimos, sus sueños no contados, sus esperanzas no satisfechas porque no sabía qué hacer con ellas, porque no sabía cómo expresarlos. Siempre pobre de todo lo material, siempre necesitado de todo afecto. A lo largo de su vida, sólo Jack le daría algo de dicha.

 

   Para Antonia fue terriblemente desolador verlo al final, en su trailer, sin nada más como no fueran los recuerdos del pasado, solo, sin nadie que lo sostuviera al término de su jornada, como ella hacía con Ricardo cuando sin ninguna razón le daba una cerveza al llegar; o Ricardo, cuando a santo de sabía Dios qué, llevaba la cena en una caja para que no cocinara. Pero para Ennis no había nada de eso. Esa había sido su vida desde siempre, pensó Antonia más tarde, luego de leer una malísima traducción del cuento original, un relato mezquinamente corto. Ennis jamás había tenido nada, nunca nada fue suyo, ni siquiera el rostro amado de una madre que lo entendiera, lo escuchara y lo abrazara, presintiendo que a su hijo lo devoraba una pena del corazón, una tan grande y grave para un machista como él, que lo mataba. Jack al menos tuvo eso, pensó ella mortificada, una madre que lo quiso. Para Ennis sólo hubo una familia rota desde niño, casas viejas, apartamentos chicos llenos de insatisfacciones, sin paz, acompañado de una pobre mujer que sin saberlo, lo alteraba y aumentaba su desdicha. Para él fue la vida de vaquero en ranchos miserables, de vertedor de alquitrán en carreteras. Esperar que saliera algo en qué ganar unos dólares, lo que fuera. Su destino eran los trailers viejos, incómodos, sin nada, que se caían con el seco viento del desierto.

 

   Esa noche, en su casa, sin hablar con Ricardo, quien ni notó que no estaba al llegar de parrandear, la mujer pensó en la vida de esos dos. Y en la suya. Se sentía inquieta, infeliz, casi molesta. Estuvo muy irritada mientras preparaba algo tardío de comer y lo servía a Ricardo, quien lo interpretó como la malvada costumbre de las féminas de quejarse en silencio por las escapadas del marido con los amigos. La mujer no podía oírle narrar sus historias, las cuales nunca escuchaba en verdad, pero esa noche menos todavía. Sólo podía estarse ahí, quieta, fingiendo escucharlo mientras pensaba en la belleza de esa montaña, en ese amor que se notaba en miradas, silencios, gestos y sufrimiento. Desviando la mirada del marido, hacia el lavaplatos, en realidad miraba al catire clavar sus ojos en Jack con emoción contenida en lo alto de unas escaleras, antes de abrazarlo y besarlo porque el deseo lo mataba, lo consumía, y el salto de su corazón ante la persona amada lo hacía irreflexivo y loco.

 

   Sin embargo, a Antonia le pareció terrible que Ennis no le hubiera dicho ni una vez al otro que lo amaba, ni allí, entre besos dolorosos, de reencuentros, de tiempo perdido, saboreando lo que tanta falta le había hecho en cuatro años; pero eso pasaba. Le pasaba a ella, se dijo en su cama, más tarde, desvelada, sin poder dormir, intranquila, con el corazón lastimado, mirando a Ricardo. ¿Por qué no le dijo algo bonito, porque no tomó su rostro entre sus manos y lo besó con ternura, sonriéndole cuando estaban a solas en las montañas? No era justo tanto sufrimiento existiendo tanto amor, se dijo, dando vueltas en su lado del lecho. Por la madrugada atrapó un sueñito, y estaba en esa montaña, y era hermosa, y allí estaban ellos jugando como niños traviesos, no como sátiros amantes, sino como chiquillos. Y eso le hizo desear llorar, era feliz por ellos, porque estaban juntos y se amaban; pero sabía que pronto dejarían todo eso.

 

   En las siguientes dos semanas fue cuatro veces más a ese cine, y reparó en la mirada intrigada de la joven de la taquilla; seguramente preguntándose qué tanto podía interesarle a ella semejante película. Tal vez creyéndola una doñita madura e ilusionada que iba por ver a Jake Gyllenhaal o Heath Ledger, se dijo sonriendo, reconociendo que sí, que los dos le parecían adorables. Aunque no para ella, en su mente ya los asociaba de forma total a la cinta, ellos eran y serían siempre, Jack y Ennis, dos carajos que se amaban. Sí, cuatro veces más fue, y cuatro veces salió derrotada por el dolor, el vacío y la desesperación… pero ya pensaba mirarla otra vez, aunque continuara lastimándola, porque era necesario, porque aunque no soñaría jamás en interponerse entre ellos, algo le había sucedido. A ella le agradaba Jack Twist, el alegre y gritón, el hombre sonriente y bonito que tenía suerte muchas veces. Pero amaba de corazón al solitario, reprimido y amargado Ennis del Mar.

 

   Adoraba a ese hombre que debía luchar cada día por sacar su vida a flote, para que no se hundiera entre las deudas, la miseria y la desesperación que corroía su alma. Tenía que pagar manutención, y Jack no lo entendía cuando debía dejarlo plantado e ir a trabajar pon un dinerillo extra. Jack no comprendía, como no lo hacían todos los que amaban al moreno, que ese amor marcaba y afectaba demasiado a Ennis, quien no podía conseguir empleos más largos, fijos o estables, porque cada tres meses necesitaba escapar una semana, huyendo del mundo que lo vigilaba y podría censurarlo o hacerle daño, para abrazar y amar a la única persona en este mundo que había dado sentido y felicidad a su vida, otro hombre, algo que llevaba implícito en sí, su castigo. No todos los jefes podían concederle al tosco vaquero ese escape, esa semana donde corría a tomar del manantial de la vida y beber sólo unas pocas gotas del dulce vino de la felicidad que borraba todo dolor, aunque volviera más pobre, sin empleo, sin seguridad, lastimado por la nueva separación.

 

   Jack parecía no entender el sacrificio que Ennis hacía por él, aunque también por sí mismo, ya que sin Jack, Ennis sabía que no era nada. Y de forma extraña, mientras miraba a Ricardo ejercitarse en el suelo, luchando contra una barriga que le causaba cierto pesar al jugar béisbol (ya parecía de un embarazo de siete meses), la mujer entendía mejor los pequeños sacrificios, esas concesiones pequeñas que se hacían en la vida. Ella las hacia por Ricardo, al verlo salir a jugar a la pelota, mordiéndose la lengua para no criticarlo e impedírselo; pero también él por ella, cuando la acompañaba a casa de sus hermanos, que jamás lo quisieron, ni se molestaban en disimularlo, pero iba con ella y soportaba… por ella.

 

   En la mente de la mujer, Ennis del Mar no tenía nada propio en este mundo, nada que valiera la pena, lo único que poseyó una vez y que lo distinguió del resto de los pobres mortales, que fue suyo, totalmente de él, lo perdió cuando era todavía un carajo joven, antes de cumplir los cuarenta años, en una solitaria y desgraciada carretera. No tenía cuarenta años cuando perdió eso que muchos no logran conseguir en toda una vida de transitar por este mundo, y que le era más importante que su existencia misma; y a partir de ese instante, al rudo vaquero todo le importó un carajo, como no fueran su postal y esas dos camisas que a veces miraba con ojos húmedos y llenos de ayer. No tenía cuarenta años cuando se enclaustró en ese trailer y le cerró las puertas al mundo en las narices, sentándose y disponiéndose a ver pasar la vida frente a sus ojos, a que se fueran los días, meses y años hasta que la paz llegara finalmente a su alma.

 

   Sabiéndolo hombre que iba a su iglesia (Antonia intuía que de niño su madre le habló del Cielo, del Juez Supremo), entendía que el viejo Ennis no se fiaría del juicio final, no para él. Casi creía adivinar sus pensamientos: él y Jack habían estado pecando contra el Cielo durante veinte años, aunque no había sido culpa de ninguno de los dos, y ahora no esperaba nada bueno de Dios. De tarde en tarde (Antonia estaba segura), aunque estaba convencido de que para él no habría nada más allá, el vaquero tal vez lograba convencerse de que alguna manera el puto Jack Twist se las había arreglado para pasar por las rejas en un momento en que nadie miraba, y que estaría recostado y adormilado en el verde pasto, cerca de un hermoso río que lo arrullaría, bañado por cálidos rayos de sol, lejos finalmente del frío, sonriendo y esperando, esperando que él también lograra colarse… Y por ello, Ennis no se atrevería simplemente a tomar una soga o su vejo rifle y terminar con todo. No, eso podría ser peor para su causa. Por eso continuaba viviendo, encerrado, amargado y huraño, arrugando la frente mirando a la distancia esperando que algo sucediera, con las visitas intermitentes de sus hijas. Salía a trabajar. Salía a tomar caña. Nada más. No buscaba a nadie, no quería a nadie cerca, aunque de vez en cuando, años ha, una que otra mirada lo halla seguido con interés.

 

   Antonia, quien se tiende en su cama oyendo a Ricardo hablar sobre los ruidos raros del motor, le sonríe, desconcertándolo (¿qué tendrá esta mujer últimamente?, se pregunta él), porque había aprendido, ahora, a apreciar su compañía. Sabía que Ennis del Mar estaba muy solo en esos momentos, su pobre, tierno y amado Ennis, pero ella al menos tenía a Ricardo. Seguramente su enjuto vaquero se prepararía cualquier tontería para cenar, tendría la puerta del trailer abierto para refrescar el ambiente, y seguiría fumando y tomando whisky, mirando hacia la nada, hacia el ayer, hasta bien entrada la noche. Ella no necesitaba estar en su cabeza para saber que en esos instantes no estaría triste ni se sentiría solo (eso llegaría después como una avalancha), porque serían los momentos dedicados a revivir en su memoria a Jack Twist, hablándole, preguntándole vainas, y creyendo oírlo en el sonido del viento. Incluso tal vez lo viera, con su cara joven y adorable, contándole a su vez cuentos tontos para distraerlo de su vejez y soledad. Sí, Jack haría eso, aparecérsele para acompañarlo, porque aún muerto, lo quería demasiado para dejarlo tan abandonado. La gente diría que el viejo Ennis estaba loco ya, porque hablaba solo, porque no podían ver al atractivo vaquero que le hacía compañía día y noche.

 

   Mientras camina de regreso a su casa después de asistir a otra función, Antonia piensa que la vida de Ennis siempre fue dura, era cierto, pero que era injusta con Jack. Él tampoco las había tenido todas con él. De todo lo que ese hombre sonriente, guapo, de ojos brillantes y sonrisa ancha había deseado, ya desde sus diecinueve años, que era estar con Ennis, ninguna otra cosa, nada se le había dado. No pidió reinos ni glorias. Sólo el que estuvieran juntos en un pequeño rancho con algunos caballos, y ellos dos, para vivir día a día. No, a Jack tampoco le salieron bien las cosas, todo lo que imaginaba era visto como desvaríos, sueños y fantasías por los demás. Como Lureen, su mujer, que creía que Brokeback Mountain era una invención de su mente. O su padre que con desprecio relataba como el joven siempre decía que un día iría con su amigo Ennis y repararían el viejo rancho y se quedarían allí. O el mismo Ennis quien jamás supo entrever esa utopía que el otro dibujaba entre sonrisas y miradas ansiosas por hacerse entender. A Jack nada le salió bien después de todo, y en eso era parecido a Ennis; eran después de todo, el uno para el otro. Entenderlo le llevó a la mujer varias funciones, pero esa película era así, siempre había un detalle que no se dejaba ver hasta un momento dado.

 

   Varias veces más ha vuelto Antonia al cine, no al mismo, para perderse en Brokeback Mountain, deseando que la historia terminara allí. Un final donde los jóvenes vaqueros nunca bajan y se quedan para siempre, entre lagos, nieve, cielos infinitos, fríos incómodos, alces y lobos, y que nada más pase, como no sea acurrucarse uno contra el otro en esa tienda cada noche, cada mañana, o cada mediodía si les apetecía. Antonia ha regresado varias veces más, y en cada una de ellas se ha emocionado hasta las lágrimas, y entre el público ya reconoce a otros como ella. Mientras cena con Ricardo, se siente un poco culpable de no amarlo tanto como Jack Twist amó a Ennis del Mar; y le molesta, mucho, no ser correspondida, amada, adorada, idolatrada, necesitada y elevada por sobre todas las cosas, como Jack hizo con Ennis, con ese amor grande, fuerte y terrible, donde no habían fingimientos o costumbre, sólo sorpresas, desconciertos, amarguras en la separación y dichas infinitas en el reencuentro. Amar, ser amado… ¿qué más se puede pedir?

 

ESPÉRAME

 

Julio César.

DE AGENTES Y MACANOTAS

febrero 20, 2009

VECINOS!!!

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¿NO TE HAN DADO TU FELICITACIÓN ESPECIAL?

 

Julio César.

 

NOTA: Todas las fotografías han sido tomadas de portales gratuitos; así que espero que nadie se moleste, ¿okay?

TOM WELLING, HOT…

febrero 20, 2009

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   Puede con lo que sea…vaina, lo tiene de acero…

 

   -¡Clark, ¿qué haces…?! -se alarma, pero su mirada se clava, codiciosa.

 

   -Los esperaba, súper amigos; sé que a ti te gusta lanzar flechas, pero esta te la clavo yo… Y a ti, Aquamán, como aguantas tan bien bajo el agua, ven por lo tuyo. –respondió y sonrió, y claro que los otros dos se le fueron encima.

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……

 

   Imagino que saben que esta fotografía es un truco. Bueno, lo supongo, quedó muy buena… y si fuera yo, no me avergonzaría de sostenerlo, ¿no lo creen? Me aparto de mi costumbre de ocultar un poco, porque vale la pena verla bien.

ASHTON KUTCHER, EL TAMAÑO ES COMO DE LOS SETENTA…

 

Julio César.

LA CRISIS FINANCIERA FUE EL MAL DE OCTUBRE…

febrero 20, 2009

CADA DÍA MÁS LIMITADOS

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   Esta crisis financiera que recorre el mundo se parece horriblemente a la sufrida por Venezuela a mediado de los noventa, cuando a la llegada del viejo Rafael Caldera a su segunda presidencia, el sistema financiero se le vino encima como casa de naipes cuando abrió la puerta de Miraflores, poco antes de que los banqueros ‘honestos constructores de la sociedad’ escaparan con su botín dejando el reguero. No sólo robaron el dinero de los depositantes, sino que huyeron, muchos a España, con los auxilios que el torpe Gobierno les dio para garantizar los ahorros. El volumen implicado en esta crisis da hasta miedo, y es obvio que sufrirán las consecuencias los menos afortunados, el ahorrista de toda la vida, los que creyendo en pendejadas publicitarias en países donde no se controla o vigila, invirtieron lo que guardaban para un retiro seguro, como pagará el pequeño y mediano productor. Pagarán con dinero, pero también en dolor. Ya se conocen los primeros cuentos amargos de rabia en Estados Unidos: un hombre de negocios mató a su familia y se pegó un tiro al perderlo todo; una anciana se encerró en su casa cuando fueron a desahuciarla y se pegó un tiro también; otra, una mujer madura que invirtió sus ahorros, envenenó a sus tres gatos y a ella misma. Víctimas. Todas víctimas.

 

   El sistema es un círculo perverso, cuando las grandes casas de negocios se declararon insolventes por sus manejos fraudulentos y varios bancos sin fondos, el resto del sistema bancario entró en pánico y no quiso prestarle a nadie, no sabían quién podía estar mordido de murciélago, y la gente, grandes y pequeños, que pidieron créditos para invertir en acciones, acciones que usaron como garantías para el dinero (otro círculo) vieron caer los precios de estas, siendo llamados por los bancos que advertían que esos valores ya no cubrían los préstamos. Los inversionistas, grandes y pequeños, vieron esfumarse sus valores y estaban enduendados con un banco al que le debían la diferencia de la garantía, ¿qué podían hacer?: intentar conseguir dinero en nuevos préstamos para cubrir la diferencia mientras se deshacían de las acciones a la baja. Pero los bancos no quieren prestar. La crisis, el miedo, fue alimentándose a sí mismo, la gente no confiaba en el sistema financiero, uno que los había arruinado y endeudado, y los bancos se encuentran ahora llenos de créditos difíciles de cobrar. ¿Qué queda? El martillo de los tribunales arrebatando lo que queda. La pérdida de todo por lo que se trabajó.

 

   Esto se traducirá en un estancamiento de la economía, nadie comprará, nadie podrá vender, los ahorros se irán depreciando, los valores perderán eso, valor; y sin embargo esta crisis se debe enfrentar con colmillos y garras o las consecuencias serán aún peores, sobretodo ahora que hay una falta de alimentos a nivel mundial. Tocará a los gobiernos de los países medio serios (que dejaron al sistema financiero hacer lo que les diera la gana) meter la mano y los ojos donde no quisieron, o donde complicidades hasta naturales se dieron. A la falta de visión y supervisión vendrá una erogación terrible de plata, y eso les costará el poder a los mandatarios que no supieron cumplir. A los pueblos de los países ricos y en vías de desarrollo les tocará la monumental tarea de sostenerlo todo, con ahorro, esfuerzo, con impuestos y privaciones. Deberán levantar sus lomos para sostener el techo que amenaza con caer y aplastar a todos. Pero es casi seguro que, pasado el desconcierto, la rabia y el miedo, se pongan en la tarea y salgan adelante; la mayoría entiende que algo etéreo llamado la ‘nación’ está por encima de cada uno de ellos (no sus caprichos y pareceres personales) y ésta debe preservarse. Quienes trabajaron y resistieron en el pasado, durante las dos grandes guerras, lo harán de nuevo, sabiendo que todo dependerá de ellos. Esperemos que los culpables no escapen, que las culpas no se diluyan, que fulano no sea amigo de zutano y que tal nombre es impensable que se vea envuelto en un investigación. Los culpables que paguen, a los muertos nada los revivirá.

 

   En el Tercer Mundo será más duro, aquí ni se entiende cómo se llegó a esto, o se alegran riéndose, como el peón que goza del incendio en la plantación del patrón que le paga el sueldo con el cual come por trabajarle. En Venezuela decimos (bueno, no yo) que la crisis no nos afectará, parece que nadie se pasea por el escenario que detenida la industria del gran mundo, de Estados Unidos, el único que nos paga con real (los otros lo hacen sólo con sonrisas, sobos y guiños de ‘amor’ a Chávez), dejará de comprar tanto petróleo. Y un país donde ya no se produce nada después de diez años de aplicar la receta socialista, con los campos arrasados, las fábricas cerradas y las que quedan acosadas por el Gobierno para que cierren, nos tocará tragarlo medio tibio para ver si engañamos el estómago. Bueno, a los que mascan hojas de coca les quedará ese consuelo.

 

   Pero algo bueno salió de esta crisis donde en mayor o menor medida muchos se verán afectados… los republicanos perdieron la Casa Blanca, a Dios gracia. Al menos queda eso, aunque en todas las medidas tomadas por Bush en el pasado, contó con los votos demócratas en el Congreso, pero nadie recordará eso. Así somos en todas partes. Pero al menos marcará el fin de una política desastrosa en todos los frentes.

 

LITUANIA Y LA RESISTENCIA

 

Julio César.

G.I. JOE

febrero 20, 2009

LA APUESTA

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   A todo sargento había que darle su merecido…

 

   -Tome, tome… Tome toda la maldita metralla, Sargento; dígame, ¿ahora si lo hago bien? –grita Fulton, rudo, mientras pistonea su arma una y otra vez.

 

   -Déjalo, no puede hablar… tiene la boca demasiado taponada por la sorpresa de vernos tan cumplidores. –ríe Norris.

 

   Y algo así pensaba el Sargento, jadeante y sudoroso. Los dos hombres se habían molestado por sus quejas y críticas por el poco desempeño; y el recortarles el permiso de salida por una falta menor, ordenándoles asear las barracas, había colmado el vaso. Fulton y Norris se habían quejado y gritaron; como buen Sargento sabía y esperaba que respondieran con una agresión,  era lo normal entre machos. Y lucharon, pero cuando Norris le atrapó la nuca con sus piernas, halándolo y derribándolo, y Fulton comenzó a atacar duramente su retaguardia, supo dos cosas, había perdido y…

 

   -Hummm… -deja escapar su aprobación, con mucho gusto. Sabe que pronto le dispararán, pero lo que le inquieta, dándole calorcito de expectativa, es que el helicóptero regresaba, ya lo oye, con seis carajos más de la unidad… seis que notarían su dura, cálida y repetida… derrota. Y sabe que todo soldado desea disfrutar para sí, los beneficios que ostentan los otros.

 

DE TUTORES Y PUPILOS 

 

Julio César.

MOMENTO Y LUGAR

febrero 20, 2009

APRENDIENDO A AMAR

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   -Dame un besito de amigos…

 

   Ranchos lejanos, Oeste duro, machos fuertes, saludables y viriles sin más compañía que la del camarada. Las carnes firmes pero también calientes, inquietan. Desnudos en los ríos, desvistiéndose preparándose para la faena las miradas recorren los cuerpos. Noches calientes y largas cuando el aire se llena de testosterona. Todo arde, el duro paisaje y los hombres. Dos machos discuten en un granero por una cerca, se gritan, se atrapan por las camisas mirándose retadores a los ojos, masculinos; se gritan al rostro, hay calor, saliva, alientos… y se miran, con rabia, bocas entreabiertas, lenguas secas. Momento eterno. Uno hala, sólo un poco, y un pecho choca de otro y una cadera de otra desatando todos los demonios ocultos. Las bocas se buscan, apresuradas, rudas, exigentes por un momento. Se separan. Sorpresa, miedo, ojos nublados. Vuelven lengua contra lengua, y los cuerpos se recorren con manos toscas y se oyen los jadeos que mueren al ser tragados. El heno será el tálamo donde se consumaran las ganas de… encontrar la verdad.

 

DE ARMAS TOMAR

 

Julio César.

AMANECIÓ DE GOLPE

febrero 20, 2009

LOS NIÑOS PERDIDOS PARA SIEMPRE

   Venezuela es un país que siempre se mueve al borde del abismo, creándose problemas de forma perenne, de los cuales quiere librarse después de forma milagrosa. O dejándoselo a Dios. El actual régimen es una clara muestra de ello. Aunque voces autorizadas advirtieron que esto terminaría como la dictadura cubana, ya en años tan lejos como el noventa y siete y el noventa y ocho, nadie quiso escucharlo y terminamos como estamos. Algo similar sucedió en las elecciones que ganó por segunda vez, Carlos Andrés Pérez. Muchas voces dijeron que era un error histórico, que el hombre era un ladrón, un mentiroso, un ser sin escrúpulos. Pero nadie quiso oírlo, la gente sólo recordaba que durante su primer gobierno se botó real del bueno, y eso bastaba, la velada promesa del candidato de que ocurriría igual. El resultado era previsible, y sin embargo el país pareció sorprendido e indignado con el hombre cuando hizo exactamente lo contrario de lo prometido; de donde viene aquello de que cada país tiene el gobierno y los gobernantes que se merecen. Es irrebatible.

 

   Personalmente siempre sentí desprecio por los adecos (los militantes del partido ACCIÓN DEMOCRÁTICA), en general, y por Carlos Andrés Pérez en particular. Todo ello me vino de leer, siendo muy joven, un libro corto y terrible escrito por el difunto Argenis Rodríguez, LA AMANTE DEL PRESIDENTE. Era brutal. Allí se describía no sólo a la amante del hombre, la barragana como también le dicen, sino los vicios a los que se arrastró toda la dirigencia de ACCIÓN DEMOCRÁTICA, muchos empresarios, militares e industriales de este país, por plata. Ese libro me traumatizó y esa gente me llenó de asco, creo que fueron otro motivo para que yo fuera socialista en esos años.

 

   Los delitos de ese hombre estaban tan bien documentados y descritos, que para mí fue realmente una sorpresa, una muy mala, cuando volvió a ganar. ¡Era presidente de la República otra vez! No podía creerlo. Esa noche, al saber el resultado, intercambié palabras muy feas que un muchacho no debe decir jamás a su progenitora. El país lo sabía un delincuente, pero esperaba que multiplicara peces, panes y billetes (como prometió), lo demás, no importaba. Hay que entender, por otro lado, que Venezuela nunca ha sido un país muy disciplinado, cosas como ahorro y trabajo, o trabajo sostenido, parecen dichas en un idioma como el mandarín, del que nada se entiende. Somos muy dados al golpe de suerte, a esperar que el azar resuelva las cosas, y en última instancia dejamos todo a la velita prendida a los santos, o a la consulta con la bruja.

 

   Recuerdo el momento del traspaso de poder, en el teatro Teresa Carreño, en lo que se llamó más tarde la coronación. Todo el que era alguien en el mundo estuvo presente, ¡cómo le haló mecate Fidel Castro a Carlos Andrés Pérez ese día! ¡Y la gente del PSOE español! El mundo, y el país todo, lo amaban con furia. Ah, pero después el hombre salió con el vallenato de que no había dinero, de que las reservas internacionales estaban acabadas, que la banca internacional no nos prestaría ni para comer si no se aplicaban un conjunto de medidas tendentes a rectificar la economía. Uno no entendía muy bien de qué hablaba, pero arrugaba la cara sospechando que el Gobierno había hecho la engañosa oferta de la abundancia, sabiendo que lo que venía era la carraplana.

 

   Las fulanas medidas económicas, llamadas cariñosamente El Paquete, porque amarraban y ataban a todos los venezolanos, se aplicaron con el vigor de un veneno. Dos aspectos fueron dramáticos y terribles para la gente común. Uno, se liberaron las tasas de intereses de los créditos hipotecarios, y así todo el que pagaba casa, apartamento o alquiler, se vio con que si pagaba cinco mil bolívares mensuales, con esfuerzo y disciplina, debía pagar de golpe y porrazo quince y dieciocho mil, pero cómo si los sueldos no habían sido tocados. Mucha gente perdió sus casas; las personas veían llegar el fin de mes con la angustia, la rabia y el temor de no poder pagar esa cuota del crédito, viéndose llevado frente a un abogado de cobranzas. Lo otro fue el precio del dinero, el interés que se llegó a cobrar por las tarjetas crédito superó el sesenta y setenta por ciento, momento en que casi todo el mundo picó su tarjeta.

 

   Lo que perdió al Gobierno frente a la opinión pública fue que la gente se dio cuenta de que los muy ricos se hacían todavía más ricos, y que los jerarcas del régimen y sus entornos íntimos, no sólo no ahorraban o hacían sacrificios, sino que mostraban desvergonzadamente lo que pillaban, riendo mientras paseaban por las calles, viendo salivar de hambre a los demás. La apariencia de normalidad que el país aún conservaba estalló, para siempre, la madrugada del 27 de febrero de 1989, con un tumulto popular que comenzó en la vecina ciudad de Guarenas, a pata de mingo de Caracas, llamado después, impropiamente, el CARACAZO. ¿Quién no recuerda esos días terribles, y al mismo tiempo tan… justificados? Para mí, de los saqueos, del pillaje y de la represión, quedará para siempre aquella imagen dantesca de un niño, sólo un muchacho, tirado boca abajo en el piso, en medio de un charco de sangre, muerto, con una lata de sardinas casi en la mano, lo que había logrado pillar. ¡Había muerto, asesinado, por una lata de sardinas! Una maldita lata de sardinas y lo habían matado de un disparo por la espalda. Dios, qué arrechera…

 

   El país estaba herido y dividido. Cada día había una protesta popular de gente que sufría los rigores del hambre, el temor de perder su casa, su empleo e incluso la vida ante una nueva arremetida del hampa que salió a ganarse también el sustento, creados de la oleada de nuevos marginales sin nada, en un país donde la vida se hacía cada vez más dura; mientras tanto el entorno presidencial iba por su lado. La gente sabía, por la guerra dada por la prensa para desenmascararlos (cosa que ahora nadie recuerda con ese toque de insensatez que jamás nos ha dejado crear un país serio) de los negocios que la amante del presidente, Cecilia Matos, hacía con los perros de la guerra, donde ordenaba compra de armas y otros periquitos que no eran entregados, que estaban sobre facturadas por centenas de millones de bolívares, pero de las cuales a ella y a su gente le quedaban buenas comisiones.

 

   La gente supo de las persecuciones contra intelectuales, gente notable del país y de reporteros que criticaban esas actuaciones delictivas. Los notables, Arturo Uslar Pietri, Rafael Caldera, Castro Leiva, Maza Zabala, y muchos, muchos otros hombres y mujeres de probada decencia y patriotismo que exigían rectificaciones, sólo recibían ataques por los medios de información tarifados (al menos no estaba la sordidez y escatología de LA HOJILLA y los enfermos que la manejan actualmente). El periodista Rafael Poleo, crítico y opositor de todos los gobiernos desde la Independencia para acá, fue acusado de esto y aquello, su casa fue allanada y se le quería detener. Muchos diarios fueron allanados y sus articulistas asediados. Un país se llenaba de rabia, de arrechera, y una clase política dominante hasta ese momento, borracha en sus vicios y estupidez, no se daba cuenta del cambio de la marea (como no lo hacen ahora tampoco, cuando arrecian en sus desmanes y abusos para mantenerse en el poder contando con el apoyo y complicidad de gobiernos promilitaristas como Brasil, Argentina, Chile y España).

 

   Recuerdo muy bien ese 4 de febrero de 1992. Mirando hacia atrás, intentaré transmitirlo como lo sentí sin dejarme llevar por lo que ahora sé y pienso. Para esa fecha, un día martes, desperté a las cinco y media de la mañana, ya que vivía fuera de Caracas y debía subir a la capital para llegar antes de las siete de la mañana al trabajo. Entiendo, porque me lo han dicho aunque no lo crea, que hay personas que despiertan agradeciéndole a Dios por un nuevo día, e incluso encienden una velita al ángel de la guarda. Por mi parte, cuando ese despertador sonaba a las cinco y algo, siempre tenía el mismo pensamiento: maldita sea, ya amaneció. Abría los ojos y dejaba la cama, pero mi mente seguía ahí. Tomaba café, me duchaba, más café, me vestía, más café, y salía, pero con el cerebro dormido. No escuchaba noticias ni nada, así que ignoraba lo que sucedía ese día en especial.

 

   Sin embargo, no tardé en darme cuenta de que algo extraño ocurría; a esa hora tan temprana notaba que había muchas casas iluminadas y que la gente se movía de aquí para allá en sus interiores, como presas de gran excitación. Otra cosa curiosa era que todos parecían sintonizar las televisoras. Las calles estaban solitarias, cuando lo común eran los carros y busetas que iban de aquí para allá, con sus tempraneros viajeros. Llegué al Terminal y ahí no había gente ni vehículos. Intentando saber qué sucedía, caminé hasta un céntrico puesto de periódicos donde siempre había alguien, y ahí lo escuché: ¡el Ejército estaba dando un golpe de estado!

 

   No sé como decirles esto, como explicarlo para que lo entiendan, ¿cómo podría comprender un ciudadano de un país serio y demócrata que tal cosa me emocionara de esa forma? Para ello deberían imaginar un sistema de vida que al ciudadano común le diera asco, le repugnara. Pero sí, cuando escuché lo del golpe de estado, sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas, que me estremecía, que la piel se me erizaba. ¡Estaban dando un golpe de estado! Por fin. ¡Estaban tumbando al degenerado de Carlos Andrés Pérez! No cabía en mí de felicidad. Un hombre que estaba allí dijo algo duro y extremo, pero nadie lo censuró: ojalá atrapen al ladrón ese y le peguen tres tiros por la calva. Huelga decir que salí corriendo para mi casa para saber exactamente qué ocurría.

 

   Al parecer un comando de tanquetas había salido de Maracay, en la noche del tres de febrero, reclutando a jóvenes conscriptos. Según versiones dadas más tarde por los soldados, algunos oficiales les dijeron a los muchachos que en Caracas ocurría una situación irregular y que Miraflores, el palacio presidencial, había sido tomado por delincuentes que debían ser desalojados, detenidos y encarcelados. La caravana partió de noche, al parecer nadie les preguntó para dónde iban o hacer qué. Nadie los detuvo al entrar a Caracas, bordeando Fuerte Tiuna. Todo esto hizo suponer que muchos generales sabían lo que ocurría, pero lo dejaron hacer. Las humillaciones que el Ejecutivo y su círculo íntimo había infligido a los uniformados había sido terrible, llegándose a los extremos de que coroneles y capitanes debían cargar las maletas de la amante del presidente, o usar aviones de las fuerza aérea para ir comprar hielo y llevarlo a fiestas del entorno presidencial en la isla de La Orchila, como en las bacanales de la decadente Roma imperial (o como ahora, cuando Huguito, el hijo de quien les conté, hace sus fiestas allí, tan revolucionario él).

 

   Los generales sabían de la conspiración, de la asonada y la dejaron correr. Carlos Andrés Pérez llegó esa noche de Brasil, y en Maiquetía lo recibió el Ministro de la Defensa, advirtiéndole que se gestaba un golpe. Carlos Andrés Pérez, soberbio y creyéndose un predestinado, mal del que parece sufren todos, se negó a oírlo o creerle. ¡Él era Carlos Andrés Pérez, nadie se le alzaba, carajo! Horas después, metido en Miraflores, enfrentó los primeros disparos y el empuje de las tanquetas que se abatían contra el venerable edificio. ¡Estaban allí! ¡Habían ido por él! Aterrado, contando únicamente con la Guardia de Honor, el Presidente intentó comunicarse con Fuerte Tiuna y con el Ministro de la Defensa, sin que nadie lo atendiera.

 

   En medio del caos, del desorden, de gritos de muchachos heridos en un absurdo enfrentamiento fratricida, un viejo caudillo de ACCIÓN DEMOCRÁTICA, de los viejos, de los que tienen tabaco en la vedija, Alfaro Ucero, cruzó entre las tanquetas, lo alzados y los que defendían al Presidente. Llegó donde Carlos Andrés y le dijo que debía salir y huir, pues el que lo capturaran sería terrible, que fuera a una de las televisoras y denunciara el golpe, llamando a la gente a las calles a defender el Sistema Democrático. Con lo que queda dicho que ni aquel señor sabía realmente lo qué ocurría en Venezuela para ese momento. Años después, cuando abusando de su poder de forma dictatorial, el presidente Chávez ordena el cierre de RCTV, y al enfrentar las protestas estudiantiles, el hombre llamó a las barriadas a salir a las calles a enfrentar a los jóvenes y apalearlos, para que los ‘pobres’ defendieran su revolución, el resultado, antes y ahora, fue el mismo, nadie acudió al llamado.

 

   Acompañado del general Carratú, Carlos Andrés Pérez abandona Miraflores por los sótanos y corrió hacía VENEVISIÓN, canal de televisión que debió acogerlo. Desde allí, todo ojos, con rabia y temor denunció el golpe. La gente, que lo odiaba como un día lo quiso, decía que la camisita blanca le temblaba del miedo que tenía. Dentro de Miraflores, todo era caos. Los atacantes no podían entrar y sus defensores no podían expulsarlos, sólo iban quedando los heridos y muertos de uno y otro bando, cayendo los tontos para que los líderes gozaran su momento de gloria. Alfaro Ucero, en el salón presidencial, impartía órdenes: Miraflores no debía caer. Doña Blanca (Blanquita) Rodríguez de Pérez, esposa legítima de Carlos Andrés, una matrona estimada y respetada por el pueblo venezolano, se vio de pronto rodeada de jóvenes de la Casa Militar que le preguntaban: ¿qué hacemos, señora, ahora que hacemos?

 

   Según testigos que más tarde echaron el cuento, la doña dijo que había que resistir, repitiendo tal vez sin saberlo, que Miraflores no debía caer. Tal vez leyenda ya sea la parte en la que pidió un arma para defender el palacio ella misma. Pero tal vez no, doña Blanquita estaba en palacio con sus hijas, de las cuales una estaba muy enferma, y no hay leona más peligrosa que la que lucha por su prole; por otro lado, ella venía del mismo molde de donde salieron doña Menca de Leoni, o doña Alicia de Caldera, mujeres que sabían muy bien cuál era su lugar, prestándole brillo, prestigio y dignidad al cargo de Primera Dama de la República, tan distintas a las barraganas o a esta última que padecimos.

 

   Eduardo Fernández, secretario general del mayor partido opositor, COPEI, se lanzó a la defensa del Sistema Democrático, haciendo desesperados llamados a la ciudadanía para que entendieran que ese no era el camino, pero cometiendo el error fatal que le costaría la vida entera jamás ser el presidente de Venezuela, cuando ya olía a eso unos meses antes, el de amarrar el destino de su partido no a las instituciones, sino al presidente Pérez, apuntalando todo lo que la gente percibía como sucio, ruin y delictivo en la República. Porque ni él, ni los otros, entendieron realmente lo que sucedía. Pensaban que la gente se asustaría ante palabras como dictadura o fin del hilo democrático. No entendían que la población estaba cansada de vicios, crímenes y mañas desde el poder. Ni siquiera el hecho de que la gente no salió a defender al Gobierno, copando aceras, calles y avenidas, o se lanzaran a censurar a los alzados, les dijo nada. Eran una clase obsoleta y necia, destinada a desaparecer aunque hicieron esfuerzos inauditos para que eso no ocurriera, impidiendo los cambios y acuerdos que hubieran hecho de Venezuela una nación más sana democráticamente, con los anticuerpos necesarios para resistir a los bárbaros. Cerraron toda puerta, todo escape, y Democracia, Partidos, Políticos y Sistema, se convirtieron en sinónimos de basura, de porquería.

 

   Poco a poco las fuerzas institucionalitas fueron imponiéndose sobre los alzados en los dos grandes núcleos de ataque capitalino, Miraflores y el puesto aéreo de La Carlota. Yo me sentía desanimado, aunque ver a tanta gente corriendo, gritando, llorando, era terrible y uno deseaba que también terminara. Luego llegaron nuevas noticias. Arias Cárdenas, otro de los comandantes alzados, había tomado el Zulia, controlándolo totalmente, habiendo puesto preso al gobernador, todo dentro del orden y el respeto que logra una persona capaz. Las noticias que venían de Valencia eran aún más emocionantes. Urdaneta no había logrado apoderarse del estado, y replegándose con su gente tuvo que atrincherarse en la universidad de Carabobo. Luego se supo que una gran cantidad de personas, mayoritariamente estudiantes, habían saltados los muros de la casa de estudio, pidiendo armas y uniéndose a la asonada. En ese entonces todavía no se les tachaba de terroristas o guarimberos.

 

   Venezuela era eso, entre la sorpresa y el desconcierto, el país supo que a Carlos Andrés Pérez habían intentado tumbarlo, y quienes no se alegraron decididamente, lo miraron con simpatía; porque a ese hombre que un día se le amó, ahora se le odiaba demasiado. Por ladrón, por mentiroso, por haber dejado a sus secuaces solazarse en las carnes de la patria de forma grosera y abusiva. Pero de cierta forma la gente deseaba que todo terminara de una vez. Las imágenes eran dolorosas. El joven herido que gritaba echado contra un muro cerca de La Carlota, mientras un grupo atacaba al suyo, donde todo se detenía porque un compañero del herido salía corriendo, lo cargaba y lo sacaba de la línea de fuego, fue un momento dramático que nos tocó ver gracias al increíble trabajo de los periodistas, quienes luego serían satanizados por un dizque régimen revolucionario. Más tarde se sabría de las balas que entraron por techos y ventanas, de los muertos en casas humildes, del llanto sin consuelo de las madres que miraron a sus hijos sangrando dentro de sus uniformes en una calle.

 

   Todo terminó cuando un hombre de tez morena, rostro limpio, delgado, de voz gruesa, llanera, apareció flanqueado por el Ministro de la Defensa. Era el comandante Hugo Rafael Chávez Frías. El hombre llamaba a sus camaradas alzados, pidiéndoles que entregaran las armas, que la asonada había fracasado por ahora. Ese hombre tomó renombre nacional, alzándose entre los demás. Y supo sacarle provecho a esos minutos de fama. Esa declaración enérgica, ese por ahora, y el haber hecho algo que en Venezuela nadie había hecho jamás hasta ese momento, ni volverían a hacerlo después, se responsabilizaba por el golpe, deslumbró al país. Los venezolanos, con las bocas abiertas de sorpresa, escucharon a un hombre que se responsabilizaba de algo, de lo que fuera, y decía que enfrentaría las consecuencias de ello; todo eso fue suficiente para catapultarlo en los afectos de la gente. Y aunque en el fondo nos alegraba que no hubiera triunfado, lo quisimos. Ese día, Venezuela amó a Hugo Chávez.

 

   Más tarde llegaron las preguntas de bocas de los opositores de siempre, los perros guardianes de la verdad, pero nadie quiso escucharlas porque iban contra el mito que deseábamos creer por encima de todo, la esperanza que deseábamos conservar. Pero los propios alzados se preguntaban, ¿por qué Chávez no encabezó el ataque contra Miraflores o La Carlota? ¿Por qué no estaba allí? ¿Dónde estuvo durante todo ese tiempo? Luego se supo que se había ocultado nada más comenzar la batalla dentro del Museo Militar, de donde tuvieron que sacarlo casi a la fuerza. Sus compañeros lo acusaron de cobarde y de traidor. El historiador Manuel Caballero, con ese aire mordaz e irónico que siempre usa, lo bautizó como el héroe de La Batalla del Museo Militar. Pero en ese momento nadie quiso escuchar nada. Sólo deseábamos oír que eran ángeles justicieros, vengadores decentes y austeros que deseaban lavar la cara de la patria herida. El nombre de Chávez se transformó en sinónimo de rectificación, de esperanza, el hombre sencillo y centrado, espartano y honrado que un día liderizaría el gran cambio. Todo lo que no era Carlos Andrés Pérez, ni los partidos políticos o las instituciones.

 

   El país comenzó una carrera demente para terminar en los brazos del nuevo Mesías. Desde medios de información, grupos civiles y militares, se inició un ataque sistemático y constante contra la democracia, se le acusaba de arpía, de sucia, de mala madre; en una dura campaña de descrédito total. Todo lo que el Gobierno hacía o decía era malo, ruin, un truco (generalmente lo era). Todos estaban de acuerdo con los alzados, con sus manifiestos, con todo aquello que quisieran decir. ¿Cuántas veces no se desplazó Napoleón Bravo, el irreverente y valiente periodista venezolano, patriota por encima de todo, hacía la cárcel de Yare ante la más pequeña denuncia de que algo se intentaba contra Chávez y su gente? Ahora Napoleón no puede aparecer en televisión, y se le mantienen juicios en una judicatura caricaturesca, perseguido por Chávez.

 

   El tiempo que Carlos Andrés Pérez pudo sostenerse en el poder, apuntalado por ACCIÓN DEMOCRÁTICA y COPEI, sólo sirvió para terminar de erosionar la fe en el Sistema. El venezolano no quería saber nada más de esa gente, y torció los ojos en otros derroteros. Pocos podíamos imaginar durante esos años toda la traición, entreguismo y horror que terminaría instalándose en el país de mano de un régimen títere, lacayo y cachorro de Cuba, con su aparato de represión y envilecimiento.

 

   Pero ese 4 de febrero, cuando en Caracas, el Zulia y Valencia se alzaron los militares, se dejó oír el fusil y el traquetear de las tanquetas, se pensó que podíamos escapar de la pesadilla que era Carlos Andrés Pérez y su régimen delictivo. Nuevamente mirábamos el atajo, el golpe del azar para ver si la pegábamos y se nos resolvía la vida, corrigiendo el error de toda una población no sólo necia e irresponsable, sino sumergida en esa moral laxa de quienes creen que un delincuente puede manejar una empresa porque al parecer multiplica la plata. Carlos Andrés Pérez, y su régimen, como el que ahora padecemos, no llegaron del Cielo por un castigo, sino voto a voto en unas elecciones que todos celebraron, en tiempos donde todavía se podía creer en resultados electorales. Muchos repetíamos, tiempo después, hasta con lágrimas en los ojos o un nudo en la garganta, el estribillo de aquella canción:

 

   El cuatro de febrero, todo sucedió,

   tomamos las armas, el fusil habló.

   Dije por ahora todo fracasó…

 

PEQUEÑA HISTORIA DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

 

Julio César.

HABLANDO NÁGUARA

febrero 20, 2009

BRITNEY SPEARS BAJO LA LUPA

belleza

   -Me cayó a muelas, chama…

 

   Y no estoy metiéndome con los guaros, es que no hallo que palabra usar. Cuando en la Radio Rochela pasaban el corto de los waperó, a mí me angustiaba pensar que los muchachos pudieran hablar realmente así; me decía, sí vemos la misma televisión y en las escuelas los maestros, la mayoría, habla español, ¿qué pasa con esta gente? Y no son los únicos, ¡hay personas que tienen cada tono y cada pronunciación! El malandreado es bien feo, así como esos que no pueden hablar sino elevando el tono como si padecieran del oído, soltando dos palabrotas por cada tres palabras (sentarse cerca de universitarios camino al colegio, angustia). Peo también está lo otro, el otro significado de las palabras. Un ejemplo claro, en Venezuela, es “vaina”. Sirve para desde “pásame la vaina esa” (lo más increíble es que te pasan exactamente el objeto que pediste sin señalar), hasta un concepto amplio de la vida: “¿Cómo está la vaina?”, para que te respondan con un “Es una vaina seria”.

 

   Dentro de este rango cae este mensaje que me enviaron y reproduzco. Es riguroso en lo que quiere dar a entender:

 

 TIENES QUE SER VENEZOLANO PARA ENTENDER  

               ‘16 TIPS PARA MEJORAR EL LÉXICO

 

INTENTE DECIR: Tengo sobrecarga de trabajo en estos momentos.

EN VEZ DE: ¡Estoy hasta el culo de trabajo!

 

INTENTE DECIR: Lo que mencionas… ¿es en serio?

EN VEZ DE: Marico, ¡me estas mojoneando!

 

INTENTE DECIR: Lo siento, pero yo no estoy involucrado en ese proyecto.

EN VEZ DE: ¡Eso no es mi peo!

 

INTENTE DECIR: Estoy absolutamente seguro de que esto no es factible.

EN VEZ DE: ¡¡¡¡Que bolas tienes tú, ni Mandrake!!!!

 

INTENTE DECIR: Me temo que no lo estamos haciendo correctamente.

EN VEZ DE: ¡¡Esto no va a salir ni a coñazos!!

 

INTENTE DECIR: Ajustaré mi agenda para ver cómo puedo programar esta nueva tarea.

EN VEZ DE: ¿Por qué coño de madre no me dijiste esto antes?

 

INTENTE DECIR: Él no esta familiarizado con el tema que nos atañe en este momento.

EN VEZ DE: Este pendejo no sabe un coño de esto.

 

INTENTE DECIR: Hay un poco de monotonía en el ambiente.

EN VEZ DE: ¡¡¡Coño, qué ladilla!!!

 

INTENTE DECIR: Disculpa, por ahora me es imposible atenderte como se debe.

EN VEZ DE: Anda a joder al coño è tu madre.

 

INTENTE DECIR: Disculpe, por favor, permítame dar mi opinión.

EN VEZ DE: ¿¿¿Por qué no te callas???

 

INTENTE DECIR: Creo que éste es el momento adecuado para retirarnos.

EN VEZ DE: Vámonos pa’l coño.

 

INTENTE DECIR: Si no lo sabes manipular, puede ser peligroso.

EN VEZ DE: No te metas con esa vaina.

 

INTENTE DECIR: Sus gestos y su manera de actuar, lo distinguen del resto del equipo.

EN VEZ DE: Es el único marico en el grupo.

 

INTENTE DECIR: Me parece que estas exagerando en tus pretensiones.

EN VEZ DE: Mucha lavadora pa’ ese trapito.

 

INTENTE DECIR: Te agradecemos tu invitación, fue una excelente velada.

EN VEZ DE: Gracias mi pana, la pasamos de pinga.

 

INTENTE DECIR: Los rayos del sol son inclementes, refugiémonos a la sombra de ese árbol.

EN VEZ DE: No seas marico…mi mamá no parió teja, vámonos pa’ bajo esa mata.

 

INTENTE DECIR: Procura dar a conocer esta información a quien tú consideres le pueda ser útil.

EN VEZ DE: REENVIALA, PAJUO@

……. 

 

   Es cierto, divertida y horriblemente cierto. Y ahora que hablamos de esto, no es aconsejable decir: “en vez de”; lo correcto sería: “en lugar de”. Lo sé porque tuve un profesor de castellano terrible, en mi primer examen me quitó puntos por no acentuar el César de mi nombre.

 

A TODO COCHINO LE LLEGA…

 

Julio César.

 

NOTA: El de la foto, ¿será él?