Archive for 30 agosto 2015

FIJANDO LA ATENCION

agosto 30, 2015

NOCHE DE MUSCULOS DUROS

   No podían separar los ojos del repetido movimiento…

   Cansado de que los chicos del equipo nunca estuvieran atentos a sus indicaciones antes de cada juego, el entrenador intenta algo nuevo para captar su atención, retrayéndoles de todo lo demás, para que solo le prestaran atención a él. Y resulta. Esos muchachos con cachetes rojos, ojos brillantes y bocas abiertas mientras se echan hacia adelante casi se tragan… cada una de sus palabras.

¿LO CONOCES?

Julio César.

COMULGANDO CON LO NATURAL

agosto 30, 2015

ALCANZANDO EL SUEÑO

AMIGOS GAY

   Un domingo cualquiera…

   ¿Entenderían o condenarían las esposas esa necesidad de apartarse por un rato de todo el mundanal ruido, de la idea del retronó al trabajo al otro día, y compartir un instante de calidad con un panita del alma en la quietud de la espesura, un fuego chisporreante ardiendo, recostados del auto mientras alivian tensiones y sacian ganas de libertad, con las aves cantando, el sol tiñendo el cielo, una fría brisa levantándose, las doradas hojas del otoño cayendo?

LOS DERECHOS DEL MACHO CASADO

Julio César.

EL PROYECTO SIN NOMBRE DE JARED PADALECKI

agosto 30, 2015

DEAN, VAYA CHICO…

JARED AND JENSEN LOVE

   ¿Imaginan que ocurriera en la vida real?

   Contrario a lo que mucha gente cree, pasé mucho tiempo sin saber algo del llamado fandom, ese mundo de relatos de ficción sobre personajes de libros, cine y televisión. Ni siquiera cuando leía blogs con hermosas historias sobre Brokeback Mountain, de las cosas que nos habría gustado que ocurrieran entre Ennis y Jack. Fue con la cuarta temporada de Supernatural, cuando aparece Castiel, el angelito de ojos azules que siempre sigue a Dean con la mirada anhelante, que quise saber más y busqué por la red: ¿acaso había una trama gay en Supernatural? Allí encontré un relato al respecto, de cómo Castiel, de noche, velaba el sueño de un Dean con pesadillas sobre el Infierno, y con un beso, claro, le alejaba de esos malos sueños mientras contaba las pecas de su nariz.

   Leí muchos, había una cantidad enorme de Wincests, pero la verdad es que la idea siempre me resulta un poco espeluznante, aunque he leído cuentos muy buenos al respecto. También encontré los Padackles, y esos me fascinaron. De todos los que leí, caí por pura casualidad en una página donde la autora traducía un relato, El proyecto sin nombre de Jared Padalecki. Y quedé enganchado. Encontrábamos a un Jensen Ackles desengañado, cuya carrera ha ido mal mientras la de Jared Padalecki ha sido un éxito tras otro, después de que se separaron en malos términos, acabando prematuramente con la serie.

   Pasé años, años de años, esperando por el final del relato; la autora se tomó su tiempo (lo comenzó en el 2008 y lo terminó este año). Claro, lo busqué en inglés, pero no era exactamente igual. No entiendo ese idioma y el traductor es fatal, es más lo que se debe adivinar o interpretar que lo que se sabe. Un amigo de la casa, Eduardo, me envió por correo la última parte, y estuvo bien, aunque cortó detallitos. Siete años después, por fin, la autora de aquella página termina de subirlo.

   El relato, diez capítulos, está completo, y sigue siendo uno de los mejores cuentos que he leído. Ese, otro donde a Jensen le disparan protegiendo a Jared, también ambientado en la filmación de la serie, y un relato de un universo alterno donde Jared es una joven promesa de las películas de adulto y encuentra a Jensen, quien está consagrado y ya parece en retirada aunque teme al futuro, dándose en encontronazo entre ambos, son los mejores que he leído alguna vez.

   He pensado escribirle a la autora de la página, ronnachu, para ver si me permite usar su trabajo, adaptándolo un poco a mi manera, es decir, quedando más largo, y subirlo aquí. Ya veré.

   Pero, si no lo han leído, tienen que ir a: The Jared Padalecki Untitled Project (1/10)

   Lo disfrutarán.

DEAN, SAM, COLE, MONJAS Y ROWENA

Julio César.

CONFESION

agosto 30, 2015

LA AGARRADA

BUTT BOY

   Un chico bien encaminado…

   Pasando de visita por casa de su novia, el muchacho oye que le llama el hermanito de esta, desde su cuarto. Y así lo encuentra sobre la cama.

   -Me porté mal, necesito que me nalguees otra vez…

   Y lo hace, claro, por su propio bien. ¿No le ayudarías tú a ser mejor?

PROPOSITO

Julio César.

LA LLAVE DEL FONTANERO

agosto 30, 2015

SENSACIONES NUEVAS

EL MACHO PARA EL TRABAJO

   Un hombre tiene que hacerse cargo…

   Cansada de las goteras y filtraciones, su mujer había contratado un fontanero aunque él le había jurado que se ocuparía de todo… en algún momento. Lo notable fue que desde que ese sujeto llegó su mujer parecía otra, menos temática y fastidiosa. No lo entendió hasta esa tarde que llegó y en la casa no había nadie más que él, quien con mirada y voz severa le informó:

   -Tu esposa dice que andas faltón y quiere que te repare también. Comienza por ponerte de rodillas y abre la boca.

   ¿Lo insólito?, que, con muchas presteza, le obedeció.

LA PRINCESA INTERNA

Julio César.

EL FALSO EXORCISMO EN LA FARANDULA

agosto 30, 2015

LA COPA AMERICA PARA NOSOTROS

LA NIETA DEL SEÑOR FREEMAN

   ¿Qué vacío necesitan llenar tan desesperadamente?

   Cuando una amiga me comentó si no había leído la noticia de la nieta del actor Morgan Freeman muerta en un exorcismo, me llevé las manos a la cabeza: ay, no, ya van a hablar de la Iglesia Católica por algún cura loco. Pero nada que ver, aunque un portal de noticia lo anunciaba así, de manera bastante amarillista, me parece. La mujer, nieta política del gran actor, y que incluso le acompañó en la alfombra roja alguna vez, E’Dena Hines, fue asesinada a manos de su novio, Lamar Davenport, quien gritaba, mientras la apuñalaba, “¡Fuera, demonios!”, “¡Jesucristo ha nacido!”. La policía, llamada por un vecino, lo encontró todavía atacándola después de muerta. Aunque estaba bajo los efectos de la cocaína, se habló de un ritual exorcista. Que lamentable. Aunque algo pasa con esa gente; admiro mucho al señor Freeman, pero oírle pontificar sobre la marihuana y el cómo la consume ocasionalmente, da mala espina. Me parece que se inventan demasiadas escusas para el único enemigo que parece si les derrotará a la larga.

SEPTIEMBRE

Julio César.

CÁLIDO VERANO DE UN CHICO AMERICANO… 7

agosto 30, 2015

…VERANO DE UN CHICO AMERICANO                         … 6

COMICS GAY, CHICO CALIENTE 13

   Y si un hombre hecho y derecho tiembla de gusto anticipado sentándose al chico en las piernas, el manjar dulce que se le ofrece, la sensación para el principiante es aún más intensa, porque percibe su poder, su fuerza. Cada tocada, frotada, cada beso y lamida le pone aún más delirante y caliente, incluso atrevido y osado, algo bueno ya que es un momento cuando podrían presentarse los nervios. Lo mejor es que el chico se derrita ya imaginándose siendo llenado por el macho que le desea.

COMICS GAY, CHICO CALIENTE 14

   El secreto es dónde golpear, qué velocidad emplear para frotar y llenar hasta que todas las fuerzas cósmicas se pongan en orden y el muchachuelo responda de manera natural, como todo chico que se ha soñado montado sobre una. El cuerpo se afloja, responde y automáticamente se adapta mientras nada en endorfinas, porque constata que es cierto, que nació para buscar y experimentar el rudo amor espartano. Lo quiere en ese momento, lo añorará después, el poderoso instrumento que le afina la vida.

CONTINÚA … 8

Julio César.

LUCHAS INTERNAS… 157

agosto 29, 2015

LUCHAS INTERNAS                         … 156

SEXY MAN

   -¿No te quedas conmigo?

……

   -¡Hola, abogado desempleado! –la seca voz con marcado acento andino hizo sonreír al hombre joven que está sentado en el desnudo piso de su casa a medio construir, rodeado de varias carpetas.

   -Vaya, la señorita simpatías. –responde Eric, alegrándose de tener una excusa para apartar la mirada de los números y cifras, aunque frunce el ceño. La mujer, la uniformada gordita que cuida en los tribunales jamás llamaba a nadie.- ¿Ocurre algo, Pavón?

   -Así es, papá. Mire, el caso de los Caracciolo contra los Roche se está moviendo por el edificio, quieren enviarlo al tribunal doceavo de esta jurisdicción, y allí se mueve con descaro la tribu del gobierno. –advierte, obligando al hombre a cerrar los ojos.

   Esperaba algo así desde el ascenso de Ricardo Gotta, no por él, sino por Franklin, quien estaba como socio a su lado. El apoyo de este debía ser por una garantía de que judicialmente podría joderlos. Por ello intentaron, como pudieron, frenar al peligroso abogado difunto. La carta, ponerle las manos, habría sido genial, pero alguien se les había adelantado. Era de suponer que estaba en garras de fiar para ellos, que ya la habrían asegurado, por lo tanto todo se ponía en movimiento de nuevo. ¿Quién lo habría hecho, ganarles la mano con los Salvatierra? ¿Franklin?, ¿por eso le regalarán La Torre?

   -Llueve y no escampa. –es todo lo que responde. No importa qué ocurra, peleará. Legalmente, donde fuera, como fuera, aún ante la Corte Celestial o el Tribunal del Diablo.- ¿Exactamente a manos de quien llegó?

   -Aún de nadie. La Fiscalía recusó la medida. –eso le sorprende. El sistema trabajaba como un solo hombre bajo la bota autoritaria que machacaba el pescuezo de la república.

   -¿Cómo pasó eso? –el corazón le late con esfuerzo.

   -El doctor Sanabria trancó, por ahora, la movida. –le responde, y Eric toma aire ruidosamente.- Creo que pretende sacarlo de Caracas. Es lo que he oído. Lo que sería mejor parea su familia, ¿verdad?

   -Claro.

   -Llámelo y pregunte. –aconseja ella, despidiéndose poco después.

   Aún con la mano sobre el teléfono, mirándolo desconcertado, Eric se siente culpable, como siempre se siente cuando piensa en el otro. Por la manera de decirle adiós, dando a entender que esperaba que se alejara. Y ahora Edward les tendía una mano. Sin estar obligado a ello. Se pone de pie y mira por la ventana, hacia las olas que se suceden con fuerza, percatándose tan sólo ahora del sonido; ya, por ratos, no lo notaba. Ya era un hombre de la playa. Enrojece más, la cara le arde.

   No, Edward no estaba ayudando a su familia. Lo había hecho por él. Lo sabía de alguna manera y la idea le provoca escalofríos. ¿Por qué? ¿Sería posible que realmente el otro pudiera sentir algo por él? ¿Acaso era siquiera probable? Desvía la mirada, recordando acercamientos, discusiones, miradas. Los besos. Con la lengua se recorre el labio inferior, de repente seco.

   ¡Le llamará!, para agradecerle, no porque quiera escuchar su voz. La fuerza de la resolución, así como la necesidad de explicarse el para qué, le sorprende e inquieta. Dios, Samuel tenía razón; casi veintinueve años de represión sexual y ahora andaba desatado, reconoce. Le gustaba Jorge, mucho, realmente bastante, tanto que casi se atrevería a decirse que… le ama. Y la palabra, su significado, le embargaba de un calor grato. Y, sin embargo, pensar en Edward…

   Si la vida fuera justa podría intentar asar dos conejos a la vez, como hace la mayoría de los venezolanos, pero no podía fiarse de su suerte. Nunca. Pero sería grato.

   Mierda, quiere ver a Edward, agradecerle lo que hizo. Necesitaba explicarle, sin decirle porque no sabe qué siente el otro, que hace tiempo su corazón ya no es libre, pero que aún así quiere ser su amigo. Realmente lo quería.

……

   Aunque el sol brilla con fuerza, la mujer siente unos raros escalofríos que recorren su espalda mientras pasea muy lentamente por los jardines de la casona. Norma se ve envejecida y cansada, pero también furiosa, consigo misma y con el mundo. La Torre había escapado de sus manos, de su control, y ajora estaba bajo la dirección de Aníbal López, quien terminaría con su influencia dentro del bufete. Conocía al hombre y sabía que lo haría. La gente que le era fiel a ella, lo era también a Aníbal, creyéndole su aliado. Harían lo que él les dijera, y ella quedaría sin voces, sin fichas en el juego.

   Un día soñó con ver a Eric dirigiéndolo todo, y cuando le falló, marchándose, escapando como un cobarde, pensó que Samuel podría llenar su lugar. Pero todo se le fue de las manos. Por la firma, se unió a Aníbal López, porque sabía que al abogado le preocupaba la llegada de Franklin Caracciolo al país tanto como a ella, cuando Ricardo llamó a Niza para informar de las fallas de Eric al frente de la firma. Ella sabía del odio que existía entre Aníbal y Ricardo, y que al negro no podía gustarle que Frank llegara a aliarse con el otro. Pero Aníbal sólo la había utilizado. Aún no sabía qué tanto, ni lo sospechaba. La mujer no podía imaginar que Aníbal, para poner a Frank de su lado y no de Ricardo, le contó que Eric era homosexual. Esa zanahoria atrajo al cruel catire a su lado al principio, el sueño de desenmascarar a Eric delante de todo el mundo como un marica.

   Lo que si tenía muy en cierto era que Aníbal la utilizó para ir contra Ricardo, Frank y Eric. Jugó sus cartas para él mismo. Por otro lado, la huida de Eric fue terrible, su rompimiento con Irene también. Casi se muere cuando eso pasó, porque lo sabía homosexual y temía se entregara a la promiscuidad. Durante años lo sospechó y luego lo supo, una tarde, en Margarita, en el resort, cuando Eric salía de la piscina y casi tropezó con un tipo alto y atractivo, en tanga, quien se disculpó y siguió. Tomado por sorpresa, su hijo lo siguió con la mirada, y ella, desde el balcón de su apartamento, lo vio y entendió. Fue terrible. ¡Su hijo, su único hijo, un marica! Durante años esperó que el joven sometiera esa parte de sí, y sabía que lo intentaba, hasta que se casara con Irene, quien terminaría de llevarlo hacia una vida normal, tranquila, medianamente feliz con los hijos.

   La mujer no podía saber que todo eso estalló en su cara por maniobras irresponsables de Aníbal López y José Serrano, quienes abrieron una melladura en la coraza del Eric, un corte en un baño de la firma, que dejó escapar esa naturaleza reprimida, su verdadera naturaleza. Fue algo cruel, pero tal vez algo que debía pasar, hasta ese instante el joven abogado jamás se había sentido realmente vivo. Como cruel fue la manera en que la mujer usó, sin contemplaciones, a Nicolás Medina contra Frank, enloqueciéndoles a ambos. Pero su peor enemigo seguía siendo Ricardo, el más cruel y peligroso de todos, porque él sabía los errores que ella cometió durante los días de abril, y con eso la exprimía, amenazándola siempre. Más tarde, al verle en contubernio con Frank, imaginó que le entregaría su cabeza en una bandeja de plata.

   Para ir contra Ricardo, destruyó a Linda de Mattos, usando a Lesbia para acercarla a ella y a Amelia Salvatierra de Gotta. Pero nunca imaginó que esa mujer matara al maldito de Ricardo; aunque cuando lo supo, tampoco se asustó, ni lo sintió realmente. Linda era una enferma, y lo único bueno que tenía y que había hecho en su vida era casarse con Sam, y haber matado al abogado, claro. Nada más. El resto de la vida de la mujer era un desperdicio. Hasta Sam debía comprender que estaría mejor sin ella.

   Actuó fría y cruelmente, coronando el final del peligroso sujeto, ¿valió de algo? No, al final se había quedado sin nada. Sin La Torre, enemistada con Eric y con Sam; con Aníbal y Violeta, la muy zorra, amorochados contra ella. Ni siquiera Irene fue a verla antes de viajar, seguramente Eric le había contado algo y la mujer también la despreciaba ahora.

   Una leve brisa mueve los arbustos florales, y la mujer siente frío. Mucho. No se sentía bien…

……

   -Son buenas noticias, ¿no? –concede Sam a Eric, por teléfono, estacionándose en la entrada de la rampla del edificio donde vive.

   -Claro, nuestro juicio en un juzgado tan abiertamente controlado por el Gobierno sería nuestro fin. –concuerda el otro.- Sanabria se comportó como un amigo. –Sam frunce el ceño.

   -Es cierto, pasó de odiarte a muerte a ayudarte, cosa que me extraña, ¿ha pasado algo que debería saber? –sonríe ante el silencio del otro lado.

   -¿De qué coño hablas?

   -Siempre me pareció que la rabia que Sanabria te tenía en el bachillerato era muy… curiosa. Parecía el niño molesto con la niña que le gustaba mucho y a la cual no sabe cómo llegar. –ríe del suspiro frustrado del otro.

   -Eres tan imbécil, Sam.

   -Ya lo he oído. –concede él ahora, mirando por el retrovisor a una persona alta y esbelta, realmente atractiva dentro de un jeans cómodo, unos tenis blancos algo ajetreados y una franela de un azul oscuro que resalta de alguna manera el cuerpo armonioso del hombre joven y guapo que la lleva.- Te dejo, estoy viendo a Renato y debo ocuparme de algo.

   -¿Pedirle permiso para salir con su hermana o explicarle por qué quieres meterle mano a su muy parecidísima gemela? Ay, Sam, no sabía eso de ti. Aunque lo sospechaba. Un consejo, mi amigo, lo original es mejor. –y ahora es Sam quien resuella ante la risa del otro.

   -Idiota.

   Cuelga y sale, rumbo hacia Renato, quien abre la maletera de su camioneta y mete algunas cosas. Parecían aparejos de pesca. Y Sam se estremece, porque fuera del ancho de la espalda que se dibuja contra la tela cuando se inclina a guardar sus peroles (no había notado lo medio culón que era), o el hecho de ser un hombre, si, Renato se parece bastante a su hermana. ¿Será gay?, se pregunta, y no por primera vez en su vida. Inquieto. ¿Por Renato? Tal vez. a veces parecía algo solitario. Nunca le veía salir con nadie, aunque se daba sus escapadas. ¿Tendría por ahí alguna relación seria? Se estremece, porque recuerda esa intensidad que siempre estaba presente cuando le miraba a él. Miradas que le hacían picar la lengua con las ganas de preguntar. Carraspea y le ve volver el rostro, una suave sonrisa en los labios.

   -Sam, ¿cómo estás? –saluda, y al otro le suena a que le reclama que ya no hablan, no se ven, no comparten desde que apareció Rhona. Se miran, y por más que lo intenta, Sam no encuentra reclamos o reproches en sus pupilas.

   -He estado ocupado. –le suena a excusas a sí mismo.

   -Lo imagino. Por suerte todo se ha calmado en la prensa. –allí estaba, amable, considerado. Preocupado. Confundiéndole.

   -¿Es una caña de pesca? –se sale por la tangente.

   -Sí, debo cambiarle el nylon; he estado pensando… -se encoge de hombros.- Oye, ¿por qué no bajamos este fin de semana a Tacarigua de La Laguna, a casa de Eric, y pescamos? Me gusta hacerlo de noche, es pacífico y catártico. –ofrece con una sonrisa algo ansiosa. Y ahora si le parece notar algo a Sam, un “vamos, amigo, hablemos, sal conmigo”.

   -Lo siento, pero invité a… -se corta todo rojo de cara. No le dirá que quedó con Rhona en cenar. Y tal vez no necesite decirlo, la sonrisa algo ausente y el leve asentimiento del otro es toda respuesta. Y es horriblemente incómodo para el abogado.

   -Entiendo. Será en otra ocasión. Bien, voy a lo del nylon. –todavía tiene la amabilidad de facilitar, dándole la espalda y cerrando la maleta. Le mira por un segundo.- Nos vemos, Sam.

   -Nos vemos. –sintiendo la piel como demasiado chica para su cuerpo, le sonríe y le saluda con una mano cuando el otro, después de montar, se aleja, sacando una mano por la ventanilla.

   Maldita sea, ¿por qué no aceptó?, se recrimina en seguida. Habría sido un buen rato entre amigos. Pero… no, con Renato no era tan fácil como eso. Y ni él mismo lo entiende cabalmente.

……

   -Buenas tardes, ¿se encuentra Edward Sanabria? -pregunta algo ronco, un atildado Eric Roche, elegante y atractivo, en la oficina de la secretaria del otro, en el edificio de La Fiscalía. La joven le mira sonriendo.

   -Lo siento, no está.

   -Oh, ¿regresa pronto? ¿Puedo esperarlo?

   -Ay, mire, no creo. Él se fue para Maracaibo, a visitar a la novia. -explica y Eric siente una leve oleada de inquietud, mientras su frente se frunce un poco.- Lo que creo es que va a quedarse por allá un tiempo, suspendió todo antes de viajar. -eso lo impacta feamente.

   -¿Qué? ¿Se va a quedar por allá? -siente que el corazón le palpita lentamente, tanto que teme que se le detenga. Si la joven no le estuviera viendo, se golpearía con el puño en el pecho.

   -Ah, no, eso no lo sé. No me dijo. -se encoge de hombros.

   Eric asiente, agradeciéndoselo y marchándose algo confuso. No sabe por qué, pero siente un muy feo vacío por dentro. ¡Edward se había ido! La imagen de su rostro enérgico, apasionado, retador, que lo puyaba, lo molestaba, pero que también lo acorralaba y besaba, aparece con fuerza en su mente, dejándolo alterado. Mierda, dolía.

………

   A pesar de estar apartado de todo por las argucias de Violeta, desde su apartamento, consumido por una inquietud que le estaba rayendo los huesos (no saber de su ratita querida), Franklin Caracciolo maneja sus asuntos: la transferencia de buena parte de los capitales de la familia al exterior. Según su flamante esposa, todo había cambiado, la familia tenía interés en quedarse aún en el país, y aunque no estaba al tanto del por qué, eso no obstaculizaba su misión primaria. En mangas de camisa, sin corbata, se encarga de las operaciones, lanzando ansiosas miradas al móvil cada vez que una llamada entraba. Frustrándose al segundo siguiente. Hasta que…

   -¿Aló? –casi jadeó tomando el aparato con prisa, el corazón latiéndole con fuerza. Hay una pausa cautelosa, y la odiaba. Ahora el otro le trataba así, después de que se hacían bromas.

   -Hola. –le responde, frío.- He recibido tus llamadas y mensajes, pero…

   -Nicolás, quiero verte, por favor. –le urge, poniéndose de pie.- Por favor, ¿si? –necesita verle, fuera de cualquier otra inquietud o afán, necesita primeramente eso, tan sólo verle. Tal vez tocarle. El silencio es horrible, de alguna manera le hacía daño, uno que nunca había experimentado.- Por favor, sólo eso, vernos y hablar un rato.

   -Frank… -parece un cansado suspiro.

   -Voy a dejarla, Nicolás. –suelta de sopetón, sorprendiéndose a sí mismo, sintiendo un embriagador calor recorriéndole.- Ya nada me une a ella. Hubo un tiempo cuando me gustó, que la quise, de alguna manera, pero ya no basta. Con Violeta nunca… -la cara le arde de vergüenza y cierra los ojos, de alguna manera así le parece más fácil abrir su corazón.- Nunca he sentido con nadie lo que experimentaba contigo, en la cama, sentados al sofá mirando televisión, con tus pies en mi regazo; o en la ducha. Hablar, bromear… escucharte recriminándome, criticándome por burgués irresponsable… -se agita.- El sexo siempre ha sido grato, sabroso, siempre me gustó, ratita, pero sólo contigo… -respira pesadamente.- …Me basta con tocarte, olerte, lamerte. Tenerte. O intentarlo, porque nunca es suficiente. Y quiero más y más de ti, y me sorprendo pensando que eso me basta para toda una vida, que puedo pasar años y años de mi vida, despertando a tu lado, sin cansarme, sin agotarme. ¿Es amor? –se lo pregunta a sí mismo, sintiéndose fuerte, débil, nuevo.- Por favor, ratita, hablemos, quiero que veas en mis ojos lo que necesito que sepas. Permíteme regresar a ti, déjame volver a tu lado; quiero dormir a tu lado, mi nariz en tu cabello, mi mano en las tuyas. Lo que teníamos era mágico, fuera de todo lo demás, de las cosas que… -se atraganta.- Sé que soy injusto, mezquino y ruin, que fui mentiroso y manipulador, pero, por favor, amor, no nos condenes a toda una vida de infelicidad. Tú me haces sentir completo, en paz, dichoso. Perdóname. Déjame hacerte feliz, te juro que puedo hacerlo si me das la oportunidad. Te juro que me pasaré el resto de mi vida intentándolo. –la voz se le estrangula por la emoción. Y espera. Espera. Espera un poco más.- ¿Nicolás…?

   -Frank, ¿cómo puedes…? –hay dolor y rabia en la voz.

   -Déjame convencerte. Escúchame, por favor. –pide de manera desesperada.- Tendrás que hacerlo tarde o temprano, amor. No pienso desaparecerme de tu vida. –aguarda.

   -Bien. –oye la respuesta y deja escapar el aire que no sabía que contenía.- Vamos a encontrarnos en ese bar que…

……

   -Cariño. -chilla feliz Rhona, en la puerta del apartamento de Renato, rodeándole el cuello con los brazos a Sam, besándolo fugazmente en los labios. Sonriendo él le corresponde, sintiéndola calentita y firme. Dios, como le gustaba ella.

   -Hola. -la mira intenso.- ¿Vamos a comer?

   -Bien. Me encanta la idea de lucirme por ahí con un chico tan guapo. Me agradan guapos, o educados. O listos. -le sonríe leve.- ¿Sabes? Durante un tiempo se dijo de mí que era lesbiana. Si una se pone exigente con los hombres, te acusan de todo lo imaginable. -le acaricia el pecho. Él sonríe más.

   -¿No lo eres, verdad? Aunque tal vez sea divertido… Hummm, un trío.

   -¡Sam! -chilla riente.- Un trío sólo lo haría con otro hombre, amor. -él ríe con ligereza.

   -¿Por qué no llamas a Renato?

   -¿Para el trío? No lo sé, ¿incesto? –se burla.

   -¡No! –enrojece.- Vamos los tres a comer. -ella hace una leve mueca.

   -Lo siento, amor. No está.

   -¿Todavía cambiándole el nylon a las cañas?

   -Oye, eso no es algo que se haga a la ligera. ¡Amo mi caña! Pero no es por eso. Salió. Le dio piquiña de patas y se fue. -eso lo impacta grandemente.

   -¿Qué? ¿Cuándo? ¿Para dónde? -se siente alarmado, ¡Renato se fue!

   -Salió con sus amigos, Los Aventureros. Son una gente loca, hombres y mujeres, que suben cataratas usando únicamente las manos, buscan tumbas perdidas en la selva o pirámides enterradas en las arenas de Egipto. Si los conocieras… -y ríe.

   -Se fue… -repite bajito, sonriendo, sintiéndose confuso y apesadumbrado. Y no entiende por qué.- ¿Será por mucho tiempo?

   -Huy, una vez estuvo fuera casi un año.

   El desagradable frío que le envuelve se hace más intenso, más molesto. Por un instante recuerda el hermoso rostro del amigo, cuando lo sostenía en su casa, en sus momentos más negros de dolor y soledad. Luego en los estacionamientos, apenas una o dos horas atrás. La idea de ir a pesar, ¿era para tener una razón para no partir? Maldita sea, ¡debió aceptar!, se recrimina agitado. ¡Renato se fue!

…….

   -¡Ya va! -grita molesta, Carmencita a la persona que le golpea furiosamente la puerta con intensiones de derribarla, abriéndola como para pelear, pero casi gime y siente la tonta tentación de persignarse, al toparse con el atractivo, bello, elegante y muy molesto Franklin Caracciolo.- Buenas tarde, doctor…

   -Buenas tardes. -le responde con impaciencia, como si hablar con ella fuera una pedida de tiempo.- ¿Está Nicolás? Teníamos que vernos en… Quiero verlo. -la mujer lo mira fijamente, como meditando en lo que dirá, gozándolo, tal vez. O midiendo la distancia hasta el pasillo para ver si puede cubrirla a tiempo porque si ese gorila de cabello amarillo intentaba agredirla.

   -No se encuentra.

   -¿Segura? Siempre me dice eso. Voy a terminar creyendo que no le agrado, señora. –infla las fosas nasales.

   -Le vi salir.

   -¿Puede decirme para dónde fue? –se siente mortificado. Tenían que encontrarse, le esperó pero el otro no llegó. ¿Se habría confundido con la hora o el lugar?

   -Ni idea.

   -¿Segura? -ella bota aire, elocuente. Él endurece los labios, suspicaz.- ¿Puedo esperarlo? –y ahora si que la mujer hiperventila.

   -No sé si…

   -Conozco el camino.

   -Espere… -gime pero él la sobrepasa.

   Recorriendo otra vez los quemados pasillos donde todavía quedaba mucho por hacer, siente incomodidad. Culpa. Eso le hace pensar en Nicolás ocultándosele. El teléfono timbra en su bolsillo. Lo toma. Lee el nombre y siente miedo. Mucha.

   -¿Dónde estás? –le pregunta.- Te esperé y no llegaste. –no deja traslucir la ira que sintió, la frustración. El pesar. También el miedo.

   -Quise ir. Encontrarme contigo. Enfrentarte. –le oye la voz muerta, tras ella hay algo más, como anuncios por parlantes. Y le asusta todavía más.

   -¿Dónde estás, ratita? –gime, voz bajita. Con el corazón martilleándole feamente en los oídos, casi mareándole, abre la puerta de la pieza del joven, encontrándolo todo vacío, recogido. El vacio en su pecho es enorme.- No están tus cosas, ¿te cambiaste de cuarto? –a sí mismo le suena patético. Lo sabe, sabe qué ocurrió, pero tiene que aferrarse a la esperanza de la negación.

   -Me voy, Frank. Lejos de ti. –suelta sin entonación.

   -¡No! –estalla, las palabras le detienen el corazón, siente un dolor tan feo, intenso y grande en sus entrañas que cree que se va a morir.- No juegues con eso, ratita. –casi suplica.

   -No estoy jugando, Frank. Es el adiós. Me habría gustado tener el valor de verte a la cara una última vez y gritarte que me iba, de escupirte lo que pienso de ti. Te debo un puñetazo, hijo de perra. –cada palabra eriza la piel del catire, humedece su vista, su respiración es agitada, el corazón le duele en el pecho.

   -No puedes hacerlo, no puedes desaparecer así. –grazna, hay un silencio que se siente a derrota, a agonía, y se agita.- ¿Cómo puedes hacerme esto? Te lo dije, te amo. ¿No significa nada para ti? –aprieta con fuerza el móvil contra su oído, la sangre casi dejándole sordo; no puede pensar en qué otra cosa ofrecer al muchacho.- Te amo… te amo… te amo… -le parece escuchar una risa cascada, más un gemido, pero horriblemente dañina.- ¿De dónde te sale tanta rabia contra mí, ratita? –cae sentado sobre el camastrón que Carmencita le consiguió al joven, el cual chilla alarmantemente.- Te lo dije, la dejaré, estaremos juntos. Nos iremos de esta vaina, juntos, y viviremos en playas hermosas, comeremos en grandes restaurantes, pasearemos por coloniales calzadas del mundo.

   -Sucio mentiroso. Tus palabras no valen nada. Eres una estafa, Franklin Caracciolo, un fraude. Tú… tú… ¿Estás sentado? Alza la mirada. –oye.

   Confuso, sintiendo que va enfermándose, que realmente le está pasando (tiene nauseas), levanta la vista. Hacia la puerta medio entornada que está abierta, y algo cuelga del picaporte, del lado de adentro. Tenue. Y al hombre la mirada se le desenfoca, su boca se abre lentamente mientras una palidez enfermiza le cubre todo.

   La cadenita.

   -Te odio tanto, hijo de puta, que no puedo ni comenzar a encontrar las palabras para decírtelo.

   -Ratita…

   -Te odio… te odio… te odio, Frank. -le oye, como desde muy lejos, con un tono duro, dolido, cargado de rabia y desesperación.

   El último “te odio” coincide con la primera lágrima de dolor que Franklin Caracciolo derrama por primera vez en su vida, corriendo mejilla abajo, caliente y salada.

CONTINUARÁ … 158

Julio César.

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 40

agosto 28, 2015

… SERVIR                         … 39

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

SU CHICO COMO LE GUSTA

   Nuevos jugadores, nuevas relaciones.

……

   -Sabía que serías así de puta. –le oyó reír antes de detenerse.

   Confuso, Lamar le miró, no se movía, y ansioso comenzó a subir y bajar sus caderas, agitándose para ser empalado. También le vio clavar los ojos en un punto por encima de los dos. Mirada nublada enfocó ese punto y se estremeció. Dios, la cámara, lo había olvidado.

   En la solitaria recepción del Matadero, frente a un conjunto de monitores, Sergio Altuve, un latino traído por Read como vigilante, pero que le servía para muchas otras cosas, desde robar un auto a dar golpizas o navajazos (le conoció en un bar y el peligroso sujeto supo calibrarle como la basura que era), miraba, con una sonrisa libidinosa, lo que el jefe le hacía al negrito. No entendía las motivaciones del gran hombre, qué tramaba o esperaba conseguir, pero se excitaba mirando. Ahora mismo el joven y alto sujeto, aunque obeso, de poblada barba y bigote, así como una larga melena que apenas se contenía dentro del quepis que usaba de noche, tenía la bragueta abierta y se masturbaba gozando lo que el jefe le hacía al joven de culo grande. Movía la lengua en chasquidos de lujuria, deseando estar allí también, tomándole, enterrándosela duro por el huequito y haciéndole gritar de dolor. Por eso casi se atragantó cuando en una de esas veces que Read miró hacia la cámara, le hizo una seña con los dedos. Llamándole.

   -Dale de comer. –a lo lejos, el chico pareció escuchar.

   Encontrándose aún de espaldas sobre el mueble, su culo siendo cogido ferozmente por el rudo oso, otra verga, rojiza de sangre, se alzó frente a sus ojos. Más allá de ella, encontró al sonreído y desagradable vigilante, Altuve. No lo pensó, tan sólo abrió la boca cuando la pieza rozó, y mojó, sus labios. Y chupó la primera de las que serían muchas vergas en su vida desde ese punto. El tipejo riendo le lanzaba insultos sobre lo creído que eran los negros con sus enormes güevos, y que allí estaba uno que se moría por ellos. Gozando, metiéndosela y sacándosela, a veces ahogándole con ella reteniéndole el rostro, ladeado como lo tenía, contra su pelvis, le decía todo lo que se le ocurría, al tiempo que del otro lado le metían y sacaban otro tolete, este del culo. Lo cogieron y mamó mientras les escuchaba decir que era un negrito puto, que mira cuanto le gustan las vergas, que chupara así, que la apretara así con su culo, que la ordeñara con la garganta, que aprendiera a dar placer a los hombres que tendría que atender. Y Lamar obedecía, alzado a cumbres de placer que no recordaba haber experimentado nunca.

   Al día siguiente despertó sobre su camastro, desnudo, boca abajo, mareado, sintiéndose enfermo, con un feroz dolor de cabeza, de garganta y culo. Notó un sabor raro en su reseca lengua, sentía sus pelos púbicos apelmazados de leche (seguramente suya), su agujero dilatado y empegostado. No recordaba el cómo esos dos hombres se habían turnado para usarle, cada uno cabalgándole feo, nalgueándole, pellizcándole, provocándole arcadas cuando le taponaban la garganta con sus vergas. Se sentía débil y confuso, aunque sabía que le había ocurrido algo increíblemente malo. Medio lloriqueó, sin desear moverse, recorrido por mil dolores físicos, también mentales. Fue cuando la puerta de la habitación, abriéndose, le llevó al presente y le regresó parte de los recuerdos.

   -Míralo, Eugene, esperando por machos. –vio sonreír a Altuve, el vigilante ruin. Llegó acompañado de otro de ellos, un sujeto cincuentón, obeso y calvo, de barbita blanca, que reía medio sadicón.

   -Otro negro marica, se dan como la verdolaga. –gruñó este.

   Lamar quiso decir algo, ordenarles salir, medio cubrirse. Pero Altuve había sido enviado por Read. Rápidamente le controló sobre la cama, sentándosele a hojarascas sobre la espalda, reteniéndole contra el colchón, atrapándole un brazo e inyectándole, riendo mientras lo hacía. El jefe lo quería enviciado a las drogas y bien cogido, para negociarlo con sus clientes.

   El chico gimió, no quería aquello, pero luego sintió paz, alegría, que flotaba sin que nada le doliera o molestara. Y esos dos hombres le usaron sobre ese camastro, le obligaron a mamar güevos, a lamer culos peludos, a enterrar el rostro entre bolas sudadas. Llevaban una misión específica, dictada directamente por Read, debían cogerle los dos a un tiempo para ir abriéndole bastante el agujero.

   Y como buenos empleados, cumplirían, disfrutándolo mientras lo hacían.

   Atrapado entre los dos cuerpos nada armoniosos, Sergio Altuve sentado sobre el camastro, Lamar sobre sus muslos, dándole la cara, y el otro a sus espaldas, también metiéndosela duro por el culo, el chico recibió las dos gruesas vergas. Dolía, lo sintió a pesar de todo, y se estremeció y lloriqueó, embestido por los dos güevos que iban y venían, entrando y saliendo, claros, rojizos y nervudos de su agujero de color, cada uno a su ritmo. Los dos llenándole, los dos robándole su dignidad y lo que quedaba de su hombría. Lo insultaban, y mientras Sergio le escupía a la cara, el otro le torcía los chicos pezones. Los dos estimulándole la próstata y las entrañas, los dos llenándole de abundante esperma. Las dos vergas haciéndole correrse sin tocarse. Dejándole, luego, nuevamente allí, sobre la cama, adormilándose mientras le llamaban puta, puta barata, y le decían riendo, “si tu padre te viera ahora”.

   Durmió sobresaltando y abrió los ojos cuando algo se clavó en su brazo, el dolor fue leve, el miedo y la frustración grande, pronto reemplazado por el alivio, el goce de las drogas. Fue puesto de pie, alimentado con dos sándwich y un refresco. Obligado a ir al baño, a evacuar y ducharse. Parte de todo eso lo hizo con los ojos cerrados. Echado de culo sobre el inodoro sintió algo bajo sus axilas, el roce de afeitadoras. Y en su culo y sus bolas después. Alzado en pesos regresó a la apestosa cama, boca abajo, un pañuelo cubriéndole la boca y nariz, un olor ácido dulzón impregnándolo todo. Su cuerpo ardiendo, su sangre agitada. Una cara metida entre sus nalgas, una boca caliente, masculina por el roce del bigote, chupándole hambrientamente del culo, le despertó, a cada instante escuchaba que la negrita tenía un coño dulce que puede ganarle muchos beneficios. El rostro se apartó, unas manos le atraparon las caderas halándole hacia atrás sobre la cama, separándole las nalgas, alzándole el culo, este siendo tomado por una verga caliente y pulsante que lo llenó sin contemplaciones. El chico gimió, mareado, aturdido, sus entrañas apretando y sobando el grueso palo invasor independientemente de él mismo. Vio a Read a su lado, se medio volvió sobre un hombro y encontró una pelambre amarilla, otro tipo que no era Read, o alguno de los vigilantes, estaba haciendo uso de su culo. Y quiso gritar, llorar por su suerte; pero no, cuando lloró fue por las apretadas que su recto daba, por los espasmos de placer que experimentaba.

   ¿Qué fue de la vida de Lamar Martens? Era despertar, mareado, Read o uno de los vigilantes llamándole putito. Iba a las duchas, comía algo, le inyectaban drogas y alguien llegaba y le usaba. Una tarde vio como le pagaban a Read, en efectivo. El tipo era perverso. Una tarde escuchó una voz conocida, y ese sujeto, acompañado de otro, le hicieron mamar y le cogieron. Le usaron bastante rato, uno de ellos era un negro grande, que le miraba con desprecio, que le llamaba zorra negra y le abofeteaba mientras le cogía. Y que al terminar se le orinó encima, riendo, bañándole con sus meados calientes y olorosos. El otro era alguien que vino una vez, a quien pilló mirándole el culo a la asistente de Read, la señorita Gibson. Un chivo de la administración de Justicia del estado, escuchó, un tal doctor Setton, Maurice Setton.

   Una vez fue sacado del matadero por Sergio, y llevado a un hotel, a una pieza grande, lleno de agresivos y vigorosos chicos blancos con pinta de universitarios, que querían gozar de un coñito negro apretado. Allí le dejaron, inyectado, atado boca abajo sobre una cama, usando tan solo una tanga blanca de mujer. Y se fueron turnando para penetrarlo. Uno a uno. Un güevo y otro y otro. El joven no tuvo recuerdos de nada, de cuántos toletes duros se le clavaron por el culo, de cuántos hicieron uso de su cuerpo, de toda la leche, salivazos, azotes en sus nalgas y orina que recibió. Ya no podía procesar nada. Vivía para dormir hasta que una puya en el brazo le despertaba, se aseaba completo y luego se medio alimentaba, lo que contribuía a su debilidad física y mental, y luego era vendido a fiestas por Read. Una noche, llegando con el rostro sangrante por dos tipos que se dedicaron a abofetearle más que a cogerle, Read le esperaba en el cuarto. Serio.

   -Martens, lo lamento, pero tu estilo de vida insalubre y enfermo es algo que ya no puedo soportar. –le informó, haciéndole una seña a Sergio Altuve.

   Este, sonriendo, le esposó a la cama. Al chico nada le importó hasta que un dolor intenso, un frio salvaje y un miedo atroz le dominaron y creyó que moriría. Necesitaba otra dosis. Una que no se le administró por mucho que gritó, lloró y suplicó, vomitado y orinándose encima, viéndose patéticamente derrotado.

   -Necesitas ayuda, chico. –se contuvo a duras penas, bañado en sudor y llanto, con Read inclinado a su lado, sosteniendo un teléfono móvil, que le tendió.- ¿Por qué no la pides? –se lo acercó, destapando la bocina.

   -¿Aló? ¿Aló? ¿Quién llama? –el chico escuchó la irritada voz.

   -¡Papá! –gritó, histérico, lloroso, presa del dolor de la abstinencia.- Ayúdame, papá… -lloró sin pudor, sin vergüenza, sin reparos.

   -¡Lamar! –fue el grito de alarma del otro lado.

   Fue todo, porque Read, mirándole a los ojos, sonriendo con profunda crueldad, cortó la llamada.

   El cruel hombre le sacó del matadero, en brazos de Sergio y del otro, en secreto. Hacía tiempo que todos imaginaban que se había ido. Excepto Marie Gibson, quien desde una ventana, al quedarse esa tarde, le vio siendo casi cargado en peso a la parte trasera de una camioneta Van, que le llevó lejos. La mujer se sintió mal, pero también liberada. Enferma como estaba, víctima también como lo era de Robert Read, sintió alivio al verse libre del “rival”.

   Al chico lo dejaron en un callejón feo al otro lado de la ciudad, viéndose y sintiéndose miserable, débil, tembloroso, con unas zapatillas sin calcetines, un pantalón ajustado de color lavanda y una franelilla que apenas le cubría. Su aspecto gritaba puto por todos lados. Le dejaron sobre la sucia colchoneta donde dormía, que arrojaron de la Van. También él cayó, de culo, mareado, sobre la misma, su rostro siendo cacheteado para que se concentrara. Medio enfocó a Sergio.

   -Hey, hey… -las cachetadas eran algo más fuerte.- Aquí tienes, una carga, date gusto. No las consumas toda de un golpe. –le mostró tres inyectadoras con heroína.- Cuando se acabe te la apañas por tu cuenta. –sonrió cruel al mirar las dilatadas pupilas, de codicia, los flacos dedos casi restregándolas.- Vas a tener que ganarte tus dosis, negro, así…

   Con la atención perdida en las inyectadoras, Lamar descuidó al hombre, quien le atrapó y haló por la nuca, su rostro chocando de su verga erecta. Una que recorrió automáticamente con sus gruesos labios, besándola en la punta y tragándola, enviciado y adoctrinado como ya estaba. Mamó sin importarle las risas del otro, los ruidos de gente que se escuchaban a lo lejos, a los autos cruzando, tragando semen y luego orina, una que prácticamente le salió por la nariz. Dejándola libre, esta le bañó la cara y la cabeza. Mareado, con el sabor a semen y orina en su boca, Lamar sólo veía las inyectadoras, procediendo a liberar una de las agujas, indiferente a la camioneta que se alejaba. Se drogó y fue el escape, la paz. La dicha. Poco después fue robado, sus ampollas le fueron quitadas, y gritó enfermo, llorando derrotado.

   Luego fue violado por otros desposeídos, también por chicos que le vieron al pasar. Mamó a varios, un policía quiso meterle la cachiporra por el culo. Más tarde ofrecería mamadas, y culo, por dinero para drogas. Otros policías le detuvieron una noche. Cree recordar a su padre buscándole, afectado, llorando. Eso le hizo sentir mal, y atrapado. Necesitaba sus dosis, pero también dejar de sentir dolor y culpa. Y escapó una noche de la casa familiar, ocultándose bien.

……

   Con el corazón desbocado, Owen Selby oye parte de la historia, la que aquel hombre conoce. sabiendo de Read, al policía no le cuesta mucho rellenar los espacios, lo que se hizo con el muchacho. Como venganza contra ese padre que una vez, sin saber lo que hacía, se interpuso en el camino de un monstruo. El hombre se ve algo más anciano.

   -Creí morir cuando lo vi así, en aquella celda. Era un saco de huesos, un muchacho acabado… -le mira con dolor.- Las drogas lo tenían atrapado. Cuando escapó de aquí… -recorre la sala con la mirada.- …La verdad no me sorprendí mucho. Cuando recibí aquella llamada, él pidiéndome ayuda… -su pecho sube y baja con esfuerzo, adolorido.- …Fui a ese lugar a buscarlo, al Matadero. No estaba. Todos me juraban que hacía tiempo que se había ido. Ese hombre incluso dejó circular la noticia de que le había robado algo. ¡Quería matarle! Ese sujeto incluso logró una orden cautelar contra mí, no podía acercármele; mientras buscaba a mi muchacho le vi dos o tres veces en la casona que había comprado por aquí. Creo que la usaba como depósito. Pero no podía acercármele o tocarle.

   -Lo siento, señor Martens… -no encuentra otra cosa qué decir. El otro asiente.

   -Al menos hicieron su parte. Le detuvieron. Ese hombre es un criminal espantoso; al menos ahora, donde está, ya no puede seguir haciendo daño. –sentencia, desinflado, y al policía se le eriza la piel. Si supiera.

   -Intentaré encontrarle. A su hijo. –el anciano asiente.

   -Se lo agradezco, aunque dudo que le encuentre. Está demasiado perdido, detective. –le mira, con dolor.- No sé si pueda encontrarse a sí mismo alguna vez. No estando en el infierno donde ese hombre le sumergió. Por mi culpa.

   -No, fue culpa de ese sujeto. –le replica firme, aunque sabe que de nada le servirá al otro, también atrapado en la maldad de Read.

   Aunque ahora sabe dónde buscar. No dejaría que esa basura se saliera con la suya. Si de él dependía, Robert Read nunca volvería a salir de la cárcel. Es lo que desea, ¿pero podrá? Sabe que en esos momentos Jeffrey Spencer debías estar en los tribunales, creando una duda razonable, alegando contra la sentencia de muerte.

……

   -¡Lomis! ¡LOMIS! –ruge el alcaide Monroe por el pasillo del Ala Siete, molesto por tener que estar allí, buscando a ese sujeto que, obviamente, le evadía. El tipo que le pilló cuando recién terminaba de follarse a un recluso, sobre su escritorio. Le alcanza cuando el otro se detiene, como exasperado.- No ha ido a mi oficina como le ordené. –le reta. El otro toma aire, aparentemente humilde, pero con los ojos llenos de maldad.

   -¿La verdad, señor alcaide? No quería verle. No es… fácil de entender lo que vi. Y menos afrontarlo allí. –finge deferencia al decirlo, pero goza al verlo estremecerse.

   -¿Por qué llevó a ese sujeto a mi oficina y entró sin esperar? Todo eso suena de lo más extraño. –casi acusa, porque en verdad, conociendo la fama del peligrosísimo Robert Read, temía algo.

   -Créame, señor alcaide, que lo último que esperaba ver era… -se congela y baja la voz, tiene órdenes del recluso de no hablar de ello.- Quiero olvidarlo.

   -Más le vale. –es la no tan velada amenaza y se miran retadores a los ojos.

   -¿Ocurre algo? –le recia voz de James Slater les hace saltar a los dos. Al alcaide le parece que el mundo se derrumba frente al fornido y enorme hombre negro. Lomis teme que el otro adivine algo.

   -Nada, jefe Slater. –responden ambos, como puesto de acuerdo, logrando que el hombre, que les miraba desconfiado, frunza el ceño de manera casi alarmante.

   -Señor alcaide… -comienza.

   -Discúlpeme, me esperan en mi oficina. –replica y casi huye.

   -Yo iba para las duchas. Otra pelea. –informa Lomis, sin pausa, y se aleja.

   Slater les mira, de un pasillo al otro, sus instintitos casi gritando. Algo ocurría. Da media vuelta para alejarse y casi derriba, además de pisar, aunque afortunadamente sobre una bota, a alguien a quien no vio. El jadeo le alarma.

   -Curtis, muchacho, ¿cómo te acercas sin hacer ruido? –casi le reprende, sosteniéndole por los brazos para que no caiga.- ¿Estás bien? No quise…

   -No… sí, estoy bien, jefe. –el chico casi sonríe, pero es una mueca extraña.

   -¿Seguro? Te ves cetrino, muchacho. –el hombre se alarma ante su palidez, lo delgado de sus mejillas, las ojeras machando los parpados, lo apagado de los oscuros y generalmente apasionados ojos.

   -Estoy bien, señor. –replica el otro después de una duda intensa, luchando contra las ganas de confiarse del hombre fuerte que dirigía con equidad y rectitud ese lugar.

   -Debes llevar algo de sol y… -se congela. Alzó una mano para medio palmearle una mejilla, algo inocente, pero el otro se tensó y desvió la cara, dejando ver algo de su cuello a pesar de la camisa cerrada y la corbata.- ¿Qué es eso? –eran marcas oscuras, moretones. De dedos. Alguien le había aprisionado.

   -Nada, señor. –jadea angustiado.- Debo… -y comienza a alejarse también.

   -¡Curtis! Regresa, Nolan. –es seco, pero el chico casi corre, alejándose.

   ¿Qué coño estaba pasando en aquella prisión? El alcaide abordó a Lomis casi con miedo, se veía que le amenazaba con algo, pero a un tiempo exhalaba temor. Lomis parecía escucharle con respeto, peros se veía que disfrutaba todo aquello. Y los dos se habían visto completamente culpables cuando repararon en su presencia. Cada uno silenciando algo. Algo que creían no debía saber. Y ahora Curtis, ese chico…

   Iba hacia su oficina, ceñudo, preocupado, no sabiendo exactamente por qué pensaba en Robert Read, cuando se detuvo en seco: ¿estaría alguien abusando de Nolan Curtis?

……

   Cae la tarde sobre los grises muros de la prisión, y en su celda, duchado, su cabello dentro de la gorra, con su braga naranja, un muy inquieto Daniel Pierce espera. Confuso y temeroso. Por muchas razones. ¿Qué pasó en la oficina del alcaide? ¿Por qué tembló así ante ese hombre? ¿Por qué deseaba que le tocara? Traga en seco, se dice que fue por algo que Read le dio a beber, o esas drogas que le obligaba a consumir y que tenían sus pectorales abultados y sus tetillas eternamente erectas y sensibles. Pero la verdad es que lo había deseado, sentirse… amado por ese hombre maduro, fuerte y gentil. Luego estuvo la llegada de Read. Demasiado oportuna. Se tensa cuando este aparece del otro lado de la reja (confirmándose que cuando se menta al Diablo, se presenta), esposado, el vigilante obeso, Adams, escoltándole. La reja se abre, el convicto entra y le quitan las esposas. Muy erguido en su cama, el rubio le mira.

   -¿Te divertiste bastante con ese hombre, Tiffany? –le pregunta en voz clara, fuerte, dominante. Alta.

   El hombre joven se encoge, inquieto por muchos motivos, uno de ellos es por los convictos de las celdas contrarias al pasillo que dejan de hablar o hacer lo que hacían, y les miran, especialmente aquel hombre maduro, negro y obeso, uno de quienes intentó violarle en las duchas y lo habría hecho si Rostov no aparecía.

   -Yo… yo…

   -Eres una putica caliente, ¿verdad? –ruge, silenciándole, Read, acercándose, atrapándole de los hombros, clavándole los dedos para que entienda que va en serio, que puede lastimarle, y le alza.- ¿Te besaste con él? ¿Dejaste que metiera su lengua en tu boca? –le exige saber, pero parece una actuación para el resto de los reclusos en el área, parte del plan que tiene en mente, momentáneamente interrumpido por el sujeto ese, Rostov.- ¿Besó y chupó tus tetas, Tiffany? –le pregunta procaz, soltándole los hombres, rudo, halándole el frente de la braga, separándola, apartándola de su torso esbelto de buenos pectorales de tetillas marrones claras, los ojos de todos los que miraban cayendo sobre ellas.- Sé lo sensibles que son tus pezones de nena caliente… -y con los dedos los atrapa, frotándolos, halándolos.

   Daniel quiere resistirse al ataque, no entiende lo que pasa pero presiente un peligro real, fuera de que los otros reclusos miran, pero la manipulación de sus tetillas le provoca una poderosa ola de lujuria que le hace gemir y echar el torso hacia adelante, buscando más. Hay risas y señalamientos.

   -Miren cómo se pone. –oye una voz.

   -¡Qué puta! –tercia el hombre negro, mirándole con rabia y hambre, las manos aferradas a los barrotes

   -No… por favor, así no… -gruñe Daniel, pero gime cuando Read se inclina y le clava los dientes en uno de los pezones, apretando suave, lengüeteándole, lamiendo y chupando como un chivito, cerrando los labios y succionando de la muy sensible piel cuyas terminaciones nerviosas han sido híper activadas con fármacos. Daniel no puede hacer otra cosa que estremecerse y gemir, esa boca, ruidosa, succionando, salivándole encima, le controla totalmente. Todos los ojos clavados en él.

   Read ha decidido que es hora de que los lobos vayan por su nena, y la ofrecerá como un delicioso platillo. Tiffany estaba a punto de caer.

   -¿Te comió las tetas así? ¿Chupó de ellas ese hombre con el cual te revolcabas como una ninfómana incapaz de saciarte? ¿Cuántas vergas necesitas mamar al día, Tiffany? ¿Cuánta leche puedes beber? ¿Cuándo güevos tienen que llenar tu coño dulce, suave, afeitado y perfumado para que deje de tener hambre? ¿Cuántos hombres necesita una putita como tú para ser feliz? –le pregunta mientras chupa de una tetilla a la otra, quitándole la braga naranja del uniforme que baja por sus hombros y caderas, dejando al descubierto lo único que le permite llevar, una diminuta tanga tipo hilo dental roja intensa, y esos hombres casi quieren arrancar las rejas para llegarle. Gritando, salivando como animales.

   Read les enloquecía para lo que luego vendría.

CONTINUARÁ … 41

Julio César.

NOTA: Definitivamente ese Robert Read es una porquería. No lo recordaba tanto. Y lo que viene.

ATREVETE Y CRUZA EL JORDAN

agosto 28, 2015

LA CITA TARDIA

DOS CHICOS, UN ATARDECER, UN BESO

   …Tu verdad te espera.

   Cuando salió esa mañana con sus amigos del liceo a esa excursión a la playa, como una despedida de las vacaciones que terminaban y cuando cada quien partiría a su nueva vida, el chico se juró que no moriría el día sin dar y recibir un beso. Ha dado muchos en casi diecisiete años, a su mamá, a sus amigas, a conocidas, pero quería uno que significara “me gustas, por ti siento que ardo por dentro”. Lo haría aunque temblara y temiera lo que llegara. No pensaba en nadie en particular, por su edad muchos chicos le gustaban, pero esperaba que fuera especial. Tenía que serlo. Sería el primero que se atrevería a dar en la vida que sabía un día tendría que llevar, lejos de las apariencias y conveniencias, cuando se atreviera a ser él mismo. El hermano de su amiga Leticia se presentó, guapo, reilón y amable, atlético en los juegos, bromista como pocos, y ya no pudo quitarle los ojos de encima, ni apartar la mirada de sus labios rojos. Parecía agradarle, juntos nadaron, hicieron llave en el volibol de playa, caminaron por la arena. Se sentaron y miraron a la distancia. Su corazón latía con fuerza, con miedo y esperanzas. La tarde caía, el día terminaba y él estaba allí, a su lado, quieto, comentando algo. No quiso pensar más, tan sólo lo hizo. Congelándose después del acto.

   -¿Qué fue eso? No, no… -comenzó el chico, mirándole rojo de cara, sorprendido, alarmándole.- ¿A eso llamas un beso? He esperado todo el día por esto… -y repitió la dosis, atrapándole con una mano la nuca y los labios abiertos, como se debía.

   Fue atemorizante, grande y hermoso. Como debía serlo para todo chico cuando, exponiendo ante otros su verdad, se arriesga por ese tan necesario primer beso. El comienzo del resto de su vida.

TARDE Y TEMPRANO

Julio César.

LA INAUDITA Y DESCONCERTANTE INCOMPETENCIA DE LA CUPULA GOBIERNERA VENEZOLANA

agosto 28, 2015

NICOLAS MADURO EN CUBA, REALIDAD Y TONTERIAS

COLOMBIANOS DESPLAZADOS POR EL FASCISMO

   No, no creo que Chávez lo hubiera hecho.

   Cuando Hugo Rafael Chávez Frías cometió la irresponsabilidad de morirse después de montar en Venezuela un tinglado hueco y huérfano de toda moral como régimen supremo (manejando el dinero de todos, al cual le metían las dos manos, y con bandas armadas, legales o no, para encañonar a los atracados), Diosdado Cabello cayó en la ingenuidad de confesarse: que la gente terminaría extrañándole porque ellos, los que quedaban, no servían para un carajo. Nunca una confesión fue tan sincera, ni tan exacta. Lo que les falta en decencia para apartarse y no continuar causando dolor, hambrunas y muertes al país, lo tienen en su infinita capacidad para la incompetencia. Y para la corrupción, que no es un pecado nuevo, aunque si escandaloso por los montos. Han robado tanto que necesitarán varias vidas para gastarlo todo… o si lo administran ellos mismos.

   A poco más de dos años de la muerte del líder fundador de la vieja terna comunista en Venezuela, un error histórico que lleva más de cien años fracasando en todas partes del mundo, pero en todas (sólo aquí no se sabía, y todavía se usan palabras idiotas como pitiyanqui o macartismo), es inaudito constatar lo grave y la verdad en aquella confesión en lo referente a Nicolás Maduro Moros, presidente de Venezuela según un CNE controlado por él, y Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional, donde ha demostrado la misma competencia que presentó al frente de la gobernación de Miranda, de donde el chavismo fue sacado a patadas.

   Hambre, desabastecimiento, la inflación más alta del mundo, la devaluación más brutal de la moneda que se recuerde en toda la historia, la aniquilación de los sindicatos para arruinar empresas y controlar los contratos colectivos, casi ochenta mil muertes a manos de la violencia en dos años y medio, son sólo detallitos del desastre. Minucias que el socialismo ni se toma el tiempo para analizar. Hay quienes sostienen que es injusto responsabilizar al dúo de la miseria por todo esto, que Nicolás Maduro Moros y Diosdado Cabello heredaron esto de Hugo Rafael Chávez Frías, y es cierto, este desastre viene de una manera totalmente equivocada de mirar la vida, también de la insania mental del fallecido presidente, pero Nicolás Maduro Moros y Diosdado Cabello llevan diecisiete años santificando todas las imbecilidades que se han cometido aquí, antes y después, no fue que llegaron ayer como pretenden hacernos creer por ratos, valiéndose de las maripilihernandez del aparato comunicacional. La llave de la miseria es tan responsable como el difunto en este dantesco infierno.

LA CARAVANA DEL DOLOR COLOMBIANO

   Lo que cabe preguntarse es: ¿le habría hecho el CARICOM a Hugo Rafael Chávez Frías lo que le hizo a Nicolás Maduro Moros, a los diosdadocabellos y las maripilihernandez de ahora? ¿Todos nos habrían dado la espalda después de vivirnos si ese señor aún respirara y no hubiera cometido la tontería de confiarse en la medicina atrasada de un país cercado por los Castro como lo es Cuba? ¿Se habría llegado a estas gigantescas colas de hambre, a la gente siendo satanizada por reclamar comida e incluso agredida y asesinada por fuerzas del dizque orden en esas protestas cuando el mismísimo Hugo Rafael Chávez Frías justificaba el delito si la gente decía que tenía hambre? ¿Habría cometido Hugo Rafael Chávez Frías la imbecilidad de provocar un conflicto con Colombia en la necesidad de crear un enemigo externo para explicar por qué no hay comida en Ciudad Bolívar y Delta Amacuro, cerrando para ello la frontera en el Táchira? ¿Se habría expuesto a las fotos de la gente angustiada, mujeres y niños, cruzando el río cargando sobre sus cabezas lo poco que pudieron llevar escapado de una fuerza represiva que les trataba como criminales eso después de que Hugo Rafael Chávez Frías abrió las fronteras y enviaba gente de Identificación y Extranjería para que cedulara a quien le diera la gana? ¿No recuerdan a Patricia Poleo denunciando a un funcionarillo que decía que gobernarían para siempre porque él cedularía a todo el mundo para que votaran por ello en esa frontera?

LAS VICTIMAS DE NICOLAS MADURO

   Cuesta creer que el difunto cometiera ese disparate. Ese señor tenía olfato político, estos no, Nicolás Maduro Moros, después de montar ese show grotesco, que daba para todo, especialmente para un circo mediático –repito, niños cruzando el río cargando lo poco que pudieron llevar-, todavía se molesta con la prensa colombiana no sólo porque lo reseña sino porque se pone de lado de su gente. Ya lo he sostenido antes, es falso que exista una cosa como intelectuales de izquierda, esos son unos vividores que se auto designan como tales para que el resto de la sociedad les mantenga como los parásitos que son. De existir semejante gente le habrían recordado a Nicolás Maduro Moros que iguales imágenes, semejantes cuentos de los que escapaban y la misma indignación causaban los negros norteamericanos cuando escapaban de los estados del sur al final de la guerra donde esos zafios los culpaban de provocarla y de sus resultados; lo mismo contaban los musulmanes bosnios cuando escapaban de los serbios, decididos como estaban estos a exterminarlos, y todavía los acusaban de la guerra civil en la ex Yugoslavia; los mismos relatos que de Bielorrusia llevaban las masas desplazadas cuando los nazis entraron a la Unión Soviética, o los judíos que escapaban de las zonas de ocupación. Hoy esa gente tiene que huir como puede, con lo que puede, porque Nicolás Maduro Moros necesita crear un culpable para los desastres de su gestión, pero como a aquellos, él tendrá que cargar con su título de monstruo. Se lo ganó. Él, Nicolás Maduro Moros.

   Querían montar un circo orwelliano de buscar un conflicto que reuniera al país alrededor de ellos, y a ese fin idiota puramente político condenaron a muchos a tanto dolor, porque son criminalmente irresponsables. Les falló lo del Esequibo porque la gente sabía que Hugo Rafael Chávez Frías nos metió en ese problema declarando que esa vaina era de ellos y que Venezuela no diría nada si querían explotar lo que les diera la gana, siendo ese disparate aplaudido por Nicolás Maduro Moros y Diosdado Cabello en ese momento (desentendiéndose después); ahora intentan hacernos creer que Colombia es la culpable del robo de las reservas del país, de lo que entró por excedente petrolero, de lo que se pidió en préstamos (todo robado), de la destrucción de la producción nacional y de la ola de inseguridad de la cual la Fiscalía ni se preocupa, confesado por ella misma, mientras persigue políticos de oposición, estudiantes, periodistas y amas de casa. De todo eso es culpable Colombia… de alguna manera, porque es hábil y de este lado sólo hay mentecatos.

   El problema para el régimen es que fuera de los habladores de paja en la red, que cada vez son menos (las maripilihernandez), la gente no les cree ni les para bola. Esos cuentos sólo resultarían medio creíbles si Nicolás Maduro Moros y Diosdado Cabello llevaran uno o dos años en el poder, no diecisiete. Además, la población no está ni para defender el territorio, no puede, porque se está pasando hambre, ¡hambre!, y con hambre no hay cuento que convenza. Y Venezuela nunca había pasado hambre, hambre como esta de ahora (siempre ha habido gente a la que no le gusta trabajar y, claro, les iba y va mal, pero se consolaban achacando sus males a otros; sin embargo, dentro del contexto social, esos siempre han sido una minoría que se define como socialistas e inconformes), cuando ni perrarina se puede comer porque no hay y es carísima, para darle por su lado al Gobierno con el cuento de los pobres y la perrarina, en el pasado, en un país donde la pasta de la bolsa de papel, la larga, y un kilo de arroz era más barata que la comida para animales.

   Pero ni siquiera es por todo esto que me refiero a la increíble incompetencia del dúo fabricante de miserias, es por la capacidad que tienen de destruir lo que tocan de su lado, y valorar lo que hasta hace poco despreciábamos. Que los partidos políticos tradicionales, y los nuevos, vuelvan a revalorizarse en la opinión publica, es causa directa del descredito del par. Que la gente crea y repita historias que hombres muy serios como Rafael Poleo, sostienen que son inventos, de que los militares vestidos de civiles asesinados en el Táchira, cayeron fue por una guerra de drogas, o de mafias dentro del ejército por el control del contrabando, sólo demuestra qué tanto desprecia el venezolano común a una institución que hasta hace muy poco salía bien librada en las preferencias y la estima nacional. Hoy todos están dispuestos a creer lo que se diga de los militares. Incluso monstruosidades como que no dejan a nadie cruzar el río Táchira si no pagan un peaje.

   Que Nicolás Maduro Moros y Diosdado Cabello hablen de cerrar la frontera Oeste para evitar el contrabando de alimentos que ha dejado a Venezuela sin nada, es un disparate tal que sólo el retraso mental puede justificarlo: ¿acaso los militarse venezolanos no reguardan las fronteras, esa y todas las demás? ¿Cuántos camiones hacen falta para llevarse el alimento que antes se conseguías en los mercados, y cómo es que nadie los ve nunca, o los detiene cuando cruzan en laaaaargas caravanas? ¿Cuánta paja más pueden hablar esos dizques generales y coroneles de hechos de los cuales ellos, y sólo ellos, son responsables?

   El señor Cabello tenía razón, a pesar de sus problemas mentales, comparado con ellos que parecen caminar para adelante sólo porque ven a los demás, el difunto Hugo Rafael Chávez Frías era un genio. Comparado con ellos, claro. Lo de la frontera terminará después de Diciembre, aunque se aligerará antes, la imagen brutal de régimen nazi fascista está haciéndoles mucho daño internacionalmente, y esos crímenes siempre les asustan mucho porque no prescriben. Todo quedará en nada o bien porque se suspendan las elecciones de Diciembre que sienten perdidas, o porque pierdan el Parlamento a pesar de la burda treta de atraer a su votantes responsabilizando a terceros de las necedades que cometieron.

   Por cierto, ¿no son diabólicos esos políticos colombianos cuando le aconsejan a Nicolás Maduro Moros que si quiere combatir el narcotráfico no se vaya para la frontera sino revise en su entorno? Es a lo que se expone quien habla demasiado, a meter la pata. Por eso Dios nos dio dos oídos y una sola boca, para escucharlo todo y hablar máximo la mitad. Lo demás es un error.

EL JUICIO A LEOPOLDO LOPEZ,  EL LEGADO

Julio César.

EL PERRO GRANDE MAS GRANDE

agosto 28, 2015

EL CONTRATO

SU MACHO

   O agresivo…

   El jefe le había enviado a su hijo para que le mostrara, con mano dura y haciéndole sudar, cómo hacer los inventarios del depósito, para que aprendiera del negocio desde abajo. Pero no pudo. El apuesto y pendenciero hombre, en cuanto llegó le preguntó si era marica, qué no temiera, que no tenía problema con los maricas ya que los maricas gustaban de dar buenas mamadas y no tenían reparos si les llenaban los culos, con rudeza, de güevos. Tomado por sorpresa no pudo responderle. Claro que no lo era, es lo que iba a decirle, pero sus tartajeos, dudas, su incapacidad para hacerle frente a su agresiva personalidad pronto le tuvieron de rodillas, siendo abofeteado e insultado cuando desvió el rostro para no tocar con los labios el grueso tolete hinchado.

   -Chúpalo, puta, o gritos hasta que todos vengan a ver qué ocurre y los tengas que atender también. –amenazó.

   Y asustado, casi arrinconado, chupó el grueso, caliente y pulsante güevo, viéndole sonreír de gusto, oyéndole decir que sabía que lo haría, y que le gustaría, que tenía cara de marica reprimida. Debió tragarlo, ahogado, medio tosiendo y llorando cuando le atrapó la nuca y se lo clavó hasta los pelos, no deteniéndose hasta hacerle tragar, hasta la última gota, todo el semen de sus bolas.

   Sonriendo, diciéndole lo mucho que lo había gozado, “aunque seguro que no tanto como tú, puta”, le medió abofeteó la cara con su verga mojada de saliva y jugos, y salió. Mortificado lloró, no entendiendo lo ocurrido, jurándose que no se repetiría, temeroso de que se supiera.

   Tal vez debió decir algo, porque ahora estaba atrapado y generalmente dos veces al día, el joven gañan descargaba en él las tensiones, y espermatozoides, pero ahora en su culo. Ahora era, según él, su hombre. Su macho. Su marido y como tal dueño de su coño caliente. Y le daba y daba, haciéndole gemir y correrse sin tocarse.

   Era vergonzoso que ahora, generalmente dos veces al día, en ese depósito, de rodillas, como una putita, le rogara que le llenara con su esperma. Era el juguetito del hijo del jefe.

¿SOLO PARA LAS CAMARAS?

Julio César.

CONTRARIEDAD

agosto 26, 2015

VAYA CON EL CAPITAN

SEXY BOY BOXER

   Tiene que usar esos bóxers porque el hijo de los vecinos le robó todas sus tangas… usadas.

REACCION

Julio César.

CORRERÍAS EN BOSTON… 12

agosto 26, 2015

CORRERÍAS EN BOSTON                        … 11

   La siguiente historia, QUE NO ES MÍA, es un Wincests enviado por una amiga. Que me perdone la autora, pero era una mala traducción del inglés y tuve que llenar algunos espacios. Me agradó mucho. Me gusta cuando Dean sorprende a Sam, y cuando Sam anda perdido de celoso (¡ha hecho sufrir tanto a Dean!). Disfrútenlo.

……

Titulo: Una noche en Boston

Autor: yeya-wc

Resumen: Dean sorprende a Sam con una vida secreta, una donde pensó dejarlo todo, incluso las cacerías.

WINCEST HOT

   Claro, de muchas de estas cosas Sam no se entera, en parte porque Dean no conocía todas las motivaciones de Nick, de la manera en que acostumbraba a moverse por la vida, controlando su entorno para conseguir todo lo que deseaba. Actitud normal en su persona, aún cuando estuviera haciendo algo bueno. Tampoco Dean lo conto todo. El sexo, el “romance”, la manera en la cual el otro le hacía sentiré seguro, importante, protegido. No vio conveniente que se supiera de todas las grietas en su armadura. Y ni siquiera el estar muy ebrio sobre la cama de su Sammy, después del sexo con este, alteraría eso.

   Lo único que Sam escucha es que hacía un trabajo para esa gente rica e importante, que fue herido y convaleciente enfrentó al necio y arrogante abogado. Que la cercanía, y no tener nada mejor qué hacer, les llevaron a la cama. Que fue grato y…

   -¿Qué pasó? ¿Cómo terminaron? ¿Por qué te fuiste y nunca quisiste volver a Boston? –le pregunta Sam, sospechando que tras toda esa historia había mucho más, y él estaba realmente interesado en saber, aunque dominado por dos emociones contradictorias como está. Dean, desnudo, recién follado, abriéndose a los años que estuvieron separados, medio descansa sobre su pecho. Eso le hace feliz. Poder estar así con el otro le excita la carne y los sentimientos. Pero también siente celos, inseguridad. Rabia. No le gustaba para nada Nicholas Stanton.

   Dean farfulla algo, inteligible, bañándole con su aliento, erizándole gratamente la piel bajo el cuello. Más dormido que despierto.

   -Vamos, Dean, ¿qué pasó entre ustedes? –demanda.- ¡Joder! –gruñe cuando le oye soltar casi un ronquido. Forzando como puede la vista, nota que el otro va sucumbido al agotamiento, al licor y el sexo (seguramente también a la apertura emocional, pero sabe que si lo dijera, el mayor intentará cortarle las bolas).- Dean… -todavía suplica y exige, agitándole un tanto. Cosa que luego lamentaría.

   -Me hizo daño… -apenas le entiende por los bostezos, pero esas palabras, por feas que eran, hacen latir de esperanzas el corazón del menor, cosa que no dura.- Lo quise mucho, Sam; tanto que por él hasta pensé dejar la cacería…

   -¿Qué…? –Samuel Winchester queda totalmente en shock, boca abierta, escuchando aquellas palabras imposibles de procesar. ¿Dean estuvo dispuesto a dejarlo todo por ese sujeto?

   Pero ¿qué diablos había estado a punto de suceder? Para su hermano el deber siempre fue uno y claro (sacando el protegerle siempre): seguir a su padre en toda cruzada que emprendiera. Luchar contra lo sobrenatural. En sus momentos de máxima rabia contra ese pecoso hermano que callaba cuando esperaba que dijera algo para defenderse del gran John Winchester, a quien le parecía que no se comprometía lo suficiente (¡Dean!), le había acusado de hacerlo, de bajar el lomo, únicamente buscando la aprobación de ese padre lejano que les había apartado de sus afectos. Aunque sospechaba, muy en el fondo, que en buena parte lo que movía a Dean en la batalla era combatir a las fuerzas oscuras que le arrebataron a su madre, una amorosa que cuidaba de él, y de la cual Sam no tiene memoria. Para el mayor era un apostolado. Y ahora se entera que estuvo a punto de dejarlo. Por un tío.

   -¡Dean! –le llama, necesita saber qué quería decir exactamente, qué pensaba ahora. Qué sintió realmente por ese sujeto. Eso le tortura, ¿acaso en el corazón del pecoso…? Pero un suave ronquido de este le indica que ya estaba más allá de toda averiguación. Y lo sabía porque aún le llamó un poco más, zarandeándole no muy delicadamente, sin conseguir que volviera en sí.

   Tragándose la bilis y el disgusto (el miedo), bota aire mirando hacia el feo techo del motel, casi sonriendo con una mueca por la ironía. Tenía que ocurrir así, saber que amó a otra persona justo ahora. Por fin le tenía, estaba entre sus brazos, aquello que siempre faltó en su vida ahora se cumplía; al menos físicamente, Dean y él habían dejado de mentirse, de engañarse. Lo que existía entre ellos era demasiado poderoso para continuar evadiéndolo. Sabe, de una manera egoísta, que siempre lo fue todo para el otro, la misión y razón de su vida desde que su madre murió, por eso nunca le llamó al irse a la universidad. Para castigarle. Sabía que sería lo que más lastimaría a Dean y en esos momentos deseaba hacerlo. Traga sintiéndose culpable. La noche que discutió con su padre, decidido a hacer su vida, este corriéndole, esperaba que Dean dijera algo. Sabía que no lo haría sobre la discusión, jamás se metería entre él y John, pero lo otro… El silencio de Dean vino de otra discusión, cuando le acusó de…

   Durante mucho tiempo, cuando dejaron de ser niños, sintió la fuerte atracción por Dean, le idolatraba, le celaba, le odiaba un poquito por gustarle a tanta gente. Y aún eso le gritaba lo extraño, lo distinto que era a todas las otras personas. Un fenómeno que amaba a su hermano. Por eso no pudo seguir con aquellos escarceos que habían comenzado. Y Dean se había apartado de su vida la noche que le acusó de querer obligarle a sentir cosas. Eso le hizo mucho daño al rubio y le mantuvo apartado. Pero ni eso era suficiente para el menor, atormentado por mil demonios, sintiendo que algo terrible ofuscaba su mente y corría por sus venas cuando pensaba en el pecoso. Poco antes de la gran discusión con John, le encaró, quiso que le dijera qué sentía por él, haciéndolo sonar como algo enfermo. Y Dean guardó silencio, encerrándose dentro de sí. Eso, y la discusión con John, le hicieron marcharse como lo hizo, cortado definitivamente con la familia. Consciente de lo que eso le haría a Dean.

   Los años separados fueron horribles, extrañándole, odiándole, deseando que jamás apareciera, aunque soñando con escuchar su voz. Pero Dean respetó sus deseos y se mantuvo alejado. Ahora entiende que fue muy lejos. Por cuentas que saca, sabe que Dean, poco después de la discusión, de su partida a la universidad, la noche que también John tomó carretera sin despedirse, fue llamado a ese trabajo en Boston. Dolido, abandonado, vacio. Directo a los brazos de Nicholas Stanton. El sólo nombre le hace hervir la sangre de rabia, de inseguridad y posesividad; con los brazos atrapa con más fuerza a ese Dean de boca abierta que medio le ronca sobre una tetilla (seguro al otro día amanecía algo babeado). ¡Odiaba a Nicholas Stanton! Ese hombre algo había hecho, de alguna manera se había metido en la vida de su hermano de una forma que resultaba increíble. No puede ni imaginar un escenario donde, como resultado, Dean decidiera abandonarlo todo. Aún a John… y a él.

   La idea es tan desagradable que se estremece y oprime los delgados labiosos repitiendo el nombre de Nicholas Stanton. Algo hizo para controlarle, seguramente malas artes. Era la única explicación. Pero ahora Dean era suyo, se dice con determinación, aunque inquieto. Todo había cambiado, la relación entre ellos… Se estremece al pensarlo así, alargando los brazos y rodeándole aún más, casi sacándole el aliento y un gemido, deseando, no, necesitando tenerle todavía más cerca. Siente el peso, el calor, le respiración, el abandono al sueño relajado del rubio sobre su cuerpo y una profunda emoción le embarga. Por fin, Dean, se dice. Fueron años de negar muchas cosas, de sufrir alejados, de envenenarse a sí mismo por no admitir la realidad: amaba al hombre joven en sus brazos.

   Tendrían que hablarlo, poner en frases muchos sentimientos, e intuye que no le será fácil al otro. Era evidente que una parte del pecoso continuaba atrapada en aquella discusión donde le acusó de casi pervertirle, sintiéndose culpable de lo que hizo, tratándole desde entonces como si fuera un inocente virgen a quien debía proteger de su propia perversidad. Reconoce, con pesar, que todo era su culpa. Moviéndose levemente, como puede, despega la nuca de la almohada y besa la coronilla de Dean, cerrando los ojos, recreándose en su aroma fuerte, característico, uno que ha amado toda su vida. Así olía el afecto, la preocupación, la ternura. El amor del guardián de su cuna.

   -Lo solucionaremos, Dean. Te quiero y nunca te dejaré ir. Ningún Nicholas Stanton podrá separarnos jamás.

……

   La claridad de la mañana entra por la ventana, tan molesta como es eso siempre, y Sam despierta, ceñudo, sintiéndose incómodo. Mueve los brazos y… ¡Dean no está! Abre los ojos con alarma y recorre la habitación, en la otra cama, la del rubio, la almohada caída y la sábana corrida le indican que en algún momento de la noche el otro despertó, seguramente para ir al baño, y en automático regresó a su propia cama. Le oye gemir ahogadamente en el cuarto de baño y sonríe con cierta malignidad. Ah, la resaca. La puerta se abre y aparece su hermano, descalzo, con un jeans desteñido y viejo bastante bajo en su cintura, su torso dorado y liso al descubierto, el colgante al cuello como único adorno, pasándose una toalla por el cabello mojado. Y a Sam le hormiguean las pelotas viéndole, fantaseando con recoger con la lengua alguna gotita de agua, de preferencia si corría hacia su vientre.

   -Dios, Sam, ¿cómo dejas que beba tanto? –le reclama ojos todavía nublados, ceñudo.- ¿Y qué coño tomé? No recuerdo una resaca así desde los quince, cuando salí de juerga con mi amigo José Cuervo. –el recuerdo del tequila parece producirle nauseas y el castaño sonríe.- No seas gilipollas, me duele todo.

   -Anoche parecías disfrutar bastante en ese bar. –y fuera de él, pero calla.

   -Espero que sí, de lo contrario este dolor de cabeza sería por nada. Mierda, ¿qué tomé?, ¿cómo llegue aquí? ¿Qué hice anoche? –enumera, ceñudo, mortificado consigo mismo, y Sam siente un frio horrible que le recorre, tensándole automáticamente y haciéndole ponerse de pie, llevando sólo el bóxer.

   -Espera, ¿qué? ¿De qué hablas? ¿Que qué hiciste anoche? –grazna, ¿acaso Dean estaba diciéndole…?

   -Deja los gritos, Samantha. –el rubio se lleva una mano a la sien. Se dirige a su cama, cayendo sentado.- Ni que fuera la primera vez que me ves así. –va a agacharse a buscar sus botas pero se endereza, bizqueando, todo dándole vueltas.- Mierda. – Sam se le acerca, el bóxer bastante bajo, su mente es un caos donde sólo se repite un “no, no, no, no”.

   -¿Estás diciéndome que no recuerdas nada de anoche? –demanda, su pecho subiendo y bajando con esfuerzo, desesperado, su mirada encontrándose con la confusa del otro.

   -Ya te lo dije, ¡deja los gritos! Y si, no recuerdo nada. ¿Pasó algo? ¿Hice algo malo? –se alarma.

   Y Sam Winchester cree que se va a morir. ¡Dean había olvidado lo ocurrido entre ellos! No, no era posible, debía sentirlo en los huesos, en la piel. Joder, ¡en el culo!

   -¿Estas jodiendo conmigo, acaso?

   -Sam, explícate si quieres recordarme algo, y deja de gritar o voy a… -Dean, ojos llameantes alza un dedo en advertencia.

   -¿Cómo diablos puedes olvidar todo así? –se agita, sintiéndose de pronto angustiado. ¿Debía recordarle? ¿Contarle que tuvieron sexo del bueno? ¿Acaso lo estaba bloqueando? Un frío de miedo le recorre. ¿Y si Dean quiso olvidarlo porque no podía soportarlo?

   -¿No me conoces? –se defiende el otro, rodando los ojos, haciendo una mueca y tocándose la cabeza otra vez.- Si te ofendí, o dije algo inapropiado, dímelo y ya; sabes que odio ese juego de “estoy molesto por lo que hiciste, pero si no sabes qué fue no te lo diré”. –toma su móvil de la mesita.

   Sam no puede responderle. Tiene ganas de gritárselo, que se tocaron, se besaron, se amaron. Que se dijeron cosas que necesitaban decirse. Pero no se atreve, ¿y si piensa que miente, o que enloqueció o… que se aprovechó de que estaba ebrio? La sola idea le horroriza y paraliza. Desvía la mirada, sintiéndose derrotado y frustrado cae sentado sobre su cama, su mente es un amasijo de mil ideas. Mira a Dean, quien ceñudo revisa sus mensajes y llamadas. ¿Y si estaba mintiendo? La idea es inesperada, intensa. Y debería ser ofensiva o desconsiderada para con el otro… Ah, pero él conocía bien qué tan hijo de puta podía ser el rubio pecoso. Le observa fijamente, ceñudo, buscando señales del engaño, encontrándose con su mirada cuando la alza por un segundo.

   -Joder, ¿qué? Pareces un cachorro al que le quitaron su hueso; si algo ocurre…

   -Nada, Dean; si dice que no lo recuerdas…

   -Comienzas a cabrearme, Samantha. –se pone de pie bruscamente.- Mierda, Nick viene para acá. –lee de su celular.

   -¿Qué? –la ira se enciende otra vez dentro del menor, a la par que el miedo y la frustración. ¿Ese tipo iba a visitarles? ¿Ahora?

   -Que viene para acá, ¿qué tienes esta mañana? Concéntrate. –le gruñe Dean, dejando caer el teléfono sobre la cama y metiéndose febrilmente dentro de las botas, luego, torso dorado y algo enrojecido por la ducha, se dobla y los ojos de Sam recorren ese trasero que tocó a placer; el rubio busca una camisa dentro de su bolsa de viaje. Y el menor siente deseos de gritar. Dean está escogiendo ropas, algo que nunca hace. Generalmente se encasquetaba lo primero que salía de la bolsa (muchas veces la revolvía para que no tomara siempre las mismas camisas).

   -Pareces muy afanado en recibirle. –no puede evitar el tono, desconcertándole.

   -¿De qué hablas? Siempre intento verme lindo. No imaginas la cantidad de gente cuya única alegría al día es mirarme, debo cumplirles. –comienza con sus chulerías y sonríe, pero termina con una mueca tocándose una sien.- Joder, ¿qué bebí? –repite la pregunta y le mira.- Sam, te ves fatal, tu cabello parece el nido de algún pajarraco y… -entorna con cautela una sonrisa.- …Parece que tuviste sueños húmedos, ese bóxer está todo manchado… No me digas, ¿dormí boca abajo con el culo arriba y…?

   -¡Deja de joder! –le ruge Sam, incapaz de soportar más, no si iba a comenzar con bromas sexuales después de lo ocurrido, y corre hacia el cuarto de baño, todavía perseguido por la risita de Dean.

……

   Una vez a solas en el cuarto de baño, el castaño se mira al espejo, está terriblemente ceñudo bajo el despeinado cabello que cae y se levanta por todas partes. Tiene que apretar los dientes para no gritar de frustración. Pasó toda la noche pensando, y soñando, con las cosas que se dirían para poder vivir aquello que sentían, cómo racionalizarían todo aquello para que no entrara la culpa o el remordimiento en la ecuación y que continuaran juntos. Porque lo quería, deseaba tocar a Dean aún en esos momentos, cuando se comportaba tan gilipollas. Traga, atormentado. También está celoso, se muere de rabia nada más de imaginar que el tal Stanton estaba llamando y buscando al pecoso (¿de qué hablaban?, ¿qué se decían?). Y que este le esperara…

   ¡No, no! , se dice con ira. No perdería a Dean. Lo que pasó entre ellos respondió a una necesidad largamente postergada pero vital, unos sentimientos que tenían que expresarse. Sí, pero el tal Stanton había casi logrado alejarle de su padre, de su trabajo, gruñe una parte de su mente. Recordarlo hace que su corazón duela. Bien, pero también se habían separado, apuntala… Cuando el otro estaba dispuesto a dejarlo todo por él, rectifica ese otra voz. Más ceñudo, se pregunta qué ocurriría. Tenía que saberlo, si todo fallaba, si las cosas se complicaban, bien podría recordárselo. La cara le arde al imaginarse cometiendo tal canallada, pero por Dean, lo haría. Sus hombros caen, pega la frente del espejo y cierra los ojos. No puede perderle. No otra vez. No después de lo que sintió teniéndole en sus brazos. Se tensa y alza la mirada, conmocionado.

   Samuel Winchester, grandísimo idiota, ¡aún no le has contado lo que encontraste! Su pecho sube y baja, eso ayudaría a su causa.

……

   Maldita sea, ¿qué hizo?, se recrimina Dean, ceñudo, metiéndose dentro de la franelilla azul, combinándola con la bonita camisa verde. Cosa que también le altera. Si, se arreglaba para Nicholas. Cae sentado en la cama mirando hacia el cuarto de baño, estremeciéndose de remordimientos, culpable. Recuerda bien la manera en la cual perdió en control anoche, enredando a Sam en su necesidad. Estaba ebrio pero eso no era excusa. Actuó como un hijo de perra; sabía que Sam se sentía mal por haberle dejado aquella vez, rumbo a la universidad, descuidando su trabajo, y aprovechándose de eso, de su culpa, le llevó a… ¡Metió la pata hasta lo profundo! La cara atormentada de Sam indicaba que quería hablar de ello, pero no podía. Traga con todo el esfuerzo del mundo, sintiendo un leve sabor a bilis, debía reparar todo ese daño, en la medida que se pudiera, al menos. En cuanto terminaran con este caso le dejaría. Debía dejarle libre para que encontrara su camino en un mundo normal, con un empleo, una casa y una familia, así ahora el castaño no pudiera verlo, cegado como estaba por la culpa, por Jessica y por él, el hermano patéticamente enamorado de su persona.

   Debía dejarle libre. Y hasta que eso ocurriera, “olvidaría” todo lo ocurrido la noche anterior, se jura mirando hacia la otra cama, estremeciéndose otra vez de culpa… por lo mucho que desea repetirlo, sentarse sobre sus muslos, sentir sus manos grandes recorriéndole, ser penetrado y…. Cierra los ojos, está mal, muy mal, ¿cómo podía amar a su hermano de esa manera? Y lo peor era que en su debilidad, arrastraba a Sam. Se sobresalta cuando llaman a la puerta.

   ¡Nick!, por alguna razón se cabra.

   Moviéndose con cautela va, toma el picaporte, duda y abre. Allí se encuentra el hombre, atrás, uno de sus gorilas. Nicholas se ve impecable y apuesto como siempre, dentro de su traje caro que gritaba soy fuerte, un gilipollas y te quiero a mis pies, Dean lo reconoce. El hombre lo recorre con la mirada y luego mira sobre su hombro, a la habitación.

   -¿Estás solo?

   -Mi hermano se ducha. –informa, negándose a rotar los ojos cuando le ve torcer el gesto.

   -¿No podían pedir dos habitaciones individuales? –y se miran a los ojos.

   -¿Venías por algo o tan sólo a joder? –gruñe y se arrepiente en cuando le ve cruzar los brazos y sonreír con sarcasmo.

   -¿Si digo que a joder correrás a tu hermano y…?

   -Córtala ya, ¿no? –Dean, todo salido paro lo sexual, se avergüenza un poco escuchándole decir eso frente al gorila, quien finge no ver ni escuchar, de pie a sus espaldas.

   -Ve a tomar un café, estaré bien. –sin volverse, sin quitarle los ojos de encima, Nick se deshace del guardaespaldas, entra y cierra, como si fuera su habitación. Le altera que Dean no quiera mirarle ahora.- Te estuve llamando anoche, incluso fui a la dirección que me diste. ¡Y no era el hotel!

   -Oops. Mi error. –es desagradable.

   -¿Verdad? Necesitaba verte y… -calla, a él mismo le suena idiota el que presintiera que el rubio corría peligro.- Tenía que decirte que a mi asistente… la asesinaron anoche. –es falso, de eso se enteró esa mañana, pero lo que Dean no supiera, no le molestaría.

  -¡Joder! –se impacta, la cabeza le duele un poquito más.- ¿A…?

   -Si, a la pobre la destrozaron. El mismo sistema. Fue horrible. Pronto se sabrá y se harán las conexiones conmigo. –se siente realmente apenado por ella pero preocupado por él.- ¿Han averiguado algo… o han estado muy ocupados tu hermano y tú… con sus asuntos? –no puede evitarlo, ganándose una mirada alerta y molesta, que le dice mucho.

   -Estamos trabajando en ello y no entiendo tu tono.

   -Quien no lo entiende soy yo, ¿cuándo regresó Sam a las cacerías? ¿Y la universidad? ¿Cómo se reconciliaron? –le cuesta indagar. Y Dean, rojo como un tomate, evita su mirada.

    -No es asunto tuyo, Nick.

   -Lo es, Dean, aunque no quieras escucharlo porque eres un minusválido emocional; porque hubo un tiempo cuando me usaste para alejar tu soledad. Para llenar el abandono de todos ellos. –acusa feroz, y es la gota que colma el vaso de Dean Winchester, la rabia que lleva rato conteniendo, sale a flote.

   -¡Toda esta mierda es tu culpa, Nicholas!, si no me hubieras fallado como lo hiciste, mi vida sería ahora otra muy distinta. –el otro traga, resintiendo el golpe, parpadeando.

   -¿Crees que no lo sé? Eso es lo que más me atormenta, haberlo jodido todo contigo. Pero no podía hacer otra cosa, Dean; tú llegaste tarde a mi vida, cuando ya había hecho planes y adquirido compromisos, ¿por qué nunca has podido entenderlo? Nunca quise lastimarte. La verdad es que no pude hacer nada más. Ni siquiera ser sincero contigo. No podía contarte todo porque sabía que me dejarías, y no podía soportar la idea. –casi le grita a la cara, los dos muy cerca.

   -¿Acaso no terminó todo?

   -¿Acaso fue porque yo quise?

   -¿Acaso fue mi culpa? –le contraataca, irritado a límites imposibles. Nunca podían hablarlo, dejarlo en claro; Nicholas parecía incapaz de comprenderle.- Nunca quisiste entender que jamás habría podido aceptar ese juego sucio, tu propuesta.

   -Si me hubieras querido como yo te quería, lo habrás hecho. –acusa, contenido, voz dolida. Desconcertándole y molestándole más.

   -Hijo de perra, ¿todavía me responsabilizas después de lo que hiciste? Me mentiste, pretendías engañar a esa mujer, a todos, y querías que yo… -no puede seguir. Le desconcierta la sonrisa triste del otro.

   -Qué fácil es para ti juzgarme, condenarme. Cómo te fue fácil dejarme.

   -No fue fácil. –replica alzando la barbilla.- Nada fácil. Eras mi puerta de salida, mi libertad. Pero era un camino minado, lleno de falsas promesas.

   -Ni aún ahora puedes entender el miedo que sentía a que todo se supiera. No podía soportar la idea de verte partir, y cuando lo hiciste, y el cómo lo hiciste, lo comprobé. Fue un dolor casi físico que me rasgó el pecho.

   -Por favor… -intenta restarle intensidad, incómodo dentro de su piel.- ¿Por qué hablamos de esto, Nicholas? El pasado es pasado, lo que pudo ser… -se encoge de hombros.- …Se acabó. Estoy aquí en un trabajo, tú estás siguiendo la vida que elegiste, la que deseabas, eso tiene que hacerte feliz. –le mira en verdad desconcertado, la frente algo arrugada. La risita ronca y astillada del otro le eriza la piel.

   -Ah, Dean Winchester, qué poco sabes de nada, como poco sabía yo… La vida que llevo fue la que elegí, pero cuando lo hice, la planeaba, jamás pensé que… apareciera alguien como tú y… -no puede seguir, no tiene las palabras, no está acostumbrado a explicarse a ese nivel.

   -Bien, supéralo. –intenta ser ligero, alzando un hombro, ganándose una mirada violenta, casi jadeando, tensándose para la lucha cuando Nicholas se echa hacia adelante, atrapándole los hombros con las enormes manos, zarandeándole mientras le acerca.

   -Cierra tu maldita boca y deja de soltar basura. –le ruge, ojos centelleantes.- Nunca imaginarás el dolor que sentí al entender que te habías ido, ni imaginas cuánto me dolió cuando entendí que ya no te vería, te escucharía y hasta te olería otra vez. –le acerca más, con rabia y desesperación.- No puedo explicarte cuánto quise gritar, y llorar, y dejarme caer y gritar tu nombre para ver si de alguna manera me escuchabas y regresabas. Te maldije, Dean, te odié, y sin embargo esperaba cada día que regresarás, cazador idiota, o que en algún momento dejara de dolerme tanto.

   Decir que las palabras impresionan, confunden e impactan a Dean, sería decir poco. Tal vez por ello no reaccionó con la suficiente rapidez cuando el hombre le cubrió la boca con la suya, de una manera dura, vehemente, demandante, casi exigiéndole que le diera algo de paz. Claro, eso no explicaría por qué Dean  elevó las manos, le atrapó el rostro y correspondió al beso.

   -¡¡¡Dean!!! –estalla a sus espaldas, Sam.

CONTINÚA … 13

Julio César.

EL INFIERNO DEL INDECISO

agosto 26, 2015

CUANDO LOS CHICO VAN AL CAMPO

COMIENDO LOMITO

   Sabía cómo moverla.

   Se agita, se contrae, gime aunque no quiere. No debería. Era el marido de su mejor amiga, ella lo adoraba, y allí estaba el muy perro lamiendo como si de un rico caramelo se tratara. Desde que le acogieron en casa mientras encontraba su propio techo a su regreso al país, el tipo, guapo como pocos, entraba a su habitación cada las mañanas. Al principio le despertaba a fuerza de lametones; cuando entendió lo que era quiso detenerle, pero se sentía tan bien cuando la enrollaba y penetraba que… Era débil, sabía que estaba mal pero ahora le aguardaba, sabiendo que algo cambiaba. Ese tipo no sólo entraba y lengüeteaba, ahora venía desnudo. Sabía lo que quería. Si fuera un carajo valiente le correría del cuarto, de una vez, de manera definitiva… o le pediría que se le subiera y aprovechara que ya se lo tenía ablandado a fuerza de labia.

SUGESTION

Julio César.