Archive for 29 octubre 2009

INOCENTE CURIOSIDAD

octubre 29, 2009

FUTBOL DEL CALIENTE

NIÑOS HOT

ADELGAZANDO SUDANDO

Julio César.

DEPORTE JUVENIL

octubre 29, 2009

 DRAGON BALL… HOT!

NIÑOS GAY

   Su papá lo quería en un equipo, y ahora lo disfrutaba.

   Que entrara al equipo de béisbol era el sueño de su padre que ya lo veía en las Grandes Ligas (resolviéndole la vida), y Tony intentó entrar. Su rostro dulce parece que convenció y los chicos lo aceptaron, “como la mascota”. No entendió lo que significaba… hasta que en los vestuarios después de un juego que ganaron, le dieron la dura, cálida y babeante bienvenida, y la respuesta. Para su sorpresa, lo disfrutó, cada segundo, cada gota ardiente, cada empujada. Saboreó el instante, cada vez. Ahora estaba feliz; de ese equipo y de ese vestuario, no lo sacaba nadie. ¿Y su papá?… Contento.

SALÍA BIEN BAÑADO… Y SACIADO

Julio César.

LUCHAS INTERNAS… (25)

octubre 27, 2009

LUCHAS INTERNAS                         … (24)

EN BRAZOS DEL AMADO

   Lo que iba sintiendo por el chico era… extraño.

……

   Apoyando las manos en el respaldo izquierdo del mueble, cerca del rostro de Jerry, Tirzo estaba doblado por la cintura, con las piernas muy abiertas, con Nelson detrás, montándole las manos en las caderas color cobre, mientras lo encula lentamente con su monstruoso manduco, excitadísimo ante ese hueco virgen. Fue hundiéndoselo en el culito titilante y cerrado, lentamente, gozando las apretadas que le daba. Lo que más le excitaba era saber que se la metía a otro carajo, a un pana de trabajo, uno que se resbaló un poquito y ahora debía darle una lección.

   Tirzo apretó los dientes, con ganas de gritar. Eso le dolía, lo taladraba demasiado hondo, y sin embargo lo llenaba de una sensación cálida y vital que subía por todo su cuerpo. Sentía tanto gusto, que no podía ni quería que Nelson se detuviera. Recibía tanto placer que sólo quería dejarse llevar por esa nueva y maravillosa experiencia. El güevo le entraba muy lentamente, enculándolo con suavidad. Y no era tanto por delicadeza de Nelson, el culo era tan estrecho que le cuesta meterlo. Pero el hueco va dilatándose poco a poco, mientras lo enculaba, abriéndose al sexo, al placer anal, elastizándose y calentándose. Tirzo elevó el rostro y sus dedos se clavaron en el sofá, buscando soporte, lanzando un profundo gemido. Todo su cuerpo estaba tenso, sudoroso y anhelante.

   Nelson sonrió, pegando sus caderas de esas nalgas tibias y musculosas, deseando azotarlas, morderlas, sintiendo como ese culo estrecho le apretaba y amasaba el tolete. Lo sacó lentamente, para volverlo a clavarlo en seguida. Sus dedos atenazaron fieramente la cintura del otro. Tirzo sólo pudo jadear, con los ojos cerrados. Jerry, sintiendo como el tolete de Víctor lo penetraba hasta la garganta al encularlo con violencia, sonrió al notar que Tirzo gimió. Estaba gozándolo. Nunca imaginó que pudiera hacer eso, pero ahora lo hace y lo estaba gozando. Seguro que era una sorpresa para él; pobre, ahora no podría dejar de buscar eso, así fuera de vez en cuando. El joven marica imagina ya a Tirzo por las calles, en el Metro, pensando en mil vainas, descubriéndose de repelente acariciando con la mirada el entrepiernas de algún carajo joven y musculoso, deseando su sabroso caramelote oculto. Tirzo estaba quieto, pero Jerry estaba seguro de que estaba gozando una bola.

   Víctor apartó más las piernas de Jerry como queriendo abrirle más el culito, para penetrarlo más, para llenárselo todo con su rojo tolete, que lo cabalgaba con furia. Jerry jadeó, gimió, sintiendo como lo enculaba, como esa barra le ardía y palpitaba muy dentro. Sintió el culo caliente y húmedo, seguro que por el líquido pre-eyacular del otro, que le subía desde el palo. Tirzo jadeó, conciente de todo su cuerpo vibrante, caliente, sus tetillas le dolían, le hormigueaban, y como si el otro le hubiera leído la mente, una manaza negra cae sobre una de ellas, pellizcándola, acariciándola.

   Tirzo gritó leve, sintiendo eso tan rico, tan excitante, que todo él se tensó más, y su culo comenzó a palpitar locamente. Su güevo también estaba muy erecto. Notaba que sensaciones dormidas en su cuerpo, despertaban. Su culo ardió aún más. Ya no le dolía que ese tolete descomunal entrara. Ahora sentía su agujero caliente y palpitante, mojado, con ganas de que lo encularan duro. Sus caderas iban y venían lentamente, casi imperceptible, sin estar conciente a carta cabal de lo que hacía. Ese culo parecía abrirse para tragar más güevo, para luego cerrarse sobre él, atrapándolo, masturbándolo, chupándolo hacia adentro, hambriento de esas nuevas, poderosas y extrañas sensaciones negadas hasta ese momento. Nelson rugió, elevando el rostro. Ese culito lo estaba volviendo loco, nunca imaginó, una hora antes, estar disfrutando de tan maravilloso banquete. Las caderas de Tirzo iban y venían ahora con ganas. Su culo chocaba del negro pubis y tragaba ese tolete. Sus nalgas, musculosas, paraditas, se abrían más y se aplastaban contra las caderas del otro, exigentes. Nelson sonreía y jadeaba.

   Los hombres, jadeando y sudando en la marcha de güevos contra culos, agitándose los cuatro con las fuerzas de las embestidas, producían un erótico y bello cuadro. Nelson grande y negro, de pie, dándole nalgadas a Tirzo, mientras lo enculaba con su monstruoso güevo, golpeándole las nalgas con sus bolas, gruñéndole que tenía un culito de lo más rico que ha probado nunca. Su culo se abría cuando sacaba a medias su tranca del redondo ojito, cerrándose un poquito luego, para luego abrírselo al obligarlo a tragarse la barra de ébano. Tirzo, doblado por las caderas, con los ojos y dientes apretados, agarrándose del sofá, estremeciéndose por la bombeadas que el otro daba con su tranca sobre su culito, que ardía, que rasgaba, pero que halaba y chupaba más ese tolete, no quería que ese vaivén se detuviera nunca, deseaba que ese tolete entrara y saliera de él para siempre.

   Sus nalgas iban contra ese pubis que tanto placer le producía en el interior de sus entrañas ardientes. Recostado en el sofá, Jerry, de espaldas, miraba a Tirzo, sonriendo al comprobar que después de todo sólo era otro pato reprimido que soñaba con güevos en su culo; siente las embestidas de aquel carajo pelirrojo, que cuando le clavaba el tolete, pegaba su panza algo pronunciada de sus bolas, momentos en los que muy putonamente cerraba los ojos y sonreía gimiendo de puro placer. Víctor, que sudaba a mares sobre Jerry, lo cogía con ganas. Era un delicioso cóctel de sexo duro…

   Tirzo jadeaba con ganas, ya totalmente abandonado a sus sensaciones, con el culo que iba y venía contra ese güevote, sintiéndose morir y vivir, sufrir y gozar. Sintiendo que todo él ardía, que cada centímetro de su piel deseaba y necesitaba ser tocada, lamida y acariciada. Sus nalgas se agitaban con ganas contra las caderas del otro, quedándose ahí, pegados, mientras Nelson seguía como empujando, provocándole oleadas de placer que lo recorrían todo.

   Jerry sonrió, elevando sus brazos y le atrapándole el cuello al otro, acercándolo a él. La boca del joven atrapó la de Tirzo, que dudó un poco. Le lamió los labios, lo mordió. La abrió. Su lengua vital y voraz entró en la boca del otro, lamiéndolo, saboreándolo. Le atrapó la lengua y la chupó, bebiéndose su saliva como si fuera el más delicioso licor. Tirzo jadeó ante ese beso experto y vicioso, y también su boca y lengua intervinieron. Sus lenguas se ataron en un nudo de gozo y de placer, lamiéndose uno al otro.

   No pasó mucho tiempo antes de que Nelson inundara el culo de Tirzo con su abundante corrida. Tirzo gritó al sentir como ese tolete se endureció más y como finalmente, tras varios temblores y espasmos, derramó su cálido y móvil contenido. Ese líquido caliente le provocó tal estallido de placer, que también él se corrió; pero Jerry, hambriento, se movilizó para atraparlo con su boca, por lo que el esperma no se desperdició. Esa boca chica, voraz, la tragó casi toda, aunque una poca escapó por sus labios. Pasó en momentos en que Víctor le llenaba su propio culo de semen. Todos gritaban, jadeaba, sudaban…

   Nelson mantiene las piernas firmemente cruzadas al recordar todo eso, mientras toma su café. Mira a Víctor quien parece inocente e indiferente a todo. Ve a Tirzo y nota la mirada esquiva. Nelson sonríe. A Tirzo le avergonzó mostrarse tan ardiente de culo, tan hambriento de güevo y esperma, por lo que los evitó un tiempo. Pero el Capo sabía quién era y de qué era capaz. Lo quería en la organización. Por ello a Tirzo se le tendió una trampa que lo puso en manos del Capo… y de él. Y ahora Tirzo tenía que redimirse ante todos después de… lo que pasó. Seguramente le encargarían el asunto William Bandre. Eso había que atenderlo y ya.

   Tirzo no mira a Nelson. No le gusta. Le molesta. Víctor una tarde le preguntó en los vestuarios que por qué se alejaba así de Nelson; que sí era porque lo cogió y le gustó, que se dejara de maricadas. Tirzo no pudo decirle la verdad. No pudo contarle que Nelson era un grandísimo hijo de puta, y uno muy peligroso además, igual que su jefe. Tirzo estaba atrapado por ellos; lo tenían agarrado por el culo, por así decirlo.

……

   Frank regresó feliz y contento del almuerzo. El cliente era un imbécil, pero una de sus asistentes, Rita Guédez, había resultado toda una revelación. Era una morena alta, reilona, vital y hermosa. En cuanto la vio, le gustó. Y la mujer dejó por sentado que también lo había encontrado guapo. Intercambiaron miradas, sonrisas, bromas y teléfonos. Silbando el hombre va hacia su oficina, entrando antes en la de Nicolás, cuya puerta estaba cerrada. La abre y un olor feo le golpea la nariz…

   Nicolás está sentado ante su escritorio, comiéndose un sánguche de lo más miserable que pueda existir, mortadela con tomate, y una taza de café. ¡Mortadela! ¡Y café de la oficina! El joven estaba atravesando uno de sus peores momentos desde que dejó la casa familiar. Llevaba tiempo sin trabajo y les debía plata a todos los conocidos. Con lo que había ganado hasta ahora estaba poniéndose al día con la señora Carmencita, la peruana dueña de la casa donde tenía una habitación. El joven odiaba a Frank Caracciolo, pero lo soportaba por el miedo a perder esa entrada de dinero, y perder todo lo demás, incluido el techo y llegar a ser, oficialmente, un miserable.

   Aunque la pieza era un lugar horrible, donde sólo entraban las cucarachas para suicidarse, casi todas en su cama, no podía darse el lujo ni de perder eso. Era ese cuartucho o dormir a orillas del Guaire. Y allí ya había mucha gente viviendo, ¡gracias al Proceso! Por ello, cuando Frank salía a almorzar (nada más imaginar lo que comería el coño’e madre ese, el estómago del joven protestaba de rabia ante cada bocado de su insípido pan medio duro), aprovechaba el tiempo para comerse una bala fría en la oficina, escondido. Le daba una vergüenza horrible no tener ni para un simple almuerzo en el cafetín de la firma; Mary, y el maricón fastidioso de Jerry, le habían propuesto comer juntos, pero él no tenía ni con que pagar una ensalada allí. Todo era carísimo.

   Hoy se había atrasado fotocopiando unos expedientes para Frank, algo que creía que era ilegal, pero como él mandaba… y comenzó a comer tarde. Por eso cuando la puerta se abrió y apareció el abogado en el marco, sintió que la garganta se le cerraba, como si hubiera sido sorprendido con el güevo afuera masturbándose en una iglesia. Odiaba que el perro ese fuera a darse cuenta de que no tenía ni para una triste sopa de cubitos caliente.

   Frank sintió el olor encerrado a alimentos y sintió nauseas, como la siente todo el que come bien y bastante, y percibe luego el olor a comida, sobretodo si huele feo. Mira ceñudo a Nicolás, quien con la boca llena de pan, rojo como un tomate, baja la mirada e intenta ocultar el sánguche, masticando como si tuviera la lengua seca y hubiera mordido, sin querer, una piedrita. Dios, ¿cómo alguien podía comer algo así? Que rara era la gente que prefería eso a un buen bistec, se dice Frank.

   -¿Tienes que comer aquí? Todo esto apesta. ¿Qué coño comes? ¿Mierda? -es deliberadamente cruel, siente que una vena mala se le abre. Lo mira enrojecer aún más.

   -Lo siento, doctor… -dice ronco, luego de tragar (Frank podría jurarlo) un pedazo grande sin masticar.- Se me hizo tarde y… -Frank levanta una mano parando sus explicaciones.

   -No deseo oír la historia de tu vida. Lo que quiero es que no comas aquí. Apestas el lugar en forma muy fea. -lo mira ceñudo, mucho. Mira el pan. ¿Cómo podía comer eso? Se estremece de asco.- Come fuera. -se mete la mano en el bolsillo de su camisa y saca unos billeticos arrugados, que lanza con total desprecio sobre la mesa y sigue hacia su oficina.

   Nicolás se siente increíblemente mal, casi mareado y con nauseas. ¡Que tipo, Dios mío! Que habilidad para humillar. Mira el pan, pasa saliva y siente un dolor acre en la boca y los ojos le arden un poco, de rabia, ¿cómo podía tratar a la gente así? Mañana comería en el baño, coño, pero nunca más se sometería a esa vergüenza. Con rabia arruga la bolsita donde viene el sánguche, haciendo una pelota con él y arrojándolo a la papelera. Si no debiera plata…

……

   En su oficina, Eric está detrás de su sillón desde que llegó, con la cara entre las manos, echadote sobre el escritorio, pensando, imaginando. Deduciendo y sintiéndose muy mal. Llaman a la puerta y Serena Salgado aparece, mirándolo fijamente, ¿qué le pasaría? Tal vez al Capo le interese, se dice.

   -Doctor Roche, ¿quería verme? -él la mira fijamente, levantando el rostro de la mesa, con ojos turbios.

   -Si, Serena. Quiero que recoja sus cosas, está despedida. No quiero volver a verla en esta oficina ni en ninguna otra de La Torre. No pida referencias y tenga cuidado de no golpearse el culo con la puerta mientras vaya saliendo, ¿está bien? -es seco. Ella se impacta.

   -Pero doctor, ¿por qué…? -gime mal.

   -Porque la principal virtud de una asistente es la lealtad a su jefe. No eres leal a mí, así que no puedo tenerte aquí. Vete, y cuando salgas, cierra la puerta, por favor. -cierra los ojos. Ella chilla.

   -No puede hacerme esto. No sé de qué habla. Si alguien le vino con un cuento…

   -¿A quién le hablaste de mi cita ayer en la noche? -la mira duro. Ella palidece, mal, pero se recupera. Se ve dura, no es una pobre tonta a la que ese hombre pueda intimidar. Ella ha peleado con gente más dura que ese mariconcito; a Eric le parece leer todo eso en su cara.

   -No puede botarme así. -es casi desafiante. El Capo la protegería, este imbécil no podía tratarla de esa forma. No era más que un cretinito sin poder real. Casi sonríe. Eric la mira, entendiendo lo que piensa.- No te va a ser tan fácil botarme, Eric.

   -Ay, Serena, tan hábil para unas cosas y tan estúpida para otras. -su voz dura y la brusquedad de sus palabras, la sorprenden.- ¿Crees que tu patrón secreto va a interceder por ti? Eso sería como admitir ante mí y otros, que mandaba a espiar a lo socios. Eso jamás lo hará. Puedes dar la guerra si quieres, ir con el cuento, intentar quedarte… pero te juro por Dios y mi madre, que vas a salir de aquí. Pero no sola, como estoy dispuesto a dejar que te vayas, tu hermana en Contabilidad y tu cuñado en Relaciones Públicas, te acompañaran. Y ya me encargaré yo de que tu reputación te preceda en cada firma, compañía o corporación de este país. Nunca más vas a encontrar un buen trabajo. Ni ellos. Ni en las vende paga vas a poder entrar, nadie quiere a una sucia traidora a su lado. -es implacable. Ella boquea, sintiéndose mal.

   -Doctor, discúlpeme, yo no quise dañarlo. Lo que pasa es…

   -¿Para quién trabajas? ¿Para Aníbal? ¿Para Ricardo? -la joven se aterra.

   -No. Yo no puedo…

   -Vete, Serena. Y cierra la puerta. -vuelve a cubrirse el rostro con una mano.

   Ella lo mira un momento, asustada e impotente. Por un momento piensa en correr hacia su jefe, pero, ¿y si Eric tenía razón? Perjudicaría a todos. Casi sollozando, sale. No. No puede arriesgarse. Su hermana estaba pagando apartamento y sus sobrinos iban a un buen colegio; ella no podía perjudicarlos a todos. Llora un poco antes de cerrar la puerta. A Eric no le importa. Era una traidora. La puerta vuelve a abrirse y él mira hacia allí, furioso, dispuesto a gritarle que se vaya a la mierda; pero se trata de Sam, quien viene muy preocupado.

   -Hola, pato -le dice Eric, tenso. Sam entra y va hacia una silla, mirándolo fijamente.

   -Hola, pato. Al fin apareces. ¿Dónde andabas? ¿Y qué le pasó a Serena? Pasó a mi lado llorando como una niña chiquita. Fue desagradable.

   -La boté. -dice frío, mirándolo bien.- Te ves preocupado. -no dice más.

   -Mira, no sé como tomarlo ni como lo tomarás tú, sólo quiero que estés calmado. Anoche hubo un incendio y se quemó el taller mecánico de tu… amiguito. -lanza.

   Eric lo mira impactado, como si no pudiera entender lo que estaba escuchando, mira hacia la ventana y hacia allí se dirige a toda velocidad. Abre las persianas y mira el espacio que ocupaba el taller. Se ve abandonado, ahumado, quemado. Un aire de tragedia, de tristeza parece sobrevolar el lugar. Eric siente que el corazón se le encoge de forma violenta. Algo nace en su interior, parece rabia, una rabia sorda y terrible. Pero también algo más, es una sensación de ahogo, de debilidad, de ganas de gritar, salir corriendo y hasta de llorar a gritos, como un muchachito: la depresión. Siente que se ahoga, como sí nada valiera la pena. Sam lo mira, como analizándolo. Lo conoce, sabe que cuando la depre lo atrapa, el otro no responde, no piensa, no actúa. Queda anulado.

   -Los bomberos están investigando y…

   -Me ayudó anoche. Me salvó la vida, aunque te suene melodramático e idiota. Y alguien se molestó. Mucho. Y es alguien tan ruin, tan despiadado, que quiso darle una lección al carajo que sin saberlo había desbaratado sus planes. Y quemó el taller. -dice bajo, ronco, dándole la espalda al socio, mirando hacia el vacío solar.

   -Bien. Podría ser así. Pero también pudo ser un accidente, ¿no? Lo importante es averiguar…

   -Para mí todo el cuadro está muy claro, Samuel. -susurra con voz ahogada; y Sam espera, mirándolo, presintiendo que tras toda la historia hay mucho más.

   -¿Por qué no me lo aclaras a mí? –pide. Eric lo mira.

   -Yo sé que a ti siempre te parecieron tonterías las marchas, las manifestaciones y los gritos como medios para salir del régimen. -dice mirando hacia el pasando, desconcertando al otro con el cambio de tema.- Pero para Irene y para mí, sí eran importante. Sí valían. Muchas veces nos quedábamos en la cama hablando, discutiendo, sintiendo rabia e impotencia ante los delitos, los desmanes, las invasiones, el robo descarado. Pero el régimen parecía tan sólido, tan fuerte… -se vuelve, mirándose pálido, desencajado.- Y entonces comenzaron las marchas, las reuniones caldeadas de personas que gritaban que lo que ellos hacían estaba mal, que destruían al país, que se lo entregaban por pedazos a gobiernos déspotas y tiránicos. Y llegó un momento en que no importó que los insultaran, que los atacaran con piedras y palos, y más tarde con armas empuñadas por cobardes y asesinos. La gente había perdido el miedo, o estaba tan desesperada que actuaban como los jóvenes checos durante la invasión comunista, que se arrojaban contra los tanques en un desesperado intento por detenerlos… sin importar nada más; sólo hacer algo, lo que fuera…

   -¿De qué hablas? –Sam parece confuso. Eric lo mira con ojos ardientes, va hacia él.

   -Fue Irene la que contactó gente, la que iba a reuniones y marchas. Ella conoció a esos reporteros, a Iza, al Napo, a dos de Las Chicas Superpoderosas… y a toda esa gente que se iba reuniendo, agrupándose, para enfrentar el río de la barbarie. -sonríe.- Debías verla en esos momentos, Sam. Sé que la crees necia y exigente. Pero era apasionada, idealista y decidida. Irene se veía maravillosa levantando la voz, proponiendo cosas. Ante cada nueva canallada, gritaba que había que detenerlos, lanzarse a las calles y quedarse allí hasta que se fueran o nos asesinaran a todos. Si yo… no fuera como soy, y no la hubiera conocido de antes, me habría enamorado de ella en esos momentos. Muchas veces fui a esas asambleas por ella, que me arrastraba, que decía con pasión y angustia: hay que hacer algo, Eric; hay que hacer algo. Debiste ver a esas mujeres todas, Sam; como gritaban, coléricas, decididas a ponerle el pecho a las hordas, a destruir al régimen con sus propias manos… Y así llegamos a abril… -se hace un feo silencio. Sam siente que camina sobre hielo fino.

   -¿Qué pasó en abril?

   Eric mira a su amigo, sintiéndose incapaz de darse a entender. Sam era un buen hombre, un gran tipo, pero era de los que pensaba que las cosas debían hacerlas otros. Para él un día de paro, era un día para quedarse tomando whisky. Su conciencia social y política no era mucha, aunque despreciaba como nadie a esa gente. ¡Tenía que hacerle entender, que comprendiera…!

   -Cuando comenzó el paro de abril, el régimen intentó por todos los medios destruir la unidad de los sectores implicados; lanzaron a sus hordas violentas a la calle, a atacar, gritar y agredir, para asustar a la gente decente, en la creencia de que las personas que respetaban la ley se asustarían fácilmente. Irene estuvo en La Campana cuando las hordas dispararon piedras, botellas y balas contra un grupo que estaba ahí apoyando a los petroleros. Y fueron ellos los que enfrentaron a esos grupos y los hicieron huir, cobardes como en el fondo eran. -sonríe trémulo.- Ella me contó que sintió ganas de llorar y gritar de felicidad cuando los vio correr. Al día siguiente fue la marcha, que terminó en El Silencio… -medita, ordena sus ideas.

   -¿Si…?

   -Tú sabes que cuando la marcha partió de Parque del Este, ya habían pistoleros apostados en las azoteas del Centro, ¡porque ya sabían que la gente llegaría hasta allí! A las once de la mañana ya estaban apostados los asesinos que a las tres y media de la tarde dispararían sobre ellos. Ya habían activado un plan militar para reprimir y aplastar a la gente. Cuando la marcha llegó, vino La Masacre de El Silencio. La gente no se asustó y los militares honestos no permitieron que asesinaran a todos, impidiendo que las tropas salieran a reprimir. El déspotas cayó en crisis, vino el vacío de poder y él se ocultó bajo la sotana de los curas, para proteger la única vida que le importaba, la suya. Pero todo se revirtió cuarenta y ocho horas más tarde. Esa gente volvió… -lo dice con total amargura.- Se habló de traiciones, de componendas dentro de los grupos opositores; de gente que vendió y traicionó a otros…

   -Eric, ¿qué tiene que ver todo eso con lo que hablábamos?

CONTINÚA … 26

Julio César.

DE LA TIERRA A LA LUNA

octubre 27, 2009

¿QUIÉNES PROTESTAN CONTRA LOS RICOS?

   Recientemente se conmemoraron los cuarenta años de la llegada del hombre a la Luna. Viendo, en NOTICIAS24, una entrada al respecto, me sorprendió la enorme cantidad de personas que parecen poner en tela de juicio el que esto haya ocurrido. Yo jamás lo he dudado. Más bien ha sido motivo de fe. Me hizo gracia que alguien comentara que debía ser falso ya que si fuera posible lo habrían repetido ahora que la tecnología es mejor. Aparentemente muchos creen que basta con desear algo, que no hay que sufragarlo. Desde hace años la NASA viene luchando contra los recortes de presupuesto; el mundo no cree que se nos halla perdido nada en el espacio. Ni lo creen importante.

   Eso me molesta. Pero no quiero hablar de ello. Hablemos del APOLO XI y los tres astronautas, hombres del planeta Tierra, que llegaron a la Luna en respuesta al lance exclamado en 1961 por el presidente norteamericano John F. Kennedy, cuando retó a la Agencia Espacial estadounidense a llegar al satélite antes de terminar la década. Y a ello se abocaron, no creo que tanto por la ciencia, sino por ser los primeros. Los transbordadores Apolo 8 y 10 volaron hasta la Luna, la orbitaron y retornaron a la Tierra. Hubo que esperar hasta el Apolo 11, con Neil Armstrong, Edwin Aldrin y Michael Collins, para cumplir con la tarea.

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   Para celebrar la fecha, la NASA ha difundido una serie de fotografías históricas del equipo implicado en el primer alunizaje, pero especialmente sobre aquellos pasos aparentemente torpes dados sobre nuestro satélite natural, el 20 de julio de 1969. Ah, qué momento debió ser aquel, para esos hombres en la Luna (Neil Armstrong, con su: “un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la humanidad”), los hombres en La Florida, y todo el mundo.

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   El 16 de julio de 1969, el cohete que transportaba la cápsula “Apolo XI”, salió desde Cabo Cañaveral, en La Florida, como dirían los cursi “hacia la casa de Dios”.

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   Esta imagen, tomada el 19 de julio de 1969, nos mostraba la cápsula Apolo XI flotando en el espacio, con la Luna de fondo.

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   Qué presión debió sentir esta gente monitoreando cada lucecita, cada señal, seguramente esperando lo mejor pero preparándose para lo peor, temiendo el “Houston hay un problema”. Es una toma del 19 de julio de ese año, del Centro Espacial en Houston, Texas, mientras la cápsula se disponía a descender sobre la Luna por primera vez en la historia de la humanidad. Eran también héroes, tal vez no tan vistosos ni llegaron a ser famosos, pero estuvieron allí, sus nombres constan en alguna parte.  Estaban allí, defendiendo el fuerte.

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   Y de la Luna llegaron las asombrosas imágenes; personalmente aún me maravillan, me dan escalofríos y hacen volar mi imaginación. Muchas zonas fueron fotografiadas, y el Cráter 308 fue uno de ellos.

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   Del 20 de julio de 1969, nos llega está imagen, el pie del astronauta Edwin Aldrin (Buzz) y la huella que dejó, en nombre de todos, sobre otro cuerpo celeste.

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   Este fue el hombre, Neil Armstrong, en el interior del módulo lunar tras haber realizado su histórica caminata. Qué orgulloso y satisfecho parece, y sin embargo sencillo también. Sabía bien que para toda una generación, y la siguiente (y para los que aún miramos con romanticismo el espacio) sería un ídolo, un héroe.

   Ahora queda esperar por el viaje a Marte, por la instalación de colonias en la Luna y… son sueños. Los costos lo impiden. Estamos muy ocupados produciendo y comprando móviles y ordenadores portátiles. La cosa es tan dura que en la NASA, como simple teorizar, se ha planeado una misión tripulada por hombres a Marte, que jamás regresaría. Una misión suicida. Claro que jamás sería aprobada, pero algo me dice que de proponerse, muchas manos, de voluntarios, se alzarían. Hay cosas que mueven a cierto tipo de hombres, aunque a otros dejen indiferentes; los primeros en llegar al polo Norte, en subir al Everest, en surcar los mares en busca de nuevas tierras. Aquellos hombres que sueñan con grandes aventuras.

GALILEO Y LA HOGUERA

Julio César.

FELICIDAD!!!

octubre 27, 2009

BIEN MOJADOS

BESAME MIGUI

   Ese cabrón había pasado casi siete meses fueras de… su vida.

   -¡Chica!, está bien que se alegren de verse otra vez, pero ¿no te parece que exageran?

   -No, chama, tenían meses sin verse, desde que Mauricio se fue a estudiar a los New Yores, ¡y ya sabes lo amigos que son!

   Y lo eran, las lenguas y las carnes duras lo aclaraban.

¿SÓLO AMISTAD?

Julio César.

ESTOS CHICOS!!!

octubre 27, 2009

 DRAGON BALL… HOT!

COLEGIALES

   ¡No se detenía ni un segundo!

   -Ahhh… -gimió. Era tal y como lo había imaginado desde la primera vez que lo vio entrar a la tutoría. Dios, cómo lo goza, se dice entre gemidos roncos. Era tan rico. Y se mueve con mayor fuera, que entrara todo, duro, y al tenerlo bien clavado, gritaba que “sí, así”.

   -Oye… no… cuidado o te lastimarás.

   -Hummm… ¡Cállate y métemelo más hondo! –fue toda la demanda. Para algo lo había cazado, ¿no?

DEPORTE JUVENIL

Julio César.

¿ERA RUBY TAN MALVADA COMO DICEN?

octubre 27, 2009

CONTINUA LA  CACERÍA                         DURO Y SEXY…

RUBY Y RUBY, SUPERNATURAL

   Ruby y Ruby, cómo te amé…

NOTA: Si piensan ver, o estás viéndola y aún no llegas a la tercera temporada de Supernatural, y te gusta sorprenderte, no sigas leyendo. Hablo de todo eso.

   Iniciándose la tercera temporada de Supernatural aparece una joven catira de rostro algo desdeñoso, que quiere ayudar a Sam. Era Ruby, encarnada por Katie Cassidy, quien más tarde resultaría ser una demonio. ¿Por qué lo ayudaba, y aún a Dean? Siempre respondía que una vez fue humana y aún lo recordaba. Sam, de cierta manera se deja llevar por ella, porque quiere creerle, la mujer le había prometido algo a lo que él deseaba aferrarse con desesperación: que podía ayudar a Dean a librarse de ir al Infierno. Y hay que recodar que sobre Sam pesa esa losa, al finalizar ese año (la temporada) Dean irá al Infierno por el pacto que hizo para regresarlo a la vida.

   Todo se complica porque Ruby les oculta cosas, como el nombre real del demonio que tiene el contrato de Dean, del cual creían poder escapar matándolo (resulta ser Lilith); y porque Dean jamás confió en ella. Nunca. Fue notable la pelea a puñetazos que ambos, Dean y Ruby, sostuvieron en el último capítulo de esa tercera temporada, cuando Sam, desoyendo a Dean, la invocó por ayuda (estaba desesperado, se les acababa el tiempo y Dean iría al Infierno). Dean imaginaba que ocurriría, que Sam lo desoiría, y la esperaba para quitarle el famoso cuchillo capaz de matar demonios. Esa pelea termina cuando el mayor de los Winchester logra encerrarla en una trampa para demonios.

   Sin embargo ella reaparece (y yo me alegré una barbaridad), cuando están a punto de entrar a la casa donde Lilith pasa sus ‘vacaciones’ aterrorizando gente. Ruby llega y está dispuesta a luchar al lado de ellos. Dios, me gustó tanto esa demonia en esos momentos. El trío entra, todo falla, más bien parece una trampa. Fue desolador, cuando faltan minutos para que se cumpla el año, ver al desesperado Sam implorándole que le enseñara aquello que, según ella, podría destruir a Lilith y salvar a Dean (más tarde supimos que era explotar ese poder mental de Sam para expulsar, y matar luego, demonios). Pero era tarde, Dean descubre que ya no es Ruby, es Lilith quien la posee. Sam queda paralizado, Dean es destrozado, muere y va al Infierno (¡qué momento!), y cuando no puede matar a Sam, Lilith escapa. Fue duro, lo confieso, ver caer a esa Ruby, catira y flaca, aparentemente muerta, al lado del difunto Dean.

   Y así llegamos a la cuarta temporada. Ruby reaparece, y Ruby salva de la autodestrucción a un Sam desesperado por no poder sacar a Dean del Infierno, quien piensa por un momento en abrir las puertas del averno y dejar que todas las almas, incluida la de Dean, escapen. Sam parece vivir únicamente para un momento, encontrar y matar a Lilith… y caer en esa batalla para no tener que continuar viviendo sin Dean. Ruby le da un propósito, logra meter en su cabeza que eso no era lo que su hermano deseaba. Y a mí me encantó, aunque no la actriz. Genevieve Cortese, una morena que era bonita y con un gesto de dulzura que no cuadraba bien para lo que tenía que hacer. Aunque sí para el papel de novia. No niego que en el episodio donde aparece Anna (el ángel amnésico), y al ver como Dean la trataba y ella lo miraba como agradada, creí que tal vez surgirían algunas chispas (habría sido un buen ángulo, aunque claro, a estas alturas todo el mundo esperaba el romance entre Dean y Castiel, el ángel que lo sacó del Infierno). Sí, para el papel, ella no daba el tono. Pero era un personaje fuerte, que gustaba. Ruby tenía, y tiene, muchos fans.

   Dean reaparece, ¡vuelve de la muerte!, (¡y qué episodio!), y no le gusta lo que Sam hace, coquetear con ‘el lado oscuro’, y culpa a Ruby de ello. Jamás ha confiado en ella, ahora menos. Pero Sam está totalmente poseído por la idea de matar a Lilith e impedir el Apocalipsis. No oye a quienes le dicen que ese es trabajo de Dean. Pero creo que no lo hacía por soberbia o maldad, simplemente no creía que Dean tuviera las fuerzas necesarias, que algo lo había cambiado en el Infierno y que debía ser él quien tomara el lugar de su hermano en la batalla. Equivocado e idiota, portándose de una forma atroz (golpear a un Dean lloroso) que provocaba matarle, sin embargo, a su manera, lo hacía por Dean.

   Y se equivocó de cabo a rabo. Hay a quienes este final de la cuarta temporada, les molesta, ya que sostienen que a Sam lo dejaron ver como a un perfecto imbécil. ¿Qué pasó? Que Ruby se destapa por fin en toda su esencia. Ella, Ruby, la perseguida y vejada, la llamada puta del infierno, la traidora a los demonios, ha resultado la más fanática, fiel e implacable seguidora de Lucifer. Ella ha sido la mejor de todos, y así se lo dice a Sam, emocionada, que entiende que pueda estar molesto con ella pero que tiene que reconocer que fue genial, que fue la mejor de todos esos hijos de puta. Sí, era mala, mala con ganas, totalmente inhumana (Ruby es una demonia, a veces lo olvidábamos), pero coherente consigo misma. Ella, la demonia de baja categoría, a quien muchos “colegas” deseaban matar, es quien asegura la liberación del abismo del Ángel de la Mañana, el Enemigo, el Opositor a Dios.

   Lo cierto es que esa manipulación a Sam para que rompiera el último sello que ataba a Lucifer (la sangre derramada de Lilith), no sorprendió tanto. Lo dibujaron clarito cuando la mostraban dándole de beber sangre a Sam. Nada bueno podía salir de eso. Y eso que en los dos capítulos donde aparece el ángel Anna, casi nos engaña otra vez. Realmente no era Genevieve, la actriz para el papel, Katie, era mejor. Sin embargo, como casi todos los personajes de supernatural, el de Ruby tenía su lado increíble. En verdad nunca se dijo exactamente por qué ayuda a los Winchester a luchar contra los demonios, y menos en la cuarta temporada cuando reaparece y le dice a Sam que se arrastró por horribles rincones en el infierno para estar a su lado.

   De entrada se podría creer que amaba a Sam. O que le gustaba, lo que explicaría más tarde el sexo entre los dos (pero eso respondía a otra cosa), pero no aclaraba por qué fue a ellos en la tercera temporada. Decía recordar cuando era humana, pero eso no explicaba nada. Ahora era un demonio. Hubo que esperar al episodio final de la cuarta para entender cabalmente, para que todo cayera en su lugar. Ruby jugó un papel importante en la llegada del Apocalipsis, al igual que Azazel, el demonio de los ojos amarillos. Fue este quién eligió al niño que recibiría sangre de demonio y controlado por la oscuridad mataría a Lilith, por orden directa de Lucifer. Escogió a varios, pero Sam despuntó entre todos. Y Ruby llegó a su lado para asegurarse de que se transformara en lo que debía, y para que finalmente tuviera el poder de matar a la primera Lucifer, Lilith, cuya sangre derramada sería el símbolo del último sello roto.

   Paso a paso Ruby fue guiando a Sam, el muy tonto, hacia ese destino. Y nos dio rabia saberlo, saber de todo el mal que causó entre los hermanos para asegurar ese resultado. Y sin embargo, lamenté su final. Me gustaba Ruby. La pregunta ahora es, ¿era realmente tan demonia? Sí, si la juzgamos desde el punto de vista corriente; se fingió amiga, enamoro a un tonto y lo obligó a hacer algo terrible, enfrentándolo a su propio hermano, la persona en este mundo que más lo quiere. Pero es que a Ruby debe juzgársele desde el punto de vista de lo que es, o era: una diablesa. Un demonio mujer. Para ella engañar y manipular es parte de su naturaleza, el susurrar desde las sombras para causar males y dolores. Todo lo que hizo, abordar a Sam, asegurarse de que sobreviviera (aún de los ataques de una vacilante Lilith que sabe no sobrevivirá al comienzo del Apocalipsis), enseñarle a usar su ‘parte malvada’, todo lo hizo por un ‘bien’ mayor. Todo lo que hizo era justo y necesario. Es de recordar la frase donde le dice a Sam que él los ha salvado a todos, que ha salvado al mundo, que ha liberado a Lucifer. Y ella lo cree. Comulga con la idea de que Lucifer traerá la paz, el orden, el nuevo mundo. El reino de los demonios.

   Y sí, yo creo que Ruby sentía cariño por Sam. Tal vez lo amaba, pero era una demonia, y atendiendo a eso cometió actos terribles. Muchos la juzgan con la dureza de su traición, pero más adelante la mujer deja salir unas palabras parecidas a las que el ángel Castiel ya le ha dicho a Dean (defendiéndose del desencanto y rabia que mira en sus ojos, ah, ese Castiel, realmente parece quererlo mucho). Castiel le dijo que al final, después de la guerra y de las muertes, de todo el dolor que traerá el Apocalipsis, tendrá una gran recompensa. Claro, nadie odia a Castiel, ni siquiera por su traición terrible a Dean cuando libera a Sam de aquella celda donde intentaban, Bobby el sabio, y él, curarlo de su dependencia de la sangre de demonios. Que más tarde se sabe habría sido inútil. El mal no era la sangre, el mal estaba ya en Sam. Siempre me ha extrañado que los fans le perdonan a Castiel lo que condenan en Ruby.

   Bien, como decía, creo que a Ruby le importaba Sam, su destino, pero su deber, el deber con su Señor, estaba por encima de todo. Y hay que entenderlo, era una demonio de cuarta, pero ella, cuan Belén, pequeña entre sus hermanas, sería la que lograría la liberación, ¿quién no enloquecería con tan gran ‘honor’? Y aquí llegamos al momento especial, en su mente demoníaca, de inhumanidad, Ruby espera que todo salga bien: Lucifer ascenderá y Sam será recompensado. Su Señor le premiará como corresponde, convirtiéndolo en su preferido, en uno de sus generales, el más alto honor al que nadie tendría derecho jamás. Y como notarán, con palabras distintas, Castiel le insinuó algo parecido a Dean, cuando Zacarías le confiesa su plan fascista de destrucción de la humanidad y los demonios: “en el Paraíso todo es perdonado, tendrás paz… aún al lado de Sam”. Casi le dice que también junto a él.

   Esta gente de Supernatural son unos demonios en verdad. A diferencia de la pareja Dean/Castiel, que cuenta con gran cantidad de seguidores, la Sam/Ruby contaba con detractores. A mí me gustaba. Incluso, como ya dije, en Cielo e Infierno, hasta me permití imaginar episodios siguientes donde Dean y Ruby se amigaran más, encelando a Sam. Los que la odiaban estarán contentos de saberla mala. A mí me gusta creer que sí, era mala (una diablesa), pero que quería a Sam. A su manera. No me gustó que la mataran como lo hicieron. Claro, fue catártico ver a Dean, cuchillo en mano (el cuchillo de Ruby), acabando con ella ¡ayudado por Sam! Pero yo la imaginaba en la quinta temporada como la mano derecha de Lucifer, enfrentando a los Winchester más adelante, tal vez dudando en matar a Sam, o cayéndose nuevamente a trompadas con Dean. Y eso aún podría ocurrir; después de todo al final de la cuarta temporada un arcángel acaba con Castiel, pero este reaparece, más molesto (y según las fans, más enamorado), en el primero de la quinta, salvado por un poder superior al de ángeles y demonios (¿Dios?), entonces ¿no podría Lucifer ayudar a su fiel soldado, Ruby?

   Sin embargo, repito lo anterior, fue bueno ver a Dean acabando con ella, dándose el gusto. Su: “No me importa”, al ir hacia ella, decidido, fue genial. El mundo se acaba. Lucifer regresa, tras él todo el Infierno y sus horrores se levantan, pero él acaba con la puta que lo enfrentó, y usó, a su hermano.

DEAN Y CASTIEL, ¿TENTACIÓN?

Julio César.

SORPRESOTA INESPERADA

octubre 27, 2009

TODO USO

TRAGANDO PALOS

   Casi queda sin sentido…

   ¿No te ha pasado que te agachas a recoger algo bajo tu escritorio y al salir te topas con una sorpresota, que si te descuidas te golpea? ¿A quién no le ha pasado que sin darse ni cuenta ya tiene la boca llena, la garganta tapada y la lengua llena de saliva? Siempre hay riesgos, ¿no? Un descuido y queda uno chorreado, empegostado todo de…

ASOCIACIÓN

Julio César.

CHAVEZ, PUTIN, GEORGIA, BOLIVIA Y EL ZULIA

octubre 27, 2009

¡EL DIABLO EN CARACAS!

PUTIN CHAVEZ

   La llave del oder…

…..

   Está bien que ya no se pueda controlar, que se desmadre, no es fácil explicar cómo teniendo todo el poder y más de novecientos mil millones de dólares como entradas durante su gobierno, el presidente Chávez no ha podido hacer ni una sola cosa buena. Mucha gente se ha beneficiado, pero fuera de su familia, el entorno íntimo, la cúpula podrida del gobierno y los vividores que lo chulean; Venezuela, no. Ese pesar lo lleva a desatinos como el cometido en su último paseo a Rusia, donde Putin, al recibirlo, miró al cielo con exasperación y molestia, y eso que le clavo dos mil millones de dólares en armas, para protegernos contra la gripe porcina, según dijeron.

   En Rusia, Chávez se declaró partidario de la “independencia” de Abjasia y Osetia del Sur, del estado de Georgia. Declaró vainas como que esos pueblos deseaban separarse de un estado opresor, y que estaban en su derecho. Lógicamente intentaba quedar bien con Putin (quien, de verdad, ya no lo soporta, y en eso se parece al pobre rey de España, quien debió canjear dignidad por negocios). Lo peligroso es que cada palabra que expresó podrían aplicarse como razones para los cuatro departamentos bolivianos (Pando, Beni, Tarija y Santa Cruz) que ya no soportan los abusos y desatinos de Evo Morales. Pero cuando son los bolivianos quienes expresan su deseo, entonces hay intensiones perversas, malvadas e indignas de traición, seguramente de la mano de la CIA. Toda esa retahíla idiota de la izquierda retrograda y represiva. Está bien allá porque se le hala mecate a Putin, pero aquí se les debe clavar el cuchillo a los bolivianos.

   Pero lo más insólito de estas declaraciones, es el contraste con lo que ocurre en Venezuela. Chávez habla como sí la gente nunca fuera a enterarse de los disparates que dice. No hace mucho tiempo hubo que presenciar la alharaca, los gritos histéricos e idiotas de voces del chavismo cuando desde un programa de Venezolana de Televisión, inventado por ellos mismos, dejaron correr la bola de que el estado Zulia deseaba separarse de Venezuela, conformando con el Táchira la media luna de la locura del Presidente. Ay, ¡qué no dijeron en ese Parlamento esa pila de vagabundos! Acusaron a los zulianos de todo. Y sí el Zulia se va a separar, en su derecho como aseguró Chávez, que tiene todo territorio que ya no quiere seguir sujeto a otro estado, que me avisen para irme antes de que cierren la frontera.

   Hay que aprovechar el momento de preguntarle a todo el mundo, dentro y fuera de Venezuela, sí desean separarse de tal o cual país; después de todo, no es poca cosa contar con el favor de Hugo Chávez apoyando el derecho de todo territorio a lograr su “independencia”. ¿O no es así, señores del Parlamento Chavista y señora Fiscal General del Chavismo? El problema creado por Chávez es: o está muy mal y ya no sabe lo que dice, o se le debe entender, referente a todo, tal como dijo. Qué lo expliquen los chavólogos.

PIEDAD CÓRDOBA: HUELA A CHAMUSQUINA

Julio César.

OTRA DE MARINEROS

octubre 27, 2009

 DRAGON BALL… HOT!

MARINES HOT

   Tal vez no una novia en cada puerto, pero si una tragada…

   Semanas y semanas en el mar, controlándose, trabajando, respirando el aire de todos. Pasando de lado tras culitos alzados, duchándose en baños llenos de carajos ejercitados, los gemidos apagados de cada carajo en su cama, haciendo chillar un poco su colchón… Todo eso afectaba. Y había que descargar. La llegada de cada nave a puerto llenaba esos moteles, y las manos recorrían pieles calientes, las bocas atrapaban otras, las lengua se halaban. Había hambre de cariño. Y saciar esa hambre, con carne de la buena entre los dientes, era sólo el principio…

ESTOS CHICOS!!!

Julio César.

RETO ACEPTADO

octubre 25, 2009

 ¿SOÑANDO?

BICICLETAS Y CULOS

   Ya ansiaba… sus ejercicios.

   -Súbete ya, güevón! –gimió uno, desesperado.

   A Celso lo habían retado, ¿a que no se atrevía a montar en bicicleta desnudo y darle tres vueltas a la pista? El joven aceptó con los ojos brillantes (aunque no tanto como los de sus retadores) y una sonrisa en el rostro, que se ensanchó al comenzar a pedalear. Sólo dejó de sonreír cuando comenzó a… gemir.

MINGONERIAS

Julio César.

MEMORIAS DE DESGRACIADOS… (7)

octubre 25, 2009

…DESGRACIADOS                         … (6)

TIO EN BIKINI

   Era de los que tragaba de todo…

……

   Dominante, gozándolo como nunca lo imaginó, Clemente le atrapa la nuca a Larry inmovilizándolo, con la otra atrapa la base de su tranca y con ella azota esos labios, esas mejillas. Los güevazos son pesados. Santana se estremece en su asiento, con el güevo palpitante también bajo sus ropas, asqueado y fascinado. Jadeando, mirándolo a sus pies, todo ojos, todo rojo, recibiendo los frotes de su tranca, Clemente descubre el goce de frotar su tranca del rostro de otro carajo, un macho como él. Era tan sucio y prohibido que la leche casi se le sale.

   No puede aguantar más, lo enfila, empuja y se lo va clavando en la boca. Es tan grande que Larry gime al tener que abrir tanto sus mandíbulas. Está caliente, pero sobretodo salino, gotas de orina caen en su lengua, amargas, y debe tragarlas. Wilfredo lo sabe y sonríe, disfrutando su humillación. Y ese tolete canela va enterrándose, entre gemidos, centímetro a centímetro dentro de esa boca, cruzando entre los labios rojos, abultándole las mejillas, frotándole la lengua. Entra, caliente, palpitante, y esa humedad cavidad que chupa (en busca de aire), hace gemir a Clemente. Se la clava todo. La nariz de Larry está dentro de su bragueta, pegada a su pubis. Resollándole desesperado ante barra tal que lo ahoga. Ese aliento caliente, esa boca que mama, esa nuca fuerte de hombre bajo su mano, todo hace gemir otra vez a Clemente, quien, emocionado, trata a Larry con el mismo cariño que a la mujercita que tiene en Cumaná, la santa madre de sus dos hijos.

   -Ahhh… sí, así, puta mamagüevos, chúpalo así, mámatelo todo, maldita puta. Hummm… cómo te gusta, zorra. –suelta sus insultos sin dejarlo moverse. Y Larry percibe su olor a sudor y a bolas, horrible.

   -Méalo… -ordena Wilfredo, cruel.

    Pero no quiere. Clemente no quiere ensuciar, todavía, ese atractivo rostro de carajo bien papiado, rico. Y su güevo enorme, de cuyo ojete mana un espeso líquido pre-eyacular, sigue recorriendo esa cara, frotándose, golpeándolo, mojándolo y empegostándolo. Y sonríe, cruel, produciéndole un escalofrió de temor a Larry. Ese güevo, erecto, derecho, apunta a sus rojos labios, y se frota. Dios, qué mierda, jadea el catire. Pero sabe qué sigue. Esa vaina se frota y frota, empujando.

   -Trágate ese güevo, marica. –le grita Wilfredo, caliente a pesar de que sólo eran negocios. O eso se dice.

   Larry cierra los ojos, con asco, como siempre, cuando el tolete va entrando. Ese cilindro grueso, duro y ardiente pasa entre sus rojos labios obligándolo a abrir más la boca. Esa vaina se desliza sobre su lengua, y aunque no hace nada, la presión de sus labios y el tacto sobre la lengua tibia, hacen gemir a Clemente, ¡Dios, era tan sabroso! Era rico meterle el güevo en la boca a otro carajo, y más si este no lo deseaba.

   El catire arruga la frente. El grueso tronco entra todo, ahogándolo, provocándole arcadas. Su rostro entra en aquella bragueta, huele a sudor, a bolas, y es desagradable, y agradece al cielo cuando el tolete va saliendo, deteniéndose y… gruñe y va a retirarse, pero el marinero, sonriendo sádico, lo atrapa por la nuca, reteniéndolo en un punto fijo. ¡Está orinando! Mea poco a poco dentro de esa boca cerrada y llena de güevo. Larry bufa, intenta librarse, pero no lo deja. Y se ahoga con ese ardiente líquido de horrible sabor. Con un asco infinito traga el primer buche de cálida, salina y rancia orina.

   Y Clemente gime más, sabiendo que se lo está tragando. ¡Se lo estaba tragando! ¡Su orina! Totalmente enloquecido de lujuria, le clava el güevo hasta la garganta, mientras mea (conserva algo de cordura para no soltar un chorro salvaje), y lo retira dos o tres centímetros, le coge la boca mientras lo orina. Y con un gemido de locura, de angustia, Larry tiene que tragar ese salino líquido que le quema la garganta y calienta el estómago.

   -¡Ahhh! Pero qué puta eres, catire. Hummm… bébetelo. Te gusta, ¿verdad? Te gusta el meado de tus machos, ¿no es así, puta barata? –jadea el joven marinero.

   Gabriel Santana, el hombre que paga por ver la degradación del odiado marido de una colega, está fascinado… y totalmente excitado. Ver a Larry obligado a mamar ese güevo que le disgustaba, y ahora a beberse toda esa orina, lo tienen caliente.

   Larry tose, ahogado, con algo de orina amarga y caliente chorreando de su boca. Intenta librarse, pero el marinero le atrapa nuevamente la nuca, ardiendo, y sigue meando mientras lanza un largo “ahhh”, como de alivio mientras vacía su vejiga en la boca de ese carajo bonito. Se oye la risita de Clemente.

   -Vamos, Larry, trágatelo todo. Sabes que te encanta, que eres una puta hecha para brindar placer. Y que te excita que te traten como la zorra que eres. –acota, mortificante, degradándolo más.

   -¡Dios! –bufa el marinero, orinando poco a poco, viéndolo tragar.- Sí que eres una perra, catire… Y estás en celo. Se te huele que quieres machos…

……

   Valente sigue tomando en el mismo restarán piano bar donde cenó con su amigo y socio, Salvador Gutiérrez, su atractivo cuñadito, Esteban, y la perra pre menopáusica de Nora. Le desagradaba esa mujer, así como sabía que él le caía mal a ella. Pensó en marcharse, pero la noche era joven, él estaba solo… y había jóvenes meseros de culitos respingones pasando de aquí para allá. Tal vez podría llevar a uno hasta los estacionamientos, echarlo de espaldas en un capote, mamarle bien la pepita caliente del culo, oírlo gemir cuando le clavara su lengua ávida, verlo sudar y estremecerse cuando el primer dedo lo cogiera, hasta que le ardiera tanto que le pidiera que se la metiera, que le clavara su grueso y duro güevo para calmarlo. ¡Maldita sea!

   Justo en ese momento nota como entran al local Mario Giorgio, un tipo treintón, alto, velludo aunque se rasuraba, fornido, algo ebrio ya, acompañado de su asistente, un carajo cercano a los treinta, de cabello castaño claros, ojos ávidos y sonrisa fácil. Un lamebotas que le halaba bolas a Giorgio y a todos, con tal de llegar. Giorgio era un amigo-cliente de Valente, pero no algo cercano, había algo prepotente y nefasto en ese hombre que le molestaba. Lo ve reconocerlo, sonreír e ir hacia él con una mano en la nalga de la joven que lo acompaña. Una veinteañera que sonríe algo incómoda, toda enrojecida. Seguro una secretaria o una pasante que decidió acortar el camino laboral con algo seguro: abriéndole las piernas al jefe. Pobre tonta, pensó Valente. Sabía el camino que seguían todas esas jóvenes.

   Hay saludos, la joven tensa, Rigoberto Altube, el asistente, incómodo, Mario todo bocón y Valente algo lejano pero amistoso. Toman asiento y Mario continúa bebiendo, mientras comenta que necesitaba salir de su casa, que su esposa lo atormenta, y que sólo se calla cuando la obliga a mamarle el güevo, y ríe de esa vaina. Rigoberto, todo rojo, finge una risita. La joven se tensa. Valente lo ignora. Lo oye sin oírlo. Está molesto, esos güevones le han arruinado sus planes de saborear el rico culito de alguno de los camareros. Pero es cuando ocurre. No, no es que Mario le esté metiendo la mano a la joven por el vestido, delante de todos, grosero y posesivo, apretándole una teta (lo está haciendo, pero Valente ni repara en ello), es cuando el camarero viene por la orden. Es un chico alto, de bigotillo, piel canela… y un buen bulto destacándose contra el negro y lustroso pantalón. Y Valente lo nota.

   Rigoberto, con mirada ladeada, disimulada, mira ese bulto. Sus ojos suben, con esfuerzo (dejar de ver ese bulto era difícil) al rostro del chico, que no repara en ello, y baja (a toda prisa, por suerte es de bajada), deseosa y soñadora hacia el entrepiernas. Valente, que es un maldito zorro viejo, sonríe para sus adentros. Adivina el estremecimiento que debe recorrer al joven asistente de Mario frente al otro. Imagina cuánto desea clavar sus dientes, por así decirlo, en el rico lomito que el camarero guarda bajo sus ropas. Vaya con el putico… ahora era tan sólo cuestión de esperar, se promete. Sonriendo cruel.

   A Valente le alcanza el tiempo para tomar un trago de whisky más, mientras Mario toma tres casi sin respirar, y prácticamente está manoseándole la cuchara a su joven acompañante bajo el vestido y la mesa (ella intenta sonreír, pero se le nota pálida, alarmada de tanto salvajismo social), cuando Mario se pone de pie, sin decirlo pero dando a entender que va al baño. Valente espera cuarenta segundos, y se pone de pie, disculpándose, cerrándose rápidamente el saco. La erección de su tolete ávido de aventuras calientes, le atormenta. Sonríe mientras va a los sanitarios, de seguir así, terminaría comiéndose todos los culos de Caracas en un baño… Y de que iba a comerse ese, iba a comérselo. Sonríe cruel, con la lengua pidiéndole acción ya.

……

   Al fin todo termina, piensa lleno de asco y humillación, de rodillas, Larry Marcano. Entre jadeos agónicos, Clemente, atrapándole la nuca con una mano, teniéndolo clavado sobre su güevo caliente que tiembla, se corre una y otra vez (los disparos de leche contra su garganta lo enferman), al tiempo que le grita “trágatelo, perra, trágatelo todo”. Al fin se había corrido. Sí, todo terminaba. Fue cuando se oyeron unos golpes a la puerta.

   -Adelante. –ordena, sereno, Wilfredo, sonriendo leve, mientras Larry, rojo y sudoroso, con el rostro algo mojado de orina y semen, lo mira aterrado.

   ¿Qué planeaba ese coño’e madre? No tiene mucho tiempo para mantenerse en la duda. La puerta se abre y aparecen dos tambaleantes jóvenes vestidos de marineros también. En ellos alarman los tamaños, lo jóvenes, lo ebrios y rientes. Los dos miran fascinado al colega, jadeante, sonriendo dichoso, con el güevo fuera de aquella boquita roja.

   -Al fin llegan. –dice este. Le habían ofrecido algo de plata si lograba llevar a unos socios a la sesión de humillación y degradación de Larry.

   -¡Verga, marico! –gruñe uno, mirando fascinado al catire mamagüevos, estremeciéndose de alegre excitación.

   -¡Wilfredo, ¿qué…?! –se alarma Larry, mirándolo suplicante. ¡Esto era el colmo! Lleno de indignación intenta ponerse de pie. Sabes que es bien peligroso estar allí arrodillado, de culo abierto a pesar de la tirita del hilo dental, con esos carajos tan tomados.

   -Comenzó la fiesta. –anuncia Clemente, a sus amigos y ríe, atrapándole nuevamente la nuca a Larry, y violentamente obligándolo a caer de rodillas otra vez.- Hay que gozar de esta putica caliente.

   Riendo los carajos lo rodean. Ahora Larry está en cuatro patas, sobre manos y rodillas, intentando ponerse de pie, gritando que lo dejen en paz, mientras esos sujetos lo medio empujan, lo nalguean diciendo “esto sí está gordo”. Larry mira, asustado, hacia Wilfredo, ingenuamente esperando ayuda. Sabe, en su interior, que es imposible esperar nada de ese saco de mierda, pero…

   Y la ayuda no se da. Wilfredo lo mira con ojos brillantes, excitado en tu tormento, en su humillación. Él, Larry Marcano, un carajo hasta ayer aventurero, mujeriego, rico, educado y exitoso, era ahora una puta barata. Una puta que estaba allí para hacer ganar dinero a un vividor como él.

   Larry nada puede hacer, tres enormes y babeantes güevos, aún el de Clemente, se frotan de su rostro, mojándolo, embarrándolo. Los carajos lo llaman marico recogido, remamagüevos, y le clavan los güevos en la boca. Les excita ver esos labios rojos bajar sobre sus trancas, o en la del compañero. Caliente como el infierno, Clemente va tras Larry y cae de rodillas. Mira esas nalgas redondas, plenas, musculosas y lampiñas. Mira la tirita del hilo dental entre ellas, nota el saco de las bolas, y pierde la cabeza. Su mano sube y baja, azotándolo de una nalga a la otra. Fuerte. Larry chilla, se estremece e intenta detenerlo, pero un brazo le rodea el cuello para asegurar que siga mamando. Al “a mí”, es obligado, con asco, sintiéndose horrible, a ir de una güevo babeante al otro, comiéndolos, sintiéndolos sobre su lengua, la cual es mojada con sus jugos agrios y salinos.

   Clemente, totalmente caliente, mete su pulgar en la parte superior del hilo, es tan suave y Larry tan caliente, que se estremece. Sabe que comete demasiadas mariqueras, pero no puede contenerse. Su dedo baja, eleva el hilo dental, y la raja rojiza y lampiña queda al descubierto. Y Larry cierra los ojos con ganas de llorar. ¡Su culo! Sabe que tiene el culo expuesto. Y Clemente respira pesadamente viéndoselo. Redondito. Cerrado. Y la cabeza de su pulgar va, lo toca y se quema. Los otros lo miran, miran esas nalgas mientras turnan sus vergas enormes en la boquita del carajo.

   Ese pulgar oprime, y va abriéndose camino. Lo entierra de un golpe, hasta chocar con la palma de las nalgas. Y grita, ¡qué caliente, qué sedoso, qué apretado! Ese culo le aprieta sabroso el dedo… halándolo. Tal vez Larry no lo quería, pero el culo halaba. El dedo entra y sale, cogiéndolo, y Clemente lo ve todo rojo ya. Saca el pulgar y mete los dedos índice y medio de su mano derecha. Hasta el fondo, venciendo la resistencia, lastimando a Larry que gime.

   -¡No muerdas, güevón! –brama uno de los marineros, sacando su tranca y abofeteándolo, sonriendo, sintiéndose poderoso al hacerlo.

   Larry queda algo atontado, pero eso pasa pronto cuando los dedos, demasiado gruesos y rígidos, comienzan a cogerlo, con fuerza, duro. Salen y entran, sin importar que lo lastiman, lanza un “ahhh” apretando los dientes, cuando Clemente, perdido de ocioso, clava sus dedos, empuja más y luego los flexiona como un gancho, duro, una y otra vez. Larry gime porque aquello es horrible, porque está siendo humillado, vendido. Prostituido. Pero ese roce oprime algo que lo desequilibra. No quiere sentir, al menos nada grato, pero…

   Y los morenos dedos, ahora tres, entran y salen de las blancas y muy abiertas nalgas, cogiéndolo una y otra vez. Los otros dos marineros han dejado la boca de Larry, quien sudoroso, todo rojo, intenta resistir el deseo de gemir, sabe que eso lo rebajaría más delante de Wilfredo y Gabriel. Los marineritos miran esos dedos canela entrando dentro del redondo culito, para salir y entrar otra vez. Wilfredo sonríe mirando el rostro tenso de Larry. Sabe que el hijo de putas odia eso, que se resiste, pero el frote de la próstata debía estarle dando problemas. Mira a los marineros.

   -Bien, chicos, ¿quién quiere cogérselo de primero, llenándole el culo de leche?

   ¡Vaya oferta! Pero ¿la aceptarán? ¿Por qué Larry permite todo eso? ¿Por qué Wilfredo parece odiarlo tanto? Y Valente, ¿comerá culito caliente en ese baño?

CONTINUARÁ … (8)

Julio César.

MARCIANO, ES DECIR JOSE VICENTE RANGEL USANDO UN SEUDONIMO, SE ATREVE A HABLAR EN EL POBRE DIARIO “VEA” DE GOBIERNOS QUE DESPILFARRAN Y DE LA UCV

octubre 25, 2009

¡EL DIABLO EN CARACAS!

JOSE VICENTE RANGEL

   Ahora sí es verdad que se subió la gata a la batea. Yo no es leer entre líneas, José Vicente Rangel, un cínico y astuto político de oficio, perdió la chaveta (junto a Chávez, qué simbólico), y le da por ir mentando la soga en la casa del ahorcado… por socialista. Lean y admiren tanta imbecilidad:

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NO ES UN VICIO exclusivo de las autoridades de la UCV. La derecha es despilfarradora por naturaleza. La derecha carece de sentido de austeridad y orden en la administración del patrimonio público. Los compromisos políticos con las empresas privadas, el afán desmedido de lucro y la ideología del aprovechamiento personal, conducen al manejo desordenado y sin medida de los recursos del Estado.

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   Y lo dice el padre del hombre que se robó hasta las tinajas de agua en su paso por la alcaldía de Petare, y con varias de las damas de su familia sindicadas en averiguaciones no por bonitas, ni por féminas, sino por lo que pillaron. Se atreve a hablar de lucro, de la carencia de austeridad y de orden en la administración del patrimonio público, ¡él!, el papá de “Papi-papi”. Dios, ¿quién le habrá publicado semejante monserga? Tiene que ser un enemigo. Y uno mortal. Pero sigue…

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DURANTE MÁS DE CUARENTA AÑOS, AD y COPEI, como gobierno, despilfarraron miles y miles de millones de bolívares. La época de los altos precios del petróleo que brindaron a Carlos Andrés Pérez una oportunidad para llevar a cabo la satisfacción de requerimientos urgentes del país, en el orden de la vivienda, la salud, comunicaciones, etc., aplazados durante años por la carencia de recursos, fue echada por la borda.

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  En la incapacidad administrativa de estos asaltantes del poder, como no sea para llenar las botijas personales como Papi-papi hizo en Petare, Marciano cae en la ligereza de no llamar las cosas por su nombre. Personalmente quien suscribe esto, nació en un hospital público, fui a una escuela pública, a un liceo público y la inscripción en la UCV me constó ciento quince bolívares de los viejos. Todo ello logros de los gobiernos de esos incompetentes de AD y COPEI, quienes sin embargo, algo hicieron. En esos cuarenta años se gastaron 240 mil millones de dólares. ¡En cuarenta años! El gobierno de Chávez, José Vicente, Diosdado y Papi-papi, en diez años, han botado 900 mil millones de dólares. ¡900 mil millones de dólares en diez años! Y ahora las mujeres paren en las aceras, las escuelas no abren el primer día de clase porque están en el suelo y las universidades no tienen presupuestos. Es que… yo no sé qué estaba pensando Marciano cuando se puso a sacar estas cuentas. Sin embargo, continúa…

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LOS ELEVADOS INGRESOS petroleros, en lugar de usarse para desarrollar planes que condujeran a un mejor país, fueron destinados a la práctica de trasegar los dineros del Estado a las cuentas bancarias de los grupos capitalistas, afectos al procedimiento común y rutinario de los gobiernos al servicio de los intereses de la burguesía.

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   ¡Y lo dice un alto ideólogo del régimen chavista! Acusa a los cuarenta años de botar en nada ese dinero cuando hasta la llegada del chavismo enviamos excedentes agrícolas a Brasil y Colombia, y en solo diez años tenemos que comprar de todo, en una llamada producción ‘endógena’ que se practica en los puertos. Habla de despilfarro cuando le vendíamos electricidad a Colombia y Brasil, y ahora bastas extensiones del país permanecen a oscuras por el robo del dinero que debió usarse en mantenimiento y obras de crecimiento según la demanda. Aunque, a decir verdad, no todo fue que se lo robaron, también tuvo mucho que ver la imbecilidad e incompetencia de los encargados. Pero el pobre y senil anciano no se aparta del camino…

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MIENTRAS LA DERECHA DOMINE en la UCV no habrá un buen manejo del presupuesto que la Nación entrega a sus autoridades rectorales. Es como echar granos de maíz en un saco roto.

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   En su simplismo de izquierda, el viejo cortesano pretenden hacernos creer que cree que todos los centros estudiantiles de las universidades autónomas del país están en manos de jóvenes que no comparten el sueño de Chávez (mandar para siempre en una tierra que lo adore como a un dios), porque todas las universidades están en manos de muchachos ricos. Pretende el farsante este, hacernos ver que en la UCV, y a sus marchas antigubernamentales, no asisten muchachos de Petare, de La Silsa, de Guarenas, de los Valles del Tuy. No, todos son millonarios traidores y reaccionarios. Esta tontería tiene que repetirse porque es posible que alguien, alguna alma extraviada, lo lea en Europa o en el Cono Sur. Porque a la revolución bolivariana de quinta les es imposible explicar cómo es que al Proceso no lo acompañan los estudiantes, la clase media, los trabajadores o los sindicatos. Y no lo hacen porque… casi todos son personas como Papi-papi, ineptas y poco éticas. Termina Marciano con un…

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LA HEGEMONÍA DE LA DERECHA al frente de la UCV es la responsable de mantener y profundizar el despilfarro. No habrá buen manejo del presupuesto universitario si no se echa a la derecha del Rectorado de la UCV, si la UCV no conquista su verdadera autonomía, librándose de su dependencia de los intereses de la oligarquía y las mafias universitarias.-

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   Al parecer, según Marciano, es la terrible y poderosa derecha hegemónica al frente de la UCV quien maneja CADIVI, PDVSA y el Banco Central. Ah gente para poderosa; hasta donde uno creía, Chávez era el presidente y es en esos organismos donde se reparte el bacalao. Pero no, la ruina y la extrema corrupción visible en el régimen… es producto de los estudiantes no revolucionarios dentro de la UCV. Increíble, ¿verdad? Pero no se lamenten por José Vicente, aunque viejo y mascando el agua ya, su impudicia asegura que jamás se investiguen los casos en contra de su gente.

CHAVEZ, PUTIN, GEORGIA, BOLIVIA Y EL ZULIA

Julio César.

MOMENTOS

octubre 22, 2009

…MILITARES

MAMADA GOZADA

   -Cómetela toda… ¡Hummm!

    La vida tiene sus momentos malos, pero también los buenos, cuando todo es ganancia… tanto para uno como para el otro. Y los buenos amigos pueden descubrirlo, y saborearlo, una tarde cualquiera.

CÓNCAVO Y CONVEXO

Julio César.

¿EN SUPERNATURAL? ¡NO!

octubre 22, 2009

CONTINUA LA  CACERÍA

DEAN WINCHESTER

   Sí llega a pasar, alguien deberá pagar…

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   No sé si serán ideas mías, pero parece que cuando uno anda deprimido todas las noticias que recibe ayudan a profundizar tal estado. Una amiga con la que hace tiempo ya no hablo, diría que es el karma; o como sostendría mi hermana Flora, nos llega lo que pensamos. O decretamos. Por mi parte creo que es más simple: es la suerte.

   Leyendo cosas sobre Brokeback Mountain, debí dejar de hacerlo. Por extraño que parezca esa historia todavía me afecta. Así que me decidí por leer amenas y pícaras historias sobre los hermanos Winchester. ¡Y miren que hay cada cuento! Los fans, sobretodo las féminas, enloquecidos ya con la relación Dean-Sam, ahora rayan en la demencia total con la historia Dean-Castiel. Y lo confieso, es divertido leerlo. Así que me puse a buscar esos relatos de ficción… y caí en este. Dios, qué duro fue.

   Disfrútenlo, sí es que semejante palabra cabe en este contexto. Fue realmente buena la historia de esta joven fan. Y que me disculpe el que cambiara una que otra coma:

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ABSOLUCIÓN

Por Aokimari.

   Alguien llora.  Alguien está llorando muy cerca de él.

   No puede saber mucho más porque el sonido viene y se va en un oleaje discontinuo. A veces suena realmente lejos, como si la persona se encontrase al otro lado de un grueso muro. Al instante siguiente se oye dolorosamente cerca y algo le dice que esas lágrimas son por él. Que ese llanto es por Dean Winchester.

   Continúa a oscuras cuando esa voz que solloza pronuncia una y otra vez un nombre, “¡Dean!”. Pero él quiere seguir como está, con los ojos cerrados, para no tener que descubrir que es Sam quien llora con la cara enterrada en su pecho, repitiendo su nombre sin cesar, como si se tratase de un mantra de invocación.

   Hace un recuento de sus heridas. La boca le sabe a sangre, tiene los músculos agarrotados y le duele el costado izquierdo, justo por debajo de las costillas. Una de las manazas de Sam presiona con fuerza sobre el desgarro. Quiere gritarle que pare, que le hace daño, pero apenas puede respirar.

   Intenta abrir los ojos. Al tercer intento lo consigue. Ve a Sam inclinado sobre él con la nariz colorada, los ojos hinchados y el flequillo sucio pegado a la frente. Balbucea su nombre entre sollozos, acunándolo contra su pecho con demasiada fuerza, con demasiada violencia.

   –Ey. –consigue balbucear y esa palabra le roba todo el aliento.

   El moreno alza el rostro y le mira. Dean se da cuenta de que no quiere pestañear porque si lo hace no podrá controlar las lágrimas. Sam tiene los ojos pequeños de tanto llorar. Se ha callado, sorprendido y como ilusionándose, o temiendo albergar esperanzas, pero sus labios continúan balbuceando en silencio. Una herida le cruza la mejilla, desde la barbilla hasta el pómulo izquierdo (es de esas heridas que dejarán cicatriz para siempre). Tiene un ojo morado y la camiseta empapada de sangre anónima. Y no dejaba de temblar.

   Se ve ridículo y a Dean le entran unas ganas absurdas de reír. Él, Samuel Winchester, todo un guerrero a sus veintiséis años, el puto anticristo llamado a dirigir los ejércitos del Infierno, con sus casi dos metros de altura, temblaba y sollozaba como un puñetero niño pequeño. Y le estaba asustando; de poder le habría hecho una pequeña broma tan sólo para lograr que llorase un poco más.

   —Ey. —contesta Sam. Intenta sonreírle para darle ánimos pero lo único que consigue hacer es una mueca deforme y siniestra.

   Si todavía tuviese fuerzas, Dean le pegaría un puñetazo. ¿Se está muriendo y la última imagen que tendrá de su hermano es la de una masa gigante que llora y moquea? Pues, ¡vaya mierda!

   —Aguanta Dean, ¿de acuerdo? Tú sólo aguanta. Te pondrás bien. Chuck ha ido a buscar a Erika. Ella vendrá y te curará. La ayuda ya está en camino. —mientras habla su voz baja de volumen hasta convertirse en un murmullo.— Tú sólo preocúpate por resistir, Dean, por quedarte conmigo. No te rindas, hermano. No te rindas. No te rindas…

   Sigue repitiendo en un susurro “no te rindas”, aferrándose a él con cada pedazo de su maltrecha alma. Dean intenta sonreírle, aunque sea un poco, para demostrarle que todo estará bien, que no hay porqué preocuparse, pero cuando consigue que sus comisuras se eleven un poco a pesar del dolor que le producen los labios al estirarse, la tos lo sacude. El mundo desaparece mientras la sangre huye de su cuerpo por entre sus labios. Y el dolor, Dios, ¡qué dolor!

   Sam lo incorpora un poco más y, ahora, puede ver la mano de su hermano menor empapada en sangre, presionando la herida. Continúa murmurando y a él le cuesta cada vez más mantenerse despierto. Cree captar palabras como Dios y no.

   ¿Qué pinta Dios en todo esto? Dios los abandonó mucho antes de que la guerra comenzara, alejándose y desapareciendo hasta que ya nadie creyó en él. Y ahora han perdido la guerra. Ya no queda esperanza a la que aferrarse. Ya no habrá siquiera salvación para los justos.

   (El Infierno llega a la Tierra)

   Se estremece en brazos de su hermano de forma violenta: no quiere volver a bajar. ¡No quiere regresar al Infierno! No, allá lo esperaban; no había logrado llenarlo de suficientes demonios para que le negaran la entrada por falta de espacio. No, no quiere volver.

   Pero sabe que no importa lo que él quiera. Los ángeles lo sacaron del averno para una misión y él les ha fallado. Fue egoísta y no aceptó sus condiciones, no importa que fueran unos egoístas hijos de puta. Él debió obedecer. No lo hizo y lo estropeó todo. No ha podido derrotar a Lucifer. No ha salvado nada. Los ha condenado a todos. Su alma jamás será perdonada ni liberada del peso de sus pecados.

   Abajo están de celebración, por la marcha triunfal de Lucifer sobre la Tierra, y él sería el plato fuerte del banquete. Sólo le espera la condenación eterna tras sus párpados cerrados, y el llanto del temor intenta escapar.

   —No… qui… e… ro… vol… ver…

   —No vas a volver al Infierno, Dean. —Sam lo aprieta contra su pecho con fuerza y entierra el rostro en su pelo. Su voz suena tajante y segura y Dean está tentado a creerle.— No pueden dejar que vuelvas. Te lo has ganado, Dean. El Cielo, ¿me oyes? Si hay alguien que se lo haya ganado eres tú. No vas a volver. No pueden dejar que vuelvas.

   (Pueden, y lo harán)

   Sam alza la cabeza y, durante un segundo, guarda silencio, confundido. A Dean se le cierran los ojos por el cansancio. Tal vez sólo sea la tierra rompiéndose en pedazos lo que le sorprende. El balanceo y el murmullo vuelven, acunándolo, y Dean comprende que Sam vuelve a suplicar, con voz lastimera, por la ayuda de alguien. Pide por él.

   Con una suavidad que lo sorprende, una tercera mano se posa sobre su hombro. Presiona la cicatriz que Castiel le provocó al aferrar su alma y arrancarla del Infierno. La cicatriz que siempre los ha unido por encima, incluso, del sello enoquiano que lleva tatuado en las costillas. No necesita abrir los ojos para saber que es él. Su tacto, aún escudado en ese cuerpo humano, es frío y él siente ese frío del que Castiel está hecho, traspasándolo a través de la ropa, quemándole la piel y llegándole al alma.

   ¡Castiel! Su ángel de la guarda… a quien le falló. No quiere abrir los ojos y descubrir cuánto le ha defraudado, pero el que lo esté sosteniendo igual que hizo mientras salían del abismo, el que lo envuelva con unas alas que no recuerda y ya no puede ver, le dan las fuerzas que no creía tener para abrirlos y mirarle.

   (Las campanas del Infierno doblan anunciando su llegada)

   El ángel está arrodillado a su lado, mirándolo de una manera casi humana. Tiene la cabeza ladeada y el ceño fruncido como si todavía no entendiese como los humanos pueden haber sobrevivido tantísimos milenios siendo tan delicados.

   Pero Castiel entiende mucho más de lo que parece. Dean lo sabe, de alguna manera. El ángel comprende que no puede más, que la guerra llega a su fin y que no han ganado. Entiende que se está muriendo y que van a volver a arrastrar su alma a la condenación.

   Y en ningún momento como hasta ahora, cuando le mira y ve el tiempo que ha pasado y el que está por transcurrir, Dean ha sentido tanto miedo a la muerte. Sabe lo que le espera y lo que acabará pactando. Sabe que es un Winchester y que aceptar tratos a la primera oferta, no está en sus genes el detenerse y pensar. Y tiene miedo, miedo de ser torturado otra vez, pero aún más de ser él quien empuñe las armas del torturador.

   Dean lo observa con detenimiento, evaluando los daños. No parece demasiado herido —la nariz rota, el labio partido y una herida en la frente que no deja de sangrar—, pero cuando le mira a los ojos, Dean se derrumba al descubrir el alma de Castiel enterrada en ese azul curiosamente vivo. Porque en lugar de encontrar en ellos desprecio, recriminación o decepción por su fracaso, muestran a un Castiel mucho más humano que nunca, y que se parece mucho más a los ángeles de los que su mamá le habló una vez cuando era niño, cuando aún no había perdido la fe y todo parecía tener sentido.

   No estaba para censurarlo, estaba para confortarlo. Castiel permanece a su lado, consolándolo en su desdicha igual que Gabriel consoló a Jesús en el Huerto. Le susurra que se calmé, que no se preocupe. Que la guerra continuará hasta que no quede ningún alma sobre la Tierra para continuarla, que nunca se rendirán, que todos seguirían en la batalla, y al final, cuando todo acabe, su nombre sería recordado y pronunciado.

   (Pero él oye a los perros, los que vinieron antes, con Lilith. Los cancerberos ya le olisquean los pies, prestos a arrastrarlo al hoyo)

   Castiel ha desobedecido todas sus órdenes en los últimos tiempos. Ha caído y cambiado a los suyos por un humano. Pelea por salvar un orden que le condena a sí mismo. Una condena a muerte pesa sobre su cabeza. Porque dudó, porque no obedeció. Porque prefirió seguir a Dean.

   Respira hondo, aunque no lo necesite, para dotar de oxigeno al cuerpo en el que reside en un gesto que se ha vuelto innato en él. Lo mira a los ojos porque sabe que a Dean no le quedan fuerzas para apartar la mirada. Y, sin dejar de mirarle, apoya los labios contra los de él.

   Lleva dos mil años observando a los humanos desde su puesto, en silencio, aprendiendo la mecánica y el porqué de sus acciones. Un humano puede llegar a besar a otro miles de veces en su vida, de cientos de maneras diferentes y con significados totalmente opuestos. Pero la mayoría de las veces, en el momento en que sus bocas se unen, el alma les tiembla y se rompe un poco. Roban un pedacito de la ajena, cambiándolo por un pedacito de la propia, y que por eso se sienten mejores y más grandes. Más poderosos.

   Por eso se arriesga con Dean. Quiere hacerle ese regalo aunque no entienda exactamente qué es lo que significa ni qué es lo que implica. Y Dean cierra los ojos ante el contacto. Sam no entiende qué ocurre pero teme cometer sacrilegio al preguntar. Dean sí entiende.

   Entiende que la esencia de Castiel —pura energía— se ha espesado y transformado en un pequeño pedazo de alma que lo hace más humano que cualquier niño que nazca en la tierra. Por eso se deja besar, porque es el único regalo que puede hacerle a Cass antes de despedirse, darle un poco de su alma también, brindándole una completa humanidad.

   (Ha elegido bando y no hay vuelta atrás)

   El aliento fluye de un cuerpo a otro a través de los labios entreabiertos. Los quema desde la garganta, los reduce a cenizas y, por un instante, se convierten en el alma del otro. La mano de Sam afloja la presión sobre su costado y sabe que es Cass quién le obliga a dejarle marchar. Rompen el beso y la mirada de Castiel duele, ya no es un ser lejano, en sus pupilas brilla toda la infinita tristeza del universo. Dean estaba listo para partir, y Sam, dejando de llorar por un instante, lo mira con todo ese enorme, terrible y maravilloso amor que siempre le ha profesado.

   A Dean no le quedan fuerzas para mirarles. Castiel se lleva la mano izquierda a los labios y empapa sus dedos en la sangre de Dean que los mancha. Habla en voz baja, en un susurro, pero Dean lo oye con claridad.

   —Yo te absuelvo de tus pecados. Ve en paz, Dean Winchester. –dice con voz ronca, contenida, mientras traza con sus dedos una pequeña cruz de sangre sobre su frente y que no sirve para nada más que para devolver al rebaño al cordero extraviado.

   Las fuerzas parecen volver a él en oleadas y, de repente, todo es más ligero y claro. Cuando abre de nuevo los ojos, debe sonreír quedamente, lo primero que ve es la maternal figura de Tessa, su amiga Tessa quien ya una vez vino por él, inclinada detrás Sam, ofreciéndole la mano, sonriente también. No hay aullidos ni perros del Infierno rondándole. El alivio es tanto, que Dean deja escapar un suspiro largo, con ojos menos brillantes, con ensoñación. Era Tessa quien venía para mostrarle el camino.

   Ahora Sam baja la vista, y en ese momento cuando más deseaba mirarlo, su hermano pequeño, Sammy, solloza sin consuelo, pero la mirada de Castiel le acompaña todo el tiempo. Dean lo mira fijamente, observando las miles de partículas de luz que forman su cuerpo y sus alas. Todo a su alrededor parece iluminado por millones de luciérnagas que bailan, envolviéndolos, y él siente el mismo miedo ante su majestuosidad que el que sintió en el Infierno cuando toda la oscuridad que lo envolvía, desapareció de golpe, dejándole desnudo y aterrorizado.

   No se atreve a preguntarle si se volverán a ver. Él no le contestaría, aunque en su expresión cree adivinar que, sí había un mañana, iría tras él.

   Cuando vuelve a mirar a Tessa, no duda en agarrar su mano y abrazarla.

   (Ya no habrá otra batalla para el guerrero)

……

   Qué triste, ¿verdad? Y qué imaginación la de esta joven. Tan sólo puedo esperar que esto jamás llegue a ocurrir. Aunque con Supernatural, nunca se sabe.

¿ERA RUBY TAN MALVADA?

Julio César.