CORRERÍAS EN BOSTON

LA DAMA PRIMERO                         OTRO FINAL SUPERNATURAL

   La siguiente historia, QUE NO ES MÍA, es un Wincests enviado por una amiga. Que me perdone la autora, pero era una mala traducción del inglés y tuve que llenar algunos espacios. Me gustó mucho. Me gusta cuando Dean sorprende a Sam, y cuando Sam anda perdido de celoso (¡ha hecho sufrir tanto a Dean!). Disfrútenlo.

……

Titulo: Una noche en Boston

Autor: yeya-wc

Tema : wincests

Estado: en proceso

Rating: PG-17

Resumen: Dean sorprende a Sam con una vida secreta, una donde pensó dejarlo todo, incluso las cacerías.

   -No lo entiendo, ¿por qué no bajas a la playa con nosotros, cariño? –sonríe la joven, viéndose realmente hermosa dentro del pequeño traje de baño, intentando convencerlo de abandonar la silla plegable. Él le sonríe, viéndose increíblemente joven y lleno de futuro.

   -Estoy cansado. Pero no hay problema, nos vemos luego. Diviértanse y no dejes a Ryan nadar muy lejos, siempre le dan calambres y después cree que gritando como nena lo resuelve todo.

   -¡Oye… eso pasó sólo una vez! –se queja Ryan, y entre risas, el grupo parte hacia la playa.

   La chica, con rostro de pesar, aún se vuelve y le lanza un beso.

   Era un grupo alegre y animado de universitarios disfrutando el final de las vacaciones de verano en aquel balneario. Él sonríe como un niño bueno hasta que los pierde de vista… Y cuando ya no están por ahí, vuelve su oscura mirada hacia la alberca, tomando una profunda inspiración.

   La piscina es grande y lanza destellos azulados por el inclemente sol de Miami… Y allí estaba ese joven. El dorado y apuesto chico rubio, quien nadaba lentamente emergiendo del otro lado, casi hasta la cintura, perezoso, con el agua chorreando desde su nuca, recorriendo su torso y espalda. El joven en la silla siente una punzada de lujuria, pura y simple. Mirarlo es desearlo de una manera poderosa que no entiende. Quiere acercársele, tocarlo y con su lengua recoger cada una de las gotitas que recorren esa piel de fantasía. Podía pasarse la vida entera haciéndolo.

   Había algo pecaminoso en ese chico pecoso de cabellos oscurecidos por el agua, recostado de la otra orilla, con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás… dejando al descubierto ese cuello recio. Y parecía esperar. A alguien. Tal vez a una novia… o un amante. Algún infeliz dichoso que tendría derechos sobre ese cuerpo. Una punzada de celos lo recorre, a él que ni le conoce. No sabe explicar el porqué, pero el joven está convencido de que muchos desean al rubio y darían lo que fuera por posar sus manos ansiosas sobre él.

   Bota el aire que mantenía reprimido en sus pulmones y se pone de pie, rápidamente se arroja de cabeza a la alberca. Le urge, de verdad, acercársele… y necesita ocultar a otras mirada ocasionales, la voluminosa y escandalosa erección de su miembro. Algo que ni su dulce novia conseguía tan fácilmente. Era ver al catirito y sentir como su verga endurecía, llenándose de sangre, calor y deseos.

   El día anterior lo había pillado mirándolo, sonriendo todo chulo, sin avergonzarse de ser sorprendido así, y la piel se le erizó. Ahora mismo había notado, mientras se lanzaba al agua, la cálida mirada del rubio sobre su dolorosa erección. Nadó, sintiéndose excitado y cachondo, emergiendo frente al otro. Coño, sintió un estremecimiento por todo el cuerpo, mirado de cerca era aún más guapo con esas largas pestañas y las pecas por todo el rostro. Los labios rojizos, así como las gotitas de agua que lo cubrían, lo hacían irresistible, y él no quiere ni tiene ningún interés en resistir. La mirada caliente del otro, su sonrisa torcida, la forma en que sube y baja su pecho a la expectativa, le conceden todo el permiso que necesita.

   Sin decir ni una palabra, flotando a su lado, le rodeó la cintura. Ese cuerpo era firme, sólido, joven y caliente, y estrecharlo entre sus brazos, pegándolo de su propio cuerpo, le disparó aún más sangre a la verga. La sentía estremecerse y palpitar atrapada en el bañador. Donde sus cuerpos se frotaban, el fuego estallaba.

   -Hola, grandulón… -sonríe el rubio, llevando las firmes manos a sus hombros, sin presionar.

   Se miran a los ojos, y el rubio, todo chulo, entreabre sus carnosos labios. Eso le roba las pocas luces que le quedan al otro. Está obsesionando, desde la tarde anterior cuando lo vio por primera vez, con esa boca. Esa boca, esos labios gruesos, exigían ser tomados, besados, lamidos, chupados y mordidos suavemente (seguro que gemiría). Ese cuello pedía a gritos una boca que lo recorriera, entre besos y chupetones. Y esos pectorales… quiere atrapar con sus manos esa cintura y frotar el rostro de ese torso dorado, esbelto; las tetillas marrones, erguidas contra su piel en ese momento, necesitaban ser también mordidas. Imaginarse cerrar los labios sobre una de ellas y besar, chupar y mordisquear, le marea.

   Y ahora están ahí. Juntos. Tiene que poseer esa boca o le da algo, y la sonrisa del rubio le indica que no hay problemas. Cubre esos labios con los suyos y teme correrse, o desmayarse. Mordisquea el labio inferior, con su lengua ávida lame el superior y se empuja en la boca, hambriento, incapaz de contenerse. Cuando el rubio responde con un jadeo ahogado de excitación, y logra meterse por fin en aquella boca deliciosa, siente que el semen está literalmente saliéndosele.

   La recorre, la saborea. Esa boca es dulce y cálida, la lengua del otro le provoca escalofríos y espasmos en su verga. Cada vez que la tantea, la muerde o atrapa y chupa, su miembro palpita salvajemente contra la del rubio, que responde igual. Y sigue y sigue, desesperado. Besa con urgencia y asustado de no puede tomar jamás lo suficiente para saciarse.

   Comienza a restregar sus caderas. Las vergas se frotan, calientes y duras, y logra tragase otro gemido del rubio. Continúan besándose, las lenguas se atan y chupan exigentes, las manos no se cansan de tocar y apretar.

   Le tiemblan las enormes manos cuando finalmente atrapa las nalgas del rubio, duras, redondas, apetitosas… sentirlo temblar y frotarse contra él, oírle gemir ahogadamente mientras bebe su saliva lo tienen casi convulso de ganas. Desea tenerlo desnudo sobre una cama, alejado de la vista de todos, donde fuera sólo suyo, su adorado y hermoso amante, y tenerlo bajo él, gimiendo enrojecido, pidiéndole que lo penetre… que lo llene con su verga… que lo cabalgue y lo haga feliz.

   Quiere hacerlo, necesita hacerlo. Poseerlo. Que sea suyo. Mientras lo atrae por las nalgas, le chupa la lengua caliente y lo siente quemándose contra su cuerpo, adivina que cuando lo posea, cuando le abra el culo con su tranca, será el hombre más feliz de este mundo… Como lo sería cualquiera que pudiera disfrutar de ese hermoso premio.

   -Hummm… -lo oye gemir ronco, ronroneando, rodeándole la cintura con sus piernas. Entregado ya.

   -Quiero… No, necesito cogerte… -pide ronco de lujuria.

   -Oye… oye… calma, tigre. ¿Cómo te llamas?

   -Sam… -jadeó con una sonrisa en su rostro de muchacho alegre y bien portado, de estudiante aplicado, de quien no rompe una regla o un plato, todo contra su boca, enloquecido de tenerlo así.

   -Sam… Sam… Sam… -canturrea el otro, y al joven le encanta, ríe de oírlo, frotando la frente de la suya, bajando el rostro y recorriéndole el cuello al fin, atrapando con su lengua el agua de esa piel maravillosa.- Sam… Sam…

   -Sam… ¡Sam, coño!, ¿qué tienes?

   -¿Qué… cómo? –totalmente sobresaltado, y muy caliente y excitado, Sam Winchester abrió los ojos medio incorporándose en su cama.

   Como buen cazador está acostumbrado a saltar de ella al menor indicio de problemas. Pero está confuso, aún atrapado en el embrujo del erótico y maravilloso sueño donde acariciaba y saboreaba la cálida piel del delicioso rubio… ¡¡¡El cual lo está mirando ahora mismo con una sonrisita burlona desde la otra cama!!! Dios, ¡soñaba con Dean! ¡Con su hermano! ¡¡¡Otra vez!!!!

   -Parece que te divertías en tu sueño, gemías de manera alarmante. Me despertaste. –sonríe con cierta guasa, Dean, atormentadoramente cerca, obscenamente poco cubierto allí sentado, vistiendo únicamente uno de sus boxers, el negro corto que provocaba pequeños infartos en Sam cuando lo veía con él. Había tanto de su hermano para ver…

   -No… Era una… pesadilla. Algo… algo horrible en verdad. –intenta rehacerse en varios puntos. Lo primero era no enojarse por ser obligado a  abandonar el increíble sueño donde Dean se le ofrecía. Lo otro era apartar la mirada, (¡porque tenía que apartarla y rápidamente, carajo!), de este Dean de carne, huesos y chulerías.

   -¿Un mal sueño y estás todo duro? Ojalá mis pesadillas fueran así. –se burló el rubio, riendo leve de la mortificación del otro, que oprimió sus labios, cubriendo con la manta la escandalosa erección.

   -Deja de molestar. –desvía la mirada a la mesita de noche.- Dean, son las tres y media de la madrugada… ¿por qué me despiertas? –y en cuanto lo pregunta se arrepiente. Casi espera oír a su hermano responderle que lo hizo porque gemía como un aberrado repitiendo su nombre una y otra vez. Pero Dean tan sólo bosteza.

   -Lo sé, es horrible, todavía estoy dormido… pero entre tus jadeos o gemidos, o lo que fuera… y el que llegó un mensaje de pastor Jim, no me quedó más remedio que abrir los ojos… Debe ser importante. –y bosteza nuevamente, cerrando los ojos y estirando su dorado cuerpo como si de un enorme y hermoso gatito se tratara.

   Y Sam pasa saliva, esto estaba llegando a niveles preocupantes. Tenía un  cachondeo digno de estudios médicos. Las ganas de bajar a la carrera de su cama, agacharse y acariciar ese torso con sus manos mientras ocultaba el rostro en la axila del brazo alzado de Dean, lamiéndolo todo, lavándolo con su lengua, se volvía una necesidad imperiosa. Se deja caer en la cama y cierra los ojos; era eso o salta de la cama. Y si salta, lame a Dean. Y si lo lame, Dean lo mata. Y si Dean lo mata… ya no podría verlo más, todo guapo y caliente en boxer por ahí.

   -No te duermas. Revisa el mensaje primero y luego retoma el sueño. El pastor Jim no suele llamarnos, siempre se comunica con papá, debe ser importante. –lo oye repetir, alejado.

   Casi tiembla al abrir los ojos y clavar la mirada en el techo. Donde, claro, no se quedó por mucho tiempo. Bien sabía lo que Dean hacía. Y ahí estaba. Dean fuera de la cama, de pie, semi desnudo, caliente y hermoso. No, no se le quedará viendo como un degenerado, se repite mientras ladea la cabeza y lo mira. Su corazón late descocado, Dean le da la espalda, esa ancha, lisa y sensual espalda, con la corta tela del calzoncillo algo hundida en ese culo de fabula que tiene. Al menor de los Winchester le cuesta apartar el pensamiento, y la mirada, de ese objetivo para concentrarse en lo que hace el mayor. Dean le trae la portátil, abierta.

   -¿Qué querrá? –pregunta para cortar el silencio, sentándose, asegurándose de ocultar la erección.

   -Qué sé yo. Toma, ábrelo…

   Sam lo hace mientras Dean toma asiento de nuevo. Y se queda mirándole fijamente, algo que descoloca el corazón del menor. Hasta que lee…

   -Habla de varios asesinatos y de víctimas desgarradas en pedazos…

……

   Más o menos a esas horas, en Boston, Ada Brenner y Bruce McCoy, tambaleantes por el alcohol consumido en la fiesta que abandonan, salen a la calle silente y despejada. Están bastante tomados y caminan trazando líneas irregulares, se van de derecha a izquierda y hasta retroceden cuando intentan seguir adelante. Y todo les parece gracioso y muy divertido. Y ríen… hasta que reparan en la figura recostada de la cruce de la esquina. Aunque está quieta y con la mirada baja, algo en ella es inquietante. Puede ser lo alta que es, o lo fornida que se nota bajo el saco con capucha que oculta sus facciones.

   -Espera… -balbucea, borracho, Bruce, mirando al sujeto.- Regresemos…

   -¿Cómo di…? –tarda ella en entender, mira la figura que se separa de la pared y asiente, inquieta.- Bueno… -y se vuelven. Con premura. Con intensiones de regresar al edificio de donde salieron poco antes.

   Es cuando todo se transforma en una pesadilla. Dos sujetos más, tan altos y fornidos como el primero, les cortan la retirada. Van hacia ellos. Amenazantes. Y Ada grita, porque sabe que en verdad no son sujetos. No son personas. No pueden serlo. La gente normal no tiene aquellos ojos amarillentos, ni esas fauces que simulan bocas, ni esos horribles y amarillentos colmillos. Tampoco gruñen así.

   La pareja queda paralizada, incapaces de reaccionar, atrapados en el miedo y la irrealidad… hasta que los dos seres abren sus fauces en bramidos atronadores. Bruce toma a Ada de una mano y se vuelve nuevamente, para emprender la huida cruzando la calle. Su sangre, caliente y brillante, baña el bonito rostro de Ada, quien grita con los ojos desorbitados, paladeando esa sangre que aún mana. Donde la gente tiene manos y uñas, ese ser tiene cuatro enormes zarpas terminadas en garras que parece cuchillas de unos diez centímetros. Y fueron esas garras las que abrieron a Bruce desde el lado derecho de su cuello hasta el abdomen.

   A Ada no le iría mucho mejor…

……

   -Aquí tienes. –sonríe la camarera de senos enormes, y Dean, con su media sonrisa y ojos luminosos, los aprecia en su justa medida.

   -Eres un encanto. Antes dudaba de la existencia de los ángeles, pero ahora sé que son reales, eres uno de ellos. –y la recorre.- Seguro que contigo un hombre puede encontrar el paraíso. – semejante necedad la hace sonrojar de forma tonta, piensa un ceñudo Sam de boca apretada.

   ¿Se podía ser más evidente? ¿Y más cretino? Dean miraba a la mujer como segundos antes miraba su pedazo de pastel. Sí, pastel de chocolate para el desayuno.

   -¿Chocolate, Dean? ¿Para el desayuno y después de todo ese tocino que devoraste? Vas a terminar mal. –sentencia, con voz dura. Todo le molesta esa mañana, la forma descarada con la que mira a Dean esa camarera, la sonrisa de este prometiéndole meterle manos por todas partes. Y todo ese tocino grasiento, rematado ahora con una torta de chocolate.- Vas a morir joven.

   -Al menos el chocolate me hará feliz mientras llega el momento. –y le guiña un ojo bajando la voz.- Como esa nena se muere también por hacerme dichoso. ¿Miraste el tamaño de ese busto?

   -¿Sólo eso te importa de ella? ¿Qué tal si está enferma de algo grave y doloroso y quiere hablar, o es madre soltera de un niño ciego o…? –se atora. Dean pone los ojos en blanco como dándole a entender que es tonto.

   -Por eso no pregunto, Sam, para no saber.

   -¡Eres increíble! –sentencia, apretando los labios de forma dolorosa nuevamente.

   -De qué humor despiertas últimamente, Samantha. ¿Estas en esos días cuando te sientes más mujer y necesitas tus toallas? ¿O es falta de amor? Puedo ayudarte… -lo desconcierta.- Conozco muchas nenas. –toma un buen pedazo de chocolate con el tenedor, pero no llega a comerlo porque Sam, alterado, ataca.

   -Eres tan elemental, Dean, comer, tirar, dormir… No buscas nada más allá de un momento. ¿No has conocido a nadie a quien te hallas sentido atado? ¿Ningún hombro donde desees reposar? Tu vida es demasiado lineal, hermano. Básica. Y muy superficial. –termina, mirándolo fijamente, un tanto intrigado. Una luz de frustración brilla en sus verdes pupilas. Y ese brillo lo deja ciego por un momento.

   -Tienes razón, Sammy… soy un bruto elemental, nada tan complicado como tú, chico de Stanford. Pero, quién sabe, tal vez sea de ahora. Tal vez si tuve algo… o alguien… pero terminó. –y prueba su torta.

   En sus palabras Sam cree adivinar algo de condescendencia y enojo. Lo trataba como a un chiquillo quejoso. Y lo que decía sobre que ya tuvo a alguien en su vida… Se estremece incómodo en la mesa. Había tanto de lo que aún no habían hablado desde que regresaron a la carretera. Desde que él escapó a Stanford, porque eso fue lo que hizo, escapar. Pero si algo molestaba a Dean Winchester, esto desaparece en cuanto esos labios carnosos y rojizos atrapan el chocolate. Su piel enrojece un tanto y sus pupilas brillan de… ¿lujuria? Sí, eso parece, y un gutural gemido de puro placer escapa de sus labios.

   -Dios, Sammy, tienes que probar esto… Es la gloria.

   -Déjame en paz. –tiene que contestarle con rudeza, porque verlo saborear su torta, oírlo gemir de gusto o notar la lengua lamiendo los restos en la pequeña cuchara, lo ponen mal.

   ¿Cómo coño se las ingeniaba para que algo tan simple como comer fuera todo un espectáculo? Con un aleteo traidor de corazón, Sam lo miraba aunque fingía leer en su portátil. Dean, cerrando esos labios pecaminosos sobre la cuchara… era imposible no imaginarlo de rodillas, goloso y bello, cubriendo con esos mismos labios una verga (su verga, piensa Sam posesivo), relamiéndose también.

   El menor de los Winchester siente como la sangre abandona su rostro y viaja toda a su entrepiernas, calentándole el miembro. Pero aún le alcanza la atención para reparar en que más de una persona, hombres y mujeres, miran de forma más o menos velada al joven rubio saborear su torta.

   -El coreo enviado por el pastor Jim habla de una serie de asesinatos brutales. –lee en la pantalla con voz ronca y manos temblorosas, intentando alejar la imagen de un ávido y excitado Dean lamiendo la piel de su abdomen, subiendo hacia su torso, ocultando el rostro en su cuello.- En la prensa hablan de algún animal furioso que ataca por sorpresa.

   -¿Crees que se trata de un animal sobrenatural? Podría ser un demente con una navaja. O un perro rabioso.

   -No, hay rastros de mordidas en los huesos, de arañazos profundos de garras en los cuerpos. Eso descarta a un loco furioso. –vuelve el ordenador para que el otro vea en blanco y negro un cuerpo casi partido en dos, manchado de algo oscuro.

   -¡Sam! ¡Estoy desayunando!

   -Pastor Jim piensa que puede tratarse de un hombre lobo pero… -por primera vez se concentra en algo que no sea la pecaminosa boca de Dean besando, mordiendo o lamiendo cada pedazo de su cuerpo.- No estoy seguro. Hay indicios de más de un animal atacando.

   -Hummm… extraño. Los licántropos no suelen ir en manadas.

   -Además, aunque muerden y desgarran, no devoran los cuerpos. Todo lo que arrancan a dentelladas es… escupido a un lado. Esto también descarta a un perro o animal común.

   -¡Perra! –lo acusa, ceñudo, apartando el cachito que queda de su tarta, sin ningunas ganas ya.- ¿Dónde se han producido los ataques?

   -En pleno corazón de Boston. –y al decirlo, arruga la frente, alzando la mirada.

   Boston. Y ahí está la reacción. Dean oprime los labios.

   -No, Boston no. Dile al Pastor que se ocupe.

   -No puede, Dean, no es ese tipo de cazador.

   -Qué llame a otro.

   -Puede tardar en encontrar ayuda.

   -Pues, lo siento, Sam, pero no quiero ir. Punto. –es tajante. El menor toma aire.

   -Sé qué odias Boston y aún no entiendo el porqué, pero esto es importante, Dean. No es un fantasma bromista que ataca a una o dos personas. Se trata de seres peligrosos y sanguinarios. Ya van siete cadáveres, ¿no crees que vale la pena darle un vistazo? Son siete personas asesinadas. Despedazadas.

   -Yo… -sus labios se cierran en un puchero de fastidio y enojo.- Bien. Está bien. Iremos a Boston. Avísale al Pastor, y dile de mi parte que gracias por nada. –baja la mirada, totalmente nublada su expresión. Sam no puede dejar de mirarlo. Desconcertado… también porque se ve lindo todo enfurruñado.

   -En su correo él dice que sabe cuánto te cuesta, pero que es necesario… ¿Se puede saber qué pasa con Boston?

   -Nada.

   -Algo pasa, cada vez que se presenta algo allá, tú…

   -No me pasa nada. ¿Está bien? Es frío. No me gusta el frío. –es tajante, no quiere pero suena terminante. Nota como Sam oprime los labios y calla. Ahora si que la jodió, se dice para sus adentros. Conoce a su hermano menor. Lo sabe molesto, y que no dejará el tema así como así.

……

   Callan. El impala corre casi temerariamente devorando millas tras millas. El estéreo está demasiado alto, pero Sam sabe que en ese momento no puede quejarse. Dean iba a Boston, porque tenía que ir, así que mejor dejarlo conservar algo de autoestima. El menor deja vagar la mirada por el bello paisaje donde la luz del sol comienza a palidecer. Hay un aire de amplitud, grandeza y libertad en la vista más allá de la carretera. No le sorprende encontrar a Dean más relajado. El impala, la velocidad, el viento golpeándolo por la ventanilla abierta, su rock, todas esas carreteras. Dean amaba la caza, pero también esa vida de aventurero de los caminos. Para él eso era suficiente. Jamás se asentaría, no lo necesitaba. Ni lo buscaba…

   Y Sammy no podía estar más equivocado, como dolorosamente descubriría en Boston.

CONTINÚA … 2              

…OTRA HISTORIA

Julio César.

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