GERENCIA

EN LA DEFENSA DE SU MARIDO

UNA MUJER TOMADA

   Todo termina entre gemidos de entrega…

   Martina grita y se estremece sobre el mesón mientras el hombre, riendo y llamándola puta caliente, le cepilla una y otra vez el coño, con fuerza, frotando su clítoris, llenándola e inflamándola. Quiere luchar, resistirse como lo intentó antes, al ser empujada sobre el mesón de juntas por aquel hombre que le rugía que iba a enseñarle su lugar, el de las putas sumisas a las vergas de los hombres, metiéndosela y sacándosela, dura, caliente, palpitante, estremeciéndola. La sentía totalmente, así como su coño ardiente cerrándose sobre ella, halándola, atrapándola.

   Quiere llorar sintiéndose derrotada, incapaz ya de exigirle respeto, que se detuviera, o suplicándole que no hiciera eso; como hizo cuando la atrapó por los hombros, echándola de espalda, casi rasgándole el vestido entre risas de burla y predación. Gritó que le mataría cuando las fuertes manos masculinas atraparon sus tetas sobre el pequeño sostén, liberándolos, los dedos apretando sus pezones que endurecieron, al tiempo que esa verga grande que se sacó de los pantalones se frotaba y golpeaba sobre su pequeña pantaleta tipo tanga, una concesión que la poderosa mujer de empresas hacía a su femineidad. Se resistió pero una de esas manos se metió dentro de la tanga y de su raja, frotando con insolencia su clítoris, una y otra vez. Pellizcándole duro un pezón mientras los dedos iban y venían dentro de su raja, masturbándola; le vio sonreír de su vergüenza por el enrojecer de sus cachetes, la separación casi inconsciente que hizo de sus muslos para facilitarle el trabajo, los dedos hurgando, tocando, estimulando. Pero gritó, ultrajada, cuando la gruesa verga la penetró a pesar de sus negativas. El vaivén rudo, indetenible, con todo el vigor del joven y apuesto hombre, sumió su mente en una neblina que la no dejaba pensar. Sólo sentía.

   Martina Terán, la poderosa gerente de la cadena de tiendas, dura y fría, estaba siendo sometida sexualmente por su sensualidad y su asistente, un joven inepto, inútil, a quien reprendía a cada rato por sus tonterías, a quien contrató sólo como un favor a una amiga. Uno de esos hombres que resentían el poder de las mujeres, de quienes decía que sólo se quejaban y reclamaban por andar faltas de hombre. Y cuando le gritó en esa sala por dejar las graficas de proyección (que en verdad no había hecho), se cansó. Intercambiaron insultos, de pie, ella tachándole de hombrecito inútil, él de puta falta de macho. Cuando le despidió decidió castigarla, someterla, hacerla ver su lugar en la cadena. Y sonríe sabiendo que lo logra, viéndola estremecerse sobre la mesa, gimiendo, su coño totalmente mojado y caliente. Pero la mirada también era infeliz en esa mujer al ser tratada de aquella manera, sus lágrimas corrían, humillada; sin embargo nada de eso le enternece.

   -Dios, ¿qué has hecho? –lloriquea ella.

   -Darte lo que necesitabas, puta. Todos aquí sabíamos que lo pedías a gritos, que rogaba por güevo. Bien, ahora los tendrás. –es duro, sonriéndole, bajando y mordiéndole suavemente un pezón, succionando de manera experta, mientras sus embestidas se intensifican. Era un malvado.

   La mujer grita alcanzando un escandaloso segundo orgasmo, totalmente sacudida por el placer, oyendo la risa del resto de los subgerentes en la junta, sietes carajos que miran y ríen, la llaman de todo, gozando de la derrota de la jefa, la mujer que estaba por encima de ellos pero que ahora encaraba su lugar.

   -¿Lo ves? Eres tan sólo una puta necesitada. –le gruñe el asistente a la cara.- Todavía no lo entiendes, pero lo harás. Dos cogidas de cada uno de nosotros, todos llenando tu coño y dejándotelo rezumando semen y no pensarás en otra cosa que abrirte de piernas y servirnos, como debe ser. –sentencia.

   Aterrándola, porque su coño sigue apretando, buscando el tercer clímax, viendo a los subgerentes de pie, con sus güevos afuera, duros y pulsantes. Sabe que en cuanto su hombre (así piensa del asistente en esos momentos) se corra dejándole el coño lleno de semen, tanta que gotee, estará perdida; todos querrán metérsela, las mil leches mezclándose. Todos ellos. Y aprieta los labios, venía el tercer orgasmo.

CAZADA

Julio César.

NOTA: Es sólo ficción, ¿okay? Me retaron a escribirlo.

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