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LUCHAS INTERNAS… 27

diciembre 30, 2009

LUCHAS INTERNAS                         … 26

   Soñar y despertar a veces era la misma cosa…

……

   William sonríe débilmente, un aire de melancolía lo envuelve, confiriéndole un suave atractivo. Es un hombre más o menos de la edad de Eric, pero más alto y delgado. No era un flaco desgarbado, sino un carajo esbelto. De rostro pálido y cabellos muy negros y finos, sus ojos castaños lo hacían un hombre muy atractivo; eso cautivaba a las mujeres, así como el aire de abandono que lo rodeaba, ese algo de muchacho perdido que habitualmente se reflejaba en sus ojos. Su aire de infelicidad se había acentuado en los últimos meses, desde que abandonó su lugar en La Torre. Por qué se fue y de quién huía, son cuestiones sobre las que muchos le preguntaban, pero él nada respondía. Llevaba dos mese ya viviendo en Tacarigua de la Laguna, tomando caña por las tardes y noches, y durmiendo durante las mañana en una pensión del poblado, uno regenteado por la dueña de uno de los bares, cosa que le parecía muy conveniente. Si el bar no cerrara, viviría ahí.

   Mira a Eric, quien duerme vestido con una franela y un bermuda, aún con los zapatos de goma puestos, y se pregunta sí le dijo algo al otro. No lo creía, pero… ¡ahora bebía tanto! Y muchas veces no recordaba todo lo que decía o hacía. Era un hombre joven, culto, preparado y con un futuro brillante, quien un buen día decidió morirse de una manera lenta pero segura: de borracho. Lo mejor era pararse e irse antes de que el otro despierte, piensa. Mientras bebían caña y hablaban de mil cosas (pero jamás de lo que los había hecho huir), Eric era divertido y hasta paciente para oírlo; pero al estar sobrio podría preguntarle por su trabajo, su mujer y sus dos hijas. William estaba cansado, mucho. Agotado. Sólo vivía para beber, ya ni comía bien. Otras veces cenaba y antes de dos horas lo vomitaba en un mar de lava gallo o algún otro aguardiente barato y desagradable. Tenía cuentas bancarias y tarjetas de crédito, pero nada era eterno, y llevaba tiempo gastando como un loco: se le acabaron los reales.

   Tal vez era por estar aún algo borracho, o agotado y confuso, o porque Eric había sido amable con él (últimamente la gente le sacaba el cuerpo al borrachito del pueblo), fue que se le quedó mirando fijamente. Eric se veía cómodo, en paz. Su pecho subía y bajaba acompasadamente, con una mano sobre la barriga. William lo detalló con cuidado, le recordaba a alguien más, pero no lo había notado hasta ahora. A decir verdad, Eric no era su amigo, como tampoco Samuel Mattos; al contrario, los dos lo detestaban por pertenecer al grupito de Ricardo Gotta dentro de la salvaje y soterrada lucha interna que se libraba dentro de la firma.

   Una oleada de rabia y depresión lo recorre al pensar en Ricardo, por lo que se obliga a pensar en otra cosa. Cualquiera con tal de alejarse mentalmente de la siniestra y terrible Torre. Eric y su parecido con (o como lo fue hace años su amigo del liceo) Onésimo, ocuparon su mente algo confundida aún. William sonríe con cierta vergüenza al recordarlo. Fue una época extraña de calenturas, de sexualidad, en que sólo se quería hablar de eso, ver eso; de las revisticas de mujeres cogidas, de las películas, no tan buenas, de mujeres que recibían al plomero o al que entregaba una caja que nunca abrían y terminaban cogidas y sodomizadas duramente. A esa edad sólo podían pensar en sexo, en cómo hacerlo y con quién. No era extraño que tantos muchachos embarazaran a la primera novia, o que las muchachas metieran de tal forma la pata. A esa edad no se pensaba, sólo se calculaba.

   En el liceo, él fue un galancito, todas estaban pendientes de él. Tenía algo que se podía llamar no gallardía o galanura, sino belleza; algo que lo hacía verse un tanto andrógino. Pero en esa época no lo sabía aún, sólo que las muchachas le abrían las piernas y los muchachos querían ser sus amigos, a veces con tocaderas de muslos y cosas así. Pero todo muy normal, todo muy en regla, hasta que una tarde, en cuarto año, al esperar que llegara el profesor de Matemáticas, él estaba sentado en su pupitre, con tres carajos más alrededor, hablando de la última revista porno que andaba rodando por ahí, en colores, sin letras, donde una mujer mamaba a un carajo y otro la cogía. Todos reían alegremente excitados comentándolo. Era la primera gran revista porno en verdad, algo de calidad.

   Onésimo, un joven de cabellos castaños, fortachón, amigo de todos, se paró tras él y metiéndole la mano por entre el cuello del chemmi, le pellizcó una tetilla, gritando riente que estaba caliente. Todos rieron, incluso William, con la broma. Unos chillaban: miren a Onésimo manoseando a William. Y se divertían. Pero algo estaba pasando; sentir a Onésimo tras él, casi inclinado, respirándole en la nuca, con el calor de su cuerpo contra el suyo, con el cálido brazo entrándole dentro del chemmi y la manota pellizcándole la tetilla, lo afectó un poco. El maldito pezón comenzó a hincharse, a erguirse. Onésimo lo miró con ojos brillantes, ya no lo pellizcaba, el pulgar y el índice comenzaron a frotárselo, acariciándolo, dándole leves halones que William encontró mareantes y excitantes. Sentía como su tolete crecía bajo su jeans.

   La manota de Onésimo se abrió, cubriéndole la tetilla, frotándola con ganas, con deseo. Obviamente el juego no pudo durar mucho más; Onésimo retiró su mano y William contuvo un jadeo, deseando aún esa mano grande allí. Al enderezarse, Onésimo pegó, como sin querer, la pelvis en su hombro derecho, y William sintió la cálida y palpitante erección de su güevo. El joven pasó saliva y tuvo que hacer un esfuerzo increíble para no jadear con excitación. Después de eso, evitó encontrarse con el otro en todas partes. Sentía vergüenza y un miedo de muerte a que el otro contara algo. Pero también anhelaba verlo. Lo rehuía y lo buscaba. Onésimo, por su parte, siempre lo seguía con la mirada, callado, sin contarle nada a nadie. Parecía… esperarlo.

   Dentro de las muchas actividades físicas que se impartían en ese liceo, estaba la lucha (con todo y su decidida carga de homo erotismo), actividad que le medio gustaba a William y la cual practicaba de vez en vez; pero ahora, viendo como lo ejecutaba Onésimo, le parecía algo sensual y excitante. Una tarde, después de clases, se quedó un grupito de cinco, practicando, intercambiando información y groserías. Antonio, un compañero, iba a enseñarle unas llaves, pero tenía que irse, la novia lo esperaba con ojos brillantes. A la chica le excitaba verlo practicando, revolcándose con otros tipos.

   Onésimo se ofreció a enseñarle y William no encontró manera de decir no con los otros ahí. Todos se fueron dejándolos solos. Onésimo se cuadró, le dio unas indicaciones y al rato estaban enlazados, midiendo fuerzas. Pero Onésimo era más fornido y fuerte. William cayó sobre la colchoneta y Onésimo sobre él. Caliente, pesado y viril. William riente, nervioso, le pidió que se parara. Pero Onésimo no quería, no sabía por qué, pero William lo afectaba, lo veía bonito y delicado y hasta olía bien. Todo eso lo excitaba, y al tenerlo ahora así, debajo de él, forcejeando por soltarse, hacía que su sangre hirviera; no iba a dejarlo. Los dos muchachos se miraron a los ojos, eran pozos oscuros, húmedos y secretos.

   William dejó de forcejear y apoyó la nuca en la colchoneta respirando agitado, sintiendo como su cuerpo se llenaba de un calor que lo asustaba y que le gustaba. Onésimo pesaba, pero era algo… sabroso. Onésimo lo sentía bajo él, atractivo. Su respiración cálida también era entrecortada. Se miraron fijamente a los ojos. Onésimo le miraba la boca de labios finos y rojos, casi húmedos. Sin saber lo que hacía, sin haberlo hecho antes, su cara descendió hacia la del otro, y sus labios rozaron los de William quien gimió asustado. Onésimo, quien había besado a muchas muchachas en el liceo y en su barrio siendo un galancito como era, encontró esos labios tibios y suaves, pero a un tiempo, rudos. Era la boca de otro chico. Con un gemido su boca descendió, abriéndose sobre la del amigo, lamiendo con su lengua y labios, los de William. Esa boca exploró, su lengua se proyectó y abrió los labios del otro. William gimió, su cuerpo se tensó y se estremeció todo cuando esa lengua penetró al fin en su boca. Cálida, babosa, móvil. Explorándolo todo, atrapándole la lengua a él y mordiéndola levemente, halándola y chupándola

   En ese momento los brazos de William rodearon a Onésimo, quien sonrió sin dejar de bucear en su boca. Los dos jadearon, pegando al máximo sus cuerpos, chapoteando en saliva. Gruñeron y quisieron más, algo que no sabían qué era ni entendían. Onésimo meneó su cadera sobre la del otro. Cada uno sintió como su güevo crecía, endureciendo y se calentaba, hasta chocar y frotarse con el del otro. Esos los enloqueció más. Onésimo le bebió la saliva, le tragó la lengua. Dejó su boca y lo miró, con codicia. Echó el cuerpo de medio lado, sólo un poco y cada uno miró la escandalosa erección del otro sobre los shorts deportivos. Jadearon asustados por lo que sentían. Una mano de Onésimo se le metió dentro de la franela, sobándole la panza. Los músculos se encogieron de excitación y cosquillas. Esa mano sobó ruda y exigente los pectorales del compañerito, hasta alcanzar una tetilla y pellizcarla casi con ternura entre el pulgar y el índice.

   El cuerpo de William se tensó ante tan rica caricia, echando la cabeza hacia atrás. Gimiendo. Onésimo aprovechó y se apoderó nuevamente de su boca. Quería más. William se asustó, quiso acabar con eso. No era normal. No debía ser. Onésimo no pensaba en eso, nada lo turbaba, sólo quería saborear, sobar, pellizcar y penetrar ese delicioso y hermoso cuerpo. Con miedo pero con decisión, William se lo quitó de encima de un empujón. Discutieron y no le quedó más remedio que huir a la carrera, cuando Onésimo, excitadísimo y loco de pasión, arrodillado, le haló el short como para bajárselo, molesto por la resistencia. William atrapó el short con una mano, lo subió y huyó. Después de eso, hizo de todo por evitar a Onésimo, quien tampoco parecía buscarlo ahora, al salir con Irma Ceballos. Eso le alegró, lo alivió… y le dolió. De noche, sin saber muy bien qué sentía, se masturbaba soñando con Onésimo, quien estaba a su lado, besándolo, exigiéndole más. Con los años intentó olvidarlo y hacer como que nada había pasado, ya que al crecer, la mujer de Onésimo y Lesbia se conocieron y de vez en cuando salían como parejas amigas.

   Onésimo, algo más obeso y calvo, aunque atractivo y fuerte aún, parecía haber olvidado igual toda aquella locura de juventud; al menos hasta hace dos años en una fiesta de fin de año, cuando lo atrapó en los jardines de la casona donde celebraban, y para darle el feliz años, lo abrazó y lo besó en la boca. Exigente y hambriento, jamón que hablaba de deseos no saciados entre los dos. Fue algo impactante que William decidió interpretar como un error, como algo no entendido. Nunca más cayó en eso, no con Lesbia que lo asfixiaba y con las niñas a las que adoraba. Todo eso era pasado. Era parte de otra vida, de la vida de otro carajo, un tal William Bandre, abogado, litigante, miembro del bufete La Torre; un tipo con una profesión, un futuro y que iba ganando plata de la buena… antes de la caída.

   No quiere pensar en eso, y un ronquido de Eric, quien parece una bolsa de piedras, lo trae de nuevo al presente. ¿Qué andará haciendo Eric por estos lados alejados de la mano de Dios? Aunque debía estarle agradecido de andar por ahí, después de lo que pasó en la taguara de Alicia con aquel sujeto. La cosa pudo terminar mal, gracias a Eric no pasó a mayores; pero le temía a sus preguntas. William sabe que anda mal, que tiene que detener su carro que va rumbo al abismo, pero no puede. Sonríe al notar la rasca del otro. Aunque él bebió más que Eric, el otro parecía más borracho, al menos anoche. La verdad es que él estaba desarrollando resistencia a la caña. Pero eso sólo sería al principio, se dice con un leve temor, con el remordimiento del borracho que cae cada vez aunque jura que nunca más pasaría. Como decían las mujeres casadas con ebrios: promesas de borracho que nada valen.

   No quiere caer en la trampa de la depresión, ya no. Mira al otro. Era un carajo lindo, se dice como intrigado. Lo oye respirar en forma algo ruidosa por la boca semiabierta. Aunque se la pasaba borracho, Eric se veía bronceado, algo tostado ya por el sol. Su tórax, que parece ancho bajo la franela, sube y baja rítmicamente. El abdomen es plano. El bermuda llama su atención, porque allí la bragueta esta algo abierta y es posible ver el blanco calzoncillo del joven, con la silueta de su tolete en reposo que sobresale un poco, envuelto en la suave tela. La mano de William, moviéndose casi por voluntad propia, cae sobre esa bragueta abriéndola un poco más, sintiendo la suave tela del calzoncillo y el calor que mana de ahí, del tolete. William duda, pasando saliva. Los dedos entran, hurgando, dentro de la bragueta, rodeado el bulto, sintiéndolo consistente, caliente. Lo aprieta, y aunque el otro duerme, el tolete responde ante la caricia. William se inclina un poco más sobre él, apoyando un codo en la colchoneta, cerca de las caderas de Eric, y mete totalmente la mano en la bragueta, sobando y apretando la tranca. Ésta responde, se calienta, crece y endurece.

   Fascinado, William mira como se levanta, creciendo como un árbol recto, el calzoncillo lo enmarca como un guante, destacando la forma cilíndrica, el rugoso cuello y la cabeza hinchada del mismo. La mano lo aferra, apretándolo, sobándolo. William siente como endurece, calentándose al llenarse de sangre. Lo siente palpitar. Ese calor lo estimula, lo siente delicioso. Lo mira en forma hipnótica. Baja el rostro y olisquea cerca del tronco. Su boca semiabierta se acerca a la tranca, su aliento cae sobre ella que parece agitarse un poco. Eric, sonriendo leve, lanza un sonoro suspiro, sin despertar. William lo mira sonriendo, excitado. Siente la boca seca. Aferra el güevo, lo hala un poco sacándolo aún envuelto dentro del calzoncillo y su boca baja lentamente, pero dudando aún, a escasos centímetros, sintiendo a esa distancia su calor. Sus labios rojos, entre abiertos, se posan sobre la cabeza oculta por la tela. La encuentra caliente, firme y palpitante. Se queda allí, respirando como loco, su corazón palpita a mil por segundo.

   Frota una y otra vez sus labios del la cabeza oculta, como no decidiéndose aún. Finalmente abre más la boca, rodeando la cabeza del instrumento y cerrándola sobre ella. Oye jadear en sueños a Eric. Encuentra esa corona suave y caliente. Eso le gusta, siente como su boca se llena de saliva y deseos, y como su propio güevo abulta con ganas. Cierra los ojos asustado, y cierra también los labios sobre el capullo, lo atrapa dentro de su cálida boca, sintiéndolo grande, duro y sabroso. Su boca se ahueca al chuparlo un poco. La tela se siente bien al tacto, mojándose. La boca se cierra sobre el glande del pene, sintiéndolo palpitar.

   La boca lo mama y lo chupan, ensalivándolo. Perdida toda cordura, William libra el tolete del calzoncillo y jadea excitado. Es grande, grueso, blanquirrojo y nervudo, una gran vena lo cruza en la cara inferior. La cabeza se ve amoratada, brillante y limpia. Con renovado temor, el hombre saca la lengua y con ella palpa titilante sobre el ojete del güevo, que se estremece visiblemente. Eric bota una nueva bocanada de aire, abriéndose de brazos y piernas, sonriendo leve. La cálida y húmeda lengua cae una y otra vez sobre la roja cabeza, lengüeteándola con furia, ensalivándola. Hilos de pegajosa saliva parten de esa lengua ávida aunque inexperta, y el güevo deja escapar sus jugos en gotas.

   Con un bramido ronco, la boca cae rodeando la cabeza, moviéndola como quien saborea uvas dentro de ella. La siente dura y suave, agreste, con unas gotas de algo que sale de allí, algo agrio y dulce y salobre, que hace que su lengua se llene de más saliva, tragándolo todo al fin, goloso. Cerrando los ojos, la boca del abogado desciende sobre la rígida barra, empalándosela, sintiendo como esa dura tranca choca de su mejilla, abombándola, para luego dirigirse, ahogándolo un poco, contra sus amígdalas, asfixiándolo. La siente dura y suave, caliente, palpitante y vital. Su garganta y mejillas se cierran sobre ella, queriendo mamarla, tragársela, ordeñarla. Ahora que la tiene allí, enloquece, sintiéndola sabrosa. Su lengua, como puede, lame la cara posterior de la barra. Siente como una ola de deseo, de excitación, lo embarga todo, haciendo que su propio güevo palpite, así como siente hormigueo en su garganta, tetillas, bolas y… culo.

   Su boca sube, deslizándose sobre el falo, chupándolo con ansiedad, mientras su mano derecha le atrapa en un puño las bolas que cuelgan y que sacó de la bragueta. Su boca roja deja escapar un ronco gemido, mientras se la entierra en la garganta, donde la siente palpitar más, inundándole la boca de un delicioso licor de macho. Eric lanza un profundo suspiro y hasta un jadeo. Arrodillándose frente a la barra, la boca de William sube y baja, con ganas, comiéndosela, apretándola con su garganta, queriendo metérsela hondo. Lo becerrea con ganas. Ante tanto placer, Eric despierta al fin…

   Al principio el dormilón no sabe dónde está, todo se ve algo nublado. La rasca de la noche anterior fue algo de padre y señor nuestro. Pero ahora siente un calambre sabroso que viene de su entrepierna. Asombrado enfoca la mirada y ve una espesa mata de cabellos negros, muy finos y lustrosos que suben y bajan ocultando una boca que también sube y baja golosa sobre su güevo. Ese rostro se medio vuelve y ve a William, mirándolo con lujuria, mientras saca el tolete de sus rojos labios, para darle lengüetazos y besos a la roja cabeza, con los labios y la barbilla llenos de saliva.

   -William, ¿qué coño haces? -pregunta ronco, jadeando ante la mano del otro que lo masturba.

   -Probando la mercancía. ¿Quieres que pare? –y se miran en un momento que pudo cambiarlo todo.

   -Nada de eso, amiguito. Vuelve al trabajo, niño flojo. -gruñe Eric, excitado, montando su mano derecha sobre esa nuca de cabellos sedosos, empujando esa boca contra su tolete. La boca se abre y con un gemido de gozo, se lo traga.

   Eric cierra los ojos y jadea largamente ante la boca cálida que baja toda sobre su güevo, atrapándolo en lo más profundo de su garganta, halándolo, apretándolo. Quieto allí, con sus labios pegados al pubis del otro, la boca de William lo chupa y mama ávidamente, queriendo tragárselo. El joven no piensa en nada, nada recuerda o lo turba, sólo puede sentir la rica sensación de la boca cálida que lo mama, con urgencia, con ganas. No puede creer que William le haga eso. Abre los ojos y lo mira fijamente. Lo ve subir y bajar sobre la enorme tranca, tragándola, dejándola llena de saliva, brillante. Sus movimientos son rápidos, frenéticos. Era obvio que le encantaba tenerla en su boca.

   -Hummm, lo chupas rico, güevón… -jadea Eric, como buscando de sentarse.

   -Todo lo que hago intento hacerlo bien, jefe. -lo mira William, con ojos lujuriosos, sobándole la mojada tranca con su mano derecha.

   Eric aprovecha y se pone de pie. William se medio arrodilla, mirándolo desde abajo; la tranca se balancea de un lado a otro, horizontalizada, tiesa. La mira fascinado y la soba, para luego darle lengüetazos sobre la roja, delicada y sensible cabeza hinchada. Sabía tan rico… Nunca imaginó algo así. Con voz gruesa, Eric le ordena que se abra el pantalón, lo cual obedece, mientras se abre la camisa y se traga nuevamente el enorme falo. Arroja la camisa a un lado. El otro lo mira, con su cabello muy negro, su piel enrojecida pero paliducha. William era un hombre flaco, como si no comiera muy bien, y sin embargo esbelto, lampiño de pecho, con unos pectorales no muy grande, pero de tetillas marrones erectas, así como con los hombros llenos de pecas. Fascinado Eric mira esa espalda, ese cabello y esa boca que va y viene tragándose su manduco.

   Eric baja una mano por esa espalda, sintiéndola caliente, mucho, como si una fiebre secreta dominara a William. Tal vez la fiebre del güevo. Mira su mano que baja, hacia la cintura del pantalón, halándolo hacia atrás, mostrando un calzoncillo blanco, chico. Con un jadeo de deseo soba sobre el calzoncillo esas masas tibias, firmes y musculosas. Nalgas de hombre. Una mano se mete dentro del interior, sobándole la tersa y cálida piel. Los dos jadean.

   -Tienes unas bonitas nalgas. Y seguro que tienes un culito hambriento. -ronco mete un dedo entre las nalgas, recorriendo la deliciosa raja, buscando el orificio más secreto de todo hombre.- Este culo va a ser mío, putico. ¡Mío! -y un dedo frota el ojito, que titila, mientras William gruñe y gime, con el palpitante güevo del otro clavado en su garganta; listo para más.

   -¡Uggg! -sólo puede jadear, con el güevote bajándole visiblemente por la garganta.

   -Este culito es mío, ¿verdad? ¿Verdad que me lo vas a dar, puto loco? -grazna excitado el otro, penetrándolo muy hondo con su dedo.

……

   Frank Caracciolo vivía unos días extraños; él que debía ser el hombre más feliz de este mundo, no lo era. Hacía siete días desde, que al fin, Eric Roche había salido de La Torre. Ahora él era el jefe indiscutible del universo conocido. Y Rita había entrado en su vida y en su cama. La mujer era buena en ella, sabía moverse y era apasionada. Contiene una leve sonrisa al sentir el escozor de un arañazo que tiene en la espalda. ¡Heridas de guerra! Y sin embargo, no estaba contento. Algo, un sentimiento vago de malestar, no lo dejaba en paz. Eric se fue, sí, pero no como él hubiera querido. Él deseaba sacarlo como a una basura, que todos vieran que era un inútil, y para colmo, un maricón; deseaba verle el rostro a la vieja loba, cuando se lo gritara. Pero no, el malintencionado ese se había ido sin darle ese gusto. Lo otro que lo tenía alterado, era el increíble odio que sentía hacia Nicolás Medina.

   Mientras entra en su oficina, se fija en el muchacho está agachado cerca del archivero, buscando algo. El joven le lanza un frío buenos días, al que él ni se toma la molestia de responder. Cara de culo, piensa Nicolás, volviendo a revisar las carpetas. Frank, casi a su lado, parece percibir ese pensamiento y siente unos horribles deseos de darle una buena patada por el culo y enviarlo al otro lado del cuarto, provocándole un buen dolor. También nota algo más, algo en lo que no quiere reparar y sigue hacia su oficina, que cierra con un portazo tal, que la puerta vuelve a abrirse. No entiende qué lo molestó tanto tan rápido. Él venía de buen humor hasta que entró allí. Era esa ratica quien lo molestaba. Tenía que irse, era indispensable. Con el ceño muy fruncido lo mira a través de la puerta, recordando lo que vio en el otro, más molesto todavía al perder el tiempo dedicándole un pensamiento, ¿por qué lo hacía?

   Eso que notó fue que… al estar agachado, el saco (que seguramente era prestado por lo mal que le quedaba) y el cuello de la camisa caían un poco hacia atrás. Y Frank reparó en su nuca y en parte de un hombro lleno de pecas, así como una finísima cadenita, que tal vez intentaba hacer pasar por oro, pero que parecía una baratija, alrededor de su cuello. Eso lo desasosiega y desconcentra. Tenía que salir de él, echarlo de La Torre, pero lastimándolo…

CONTINÚA … 28

Julio César.

Y SE CASARON EN ARGENTINA…

diciembre 30, 2009

¡TEMBLÓ!

   Después de tiempo de conocerse, de mirarse y decirse cada uno a sí mismo “este es, es él a quien quiero”, Alex Freyre y José María Di Bello legalizaron lo que tenían. Son esposos gracias a su determinación, conformando un hecho histórico en este nuestro lado del mundo, el primer matrimonio gay de Latinoamérica. No un rejunte con un seudo ritual. No, un matrimonio delante de la ley, con los mismos derechos legales de todos. O en teoría, ya hay quienes, bajando del árbol garrote en mano, gritar que tal “aberración” es ilegal.

   A estas alturas ni los más retrogradas de los trogloditas pueden ver la homosexualidad como una enfermedad o una degeneración. Sin embargo para aquellos que sienten lo que sienten, sólo queda el disimular, ser los amigos que viven juntos, ese par de raros que no tienen parejas, los tíos, primos o hermanos incómodos, como si de una vergüenza se tratara. ¿Realmente qué gana nadie con atacar a un grupo que simplemente siente que su corazón, su amor o su deseo están en otra persona de su mismo sexo, y que, de paso, no propone quemar niños, diseminar pestes o matar mujeres? Parecen ganas de fastidiar por fastidiar. De verdad no entiendo qué gana nadie, ningún sistema, con impedir o dificultar sentimientos ajenos.

   Y es que hasta los detalles son crueles. La pareja lleva años junta, portan sida ambos, y tan sólo desean unir sus apellidos, y el matrimonio que debió celebrarse el primero de diciembre se suspendió a última hora porque un registro civil pensó que eran enfermos (mentales) a quienes había que obviar (no son gente) o darles tiempo para que entren en razón. ¿Qué derecho tienen? ¿Qué para muchos será incomodo ver a dos varones latinos casados? Hay muchas cosas incomodas y terminamos aceptándolas, ¿acaso en Venezuela un gobierno autócrata no persigue, encarcela y exilia y la cúpula política argentina no aplaude su entrada en MERCOSUR? ¿Qué Dios lo condena? También condena el robo, el adulterio, el asesinato, no santificar las fiestas… ¿y acaso el mundo se detiene por eso? Lo más grotesco fue la declaración de un representante de un grupo de abogados católicos, me pregunto qué vara usará para medir a sus clientes y las artimañas que usa en su trabajo.

   No será fácil para estos dos hombres, pero ojalá encuentren apoyo, ese mundo donde un hombre le cuenta a sus seres queridos lo que siente, y después de la sorpresa inicial, escuchan y entienden. Una sociedad seria y madura donde no digan se celebró boda gay, sino que se casaron Fulano y Mengano, sin muletillas.

   En todo caso, felicidades, Alex… felicidades José María…

HAITÍ ESPERA TRAS LA TRAGEDIA

Julio César.

MANZOTE

diciembre 30, 2009

MOLESTO

   Me dijo: “si cree que voy lento, bóteme”. Y claro respondí, no chico, sigue…

VAYA MAN

Julio César.

¿LO NOTARÍAS?

diciembre 30, 2009

PALABRA VIEJA, PALABRA NUEVA…

   En nuestra historia, aún todo está por comenzar…

   No debía seguirlo con la mirada. Verlo lo deja sin aliento y todo aquello que pugna por salir de su boca, todo aquello que quiere confesarle, muere. Y sufre, por su miedo a que un día se vaya y nunca sepa lo que siente; miedo a no tener jamás el valor de vivir. No sabe que su mirada grita, sin palabras, llenando esos vacíos. Y el otro baja la mirada, ocultando su alma, intentando no entender lo que en sus ojos lee, deseando engañarse diciéndose que no es verdad… Y que su propio corazón no tiene motivos para saltarle en el pecho al sonido de su voz, ni su aliento escapar de sus pulmones al percibir su olor, ni sus manos quemar por las ganas de tocarlo cuando viene a él.

   Callan y esperan. Intentan no dejar escapar lo que sienten, porque no saben qué decir, cómo reaccionar… mientras las miradas gritan: ven, por favor, acércate de una vez.

MÁSCARAS QUE PESAN

Julio César.

AYUDANTE POCO CAPACITADO

diciembre 30, 2009

EL PROFESOR ENSEÑA…

   Ya se estaba cansando de darle lo que merecía…

   Pero pronto se recuperaba y atacaba con más fuerza, dándole más duro. Con todo, mientras el chico gritaba.

   -Ahhh… jefecito, perdón… -y gritaba mordiéndose los labios cuando llegaba el azotón.

   -Eres un inútil, Gutiérrez, ni escribir bien una carta sabes. ¿Quieres que te bote? ¿Qué será de tu mujer y tus dos niños? –y lo castiga con fuerza.

   -No, no, jefecito, no me bote… déme lo que merezco…

EMPLEO NECESITADO

Julio César.

LA LLEGADA DEL NIÑO-DIOS

diciembre 24, 2009

…INFAMIA CONSUMADA

   ¿Recuerdan ese aguinaldo tradicional?: Niño lindo, ante ti me rindo, niño lindo, eres tú mi Dios. En esas viejas tonadas de mi niñez, encuentro el sentido a estas festividades que deben alegrarnos a todos, aún aquellos que no comparten esta fe, o sus fiestas.

   Si la Virgen fuera andina

y San José de los llanos,

el niño Jesús sería

un niño venezolano.

   Tendría los ojitos negros,

quien sabe si aguarapados,

y la carita tostada

del sol de por estos lados…

   Me encanta este hermoso aguinaldo venezolano. Oscar D’ León lo cantó como ningún otro lo ha hecho. Y la navidad trata de eso, de conmemorar este día, el nacimiento del niño-Dios, aquel que señalaría el camino al Padre; a la reconciliación de Dios y los hombres.

   Y como niños pidamos, salud y paz. Sobre todo paz.

   Felices navidades 2009, mis amigos, y que el niño Jesús les regale una velada de alegrías, de risas y contento rodeados de aquellos a quienes aman. Si algo nos inquieta, nos molesta o no nos gusta esta noche, miremos fijamente los ojos de los más pequeños cuando reciban esa chuchería que envolvimos en papel de colores. Esa luz, esperanza e ilusión de inocencia debe ser la nuestra. Y hay que regalarla a otros, mirar como niños felices a quienes nos rodean.

   Nos vemos… o nos leemos pronto. Un abrazo y un beso.

EL 2010

Julio César.

ADIOS, DOCTOR RAFAEL CALDERA

diciembre 24, 2009

¡TEMBLÓ!

   Hoy ha sido uno de esos días extraños, entre lleno de expectativas alegres, y malos ratos. Como siempre. Temprano anunciaron la muerte de este gran venezolano. Pero no siento ganas de decir nada, así que copio algo que escribió un amigo, Mario. Es ligero y tonto, pero hizo el esfuerzo. Hace algunos comentarios… tan sólo para molestarme, pero me alegra que dijera algo (del difunto).

……

DOCTOR CALDERA, VAYA DÍA…

   ¡Coño, qué oportuno! Ayer noche me juré levantarme hoy, mínimo, a las nueve de la mañana, por el placer de no ir a trabajar -algo casi sensual-, y dormir hasta tarde -lo que sí es sensual-. También para prepararme para esta noche. Imaginarán mi malestar cuando poco antes de las siete de la madrugada alguien golpeó con fuerza a mi puerta. Gruñendo y maldiciendo, fui a ver qué pasaba. Quien quita, a lo mejor iban a quitar el agua o la luz -beneficios de los gobiernos revolucionarios-, o se estaba quemando el edificio. Pues no, era Julio.

   Me sentí extrañado. Sé que despierta antes que yo, para oír el programa de la vieja Colomina en la radio, pero nunca, NUNCA, me había buscado tan temprano. Las muy contadas veces que lo ha hecho. Más extrañado estuve al notarlo desasosegado, como molesto y acongojado. Le pregunté dos vainas:

   ¿Por qué golpeas la puerta? Y ¿qué tienes? Antes de contestar ya había montado su mano en mi pecho, empujándome hacia adentro y entrando en mi apartamento. En el fondo pensaba que, al irse, volvería a mi camita. Pero no iba a dejarme. También me agradó el toque, lo reconozco. Y no es por nada malo.

   Llevo rato tocando el timbre y nada, pensé que no estabas; me contestó, mirándome como triste: Se murió el viejo Caldera. Lo dijo así, como si se tratara de alguien cercano, un ser admirado.

   Tardé en reaccionar: ¿Qué Caldera?

   Coño, el doctor Rafael Caldera, se molestó. Cosa que me asombró. Juraba yo que Julio odiaba a los copeyanos, como lo hacía con los adecos y ahora con los chavistas. Dijo que habían dado la noticia por Globovisión. Marta Colomina aparentemente no produjo su espacio hoy. Se sentía mal.

   Me tocó ir a la cocina a enchufar la cafetera, me siguió. Me dijo que siempre admiró a ese viejo, quien junto a Rómulo Betancourt, ideó un sistema político de pesos y contrapesos, alternativo, donde un Fiscal General de la República no podía ser del partido de gobierno, y los jueces de la antigua Corte Suprema de Justicia debían responder a diversas tendencias y puntos de vista.

   Sí, resulta que Julio detesta a los copeyanos, pero en el 92, durante la intentona de Chávez, cuando realmente la gente de la calle se alegró de que a un gobierno corrupto como el de Carlos Andrés Pérez le dieran un golpe de Estado, el viejo se mostró entero, más ágil y lúcido que los más jóvenes. De hecho Julio siempre dice que votó esa vez por Caldera, cuyo gobierno no fue muy bueno, porque lo engañó con su aire juvenil y sus reflejos felinos.

   Mientras el resto de los políticos hablaban tonterías de salvar la democracia que habían ensuciado, y de muerte a los golpistas, el viejo se levantó diciendo que algo muy malo le ocurría a la democracia sí las gentes no salieron a defender el Sistema y si ya habían convertido en héroes a los alzados, cuando la gente llegaba a los lugares sitiados por la guardia leal al Gobierno y les pedían que se unieran a los golpistas, o cuando los estudiantes saltaban muros y se unían a los focos donde los alzados aún resistían -Chávez no, ese se escondió desde el principio en el Museo de Historia Militar-. Él supo ver lo que otros no quisieron o no entendieron. Y como no entendieron continuaron con los vicios y excesos que finalmente los barrería cuando llegó la horda chavista.

   Julio lo defendía así, con calor, a capa y espada. Ya cuando le daba una taza de café, me atreví a repetir aquello que todos decían y que yo mismo creía: Pero él fue quien indultó a Chávez.

   Ahí fue el Julio de siempre. Me miró ceñudo con ese airecito de profesor de escuela de muchachos algo idiotas. Dijo algo como: El indulto a Chávez era algo que todos pedían, cuando le crecíamos un hombre decente y bueno, no este enfermo de poder. Y como él mismo dijo más de una vez, que Chávez llegara a presidente, no fue culpa suya, que él (Caldera) no votó por Chávez.

   Y razón tiene en eso. Creo que -y se lo dije a Julio para que dejara de estar molesto conmigo-, en el fondo, este país tiene una enorme deuda con ese hombre decente, docto en leyes, y de conducta intachable. Su simple vida toda fue un gran ejemplo para todos. Fue de los presidentes que toda la vida vivió en la misma casa, sin fortunas aparecidas de la nada, sin familiares dueños de riquezas incalculables. También él fue un padre de esa democracia que, sí Dios quiere, un día recuperaremos.

   Paz a sus restos y fortaleza a doña Alicia.

……

Y SE CASARON EN ARGENTINA…

Julio César.

¿SÓLO AMISTAD?

diciembre 22, 2009

BIEN MOJADOS

   Los gemidos lo confundían…

   A Germán le preocupa la cercanía de su hijo, Max, con su amiguito del colegio, Daniel. Eso de que durmieran juntos, en ropa interior atrevida, abrazados, que se tocaran a cada rato, que sus manos recorrieran cada palmo del otro, que se besuquearan (¡es lo moderno, papá!), seguía sin convencerlo. No podía dejar de tener un mal palpito (aunque ambos tuvieran novias), cuando veía los dedos de Daniel intentando colarse, traviesos… en la vida de su niño. ¡Todavía más! Pero ¿serán cosas suyas o tendrá motivos reales de preocupación?

BUSCANDO TRABAJO

Julio César.

COMIDA NAVIDEÑA

diciembre 22, 2009

…INFAMIA CONSUMADA

   Por razones largas de contar, y contrario a mi acostumbrado parecer, me he visto obligado a ser más amigo de mi jefe de lo que hubiera querido. Debí hacerlo ya que la gente que no lo quería a él dentro del departamento, fue contra mí y una amiga para perjudicarlo. Es decir, me vi obligado a ser su amigo. Dios, y es tan terrible. Él, y el ser su amigo. El caso es que ahora me llaman algo así como el consentido del jefe, pero juro por mi madre que no es así.

   El fin, el miércoles nos invitó a Sonia y a mí a almorzar. Qué raya. Pero no encontré una buena excusa para no ir. Al parecer este año he rechazado muchas invitaciones de gente de la oficina. Y me llevan la cuenta. “Claro, si se tratara de cierta doctora…”, con eso, me embroman. Bien, acepté. Pero no me iba a ir con ellos en su carro (no conduzco, tienen que llevarme), primero saltaba por una ventana antes de dejar que me vieran subirme a la camioneta de ese sujeto. Tampoco era lejos, íbamos a comer allí mismo en el Centro Simón Bolívar, que no es ninguna maravilla. Cuando entré lo vi sentado a una mesa, tomando ya cerveza, y casi me da una vaina. Estaba solo. “¿Y Sonia?”, pregunté. “¿No te dijo? Está a dieta”. Dios, qué arrechera. No dije nada, pero me adivinó. “Sí, no te dije porque sabía que no vendrías”.

   Bueno, a comer. La cerveza estaba fría. Él pidió tres (¡tres!) hallacas para almorzar. Para no desentonar, pedí el plato navideño. Nos tomamos unas cervecitas, hablamos idioteces sin sentido, y esperamos la comida. Y llegó. Y cómo olían esas hallacas. Estaban perfectamente rectangulares, amarillitas pintadas, despidiendo algo de vapor en forma de humo, y, como dije, el grato olor. En mi plato estaba esa hallaca deliciosa, de masa suave, de guiso concentrado, con mucha carne de gallina, res y cochino (o cerdo como le dicen en otros lados). Sabía a gloria sobre mi lengua, y entendí porqué el jefe pidió tres. Acompañé la mía con el pan de jamón, que estaba doradito, lleno de jamón y sabor.

   La ensalada de gallina (no de pollo), parecía hecha con una de cierta edad. La carne blanca desmenuzada estaba algo dura, no mucho, sólo lo justo para ser mejor. Parecía hecha especialmente para mí, mucha carne, muchas papas y mucha mayonesa, con su toque de sal. Estaba tan buena que creo que gemí como el perro de Tiro Loco McGraw cuando le lanzaban una galleta. Tanto que el jefe llamó, pidió y me dieron más. Yo le siseaba que no, pero ni me paró… y al final se lo agradecí, sin decírselo. ¿Y el pernil? Todavía se me hace agua la boca el recordarlo.

   Como había que volver a la oficina no tomamos sino bebidas acorde. Nos trajeron un ponche crema que creo era casero. Y después de tres ponche cremas, uno no está tan en sus cabales. Para ese momento sonreía yo como un gato satisfecho y hasta me permití ser amistoso con él. Me contó que lleva ya cuatro años comiendo de esas hallacas, y que cuando viaja a Valencia (la familia es de allá), les lleva. Y que sabía que me gustaría.

   Me encanta la comida navideña. Las nueces, las uvas, el dulce de lechosa (aunque no me vuelva loco), la torta negra (sí me vuelve loco), el turrón, el panteón, el jamón ahumado… me gusta todo. Disfruté esa comilona, la invitación de jefe y hasta la compañía. Tanto que me atonté y regresé con él. Ah, como me echan vaina todavía. La peor fue Sonia, como siempre. Cuando le pregunté por qué no fue con nosotros, me dijo que el jefe andaba solo y como buscando a alguien y ella no quería arriesgarse. ¿Cómo se aburre uno con gente así?

LA LLEGADA DEL NIÑO-DIOS

Julio César.

LUCHAS INTERNAS… 26

diciembre 22, 2009

LUCHAS INTERNAS                         … (25)

   ¿Quién no quiere despertar atendido así?

……

   -Fue Irene la que contactó gente, la que iba a reuniones y marchas. Ella conoció a esos reporteros, a Iza, al Napo, a dos de Las Chicas Superpoderosas… y a toda esa gente que se iba reuniendo, agrupándose, para enfrentar el río de la barbarie. -sonríe.- Debías verla en esos momentos, Sam. Sé que la crees necia y exigente. Pero era apasionada, idealista y decidida. Irene se veía maravillosa levantando la voz, proponiendo cosas. Ante cada nueva canallada, gritaba que había que detenerlos, lanzarse a las calles y quedarse allí hasta que se fueran o nos asesinaran a todos. Si yo… no fuera como soy, y no la hubiera conocido de antes, me habría enamorado de ella en esos momentos. Muchas veces fui a esas asambleas por ella, que me arrastraba, que decía con pasión y angustia: hay que hacer algo, Eric; hay que hacer algo. Debiste ver a esas mujeres todas, Sam; como gritaban, coléricas, decididas a ponerle el pecho a las hordas, a destruir al régimen con sus propias manos… Y así llegamos a abril… -se hace un feo silencio. Sam siente que camina sobre hielo fino.

   -¿Qué pasó en abril?

   Eric mira a su amigo, sintiéndose incapaz de darse a entender. Sam era un buen hombre, un gran tipo, pero era de los que pensaba que las cosas debían hacerlas otros. Para él un día de paro, era un día para quedarse tomando whisky. Su conciencia social y política no era mucha, aunque despreciaba como nadie a esa gente. ¡Tenía que hacerle entender, que comprendiera…!

   -Cuando comenzó el paro de abril, el régimen intentó por todos los medios destruir la unidad de los sectores implicados; lanzaron a sus hordas violentas a la calle, a atacar, gritar y agredir, para asustar a la gente decente, en la creencia de que las personas que respetaban la ley se asustarían fácilmente. Irene estuvo en La Campana cuando las hordas dispararon piedras, botellas y balas contra un grupo que estaba ahí apoyando a los petroleros. Y fueron ellos los que enfrentaron a esos grupos y los hicieron huir, cobardes como en el fondo eran. -sonríe trémulo.- Ella me contó que sintió ganas de llorar y gritar de felicidad cuando los vio correr. Al día siguiente fue la marcha, que terminó en El Silencio… -medita, ordena sus ideas.

   -¿Si…?

   -Tú sabes que cuando la marcha partió de Parque del Este, ya habían pistoleros apostados en las azoteas del Centro, ¡porque ya sabían que la gente llegaría hasta allí! A las once de la mañana ya estaban apostados los asesinos que a las tres y media de la tarde dispararían sobre ellos. Ya habían activado un plan militar para reprimir y aplastar a la gente. Cuando la marcha llegó, vino La Masacre de El Silencio. La gente no se asustó y los militares honestos no permitieron que asesinaran a todos, impidiendo que las tropas salieran a reprimir. El déspotas cayó en crisis, vino el vacío de poder y él se ocultó bajo la sotana de los curas, para proteger la única vida que le importaba, la suya. Pero todo se revirtió cuarenta y ocho horas más tarde. Esa gente volvió… -lo dice con total amargura.- Se habló de traiciones, de componendas dentro de los grupos opositores; de gente que vendió y traicionó a otros…

   -Eric, ¿qué tiene que ver todo eso con lo que hablábamos?

   -Armaron gente, Sam. Las entrenaron y las montaron en puentes y azoteas para que mataran a personas inocentes. Esas armas fueron confiscadas por ellos, esas denuncias se callaron, se taparearon en los tribunales y La Fiscalía. Y La Torre tuvo mucho que ver en eso. -lo desconcierta.- Y por esos días, mamá no quería por nada del mundo que Irene o yo tuviéramos algo que ver con reuniones o marchas. Estaba furiosa porque no la obedecíamos. ¿Qué temía tanto, en un tiempo en que todos estábamos decididos a luchar, pero contentos, tranquilos, sin imaginar que la Guardia comandada por el general Balandrí podía disparar contra la gente? ¿Qué sabía mi señora madre cuando aún nada había pasado? -insinúa amargo.

   -Me parece que estás tirando demasiado de la colcha, pana. Tal vez… no le gustaba verte en esas cosas. Tal vez fue intuición de madre o algo así. A mi Norma siempre me ha parecido una bruja de notable poder.

   -Ella vino aquí a hablar con Aníbal, para que me enviaran a Miami. Sabes que por esos días hubo un lío con la actriz esa que fue acusada de intentar meter dólares falsos. Aníbal me lo ordenó, por decirlo así. Pero yo no fui. Yo… oí a mamá hablando con Mirna por teléfono. -suena opaco. Sam sabe que Mirna es la madre de Irene y que vive en Boston.- Horas antes de la marcha, Mirna llamó a Irene y le dijo que estaba muy enferma. Hospitalizada. Irene salió corriendo como una loca hacia allá. Y sin Irene, no quise ir a la marcha. ¿Te parece todo casual? ¿Crees que fue algo de intuición?

   -Eric, estás hablando de tu madre. Todo eso es absurdo, ¿por qué iba a conspirar tu madre con el Gobierno para matar gente? -al fin lo ponen en palabras. Eric lo mira, sintiéndose mal al oírlo.

   -Porque la firma está mal. Hay un antiguo juicio que el viejo Caracciolo intentó contra los Roche, por bienes de la sociedad. Nunca ha habido una decisión, pero Frank podía cambiar eso. Tal vez mamá pensó que era mejor asegurarse de que el juicio le fuera favorable, asociándose con la gente que controla la nueva judicatura, la gente puesta por enfermos como Manuit Quijaranda y otros. -Sam lo mira sorprendido.

   -Eric, no sé…

   -Mamá haría lo que fuera por preservar el buen nombre de la familia, pero aún más por los bienes. Nunca dejaría que los Caracciolo se quedaran con La Torre.

   -Pero eso puede suceder aún. ¿Qué hará ahora?

   -Quien sabe. En una guerra abierta entre mamá y Frank, no sé quien ganaría. Pero no le será fácil a Frank vencerla. -se deja caer en el sillón. Mira el mesón, las paredes, como perdido.

   -Eric, debes pensar con frialdad. Imagina que… halla algo de verdad en todo eso, ¿qué puedes hacer? Ya pasó. Lo único que queda es intentar limpiar el nombre de la familia y la compañía… Y dejar de servir a esa maldita gente.

   Eric lo mira sorprendido. Sam no entendía, no comprendía. No era saber que la firma tuviera algo que ver con esa gente, o que esa gente hubiera planeado esos asesinatos lo que tanto lo lastimaba. ¡Era su madre!, entender que ella pudo saber algo de eso, y que no corrió hacia las cámaras de televisión gritando y alertando a la gente, chillándoles que iban hacia una trampa, que retrocedieran, que se pusieran a salvo, que se cuidaran de los asesinos en puentes y azoteas. El problema era… que no lo hizo. Todo por ese edificio, por la casona, los reales y las otras propiedades. Por un momento tiene que cerrar los ojos. Recuerda al joven miembro de la policía que vomitaba y sangraba en una calle, con la mirada perdida, extraviada, asustado; a la mujer que le gritaba a otra, desesperada, angustiada por la suerte de la conocida o la hermana o la hija, para caer poco después abatida con un tiro en la frente. Recuerda a la mujer humilde que lloraba en televisión diciéndole al Presidente que no sabía cuando votó por él que estaba firmando la sentencia de muerte de su hijo, maldiciéndolo; o al árabe que al llegar a su casa, de la marcha, supo que su hijo no había regresado aún, y al salir corriendo a buscarlo, a su pequeño de toda la vida, preocupado, esperanzado en que estuviera por allí, tal vez herido, lo encontró muerto.

   -Me voy, Sam… Que se queden con toda su mierda todos ellos, si son capaces de lo que sea para tenerlo. -dice bajito. Sam lo mira asombrado.

   -¿De qué hablas? -Eric se para y encara a Sam.

   -Me voy de aquí. Más nunca quiero saber de La Torre. Antes de venir para acá… hablé con mis padres. Entre nosotros ya todo quedó dicho. Tal vez, nunca más vuelva a verlos tampoco, no lo sé. -dice con voz opaca, pasando sus manos por los cabellos, como si de alguna forma quisiera apartar tanto dolor. Sam lo mira impactado.

   -Eric, no puedes terminar con todo así. Estás huyendo. Es cosa de cobardes…

   -No puedo seguir, Sam. Hazlo tú. Siempre fuiste más valiente que yo. Busca la verdad, y cuando la sepas, cuando la tengas, no me la cuentes. Pero ve contra ellos. Destrúyelos. Destrúyelos a todos. Que paguen por lo que hicieron. Que ese sea el final de todo esto…

………………..

   La tarde cae sobre la ciudad. Un carro de la firma transporta a Frank, quien, aunque pocas veces los utiliza, hoy tiene que transportar algunas carpetas con material. El hombre se ve inquieto desde esa tarde, y le llevó un buen rato entender que fue desde que encontró a Nicolás comiendo en la oficina. Siente un malestar que no puede precisar, a pesar del aire acondicionado cree sentir humedad en su espalda, y eso le molesta; desea quitarse los zapatos y la ropa, quedándose en un bermudas o algo y… Estaba inquieto, esa era la explicación a lo que sentía.

   ¡Nicolás!, era por su culpa, por su sánguche inmundo. Por un rato le dio rabia encontrarlo allí, apestándolo todo con ese horrible sánguche (arruga la nariz al recordarlo); lo otro fue un malestar indefinido al saber que alguien tenía que comer cosas así. Y eso le extraña, el bien o mal de los demás, nunca le importó. Le incomoda perder tiempo pensando en eso, así que toma su maletín de mano y lo abre. Sobre todos los papeles hay un sobre blanco, con su nombre: doctor Caracciolo. Intrigado lo toma. No sabe cómo llegó ahí, nadie tiene acceso a su maletín; a excepción de…

   Con manos impaciente lo abre. Dentro se encuentran cinco billetes de alta denominación en bolívares. Y una tarjeta: Gracias, doctor, Nicolás Medina. ¡Los rechazó! La pequeña ratica se había dado el tupé de rechazarlo, de despreciar su generosa ayuda. El hombre traga saliva con rabia, ¿cómo se atrevía la sabandija esa? Con ira su puño se cierra sobre los billetes. Quiso hacer una obra de caridad con el muerto de hambre ese, y así le pagaba…

   Ah, pero que eso le sirviera de lección. No debía sentir lástima por nadie. Eso era una debilidad. Con rabia arroja los billetes al maletín; ¡que se muera de hambre!, se dice. Recuerda cuando lo tocó por accidente en la panza, lo hundida que estaba. Ah, pero si era tan orgulloso, que se matara él mismo. Pero esto no se quedaría así. Quiso ser bueno y el otro lo ofendió. Ya se las cobraría. Se las cobraría todas. ¡Todas! Y así comenzaría para el hombre una historia poderosa, grande, terrible y maravillosa… que al final le causaría dolor: el primer gran dolor de su vida…

                                          ………………..

                                                   – 3 –

   El sol entra a raudales por la vieja y destartalada ventana de madera que no cubre lo suficiente. La mañana está bien entrada y la pareja que duerme desparramada sobre la vieja colchoneta, aún no da señales de vida. La noche fue movida, bebieron caña, y de la mala, hasta bien entrada la madrugada, cuando Eric cayó, semiinconsciente, en el maloliente colchón. William Bandre, el otro sujeto, se terminó la botella antes de intentar ponerse de pie del lugar donde había estado sentado hablando y bebiendo con Eric, bebiendo más que hablar; y al caer de cabeza renunció a la idea de irse. Después de todo, nadie lo esperaba. No era la primera noche que amanecía tirado en lugares extraños, perdido como andaba en el vicio del alcohol.

   Ya han pasado siete días desde que Eric Roche abandonó La Torre, su apartamento y a su familia, haciendo como los muchachitos, escapando de todo. Lamentablemente para él ya no quedaban circos ni gitanos, así que huyó a una vieja propiedad que había adquirido hace algunos años en Tacarigua de la Laguna, un oscuro poblado más allá de Caucagua, a las orillas mismas de un hermoso y bravío mar. Insólitamente fue en ese apartado lugar donde se encontró con el otro abogado, quien por razones que aún no había logrado sonsacarle, también había huido de todo lo que era, aún de la firma. Y por lo que sabía, William era todo un borrachito. Vivía bebiendo como un cosaco sediento; pero aún así, se resistía a contar qué fue aquello que lo hizo escapar de todo, incluida su esposa e hijas.

   Tampoco Eric estaba muy interesado ya en saber el por qué, nada de aquello le importaba ahora. No quería saber nada de Caracas, el bufete o su familia. No insistió mucho y el otro, nada dijo. Entre hombres no era difícil, no existía la necesidad de la comunicación entre ellos, como parecía obligado cuando había una mujer de por medio. Ahora los dos compartían una afición, fuera del escapismo, la caña. Habían descubierto que el mundo era menos feo y la realidad menos cruel cuando estaban borrachos (y seguramente creían haber descubierto el agua tibia). William se veía delgado, mucho, y macilento, pero nada más. Eric se sentía mal al otro día, enratonado, pero ya iba superándolo. Ya no se vomitaba encima; pero aún le faltaba mucho para alcanzar a William, quien podía beber sin parar durante días enteros. Era un alcohólico, un enfermo.

En eso momentos, William despierta, y por un instante no sabe dónde está. Sabe que yace acostado al lado de alguien, pero ignora de quién. Siente miedo. Siempre despertaba con miedo ahora; el temor a haberse descuidado y dejar que lo encontraran, lo torturaba en cada despertar.

   Poco a poco, sentándose, sintiendo como toda la habitación daba vueltas con ese movimiento, rascándose aturdido la cabeza y tragando saliva en una boca que siente tan seca como un arenal, el hombre lo mira todo y recuerda. La habitación está destartalada, y vacía. Sólo hay una colchoneta en el suelo y allí dormía Eric Roche. Estaba en la ruinosa casa de Eric. El joven carecía de muebles, de ropa y hasta de comida. El techo dejaba ver rayitos de sol, delatando las goteras que debían inundar el lugar durante las lluvias. La ventana estaba rota y permitía ver partes de un matorral desordenado, pero sobre todo, de un día muy soleado, de esos que le hacían daño a los borrachos con resaca.

   William sonríe débilmente, un aire de melancolía lo envuelve, confiriéndole un suave atractivo. Es un hombre más o menos de la edad de Eric, pero más alto y delgado. No era un flaco desgarbado, sino un carajo esbelto. De rostro pálido y cabellos muy negros y finos, sus ojos castaños lo hacían un hombre muy atractivo; eso cautivaba a las mujeres, así como el aire de abandono que lo rodeaba, ese algo de muchacho perdido que habitualmente se reflejaba en sus ojos. Su aire de infelicidad se había acentuado en los últimos meses, desde que abandonó su lugar en La Torre. Por qué se fue y de quién huía, son cuestiones sobre las que muchos le preguntaban, pero él nada respondía. Llevaba dos mese ya viviendo en Tacarigua de la Laguna, tomando caña por las tardes y noches, y durmiendo durante las mañana en una pensión del poblado, uno regenteado por la dueña de uno de los bares, cosa que le parecía muy conveniente. Si el bar no cerrara, viviría ahí.

   Mira a Eric, quien duerme vestido con una franela y un bermuda, aún con los zapatos de goma puestos, y se pregunta sí le dijo algo al otro. No lo creía, pero… ¡ahora bebía tanto! Y muchas veces no recordaba todo lo que decía o hacía. Era un hombre joven, culto, preparado y con un futuro brillante, quien un buen día decidió morirse de una manera lenta pero segura: de borracho. Lo mejor era pararse e irse antes de que el otro despierte, piensa. Mientras bebían caña y hablaban de mil cosas (pero jamás de lo que los había hecho huir), Eric era divertido y hasta paciente para oírlo; pero al estar sobrio podría preguntarle por su trabajo, su mujer y sus dos hijas. William estaba cansado, mucho. Agotado. Sólo vivía para beber, ya ni comía bien. Otras veces cenaba y antes de dos horas lo vomitaba en un mar de lava gallo o algún otro aguardiente barato y desagradable. Tenía cuentas bancarias y tarjetas de crédito, pero nada era eterno, y llevaba tiempo gastando como un loco: se le acabaron los reales.

   Tal vez era por estar aún algo borracho, o agotado y confuso, o porque Eric había sido amable con él (últimamente la gente le sacaba el cuerpo al borrachito del pueblo), fue que se le quedó mirando fijamente. Eric se veía cómodo, en paz. Su pecho subía y bajaba acompasadamente, con una mano sobre la barriga. William lo detalló con cuidado, le recordaba a alguien más, pero no lo había notado hasta ahora. A decir verdad, Eric no era su amigo, como tampoco Samuel Mattos; al contrario, los dos lo detestaban por pertenecer al grupito de Ricardo Gotta dentro de la salvaje y soterrada lucha interna que se libraba dentro de la firma.

   Una oleada de rabia y depresión lo recorre al pensar en Ricardo, por lo que se obliga a pensar en otra cosa. Cualquiera con tal de alejarse mentalmente de la siniestra y terrible Torre. Eric y su parecido con (o como lo fue hace años su amigo del liceo) Onésimo, ocuparon su mente algo confundida aún. William sonríe con cierta vergüenza al recordarlo. Fue una época extraña de calenturas, de sexualidad, en que sólo se quería hablar de eso, ver eso; de las revisticas de mujeres cogidas, de las películas, no tan buenas, de mujeres que recibían al plomero o al que entregaba una caja que nunca abrían y terminaban cogidas y sodomizadas duramente. A esa edad sólo podían pensar en sexo, en cómo hacerlo y con quién. No era extraño que tantos muchachos embarazaran a la primera novia, o que las muchachas metieran de tal forma la pata. A esa edad no se pensaba, sólo se calculaba.

   En el liceo, él fue un galancito, todas estaban pendientes de él. Tenía algo que se podía llamar no gallardía o galanura, sino belleza; algo que lo hacía verse un tanto andrógino. Pero en esa época no lo sabía aún, sólo que las muchachas le abrían las piernas y los muchachos querían ser sus amigos, a veces con tocaderas de muslos y cosas así. Pero todo muy normal, todo muy en regla, hasta que una tarde, en cuarto año, al esperar que llegara el profesor de Matemáticas, él estaba sentado en su pupitre, con tres carajos más alrededor, hablando de la última revista porno que andaba rodando por ahí, en colores, sin letras, donde una mujer mamaba a un carajo y otro la cogía. Todos reían alegremente excitados comentándolo. Era la primera gran revista porno en verdad, algo de calidad.

   Onésimo, un joven de cabellos castaños, fortachón, amigo de todos, se paró tras él y metiéndole la mano por entre el cuello del chemmi, le pellizcó una tetilla, gritando riente que estaba caliente. Todos rieron, incluso William, con la broma. Unos chillaban: miren a Onésimo manoseando a William. Y se divertían. Pero algo estaba pasando; sentir a Onésimo tras él, casi inclinado, respirándole en la nuca, con el calor de su cuerpo contra el suyo, con el cálido brazo entrándole dentro del chemmi y la manota pellizcándole la tetilla, lo afectó un poco. El maldito pezón comenzó a hincharse, a erguirse. Onésimo lo miró con ojos brillantes, ya no lo pellizcaba, el pulgar y el índice comenzaron a frotárselo, acariciándolo, dándole leves halones que William encontró mareantes y excitantes. Sentía como su tolete crecía bajo su jeans.

CONTINÚA … 27

Julio César.

URGENCIA DE CARIÑO

diciembre 22, 2009

FUTBOL DEL CALIENTE

COSTUMBRES DE SU TIERRA

Julio César.

EL JUEGO DEL MIEDO 6: (SAW VI)

diciembre 22, 2009

MUJERES EN EL BAÑO?                BRITNEY BAJO LA LUPA

   ¿No quieres jugar?

   Comienzo diciendo que me encanta este tipo de películas, por lo mismo que las de Freddy o las de mis amigos los zombies (los vampiros no, me desagradan esos sucios sujetos); hay algo de misterio, bastante de suspenso y mucha, mucha, sangre y violencia. Y, admitámoslo, eso gusta. Personalmente no me veo lastimando a alguien (como no sea un sicológico “eres una basura decepcionante y ya no quiero verte nunca más, para mí es como si te hubieras muerto”), y soy enemigos de quienes lastiman, hieren y matan. De hecho… soy partidario de la pena de muerte, como ya saben. Por eso me gustan estas cintas, porque uno drena sus instintos criminales y sanguinarios sin tener que salir a cortar a nadie. Seguro que habrá almas enfermas y débiles que digan que lastimaron porque vieron esas cintas. No lo creo, es que ya algo fallaba en ellos pero lamentablemente no fue posible detectarlos a tiempo y encerrarlos como se hace con los animales peligrosos.

   Pero basta de solemnidad. Hablemos de Saw VI, ¡qué película! Me han entretenido todas, por ese elemento de sadismo y violencia, pero también por lo sorprendente que era en cada presentación. El aparente muerto levantándose en la primera y encerrando al pobre chico que grita con desesperación; el joven dentro de la caja de caudales que es liberado sin peligro como Jigsaw dijo que ocurriría en la segunda, y así por el estilo, lograban arrancarnos un guao. Claro, el modelo comienza a agotarse y vi la seis sin muchas expectativas… y sin embargo me gustó una barbaridad. Fue la más empática (cosa peligrosa) y nuevamente sorprendente, y eso que ya uno se creía curado de espanto respecto a ellas.

   No entraré en muchos detalles, a quien le guste el cine de suspenso y medio de ‘horror’, debe verla sin influencias, pero si comentaré algunas cosillas. Lo primero es la escena de entrada, nos recuerdan como cayó el necio agente del FBI que venía ya desde la cuarta, en la vieja trampa del cuarto cuyas paredes se cierran. Fue brutal y sangriento, cómo gritó. Ya ambientados, uno sonríe un poco con una mueca después de la retrospectiva, vamos a la trampa del péndulo que se usaba en la edad media (qué gente tan ingeniosilla), donde el Jigsaw jugó sucio, aunque el hombre hizo lo que se esperaba, no le cumplieron; más tarde sabemos de quién se trataba y la cosa se explica sola. Luego encontramos a un hombre y una mujer con una de esas máscaras ingeniosas en sus cabezas, deben realizar cierta tarea compitiendo entre ellos, o sus cráneos serán penetrados por tornillos. Lo que se les exige es terrible (deben verlo, aún yo sentí escalofríos), pero simbólico.

   Como dije, fue una cinta empática, Jigsaw va contra cuatro grupos humanos que representan lo peor de este mundo. Casi se merecían lo que les pasó, a diferencia de otros que cometieron faltas menores. Los dos primeros eran prestamistas usureros, gente que lucraba con la necesidad de otros, a ellos se les exigió el precio del Mercader de Venecia, un litro de sangre y una libra de carne. ¡Horrible! También está el hombre que maneja una aseguradora, gente que cobran años y años de pólizas y luego se valen de pequeñeces para no pagar, llegando a decidir a quiénes se ayuda y a quienes no. El error fue meterse con Jigsaw, quien se las juró. Está la abogada inescrupulosa de las grandes corporaciones (cómo peleó la condenada, era, con mucho, una de las más decidida); finalmente está la reportera sensacionalista que acomoda los hechos a su interés. Como hacen todos.

   Cada uno de ellos es alcanzado y tocado. Ya para la mitad de la cinta uno casi siente pena por el director de la aseguradora, ha tenido que tomar decisiones horribles, y cada una lo ha desgarrado más, poco a poco va ganando eso que llaman redención. Y todo para enfrentar a sus últimos jueces, repitiendo una y otra vez el “Por favor, no”, fórmula que él oyó muchas veces sin conmoverse. El final me dejó satisfecho y molesto. Si la ven, sabrán por qué. Tampoco le va bien al brazo ejecutor de los planes de Jigsaw, el FBI va acorralándolo; cuando están a punto de descodificar una llamada que expondrá la voz original del cómplice de Jigsaw, uno casi espera que logre escapar o que lo detengan. Pero el carajo es de recursos y sortea esos peligros, con mucha sangre y crueldad, en otra buena escena.

   Sin embargo, las sorpresas continúan, parece una novela donde en cada entrega revelan algo. Aquí descubrimos que ese policía asesino tuvo mucho que ver con Amanda, la antigua cómplice de Jigsaw, y juntos le causaron mucho dolor a este, cosa que todos ignoraban que él sabía. Así que al final, también ese policía debe enfrentar su juicio, y fue algo casi orgásmico, como me dijo Sonia, una amiga que gusta de películas truculentas. También hay uno de esos giros que sorprenden al final, ya lo verán.

   Esta fue una cinta completa, una continuación pero entera, sólida, argumentada, con un aire moralista que nos hace estar por momentos con uno u otro bando. Fuera de la escena de la libra de carne, la otra que me impresionó fue aquella rueda donde giraban los socios del hombre de negocios, cuando el carajo le grita: “Mírame, hijo de puta, mírame cuando me mates”; sonó a verdadero miedo y desesperación. La mirada del jefe fue increíblemente triste, seguro pensando que tendría que recordar ese momento por el resto de su vida y que ese rostro lo acompañaría, acusador, cuando agonizara un día en su cama.

   Sí, fue una buena película de suspenso y sadismo.

AMORES QUE MATAN                         ADIOS, 24

Julio César.

SÚPER

diciembre 22, 2009

UPA 

   A fuerza de culazos acaban con el hampa…

   Notó que lo mira, y ahora lo invita…

TIOS CALIENTES

Julio César.

AY, LA VEJEZ…

diciembre 15, 2009

¿QUIÉNES PROTESTAN CONTRA LOS RICOS?

   Casi asusta contado así. Hace tiempo le comentaba a un hermano, Joseiño, que una señora amiga de la familia, Carmen, había muerto. De entrada no recordó hasta que le dije que era aquella señora a la que le decíamos “abuela”, sin serlo, y en cuya casa pasamos muchas navidades cuando pequeños. Puso cara de sorpresa: “Ah, ¿pero estaba viva? Yo creí que se había muerto hace tiempo.

  Un domingo de estos, en casa de mi hermana Melissa, mientras almorzaba con ella y su familia, mis dos adorados sobrinos se portaron de una forma terrible. Qué niños tan tremendos, y con tan mala malo que tiene ella para reprenderlos. Estaban insoportables y dije “Qué va, yo adoro a todos mis sobrinos, pero definitivamente no quiero hijos”. Ella, botando aire, respondió que eran una vaina seria. El comentario me llevó a recordar a mi señora madre que vive angustiada por mi falta de familia propia. “Cuando estés viejo, ¿qué será de ti?”. Luego leí esto del admirado señor Eduardo Riveros, por la llegada de diciembre, en El Nuevo País… y qué visión más lúgubre…

……

LA ARRECHERA COTIDIANA

Por Eduardo Riveros.

   Cuiden a sus viejos. Llega la época del año más funesta para ellos. Y no es un decir. En estas fiestas es cuando, comprobado estadísticamente, se suicida el mayor número de ancianos e incluso aumenta la cifra de accidentes en el hogar; así como los decesos por fallas cardiacas o respiratorias. Y es natural, afloran los recuerdos en un conglomerado de evocaciones gratas, placenteras, que se enfrentan a una dura realidad, las más de las veces amargas, trágicas, aciagas. Se ha perdido el hogar, se ausentaron los hijos, perecieron los amores, los amigos han ido partiendo, ni siquiera está la obligación del trabajo. No queda nada.

   Los que no han sido confinados, como chatarra, a un geriátrico, viven de caridad, misericordia, con algún pariente. Ahí, poco a poco, pierden las exiguas potestades que todavía tenían; se eximen de reclamar, a reivindicar lo que, por lo que dieron en un gran trecho de sus vidas, tienen derecho. Algunos llegan a ocultar sus dolencias y necesidades físicas para así: “No causar molestias”. Porque en eso sienten y saben que se han transformado: fastidios, incomodidades para todos. Y eso los que todavía, afortunados ellos, pueden valerse por sí mismos. No hablemos de los que tienen que depender de alguien hasta para que les den de comer, cambiarles pañales, llevarlos al baño. Comprarles y suministrarles medicinas y tratamientos.

   Incluso algo tan trivial como los regalos les hacen padecer. Les enrostran el que ya ellos no tienen los medios económicos como para hacer ningún presente. Y los que reciben son como bofetadas que les infringen, humillan y hacen resaltar, todavía más, esa precarizad de dinero. En estas celebraciones son bienaventurados los longevos que han perdido la memoria o padecen Alzheimer. No saben quiénes son, dónde están, qué pasa. No como los estropajos de cuerpos pero que tienen la maldición de continuar sanos de mentes. Reuniones de carácter familiar, en medio de una familia que ya no les pertenece, extraña, hasta con miembros nuevos para ellos desconocidos.

   Y llegan las remembranzas de cuando los hijos eran pequeños, les pertenecían y amaban, y que se ilusionaban con la llegada de Papá Noel, el trineo, el saco con los obsequios. O, juntos, preparaban el pesebre con sus figuras bíblicas, José, María, los reyes, el Niño oculto, la estrella de Belén. Los villancicos entonados en conjunto. ¡Feliz Navidad!, ¡Feliz Año Nuevo!… para ellos, ahora, una basura.

   Es duro, por ello, ¡cuiden a sus viejos en estas fiestas!

……

   Pesimista, ¿verdad? Pero él es un hombre mayor, habla por experiencia. Cuando lo leí me juré que ni papá ni mamá pasarán por eso, mientras dependa de mí.

   Cosa rara, Melissa, la hermana que ya mencioné, tiene una casa grande, con techo de platabanda. Hace poco me comentó que pensaba construir arriba, le pregunté para qué si sólo son cuatro en su casa. “Para cuando tú y José estén viejos; así cada uno tendrá su pieza”. ¿Una cosa rara? Me gustó.

¿LUNA DE SATURNO CUENTA CON AGUA?

Julio César.

DE LEYENDAS URBANAS…

diciembre 15, 2009

FUTBOL DEL CALIENTE

URGENCIA DE CARIÑO

Julio César.