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TRES HOMBRES Y UN DESTINO… SERVIR… 10

octubre 31, 2013

… SERVIR                         … 9

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

SISSYBOY

   El hombre hábil puede adiestrarte…

……

   -Señores, ¡está naciendo una puta! –grita alguien al fondo y todos ríen.

   Daniel medio solloza, ¿presintiendo la verdad tras las palabras? No lo sabe, tan sólo está consciente del enloquecedor, desesperante y totalmente lujurioso estado que esos golpes despiertan dentro de su cuerpo, estimulándole y erizándole, deseando, y odiándose por ello, ser mordido, lamido y tocado otra vez. La idea era espantosa pero no podía luchar contra ella, su cuerpo se tensa, su espalda se arquea, el roce de su verga entre las dos panzas, una velluda que va y viene, le tienen al borde de la leche. Su miembro sufre un espasmo, ardiendo prácticamente… y Read intenta alejarse, cogiéndole pero no montándosele. Jadea un “no”, sin él mismo saberlo e intenta retenerle con sus brazos, pero el peligroso delincuente, sonriendo satánicamente, rompe el contacto, apartándose de su verga al borde de melcocha, deteniendo incluso sus embestidas, la gruesa, nervuda y rojiza verga bien clavada en su redondo culo rosa. No, no, eso no, se grita mentalmente el hombre rubio, repitiéndose pero ahora en sentido contrario, necesita terminar, necesita ser tomado. No sabe lo que hace, Daniel lo entiende cuando le mira suplicante, casi pidiéndole que le penetre, que no le deje así. Es cuando ese sujeto dice…

   -Estás a punto del orgasmo, ¿verdad, Tiffany? La verga de tu hombre te ha elevado a la gloria y la necesitas, la deseas, quieres seguir siendo amada por tu hombre… como toda buena puta. Toda hembra deseosa y lujuriosa lo es en cierta medida, una puta caliente que encuentra su lugar únicamente sobre la verga de su hombre. -asegura, empujándosela menos de medio centímetro más.

   Y entre las palabras, y esa verga detenida pero no paralizada, que arde, palpita, le roza, logran que Daniel se arquee.

   -¡Ahhh! –grita de manera ronca y rota, ojos nublados, luces estallando frente a sus ojos, todo rojizo de placer mientras se corre de una manera violenta, total, poderosa, al tiempo que ese delincuente le retira unos pocos centímetros de güevo del culo y comienza el mete y saca, dándole donde es, intensificando las poderosas oleadas de placer, de estasis total. Su verga dispara una, dos y tres veces, quemándose el cuello y el tórax, quedando ahíto y sexualmente agotado, satisfecho, oyendo las risas y burlas de los otros presos que seguramente saben lo que acaba de pasar, que se corrió como una verdadera puta con un güevo clavado en su culo, o “coño”, sí a eso íbamos.

   Read sonríe, sabía que pasaría, y era necesario, que se corriera sin tocarse, que sintiera ese placer brutal mientras le embestía todavía. Era el primer paso real para convertirse en una verdadera hembra, dejando atrás su vida de hombre heterosexual, triunfador y viril. Ahora iba en camino a ser una perra. Su puta. Tiembla al imaginarle esperándole vistiendo únicamente las delicadas y pequeñas pantaletas de la mujer de su abogado. Se estremece imaginándole ya con verle convertida en su mujer.

   En su Tiffany.

   Y mientras todavía se estremece con el salvaje y poderoso orgasmo, sacudido como nunca pensó que podía ocurrirle, aún tembloroso sobre el transpirado colchón, Daniel siente como la verga de ese ser, metida hasta los pelos en su culo, se pone aún más dura y gorda, más caliente, pero algo aún más ardiente parece ir recorriéndola desde la base, puede sentirlo en cada palpitada de la gran vena, y grita ahogado cuando sus entrañas reciben uno, dos y tres poderosos disparos de semen, una leche hirviente que le baña por dentro, que lo llena, que lo estimula de una manera poderosa. Lo siente casi nadando dentro de él. Y tiene que gemir, asqueado y excitado, su culo todavía apretando más, chupando de manera intensa todo esa esperma. ¡Estaba ordeñándole por más!, la idea era terrible.

   -Ahhh, Tiffany… me sacas la leche del cerebro. –informa él y todavía bombea más, sonriendo al verle estremecerse, de gusto y humillación, gozando los plo plo del líquido espeso bombeado en ese otro culo masculino, sacándosela luego, lentamente, sabiendo que el hombre rubio debe estarla sintiendo durante todo su recorrido. Medio gateando en la cama, le atrapa la nuca.- Límpiame. –le ordena.

   Mareado, por todo lo hecho, por el clímax y las drogas, Daniel tarda en reaccionar, viendo el amoratado güevo manchado de semen y hasta de mierda. Va a gritar que no, a resistirse, pero al medio abrir la boca recibe el instrumento que entra victorioso mientras Read ríe. Y Daniel, asqueado, rostro arrugado, debe recibirlo, ahogándose, teniendo que tomar aire con esfuerzo, tragando toda esa vaina, mientras el peligroso criminal le embiste la boca ahora. Y durante todo ese tiempo Read lanza un largo “ahhh” de placer.

   El reo de muerte se aparta y se pone de pie, mientras Daniel se medio vuelve sobre el camastro, ocultando el rostro contra el colchón, llorando quedamente, intentando tragar todo lo que puede sin respirar ni sentir; Dios, ¿qué le estaba haciendo ese sujeto? Se encoge de manera fetal, sintiéndose terriblemente violado y destrozado. Ese individuo había machacado su vida, su hombría, aún más que aquellos tres latinos que habían abusado de él en las duchas. Le había obligado a cosas que… Le oye silbar leve mientras orina. Le siente moverse. La manota caer en su hombro…

   -Tiffany… -le llama demandante, entendiéndose que quiere ser obedecido. Y él responde, roto como está, medio volviéndose, ojos surcados de lágrimas ahora.- Enjuágate la boca… -le mete nuevamente el güevo, más flácido en esos momentos, orinando un poco, lo último que le queda en la vejiga. Y Daniel arruga el rostro, tose y se ahoga, pero retenido nuevamente por la nuca sabe que no tiene escapatoria y traga.- ¿Demasiado amargo y caliente, amor? Ya verás cómo termina gustándote… -le asegura, mirándole, el rostro enrojecido, los azules ojos llorosos, la boca hinchada y toda mojada.- Joder, Tiffany, te ves tan sexy toda usada por tu hombre; te miro y me vuelves loco.

   Brusco le atrapa un hombro, obligándole a caer de panza, montándosele, y Daniel gime, sintiéndose aplastado, medio debatiéndose, intentando alzarse y echarle de lado, pero el hombro, riendo y gruñendo casi sobre su oreja, le retiene con un brazo que cruza su cintura, la enorme mano caliente contra su abdomen tonificado, mientras le separa las piernas con sus rodillas. Daniel aprieta los dientes cuando la otra manota va a sus nalgas y dos dedos frotan y entran en su culo irritado y abierto, hurgándole, antes de sentir la lisa cabeza del güevo del otro, nuevamente caliente como está con las cosas que le hace.

   -Por favor… Por favor… -suplica, lloroso, estremeciéndose ante su risa.

   -Lo sé, sé cuanto lo quieres; calma, nena, voy a dártelo. –le asegura, sabiendo que no era eso de lo que hablaba.

   El grueso y largo tolete se frota del culo cerrado y enrojecido, abriéndole. Read contiene el aliento mientras forza la redonda entrada, clavándole palmo a palmo su pulsante miembro, jadeando de gusto al notar como ese recto va apretándoselo a su paso. Cae con todo su peso sobre la espalda del rubio. Y ríe cuando Daniel grita quedo, ahogado contra la almohada, sintiéndose abierto ferozmente. Echado sobre él, el enorme y velludo sujeto sube sus nalgas, sacándole unos diez centímetro de güevo, y vuelve a clavárselos con fuerza, conquistador, gozándolo como lo goza todo hombre cuando logra metérsela a otro sujeto así por el culo. Sube y baja, cogiéndole con ritmo mientras Daniel gime y aprieta los dientes, pero tiene que abrirlos para dejarle paso a los dedos del sujeto, y aterrado debe paladear la leche que este recogió de su propio culo. Pero…

   Ese vaivén, ese frote contra las paredes de su recto, esos golpes que la cabeza del güevo provoca dentro de sus entrañas estaba estimulándole otra ve; el roce, las frotadas que le daba sobre la próstata elevan su temperatura. Su cuerpo traidor, independientemente de lo que pensara o sintiera, estaba volviendo a la vida. No lo sabe, o no quiere darse por enterado, pero sus labios rodean golosos esos dedos, su lengua los recorre casi juguetonamente, provocándole cosquillas a Read, recogiendo el semen y paladeándolo mientras su culo se abre y se cierra alrededor del grueso tronco de carne que lo penetra. Casi jadea y babea un poco cuando Read saca sus dedos, tenía la boca hecha agua, al tiempo que la otra mano de este cae sobre su frente, firme, reteniéndole al tiempo que le cabalga como los buenos sobre ese camastrón donde Daniel Pierce ha perdido tanto. La mano de dedos lamidos regresa, el frasco abierto de aquella vaina ácida va a una fosa nasal del rubio, quien aspira casi automáticamente, arrugando el rostro y tomando aire por la boca, su otra fosa también es asistida y se marea dejándose ir cálidamente. Se pierde. Y eso le gusta, pensar que no tiene nada que ver mientras esta allí, de panza sobre ese colchón, con el enorme oso cogiéndole con rudeza, con fuerza, el sujeto subiendo el culo y sacándole casi toda la verga para después enterrársela, y cada golpe le excitaba más. Estaba más y más caliente, tanto que su culo es una sopa.

   Si hubiera habido alguien en ese oscuro pasillo, habría visto al hombre rubio de panza, ojos idos, boca de labios rojos y húmedos de donde ahora escapan leves gemidos quedos que no se sabe si son de pesar o de disfrute, aunque se parecen mucho a esto último, mientras sobre él está un tío de mala pinta, velludo y rostro cruel, sus gruesos y musculosos brazos velludos metidos entre los brazos del otro, atrapando con cada palma un pectoral esbelto del casi lampiño rubio, mientras sus nalgas peludas van y vienen. Sería imposible verlo desde el pasillo pero cualquiera sabría que estaba enculándole, cogiéndole con fuerza, metiéndosela hondo, golpeándole en alguna parte que hacía gemir quedamente al rubio, quien alza el rostro mientras pulgares e índices velludos atrapan y pellizcan con fuerza sus erectos y sensibles pezones, los cuales son halados por el otro, quien parece desear estirárselos.

   Más atrás, entre los muslos musculosos y casi lampiños del rubio, es posible ver el redondo hueco de su culo que se abre y cierra sobre la tiesa barra de carne, el cual dejaba entrar toda la titánica pieza, viéndose luego la membrana del esfínter cuando lo sacaba. Y ese vaivén era continuo. Ese sujeto cogía al rubio para darse gusto y placer, uno sádico y cruel sabiendo que estaba llenando de güevo las entrañas, y el alma, de ese carajo que se creía heterosexual, sometiéndole a su tranca, gozando de oírle gemir cuando lo llena con su hombría. Pero, sobre todo, Read lo hace para que el otro goce también mientras le ordeña con su culo. Él podría cogerle en seco, sin darle ese disfrute al rubio, pero no quería eso. Deseaba enviciarle, someterle a su sexo. Eso, hacérselo así, terminaría de emputecerlo. Ese sujeto, pronto, no podría vivir sin un güevo bien clavado en sus entrañas ardientes, llenándole el culo. No, culo no, su coño, piensa mientras pellizca más esas tetillas haciéndole gemir, bajando el rostro y mordisqueándole una orejita. Pronto su Tiffany no podría vivir sin estar montada, llenando su coño hambriento, sobre un hombre. Separa sus dientes de esa oreja que deja babeada, su culo yendo y viniendo, sin detenerse un segundo, dándole justamente donde es, teniéndole temblando como nunca en su vida de calentura y lujuria aunque no lo quisiera.

   -¿Te gusta, Tiffany? ¿Te gusta lo que te hace tu hombre, pequeña? –pregunta y ríe, bajito, cuando el joven rubio, trastornado como está, sin siquiera darse cuenta, gime muy quedo.

   -¡AHHH, SI…!

……

   Nolan Curtis no lo entiende. No sabe qué hace allí, cómo llegó o por qué. ¿En qué pensaba Lomis cuando le invitó a ese antro? Aquello no era un bar, no era cosa de dos tragos con compañeros de trabajo. Esto era… aberrante; sí, eso, una aberración, lo piensa estremeciéndose, respirando agitado, caliente de piel pero no excitado sexualmente. Frente a él, sobre una baja y ancha mesa redonda, ese chico con el collar de perro que era penetrado por esas dos mujeres con dildos, estaba otra vez en cuatro patas, cabeza gacha, sumiso, mientras una de las mujeres, la que llegó de segunda, le azota las nalgas redondas y rojizas, totalmente lampiñas, con un fuete, y parecía no medirse especialmente, cada fuetazo sonaba alarmante y hacía gemir y estremecer al muchacho, quien parecía (por la mancha de líquidos sobre el suspensorio), a pesar de todo, disfrutarlo. Y tras él…

   La mujer que le traía de la cadena, madame Candy, sonriéndole a él, a Nolan, le penetraba el forzado y redondo culo con un nuevo juguete sexual, de color negro brillante, algo increíblemente grueso que intenta meter, forzándole evidentemente, empujando más al tiempo que el chico eleva el rostro con dientes apretados, como si doliera, recibiendo otro azote y jadeado de gusto. El tolete del muchacho, rojizo y totalmente erecto, escapa ahora por el borde del suspensorio de cuero, babeando copiosamente, llenándolo todo con su olor. Y ellas ríen, cada una deteniéndose y acariciándole las nalgas, mujeres fuertes disfrutando el placer de tener a un muchacho así sometido a sus deseos y caprichos, ellas poderosas, él entregado.

   -El perrito malo se excitó. –informa madame Candy, y Nolan quiere apartar la mirada, estremeciéndose cuando Lomis le habla casi sobre el rostro.

   -Esa perra maluca esta frita. Mira…

   Y tiene que ver. La mujer le azota ahora con la mano, duro, las palmadas son ruidosas, y el muchacho grita ronco y gozoso, el juguete sexual sale, enorme, dejándole por un segundo el redondo anillo abierto, antes de volver, forzándose la roma cabeza, obligándole a tensarse sobre la mesa, las manos aferrando los bordes. Y entra y entra, gritando y estremeciéndose todo, el chico lleva su culo de adelante atrás, cayendo sobre el grueso juguete, abrazándolo, adorándolo en sus entrañas, ojos nublados, mejillas rojas, corriéndose una y otra vez sobre el mesón, casi desfalleciente con el intenso clímax alcanzado. Y Nolan traga grueso, era repugnante y fascinante a un tiempo ver como los chorros de leche bañan el mesón, y nota que Lomis está muy duro bajo su pantalón. Y no lo entiende, él tan sólo siente temor, uno que no entiende. Desea no mirar, escuchar o percibir, porque, oh si, el olor a semen es fuerte y le llega de manera intensa llenándole las fosas nasales.

   -¡Perro malo! ¡Perro malo! –gruñe la mujer que le llevaba de la cadena, nalgueándole ahora, atrapándole del collar y haciéndole bajar el rostro.- ¡Limpia tu desastre! –le ordena.

   Curtis se estremece cuando le ve, sumiso y entregado, sonriendo feliz de tanta humillación… mirándole fijamente en todo momento. Por alguna razón ese hombre joven y de buen tamaño, tipo atleta, pero que había decidido ser tratado como una cosa sin valor por esa mujer, le miraba a los ojos. Y lo hace mientras abre la boca y con la lengua comienza a recoger los regueros de su propia esperma, casi ronroneante, como si le gustara, ojos brillantes, rostro joven, atractivo, vicioso y feliz. La rosa lengua se hunde, riega y recoge el blanco y espeso líquido que luego pedalea con evidente deleite, tragándolo. Lo recoge con esmero, mirándole siempre, y Nolan siente violentos escalofríos, ya que por un segundo, con asco y temor, se imaginó haciéndolo, eso precisamente, mientras es atacado por un sujeto como Robert Read, quien le obligaría a gemir como una puta mientras le violenta el culo y luego a que se tragara su propio semen. Lomis, a su lado, casi abrazándole de lo cerca que está, lo nota y sonríe.

   Pero es nada a lo que disfruta y sonríe el cruel carcelero que ha pactado con un demonio, reteniéndole fieramente contra el asiento y casi sobre su costado, cuando Nolan parece a punto de escapar histérico. Un perro grande, lanudo, de figura amistosa, como para jugar con niños, viene trotandito, entre las risas de las mujeres, deteniéndose y olfateando tras el chico, saca la delgada lengua y comienza a azotarle la enrojecida e hinchada entrada de su culo. Y mientras lame con rapidez, como sólo los perros parecen saber hacerlo, el chico gime más, ojos aún más perdidos de gozo, terminando con aquel semen sobre el mesón.

   Cuando el perro, jadeando más, evidentemente excitado con el rojo y delgado miembro afuera, se sube a la mesa tras el chico, posicionándolo, Nolan Curtis quiere gritar y se debate para escapar de allí, pero Lomis le retiene con manos de hierro.

   -Estos animales siempre reconocen a una perra necesitada, a las que están en celo… Lo huelen y no paran hasta hacerle el favor. –le informa, casi rozándole con sus labios, oliéndole.

   Y Nolan, por un segundo oscuro y terrible, cree entrever una conspiración en su contra, justo cuando el chico eleva el rostro y gime al ser enculado por el lanudo perro. Algo terrible y malvado se acerca, siente el joven vigilante, pero… ¿qué?

……

   Casi desfallecido, por el uso y el abuso, Daniel Pierce cae semi inconsciente, pegando la frente de la pared de la celda. De costado como está. Ese sujeto le había penetrado una tercera vez, de lado, cabalgándole con una fuerza y un vigor que parecía no acabársele (y siendo sinceros, Robert Read no tomó ningún estimulante, para él era suficiente tener a ese carajo joven y bonito para emputecer). Y cada una de las tres veces alcanzó el orgasmo sin tocarse, aunque la tercera vez ni semen botó, piensa mientras va cayendo más inconsciente que durmiéndose. Ahíto, aunque nunca lo reconocería, de tanto placer sexual alcanzado. Uno feo, rudo y violento, pero intenso. Read si, se había corrido todas y cada una de las veces. Llenándole las entrañas con su crema caliente, sus espermatozoides, su esencia de hombre. Y esa sensación, la esperma reptando en sus entrañas, había sido… extrañamente estimulante para el rubio.

   Read lo había hecho a propósito, las entrañas de Tiffany debían acostumbrarse, y enviciarse, con el semen mientras alcanzaba su propio orgasmo. Todavía agitado, la respiración pesada, saca su verga del rojizo culo ahora más dilatado. Sale de la cama, halándole y obligándole a caer de panza, sin que reaccione. Sonríe recorriéndole con la mirada. Le había domado. Ese hombre, aunque violado en las duchas, aún se mantenía como tal, pero esa noche había probado semen, le había cogido, tomó orina y probó a limpiarle, dos veces, la verga una vez se vació. Ese culo había recibido su leche y eso terminaría transformándole. Toma aire y se estira, frotándose la nuca. Vuelve a la bolsa que Lomis le entregó y saca dos ampollas que rompe, con una inyectadora toma los líquidos, uno translucido, el otro rojizo, sonriendo al ver la tonalidad rosa. Inca una rodilla en la cama, medio palmea un glúteo redondo y turgente, y clava la aguja sin muchas consideraciones. El joven se queja bajo, sin abrir los ojos, mientras el preparado va entrándole.

   Le mira y sonríe cruel, ni por un segundo piensa en la vida que fue para ese hombre, o que va a destruir todo eso para usarle, para satisfacer su poderoso apetito sexual. Al contrario, eso era más estimulante. Porque le gusta controlar y dominar, atrapar a esos carajos triunfadores y convertirlos en sus juguetes. Sabiendo lo que quiere, le separa un poco las piernas exponiéndole el culo. Y lo ve. Rojizo, hinchado, poco peludo (cosa que le disgusta), manando lentamente semen. Su semen. Y no había vista más excitante y satisfactoria para un hombre como no fuera ver su esperma chorreando del culo usado de otro hombre. Era algo casi… épico. Ese culo le pertenecía, era el dueño. Todo hombre lo pensaba. Saber que esa leche era suya y que salía del coño de su puta era algo glorioso. Se le pone dura, quiere cogerle otra vez, así, inconsciente, meterle más esperma, cuajársela a fuerza de batidas, pero era tarde…

   Suspirando satisfecho con lo hecho ese día, sube a su cama. Sabe que no dormirá solo durante mucho tiempo más. Le dará un tiempo a Tiffany y luego la reclamará en su lecho, y se estremece imaginándole, depilado, en tanga de encajes, medio montado sobre su torso, oliendo a colonia y talcos, a hembra, y él rodeándole con sus brazos grandes y velludos. Lleva las manos bajo la nuca, sonriendo. La pequeña Tiffany había resultado fogosa, su nena tenía alma de puta. Estaba de suerte. Aunque era una pena que estuviera tan… falta de afecto. Él corregiría eso, le haría olvidar que una vez se creyó un hombre de verdad y le guiaría hacia el goce total de ser una puta, un coño caliente en espera de machos. Educarle llevaría tiempo, pero lo tenía por ahora.

   Por ahora. Porque debía pensar en lo otro… y en su venganza.

   Bajando una mano rasca su torso velludo, cavilando sobre lo extraño que era el mundo, lleno de hombres insatisfechos que temblaban en secreto con el deseo de ser controlados, tomados y usados, gritando que no cuando en verdad lo único que querían era ser utilizados por los hombres. Sonríe cruel imaginando a dónde llevó Lomis a Nolan Curtis, el dulce guardia de prisión nacido para ser, literalmente, una perra. Cierra los ojos otra vez, sonriendo excitado, recreando en su mente el culo goteante de semen de Daniel, mientras imagina muy bien lo que está, o lo que estuvo haciendo el reprimido de su abogado. Otro que pronto descubriría su verdad, que estaba en este mundo para satisfacer los enormes güevos de los negros…

   Va durmiéndose, sonreído y satisfecho… imaginando ese dulce culo goteando…

……

   ¡No, no, no! Dios, ¿qué estaba haciendo?, se reprende, atormentado y con la verga imposiblemente dura, Jeffrey Spencer, el abogado de Robert Read…

CONTINUARÁ … 11

Julio César.

EL GOLPE DE LOS SÚPER

octubre 31, 2013

LA CORRUIPCION Y LOS NOVENTA Y NUEVE

MERCADOS VENEZOLANOS

   Y eso era antes, ahora un solo pote…

   Ir a un mercado es un infierno que le sube la tensión a cualquiera. Por un infeliz comentario que hice una vez a una persona con quien vivía (¿en qué gastaste todo lo que te di?), me tocó acompañarla al mercado o no se compraba nada. Y es horrible, las cajeras, las colas, la gente sacando y sacando cuentas, preguntando una y otra vez cuánto es y si estaban seguras de ello. Mi estrategia era llegar apenas abierto el local, tomar un carrito e ir volando por los pasillos arrojándolo todo como cayera y salir antes de que se llenara el local. Lo que faltara, una vez en la caja, se quedaba para otro viaje, ya no que regresaba. Bueno, ¡si los hombres no lo hacemos ni por una bolsa de café, detergente o un pote de cloro botando! Pero también tenía sus cosas buenas, detenerse en la nevera de quesos y salchichones, de paquetes azules de productos marinos, especialmente camarones y mejillones, llevar mis latas de cervezas, el maní salado, el maíz de cotufas, los doritos. Pero ni eso eliminaba el mal rato de las compras.

   Ahora todo es peor, sumado a los inconvenientes de las colas normales frente al cajero, están los efectos de la siempre presente conspiración cubana a la que fuimos sometidos para amedrentarnos por hambre, “cállate o no te llevas un pote de leche”, que no aparece. Racionar la comida y dificultar su obtención es un modo brutal de control ciudadano, pero hay que calárselo porque un grupito quiere mandar hasta que se caigan de viejos o los excesos de vicios acorten el tránsito. Dios libre que necesites algo de un mercado y digan que ese día llegó el azúcar, el papel higiénico o la harina pan, es imposible entrar. Lo más patético es que todo este desastre fue creado por la gente de cachuchas, eso de que aquí hacía falta un militar para poner orden, se cayó por la incompetencia del difunto Hugo Chávez y el resto de los uniformados, inútiles para todo lo que no sea lucro personal. La militarización de la sociedad fue un error garrafal, porque así como no sirvieron para cuidar las fronteras ni mantener el orden en las cárceles, esta gente nada sabía de producción o comercialización, aunque eso no evitó, como ya señalé, las súbitas fortunas a la sobra del difunto Padrote de la corrupción que les permitió hacer y deshacer mientras apuntaran con sus armas al resto de la población. Si, más control ciudadano, es la vieja receta cubana.

   A pesar del manejo mediático de la televisora nacional y de la prensa controlada (el pobre ULTIMAS NOTICIAS), Venezuela pasa hambre. Hambre pareja. Intentan hacernos creer que la ausencia de todos esos productos importados, por falta de dólares robados por la cúpula en el poder en un país donde destruyeron el agro y la industria, es tan sólo una “sensación de desabastecimiento”, como la brutal violencia callejera que el mes pasado dejó en Caracas, sólo en Caracas, más de cuatrocientos sesenta muertos, es tan sólo “una sensación de inseguridad”. No es que los anaqueles están vacios, es que nos lo parece porque no encontramos los productos que antes estaban ahí (cuando el país era manejado por la “terrible y diabólica” Cuarta República). Así que hacer cola para entrar, y lograr entrar a un mercado, no es garantía de satisfacer necesidades. A ese desastre se unen los efectos de la nueva Ley del Trabajo, con el aumento del salario mínimo y la reducción de horas de trabajo, que han llevado a muchos supermercados a cerrar el día domingo. Día en el cual mucha gente, libres de otras ocupaciones, se encargaban con más calma de las compras.

   No es fácil para el Gobierno intentar disimular el círculo vicioso de la necesidad de comer cada día que siente la gente (¿para qué si ya comieron ayer?, parecen decir), y taparnos los ojos para que no veamos que no hay todo lo que queremos y que antes, cuando la “ociosa” Cuarta República, si había. Pero lo intentan, engañar a los bobos, y todavía salen a protestar frente a FEDECAMARAS, cuando esta fue una de las organizaciones que con más firmeza les dijo que todo terminaría así. Eso altera a la gente, la idea de que si hoy hay papel de baño, tal vez mañana no y quien sabe hasta cuándo. Nadie quiere recibir visitas y que pidan el baño y decir que no hay papel; cosa que obliga a esa absurda asistencia diaria a largas colas para ver qué llegó ese día. Ven la cola, se mete y después averiguan qué venden. Lo más triste son las personas, bajo el sol, aguantando ese abuso y esa humillación cuando en este país, el que trabajaba, con sus reales iba y compraba lo que necesitaba o deseaba, de manera soberana. Pero, claro, ahora estamos en revolución, ahora hay que conformarse con lo que halla, y todavía pretende el régimen que se dé gracias a Dios por ello.

   En este panorama de colapso, de tiempos jamás vistos, las voces indecentes (muchas de ellas en el otrora gran diario popular, ULTIMAS NOTICIA), aseguran “que sí hay cualquier tipo de carne, leche del sabor o apariencia que sea, todo lo demás es lujo”. ¿Qué tal? Estos seres ruines llegan a los extremos de la indecencia de sostener que “si no hay arroz, uno come pastas; que si no hay caraotas blancas, entonces lentejas; que si no hay aceite, mejor para el colesterol”, y así hasta que se entienda que ahora Venezuela es otra, la de la estrechez y la ruina… que todos advirtieron que llegaría. Estas voces indecentes no aclaran ni señalan cómo se llegó a este desastre de hambre cuando ya había sido advirtió hace trece años, ¿por qué no se hizo nada por corregirlo o detener el rumbo directo al caos? No, nada de eso, tan sólo aportan un “coman lo que hay y cierren el pico, carajo”. Como si este fuera un enorme chiquero y hoy nos arrojan maíz y mañana sorgo, y todavía tenemos que agradecerlo. A eso hemos llegado, a eso llegan los países manejados por cínicos ladrones y dementes.

   ¿Debe el Gobierno exigirle a los supermercados sus estructuras de costos para ver si pueden pagar aumentos y horas extras en lugar de cerrar los domingos? Muy difícil, siendo como es este, un régimen rapaz que se las ha arreglado para desaparecer la mayor afluencia dineraria en dólares recibida nunca, fuera de los miles de millones en deuda pública, sin que puedan garantizar siquiera la economía de puertos en esta producción exógena y revolucionaria. Ver a Rafael Ramírez gritando que tal o cual país nos enviará no se sabe cuántas toneladas de comida, parece no darles vergüenza, parecen no notar su fracaso, y todavía no se sabe sí será cierto o hasta cuándo garantizarán esos envíos. Me recordó un artículo de Laureano Márquez, de cuando el difunto Hugo Chávez, padre de este desastre, estaba agonizando secuestrado en Cuba y disertó de la Venezuela cuando ya no estuviera Esteban, y habló de la ayuda humanitaria que otras naciones enviarían a una hambrienta y azolada Venezuela. Lo más grave, hoy, es lo que sabemos de esos señores que nos dicen que resolverán el problema comprando comida a otros, enriqueciendo a los oligarcas extranjeros, a esos capitalistas salvajes en Paraguay y Colombia; lo que sabemos es que cuando más dinero en dólares le entraba al país no pudieron producir ni papel de baño. Y eso que tanto se usa. Quien no puede poner orden en su casa, quien no corrige sus vicios, difícilmente pueda dictar pautas a nadie, a menos que no sea para transferir la responsabilidad de sus actos a otros. Algo muy… de la izquierda.

   Hasta el todopoderoso ministro de la Economía, Nelson Merentes, ha reconocido parte de los problemas, pero ya el presidente Maduro le sale al paso y dice que es responsabilidad de “la conspiración de derecha” (imagino que habla de que se debió salir de Hugo Chávez mucho antes, y al no hacerlo, es culpa de ellos esto que pasó). Fuera del desastre de los mercados, la brutal inflación es galopante. Una impresora de tinta continua, que costaba tres mil bolos en mayo del año pasado, hoy cuesta casi doce mil. Y el desabastecimiento es de todo, la Toyota está a punto de cerrar por falta de los dólares que el Gobierno no suelta en esa rapacidad tan revolucionaria, la Procter & Gambler estudia irse de Venezuela por la misma razón. Sí, porque fuera de los pocos puestos de trabajo que quedan, están cerrando o pueden terminar, tampoco quedan los productos de estas compañías. Otro éxito que hay que aplaudir.

   Ver una cesta de La Polar es sufrir añoranza, hay Pan Harina, Mazeite, Mavesa, Maltín Polar, las buenas marcas a las que debimos renunciar porque a Hugo Chávez no le parecía que Lorenzo Mendoza fuera más capaz, o rico, que él. Y de ahí para abajo. Pero en lugar de competir produciendo, mejores productos, la idea era cercarle y arruinarle, ¿qué la gente pasara hambre? El comía bien, bastante obeso estaba cuando enfermó. Esa es la verdadera conspiración que se evidencia en los supermercados, la necedad de quien no puede ni tocarse la nariz usando dos manos frente a un espejo, pero luego amenaza con una navaja a quien intenta decirle cómo hacerlo. No reconocerlo es estar condenado eternamente a equivocarse y a causar daño. Imagino que gordito como está, el señor Nicolás Maduro no piensa en los que se acuestan sin comer, porque como ya reconoce hasta el ministro Rafael Ramírez, antes los pobres comían perrarina, hoy ni eso. ¡Está carísima!

FASCISMO PARA BOBOS O A LA VENEZOLANA

Julio César.

CAZANDO MARINEROS

octubre 31, 2013

FACHA PARA FIESTAS

MARINERO CALIENTE

   Fue por la espalda…

   El ataque de la nave pirata había sido sorpresivo y a traición, habían pedido ayuda por radio y cuando la fragata se detuvo, los cinco rudos, robustos, agresivos y calientes piratas sometieron a los treinta y tres marineros y a los cinco oficiales, quienes encerrados en sus camarotes esperan al rudo pirata que les cobrará por cruzar sus aguas. Muchos sienten miedo, como este chico hasta hace cinco minutos, cuando temió que no alcanzara para él, el castigo del macho.

RESULTADO CONTRARIO… ¿Y DESEADO?

Julio César.

HOMBRES EN EL MISS VENEZUELA

octubre 30, 2013

MARINES BESANDOSE

MIGBELIS CASTELLANOS, MISS VENEZUELA 2013

   En una noche tannnnn liiiiinda…

   Comienzo diciendo que nunca veo el Miss Venezuela, ni veo reality shows al respecto. Y en eso soy imparcial, tampoco veo programas de místeres, esos carajos, por lo general, dan pena ajena (y no, no es envidia; o no sólo envidia). Además, esos desfiles y especiales musicales me parecen aburridos e interminables. De tener tiempo es mejor sentarse a ver una buena película de zombies sangrientos y sanguinarios. Pero este año la cosa fue notable, aún desde día antes de la elección; en el trabajo todo el mundo hablaba, por hermosa, de la representante de la Costa Oriental del Lago. Que no es un estado, eso de que cada Miss personifica una de estas entidades es peligroso decirlo cuando existen representaciones como esta, y más en un país dónde del Presidente de la República para abajo la gente se equivoca entre las que son ciudades y lo que son estados. Por cierto, dentro del concurso había cuatro zulianas, ¿qué tal?

MIGBELIS CASTELLANOS

   Todos decían que la joven, Migbelis Castellanos, era la más bonita (y lo es, parece una muñeca), la más simpática y desenvuelta. Y ganó. Por primera vez la gente la pegó, porque decían que las favoritas eran otras. Lo otro notable fue que dentro del jurado hubo muchos hombres esta vez, y no hombres del tipo maquilladores y estilistas, eran del tipo más viril, que, en mi modesta opinión, son los más indicados para “ver” la belleza femenina. Las mujeres suelen ser algo crueles con otras, sobre todo con las más hermosas, los hombres menos masculinos tienden a detallar cosas extrañas como peso, peinados y vestidos (si se ven bien); estos no. Estos señores, en teoría, deben haberse fijado más en senos  y nalgas, e incidentalmente en inteligencia, simpatía y dominio de escena. Y me parece que son los más indicados para ese trabajo: evaluar la belleza femenina.

   Los hombres, inconscientemente, aunque no se hable de ello, siempre lo hacemos. Hace tiempo, cuando por un breve periodo de tiempo se permitieron las propagandas de bebidas alcohólicas en televisión (casi todas eran geniales), las de La Polar, con su oso Pedroso, fueron increíblemente buenas. Recuerdo esa de la playa donde estaban sentados y pasaban mujeres hermosas en bikinis y le daban puntaciones como 5 o 6, y Pedroso le dice a otro, “estamos como exigentes, ¿no?”; y este le responde que sí, que pase un par de friitas para refrescar el criterio. Y así somos, primero se nos llena el ojo, pero cuando se traba amistad y hay comunicación, terminamos apreciando otras cualidades. Contrario a lo que se piensa generalmente, un carajo normal no es tan frívolo, busca y reconoce la belleza física y mirará primero a una mujer de senos grandes, así como los ojos se le irán tras una chica en bikini, pero pasado el primer impacto se siente cómodo con la que tiene personalidad, la de buen humor o hasta la que tiene una conversación interesante. Es decir, después de alegrarse la vista y tener ideas (o hacerse ideas), termina apreciando el conjunto. Es así.

   Bien, el jurado masculino de la Noche tan Linda fue variopinto, hubo actores, atletas, ejecutivos, gente a la que le va bien en sus carreras. Y que se ven bien. Algunos de ellos fueron:

ANGEL SANCHEZ

Ángel Sánchez, diseñador.

WILLIAM LEVY

   William Levy, actor.

JOSE MANUEL REY

   José Manuel Rey, futbolista nacional.

MARCIO ANDREAZZI

   Marcio Andreazzi, director de Procter&Gamble.

RICARDO ALAMO

   Ricardo Álamo, actor venezolano.

RODNER FIGUEROA

   Rodner Figueroa, presentador de televisión.

JULIAN GIL

   Julián Gil, actor.

ANTONIO DIAZ

   Antonio Díaz, karateca nacional.

   ¿Podían estos señores elegir belleza o no? Divertido fue que escuché que al futbolista, José Manuel Rey, su mujer le vigilaba, y según las malas lenguas, no le dejaba ir solo a ninguna presentación con las misses (celos son cariños). De Ricardo Álamo dijeron que era particularmente mal portado, llegaba tarde siempre y era bastante atacón, fama que siempre ha tenido. Todo el mundo hablaba de Julián Gil y de William Levy, la verdad es que fuera de imágenes sin nombre por ahí, poco sé de ellos. Aunque los dos han dejado ver bastante, tal vez valga la pena subir esas imágenes.

   Como sea, me parece bien. Creo que una oportunidad más justa para cualquier muchacha que quiera participar, independientemente de quién la apoye o a cuál grupo represente, es que un grupo de tipos se sienten a verlas y escucharlas. No necesariamente se elegirá a la de senos más grandes; aunque en teoría y fantasías puede gustar cierto tipo, en la práctica muchos se han casado con la antítesis de lo que supuestamente nos excita, porque a la hora de la verdad, la belleza es mucho más de lo que se puede ver a simple vista.

MICHELLE OBAMA ¿HARTA DEL MARIDO?

Julio César.

ESOS SUSPENSORIOS USADOS

octubre 30, 2013

…COMPAÑERO DE CUARTO?

UN PADRE RECIO, UN HIJO PUTITO

   Pasa cuando acortas la ducha.

   ¿A quién no le encantaría llegar y encontrarse a un chico guapo oliendo su suspensorio con rostro ido y gimiendo, mordiéndolo y frotándoselo en la cara, totalmente duro bajo la ropa? A este sujeto. Y la razón es porque es incómodo.

   -¡¡¡Por Dios, Junior, ¿qué haces con mi suspensorio?!!!

   -¡Te juro que nada, papá!

UNA BUENA RAZON

Julio César.

GENIO Y FIGURA

octubre 30, 2013

VOLUNTARIADO

CHICO TRAGON

   Debía tenerlo de caramelo…

   El esposo de una buena amiga es un putañero. Es de los que salen contigo a una tasca y a los cinco minutos ya tiene controlada a una mujer para él y otra para ti, aunque no se la hallas pedido. En su trabajo siempre tenía bonitas asistentes, hasta que después de muchas indiscreciones mi querida amiga le amenazó con que si escuchaba de otra tía, ella se iba. Ahora contrata muchachos recién salidos del colegio… y ya los tiene comiendo parejo. Cuando le pillé, asegurándome una foto para mi amiga, este sonrió y a gritos llamó a otro asistente, para que me “asistiera”. Y todo el mundo sabe que una buena boca atendiéndote, mientras ves a otro usando la suya al lado, es toda una nota. ¿Cambia la gente? Afortunadamente, para mí, no. Lo siento por mi amiga.

VAYA CON EL MUCHACHO!!!

Julio César.

YO SERÍA FELIZ

octubre 28, 2013

YA NO ES COMO ANTES…

PARAISO

   Un apartado rincón del paraíso. No pensaba escribir nada en este momento, domingo en la noche, pero encontré esta imagen y…

   Dios, ¿no es una belleza? Produce como un peso en el ánimo. Es obvio, o me lo imagino ya que tanta intensidad y brillo en los colores y tonalidades parece poco probable naturalmente, que hay cierto retoque. Sin embargo eso no resta nada, aún en blanco y negro sería grato a la vista. Todo es armónico y mueve al anhelo en ese paisaje abierto, el follaje de coloradas tonalidades que sube y baja rodeando la vivienda; está, tipo cabañita apartada de todo, seguramente con un camino rodeado de grama y arbustos pequeños, el lago, ese enorme lago claro como un espejo capaz de reflejar el cielo, el follaje y la cabaña misma. En su conjunto es dolorosamente hermoso. Hace que uno mire con pena y ahogo las cuatro paredes de un apartamento, o el vistazo desde una ventana a una ciudad caótica, llena de tránsito y personas preocupadas por el futuro (el nuestro).

   A algunas personas puede parecerles intimidante, por lo solitario, por el follaje rodeándola y aislándola. A mí no. Personalmente me agrada la soledad. Me gusta reunirme con panas de tascas y beber pasarla bien; ir a casa de amigos o familiares y parrandear toda la noche hasta desear caer muerto sobre una superficie plana y cerrar los ojos; me gusta la sensación de piel contra piel, de sentirme querido y querer, aunque no las charlas del otro día… Pero después de todo eso, de disfrutar de un intenso momento de vida, me gusta regresar a mi piso al que tanto quiero, tomar una ducha, beber agua, jugo o café, y caer en mi cama grande, con la televisión encendida con bajo volumen y dormir y dormir.

   En una cabaña como esa, alguien como yo, sería feliz. Despertaría tarde, abriría los ojos y si me place los cerraría otra vez y continuaría, sumergiéndome en la sensación de comodidad y seguridad de mi colchón (me llevaría mi cama); luego despertaría, otra vez, descalzo, y así andaría por toda la casa descargando malas energías, tal vez pisando sobre un bonito suelo de madera, y tomaría tazas tras tazas de café negro, comería algo, fácil y rápido, escucharía las noticias, hablaría largamente por teléfono con mi señora madre, o con algún hermano o conocido, inventando mil excusas para que no me visiten. Saldría al porche y caería en una silla grande de madera, o en el quicio de la puerta, y llevaría sol sin camisa, los pies en la grama o sobre la tierra, calentándome gratamente el alma; sintiendo la brisa sobre mis hombros tendría que mirar hacia las aguas, y si el viento hiciera que las hojas de los arboles susurraran, habría que cerrar los ojos y dejarse llevar, sonriendo como bobo y dándole gracias al cielo por estar ahí. Más tarde podría entrar a esas aguas si se puede, si no es un reservorio o algo por el estilo (y como es mi sueño, no lo es, se puede nadar y pescar con anzuelo). O no hacer nada si no lo deseo, recreándome en sentir sin pensar, existiendo sin propósito. Regresaría luego al interior por más café, trabajaría un rato (en mi fantasía, en mi sueño de ese cielo, sería un escritor con poca fama que gana lo suficiente para vivir), y si no quiero miraría televisión o dormitaría. Cuando lo deseara, o lo necesitara por un rato, me llegaría al poblado más cercano, por si quiero hablar con alguien, si quiero ver gente, si deseo sentirme rodeado o acompañado. Bebería unas cuantas cervezas y hablaría con desparpajo, feliz, con esa grata charla de borrachos; consideraría si, tal vez, tener relaciones o no. Pasar el momento, pasarla bien. Y regresar a mi refugio.

   Nunca he tenido miedo de la soledad, a estar a solas en una casa grande, apartada y oscura. Tampoco me pesa, generalmente, no tropezarme a nadie en un pasillo de mi apartamento. A veces es grato salir del cuarto de baño y encontrar una sonrisa, mirar una palmada señalando la cama y compartir, pero no me entristece realmente. Con los años he ido entendiendo aquello de “un soltero empedernido”.

   Me gustaría saber dónde queda este hermoso lugar; mirarlo desde la otra orilla debe ser, como ya señalé, dolorosamente hermoso. No creo que exista quien no lo sienta, que no se emocione en su presencia. ¿No es maravilloso que tanta belleza sea real? Qué bien lo hizo Dios. Mirándolo, uno sabe que debe luchar por preservarlo; en mi caso para que un día mis sobrinos, y quién sabe si más tarde sus hijos, también se embelesarán contemplándolo.

NOS VEMOS MAÑANA EN LA MARCHA

Julio César.

HERMANDAD DE LECHE

octubre 28, 2013

VAYA DÚO

MARINES JUGUETONES

   Casi tan fuerte como la sangre.

   Si entre un hombre y el putito que gusta de tragárselo a todas horas brindándole ese increíble placer (no sólo la chupada sino verle con la boca llena), se crea un lazo fuerte, imaginen lo que pasa en las zonas de guerra, donde todo momento puede ser el último. Y en medio del peligro, la tensión y la angustia, un putito se arrodilla y recibe gustoso y gimiendo lo que su macho le entrega, ¿cómo no van a crearse lazos para siempre? ¿Imaginan las reuniones de veteranos, los tipos desapareciendo aquí y allá? Es casi necesario, es el reencuentro, la celebración de la victoria. Se estuvo en peligro y sobrevivieron, ¿no merece eso que le llene la boca a su perra? Pregunten en el Pentágono.

CACERÍA

Julio César.

RETROMEN

octubre 27, 2013

ASÍ

ESOS TIOS EN BIKINIS

   Hubo un tiempo cuando las playas estaban llenas de tipos así y a veces esos bañadores eran francamente obscenos.

EJERCICIOS CONJUNTOS

Julio César.

EN SUPERNATURAL NO HAY ANGELES

octubre 27, 2013

EZEQUIEL Y LOS WINCHESTER

CASS Y AMORES QUE MATAN

   ¡Lo sospeché desde un principio!

EL BESO DE CASS

   ¡Castiel tuvo sexo! ¡Y se hizo llamar Clarence! Al principio creí que Meg había regresado. Lástima. Aunque este episodio, 9×03 – I’m No Angel, tuvo detalles que causan dentera, y hasta incomodan, como los ángeles mafiosos y que los Winchester, aunque presentes, no eran protagónicos como siempre (así como otra cosa francamente molesta), me gustó bastante porque fue sobre Castiel. Y Castiel es un protagonista de Supernatural aunque a muchos no les guste, cosa que tampoco resta validez al punto. Deseos no preñan.

   Inevitablemente pasa con todos los programas, por exitosos que sean; quienes han sido fieles a uno lo han visto. Mulder y Scully eran los únicos que aparecían cuando comenzaban Los Expedientes Secretos X, eso acabó luego; NCIS eran cinco personajes, las CSI en sus diferentes modalidades también. Hay que recordar el desastre de personajes que llegó a haber en Héroes, o toda esa ciudad que era Smallville al final, igual ocurrió con Ángel y Dark Angel. La fórmula original tiende a agotarse y hay que incluir personajes. Supernatural siempre se mantuvo fiel a su punto, sólo en la quinta temporada se apartaron, por el fenómeno que fue Misha Collins y su Castiel despistado, totalmente fiel a Dean Winchester. Hay que recordar que únicamente aparecería en cuatro episodios de la cuarta temporada (creo que le mataba Uriel, o Alastair, cualquiera pudo, en esa temporada no venció en una sola pelea), pero se ganó su espacio. Con la quinta temporada hizo crisis parte de la fanaticada, que resentían el protagonismo de Bobby y Castiel; pero la ley de los programas termina imponiéndose, no pueden continuar siendo únicamente Sam y Dean, porque eso obligaría a explotar más su vida personal, lo que se traduciría en discusiones, diferencias y revivir los viejos rencores (para que entonces se quejen de otra vaina). Para saltar sobre eso llegan los nuevos personajes con sus problemáticas. Pero el programa, que nos tenía acostumbrados a que cuando había seis personajes mataban a tres, se mantiene; aunque la baticueva está llena de gente, ni Crowley ni Kevin aparecieron esta semana, aunque es de suponer que estaban en algún cuarto (Crowley atado, es de imaginar). Este es el peligro de las series en este punto, que tantos personajes diluyan la trama y que no se sepa qué hacer con todos ellos.

CASTIEL ENTRE VAGABUNDOS

   Pero este no cansó, no fue aburrido ni malo. A pesar de que los hermanos no eran los principales. La serie es buena al respecto, en la sexta temporada cuando vemos cómo Castiel llegó a aliarse con Crowley, fue un buen episodio. El fin de semana de Bobby, también en esa sexta temporada, igual. En la séptima, Bobby recapitulando su vida y su paso al más allá, también lo fue. Los chicos lobos en la pasada temporada, no. Tal vez porque eran ajenos a la trama, no eran Bobby ni Castiel. Me gusta que el nombre de Misha Collins vuelva a los protagónicos, por debajo del de Jensen Ackles (¿Dean entre Sam y Castiel?). Verle quejarse por la necesidad de orinar a cada rato me hizo reír (y todos nos hemos quejado de eso), mirar a esos dos sacerdotes asesinados horriblemente, por ángeles, porque sabíamos que eran ángeles, fue desagradable. Verles fue la señal para que Castiel abandonara su glamoroso trabajo de recoger basura. Y aquí está lo segundo que choca, no me molesta este nuevo grupo de villanos, aunque ya van siendo como muchos en el camino (quiero saber de los leviatanes y los nazi nigromantes), pero la idea de ángeles cometiendo todas esas aberraciones es lo que irrita un poco. Como católico estoy acostumbrado a escuchar y pensar que eran mensajeros de Dios que no eran particularmente caprichosos o sanguinarios. Estos no, son unos hijos de perra, como ya lo había demostrado Naomi la temporada pasada (Amanda Tapping, un personaje totalmente desperdiciado).

BARTOLOME, JEFE VILLANO

   Y esta mafia busca a Castiel; Dean se entera porque Ezequiel, quien quiere mostrarse útil, toma el control de Sam y se lo dice, hablando de los ángeles que se organizan, una facción violenta, de la cual nada sabemos todavía, pero la primera prioridad parece ser encontrar, cazar y matar al ángel. Al principio creí que buscaban regresar al Cielo, revirtiendo el hechizo de Metatron, pero cuando a Castiel le mata esa mujer, debí replanteármelo. Era lógico suponer que si la gracia de Castiel fue usada en el conjuro, se necesite de él para remediarlo, ¿por qué le mata entonces? Aunque se puede alegar que de ese detalle los ángeles mafiosos nada saben todavía. En este punto se abre un compás que ya hemos visto, una organización bien trajeada, con jefes implacables, con una misión sobrenatural, son nuevamente los leviatanes, pero en este caso son los ángeles que se reúnen alrededor de un jefe carismático, Bartolomé. Pero a diferencia de Dick, el gran jefe leviatán que jamás me agradó, ni dio la talla, este Bartolomé si tiene el aire de villano de Supernatural. Cuando la mujer estalla y él se medio ladea, le quedó genial. Ya imagino que él si atrapará por el cuello y zarandeará de aquí para allá a Dean Winchester, ¿le imaginan aliándose con Abaddon?

CASTIEL HERIDO

   Como muchos ángeles andan sin recipientes, un conocido predicador habla del acercamiento del Cielo, de ángeles en la Tierra, y que aquellos a quienes los ángeles se le acerquen deben decir que si (tan ladinos). Así como Dean llamó a cualquier ángel para que le ayudara en el primer episodio y varios oyeron, ahora se llama a la gente a que diga “si” a los ángeles, como el farmaceuta. Es este nuevo jefe malvado, Bartolomé, quien tiene la idea, y es buena, mientras tiene a todo el mundo buscando a Castiel, amenazando aún a sus lugartenientes con la muerte. Castiel, en aquel campamento más miserable, enfrenta al ángel que ocupa el cuerpo del farmaceuta, quien casi le mata; le hiere y cuando ve la sangre entiende que Castiel es humano. La sorpresa por la revelación le costó la vida (lo he sostenido antes, ahora matan con demasiada facilidad).

SAM, DEAN Y EL IMPALA

   Sam traza un mapa con la última locación conocida de Castiel, y así se entera de los dos sacerdotes feamente asesinados y más tarde del farmaceuta con una puñalada y todo licuado por dentro; le buscan, así como los ángeles, que le han perdido la pista cuando Castiel se talla un tatuaje contra ellos, cosa que molesta a Bartolomé, que contrata parcas renegados, los cazar recompensas de la serie, para que rastreen a Castiel, quien es “poderoso y peligroso”, siguiendo a los Winchester (¿Muerte, el Jinete, no sabe de esto?, ¿dónde está Tessa?). Y aquí suena absurdo, sabiendo cómo termina la cosa más tarde, ¿seguir a los Winchester?, ¿acaso esas parcas no saben lo peligroso que son los hermanos?

   Hay una escena que me gustó mucho, Castiel cansado, sucio, hambriento, temeroso de ser cazado, entra en una iglesia, mira al Cristo en la cruz, y toma asiento tras una mujer que pide por la salud de alguien y “da gracias a Dios por escuchar”. Cuando Castiel la detiene hablándole, creí que sería una cruda escena donde destruye el mito del Cielo (mito en la serie). Lo intenta, no por maldad, preguntándole a ella qué haría si supiera que Dios no escucha porque se fue y que los ángeles no están en el Cielo. Ella replica que sabe que no es así, él asegura poder convencerla de la verdad. Fue cuando temí el enfrentamiento y que la deprimiera, pero la mujer resultó fuerte, le dijo que era su verdad, que en la de ella Dios estaba allí y lo sabía porque tenía fe. No sé por qué, pero algo me dice que esas palabras tendrán efecto sobre el ex ángel más tarde. Como sea, eso me agradó, como digo, algo que molesta un tanto es esa visión de la santidad como algo banal y egoísta, es como si el Cielo fuera un pozo sicótico tan peligroso para la humanidad como el Infierno (creo que fue en Cien Años de Soledad donde un cura se vuelve loco y comienza a decir que el Diablo le ganó la guerra a Dios y está sentado en el Cielo esperando a los incautos).

   Personalmente hasta podría aceptar que Dios se fue, hace tiempo leí, y por ahí debe estar esa entrada (voy a ver si la encuentro), el trabajo de un poeta, no sé si chileno o ecuatoriano, al que, parafraseando, se le leía algo como “pobre Padre Nuestro que a lo mejor ya ni estás en el Cielo, alejado por nuestra maldad; no sufras por nosotros, tus hijos ingratos que no quisimos escucharte ni guardar tu pacto”, por ahí iba la cosa. Pero la fe siempre ha sido la piedra angular de nuestras esperanzas, pasadas y futuras, por fe creemos que de la nada Dios creó los cielos y la tierra, que antes no había nada hasta ese momento; que por su intervención una piedra flotando en un espacio hostil reunió agua líquida, oxígeno y contó con tierra firme donde era posible encender fuego y comenzar a crear utensilios. Por fe aceptamos que hubo un malentendido y perdimos la gracia, pero que, tal vez, un día se vuelva a esa casa, en mi caso no tanto para aquello de la vida eterna (suena a mucho tiempo), sino a existir para disfrutar de lo creado sin tener que afanarnos con el sudor en la frente (que esa maldición termine). Me gustó esa pequeña escena por eso. Se dijo mucho con poco y nos recordó otras más.

   Como sea, Castiel busca en la basura algo que comer y una hermosa mujer le mira, él parece algo avergonzado, ella le ofrece un emparedado y va a trabajar. Cuando sale y llueve, le ve acurrucado en un umbral, y más patético no podía ser. Y me permitirán, otra vez, un aparte; hace años, en tiempos del segundo mandato de Carlos Andrés Pérez, hubo una propaganda así, niños de la calle jugando en la basura, comiendo igual, y que cuando comienza a llover y las calles a llenarse de agua, llevándose las cajas de cartón donde duermen, los niños corren y se resguardan bajo algo, resultaba ser una estatua del Libertador, Simón Bolívar, y se las ingeniaron para que la lluvia en el rostro de Bolívar pareciera llanto. Imagínense ahora que Venezuela está prácticamente destruida por la incompetencia y la corrupción de gente armada y violenta. Hay algo poderos en la imagen de aquellos que reciben la lluvia con las cabezas ganchas, acurrucados sin nada contra una pared. ¿Se puede caer más?

   La mujer sale de su trabajo, no le mira, pero parece sentirle, le ve y cierra los ojos, llevándole a su apartamento y curándole la herida, cosa que hizo suspirar a mis amigas que enviaron mensajes de textos sobre estos episodios donde Castiel (Misha Collins), enseña el pecho; me agrada Castiel, ¿pero no va siendo hora de que Jensen Ackles también se deje ver?, digo, es el tío de la trama. Cuando ella le pregunta qué más puede hacer por él, y le besa, los comentarios se repitieron, pero estos si los contesté, ¿qué clase de mujer es esa que encuentra a un tipo tirado en la basura y se besa con él? El ex ángel debía estar oliendo mal. Como sea, Castiel tiene sexo. Por fin. Y cuenta su historia de amor y dolor, asegurándole a ella que no es un ángel; cuando ella le pregunta que espera ahora y él dice que repetir, echándosele encima, cómo me reí, quedó tan bien. Por un momento olvidé que tratábamos con Castiel y pensé que había tenido suerte y todo saldría bien. Él despierta todo amodorrado y satisfecho, ella le lavó las ropas, y él busca algo, su espada angelical, una que ella tiene en la mano y con la cual le presiona el cuello.

CASTIEL Y SU AMADA APRIL

   Porque si, es una parca también, pero eso no lo sabemos hasta que Sam y Dean atrapan al que les sigue a ellos, el tal Maurice, y yo ya me preguntaba si era que no se habían dado cuenta hasta que doblaron en aquella calleja. Cuando vi al hombre seguirles esperaba que le saltaran encima, la escena estaba cantada. Le torturan, ese ser nada revela de sus jefes y no conoce el nombre de Naomi. Cando se sabe perdido y reta con aquello de que nada ganarán porque ya hay otros, cientos, tras el ángel, y Dean le mata, faltó que le dijera “pero tú no lo verás”, habría quedado bien. En el auto, desesperado, Dean invoca a Ezequiel, quien no oye nada por la radio angelical y no puede sentir a Cass porque se cubre con un sello; pero Dean le pide que busque a una parca cercana. La mujer está torturando e interrogando a Castiel, explicándole que aunque le encontró atractivo hizo el amor con él para que bajara la guardia porque le dijeron que era poderoso y peligroso. Ella quiere saber los planes de Metatron, cómo llegarle, no quiere creer que él fue una víctima, por orgullo y soberbia (el mismo pecado que cometió en la sexta temporada), y que siendo su gracia la que sirvió para el hechizo, que tal vez sirva para revertirlo. Aquí fe donde no entendí que ella le apuñalara cuando la puerta estalla y Dean entra todo angustiado, porque se le notaba.

SAM AND APRIL

   Ella mata a Cass, como siempre vence a los cazadores en el primer momento, la manera en la que Sam vuela y aterriza en el closet, quedó muy buena como escena (me pregunto si las hace Jared Padalecki).

DEAN CAIDO

   Como sea, Dean le mata con la espada que saca de Castiel, escena que no mostraron. La cara del cazador ante el cadáver de Castiel es sublime, creo que era tanta su angustia que Ezequiel toma el control de Sam, le revive y cura, cayendo sin fuerzas.

   Castiel no entiende, debería estar muerto, Sam también se lo pregunta, y Dean miente una vez más, que obligó a la parca a curarle haciéndole creer que la dejaría vivir. La verdad es que la cosa se le está poniendo difícil. Ya Dean tuvo que inventar que él solito mató a tres demonios que usaban cuerpos de marines, que de alguna manera dedujo que los ángeles se reorganizaban, que revisó en los bolsillos de la parca muerto y encontró esa dirección, aunque Sam jura que no le vio en ningún momento hacerlo, y ahora esto. Las cosas van sumándose y llegará el momento cuando Sam comience a sospechar.

   Dentro de la baticueva Dean no puede ocultar su alivio de tener a Castiel ahí, a salvo, y ocurre todo ese alegre intercambio de frases, comenzando por lo mucho que a Castiel le gusta la comida y la presión del agua en la ducha. Habla del sexo y Dean no sería Dean si no pregunta cómo fue y si se protegió. La cara que todos debimos poner cuando dijo que tenía su espalda angelical cerca, debió ser parecida. A ese gran momento le sigue el drama, Ezequiel aparece y le dice al cazador que Castiel no puede quedarse, atraerá a ángeles y parcas, y terminarán encontrándoles. Dean intenta razonar diciendo que el lugar es seguro pero Ezequiel lo pone en términos que al cazador no le quedan alternativas: o sale Cass o se va él, y Sam quedará en estado crítico. La escena cuando Dean busca a Castiel porque tienen que hablar, y este dice todas esas destieladas, que será grato, que siempre le ha gustad pasar tiempo con él y conversar, se cae cuando Dean le dice que debe dejar la baticueva. La cara de Castiel era un poema de dolor. Y la verdad es que pegó.

   Y en este punto caben las dudas, Ezequiel, ¿es amigo o enemigo? Avisa a Dean de la caza que le hacen a Castiel, lo ubica y revive (cosa algo molesta, tanta magia que evita el suspenso de una muerte o un gran peligro real, ¿para qué angustiarnos si Ezequiel lo revertirá todo?), la cosa no está clara. No soy de los inocentes que creen que el ángel engaña a Dean, por dos razones; a Dean el instinto jamás le ha engañado con los seres sobrenaturales, y porque creo (yo lo haría), que el cazador también está utilizando al ángel para lo único que le interesa en esos momentos, salvar la vida de Sam Winchester, su hermano, y en aras de ese fin arriesgará lo que sea, como lo ha hecho ya en nueve temporadas. Si Ezequiel fuera malo, o viera en Castiel un peligro, le habría dejado morir, creer que le encontró y ayudó para “ganarse la confianza de Dean”, es algo… tonto. Ya le tiene atrapado de las pelotas (Sam), le exige cosas duras saliéndose con la suya, y mientras tenga el dedo en ese gatillo puede disponer sin necesidad de fingir. ¿Es muy segura la baticueva?, tengo mis reservas desde que Abaddon terminó con todos sus creadores en una noche. Ella les mató a todos, cuando Sam una vez la temporada pasada, y Dean en esta, la enfrentaron y salieron vivos. ¿Se puede confiar en las protecciones de Los Hombres de Letras? Aparentemente no les sirvieron a ellos (es como el cuento de la pata de conejo que trae buena suerte, el conejo tenía cuatro y de nada le sirvieron).

   ¿Teme Ezequiel por su existencia? Puede ser, y el que tome precauciones para continuar viviendo no puede censurárselo nadie; aunque como fanáticos de la serie pensemos que todos pueden morir (e insisto, ya preocupa lo fácil que matan a gente que era buena y muy devota), menos los hermanos, es de suponer que si el personaje es un ser real no quiere perecer, como no lo quería Jo o Amy. En este punto mucha gente muestra la irracionalidad de “estos pueden con todo”, por eso culpaban a la mamá de Kevin por aliarse con una bruja blanca que les traiciona la temporada pasada en lugar de buscar a los hermanos, y eso después de que Sam había dejado de buscar a Kevin y Dean intentó matarla a ella para llegarle a Crowley. Igual pasa ahora, ¿por qué debe temer Ezequiel si está con los Winchester?, ¿acaso no sabe que estos pueden con todo? Lo sabemos quienes vemos el programa, no tiene por qué saberlo otro personaje.

   Ahora, Dean, ¿realmente sacará a Castiel de allí? Qué dirá Sam? Esto todavía está por verse. La preocupación que el cazador demostró durante todo el episodio por encontrarle, por saberle a salvo, no puede ser olvidado, aunque choca con su otro gran interés, su misión de toda la vida, la seguridad de Sam. Y la verdad es que no me extrañaría que fuera una exigencia del guión, repito, la baticueva está llena de gente, debe ser difícil tenerlos a todos interactuando en un solo episodio, o explicar dónde están fulano y mengano mientras zutano se muestra en la acción, como ocurrió en este episodio con Kevin y Crowley.

   Bien, las dos cosas incomoda fueron esas, la visión de estos ángeles y ese Cielo egoísta y sanguinario, lo otro es que no fueran los Winchester los protagonistas principales; lo francamente molesto fue la muerte de April, la parca que se acostó con Castiel. ¿No podían dejarla viva?, lo pregunté pero en seguida me respondieron que no, por tocar a Castiel, quien ahora que probó el sexo tal vez vea a Dean de manera distinta (según las fans está abierta la puerta del cuarto del cazador), y que esa mujer sabía que Castiel no era un ángel, algo que Bartolomé y su gente ignoran por ahora. Pero molesta que todas las mujeres que llegan a la serie, mueran. Y pasa con todas, comenzando con Mary Winchester, muerta a los siete minutos del capítulo piloto dejando a marido e hijos vivos. La única que ha escapado por ahora es la amazona que tuvo una hija con Dean, ojalá regrese. Y Charlie. Amelia no.

   Apuntaré algo que no les diré a mis amigos que ven el programa como yo, lo comentan con furia y hacen mil señalamientos; con Ezequiel voy a mantener una duda razonable. Cuando gritan que le odian y que tiene que ser malo porque si, porque se nota, les recuerdo que lo mismo decían de Benny. Pero si se los digo en las caras, se molestan. Mejor que lo lean aquí.

CASTIEL HOT

   Vamos a ver qué ocurre la semana que viene, esperaba que fuera algo así, Dean entrando al lavado y…

SAM, DEAN Y CHARLIE ESTÁN DE PIJAMADA

Julio César.

GENTE ASÍ…

octubre 27, 2013

EN BUSCA DE DROGAS

ESO SI ESTA GOLDO!

   Codicia: mira y siente unas ganas de sumergirse y perderse en lo bueno que casi le marean…

SEXY EN SUSPENSORIO VIEJO

   Superstición de atletas: cuando lo usa después del juego, siempre tiene suerte y alguien se lo huele…

DE POLICIAS Y CHICOS CALIENTES

   Simbiosis: la policía cuida la universidad, los estudiantes se los agradecen y estos vuelven otra vez.

VELLUDO EN SUSPENSORIO

   ¿Virtud?: fue para un depilado de tangas y lleva semanas en eso porque el sujeto va poco a poco para que quede bien.

COMIENDO CASQUILLO

   Fiel a sí mismo: ¿qué se puede decir? El olor a cuero, bolas y caucho le enloquece… 

PROBLEMAS EN LA RETAGUARIDA

Julio César.

UNA TRISTE, UNA SORPRESA, UNA FELIZ…

octubre 24, 2013

¿VOCES DEL INFIERNO?

OSCAR YANEZ

   -Así son las cosas.

   Hace dos días Venezuela perdió a un gran venezolano, un viejo y característico parodista que nos divirtió, educó e ilustró. Un caballero de larga y agitada vida, la de un hombre que quiso vivir y a esa aventura se dedicó. Siendo un muchacho ayuda a fundar un diario, va al exilio durante la dictadura, fue corresponsal en una guerra que me suena a otra era, gobernador, diputado, ministro. Escritor leído. Pero, por encima de todo, un hombre que amó a su país, y a su defensa y exhibición como tierra de gracia, dedicó cada día de su existencia. Paz a los restos del señor Oscar Yánez, Chivo Negro, como le conocían sus amigos. NELSON MERENTESAyer el ministro de la Economía, Nelson Merentes, nos dejó con las bocas abiertas, hablando del desastre de la devaluación, desabastecimiento e inflación, vamos a ver cuánto dura en el cargo. NAVEGANTES DEL MAGALLANES Y BARTAnoche Los Navegantes del Magallanes le afeitaron la fea melena a Los Leones del Caracas, en Valencia, y eso alcanzó mayor titular de prensa que el inicio de la final de las Grandes Ligas, ¿qué tal?

¡ARRIBA MEXICO!

Julio César.

LA DANZA DEL CAZADOR

octubre 24, 2013

EZEQUIEL Y LOS WINCHESTER

   El siguiente es un fic. Es una historia sin moraleja y medio tonta. La escribió una amiga, sólo di uno que otro retoque (¿quién diría que es medio pacata?). Ubicado en la cuarta temporada, donde encontramos a un Sam que le oculta a Dean que toma sangre de demonios; Dean, de vuelta del Infierno, tiene miedo, ira, pero también ganas de vivir, feliz entre estar con su hermano y confuso por el ángel que aún le sigue; y está Castiel, todo envarado e inarticulado, acosando siempre con la mirada al mayor de los Winchester. Hay un caso, algo está matando a hombres y mujeres en una zona de strippers de Los Ángeles; a Dean le toca el trabajo difícil, y qué duro es para los otros…

……

Titulo: La danza de papi. (lo sé, qué título)

Autor: Nancy Q.

¿Wincests o Destiel?

Sam empuja a Dean a una misión, donde espera burlarse de él, y termina con la boca seca, igual que el ángel que les acompaña.

EL BAILE DE DEAN

   No parará hasta que lloren por piedad.

……

   -No. De ninguna manera, ¡no voy a manear el culo para nadie! –grita Dean Winchester, rojo de cara dentro de su barato traje del FBI. Sam le mira impaciente, intentando indicarle que baje el tono de su voz ya que la madame les mira. Castiel, al lado de ambos, no entiende nada.

   -Dean, es la única manera.

   -La única menara de investigar por qué mueren esos sujetos y porque aquí ya han caído dos clientas, sería arrastrar e interrogar a esa… -Dean aguza la vista mirando a la obesa madame, muy blanca de rostro, cachetes rojos, pelo elevado en dos moños.- …Es un hombre disfrazado, ¿verdad?

   -¡Baja la voz! Y no podemos hacerlo. No se intimidó con las placas, y no podemos llevarla a una oficina para interrogarla. Una real, me refiero. -le aclara Sam.

   Han ocurrido seis muertes en la zona rosa de Los Ángeles, tres hombres jóvenes dedicados al desnudismo y tres mujeres, “clientas particulares”. Los hombres habían recibido una laceración directa al corazón, perforándoselos, las mujeres presentaban una herida en la base del cráneo y según Sam, habían secado, chupado, parte del tejido encefálico, algo de la pituitaria o del hipotálamo que Dean no entendió mucho a decir verdad. En ese club, La Ostra Azul, nombre muy extraño a decir verdad, habían salido dos parejas de víctimas. Con el cuento del FBI, y sin poder deshacerse de Castiel que parecía tener interés en lo que hacían…

    -No en lo que hacemos; ¡Castiel se interesa en lo que tú haces! –había enfatizado Sam mientras Bobby reía.

   …Llegaron al dichoso club, intentaron ver los videos de seguridad e interrogar a los presentes, pero la madame, aquella mujer alta y estrafalaria, les dijo que no, que su clientela era selecta e insinuó que se trataba de esposas de hombres poderosos, así como mujeres poderosas a secas, y sería fatal si se publicitara de alguna manera. Sam intentó razonar pero ella nada quiso, eso hizo perder la paciencia a Dean.

   -¡Hay gente muriendo!, ¿acaso no le importa? ¿O tiene algo que ocultar? –ella, o él, quien sabe, le miró de manera burlona.

   -¿Por qué no llamamos entonces a mi abogado, es una ella muy poderosa, y vamos todos a la agencia local del FBI? -eso les dejó con las bocas abiertas.- Ahora, si desean realizar un trabajo encubierto…

   Sam abrió aún más la boca y los ojos, a Dean le llevó veinte segundos entender y Castiel se veía tan confuso como cuando comenzó la conversación. Uno de ellos debía “bailar” para mezclarse. Fue cuando comenzó la discusión.

   -¿Por qué no lo haces tú? No voy a desnudarme… -se ahoga Dean.

   -¿Qué tienes? Nunca has temido exhibirte, siempre he creído que lamentas que las duchas tengan puertas y que le gente no pueda verte. –se queja Sam.

   -No es igual… -enrojece.- ¿Ropas de puto y meneadas? ¡Eso es de maricas! ¿Por qué no lo haces tú? Ya tienes el cabello. ¿O tú?-señala a Castiel.

   -¿Hacer qué?

   -Sabes que tengo dos pies izquierdos. -razone Sam interrumpiendo al ángel, pero a Dean le parece que oculta algo de mala fe.- Y Castiel… bueno…

   -¿Desnudarse por dinero? Esto debe estar censurado por el Cielo. –acota el ángel, preguntándose qué pueden ver los humanos en esas cosas. Qué insensatez.

   -¿Qué ocurre? ¿Dean Winchester, el señor de las bolas cuadradas, no puede con el trabajo? –reta Sam, cruzándose de brazos.

   -Pensé, por todas las cosas que escuché en el Cielo, que siempre cumplías con la tarea. –interviene Castiel, sin saber él mismo cuánto pican sus palabras, aunque algo sospechan por lo rojo que el pecoso va poniéndose.

   -Dean, ¡hay gente muriendo!

   -¡Lo sé!

   -Esas mujeres no merecen morir así sólo por…

   -¡Dije que lo sé! ¡Y lo haré! -grita viéndose hacia la matrona, la cual arruga la frente.- Bailaré esta noche y…

   -Lo siento, cariño, antes debes darme una demostración, necesito ver sí cuentas con el equipo requerido y si logras… emocionar. Sólo contrato lo mejor de lo mejor; eres lindo, pero he visto a otros.

   -¿Debo… emocionarte? –la mira, o “lo mira”, con total desconfianza. Ella ríe, luego ve a Sam y Castiel, indicando con una mano hacia dos sillas.- Tomen asiento, caballeros…

   -¿Qué? –Sam se impacta.

   -¿Cómo? –Dean se desconcierta.

   -¿Ocurre algo? –ceñudo, sin entender, ya Castiel cae sobre el mueble.

   -Oiga, no… -Sam comienza, la idea de Dean bailando de manera procaz, y él sentado con los ojos a la altura de sus bolas, le parecía sencillamente horrible.

   -¿Qué ocurre, Sam? ¡Hay gente muriendo! –reta el rubio, sorprendiéndole. Se miran en la eterna lucha de voluntades de los Winchester por saber quién aguanta más. Sam sabe que Dean le provocará para exasperarlo.

   -Bien. –ladra el menor cayendo de culo sobre la silla, cruzando los brazos, sonriendo y mirándole retador a su vez. Dios, la cosa era tan absurda, no puede dejar de pensar sin embargo

   Dean entrecierra los ojos, enderezando los hombros y desaparece tras unas cortinas a un cuartito posterior, acompañado de la matrona. Se oyen unos gritos y la mujer, o lo que fuera, sale medio riendo.

   -¡Qué genio tiene ese encanto de hombre! –se hace un silencio algo incómodo, Castiel no sabe qué esperan, Sam se siente ligeramente mortificado.

   Se oye la estrambótica música que el menor siempre relaciona a las baratas películas pornográficas de su hermano, aunque haya visto muchas de ellas. La cortinita se abre con fuerza y aparece un Dean Winchester vestido totalmente de azul oscuro, como oficial de policía, quepis incluido, altas botas negras lustrosas y unos lentes oscuros, y el aire se electriza. No hace nada, sólo está ahí y ya el ambiente se llena de calor. Lentamente comienza a bailar de un lado a otro, alzando las manos enguantadas, mostrándose. Sam enrojece sintiéndose mortificado, no debería estar ahí mirando al cabrón de Dean… Se desconcierta cuando ve a Castiel echarse un poco hacia adelante en su asiento, ojos fijamente clavados en su hermano, nada extraño, siempre le miraba, pero esta vez…

   Las manos del Dean policía van a los faldones de la camisa y hala bruscamente, sacándola del pantalón y abriéndola, mostrando su torso musculoso y esbelto, su tatuaje anti demonios, sus tetillas marrones, el amuleto que Sam le regaló de niños, y baila de un lado a otro, acercándoseles, y Sam contiene el aliento. Dean está entre las dos sillas y quema a pesar de la distancia, desde donde está lanza bocanadas calientes. Contorneándose, echándose la gorra más sobre los ojos, Dean se enfila hacia Castiel, bailándole al lado, el ángel con la boca ligeramente abierta mirándole. Sam contiene un jadeo cuando ve a su hermano atraparle una mano a Castiel y llevarla a su torso que se contorsiona…

   Esa piel elástica y joven quema. Castiel la siente vital, eléctrica, y no puede evitar rodar la palma sobre ella, tocándole de una manera que jamás imaginó, aunque Dean le aparta alejándose un paso, sacándose la camisa. El ángel mira su mano, que hormiguea con corriente propia, extrañándole ya. Deseando tocarle otra vez. Pero no pierde tiempo en eso. ¡Dean se quitó la camisa del uniforme!

   Sintiéndose vivo, mucho, lleno de adrenalina, decidido a no detenerse hasta que los otros dos no se pongan de pie y huyen, resentido de buena manera con el capullo de su hermano y con ese sujeto que le amenazó en la cocina de la casa de Bobby, ¡en sus sueños!, Dean recorre su torso lentamente con las manos enguantadas, de manera acariciante y erótica, y dos pares de ojos siguen el rumbo sobre la bronceada y firme piel. Sam atragantándose al pensar que si estuviera algo transpirado, Dean se vería aún mejor…

   Dios, ¡le abulta!, Sam se siente horrorizado y tenso cuando Dean, manos enguantadas tras su nuca, comienza a mover de adelante atrás sus caderas dentro del ajustadísimo uniforme donde destaca su miembro alzando la tela. Y el menor sabe que no es el único cuando nota a Castiel envararse en su asiento, aún más, con mirada perdida, cuando el mayor de los hermanos se le acerca nuevamente, le atrapa una mano y la lleva a su abdomen, que todavía se agita un poco por el baile. Castiel enrojece mucho, como fascinado, tal vez no entendiendo qué ocurre realmente cuando su palma toca y acaricia y recorre la piel del otro nuevamente. Dean se agita y su palma sube y baja, sin mala fe, de su pantalón, hasta quedar detenida en su entrepiernas, ¡sobre su miembro!, cuando el cazador alza un pie y la bota queda sobre el apoyabrazos.

   Sam está atragantado, no puede dejar de ver la mano de Castiel, osada ahora, sobre su hermano, detenida en su entrepiernas, seguramente tan pegada que sería difícil apartársela a menos que se metiera la hoja de un cuchillo. Dean, sonriéndole y diciéndole no con un dedo enguantado, aparta la pierna, atrapándole la mano y llevándola a su torso. La mano va a uno de los pectorales, y tal vez Castiel sea inocente para toda mecánica sensual humana, pero su pulgar e índice atrapan y halan el pezón. Y una imagen que no entiende y no sabe de dónde viene, le llega; él acercando el rostro, atrapándolo con su boca y succionando de él, eso haría gemir al cazador, seguramente.

   Dean se siente caliente, mierda, eso no se lo esperaba. Lo que Castiel le hacía… le aparta y casi ríe de la cara de decepción y tristeza del ángel, que jadea un poco, su respiración más agitada. Se vuelve hacia Sam, quien casi parece encogerse en su silla, y dándose media vuelta, mirándole sobre un hombre, le nuestra el redondo trasero que baila de lado a lado, obscenamente cubierto por esa tela adherida, y lo agita rápido de adelante atrás ahora. ¿Dónde coño aprendió su hermano a hacer esas cosas?, se pregunta el castaño con un súbito subidón de temperatura que quema su cara. Tal vez se la pasó bailando con Salomé en el Infierno.

   El hombre se aparta dos pasos, entre ambas sillas, se inclina mostrando más ese trasero que parece pedir palmadas, o besos, atrapándose los faldones de los ruedos y Sam siente ganas de gritar. Desea, de verdad, salir corriendo, pero no puede; no, sabiendo lo que seguirá. O tal vez para no parecer cobarde cuando Dean, todo chulo, todavía se vuelve y le mira tras los lentes oscuros. El cazador hala la tela, alzándose, y el pantalón desaparece, dejando ver sus muslos musculosos, sus piernas algo abiertas, y el bóxer atigrado más corto que Sam Winchester ha visto en su vida, y aún más en su hermano; es algo que casi se alza en los glúteos y se mete un poco entre ellos, de manera totalmente erótica. Y así, con sus bota, quepis y gantes, Dean baila un poco, su trasero de un lado a otro, seguido por sus ojos que caen como dardos, antes de volverse y las miradas de Sam y Castiel van con vida propia a esa corta porción de tela ajustada, que sube por sus muslos, dejando la bolsa de los testículos más abajo y la silueta reconocible de su miembro.

   Y el hijo de perra, porque Dean Winchester es un grandísimo hijo de perra, con perdón de su madre, piensa Sam, este se le acerca y se mete. Las dos piernas del calentorro cazador rodean una de las suyas, y el calor, el verle tan cerca, mirar sus contoneos, todo está matando al menor. Pero todavía ese hijo de puta (la cosa empeora para Mary Winchester), le atrapa una mano llevándola a su abdomen. Y quema, la mano, pero más la firme y suave piel que se desliza bajo su palma. Y Sam Winchester está más allá de ser él, de saberse heterosexual o hermano de ese rubio pecoso e hijo de mala madre que se agita a centímetros de su cuerpo. No puede contenerse, eleva las dos manos y le atrapa la cintura, para alejarle, quiere decírselo, creérselo… pero sus pulgares frotan la elástica piel del rubio pecoso, y le excita de una manera salvaje el notar que el otro se eriza un poco, no tan dueño de la situación como se creía. Vaya, Dean podía ser detenido si tan solo…

   -¡Dean! –grazna horrorizado, caliente y muy erecto cuando el gilipollas de su hermano se sienta sobre su muslo, sonriéndole chulo, pesado, sólido, ardiente. Derrotándole otra vez.

   Sam no sabe si lo imagina pero cree sentirles las bolas, y todavía se mece, de adelante atrás, frotándosele, y ahora sí que el castaño se quiere morir. Ese roce le producía ecos en el cerebro… y sobre la verga. Cada pase, cada roce le hace palpitar bajo el pantalón del traje.

   Dean parece algo más serio, también sus labios carnosos más rojos, cuando las manazas de Sam atrapan sus nalgas sobre la breve tela, oprimiendo, necesitándolo, llevando el asunto más allá de lo lógico, sano o lo filial. Pero era que Dean… el cazador le mira tras los lentes, y se frota y él le toca y acaricia. Cuando el mayor medio eleva el culo en su baile, sus manazas recorren esas turgentes carnes donde el bóxer se hunde más, y el menor no encuentra palabras o ideas para describir lo que siente mientras le soba el culo a su hermano, tan sólo sabe que no desea que acabe nunca. Cuando el cazador se pone de pie, alejándose, Sam siente que debe retenerle, y sin pensar eleva una mano, los dedos atrapando el borde del bóxer, quemándole, notando la tranca más erecta de su hermano, tan cerca de sus dedos, pero teniendo que ceder al fin, dejándole ir.

   Ahora Dean se vuelve hacia Castiel, bailando, y el ángel se tensa. Le mira entregado, asustado y caliente. Para él era más simple, no sabe qué ocurre pero ese humano estaba provocándole sensaciones tan intensas y nuevas que, definitivamente, no podían ser buenas o santas, pero no puede hacer nada por impedirlo. Ni quiere detenerle. Aunque toda la Creación estallara en esos momentos si no acudiera a una llamada del Cielo, él no habría podido ir, no si Dean Winchester no se lo ordenaba. No puede apartar los ojos del joven cuerpo estremeciéndose, del bóxer donde, definitivamente, algo abulta mucho más, una silueta discernible que atrapa su mirada, que a veces parece agitarse con vida propia.

   Dando media vuelta, el cazador baila para él como lo hizo para Sam, ambos muslos rodeando uno de los suyos, la espalda flexionándose, el redondo trasero agitándose de adelante atrás, abriéndose y cerrándose un poco, tragando más de la tela, enloqueciéndole, cayendo finalmente sentado sobre él, quemándole. Y el ángel siente que se asfixia al sentirle frotándose con sensualidad y abandono, con ese Dean atrapándole las manos y llevándolas a su torso ahora si algo transpirado, y sus dedos se cierran, las palmas recorren y el querubín siente que se muere, atrayendo al cazador contra su cuerpo, oliéndole al acercar el rostro a su cuello.

   Y Dean se siente tremendo, travieso y caliente explotando una sensualidad que jamás consideró, estremeciéndose sobre el muslo del ángel y bajo sus manos que le recorren lentamente, entregado al Winchester como está, porque, oh, sí, Castiel ya no es el terrible y poderoso ser sobrenatural que le amenazó con arrojarle otra vez a la perdición, ahora estaba entregado a él. Tal vez fue eso, tal vez era su naturaleza de hijo de perra, como bien podría atestiguar Sam, avergonzado de ofender así la memoria de su propia madre, pero incapaz de negarlo. Como sea, Dean Winchester, con movimiento elásticos, gatunos y sensuales se tiende más atrás, y su trasero redondo, firme y tibio cae sobre el regazo del ángel, quien tiene que mirar hacia abajo, a ese punto de fusión nuclear, cuando siente como su propio miembro, medio duro, se endurece totalmente, palpitante, con urgencia, temblando como con vida propia cuando ese sujeto comienza un suave baile sobre él, frotándoselo.

   El cazador se estremece, la siente dura y vital, agitándose como buscando el camino bajo su trasero; mordiéndose los labios, volviéndose a mirarle tras los lentes oscuros, se quita la gorra colocándosela al ángel, el cual le frota y recorre el torso, encimándosele más, hundiendo totalmente el rostro contra su cuello, mareándose con ese olor tan Dean, totalmente enloquecido por el sensual cazador.

   -¡Okay, basta! –ladra Sam, poniéndose de piel respiración agitada, llevando las manos a su entrepierna para ocultar de la mirada de todos su dolorosa erección. Dios, estaba excitado, caliente viendo a su hermano montado sobre las piernas de ese sujeto, ¡excitado por su propio hermano! Y también celoso.

   -¿Mucho para ti, Sam? –pregunta Dean, provocador, frotándose más de Castiel y abriendo mucho las piernas, su tranca erecta a estas alturas también, para finalmente ponerse de pie, mientras Castiel parece que va a estallar en llamas.- Y todavía falta… -sonríe chusco, medio volviéndose y agitando otro poco su culo, bajando algo el bóxer, dejando ver una diminuta y elástica prenda camuflageada tipo militar, un hilo dental que se hunde entre lo que puede verse de su trasero. Y ahora sí que los otros dos, Castiel también de pie, quedan de piedra. ¡Quieren verlo todo!

   Una risa cascada les regresa a la realidad, aunque Castiel gimotea internamente cuando el cazador se cubre con el bóxer.

   -Bien, muchacho, lo has demostrado. Eres lindo y caliente, tienes a estos dos babeando por ti, e imagino que por todos lados. –y ríe más, aunque se abanica con la gruesa mano su rostro.- Puedes infiltrarte e investigar. –se aleja.

   Sin ella, o él, la situación se vuelve tensa e incómoda, Castiel se pregunta qué hacía, él, una criatura angelical, mientras Sam no sabe dónde meter la cabeza, todavía ocultando su erección, joder, se había puesto duro mirando al cabrón de su hermano bailando… si es que a ese porno en movimiento podía llamársele así. Dean, el hijo de perra de Dean, tan sólo les mira y sonríe.

   -¿Quieren ver el gran final? –mete sus pulgares en el elástico del bóxer, y los otros dos se impresionan.- La madame dice que debo terminar agitándola de aquí para allá, haciéndola girar, y tal vez estallando y bañando a las más cercanas a la tarima.

   -¡Dean! –croa Sam, intentando no imaginar eso, caliente como nunca.

   -Como Sam, también yo quiero ver. –Castiel habla por ambos, tomando asiento. Dean ríe burlón.

   -Qué pena, no hay tiempo. Hay que investigar unas muertes, ¿lo recuerdas Sam?

   ¡Mierda!… piensa Castiel.

EN SUPERNATURAL NO HAY ANGELES

Julio César.

NOTA: No he visto el episodio de esta semana de Supernatural, no puedo hacerlo por mi cuenta. ¿Vieron el de NCIS? ¿Ocurrió lo que temo que pasó?

NOTA 2: La imagen me la pasó mi amiga con el texto a corregir. No es de ella. NI ES MÍA. Tan sólo puedo decir que el autor, seguramente autora, tiene mucho talento.

PEDIDO

octubre 24, 2013

PERICIA

EL ASIENTO DEL RABO

   ¿Y no le parece extraño?

   -No soy gay… -aclara de entrada, mientras espera a su jefe, teniendo la decencia de enrojecer un poco.- Pero si un carajo viene y me dice “siéntateme en la cara con ese culote abierto”, ya relamiéndose los labios, lo hago. Repito, no soy gay, pero esas lenguas… Si, lenguas, porque me lo piden más de uno, ¡no es mi culpa conocer sólo lame culos! Si un tipo de eso quiere besármelo, ¿debo oponerme? –medio alza la voz al ponerse a la defensiva.

   Y no, si quieren meterle lengua no debe negarse, ¿verdad? ¿Qué de malo hay en ello? Es un asunto de esos donde todos ganan.

PUNDONOR

Julio César.

LUCHAS INTERNAS… 116

octubre 23, 2013

LUCHAS INTERNAS                         … 115

CHICOS ALEGRES

   A veces algo hace clic, simplemente pasa…

……

   Jorge casi rugió, no supo sí de asco o sorpresa cuando vio como Hernán enterraba su rostro, con una expresión de total deseo y felicidad entre esas nalgas, cubriéndole el culo con su boca y succionando ruidosamente, para luego sacar la lengua y pegarla allí, moviendo su cara de un lado a otro, lamiéndolo, lengüeteándole, azotándole hondo. Y vio a Raúl gemir y tensase, agarrándose de una columna del local, como para no caer ante tan rica y debilitante caricia. Hernán subía y bajaba su lengua sobre la deliciosa raja, encontrándola caliente y titilante, sintiendo como el otro se estremecía. Sus ojos miraban la espaldota de Raúl (tensándose, agitándose), sabiendo que el otro era recorrido por olas de placer mientras él devoraba su culito rico.

   Cerrando los ojos, Hernán continuó mamándole el agujero, titilando con la punta de su lengua sobre el tembloroso ojete que parecía pedir a gritos que le metieran algo ya. El hombre le sobaba las nalgotas mientras frotaba su cara de tan maravilloso lugar. La punta de su nariz cayó sobre el ojete y empujó con fuerza como queriendo metérsela allí. Raúl sudaba como cochino, todo su cuerpo brillaba por la película de transpiración cálida. De sus labios salían leves gemidos, mientras su culo iba y venía sobre esa boca, deseando más, que le metiera la lengua, un dedo, el güevo. Su panza plana, su tolete erecto y sus bolas colgando así como sus piernas muy abiertas, y los pliegues de sus nalgas son el marco que cubrían su culo, donde en estos momentos una boca, una nariz y un mentón con una leve sombra de barba, se frotaban con furia, de arriba abajo, como buscando de abrirle un hueco nuevo con esa boca. El sabor salino del sudor de Raúl mareaba a Hernán.

   Hernán le miraba las nalgas abiertas, la raja limpia y lisa, y el culo que titilaba. Frotó en forma acariciante y amorosa un dedo sobre él. Sabía que ya estaba listo, que su amigo del alma estaba bien caliente y mojado, esperando el asalto final del manduco en sus cálidas entrañas. Algo que él se moría por complacer llenárselo de güevo palpitante. Dios, como le gustaba lamerlo, cogerlo, oírle chillar cuando le daba tanto gusto. Se paró tras él, y Raúl, mirándolo sobre un hombro, sudado y jadeante, sabiendo lo que venía, rodeó con sus brazos la columna de metal. El blanquirrojo tolete se frotó de sus nalgas, y Raúl gimió al sentirlo duro y caliente, palpitándole contra ellas. Sintió como el carajo se las atrapó con sus manotas, inmovilizándolo. La cabeza del tolete se frotó de su culito y empujó, clavándolo lentamente, mientras todo el cuerpo de Raúl se estremecía y tensaba, casi doblando sus rodillas ante el asalto de la tranca, que ardía y quemaba. La gruesa barra iba metiéndose, abriéndole el redondo culo que iba tragándolo palmo a palmo, metiéndose todo.

   Allí lo dejó Hernán que chilló ronco, sintiendo como ese agujero le amasaba y apretaba salvajemente, masturbándolo, chupándolo. Jadeó, cogiéndolo lentamente, viendo como el tolete entraba y salía. Lo clavó duramente y lo dejó allí, meciéndole rudamente las nalgas al otro contra su pubis. Los dos hombres rugieron y chillaron, obviamente delirando de gusto en esa conexión culo güevo. Después Hernán sacaba y metía el tolete con violencia, con fuerza. Quería cogerlo, dominarlo, oírlo chillar, verlo sudar y babear, gritando que sí, que lo cogiera más, como deseaba todo sujeto que cogía a otro, gozando las apretadas del estrecho culo sobre su verga, pero también comprobar lo entregado que el otro está. El güevote entraba y salía rudamente, estremeciendo todo al más flaco.

   Y Jorge no podía dejar de verles, odiándoles, asqueado, pero también… Cerró los ojos, tragando, intentando controlarse, y el rostro de Eric copó totalmente su mente, y los roncos gemidos masculinos que escuchaba ahora parecían venir de la boca del abogado de la playa, erizándole toda la piel.

   ¡No! ¡No!, quiso cerrar los ojos pero…

   Las manotas de Hernán le apretaron las caderas, le sobaron la transpirada espalda de manera íntima, casi afectuosa. Sus caderas iban y venían con fuerza cuando lo cogía. Sus piernotas se veían musculosas, mucho, sus nalgas iban y venían, abriéndosele la raja cuando culea al otro. Los pliegues que iban a las bolas se veían lampiñas. Las bolas se bambolean y más arriba se veía el güevote que era enrome, grueso, casi triangular, como una porra de carne dura, que salía y entraba del culito rojo y lampiño del chico que gemía y jadeaba, mientras se mecía de adelante atrás, buscando más y más de ese palpitante tolete, que lo desesperaba y excitaba tanto que tenía que morderse los labios para intentar controlarse y no gritar como una puta loca, gozando eso.

   Las caderas de Hernán iban y venían sin detenerse, moviendo su trancota, mientras las nalgas del otro se agitaban de adelante atrás también, ofreciéndole a su amado macho su frutica secreta de gozos prohibidos (¡y él conocía al papá de Raúl!). Las bolas de Hernán le golpeaban las nalgas, mientras su propio tolete, erecto y duro, como siempre pasa en los tipos tan jóvenes, se mecía de un lado a otro mientras su amigote del alma le embestía con saña, gozando ese culito que tantos y gloriosos momentos de placer le habían producido desde la primera culeada.

   Con un alarido que a Jorge le puso la carne de gallina, Hernán sacó su tranca de tan maravilloso estuche, uno que tanto le encantaba, y ayudó al otro a enderezarse, sonriéndose los dos, excitados, cayendo uno en brazos del otro, y Jorge, con una mueca de disgusto vio como sus bocas se unieron en un beso íntimo, mordelón y exigente, donde las lenguas se cruzaron con presteza y lujuria. Era evidente que eso, tragarse cada uno la saliva y el aliento del otro les era grato y hasta necesario. Hernán llevó al otro hacia un carrito bajo, azul, y riente casi lo alzó por las axilas sentándole en el capote. ¡Qué bolas!, su culo desnudo y sudado sobre ese capote nuevo, pensó Jorge. Raúl, sabiendo qué se esperaba de él, se acostó de espaldas sobre el frío metal, que pronto estaría caliente con lo que Hernán le haría en su hambriento huequito, riendo en todo momento. Hernán le abrió las piernotas, mirando el enrojecido culo, por el uso, y se tendió sobre él, metiendo su lengua en la boca del otro. La cabezota de su tranca se frotó de la entrada del culo y lo penetró lenta pero indetenible, metiéndosela toda.

   Raúl chilló apretando los dientes y arrugando la frente, mirándolo mientras el otro sacaba y metía lentamente su tranca. Las piernas del joven estaban dobladas y abiertas, con las manos de Hernán atenazándole las rodillas. Los dos jadeaban ruidosamente y Jorge creyó que eran un par bien imbéciles de maricas, sus gritos podían atraer a media Caracas, policías y bomberos incluidos. No pudo evitar notar las gotitas de sudor que saltaban de la nuca mojada de Hernán cuando la agitaba de un lado a otro, o su musculosa y ancha espalda, brillante de sudor, así como sus nalgotas que iban y venían cuando embestía a su amigote del alma.

   Jorge notaba como esas embestidas estremecían a Raúl sobre el capote, y casi podría jurar que a todo el carro también. Mientras lo cogía con fuerza y velocidad, Hernán, con gotas de transpiración que corrían por su cara, miró a su amigo estremeciéndose, también sudando y jadeando sobre ese capote, y algo le dijo al curioso mirón que en ese momento había algo más entre ellos, una relación que no entendía, una que hacía que a Hernán le pareciera maravilloso tener a Raúl bajo él, entregado, gimiendo y arqueándose mientras le hace el amor. Vio cuando, con su mano grande le atrapó el güevo, frotándoselo, masturbándolo, sabiendo que pronto se correría, deseando brindarle el mayor placer posible al otro.

   El flaco se cimbró aún más sobre la capota, arqueando la espalda, clavándose esa mandarria caliente y dura en las entrañas, mientras se corrió sobre su vientre y pecho. Y mientras continuaba enculándole, los dedos de Hernán recogían goterones de ese semen y los lamía con gula, mirando codicioso a su amigo. Saboreó esa esperma, tomó otro reguero e hizo que Raúl lo lamiera de sus dedos, como si de leche condensada o miel se tratara. Fue el momento en que la tranca de Hernán se tensó al máximo disparando su carga caliente y abundante de leche en el interior de su colega y amigo. Jorge, con la boca seca, sintiéndose asqueado, acalorado y… excitado (coño, no podía evitarlo), los miró como a desconocidos. Fue algo sucio… y erótico. Pasó saliva, enderezándose un poco y tumbó una taza de carro, que cayó y sonó terriblemente escandalosa, sobresaltando a la pareja. Fue un momento horrible, donde un semioculto e inclinado Jorge, rojo de vergüenza y malestar, se enderezó. Y la pareja, que estaba recostada sobre el capote, besándose y acariciándose después el intenso coito alcanzado, se enderezó también, de pie Hernán y sentado sobre el carro, Raúl. Mirándose todos.

   Era la hora de hablar entre ellos.

……

   Lesbia, manejando su camioneta a través del escaso tráfico, no mira, ni oye. Sólo puede pensar en el peligro que corrían ella y la gente a su lado. Y en todo lo que estaba a punto de perder. William acababa de pedirle en ese cuarto de hospital que se divorciaran. Para ella eso fue terrible. Llorosa le dijo que todos los matrimonios pasaban por crisis, algunas terribles, y lo resolvían; que ellos también podrían superar esto. Que él sólo debía perdonarla. Pero William la había mirado en forma lejana, sin resentimientos, y ella entendió que el hombre, simplemente, ya no la amaba. Lo supo antes de que abriera la boca. Y fue doloroso.

   -No se trata de eso, Lesbia. Es que ya no te quiero. No sólo estoy resentido. Es que ya no quiero tener nada que ver contigo. Y eso no es de ahora. Teníamos problemas. Problemas que te llevaron a brazos de Ricardo Gotta. No te culpo de eso, aunque pudiste luchar contra él, o gritarme que me fuera para el coño y que querías vivir tu vida. Pero no enredarte así con Ricardo. Pero ya no importa. -dijo hablando algo torcido, con malestar en la panza.- Nuestras hijas, nuestras… -enfatiza.- …Siempre estarán ahí para ti y para mí. Las amo como nunca podrías imaginar. Ni yo mismo sabía cuánto. Y por ellas, por mí… voy a intentar salir de la mierda en la que estoy hundido hasta las orejas desde abril. Aunque fracase y me hunda de nuevo, lo voy a intentar. –fue cuando, mirándole resentida y llorosa, le gritó.

   -¿Me vas a dejar por ese carajito que no se te despega ni de día ni de noche? -odió a William en ese momento.

   -Cheo es tan sólo un amigo, un buen amigo. Si está aquí es para… cuidarme. -la miró hasta divertido.- Si no me crees, piensa lo que quieras.

   -¿De qué tiene que cuidarte? Está aquí porque tú y él, en tus borracheras, quién sabe qué coño hicieron. -quiso herirlo, lastimarlo. Ofenderlo.

   Botando aire, la mujer cambia de carril, recordando la mirada muerta de William al decirle que sí tienen de quién cuidarse, que tienen enemigos, gente mala, muy mala, aún ella. Uno en especial y muy peligroso, Ricardo Gotta. William le cuenta de los negocios que llevaba para él, de su sociedad con Roger Santos, de las armas, de los muertos de abril, de la confesión de Ricardo de que él denunció a todo el mundo, de la muerte de Roger, del atentado a Eric, del atentado que Tirzo intentó en Tacarigua de la Laguna. Del ataque a él en el hospital. Del ataque a Eric a la salida de La Fiscalía. De la muerte de Tirzo Ramos. Habla y habla de la bajeza del hombre para quien trabajaba; y Lesbia va mirándolo aterrada, incapaz de creerle al principio, pero encontrando la verdad en sus ojos. Y por eso iba a donde iba. Había tomado una resolución que estuvo posponiendo durante mucho tiempo…

   Acabar con Ricardo Gotta. ¡Destruir a ese hombre!

……

   Es de noche cuando Eric y Jorge se despiden, caminando al borde del mar. Jorge tiene que irse, y salir de Tacarigua de la Laguna no era cosa fácil. Pudo haberle pedido al otro que le albergara, pero sabía que era imposible. No todavía. Mientras van hacia el poblado, y el terminal (o lo que funge como tal), Eric le cuenta los problemas por los que cruza su familia. Jorge lo oye sólo con la mitad de su atención, porque al estar junto al abogado no puede evitar pensar también en esos dos carajotes que eran sus amigos, tipos como él (o creyó que eran como él), y a quienes descubrió una tarde enculándose. Fue una charla difícil la que sostuvo con ellos cuando dejando el lugar desde donde los pilló tirando y se dio a conocer (bueno, le descubrió la taza esa cayendo). Hernán y Raúl se sintieron todos cortados, de pie frente a él, desnudos.

   -Vístanse, coño. -gruñó Jorge, evitando mirarlos, más incómodo que nunca.

   -Jorge… -graznó agudo Raúl quien imita a Hernán cuando este toma sus cosas del piso, metiéndose dentro del pequeño calzoncillo, lo único que se puso. Raúl igual.

   Ante la dura mirada que Jorge les envió, de los reclamos y acusaciones que vieron en sus ojos, esos dos tipos, Hernán de pie, en calzoncillo, y Raúl, también en calzoncillo, pero sentado nuevamente sobre el capote, le contaron una extraña historia que hablaba de lo simple y fácil que puede ser para algunas personas adaptarse a los cambios, aún los sexuales, potenciada si había cierta… química entre la gente, como la había habido siempre entre esos dos carajos, amigos de parrandas y años. Porque ahora sabían que esa afinidad que sentían, ese placer que encontraban al estar reunidos, bien pudo ser mucho más, o que podía expandirse en nuevas experiencias, unas que no debían ser terribles ni traumáticas, tan sólo la necesidad de sentir y recibir en un momento dado, cuando dos amigos de toda la vida se miran y por un segundo se preguntan ¿y sí..?; aún en ese tosco afecto de hombres que no se atrevían a usar otros nombres para explicarse o entenderse.

   Hernán, encogiéndose de hombros, algo turbado y confuso, como le pasa a los hombres cuando tienen que contestar sobre problemas de las querencias, y a eso se reducía en últimas instancias lo que pasaba entre él y Raúl (Eric lo habría entendido), dijo que una noche lo probaron, que la cosa pasó y les gustó. Y que desde entonces, cada vez que pueden (y no dice lo poco que no pueden cuando están juntos), lo hacen.

   -¿Cómo coño? -grazna escandalizado Jorge. Los otros dos se miraron, y alarmado comprendió que entre ellos ya existía una comunicación sin palabras, un entendimiento más subliminal.- Uno no se vuelve marica así como así.

   -Sin ofensas, pana. –atajó, duro, Hernán.

   -¿Te ofende? –Raúl le miró y el otro pareció turbado.

   -No, pero no quiero que te trate de… esa manera y… -enrojeció, avergonzado de ponerse protector. Cosa que dejó boquiabierto a Jorge.

   -Cuéntale… -le dijo suave Raúl, mirándolo con afecto, como acostumbrado a que el otro hablara por él. Jorge sintió un escalofrío de repulsa.

   Hernán replicó que no sabía cómo pasó a ciencia cierta, que no fue algo planificado o buscado, que Raúl y él eran amigos de siempre, fueron juntos a la escuela, que se conocían antes de que Hernán conociera a Jorge en el cuartel. Aunque Hernán parecía algo mayor, eran contemporáneos. Que se cayeron bien desde la primaria, salían a jugar béisbol, a parrandear, a buscar mujeres, y que eso les gustaba. Que las cosas se complicaron un poco cuando salieron con dos hermanas, casadas ellas, con hijos, que vivían en la misma casona por El Valle, con sus maridos. Ellas eran alegres, bebedoras, bailadoras y putonas, que se divertían de lo lindo dejando a los muchachos con la abuela, vistiéndose bonitas y saliendo a una tasca, donde nunca faltaban galanes que las encontraban hermosas, les brindaran caña, las bailaran y sí había suerte… Era un oasis en la vida de mujeres cuyos maridos ya las veían como mercancía segura, sin atenderlas, sacarlas o decirles simplemente que todavía eran guapetonas y de buen ver. Sin embargo, las hermanas no se inventaban excusas, no eran mujeres mal atendidas, sólo era putonas.

   -La estábamos pasando rico con esas muñecas. Yo con Magaly (el burro por delante) y Raúl con Zenaida. -aclaró Hernán, sonriendo.- ¡Ella y yo, en la cama del marido! –señaló divertido, para ñapa.

   Raúl dice que él estaba tirando sabroso con Zenaida, cuando Hernán entró pálido y alarmado en el cuarto, dándole una fea nalgada sobre el culo, gruñendo bajito que ¡los maridos habían llegado! Zenaida y él se encogieron de miedo.

   -Los carajos eran Dasnap, de esos de los malos. -aclara el flaco.

   Zenaida, asustada, los obligó a meterse en un closet que estaba allí, que tuvieron que tenderse uno al lado del otro, en calzoncillos, para que ella los cubriera con una lona negra que estaba en el fondo, con la que cubría sus zapatos para cuidarlos del polvo, las telarañas y los insectos. Desde allí, Hernán echado de espaldas sobre el suelo frío, con algunos zapatos picándole la espalda, y Raúl de lado, casi sobre él, con el culo contra la pared, oyeron cuando entró el marido, preguntándole arrecho que qué hacía, que dónde estaba. La oyeron reír nerviosamente, en batica sexi, insistiéndole en que salieran para darle algo de comer.

   -Pero el tipo estaba medio borracho y caliente, comenzó a sobarla. O eso imaginamos por los gruñidos y jadeos. -acotó Raúl, sonriéndole al otro en forma divertida. ¡Oh, Dios, mira como se ven!, se dijo Jorge.

   Enrojeciendo, Hernán cuenta que los oyeron caer en la cama, gimiendo, gruñendo y a ella chillando como sólo las mujeres saben hacerlo cuando están calientes y un güevo está frotándole el clítoris. Raúl sabía que ella estaba que ardía. Y ellos dos también lo estaban, estuvieron tirando y no alcanzaron el clímax, y allí estaban, medio borrachos también, casi desnudos, oyendo a una pareja tirar, con el colchón crujiendo y la mujer gritando cada vez más, como la propia reina del cine porno. Al principio estaban tensos al tener que estar tan cerca, cada uno sintiendo el cuerpo y el calor del otro. Hernán notaba como el bojote en el calzoncillo, muy chico de Raúl, se movía un poco. Lo miró severamente, pero Raúl gimió que lo sentía, casi riendo sobre su rostro, pero le crecía mientras oían a Zenaida gemir como una loca pidiendo más, ordenándole al marido que le mordiera las tetas.

   Hernán cuenta como se sintió inquieto, con el calor, peso y toque de su amigo, de su amigo de primaria, del flaco, ese carajo reilón, buena gente, borrachín, que le caía tan bien, desde siempre. Sintió que un calorcito lo recorría e intentando controlarse cerró los ojos, intentando pensar en otra cosa, pero sólo fue consciente de Raúl, allí, sólido y cálido, respiración pesada por lo que escuchaba al lado. Abrió los ojos y estaban allí, mirándose fijamente, rostros muy cerca. Hernán sintió como el güevo le hormigueaba y como crecía dentro del calzoncillo bikini, y sentía como endurecía el de Raúl. Oía los gemidos de Zenaida, como su marido gruñía; y tenía la garganta cerrada.

   Lo que sentía, que atribuía a la borrachera y al oír a la pareja tirando, lo embargaba todo, pero llegó al punto culminante cuando los dedos de Raúl cayeron sobre su tetilla izquierda, un dedo tocándole, frotando, luego pellizcándola. Hernán tuvo que morderse los labios para no chillar, y su güevo creció titánico, palpitante, saliendo de la tanga. El de Raúl estaba igual, chocando contra su panza, como una lanza caliente, también palpitante y dura, manando algo tenue y caliente sobre su abdomen. Mirándose a los ojos, cada uno tomó la verga del otro, y eso les hizo estremecerse violentamente; era tan extraño y prohibido, tocar así no sólo a otro sujeto, sino a un amigo, a un querido amigo. Los dos se masturbaron el uno al otro, sobándose, acariciándose, mirándose en todo momento. Sólo mirándose, jadeando contenidos. Hablaron, roncos y quedo, de que eran machos, amigos, que no podían hacer eso.

   Después de un rato, Raúl, le soltó, gruñéndole que tenía razón, eso no estaba bien. Y fue cuando Hernán lo sorprendió, volviéndose hacia él, metiendo el rostro entre su cuello, oliéndole, frotándose, besándole de forma lenta y caliente, con una pasión que no querían analizar ni ponerle nombre. Jadearon mirándose, sus labios rojos y húmedos, bocas entreabiertas, y las unieron en algo que era evasivo, tanteando, probando, para volverse luego exigente y salvaje, donde cada uno quería invadir al otro, tragarse, mientras oían a la pareja jadear y chillar sobre la cama, cerca de ellos. Esa noche, encerrados, se sobaron, sus bocas se encontraron una y otra vez mientras sus güevos eran frotados y sobados por el otro. Se corrieron, conteniendo los gemidos, con Raúl jadeando contra el rostro de Hernán, quien se sorprendió a sí mismo besándole la frente en ese momento de intento clímax.

   Así comenzó todo, fue algo extraño, caliente en ese momento, que luego los avergonzó, obligándolos a evadirse el uno al otro. Se sentían mal, enfermos, como si algo les fallara. Estaban molestos uno con el otro. Pero una tarde calurosa en el antiguo taller, a la hora de irse, Raúl se quitó la ropa presto a bañarse, y Hernán, viéndole, sufrió una terrible erección. Fue junto a él, y cada uno entendió. Esa tarde, bajo el chorro de la ducha, se convirtieron en amantes ocasionales, gente que gustaba
del sexo por el sexo mismo. O así querían creerlo, que era sólo piel contra piel, el deseo de un rato de ocio cuando no hay nada mejor que hacer. Se cuidaron de que él, Jorge, no lo supiera.

   -Sabíamos que te arrecharías. Que no lo entenderías. -dijo Raúl.

   -¿Entender que son un par de maricas? -rugió Jorge, molesto, sintiéndose… traicionado.

   Se molestó mucho con ellos y por un momento hasta pensó en acabar con la sociedad, pero no quería. Invirtió mucho en ese maldito taller. Y los apreciaba, coño habían sido sus amigos durante años. Con el paso de los días, aunque los veía con cara amarrada, fue entendiendo que la gente era como era, y que nada podía hacer uno por mucho que la cosa le arrechara. Que Eric Roche también era como era, y, en honor a la verdad, nunca había intentado propasar los límites de esa amistad, que ahora la sabe igual a la de Hernán y Raúl, dos carajos que hablaban con él, reían, echaban vainas, tomaban caña a litros, jodían con mujeres… pero que a veces se entendían entre ellos, en una tarde oscura y solitaria, entregados a una pasión carnal difícil de definir.

   A él le había encantado la amistad de Eric, sentirlo cerca, riendo, tomando, hablando. Recordaba las noches en esa casa en Tacarigua de la Laguna, en aquel oscuro porche, en shorts y sin camisas, recostado él en una silla, con una cerveza en la mano, miraba y oía el negro mar, rugiente, y un viento que parecía salir de un abismo. Y hablaba con Eric, o con Sam, pero sobretodo con Eric, y lo escuchaba decir algo sentido, convencido de lo que expresaba. Y le gustaba, se sentía bien, en paz. Como si todo estuviera en su lugar. Ahora, semanas después de que le gritara maldito maricón, y se fuera, sabía que extrañaba todo eso, que habían sido buenos tiempos, aunque no supo reconocerlos en ese momento. Y los quería de regreso. Quería la amistad y cercanía de Eric.

   Pero, ¿era sólo eso? ¿Sólo su amistad?, piensa mientras llegan al poblado, cerca de los carros de alquiler. Sabe que es todo lo que Eric Roche le dará por ahora. Pero eso debía ser todo, carajo, se reclama. Se miran, se aprietan las manos y se aleja, saludándolo antes de entrar a la buseta.

    Eric le corresponde, mirándole aún. Y tiene la misma idea que Jorge en esos momentos, quien también le ve: que joven y atractivo se veía el otro. Despidiéndolo con una sonrisa tensa, no sabiendo si perdonarlo y ser su amigo otra vez o no, Eric se aleja.

   Confuso, Jorge se jura que lo logrará. Serán amigos otra vez. Y si está pensando en que aquello puede terminar en otra cosa… ni él mismo se atreve a tomar por esos caminos de la mente.

                                             ………………..

   En un momento de confusión mañanera, Frank cree despertar al lado de Marina en su cama. Ya amaneció, pero no siente ningún deseo de abandonar su cálido colchón en medio del frío ambiente creado por el acondicionador de aire. Se medio vuelve y, como le pasa ahora, se sorprende de encontrar allí a Nicolás Medina. Dormían ahora en la misma cama, sin reparos, sin tapujos. Comenzaban la noche remolonamente, sobretodo Nicolás, hasta que terminan uno en brazos del otro y lo hacían. Y otra vez. Y otra vez, explorándose, haciendo cosas con sus dedos, bocas y lenguas que jamás se hubieran atrevido a considerar o soñar, con el muchacho usando sus dedos en él de una manera que antes el catire abogado jamás le habría consentido a nadie (como no terminara con una fractura de cráneo a fuerza de coñazos), hasta que agotados se dormían, como cayeran. El hombre está desnudo, relajado y algo cansado de allí, entre sus piernas.

   Se medio sienta en la cama y contempla al joven dormir, también desnudo, aunque semiarropado, ya que parecía sufrir de frío. Siempre quería taparse, cubrirse con algo. Era como una manía. O tal vez eran escrúpulos. Tenía muchos, demasiados, cosa que había desconcertado primero y sorprendido después al abogado.

   Le mira dormir pausadamente, con la boca algo abierta, y una idea maligna gana fuerza en su mente: ¡darle un susto de muerte gritándole y agitando la cama! Hace poco casi había caído del sofá así. Conteniendo una sonrisa malintencionada, se inclina sobre él, acercándose a su rostro, para gritarle en la pata de la oreja. Y allí se queda, paralizado, oyendo sus suaves ronquidos, esos que sólo los hombres producen. Le ve tan joven y tan en paz, relajado. Hermoso y vulnerable. Mierda, estaba perdido de marica, debía recobrarse, gritarle, tumbarle de la cama y… su boca de labios abiertos bajan suavemente posándose sobre los del joven. Es un beso acariciante, tibio y tierno. Y Frank lo siente, siente deseos de mimarlo, de despertarlo alegremente, porque lo aprecia más allá de lo que imaginó. La broma pesada se transforma en una dulce caricia. Y eso lo asusta, por lo que se aleja cuando el joven abre los ojos, adormilado, mirándole confuso. Lo mira pasarse la lengua por el labio, como si buscara algo allí y su boca cae nuevamente, atrapándole la lengua con su suya, hambriento, lamiéndola ruidosamente. Deseando que responda. Y Nicolás lo hace. A su manera. Apartándole un poco, rostro arrugado.

   -Ay, no, ¡sin lavarse la boca no!

CONTINUARÁ … 117

Julio César.

NOTA: Como ya he señalado, esto lo escribí a mediados del 2002, releyéndolo hoy para corregir un poco los muchos horrores ortográficos, caí en cuenta que la historia de Hernán y Raúl, los amigos de Jorge, fue sencilla pero muy probable. Lo había olvidado. Debí usarles más en la trama, únicamente están ahí para llevar al joven mecánico en cierta dirección, pero daban para más.