Archive for 30 septiembre 2010

CREÍ ERA EL FIN

septiembre 30, 2010

 ¿CALIDAD DE VIDA?

   Meditaba yo con una sonrisa en los labios…

   Desde el viernes no podía acceder a este espacio. Ni a la parte administrativa ni al blog propiamente dicho. Creí era una falla momentánea. Con los días pensé que me habían quitado el espacio, que por alguna razón WORDPRESS había decidido cancelarlo. Quien sabe, una queja, una nota discordante… tal vez una grosería dicha sin querer. Al principio fue deprimente, luego me molestó. Después, cosa rara, sentí algo parecido al alivio. Me dije: bien, comenzaré en otra parte sin tantas secciones y eso. Hoy, abrió.

   No sé bien qué sentir…

COMENTARIOS MACABROS

Julio César.

MANZOTE HOT

septiembre 25, 2010

UNIFORME

   Molesto cree que lo miran por usar tanguitas. ¡Cree que es por la tanga!

INVITACION CALIENTE

Julio César.

NOTA: ¿Y en qué playa del carajo alguien usa algo así? Digo, para ver si es cierto.

¿VOTAS O BOTAS?

septiembre 25, 2010

JOSE VICENTE E IZARRA

   Hoy viernes, como nos tiene acostumbrado, el diario TAL CUAL cedió su editorial, generalmente lúcido a manos de Teodoro Petkoff, al humoristas y politógolo Laureano Márquez (quien tiene varios juicios pendientes por ello) para que escribiera su columna HUMOR EN SERIO. Esta semana, como lo es también generalmente, fue bueno. Y muy a propósito. Vale la pena leerlo, sonreír… y pensar. Disfrútenlo:

……

VOTA O BOTA

Por Laureano Márquez.

El dilema que esta expresión plantea no es original y ha sido usado con frecuencia para expresar las angustias de una sociedad que se debate entre la democracia y el autoritarismo.

Vota es acuerdo… Bota es sumisión.

Vota es pluralismo… Bota es intolerancia

Vota es critica… Bota es uniformidad

Vota es tolerancia… Bota es violencia

Vota es respeto… Bota es agresión

Vota es transparencia… Bota es corrupción

Vota es inteligencia… Bota es manipulación.

Vota es comunicación… Bota es censura.

Vota es libertad… Bota es encierro

Vota es apertura… Bota es cierre.

Vota es justicia… Bota es venganza

Vota es Ley… Bota capricho

Vota es esperanza… Bota es pasado.

Vota es criterio… Bota es obediencia ciega.

Vota es disidencia… Bota es cuartel.

Este domingo, aunque no lo creas anónimo lector, en tus manos, está en futuro de Venezuela…Lo que estamos escogiendo no es poca cosa, son dos modelos de vida y sociedad, así que vota o bota.

……

   Simple. Y cierto. Conciencia.

HUGO CHAVEZ DE VIAJE ANDABA…

Julio César.

NOTA: La imagen la tomé de un portal gratuito, aunque desearía recordar cuál. Es genial. Felicito al autor.

LUCHAS INTERNAS… 47

septiembre 25, 2010

LUCHAS INTERNAS                         … 46

   ¿Cuántos no han descubierto que así… comienza todo?

   El hombre se sentía en su elemento ahora. Ayudar a Ricardo, y ganar plata y poder durante el proceso, parecía haberlo liberado. No se sentía vigilado, asechado, ni sentía el cerco que se tejía antes a su alrededor. No acostumbrado al autoanálisis, no relacionaba esa calma con la ida de Nicolás Medina, de quien muy rara vez se acordaba ahora. Y cuando lo hacía era con disgusto. Como si hubiera estado enfermo en esos días. Ya el recuerdo del joven no lo atormentaba dentro ni fuera de sus sueños. Simplemente lo había olvidado; era feliz en brazos de Marina, por ahora, y con eso bastaba. Mientras sale de la oficina, Marina lo mira.

   -El doctor López quiere hablarle. -dice eficiente. Él mira unos papeles.

   -Dile que estoy muy ocupado. -parece fastidiado.

   -Pues tendrás que hacerme tiempo. -dice el frío hombre, entrando. Marina sale, inquieta. Frank lo mira feamente, no lo invita a sentarse y Aníbal lo nota.

   -No me gusta que nadie entre así a mi oficina, Aníbal, por muy empleado de confianza que sea. -es duro y cruel. De poder, Aníbal habría enrojecido de rabia, pero el color lo ayuda en este caso, ¡un empleado de confianza!

   -No soy tu empleado, Frank. Soy socio de la firma.

   -Ah, sí. Eso dicen. -lo mira con cierta burla, ya no necesita contenerse ante él, sabe que está fuera de las pobres maquinaciones del otro abogado.- ¿Qué quieres, Aníbal? Estoy ocupado, intenta ser breve. –concede graciosamente y el otro estalla.

   -¿Qué coño te pasa? ¿En qué juego te estás enredando? ¿Crees que Ricardo Gotta es tu amigo? ¡Te está usando! Seguro que te utiliza para controlar la firma y tú te dejas como una putica barata.

   -Ni tan barata. Voy a resultarle una puta bien cara. -es duro.- Y no quiero que vuelvas a meterte en eso. No son asuntos tuyos. La forma pacata y estúpida en que dirigieron la firma tú y Norma, a través del pelele de Eric, nos hizo perder millones. Es hora de recuperar el terreno perdido. –enfatiza duro, dando un puñetazo en el escritorio.

   -Ah, claro, ayudando a liberar a unos asesinos o involucrando en un falso caso de drogas a un grupo de jóvenes abogados en Caucagua, ¿verdad? No sabes cuanto les costó llegar a donde estaban, ¿verdad? Trabajaron duro, trabajaron por su comunidad y tú… -se ahoga.

   -Deja los sermones morales, que no te quedan bien, Aníbal. Te conozco, sé las cosas que has hecho. –sonríe mirándolo fijamente.- ¿Qué hiciste exactamente parta que Eric Roche se fuera de aquí? ¿Crees que eso estuvo bien? ¿Qué era justo y decente? No tuviste escrúpulos al conspirar contra él y en contra de Sam para liquidarlos dentro de la firma. Y quien sabe, tal vez hasta contra mí. -es duro y Aníbal parpadea.- Ahora me vienes con esas. Sé que esa gente era amiga tuya, pero no debieron cruzarse en el camino de Fabrizzi, no debiste dejarlos. En cuanto a su comunidad, me importa un carajo. Esos pueblos andrajosos siempre votan por el Presidente, por este demente, así que tienen lo que merecen. -se ríe burlonamente.- Y mira tú, ayudar en lo de esos pobre indiciados de puente Laguna, ayudó y aligeró las investigaciones sobre los drogadictos esos. La justicia se sirve sola. -se burla.

   -¡No son traficantes ni drogadictos! Eso lo inventó Ricardo. -ladra.

   -Ay, López, di lo que quieras, pero a mí no me interesa. -es tajante.- Tengo una reunión muy importante dentro de unos minutos. Si quieres envía un memo o dirígelo al Departamento Legal interno de la firma, no sé como resuelven estos asuntos ustedes. -vuelve a llamarlo empleado.- Es una pena que no entiendas como las grandes familias resuelven estas cosas, debe ser por venir de un pueblito. Te falta roce, Aníbal. Ahora déjame en paz, por favor. -junta las palmas de sus manos en un gesto como de suplica.

   Aníbal lo mira con una expresión de frío y terrible odio, y de no ser Frank un tipo egocéntrico y creído de sí, se habría inquietado ante eso. El hombre bota aire y sale, seguido por la mirada burlona del otro, quien no puede resistir la última punta.

   -¿Quieres hacerme el favor de llevar esto a Personal? -dice a sus espaldas, con un sobre en la mano.

   El negro no responde, y sale cerrando la puerta con mucho cuidado. Oyendo como el otro ríe divertido tras ella, Aníbal pasa saliva, sintiéndose terriblemente humillado. Marina lo mira con algo de temor. Ve sus ojos acerados, crueles. Despidiéndose de ella, con un ademán, se aleja, casi sin saber hacia adonde va. En esos momentos Aníbal López odia real y totalmente a Franklin Caracciolo, y sólo desea verlo destruido. Y él sabía qué tenía que hacer para lograrlo. ¡Lo volvería mierda!

   Al hombre poca cosas lo afectaban tanto como lo que Frank acababa de hacer, hacerlo sentirse un sirviente, reducirlo a un negrito que trabajaba para él, alguien a quien se podía tratar con cierta afectación, sobándole el lomo, pero obligándolo a cargar la mercancía como a un burro. Él había trabajado duro en su vida para llegar a donde había llegado, a ser un importante y respetado abogado de origen humilde, pero poderoso ahora. Todos sus años de estudios, de trabajar para comprar libros, para pasajes, quemarse las pestañas y agotar su vista leyendo cuanta cosa cayera en sus manos, los años de privaciones, de dedicación, las noches de estudios y soledad mientras otros tiraban, se emborrachaban y festejaban, lo había transformado en eso. Y Frank lo había devuelto al momento en que comenzó, con desprecio, con aires de superioridad, él que jamás había hecho nada en su vida por sí mismo.

   El odio, la rabia, la frustración y humillación de Aníbal López era mucha. Y habría sido peor de saber que fue Ricardo quien aconsejó a Frank como lidiar con él, para ‘ponerlo en su sitio de una buena vez’. Así, la guerra despiadada que había entre Ricardo y Aníbal, esa lucha interna, había alcanzado su punto álgido con la aparición del otro. Ahora era Ricardo Gotta quien reinaba y decidía. Pero sólo por ahora, se promete Aníbal… ¡Sólo por ahora!

……

   El atardecer cae sobre Tacarigua de la Laguna. Sentados al porche de la destartalada casa, Jorge y Sam, silenciosos, miran hacia el mar. Ya no hay hostilidad entre ellos, ahora se sienten bien. De la casa viene Eric con tres botellas de cerveza. Mira a los dos hombres y se dice que hacen una hermosa pareja. Y que si Sam fuera gay, podría acostarse todas las noches con un carajo distinto; muchos pelearían por entrar en su cama. Igual Jorge. Bota aire y se dice que claro que no lo son, ¡Dios no le daba cachos a burro! Le tiende una cerveza a cada uno y se sienta apoyándose contra la pared lateral del porche, quedando Jorge ante su vista. Beben y Jorge les cuenta que no se supo cómo se inició el incendio del taller. Que lo perdieron todo y que por poco no van presos, que si hubieran tenido un seguro los habrían acusado de iniciar el fuego en forma premeditada. Con amargura cuenta todo lo que vendieron y todo lo que pidieron prestado a familiares, amigos y conocidos para iniciar el taller. Que fue duro, hubo que sobornar a concejales por permisos, a policías para que los dejaran en paz y a un sin fin de funcionarios.

   -Y todo se perdió en un momento. -dice con amargura mirando hacia la playa, hacia las olas que iban una tras otra en forma, en cierta medida, tranquilizadora. Eric y Sam guardan silencio. Cada uno calla lo que piensa o lo que cree. Eric se siente muy culpable.

   -Lo siento mucho, Jorge. -el otro lo mira sonriendo, encogiéndose de hombros.

   -No fue tu culpa. -eso altera más al otro. Sam le hace una leve seña de que calle o va a meter la pata revelando más de la cuenta. Jorge bebe.- No fue culpa de nadie. Fue simplemente… mala suerte. Lo perdimos todo, pero ya volveremos a comenzar. Mis panas ya se están moviendo para conseguir un localcito, no tan bueno como ese, ni tan bien situado, pero algo donde comenzar otra vez. -toma un largo trago de cerveza.

   -Veo que no eres de los que se dejan vencer ante la primera contrariedad. -dice Sam, con evidente énfasis hacia Eric, quien le saca la lengua.

   -Las cosas se hacen o no; uno no puede echarse a morir por la primera contrariedad que tenga.

   -Ah, no te creas, no todo el mundo piensa así. -se burla Sam, mirando a Eric.

   -Deja de fastidiar Samuel. -le dice leve, recostando la espalda y nuca de la pared del porche, bebiendo. Se siente bien. A pesar de la culpa que lo corroe por lo de Jorge, se siente bien. Y en paz, en ese justo momento. Era la modorra que producía no afanarse, no tener metas ni sueños. Simplemente estaba allí, mirando el mar, la arena y el sol, con la brisa cálida recorriéndolo, tomando la fría cerveza. Y mirando a ese joven y rudo mecánico que lo hacía arder por dentro.

   Mira hacía el mar de manera fija y Sam se pregunta en qué piensa. Lo encuentra cambiado, coño, como más saludable. Tiene el tórax bronceado, el cabello algo largo le cae en la frente, con cierta coquetería. El bermuda muestra unas piernas musculosas y un entrepierna retenido por la tela. Se ve bien, dice al terminar el avalúo, sin una pizca de deseo o interés sexual. Ahora mira a Jorge, quien también mira a Eric, tal vez preguntándose también en qué piensa. Ahí había química, se dice el abogado, aunque no sabe si era de la que Eric quería. Algo le decía que el tal Jorge, no era de los que gustaban de jueguitos como los que Eric podía proponerle. Eso sería malo para su amigo, pero golpeándose y cayendo era que se aprendía. Levantándose y estirándose a todo lo que daba su tamaño, Sam dice, bostezando, que va a recostarse un rato, que espera que la chatarra que tiene por ventilador, funcione.

   -No vayas a rascarte tus bolas sobre mi cama, ¿okay? -dice Eric. Sam lo mira burlón.

   -¿Te refieres a la colchoneta en el suelo donde duermes como un perro sarnoso? -mira al interior de la casucha.- Y ahora que lo pienso, espero que no hallas hecho tremenduras sobre él. -arruga la frente.

   Eric iba a decirle algo, pero calla, mirando a Jorge, el cual parece divertido con Sam.

   -Un gran tipo este Sam. -le dice Eric.

   -Parece un buen amigo. –suena inquisitivo el mecánico.

   -Tiene una fidelidad canina, cuando todo se desmorona a tu alrededor, cuando todo se ve negro, podrido y sucio, él es como… -no halla palabras para describir a su amigo.- …Como un soplo de aire limpio, de brisa fresca y sin contaminación. Es como sí hubiera un terremoto y todos corrieran escapando, y gritaran y todo se cayera, pero él, no; él firme, ahí, esperando por ti.

   Jorge lo estudia arrugando un poco la cara, eso le sonaba extraño. Como a demasiado cariño de un carajo por un amigo; aunque también él había tenido buenos amigos, no creía que fuera capaz de hablar así de nadie. Por otro lado, con los años, había dicho adiós a mucha gente. Nadie nunca duró mucho en su vida. No como el tal Sam en la vida de este carrizo.

   -¿Crees que se quede esta noche aquí? -se inquieta Jorge. Eric lo mira intenso.

   -Eso espero. -callan y Jorge lo mira, algo inquieto, sonriendo.

   -Debe ser bueno pasar un tiempo aquí, con esta playa, este cielo y esta arena. -Eric pasa saliva.

   -Si quieres, puedes quedarte todo el tiempo que gustes. -ofrece, sintiendo la boca seca.

   -Me gustaría. -replica el otro, incapaz de mirarlo por alguna razón, viendo hacia el mar.

   Dios, qué guapo es, se dice Eric, con el corazón palpitándole con fuerza, recorriendo con la vista sus piernas casi lampiñas, el short que le prestó y su tórax musculoso y sin vellos. Claro que lo quería allí, a su lado. Igual que a Sam, aunque por motivos, o deseos, distintos.

   -¿Quieres dar una vuelta por ahí? -propone, incapaz de soportar más el silencio.

   -¿Por qué no nos damos un chapuzón y buscamos nenas por ahí? -sonríe Jorge.- Tendrás que prestarme otra vez tu traje de baño. Espero que hayas traído más. Ponte una tanga y vamos al mar, a ver qué pasa.

   -¿Por qué estás tan seguro de que sólo tengo tangas?

   -Porque creo que sabes que te quedan bien y te gusta lucirlas.

   -¿Crees que me quedan bien las tangas? -presiona Eric, sonriendo atractivo.

   -Déjalo así, pana. Sólo fue algo que dije, ¿bien? -casi gime.

   Eric ríe divertido, parándose, su tolete se ve algo sobre la tela y Jorge desvía la mirada, enrojeciendo un poco. Claro que se pondría su tanga, la tanga más atrevida y sensual que tiene, se dice Eric; el que Jorge fuera de los que podía imaginarse a otro en bikini, o que le pareciera que se ve bien, era un signo esperanzador. Además, nunca como ahora puede dejar de recordar al joven bajo su ducha, lavándose a conciencia el culito y deteniéndose, acariciante, allí. Esperando algo más…

……

   Tacarigua de la Laguna era un rancherío más que poblado, que se salvaba única y exclusivamente por las playas y los dos resorts. Fuera de eso, sólo había un calor sofocante, un sol que achicharraba a todo bicho de uña, y unas casonas algo feotas. El aire de ruina era palpable, aunque la gente del lugar luchaba como fiera para intentar corregirlo. Cuando Ramón Dugarte salía en su patrulla, sentía frustración. Las artes policiales eran lo suyo. Se metió en eso como último recurso, como para no quedarse sin hacer algo, y no le desagradó. Igual pudo ser pescador, chofer de autobús o hasta (Dios lo libró a tiempo) maestro. Y eso si uno quería trabajar, ya que había muchos que sólo iban de aquí para allá, sin hacer absolutamente nada. Era gente a la que tenían que vigilar y cuidar, ya que la ‘pobreza’ los obligaba a hacer cosas reñidas con la ley.

   En el poblado no eran tan infrecuentes el robo, el allanamiento a propiedades privadas, las drogas y el robo de carros. Pero era controlable. Otras cosas eran las disputas familiares, maridos que golpeaban a sus mujeres e hijos, hermanos borrachos que luchaban o familias que discutían por propiedades como casas, gallinas y cosas así. Era horrible, pensaba Ramón; era el lugar más aburrido y descuidado del mundo. El interés policial que había ido desarrollando con el tiempo, no tenía cabida o salida en ese lugar. Pero habían momentos, como este: había atrapado a un par de chicos, de Caracas, con drogas, los cuales lo miraban inquieto en su oficina… y estaba el nuevo residente, Eric Roche.

   -No estábamos haciendo nada malo, agente, créalo. -alega nervioso uno de los jóvenes, Cristian algo.- Sólo estábamos en la playa. Nada más. – y parecía realmente sorprendido de haber sido detenido. Ramón lo mira fijamente.

   -Mira, mijito, hasta donde yo sé, tener drogas encima es un delito. Y no hablo de aspirinas, café o alcohol… -agita ante ellos, tras su escritorio, una bolsita oscura, con algo dentro, algo con textura fina.- Es polvo, no son hierbas.

   -Eso… es nuestro. -chilla algo agudo el otro. El de piel más oscura, Sergio, con miedo.

   Con todo lo irracional que pueda parecer, Ramón casi entiende a los muchachos. Eran muy jóvenes, tal vez de veinte o veintiún años, altos, había algo como de familia en ellos. Eran atléticos, musculosos, con aire desenfadado, algo altivo, como quienes estaban acostumbrados a tratar con policías que los llamaban señoritos, esto y lo otro, con la deferencia de quien pertenece a una clase servidora, tal vez en Chacao o El Hatillo. Eran estudiantes, tal vez profesionales, de clase media alta. Uno era catirón, de ojos amarillentos, Cristian; el otro tenía un tinte algo más oscuro de piel, pero su cabello era más claro todavía. Era como el resultado de la mezcla de una mulata con un alemán. Una mezcla típica de un país como este.

   Irracionalmente había otra cosa que también era costumbre entre esos jóvenes, y uno que otro profesional, creer que había drogas que no eran tan malas, o que poseerlas no debería ser un problema. Existía la creencia de que la coca, algo de polvo para aspirar, o un buen porro de la vieja y querida marihuana no era nada grave. Incluso él, Ramón, la probó en sus años de liceo, cuando vagabundeaba por ahí, sin metas, temiendo vivir y envejecer en ese pueblo, a la orilla de un mar que no sentía piedad por ellos o su suerte. Todas no eran más que excusas de gente débil, simples enfermos que tenían que inventarse coartadas a ellos mismo, para poder mirarse en el espejo y seguir viviendo sabiéndose defectuosos.

   -Voy a llamar a Caracas, quiero saber si sus familias saben de esto o no. Tal vez sean de criterios amplios, ¿eh? -Ramón se siente cruel, malo. No le gustan sus aires de gente superior de ciudad en pueblo chiquito.

   Sonríe satisfecho al verlos cruzar una mirada nerviosa. El catirón ya había tenido problemas en su casa, y hasta un coñazo le había mandado su padre, quien le gritó que otra falta de esas y se jodería, que él no iba a gastar plata y tiempo para que un vicioso fuera a la universidad y después lo echara todo por la borda. Sergio temía que algo permanente quedara en su expediente de vida, una mala llamada de ese torpe policía podría convertirse en antecedente, y eso era visto con preocupación en la comunidad europea, y él pensaba ir a Bruselas este año.

   -Mire, agente, esto no fue más que una tontería. Algo que trajimos para… -calla el catirón. No iba a decirle que para buscar nenitas a quienes ofrecer una aspirada y llevarlas a la parte trasera del la camioneta. Sergio lo mira preocupado.

   -Fue una torpeza señor, ¿no habrá forma de arreglar esto sin… hacer bulla? -sonríe tenso. ¡Plata! Debían ofrecerle plata a ese policía estúpido.

   -¿Estás pensando en sobornarme… cuatro lochas y terminar con el policiíta de pueblo? -los dos chillan que no, nada de eso, señor.

   Ramón lo disfruta. Mucho. Desde que los vio en la playa, dos jóvenes en tangas y franelitas, mostrándose a las jovencitas del lugar, les puso el ojo. Sabía la costumbre de esos muchachos. Los detuvo, los revisó de arriba abajo y encontró las drogas. Era tan normal. Pero se los llevó a la pequeña comandancia del pueblo. Ahora los mira. Cristian se ve asustado; no preocupado, asustado. Seguro que ya había tenido más de un problema con sus padres. El moreno se veía más tranquilo, pero no mucho. Un gusanillo ocioso, muy ocioso, despertó en él.

   -No tienen que ponerse nerviosos, muchachos. Entiendo que los dos podrían tener muy serios problemas si a todo esto se le da más importancia de la que tiene. Soy un servidor público y lo menos que deseo es atormentarlos. Deben creerme. -sonríe en forma falsa, y los dos jóvenes desconfían como lo harían de un vendedor de carros usados por teléfono.- Deja la tembladera, catire. -mira al otro.- Oye, tu amigo se ve nervioso, deberías confortarlo. Abrázalo un poco, ¿no?

   -¿Qué…? -chilla Sergio confuso. El otro mira con resentimiento al policía, entendiendo por dónde iba la vaina.

   -Oiga, no vamos a… –comienza pero Ramón toma el teléfono y pide llamar a la Policía Científica en Caracas, ahora mismo.- No, espere…

   El joven se asusta, involucrarse con esa gente era peligroso, casi era mejor tratar con los malandros. La Policía Científica podía meterlos en un buen problema. Y muy caro. Ramón los mira, burlón.

   -Calma, catire, estás hecho una mata’e nervio. -mira al moreno.- Tu amigo esta mal, ayúdalo…

   Cristian siente rabia, y desesperación, nunca antes había tenido que vivir una situación semejante. Una vez fue atracado, un carajo se llevó el carro y por poco no se lo llevó a él en un secuestro exprés; pero esto, esa lascivia en la mirada del policía… nunca. Va a protestar cuando Sergio, torpemente, le rodea la cintura con un brazo, apoyándole el peso sobre la espalda. Cristian lo mira impactado. Ramón sonríe, malévolo, sintiendo el cosquilleo de la excitación sexual.

   -¿Qué haces, güevón? -grazna Cristian. El otro le susurra, ronco, al oído.

   -Mejor darle por su lado y nos vamos. -se ve tenso. Ramón los oye.

   -Sí… -dice Ramón mirando su cédula de identidad.- …Cristian, es mejor que me den por mi lado. -suena muy burlón.- ¿Ustedes dos son muy amigos? -Sergio lo mira confuso, el otro frunce el ceño, sospecha una trampa.

   -Desde la primaria.

   -Imagino que juegan mucho entre ustedes. A cada rato -sonríe más, los ojos le brillan, ociosos.- ¿Por qué no juguetean un poquito aquí, para mí? -siente un leve escalofrío al decirlo.

   -No jugamos de esa manera. -se molesta Cristian. Realmente se asusta. Teme lo que ese carajo pueda hacerles. Le ve lo morboso en los ojos.

   -¿Qué pasa? -le pregunta Sergio a su amigo, confundido.

   -Una coño’e madrada. -chilla el amigo. Ramón toma aire, molesto.

   -Está bien, está bien, sólo quería ser comprensivo; pero si lo quieren por las malas, por mí no hay problema. -toma el teléfono nuevamente, mirándolos, burlón. Se está divirtiendo una bola, ¿llegarían a hacer algo?

   -¿Y qué dirán sus superiores cuando les contemos que…? -brama Cristian.

   -¿Creerle a dos carajitos ricos de Caracas con drogas en los bolsillos para engatusar negritas de Barlovento? -eleva las cejas, burlón.

   -¡Coño’e madre! -se exaspera Sergio, respirando agitadamente.

   El joven se vuelve hacia Cristian, de forma algo torpe le atrapa los hombros y acerca su rostro al de él. Cristian sorprendido abre muchos los ojos y la boca para preguntarle qué carajo hace, cuando la boca de Sergio, en forma torpe, se pega a la suya. Ramón medio ríe, ¡lo hicieron! Son dos muchachos, atractivos, musculosos, mucho, en camisetas y tangas, y se besan. Si, son bonitos. Sergio separa los labios de la boca de Cristian, y se miran sonriendo como apenados, burlándose de ellos mismos. Están muy cerca. Mucho. Sienten el calor de sus cuerpos. Las manos de Sergio sobre los hombros del amigo, presionan más. Las manos de Cristian van a las caderas del otro. Se miran fijamente.

   -No fue un beso muy bueno, ¿verdad? -gruñe serio, Sergio.

   -Creo que pueden mejorarlo. -dice ronco, Ramón, sorprendido de lo que hacen.

   -Eso creo yo también… -grazna Cristian, mirando a su amigo con ojos brillantes, labios muy rojos y boca entreabierta, esperando… algo.

CONTINUARÁ … 48

Julio César.

EL QUE SABE, SABE…

septiembre 25, 2010

 ATRAPADO

   Una larga práctica.

   Sabiéndolo acomodar, o mover despacio, todo cabe. Y este amigo ya se lo ha demostrado muchas veces. Algunas hasta con más volumen a probar. Cosas de la experiencia y la veteranía.

DE PRÓSTATAS

Julio César.

LA VENEZUELA HEROICA

septiembre 25, 2010

EL CODIGO DA VINCI

   Con tanto manoseo barato que se hace últimamente de las figuras y fechas patrias, recordé esta vieja lectura de mis años de liceísta. Aunque me gusta leer, debo confesar que me inicié con suplementos de aventuras, luego novelitas del Oeste que mi señor padre compraba, finalmente di el salto al suspenso, al horror y a las intrigas políticas, podía ir de “En el nombre de el Padre” (el último Papa, el anti papa), a “Un asesino para tres Papas”, donde hablaban del hombre que intentó matar a Juan Pablo Segundo. Todas lecturas muy gratas.

   Cuando inicio el bachillerato me encuentro leyendo novelas que… realmente no me gustaron tanto. Exceptuando Casas Muertas, Doña Bárbara y por supuesto, Cien Años de Soledad, creo que la mejor novela de Gabriel García Márquez. Sin embargo, un día, en el cuarto año de bachillerato, o primero del diversificado como le decían entonces, la profesora de Castellano y Literatura nos puso a leer unos textos de los que jamás había oído. La mayoría leyó fatal (¡y estábamos en cuarto año de bachillerato!), hasta que llegó el turno de un compañero de voz alegre, de apellido Garcés, quien leyó… y yo quedé fascinado.

   No fue a causa de que leía bien, que lo hacía, con ritmo, casi cantadito (como debe leerse un libro así en voz alta), sino porque las imágenes que evocaba la lectura eran increíbles. Leía sobre la batalla de La Victoria (población del estado Aragua, capital del actual municipio José Félix Ribas), también conocida como la Batalla de la Juventud, hecho que determinó que cada doce de febrero se celebre, en el país, ese día. Aquellos textos eran de un libro que en cuanto pude, conseguí: Venezuela Heroica.

   No se trataba de un libro de historia ortodoxo, como en más de una ocasión escuché decir con menosprecio a muchos que se precian de profesores. Es un canto afectuoso a un país, algo que bien pudo componer un Homero cuando pensaba en La Ilíada. Escrito por Eduardo Blanco, en una primera edición en 1881, José Martí afirmó: “Cuando se deja este libro de a mano, parece que se ha ganado una batalla. Se está a lo menos dispuesto a ganarla y perdonar después”. Se trata de una épica romántica, con nombres, hechos y lugares reales de uno de los momentos más duros de nuestra historia toda, las guerras de independencia. Lamentablemente perdí mi ejemplar hace bastante tiempo, así que lo que les narre será únicamente de memoria, intentaré recrear las imágenes que tales relatos crearon para mí.

   Comenzó con esa lectura sobre la Batalla de La Juventud. José Tomás Boves, por el ejercito realista, avanza sobre Caracas, terrible, implacable, y José Félix Ribas debe enfrentarlo en La Victoria, estado Aragua, para cerrarle el paso. No contaba el prócer con un ejercito real, este estaba diezmado y disperso, por lo que recurre a lo que hay. La narración cuenta que en ese momento doloroso y difícil de la república, esta debió echar mano de su bien más preciado, de sus jóvenes, los estudiantes de Caracas y Maracay, así como de los jóvenes seminaristas; que doloroso era ver tantos rostros imberbes, sonreídos cargando un fusil sin imaginar el horror de la guerra. Las fuerzas de Boves se lanzan una y otra vez contra los muchachos, la narrativa habla de jóvenes heridos que se lanzan a las patas de los caballos intentado derribarlos; se retrata la rabia y desesperación de José Félix Ribas al verlo todo perdido. En un extracto describe que de cuando pide un voluntario para cruzar por un flanco entre las líneas enemigas para pedir ayuda, cintos de manos se alzan con valor, pero que ya (dan un nombre que no recuerdo) saltaba al lomo de su bestia y cabalgaba hacia la historia.

   Todo parece perdido, la ayuda no llega, hasta que una frase se repite con sorpresa y esperanza: Viene Campo Elías. Era este Campo Elías un español que peleaba por la causa independentista. Duro batallador que había sido barrido por Boves en La Puerta, lugar histórico que siempre fue adverso a la causa patriota (dato insólito, Boves, el más feroz de los enemigos de nuestra independencia, muere atravesado por una lanza en Urica, y la posteridad no recoge el nombre de quién le bate finalmente). Fue Campo Elías una figura extraña y fascinante de nuestra historia, por alguna razón odiaba con toda su alma a los españoles, tanto que llegó a exclamar (así está en el libro) aquella terrible frase que recogen los historiadores: Combatiré hasta matarlos a todos, y cuando el último caiga yo mismo me quitaré la vida para que no quede nadie de esa gente sobre esta tierra (cito de memoria).

   Entre los ejércitos de Ribas y lo que queda del de Campo Elías, se salva La Victoria. Sin embargo esta república ya está herida. El libro nos habla del avance de Boves sobre San Mateo, a las puertas de Caracas, donde todo acaba. Es allí donde narran otra gran historia, la del colombiano Ricaurte. Viéndolo todo perdido, el valiente soldado ordena desalojar el castillo, y en una decisión solitaria, mortal y heroica dispara sobre el polvorín para evitar que caiga en manos de los realistas (la de cuadros que se han pintado sobre este prócer, pistola en mano). Pero Boves avanza… y a mí me faltan palabras para describir la impresión que esto causa en los capitalinos.

   Cuando en Caracas saben que Boves está a la vista, Simón Bolívar, furioso, debe desalojarla para reunirse con los batallones de Oriente, y para conseguirlo en el menor tiempo posible se deciden por cruzar las montañas de Barlovento. Pero la cosa es que cuando los civiles saben que Boves se acerca (Boves, el enemigo de la república, Boves el implacable y cruel realista que ordena ahorcamientos, fusilamientos y apaleamientos para distraerse), cunde el pánico. Hombres, mujeres y niños, todo el que puede caminar, se decide por seguir al ejército. Quedarse es entregarse al pillaje, a las violaciones y el asesinato. El miedo era demasiado grande, tanto que esa gente, aunque sabe lo que le espera en la jungla, se decide por el trance de lo que la historia recoge con un nombre sonoro y hasta hermoso: El Éxodo a Oriente, un infierno donde murieron cientos.

   La narrativa es larga, detallada. Hay sed, hambre, cansancio, enfermedades traídas por los mosquitos, fieras que atacan a los rezagados. Bolívar ordena que las tropas se desplacen a la velocidad de los civiles, cosa que desespera a los militares que temen que los ejércitos de Boves, ya en Caracas, les den alcance. Recuerdo bien los casos aislados que se contaban, el de señoritas que cargaban el cuerpo cansado del anciano padre; de madres que debían abandonar contra un árbol al hijo que ya no podía seguir mientras ellas aún cargaban con dos, para dejar a esos dos a cargo de un pariente y regresar por el camino andado, abrazar al que se quedó y esperar con él la muerte.

   Está el relato de la Casa Fuerte de Valencia, sitiada y bombardeada, resistiendo, con las mujeres (decía el libro) quitándose el jarro de agua de sus labios sedientos para enfriar las bocas de los cañones. Mujeres que, al caer finalmente el Fuerte, corren a los pisos superiores y se arrojan al vacío para no dejarse capturar por la horda que generalmente sacia sus instintos en esos momentos. También me encantó aquella batalla (repito que escribo de lo recordado y no recuerdo el nombre del lugar) en otra ciudad sitiada; cuando ve que ya todo se ha perdido, uno de los Monagas (no recuerdo si José Tadeo o José Gregorio, ambos llegarían a ser presidentes de Venezuela… y no unos muy buenos), rompe filas y se abre paso con su espada hacia la ciudad en llamas, llegando a su casa, bajando del caballo y ofreciéndoselo a su padre: Sálvese, padre (dramático, lo sé, pero es una épica romántica).

   Y el libro habla de José Antonio Páez, el Centauro de los Llanos, reclamándole a Pedro Camejo, el Negro Primero, el abandonar la batalla, y las palabras de este: Vengo a despedirme, mi general, porque estoy muerto. De eso hasta canciones se han escrito. Y está Luisa Cáceres de Arismendi, y está la muerte de Piar, y está Pichincha y Boyacá, está Ayacucho y los nombres, cientos y cientos de nombres, que un país no debe permitirse olvidar jamás.

   Voy a ver si compro otro ejemplar.

OTOÑO DE TERROR

Julio César.

¿QUIÉN GANÓ?

septiembre 25, 2010

EXAMINADO PARA EL CARGO

   Perdió el juego y los muchachos se cobraron. Pero, buen deportista al fin, está contento y listo para jugar, y perder, otra vez.

DURA JORNADA…

Julio César.

BUSCANDO LA OPORTUNIDAD

septiembre 22, 2010

NO HAY ÁNIMOS

ESTOS HOMBRES…

Julio César.

SILENCIO DE HOMBRE

septiembre 22, 2010

METAMORFOSIS

   Esto lo escribí en otro blog, uno que ya no funciona, por allá en el 2002. También íbamos a unas elecciones difíciles y difíciles eran los días. Me viene como anillo al dedo. Disfrútenlo:

……

   Sé que soy un descarado de marca mayor, pero no pude resistirme. Por cuestiones personales, por momentos duros que pasa actualmente Venezuela, me he desentendido un poco de estas páginas, no podía pensar en nada. Andaba algo depre, otra vez, por lo que decidí navegar en la red en busca de fotos, cuentos y referencias a cierta película de vaqueros. Y encontré este cuento. Es una maravilla y quiero mostrárselos aquí… aunque algo variado. La autora escribe bajo el hombre ALAS, SIMPLEMENTE…, y pueden encontrar su página en http://alasimplemente.blogspot.com/. Para redondear un tanto su narrativa, corta pero poderosa, utilicé un comentario enviado por JABYJACK. Que me perdonen las dos, pero realmente me levantaron el animo, aunque todavía son capaces de hacerme humedecer los ojos. Vaya aquí este bonito relato.

……

SILENCIO

   Que nadie le moleste…

   El brillante sol parece hacer estallar mil luces tormentosas contra el parabrisa del viejo Buick vino tinto que se detiene con alegres ronroneos frente a la fonda de pasada. Suzane, hermosa con su cabello dorado largo, esbelta, enfundada en unos vaqueros ajustados, sonríe al salir del asiento del pasajero. Mira la calle rústica, común de un pueblito típico del Medio Oeste. Un aire de cruel realidad, de ausencia de sueños e ilusiones parece flotar sobre todo. Pero ella sonríe pensando que es su imaginación que echa a volar nuevamente. Su imaginación era un don, algo que le había brindado increíbles momentos de felicidad, pero a veces la atrapaba en duras reflexiones.

   Las risas de sus dos amigas, una hermosa morena de ojos verdes, y una espigada negra de rostro menudo y cabellos rizados algo estrambóticos, bromean sobre el calor en el asiento posterior, mientras el acompañante, el segundo de los chicos (no son hombres aún, piensa ella con indulgencia), sale bromeando sobre el horrible olor a lacas y aceites aromáticos.

   -¿Qué hacemos aquí? –pregunta la joven negra, mirándolo todo algo desconcertada, curiosa, pero percibiendo hostilidad velada con el instinto de la raza que se ha transmitido en sus genes a pesar de las experiencias no propias. No era un buen lugar para negros, piensa extrañada de su pensamiento.

   -Vamos a estirar las piernas, a mear y comer algo. –dice el conductor, con aire tan alegre como despreocupado, como siempre.

   -Aquí no parece haber nada de interés. –comenta la joven de ojos verdes.

   -Siempre hay algo de interesante en todas partes. A veces encuentras un tesoro en la arena suelta de un desierto, ¿no lo sabías? –intercala Suzane, mirando cómplice al conductor. Bruce es un tipo agradable, tiene tres años más que ella, veintiuno, pero parece maduro, responsable, de fiar. Tal vez se engañaba porque le gustaba mucho, pero estaba bien, por ahora.

   -Habló la poetiza. –intercala el último de los viajeros.

   Todos eran muy jóvenes e iban a California a pasar un largo fin de semana antes de volver a la universidad el próximo martes. Eran amigos, tal vez no íntimos, pero se llevan bien. Habían tensiones, discusiones, pequeños malentendidos y mezquindades, pero en líneas generales, era grato el viaje. Suzane, con una extraña intuición que le permitía ‘percibir’ cosas de las personas, había llegado a formarse una opinión favorable de todos, cosa que le pesaba un poquito porque sabe que al llegar al estado de las naranjas, se separarán. No todos, pero si los suficientes como para destruir ese extraño sentimiento de camarería perfecta que habían alcanzado en la carretera.

   No lo piensan más y van hacia la fonda, entre bromas. El pueblo no era nada del otro mundo, con sus edificios pintados y repintados, con el sol implacable que dejaba ver cada arruga, cada ojera, cada desengaño pintado en los rostros. Y hace calor. Abrir la puerta, con la infaltable campanita que anuncia al que llega, los desengañó sobre un ambiente más favorable en el interior; el calor era agobiante, húmedo. La mirada clara de Suzane queda atrapada en los detalles, de las lámparas chisporreantes, de las mesitas con sus manteles de cuadros, la barra con dos tipos tomando cafés con aires hoscos, reservados, que miraron, por un infinitesimal segundo, a la joven negra antes de volver a lo suyo. Había una pequeña pista de baile, solitaria, en una esquina.

   Para ella todo es nuevo, llamativo, interesante, y su mente de literata parece querer componer ya líneas en la nada sobre esas impresiones. Está perdida en sus pensamientos hasta que repara en una leve sonrisa de la joven de ojos verdes; coqueta como la sabe, imagina que observa a un hombre. Y mirando en la dirección de esos ojos descubre a un tipo solitario sentado frente a una de las mesas, y siente que el corazón se le detiene dolorosamente en el pecho.

   La joven de ojos verde mira a un tipo delgado, de rostro enjuto y aire solitario, maduro y atractivo, de un tipo llamativo por algo, tal vez por su aire de indiferencia (ni por un segundo se ha vuelto a mirarlos, lo que en sí era curioso). Pero para Suzane aquel hombre era aterradoramente inquietante. Era un mozo de rancho, se dijo, catalogando inmediatamente al tipo, reconocible en su Nebraska natal. Desvió la mirada, sonrojada, temerosa de que la notara, de que reparara en su agitación, en su desazón. Pero mientras llega a la barra, saluda con una leve mueca a la mujer cuarentona que atiende (mirándolos entre aburrida y curiosa, tal vez molestándole los zapatos) y toma asiento, se tranquiliza mentalmente: no, el mozo no repararía ella, ni en nada, porque no podía ver nada.

   -Hummm, parece interesante el lugar después de todo; algo se puede sacar… -oye el susurro coqueto y divertido de la compañera de viaje.

   Suzane pudo haberle dicho algo. Que se quedara quieta. O que perdería el tiempo. Pero no era su trabajo. Ni tenía fuerzas para intentarlo. Se sentía extrañamente cansada y necesitaba tiempo para recuperarse. Silenciosa, asistió al combate. Miró a la hermosa joven hablar un poco más alto de la cuenta, volviéndose hacia el mozo de ranchos, preguntando por los lugares interesantes en los alrededores; ninguno, respondió alguien. La joven intenta llama su atención medio bailando, sonriendo, y Suzane repara en una leve, fugaz y como molesta mirada del hombre dirigida a la chica. Sus ojos eran intensos pero oscuros, alguien podría creer que parecían muertos… pero Suzane creyó adivinar una terrible, dolorosa y profundamente agotadora vida interior en ellos, las puertas a un mundo al que nadie podía asomarse jamás. Y se estremeció otra vez.

   ¡Carajo, qué gente tan escandalosa! ¿No sabían que había personas que deseaban la paz, el silencio, la quietud de sus vidas aunque estas no fueran lo que debían? Sentado a esa mesa, frente a una hamburguesa, con una cerveza en la mano, ¿no se podía aspirar a la quietud? Pobre chica tonta que reía algo escandalosa, excesivamente viva, ruidosamente alegre, ¿no sabes que tu juventud y esa energía vital que sale por cada poro de tu piel le repele, le disgusta? Ella perdía su tiempo, todos ellos ahí a la barra, jóvenes, llenos de vida, de risas, de sonrisas amistosas y de alegría bulliciosa. Todos demasiados vivos, demasiado jóvenes para entender que para el hombre de cabellos claros y grises, de ojos bajos que miran al frente, no existen, no estaban allí. Ninguno de ellos.

   Hace tiempo que ese hombre dejó su cuerpo atrás, esperando a la vieja visitante que un día llegará a la vida de cada hombre para acompañarlo al viaje final. Por ahora él esperaba, por el fin de su existencia en silencio y soledad; esos jóvenes no pueden saberlo ni entenderlo, pero hace tres años que espera por la conclusión de algo que comenzó para él en un camino aislado (¿fue un accidente, amigo mío, tan sólo un estúpido accidente?).

   Ya no está ahí, donde esos críos ríen. Él vaga por otras tierras. Por los reinos de la quietud de quien no busca nada, donde camina descalzo y erguido, altivo, no encorvado sosteniendo el peso de su mundo. Mudo, hosco y hostil como es allí, en la fonda, se permite en la tierra de la paz de quien ya nada espera, encontrar la risa, la propia y la ajena, aquella que estalla más alegre, más hermosa que ninguna, invitando a la felicidad; risa que estalla en esos momentos en su cabeza, haciéndole sonreír distraídamente.

   Su mano baja y toma la cerveza, su mirada no asciende mientras la alza y toma de ella, con rostro imperturbable, de piedra. Es difícil para los otros entender que en la tierra de nadie, donde no hay preguntas, saludos o miradas amistosas o fingidas, ese hombre desentumece los recuerdos de su vida para que brillen y se calienten al sol; instante cuando se permite una sonrisa y un meneo de cabeza ante tantas locuras cometidas, locuras de ternura tosca, pero de ternura al fin y al cabo, de su ternura, de la única que fue capaz de brindar. La cerveza baja, sin cambios aparentes en el hombre, pero en la cima del mundo, contra el viento frío que ruge, allí donde no quedan hombres ni animales, estallan las carcajadas más alegres del mundo, las más llenas de vidas y de ganas; carcajadas olorosas a whisky, a tabaco, a cigarrillos, que estallaban una y otra vez contra su rostro, uno que es difícil reconocer porque se ve relajado y feliz.

   Fuera de ese sol implacable de luz que atormenta, estaba la noche de lo vivido, de lo que fue, de lo que tiene que ser para siempre para no enloquecer de dolor, noches de ojos azules que miran con amor y entrega, de sonrisas ladeadas que hablan de picardías y de mil cuentos que no se saben si son verdades. Son las noches de vientos que rugen contra las tiendas de campaña de la memoria, donde las manos recorren con tanta lujuria como amor, donde los dedos se entierran en las carnes y en el alma.

   Suzane no lo mira, pero sabe todo eso, con el corazón latiéndole dolorosamente en el pecho. “No, no está sentado allí indiferente a todos; no está solo. Su mirada está perdida en la silla que tiene al frente y por la forma en la que se sienta sé que está viendo a alguien, alguien a quien no puede ver nadie más. Es su alguien, el suyo; tal vez la única persona real para él en este lugar. No, no está guardando silencio, aunque el silencio le gusta y esté cómodo en él. Cuando sus labios no se mueven y mira a la nada, espera. Escucha lo que le cuenta ese alguien, tal vez la cosa más interesante que nadie esté diciendo”.

   Los ojos de la joven se cuajan de lágrimas que se apresura a contener, su corazón insiste en encogerse, en doler. “Por Dios, que llegue ya. Que llegue pronto la persona que debe ocupar ese lugar. No es justo tanta pena, tanto dolor, tanta soledad. ¿Dónde está esa persona, por qué no está aquí, frente a él, aliviando su tristeza?”. Y se vuelve hacia la mesera tras la barra, va a preguntarle quién es ese hombre y a quién espera, cuando cree entender. “Tal vez él prefiera eso. Estar así. Sentado frente a alguien que sólo él puede ver, escuchándolo con atención, con ternura en la mirada, diciéndole las cosas de su corazón; hablándole de esas cosas importantes, no charlando idioteces con una muchachita que lo encuentra atractivo, por ejemplo. Le gusta eso, estar así disfrutando sin parar, y para siempre, del sonido del silencio”. E imaginar un mundo así, la asusta. Es cuando oye la ultima parte de lo que responde a mesera a la chica de ojos verdes.

   -…Así terminan algunos, querida. Solos e infelices… así es él. Que pena me da… es un buen hombre, pero se echó a morir un día, hace tres años…

   -Me quiero ir. –jadeó Suzane, mirando a Bruce, con sus ojos intensos, impulsiva, ganándose una mirada de todos, incluido, para su horror, la del hombre, quien pronto la bajó.

   Pero en esa mirada encontró reconocimiento, indiferente, inmisericorde, sin piedad porque no la esperaba ni la pedía. A ese hombre, por un momento, lo vio como a un muchacho, como a Bruce, como al otro acompañante, y entendió que muy joven ya se podía ser hombre, y ese hombre antes y ahora estaba más allá de toda otra emoción que no fuera su mundo aparte. Allí era fuerte. Se sentía a salvo. En ese mundo, por ratos, podía ser feliz. De no haberlo entendido así, tal vez Suzane habría intentado, al salir, tocarle el hombro y sonreírle, pero ahora sabía que sería una grosería. Dolor, en ese hombre sólo había silencio y dolor, no la búsqueda de la redención.

   “Amó; en algún momento amó demasiado… y perdió”, pensó, y eso le lastimó más.

AMANTE CRUEL

Julio César.

PAPITO

septiembre 22, 2010

…ESE BATE

   A nadie le importaría un pelo en la boca.

   A los amigos de Fernando les encanta ir a su casa a hacer las tareas. Se llevan bien con su papá. Claro, mientras él escribe y lee, sale uno, luego otro y hasta un tercero. Regresan rojos, transpirados y sonrientes… Y cuando les pregunta si quieren comer algo, siempre responden.

   -Tranquilo, ya tu papá nos dio algo. –y se relamen los labios como gatitos que devoraron todo su tazón de leche caliente.

DIETAS QUIMICAS

Julio César.

EL REPARTIDOR DE LECHE

septiembre 22, 2010

REPARTIDOR DE LECHE                        DE LECHE… 3

   Este cuento, QUE NO ES MÍO, cae dentro de la categoría de relatos malditos. Verán por qué. Es fuerte, así que quién entre que lo haga con los ojos abiertos.

……

Date: Tue, 8 de enero 2010 12:49:11 -0700

De: Tim <tim2none@hotmail.com> Bosley

Asunto: Lechero

Descargo de responsabilidad: Esta es una obra totalmente de ficción. Cualquier parecido con eventos o personas de la vida real es pura coincidencia. Si el material sexual gráfico de abusos y sometimientos te ofende, debes salir ahora y no culpar más tarde a nadie de tus actos.

……

      LECHERO… 4

   Nació para eso…

……

   Esa noche durante la cena era obvio que yo no estaba allí. Ni estaba bien. Y aunque protesté bastante, mamá me tomó una cita con su médico para que le viera al día siguiente, haciéndome prometer que iría. Luego me dio un medicamento para ayudarme a dormir. Vi una hora de televisión aproximadamente antes de que la medicina me hiciera bostezar. Como buen chico que soy me lavé los dientes y fui a mi cama. Y mientras ibas quedándome dormido, me pareció oír las voces airadas de mamá y mi padrastro discutiendo. Él debía estar caliente, con ganas de sexo otra vez, y mamá estaría cansada y deseando dormir. Mis pensamientos se fueron a la deriva y quedé dormido.

   Me desperté en medio de la oscuridad, mi corazón latía con fuerza. ¡Alguien había subido a mi cama! En acto reflejo traté de rodar fuera, pero una mano grande cayó sobre mi cabeza, obligándome a permanecer quieto, boca abajo como estaba, sin permitirme ver de quién se trataba. Una mano sobre mi espalda me aplastó de estómago contra la cama, todo lo que podía ver era la puerta de mi cuarto. Pero tan sólo me llevó un segundo el adivinar de quién se trataba. El miedo me hizo gritar y el hombre, soltando mi nuca, cubrió mi boca húmeda. Olía a bolas, a sudor, a almizcle, y supe que ese cerdo acababa de tener la mano metida en su entrepiernas.

   -Silencio, muchacho. –susurró de forma ronca en mi oído.

   ¿Acaso estaba loco? ¡Mi madre y mi padrastro dormían en la habitación de al lado! Yo casi me había convencido de que debía temer su llegada de día, mientras estuviera allí solo, pero jamás imaginé que sería tan temerario. Intenté protestar y hacérselo entender, pero todo lo que conseguí fue que mi boca quedara libre por un momento y un manotazo cayera en mi nuca antes de cubrir otra vez mis labios.

   -¡Te dije que cerraras la boca, perra! -siseó a mi oído.- Me siento con ganas de reventar un culito virgen… y creo que esta noche serás el afortunado receptor de toda mi esperma… ¿Lo entiendes?

   Asentí con la cabeza.

   -Buen chico. Ahora, ¿cuándo retire mi mano mantendrás tu boca cerrada?

   Asentí con la cabeza otra vez.

   -Imagino que esperabas esto con emoción, ¿eh? –preguntó retirando su mano.- No te muevas ahora.

   Tomó la pretina del pantalón del pijama con ambas manos, tirando de él hasta mis tobillos. Sus manos grandes, callosas y calientes cayeron sobre mis turgentes nalgas, apretándolas y frotándolas. Una se retiró mientras la que quedaba se metía en la raja entre mis glúteos. Por los rebotes suaves sobre el colchón supe que con la que retiró se estaba masajeando la verga, seguramente buscando que estuviera totalmente erecta. Y mientras yacía ahí, un sudor frío me cubrió, temía lo peor, lo que iba a llegar ahora. Reparé en que las ropas del repartidor de leche estaban amontonadas sobre el piso. Volviendo mi cuello apenas pude verlo. Él estaba de rodillas sobre mi cama, con su tolete inmenso pegando de una de las nalgas de su puta, es decir yo. Su mano parecía realmente interesada en mi blanco trasero, metiéndose bien en mi raja. Pronunciaba palabras calientes que apenas podía escuchar, como ahora si serás una perra, mi perra deseosa de machos, y cosas así mientras su gruesa y dura verga golpeaba de mis nalgas.

   No sé de dónde sacó una pequeña botella de aceite y dejó caer un chorro en su mano untando a lo largo, de forma brusca, de su venosa tranca. Cerrando los ojos con miedo y pegando mi rostro totalmente de la almohada, oré por fuerzas para resistir lo que vendría.

   -Voy a pasar un buen rato contigo esta noche, putito. –dijo con maldad, mientras un dedo aceitoso recorría la entrada de mi culo haciéndome lanzar un gemido de anticipado miedo.

   El repartidor de leche pasó una pierna por encima de mi cuerpo, quedando sobre mí, y sentí como la cabezota de su verga se frotaba, deseosa ya, de la entrada virgen de mi culo cerrado. Sus manos agarraron con fuerza mis caderas y sus pulgares separaban mis nalgas mientras empujaba su glande. Hice una mueca cuando la cabeza en forma de hongo se deslizó dentro de mí, casi rompiéndome el esfínter. Luego, con un largo y ronco gemido de placer interrumpido, ese hombre fue empujando entera su verga caliente y palpitante, muy aceitada, dentro de mí.

   -Ay… -chillé.- ¡Eso duele, señor!

   -Deja tus lloriqueos de mierda, puta. –me gruñó.- Tú naciste para tener una enorme verga clavada en tu culo, y eso es lo que vas a tener hasta que a mí me de la gana.

   Retirando casi toda su verga lentamente, luego la insertó nuevamente, clavándomela con fuerza, provocando que soltara yo otro grito ahogado de dolor y él otro gemido de placer. Enterrando aún más sus dedos en mis caderas, el hombre comenzó su mete y saca, retirando buena parte de su grueso y amoratado miembro erecto y babeante, para luego volver a meterlo todo, empujando todavía más, aplastando mis nalgas con rapidez. Su ruda enculada era dolorosa y traté de dejar caer un velo entre mi mente y mi culo lastimado, pero no pude. El hombre no parecía cansarse, y cabalgaba sin piedad mi pequeño culo sumiso a sus deseos.

   -Coño, este culito apretado y sedoso es tan delicioso. –gruñó cayendo sobre mí, aplastándome, sin dejar de subir y bajar sus caderas.- ¿La sientes? ¿Sientes como mi enorme verga te llena, puta? ¿Te gusta tenerla allí?

   -Si, señor. –gemí lloroso.- Me gusta mucho lo que me está haciendo, señor.

   -Lo sé, pequeña puta. –concedió sin disminuir su velocidad, alzándose sobre sus rodillas de nuevo, apresurando aún más sus rudas embestidas.- Estás recibiendo justamente lo que mereces. Tu culo lo pedía a gritos…

   -Si, señor. –gemí otra vez. Su voluntad y control sobre mí era insoportable y no podía hacer o decir nada como no fuera mostrarme de acuerdo con él y aceptar el castigo que estaba administrándome.

   Él se detuvo en sus cogidas por un instante, jadeando, para recobrar aliento, teniéndola toda enterrada en mi culo adolorido. Podía sentir como palpitaba y pulsaba en mis entrañas, casi como si creciera aún más.

   -Te mereces ser tratado como una puta sin valor, muchacho, porque eso es lo que eres. Una puta caliente puesta en este mundo para satisfacer a los verdaderos hombres. –argumentó serio, como un severo padre que explica algo a un hijo de pocas luces.- Cuanto antes lo entiendas, mejor.

   -Si, señor, lo entiendo. Soy una puta. –lloré en silencio, las lágrimas corrían por mis mejillas.

   -No, aún no lo entiendes, pero ya lo comprenderás. –dijo reanudando sus embestidas brutales, pero más lentas esta vez. Yo gemía realmente como una perra mientras él exploraba el fondo de mis entrañas con su verga enorme, como si realmente tuviera derecho a ello.

   De repente la puerta de mi habitación se abrió y mi padrastro, Mark, entró todo mal encarado, tal vez atraído por los chillidos. No estaba dormido como espera en el fondo de mi corazón.

   -¿Qué coño está pasando aquí? –gruñó nada más entrar. Fue cuando reparó cabalmente en lo que ocurría y quedó paralizado y silenciado por la sorpresa.

   Dios, ¡todo aquello era tan horrible! Ahí estaba mi padrastro, pálido, viendo como aquel sujeto cabalgaba mi culo. Lo que yo más deseaba era desaparecer en el acto. Pero no podía porque ese hombre, a pesar de la llegada de mi padrastro, continuaba sobre mí, metiendo y sacando su grueso tolete de mi culo. No parecía avergonzado o preocupado en absoluto, de hecho parecía bastante complacido y satisfecho de sí mismo. Soltando un fuerte gruñido, me la clavó hasta el fondo, y continuó empujando, obligándome a gemir, como para que mi padrastro entendiera lo puta que yo era.

   -Mark… -le supliqué, mientras yacía indefenso en la cama.- Por favor, ayúdame. Duele. –no dijo nada, tan sólo me miró como si de repente estuviera yo hablando en un idioma diferente.- Por favor, Mark. –gemí nuevamente.- Me está haciendo daño.

   El repartidor de leche se inclinó sobre mí, nuevamente me sentí aplastado con su peso. Cruzando un brazo alrededor de mi cuello, como si intentara estrangularme, me alzó, podía mirar fijamente al paralizado Mark, mientras me decía al oído:

   -Me encanta escucharte rogarle por ayuda a tu papi. –susurró con burla a través de sus apretados dientes, sin dejar de subir, bajar y menear sus caderas contra mis nalgas, cogiéndome en todo momento.- Nadie te va a salvar, bebé. Ahora eres mío. Mi puta. Pero me encanta escuchar a mis niños suplicando por algo de piedad.

   Yo era un verdadero desastre en este punto, tan sólo podía mirar a mi padrastro.

   -Por favor, Mark, ayúdame…

   Por ultimo, ronco y bajo, Mark aclaró al otro sujeto.

   -Él no es mi hijo. –parecía en trance.

   -Él es mi perra ahora. Y me encanta. –sonrió el repartidor de leche.- Sácatela y deja que te la chupe, si quieres… -invita.

   -Yo… yo no podría… -responde Mark, dando un paso más cerca de la cama.- Es el hijo de mi esposa.

   -Confía en mí, amigo, esta perrita se está muriendo por mamar tu verga para tomarse hasta la última gota de esperma. –apuntó, alzando nuevamente mi rostro con su brazo.- ¿Verdad, muchacho? ¿Ya deseas comerte otra verga babeante? –me interroga, dominante, mientras soltaba una feroz palmada en mi nalga.

   -Si, por favor. –respondí, mirando con infinito pesar a Mark, siendo evidente que mentía por temor.

   -¿Lo ves? –pregunta el hombre mientras continúa castigando duramente mi culo con su verga tiesa.- Este chico sabe que su único propósito en este mundo es el de ser un receptor de vergas. Para esto nació. Para que los hombres metan sus vergas en su boca y su culo. Nació para puta.

   Mark duda, considerando todo aquello por un momento, y yo estaba horrorizado por el rumbo que la situación tomaba. No era posible que Mark estuviera considerando cogerse a su propio hijastro a un cuarto de distancia de donde dormía su esposa, ¿verdad? Eso estaría muy mal. Sería algo enfermo. Mientras se acerca más a la cama, la tensión subió dentro de mí, matándome de nervios, casi olvidándome de la enorme verga que continuaba sodomizando mi culo. Miré a Mark con franca desesperación, pidiendo ayuda todavía. Él me miró y supe que había tomado su decisión.

   -Llevas días sin comer bien, muchacho. –dijo, abriendo la cremallera de sus pantalones, dejando salir su verga flácida que colgaba frente a mis ojos.- Creo que es hora de que tomes algo.

   -¡Mark!

   -Abre la boquita para papá. –respondió.

CONTINÚA… DE LECHE… 5  

Julio César.

¿EL KID RODRÍGUEZ LA BOTÓ?

septiembre 22, 2010

…DE ESTE ABRIL

   Y no de home run.

   Dicen que en Rusia todas las madres sueñan con que sus hijas sean estrellas del tenis y se les garantice resolverse la vida. En Venezuela, aunque el futbol comienza a ganar fuerza, todo padre de un mocetón que muestra interés en el béisbol, sueña con un Galárraga que llegue a las grandes ligas. Y que traiga dólares. No es fácil, cuesta, hay quienes tienen la habilidad y la suerte de demostrarlo, llegan… y la riegan.

   Fue doloroso ver como Wilson Álvarez por idiota e imprudente, mataba su futuro. Lo de Ugueth Urbina, hay que analizarlo con siquiatras, porque sólo un imbécil redomado pudo haberse destruido así… hasta que llegamos al Kid Rodríguez.

   Este hombre alcanzó la cima con este último contrato con los Mets de Nueva York, donde le garantizaron la friolera de 37 millones de dólares (¡¡¡37 millones de dólares!!!). Es un candado seguro cerrando juegos, pero fuera del Studium parece ser un fenómeno. Y no por lo bueno. Luego de un oscuro altercado verbal con su suegro, después de un juego que botó, el Kid lo agrede públicamente, causándole lesiones, leves, pero lesiones al fin y al cabo en la tierra de las demandas imbéciles, y fue detenido. Verlo salir esposado debió servirle de advertencia para lo que vendría… una sanción.

   Vamos a estar claros, el Kid es un jugador caro, con un contrato que obliga a pagar independientemente de cómo le vaya, y no ha estado tan bien, y luego sale con esa. Se deja llevar por la rabia y se le va encima nada más y nada menos que al padre de su mujer, el abuelo de sus hijos. A nivel de imagen, personal y del equipo, la cosa era fatal. Luego se lesiona, o eso dijeron, y se le saca del parque.

   Ahora enfrenta nuevamente un problema legal por enviarle mensajes telefónicos a la mujer, quien no quiere verlo, y le acusan de acosador en un sistema legal donde eso es visto con la boca echa agua por los abogados. El desacato es peligroso en el Norte. Aparentemente violó una orden de un tribunal que le prohibía acercarse a la familia de la mujer, y a la mujer. He aquí un corto que encontré en el portal de NOTICIAS24:

……

 “Sé que este mensaje me va a meter en problemas, pero ya he perdido a mis hijos”, escribió Rodríguez, según el fiscal Scott Kessler. “Encontremos una solución a este conflicto”.

“Tus padres te están manipulando como una marioneta”, escribió en otro de los mensajes.

Christopher Booth, abogado de Rodríguez, alegó que su cliente no tenía claro que no podía tratar de resolver el conflicto con Peña por su cuenta, y que cuando le dijeron que había un problema hizo lo necesario para corregirlo. Indicó que coordinó una reunión para ver a sus hijos, cuyo cumpleaños es el martes, a través de los abogados.

“No hay amenazas, le expresa su amor”, dijo Booth.

Aunque en la mayoría de los mensajes Rodríguez expresa amor y pide disculpas, en otros deja ver resentimiento y recriminación.

“Gracias por hundirme al darme la espalda. Cuida a mis hijos. Ya veo que estabas conmigo por mi dinero” y “esto no debería pasar, especialmente cuando tus padres tienen lo que tiene gracias a mí, incluida ropa”, también fueron enviados por el lanzador.

……

   Pobre Kid, tal vez no imaginó que el sistema jurídico norteamericano fuera tan rígido. Debe ser un choque casi cultural ir a Estados Unidos desde un país como Venezuela, donde un boxeador medio mata a la mujer a golpes y no sólo lo dejan en libertad cuando él dice que se portará bien, sino que no protegen a esa mujer, y este va y la mata. Hay lugares donde las instituciones funcionan, para bien o para mal.

   Se han oído muchas opiniones sobre este caso. Dicen que el suegro insultó a la abuela del big leaguer y que este perdió los tapones y se le fue encima. Dicen que el honor se lava con sangre… y luego la ley cobra, así que él debió saber qué sucedería. Está bien, se le insultó, pero cuando se es una estrella e inspiración para tantos que sueñan llegar a ser lo que él es, hay que actuar algo mejor, su ejemplo fue deplorable. Los adultos deben comportase como tales, no somos niños de veinte años, ni animales, ¿acaso no aprendemos nada con los años? ¿Acaso nada se aprendió de Wilson Álvarez o la de desgracia de Ugueth?

   Caramba, la cabeza debe servir para algo más que llevar una gorra, sea uno quien sea, o se venga de donde se venga. Carajo, que se habla no de unos dólares, de muchos dólares, 37 millones de dólares, sino de toda una profesión. Una vida. Y el Kid anda colgando.

VEGAS, DOMINGUEZ Y LOS LLORONES DEL CARACAS

Julio Cesar.

JUEGO SORPRESA

septiembre 22, 2010

NO DELANTE DE LOS NIÑOS

   Riendo burlón, el agente aduanal abrió la maleta de la viajera. Los juguetitos eróticos, que de eso estaba llena la valija bajo las ropas, le divirtieron. Se burló de ella que lo miraba entre exasperada y divertida. “¿Quieres jugar?”, lo provoca, ella ya conoce a los hombres… como ese.

   Le sujetó las manos con esposas, lo desnudó, le silencio con aquella bola que podía morder con todas sus fuerzas si el placer y las ganas eran muchas. Y mira que lo eran para ese macho mientras ella refregaba con deleite sus nalgas de su barra caliente. Eso si era rico, pensaba él, pero todavía deseando más. Y ella lo sabía.

   Y se lo ofrece Aprovechando que lo tiene inmovilizado, se lo coloca, lo dobla sobre esa mesa y lo usa, a fondo, metiéndolo todo. El grita, se estremece y lucha… suda a mares, está todo rojo… pero lentamente va meciéndose, de adelante atrás. Y ella sonríe mientras nalguea. Sabía que eso era lo que necesitaba ese carajo.

CEBADO

Julio César.

NOTA: La verdad es que la expresión del tipo mordiendo la bola, es súper intensa.

SABOREANDO EL MOMENTO

septiembre 22, 2010

BOCA LLENA

   Nunca tenía bastante de lo bueno.

   Se toma su tiempo, sube un poco, baja y va chupándolo con fuerza, deseando sus jugos, lanzando leves jadeos, casi bizqueando los ojos de placer. ¡Era tan rico! Se ahoga, sabe tan bien. Quiere más… Lo quiere todo. Así pensaba su muchacho cuando le brindaba varios chupis (helados) para que lo dejara en paz mientras hablaba con su mejor amigo. Si es que se puede hablar así.

EQUILIBRADO

Julio César.

JARED EL NOBLE, JENSEN EL PLEBEYO… 2

septiembre 20, 2010

JARED EL NOBLE, JENSEN EL PLEBEYO

Esta historia, QUE NO ES MÍA, mal traducida por el Google, larga y totalmente romántica, me la hizo llegar una amiga. Es buena. Es melosa y bobamente sentimental. Sólo una mujer podría escribir esto. Aunque mi amiga me pasó el archivo completo (es largo), sobre el encabezado hay poco. Es un tanto picante (bueno, algo más que un poco), pero es, básicamente, una historia rosa. Disfrútenla:

……

MATRIMONY W ITH HIS MAJESTY

By MERI

Jared/Jensen

CN-17

Cuando el agente de policía Jensen Ackles salva la vida del rey de Monrovia, no sabe hasta dónde llegará el agradecimiento de su majestad, Jared Primero…

-Me gustaría recompensarte… por lo que hiciste. ¿Hay algo que desees? –preguntó el rey, con tono casual, pero sus ojos brillaban con intensidad, sin abandonar ni por un segundo el dorado rostro del otro.

-¿Aparte de desear verlo regresar a la seguridad de su hotel donde estará a salvo de cualquier peligro? –alza una ceja con intensión. En verdad Jensen no puede pensar en nada que le brindara más tranquilidad que saber a salvo a ese hombre que fue su responsabilidad.

-Mereces una recompensa. Quiero… corresponderte. -el rey asintió con la cabeza, voz gruesa.

-En serio no vas a ofrecerme dinero, ¿verdad? Ya sabes, sería un insulto.

-Por supuesto que no. No fue eso lo que quise decir. Yo estaba pensando en algo más… simbólico, tal vez como un título de caballero o algo así.

-¿Sir Jensen Ackles? –y se echa a reír con todo su rostro, levemente ruborizado y radiante, viéndose como un muchacho. Vaya una idea. Ese título lo perseguiría por el resto de su vida como una broma de muy mal gusto. Ya podía imaginar lo que dirían en la jefatura. Chris nunca dejaría que lo olvidara.- Eso no sería valido aquí.

-Lo sé. Pero aún quiero hacer algo en tu honor. Lo mereces. –su voz cálida es grave y sincera, mientras continúa mirándolo fijamente.

-¿Por qué no todo el aceite de oliva que pueda consumir por el resto de mi vida? –Jensen sonrió un poco nerviosamente, nuevamente ruborizándose ligeramente, temiendo ser tomado por insolente. Pero el rostro del rey se iluminó con una gran sonrisa que logró sacar nuevamente sus hoyuelos.

-Entonces sí sabes algo de Monrovia, ¿no?

Jensen cerró los ojos, esos hoyuelos lo inquietaban. Ningún hombre debería tener hoyuelos como esos. Por ello no reparó en el recorrido del monarca sobre su cuerpo.

-Sólo lo que he leído, Majestad. Sé que el aceite de oliva es su principal producto de exportación. Que entre eso, y el turismo, Monrovia goza de una buena posición en Europa. Aunque no sé si pueden llamarse país o reino.

-Somos un reino, aunque contamos con un parlamento al estilo británico. Pero el aceite de oliva no me parece una buena recompensa. ¡Saliste herido salvaguardando mi vida!

Jensen sonrió suave, y algo le pasó a las fracciones del rey que parecieron dulcificarse. Sus ojos parecían… Jensen no sabía, como no sabía qué hacer para escapar del leve nerviosismo que lo atacaba en presencia del otro.

-En realidad era mi trabajo, Majestad. No espero una recompensa especial por hacerlo. No me pasó nada, ya mañana estaré fuera de aquí, en casa, con mi hijo.

-Pero… -una luz confusa vagaba en la mirada del rey, parecía imposibilitado simplemente de dejar el tema así.

-No, en serio. No creo que sea correcto aceptar nada por cumplir con mi deber. –al menos no lo que ese hombre pudiera ofrecerle. Y se tensó mientras lo recorría disimuladamente con la mirada. Reprendiéndose casi inmediatamente, ¿qué le pasaba? No entendía como sus pensamientos se habían ido de paseo a una calle tan lejana. No quería ese tipo de complicaciones. Sentía que debía deshacerse de ese sujeto, pero como que ya mismo. Su tranquilidad mental estaba en juego.- Majestad, el hotel, ¿recuerda? Debe volver.

-Ustedes los norteamericanos son tan exasperantemente independientes. –botó aire mientras negaba el rey con la cabeza, cruzando los brazos sobre su ancho tórax. Y Jensen rió entre dientes de ese aire algo frustrado. El noble casi parecía a punto de hacer un puchero ante su negativa.

-Así es, así somos. De todas maneras, ¿acaso no es usted un tanto americano también? –el rey lo miró con agrado, sonriendo un poco más, negando otra vez con la cabeza.

-¿También leíste sobre mí? Me halaga. –su voz baja una octava y Jensen se tensa, confuso, no sabe si por la repentinamente alegre sonrisa del otro, quien parece haber recibido un bonito regalo, o porque da un paso más cerca de su cama.

-Yo… eh, si, leí que eras… que es mitad americano, Majestad.

-Si, nací en este país, pero tuve que renunciar a la ciudadanía para aceptar la corona.

-Bien, eso me suena a como que fue un buen trato.

-A veces me lo he dicho a mí también. –en cierta medida parecía no estar tan seguro de ello.

Jensen pensó que tal vez la vida de la realeza y las obligaciones que conllevaba no eran tan placenteras y maravillosas como todos pensaban.

-Imagino que debe ser duro estar siempre en el centro de todas las miradas, continuamente asediado por todos. –respondió el rubio, mientras luchaba y perdía la batalla contra un bostezo que fue seguido fijamente por una mirada… ¿enternecida?, del rey, el cual dio un paso atrás.

-Lo siento, debes estar agotado y adolorido y aquí estoy yo distrayéndote. Gracias de nuevo. Aprecio mucho lo que hiciste por mí. ¿De veras no puedo hacer nada para…?

-No hay problema, Majestad. Ya me han pagado por esto. –Jensen le sonrió conciliador al rey, para que no se sintiera defraudado. Y con un notable esfuerzo de voluntad se negó a tragar saliva mientras el otro lo miraba. Cuando la puerta se cerró tras él, después de recibir antes otra cálida mirada amistosa, el rubio susurró para sí.- Este hombre podría darle problemas a cualquiera. Y yo no quiero eso.

……

La petición llegó a través de los canales regulares, desde Monrovia al Departamento de Estado, luego al jefe de policía en Texas y finalmente al capitán de Jensen, quien le hizo participe de la buena nueva. El rubio miró de forma desconcertada la petición, mirando a su capitán todo confundido.

-¡No puedo!

-Deberás. Ha sido una amable petición de un gobierno amigo y sería grosero negarse.

-Pero no pueden disponer así de mí.

-No dramatices, Ackles, no te están secuestrando. Es tan sólo una muestra de… buena voluntad. –aclaró el capitán Kripke, dándole a entender que “debía” aceptar.

-No lo puedo creer. –le comentó un poco más tarde a Chris.

-¿El qué? –preguntó el otro dejándose caer en la silla al lado de su escritorio. Sacudiendo la cabeza, Jensen le entregó la misiva.- ¡Coño! ¿Vas a ir?

-El Departamento de Estado me señala amablemente que es aconsejable el hacer todo lo posible para mantener las buenas relaciones con este reino. Por lo tanto me conceden dos semanas de licencia especial para que viaje a Europa donde seré, también, premiado. –casi recita sin inflexiones en la voz mientras se lleva las manos a la cabeza.

-Dos semanas de vacaciones en un paraíso mediterráneo me parece genial, no te quejes. ¿Llevarás a Bobby?

-Si; algo bueno podría salir del descanso, pasar más tiempo con mi hijo. –Jensen suspiró y sonrió después.- Y lo mejor es que sé que tendrás que ocuparte también de mi trabajo pendiente.

-Muchas gracias, Ackles. Mientras tú te largas a darte la buena vida sobándote el culo con la realeza y los ricos, yo tengo que cargar con tus obligaciones. –se quejó con tono amargo Chris, aunque sus ojos brillaban divertidos.

-Te debo esta.

-Maldita sea, no me marees con tus sonrisas doradas, muchacho rubio. Y no creas que no se te acumulará el trabajo. Tengo la sospecha de que encontrarás montañas y montañas de expedientes por revisar cuando vuelvas. –Chris echa la silla hacia atrás, apoyándola de la pared.- Tráeme una princesa rica cuando vuelvas y quedamos a mano.

-Si hay princesas hermosas, ricas y casaderas, puedes apostar que regresaré con un par a casa. –pero en su mente era otra la imagen que se formaba, la de un joven y apuesto rey, de pie, muy alto, en jeans y franela, mirándole de manera intensa, deseoso de (recompensarle) hacer algo por él. Jensen meneó la cabeza para hacer desaparecer ese cuadro, pero la terca imagen no se iba.

-Hummm… creo que otra persona, rica y joven, y en edad casadera ya se fijó en ti, chico. Y está muy interesado… Y no es precisamente una princesa. –Chris se rió entre dientes, con un tono bajo, libidinoso y sucio.

-¿De qué coño hablas? –Jensen apartó la mirada. No era bueno para él que Chris mirara su rostro en ese momento, todo coloreado de rojo y con los ojos brillantes como los de un gato.

-Por Dios, Jensen, ni tú puedes ser tan despistado. Ni puedes hacerte el despistado tampoco. –Chris lo miró de cerca.- Jesús, tal vez si seas un rubio tonto; nos das mala fama a todos. Él arriesgó la vida por ir a darte las gracias. Para verte. Lo cual, claro, sigue siendo una estupidez, pero habla de cómo es el hombre cuando algo le interesa. ¿Y ahora todo esto? Este tinglado para casi obligarte a ir a él, ¿no te dice nada, cabeza hueca?

-Si, que es un idiota demostrado cuando fue al hospital. Y… -se encoge de hombros, no sabe qué decir. Nada de lo otro, la invitación, tiene sentido. Aunque debe admitir, para sí mismo al menos (y que nadie más se enterara, por favor), que la perspectiva de volver a ver al rey no le molestaba en lo más mínimo.

-En serio, Jen, apuesto que el joven rey tiene cosas muy malitas pensadas para ti.

-Por Dios, Chris, tú ni siguieras lo conoces, ¿cómo puedes imaginar que le… atraen los hombres? ¿O sí sabes algo? –entrecierra los ojos. Meciéndose en su silla, fingiendo tanta naturalidad como puede, intenta que su corazón disminuya la velocidad con la cual late. A él no le importaba un carajo si el rey era gay o no. De verdad que no. Chris sonrió mirándolo, como imaginando cosas.

-Los rumores dicen que lo es. Al menos bi. Hace un par de años salía con una estrella de rock. Fue muy comentado.

-Reyes saliendo con estrellas de rock… ¡eso no quiere decir nada, hombre! –bueno, tal vez, sí. Aunque, en realidad, no debería hacer ninguna diferencia si sí significaba algo, ¿no?

-Puede ser, como puede ser que no signifique nada la otra estrella de rock con la que salía hasta hace dos meses. –puntualizó Chris, alzando una ceja.

-Eso no prueba nada. Tal vez eran amigos. Dios, eres policía, deberías saberlo. –Jensen agitó sus manos de atrás hacia delante para darle efecto a sus palabras, pero su pulso todavía porfiaba en correr al doble de su velocidad habitual.

-¿Sabes qué? Creo que es hora de que admitas… que sí puede tratarse de eso. Es un marica. Y tú le interesas.

-No lo digas así, a gritos en medio de esta sala de mierda. ¿Olvidas lo que pasó con Steve Doyle? –recordó Jensen, mirando alrededor. Pero nadie prestaba atención a lo que hablaban, y exhaló lentamente con alivio.

-Eso fue hace dos años. –replicó Chris con tono despectivo, como si las cosas hubieran cambiado realmente en algo desde entonces en Texas.

Doyle había presentado una demanda contra la jefatura por acoso y ataques por su sexualidad, y ganó. A pesar de que el departamento había recibido un camión de mierda en mala prensa, y que todos los oficiales fueron sometidos a terapias de crecimiento personal, nadie lo tomó en serio. Ni fue mejor para Doyle.

-Le ganó al departamento, pero tuvo que esperar cuatro años para finalmente conseguir trabajo en San Francisco y que le dejaran en paz.

-Estoy seguro de que ahora es mucho más feliz, fuera del clóset y allá. –Chris lo miró a la cara.- Jesús, amigo, si el rey te salta encima, abre los brazos y sal también tú del clóset, aunque sea por un rato y sé tú; el no admitirlo no lo hace menos cierto, Jenny. Sabes que me preocupo por ti. Vive, mi rubio amigo. Arriésgate a sentir, buscar y recibir lo que deseas. Déjate llevar al menos una vez, así sea a la cama del rey de bastos. –aunque en el fondo Jensen pensaba que Chris hacía y decía las cosas con las mejores intenciones del mundo, simplemente las cuestiones no las planteaba muy bien.

-Vete a la mierda. –le gruñó.

……

Los pasajes eran, cómo no, en primera clase. Un señor Barton, que fungía como secretario personal del rey, los recogió reuniéndose con ellos en el aeropuerto con una limusina con chofer. Jensen no estaba seguro sobre cómo sentirse, o cómo tratar a ninguna de esas personas, ni cómo comportarse. Nunca habías salido de Estados Unidos antes, excepto por una vez en la secundaria, cuando Chris y él cruzaron  a México como parte de un desafío. Y ni que decir que jamás, jamás, lo habían tratado con tanta deferencia como ahora. Ni que fuera del jet set, se dijo algo incómodo.

-Señor Ackles, usted y su hijo se hospedarán en el palacio real, por supuesto. Esta noche tiene una cena privada con su Majestad. Le hemos organizado un tour para mañana, hacia la capital. Luego, pasado mañana, los llevaremos a ver el Museo Nacional de Arte, el Museo Histórico Nacional, así como la mayor planta de procesamiento de aceite de oliva. Su Majestad piensa que está interesado en ello. También hay un Museo de Historia Natural, con la osamenta completa de un tiranosaurio Rex.

-No he leído nada sobre eso, sobre el tiranosaurio. –Bobby los interrumpió con ojos brillantes.- Eso sería genial. Me gustaría verlo. –por un momento el señor Barton se mostró tan sorprendido como Jensen, luego le sonrió al niño.

-¿Has estado leyendo sobre nosotros? ¡Eso es maravilloso! Acabamos de adquirir el esqueleto para el museo y estamos muy orgullosos de eso.

-Por supuesto que leí. Sabía que iba a venir y quería saber qué podía hacer y ver para no aburrirme, con todo eso de tener que ver y salir con el rey.

-¡Bobby!

-Tranquilo, no tendrá tiempo de aburrirse, joven señor Ackles, no con todo lo que hemos planeado para ustedes para mantenerlos ocupados. –respondió Barton. Sí se sorprendió con aquello de “tener que ver y salir con el rey”, no lo dejó entrever.

-Señor Barton… -interviene Jensen.- ¿Tendremos algún momento para nosotros, para mi hijo y para mí? Quisiéramos relajarnos, estas son nuestras vacaciones. Creo que nos gustarían uno o dos días tan sólo para ir a la playa o algo así.

Bobby asintió con mucho entusiasmo. Lamentablemente el señor Barton parecía un tanto disgustado.

-Veré que se puede hacer al respecto. Ah, aquí está. Llegamos a Palacio.

Se detuvieron y Jensen frunció un tanto al ceño, al bajar de la limusina pisó una alfombra roja. Era como algo salido de una película. ¡Coño! El rubio no tenía ni idea de qué esperar, tal vez algo así como los castillos alemanes que había visto en cuadros, pero en su lugar se encontró con una hermosa pieza arquitectónica, moderna y extensa, de un blanco brillante que cegaba a la luz del sol. Se veía cómodo y funcional, no con los elevados muros de las edificaciones de antaño.

-Vaya… -Bobby susurró admirado, recorriéndolo todo con ojos brillantes y una gran sonrisa en su rostro.- Esto es impresionante.

Bueno, se dijo Jensen compartiendo su entusiasmo, tan sólo darle un vistazo al Palacio había hecho que valiera la pena el viaje. Una mujer bajó apresurada las escaleras.

-Señor Ackles, es un placer conocerlo. Soy la señora Allison, secretaria personal de su Majestad. –ella sonrío mirando al señor Barton.- Soy su otra secretaria.

-¿Tiene dos secretarios? –preguntó Bobby con una gran sonrisa.- ¿Por qué necesita dos?

-Porque es un rey. Deja de preguntar y compórtate. –respondió Jensen en voz baja, pasando la mano por el rubio cabello de su hijo.

Bobby lo miró con total inocencia y Jensen se inquietó, sabía que no podía confiar para nada en esa sonrisa dulce. El niño se volvió hacia la señora Allison.

-Encantado de conocerla, señora. –sonriendo, ella le extendió la mano para precederlos por la alfombra roja.

-Qué educado. Les voy a enseñar sus dormitorios. Deben estar muertos de cansancio después del viaje. –y mirando a Bobby.- ¿Tienes hambre?

-Si, señora. –respondió Bobby cortésmente.

-¡Almorzaste en el avión! –se sorprendió Jensen, mirándolo desconcertado. Ese niño parecía un pozo sin fondo y comenzaba a temer el cómo sería cuando fuera un adolescente hambriento.

-Eso fue hace mucho tiempo.

……

Se les llevó y mostró una habitación decorada en colores blancos y crema. Jensen supuso que aquella alfombra valía seguramente más que su casa. La idea de una botella de refresco cayendo sobre ella, manchándola, lo hizo gemir y estremecerse. Seguro que reponerla le costaría el salario de todo un año. Y eso con suerte.

-Papá, ¿ya viste esto? –gimió Bobby extasiado, cayendo sentado, sin ninguna ceremonia, sobre el sofá y tomando un control a distancia para encender una TV de pantalla plana que ocupaba gran parte de la pared frente al mueble.

Antes de que Jensen, tomando asiento a su lado, pudiera responderle aconsejándole más cuidado a la hora de arrojarse sobre mobiliario costoso, alguien llamó a la puerta.

-Adelante. –permisó Jensen, sin levantar la vista.

-Hola de nuevo. –saludó una voz familiar.

Jensen se puso de pie como impulsado por un resorte, agarrando el control remoto de manos de Bobby. El chico pareció a punto de protestar, pero una mirada de su padre lo mantuvo en silencio. También él se puso de pie, aunque algo patosamente.

-Um… -Jensen se atragantó, mirándolo a los ojos; maldita sea, nadie le había dicho cuál era la manera apropiada de dirigirse al rey. Como estadounidense no se esperaba que fuera muy ducho en tales cuestiones, lo sabía, pero no deseaba ser grosero. Pero simplemente no se le ocurría nada. Enrojeciendo, se quedó con la boca entreabierta como buscando las palabras, luchando fuerte para no comenzar a bailotear de un pie al otro.

-Me alegra que estés aquí por fin. –el rey no apartaba sus ojos de él, ni la sonrisa abandonaba sus labios. Parecía genuinamente contento… y aliviado de que finalmente estuviera allí.

Jensen tragó saliva y dio un par de pasos hacia delante, extendiendo una mano y tratando por todos los medios de no reparar, y peor, que se le notara, en lo increíblemente guapo que se veía el rey en ese traje.

-Es bueno volver a verle, Su Majestad.

-Y a ti. –contestó el rey, sonriendo de forma deslumbrante, mostrando sus hoyuelos, cuado su mano grande y bronceada cubrió la de Jensen, cálidamente.

Ese primer contacto fue mágico, como una carga de electricidad estática en invierno, una corriente que pasaba a través de Jensen, excitándolo. Y por un segundo, tan sólo un segundo, la sonrisa del rey se tambaleó, emocionado. Se miraban, y la enorme mano no soltaba la de Jensen, hasta que el rey, renuente, la dejó ir, y Jensen se dejó caer pesadamente en el sofá, mirándolo, sin saber qué decir.

-¿Eres el rey? –preguntó Bobby, rompiendo el silencio. Seguía de pie mirando hacia arriba, con los brazos en jarras en sus caderas. Su tono tenía justo ese donaire de insolencia que Jensen tanto temía.

-Si, lo soy. –el rey sonrió, sus ojos arrugándose suavemente en las esquinas.

Jensen contuvo la respiración, visualizando el vergonzoso incidente internacional que se avecinaba. ¿Sería su culpa que el niño fuera tan insolente? Probablemente.

-Yo soy Bobby. Bobby Ackles. –y le tendió la mano.- Mucho gusto de conocerlo.

-El placer es mío, Bobby. Estoy complacido de conocerte. –el rey tuvo que inclinarse para estrecharle la mano, y lo hizo con solemnidad.

-¿Cómo te llamas?

-Bobby, no creo… -Jensen hizo una mueca, pero mirándolo, el rey hizo un gesto negativo con la cabeza.

-Mi nombre es Jared. Jared Deveraux. Y tú puedes llamarme Jared. Pero sólo en privado, no en público. Lo siento.

A Jensen eso le interesaba. ¿Para él aplicaba la misma regla? ¿Podía llamarle Jared, o sólo Bobby? Por su parte, el niño parecía ir meditando sus palabras.

-Está bien. ¿Cómo debo llamarte fuera de aquí?

-Señor, ¿sabes por qué? –Jared le interrogó suavemente.

-Porque tú eres el rey. –respondió el niño con cierto aire, como si aquello fuera descaradamente obvio para él. El estómago de Jensen se agitaba de arriba abajo.

-Nadie nos ha dicho como debemos llamarle, Majestad, o cómo comportarnos frente a usted y…

-Es mi culpa. Yo les pedí que no te dijeran… que nos les dijeran nada. Prefiero que nuestra relación sea menos formal en privado. –informó a Jensen, buscando sus ojos, casi deslumbrándolo con la intensidad de su mirada.

El rubio estaba seguro de que muchas personas debieron agitarse e incomodarse cuando el rey dispuso eso. Aunque lo prefería. Eran americanos, aún Jared (en parte) y prefería un trato menos “real”.

-Entonces… ¿cómo debo llamarle?

-Jared. –respondió con una sonrisa radiante e intensa, inclinándose también hacia él, tendiendo nuevamente su enorme mano.

El estómago de Jensen se agitó poderosamente, pero no pudo evitar sonreír nuevamente… ni el enrojecer un poco al estrecharla. Y allí estaba presente esa corriente otra vez…

CONTINÚA … 3

Julio César.