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LUCHAS INTERNAS… 63

abril 30, 2011

LUCHAS INTERNAS                        … 62

   Las cosas que esperaba pasaran en esa cama.

……

   -Hace calor… -jadea Jorge, apartando la sábana con la que se cubrió.

   Eric tiene que hacer esfuerzos sobrehumanos para contener la bocanada de aire que le hincha los pulmones. Sabe que si la deja salir sonaría como un gemido de excitación y expectativa. Los dos yacen quietos, silenciosos, cada uno intentando regular su respiración, porque Jorge está igual a Eric. No sabe qué anda buscando, casi no sabe ni qué está haciendo. Está ahí, al lado de Eric, esperando algo. Quiere algo, aunque lo teme también.

   Lo encontraba atractivo y simpático, y, coño, lo encontraba guapo. Había algo, algo muy poderoso en el joven abogado que lo excitaba. Él no era ningún marica, pero en presencia del otro, algo lo turbaba. Sabía que a Eric le gustaba él, porque Eric era gay. Eso lo incitaba. Saber que era un homosexual guapo, joven y caliente, interesado en él, lo calentaba. Y sentía una erección, ahí, a su lado, creciéndole entre las piernas. Una que desea frotar, tocar… o dejar que otra mano la acaricie.

   No quiere pensar. Sabe que terminaría sintiendo asco, miedo. En el fondo era eso, miedo. Sentir o creer que pudiera haber algo malo con él. Pero ya estaba ahí. Cierra los ojos e imaginar a Eric en la playa, con una de sus tangas, riendo, saltando entre las olas, trenzándose contra él dentro del agua, luchando, lo calentaba más. Sentía como el güevo le palpitaba con ganas de ser tocado y… mamado. Qué locura, mejor me duermo, piensa.

   Eric, a su lado, siente la boca seca y el corazón palpitante. Y el güevo erecto. Muy erecto. Acostado ahí, ladeando un poco el rostro, mira el cuerpo del otro, joven y atlético. Sabe que con moverse un poco, medio girando sobre él, su cuerpo quedaría contra el suyo tocándolo, sintiendo su fuerza y calor, pegando el tórax contra su hombro. Ese pensamiento lo enloquece, tiene que respirar agitadamente por la boca buscando alivio.

   Jorge siente el cambio en su respiración, y él mismo tiene que controlar el aire en sus pulmones. Se vuelve de lado, de costado, mirando hacia la puerta, dándole la espalda a Eric, quien lo mira recorriendo su espaldota. Su mano, casi pegada al cuerpo del otro, se mueve un poco, como con vida propia, buscando a Jorge; tocar esa piel, sobar esa carne, palpar a ese hombre que lo excitaba desde hace tanto tiempo se volvía una urgencia. Pero se detiene. No puede hacerlo. Incapaz de estarse quieto, Eric dobla ese brazo, metiendo la mano bajo la nuca; resistiría, coño, tenía que resistir.

   Fingiéndose dormido, Jorge se endereza un poco, tendiéndose hacia atrás. Su espalda, firme y caliente, muy caliente, choca del codo de Eric, quien casi gime, mirándolo. Lo deja allí, sintiendo ese calor corporal. Jorge se estremece, ese contacto lo marea, lo excita. Siente que todo le da vueltas. Sintiéndose cortado, caliente como nunca, deseando caer sobre su espalda, abrazándolo, Eric retira un poco el codo. Jorge pasa saliva; coño, el otro no se desidia, necesitaba más.

   Eric nota como Jorge respira pesadamente, y como su espalda sube y baja. Sabe que está despierto, así que cuando se tiende nuevamente hacia atrás, buscando el choque de la espalda con su codo, Eric entiende y no quiere pensar en nada más, nada de racionalizar ni medir. Se tiende hacia su costado, mirando al de Jorge. Su mano izquierda se mueve, despacio, muy despacio y cae sobre su omoplato izquierdo. Ese contacto los electrifica. La mano de Eric, quieta, cálida, hace que Jorge arda también. El abogado, ya sin límites, sin frenos, se alza un poco y su rostro cae sobre el hombro del joven, pegando allí su boca, nariz y frente. Jorge deja escapar el aire de sus pulmones, sintiéndose mareado.

   Eric le atrapa el hombro y hala de él, Jorge queda sobre su espalda y Eric puede mirar la erección bajo su bermudas. No hablan, sólo se miran, agitados. La mano de Eric cae sobre su abdomen plano, sobándolo y acariciándolo firmemente. Lo encuentra erótico, caliente. Siente deseo, mucho deseo. Esa mano se abre y cierra, frotando más. Esa mano sube, mientras Eric lo mira caliente. Jorge tiembla, sintiendo el güevo ardiéndole.

   La mano del abogado cae sobre su pectoral izquierdo, frotando, acariciando, para llegar luego al otro, pellizcándole la tetilla erecta. Eric lo mira con la boca abierta, excitado, hermoso, como pidiéndole que lo deje. Su rostro va descendiendo hacia esa tetilla atractiva y caliente. La quiere en su boca, lamerla, morderla suavemente, con ganas, ensalivándola y mamando en ella como un pequeño lactante.

   -¡No! -grazna de pronto Jorge, apartándolo violentamente de un empujón. Los dos se miran fijamente.

   -Jorge, yo… -se siente turbado, incapaz de pensar. El otro lo mira con odio, con mucho odio.

   -¡Eres un sucio y maldito maricón! Nunca más me toques, pila de mierda… -le grita con asco, poniéndose de pie con esfuerzo, casi cayendo otra vez sobre las colchonetas.

 

   -Jorge… -ruge, sintiendo no sólo rabia, sino frustración.- ¿De qué hablas? Yo…

   -Eso es lo que buscabas, ¿verdad, sucio maricón? Que me quedara aquí para meterme mano. Pues eso no va conmigo. -lo acusa. Molesto Eric se sienta y le grita.

   -Déjate de imbecilidades. Fuiste tú quien entró aquí con un cuento absurdo. Yo no fui a buscarte. Fuiste tú quien cruzó por esa puerta; y tú fuiste quien se me estaba pegando en esta colchoneta. -el otro ruge, casi inclinándose hacia él.

   -Cállate, maldito marico. Si le dices eso a alguien, te mato.

   -Fuiste tú quien vino a mí. –repite a gritos, exasperado, con resentimiento.

   -Está bien. Me equivoque. Pensé que podría dejar que me mamaras el güevo, para ver qué se sentía, pero es sucio. Muy sucio. ¡Eres un sucio!

   -Ah, tú quieres probar y soy yo el… -gime Eric, pero Jorge lo interrumpe con un grito.

   -Cállate mamagüevo. Andas de aquí para allá siempre moviéndole el culo a los demás en la cara para ver, ¿verdad? -lo acusa feo.- Me voy de aquí. Me tengo que ir. -Eric se ve dolido.

   -Es lo mejor. Lárgate. -ruge bajito, mirándolo con resentimiento.- Y has como quieras, espera hasta mañana o vete ahora. A mí me da igual. -se deja caer, dándole la espalda en la colchoneta.- Nunca voy a decirle nada a nadie, así que tranquilo. Vive bien. Sé feliz… y hasta nunca. -gruñe, sintiéndose caer en un oscuro pozo.

   Jorge parece botar aire, sintiendo rabia, miedo y ganas de pelear. Gruñe un “mamagüevo” y sale. Eric tiene que cerrar los ojos y tomar una larga bocanada de aire para intentar calmarse y resistir la tentación de perseguirlo, gritarle coño’e madre y caerse a carajazos con él. Su rabia es muy grande, porque nace de la injusticia. Sí, él lo deseaba, soñaba con él; pero nunca hubiera ido a buscarlo o proponerle nada. Porque le tenía… afecto. Ah, pero él viene, como a probar qué se siente estar junto a un sucio marica, tal vez a que le mame el güevo pensando que, tal vez, no sea tan malo, y se arrecha con él, tratándolo de basura.

   En el fondo, eso es lo que más tortura a Eric. Jorge lo hizo sentirse mal, mal consigo mismo, a él que tanto le costó aceptar algunas cosas, a él que aún no se atrevía a decirse a sí mismo que era homosexual, aunque lo sabía. Oye los truenos, y su fuerza, así como el de los relámpagos; el peso de la lluvia sobre el miserable techo, lo hace sentirse más deprimido, más insignificante. Él no era ninguna basura, no era un mamagüevo que andaba buscando a quien perjudicar. Jorge que se fuera al coño’e su madre. Y esa rabia, ese dolor producido por el rechazo de alguien que era importante para él, le afectaba. Dolía. Dolía mucho…

                                                              ………………..

                                                   – 5 –

   El Corry Cuatro, en Valencia, había visto mejores tiempos y alojado a gente mejor de la que ahora residía allí. Había un aire de decadencia real, que hería el olfato como un hedor a mierda rancia al sol saliendo de todas partes. Era algo casi palpable. Muchas personas arrugaban la nariz con sólo entrar en el campo militar. De lo que una vez fue una respetada institución, no querida pero sí tomada en cuenta,La Guardia Nacional, ya no quedaba nada. La gente común sentía algo parecido al asco cuando visualizaba a sus uniformados. Con el alzamiento de los militares en rebeldía pacifica en la plaza deLa Libertad(que ocurriría semanas después), mediante una figura absurda introducida por gente ignorante enla Constitución(el Artículo 350), pareció que salía todo lo de bueno o decente que había en la organización. No era algo casual, un régimen criminal decidido a todo para mantenerse en el poder, debía destruir cualquier organismo capaz de plantarles cara y enfrentarles. Lo primero que se destruyó en el ejército fue el honor y la hombría. Fue así como ascendió Arcadio Bittar, el general toripollo, que mucho más tarde sería conocido como el ‘gases venenosos’, por un país que todo, aún las peores tragedias, tomaba a cháchara.

   El hombre, con su boina roja, de reglamento (o de halada de bolas ya que el Presidente la usaba, nadie lo sabía a ciencia cierta), sus lentes oscuros y su porte arrollador, era un carajo hasta bien parecido. Intentaba mostrarse varonil y valiente. Había que escarbar, muy poco a decir verdad, para conocer a ese saquito de mierda al que llamaban General.

   Mientras el hombre se dirige a su oficina, mascando un tabaco no encendido, creyendo que lo hace verse más macho, se siente molesto y regaña a todos con quienes se cruza. El viaje a Caracas había sido una perdida de tiempo. Lo que la crema del régimen y ese abogaducho truculento, Ricardo Gotta, le habían propuesto, era una locura. Y más ahora que había militares refunfuñando en voz alta contra el entreguismo del país y la traición a la que sometían a la nación. ¿Qué se creía ese coño’e madre? Si por alguna fiebre tropical se le tostara el cerebro e hiciera lo que le dijeron, su vida estaría acabada. Hasta su madre le escupiría en la cara, a menos que le soltara una boloña de billetes. Su carrera terminaría; ya no habría lugar para él en ninguna parte de este país.

   Habían emputecido Las Fuerzas Conjuntas, los que no, se amariconaron, pero aún podía haber un repunte de hombría y él estaría acabado. Con un gruñido habla con su edecán, un carajo flaco, paliducho, que no parecía capaz de echar masa ni músculos por más que lo pusieran a ejercitarse. Eso le molestaba, le gustaban los tipos musculosos, tetones y viriles. Había algo de lagartija en el edecán. Le ordena que revise y sacuda de polvo y fango su jeep. Y lo ordena de mala manera, haciendo que el otro sintiera rabia y vergüenza al tener que obedecer cosas así. Los tiempos cambiaban, pero la gente era igual; los jefes aún utilizaban a los subalternos para llevarle los muchachos a la escuela, comprarles el hielo y atender a sus familias. Y después hablaban de Cecil Montes, la mujer del expresidente Téllez, una de las llamadas Barraganas del Poder. Una mujer que llegó a mandar más que el marido. Cómo si ahora no ocurriera exactamente lo mismo.

   Ajeno a todo eso, Bittar entra a su oficina y se cuida de cerrar muy bien la puerta. Está caliente, está caliente desde que salió de Caracas, pero no pudo hacer nada al tener que viajar con toda esa comitiva. Cruzar por El Paseo Los Ilustres lo hizo ver a todos esos muchachos deslizándose en patinetas, jóvenes, atractivos, atléticos. Así le gustaban. Jovencitos y guapos. La boca se le hacía agua. Se deja caer tras su escritorio, intentando alejar a Ricardo Gotta de su mente, ese güevón lo dejaba impotente. Recordar aún esa reunión le molesta. Él había trabajado mucho para ascender, halando bolas parejo, adulando descaradamente, haciendo mandados, tapareando vagabundearías, cometiendo perjurios por sus jefes, obedeciendo órdenes ruines, como “bótame a ese carajito”, porque el carajito no había querido aflojar el culo. Hubo años en que eso no se veía, pero el desorden introducido por Cecil Montes al encargarse de los ascensos militares, y ahora por la gente del Proceso, hizo que todo allí fuera un caos.

   Bittar nunca fue un hombre decente, honesto, ni esforzado. Era cobarde, brutal con los más débiles, y terriblemente codicioso. Mamando güevos y dando culo, no por simple placer como practicaba desde hace añales, sino a tipos desagradables, enla Cuartay ahora en la república de quinta, había ascendido. Sus evaluaciones eran terribles, y sabía que nunca llegaría a lo máximo, al generalato; por eso se dedicó a robar en alcabalas y aduanas. Sonriendo con sorna, con aires de delincuente, piensa que casi lo echa todo a perder en el noventa y ocho, cuando se oponía a la presidencia del actual jefe. Como gritó en esos días, que cómo un maricón como ése iba a ser Comandante en Jefe… Por suerte, muchos otros también lo dijeron, fingiendo dignidad y gallardía, para luego cagarse todos. Andaban como palo de gallinero. Pero sobrevivieron, era la hora de halar bolas y coroneles, generales, almirantes y Altos Mandos, lo hicieron. Así de simple y directo. Sin ningún tipo de rubor. Si la guardia y las fuerzas armadas debían desaparecer, mala suerte, entonces lo mejor era juntar plata. Y a eso se dedicaban los uniformados desde el Zulia hasta Delta Amacuro.

   El hombre, con un largo jadeo se deja caer en su silla. No fue pérdida total el viaje, vio bastantes culitos apretados de muchachitos. Lo que quería decir, aunque no lo reconocía, es que miró muchos güevos bajo esos pantalones, shorts y monos deportivos. Y Franklin Caracciolo lo había embobado. Era un poco viejo para como le gustaban a él, pero se veía rico, se dice con una total impudicia. Con un largo suspiro, arrellanadote en su sillón, recuerda la mirada fría y dura de esos ojos claros, ese cabello brillante, esa boca de labios delgados y rojos, crueles. Había algo de malo en Caracciolo que le puso el culo aguaito. Lentamente se abre la casaca y mete una mano por el faldón de la camiseta verde y se soba la panza, algo abultada aunque luchaba contra eso con una coquetería maricona y tenaz. Esa mano sube acariciándose la tetilla, pellizcándose el pezón derecho, sintiéndolo tibio y rico.

   Carajo, estaba caliente. Con movimientos bruscos se pone de pie, quitándose la casaca y abriéndose el pantalón militar. El triángulo abierto de su bragueta muestra una tela brillante y sedosa. Se lo quita, quedándose con una extraña pieza interior para un carajo tan grande, y General dela Repúblicapara rematar. Era una tanguita de tela suave y brillante, sedosa, azul. El bojote del güevo le abulta y cae, mostrando un paquete interesante. El hombre se sube los faldones de la camiseta y se soba las tetillas, conteniendo un gemido. Se imagina así, casi desnudo, y a Frank pellizcándole las tetillas con furia. Las manotas del carajo irían a sus nalgas, sobándolas; él sentiría el calorcito y lo sabroso de la caricia sobre su trasero, donde la suave y breve tela está totalmente metida dentro de las nalgotas.

   Se pone de pie, vuelve la cabeza y la mirada, hacia su trasero, la raja interglútea se ve llamativa. Le encanta tener el calzoncillo así, sentirlo dentro de su culo. Lo hacía sentirse putón. Las manotas soban con ganas las nalgas depiladas, así le gustan, sobándose con fuerza lleva la punta de sus dedos hacia la raja, frotándola, hundiendo la suave tela allí. Sonriendo cínicamente se imagina el escándalo que se desataría dentro del mundo político-militar farandulero si descubrían sus aficiones. Lo que ignora el carajo es que ya mucha gente lo tenía en la mira. Uno de ellos era el siniestro Ricardo Gotta.

   Hace tiempo que el abogado sospechaba que al general toripollo, le gustan los pollitos; por ello, para reunirse con él, lo citó en los jardines que dan a la piscina de un conocido complejo hotelero caraqueño. Mientras Frank y él le hablaban de la necesidad de mostrar fortaleza a toda costa contra la sociedad civil, para que entendieran que serían enfrentando con mano dura si protestaban, notó que al gallardo general se le iban una y otra vez los ojos hacia la piscina, donde un grupito de cuatro muchachos, delgados, lampiños, andróginos (contratados por él), jugaban al voleibol con una gran pelota, vistiendo pequeños y atrevidos bikinis. Los ojos del hombre iban una y otra vez hacia los jóvenes; y a Ricardo le parecía que tenía la mirada perdida en esas tangas, y como que hasta babeaba, ya que sintió, con asco, como lo salpicó un poco de saliva al negarse a hacer lo que le pedían: que atacara con puño de hierro a los grupos que se quejaban del Gobierno en las calles.

   El hombre, con el corpachón cubierto únicamente por las botas, la cadena de identificación y la tanga, se deja caer sobre su sillón de cuero, sintiendo la textura cálida contra sus nalgas, algo que le encantaba. Con una pequeña llave abre una gaveta a la que nadie tiene acceso, y sonriendo con morbo, extrae algo, un dildo de goma, amarillento y delgado, pero con textura consistente. Lo mira con febril ansiedad. Saca la lengua y lame el tronco, como quien prueba una chupeta o un helado. Lo lame, imaginando que es el güevo caliente de uno de esos muchachitos en la piscina. Casi jadea recordando a uno morenito, de tanga morada, endemoniadamente sexy. Se echa hacia atrás en el sillón, quedando recostado y alzando la mano baja la amarilla cabeza del güevo de goma hacia su bocota, tragándolo con avidez, lamiéndolo y chupándolo.

   Jadea recordando todos los güevos que ha mamado así; su boca de labios descoloridos traga el cilíndrico juguete, sintiendo como le baja por la garganta, ahogándolo y provocándole arcadas. Todo él se estremece al cerrar los ojos, sacándolo un poco, para luego volver a tragarlo. En su mente imagina a Frank en la piscina, paseándose alto, musculoso y altivo con una tanguita amarilla atigrada. Se lo imagina felino, magnifico y con un tolete puesto al descuido, empujando y deformando la suave telita. Imagina al carajo cayendo sentado en una silla plegable, flexionando una pierna. Lo imagina sonriendo, con su torso lampiño, tetón, su panza plana, su cadera enfundada en la tanguita, cubriéndole el tolete y las bolas, donde los dos muslos musculosos y lampiños se separaban. Y él, Arcadio, ahí, deseando meter la mano entre esos muslos, sobándolo, acariciándolo, suplicándole que le dejara tocarlo y lamerlo todo.

   Eso intensifica sus gemidos, mientras el tolete de goma sale y entra en su boca ensalivada y babeante. Algo de baba cae por su barbilla. Saca el güevo que brilla de saliva y lame y besa la amarilla punta. Baja el dildo y con la gomosa cabeza se frota una tetilla, cosa que le envía corrientazos de placer por todo su cuerpo. Gimiendo más allá de toda medida, deja el dildo en la mesa y se baja la tanga, mostrando una pequeña pelambre de pelos púbicos, que rasuraba, dos bolas grandes y un güevo semiflácido.

   El carajo vuelve a tomar el dildo y lo mama otra vez, con los ojos abiertos, gozando cuando cruza entre sus amígdalas; mientras alza una pierna y la apoya sobre la gaveta semiabierta, flexionándola, descubriéndose los musculosos pliegues que llevan a su culo. Se recuesta más del sillón, echando las caderas hacia adelante y los pliegues se abren, mostrando un culo enrojecido, arrugado, lampiño y grande por el excesivo uso. Mientras mama el dildo, jadea bajando la otra manota, sobándose las tetillas, sobándoselas fuerte, apretándose los pezones, deseando gritar de lujuria. Esa manota baja más, pasando de largo sobre su tolete y bolas, para caer sobre su ardiente culo, donde el dedo índice se frota rápida y enérgicamente, casi haciéndolo gritar. Siente que el culo, más allá del anillo, le tiembla y se le calienta, mojándose todo. Mientras se lo frota con el dedo, lo siente palpitar, abriéndose y cerrándose, queriendo ser penetrado de una buena vez.

   Con el rostro contraído de lujuria, suelta el dildo y mira hacia abajo, hacia su culo hambriento. Busca en la gaveta y saca otro tolete de goma, este es más pequeño, pero mucho más grueso, nervudo y cabezón, de un negro lustroso y brillante. El carajo lo toma con su mano derecha, llevando la reluciente cabeza azabache a la entrada de su culo que ahora palpita con furia, abriéndose como con vida propia. Tiene que cerrar los ojos y apretar los dientes para controlar los gemidos y los espasmos que pueden hacerlo correrse antes de tiempo, cuando clava lentamente la enorme cabezota dentro de su agujero, que lo permite fácilmente como si estuviera untado de mantequilla. Ese culo titila y tiembla, caliente y mojado sobre la rígida cabezota de goma, halándolo, chupándolo.

   Lentamente va enterrándose el tolete, estremeciéndose y tensándose todo al sentir la invasión rígida que lo calienta, que lo hace querer más y más. Buena parte del increíblemente grueso tolete está adentro, dilatándole y abriéndole bien el culo. Con un alarido, lo suelta, dejándoselo ahí, y ese dildo se mueve, meciéndose con los espasmos ávidos de ese huecote. Angustiado ya, lo agarra otra vez, sacándolo un poco, arrastrando la membrana, y metiéndoselo nuevamente de un golpe. Jadea y gruñe, sudando sobre su silla, sacando y metiéndose el negro dildo en las entrañas. Esa cogida le hace sentir ganas de gritar, de correr. En su cabeza no hay ideas, todo él está poseído de sensaciones, ardores y deseos.

   Las blancas y lampiñas nalgas musculosas se aplastan contra la silla, mientras el cilíndrico y enorme tolete entra en el rojo culo, empujándolo todo, que se ve totalmente ocupado, invadido, aunque ese hueco parecía algo chico para semejante barra negra. El tolete va y viene, rápido, mientras más arriba las bolas se contraían dentro del saco, bamboleándose de arriba abajo. El redondo anillo era empujado hacia adentro cuando la titánica barra entraba, enculándolo, metiéndosele hondo, cogiéndolo, para luego salir.

   Con un bufido, el hombre monta los dos pies en la silla, quedando de cuclillas, y con el brazo derecho casi a sus espaldas, rodeándose la cadera, saca y mete el güevo de goma, mientras sus nalgas van y vienen, subiendo y bajando sobre el tolete. Sube y baja, jadeando, bufando, sudando, con los ojos cerrados y la boca muy abierta. Su güevo flácido, ¡prácticamente es impotente por ahí!, se agita al igual que sus bolas, mientras su culo va y viene sobre el negro instrumento. Baja con fuerza, casi sentándose, y el dildo queda bien enterrado en su culo, donde todo él tiembla. Gruñe y jadea, perdido de lujuria, incapaz de pensar que su edecán puedo oírlo al regresar y que podría tener en esos momentos la oreja pegada a la puerta, imaginándose lo que hacia…

   ¡Como en verdad hacía el edecán en ese momento!

……

   Mientras sale de San José de Mamporal, rumbo a la autopista que debe llevarlo, en teoría, en poco tiempo a Caracas, Eric Roche repasa todos los acontecimientos de los últimos días. Muchos cambios, demasiados, habían ocurrido en muy poco tiempo; desde la partida de Jorge, que aún lo lastima y molesta, a la reaparición de Sam, exigiéndole volver a su vida, enfrentado de una vez a Norma, su madre. Se resistió, quiso oponerse, mandar a Sam al coño y seguir su vida de vegetal, alimentado de sol y agua del mar barloventeño, pero fue imposible con alguien tan tenaz como el otro. Y tan fuerte físicamente.

   -O vienes por tu cuenta, o de un coñazo te noqueo y te llevo igual. -amenazó.

   Conocía bien a Sam, y aunque a otros les hubiera parecido una baladronada, Eric sabía que era muy capaz. Tuvo que regresar con él a la ciudad, a su apartamento y a su vida. El abogado parecía, opinaba Eric intrigado, convencido de que Norma podría decirle algo que lo aclararía todo. Él no estaba tan seguro de eso. Temía ese encuentro, por más de un motivo: por el dolor de encontrarla, miedo de haberla juzgado mal, o peor, como lo que era en verdad. Pero cedió. Y mientras rumiaba durante todo el camino, gruñendo de la gente entrépita que haría mejor en resolver sus propios problemas en lugar de meterse en los ajenos, iba pensando en su vida.

   Una cosa de la que estaba completamente seguro era que no quería quedarse en Caracas; le gustaba su casa cerca del mar, lejana, fea, pero suya. Sam rió mucho mientras le contó lo de la tormenta y las goteras. No rió sino que lo escuchó con gravedad mientras le contó lo de Jorge. Eric se sentía cortado contándoselo, pero necesitaba drenarlo, que alguien entendiera cuánto le había gustado ese carajo, las ideas tontas y románticas que se  había forjado sobre él (días de compañía, hablar y reír mientras jugaban en la arena, tardes de tranquilidad, noches de compañerismo mientras preparaban la cena… y tal vez miradas ardientes, sonrisas tontas y besos dulces), y cómo se había marchado después de intentar probar algo (el cómo era esa vaina de los maricas), haciéndolo sentir sucio, degenerado. Un maldito monstruo.

   Para Sam tampoco fue fácil oírlo, no siendo homosexual. Pero estimaba mucho a Eric, como si fuera realmente su hermano, y le tenía… cariño, como a uno de los otros grandes carajos esos paridos por su madre. Lo de Jorge sabía que terminaría así, o en algo parecido, por eso le previno. Entendía que el otro se sintiera tan mal, por eso no lo remató con un: ‘te lo dije’. Ya lo superaría, ahora había cosas más importantes que atender.

   Sam lo dejó frente a su apartamento. Eric subió y lo encontró deprimente. Olía a rancio por todas las botellas vacía de licor que aún había por allí. En la nevera todo era una mugre. La poca ropa sucia que había dejado, apestaba. Había un olor a sudor, a bolas mal lavadas y a rancio en toda la vivienda. Eso le deprimió. Llamó a la señora Julia, la mujer algo mayor que hacía la limpieza. Tuvo que soportar las preguntas de la mujer, que pasó de la alegría de oírlo,  a la curiosidad de por qué se había ido así, terminando en el reproche por no avisarle nada ni comunicarse con ella. Quedó en pasar una hora más tarde, con su sobrina y arreglarían todo. Con un gracias, repetido varias veces, Eric por fin logró escapar de ella.

   Resistió el impulso de recoger cosas para que las dos mujeres no pensaran muy mal de él. Era casi imposible poner algo de orden allí antes de que la mujer llegara, sin embargo sacó la basura de debajo de la cama (dos o tres cajas de pizza que siempre guardaba como pertrecho), y los calzoncillos y medias sucias en el baño. Sin mayor remordimiento lo metió todo en una bolsa, y a la basura. Frente al botiquín del baño vio el cepillo de dientes de Irene y varias de sus cosas. Sintiéndose culpable, arrepentido del malestar que le causó, fue recogiéndolo todo, sus cremas y alguna que otra prenda ocasional que hubiera dejado por allí. La llamaría y se las entregaría.

   Por un momento una idea entra en su mente, decirle a la mujer que había estado loco, insolado o drogado y que por eso le había dicho todo aquello, que había sido una broma y que estaba arrepentido de haberla lastimado. Fue un pensamiento cobarde, egoísta y de corta vida. Él no podía ocultarse así, para siempre. No era justo para Irene, ya bastante daño le había hecho. Y ella tampoco lo hubiera aceptado. Era demasiado mujer para eso. Pero pensar en ella le dolía, sentía que había perdido a una muy querida amiga, alguien que siempre estuvo allí para él, para oírlo, para comprenderlo y confortarlo. Cómo deseaba que esa parte de la relación aún continuara…

   Bañado y cambiado de ropas, salió del apartamento cuarenta minutos después, no quería estar cuando llegara la señora Julia y su sobrina. Ya las vería antes de que se fueran. No quería responder a nada, ni justificarse por la mugre en la ducha, la ropa bajo los muebles o la comida bajo la cama. Bajó a los estacionamientos y allí estaba su carro, como le había dicho Sam, quien le aseguró que lo habían revisado, estaba bien y que él lo trajo desdeLa Torre. Sonríesintiéndose contento, embargado de aprecio, ¡le debía tanto a Sam! Por él, lo haría. 

   Esa noche, en un apartamento reluciente y limpio, un Eric en mangas de camisa, con una copa en la mano, espera. Siente algo parecido al miedo. Ojalá Sam estuviera allí. A las ocho en punto alguien llama a su puerta. Sintiendo un vacío en el estómago, la boca seca y el corazón latiendo con un doloroso esfuerzo en su pecho, abrió.

   Allí estaba Norma Cabrera de Roche, fría, elegante y altiva. Se miraron fijamente.

   -Hola, madre, ¿cómo estás?

CONTINUARÁ … 64

Julio César.

EL COME CHORIZO… 2

abril 28, 2011

 EL MECANICO REPARA                         CHORIZO… 1

   Aquí finaliza la historia de nuestro héroe invitado por un amigo a desayunar, encontrándose con un platillo nuevo, uno que le encanta y con el que se atraganta. Como ya dije, cosas que pasan todos los días…

LA LECCIÓN DEL DÍA: CONSULTAR

Julio César.

VENEZUELA Y EL TERCER VIAJE DE COLON

abril 28, 2011

COSAS DE FE

   Hasta no hace mucho tiempo estuvo entre nosotros un hombre delgado, de calva siempre presente, piel canela y tono de voz jocoso, el señor Kiko Mendive, un actor cómico genial que hizo las delicias de Venezuela durante décadas (también cantante, bailarín y actor serio), allí, en Radio Rochela, el programa ícono del humor en la televisión venezolana, punta de lanza de la programación de RCTV. Era el señor Mendive, que en paz descanse, un hombre mayor, siempre me lo pareció así, desde que yo era niño y le veía como el sufrido papá de Genovevo, interpretado por Pepeto López, otro gran actor cómico. No era el señor Mendive venezolano de nacimiento, era cubano, un día llegó y, para fortuna de Venezuela, se quedó con nosotros. ¿Qué si era viejo? Como chiste siempre se decía que había llegado a Venezuela en una de las carabelas de Cristóbal Colón, en su tercer viaje cuando navegó el Orinoco.    ¿O llegó primero?

   Cristóbal Colón. Desde niño siempre oí varias cosas respecto a este señor, que salió de Puerto de Palo en España, que descubrió América (aunque ahora interpretan las cosas según el humor del déspota de turno), y que en el tercer viaje llegó a Venezuela. Y aquí caemos en un vacío extraño, donde hasta alguien que gusta de la Historia como yo, peca de ignorante.    Mi primer recuerdo sobre el descubrimiento de América me viene del tercer grado de primaria, de un libro de texto llamado Estudios Sociales, donde se leía: “Hace casi quinientos años, Cristóbal Colón descubrió América”. Siempre me pareció extraña esa imprecisión, hasta que una amiga me aclaró que en esos libros de textos usados año a año costaba mucho actualizar cada nuevo dato, como el aniversario del Descubrimiento, así que se informaba del hecho y que cada maestro llenara las cronologías. Sabemos que Colón llegó en tres carabelas, la Pinta, la Niña y la Santa María (había una cancioncita escolar así: la Pinta, la Niña y la Santamaría eran las carabelas que a Colón traían). Sabemos también que en un tercer viaje, a bordo de tres carabelas, el intrépido almirante llegó a nuestras cosas. En el Parque del Este, en pleno centro de Caracas, cerca de un lago, descansa una réplica de la Santa María.

   Pues se imaginarán mi sorpresa cuando me entero que en el fulano tercer viaje, el almirante vino en sí, tres carabelas, ¡pero no en esas tres que ya conocíamos! El 3 de agosto de 1498, un día jueves, llega Cristóbal Colón a tierras venezolanas por la costa de Paria, bautizada como Tierra de Gracia, al mando de sus carabelas: Castilla, Correo y Vaqueña. Según la Historia, cuando el europeo vio el caudal del río Orinoco, a la altura de Delta Amacuro, se impresionó con aquella inmensa masa de aguas azuladas, tanto que escribió en su diario que al sentir y oír el rugido de ese “mar” de agua, tembló y sintió temor.

   Durante casi cuarenta años creí que Colón había llegado a nuestras costas sobre la Santa María, flanqueada por sus hermanas, la Pinta y la Niña; pero no fue así. Supuse aquello como creo que lo hizo y hace aún mucha gente, al relacionar hechos parecidos pero no señalizados. La Historia parece llena de mil huecos por donde se deja colar cualquier cosa. Pero sí es que, señalando esto a amigos y conocidos, Avelardo, el del trabajo, me dice que según oscuras referencias, la Santa María jamás llegó a tierras americanas, naufragando en el camino siendo todo el mundo transportado a las otras dos naves. ¿Qué tal?    Sin embargo hay que reconocer que esos exploradores eran gente aplicada, también los escribanos; de alguna manera, y para fortuna de la Historia, quedó registrado que el primer europeo que pisó tierras venezolanas (aún no usábamos ese nombre), fue Pedro Romero de Terrero.

   ¿Les suena intranscendental? A mí me gustó saberlo.

¿IR AL CIELO O REENCARNAR?

Julio César.

ANTOJOS

abril 28, 2011

SE LES PASÓ LA MANO

   Metérsela fue perder la cabeza… dentro de su culo.

   Nadie tenía la culpa, piensa Nicolás mientras embiste, hondo, metiéndola cada vez más profundamente, oyéndole gemir. Se había comprometido con el compadre para ayudarle a pintar la casa. La comadre había salido, terminaron, se tomaron tres o cuatro cervezas cada uno, e iban a tomar una ducha rápida. Pero buscando unas cholas bajo la cama, el compadre le enseñó esa joyita preciosa y cerrada. Y se antojó. Y se la metió. Duro. Preocupado de lo qué pudiera ocurrir, cosa que no le detuvo tampoco. Pero el compadre, después de la sorpresa inicial y del grito por el súbito ataque, le gustó tanto que se dejó hacer y apretó con ganas, pidiendo más; ahora lleva veinte minutos dándole palo del bueno a la piñata. Y les encantaba.

OCASIÓN Y CIRCUNSTANCIAS

Julio César.

CINE CALIENTE

abril 28, 2011

HOMBRES EN TANGAS

   Ese niño despertaba de todo.

   Jacinto se escapa al medio día del liceo y enfila rumbo al Centro. A ese cine para adultos donde trabaja un conocido que les permite entrar a los chicos para ver sí salva el teatro. El muchacho, delgado y todo ojos, entra y toma asiento en la última fila en el casi solitario local, con el corazón palpitante. La función a mostrar será una película sobre lesbianas, chicas de un equipo femenino de futbol que hacen de todo en los vestuarios. Se apagan las luces pero todavía le alcanza la claridad para fijarse en dos compañeros de secundaria que entran; no son amigos de él, Manuel, un gigantón de cabellos negros aceitosos, casi con bigote, y Andrés, un catirito echón sólo porque todas las niñas gustan de él. Son dos de los populares, siempre riendo, bromeando, atropellando a otros y llevándose a todas las chicas. Jacinto les odia con ese resentimiento y celos casi infantiles que nacen de creerse menos atractivo.

   Ven la cinta caliente. Les oye medio reír y nota que cada uno se soba mirando la pantalla. Desde donde está, con la claridad que brinda la pantalla, cree adivinar unas buenas erecciones bajo los jeans. Pero, intrigado, nota que Manuel mira mucho a Andrés, hasta que le oye susurrar “coño, se ve grande, ¿qué tienes ahí, una media metida?”. Andrés ríe y responde que sólo güevo del duro y caliente. Y a Jacinto le extraña que Manuel mire y mire ese entrepierna, la sombra de esa verga, mientras Andrés se soba, mirándole y sonriéndose.

   “¿Qué haces?”, jadea Manuel, y Jacinto también se lo pregunta, cuando Andrés se abre la bragueta, lucha y saca una buena verga parada, dura, casi brillante en lo oscuro. Andrés le susurra urgido que la tiene muy dura y caliente, qué la toque para que vea. Manuel grazna que no, que eso es de maricas; pero no puede dejar de mirarla. Andrés se muerde los labios, masturbándose, como ofreciéndosela, pidiéndole una y otra vez que la toque. Están un rato en esa vaina hasta que Manuel, lentamente la toca y Andrés chilla; claro, es rico sobarse el güevo, pero más cuando es otra persona quien lo hace. Está dura, realmente caliente y Andrés abre las piernas cuando Manuel le hace una paja como en trance.

   Andrés gime, cierra los ojos y Manuel tiene la boca abierta. “Mírala mejor”, le ofrece Andrés, atrapándole la nuca y empujándole. Manuel se resiste, que no, pero esa mano empuja, Andrés sonríe y dice que sólo la vea desde más cerca, y la verga palpita en la mano de Manuel y babea. Baja para mirarla, con el corazón bombeándole duro en el pecho, siendo vistos por Jacinto, totalmente olvidados todos de la película.

   El catirito chilla cuando el aliento de Manuel le baña el güevo que se estremece. Manuel lo mira, más y más cerca. Andrés medio ríe y le empuja la cabeza y jadea cuando los finos labios húmedos rozan la cabezota (y todo el mundo sabe lo rico que es eso). Y Manuel tiembla, quiere alejarse, él no es ningún marica, él no mama güevos, pero algo de ese líquido cae en su boca, lo saborea y le gusta. Está tan caliente y con tantas ganas de… pero no debe hacerlo o se volverá marica. Andrés, resoplando exasperado, lo resuelve por él, sube las caderas, el glande pega, moja y entra y Manuel chilla ahogado cuando lo siente sobre la lengua, duro y caliente, bañándosela con sus jugos. Cierra los ojos, por vergüenza cuando chupa un poco y saborea esa verga palpitante. Ahora, entre gemidos roncos, y apenados, su boca sube y baja, succionando que da gusto.

   Andrés gime que si, así, que se la mame así, que sabía que le gustaría mamarle el güevo, y Manuel, ofendido, mejillas y barbilla llena de espesa saliva y jugos de güevo, le gruñe que él no es ningún marica. “Lo sé, panita, pero sigue mamándote tu chupeta”, le ordena Andrés, y la roja lengua del moreno lame la cabezota, el tembloroso palo y se lo traga otra vez. Andrés sonríe, le atrapa la nuca y comienza a subir y bajar sus caderas, cogiéndole la boca. Se tensa y tiembla, Manuel quiere apartarse pero las manos le retienen, y el estallido de semen caliente, espeso y oloroso ocurre dentro de su boca, casi golpeándole la campanilla. Siente asco, pero Andrés se la clava más, se ahoga, necesita aire y traga. Lanza un gemido de gusto al paladearla, sube un poco sobre el falo y recibe los otros trallazos de leche sobre su lengua, ahora saboreándola con avidez. Jadean al terminar.

   -No estuvo mal, ¿verdad? Al final le tomaste el gusto al semen. –comenta Andrés, Manuel, enrojecido y avergonzado no sabe qué decir.- Cálmate, panita; ni que se lo fuera a contar a alguien… El que te guste tragar leche es lo mejor que me ha pasado y no quiero arruinarlo. –y ríe pensando en todo lo que se divertirá en esas noches dizque de estudios o de ver partidos de futbol en su cuarto, sentado en su cama mientras Manuel le becerrea el güevo.

   Y, en su asiento y bien duro bajo el jeans, Jacinto se pregunta qué hacer para lograr una atención similar de parte de Manuel, porque eso de que un compañerito de clases guste de mamar, es algo que no se debe desaprovechar, ¿verdad?

Julio César.

SAM ES MALO CON DEAN… 5

abril 28, 2011

SAM ES MALO CON DEAN                         … 4

   Esta historia, que NO ES MÍA, es un Wincests con toques pornográficos que encontré mientras buscaba otras dos páginas. El relato es desesperante, trata sobre un tema que parece gustar a tantos aunque a mí me molesta un poco. Sam, sin alma (esta ubicado a mitad de esta sexta temporada), desea esclavizar sexualmente a Dean, siendo totalmente horrible con él; la autora, Annabella, es de ese tipo de chicas. ¡Mi pobre Dean! Pero como cometí el error de comentárselo a Sonia, y no encuentro todavía las otras dos historias, la incluyo. Hago una que otra corrección. Disfrútenla:

……

Título: Toque

Autor: Annabella

Tema: Wincests

Estado: En curso

Clasificación: PG-17

Resumen: Sam, sin su alma, aleja a Dean y ahora desea que regrese a su lado, que nunca le abandone y que le obedezca en todo. Para ellos busca ayuda demoníaca… una que entiende que el menor desea esclavizar sexualmente al mayor. Y le ayuda, pero no resultará como Sam desea…

   -Dean, no. No te molestes conmigo. –casi pide.

   -Hiciste un pacto con un demonio, ni siquiera imagino por qué o para qué, pero él me… -enrojece feamente, señalándole con un dedo.- ¿En qué coño estabas pensando? ¿Qué pretendías?

   -¡Qué volvieras conmigo! –responde con furia también.- Quería que volvieras a mí.

   -¿Y para eso hiciste un trato? ¡Somos hermanos! Siempre será así. Siempre estaré para ti.

   -¡No! –estalla.- Me dejaste por ella. Por Lisa. Me abandonaste y ni siquiera miraste atrás para ver el daño que me hacías. ¿Cómo pudiste creer que podía continuar como si nada si ya no estabas ahí, cuando podía al menos verte dormir en la cama contigua?

   -Quise arreglarlo todo. Deseaba ayudarte. A que regresaras, Sam. Salvar tu alma.

   -¡No quiero mi alma! Estoy mejor sin ella. Este soy yo ahora. Sam. Otro Sam. Pero no el que tú quieres, y como no lo soy me dejaste. Porque siempre tiene que ser como tú dices. Ordenas y yo debo someterme. Obedecerte. Pues me cansé. No tenías ningún derecho a decidir quién soy. Tu único deber era estar conmigo. Tú tienes que estar junto a mí. Siempre. A mi lado. ¡Eres mío! –no puede contenerse.

   -¡Enfermo, hijo de perra! –ladra Dean, echando un puño atrás, y Sam puede ver como viene contra él, notando nuevamente el grueso anillo en su dedo. Pero sus reflejos son rápidos y con la palma de la mano abierta le atrapa el puño, cerrándola sobre él.

   Y Dean jadea, enrojeciendo visiblemente, sus labios se abren. Una oleada poderosa lo recorre de pies a cabeza. Su puño arde bajo los dedos de Sam, quien lo nota, porque también él es recorrido por esa fuerza. Y hay una sola idea en su cabeza mientras repara en el desconcierto del mayor:

   Quieroquieroquieroquiero…

   Hala de Dean, quien gime contenido, sintiéndose débil, con cada célula de su cuerpo deseando ser tocada. Dios, ¿era el hechizo?, se pregunta aterrado. Crowley le había dominado con facilidad, su cuerpo le traicionó en sus manos, pero lo que ahora sentía…

   -No, Sammy… por favor… -suplica, ronco, bajito, con su hermosa mirada nublada de lujuria y temor, con sus labios rojos y húmedos pidiendo ser tomados, besados. Y Sam endurece inmediatamente bajo sus pantalones.

   -Ahora es tuyo, Sam… -ríe, ronco, Crowley.

   Dean jadea aterrado y excitado al sentir la oleada de calor, necesidad y lujuria que entra en su cuerpo por allí, por donde Sam le toca. No, Dios, esto no, grita una parte aterrada de su mente, todo ojos, respiración entrecortadamente y las mejillas ardiéndole al rojo vivo, totalmente adorable y comestible, piensa Sam.

   El castaño sonríe con una alegría que no entiende, algo salvaje que estalla en su interior. Se supone que no siente… pero eso se va al diablo en presencia del rubio. Nota las señales de alarma de Dean, también su miedo, los vellitos rubios de su brazo erizados… y el calor; la piel de Dean arde bajo su palma. Y entiende que le tiene en sus manos.

   -Suéltame, Sam… -quiere gritar y tan sólo sale un roto y débil gemido. Sam sonríe de forma terrible.- Debes… debes. ¡Suéltame!

   -Eso no va a ocurrir, Dean… -sonríe el menor, moviendo su pulgar sobre esa piel ardiente, lentamente, recreándose en el infinito placer que siente, por tocarle, por controlarle, notando como Dean enrojece todavía más, como sus ojos se oscurecen de deseo. También puede notar la erección del rubio, así como podría jurar que sus pezones se destacan bajo la camisa. Y Sam, quien no es de hierro, no resiste un segundo más.

   Dean todavía grita un poco, con voz aguda y poco masculina, cuando Sam le hala, trastabilla y cae entre sus brazos, tal débil que tiene que sostenerse de sus hombros para no caer. El musculoso pecho del menor parece una sólida pared, y estar así, pegado a él, hace que el cuerpo del rubio se tense presa de una lujuria sin frenos. Es superior a sus fuerzas, desea resistir, pero su cuerpo se amolda, cede, y tan sólo quiere arrancarle las ropas al menor y someterse a él.

   Los brazos de Sam rodean su cintura, apretándole, necesita aferrarlo, saber que le pertenece. Sus pechos se unen tanto que cada inspiración es sentida por el otro, los corazones parecen acoplarse en latidos frenéticos. Las manotas del menor se abren palpando la firme y cálida piel del rubio sobre la camisa, y recorren esa espalda musculosa, enterrando los dedos, sintiéndola recia y vital. Y le sonríe, de manera ruda, sintiendo el aliento de Dean que sale entre cortado.

   -No sabes cuánto tiempo he esperado este momento, Dean, de tenerte así, temblando entre mis brazos deseando que haga contigo lo que desee.

   -Sammy… por favor.

   -¿Ahora pides, Dean? Bastante que te suplique que no me dejaras. Pero te fuiste. Tras ella. ¡Dejándome! –acusa, ronco.

   -No, Sammy…

   -¿Acaso sabes cuánto me lastimaste, Dean? Fue horrible verte salir de ese cuarto, oírte decir que nunca más querías verme. Saber que te ibas y ya no podría tener ni el consuelo de mirarte dormir, oírte decir tus guarradas, conformándome con ser sólo tu hermano. Pude seguir así, para siempre, pero a tu lado. Y te largaste. –acota entre dientes, bajando el rostro y rozando con sus labios la barbilla del rubio, estremeciéndose ambos. El calor, la textura de la sombra de barba, el olor, el sabor cuando la recorre lenta y concienzudamente con su lengua, mordiendo la barbilla mientras Dean gime cerrando sus hermosos ojos verdes, todo eso embriaga al menor, quien siente la verga dura como una roca bajo sus pantalones.- Pero ahora estás aquí, te tengo en mis manos, Dean. ¡Eres mío! –enfatiza, casi cruel, mordiéndole el mentón con fuerza.- Solo mío. No de esas putas en las carreteras. No de Lisa. ¡Mío! –y lame ese cuello de manera lenta, casi ronroneando como Dean mismo cuando sus papilas se llenan del delicioso sabor de su hermano; joder, era mucho mejor de lo que nunca había soñado. Le mira, fijamente, pero ahora su rostro presenta una resolución mortal.- Es mejor que te largues, Crowley; no he olvidado lo que planeabas, ni perdonaré el que lo hayas tocado.

   -Lo calentaba para ti. –es la sucia réplica cargada de frustración que lanza el demonio; mirar al rubio temblar así, todo encendido de lujuria, le duele. Dean era un delicioso manjar listo a ser devorado…

   -Lárgate o sabrás qué tan bueno soy usando el cuchillo de Rubi. Puedes ser rápido para ir de un lado a otro, pero mis instintos han mejorado mucho; puede que cuando desaparezcas e intentes regresar el cuchillo ya vaya camino a tu corazón.

   -Me la debes, Winchester. Tu hermano será una buena perra para ti, hará lo que desees, cumplirá tus más sucias y secretas fantasías, pero recuerda que fui yo quien te lo entregó. –ruge Crowley, desapareciendo.

   Dean tiembla, incapaz de creer todo lo que ha escuchado y visto, no sólo el ataque al que fue sometido por Crowley, y su corazón duele de ira y humillación al recordar la calentura que tenía por la verga del odioso demonio, sino el saber ahora que todo había sido horquetado, en su contra, por Sam. Su hermano. O, bueno, este Sam al que ahora ya no reconocía. Desea escapar, o golpearle, pero mientras encaraba al Rey del cruce de caminos, Sam dejó de besarle, lamerle y abrazarle, pero no le había soltado la mano y su pulgar se frotaba sobre su dorso, robándole fuerza, voluntad y resistencia, poniéndole cada vez más tembloroso y urgido, su verga era una sola palpitación sorda y caliente.

   No era ya que sus tetillas dolían de ganas de ser tocadas, o que su miembro le mojaba evidentemente la ropa interior y parte del pantalón, sino que (y de duele reconocerlo) imaginar que cubre con su boca la verga de Sam, o, peor, que esta se clava en su culo que ya palpitaba con un cálido latido que no entiende, casi le hace correrse.

   -Sammy, ¿qué has hecho? –jadea, mirándole entre molesto y suplicante.- ¿Pactar con un demonio en mi contra? ¿Cómo puedes hacerme esto, a mí, que siempre he vivido para ti, para cuidarte y protegerte?

   -Hice lo que tenía que hacer, Dean; para recuperarte porque te fuiste. ¿Acaso creíste que renunciaría a ti para que corrieras a los brazos de esa mujer? No tenías derecho a dejarme, me perteneces hace demasiado tiempo y… yo no puedo continuar sin ti. –replica, seco, atrapándole el cuello con sus manos grandes, haciéndole temblar, sonriendo al notarlo.- Te ves tan endiabladamente hermoso con tus labios rojos e hinchados, que deseo… Dime, Dean, en este momento ¿sueñas con cubrir con ellos mi verga y tragarla y chuparla con todas tus ganas? –le tantea y el mayor deja escapar un jadeo, rojo de mejillas.- Tranquilo, hermano, te daré todo lo que necesites. Te llenaré todo. Pero gritaras por más, llorarás repitiendo mi nombre una y otra vez mientras te corres, entre mis piernas, ensartado totalmente en mi verga, mientras lleno tus entrañas con mi semen.

   -¡No me hables así! -grazna, aún altivo.- No soy tu puta; esto que me pasa no es natural, sabes que…

   Sam le hala, sus pechos chocan nuevamente, la entrepierna de Dean pega de la de Sam, sus miembros palpitan al unísono mientras el menor le atrapa la boca con la suya, incapaz de aguantar más, y muerde y chupa del gordo labio inferior, gimiendo de gusto al sentirlo suave, cálido y totalmente erótico, como imaginó que sería.

   A Dean el cerebro se le apaga, jadea desmayado y esos labios abiertos son todo el permiso que Sam necesita y entra. Recorre sus labios, lame sus mejillas, atrapa con su lengua la saliva de Dean, le sabe dulce, maravillosa, antes de tantear su lengua. El toque es eléctrico, la verga de Sam parece querer reventar el pantalón, y Dean la siente, apretándose contra ella a pesar de sí mismo, traicionado por su propio cuerpo. Cuando las lenguas se atan, Sam tiene que apretarle más, sus manos bajan por la espalda rudamente, tiene que meter más la lengua, debe frotar su entrepiernas de Dean con mayor vigor, abarcar todo lo que puede con sus manos abiertas que bajan, una en la espalda, la otra sobre una de las redondas, duras y turgentes nalgas del rubio. Y cada toque, cada lamida y frotada sólo logra ponerle más frenético. Por un momento se pregunta si Crowley le hechizó también a él. Pero sabe que no, que toda esa calentura se debe a que tiene a Dean entre sus brazos, a su merced. Que puede…

   La lengua bucea sin descanso, lamiéndolo todo, atrapando con los dientes la de Dean, chupándola de manera ruidosa, hambrienta, tomándose su saliva y aliento, así como los ronroneantes gemidos del rubio. Ahora tiene las dos manos en aquellas nalgas que parecen echas para ser tomadas por él, y le alza un poco. Dean, totalmente caliente, le rodea el cuello con sus manos y cuando deja de tocar piso enreda sus musculosas piernas de las caderas del menor. No pueden jadear más, ni frotarse, ni besarse. Y todavía no alcanza.

   -Dean… tan hermoso… Demasiado caliente para tu propio bien. Esto es tu culpa. Tú me enloqueciste de ganas. –ruge Sam, dejando esos labios que le hacen perder la razón, pero necesitado de lamer esas mejillas, de morder no excepto de dureza esa nariz, esa barbilla, casi enterrándole la húmeda lengua en un oído cuando le atrapa el lóbulo, mordiendo, logrando que Dean se estremezca más entre sus brazos, echando la cabeza hacia atrás, ofreciéndole ese hermoso cuello que el más joven soñó con devorar cada noche desde que regresó del Infierno… O tal vez desde siempre, desde que entendió lo que era el deseo.

   -Sammy… no… ¡Ahhh! –gemía Dean entre sus brazos, dividido entre lo horrible del hecho (que Sammy se valiera de malas artes) y el deseo de ser amado por ese cuerpo perfecto que controlaba cada fibra de su cuerpo.

   -Te necesito, pequeño hijo de perra mandón y malgeniudo. –le gruñe al rostro, encarando los dolidos ojos verdes, que también brillan de lujuria.

   -Siempre he estado para ti, Sammy.

   -¡Sucio mentiroso! –le acusa, sus dedos clavándose sobre la tela jeans.- En verdad no me quieres, no a mí. Porque no soy tu patético y neurótico Sammy, ese que está todavía atrapado con Lucifer y Miguel. Ah, pero terminarás adorándome, Dean, viviendo por y para mí; seré lo único en tu cabeza, en tus deseos. Olvidarás al imbécil con su alma pusilánime y me querrás a mí. Sólo a mí.

   -No, Sammy, eres mi hermano y te quiero aún así como eres ahora. –enrojece de vergüenza Dean, por tener que poner en palabras lo que siente. O no, ya que en verdad ese ser le es cada vez más extraño. No, ese no era su hermano menor. Y la mirada de Sam, al oscurecerse, le indica que no le engaña.

   -Yo también te quiero, hermanito. –susurra derrochando sarcasmo, falsamente fraternal, acercando su rostro, bañando a Dean con su aliento, casi probando nuevamente esos hermosos labios.- Quiero tu culo cómo no te imaginas. Lo quiero todo para mí, Dean, para llenarlo con mi verga caliente… -le besa chupetón.- …Para cabalgarte y hacerte gritar de gozo… -le muerde el labio inferior.- …Quiero que grites como una puta feliz al ser saciada por su hombre, y que lo reconozcas… -su lengua entra, saboreando nuevamente al rubio, cada vez más embriagado de deseos.- …Qué eres mío. Sólo mío.

   -¡Sam! –tiembla, aterrado, también lleno de lujuria.

   El menor lo deposita en el suelo, y a Dean parece que le cuesta mantenerse de pie. Las manos grandes atrapan los faldones de la camisa, sacándosela de los pantalones, abriéndola a la fuerza y haciendo saltar lo botones. El pecho de Dean sube y baja, expuesto bajo la fina camiseta verde que lleva. La camisa cae al piso, con impaciencia, mientras Sam atrapa el cuello de la franela, rasgándola. Jadeando al contemplar el rizado, liso y dorado torso musculoso de su hermano mayor. Sam deja escapar el aire de manera vehemente mientras arranca los tirones de la camiseta.

   -Tan hermoso. –repite, ronco, con ojos oscuros, recorriendo con sus manos grandes los costados de Dean, clavándole los dedos en la cálida y tersa piel, masajeándole con sus pulgares, mientras su rostro baja y lame y muerde una clavícula, haciéndole gemir.

   ¡Sabía tan bien!, piensa enloquecido mientras lame, chupa y muerde de la piel del mayor de los Winchester, mientras sus manos luchan frenéticamente con la ancha correa y abre el pantalón, metiendo codiciosamente sus manos, una adelante, otra atrás. La verga de Dean es candela pura bajo la suave tela, las nalgas redondas son duras; y tocar esa piel sobre el boxer, le roba toda idea coherente del cerebro mientras lame de la clavícula al cuello, engolosinado. ¿De qué diablos estaba hecho Dean que sabía tan delicioso?

   Cree oír que Dean dice algo, pero no le oye, no cuando su mano derecha recorre la tersa piel de las nalgas, metiéndose dentro del boxer, temblando a punto de alcanzar el clímax metiéndose entre ellas, estremeciéndose tanto como el rubio cuando sus dedos bajan en busca de ese culo que pronto será suyo. El pequeño, virgen y delicioso culo de su hermano mayor. Y recuerda lo dicho por el demonio del Cruce de caminos: cuando lo haga, cuando lo penetre y se corra en sus entrañas, Dean jamás podrá escapar de su control.

CONTINÚA … 6

Julio César.

KEVIN RYAN Y JAVI ESPOSITO SE MIRABAN

abril 28, 2011

KLARK KENT TOMA VENGANZA

   Se tenían ganas desde el principio…

   Castle y la detective Beckett sonríen al verles pasar en una aparente discusión, y ellos pretenden no darse cuenta. O tal vez no se daban cuenta. Kevin Ryan, mientras habla con aquella novia que ya no despierta su pasión, nota el ceño fruncido de Javier Esposito (Javi), con calor en su vientre. Sus ojos azules brillan, curiosos. Y Javi a su lado, una presencia morena, latina, caliente, tan sólo le mira de forma intensa haciéndole temblar. Pero no hablan de ello. Qué el resto de los compañeros y aún Alexis, la dulce hija de Castle, hagan bromas suaves al respecto no les empuja a encarar el asunto. Pero a Esposito ya el cuentico de la novia, esa mujer que tomaba el rostro de Ryan (de su Kevin) en las manos, besándole, mordiéndole el labio, probando su lengua, ya le tenía enfermo. Así que se guardó una carta de triunfo para la próxima tanda de ejercicios de lucha cuerpo a cuerpo.

   Hubo calor, sudor y jadeaos mientras se enlazaban sobre la colchoneta; las pálidas manos de Ryan recorriendo su cuerpo, atrapando sus piernas; las morenas de Javi aferrando su cuello y mejillas, bajando por su pecho. Y las miradas veladas de algo que no se atreven a llamar lujuria, pero…

   -¿Qué es eso? –pregunta un espantado Ryan, sudoroso y agitado, desnudo y envuelto en una toalla en los vestuarios cuando Esposito retira de su cintura la suya.

   -Un piercing. ¿Te gusta? –pregunta con voz ronca, desafiante…

   Y la verdad es que Ryan no se había fijado en ese aro allí, justo allí, sino en que ese “allí” se levantaba como una lanza gruesa de carne, llena de ganas, algo húmeda; y cuando finalmente su lengua entra por el orificio del aro, supo que no sólo se sentía bien en la boca, sino como que en verdad sensibilizaba, porque Esposito cayó contra la pared, totalmente débil de piernas, logrando moverse tan sólo lo justo, echando las caderas de delante atrás, penetrando totalmente en la nueva situación.

……

   No sé sí lo hacen a postas en la serie Castle, pero mucha gente mira con interés a esta pareja secundaria de detectives. Ojala lo sepan aprovechar los productores.

EL NAZI Y EL JUDIO

Julio César.

CASTIEL, ¿EL ÁNGEL QUE AMA A DEAN?

abril 28, 2011

SERIE: SUPERNATURAL                        CORRERÍAS EN BOSTON

   Ojo, voy a hablar de Supernatural, del episodio 17 de esta sexta temporada. Si no lo has visto y te gustan las sorpresas, no sigas leyendo.

   En cuanto vi la escena entre Dean y Sam Winchester con Balthazar, me acordé de Hidefan, a quien llamola FanEnamorada.Dios, cómo extraño esos maravillosamente divertidos trabajos que hacía a principios de la quinta temporada de Supernatural, cuando subía a su blog hasta veinte imágenes de una escena de dos o tres minutos entre Dean Winchester y su angelito de la guarda, Castiel. Ella, como mucha gente, deliraba de emoción por el gran amor que, según, se profesaban. Especialmente de Castiel hacia Dean, quien jamás ha sido muy cariñoso con nadie, como no fuera con su mamá, Sam, un poco con Ben (el hijo que todavía sospecho sí es suyo) y ahora Bobby. Cuando la quinta temporada se oscureció y Dean se volvió contra Sam y Castiel, Hidefan perdió el amor. Estaba tan molesta con Dean…

   Y las cosas siguen más o menos igual. Es decir, Dean poco afectuoso con su ángel, el cual ahora no invade su espacio personal (aunque continúa mirándole como tonto), y Hidefan algo alejada. Por eso la recordé, y me pasé por su página, después de ver el capítulo de la semana pasada, My Heart Will Go On.

   Fue un episodio extraño desde el principio, aunque la primera muerte (todas ellas a decir verdad) fue increíble, de una gran factura. Bobby anda deprimido por la muerte de Rufus, no come, no duerme, sólo bebe… hasta que llega su esposa Ellen Harvelle, quien había muerto la temporada pasada (y no era su esposa). Los muchachos investigan una serie de asesinatos, y con ayuda de Ellen saben que lo único extraño entre las occisos es que sus antepasados llegaron a Estados Unidos el mismo día en el mismo barco, El Titanic, del cual nadie parece haber oído hablar jamás. Buscando referencias, Sam descubre que Balthazar, el ángel renegado que robó armas del Cielo para su propio beneficio, aparece en una fotografía sentado con la tripulación del barco, el cual salvó con un aviso oportuno. Lo invocan y toda la escena que sigue es magistral.

   Baltazar no ve nada malo en lo que hizo, salvó el barco y a esa gente, y como un efecto colateral Ellen y Jo están vivas y el Apocalipsis nunca ocurrió. Todo es ganancia. Dice que lo hizo porque odió la película. Dean pregunta qué película y él exclama “¡exacto!”; también dice odiar a Billy Zane y a Celine Dion. Cuando Sam pregunta quien es esa, Balthazar, sirviéndose un whisky, responde que es una cantante indigente en las calles de Quebec. Justifica lo que hizo, que hubo pequeños cambios, pero que en líneas generales todo está mejor. Sam replica que no, que algo está matando a los descendientes. Balthazar le mira confuso y pregunta “¿y?”. Sam exhala y dice que han calculado ya doscientos muertos y quedan unos cincuenta mil. Y Balthazar repite su “¿y?”. Cómo me reí. Es cuando a Dean se le sale lo Dean y grita que deben detener las muertes y que les diga a qué se enfrentan. Balthazar respondió de manera genial: “Oh, oh, debes estar confundiéndome con otro ángel; tú sabes, el de la sucia gabardina que está enamorado de ti”. Y eso fue lo que se comentó ampliamente en el blog de Hidefan.

   Más tarde los Winchester saben que se enfrentan a un hada del Destino, Castiel quiere detenerla pero ella le amenaza con algo que él no puede enfrentar (Hidefan hace referencia a ello); hay una escena donde, retando a Destino, Dean y Sam pasan entre cuchillos y otras cosas que resulta verdaderamente hilarante.

   Comentándolo con mi amiga Alicia, que adora el Padackles pero no el Wincest (es fan del Dean/Castiel), yo le decía para provocarla que podía imaginarme a Castiel, borracho e intentando escapar de tantos problemas, contándole sus cuitas sentimentales a Balthazar, preguntando todo lloroso porqué no le quería. Por cierto, un personaje genial este Balthazar interpretado por Sebastian Roche.

DEAN TIENE UN FETICHE

Julio César.

UN BUEN MOTIVO

abril 28, 2011

DOS MUNDOS

   Por alguna razón, el dulce bombero nuevo se había convertido en el favorito del Capitán.

QUIEN SE ESFUERZA…

Julio César.

OFICIAL OFICIOSO

abril 28, 2011

DE CINE

   Un marino complaciente…

   No hay nada con lo que moleste tanto un Teniente de Fragata a los marinos bajo su cargo, como lo es con la pulcritud del uniforme. Deben estar impecables aún después de una inspección “sanitaria”. El acucioso oficial presente no reparaba a la hora de atender esos asuntos. Sus… muchachos, indolentes, ya sabían la rutina: uniforme afuera, ya que siempre comenzaba por el calzado. Luego subía por piernas y muslos. Durante los quince minutos siguientes, el oficial sabía lo qué hacía y hacía que durara bastante, se dedicaba a bañar en saliva muchas partes, por lo que los pequeños calzoncillos también salían; todo ese sube y baja de trabajo luego le daba su recompensa. Y si el muchachote era como este, no era raro que la vaina durara casi cuarenta minutos más, y que el oficial le sacara brillo y todo el poder a ese torpedo, desnudo también, para no salpicar y manchar su uniforme. Al pobre casi no le daba tiempo de terminar con uno, que sí terminaba con él, y ya el siguiente marino llegaba, sin darle tiempo de bajar del misil agotado, y debía comenzar nuevamente. Eran duros… y muchos… sus deberes; pero le gustaba su trabajo.

TOCANDO…

Julio César.

ENFERMEROS EN HUELGA DE HAMBRE, VIAS ACCIDENTADAS Y LAS VACACIONES DESENCANTADAS DEL GOBIERNO

abril 27, 2011

ARISTOBILO ISTURIZ CANSADO?

   Qué paquete.

   Pobre Gobierno Revolucionario. Pensaron que conla SemanaSantaencima y la gente pensando en fiestas, los enfermeros en huelga de hambre podían reventar (la Ministroreza todas las noches para que ocurra, aunque dicen que los ruegos de ciertos sujetos no llegan al Cielo), pero estos continúan ahí, pálidos, temblorosos, deprimentes, amenazantes para el cargo pomposo y el buen salario dela Ministro. Perola SemanaSantafue un desastre en líneas generales para el Comandante y su gente. En otras partes del mundo hay organismos que alertan sobre las lluvias y temporales. Aquí no. Todo el mundo se fue para el interior sin saber que iba, y estaba, lloviendo. Las vías accidentadas con huecos y derrumbes (el Gobierno se robó todos esos reales), se convirtieron en trampas caza turistas. La gente, despeinada, sudada, cansada del viaje, llegó a los sitios de recreo para encontrarse con que no había agua en las tuberías, ni electricidad, amen de que los poblados se veían feos y deteriorados. El comentario de todo el que regresó a Caracas, después de diez y doce horas de colas, fue un canto a la divinidad: Dios mío, pero qué desastre.

MARIO VARGAS LLOSA Y LOS MALOS DIAS

Julio César.

MACHOTE

abril 24, 2011

BICIMAN

   Cada tarde, en las duchas de la fábrica, busca a quién le ponga preparo.

JEFAZO

Julio César.

CHAVEZ CON LOS OJOS EN PLUTÓN PERO NO PUEDE VERSE EL OMBLIGO

abril 24, 2011

ARISTOBILO ISTURIZ CANSADO?

   No ve por donde va y tropezará con ese paquete.

   A lo mejor se lo hicieron con mala intensión, los periodistas también son gente y sufren en este y por este país. El Martes Santo salió en el diario mirandino,LA VOZ, una doble noticia reseñada en portada, una bajo la otra. “Chávez se ofrece a mediar nuevamente en Libia”. Debajo decía, “Continua la huelga de hambre de los enfermeros, después de más de un mes porque la ministro se niega a hablar con ellos”. ¡Qué payaso!, creer que puede resolver los problemas del otro lado del mundo cuando no puede conseguir que la arisca ministro atienda ese asunto antes de que alguno de los enfermeros que protesta se muera y se lo achaquen a él. Qué responsable es; él que vive y gasta dólares como un pachá árabe, sabiendo que los enfermeros deben sobrevivir con centavitos, y ni siquiera centavitos de dólares. Cómo se deben reír de él en todas partes. Menos aquí; hace tiempo que ya no divierte.

VACACIONES DESENCANTADAS DEL GOBIERNO

Julio César.

COSAS DE BICICLETAS

abril 24, 2011

   Un sujeto cualquiera, novia estable y trabajo serio, siempre sale los fines de semana a recorrer rutas troncales de la ciudad con un grupo de sujetos, gente de la que nada sabe y a quienes nada le une como no sea el gusto por el ejercicio. Pero últimamente tiene un problema y necesita consultarlo con alguien, algo delicado, y lo mejor era contárselo a un extraño, ¿no?

   Bajando la mirada avergonzado, al final confiesa que tiene un problema. El otro sujeto, de manera atenta, le insta a abrirse. Lo que hace después de suspirar y dudar mucho: “No sé qué me pasa, pero cuando estoy sobre la bicicleta, pedaleando… siento que… el culo se me calienta. Y quiero frotarlo y frotarlo del asiento. Y lo hago. Y entonces… me arde más”. Se ve tan mal que el otro, sólo un conocido de esas excursiones, después de sorprenderse, lanza un: “Guao, qué problema; vivir con el culo picándote. Si quieres… te lo calmo a… fuerza de güevo”. “No lo sé… un hombre no debería…”. “Mira, somos panas, al menos de fines de semana cuando salimos en las bicicletas. Tienes un problema, mi esposa no está y creo que puedo ayudarte. Sólo necesitas una buena cogida y seguro se te pasa”. “Yo… okay”, suspira cansino. “Bien, pero antes tienes que ganártelo…” sonríe maloso el conocido que se ofrece a calmarle el culo.

   Y bueno, sí le va a dar el culo también puede darle una mamada, ¿no? Y, como descubre, la vaina es sabrosa. Era un güevo grande, caliente, muy duro, y sabía rico sobre su lengua, también se sentía bien pulsando en su mano. El conocido sonrió: “Vaya, cómo lo tragas… Creo que estamos en presencia de un mamagüevo nato”. “Oye…”, reclamó, pero el güevo sabía tan bien que pronto lo cubre nuevamente con su boca hambrienta.

   “Ahhh…” gritó cuando le entró. Era tan largo y grueso… y le encantaba. “¿Listo para que se te calme ese ardor de culo?”, preguntó el conocido amable, teniéndolo bien clavado en su culo chico. “Dámelo todo, papi”, pidió tembloroso.

   Gruñidos, jadeos, goles de carne contra carne. Gemidos de “si, dame duro, clávamelo”, o “tómalo todo, pequeño”, mientras el güevo y el culo van y vienen buscándose con desesperación. El conocido cogedor ríe feliz mientras se lo mete todo: “¿Mejor ahora?”. “¡Ahhh…! Qué va, pendejo, ahora quiero más”. Y ríen. Como se ve, gente sin problemas.

GANAR EL PAN CON EL SUDOR DEL…

Julio César.

NOTA: Sí las cosas fueran así de fáciles, ¿verdad? Esta sección la inicié hace unos días, pero no me gustó cómo quedó. ¿Mejor ahora? Por otro lado, a quienes todavía les molesta o intriga porqué cubro un tanto las fotos, es una restricción autoimpuesta al principio, de la que ahora no sé cómo librarme. Soy maniático, saber que hay unas cubiertas y otras no, no me dejaría en paz. Y eso que ahora apenas cubro un poco.

NOTA 2: El sujeto que se ofrece a calmarle el culo al otro, al menos en este relato, se llama Trevor Knight, y el tipo es un maestro moviéndose frente a la cámara. Es impresionante. Sí desean ver una muestra de su trabajo, vayan a: TREVOR Y EL HERMANITO DE SU MEJOR AMIGO

…AL SOL

abril 21, 2011

…AL SOL

   Le encanta que le entre la brisa cuando lleva sol. Y cuando un panita se ofrece a darle un masaje, lo levanta, lo abre, y mira que se lo engrasan muy bien, con dos dedos, bien metidos. Y le encanta.

   Le gusta escalar con uno o dos amigos, aunque a veces ese culo se le abre al ser invadido, y no por el hilo de la tanga; como los amigos lo mandan de primero, más de una vez una mano, uno o dos dedos, una nariz o una boca, hacen contacto. Y una lengua juguetona, igual que un buen dedo, le hacían gritar. Echando broma, claro.

   Más que la playa, le gusta llevar sol del duro en la montaña, meneando ese culito redondo cuando los excursionistas llegan, sudorosos y calientes, en busca de nuevas aventuras. ¿Y quién más dispuesto que un chico culón y lindo?

…AL SOL

Julio César.

NOTA: Todas las imágenes han sido tomadas de portales gratuitos; me aseguran que estás también (no las encontré yo). Qué nadie se moleste, por favor. Aunque con esas pintas… seguro que esos carajos se divierten bastante, ¿no?