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SAM ES MALO CON DEAN… 8

noviembre 30, 2012

SAM ES MALO CON DEAN                         … 7

   Esta historia, que NO ES MÍA, es un Wincests con toques pornográficos que encontré mientras buscaba otras dos páginas. El relato es desesperante, trata sobre un tema que parece gustar a tantos aunque a mí me molesta un poco. Sam, sin alma (esta ubicado a mitad de esta sexta temporada), desea esclavizar sexualmente a Dean, siendo totalmente horrible con él; la autora, Annabella, es de ese tipo de chicas. ¡Mi pobre Dean! Pero como cometí el error de comentárselo a Sonia, y no encuentro todavía las otras dos historias, la incluyo. Hago una que otra corrección. Disfrútenla:

……

Título: Toque

Autor: Annabella

Tema: Wincests

   -¿De verdad lo quieres, Sam?

……

   Frente a un semáforo Sam se detiene y tiene que cerrar los ojos, no podía estar gozando más. La mano de Dean sobre su verga es lo mejor que ha sentido, o lo segundo, su boca mamándole como un bebito grande, con mejillas rojas y cara de desear ya tragarse su semen, era enloquecedor. Y era lo que más quería, comenzar a subir y bajar su culo de ese asiento, cogiéndole la boca a Dean, llevándole su verga hasta la garganta y tenerlo bien lleno de sí, sintiéndose atrapado por su boca hasta que estalle. Dios, llenarle la boca a Dean con su espesa y ardiente esperma es lo que más desea; nada más imaginarlo, verle las mejillas abultadas con su jugo, algo de la olorosa leche escapando por sus labios, para luego darle un trallazo que le cubra la frente y la mejilla, era una idea insoportablemente caliente. Sueña, que le tiene de espaldas sobre una cama, la boca abierta, ronco, pidiéndolo, y él a hojarasca sobre su torso, masturbándose hasta que estalla y le cubre con su semen cada centímetro de su pecoso, altanero y hermoso rostro. Pero no podía…

   -Amigo, ¡qué mamada! Oye, rubio, ¿no quieres darme una a mí? -una voz masculina y divertida le trae al presente; otro auto, descapotable, con dos tíos con pintas de universitarios, les miran asombrados y divertidos.

   -¿Te gusta mamar, rubio? Vamos, montemos una fiesta para tres.

   Sam, nariz hinchada, se vuelve, el arma en su mano y los sujetos gritan mientras parten raudos. Hijos de puta. ¡Dean era suyo! ¡Sólo suyo!

   -Basta. -ordena, pero Dean ronronea y sigue mamando.- Qué pares. -le aparta con cierta dureza, y aunque se supone que no siente nada, le parece notar algo de pesar interno cuando Dean, labios muy rojos y húmedos, algo de saliva en su mentón y mejillas enrojecidas le mira con frustrado puchero. Afinca su agarre sobre el rubio- Lo siento, Dean… mi leche es para tu culo. Una vez que mi semen inunde y nade en tus entrañas serás mío para siempre. No habrá vuelta atrás. Y voy a asegurarme de estar bien cargado de esperma para ese momento.

   -Sam… -se estremece de lujuria, pero en sus ojos también hay temor.

   -Lo siento, Dean, es necesario. Una vez que te haga mío, que mi verga llene tu culo, nunca podrás escapar de la necesidad de servirme. Serás mi esclavo sexual, pero, ey, no te preocupes, será bueno. Estaremos juntos. Para siempre, como lo querías desde el momento que fuiste a buscarme a la universidad y yo estuve dispuesto a dejar a Jessica por ti. -intenta animarle.- Mira, el hotel. Llegamos…

   Dean palidece.

   Sintiéndose embargado de poderosas sensaciones, algo que no recordaba desde que despertó sin alma, Sam abre la portezuela con una sola cosa en mente: tendrá a Dean para sí. Pero nada más abrir le parece escuchar la risa siniestra de Crowley (y su voz asegurándole: “oh, si, ya verás lo feliz que serás cuando le tengas a tu merced), cuando mira a su hermano. Su pecho se agita ahora de inquietud. En cuanto salga, y le suelte, el rubio saldrá corriendo. Y aunque hechizado, uno muy mañoso a su manera de ver ahora, Dean era muy capaz de escapársele y burlarle. ¡Era tan bueno en su trabajo el muy hijo de perra!

   -Ven. –le atrapa una mano, posesivo e inseguro, halándole por su portezuela.

   Joder, necesita llenarle ya, cosa que asegurará el total control sobre el rubio y ya no temerá perderle. (“No del todo”, recuerda nuevamente a Crowley, “dependerá de que no ame a otra persona o a su vista el conjuro perderá fuerza”). Asegurando su agarre sobre la mano del pecoso intenta alejar ese pensamiento. El que Dean le abandonara. La sola idea le era insoportable. Pero teniéndole allí, sus dedos enlazados (algo que sabe debe estar molestando horriblemente al antiguo Dean), se siente seguro. Mejor. En paz. No, nadie se lo quitará. Nunca lo perderá.

   Indiferente al hecho de las sonrisas burlonas de los sujetos y mujeres que se cruzan con ellos mientras van rumbo a la entrada del hotel desde los estacionamiento (no Dean, que enrojece violentamente), Sam sólo tiene una cosa en mente, cumplir su parte en el conjuro. El tiempo corre. Y una vez hecho no temería…

   Apoyado contra una pared, un joven pelirrojo y delgado, ropas muy ajustadas, les mira sonriendo. Un puto callejero. Y ese sujeto se permite recorrer a Dean con la mirada.

   -¿No quieres ayuda con el rubio, guapo? Por él sería gratis. –informa el joven puto, sin quitarle los ojos de encima a Dean.

   -¡Lárgate! –le gruñe posesivo, afincando su agarre sobre el cazador.

   Dios, ¡cómo había gente descarada! ¿Acaso no veía ese idiota que Dean estaba con él? Llegan frente a la recepción donde una mujer joven, de tetas grandes, clava colmillos en una goma de mascar de manera indiferente… hasta que les mira y sonríe.

   -¿Una habitación con dos camas, guapos? –pregunta algo coqueta, tendiéndose sobre la barra, enseñándole las tetas a un Dean quien, a pesar del agarre de Sam (y del jodido hechizo), compone una leve sonrisa y su mirada se pierde escote abajo.

   Sam siente que hierve a fuego lento, soltando a Dean va a sus espaldas y posesivo le rodea la cintura con sus brazos, encimándosele, la nariz contra la coronilla de cortos cabellos rubios.

   -Una cama. De buen tamaño, por favor. –es hosco. Casi disfruta verla enrojecer cuando baja el rostro y muerde en el pecoso cuello. Dean ronronea, aunque Sam le conoce mejor, sabe que por dentro debe estar hirviendo de ira por someterle a esa exhibición.

   Llaves en manos van por el pasillo, Sam atrapándole nuevamente por la mano. Mierda, ¿es que acaso todos querían meterle mano al gilipollas de su hermano? Ahora que el mayor estaba tranquilo por el hechizo, sin coquetear o llenar todo con su personalidad, nota que muchos desean ligar con él tanto como él ligaba antes. La idea le atormenta y le roba la paz. Está enfermo de celos e inseguridades, aunque le tenía allí, literalmente al alcance de sus manos, el otro tenía su propio espacio. Y eso le enferma. No quiere que Dean posea nada donde no pueda estar controlándole.

   Con manos trémulas abre la puerta, Dean, labios abiertos tiene una mirada de incertidumbre. Es cuando se oye un grito de mujer, como si alguien le golpeara. Los dos hombres se tensan y vuelven en esa dirección de manera automática, pero Sam termina de abrir la puerta.

   -Vamos. –hala de la mano. Dean está tenso, el grito se repite.

   -Alguien necesita ayuda, Sam.

   -Seguramente una mala transacción cliente puta. No es asunto nuestro.

   -¡Sam! –le mira algo severo y escandalizado.

   Y Sam no lo entiende, le tiene agarrado, está acariciando con el pulgar su dorso, ¿por qué Dean se resistía? ¡Ese hechizo era una mierda!

   -¡Vamos! –repite. Y Dean se opone. Eso le enoja y atrapándole por los hombros le golpea contra la pared.- ¡Ahora! –insiste.

   Pero el vacío, uno de toda lujuria y pasión, en las verdes pupilas le asusta. ¿Acaso estaba escapando de la magia? ¿Se le habría pasado el tiempo? La sola idea le aterra. Le empuja habitación adentro, saca unas esposas de su chaqueta y le atrapa por una muñeca, asegurando la otra a la manilla en forma de ce de la puerta. Mientras la puta continuara gritando, como lo está haciendo, Dean no volvería a ser el mismo.

   Sale y atraviesa el pasillo mirando hacia atrás, muerto de nervios. Golpea con furia la puerta de donde parten los gritos.

   -¿Qué diablos pasa ahí? –exige saber, sin andarse en preámbulos.

   -¡No es asunto tuyo! –ruge un tipo.

   -Dejen el escándalo o llamaré a la policía. –amenaza. La puerta se abre y un sujeto casi tan alto como él, más corpulento y muy barbudo, se deja ver. Todo cabreado. Sam puede mirar sobre su hombro a una muy joven putilla sollozando sentada en la cama.

   -Mira, hijo de puta… -ruge amenazante ese carajo. Pero eso ya ha tardado demasiado.

   Sam necesita que se callen, necesita regresar con Dean, y de manera vaga, como un recuerdo lejano que le sorprende un poco, necesita saber que la mujer está bien. Le golpea directo a la mandíbula y le hace retroceder. Cuando el sujeto se cubre la boca de donde mana sangre, golpea a un costado y al otro, haciéndole doblarse, para rematarle con un nuevo gancho, dejándole tirado de panza sobre la sucia alfombra.

   -Cobra y ten más cuidado de en dónde te metes. –se vuelve hacia la chica. Por lo general se siente bien después de una refriega, pero ahora no tenía tiempo sino para albergar ira. Cuánto tiempo perdido. Entra y…

   Grita de frustración. ¡Ese hijo de puta!

……

   En cuanto estuvo a solas, libre de la presencia de Sam, Dean se recuperó lo suficiente para abrir las esposas valiéndose hábilmente de un pequeño clavo con el que mal repararon la puerta. Hacerlo y correr, silenciosamente, fue una sola cosa. Era algo bueno que Sam hubiera perdido los estribos con el sujeto ese, ya que no prestó atención a lo que ocurría a sus espaldas. Bajó a recepción y valiéndose de que la joven no miraba, abrió otra puerta y bajó a los sótanos.

   Habría estado bien tener tiempo para intentar forzar el impala antes de regresar a ocultarse allí, y que Sam creyera que corrió a los estacionamientos y luego a la calle. Pero no había tiempo. Su hermano, o esa cosa que ahora habitaba en su cuerpo, lo que había perdido en sagacidad lo había ganado en rapidez. Cierra la puerta con mucho cuidado, cruza el atestado cuarto y se detiene frente a una pequeña ventana que da a nivel del suelo. Se deja caer en el piso y espera. Está agotado. Era increíble lo mucho que había cambiado su vida desde esa mañana. Estaba hechizado. Maldito. Por conspiraciones de Sam con Crowley. Siente la rabia hervir en su estómago. No sabía cuándo o cómo, pero se vengaría del demonio. Y de Sam.

   Se tensa al escuchar pasos pesados, ve las inconfundibles piernas del menor cruzar a toda carrera. Hacia el impala. Bien, ahora a esperar un poco. Cierra los ojos y recuesta la cabeza de la pared. ¿Qué hacer? ¿Y si llamaba a Castiel? Siente las llamas de la vergüenza arder en sus mejillas. Dios, qué nadie se entere nunca de lo ocurrido. Ya bastante malo…

   Abre los ojos de golpe, sus instintos alertas al máximo, eleva el rostro, listo para saltar pero ya es tarde. Sam, tan silenciosamente como él mismo hizo, abrió la puerta, entró, se acercó y le cazó. El feroz puñetazo que el menor lanza a su mentón le hace ver estrellas, derribándole limpiamente.

   Sam jadea, complacido al verle inconciente. Sin pensar que es la segunda vez que lo hace en menos de una hora. El hijo de puta tendió bien su trampa, pero lo que Dean parecía olvidar a veces es que aunque no era el pequeño, estúpido y acomplejado Sammy, si guardaba sus recuerdos. Sabe cómo piensa y actúa el mayor. Nada más ver el impala en su sitió, no corrió hacia la calle. Dedujo que el otro se ocultó. Y, claro, sólo podía ser en ese sótano.

   Le alza en peso y se lo arroja sobre un hombro, sonriendo extrañamente complacido. Dean pesaba, era sólido y caliente. Y se sentía increíblemente bien sobre su hombro. Sale y sube las escaleras, indiferente a todo lo demás.

   Entra a la habitación y arroja al mayor sobre la cama, este continúa inconciente, mandíbula algo roja, la boca ligeramente abierta, las líneas de su rostro suavizadas. Sam inca una pierna en la cama y con las manos recorre su frente, acaricia sus sienes y mejillas rasposas con la sombra de la barba. Los pulgares recorren la nariz, palpan los sensuales labios. Baja el rostro y lo besa, suave, sólo una caricia de labios, y se estremece. Atrapa el labio inferior con sus dientes y hala, chupándolo luego, era tan dulce y delicioso que la verga se le pone increíblemente dura.

   Toma asiento en la cama, alzándole los pies y procediendo a quitarle las botas. El otro Sammy siempre se quejaba cuando Dean lo hacía, acusándole de pies malolientes. Pero no era así. Nunca lo fue. Retira sus calcetines y mira al inconciente cazador. No quiere que el otro vea eso, o lo sepa. Un amo no hace eso con su esclavo sexual, pero no puede contenerse. Levanta un pie, lo acerca a su rostro y lo huele, la nariz entra entre los dedos y traga cuando los roza con sus labios, ya tiembla cuando atrapa entre los dientes ese dedo gordo, mordiéndolo suave. Cuando su lengua hace contacto, su verga sufre un espasmo dentro del jeans. Cierre la boca, y los ojos, y lo succiona dejándose llevar, preguntándose cómo esa mierda podía ser tan erótica. Tanto que tiene que repetir con el otro pie, conteniéndose a duras penas para no cruzarle la planta con su lengua.

   Se pone de pie entre sus piernas, le abre la camisa y se la quita, igual que la camiseta, alzándole como si de un muñeco de trapo se tratara. Y nuevamente se congela, recorriendo el pecoso cuerpo de su hermano con los ojos. Dean era perfecto. Sus manos grandes le tocan, acarician y recorren, estremeciéndose sobre la piel cálida y suave. Sus palmas cubren las tetillas, y aunque se repite que un amo no debe hacer eso, no puede evitar tenderse y ocultar el rostro en el cuello del mayor, oliéndole de manera escandalosa, antes de sacar la lengua y recorrerle lentamente de clavícula a mandilaba. Luego baja por su torso, mareado y excitado al máximo al saborear la piel salina y vital. Casi pierde la noción del tiempo succionando de aquellas tetillas ahora rojas, casi recostado sobre Dean. Lame y lame de su abdomen, su lengua juega nuevamente con el ombligo mientras las manos, algo temblorosas de emoción, le abren el pantalón.

   Con mano firme lo baja, tragando ante el pequeño camino de pardos pelos que bajan hacia el boxer… donde destaca el miembro totalmente erecto. La visión le dejó sin aliento, el cómo el tolete se alzaba cargando con la suave tela, dibujando bajo esta cada detalle del glande o las venas hinchadas. No puede evitar atraparla con un puño y apretar. Quema en su mano, es eléctrica. Le oye gemir inconciente y entiende que el hechizo funciona esté o no despierto el otro. Y aunque aquel es un sueño húmedo de mil fantasías hecho realidad, tener a Dean a su alcance, sostener así, por fin, el miembro de su hermano palpitando contra su palma, listo como este mismo para que haga con ellos lo que desee… Sam no puede evitar un ramalazo incómodo que no entiende al primer momento.

   Aquello… Aquello no estaba bien. No del todo. Dean actuaba así por el hechizo, y una voz clara y poderosa le gritó en la cabeza que así no, que él deseaba que Dean se derritiera entre sus brazos, bajo el toque de sus manos, por gusto, por deseo verdadero. Que se le entregara porque lo necesitara. Pero Dean no le quería de esa manera. De ninguna manera a decir verdad, porque ahora ni su hermano se consideraba. La frustración y la ira ocupan el lugar de esa desazón.

   Baja el rostro y lame la silueta del glande, y se estremece a cada toque, lo atrapa con los labios y chupa, mojándole el bóxer, transparentando un tanto la tela, medio mordiendo ahora mientras sus manos recorren el abdomen y torso, jugando con sus tetillas. Le faltaban manos para tocarle como quería. Se vuelve a mirar un reloj en una pared. Mierda, se hacía tarde; pero aún y así su mano entra dentro del boxer, le atrapa la palpitante tranca y con el pulgar frota el ojete mojado. Dios, se podría quedar así para siempre, tocándole, viéndole agitarse y oyéndole gemir.

   No debe, es un amo, además, la hora… Pero baja el calzoncillo y la verga se endereza. Rojiza, dura, gruesa. Tiembla aún más que el inconciente pero hechizado Dean cuando la recorre con la lengua, centímetro a centímetro, sintiéndola arder. ¿Cómo podía despedir tanto calor? Gime cuando la atrapa con una mano, la alza y la cubre con la boca, tragándola lentamente, con esfuerzo, aplanando su garganta, metiéndosela toda, cerrando lengua y mejillas contra ella. Y cree que se muere de placer cuando siente como le llena de calor y temblores, de jugos. Sus labios suben, aprisionándola, y su lengua se moja con aquellos líquidos que saborea, que le hacen desear más y más, por lo que traga otra vez, aunque le costaba atraparla de esa manera, casi ahogado, con arcadas. Dejándola quieta, la siente temblar contra su campanilla y mojándole otra vez cuando va dejándola salir después de una buena succionada. Cierra los ojos, sus manos caen sobre los firmes muslos levemente pecosos y cubiertos de esa pelusilla clara, mientras mama una y otra vez del tolete del cazador, reconociendo que no había en todo este mundo algo que supiera tan bien.

   Pero la hora del ritual había llegado. Tenía que prepararle.

……

   Con un leve quejido de dolor, Dean entreabre los ojos, parece confuso y le cuesta enfocar la mirada. Casi en seguida se tensa. Está de espaldas sobre una cama; no necesita mirarse para saber que está desnudo… e inmovilizado de sus manos. Echa la nuca hacia atrás, hacia el cabezal de la cama, de hierro entretejido, y comprueba que sus brazos, que cuelgan hacia arriba, están atados por las muñecas con esposas, el metal del grillete chocando contra una de las barras del cabeza. No es una posición particularmente incómoda. O cómoda, pero… joder, Sam le tenía bien pillado. Y hablando del diablo, ¿dónde estaría…?, se le ocurre al tiempo que baja la mirada, buscando por el cuarto.

   -Dean… -no es la voz lo que le congela. No. Sam está allí, alto y fuerte, fornido, su torso musculoso y brazos nervudos, totalmente desnudo, su verga erecta totalmente, horizontalizada en la nada. Y es ese miembro el que le deja sin aliento, es largo y grueso, demasiado, totalmente rojizo de ganas, nervudo y con una clara gota de algo que brilla y cuelga de su ojete.- Ha llegado la hora del ritual. Ahora serás mío.

   -Sam… -comienza Dean, aterrado, la boca seca ante la visión de ese cuerpo (¡de esa verga titánica!), revolviéndose en la cama como si pudiera alejarse.- No lo hagas, Sammy, por favor. –se tensa y estremece cuando el castaño inca una rodilla a su lado, sonriendo predador.- Por favor, Sammy…

   -Pronto estarás suplicándome por más, Dean; rogándome que te llene de mí, sollozando cuando te cabalgue, agradeciéndome cuando te deje saciado. –le asegura; lentamente lleva una mano a su abdomen y le acaricia, y Dean estalla en un prolongado gemido de excitación, una que eriza y calienta su piel, y levanta más abajo su propia verga.- Pronto no podrás pensar o desear nada más que servirme. –y aunque desea tocarle, acariciarle, morderle, recorrerle de mejillas a muslos con su verga palpitante, el castaño sabe que el tiempo corre en su contra. Sin quitarle la mirada de encima, el castaño le separa las piernas y se mete entre ellas, se tiende, notando el calor del muslo del rubio, tomando un pequeño tubo de lubricante.- Mira cómo me tienes, Dean. –se ufana socarrón, dejando caer gotas sobre su notable erección, untándolo lentamente, complacido por la atenta mirada del rubio.

   -Sam… -todavía gruñe Dean cuando termina de lubricarse, le atrapa una pierna alzándola, exponiéndole el ojete del culo, lubricándole también.

   Esa mano le quema, le provoca escalofríos, tal vez cosquillas, pero era más bien como cuando una de sus nenas en el cine, cuando muchacho, le mordía una oreja. Esos dedos se recrean, tocan y acarician; lubrican y halan. Y Dean se estremece cuando Sam coloca el tobillo de esa pierna alzada sobre uno de sus hombros recios, atrapa el otro con una mano y con la otra enfila su enorme verga y frota la lisa cabeza de su entrada. ¿Quién está más caliente?, nadie sabría decirlo.

   -¡Ahhh! –grita Dean, arquea la espalda y aprieta los dientes cuando Sam empuja, le forza y abre, penetrándole lentamente.

   Joder, era demasiado grande, piensa con ojos nublados de llanto. Aunque, sin embargo, mientras se abre paso en sus entrañas la desea más.

……

   -¿Si? –gruñe hosco, no reconoce el número telefónico.

   -¿Aló? ¿Señor Singer, Bobby Singer? Soy Lisa, la… pareja de Dean. –informa la voz femenina a toda prisa.- Nos conocimos cuando aquellos genios atacaron nuestra casa.

   -La recuerdo. –Bobby parece confuso.- ¿Ocurre algo?

   -Es Dean… Sam le secuestró frente a mis ojos. –casi llora.- Necesito saber qué ocurre. Necesito que les encuentre.

CONTINÚA … 9

Julio César.

……

NOTA: Toda tuya, May.

FALTA AMBIENTE NAVIDEÑO, ¿SÓLO LA CRISIS?

noviembre 30, 2012

CHICAS CON TETAS GRANDES

   Yo organizo…

   Por alguna razón este año parece haber menos aire festivo que el anterior. Que ya hubo poco. En muchas empresas ni se planeó el horrible juego del intercambio de regalos (¡aleluya!, ya no hay que adivinar a la gente que no sabe qué quiere, sólo que sea algo de buen gusto). Los planes para salir a tomar algo con los compañeros más parecen un ritual, una obligación de fin de año, que un momento festivo para divertirse y de lo cual se hablaba todo el año esperando repetirlo. Vidrieras, esquinas y fachadas están carentes de todo ambiente. Pero parece no ser sólo en estas tierras, en muchas partes se oye que es por “la crisis” económica. Como en Venezuela vivimos en la crisis desde principio de los ochenta, ya ni cuenta nos damos. Es como ruido de fondo. Ahora que el desabastecimiento y esta inflación galopante, si es nuevo. Pero sobre todo el desabastecimiento, no poder conseguir lo que se desea, lo que gusta, aquello a lo que uno se acostumbró y para lo cual trabajaba. Ahora hay que conformarse con lo que sea, lo que hay, en esa mediocre visión de los nuevos tiempos, el fracasado comunismo de hace ochenta años.

   Pero me parece que hay que poner de parte de cada quien. Pintar fachadas, reparar tuberías, cambiar alumbrado. Quitar telarañas y grafitos. Embellecer las casas, comprar una buena botella y brindar con esa gente con quienes pasamos tanto tiempo por múltiples obligaciones, las juntas de esto y aquello, en mi caso la gente del condominio, que terminan siendo amigos y hasta personas queridas. Es hora de ir pensando en aquello que les arrancará sonrisas a los sobrinos y ahijados. La sorpresa en caras de amigas y hermanas al abrir una bolsa. Si olvidamos o ya no parece tan importante que por estos días que se acercan conmemoramos y celebramos un año más del nacimiento del niño Dios, el cumplimiento de la Promesa mesiánica, por lo menos alegrémonos de matricular a un nuevo año, que continuamos vivos.

   Preparémonos a celebrar ese hecho, la felicidad de que lo logramos, salimos a flotes en deudas, amistades, relaciones y compromisos, y eso a pesar de que pronto iremos a un nuevo proceso electoral y de que los agoreros no dejan de contar los días para que termine el Calendario Maya. Sobrepongámonos a todo eso y digamos para nuestros adentros, como si de un pedido se tratara: el año que viene será mejor.

   En verdad lo mejor aún puede estar por llegar.  

ESTA NOCHE, PRIMERO DE DICIEMBRE…

Julio César.

LO QUE MÁS LE GUSTA

noviembre 30, 2012

DISPENSA

   Del gimnasio es cuando los amigos le miran con ganas de llevárselo.

PEDAZOTE

Julio César.

EL DETALLE

noviembre 30, 2012

ANGUSTIA PATERNA

COSAS DE GUSTOS Y JUEGOS

Julio César.

PRUEBAS DEL DESTINO… 13

noviembre 29, 2012

PRUEBAS DEL DESTINO                        … 12

Titulo: Pruebas del Destino.

Autores: Said Hernández y Eduardo.

Genero: RPS

Resumen: Jared es ascendido al cargo de vicepresidente en una gran empresa, con un trabajo tan importante, en una ciudad diferente y alejado de su familia, podrá su nuevo secretario ayudarlo a organizar su vida?

   No te conocía… pero sabía que llegarías.

……

Capitulo 13: Rumores.

   Jensen entró a la oficina de Chris sonriendo.

   -Hola.

   -Hola, Jensen, ¿cómo te va?

   -Ay, Chris, si te contara…

   -¿Algo bueno, amigo? Anda, cuenta.

   -Tendrá que ser después, no debo tardar o Jared se enfadará.

   -¿De cuándo acá te importa que Jared se enoje? -su amigo fue cortante. “¿Qué mierda pasa??”.- Amigo, hay rumores de que estás teniendo una relación con tu jefe.

   “JODER”.

   -¿Qué?, ¿quién? -fue lo único que Jensen pudo articular. “Eres muy obvio, te lo dijo Danneel”, mordió su labio y miro a Chris – ¿Qué has escuchado?

   -Jensen, ¿es verdad?

   El rubio asintió débilmente, no podía ocultarle esto a su mejor amigo, Chris siempre lo apoyaba en todo y esperaba que en esto también.

   -¿Es un problema?

   -No sabría decirte. Por ahora es sólo un rumor, pero deberías ser menos obvio.

   -Si, Chris, como digas. -Jensen sentía que su mundo colapsaría si todos se enteran de la verdad. “Te rechazarán”.

   Regresó a la oficina y se encontró nuevamente con ese extraño hombre cuando salía. Aun tenía la cara pálida o al menos así pensaba que se veía, la noticia de Chris había sido impactante. “Mendigas chismosas, están en todo”, se dijo a sí mismo mientras entraba a la oficina de Jared. En la cara de Jared no había sonrisa, volteó a verle y la tristeza estaba allí. “Lo que faltaba, más problemas”.

   -¿Jay? ¿Ocurre algo?

   -Cierra la puerta.

   La voz de Jared era hostil, extraña, nunca le había escuchado hablar así. “Lo conoces de una semana”, se recordó a sí mismo.

   -Jay, ¿qué pasa? -el rubio cerró rápido la puerta y se sentó en una de las sillas frente al escritorio. Jared sólo le miró y no podía descifrar su expresión. ¿Tristeza? ¿Enojo? ¿Qué carajos pasaba?- Por Dios, ¿qué pasa? Cuéntame. -volvió a preguntar, eso le estaba asustando. “Seguro te dejará”.

   -No lo sé, Jensen, no lo sé.

   La confusión pasó de Jensen a Jared, ninguno de los dos sabía lo que en realidad sucedía. “Ya se enteró de los chismes”, pensó Jensen.

   -Jay, lo siento, juro que no seré tan obvio de nuevo.

   -¿Obvio? –mierda, Jensen, la regaste, ese no es el problema.

   -Creí… Okay, ¿qué sucede?-insistió sonrojado por lo que había dicho.

   – Jensen… ¿usaste la tarjeta de la empresa?

   Y al escuchar esas palabras el mundo de Jensen colapsó en un segundo.

   -Jay… Jared… yo quería decírtelo. -Jensen tragó saliva.- Pero no encontré el momento.

   -¿Y en qué gastaste 1400 dólares? -la cara de Jared no mostraba ninguna expresión, nada. – Eso es más de lo que tú ganas. -parecía confundido, molesto, no sabe bien. “Jensen te engaña, sólo sale contigo por el dinero”, acusó su subconsciente. “No, Jensen no sería capaz de algo así”. “¿Entonces en qué gasto el dinero?”.

   -Emm Jared… Yo… lo gasté en… –”dile, maldita sea, por una vez en tu vida ten valor”.

   -Si, dime…

   -Lo gasté en licor. -soltó el rubio, estaba a punto de llorar, de gritar, no sabía.- ¡Pero lo iba a reponer!

   -¿Y por qué lo hiciste? -Jared aun no tenía ninguna expresión en el rostro.

   -No tuve opción, lo necesitaba, no puedes entenderlo, pero es así. Perdóname, Jared. – Jensen se levantó de su silla y trató de tocar al otro pero este se hizo a un lado.

   -Dame, por favor, la tarjeta. -extendió la mano sin mirarle, Jensen, con mano temblorosa, la sacó de su cartera y se la dio, el castaño se guardó el pedazo de plástico en el bolsillo y salió de la oficina.

   Jensen se quedó allí a solas. Como no podía ni caminar se tumbó en la silla y se llevó las manos a la cabeza. “Todo por el maldito vicio”, se regañó a sí mismo. ¿Estaba despedido? ¿Jared lo abandonó? ¿Ya no habrá más de ellos dos, juntos? Salió como pudo de la oficina y miró su computadora y como aun era muy temprano se puso a trabajar, cancelando las citas de Jared que no sabía dónde estaba, o sí volvería. Estuvo haciendo todo casi mecánicamente como un robot mientras su cabeza daba vueltas: “Te dejó porque eres un maldito alcohólico”, se repetía una y otra vez.

……

   Jared condujo su auto sin saber a dónde se dirigía. Cuando decidió estacionar se dio cuenta de que estaba en el parque que había visitado el día anterior. Se sentó en una de las bancas y miró a los niños correr de un lado a otro, riendo, persiguiéndose, comprando globos y mas allá, a un lado de los columpios había una pareja, la chica llevaba un globo rojo. “Irónico”, el subconsciente de Jared habló recordándole el día pasado, Jensen comprándole un globo, posiblemente ahora ya no tenía dinero. Y por eso utilizó la tarjeta. “Es un buen hombre”, pensó Jared, sonriendo y mirando a la pareja reír como loca, como ellos bajo la lluvia, como ellos demostrándose su amor.

   Se levantó de la banca, se subió a su auto y condujo a toda velocidad a las oficinas de Jeret Enterteiment.

……

   Jensen aun estaba confundido, no sabía lo que había pasado o lo que iba a ocurrir, así que limpió su escritorio. Seguro Jared lo despediría. “¿Pero estás listo para dejarlo?”, se preguntó llorando por primera vez en todo el día. No, él no quería dejar a Jared, tal vez el castaño podría perdonarlo y seguir con él. Tal vez, tal vez…. se volvió a tirar en su asiento llorando hasta que sintió esa mano en su barbilla, obligándolo a mirar hacia arriba. Era Jared.

   No lo pensó dos veces, se lanzó entre sus brazos y lloró en su hombro.

   -Creí que me dejarías. -fue lo único que pudo decir.

   -Prometí que nunca te abandonaría y cumpliré esa promesa porque te amo.

Continúa … 14

ACLARANDO

noviembre 29, 2012

UN CHICO QUERIDO

   La gente se vuelve loca cerca del mar…

   Si hay que ir a vacacionar buscando aventuras de todo tipo, muchos prefieren llegarse a la playa, a la casita al lado del mar y comenzar la pachanga y el relajo. Las mujeres siempre ven con desconfianza cuando sus hombres se van en cambote a esas salidas, les imaginan borrachos de perinola metiéndole manos a cuanta modelo sueca sin sostén encuentran. Pero no siempre es así.

   -Panas, eso ha sido caña, fiestas, bailes y sexo salvaje todas las noches… ¡con estos dos!

IGUALITARIOS

Julio César.

MARIA LOURDES, UNA DEUDA DE HONOR

noviembre 28, 2012

CORRUPCION E INCOMPETENCIA…

   Lo que se dice de las casas donde no hay hombres.

   Una mujer fue detenida, un sujeto ordenó se le encarcelara y se le condenara a muchos años de prisión, luego que se le inventaran los cargos. Y así se hizo. Corrupción espiritual, se alegó en una vagabundería. Y esa mujer fue llevada a la cárcel, esposada, sometida a escarnio y vejámenes que verdaderos delincuentes logran evadir. Y Venezuela guardó silencio. Uno que fue de vergüenza por todo lo que hemos perdido, la decencia de las maneras, la autoridad de la razón. Ahora esa mujer deja saber algo aún más espantoso, que fue atacada en su dignidad de mujer en esa celda donde un delirante hombre fuerte la envió para que todos viéramos que él podía hacerlo y el país debía sometérsele. Como se sometió. Y nada ocurrió. Los hombres miramos en otra dirección, con miedo y mediocridad, con tibieza de alma. Despojados de eso que una vez hizo de esta una nación de libertadores. Por suerte para el país están sus mujeres. No las falaces que difaman y mienten, enfermas como están manteniendo posiciones para las que no estaban preparadas. Las menos.

   Queda ese rescoldo de valor y de vergüenza, de honradez, de mirada clara y directa de mujeres decentes cuyas vidas son ejemplos. Gracias por no dejar sola a esa juez, profesora Gloria, diputada María Corina, mi dulce Mari. Gracias, señoras.

¿HASTA CUÁNDO TANTA PIRATERÍA?

Julio César.

VESTIDOS PARA EL TRABAJO

noviembre 28, 2012

EXPECTATIVAS

   En eso de jugar al futbol usando únicamente suspensorios, lo único fresco era el agua de la piscina. Porque él siempre se acaloraba contando detrás de otros, bastante. Creciéndose y llenándolo todo, a veces saliéndosele. Por suerte eso es lo que más parece gustar de él… cuando cae sobre los otros. Y aprieta, empuja y se mete… en la jugada.

   El joven vaquero, estudiándose complacido al espejo, entiende todo tembloroso de emoción que está listo para dar la gran pelea, montar sobre el semental más grande y brioso que ha visto nunca… en las duchas, entre las piernas del patrón. Sonríe, sabe que esa noche corona… varias veces.

   Los juegos siempre terminaban igual, piensa Miguelito. La verdad es que no era nada bueno para esa mierda del futbol americano. A veces se preguntaba por qué le mantenían todavía en el equipo si se molestaban tanto con él cuando se equivocaba y perdían. Suspira, bien, por lo menos esa vez no tiene la boca llena con el suspensorio de Mark, quien además de sudor parece que se corre en los juegos, porque tenía ese olor. Y sabor. Aunque… la verdad es que extraña un poco el maldito suspensorio. Mira hacia la entrada, seguro que ya venía el entrenador, con su larga regla, a montárselo en las piernas y disciplinarle para que se concentrara más en el juego. Durante toda la tarde le hacía eso. Si, todavía se pregunta por qué no le echaban de ahí.

BUSCANDO LO QUE NO SE LE HA PERDIDO

Julio César.

DE MACHO A ESCLAVO… 12

noviembre 28, 2012

…ESCLAVO                         … 11

   El siguiente es un relato que cae dentro del género que llamo maldito, un sujeto va a una casa buscando algo y sale con otra. No es mío, es una traducción adaptación, por lo que le pido al escritor original, John <seekingurdick@ yahoo.com, si llega a enterarse de lo que hago, que no se moleste. Su relato es corto, directo y bueno, por eso lo cito. Disfruten de…

……

Asunto: El despertar de Joe

Fecha: Jueves, 22 de diciembre 2005 18:22:04 -0800 (PST)

De: John <seekingurdick@yahoo.com

   A veces no recuerda cómo era antes…

……

   Cuando el aceite cae sobre su abdomen, Joe lo hunde y gime contenido. Sam le mira con ojos oscuros, hablando, pero ya no oye. Esas manos suben y bajan sobre sus cuadros, acariciando, los dedos llegan una y otra vez contra el borde de la tanga en su cintura. El aceite cae sobre su torso y las dos manos acarician, recorren y soban. Sus tetillas crecen bajo sus dedos, que aprietan suave, cosa que le produce placer y un lejano dolor por las recientes penetraciones para los aros.

   Joe cierra los ojos, Sam volca una y otra vez ese aceite oloroso que le marea. O tal vez son las manos del otro, los dedos abiertos que recorren su bajo abdomen, las puntas entrando en la tanga aceitada que deja notar la silueta de su verga morcillona. Cuando la mano entra, toda, y aprieta, Joe gime arqueándose un poco. Agachándose, el sujeto saca una afeitadora desechable de la bolsa y suavemente la pasa sobre su torso mientras va recorriéndolo. Le levanta un brazo y afeita, y Joe no sabe si son cosquillas o qué, pero sus bolas se contraen. Cuando Sam pasa a la otra, medio inclinado sobre él, el calor que emanan de su verga muy erecta le llega a chorros y Joe debe cerrar los ojos. Gime cuando esa silueta lo roza sobre un costado. ¿Algo accidental? No lo cree ya que mientras le repasa la axila, tardándose más tiempo, esa figura dura se frota una y otra vez. Chilla cuando este se aleja, pero las manos vuelven sobre su cuerpo, su verga queda atrapada de nuevo y palpita contra la palma del otro.

   -Joder, eres tan caliente y estás tan necesitado de atenciones que pareces un horno. ¿Lo estás disfrutando? Ahora lo gozarás más. –asegura el otro, mirándole, pellizcándole una tetilla con una mano, con la otra sobando la verga que aunque crece todavía no escapa de la tanga.- Date la vuelta… -retira sus manos, y Joe tiembla, de vergüenza e ira, también de frustración.- ¡Ahora!

   Lo hace, la presión de su verga contra el mueble es atormentadoramente estimulante.

   -¡Mierda! –exclama Sam con la boca abierta, maravillado por el enorme y musculoso cuerpo tendido allí, expuesto, las piernas algo abiertas, las bolas formando un saco contra el mueble, la delgada tirita azul subiendo y medio cubriéndole el culo, las nalgas plenas y rojizas canela. El aceite cae, Joe aprieta los labios, tenso al principio, relajándose él mismo sin darse cuenta cuando las fuertes y callosas manos de su amigo aplican el bronceador, lentamente, de manera circulas por sus hombros y brazos, por sus muslos y piernas, para recrearse finalmente sobre sus nalgas. El aceite cae y chorrea por esos globos perfectos y las manos acuden solícitas a regalo, de manera íntima e intensa. Son caricias fuertes que amasan las nalgas, una frota de la otra, nalga contra nalga, la raja estimulándose, luego se abren cuando Sam tira de ellas, los ojos clavados en la tirita. Baja el rostro y sopla, y Joe gime contenido.

   Joe parece melcocha para esos momentos, no quiere pero…

   -¡Ahhh! –gime cuando los dedos recorren la tirita casi transparente a fuerza de bronceador. La punta de dos caen sobre su entrada y frotan y empujan sin entrar.

   -Eres tan perra… -gruñe Sam, casi sobre él, aceitándole, quemándole una nalga con… Joe abre los ojos y mira. El otro sujeto se ha sacado la verga, rojiza blanca, erecta y babeante, caliente y dura, palpitante contra su piel. Las manos suben por su espalda, lentamente, y le verga se frota de una nalga, de la otra, se medio mete entre ellas y el roce le enloquece.- Necesitas esto, ¿verdad, puta? Sentir tu cuerpo tocado y usado, tu culo lleno… Richard quiere que lo uses. Mucho. Que lo abras bien. –se retira, manos y verga, y Joe gime ahogado, muerto de vergüenza pero también de calenturas.- Calma, todavía guardo algunas sorpresas aquí. –se tiende sobre la bolsa y se alza sonriendo triunfal.- Anda, enséñale ese culo a tu amigo del alma…

   Y Joe enrojece todo, ojos nublados fijos sobre el objeto en la mano del otro, un reluciente y brillante consolador azul triangular, delgado arriba, grueso y redondeado abajo. Un buttplug. Lo peor es que, casi sin darse cuenta, sus nalgas se mecen, abiertas, aceitadas, bronceadas, lampiñas, con su hilo dental.

   -Diablos, ya estás enviciadito… Déjame saciarte, amiguito.

   Joe no puede evitar gemir. O alzar más el culo.

   -Un momento… -escucha que dice, y enrojecido entiende que estaba meneando el culo y lo que siente es un vacío. Gime cuando el otro le lleva las manos a las espaldas.

   -Oye, no… -lucha cuando las tiritas de goma, las esposa plásticas, intentan retenerle las fuertes muñecas.

   -Te va a gustar. Es algo nuevo. –asegura atándole ya, notándose que no es le primera vez que maniata a un chico. Y no lo es, también él ha tenido su parte en la doma de perras.

   Todavía inquieto, Joe intenta librarse mientras le grita que le suelte, que esa vaina no estaba bien. Las tiras se hunden en su piel pero no ceden. Casi ruge en medio de un grito de suéltame ahora, hijo de perra, cuando el gag ball entra en su boca. Abre mucho los ojos y niega violentamente con la cabeza, pero Sam sabe cómo silenciar a un hombre con dicho juguete, y la roja bola ocupa su boca. Terriblemente mortificado ahora, repara en la nueva posición, la cosa había cambiado de una salida entre amigos y un extraño masaje, a una situación más bizarra. Intenta alzarse usando las rodillas, pero Sam le apoya una rodilla sobre la espalda, inclinándose sobre él, pegándole la punta de la verga caliente y lisa, rezumando jugos, de la parte baja de la espalda, allí donde la tela del hilo dental desaparece dentro de su culo.

   Con mano firme, Sam le atrapa un tobillo, la pierna extendida, y lo ata con esas esposas plásticas a un tubo de la silla. ¡Estaba inmovilizándole!, la idea penetra en la mente de Joe de manera alarmante, casi sofocado mientras grita, mordiendo la bola de goma dejándola llena de saliva. Quitándosele de encima, Sam aún le retiene con una mano por la espalda, metiéndose entre sus piernas, separándole la que tiene libre, flexionándole la rodilla, abriéndole de nalgas, sonriendo al ver la telita casi traslucida de aceites cubriéndole las bolas y la tirita sobre el ojete del culo. Fija esa rodilla de la silla y Joe queda finalmente inmovilizado. Pero grita y grita revolviéndose, su enorme, musculoso y bronceado cuerpo, esposado, amordazado y las piernas abiertas mostrando el hilo dental. Era una visión increíble.

   -Cálmate, esto lo hago por tu bien. –le informa Sam, palmeándole las nalgas de manera acariciante, tomando el buttplug y lubricándolo.

   Tragando, una sonrisa predadora en el rostro, lentamente mete los dedos por la parte más superior del hilo dental, bajándolos y acariciando la tersa piel íntima del otro macho, separando la telita del culo lampiño y cerrado. Coloca la delgada punta del juguete contra él, frotándolo de arriba abajo, sonriendo de los pujos y estremecimientos de Joe que intenta alejarse e impedir aquello. ¡Qué tonto! Pronto notaría cuánto le gustará.

   Joe abre mucho los ojos, brillante ahora de transpiración, mordiendo la bola de manera feroz, cuando ese juguete comienza a entrar, lentamente, abriéndole suave. Nota como va engrosando a medida que penetra, abriéndole el esfínter hasta que se detiene. Y se tensa, el maldito de Sam está moviéndolo de arriba abajo, sin sacárselo, y esa vaina se le frota de las paredes del recto de una manera inquietante.

   -Bien, bien, te gusta. Eso es bueno porque…

   Comienza a gruñir feo cuando el juguete se empuja contra su culo, más grueso, forzándole más y más la entrada. Grita ahogado, ojos llenándosele de lágrimas ardientes, de dolor, rabia y humillación cuando esa bola triangulada gruesa lucha y lucha por metérsele. Pero era demasiado gruesa. Se estremece, se cierra, intenta expulsarlo, pero nada consigue como no sea, ¡paff!, una sonora y fuerte nalgada.

   -No hagas eso. Acéptala. La necesitas. Una buena perra debe tener un coño flexible para aceptar lo que sus machos quieran meterle.

   Y empuja más. Joe grita mordiendo, ojos entrecerrados, lagrimeantes. Sus nalgas están muy rojas mientras la bola es empujada. Siente que le rasga y rompe, y no puede evitar terminar sollozando como un niño, pidiendo ahogadamente que no se lo haga. Pero Sam, aunque lo siente por él, sabe que es necesario. Debe ayudarle a salir de sus limitaciones. Y empuja, ¡metiéndosela!

   La bola desaparece dentro de ese culo de labios hinchados y muy rojos que se cierran tras él, alrededor del pequeño cuello más delgado del juguete. Joe grita, temblando todo, estremeciéndose de dolor pero también de alivio. La mierda esa ya estaba adentro, irritante, taponándole, pero sin empujarse ya contra su culo seguramente roto para ese momento.

   Sam suelta el juguete y se pone de pie para disfrutar de la visión. Sonríe, ver a su amigo Joe así, transpirado, brillante de aceites, atado, con la base del juguete apenas visible, el hilo dental contra el cuello del mismo, era una vista hermosa.

   -No imaginas lo bien que te ves con eso clavado en tu culo. –baja otra vez y atrapa la base del juguete, moviéndolo de arriba abajo en sus entrañas.

   Lastima, pero la punta cae una y otra vez sobre su próstata, y aunque el dolor era bastante, Joe no puede evitar estremecerse de placer, estimulado. Pero dura poco, cierra los ojos y grita cuando Sam hala del juguete, lentamente, amenazando con sacárselo, abriéndole otra vez el esfínter. Pero lo empuja metiéndolo. Ahora hala y empuja, mete y saca, y Joe queda perdido en una vorágine de miedo y alivio, de dolor y, no quiere admitirlo, pero también de placer. Bien, no era su culpa. Ese desgraciado al que creía su mejor amigo estaba masajeándole la próstata. Grita cuando el juguete sale. Porque duele. Y solloza otra vez. Pero nada a cuando Sam vuelve a apoyarlo en su entrada y lo clava, más rápido y menos gentilmente. Sacándolo y metiéndolo totalmente. Una y otra vez.

   El muchacho no lo sabe, obviamente, pero Sam estaba sometiéndole al proceso. Apoyaba el juguete para alertarle y asustarle, empujaba lastimándole, lo metía y venía el alivio, lo movía y le daba placer, amenazaba sacarlo pero no del todo y lo metía otra vez para asustarle y darle alivio, para finalmente forzarlo sacándolo. El dolor, el miedo, el alivio y el gusto se mezclan confusamente en la mente de Joe. No puede concentrarse pero lo intenta, quiere distinguir bien lo que siente, pero soltándole el hilo dental, mientras le metía el buttplug y empujaba hacia abajo, hacia su próstata, Sam azota con mano firme de una nalga a la otra. Cuando la punta del juguete estimulaba su próstata, la nalgada venía, repitiéndose, y después de un rato, aún cuando no le frotaran el botón mágico de placer, la sola nalgada le estimulaba.

   Todavía metiéndoselo, las nalgas muy rojas, Sam se tiende y le aprieta las tetillas, una y luego la otra, no muy fuerte aún, pero si lo suficiente para tensarle de dolor y placer. Y repite el ciclo. En su mente confusa, Joe no distingue entre nalgadas, pellizcos de tetas y cogidas con el juguete; para él es una sola masa de estimulación. Sam se lo saca, el hilo de la tanga ocupa su lugar y totalmente bañado de sudor, pero ahora frío de agotamiento y excitación, Joe cae desplomado sobre la silla, rostro ladeado, totalmente exhausto, respirando ruidosamente tal vez por tener la boca ocupada. Cierra los ojos y no quiere pensar en su propio güevo totalmente erecto dentro de la tanga, deliciosamente apretado contra el mueble por su propio peso. No quiere pensar en lo estimulado que está por toda esa manipulación a su hombría.

   Se queda como está, no deseando pensar en nada. Sin analizar o… Un zumbido penetra en su mente. Lo oye cerca. Abre los ojos y nota en la mano de Sam un objeto medianamente largo y cilíndrico, parecido a la envoltura metálica de un buen habano. Pero no lo era. Zumbaba. ¡Un vibrador! Dios, ¿acaso eso no terminaría nunca? A pesar de lo agotado comienza a revolverse e incluso a alzarse, cosa difícil con las piernas inmovilizadas y las manos a las espaldas.

   -Deja de joder. Lo necesitas. –escucha la categórica voz de Sam, quien parece hablar con un chiquillo especialmente exasperante.

   ¿Pero era posible que ese hijo de perra en verdad creyera que eso le gustaba o deseaba ese horrible destino que le prometía, el de juguete sexual sumiso a las órdenes de los hombres?

   No tiene tiempo para pensar, no cuando una mano de Sam se mete halando la tirita del hilo dental, exponiéndole nuevamente el redondo culo, y la roma cabeza de eso se frota contra el esfínter. Y vibra. Se tensa y gime. Era como un masaje a su adolorida entrada, uno rápido y fuerte. Un centímetro de eso entra y los frotes son tan estimulantes como calmantes. Entra lentamente, zumbando contra su recto. Se tensa, blanquea los ojos y sus puños se cierran al tiempo que muerde el gag ball cuando esa cosa pega de su próstata, vibrando con fuerza y ritmo. Cierra los ojos y muerde más para no gemir, babeando, con la verga imposiblemente dura medio fuera de la tanga. No puede evitarlo, sus nalgas van y vienen contra esa mano, la sensación del vibrador saliendo y entrando un poco, golpeándole donde es, era imposible de resistir. Pero no puede engañarse, también busca alivio para su tolete erecto, frotándolo de la silla.

   -Mierda, estás tan caliente. No vas a aguantar mucho y yo tampoco. –gruñe Sam, tragando grueso, su propia verga soltando mares de jugos. Tener a un sujeto así, masculino y sexy, sometido al estar atado y siendo sodomizado con juguetes, resistiéndose pero gustándole, era más de lo que un simple mortal puede procesar.

   Retira el juguete y ese culo titila salvaje, extrañándolo, antes de quedar cubierto por el hilo dental. Joe nota al otro tras él, arrodillándose sobre el mueble, la verga golpeándole y mojándole las nalgas. Y no quiere pensar en eso pero lo quiere. Mierda, si, desea que Sam, su dizque mejor amigo, lo sodomice, que lo llene con su verga y le calme esa horrible comezón interna que lo devora. Lo necesita al menos una vez para luego dejar todo eso en el pasado.

   Sam sonríe, golpeándole las nalgas con su rojiza y erecta verga, atrapándosela con una mano, la otra estaba apartando el hilo dental otra vez, y pega la lisa y ardiente cabeza de la entradita que titila bajo su tacto. Ese culo parecía querer proyectarse y atraparle el glande. Así de caliente estaba Joe!, pero…

   El joven vuelve la mirada, nublada de lujuria y esta se disipa en un brillo de desconcierto, su frente se frunce y se hiela por dentro. En la mesita entre las dos sillas, una pequeña cámara digital estaba enfocándole, una de esas vainas que podía tanto tomarle de cuerpo entero, como enfilarse a puntos específicos. ¡Le estaba grabado! Sam le grababa mientras le hacía todo eso. Seguramente asegurándose de no aparecer él. Grita ahogadamente con furia, sus muñecas, tobillo y rodilla se tensan al máximo cuando intenta, tontamente, romper las esposas plásticas. Sam lo nota y bota aire; maldita sea, esperaba que no se diera cuenta… hasta tenérsela clavada hasta los pelos.

   -Lo siento, amigo, fue idea de Richard. Fuiste tal éxito anoche en la red que quieren otras películas tuyas, del tipo caseras. Tú de gran protagonistas. La perra sometida. No imaginas la cantidad de chicos de secundaria y de fraternidades universitarias que se han suscrito buscando algo sobre ti. Todos quieren ser tus amos. Debíamos darles algo. Esto te convertirá en la perra reina. –casi parece decirle que debería estar orgulloso, pero Joe le mira con odio sobre un hombro, farfullando, entendiéndose caramente que le cree una basura y que desea que le suelte.- Lo siento, pero esto es necesario. Para mí, porque hacerte todo esto me la dejó tan dura y llena que o suelto la leche o me muero, y a ti porque… bien, ya lo verás. Tendrás el orgasmo de tu vida. Se te va a olvidar hasta tu nombre cuando te corras.

   Y aunque Joe grita ahogadamente que no, que no le toque, que se aleje, las tiras de plástico casi hiriendo su piel, Sam se tiende otra vez. La suave cabecita se frota, empuja y va abriéndole aunque el otro menea el culo para escapar. Joe grita cuando el glande entra, gime tensándose cuando lentamente el grueso tolete se mete, llenándole, frotándole por dentro. Quiere escapar, liberarse y echar por la borda al mal amigo, pero sabe que su culo está ahora apretando cada palmo de la palpitante verga del hombre que le sodomiza, que le controla con su cuerpo, así que casi se la hala con gusto. Y cuando entra toda, abriéndole y dejándole full de güevo, chocando nuevamente de su próstata, se sabe perdido.

   -Mierda, si… sabía que así sería… -ruge Sam, metiéndosela toda y meneándola, para retirarla hasta la mitad y volver a clavársela, repitiéndolo el ciclo una y otra vez, cabalgándole, aplastándole los hombros contra la silla con sus manos, agitándole las redondas nalgas cuando le golpea con la pelvis, sintiendo la suave presión del hilo dental frotándose de su tranca mientras la saca y mete.- Dios, este culo… -jadea con la boca abierta, maravillado, transpirado.- Este culo parece un chupón, ¡cómo hala! ¡Ahhh!

   Las embestidas se suceden, el grueso y rojizo tolete casi abandona el redondo anillo para luego meterse, empujando con todo, y Joe grita ahogadamente contra el gag ball, olvidándose de todo pudor. Eso era increíble y… ¡Paff! Una violenta nalgada le trae al presente, haciéndole gemir aún más. La verga se clava y otra nalgada se sucede. La piel le pica, le arde, pero desea más. Y Sam lo sabe, le coge, le llama perra caliente, le dice que es increíble como su culo le chupa la verga, y le azota. Joe se marea, su güevo está increíblemente duro y tembloroso. Aunque es humillante, aunque otro hombre le usa como a una perra, que le coge y nalguea, que le filma y venderá eso, sus nalgas van y vienen, contrayéndose un segundo antes de las nalgadas, esperándolas, en su mente confundiéndose todas esas sensaciones. Su redondo culo busca y atrapa, hala y exprime. Lo sabe. Es horrible, ese no es él, pero sabe que sus entrañas son una sopa. No aguantará mucho, sabe que…

   -No te corras, perra, no tienes permiso.-le ruge.

   Y ocurre lo imposible (y se pregunta cómo editarán la grabación), mientras continúa embistiéndole, casi derribando la silla que baila sobre la cubierta con la fuerza de sus cogidas, Sam le nalguea con una mano, con la otra atrapa una de sus tetillas, índice y pulgar el pezón erecto, y hala con fuerza. El cuerpo del muchacho queda atravesado por todas esas poderosas sensaciones que le hacen flotar hacia el orgasmo aunque escucha “no te corra, no te corras”. Sabe que no aguantará, y menos cuando el tolete de Sam se pone bien duro y arde, un segundo antes de llenarle el culo con su semen ardiente, que lo baña, lo inunda, le golpea donde es. Y se corre, no puede evitarlo, se corre violentamente sintiendo a ese sujeto llenarle con su esperma, el vil amigo que lo llena de espermatozoides al tiempo que le atrapa las dos tetillas retorciéndolas con fuerza. Se corre y grita ahogadamente por el gag ball, y es el clímax más intenso de su vida.

   Gruñendo ahogado, Sam se retira después de un rato, de varios temblores traducidos en más semen dentro de ese agujero ávido, la tirita del hilo dental cubre el rojo y abierto culo, pero no puede parar el leve goteo de leche saliendo, mojando la tela, mezclándose con los aceites. El semen, fácilmente identificable para todo aquel que en un momento dado se ha manchado la ropa interior con él (especialmente si es de otro), marca su camino rumbo a las bolas dentro del saco de tela.

   Joe quiere sollozar de rabia y humillación, volviendo la mirada, viendo a Sam cubrir su erección y guardar la filmadora. Mierda, ¿esa sería su vida ahora?

   -¡¿Se puede saber qué coño hacen aquí, par de pervertidos?! –trona una voz autoritaria.

   Y el joven atado quiere morirse de vergüenza y alarma; perdido como estaba en la vorágine de la pasión, y aparentemente también Sam, no escucharon el otro bote que se acercaba y allí estaba un vigilante del río, con su uniforme gris, su sombrero ala ancha y los lentes oscuros, con gesto de asco. Joe cierra los ojos. Dios, era todo lo que le faltaba.

   -No hacíamos nada malo, oficial. A mi amigo y a mí nos gusta divertirnos, sobre todo a él. –le sorprende la voz ligera de Sam, a quien ve sonreír al caer sentado a su lado en la silla, mirando al otro sujeto. Pero es nada a la sorpresa que se lleva cuando este le atrapa las rojizas nalgas con marcas de azotes, abriéndolas.- ¿No quiere divertirse un rato también, oficial? Mire que belleza. Y él es insaciable, seguramente ya se le está calentando la pepe del culo nada más de mirarle. –ofrece.

CONTINÚA … 13

Julio César.

¿JUGANDO?… 12

noviembre 24, 2012

¿JUGANDO?                         … 11

   El siguiente es un Padackles no muy intenso, con una trama medio rosa. La historia NO ES MÍA, pero me gusta, que no se moleste la autora. Es lo que llaman una historia en un universo alterno. Obviamente es ficción, ¿okay?

……

Titulo: The joke? That I love you

Autor: Damnlady62

   -Oh, Dios, que pareja tan bella. ¿Interrumpimos?

   -Si. –agrega algo molesto Jared.

   -No. –a la defensiva, y Jensen por nada del mundo corresponde con la mirada ofuscada de Jared.

   -Lo siento, pero ya habrá tiempo más tarde para arrumacos y besos apasionados. Vamos a comenzar con el karaoke y todos tienen que participar.

   -¡¿Qué?! ¡No! –Jensen palidece.

   -Oh, vamos, todos dicen que cantas maravillosamente bien. –Paris le atrapa por un brazo, mirando a Jared.- Te aconsejo que vengas también, amor, o quien sabe qué haré con este bello pedazo de hombre. –y ríe halando al renuente rubio.

   Jared bota aire, intentando bajar los altos niveles de bilis en su sangre y garganta, topándose con la mirada inescrutable de Kerr. Oh, mierda, y cómo le molesta.

   -¿Qué? –ladra.

   -No me engañas, Paladecki. Tenemos conocidos en común. Sé que no eres gay, incluso he oído de tus aventuras allá en Nueva York. No sé a qué juegas con Ackles, pero voy a averiguarlo. –entrecierra los ojos.- Si es un truco de Jensen para librarse de Paris, va a terminar lamentándolo. Si él ignora tu… heterosexualidad… Y que tu padre espera de ti un heredero… -sonríe cruel.- …Creo que todo será más divertido. –amenaza.

   Jared aprieta los dientes y cierra los puños con furia. Estaba tan cabreado que realmente deseaba golpearle. Él, que era sumamente pacífico. ¡Pero es que ya era como demasiado! Primero Paris y ese sujeto bloqueaban su beso con Jensen (y nada más imaginarlo siente retorcijones en el estómago, no sabe si de miedo o excitación), y ahora le amenazaba.

   Tal vez algo dejó notar con demasiada intensidad, ya que Kerr dio un paso atrás, inquieto.

   -Cuando llegaste estaba a punto de besar a Jensen, aquí, bajo las estrellas. Pensaba tomar su rostro hermoso y cubrir su boca con la mía, lamiendo sus labios, esos labios llenitos y rojos, ¿los has visto bien? Y hacerle gemir para que los abriera y aprovechar de meter mi lengua encontrándome con la suya. ¿Crees que eso lo haría un hétero? –demanda. Mira hacia la entrada del salón, frunciendo el ceño. Esa Paris.- Mejor voy con ellos.

   Esa mujer era capaz de todo.

……

   Lo primero que le golpea son los alaridos que lanza una joven pelirroja subida a una improvisada tarima, mientras canta algo de Britney Spears, pero de una manera lamentable. Ella parece saberlo y ríe con humor, mientras el público la corea (en las risas). Jared la estudia, es bonita pero de rostro algo largo. Buscando a Jensen se topa con una joven negra de piel suave, algo culona. Al lado ríe una chica rubia comentándole algo, y parece demasiado maquillada. Arrugando el ceño ante tanta severidad de juicio, Jared se pregunta de cuando acá se fija tanto en…

   ¡Jensen!

   El rubio está, enrojecido de mejillas y ojos algo ligeramente muy abiertos, al lado de Paris, intentando escapar de su agarre mientras ella le lleva cerca de la tarima. Y al joven castaño le da un vuelco el corazón cuando la idea le llega con facilidad: Jensen era perfecto. No había alguien más armonioso que él en todo el salón.

   Se suceden los cantantes, no duran muchos, las risas y pitas les obligan a bajar pronto. A Jared le cuesta llegar cerca de la tarima, aunque no antes de que Jensen sea empujado, literalmente, sobre el pequeño escenario en medio de las risas de todos. Las féminas le miran de manera evaluadora y a Jared le disgusta (parecían desvestirle con los ojos, ¿podían ser más desvergonzadas?). Los tipos ríen, presintiendo que pasarán un buen rato dado el azoro del rubio.

   Tomando bocanadas de aire, Jensen busca algo en el equipo, muy nervioso. En un momento dado levanta la mirada y la conecta con Jared. Una leve sonrisa se deja ver en el rojo y pecoso rostro, y a Jared le alegra de manera extraña. Levantando un pulgar y guiñando ferozmente un ojo le transmite todo su apoyo. Le gusta notar que Jensen se relaja un tanto, enderezando los hombros. El castaño no sabe qué ve en aquella lista de canciones, pero nota la sonrisa de agrado.

   Una suave tonada country se deja escuchar en medio de algunas pitas de desaprobación, cosa que irrita al castaño, ¿acaso esos idiotas no notaban el nerviosismo del pecoso rubio?

   Jensen parece no escucharles, tan sólo mira a Jared y comienza…

   La voz es grave, rasposa, al principio vacila y a Jared le angustia aunque ni él mismo entiende el por qué. Tan sólo sabe que no quiere que su Jensen pase por un mal rato; pero le sonríe y vuelve a alzar el pulgar. Y Jensen sonríe abiertamente, cierra momentáneamente los ojos y parece transformarse. Su voz suave, cadenciosa, toma el control. Y canta sobre amores locos y desesperados, y a Jared se le forma un nudo en la garganta y en el corazón. Aunque le gusta todo lo tejano, no era particularmente partidario de su música, pero que le cortaran la cabeza si aquella no era la mejor versión jamás escuchada de Crazy Love. Y no parece ser el único que lo cree, aunque no le quita los ojos de encima a Jensen, quien abre los suyos y se encuentran, al castaño no se le escapan las sonrisas y acompañamiento de algunos dentro del improvisado público.

   Jensen se expande cuan artista, su torso se hincha, la voz llena el salón y a Jared le encantaría estar en Texas, en la casa de su abuela, bajo su cielo azul e inmenso, su calor seco, añora las barbacoas familiares, los bares de sábados por las noches con sus primos. Sonriendo casi trémulamente, debe tomar aire y controlarse para no permitir que sus ojos se nublen. Jensen le mira, sus labios carnosos parecen cantarle a él y Jared desea subir a esa tarima, abrazarle y… Un amor loco. La idea le turba.

   Cuando termina la canción, hay un momentáneo silencio reverente, hasta que Paris lanza un alarido feliz, sube a la tarima, le rodea el cuello al rubio y le besa. ¡En la boca! Todos aplauden también. Y Jared no puede evitar una mueca de disgusto, hay como demasiada lengua y saliva en ese beso robado. Jensen, visiblemente turulato, baja en medio de los aplausos y felicitaciones que continúan, mirada evasiva, rojo de cara.

   -Hola. –dice llegando a su lado. Y a Jared el disgusto se le pasa en seguida.

   -Hombre, eso fue increíble. –estalla sonriendo ancho, e incapaz de aguantar más, preguntándose de paso por qué coño tiene que contenerse, le atrapa en un abrazo de oso, todo brazos y manos en su espalda, aprisionándole.- Estuviste genial. –apunta nuevamente, suave, sonriendo pero asustado. Temeroso de lo bien que se siente tener a Jensen Ackles entre sus brazos, cálido y vital, muy cerca de sí, sus corazones latiendo aparentemente al unísono. Sería tan fácil desear cerrar los ojos y quedarse allí y así, para siempre.

   -Gracias. –es la ronca y baja respuesta.

   Y Jared agradece que no intente alejarse, porque en ese momento, embargado de confusas y nuevas emociones, no se siente con fuerzas para mirarle de frente.

   -Oh, por Dios, basta. Para eso está el camarote. –Paris estalla a su lado, riente, atrapándole un brazo a Jared y halando de él. Y la mujer debía tener algo de demonio, piensa el castaño de pasada, porque delgada como es, muestra una gran fuerza mientras le arrastra.

   Turbado todavía por todo lo que siente, mira a Jensen que le sonríe en simpatía. Su corazón latiendo imposiblemente al decirse que todavía no ha probado los labios del rubio, Jared tarda unos segundos en darse cuenta que va rumbo a la tarima. Al caer en cuenta, grita riendo, pataleando e intentando alejarse, pero de nada le vale.

   Una vez sobre el escenario, sonriendo y mirando a un sereno Jensen, busca algo en el karaoke. Cuando se escucha la tonada de I will survive, la gente pita y ríe, pero no tanto como cuando comienza a imitar a Gloria Gaynor, todo exagerado, con una voz realmente horrible y totalmente carente de ritmo.

   Poco a pocos todos suben a la tarima, a Kerr le va más o menos bien. Paris Hilton cierra el ciclo y Jared entiende el por qué de ese juego del karaoke. La mujer canta realmente bien, tal vez a la par de Jensen, y seguramente desea que todos se den cuenta. Sonriendo imposiblemente roja de satisfacción, termina, se inclina y baja en medio de los aplausos de sus amigos.

……

   Sandy y Chad toman una copa en los jardines del hotel. La joven sonríe mirando hacia la mesa donde Danneel y Shemar toman algo, hablan, ríen bajito y se miran enamorados. El hombre, a su lado, parece distante.

   -Se ven tan enamorados. –suspira Sandy.

   -Ya se les pasará cuando se casen.

   -¡Chaaaad!

   -¿No te pasó a ti? –la reta. Ella balbucea y calla.- Joder, ¿dónde está JT? Lleva todo el día ausente, primero en la playa y ahora… quién sabe dónde coño.

   -Oye si, no lo he visto en toda la tarde. –el rubio a su lado no la oye, mirando y haciéndole señas a la bella Megan Fox que cruza por allí. Cretino, piensa la joven, sorprendiéndose de cómo siempre se engaña con Chad.

   -Hola, amigos, ¿la están pasando bien? –sonríe Megan.

   -De lujo. Oye, ¿dónde está Jensen? –pregunta a boca de jarro. Las mejillas de Sandy se colorean al entender que le juzgó mal.

   -Salió esta tarde. A una fiesta donde los Hilton.

   -¡Joder! –jadea Chad, totalmente ceñudo.

   Sandy, sorprendida, mira su copa de vino; no sabe si alarmarse o sonreír. No, no podía ser. ¿O si? ¿Jared? ¿Jensen? ¡Dios!

……

   Jensen se siente trastornado; orgulloso y feliz, aunque también avergonzado cuando la gente continúa felicitándole por su canción y su voz. También estaba Jared. Su mirada, orgullosa y emocionada cuando cantaba, le habían desarmado. Pero no tanto como el fuerte abrazo al que le sometió luego. Era algo total, dado con todo. Jared se entregaba y pedía, tal vez sin él mismo entenderlo, y después de una leve vacilación, el rubio debió dejarse llevar. Porque Jared era una poderosa y avasallante fuerza de la naturaleza y barría con todas las barreras y defensas. Pero también porque lo deseaba. Sería tan fácil cerrar los ojos a la realidad y dejarse llevar en sus brazos…

   Pero no puede. Sabe por mucha gente que Jared es totalmente heterosexual, además, es el Jared de antes, que juega sucio. El muchacho con el cual competía por ver quién era peor haciendo bromas. Tenía que levantar sus defensas nuevamente, por difícil que fuera. Sobre todo con Jared ahí, siempre a su lado, hablando hasta por los codos, sonriendo, teniéndose sobre él, buscándole copas, pasapalos. Tocándole en todo momento. Tan sólo cuando come, y mira que come, guarda silencio. Del resto, parecía dedicado a llevarle por el medio.

   -Tenemos que bailar. –anuncia, sonreído, levemente transpirado, mejillas totalmente rojas (y Jensen se pregunta qué tanto habrá bebido ya).

   -¡No!

   -¿Te he dicho que usas demasiado esa palabra? “No. No”. No eres un bebé. Y aún los bebés bailan.

   -No voy a bailar contigo en medio de todas estas personas a quienes ni conozco.

   -Jensen, somos novios. Todos aquí lo saben. –abre mucho los ojos, confuso.

   -¡Pero no lo somos! –aclara tajante y bajito, extrañándose de la leve mueca de pesar del otro.

   -Somos pareja a ojos de Paris, de su padre, al que veo por allá, y del tal Kerr. ¿No crees que deben estarse preguntando por qué no hemos bailado ni una sola vez?

   -Jared… -exclama exasperado.

   -Oh, vamos, Jensen. Sólo una tonada. –gimotea Jared, ojitos de cachorro, como si en verdad deseara bailar con él, idea que eriza la piel del rubio.- No va a lastimarte ser un poco amable conmigo.

   No estés tan seguro, piensa el pecoso, bajando la mirada.

   -Okay.

   Susurra débil y espera, de corazón, no ser oído por encima del estruendo de la música, las risas y conversaciones. Pero lo es, lo sabe por la mano de Jared que atrapa con firmeza su muñeca. Alza la mirada y ve su enorme sonrisa, todos dientes blancos, ojos increíblemente felices, halándole al centro de la pista.

   Dios, estoy tan jodido, se lamenta Jensen.

……

   Jared…

CONTINÚA … 13

Julio César.

FIESTA ENTRE AMIGOS

noviembre 24, 2012

UN CHICO SERIO

   A quién no le ha pasado…

   El novio de tu mejor amiga, quien se compromete ese día con ella, y quien ha tomado más de la cuenta en aquella fiesta al pie de la piscina, se te acerca meloso, con su hilo dental, refregándose y tocando lo bueno, gruñendo un no te molestes, que cuando toma se pone cariñoso y quiere cosas que ni él mismo entiende; ¿qué responde un amigo de la novia?

   -Me hago una idea de lo que quieres. Vámonos para el cuarto que ya va a salir a felicitarte. Coño, siempre he querido hacerlo en la cama de una amiga.

SÓLO AFECTO

Julio César.

DESPUÉS DEL AMUERZO

noviembre 24, 2012

SOSPECHA

   Muchos quieren postre…

   -Verga… -ruge despertando.- Uno no puede echarse a dormir un camaroncito después del almuerzo en esta fábrica de mierda sin que un maricón te desnude, te ponga el güevo duro a fuerza de mamadas, te lo lubrique y se te monte a culo pelado casi arrancándotelo con las haladas. –gruñe, empujando arriba y abajo sus caderas.

   -¿Me bajo? –jadea ronco y transpirado.

   -No; ya batiste la leche, ahora te la tragas…

AMANTES DE BUENA LECHE

Julio César.

PRUEBAS DEL DESTINO… 12

noviembre 23, 2012

PRUEBAS DEL DESTINO                         … 11

Titulo: Pruebas del Destino.

Autores: Said Hernández y Eduardo.

Genero: RPS

Resumen: Jared es ascendido al cargo de vicepresidente en una gran empresa, con un trabajo tan importante, en una ciudad diferente y alejado de su familia, podrá su nuevo secretario ayudarlo a organizar su vida?

   No te conocía… pero sabía que llegarías.

……

Capitulo 12: Votos de Amor

   “Claro que lo puedo cumplir”, Jared comenzó la lucha consigo mismo. “No puedes”.

“1 estoy perdido en su belleza desde la primera vez que lo vi.

2 Esto que siento cuando estoy cerca de él, sólo puedo definirlo de una forma, AMOR.

3 Nunca me alejaré de él. De algo estoy seguro, quiero estar el resto de mi vida con Jensen”.

   Jared besó la frente de su rubio y se quedo totalmente dormido después de ganar la batalla contra su subconsciente.

   El castaño se movió en la cama y abrazó el espacio vacío en ella. “Jensen”, abrió los ojos de golpe y el llanto que escuchó hizo que sus emociones colapsaran. Jensen estaba llorando al pie de la cama, con una botella en la mano, bebía de ella a cada rato, la terminó y abrió otra. “¡Mierda! Jensen es alcohólico”. “No, no saques conclusiones”, su subconsciente estaba molesto por la forma de despertar.

   Se medio levantó y Jensen aun no se daba cuenta de que Jared estaba despierto, llegó a su lado y lo abrazó. Este se lanzó a los brazos de su castaño sollozando y repetía algo una y otra vez.

   -No me querían, ellos no me querían.

   El castaño no sabía qué hacer ni qué decir, así que sólo lo abrazo más fuerte y lo acunó entre sus brazos.

   -Nunca me dejes. -susurró Jensen aun llorando.

   -Nunca lo haré, Jen, te amo; nunca te dejaré.

   Esas palabras consiguieron que Jensen dejara de sollozar pero no de llorar. Se abrasaron más fuerte y dejó de llorar poco a poco.

   -¿Por qué bebes? -Jared preguntó sin pensar.

   -Para olvidar. -contestó Jensen, con una sonrisa que transmitía de todo menos alegría.

   -Puedo ayudarte, Jensen, no hay nada que el amor no supere.

   -Podríamos intentarlo. -la esperanza en la voz de Jensen era palpable.

   -Te amo tanto, Jensen.

   -Te amo mucho, Jared. -se volvieron a acostar, uno junto al otro quedándose dormidos.

   A la mañana siguiente Jared ya se había levantado y bañado, se llegó a la tienda y preparado el desayuno en la parrilla.

   -Buenos días, guapo. -dijo sonriendo radiante.

   -¡Dios! Qué hermosa mañana. -dijo Jensen mas por la sonrisa que por el día en sí.

   -Si tú lo dices. -Jared rió a carcajadas.

   -¿Qué pasa? -el rubio se levantó y vio por la ventana que el día estaba terriblemente nublado, probamente lloviendo. Era domingo y no había que ir a trabajar cosa que agradecía porque así podía estar todo el día con Jared, pero el día estaba terrible.

   -Podríamos jugar Xbox o… -Jared se emocionó al ver que comenzó a llover.- Tengo una idea mejor. -tomó de la mano a Jensen y lo jaló fuera del departamento.

   -Pero Jared, deberíamos comer antes de salir.

   -Vamos, ahorita desayunamos. -llegó a la calle y comenzó a saltar en los charcos.

   Jensen alzó la cara mojándose el rostro. Cuando volvió a mirar a Jared este estaba saltando en los charcos de agua, riendo como un niño pequeño, un niño castaño y hermoso, saltando en los charcos bajo la lluvia, mojándose y mojándole. Jensen sintió una enorme, ¿envidia? No, no era envidia, era tristeza, tristeza por recordar que el no había tenido infancia, nunca había jugado bajo la lluvia, nunca había jugado a nada a excepción de cuando era pequeño y estaba jugando con un carrito. Mordió su labio y bajó la mirada, triste, mientras una lagrima traicionera bajaba por su mejilla y se mezclaba con las gotas de lluvia.

   Jared vio a su chico con la mirada baja y aire triste, se acercó y le levantó la cara delicadamente, lo miró con las gotas de lluvia mojando su triste rostro. Debía consolarlo, hacerle saber que todo estaba bien, que él estaba allí, que le ayudaría y que siempre estaría a su lado. Acortó la distancia entre los dos y le besó, un beso profundo de amor que hizo que el rubio reaccionara y se olvidara de las tristezas. Un beso simplemente perfecto.

   Entraron mojados al departamento y Jensen tenía una gran sonrisa en el rostro, disfrutaba mucho de la compañía de Jared. Desayunaron, aun mojados, el omelet que Jared había preparado y se miraban el uno al otro riendo como tontos, se cambiaron sin mirarse y cuando la lluvia paró, planearon salir a pasear a donde fuera y marcharon al parque, donde Jared le compró un helado y Jensen le compró un globo a Jared quien de nuevo se sentía como esa vez cuando era niño en esa…

   -Jared, fue un día muy agradable.

   -Igual para mí, fue genial; gracias por el globo. -Jared lo llevaba amarrado de la muñeca, como un niño al que se le podía echar a volar y perderlo en el cielo.

   -De nada. -fue lo único que pudo decir Jensen, al recordar la expresión de su enorme castaño, sonriendo, viendo el globo rojo, con ojos brillantes, tomó el globo examinándolo y amarrándolo.

   -Comamos algo. -Jared le sacó de sus pensamientos, el rubio sólo asintió y lo siguió por la calle hacia una pizzería.

   -¿Pizza de pepperoni? -Jensen miró a Jared sonriendo.- ¿En serio?

   -Si, pepperoni. -Jared gritó, sonriendo con el globo amarrado en la muñeca.

   -De acuerdo.

   -¿Acaso no te gusta el pepperoni?

   -Si, pero no mucho, prefiero la hawaiana.

   -O una hawaiana. -Jared rió a carcajadas y Jensen frunció el ceño.

   -Jared, creo que aun no te das cuenta que soy gay.

   -Oh, Jensen, eso lo tengo muy claro, sólo bromeaba.

   -De acuerdo. -el rubio se recargó en su asiento y miró por la ventana, precisamente en ese momento era la puesta de sol y se permitió soñar con los últimos dos días, la noche cuando perdió su virginidad con Jared, el momento en el cual Jared le había abrasado mientras lloraba por sus recuerdos, esa misma mañana fue el beso bajo la lluvia y por primera vez se permitió pensar “creo que, soy feliz”, y claro que era feliz, el castaño hizo que no tuviera pesadillas, que se sintiera seguro como no lo había estado en mucho mucho tiempo. Sus pensamientos fueron interrumpidos por el mesero que les trajo la pizza y dos refrescos.

   -Jensen, ¿eres alcohólico? -preguntó Jared, en cuanto el mesero se retiró. “La regaste grandulón”; “Así que volviste”, pensó Jared hablando con su subconsciente.

   -Si, Jared, soy alcohólico. -el rubio tragó saliva, “¿eso cambiará algo?”.

   -El primer paso es aceptarlo. -Jared tomó la mano de su rubio y acarició la palma.- Estoy aquí para ayudarte.

   -Gracias. –”te ayudará porque te ama”, se permitió pensar Jensen, sonriendo como tonto.

   -Podemos ir a mi departamento y quedarnos allí hasta mañana. -ofreció Jared, después de la pizza y todo el día acompañado de Jensen, se notaba el cansancio en lo dos después de todo, un día de jugar, correr y muchos besos; ese había sido un día perfecto.

……

   La noche había transcurrido demasiado rápido, los dos estaban demasiado cansados como para el sexo, llegaron al departamento de Jared y se tumbaron a dormir, abrazados el uno del otro. En la ducha de la mañana, Jensen besó apasionadamente a Jared que le correspondió, atrayéndolo y pegándolo a su cuerpo pero ya se les había hecho tarde, el tiempo se pasa demasiado rápido cuando estás bien acompañado.

   El teléfono de su escritorio sonó sacándolo de sus recuerdos.

   -Oficina de Jared Padalecki. -contestó Jensen sonriendo, “te gustaría contestar otra cosa, ¿verdad?”.

   -Jensen, soy yo. -su amigo Chris, era el que estaba hablando.

   -Hola, Chris, ¿te paso a Jared?

   -No, quiero hablar contigo, baja a mi oficina, por favor.

   -De acuerdo. -contestó Jensen y se mordió el labio. “¿Será algo malo?”.

   Salió de su escritorio y entró a la oficina Jared que le sonrió radiante.

   -Jay, Chris quiere hablar conmigo, ¿puedo ir? -lo miró a sus ojos avellana y este sonrió.

   -Si, Jen, sólo no tardes.

   -Okay.

   Jensen salió corriendo al ascensor donde se encontró a un extraño hombre saliendo, lo miró por un segundo y se metió al ascensor, apretó el botón del piso donde estaba la oficina de Chris pero antes de que el ascensor se cerrara, pudo ver que el joven entraba a la oficina de Jared.

   -Buenos días, señor Padalecki. -Jared miró al hombre parado en la puerta de su oficina.

   -Buenos días, ¿usted es? -el castaño trató de no parecer indiferente, no grosero.

   -Soy el presidente de finanzas de esta oficina.

   -Ah, ¿y a que se debe su visita?

   -Vine por un gasto no justificado.

Continúa … 13

LUCHAS INTERNAS… 94

noviembre 23, 2012

LUCHAS INTERNAS                         … 93

   Lo mejor estaba por llegar…

……

   -Te vas a gastar. -oyó una voz ronca, y abriendo los ojos alarmado de haber sido descubierto así, miró a William Bandre, quien parecía algo tomado ya. Respirando agitado, podía oír a sus amigos jadeando o cuchicheando un poco más allá, en la arena. Era como si le hubiera conjurado.

   -Hola, papi… -le susurró invitador, sobándose elocuente la tranca y abriendo las piernas.

   William pareció debatir consigo mismo por un momento, pero finalmente se sentó a su lado y tendiéndose de panza sobre la arena, como cansado, metió la cabeza entre sus piernas para que sus labios calientes le rodearan la roja cabeza hinchada de su tranca, besándola y lamiéndola, ensalivándola bastante. El joven tuvo que hacer esfuerzos para no chillar y más cuando esa boca con una movida y curvada de labios, la fue tragando poco a poco, atrapándola toda, lamiéndola con la lengua y los músculos de sus mejillas. Ese tolete iba hacia la garganta del tipo que lo chupaba con ella. La manzana de adán subía y bajaba mientras sorbía ese güevote en su boca. William cerró los ojos, sintiéndose algo ahogado por ese tronco de hombre en su boca, llenándolo todo. Ese güevo estaba increíblemente duro y caliente, como lo estaba siempre a esa edad. Su boca subió un poco, librando el cilíndrico tolete cruzado de venitas, dejándolo ensalivado, para luego tragarlo otra vez, chupándo cada palmo. Con leves gemidos, el joven le sobaba los cabellos y los hombros sobre la camisa. ¡Ese hombre estaba mamándole el güevo, y lo hacia tan sabroso…!

   Pero ya William había catado al joven, así que mientras su cabeza subía y bajaba tragándose ese tolete, sorbiendo sus jugos de hombre, mamándolo con unas ganas locas, sus manos fueron a sus caderas y lentamente le bajó el calzoncillo tipo tanga en forma acariciante, como gozando el deslizamiento de la prenda sobre los muslos y piernas musculosas.

   Cheo gimió y se tendió de espaldas en la arena, sintiéndose débil ante ese tipo que lo manipulaba, que le comía el güevo y lo estaba desnudando allí, cerca de sus amigos, donde cualquiera podría llegar y verlos. El abogado le quitó la prenda, mirándola excitado, mirando al bello catire desnudo, con los ojos vidriosos, con el güevo bamboleándose. Le tomó las piernas flexionándoselas y abriéndoselas mucho, mirándole las nalgas blancas llenas de arena. El hombre pasó su mano derecha, suave, lenta y acariciante, limpiándolo de arena. La mano entró en la tibia raja del culo y Cheo tuvo que morderse los labios para no gritar de lujuria y deseo. Esa mano lo sobaba. Sobaba y frotaba su culito. El hombre nuevamente se tendió en el suelo, casi respirando arena, entre sus nalgas y Cheo levantó un poco el rostro, casi alarmado por lo que sabía que vendría, algo que desea, que adora, pero que lo enloquecía.

   Los pulgares de William le apartaron los pliegues de las nalgas, exponiendo su culito lampiño, rojo y palpitante. De su boca, la lengua emergió y lo lamió de abajo arriba con una pasada lenta y larga, saboreando su calor, su olor y su sabor a sal marina. Cheo puso los ojos vidriosos y sus labios se oprimieron con furia, cayendo de espaldas. La lengua subió por su raja, lengüeteándole los testículos, para volver a bajar. Esa boca cayó sobre su culo, con los labios cerrados, besándolo. Los labios se abrieron y la boca se cerró como un chupón sobre el agujerito, chupándolo con fuerza, para luego dejar salir la lengua que dio latigazos contra la titilante frutica del muchacho, cuyo cuerpo se tensó todo. Esa lengua lamió, mojó, frotó y mamó. Esa lengua se encaminó enrollada y lo semipenetró, metiéndosele dentro del culo que lo recibió con temblores ardientes. Cheo gimió bajito, sobándose las tetillas erectas, mientras sus caderas subían y bajaban incapaz de contenerse. ¡Eso le gustaba tanto! Estaba indefenso. Su culito subía y bajaba, moviéndose sobre la cara de William, quien estaba soldado al agujero, metiéndole la lengua, hundiéndola allí, cálida, babosa y viciosa. Degustándolo. Cheo gimió contendido, deseando gritarle que le metiera hondo esa lengua, que lo cogiera con ella, que se comiera su culo. Pero no podía hacerlo, oía a sus amigos muy cerca, por lo que solo podía agitar y mecer su culo contra esa boca cálida y voraz.

   William apartó su rostro enrojecido y su boca y barbilla ensalivados. Miró fascinado ese culito que subía y bajaba frente a él, sufriendo calambres y espasmos de ansiedad y deseo. Lentamente le clavó el dedo índice de su mano derecha, metiéndolo hondo y moviéndolo allí, encontrando ese culo ardiendo y muy mojado. Cheo chilló bajito, cerrando los dientes con furia. Cuando ese dedo que atormentaba salió, para volver acompañado de otro, casi se sentó sobre la arena, gritando contenido, sintiéndolos muy hondo, muy adentro de sí, cogiéndolo. Su culo palpitaba sobre esos dedos largos y delgados, como queriendo atraparlos más adentro. Cheo miraba a William, jadeando, con la boca muy abierta, con el cabello algo seco ya, cayéndole en la frente. Se miraron largamente y ahora las caderas de Cheo iban y venían sobre esos dedos, enculándose, cogiéndose con ellos. William le sonrió, algo tristón, pero como diciéndole pronto te daré más.

   -¿Te pasa algo, Cheo? –fue cuando escuchó la voz de uno de sus amigos, acercándose. Y creyó que se moriría.

   -Ya… ya voy. -graznó ahogado, intentando sonar normal. Oyeron risitas; seguramente imaginaron que se masturba y por eso hablaba así. Cosa que, afortunadamente también les hace desistir de acercarse.

   Cheo dejó de prestarles atención de inmediato, todo su cuerpo ardía y sólo deseaba someterse a ese carajo, a esos dos dedos que lentamente entraban y salían de su culo, penetrándolo. Dedos que entraban hondo y giraban allí, moviéndose y agitándose, provocándole verdaderas oleadas de lujuria, desesperación y excitación. Cerró los ojos y cayó sobre la arena, indefenso, mientras sus nalgas iban y venían buscando esos dedos que lo enculaban. Los sentía hondo y sus entrañas los halaban, los apretaban.

   Las musculosas nalgas abiertas iban y venían, la raja lampiña, cubierta de arena otra vez, se mecía, mientras su culo era penetrado por esos dos dedos. Estaba allí, no sólo dejándose meter dos dedotes en el culo por otro carajo, sino deseándolo, queriendo que lo cogiera con ellos. Se cubrió la boca con el dorso de una mano cuando todo él se tensó y su güevo tembló.

   William lo miró lujurioso, agarrándoselo y metiéndose la brillante cabeza en la boca en el justo momento cuando estallaba un chorro de semen caliente y abundante. Cheo se retorció en la arena, mientras notaba como esa boca lo chupaba, sus jugos y temblores, su orgasmo, tragándose cada gota de su joven corrida.

   Todos esos recuerdos provocan que Cheo vaya durmiéndose con un largo suspiro, una leve sonrisa y una escandalosa erección bajo la toalla húmeda y refrescante allá en el cuarto de invitados de la familia de Andrés.

……

   Después de un largo y muy merecido aplauso, de pie, así como de acercamientos para felicitar y desear muchas más y mejores oportunidades a la filarmónica, la gente fue abandonando el teatro. Entre los primeros que salieron, casi a la carrera y resistiendo el impulso físico y real de agarrar a su acompañante por una mano y arrastrarle fuera del lugar, Frank Caracciolo abandonó el sitio.

   Caminando con prisa se despidió de algunos y salió a la calle, cálida, iluminada y muy transitada, respirando casi con alivio. Nicolás, a su lado, sonríe entre divertido y levemente mortificado, ¿para qué se expuso a todo eso sí él le ofreció la alternativa de desaparecer?

   -¿Vamos a esperar que traigan tu carro? La gente ya va a salir.

   -Nada de eso, ratita. Aquí no me quedo ni loco. Esperemos a que todos se hayan ido. Vamos… -lo toma por un codo, semihalándole hacia un costado del teatro, fuera de la esquina, de la calle, metiéndose en un oscuro callejón, algo apartado, tras un alto muro que los oculta.

   -¿Te avergüenzas de mí? –le reta, ojos brillantes.

   -Idiota. –fue la réplica, extrañamente desprovista de maldad, mirándole.- No imaginas lo mala que puede ser la gente. Es mejor mantenerse apartados de algunos. –mira a la entrada del callejón, pensando en Aníbal y Norma.

   -Te dije que me dejaras ir. -sonríe Nicolás, mirándole burlón todavía, recostándose del muro, de frente a él. Extrañamente, no se siente molesto.

   -Cállate, ¿sí? -Nicolás le mira y ríe, sintiéndose contento y algo estúpido, como embriagado.

   -Es tan extraño verte azorado, parecías un tigrillo hermoso al que le pellizcaban la barriga y le halaban el bigote, y que deseaba atacar sin saber cómo. -y tiene que contener una risa ante la seca mirada del otro, quien se le planta al frente.

   -Te vuelves impertinente, ratita. ¿Te divierto?

   -Una barbaridad… -bota aire como suspirando, mirando hacia el cielo.

   Qué hermosa debía ser Europa, sus viejas calles y sus antiguos palacios si podía inspirar música y melodías tan hermosas, piensa el más joven. Canturrea algo de lo que oyó esa noche, soñando, cerrando los ojos concentrándose y sonriendo todavía. Frank le observa fascinado, su nuca erizada, la mirada en su boca, su nariz y su garganta, sintiendo deseos de… No sabe de qué; pero se engaña, porque sabe que se pregunta como en un lejano eco, ¿temblaría si le recorriera el cuello con mi lengua? ¿gemiría ahogado y ronco? ¿Se estremecería contra mí?

   -Nicolás… -grazna y el otro abre los ojos, baja la mirada y lo ve, intenso. Pero ninguno dice nada.

   -La tarde fue hermosa, Frank… -dice con voz gruesa y ronca.- Hermosa y perfecta. Gracias por sacarme de ese feo cuartucho y mostrarme toda esta maravilla. –y sin apartar los ojos de los del otro, canturrea otra vez.

   Están frente a frente, mirándose en forma intensa. Frank lo encuentra aturdidor, siente que se marea, que se confunde. Es como comenzar a embriagarse y le gusta, toda la expectación, la diversión, el “soy feliz en este momento”.

   Nicolás le encuentra sencillamente irresistible. Es un joven sencillo, un tipo común al que le gusta leer, ver televisión y estudiar, pero para quien otras manifestaciones artísticas, como no fueran el cine o el teatro comercial en Chacaito, lo dejaban frío. Ahora había descubierto algo nuevo. Los clásicos no sólo eran musicales instrumentales aburridos, había magia oculta en ellos. Pedazos de otra era, de otros mundos, de lugares que a él lo excitaron y que deseó ver, sentir y tocar. La hermosa y nostálgica fantasía de un mundo mágico donde no tenía cabida, pero con el cual podía soñar. Además, comprobar esa noche que Frank Caracciolo podía ser algo más que un patán atractivo, con plata y pedante, le confundió también. Que fuerte, que varonil y que hermoso se veía allí de pie, frente a él…

   Esos pensamientos le asustaban y excitaban, y por el momento no quería racionalizar, sólo sentir la magia que hubo esa noche. Mientras siguen allí, de pie, uno frente al otro, dos tipos bien parecidos, Nicolás apoyado en la pared, Frank casi sobre él, las manos del más joven se mueven tímidas, trémulas, y caen sobre el pecho de Frank, mirándole muy confuso, muy asustado. Nicolás lo siente estremecerse bajo sus manos, siente ese cuerpo sólido y caliente, puede sentir como el corazón le palpita con violencia. Y saber que era él quien provocaba todas esas reacciones, le mareó más.

   Frank le mira fascinado, sin moverse. Nota como el joven pasa saliva, como parece reunir valor y abre un poco la boca. Nota su mirada perdida y empañada, y como su respiración se vuelve irregular. ¡Y observa como se acerca a él! Esa boca abierta deja escapar un leve jadeo, de alguien que siente que se ahoga y necesita aire. Pero no se detiene.

   Nicolás sólo puede ver esa boca cerrada, de labios delgados y hasta crueles, pero increíblemente sensuales. No quiere verlo a los ojos, no quiere decirle nada ni oírle decir algo o el momento desaparecerá. Sólo puede ver esa boca y sus manos suben por el pecho del carajo, casi rodeándole los hombros, hasta que sus labios caen sobre los suyos.

   El joven no puede hacer más si Frank no se lo permite, ni siquiera moverse; siente esa boca bajo la suya, y todo él se estremece casi con violencia. Su boca empuja más y aplasta la de Frank, quien entreabre los labios y por un momento los dientes del joven mordisquean su labios inferior. Es una caricia extraña, íntima, pero temerosa de lo que es, de lo que significa. Nicolás ya no se atreve a más, sólo está allí, con los brazos sobre sus hombros, con el cuerpo recostado del suyo, con los labios rozando los suyos. Pero Frank ya no necesitaba más. Proyecta la boca y los labios abiertos atrapan la boca de Nicolás, la lengua palpa y titila sobre su labio inferior y penetra. Nicolás jadea, sintiéndose enrojecer, mitad vergüenza, mitad deseo. Esa lengua explora lentamente en su boca, como palpando, tal vez saboreándolo. Es móvil y tibia, y su paso sobre su propia lengua produce oleadas de calor y de lujuria. Siente que la garganta se le seca, que el corazón le palpita con fuerza y que su tolete va respondiendo a esa caricia sensual.

   Frank, con los ojos abiertos, lo besa lentamente, hasta que siente que el otro se tensa, siente como sus manos aprietan sus hombros, para luego aflojar. La boca de Nicolás responde y su propia lengua sale a su encuentro. Ahora es un beso apasionado, donde las lenguas se atan, luchando por lamerse, tragándose sus alientos y salivas en medios de gemidos roncos y apasionados.

   El abogado no puede más, siente como todo él arde, su güevo abulta en forma dolorosa contra el pantalón. Sus manos atrapan al joven por la cintura, pero en forma leve, recordando sus aporreadas, y su cuerpo grande y sólido se aplasta contra él. Ahora su boca es exigente, reclama lo suyo y bucea dentro de Nicolás, queriendo tragarse su lengua y beberse su saliva. Esa lengua explora, acaricia, lame y chupa de una forma voraz, mientras sus manos lo recorren, llegando a su espalda, abrazándole, atrayéndole con fuerza.

   Ahora Nicolás está atrapado contra él, sintiéndolo arder, con el tolete tieso contra el suyo. Y el desgraciado ese conoce trucos, se dice perdido en su lujuria cuando el más alto frota sus cuerpos levemente de arriba abajo, erección contra erección. Percibe como Frank gana en urgencia, sin reparar en donde están, en las bocinas de los carros y la gente que pasa a tan sólo a un metro de allí. El cuerpo del abogado parece endurecerse todo, sus manos lo soban, lo acarician exigente, mientras su boca le roba el aliento. Y Nicolás se asusta, intenta alejarlo y cerrar la boca; mete las manos contra su pecho, dándole un empujón.

   -¡No! -jadea rojo de lujuria, de vergüenza y de miedo, mirándolo casi temeroso.

   -¿Estás jugando conmigo, ratita? -gruñe Frank, mirándole en forma salvaje, sus ojos brillan con esa luz maligna y demente que ya Nicolás le conocía.- Eres un chico malo… -dice entre dientes.- Me calientas y…

   -Lo siento, Frank. No quise hacer esto. -se ve avergonzado y arrepentido. Y Frank casi lee en su mente. No es un temor a él, a Frank, sino a lo que siente él mismo, Nicolás. A lo que sienten; el temor de molestarlo al excitarlo y luego cortarlo así. Rudo le atrapa la barbilla, mirándole la boca roja y algo ensalivada.

   -Debes tener cuidado, ratita. En otra ocasión puede que no me detenga. Que no pueda. Me vuelves loco. Tocarte es…

   -Lo siento, lo siento mucho. No quise molestarte. Yo…

   -Cállate, deja de disculparte. -es rudo, acariciándole la barbilla con el pulgar.- Tienes razón, la tarde fue buena. Fue hermosa. Perfecta. No lo arruinemos.

   Antes de que Nicolás pueda agregar algo nuevo, y en el momento cuando Frank pensaba en besar nuevamente esa boca suave y ruda, de hombre, que lo enloquecía, comenzó a dejarse oír un ruido metálico, sin concierto, sin ritmo, de furia. De metal contra metal. A ese lo siguió otro y otro, gente golpeando ollas y sartenes con cucharillas o cucharas metálicas. Era el ruido de rejas de ventanas golpeadas con una ollita, o con un tubo o una cabilla. Más allá sonaba un pito, alguien lo tocaba una y otra vez, y era como un alarido de rabia, de frustración, de alguien que gritaba que quería vivir en paz, pero que solamente podía soplar un pito para darlo a entender. Luego se oyó un bocinazo, y el concierto de ruidos, de cacerolas, pitos y cornetas comenzó.

   Frank, confuso y ceñudo, miraba a los alrededores. Desde algunas ventanas de los edificios cercanos, notó a la gente que se asomaba, a mirar y oír, otros a intervenir y a gritar algo como vete ya. Era un cacerolazo, una manera de repudio, de protesta, un mecanismo convocado de vez en cuando por alguien y seguido por la mayoría. Y mientras Frank parecía incómodo y molesto; Nicolás miraba a los alrededores, alzando la vista, sonriendo con una leve expresión idiota, de esperanzas, de rabias contenidas, de aprobación.

   -Es un cacerolazo… -dice tontamente a Frank.

   -Que cosa tan idiota, ¿creen que esos ruidos van a tumbar el Gobierno? -Nicolás le mira serio.

   -Una persona sana, en su juicio, que de verdad le interesara lo que su país piensa y dice, entendería ante esta cacofonía que algo pasa, que algo debe estar haciendo mal, y debería salir a averiguar qué es. Lo demás es demencia, maldad o corrupción del que debía oír. -es severo, casi tiene una expresión de asco, algo que inquieta y atemoriza a un nivel tan profundo a Frank, que no logra identificar la causa.- Son gente tan abyecta, tan criminal, tan cínica que no entienden que esos ruidos son los de un pueblo que ve el borde de un abismo, y grita y hace ruido para alertar al que conduce a la nación. -la mirada se le nubla, como siempre que piensa en eso, pero ahora no quiere, no delante de Frank.- Como los odios, Frank. Como los odio a todos ellos que noche a noche se reúnen con sus familias y ríen contando el dinero que han ganado malamente, y del que ganarán cuando Venezuela esté sitiada de criminales, rodeada de delincuentes armados, sometida, vejada y humillada. Ellos… se reúnen con sus parejas, con sus hijos, y ríen al comentar sobre aquellos a los que secuestraron, a los que asesinaron, de las bombas y atentados que realizaron y avalaron ese día, en el Parlamento, o en el Ministerio, o en el alto Tribunal, o el cuartel castrense.

   -Basta. -gruñe muy incómodo Frank, rodeándole con las manotas la cara, como para zarandearle y sacarle de ese aire sombrío. Le perturba esa humedad en sus ojos, esa rabia, ese odio del joven.

   -Quieren destruirnos a todos, Frank; dejarnos sin trabajo, sin comida, sin prensa, sin policías que detengan a los delincuentes; sin fe, sin esperanzas, a merced de juicios sumarios, de asesinatos que llaman justicia popular… como en Cuba. ¿Y sí perdemos? ¿Y sí ellos ganan? Cuentan con sus asesinos que subirán a puentes y azoteas, y mataran. Y matarán. Y matarán.

   -Basta. –ruge nuevamente, inquieto, mucho. Bota aire, casi sobre su cara.- ¿O lo que quieres es que vuelva a besarte? -lo reta con una sonrisa tensa.

   -Déjate de güevonadas. -se acalora soltándose de sus manos.- Ya estoy bien. -coincide con el fin del cacerolazo, cosa que tranquiliza a Frank.

   -Vamos a comer algo. -nota que el otro se revuelve inquieto.- Hay que cenar. Yo lo hago generalmente de noche. Y cada noche. -Nicolás contiene un ‘feliz tú’, a duras penas; le sonaba injusto para con el otro.

   -Se me hace raro que pagues todo por mí.

   -Déjate de idioteces. -se separa un poco.- Cenemos y luego te llevo a tu horrible covacha, a matar chinches. -sonríe cruel.- ¿Qué dirían allá si al despedirme te doy un besito mordelón mientras rodeo tu cinturita primorosa?

   -¡No te atreverías!

   -¿Me retas? ¿Crees que no te daría el jamón de tu vida frente a esas viejas, dejándote pidiendo más, por miedo a que me vea gente a la que no conozco?

   -¡Lo haces y te mato!

   -Bien, entonces, sólo cena. Aunque después podríamos ir a bailar. -ofrece burlón, riendo nerviosamente, sin entender bien lo que hace.

   -¿Volver a tus brazos? Eso es muy agotador, papá. -replica con ligereza, sintiéndose muy apenado, pero incapaz de contener la lengua.

   Sufren de una felicidad febril, loca, casi psicotrópica. Bromean y no bromean, porque en el fondo, se sienten un tanto excitados y todavía no saben cómo interpretarlo.

……

   A pesar de lo temprano de la hora, William Bandre duerme, pero no era un sueño natural. Está sedado para contrarrestar los dolores, y en cierta medida los movimientos. Era casi un milagro que alguien como él, semidesnutrido y borracho de sol a sol, hubiera sobrevivió al impacto de un balazo al hígado. Y a la operación misma. Ahora sólo restaba recobrarse. Sobrevivió a todo, aún a la recuperación en terapia intensiva, donde algunas viejas enfermeras parecieron esperar que dejara este mundo cruel en cualquier momento, cosa que se plasmaba en las apuestas. El peligro parecía haberlo abandonado a fin. Pero sólo lo parecía…

   Por una rara coincidencia del destino, el hombre estaba a solas en ese momento. Lesbia se había llegado un momento a casa a ver a sus hijas, y Cheo fue a ducharse y a cambiarse, durmiéndose luego. Y hubo gente que avisó a otra gente que el hombre estaba solo. A las afuera del Clínico se reunió un grupito de cuatro personas enviadas por Ricardo Gotta. Uno de ellos era un carajo alto, con pinta militar, de cabellos claros y cortos, oculta su mirada tras unos lentes oscuros: Alex. Otros dos eran gente a la que Nicolás Medina habría identificado en una rueda de reconocimiento policial, los sujetos que lo robaron, golpearon e incendiaron el tarantín donde trabajaba. El cuarto hombre era un negro de barba fina, de rostro malintencionado, de quien sabe que es contratado para una coño’e madrada pero no le importaba siempre y cuando le pagaran sin tener que trabajar como Dios manda. El grupo lleva una misión específica: acabar con William Bandre.

   Ricardo Gotta casi había sufrido un soponcio de disgusto al enterarse que el hombre no había muerto como consecuencia del ataque directo de Tirzo Ramos. ¿Cómo podía alguien ser tan inútil e imbécil?, se dijo con una furia feroz que lo llevó a golpear a su mujer cuando esta, interrumpiendo sus pensamientos al recibir la noticia, no obedeció cuando le ordenó salir del dormitorio. Golpearla, sentir el contacto de su puño contra el pómulo, le hizo bien, dejó escapar algo de esa furia terrible que lo hacía ver todo rojo. Lo de Tirzo, y en cierta medida lo de Nelson Barrios, no tenía nombre, ¡que gente tan incompetente! Pero también él tenía algo de culpa, debió recurrir a Alex desde el principio; pero en cierta forma le temía, y no quería que el otro supiera tanto de sus operaciones; quien mucho sabe termina convirtiéndose en un problema.

   Al pasarle la misión a Alex, éste vio en seguida lo que debía hacerse; buscar a gente de baja ralea, con pintas de malandros y llevarlos al Clínico, casi tomándolo. La situación de los hospitales en general, y la de este en particular, era desesperada. Más de una vez bandas armadas de delincuentes habían penetrado hacia el área de Emergencia y aún de Hospitalización, para rescatar a un compañero o asesinar en cama a un enemigo. Y mientras a una persona que iba de visita o a recetarse, le costaba una bola pasar las entradas por culpa de los vigilantes, estos malandrines parecían meterse como Pedro por su casa. Aunque, a decir verdad, un vigilante mal pagado, con un arma vieja, no iba a enfrentarse con una pila de malandros. Eso era trabajo para la policía. Y así, el hospital, médicos, enfermeras, bioanalistas, radiólogos, camilleros y camareras se encontraban a merced del hampa, como en todas partes.

   El que las nuevas directivas, ejercida por gente sin fundamento, con antecedentes conocidos por todos como ineptos y hasta peligrosos (pero que se declaraban seguidores del proceso salvándose de una evaluación real), no hacían nada por mejorar la situación. El mismo aire de ruina y abandono que iba cubriendo al país, afectaba al Universitario. De eso se valió Alex y su gente.

   Los cuatros fueron hacia una de las entradas laterales, el del flanco derecho que daba hacia los estacionamientos de los empleados y obreros, cercana al Archivo General, y encañonaron a los dos vigilantes obligándolos a acompañarlos por el solitario pasillo, hacia uno de los ascensores de carga. Siguiendo con la comedia, el cuarto sujeto hablaba de las cuentas que iban a cobrarle al ‘cabeza de gallo’ ese que había matado a su hermano. Alex guarda silencio, preguntándose qué tanto sabría ese carrizo, William Bandre, sobre Ricardo Gotta. Era una lástima tener que matarlo sin interrogarlo. Ese hombre, Gotta, era temible, pero con las cosas que ya sabía de él…

   No debía seguir esa línea de pensamiento, se previene a sí mismo. Ha visto a muchos subir muy de prisa y luego caer más rápidamente. En este país había tiempo para todo, aún en el caso de que se instalara un régimen infrahumano y criminal como el de Cuba. Aún en ese reino de miseria, violencia, persecuciones y muertes a discreción, gente como él sobreviviría. Sonríe al pensar que él era como los abstencionistas que nunca votaban en elecciones y gritaban que eso no les interesaba, ocultando así su pereza y negligencia; él y ellos, podían esperar y vivir de los que ganaran al final. No era tan malo ser un parásito, sobretodo si se tapaba con el manto del ‘desprecio’ a esa gente, los políticos esos, en el caso de los abstencionistas, o del crimen como él.

   El ascensor se detiene en el piso cinco y los tres malhechores se vuelven imperceptiblemente hacia Alex, lo que provoca el miedo de los dos vigilantes que cruzan una temerosa mirada. Es el momento en que sacando la mano del bolsillo de su chaquetota, Alex golpea con la culata de su automática al hombre que tiene más cerca. Es un golpe feroz, que resuena horriblemente, dado donde es y como debe ser, por lo que el hombre pone la mirada vidriosa y cae con lentitud. El compañero parece que va a gritar y volverse contra Alex, cuando el sujeto que golpeó en una calle hace días a Nicolás Medina, lo inmoviliza de un carajazo. Fue algo rápido, casi silencioso. El cuarteto sale del ascensor al oscuro pasillo, y uno de los tipos toma a uno de los caídos y le deja una pierna fuera del hueco del ascensor, donde las puertas de éste chocan sin cerrarse. El funesto cuarteto avanza por el pasillo.

   En una recepción de enfermeras, una mujer regordeta, menuda, cuarentona, los mira y se asusta. ¡Malandros! Y lo interpreta como un ajuste de cuentas, y por un momento dos poderosas fuerzas desgarran su ser: avisarle a alguien y proteger a la futura víctima, o dejarlos hacer y que hubiera un malandro menos en este mundo. Al final vence la segunda opción, ya que al actuar de otra manera también ponía en peligro su vida; en un país donde nadie se responsabilizaba de nada, donde la Ministro de Sanidad sólo aparecía de vez en cuando en televisión bailando en algún acto oficial asegurándose así la permanencia en el cargo, no iba a arriesgar su cuello por ética. Si algo le pasaba a ella, su familia quedaría desprotegida y tendrían que parir plata de donde no tenían para enterrarla después. Así que sintiéndolo en el alma, la mujer se mete por una puertica y cierra antes de que el cuarteto llegue a su altura.

   Alex se detiene en el cruce del pasillo, desde donde podrá controlar al que venga en cualquier dirección. Le hace una seña a los otros tres y estos se dirigen, armas en mano, hacia el final del pasillo que termina poco después, por lo que no deben temer nada de ese lado. No necesitan preguntar cosa alguna, ni ver registros, saben donde encontrar al hombre. El rostro severo de Alex no denota nada, en sus cristales oscuros se reflejan por un momento el trío de hombres que se aleja. El cuarto hombre, el negro que habló en el ascensor, mira por la ventanilla de la puerta y encuentra al convaleciente dormido. Sonríe, va a matar a un hombre herido, y sonríe. Precisamente por eso. Será fácil, no podrá defenderse, ¡que plata tan fácilmente ganada! En su mente no hay conflictos ni penas, hace demasiado tiempo que dejó de pertenecer a la raza humana, sus dolores, sus miedos, sus esperanzas no significaban nada para él, en comparación a la satisfacción de sus apetitos inmediatos, comer, coger, caña y drogas.

   De una patada empuja la puerta, sonriendo; por un momento se imagina como Terminator, tumbando puertas, arma en alto, rostro impasible. Mortal, así se sentía. Era una lastima que ese sujeto pareciera dormido o inconciente. Le habría gustado reparar en su miedo, ver su desesperación. No importa, le dará en un hombro primero, le verá gritar y llorar, luego le rematará, se dice mientras jadea expectante, alzando una automática. Feliz. Y sin despertar, William Bandre dejaría el mundo…

CONTINUARÁ … 95

Julio César.

NO SÓLO DE KEVIN, UN PEDAZO DE TODO EL MUNDO

noviembre 20, 2012

LA MAMÁ DE KEVIN                         PRUEBAS DEL DESTINO

      -¡Mío! ¡Mi show!  

   Ah, este capítulo fue especial, el número siete de la séptima temporada tuvo dos cosas que me gustaron una barbaridad. Castiel está de vuelta, y viene a quedarse (con Benny todavía por ahí; ay, Dean); lo otro es que lo sabía, ¡lo sabía!, que Dean no escaparía del Purgatorio abandonando a Castiel, dejándole atrás y continuando. Dean no es de los que abandona o traiciona.

   Fue un episodio sobre demonios. En una bonita fiesta infantil donde todos juegan y se divierten, la inocencia a cada paso, un niño es llevado por una demonio hacia un lavado, desapareciendo; aunque cuando vi los grandes revuelos climáticos pensé que se trataba de los ángeles. El niño ha desaparecido rodeado de prodigios, han ocurrido otros casos y los hermanos van a intervenir. Aunque a muchos extrañó o emocionó, para mí no fue sorpresa que los hermanos trabajaran a dúo, sin reproches. No era difícil de suponer, ya había ocurrido en el quinto episodio de la quinta temporada, cuando era imposible que los Winchester continuaran juntos si Dean le reprochaba a Sam el abrir la jaula de Lucifer. Allí, como aquí, cuando deja atrás a Dean sin buscarle, Sam transfiere la culpa a Dean y le exige que no le reclame más o no continuarán juntos. No debió sorprender a nadie que así fuera, el programa trata sobre ellos dos y el impala, el tema de la dejada atrás, como la de haber dejado libre a Lucifer debía olvidarse. Y se hizo. Quienes les vieron trabajar en este episodio después de haber visto el anterior, sin conocer la serie, pudieron extrañarse. Ya este truco lo conocemos quienes llevamos más tiempo viendo la serie.

   Pero ante de esa escena entre hermanos reconciliados (aquí no ha pasado nada), Dean ve a Cass en una carretera solitaria, sucio y barbudo. Fue una muy hermosa toma abierta de exteriores, la vegetación, la angosta carretera entre espesuras, el impala devorando millas, el rock y Dean tarareando. Eso acaba cuando cree verle, y más después de la segunda vez, cuando está convencido de que alucina por el sentimiento de culpa, por soltar la mano de Castiel en el momento del escape; eso preocupa a Sam que le ve extraño, como siempre se preocupa por él. Incluso llega a decirle que es la culpa del sobreviviente, que no se atormente, que debe continuar. Personalmente suspiré, pero no volveré a ese punto. Pero si, es Castiel, barbudo y sucio, quien aparece frente a ellos sin saber cómo salió del Purgatorio. Y aquí me molesté; al verle Dean es incapaz de hacer lo que hizo en el Purgatorio, alegrarse o abrazarle (como si hace con Benny, no te digo). Cuando Castiel va a asearse, Dean deja escapar sus dudas, cómo que no recuerda, que él si lo hace, que se acuerda de cada dolor, olor, sensación y angustia mientras cruzaba. ¿Qué sacó a Cass del Purgatorio y por qué?, eso atormenta al mayor de los Winchester, repito, en lugar de alegrarse de verle.

   Eso nos lleva al recuerdo del Purgatorio cuando escapan, me gustó la escena donde Benny se integra con Dean, agradeciéndole el voto de confianza, el “te la ganaste” de Dean es como una medalla al mérito, y seguro causó escozor a más de un fan. Dean entra a ese portal interdimensional, Cass parece resbalar, extienden las manos pero Dean no puede sostenerle y el cazador es absorbido por esa cosa. Castiel quedó atrás pero la culpa viajó con Dean, la vieja culpa de siempre (es una suerte que Osiris esté durmiendo, ¿verdad?). Mas tarde Castiel le asegura que no es de esa manera, “¿Así es cómo lo recuerdas?”, sorprendiéndose de la capacidad para castigarse del cazador. Le aclara que no le dejó, que él deseó quedarse, que estuvo intentando decírselo por todo el camino, pero Dean no quería escucharle empeñado como estaba en salvarle; que quedarse allí sería la penitencia a sus culpas (y los ángeles deben tener muy claro este concepto, penitencia). Y no creo que se refiriera únicamente a lo ocurrido con los leviatanes. Acertado o no, Castiel comparte con Dean el sentirse culpable. Ya había señalado que moría una y otra vez y le regresaban para que la cosa fuera peor, que ese parecía su castigo, vivir para joderla más. Por eso pensó que era mejor quedarse allá. Le explica a Dean que no fue que le soltó o abandonó, que no fue su culpa, fue su decisión de vida. Cómo me gustó Castiel en ese momento, reclamándole su obsesión por salvar a todos cuando sabe que no puede, cosa que no le impide intentarlo. Si, Dean se ve cada vez mejor.

   El caso era sobre demonios, quienes secuestraban en todo el mundo a gente muy especial, los posible profetas del Señor, nombres dados por Samandriel, el joven ángel que aparece en la subasta macabra. Crowley se divirtió lo suyo torturándole, espero que no esté muerto, me agrada (aunque en esta serie ya hay como demasiados personajes masculinos). Ninguno de los secuestrados puede leer la Palabra de Dios y sabemos por Cass que hasta que Kevin muera otro no puede ocupar su lugar y la Palabra no se les revelará. Y aquí se trae a colación un nombre, otro profeta, Chuck, de quien se nos dice al final de la quinta temporada que era nada más y nada menos que Dios. Como Kevin recibió el llamado de la Palabra, se supone que Chuck está muerto, pero sabemos que no. Y aquí hay un punto importante, la serie es Supernatural y nada ocurre porque sí, ¿por qué se le recuerda ahora? La gran pregunta ha sido esa, ¿dónde está Dios?

   Y justo cuando todo esto ocurre, aparece un ángel nuevo, la bonita y fría Naomi, quien lleva a Castiel a un lugar hermoso del que muy pocos saben, en el Cielo. La mujer parece tener un gran poder, tanto que manipula a Castiel para que siga y le informe sobre los Winchester, aún sin él mismo saber que trabaja para ella. ¿Quién es este ángel? Si es tan poderosa y tiene ese lugar en el Cielo, ¿dónde y con quién estaba durante la guerra entre Castiel y Rafael? ¿Es amiga o enemiga? ¿Por qué no va tras Crowley? Incluso pensé, ¿no será Dios? Me gusta esta mujer aún más que su personaje hasta el momento, Amanda Tapping, la increíble capitán Samantha Carter en Stargate SG1 (esa mujer sabía de astronomía, física nuclear, biología, robótica, leyendas, clones, realidades alternas y demás). Espero verla interactuar directamente con los hermanos.

   Reaparecen los Tran, y mamá Tran es la que lleva las riendas. Ni por un segundo creí que la doñita quedara inutilizada después de su enfrentamiento con Crowley y Dean. Es más, siempre creí que se fingió catatónica para que los hermanos bajaran la guardia y escapar con Kevin. En este episodio la mujer estuvo sencillamente genial. Enfrentada de pronto al mundo de lo sobrenatural, sabiendo lo peligroso de Crowley y sus demonios que andan pisándoles los culos, creyendo no poder confiar en los Winchester, a quienes nunca había conocido antes y el breve encuentro no dio buena impresión (uno de ellos evadió las llamadas pidiendo ayuda de Kevin durante un año, el otro intentó apuñalarle para matar a Crowley sin importarle que ella también estuviera allí), hace lo más lógico que pude para defenderse junto a su hijo: construir bombas mata demonios. Para conseguir los ingredientes busca a una bruja que le dice compartir su odio contra los demonios y hacen un trato. Aunque codiciosa, la joven bruja atiende sus llamadas y no intenta matarla.

   La bruja, joven y bonita, es sensacional de temperamento, altiva y codiciosa, y entre las dos mujeres comienza una conversación que me recordó algunas de gente de la oficina a la hora del café. Mamá Tran le critica que quiera cobrar antes de darle los materiales, la joven dice algo como que música paga no suena. La doña la llama puta y a bruja replica que esa es su hermana, ¿hacen negocio o no? La doña accede y comenta “tu madre debe estar muy orgullosa de ti”, a lo que esta replica que si, aunque siendo su hermana puta los estándares no son muy altos. Me encantó. Y Kevin atontado mirándole el culo, como un Dean cualquiera, fue divertido. Bien, la buena doña, poco ducha en estas batallas, se confió demasiado en la brujita, quien llama a Crowley buscando la aprobación del Rey del Infierno y su gratitud. Este la hace desaparecer, se lleva a Kevin y ordena que maten a la mamá. Pero esta se hace cargo del demonio y todavía me pregunto ¿cómo lo metió en la cajuela? Viéndose desesperada, temiendo por su hijo, tan sólo queda la alternativa de los pocos confiables Winchester, quienes un año antes habían ayudado al muchacho y a quienes no convenía que Kevin tradujera la Palabra.

   Crowley estuvo genial como siempre, sarcástico, irónico, divertido. La manera en la que tortura y mata es tan llamativa como sus comentarios cuando Kevin le lee la Palabra y le cuenta de la manera de sellar las puertas del Infierno para siempre. Gruñe un “entonces es cierto, ¿en qué estaba pensando Dios?”. Y hay otras tablas. ¿De qué tratan? ¿La manera de acabar con los ángeles? ¿Abrir el Cielo? ¿Acabar con Muerte y el mismo Dios? ¿Es por eso que la tal Naomi aparece y se moviliza?

   ¿Lo mejor del capítulo fuera de la llegada de Cass? El enfrentamiento entre Crowley y Castiel, un ángel del Señor. Ese chusco señor del Infierno que escapa divertidamente cobarde cuando el ángel deja salir toda su gloria y poder, ojos llameantes, reluciendo blancura, alas extendidas. Castiel se vio soberbio. El demonio escapa, si, pero batallando por la tabla, llevándose la mitad, dejando la otra. Es ocioso especular quién se quedó con cuál. Es de imaginar que los Winchester se quedaron con aquella que abre las bocas del Infierno y Crowley donde viene la manera de sellarlas para siempre. Son tal ladinos en esta serie.

   Volviendo nuevamente con la brujita, no creo que alguien haya pensado ni por un momento que está muerta; esa nena, de la mano de Crowley, reaparecerá como una Ruby cualquiera siendo usada contra Kevin o los Winchester. Me gusta que incluyan más mujeres en la trama. Fuera de la señora Tran, y ahora Naomi (que será recurrente), hacen falta las bonitas y voluptuosas. Ya la serie no cuida ese detalle (parecen haberse desentendido del público masculino joven y sólo van por el femenino o los fans a todo trance). Ya no hay coqueteo y seducción. Dean, después de un año en el Purgatorio, anda cazando y no sabemos si ha tenido tiempo de ver chicas, y la última que se recuerda es la amazona con la que tuvo una hija que quería matarle. Hay demasiados hombres, y muchos de ellos alrededor de Dean: Sam, Castiel, ahora Benny. Por no hablar de Crowley, el gran enemigo; pero ahora también se le suman como recurrentes Kevin y posiblemente Garth. Repito, ¿dónde están las mujeres de Sam y Dean? Por cierto, ¿qué sería de Meg?

   Por ahí se corre el rumor de que el personaje de Sam se ha visto disminuido en importancia a pedido del mismísimo Jared Padalecki, ahora que tiene una familia de la cual ocuparse.

   Me recordó al finado humorista venezolano Jorge Tuero, cuando daba vida a su personaje El Terror del Llano, un llanero arrecho que iba a perseguir unos cuatreros y llegaba su mujer y le gritaba que él no iba a perseguir a nadie, que se llegara hasta el cementerio y limpiara la tumba de su primer marido, le prendiera una vela, echara una rezadita y hasta soltara una lágrima. Él siempre terminaba con un: Hombre casado no puede luchar por la justicia. Ese vacío que deja el personaje de Sam, y de lo cual se habla bastante, lo compensan con Dean y los personajes secundarios (que son buenos), con todos esos sujetos a su alrededor. Como ya dije por ahí, parece programa gay.

   Otra cosa, por adelantos se sabe que en el siguiente episodio Castiel comenzará a cazar junto a los Winchester. Y me gusta la idea. Una vez pensé que eso sería lo ideal para resolver el problema “Castiel”; él gusta, pero no su poder que roba actuación a los hermanos. Uno desea ver que se salven como puedan, pero que si le quitaban sus poderes, le hacían vulnerable y se dedicara a la caza, sería digno de un fic. Otra persona a la que Dean debiera cuidar. Veremos qué ocurre…

COMIQUITAS, VAMPIROS Y EL SUFRIMIENTO DE LOS FANS

Julio César.

NOTA: Tarde vi el comentario de A, lo siento, amiga…