ЛЮБИ МЕНЯ… 4

 ЛЮБИ МЕНЯ                         … 3

LA CASA TRISTE

   La casa grande, la casa triste.

……

   Anatoly, realmente asfixiado, y ya asustado para ese momento, con la garra de su abuela cerrándole la garganta, todavía vive la sorpresa de constatar que la mujer no le suelta, ni siquiera porque eleva la mirada, rostro desencajado de rabia, hacia dos de sus hijos que le han pillado ahorcando a su nieto menor; especialmente en presencia del mayor, el heredero al título.

   -¡Suéltale, madre! –ruge Kolya, alarmado, aferrándola, uno de los pocos que puede hacerlo; como menor, siempre fue algo consentido por la mujer. Le cuesta liberar al muchacho.

   -Vladimir… Kolya… -la mujer se ve perdida. Soltándole al fin.

   -¿Estás perdiendo la razón, madre? ¡Pudiste matar al niño! –la encara Vladimir, severo, ceñudo, pero voz controlada. Y mientras se acaricia el cuello, tosiendo levemente, conteniendo el llanto en sus ojos (por la asfixia, no por debilidad), Anatoly se pregunta si estaría igual de tranquilo si la vida en peligro hubiera sido la de Yago, o Larisa.

   -Vladimir… tu hijo… -se ve perdida.

   -Siento haber llegado tarde a la lección, abuelita. –gimotea el muchacho.- No creí que te molestara tanto. –todavía tiene la osadía de agregar Anatoly.

   -¿Todo este estallido por eso? –brama Vladimir, mirándola como si no la reconociera. Kolya, por su parte, ceñudo y alarmado como estaba, mira a su sobrino con súbita sospecha.

   Ah, las cosas que Sveta Petrova podría responder en ese momento. Pero no puede. Su pecho agitado sube y baja, la furia nada en la superficie. Y algo de vergüenza. No por haber sido sorprendida con la mano alrededor del cuello del niño, sino por haber sido superada por este. Los ojos crueles caen sobre el infante, quien tiene el criterio de verse alarmado. No podía decirles lo que el joven le expresó. No podía reconocer esa horrible debilidad. Su ira por no ser considerada más que una simple mujer, sin derecho al poder en un sistema patriarcal. No podía reconocer que el niño, la pequeña bestia de nueve años, la había adivinado, la había pesado y tasado, reconociéndola como una resentida. No podía contarles que… Traga grueso y una leve sonrisa distiende sus labios. Casi admirada. ¡Anatoly le había tendido una trama! La pequeña bestia le había llevado a perder los estribos frente a Vladimir, deseando que este la sorprendiera.

   -Lo siento, trokhy mío. No debí perder los estribos así, sé lo desobediente y desordenado que eres, muestras una conducta totalmente indigna de tu nombre. No es la primera vez que faltas a tus compromisos. Pero no es excusa para mi comportamiento. –a la mujer le cuesta reconocerlo, casi siente un dolor físico, que se intensifica por el malvado brillo en los azules ojos del muchacho.

   -Es cierto, madre. –reconoce Vladimir, ceñudo.- Si Anatoly se porta mal, castígale como debe ser, azótalo, enciérralo, pero no así. Pudiste matarle, ¿qué habrían dicho  de nosotros en la corte?

   -Lo sé. Debí controlarme. –la mujer expresa con mayor facilidad.- Ojalá no fueras un niño tan horrible… Tal vez enviarle lejos te ayudaría… -el niño alza la mirada con alarma. Sus ojos se encuentran, y le amenaza otra vez, silencioso, sintiéndose poderoso. Sabe lo que ella no desea que cuente.

   -Yo me encargaré de eso. –le ruge Vladimir a su hijo, mirándole feroz.- ¡Ve a tus habitaciones y espérame! Antes, discúlpate con tu babusya.

   -Lo siento, abuelita. –suena todo humilde, pequeño y frágil, sus ojos se encuentran. Desea que vea que aunque teme el castigo de su padre, se marcha vencedor. Se aleja. Kolya mira a su madre y le sigue, dejando al barón hablando con su madre.

   -¿Se puede saber qué hiciste? –le sisea apremiante pero bajito, alcanzándole cuando comienzan a bajar de esa ala.

   -Nada, tío.

   -¿Abuelita? –le reta, entrecerrando los ojos.- Eres realmente de cuidado. –medio ríe cuando ya desaparecen de la vista de todos. Anatoly también lo hace, deteniéndose cuando Kolya le atrapa un hombro, revisándole el cuello.

   -¿Te duele?

   -Ahora sí. –reconoce cuando la adrenalina baja. Le mira algo serio.- ¿Por qué me odia tanto, tío? A ti te quiere, a papá le respeta. A mí…

   -Madre es una mujer compleja, Anatoly, pero no te odia. –intenta calmarle, no creyéndoselo ni él. Le ve tragar, y por un segundo ocurre algo que sabe que su sobrino odia, parece y se siente como un niño pequeño que desea otra realidad.

   No le agrada verle tan triste y afectado, así que le hace gritar cuando le rodea la cintura con los brazos, alzándole en peso con total facilidad, corriendo escaleras abajo, a saltos, de manera temeraria. Jugando. Anatoly se queja, pide bajar, pero ríe. Como un niño.

……

   No fue fácil la conversación de la imponente Sveta con su hijo, pero todo quedó, finalmente, como una momentánea pérdida de control. Cosa que molestaba a la mujer que se pasea por los patios de la propiedad. ¡Ella jamás perdida el control! Aunque era preferible que se creyera eso. Toma asiento en una banca, pensativa. La pequeña bestia había sabido ver en su interior, en sus rencores. Fue hábil. No, fue intuitivo. Y sonríe leve. Ahora resultaba que el pequeño bastardo era hábil. Tal vez le había subestimado. Pero ahora era una molestia. Mayor que un día antes. El muchacho seguramente le creía en sus manos, que si intentaba aleccionarle, contaría lo que creía saber sobre sus resentimientos de mujer. Esperaba silenciarle, controlarla con eso. Era muy chico, sonríe con burla. Seguramente contaba con poder usar más de una vez esa misma carta. Era su deber, como su abuela, demostrarle que no era así.

……

   Cenando a solas en sus habitaciones, obligado a leer mucho, un inquieto Anatoly Nicolai esperaba su castigo. Su madre le visitó; alterada al ver las marcas en su cuello, le abrazó sobre la ancha y cómoda cama, y le consoló. Suave como una tarde de primavera tranquila, acunándole, la mujer le aconseja que se porte mejor con su abuela, que no la irrite porque eso alteraba a su padre.

   -Y no quieres molestarle a él, ¿verdad? Tiene tantas obligaciones. –le besa en el brillante y espeso cabello amarillento.

   -Bien, madre. –accede, porque es cierto. No quiere que su padre le vea siempre como el hijo que sólo causaba disgustos y problemas. Distinto a sus hermanos Yago, Vadem y Dimitri, y la niña de sus ojos, Larisa.

   -Haz tus oraciones y duerme. –ella le abraza otra vez, etérea, poniéndose de pie.

   -¿Padre no vendrá? –lo teme. Ella le sonríe.

   -No, me envió a mí. Buenas noches. –y sale.

   Muy desconcertado, el niño cae sobre sus rodillas al lado de la cama y ora con rapidez. Apaga las lámparas de aceite y se tiende sobre las almohadas. Confuso. Creyó que… Frunce el ceño, debía sentirse aliviado de saber que su padre no iría, que no le gritaría o castigaría, aunque no entiende. Recuerda la última cueriza que le dio de propia mano. Que había sido por una nadería, por dejar a Otnix cabalgar dentro de la sala (el recuerdo del viejo y cariñoso animal, esa tarde, soltando cantidades alarmantes de pelos sobre los sofás de su abuela, todavía le hace sonreír). Esto, que fue más grave… No lo entiende. No puede saber que a cierto nivel, a su padre también podría haberle impresionado ver el cómo había alterado a la formidable abuela.

   Se vuelve de lado sobre la cama, mirando hacia uno de los grandes ventanales, cerrado, hace frío, el calor del hogar apenas calienta. A pesar de los muros y de los gruesos cristales, oye el ulular del viento helado. Sin mayores preocupaciones, se dispone a pasar la noche después de sus oraciones fervorosas pidiendo ser un buen niño, algo que hace siempre y que nunca recuerda después. No le teme a la oscuridad, ni a la soledad en esa ala de la casona. Es un Komarev. Sin embargo… ahora sabía un poco más. El duelo con su abuela, y sonríe nuevamente, había sido formidable. La mujer toda la vida ha sido desdeñosa y abusadora, le ha tratado con desprecio y desdén. Peor, era cruel con su madre. Ahora las cosas cambiarían (si, por su edad cree que puede utilizar las mismas barajas en todos los juegos). Pero eso, casi carecía de interés en ese momento. Las ardillas…

   De lado, sobre su cama, se ve nuevamente persiguiéndolas, lleno de rabia, con ganas de herirlas. Que sufrieran lo que él padeció poco antes a manos de su abuela. Traga sintiéndose incómodo. No, no era del todo cierto. “Eres un niño malo”, el recuerdo de la vocecita censurándole, le molesta otra vez. Si, lo había hecho para desquitarse. ¡Maldito Sasha Iranov! No quiere recordarle. No aún. Las ardillas habían corrido muertas de miedo, y en su pánico no pudieron planear una estrategia, ni siquiera por instinto, este silenciado por el temor que únicamente les imponía correr hacia adelante, ciegamente. Eran ardillas bebés, no estaban preparadas y el pánico les hizo presas fáciles. Si se asustaba lo bastante, la mente se cerraba. Se corría ciegamente o se paralizaba, y eso aplicaba igualmente para las personas. Y los pueblos. La idea le abrumó. También las personas podían ser controladas. Su abuela era un ejemplo. No entendiéndolo de un todo, sabía que allí había lecciones a aprender. Ahora… Sasha y la ardilla muerta.

   Se vuelve de espaldas, su carita bonita parece confusa en medio de las penumbras. Era difícil entenderlo, hambre en los poblados, gente cazando furtivamente sabiendo que era ilegal. Hambre. ¿Lo sabría su padre? ¿Y su abuela? El tío Kolya seguramente si… Una vez le escuchó discutir eso con uno de los capitanes de la corte, un joven que le miró con preocupación. Recordó a su abuela riñéndole, cosa rara ya que era su preferido, el joven, guapo y cariñoso tío Kolya. Anarquista, así le llamó ella, molesta. Los anarquistas eran de lo peor, herejes enemigos de la corona y el buen Dios. Las cejas del niño se fruncen. Su tío lo tenía todo, y parecía inconforme a veces, ¿qué pensarían los que no tenían nada? Ni siquiera armas para defenderse o hacer frente a sus amos. Pero… eran muchos, muchísimos más. Un ejército de desposeídos.

   Las palabras, los conceptos, las fuerzas que se agitaban en esos momentos bajo su cama ancha y cómoda, le intranquilizan. No asustándole, tan sólo alejando el sueño. Obligándole a pensar, a transitar por terrenos… Abre la pequeña boca de labios rojos y delgados, que un día llegaría a ser atractiva y sensual, le dirían, pero también cruel, y toma aire ruidosamente. Alguien podría montarse sobre el descontento del todo y convertirse en un profeta. Aunque era imposible, el buen Dios les había dado el orden, e ir contra él era ir contra todo lo santo. ¿O era el miedo? Cuando azotaron al niño nadie apareció para decir algo, para cuestionar nada. Sasha…

   El pequeño niño siendo azotado. Fue él quien le dio la pista de un filoncito que desconocía hasta ese momento, que a veces la gente tenía que callar y soportar cosas impensables. Un niño, el dolor físico para proteger a una hermana del castigo, ¿por amor filiar?, no lo sabe. O callar para no verse expuesta en su pequeñez y mezquindad, cuando se le reclamaba a la vida no ser más. Como su abuela. No puede evitar una sonrisa burlona, lo que habría dado su formidable abuela por nacer hombre. Pero la idea pasa pronto. Sasha. Ese niño tonto que se atrevió a censurarle, que no le agradeció su ayuda (bien, él le había arrojado al pozo, pero ya iba olvidándolo, dos días más y le parecería que nunca ocurrió). Arruga la frente, nunca le dijo quién era, tal vez por eso no se impresionó ni le mostró respeto.

   Le habían quitado la ardilla…

   ¿Estaría echado de panza en su cama, adolorido y con hambre? La idea le desagrada, mucho. Y no lo entiende. Nuevamente se vuelve de lado, casi encogiéndose a una posición fetal bajo sus buenas mantas. La gruesa correa subiendo y bajando, los gritos agudos y llorosos… Cierra los ojos y desea hacer igual con su mente. ¡Basta ya!

   Mientras va cayendo en el sueño, niño al fin, imagina que sí hizo algo, que fue él quien encaró al guarda de la baronía, impidiendo que golpeara al otro; que arrebatándole la flaca presa muerta al enorme sujeto, se lo entregó al chico. La idea le hace sonreír, pero también le llena de insatisfacción. Porque no lo hizo.

……

   La familia, con pompa, silencios y rostros inexpresivos, desayuna. Están todos, desde la cabecera de mesa, ocupada por Vladimir, con su hijo Yago, en el otro extremo. Mientras se lleva una servilleta a la boca, Anatoly mira esas disposiciones, luego a su abuela, regia, a su lado, en el centro de la larga mesa. Al lado de su padre están sus dos amores, Elena, pálida, picando más que comiendo, al frente de ella está Larisa. Le sigue la abuela y él mismo. Al lado de su madre están Dimitri, Kolya y Vadem, quien parece particularmente malhumorado. Aunque nadie le pregunta. Nadie habla mientras el barón toma sus alimentos. Así como nadie hace ruido hasta que este abandona sus habitaciones privadas.

   Es ese protocolo rígido lo que hace tan llamativa la entrada de uno de los jardineros jefe, que inclinándose hasta casi pegar la frente del piso, se disculpa y va hacia su padre. Se le acerca y le susurra algo. Todos le miran, disimuladamente, excepto Elena y Sveta. Las cejas del gran hombre se fruncen un poco. Parecía molesto al tomar una servilleta, limpiar sus labios de la grasa del tocino, arrojándola a la mesa. Se pone de pie, sin mirar a nadie, sin disculparse tampoco.

   -Anatoly. –le llama y sale.

   El corazón del chico salta en su pecho, sintiéndose lleno de calor y adrenalina, ¿qué? ¿Para qué le quería su padre? Le lanza una mirada a Elena, la cual parece perturbada. Vadem y Dimitri le observan con cierta burla. Saben lo ocurrido la noche anterior e imaginan que al hermanito menor le darán una tunda que no le permitirá sentarse durante días. Pero nadie habla. El lugar del barón podía estar vacío, pero nadie debía osar interferir con él, ni siquiera de palabra.

   Con pasos rápidos, cada vez más nervioso, caliente de piel y su corazón ensordeciéndole con sus alocados latidos en el pecho, el chico le sigue. Y aún así le cuesta alcanzarle, su padre tiene zancadas grandes. Este se medio vuelve, a mirarle mientras salen a los patios.

   -Anatoly, hijo… -oh, Dios, el niño se aterra. Había cierto pesar en los castaños ojos del hombre. Una mirada que nunca dirigía a él. Señala algo con una mano.

   El día prometía ser claro, hermoso, el gorgojeo de las aves, algo que alegraba intensamente a su madre, se dejaba escuchar. Pero sobre uno de los arriates, echado de lado, dándole el lomo a su vista, yace un cuerpo canino algo flaco. ¡Otnix! Por un segundo le mira, pero no entiende.

   -Murió durante la noche. Estaba muy viejo ya.

   -¿Qué? –al niño se le hace un nudo en el pecho, no puede respirar. El viejo Otnix, el rey de los perros, ¿muerto?

   Más tarde, pensándolo en frío, le avergonzaría su reacción. La cara le ardió tanto que tuvo que parpadear, dejando escapar, alarmado él mismo, dos lágrimas. Su padre intentó tocarle, al menos levantó una mano. Pero con un grito de “¡no!”, no sabría si al gesto o a la noticia, se apartó bruscamente. Vladimir, mirándole severo, cerró su mano, bajándola. El niño gritó otra vez que no, corriendo y cayendo al lado del animal, montándole las manos encima y agitándole. Le llamó a gritos, casi furioso. desesperado. ¡No, no podía estar muerto!, no el rey de los perros, se repetía una y otra vez. Pero no despertaba, no se agitaba, no volvía el rostro malhumorado para gruñirle o lanzarle una tosca dentellada para que le dejara en paz. Dejándose llevar por un dolor rabioso, sin importarle nada, lloraba y le llamaba recalándole su deserción. No podía controlarse, de verdad, lloró y le llamó, le golpeó, sintiéndose espantosamente vacío, solo.

   -Anatoly Nicolai, ¡contrólate! –oye a su padre, pero no le importa.

   ¡Otnix se había ido! Sin despedirse. Y era insoportable pensar en el anciano amigo abandonándole a su suerte, el viejo amigo que se acercaba a un niño muy pequeño que era dejado en su dormitorio, cuando apagaban las luces y desde las sombras aparecían garras y ojos malignos que le asechaban y sólo el cálido y pequeño perro lograba alejar. El animal que parecía adivinarle cuando se sentía mal, como cuando su madre recayó dos años antes y temió que les dejará, que llegó a donde estaba sentado, aunque le gritó que se largara, y el animal dejó caer la cabeza en su regazo, mirándole con infinita piedad, la que muchas veces nunca encontraba entre sus semejantes. Cuantas horas, de tantos días en meses y años no fue correteado en esos jardines por ese perro en la grama, y luego le correteó él, atormentando al viejo gruñó, que aún así agitaba su cola. Dios, paralizado, las manos temblándole, un miedo intenso se apoderó de él, ¡qué horrible era la muerte!

   Algo se agitó a sus espaldas. El hermoso rostro de niño enrojecido, mojado de llanto y mocos, infinitamente lastimado, se vuelve. En la entrada a la vivienda, la que daba a esos jardines, encuentra a Sveta Petrova, su abuela.

   La mujer nada dice, ni un solo músculo se agita en su rostro. Sus ojos no lanzan destellos, tan sólo está allí. Y le observa. El joven cuerpo se tensa, las manos se cierran en puños. Sus miradas se encuentran finalmente.

   ¡Ella había asesinado a Otnix!

CONTINÚA … 5

Julio César.

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