Archive for 31 agosto 2011

LA ETERNA DUDA

agosto 31, 2011

 LA SANCIÓN

LA RAZON DE LA SINRAZON

Julio César.

CASS VS DEAN… 2

agosto 31, 2011

 CASS VS DEAN

   En esta historia que NO ES MÍA, Castiel ha decidido “castigar” a Dean por oponérsele en su lucha contra Rafael. Y lo hace, pero las cosas no le salen tan bien. ¿Que por qué me gusta el relato? Dean, despertando pasiones como siempre, es sometido, pero no es un juguete sin voluntad. También él hará sufrir a Castiel.

……

Titulo: The penitente’s Mark

Autor: yeya-wc

Tema: Dean/Cass

Estado: en proceso

Rating: PG-17

Resumen: Castiel castigará a Dean por oponérsele, y este sabrá porqué lleva su marca.

   -Cass… amigo, hermano… -intenta una sonrisa nerviosa. No sabe a dónde quiere llegar el ángel, pero le da miedo.

   -No, Dean. No soy tu hermano. –suena a bofetada, alza la barbilla y sus ojos relampaguean.- Nunca lo he sido. Nunca te he visto como tal. –le aclara.

   -¿Qué mierda hablas? Claro que eres mi hermano. Te quiero como tal. Hemos pasado por tanto juntos… –tiene que gritar, todo furor.- Mira, Cass, no sé qué tienes en mente, pero yo no le pertenezco a nadie. Ni a ti, ni al Cielo ni a nadie. Yo…

   -Dean… -exhala Castiel agotado, bajando la mirada, elevándola luego, acercándose rápidamente al rubio, tocándole con esa mano extrañamente cálida (¿Cass siempre la ha tenido así?), en el rostro, la otra sobre su torso, encima del corazón, y el mayor de los Winchester siente que cada nervio de su cuerpo es atravesado por una cálida corriente que le hace responder, casi deseando frotar la mejilla de esa mano.

   -¡Cass! –jadea temeroso. Castiel le estudia fijamente, sonriendo levemente.

   -No temas, Dean. ¿Recuerdas cuando le dije a Sam que acudía a tus llamadas porque entre los dos había una conexión más íntima? Es esto. Tu alma recuerda el toque curativo y generoso de mis manos. Ahora estás aquí, a salvo de todo, de los monstruos, demonios y peligros. Aún de Sam, llevándote siempre por amargos callejones emotivos. Nunca has tenido a nadie. Sólo a tu madre y ella murió muy joven. Fuiste sólo un soldado para tu padre y el guardián de tu hermano; nadie ha querido nunca anteponer su bienestar al tuyo, a pesar de que te has entregado por todos, buscando aprobación y afecto. Has deseado dar amor tantas veces, a tu manera, pero nadie ha querido aceptarlo. Ni siquiera Lisa. Has sufrido tanto, mi pobre Dean, has estado tan solo… Pero eso acabó.

   -No soy una cosa. –grazna, indefenso, molesto consigo mismo por no apartarse, por desear, en una parte de su cabeza, cederle el control a Castiel.

   -Eres mío; tan sólo eso. El humano que reclamé y quien me debe adoración. –los dedos se clavan un poco en Dean.- En los viejos tiempos la humanidad nos adoraba. La mayor bendición era ser visitado y servir a un ángel del Señor. Ahora ese honor es tuyo. Estás aquí para servirme y adorarme. –termina, con resolución.

   Y Dean tiene miedo, porque si, porque desea ceder. Pero…

   -No… no… déjame. –jadea Dean, ronco, dando un paso atrás y chocando con el borde de un mueble.- Yo no… no soy una maldita res. No puedes reclamarme por una marca.

   -¡Pero la tienes! –enfatiza. Su rostro es inexpresivo como siempre, pero en su mirada brilla la burla, en su tono la cruel diversión. Pensaba castigar a Dean Winchester, hacer que este se arrepintiera toda la eternidad por molestarle.- Mi marca está en ti y todos lo saben. –su mano vuelve a la mejilla pecosa del rubio, y aunque no quiere reconocerlo, tan sólo ver todo ello como una cruel broma, a Castiel le agrada eso. Tocarle. Reclamarlo para sí.

   -¡Vete a la mierda! –le grita Dean, agitado, sacando fuerza de flaquezas y empujando lejos la mano del ángel, mirando en todas direcciones; como rata acorralada echa a correr hacia la puerta. Las cual está cerrada. O pintada. O tan sólo la imagina. Joder. Siente unas ganas horribles de comenzar a patearla.

   -Dean, no lo hagas más difícil para ti. Lo digo por tu bien. –Castiel casi suena compasivo.- Sencillamente ríndete. -le aconseja, soplándole su aliento en el cuello al llegar rápidamente a su lado, olfateando suavemente el olor del cazador.

   -Muérete, Cass. –ladra volviendo el rostro y fulminándole con la mirada, todavía intentando hacer girar el picaporte.- No pienso quedarme aquí para oír tus desvaríos de intoxicado. En cuanto Sam se recupere de recordar su estadía en el Infierno vendrá por mí, revolverá cielo y tierra. –advierte.

   -Lleva dos semanas buscándote.

   -¿Qué? ¿Dos semanas? –se aturde.- No, no puede ser. Yo acabo de despertar y… -se ve terriblemente confundido, tanto que deja que Castiel tome sus manos, guiándole hacia la cama, antes de reparar en ello y detenerse.- ¡Suéltame! ¿Qué es eso de dos semanas? –exige saber.

   -Así como en el infierno un mes corresponde a un año de la superficie, aquí una hora son semanas en la tierra. En el Paraíso puedes vivir toda una eternidad en un día. En el mejor día de tu vida.

   -Él… Él me encontrará. Sam no… –jadea, terriblemente confuso, recorriéndolo todo nuevamente con la mirada, buscando qué romper en la cabeza de Castiel y poder huir.

   -Ni se te ocurra. –advierte con voz fría, mirada dura, la misma que mostró la noche que le exigió respeto o le devolvería al infierno.

   Y Dean traga saliva, intimidándose por un momento. Pero, respirando agitadamente, intenta recuperarse. Es Dean Winchester, carajo, el gran cazador, no dejaría que una cosa sobrenatural le retuviera. Sabe que tiene que intentar huir, el ventanal estaba medio abierto. Tal vez…

   Va a echar a correr en esa dirección, subiendo sobre la cama si fuera necesario. Pero no llega a montar un pie en la cama cuando una mano cálida y fuerte le atrapa la cadera, paralizándole.

   -Quieto. –oye la orden a sus espaldas, una que no puede ignorar. Esa mano recorre su cintura, los suaves dedos palpan el hueso de su cadera, erizándole la piel.

   Dean no puede entenderlo, debería alejarse, desoírle y subir a gatas a la cama, llegar al otro lado e intentar escapar, pero el roce de esa mano, segura de sí, que parece estar acariciando el lomo de un gatito o un cachorro, con propiedad, le debilitaba. ¡Se sentía tan bien!

   Castiel lo nota y su respiración se vuelve pesada.

   La otra mano cae también sobre la dorada piel, rodeándole, acariciándole firmemente el plano abdomen. Al paso de esa palma y dedos abiertos, Dean siente que la piel le arde, todo su cuerpo se estremece y debe hacer un esfuerzo sobrehumano para no jadear, o echar el cuerpo hacia atrás, apoyándose en Castiel, quien casi le arrincona, rindiéndose y dejándose hacer. La primera mano rodea su cintura, los dedos se hunden sobre el boxer, palpando su piel, y Dean traga grueso, deseando flexionar violentamente los dedos de los pies.

   -Cass… -era un susurro débil, todavía obstinado.

   -Silencio. –ordena el ángel, perdido en las sensaciones. Siente el temblor de la piel bajo sus manos, cuando su pulgar juega y entra en el ombligo de Dean, no puede evitar estremecerse también. Dean se tensa todo y Castiel desea morderle uno de los enrojecidos y pecosos hombros. Lo tiene. Dean es suyo.- Abre las piernas para mí. –exige sin consideraciones, sabiendo que irrita a Dean, en su masculinidad pero también en su mente, porque sabe que el rubio quiere resistirse aunque su cuerpo no.

   El cazador obedece, sorprendido de sí mismo pero imposibilitado de negarse. Castiel traga al ver esas nalgas musculosas, redondas y firmes abriéndose un tanto bajo el boxer blanco. Quiere ser frío (joder, ¡es el nuevo dios!), pero el pulso le tiembla de emoción. El dorso de su mano baja, sobando sobre la suave tela, empujando, metiéndose entre los glúteos. Qué firmes. Cómo queman. Dean casi salta, cerrando un tanto las piernas. Y el culo sobre sus dedos.

   -No, Dean, ábrete para mí. Muéstrame cuándo te gusta que te toque así. –repite, y el rubio quiere gritar de frustración cuando obedece.

   Cierra los ojos, totalmente enrojecido de vergüenza y rabia, cuando las dos manos de palmas abiertas caen sobre sus nalgas, acariciándole. Joder, no; no podía ser que Castiel deseara… cogerle, ¿verdad? Esto debía ser una broma enfermiza. Sí, seguro que era eso.

   -Quédate quieto, Dean. No te resistas. Déjate llevar. Tu cuerpo responde a su dueño, desea mostrarme cuánto desea ser mío, entregarse, rendirse. Someterse. Tú lo necesitas. Necesitas entregar tu voluntad, tu autodeterminación, tu albedrío. Deseas que te lleve de la mano, que decida que es lo mejor para ti. –informa en voz baja, susurrante sobre una de sus orejas, bañándole con el cálido aliento, cosa que hace gemir a Dean. O tal vez era el que el ángel estaba pegado a su espalda y lo que adivinaba entre sus piernas frotándose levemente de su culo, no era una banana o un estuche de monedas.

   -No, Cass, por favor… -pide, pero jadea cuando esos brazos le rodean la cintura, halándole, cuando ambas palmas le acarician con urgencia, notando por primera vez lo fuertes que parecen, los vellitos negros que los recorren, las venas marcándose. Podía sentir la solidez del otro contra su cuerpo y la voz murió en su boca.

   -¿Te disgusta, Dean? ¿No deseas que reclame lo que me pertenece? –pregunta, procaz, el ángel, los resecos labios acariciándole una oreja.- Dime que no, dime que me detenga y te dejaré ir…

   ¡Claro que lo diría! Dean jadea, animándose, era la oportunidad de terminar con toda esta mierda. Le diría que se fuera al coño y… Es cuando Castiel muerde el lóbulo de su oreja, lentamente, chupándole, luego, con la lengua, recorre todo el pabellón y azota la entrada de su canal auditivo. Y Dean Winchester gime, estremeciéndose poderosamente; esa caricia iba directamente a su verga, endureciéndosela, provocándole espasmos debajo del boxer. Deseaba ser tocado allí, que le acariciaran, que le masturbaran, pero también…

   Grita y se arquea hacia atrás cuando Castiel atrapa sus tetillas y aprieta, con fuerza, demasiada, mientras frota de arriba abajo su propia verga erecta de ese culo firme. Y Dean se marea, su propio culo va y viene buscando el roce con la dura verga; comprendiendo, aterrado pero también caliente, que lo desea, quiere que Castiel le haga todo lo que se le ocurra. Sabe que no podrá oponérsele.

   -Eres tan hermoso… -gruñe Castiel, casi molesto cuando atrapa entre los dientes ese lóbulo nuevamente, halándolo.- Tan jodidamente bello y deseable. Eres una trampa del demonio, Dean, puesto enla Tierrapara perder a ángeles y santos. Eres la tentación, el pecado… -sus manos recorren ese torso, ese abdomen, deseando abarcarlo todo, codicioso.- Y eres mío. Sólo mío. Y cuando termine contigo lo reconocerás así. Con felicidad y humildad, agradecido de mi posesión sobre ti. Te diré qué hacer, qué pensar, qué desear y te parecerá lo mejor del mundo, vivir sin responsabilidades u obligaciones. Esperarás con ansiedad por mi llegada, lloraras de felicidad por mis caricias, dormirás a los pies de mi lecho y te arrastras de ganas por él para llegar a mis brazos cuando te lo ordene.

   Sonaba horrible, todo lo que era Dean Winchester deseaba oponerse, pero cuando la mano del ángel atrapa finalmente su verga erecta y babeante sobre la tela del boxer, comprende que necesita eso; en ese momento lo único en lo que puede pensar es en cuánto desea revolcarse en esa cama con Castiel y permitirle hacer lo que deseara con su cuerpo. Quiere ser tocado, lamido y mordido. Joder, si, poseído.

   Y pensaba hacerlo. Era lo que el ángel deseaba. Castiel se aleja un tanto y Dean extraña su peso y calor. Coño, ¡extraña la dureza de su verga! Pero pronto salta cuando una mano del ángel baja por su espalda, los dedos rozan el boxer y entran. No saben exactamente quién gime, tal vez fueron los dos, se dice el cazador cuando esos dedos recorren su tersa piel caliente. Dios, una voz de rebeldía (muy parecido al tono de Sam) estalla en la cabeza del rubio. Cass estaba a punto de…

   -Tú lo quieres, Dean. –adivina Castiel, mordiéndole un hombro, lamiéndolo con un gemido ronco, como si fuera la cosa más deliciosa que ha probado en sus largos milenios de vida. Y tal vez lo era. Mientras sus dedos se clavan en la raja entre las nalgas, flotando sutilmente sobre la entrada de su culo, se dice que quiere recorrer cada centímetro de ese cuerpo con su lengua.- ¿Lo sientes, Dean? Todo tu cuerpo se estremece en la espera de ser llenado por mí. Es lo que debe ser, lo que es desde que marqué tus carnes. Una vez que seas mío te sentirás renacer, lleno, completo, saciado como nunca. –aclara, con soberbia y burla, pero también con deseo.

   -Por supuesto, hijo de perra. –todavía logra robarle fuerzas a la debilidad, a las ganas de dejarse hacer.- Seguro que lo mejor para mí es dejarme someter por ti, el permitirte convertirme en tu perra. –la voz le falla y los labios le tiemblan, pero aún así lanza su desafío.

   -Eres tan testarudo. –por primera vez Castiel parece perder la paciencia. Sin embargo, le gusta. Es un desafío. Enfrentará y vencerá a Dean Winchester. “Tu perra”, la frase todavía da vueltas en su cabeza. Y con el índice comienza a frotar la entrada de ese culo, sintiendo como el rubio se tensa, oyendo como jadea contenido. La falange se abre paso, cuesta, pero lo hace, y con ella comienza a acariciar la cerrada entrada de forma circular.

   -Oh, Dios, Cass…

   Dean enrojece todo, luchando por no gemir y pedir más, o, peor, echar el culo hacia atrás, buscando ese dedo cálido. Le debilita, todo, esa caricia y la cercanía del otro, arropándole con su aroma a campo, a día soleado de otoño, con ese calor que irradia como una hoguera. Una parte de su mente se rebela, le ordena que se aleje, sería fácil, dar dos bruscos pasos fuera de los brazos de Castiel, pero de alguna manera eso le sienta mal. Es como… Si, como si su cuerpo estuviera reconociendo el poder y el derecho que el otro tiene sobre él.

   -Eres mi perdición, Dean… -gruñe el ángel con resentimiento, mordiéndole un hombro, pegando la lengua de la cálida y deliciosa piel.- Debería estar castigando a los pecadores y a los impíos, purificando la tierra, haciendo llover el fuego de mi ira sobre los inicuos, y sin embargo aquí estoy… –al decirlo, casi sonríe con amargura, al tiempo que oye el gemido derrotado del rubio.

   El esfínter se relaja y abre, permisando la entrada, gritándole sin palabras que lo desea. Y Castiel, el nuevo dios todo poder, no puede resistirse al deseo del mayor de los Winchester, deslizando finalmente su dedo, sintiendo como se quema dentro del apretado y suave culo cuyo músculos se abren y cierran violentamente sobre él.

   El rubio cierra los ojos y transpira a mares mientras su torso sube y baja, dejándose caer contra Castiel, débil, apoyando un lado de su nuca de la frente del ángel. Ese dedo parecía conocer el camino, entraba lentamente, dilatando y frotando, penetrándole, una y otra vez, y estimulaba algo que le hacía ver estrellas. Un pensamiento oscuro llena su mente: ese parecía el lugar justo para el dedo del ángel, muy adentro de su cuerpo.

   -¿Te gusta así, Dean? Sé que si. Tu cuerpo te lo grita… Reconoce que me pertenece. –y con hambre abre su boca y mordisquea la mandíbula del cazador, recorriéndola con labios y lengua, mientras el dedo sale un poco y vuelve a entrar acompañado de otro, consiguiendo que un maullido ronco de lujuria escape de la boca del rubio.

……

   -¡Maldición! –grita frustrado Sam Winchester dentro del pentagrama, mientras las velas humean al suave viento de la noche.

   Había intentado invocar a Crowley, a pesar de la firme oposición de Bobby, pero no había resultado. El puto demonio se resistía a presentarse. O no podía. O Castiel ya se lo había cargado. Joder, pero necesitaba de alguien que le dijera exactamente dónde retenía el ángel a su hermano. Ya habían pasado dieciocho días, más de dos semanas en las cuales el mundo entero pareció sumido en señales, prodigios y portentos. Estatuas lloraban sangre, cruces de fuego se levantaban en los cielos al amanecer, gente de vida licenciosa había muerto a causa de lepras repentinas, fulminantes y resistentes a medicamentos. Muchos demonios habían sido destruidos; también cazadores que intentaron enfrentar a la nueva y terrible entidad.

   -¿Qué hacemos ahora? –pregunta Bobby, sintiéndose algo descolocado al no ser el hombre de las respuestas y propuestas. No le hizo ninguna gracia la manera en la que Sam enderezó los hombros y alzo la mirada. Ese muchacho estaba a punto de hacer alguna estupidez. En eso se parecía tanto a su hermano…

   -Invocaremos a los ángeles.

   -¿A Castiel?

   -No, a sus rivales. Deben existir todavía seguidores de Rafael. O ángeles independientes que vean en Castiel un peligro parala Creación.

   -Sam, Castiel…

   -Lo sé, Bobby. Se cabreará mucho con nosotros; tal vez nos la cobre con intereses. Pero no veo otra solución. –suena resuelto y desesperado.- Entiéndelo, Bobby, tiene a Dean… No puedo dejarle en sus manos indefinidamente. Y menos sin intentar algo. –sus ojos descienden.- No pude hacer nada por él cuando fue al Infierno por mi vida… No le fallaré otra vez.

   -Hijo, ¿qué crees que Castiel le esté haciendo?

   -Está muy molesto con él, por enfrentarle, por no creer en sus designios. También con nosotros, pero… tú sabes que con Dean es diferente… -se corta todo, pero reparando en la mirada clara del otro, se decide.- Castiel siempre ha sentido demasiado apego por Dean. La manera en la que siempre le mira, el cómo acude siempre a su encuentro, el cómo hacía cosas por él, siempre mirándole como esperando…

   -Gratitud. Afecto. –termina Bobby cuando Sam calla.

   -Sé que Dean sentía aprecio, y gratitud, pero sabes lo jodidamente parco que puede ser con las palabras o para mostrar sentimientos. No sé si Castiel lo entienda y eso es lo que me asusta.

   -Oh, vamos, Sam, ya lo has dicho. El angelucho gusta de tu hermano, y no sé si solamente como algo platónico, por eso me pregunto… ¿le hará daño?

   -A veces terminamos lastimando lo que más queremos, Bobby. Yo… lo hice cuando estaba con Ruby. –suena mal.- Por un instante casi le maté, con mis propias manos, y deseaba hacerlo. ¿Y si Castiel no puede controlarse? –mira el pentagrama. No, no pensaba dejar a Dean en sus manos. Dean no le pertenecía a Castiel. Dean era…

   -Bien, invoquemos a los putos ángeles.

   Los dos cazadores trazan nuevas líneas, recitan otros conjuros. Por un momento parece que no va a ocurrir nada, luego las luces parpadean. Frente a los dos hombres aparece una mujer delgada, morena, de cabello largo y recogido en coleta, de gafas y traje. Su mirada es dura.

   -Winchester… -hay desprecio en su voz. Sam y Bobby intercambian una mirada.- Tienen valor para invocar a los ángeles, después de todo lo que han desatado.

   -Era menester. Necesitamos…

   -¿Por qué imaginas que haríamos algo por ustedes? –pregunta una segunda voz, un hombre delgado, negro, de rostro afilado.

   -Es por Castiel. –vigila de uno a la otra. La mirada que cruzan los ángeles, le inquieta. Parecen levemente cabreados, en lo que cabe en sus rostros inexpresivos.

   -¿Qué pasa con él? Hace rato no se sabe nada de su paradero.

   -Tiene a mi hermano y… -nuevamente ese cruce de miradas. Y desaparecen.- ¡Esperen! ¡Oigan! Vamos, vuelvan. ¡Maldición! –ladra frustrado.

   -Ay, Sam, ¿qué habremos hecho? –gruñe Bobby, preocupado.

CONTINUARÁ … 3

CASS, EL NUEVO JEFE, CAE…

Julio César.

HACE FALTA ALGO DE VALOR

agosto 29, 2011

CERCANOS

   -Cuando salgo a lavar mi carro, el vecino salta la cerca y se ofrece a ayudarme. Nunca me mira a la cara, la vista se le queda atrapada en mi entrepiernas. Sé que quiere. Lo he notado, pero no se atreve a dar el paso. Aunque soy casado, la vaina ya calienta. Por eso le he dado algunas señales, como andar sin calzoncillos. Y él lo sabe, porque me lo nota bailando bajo el pantalón; también cuando paso detrás de él, por el tobo con agua de jabón, y me le pegó de las nalgas y medio froto. Joder, lo quiero de rodillas, quiero una buena… Pero nada, creo que voy a tener que sacármela.

   -En la playa, mientras jugamos futbol en la arena, los panas no dejan de tocármela. Me ponen caliente, pero no terminan de agarrármela. Pero esta tarde, con esta vaina puesta, estoy seguro que acabo, como dicen los colombianos, bien mamado.

A LA CAZA…

Julio César.

KHAN Y EL ORO, ELJURI Y EL CENSO, CHAVES Y LA BANCA… UN DÍA PARA DECIR BOLSERÍAS

agosto 29, 2011

NICOLÁS MADURO CONTRA “LA HOJILLA”?

   Al desconfiado, sólo una vez lo co…

   Después de entregarle el oro a quienes les dio la gana, el Gobierno ahora dice que deben recuperarlo. El ministro Para las Industrias Básicas y de Minería (otro invento para darle trabajo a los amigos sin talento), José Salamanca Khan, cuya reputación es bien conocida en Guayana donde nadie descuida su cartera, sostiene: “La Leyde Exploración y Explotación busca devolver la soberanía del oro en Venezuela”. Ojala no sea como la soberanía que íbamos a conseguir con lo de las cabillas, o lo del cemento, o lo del agro (Agroisleña ya está arruinada), porque si es para eso, lo mejor que pueden hacer por Venezuela es arrojarse en un pozo lo suficientemente hondo de donde no salgan otra vez a poner la triste cómica de los casos anteriores. Dios, ¿así de necesitados están de efectivo? Han desaparecido más de un millón de millones en dólares, sin levantar ni cuatrocientas mil casa en doce años, ¿qué hicieron con la plata? Son, de verdad, gente revolucionaria…

   El señor Elías Eljuri, director del INE, Instituto Nacional de Estadísticas (unas que nadie lee por fantasiosas, todos prefieren a Harry Potter), aparece en estos días dando unas declaraciones con mal talante, aclarando puntos sobre el próximo Censo Nacional, ya que, según él, hay gente malintencionada que anda sembrando inquietudes entre la población sobre el fin que se le daría a esos datos. Dijo: “El cuestionario que responderán los venezolanos en el XIV Censo de Población y Vivienda se elaboró conforme a los criterios internacionales dela Organizaciónde las Naciones Unidas, y ha sido revisado por el Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía”. Pero sí piensa que eso lograra calmar a alguien, es porque es más crédulo de lo que parece cuando sostiene que ha descendido el desempleo, la pobreza y la criminalidad (cosa que dice sin enrojecer ni carraspear). Todavía el país recuerda la infame Lista Tascón yla Maisanta, usadas por el Gobierno para perseguir y destruir venezolanos. Reída y celebrada en Miraflores, no investigada por nadie. ¿Y ahora si debemos creerles lo de la confidencialidad? ¿Por qué lo dicen ustedes? Válgame Dios, ¿en qué manos estamos?

   Pero sin duda si hay alguien perdido en lo que dice es el presidente Chávez. Esa “amable” exhortación a la banca a “bajarse de la mula”, demuestra por qué el país es el desastre que es hoy en día. Cuando sostiene alegremente: “¿Cómo va a estar ese ‘bojote’ de plata guardado?”, es porque no sabe de lo que habla. Aunque cueste creerlo, él tan enterado de todo. Presidente, esos reales no son ni de los banqueros ni suyos. Son de la gente que los tiene guardados para no gastarlos, acceder a tarjetas o a créditos. Pero, sobre todo, son los ahorros de las familias, los de toda una vida. Si usted le mete la mano, como hizo con el más de un millón de millones de dólares que entraron por conceptos petroleros, los bancos van a quedar como el país, quebrados y endeudados. Cosa segura, siempre pasa cuando usted decide “resolver” algo, ¿no se ha dado cuenta? Esos reales se perderán, los ahorros, y no podrán ayudar a sus dueños en momentos de apuro. No se meta con lo ajeno, señor Presidente, si quiere real, trabaje, guarde y no deje que se los roben.

AROSTOBILO ISTURIZ Y SEXTO PODER… ¡QUE TINO!

Julio César.

PATINES Y RAZONES

agosto 29, 2011

DEVOTO

   Antes de él, nadie patinaba. Ahora los muchachos le acompañan excitados.

GUAPO Y LISTO

Julio César.

MISHA COLLINS DE APOCALIPSIS

agosto 29, 2011

   Hace unos cuatro domingos atrás desperté mal, enratonado de un día sábado de bebidas. No recuerdo ni qué celebrábamos. Hacía calor, tenía flojera y no me sentía muy bien, así que me arrastré de la cama, me duché, comí algo y regresé al nido. Fui pasando canales y caí en SYFY, en una de esas películas originales del canal, que como todos saben no son ninguna maravilla. El monstruo que vivía en los truenos y el mosquito gigante fueron sencillamente infames. Cuando caí allí, la película estaba comenzando porque aún aparecían los créditos, estaba Hill Harper, el médico forense metido a investigador de escena del crimen en CSI:NY (el doctor Sheldon Hawkes); como era conocido me detuve un momento para ver qué hacía.

   Era un arqueólogo que buscaba algo y al encontrar unos símbolos en una pared (en Estados Unidos), en Inglaterra, las piedras de Stonehenge comenzaron a moverse, se realinearon y emitieron sonidos. Había allí unos turistas y cuando una de las piedras tomó color esa gente corrió pero era tarde, una onda les desintegró; la escena pasó rápidamente a una pirámide azteca en México, que se realineó y estalló como un pavoroso volcán que acabó con medio país. Me dije, oh, no parece mala, déjame ver si convence… hasta que apareció un científico rebelde execrado de la ciencia oficial que investigaba y denunciaba grandes misterios en un programa de radio, apuntando conspiraciones y teorías raras. Era Misha Collins, mejor conocido como Castiel, el ángel de la guarda de Dean Winchester en Supernatural… Y ahí me quedé definitivamente.

   La trama fue interesante, por manipular unos trastos arqueológicos se puso en marcha un antiguo aparato capaz de destruir a la raza humana y recomenzar una nueva evolución; se hablaba de líneas de energía planetaria que cruzaban por Stonehenge y de allí a muchos lugares del mundo donde los hombros del pasado construyeron pirámides y templos. De haber sido una película con presupuesto, muchedumbres corriendo aterrorizadas, ciudades cayendo aparatosamente como en 2012, con más acción y peligros al tiempo que menos charlas tontas, habría sido una película de clase A; son embargo Misha Collins la hacía genial. Era el brillante científico que se daba cuenta de todo pero nadie le creía, ni seguían sus observaciones para salvar el mundo, excepto una bonita y madura científico que le ayuda.

   La verdad es que Misha Collins se veía distinto al ángel Castiel en su manera de hablar y moverse, sin esa voz ronca que usa en la serie, pero al mismo tiempo era parecido en su rostro con sombra de barba y en los gestos; fue grato verle hacer otro tipo de papeles (ya le había visto en un intenso capítulo de CSI:NY, donde va matando uno a uno a las personas que vieron el asesinato de una amiga y nada dijeron ni hicieron, no mató al asesino sino a los indiferentes que le permitieron escapar de la justicia, pues para él era peor el pecado de no actuar). Por cierto, al final es nuestro científico rebelde quien salva al mundo pero muere en el intento (¡qué mal!); la mujer que le secundaba abandona su carrera de científico oficial y continúa luego el trabajo de denuncias que llevaba Misha. Deben ver esta película sí tienen la oportunidad, se llama Apocalipsis en Stonehenge, ¿no es una mugre de título?

   Pero, hablando de otra cosa, ¿por qué será que estos artistas que apreciamos tanto no aparecen en más series o películas para televisión? Una donde Jensen Ackles, Jared Padalecki y Misha Collins estuvieran, sin la oscura trama de Supernatural, debe ser buena. Por lo menos yo la vería. Soy un fan fiel. Vi “Hermanos” y “Rendition”, de Jake Gyllenhaal, y “Sangriento San Valentín” de Jensen Ackles, y miren que hay que quererles mucho para ver esas películas. Sería genial ver a Jensen Ackles peleando con Misha Collins por una mujer, o como pistoleros rivales o algo así. Una vez oí que estaban hablando con Jared Padalecki para una secuela de “Jason, Martes Trece”, y se hablaba de la posibilidad de que Jensen Ackles apareciera, ¿se imaginan a los dos corriendo de Jason en medio de gritos, caídas y uno con la angustia de saber a quién matará primero este, uno de nuestro asesinos preferido? ¡Yo vería eso!, por terrible que fuera la cinta.

   ¿Una nota curiosa? Anoche regreso a mi apartamento alrededor de la media noche pasada. No borracho, sólo achispado. Enciendo la televisión, recorro canales… y la estaban dando otra vez. Sonreí como idiota. Me dormí más o menos hacia el final. Qué grande es Misha.

Julio César.

ANGUSTIA PATERNA

agosto 29, 2011

LECHE DERRAMADA

NO FALLA

Julio César.

LUCHAS INTERNAS… 70

agosto 28, 2011

LUCHAS INTERNAS                         … 69

   Durante años tan sólo esperó su momento…

……

   -El güevo… trágatelo. Sácame la leche… -gimió loco el lujuria el tipo, respirando por la boca.

   Con una expresión de total felicidad, el rostro de Pedro bajaba sobre la barra, comiéndosela, sintiéndola dentro de su boca, palpitando y creciendo aún más, dilatándose dentro de ella, ahogándolo al chocar de sus amígdalas, bajándole por la garganta. La retuvo allí, lamiéndola con la lengua, sintiéndola cada vez más dura y caliente. Su boca subió, chupando, sorbiendo como quien come un helado, dejándola brillante de saliva. Espesas gotas escapan del ojete. El chico atrapó cada gota con su voraz lengua, degustándolas, sintiendo como le llenan toda la boca. Las tragó goloso y chupó esa cabeza, buscando más, mientras el carajo jadea largamente, casi como si le doliera, mirando asombrado a ese otro tipo comerle el güevo con tal gula.

   Las caderas del cliente se agitaron, subieron y bajaron un poco sobre el asiento, como queriendo cogerlo por la boca. Las mejillas de Pedro, al chupar se aplastaban contra el cilíndrico tolete; cuando lo tragaba, metiendo la nariz dentro de su bragueta, mecía un poco la cabeza, y sus dientes lo rozaban. El carajo jadeó y gritó, loco de lujuria; sus caderas iban y venían rápidamente, queriendo cogerlo por allí, queriendo que lo mame todo, queriendo corrérsele en la boca, llenársela de leche y ver como le escurría por los labios. Quería verlo tragársela, lamiéndola, gozándola, pidiéndole más. Deseaba ver a ese hombre mamarle el güevo, bebiéndose su leche y pidiéndole que lo cogiera al final, ¡porque quería cogerlo! Mientras sus caderas subían y bajaban, su mano derecha le retenía la nuca sobre el tolete, con la izquierda le sobaba la espalda, acariciándolo, sintiéndolo joven, musculoso y caliente. Quería llegarle al culo…

   En esos momentos, recuerda Pedro frustrado, comenzó a vibrar una y otra vez el teléfono del hombre, quien al principio quiso ignorarlo, pero ante la insistencia, lo tomó mirando los números de la llamada. Gruñendo dijo que era su prometida, y por una asociación de ideas, no quiso hablar con ella mientras era mamado por otro carajo, por lo que apartó al frustrado Pedro. El hombre se molestó terriblemente, la novia exigía verlo ahora mismo y estaba con sus padres. Y el hombre no podía arriesgarse a un escándalo, o a que ella le cortara las patas, así que Pedro tuvo que arreglárselas como pudo y el otro igual. Pedro  volvió a ser el chofer que lo llevaría a una hermosa quinta en el Este.

   Frustrado por el sexo incompleto, regresó al deposito, se cambio, tonteó un rato y se dispuso a regresar a su casa. Fue cuando encontró a Sam Mattos sentado sobre el capote de su auto esperándolo. Ahora, cuando nuevamente va llegando, nota que hay un carro que conoce bien, el de Norma Cabrera de Roche. El joven se tensa increíblemente, y más al ver que la mujer parecía esperarle… muy molesta.

   -Doña Norma… -carraspea nervioso.

   -Pedro… -ella lo mira severa.

   -¿Cómo está, señora? –se aclara la garganta, incómodo por la fija mirada.

   -Extrañada, Pedro. Cuando saliste de mi casa, pensé que teníamos un acuerdo. Te irías con una buena liquidación, excelentes recomendaciones y con un nuevo y fascinante trabajo. Lo único que debías hacer era desaparecer calladamente, sin hablar con nadie sobre mí, o mi familia. -es seca.- Pero hablaste. Vino el primero que pasó, te preguntó y hablaste hasta por los codos. -hay una velada amenaza en al aire.

   -No quise hacerlo, señora. El doctor Mattos insistió mucho. Dijo que era por el bien de todos. No pensé que fuera nada malo. -se defiende.

   -¡No me salgas con eso! Fui clara: no hables. Ni para bien ni para mal. Y lo hiciste. ¡Me fallaste! ¿Por qué tendría yo que mantener mi palabra de protegerte? -está furiosa. La intervención de Sam pudo ser muy  bien intencionada, pero ella se vio obligada a confesar y a contar cosas que no quería, como lo estúpida que fue en apostar a la gente que gobernaría el país a la caída del régimen. La enfermaba que se supiera su torpeza, y peor, que otros pudieran llegar a saberlo al igual que lo hizo Sam.

   -Mire, doñita, se lo dura que es usted y que si quiere, puede joderme mucho. Pero créame… -la mira asustado, pasando saliva, pero resuelto. Sam le dijo qué palabras usar.- Sí hace algo contra mí, voy a ir al canal del Estado y voy a echar el cuento completico, que no sólo el empresario Isaías Téllez Rumán o el viejo Cardona estaban en el ajo. Voy a contarle a todo el mundo a quiénes vi en su casa, con quiénes la vi y en qué la vi.

   -¿Me estás amenazando? -ruge, blanca de furia. La encara.

   -No, doñita. Estoy muy agradecido por todo lo que usted y don Germán han hecho por mí; pero no quiero que me joda. No hice nada contra ustedes de mala fe, o por plata. Creí que los ayudaba. Eso me dijo el doctor Mattos. Si no fue así, lo siento. Por mi boca nadie que no fuera de su grupito de gente, lo sabrá. Pero si no le basta, si quiere castigarme… píenselo. Yo soy un don nadie, a mi los escándalos o su odio en Caracas, pueden echarme, pero sobreviviré. Pero usted es muy conocida, la gente talibánica dentro del Gobierno podría arrojarse sobre usted, su casa y su gente. Mejor vamos a dejarlo así.

   La mujer calla, humillada, vencida y furiosa. Entiende la impecable lógica. Él no la amenaza, no la chantajea, hizo lo que hizo por su gente. Eso dice. Pero sí ella lo ataca, contará lo que sabe. Y aunque nada se pruebe, el apellido Roche correría de boca en boca. Y dos certezas llegan a su frío corazón: no le hará nada, por miedo; y tras ese impecable e implacable razonamiento del joven, se encuentra la guía de Sam. Sam le sacó lo que quiso, prometiéndole defenderlo. Y esa  promesa actuaba aún ahora cuando no estaba presente. Tal ve pudiera jugar a enfrentarle, a ver hasta dónde llegaba, pero era algo peligroso.

   -Esto… no voy a olvidarlo. –dice entre dientes, alejándose.

   Y Pedro siente unas ganas enormes de orinar.

……

   Mientras se dirige a su carro, saliendo de los tribunales, Eric Roche no piensa en las asombrosas revelaciones hechas por la gocha Margarita, sobre el jefe de las tribus. Piensa en Edward Sanabria.

   Aún está impactado al constatar que el otro seguía guardándole rencor, molesto por una broma inocente (bueno, no tan inocente), que le hizo cuando estuvieron juntos en el colegio. Enciende el vehículo, recordado lo que sabe del otro. Era abogado, en un tiempo ejerció el derecho por su cuenta, como defensor principalmente, pero luego se pasó con cañones y mosquetes aLa Fiscalía. Ahoraera un fiscal bajo las órdenes de Isaac Domínguez; lo que era algo extraño, se dice arrugando la frente. Por lo que recordaba, a Sanabria le gustaba estar del lado de la gente que sentía que era como él, pobre y necesitada de ayuda. ¿Habría llegado aLa Fiscalíaantes de estos tiempos oscuros y de vergüenza para defender al pobre y al oprimido?

   El hombre se veía bien, joven y vital. Tal vez algo rellenito, pero saludable. ¿En qué andaría? Y sin poder evitarlo, su mente volvió al pasado, a los quince años, cuando era un joven delgado, sensible, inteligente y simpático. Un consentido de los maestros por respetuoso, listo y aplicado. Era un galancito, aunque ya sabía que las chicas no le atraían mucho, no como Antón, por ejemplo, un muchacho pecoso de quinto año, ancho de hombros y musculoso, que siempre andaba sin camisa por las canchas, bronceado, lampiño y bello. Sam también era un galán, buena gente, amable y atractivo, pero era como su hermano.

   Ambos habían estudiado de siempre enla Santa AntoniaAbadesa, un colegio católico donde debían ir a misa y confesarse una vez a la semana. A Eric no le gustaban mucho las confesiones, porque se guardaba cosas y sentía que engañaba, o intentaba engañar, a Dios. Sam y él no veían el momento de llegar a sexto grado, o año como le decían ahora, y dejar el colegio. Pero los curas, lambucios como ellos solos, habían instaurado el bachillerato, y aunque luchó y pataleó, sus padres lo dejaron ahí. No fue tan malo al final, ahí estaba la gente que conocía de toda la vida; pero eso tenía sus problemas. Se habían vuelto un clan, un grupo cerrado, una élite, y eso los llevó a creerse especiales y a caer en el prejuicio.

   Al iniciarse el bachillerato, el colegio abrió en el cuarto año, o primero del diversificado, cupos para estudiantes que venían de otros institutos, generalmente muchachos de hogares humildes, donde faltaba uno de los padres, no tenían todos los libros, no podían pagar matriculas y las ropas y uniformes se veían viejitos. Ahora Eric, y sabía que Sam también, se sentía avergonzado de ser como era, pero el clan, el grupo, era implacable. Así eran ellos con esos muchachos a quienes consideraban intrusos, e inferiores, sí debía ser totalmente sincero con sigo mismo. Marginaban a los becados, se reían de ellos, los asediaban, no perdían la oportunidad de mostrarles que eran menos que ellos. Y algo que debió ser bueno, el que un buen colegio le otorgara beca de estudios a un joven que no podía pagarlos, abriéndole las posibilidades de ir a una buena universidad, ellos lo convirtieron en un martirio para el pobre becado.

   Así era cuando llegó Edward Sanabria, un joven robusto, algo bajito, de lentes, mal encarado, que provenía de una familia pobre, que logró estudiar gracias a una beca de Fe y Alegría, un colegio regido por monjas, mil veces vilipendiadas, pero que trabajaban y se esforzaban en su tarea. En el colegio supieron notar su inteligencia, sus ganas de progresar, su fuerza interna, su determinación para llegar, y como en otros casos, los curas pensaron que valía la pena invertir en él, darle las herramientas para que triunfara. Si fallaba, sería cosa suya. A Edward le gustó la idea, pero intentó tomarlo con calma; sin embargo, en cuanto llegó al colegio, lo odió. Esa gente estaba contra él, y él se puso en contra de ellos. Utilizó la misma fuerza en ignorarlos, en mostrarles que no le importaban un pito, y todos se sintieron dolidos y ofendidos por ese desprecio, por lo que lo atacaron más.

   Al joven no le importaba; era inteligente, le gustaba que los profesores lo notaran y el que lo pusieran como ejemplo al resto; le encantaba, porque así se desquitaba de todos. Y no se equivocaba, muchos se sentían ofendidos de que un muerto de hambre (así lo pensaban en sus rabias) fuera mejor que ellos. ¡Cuantas idioteces piensan los muchachos! Y aunque despreciaba a la mayoría, el joven descendió a luchar y envidiar sólo a uno de ellos: a Eric Roche. Había dos cosas que molestaban a Edward de Eric: el que le fuera bien en las clases, y el que Sam fuera su mejor amigo.

   Al recién llegado le parecía injusto que alguien con plata, que lo tenía todo, que era agradable y bien parecido, encima saliera bien en las clases, casi sin estudiar. Lo veía de aquí para allá, riendo, gozándola, pasándola bien, (dígame cuando lo vio manejando aquel bonito carro deportivo, regalo de sus padres), sin un libro en las manos, y a pesar de eso, salía bien en todo. A él todo le costaba. Tenía que pasar largas horas estudiando, memorizando. Tenía que salir bien, sacar buenas notas, tener recomendaciones y todo, porque quería ir a la universidad. Nada en ese colegio le importaba, pero era horrible que al tal Eric le fuera bien. Y estaba Sam.

   No es que le atrajera, ni que le gustara sexualmente, pero Sam era un buen tipo. Era atractivo y gentil. Nunca lo vio molestando a nadie, le hablaba a él como podía hablarle a cualquiera. A él le habría encantado que Sam fuera su amigo, que lo considerara un igual, porque Sam era alguien que brillaba con luz propia. Ni siquiera Eric lo hacía. Sam sí. Pero Sam se la pasaba con Eric, secundándolo, oyéndolo, riéndole sus idioteces y eso molestaba a Edward. Le parecía un desperdicio que una persona como él se desgastara tratando con ese inútil. Y ese doble odio lo llevaba a ser desagradable con Eric, quien tampoco era una pila de agua bendita. Entre los dos se estableció una competencia para ver quién era más inteligente y sacaba mejores notas; Edward se aplicaba en ello, para vencerle. Eric ni sabía de eso, del odio o la competencia.

   Pero un día, en medio de una clase de Biología, esa de los matraces llenos con jugo de naranja, unos tapados y otros no, para comprobar la falsedad de la abiogénesis (que, sin embargo, los místicos de la evolución utilizan como un dogma de fe para explicar el origen de la vida con aquello de ‘es un misterio religioso que no sabemos como pasó, pero pasó’; exactamente igual a como hace añales enseñabala Iglesiasobre la creación, apelando a la magia), Eric, al ser interrogado sin haber hecho el experimento, respondió cualquier tontería. Él y Edward notaron la decepción de la profesora, y cuando ésta interrogó a Edward, éste, en tono cortante y sarcástico respondió que no sabía de dónde sacaba Eric sus resultados, y dio unas conclusiones lógicas, como pasa cada año en esa clase: que la vida sólo procedía de vida previa, nunca de la nada.

   A Eric le molestó su tonito, así como las risitas de los compañeros. Y tras dos desaires más del otro, comprendió que había llegado el momento del desquite. Fue cuando prestó atención a un rumor que corría por el liceo, que explicaba por qué Edward nunca iba a las duchas del colegio (tenía una dispensa del Director), y jamás practicaba deportes sin la franela: que el joven tenía dos tetillas izquierdas, cosa que, a no dudar, lo avergonzaba mucho.

   -¿Y a quién no? –le dijo Eric a Sam, con ojos brillantes de maldad.

   Así planeó su venganza. Una mañana, en el recreo de las nueve y media, con el patio central lleno de gente, Sam llamó a Edward para decirle algo. Ese día iba con una camisa caqui, sin el chemmi. Edward fue a su lado y notó la mirada azorada de Sam, cuando Eric llegó tras él, riente.

   -Señoras y señores, develaremos al fin el gran misterio del hombre de las tres tetas. -y con un gesto rápido lo agarró por la perchera derecha de la camisa, halándola.

   Los botones saltaron y el sorprendido Edward no pudo moverse por unos segundos. Decenas de ojos cayeron sobre él, impresionándose. No tenía dos pezones izquierdos, pero era increíblemente velludo, mostraba un pelaje espeso, muy negro y brillante, que bajaba casi desde la horquetilla external hasta la cintura del pantalón. Todos comenzaron con el coño cuánto pelo, debe tener el culo pelúo, hazte unas trencitas en el pecho. Y cosas por el estilo. Edward pasó del blanco pálido al rojo sangre, mirando a Eric con un odio profundo, algo fuerte, visceral y terrible. No era la emoción de un muchacho. Eric entendió que un día así lo verían las personas que desearan su muerte por alguna causa.

   Edward se fue a la carrera, y eso empeoró las cosas. Lo pitaron, lo llamaron, le gritaron que enseñara el culo. Se fue para su casa. Al día siguiente no volvió y eso empeoró los ánimos de Eric que se sentía culpable, y de Sam que estaba enfermo de culpa y le gritó que nunca más lo obligara a hacer una mierda como esa. Al tercer día (qué emblemático), Edward reapareció en el mundo de los vivos, y actuó como siempre. Sonreía toscamente cuando bromeaban sobre él y no decía nada. Pero Eric y Sam miraban el feroz odio y resentimiento en sus ojos. Ambos intentaron disculparse con él, Sam parecía afectado, pero el otro sólo los mandaba a joder al coño de sus madres. Imaginaron que con el paso de los días se le pasaría; pero no pasó. Y eso les irritó, ¿hasta cuándo iban a disculparse? Se molestaron, ilógicamente, con él.

   El cuarto año terminó y al siguiente no cayeron en el mismo salón. Eric sospechaba que Edward algo hizo o dijo para que así fuera. Pocas veces se vieron, y cuando Eric o Sam se acercaban por donde él estaba, callaba y al poco rato se iba. Eso les incomodaba todavía e intentaron olvidarlo, porque sabían, al pasar el tiempo, que fueron muy crueles. No era agradable comprender lo ruin que se podía ser, y eso notaban cuando estaban frente a Edward. Se graduaron, fueron a la universidad, y Eric no supo a donde fue Edward. Y ahora se lo encontraba. ¡Resentido todavía!

   Y, sorprendido, comprendió que eso aún le afectaba. Fue algo malo que hizo y debía corregirlo. Aunque Edward también, coño, ¿cómo podía continuar molesto después de tanto tiempo? Eso no era de gente sana. Sonríe al pensar en la cara que pondrá Sam cuando se lo cuente…

                                        ……………….

   Para lo que William Bandre hizo al volver a Caracas, hubiera dado igual que se quedara echado sobre la arena en Tacarigua dela Laguna. Regresódecidido a enfrentar aLa Torre, sus secretos y sus crímenes, iba a terminar con todos esos vagabundos, con esa gente que mandó a Tirzo Ramos tras él. Pero en cuanto llegó, sintió sed, angustia e incertidumbre. Pensó en tomar algo para darse valor, pero al embriagarse nada más le importó.

   Vivía, rodando por ahí, en las calles, como tantos y tantos pobres desgraciados débiles y faltos de voluntad, entre el miedo al estar sobrio y el vergonzoso olvido de la caña. Estaba rodando rápidamente en su caída. Ahora bebía lo que fuera, y ya lo habían echado de más de un sitio, de mala muerte para colmo, por no tener ni con que pagarse un traguito de lava gallo. Andaba mal y su necesidad de aguardiente, así como su mente embotada, lo tenían recorriendo esos solitarios y oscuros callejones que rodeaban el Nuevo Circo de Caracas, una zona tan peligrosa que niLa Metro, con todo y lo valiente que había resultado al final, se animaba a entrar. Policapital ni lo intentaba, siempre temían ser violados y corrían ante la menor señal de problemas, como aquella tarde frente al Tribunal Supremo cuando después de una sentencia polémica, unas hordas traídas por Irsia, Barroeta e Isis Valderrama atacaron. Los Policapital, llorando, corrieron y gritaron, totalmente aterrorizados. ¿Cómo iban a vigilar zonas como ésta?

   Y por allí, por donde ni Xena,La Princesa Guerrerairía, trastabillaba William Bandre, borracho, buscando a alguien, a cualquiera, que tuviera una botella. Su instinto de conservación se había nublado, como su mente misma, tal vez confiando sólo en aquello de que a los borrachos los cuidaba Dios. Guiado por la mano del azar entra a un callejón sucio, particularmente feo, y por un segundo duda, pero le parece oír unas voces, y entra a la calleja, donde unas noches más tarde se encontraría con un balazo en la panza, cuando el Capo decidiera terminar con él. La calle era estrecha, desierta y sucia. Era un callejón al que daban las entradas traseras de varios edificios. Había una destartalada cancha deportiva en la que nadie jugaba ya, habían demasiados malandros allí. La calleja terminaba en una vaya de zinc y tablas, que daba paso a un submundo de marginalidad y precariedad, uno de esos huecos difíciles de imaginar en el centro de la ciudad, pero que estaban ahí, llenos de personas, de problemas, de resentimientos, de rabias puras; también de drogas y violencia.

   La iluminación era mala, por eso es difícil distinguir a los dos tipos sentados en una acera alta, que beben y hablan de mil cosas. Son el Negro, un tipo fortachón, de cabellos chicharrones, cortados al rape por los lados y en plano recto arriba, con un bigote pequeño, y una camiseta negra que deja al descubierto unos brazos tatuados. Se ve molesto. Siente una rabia interna que rara vez cesaba. Era un carajo que no terminó la escuela, nunca le vio sentido, y prefirió pajarear por ahí, en pandillitas. Con ellos tomó caña, fumó cigarrillos y algo de lo otro; pero al embarazar a una vecinita tuvo que salir a ganarse la arepa: cargando bultos en Coche, cemento enLa Vega; como colector de un autobús; como obrero en una fábrica. Pero el mercado laborar para alguien como él, sin una preparación real, así como la rabia que lo corroía al sentirse explotado, trabajando por cuatro lochas mientras unos malditos extranjeros se llenaban, lo hacían pelear en el trabajo e irse, o ser echado. Con el paso del tiempo hubo menos trabajos, la vida era más dura, su mujer parió otros dos muchachos y ahora la miseria era más. Y ella vivía amargada, reclamándole por todo. Sólo salir del rancho, tomar caña y buscar puticas con quienes pasar el rato, lo distraían; lo hacían olvidar lo estéril y mierda que era su vida.

   Junto al socio a su lado, Culebra, había cometido uno que otro atraco. Y aunque no veía nada que lo molestara en eso (para él no estaba ni bien ni mal, sólo era necesario), no veía futuro en ello. Había visto a muchos ir presos por menos, como el Culebra mismo, para salir luego, con suerte, dañados irremediablemente, tan lacras que muchas veces debían ser asesinados en el mismo barrio; o adictos a la piedra, al Crack, que acababa al poco tiempo con ellos; o con SIDA.

   A diferencia de muchos en la zona, él odiaba al régimen, a esos sucios mentirosos. Era padre de tres chamos, no tenía trabajo y no era tan estúpido como para no ver que ahora había más hambre, más miseria y más suciedad en la gente que dirigía el país. Todo el cambio que prometieron había sido un fraude, él no sólo era más miserable, más pobre, su vida más dura, sino que hasta el plato de comida que a veces daba la parroquia, allí, en un lugar donde la gente se moría literalmente de hambre, era imposible ahora, porque el Gobierno quería acabar con los curas para que el Presidente se declarara Dios de una vez y le prendieran velas. ¡Como los odiaba!

   Culebra, por su parte, era un sujeto de piel cobriza, tipo indio peruano, de cabellos lisos pero ásperos, con algo de rata en su mirada. Al igual que el Negro, dejó la escuela hace muchos años; pero para él, robar, cobrar peaje y hasta coñacear gente, no era un problema. Le gustaba tener plata para aguardiente, vestir bien, para tener algo que aspirar de vez en cuando; pero por nada del mundo quería un trabajo de ocho de la mañana a cinco de la tarde, sudándose el lomo, cargando bultos, barriendo calles o trabajando en una fábrica. No, eso no iba con él. Él quería lo bueno, pero quitándoselo a otros. Una vez el pana le había conseguido un puesto en una gasolinera, con él, pero nunca fue, no le gustaba madrugar, y dos semanas más tarde, robó la gasolinera y a los empleados cuando cobraban. Lo agarraron y lo metieron preso, y al Negro lo botaron y por poco no lo encarcelan también. Fue la primera vez que cayó, y aunque muchos le preguntaban qué le había pasado ahí, lo callaba. La vida del recluso no era nada sabrosa. Pero tampoco aprendió nada. Continuaba con sus viejas mañas.

   -Esto es una mierda. -dice el Negro, tomando la botella de ron y bebiendo un largo trago.- Y esa propuesta también.

   -A mí me lo dijo Nereo, que están buscando quien le eche bolas en las barriadas. Si la gente sale a protestar, palos con ellos. Y la policía no se mete con nosotros. -dice Culebra, quien ve las posibilidades de hacer lo que le de la gana sin que nadie le ponga freno.

   -¡Que bolas! -el otro siente rabia, por alguna razón que no entiende. Por algo que no sabe cómo traducir en palabras o ideas, todo eso le enfermaba.- Ese mamagüevo no es más que un malandro que le dio un tiro al hermano para quitarle para drogas, y ahora trabaja para la alcaldía… Verga, es que… -no halla palabras, y antes de poder continuar, repara en un carajo blanquito, de porte ricachoncito que aparece, tambaleante frente a ellos.- ¿Y esta vaina? -lo señala.

   William, ebrio, les mira y luego a la botella, levanta la mano como en un flojo saludo, mientras sonríe tontamente, dejando en claro que no es una amenaza, sólo una pobre piltrafa de la que no deben temer nada. Y en cuanto lo entienden, los otros dos se le vienen encima con presteza, casi arrojándolo contra la tela metálica rota. William jadea mientras lo cachean y los revisan todo, con presteza, con manos expertas.

   -Este carajo no tiene un coño’e la madre. -ladra el Negro, empujando al borracho con rabia. William cae desparramado, intentando meter una mano entre los orificios de la cerca para sostenerse, mareado.

   -Coño, pana, no trates al catire así. -le dice el Culebra, mirando a William en una forma oscura, una que el Negro no entiende. Se tiende y ayuda a William a ponerse de pie.- ¿Estás bien, chamo? Perdona al pana, se pone rudo cuando se mueve y no saca ganancias. ¿Qué andas haciendo por aquí? –le pregunta mirándolo al rostro, están muy cerca.

   -Salí por un trago y… -se ve confuso. Culebra sonríe, atrapándole la barbilla con una mano.

   -¿Quieres un trago? -sonríe en forma obsequiosa. El Negro le mira.

   -¿Qué coño’e madre te pasa? Suelta a ese pato.

   -No seas malito con el catire, él quiere un traguito. -le dice Culebra, con voz opaca, casi rodeándole la cintura a William con un brazo y llevándolo hasta la acera.- Vamos, papá. -lo guía hacia la botella, sonriendo de la forma sedienta en la que William la mira.- Toma. -reteniéndolo por la cintura, le ofrece la botella. William traga saliva y la toma, bebiendo con avidez, cerrando los ojos.

   -¡No le des mi mierda a ese güevón! -ruge violento el Negro. Culebra interrumpe el trago de William, quien jadea, gozoso, eso lo alegra, le da ánimos; así de enfermo está.

   -No seas caleta, pana. -lo mira Culebra casi sobre un hombro, mientras su mano se despega de la cadera de William y cae sobre una nalga, apretándola, palpándola. El Negro se asombra.

   -¿Qué coño haces, maricón? -ruge.

   -El amigo tiene sed, Negro. -Culebra suelta a William, encarándolo luego.- ¿Verdad que quieres más?

   A su lado, con la boca ligeramente abierta, el Negro repara en dos cosas: la desagradable sonrisa libidinosa del pana y en una erección visible bajo el ajustado jeans.

   ¡Que bolas!, ¡Culebra iba a cogérselo por ese culo!

CONTINUARÁ … 71

Julio César.

COMPROBACIONES

agosto 27, 2011

 MANO AMIGA

   Siempre parecía que lo del otro era superior…

   No hay nada que les divierta más a los muchachos que saber quién lo tiene mejor, en dimensiones y sabor. Algo rapidito y sucio mientras llegan las novias. Y cómo ríen, felices de la vida, caras empegostadas. Cosas de panitas.

POSESIVO

Julio César.

EL QUE SABE…

agosto 26, 2011

BUEN CATADOR

   El hombre de experiencia siempre termina derrotando al muchacho; no para hasta tenerle de rodillas.

INTERROGATORIO

Julio César.

CESC FÁBREGA, LO QUE FALTABA EN EL BARÇA

agosto 26, 2011

FANTASÍAS CON GERARD PIQUÉ

   No se puede negar que hay gente con buena estrella, como el guapetón y habilidoso jugador Cesc Fábrega, mediocampista español, quien regresa a su antigua casa, el Barça, justo para enfrentar al Real Madrid, derrotarles nuevamente y quitarles de las manos el título dela Supercopa. Quétal. Y parecía estar en todas partes, dando abrazos.

   Lo siento por el Real Madrid; de la liga española era mi favorito, de cuando Figo, Raúl y Zidane. Ahora… el Ronaldo.

   Me pregunto sí será amigo de Piqué.

   El muchachote tiene con que gustar, ¿no?

   Sin embargo, de ese partido lo que me gustó fue Messi, y más que por su juego o sus abrazadas con Cesc Fábrega, fue la actitud que tomó con ese señor Mourinho, quien es una vergüenza en dos patas para el futbol y el juego con clase. La verdad es que un médico debería examinarle. Hay gente que acusa a Messi de provocador. No, lo que hizo fue justo lo que alguien como el señor Mourinho merecía. Eso de buscar notoriedad no por exitoso sino por sufrir diarreas verbales, queda feo.

KELLAN LUTZ VENDE ALGO…

Julio César.

¿MAL INTERPRETADO?

agosto 26, 2011

METIENDO MANO

   Como que lo contraría y apretaba demasiado. Y se le veía.

   Borracho, como el resto del grupo de amigos, Giovanni se quita el pantalón y se arroja a la piscina, abriéndose de piernas, meciéndose un tanto, alzándolas invitador, mirando a los amigos sobre un hombro, los ojos nublados.

   -Estoy todo mojado y caliente… -dijo ronco. Y continuó la fiesta.

CADA QUIEN A LO SUYO

Julio César.

ROBERTO MALAVER SE ENREDA CUANDO DECLARA SOBRE ETICA DE LA INFORMACION

agosto 26, 2011

NICOLÁS MADURO CONTRA “LA HOJILLA”?

   Dándole la espalda a la realidad… Aunque hay a quienes eso les gusta. Y mucho.

   Hay un periodista de nombre Roberto Malaver que en estos días realizó unas extrañas declaraciones, creo que estábamos en luna llena o venía de La-Granja-Ladera (Dios, cómo se guindan, tal vez eso fue lo que enfermó al hombre). Dijo, sin atragantarse de saliva: “Aquí hay un periodismo que se apoya en los runrunes, que se apoya en el cuento”, continuando con “El periodismo se tiene que apoyar en la verdad y nada más que la verdad”. Pero, señor, cuando hacen eso ¿no los cierran como ocurrió con RCTV y Sexto Poder? ¿Acaso no se enteró? Seguro que sólo ve VTV y lee VEA, esas cosas que nadie sabe ni cómo calificarlas. ¿Cuánto quieren apostar que cree que eso sí es periodismo verás?

   Mire, señor Malaver, hale mecate pero con cautela o van a creer, esos a quienes quiere agradar, que se les anda volteando. Recuerde que al Gobierno le gusta esconder la información y persigue la verdad. La prensa tuvo que exponer lo que sabía del caso del maletín porque el Gobierno no informó; tampoco lo de PUDREVAL; o lo de los muertos en la celda del CICPC; o los muertos de la cárcel de El Rodeo; ni informó algo sobre la enfermedad del Presidente. Si este fuera un país serio, y el acceso a la información fuera viable, nada de esas cosas que “le aterran” ocurrirían.

   Aunque, y no se moleste, informase mejor antes de hablar la próxima vez… Porque sí hubo un maletín lleno de dólares, los muertos en la celda esa sí fueron reales y sí fue por tortura que fallecieron, los alimentos podridos en contenedores sí se contaron por toneladas, el Penal en manos del hampa por las armas que los custodios les entregaron sí estaba alzado, y el Presidente sí estaba enfermo. Me parece, señor Malaver, que quién no sabe de lo que habla es usted.

…UN DÍA PARA DECIR BOLSERÍAS

Julio César.

INSEGURIDAD CONYUGAL

agosto 26, 2011

 ATRAPADO

   Descubrir el de baterías fue la locura.

   -No es mi culpa… -aclara mientras contiene un jadeo al empujar, metiendo, sosteniendo y agitándolo un poco.- Mi mujer quería asegurarse de que no vagara por ahí montándole los cachos. Prefiere que me divierta aquí, pero como ella sale mucho por cuestiones de trabajo me hizo varios regalitos. “Te van a gustar”, me dijo. Y es verdad. Funciona. No tengo vida con estas malditas vibraciones… No puedo estar sin jugar y después no tengo fuerzas para nada.

FANTASIA INCOMPRENSIBLE

Julio César.

CASTIGO CRUEL

agosto 24, 2011

 LA SANCIÓN

LA ETERNA DUDA

Julio César.