Archive for 26 febrero 2014

MI 27 DE FEBRERO

febrero 26, 2014

YO SERÍA FELIZ

REPRESION EN VENEZUELA AYER Y HOY

   Nada nuevo bajo el sol, sólo cambia la cara del represor…

   Siempre lo recuerdo. Ese día estaba en casa de mis padres (todavía), esperando que me llamaran para un trabajo, donde ahora echo raíces, y dos de mis hermanas que estudiaban llegaron corriendo, se había formado una manifestación de liceístas, salieron y la policía les reprimió, como se hacía antes, a peinillazos. Me sorprendí, ya escuchando noticias convulsas que venían de mi Guarenas natal, porque, cómo exclamara poco antes, “aquí nunca pasa nada”. Pero si pasaba, comenzaba El Sacudón, en Guarenas, arrastrando a Guatire a su paso y terminando con ese semi levantamiento social en Caracas, el mal llamado Caracazo. Era el 27 de febrero de 1989… día que estaba yo de cumpleaños. Y así mi fecha pasó a la historia, como dice un amigo (el marido de una amiga), que también cumple en esa fecha: el día de nuestra señora de todos los sacudones.

   Ahora lo declaran no laborable por no sé qué jornada del heroico pueblo (imagino que hablan de los saqueos, siendo un gobierno delictivo debe parecerles una maravilla, y no les calumnio, el difunto Hugo Chávez decía que quien no trabajara que robara si necesitaba), y se vuelve más festivo mi día. O conmemorativo. Mucha gente desapareció, otros fueron brutalmente reprimidos, encarcelados y asesinados. Supongo que eso pone nostálgico a un régimen como este, corrupto, incompetente, fascista y violento, mientras reprimen, desaparecen, encarcelan y matan gente en estos días. A veces me pregunto, con gente tan transparente en su manera de pensar y actuar, ¿de qué se sorprenden tantos cuando responden con brutalidad? Como sea, este 27 será preámbulo del Carnaval, una jornada tan esperada por nosotros que días antes lo estudiantes crean disturbios en los liceos y escuelas, lanzando agua y huevos podridos, para adelantar el asueto. Este año lo aumenta en días el Gobierno, en la esperanza en la gente se distraiga y deje de protestar, pero con tan mala suerte que en los lugares de descanso no hay papel higiénico ni café, y dólares para viajar fuera del país, tampoco porque se los robaron. La gente está condenada a quedarse donde está, ya arrecha, imaginarán más tarde.

   No habrá Carnavales. En otras épocas ya estaría planeando para qué playa bajar, a dormir hasta tarde, llevar sol, tomar cervezas, comer pescado frito, lanzarme de cabezas dentro de las olas y conocer a esa gente ligera que uno siempre encuentra en la arena. Ya estaría viendo qué inventarle a la gente a cuyas casas no iría porque ya me comprometí con otros. Este año no, no estamos como para fiestas; bajo el cielo gris plomizo que cubrió hoy Caracas, y desde muy temprano, bulló la protesta. Orquestas y soneros anuncian que no se presentarán en retretas, las Misses se reúnen para colgar desesperados videos llamando a la paz y al fin de la violencia, atletas y artistas igual, cayendo sus llamados en los oídos sordos de estos Mubarak egipcios tropicales, los Gadafi libios de galeras caribeñas, los Bashar sirios nacionales, todos enquistados largamente en un poder del que abusaron y se acostumbraron a vivirlo y explotarlo, como nos advirtió Simón Bolívar que terminaría ocurriendo.

   He recibido llamas, mensajes y correos de gente amiga, fuera del país, alarmados por lo que ven, por una iglesia en llamas con gente adentro, edificios bajo el bombardeo de la guardia nacional, estallidos en Valencia que hacen recordar tomas de Irak. Se les nota la preocupación, el miedo por la surte de la gente de aquí. También la rabia por lo que nos pasa. A nosotros, que salimos por el pan y el periódico, a ver dónde coño se consigue café en polvo, al trabajo, de alguna manera no nos parece tan grave, pero supongo que así comenzó en Egipto y Libia, la gente en las calles molesta por los abusos de una casta parasitaria, acostumbrada a mandar, sin esperar realmente batallas o matanzas, siendo acusados de mercenarios, de terroristas y violentos cuando más tarde utilizaron contra ellos todo el poder de un ejército armado y maldito que disparó contra su propia gente. Esos amigos me preguntan “¿necesitan algo?, ¿qué hacemos?”. Bien, cuéntenlo por el mundo, repliquen en las presas de sus ciudades a los comentarios ligeros y superficiales, aclaren que esto es una dictadura. Hay un maquillaje electoral, una pantomima de poderes públicos, una ilusión de estado de derecho… lo mismo que esgrimían Gadafi y Saddam, y que todavía exhiben Fidel Castro y Aleksandr Lukashenko, para fingir legalidad.

   Amanecerá y veremos; por lo pronto, a guardar el traje de baño…

SIN TIEMPO… Y SIN BLOGGER

Julio César.

NOTA: Por cierto, eso de que la fecha de mi cumpleaños se hizo famosa, lo decía este amigo, el esposo de Fátima. Siempre dice, cuando hablamos de estas cosas, que siempre supo que el día de su cumpleaños pasaría a la historia. Cuando le digo que lo compartimos, calla un momento pero luego contraataca: “ah, pero yo nací en el año del terremoto”. Y si, ahí me gana. Nació el día de todos los sacudones, el año de terremoto.

QUIÉN LO TIENE, LOS TIENE A TIRO…

febrero 26, 2014

PRUEBA

MACHO CALIENTE

   Era lo bueno de trabajar en casa…

   Tan sólo se oyen los gruñidos de Gregorio, los “tómala, tómala toda, cabrón”; y los gemidos de gusto, casi agónicos placer, del chico de turno, pidiendo más. Cuando su mujer salía para el trabajo, llevándose los niños al colegio, Gregorio recibía a los vecinos, casi todos hombres jóvenes, profesionales, atléticos y triunfadores, que sin embargo, rojos de vergüenza, ojitos brillantes de lujuria, iban para que les atendiera. Había algo que enloquecía en ese hombre de rostro descarado, cabello corto, cuerpo fornido y velludo, muy bronceado, siempre llevando sol en la piscina en bikinis, dejando a veces que vieran sus partes no quemadas como al descuido. Era algo en él, cuando les veía, sonriendo burlón, una mano grande de dedos paludos acariciándose sobre el trae de baño, que les aflojaba las rodillas, les endurecía las trancas y les mojaba esos c…

ATENCION AL CLIENTE

Julio César.

CAUTIVOS DEL BLANCO REACCIONARIO

febrero 26, 2014

NATURALEZA

MARINES CAPTURADOS

   La juventud les perdió.

   A un apartado punto en Texas llega un contingente de marines para ayudar al FBI en la búsqueda de peligrosos grupos de supremacía blanca. Revisan propiedad por propiedad, pero eso lleva tiempo y aburre, los chicos son muy jóvenes y tienen ganas de farra, están en su tierra y no hay que cuidarse de emboscadas, así que se descuidan. Y allí estaba esa cantina perdida en una larga carretera solitaria. ¿Quién habría podido decirles que el cantinero, un cuarentón alto y delgado, mal encarado, había drogado las bebidas, que despertarían desnudos y atados, y que serían controlados? Ahora luchan, se resisten, gritan exigiendo libertad, a veces suplican con sus caritas de niños buenos, sanos, aseados y guapos… Ignorando que eso excita más al malvado. Llevan un día cautivos y se juran resistir, pelear y escapar… El tipo, sabiendo lo que piensan, sonríe mirándoles en su patio, enrollando en una mano la gruesa correa de cuero, disponiéndose a comenzar. Para ese fin de semana la transformación estará bien avanzada, sus mentes confundidas, sus cuerpos forzados, usados, adoloridos… y excitados. Para dentro de siete días serán tan sólo chiquillos que querrán estar atados, sus bocas mordiendo bolas de hule, temblando deseando ser tomados por él. Tan sólo serán babeantes, juguetones y briosos cachorritos queriendo ser usados en mil juegos sexuales por su amo. Serán sus jóvenes, fornidos y calenturientos esclavos. Para siempre. Correa en mano, notando el miedo del chico, viéndole revolverse y oyéndole gritar que se aleje y que no le toque, se pregunta qué pensarán sus familiares, amigos y colegas cuando jamás se les vuelva a ver. Bien, ¿a quién le importa?

PENITENCIA

Julio César.

VENEZUELA EN LAS CALLES

febrero 25, 2014

MORGAN  FREEMAN… INVICTUS

GENESIS CARMONA

   Los que mueren por la vida…

   Ya van once personas asesinadas en casi tres semanas de protestas. Y el resto no abandona a pesar de la brutal represión de una gente corrupta, incompetente, fascista y violenta. La semana pasada sepultaron en medio del dolor a Génesis Carmona, Miss Turismo 2013, en Valencia; estaba marchando pacíficamente y eso aterraba a los policías y guardias nacionales que les vigilaban, por lo que dejaron fueran agredidos y atacados por encapuchados armados, deteniendo luego estudiantes. Ni a un solo agresor. Ni al Gobernador que por su cuenta social les amenazó con represión. Pero debemos creer en su inocencia. Como dijo un twittero: En este país una Miss Venezuela muere haciendo turismo, y una Miss Turismo muere por Venezuela. No supieron calibrar el peligro de los muchachos en la calle; Vielma Mora se equivocó cuando insolentemente les atacó porque él es rico y poderoso. Muchos ponen sus esperanzas en los carnavales y que todo pase, me parece que otra vez se equivocan…

HANNIBAL REGRESA HAMBRIENTO

Julio César.

NOTA: Otra joven fue asesinada en Valencia, en el Táchira la represión  ordenada por Vielma Mora le costó la vida a un hombre joven que fue herido con una granada lacrimógenas disparadas contra las viviendas donde tocaban cacerolas, precipitándose al vacío. Y todavía no se sienten responsables, es culpa de todo el mundo menos de quien ordena la violencia en medio de las cadenas. Aún insisten en que el problema es el que intentan hacernos creer.

LUCHAS INTERNAS… 123

febrero 25, 2014

LUCHAS INTERNAS                         … 122

ABOGADO HOT

   Nadie es más peligroso que un abogado mojado…

……

   Cuelga y tomando aire intenta darse ánimos. La otra cita era más delicada y… preocupante. Pronto dejó atrás la ciudad y enfiló por la larga autopista, llegando media hora más tarde a Los Altos Mirandinos. Enfiló hacia una vasta propiedad, cercada y cuidada, donde gente en batas danzaban de aquí para allá por los jardines, o estaban sentados en bancos y cosas así. Parecía una casa de retiro, un hospital para gente ida; pero era un sanatorio para enfermos mentales, no con ese nombre ni esa connotación. Pero es lo que era.

   Y allí estaba Linda Santana de Mattos.

   La mujer sintió un escalofrío al entrar en la propiedad y bajar del carro. Fue abordada por un vigilante y llevada a recepción, donde se presentó como una hermana de Linda que pronto debía viajar por un muy largo periodo de tiempo. Insistió, repartió sonrisas, fue muy atractiva y logró que la dejaran verla, sólo unos minutos, para “despedirse”. La llevaron a un cuarto iluminado y alegremente decorado, que parecía una cómoda estancia de hotel, con amplios ventanales que daban a un jardín, pero la ilusión quedaba rota por los barrotes que la cruzaban.

   Sobre la cama yacía, alejada en espíritu, Linda, pálida y tristona. La enfermera que vino con Lesbia le dice que la mujer no habla mucho, no quiere comer nada y sólo esta así, preguntando ‘¿ya llegó? ¿Ya vino por mi?’. Lesbia siente un estremecimiento de miedo, por Linda. Debía ser horrible perderse así en las tinieblas de la mente, querer salir del lugar y ser retenida a la fuerza, encerrada y sedada. ¿Y sí hubiera una confusión y alguien gritara, “epa, esa también está loca”, y la detenían?

   La mira fijamente y la otra no repara en su presencia. Lesbia sabe que está así después de un ataque violento contra Samuel, a quien acusaba de infidelidad por unas fotografías donde vio que el joven la abrazaba a ella. Había sido algo ruin y repugnante en ello. Algo muy de Ricardo Gotta.

   -¿Linda? -la llama suavemente y la otra no se mueve.- ¿Linda? -insiste, moviéndose hasta quedar al alcance de su vista. Y nota como algo va encajando, detecta el enfoque de esas pupilas, percibe el miedo, el horror, la rabia que va apareciendo. Mira el odio que brilla en sus ojos.

   -¿Tú…? -suena ronca, como si le costara hablar, con su garganta cerrada y seca.

   -Linda, entre Sam y yo no hay nada. Fuiste usada. -la mira vehemente, repitiéndole eso varias veces. Le dijeron que así debía hacerlo, repetirlo hasta que le entrara en el coco.- Hay gente que odia a Samuel, Linda. Lo odia mucho, y quiere hacerle daño, Linda. Mucho daño. -y lo repite una y otra vez.

   -¿Daño a Sam? -jadea.- A Sam, no. -la mira con odio.- Yo le hice daño… -y gimotea.

   -Fue obra de Ricardo Gotta. Fue él quien te hizo eso, y se lo hizo a Sam. Fue Ricardo Gotta quien te obligó a hacerle daño a Samuel. -insiste vehemente, machacando cada frase.- Ricardo lo odia. Es malvado. Es un hombre muy malo. Y odia a Sam. Y a Eric. Ricardo va a matar a Sam y a Eric. Les hará daño. Le hará daño a tu Sam. Sam es tuyo. Tú lo quieres y él va a quitártelo. Ricardo le ha hecho daño a muchos. Lo de las llamadas esa noche, lo de las fotografías, fue cosa de Ricardo. Él quería enloquecerte para que tú lastimaras a Sam. Quiso que tú, que tanto lo amas, lo lastimaras. Porque lo odia, Linda. Ricardo odia a Sam. Y por su culpa estás aquí, lejos de Sam. De Sam que te ama y sufre porque estás encerrada. Encerrada por culpa de Ricardo. Y él allá afuera, esperando el momento de matarlo. De hacerle daño a tu Sam. Porque tú no estás para cuidarlo.

   -Sam, no… -gruesas lágrimas ruedan por sus mejillas. Ella le hizo daño a Sam. A su amado Sam. Al hermoso Sam. A Sam que siempre la quiso y la cuidó. Su Sam.- Yo no quise lastimarlo… -llora.

   -No fuiste tú. Fue Ricardo Gotta. Debes decírselo a todo el mundo. A tu médico. A las enfermeras. Diles que fue Ricardo Gotta. Díselo a Sam. Debes decírselo a Sam.

   -Sam… Sam… ¿Ya vino? ¿Ya vino por mí? -la mira con ojo extraviados.

   ¡Coño’e la madre!, piensa Lesbia. Debía comenzar otra vez. Y otra vez.

……

   -No me gustó nada de todo eso. -gime Lesbia muy afectada, tomándose un café, cómodamente sentada en la salita donde Norma Cabrera de Roche recibía a sus invitados. Se veía desaliñada y cansada. Mira dura a la mujer.- Me pareció ruin usara Linda así, cuando está tan mal.

   -Ruin fue ponerla en ese estado. Ricardo Gotta no se detiene ante nada. Y eso lo sabes tú muy bien. -replica fríamente la mujer, saboreando su café.- Es necesario que Linda rompa el silencio, que le diga claramente a Sam que la culpa de todo la tiene ese demonio. -se sirve más café y la otra niega con la cabeza.- ¿Y lo otro? -intenta sonar serena, pero una nota de emoción vibra en su voz. Lesbia la mira seca.

   -Ya se lo conté al doctor López. Creí que él…

   -Aníbal no me lo cuenta todo. Como, sabes bien, yo no le digo todo.

   -Amelia Salvatierra sacó las carpetas del banco. Deben estar en la casa de sus padres. Un lugar que Ricardo no puede asaltar por la fuerza, no hasta que controle La Procuraduría General, por lo menos.

   -Ya veremos. -sonríe enigmática y Lesbia la mira ceñuda.

   -¿Cree… que de verdad era eso? -Norma sonríe con desprecio y triunfo salvaje.

   -Oh, si, querida. Era la renuncia que ese cobarde llorón firmó esa noche. No garabatos. Una renuncia de su puño y letra, aceptando lo qué hizo, que se iba por las órdenes que dio y que causaron tantas muertes, firmándola y fechándola; lo hizo aferrándose a la promesa de que lo dejarían escapar del país. -siente un nudo en la garganta y no puede tomar el café.- Lo que debieron permitirle, que esa basura y su pestilencia se fueran. -se encoge de hombros.- Tantas otras basuras han huido ya… -Lesbia está impactada.

   -Entonces, si aparece a la luz pública… se acabó. Renunció. Y sus seguidores tendrán la prueba de su cobardía. Todo se acabará.

   -En teoría… -dice evasiva, evaluando escenarios. Calculando.- Haz hecho bien.

   -¿Por qué hice lo que quería? –no puede evitar el tono amargo.- Linda…

   -Ella estará bien. pero… imagino que no debo advertirte que es mejor no contarle esto a nadie. Que quede entre tú y yo.

   -Claro, no quiero que se me mezcle en el tormento de una pobre mujer que… -se siente culpable.- Quiero que esta pesadilla termine.

   -Cómo todos. –se pone de pie, anunciando que la real audiencia ha terminado.

   Una vez a solas, la mujer se pasea por los jardines que poco a poco van oscureciendo. Qué suerte tuvo al encontrarse a Lesbia saliendo aquella tarde de la oficina de Aníbal cuando fue a pedirle ayuda. La miró alterada, le brindó una copa, y la otra se abrió, llorosa, contándole todo, como no lo hizo con el abogado, como una mujer sólo puede hacerlo ante otra, que entenderá sus motivaciones. Hasta sus infidelidades, y, especialmente, los oscuros temores que sentía en relación con William y los días de abril. Ella supo ver posibilidades y le pidió que se mantuvieran en contacto. La ayudó de varias formas, aún con dinero cuando por su afición a la bebida descuidó ciertos aspectos de su trabajo.

   Ahora esa alianza daba sus frutos. Aníbal la usó para precipitar la crisis matrimonial de Ricardo, algo que terminaría de todos modos cuando el hombre fuera Procurador y ya no necesitara a la estúpida de Amelia. Pero Aníbal había hecho mucho más con la visita de Lesbia, y con otras cosas, que no le contó. Tampoco le contó de ese paso que daría Lesbia. Estaba bien. Ella también guardaba sus secretos.

   Por un segundo se inquieta por las cosas que han hecho (¡Linda!), pero pasa, sabiendo que eran necesarias. Que Jóvito, su nuevo chofer siguiera esa noche a Sam hasta la casa de Lesbia y los fotografiara juntos, así como las llamadas que ella misma le hizo a Linda, enloqueciéndola, no lo hizo por maldad; sino por necesidad. Era imprescindible que Linda estuviera descontrolada, enloquecida y… violenta. No soñó con que atacara a Sam, y eso la asustó y le dolió, pero era inevitable. A Dios gracias había salido bien librado y la mujer cayó en un estado de perturbación profunda.

   La visita que Lesbia acababa de hacerle, con el guión aprendido y memorizado, escrito realmente por ella, sirvió a un doble propósito, el que Linda supiera de Ricardo y todo lo que había hecho (canalizando su odio, sabía de su fuerza y ramificaciones por el médico de la mujer), y que actuara. Ella no la quería gritando, perdonando la expresión, como loca por ahí. Ella la quería actuando. Que…

   -¡Norma! ¡Norma! –su corazón de agita cuando oye los gritos de Germán.

   -Aquí estoy. –informa, suave.

   -Mujer, no sabes lo que acaba de pasar. Eric me llamó hace poco. -jadea Germán por la prisa que se dio por llegar junto a la ella; esa bendita costumbre de pasear tan lejos de la casa. La mujer lo mira, esperando.- Sam lo llamó hace rato. Linda, su mujer, desapareció del sanatorio. Dime tú, esa loca suelta y corriendo por ahí…

   -¡Dios…! -jadea ella con voz baja, contenida, casi burlona.

   Sus ojos brillan cuando desvía el rostro, hacia los rosales. Brillan terribles, viendo posibilidades, sopesándolo todo…

                                  ………………..

                                        – 8 –

   Debería estar ocupándose de su vida, de las cosas que tenía pendiente, como la destrucción total y definitiva de Ricardo Gotta, finalizar su casa en Tacarigua de la Laguna, llamar a Irene y saber cómo seguía… pero no lo hacía.

   Eric Roche entendía, es ahora cuando comenzaba a entreverlo, que Ricardo, lo más urgente, era un sujeto sumamente peligroso. Durante años y años convivió con él en La Torre y jamás lo imaginó, no sólo tan sucio, sino dañino. Debían ser los tiempos, estos tiempos de degeneración, de barbarie, de primitividad, que arrastraba a hombres que hasta ayer parecían sensatos (Tannis Saib, defensor de derechos humanos;  Francisco Merentes, viejo profesor de la izquierda; Juan V. Rojas, el político y periodista que no descansaba denunciando arbitrariedades y crímenes; Ori Chumita, el diplomático de derecha, bien criado), a revolcarse en la mierda y con gusto.

   Pero no debía ser tan duro consigo mismo, a decir verdad ya lo enfrentaba. Junto a Samuel Mattos había desplegado una activa y enérgica campaña informativa que abarcó desde Las Chicas Superpoderosas, hasta a don Luis Maquís, Dagoberto Cermeño, Juan V. Rojas, a los empresarios y a todo el que era alguien, sobre las fechorías del abogado, de sus vicios y excesos, de sus planes para apoderarse de La Procuraduría, de la gente con la que se reunió en abril, para hablar de una salida democrática y a los que finalmente traicionó, entregando todos los nombres, por poder, contando para su protección con una carta que se firmó en la madrugada de un viernes de abril, ¡carta que le fue robada!

   Los dos hombres sabían que eso pondría en marcha la pesada maquinaria que trituraría y acabaría con Ricardo, ya no tenía el documento que usaba como pistola cargada para controlar y dominar, a menos que alguien igual de poderoso que Maquís o Dagoberto Cermeño, quisiera salvarlo por alguna razón; cosa que era posible todavía. Aún no habían presenciado el final de peligroso y astuto hombre. Y sin embargo nada de eso ocupaba la mente del joven y atractivo abogado ese viernes en la tarde.

   Son casi las seis de la tarde y ya oscurecía sobre el cielo de Tacarigua de la Laguna, trazando pinceladas de un rojo brillante dramático en los cielos que poco a poco iba oscureciendo a un púrpura más apagado. La tarde en el resort Los Canales es, como fue el día, caluroso, mucho, y húmedo; pero aún es posible gozar de eso si se está como está ahora Eric, en el jacuzzi elevado por encima de la piscina principal del solitario lugar de descanso, flotando sobre el claro líquido (que debía ser más frío, pero el implacable sol lo calentaba todo, hasta las ideas), apoyado sobre los escaloncitos de entrada, con los ojos cerrados, gozando sólo las sensaciones de su cuerpo, en paz… ¡con Jorge Ávalos a su lado!

   El joven lo buscó una hora antes, para que tomaran unas copas y hablaran. Eric lo sabía pobretón y lo invitó a comer algo en el restorán del resort, del que no era socio, pero del cual era posible disfrutar de las instalaciones si se pagaba. Comieron y bebieron algo, hablando, siempre hablando. Mientras tomaba su tercer whisky, Eric lo miraba en forma amistosa, sonriendo mucho, intentando parecer sólo interesado en un amigo, pero deseándolo con todo su ser, encontrándole más guapo, más serio, más crecido, con su cabello más corto. Más hermoso. No podía evitar el brillo de su mirada, la calidez de su sonrisa ni la untuosidad de sus toques ocasionales al otro.

   Jorge no la pasaba mejor, hablaba y hablaba con cierta premura, y bebía algo más rápido que Eric, como deseando sentir ya la dulce y empalagosa comodidad que brinda la caña, que hacía que todos se sientan bien en lugares y con gente a la que momentos antes rechazara, pero que con el licor ya no parecían tan malos. Jorge lo mira inquieto, encontrándolo afeminado, o le parece porque lo sabe gay, y que le gusta; pero eso en lugar de molestarle, le provocaba unas ganas extrañas de coquetear, de verificar que todavía le gusta, tal vez por ello no para de tocarlo en el brazo, como casualmente, así como de agitar sus piernas bajo la mesa, como intentando controlar algo. Le asustaba entender, con su cuarto whisky, que quería estar ahí, junto a ese atractivo, simpático y sensible joven marica al que una noche casi besa. Y el recuerdo, no cómo terminó la noche, sino esa casi caricia, le llenaba de calor, uno que era más embriagador que el aguardiente.

   -Que calor, coño. -grazna Jorge, con la voz ronca, después de terminar de contar una larga historia sobre un pistón perdido en el taller. Eric lo mira fijamente.

   -Ni lo digas. El ambiente está como para arrojarse de cabeza en el agua.

   -Así es… -algo turbado, presintiendo que algo importante se acerca, mira su vaso casi vacío.

   -¿No cargas traje de baño? Podemos usar la piscina. Es agradable a esta hora.

   -¿Eres socio?

   -Entre semanas no son tan estrictos con las normas. No hay nadie y uno puede hacer lo que quiera, si pagas por ello. Por adelantado y con tarjeta de crédito. –Jorge medio ríe.

   -No, no cargo traje de baño, ¿alguien sale de su casa con uno? ¿Tú?

   -Siempre que estoy aquí llevo mi traje de baño debajo. -se da en el pecho como si fuera un mérito, sonriendo tontamente achispado, pero la sonrisa va muriendo, tensándose, lamiéndose lentamente los labios de repente muy secos cuando el otro le mira intensamente a los ojos.

   -¿Y cómo es? -enrojece al preguntar con voz baja y ronca, incapaz de contenerse.

   Eric se eriza, y ese calor que también lleva rato sintiendo, parece convertirse en llamas, pero no quiere engañarse, equivocarse. No quiere que jueguen con él.

   -Ya sabes, un traje de baño… -casi se echa hacia atrás cuando Jorge, después de tomar aire, ojos oscuros, se echa hacia adelante, recortando el espacio entre ambos.

   -Descríbelo. –reta, y el abogado le mira a los ojos, sacudido, pero enderezando los hombros, tendiéndose luego hacia él, que no retrocede.

   -Pequeño. Increíblemente pequeño. Me queda obscenamente chico. Tapa lo justo para que resulte más sugestivo. –su voz es rasposa.- Todo el mundo me dice que me veo del carajo con él. Caliente y… bien putón. ¿Quieres verlo? Vamos a la piscina. -Su voz es baja, vibrante.

   -Yo… no traje. -repite rojo como un tomate y asustado, se le nota en la voz, ¿de Eric?, ¿de él mismo?, pero no se aleja ni deja de mirarle, perdido en esos ojos castaños oscuros.

   -Báñate en calzoncillo. Los usas bikinis, ¿no?

   -Es viejo. -gime a la defensiva.

   El abogado parece meditarlo, y cuando el camarero pasa, dando vueltas esperando otro pedido y calculando la propina que puede recibir del tío que parecía rico por la manera en que pedía, le llama.

   -Panita, queremos usar la piscina, ¿no tienen trajes de baño por ahí?

   -Claro. -dice el joven evaluándolos, como para ver qué les serviría. Eric mira a Jorge.

   -Anda, ve que encuentras. Voy a atender algo primero. -y una llama intensa brilla en sus ojos oscuros mientras se pone de pie, viéndose atractivo en bermudas y franela.- A menos que quieras irte.

   -No. -grazna ahogado el joven, preguntándose en qué coño estaba metiéndose. Mejor era irse, pero…

   El cielo va oscureciendo ya, cuando Jorge, sentado sobre el segundo de los escalones dentro de las azuladas aguas de la piscina principal, muy tibias, espera con cierta impaciencia y lleno de grandes dosis de energías nerviosas, al otro hombre. Gotitas de agua cubren su cuerpo, pegando los cabellos a su nuca, casi todo él fuera del agua, con una breve tanga gris, húmeda e insinuante, elegida por una necesidad que ni él entiende, que enmarca su tolete en reposo.

   Espera y se agita cuando Eric aparece, de hacer quien sabe qué, vistiendo un pequeño bikini amarillo y marrón atigrado. ¡Y vaya que era chico!, se dice con un repique de corazón. Mira como el abogado se mete bajo el pequeño chorro donde la gente que viene del mar se quita la sal antes de entrar en la piscina. El cuerpo brilla y la tanga se pega de su cadera, y Jorge siente un terrible ramalazo de desazón, de inquietud. No sabe a ciencia cierta qué siente o desea mientras se miran.

   Eric va hacia la alberca, sonriendo amistoso y se arroja al agua, deslizándose un buen trecho bajo la misma, emergiendo bruscamente frente a él, con los cabellos sobre el rostro, con los ojos muy abierto, bañándolo con un chorro de agua que lleva en la boca. Riente elude un manotazo de Jorge, nadando hacia atrás. Jorge, sintiéndose afiebrado, tonto y torpe, e intoxicado, se arroja contra él y medio luchan, tirándose agua con las manos y manoteando uno frente al otro. Mientras se empujan y lanzan agua, Jorge piensa que se está metiendo en un peo y debería irse, pero no lo hace, ni siquiera cuando sus manos abiertas atrapan la mojada, resbalosa y cálida espalda del abogado. Eric no piensa en nada, sólo se deja llevar.

   -Subamos al jacuzzi. Me encantan los chorros de agua. Aunque debe estar bien caliente. -gruñe Eric, mirando hacia la barra y haciéndole señas al camarero. Caña, hacía falta más caña.

   Saliendo de la piscina principal, se sube por unas escaleras de piedra hasta el jacuzzi, del cual mana agua que cae hacia la alberca. Mucha gente se lanzaba desde ahí hacia la pileta, aunque no aconsejaban hacer eso. Hacia allí suben Eric y Jorge, quien carga una pequeña cavita prestada por un camarero aburrido que quiere recostarse un rato y no estar despierto atendiendo sólo a dos borrachitos, aunque ya le había dado dos buenas propinas. Mientras sube, Jorge mira por coincidencia las redondas y firmes nalgas de Eric, la suave tela de la tanga se mete un poco entre ellas, y su vista queda atrapada allí, aunque no quiere seguir mirándolo. Era… peligroso que Eric lo notara, o que él sintiera cosas extrañas, como ese raro calorcillo interno que atribuía a la temperatura elevada del lugar.

   Eric se mete en el jacuzzi y hace una mueca, el agua estaba muy caliente, como la tarde misma, pero se hunde, sentándose en el fondo, con lo que el agua le llega al cuello. Es un lugar amplio y era agradable sentir las olas y el chorro de agua sobre su cuerpo. Jorge lo mira cerrar los ojos, en paz, echando la cabeza hacia atrás, metiendo la nuca en el agua. Que bronceado estaba, y le sentaba bien, se dice el joven destapando dos cervezas y sintiéndose tonto. Y algo más, algo que tiene que ocultar, y lo hace metiéndose al agua, que cuando se lo abarca, así como las olas de los chorros, lo estimulan más; pero no quiere pensar en eso, no al tocarle el rostro al otro con la fría botella. Eric lo mira sonriéndole agradecido tomándola, pero había algo de abandono, de sensualidad en esa mirada que turbó completamente al joven mecánico.

   Hablan de mil cosas y se miran a corta distancia. Cada uno daría lo que fuera por saber qué había en la mente del otro. Eric estaba claro, lo deseaba, pero no haría nada, absolutamente nada. Aunque le parecía que Jorge, quería algo, no daría el primer paso. ¿Qué será lo que quiere el negro?, llega a su mente, haciéndolo sonreír mientras atrapa el pico de la botella y bebe; y a Jorge le parece que… se ve… hermoso y hasta… incitante al hacerlo.

   Después de un rato, los hombres toman otras dos cervezas cada uno, sentados en los escaloncitos, dentro del agua, casi flotando fuera del líquido, uno junto al otro. Beben y miran a la distancia, oscura ya. Han continuado hablando, pero no de temas álgidos, como política o sexualidad. Eric cierra los ojos, con un aire benéfico en su rostro, sereno y contento por primera vez en mucho tiempo, olvidándose egoístamente de los líos de su familia, de la preñez de Irene y de la angustia de Sam por Linda. A su lado, Jorge lo mira, sintiéndose muy turbado, muy mal. Le recorre con los ojos el esbelto torso semivelludo, con sus tetillas visibles y paraditas, le mira la panza plana… y la tanga en su cadera, mitad fuera y mitad adentro del agua. Nota el bulto en reposo, pero visible. Morcillón. Mira sus muslos semiabiertos.

   Y sea como fuera, aún ante El Tribunal Celestial, el día del Juicio Final, el joven le diría a cualquiera que por alguna razón le preguntara, que todo fue algo inocente, no intencional. No buscado adrede. Pero ronco, comenzó a hablar de Hernán y Raúl, de lo que descubrió entre ellos, esa sexualidad ardiente y salvaje, compartida en algo que parecía más que ganas, y lo contaba mientras su muslo chocaba deliberadamente del muslo de Eric, no como algo incidental, sino recostándose con el peso de un deseo, de una exigencia. Y eso impacta a Eric, quien abre los ojos, a su lado, volviendo el rostro y mirándolo fijamente. Sus miradas están como atadas, pero no se mueven. Y mientras Jorge sigue con su relato, sobre mamadas y chupadas, besos salivosos y mordelones entre sus dos mejores amigos, Eric echa la cabeza hacia atrás nuevamente, cerrando los ojos y apoyando también su muslo en el del otro, dejándose llevar, estremeciéndose casi tanto como nota que lo hace el mecánico, sintiéndose embargado de deseos, de ganas. Con ganas de tirar, coño, con ganas de caer sobre Jorge.

   El relato del muchacho lo altera. Oír de esos dos jóvenes mecánicos, amigos de fiestas y pachangas, con novias y mujeres, que de vez en cuando se reunían para tirar entre ellos, lo electriza. No los conoce, pero imagina a uno grandote, abrazando a uno más chico, dándose lengua y lengua. Eso lo excita, el güevo se le mueve, llena y calienta bajo el bikini, alzando la tela; pero intenta no pensar en ello. Aunque, viéndolo bien, ¿para qué coño le contaba eso Jorge? Debía saber el efecto que tendría sobre su lívido. Siente la boca seca y tiene que tomar un largo buche de cerveza, sin abrir los ojos. A su lado, sintiendo también la boca muy seca, Jorge lo mira desesperado, por todo lo que siente, esa urgencia y ganas que no entiende. Le mira el entrepierna y sabe lo que se dibuja allí y por qué, empujando la tela del bikini atigrado.

   Eric se siente ingrávido, casi adormilado a pesar de tenerlo duro y estar caliente, extrañando un poco la voz ronca de Jorge, quien lleva rato en silencio. Es cuando ocurre lo increíble: algo se cierra en su entrepierna, agarrándole el tolete dentro del breve bikini, apretándolo de manera gentil pero firme, y el solo tacto lo hace palpitar y endurecer más.

   Asombrado abre los ojos, pensando que está más mareado de lo que pensaba. Pero no, allí estaba Jorge, con la boca levemente abierta y una mirada asustada y confusa en sus ojos, agarrándolo con su mano grande, rodeándolo y apretándolo suavemente, aunque temeroso, como preguntándole “¿puedo?”…

CONTINUARÁ … 124

Julio César.

¿POR EL USO?

febrero 25, 2014

SOBREENTENDIDOS ENTRE MACHOS

MUSCULOSO EN HILO DENTAL

   ¿No se ve necesitado?

   Usarla todo el día, sentirla metida y rozándole, apretando, le producía unos agites, una febrilidad nerviosa que no entendía. No sabía qué buscaba cuando, en los vestuarios de la fábrica, se doblaba y se lo enseñaba a los compañeros de trabajo. Quería algo, pero…

DURO CURSO DE REPARACION

Julio César.

A SIMON DIAZ, PORQUE NO FUE SUFICIENTE…

febrero 23, 2014

 

   Fue, es y será, por siempre, venezolanidad. Video subido por Veraikon.

   Hace poco hablé del señor Simón Díaz, y me despedí, muy torpemente, lo sé. Me parece que no dije lo suficiente, que no expresé bien lo que sentía, lo que quise decir. Como en otros momentos duros, debo recurrir a las hermosas palabras de otros, en este caso a las de otro gran señor de Venezuela, un hombre decente, valiente y elegante de las maneras, Laureano Márquez, quien me parece que es tan bueno como politólogo como humorista. Leyéndole vi todo aquello que quise dar a conocer, que se supiera que también yo le apreciaba, quería y extrañaría. Esto apareció en el diario TAL CUAL, el día de ayer, viernes. Disfrútenlo:

……

Despedida al tío Simón por Laureano Márquez

QUERIDO TIO SIMON

Querido Simón:

Te evoco, en esta hora en que no estás físicamente con nosotros, para agradecer tu vida hermosa, que ha llenado el alma venezolana de momentos felices, de identidad y vida. Es curioso, querido tío,  que partas en este duro tiempo en el que todos los que te amamos y te tenemos como referencia común vivimos horas difíciles de fratricida agresión. Sabíamos que estabas preparando tu viaje, pero duele particularmente que te ausentes sin que podamos decirte todas las cosas bonitas que tu vida merece.

Te nos vas, querido tío, y contigo parece que se nos va una Venezuela también: la Venezuela amable en la que podíamos reconocernos en las diferencias sin asesinarnos; la Venezuela bonita de la que tú fuiste digno constructor y brillante lucero, prestándole tu claridad. Te nos vas en un momento en el cual a ese caballo viejo de la libertad no le dan sabana, sino culatazos para domarlo, y el perfume del mastranto se ha perdido entre tantos gases lacrimógenos.

La patria está como menguante y te nos vas sin que podamos darte el homenaje que te mereces, porque estamos demasiado ocupados en desmerecernos a nosotros mismos. ¿Qué haremos, querido tío, para ser buenos venezolanos, para

“recordar aquella voz que nos decía

que la moral y que la luz son nuestra guía

que nos darán el despertar de un nuevo día”?

Un hombre es su memoria, sus recuerdos, sus referencias. En los tiempos últimos de tu vida, se desdibujaron esas coordenadas que nos permiten saber lo que somos; al país también. Pero tu memoria ya no es tuya sino nuestra, de la eternidad en que el devenir humano coloca a las personas buenas que pasan por la vida haciendo del mundo un mejor lugar para todos. Celebro tu vida, tu bondad, tu ingenio, tu manera de ser venezolano. Gracias por recordarnos que también podemos sacar de nosotros cosas buenas, que a pesar de toda adversidad, nuestro lado bonito prevalecerá algún día.

De las canciones que cantabas, siempre me resultó la más conmovedora aquella cuya letra pertenece a un poeta que me está vedado nombrar y cuya música tú compusiste. Saluda a Guillermina de mi parte y cuéntale que los presos por  aquí continúan porque parece que a La Rotunda la llevamos en el alma; y dile también a la mujer que borda la blanca tela, a la que teje en su telar, que me borde un mapa de Venezuela y un pañuelito para llorar.

 @laureanomar

……

   ¿No fue hermoso, casi dolorosamente bello? Puedo evocar esos sentimientos, ya los padecí antes, aunque no lo señalaré aquí en estos momentos. Como temí, la situación del país no permitió que el querido tío Simón fuera acompañado por el pueblo que le amaba y seguramente deseaba despedirle como merecía. Es lo malo de los tiempos convulsos. Pero a su familia, al país de gente buena que siente y padece la muerte de aquellos a quienes quiere como algo propio, a todo un mundo que escuchó de él y admiró su genio y su talento, les aseguro que toda Venezuela lamentó y lloró su perdida, que en cada casa hubo un silencio conmovido y apenado cuando lo supimos, que en todas se parte se escuchó su música con una sonrisa, maravillándonos de pronto al recordar toda esa calidad.

   Adiós, tío Simón; que nadie lo dude, en este país se le quería…

Julio César.

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 15

febrero 23, 2014

… SERVIR                         … 14

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

BLACK HOT

   ¿Lo que quieres?, un negro…

……

   Unas dos horas más tarde, mientras cruzan los pasillos de control y seguridad, el jefe Slater camina al lado de alcaide Monroe, con el cual intercambia noticias, tendencias, problemas en apogeo y los que pueden presentarse. Siempre los había en lugares así.

   -¿Son ideas mías o hay más violencia e insubordinación? –pregunta el alcaide.

   -Es por Read. –sentencia Slater, y el otro está de acuerdo.- Su… presencia parece una sombra, un tóxico que envenena…

   -Dios, ya no veo la hora de que le ejecuten. –suspira cansino a pesar de la temprana hora, frotándose los ojos. Y Slater, mirándole, va a preguntarle algo, el por qué se le consentía tanto, cuando…

   -Jefe… -un joven vigilante se acerca, solícito y correcto.- Nos pidió que le informáramos en cuanto llegara. El abogado del convicto Read, está aquí.

   Slater se congela, volviéndose hacia la pared donde varios monitores controlan otros tantos escenarios. Y si, entrando desde los estacionamientos, ve al atildado abogado, muy serio, tragando en seco en la imagen a pesar de la distancia.

   Joder, ¡ese hombre había asistido! ¿Acaso estaría cumpliendo la asombrosa exigencia del convicto? ¿Estaría usando pantaletas de su mujer bajo el sobrio traje gris oscuro? La sola idea le hace sonreír como un tiburón, mientras su corazón se agita un poco. Le mira cruzar el patio, paso enérgico, rápido, masculino… ¿usando pantaletas? La boca se le seca cuando nota como su verga hormiguea bajo el uniforme kaki.

   -Yo lo recibiré. –croa, oscuro, con respiración algo pesada.

……

   Tragando saliva, con el corazón totalmente enloquecido dentro de su pecho, un muy tenso Jeffrey Spencer cruza los desiertos patios de la penitenciaria, penetrando por la chica puerta metálica que el vigilante abre para él, asegurándose luego de que quede bien cerrada. El portazo resuena en el alma del joven abogado, que pega un respingo.

   -Por aquí, señor. –indiferente, el joven vigilante le señala una pequeña sala de reconocimiento.

   Nada fuera de lo ordinario, se dice el leguleyo. Antes de ver a cualquier recluso, en especial a uno tan peligroso, toda persona era soneramente revisada. Si, muy normal, pero se angustia más. No tiene la conciencia tranquila. Entra y casi jadea, los anteojos empañándosele un tanto. El jefe Slater está allí, erguido en toda su estatura, poderosos brazos cruzados, sus tendones marcándose, sus bíceps abultando las mangas de la camisa manga cortas, notándose al estar sin chaqueta. Su torso es poderoso. Todo él lo era y a Jeffrey se le aflojan las piernas. Por muchas razones, pero especialmente por una vergüenza feroz. Ese hombre sabía… tenía que saber que…

   -Déjenos a solas. Yo me ocupo. –ordena el Jefe, sin dejar de mirar al abogado. Es obedecido.- ¿Y bien? –pregunta al fin.

   -¿Qué…?

   -Viene a visitar a su cliente, ¿no? Debemos… -alza una mano, grande, flexionado los dedos, llamándole, el tono levemente burlón.- Hay que salir de esto. –la revisada.

   Dar los pocos pasos le lleva una eternidad, dejando el maletín sobre la mesa, abriendo su saco y alzando las manos, separándolas de su cuerpo. Espera, su mirada brillante es temerosa, casi parece estarle diciendo algo… suplicándole. Un “no haga esto, por favor”. Slater sonríe, mirándole, rodeándole, quedando a sus espaldas, sacándole casi una cabeza de diferencia, una presencia enorme, poderosa, y Jeffrey no puede evitar temblar, la garganta cerrada. Casi pega otro bote cuando esas manos de dedos abiertos caen sobre sus hombros, palpan sus costados, luego van hacia su abdomen, subiendo y bajando un tanto, recorriendo piel y camisa, antes de caer sobre sus caderas, una mano cayendo en su entrepiernas…

   Y ese examen somero, rápido, parece estar tardando toda una vida, pero no solo eso. Hay intencionalidad. El abogado lo siente, es totalmente consciente de esas manos que lo tocan, lo palpan, acarician y recorren. La manota sobre su entrepierna parece tardarse, tasando, apretando suavemente, antes de abandonarle. Sus muslos son recorridos uno a uno, las manos palpando en palmadas de arriba abajo, y subiendo otra vez, rozándole el entrepiernas. Ahora, cada una de sus nalgas queda bajo esas manos, y allí sí que se tarda. El enorme hombre negro cae sobre una rodilla, ese trasero queda a la altura de sus ojos, y lo toca, sus dedos se hunden en la carne firme, apretando, agitándolos, alisando la tela suave del pantalón gris sobre él. Tragando, puede verlo y sentirlo bajo la tela, los contornos de los bolsillos, y ahora las líneas de una prenda interior pequeña, escasa, que no abarcar nada… La boca se le seca, siente como la piel le arde y la sangre corre con fuerza por sus venas… ¡traía una pantaleta de su mujer! Ese hombre llevaba, bajo sus ropas, una pantaleta…

   -Puto… -le ruge, notando como se estremece todo, mirándole con mejillas rojas y ojos espantados, sobre un hombro.

   -¿Qué?

   -Estás usando la pantaleta que él te exigió, ¿verdad? –acusa e interroga.

   -¡No!, ¿qué? ¡Claro que no!, yo… -jadea, defendiéndose. Pero grita, se vuelve y retrocede un poco, casi quedando sentado sobre la mesa cuando el otro se pone de pie bruscamente, casi agresivo.

   -¡MALDITO MENTIROSO! –le acusa, ojos brillantes y respiración pesada, sintiéndose mareado y trastornado y no sabe por qué.- Si, llevas una pantaleta de tu mujer bajo esas ropas, y la llevas porque ese hombre te lo ordena y no sabes cómo resistírtele, ¿verdad? Si te ordena venir con un consolador metido, tú…

   -¡No! –parece escandalizarse, pero grita y se resiste cuando el otro toma su cinturón y comienza a abrirlo, igual que el botón y la bragueta. Se defiende, grita que no, medio empuja, pero no puede nada contra ese hombre sólido, grande, fuerte y masculino, quien tiene la mirada clavada en lo que hace, hasta que abre ese triangulo, le alza la camisa… y allí está.

   Slater se estremece terriblemente, sobre la cadera blanca y algo blanda, llena de vellos castaños, cruza una delgada tira de una tela suave, color rosa, una prenda algo bordada de mujer. Eso era… Dios, ¿cómo podía ser tan marica ese hombre?, se pregunta con disgusto, uno que no entiende… metiendo la mano, sus dedos negros contrastando con la muy pálida piel, recorriendo la tirita.

   -Puto… -le vuelve a susurrar, y Jeffrey se agita.

   -No, déjame… -intenta empujarle, pero está mareado, sintiéndose curiosamente débil, casi fallándole las piernas y teniendo que agarrarse de él, de sus anchos hombros, para sostenerse, mirándole asustado, tragando, ojos brillantes, mientras el Jefe le mira también, rostro algo bajo, sus gruesos labios entreabiertos, el bigote rudo y masculino algo tembloroso. Sería tan fácil…

   Todo era una locura. No, una pesadilla. Si eso. Recuerda cuánto le costó dar aquel paso. La vergüenza y rabia que sentía por ceder al chantaje de ese sujeto malvado. También resentimiento contra su suegro, e incluso contra Anna. Por ellos tenía que ceder. Con manos temblorosas, tragando saliva, pero también algo curioso, revisó las gavetas de lencería de su mujer. Una a una fue tomando, estudiando y sopesando las breves y sensuales prendas, algunas bordadas, otras traslucidas de colores sugerentes. Encontró una que sabía Anna hace tiempo no usaba, y por lo tanto no echaría mucho de menos. Era una pequeña tanga rosa, levemente bordeada arriba, casi traslucida abajo. Era corta y baja adelante, casi inexistente atrás. Esa tela no podría cubrir sus nalgas, se dijo mortificado, pero al menos no era un hilo dental.

   Sabía que no podía tardar más, y desnudo en el dormitorio que compartía con su mujer, para satisfacer las exigencias de un monstro, con manos inseguras fue entrando, metiendo las piernas levemente velludas, y subiéndola. La suave tela se extendió al máximo, parecía que no podría subir, pero lo hizo. Se erizó cuando la delicada prenda se frotó sobre su piel mientras subía. Tenía la boca seca, no quería pero miró su imagen en el espejo, desnudo, la tanguita enrollada bajo sus bolas. Y comenzó a acomodársela, abarcando sus bolas y miembro, cubriéndolo todo, estirando las tiras sobre sus caderas, medio volviéndose y sacándola de su culo, estirándola al máximo sobre sus nalgas blancas, no muy firme, velluditas. ¡Estaba usando una tanga mínima y sensual! ¡Una tanga de mujer! ¡De su mujer! La idea era… Todo sonaba perverso en su cabeza, y no quería, pero se miró, sintiéndose de pronto… mierda, si, avergonzado, molesto, algo asqueado de sí mismo… pero también levemente excitado. Estaba usando una tanga de su mujer, y en sí era algo tan prohibido, tan “malo” para un hombre que… Cerró los ojos, Dios, su verga estaba calentándose, llenándose, abultando la suave tela, endureciendo visiblemente por lo translucido de la tela, y la imagen era tan erótica que se preguntó…

   Salir del apartamento, conducir hasta la prisión y cruzar los estacionamientos fue una tortura de sensaciones. Estaba sobriamente vestido como todo un abogado, traje y corbata… con una breve tanga bajo todo ello, una leve pantaleta cubriendo sus genitales y culo, el cual, de alguna manera, había terminado tragándose casi toda la tela. El roce, la presión, la casi caricia contra sus partes más íntimas era…

   El taladrante sonido del teléfono interno termina con todo lo que estaba a punto de ocurrir en esa sala de reconocimiento. La pareja se mira, como despertando de una extraña ensoñación, sus rostros alarmantemente cercanos, mientras una de las manos del hombre negro había viajado casi sobre una nalga del abogado, encontrándola tibia, muy a propósito para tener su mano allí. El timbre se repite y se separan, jadeando. Slater pone mala cara, por todo. El abogado, con manos temblorosas, acomoda sus topas.

   -¿Si? –ladra Slater, tomando el aparato, notando el tono cohibido del otro lado.

   -Lo siento, jefe, pero este convicto pregunta cuándo llega el gilipollas de su abogado. –responde una voz preocupada. El Jefe parecía de malas.

   -Okay… Ya va… -grazna, colgando de manera lenta y deliberada.- Andando, abogado.

……

   Robert Read espera, sentado en la metálica silla, una muñeca esposada a la mesa. Sonriendo sereno. La puerta se abre y un muy cohibido Jeffrey Spencer entra, seguido del jefe Slater, quien se nota muy serio.

   -¡Hasta que llega, abogado! ¿Algo grande le entretuvo? –pregunta rezumando toda su mala intensión, abarcando a ambos. A sus ojos no escapa la visible silueta bajo el pantalón del Jefe, y sabe que este también lo nota, molestándose.

   -Lo siento, yo… -Jeffrey comienza, pero se detiene, mirando a Slater, quien bota aire y sale.- Señor Read…

   -Discúlpate. –le ordena, sonriendo.

   -¿Qué? –se confunde.

   -No has hecho tu trabajo, hijo de puta; te encargo algo tan importante como mi vida y te vas de farra, ¿qué hacías?, ¿oler culo de marines? –es duro, habla entre dientes, mirándole fijamente, de manera casi hipnótica.- Discúlpate.

  – Yo… Yo… -se siente atrapado, todo era una pesadilla. Primero el encuentro con el Jefe, ahora esto. Aunque sabía que esto sería mil veces peor.- Lo siento… yo…

   -¡Lárgate de aquí! –le ruge, dejándole paralizado, tragando en seco, aferrando su maletín con las dos manos. Entendiendo finalmente. Ese hombre quiere que suplique.

   -Lo siento, señor Read. Debí… hacer lo que me pedía. Lamento mi falta de profesionalismo, no volverá a ocurrir. –jadea y espera. Nada.- Le juro que no volverá a suceder, señor. –por Dios, estaba usando una pantaleta y otro hombre le había manoseado, ¿acaso no veía lo muy en serio que tomaba aquel maldito compromiso?- Lamento haber sido tan irresponsable y…

   -¡Silencio! –da con la palma de la mano sobre la mesa.- Estoy molesto por tu conducta, abogado, pero no me sorprende. Los maricas cuando se reprimen, cuando se niegan a sí mismos, no funcionan correctamente, siempre atrapados en torturas, temores y miedos propios y al qué dirán. –le mira a los ojos.- Imagino que pasaste estos días torturándote, pensando en… todo lo que has sentido y experimentado desde que nos conocimos, castigándote… sintiéndote mal porque te gusta. Y que te guste, imaginar a un sujeto como el Jefe, grande, poderoso, masculino, tomándote, controlándote, te llena de culpa. ¡Marica reprimido! –acusa sonriendo, sabiendo que el otro lucha contra esas palabras, palabras donde, como buen manipulador, había mucho de falso, pero también de cierto, así se confundía. Y es posible que el abogado llegara a una respuesta sólida para rebatirle todo, por eso se echa hacia atrás, mirándole con una sonrisa burlona, cambiándole el escenario.- Se siente bien, ¿verdad?, llevarla bajo tus ropas. –y es el golpe que necesita.

   -Señor Read, yo no… -enrojece salvajemente, ojos muy abiertos, volviéndose un tanto hacia la pared con el espejo, preguntándose si el jefe Slater estaría allí.

   -No, no, no… No me vengas con mariconerías de machito ofendido. La verdad, la que no quieres reconocer, es que… te excita tenerla contra tu piel. Te calienta y punto. –enfatiza, sonriendo ahora, voz más suave, lógica, mirada brillante.- Te gustó buscar en sus gavetas, tocar sus pantaletas, sentir lo suave y pequeñas que eran, y en tu mente la veías a ella usándolas pero… Cuéntamelo, escogiste una pequeña tanga de encajes, ¿verdad? La que más te gustó. La que llamó tu atención. Imagino que te pusiste duro al subirla por tu cuerpo, ¿te miraste al espejo, comprobando lo chica que se veía en ti? Te tocaste, ¿no es así? Cuando te mirabas, dando media vuelta para comprobar cómo se veía sobre tu culo, ¿imaginabas que otros también te observaban? Creo que si… que la idea de lucirlas frente a otros… a otros hombres, te hace perder el aliento, acelera tu pulso y te seca la lengua… ¿Te gustó cómo te miraba el Jefe? Lo vi, estaba caliente… -sonríe cruel, mirando hacia el espejo, adivinando que el otro debería estar encabronándose al escucharle, pero era necesario.- No lo culpo, muchos hombres, llenos de testosteronas, enloquecen por ello, al ver a otro tipo, preferiblemente un amigo, usando una pantaletica, echado en una cama, el culo alzado, meneándolo… ¿Sabes lo que tal idea y visión provoca en la libido de los machos?

   -Señor Read, basta… -grazna ronco, ojos brillantes, tomando asiento, o cayendo cando las piernas no le sostienen, luchando contra sí mismo, dividido entre la repulsa y la lujuria enferma.

   -Has pensado mucho en ello, ¿verdad? –frunce el ceño, divertido.- Déjame adivinar… tú de rodillas, como estuviste aquí, la boca echa agua, una buena verga de machos agitándose frente a tus ojos de cachorrito hambriento… -se echa hacia atrás, la pesada silla chilla cuando se arrastra sobre el suelo, grande, robusto, ligeramente obeso.- Dime, muchacho… cuando lo soñabas, cuando llenabas en tu mente tu boca con un tolete de hombre, caliente, palpitante, babeante… ¿era la mía o la del jefe Slater? ¿Era una enorme verga negra la que se agitaba sobre tu rostro, abogado? Puedes contármelo, no te sientas mal. Aquí no se juzga a nadie, a nadie se condena… Todos estamos malditos, de cierta forma. –se encoge de hombros.- Yo soy un convicto, tú un abogado, ¿qué diferencia hay entre los dos?

   -Esto… Esto está totalmente fuera de contexto. Es… una locura. –gruñe frustrado, rostro resplandeciente con algo de sudor.- ¿A qué está jugando, maldita sea? Nada de esto es necesario para que haga mi trabajo. ¿Qué quiere realmente de mí?

   -Que te des un gusto… porque me caes bien. –se burla, atrapándose con el puño de la mano libre la enorme silueta que deforma el mono naranja, es tan consistente y visible que Jeffrey no puede apartar la vista.- Ven, muchacho… pruébalo al fin… date el gusto… -y lentamente manipula la prenda, dejando salir la pieza morcillona, no dura pero grande, rojiza, surcada de venillas; la suelta y se medio ladea, la lisa cabeza totalmente expuesta, como muy a propósito para ser recorrida por una lengua atrevida.- Vamos, muchacho…

   -Está equivocado. ¡MUY EQUIIVOCADO! Yo no… -grazna, pero traga y jadea, ese ser ruin baja su mano libre y con la punta del dedo índice recorre su tranca lateralizada, desde la cabeza hacia la base, logrando que se mueva un poco. Y esa visión es poderosa, tanto que, respirando con dificultad, a Jeffrey le parece que todo lo demás desaparece, que tan sólo son él y… esa verga sucia y repulsiva, y ese dedo que la recorre. Quiere resistirse, sabe que debe hacerlo, ahora, o estará perdido.

   Tras el cristal, con un asombro parecido, preguntándose qué coño buscaba realmente ese peligroso presidiario con ese juego, el jefe Slater no puede dejar de sentir calor. Pero no por la verga del sujeto, la cual le parecía asquerosa. Era el rostro del abogado lo que atrapaba su mirada, trasfigurado, pálido, rojizo de mejillas, ojos brillantes tras los lentes, labios húmedos, una leve capa de transpiración le hace relucir un tanto. Estaba atrapado, ese sujeto estaba atrapado… en la verga de ese convicto. Frunciendo el ceño, sintiendo un hormigueo traicionero en sus bolas, se pregunta cuántos carajos que conoce no serían como el abogado, alegres, rudos, bebedores de licor, groseros de lengua… machos que soñaban con una verga para oler, tocar…

   -¡ACERCATE DE UNA MALDITA VEZ! –brama ahora Read, usando la dosis justa de persuasión e intimidación, algo tan necesario cuando se comienza a educar a tipos como su abogado.- Deja de fingir que te resistes, tienes una pantaleta de tu mujer bajo tus ropas, seguramente a duras penas conteniendo tu miembro, erecto de lujuria en cuanto viste mi verga, el resto de la tela metida en tu culo. ¡MIRA! –ruge, sonriendo socarrón, recorriendo nuevamente su verga con la punta de dos dedos ahora.- ¿Lo sientes, como la pantaletas te aprieta y frota, lo suave, lo maravillosa que se siente contra tu piel? –sonríe cruel, dominante.- Debes entenderlo, muchacho, eres tan sólo un marica sumiso en busca de su hombre, como tantos y tantos que andan por ahí, molestos, deprimidos, frustrados, buscando su liberación, algo que les dé sentido y puedan decirse “si, coño, este soy yo”… Aquí tienes tu liberación, aquí comienza… -y mira su verga mientras la frota otra vez, sabiendo que el abogado también lo hace.- Tienes que aceptarlo para que seas feliz ocupando tu lugar en la vida.

   -No… -jadea angustiado, pero también furioso.- ¡NO ES VERDAD!

   Esa furia cae en seguida, sustituida por frustración y temor cuando el otro ríe, ronco, bajo, cruel, como poseedor de una verdad que él ignora.

   -Oh, no, pequeño… -le degrada de su posición de hombre.- …Quien se engaña eres tú. Quieres creer que todo ese temblor y deseo que sientes cuando te grito es por mi culpa, que algo te hice. Quieres creer que no eres tú respondiendo a la voz de un hombre. Pero la verdad es que temes enfrentarlo…

   -¡No es cierto!

   -Lo es. Si no fuera así no temerías acercarte y escupirme, darme un coñazo o retirarte sin ver para atrás. Pero no es el caso. –endurece la voz.- ¡Ven acá! –le ordena otra vez; ahora entrecierra los ojos, joder, el abogado parecía más duro de lo que creyó. Sonríe, bien, le daría una vía de escape.- Te mueres por hacerlo, ¿verdad? Te preguntas qué se sentirá, ¿no es cierto? Estas casi seguro de que será asco, repulsa, que no te gustará, pero la duda te mata. Estás atrapado en toda esta pesadilla por eso: porque no sabes cómo será. Ven, muchacho, compruébalo… -se echa para atrás en la silla, abriendo más sus piernas gruesas, el rojizo tolete un poco más erecto, llenándose casi a ojo vista, de sangre.- Dite a ti mismo que si no lo haces, te destruiré, que contaré todo, que tu mujer y tu suegro te repudiarán y te cercarán en el área legal. Dite que si no cedes, que si no obedeces aunque no lo quieres, acabaré con todo lo que tanto te costó lograr, con tus sueños, con tu nombre, con el de tus padres. -su voz es irónica, pero suave y convincente.- Si así es más fácil para ti, pensar, creer, convencerte de que te estoy obligando con chantajes y maldad… está bien por mí. Engáñate. Dite a ti mismo, y a quien quieras, que te obligué. Miéntete, di que no querías pero no podías hacer nada, que no pudiste negarte. Dite a ti mismo que yo te forcé. –atrapa el tolete con una mano, medio alzándolo, no totalmente duro todavía, agitándolo.- Ven por él, cachorrito caliente…

   No piensa, no sabe lo que hace, en esos momentos Jeffrey Spencer ni siquiera está engañándose. Simplemente se pone de pie, respiración pesada, su pecho subiendo y bajando con esfuerzo, su mirada aturdida, perdida en esa verga. Todo él se revuelve contra la idea a un nivel físico, primitivo, no emocional o cerebral, pero de nada sirve, llega a su lado, intimidado, viéndole sonreír, alzar las cejas y agitando la verga como ofreciéndosela.

   -Tócala, es algo tímida pero le gusta que los chicos guapos y calentorros le den la mano. –se burla, sintiendo la sangre corriendo a toda velocidad por sus venas, emocionado como siempre que inicia sus juegos; y tener a ese tipito así, reducido a una masa de sensaciones calientes y confusas, a punto de tocarle, le pone mal… cuando la palma temblorosa del abogado la toma, se estremece y sonríe más, retirando su propia mano.

   Eso estaba tan mal, se dice Jeffrey, pero incapaz de soltarle. Esa verga medio suave en su mano se siente vital, cálida, extraña. Aprieta y esta crece, se llena de sangre, los músculos se expanden, gana en calor, totalmente rojiza. Es una visión… Dios, ¡estaba tocándole la verga a otro hombre!, le gritaba su mente, pero la sensación era más curiosa que desagradable. Esa palpitante mole de carne que se iba poniendo dura era, sin embargo, suavecita al tacto. Su puño sube y baja, sintiéndolo mejor, porque nota como ese sujeto sonríe aprobándolo, abriendo algo más las piernas, dilatándose sus fosas nasales, gozando como goza todo aquel a quien otro hombre le acaricia así.

   Los cristales de los anteojos de Jeffrey se empañan mientras suda, sus ojos perdidos en ese tolete que crece y crece, llenándose de surcos, venas e irregularidades. Tan duro, largo y grueso. Tan palpitante. Ahora le quema la palma. Su puño va y viene, sin preguntarse por qué no entraba ya el jefe Slater, acabando con toda aquella irregularidad. Del ojete del glande mana algo, una mini gota de un líquido espeso y transparente. Y nunca estuvo totalmente consciente de dos cosas; una, el por qué Read, quien le miraba fijamente, se echó a reír. Ni que, sin darse cuenta, su boca se abrió automáticamente a la vista de la gota.

   Había nacido para mamar vergas, pensó el convicto. Lo sabía. Lo supo en cuanto lo conoció, cosa nada extraña, uno de tres carajos que caminaban por ahí soñaban con ello, sin atreverse a hacerlo. También supo que podría controlarle, fácilmente. Mira fugazmente hacia el espejo, a un sujeto como Slater jamás habría podido controlarle de esta manera, de hecho de ninguna forma que procediera de él, pero así…

   -Veamos cómo te queda. –le dice ronco y con mano ágil para ser una sola, le abre el cinturón, el botón y la bragueta, mientras el abogado se congela y teme… todavía aferrando aquella verga enorme y palpitante.

   El pantalón gris cae y enrojece ferozmente, expuesto, muy consciente de lo mucho que se sometió a ese sujeto.

   -Súbete los faldones del traje. –ordena Read, lazando una breve mirada al espejo.

   Soltándole, con manos temblorosas, Jeffrey obedece, terriblemente mortificado… la pequeña pantaletas de talle bajo, las tiritas por sus caderas, medio metida entre sus nalgas… excitado. Su verga blanca rojiza casi escapa por arriba y a la derecha, levantando de manera obscena la telita, totalmente adherida a la piel palpitante, cosa que es notada por ese sujeto que ríe otra vez, dándole a entender claramente que se lo esperaba, que estaría caliente usando pantaletas, mostrándoselas… sometiéndosele. Y la verdad es que la visión es suciamente erótica, ese tipo joven, fornido, no muy alto, algo obeso, vientre levemente velludo, los muslos igual, gordos pero masculinos, y la pantaletica de encajes y traslucida, rosada, su verga mojándola, si, mojando la tela.

   -Te quedan bien, muchacho, se te ven… naturales. Estás hecho para llevarlas, usarlas y exhibirlas, y así calentarles las vergas a los hombres. –comenta Read, sonriendo terrible con su boca ancha.

    Esas palabras le avergüenzan horriblemente, y cachetes rojos mira nerviosamente hacia el espejo, recordando ahora, después de manosearle la verga a ese sujeto y quedar medio desnudo, en pantaleta, que el jefe Slater podría estar allí. No, no “podría”, está, mirándole. Lo sabe y la idea le hace contener un jadeo y un poderoso escalofrió.

   -Ven, es hora de que las conozcas bien, si vas a amarlas como imagino que harás. Te ves… hambriento. -Read, después de mirar hacia el cristal, le atrapa de la corbata y hala.- No dobles las rodillas. –ordena y hala otra vez, rudo, casi haciéndole caer sobre sí, con los lentes colgando sobre el puente nasal, la respiración ruidosa por su nariz, la boca abierta, los ojos muy brillantes, muy cerca de esa verga.

   Read le quiere sobre su tolete, desea llenarle la boca con su tranca que palpita salvajemente y babea igual ante la sola posibilidad de ser tragada. Quiere ser el primero que ocupe esa virgen cavidad bucal, que el abogado sepa, para siempre, que la suya fue la primera, que él fue el primer macho al que le chupó y mamó la verga, que los suyos fueron los primeros jugos que bebió. Pero no es lo único que busca, o desea en esos momentos. Mira hacia el cristal otra vez, y su sonrisa cruel se ensancha cuando hala el saco y la camisa del abogado… exponiendo sus nalgas pálidas, masculinas, levemente velludas, medio contenidas en la tanga rosa, la pantaleta de mujer que es apenas dos porcioncitas sobre los blancos glúteos, casi todo el resto metida en la raja interglútea.

   No necesita verlo, pero lo sabe… tendiéndose un poco sobre el abogado, que jadea al chocar la nariz de su verga caliente, palmea, rudo, una de aquellas nalgas. Él lo sabe, ver a un sujeto usando pantaletas como esas, excita a cualquiera aunque se quiera negar, pero además, si había algo que le gustaba más a un hombre negro que llenarle con su verga oscura la boca a un chico blanco, enterrándosela para verla bajar por su garganta (y vuelve a nalguearle, la piel enrojece leve), era llenar con rudeza y totalmente, hasta los crespos pelos púbicos, el redondo, cerrado y rojizo culo de un tío blanco. Metérsela hasta las pelotas era algo que les calentaba el alma.

   El Jefe ya debía tenerla como una lanza… deseando enterrarla en el dulce y blanco culo virgen de su abogado…

CONTINUARÁ … 16

Julio César.

LA SOMBRA DE LA MUERTE, ¿O ES MISTER QUIN?

febrero 23, 2014

EL CODIGO DA VINCI

agatha-christie

   Doña Agatha Christie.

   Leer siempre fue para mí un enorme placer, me gusta de todo. Comenzó por el amor a las aventuras con aquellas novelitas graficas tipo Kalimán que un tío me prestó, y que me hizo saber que había valles donde reinaban los vampiros, que en selvas todavía inexploradas actualmente se ocultan viejas ciudades de oro, y sobre científicos locos que diseñaban cascos de control mental. Pero me gusta la historias (no tanto las bibliografías), las aventuras (tipo espionaje y guerras), el horror (sicológico, el del loco con el machete, el de los muertos reviviendo en un pequeño pueblo y matando a todos), y por supuesto el tipo de misterio detectivesco. Me gustan las novelas policiales.

   Lamentablemente no me he sentido muy tentado a comprar novelas nuevas, me parece que muchas, que hablan de un sórdido asesinato en una montaña sueca, fría y solitaria, abundan demasiado en detalles sobre paisajes y personajes, sus vidas íntimas, y aburren. Creo que ver las CSI, en sus variada versiones, han acabado con mi paciencia de lector. Otros libros, muy recomendados, me parecieron algo insípidos, como me pasó con El Código Da Vinci, que me lo habían vendido como una gran novela y personalmente la encontré muy linean, superficial en sus argumentaciones y lo peor que puede pasarle a un libro, predecible.

   Es por ello que me refugió, cuando tengo tiempo, en mis viejas lecturas, esos libros que me gustaron, sorprendieron o emocionaron. Cosa que no debería extrañar, si uno guarda un libro es porque le gustó, lo quiere allí, para en cualquier momento disfrutarlo nuevamente. Cosa distinta con discos o películas, a veces se amontonan sin que uno vuelva a utilizarles. Los libros no, es por eso que cuando en la oficina hay poca actividad, o la prensa escasea como en estos tiempos, cargo con una vieja novela para pasar esas veladas de inacción. Fue como llegué nuevamente a esta novela de la genial Agatha Christie, EL ENIGMATICO MISTER QUIN.

   No es esta una de las usuales narrativas de la señora Christie, donde una mente brillante, poco sospechada por su apariencia, un estrafalario detective con cabeza de huevo o una ancianita de blancos cabellos que casi nunca sale de su pueblo, y que sin embargo resultan casi fantásticos. Soy un fan de Hércules Poirot casi tanto como de la señora Christie. En esta un anciano observador y que lleva una vida plácida, muy conforme con ello (¿y quién no?), se topa de repente con un hombre salido de la nada, cuya llegada o presencia en un lugar señala que algo importante, casi siempre una tragedia, tendrá lugar. Y me recordó una serie de cuentos que leí hace muchos años, La Dama de Negro, la muerte en sí. Consta el relato de doce cuentos cortos, cada uno independiente y muy bueno, donde un crimen debe ser develado, otros evitados y muchos explicados.

   El lenguaje es algo florido, recatado, como que la novela fue publicada por primera vez a inicio de los años treinta del siglo pasado, imaginen cuánto ha transcurrido. Pero para una persona con alma analítica, digamos que sensible, aunque moleste catalogarlo así (no quiero llamarme sensible o poético, a eso me refiero), amante de las buenas tramas, lo disfrutará. La novela se inicia con la llegada de míster Quin a la vida de ese anciano de vida apacible, el aristocrático míster Satterthwaite (Dios, qué apellidos), cuando este se encuentra en una vieja casona, celebrando unas fiestas con unos conocidos, algo afectados por la atmósfera ya que en ese lugar, años antes, un conocido de todos, Derek Capel, de manera inesperada e inexplicable se había quitado la vida, acción que sin sospecharlo nadie, lanzó feas sombras sobre muchas vidas. Míster Quin llega y todo se pone en marcha, y me recordó una vez que vi una vieja serie de esas que se hizo sobre Tarzán, cuando un elefante va a ser ajusticiado por embestir a alguien y un hombre blanco, viejo, llega para defenderle en ese juicio, ganándolo por la fuerza de sus argumentos antes de que Tarzán llegue con las pruebas, conociéndosele desde ese momento como “el hombre que habla con la voz de los elefantes”. De cierta manera, míster Quin está allí por lo mismo, acudiendo a un llamado, una petición de ayuda de alguien que necesita desesperadamente dejar saber su verdad… Derek Capel, quien muerto y todo está muy presente.

   Seguramente violo alguna ley de derechos de autor o algo, pero este es un pequeño e ignorado blog del que no pretendo, ni saco, ningún beneficio económico (como dicen algunos de mis amigos, es pura pérdida de tiempo), tan sólo quiero que conozcan este gran trabajo. Disfrútenlo:

……

AGATHA CHRISTIE

EL ENIGMATICO MISTER QUIN

EL ENIGMATICO MISTER QUIN

Capítulo Primero

LA LLEGADA DE MISTER QUIN

   Era la víspera de año nuevo.

   Un grupo de amigos y familiares, todos mayores de edad, se habían congregado en el gran salón de la casa de los Royston para celebrar la fiesta tradicional de la despedida del año. Míster Satterthwaite se alegró de que la chiquillería se hubiese acostado. Le desagradaba la presencia de niños en manadas. Los consideraba insulsos y toscos por añadidura. Les faltaba sutileza, cualidad por la que, en el transcurso de los años, había sentido profunda y creciente admiración.

   Míster Satterthwaite tenía sesenta y dos años, un tanto encorvado y enteco, con cara de duende fisgón y un intenso y desordenado interés por inmiscuirse en vida ajenas. La suya, por decirlo así, transcurría sentado cómodamente en un sillón de una primera fila de butacas, contemplando los diversos dramas humanos que ante su vista se iban desarrollando. Su papel había sido siempre el de mero espectador. Sólo ahora, y al sentirse víctima de las implacables garras de la senectud, es cuando empezó a acrecentarse su instinto crítico por cualquier suceso que cayese bajo su directa observación.

   Indudablemente poseía una verdadera lucidez para esta clase de asuntos. Conocía instintivamente cuándo los elementos del drama podían desentrañarse con facilidad. Como un adiestrado sabueso, sabía olfatear el rastro. Desde su llegada a Royston, aquella misma tarde, su extraña facultad interna se había despertado anunciándole la conveniencia de permanecer en guardia. Algo extraño sucedía o estaba a punto de suceder.

   La reunión familiar no era en extremo numerosa. Allí estaba Tom Evesham, el genial y humorista huésped, con su esposa, taciturna y amante de la política, que de soltera era conocida con el nombre de lady Laura Keene. Estaba sir Richard Conway, soldado, viajero y deportista; otros seis o siete jóvenes cuyos nombres no había conseguido captar míster Satterthwaite, y así mismo estaban los Portal.

   Era los Portal quienes en realidad interesaban a míster Satterthwaite.

   No había visto a Alex Portal con anterioridad, pero conocía al dedillo su historial. Había conocido a su padre y a su abuelo. Alex Portal no podía negar su ascendencia. Era un hombre que frisaba en los cuarenta, de rubios cabellos y ojos azules como todos los Portal, amante de los ejercicios al aire libre, hábil en los juegos y exento de toda imaginación. Nada anormal para un Alex Portal. El prototipo de inglés corriente.

   Pero su esposa era ya diferente. Era ésta, como muy bien sabía míster Satterthwaite, australiana. Portal se había marchado a Australia dos años antes, la había conocido allí, se había casado con ella y con ella había regresado a su país natal. Ella no había estado nunca en Inglaterra con anterioridad a su casamiento. De todos modos, no respondía al tipo de australianas corrientes.

   La observó detenidamente y en secreto. Interesante mujer, ¡muy interesante! Tan apacible, y, sin embargo, tan llena de vida. ¡Eso! ¡Llena de vida! No era exactamente hermosa; no, no podía habérsele llamado así, pero poseía una especie de encanto trágico que no se escapaba a la observación. El lado masculino de míster Satterthwaite se manifestaba con fuerza en aquella aparición, pero el lado femenino (pues míster Satterthwaite poseía una fuerte dosis de femineidad) se interesaba igualmente por otra pregunta que consistía en: ¿por qué la señora Portal se tiñe el pelo?

   Quizá para otro hombre hubiera pasado inadvertida tal circunstancia. Pero no para míster Satterthwaite. Él entendía de estas cosas que tenían el don de despertarle la curiosidad. Era frecuente el hecho de que las mujeres morenas se tiñeran el pelo de rubio, pero no era corriente que una rubia se lo tiñera de negro.

   Todo en ella parecía intrigarle. Con misteriosa intuición dedujo que aquella mujer había forzosamente de ser, o muy feliz o muy desgraciada. Esta inseguridad del sentimiento que le embargaba, le hacía sentirse profundamente preocupado. Había además el hecho de la extraña influencia que al parecer ejercía sobre su marido.

   -Él la adora –recapacitó míster Satterthwaite-; pero algunas veces… no sé, parece como si… ¡la temiera! Esto es interesante. Extraordinariamente interesante.

   Portal bebía en exceso. Eso saltaba a la vista. Y tenía un modo curioso de observar a su mujer cuando ésta no le miraba.

   -Nervios –pensó míster Satterthwaite-. Este hombre es un manojo de nervios. Y ella lo sabe y parece no querer darse por enterada.

   Siguió experimentando una viva curiosidad por el matrimonio. Algo ocurría entre ambos que él no alcanzaba todavía a vislumbrar.

   Las campanas de un reloj cercano le sacaron de su ensimismamiento.

   -Las doce –dijo Evesham-. Año nuevo. ¡Felicidades a todos! A decir verdad, este reloj adelanta cinco minutos. ¿Por qué no llamamos a la gente menuda para que reciban con nosotros al año nuevo?

   -Ni por un momento se me ha ocurrido creer que se hayan ido a la cama –contestó plácidamente su esposa-. Probablemente estarán entretenidos en meter cepillos y otros objetos por el estilo en nuestras camas. No sé qué placer encontrarán en ello. En nuestros tiempos no se nos hubiera tolerado diabluras semejantes.

   -Autres temps, autres moeurs –dijo Conway, con una sonrisa.

   Este era un hombre alto y de aspecto marcial.

   Tanto él como Evesham parecían cortados con el mismo patrón: ambos eran honrados, ecuánimes, benévolos y sin grandes pretensiones en cuanto a su mentalidad.

   -En mis años mozos juntábamos las manos formando un circulo y cantábamos “Memorias del pasado” –continuó lady Laura-. Y “¿Debiéramos olvidar viejas amistades?”, ¡tan tierno y tan conmovedor! Por lo menos así me sonaban a mí esas palabras.

   Evesham dio visibles muestras de inquietud.

   -¡Por favor, Laura! –murmuró-. Aquí no.

   Atravesó el amplio salón en que se hallaban sentados y encendió una lámpara de pie.

   -¡Estúpida de mí! –dijo Laura sotto voce-. Le recuerdo, como es natural, al pobre míster Capel. ¿Está la chimenea demasiado caliente para ti, querida?

   Eleanor Portal hizo un brusco movimiento.

   -No importa, gracias –contestó-. Alejaré mi silla del fuego.

   Tenía una voz preciosa. Uno de esos suaves murmullos cuyos ecos perdieran en nuestros oídos, pensó míster Satterthwaite. Su cara quedaba ahora oculta  en la penumbra. ¡Qué lástima!

   Desde el fondo de la oscuridad volvió a resonar su voz.

   -¿Míster… Capel?

   -Si. El propietario primitivo de esta casa. Como usted sabe, se suicidó levantándose la tapa de los sesos… ¡Oh, si, si, está bien! No volveré a hablar de aquello, querido Tom, como es natural, pues se hallaba él aquí presente cuando ocurrió. Y usted también estaba, ¿no es verdad, sir Richard?

   -Si, lady Laura.

   Un gran reloj de caja que se erguía en un rincón de la sala, gimió convulsivamente, y después de un zumbido asmático preliminar, dejó oír doce melodiosas campanadas.

   -Feliz Año Nuevo, Tom –gruñó Conway.

   Lady Laura recogió pausadamente sus labores.

   -Bien, ya podemos decir que hemos visto el año nuevo –observó, y añadió a continuación, dirigiéndose a la señora Portal-: ¿Qué te parece que podríamos hacer ahora?

   -Por mi parte, acostarnos –contestó ésta, con despreocupación.

   -Está pálida –pensó míster Satterthwaite, al tiempo que abandonaba como los demás su asiento y simulaba entretenerse en la contemplación de los artísticos candelabros-. Más pálida que de costumbre.

   Encendió una vela, que ofreció a la señora Portal, acompañando la acción con una anticuada y ceremoniosa inclinación. Ella la aceptó, murmuró unas palabras de reconocimiento y subió lentamente las escaleras que conducían a los pisos superiores.

   Repentinamente míster Satterthwaite sintió un imperioso impulso de seguir tras ella. De decirle que sin saber por qué, tenía un extraño presentimiento de que algún grave peligro la amenazaba. El impulso se disipó tan súbitamente como apareciera y no pudo por menos que sentirse avergonzado. La nerviosidad parecía también haber hecho presa en él.

   Ella continuó subiendo sin dignarse volver la vista en dirección a su marido, pero de pronto se detuvo y por encima del hombro le lanzó una inquisitiva mirada llena de indefinible intensidad. Eso afectó a míster Satterthwaite de un modo particular.

   Llegó el momento de despedirse de la señora de la casa.

   -Espero que el nuevo año nos traiga toda suerte de prosperidades –decía lady Laura-. Pero la situación política parece henchida de graves incertidumbres.

   -Así es –contestó Satterthwaite con gravedad- Así es.

   -Sólo deseo –continuó lady Laura sin el más leve cambio en su entonación- que sea moreno el primer hombre que atraviese mis umbrales. Creo que usted conoce esa superstición, ¿verdad, míster Satterthwaite? ¿No? Me sorprende. Para que la suerte nos acompañe, es preciso que el primer hombre que pise el umbral de nuestras puertas el día de Año Nuevo sea moreno. ¡Válgame Dios! ¡Espero que los niños no hayan hecho alguna barrabasada con mi cama! No me fio ni pizca de ellos. ¡Son tan traviesos…!

   Moviendo la cabeza en señal de un triste presentimiento, lady Laura se encaminó majestuosamente en dirección a la escalera.

   -Ustedes dirán basta –dijo hospitalariamente Evesham, disponiéndose a servir whisky a los comensales reunidos.

   Cuando hubo terminado de hacerlo, la conversación recayó de nuevo sobre el tema declarado taboo momentos antes.

   -Tú conocías a Derek Capel, ¿verdad, Satterthwaite? –preguntó Conway.

   -Superficialmente.

   -¿Y tú, Portal?

   -No, no le vi en mi vida.

   El tono vindicativo e impetuoso con que pronunció estas palabras, llamó la atención de Satterthwaite, que le miró sorprendido.

   -Me molesta cada vez que Laura trae a colación ese hecho –dijo lentamente Evesham-. Después de la tragedia, y como ustedes saben, se vendió esta casa a un rico fabricante. La abandonó un año más tarde alegando que no acababa de satisfacerle, o algo por el estilo. Circularon después una sarta de disparates en el sentido de que la casa estaba encantada, cosa que le hizo adquirir una lamentable reputación. Después, Laura me pidió que me presentase a candidato por West Kiddleby. Eso significaba tener que radicar en este distrito, donde no era fácil encontrar una casa que reuniera las debidas condiciones. Royston estaba a la venta a bajo precio, y para no prolongar la historia, decidí quedarme con ella. Comprendo que la fantasía de los duendes no pasa de ser una mera superchería, pero resulta desagradable el traer a colación hechos íntimamente relacionados con el suicidio de uno de nuestros mejores amigos. ¡Pobre Derek! Nunca llegamos a conocer los motivos que le impulsaron a tomar tan desesperada determinación.

   -No habrá sido el primero, ni será tampoco el último que cometa un acto así por motivos dignos de ser tenidos en cuenta –dijo Alex Portal con melancolía.

   Al decirlo se levantó y se sirvió pródigamente del contenido de la botella.

   -Hay algo malo encubierto en todo esto –se dijo a sí mismo Satterthwaite-. ¡Pero muy malo! Daría cualquier cosa por conocer a fondo el asunto.

   -¡Escuchen el viento! –intervino Conway-. ¡Qué noche!

   -Noche indicada para solaz de duendes y trasgos –dijo Portal riendo sarcásticamente-. Todos los diablos del infierno andarán por esas calles en disfrute de licencia.

   -Según lady Laura, aun el más negro de ellos serviría., de decidirse a entrar, para traer la felicidad en esta casa –añadió Conway, acompañando las palabras con una sonora carcajada-. ¡Escuchen eso!

   El viento sopló unos momentos con estridente y lúgubres gemidos, y al calmarse se oyeron distintamente tres fuertes golpes dados sobre la hermosa, claveteada y maciza puerta de entrada.

   Hubo un ligero estremecimiento general.

   -¿Quién demonios podrá ser a estas horas de la noche? –exclamó Evesham.

   Uno al otro se dirigieron una mirada interrogativa.

   -Yo abriré –dijo Evesham-. Los criados hace rato que se retiraron a descansar.

   Cruzó la estancia en dirección a la puerta, manipulo unos momentos sobre los pesados cerrojos y la abrió de par en par. Una helada ráfaga de viento inundó la habitación.

   En el marco de la puerta se dibujaban distintamente los perfiles de un hombre, al parecer alto y delgado. A los ojos observadores de Satterthwaite y por curioso efecto de la luz que se filtraban a través de un ventanal de cristales de color, el hombre parecía envuelto en ropajes de todos los colores del arco iris. Después, al adentrarse aquél, pudo convencerse que se trataba de un hombre moreno y esbelto que vestía un sencillo traje de excursionista.

   -En realidad debo presentar mis excusas por esta intromisión intempestiva –dijo el extraño con voz comedida y agradable-. Mi coche ha sufrido una pequeña avería que espero que mi chofer no tardará en reparar. Pero por poco que sea, no bajará de una media hora, y como el frío es tan intenso aquí a la intemperie…

   Se detuvo, circunstancia que aprovechó Evesham para completar su interrumpida peroración.

   -¡Qué duda cabe! Entre usted y acepte una copa en nuestra compañía. ¿Hay algo con respecto al automóvil en que podamos servirle?

   -No, muchas gracias. Mi mecánico dispone de todo lo necesario y conoce perfectamente su cometido. Y a propósito, permítame que me presente. Mi nombre es Quin, Hartley Quin.

   -Siéntense, míster Quin –dijo Evesham-. Sir Richard Conway, míster Satterthwaite. Y yo me llamo Evesham.

   Míster Quin correspondió a las presentaciones y se sentó en la silla que con hospitalaria atención había Evesham puesto a su alcance.

   Al sentarse, y por un curioso efecto del fuego que ardía en el hogar, una fuerte sombra se proyectó en su cara dándole todo el aspecto de una máscara.

   Evesham avivó la lumbre con la adición de unos cuantos leños en la chimenea.

   -¿Un trago?

   -¿Por qué no? Gracias.

   Mientras Evesham se lo servía, le preguntó:

   -De modo que usted conoce bien esta parte del mundo, ¿verdad, míster Quin?

   -Pasé por aquí hace algunos años.

   -¡Qué coincidencia!

   -Si. Esta casa pertenecía entonces a un hombre llamado Capel…

   -Es efecto –dijo Evesham-. ¡Pobre Derek Capel! ¿Le conoció usted?

   -Si, le conocí.

   La actitud de Evesham experimentó un ligero cambio, casi imperceptible para quien no hubiera estudiado a fondo el carácter inglés. La sutil reserva que en un principio manifestara, había desaparecido por completo. Míster Quin había conocido a Derek Capel. Era, pues, el amigo de un amigo, y como tal acreedor a su propia estima.

   -Inconcebible el caso de Capel –le dijo en tono confidencial-. Precisamente estábamos hablando acerca de él. Puedo afirmar que no fue sin cierta repugnancia que nos decididnos a comprar este lugar. De haber encontrado algo apropiado… Pero no lo había. Yo estaba en la casa la noche en que se pegó un tiro. También estaba Conway, y puedo asegurarle que siempre he esperado que su sombra acabaría por aparecer vagando por estos contornos.

   -Un asunto verdaderamente inexplicable –interpuso Conway-. Todo ella es un tenebroso misterio, y siempre lo será.

   -No lo sé –se limitó a decir displicentemente míster Quin-. ¿Decía usted, sin Richard…?

   -Que fue una cosa inconcebible. Un hombre en la flor de la vida, alegre, sencillo y sin preocupaciones de ninguna clase. Con cinco o seis amigos a su alrededor.  Lleno de optimismo y buen humor durante la comida y con el corazón repleto de esperanzas para el futuro, y repentinamente abandona la mesa, sube a sus habitaciones y se aloja una bala en el cerebro. ¿Por qué? Nadie ha sabido explicárselo. Nadie lo sabrá jamás.

   -¿No cree usted que extrema un tanto la nota de escepticismo, sir Richard? –preguntó míster Quin, sonriente.

   Conway le miró fijamente.

   -¿Qué quiere usted dar a entender? No comprendo.

   -Que el hecho de no haberse esclarecido un asunto, no implica carencia de solución.

   -¡Vamos, vamos! Si nada se pudo lograr entonces, ¿cómo podrá lograrse después de diez años de ocurrido el suceso?

   Míster Quin movió la cabeza ceremoniosamente.

   -Permítame que manifieste mi disconformidad. El testimonio de la Historia está en su contra. El historiador contemporáneo jamás podrá escribir una historia con el mismo carácter de veracidad que el historiador de futuras generaciones. Todo es cuestión de adquirir la autentica perspectiva, la verdadera proporción de las cosas.

   Alex Portal se inclinó hacia adelante con el rostro contraído de dolor.

   -Si; tiene usted razón, míster Quin –exclamo-; tiene usted razón. El tiempo no enajena nunca la posesión de los hechos. Lo único que haces es presentarlos de nuevo bajo un aspecto diferente al anterior.

   Evasham sonreía con expresión de tolerancia.

   -Entonces lo que usted quiere decir, míster Quin, es que, si tuviéramos que hacer hoy una información judicial basada en las circunstancias que rodearon la muerte de Derek Capel, podríamos estar tan cerca de la verdad como lo estuvimos en el tiempo en que tuvo lugar el suceso.

   -Más, míster Evesham. La acusación personal hace tiempo que se ha desprendido y podrían por lo tanto recordarse de los hechos tal cual fueron sin mixtificarlos con nuestras propias interpretaciones.

   Evesham frunció el ceño en actitud de duda.

   -Debe tenerse, como es natural, un punto de partida –añadió míster Quin con voz sugerente y comedida-. Un punto de partida es, generalmente, una teoría. Estoy seguro que alguno de ustedes la tiene. ¿Usted, por ejemplo, sin Richard?

   Conway se quedó pensativo.

   -Claro que –dijo en tono de disculpa- nosotros creímos, todos creímos, que una mujer andaba mezclada en ello. Acostumbraban a ser siempre los mismos factores, el dinero o una mujer. Como nada había que temer respecto al primero, ¿a qué otra cosa podía haberse achacado?

   Míster Satterthwaite experimentó un ligero estremecimiento. Había intentado incorporarse, al objeto de hacer una pequeña observación, cuando sus ojos sorprendieron la figura de una mujer agazapada y oculta entre los barrotes de la balaustrada que remataba la galería superior, e invisible, por su posición, a la mirada de cualquiera de los presentes con excepción de la suya. Evidentemente escuchaba con avidez cuanto abajo se decía. Tal era su inmovilidad que tentado estuvo de no dar crédito a lo que al parecer veían sus ojos.

   Pero había reconocido sin dificultad el corte de su vestido; un rico brocado de tiempos medievales. Era Eleanor Portal.

   Y, de súbito, todos los acontecimientos de aquella noche parecieron agolparse y encajarse como piezas de rompecabezas en su memoria. La misma llegada de míster Quin no podía considerarse como un mero accidente fortuito, sino como la obligada aparición de un nuevo personaje en el drama que en la mansión de Royston se estaba en aquellos momentos representando, y en el que Derek Capel, muerto y todo, tenía asignado su correspondiente papel. De eso estaba seguro míster Satterthwaite.

   Otro aspecto de la cuestión vino con la rapidez del rayo a iluminar de nuevo su cuestión. Míster Quin no desempeñaba en realidad el papel de simple actor sino el de director que, colocado en el centro del misterio, hacía trabajar a sus muñecos bajo la diestra tensión de invisibles hilos al alcance de sus dedos. Lo sabía todo. Hasta la presencia de aquella mujer escondida tras el maderamen de la galería. Lo sabía, era indudable.

   Cómodamente apoyado en el respaldo de su silla y consciente de su importante papel de espectador, míster Satterthwaite seguía con interés las incidencias del drama que paulatinamente se iba desarrollando ante sus ojos. Míster Quin seguía manipulando con perfecta naturalidad y calma los cordelillos que habían de poner a sus marionetas en acción.

   -Una mujer, si… -murmuró pensativamente- ¿No se mencionó ningún nombre de mujer durante el transcurso de aquella cena?

   -¡Claro que si! –dijo Evesham-. Nos anunció con gran alborozo sus futuros esposales. ¡Eso fue lo que precisamente nos sacó de quicio! Añadió que no era todavía tiempo de hacerlo oficialmente, pero nos dio a entender que su boda era un hecho.

   -Todos supusimos quién era la dama, como es natural –dijo Conway-. Marjorie Dilke. Bonita muchacha.

   Pareció que era míster Quin a quien correspondía el turno de hablar, pero no lo hizo así y su silencio se interpretó como una provocación, como un reto a la veracidad de esta última declaración. El efecto fue que Conway se viera obligado a adoptar una posición defensiva.

   -¿Qué otra cosa hubiese podía ser? ¿Verdad, Evesham?

   -No lo sé –contestó Tom Evesham pausadamente-. ¿Qué es lo que dijo él con exactitud? Algo acerca de la proximidad de su boda; que no podía decirnos el nombre de su novia hasta que ésta no se lo autorizara para hacerlo así; de que no era tiempo aún de hacer pública la noticia. De lo que sí me acuerdo es de qué aseguró ser el hombre más afortunado de la tierra. De que quería que sus dos viejos amigos supiesen que en el plazo de un año y a partir de aquella misma fecha, su matrimonio se habría consumado. Como es natural, todos presumimos que se trataría de Marjorie. Eran grandes amigos y se les veía juntos con frecuencia.

   -Lo único… -empezó a decir Conway, pero se detuvo.

   -¿Que iba a decir, Dik?

   -Quiero decir que, en realidad, tratándose de Marjorie, no había fundamento para guardar tanta reserva en el anuncio de la boda. ¿Por qué tanto misterio? Más bien daba a entender que se trataba de una mujer casada. Ya me entendéis. De alguna viuda reciente o de una mujer que acabase de divorciarse.

   -Es verdad –replicó Evesham-. Si ése hubiese sido el caso, el enlace, como es natural, no habría podido anunciarse sin las debidas precauciones. Y pensándolo bien… no se veía con Marjorie, en aquella época, con la frecuencia que nosotros decimos. Eso fue el año anterior. Y hasta creo recordar que las relaciones entre ellos se habían enfriado considerablemente. Creo que todos lo notamos.

   -Es curioso –interpuso míster Quin.

   -Si, casi parecía como si otra mujer se hubiese interpuesto entre ambos.

   -Otra mujer –dijo Conway pensativamente.

   -¡Voto a tal! –exclamó Evesham-. Acuérdate que había un algo de obsceno en la hilaridad de Derek aquella noche. Parecía ebrio de felicidad, y, sin embargo, había también algo de arrogancia y provocación en sus ademanes.

   -Como de hombre que reta a su Destino –interpuso vivamente Alex Portal.

   ¿Era a Derek Capel o era a sí mismo a quien iban dirigidas aquellas palabras? Míster Satterthwaite le miró y optó por creer lo último. Si, eso era lo que Alex Portal parecía representar: un hombre que desafiaba a su Destino.

   Su imaginación, embotada por el licor, respondió súbitamente a aquella frase de la historia que le hizo recordar su preocupación previa.

   Míster Satterthwaite levantó la vista. Allí continuaba ella. Observando y escuchando. Inmóvil y halada.

   Como un cadáver.

……

   ¿No le atrapó la historia? Le falta una parte, poco, pero quedó muy largo. Lo subo pronto. Ese libro vale la pena.

¿ES MISTER QUIN?… 2

Julio César.

SI LO QUIERES… PIDELO

febrero 23, 2014

COSAS QUE PASAN

ALLA EN LA FUENTE HABIA UNO GRANDOTE

LO BUENO DE LA EXPERIENCIA

Julio César.

DESAHOGO

febrero 23, 2014

PATRIOTICO

JEFE EXIGENTE

    Pocos entenderían su ardiente necesidad…

   Responsable de una empresa multimillonaria con cientos de empleados, con una familia respetuosa y ejemplo de la comunidad, una esposa hermosa y amorosa, enfrentando a diario chantajes comerciales, intentos de secuestros, recesión e inflación, dueño prácticamente del mundo… dejaba que el tipo que por las noches trapeaba los pisos le llenara el culo con su güevote enorme, al tiempo que le nalgueaba y le llamaba “puta, eres una puta barata”, cabalgándolo fuerte, sentándoselo sobre los pelos y todavía empujando otro poco, teniéndole al borde del delirio a cada instante, gritando por más, admitiendo que es una perra que quiere ser bañado por su leche. Lo necesita, ser tratado así, dominado, controlado, llevado al clímax y desahogarse, para al día siguiente llegar como siempre y vencer al mundo, y que ese tío, quitándose la gorra respetuosamente le diga al pasar “buenos tardes, jefe”. Hasta que le vuelva a necesitar. Un hombre busca lo que al hombre le urge.

ENTREGA

Julio César.

DELCY RODRIGUEZ, LA MINISTRA ANDA PERDIDA

febrero 23, 2014

LIBEREN A IVAN SIMONOVIS

DELCY RODRIGUEZ

   Las cosas se reflejan en la cara…

   Por ahí hay gente que dice que ahora sí se van a investigar los excesos policiales cometidos contra los estudiantes y la población en general, al tiempo que no detuvieron ni presentaron frente al país a uno solo de los encapuchados fotografiados y filmados provocando violencia en los disturbios que han asolado al país en estos últimos días, porque las autoridades están pidiendo toda grabación de los desordenes… Pero si uno escuchó a la ministro, sabe que sólo son cuentos de camino.

   Seguramente mucho no lo saben, pero la dama en cuestión, ministro de Información (o propaganda, en este tipo de regímenes corruptos, incompetentes, fascistas y violentos es lo mismo), Delcy Rodríguez, fue la misma que en diciembre cayó en la necedad de publicar una lista con los nombres de gente de oposición con el lugar dónde pasaban sus vacaciones, como si fuera asunto de ella, y lo hacía ella que viene de un gobierno donde el difunto presidente Chávez hasta firmaba leyes, concedía ascensos y cargos fuera de Venezuela, sin que se supiera, ni siquiera, si era él quien hacía todo eso. Cuando el difunto vivía a cuerpo de rey, gastando dólares por esos mundos de Dios donde no hizo más que ponernos en evidencia, a ella no le parecía malo, al contrario, lo aplaudía y se reía. Le parece malo es ahora. Y eso que habría quedado mejor publicando la lista de las empresas de maletines que se robaron buena parte de las reservas en dólares, o de dónde sacó cada capitoste del Gobierno su cuantiosa fortuna, comenzando por su hermano. Pero no, la señora, frívola y superficial, prefiere perder el tiempo en tonterías. Sin embargo, con todo este zaperoco que se ha formado por la manera en que Vielma Mora atacó a los estudiantes del Táchira (¿cómo nombraron a ese señor gobernador?, ¿es que no vivían en Venezuela?), es cuando se ha lucido…

   En una entrevista dada al periodista Eduardo Rodríguez, un hombre bueno y decente, pero parcializado (él piensa que no, pero cuando elige no preguntar esto y aquello, toma partido), la señora dejó salir el viejo discurso de hace sesenta años, el mismo que viven repitiendo los castristas en Cuba para justificar su fracaso y ocultar sus fortunas. Alegaba la mujer que no, que la gente no se queja por la escasez, la inflación, el desabastecimiento, de las personas muriéndose en hospitales destartalados o a manos de la delincuencia; no, todo era un golpe de gente maluca. Un golpe al que tachó de más perfecto (¿puede lo perfecto ser más?, ah, pero ella es revolucionaria de izquierda), porque tiene un entramado nacional e internacional. El periodista, de donde digo que toma partido, no le preguntó si cuando hablaba del entramado nacional se refería a la gente que salía denunciando los atropellos de la guardia nacional o la violencia de los grupos armados que actúan al lado de la guardia y la policía nacional y que no son detenidos; o si se refería, en lo internacional, a la prensa extranjera que reseñaba lo que aquí no se atreven, sobre las golpizas, heridos, desaparecidos, incomunicados y asesinados por la brutal represión a la que tiene que recurrir un régimen corrupto, incompetente, fascista y violento al haber fracasado en todo lo demás. Tampoco señaló ella cuál era la conspiración, quiénes conspiraban en dónde y cuándo, para que la prensa lo verificara.

   Pero fue lo dicho después lo que sonó más extraño, denunció que tenían las pruebas de que la Oposición violenta pretendía matar a Leopoldo López, a un familiar de Diosdado Cabello y a Nicolás Maduro, presidente designado por Tibisay Lucena en un acto comicial que no dejaron auditar. Por supuesto no dijo quiénes lo planeaban (ubicándolos en lugar, fecha y hora), ni cómo lo supieron (fotos y grabaciones), cosa lógica para la frívola señora, después de la pifia del testigo estrella que el ex fiscal Isaías Rodríguez y el difunto Hugo Chávez se inventaron para meter presos a unos enemigos políticos, y que la prensa investigó y descubrió que cuando el sujeto decía estar reunido con esa gente planeando atentados, la verdad estaba preso en Colombia, el Gobierno, y Delcy Rodríguez, no se atreven a presentar “esas pruebas”, ¿y sí se las verifican y desmienten con pasaportes y testigos?

   Repito, no presenta ninguna prueba de lo que dice por televisión, y CONATEL no la ficha ni sanciona por calumniar y mentir. Hay que simplemente creerle lo que dice, confiar en ella, que veamos la sinceridad en sus ojos; pero entonces pasa a decir que en su plan violento, la Oposición pensaban atentar contra bancos y el Metro, eso cuando la gente ve, y graba, cuando la guardia nacional dispara e incendia viviendas y edificios, sin importarles a quien hieran o asesinen, porque esa gente comete el “terrible delito de tocar cacerolas” y protestar contra el Gobierno. Asunto que el periodista no tocó ni de lejos. Contra esas pruebas graficas y audiovisuales, la gente filmádnoslo todo, los desmanes y desafueros de estos grupos fascistas y violentos, la señora solo presenta su palabra en contra… y pierde. Y no es que uno quiera ser grosero y tacharla de sucia mentirosa, pero cuando alega que los colectivos no andan armados, cuando todo el mundo les ve agrediendo, hiriendo y matando como hicieron en Valencia, ¿qué nos queda? Pensar que si, que es una sucia mentirosa, cosa que nunca le diríamos porque es una dama, aunque no quiera comporte como tal.

   Pobre Eduardo Rodríguez, un hombre decente obligado a justificar lo injustificable. Son tiempos duros, peligroso, casi se disculpa una lenidad.

REPRESIÓN Y CORRUPCION

Julio César.

LO QUE CALLAN LOS HOMBRES

febrero 23, 2014

EL MECANICO REPARA

   Dada la crisis económica, Jorge se había quedado sin empleo, por lo que fue a visitar a su mejor amigo, compadre de parrandas con mujeres, compinche de mil aventuras, para pedirle un trabajo en su fábrica. Este le dijo que no tenía nada dispuesto, y le tocó llorar y suplicar, estaban a punto de arrojarle a la calle, su mujer le reclamaba, sus hijos lloraban de miedo, su madre ciega y su papá inválido necesitaban medicinas y cuidados. Sonriendo, el sujeto le dijo que si quería trabajo… que pelara ese rabo.

UN HOMBRE SUFRIDO (1)

   Era tan indignante, pero ¿qué le quedaba? Lo peor era sentirse traicionado, ese era su mejor amigo, uno que ahora se aprovechaba y le asfixiaba…

UN HOMBRE SUFRIDO (2)

   Le ahogó con el tamaño y la cantidad de las jugosas exigencias…

UN HOMBRE SUFRIDO (3)

   Riendo, gozaba frotándole la herida con sal, pero seguramente disfrutaba más humillándole al tenerle así…

UN HOMBRE SUFRIDO (4)

   Oh, Dios, ¿cómo?, ¿cómo podía hacerle eso… en esa posición?, ¿cómo se sostenía y aguantaba?, se preguntaba jadeando…

UN HOMBRE SUFRIDO (5)

   Grita, tiene que hacerlo, mientras su “amigo”, riendo, le dice “felicidades, tiene el empleo, ahora podrás mantener a tu familia”. Y lloró, lágrimas surcaron su rostro, ¿alivio por su gente? Tal vez, o posiblemente era por el intenso orgasmo alcanzado…

PERSONALIDAD NECESITADA

Julio César.

NOTA: Por cierto, me señalan que eso de “rabo”, como lo aplicamos aquí en Venezuela, para culo, sobre todo en las mujeres, parece significar algo distinto en otras partes. Aquí lo uso como eso, otra palabra para posaderas.

 

EL REGRESO DE THE FOLLOWING

febrero 23, 2014

RYAN AND JOE

   ¿Dos caras de una moneda?

   Como he señalado antes, una de las agradables sorpresas de la televisión, el año pasado, fue la llegada de esta serie tipo suspenso policial. Y después de una muy buen primera temporada, con un final típico, el enfrentamiento entre el chico de la película y el villano, Ryan Hardy (FBI) y Joe Carroll (el monstruo), que desaparece en una explosión sin que el cuerpo aparezca, amén de un ataque en el último momento al galán, Ryan, y su chica, Claire, para que no olvidemos que nunca debemos bajar la guardia, y al verles caer heridos preguntarnos qué seguirá después, llega la segunda temporada. Y ya, desde que la anunciaban, me atrapó. Aparece Kevin Bacon diciendo aquello de que enfrentó dos veces a un monstruo, una vez le encerró, la otra lo puso bajo tierra, pero que el gran triunfo del Diablo fue hacerle creer al mundo que no existía. Bien, esa frase, fuera de libros o películas religiosas, pocas veces se utiliza. Quedó bien usada de esta manera porque, y creo que todos coincidimos, jamás creímos en esa muerte.

THE FOLLOWING

   Bien, vamos con The Following. Un ex agente del FBI, Ryan Hardy (Kevin Bacon), derrotado, amargado, alcohólico y ex escritor, recibe una llamada, un peligroso criminal en serie, un demente al que había capturado años antes, ha escapado. Aunque no quiere, debe regresar por todo lo que dejó en el pasado. El criminal es un atractivo y carismático profesor de literatura, Joe Carroll (James Purefoy), de inteligencia excepcional, amoral (bien, es un loco, es un asesino que mata por una compulsión, no por error o por un beneficio concreto y sólido), pero sugerente y sugestivo que influye sobre su alumnado, especialmente en jóvenes parecidas a su esposa, a quienes asesinaba. Por detalles de sus crímenes, el agente Ryan Hardy, nota rasgos rituales y buscando luz llega a la esposa del profesor, Claire Carroll (Natalie Zea), de donde comienza una pequeña llama que más tarde se consuma carnalmente.

   Llega el enfrentamiento en el pasado, Ryan logra salvar a una pobre chica, Sarah, a la que hirió horriblemente Joe, pero recibe un disparo en el pecho, donde le colocarán un marcapasos. Como sea, la vida sigue, se recupera, se aleja de la mujer por toda la historia que hay entre ambos… y el asesino escapa años después. Va tras Sarah y a pesar de que la protegen, unos vecinos y amigos gay la traicionan; la mata en una escena dolorosa, y allí, Ryan enfrenta a Joe, y le detiene porque este se deja capturar, asegurándole que ahora es que todo comienza. Investigando descubren que a Sarah la rodeaban unos vecinos que desaparecen, una falsa pareja gay que es seguidora del asesino, igual que la joven que cuidaba al hijo de Joe y Claire. El delincuente tiene más que fanáticos, apóstoles. Y todo eso se sabe en el primer episodio, de la secta que ha logrado a través de internet, de los cientos o tal vez miles de seguidores que tiene, el niño que es raptado, la ex mujer es amenazada y que trajo a Ryan de vuelta para que sea un personaje en un libro que escribe.

PAUL, EMMA ANDA JACOB

  Para serles totalmente franco, disfruté de este programa, hubo buenos planeamientos, acción aceptable y trama bien hilada, aunque faltó profundidad en algunas subtramas que pudieron rendir más, así como otros personajes, como el trío de la falsa pareja gay y la joven que secuestra al hijo de Caire, Emma (Valorie Curry), o el segundo al mando de los dementes, el comisario Roderick (Warren Cole), un sujeto que pudo dar mucho más. Fuera de eso, me gusta por el tema, me recuerda un poquito a MILLENIUM y a PROFILER, series donde la mente del criminal era lo importante. Me agrada Kevin Bacon, ese norteamericano con pinta de odioso que queda muy bien de villano. Hasta cuando hace de bueno tiene algo de perro. No soy gran admirador del trabajo de James Purefoy, pero sale a flote.

   Bien, de esta serie hay gente que dice que fue la gran decepción del año pasado, que fue muy traída por los pelos, se burlaban de todo el poder del loco, de todo ese culto que se crea, y de las pretensiones de hacer ver el programa como algo intelectual o inteligente, mezclando en los crímenes alusiones a Edgar Allan Poe. ¿La verdad?, no me lo parece. La serie no prometía oro, y no lo dio, sólo buenos e intensos momentos de suspenso, sorpresa y rabias (muchas, en el buen sentido, como cuando matan a esa chica Sarah). Lo que más parece molestar a la gente es eso, que se creara ese culto con cientos o miles de locos obedeciéndole… y la verdad es que eso no me parece tan improbable, con todo y lo horrible que sea la idea.

   Hace años, buscando curiosidades en la red, encontré un portal que llevaba a las cinco páginas más infames de esto y aquello, a los ocho lugares más horribles del mundo, también a las nueves páginas web más perturbadoras. ¿Saben cuál era la primera, la ganadora, la más insólita?, una humilde página de blogger donde un sujeto exponía su vida, como en un diario, y la gente fue siguiéndole día a día, viendo crecer y deformarse su rabia, como iba desasociándose de la realidad, perdiendo el sentido y eso notándose en sus escritos, así como su odio infinito, y que luego salió a matar. Al parece asesinó a casi veinte niños. Y ese portal era objeto de estudios, visitas… y culto. También recuerdo aquella noticia de un sujeto avisando en la red que deseaba conocer a alguien para comérselo, y otra persona respondió, siendo asesinado y parcialmente comido. La locura está ahí, sea que la veamos o no, y muchas veces, como diría el Guasón de El Caballero de la Noche, tan sólo necesita de un empeño empujón para ponerse en movimiento.

   Alguien débil, con la mente fracturada, convencido de que debe hacer algo, por deber o placer, por sórdido u horrible que le parezca a una persona cuerda, no se detiene, no desaparece, simplemente porque no nos guste pensar en ello, la ignoremos o no sepamos que está ahí. De hecho es la única objeción que hago a esa increíble serie, de mejor calidad argumental, HANNIBAL. La manera cómo promocionan sus platos, aludiendo al canibalismo, no es prudente, no en un mundo lleno de gente solitaria y extraña, abrazada a un arma, oyendo que los bombillos le hablan y buscando a quién matar para expresarse. ¿Puede una persona paciente, inteligente y con todo el tiempo del mundo, ya previamente famosa por una serie de crímenes, hacerse de un grupo de seguidores?, caramba, lo raro, me parece a mí, es que no todos lo tengan. Debe ser por eso, porque están locos y la demencia en sí les impide ser eficientes.

   A mí, personalmente, lo que no me gusta del programa es que los locos son geniales y las fuerzas del orden son prácticamente idiotas. La manera en que una y otra vez asesinaban a los agentes, fue deplorable. Sobre todo cuando se trataba de armas blancas. Eso no le pasa a Bruce Willis en ninguno de sus trabajos. Lo otro es, me parece, que desperdiciaron a los locos. Sabíamos que todos eran asesinos en serie potenciales; de pocos se dijo quiénes eran, cuáles eran sus compulsiones, qué pretendían o qué hicieron. Hubo casos aislados, como la chica que cuidaba al hijo de Claire, Emma, atrapada por una madre horrible que necesitaba ser asesinada. Se lo estaba buscando, ella, Emma, era casi una víctima. Pero fuera de muy veladas referencias, nada de eso se utilizó. ¿Acaso había quienes coleccionaban partes humanas para ensamblar una pareja, alguien practicaba el canibalismo para lograr la inmortalidad, incendiarios que deseaban librar a los niños maltratados, asesinos de policías o niñeras? Todo eso lo pasaron por alto para darle lineamiento a la historia central, por ello, me parece, sacrificaron demasiado.

   Pero lo que estuvo mal, realmente mal, fue la manera en la que caían los malos. Hubo una hermosa catira, una asesina eficiente y despiadada, que le cierra el paso a unas escaleras a Ryan mientras Joe escapa, y este le apunta, ella dice no lo harás, dispara y ni la vemos caer. Cuando muere el segundo, Roderick, es de un tiro a la espalda. Algo totalmente frío. Y aquí debo aclararle algo a los productores de televisión, la gente ama las tramas, a sus héroes, incluso a los villanos, pero también queremos retribución, queremos ver al pillo ser herido, gritar que no, arrastrarse, intentar huir y finalmente ser cercado y eliminado. Queremos que pague por toda la angustia y rabias que nos produjo. Como en la serie La Lista Negra, hace poco el villano bueno se enfrenta a una vieja senadora, todo poderosa que manipula vidas y profiere amenaza (como esos viejos villanos inútiles de la serie Héroes, a quienes nunca les pasaba nada), y le disparó en la barriga, ella gimió, se asustó, quiso negociar y gritó leve cuando él la remató.

   Fuera de esos detallitos, que habrían hecho del programa algo mucho mejor (ojo, desde mi punto de vista), la serie se deja colar entre tantos dramáticos (telenovelas en realidad) y los fulanos realitys que uno no sabe cuándo carrizo terminarán de desaparecer. Bien, la segunda temporada comienza con la obsesión de Ryan, quien, lógicamente, sobrevive al ataque del final de temporada pasada, y quien está seguro de que Joe Carroll no está muerto. Y le busca porque quiere venganza, y para saber por qué, deben verla. El Canal Warner está anunciando para mañana domingo 23 de febrero, después de las diez de la noche, hora de Venezuela, la transmisión de los tres primeros episodios de esta temporada, y bien vale la pena verlos si no lo han hecho aún y son seguradores de un espacio que cumple su objetivo y entretiene bastante.

Julio César.

NOTA: Por cierto, que la Warner, por fin, anuncia el regreso de SUPERNATURAL. Se habían tardado demasiado, me parece.

FAMILIARIDAD

febrero 23, 2014

QUIÉN MIRA

CHICOS JUGUETONES Y CALIENTES

   ¿No se ven cuchis?

   Cuando Fortunata y Jacinta, hermanas las dos, decidieron que por falta de casa debían vivir juntas, con sus respectivos maridos, les preocupó que estos no se llevaran bien. Pero no, el mismo día ya se trataban con intimidad y afecto, a los dos días con juegos y hasta con besos. Qué bueno, ¿verdad?

DEPORTES DE CONTACTO

Julio César.