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DE MACHO A ESCLAVO… 25

julio 31, 2013

…ESCLAVO                         … 24

   El siguiente es un relato que cae dentro del género que llamo maldito, un sujeto va a una casa buscando algo y sale con otra. No es mío, es una traducción adaptación, por lo que le pido al escritor original, John <seekingurdick@ yahoo.com, si llega a enterarse de lo que hago, que no se moleste. Su relato es corto, directo y bueno, por eso lo cito. Disfruten de…

……

Asunto: El despertar de Joe

Fecha: Jueves, 22 de diciembre 2005 18:22:04 -0800 (PST)

De: John <seekingurdick@yahoo.com

TIO SOMETIDO

   Y con el tiempo…

……

   Tiembla. Bañado por todas partes en esperma, mucha esperma, aunque no tanta como la que ha tragado o la que ahora escurre lentamente de su culo, espera, sabiendo que cualquiera que pasara notaría su olor a puta caliente y usada. Está de rodillas y cabeza gacha en la recepción, esa donde fue sometido por primera vez apenas unos días atrás, cuando era otra persona (cuando creía ser heterosexual), no el sumiso juguete sexual de los hombres que es ahora, se dice, el corazón martillándole en el pecho, asustado de las implicaciones, pero muy poco. Eso si, inmensamente feliz. No es por vergüenza que mantiene la mirada baja, las manos a las espaldas, esa actitud sumisa. Es porque Richard se lo ordenó, rudo, con derechos sobre él, y no pudo evitar obedecerle, caer de rodillas sobre el duro y frío piso, temblando un poco por el calorcillo traidor que el tono de su señor había despertado en él. Desde ese lugar oye a Kevin, ese ruin muchacho, gritarle a Johnny, acusarle de marica, de perra putona, que ahora tenía que obedecerle. Oyó las temerosas quejas, la ira vibrar un segundo en la voz del chico negro. El bofetón y el grito de ¿quieres que todos vean tu película?, y el silencio, luego el tono compungido de no hagas eso.

   Tragando, Joe sonríe. Ese chico estaba perdido. Rogaba a su amo. Ignorando todavía que se le entregaba, que le daba todo el poder. Claro, el joven negro podría escapar, golpearle y mandarle al coño, soportar que todo se hiciera público, que su vida cambiara para siempre, que sus padres, familiares, conocidos y amigos lo supieran y que cada quien actuara como mejor le pareciera. Pero era demasiado, ¿qué chico que comenzara su vida se arriesgaría a tanto? No, Johnny estaba perdido. Porque al someterse ahora, al acceder a satisfacer al rudo pelirrojo por su silencio en espera de que los tiempos cambien, siendo usado día a día, se haría más dependiente. Más sumiso y complaciente. Necesitándolo luego.

   Oye como los tres jóvenes gamberros pagan por su noche de farra, felices, y se alejan. Nota, más que ver, como Richard se le acerca. Están a solas en ese momento.

   -Gran trabajo, perra. –le gruñe. Y espera. Joe traga saliva y alza la mirada, su rostro atractivo de joven machito enrojece un tanto. De orgullo.

   -Gracias, señor.

   -Dime, ¿cuántas veces fueron? –le reta, sonriendo.- Oh, me entiendes muy bien, perra… ¿cuántas veces te corriste con desenfreno sin tocarte, sintiendo que estabas en la gloria mientras esos gamberros te usaban? –aguarda.- ¿Cuántas? –exige.

   -Muchas. No lo recuerdo, señor. –admite, más rojo todavía.

   -Pagaron bien por ti. Todos quieren contigo, perra… -a Joe le extraña verle contar unos billetes, separándolos.- Debemos hablar, he llegado a un acuerdo con tu mujer. –le impacta, tanto que balbucea sin sonido cuando Fiona, su esposa de rostro pétreo y disgustado, aparece. Tendiendo una mano y recibiendo el dinero.- Ahora trabajas para nosotros. Tu señora tendrá su parte. Es lo justo.

   -¡¿Qué?! ¡Claro que no! –ruge, su pecho agitado.- ¡Ahhh! –el fuerte bofetón masculino le hace ladear el rostro, sintiéndolo hormiguear… contrayéndole la verga dentro del suspensorio manchado de semen, de su culo mana un poquito más de la blanca leche.

   -Silencio, perra. Calla y escucha lo que será ahora tu vida.

……

   De vista al mundo, la vida de Joe Adams continúa igual, la de todos los días. Sale a trabajar, camina por las calles dejándose ver como antes, va de pesca, se reúne con conocidos en uno que otro bar, coqueteándole a las camareras; aparentemente como siempre, aunque ahora, internamente, todo le afecta más. Era muy conciente de los hombres a su alrededor. Eso si, ya no va a nadar mucho, por sus aros y el bronceado que debe conservar, pero lleva sol en su bote y se arroja desde él a las aguas de tarde en tarde.

   Eso es de cara al mundo; en privado se ejercita, a veces durante horas, para desarrollar más pectorales, tonificar, endurecer y formar más nalgas, siempre en algún gimnasio a donde le envía Richard, usando un corto y ajustado shorts como única vestimenta, sin ropa interior, demarcándosele la silueta del tolete con su aro. Su cuerpo grande, musculoso, canela y joven, vigoroso y viril en apariencia, destaca brillante de transpiración y por los aros en sus tetillas desafiantes. Jadeando en las pesas, a veces se estremece por las largas y húmedas miradas de lujuria que muchos de los hombres presentes le lanzan. Miradas de deseo que recorren cada músculo de su cuerpo. Eso le gusta.

   Ver cómo les afecta, excita al muchacho. No son pocas las veces que tiene que movilizarse de aquí para allá mostrando una semi erección, sabiendo que alguien irá tras él, le emboscará por detrás en los vestuarios, tocándole, acariciándole todo, regando el sudor en su abdomen y torso, obligándole luego a caer sobre sus rodillas, donde terminará mamando una urgida y dura verga anónima, perdiéndose en ella, disfrutando de ser usado así en unos vestuarios donde otros podrían entrar y verle, en un gimnasio donde se le consideraba una puta caliente. Tiene que hacerlo, mamarle, porque es su lugar, es la perra deseosa que se siente realizado únicamente satisfaciendo a los hombres. Saberse un juguete deseado le calienta en todos momentos.

   Si, pasaba horas en los gimnasios, un rato en los aparatos, casi el doble mamando y repartiendo culo en duchas y vestuarios. Sus depilaciones y masajes con aceites, también terminan así; él boca abajo, piernas abiertas, el técnico que le atiende en ese momento metiéndole dos o tres dedos por el culo, gozando de hacerlo como goza todo el que mete así sus dedos, ejercitándole el ávido agujero, o metiendo algún grueso juguete de goma o un enloquecedor consolador vibrando con intensidad. No puede mirarse al espejo sin ver a alguien nuevo, todo fornido y bronceado, tetillas perforadas, cabello corto por los lados, más alto arriba, para que sus machos le atrapen de él mientras le cabalgan. Sus pectorales son impresionantes, su abdomen a cuadros también. Sus bíceps son globos como sus nalgas musculosas. A veces se mira desnudo y tiene que admitir que la pequeñísima franja de piel pálida del hilo dental es algo que le enloquece. Y los tatuajes…

   Richard quería uno en su hombro izquierdo y que bajara rodeándole el bíceps, algunos visibles textos que bajaran por el costado derecho de su torso, donde anunciaba al mundo que era una perra caliente que quiere machos. Y su culo… Recuerda cuando fue dejado en aquella mesa, de rodillas, manos agarrándose a los bordes, nalgas muy abiertas, aguantando mientras le tatuaban una estrella de cuatro puntas que parten de su lampiño y cerrado agujero, a pesar de todas las cogidas y “ejercitadas”. Y vérselo es tragar en seco, un entretejido de hilillos en tinta oscura que resaltan de manera impresionante su entrada de retaguardia. Otro aro, más abajo, entre la punta de la estrella y las bolas, acompañan al de su glande.

   No dice nada, no actúa extraño o distinto a otros hombres jóvenes, pero dentro de su jeans ajustados, sus botas marrones y chaqueta abierta con una franela ajustada a su torso y abdomen, Joe parece atraer todas las miradas, masculinas especialmente. Siempre le parece, en el Subterráneo, que el sujeto que va a sus espaldas se le encima un poco más de la cuenta, que a veces hay un roce, un dorso o una palma abierta sobre su trasero; nunca está seguro, pero hierve, sabiendo que abulta bajo su pantalón… Intenta controlarse, porque algunos hombres parecen captar cuando se excita, y la cosa es peor. Más de una vez, una mano grande y abierta le ha acariciado sobre sus redondas nalgas cuando se pone así, la mano jugando sobre el jeans con su entrada. Imagina a un tipo, delante de todos, metiéndole la mano por el faldón bajo de la franela, subiendo y manoseándole los pectorales, pellizcando y presionando sus pezones erectos. A veces llega a imaginar que le alza la franela y pega la boca de allí, mordiéndole el pezón, a veces una boca mayor, un tío joven, o un chico que tal vez venga del colegio. Sus fantasías de hombre sometido llevado a la sumisión masculina, despertado a ese otro mundo donde complacer a los hombres es su mayor goce, le hace imaginarse cayendo de rodillas y mamando a su manoseador, para verse pronto, dentro del Subterráneo, rodeado de hombres que frotan, azotan y mojan su cara con vergas duras, calientes y babeantes.

   Fiona, después de un tiempo, parece adaptarse bien, le gusta el dinero que recibe, del sueldo en la fábrica y el mucho mayor de su trabajo en La Casa de las Perras Deseosas. Había algo excitante en ello, debía admitir la mujer, quien de tarde en tarde, por naderías, se lo montaba en las piernas, boca abajo, y azotaba sus nalgas redondas y firmes. Está contenta, casi siempre, aún cuando le nalguea. Y en líneas generales le trata bien, incluso le recibe de tarde en tarde, si habla con una vecina en la entrada de la casa, con un beso. Para todos son una joven y bonita pareja que, lamentablemente eso si, aún no tienen niños. La vida tras las paredes es distinta, Fiona tiene su cuarto, su dinero, viaja y, sospecha Joe, tiene sus amiguitos por allí. Él, en su cama, usualmente en tangas, a veces debía dormir con un consolador metido, y vibrando, en su culo. A Richard le gustaba que lo ejercitara siempre.

   Dentro de la fábrica, de tarde en tarde becerrea a Sam y a otros, cuando no le trabajan entre dos o tres en los baños. El jefe le descubrió… y en cuatro patas, el culo lleno de otras leches, le cogió duro también, con nalgadas, gritos, empujones y la rudeza de un dominante y fuerte sujeto cincuentón. Y le ascendió, ahora trabaja en las oficinas como asistente del jefe. Sonriente, guapo, viril y bronceado recibe a los clientes de la acería, de sobrio traje y corbata… con tangas e hilos dentales debajo, como descubren algunos clientes, quienes no saben qué tiene que les encanta. Su jefe lo nota y le usa. Richard también cobraba por ello, y después de un tiempo, y un cruce de palabras entre socios, también Fiona. Por cierto, que el hermanito de esta, Owen, también recibe su buena tajada de sexo, usando y abusando de ese cuñado calienta braguetas. Él, y varios de sus amigos, ahora también deben pagarle a Richard por el privilegio de usar a tan esplendido juguete sexual, pero valía la pena. Y les hacían descuentos.

   Pero si en algún lugar Joe se siente vivo, y si, feliz, es en La Casa de las Perras Deseosas. Dejando atrás sus reticencias, temores y resentimientos iniciales, frutos de no saber exactamente que había nacido para ser un coño caliente y suave para satisfacer a los hombres, el joven se siente realizado. Ya no teme entrar a la luz del día, o cambiarse en ese porche, o salir vistiendo las caprichosas ropas que a veces Richard le exige llevar. Gatear en cuatro patas rumbo a los machos que le usarán, le ponía duro. Que halla una fiesta, hombres y mujeres, música y alcohol, y él sobre un mesón, dentro de una jaula pequeña donde no puede ni recostarse, en botas, cadena al cuello, sus pies fijados a los barrotes quedando con las piernas y nalgas abiertas, su culo ocupado por uno de esos dildos que terminan en una retorcida cola de perro, que todo el que pasa medio manotea moviéndolo en sus entrañas, le hace feliz. Su boca está libre sólo para beber la orina que, de tarde en tarde, alguien deja caer directo de su vejiga a su “plato”, uno que lleva su nombre, “Joe, una perra caliente”. Debe tomarla metiendo el rostro, estremeciéndose ante el olor fuerte, lo caliente y amarga que está cuando la bebe, oyendo risitas, a veces otro chorro de meado caliente cayendo sobre su nuca. Cuando le golpea, caliente y casi humeante, bajándole por el cuello y las orejas, la verga dentro de su pequeña trusa de cuero, se agita.

   -Si, es una perra esplendida. –oye decir a Richard.- Estoy pensando en perforar y meterle un anillo grande en la nariz…

   La idea le horroriza, le cambiaría tanto físicamente, y sin embargo lo desea, que su dueño haga con él lo que desee. La sola idea le hace, a veces, correrse, tan sólo para recibir azotes con un periódico doblado sobre sus nalgas mientras le oye decir que es una perra mala.

   Esa noche que tantas cosas cambiarían en su vida, una que ha cambiado totalmente (o sería más acertado decir que al fin conoce su lugar en este mundo), Joe iba con su mejor collar de cuero, con puntas de plata, debía cuidarse o le pinchaba un poco bajo la mandíbula, su cabello negro brillante, sedoso a fuerza de cosméticos, sin gelatina, alzado en lo alto, sus hombros como más anchos, sus pectorales impresionantes, sus tetillas desafiantes, medio erguidas, los aros reluciendo, la espalda contrayéndose como sus bíceps y piernas mientras gatea en cuatro patas (lleva rodilleras), su espalda ancha reduciéndose en las caderas y abriéndose nuevamente en sus increíbles nalgas redondas, lisas y bronceadas, un minúsculo hilillo de color rosa intensa rodeándole las cadera, encontrándose en el centro de su baja espalda y perdiéndose entre sus glúteos le convierten en una visión de sucias fantasías. Muchos se vuelven, lo sabe, para ver la breve y suave tela cubriéndole la raja interglútea, anchándose sólo un poco más abajo para contener sus bolas y la figura del tolete ya algo morcillón. Ese hilo dental rosa es la única gota de color sobre su cuerpo musculoso, viril y bronceado, su collar, muñequeras y botas son de cuero negro. Richard, sonriente, camina a su lado llevándole de la cadena.

   A Joe todo le da vueltas cuando entra en el gran salón de las orgías. Tiembla y su culo se estremece bajo la suave tela que estimula el botoncito cerrado que es su culo, anticipándose a todo lo que tragará, mientras la boca se le hace agua imaginando los muchos güevos que succionará seguramente. Esa noche sería mágica, ya lo presiente. Siempre lo era así, ahí. Había muchas personas, muchos carajos varoniles, fuertes, riendo, bromeando y bebiendo. Machos alfas que se excitaban con la vista de las hermosas perras deseosas. Sabiendo que estos sentían sus poderosos olores a testosterona y terminarían mojándose, culos de chicos deseosos de ser llenados con masculinidad… Como siente Joe que le ocurre a sus entrañas a la vista de todos esos sujetos. Tiembla, esa noche vivirá como nunca, será tomado, sometido, usado, llenado por muchos, muchos hombres que le admirarían, tocarían y satisfacerían. Era el cielo; la idea, blasfema, se le ocurre y no puede evitar otro estremecimiento de gozo por venir.

   Un gemido ahogado llama su atención. Sobre un mesón, sus manos dentro de guantes, atrapado por las muñecas, un sujeto obeso, velludo y rudamente masculino está tirado de espaldas y retenido en ella. Lleva unas botas militares, una camisa azul de uniforme, abierta, las tetillas perdida entre los pelos, un quepis sobre los ojos, y nada más, las piernas alzadas y separadas por otros dos tíos, mientras un cuarto, sonriente, con un lustroso guante de látex, muy lubricado, forza dentro de ese culo peludo la entrada de los cinco dedos, cuyas puntas ha metido pero lucha por clavar la palma. Empuja y empuja y ese sujeto se arquea y cimbra, ojos llorosos, mordiendo una bola de goma, babeando, pero a los ojos de Joe no escapa que está caliente como nunca, que a ese sujeto le gusta lo que le hacen.

   La palma empuja y empuja, los cachetes del tipo enrojecen feo, arruga la nariz y ruge ahogado casi cayendo desfallecido cuando esta entra finalmente. Era extraño ver ese guante negro, del grueso de la muñeca del sujeto, abriéndole tan imposiblemente tanto el agujero. El tipo que le mete la mano, ríe como el resto, empujando más, hasta su muñeca, cerrando un tanto los dedos en sus entrañas y estremeciéndolo, y así hala y empuja, cogiéndole con todo el puño. Y ese tipo brama, tal vez de dolor pero también de placer, como evidencia su verga erecta y babeante. A Joe no le cuesta mucho reconocer en él a ese vigilante de la playa que un día le enculó y bebió de su trasero luego de que Sam se vaciara en él. Le habían atrapado también.

   Vaya, le llevan a uno de los privados, seguramente para una sesión especial, tal vez un gang bang, piensa, estremeciéndose con fuerza. Aún así sonríe divertido, cruzando frente a un potro cree reconocer a un fornido chico rubio con aire de universitario, el cual está de panza sobre el potro, manos atadas a un extremo, piernas muy abiertas con los pies sujetos y flexionados hacia arriba, también atados con cadenas a las botas, su culo al aire al llevar tan sólo un suspensorio, siendo cogido con fuerza por otro chico con aire también de estudiante. Dos más miran y parecen esperar sus turnos mientras el rubio gime y se estremece por la violencia de las embestidas. El sujeto le daba con ganas, con deseo, como si estarle llenando el culo con su verga, estar así conectado a él, fuera la cosa más importante, maravillosa y lujuriosa del mundo. Cree que el chico rubio y fornido se llama Marc, el que le coge es el otro que vino con él, cabello negro y ojos verdes, Alan, la noche que ellos dos, y otro, un pelirrojo, sometieron a un chico negro. Aparentemente ambos habían quedado picados, y el tal Marc, estremeciéndose sobre el potro, sus jóvenes y fuertes músculos contrayéndose, parecía estar en su elemento, tanto como el otro, su “amigo”, quien estaba usando y gozando como nunca con su culo.

   Pasan al privado y Richard corre tras ellos una cortina roja barata, un cuarto estrecho y mal iluminado con una difusa luz rojiza se presenta frente a ellos, de forma un tanto tangencial a la entrada se encuentra un camastrón de colchón de cuero negro, semi reclinado. Y Joe tiembla de anticipación.

   -Sube, perra… -Richard le nalguea fuerte y debe contener un jadeo, porque el picor y ardor va directamente a su verga.

   Obedece y con manos rudas, Richard le obliga a caer de panza, fijándole las manos, por las muñequeras, al cabezal metálico. Con agilidad le despoja de las rodilleras y de la cadena al cuello. Le sonríe mientras le fija las botas, por los aros que sobresalen, a los pies del mueble.

   -Ya estás cachondo, ¿verdad, perra? –le pregunta Richard, sonriéndole sabio.- Estás vibrando, te siente vivo, lo sé. Naciste para esto, para ser usado por los hombres; esto te eriza la piel, te hace estremecer, tu coño se moja. Es lo que quieres y tienes la suerte de recibirlo. –le acaricia la cabeza, esperando, viéndole los ojos oscuros de lujuria, los labios húmedos y las mejillas rojas.

   -Lo se, señor. Gracias, señor… -acepta humilde, tragando. esperando. Y dos fuertes nalgadas le hacen gemir de lujuria. Richard casi desea poder tenerle, usarle, pero…

   -Gózalo, pequeño. –le cubre la boca con una roja bola, y sonriéndole le muestra el antifaz sin aberturas que cubrirá sus ojos. Y eso hace estremecer más a Joe.

   Oye como los metálicos aros de la cortina se corren, saliendo su señor. Ahora no ve, no puede hablar, está atado sobre ese camastrón, de rodillas por lo corto del mueble, el pecho más sobre el colchón por lo bajo de las ataduras a sus muñecas. Aguarda. Y esperar allí, sin saber, sin ver, sometido, era insoportablemente erótico para él. Traga y se tensa cuando oye los aros de la cortina que se corren otra vez.

   Su piel se eriza de anticipación, sintiéndole acercarse. Muerde la bola dejando escapar un gemido, quedándose muy quieto cuando una mano grande cae sobre su nuca, revolviendo sus cabellos, acariciándole cuello abajo, palpando sus hombros y espalda, admirando su cuerpo grande, joven y musculoso de machito en hilo dental rosa, atado y sometido. La otra mano recorre, palpa y aprueba sus bíceps, la caricia es erótica, íntima, grata. Mientras la mano abandona su brazo, recorriéndole ahora el torso casi contra el colchón, la otra se separa de su baja espalda, aunque él deseaba, de corazón, ser tocado allí, tanto que sus nalgas están enrojecidas y su culo titilante bajo el hilillo que ni cubre. La mano que recorre su torso, aprieta duro, como comprobando qué tan forme está, luego atrapa con dos dedos una de sus tetillas y aprieta, lento y suave, la caricia entre esos dos dedos era casi insoportablemente deliciosa. Es cuando la sonora y ruda bofetada cae sobre su nalga izquierda. La sorpresa le hace gemir y morder la bola en su boca. Su nalga arde y pica, y el pezón ahora es apretado duro, tanto que casi duele contra el piercing. La nalgada se repite y grita contenido, el picor y el ardor es mayor al que le produjo su señor, y era sencillamente enloquecedor. Su verga está dura en segundos, su culo se agita bajo la ruda mano que toca, soba y palpa sus globos redondos, la punta de los dedos rozando la tirita sobre su raja, y Joe teme morirse. Otra nalgada, en su otro glúteo y sus pezones comienzan a ser halados sin gentilezas.

   Los azotes van y vienen, duros pero lentos, espaciados, sus tetillas están imposiblemente duras, su güevo babea dentro de la pequeña pero muy elástica tanga, la cual sin embargo a duras penas puede contener todo aquello. Y su culo… su culo tiembla y lo siente horriblemente mojado, caliente y necesitado. Le nalguean y se estremece, intenta frotarse de la cama. Sus nalgas van hacia esa mano aunque luego se contraen bajo el impacto. Es fuerte el castigo, duele después de un rato y solloza, no puede evitarlo. Tanto malestar, tanto dolor y tanto gozo le tienen descontrolado. Soltándole la tetilla lo siente sentarse a su lado, poderoso y pesado, y la sospecha va confirmándose, es el Doctor.

   Sin visión, sin poder decir nada, ni casi moverse, siente como el hombre pasa un brazo sobre su cintura, azotándole suavemente la nalga derecha, mientras la mano izquierda cae entre sus muslos firmes, lampiños y bronceados, acariciándole, y las dos sensaciones nalgadas y caricias, sobre todo allí, en las caras internas de sus muslos, le tienen mal. Se estremece, se agita. Jadea ahogado y se echa contra el hombre, buscando caricias y mimos como un gato. Le nalguea de la izquierda a la derecha, lento pero fuerte, mientras la mano sube y sube, hacia su entrepiernas, teniéndole al borde del clímax, la cabeza de su verga, con su brillante aro, emerge de la tanga por uno de los ruedos de sus piernas, balanceándose tiesa y goteante de lujuria. Le azota y le recorre las nalgas a un tiempo, subiendo y bajando la mano. Le calva duro los dedos en la turgente carne joven y con la otra recorre su raja, subiendo y bajando desde donde se une la tela en la cintura.

   El muchacho está frenético. El roce de los dedos sobre su agujero es enloquecedor, la caricia a sus bolas, el recorrido que hace de su verga, le tienen pidiendo ahogadamente contra la bola, siendo muy evidente lo que quiere y necesita. Que lo posea, que lo llene con su hombría. Un pulgar se mete dentro de la tirita del hilo, apartándolo y descubriendo su culito rojo, tembloroso y lampiño. Y con la palma de los dedos de la otra mano, ese hombre azota de frente la entrada masculina, provocándole reverberaciones por todos lados. Y Joe continúa sollozando abiertamente contra el colchón, su güevo bañándolo, su culo casi también soltando jugos. Ese hombre cruel estaba torturándole de manera inhumana. Él necesitaba ser atendido. Necesitaba…

   -¡Compadre, basta! –ruge una voz sorprendida y aterrada. Joe se paraliza y su cuerpo casi se enfría. Era la voz de… ¡su padre!

   -Le gusta, compadre. A su muchacho le gusta. Y lo necesita. –oye al sujeto que le acaricia, su padrino, casi al tiempo que vuelve a ver cuando le arrancan el antifaz sin aberturas.

   Allí, al lado de la cortina está un hombre alto y recio, algo panzón, de mirada disgustada y oscura, llevando un viejo sombrero que compagina con su grueso bigote. Y se ve sorprendido. No puede creerlo, ni siquiera pudo cuando vio aquellos videos de su hijo gritando y gimiendo como una puta al ser culeado. No podía creer que hiciera esas cosas, por las noches, y que le gustaran. Incluso casi se llegó a las manos con Arnie, imaginando que de alguna manera le obligaban, pero al verle allí, tenso como cuerda de violín, casi corriéndose con esos azotes y sobadas… Él no era ningún santo ni un mojigato, y su compadre lo sabía, de cuando se follaban por turnos a la esposa de un sargento cuando estuvieron en el Golfo… y más tarde también al sargento, pero esto…

   Joe está pálido, todo ojos, temblando visiblemente. Se tensa cuando su padre se acerca y se estremece, en una mezcla de vergüenza y excitación, cuando le nalguea.

   -¡Puta! ¡Eres una puta! –le oye rugir bajito y ronco.- ¿Cómo es posible que tú, mi hijo…? –le está reclamando.

   Pero el joven no puede pensar, no cuando le siente tras sus nalgas, que le aparta el hilo dental y al tiempo que le da otra sonora nalgada, le clava la verga de un golpe hasta los pelos. Joe grita, los ojos se le llenan de lágrimas. Dios, su padre… su propio padre estaba… pero lo que le tenía mal era que al sentir ese azotón junto a la verga metiéndosele, se corrió violentamente, mareándose ante la intensidad del placer alcanzando, cayendo de torso sobre el colchón, mientras la cilíndrica, gruesa y dura barra de su padre lo follaba. La sentía tan larga, gruesa y dura. Y era la primera cogida de varias esa noche… La primera de muchas en el resto de su vida. Solloza porque gime, a pesar de la bola de goma, de placer, la gruesa tranca de su padre le abría y llenaba sabroso, y porque le oye gemir ahogado y sorprendido cuando le atrapa las caderas y le embiste una y otra vez. Sabe que le sorprende con su culo, con sus entrañas calientes pegándose a cada palmo del venoso güevo, apretándolo y succionándolo…

   Gime mordiendo la roja bola, sintiéndose lleno de calor y ganas otra vez mientras su padre le culea de forma intensa, sabiendo que no cambiaría su lugar en esos instantes por nada en el mundo.

   Amaba ser una perra deseosa.

Julio César.

NOTA: Se acabó. Quedó algo larga comparada con el original, lo siento, me pierdo en detalles. Y con la pereza. Gracias a los que leyeron. Veamos a cuál le toca ahora…

CONFUSIÓN

julio 30, 2013

EL SUPER HEROE QUE HACIA FALTA

HERIDO Y SEXY

   No sabe dónde están… ni sus ropas.

   Julián no sabe qué ocurre, esa mañana había tenido una caída saliendo de su edificio, los paramédicos llegaron, le tocaron por todos lados y le inyectaron algo, despertando poco después en esa playa, desnudo, siendo reclamado por un grupo de tíos enormes y mal encarados, identificándose uno de ellos como los piratas cachondos, todos le codiciaban. Y huyó, no tanto por lo de cachondos o lo enormes que parecían por todos lados, sino porque cansados de discutir, decidieron que lo mejor era combatir.

OFERTAS ENGAÑOSAS

Julio César.

FERNANDO BELLO Y EL NOTORIO Y PUBLICO MONUMENTO A LA NECEDAD

julio 30, 2013

REVOLUCIÓN Y MARICONSONES

RICARDO MOLINA

   -Ese no era yo, era otro Molina.

   Me alegró saber que al señor Fernando Bello le han dejado en libertad, después de ser allanada su casa y él detenido por subir a la Web un video donde un imbécil hacía y decía imbecilidades. Cosa peligrosa, aparentemente. No para el imbécil. El problema no era él, el imbécil colocado en un puesto de importancia, era quien dejaba patentada la imbecilidad del sujeto en cuestión.

   Fue este señor, Fernando Bello, quien filmó al entonces ministro de Vivienda y Hábitat, Ricardo Molina, amenazando a los trabajadores que osaran votar en abril por Henrique Capriles Radonski, con persecuciones y despidos, lo que es un delito tipificado en la Constitución Bolivariana de Venezuela, sin apéndices, letras chiquitas o escrituras visibles con luz ultravioleta, es un delito y punto. Hasta ahí todo bien, un hombre que no sabe cuál es su deber o los límites que la ley le impone, se extralimita cometiendo un delito, y alguien deja constancia de dicho delito… lo que viene luego es un sainete propio de las repúblicas de quinta.

   En lugar de investigar la Fiscalía General de la República y el Tribunal Supremo de Justicia tamaña atrocidad, suspendiendo de inmediato a ese delincuente (delincuente, todo aquel que comete delito), comenzaron a investigar quién subió el video a la red. El problema fue que se supo lo que hizo, no el que se constatara que había un delincuente puesto al frente de un ente público. Y durante todo este tiempo, fiscales y policías han estado tras la pista de la persona que les echó esa vaina, evidenciar las presiones indebidas que fueron ejercidas sobre los empleados públicos buscando sostener a un sátrapa en su satrapía. Tres meses perdieron en esa paja loca la Fiscalía y el Tribunal Supremo (echando un manto de silencio sobre el flagrante delito), y eso cuando en el Zulia amenazaban con una cartilla de racionamiento porque bandas organizadas contrabandean comida (y no hay fiscalía, policías o tribunal supremo que investigue), y que en menos de tres semanas en cuatro sonoros y terribles casos de violencia insensata perdieron la vida siete niños. Nada de eso era importante, o urgente, encontrar al Señor Video, si.

   Cuando ese hombre, Ricardo Molina, se paró frente a los trabajadores y les amenazó, convirtiéndose en un delincuente, el problema del Gobierno, este y el pasado, quedó retratado, la impunidad en la comisión de los delitos que terminó hundiendo el proceso. Ese hombre violó la Constitución a la vista del país, se supo gracias al video, y no ocurrió nada. No fue señalado, apartado o sancionado… y su ejemplo perneó hacia la población, como siempre ocurre; ¿por qué tienen que limitarse o abstenerse de robar, secuestrar y matar otros cuando a este delincuente (repito, delincuente, todo aquel que comete delito) se le deja actuar con total impunidad? ¿Qué puede decirse desde la Fiscalía, en cualquier otro caso o investigación, cuando se protege el delito, el crimen de una manera que ya hace sospechar de taras mentales y morales? En ese recinto de vergüenza para la patria, y en el mismo Tribunal Supremo de Justicia, ¿hay alguien que entienda, que haga la conexión entre sus actuaciones y los casi cuatrocientos sesenta muertes mensualmente a manos de la violencia y el hampa desatada, impune y se sospecha que protegida por la complicidad de quienes deben hacerles seguimiento y detenerles, pero no lo hacen? ¿La señora Fiscal de la República, entiende que camina sobre pilas y pilas de cadáveres sangrantes en las calles, logros únicamente de su “gestión”? ¿De verdad no lo entiende, no sabe de su directa responsabilidad, o le tiene sin cuidado?

   El despropósito fue tal, detener al valiente Fernando Bello por evidenciar los delitos, vicios y excesos de un régimen agónico en lugar de censurar al infractor y destituidos fiscales y jueces cómplices, que las redes sociales estallaron en rabia. Tanto dolor, tantas muertes, tanto llanto en las barriadas de Venezuela a manos de un hampa a la que no se le toca ni con el pétalo de una rosa, mientra la fiscalía, las policías y el tribunal pierden meses buscando a quien graba y da a conocer un video donde, para colmo de incongruencias, se deja constancia de la llaga abierta dentro de la administración publica.

   La cosa es más absurda si tomamos en cuenta que el señor Nicolás Maduro, nombrado presidente por una compañera de su partido político que contaba los votos de abril (y sobre eso no deben caber sospechas, ¿okay?, no seamos tan malas gentes), ataca a Estados Unidos por su histérico y demencial ataque a un ex espía que da a conocer los secretos de los servicios de inteligencia norteamericanos. Está muy bien que lo haga, y hay que aplaudir a Snowden (yo lo hago), pero si alguien aquí desenmascara a estos delincuentes (delincuentes, aquellos que cometen delitos tipificados claramente en la ley), entonces si hay que aplicarle todo el peso del aparataje corrupto e incompetente de un estado carcomido por sus brutales torpezas. Ya se hace con Nelson Bocaranda Sardi, pero este resulta un hueso duro de roer. Siempre en este punto absurdo y muerto, me pregunto lo mismo respecto al señor Nicolás Maduro; antes de caer en estos errores tan simples y evidentes, ¿no tiene cerca a nadie que le quiera y le aconseje no hablar tanto en cadenas, sobre todo si no tiene ningún logro real que señalar?

   Seguramente así lo vio el régimen, que era culpa de Fernando Bello que ese señor, el ministro, fuera a esa reunión a amenazar gente que deseara expresar su voluntad en unas elecciones. Si tuviera tiempo, creo que escribiría un libro sobre personas así, que hagan lo que hagan, y digan lo que digan, nunca son responsables sino aquellos que les oyen o lo citan. No se crean, hasta se me ocurre un título, ojalá nadie me robe la idea: La culpa es de la vaca. Suena bien, ¿verdad?, se me ocurrió ahorita.

RICHARD MARDO Y ESTA VENEZUELA

Julio César.

RITUAL DE CHICOS EN LAS DUCHAS

julio 30, 2013

PESADILLA

SEXY DE BOXER BLANCO

   Sonríe al oírle dar vueltas en el vestuario fingiendo que está para otra cosa; apiadándose del pobre tonto grita: “Ya, deja de disimular y ven a chupar”.

LOGICA MASCULINA

Julio César.

COSAS QUE PASAN

julio 30, 2013

…METABOLISMO

SOBRE LA COLCHONETA

 EL TIO MADURO SABE…

Julio César.

ADIOS, CSI NY

julio 30, 2013

CSI NY

   Para el esperado inicio de nuevas temporadas, a mediados de febrero-marzo, con la continuación de CSI Las Vegas (niñas secuestradas, policías tiroteados), y el estreno de otras, como Hannibal, CSI Nueva York regresó, si, pero al inicio de la temporada pasada. Cosa que dio mucho qué pensar.

   De entrada digo que me gusta mucho esta serie que sigue los patrones impuestos por CSI, la original, con Catherine Willows y Gil Grissom mostrando el camino de un programa que sorprendió al mundo y fue exitoso. Creo que la aparición de la franquicia CSI fue uno de esos grandes momentos de la televisión. Por lo tanto, la serie parió hijos, como sucedió con experimentos como Los Caballeros de la Anarquía salidos de Los Expedientes Secretos X (era bueno, pero no gustó), y NCIS Los Ángeles, de la original de Leroy Jethro Gibbs (aunque este mismo saliera de JAG); y como temí ocurriera con Supernatural y los cazafantasmas esos. De las hijas de CSI, que luego fue identificada como Las Vegas para diferenciarla de las otras (como La Guerra de las Galaxias, que para aprovechar el nombre convirtieron la primera en Una Nueva Esperanza), me gustaba más CSI Miami, porque fuera de investigadores también parecían policías enfrentándose armas en manos a traficantes, terroristas, tornados y otras cosas. Pero CSI NY tiene su encanto, sus casos presentan un toque más humano.

MAC TAYLOR

   Recuerdo por encimita el del esqueleto encontrado en una fosa del Metro de quien nunca pudo saberse quién era, atormentando a Mac Taylor; la joven que mata a su terrible acosador y uno de ellos, sabiendo que la ley no pudo protegerla, dándole indicaciones de cómo salir no tan mal librada cuando la procesaran; o los abogados que tomaron la justicia en sus manos; o los jóvenes condenados a muerte por sus enfermedades que sellan un pacto para irse de la manera que quieren; o el sujeto algo retrasado vestido de Superman; o los niños monaguillos en una iglesia que saben donde el padre oculta el vino y uno de ellos ve a un hombre vestido de ángel caído a los pies del altar. Y así muchos otros. También sus finales de temporadas son buenos.

   Generalmente dejan algo de tensión para ese episodio final de cada año, un atentado, un accidente, un asesino apuntando a uno de ellos; claro, los hay como el de la temporada pasada cuando a Mac Taylor le hieren de gravedad y tiene un recuento de su vida (Gibbs tuvo uno parecido en NCIS), y por un momento parece que realmente puede morir, pero se recupera y aparece en una escena del crimen donde están todos. Un momento feliz de reencuentro y abrazos. Y parecía un final final (por otro lado, y al mismo tiempo, CSI Miami decía adiós). Sin embargo, ellos regresaron una vez más. Y su episodio final, de este año, me pareció otra vez “un final”. Y uno muy bueno, a decir verdad. Es el día de San Valentín y Mac tiene una cita con la nueva novia (me gustaba más Peyton, la forense), pero debe ir posponiéndola mientras investigan tres asesinatos. Los tres eran referentes al día de los enamorados, todos muy buenos y muy humanos.

   Particularmente me gustó mucho el segundo, donde Danny Messer desconfía de una mujer casada con un tipo algo obeso y poco atractivo, insinuando que se casó con él por dinero, pero resulta que ella, bonita y todo, le mata por celos e inseguridad, porque temió que él la abandonara por otra y sin él se moriría, porque ella nunca pudo creer de un todo que un hombre tan maravilloso (así lo veía la mujer) pudiera amarla. Jamás se creyó digna aunque él vivía repitiéndole que la amaba. Sus sospechas eran infundadas, él se reunía con otra mujer, si, pero era planeándole un viaje sorpresa, otra luna de miel. La moraleja, por decirlo así, es que la belleza esta en el ojo de quien mira, que se ama por razones que otros pueden no entender, y que se puede tener todo (incluso la persona amada) pero no basta para ser feliz si siempre se teme no ser digno de ello.

   El tercer caso es sobre una mujer que espera en una esquina, un sujeto bien parecido y sonriente, cargando flores, va hacia ella, alguien corre arma en mano y le mata mientras ella grita viéndole caer. Se sabe que el hombre muerto era el ex, por lo tanto ella es la primera sospechosa. Investigan y encuentran un nombre, el de un sujeto que sigue gente por encargos, un tipo inescrupuloso y violento al que le echan el guante. Quieren saber por qué le mató. Él responde era su cliente, un hombre cruel que quería que siguiera a la ex y la filmara en cosas malas, pero no encontró nada porque la mujer era buena, ayudaba a la gente, siempre alegre y con un gusto por la vida que la hacía admirable, visitaba enfermos y todo; que cuando le llevó ese reporte, al ex no le gustó, le despidió y entendió que la mataría, que no podía contárselo a nadie porque nadie le creería y quiso protegerla, porque ella valía la pena, era una de esas personas que hacían del mundo un lugar mucho mejor. Cuando Mac Taylor le dice que reunieron evidencia suficiente como para creerle y detener al otro, el sujeto replica que tal vez habría sido tarde, que confiesa y pagará su culpa, afrontando las consecuencias de lo que hizo… porque quiere cambiar y ser como esa mujer. Creo que a eso le llaman redención.

   En este escueto relato se pierde la intensidad de sus sentimientos, de cómo ella parecía haberle transformado, pero fue algo creíble y hermoso. Fueron tres cadáveres, tres grandes casos, todos girando alrededor de la idea del amor. Y sin embargo, hasta ese momento, creía yo que sería simplemente otro episodio final. Incluso cuando veo a Don Flack y su chica policía haciendo planes de comenzar una relación más profunda, una vida juntos; a Jo sin una cita y su hija llegando, cancelando la de ella para estar con su madre; Danny y Lindsay cayendo sobre un sofá aprovechando un momento de silencio, riendo frustrado cuando la hija les llama, pero felices planeando la futura llegada del otro bebé. Repito, hasta ese momento parecía otro final de temporada… hasta que veo al controlado e inexpresivo Mac Taylor buscando a Christiane, diciéndole todo lo que significa para él, lamentando no tener un anillo y cayendo de rodillas pidiéndole que sea su esposa, ella toda emocionada (y no se crean, sonriendo yo también); fue allí cuando me dije, “ah caramba, ¿este será el final de la serie? El que no regresaran con capítulos de estreno, sino se repitiera esta temporada, pareció confirmarlo. Como sea, fue un final bonito para una buena serie, aunque quedaron detalles en el aire:

SHELDON

   ¿Ni una novia para el doctor Sheldon Hawkes?

DOCTOR SID

    ¿Nadie, fuera de Jo Danville, supo del cáncer del doctor Sid Hammerback? ¿Sobrevivirá? Si era el final, debieron tomarlos en cuenta.

   Tal vez era tiempo de partir. Las tres CSI venían sufriendo de lo mismo, las habían aguado demasiado; por un lado los delitos eran como muy traídos por los cabellos, y los métodos de análisis ya rayaban en lo casi mágico (ufff, esa gota de sudor en una hoja que permitió ver un perfil de ADN fue demasiado), por el otro estaba el estancamiento de los personajes. Todo eso terminó por agotarlas. Y eso que había individualidades que prometían. En CSI Miami, por ejemplo, un personaje como Ryan Wolfe, que mostró malicia, maña y defectos durante la tercera y cuarta temporada, era atractivo; él brindaba variedad dentro de esos agentes excesivamente perfectos, pero al evolucionar el programa, también él cambió. Con todo, me sorprendió, desagradablemente, cuando fue la primera cancelada.

JO-SELA

   La de Nueva York duró otra temporada, y aunque me alegró eso al menos, volvemos a los personajes agotados, aunque suerte hubo. La ida de Stella Bonasera pudo ser terrible, pero Jo lo hizo bien, y por instantes parecía que podía hacer pareja con Mac, personalmente me agradaba más ella que Christiane, pero en líneas generales se varió muy poco. El elenco se hizo cansón.

   Y hay que tener en cuenta que los personajes son casi tan importantes como el libreto, como ha demostrado Ted Danson en CSI (ahora Las Vegas); aunque la fórmula parecía agotada ya a la salida de Grissom, él logró encarnar a un jefe muy particular, que aunado a los buenos libretos de los casos, han permitido al programa salir adelante. El final de temporada pasado, su nieta secuestrada, una de las investigadoras acompañada de un doble agente, uno de los personajes tiroteado en las calles o la posible ida de Nick (recurso muy utilizado en estos programas, pero después de lo de Katherine no se podía estar seguro), nos dejó en ascuas a la espera de más. Y esta temporada que terminó, con ese gran inicio, no nos defraudó, enfrentándose y deteniéndose al ex policía corrupto. El programa ha logrado mantenerse y eso que el tiempo ha pasado sobre los actores, sobre todo por Nick y Sarah, aunque la serie, sin ellos, no sería igual.

CSI NY

   Dicen que el día del estreno de CSI: NY, nueve temporadas atrás, casi 19 millones de personas sintonizaron sus televisores para continuar el culto a la serie de los forenses, fuera de ese aval, contaba con el atractivo de la Gran Manzana y la jefatura de Gary Sinise. Y temporada a temporada cumplieron. En fin, CSI NY terminó y dejará un vacío de melancolía, era un programa que no seguíamos con la pasión de antes, pero que sentados a verlo sabíamos que encontraríamos un producto de calidad, también un reencuentro con personajes queridos. Pero terminó bien, cada oveja con su pareja, y el que halla finalizado nos permitirá esperar y soñar con que todo salió bien, no como con Sarah y Grissom en CSI Las Vegas, cuya salida de la serie fue un episodio genial; dejando atrás lo que fue su vida, el hombre sale en búsqueda de su Sarah… pero ahora parece que se divorcian.

DANNY AND LINDSAY

   Eso no pasará con la gente de Nueva York. No veremos eso entre Danny y Lindsay, quienes continuaran juntos, dejando la ciudad y el laboratorio buscando un lugar mejor para criar a sus hijos.

DON FLACK Y SU NOVIA

   O a Don Flack y su nueva novia consolidando un hogar (no temeremos que la asesinen como a la otra); y Mac Taylor al fin encuentra a alguien que le esperará en casa, tal vez dándole hijos, haciéndole olvidar un poco su melancolía. Fue un buen programa, se le extrañará.

   Por cierto, una amiga me recuerda que ellos no eran policía sino investigadores científicos y que por eso mostraban esos perolitos de última tecnología, que se supone es lo que hacen investigadores forenses. A veces se olvida eso, me pasaba con CSI Miami donde Horatio, Wolfe, Delko, Natalia y Calleigh a veces se caían a tiros con los sospechosos.

JONATHAN TOGO

   Es una pena, siempre esperé que Wolfe o Natalia, terminaran en Nueva York o en Las Vegas. ¿Alguna otra serie llenará sus zapatos? Han comenzando algunas muy buenas, pero con plomo en el ala, son series continuadas, tipo noveladas, y ese estilo cansa un poco después de dos temporadas, cuando uno se dice “Ah, no, a ese loco no van a detenerlo nunca”.

Julio César.

LOS JEFES SABEN

julio 30, 2013

SOSPECHA

EL JEFE LE DA DURO

   Casi le ahoga… la emoción.

   Sonríe, sabía que terminaría así. Desde que ese viejo ex condiscípulo vino buscando trabajo en su empresa, Fernández sabía que terminaría convirtiéndole en un buen mamagüevo; porque tenía algo de eso, de mamón, de becerro. Sonriendo más, mientras le embiste metiéndosela hasta los pelos, ahogándole, viéndole sorprendido y emocionado, recuerda lo que decía cuando llegó. Qué él era un hombre, un macho con mujer e hijos, que él no hacía eso. Y ahora allí estaba, cada tarde buscando darle una mamada que le dejara llena de rica leche la golosa boca. Ruge atrapándole por la nuca y disparándole una carga en la garganta, la otra sobre la lengua, las últimas sobre la cara y la camisa.

   -Bien, Jiménez, ahora ve a trabajar, así, lleno de leche, para que todos sepan siempre que eres la perra del jefe.

MOMENTOS

Julio César.

¿INFIEL?

julio 30, 2013

PERICIA

DEDO MAGICO

   Era tan largo…

   Mientras se tensa y aprieta los labios para no gemir de gusto o pedir más como una perra caliente cualquiera (cosa prohibida para un heterosexual como él), Vicente reconoce que su mujer tenía razón, ese masajista tenía dedos mágicos, un toque y lo ponía de a toque… Pero la cosa mortificante era, ¿cómo lo sabía su mujer? “¡Ahhh, si!”, se le escapa y se muerde los labios, todo avergonzado… y atrapándolo.

EL ASIENTO DE LA VERGÜENZA

Julio César.

NOTA: Lo sé, algo explicita, pero es tan buena que es una pena perderla sin usarla.

HUMEDOS DESEOS

julio 28, 2013

VARIEDAD

SEXY EN TANGA

   A ese salvavidas los chicos quieren verlo bien mojado… También que se meta a la piscina.

SENSACIÓN

Julio César.

LLUVIA DE ESTRELLAS FUGACES

julio 28, 2013

…GENTE QUE SE MOLESTA

DELTA ACUARIDAS

   Yo quiero…

   La NASA informó que este fin de semana una lluvia de meteoritos bañará nuestra atmósfera y serán visibles en Latinoamérica, las famosas estrellas fugaces. Parece ser un fenómeno recurrente que comienza a mediados de julio hasta bien entrado agosto, las Delta Acuáridas, y me pregunto si tendrá ago que ver con las Lágrimas de San Pedro. En esta parte del mundo serán particularmente visibles del 28 al 30 de julio; aconsejan verlas poco antes del amanecer para que el resplandor de la Luna no las opaque. Aparentemente estarán cayendo unos 20 meteoritos por hora. Cosa rara, aunque es algo periódico aún no se sabe exactamente de dónde vienen cada año, aunque teorías hay; pero mientras no hagan daño bienvenidos sean. Imaginen, despertar temprano, sentarse recostado de algo y ver el cielo surcado de luces, un deseo por destello. Lástima que por aquí, en Caracas, todos estos días han amanecido nublados. Qué lo disfrute mucho quien logre verlos.

¿ALGUNA OTRA PREGUNTA?

Julio César.

¿NO HAN ESCUCHADO DE…?

julio 28, 2013

EN BUSCA DE DROGAS

EL CHICO DEL HILO DENTAL AZUL

   …Esos chicos a los que se les baja el pantalón: “¡Ay, qué vergüenza!”, chilla frente a los amigos de su novia.

FUTBOLISTAS CACHONDOS

   …El jugador que en la cancha no hace nada y después, en una cama, a todos los panas se las clava.

ESPERANDO A SUS AMIGOS

   …El sujeto cansado de esperar, quien oyendo que los panas vienen por un trago, se dice “a ver si ahora entienden”.

CAPITAN AMERICA Y SUPERAMIGOS GAY

   …Del superhéroe que no se detiene ante el desafío, así le falte brazo.

GENIO Y FIGURA

   …Al que se le cumplen los anhelos cuando algún genio aparece y le dice: “Abre la boca, amo, pídelo y te lo doy”.

¿CREERIAS QUE…?

Julio César.

PRUEBAS DEL DESTINO, SEGUNDA PARTE… 10

julio 28, 2013

PRUEBAS DEL DESTINO, SEGUNDA PARTE                         … 9

Título: Pruebas del Destino 2.

Autor: Said Hernández

Esta vez los capítulos van acompañados de una canción.

http://www.youtube.com/watch?feature=playe…e&v=bRBCwATOM2o

……

DESTINO 2

Canción: Turn Me On: David Guetta Feat Nicki Minaj.

http://www.youtube.com/watch?feature=playe…e&v=z7nxSBpnjMo

CAPÍTULO 6: LA FIESTA DE DISFRACES.

   -Señor Padalecki, ¿esta vez si puede decirnos exactamente cuál es su orientación sexual? -una chica sostenía una grabadora muy cerca de la boca de Jared, si daba un paso más seguro le haría tragar esa cosa a hombre joven.

   -Ahora, no tengo nada que decir. -contestó Jared, irritado por los constantes deslumbramientos que le causaban las cámaras fotográficas.

   -Joven… ¿Jensen, verdad?, ¿se siente atraído por su jefe? -la pregunta hizo que Jensen quisiera salir corriendo del lugar al que acaba de llegar, solo, como conejo a una trampa.

   -Emm… yoo… -fue lo único que el rubio pudo responder al escuchar los gritos de chicas que le ensordecían e incluso a algunos hombres gritando:

   *Ese rubio está bien bueno.* Cosa que al rubio le incomodaba.

   -A un lado, muévanse. -gritó un oficial de policía, que tomó por el brazo a Jensen y a Danneel sacándoles de ahí, seguidos por Jared que se veía extremadamente sexy en su disfraz.

   -Toda una figura pública, Jen. -bromeó Danneel a su amigo.

 

   Entrando al lugar de la fiesta encontraron humo con olor a vainilla y luces que parecían láser colocadas por todas partes, logrando que el lugar se pareciera más a un antro que un bar.

   -No entiendo, ¿por qué hay tanta prensa? -Jensen gritó, para que su amiga le escuchara por encima de la música que en ese momento estaba sonando.

   -Ya verás porqué, ahora iré a divertirme y tú también deberías hacerlo. -Danneel miró a Jared que estaba parado detrás de Jensen y se fue, abriendo paso entre la gente que estaba en el lugar.

   *¿Por qué hay tanta gente? ¿No se suponía que solo era fiesta del personal?*

   -Te ves muy bien. -el rubio sintió la respiración del castaño en su oído, se giró y se permitió admirar detalladamente, el muy bien formado abdomen de Jared. Llevaba un disfraz de soldado espartano y al igual que a ellos, se la podía ver el abdomen, sus músculos y sus piernas. Tenía un casco puntiagudo color plata una capa roja que le llegaba a las rodillas una falda extraña que para Jensen era imposible describir y todo terminada con unas sandalias, todo el disfraz completo y se veía extremadamente sexy y violable.

   *Mejor que él nos viole*, pensó Jensen calentándose en un segundo.

   -Me gusta mucho tu disfraz, Jensen. -Jared se encontraba verdaderamente nervioso, no creía que el disfraz de soldado espartano pudiera ocultar su erección, si la llegaba a tener y viendo a Jensen disfrazado de James Bond, esa reacción física no tardaría en suceder y posiblemente notarse.

   Se miraron por unos segundos antes que fueran interrumpidos por *un zombie*, joder esto no era una fiesta para causar terror, pensó el castaño. Empuño su espada, pues se había prometido atacar con ella al que viniera disfrazado de algo de Halloween, pero se quedó helado cuando vio que el chico era Peter y que además, este se estaba interponiendo entre Jensen y él.

   *¿Pero qué coño?*. James Bond reía al escuchar lo que el chico zombie decía. *Pero…*, murmuró el subconsciente de Jared cuando Jensen se alejaba con el otro, dejándole allí.

   *¿Por qué se van?*, *¡¿a dónde van?! *, *Yo estaba con él*, ni siquiera le había dicho adiós y su subconsciente ya tenía la Katana en la mano, dispuesto a matar zombis porque no permitiría que nadie se interpusiera entre él y Jensen, de eso estaba muy seguro. Caminó entre la multitud, siguiendo a su rubio que aún reía y saludaba a varias personas.

   *Ese no es Jensen*, susurró su subconsciente que se agazapaba en el suelo, dispuesto a cazar al pequeño Peter y darle con su katana de Ninja, cercenándole la cabeza, la única forma de deshacerse de tipos como él.

   -Por supuesto que sí. -contestó Jensen a la pregunta de Peter. Sonriendo para sí y recordando la cara de Jared, ese gran niño que estaba celoso y más cuando lo dejó atrás sin decir nada. Volvió a la realidad cuando un señor, el cual nunca había visto en su vida, le había dicho hola.

   -¿Qué eres del vicepresidente? -Jensen escuchó la pregunta y se quedó parado, inmóvil sin saber qué contestar.

   “¿Que soy de Jared?”

   “Soy su ex novio y no lo he olvidado, aun sueño con él, fantaseo a cada rato con su hermoso cuerpo y recuerdo que me ayudó a superar muchas cosas, algo que nunca olvidaré, como a ese chico castaño, nunca lo olvidaré, porque es mi vida”.

   -Fui su asistente, en Seattle. -se limitó a contestar, volviendo a caminar con el chico detrás de él.

   -Pues, parece como si te quisiera follar. -de nuevo, Jensen se quedó inmóvil sin saber qué hacer. Al parecer, a Jared se le notaba que le tenía unas ganas tremendas. También se le notarían a él, ¿y por qué Peter preguntaba estas cosas?

   -No me he dado cuenta. -miró el escenario donde varias personas bailaban la coreografía de “Till the world ends”, justo la canción que en ese momento estaba sonando.
   -¿Quieres bailar, Jen? -el rubio volteó a ver a Peter que le sonreía y le miraba de una manera extraña.

   -Claro. -contestó por cortesía y caminó al centro del lugar, donde las personas bailaban dando saltos por todos lados, algunos bailaban como los del escenario, coordinados, mientras que los otros sólo movían los brazos como locos.

   Jensen se puso frente a Peter y comenzó a moverse al ritmo de la música, que acababa de cambiar, del pop de Britney Spears a la electrónica de David Guetta con la canción *Turn me on*. Él no sabía que tenía coordinación con sus pies, pero por lo visto no bailaba nada mal o eso pensaba él mismo, dejándose llevar por la música y el ambiente, perdiéndose en emociones totalmente nuevas para él, que nunca en su vida había bailado y menos esa música.

   Jared vio como su ex novio caminaba al centro de la pista y se ponía a bailar con ese entrometido chico de mierda, que pronto perdería su trabajo si se acercaba más a Jensen.

   *Joder*. Jared vio como el chico tocaba a su rubio, era todo un pulpo y Jensen no hacía nada por alejarle. *¿Por qué no hace nada?* No dispuesto a seguir soportando el “espectáculo”, caminó entre la gente abriéndose paso a codazos y pisotones, hacia donde estaba el rubio.

   Jensen pudo sentir dos manos posándose en su cintura, pensó que era Jared ya que últimamente le gustaba jugar a calentarlo.

   *¿Por qué apartarse?*, no era necesario en ese momento. Jensen se sentía feliz, incluso como esa vez bajó la lluvia o como cuando compraron el globo, por eso no se quitó, porque quería compartir esto con el amor de su vida, con Jared que ya se estaba pasando, tocando su pecho e incluso sus nalgas. Tomó sus brazos delgados…
   *¿Delgados?* De algo estaba seguro, Jared no tenía absolutamente nada delgado en todo su cuerpo, así que volteo rápidamente y empujó al chico rubio vestido de zombie… Peter.

   Jared se detuvo a unos cuantos metros, Jensen había empujado al chico.

   *Bien* su subconsciente guardó la katana y miró, con los ojos entrecerrados, al chico. Jared volvió a perderse entre la gente para poder vigilar al zombie pulpo de lejos y así golpearlo, si se pasaba de la raya.

   -¿Qué te pasa? -Jensen preguntó confundido.

   -Lo siento, señor, no volverá a pasar. -Peter estaba nervioso y se encogió de hombros, se veía arrepentido.

   -Eso espero. -sonrió Jensen y se movió entre la gente directo hasta la barra, donde pidió una cerveza. Había olvidado ese sabor dulce, agrio, delicioso sabor, muy bueno para ayudar a olvidar los malos momentos. Miró el envase con el líquido amarillo, lo dejó sobre la barra y se movió nuevamente entre la gente hasta que se encontró con ese castaño que le sacaba suspiros.

   -Hola. -Jensen le sonrió, tenía ganas de bailar y qué mejor que con Jared.

   -Hola, Jen. -Jared le sonrió mirándolo fijamente. Ese hermoso chico en su traje negro, bien planchado y pegado a su cuerpo bien formado, incluso sus ojos verdes resaltaban con ese traje.

   -Vamos a bailar, Padalecki, ven. -Jensen le sonrió al chico que le miraba sonriente y sonrojado, se movieron al centro de la pista y comenzaron a bailar al ritmo de la música. De nuevo Jensen sintió la adrenalina correr por su cuerpo, esa hermosa diversión que le gustaba compartir con el chico con el que ahora reía.
   Jared pudo ver como Jensen reía y saltaba al escuchar la música, sólo le había visto así de feliz unas cuantas veces. Ahora nuevamente podía verlo divertirse, sonreír y ser libre de lo que le atormentara. Se acercó un poco al rubio, pero éste nuevamente se alejó.

   -No, Padalecki, solo quiero bailar. -Jensen siguió moviéndose al ritmo de la música que estaba sonando en este instante, era de Lady gaga *Bad romance*, no sabia como bailar esta canción pero los del escenario se movían extrañamente como si enseñaran garras o algo por el estilo

   Jensen miro al chico que tenía a su lado, se movía mucho mejor que él además que sus ojos estaban cerrados volteo a ver a Jared que le miraba fijamente.

   No entendía por qué ya no le dice ni siquiera Jared, ahora es Padalecki, eso no le gustaba para nada. Cuando lo tocaba, Jensen demostraba que le quería incluso que le deseaba, pero de repente le aleja y le dice Padalecki justo después de hablar con Peter.

   *No. No. No*, susurro su subconsciente; seguro ese chico entrometido le había dicho algo y por eso Jensen había cambiado el. Se comía el cerebro tratando de pensar pero no tenía explicación lógica.

   ¿Acaso Jensen ya no le amaba? ¿Le había cambiado? ¿Por tan poca cosa?

   Se encontró con esos ojos verdes sobre él y sonrió falsamente aunque por dentro sentía que estaba muriendo, ¿cómo podía haber cambiado todo en tan solo unos días? ¿Todo el amor que se tenían se había perdido acaso?

   -No, no lo permitiré. -dijo en voz alta.- No te dejaré ir… -tartamudeó sin poder controlar su lengua.

   -No me iré, quiero bailar. -contestó Jensen, seguro de que Jared pensaba que se iría, pero la verdad es que quería estar con él y bailar a su lado, quería volver a escuchar su risa.

   Jared sonrió, pero esa sonrisa no llegó a sus ojos; por lo visto había hablado en voz alta pero el rubio no se había dado cuenta de lo que estaba pensando. Comenzó a moverse como podía al escuchar la canción que para nada era su estilo.

   Jensen se acercó más al más alto, si eso era lo que el castaño quería podía dárselo a medias, darle una pequeña esperanza para que no se rindiera. Lo que quería es que le costará un poco pero no que se alejara de él.

   -Ya pronto llegará. -le asustó de muerte su amiga Danneel, que le había susurrado aquello al oído.

   -¿Quién llegará? -preguntó sin dejar de moverse, podía decirse que sus pasos mejoraban, incluso sentía que daba saltos.

   -¡Rihanna! -gritó Danneel y empujó a Jensen que cayó en brazos de Jared; satisfecha se fue saltando moviendo su colita de algodón valla conejita.

   -¿Estas bien? -le preguntó Jared al oído.

   -Si, gracias. -Jensen se abrazó a sí mismo, tocando los brazos musculosos del castaño que estaba detrás de él.

   -Jen… -susurró Jared, acercándose más al rubio que tenía abrazado.

   -Jay…

   El escuchar ese diminutivo de su nombre que solo Jensen utilizaba fue como la luz verde de los semáforos. Sin dudarlo comenzó a besar el cuello del rubio, paladeando y recordando ese delicioso sabor. Aspiró recordando el olor de Jensen, noche combinado con alcohol y ese toque especial que tenía el rubio que lo hipnotizaba.

CONTINÚA … 11

NORMALIDAD Y RELAJO

julio 28, 2013

PECADILLOS DE VACACIONES

CALIENTE

   En esos lugares siempre es igual…

   Es el mundo secreto de los vestuarios masculinos y no sólo en playas, piscinas, o en esos resorts. Un carajo se cambia porque la esposa le espera, amarrándose los zapatos en un banco, y llega otro, todo buenote, creyéndose cacao de mejor calidad, y sale con un…

   -Coño, no sé por qué mi novia me regala estos bañadores que no cubren nada; mira, se ve igual así… -se lo señala con una mano, antes de bajarlo y acercarse más.- …Que así. ¿Qué te parece?

   Y allí se queda, esperando. Y no falta la boca que le de la razón… y se la trague completa. Agitado, oyendo abrirse la puerta, gente hablando, y esa vaina mejor todavía, porque está más dura y gruesa.

AFILIANDO

Julio César.

LUCHAS INTERNAS… 110

julio 25, 2013

LUCHAS INTERNAS                         … 109

CHICO SEXY

   A veces, sin pensarlo demasiado, a entregarse y ya.

……

   -Será bueno, ya lo verás… ratita… -repite una vez más, gruñendo ronco, encimándosele.

   Le abre aún más las piernas, con la mirada clavada en sus nalgas, con el güevo erecto como un mástil horizontalizado. Con un último resto de resquemor (¡estaba a punto de coger a otro tío!), se detiene, pero su mirada en el rojizo capullo termina con sus reparos. No necesita agarrárselo de lo tieso que está, así que sus manotas le atrapan las nalgas y caderas, apuntando su glande hacia el expuesto orificio. Su roja y sedosa cabeza se frota allí y el hombre tiene que contener un gemido de lujuria que sale de sus entrañas. Siente calor, corriente y oleadas de lujuria que lo enloquecen. Tiene que controlarse o lo lastimará.

   Nicolás jadea y respira pesadamente, con el rostro contra el colchón; al sentir la presión se asusta terriblemente y gimiendo un débil ‘no’, parece que quiere detenerle. Ronco, Frank le pide que se calme, mientras frota su tranca lentamente, a lo largo de la raja, casi verticalizado adentro, mientras le acaricia y amasa las nalgas con fuerza.

   -Relájate, bebé…

   La brillante cabezota se empuja contra el arrugado y lampiño hueco, empujándolo. Lo va forzando y Nicolás aprieta los dientes con el corazón palpitándole alocadamente, de miedo, de expectación. Frank pasa saliva, mirando ese rojo anillo que va forzando y abriendo mientras va clavando la cabezota. Lo oye gemir, revolverse y sólo puede sobarle la espalda para calmarle. El glande entra forzándose y Nicolás chilla agudo, sintiendo que lo rasga, que lo rompe, que le duele y le arde terriblemente. Su culo se cierra impidiéndole entrar, y cuando el otro lo forza, se tensa más sobre la cama, como si quisiera pararse de allí.

   -Relájate, por favor. Tranquilizante y lo gozarás… -le jadea, caliente, sobándole la nalga derecha con una mano dura y firme.

   Tomando aire, arrugando la cara y pegando la frente y boca del colchón, el joven intenta relajarse, ablandándose. Frank sonríe como un tiburón, sintiéndolo aflojar y su tranca va entrando lentamente, sintiendo a cada palmo de güevo como ese culo chillaba y ardía, resistiéndosele aún, por lo prieto. Va metiéndolo centímetro a centímetro, notando como se lo aprieta, amasándolo fuerte con sus entrañas calientes. Lo mete todo y Frank chilla tomando aire por la boca cuando su pubis se pega de esas nalgas, con todo su tolete clavado en el cálido estuche que sufre terribles espasmos. Nicolás se agita y gime, sintiendo eso terrible, caliente, doloroso. Su culo chilla; quiere huir, pero el peso de Frank contra sus nalgas lo detiene.

   El joven jadea y respira entrecortadamente, parpadeando mucho, abriendo mucho los ojos y cubriéndose de sudor a pesar del frió acondicionador de ambiente. El güevo en su culo palpita y crece, quemándole, cuando se retira, arde de nuevo, al meterse otra vez, suave, grita entre dientes. Sale unos pocos centímetros y vuelve a clavarse, y eso le produce espasmos en el trasero, que va ardiéndole de una forma distinta, como un agradable aunque desesperante picor que tiene que rascarse y que desespera porque no se quita pero se siente bien. Nota como ese calor va volviéndose húmedo, como si una sustancia caliente bajara por él, mientras el catire inicia su vaivén más rítmico.

   Frank se tiende sobre él, cubriéndolo, aplastándole con todo su peso, y pesa, y él tiene unas costillas malas, joder, por ello abre más los ojos, para reclamarle, pero… Ese cuerpo pesado y musculoso, lujurioso y viril arde todo, cobijándole de forma extraña. Su culo se siente más dilatado, más mojado. Las manotas de Frank se meten bajo él, atrapándole la tetilla izquierda desnuda y la derecha tapada por el vendaje, apretándolas cálidamente, y gime ronco, con deseo.

   -Ratita… he esperando tanto… -le gruñe el otro al oído, resollando fuerte.- Eres mío, ¡mío! -enfatiza pellizcándole el pezón libre, mordiéndole una oreja, la verga como dilatándose y pulsando más en sus entrañas. Totalmente posesivo.

   Las nalgas de Frank suben un poco, mostrando su culo cerrado y lampiño, mientras saca unos centímetros su tranca de ese hueco, para luego volver a enterrarlo, clavándolo hasta la empuñadura. Y sentirlo aprisionado le hace gruñir por lo bajo. El güevo sube y baja lentamente, cogiéndolo a profundidad. Ese tolete penetrándole, frotándole las entrañas, rozándolo, golpeándole la próstata, sumado al cuerpo sobre él que lo aplasta, que lo abraza, a las manos que lo acarician, marean a Nicolás. Su culo se siente empapado, y ahora va y viene un poco como buscando acunar esa tranca. Su piel arde, sus tetillas, atrapadas en las manos del otro, van tensándose, y su güevo, que había quedado más chico que meñique de colegiala, comienza a endurecerse otra vez, llenándose de sangre y ganas, creciendo. Excitado.

   Frank lo coge rítmicamente, metiéndolo todo, con algo de fuerza, sacándolo solo unos centímetros. Levantándose un tanto, el hombre queda nuevamente arrodillado tras él, atrapándole las caderas con sus fuertes manos mientras lo encula nuevamente, sacando casi todo su tolete grande y nervudo del aún más enrojecido trasero. Le mira la nuca al joven, su cabello castaño enmarañado y corto. Le mira la espaldota que se tensa, cubierta por el vendaje. Le mira las nalgotas semi lampiñas y musculosas, muy abiertas, así como el rojo y redondo anillo del culo que se abre y cierra para dejar pasar su titánica barra. Ese culito estaba calentándose más y más, palpitando con violencia contra su güevo, amasándoselo y apretándoselo de manera intensa con sus músculos, subiendo y bajando contra su güevote.

   Nicolás se retuerce y jadea contenido, apretando los dientes con furia para no gemir de pasión, olvidado el dolor. Siente algo, una molestia cuando su anillo es forzado a dejar entrar y salir el grueso tolete, pero las sensaciones en las paredes de su recto, así como ese estallido de pura calentura que le daba cuando le llegaba hondo, le hace olvidar todo lo demás. Se siente mal, sucio y culpable al notar como su culo le atrapa y atenaza el güevo caliente y duro al otro; tranca que se estremece dentro de él, creciendo más, soltando una vaina caliente que le mojaba aún más el culo. ¡Estaba ordeñándoselo! El joven es conciente de como su propio güevo, muy erecto, palpita y se estremece, deseando ser tocado y sobado. Siente una sensación cálida, de placer, de deseo, de ganas, que lo recorre y que parece partir de su culo penetrado y frotado una y otra vez por el rojizo tolete, hasta su propio güevo y bolas, excitándolo al máximo.

   Los dedos pulgares de Frank se clavan en la cintura de Nicolás, atenazándolo y meciéndolo todo contra su barra, pegando su pubis una y otra vez de esas nalgas que se abren y lo aceptan. Su güevo lo embiste una y otra vez, cogiéndolo con ganas, con fuerza. Todo él brilla de sudor mientras jadea ronco, sintiendo como su tolete se desliza por los cálidos y apretados pliegues de ese culo con el que tanto había fantaseado, tan caliente y rico al tacto como el gusto que sintió en su boca y lengua. Joder, ¿qué era eso? ¿Cómo podía sentir todas esas sensaciones estando con otro tío? Las nalgotas abiertas, mostrando la roja y semi lampiña raja, van y vienen de adelante atrás, cuando el redondeado anillo del culo deja entrar y salir la dura barra de carne de coger, con vehemencia.

   -Hummm… Oh, Dios… -se le escapa a Nicolás.

   -Si. Tómalo, ratita. Gózalo, por favor…

   Nicolás chilla quedamente, ronco y largamente, mientras su güevo muy erecto se frota debajo de su panza, contra la almohada, masturbándose, al tiempo que sus bolas se bambolean y su rojo culo es asaltado repetidamente por el monstruoso tolete cilíndrico. Mientras lo coge, con rudeza ahora, urgido de dominar y aumentar el ritmo, aplastando su pubis contra esas nalgas, empujándolo contra la cama, Frank jadea y gruñe también. Echando el rostro hacía atrás cuando se lo clava hasta los pelos, sudando a pesar del frío cuarto; sus dedos soban esas nalgas firmes y musculosas en todo momento. Porque esa era otra, necesitaba acariciarle, sentirle. No piensa, no recuerda nada, sólo esta gozando con lo que siente sobre y alrededor su güevo y lo que goza dentro de ese culo. En su mente vagan imágenes que lo hacen saber que se eleva al éxtasis, le parece que luces estallan frente a sus ojos, que ve un hermoso mar azul con poderosas olas, y él, como un chiquillo de diecisiete años las cabalga sobre una tabla, brioso, joven y poderoso (así lo hacia a esa edad), como se sentía ahora mientras enculaba con furia a Nicolás, su ratita adorada.

   Casi se tiende sobre el joven, clavándole una y otra vez su dura tranca, mientras ruge como un poseso. Las palmadas que dan su pubis contra el otro son ruidosas, repetidas y poderosas. El joven tiene el rostro oculto contra la cama, terriblemente avergonzado de sí mismo, de lo que es, de lo que le deja al otro hacerle, de lo que le hace. Vergüenza de estarlo disfrutando tanto. Su cuerpo traidor se ve recorrido de calorones y deseos, su culo sólo quiere atraparle el tolete, gozándolo. Su mente se nubla y siente que se muere mientras todo él se estremece y su güevo vomita una y otra vez su carga caliente de semen sobre las almohadas y su panza. Y sin tocárselo una vez.

   -Oh, Dios, bebé… -Frank chilla.

   Sus ojos parecen desenfocarse y cae sobre el joven, pesado, gruñendo profundamente, con el güevo muy clavado en sus entrañas, mientras éste tiembla y dispara sus cargas de cálido y abundante esperma, inundándole el culo. Es tanta que una poca escapa, babeando lentamente hacia las bolas del joven. Se queda quieto, así, sobre Nicolás. Sin fuerzas, hasta que con un jadeo, el hombre rueda a un lado, respirando con pesadez, tragando con dificultad y respirando por la boca. Mira hacia el blanco techo y luego hacia Nicolás, quien está muy quieto, rojo todo él, con los ojos cerrados. Obviamente alcanzado por el ratón moral.

   El hombre se rueda de lado y casi se paga al otro, respirándole pesadamente en la oreja, son decir nada, mirándole enrojecer. No puede evitarlo, con suavidad le posa un brazo en la transpirada espalda mientras le sisea.

   Aún así, Nicolás no se mueve, ahora se siente ruin, muy ruin. Pero en fin, ya estaba hecho. Lo hicieron y ya. Todo había acabado.

   Todo había acabado.

……

   Agitando su nuevo whisky de la noche, el quinto desde que llegó (el último de la noche quién sabe que número tendría), Alirio, en la semipenumbra de su apartamento, oye algo de música. Nada clásico. Una salsa vieja, con muchos timbales e instrumentos. Está recostado en su sillón, meditabundo, viendo como el amarillento líquido gira en su vaso corto y grueso, uno muy a propósito para beber caña. Está cansado. Mucho. O más bien agotado, ya que eso abarca también ese desanimo que tiene. Una vez que Eric abandonó esa rampa del estacionamiento donde casi le planchan el flux, su trabajo continuó. Eric cumplió con su parte, hablando de un atraco y de Alex, sin mencionarle a él; la cosa salió más o menos bien. Pero el costo de la operación fue grande. Arrugando la cara, bebe el aguardiente, preguntándose irónicamente, que quién iba a decirle que lo que el otro pensara o dijera de él, lo afectaría tanto. No le gustó la forma en que Eric lo miró, ni lo que dijo. ‘No sé quien eres tú’. Había una declaración de final, de contundencia en la frase que fue particularmente desagradable.

   Llevaba un año tratándolo, sólo un año, y le parecía más. Y lo… apreciaba. Eso le sorprende a él mismo. Hacía más de un año, poco más, que se fijó en ellos en el Studium Bernabé Salas. En Eric y en Sam, porque alguien, hacía más de dos años atrás, había decidido o había sabido ver que Eric Roche, y acaso Sam Mattos, serían de importancia en el futuro, jugando un papel importante en el drama nacional.

   Los vio practicar bateos y lanzamientos, junto a un carajo alto, negro y bien parecido, Lucas  Rondón. Y se acercó al trío. Habló, jugó y terminó bebiendo con ellos esa primera tarde. Eran tipos normales, cada uno distinto entre sí, pero capaces de aceptar a otros, como lo hacía el venezolano común, alegre jugando una caimanera o tomando caña, donde se volvía (exceptuando casos de gente idiota) más amistoso, invitando a todos a una parilla en su casa, o a seguir bebiendo, así al otro día no se acordara de nada ni de nadie. A él le bastó con ser un tipo normal y le sorprendió que a los otros no les interesara, más allá de una pregunta casual, qué hacía o de qué vivía.

   Más tarde llegaron Renato Mijares y Néstor Lobo, y se formó una camarilla. Un grupito alegre y feliz. Renato, Néstor y Lucas no eran importantes en la ecuación inicial. Sobre todo Renato, a quien le tenía reservas y a quien investigó a fondo. Le pareció particularmente inquietante, ¿acaso un operario negro? Pero no. Sólo él sabía todo lo que debía saberse sobre el extraño, distante y hermoso Renato Mijares; pero era algo que no le importaba a nadie más. Bueno, tal vez a Sam (pensó con una mueca). Sin embargo, la vida daba sorpresa como decía la canción. Lucas había resultado ser algo más de lo que parecía ser. Trabajaba para alguien de afuera, o con ese alguien. En Europa o Canadá. ¿Quién podría ser? No habían logrado averiguarlo, aunque en su mente de agente de operaciones oscuras (quién sabe en qué pasos andaba actualmente Lucas), tal vez podría usarlo para ganarse la confianza de Eric. Pero eso significaría traicionar a otro amigo, una vez más. Aunque en ese punto no le molestaba la conciencia, no mucho, ya que Lucas se comportaba de forma traidora también.

   Sorpresivamente fue Néstor Lobo quien le dio dos claves importantísimas para montar su estrategia, explicando así una escena que vio una noche en un bar donde un lindo carajo culón se desvestía para mujeres, que luego terminó bebiéndose su semen en un cuartico cerrado: vio a un fantasma del pasado, con un agente actual de Ricardo Gotta.

   Y fue Néstor Lobo, el matasano ese, quien le habló de un informe de inteligencia militar, gente cerrada cuando quería, que hablaba de las andanzas de Alex, ese fantasma del pasado. Al saber que Eric andaba tras la caza de los asesinos de Roger Santos, y sus encubridores, supo que al joven o lo matarían, o lo involucrarían con algo vergonzoso que lo callaría. Ya le habían dicho que Eric era marica, cosa que le impresionó pero no le sorprendió. Cualquiera podía serlo, en un momento dado, eso lo sabía ya. Mediante una advertencia a cierta gente, Edward Sanabria entre ellos, pudo proteger a Eric de la amenaza sexual de Alex. Era importante. Nadie debía parar la furia justiciera del abogado. Debía inquietar y alarmar a las sarnas de más arriba. Tanto como para obligarlas a extralimitarse peligrosamente.

   También por Néstor supo lo del embarazo de Irene, ¡que cosas tenía la vida! Por ello lo involucró, como bien podría haberlo hecho Alex, en algo nuevo y sórdido que lo uniera a él. Después de aquella tirada larga y caliente en su apartamento, en esa misma salita, Néstor escuchó sus planteamientos sobre la necesidad de que Eric supiera de la preñez de su exnovia, quien se lo ocultaba. Eso era de importancia capital, como lo era que la noticia llegara por conductos distintos al suyo. Eric no debía desconfiar de él, no todavía. Néstor cumplió bien su papel. Cogía bien, como se dio cuenta en esa misma salita, y actuaba de igual manera. Lo del embarazo redimensionó el papel de la mujer en la vida de Eric, quisiera el hijo o no. Ahora Irene era algo más importante que ellos dos juntos. Por eso la llamada telefónica que le hizo segundos antes de que supiera la noticia, controlándola ocultó en el bar donde Néstor se lo dijo, fue tan importante. Fue él quien lo llamó amenazando la vida de la mujer, para enloquecerlo y ponerle frenético. Sabía que el temor por ella estallaría avivando sus aires justicieros. ¡Como pasó!

   En ese momento Eric odiaba aún más a aquella gente que amenazaba su vida, la de Irene y todo lo que era bueno. Pero aún lo miraba como algo etéreo, vago. Por eso fue necesario dejar que las cosas llegaran a donde llegaron hoy, aún con el peligro de que el joven fuera asesinado. Y no sólo se dejó llegar, sino que se manipuló lo que pasó. Sabían que Eric iniciaría una investigación judicial sobre lo que le pasó a Santos durante los hechos de abril cuando una veintena de venezolanos fueron asesinados a pocas cuadras de Miraflores; la gente del Grupo facilitó que introdujera la acusación y le dieran curso, agilizando algo que en otras circunstancias habría tardado siglos o habría sido engavetado. Pero ellos querían que el abogado iniciara las indagaciones. También permitieron que la cosa se filtrara. Que se supiera que el joven andaba tras los asesinos de abril, y contaba con un nombre: Roger Santos. Eso asustó a esa gente. Vieron el peligro y como ratas chillonas afilaron garras y dientes para destrozarle, y ordenaron el atentado, que lógicamente dirigiría Alex y los dos antillanos que, legalmente, no se encontraban en el país. Vio los preparativos, supo de la cita del joven a La Fiscalía fuera de horas de oficina, que la fiscal tardaba, que la esperó y no llegó. Supo del retiro de la vigilancia y de La Guardia Nacional de la salida posterior del edificio de La Fiscalía. Sabía día, hora y lugar. Sólo debía estar atento.

   Pero algo salió mal. Eric supo algo por Edward que lo alteró y se fue poco antes de la hora y él no lo supo. Al intentar bajar hacia el sótano desde el piso doce, el ascensor quedó detenido. Debió saber que impedirían las entradas a los estacionamientos, y el mejor modo de hacerlo era con los ascensores parados. Mientras forzaba las puertas, ante la reprobación de otros, su corazón palpitaba con furia. Un miedo feo se había apoderado de él, iban a matar a Eric y él no podría hacer nada, como no fuera llegar tarde, encontrarlo abaleado, con cara de susto, o de sorpresa, o de extrañeza, caído sobre el sucio suelo. Y nada podría hacer. No sólo todo lo que habían planeado se caería, sino que su amigo moriría, cuando él ya sabía, mucho antes, del atentado. Pero debía dejar que pasara, Eric debía entender que se enfrentaba a seres reales, no a gente en una lista o que llamaban por teléfonos. Saber que eran delincuentes y asesinos capaces de hacer lo que fuera para asegurar su pedazo de carne de gente y su litro de sangre humana a devorar cada noche como zamuros. También debía ver a Alex. Era importante.

   Afortunadamente había llegado a tiempo, por un golpe de suerte y al hecho de que Eric no había perdido la cabeza, ocultándose y midiendo sus pasos, así como a que los asesinos no se acercaron a la carrera, tal vez recordando otro tiroteo inesperado en una sala del hospital Clínico Universitario, y les preocupaba que el joven pudiera estar armado a pesar de lo que les dijeron. Eso lo salvó. Bastaban sólo unos dos o tres pasos para que esos sujetos, de estar resueltos a ello, le hubieran matado. Lo bueno era que ahora la investigación se dirigiría contra el tal Alex y sus dos sicarios antillanos. Sonríe burlón al recordar la furia fría y malvada del otro cuando le vio. Tanto que disparó con su propia arma, ¡que idiota! Él se quedó allí, cuando la Policía Científica vino a hacer el levantamiento y la planimetría, presentándose como funcionario del Dasnap. De esa gente no saldría nada de lo dicho allí; y Eric se portó bien, corroborando su historia antes de que Sanabria se lo llevara. Ya se encargaría él de que la poca gente honesta dentro del cuerpo de investigaciones realizara las experticias. Las pruebas, balas, posicionamientos, casquillos, no desaparecerían. ¡No éstas! Algo le decía que una bala de este ‘atraco’, podría relacionar a Alex con otros delitos (Tirzo Ramos y William Bandre, para comenzar), y su nombre caería bajo el candelero. No podría ocultarse más. No alguien como él que tanto sabía. Desaparecía… o lo desaparecerían. Sonríe al imaginar al otro cazado como un animal, asustado de volverse ‘inconveniente’ como le pasó a tantos que él cazó. Neutralizar a Alex y a su gente era un gran paso en la batalla.

   Lo que el hombre ignora, mientras toma la botella del piso y se sirve un poco más, es que muchas otras personas estaban conjurando, ahora mismo, para obligarlo a él, a Eric, a Sam y a muchos otros a actuar contra sus deseos y voluntades. Gente que no se detenía ante nada, así fuera atacar a una embarazada o a una altiva mujer mayor. Eran personas peligrosas, inescrupulosas. Unos más que otros. Y los menos bandidos, los menos maleantes, intentaban frenar a los otros, cumpliendo la máxima de que a veces las mejores cosas que hacían por los peores motivos. Pero el mundo, Alirio no podía llamarse a engaños, era así. Ninguno actuaba por decencia, por el bien de Venezuela. Cada uno de los que participaban y de los que aún no aparecían, lo hacían para satisfacer sus propios deseos y apetitos. Y para ellos, Alirio, Eric, Sam o Nicolás Medina, no eran más que fichas utilizables y desechables.

   Tal vez fuera intuyendo algo de todo ese mal proceder, que el hombre se tomó el vaso de un golpe, deseando de corazón no tener que perder a sus amigos.

……

   Que lejos de la verdad había estado Nicolás Medina al  creer que ya todo había terminado entre Frank Caracciolo y él, después de sus corridas. Al primer momento de incómodo y horrible silencio, donde todo pudo haber naufragado en un asco mutuo, en una acusación mutua, en un silencio de horror mutuo, el abogado le puso remedio atrayéndolo contra sí en la cama.

   -Vamos, ratita, ¿por qué estás tan lejos?

   Y Nicolás, terriblemente avergonzado, y con ganas de salir corriendo, terminó acunado entre sus brazos y cuerpo, sintiendo su pesada respiración, con su corazón latiendo contra el suyo. La mano del catire bajó, atrapándole el mentón y elevándole el rostro. Se miraron largamente. Allí lo vio, en los ojos de Frank, que no todo estaba consumado entre ellos.

   Ahora la pareja evolucionaba con rapidez hacia un mundo nuevo de descubrimientos sobre ellos mismos y lo que el otro podía esperar, sentir o desear. Acostadote boca arriba sobre su cama, con los brazos y las piernas muy separados de su cuerpo, un totalmente desnudo Frank Caracciolo, con la nuca sobre las almohadas bañadas con leche de Nicolás, jadea con la boca muy abierta mientras ve al joven montado a hojarasca sobre su cadera, de frente a él, con sus piernas y muslos doblados a los costados de su cuerpo, aprisionándolo de una manera nueva, fuerte, viril, mientras sube y baja el culo sobre su rígido güevo, enculándose él mismo, con lentitud, pero apretándoselo fieramente con su esfínter, metiéndoselo todo, hasta la empuñadura, donde los pliegues de sus nalgas casi se atornillaban.

   -Apriétalo, ratita. Apriétame el güevo…

   El joven ruge bajito, bajando su culo hasta el final, montándose, sentándose sobre su pubis, sintiendo la barra muy adentro, la cual le abre, le llena, palpita y lo hace chillar de gusto. Cerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás, mientras se agarra con sus manos delgadas y cálidas a los costados del abogado, como para no caer, se imagina por un momento desnudo cabalgando un brioso y hermoso caballo, avergonzándose a sí mismo de tanta mariconeidad. Sube y baja con mayor rapidez, dejando escapar algunos gemidos roncos y bajos, con los cachetes muy rojos de emoción y calentura, cosa que se notaba en la muy erecta tetilla descubierta y su propia verga dura que golpea una y otra vez, quemando y mojando, el abdomen del abogado.

   Frank sentía corrientazas poderosos que le enloquecían cuando el güevo caliente y duro de Nicolás golpeaba contra su panza, frotándose allí, excitándolo mucho más. ¡La verga de otro carajo! Los dos hombres cruzan una mirada larga, intensa, y cada uno entiende que el otro se siente culpable en un nivel profundo. Muy culpable, casi sucio; pero eran incapaces de controlarse. Lo único real, lo único verdadero era ese punto caliente que formaban la unión güevo-culo, lo demás quedaba por fuera. Era el momento, ya luego podrían arrepentirse y lamentarlo, pero, por ahora, no.

   Los muslos muy abiertos del abogado, musculosos y casi lampiños, enmarcan sus bolas que se agitan mientras su güevo y pubis suben y bajan, empujando ahora su gran tolete dentro de ese culito enrojecido que se abre generoso, tragándolo. Cuando las muy abiertas nalgas del joven caen, chocando de su pelvis, sólo dos centímetros del grueso tolete quedan afuera. Las caderas del hombre se agitan más, enculándolo rudamente, queriendo gozarlo intensamente.

   Rugiéndole que así, que se mueva así, que mueva su bonito culo, Frank aprieta los dientes, sus piernas casi saltan de la cama cuando empuja y empuja su tranca de arriba abajo, buscando ese agujero que lo atrapaba, acunándole el güevo y chupándoselo, mamándoselo como nunca antes nada lo había hecho. Era un canal caliente, húmedo, apretado, que al frotar su tranca le sacaba chispas de placer. Nicolás chilla agónicamente, cerrando los ojos, mientras su cuerpo sube y baja con fuerza, dejándose caer con todo su peso sobre ese hombrezote que también gruñe bajito, sintiendo como ese huequito rico le derretía el instrumento.

   A Frank le gusta verlo así, desatado, entregado a su pasión, sin fingimientos o falsos recatos, gimiendo, caliente como nunca, aunque todavía intentaba, en vano, ocultarlo. Pero, ¿cómo ocultarlo mientras saltaba sobre su vientre, mientras se enculaba con furia de su tranca? Le gustaba cogerlo, le gustaba tanto que no podía pensar ni detenerse o dejarlo ir.

   -Eres mío, pajarito. -le gruñe roncamente, con aires de triunfo.

   Nicolás calla, echando su cuerpo hacia atrás, las manos cayendo a ambos lados del hombre sobre la cama, con la espalda sudada y vendada, mientras sus nalgas suben y bajan, cabalgando sobre ese hombre grande y rudo, hermoso y viril que tantas amarguras y angustias le causó en el pasado. Baja apretando, sube halando con fuerza y le ve arquearse y gemir, rogarle que no se detenga, que se lo atrape así. Si, Frank había sido una basura, pero ahora estaba allí, para él, cogiéndolo, dándole placer. Y viceversa. Nicolás entendía que el hombre lo tenía atrapado, pero también él lo tenía cogido (por decirlo así).

   La sonrisa de Frank se ensancha más al ver como el chico se estremece, arqueando más su espalda, empujando sobre él con todo su peso, un peso grande y sabroso, corriéndose nuevamente sobre su panza y tórax. La sonrisa del hombre es de satisfacción, pero también de triunfo, de un triunfo animal que se apodera de él. Mientras oye gemir al otro, empuja todavía sus caderas, cogiéndolo aún en ese momento cuando el culo del chico se cierra con espasmos por su clímax; lo coge con ganas, sabiendo que muy pronto se correría en sus entrañas, por tercera vez esa noche. Y aún no se sentía cansado; sintiendo que se viene, gruñe como perro, sentándose y metiéndoselo hasta el estómago, atrapándolo entre sus brazos y besándolo con rudeza, mientras grita contenido, sintiendo que su leche ya viene…

   -Oh, Dios… -ruge el hombre contra la boca del muchacho, temblando sabroso, sacudido por los espasmos del orgasmo.

CONTINUARÁ … 111

Julio César.

CONFUSO ROL

julio 25, 2013

NO DELANTE DE LOS NIÑOS

TIO Y JUGUETES

   Por no saber llevar los pantalones…

   Desde su matrimonio, Esteban la estaba pasado raro. Su dulce mujer comenzó a gritarle, a ordenarle esto y aquello; tuvo que dejar de ver a sus amigos, a sus amigas más rápido, y a veces pasaba tiempo sin ver a su familia. A ella no le agradaban. En la cama la mujer era agotadora, mandona y hasta ruda; eso si, también juguetona. Esteban recuerda bien el día que le nalgueó sobre sus piernas, le hizo llorar aunque también le excitó. Luego vino la ropa interior suave y ambigua, obligándole a usarla a todas horas. Pronto fue lencería decididamente femenina. Las depiladas, hasta de orejas y nariz. El meterle dedos por el culo cuando le tragaba. Ya no le tragaba, ni le daba nada, como no fueran tres dedos de uñas largas en su entrada secreta de macho mientras él gemía mojando las pantaletas. Rápidamente llegaron los juguetitos, debía asear la casa, prepararle los alimentos y escuchar sus quejas en tangas y con esos perolitos bien metidos. Ahora, mientras acude a su llamada, humillado y excitado con el nuevo estreno, la encuentra, sonriente, whisky en manos, hablando con dos compañeros de trabajo, quienes le miran sorprendidos. Ella les sonríe.

   -¿Se los dije cuando me casé o no? Es un faltón, pero así somos felices. –a Esteban dice.- Mi amor, ¿dónde están tus modales? Los chicos están tensos, por favor, arrodíllate y desahógalos con tu boca. Anda, dale…

MOSTRARIO

Julio César.