LUCHAS INTERNAS… 61

LUCHAS INTERNAS                         … 60

   ¿Cómo luchar contra las ganas de esto?

……

   Al terminar su charla con Pedro, quien olía como a… pecado, quién sabe en que andaba, fue directamente a la casona de los Roche. Jaime lo hizo entrar rápidamente en el despachito de Norma, el lugar donde la mujer, según se decía, recibía a las amigas con las que planeaba caridad, juegos de cartas y sus tés beneficios. Él no lo creía. Norma no era de esas. Seguro que allí (sí se dedicara a eso), traficaría con armas y mercenarios. Ese pensamiento le provocó una sonrisa divertida. No reparó en la elegante mujer que entró, mirándolo altiva.

   -Te ves muy bien, Sam. El sol de la playa te ha prestado mucho. -fue suave, pero censuradora, le reprochaba dejar sus obligaciones y escapar. Sam lo entendió, y sonrió más.

   -Y deberías ver a Eric. Parece un negrito de Curiepe. -se encaminó hacia ella besándola en la fría mejilla.- Se ve fantástico.

   -No puedo entender tus ligerezas, Sam. -lo reprendió con majestad.- ¿Cómo pueden abandonarlo todo así? ¡Sobre todo él!

   -Sabes bien por qué se fue Eric. -la miró fijamente, y ella elevó el mentón.- Y yo me fui porque me arrechó el que me cercaran, minimizaran y me vieran la cara de pendejo. No sirvo para hacer comparsas, Norma. No sirvo para cabrón, me arrecho en seguida. -enfatizó.

   -Y huiste. -él elevó un dedo y puntualizó.

   -Tomé distancia para recapacitar. Lo hice y aquí estoy, de vuelta. Y no seas tan altiva conmigo, recuerda que toda esta cagada fue producto de tus maquinaciones y apetitos de poder. -la impactó feamente, y eso provocó una leve sonrisa interior en el joven.

   -Entonces, ¿compartes la creencia de Eric, de que soy una delincuente?

   -No. No al menos en lo que él cree. -sonrió del puchero molesto que hace ella.- Te conozco, Norma. Eres una mujer dura, implacable. Pero cuidas tu patronímico, tu nombre, tu casa, tus empresas. Sé que jamás te aliarías con basura como esa para hacer algo así. Creo que también tú eres víctima de una trampa.

   -Qué alivio, alguien que me cree inocente…

   -…De esto, al menos. -ella continuó, sin oírle el comentario.

   -…A diferencia de mi hijo. -Sam la encaró.

   -En eso, tú tuviste la culpa. Debiste hablarle claro y no rodearte de misterios como hiciste.

   -Samuel… -se le ve turbada.- ¿Él me odia?

   -¡Mucho! Y de poder, creo que iría contra ti. -enfatizó, con pesar. La vio alterarse un poco.- Y eso no está bien. Ni para él ni para ti. Un hijo jamás debería sentir motivos para odiar o despreciar a sus padres. Tú como madre, no debiste dar pie a eso. -acusó.- Ahora tienes que acabar con esto. Voy a traerlo aquí… y tú le dirás la verdad. -la desconcertó.

   -¿Qué sabes tú? -sintió miedo de ese joven; atractivo y sensible, como Eric, Sam era también osado y decidido, allí donde su hijo era… débil. Sam la miró fijamente.

   -Más de lo que crees… y menos de lo que quisiera. -respondió con vaguedad, sabiendo que la alteraba. ¿Y sí le contara ahora lo de Eric e Irene, para salir de eso?, considera por un momento. Era algo que también pendía entre los dos. Sobre todo del lado del cabezón de su amigo.

   -Está bien. -tomó aire decidida.- Trae a Eric. Terminemos con todo esto de una vez…

……

   El salón del botiquín (sala de fiestas si alguien le preguntaba), de Alicia se encuentra casi desierto. Esa noche ya han terminado de trabajar. La mujer está cansada de los tres borrachos limpios, sin un centavo partido por la mitad, que siempre se quedaban hasta tarde, y para colmo intentaban pedir fiado. Sin embargo, no hay silencio ni está desierto en local. Sobre una mesa baja, algo más larga que las otras, cubierta con un sucio mantel de cuadritos, se encuentra acostado de espaldas, sudado, jadeante y totalmente desnudo, Roberto Rivera. Montado a hojarasca sobre su cadera, mirándolo de frente, con el culo subiendo y bajando rítmicamente sobre su pubis, metiéndose muy hondo el largo tolete del joven, Tirzo Ramos jadea, sodomizado una vez más.

   El cuerpo canela de Tirzo, sudado y brillante, se agita todo cuando sube y baja con violencia y rapidez sobre la tranca del otro. Y al lado de ellos, también desnudo, se encuentra un algo cohibido Andrés Burgos, pero con el güevo parado como un bate.

   -Anda, sube… -jadea Roberto, con los ojos brillantes de lujuria, totalmente ocioso y excitado, mirando a Andrés, mientras le atrapa los hombros a Tirzo, halándolo hacia sí.

   Tirzo se inclina hacia su torturador, con el güevo muy metido en sus entrañas, caliente y palpitante, estremeciéndose dentro de él, excitándolo, calentándolo y enloqueciéndolo de una manera que ni él mismo quiere. Pero, a pesar de todo, estaba alarmado. Lo que Roberto pretendía era algo que jamás había hecho. Al inclinarse, su culo se abrió un poco sobre la tranca del chofer, que estaba firmemente clavada allí. Tomando aire, Andrés saltó sobre la mesita, a sus espaldas, golpeándolo con su dura barra. ¡Pretendía meter su güevo, también, en su culo ya ocupado!

   Esa espalda sudada, esas nalgotas musculosas y muy abiertas enmarcan el redondo orificio de su culo abierto por la dura tranca cilíndrica. Ese culo titilaba violentamente sobre el güevo, sabiendo lo que venía. Igual que Andrés, quien lo miraba fijamente. Tirzo tiembla, mirando excitado y asustado, agitado ahora por las débiles embestidas que el peso de su cuerpo le permite dar a Roberto; mira sobre su hombro a Andrés, un carajito bien bonito y forrado en músculos. Quiere ese güevo, no puede engañarse, lo quiere también, pero está asustado. ¡Iban a reventarle el culo!  Nuevamente se pregunta cómo coño se metió en ese problema…

   Llevaba días en el poblado, vigilando a William Bandre, siguiéndolo también encontró a Eric Roche y a Samuel Mattos, cosa que le inquietó. Fue él quien, vigilando esa noche, vio a Eric salir del mar, desnudo, con otro carajo, que luego supo se llamaba Jorge Ávalos; notó que se vistieron y fueron hacia la casa. Y algo en la actitud de ambos le hizo pensar que eran amantes. Sin embargo lo dejó así, su tarea era controlar era a William, quien ahora era el borrachito oficial del pueblo. Eso alarmó a Nelson cuando se lo contó. El negro le ordenó que lo mantuviera bajo el microscopio, que supiera qué hacía, con quién hablaba y de qué hablaba cuando se rascaba.

   Lo siguiente que reportó fue un dato desconcertante, al menos para los dos hombres que habían compartido algo parecido a una relación sexual. Tirzo le confirmó en un segundo reporte que William andaba para arriba y para abajo con un catirito que parecía su novio. Nelson, en La Torre, tuvo que reprimir una risita algo histérica, por Dios, ¿qué estaba pasando con los hombres en este país? Pero no quería hacer ningún tipo de juicio moralista o biológico, esas mierdas no eran para él. Lo que le preocupaba era lo que el borracho ese le pudiera contar al novio en medio de una rasca. Y esa tarde, pasó…

   William llevaba días sintiéndose muy bajo y miserable, sabiendo que se iba hundiendo y no podía detenerlo, por lo que bebía más. Sabía que era un fracasado de marca mayor y que en alguna medida toda esa sangre de la gente que era agredida y atacada por el régimen, lo salpicaba a él. Pero no quería pensar, se decía que nada podía hacer. Eso lo deprimía y llenaba de odio, contra La Torre y contra sí mismo. Llevaba dos días sin hablar con nadie, sólo bebiendo, allí, sucio y barbudo, sentado a la orilla del mar. Increíblemente siempre conseguía para otra botella, confirmando aquello de que quien pide para un pan no encuentra quien le de, pero para caña siempre había…

   Tirzo desde cierta distancia, le vigilaba esperando el momento de acercarse. Tenía que hablar con él, resolverlo todo de una vez. Si vivía o moría. Casi se movió desde donde estaba, cuando notó que el catirito ese, muy preocupado, se acercaba a William, llevando algo en las manos, algo como una bandeja plástica.

   -Hola, papá. -le dijo el joven, mirándolo muy tenso. No entendía qué le pasaba, ¿por qué andaba en esa onda autodestructiva? No lo sabía, pero le dolía. Y eso era nuevo, porque era una preocupación y una angustia que nunca antes había sentido.- Te traje algo de sopa, llevas días sin comer. -ofreció la bandeja, sintiéndose increíblemente estúpido ante el gesto, un gesto… de ternura. Algo que odiaba admitir.

   -No quiero nada. Déjame solo. -gruñó William, mirando la botella vacía y arrojándola sobre la arena.

   -No puedes seguir así, ¿qué coño te pasa? -se alteró.- Estás matándote, papá…

   -Déjame en paz. Si quieres que alguien te chupe el culo, búscate a otro. Seguro que candidatos sobran. -le gritó, y aún desde donde oía, Tirzo vio que el joven palideció y luego enrojeció violentamente, mortificado y herido.

   -Anda a joder al coño’e tu madre, güevón. Muérete si quieres. A mí no me importa… ¿A quién coño va a importarle? -le escupió con rabia las palabras, sintiéndose dolido. Mucho. Porque sentía algo extraño, algo que no comprendía y que luchaba para mantener alejado de su mente, la palabrita enamoramiento. Mirando la bandeja, la arrojó con rabia y se fue.

   El joven no llegó a notar que William balbuceó, sintiéndose culpable y mal. El hombre, con mirada húmeda, de borracho, miró al joven alejarse y luego la sopa. Y sintió lástima, mucha lástima por él mismo, encontrándose solo, abandonado y poca cosa. A nadie le interesaba su suerte, y era verdad. Pero, ¿cómo podía una basura como él importarle a nadie? Se quedó allí durante horas, llevando de lleno el implacable sol, y Tirzo tuvo que mantenerse alejado porque mucha gente pasaba por ahí. Comprendía que William estaba mal y que sólo era cuestión de tiempo para que se pusiera a decir maricadas por ahí. Había que pararlo antes.

   Casi al límite de la noche, Cheo volvió a pasar por allí y encontró a William, con una gran mancha de vomito a su lado, recostado de una empalizada. Más que dormido parecía desmayado o enfermo. El joven se angustió por él. Lo odiaba y quería lastimarlo, zarandearlo, pero ahora no podía. Lo llamó, inclinándose junto a él. Y Tirzo vio como William despertó, lloroso, pidiéndole perdón, diciéndole que era una basura, que no valía la pena. Y terminó por contarle lo que había hecho ese día de abril en el centro de Caracas. Tirzo, con el culo encogido, notó la sorpresa y alarma de Cheo ante lo que oía, comprendiendo en ese momento un poco más al carajo ese que tanto le gustaba.

   Después de eso, mientras llamaba a Nelson, Tirzo ya sabía que William estaba más allá de toda salvación. Le ordenaron que lo matara. Y tras la pareja se fue. Los vio trastabillar hacia la fonda de Alicia, y fumando en forma compulsiva un cigarrillo tras otro, Tirzo dejó que llegara la noche, sentado a una mesa, dejando que la gente se reuniera, comiera y bebiera. Sabía que el borracho tenía una pieza en la fonda, pero no estaba allí ahora. Seguro estaba en el cuarto del catire. Mientras tomaba una cerveza, cómodamente sentado, mira al muy serio y lejano catire, diciéndose que era bonito, una lástima… porque ahora los dos estaban marcados. Era una suerte que William estuviera en su cuarto. En su cama morirían los dos; con suerte la policía lo tomaría por un crimen pasional, donde un borracho maricón mató al carajito con el que se acostaba. No sería la primera vez que un problema se resolviera con esa connotación.

   Cerca de la medianoche la gente fue desfilando frente a su mesa y marchándose. Él salió lentamente con el último grupo que casi fue echado por Alicia, quien parecía tener prisa por ir a dormir, a tirar o librarse simplemente de los parroquianos que molestaban y no gastaban. Tirzo esperó a las afueras, fumando, mirando las luces de la fonda. Vio como todas se apagaban, como Alicia salía con Cheo, le daba un ligero beso y se iba. El catire entró y cerró. Sonriendo, Tirzo piensa que seguro volvía a los brazos de William, su amante homosexual. Pronto todo terminaría. Mira en todas direcciones, nada. Con paso rápido cruza la callejuela y se detiene frente a la puerta. Cerrada. Pero él sabe abrirlas…

   El local está a oscuras, silencioso. Saca la pistola, un revolver de un modelo corriente, viejo, sin seriales, imposible de rastrear. Imprescindible para un crimen pasional. Mataría a Cheo, y después de darle un tiro en la sien a William, acomodándolos en la cama, dejaría el arma a un lado de la mano extendida del abogado hacia el piso. Y de una forma mórbida, insana, eso llenaba a Tirzo de alegres perspectivas. Estaba otra vez en el campo de trabajo. Se mete el revolver en la cintura y saca una linternita, iluminando el camino. Tan acostumbrados están sus ojos a la oscuridad que cuando toda la habitación es crudamente iluminada por las potentes lámparas que por alguna razón desconocida Alicia tiene en el local, queda ciego, volviéndose hacia la entrada del bar, sin distinguir por un momento quién entró.

   -¿Qué haces aquí, amiguito? -reprende una dura voz, al mismo tiempo que tantea salvaje sobre su cintura, quitándole el revolver. Tirzo chilla e intenta pararlo, pero el cañón de un arme le apunta a él, deteniéndolo.

   -Cuidado, Roberto. -jadea una joven y varonil voz. Y Tirzo nota que está frente a dos carajos de la zona. No sabe quienes son, por supuesto, pero se trata de Roberto, quien le apunta, y de Andrés, quien parece nervioso.

   -¿Quién eres tú y cómo te metes así en una propiedad ajena?

   -Lo mismo podría preguntar… -jadea Tirzo, acorralado como rata.

    -Resulta que conozco a la dueña y vamos a llamarla, y a la policía también.

   -¡No! -brama, confirmando algo que Roberto sospechaba.

   Mientras repara en ellos, Tirzo se atraganta. Debajo del mono deportivo que usa Roberto, éste muestra una escandalosísima erección, grande y dura; ignora que hace poco Roberto y Andrés se daban tremendo jamón en la orilla de la playa, aprovechando lo oscurito. Y que ese jamón le provocó esa calentura. La boquita de Andrés estaba bien buena, pensaba en esos momentos el carajo, mientras se besaban a la orilla del mar (¡tan romántico!).

   -¿Quién eres? Habla ya.

   -Soy policía. -los desconcierta por un segundo. Roberto niega y sonríe.

   -No, pana. Un policía no actúa así ni se asusta cuando le dices que se va a llamar a la policía local. Tú entraste aquí como un ladrón, te vimos desde afuera. Vimos como forzaste la entrada. -y mientras lo apunta, Roberto nota que Tirzo le mira, con cierto disimulo, el tolete erecto. Vaya, vaya.- ¿Qué tanto ves? ¿Esto? -le gruñe sonriente, bajándose la parte superior del mono y el calzoncillo, dejando que la erecta tranca salga, balanceándose al aire, ya que todo eso que estaba pasando lo tenía bien caliente.

   -¿Qué haces? -jadea Andrés.

   -A este tipo le interesan los güevos, ¿no ves como lo mira? Ya me parecía que tenía pinta de maricón. -se burla, libidinoso.- Te gustan los güevos, ¿verdad? Mira, no sé quién eres pero creo que no quieres problemas. Hagamos un trato, nos las mamas a los dos y te puedes ir de aquí tranquilito. -ofrece caliente.

   Andrés lanza otro graznido de sorpresa, pero Tirzo lo mira con furia, aunque de reojo mira la tranca erecta, larga y nervuda, de cabeza amoratada, palpitando y algo babeante ya. Se veía… rica. Si lo mamaba bien (se estremece al pensarlo), el carajo podría descuidarse, y entonces los muertos no serían dos, sino cuatro…

……

   Aníbal había citado a Norma para las ocho de la noche, pero a última hora la mujer se había disculpado, alegando que otro compromiso la retrasaría un poco. No le dijo que se trataba de su conversación con Sam. El hombre, elegante y sobrio, toma una copa sentado ya ante la mesa donde cenará algo ligero con la mujer. Ojalá se apurara. Tenía un hambre feroz, pero se controlaba. No quería terminar como tantos cuarentones venezolanos, cargando una panzota, eso no le gustaría a Carolina.

   Las noticias que pensaba compartir con la Roche eran ambiguas, no sabía si eran buenas o malas. Ahora todo era así. Recorre el salón con la mirada. No conocía a casi nadie. Lo que estaba bien, no le gustaba mucho la idea de ser visto en público con la mujer. Pero sí la visitaba en la casona, Germán podría querer saber en qué andaban. Estaba convencido de que esa mujer no le contaba todo a su marido (una actitud muy sensata de su parte). Y en La Torre era impensable, sobretodo después de la última vez. Frank la vio salir de su oficina y eso lo había vuelto receloso con él.

   Ahora apoyaba a la sabandija de Ricardo Gotta, y eso lo llena de una rabia terrible. Dios, cómo odiaba a ese canalla, con sus aires de gran señor, de gran tipo, de gran abogado. No era más que un sádico, un enfermo, un aberrado peligroso. Ojalá hubiera oído a Germán cuando se opuso a su entrada en la firma, pero, ¿cómo saber que era así? Y cobarde, también era cobarde, recuerda con una leve sombra de sonrisa de satisfacción. El rencor que sentía por el otro, era mucho; pero era casi nada comparado con el odio virulento y enfermo de Ricardo hacia él. Aníbal sabía que llegaría el día cuando Ricardo y él tendrían que resolver todo eso, y sería como en Los Inmortales, la serie de televisión, machetes en mano, cortarse la cabeza uno al otro, y que sólo quedara uno al final.

   Norma entra en el salón, elegante, serena, dueña de sí. Rápidamente es conducida por alguien hasta la mesa. Aníbal se pone de pie deferente, e intercambian saludos cordiales aunque no de corazón, y se sientan. Ella ordena algo. Aníbal sugiere ordenar la cena más tarde, aunque la panza le gruñía, ojalá ella no lo oiga desde su asiento. Intercambian palabras amables, disculpas por la cita, por la hora de llegada y cosas así.

   -Frank y Ricardo andan en algo raro. Se reúnen muy frecuentemente con la crema y nata del Proceso. -informa Aníbal, entrando de una vez en materia.- A la firma están llegando casos que son escandalosos. Creo que Ricardo está planeando derribar el templo sobre nuestras cabezas, destruyendo La Torre con nosotros ahí.

   -¿Piensas eso? Siempre he pensado que ambiciona quedarse con todo. -suena extrañada y algo incrédula del análisis de él. Aníbal lo sabe, y se molesta aunque lo disimula. Se creía tan lista…

   -No creo que Ricardo esté aspirando a ser simplemente el jefe de un bufete legal, por muy prestigioso que sea. Maneja otras firmas, jueces y fiscales. Es jefe de dos poderosas tribus, ¿por qué supone que lo único que ambiciona es poseer La Torre? No, pienso que está usándola simplemente como plataforma, aunque no sé para qué.

   -Es posible. -admite.- Pero ahora es casi imposible pararlo; no con Frank pegado a sus bolas. -lo dice bajito, furiosa, tanto que se le escapa ese folklorismo.

   -Frank ha resultado un buen obstáculo. Pero se le puede apartar. Encontré otra vez a Nicolás Medina.

   -¿Cómo? -la impacta. También ella sufrió una desagradable sorpresa cuando supo que el joven no había comenzado a trabajar donde ella lo había recomendado. Sintió rabia y frustración al saber del ataque de Frank hacia él, cuando casi lo estrangula. ¡Y luego hace que no lo contraten! Estuvo furiosa, sintiéndose culpable, esperando que el joven la buscara por ayuda.

   -Está trabajando en la calle, vendiendo cachapas. -ella abre mucho los ojos, impresionada, luego sonríe, complacida, como si esa fuera la mejor noticia que pudiera recibir.

   -Esto es… casi perfecto. -y Aníbal, nuevamente admira y deplora la mente ágil, astuta y totalmente carente de escrúpulos de la mujer. Al parecer, Norma tuvo, automáticamente, la misma idea que él había desarrollado desde que habló con Jerry. Una mente notable…

   -Sí, casi perfecto. Pero por otro lado, hay una situación que podría afectar a Ricardo, y también a la firma. Hay alguien que relaciona a Gerbacio Pinzón con La Masacre de abril, y con Ricardo Gotta. -la ve estremecerse.

   -Sabes que hablar de eso me altera y me molesta. -toma su copa y bebe, sus ojos brillan, él sabe que algo trama.- Esa información puede dañar mucho a Ricardo, también a nosotros, pero mucho más a él. -y con eso daba permiso para otra jugada astuta, una que llevaría a Las Chicas Superpoderosas y a la prensa.

   -Todo parece llevar a esos días de abril, ¿verdad? -comenta, sabiendo que la molesta.

   -Así es. -dice ella estudiándolo fijamente.- Incluso el regreso de Samuel. -lo impacta grandemente.- Volvió a Caracas. Mañana irá a La Torre, y con todo mi apoyo. Espero que el tuyo también. -lo ve ponerse gris y eso le gusta.-  Pronto traerá también a Eric. Él y yo llegamos a un acuerdo. -dice con vaguedad, enfermándolo.

   -Pero… qué bueno. -grazna, intentando mostrarse imperturbable.

   -Si, ¿verdad? -ella toma vino, mirándolo.

   Norma sabe que le molestó. A Aníbal no le gustó para nada la noticia, qué bien; no la engañaba con su falsa sonrisa, por debajo de ella parecía un hombre al que le bajara una piedra particularmente grande del riñón y se le atascara en la uretra. La mujer va a decir algo más cuando su mirada cae sobre otra fémina sentada varias mesas más allá. La mira fijamente, con dureza; tanta que su mirada le da en el cuello a la mujer, que vuelve la cabeza y la mira as su vez, francamente molesta del encuentro: Irene Guerra.

……

   Una vez que sintió la mirada de Norma sobre su cuello, Irene no pudo ignorarla más, aunque intentó seguir su alegre conversación con Tina y Berta, dos buenas amigas que hizo en sus años de bachillerato. Cenando ese rico pescado y tomándose su cola de dieta, no podía dejar de sentir una desagradable sensación en la nuca, como si la vieja loba le estuviera resoplando allí.

   Como siempre que se reunían a comer así las tres, Irene y las otras hablaban mal de los hombres. Berta era divorciada, su marido había escapado, llevándose hasta sus pantaletas, con una ayudante que tenía en el mugroso consultorio de odontología que tenía en, como no, San Bernardino. Y llevaban rato comentándolo.

   -Y pensar en todas las veces que le recomendé gente a ese sucio; sabiendo yo, que no sabía nada de odontología. -gime riente. Tina la mira seca.

   -A mí también me recomendaste. Yo fui una de esas víctimas, y te juro que un día me las pagas.

   Por su lado, Tina había estado comprometida tres veces. El primero había resultado casado; el segundo, que dizque se estaba divorciando, un día le llegó con la noticia de que iba a ser papá otra vez y no podía dejar a su mujer. El tercero se había fugado con… un primo de ella.

   -Así está el mundo, mijita, perdido. -alegó la mujer, con altivez y buen humor al terminar su resumen de fracasos.

   Conformaban un trío de hermosas mujeres, prácticas y modernas; mujeres que no le soportarían cachetadas a un hombre, un intento de violación o un engaño, ni se quedarían con alguien por miedo al futuro, para ser mantenidas por un “macho”. Eran emprendedoras, trabajadoras, capaces, inteligentes y finalmente, atractivas. Irene siempre se había creído con mejor suerte que sus amigas, hasta que dos días antes les contó que Eric le había resultado maricón y que estaba enamorado de un joven que estaba en esos momentos con él.

   -¿Y es guapo? -se intrigó Tina.

   -Si, para colmo.

   -No te ilusiones, Tina, no es para ti. -le dice Berta.- ¿Ya se entienden? ¿Ha habido acción gay?

   -Por lo que me dijo Eric, no. Pero ese no es el punto… -chilla algo espantada, Irene.

   Mujeres modernas, todas conocían o tenían a un amigo, a un hermano o un allegado que botaba la segunda. No era algo extraño, igual pasaba en el caso de las mujeres, como la prima Isolina de Tina, o la amiga Carol de Berta, que vivían con otras mujeres. El problema estaba en que Irene se sentía mal, herida. Usada. Y sí, coño, lastimada. Ella había invertido cinco años de su vida en un hombre guapo y gentil que le gustaba, que la hacía sentir bien en la cama, que la atraía cuando sudaba, reía o gritaba. Y ahora él se iba; le decía que no podía casarse con ella y se escapaba así de un compromiso de vida. Casi se podía pasar por alto que fuera por marica…

   -No querida, eso tienes que tenerlo siempre en mente. Fíjate en Alba, casada con Jairo. Ella cree que la gente no sabe que él tiene un apartamento en Valencia donde se va con loquitas que recoge en La Libertador, y con transformistas. Y es tan patético, todos lo comentan. Hasta yo. Una puede competir con otra mujer, pero, ¿por un hombre que se enamora de otros hombres? Ay no, eso no. -aclara Berta.

   -Al menos, al final, la rata de Eric te jugó limpio. -interviene Tina.

   Continuaron hablando, pero de vez en cuando, Irene miraba hacia Norma, y captaba la mirada de la otra. ¿Qué haría esa mujer cenando con Aníbal López? No creía que fueran amigos. Norma no podía tener algo como eso. Era una junta rara. Notó que al terminar la cena, Aníbal pagó y le preguntó algo, pero la mujer negó con la cabeza y miró en su dirección.

   ¡Mierda! ¡Norma quería hablar con ella!, se agitó Irene en su silla. Aníbal miró a Irene, se puso de pie despidiéndose de la mujer y marchándose. La joven siente inquietud y mira a sus amigas.

   -Ya vengo. Hay algo que debo enfrentar ya, sólo así podré dejarlo para siempre en el pasado. -se pone de pie, dirigiéndose hacia la mujer.

   Y Norma Cabrera de Roche, la madre de Eric, su ex prometido, la esperaba.

CONTINUARÁ … 62

Julio César.

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